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Carl Sagan – El mundo y sus demonio

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Carl Sagan – El mundo y sus demonio
CARL SAGAN
EL MUNDO Y SUS
DEMONIOS
LA CIENCIA COMO UNA LUZ EN LA
OSCURIDAD
________
Traducción de
DOLORS ÜDINA
PLANETA
Colección: La Línea del Horizonte Título original: The Demond-haunted Worid
© Cari Sagan, 1995. © Por la traducción, Dolors Udina, 1997 © Editorial Planeta, S. A., 2000.
Córcega, 273-279, 08008 Barcelona (España)
Diseño de la colección: Joan Batallé
Ilustración de la sobrecubierta: foto © Steven Puetzer/Photonica
Agradecemos el permiso para reimprimir material previamente publicado a: ADDISON-WESLEY
PUBLISHING COMPANY INC.: extracto de Lectures on Physics: Commemorative Issue 3 Volume
Package de Richard P. Feynman, Robeit B. Leighton y Matthew Sands. Copyright © California
Instituto of Technology, 1964. Reimpreso con permiso de Addison-Wesley Publishing
Company, Inc. CROWN PUBLISHERS INC.: extracto de The Enciclopedia of Witchcraft ana
Demonology de Rossell Hope Robbins. Copyright © Crown Publishers, Inc., 1959. Reimpreso
con permiso del editor. DOVER PUBLICATIONS, INC.: extracto de «On the Electrodynamics of
Moving Bodies» de Albert Einstein, de The Principie of Relativity: A Collection of Original
Memoirs on the Special and General Theory of Relativity de H. Lorentz, A. Einstein, H.
Minkowski y H. Weyí. Reimpreso con permiso. ENCYCLOPAEDIA BRITANNICA, INC.:
«Percepción» en Encyclopaedia Britannica, 15.a edición. Copyright © Enciclopaedia Britannica,
Inc., 1985. Reimpreso con permiso. FMS FOUNDATTON: extracto de «Memory with a Grain of
Sait» de Ulric Neisser (FMS Foundation Newsletter, vol. 2, no. 4). Reimpreso con permiso.
INTERNATIONAL ASSOCIATION OF CHIEFS OF PÓLICE: extracto de «Satanic, Occult and Ritualistic
Crime» de Kenneth V. Lanning (The Police Chief, vol. LVI, no. 10, octubre de 1989). Copyright
en poder de la International Association of Chiefs of Pólice, 515 N, Washington Street,
Alexandria, VA 22314. Está estrictamente prohibida una nueva reproducción sin el permiso
escrito ex profeso de IACP. Reimpreso con permiso. Joumal of Abnormal Psychology: extracto
de «Cióse Encounters: An Examination of the UFO Experience» de Nicholas P. Spanos, Patricia
A. Cross, Kirby Dixon y Susan C. DeBreul (vol. 102, 1993, p. 631). Reimpreso con permiso.
Journal of American Folklore: extracto de «UFO Abduction Reports: The Supernatural Kidnap
Narrative Retums in Technological Guise» de Thomas E. Bullard (vol. 102, no. 404, abril-junio
de 1989). Reimpreso con permiso de la American Anthropological Asociation. No se permiten
más reproducciones. HAROLD OBER ASSOCIATES, INC.: extracto de The Fifty-Minute Hour de
Robert Lindner (Holt, Rinehart). Copyright © Robert Lindner, 1954. Reimpreso con permiso de
Haroíd Ober Associates, Inc. PENGUIN UK: extracto de Buddhist Scriptures, traducido al inglés
por Edward Conze (Penguin Classics, 1959). Copyright © Edward Conze, 1959. Reimpreso con
permiso. POINT FOUNDATION c/o BROCKMAN, INC.: extracto de «Confessions of a
Parapsychologist» de Susan Blackmore y extracto de «The Science of Spirituality» de Charles
Tart; ambos extractos de The Fringes of Reason: A Whole Earth Catalog. Copyright © Point
Foundation, 1989. Reimpreso con permiso de Point Foundation. PRINCETON UNIVERSITY PRESS:
extracto de Appa-ritions in Late Medieval and Renaissance Spain de William A. Christian, Jr.
Copyright © Prin-ceton University Press, 1981. Reimpreso con permiso de Princeton University
Press. RUTGERS UNIVERSITY PRESS: extracto de las páginas 33 y 78 de Science and Its Critics de
John Passmore. Copyright © Rutgers, Universidad Estatal de Nueva Jersey, 1978. Reimpreso
con permiso de Rutger University Press. TICKSON Music: tres líneas de «CTA-102» de Roger
McGuinn y Robert J. Hippard. Copyright © Tickon Music (BMI), 1967. Todos los derechos
reservados. Reimpreso con permiso.
Primera edición en esta presentación: marzo de 2000
Depósito Legal: B. 7.474-2000. ISBN 84-08-03515-0
Composición: Víctor Igual, S. L. Impresión: A&M Gráfic, S. L
Encuademación: Servéis Grafios 106, S. L. Printed in Spain - Impreso en España
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo
permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados
Índice
________________
Prefacio: Mis profesores ..................................................................................7
1.
LO MÁS PRECIADO ........................................................................12
2.
CIENCIA Y ESPERANZA................................................................33
3.
EL HOMBRE DE LA LUNA Y LA CARA DE MARTE .................49
EXTRATERRESTRES ......................................................................67
4.
5.
ARGUCIAS Y SECRETOS...............................................................83
6.
ALUCINACIONES..........................................................................100
7.
EL MUNDO POSEÍDO POR DEMONIOS.....................................114
8.
SOBRE LA DISTINCIÓN ENTRE VISIONES VERDADERAS Y FALSAS....134
9.
TERAPIA .........................................................................................148
10. UN DRAGÓN EN EL GARAJE......................................................164
11. LA CIUDAD DE LA AFLICCIÓN .................................................183
12. EL SUTIL ARTE DE DETECTAR CAMELOS .............................194
13. OBSESIONADO CON LA REALIDAD.........................................212
14. ANTICIENCIA ................................................................................237
15. EL SUEÑO DE NEWTON ..............................................................256
16. CUANDO LOS CIENTÍFICOS CONOCEN EL PECADO ............270
17. UN MATRIMONIO ENTRE EL ESCEPTICISMO Y EL ASOMBRO ...281
18. EL VIENTO LEVANTA POLVO ...................................................294
19. NO HAY PREGUNTAS ESTÚPIDAS............................................305
20. LA CASA EN LLAMAS .................................................................323
21. EL CAMINO DE LA LIBERTAD...................................................339
22. ADICTOS DEL SIGNIFICADO .....................................................353
23. MAXWELL Y LOS «BICHOS RAROS»1 .....................................365
24. CIENCIA Y BRUJERÍA1................................................................386
25. LOS VERDADEROS PATRIOTAS HACEN PREGUNTAS1 .......404
Agradecimientos..........................................................................................417
Referencias ..................................................................................................420
Indice temático (sin actualizar) ...................................................................428
A Tonio, mi nieto
Te deseo un mundo Libre de demonios y lleno de luz,
Esperamos luz, y he ahí tinieblas.
Isaías 59, 9
Es mejor encender una vela que
maldecir la oscuridad.
Refrán
PREFACIO
MIS PROFESORES
___________
Era un día de tormenta en el otoño de 1939. Afuera, en las calles
alrededor del edificio de apartamentos, las hojas caían y formaban pequeños
remolinos, cada una con vida propia. Era agradable estar dentro, a salvo y
caliente, mientras mi madre preparaba la cena en la habitación contigua. En
nuestro apartamento no había niños mayores que se metieran con uno sin
razón. Precisamente, la semana anterior me había visto envuelto en una
pelea... no recuerdo, después de tantos años, con quién; quizá fuera con
Snoony Ágata, del tercer piso... y, tras un violento golpe, mi puño atravesó el
cristal del escaparate de la farmacia de Schechter.
El señor Schechter se mostró solícito: «No pasa nada, tengo seguro»,
dijo mientras me untaba la muñeca con un antiséptico increíblemente
doloroso. Mi madre me llevó al médico, que tenía la consulta en la planta
baja de nuestro bloque. Con unas pinzas extrajo un fragmento de vidrio y,
provisto de aguja e hilo, me aplicó dos puntos.
«¡Dos puntos!», había repetido mi padre por la noche. Sabía de
puntos porque era cortador en la industria de la confección; su trabajo
consistía en cortar patrones —espaldas, por ejemplo, o mangas para abrigos y
trajes de señora— de un montón de tela enorme con una temible sierra
eléctrica. A continuación, unas interminables hileras de mujeres sentadas ante
máquinas de coser ensamblaban los patrones. Le complacía que me hubiera
enfadado tanto como para vencer mi natural timidez.
A veces es bueno devolver el golpe. Yo no había pensado ejercer
ninguna violencia. Simplemente ocurrió así. Snoony me empujó y, a
continuación, mi puño atravesó el escaparate del señor Schechter. Yo me
había lesionado la muñeca, había generado un gasto médico inesperado,
había roto un cristal, y nadie se había enfadado conmigo. En cuanto a
Snoony, estaba más simpático que nunca.
Intenté dilucidar cuál era la lección de todo aquello. Pero era mucho
más agradable intentar descubrirlo en el calor del apartamento, mirando a
través de la ventana de la sala la bahía de Nueva York, que arriesgarme a un
nuevo contratiempo en las calles.
Mi madre se había cambiado de ropa y maquillado como solía hacer
siempre antes de que llegara mi padre. Casi se había puesto el sol y nos
quedamos los dos mirando más allá de las aguas embravecidas.
—Allí fuera hay gente que lucha, y se matan unos a otros —dijo
haciendo una señal vaga hacia el Atlántico. Yo miré con atención.
—Lo sé —contesté—. Los veo.
—No, no los puedes ver —repuso ella, casi con severidad, antes de
volver a la cocina—. Están demasiado lejos.
¿Cómo podía saber ella si yo los veía o no?, me pregunté. Forzando
la vista, me había parecido discernir una fina franja de tierra en el horizonte
sobre la que unas pequeñas figuras se empujaban, pegaban y peleaban con
espadas como en mis cómics. Pero quizá tuviera razón. Quizá se trataba sólo
de mi imaginación; como los monstruos de medianoche que, en ocasiones,
todavía me despertaban de un sueño profundo, con el pijama empapado de
sudor y el corazón palpitante.
¿Cómo se puede saber cuando alguien sólo imagina? Me quedé
contemplando las aguas grises hasta que se hizo de noche y me mandaron a
lavarme las manos para cenar. Para mi delicia, mi padre me tomó en brazos.
Podía notar el frío del mundo exterior contra su barba de un día.
---ooo--Un domingo de aquel mismo año, mi padre me había explicado con
paciencia el papel del cero como punto de origen en aritmética, los nombres
de sonido malicioso de los números grandes y que no existe el número más
grande («Siempre puedes añadir uno más», decía). De pronto me entró una
compulsión infantil de escribir en secuencia todos los números enteros del
uno al mil. No teníamos ninguna libreta de papel, pero mi padre me ofreció el
montón de cartones grises que guardaba cuando le traían las camisas de la
lavandería. Empecé el proyecto con entusiasmo, pero me sorprendió lo lento
que era. Cuando me encontraba todavía en los cientos más bajos, mi madre
anunció que era la hora del baño. Me quedé desconsolado. Tenía que llegar a
mil. Intervino mi padre, que toda la vida actuó de mediador: si me sometía al
baño sin rechistar, él continuaría la secuencia por mí. Yo no cabía en mí de
contento. Cuando salí del baño ya estaba cerca del novecientos, y así pude
llegar a mil sólo un poco después de la hora habitual de acostarme. La
magnitud de los números grandes nunca ha dejado de impresionarme.
También en 1939, mis padres me llevaron a la Feria Mundial de
Nueva York. Allí se me ofreció una visión de un futuro perfecto que la
ciencia y la alta tecnología habían hecho posible. Habían enterrado una
cápsula llena de artefactos de nuestra época, para beneficio de la gente de un
futuro lejano... que, asombrosamente, quizá no supiera mucho de la gente de
1939. El «mundo del mañana» sería impecable, limpio, racionalizado y, por
lo que yo podía ver, sin rastro de gente pobre.
«Vea el sonido», ordenaba de modo desconcertante un cartel. Y,
desde luego, cuando el pequeño martillo golpeaba el diapasón aparecía una
bella onda sinusoide en la pantalla del osciloscopio. «Escuche la luz»,
exhortaba otro cartel. Y, cuando el flash iluminó la fotocélula, pude escuchar
algo parecido a las interferencias de nuestra radio Motorola cuando el dial no
daba con la emisora. Sencillamente, el mundo encerraba una serie de
maravillas que nunca me había imaginado. ¿Cómo podía convertirse un tono
en una imagen y la luz en ruido?
Mis padres no eran científicos. No sabían casi nada de ciencia. Pero,
al introducirme simultáneamente en el escepticismo y lo asombroso, me
enseñaron los dos modos de pensamiento difícilmente compaginables que
son la base del método científico. Su situación económica no superaba en
mucho el nivel de pobreza. Pero cuando anuncié que quería ser astrónomo
recibí un apoyo incondicional, a pesar de que ellos (como yo) sólo tenían una
idea rudimentaria de lo que hace un astrónomo. Nunca me sugirieron que a lo
mejor sería más oportuno que me hiciera médico o abogado.
Me encantaría poder decir que en la escuela elemental, superior o
universitaria tuve profesores de ciencias que me inspiraron. Pero, por mucho
que buceo en mi memoria, no encuentro ninguno. Se trataba de una pura
memorización de la tabla periódica de los elementos, palancas y planos
inclinados, la fotosíntesis de las plantas verdes y la diferencia entre la
antracita y el carbón bituminoso, Pero no había ninguna elevada sensación de
maravilla, ninguna indicación de una perspectiva evolutiva, nada sobre ideas
erróneas que todo el mundo había creído ciertas en otra época. Se suponía
que en los cursos de laboratorio del instituto debíamos encontrar una
respuesta. Si no era así, nos suspendían. No se nos animaba a profundizar en
nuestros propios intereses, ideas o errores conceptuales. Al final del libro de
texto había material que parecía interesante, pero el año escolar siempre
terminaba antes de llegar a dicho final. Era posible ver maravillosos libros de
astronomía, por ejemplo, en las bibliotecas, pero no en la clase. Se nos
enseñaba la división larga como si se tratara de una serie de recetas de un
libro de cocina, sin ninguna explicación de cómo esta secuencia particular de
divisiones cortas, multiplicaciones y restas daba la respuesta correcta. En el
instituto se nos enseñaba con reverencia la extracción de raíces cuadradas,
como si se tratara de un método entregado tiempo atrás en el monte Sinaí.
Nuestro trabajo consistía meramente en recordar lo que se nos había
ordenado: consigue la respuesta correcta, no importa que entiendas lo que
haces. En segundo curso tuve un profesor de álgebra muy capacitado que me
permitió aprender muchas matemáticas, pero era un matón que disfrutaba
haciendo llorar a las chicas. En todos aquellos años de escuela mantuve mi
interés por la ciencia leyendo libros y revistas sobre realidad y ficción
científica.
La universidad fue la realización de mis sueños: encontré profesores
que no sólo entendían la ciencia sino que realmente eran capaces de
explicarla. Tuve la suerte de estudiar en una de las grandes instituciones del
saber de la época: la Universidad de Chicago. Estudiaba física en un
departamento que giraba alrededor de Enrico Fermi; descubrí la verdadera
elegancia matemática con Subrahmanyan Chandrasekhar; tuve la oportunidad
de hablar de química con Harold Urey; durante los veranos fui aprendiz de
biología con H. J. Muller en la Universidad de Indiana; y aprendí astronomía
planetaria con el único practicante con plena dedicación de la época, G. P.
Kuiper.
En Kuiper vi por primera vez el llamado cálculo sobre servilleta de
papel: se te ocurre una posible solución a un problema, coges una servilleta
de papel, apelas a tu conocimiento de física fundamental, garabateas unas
cuantas ecuaciones aproximadas, las sustituyes por valores numéricos
probables y compruebas si la respuesta puede resolver de algún modo tu
problema. Si no es así, debes buscar una solución diferente. Es una manera de
ir eliminando disparates como si fueran capas de una cebolla.
En la Universidad de Chicago también tuve la suerte de encontrarme
con un programa de educación general diseñado por Robert M. Hutchins en
el que la ciencia se presentaba como parte integral del maravilloso tapiz del
conocimiento humano. Se consideraba impensable que un aspirante a físico
no conociera a Platón, Aristóteles, Bach, Shakespeare, Gibbon, Malinowski y
Freud... entre otros. En una clase de introducción a la ciencia se nos presentó
de modo tan irresistible el punto de vista de Tolomeo de que el Sol giraba
alrededor de la Tierra que muchos estudiantes tuvieron que replantearse su
confianza en Copérnico. La categoría de los profesores en el programa de
Hutchins no tenía casi nada que ver con la investigación; al contrario —a
diferencia de lo que es habitual en las universidades norteamericanas de
hoy—, se valoraba a los profesores por su manera de enseñar, por su
capacidad de transmitir información e inspirar a la futura generación.
En este ambiente embriagador pude rellenar algunas lagunas de mi
educación. Se me aclararon muchos aspectos que me habían parecido
profundamente misteriosos, y no sólo en la ciencia. También fui testigo de
primera mano de la alegría que sentían los que tenían el privilegio de
descubrir algo sobre el funcionamiento del universo.
Siempre me he sentido agradecido a mis mentores de la década de
1950 y he hecho lo posible para que todos ellos conocieran mi aprecio. Pero
cuando echo la vista atrás me parece que lo más esencial no lo aprendí de mis
maestros de escuela, ni siquiera de mis profesores de universidad, sino de mis
padres, que no sabían nada en absoluto de ciencia, en aquel año tan lejano de
1939.
CAPÍTULO 1
LO MÁS
PRECIADO
Toda nuestra ciencia, comparada con la
realidad, es primitiva e infantil... y sin
embargo es lo más preciado que tenemos.
ALBERT EINSTEIN
(1879-1955)
Cuando bajé del avión, el hombre me esperaba con un pedazo de
cartón en el que estaba escrito mi nombre. Yo iba a una conferencia de
científicos y comentaristas de televisión dedicada a la aparentemente
imposible tarea de mejorar la presentación de la ciencia en la televisión
comercial. Amablemente, los organizadores me habían enviado un chofer.
—¿Le molesta que le haga una pregunta? —me dijo mientras
esperábamos la maleta.
No, no me molestaba.
—¿No es un lío tener el mismo nombre que el científico aquel?
Tardé un momento en comprenderlo. ¿Me estaba tomando el pelo?
Finalmente lo entendí.
—Yo soy el científico aquel —respondí. Calló un momento y luego
sonrió.
—Perdone. Como ése es mi problema, pensé que también sería el
suyo.
Me tendió la mano.
—Me llamo William F. Buckiey.
(Bueno, no era exactamente William F. Buckiey, pero llevaba el
nombre de un conocido y polémico entrevistador de televisión, lo que sin
duda le había valido gran número de inofensivas bromas.)
Mientras nos instalábamos en el coche para emprender el largo
recorrido, con los limpiaparabrisas funcionando rítmicamente, me dijo que se
alegraba de que yo fuera «el científico aquel» porque tenía muchas preguntas
sobre ciencia. ¿Me molestaba?
No, no me molestaba.
Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los
extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas
Aéreas cerca de San Antonio, de «canalización» (una manera de oír lo que
hay en la mente de los muertos... que no es mucho, por lo visto), de cristales,
de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín...
Presentaba cada uno de estos portentosos temas con un entusiasmo lleno de
optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez.
—La prueba es insostenible —le repetía una y otra vez—. Hay una
explicación mucho más sencilla.
En cierto modo era un hombre bastante leído. Conocía los distintos
matices especulativos, por ejemplo, sobre los «continentes hundidos» de la
Atlántida y Lemuria. Se sabía al dedillo cuáles eran las expediciones
submarinas previstas para encontrar las columnas caídas y los minaretes rotos
de una civilización antiguamente grande cuyos restos ahora sólo eran
visitados por peces luminiscentes de alta mar y calamares gigantes. Sólo
que... aunque el océano guarda muchos secretos, yo sabía que no hay la más
mínima base oceanográfica o geofísica para deducir la existencia de la
Atlántida y Lemuria. Por lo que sabe la ciencia hasta este momento, no
existieron jamás. A estas alturas, se lo dije de mala gana.
Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre
estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una
doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior.
Y, sin embargo, hay tantas cosas en la ciencia real, igualmente
excitantes y más misteriosas, que presentan un desafío intelectual mayor...
además de estar mucho más cerca de la verdad. ¿Sabía algo de las moléculas
de la vida que se encuentran en el frío y tenue gas entre las estrellas? ¿Había
oído hablar de las huellas de nuestros antepasados encontradas en ceniza
volcánica de cuatro millones de años de antigüedad? ¿Y de la elevación del
Himalaya cuando la India chocó con Asia? ¿O de cómo los virus, construidos
como jeringas hipodérmicas, deslizan su ADN más allá de las defensas del
organismo del anfitrión y subvierten la maquinaria reproductora de las
células; o de la búsqueda por radio de inteligencia extraterrestre; o de la
recién descubierta civilización de Ebla, que anunciaba las virtudes de la
cerveza de Ebla? No, no había oído nada de todo aquello. Tampoco sabía
nada, ni siquiera vagamente, de la indeterminación cuántica, y sólo reconocía
el ADN como tres letras mayúsculas que aparecían juntas con frecuencia.
El señor «Buckiey» —que sabía hablar, era inteligente y curioso—
no había oído prácticamente nada de ciencia moderna. Tenía un interés
natural en las maravillas del universo. Quería saber de ciencia, pero toda la
ciencia había sido expurgada antes de llegar a él. A este hombre le habían
fallado nuestros recursos culturales, nuestro sistema educativo, nuestros
medios de comunicación. Lo que la sociedad permitía que se filtrara eran
principalmente apariencias y confusión. Nunca le habían enseñado a
distinguir la ciencia real de la burda imitación. No sabía nada del
funcionamiento de la ciencia.
Hay cientos de libros sobre la Atlántida, el continente mítico que
según dicen existió hace unos diez mil años en el océano Atlántico. (O en
otra parte. Un libro reciente lo ubica en la Antártida.). La historia viene de
Platón, que lo citó como un rumor que le llegó de épocas remotas. Hay libros
recientes que describen con autoridad el alto nivel tecnológico, moral y
espiritual de la Atlántida y la gran tragedia de un continente poblado que se
hundió entero bajo las olas. Hay una Atlántida de la «Nueva Era», «la
civilización legendaria de ciencias avanzadas», dedicada principalmente a la
«ciencia» de los cristales. En una trilogía titulada La ilustración del cristal,
de Katrina Raphaell —unos libros que han tenido un papel principal en la
locura del cristal en Norteamérica—, los cristales de la Atlántida leen la
mente, transmiten pensamientos, son depositarios de la historia antigua y
modelo y fuente de las pirámides de Egipto. No se ofrece nada parecido a una
prueba que fundamente esas afirmaciones. (Podría resurgir la manía del
cristal tras el reciente descubrimiento de la ciencia sismológica de que el
núcleo interno de la Tierra puede estar compuesto por un cristal único,
inmenso, casi perfecto... de hierro.)
Algunos libros —Leyendas de la Tierra, de Dorothy Vitaliano, por
ejemplo— interpretan comprensivamente las leyendas originales de la
Atlántida en términos de una pequeña isla en el Mediterráneo que fue
destruida por una erupción volcánica, o una antigua ciudad que se deslizó
dentro del golfo de Corinto después de un terremoto. Por lo que sabemos, ésa
puede ser la fuente de la leyenda, pero de ahí a la destrucción de un
continente en el que había surgido una civilización técnica y mística
preternaturalmente avanzada hay una gran distancia.
Lo que casi nunca encontramos —en bibliotecas públicas,
escaparates de revistas o programas de televisión en horas punta— es la
prueba de la extensión del suelo marino y la tectónica de placas y del trazado
del fondo del océano, que muestra de modo inconfundible que no pudo haber
ningún continente entre Europa y América en una escala de tiempo parecida a
la propuesta.
Es muy fácil encontrar relatos espurios que hacen caer al crédulo en
la trampa. Mucho más difícil es encontrar tratamientos escépticos. El
escepticismo no vende. Es cien, mil veces más probable que una persona
brillante y curiosa que confíe enteramente en la cultura popular para
informarse de algo como la Atlántida se encuentre con una fábula tratada sin
sentido crítico que con una valoración sobria y equilibrada.
Quizá el señor «Buckiey» debería aprender a ser más escéptico con lo
que le ofrece la cultura popular. Pero, aparte de eso, es difícil echarle la
culpa. Él se limitaba a aceptar lo que la mayoría de las fuentes de
información disponibles y accesibles decían que era la verdad. Por su
ingenuidad, se veía confundido y embaucado sistemáticamente.
La ciencia origina una gran sensación de prodigio. Pero la
pseudociencia también. Las popularizaciones dispersas y deficientes de la
ciencia dejan unos nichos ecológicos que la pseudociencia se apresura a
llenar. Si se llegara a entender ampliamente que cualquier afirmación de
conocimiento exige las pruebas pertinentes para ser aceptada, no habría lugar
para la pseudociencia. Pero, en la cultura popular, prevalece una especie de
ley de Gresham según la cual la mala ciencia produce buenos resultados.
En todo el mundo hay una enorme cantidad de personas inteligentes,
incluso con un talento especial, que se apasionan por la ciencia. Pero no es
una pasión correspondida. Los estudios sugieren que un noventa y cinco por
ciento de los americanos son «analfabetos científicos». Es exactamente la
misma fracción de afroamericanos analfabetos, casi todos esclavos, justo
antes de la guerra civil, cuando se aplicaban severos castigos a quien
enseñara a leer a un esclavo. Desde luego, en las cifras sobre analfabetismo
hay siempre cierto grado de arbitrariedad, tanto si se aplica al lenguaje como
a la ciencia. Pero un noventa y cinco por ciento de analfabetismo es
extremadamente grave.
Todas las generaciones se preocupan por la decadencia de los niveles
educativos. Uno de los textos más antiguos de la historia humana, datado en
Sumeria hace unos cuatro mil años, lamenta el desastre de que los jóvenes
sean más ignorantes que la generación inmediatamente precedente. Hace dos
mil cuatrocientos años, el anciano y malhumorado Platón, en el libro VII de
Las leyes, dio su definición de analfabetismo científico:
El hombre que no pudiera discernir el uno ni el dos ni el tres ni en general los
pares y los impares, o el que no supiera nada de contar, o quien no fuera capaz
de medir el día y la noche o careciera de experiencia acerca de las
revoluciones de la Luna o del Sol o de los demás astros... Lo que hay que
decir que es menester que aprendan los hombres libres en cada materia es todo
aquello que aprende en Egipto junto con las letras la innumerable grey de los
niños. En primer lugar, por lo que toca al cálculo, se han inventado unos
sencillos procedimientos para que los niños aprendan jugando y a gusto...
Yo... cuando en tiempos me enteré tardíamente de lo que nos ocurre en
relación con ello, me quedé muy impresionado, y entonces me pareció que
aquello no era cosa humana, sino propia más bien de bestias porcinas, y sentí
vergüenza no sólo por mí mismo sino en nombre de los helenos todos.1
No sé hasta qué punto la ignorada de la ciencia y las matemáticas
contribuyó al declive de la antigua Atenas, pero sé que las consecuencias del
1
Versión de José Manuel Pabón y Manuel Femández-Galiano, Madrid, 1984.
analfabetismo científico son mucho más peligrosas en nuestra época que en
cualquier otra anterior. Es peligroso y temerario que el ciudadano medio
mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del
ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia
ácida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento
exponencial de la población. Los trabajos y sueldos dependen de la ciencia y
la tecnología. Si nuestra nación no puede fabricar, a bajo precio y alta
calidad, los productos que la gente quiere comprar, las industrias seguirán
desplazándose para transferir un poco más de prosperidad a otras partes del
mundo. Considérense las ramificaciones sociales de la energía generada por
la fisión y fusión nucleares, las supercomputadoras, las «autopistas» de datos,
el aborto, el radón, las reducciones masivas de armas estratégicas, la
adicción, la intromisión del gobierno en la vida de sus ciudadanos, la
televisión de alta resolución, la seguridad en líneas aéreas y aeropuertos, los
trasplantes de tejido fetal, los costes de la sanidad, los aditivos de alimentos,
los fármacos para tratar psicomanías, depresiones o esquizofrenia, los
derechos de los animales, la superconductividad, las píldoras del día
siguiente, las predisposiciones antisociales presuntamente hereditarias, las
estaciones espaciales, el viaje a Marte, el hallazgo de remedios para el sida y
el cáncer...
¿Cómo podemos incidir en la política nacional —o incluso tomar
decisiones inteligentes en nuestras propias vidas— si no podemos captar los
temas subyacentes? En el momento de escribir estas páginas, el Congreso
está tratando la disolución de su departamento de valoración tecnológica, la
única organización con la tarea específica de asesorar a la Casa Blanca y al
Senado sobre ciencia y tecnología. Su competencia e integridad a lo largo de
los años ha sido ejemplar. De los quinientos treinta y cinco miembros del
Congreso de Estados Unidos, por extraño que parezca a finales del siglo XX,
sólo el uno por ciento tiene unos antecedentes científicos significativos. El
último presidente con preparación científica debió de ser Thomas Jefferson.2
¿Cómo deciden esos asuntos los americanos? ¿Cómo instruyen a sus
representantes? ¿Quién toma en realidad estas decisiones, y sobre qué base?
---ooo--Hipócrates de Cos es el padre de la medicina. Todavía se le recuerda
2500 años después por el Juramento de Hipócrates (del que existe una forma
modificada que los estudiantes de medicina pronuncian cuando se licencian).
2
Aunque puede afirmarse lo mismo de Theodore Rooseveit, Herbert Hoover y Jimmy Cárter.
Gran Bretaña tuvo una primera ministra así con Margaret Thatcher. Sus estudios de química, en
parte bajo la tutela de la premio Nobel Dorothy Hodgkins, fueron la clave de la fuerte defensa
por parte del Reino Unido de la prohibición mundial del CFC reductor del ozono.
Pero, principalmente, se le recuerda por sus esfuerzos por retirar el manto de
superstición de la medicina para llevarla a la luz de la ciencia. En un pasaje
típico, Hipócrates escribió: «Los hombres creen que la epilepsia es divina,
meramente porque no la pueden entender. Pero si llamasen divino a todo lo
que no pueden entender, habría una infinidad de cosas divinas.» En lugar de
reconocer que somos ignorantes en muchas áreas, hemos tendido a decir
cosas como que el universo está impregnado de lo inefable. Se asigna la
responsabilidad de lo que todavía no entendemos a un Dios de lo ignorado. A
medida que fue avanzando el conocimiento de la medicina a partir del siglo
IV, cada vez era más lo que entendíamos y menos lo que teníamos que
atribuir a la intervención divina: tanto en las causas como en el tratamiento de
la enfermedad. La muerte en el parto y la mortalidad infantil han disminuido,
el tiempo de vida ha aumentado y la medicina ha mejorado la calidad de vida
de millones de personas en todo el planeta.
En el diagnóstico de la enfermedad, Hipócrates introdujo elementos
del método científico. Exhortaba a la observación atenta y meticulosa: «No
dejéis nada a la suerte. Controladlo todo. Combinad observaciones
contradictorias. Concedeos el tiempo suficiente.» Antes de la invención del
termómetro, hizo gráficas de las curvas de temperatura de muchas
enfermedades. Recomendó a los médicos que, a partir de los síntomas del
momento, intentaran predecir el pasado y el probable curso futuro de cada
enfermedad. Daba gran importancia a la honestidad. Estaba dispuesto a
admitir las limitaciones del conocimiento del médico. No mostraba ningún
recato en confiar a la posteridad que más de la mitad de sus pacientes habían
muerto por causa de las enfermedades que él trataba. Sus opciones, desde
luego, eran limitadas; los únicos fármacos de que disponía eran
principalmente laxantes, eméticos y narcóticos. Se practicaba la cirugía y la
cauterización. En los tiempos clásicos se hicieron avances considerables
hasta la caída de Roma.
Mientras en el mundo islámico florecía la medicina, en Europa se
entró realmente en una edad oscura. Se perdió la mayor parte del
conocimiento de anatomía y cirugía. Abundaba la confianza en la oración y
las curaciones milagrosas. Desaparecieron los médicos seculares. Se usaban
ampliamente cánticos, pociones, horóscopos y amuletos. Se restringieron o
ilegalizaron las disecciones de cadáveres, lo que impedía que los que
practicaban la medicina adquirieran conocimiento de primera mano del
cuerpo humano. La investigación médica llegó a un punto muerto.
Era muy parecido a lo que el historiador Edward Gibbon describió
para todo el Imperio oriental, cuya capital era Constantinopla:
En el transcurso de diez siglos no se hizo ni un solo descubrimiento que
exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la humanidad. No se había
añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos de la antigüedad y toda
una serie de pacientes discípulos se convirtieron en su momento en los
maestros dogmáticos de la siguiente generación servil.
La práctica médica premoderna no logró salvar a muchos ni siquiera
en su mejor momento. La reina Ana fue la última Estuardo de Gran Bretaña.
En los últimos diecisiete años del siglo XVII se quedó embarazada dieciocho
veces. Sólo cinco niños le nacieron vivos. Sólo uno sobrevivió a la infancia.
Murió antes de llegar a la edad adulta y antes de la coronación de la reina en
1702. No parece haber ninguna prueba de trastorno genético. Contaba con los
mejores cuidados médicos que se podían comprar con dinero.
Las trágicas enfermedades que en otra época se llevaban un número
incontable de bebés y niños se han ido reduciendo progresivamente y se
curan gracias a la ciencia: por el descubrimiento del mundo de los microbios,
por la idea de que médicos y comadronas se lavaran las manos y esterilizaran
sus instrumentos, mediante la nutrición, la salud pública y las medidas
sanitarias, los antibióticos, fármacos, vacunas, el descubrimiento de la
estructura molecular del ADN, la biología molecular y, ahora, la terapia
genética. Al menos en el mundo desarrollado, los padres tienen muchas más
posibilidades de ver alcanzar la madurez a sus hijos de las que tenía la
heredera al trono de una de las naciones más poderosas de la Tierra a finales
del siglo XVII. La viruela ha desaparecido del mundo. El área de nuestro
planeta infestada de mosquitos transmisores de la malaria se ha reducido de
manera espectacular. La esperanza de vida de un niño al que se diagnostica
leucemia ha ido aumentando progresivamente año tras año. La ciencia
permite que la Tierra pueda alimentar a una cantidad de humanos cientos de
veces mayor, y en condiciones mucho menos miserables, que hace unos
cuantos miles de años.
Podemos rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos
miligramos de tetraciclina cada doce horas. (Todavía hay una religión, la
«ciencia cristiana», que niega la teoría del germen de la enfermedad; si falla
la oración, los fieles de esta secta preferirían ver morir a sus hijos antes que
darles antibióticos.) Podemos intentar una terapia psicoanalítica casi fútil con
el paciente esquizofrénico, o darle de trescientos a quinientos miligramos de
clozapina al día. Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces
más eficaces que los alternativos. (E incluso cuando parece que las
alternativas funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel:
Pueden producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la
esquizofrenia, sin oración y sin psicoanálisis.) Abandonar la ciencia significa
abandonar mucho más que el aire acondicionado, el aparato de CD, los
secadores del pelo y los coches rápidos.
En la época preagrícola, de cazadores-recolectores, la expectativa de
vida humana era de veinte a treinta años, la misma que en Europa occidental
a finales de la época romana medieval. La media no ascendió a cuarenta años
hasta alrededor del año 1870.
Llegó a cincuenta en 1915, sesenta en 1930, setenta en 1955 y hoy se
acerca a ochenta (un poco más para las mujeres, un poco menos para los
hombres). El resto del mundo sigue los pasos del incremento europeo de la
longevidad. ¿Cuál es la causa de esta transición humanitaria asombrosa, sin
precedentes? La teoría del germen como causante de la enfermedad, las
medidas de salud pública, las medicinas y la tecnología médica. La
longevidad quizá sea la mejor medida de la calidad de vida física. (Si uno
está muerto, no puede hacer nada para ser feliz.) Es un ofrecimiento muy
valioso de la ciencia a la humanidad: nada menos que el don de la vida.
Pero los microorganismos se transforman. Aparecen nuevas
enfermedades que se extienden como el fuego. Hay una batalla constante
entre medidas microbianas y contramedidas humanas. Nos ponemos a la
altura de esta competición no sólo diseñando nuevos fármacos y tratamientos,
sino avanzando progresivamente con mayor profundidad en la comprensión
de la naturaleza de la vida: una investigación básica.
Si queremos que el mundo escape de las temibles consecuencias del
crecimiento de la población global y de los diez mil o doce mil millones de
personas en el planeta a finales del siglo XXI, debemos inventar medios
seguros y más eficientes de cultivar alimentos, con el consiguiente
abastecimiento de semillas, riego, fertilizantes, pesticidas, sistemas de
transporte y refrigeración. También se necesitarán métodos contraceptivos
ampliamente disponibles y aceptables, pasos significativos hacia la igualdad
política de las mujeres y mejoras en las condiciones de vida de los más
pobres. ¿Cómo puede conseguirse todo eso sin ciencia y tecnología?
Sé que la ciencia y la tecnología no son simples cornucopias que
vierten dones al mundo. Los científicos no sólo concibieron las armas
nucleares; también agarraron a los líderes políticos por las solapas para que
entendieran que su nación —cualquiera que ésta fuera— tenía que ser la
primera en tenerlas. Luego fabricaron más de sesenta mil. Durante la guerra
fría, los científicos de Estados Unidos, la Unión Soviética, China y otras
naciones estaban dispuestos a exponer a sus compatriotas a la radiación —en
la mayoría de los casos sin su conocimiento— con el fin de prepararse para la
guerra nuclear. Los médicos de Tuskegee, Alabama, engañaron a un grupo de
veteranos que creían recibir tratamiento médico para la sífilis, cuando en
realidad servían de grupo de control sin tratamiento. Son conocidas las
atrocidades perpetradas por los médicos nazis. Nuestra tecnología ha
producido la talidomida, el CFC, el agente naranja, el gas nervioso, la
contaminación del aire y el agua, la extinción de especies e industrias tan
poderosas que pueden arruinar el clima del planeta. Aproximadamente, la
mitad de los científicos de la Tierra trabajan al menos a tiempo parcial para
los militares. Aunque todavía se ve a algunos científicos como personas
independientes que critican con valentía los males de la sociedad y advierten
con antelación de las potenciales catástrofes tecnológicas, también se
considera que muchos de ellos son oportunistas acomodaticios o
complacientes originadores de beneficios corporativos y armas de
destrucción masiva, sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo. Los
peligros tecnológicos que plantea la ciencia, su desafío implícito al saber
tradicional y la dificultad que se percibe en ella son razones para que alguna
gente desconfíe de la ciencia y la evite. Hay una razón por la que la gente se
pone nerviosa ante la ciencia y la tecnología. De modo que el mundo vive
obcecado con la imagen del científico loco: desde los chiflados de bata
blanca de los programas infantiles del sábado por la mañana y la plétora de
tratos faustianos de la cultura popular, desde el epónimo doctor Fausto en
persona al Dr. Frankenstein, Dr. Strangelove y Jurassic Park.
Pero no nos podemos limitar a concluir que la ciencia pone
demasiado poder en manos de tecnólogos moralmente débiles o políticos
corruptos enloquecidos por el poder y decidir, en consecuencia, prescindir de
ella. Los avances en medicina y agricultura han salvado muchas más vidas
que las que se han perdido en todas las guerras de la historia.3 Los avances en
transportes, comunicación y espectáculos han transformado y unificado el
mundo. En las encuestas de opinión, la ciencia queda clasificada siempre
entre las ocupaciones más admiradas y fiables, a pesar de los recelos. La
espada de la ciencia es de doble filo. Su temible poder nos impone a todos,
incluidos los políticos, pero desde luego especialmente a los científicos, una
nueva responsabilidad: más atención a las consecuencias a largo plazo de la
tecnología, una perspectiva global y transgeneracional y un incentivo para
evitar las llamadas fáciles al nacionalismo y el chauvinismo. El coste de los
errores empieza a ser demasiado alto.
---ooo---
3
Recientemente, en una cena, pregunté a los comensales reunidos —cuya edad calculo que iba
de los treinta a los sesenta— cuántos de ellos estarían vivos si no hubieran existido los
antibióticos, marcapasos y el resto de la parafernalia de la medicina moderna. Sólo uno levantó
la mano. No era yo.
¿Nos interesa la verdad? ¿Tiene alguna importancia?
... donde la ignorancia es una bendición es una locura ser sabio,
escribió el poeta Thomas Gray. Pero ¿es así? Edmund Way Teale, en su libro
de 1950 Círculo de las estaciones, planteó mejor el dilema:
Moralmente es tan malo no querer saber si algo es verdad o no, siempre que
permita sentirse bien, como lo es no querer saber cómo se gana el dinero
siempre que se consiga.
Por ejemplo, es descorazonador descubrir la corrupción y la
incompetencia del gobierno, pero ¿es mejor no saber nada de ello? ¿A qué
intereses sirve la ignorancia? Si los humanos tenemos, por ejemplo, una
propensión hereditaria al odio a los forasteros, ¿no es el autoconocimiento el
único antídoto? Si ansiamos creer que las estrellas salen y se ponen para
nosotros, que somos la razón por la que hay un universo, ¿es negativo el
servicio que nos presta la ciencia para rebajar nuestras expectativas?
En La genealogía de la moral, Friedrich Nietzsche, como tantos antes
y después, critica el «progreso ininterrumpido en la autodesvalorización del
hombre» causado por la revolución científica. Nietzsche lamenta la pérdida
de la «creencia del hombre en su dignidad, su unicidad, su insustituibilidad
en el esquema de la existencia». Para mí es mucho mejor captar el universo
como es en realidad que persistir en el engaño, por muy satisfactorio y
reconfortante que sea. ¿Qué actitud es la que nos equipa mejor para
sobrevivir a largo plazo? ¿Qué nos da una mayor influencia en nuestro
futuro? Y si nuestra ingenua autoconfianza queda un poco socavada en el
proceso, ¿es tan grande la pérdida, en realidad? ¿No hay motivo para darle la
bienvenida como una experiencia que hace madurar e imprime carácter?
Descubrir que el universo tiene de ocho mil a quince mil millones de
años y no de seis mil a doce mil4 mejora nuestra apreciación de su alcance y
grandeza; mantener la idea de que somos una disposición particularmente
compleja de átomos y no una especie de hálito de divinidad, aumenta cuando
menos nuestro respeto por los átomos; descubrir, como ahora parece posible,
que nuestro planeta es uno de los miles de millones de otros mundos en la
galaxia de la Vía Láctea y que nuestra galaxia es una entre miles de millones
4
«Ninguna persona religiosa lo cree», escribe uno de los consultores de este libro. Pero muchos
«científicos creacionistas» no sólo lo creen, sino que realizan esfuerzos cada vez más agresivos y
exitosos para que se enseñe en las escuelas, museos, zoológicos y libros de texto. ¿Por qué?
Porque sumando las «genealogías», las edades de los patriarcas y otros en la Biblia, se alcanza
esta cifra, y la Biblia es «inequívoca».
más, agranda majestuosamente el campo de lo posible; encontrar que
nuestros antepasados también eran los ancestros de los monos nos vincula al
resto de seres vivos y da pie a importantes reflexiones —aunque a veces
lamentables— sobre la naturaleza humana.
Sencillamente, no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos atados a
la ciencia. Lo mejor sería sacarle el máximo provecho. Cuando finalmente lo
aceptemos y reconozcamos plenamente su belleza y poder, nos
encontraremos con que, tanto en asuntos espirituales como prácticos; salimos
ganando.
Pero la superstición y la pseudociencia no dejan de interponerse en el
camino para distraer a todos los «Buckiey» que hay entre nosotros,
proporcionar respuestas fáciles, evitar el escrutinio escéptico, apelar a
nuestros temores y devaluar la experiencia, convirtiéndonos en practicantes
rutinarios y cómodos además de víctimas de la credulidad. Sí, el mundo sería
más interesante si hubiera ovnis al acecho en las aguas profundas de las
Bermudas tragándose barcos y aviones, o si los muertos pudieran hacerse con
el control de nuestras manos y escribirnos mensajes. Sería fascinante que los
adolescentes fueran capaces de hacer saltar el auricular del teléfono de su
horquilla sólo con el pensamiento, o que nuestros sueños pudieran predecir
acertadamente el futuro con mayor asiduidad que la que puede explicarse por
la casualidad y nuestro conocimiento del mundo.
Todo eso son ejemplos de pseudociencia. Pretenden utilizar métodos
y descubrimientos de la ciencia, mientras que en realidad son desleales a su
naturaleza, a menudo porque se basan en pruebas insuficientes o porque
ignoran claves que apuntan en otra dirección. Están infestados de credulidad.
Con la cooperación desinformada (y a menudo la connivencia cínica) de
periódicos, revistas, editores, radio, televisión, productores de cine y
similares, esas ideas se encuentran fácilmente en todas partes. Mucho más
difíciles de encontrar, como pude constatar en mi encuentro con el señor
«Buckiey», son los descubrimientos alternativos más desafiantes e incluso
más asombrosos de la ciencia.
La pseudociencia es más fácil de inventar que la ciencia, porque hay
una mayor disposición a evitar confrontaciones perturbadoras con la realidad
que no permiten controlar el resultado de la comparación. Los niveles de
argumentación, lo que pasa por pruebas, son mucho más relajados. En parte
por las mismas razones, es mucho más fácil presentar al público en general la
pseudociencia que la ciencia. Pero eso no basta para explicar su popularidad.
Naturalmente, la gente prueba distintos sistemas de creencias para
ver si le sirven. Y, si estamos muy desesperados, todos llegamos a estar de lo
más dispuestos a abandonar lo que podemos percibir como una pesada carga
de escepticismo. La pseudociencia colma necesidades emocionales poderosas
que la ciencia suele dejar insatisfechas. Proporciona fantasías sobre poderes
personales que nos faltan y anhelamos (como los que se atribuyen a los
superhéroes de los cómics hoy en día, y anteriormente a los dioses). En
algunas de sus manifestaciones ofrece una satisfacción del hambre espiritual,
la curación de las enfermedades, la promesa de que la muerte no es el fin.
Nos confirma nuestra centralidad e importancia cósmica. Asegura que
estamos conectados, vinculados, al universo.5 A veces es una especie de
hogar a medio camino entre la antigua religión y la nueva ciencia, del que
ambas desconfían.
En el corazón de alguna pseudociencia (y también de alguna religión
antigua o de la «Nueva Era») se encuentra la idea de que el deseo lo convierte
casi todo en realidad. Qué satisfactorio sería, como en los cuentos infantiles y
leyendas folclóricas, satisfacer el deseo de nuestro corazón sólo deseándolo.
Qué seductora es esta idea, especialmente si se compara con el trabajo y la
suerte que se suele necesitar para colmar nuestras esperanzas. El pez
encantado o el genio de la lámpara nos concederán tres deseos: lo que
queramos, excepto más deseos. ¿Quién no ha pensado —sólo por si acaso,
sólo por si nos encontramos o rozamos accidentalmente una vieja lámpara de
hierro— qué pediría?
Recuerdo que en las tiras de cómic y libros de mi infancia salía un mago con
sombrero y bigote que blandía un bastón de ébano. Se llamaba Zatara. Era
capaz de provocar cualquier cosa, lo que fuera. ¿Cómo lo hacía? Fácil. Daba
sus órdenes al revés. O sea, si quería un millón de dólares, decía «seralód ed
nóllim, nú emad». Con eso bastaba. Era como una especie de oración, pero
con resultados mucho más seguros.
A los ocho años dediqué mucho tiempo a experimentar de esta guisa,
dando órdenes a las piedras para que se elevasen: «etavéle, ardeip». Nunca
funcionó. Decidí que era culpa de mi pronunciación.
---ooo--Podría afirmarse que se abraza la pseudociencia en la misma
proporción que se comprende mal la ciencia real... sólo que aquí acaba la
comparación. Si uno nunca ha oído hablar de ciencia (por no hablar de su
funcionamiento), difícilmente será consciente de estar abrazando la
pseudociencia. Simplemente, estará pensando de una de las maneras que han
5
Aunque para mí es difícil ver una conexión cósmica más profunda que los asombrosos
descubrimientos de la astrofísica nuclear moderna: excepto el hidrógeno, todos los átomos que
nos configuran —el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, el carbón de nuestro
cerebro— fueron fabricados en estrellas gigantes rojas a una distancia de miles de años luz en el
espacio y hace miles de millones de años en el tiempo. Somos, como me gusta decir, materia
estelar.
pensado siempre los humanos. Las religiones suelen ser los viveros de
protección estatal de la pseudociencia, aunque no hay razón para que tengan
que representar este papel. En cierto modo es un dispositivo procedente de
tiempos ya pasados. En algunos países, casi todo el mundo cree en la
astrología y la adivinación, incluyendo los líderes gubernamentales. Pero eso
no se les ha inculcado sólo a través de la religión; deriva de la cultura que los
rodea, en la que todo el mundo se siente cómodo con estas prácticas y se
encuentran testimonios que lo afirman en todas partes.
La mayoría de los casos a los que me refiero en este libro son
norteamericanos... porque son los que conozco mejor, no porque la
pseudociencia y el misticismo tengan mayor incidencia en Estados Unidos
que en otra parte. Uri Geller, doblador de cucharas y psíquico que se
comunica con extraterrestres, saluda desde Israel. A medida que crecen las
tensiones entre los secularistas argelinos y los fundamentalistas musulmanes
aumenta el número de gente que consulta discretamente a los diez mil
adivinos y clarividentes (de los que cerca de la mitad operan con licencia del
gobierno). Altos cargos franceses, incluido un antiguo presidente de la
República, ordenaron la inversión de millones de dólares en una patraña (el
escándalo Elf-Aquitaine) para encontrar nuevas reservas de petróleo desde el
aire. En Alemania hay preocupación por los «rayos de la Tierra»
carcinógenos que la ciencia no detecta; sólo pueden ser captados por
experimentados zahones blandiendo sus palos ahorquillados. En las Filipinas
florece la «cirugía psíquica». Los fantasmas son una obsesión nacional en
Gran Bretaña. Desde la segunda guerra mundial, en Japón han aparecido una
enorme cantidad de nuevas religiones que prometen lo sobrenatural. El
número estimado de adivinos que prosperan en el Japón es de cien mil, con
una clientela mayoritaria de mujeres jóvenes. Aum Shirikyo, una secta que se
supone implicada en la fuga de gas nervioso sarín en el metro de Tokyo en
marzo de 1995, cuenta entre sus principales dogmas con la levitación, la
curación por la fe y la percepción extrasensorial (PES). Los seguidores
bebían, a un alto precio, el agua del «estanque milagroso»... del baño de
Asahara, su líder. En Tailandia se tratan enfermedades con pastillas
fabricadas con Escrituras Sagradas pulverizadas. Todavía hoy se queman
«brujas» en Sudáfrica. Las fuerzas australianas que mantienen la paz en Haití
rescatan a una mujer atada a un árbol; está acusada de volar de tejado en
tejado y chupar la sangre a los niños. En la India abunda la astrología, la
geomancia está muy extendida en China.
Quizá la pseudociencia global reciente de más éxito —-según
muchos criterios, ya una religión— es la doctrina hindú de la meditación
trascendental (MT). Las soporíferas homilías de su fundador y líder
espiritual, el Maharishi Mahesh Yogi, se pueden seguir por televisión.
Sentado en posición de yogui, con sus cabellos blancos veteados de negro,
rodeado de guirnaldas y ofrendas florales, su aspecto es imponente. Un día,
cambiando de canales, nos encontramos con esta cara. «¿Sabéis quién es?»,
preguntó nuestro hijo de cuatro años. «Dios.» La organización mundial de
MT tiene una valoración estimada de tres mil millones de dólares. Previo
pago de una tasa, prometen que a través de la meditación pueden hacer que
uno atraviese paredes, se vuelva invisible y vuele. Pensando al unísono,
según dicen, han reducido el índice de delitos en Washington, D.C. y han
provocado el colapso de la Unión Soviética, entre otros milagros seculares.
No se ha ofrecido la más mínima prueba real de tales afirmaciones. MT
vende medicina popular, dirige compañías comerciales, clínicas médicas y
universidades de «investigación», y ha hecho una incursión sin éxito en la
política. Con su líder de extraño carisma, su promesa de comunidad y el
ofrecimiento de poderes mágicos a cambio de dinero y una fe ferviente, es el
paradigma de muchas pseudociencias comercializadas para la exportación
sacerdotal.
Cada vez que se renuncia a los controles civiles y a la educación
científica se produce otro pequeño tirón de la pseudociencia.
Liev Trotski lo describió refiriéndose a Alemania en vísperas de la
toma del poder por parte de Hitler (pero la descripción podría haberse
aplicado igualmente a la Unión Soviética de 1933):
No sólo en las casas de los campesinos, sino también en los rascacielos de la
ciudad, junto al siglo XX convive el XIII. Cien millones de personas usan la
electricidad y creen todavía en los poderes mágicos de los signos y
exorcismos... Las estrellas de cine acuden a médiums. Los aviadores que
pilotan milagrosos mecanismos creados por el genio del hombre llevan
amuletos en la chaqueta. ¡Qué inagotable reserva de oscuridad, ignorancia y
salvajismo poseen!
Rusia es un caso instructivo. En la época de los zares se estimulaba la
superstición religiosa, pero se suprimió sin contemplaciones el pensamiento
científico y escéptico, sólo permitido a unos cuantos científicos adiestrados.
Con el comunismo se suprimieron sistemáticamente la religión y la
pseudociencia... excepto la superstición de la religión ideológica estatal. Se
presentaba como científica, pero estaba tan lejos de este ideal como el culto
misterioso menos provisto de autocrítica. Se consideraba un peligro el
pensamiento crítico —excepto por parte de los científicos en compartimentos
de conocimiento herméticamente aislados—, no se enseñaba en las escuelas y
se castigaba cuando alguien lo expresaba. Como resultado, con el
poscomunismo, muchos rusos contemplan la ciencia con sospecha. Al
levantar la tapa, como ocurrió con los virulentos odios étnicos, salió a la
superficie lo que hasta entonces había estado hirviendo por debajo de ella.
Ahora toda la zona está inundada de ovnis, poltergeist, sanadores,
curanderos, aguas mágicas y antiguas supersticiones. Un asombroso declive
de la expectativa de vida, el aumento de la mortalidad infantil, las violentas
epidemias de enfermedades, las condiciones sanitarias por debajo del mínimo
y la ignorancia de la medicina preventiva se unen para elevar el umbral a
partir del cual se dispara el escepticismo de una población cada vez más
desesperada. En el momento de escribir estas líneas, el miembro más popular
y más votado de la Duma, un importante defensor del ultranacionalista
Vladimir Zhirinovski, es un tal Anatoli Kashprirovski: un curandero que, a
distancia, con la luz deslumbrante de su rostro en la pantalla del televisor,
cura enfermedades que van desde una hernia hasta el sida. Su cara pone en
funcionamiento relojes estropeados.
Existe una situación más o menos análoga en China. Después de la
muerte de Mao Zedong y la gradual emergencia de una economía de
mercado, aparecieron los ovnis, la canalización y otros ejemplos de
pseudociencia Occidental, junto con prácticas chinas tan antiguas como la
adoración de los ancestros, la astrología y las adivinaciones, especialmente la
versión que consiste en arrojar unas ramitas de milenrama y examinar los
viejos hexagramas del I Ching. El periódico del gobierno lamentaba que «la
superstición de la ideología feudal cobre nueva vida en nuestro país». Era (y
sigue siendo) un mal principalmente rural, no urbano.
Los individuos con «poderes especiales» atraían a gran número de
seguidores. Según decían, podían proyectar Qi, el «campo de energía del
universo», desde su cuerpo para cambiar la estructura molecular de un
producto químico a dos mil kilómetros de distancia, comunicarse con
extraterrestres, curar enfermedades. Algunos pacientes murieron bajo los
cuidados de uno de esos «maestros de Qi Gong», que fue arrestado y
condenado en 1993. Wang Hong-cheng, un aficionado a la química, afirmaba
haber sintetizado un líquido que, si se añadía al agua en pequeñas cantidades,
la convertía en gasolina o un equivalente. Durante un tiempo recibió fondos
del ejército y la policía secreta pero, cuando se constató que su invento era
una patraña, fue arrestado y encarcelado. Naturalmente, se propagó la historia
de que su desgracia no era producto del fraude sino de su negativa a revelar la
«fórmula secreta» al gobierno. (En Norteamérica han circulado historias
similares durante décadas, normalmente con la sustitución del papel del
gobierno por el de una compañía petrolera o automovilística importante.) Se
está llevando a los rinocerontes asiáticos a la extinción porque dicen que sus
cuernos, pulverizados, previenen la impotencia; el mercado abarca todo el
este de Asia.
El gobierno de China y el Partido Comunista chino estaban
alarmados por estas tendencias. El 5 de diciembre de 1994 emitieron una
declaración conjunta que decía, entre otras cosas:
Se ha debilitado la educación pública en temas científicos en años recientes.
Al mismo tiempo han ido creciendo actividades de superstición e ignorancia y
se han hecho frecuentes los casos de anticiencia y pseudociencia. En
consecuencia, se deben aplicar medidas eficaces lo antes posible para
fortalecer la educación pública en la ciencia. El nivel de educación pública en
ciencia y tecnología es una señal importante del logro científico nacional. Es
un asunto de la mayor importancia en el desarrollo económico, avance
científico y progreso de la sociedad. Debemos prestar atención y potenciar
esta educación pública como parte de la estrategia de modernización de
nuestro país socialista para conseguir una nación poderosa y próspera. La
ignorancia, como la pobreza, nunca es socialista.
Así pues, la pseudociencia en Estados Unidos es parte de una
tendencia global. Sus causas, peligros, diagnóstico y tratamiento son iguales
en todas partes. Aquí, los psíquicos venden sus servicios en largos anuncios
de televisión con el respaldo personal de los presentadores. Tienen su canal
propio, el Psychic Friends Network, con un millón de abonados anuales que
lo usan como guía en su vida cotidiana. Hay una especie de astrólogoadivino-psíquico dispuesto a aconsejar a altos ejecutivos de grandes
corporaciones, analistas financieros, abogados y banqueros sobre cualquier
tema. «Si la gente supiera cuántas personas, especialmente entre los más ricos
y poderosos, van a los psíquicos, se quedaría con la boca abierta para
siempre», dice un psíquico de Cleveland, Ohio. Tradicionalmente, la realeza
ha sido vulnerable a los fraudes psíquicos. En la antigua China y en Roma la
astrología era propiedad exclusiva del emperador; cualquier uso privado de
este poderoso arte se consideraba una ofensa capital. Procedentes de una
cultura del sur de California particularmente crédula, Nancy y Ronald Reagan
consultaban a un astrólogo para temas privados y públicos, sin que los
votantes tuvieran conocimiento de ello. Parte del proceso de toma de
decisiones que influyen en el futuro de nuestra civilización está sencillamente
en manos de charlatanes. De todas formas, la práctica es relativamente baja
en América; su extensión es mundial.
---ooo--Por divertida que pueda parecer la pseudociencia, por mucho que
confiemos en que nunca seremos tan crédulos como para que nos afecte una
doctrina así, sabemos que está ocurriendo a nuestro alrededor. La Meditación
Trascendental y Aum Shin-rikyo parecen haber atraído a gran número de
personas competentes, algunas con títulos avanzados de física o ingeniería.
No son doctrinas para mentecatos. Hay algo más.
Más aún, nadie que esté interesado en lo que son las religiones y
cómo empiezan puede ignorarlas. Aunque parece que se alzan amplias
barreras entre una opinión local pseudocientífica y algo así como una religión
mundial, los tabiques de separación son muy delgados. El mundo nos
presenta problemas casi insuperables. Se ofrece una amplia variedad de
soluciones, algunas de visión mundial muy limitada, otras de un alcance
portentoso. En la habitual selección natural darwiniana de las doctrinas,
algunas resisten durante un tiempo, mientras la mayoría se desvanecen
rápidamente. Pero unas pocas —a veces, como ha mostrado la historia, las
más descuidadas y menos atractivas de entre ellas— pueden tener el poder de
cambiar profundamente la historia del mundo.
El continium que va de la ciencia mal practicada, la pseudociencia y
la superstición (antigua y de la «Nueva Era») hasta la respetable religión
basada en la revelación es confuso. Intento no utilizar la palabra «culto» en
este libro en el sentido habitual de una religión que desagrada al que habla.
Sólo pretendo llegar a la piedra angular del conocimiento: ¿saben realmente
lo que afirman saber? Todo el mundo, por lo visto, tiene una opinión
relevante.
En algunos pasajes de este libro me mostraré crítico con los excesos
de la teología, porque en los extremos es difícil distinguir la pseudociencia de
la religión rígida y doctrinaria. Sin embargo, quiero reconocer de entrada la
diversidad y complejidad prodigiosa del pensamiento y práctica religiosa a lo
largo de los siglos, el crecimiento de la religión liberal y de la comunidad
ecuménica en el último siglo y el hecho de que —como en la Reforma
protestante, el ascenso del judaismo de la Reforma, el Vaticano II y el
llamado alto criticismo de la Biblia— la religión ha luchado (con distintos
niveles de éxito) contra sus propios excesos. Pero, igual que muchos
científicos parecen reacios a debatir o incluso comentar públicamente la
pseudociencia, muchos defensores de las religiones principales se resisten a
enfrentarse a conservadores ultras y funda-mentalistas. Si se mantiene la
tendencia, a la larga el campo es suyo; pueden ganar el debate por
incomparecencia del contrario.
Un líder religioso me escribe sobre su anhelo de «integridad
disciplinada» en la religión:
Nos hemos vuelto demasiado sentimentales... La devoción extrema y la
psicología barata por un lado, y la arrogancia e intolerancia dogmática por el
otro, distorsionan la auténtica vida religiosa hasta hacerla irreconocible. A
veces casi rozo la desesperación, pero también vivo con tenacidad y siempre
con esperanza... La religión sincera, más familiar que sus críticos con las
distorsiones y absurdidades perpetradas en su nombre, tiene un interés activo
en alentar un escepticismo saludable para sus propósitos... Existe la
posibilidad de que la religión y la ciencia forjen una relación poderosa contra
la pseudociencia. Por extraño que parezca, creo que pronto se unirán para
oponerse a la pseudorreligión.
La pseudociencia es distinta de la ciencia errónea. La ciencia avanza
con los errores y los va eliminando uno a uno. Se llega continuamente a
conclusiones falsas, pero se formulan hipotéticamente. Se plantean hipótesis
de modo que puedan refutarse. Se confronta una sucesión de hipótesis
alternativas mediante experimento y observación. La ciencia anda a tientas y
titubeando hacia una mayor comprensión. Desde luego, cuando se descarta
una hipótesis científica se ven afectados los sentimientos de propiedad, pero
se reconoce que este tipo de refutación es el elemento central de la empresa
científica.
La pseudociencia es justo lo contrario. Las hipótesis suelen
formularse precisamente de modo que sean invulnerables a cualquier
experimento que ofrezca una posibilidad de refutación, por lo que en
principio no pueden ser invalidadas. Los practicantes se muestran cautos y a
la defensiva. Se oponen al escrutinio escéptico. Cuando la hipótesis de los
pseudocientíficos no consigue cuajar entre los científicos se alegan
conspiraciones para suprimirla.
La capacidad motora en la gente sana es casi perfecta. Raramente
tropezamos o caemos, excepto de pequeños o en la vejez. Aprendemos tareas
como montar en bicicleta, patinar, saltar a la comba o conducir un coche y
conservamos este dominio para toda la vida. Aunque estemos una década sin
practicarlo, no nos cuesta ningún esfuerzo recuperarlo. La precisión y
retención de nuestras habilidades motoras, sin embargo, nos da un falso
sentido de confianza en nuestros otros talentos. Nuestras percepciones son
falibles. A veces vemos lo que no existe. Somos víctimas de ilusiones
ópticas. En ocasiones alucinamos. Tendemos a cometer errores. Un libro
francamente ilustrativo, titulado Cómo sabemos que no es así: la falibilidad
de la razón humana en la vida cotidiana, de Thomas Gilovich, muestra cómo
la gente yerra sistemáticamente en la comprensión de números, cómo rechaza
las pruebas desagradables, cómo le influyen las opiniones de otros. Somos
buenos en algunas cosas, pero no en todo. La sabiduría radica en comprender
nuestras limitaciones. «Porque el hombre es una criatura atolondrada», nos
enseña William Shakespeare. Aquí es donde entra el puntilloso rigor
escéptico de la ciencia.
Quizá la distinción más clara entre la ciencia y la pseudociencia es
que la primera tiene una apreciación mucho más comprensiva de las
imperfecciones humanas y la falibilidad que la pseudociencia (o revelación
«inequívoca»). Si nos negamos categóricamente a reconocer que somos
susceptibles de cometer un error, podemos estar seguros de que el error —
incluso un error grave, una equivocación profunda— nos acompañará
siempre. Pero si somos capaces de evaluarnos con un poco de coraje, por
muy lamentables que sean las reflexiones que podamos engendrar, nuestras
posibilidades mejoran enormemente.
Si nos limitamos a mostrar los descubrimientos y productos de la
ciencia —no importa lo útiles y hasta inspiradores que puedan ser— sin
comunicar su método crítico, ¿cómo puede distinguir el ciudadano medio
entre ciencia y pseudociencia? Ambas se presentan como afirmación sin
fundamento. En Rusia y China solía ser fácil. La ciencia autorizada era la que
enseñaban las autoridades. La distinción entre ciencia y pseudociencia se
hacía a medida. No hacía falta explicar las dudas. Pero en cuanto se
produjeron cambios políticos profundos y se liberaron las restricciones del
libre pensamiento hubo una serie de afirmaciones seguras o carismáticas —
especialmente las que nos decían lo que queríamos oír— que consiguieron
muchos seguidores. Cualquier idea, por improbable que fuera, conseguía
autoridad.
Para el divulgador de la ciencia es un desafío supremo aclarar la
historia actual y tortuosa de sus grandes descubrimientos y equivocaciones, y
la testarudez ocasional de sus practicantes en su negativa a cambiar de
camino. Muchos, quizá la mayoría de los libros de texto de ciencias para
científicos en ciernes, lo abordan con ligereza. Es mucho más fácil presentar
de modo atractivo la sabiduría destilada durante siglos de interrogación
paciente y colectiva sobre la naturaleza que detallar el complicado aparato de
destilación. El método, aunque sea indigesto y espeso, es mucho más
importante que los descubrimientos de la ciencia.
CAPITULO 2
_______
CIENCIA
Y
ESPERANZA
Dos hombres llegaron a un agüero
en el cielo. Uno le pidió al otro
que le ayudara a subir...
Pero el cielo era tan bonito que el hombre
que miraba por encima del margen;
lo olvidó todo, olvidó a su compañero al
que había prometido ayudar y salió
corriendo hacia todo el esplendor del
cielo.
De un poema en prosa inuit iglülik
de principios del siglo XX,
contado por Inugpasugjuk
a Knud Rasmussen,
el explorador ártico de Groenlandia
Yo fui niño en una época de esperanza. Quise ser científico desde mis
primeros días de escuela. El momento en que cristalizó mi deseo llegó
cuando capté por primera vez que las estrellas eran soles poderosos, cuando
constaté lo increíblemente lejos que debían de estar para aparecer como
simples puntos de luz en el cielo. No estoy seguro de que entonces supiera
siquiera el significado de la palabra «ciencia», pero de alguna manera quería
sumergirme en toda su grandeza. Me llamaba la atención el esplendor del
universo, me fascinaba la perspectiva de comprender cómo funcionan
realmente las cosas, de ayudar a descubrir misterios profundos, de explorar
nuevos mundos... quizá incluso literalmente. He tenido la suerte de haber
podido realizar este sueño al menos en parte. Para mí, el romanticismo de la
ciencia sigue siendo tan atractivo y nuevo como lo fuera aquel día, hace más
de medio siglo, que me enseñaron las maravillas de la Feria Mundial de
1939.
Popularizar la ciencia —intentar hacer accesibles sus métodos y
descubrimientos a los no científicos— es algo que viene a continuación, de
manera natural e inmediata. No explicar la ciencia me parece perverso.
Cuando uno se enamora, quiere contarlo al mundo. Este libro es una
declaración personal que refleja mi relación de amor de toda la vida con la
ciencia.
Pero hay otra razón: la ciencia es más que un cuerpo de
conocimiento, es una manera de pensar. Preveo cómo será la América de la
época de mis hijos o nietos: Estados Unidos será una economía de servicio e
información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán
desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en
manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá
acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la
capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a
los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y
consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en
declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es
cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la
oscuridad.
La caída en la estupidez de Norteamérica se hace evidente
principalmente en la lenta decadencia del contenido de los medios de
comunicación, de enorme influencia, las cuñas de sonido de treinta segundos
(ahora reducidas a diez o menos), la programación de nivel ínfimo, las
crédulas presentaciones de pseudociencia y superstición, pero sobre todo en
una especie de celebración de la ignorancia. En estos momentos, la película
en vídeo que más se alquila en Estados Unidos es Dumb and Dumber. Beavis
y Buttheadi siguen siendo populares (e influyentes) entre los jóvenes
espectadores de televisión. La moraleja más clara es que el estudio y el
conocimiento —no sólo de la ciencia, sino de cualquier cosa— son
prescindibles, incluso indeseables.
Hemos preparado una civilización global en la que los elementos más
cruciales —el transporte, las comunicaciones y todas las demás industrias; la
agricultura, la medicina, la educación, el ocio, la protección del medio
ambiente, e incluso la institución democrática clave de las elecciones—
dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos
dispuesto las cosas de modo que nadie entienda la ciencia y la tecnología.
Eso es una garantía de desastre. Podríamos seguir así una temporada pero,
antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará
en la cara.
Una vela en la oscuridad es el título de un libro valiente, con
importante base bíblica, de Thomas Ady, publicado en Londres en 1656, que
ataca la caza de brujas que se realizaba entonces como una patraña «para
engañar a la gente». Cualquier enfermedad o tormenta, cualquier cosa fuera
de lo ordinario, se atribuía popularmente a la brujería. Las brujas deben
existir: Ady citaba el argumento de los «traficantes de brujas»: «¿cómo si no
existirían, o llegarían a ocurrir esas cosas?» Durante gran parte de nuestra
historia teníamos tanto miedo del mundo exterior, con sus peligros
impredecibles, que nos abrazábamos con alegría a cualquier cosa que
prometiera mitigar o explicar el terror. La ciencia es un intento, en gran
medida logrado, de entender el mundo, de conseguir un control de las cosas,
de alcanzar el dominio de nosotros mismos, de dirigirnos hacia un camino
seguro. La microbiología y la meteorología explican ahora lo que hace sólo
unos siglos se consideraba causa suficiente para quemar a una mujer en la
hoguera.
Ady también advertía del peligro de que «las naciones perezcan por
falta de conocimiento». La causa de la miseria humana evitable no suele ser
tanto la estupidez como la ignorancia, particularmente la ignorancia de
nosotros mismos. Me preocupa, especialmente ahora que se acerca el fin del
milenio, que la pseudociencia y la superstición se hagan más tentadoras de
año en año, el canto de sirena más sonoro y atractivo de la insensatez.
¿Dónde hemos oído eso antes? Siempre que afloran los prejuicios étnicos o
nacionales, en tiempos de escasez, cuando se desafía a la autoestima o vigor
nacional, cuando sufrimos por nuestro insignificante papel y significado
cósmico o cuando hierve el fanatismo a nuestro alrededor, los hábitos de
pensamiento familiares de épocas antiguas toman el control.
La llama de la vela parpadea. Tiembla su pequeña fuente de luz.
Aumenta la oscuridad. Los demonios empiezan a agitarse.
---ooo--Es mucho lo que la ciencia no entiende, quedan muchos misterios
todavía por resolver. En un universo que abarca decenas de miles de millones
de años luz y de unos diez o quince miles de millones de años de antigüedad,
quizá siempre será así. Tropezamos constantemente con sorpresas. Sin
embargo, algunos escritores y religiosos de la «Nueva Era» afirman que los
científicos creen que «lo que ellos encuentran es todo lo que existe». Los
científicos pueden rechazar revelaciones místicas de las que no hay más
prueba que lo que dice alguien, pero es difícil que crean que su conocimiento
de la naturaleza es completo.
La ciencia está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto.
Simplemente, es el mejor que tenemos. En este sentido, como en muchos
otros, es como la democracia. La ciencia por sí misma no puede apoyar
determinadas acciones humanas, pero sin duda puede iluminar las posibles
consecuencias de acciones alternativas.
La manera de pensar científica es imaginativa y disciplinada al
mismo tiempo. Ésta es la base de su éxito. La ciencia nos invita a aceptar los
hechos, aunque no se adapten a nuestras ideas preconcebidas. Nos aconseja
tener hipótesis alternativas en la cabeza y ver cuál se adapta mejor a los
hechos. Nos insta a un delicado equilibrio entre una apertura sin barreras a las
nuevas ideas, por muy heréticas que sean, y el escrutinio escéptico más
riguroso: nuevas ideas y sabiduría tradicional. Esta manera de pensar también
es una herramienta esencial para una democracia en una era de cambio.
Una de las razones del éxito de la ciencia es que tiene un mecanismo
incorporado que corrige los errores en su propio seno. Quizá algunos
consideren esta caracterización demasiado amplia pero, para mí, cada vez que
ejercemos la autocrítica, cada vez que comprobamos nuestras ideas a la luz
del mundo exterior, estamos haciendo ciencia. Cuando somos
autoindulgentes y acríticos, cuando confundimos las esperanzas con los
hechos, caemos en la pseudociencia y la superstición.
Cada vez que un estudio científico presenta algunos datos, va
acompañado de un margen de error: un recordatorio discreto pero insistente
de que ningún conocimiento es completo o perfecto. Es una forma de medir
la confianza que tenemos en lo que creemos saber. Si los márgenes de error
son pequeños, la precisión de nuestro conocimiento empírico es alta; si son
grandes, también lo es la incertidumbre de nuestro conocimiento. Excepto en
matemática pura, nada se sabe seguro (aunque, con toda seguridad, mucho es
falso).
Además, los científicos suelen ser muy cautos al establecer la
condición verídica de sus intentos de entender el mundo —que van desde
conjeturas e hipótesis, que son provisionales, hasta las leyes de la naturaleza,
repetida y sistemáticamente confirmadas a través de muchos interrogantes
acerca del funcionamiento del mundo. Pero ni siquiera las leyes de la
naturaleza son absolutamente ciertas. Puede haber nuevas circunstancias
nunca examinadas antes —sobre los agujeros negros, por ejemplo, o dentro
del electrón, o acerca de la velocidad de la luz— en las que incluso nuestras
loadas leyes de la naturaleza fallan y, por muy válidas que puedan ser en
circunstancias ordinarias, necesitan corrección.
Los humanos podemos desear la certeza absoluta, aspirar a ella, pretender
como hacen los miembros de algunas religiones que la hemos logrado. Pero
la historia de la ciencia —sin duda la afirmación de conocimiento accesible a
los humanos de mayor éxito— nos enseña que lo máximo que podemos
esperar es, a través de una mejora sucesiva de nuestra comprensión,
aprendiendo de nuestros errores, tener un enfoque asintótico del universo,
pero con la seguridad de que la certeza absoluta siempre se nos escapará.
Siempre estaremos sujetos al error. Lo máximo que puede esperar
cada generación es reducir un poco el margen de error y aumentar el cuerpo
de datos al que se aplica. El margen de error es una autovaloración
penetrante, visible, de la fiabilidad de nuestro conocimiento. Se puede ver a
menudo el margen de error en encuestas de opinión pública («una
inseguridad de más o menos tres por ciento», por ejemplo). Imaginemos una
sociedad en la que todo discurso en el Parlamento, todo anuncio de
televisión, todo sermón fuera acompañado de un margen de error o su
equivalente.
Uno de los grandes mandamientos de la ciencia es: «Desconfía de los
argumentos que proceden de la autoridad.» (Desde luego, los científicos,
siendo primates y dados por tanto a las jerarquías de dominación, no siempre
siguen este mandamiento.) Demasiados argumentos de este tipo han resultado
ser dolorosamente erróneos. Las autoridades deben demostrar sus opiniones
como todos los demás. Esta independencia de la ciencia, su reluctancia
ocasional a aceptar la sabiduría convencional, la hace peligrosa para doctrinas
menos autocríticas o con pretensiones de certidumbre.
Como la ciencia nos conduce a la comprensión de cómo es el mundo
y no de cómo desearíamos que fuese, sus descubrimientos pueden no ser
inmediatamente comprensibles o satisfactorios en todos los casos. Puede
costar un poco de trabajo reestructurar nuestra mente. Parte de la ciencia es
muy simple. Cuando se complica suele ser porque el mundo es complicado, o
porque nosotros somos complicados. Cuando nos alejamos de ella porque
parece demasiado difícil (o porque nos la han enseñado mal) abandonamos la
posibilidad de responsabilizarnos de nuestro, futuro. Se nos priva de un
derecho. Se erosiona la confianza en nosotros mismos.
Pero cuando atravesamos la barrera, cuando los descubrimientos y
métodos de la ciencia llegan hasta nosotros, cuando entendemos y ponemos
en uso este conocimiento, muchos de nosotros sentimos una satisfacción
profunda. A todo el mundo le ocurre eso, pero especialmente a los niños, que
nacen con afán de conocimiento, conscientes de que deben vivir en un futuro
moldeado por la ciencia, pero a menudo convencidos en su adolescencia de
que la ciencia no es para ellos. Sé por experiencia, tanto por habérmela
explicado a mí como por mis intentos de explicarla a otros, lo gratificante que
es cuando conseguimos entenderla, cuando los términos oscuros adquieren
significado de golpe, cuando captamos de qué va todo, cuando se nos revelan
profundas maravillas.
En su encuentro con la naturaleza, la ciencia provoca
invariablemente reverencia y admiración. El mero hecho de entender algo es
una celebración de la unión, la mezcla, aunque sea a escala muy modesta, con
la magnificencia del cosmos. Y la construcción acumulativa de conocimiento
en todo el mundo a lo largo del tiempo convierte a la ciencia en algo que no
está muy lejos de un meta-pensamiento transnacional, transgeneracional.
«Espíritu» viene de la palabra latina «respirar». Lo que respiramos es
aire, que es realmente materia, por sutil que sea. A pesar del uso en sentido
contrario, la palabra «espiritual» no implica necesariamente que hablemos de
algo distinto de la materia (incluyendo la materia de la que está hecho el
cerebro), o de algo ajeno al reino de la ciencia. En ocasiones usaré la palabra
con toda libertad. La ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad sino
que es una fuente de espiritualidad profunda. Cuando reconocemos nuestro
lugar en una inmensidad de años luz y en el paso de las eras, cuando
captamos la complicación, belleza y sutileza de la vida, la elevación de este
sentimiento, la sensación combinada de regocijo y humildad, es sin duda
espiritual. Así son nuestras emociones en presencia del gran arte, la música o
la literatura, o ante los actos de altruismo y valentía ejemplar como los de
Mohadma Gandhi o Martín Luther King, Jr. La idea de que la ciencia y la
espiritualidad se excluyen mutuamente de algún modo presta un flaco
servicio a ambas.
---ooo--La ciencia puede ser difícil de entender. Puede desafiar creencias
arraigadas. Cuando sus productos se ponen a disposición de políticos o
industriales, puede conducir a las armas de destrucción masiva y a graves
amenazas al entorno. Pero debe decirse una cosa a su favor: cumple su
cometido.
No todas las ramas de la ciencia pueden presagiar el futuro —la
paleontología, por ejemplo— pero muchas sí, y con una precisión asombrosa.
Si uno quiere saber cuándo será el próximo eclipse de sol, puede preguntar a
magos o místicos, pero le irá mucho mejor con los científicos. Le dirán dónde
colocarse en la Tierra, para verlo, cuándo debe hacerlo y si será un eclipse
parcial, total o anular. Pueden predecir rutinariamente un eclipse solar, al
minuto, con un milenio de anticipación. Una persona puede ir a ver a un
brujo para que le quite el sortilegio que le provoca una anemia perniciosa, o
puede tomar vitamina B12. Si quiere salvar de la polio a su hijo, puede rezar
o puede vacunarle. Si le interesa saber el sexo de su hijo antes de nacer,
puede consultar todo lo que quiera a los adivinos que se basan en el
movimiento de la plomada (derecha-izquierda, un niño; adelante-atrás, una
niña... o quizá al revés) pero, como promedio, acertarán sólo una de cada dos
veces. Si quiere precisión (en este caso del noventa y nueve por ciento),
pruebe la amniocentesis y las ecografías. Pruebe la ciencia.
Pensemos en cuántas religiones intentan justificarse con la profecía.
Pensemos en cuánta gente confía en esas profecías, por vagas que sean, por
irrealizables que sean, para fundamentar o apuntalar sus creencias. Pero ¿ha
habido alguna religión con la precisión profética y la exactitud de la ciencia?
No hay ninguna religión en el planeta que no ansíe una capacidad comparable
—precisa y repetidamente demostrada ante escépticos redomados— para
presagiar acontecimientos futuros. No hay otra institución humana que se
acerque tanto.
¿Es todo eso adoración ante el altar de la ciencia? ¿Es reemplazar una
fe por otra, igualmente arbitraria? Desde mi punto de vista, en absoluto. El
éxito de la ciencia, directamente observado, es la razón por la que defiendo su
uso. Si funcionara mejor otra cosa, la defendería. ¿Se aísla la ciencia de la
crítica filosófica? ¿Se define a sí misma como poseedora de un monopolio de
la «verdad»? Pensemos nuevamente en este eclipse futuro a miles de años
vista. Comparemos todas las doctrinas que podamos, veamos qué
predicciones hacen del futuro, cuáles son vagas y cuáles precisas, y qué
doctrinas —cada una de ellas sujeta a la falibilidad humana— tienen
mecanismos incorporados de corrección de errores. Tomemos nota del hecho
que ninguna de ellas es perfecta. Luego tomemos la que razonablemente
puede funcionar (en oposición a la que lo parece) mejor. Si hay diferentes
doctrinas que son superiores en campos distintos e independientes, desde
luego somos libres de elegir varias, pero no si se contradicen una a otra.
Lejos de ser idolatría, es el medio a través del que podemos distinguir a los
ídolos falsos de los auténticos.
Nuevamente, la razón por la que la ciencia funciona tan bien es en
parte este mecanismo incorporado de corrección de errores. En la ciencia no
hay preguntas prohibidas, no hay temas demasiado sensibles o delicados para
ser explorados, no hay verdades sagradas. Esta apertura a nuevas ideas,
combinada con el escrutinio más riguroso y escéptico de todas las ideas,
selecciona el trigo de la cizaña. No importa lo inteligente, venerable o
querido que sea uno. Debe demostrar sus ideas ante la crítica decidida y
experta. Se valoran la diversidad y el debate. Se alienta la formulación de
opiniones en disputa, sustantivamente y en profundidad.
El proceso de la ciencia puede parecer confuso y desordenado. En
cierto modo lo es. Si uno examina la ciencia en su aspecto cotidiano, desde
luego encuentra que los científicos ocupan toda la gama de emociones,
personalidades y caracteres humanos. Pero hay una faceta realmente
asombrosa para el observador externo, y es el nivel de crítica que se
considera aceptable o incluso deseable. Los aprendices de científicos reciben
mucho calor e inspirado aliento de sus tutores. Pero el pobre licenciado, en su
examen oral de doctorado, está sujeto a un mordaz fuego cruzado de
preguntas de unos profesores que precisamente tienen el futuro del candidato
en sus manos. Naturalmente, el doctorado se pone nervioso; ¿quién no?
Cierto, se ha preparado para ello durante años. Pero entiende que, en este
momento crítico, tiene que ser capaz de responder las minuciosas preguntas
que le planteen los expertos. Así, cuando se prepara para defender su tesis,
debe practicar un hábito de pensamiento muy útil: tiene que anticipar las
preguntas, tiene que preguntarse: ¿En qué punto flaquea mi disertación? Será
mejor que lo identifique yo antes que otros.
El científico participa en reuniones y discusiones. Se encuentra en
coloquios universitarios en los que apenas el ponente lleva treinta segundos
hablando cuando la audiencia le plantea preguntas y comentarios
devastadores. Analiza las condiciones para entregar un artículo a una revista
científica para su posible publicación, lo envía al editor y luego éste lo
somete a árbitros anónimos cuya tarea es preguntarse: ¿Lo que ha hecho el
autor es una estupidez? ¿Hay algo aquí lo bastante interesante para ser
publicado? ¿Cuáles son las deficiencias de este estudio? Los resultados
principales ¿han sido encontrados por alguien más? ¿El argumento es
adecuado, o el autor debería someter el informe de nuevo después de
demostrar realmente lo que aquí es sólo una especulación? Y es anónimo: el
autor no sabe quiénes son los críticos. Esta es la práctica diaria de la
comunidad científica.
¿Por qué soportamos todo eso? ¿Nos gusta que nos critiquen? No, a
ningún científico le gusta. Todo científico siente un afecto de propietario por
sus ideas y descubrimientos. Con todo, no replicamos a los críticos: espera un
momento, de verdad que es buena idea, me gusta mucho, no te hace ningún
daño, por favor, déjala en paz. En lugar de eso, la norma dura pero justa es
que si las ideas no funcionan, debemos descartarlas. No gastes neuronas en lo
que no funciona. Dedica esas neuronas a ideas nuevas que expliquen mejor
los datos. El físico británico Michael Faraday advirtió de la poderosa
tentación de buscar las pruebas y apariencias que están a favor de nuestros
deseos y desatender las que se oponen a ellos...
Recibimos como favorable lo que concuerda con [nosotros], nos resistimos
con desagrado a lo que se nos opone; mientras todo dictado del sentido común
requiere exactamente lo contrario.
Las críticas válidas te hacen un favor.
Hay gente que considera arrogante a la ciencia, especialmente cuando
pretende contradecir creencias arraigadas o cuando introduce conceptos
extraños que parecen contrarios al sentido común. Como un terremoto que
sacude nuestra fe en el terreno donde nos hallamos, desafiar nuestras
creencias tradicionales, zarandear las doctrinas en las que hemos confiado,
puede ser profundamente perturbador. Sin embargo, mantengo que la ciencia
es parte integrante de la humildad. Los científicos no pretenden imponer sus
necesidades y deseos a la naturaleza, sino que humildemente la interrogan y
se toman en serio lo que encuentran. Somos conscientes de que científicos
venerados se han equivocado. Entendemos la imperfección humana.
Insistimos en la verificación independiente —hasta donde sea posible— y.
cuantitativa de los principios de creencia que se proponen. Constantemente
estamos clavando el aguijón, desafiando, buscando contradicciones o
pequeños errores persistentes, residuales, proponiendo explicaciones
alternativas, alentando la herejía. Damos nuestras mayores recompensas a los
que refutan convincentemente creencias establecidas.
Aquí va uno de los muchos ejemplos: las leyes de movimiento y la
ley de cuadrado inverso de gravitación asociadas con el nombre de Isaac
Newton están consideradas con razón entre los máximos logros de la especie
humana. Trescientos años después, utilizamos la dinámica newtoniana para
predecir los eclipses. Años después del lanzamiento, a miles de millones de
kilómetros de la Tierra (con sólo pequeñas correcciones de Einstein), la nave
espacial llega de manera magnífica a un punto predeterminado en la órbita
del objetivo mientras el mundo va moviéndose lentamente. La precisión es
asombrosa. Sencillamente, Newton sabía lo que hacía.
Pero los científicos no se han conformado con dejarlo como estaba.
Han buscado con persistencia grietas en la armadura newtoniana. A grandes
velocidades y fuertes gravedades, la física newtoniana se derrumba. Éste es
uno de los grandes descubrimientos de la relatividad especial y general de
Albert Einstein y una de las razones por las que se honra de tal modo su
memoria. La física newtoniana es válida en un amplio espectro de
condiciones, incluyendo las de la vida cotidiana. Pero, en ciertas
circunstancias altamente inusuales para los seres humanos —al fin y al cabo,
no tenemos el hábito de viajar a velocidad cercana a la de la luz—
simplemente no da la respuesta correcta; no es acorde con las observaciones
de la naturaleza. La relatividad especial y general son indistinguibles de la
física newtoniana en su campo de validez, pero hacen predicciones muy
diferentes —predicciones en excelente acuerdo con la observación— en esos
otros regímenes (alta velocidad; fuerte gravedad). La física newtoniana
resulta ser una aproximación a la verdad, buena en circunstancias con las que
tenemos una familiaridad rutinaria, mala en otras. Es un logro espléndido y
justamente celebrado de la mente humana, pero tiene sus limitaciones.
Sin embargo, de acuerdo con nuestra comprensión de la falibilidad
humana, teniendo en cuenta la advertencia de que podemos acercarnos
asintóticamente a la verdad pero nunca alcanzarla del todo, los científicos
están investigando hoy regímenes en los que pueda fallar la relatividad
general. Por ejemplo, la relatividad general predice un fenómeno asombroso
llamado ondas gravitacionales. Nunca se han detectado directamente. Pero, si
no existen, hay algo fundamentalmente erróneo en la relatividad general. Los
pulsares son estrellas de neutrones que giran rápidamente, cuyos períodos de
giro pueden medirse ahora con una precisión de hasta quince decimales. Se
predice que dos pulsares muy densos en órbita uno alrededor del otro irradian
cantidades copiosas de ondas gravitacionales... que con el tiempo alterarán
ligeramente las órbitas y los períodos de rotación de las dos estrellas. Joseph
Taylor y Russell Hulse, de la Universidad de Princeton, han usado este
método para comprobar las predicciones de la relatividad general de un modo
totalmente nuevo. Según sus hipótesis, los resultados serían inconsistentes
con la relatividad general y habrían derribado uno de los pilares principales
de la física moderna. No sólo estaban dispuestos a desafiar la relatividad
general, sino que se los animó a hacerlo con entusiasmo. Al final, la
observación de pulsares binarios da una verificación precisa de las
predicciones de la relatividad general y, por ello, Taylor y Hulse recibieron
conjuntamente el Premio Nobel de de Física en 1993. De modos diversos,
otros muchos físicos ponen a prueba la relatividad general: por ejemplo
intentando detectar directamente las elusivas ondas gravitacionales. Confían
en forzar la teoría hasta el punto de ruptura y descubrir si existe un régimen
de la naturaleza en el que empiece a no ser sólido el gran avance de
comprensión de Einstein.
Esos esfuerzos continuarán siempre que haya científicos. La
relatividad general es ciertamente una descripción inadecuada de la
naturaleza a nivel cuántico, pero, aunque no fuera así, aunque la relatividad
general fuera válida en todas partes y para siempre, ¿qué mejor manera de
convencernos de su validez que con un esfuerzo concertado para descubrir
sus errores y limitaciones?
Esta es una de las razones por las que las religiones organizadas no
me inspiran confianza. ¿Qué líderes de las religiones principales reconocen
que sus creencias podrían ser incompletas o erróneas y establecen institutos
para desvelar posibles deficiencias doctrinales? Más allá de la prueba de la
vida cotidiana, ¿quién comprueba sistemáticamente las circunstancias en que
las enseñanzas religiosas tradicionales pueden no ser ya aplicables? (Sin duda
es concebible que doctrinas y éticas que funcionaron bastante bien en tiempos
patriarcales, patrísticos o medievales puedan carecer absolutamente de valor
en el mundo tan diferente que habitamos.) ¿En qué sermón se examina
imparcialmente la hipótesis de Dios? ¿Qué recompensas conceden a los
escépticos religiosos las religiones establecidas... o a los escépticos sociales y
económicos la sociedad en la que navegan?
La ciencia, apunta Ann Druyan, siempre nos está susurrando al oído:
«Recuerda que eres nuevo en esto. Podrías estar equivocado. Te has
equivocado antes.» A pesar de toda la prédica sobre la humildad, me gustaría
que me enseñasen algo comparable en la religión. Se dice que las Escrituras
son de inspiración divina, una frase con muchos significados. Pero ¿y si han
sido fabricadas simplemente por humanos falibles? Se da testimonio de
milagros, pero ¿y si en lugar de eso son una mezcla de charlatanería, estados
de conciencia poco familiares, malas interpretaciones de fenómenos naturales
y enfermedades mentales? No me parece que ninguna religión
contemporánea y ninguna creencia de la «Nueva Era» tenga en cuenta
suficientemente la grandeza, magnificencia, sutileza y complicación del
universo revelado por la ciencia. El hecho de que en las Escrituras se hallen
prefigurados tan pocos descubrimientos de la ciencia moderna aporta
mayores dudas a mi mente sobre la inspiración divina.
Pero, sin duda, podría estar equivocado.
---ooo---
Vale la pena leer los dos párrafos que siguen, no para entender la
ciencia que describen sino para captar el estilo de pensamiento del autor. Se
enfrenta a anomalías, paradojas aparentes en física; «asimetrías», las llama.
¿Qué podemos aprender de ellas?
Es sabido que la electrodinámica de Maxwell —tal y como se entiende
actualmente— conduce a asimetrías que no parecen inherentes a los
fenómenos, cuando se aplica a cuerpos en movimiento. Tómese, por ejemplo,
la acción electromagnética dinámica recíproca entre un imán y un conductor.
El fenómeno que aquí se observa depende únicamente del movimiento
relativo entre el conductor y el imán, mientras que la visión habitual establece
una bien definida distinción entre los dos casos en que uno u otro de esos
cuerpos está en movimiento. Ya que si el imán está en movimiento y el
conductor en reposo, aparece en los alrededores del imán un campo eléctrico
con una cierta energía definida, que produce una corriente en aquellos lugares
donde se sitúan partes del conductor. Pero si el imán está estacionario y el
conductor en movimiento, no surge ningún campo eléctrico en los
alrededores del imán. Sin embargo, en el conductor encontramos una fuerza
electromotriz, para la que no existe la energía correspondiente, pero que da
lugar —suponiendo que el movimiento relativo sea el mismo en los dos casos
discutidos— a corrientes eléctricas de la misma dirección e intensidad que las
producidas por las fuerzas eléctricas en el caso anterior.
Ejemplos de este tipo, junto a los intentos que sin éxito se han
realizado para descubrir cualquier movimiento de la Tierra con respecto al
«éter», sugieren que los fenómenos de la electrodinámica lo mismo que los
de la mecánica no poseen propiedades que corresponden a la idea del reposo
absoluto. Más bien sugieren que, como se ha demostrado en el primer orden
de pequeñas cantidades, serán válidas las mismas leyes de electrodinámica y
óptica para todos los marcos de referencia en que sean aplicables las
ecuaciones de mecánica.
¿Qué intenta decirnos aquí el autor? Más adelante trataré de explicar
los antecedentes. De momento, quizá podemos reconocer que el lenguaje es
ahorrativo, cauto, claro y sin un ápice más de complicación que la necesaria.
No es posible adivinar a primera vista por la redacción (o por el poco
ostentoso título: «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento»)
que este artículo representa la llegada crucial al mundo de la teoría de la
relatividad especial, la puerta del anuncio triunfante de la equivalencia de
masa y energía, la reducción de la presunción de que nuestro pequeño mundo
ocupa algún «marco de referencia privilegiado» en el universo, y en varios
aspectos diferentes un acontecimiento que marca una época en la historia
humana. Las palabras que abren el artículo de 1905 de Einstein son
características del informe científico. Su aire desinteresado, su
circunspección y modestia son agradables. Contrastemos su tono contenido,
por ejemplo, con los productos de la publicidad moderna, discursos políticos,
pronunciamientos teológicos autorizados... o, por qué no, con la propaganda
de la solapa de este libro.
Nótese que el informe de Einstein empieza intentando extraer un
sentido de unos resultados experimentales. Siempre que sea posible, los
científicos experimentan. Los experimentos que se proponen dependen a
menudo de las teorías que prevalecen en el momento. Los científicos están
decididos a comprobar esas teorías hasta el punto de ruptura. No confían en
lo que es intuitivamente obvio. Que la Tierra era plana fue obvio en un
tiempo. Fue obvio que los cuerpos pesados caían más de prisa que los ligeros.
Fue obvio que algunas personas eran esclavas por naturaleza y por decreto
divino. Fue obvio que las sanguijuelas curaban la mayoría de las
enfermedades. Fue obvio que existía un lugar que ocupaba el centro del
universo, y que la Tierra se encontraba en ese lugar privilegiado. Fue obvio
que hubo un sistema de referencia en reposo absoluto. La verdad puede ser
confusa o contraria a la intuición. Puede contradecir creencias profundas.
Experimentando, llegamos a controlarla.
Hace muchas décadas, en una cena, se pidió al físico Robert W.
Wood que respondiera al brindis: «Por la física y la metafísica.» Por
«metafísica» se entendía entonces algo así como la filosofía, o verdades que
uno puede reconocer sólo pensando en ellas. También podían haber incluido
la pseudociencia.
Wood respondió aproximadamente de esta guisa: El físico tiene una
idea. Cuanto más piensa en ella, más sentido le parece que tiene. Consulta la
literatura científica. Cuanto más lee, más prometedora le parece la idea. Con
esta preparación va al laboratorio y concibe un experimento para
comprobarlo. El experimento es trabajoso. Se comprueban muchas
posibilidades. Se afina la precisión de la medición, se reducen los márgenes
de error. Deja que los casos sigan su curso. Se concentra sólo en lo que le
enseña el experimento. Al final de todo su trabajo, después de una minuciosa
experimentación, se encuentra con que la idea no tiene valor. Así, el físico la
descarta, libera su mente de la confusión del error y pasa a otra cosa.6
La diferencia entre física y metafísica, concluyó Wood mientras
levantaba su vaso, no es que los practicantes de una sean más inteligentes que
los de la otra. La diferencia es que la metafísica no tiene laboratorio.
---ooo--6
Como lo expresó el físico Benjamín Franklin: «En el curso de esos experimentos, ¿cuántos
bellos sistemas construimos que pronto nos vemos obligados a destruir?» Al menos, pensaba
Franklin, la experiencia bastaba para «ayudar a hacer un hombre humilde de un vanidoso».
Para mí, hay cuatro razones principales para realizar un esfuerzo
concertado que acerque la ciencia —por radio, televisión, cine, periódicos,
libros, programas de ordenador, parques temáticos y aulas de clase— a todos
los ciudadanos. En todos los usos de la ciencia es insuficiente —y
ciertamente peligroso— producir sólo un sacerdocio pequeño, altamente
competente y bien recompensado de profesionales. Al contrario, debe hacerse
accesible a la más amplia escala una comprensión fundamental de los
descubrimientos y métodos de la ciencia.
• A pesar de las abundantes oportunidades de mal uso, la ciencia puede ser el
camino dorado para que las naciones en vías de desarrollo salgan de la
pobreza y el atraso. Hace funcionar las economías nacionales y la civilización
global. Muchas naciones lo entienden. Ésa es la razón por la que tantos
licenciados en ciencia e ingeniería de las universidades norteamericanas —
todavía las mejores del mundo— son de otros países. El corolario, que a
veces no se llega a captar en Estados Unidos, es que abandonar la ciencia es
el camino de regreso a la pobreza y el atraso.
• La ciencia nos alerta de los riesgos que plantean las tecnologías que alteran
el mundo, especialmente para el medio ambiente global del que dependen
nuestras vidas. La ciencia proporciona un esencial sistema de alarma.
• La ciencia nos enseña los aspectos más profundos de orígenes, naturalezas y
destinos: de nuestra especie, de la vida, de nuestro planeta, del universo. Por
primera vez en la historia de la humanidad, podemos garantizar una
comprensión real de algunos de esos aspectos. Todas las culturas de la Tierra
han trabajado estos temas y valorado su importancia. A todos se nos pone la
carne de gallina cuando abordamos estas grandes cuestiones. A la larga, el
mayor don de la ciencia puede ser enseñarnos algo, de un modo que ningún
otro empeño ha sido capaz de hacer, sobre nuestro contexto cósmico, sobre
dónde, cuándo y quiénes somos.
• Los valores de la ciencia y los valores de la democracia son concordantes,
en muchos casos indistinguibles. La ciencia y la democracia empezaron —en
sus encarnaciones civilizadas— en el mismo tiempo y lugar, en los siglos VII
y VI a. J.C. en Grecia. La ciencia confiere poder a todo aquel que se tome la
molestia de estudiarla (aunque sistemáticamente se ha impedido a
demasiados). La ciencia prospera con el libre intercambio de ideas, y
ciertamente lo requiere; sus valores son antitéticos al secreto. La ciencia no
posee posiciones ventajosas o privilegios especiales. Tanto la ciencia como la
democracia alientan opiniones poco convencionales y un vivo debate. Ambas
exigen raciocinio suficiente, argumentos coherentes, niveles rigurosos de
prueba y honestidad. La ciencia es una manera de ponerles las cartas boca
arriba a los que se las dan de conocedores. Es un bastión contra el
misticismo, contra la superstición, contra la religión aplicada erróneamente.
Si somos fieles a sus valores, nos puede decir cuándo nos están engañando.
Nos proporciona medios para la corrección de nuestros errores. Cuanto más
extendido esté su lenguaje, normas y métodos, más posibilidades tenemos de
conservar lo que Thomas Jefferson y sus colegas tenían en mente. Pero los
productos de la ciencia también pueden subvertir la democracia más de lo
que pueda haber soñado jamás cualquier demagogo preindustrial.
Para encontrar una brizna de verdad ocasional flotando en un gran
océano de confusión y engaño se necesita atención, dedicación y valentía.
Pero si no ejercitamos esos duros hábitos de pensamiento, no podemos
esperar resolver los problemas realmente graves a los que nos enfrentamos...
y corremos el riesgo de convertirnos en una nación de ingenuos, un mundo de
niños a disposición del primer charlatán que nos pase por delante.
----ooo--Un ser extraterrestre recién llegado a la Tierra —si hiciera un examen
de lo que presentamos principalmente a nuestros hijos en televisión, radio,
cine, periódicos, revistas, cómics y muchos libros— podría llegar fácilmente
a la conclusión de que queremos enseñarles asesinatos, violaciones, crueldad,
superstición, credulidad y consumismo. Insistimos en ello y, a fuerza de
repetición, por fin muchos de ellos quizá aprendan. ¿Qué tipo de sociedad
podríamos crear si, en lugar de eso, les inculcáramos la ciencia y un soplo de
esperanza?
CAPÍTULO 3
EL HOMBRE
DE LA LUNA
Y LA CARA
DE MARTE
______
La luna salta
en la corriente del Gran Río. Flotando en
el viento, ¿qué parezco?
Du Fu,
«Viaje nocturno»
(China, dinastía Tang, 765)
Cada campo de la ciencia tiene su propio complemento de
pseudociencia. Los geofísicos tienen que enfrentarse a Tierras planas, Tierras
huecas. Tierras con ejes que se balancean desordenadamente, continentes de
rápido ascenso y hundimiento y profetas del terremoto. Los botánicos tienen
plantas cuyas apasionantes vidas emocionales se pueden seguir con
detectores de mentiras, los antropólogos tienen hombres-mono
supervivientes, los zoólogos dinosaurios vivos y los biólogos evolutivos
tienen a los literalistas bíblicos pisándoles los talones. Los arqueólogos tienen
antiguos astronautas, runas falsificadas y estatuas espurias. Los físicos tienen
máquinas de movimiento perpetuo, un ejército de aficionados a refutar la
relatividad y quizá la fusión fría. Los químicos todavía tienen la alquimia.
Los psicólogos tienen mucho de psicoanálisis y casi toda la parapsicología.
Los economistas tienen las previsiones económicas a largo plazo. Los
meteorólogos, hasta ahora, tienen previsiones del tiempo de largo alcance,
como en el Almanaque del campesino que se guía por las manchas solares
(aunque la previsión del clima a largo plazo es otro asunto). La astronomía
tiene como pseudociencia equivalente principal la astrología, disciplina de la
que surgió. A veces las pseudociencias se entrecruzan y aumenta la
confusión, como en las búsquedas telepáticas de tesoros enterrados de la
Atlántida o en las previsiones económicas astrológicas.
Pero, como yo trabajo con planetas, y como me he interesado en la
posibilidad de vida extraterrestre, las pseudociencias que más a menudo
aparecen en mi camino implican otros mundos y lo que con tanta facilidad en
nuestra época se ha dado en llamar «extraterrestres». En los capítulos que
siguen quiero presentar dos doctrinas pseudocientíficas recientes y en cierto
modo relacionadas. Comparten la posibilidad de que las imperfecciones
perceptuales y cognitivas humanas representen un papel en nuestra confusión
sobre temas de gran importancia. La primera sostiene que una cara de piedra
gigante de eras antiguas mira inexpresivamente hacia el cielo desde la arena
de Marte. La segunda mantiene que seres ajenos de mundos distantes visitan
la Tierra con despreocupada impunidad.
Aunque el resumen sea escueto, ¿no provoca cierta emoción la
contemplación de esas afirmaciones? ¿Y si esas viejas ideas de ciencia
ficción —en las que sin duda resuenan profundos temores y anhelos
humanos— llegaran a ocurrir realmente? ¿Cómo pueden no producir interés?
Ante un material así, hasta el cínico más obtuso se conmueve. ¿Estamos
totalmente seguros de poder descartar esas afirmaciones sin ninguna sombra
de duda? Y si unos desenmascaradores empedernidos son capaces de notar su
atractivo, ¿qué deben sentir aquellos que, como el señor «Buckiey», ignoran
el escepticismo científico?
---ooo--La Luna, durante la mayor parte de la historia —antes de las naves
espaciales, antes de los telescopios, cuando estábamos todavía prácticamente
inmersos en el pensamiento mágico— era un enigma. Casi nadie pensaba en
ella como un mundo.
¿Qué vemos realmente cuando miramos la Luna a simple vista?
Discernimos una configuración de marcas irregulares brillantes y oscuras, no
una representación parecida a un objeto familiar. Pero nuestros ojos, casi de
manera irresistible, conectan las marcas subrayando algunas e ignorando
otras. Buscamos una forma y la encontramos. En los mitos y el folclore
mundial se ven muchas imágenes: una mujer tejiendo, bosques de laureles,
un elefante que salta de un acantilado, una chica con un cesto a la espalda, un
conejo, los intestinos lunares salpicados sobre su superficie tras ser
destripados por una ave irritable sin alas, una mujer que machaca una corteza
para hacer tela, un jaguar de cuatro ojos. A los de una cultura les cuesta creer
cómo los de otra pueden ver esas cosas tan raras.
La imagen más común es el Hombre de la Luna. Desde luego, no
parece un hombre de verdad. Tiene las facciones ladeadas, alabeadas,
torcidas. Tiene un bistec o algo parecido encima del ojo izquierdo. ¿Y qué
expresión transmite su boca? ¿Una «o» de sorpresa? ¿Una señal de tristeza,
quizá de lamentación? ¿Un reconocimiento lúgubre de la dureza de la labor
de la vida en la Tierra? Ciertamente, la cara es demasiado redonda. Le faltan
las orejas. Supongo que por arriba es calva. A pesar de todo, cada vez que la
miro veo una cara humana.
El folclore mundial pinta la Luna como algo prosaico. En la
generación anterior al Apolo se decía a los niños que la Luna estaba hecha de
queso verde (es decir, oloroso) y, por alguna razón, este dato no se
consideraba maravilloso sino hilarante. En los libros infantiles y cómics , a
menudo se dibuja al Hombre de la Luna como una simple cara dentro de un
círculo, no muy diferente de la «cara feliz» con un par de puntos y un arco
invertido. Bondadosa, baja su mirada hacia las travesuras nocturnas de
animales y niños.
Consideremos nuevamente las dos categorías de terreno que
reconocemos cuando examinamos la Luna a simple vista: la frente, mejillas y
barbilla más brillantes, y los ojos y la boca más oscuros. A través de un
telescopio, las facciones brillantes se revelan como antiguas tierras altas con
cráteres que, ahora lo sabemos (por la datación radiactiva de muestras
proporcionadas por los astronautas del Apolo), datan de casi 4500 millones
de años. Las facciones oscuras son flujos algo más recientes de lava basáltica
llamados maña (singular, mare, ambas de la palabra latina que significa mar,
aunque según sabemos la Luna está seca como un hueso). Los mana brotaron
en los primeros cientos de millones de años de historia lunar, inducida en
parte por el impacto de alta velocidad de enormes asteroides y cometas. El
ojo derecho es el Mare Imbrium, el bistec inclinado sobre el ojo izquierdo es
la combinación del Mare Serenitatis y el Mare Tranquilitatis (donde aterrizó
el Apolo 11) y la boca abierta descentrada es el Mare Humorum. (La visión
humana ordinaria no puede distinguir los cráteres sin ayuda.)
El Hombre de la Luna es en realidad un registro de antiguas
catástrofes, la mayoría de las cuales ocurrieron antes de la existencia de los
humanos, de los mamíferos, de los vertebrados, de los organismos
multicelulares y, probablemente, incluso antes de que surgiera la vida en la
Tierra. Es una presunción característica de nuestra especie darle una cara
humana a la violencia cósmica aleatoria.
---ooo--Los humanos, como otros primates, somos gregarios. Nos gusta la
compañía de los demás. Somos mamíferos, y el cuidado paternal de los
jóvenes es esencial para la continuación de las líneas hereditarias. El padre
sonríe al niño, el niño devuelve la sonrisa y se forja o fortalece un vínculo.
En cuanto el niño es capaz de ver, reconoce caras, y ahora sabemos que esta
habilidad está bien conectada en nuestro cerebro. Los bebés que hace un
millón de años eran incapaces de reconocer una cara devolvían menos
sonrisas, era menos probable que se ganaran el corazón de sus padres y tenían
menos probabilidades de prosperar. Hoy en día, casi todos los bebés
identifican con rapidez una cara humana y responden con una mueca.
Como efecto secundario involuntario, la eficiencia del mecanismo de
reconocimiento de formas en nuestro cerebro para aislar una cara entre un
montón de detalles es tal que a veces vemos caras donde no las hay.
Reunimos fragmentos inconexos de luz y oscuridad e, inconscientemente,
intentamos ver una cara. El Hombre de la Luna es un resultado. La película
Blow up de Michelangelo Antonioni describe otro. Hay muchos más
ejemplos.
A veces es una formación geológica, como la del Hombre Viejo de las
Montañas en Franconia Notch, New Hampshire. Sabemos que, más que un
agente sobrenatural o una antigua civilización que, por lo demás, no se ha
descubierto en New Hampshire, es producto de la erosión y los
desprendimientos de una superficie de roca. En todo caso, ya no se parece
mucho a una cara. Están también la Cabeza del Diablo en Carolina del Norte,
la Esfinge en Wastwater, Inglaterra, la Vieja en Francia, la Roca Varían en
Armenia. A veces es una mujer reclinada, como el monte Ixtaccihuatl en
México. A veces son otras partes del cuerpo, como los Grand Tetons en
Wyoming: un par de picos de montaña bautizados por exploradores franceses
que llegaban por el oeste. (En realidad son tres.) A veces son formas
cambiantes en las nubes. A finales de la época medieval y en el
Renacimiento, las visiones en España de la Virgen María eran «confirmadas»
por personas que veían santos en las formaciones nubosas. (Zarpando de
Suva, Fiji, vi una vez la cabeza de un monstruo realmente aterrador, con las
quijadas abiertas, dibujada en una nube de tormenta.)
En algunas ocasiones, un vegetal o un dibujo de la veta de la madera
o la joroba de una vaca parecen una cara humana. Hubo una célebre
berenjena que tenía un parecido enorme con Richard Nixon. ¿Qué
deberíamos deducir de este hecho? ¿Intervención divina o extraterrestre?
¿Intromisión republicana en la genética de la berenjena? No. Reconocemos
que hay gran número de berenjenas en el mundo y que, habiendo tantas, tarde
o temprano encontraremos una que parezca una cara humana, incluso una
cara humana particular.
Cuando la cara es de un personaje religioso —como, por ejemplo,
una tortilla que parece exhibir la cara de Jesús— los creyentes tienden a
deducir rápidamente la intervención de Dios. En una era más escéptica que la
mayoría, anhelan una confirmación. Sin embargo parece improbable que se
produzca un milagro en un medio tan evanescente. Teniendo en cuenta la
cantidad de tortillas que se han hecho desde el principio del mundo, sería
sorprendente que no saliera alguna con unas facciones al menos vagamente
familiares.7
7
Estos casos son muy diferentes al del llamado Sudario de Turín, que muestra algo demasiado
parecido a una forma humana para interpretarlo como una forma natural y que, según sugiere
ahora la datación por carbono-14, no es el sudario de la muerte de Jesús sino una mistificación
piadosa del siglo XIV, una época próspera y provechosa para la industria artesana de fabricación
de reliquias religiosas fraudulentas.
Se han adscrito propiedades mágicas a las raíces de ginseng y
mandragora, debido en parte a un vago parecido con la forma humana.
Algunos brotes de castaño muestran caras sonrientes. Hay corales que
parecen manos. El hongo oreja (también impropiamente llamado «oreja de
judío») parece realmente una oreja, y en las alas de ciertas polillas puede
verse algo así como unos ojos enormes. Puede ser que haya algo más que
mera coincidencia; quizá sea menos probable que criaturas con cara —o
criaturas que tienen miedo de depredadores con cara— engullan plantas y
animales que sugieren una cara. El «palo» es un insecto con un disfraz de
rama espectacular. Naturalmente, tiende a vivir sobre los árboles y alrededor
de ellos. Su imitación del mundo de las plantas le salva de pájaros y otros
depredadores y casi seguro que es la razón por la que esta forma
extraordinaria fue lentamente moldeada por la selección natural darwiniana.
Esos cruces de límites entre los reinos de la vida son enervantes. Un niño
pequeño que vea un insecto palo puede imaginarse fácilmente un ejército de
palos, ramas y árboles avanzando con algún ominoso propósito vegetal.
Se describen e ilustran muchos ejemplos de este tipo en un libro de
1979 titulado Parecido natural, de John Michell, un británico entusiasta de lo
oculto. Toma en serio las afirmaciones de Richard Shaver, quien —como
describiré más adelante— representó un papel importante en el origen del
entusiasmo por los ovnis en Norteamérica. Shaver practicó cortes en las rocas
de su granja de Wisconsin y descubrió, escrita en un lenguaje pictográfico
que sólo él podía ver, aunque no entender, una historia total del mundo.
Michell acepta también a pies juntillas las afirmaciones del dramaturgo y
teórico surrealista Antonin Artaud, quien, en parte bajo la influencia del
peyote, veía en las formas del exterior de las rocas imágenes eróticas, un
hombre torturado, animales feroces y cosas así. «Todo el paisaje se revelaba
a sí mismo —dice Michell—, como la creación de un único pensamiento.»
Pero hay una cuestión clave: ¿este pensamiento estaba dentro o fuera de la
cabeza de Artaud? Artaud llegó a la conclusión, aceptada por Michell de que
aquellas formas tan aparentes en las rocas habían sido fabricadas por una
civilización antigua y no por su estado de conciencia inducido en parte por
alucinógenos. Cuando Artaud volvió de México a Europa, se le diagnosticó
una locura. Michell deplora el «punto de vista materialista» que recibió con
escepticismo las formas de Artaud.
Michell nos muestra una fotografía del Sol tomada con rayos X que
parece vagamente una cara y nos informa que «los seguidores de Gurdjieff
ven la cara de su Maestro» en la corona solar. Deduce que innumerables
caras en los árboles, montañas y cantos rodados son producto de una antigua
sabiduría. Quizá algunas lo sean: es una buena broma, además de un símbolo
religioso tentador, apilar piedras de modo que, de lejos, parezcan una cara
gigante.
Michell considera que la opinión de que la mayoría de esas formas
son naturales en los procesos de formación de rocas y la simetría bilateral de
plantas y animales, más un poco de selección natural —todo procesado por el
filtro parcial humano de nuestra percepción— es «materialismo» y una
«ilusión del siglo XIX». «Condicionados por creencias racionalistas, nuestra
visión del mundo es más insulsa y limitada de lo que pretendía la naturaleza.»
No revela mediante qué procesos ha sondeado las intenciones de la
naturaleza.
De las imágenes que presenta, Michell concluye que su misterio permanece
esencialmente inalterado, una fuente constante de maravilla, deleite y
especulación. Todo lo que sabemos con seguridad es que la naturaleza las
creó y al mismo tiempo nos dio el aparato para percibirlas y la mente para
apreciar su ilimitada fascinación. Para mayor provecho y disfrute, deberían
ser contempladas como pretendía la naturaleza, con el ojo de la inocencia
desprovisto de teorías y preconcepciones, con la visión múltiple que nos es
innata, que enriquece y dignifica la vida humana, y no con la visión única
cultivada por los insulsos y obstinados.
---ooo---
Quizá la declaración espuria más famosa de formas portentosas sea
los canales de Marte. Observados por primera vez en 1877, al parecer fueron
confirmados por una sucesión de astrónomos profesionales que miraban a
través de grandes telescopios en todo el mundo. Se decía que existía una red
de líneas rectas únicas y dobles que se entrecruzaban en la superficie de
Marte con una regularidad geométrica tan misteriosa que sólo podía tener un
origen inteligente. Se sacaron conclusiones evocadoras sobre un planeta
abrasado y moribundo poblado por una civilización técnica antigua y sabia
dedicada a la conservación de los recursos de agua. Se plasmaron en mapas y
se bautizaron cientos de canales. Pero, extrañamente, se evitaba mostrarlos en
fotografías. Se sugería que mientras el ojo humano podía recordar los breves
instantes de transparencia atmosférica perfecta, la placa fotográfica
promediaba indiscriminadamente los pocos momentos claros con los muchos
borrosos. Algunos astrónomos veían los canales. Otros muchos no. Quizá
algunos observadores eran más hábiles que otros para verlos. O quizá todo el
asunto fuera una suerte de ilusión perceptiva.
En gran parte, la idea de que Marte albergaba vida, así como la
prevalencia de los «marcianos» en la ficción popular, deriva de los canales.
Yo, por mi parte, me empapé de pequeño de esta literatura, y cuando me
encontré como experimentador en la misión del Mariner 9 a Marte —la
primera nave espacial en órbita alrededor del planeta rojo— estaba muy
interesado en ver, naturalmente, cuáles eran las circunstancias reales. Con el
Mariner 9 y el Viking pudimos trazar el mapa del planeta de polo a polo,
detectando características cientos de veces más pequeñas que las que mejor
se podían ver desde la Tierra. No encontré ni rastro, aunque no me
sorprendió, de los canales. Había unas cuantas características más o menos
lineales que se habían discernido con el telescopio; por ejemplo, una falla de
cinco mil kilómetros de largo que habría sido difícil no ver. Pero los cientos
de canales «clásicos» que llevaban agua desde los casquetes polares a través
de los desiertos áridos hasta las ciudades ecuatoriales abrasadas simplemente
no existían. Eran una ilusión, una disfunción de la combinación humana
mano-ojo-cerebro en el límite de resolución cuando miramos a través de una
atmósfera inestable y turbulenta.
Toda una sucesión de científicos profesionales —incluyendo
astrónomos famosos que hicieron otros descubrimientos ahora confirmados y
celebrados con justicia— pueden cometer errores graves, incluso persistentes,
en el reconocimiento de formas. Especialmente cuando las implicaciones de
lo que creemos que estamos viendo parecen ser profundas, quizá no
ejerzamos una autodisciplina y autocrítica adecuadas. El mito de los canales
marcianos constituye una importante lección histórica.
En el caso de los canales, las misiones de las naves espaciales
proporcionaron el medio de corregir nuestras malas interpretaciones. Pero
también es cierto que algunas de las afirmaciones más persistentes de la
existencia de formas inesperadas surgen de la exploración de las naves
espaciales. A principios de la década de 1960, insistí en que debíamos prestar
atención a la posibilidad de encontrar artefactos de civilizaciones antiguas,
tanto procedentes de nuestro mundo como construidos por visitantes de otra
parte. No pensaba que eso pudiera ser fácil o probable y, desde luego, no
sugería que, en un tema tan importante, valiera la pena considerar algo que no
contara con pruebas rigurosas.
Empezando con el evocador informe de John Glenn sobre las
«luciérnagas» alrededor de la cápsula espacial, cada vez que un astronauta
decía ver algo que no se entendía inmediatamente, había quien deducía que
eran «extraterrestres». Las explicaciones prosaicas —partículas de pintura de
la nave que se soltaban en el entorno del espacio, por ejemplo— se
rechazaban despectivamente. El señuelo de lo maravilloso embota nuestras
facultades críticas. (Como si un hombre convertido en luna no fuera
maravilla suficiente.)
Durante la época de los aterrizajes lunares del Apolo, muchos
aficionados —propietarios de pequeños telescopios, defensores de los
platillos volantes, escritores para revistas aeroespaciales— estudiaron
detenidamente las fotografías aportadas en busca de anomalías que hubieran
pasado inadvertidas a científicos y astronautas de la NASA. Pronto hubo
informes de letras latinas gigantes y números árabes inscritos sobre la
superficie lunar, pirámides, caminos, cruces, ovnis resplandecientes. Se
hablaba de puentes en la Luna, antenas de radio, huellas de enormes
vehículos reptantes, y de la devastación provocada por máquinas capaces de
partir los cráteres en dos. Cada uno de esos fenómenos, sin embargo, resulta
ser una formación geológica lunar natural mal interpretada por analistas
aficionados, reflejos internos en la óptica de las cámaras Hasselblad de los
astronautas y cosas así. Algunos entusiastas lograron discernir las largas
sombras de misiles balísticos... misiles soviéticos, decían en inquieta
confidencia, dirigidos hacia Norteamérica. Resulta que los cohetes, descritos
también como «agujas», son las montañas bajas que proyectan una larga
sombra cuando el Sol está cerca del horizonte lunar. Con un poco de
trigonometría se disipa el espejismo.
Estas experiencias también proporcionan una buena advertencia: en
un terreno complejo esculpido por procesos no familiares, los aficionados (y
a veces incluso los profesionales) que examinan fotografías, especialmente
cerca del límite de resolución, pueden encontrarse con problemas. Sus
esperanzas y temores, la emoción de posibles descubrimientos de gran
importancia, pueden vencer el enfoque escéptico y precavido propio de la
ciencia.
Si examinamos las imágenes disponibles de la superficie de Venus, de
vez en cuando aparece a la vista una forma peculiar del paisaje, como por
ejemplo un retrato de Stalin descubierto por geólogos norteamericanos que
analizaban las imágenes de radares orbítales soviéticos. Nadie mantiene,
supongo, que unos estalinistas recalcitrantes hubieran manipulado las cintas
magnéticas, o que los antiguos soviéticos estuvieran involucrados en
actividades de ingeniería a una escala sin precedentes y hasta ahora sin
revelar sobre la superficie de Venus... donde toda nave espacial que ha
aterrizado ha quedado frita en el plazo de una o dos horas. Todos los indicios
señalan que este fenómeno, sea lo que sea, se debe a la geología. Lo mismo
ocurre con lo que parece ser un retrato de Bugs Bunny sobre la luna de
Urano, Ariel. Una imagen del telescopio espacial Hubble de Titán en el
infrarrojo cercano muestra nubes configuradas de modo que parecen una cara
sonriente de las dimensiones del mundo. Cada científico planetario tiene su
ejemplo favorito.
La astronomía de la Vía Láctea también está repleta de similitudes
imaginadas: Cabeza de Caballo, Esquimal, Lechuza, Homúnculo, Tarántula y
Nebulosa Norteamérica, todas nubes irregulares de gas y polvo iluminadas
por estrellas brillantes y cada una de ellas a una escala que empequeñece
nuestro sistema solar. Cuando los astrónomos fijaron en el mapa la
distribución de las galaxias hasta unos pocos cientos de millones de años luz,
se encontraron perfilando una rudimentaria forma humana que se ha dado en
llamar «el hombre del bastón». La configuración se entiende como algo
parecido a enormes burbujas adyacentes de jabón, con las galaxias formadas
en la superficie de las burbujas y casi ninguna en el interior. Eso hace
bastante probable que tracen una forma de simetría bilateral parecida al
hombre del bastón.
Marte es mucho más clemente que Venus, aunque las sondas de
aterrizaje Viking no proporcionaron ninguna prueba convincente de vida. Su
terreno es extremadamente heterogéneo y variado. Con más de cien mil
fotografías disponibles, no es sorprendente que a lo largo de los años se
hayan observado fenómenos inusuales en Marte. Por ejemplo, hay una alegre
«cara feliz» dentro de un cráter de impacto de Marte que tiene ocho
kilómetros de lado a lado, con una serie de marcas radiales por fuera que
hacen que parezca la representación convencional de un Sol sonriente. Pero
nadie afirma que eso haya sido construido por una civilización avanzada (y
excesivamente ingeniosa) de Marte, quizá para atraer nuestra atención.
Reconocemos que cuando objetos de todos los tamaños caen del cielo, la
superficie rebota, se desploma y vuelve a configurarse después de cada
impacto, y cuando el agua antigua, los torrentes de barro y la arena moderna
transportada por el viento esculpen la superficie, deben de generarse una gran
variedad de paisajes. Si analizamos cien mil fotografías, no es raro que en
ocasiones encontremos algo parecido a una cara. Considerando que tenemos
el cerebro programado para eso desde la infancia, sería sorprendente que no
encontráramos una de vez en cuando.
En Marte hay algunas montañas pequeñas que parecen pirámides. En
la alta meseta del Elisio hay un grupo de ellas —la más grande mide varios
kilómetros en la base—, todas orientadas en la misma dirección. Esas
pirámides del desierto tienen algo fantasmagórico y me recuerdan de tal
modo la meseta de Gizeh en Egipto que me encantaría examinarlas más de
cerca. Sin embargo, ¿es razonable deducir la existencia de faraones
marcianos?
En la Tierra también se conocen características similares en
miniatura, especialmente en la Antártida. Algunas llegan hasta la rodilla. Si
no supiésemos nada más acerca de ellas, ¿sería razonable concluir que han
sido fabricadas por egipcios enanos que vivían en las tierras yermas
antarticas? (La hipótesis podría adaptarse vagamente a las observaciones,
pero la mayoría de lo que sabemos sobre el entorno polar y la fisiología de
los humanos habla en contra de ello.) En realidad son generadas por erosión
del viento: la salpicadura de partículas finas recogidas por vientos fuertes que
soplan principalmente en la misma dirección y, a lo largo de los años,
esculpen lo que anteriormente eran montecillos irregulares como pirámides
perfectamente simétricas. Se llaman dreikanters, una palabra alemana que
significa tres lados. Es el orden generado a partir del caos por procesos
naturales, algo que vemos una y otra vez en todo el universo (en galaxias
espirales en rotación, por ejemplo). Cada vez que ocurre sentimos la
tentación de deducir la intervención directa de un Hacedor.
En Marte hay pruebas de vientos mucho más intensos que los que ha
habido nunca en la Tierra, con velocidades que llegan a la mitad de la
velocidad del sonido. Son comunes en todo el planeta las tormentas de polvo
que arrastran finos granos de arena. Un golpeteo constante de partículas que
se mueven mucho más de prisa que en los vendavales más feroces de la
Tierra, a lo largo de las eras de tiempo geológico, debe de ejercer cambios
profundos en las caras de las rocas y formas orográficas. No sería demasiado
sorprendente que algunas figuras —incluso las más grandes— hubieran sido
esculpidas por procesos cólicos en las formas piramidales que vemos.
---ooo--Hay un lugar en Marte llamado Cidonia donde se encuentra una gran
cara de piedra de un kilómetro de ancho que mira hacia el cielo sin pestañear.
Es una cara poco amistosa, pero parece reconociblemente humana. Según
algunas descripciones, podría haber sido esculpida por Praxíteles. Yace en un
paisaje con muchas colinas bajas moldeadas con formas extrañas, quizá por
alguna mezcla de antiguos torrentes de barro y la erosión del viento
subsiguiente. Por el número de cráteres de impacto, el terreno circundante
parece tener al menos una antigüedad de cientos de millones de años.
De manera intermitente, «la Cara» ha atraído la atención tanto en
Estados Unidos como en la antigua Unión Soviética. El titular del Weekiy
WorIdNews del 20 de noviembre de 1984, un periódico sensacionalista no
conocido precisamente por su integridad, dice:
SORPRENDENTE DECLARACIÓN DE CIENTÍFICOS SOVIÉTICOS:
SE ENCUENTRAN TEMPLOS EN RUINAS EN MARTE...
LA SONDA ESPACIAL DESCUBRE RESTOS
DE UNA CIVILIZACIÓN DE 50000 AÑOS DE ANTIGÜEDAD.
Se atribuyen las revelaciones a una fuente soviética anónima y se
describen con estupefacción los descubrimientos realizados por un vehículo
espacial soviético inexistente.
Pero la historia de «la Cara» es casi enteramente norteamericana. Fue
encontrada por una de las sondas orbitales Viking en 1976. La desafortunada
declaración de un oficial del proyecto desestimando la figura por considerarla
un efecto de luces y sombras provocó la acusación posterior de que la NASA
estaba encubriendo el descubrimiento del milenio. Unos cuantos ingenieros,
especialistas informáticos y otros —algunos de ellos contratados por la
NASA— trabajaron en su tiempo libre para mejorar digitalmente la imagen.
Quizá esperaban revelaciones asombrosas. Es algo permisible, incluso
alentado por la ciencia... siempre que los niveles de prueba sean altos.
Algunos de ellos se mostraron bastante precavidos y merecen un elogio por
haber avanzado en el tema. Otros se sentían menos limitados y no sólo
dedujeron que «la Cara» era una escultura genuina monumental de un ser
humano, sino que afirmaron haber encontrado una ciudad cercana con
templos y fortificaciones.8 A partir de argumentos falsos, un escritor anunció
que los monumentos tenían una orientación astronómica particular —aunque
no ahora, sino hace medio millón de años— de la que se derivaba que las
maravillas de Cidonia fueron erigidas en aquella época remota. Pero,
entonces, ¿cómo podían haber sido humanos los constructores? Hace medio
millón de años, nuestros antepasados se afanaban por dominar las
herramientas de piedra y el fuego. No tenían naves espaciales.
«La Cara» de Marte se compara a «caras similares... construidas en
civilizaciones de la Tierra. Las caras miran hacia el cielo porque miran a
Dios». O se dice que fue construida por los supervivientes de una guerra
interplanetaria que dejó la superficie de Marte (y la Luna) picada de viruelas
y asolada. En cualquier caso, ¿qué es lo que causa todos esos cráteres? ¿Es
«la Cara» un resto de una civilización humana extinta hace tiempo? ¿Los
constructores eran originarios de la Tierra o de Marte? ¿Podía haber sido
esculpida «la Cara» por visitantes interestelares que se detuvieron
brevemente en Marte? ¿La dejaron para que la descubriéramos nosotros?
¿Podría ser que hubieran venido a la Tierra a iniciar aquí la vida? ¿O al
menos la vida humana? Fueran quienes fueran, ¿eran dioses? Se producen
discusiones de lo más ferviente.
Más recientemente se ha especulado acerca de la relación entre los
«monumentos» de Marte y los «círculos en las cosechas» de la Tierra; la
8
La idea general es bastante antigua; se podía encontrar hace un siglo en el mito del canal
marciano de Percival Loweil. Como uno de muchos ejemplos, P. E. Cleator, en su libro de 1936
Cohetes a través del espacio: el alba del viaje interplanetario, especulaba: «Se pueden encontrar
en Marte los restos desmoronados de antiguas civilizaciones, testigos mudos de la gloria de otras
épocas de un mundo moribundo.»
existencia de suministros inextinguibles de energía en espera de ser extraídos
de máquinas marcianas antiguas, y el intento de encubrimiento de la NASA
para ocultar la verdad al público americano. Esos pronunciamientos van
mucho más allá de la mera especulación imprudente sobre formaciones
geológicas enigmáticas.
Cuando, en agosto de 1993, la nave espacial Mars Observer fracasó a
poca distancia de Marte, hubo quienes acusaron a la NASA de simular el
contratiempo con el fin de poder estudiar «la Cara» en detalle sin tener que
publicar las imágenes. (De ser así, el engaño era bastante elaborado: todos los
expertos de geomorfología marciana lo desconocen, y algunos hemos
trabajado con ahínco para diseñar nuevas misiones a Marte menos
vulnerables a la disfunción que destruyó el Mars Observer.) Se montaron
incluso piquetes a las puertas del Laboratorio de Propulsión a Chorro,
alarmados por este supuesto abuso de poder.
El Weekiy World News del 14 de septiembre de 1993 dedicó su
portada al titular «¡Nueva fotografía de la NASA demuestra que los humanos
vivieron en Marte!». Una cara falsa, supuestamente tomada por el Mars
Observer en órbita cerca de Marte (en realidad parece que la nave espacial
fracasó antes de entrar en órbita), demuestra, según un «importante científico
espacial» inexistente, que los marcianos colonizaron la Tierra hace
doscientos mil años. La información se oculta, según declara, para impedir el
«pánico mundial».
Dejemos de lado la improbabilidad de que esta revelación pueda
provocar realmente un «pánico mundial». Cualquiera que haya sido testigo de
un descubrimiento científico portentoso en proceso —me viene a la mente el
impacto en julio de 1994 del cometa Shoemaker-Levy 9 con Júpiter— verá
claro que los científicos tienden a ser efervescentes e incontenibles. Sienten
una compulsión irrefrenable a compartir los descubrimientos. Sólo mediante
un acuerdo previo, no ex post facto, acatan los científicos el secreto militar.
Rechazo la idea de que la ciencia sea secreta por naturaleza. Su cultura y su
carácter distintivo, por muy buenas razones, son colectivos, colaboradores y
comunicativos.
Si nos limitamos a lo que se sabe realmente e ignoramos la industria
periodística que fabrica de la nada descubrimientos que hacen época, ¿dónde
estamos? Cuando sabemos sólo un poco sobre «la Cara», nos provoca carne
de gallina. Cuando sabemos un poco más, el misterio pierde profundidad
rápidamente.
Marte tiene una superficie de casi 150 millones de kilómetros
cuadrados, alrededor del área sólida de la Tierra. El área que cubre la
«esfinge» marciana es aproximadamente de un kilómetro cuadrado. ¿Es tan
asombroso que un pedazo de Marte del tamaño de un sello de correos
(comparado con los 150 millones de kilómetros de extensión) nos parezca
artificial, especialmente dada nuestra tendencia, desde la infancia, a encontrar
caras? Cuando examinamos el área circundante, un amasijo de altozanos,
mesetas y otras superficies complejas, reconocemos que la figura es
semejante a muchas que no parecen en absoluto una cara humana. ¿Por qué
este parecido? ¿Es posible que los antiguos ingenieros marcianos trabajaran
solamente esta meseta (bueno, quizá algunas más) y dejaran todas las demás
sin alterar mediante la escultura monumental? ¿O deberíamos concluir que
hay otras mesetas esculpidas con forma de cara, pero de caras más extrañas
que no nos son familiares en la Tierra?
Si estudiamos la imagen original con más atención, encontramos que
un «orificio de la nariz» colocado estratégicamente —que aumenta en gran
medida la impresión de una cara— es en realidad un punto negro que
corresponde a datos perdidos en la transmisión de radio de Marte a la Tierra.
La mejor fotografía de «la Cara» muestra un lado iluminado por el Sol, el
otro en sombras profundas. Utilizando los datos digitales originales, podemos
potenciar severamente el contraste en las sombras. Cuando lo hacemos,
encontramos algo bastante impropio de una cara. «La Cara», en el mejor de
los casos, es media cara. A pesar de la falta de aire y de las palpitaciones de
nuestro corazón, la esfinge marciana parece natural... no artificial, no una
imagen muerta de una cara humana. Probablemente fue esculpida mediante
un lento proceso geológico a lo largo de millones de años.
Pero podría estar equivocado. Es difícil estar seguro de un mundo del
que hemos visto tan poco en un primerísimo plano. Esas figuras merecen
mayor atención con mayor resolución. Seguramente, unas fotos mucho más
detalladas de «la Cara» resolverán dudas acerca de la simetría y ayudarán a
esclarecer el debate entre geología y escultura monumental. Los pequeños
cráteres de impacto que se encuentran sobre «la Cara» o cerca de ella pueden
establecer la cuestión de su edad. En el caso (de lo más improbable desde mi
punto de vista) que las estructuras cercanas hubieran sido realmente en otro
tiempo una ciudad, este hecho también sería obvio con un examen más
atento. ¿Hay calles rotas? ¿Almenas en el «fuerte»? ¿Zigurats, torres, templos
con columnas, estatuas monumentales, frescos inmensos? ¿O sólo rocas?
Aunque esas afirmaciones fueran extremadamente improbables
(como yo creo que son), vale la pena examinarlas. A diferencia del fenómeno
de los ovnis, aquí tenemos la oportunidad de realizar un experimento
definitivo. Este tipo de hipótesis es desmentible, una propiedad que la
introduce perfectamente en el campo científico. Espero que las próximas
misiones americanas y rusas a Marte, especialmente orbitadores con cámaras
de televisión de alta resolución, realicen un esfuerzo especial para —entre
cientos de otras cuestiones científicas— mirar más de cerca las pirámides y lo
que algunas personas llaman «la Cara» y la ciudad.
---ooo--Aunque quede claro para todo el mundo que esas figuras de Marte
son geológicas y no artificiales, me temo que no desaparecerán las caras
monumentales en el espacio (y las maravillas asociadas). Ya hay periódicos
sensacionalistas que informan de caras casi idénticas vistas desde Venus
hasta Neptuno (¿flotando en las nubes?). Los «descubrimientos» se suelen
atribuir a naves espaciales ficticias rusas y a científicos espaciales
imaginarios, lo que desde luego dificulta la comprobación de la historia por
parte de un escéptico.
Un entusiasta de «la Cara» de Marte anuncia ahora:
AVANCE DE LA NOTICIA DEL SIGLO
CENSURADA POR LA NASA
POR TEMOR DE AGITACIÓN RELIGIOSA Y DEPRESIONES.
EL DESCUBRIMIENTO DE ANTIGUAS RUINAS
DE EXTRATERRESTRES EN LA LUNA.
Se «confirma» la existencia —en la bien estudiada Luna— de una
«ciudad gigante, de las dimensiones de la cuenca de Los Ángeles, cubierta
por una inmensa cúpula de vidrio, abandonada hace millones de años y hecha
añicos por meteoros, con una torre gigante de más de cinco kilómetros de
altura y un cubo gigante de más de un kilómetro cuadrado encima». ¿La
prueba? Fotografías tomadas por las misiones reboticas de la NASA y el
Apolo cuya significación fue ocultada por el gobierno e ignorada por todos
los científicos lunares de muchos países que no trabajan para el «gobierno».
El Weekly WorId News del 18 de agosto de 1992 informa del
descubrimiento por «un satélite secreto de la NASA» de «miles, quizá
incluso millones de voces» que emanan del agujero negro del centro de la
galaxia M51 y cantan al unísono «Gloria, gloria, gloria al Señor en las
alturas» una y otra vez. En inglés. Incluso hay un artículo en un periódico,
repleto de ilustraciones, aunque oscuras, de una sonda espacial que fotografió
a Dios en las alturas, o al menos sus ojos y el puente de la nariz, en la
nebulosa de Orion.
El 20 de julio de 1993, el WWN luce en grandes titulares:
«¡Clinton se reúne con JFK!», junto con una fotografía falsa de John
Kennedy, con la edad que tendría si hubiera sobrevivido al atentado, en una
silla de ruedas en Camp David. En páginas interiores se nos informa de otro
aspecto de posible interés. En «Asteroides del día del juicio final», un
documento supuestamente de máximo secreto cita las palabras de supuestos
científicos «importantes» sobre un supuesto asteroide («M-167») que
supuestamente chocará con la Tierra el 11 de noviembre de 1993, y «podría
significar el fin de la vida en la Tierra». Se asegura que el presidente Clinton
recibe «información constante de la posición y velocidad del asteroide».
Quizá fue uno de los temas que discutió en su reunión con el presidente
Kennedy. En cierto modo, el hecho de que la Tierra escapase a esta catástrofe
no mereció ni siquiera un párrafo de comentario después de haber pasado sin
noticias el 11 de noviembre de 1993. Al menos quedó justificado el buen
juicio del escritor de titulares de no cargar la primera página con la noticia
del fin del mundo.
Algunos consideran que todo eso es una especie de diversión. Sin
embargo vivimos en una época en la que se ha identificado una amenaza
estadística real a largo plazo del impacto de un asteroide con la Tierra. (Esta
realidad de la ciencia es desde luego la fuente de inspiración, si ésta es la
palabra adecuada, de la historia del WWN.) Las agencias gubernamentales
están estudiando qué hacer al respecto. Bulos como éste tiñen el tema de
exageración y extravagancia apocalíptica, dificultan que el público pueda
distinguir entre los peligros reales y la ficción del periódico, y es concebible
que obstaculicen nuestra capacidad de tomar medidas de precaución para
mitigar el peligro.
A menudo se presentan demandas contra los periódicos
sensacionalistas —a veces por parte de actores y actrices que niegan
rotundamente haber realizado actos reprobables— y en ocasiones se barajan
grandes sumas de dinero. Esos periódicos deben de considerar estas
demandas como el precio de su provechoso negocio. En su defensa, suelen
decir que están a merced de sus reporteros y que no tienen responsabilidad
institucional para comprobar la verdad de lo que publican. Sal Ivone, editor
jefe del Weekiy WorIdNews, comentando las historias que publica, dice: «No
descarto que sean producto de imaginaciones activas. Pero, dado el tipo de
periódico que hacemos, no tenemos por qué poner en duda una historia.» El
escepticismo no vende periódicos. Escritores que han desertado de este tipo
de periodismo han descrito las sesiones «creativas» en las que escritores y
editores se ponen a inventar historias y titulares sacados de la nada, cuanto
más escandalosos mejor.
Entre su gran cantidad de lectores, ¿no hay muchos que se lo creen
todo a pies juntillas, que creen que «no podrían» editarlas si no fueran
verdad? Algunos lectores con los que he hablado insisten en que sólo leen
esta clase de periódicos para entretenerse, como si miraran un espectáculo de
«lucha libre» en la televisión, que no se creen nada, que, tanto para el editor
como para el lector, esos periódicos son extravagancias que exploran lo
absurdo. Simplemente, existen fuera de cualquier universo atenazado por la
norma de las pruebas. Pero mi correspondencia sugiere que un gran número
de americanos se los toman francamente en serio.
En la década de los noventa se expande el universo de periódicos de
este tipo y va engullendo con voracidad a otros medios de comunicación. Los
periódicos, revistas o programas de televisión que se atienen
meticulosamente a las restricciones de lo que realmente se conoce pierden
clientela en favor de publicaciones con estándares menos escrupulosos.
Podemos verlo en la nueva generación de conocidos programas
sensacionalistas de televisión, y cada vez más en lo que pasa por programas
de noticias e información.
Esos reportajes persisten y proliferan porque venden. Y venden, creo,
porque muchos de nosotros deseamos fervientemente una sacudida que nos
saque de la rutina de nuestras vidas, que reviva aquella sensación de
maravilla que recordamos de la infancia y también, en alguna de las historias,
que nos permita ser capaces, real y verdaderamente, de creer... en alguien
más viejo, más listo y más sabio que nos cuide. Está claro que a mucha gente
no le basta la fe. Buscan evidencias, pruebas científicas. Anhelan el sello
científico de aprobación, pero son incapaces de soportar los rigurosos
estándares de pruebas que imparten credibilidad a ese sello. ¡Qué alivio sería
la abolición de la duda por fuentes fidedignas! Así se nos liberaría de la
fastidiosa tarea de cuidarnos a nosotros mismos. Nos preocupa —y con
razón— lo que significa para el futuro humano que sólo podamos confiar en
nosotros mismos.
Esos son los milagros modernos que proclaman con desvergüenza
aquellos que los hacen surgir de la nada, eludiendo cualquier escrutinio
formal, y que se pueden comprar a bajo coste en todos los supermercados,
grandes almacenes y tiendas. Una de las pretensiones de esos periódicos es
hacer ciencia, precisamente el instrumento en el que se basa nuestra
incredulidad, confirmar nuestras antiguas fes y establecer una convergencia
entre pseudociencia y pseudorreligión.
En general, los científicos abren su mente cuando exploran nuevos
mundos. Si supiéramos de antemano lo que íbamos a encontrar, no
tendríamos necesidad de ir. Es posible, quizá hasta probable, que en misiones
futuras a Marte o a los otros mundos fascinantes de los parajes cósmicos
tengamos sorpresas, incluso algunas de proporciones míticas. Pero los
humanos tenemos talento para engañarnos a nosotros mismos. El
escepticismo debe ser un componente de la caja de herramientas del
explorador, en otro caso nos perderemos en el camino. El espacio tiene
maravillas suficientes sin tener que inventarlas.
CAPÍTULO 4
EXTRATERRESTRES
________________________________
—Sinceramente, lo que me hace pensar
que no hay habitantes en esta esfera es
que me parece que ningún ser sensato
estaría y dispuesto a vivir aquí.
—Bueno —dijo Micromegas quizá los
seres que la habitan no tienen sentido
común.
Un extraterrestre a otro,
al acercarse a la Tierra,
en Micromegas: una historia filosófica
(1752), de VOLTAIRE
Fuera todavía está oscuro. Estás tendido en la cama, totalmente
despierto. Descubres que estás completamente paralizado. Notas que hay
alguien en la habitación. Intentas gritar. No puedes. A los pies de la cama hay
varios seres grises y pequeños, de apenas un metro de alto. Tienen la cabeza
en forma de pera, calva y grande para su cuerpo. Tienen unos ojos enormes,
las caras inexpresivas e idénticas. Llevan túnicas y botas. Confías en que se
trate de un simple sueño. Pero la impresión que tienes es que está ocurriendo
realmente. Te levantan y, misteriosamente, ellos y tú atravesáis la pared de tu
cuarto. Flotas en el aire. Subes muy alto hacia una nave espacial metálica en
forma de platillo. Una vez dentro, te llevan a una sala de revisión médica. Un
ser más grande pero similar —evidentemente, una especie de médico— se
encarga de ti. Lo que sigue es todavía más aterrador.
Te exploran el cuerpo con instrumentos y máquinas, especialmente
las partes sexuales. Si eres un hombre, puede que te saquen muestras de
esperma; si eres mujer, pueden extraerte óvulos o fetos, o implantarte semen.
Te pueden obligar a mantener relaciones sexuales. Después te pueden llevar a
una habitación diferente donde unos bebés o fetos híbridos, en parte humanos
y en parte como esas criaturas, te devuelven la mirada. Puede ser que te
amonesten por la mala conducta humana, especialmente por la expoliación
del medio ambiente o por permitir la pandemia del sida; se te ofrecen cuadros
de devastación futura. Finalmente, esos emisarios grises y melancólicos te
conducen fuera de la nave espacial y atraviesan la pared para depositarte en
tu cama. Cuando recuperas la capacidad de moverte y hablar... ya no están.
Puede ser que no recuerdes el incidente de inmediato. Quizá
simplemente eches en falta un período de tiempo inexplicablemente perdido
y te devanes los sesos pensando en él. Como todo eso parece tan raro, te
preocupa un poco tu salud mental. Naturalmente, no sientes ninguna
inclinación a hablar de ello. Por otro lado, la experiencia es tan perturbadora
que es difícil mantenerla callada. Todo sale a la luz cuando oyes relatos
similares, o cuando un terapeuta simpático te hipnotiza, o incluso cuando ves
una fotografía de un «extraterrestre» en uno de los muchos libros, revistas
populares o «documentales especiales» de televisión sobre los ovnis. Hay
gente que dice poder recordar experiencias así desde la más tierna infancia.
Piensan que sus propios hijos están siendo abducidos por extraterrestres.
Ocurre por familias. Es un programa eugenésico, dicen, para mejorar la raza
humana. Quizá los extraterrestres han hecho eso siempre. Quizá, dicen
algunos, ése es el origen de los humanos.
Según se revela en repetidas encuestas a lo largo de los años, la
mayoría de los americanos creen que nos visitan seres extraterrestres en
ovnis. En una encuesta Roper de 1992 —especialmente encargada por los
que aceptan la historia de la abducción extraterrestre a pies juntillas— el
dieciocho por ciento de casi seis mil adultos americanos dijeron que a veces
se despertaban paralizados, conscientes de la presencia de uno o más seres
extraños en su habitación. Un trece por ciento declara extraños episodios de
tiempo perdido (detención del tiempo), y el diez por ciento declara haber
volado por el aire sin asistencia mecánica. Sólo con esos resultados, los
promotores de la encuesta concluyen que el dos por ciento de los americanos
han sido abducidos, muchos de ellos repetidas veces, por seres de otros
mundos. La cuestión de si los encuestados habían sido secuestrados
realmente por extraterrestres no se planteó nunca.
Si creyésemos la conclusión alcanzada por los que financiaron e
interpretaron los resultados de esta encuesta, y si los extraterrestres no son
parciales con los americanos, el número de abducidos en todo el planeta sería
superior a cien millones de personas. Eso significa una abducción cada pocos
segundos durante las últimas décadas. Es sorprendente que no lo hayan
notado más vecinos.
¿Qué ocurre aquí? Cuando uno habla con los que se autodescriben
como abducidos, la mayoría parecen muy sinceros, aunque sometidos a
fuertes emociones. Algunos psiquiatras que los han examinado dicen que no
encuentran más pruebas de psicopatología en ellos que en el resto de la gente.
¿Por qué una persona declararía haber sido abducida por criaturas
extraterrestres si no fue así? ¿Podrían equivocarse todas estas personas, o
mentir, o alucinar la misma historia (o similar)? ¿O es arrogante y
despreciable cuestionar siquiera el sentido común de tantas personas?
Por otro lado, ¿sería posible que hubiera realmente una invasión
extraterrestre masiva, que se realizaran procedimientos médicos repugnantes
sobre millones de hombres, mujeres y niños inocentes, que se utilizara a los
humanos como reproductores durante muchas décadas y que todo eso no
fuera conocido en general y comentado por medios de comunicación,
médicos y científicos responsables y por los gobiernos que han jurado
proteger la vida y el bienestar de sus ciudadanos? O, como han sugerido
muchos, ¿hay una conspiración del gobierno para mantener a los ciudadanos
alejados de la verdad?
¿Por qué unos seres tan avanzados en física e ingeniería —que cruzan
grandes distancias interestelares y atraviesan paredes como fantasmas— son
tan atrasados en lo que respecta a la biología? ¿Por qué, si los extraterrestres
intentan llevar sus asuntos en secreto, no eliminan perfectamente todos los
recuerdos de las abducciones? ¿Demasiado difícil para ellos? ¿Por qué los
instrumentos de examen son macroscópicos y recuerdan tanto lo que
podemos encontrar en el ambulatorio del barrio? ¿Por qué tomarse la
molestia de repetidos encuentros sexuales entre extraterrestres y humanos?
¿Por qué no robar unos cuantos óvulos y esperma, leer todo el código
genético entero y fabricar luego tantas copias como se quiera con las
variaciones genéticas que se quiera? Hasta nosotros, los humanos, que
todavía no podemos cruzar rápidamente el espacio interestelar ni atravesar las
paredes, podemos clonar células. ¿Cómo podríamos ser resultado los
humanos de un programa de cría extraterrestre cuando compartimos el 99,6%
de genes activos con los chimpancés? Nuestra relación con los chimpancés es
más estrecha que la que hay entre ratas y ratones. La preocupación por la
reproducción en estos relatos alza una bandera de advertencia, especialmente
teniendo en cuenta el inestable equilibrio entre el impulso sexual y la
represión social que ha caracterizado siempre a la condición humana, y el
hecho de que vivimos en una época repleta de espantosos relatos, verdaderos
y falsos, de abuso sexual de niños.
A diferencia de muchos medios de comunicación,9 los encuestadores
de Roper y los que escribieron el informe «oficial» no preguntaron nunca a
los encuestados si habían sido abducidos por extraterrestres. Lo dedujeron:
los que alguna vez se han despertado con presencias extrañas alrededor, que
alguna vez inexplicablemente creían volar por el aire, etc., han sido
abducidos. Los encuestadores ni siquiera comprobaron si notar presencias,
volar, etc., formaba parte de un mismo incidente o de otro distinto. Su
conclusión —que millones de americanos han sido abducidos— es espuria,
basada en un planteamiento poco acertado del experimento.
Con todo, al menos cientos de personas, quizá miles, que afirman
haber sido abducidas han acudido a terapeutas simpatizantes o se han unido a
grupos de apoyo de abducidos. Quizá haya otros con problemas similares
9
Por ejemplo, el Publishers Weekly del 4 de septiembre de 1994: «Según una encuesta Gallup
[sic], más de tres millones de americanos creen haber sido abducidos por extraterrestres.»
pero, temerosos del ridículo o del estigma de enfermedad mental, se han
abstenido de hablar o de pedir ayuda.
Se dice también que algunos abducidos se resisten a hablar por temor
a la hostilidad y rechazo de los escépticos de línea dura (aunque muchos
aparecen encantados en programas de radio y televisión). Se supone que su
desconfianza incluye también a las audiencias que ya creen en abducciones
por extraterrestres. Pero quizá haya otra razón: ¿podría ser que los propios
sujetos no estuvieran seguros —al menos al principio, al menos antes de
contar la historia repetidas veces— de si lo que recuerdan es un
acontecimiento externo o un estado mental?
---ooo--«Una señal inequívoca del amor a la verdad —escribía John Locke en
1690—, es no mantener ninguna proposición con mayor seguridad de la que
garantizan las pruebas en las que se basa.» En el tema de los ovnis, ¿cuál es
la fuerza de las pruebas?
La expresión «platillo volante» fue acuñada cuando yo empezaba el
instituto. En los periódicos había cientos de historias de naves de otros
mundos en los cielos de la Tierra. A mí me parecía bastante creíble. Había
otras muchas estrellas y, al menos algunas de ellas, probablemente tenían
sistemas planetarios como el nuestro. Muchas eran tan antiguas como el Sol o
más, por lo que había tiempo suficiente para que hubiera evolucionado la
vida inteligente. El Laboratorio de Propulsión a Chorro de Caltech acababa
de lanzar un cohete de dos cuerpos al espacio. Estábamos claramente camino
de la Luna y los planetas. ¿Por qué otros seres más viejos y más inteligentes
no podían ser capaces de viajar de su estrella a la nuestra? ¿Por qué no?
Eso ocurría pocos años después del bombardeo de Hiroshima y
Nagasaki. Quizá los ocupantes de los ovnis estaban preocupados por nosotros
e intentaban ayudarnos. O quizá querían asegurarse de que nosotros y
nuestras armas nucleares no fuéramos a molestarlos. Mucha gente —
miembros respetables de la comunidad, oficiales de policía, pilotos de líneas
aéreas comerciales, personal militar— parecía ver platillos volantes. Y,
aparte de algunas vacilaciones y risitas, yo no conseguía encontrar
argumentos en contra. ¿Cómo podían equivocarse todos esos testigos? Lo
que es más, los «platos» habían sido detectados por radar, y se habían tomado
fotografías de ellos. Salían en los periódicos y revistas ilustradas. Incluso se
hablaba de accidentes de platillos volantes y de unos cuerpecitos de
extraterrestres con dientes perfectos que languidecían en los congeladores de
las Fuerzas Aéreas en el suroeste.
El ambiente general fue resumido en la revista Life unos años más
tarde con estas palabras: «La ciencia actual no puede explicar esos objetos
como fenómenos naturales, sino únicamente como mecanismos artificiales,
creados y manejados por una inteligencia superior». Nada «conocido o
proyectado en la Tierra puede dar razón de la actuación de esos
mecanismos».
Y, sin embargo, ni un solo adulto de los que yo conocía sentía la
menor preocupación por los ovnis. No podía entender por qué. En lugar de
eso, se preocupaban por la China comunista, las armas nucleares, el
maccarthismo y el alquiler de su vivienda. Yo me preguntaba si tenían claras
sus prioridades.
En la universidad, a principios de la década de los cincuenta, empecé
a aprender un poco sobre el funcionamiento de la ciencia, sobre los secretos
de su gran éxito, el rigor que deben tener los estándares de prueba si
realmente queremos saber algo seguro, la cantidad de falsos comienzos y
finales bruscos que han infestado el pensamiento humano, lo fácil que es
colorear la interpretación de la prueba según nuestras inclinaciones y la
frecuencia con que los sistemas de creencia ampliamente aceptados y
apoyados por jerarquías políticas, religiosas y académicas resultan ser no sólo
ligeramente erróneos sino grotescamente equivocados.
Encontré un libro titulado Extraordinary Popular Delusions and the
Madness of Crowds [Engaños populares extraordinarios y la locura de la
multitud] escrito por Charles Mackay en 1841 y todavía en venta. En él se
podían encontrar las historias de repentina prosperidad y posterior quiebra
económica de chifladuras como las «burbujas» del Mississippi y el mar del
Sur y la extraordinaria demanda de tulipanes holandeses, patrañas que
embaucaron a ricos y titulados de muchas naciones; una legión de
alquimistas, incluyendo la conmovedora historia del señor Kelly y el doctor
Dee (y el hijo de ocho años de Dee, Arthur, inducido por su desesperado
padre a comunicarse con el mundo de los espíritus observando un cristal);
dolorosos relatos de profecías incumplidas, adivinaciones y predicciones de
la suerte; persecución de brujas; casas encantadas; la «admiración popular de
grandes ladrones» y muchas cosas más. Estaba también el entretenido retrato
del conde de St. Germain, que salió a cenar con la alegre pretensión de que
había vivido durante siglos, si no era realmente inmortal. (Cuando, durante la
cena, alguien expresó su incredulidad ante el relato de sus conversaciones
con Ricardo Corazón de León, se volvió hacia su criado para que lo
confirmase. «Olvida, señor —fue la respuesta—, que yo sólo llevo quinientos
años a su servicio.» «Ah, es verdad —dijo St. Germain—, esto fue antes de
su tiempo.»)
Un llamativo capítulo sobre las Cruzadas empezaba así:
Cada época tiene su locura particular; un plan, proyecto o fantasía al que se
lanza, espoleada ya sea por amor de la ganancia, necesidad de excitación o
mera fuerza de imitación. Si le falta eso, sufre cierta locura, a la que se ve
aguijoneada por causas políticas o religiosas, o ambas combinadas.
La edición que leí la primera vez iba adornada con una cita del financiero y
consejero de presidentes Bemard M. Baruch, atestiguando que la lectura del
libro de Mackay le había hecho ahorrar millones.
Hay una larga historia de declaraciones falsas de que el magnetismo
podía curar enfermedades. Paracelso, por ejemplo, usaba un imán para aspirar
las enfermedades del cuerpo y enterrarlas dentro de la Tierra. Pero la figura
clave fue Franz Mesmer. Yo había entendido vagamente que la palabra
inglesa «mesmerize» quería decir algo parecido a hipnotizar. Pero el primer
conocimiento real que tuve de Mesmer vino del libro de Mackay. El médico
vienés pensaba que las posiciones de los planetas influían en la salud
humana, y quedó seducido por las maravillas de la electricidad y el
magnetismo. Atendía a la nobleza francesa en declive en vísperas de la
Revolución. Se reunían en una habitación oscura. Mesmer, vestido con una
túnica dorada de seda floreada y blandiendo una varita mágica, hacía sentar a
sus pacientes alrededor de una cuba con una solución de ácido sulfúrico. El
magnetizador y sus jóvenes ayudantes varones miraban a los pacientes
fijamente a los ojos y les frotaban el cuerpo. Ellos se agarraban a unas barras
de hierro que sobresalían de la solución o se daban la mano. En un frenesí
contagioso, se curaban aristócratas a diestro y siniestro, especialmente
mujeres jóvenes.
Mesmer causó sensación. Él lo llamaba «magnetismo animal». Sin
embargo, como perjudicaba el negocio de los practicantes de una medicina
más convencional, los médicos franceses presionaron al rey Luis XVI para
que tomara enérgicas medidas contra él. Mesmer, decían, era una amenaza
para la salud pública. La Academia Francesa de las Ciencias nombró una
comisión que incluía al químico pionero Antoine Lavoisier y al diplomático
americano y experto en electricidad Benjamín Franklin. Realizaron el
experimento de control obvio: cuando los efectos magnetizadores se
realizaban sin el conocimiento del paciente, no se producía la curación. La
conclusión de la comisión fue que las curaciones, si las había, estaban en la
mente del que las esperaba. Mesmer y sus seguidores no se dejaron
desanimar. Uno de ellos preconizaba más tarde la siguiente actitud para
obtener los mejores resultados:
Olvida durante un rato todos tus conocimientos de física... Aleja de tu mente
cualquier objeción que se te ocurra... No razones durante un período de seis
semanas... Sé muy crédulo, muy perseverante, rechaza toda la experiencia
pasada y no escuches a la razón.
Ah, sí, y un consejo final: «Nunca magnetices ante personas preguntonas.»
Otra sorpresa fue Caprichos y falacias en nombre de la ciencia de
Martín Gardner. Allí estaba Wilheim Reich revelando la clave de la
estructura de las galaxias en la energía de los orgasmos humanos; Andrew
Crosse creando insectos microscópicos eléctricamente con sales; Hans
Hórbiger, bajo los auspicios nazis, anunciando que la Vía Láctea no estaba
hecha de estrellas sino de copos de nieve; Charles Piazzi Smyth descubriendo
en las dimensiones de la Gran Pirámide de Gizeh una cronología del mundo
desde la creación hasta el segundo advenimiento; L. Ron Hubbard
escribiendo un manuscrito capaz de volver locos a sus lectores (¿lo comprobó
alguien?, me preguntaba yo); el caso Bridey Murphy, que hizo creer a
millones que tenían al menos una prueba seria de reencarnación; las
«demostraciones» de PES (percepción extrasensorial) de Joseph Rhine; la
curación de la apendicitis con enemas de agua fría, de enfermedades
bacterianas con cilindros de latón y de la gonorrea con luz verde... y, entre
todos esos relatos de autoengaño y charlatanería, para mi sorpresa, un
capítulo sobre ovnis.
Desde luego, Mackay y Gardner, por el mero hecho de escribir libros
catalogando las creencias espurias, me parecían un poco displicentes y
superiores. ¿No aceptaban nada? A pesar de todo, me sorprendió la cantidad
de declaraciones discutidas y defendidas con pasión que habían quedado en
nada. Lentamente me fui dando cuenta de que, existiendo la falibilidad
humana, podría haber otras explicaciones para los platillos volantes.
Me había interesado la posibilidad de vida extraterrestre desde
pequeño, mucho antes de oír hablar de platillos volantes. He seguido
fascinado hasta mucho después de haberse apagado mi entusiasmo primitivo
por los ovnis... al entender mejor a este maestro despiadado llamado método
científico: todo depende de la prueba. En una cuestión tan importante, la
prueba debe ser irrecusable. Cuanto más deseamos que algo sea verdad, más
cuidadosos hemos de ser. No sirve la palabra de ningún testigo. Todo el
mundo comete errores. Todo el mundo hace bromas. Todo el mundo fuerza la
verdad para ganar dinero, atención o fama. Todo el mundo entiende mal en
ocasiones lo que ve. A veces incluso ven cosas que no están.
Esencialmente, todos los casos de ovnis eran anécdotas, algo que afirmaba
alguien. Los describían de varias formas, como de movimiento rápido o
suspendidos en el aire; en forma de disco, de cigarro o de bola; en
movimiento silencioso o ruidoso; con un gas de escape llameante o sin gas;
acompañado de luces intermitentes o uniformemente relucientes con un matiz
plateado, o luminosos. La diversidad de las observaciones indicaba que no
tenían un origen común y que el uso de términos como ovnis o «platillos
volantes», sólo servía para confundir el tema al agrupar genéricamente una
serie de fenómenos no relacionados.
Había algo extraño en la mera invención de la expresión «platillo
volante». En el momento de escribir este artículo tengo delante una
transcripción de una entrevista del 7 de abril de 1950 entre Edward R.
Murrow, el célebre locutor de la CBS, y Kenneth Arnold, un piloto civil que
vio algo peculiar cerca de Mount Rainier, en el estado de Washington, el 24
de junio de 1947 y que en cierto modo acuñó la frase. Arnold afirma que:
los periódicos no me citaron adecuadamente... Cuando hablé con la prensa no
me entendieron bien y, con la excitación general, un periódico y otro lo
embrollaron de tal modo que nadie sabía exactamente de qué hablaban... Esos
objetos más o menos revoloteaban como si fueran, oh, algo así como barcos
en aguas muy movidas... Y cuando describí cómo volaban, dije que era como
si uno cogiera un platillo y lo lanzara a través del agua. La mayoría de periódicos lo interpretaron mal y también citaron esto incorrectamente. Dijeron que
yo había dicho que eran como platillos; yo dije que volaban al estilo de un
platillo.
Arnold creía haber visto una sucesión de nueve objetos, uno de los
cuales producía un «extraordinario relámpago azul». Llegó a la conclusión de
que eran una nueva especie de artefactos alados. Murrow lo resumía: «Fue un
error de citación histórico. Mientras la explicación original del señor Arnold
se ha olvidado, el término "platillo volante" se ha convertido en una palabra
habitual.» El aspecto y comportamiento de los platillos volantes de Kenneth
Arnold era bastante diferente de lo que sólo unos años después se
caracterizaría rígidamente en la comprensión pública del término: algo como
unfrisbee muy grande y con gran capacidad de maniobra.
La mayoría de la gente contaba lo que había visto con toda sinceridad, pero
lo que veían eran fenómenos naturales, si bien poco habituales. Algunos
avistamientos de ovnis resultaron ser aeronaves poco convencionales,
aeronaves convencionales con modelos de iluminación poco usuales, globos
de gran altitud, insectos luminiscentes, planetas vistos bajo condiciones
atmosféricas inusuales, espejismos ópticos y nubes lenticulares, rayos en
bola, parhelios, meteoros, incluyendo bólidos verdes, y satélites, morros de
cohetes y motores de propulsión de cohetes entrando en la atmósfera de
modo espectacular.10 Es concebible que algunos pudieran ser pequeños
cometas que se disipaban en el aire. Al menos, algunos informes de radar se
debieron a la «propagación anómala»: ondas de radio que viajan por
10
Hay tantos satélites artificiales por los cielos que siempre se producen exhibiciones llamativas
en alguna parte del mundo. Todos los días se desintegran dos o tres en la atmósfera de la Tierra y
a menudo los restos llameantes son visibles para el ojo humano.
trayectorias curvadas debido a inversiones de la temperatura atmosférica.
Tradicionalmente, también se llamaban «ángeles» de radar: algo que parece
estar ahí pero no está. Puede haber apariciones visuales y de radar
simultáneas sin que haya nada «allí».
Cuando captamos algo extraño en el cielo, algunos de nosotros nos
emocionamos, perdemos la capacidad de crítica y nos convertimos en malos
testigos. Existía la sospecha de que aquél era un campo atractivo para picaros
y charlatanes. Muchas fotografías de ovnis resultaron ser falsas: pequeños
modelos colgados de hilos finos, a menudo fotografiados a doble exposición.
Un ovni visto por miles de personas en un partido de fútbol resultó ser una
broma de un club de estudiantes universitarios: un trozo de cartón, unas velas
y una bolsa de plástico fino, todo bien preparado para hacer un rudimentario
globo de aire caliente.
El relato original del platillo accidentado (con los pequeños
extraterrestres y sus dientes perfectos) resultó ser un puro engaño. Frank
Scully, columnista de Variety, comentó una historia que le había contado un
amigo petrolero; fue el espectacular reclamo del exitoso libro de Scully de
1950, Tras los platillos volantes. Se habían encontrado dieciséis
extraterrestres de Venus, de un metro de altura cada uno, en uno de los tres
platillos accidentados. Se habían recogido cuadernos con pictogramas
extraterrestres. Los militares lo ocultaban. Las implicaciones eran
importantes.
Los estafadores eran Silas Newton, que dijo que utilizaba ondas de
radio para buscar oro y petróleo, y un misterioso «doctor Gee», que resultó
ser un tal señor GeBauer. Newton presentó una pieza de la maquinaria del
ovni y tomó fotografías de primer plano del platillo con flash. Pero no
permitía una inspección detallada. Cuando un escéptico preparado, haciendo
un juego de manos, cambió el engranaje y envió el artefacto a analizar,
resultó estar hecho de aluminio de batería de cocina.
La patraña del platillo accidentado fue un pequeño interludio en un
cuarto de siglo de fraudes de Newton y GeBauer, que vendían principalmente
máquinas de prospección y contratos petroleros sin valor. En 1952 fueron
arrestados por el FBI y al año siguiente se los acusó de estafa. Sus proezas —
de las que Curtís Peebles hizo la crónica— deberían haber servido de
advertencia a los entusiastas de los ovnis sobre historias de platillos
accidentados en el suroeste americano alrededor de 1950. No cayó esa breva.
El 4 de octubre de 1957 se lanzó el Sputnik 1, el primer satélite
artificial en órbita alrededor de la Tierra. De las mil ciento dieciocho visiones
de ovnis registradas ese año en Estados Unidos, setecientas una, o sea, el
sesenta por ciento —y no el veinticinco por ciento que se podía esperar—,
ocurrieron entre octubre y diciembre. Es evidente que el Sputnik y la
publicidad consiguiente habían generado de algún modo visiones de ovnis.
Quizá la gente miraba más el cielo de noche y veía más fenómenos naturales
que no entendía. ¿O podría ser que miraran más hacia arriba y vieran más las
naves espaciales extraterrestres que están ahí constantemente?
La idea de los platillos volantes tenía antecedentes sospechosos que se
remontaban a una broma consciente titulada ¿Recuerdo Lemuria!, escrita por
Richard Shaver, y publicada en el número de marzo de 1945 de la revista de
ciencia ficción Amazing Stories. Era exactamente el tipo de lecturas que yo
devoraba de pequeño. Se me informaba que hacía ciento cincuenta mil años
los extraterrestres espaciales se habían establecido en continentes perdidos, lo
que llevó a la creación de una raza de seres demoníacos bajo tierra que eran
responsables de las tribulaciones humanas y de la existencia del mal. El
editor de la revista, Ray Palmer —que, como los seres subterráneos sobre los
que advertía, medía poco más de un metro—, promovió la idea, mucho antes
de la visión de Arnold, de que la Tierra era visitada por naves espaciales
extraterrestres en forma de disco y que el gobierno ocultaba su conocimiento
y complicidad. Con las portadas de esas revistas en los quioscos, millones de
americanos estuvieron expuestos a la idea de los platillos volantes bastante
antes de que fuera acuñado el término.
Con todo, las pruebas alegadas parecían pocas, y a menudo caían en
la credulidad, la broma, la alucinación, la incomprensión del mundo natural,
el disfraz de esperanzas y temores como pruebas, y un anhelo de atención,
fama y fortuna. Qué lastima, recuerdo haber pensado.
Desde entonces he tenido la suerte de estar involucrado en el
lanzamiento de naves espaciales a otros planetas en busca de vida y en la
escucha de posibles señales de radio de civilizaciones extraterrestres, si las
hubiere, en planetas de estrellas distantes. Hemos tenido algunos momentos
seductores. Pero si la señal deseada no llega a cada uno de los escépticos
gruñones, no podemos llamarlo prueba de vida extraterrestre, por muy
atractiva que encontremos la idea. Simplemente, tendremos que esperar a
disponer de mejores datos, si es que algún día llegamos a tenerlos. No hemos
encontrado pruebas irrefutables de vida más allá de la Tierra. Pero sólo
estamos al principio de la búsqueda. Quizá mañana pueda surgir información
nueva y mejor. No creo que nadie esté más interesado que yo en saber si nos
visitan o no. Me ahorraría mucho tiempo y esfuerzo poder estudiar
directamente y de cerca la vida extraterrestre en lugar de hacerlo
indirectamente y a gran distancia. Aun en el caso que los extraterrestres sean
bajos, tercos y obsesos sexuales... si están aquí, quiero conocerlos.
---ooo---
Una prueba de lo modestas que son nuestras expectativas de los
«extraterrestres» y de lo zafio de los estándares de prueba que muchos de
nosotros estamos dispuestos a aceptar puede encontrarse en la historia de los
círculos en los cultivos. Originados en Gran Bretaña y extendidos por todo el
mundo, era algo que superaba lo extraño.
Los granjeros o transeúntes descubrían círculos (y, en años
posteriores, pictogramas mucho más complejos) impresos sobre los campos
de trigo, avena, cebada y colza. Empezando con círculos simples a mediados
de la década de los setenta, el fenómeno fue progresando año tras año hasta
que, a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, el
campo, especialmente en el sur de Inglaterra, se vio embellecido por
inmensas figuras geométricas, algunas de las dimensiones de un campo de
fútbol, estampadas sobre el grano de cereal antes de la cosecha: círculos
tangentes a círculos, o conectados por ejes, líneas paralelas inclinadas,
«insectoides». Algunas de las formas mostraban un círculo central rodeado
por cuatro círculos más pequeños colocados simétricamente... claramente
causados, se concluyó, por un platillo volante y sus cuatro trenes de
aterrizaje.
¿Una broma? Imposible, decía casi todo el mundo. Había cientos de
casos. A veces los hacían en sólo una o dos horas en plena noche, y a gran
escala. No se pudieron encontrar huellas de bromistas que se acercaran a los
pictogramas. Y además, ¿qué motivo verosímil podía haber para una broma
así?
Se ofrecieron muchas conjeturas menos convencionales. Personas con
cierta preparación científica inspeccionaron los lugares, hilaron argumentos,
fundaron revistas dedicadas en su totalidad al tema. ¿Eran causadas las
figuras por extraños remolinos llamados «vórtices columnares», o unos aún
más raros llamados «vórtices de anillo»? ¿Y por rayos en bola? Los
investigadores japoneses intentaron simular, en el laboratorio y a muy
pequeña escala, la física de plasma que creían se abría camino en el lejano
Wiltshire.
Pero a medida que las figuras en los cultivos se hacían más
complejas, las explicaciones meteorológicas o eléctricas se volvían más
forzadas. Sencillamente, los causantes eran los ovnis, extraterrestres que se
comunicaban con nosotros en un lenguaje geométrico. O quizá era el diablo,
o la Tierra sufriente que se quejaba de las depredaciones infligidas por la
mano del hombre. Llegaron manadas de turistas de la «Nueva Era». Todas las
noches los entusiastas montaban vigilancia equipados con grabadoras y
sistemas de visión de infrarrojos. Los medios de comunicación impresos y
electrónicos de todo el mundo seguían las huellas de los intrépidos
cerealogistas. Un público admirado y estupefacto compraba libros de gran
éxito sobre los extraterrestres deformadores de cosechas. Es cierto que no se
llegó a ver ningún platillo colocándose sobre el trigo ni se filmó ninguna
figura geométrica en el curso de ser generada. Pero los zahoríes
autentificaron su carácter extraterrestre y los canalizadores establecieron
contacto con las entidades responsables. Dentro de los círculos se detectó
«energía orgónica».
Se formularon preguntas en el Parlamento. La familia real llamó a
consulta especial a lord Solly Zuckerman, antiguo consejero científico del
Ministerio de Defensa. Se dijo que había fantasmas implicados; también los
caballeros templarios de Malta y otras sociedades secretas. Los satanistas
estaban involucrados. El Ministerio de Defensa ocultaba todo el asunto. Se
consideró en algunos círculos ineptos y poco elegantes que eran intentos de
los militares de quitarse a la gente de encima. La prensa sensacionalista salió
a escena. El Daily Mirror contrató a un granjero y su hijo para que hicieran
cinco círculos con la esperanza de tentar al periódico rival, el Daily Express,
a informar de la historia. El Express, al menos en este caso, no cayó en la
trampa.
Las organizaciones «cerealógicas» crecieron y se dividieron. Los
grupos en competencia se mandaban comunicaciones intimidatorias. Se
acusaban de incompetencia o algo peor. El número de «círculos» creció por
millares. El fenómeno se extendió hasta Estados Unidos, Canadá, Bulgaria,
Hungría, Japón, los Países Bajos. Los pictogramas —especialmente los más
completos— empezaron a citarse cada vez más como argumentos a favor de
la visita de extraterrestres. Se trazaron forzadas relaciones con «la Cara» de
Marte. Un científico al que conozco me escribió que en estas figuras se
ocultaban unas matemáticas extremadamente sofisticadas; sólo podían ser el
resultado de una inteligencia superior. En realidad, un aspecto en el que
coincidían casi todos los cerealogistas contendientes es que las últimas
figuras en las cosechas eran demasiado complejas y elegantes para haber sido
causadas por la intervención humana, menos todavía por algunos bromistas
harapientos e irresponsables. La inteligencia extraterrestre era evidente a
simple vista...
En 1991, Doug Bower y Dave Chorley, dos amigos de Southampton,
anunciaron que llevaban quince años haciendo figuras en las cosechas. Se les
ocurrió un día mientras tomaban una cerveza en su pub habitual: el Percy
Hobbes. Habían encontrado muy graciosos los informes de ovnis y pensaron
que podría ser divertido engañar a los crédulos. Al principio aplanaron el
trigo con la pesada barra de acero que Bower utilizaba como mecanismo de
seguridad en la puerta trasera de su tienda de marcos de cuadros. Más
adelante utilizaron placas y cuerdas. Los primeros dibujos sólo les costaron
unos minutos. Pero, como además de bromistas inveterados eran artistas de
verdad, la dimensión del desafío empezó a aumentar. Gradualmente fueron
diseñando y ejecutando figuras cada vez más elaboradas.
Al principio nadie pareció darse cuenta. No salía ninguna noticia en
los medios de comunicación. La tribu de ufologistas no tenía en cuenta sus
formas artísticas. Estuvieron a punto de abandonar los círculos en los cultivos
para pasar a otra broma más satisfactoria emocionalmente.
De pronto, los círculos en los cultivos se hicieron muy populares. Los
ufologistas se tragaron anzuelo, hilo y plomada. Bower y Chorley estaban
encantados, especialmente cuando los científicos empezaron a propagar su
considerada opinión de que no podía ser responsable de ellos una inteligencia
meramente humana.
Planeaban cuidadosamente todas las salidas nocturnas, a veces
siguiendo meticulosos diagramas que habían preparado con acuarelas.
Seguían de cerca los pasos de sus intérpretes. Cuando un meteorólogo local
dedujo que era una especie de remolino porque todas las cosechas estaban
desviadas hacia abajo en un círculo en el sentido de las agujas del reloj, le
confundieron haciendo una nueva figura con un anillo exterior aplanado en el
sentido contrario.
Pronto aparecieron otras figuras en el sur de Inglaterra y en todas
partes. Habían aparecido los bromistas imitadores. Bower y Chorley grabaron
un mensaje en el trigo como respuesta: «WEARENOTALONE» [No estamos
solos]. Algunos llegaron a considerar que era un mensaje extraterrestre
genuino (aunque hubiera sido mejor si hubieran puesto «YOUARENOTALONE»
[No estais solos]). Doug y Dave empezaron a firmar sus obras de arte con dos
D; incluso eso se atribuyó a un misterioso propósito extraterrestre. Las
desapariciones nocturnas de Bower levantaron las sospechas de su esposa
Ilene. Sólo con grandes dificultades —acompañando a Dave y Doug una
noche, y uniéndose luego a los crédulos para admirar su trabajo al día
siguiente— pudo convencerse de que las ausencias del marido, en este
sentido, eran inocentes.
A la larga, Bower y Chorley se cansaron de aquella broma cada vez
más elaborada. Aunque estaban en condiciones físicas excelentes, los dos
tenían ya sesenta años y estaban un poco viejos para operaciones de comando
nocturno en campos de granjeros desconocidos y a menudo poco
comprensivos. A lo mejor los molestaba la fama y fortuna que acumulaban
los que se limitaban a fotografiar su arte y anunciar que los artistas eran
extraterrestres. Y los empezó a preocupar que, si esperaban mucho, nadie
creería ninguna declaración que hicieran.
Así pues, confesaron. Hicieron una demostración ante los
informadores de cómo hacían las formas insectoides más elaboradas. Se
podría pensar que ya nunca más se volvería a argüir que es imposible
mantener una broma durante muchos años, y que no volveríamos a oír que es
imposible que alguien tenga motivos para engañar a los crédulos y hacerles
creer que los extraterrestres existen. Pero los medios de comunicación
prestaron poca atención. Los cerealogistas los conminaron a callar; al fin y al
cabo, estaban privando a muchos del placer de imaginar acontecimientos
maravillosos.
Desde entonces, ha habido otros bromistas de círculos en los cultivos,
pero la mayoría de un modo más inconexo y menos inspirado. Como
siempre, la confesión de la broma se ve muy eclipsada por la excitación
inicial. Muchos habían oído hablar de los pictogramas en campos de cereales
y su supuesta relación con los ovnis, pero corrieron un tupido velo cuando
surgieron los nombres de Bower y Chorley o la simple idea de que todo el
asunto podía ser una broma. Se puede encontrar un exposé informativo del
periodista Jim Schnabel (Round in Gíreles, Penguin Books, 1994), del que he
sacado la mayor parte de mi relato. Schnabel se unió pronto a los
cerealogistas y al final hizo él mismo unos cuantos pictogramas con éxito. (Él
prefiere un rodillo de jardín a una placa de madera, y encontró que
simplemente pisando los tallos con los pies se consigue un trabajo aceptable.)
Pero la obra de Schnabel, que un crítico calificó de «el libro más divertido
que he leído desde hace años», tuvo sólo un éxito modesto. Los demonios
venden; los bromistas son aburridos y de mal gusto.
---ooo--No se necesita un nivel muy avanzado para dominar los principios del
escepticismo, como demuestran la mayoría de los usuarios de coches de
segunda mano. La idea general de una aplicación democrática del
escepticismo es que todo el mundo debería tener las herramientas esenciales
para valorar eficaz y constructivamente las afirmaciones de conocimiento. Lo
único que pide la ciencia es que se apliquen los mismos niveles de
escepticismo que al comprar un coche usado o al juzgar la calidad de un
analgésico o una cerveza a través de los anuncios de la televisión.
Pero las herramientas del escepticismo no suelen estar al alcance de
los ciudadanos de nuestra sociedad. Casi nunca se menciona en las escuelas,
ni siquiera en la presentación de la ciencia, su más ferviente practicante,
aunque el escepticismo también surge espontáneamente de las decepciones de
la vida cotidiana. Nuestra política, economía, publicidad y religiones (nuevas
y viejas) están inundadas de credulidad. Los que tienen algo que vender, los
que desean influir en la opinión pública, los que mandan, podría sugerir un
escéptico, tienen un interés personal en no fomentar el escepticismo.
CAPÍTULO 5
ARGUCIAS
Y
SECRETOS
_____
Confíe en un testigo en todo
aquello en lo que no esté
fuertemente involucrado ni su
propio interés, ni sus pasiones, ni
sus prejuicios, ni su amor por lo
maravilloso. Si lo están, exija una
prueba que lo corrobore en
proporción exacta a la
contravención de la probabilidad
por la cosa atestiguada.
THOMAS HENRY HUXLEY
(1825-1895)
Cuando se informó a la madre del célebre abducido Travis Walton de
que un ovni había fulminado a su hijo con un rayo y luego se lo había llevado
al espacio, contestó con poca curiosidad: «Bueno, así es como ocurren las
cosas.» ¿Es así?
Aceptar que en nuestros cielos hay ovnis no es comprometerse a
mucho: la palabra «ovni» son las siglas de «objeto volador no identificado».
Es un término que incluye algo más que «platillo volante». Que haya cosas
que el observador ordinario, o incluso el experto, no entiende, es inevitable.
Pero ¿por qué, si vemos algo que no reconocemos, llegamos a la conclusión
de que es una nave de las estrellas? Se nos presenta una gran variedad de
posibilidades más prosaicas.
Una vez eliminados de la serie de datos los fenómenos naturales, los
engaños y las aberraciones psicológicas, ¿queda algún residuo de casos muy
creíbles pero extremadamente raros, sobre todo casos sustentados por pruebas
físicas? ¿Hay una «señal» oculta en todo este alboroto? Desde mi punto de
vista, no se ha detectado ninguna. Hay casos de los que se informa con
fiabilidad que no son raros, y casos raros que no son fiables. No hay ningún
caso —a pesar de más de un millón de denuncias de ovnis desde 1947— en
que la declaración de algo extraño que sólo puede ser una aeronave espacial
sea tan fidedigna que permita excluir con seguridad una mala interpretación,
tergiversación o alucinación. Todavía hay una parte de mí que dice: «Qué
lástima.»
Se nos bombardea regularmente con extravagantes declaraciones
sobre ovnis que nos venden en porciones digeribles, pero muy rara vez
llegamos a oír algo de su resultado. No es difícil de entender: ¿qué vende más
periódicos y libros, qué alcanza una mayor valoración, qué es más divertido
de creer, qué es más acorde con los tormentos de nuestra época: un accidente
de naves extraterrestres, estafadores experimentados que se aprovechan de
los crédulos, extraterrestres de poderes inmensos que juegan con la especie
humana o las declaraciones que derivan de la debilidad y la imperfección
humana?
A lo largo de los años he dedicado mucho tiempo al problema de los
ovnis. Recibo muchas cartas al respecto, a menudo con relatos detallados de
primera mano. A veces, el escritor de la carta me promete revelaciones
trascendentales si le llamo. Después de dar una conferencia —casi sobre
cualquier tema— se me pregunta a menudo: «¿Cree en los ovnis?» Siempre
me sorprende la manera de plantear la pregunta, la sugerencia de que se trata
de un asunto de fe y no de pruebas. Casi nunca me preguntan: «¿Hasta qué
punto son fiables las pruebas de que los ovnis son naves espaciales
extraterrestres?»
Por lo que he visto, la manera de proceder de mucha gente está
altamente predeterminada. Algunos están convencidos de que el testimonio
de un testigo ocular es fiable, que la gente no inventa cosas, que las
alucinaciones o tergiversaciones a esta escala son imposibles, y que debe de
haber una vieja conspiración gubernamental de alto nivel para ocultamos la
verdad a los demás. La credibilidad en el tema de los ovnis prospera cuando
aumenta la desconfianza en el gobierno, que se produce de forma natural en
todas aquellas circunstancias en que —en la tensión entre bienestar público y
«seguridad nacional»— el gobierno miente. Como se han revelado engaños y
conspiraciones de silencio del gobierno en tantos otros asuntos, es difícil
argumentar que sería imposible encubrir un tema tan extraño, que el gobierno
nunca ocultaría información importante a sus ciudadanos. Una explicación
común de la razón de tal encubrimiento es evitar el pánico a nivel mundial o
la erosión de la confianza en el gobierno.
Yo fui miembro del comité del Consejo Asesor Científico de las
Fuerzas Aéreas de Estados Unidos que investigó el estudio de los ovnis
llamado «Proyecto Libro Azul», aunque antes, significativamente, se había
llamado «Proyecto Grudge [Fastidio]». Nos encontramos con que el esfuerzo
que se estaba realizando era desganado y desechable. A mediados de la
década de los sesenta, el cuartel general del «Proyecto Libro Azul» se
encontraba en la base de las Fuerzas Aéreas Wright-Patterson de Ohio, donde
también estaba la base de la «Inteligencia Técnica Extranjera» (dedicada
principalmente a averiguar qué armas nuevas tenían los soviéticos). Contaban
con una sofisticada tecnología para la consulta de expedientes. Uno
preguntaba por un incidente de ovnis determinado y, como si se tratara de
jerseys y trajes de la lavandería, le iban pasando resmas de expedientes por
delante hasta que la máquina se paraba al llegar ante el demandante el
expediente solicitado.
Pero lo que había en esos expedientes no tenía gran valor. Por
ejemplo, ciudadanos respetables declaraban haber visto flotar luces sobre una
pequeña ciudad de New Hampshire durante más de una hora, y la explicación
del caso era que había una escuadrilla de bombarderos estratégicos de una
base cercana de las Fuerzas Aéreas en ejercicios de instrucción. ¿Podían
tardar una hora en atravesar la ciudad los bombarderos? No. ¿Sobrevolaban
los bombarderos la ciudad en el momento en que se decía que habían
aparecido los ovnis? No. ¿Nos puede explicar, coronel, cómo puede ser que
se describa que los bombarderos estratégicos «flotaban»? No. Las negligentes
investigaciones del Libro Azul tenían un papel poco científico, pero servían
para el importante propósito burocrático de convencer a gran parte del
público de que las Fuerzas Aéreas se aplicaban a la tarea y que quizá no había
nada tras las denuncias de ovnis.
Desde luego, eso no excluye la posibilidad de que en alguna otra
parte se desarrollara otro estudio de los ovnis más serio, más científico
(dirigido, por ejemplo, por un general de brigada en lugar de un teniente
coronel). Creo que incluso es probable que fuera así, no porque crea que nos
visitan extraterrestres sino porque, ocultos en el fenómeno de los ovnis, debe
de haber datos considerados en otros tiempos de importante interés militar.
Desde luego, si los ovnis son como se dice —aparatos muy rápidos y
maniobrables—, los militares tienen la obligación de descubrir cómo
funcionan. Si los ovnis eran construidos por la Unión Soviética, las Fuerzas
Aéreas tenían la responsabilidad de protegernos. Teniendo en cuenta las
notables características de actuación que se les adjudicaba, las implicaciones
estratégicas de que hubiera ovnis soviéticos sobrevolando impunemente las
instalaciones militares y nucleares norteamericanas eran preocupantes. Si, por
otro lado, los ovnis eran construidos por extraterrestres, podríamos copiar la
tecnología (si pudiéramos apoderarnos de un solo platillo) y conseguir una
clara ventaja en la guerra fría. Y, aunque los militares no creyeran que los
ovnis fueran fabricados por soviéticos ni extraterrestres, tenían una buena
razón para seguir los informes de cerca.
En la década de los cincuenta, las Fuerzas Aéreas utilizaban
ampliamente los globos-sonda, no sólo como plataformas de observación
meteorológica, como se anunciaba de manera destacada, y como reflectores
de radar, algo que se reconocía, sino también, secretamente, como aparatos
de espionaje robótico, con cámaras de alta resolución e intercepción de
señales. Mientras los globos en sí no eran muy secretos, sí lo eran la serie de
reconocimientos que hacían. La forma de los globos de gran altitud puede
parecerse a la de un platillo cuando se ve desde el suelo. Si no se calcula bien
la distancia en la que se encuentran, es fácil imaginar que llevan una
velocidad absurdamente grande. En ocasiones, propulsados por una ráfaga de
viento, hacen un cambio de dirección abrupto, poco característico de un avión
y en aparente desafío de la ley de la inercia... si uno no atina a ver que son
huecos y no pesan casi nada.
El sistema de globos militares más famoso, que fue probado
ampliamente en todo Estados Unidos a principios de los cincuenta, se
llamaba «Skyhook». Otros sistemas y proyectos de globos se denominaron
«Mogul», «Moby Dick», «Grandson» y «Genetrix». Urner Lidell, que tenía
cierta responsabilidad sobre esas misiones en el Laboratorio de Investigación
Naval, y que posteriormente fue funcionario de la NASA, me dijo una vez
que creía que todos los ovnis denunciados eran globos militares. Aunque
decir «todos» es ir demasiado lejos, creo que no se ha apreciado
suficientemente su papel. Que yo sepa, no ha habido ningún experimento de
control sistemático y deliberado en el que se lanzaran secretamente globos de
gran altitud, se hiciera un seguimiento y se anotaran las visiones de ovnis por
parte de observadores visuales y por radar.
En 1956, globos de reconocimiento estadounidenses empezaron a
sobrevolar la Unión Soviética. En su momento culminante, había docenas de
lanzamientos de globos al día. A continuación, los globos fueron sustituidos
por aeronaves de gran altitud, como las U-2, que a su vez fueron
reemplazadas en gran parte por satélites de reconocimiento. Es evidente que
muchos ovnis que datan de este período eran globos científicos, como lo son
algunas veces desde entonces. Todavía se lanzan globos de gran altitud,
incluyendo plataformas que llevan sensores de rayos cósmicos, telescopios
ópticos e infrarrojos, receptores de radio que sondean la radiación cósmica de
fondo y otros instrumentos por encima de la mayor parte de la atmósfera de
la Tierra.
En 1947 se armó un gran revuelo con uno o más platillos volantes
supuestamente accidentados cerca de Roswell, Nuevo México. Hay algunos
informes iniciales y fotografías de periódicos del incidente que son
totalmente coherentes con la idea de que eran los restos de un globo de gran
altitud accidentado. Pero algunos residentes de la región —especialmente
décadas después— recuerdan materiales más extraños, jeroglíficos
enigmáticos, amenazas del personal militar a los testigos si no callaban lo que
sabían y la historia canónica de que se metió en un avión la maquinaria
extraterrestre y partes del cuerpo y se envió al Comando de Material Aéreo
de la base de las Fuerzas Aéreas de Wright-Patterson. Algunas de las
historias del cuerpo extraterrestre recuperado, aunque no todas, están
asociadas con este incidente.
Philip Klass, un escéptico que se ha dedicado a los ovnis desde hace
mucho tiempo, ha revelado una carta posteriormente desclasificada de fecha
de 27 de julio de 1948, un año después del «incidente» Roswell, del general
de división C. B. Cabell, entonces director de Inteligencia de las Fuerzas
Aéreas (y posteriormente, como oficial de la CIA, una figura central en la
fracasada invasión de Cuba en bahía de los Cochinos). Cabell preguntaba a
los que le habían informado qué podían ser los ovnis. Él no tenía ni idea. En
una respuesta resumida de 11 de octubre de 1948, que incluía información
explícita en posesión del Comando de Material Aéreo, vemos que se dice al
director de Inteligencia que tampoco nadie de las Fuerzas Aéreas tiene
ninguna pista. Eso hace improbable que el año anterior hubieran llegado
fragmentos de ovnis y sus ocupantes a Wright-Patterson.
La principal preocupación de las Fuerzas Aéreas era que los ovnis
pudieran ser rusos. Ante el enigma de por qué los rusos probaban los platillos
volantes sobre Estados Unidos, se propusieron cuatro respuestas: «1) Socavar
la confianza de Estados Unidos en la bomba atómica como el arma más
avanzada y decisiva en la guerra. 2) Realizar misiones de reconocimiento
fotográfico. 3) Comprobar las defensas aéreas de Estados Unidos. 4) Realizar
vuelos de familiarización [para bombarderos estratégicos] sobre el territorio
de Estados Unidos.» Ahora sabemos que los ovnis no eran ni son rusos y, por
mucho interés que tuvieran los soviéticos por los objetivos 1 a 4, no los
perseguían con platillos volantes.
Gran parte de las pruebas relativas al «incidente» Roswell parecen
apuntar al lanzamiento de un grupo de globos de gran altitud, quizá desde el
campo aéreo de la Armada de Alamogordo o del campo de pruebas de White
Sands, que se estrellaron cerca de Roswell; el personal militar recogió
apresuradamente los restos dé instrumentos secretos, y en seguida
aparecieron artículos en la prensa anunciando que era una nave espacial de
otro planeta («La RAAF captura platillo volante en un rancho de la región de
Roswell») y una serie de recuerdos que van fermentando a lo largo de los
años y se avivan ante la oportunidad de un poco de fama y fortuna. (En
Roswell hay dos museos que son puntos importantes de la ruta turística.)
Un informe encargado en 1994 por el secretario de las Fuerzas Aéreas
y el Departamento de Defensa en respuesta a la insistencia de un congresista
de Nuevo México identifica los residuos de Roswell como restos de un
sistema de detección acústica de baja frecuencia que llevaban los globos, de
largo alcance y altamente secreto, llamado «Proyecto Mogul»: un intento de
captar explosiones de armas nucleares soviéticas a altitudes de la tropopausa.
Los investigadores de las Fuerzas Aéreas, tras registrar meticulosamente los
archivos secretos de 1947, no encontraron pruebas de un aumento de tráfico
de mensajes:
No constaban indicaciones ni avisos, observación de alertas, ni un mayor ritmo
de actividad operativa que lógicamente se generaría si un aparato extraterrestre,
con intenciones desconocidas, entrara en territorio de Estados Unidos... Los
registros indican que no ocurrió nada de eso (o, si ocurrió, fue controlado por un
sistema de seguridad tan eficiente y estricto que nadie, de Estados Unidos ni de
ninguna otra parte, ha podido repetir desde entonces. Si en aquella época
hubiera habido un sistema así, también se habría usado para proteger nuestros
secretos atómicos de los soviéticos, pero la historia ha demostrado claramente
que no fue ése el caso).
Los objetivos de radar que llevaban los globos fueron fabricados en parte por
compañías de juguetes de Nueva York, cuyo inventario de motivos
decorativos parece propiciar que muchos años después se recuerden como
jeroglíficos extraterrestres.
El apogeo de los ovnis corresponde a la época en que comenzaba a
cambiarse el principal vehículo de lanzamiento de armas nucleares de los
aviones a los misiles. Un problema técnico importante era la entrada en la
atmósfera: hacer volver un morro (de cohete) a través de la atmósfera de la
Tierra sin que se queme en el proceso (como se destruyen los pequeños
asteroides y cometas al pasar a través de las capas superiores de aire).
Algunos materiales, geometrías de morro y ángulos de entrada son mejores
que otros. La observación de las entradas (o los lanzamientos más
espectaculares) podían revelar muy bien el progreso de Estados Unidos en
esta tecnología estratégica vital o, peor, sus defectos de diseño; todo eso
podría sugerir a un adversario qué medidas defensivas debía tomar. Como es
comprensible, el tema se consideraba altamente delicado.
Es inevitable que hubiera casos en que se ordenara al personal militar
no hablar de lo que había visto, o que observaciones aparentemente inocuas
fueran clasificadas repentinamente de máximo secreto con criterios limitados
a la necesidad de conocimiento. Los oficiales de las Fuerzas Aéreas y los
científicos civiles, al pensar en ello años después, podían concluir
perfectamente que el gobierno había decidido encubrir los ovnis. Si se
considera ovnis a los morros de cohete, la acusación es justa.
Analicemos la argucia. En la confrontación estratégica entre Estados
Unidos y la Unión Soviética, la adecuación de las defensas aéreas era un
tema vital. Era el punto 3 de la lista del general Cabell. Si se podía encontrar
una debilidad, podría ser la clave de la «victoria» en una guerra nuclear
incondicional. La única manera segura de probar las defensas de un
adversario es hacer volar un avión por encima de sus fronteras y ver cuánto
tiempo tarda en constatarlo. Estados Unidos lo hacía de manera rutinaria para
probar las defensas aéreas soviéticas.
En la década de los años cincuenta y sesenta. Estados Unidos tenía
sofisticados sistemas de defensa de radar que cubrían las costas del este y del
oeste, y especialmente sus accesos del norte (por los que seguramente llegaría
un ataque de bombarderos o misiles soviéticos). Pero había una parte más
vulnerable: no había ningún sistema de aviso eficaz para detectar el acceso
desde el sur, mucho más complicado geográficamente. Esta información,
desde luego, es vital para un adversario potencial. Sugiere inmediatamente
una argucia: digamos que uno o más de los aviones de alto rendimiento del
adversario salen del Caribe, por ejemplo, hacia el espacio aéreo de Estados
Unidos y penetran por el río Mississippi unos cientos de kilómetros hasta que
los capta un radar de la defensa aérea. Entonces, los intrusos salen
inmediatamente de allí. (O, como experimento de control, se comisiona una
unidad de aviones de alto rendimiento y se envía en salidas no anunciadas
para determinar la porosidad de las defensas aéreas americanas.) En este
caso, puede haber avistamientos de observadores militares y civiles y gran
número de testimonios independientes. Lo que se relata no corresponde a
ninguna aeronave conocida. Las autoridades de las Fuerzas Aéreas y de
aviación civil declaran sinceramente que ninguno de sus aviones era
responsable. Aunque hayan estado pidiendo al Congreso que financiara un
sistema de alarma eficaz en el sur, es improbable que las Fuerzas Aéreas
admitan que no han captado la llegada de aviones soviéticos o cubanos hasta
que estaban en Nueva Orleans, menos todavía en Memphis.
También aquí tenemos todas las razones para creer que se debió de
ordenar a un equipo investigador técnico de alto nivel, a los observadores de
las Fuerzas Aéreas y a los civiles que mantuvieran la boca cerrada, y que se
diera no sólo la apariencia sino la realidad de la supresión de datos. Tampoco
aquí esta conspiración de silencio tiene por qué tener nada que ver con naves
aeroespaciales de extraterrestres. Décadas más tarde, todavía hay razones
burocráticas para que el Departamento de Defensa siga guardando silencio
sobre aquellos problemas. Hay un conflicto potencial de intereses entre las
preocupaciones localistas del Departamento de Defensa y la solución del
enigma de los ovnis.
Además, algo que preocupaba entonces tanto a la Agencia Central de
Inteligencia (CIA) como a las Fuerzas Aéreas era que los ovnis fueran un
medio de obstruir los canales de comunicación en una crisis nacional y
confundir las observaciones visuales y de radar de aeronaves del enemigo: un
problema de señal/ruido que es en cierto modo lo que busca la argucia.
En vista de todo esto, estoy perfectamente dispuesto a creer que al
menos algunos informes y análisis de ovnis, y quizá voluminosos archivos, se
han hecho inaccesibles al público que paga los impuestos. La guerra fría ha
terminado, la tecnología de misil y de globo ha quedado prácticamente
obsoleta o está al alcance de todos, y los que podrían sentirse turbados ya no
están en el servicio activo. Lo peor, desde el punto de vista militar, es que
sería reconocer de nuevo que se confundió o mintió al público americano en
interés de la seguridad nacional. Ya es hora de que los archivos dejen de ser
reservados y se pongan a disposición general.
Otra intersección instructiva del temperamento de conspiración y la
cultura de secreto afecta a la Agencia Nacional de Seguridad (ANS). Esta
organización controla el teléfono, radio y otras comunicaciones tanto de
amigos como adversarios de Estados Unidos. Subrepticiamente, lee todo el
correo del mundo. El tráfico que intercepta diariamente es considerable. En
épocas de tensión, gran número del personal de la ANS con conocimiento de
los idiomas más importantes se pone los auriculares para escuchar en directo
desde las órdenes cifradas del Estado Mayor de la nación objetivo hasta
conversaciones íntimas. Para otro tipo de material, los ordenadores destacan
palabras clave que reclaman atención humana a mensajes específicos o
conversaciones importantes. Se almacena todo, de modo que sea posible
volver a revisar las cintas magnéticas: rastrear la primera aparición de una
palabra código, por ejemplo, o exigir responsabilidad en una crisis. Algunas
intercepciones se hacen desde puestos de escucha en países cercanos
(Turquía para Rusia, India para China), desde aviones y barcos que patrullan
por la zona, o desde satélites de observación en la órbita de la Tierra. Hay un
baile continuo de medidas y contramedidas entre la ANS y los servicios de
seguridad de otras naciones que, como es comprensible, no desean ser
escuchadas.
Ahora añadamos a esta mezcla, ya dura de por sí, la Ley de Libertad
de Información (LLI). Se formula una demanda a la ANS de toda la
información que tenga disponible sobre los ovnis. La ley le exige una
respuesta, aunque desde luego sin revelar «métodos y fuentes». La ANS
también tiene la obligación seria de no alertar de sus actividades a otras
naciones, amigas o enemigas, de un modo inoportuno y molesto
políticamente. Así, un informe más o menos típico de los que entrega la ANS
en respuesta a una demanda de la LLI tiene tachado un tercio de la página, un
fragmento de una línea que dice «informó de un ovni a baja altitud», seguido
de dos tercios de página tachados. La ANS sostiene que comunicar el resto de
la página comprometería potencialmente las fuentes y métodos, o al menos
alertaría a la nación en cuestión de lo libremente que se intercepta su tráfico
de radio de aviación. (Si la ANS comunicara transmisiones circundantes,
aparentemente inocuas del avión a la torre, sería posible que la nación en
cuestión constatara que se escuchan sus diálogos de control de tráfico aéreo
militar y pasaran a modos de comunicación —saltos de frecuencia, por
ejemplo— que dificultarían las intercepciones de la ANS.) Pero es
comprensible que los que sustentan la teoría de la conspiración de los ovnis,
al recibir en respuesta a sus demandas de la LLI docenas de páginas de
material con casi todo tachado, deduzcan que la ANS posee amplia
información sobre los ovnis y que participa en una conspiración de silencio.
Hablando extraoficialmente con oficiales de la ANS me contaron la
siguiente historia: los informes más típicos son de aviones militares o civiles
que comunican por radio que ven un ovni, lo que quiere decir que ven un
objeto no identificado en el espacio aéreo circundante. Puede ser incluso un
avión estadounidense en misión de reconocimiento o en misiones de
distracción. En la mayoría de los casos es algo mucho más ordinario, y la
aclaración también se comunica en posteriores informes de la ANS.
Puede usarse una lógica similar para hacer que la ANS parezca parte
de cualquier conspiración. Por ejemplo, según dicen, se le pidió una respuesta
a una demanda de la LLI sobre lo que supiera del cantante Elvis Presley. (Se
habían comunicado apariciones del señor Presley con resultado de curaciones
milagrosas.) Bien, la ANS sabía varias cosas. Por ejemplo, que un informe
sobre los recursos económicos de cierta nación comunicaba cuántas cintas y
discos compactos se habían vendido allí. Esta información también aparecía
en un par de líneas rodeadas de un vasto océano de oscuridad censurada.
¿Estaba implicada la ANS en un encubrimiento de Elvis Presley? Aunque
desde luego no he investigado personalmente el trabajo de la ANS
relacionado con los ovnis, esta historia me parece verosímil.
Si estamos convencidos de que el gobierno nos oculta visitas de
extraterrestres, deberíamos enfrentarnos a la cultura de secreto de las fuerzas
militares y de inteligencia. Como mínimo podemos presionar para que la
información relevante de hace décadas —de las que es un buen ejemplo el
informe de las Fuerzas Aéreas sobre el «Incidente Roswell» de julio de
1994— deje de ser reservada.
Puede captarse el estilo paranoico de muchos ufólogos, además de la
ingenuidad de la cultura de secreto, en el libro de un antiguo reportero del
New York Times, Howard Blum (Out There', Simón and Schuster, 1990):
Por mucha inventiva que pusiera en el intento, siempre acababa
chocando repentinamente con puntos muertos. Toda la historia se perdía
siempre, deliberadamente, según acabé creyendo, un poco más allá de mi
alcance.
¿Por qué?
Era la gran pregunta, práctica, imposible que se balanceaba
ominosamente en la alta cima de mis sospechas crecientes. ¿Por qué todos
aquellos portavoces e instituciones se aplicaban con tal connivencia a
obstaculizar y obstruir mis esfuerzos? ¿Por qué había historias que un día eran
ciertas y al siguiente falsas? ¿Por qué todo aquel afán de secreto tenso e
inquebrantable? ¿Por qué los agentes de la inteligencia militar extendían la
desinformación y hacían volver locos a los que creían en ovnis? ¿Qué había
encontrado allí el gobierno? ¿Qué intentaba ocultar?
Desde luego hay resistencia. Hay información legítimamente
reservada; como con las armas militares, a veces realmente el secreto es de
interés nacional. Además, las comunidades militar, política y de inteligencia
tienden a valorar el secreto por sí mismo. Es una manera de silenciar a los
críticos y eludir acusaciones de incompetencia o algo peor. Genera una élite,
un grupo de hermanos a los que se puede conceder de manera fiable la
confianza nacional, a diferencia de la gran masa de ciudadanos en
representación de los cuales presumiblemente se hace secreta la información.
El secreto, con pocas excepciones, es profundamente incompatible con la
democracia y la ciencia.
Una de las intersecciones más estimulantes que se han comentado
entre los ovnis y el secreto son los llamados documentos MJ-12. A finales de
1984, según cuenta la historia, apareció un sobre que contenía un rollo de
película expuesta pero no revelada en el buzón de un productor de cine,
Jaime Shandera, interesado en los ovnis y el encubrimiento del gobierno (no
deja de ser curioso que ocurriera justo cuando salía para ir a comer con el
autor de un libro sobre los supuestos acontecimientos de Roswell, Nuevo
México). Cuando revelaron la película, «resultó ser» página tras página de
una orden ejecutiva altamente reservada, «sólo para lectura», con fecha de 24
de septiembre de 1947, en la que el presidente Harry S. Truman
aparentemente nombraba un comité de doce científicos y oficiales del
gobierno para examinar una serie de platillos volantes accidentados y
pequeños cuerpos de extraterrestres. La formación del comité MJ-12 es
destacable, porque en él constan exactamente los nombres de los miembros
militares, de inteligencia, de ciencia e ingeniería que habrían sido convocados
a investigar estos accidentes si hubieran ocurrido. En los documentos MJ-12
hay sugestivas referencias a apéndices sobre la naturaleza de los
extraterrestres, la tecnología de sus naves y cosas así, pero no se incluyen en
la misteriosa película.
Las Fuerzas Aéreas dicen que el documento es falso. El experto en
ovnis Philip J. Klass y otros encuentran inconsistencias lexicográficas y
tipográficas que sugieren que todo es un engaño. Los que compran obras de
arte se preocupan por la procedencia de sus cuadros, es decir, quién fue el
último propietario y quién el anterior, y así hasta el artista original. Si faltan
eslabones en la cadena —si sólo se puede seguir el rastro de un cuadro de
trescientos años de antigüedad durante sesenta y después no tenemos ni idea
de en qué casa o museo estaba expuesto— surgen señales de aviso de
falsificación. Como el beneficio para los falsificadores de arte es muy alto,
los coleccionistas deben ser especialmente cautos. El punto más vulnerable y
sospechoso de los documentos MJ-12 radica precisamente en esta cuestión de
procedencia: una prueba dejada milagrosamente en el umbral, como salida de
una historia de cuento de hadas, quizá «El zapatero y los duendes».
Hay muchos casos similares en la historia humana: súbitamente
aparece un documento de procedencia dudosa con información de gran
importancia que sostiene con contundencia la argumentación de los que han
hecho el descubrimiento. Después de una cuidadosa, y en algunos casos
valiente, investigación se demuestra que el documento es falso. No cuesta
nada entender la motivación de los embaucadores. Un ejemplo más o menos
típico es el libro del Deuteronomio: lo descubrió el rey Josías en el Templo
de Jerusalén y, milagrosamente, en medio de una importante lucha de
reforma, encontró en él la confirmación de todos sus puntos de vista.
Otro caso es lo que se llama la Donación de Constantino. Constantino
el Grande fue el emperador que hizo del cristianismo la religión oficial del
Imperio romano. El nombre de Constantinopla (hoy Estambul), ciudad
capital durante miles de años del Imperio romano oriental, viene de él. Murió
en el año 337. En el siglo IX empezaron a aparecer referencias a la Donación
de Constantino en los escritos cristianos; en ella, Constantino lega a su
contemporáneo el papa Silvestre I todo el Imperio romano occidental,
incluida Roma. Este pequeño presente, según contaba la historia, se debía a la
gratitud de Constantino, que se curó de la lepra gracias a Silvestre. En el siglo
XI, los papas se referían con regularidad a la Donación de Constantino para
justificar sus pretensiones de ser gobernantes no sólo eclesiásticos sino
también seculares de la Italia central. A lo largo de la Edad Media, la
Donación se consideró genuina tanto por parte de los que apoyaban las
pretensiones temporales de la Iglesia como de los que se oponían.
Lorenzo de Valla era un polígrafo del Renacimiento italiano. Un
hombre controvertido, brusco, crítico, arrogante y pedante, que fue atacado
por sus contemporáneos por sacrilegio, impudicia, temeridad y presunción...
entre otras imperfecciones. Tras concluir que, por razones gramaticales, el
credo de los apóstoles no podía haber sido escrito realmente por los doce
apóstoles, la Inquisición le declaró hereje y sólo la intervención de su
mecenas, Alfonso, rey de Nápoles, impidió que fuera inmolado. Inasequible
al desaliento, en 1440 publicó un tratado demostrando que la Donación de
Constantino era una burda falsificación. El lenguaje del documento equivalía
al latín cortesano del siglo IV como el cockney de hoy al inglés normativo.
Gracias a Lorenzo de Valla, la Iglesia católica romana ya no reclama el
derecho a gobernar las naciones de Europa por la Donación de Constantino.
Se cree en general que esta obra, cuya procedencia tiene un vacío de cinco
siglos, fue falsificada por un clérigo adscrito a la curia de la Iglesia en la
época de Carlomagno, cuando el papado (y especialmente el papa Adriano I)
defendía la unificación de la Iglesia y el Estado.
Asumiendo que ambos documentos pertenecen a la misma categoría,
los MJ-12 son un engaño más inteligente que la Donación de Constantino.
Pero tienen mucho en común en el aspecto de la procedencia, el interés
concedido y las inconsistencias lexicográficas.
La idea de un encubrimiento para mantener oculto el conocimiento
de vida extraterrestre o de las abducciones durante cuarenta y cinco años,
sabiéndolo cientos, si no miles de empleados del gobierno, es notable. Es
cierto que los gobiernos guardan secretos rutinariamente, incluso secretos de
un interés general sustancial. Pero el objetivo ostensible de tanto secreto es
proteger al país y sus ciudadanos. Sin embargo, en este caso es diferente. La
supuesta conspiración de los que controlan la seguridad es impedir que los
ciudadanos sepan que hay un ataque extraterrestre continuo sobre la especie
humana. Si fuera verdad que los extraterrestres abducen a millones de
personas, sería mucho más que un asunto de seguridad nacional. Tendría un
impacto en la seguridad de todos los seres humanos de la Tierra. Con todo
eso en juego, ¿es verosímil que ninguna persona con un conocimiento real y
pruebas, en casi doscientas naciones, se decida a tocar las campanas y hablar
para ponerse del lado de los humanos y no de los extraterrestres?
Desde el final de la guerra fría, la NASA ha tenido que dedicar
grandes esfuerzos a la búsqueda de misiones que justificaran su existencia:
particularmente, una buena razón para enviar humanos al espacio. Si la Tierra
fuera visitada diariamente por extraterrestres hostiles, ¿no se aferraría la
NASA a esta oportunidad para aumentar su financiación? Y si hubiera una
invasión de extraterrestres en curso, ¿por qué las Fuerzas Aéreas, dirigidas
tradicionalmente por pilotos, iban a abandonar los vuelos espaciales
tripulados para lanzar todas sus cápsulas en cohetes sin tripulación?
Consideremos la antigua Organización de Iniciativa de Defensa
Estratégica, responsable de la «guerra de las galaxias». Ahora pasa un mal
momento, especialmente en su objetivo de establecer defensas en el espacio.
Se han degradado su nombre y sus perspectivas. Actualmente es la
Organización de Defensa contra Misiles Balísticos. Ya ni siquiera informa
directamente al Ministerio de Defensa. La incapacidad de esta tecnología de
proteger a Estados Unidos contra un ataque masivo mediante misiles con
armas nucleares es manifiesta. Pero, si nos enfrentáramos a una invasión
extraterrestre, ¿no intentaríamos al menos desplegar defensas en el espacio?
El Departamento de Defensa, como los ministerios similares de todas
las naciones, prosperan con enemigos, reales o imaginarios. No tiene ningún
sentido pensar que la existencia de un adversario como éste sea ocultada por
la organización que más se beneficiaría de su presencia. La posición general
posterior a la guerra fría de los programas espaciales militar y civil de
Estados Unidos (y otras naciones) hablan poderosamente contra la idea de
que haya extraterrestres entre nosotros... a no ser, desde luego, que también
se oculte la noticia a los que planifican la defensa nacional.
---ooo---
Igual que hay quien acepta a pies juntillas cualquier informe sobre
ovnis, los hay que descartan la idea de visitas extraterrestres de entrada y con
gran pasión. Dicen que es innecesario examinar las pruebas y «acientífico»
considerar siquiera el tema. En una ocasión colaboré en la organización de un
debate público en la reunión anual de la Asociación Americana para el
Avance de la Ciencia entre científicos partidarios y oponentes de la propuesta
de que algunos ovnis eran naves espaciales; después de ello, un distinguido
físico, cuya opinión en muchos otros asuntos yo respetaba, me amenazó con
denunciarme al vicepresidente de Estados Unidos si insistía en tal locura.
(Con todo, el debate se mantuvo y se publicó, los temas quedaron un poco
más aclarados y no recibí noticias de Spiro T. Agnew.)
Un estudio de 1969 de la Academia Nacional de Ciencias, aunque
reconociendo que había informes «no fácilmente explicables», concluía que
«la explicación menos probable de los ovnis es la hipótesis de visitas de seres
extraterrestres inteligentes». Pensemos en cuántas «explicaciones» distintas
puede haber: viajeros del tiempo, demonios de la tierra de las brujas; turistas
de otra dimensión —como el señor Mxyztpik (¿o era Mxyzptik?, siempre lo
olvido) de la tierra de Zrfff en la Quinta Dimensión en los antiguos cómics de
Superman—; las almas de los muertos, o un fenómeno «no cartesiano» que
no obedece a las normas de la ciencia o ni siquiera de la lógica. En realidad,
cada una de esas «explicaciones» se ha propuesto con seriedad. Decir «menos
probable» no es poco. Este exceso retórico es una muestra de lo desagradable
que ha llegado a ser el tema en general para muchos científicos.
Es significativo que un asunto del que en realidad sabemos tan poco
provoque tantas emociones. Especialmente es así en el frenesí de denuncias
de abducciones por extraterrestres más reciente. Al fin y al cabo, de ser
ciertas, ambas hipótesis —la invasión de manipuladores sexuales
extraterrestres o una epidemia de alucinaciones— nos enseñan algo que
deberíamos saber. Quizá la razón de que las reacciones sean tan fuertes es
que las dos alternativas tienen implicaciones desagradables.
Aurora
El número de informes y su consistencia
sugieren que la base de estas observaciones puede ser distinta
de las drogas alucinógenas.
Aeronave misteriosa, informe,
Federación de Científicos Americanos,
20 de agosto de 1992
La Aurora es una aeronave de gran altitud, extremadamente secreta,
sucesora del U-2 y el SR-71 Blackbird. Puede ser que exista o que no exista. En
1993, los informes de observadores cerca de la base Edwards de las Fuerzas
Aéreas de California y en Groom Lake, Nevada, y especialmente en una región de
Groom Lake llamada Área 51 donde se prueban las aeronaves experimentales del
Departamento de Defensa, parecían en general coherentes unos con otros. Se
recogieron informes de confirmación de todo el mundo. A diferencia de sus
predecesoras, se dice que la aeronave es hipersónica, que viaja a una velocidad
mayor, quizá de seis a ocho veces, que el sonido. Deja una extraña estela descrita
como «donuts en una cuerda». Quizá también sea un medio de poner en órbita
pequeños satélites secretos, desarrollados, se especula, después de que el
desastre del Challenger indicara la poca fiabilidad del transbordador para
cargas explosivas de defensa. Pero la CIA «jura categóricamente que no existe
este programa», dice el senador y antiguo astronauta John Glenn. El principal
diseñador de algunas de las aeronaves más secretas de Estados Unidos dice lo
mismo. Un secretario de las Fuerzas Aéreas ha negado con vehemencia la
existencia de un avión así, o de un programa para construirlo, en las Fuerzas
Aéreas o en ninguna otra parte. ¿Ha mentido? «Hemos analizado todas esas
visiones, como hemos hecho con los informes de ovnis», dice un portavoz de las
Fuerzas Aéreas, en palabras quizá cuidadosamente elegidas, «y no podemos dar
una explicación». Mientras tanto, en abril de 1995, las Fuerzas Aéreas se
hicieron con cuatro mil acres más cerca del Área 51. La zona a la que se niega el
acceso público va creciendo.
Consideremos pues las dos posibilidades: que la Aurora exista y que no
exista. Si existe, es asombroso que se haya intentado encubrir oficialmente su
existencia, que el secreto pueda ser tan efectivo y que el avión pueda ser probado
o repostar en todo el mundo sin que se publique una sola fotografía o alguna
prueba fehaciente. Por otro lado, si la Aurora no existe, es asombroso que se
haya propagado un mito de manera tan vigorosa y haya llegado tan lejos. ¿Por
qué las insistentes negativas oficiales han tenido tan poco peso? ¿La mera
existencia de una designación —la Aurora en este caso— puede servir para poner
una etiqueta común a una serie de fenómenos diversos? En cualquier caso, la
Aurora parece ser pertinente para los ovnis.
CAPITULO 6
ALUCINACIONES
Como tiemblan los niños y lo temen
todo en la ciega oscuridad,
así nosotros en la luz tememos
a veces lo que no es más temible,
que lo que los niños en la oscutidad
contemplan con terror...
LUCRECIO,
De la naturaleza de las cosas
(60 a. J.C. aprox.)
Los anunciantes tienen que conocer a su público. Se trata de un
simple asunto de supervivencia del producto y la empresa. Por tanto, si
examinamos los anuncios que se publican en revistas dedicadas a ovnis,
podemos saber la visión que tiene la empresa comercial y libre de
Norteamérica del entusiasmo por los ovnis. A continuación, una lista de
titulares de anuncio (francamente típicos) de un ejemplar de UFO Universe:
• Un científico investigador descubre un secreto de dos mil años de
antigüedad para obtener riqueza, poder y amor romántico.
• ¡Reservado! Más que top-secret. Por fin, un oficial militar retirado revela la
conspiración gubernamental más sensacional de nuestra época.
• ¿Cuál es tu «misión especial» en la Tierra? ¡Ha empezado el despertar
cósmico de los pocos trabajadores, paseantes y representantes natos de las
estrellas!
• Llega lo que esperabas hace tiempo: veinticuatro magníficos sellos de los
espíritus ovnis que te ofrecerán una mejora de vida increíble:
• Yo tengo chica. ¿Y tú? ¡No te lo pierdas! ¡Consigue chicas ya!
• Suscríbase hoy mismo a la revista más asombrosa del universo.
• ¡Deje que entre en su vida la buena suerte, el amor y el dinero milagrosos!
¡Esos poderes han funcionado durante siglos! ¡Pueden funcionar para usted!
• Avance sorprendente en la investigación psíquica. ¡Bastan cinco minutos
para demostrar que los poderes mágicos psíquicos funcionan realmente!
• ¿Se atreve a ser afortunado, amado y rico? ¡Le garantizamos que la buena
suerte se cruzará en su camino! Consiga todo lo que quiera con los talismanes
más poderosos del mundo.
• Hombres de negro: ¿agentes del gobierno o extraterrestres?
• Aumente el poder de piedras preciosas, hechizos, sellos y símbolos. Mejore
la eficacia de todo lo que hace. Aumente su poder y capacidad mental con el
MAGNIFICADOR de poder mental.
• El famoso imán del dinero: ¿le gustaría tener más?
• Testamento de Lael, Escrituras Sagradas de una civilización perdida.
• Un nuevo libro del «Comandante X» desde la luz interior: identificados los
controladores, los gobernantes ocultos de la Tierra. ¡Somos propiedad de una
inteligencia extraterrestre!
¿Cuál es el hilo común que une todos esos anuncios? No son los
ovnis. Seguramente es la expectativa de una credulidad ilimitada de la
audiencia. Por eso aparecen en revistas de ovnis: en general, el simple hecho
de comprar una revista de ese tipo define al lector. Sin duda, hay
compradores moderadamente escépticos y totalmente racionales de revistas
así que se ven seducidos por las expectativas de anunciantes y editores. Pero,
si aciertan con el grueso de sus lectores, ¿qué podría significar eso para el
modelo de la abducción por extraterrestres?
De vez en cuando recibo una carta de alguien que está en «contacto» con los
extraterrestres. Me invitan a «preguntarles algo». Y así, a lo largo de los años,
he confeccionado una pequeña lista de preguntas. Los extraterrestres son
seres muy avanzados, recordemos. Así pues, pido cosas como: «Le ruego que
me proporcione una pequeña prueba del último teorema de Fermat.» O de la
conjetura Goldbach. Y luego tengo que explicarles qué es, porque no creo
que los extraterrestres le llamen último teorema de Fermat. Así pues, escribo
la simple ecuación con los exponentes. Nunca consigo una respuesta. Por
otro lado, si pregunto algo así como: «¿debemos ser buenos?», casi siempre
consigo respuesta. A estos extraterrestres les encanta contestar cualquier
pregunta vaga, sobre todo si entraña juicios morales. Pero, en cosas
específicas donde cabe la posibilidad de descubrir si realmente saben algo
más que la mayoría de los humanos, la respuesta es el silencio.11 Quizá pueda
deducirse algo de esta diferente capacidad de responder preguntas.
En los viejos tiempos anteriores a la abducción por extraterrestres,
a las personas que subían a bordo de un ovni, según informaban ellas
mismas, les ofrecían lecturas edificantes sobre los peligros de la guerra
nuclear. Ahora que ya estamos instruidos, los extraterrestres parecen
concentrados en la degradación del medio ambiente y el sida. ¿Cómo es, me
pregunto, que los ocupantes de los ovnis están tan sujetos a las
preocupaciones o urgencias de este planeta? ¿Por qué ni siquiera una
advertencia ocasional sobre los CFC y la reducción del ozono en la década de
los cincuenta, o sobre el virus del VIH en la de los setenta, cuando realmente
hubiera podido ser útil? ¿Por qué no alertarnos de una amenaza a la salud
pública o el medio ambiente que aún no hayamos imaginado? ¿Puede ser que
11
Es un ejercicio estimulante pensar preguntas de las que ningún humano sabe actualmente la
respuesta pero que se podría reconocer inmediatamente de ser ésta la correcta. Aún es más
desafiante formular estas preguntas en campos distintos de las matemáticas. No estaría mal
los extraterrestres sepan sólo lo que saben los que informan de su presencia?
Y si uno de los objetivos principales de las visitas de extraterrestres es
advertirnos de los peligros globales, ¿por qué decirlo sólo a algunas personas
cuyos relatos son sospechosos en todo caso? ¿Por qué no ocupar las cadenas
de televisión durante una noche, o aparecer con vividos audiovisuales
admonitorios ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas? Sin
duda, no sería tan difícil para seres que vuelan a través de años luz.
---ooo---
El primer «contactado» por los ovnis que tuvo éxito comercial fue George
Adamski. Tenía un pequeño restaurante en la falda del monte Palomar de
California y montó un pequeño telescopio en el patio trasero. En la cima de la
montaña se encontraba el mayor telescopio de la Tierra; el reflector de
doscientas pulgadas de la Institución Carnegie de Washington y del Instituto
de Tecnología de California. Adamski se adjudicó el título de profesor
Adamski del Observatorio de monte Palomar. Publicó un libro —que causó
sensación, lo recuerdo— en el que describía que en el desierto cercano había
encontrado a unos extraterrestres bien parecidos con largos cabellos rubios y,
si no me falla la memoria, con túnicas blancas, que le advirtieron de los
peligros de una guerra nuclear. Hablaban desde el planeta Venus (cuyos 900°
Farenheit de temperatura de superficie se alzan ahora como barrera a la
credibilidad de Adamski). En persona era francamente convincente. El oficial
de las Fuerzas Aéreas nombrado responsable de las investigaciones sobre los
ovnis de la época describió a Adamski con estas palabras:
Al escuchar su historia cara a cara, tenías una necesidad inmediata de creerle.
Quizá fuera su aspecto. Llevaba un mono gastado pero limpio. Tenía el pelo
ligeramente gris y los ojos más sinceros que he visto en mi vida.
La estrella de Adamski se fue apagando con los años, pero publicó algún
libro más por su cuenta y durante mucho tiempo fue una gran atracción en las
convenciones de «creyentes» en platillos volantes.
La primera historia de abducción por extraterrestres del género
moderno fue la de Betty y Barney Hill, una pareja de New Hampshire:
trabajadora social ella y empleado de Correos él. Un día de 1961 atravesaban
a altas horas de la noche las White Mountains cuando a Betty le pareció ver
un ovni brillante, inicialmente como una estrella, que parecía seguirlos. Ante
el temor de Barney de ser víctimas de un ataque, abandonaron la carretera
principal y se metieron por estrechos caminos de montaña, llegando a casa
dos horas más tarde de lo previsto. El experimento incitó a Betty a leer un
organizar un concurso para recoger las diez mejores respuestas a «Diez preguntas para plantear a
un extraterrestre».
libro que describía a los ovnis como naves espaciales de otros mundos; sus
ocupantes eran hombres pequeños que a veces abducían a humanos.
Poco después experimentó repetidas veces una pesadilla aterradora
en la que ella y Barney eran abducidos y llevados a bordo de un ovni. Barney
escuchó cómo describía el sueño a unos amigos, compañeros de trabajo e
investigadores voluntarios de ovnis. (Es curioso que Betty no comentara el
tema directamente con su esposo.) Algo así como una semana después de la
experiencia, describieron el ovni como una «torta» con figuras uniformadas
que se veían a través de las ventanillas transparentes del aparato.
Varios años después, el psiquiatra de Barney le envió a un
hipnoterapeuta de Bostón, Benjamín Simón, doctor en medicina. Betty le
acompañó para ser hipnotizada también. Bajo hipnosis, ambos describieron
por separado los detalles de lo que había ocurrido durante las dos horas
«perdidas»: vieron aterrizar el ovni en la carretera y, parcialmente
inmovilizados, los llevaron al interior del aparato... donde unas criaturas
pequeñas, grises, humanoides de nariz larga (un detalle discordante con el
paradigma del momento) los sometieron a exámenes médicos no
convencionales, incluyendo la introducción de una aguja en el ombligo de
ella (antes de que se hubiera inventado la amniocentesis en la Tierra). Ahora
hay quien cree que sacaron óvulos de los ovarios de Betty y esperma de
Barney, aunque eso no forma parte de la historia original.12 El capitán enseñó
a Betty un mapa del espacio interestelar con las rutas de la nave marcadas.
Martín S. Kottmeyer ha demostrado que muchos de los motivos del
relato de los Hill pueden encontrarse en una película de 1953, Invasores de
Marte. Y la historia de Barney sobre el aspecto de los extraterrestres,
especialmente sus enormes ojos, surgió en una sesión de hipnosis sólo doce
días después de la emisión de un episodio de la serie de televisión The Outer
Limits en la que salía un extraterrestre así.
El caso Hill fue ampliamente comentado. En 1975 se hizo una
película de televisión que introdujo la idea de que hay abductores
extraterrestres bajitos y grises entre nosotros en la psique de millones de
personas. Pero hasta los pocos científicos de la época que creían que algunos
ovnis podían ser realmente naves espaciales extraterrestres se mostraron
cautelosos. El supuesto encuentro brillaba por su ausencia en la sugerente
lista de casos de ovnis recopilada por James E. McDonaId, un físico
meteorólogo de la Universidad de Arizona. En general, los científicos que
han estudiado los ovnis en serio han tendido a mantener los relatos de
abducción por extraterrestres a distancia... mientras que los que aceptan a
12
En tiempos más recientes, la señora Hill ha escrito que en las verdaderas abducciones por
extraterrestres «no se muestra ningún interés sexual. Sin embargo, con frecuencia se quedan
algunas pertenencias [del abducido], como cañas de pescar, joyas de distintos tipos, gafas o un
poco de detergente».
pies juntillas las abducciones ven pocas razones para analizar simples luces
en el cielo.
El punto de vista de McDonaId sobre los ovnis no se basaba, según
él, en pruebas irrefutables, sino que era una conclusión como último recurso:
todas las explicaciones alternativas le parecían aún menos creíbles. A
mediados de la década de los setenta organicé una presentación por parte de
McDonaId de sus mejores casos en una reunión privada con importantes
físicos y astrónomos que nunca habían apostado por el tema de los ovnis. No
sólo no consiguió convencerlos de que recibíamos la visita de extraterrestres;
ni siquiera consiguió provocar su interés. Y era un grupo con una capacidad
de asombro muy alta. Era simplemente que donde McDonaId veía
extraterrestres, ellos encontraban explicaciones mucho más prosaicas.
Me agradó tener la oportunidad de pasar unas horas con el señor y la
señora Hill y con el doctor Simón. La seriedad y sinceridad de Betty y
Barney eran indudables, como su temor de convertirse en figuras públicas en
unas circunstancias tan extrañas y difíciles. Con el permiso de los Hill, Simón
me permitió escuchar (y, a petición mía, a McDonaId conmigo) algunas de
las cintas de sus sesiones bajo hipnosis. Lo que más me impresionó, sin
comparación, fue el terror absoluto de la voz de Barney cuando describía —
«revivía» sería una palabra más adecuada— el encuentro.
Simón, aunque prominente defensor de las virtudes de la hipnosis en
la guerra y en la paz, no había caído en el frenesí público por los ovnis.
Compartía generosamente los derechos de autor del exitoso libro de John
Fuller, El viaje interrumpido, sobre la experiencia de los Hill. Si Simón
hubiera declarado la autenticidad de su relato, las ventas del libro se podían
haber disparado y él habría aumentado considerablemente sus ganancias.
También rechazó al instante la idea de que mentían o, como sugirió otro
psiquiatra, que se trataba de una folie á deux: una ilusión compartida en la
que, generalmente, el miembro recesivo sigue el delirio del dominante. ¿Qué
queda entonces? Los Hill, dijo el psicoterapeuta, habían experimentado una
especie de «sueño». Juntos.
----ooo--Es perfectamente posible que haya más de una fuente de relatos de
abducción por extraterrestres, igual que las hay para observaciones de ovnis.
Consideremos algunas posibilidades.
En 1894 se publicó en Londres El Censo Internacional de
Alucinaciones en vigilia. Desde entonces hasta ahora, en repetidas encuestas
se ha mostrado que del diez al veinticinco por ciento de las personas
normales han experimentado al menos una vez en su vida una alucinación
vívida: normalmente, oír una voz o ver una forma inexistente. En casos más
raros, perciben un aroma que los persigue, oyen una música o tienen una
revelación que les llega independiente de los sentidos. En algunos casos se
convierten en acontecimientos que transforman a la persona o en profundas
experiencias religiosas. Las alucinaciones podrían ser una puertecita olvidada
en el muro que llevaría a una comprensión científica de lo sagrado.
Probablemente, desde que murieron, he oído una docena de veces la
voz de mi madre o mi padre, en tono de conversación, diciendo mi nombre.
Desde luego, cuando vivían me llamaban a menudo: para hacer una tarea,
para recordarme una responsabilidad, ir a cenar, entablar una conversación,
hablar sobre un acontecimiento del día. Los echo tanto en falta que no me
parece nada extraño que mi cerebro capte un recuerdo lúcido de sus voces.
Este tipo de alucinaciones pueden afectar a personas perfectamente
normales en circunstancias perfectamente ordinarias. También pueden
provocarse: por una hoguera en el campo por la noche, por estrés emocional,
durante ataques de epilepsia, migrañas o fiebres altas, ayunos prolongados o
insomnio13 o privación sensorial (por ejemplo, en confinamiento solitario), o
mediante alucinógenos como LSD, psilocibina, mescalina o hachís. (El
delírium trémens, el temible «DT» inducido por el alcohol, es una
manifestación conocida de un síndrome de abstinencia del alcoholismo.)
También hay moléculas, como las fenotiazidas (tioridazina, por ejemplo), que
hacen desaparecer las alucinaciones. Es muy probable que el cuerpo humano
normal genere sustancias —incluyendo quizá las pequeñas proteínas del
cerebro de tipo morfina como las endorfinas— que causan alucinaciones, y
otras que las eliminan. Exploradores tan famosos (y poco histéricos) como el
almirante Richard Byrd, el capitán Joshua Slocum y sir Ernest Shackieton
experimentaron vividas alucinaciones cuando se vieron sometidos a un
aislamiento y soledad poco habituales.
Cualesquiera que sean sus antecedentes neurológicos y moleculares,
las alucinaciones producen una sensación real. En muchas culturas se buscan
y se consideran una señal de ilustración espiritual. Entre los nativos
americanos de las praderas del Oeste, por ejemplo, o en muchas culturas
indígenas de Siberia, la naturaleza de la alucinación que experimentaba un
hombre joven después de una «búsqueda de visión» con éxito presagiaba su
13
Los Sueños se asocian a un estado llamado REM, abreviación habitual de rapid eye movement.
(Bajo los párpados cerrados, los ojos se mueven, quizá siguiendo la acción en el sueño, o quizá
de manera aleatoria.) El estado REM está fuertemente relacionado con la excitación sexual. Se
han realizado experimentos en los que se despierta a los sujetos dormidos cada vez que emerge
el estado REM, mientras a los miembros de un grupo de control se los despierta con la misma
frecuencia todas las noches pero no cuando sueñan. Pasados unos días, el grupo de control está
un poco tambaleante, pero el grupo experimental —al que se impide soñar— alucina durante el
día. No es que se pueda hacer alucinar de ese modo a algunas personas con una anormalidad
particular; cualquiera es capaz de alucinar.
futuro; se discutía su significado con gran seriedad entre los ancianos y
chamanes de la tribu. Hay ejemplos incontables en las religiones del mundo
de patriarcas, profetas y salvadores que se retiran al desierto o la montaña y,
con la ayuda del hambre y la privación sensorial, encuentran dioses o
demonios. Las experiencias religiosas de inducción psicodélica eran la marca
de la cultura juvenil occidental de la década de los sesenta. La experiencia,
como quiera que haya aparecido, se describe a menudo respetuosamente con
palabras como «trascendental», «sobrenatural», «sagrada» y «santa».
Las alucinaciones son comunes. Tenerlas no significa estar loco. La
literatura antropológica está repleta de etnopsiquiatría de la alucinación,
sueños REM y trances de posesión que tienen muchos elementos comunes
transculturalmente y a través de los tiempos. Las alucinaciones se suelen
interpretar como posesión de espíritus buenos o malos. El antropólogo de
Yale Weston La Barre llega incluso a argüir que «podría defenderse
sorprendentemente bien que gran parte de la cultura es alucinación» y que
«toda la intención y función del ritual parece ser... el deseo de un grupo de
alucinar».
Incluimos a continuación una descripción de alucinaciones como un
problema de relación señal/ruido de Louis J. West, antiguo director médico
de la clínica Neuropsiquiátrica de la Universidad de California, Los Ángeles.
Está tomada de la decimoquinta edición de la Enciclopedia Británica:
...imaginemos a un hombre de pie ante el cristal de una ventana cerrada que se
encuentra delante del hogar encendido, mirando hacia el jardín a la puesta de
sol. Está tan absorto por la visión del mundo de fuera que no consigue
visualizar el interior de la habitación donde está. Sin embargo, a medida que
en el exterior va oscureciendo, en la ventana puede verse el reflejo de
imágenes de la habitación detrás de él. Durante un rato puede mirar al jardín
(si mira hacia la distancia) o el reflejo del interior de la habitación (si fija la
vista en el cristal a pocos centímetros de su cara). Cae la noche, pero la llama
del fuego sigue brillando en el hogar e ilumina la habitación. Ahora el
observador ve un vivido reflejo en el cristal del interior de la habitación que
tiene detrás, que parece estar al otro lado de la ventana. Esta ilusión se va
atenuando al irse apagando el fuego y, finalmente, cuando está oscuro tanto
fuera como dentro, no se ve nada más. Si se reaviva la llama del fuego de vez
en cuando, reaparecen las visiones en el cristal.
De un modo análogo, las experiencias alucinatorias como las de los
sueños normales ocurren cuando se reduce la «luz del día» (input sensorial)
mientras la «iluminación interior» (nivel general de excitación cerebral) sigue
siendo «brillante» y las imágenes que se originan dentro de las «salas» de
nuestros cerebros pueden ser percibidas (alucinadas) como si vinieran de fuera
de las «ventanas» de nuestros sentidos.
Otra analogía podría ser que los sueños, como las estrellas, siempre
están brillando. Aunque de día no suelen verse las estrellas porque el sol brilla
demasiado, si hay un eclipse de sol durante el día, o si un espectador decide
estar atento un rato después de la puesta o antes de la salida del sol, o si se
despierta de vez en cuando en una noche clara para mirar al cielo, las estrellas,
como los sueños, aunque a menudo olvidadas, pueden ser vistas siempre.
Un concepto más relacionado con el cerebro es el de una actividad
continua de procesamiento de información (una especie de «corriente
preconsciente») que recibe continuamente la influencia de fuerzas tanto
conscientes como inconscientes y que constituye el suministro potencial de
contenido del sueño. El sueño es una experiencia en la que, durante unos
minutos, el individuo tiene cierta conciencia de la corriente de datos que se
procesan. Las alucinaciones en estado de vigilia implicarían también el mismo
fenómeno, producido por una serie algo distinta de circunstancias psicológicas
o fisiológicas...
Parece ser que toda la conducta y experiencia humana (tanto normal
como anormal) va acompañada de fenómenos ilusorios y alucinatorios.
Mientras la relación de estos fenómenos con la enfermedad mental ha sido
bien documentada, quizá no se ha considerado bastante su papel en la vida
cotidiana. Una mayor comprensión de las ilusiones y alucinaciones entre
gente normal puede proporcionar explicaciones para experiencias relegadas de
otro modo a lo misterioso, «extrasensorial» o sobrenatural.
Seguramente perderíamos algo importante de nuestra propia
naturaleza si nos negáramos a enfrentarnos al hecho de que las alucinaciones
son parte del ser humano. Sin embargo, eso no hace que las alucinaciones
sean parte de una realidad externa más que interna. Del cinco al diez por
ciento de las personas somos extremadamente sugestionables, capaces de
entrar en un profundo trance hipnótico a una orden. Aproximadamente, el
diez por ciento de los americanos declara haber visto uno o más fantasmas.
Este número es superior al de los que dicen recordar haber sido abducidos por
extraterrestres, aproximadamente igual al de los que han afirmado haber visto
uno o más ovnis, e inferior al número de los que la última semana de
presidencia de Richard Nixon —antes de que dimitiera para evitar el
enjuiciamiento— pensaban que su tarea como presidente era de buena a
excelente. Al menos el uno por ciento de todos nosotros es esquizofrénico.
Esto suma más de cincuenta millones de esquizofrénicos en el planeta, mas,
por ejemplo, que la población de Inglaterra.
En su libro de 1970 sobre pesadillas, el psiquiatra John Mack —sobre
el que diré algo más— escribe:
Hay un período en la más tierna infancia en que los sueños se consideran reales
y el niño considera los acontecimientos, transformaciones, gratificaciones y
amenazas que los componen como una parte de su vida cotidiana real, igual que
las experiencias vividas durante el día. La capacidad de establecer y mantener
distinciones claras entre la vida de los sueños y la vida en el mundo exterior es
difícil de alcanzar y se tarda unos años en dominarla, no completándose ni
siquiera en niños normales antes de los ocho o diez años. Es particularmente
difícil que el niño, dada la vividez y la apremiante intensidad afectiva de las
pesadillas, las juzgue de manera realista.
Cuando un niño cuenta una historia fabulosa —había una bruja
haciendo muecas en la habitación a oscuras; un tigre debajo de la cama; la
vasija se rompió porque entró un pájaro multicolor por la ventana y no
porque, contra las normas de la familia, alguien jugaba a la pelota dentro de
la casa—, ¿miente consciente o inconscientemente? Sin duda los padres
actúan a menudo como si el niño no pudiera distinguir plenamente entre
fantasía y realidad. Algunos niños tienen una imaginación activa; otros están
peor dotados en este aspecto. Algunas familias pueden respetar la capacidad
de fantasear y alentar al niño, diciéndole al mismo tiempo algo así como:
«Oh, eso no es real; es sólo tu imaginación.» Otras familias pueden
mostrar impaciencia ante la fabulación —dificulta al menos marginalmente el
gobierno de la casa y la resolución de disputas— y no fomentar las fantasías
de sus hijos, quizá inculcándoles incluso que es algo vergonzoso. Algunos
padres pueden tener poco clara por su parte la distinción entre realidad y
fantasía, o incluso entrar seriamente en la fantasía. A partir de todas esas
tendencias contrapuestas y prácticas de educación infantil, algunas personas
pueden tener una capacidad de fantasear intacta, y una historia, hasta bien
entrada la edad adulta, de fabulación. Otros crecen creyendo que el que no
conoce la diferencia entre realidad y fantasía está loco. Muchos de nosotros
estamos en algún lugar entre ambos.
Los abducidos afirman con frecuencia haber visto «extraterrestres» en
su infancia: entrando por la ventana o escondidos bajo la cama o en el
armario. Pero los niños cuentan historias similares en todo el mundo, con
hadas, elfos, duendes, fantasmas, brujas, diablillos y una rica variedad de
«amigos» imaginarios. ¿Debemos pensar que hay dos grupos diferentes de
niños; uno que ve seres terrenos imaginarios y el otro que ve extraterrestres
genuinos? ¿No es más razonable pensar que los dos grupos están viendo, o
alucinando, lo mismo?
La mayoría de nosotros recordamos haber tenido miedo a los dos
años o más de «monstruos» totalmente imaginarios pero que parecían reales,
especialmente por la noche o en la oscuridad. Yo todavía recuerdo ocasiones
en que me sentía tan absolutamente aterrorizado que me escondía bajo las
mantas y, cuando no lo podía soportar más, corría hacia la seguridad del
cuarto de mis padres, si es que conseguía llegar antes de caer en las garras
de... la Presencia. El dibujante americano Gary Larson, que trata el género de
terror, escribe en uno de sus libros la siguiente dedicatoria:
Cuando era pequeño, nuestra casa estaba llena de monstruos. Vivían en los
armarios, debajo de la cama, en el desván, en el sótano y —cuando oscurecía—
en todas partes. Dedico este libro a mi padre, que me mantuvo a salvo de todos
ellos.
Quizá los terapeutas de abducciones deberían sacar más provecho de eso.
Parte de la razón por la que los niños tienen miedo de la oscuridad
puede ser que, hasta hace poco en nuestra historia evolutiva, nunca han
dormido solos, sino acurrucados y seguros bajo la protección de un adulto...
usualmente la madre. En el Occidente ilustrado los dejamos solos en una
habitación oscura, les deseamos buenas noches y nos cuesta entender por qué
a veces lo pasan mal. Evolutivamente es totalmente lógico que los niños
tengan fantasías de monstruos que asustan. En un mundo con leones y hienas
al acecho, esas fantasías contribuyen a impedir que los niños pequeños sin
defensas se alejen demasiado de sus protectores. ¿Cómo puede ser eficaz este
mecanismo de seguridad para un animal joven, vigoroso y curioso si no
provoca un terror de dimensiones industriales? Los que no tienen miedo de
los monstruos no suelen dejar descendientes. A la larga, supongo, en el curso
de la evolución humana, casi todos los niños acaban teniendo miedo de los
monstruos. Pero, si somos capaces de evocar monstruos terroríficos en la
infancia, ¿por qué algunos de nosotros, al menos en alguna ocasión, no
podríamos ser capaces de fantasear con algo similar, algo realmente horrible,
una ilusión compartida, como adultos?
Es significativo que las abducciones por extraterrestres ocurran
principalmente en el momento de dormirse o despertarse, o en largos viajes
en automóvil, cuando existe el peligro bien conocido de sumergirse en una
especie de ensoñación hipnótica. Los terapeutas de abducidos se quedan
perplejos cuando sus pacientes cuentan que gritaron de terror mientras sus
cónyuges dormían pesadamente a su lado. Pero ¿no es eso típico de los
sueños... que no se oigan nuestros gritos pidiendo ayuda? ¿Podría ser que
esas historias tuviesen algo que ver con el sueño y, como propuso Benjamín
Simón para los Hill, fueran una especie de sueño?
Un síndrome psicológico común, aunque insuficientemente conocido,
bastante parecido al de la abducción por extraterrestres se llama parálisis del
sueño. Mucha gente la experimenta. Ocurre en este mundo crepuscular a
medio camino entre estar totalmente despierto y totalmente dormido. Durante
unos minutos, quizá más, uno se queda inmóvil y con una ansiedad aguda.
Siente un peso sobre el pecho como si tuviera a alguien sentado o tendido
encima. Las palpitaciones del corazón son rápidas, la respiración trabajosa.
Se pueden experimentar alucinaciones auditivas o visuales, de personas,
demonios, fantasmas, animales o pájaros. En la situación adecuada, la
experiencia puede tener «toda la fuerza y el impacto de la realidad», según
Robert Baker, un psicólogo de la Universidad de Kentucky. A veces, la
alucinación tiene un marcado componente sexual. Baker afirma que esas
perturbaciones comunes del sueño son la base de muchos, si no la mayoría,
de los relatos de abducción de extraterrestres. (Él y otros sugieren que hay
otras clases de declaraciones de abducción realizadas por individuos con
tendencia a las fantasías, dice, o a las bromas.)
De modo similar, el Harvard Mental Health Letter (septiembre de
1994) comenta:
La parálisis del sueño puede durar varios minutos y a veces va acompañada
de vividas alucinaciones como de sueño que dan pie a historias sobre visitas
de los dioses, espíritus y criaturas extraterrestres.
Sabemos por los primeros trabajos del neurofisiólogo canadiense
Wilder Penfield que la estimulación eléctrica de ciertas regiones del cerebro
provoca verdaderas alucinaciones. La gente con epilepsia del lóbulo temporal
—que implica una cascada de impulsos eléctricos generada naturalmente en
la parte del cerebro detrás de la frente— experimenta una serie de
alucinaciones casi indistinguibles de la realidad, incluyendo la presencia de
un ser extraño o más, ansiedad, flotación en el aire, experiencias sexuales y
una sensación de haberse saltado un período de tiempo. También existe lo
que parece una gran comprensión de las cuestiones más profundas y una
necesidad de comunicarlas. Parece trazarse una línea continua de
estimulación espontánea del lóbulo temporal desde la gente con epilepsia
grave a los más normales de entre nosotros. Al menos en un caso presentado
por otro neurocientífico canadiense, Michael Persinger, la administración de
un fármaco antiepiléptico, la carbamazepina, eliminó la sensación recurrente
de una mujer de experimentar el caso típico de abducción por extraterrestres.
Así, estas alucinaciones, generadas espontáneamente o con asistencia
química o experimental, pueden representar un papel —quizá central—en los
relatos sobre ovnis.
Pero es fácil parodiar un punto de vista así: los ovnis explicados
como «alucinaciones masivas». Todo el mundo sabe que no existe lo que se
llama una alucinación compartida. ¿No?
----ooo--A medida que se empezó a popularizar ampliamente la posibilidad de
vida extraterrestre —especialmente con los canales marcianos de Percival
Lowell a finales del siglo pasado— la gente empezó a declarar que establecía
contacto con los extraterrestres, especialmente marcianos. El libro del
psicólogo Theodore Flournoy. De la India al planeta Marte, escrito en 1901,
describe un médium de habla francesa que en estado de trance dibujó retratos
de los marcianos (son iguales que nosotros) y presentó su alfabeto y lenguaje
(con un notable parecido al francés). El psiquiatra Carl Jung, en su
disertación doctoral en 1902, describió a una mujer joven suiza que se agitó
al descubrir, sentado en un tren delante de ella, a un «habitante de las
estrellas» de Marte. Los marcianos están desprovistos de ciencia, filosofía y
almas, le dijo, pero tienen una tecnología avanzada. «Hace tiempo que
existen máquinas voladoras en Marte; todo Marte está cubierto de canales», y
cosas así. Charles Fort, un coleccionista de informes anómalos que murió en
1932, escribió: «Quizá haya habitantes en Marte que envíen secretamente
informes sobre este mundo a sus gobiernos.» En la década de 1950, un libro
de Gerald Heard reveló que los ocupantes del platillo eran abejas marcianas
inteligentes. ¿Quién sino ellas podrían sobrevivir a los fantásticos giros de
ángulo recto que se dice que hacen los ovnis?
Pero cuando en 1971 el Mariner 9 demostró que los canales eran
ilusorios y, al no encontrar los Viking 1 y 2 ninguna prueba clara siquiera de
la existencia de microbios en Marte en 1976, el entusiasmo popular por el
Marte de Loweil se apagó y no se habló más de visitas de marcianos.
Entonces se dijo que los extraterrestres venían de otra parte. ¿Por qué? ¿Por
qué no más marcianos? Y cuando se descubrió que la superficie de Venus era
lo bastante caliente como para derretir el plomo, no se produjeron más visitas
de Venus. ¿Se ajusta alguna parte de estas historias a los cánones de creencia
actuales? ¿Qué implica eso sobre su origen?
No hay duda que la alucinación de los humanos es común. La duda
sobre si existen extraterrestres, si frecuentan nuestro planeta o si nos abducen
y molestan es considerable. Podríamos discutir sobre los detalles, pero
probablemente una categoría de explicación se sostenga mejor que otra. La
principal reserva que se puede formular es: ¿Por que tanta gente declara hoy
en día esa serie particular de alucinaciones? ¿Por qué seres pequeños y
sombríos, platillos volantes y experimentos sexuales?
CAPÍTULO 7
EL MUNDO
POSEÍDO
POR DEMONIOS
Hay mundos poseídos por demonios, regiones de total oscuridad.
Upanisad de Isa
(India, 600 a. J.C. aprox)
El temor de las cosas invisibles es
la semilla natural de lo que cada
uno llama para sí mismo religión.
THOMAS HOBBES,
Leviatán (1651)
Los dioses velan por nosotros y guían nuestros destinos, enseñan
muchas culturas humanas; hay otras entidades, más malévolas, responsables
de la existencia del mal. Las dos clases de seres, tanto si se consideran
naturales como sobrenaturales, reales o imaginarios, sirven a las necesidades
humanas. Aun en el caso que sean totalmente imaginarios, la gente se siente
mejor creyendo en ellos. Así, en una época en que las religiones tradicionales
se han visto sometidas al fuego abrasador de la ciencia, ¿no es natural
envolver a los antiguos dioses y demonios en un atuendo científico y
llamarlos extraterrestres?
-----ooooo-----
La creencia en los demonios estaba muy extendida en el mundo
antiguo. Se los consideraba seres más naturales que sobrenaturales. Hesíodo
los menciona casualmente. Sócrates describía su inspiración filosófica como
la obra de un demonio personal benigno. Su maestra, Diotima de Mantineia,
le dice (en el Symposio de Platón) que «todo lo que es genio (demonio) está
entre lo divino y lo mortal... La divinidad no se pone en contacto con el
hombre —continúa— sino que es a través de este género de seres por donde
tiene lugar todo comercio y todo diálogo entre los dioses y los hombres, tanto
durante la vigilia como durante el sueño».
Platón, el estudiante más célebre de Sócrates, asignaba un gran papel
a los demonios: «Ninguna naturaleza humana investida con el poder supremo
es capaz de ordenar los asuntos humanos —dijo— y no rebosar de insolencia
y error...»
No nombramos a los bueyes señores de los bueyes, ni a las cabras de las
cabras, sino que nosotros mismos somos una raza superior y gobernamos
sobre ellos. Del mismo modo Dios, en su amor por la humanidad, puso
encima de nosotros a los demonios, que son una raza superior, y ellos, con
gran facilidad y placer para ellos, y no menos para nosotros, dándonos paz y
reverencia y orden y justicia que nunca flaquea, hicieron felices y unieron a
las tribus de hombres.
Platón negaba decididamente que los demonios fueran una fuente de
mal, y representaba a Eros, el guardián de las pasiones sexuales, como un
genio o demonio, no un dios, «ni mortal ni inmortal», «ni bueno ni malo».
Pero todos los platonistas posteriores, incluyendo los neoplatonistas que
influyeron poderosamente en la filosofía cristiana, sostenían que había
algunos demonios buenos y otros malos. El péndulo iba de un lado a otro.
Aristóteles, el famoso discípulo de Platón, consideró seriamente la idea de
que los sueños estuvieran escritos por demonios. Plutarco y Porfirio
proponían que los demonios, que llenaban el aire superior, venían de la Luna.
Los primeros Padres de la Iglesia, a pesar de haberse empapado del
neoplatonismo de la cultura en la que nadaban, deseaban separarse de los
sistemas de creencia «pagana». Enseñaban que toda la religión pagana
consistía en la adoración de demonios y hombres, ambos malinterpretados
como dioses. Cuando san Pablo se quejaba (Efesios 6, 14) de la maldad en las
alturas, no se refería a la corrupción del gobierno sino a los demonios, que
vivían allí:
Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los
Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo
tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas.
Desde el principio se pretendió que los demonios eran mucho más
que una mera metáfora poética del mal en el corazón de los hombres.
A san Agustín le afligían los demonios. Cita el pensamiento pagano
prevaleciente en su época: «Los dioses ocupan las regiones más altas, los
hombres las más bajas, los demonios la del medio... Ellos poseen la
inmortalidad del cuerpo, pero tienen pasiones de la mente en común con los
hombres.» En el libro VIII de La ciudad de Dios (empezado en 413), Agustín
asimila esta antigua tradición, sustituye a los dioses por Dios y demoniza a
los demonios, arguyendo que son malignos sin excepción. No tienen virtudes
que los rediman. Son el manantial de todo el mal espiritual y material. Los
llama «animales etéreos... ansiosos de infligir males, completamente ajenos a
la rectitud, henchidos de orgullo, pálidos de envidia, sutiles en el engaño».
Pueden afirmar que llevan mensajes entre Dios y el hombre disfrazándose
como ángeles del Señor, pero su actitud es una trampa para llevarnos a
nuestra destrucción. Pueden asumir cualquier forma y saben muchas cosas —
«demonio» quiere decir «conocimiento» en griego—,14 especialmente sobre
el mundo material. Por inteligentes que sean, su caridad es deficiente. Atacan
14
«Ciencia» significa «conocimiento» en latín. Aun sin profundizar, se nos revela aquí una
disputa jurisdiccional.
«las mentes cautivas y burladas de los hombres», escribió Tertuliano. «Moran
en el aire, tienen a las estrellas por vecinas y comercian con las nubes.»
En el siglo XI, el influyente teólogo bizantino, filosofo y turbio
político Miguel Psellus, describía a los demonios con estas palabras:
Esos animales existen en nuestra propia vida, que está llena de pasiones,
porque están presentes de manera abundante en ellas y su lugar de residencia
es el de la materia, como lo es su rango y grado. Por esta razón están también
sujetos a pasiones y encadenados a ellas.
Un tal Richalmus, abad de Schónthal, alrededor de 1270 acuñó un
tratado entero sobre demonios, lleno de experiencias de primera mano: ve
(aunque sólo cuando cierra los ojos) incontables demonios malevolentes,
como motas de polvo, que revolotean alrededor de su cabeza... y la de los
demás. A pesar de las olas sucesivas de puntos de vista racionalista, persa,
judío, cristiano y musulmán, a pesar del fermento revolucionario social,
político y filosófico, la existencia, gran parte del carácter e incluso el nombre
de los demonios se mantuvo inalterable desde Hesíodo hasta las Cruzadas.
Los demonios, los «poderes del aire», bajan de los cielos y mantienen
ayuntamiento sexual ilícito con las mujeres. Agustín creía que las brujas eran
fruto de esas uniones prohibidas. En la Edad Media, como en la antigüedad
clásica, casi todo el mundo creía esas historias. Se llamaba también a los
demonios diablos o ángeles caídos. Los demoníacos seductores de las
mujeres recibían el nombre de íncubos; los de los hombres, súcubos. Hay
algunos casos en que las monjas, con cierta perplejidad, declaraban un
parecido asombroso entre el íncubo y el cura confesor, o el obispo, y al
despertar a la mañana siguiente, según contaba un cronista del siglo XV, «se
encontraban contaminadas como si hubieran yacido con varón». Hay relatos
similares, pero no en conventos, sino en los harenes de la antigua China. Eran
tantas las mujeres que denunciaban íncubos, según argumentaba el religioso
presbítero Richard Baxter (en su Certidumbre del mundo de los espíritus,
1691), «que es impudicia negarlo».15
Cuando los íncubos y súcubos seducían, se percibían como un peso
sobre el pecho del soñador. Mare, a pesar de su significado en latín, es la
antigua palabra inglesa para designar al íncubo, y nightmare (pesadilla)
significaba originalmente el demonio que se sienta sobre el pecho de los que
duermen y los atormenta con sueños. En la Vida de san Antonio de Atanasio
15
Igualmente, en la misma obra: «Son tantos los que atestiguan que las brujas provocan
tormentas que creo innecesario nombrarlos.» El teólogo Meric Casaubon —en su libro de 1668,
De la credulidad y la incredulidad— argüía que las brujas debían existir porque, al fin y al cabo,
todo el mundo cree en ellas. Cualquier cosa en la que cree un gran número de personas tiene que
ser cierta.
(escrita alrededor del 360) se describía que los demonios entraban y salían a
voluntad de habitaciones cerradas; mil cuatrocientos años después, en su obra
De Daemonialitae, el erudito franciscano Ludovico Sinistrari nos asegura que
los demonios atraviesan las paredes.
Prácticamente no se cuestionó la realidad externa de los demonios
desde la antigüedad hasta finales de la época medieval. Maimónides negaba
su existencia, pero una mayoría aplastante de los rabinos creían en dybbuks.
Uno de los pocos casos que he podido encontrar en que incluso se llega a
insinuar que los demonios podrían ser internos, generados en nuestras
mentes, es cuando se le preguntó a Abba Poemen, uno de los Padres del
Desierto de la primera Iglesia:
—¿Cómo luchan contra mí los demonios?
—¿Los demonios luchan contra ti? —preguntó a su vez el padre
Poemen—. Son nuestras propias voluntades las que se convierten en
demonios y nos atacan.
Las actitudes medievales sobre íncubos y súcubos estaban
influenciadas por el Comentario sobre el sueño de Escipión de Macrobio,
escrito en el siglo XIV, del que se hicieron docenas de ediciones antes de la
Ilustración europea: Macrobio describió los fantasmas que se veían «en el
momento entre la vigilia y el sopor». El soñador «imagina» a los fantasmas
como depredadores. Macrobio tenía un sesgo escéptico que los lectores
medievales tendían a ignorar.
La obsesión con los demonios empezó a alcanzar un crescendo
cuando, en su famosa Bula de 1484, el papa Inocencio VIII declaró:
Ha llegado a nuestros oídos que miembros de ambos sexos no evitan la
relación con ángeles malos, íncubos y súcubos, y que, mediante sus brujerías,
conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder los alumbramientos
de las mujeres, además de generar otras muchas calamidades.
Con esta bula, Inocencio inició la acusación, tortura y ejecución
sistemática de incontables «brujas» de toda Europa. Eran culpables de lo que
Agustín había descrito como «una asociación criminal del mundo oculto». A
pesar del imparcial «miembros de ambos sexos» del lenguaje de la bula, las
perseguidas eran principalmente mujeres jóvenes y adultas.
Muchos protestantes importantes de los siglos siguientes a pesar de
sus diferencias con la Iglesia católica, adoptaron puntos de vista casi
idénticos. Incluso humanistas como Desiderio Erasmo y Tomás Moro creían
en brujas. «Abandonar la brujería —decía John Wesley, el fundador del
metodismo— es como abandonar la Biblia.» William Blackstone, el célebre
jurista, en sus Comentarios sobre las Leyes de Inglaterra (1765), afirmó:
Negar la posibilidad, es más, la existencia real de la brujería y la hechicería
equivale a contradecir llanamente el mundo revelado por Dios en varios
pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
Inocencio ensalzaba a «nuestros queridos hijos Henry Kramer y
James Sprenger» que, «mediante Cartas Apostólicas han sido delegados
como Inquisidores de esas depravaciones heréticas»: Si las «abominaciones y
atrocidades en cuestión se mantienen sin castigo», las almas de las multitudes
se enfrentan a la condena eterna.
El papa nombró a Kramer y Sprenger para que escribieran un estudio
completo utilizando toda la artillería académica de finales del siglo XV. Con
citas exhaustivas de las Escrituras y de eruditos antiguos y modernos,
produjeron el Malleus Maleficarum, «martillo de brujas», descrito con razón
como uno de los documentos más aterradores de la historia humana. Thomas
Ady, en Una vela en la oscuridad, lo calificó de «doctrinas e invenciones
infames», «horribles mentiras e imposibilidades» que servían para ocultar «su
crueldad sin parangón a los oídos del mundo». Lo que el Malleus venía a
decir, prácticamente, era que, si a una mujer la acusan de brujería, es que es
bruja. La tortura es un medio infalible para demostrar la validez de la
acusación. El acusado no tiene derechos. No tiene oportunidad de enfrentarse
a los acusadores. Se presta poca atención a la posibilidad de que las
acusaciones puedan hacerse con propósitos impíos: celos, por ejemplo, o
venganza, o la avaricia de los inquisidores que rutinariamente confiscaban las
propiedades de los acusados para su propio uso y disfrute. Su manual técnico
para torturadores también incluye métodos de castigo diseñados para liberar
los demonios del cuerpo de la víctima antes de que el proceso la mate. Con el
Malleus en mano, con la garantía del aliento del papa, empezaron a surgir
inquisidores por toda Europa.
Rápidamente se convirtió en un provechoso fraude. Todos los costes
de la investigación, juicio y ejecución recaían sobre los acusados o sus
familias; hasta las dietas de los detectives privados contratados para espiar a
la bruja potencial, el vino para los centinelas, los banquetes para los jueces,
los gastos de viaje de un mensajero enviado a buscar a un torturador más
experimentado a otra ciudad, y los haces de leña, el alquitrán y la cuerda del
verdugo. Además, cada miembro del tribunal tenía una gratificación por bruja
quemada. El resto de las propiedades de la bruja condenada, si las había, se
dividían entre la Iglesia y el Estado. A medida que se institucionalizaban
estos asesinatos y robos masivos y se sancionaban legal y moralmente, iba
surgiendo una inmensa burocracia para servirla y la atención se fue
ampliando desde las brujas y viejas pobres hasta la clase media y acaudalada
de ambos sexos.
Cuantas más confesiones de brujería se conseguían bajo tortura, más
difícil era sostener que todo el asunto era pura fantasía. Como a cada «bruja»
se la obligaba a implicar a algunas más, los números crecían
exponencialmente. Constituían «pruebas temibles de que el diablo sigue
vivo», como se dijo más tarde en América en los juicios de brujas de Salem.
En una era de credulidad, se aceptaba tranquilamente el testimonio más
fantástico: que decenas de miles de brujas se habían reunido para celebrar un
aquelarre en las plazas públicas de Francia, y que el cielo se había oscurecido
cuando doce mil de ellas se echaron a volar hacia Terranova. En la Biblia se
aconsejaba: «No dejarás que viva una bruja.» Se quemaron legiones de
mujeres en la hoguera.16 Y se aplicaban las torturas más horrendas a toda
acusada, joven o vieja, una vez los curas habían bendecido los instrumentos
de tortura. Inocencio murió en 1492, tras varios intentos fallidos de
mantenerlo con vida mediante transfusiones (que provocaron la muerte de
tres jóvenes) y amamantándose del pecho de una madre lactante. Le lloraron
sus amantes y sus hijos.
En Gran Bretaña se contrató a buscadores de brujas, también
llamados «punzadores», que recibían una buena gratificación por cada chica
o mujer que entregaban para su ejecución. No tenían ningún aliciente para ser
cautos en sus acusaciones. Solían buscar «marcas del diablo» —cicatrices,
manchas de nacimiento o nevi— que, al pincharlas con una aguja, no
producían dolor ni sangraban. Una simple inclinación de la mano solía
producir la impresión de que la aguja penetraba profundamente en la carne de
la bruja. Cuando no había marcas visibles, bastaba con las «marcas
invisibles». En las galeras, un punzador de mediados del siglo XVII «confesó
que había causado la muerte de más de doscientas veinte mujeres en
Inglaterra y Escocia por el beneficio de veinte chelines la pieza».17
En los juicios de brujas no se admitían pruebas atenuantes o testigos
de la defensa. En todo caso, era casi imposible para las brujas acusadas
presentar buenas coartadas: las normas de las pruebas tenían un carácter
especial. Por ejemplo, en más de un caso el marido atestiguó que su esposa
estaba durmiendo en sus brazos en el preciso instante en que la acusaban de
estar retozando con el diablo en un aquelarre de brujas; pero el arzobispo,
pacientemente, explicó que un demonio había ocupado el lugar de la esposa.
Los maridos no debían pensar que sus poderes de percepción podían exceder
16
Por lo visto, la Santa Inquisición adoptó este tipo de ejecución para acatar literalmente una
frase bien intencionada de la ley canónica (Concilio de Tours, 1163): «La Iglesia abomina del
derramamiento de sangre.»
17
En el tenebroso terreno de los cazadores de recompensas e informadores a sueldo, la
corrupción vil suele ser la norma, en todo el mundo y a lo largo de toda la historia humana. Para
tomar un ejemplo casi al azar, en 1994, a cambio de una cantidad, un grupo de inspectores de
correos de Cleveland decidió actuar en secreto para descubrir a delincuentes; a continuación
inventaron casos penales contra treinta y dos trabajadores de correos inocentes.
los poderes de engaño de Satanás. Las mujeres jóvenes y bellas eran enviadas
forzosamente a la hoguera.
Los elementos eróticos y misóginos eran fuertes... como puede
esperarse de una sociedad reprimida sexualmente, dominada por varones, con
inquisidores procedentes de la clase de los curas, nominalmente célibes. En
los juicios se prestaba atención minuciosa a la calidad y cantidad de los
orgasmos en las supuestas copulaciones de las acusadas con demonios o el
diablo (aunque Agustín estaba seguro de que «no podemos llamar fornicador
al diablo») y a la naturaleza del «miembro» del diablo (frío, según todos los
informes). Las «marcas del diablo» se encontraban «generalmente en los
pechos o partes íntimas», según el libro de 1700 de Ludovico Sinistrari.
Como resultado, los inquisidores, exclusivamente varones, afeitaban el vello
púbico de las acusadas y les inspeccionaban cuidadosamente los genitales. En
la inmolación de la joven Juana de Arco a los veinte años, tras habérsele
incendiado el vestido, el verdugo de Rúan apagó las llamas para que los
espectadores pudieran ver «todos los secretos que puede o debe haber en una
mujer».
La crónica de los que fueron consumidos por el fuego sólo en la
ciudad alemana de Wurzburgo en el año 1598 revela la estadística y nos da
una pequeña muestra de la realidad humana:
El administrador del senado, llamado Gering; la anciana señora Kanzier; la
rolliza esposa del sastre; la cocinera del señor Mengerdorf; una extranjera; una
mujer extraña; Baunach, un senador, el ciudadano más gordo de Wurtzburgo;
el antiguo herrero de la corte; una vieja; una niña pequeña, de nueve o diez
años; su hermana pequeña; la madre de las dos niñas pequeñas antes
mencionadas; la hija de Liebler; la hija de Goebel, la chica más guapa de
Wurtzburgo; un estudiante que sabía muchos idiomas; dos niños de la iglesia,
de doce años de edad cada uno; la hija pequeña de Stepper; la mujer que
vigilaba la puerta del puente; una anciana; el hijo pequeño del alguacil del
ayuntamiento; la esposa de Knertz, el carnicero; la hija pequeña del doctor
Schuitz; una chica ciega; Schwartz, canónigo de Hach...
Y así sigue. Algunos recibieron una atención humana especial: «La hija
pequeña de Valkenberger fue ejecutada y quemada en la intimidad.» En un
solo año hubo veintiocho inmolaciones públicas, con cuatro a seis víctimas
de promedio en cada una de ellas, en esta pequeña ciudad. Era un
microcosmos de lo que ocurría en toda Europa. Nadie sabe cuántos fueron
ejecutados en total: quizá cientos de miles, quizá millones. Los responsables
de la persecución, tortura, juicio, quema y justificación actuaban
desinteresadamente. Sólo había que preguntárselo.
No se podían equivocar. Las confesiones de brujería no podían
basarse en alucinaciones, por ejemplo, o en intentos desesperados de
satisfacer a los inquisidores y detener la tortura. En este caso, explicaba el
juez de brujas Pierre de Lancre (en su libro de 1612, Descripción de la
inconstancia de los ángeles malos), la Iglesia católica estaría cometiendo un
gran crimen por quemar brujas. En consecuencia, los que plantean estas
posibilidades atacan a la Iglesia y cometen ipso facto un pecado mortal. Se
castigaba a los críticos de las quemas de brujas y, en algunos casos, también
ellos morían en la hoguera. Los inquisidores y torturadores realizaban el
trabajo de Dios. Estaban salvando almas, aniquilando a los demonios.
Desde luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura
y quema en la hoguera. La herejía era un delito más grave todavía, y tanto
católicos como protestantes la castigaban sin piedad. En el siglo XVI, el
erudito William Tyndale cometió la temeridad de pensar en traducir el Nuevo
Testamento al inglés. Pero, si la gente podía leer la Biblia en su propio
idioma en lugar de hacerlo en latín, se podría formar sus propios puntos de
vista religiosos independientes. Podrían pensar en establecer una línea
privada con Dios sin intermediarios. Era un desafío para la seguridad del
trabajo de los curas católicos romanos. Cuando Tyndale intentó publicar su
traducción, le acosaron y persiguieron por toda Europa. Finalmente le
detuvieron, le pasaron a garrote y después, por añadidura, le quemaron en la
hoguera. A continuación, un grupo de pelotones armados fue casa por casa en
busca de ejemplares de su Nuevo Testamento (que un siglo después sirvió de
base de la exquisita traducción inglesa del rey Jacobo). Eran cristianos que
defendían piadosamente el cristianismo impidiendo que otros cristianos
conocieran las palabras de Cristo. Con esta disposición mental, este clima de
convencimiento absoluto de que la recompensa del conocimiento era la
tortura y la muerte, era difícil ayudar a los acusados de brujería.
La quema de brujas es una característica de la civilización occidental
que, con alguna excepción política ocasional, declinó a partir del siglo XVI.
En la última ejecución judicial de brujas en Inglaterra se colgó a una mujer y
a su hija de nueve años. Su crimen fue provocar una tormenta por haberse
quitado las medias. En nuestra época es normal encontrar brujas y diablos en
los cuentos infantiles, la Iglesia católica y otras Iglesias siguen practicando
exorcismos de demonios y los defensores de algún culto todavía denuncian
como brujería las prácticas rituales de otro. Todavía usamos la palabra
«pandemónium» (literalmente, todos los demonios). Todavía se califica de
demoníaca a una persona enloquecida o violenta. (Hasta el siglo XVIII no
dejó de considerarse la enfermedad mental en general como adscrita a causas
sobrenaturales; incluso el insomnio era considerado un castigo infligido por
demonios.) Más de la mitad de los norteamericanos declaran en las encuestas
que «creen» en la existencia del diablo, y el diez por ciento dicen haberse
comunicado con él, como Martín Luther afirmaba que hacía con regularidad.
En un «manual de guerra espiritual», titulado Prepárate para la guerra,
Rebecca Brown nos informa de que el aborto y el sexo fuera del matrimonio,
«casi siempre resultarán en infestación demoníaca»; que el carácter de la
meditación, el yoga y las artes marciales pretenden seducir a cristianos
confiados para que adoren a los demonios; y que la «música rock no "surgió
porque sí", sino que era un plan cuidadosamente elaborado por el propio
Satanás». A veces, «tus seres queridos están cegados y dominados por
tendencias diabólicas». La demonología todavía sigue formando parte de
muchas creencias serias.
¿Y qué hacen los demonios? En el Malleus, Kramer y Sprenger
revelan que los «diablos... se dedican a interferir en el proceso de copulación
y concepción normal, a obtener semen humano y transferirlo ellos mismos».
La inseminación artificial demoníaca en la Edad Media se encuentra ya en
santo Tomás de Aquino, que nos dice en De la Trinidad que «los demonios
pueden transferir el semen que han recogido para inyectarlo en los cuerpos de
otros». Su contemporáneo san Buenaventura lo expresa con mayor detalle:
los súcubos «se someten a los machos y reciben su semen; con astuta
habilidad, los demonios conservan su potencia, y después, con el permiso de
Dios, se convierten en íncubos y lo vierten en los depositarios femeninos».
Los productos de esas uniones con mediación del demonio también reciben la
visita de los demonios. Se forja un vínculo sexual multigeneracional entre
especies. Y recordemos que se sabe perfectamente que esas criaturas vuelan;
ciertamente, viven en las alturas.
En esas historias no hay nave espacial. Pero se hallan presentes la
mayoría de los elementos centrales de los relatos de abducción por
extraterrestres, incluyendo la existencia de seres no humanos con una
obsesión sexual que viven en el cielo, atraviesan las paredes, se comunican
telepáticamente y practican experimentos de cría en la especie humana. A no
ser que creamos que los demonios existen de verdad, ¿cómo podemos
entender que todo el mundo occidental (incluyendo a los que se consideran
más sabios entre ellos) abrace un sistema de creencias tan extraño, que cada
generación lo vea reforzado por su experiencia personal y sea enseñado por la
Iglesia y el Estado? ¿Hay alguna alternativa real aparte de una ilusión
compartida basada en las conexiones del cerebro y la química comunes?
---ooo--En el Génesis leemos acerca de ángeles que se emparejan con «las
hijas de los hombres». Los mitos culturales de la antigua Grecia y Roma
hablan de dioses que se aparecen a las mujeres en forma de toros, cisnes o
lluvias de oro y las fecundan. En una antigua tradición cristiana, la filosofía
no derivaba del ingenio humano sino de la conversación íntima de los
demonios: los ángeles caídos revelaban los secretos del cielo a sus consortes
humanos. Aparecen relatos con elementos similares en culturas de todo el
mundo. En correspondencia con los íncubos están los djinn árabes, los sátiros
griegos, los bhuts hindúes, los hotua poro de Samoa, los dusti célticos y
muchos otros. En una época de histeria demoníaca era bastante fácil
demonizar a aquellos a quienes se temía u odiaba. Así, se dijo que Merlín
había sido engendrado por un íncubo. Como Platón, Alejandro Magno,
Augusto y Martín Lutero. En ocasiones se acusó a un pueblo entero —por
ejemplo, los hunos o los habitantes de Chipre— de haber sido engendrado
por demonios.
En la tradición talmúdica, el súcubo arquetípico era Lilit, a quien creó
Dios del polvo junto con Adán. Fue expulsada del Edén por
insubordinación... no a Dios, sino a Adán. Desde entonces, pasa las noches
seduciendo a los descendientes de Adán. En la cultura del antiguo Irán y
muchas otras se consideraba que las poluciones nocturnas eran provocadas
por súcubos. Santa Teresa de Ávila relató un vivido encuentro sexual con un
ángel —un ángel de luz, no de oscuridad, aseguraba ella—, como hicieron
también otras mujeres posteriormente santificadas por la Iglesia católica.
Cagliostro, el mago y estafador del siglo XVIII, dio a entender que él, como
Jesús de Nazaret, era producto de la unión «entre los hijos del cielo y de la
tierra».
En 1645 se encontró en Cornualles a una adolescente, Anne Jefferies,
tendida en el suelo, inconsciente. Mucho más tarde, la chica recordó que
había sufrido un ataque de media docena de hombres pequeños, que la habían
paralizado y llevado a un castillo en el aire y, después de seducirla, la habían
enviado de vuelta a casa. Definió a los hombrecitos como hadas. (Para
muchos cristianos piadosos, como para los inquisidores de Juana de Arco,
esta distinción era indiferente. Las hadas eran demonios, pura y
simplemente.) Volvieron a aterrorizarla y atormentarla. Al año siguiente fue
arrestada por brujería. Tradicionalmente, las hadas tienen poderes mágicos y
pueden provocar parálisis con un simple toque. En la tierra de las hadas, el
tiempo transcurre más despacio. Como las hadas tienen un deterioro
reproductor, mantienen relaciones sexuales con humanos y se llevan a los
bebés de las cunas (a veces dejando un sustituto, un «niño cambiado»). Ahora
la cuestión parece clara: si Anne Jefferies hubiera vivido en una cultura
obsesionada con los extraterrestres en lugar de las hadas, y con ovnis en lugar
de castillos en el aire, ¿algún aspecto de su historia tendría un significado
distinto con respecto a las que cuentan los «abducidos»?
En su libro de 1982, El terror que se presenta por la noche: Un estudio
centrado en la experiencia de tradiciones de amenazas sobrenaturales,
David Hufford describe el caso de un ejecutivo con educación universitaria
de poco más de treinta años que recordaba haber pasado un verano en casa de
su tía cuando era adolescente; Una noche vio que se movían unas luces
misteriosas en el puerto. A continuación se durmió. Desde la cama vio una
figura blanca y resplandeciente que subía la escalera. Entró en su habitación,
se detuvo, y luego dijo —con muy poca inspiración, me parece—: «Eso es
linóleo.» Algunas noches, la figura era una vieja; otras, un elefante. A veces
el hombre estaba convencido de que todo era un sueño; otras veces estaba
seguro de que estaba despierto. Se quedaba hundido en la cama, paralizado,
incapaz de moverse o de gritar. Le palpitaba el corazón. Le costaba respirar.
Le ocurrieron acontecimientos similares en muchas noches consecutivas.
¿Qué ocurre aquí? Esos acontecimientos ocurrieron antes de que se
describieran ampliamente las abducciones por extraterrestres. De haber
sabido algo de ellas, ¿le habría puesto una cabeza más larga y unos ojos más
grandes a la vieja?
En varios pasajes famosos de Historia de la decadencia y ruina del
Imperio romano, Edward Gibbon describía el equilibrio entre credulidad y
escepticismo a finales de la antigüedad clásica:
La credulidad ocupaba el lugar de la fe; se permitía que el fanatismo
asumiera el lenguaje de la inspiración y se atribuían los efectos de accidente o
ingenio a causas sobrenaturales...
En tiempos modernos [Gibbon escribe a mediados del siglo XVIII],
hasta las disposiciones más piadosas destilan un escepticismo latente e incluso
involuntario. Su admisión de verdades sobrenaturales es mucho menos un
consentimiento activo que una aquiescencia fría y pasiva. Acostumbrada
desde tiempo atrás a observar y respetar el orden invariable de la naturaleza,
nuestra razón, o al menos nuestra imaginación, no está suficientemente
preparada para sostener la acción visible de la Deidad. Pero en las primeras
eras del cristianismo, la situación de la humanidad era absolutamente
diferente. Los más curiosos, o los más crédulos entre los paganos, se veían
convencidos a menudo de entrar en una sociedad que hacía una afirmación
real de los poderes milagrosos. Los cristianos primitivos pisaban
perpetuamente un terreno místico y ejercitaban la mente con el hábito de creer
los acontecimientos más extraordinarios. Sentían, o así les parecía, que los
atacaban demonios incesantemente por todas partes, que las visiones los
reconfortaban y las profecías los instruían, y se veían sorprendentemente
liberados de peligro, enfermedad y de la propia muerte a través de las súplicas
de la Iglesia...
Tenían el firme convencimiento de que el aire que respiraban estaba
poblado de enemigos invisibles; de innumerables demonios que aprovechaban
toda ocasión, y asumían todas las formas, para aterrorizar y, por encima de
todo, tentar su virtud desprotegida. Engañaban a la imaginación, e incluso a
los sentidos, con las ilusiones del fanatismo desordenado; y el ermitaño, cuya
oración de medianoche se veía apagada por el sueño involuntario, podía
confundir fácilmente los fantasmas de terror o maravilla que habían ocupado
sus sueños de noche y despierto...
La práctica de la superstición es tan apropiada para la multitud que,
si se los despierta por la fuerza, aún lamentan la perdigan de su agradable
visión. Su amor por lo maravilloso y sobrenatural, su curiosidad con miras a
acontecimientos futuros y su fuerte propensión a ampliar sus esperanzas y
temores más allá de los límites del mundo visible, fueron las principales
causas que favorecieron el establecimiento del politeísmo. Tan apremiante es
la necesidad del vulgo de creer, que la caída de cualquier sistema de mitología
será sucedida muy probablemente por la introducción de algún otro modo de
superstición...
Dejemos de lado el esnobismo social de Gibbon: el diablo también
atormentaba a las clases altas, e incluso un rey de Inglaterra —Jacobo I, el
primer monarca Estuardo— escribió un libro crédulo y supersticioso sobre
demonios (Daemonologie, 1597). También fue el mecenas de la gran
traducción al inglés de la Biblia que todavía lleva su nombre. El rey Jacobo
opinaba que el tabaco era la «semilla del diablo», y una serie de brujas se
pusieron al descubierto por su adicción a esta droga. Pero en 1628, Jacobo se
había convertido en un perfecto escéptico, principalmente porque se había
descubierto que algunos adolescentes simulaban estar poseídos por el
demonio y de este modo habían acusado de brujería a personas inocentes. Si
pensamos que el escepticismo que según Gibbon caracterizaba a su época ha
declinado en la nuestra, y aunque quede un poco de la gran credulidad que
atribuye al final de la época clásica, ¿no es normal que algo parecido a los
demonios encuentre un destacado lugar en la cultura popular del presente?
Desde luego, como se apresuran a recordarme los entusiastas de las
visitas extraterrestres, hay otra interpretación de esos paralelos históricos: los
extraterrestres, dicen, siempre nos han visitado para fisgonear, robarnos
esperma y óvulos y fecundarnos. En tiempos antiguos los reconocíamos
como dioses, demonios, hadas o espíritus; sólo ahora hemos llegado a
entender que lo que nos acechaba durante tantos siglos eran extraterrestres.
Jacques Vallee ha planteado estos argumentos. Pero entonces ¿por qué
prácticamente no hay informes de platillos volantes antes de 1947? ¿Por qué
ninguna de las principales religiones del mundo usa los platillos como iconos
de lo divino? ¿Por qué no transmitieron entonces sus advertencias sobre los
peligros de la alta tecnología? ¿Por qué este experimento genético, cualquiera
que sea su objetivo, no se ha completado hasta ahora... miles de años o más
después de haber sido iniciado por criaturas con un nivel tecnológico
supuestamente superior? ¿Por qué nos preocupa tanto si el fin de su programa
de reproducción es mejorar nuestras capacidades?
Siguiendo esta línea argumental, podríamos esperar que los adeptos
actuales de las viejas creencias entendieran que los «extra-terrestres» son
como hadas, dioses o demonios. En realidad hay varias sectas
contemporáneas —los «raelianos», por ejemplo— que mantienen que los
dioses, o Dios, vendrán a la Tierra en un ovni. Algunos abducidos describen a
los extraterrestres, por repulsivos que sean, como «ángeles» o «emisarios de
Dios». Y los hay que todavía creen que son demonios.
En Comunión, Whitley Strieber escribe un relato de primera mano de
«abducción por extraterrestre»:
Fuera lo que fuera, era de una fealdad monstruosa, sucia, oscura y siniestra.
Desde luego eran demonios. Tenían que serlo... Todavía recuerdo aquella cosa
en cuclillas, tan horriblemente fea, con los brazos y piernas como las
extremidades de un gran insecto, con sus ojos mirándome fijamente.
Según dicen, ahora Strieber admite la posibilidad de que esos terrores
nocturnos fueran sueños o alucinaciones.
Entre los artículos sobre ovnis en La Enciclopedia de noticias
cristianas, una recopilación fundamentalista, se encuentran: «Obsesión
fanática anticristiana» y «Los científicos creen que los ovnis son obra del
diablo». El Proyecto de Falsificaciones Espirituales de Berkeley, California,
advierte que los ovnis son de origen demoníaco; la Iglesia Acuaria de
Servicio Universal de McMinnville, de Oregón, dice que todos los
extraterrestres son hostiles. Una carta publicada en el periódico en 1993 sobre
«comunicaciones de conciencia cósmica» nos informa de que los ocupantes
de los ovnis consideran que los humanos somos como animales de
laboratorio y quieren que los adoremos, pero suelen desanimarse ante el
padrenuestro. Algunos abducidos han sido expulsados de sus congregaciones
religiosas evangélicas; sus historias se parecen demasiado al satanismo. Un
panfleto de 1980, La explosión del culto, de Dave Hunt, revela que:
los ovnis... es evidente que no son físicos y parecen ser manifestaciones
demoníacas de otra dimensión con el fin de alterar la manera de pensar del
hombre... las supuestas entidades «ovni» que al parecer se han comunicado
físicamente con humanos Siempre han predicado las mismas cuatro mentiras
que la serpiente presentó a Eva... esos seres son demonios y se preparan para
la llegada del Anticristo.
Cierto número de sectas mantienen que los ovnis y las abducciones
por extraterrestres son premoniciones de «tiempos finales».
Si los ovnis vienen de otro planeta u otra dimensión, ¿son enviados
por el mismo Dios que nos ha sido revelado en cualquiera de las religiones
principales? No hay nada en el fenómeno de los ovnis, arguye la denuncia
fundamentalista, que exija la creencia en el Dios único y verdadero, mientras
que en su mayor parte contradice al Dios retratado en la Biblia y la tradición
cristiana. En La Nueva Era: una crítica cristiana (1990), Ralph Rath habla
sobre ovnis y, como es típico en esta literatura, lo hace con extrema
credulidad. De ese modo sirve a su propósito de aceptar la realidad de los
ovnis para envilecerlos como instrumentos de Satanás y del Anticristo, en
lugar de usar el rasero del escepticismo científico. Esta herramienta, una vez
afilada, podría conseguir mucho más que una simple erradicación limitada de
la herejía.
El autor fundamentalista cristiano Hal Lindsey, en su exitoso libro
religioso Planeta Tierra. Año 2000, escribe:
He llegado al pleno convencimiento de que los ovnis son reales... Los hacen
funcionar seres extraterrestres de gran inteligencia y poder... Creo que esos
seres no son sólo extraterrestres sino de origen sobrenatural. Para ser sincero,
creo que son demonios... parte de un complot satánico.
¿Y cuál es la prueba para llegar a tal conclusión? Principalmente, los
versículos 11 y 12 de San Lucas, capítulo 21, en los que Jesús habla de
«grandes señales del cielo» —no se describe nada parecido a un ovni— en
los últimos días. Desde luego, Lindsey ignora el verso 32, en el que Jesús
deja muy claro que habla de acontecimientos en el siglo I, no en el XX.
También hay una tradición cristiana según la cual no puede existir
vida extraterrestre. En Christian News del 23 de mayo de 1994, por ejemplo,
W. Gary Crampton, doctor en Teología, nos comenta por qué:
La Biblia, ya sea explícita o implícitamente, se refiere a todos los aspectos de la
vida; nunca nos deja sin respuesta. La Biblia no afirma ni niega explícitamente
en ningún lugar la vida extraterrestre. Sin embargo, implícitamente, las
Escrituras niegan la existencia de esos seres, negando así también la posibilidad
de los platillos volantes... La Escritura ve la Tierra como el centro del
universo... Según Pedro, está fuera de lugar un Salvador «que vaya de planeta
en planeta». Ésta es la respuesta a la existencia de vida inteligente en otros
planetas. Si existieran, ¿quién los redimiría? Cristo no, desde luego... Se debe
renunciar siempre a las experiencias que no se ajustan a las enseñanzas de las
Escrituras por falaces. La Biblia tiene un monopolio sobre la verdad.
Pero muchas otras sectas cristianas —la católica romana, por
ejemplo— están completamente abiertas, sin objeciones a priori y sin
ninguna insistencia, a la realidad de extraterrestres y ovnis.
A principios de la década de los sesenta argumenté que las historias
de ovnis se acuñaban principalmente para satisfacer anhelos religiosos. En
una época en que la ciencia ha complicado la adhesión aerifica a antiguas
religiones, se presenta una alternativa a la hipótesis de Dios: los dioses y
demonios de la antigüedad, con el disfraz de la jerga científica y la
«explicación» de sus inmensos poderes con terminología superficialmente
científica, bajan del cielo para atormentarnos, ofrecernos visiones proféticas y
tentarnos con visiones de un futuro de esperanza: una religión misteriosa
naciente en la era espacial.
El folclorista Thomas E. Bullard escribió en 1989 que:
las declaraciones de abducciones parecen refritos de tradiciones más antiguas
de encuentros sobrenaturales en las que los extraterrestres cumplen el rol
funcional de criaturas divinas.
Concluye:
Es posible que la ciencia haya expulsado a fantasmas y brujas de nuestras
creencias, pero con la misma rapidez se ha llenado el vacío con extraterrestres
que cumplen la misma función. Sólo los atavíos exteriores extraterrestres son
nuevos. Todo el temor y los dramas psicológicos del trato con ellos parecen
haber encontrado un nuevo camino, donde es tan habitual como en el reino de
la leyenda que las cosas, de noche, empiecen a moverse.
¿Es posible que personas de todas las épocas y lugares experimenten
ocasionalmente alucinaciones vividas realistas, a menudo con contenido
sexual, sobre abducciones por parte de criaturas telepáticas y aéreas que
brotan de las paredes... y que los detalles sean suministrados por el lenguaje
cultural prevaleciente que emana del Zeitgeist? Otras personas que no han
vivido la experiencia personalmente la encuentran conmovedora y en cierto
modo familiar. La cuentan a más personas. Pronto toma vida propia, inspira a
otros para comprender sus propias visiones y alucinaciones y entra en el reino
del folclore, el mito y la leyenda. En esta hipótesis, la relación entre el
contenido de alucinaciones espontáneas del lóbulo temporal y el paradigma
de la abducción por extraterrestres es coherente.
Quizá cuando todo el mundo sabe que los dioses descienden a la
Tierra, alucinamos sobre dioses; cuando todos estamos familiarizados con los
demonios, son íncubos y súcubos; cuando las hadas son ampliamente
aceptadas, vemos hadas; en una época de espiritualismo, encontramos
espíritus; y, cuando los viejos mitos se apagan y empezamos a pensar que es
plausible la existencia de seres extraterrestres, nuestra imaginería
hipnagógica va hacia ellos.
Podemos recordar en detalle décadas después pedazos de canciones o
idiomas extranjeros, imágenes y acontecimientos que presenciamos, historias
que escuchamos en nuestra infancia, sin tener conciencia de cómo nos
llegaron a la cabeza. «En las fiebres agudas, gente completamente ignorante
hablaba en lenguas muertas —dice Hermán Melville en Moby Dick—; y al
investigarse el misterio resultó que en su lejana niñez las habían oído hablar
realmente a algunos eruditos». En nuestra vida cotidiana incorporamos sin
esfuerzo e inconscientemente normas culturales y las hacemos nuestras.
En las «alucinaciones de órdenes» de la esquizofrenia se encuentra
presente una asimilación similar de motivos. Los afectados sienten que una
figura imponente o mítica les dice lo que tienen que hacer. Se les ordena que
asesinen a un líder político o a un héroe popular, o que derroten a los
invasores británicos, o que se lesionen ellos mismos, porque es la voluntad de
Dios, de Jesús, del diablo, o de demonios, ángeles y —últimamente—
extraterrestres. El esquizofrénico se siente traspasado por una orden clara y
profunda de una voz que nadie más puede escuchar y que él ha de identificar
de algún modo. ¿Quién podría emitir una orden así? ¿Quién podría hablar
dentro de nuestra cabeza? La cultura en la que hemos nacido y vivido nos
ofrece una respuesta.
Pensemos en el poder de la imagen repetitiva en la publicidad,
especialmente para televidentes y lectores impresionables. Nos puede hacer
creer casi cualquier cosa... hasta que fumar cigarrillos imprime carácter. En
nuestra época, los extraterrestres putativos sirven de tema de innumerables
historias de ciencia ficción, novelas, telefilmes y películas. Los ovnis son una
característica habitual de los semanarios sensacionalistas dedicados al engaño
y la mistificación. Una de las películas de cine con mayor recaudación bruta
de todos los tiempos trata de extraterrestres muy parecidos a los descritos por
los abducidos. Los relatos de abducciones por extraterrestres eran
relativamente raros antes de 1975, cuando se emitió por televisión una
crédula dramatización del caso Hill; dieron otro salto a la atención pública
después de 1987, cuando el relato de primera mano de Strieber, con el retrato
en portada de un «extraterrestre» de ojos grandes, se convirtió en éxito de
ventas. En contraste, últimamente se oye hablar muy poco de íncubos, elfos y
hadas. ¿Dónde han ido a parar?
Lejos de ser globales, el localismo de esas historias de abducción por
extraterrestres es decepcionante. La gran mayoría proceden de Estados
Unidos. Apenas trascienden a la cultura americana. En otros países se habla
de extraterrestres con cabeza de pájaro, insecto, reptil, robot, y rubios con
ojos azules (el último, es fácil predecirlo, del norte de Europa). Se dice que
cada grupo de extraterrestres se comporta de manera diferente. Es evidente
que los factores culturales juegan un papel importante.
Mucho antes de que se inventaran los términos «platillo volante» y
«ovnis», la ciencia ficción estaba llena de «hombrecillos verdes» y
«monstruos con ojos de insecto». De algún modo, durante mucho tiempo,
nuestros extraterrestres clásicos han sido seres pequeños y lampiños con
grandes cabezas (y ojos). Se los podía ver habitualmente en las revistas de
ciencia ficción de la década de 1920 y 1930 (y, por ejemplo, en la ilustración
de un marciano que envía mensajes a la Tierra en el ejemplar de diciembre de
1937 de la revista Short Wave and Televisión). Quizá el tema venga de
nuestros remotos descendientes, tal como los pintara el pionero británico de
la ciencia ficción H. G. Wells. Wells argüía que los humanos habían
evolucionado de primates de cerebro más pequeño pero más peludos con un
aire atlético que superaba con creces el de los académicos Victorianos;
extrapolando esta tendencia hacia el futuro lejano, sugirió que nuestros
descendientes serían casi lampiños, cotí cabezas inmensas, aunque apenas
capaces de andar por sí mismos. Los seres avanzados de otros mundos
podrían estar dotados de manera similar.
El típico extraterrestre moderno del que se habla en Estados Unidos
en la década de los ochenta y principios de los noventa es pequeño, con la
cabeza y los ojos desproporcionadamente grandes, facciones
subdesarrolladas, sin cejas ni genitales visibles y con la piel gris suave. A mí
me parece tan horripilante como un feto en la duodécima semana de
embarazo o un niño muerto de hambre. Es una cuestión interesante por qué
tanta gente puede obsesionarse por unos fetos o niños malnutridos e
imaginarlos atacándonos y manipulándonos sexualmente.
En años recientes, en Norteamérica, han empezado a surgir extraterrestres
distintos del tipo pequeño y gris. Un psicoterapeuta, Richard Boylan, de
Sacramento, dice:
Hay tipos de un metro a un metro veinte; los hay de metro cincuenta a metro
ochenta; de dos metros a dos cuarenta; hay tipos de tres, cuatro y cinco dedos,
almohadillas en las yemas de los dedos o ventosas; hay dedos con membrana
interdigital o sin ella; hay ojos grandes en forma de almendra inclinados hacia
arriba, hacia abajo u horizontales; en algunos casos, grandes ojos ovoides sin
inclinación; hay extraterrestres con pupilas partidas; hay otros tipos de cuerpo
diferentes —el llamado tipo mantis religiosa, los reptiloides... Son los que
encuentro con más asiduidad. Hay algunos informes de casos exóticos y
únicos sobre los que prefiero mostrar cierta cautela hasta disponer de
corroboración.
A pesar de esta aparente variedad de extraterrestres, me parece que el
síndrome de la abducción ovni retrata un universo banal. La forma de los
supuestos extraterrestres muestra una gran falta de imaginación y
preocupación por los asuntos humanos. Ni un solo ser presentado en todos
esos relatos es más asombroso de lo que sería una cacatúa para quien no ha
visto nunca un pájaro. Cualquier libro de texto de protozoología,
bacteriología o micología está lleno de maravillas que superan en mucho las
descripciones más exóticas de los abductores extraterrestres. Los creyentes
toman los elementos comunes de sus historias como pruebas de verosimilitud
más que como una prueba de que las han inventado a partir de una cultura y
biología compartidas.
CAPÍTULO 8
SOBRE LA DISTINCIÓN
ENTRE VISIONES
VERDADERAS Y FALSAS
Una mente crédula... encuentra el mayor deleite en creer cosas extrañas y,
cuanto más extrañas son, más fácil le resulta creerlas; pero nunca toma en
consideración las que son sencillas y posibles, porque todo el mundo puede
creerlas.
SAMUEL BUTLER,
Caracteres
(1667-1669)
Durante un breve instante noto una aparición en la habitación en
penumbra: ¿podría ser un fantasma? O hay un movimiento; lo veo por el
rabillo del ojo pero, cuando vuelvo la cabeza, no hay nada. ¿Está sonando un
teléfono o es sólo mi «imaginación»? Asombrado, me parece oler el aire
salado del verano a orillas del mar en Coney Island de cuando era pequeño.
Giro por una esquina en una ciudad extranjera que visito por primera vez y
encuentro ante mí una calle tan familiar que siento que la conozco de toda la
vida.
En esas experiencias habituales, normalmente nos mostramos
inseguros sobre qué hacer a continuación. ¿Me engañan mis ojos (u oídos,
nariz o memoria)? ¿O es que, real y verdaderamente, soy testigo de algo fuera
del curso ordinario de la naturaleza? ¿Debería callármelo, o decirlo?
La respuesta depende en gran medida del entorno, los amigos, las
personas queridas y la cultura. En una sociedad de una rigidez obsesiva y de
orientación práctica, seguramente yo mostraría prudencia a la hora de admitir
estas experiencias. Me pueden tildar de frívolo, demente, poco fiable. Pero en
una sociedad que se apresura a creer en fantasmas, por ejemplo, o
«concesiva», relatar este tipo de experiencias podría merecer aprobación e
incluso prestigio. En el primer caso, yo tendría la grave tentación de
suprimirlo todo; en el segundo, quizá incluso exageraría o lo elaboraría un
poco para darle un aire más milagroso todavía.
Charles Dickens, que vivió en una cultura racional floreciente en la
que, sin embargo, también prosperaba el espiritualismo, describió el dilema
con estas palabras (de su cuento: «Para no tomarlo muy en serio»):
Siempre he percibido la prevalencia de una falta de coraje, incluso en
personas de inteligencia y cultura superiores, para comunicar sus propias
experiencias psicológicas cuando han sido de un tipo extraño. Casi todos los
hombres temen no encontrar un paralelo o respuesta en la vida interior del que
escucha, que podría tomar su relato con sospecha o burla. Un viajero veraz
que hubiera visto una criatura extraordinaria parecida a una serpiente marina
no tendría temor de mencionarlo; pero si el mismo viajero hubiera tenido
algún presentimiento singular, impulso, extravagancia de pensamiento, visión
(así llamada), sueño u otra impresión remarcable, tendría grandes dudas para
reconocerlo. A esta resistencia atribuyo yo gran parte de la oscuridad en la que
están implicados tales sujetos.
En nuestra época todavía se ridiculiza y descarta a menudo con risas,
pero hay más posibilidades de, vencer la reserva y la ocultación; por ejemplo,
en el entorno «de apoyo» que proporcionan un terapeuta o hipnotizador. Por
desgracia —y por increíble que sea para algunos—, la distinción entre
imaginación y memoria a menudo es poco clara. Algunos «abducidos» dicen
recordar la experiencia sin hipnosis; muchos no pueden. Pero la hipnosis es
una manera poco fiable de refrescar la memoria. Suele provocar imaginación,
fantasía y juego además de recuerdos verdaderos, y ni el paciente ni el
terapeuta son capaces de distinguir unos de otros. La hipnosis parece
implicar, de manera central, un estado de sugestibilidad intensificada. Los
tribunales han prohibido su uso como prueba o incluso como herramienta de
investigación criminal. La Asociación Médica Americana considera menos
fiables los recuerdos que surgen bajo hipnosis que los que aparecen sin ella.
Un libro de texto médico estándar (Haroíd I. Kaplan, Textos generales de
psiquiatría, 1989) advierte de «una gran posibilidad de que las creencias del
hipnotizador sean comunicadas al paciente e incorporadas en lo que el
paciente cree que son recuerdos, a menudo con una fuerte convicción». Así
pues, el hecho de una persona, al ser hipnotizada, relate historias de
abducción por extraterrestres tiene poco peso. Se corre el peligro que los
sujetos estén —al menos en algunos asuntos— tan dispuestos a complacer al
hipnotizador que respondan a sugerencias sutiles de las que ni siquiera éste es
consciente.
En un estudio de Alvin Lawson, de la Universidad del Estado de
California, en Long Beach, un médico sometió a una sesión de hipnotismo a
ocho sujetos, con un cribado previo para eliminar a los entusiastas de los
ovnis. Les informó de que habían sido abducidos y, tras ser llevados a una
nave espacial, examinados. Sin más instigación, les pidió que describieran la
experiencia. Los relatos, la mayoría obtenidos sin mayor problema, eran casi
indistinguibles de los que presentan los que se declaran abducidos. Es cierto
que Lawson había dado indicaciones breves y directas a sus sujetos; pero, en
muchos casos, los terapeutas que tratan rutinariamente las abducciones por
extraterrestres dan indicaciones a sus pacientes... a algunos con gran detalle, a
otros más sutil e indirectamente.
El psiquiatra George Ganaway (tal como lo refiere Lawrence Wright)
planteó en una ocasión a una paciente altamente sugestionable bajo hipnosis
que había perdido el recuerdo de cinco horas de un día determinado. Cuando
mencionó una luz brillante sobre su cabeza, ella inmediatamente le habló de
ovnis y extraterrestres. Tras insistir el psiquiatra en que habían
experimentado con ella, apareció una detallada historia de abducción. Pero,
cuando salió del trance y analizó el vídeo de la sesión, ella misma reconoció
que había notado la emergencia de algo como un sueño. Durante el año
siguiente, sin embargo, volvió repetidas veces al material del sueño.
Elizabeth Loftus, psicóloga de la Universidad de Washington, ha
encontrado que se puede hacer creer a sujetos no hipnotizados que vieron
algo que no vieron. Un experimento típico es que los sujetos vean una
película de un accidente de coche. En él curso de la interrogación sobre lo
que vieron, se les da casualmente información falsa. Por ejemplo, se hace
referencia a una señal de stop, a pesar de no haber ninguna en la película.
Muchos recuerdan entonces obedientemente haber visto una señal de stop.
Cuando se les revela el engaño, algunos protestan con vehemencia e insisten
en que recuerdan la señal vividamente. Cuanto mayor es el lapsus de tiempo
entre la visión de la película y la recepción de la información falsa, más
aceptan la desnaturalización de sus recuerdos. Loftus arguye que «los
recuerdos de un acontecimiento tienen mayor parecido a una historia sujeta a
revisión constante que a un bloque de información original».
Hay muchos más ejemplos, algunos —el falso recuerdo de haberse
perdido de pequeños en unos grandes almacenes, por ejemplo— de mayor
impacto emocional. Una vez sugerida la idea clave, el paciente a menudo da
cuerpo de manera verosímil a los detalles que la avalan. Es fácil inducir
recuerdos lúcidos pero totalmente falsos con una serie de claves y preguntas,
especialmente en el contexto terapéutico. Los recuerdos se pueden
contaminar. Se pueden implantar recuerdos falsos incluso en mentes que no
se consideran a sí mismas vulnerables ni acríticas.
Stephen Ceci, de la Universidad de Cornell, Loftus y sus colegas han
encontrado, sin sorpresa, que los preescolares son excepcionalmente
vulnerables a la sugestión. Un niño que, cuando se le pregunta por primera
vez, niega que una trampa de ratones le hubiera pillado la mano, más tarde
recuerda el acontecimiento con vividos detalles que ha ido generando.
Cuando se le habla más directamente de «cosas que te pasaron cuando eras
pequeño», con el tiempo llega a consentir con bastante facilidad los recuerdos
implantados. Los profesionales que miran las cintas de vídeo de los niños
sólo pueden aventurar qué recuerdos son falsos y cuáles verdaderos. ¿Hay
alguna razón para pensar que los adultos son totalmente inmunes a las
falibilidades que muestran los niños?
El presidente Ronald Reagan, que pasó la segunda guerra mundial en
Hollywood, describió vividamente su papel en la liberación de las víctimas
de los campos de concentración nazi. Como vivía en el mundo del cine,
parece que confundía una película que había visto con una realidad que no
había visto. En sus campañas presidenciales, el señor Reagan contó en
muchas ocasiones una historia épica de coraje y sacrificio, motivo de
inspiración para todos nosotros. Sólo que nunca ocurrió; era el argumento de
la película A Wing and a Prayer... que también a mí me impresionó mucho
cuando la vi a los nueve años. Es fácil encontrar muchos más ejemplos de
este tipo en las declaraciones públicas de Reagan. No es difícil imaginar los
serios peligros públicos que entrañan los casos en que líderes políticos,
militares, científicos o religiosos son incapaces de distinguir la realidad de la
ficción vivida.
Cuando preparan el testimonio en el juzgado, los testigos reciben
consejos de sus abogados. A menudo se les hace repetir la historia una y otra
vez hasta que la dicen «bien». Entonces, en el estrado, lo que recuerdan es la
historia que han estado contando en el despacho del abogado. Los matices se
han ensombrecido. O quizá ya no correspondan, ni siquiera en sus
características principales, a lo que ocurrió realmente. Los testigos pueden
haber olvidado oportunamente que sus recuerdos fueron reprocesados.
Esos hechos son relevantes en la evaluación de los efectos sociales de
la publicidad y la propaganda nacional. Pero aquí sugieren que, en los
asuntos de abducción por extraterrestres —donde las entrevistas suelen
realizarse años después del supuesto acontecimiento—, los terapeutas deben
cuidarse mucho de implantar o seleccionar accidentalmente historias que
sugieren ellos.
Quizá lo que realmente recordamos es una serie de fragmentos de
recuerdos cosidos a una tela de nuestra propia imaginación. Si cosemos con
la suficiente inteligencia, conseguimos hacernos una historia memorable fácil
de recordar. Los fragmentos por sí mismos, sin el vínculo de la asociación,
son más difíciles de salvar. La situación es bastante parecida al método
propio de la ciencia, con el que se pueden recordar, resumir y explicar
muchos datos en el marco de una teoría. Entonces recordamos mucho más
fácilmente la teoría y no los datos.
En la ciencia siempre se están volviendo a valorar y confrontar las
teorías con nuevos hechos; si la discordancia de los hechos es seria —más
allá del margen de error—, quizá debería revisarse la teoría. Pero, en la vida
cotidiana, es muy raro que nos enfrentemos a nuevos hechos sobre
acontecimientos de hace tiempo. Nuestros recuerdos no se ven casi nunca
desafiados. En cambio pueden quedar fijos, por muy defectuosos que sean, o
convertirse en una obra en continua revisión artística.
---ooo---
Mejor atestiguadas que las apariciones de dioses y demonios son las
de santos, especialmente de la Virgen María en la Europa occidental desde
finales de la época medieval hasta la moderna. Aunque el aire de las historias
de abducción por extraterrestres es mucho más profano y demoníaco, se
puede ver el mito de los ovnis con mayor perspicacia a partir de visiones
descritas como sagradas. Quizá las más conocidas sean las de Juana de Arco
en Francia, santa Brígida en Suecia y Girolamo Savonarola en Italia. Pero son
más adecuadas a nuestro propósito las apariciones vistas por pastores,
campesinos y niños. En un mundo azotado por la incertidumbre y el horror,
esas personas anhelaban el contacto con lo divino. William A. Christian Jr.,
en su libro Apparitions in Late Medieval and Renaissance Spain (Princeton
University Press, 1981), proporciona un registro detallado de esos
acontecimientos en Castilla y Cataluña.
Un caso típico es el de una mujer o una niña campesinas que dicen
haber encontrado a una niña o mujer extrañamente pequeña —algo así como
de un metro de altura— que se le revela como la Virgen María, la Madre de
Dios. Ésta le pide a la sorprendida testigo que vaya a las autoridades civiles y
de la Iglesia locales y les ordene decir plegarias por los muertos, obedecer los
mandamientos o construir un santuario en aquel mismo lugar. Si no acceden,
los amenaza con temibles castigos, quizá una plaga. Otras veces, en épocas
de epidemia, María promete curar la enfermedad, pero sólo si se cumplen sus
demandas.
La testigo intenta hacer lo que le dicen. Pero cuando informa a su padre,
su marido o el cura, le ordenan que no cuente la historia a nadie; es una
tontería femenina, una frivolidad o una alucinación demoníaca. Así, ella no
dice nada. Días después se le vuelve a aparecer María, un poco molesta
porque no se ha honrado su petición.
«No me creerán —se lamenta la testigo—. Dame una señal.»
Se necesita una. prueba.
Así, María —que por lo visto no había previsto que tendría que
proporcionar una prueba— le da una señal. Los del pueblo y los curas se
convencen en seguida. Se construye el santuario. Ocurren curaciones
milagrosas en la vecindad. Llegan peregrinos de todas partes. La economía
local mejora. Se nombra a la testigo original guardiana del sacro santuario.
En la mayoría de los casos que conocemos, se creó una comisión de
investigación, formada por autoridades civiles y eclesiásticas, que
atestiguaban si la aparición era genuina... a pesar del escepticismo inicial,
casi exclusivamente masculino. Pero el nivel de las pruebas no solía ser alto.
En un caso se aceptó seriamente el testimonio delirante de un niño de ocho
años dos días antes de morir por una epidemia. Algunas comisiones siguieron
deliberando durante décadas o incluso hasta un siglo después del
acontecimiento.
En Sobre la distinción entre visiones verdaderas y falsas, un experto
sobre el tema, Jean Gerson, alrededor del año 1400, resumió los criterios para
reconocer la credibilidad del testigo de una aparición: uno era la
disponibilidad a aceptar consejo de la jerarquía política y religiosa. Así, aquel
o aquella que tuviesen una aparición molesta para los que estaban en el poder
era ipso facto un testigo poco fiable, y se podía hacer decir a santos y
vírgenes lo que las autoridades querían oír.
Las «señales» que supuestamente proporcionaba María, las pruebas
que se ofrecían y que se consideraban irresistibles eran cosas como una vela
ordinaria, un trozo de seda o una piedra magnética; un pedazo de ladrillo de
color; huellas; una recolección extraordinariamente rápida de cardos por parte
de la testigo; una sencilla cruz de madera hincada en la tierra; verdugones y
heridas en la testigo; y una variedad de contorsiones —una niña de doce años
con la mano en extraño gesto, o las piernas dobladas hacia atrás, o una
imposibilidad de abrir la boca que la deja muda temporalmente— que se
«curan» en cuanto se acepta la historia.
En algunos casos es posible que los relatos se compararan y
coordinaran antes de dar testimonio. Por ejemplo, en una ciudad pequeña
podía haber múltiples testimonios de la aparición de una mujer alta y
reluciente la noche anterior, toda vestida de blanco, con un niño en el regazo
y envuelta en una luz que iluminaba la calle. Pero, en otros casos, personas
que estaban físicamente junto a la testigo no pudieron ver nada, como en este
informe de una aparición en Castilla en 1617:
«Ay, Bartolomé, la dama que me ha venido a ver esos días pasados se acerca a
través del prado, y se arrodilla y abraza la cruz.; ¡mira, mírala!» Aunque el
joven puso toda su atención en ello, no vio más que unos pájaros que volaban
por encima de la cruz.
No es difícil encontrar motivos posibles para inventar y aceptar estas
historias: trabajo para los curas, notarios, carpinteros y mercaderes, y otros
estímulos a la economía regional en una época de depresión; el ascenso de
condición social de la testigo y su familia; nuevas oraciones para familiares
enterrados en cementerios que fueron abandonados más tarde a causa de la
plaga, la sequía y la guerra; exaltación del espíritu público contra los
enemigos, especialmente los moros; mejor urbanidad y obediencia a la ley
canónica, y confirmación de la fe de los piadosos. El fervor de los peregrinos
en esos santuarios era impresionante: no era raro que mezclaran fragmentos
de roca o barro del santuario con el agua y se la bebieran como medicina.
Pero no pretendo sugerir que la mayoría de testigos inventaban la historia.
Había algo más.
Es de destacar que casi todas las apremiantes peticiones de María
fueran de lo más prosaico, como por ejemplo en esta aparición de 1483 en
Cataluña:
Te exhorto por tu alma que exhortes a las almas de los hombres de
las parroquias de El Tom, Milleras, El Sallent y Sant Miquel de Campmaior a
exhortar a las almas de los curas para que pidan a la gente que pague los
diezmos y todos los impuestos de la iglesia y restituya lo que poseen
encubierta o abiertamente que no sea suyo a sus verdaderos propietarios en el
plazo de treinta días, porque será necesario, y que observen la santificación
del domingo.
Y segundo que dejen de blasfemar y ejerzan la charitas
correspondiente ordenada por sus antepasados muertos.
A menudo el testigo ve la aparición justo después de despertar.
Francisca la Brava atestiguó en 1523 que se había levantado de la cama «sin
saber si tenía el dominio de sus sentidos», aunque en un testimonio posterior
declaraba estar totalmente despierta. (Era la respuesta a una pregunta que
permitía una serie de posibilidades: totalmente despierta, adormecida, en
trance, dormida.) A veces la ausencia de detalles es total, como en el aspecto
de los ángeles acompañantes; o se describe a María alta y baja a la vez,
madre e hijo a un tiempo... características que indudablemente sugieren el
material de un sueño. En el Diálogo sobre milagros, escrito alrededor de
1223 por Caesarius de Heisterbach, las visiones clericales de la Virgen María
ocurrían con frecuencia durante los matins, que se rezaban a medianoche.
Es natural sospechar que muchas de esas apariciones, quizá todas,
fueran una especie de sueño, en vigilia o dormido, compuesto por
mistificaciones (y por engaños; había un negocio floreciente en milagros
inventados: pinturas y estatuas religiosas halladas por casualidad o por orden
divina). Se hablaba del tema en Siete Partidas, el códice de ley canónica y
civil compilado bajo la dirección de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla,
alrededor de 1248. En él podemos leer lo siguiente:
Hay hombres que descubren o construyen fraudulentamente altares en campos
o ciudades, diciendo que son reliquias de ciertos santos en esos lugares y con
la pretensión de que realizan milagros y, por esta razón, gente de muchos
lugares se ve inducida a ir en peregrinaje a fin de llevarse algo de ellos; y hay
otros que, influidos por sueños o fantasmas vacíos que se les aparecen, erigen
altares y simulan descubrirlos en las localidades antes citadas.
Al enumerar las razones de las creencias erróneas, Alfonso traza una línea
continua que va desde la secta, la opinión, la fantasía y el sueño hasta la
alucinación. Una suerte de fantasía llamada antoianga se define de este
modo:
Antoianca es algo que se detiene ante los ojos y luego desaparece, como
si uno lo viera u oyera en trance, y por consiguiente sin sustancia.
Una bula papal de 1517 hace una distinción entre las apariciones que
aparecen «en sueños o por inspiración divina». Está claro que las autoridades
seculares y eclesiásticas, incluso en épocas de extrema credulidad, estaban
alerta a las posibilidades de mistificación e ilusión.
A pesar de todo, en la mayor parte de la Europa medieval, estas
apariciones eran recibidas gratamente por el clero católico romano,
especialmente porque las admoniciones marianas eran muy convenientes para
el sacerdocio. Bastaban unas cuantas «señales» patéticas como prueba, una
piedra o una huella, y nunca algo que no fuera susceptible de fraude. Pero, a
partir del siglo XV, en los albores de la Reforma protestante, la actitud de la
Iglesia cambió. Aquellos que declaraban tener un canal independiente con el
cielo burlaban la cadena de mando de la Iglesia hasta Dios. Además, algunas
apariciones —por ejemplo, las de Juana de Arco— tenían desagradables
implicaciones políticas o morales. Los inquisidores describieron los peligros
que representaba la visión de Juana de Arco en 1431 en estos términos:
Se le mostró el gran peligro que corre quien tiene la pretensión de creer que
tiene apariciones y revelaciones así y, en consecuencia, miente sobre asuntos
que conciernen a Dios, expresando falsas profecías y adivinaciones no
conocidas por Dios, sino inventadas. De lo que puede derivarse la seducción
de personas, el comienzo de nuevas sectas y muchas más impiedades que
subvierten a la Iglesia y los católicos.
Tanto Juana de Arco como Girolamo Savonarola fueron quemados en la
hoguera por sus visiones.
En 1516, el quinto Concilio Laterano reservó a «la sede apostólica» el
derecho a examinar la autenticidad de las apariciones. Para los campesinos
pobres cuyas visiones no tenían contenido político, los castigos no
alcanzaban la máxima severidad. La aparición mariana que tuvo Francisca la
Brava, una madre joven, fue descrita por el licenciado Mariana, el señor
inquisidor, como «en detrimento de nuestra fe católica y para disminución de
su autoridad». Su aparición «era todo vanidad y frivolidad». «En derecho la
podíamos haber tratado con más rigor», seguía el inquisidor,
pero en deferencia a ciertas razones justas que nos mueven a mitigar el rigor
de las sentencias, decretamos como castigo a Francisca la Brava y ejemplo
para que otros no intenten cosas similares la condena de ser puesta sobre un
asno para recibir cien latigazos en público por las calles acostumbradas de
Belmente, desnuda de cintura para arriba, y el mismo número en la ciudad de
El Quintanar del mismo modo. Y de ahora en adelante no dirá ni afirmará en
público o en secreto mediante palabra o insinuación lo que ha dicho en sus
confesiones o en otro caso será perseguida como impenitente y persona que no
cree o no está de acuerdo con lo que ordena nuestra sagrada fe católica.
A pesar de los castigos, asombra la frecuencia con que los testigos se
mantenían en sus trece e —ignorando los estímulos que se les ofrecían para
confesar que estaban mintiendo o soñando o confusos— insistían en que real
y verdaderamente habían tenido aquella visión.
En una época en la que prácticamente todo el mundo era analfabeto,
antes de los periódicos, la radio y la televisión, ¿cómo es posible que los
detalles religiosos e iconográficos de estas apariciones fueran tan similares?
William Christian cree que la respuesta se halla en la dramaturgia religiosa
(especialmente en las representaciones de Navidad), en los predicadores
itinerantes y peregrinos, en los sermones de las iglesias. Las leyendas sobre
los santuarios se extienden con rapidez. A veces llega gente que vive a cien
kilómetros de distancia o más con el fin, por ejemplo, de curar a su hijo
enfermo con un guijarro pisado por la Madre de Dios. Las leyendas influían
en las apariciones y viceversa. En una época acosada por la sequía, las
epidemias y la guerra, sin servicios sociales o médicos disponibles para la
mayoría, que desconocía la ilustración pública y el método científico, el
pensamiento escéptico era raro.
¿Por qué las admoniciones son tan prosaicas? ¿Por qué es necesaria
la aparición de un personaje tan ilustre como la Madre de Dios para que en un
pequeño lugar poblado por unos miles de almas se reconstruya un santuario o
el populacho se abstenga de maldecir ? ¿Por qué no entregan mensajes
importantes y profeticos cuya significación se pueda reconocer en años
posteriores como algo que sólo podía haber emanado de Dios o los santos?
¿No habría potenciado esto en gran manera la causa católica en su lucha a
muerte contra el protestantismo y la Ilustración? Pero no se sabe de
apariciones que adviertan a la Iglesia, por ejemplo, contra la ilusión de un
universo centrado en la Tierra, o que censuren la complicidad con la
Alemania nazi, dos temas de gran importancia moral además de histórica en
los que, meritoriamente, el papa Juan Pablo II ha reconocido el error de la
Iglesia.
Ni un solo santo criticó la práctica de la tortura y quema de «brujas» y
herejes. ¿Por qué? ¿No eran conscientes de lo que ocurría? ¿No eran capaces
de captar su maldad? ¿Y por qué María siempre da órdenes al pobre
campesino de informar a las autoridades? ¿Por qué no las amonesta ella
misma? O al rey. O al papa. En los siglos XIX y XX, es cierto, algunas
apariciones han adquirido gran importancia: en Fátima, Portugal, la Virgen
mostró su cólera en 1917 por la sustitución del gobierno de la Iglesia por un
gobierno secular, y en Garabandal, España, en 1961-1965, amenazó con el fin
del mundo si no se respetaban a partir de entonces doctrinas políticas y
religiosas conservadoras.
Creo ver muchos paralelos entre las apariciones marianas y las
abducciones por extraterrestres; aunque, en el primer caso, los testimonios no
son llevados al cielo a gran velocidad ni sufren intromisiones en sus órganos
reproductores. Las criaturas que se declaran ver son diminutas, casi siempre
de apenas un metro. Vienen del cielo. El contenido de la comunicación, a
pesar del supuesto origen celestial, es mundano. Parece haber una clara
relación con el hecho de dormir y soñar. A las testigos, normalmente
mujeres, les da apuro hablar, especialmente después de enfrentarse a la
ridiculización por parte de los varones en posiciones de autoridad. A pesar de
todo, persisten: insisten en haber visto realmente lo que dicen. Hay distintas
maneras de transmitir las historias; se comentan con afán y eso permite hacer
coincidir los detalles entre testigos que no se han visto nunca. Otras personas
que estaban presentes en el momento y lugar de la aparición no ven nada
inusual. Las «señales» o supuestas pruebas, sin excepción, no son algo que
los humanos no puedan adquirir o fabricar por su cuenta. Ciertamente, María
parece contraria a la necesidad de pruebas y, ocasionalmente, está dispuesta a
curar sólo a los que habían creído el relato de su aparición antes de
proporcionar «señales». Y mientras no hay terapeutas, se extiende por la
sociedad una influyente red de curas parroquiales y jerarcas que tienen un
interés personal en la realidad de las visiones.
En nuestra época todavía hay apariciones de María y algunos ángeles,
pero también —como lo resume G. Scott Sparrow, un psicoterapeuta e
hipnotizador— de Jesús. En I Am with You Al-ways: True Stories of
Encounters with Jesús (Bantam, 1995) se presentan relatos de primera mano,
algunos conmovedores, otros banales, de encuentros así. Curiosamente, la
mayoría son sueños directos, reconocidos como tales, y se dice que las
llamadas visiones difieren de los sueños «sólo en que las experimentamos
cuando estamos despiertos». Pero, para Sparrow, el hecho de valorar algo
como «sólo un sueño» no compromete su realidad externa. Según él,
cualquier ser en el que se sueña y cualquier incidente existen realmente en el
mundo exterior a uno mismo. Niega específicamente que los sueños sean
«puramente subjetivos». Las pruebas no tienen nada que ver. Si uno sueña
algo, si le sienta bien, si le produjo asombro, es que ocurrió realmente.
Sparrow no es en absoluto escéptico. Cuando Jesús le dice a una mujer con
problemas por un matrimonio «intolerable» que eche de casa al pobre diablo,
Sparrow admite que eso plantea problemas a los «defensores de una posición
coherente con las Escrituras». En este caso «quizá se podría decir que
prácticamente toda presunta guía se genera en el propio interior». ¿Y si
alguien contase un sueño en el que Jesús aconsejaba, por ejemplo, el aborto o
la venganza? Y si, ciertamente, es necesario hacer distinciones entre sueños y
concluir, pues, que algunos sueños son un invento del soñador, ¿por qué no
todos?
---ooo--¿Por qué la gente inventa historias de abducciones? ¿Por qué se
presenta en programas de televisión con participación de público que se
dedican a humillar sexualmente al «invitado»: la pasión de moda en el erial
americano de la pequeña pantalla? Descubrir que uno es abducido por
extraterrestres sirve al menos para romper la rutina cotidiana. Se consigue la
atención de los demás, de los terapeutas e incluso de los medios de
comunicación. Produce una sensación de descubrimiento, alegría, respeto.
¿Qué más podrá recordar uno a continuación? Empieza a creer que puede ser
el precursor o incluso el instrumento de acontecimientos trascendentales que
se precipitan hacia nosotros. Y no quiere decepcionar al terapeuta. Busca su
aprobación. Creo que convertirse en abducido puede reportar buenas
recompensas psíquicas.
Con ánimo comparativo, podríamos pensar en casos de productos en mal
estado que no generan el sentimiento de asombro que rodea a los ovnis y las
abducciones por extraterrestres: alguien declara haber encontrado una jeringa
hipodérmica en una lata de refresco. Como es comprensible, el asunto es
preocupante. Se informa de ello en los periódicos y especialmente en las
noticias de televisión. Pronto se produce un torrente, una epidemia virtual de
informes similares en todo el país. Pero es muy difícil imaginar que pueda
meterse una jeringa hipodérmica en una lata en la fábrica y en ninguno de los
casos hay testigos presentes cuando se abre una lata intacta y se descubre
dentro la jeringa.
Lentamente va tomando consistencia la hipótesis de que se trata de
imitadores. La gente simula encontrar jeringas en latas de refrescos. ¿Por
qué? ¿Qué posibles motivos había? Algunos psiquiatras dicen que los
principales motivos son la avaricia (denunciar al fabricante por daños), afán
de atención y la necesidad de ser retratado como víctima. No hay terapeutas
que insinúen que en realidad hay agujas en las latas y apremien a sus
pacientes —sutil o directamente— a informar públicamente de la noticia.
Además se imponen penas severas por desprestigiar un producto, e incluso
por alegar falsamente que un producto ha sido manipulado. En cambio, hay
terapeutas que animan a los abducidos a contar sus historias a audiencias
masivas, y no hay multas por declarar falsamente haber sido abducido por un
ovni. Sea cual sea la razón para emprender este camino, sin duda debe de ser
mucho más satisfactorio convencer a los demás de que uno ha sido elegido
por seres superiores para sus propósitos enigmáticos que de haber encontrado
por mera casualidad una jeringa hipodérmica en un refresco.
CAPITULO 9
TERAPIA
Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno
empieza a deformar los hechos para que se adapten a las teorías, en lugar de
adaptar las teorías a los hechos.
Sherlok Holmes
en Escándalo en Bohemia,
de ARTHUR CONAN DOYLE
(1891)
Los recuerdos verdaderos parecían
fantasmas, mientras los falsos eran
tan convincentes que sustituían a la
realidad.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ,
Extraños peregrinos (1992)
John Mack es un psiquiatra de la Universidad de Harvard al que
conozco hace muchos años.
¿Hay algo en este asunto de los ovnis?, me preguntó hace tiempo.
No mucho, contesté yo. Excepto en el aspecto psiquiátrico desde
luego.
Él lo estudió, entrevistó a abducidos y se convirtió. Ahora acepta los
relatos de abducidos a pies juntillas. ¿Por qué?
«No buscaba eso», dice él. «Nada en mis antecedentes me preparaba»
para la historia de la abducción por extraterrestres. «El poder emocional de
estas experiencias las hace totalmente convincentes.» En su libro
Abducciones, Mack propone explícitamente la peligrosa doctrina de que «el
poder o intensidad con que se siente algo» es una guía para saber si es
verdad.
Yo puedo dar testimonio personalmente del poder emocional. Pero
¿las emociones fuertes no son acaso un componente habitual de nuestros
sueños? ¿No nos despertamos a veces helados de terror? ¿No conoce Mack,
autor por su parte de un libro sobre pesadillas, el poder emocional de las
alucinaciones? Algunos pacientes de Mack dicen que han alucinado desde la
infancia. ¿Los hipnotizadores y psicoterapeutas que trabajan con «abducidos»
han intentado sumergirse a conciencia en el conjunto de conocimientos sobre
alucinaciones y disfunciones perpetuas? ¿Por qué creen a esos testigos y no a
los que, con una convicción comparable, declaran encuentros con dioses,
demonios, santos, ángeles y hadas? ¿Y los que escuchan exigencias
irresistibles de una voz interior? ¿Son verdad todas las historias que se
sienten profundamente?
Una científica que conozco dice: «Si los extraterrestres se quedaran a
todos los que abducen, nuestro mundo sería un poco más cuerdo.» Pero es un
juicio demasiado severo. No parece ser un problema de cordura. Es algo más.
El psicólogo canadiense Nicholas Spanos y sus colegas llegaron a la
conclusión de que no había patologías obvias en los que declaraban ser
abducidos por ovnis. Sin embargo,
es más probable que las experiencias intensas de ovnis ocurran en individuos
que se inclinan hacia creencias esotéricas en general y creencias
extraterrestres en particular y que interpretan las experiencias sensoriales e
imaginarias inusuales en términos de hipótesis sobre extraterrestres. Entre los
que creen en ovnis, los que tenían una mayor propensión a la producción de
fantasía eran particularmente proclives a generar estas experiencias. Además,
lo más probable es que estas experiencias se generasen e interpretasen como
acontecimientos reales más que imaginados cuando se asociaban a entornos
sensoriales limitados... (por ejemplo, experiencias que tuvieron lugar por la
noche y en asociación con el sueño).
Lo que una mente crítica podría reconocer como alucinación o sueño, una
más crédula lo interpreta como una visión de una realidad externa elusiva
pero profunda.
---ooo--Es concebible que algunos relatos de abducciones por extraterrestres
puedan disfrazar recuerdos de violación y abuso sexual en la infancia con el
padre, padrastro, tío o novio de la madre representado como un extraterrestre.
Seguramente es más reconfortante creer que fue un extraterrestre quien abusó
de uno que pensar que fue alguien en quien uno confía y a quien ama. Los
terapeutas que creen a pies juntillas las historias de abducciones por
extraterrestres niegan este extremo, alegando que serían capaces de reconocer
si sus pacientes fueron víctimas de abusos sexuales o no. Algunas encuestas
de opinión estiman que una de cada cuatro mujeres estadounidenses y uno de
cada seis hombres han sido víctimas de abusos sexuales en la infancia
(aunque probablemente las estimaciones sean demasiado altas). Sería
asombroso que un número significativo de los pacientes que se presentan a
los terapeutas de abducción por extraterrestres no hubieran sido víctimas de
abuso, quizá incluso en proporción mayor que la población general.
Tanto los terapeutas de abuso sexual como los dedicados a la
abducción por extraterrestres emplean meses, a veces años, en animar a sus
pacientes a recordar los abusos cometidos contra ellos. Sus métodos son
similares y sus objetivos en cierto sentido los mismos: recuperar recuerdos
dolorosos, a menudo de hace tiempo. En ambos casos, el terapeuta cree que
el paciente está traumatizado por un acontecimiento tan terrible que lo
reprime. Me parece asombroso que los terapeutas de abducciones por
extraterrestres encuentren tan pocos casos de abuso sexual, y viceversa.
Por razones comprensibles, los que se han visto sometidos a abusos
sexuales o incesto en la infancia son muy sensibles a cualquier cosa que
parezca minimizar o negar su experiencia. Están enfadados, y tienen derecho
a estarlo. En Estados Unidos, al menos una de cada diez mujeres ha sido
violada, casi dos tercios de ellas antes de los dieciocho años. Un informe
reciente expone que una sexta parte de todas las víctimas de violación
declaradas a la policía están por debajo de los doce años. (Y éste es el tipo de
violación que se suele declarar menos.) Una quinta parte de esas niñas fueron
violadas por sus padres. Han sido víctimas de una traición. Quiero dejar esto
muy claro: hay muchos casos reales de depredación sexual macabra de los
padres o de los que actúan en su lugar. En algunos casos ha salido a la luz
una prueba física irresistible: fotos, por ejemplo, o diarios, o gonorrea o
infecciones en el niño. Se ha sugerido que el abuso infantil es una probable
causa importante de problemas sociales. Según una encuesta, el ochenta y
cinco por ciento de todos los internos violentos de la cárcel fueron víctimas
de abusos en la infancia. Dos tercios de las madres adolescentes fueron
violadas o víctimas de abusos sexuales de niñas o adolescentes. Las víctimas
de violaciones tienen diez veces más probabilidades que las demás mujeres
de usar en exceso el alcohol y otras drogas. El problema es real y urgente. Sin
embargo, la mayoría de estos casos trágicos e incontestables de abuso sexual
infantil se han tenido en la memoria continuamente hasta la edad adulta. No
es un recuerdo oculto que deba restablecerse.
Aunque hoy en día hay mayor información que en el pasado, parece
haber un aumento significativo anual de casos de abuso infantil. Los
hospitales y autoridades declaran un aumento de diez veces en Estados
Unidos (hasta 1,7 millones de casos) entre 1967 y 1985. El alcohol y otras
drogas, además de las tensiones económicas, se señalan como la «razón» por
la que los adultos tienen más tendencia a abusar de los niños hoy que en el
pasado. Quizá el aumento de la publicidad de casos contemporáneos de abuso
de niños alienta a personas adultas a recordar el abuso que sufrieron en una
ocasión y a pensar en él.
Hace un siglo, Sigmund Freud introdujo el concepto de represión, la
supresión de acontecimientos a fin de evitar el dolor físico, un mecanismo
esencial para la salud mental. Parecía darse especialmente en pacientes
diagnosticados con «histeria», entre cuyos síntomas se encontraban
alucinaciones y parálisis. Al principio Freud creyó que detrás de cada caso de
histeria había un caso reprimido de abuso sexual infantil. Con el tiempo
alteró la explicación para decir que la histeria era causada por fantasías —no
todas desagradables— de haber sido sometido a abusos sexuales en la
infancia. El peso de la culpabilidad pasó de padre a hijo. Hoy en día causa
furor un debate parecido. (Todavía se discute la razón por la que Freud
cambió de idea: las explicaciones van desde la cólera que provocó en sus
colegas varones de Viena hasta el reconocimiento por su parte de que se
tomaba en serio las historias de los histéricos.)
Los ejemplos de la emergencia repentina del «recuerdo» a la
superficie, especialmente en la consulta de un psicoterapeuta o hipnotizador,
y de la calidad fantasmagórica o de sueño de los primeros «recuerdos» son
altamente cuestionables. Hay muchas denuncias de abuso sexual que resultan
ser inventadas. El psicólogo de la Universidad de Emory, Ülric Neisser, dice:
Existe el abuso de los niños y lo que se llama recuerdos reprimidos.
Pero también existen los falsos recuerdos y fabulaciones, y no son nada raros.
Los recuerdos erróneos son la norma, no la excepción. Ocurren todo el
tiempo. Ocurren incluso cuando el sujeto está absolutamente seguro, incluso
cuando un recuerdo es una bombilla de flash aparentemente inolvidable, una
de esas fotografías mentales metafóricas. Ocurre de forma todavía más
probable en casos en que la sugestión es una posibilidad viva, donde los
recuerdos pueden ser modelados y remodelados para satisfacer las fuertes
demandas interpersonales de una sesión de terapia. Y una vez el recuerdo ha
sido reconfigurado de este modo es muy difícil, mucho, cambiarlo.
Esos principios generales no nos pueden ayudar a decidir con certeza
dónde radica la verdad en cada caso individual. Pero, en general, está bastante
claro dónde deberíamos colocar nuestras apuestas ante un gran número de
declaraciones así. El recuerdo erróneo y la reconstitución retrospectiva del
pasado son parte de la naturaleza humana; se hallan en la misma esfera y
ocurren constantemente.
Los supervivientes de los campos de la muerte nazis proporcionan la
demostración más clara que puede imaginarse de que hasta el abuso más
monstruoso se puede llevar continuamente en la memoria humana.
Ciertamente, el problema para muchos supervivientes del Holocausto ha sido
conseguir una distancia emocional entre ellos y los campos de la muerte,
olvidar. Pero si en algún mundo alternativo de maldad inexpresable se vieran
obligados a vivir en la Alemania nazi —por ejemplo una próspera nación
posthitleriana con su ideología intacta, excepto en el antisemitismo—
imaginemos cuál sería entonces la carga psicológica de los supervivientes del
Holocausto. Quizá entonces serían capaces de olvidar porque el recuerdo les
haría la vida insoportable. Si existe algo así como la represión y recuperación
posterior de recuerdos desagradables, quizá requiera dos condiciones: 1) que
el abuso haya ocurrido realmente, y 2) que se exija a la víctima simular
durante largos períodos de tiempo que nunca ocurrió.
El psicólogo social de la Universidad de California Richard Ofshe
explica:
Cuando se pide a los pacientes que cuenten cómo recuperaron los recuerdos,
declaran que han reunido fragmentos de imágenes, ideas, sentimientos y
sensaciones para dar coherencia a la historia. Como lo que se llama trabajo de
la memoria dura algunos meses, los sentimientos se convierten en imágenes
vagas, las imágenes se convierten en figuras y las figuras en personas
conocidas. Una vaga incomodidad en ciertas partes del cuerpo se reinterpreta
como una violación en la infancia... Las sensaciones físicas originales,
aumentadas a veces por la hipnosis, se etiquetan entonces como «recuerdos
del cuerpo». No hay mecanismo concebible por el que los músculos del
cuerpo puedan almacenar recuerdos. Si esos métodos no consiguen persuadir,
el terapeuta puede recurrir a prácticas aún más duras. Algunos pacientes se
inscriben en grupos de supervivencia en los que deben soportar la presión de
los compañeros y se les pide que demuestren una solidaridad políticamente
correcta colocándose a sí mismos como miembros de una subcultura
superviviente.
Una cauta declaración de 1993 de la Asociación Psiquiátrica
Americana acepta la posibilidad de que algunos de nosotros olvidemos el
abuso infantil como medio de seguir adelante, pero advierte:
No se sabe cómo distinguir, con total precisión, los recuerdos que se basan en
acontecimientos verdaderos de los que derivan de otras fuentes... La
interrogación repetida puede llevar a los individuos a declarar «recuerdos» de
acontecimientos que nunca ocurrieron. No se sabe qué proporción de adultos
que declaran recordar un abuso sexual fueron realmente víctimas de él... Si el
psiquiatra tiene una creencia previa fuerte de que el abuso sexual, u otros
factores, son o no la causa de los problemas del paciente es muy probable que
interfiera en la valoración y tratamiento apropiado.
Por un lado, ignorar insensiblemente acusaciones horripilantes de
abuso sexual puede ser una injusticia despiadada. Por otro lado, manipular
los recuerdos de la gente, infundir falsas historias de abuso infantil, destrozar
familias intachables e incluso enviar a la cárcel a unos padres inocentes, es
una injusticia despiadada. El escepticismo es esencial en ambos casos. Puede
ser muy complicado elegir el camino entre esos dos extremos.
Las primeras ediciones del influyente libro de Ellen Bass y Laura
Davis (The Courage to Heal: A Guidefor Women Survivors of Child Sexual
Abuse, Perennial Library, 1988) advierten de manera iluminadora a los
terapeutas:
Creer al superviviente. Debe creerse que la paciente fue víctima de abuso
sexual aunque lo dude ella misma... Ella necesita que usted crea con firmeza
que fue víctima de abuso. Participar en la duda de un paciente sería como
transmitir al paciente suicida que el suicidio es la mejor solución. Si un
paciente no sabe seguro si sufrió un abuso pero cree que podría haber sido así,
trabaje como si fuera así. Hasta ahora, entre los cientos de mujeres con
quienes hemos hablado y los cientos más que hemos oído, ninguna de las que
ha sospechado que podía haber sido víctima de abuso decidió que no era así
después de investigar.
Pero Kenneth V. Lanning, agente especial supervisor de la Unidad de
Instrucción e Investigación Científica de Comportamiento de la Academia del
FBI en Quantico, Virginia, un destacado experto en la victimización sexual
de los niños, se pregunta:
«¿Estamos compensando ahora los siglos de negación aceptando ciegamente
toda declaración de abuso infantil, por muy absurda e improbable que sea?»
«Si es así, me da igual —responde un terapeuta de California entrevistado
por The Washington Post—. Lo que ocurrió realmente me parece
irrelevante... Todos vivimos en el engaño.»
Creo que la existencia de cualquier acusación falsa de abuso sexual
infantil —especialmente las creadas bajo la tutela de una figura de
autoridad— es relevante en lo referente al tema de la abducción por
extraterrestres. Si hay personas que con gran pasión y convicción pueden ser
llevadas a recordar que han sido víctima de abuso por parte de sus padres sin
ser verdad, ¿no podrían otros, con una pasión y convicción comparables, ser
llevados a recordar que han sido víctima de abusos de extraterrestres sin ser
verdad?
Cuanto más examino las declaraciones de abducción por
extraterrestres, más similares me parecen a los informes de «recuerdos
recuperados» de abuso sexual en la infancia. Y hay una tercera clase de
declaraciones que también están relacionadas: los «recuerdos» reprimidos de
cultos rituales satánicos, en los que la tortura sexual, la coprofilia, el
infanticidio y el canibalismo parecen ser la norma. En una encuesta de dos
mil setecientos miembros de la Asociación Americana de Psicólogos, el doce
por ciento contestó que habían tratado casos de abuso ritual satánico
(mientras el treinta por ciento declaró casos de abusos realizados en nombre
de la religión). En Estados Unidos se han declarado unos diez mil casos
anuales en los últimos años. Un número significativo de los que plantean el
riesgo del satanismo creciente en América, incluyendo las fuerzas del orden
que organizan seminarios sobre el tema, resultan ser fundamentalistas
cristianos; sus sectas necesitan explícitamente la intromisión de un mal literal
en la vida humana cotidiana. La relación queda trazada limpiamente en el
dicho: «Ni Satanás, ni Dios.»
Parece haber un claro problema de credibilidad policial en este tema.
A continuación, citaré unos extractos del análisis del experto del FBI Lanning
sobre «delitos satánicos, ocultos y rituales», basado en su amarga
experiencia, y publicado en el número de octubre de 1989 de la revista
profesional The Pólice Chief:
Prácticamente toda discusión sobre satanismo y brujería se interpreta a la luz
de las creencias religiosas de los que se hallan entre el público. La fe, no la
lógica ni la razón, gobierna las creencias religiosas de la mayoría de la gente.
Como resultado, los agentes de la ley con un escepticismo normal aceptan la
información diseminada en esas conferencias sin evaluar críticamente o
cuestionar las fuentes... Para algunos, el satanismo es cualquier sistema de
creencia religioso distinto del suyo propio.
Lanning ofrece a continuación una larga lista de sistemas de creencia que ha
oído describir personalmente como satanismo en esas conferencias. Incluye
el catolicismo romano, la Iglesia ortodoxa, el islam, el budismo, el
hinduismo, el mormonismo, la música rock and roll, la canalización, la
astrología y las creencias de la «Nueva Era» en general. ¿No es una clara
indicación de cómo empiezan las cazas de brujas y los pogroms?
«Dentro del sistema de creencia religioso personal de un agente del
orden», sigue,
el cristianismo puede ser bueno y el satanismo malo. Según la Constitución,
sin embargo, ambos son neutrales. Este concepto es importante, aunque difícil
de aceptar para muchos agentes de la ley. Se les paga para defender el Código
penal, no los diez mandamientos... El hecho es que se han cometido muchos
más delitos y abusos de niños por fanáticos en nombre de Dios, Jesús y
Mahoma que en nombre de Satanás. A muchos no les gusta esta afirmación,
pero pocos pueden discutirla.
Muchos de los que alegan esos abusos satánicos describen grotescos
rituales orgiásticos en los que se matan y comen bebés. A lo largo de toda la
historia europea, ciertos grupos han sido injuriados por sus detractores por
medio de este tipo de declaraciones (entre ellos, los conspiradores catilinos
en Roma, el «libelo de sangre» de Pascua contra los judíos y los caballeros
templarios cuando se les desmantelaba en la Francia del siglo XIV).
Irónicamente, se encontraban informes de infanticidio caníbal y orgías
incestuosas entre los pormenores que utilizaron las autoridades romanas para
perseguir a los primeros cristianos. Al fin y al cabo, se cita al propio Jesús
diciendo (San Juan 6, 53): «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no
bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.» Aunque el verso siguiente
aclara que habla de comer su propia carne y beber su propia sangre, críticos
poco favorables podían haber interpretado que el griego «hijo del hombre»
quería decir «niño» o «infante». Tertuliano y otros padres de la primera
Iglesia se defendían como podían de estas acusaciones grotescas.
Hoy en día, la falta de correspondencia entre el número de bebés y
niños pequeños perdidos en los archivos policiales se explica con el pretexto
de que en todo el mundo se crían niños con este propósito... lo que recuerda
sin duda la declaración de los abducidos en el sentido de que los
experimentos extraterrestre-humano están muy extendidos. Se dice también,
como en el paradigma de la abducción por extraterrestres, que el abuso del
culto satánico pasa de generación en generación en algunas familias. Que yo
sepa, como en el primer caso, tampoco aquí se ha ofrecido nunca una prueba
física en un tribunal de justicia que sustente estas declaraciones. Sin embargo,
su poder emocional es evidente. La mera posibilidad de que ocurran cosas así
incita a los mamíferos, es decir, a nosotros, a actuar. Cuando damos
credibilidad al ritual satánico, también elevamos la condición social de los
que nos advierten del supuesto peligro.
Consideremos estos cinco casos: 1) Myra Obasi, una maestra de
escuela de Luisiana, estaba poseída por demonios, según creían ella y sus
hermanas tras consultarlo con un curandero vudú. Las pesadillas de su
sobrino eran parte de la prueba. Partieron pues hacia Dallas, abandonaron a
sus cinco hijos y luego las hermanas le sacaron los ojos a la señora Obasi. En
el juicio, ella defendió a sus hermanas. Ellas dijeron que habían intentado
ayudarla. Pero la religión vudú no adora al diablo; es un cruce entre el
catolicismo y la religión original haitiana. 2) Unos padres matan a su hija a
palos porque no quiere abrazar su rama del cristianismo. 3) Un pederasta
justifica sus actos leyendo la Biblia a sus víctimas. 4) A un chico de catorce
años le arrancan el globo del ojo en una ceremonia de exorcismo. Su atacante
no es un satanista, sino un ministro fundamentalista protestante con
compromisos religiosos. 5) Una mujer piensa que su hijo de doce años de
edad está poseído por el diablo. Después de una relación incestuosa con él, le
decapita. Pero no hay contenido ritual satánico en la «posesión».
El segundo y tercer caso vienen de los archivos del FBI. Los dos
últimos son de un estudio que realizaron la doctora Gail Goodman, psicóloga
de la Universidad de Davis, California, y sus colegas, para el Centro Nacional
de Abuso y Abandono Infantil. Examinaron unas doce mil denuncias de
abuso sexual que implicaban cultos rituales satánicos y no pudieron encontrar
ni uno solo que resistiera el escrutinio. Los terapeutas hablaban de abuso
satánico basándose sólo, por ejemplo, en la «revelación del paciente mediante
la hipnoterapia» o el «temor a los símbolos satánicos» de los niños. En
algunos casos se hizo el diagnóstico en base a la conducta común a muchos
niños. «Sólo en algunos casos se mencionaba una prueba física, normalmente
"cicatrices".» Pero en la mayoría de los casos, las «cicatrices» no existían o
eran muy leves. «Incluso cuando había cicatrices, no se determinaba si las
habían causado las propias víctimas.» Eso también es muy similar a los casos
de abducción por extraterrestres descritos más abajo. George K. Ganaway,
profesor de psiquiatría de la Universidad de Emory, propone que «la causa
probable más común de recuerdos relacionados con cultos puede resultar
perfectamente un engaño mutuo entre el paciente y el terapeuta».
Uno de los casos más molestos de «recuerdo recuperado» de abuso
ritual satánico fue relatado por Lawrence Wright en un interesante libro
Remembering Satán (Knopf, 1994). Se trata de Paúl Ingram, un hombre al
que el hecho de ser demasiado crédulo, demasiado sugestionable, demasiado
inexperto en escepticismo le pudo haber arruinado la vida. En 1988, Ingram
era presidente del partido republicano en Olympia, Washington, el principal
delegado civil en el departamento local de policía, bien considerado, muy
religioso y encargado de advertir a los niños en reuniones escolares sobre el
peligro de las drogas. De pronto llegó el momento de pesadilla en que una de
sus hijas —después de una sesión de gran emotividad en un retiro religioso
fundamentalista— hizo la primera de una serie de acusaciones, cada una de
ellas más espantosa que la anterior, en el sentido de que Ingram había
abusado sexualmente de ella, la había dejado embarazada, torturado, ofrecido
a otros agentes de la policía, la había introducido en ritos satánicos, había
desmembrado y comido bebés... Eso había ocurrido desde su infancia, decía
ella, casi hasta el día en que empezó a «recordarlo» todo.
Ingram no era capaz de entender qué razón podía tener su hija para
decir una mentira así... aunque por su parte no tenía ningún recuerdo de todo
aquello. Pero tanto los investigadores policiales como un psicoterapeuta
consultor y su ministro de la Iglesia del Agua Viviente le contaron que los
infractores sexuales siempre reprimían los recuerdos de sus delitos. Ingram,
con una sensación extraña pero al mismo tiempo ansioso por colaborar,
intentó recordar. Después de que un psicólogo le aplicara una técnica de
hipnosis con los ojos cerrados para inducir el trance, Ingram empezó a
visualizar algo similar a lo que describía la policía. Lo que le venía a la
cabeza no eran recuerdos reales, sino algo así como pedazos de imágenes en
la niebla. Cada vez que producía una imagen —cuantas más veía, más odioso
era el contenido— le animaban y fortalecían. Su pastor le aseguró que Dios
se encargaría de permitir que sólo surgieran los recuerdos genuinos en sus
sueños.
«Bueno, era casi como si lo inventara —dijo Ingram—, pero no es así.»
Sugirió que quizá el responsable fuera un demonio. Bajo el mismo tipo de
influencias, al circular rumores en la iglesia de los horrores que Ingram
estaba confesando, sus otros hijos y su esposa también empezaron a
«recordar». Se acusó a ciudadanos prominentes de participar en ritos
orgiásticos. Las fuerzas del orden de toda América empezaron a prestar
atención. Eso era sólo la punta del iceberg, decían algunos.
Cuando el ministerio fiscal convocó a Richard Ofshe de Berkeley, éste
realizó un experimento de control. Fue un soplo de aire fresco. Con la simple
sugerencia a Ingram de que había obligado a su hijo e hija a cometer incesto,
y pidiéndole que usara la técnica de «recuperación de memoria» que había
aprendido, obtuvo inmediatamente un «recuerdo» así. No hizo falta ninguna
presión ni intimidación: bastó con la sugerencia y la técnica. Pero los
supuestos participantes, que habían «recordado» tantas cosas, negaron que
eso hubiera ocurrido jamás. Enfrentado a esta evidencia, Ingram negó con
vehemencia que inventara nada o que estuviera influido por otros. Su
recuerdo de este incidente era tan claro y «real» como todos los demás.
Una de sus hijas describió las terribles marcas que tenía en el cuerpo
por las torturas y abortos a que la habían obligado. Pero, cuando por fin se le
hizo una revisión médica, no se encontraron las cicatrices correspondientes.
El ministerio fiscal no juzgó a Ingram por las acusaciones de abuso satánico.
Ingram contrató a un abogado que nunca había trabajado en un caso penal.
Siguiendo el consejo del pastor, ni siquiera leyó el informe de Ofshe: le
dijeron que sólo serviría para confundirle. Se declaró culpable de seis cargos
de violación y finalmente fue enviado a la cárcel. Mientras esperaba la
sentencia, encerrado, alejado de sus hijos, sus colegas de la policía y su
pastor, reconsideró el caso. Pidió retirar su declaración de culpabilidad. Sus
recuerdos habían sido coaccionados. No había distinguido los recuerdos
reales de una especie de fantasía. Le denegaron la alegación. Ahora está
cumpliendo una sentencia de veinte años. Si estuviéramos en el siglo XVI en
lugar del XX, quizá toda la familia hubiera muerto en la hoguera... junto con
una buena parte de los ciudadanos principales de Olympia, Washington.
La existencia de un informe altamente escéptico del FBI sobre el
tema general del abuso satánico (Kenneth V. Lanning, «Investigator's Guide
to Allegations of "Ritual" Child Abuse», enero de 1992) es ampliamente
ignorada por los entusiastas. Igualmente, un estudio de 1994 del
Departamento Británico de Salud sobre denuncias de abusos satánicos
concluyó que, de ochenta y cuatro ejemplos alegados, ni uno solo soportaba
el escrutinio. ¿Cuál es pues la causa de todo este furor? El estudio explica:
La campaña cristiana evangélica contra los nuevos movimientos religiosos ha
ejercido una poderosa influencia alentando la identificación de abusos
satánicos. Igualmente importantes, si no más, para la extensión de la idea del
abuso satánico en Gran Bretaña son los «especialistas» americanos y
británicos. Pueden tener poca o incluso ninguna cualificación como
profesionales, pero atribuyen su pericia a su «experiencia en casos».
Los que están convencidos de que los cultos del diablo representan un
serio peligro para nuestra sociedad tienden a ser impacientes con los
escépticos. Consideremos este análisis del doctor Corydon Hammond,
antiguo presidente de la Sociedad Americana de Hipnosis Clínica:
Les diré que esa gente [los escépticos] son, primero, ingenuos y con limitada
experiencia clínica; segundo, tienen el tipo de ingenuidad que la gente tiene
sobre el Holocausto, o son tan intelectuales y escépticos que lo dudan todo; o,
tercero, ellos mismos son gente de culto. Y puedo asegurar que hay personas
que se encuentran en esta posición... Hay personas que son médicos,
profesionales de la salud mental, que están implicados en los cultos, que están
formando cultos transgeneracionales... Pienso que la investigación es
realmente clara: tenemos tres estudios, en uno se encontró que el veinticinco
por ciento y en otro el veinte por ciento de pacientes múltiples no internados
[con trastornos múltiples de personalidad] parecen ser víctimas de abuso de
culto, y en el tercero, realizado en una unidad especializada de pacientes
internos, ascendía al cincuenta por ciento.
En algunas de sus declaraciones parece creer que la CIA ha realizado
experimentos de control mental de carácter nazi y satánicos sobre decenas de
miles de confiados ciudadanos americanos. El motivo global, piensa
Hammond, es «crear una orden satánica que gobernará el mundo».
Hay especialistas en las tres clases de «recuerdos recuperados»: de
abducción por extraterrestres, de culto satánico y para recuperar recuerdos
reprimidos de abuso sexual en la infancia. Como es común en la práctica de
la salud mental, los pacientes seleccionan o son enviados a un terapeuta cuya
especialidad parece relacionada con la dolencia. En las tres clases, el
terapeuta ayuda a desempolvar imágenes de acontecimientos que, según se
cree, ocurrieron tiempo atrás (en algunos casos, unas décadas); en las tres, los
terapeutas se ven profundamente conmovidos por la inequívoca y genuina
agonía de sus pacientes; en las tres, sabemos que al menos algunos terapeutas
hacen preguntas importantes que el paciente sugestionable recibe
prácticamente como una orden de una figura de autoridad que le insta a
recordar (he estado a punto de escribir «confesar»); en las tres, hay redes de
terapeutas que intercambian historias de clientes y métodos terapéuticos; en
las tres, los profesionales sienten la necesidad de defender su práctica ante
colegas más escépticos; en las tres, se despacha la hipótesis yatrogénica; en
las tres, la mayoría de los que informan sobre abusos son mujeres. Y en
ninguna de las tres clases —con las excepciones mencionadas— hay prueba
física alguna. Así pues, es difícil no preguntarse si las abducciones por
extraterrestres podrían formar parte de un cuadro mayor.
¿Cuál podría ser este cuadro mayor? Planteé esta pregunta al doctor
Fred H. Frankel, profesor de psiquiatría de la Escuela de Medicina de
Harward, jefe de psiquiatría del hospital Beth Israel de Bostón y destacado
experto en hipnosis. Su respuesta fue:
Si las abducciones extraterrestres son parte de un cuadro mayor, ¿cuál es en
realidad este cuadro? Me da miedo precipitarme y entrar en un terreno donde
los ángeles no se aventuran; sin embargo, todos los factores que usted perfila
alimentan lo que en el fin de siglo se describió como «histeria». Por desgracia,
el término se llegó a usar con tal amplitud que nuestros contemporáneos, con
sus conocimientos titubeantes... no sólo lo perdieron, sino que también
perdieron de vista el fenómeno que representaba: altos niveles de
sugestibilidad, capacidad imaginativa, sensibilidad a claves y expectativas
contextuales y el elemento del contagio... Hay un gran número de
profesionales clínicos que no parecen apreciar bastante todo esto.
Frankel apunta que, del mismo modo que hacen retroceder a la gente
para que recupere recuerdos supuestamente olvidados de «vidas anteriores»,
los terapeutas también pueden hacer que avancen bajo hipnosis para
«recordar» su futuro. Así se obtiene la misma intensidad emocional que en la
regresión o la hipnosis de abducidos de Mack. «Esas personas no tienen
intención de engañar al terapeuta. Se engañan ellos mismos —dice Frankel—
. No pueden distinguir sus fabulaciones de sus experiencias.»
Si no conseguimos vivir en paz, si nos abruma el peso de la
culpabilidad por no hacer algo más con nosotros mismos, ¿no recibiríamos
encantados la opinión profesional de un terapeuta con un diploma en la pared
de que no es culpa nuestra, que estamos en un apuro, que los responsables
son los satanistas, los que cometen abusos sexuales o extraterrestres de otro
planeta? ¿Y no nos resistiríamos a los escépticos enterados que nos dijeran
que todo es imaginación nuestra o que nos lo han inculcado los mismos
terapeutas que nos han hecho sentir más felices con nosotros mismos?
¿Qué preparación han recibido estos terapeutas en cuanto al método
científico y el escrutinio escéptico, la estadística o incluso la falibilidad
humana? El psicoanálisis no es una profesión muy autocrítica, pero al menos
muchos de sus practicantes tienen el título de doctores en medicina. La
mayoría de los programas de medicina incluyen una exposición significativa
a los resultados y métodos científicos. Pero muchos de los que tratan casos de
abuso sexual parecen tener un conocimiento sólo relativo de la ciencia. La
probabilidad de que los proveedores de salud mental en América sean
trabajadores sociales y no psiquiatras o psicólogos doctorados es de dos a
una.
La mayoría de estos terapeutas arguyen que su responsabilidad es
ofrecer apoyo a sus pacientes y no cuestionarlos, mostrarse escépticos o
plantear dudas. Aceptan todo lo que se les presenta, por extraño que sea. A
veces, la incitación de los terapeutas no es sutil en absoluto. Aquí tenemos un
informe (del FMS Newsletter de la Fundación del Síndrome de Falsa
Memoria, vol. 4, núm. 4, p. 3, 1995) que no tiene nada de atípico:
Mi antiguo terapeuta ha atestiguado que todavía cree que mi madre es
satanista, [y] que mi padre me molestó... El delirante sistema de creencias y
las técnicas de mi terapeuta a base de sugestión y persuasión me llevaron a
creer que las mentiras eran recuerdos. Cuando yo dudaba de la realidad de mis
recuerdos, él insistía en que eran verdad. No sólo insistía en que eran verdad,
sino que me informaba de que, para recuperarme, además de aceptarlos como
reales debía recordarlos todos
En un caso de 1991 en Allegheny County, Pennsylvania, una
adolescente, alentada por un maestro y un trabajador social, acusó a su padre
de haber abusado sexualmente de ella, lo que desembocó en su detención.
Nicole también declaró que había dado a luz tres niños y su familia los había
matado, que había sido violada en un restaurante lleno de gente y que su
abuela volaba montada en una escoba. Nicole se retractó de sus acusaciones
al año siguiente y se retiraron todos los cargos contra su padre. Nicole y sus
padres formularon una denuncia contra el terapeuta y la clínica psiquiátrica a
la que había sido enviada ella después de haber hecho las acusaciones. El
jurado encontró que el doctor y la clínica habían actuado con negligencia y
concedió casi un cuarto de millón de dólares a Nicole y sus padres. Cada vez
hay más casos de este tipo.
¿Podría ser que la competencia para conseguir pacientes, y el interés
financiero obvio de una terapia prolongada, disminuyera la inclinación de los
terapeutas a ofender a sus pacientes manifestando cierto escepticismo ante
sus historias? ¿Hasta qué punto son conscientes del dilema de un paciente
ingenuo que entra en un despacho profesional y oye que su insomnio u
obesidad se deben (en orden aumentativo de rareza) a un abuso paterno, un
ritual satánico o una abducción por extraterrestres totalmente olvidados?
Aunque hay limitaciones éticas y de otro tipo, se necesita algo parecido a un
experimento de control: quizá enviar al mismo paciente a especialistas de los
tres campos. ¿Alguno de ellos dice: «No, su problema no se debe a un abuso
olvidado en la infancia» (o a un ritual satánico olvidado, o a una abducción
por extraterrestres, lo que se tercie)? ¿Cuántos de ellos dicen: «Hay una
explicación mucho más prosaica»? En lugar de ello, Mack llega a decir a uno
de sus pacientes con admiración y para tranquilizarlo que ha emprendido un
«viaje heroico». Un grupo de «abducidos» —cada uno de ellos con una
experiencia distinta pero similar— escribe:
... varios de nosotros habíamos reunido por fin la suficiente valentía para
presentar nuestras experiencias a consejeros profesionales y lo único que
conseguimos es que evitaran nerviosos el tema, fruncieran el entrecejo en
silencio o interpretaran la experiencia como un sueño o alucinación para
«tranquilizarnos» con condescendencia y asegurarnos que esas cosas pasan,
«pero no se preocupe, básicamente su salud mental es buena». ¡Perfecto! No
estamos locos, pero si nos tomamos en serio nuestras experiencias, es muy
probable que acabemos locos.
Con gran alivio, encontraron un terapeuta favorable que no sólo aceptó sus
historias a pies juntillas sino que conocía cientos de historias sobre cuerpos
extraterrestres y el encubrimiento a alto nivel de los ovnis por parte del
gobierno.
Un típico terapeuta de ovnis encuentra pacientes de tres maneras: le escriben
cartas a la dirección que sale al final de sus libros; se los envían otros
terapeutas (principalmente los que también se especializan en abducciones
por extraterrestres); o se presentan a él después de dar una conferencia. Dudo
que llegue algún paciente a su puerta totalmente ignorante de los relatos
populares de abducciones y los métodos y creencias propios del terapeuta.
Antes de intercambiar la primera palabra, saben ya mucho el uno del otro.
Otro destacado terapeuta da a sus pacientes sus propios artículos
sobre abducciones por extraterrestres para ayudarlos a «recordar» sus
experiencias. Se siente satisfecho cuando lo que finalmente recuerdan bajo
hipnosis se parece a lo que él describe en sus estudios. La similitud de los
casos es una de las principales razones para creer que las abducciones
ocurren realmente.
Un importante estudioso de los ovnis comenta que «cuando el
hipnotizador no tiene un conocimiento adecuado del tema [de abducción por
extraterrestres] puede que no se llegue a revelar nunca la verdadera
naturaleza de la abducción». ¿Podemos discernir en esta afirmación cómo
podría ser guiado el paciente sin que el terapeuta fuera consciente de que le
guía?
---ooo--A veces, al «caer» dormidos, tenemos la sensación de tambaleamos
desde una altura y que nuestras extremidades se agitan por su cuenta. Se
llama reflejo de sobresalto. Quizá sea un remanente de cuando nuestros
antepasados dormían en los árboles. ¿Por qué tenemos que imaginar que
«rememoramos» mejor (maravillosa palabra) que cuando estamos en tierra
firme? ¿Por qué suponer que, entre el vasto tesoro de recuerdos almacenados
en nuestras cabezas, no hay nada que nos haya sido inculcado después de
ocurrir... por la manera de expresar una pregunta cuando estamos en un
marco mental sugestionable, por el placer de contar o escuchar una buena
historia, por confusión con algo que leímos u oímos en una ocasión?
CAPÍTULO 10
UN DRAGÓN
EN EL
GARAJE
..la magia, recordarlo es
importante, es un arte que exige la
colaboración entre el artista y su
público.
E. M. BUTLER, El mito del mago
(1948)
«En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca.» Supongamos
(sigo el método de terapia de grupo del psicólogo Richard Franklin) que yo le
hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor le gustaría comprobarlo,
verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias
de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!
—Enséñemelo —me dice usted.
Yo le llevo a mi garaje. Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías
y un triciclo viejo, pero el dragón no está.
—¿Dónde está el dragón? —me pregunta.
—Oh, está aquí —contesto yo moviendo la mano vagamente—. Me
olvidé de decir que es un dragón invisible.
Me propone que cubra de harina el suelo del garaje para que queden
marcadas las huellas del dragón.
—Buena idea —replico—, pero este dragón flota en el aire. Entonces
propone usar un sensor infrarrojo para detectar el fuego invisible.
—Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor. Se puede
pintar con spray el dragón para hacerlo visible.
—Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le
pegaría.
Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que
usted me propone con una explicación especial de por qué no funcionará.
Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible,
incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón
inexistente? Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún
experimento concebible válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón
existe? Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluto a
demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las
aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por
mucho valor que puedan tener para inspiramos o excitar nuestro sentido de
maravilla. Lo que yo le he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia
de pruebas, lo que yo digo.
Lo único que ha aprendido usted de mi insistencia en que hay un
dragón en mi garaje es que estoy mal de la cabeza. Se preguntará, si no puede
aplicarse ninguna prueba física, qué fue lo que me convenció. La posibilidad
de que fuera un sueño o alucinación entraría ciertamente en su pensamiento.
Pero entonces ¿por qué hablo tan en serio? A lo mejor necesito ayuda. Como
mínimo, puede ser que haya infravalorado la falibilidad humana.
Imaginemos que, a pesar de que ninguna de las pruebas ha tenido
éxito, usted desea mostrarse escrupulosamente abierto. En consecuencia, no
rechaza de inmediato la idea de que haya un dragón que escupe fuego por la
boca en mi garaje. Simplemente, la deja en suspenso. La prueba actual está
francamente en contra pero, si surge algún nuevo dato, está dispuesto a
examinarlo para ver si le convence. Seguramente es poco razonable por mi
parte ofenderme porque no me cree; o criticarle por ser un pesado poco
imaginativo... simplemente porque usted pronunció el veredicto escocés de
«no demostrado».
Imaginemos que las cosas hubieran ido de otro modo. El dragón es
invisible, de acuerdo, pero aparecen huellas en la harina cuando usted mira.
Su detector de infrarrojos registra algo. La pintura del spray revela una cresta
dentada en el aire delante de usted. Por muy escéptico que se pueda ser en
cuanto a la existencia de dragones —por no hablar de seres invisibles—
ahora debe reconocer que aquí hay algo y que, en principio, es coherente con
la idea de un dragón invisible que escupe fuego por la boca.
Ahora otro guión: imaginemos que no se trata sólo de mí.
Imaginemos que varias personas que usted conoce, incluyendo algunas que
está seguro de que no se conocen entre ellas, le dicen que tienen dragones en
sus garajes... pero en todos los casos la prueba es enloquecedoramente
elusiva. Todos admitimos que nos perturba ser presas de una convicción tan
extraña y tan poco sustentada por una prueba física. Ninguno de nosotros es
un lunático. Especulamos sobre lo que significaría que hubiera realmente
dragones escondidos en los garajes de todo el mundo y que los humanos
acabáramos de enterarnos. Yo preferiría que no fuera verdad, francamente.
Pero quizá todos aquellos mitos europeos y chinos antiguos, sobre dragones
no eran solamente mitos...
Es gratificante que ahora se informe de algunas huellas de las
medidas del dragón en la harina. Pero nunca aparecen cuando hay un
escéptico presente. Se plantea una explicación alternativa:
tras un examen atento, parece claro que las huellas podían ser falsificadas.
Otro entusiasta del dragón presenta una quemadura en el dedo y la atribuye a
una extraña manifestación física del aliento de fuego del dragón. Pero
también aquí hay otras posibilidades. Es evidente que hay otras maneras de
quemarse los dedos además de recibir el aliento de dragones invisibles. Estas
«pruebas», por muy importantes que las consideren los defensores del
dragón, son muy poco convincentes. Una vez más, el único enfoque sensato
es rechazar provisionalmente la hipótesis del dragón y permanecer abierto a
otros datos físicos futuros, y preguntarse cuál puede ser la causa de que tantas
personas aparentemente sanas y sobrias compartan la misma extraña ilusión.
---ooo--La magia requiere la cooperación tácita de la audiencia con el mago:
una renuncia al escepticismo o lo que se describe a veces como la suspensión
voluntaria de la incredulidad. De ello se deduce inmediatamente que, para
penetrar en la magia, para descubrir el truco, debemos dejar de colaborar.
¿Cómo se puede progresar en este tema cargado de tantas emociones,
controvertido y fastidioso? Los pacientes deberían ejercitar la precaución ante
los terapeutas que deducen o confirman rápidamente abducciones por
extraterrestres. Los que tratan a los abducidos podrían explicar a sus
pacientes que las alucinaciones son normales y que el abuso sexual infantil es
bastante común. Podrían tener en cuenta que ningún cliente está totalmente
libre de la contaminación extraterrestre de la cultura popular. Podrían enseñar
escepticismo a sus clientes. Podrían cargar de nuevo sus propias reservas de
escepticismo, que van disminuyendo.
Las declaraciones de abducciones por extraterrestres molestan a
muchas personas y en más de un aspecto. El tema es una ventana hacia las
vidas internas de nuestros compañeros. Si mucha gente dice haber sido
abducida y no es verdad, es como para preocuparse. Pero es mucho más
preocupante que haya tantos terapeutas que aceptan esas declaraciones a pies
juntillas, prestando una atención inadecuada a la sugestibilidad de sus
pacientes y a las indicaciones inconscientes de sus interlocutores.
Me sorprende que haya algunos psiquiatras y otras personas con una
mínima preparación científica, que conocen las imperfecciones de la mente
humana, y que rechacen al mismo tiempo la idea de que esos relatos puedan
ser algún tipo de alucinación o de falsa memoria. Todavía me sorprenden más
las afirmaciones de que la historia de la abducción por extraterrestres es
verdadera magia, que es un desafío a nuestra comprensión de la realidad o
que constituye una base para una visión mística del mundo. O, tal como
planteó el asunto John Mack: «Hay fenómenos lo bastante importantes para
que se garantice una investigación seria, y la metafísica del paradigma
científico occidental dominante puede ser inadecuada para sostener
plenamente esta investigación.» En una entrevista con la revista Time, sigue
diciendo:
No sé por qué hay tanto celo por encontrar una explicación física
convencional. No sé por qué la gente tiene tantos problemas para aceptar
simplemente el hecho de que aquí ocurre algo inusual... Hemos perdido toda
la capacidad de conocer un mundo más allá de lo físico.18
Pero sabemos que las alucinaciones surgen por privación sensorial,
drogas, enfermedades y fiebres, falta de sueño REM, cambios en la química
cerebral, y así sucesivamente. E incluso si, como Mack, tomásemos los casos
a pies juntillas, sus aspectos notables (como deslizarse a través de las paredes
y otras cosas) son más fácilmente atribuibles a algo dentro del reino de «lo
físico» —tecnología extraterrestre avanzada— que a la brujería.
Tengo un amigo que dice que la única cuestión interesante en el
paradigma de la abducción por extraterrestres es: «¿Quién estafa a quién?»
¿Es el cliente quien engaña al terapeuta, o al revés? No estoy de acuerdo.
Para empezar, hay muchas cuestiones interesantes sobre las declaraciones de
abducciones por extraterrestres. Además, esas dos alternativas no son
mutuamente excluyentes.
Durante muchos años me rondaba algo en la memoria sobre los casos
de abducción por extraterrestres. Por fin lo recordé. Era un libro de 1954 que
había leído en la universidad: La hora de cincuenta minutos. El autor, un
psicoanalista llamado Robert Lindner, había sido llamado por el Laboratorio
Nacional de Los Álamos para tratar a un brillante y joven físico nuclear
cuyos delirios estaban empezando a interferir con su investigación
gubernamental secreta. Resultó que el físico (al que se puso el pseudónimo
de Kirk Alien) tenía una vida paralela a la de crear armas nucleares: confesó
que, en el futuro lejano, pilotó (o pilotará... los tiempos verbales chirrían un
poco) una nave espacial interestelar. Le encantaban las estimulantes
aventuras de bravucones en planetas de otras galaxias. Era «señor» de
muchos mundos. A lo mejor allí le llamaban capitán Kirk. No sólo podía
«recordar» esa otra vida; también podía entrar en ella cuando quería. Sólo
con pensar de la manera correcta, deseándolo, podía transportarse a sí mismo
a través de los años luz y de los siglos.
De una manera que yo no podía comprender, solo con desear que fuera así,
había cruzado las inmensidades del espacio, había salido del tiempo y me
había mezclado —llegó a ser así literalmente— con el ego distante y futuro...
No me pidan que lo explique. No puedo, aunque sabe Dios que lo he
intentado.
18
Y luego, en una frase que nos recuerda lo cerca que está el paradigma de la abducción por
extraterrestres de la religión mesiánica y milenarista, Mack concluye: «Yo soy un puente entre
esos dos mundos.»
Lindner le encontró inteligente, sensible, agradable, educado y
perfectamente capaz de enfrentarse a las vicisitudes humanas cotidianas.
Pero, al reflexionar sobre lo excitante que era la vida entre las estrellas. Alien
se había dado cuenta de que estaba un poco aburrido con su vida en la Tierra,
aunque se dedicara a construir armas de destrucción masiva. Cuando los
supervisores de su laboratorio le amonestaron por distracción y soñolencia, él
se disculpó; les aseguró que intentaría pasar más tiempo en este planeta. Fue
entonces cuando se pusieron en contacto con Lindner.
Alien había escrito doce mil páginas sobre sus experiencias en el
futuro y docenas de tratados técnicos sobre geografía, política, arquitectura,
astronomía, geología, formas de vida, genealogía y ecología de los planetas
de otras estrellas. Unos cuantos títulos monográficos dan una idea del
material: «El desarrollo cerebral único de los cristópedos de Srom Norba X»,
«Adoración del fuego y sacrificio en Srom Sodrat II», «La historia del
Instituto Científico Intergaláctico» y «La aplicación de la teoría de campo
unificada y la mecánica de propulsión estelar al viaje espacial». (Este último
es el que me gustaría ver; al fin y al cabo, según decían. Alien era un físico de
primera categoría.) Fascinado, Lindner estudió detenidamente el material.
Alien no dio muestras de ninguna timidez a la hora de presentar sus
escritos a Lindner o comentarlos en detalle. Imbatible y formidable
intelectualmente, parecía no ceder ni una pulgada a los servicios
psiquiátricos. Cuando falló todo lo demás, el psiquiatra intentó algo diferente:
Intenté... evitar que pensara que yo entraba en liza para demostrarle que era un
psicótico, que se trataba de una lucha a muerte sobre la cuestión de su salud
mental. En lugar de eso, puesto que era obvio que tanto su temperamento
como su educación eran científicos, me planteé capitalizar la cualidad que
había demostrado durante toda su vida... la cualidad que le llevó a seguir una
carrera científica: su curiosidad... Eso significaba... que al menos de momento
yo «aceptaba» la validez de sus experimentos... En una oleada súbita de
inspiración, se me ocurrió que, para alejar a Kirk de su locura, era necesario
que yo entrase en su fantasía y, desde esta posición, liberarlo de la psicosis.
Lindner señaló algunas contradicciones aparentes en los documentos
y pidió a Alien que las resolviera. Para ello, el físico tema que volver a entrar
en el futuro con el fin de encontrar las respuestas. Sin hacerse de rogar, Alien
llegaba a la siguiente sesión con un documento aclarador escrito con su letra.
Lindner se encontró esperando ansiosamente cada entrevista para sentirse
cautivado una vez más por la visión de la abundante vida e inteligencia en la
galaxia. Entre los dos fueron capaces de resolver muchos problemas de
coherencia.
Entonces ocurrió algo extraño: «Los materiales de la psicosis de Kirk
y el talón de Aquiles de mi personalidad se encontraron y encajaron como el
engranaje de un reloj.» El psicoanalista se convirtió en co-conspirador en el
delirio de su paciente. Empezó a rechazar las explicaciones psicológicas de la
historia de Alien. ¿Qué seguridad tenemos de que no pueda ser realmente
verdad? Se encontró a sí mismo defendiendo la idea de que se podía entrar en
otra vida, en la de un viajero del espacio en el futuro lejano, mediante un
simple esfuerzo de voluntad.
A un ritmo sorprendentemente rápido... la fantasía iba ocupando áreas cada
vez más grandes de mi pensamiento... Con la ayuda de Kirk, asombrado, yo
participaba en aventuras cósmicas y compartía la emoción de aquella
extravagancia envolvente que él había maquinado.
Pero, finalmente, ocurrió algo aún más extraño: preocupado por el
bienestar de su terapeuta, y acumulando una reserva admirable de integridad
y coraje, Kirk Alien confesó: lo había inventado todo. Todo venía de su
infancia solitaria y su poco éxito en las relaciones con las mujeres. Había
ensombrecido, y posteriormente olvidado, los límites entre la realidad y la
imaginación. Incorporar detalles plausibles para ir tejiendo un rico tapiz sobre
otros mundos era un desafío emocionante. Se disculpaba de haber llevado a
Lindner por aquel camino de rosas.
—¿Por qué? —le preguntó el psiquiatra—. ¿Por qué simulaba? ¿Por
qué insistía en decirme...?
—Porque sentía que debía hacerlo —contestó el físico—. Porque
sentía que era lo que usted quería.
«Kirk y yo intercambiamos los papeles», explicó Lindner,
y, en uno de esos desenlaces que hacen de mi trabajo una dedicación
impredecible, maravillosa y llena de compensaciones, la locura que
compartíamos se desmoronó... Utilicé la racionalización del altruismo clínico
para fines personales y de ese modo caí en la trampa que acecha a todos los
terapeutas de la mente incautos... Hasta que Kirk Alien entró en mi vida, yo
nunca había dudado de mi estabilidad. Siempre había pensado que las
aberraciones mentales eran cosa de los otros... Me avergüenza esta
superioridad. Pero ahora, cuando escucho desde mi sillón detrás del diván, soy
consciente de algo nuevo. Sé que la línea que separa el sillón del diván es muy
fina. Sé que, al fin y al cabo, lo que determina finalmente quién debe tumbarse
en el diván y quién debe sentarse detrás no es más que una feliz combinación
de accidentes.
No estoy seguro a partir de este relato que lo de Kirk Alien fuera
realmente una alucinación. Quizá sólo sufría algún trastorno de personalidad
que le hacía deleitarse inventando historias a expensas de otros. No sé hasta
qué punto Lindner puede haber adornado o inventado parte del relato. Nada
sugiere que, cuando escribía sobre «compartir» y «entrar» en la fantasía de
Alien, el psiquiatra se imaginase viajando hacia el futuro lejano y
participando en la gran aventura interestelar. Tampoco John Mack y los
demás terapeutas de abducción por extraterrestres sugieren que hayan sido
abducidos; sólo sus pacientes.
¿Y si el físico no hubiera confesado? ¿Se habría convencido Lindner
a sí mismo, más allá de toda duda razonable, de que realmente era posible
deslizarse a una era más romántica? ¿Habría dicho que, a pesar de haber
empezado como un escéptico, se había convencido por el peso de la prueba?
¿Podía haberse ofrecido como experto para asistir a los viajeros del espacio
del futuro que están perdidos en el siglo XX? La existencia de un especialista
psiquiátrico así ¿animaría a otros a tomarse en serio las fantasías o
alucinaciones de este tipo? Tras unos casos similares, ¿habría podido rebatir
Lindner todos los argumentos del tipo de «sé razonable, Bob» y deducir que
estaba penetrando en un nuevo nivel de realidad?
Su preparación científica ayudó a Kirk Alien a salvarse de la locura.
Hubo un momento en que terapeuta y paciente habían intercambiado sus
papeles. A mí me gusta verlo como el paciente que salva al terapeuta. Quizá
John Mack no tuvo tanta suerte.
----ooo---
Consideremos una aproximación muy diferente a la búsqueda de
extraterrestres: la búsqueda por radio de vida inteligente. ¿En qué se
diferencia de la fantasía y la pseudociencia? En Moscú, a principios de la
década de los sesenta, los astrónomos soviéticos dieron una conferencia de
prensa en la que anunciaron que la intensa emisión de radio de un misterioso
objeto distante llamado CTA-102 variaba regularmente, como una onda
sinusoide, con un período de unos cien días. No se había encontrado antes
ninguna fuente distante periódica. ¿Por qué convocaron una conferencia de
prensa para anunciar un descubrimiento tan misterioso? Porque pensaron que
habían detectado una civilización extraterrestre de poderes inmensos. Sin
duda, vale la pena convocar una conferencia de prensa para eso. La noticia
causó una breve sensación en los medios de comunicación y el grupo de rock
de los Byrds incluso compuso y grabó una canción sobre ello. («CTA-102,
we're over here receiving you. / Signals tells us that you 're there. / We can
hear them loud and clear...»)19
¿Emisión de radio desde CTA-102? Sin duda. Pero ¿qué es CTA102? Hoy sabemos que CTA-102 es un quasar distante. En aquel momento,
la palabra «quasar» ni siquiera había sido acuñada. Todavía no sabemos muy
bien qué son los quasars; y hay más de una explicación de ellos en la
literatura científica. Sin embargo, ningún astrónomo hoy en día —incluyendo
19
«CTA-102, aquí estamos, te recibimos. / Las señales nos dicen que estas ahí. / Las podemos
oír altas y claras...»
los implicados en aquella conferencia de Moscú— opina seriamente que un
quasar como el CTA-102 es una civilización extraterrestre a billones de años
luz con acceso a inmensos niveles de energía. ¿Por qué no? Porque tenemos
explicaciones alternativas de las propiedades de los quasars que son
coherentes con las leyes físicas conocidas y no invocan la vida extraterrestre.
Los extraterrestres representan una hipótesis de último recurso. Se recurre a
ella sólo cuando falla todo lo demás.
En 1967, científicos británicos encontraron una fuente de radio
mucho más cercana que se encendía y apagaba con precisión asombrosa, con
un período constante en diez o más figuras significativas. ¿Qué era? Su
primera idea fue que era un mensaje para nosotros, o quizá un radiofaro de
navegación interestelar y medida del tiempo para naves que hacen el trayecto
entre las estrellas. Incluso le dieron, entre ellos, en la Universidad de
Cambridge, la extraña designación de LGM-1 (iniciales de Little Green Men:
hombrecillos verdes).
Sin embargo fueron más listos que sus colegas soviéticos. No
convocaron una conferencia de prensa. Pronto quedó claro que lo que
observaban era lo que ahora se llama un «pulsar», el primero, el pulsar de la
Nebulosa Cangrejo. Así, ¿qué es un pulsar? Un pulsar es el estado final de
una estrella masiva, un sol encogido hasta el tamaño de una ciudad, con su
estructura mantenida de un modo distinto a las otras estrellas, no por presión
de gas ni por degeneración de electrones sino por fuerzas nucleares. En cierto
sentido es un núcleo atómico de más de diez kilómetros de extensión. Bien,
sostengo que eso es una idea al menos tan extraña como la del radiofaro de
navegación interestelar. La respuesta de lo que un pulsar es tenía que ser algo
terriblemente raro. No es una civilización extraterrestre. Es algo más: pero un
algo más que nos abre los ojos y la mente y nos indica posibilidades
insospechadas en la naturaleza:
Anthony Hewish ganó el Premio Nobel de Física por el descubrimiento de
los pulsares.
El experimento Ozma original (la primera búsqueda intencional por
radio de inteligencia extraterrestre), el programa META (Megachannel
Extraterrestrial Assay) de la Universidad de Harvard/Sociedad Planetaria, la
investigación de la Universidad Estatal de Ohio, el proyecto SERENDIP de
la Universidad de California, Berkeley, y muchos otros han detectado señales
anómalas del espacio que hacen palpitar un poco el corazón del observador.
Por un momento pensamos que hemos captado una señal genuina de origen
inteligente más allá de nuestro sistema solar. En realidad no tenemos la
menor idea de qué es, porque la señal no se repite. Unos minutos después, al
día siguiente, o años después, uno gira el mismo telescopio hacia el mismo
punto del cielo con la misma frecuencia, ancho de banda, polarización y todo
lo demás y no se oye nada. No se deducen, menos aún se anuncian,
extraterrestres. Quizá haya habido una sobretensión electrónica
estadísticamente inevitable, o una disfunción del sistema de detección, o una
nave espacial (de la Tierra), o un avión militar volando y emitiendo por
canales que se suponen reservados para la astronomía por radio. Quizá puede
ser incluso un mecanismo para abrir la puerta del garaje al final de la calle o
una estación de radio a unos cientos de kilómetros. Hay muchas
posibilidades. Uno debe comprobar sistemáticamente todas las alternativas y
ver cuáles puede eliminar. No puede declarar que ha encontrado
extraterrestres cuando la única prueba es una señal enigmática no repetida.
Y, si la señal se repitió, ¿lo anunciaría entonces a la prensa y al
público? No creo. Quizá alguien le está engañando. Quizá es algo que ocurre
en su sistema de detección y usted no ha sido lo bastante listo para descubrir.
Quizá sea una fuente astrofísica desconocida. Lo que haría es llamar a
científicos y otros observadores de radio y les informaría de que en este punto
particular del cielo, en esta frecuencia y ancho de banda y todo lo demás,
parece haber algo curioso. ¿Les molestaría ver si pueden confirmarlo? Sólo si
varios observadores independientes —todos plenamente conscientes de la
complejidad de la naturaleza y la falibilidad de los observadores— consiguen
el mismo tipo de información del mismo punto en el cielo, podrá usted
considerar seriamente que ha detectado una señal genuina de seres
extraterrestres.
Todo esto implica cierta disciplina. No se puede salir gritando
«hombrecillos verdes» cada vez que detectamos algo que al principio no
entendemos porque, si resulta ser otra cosa, vamos a parecer francamente
tontos... como los astrónomos soviéticos con CTA-102. Es necesario tomar
precauciones especiales cuando el precio es alto. No estamos obligados a dar
nuestra opinión hasta que no haya alguna prueba. Es permisible no estar
seguros.
Con frecuencia me preguntan: «¿Cree usted que hay inteligencia
extraterrestre?» Yo doy los argumentos habituales: hay muchos lugares por
ahí fuera, hay moléculas de vida en todas partes, utilizo las palabras miles de
millones, y todo eso. Entonces digo que me sorprendería muchísimo que no
hubiera inteligencia extraterrestre pero, desde luego, de momento no hay
prueba convincente de ello.
A menudo, a continuación, me preguntan:
—Pero ¿qué piensa realmente? Yo digo:
—Le acabo de decir lo que pienso realmente.
—Sí, pero ¿cuál es su sensación visceral?
Pero yo intento no pensar con las vísceras. Si me planteo entender el
mundo con seriedad, pensar con algo que no sea el cerebro, por tentador que
sea, me puede meter en problemas. Realmente, está bien reservarse el juicio
hasta que se tiene la prueba.
---ooo--Me haría muy feliz que los defensores de los platillos volantes y los
que creen en abducciones por extraterrestres tuvieran razón y contáramos con
pruebas reales de vida extraterrestre para poderlas examinar. Sin embargo nos
piden que tengamos fe. Nos piden que los creamos basándonos en la fuerza
de sus pruebas. Sin duda nuestra obligación es examinar la prueba ofrecida al
menos con tanta atención y escepticismo como los astrónomos que buscan
señales de radio extraterrestres.
Ninguna declaración anecdótica —por muy sincera y profundamente
sentida que sea, por muy ejemplares que sean las vidas de los ciudadanos que
la atestiguan— tiene gran peso en una cuestión tan importante. Como en los
casos más antiguos de ovnis, los relatos anecdóticos están sujetos a error. Eso
no es una crítica personal a los que dicen que han sido abducidos o a los que
los interrogan. No equivale a menospreciar a los supuestos testigos.20 No es
—o no debería ser— un desprecio arrogante de un testimonio sincero y
conmovedor. Es simplemente una respuesta renuente a la falibilidad humana.
Si se pueden atribuir los poderes que sea a los extraterrestres —por
su avanzada tecnología—, entonces podemos explicar cualquier discrepancia,
incoherencia o inverosimilitud. Por ejemplo, un académico ufólogo sugiere
que tanto, los extraterrestres como los abducidos se vuelven invisibles
durante la abducción (aunque no lo son entre ellos); ésa es la razón por la que
no lo han notado más vecinos. Este tipo de «explicaciones» que lo pueden
explicar todo, en realidad no explican nada.
Los casos de la policía americana se concentran en las pruebas y no
en anécdotas. Como nos recuerdan los juicios de brujas europeos, se puede
intimidar a los sospechosos durante el interrogatorio; la gente confiesa
crímenes que nunca ha cometido; los testigos pueden equivocarse. Ese
también es el eje de mucha ficción detectivesca. Pero las pruebas reales, no
fabricadas —quemaduras de pólvora, huellas dactilares, muestras de ADN,
pisadas, pelo bajo las uñas de la víctima que lucha—, tienen mucho peso. Los
criminalistas emplean algo muy parecido al método científico, y por las
mismas razones. Así, en el mundo de los ovnis y abducciones por
extraterrestres, es razonable preguntarse: ¿dónde está la prueba, la prueba
real, inequívoca, los datos que convencerían a un jurado que todavía no ha
decidido su opinión?
20
No se les puede llamar simplemente testigos porque a menudo el tema en cuestión es si han
sido testigos de algo (o, al menos, de algo en el mundo exterior)
Algunos entusiastas arguyen que hay «miles» de casos de tierra
«removida» donde se supone que aterrizaron ovnis, y ¿por qué motivo no se
considera suficiente? No es suficiente porque hay maneras de remover la
tierra sin necesidad de extraterrestres ni ovnis: una posibilidad que aparece
fácilmente en la mente es la de humanos con palas. Un ufólogo me acusa de
ignorar «4400 casos de rastros físicos en 65 países». Pero, que yo sepa,
ninguno de esos casos ha sido analizado, con los resultados publicados en
una revista y los artículos revisados por colegas de física o química,
metalurgia o ciencia del suelo que demuestren que los «rastros» no podían ser
generados por personas. Es una patraña bastante modesta... si se compara, por
ejemplo, con los círculos de los cultivos de Wiltshire.
Además, las fotografías no sólo se pueden falsificar fácilmente, sino
que es indudable que hay grandes cantidades de fotografías falsas de ovnis.
Algunos entusiastas salen noche tras noche al campo en busca de luces
brillantes en el cielo. Cuando ven una, encienden sus flashes. A veces, dicen,
hay un relámpago de respuesta. Bueno, quizá. Pero los aviones de baja altitud
hacen señales luminosas en el cielo y los pilotos, si lo desean, pueden
devolver un destello con sus luces. Nada de eso constituye algo parecido a
una prueba seria.
¿Dónde está la prueba física? Como en las declaraciones de abuso
ritual satánico (y como eco de las «marcas del diablo» en los juicios de
brujas), la prueba física más común apuntaba a cicatrices y «marcas de
cuchara» en el cuerpo de los abducidos, que dicen no tener conocimiento de
dónde proceden sus cicatrices. Pero este punto es clave: si generar cicatrices
entra dentro de la capacidad humana, no pueden ser pruebas físicas
convincentes de abuso por extraterrestres. Ciertamente, hay trastornos
psiquiátricos bien conocidos en los que la gente se hace marcas, se corta, se
araña y se mutila a sí misma (o a otros). Y algunos de nosotros con umbrales
altos de dolor y poca memoria podemos herirnos accidentalmente sin que nos
quede ningún recuerdo del acontecimiento.
Una paciente de John Mack declara que tiene cicatrices por todo el
cuerpo que dejan totalmente perplejos a sus médicos. ¿Cómo son? Oh, no
puede enseñarlas; como en la persecución de brujas, están en lugares íntimos.
Mack lo considera una prueba irrefutable. ¿Ha visto él las cicatrices?
¿Podríamos contar con fotografías de las cicatrices tomadas por un médico
escéptico? Mack dice que conoce a un tetrapléjico con marcas de cuchara y
considera que eso es una reductio ad absurdum de la posición escéptica;
¿cómo puede hacerse las cicatrices un tetrapléjico? El argumento sólo es
bueno si el tetrapléjico está herméticamente encerrado en una habitación a la
que no tiene acceso ningún otro ser humano. ¿Podemos ver sus cicatrices?
¿Puede examinarlo un médico imparcial? Otra paciente de Mack dice que los
extraterrestres le han estado quitando óvulos desde que alcanzó la madurez
sexual y que su sistema reproductivo tiene desconcertado a su ginecólogo.
¿Es tanto el desconcierto como para enviar un artículo de investigación a The
New England Journal of Medicine'7 Por lo visto no.
Luego tenemos el hecho de que uno de sus pacientes lo había
inventado todo, como informó la revista Time, y Mack no tenía ni idea. Se
tragó anzuelo, línea y plomada. ¿Cuáles son sus niveles de escrutinio clínico?
Si pudo ser engañado por un paciente, ¿cómo sabemos que no le ocurrió lo
mismo con todos?
Mack habla de estos casos, los «fenómenos», como si plantearan un
desafío fundamental al pensamiento occidental, a la ciencia, a la propia
lógica. Probablemente, dice, las entidades abductoras no son seres
extraterrestres de nuestro propio universo, sino visitantes de «otra
dimensión». Aquí hay un pasaje típico y revelador de su libro:
Cuando los abducidos llaman «sueños» a sus experiencias, cosa que hacen a
menudo, un escrutinio atento puede revelar que eso podría ser un eufemismo
para encubrir lo que están seguros de que no puede ser, es decir, un
acontecimiento del que no despertaron que ocurrió en otra dimensión.
Ahora bien, la idea de otras dimensiones no surgió del cerebro del ufólogo de
la Nueva Era, sino que es parte integrante de la física del siglo XX. Desde la
relatividad general de Einstein, una verdad de la cosmología es que el
espacio-tiempo está doblado o curvado a través de una dimensión física más
alta. La teoría de Kaluza-Klein postula un universo de once dimensiones.
Mack presenta una idea totalmente científica como la clave de «fenómenos»
que están más allá del alcance de la ciencia.
Sabemos cómo se vería un objeto de otra dimensión al encontrarse
con nuestro universo tridimensional. Para mayor claridad, bajemos a una
dimensión: una manzana que pasa a través de un plano debe cambiar la forma
tal como la perciben los seres bidimensionales confinados al plano. Primero
parece ser un punto, luego secciones de manzana mayores, luego menores,
otra vez un punto... y finalmente, ¡puf!, desaparece. De modo similar, un
objeto cuatridimensional o más —siempre que no sea una figura muy sencilla
como un hipercilindro pasando a través de tres dimensiones a lo largo de su
eje— alterará violentamente su geometría mientras lo veamos atravesar
nuestro universo. Si los extraterrestres fueran definidos sistemáticamente
como seres que cambian de forma, al menos podría entender que Mack
pudiera seguir con la idea de un origen de otra dimensión. (Otro problema es
intentar entender lo que significa un cruce genético entre un ser
tridimensional y uno cuatridimensional. ¿Los descendientes serán de la
dimensión tres y media?)
Lo que Mack quiere decir realmente cuando habla de seres de otras
dimensiones es que —a pesar de las descripciones ocasionales de sus
pacientes de las experiencias como sueños y alucinaciones— no tiene ni la
más remota idea de qué son. Pero es significativo que, cuando intenta
describirlas, busca la física y las matemáticas. Quiere las dos cosas: el
lenguaje y la credibilidad de la ciencia, pero sin verse ligado por sus métodos
y normas. Parece no darse cuenta de que la credibilidad es una consecuencia
del método.
El principal desafío que plantean los casos de Mack es el ya viejo
problema de cómo enseñar más amplia y profundamente el pensamiento
crítico en una sociedad —que incluye a los profesores de psiquiatría de
Harward— impregnada de credulidad. La idea de que el pensamiento crítico
es el último capricho de Occidente es una tontería. Si uno compra un coche
usado en Singapur o Bangkok —o un carro usado en la antigua Susa o
Roma— le servirán las mismas precauciones que en Cambridge,
Massachusetts.
Cuando uno compra un coche usado desea creer de todo corazón lo
que le dice el vendedor: «¡Tanto coche por tan poco dinero!» Y, en cualquier
caso, cuesta trabajo ser escéptico; se ha de saber algo sobre coches y es
desagradable que el vendedor se enfade con uno. A pesar de todo, sin
embargo, uno reconoce que el vendedor podría tener un motivo para ocultar
la verdad y ha oído hablar de engaños a otros en situaciones similares. Por
tanto, da una patada a los neumáticos, mira bajo la capota, da una vuelta con
él, hace preguntas perspicaces. Incluso podría ir acompañado de un amigo
con conocimientos de mecánica. Uno sabe que se necesita cierto
escepticismo. Y es comprensible. Suele haber al menos un pequeño grado de
confrontación hostil en la compra de un coche usado y nadie dice que sea una
experiencia especialmente alegre. Pero, si no se ejercita cierto escepticismo
mínimo, si uno tiene una credulidad absolutamente ilimitada, más adelante
tendrá que pagar el precio. Entonces se lamentará de no haber hecho antes
una pequeña inversión de escepticismo.
Muchas casas de Norteamérica tienen ahora sistemas de alarma
moderadamente sofisticados contra los ladrones, incluyendo sensores
infrarrojos y cámaras que se disparan con el movimiento. Una cinta de vídeo
auténtica, con la hora y la fecha indicados, que mostrase una incursión de
extraterrestres —especialmente cuando atraviesan las paredes— podría ser
una prueba muy buena. Si millones de americanos han sido abducidos, ¿no es
raro que ni uno de ellos viva en una casa así?
Algunas mujeres, según cuenta la historia, son fecundadas con
esperma de uno o varios extraterrestres; a continuación, éstos retiran el feto.
Se habla de números ingentes de casos de este tipo. ¿No es raro que no se
haya visto nunca nada anómalo en las ecografías habituales de estos fetos, o
en la amniocentesis, y que nunca haya habido un aborto que fuera un híbrido
extraterrestre? ¿O es que los médicos son tan idiotas que echan una ojeada al
feto, ven que es medio humano y medio extraterrestre y pasan al siguiente
paciente? Una epidemia de fetos perdidos es algo que sin duda causaría
revuelo entre ginecólogos, comadronas, enfermeras de obstetricia,
especialmente en una época de intensa conciencia feminista. Pero no se ha
producido ni una sola denuncia médica que dé credibilidad a esas
informaciones.
Algunos ufólogos consideran un punto significativo, que mujeres que
declaran inactividad sexual acaben embarazadas y atribuyan su estado a la
fecundación extraterrestre. Un buen número de ellas parecen ser
adolescentes. Creer sus historias a pies juntillas no es la única opción al
alcance del investigador serio. Sin duda, es fácil entender por qué, en la
angustia de un embarazo no deseado, una adolescente que vive en una
sociedad inundada de relatos de visitas extraterrestres pueda inventar una
historia así. También aquí hay posibles antecedentes religiosos.
Algunos secuestrados dicen que les hicieron pequeños implantes,
quizá metálicos, en el cuerpo: por la nariz, por ejemplo. Esos implantes,
según los terapeutas de extraterrestres, a veces se sueltan accidentalmente,
pero «excepto en algunos casos, el artefacto se ha perdido o eliminado». Esos
abducidos parecen tener una falta de curiosidad pasmosa. A uno le cae un
objeto extraño —posiblemente un transmisor que envía datos telemétricos
sobre el estado de su cuerpo a una nave espacial extraterrestre en algún lugar
de la Tierra— de la nariz, lo examina vagamente y lo tira a la basura. Algo
así, nos dicen, ocurre en la mayoría de los casos de abducción.
Los expertos han sacado y examinado algunos «implantes» de ese
tipo. No se ha confirmado que ninguno de ellos fuera de manufactura
extraterrestre. Ningún componente está hecho con isótopos inusuales, a pesar
de saberse que otras estrellas y otros mundos están constituidos por
proporciones isotópicas diferentes a las de la Tierra. No hay metales de la
«isla de estabilidad» transuránica, donde los físicos creen que debería haber
una nueva familia de elementos químicos no radiactivos desconocidos en la
Tierra.
El caso que los entusiastas de las abducciones consideraban el mejor
era el de Richard Price, que afirmaba que los extraterrestres le abdujeron
cuando tenía ocho años y le implantaron un pequeño artefacto en el pene. Un
cuarto de siglo después, un médico confirmó la existencia de un «cuerpo
extraño» allí. Ocho años después, el objeto cayó. De apenas un milímetro de
diámetro y cuatro de longitud, fue examinado con atención por científicos del
MIT y el hospital General de Massachusetts. ¿Su conclusión? Colágeno
formado por el cuerpo en puntos de inflamación más fibras de algodón de los
calzoncillos de Price.
El 28 de agosto de 1995, las estaciones de televisión propiedad de
Rupert Murdoch emitieron lo que según decían era la autopsia de un
extraterrestre muerto tomada en película de 16 milímetros. Patólogos
enmascarados con modelos anticuados de trajes de protección contra la
radiación (con ventanas de vidrio rectangulares para mirar fuera) abrieron a
una figura de ojos grandes y doce dedos y le examinaron los órganos
internos. Aunque la película estaba desenfocada en muchos momentos y la
visión del cadáver bloqueada a menudo por los humanos que lo rodeaban,
algunos espectadores consideraron que el efecto era escalofriante. El Times
de Londres, también propiedad de Murdoch, no sabía cómo enfocarlo,
aunque citaba a un patólogo que creía que la autopsia había sido realizada
con una celeridad impropia y poco realista (aunque ideal para verla por
televisión). Se dijo que había sido rodada en México en 1947 por un
participante, que tenía a la sazón más de ochenta años y deseaba guardar el
anonimato. Lo que pareció ser el argumento decisivo fue el anuncio de que la
cabecera de la película (los primeros metros) contenía información codificada
que Kodak, el fabricante, fechaba en 1947. Sin embargo, resulta que no se
presentó a Kodak toda la película, sino sólo la cabecera cortada. Es evidente
que se podía haber cortado de un noticiario de 1947, de los que hay un
abundante archivo en América, y que la «autopsia» podría haber sido
escenificada y filmada por separado y recientemente. Hay una huella de
dragón, de acuerdo, pero falsificable. Si es una broma, no requiere mucha
más inteligencia que los círculos del cultivo y el documento MJ-12.
En ninguna de estas historias hay nada que sugiera con fuerza un
origen extraterrestre. Ciertamente no hay ninguna recuperación de
maquinarias ingeniosas que superen en mucho la tecnología actual. Ningún
abducido ha hurtado una página del cuaderno de bitácora o un instrumento de
examen ni ha tomado una fotografía auténtica del interior de la nave o ha
vuelto con información científica detallada y verificable de la que no se
disponía hasta ahora en la Tierra. ¿Por qué no? Esas carencias deben decirnos
algo.
Desde mediados del siglo XX, los que proponen la hipótesis
extraterrestre nos han asegurado que tenían pruebas físicas —ni mapas de
estrellas recordados de hace años ni cicatrices ni tierra removida, sino
tecnología extraterrestre real— a mano. Se iba a publicar el análisis de un
momento a otro. Esas declaraciones se remontan a la época de la antigua
patraña del platillo accidentado de Newton y GeBauer. Han pasado ya
algunas décadas y seguimos esperando. ¿Dónde están los artículos publicados
en la literatura científica, en las revistas de metalurgia y cerámica, en las
publicaciones del Instituto de Ingeniería Eléctrica y Electrónica, en Science o
Nature
Un descubrimiento así sería impactante. Si hubiera artefactos reales,
los físicos y los químicos lucharían por el privilegio de descubrir que hay
extraterrestres entre nosotros, que usan, por ejemplo, aleaciones desconocidas
o materiales de una resistencia, ductilidad o conductividad extraordinarias.
Las implicaciones prácticas de un descubrimiento así —además de la
confirmación de una invasión extraterrestre— serían inmensas. Los
científicos viven para hacer descubrimientos como éste. Su ausencia debe
decirnos algo.
---ooo--Mantener la mente abierta es una virtud... pero, como dijo una vez el
ingeniero espacial James Oberg, no tan abierta como para permitir que a uno
se le caiga el cerebro. Desde luego, debemos estar dispuestos a cambiar de
idea cuando nuevas pruebas lo exijan. Pero la prueba tiene que ser
convincente. No todas las declaraciones tienen el mismo mérito. El nivel de
las pruebas en la mayoría de los casos de abducción por extraterrestres es
aproximadamente el que se encuentra en los casos de la aparición de la
Virgen María en la España medieval.
El pionero del psicoanálisis Carl Gustav Jung tenía muchas cosas que
decir con sensatez en temas de este tipo. Argüía explícitamente que los ovnis
eran una especie de proyección de la mente inconsciente. En un comentario
sobre regresión y lo que hoy se llama «canalización», escribió:
Podemos perfectamente... tomarlo como un simple informe de hechos
psicológicos o una serie continua de comunicaciones desde el subconsciente...
Eso es algo que tienen en común con los sueños; porque los sueños también
son declaraciones sobre el inconsciente... El estado actual de la cuestión nos
da razón suficiente para esperar tranquilamente hasta que aparezcan
fenómenos físicos más impresionantes. Si, después de dejar un margen para la
falsificación consciente o inconsciente, el autoengaño, los prejuicios, etc.,
encontráramos todavía algo positivo tras ellos, las ciencias exactas
conquistarían sin duda este campo mediante experimento y verificación, como
ha ocurrido en todos los demás reinos de la experiencia humana.
Sobre los que aceptan un testimonio así a pies juntillas, decía:
Esas personas carecen no sólo de actitud crítica sino del conocimiento más
elemental de psicología. En el fondo no quieren que se les enseñe nada, sólo
quieren seguir creyendo... una presunción sin duda de lo más inocente en vista
de nuestros defectos humanos.
Quizá algún día haya un caso de ovni o de abducción por
extraterrestres que esté bien atestiguado, acompañado de pruebas físicas
irrebatibles y sólo explicable en términos de visita extraterrestre. Es difícil
pensar en un descubrimiento más importante. Hasta ahora, de momento, no
ha habido casos así, nada parecido. El dragón invisible, hasta ahora, no ha
dejado huellas que no sean falsificables. ¿Qué es pues más probable: que
estemos sometidos a una invasión masiva pero ignorada en general de
extraterrestres que cometen abusos sexuales o que la gente experimente algún
estado mental interno poco familiar que no entiende? Debe admitirse que
somos muy ignorantes tanto en lo referente a los seres extraterrestres, si los
hay, como en lo que toca a psicología humana. Pero si estas dos fueran
realmente las únicas alternativas, ¿cuál elegiría usted?
Y si los relatos de abducción por extraterrestres tratan principalmente
de fisiología del cerebro, alucinaciones, memorias distorsionadas de la
infancia y bromas, ¿no tenemos ante nosotros un asunto de suprema
importancia que afecta a nuestras limitaciones, la facilidad con que podemos
ser desorientados y manipulados, la modelación de nuestras creencias e
incluso quizá los orígenes de nuestras religiones? Hay un genuino filón
científico en los ovnis y las abducciones por extraterrestres... pero creo que el
carácter que los distingue es casero y terrestre.
CAPÍTULO 11
LA CIUDAD DE LA
AFLICCIÓN
... ¡ay!, qué ajenas son, las calles de la ciudad
de la aflicción.
RAINER MARÍA RILKE,
«La décima elegía» (1923)
En la revista Parade de 7 de marzo de 1993 se publicó un pequeño
sumario del argumento de los siete capítulos precedentes. Me sorprendió la
cantidad de cartas que generó, lo apasionado de las respuestas y la agonía que
se asociaba con esa extraña experiencia... sea cual sea su verdadera
explicación. Los relatos de abducción por extraterrestres proporcionan una
ventana inesperada para ver las vidas de algunos compatriotas nuestros. Unos
corresponsales razonaban, otros aseveraban, otros arengaban, otros estaban
francamente perplejos, otros profundamente turbados.
El artículo también se interpretó bastante mal. Un invitado a un
programa de televisión, Geraldo Rivera, anunció esgrimiendo un ejemplar de
Parade que yo creía que recibíamos visitas. Un crítico de vídeos del
Washington Post me citó diciendo que había una abducción cada pocos
segundos, ignorando el tono irónico y la frase siguiente («Es sorprendente
que no lo hayan notado más vecinos»). Raymond Moody destacó en el New
Age Journal y en la introducción de su libro Encuentros mi descripción
(capítulo 6) de que en ocasiones me parecía oír las voces de mis padres
muertos —lo que describí como «un recuerdo lúcido»— como prueba de que
«sobrevivimos» a la muerte. El doctor Moody ha dedicado la vida a buscar
pruebas de vida después de la muerte. Si mi testimonio es digno de ser citado,
creo que está claro que no ha encontrado gran cosa. Muchos corresponsales
llegaron a la conclusión de que, como yo había trabajado en la posibilidad de
vida extraterrestre, debía de «creer» en los ovnis; o, a la inversa, que si me
mostraba escéptico ante los ovnis, debía suscribir la creencia absurda de que
los humanos son los únicos seres inteligentes del universo. Hay algo en este
tema que no parece propiciar la claridad de pensamiento.
Aquí, sin más comentarios, hay una muestra representativa de mi
correo sobre el tema:
• Me pregunto cómo pueden describir nuestros animales sus encuentros con
nosotros. Ven un objeto grande flotante que hace un terrible estruendo sobre
ellos. Empiezan a correr y sienten un dolor agudo en el costado. De pronto
caen al suelo... Se acercan varias criaturas humanas cargadas con
instrumentos de aspecto extraño. Te examinan los órganos sexuales y los
dientes. Te colocan una red debajo y luego te elevan por el aire con un
extraño mecanismo. Después de todas las revisiones, te sujetan un objeto de
metal extraño en la oreja. Entonces, tan repentinamente como habían
aparecido, desaparecen. Al rato, se recupera el control muscular y la pobre
criatura desorientada sale tambaleándose hacia el bosque, sin saber [si] lo que
acaba de suceder es una pesadilla o una realidad.
• De pequeña me violaron. Durante la convalecencia dibujé muchos «seres
espaciales» y sentí muchas veces que me vencían y me reducían, y la
sensación de haber dejado mi cuerpo flotando por la habitación. Ningún
relato de abducidos es una gran sorpresa para alguien que ha vivido algún
tipo de abuso sexual en la infancia. Créame, preferiría culpar del abuso a un
extraterrestre del espacio que tener que afrontar la verdad de lo que me pasó
con adultos en los que en principio podía confiar. Me saca de mis casillas oír
hablar a mis amigos de sus recuerdos como si hubieran sido abducidos por
extraterrestres... ¡No dejo de decirles que eso es adoptar un papel esencial de
víctimas en el que como adultos no tenemos poder cuando esos hombrecitos
grises se nos acercan mientras dormimos! Eso no es real. El papel esencial de
la víctima es el que se da entre un padre abusivo y la niña victimizada.
• No sé si esa gente son una especie de demonios o si verdaderamente no
existen. Mi hija dice que le pusieron sensores en el cuerpo cuando era
pequeña. No sé... Tenemos las puertas cerradas y con pestillo y realmente
estoy asustada. No tengo dinero para enviarla a un buen médico y, por culpa
de todo eso, no puede trabajar... Mi hija oye una voz en una cinta. Esos salen
por la noche y se llevan niños para abusar sexualmente de ellos. Si no haces
lo que dicen, alguien de tu familia sufrirá. ¿Quién podría hacer daño a niños
pequeños estando en sus cabales? Saben todo lo que se dice en la casa...
Alguien dijo hace mucho, mucho tiempo que alguien había echado una
maldición a nuestra familia. Si es así, ¿cómo se elimina la maldición? Sé que
todo eso parece extraño y raro, pero créame que asusta.
• ¿Cuántas hembras humanas que tuvieron la desgracia de ser violadas
tuvieron la previsión de cogerle el carnet de identidad a su atacante, una
fotografía del violador o cualquier otra cosa que pudiera ser usada como
prueba para alegar una violación?
• Está claro que a partir de ahora voy a dormir con mi Polaroid al lado con la
esperanza de poder aportar la prueba necesaria la próxima vez que me
abduzcan... ¿Por qué son los abducidos los que deben demostrar lo que
ocurre?
• Soy una prueba viviente de la afirmación de Carl Sagan sobre la posibilidad
de que las abducciones por extraterrestres ocurran en la mente de personas
que sufren parálisis de sueño. Creen ciertamente que es real.
• ¡En el 2001, naves espaciales de los treinta y tres planetas de la
Confederación Interplanetaria aterrizarán en la Tierra cargadas con treinta y
tres mil hermanos! ¡Son maestros y científicos extraterrestres que nos
ayudarán a ampliar nuestra comprensión de la vida interplanetaria, ya que
nuestro planeta Tierra se convertirá en el miembro número treinta y tres de la
Confederación!
• Se trata de un terreno que plantea un desafío grotesco... estudié los ovnis
durante más de veinte años. Al final acabé desencantado por el culto y los
grupos marginales del culto.
• Soy una abuela de cuarenta y siete años que ha sido víctima de este
fenómeno desde la más tierna infancia. No lo acepto —nunca lo he hecho— a
pies juntillas. No declaro —nunca lo he hecho— entender qué es... aceptaría
gustosamente un diagnóstico de esquizofrenia o cualquier otra patología
comprensible a cambio de esta desconocida... Estoy totalmente de acuerdo en
que la falta de una prueba física es de lo más frustrante, tanto para las
víctimas como para los investigadores. Lamentablemente, la presentación de
pruebas se ve dificultada en extremo por el modo en que son abducidas las
víctimas. A menudo se me llevan con el camisón (que después me quitan) o
ya desnuda. En estas condiciones es casi imposible esconder una cámara...
Me he despertado con cuchilladas profundas, heridas cosidas, pieles
levantadas, lesiones en los ojos, la nariz y las orejas sangrando, quemaduras y
marcas de dedos que duran unos días después del hecho. Me he sometido a
revisiones de médicos cualificados, pero ninguno ha podido dar una
explicación satisfactoria. No se trata de una automutilación, no son
estigmas... Le ruego que recuerde que la mayoría de los abducidos afirman no
haber tenido interés en los ovnis anteriormente (yo soy una de ellos), que no
tenían un historial de abusos en la infancia (yo tampoco), que no desean
publicidad o notoriedad (yo tampoco) y, en realidad, han hecho un gran
esfuerzo para evitar reconocer la implicación que fuera, presumiendo que
están experimentando una depresión nerviosa u otro trastorno psicológico
(como yo). De acuerdo, muchos de los que se proclaman abducidos (y
contactados) buscan publicidad para ganar dinero o para satisfacer su
necesidad de atención. Yo sería la última en negar que esa gente existe. Lo
que niego es que TODOS los abducidos se imaginen o falsifiquen estos
acontecimientos para colmar sus propias aspiraciones personales.
• Los ovnis no existen. Creo que eso exige una fuente de energía eterna, y eso
no existe... He hablado con Jesús. El comentario de la revista Parade es muy
destructivo y disfruta asustando a la sociedad, le ruego que piense con la
mente más abierta porque nuestros seres inteligentes de espacios exteriores
existen y son nuestros creadores... Yo también fui abducido. Para ser sincero,
esos seres queridos me han hecho más bien que mal. Me han salvado la
vida... ¡El problema de los seres de la Tierra es que quieren pruebas, pruebas
y más pruebas!
• En la Biblia se habla de cuerpos terrestres y celestiales. Eso no equivale a
decir que Dios aprueba el abuso sexual o que estamos locos.
• Tengo una fuerte telepatía desde hace ya veintisiete años. No recibo,
transmito... Vienen ondas de alguna parte del espacio exterior que rebotan en
mi cabeza y me transmiten pensamientos, palabras e imágenes de la cabeza
de cualquier persona al alcance... Me aparecen imágenes en la cabeza que yo
no puse ahí, y se desvanecen con la misma rapidez. Los sueños dejan de ser
sueños para parecerse más a producciones de Hollywood... Son criaturas
listas y no cederán... Quizá esos enanitos sólo quieren comunicarse... Si
finalmente toda esa presión me hace volver psicótico —o tengo otro infarto—
, desaparecerá conmigo la última prueba segura de que existe vida en el
espacio.
• Creo que he encontrado una explicación científica terrestre plausible para
las numerosas denuncias de ovnis. [El escritor se pone aquí a comentar los
rayos de bola.] Si le gusta lo que escribo, ¿me podría ayudar a publicarlo?
• Sagan se niega a tomar en serio lo que dicen las víctimas de cualquier cosa
que la ciencia del siglo XX no pueda explicar.
• Ahora los lectores tendrán la libertad de tratar a los abducidos... como si no
fueran víctimas de una simple ilusión. Los abducidos sufren el mismo tipo de
trauma que una víctima de violación, y ver que las personas que tienen más
cerca rechazan sus experiencias es una segunda victimización que los deja sin
sistema de apoyo. Es difícil encajar un encuentro con extraterrestres; la
víctima necesita apoyo, no racionalizaciones.
• Mi amigo Frankie quiere que al volver le traiga un cenicero o una caja de
cerillas, pero creo que, probablemente, esos visitantes son demasiado
inteligentes para fumar.
• Tengo la sensación de que el fenómeno de la abducción por extraterrestres
es poco más que una secuencia de sueños recuperada indirectamente del
almacén de la memoria. No hay más hombrecitos verdes ni platillos volantes
que imágenes de las cosas que tenemos almacenadas en nuestro cerebro.
• Cuando los supuestos científicos conspiran para censurar e intimidar a los
que se esfuerzan por ofrecer nuevas hipótesis perspicaces sobre teorías
convencionales... deberían dejar de ser considerados científicos para ser los
impostores inseguros que son realmente y que sólo se sirven a sí mismos a...
Con el mismo criterio, ¿debemos seguir creyendo también que J. Edgar
Hoover fue un buen director del FBI y no la herramienta homosexual del
crimen organizado que era?
• Su conclusión de que una gran cantidad de personas de este país, quizá
tantas como cinco millones, son víctimas de una alucinación masiva idéntica
es estúpida.
• Gracias al Tribunal Supremo... América está abierta de par en par a las
religiones paganas orientales, bajo los auspicios de Satanás y sus demonios, y
ahora tenemos unos seres grises de un metro que secuestran a los terrícolas y
realizan toda suerte de experimentos con ellos, y estas ideas son propagadas
por personas con una educación superior a su inteligencia y que deberían
saber más... Su pregunta [«¿Nos visitan?»] no es ningún problema para los
que conocemos la palabra de Dios, somos cristianos renacidos y buscamos a
nuestro Redentor en los cielos para que nos salve de este mundo de pecado,
enfermedad, guerra, sida, crimen, aborto, homosexualidad, adoctrinamiento
de la Orden Nueva-Era-Nuevo-Mundo, lavado de cerebro de los medios de
comunicación, perversión y subversión en el gobierno, educación, negocios,
finanzas, sociedad, religión, etc. Los que rechazan al Dios Creador de la
Biblia están condenados a creer el tipo de cuentos de hadas que su artículo
trata de propagar como cierto.
• Si no hay razón para tomar en serio el asunto de las visitas extraterrestres,
¿por qué es el tema más reservado del gobierno de Estados Unidos?
• Quizá alguna raza extraterrestre mucho más antigua, de un sistema estelar
relativamente deficiente en metales, intenta prolongar su existencia
apoderándose de un mundo mejor y más joven y mezclándose con sus
habitantes.
• Si me gustaran las apuestas, apostaría que su buzón debe de rebosar de
historias como la que acabo de relatar. Sospecho que lo psíquico [la psique]
presenta esos demonios y ángeles, luces y círculos como parte de nuestro
desarrollo. Son parte de nuestra naturaleza.
• La ciencia se ha convertido en la «magia que funciona». Los ufólogos son
herejes que deberían ser excomulgados o quemados en la hoguera.
• [Varios lectores escribieron para decir que los extraterrestres eran demonios
enviados por Satanás, que es capaz de nublarnos la mente. Una propone que
el insidioso propósito satánico es que nos preocupemos por una invasión
extraterrestre de modo que cuando Jesús y sus ángeles aparezcan sobre
Jerusalén, en lugar de ponernos contentos nos asustemos.] Espero que no me
despache [escribe ella] como otra chiflada religiosa. Soy bastante normal y
conocida en mi pequeña comunidad.
• Usted, señor, está en posición de hacer dos cosas: saber algo de las
abducciones y encubrirlo, o sentir que, como no ha sido abducido (a lo mejor
no están interesados en usted), no ocurren.
• [Se celebró] un juicio por traición contra el presidente y el Congreso de
Estados Unidos por un pacto realizado a principios de la década de los
cuarenta con los extraterrestres, que posteriormente se mostraron hostiles... El
pacto acordaba proteger el secreto de los extraterrestres a cambio de parte de
su tecnología [aeronaves invisibles para el radar y fibras ópticas, revela otro
corresponsal].
• Algunos de esos seres son capaces de interceptar el cuerpo espiritual cuando
viaja.
• Me comunico con un ser extraterrestre. Esta comunicación empezó a
principios de 1992. ¿Qué más puedo decir?
• Los extraterrestres pueden estar uno o dos pasos por delante del
pensamiento de los científicos y saben cómo pueden dejar tras ellos claves
insuficientes que puedan satisfacer a los del tipo de Sagan, hasta que la
sociedad esté mejor preparada mentalmente para enfrentarse a todo ello...
Quizá usted comparta la opinión de que si lo que ocurre con respecto a ovnis
y extraterrestres se creyera real, sería demasiado traumático pensar en ello.
Sin embargo... se han manifestado desde hace unos 5000-15000 años o más,
cuando estuvieron aquí durante largos períodos engendrando la mitología de
dioses y diosas de todas las culturas. Y a fin de cuentas, en todo ese tiempo
no han ocupado la Tierra; no nos han dominado ni echado de ella.
• El Homo sapiens se modeló genéticamente, creado inicialmente como
sustituto de trabajadores y criados de los DIOSES DEL CIELO (DINGIR/ELOHIM/
ANUNNAKI).
• La explosión que vio la gente era carburante de hidrógeno de un crucero de
las estrellas que tenía que aterrizar en el norte de California... La gente que
iba en el crucero se parecía a Mr. Spock de la serie de televisión «Star Trek».
• Tanto si son del siglo XV como del XX, hay un hilo común en todos estos
informes. Los individuos que han experimentado traumas sexuales tienen
grandes dificultades para entenderlos y aceptarlos, Los términos que usan
para describir las alucinaciones [resultantes] pueden ser incoherentes e
incomprensibles.
• Encontramos que no somos tan inteligentes como creíamos, aunque todavía
somos testarudos y nuestro mayor pecado es el orgullo. Y ni siquiera
sabemos que nos están llevando a Harmagedón*. La estrella señalaba una
pequeña cabaña, atravesó el cielo guiando a los sabios hacia aquella cabaña,
asustó a los pastores con las palabras «No temáis». Su proyector era la gloria
de Dios de Ezequiel, la luz de Pablo que temporalmente le cegó... Era el
barco en que unos pequeños hombrecitos se llevaron al viejo Rip,
hombrecitos llamados duendes, hadas, elfos, esas «creaciones» de creadores
que tienen deberes específicos... El Pueblo de Dios todavía no está preparado
para darse a conocer a nosotros. Primero, Harmagedón, luego, cuando ya
*
¿Armagedón?
SEPAMOS, podremos ir solos. Cuando seamos humildes, cuando no les
disparemos. Dios volverá.
• La respuesta a esos extraterrestres del espacio exterior es sencilla. Vienen
del hombre. Del hombre que usa drogas con la gente. En instituciones
mentales de todo el país hay gente que no tiene control sobre sus emociones y
comportamiento. Para controlarlos, les dan una variedad de fármacos
antipsicóticos... Si uno toma fármacos a menudo... empieza a tener lo que se
llama «filtraciones»: aparecen imágenes como un flash en la mente de
personas con aspecto extraño que se acercan a tu cara. Así empieza la
búsqueda de la respuesta de qué le han hecho a uno los extraterrestres. Será
uno de los miles de abducidos por ovnis. La gente le llamará loco. La razón
de las extrañas criaturas es que la torazina distorsiona la visión del
subconsciente... Se rieron del escritor, le ridiculizaron, amenazaron su vida
[por presentar esas ideas].
• La hipnosis prepara la mente para la invasión de demonios, diablos y
hombrecitos grises. Dios quiere que vayamos vestidos y con la mente sana...
Todo lo que puedan hacer sus «hombrecitos grises», ¡Cristo puede hacerlo
mejor!
• Espero no sentirme nunca tan superior como para no reconocer que la
Creación no está limitada a mí misma sino que abarca al universo y todas sus
entidades.
• En 1977, un ser celestial me habló de una lesión que tuve en 1968 en la
cabeza.
• [Una carta de un hombre que tuvo veinticuatro encuentros distintos con] un
vehículo flotante en forma de platillo silencioso [y que en consecuencia]
experimentó un desarrollo progresivo y una ampliación de funciones
mentales como la clarividencia, la telepatía y la estimulación [canalización]
de la energía de vida universal con el objetivo de curar.
• A lo largo de los años he visto y hablado con «fantasmas», he recibido la
visita de extraterrestres (aunque de momento no me han abducido), he visto
cabezas tridimensionales flotando junto a mi cama, he oído llamar a mi
puerta... Esas experiencias parecían reales como la vida misma. Nunca había
pensado en estas experiencias como algo más de lo que son en realidad: un
juego de mi pensamiento.21
• Una alucinación podría explicar el 99% de los casos, pero ¿puede explicar
jamás el 100%?
• Los ovnis son... un asunto de profunda fantasía que no tiene NINGÚN TIPO
DE BASE FACTUAL. Le ruego que no preste crédito a un engaño.
• El doctor Sagan formó parte del comité de las Fuerzas Aéreas que evaluó
las investigaciones del gobierno sobre los ovnis y, a pesar de ello, quiere que
21
De una carta recibida por The Skeptical Inquírer; cortesía de Kendrick Prazier.
creamos que no hay ninguna prueba sustancial de que existen los ovnis. Le
ruego que explique por qué necesitaba el gobierno que fueran evaluadas.
• Voy a ejercer presión sobre el diputado que me representa para que intente
cancelar los fondos de ese programa de escucha de señales extraterrestres del
espacio porque es tirar el dinero. Ya están entre nosotros.
• El gobierno gasta millones de dólares de impuestos para investigar los
ovnis. El proyecto SETI (búsqueda de inteligencia extraterrestre) sería una
pérdida de dinero si realmente el gobierno creyera que los ovnis no existen.
Personalmente me excita el proyecto SETI porque muestra que nos movemos
en la dirección correcta; hacia la comunicación con extraterrestres, en lugar
de ser unos observadores poco dispuestos.
• Los súcubos, que yo identificaba como una especie de violación astral,
aparecieron del 78 al 92. Fue duro para un católico serio, moralista y
practicante; fue desmoralizante, deshumanizador, y me tuvo muy preocupado
por las consecuencias físicas de los efectos de la enfermedad.
• ¡Viene gente del espacio! Esperan llevarse a quien puedan, especialmente a
los niños, que son los «retoños» de la próxima generación de la humanidad,
junto con sus padres, abuelos y otros adultos cooperantes a un lugar seguro
antes de la próxima conjunción principal planetaria máxima de manchas
solares, que está ya en el horizonte. La Nave Espacial aparece todas las
noches y se acerca para asistirnos cuando lleguen las Grandes Llamaradas del
Sol, antes de que empiece la turbulencia en la atmósfera. El cambio polar
ocurrirá ahora que se acerca a su nueva posición para la Era de Acuario... [El
autor también me informa de que están] trabajando con el Comando Ashtar,
donde Jesucristo se reúne con los que van a bordo para dar instrucciones. Hay
muchos dignatarios presentes, incluidos los arcángeles Miguel y Gabriel.
• Tengo amplia experiencia en trabajo de energía terapéutica, que implica
eliminar pautas cuadriculadas, ataduras negativas de la memoria e implantes
extraterrestres de cuerpos humanos y sus campos de energía circundantes. Mi
trabajo se utiliza principalmente como ayuda adicional a la psicoterapia.
Entre mis clientes tengo hombres de negocios, constructores, artistas
profesionales, terapeutas y niños... La energía extraterrestre es muy fluida,
tanto dentro del cuerpo como cuando se retira, y debe ser contenida lo antes
posible. Las redes de energía suelen estar cerradas alrededor del corazón o en
una formación triangular a través de los hombros.
• Después de una experiencia así, no creo que hubiera podido darme la vuelta
para seguir durmiendo y ya está.
• Creo en los finales felices. Siempre he creído en ellos. Después de haber
visto una figura tan alta que llegaba hasta el techo —con el pelo dorado y
reluciente como un árbol de Navidad encendido, elevando al niño pequeño
junto a nosotros—, ¿cómo puede uno no creer? Entendí el mensaje que
transmitía la figura —al niño pequeño— y era yo. Siempre habíamos
hablado. ¿Cómo podría haber sido soportable la vida de otro modo... en un
lugar como éste?... ¿Estados mentales poco familiares? Ha dado en el clavo.
• ¿Quién es realmente el responsable de este planeta?
CAPÍTULO 12
EL SUTIL ARTE
DE DETECTAR
CAMELOS
La comprensión humana no es simple
luz sino que recibe infusión de la
voluntad y los afectos;
de donde proceden ciencias que pueden
llamarse «ciencias a discreción». Porque
el hombre cree con más disposición lo
que preferiría que fuera cierto. En
consecuencia rechaza cosas difíciles por
impaciencia en la investigación; silencia
cosas, porque reducen las esperanzas;
lo más profundo de la naturaleza, por
superstición; la luz de la experiencia,
por arrogancia y orgullo; cosas no
creídas comúnmente, por deferencia a la
opinión del vulgo. Son pues
innumerables los caminos, y a veces
imperceptibles, en que los afectos
colorean e infectan la comprensión.
FRANCIS BACON
*
,
Novum Organon
(1620)
*
Bagon en el original
Mis padres murieron hace años. Yo estaba muy unido a ellos. Todavía
los echo terriblemente de menos. Sé que siempre será así. Anhelo creer que
su esencia, sus personalidades, lo que tanto amé de ellos, existe —real y
verdaderamente— en alguna otra parte. No pediría mucho, sólo cinco o diez
minutos al año, por ejemplo, para hablarles de sus nietos, para ponerlos al día
de las últimas novedades, para recordarles que los quiero. Hay una parte de
mí —por muy infantil que suene— que se pregunta dónde estarán. «¿Os va
todo bien?», me gustaría preguntarles. La última palabra que se me ocurrió
decirle a mi padre en el momento de su muerte fue: «Cuídate.»
A veces sueño que hablo con mis padres y, de pronto, inmerso
todavía, en el funcionamiento del sueño, se apodera de mí la abrumadora
constatación de que en realidad no murieron, que todo ha sido una especie de
error horrible. En fin, están aquí, sanos y salvos, mi padre contando chistes
malos, mi madre aconsejándome con total seriedad que me ponga una
bufanda porque hace mucho frío. Cuando me despierto emprendo un breve
proceso de lamentación. Sencillamente, algo dentro de mí se afana por creer
en la vida después de la muerte. Y no tiene el más mínimo interés en saber si
hay alguna prueba contundente de que exista.
Así pues, no me río de la mujer que visita la tumba de su marido y
habla con él de vez en cuando, quizá en el aniversario de su muerte. No es
difícil de entender. Y, si tengo dificultades con el estado ontológico de la
persona con quien habla, no importa. No se trata de eso. Se trata de que los
humanos se comportan como humanos. Más de un tercio de los adultos de
Estados Unidos cree que ha establecido contacto a algún nivel con los
muertos. Los números parecen haber aumentado un quince por ciento entre
1977 y 1988. Un cuarto de los americanos creen en la reencarnación.
Pero eso no significa que esté dispuesto a aceptar las pretensiones de
un «médium» que declara comunicarse con los espíritus de los seres queridos
difuntos, cuando soy consciente de que en esta práctica abunda el fraude. Sé
hasta qué punto deseo creer que mis padres sólo han abandonado la envoltura
de sus cuerpos, como los insectos o serpientes que mudan, y han ido a otro
sitio. Entiendo que esos sentimientos pueden hacerme presa fácil de un timo
poco elaborado; como también a personas normales poco familiarizadas con
su inconsciente o aquellas que sufren un trastorno psiquiátrico disociativo.
De mala gana recurro a mis reservas de escepticismo.
¿Cómo es, me pregunto, que los canalizadores nunca nos dan una
información verificable que no se pueda alcanzar de otro modo? ¿Por qué
Alejandro Magno nunca nos habla de la localización exacta de su tumba,
Fermat de su último teorema, John Wiikes Booth de la conspiración para
asesinar a Lincoln o Hermann Góring del incendio del Reichstag? ¿Por qué
Sófocles, Demócrito y Aristarco no nos dictan sus libros perdidos? ¿Acaso no
desean que las generaciones futuras tengan acceso a sus obras maestras?
Si se anunciara alguna prueba consistente de que hay vida después de
la muerte, yo la examinaría ansioso; pero tendría que tratarse de datos
científicos reales, no meramente anecdóticos. Como con «la Cara» de Marte
y las abducciones por extraterrestres, repito que es mejor la verdad por dura
que sea que una fantasía consoladora. Y, a la hora de la verdad, los hechos
suelen ser más reconfortantes que la fantasía.
La premisa fundamental de la «canalización», el espiritualismo y
otras formas de necromancia es que no morimos cuando morimos. No
exactamente. Alguna parte del pensamiento, de los sentimientos y del
recuerdo continúa. Este lo que sea —una alma o espíritu, ni materia ni
energía, sino algo más— puede, se nos dice, volver a entrar en cuerpos de
humanos y otros seres en el futuro, y así la muerte ya no es tan punzante. Lo
que es más, si las opiniones del espiritualismo o canalización son ciertas,
tenemos la oportunidad de establecer contacto con nuestros seres queridos
fallecidos.
J. Z. Knight, del estado de Washington, afirma que está en contacto
con alguien de 35000 años de edad llamado «Ramtha». Habla muy bien el
inglés, a través de la lengua, los labios y las cuerdas vocales de Knight,
produciendo lo que a mí me suena como un acento del Raj indio. Como la
mayoría de la gente sabe hablar, y muchos —desde niños hasta actores
profesionales— tienen un repertorio de voces a sus órdenes, la hipótesis más
sencilla es que la señora Knight hace hablar a Ramtha por su cuenta y no
tiene contacto con entidades incorpóreas de la era glacial del pleistoceno. Si
hay alguna prueba de lo contrario, me encantaría oírla. Sería bastante más
impresionante que Ramtha pudiera hablar por sí mismo, sin la ayuda de la
boca de la señora Knight. Si no, ¿cómo podríamos comprobar la afirmación?
(La actriz Shirley McLaine atestigua que Ramtha era su hermano en la
Atlántida, pero ésa es otra historia.)
Supongamos que pudiera someterse a Ramtha a un interrogatorio.
¿Podríamos verificar que es quien dice ser? ¿Cómo sabe que ha vivido 35
000 años, aunque sea aproximadamente? ¿Qué calendario emplea? ¿Quién
mantiene el hilo de los siglos intermedios? ¿Treinta y cinco mil más o menos
qué? ¿Cómo eran las cosas hace 35 000 años? O bien Ramtha tiene realmente
35 000 años, en cuyo caso descubrimos algo sobre aquella época, o bien es
un farsante y meterá la pata (aunque en realidad será ella quien lo haga).
¿Dónde vivía Ramtha? (Sé que habla inglés con acento indio, pero
¿dónde hablaban así hace 35 000 años?) ¿Qué clima había? ¿Qué comía
Ramtha? (Los arqueólogos tienen alguna idea de qué comía entonces la
gente.) ¿Cuáles eran las lenguas indígenas y la estructura social? ¿Con quién
vivía Ramtha: esposa, esposas, hijos, nietos? ¿Cuál era el ciclo de vida, la
tasa de mortalidad infantil, la esperanza de vida? ¿Tenían un control de
natalidad? ¿Qué ropa llevaban? ¿Cómo se fabricaban las telas? ¿Cuáles eran
los depredadores más peligrosos? ¿Utensilios y estrategias de caza y pesca?
¿Armas? ¿Sexismo endémico? ¿Xenofobia y etnocentrismo? Y si Ramtha
viniese de la «gran civilización» de la Atlántida, ¿dónde están los detalles
lingüísticos, históricos, tecnológicos y demás? ¿Cómo escribían? Que nos lo
diga. En cambio, sólo se nos ofrecen homilías banales.
Aquí hay, para tomar otro ejemplo, una serie de informaciones
canalizadas no a través de una persona anciana muerta, sino de entidades no
humanas desconocidas que hacen círculos en los cultivos, tal como la registró
el periodista Jim Schnabel:
Nos produce ansiedad esta nación pecadora que esparce mentiras sobre
nosotros. No venimos en máquinas, no aterrizamos en vuestra tierra en
máquinas... Venimos como el viento. Somos la Fuerza de Vida. Fuerza de
Vida que procede de la tierra... Venid... Estamos sólo a un soplo de aire... a un
soplo de aire... no a un millón de kilómetros... una Fuerza de Vida que es
mayor que las energías de tu cuerpo. Pero nos encontramos en un nivel de
vida superior... No necesitamos nombre. Somos paralelos a vuestro mundo,
junto a vuestro mundo... Los muros han caído. Dos hombres se levantarán del
pasado... el gran oso... el mundo estará en paz.
La gente presta atención a esas fantasías pueriles sobre todo porque
prometen algo parecido a la religión de otros tiempos, especialmente vida
después de la muerte, incluso vida eterna.
Un panorama muy diferente de algo parecido a la vida eterna es el
que propuso en una ocasión el versátil científico británico J. B. S. Haldane
que, entre muchas otras cosas, fue uno de los fundadores de la genética de
poblaciones. Haldane imaginaba un futuro lejano en el que las estrellas se
habrían apagado y el espacio estaría lleno principalmente de gas frío y poco
denso. Sin embargo, si esperamos lo suficiente, se producirán fluctuaciones
estadísticas en la densidad de este gas. Durante inmensos períodos de tiempo,
las fluctuaciones serán suficientes para reconstituir un universo parecido al
nuestro. Si el universo es infinitamente viejo, habrá un número infinito de
reconstituciones así, señalaba Haldane.
Así pues, en un universo infinitamente viejo con un número infinito
de apariciones de galaxias, estrellas, planetas y vida, debe reaparecer una
Tierra idéntica en la que nos reuniremos con nuestros seres queridos. Podré
volver a ver a mis padres y presentarles a los nietos que nunca conocieron. Y
todo eso no ocurrirá una vez, sino un número infinito de veces.
De algún modo, sin embargo, eso no llega a ofrecer el consuelo de la
religión. Si ninguno de nosotros va a tener ningún recuerdo de lo que ocurrió
esta vez, del tiempo que estamos compartiendo el lector y yo, las
satisfacciones de la resurrección corporal suenan huecas, al menos a mis
oídos.
Pero en esta reflexión he infravalorado lo que significa la infinidad.
En el cuadro de Haldane habrá universos, ciertamente un número infinito de
ellos, en el que nuestros cerebros tendrán un recuerdo pleno de muchos
combates previos. La satisfacción está a nuestro alcance, aunque templada
por la idea de todos los otros universos que también entrarán en existencia
(nuevamente, no una sino un número infinito de veces) con tragedias y
horrores que superarán en mucho todo lo que hemos experimentado esta vez.
La Consolación de Haldane depende, sin embargo, del tipo de
universo en que vivimos, y quizá de arcanos tales como si hay bastante
materia para invertir la expansión del universo y el carácter de las
fluctuaciones del vacío. Los que tienen un deseo profundo de vida después de
la muerte pueden dedicarse, por lo que parece, a la cosmología, la gravedad
cuántica, la física de las partículas elementales y la aritmética transfinita.
---oooo---Clemente de Alejandría, padre de la primera Iglesia, en su
Exhortación a los griegos (escrita alrededor del año 190) despreciaba las
creencias paganas con palabras que hoy podrían parecer un poco irónicas:
Lejos estamos ciertamente de permitir que hombres adultos escuchen este tipo
de cuentos. Ni siquiera cuando nuestros propios hijos lloran lágrimas de
sangre, como dice el refrán, tenemos el hábito de contarles historias fabulosas
para calmarlos.
En nuestra época tenemos criterios menos severos. Hablamos a los niños de
Papá Noel y el ratoncito Pérez por razones que creemos emocionalmente
sólidas, pero los desengañamos de esos mitos antes de hacerse mayores. ¿Por
qué retractarnos? Porque su bienestar como adultos depende de que conozcan
el mundo como realmente es. Nos preocupan, y con razón, los adultos que
todavía creen en Papá Noel.
En las religiones doctrinales, «los hombres no osan reconocer, ni siquiera
ante su propio corazón», escribía el filósofo David Hume,
las dudas que abrigan sobre esos temas. Convierten en mérito la fe implícita; y
disimulan ante ellos mismos su infidelidad real a través de las más fuertes
aseveraciones y la intolerancia más positiva.
Esta infidelidad tiene profundas consecuencias morales, como
escribió el revolucionario americano Tom Paine en La edad de la razón:
La infidelidad no consiste en creer o no creer; consiste en profesar que se cree
lo que no se cree. Es imposible calcular el perjuicio moral, si se me permite
expresarlo así, que ha producido la mentira mental en la sociedad. Cuando el
hombre ha corrompido y prostituido de tal modo la castidad de su mente como
para someter su profesión de fe a algo que no cree, se ha puesto en
condiciones de cometer cualquier otro crimen.
La formulación de T. H. Huxiey* era:
La base de la moralidad es... dejar de simular que se cree aquello de lo que no
hay pruebas y de repetir propuestas ininteligibles sobre cosas que superan las
posibilidades del conocimiento.
Clement, Hume, Paine y Huxiey hablan de religión. Pero gran parte
de lo que escribieron tiene aplicaciones más generales... por ejemplo, al
omnipresente fastidio de los anuncios que dominan nuestra civilización
comercial. Hay unos anuncios de aspirina en los que los actores que hacen de
médicos revelan que el producto de la competencia sólo tiene tal cantidad del
ingrediente analgésico más recomendado por los médicos... no dicen cuál es
este misterioso ingrediente. Su producto, en cambio, tiene una cantidad
espectacularmente mayor (de 1,2 a 2 veces más por tableta), por lo que hay
que comprarlo. Pero ¿por qué no tomar dos pastillas de la competencia? O
consideremos el analgésico que funciona mejor que el producto de «efecto
regular» de la competencia. ¿Por qué no tomar entonces el producto
competitivo de «efecto extra»? Y, desde luego, no nos hablan de las más de
mil muertes anuales en Estados Unidos por el uso de la aspirina, o los
posibles cinco mil casos anuales de insuficiencia renal por uso de
acetaminofeno, del que la marca más vendida es Tyienol. (Aunque eso podría
*
¿T. H. Huxley?
tratarse de un Caso de correlación sin causación.) O ¿qué importa que un
cereal de desayuno tenga más vitaminas cuando podemos tomarnos una
pastilla de vitaminas con el desayuno? Igualmente, ¿qué incidencia tiene que
un antiácido contenga calcio si el calcio sirve para la nutrición pero es
irrelevante para la gastritis? La cultura comercial está llena de informaciones
erróneas y evasivas a expensas del consumidor. No se espera que
preguntemos. No piense. Compre.
La recomendación (pagada) de productos, especialmente por parte de
expertos reales o supuestos, constituye una avalancha constante de engaños.
Delata su menosprecio por la inteligencia de sus clientes. Presenta una
corrupción insidiosa de actitudes populares sobre la objetividad científica.
Hay incluso anuncios en los que científicos reales, algunos de distinción
considerable, aparecen como cómplices de las empresas. Ellos revelan que
los científicos también son capaces de mentir por dinero. Como advirtió Tom
Paine, acostumbrarse a las mentiras pone los cimientos de muchos otros
males.
Tengo delante de mí mientras escribo el programa de una de las
exposiciones de Vida Sana que se celebran anualmente en San Francisco.
Como es de rigor, asisten decenas de miles de personas. Expertos altamente
cuestionables venden productos altamente cuestionables. He aquí algunas
presentaciones: «Cómo producen dolor y sufrimiento las proteínas
bloqueadas en la sangre.» «Cristales, ¿son talismanes o piedras?» (Yo tengo
mi propia opinión.) Sigue: «Del mismo modo que un cristal refleja ondas de
sonido y de luz para radio y televisión —ésta es una interpretación burda e
insípida de cómo funcionan la radio y la televisión—, también puede
amplificar las vibraciones espirituales para los humanos armonizados.» O
aquí hay otra: «Retorno de la diosa, ritual de presentación.» Otro:
«Sincronización, la experiencia del reconocimiento.» Esta la da el «Hermano
Carlos». O, en la página siguiente: «Tú, Saint-Germain y la curación
mediante la llama violeta.» Así sigue sin parar, con profusión de anuncios
sobre las «oportunidades» —que recorren la corta gama de discutible a
falsa— que uno puede encontrar en esas muestras.
Enloquecidas víctimas del cáncer emprenden un peregrinaje hacia las
Filipinas, donde «cirujanos psíquicos», después de haber manoseado trozos
de hígado de pollo o corazón de cabra, dicen que han llegado a las entrañas
del paciente para retirar el tejido enfermo, que luego es expuesto
triunfalmente. Algunos líderes de las democracias occidentales consultan con
regularidad a astrólogos y místicos antes de tomar decisiones de Estado.
Sometidos a la exigencia pública de resultados, los policías que tienen entre
manos un asesinato no resuelto o un cuerpo desaparecido consultan a
«expertos» de PES (que nunca adivinan nada más de lo que puede dictar el
sentido común pero, según ellos, la policía no deja de llamar). Se anuncia que
naciones enemigas están más adelantadas en cuestiones de clarividencia y la
CIA, por insistencia del Congreso, invierte dinero público para descubrir si
pueden localizarse submarinos en las profundidades oceánicas concentrando
el pensamiento en ellos. Un «psíquico» —armado con péndulos sobre unos
mapas y varillas de zahori en los aviones— pretende encontrar nuevos
depósitos de minerales; una compañía minera australiana le paga una gran
cantidad de dólares de entrada, que no deberá devolver en caso de fracaso, y
una participación en la explotación del mineral en caso de éxito. No se
descubre nada. Estatuas de Jesús o murales de María muestran manchas de
humedad, y millones de personas de buen corazón están convencidas de
haber visto un milagro.
Todo eso son casos de camelo presunto o demostrado. Aparece un
engaño, a veces inocentemente pero en colaboración, a veces con cínica
premeditación. Normalmente la víctima se ve sometida a fuertes emociones:
maravilla, temor, avaricia, pesar. La aceptación crédula de un camelo puede
costarle dinero; eso es lo que quería decir P. T. Barnum cuando dijo: «Nace
un primo cada minuto.» Pero puede ser mucho más peligroso que eso y,
cuando los gobiernos y las sociedades pierden la capacidad de pensar
críticamente, los resultados pueden ser catastróficos... por mucho que lo
sintamos por los que han caído en el engaño.
En ciencia, podemos empezar con resultados experimentales, datos,
observaciones, medidas, «hechos». Inventamos, si podemos, toda una serie
de explicaciones posibles y confrontamos sistemáticamente cada explicación
con los hechos. A lo largo de su preparación se proporciona a los científicos
un equipo de detección de camelos. Este equipo se utiliza de manera natural
siempre que se ofrecen nuevas ideas a consideración. Si la nueva idea
sobrevive al examen con las herramientas de nuestro equipo, concedemos una
aceptación cálida, aunque provisional. Si usted lo desea, si no quiere comprar
camelos aunque sea tranquilizador hacerlo, puede tomar algunas
precauciones; hay un método ensayado y cierto, probado por el consumidor.
¿De qué consta el equipo? De herramientas para el pensamiento
escéptico.
El pensamiento escéptico es simplemente el medio de construir, y
comprender, un argumento razonado y —especialmente importante—
reconocer un argumento falaz o fraudulento. La cuestión no es si nos gusta la
conclusión que surge de una vía de razonamiento, sino si la conclusión se
deriva de la premisa o punto de partida y si esta premisa es cierta.
Entre las herramientas:
• Siempre que sea posible tiene que haber una confirmación independiente de
los «hechos».
• Alentar el debate sustancioso sobre la prueba por parte de defensores con
conocimiento de todos los puntos de vista.
• Los argumentos de la autoridad tienen poco peso: las «autoridades» han
cometido errores en el pasado. Los volverán a cometer en el futuro. Quizá
una manera mejor de decirlo es que en la ciencia no hay autoridades; como
máximo, hay expertos.
• Baraje más de una hipótesis. Si hay algo que se debe explicar, piense en
todas las diferentes maneras en que podría explicarse. Luego piense en
pruebas mediante las que podría refutar sistemáticamente cada una de las
alternativas. Lo que sobrevive, la hipótesis que resiste la refutación en esta
selección darwiniana entre «hipótesis de trabajo múltiples» tiene muchas más
posibilidades de ser la respuesta correcta que si usted simplemente se hubiera
quedado con la primera idea que se le ocurrió.22
• Intente no comprometerse en exceso con una hipótesis porque es la suya. Se
trata sólo de una estación en el camino de búsqueda del conocimiento.
Pregúntese por qué le gusta la idea. Compárela con justicia con las
alternativas. Vea si puede encontrar motivos para rechazarla. Si no, lo harán
otros.
• Cuantifique. Si lo que explica, sea lo que sea, tiene alguna medida, alguna
cantidad numérica relacionada, será mucho más capaz de discriminar entre
hipótesis en competencia. Lo que es vago y cualitativo está abierto a muchas
explicaciones. Desde luego, se pueden encontrar verdades en muchos asuntos
cualitativos con los que nos vemos obligados a enfrentarnos, pero
encontrarlas es un desafío mucho mayor.
• Si hay una cadena de argumentación, deben funcionar todos los eslabones
de la cadena (incluyendo la premisa), no sólo la mayoría.
• El rasero de Occam*. Esta conveniente regla empírica nos induce, cuando
nos enfrentamos a dos hipótesis que explican datos igualmente buenos, a
elegir la más simple.
• Pregúntese siempre si la hipótesis, al menos en principio, puede ser
falsificada. Las proposiciones que no pueden comprobarse ni demostrarse
falsas, no valen mucho. Consideremos la gran idea de que nuestro universo y
todo lo que contiene es sólo una partícula elemental —un electrón, por
ejemplo— en un cosmos mucho más grande. Pero si nunca podemos adquirir
información de fuera de nuestro universo, ¿no es imposible refutar la idea?
Ha de ser capaz de comprobar las aseveraciones. Debe dar oportunidad a
22
Este problema afecta a los juicios con jurado. Estudios retrospectivos demuestran que algunos
miembros del jurado deciden su opinión muy pronto quizá durante los discursos de apertura— y
luego se quedan con la prueba que parece encajar con sus impresiones iniciales y rechazar la
prueba contraria. No les pasa por la cabeza el método de hipótesis alternativas de trabajo.
*
¿la navaja de Ockham?
escépticos inveterados de seguir su razonamiento para duplicar sus
experimentos y ver si se consigue el mismo resultado.
La confianza en los experimentos cuidadosamente diseñados y
controlados es clave, como he intentado subrayar antes. No aprenderemos
mucho de la mera contemplación. Es tentador quedarse satisfecho con la
primera explicación posible que se nos ocurre. Una es mucho mejor que
ninguna. Pero ¿qué ocurre cuando inventamos varias? Francis Bacon
proporcionó la razón clásica:
Puede ser que la argumentación no baste para el descubrimiento de un nuevo
trabajo, porque la sutileza de la naturaleza es muchas veces mayor que la del
argumento.
Los experimentos de control son esenciales. Si, por ejemplo, se dice
que una medicina nueva cura una enfermedad en el veinte por ciento de los
casos, debemos asegurarnos de que una población de control que toma una
pastilla de azúcar que los pacientes creen que podría ser el nuevo
medicamento no experimente una remisión espontánea de la enfermedad en
el veinte por ciento de los casos.
Deben separarse las variables. Supongamos que usted está mareado y
le dan una pulsera de metal y 50 miligramos de dimenhidrinato. Descubre
que le desaparece el malestar. ¿Qué ha sido: la pulsera o la pastilla? Sólo
puede saberlo si la vez siguiente toma una cosa y no otra y se marea. Ahora
supongamos que usted no tiene tanta devoción por la ciencia como para
permitirse estar mareado. Entonces no separará las variables. Tomará los dos
remedios a la vez. Ha conseguido el resultado práctico deseado; se podría
decir que no le merece la pena la molestia de conseguir más conocimientos.
A menudo el experimento debe ser de «doble ciego» a fin de que los
que esperan un descubrimiento determinado no estén en la posición
potencialmente comprometedora de evaluar los resultados. Cuando se prueba
una nueva medicina, por ejemplo, quizá se quiera que los médicos que
determinan qué síntomas de los pacientes se han visto aliviados no sepan qué
pacientes han recibido el nuevo fármaco. El conocimiento podría influir en su
decisión, aunque sólo fuera inconscientemente. En cambio, la lista de los que
experimentaron remisión de síntomas puede compararse con la de los que
tomaron el nuevo fármaco, realizada cada una con independencia. Entonces
se puede determinar qué correlación existe. O cuando hay un reconocimiento
policial o una identificación de foto, el oficial responsable no debería saber
quién es el principal sospechoso [para] no influir consciente ni
inconscientemente en el testigo.
---ooo---
Además de enseñamos qué hacer cuando evaluamos una declaración
de conocimiento, un buen equipo de detección de camelos también debe
enseñamos qué no hacer. Nos ayuda a reconocer las falacias más comunes y
peligrosas de la lógica y la retórica. Se pueden encontrar muchos buenos
ejemplos en religión y política, porque sus practicantes a menudo se ven
obligados a justificar dos proposiciones contradictorias. Entre esas falacias se
encuentran:
• ad hominem: latín «contra el hombre», atacar al que discute y no a su
argumentación (p. ej.: El reverendo doctor Smith es un conocido
fundamentalista de la Biblia, por lo que sus objeciones a la evolución no
deben tomarse en serio);
• argumento de autoridad (p. ej.: El presidente Richard Nixon debería ser
reelegido porque tiene un plan secreto para terminar la guerra en el sudeste
de Asia... pero, como era secreto, el electorado no tenía ninguna manera de
evaluar sus méritos; el argumento equivalía a confiar en él porque era
presidente: craso error, como se vio);
• argumento de consecuencias adversas (p. ej.: Debe existir un Dios que dé
castigo y recompensa porque, si no, la sociedad sería mucho más ilegal y
peligrosa, quizá incluso ingobernable.23 O: El acusado en un juicio de
asesinato con mucha publicidad recibió el veredicto de culpable; en otro
caso, habría sido un incentivo para que otros hombres matasen a sus
esposas);
• llamada a la ignorancia; la declaración de que todo lo que no ha sido
demostrado debe ser cierto, y viceversa (es decir: No hay una prueba
irresistible de que los ovnis no estén visitando la Tierra; por tanto, los ovnis
existen... y hay vida inteligente en todas partes en el universo. O: Puede
haber setenta mil millones de otros mundos pero, como no se conoce ninguno
que tenga el avance moral de la Tierra, seguimos siendo centrales en el
universo.) Esta impaciencia con la ambigüedad puede criticarse con la frase:
la ausencia de prueba no es prueba de ausencia;
• un argumento especial, a menudo para salvar una proposición en un
problema retórico profundo (p. ej.: ¿Cómo puede un Dios compasivo
condenar al tormento a las generaciones futuras porque, contra sus órdenes,
una mujer indujo a un hombre a comerse una manzana? Argumento
especial: no entiendes la sutil doctrina del libre albedrío. O: ¿ Cómo puede
23
Una formulación más cínica del historiador romano Polibio:
Como las masas del pueblo son inconstantes, plagadas de deseos desenfrenados e indiferentes a
las consecuencias, se las debe llenar de terror para mantener el orden. Los antiguos hicieron bien,
por tanto, en inventar los dioses y la creencia en el castigo después de la muerte.
haber un Padre, Hijo y Espíritu Santo igualmente divinos en la misma
persona? Argumento especial: no entiendes el misterio divino de la
Santísima Trinidad. O: ¿Cómo podía permitir Dios que los seguidores del
judaísmo, cristianismo e islam —obligados cada uno a su modo a medidas
heroicas de amabilidad afectuosa y compasión— perpetraran tanta crueldad
durante tanto tiempo? Argumento especial: otra vez, no entiendes el libre
albedrío. Y en todo caso, los caminos de Dios son misteriosos);
• pedir la pregunta, llamado también asumir la respuesta (p. ej.: Debemos
instituir la pena de muerte para desalentar el crimen violento. Pero ¿se
reduce la tasa de delitos violentos cuando se impone la pena de muerte? O: El
mercado de acciones sufrió ayer una caída debido a un ajuste técnico y la
retirada de beneficios por los inversores... pero ¿hay alguna prueba
independiente del papel causal del «ajuste» y retirada de beneficios; nos ha
enseñado algo esta explicación implícita?);
• selección de la observación, llamada también enumeración de
circunstancias favorables o, como lo describió Francis Bacon, contar los
aciertos y olvidar los fallos24 (p. ej.: Un Estado se jacta de los presidentes
que ha tenido, pero no dice nada de sus asesinos en serie);
• estadísticas de números pequeños, pariente cercano de la selección de la
observación (p. ej.: «Dicen que una de cada cinco personas es china. ¿Cómo
es posible? Yo conozco cientos de personas" y ninguna de ellas es china.
Suyo sinceramente.» O: He sacado tres sietes seguidos. Esta noche no puedo
perder»);
• incomprensión de la naturaleza de la estadística (p. ej.: El presidente
Dwight Eisenhower expresa asombro y alarma al descubrir que la mitad de
los americanos tienen una inteligencia por debajo de la media);
24
Mi ejemplo favorito es esta historia que se contaba del físico italiano Enrico Fermi
cuando, recién llegado a las costas americanas, se enroló en el «Proyecto Manhattan» de armas
nucleares y se encontró cara a cara en plena segunda guerra mundial con los almirantes
estadounidenses:
Fulano de tal es un gran general, le dijeron. ¿Cuál es la definición de un gran general?,
preguntó Fermi corno era típico en él.
Se supone que es un general que ha ganado muchas batallas consecutivas.
¿Cuántas?
Después de sumar y restar un poco, se fijaron en cinco.
¿Qué fracción de generales americanos son grandes?
Después de sumar y restar un poco más, se fijaron en un pequeño tanto por ciento.
Pero imaginemos, replicó Fermi, que no existe algo así como un gran general, que todos los
ejércitos son iguales y que ganar una batalla es puramente un asunto de posibilidades. Entonces,
la posibilidad de ganar una batalla es una de dos, o 1/2, dos batallas 1/4, tres 1/8, cuatro 1/16, y
cinco batallas consecutivas 1/32... que es cerca del tres por ciento. Es lógico esperar que un
pequeño tanto por ciento de generales americanos venzan en cinco batallas consecutivas, por
pura casualidad. Ahora bien, ¿alguno ha ganado diez batallas consecutivas?...
• inconsistencia (p. ej.: Prepararse con toda prudencia para lo peor de que sea
capaz un adversario militar potencial, pero ignorar las proyecciones
científicas en peligros medioambientales para ahorrar porque no están
«demostrados». O atribuir el descenso de la esperanza de vida en la antigua
Unión Soviética a los defectos del comunismo hace muchos años; pero no
atribuir nunca la alta tasa de mortalidad infantil de Estados Unidos (ahora la
más alta de las principales naciones industriales) a los defectos del
capitalismo. O considerar razonable que el universo siga existiendo siempre
en el futuro, pero juzgar absurda la posibilidad de que tenga una duración
infinita hacia el pasado);
• non sequitur: «no sigue», en latín (p. ej.: Nuestra nación prevalecerá
porque Dios es grande. Pero casi todas las naciones pretenden que eso es
cierto; la formulación alemana era: «Gott mit uns»), A menudo, los que caen
en la falacia non sequitur es simplemente que no han reconocido
posibilidades alternativas;
• post hoc, ergo propter hoc: en latín, «después de esto, luego a consecuencia
de esto» (p. ej.: Jaime Cardinal, arzobispo de Manila:
«Conozco... a una mujer de veintiséis años que parece tener sesenta porque
toma pildoras {anticonceptivas}.» O: Cuando las mujeres no votaban, no
había armas nucleares);
• pregunta sin sentido (p. ej.: ¿Qué ocurre cuando una fuerza irresistible
choca con un objeto inamovible? Pero si existe algo así como una fuerza
irresistible no puede haber objetos inamovibles, y viceversa);
• exclusión del medio o falsa dicotomía: considerar sólo los dos extremos en
un continuo de posibilidades intermedias (p. ej.: «Sí, claro, ponte de su parte;
mi marido es perfecto; yo siempre me equivoco.» O: «El que no quiere a su
país lo odia.» O: «Si no eres parte de la solución, eres parte del problema»);
• corto plazo contra largo plazo: un subgrupo de la exclusión del medio, pero
tan importante que lo he destacado para prestarle atención especial (p. ej.: No
podemos emprender programas para alimentar a los niños desnutridos y
educar a los preescolares. Se necesita tratar con urgencia el crimen en las
calles. O: ¿Por qué explorar el espacio o seguir la ciencia fundamental
cuando tenemos un déficit de presupuesto tan enorme?);
• terreno resbaladizo, relacionado con la exclusión del medio (p. ej.:
Si permitimos el aborto en las primeras semanas de embarazo, será
imposible impedir la muerte de un bebé formado. O al contrario: Si el Estado
nos prohíbe abortar aunque sea en el noveno mes, pronto nos empezará a
decir lo que tenemos que hacer con nuestro cuerpo en el momento de la
concepción);
• confusión de correlación y causa (p. ej.: Una encuesta muestra que hay más
homosexuales entre los licenciados universitarios que entre los de menor
educación; en consecuencia, la educación hace homosexual a la gente. O:
Los terremotos andinos están correlacionados con aproximaciones más
cercanas del planeta Urano; en consecuencia —a pesar de la ausencia de
una correlación así para el planeta más cercano y más imponente, Júpiter—,
lo segundo causa lo primero25
• hombre de paja: caricaturizar una postura para facilitar el ataque (p. ej.: Los
científicos suponen que los seres vivos se formaron juntos por casualidad,
una formulación que ignora deliberadamente la principal idea darwiniana:
que la naturaleza avanza conservando lo que funciona y descartando lo que
no. O, y eso también es una falacia a largo/corto plazo, los defensores del
medio ambiente se preocupan más por los caracoles y los buhos moteados
que por las personas);
• prueba suprimida, o media verdad (p. ej.: Aparece en televisión una
«profecía» sorprendentemente precisa y ampliamente citada del intento de
asesinato del presidente Reagan, pero —detalle importante— ¿fue grabada
antes o después del acontecimiento? O: Estos abusos del gobierno exigen una
revolución, aunque sea imposible hacer una tortilla sin romper antes los
huevos. Sí, pero ¿en esta revolución morirá más gente que con el régimen
anterior? ¿Qué sugiere la experiencia de otras revoluciones? ¿Son deseables y
en interés del pueblo todas las revoluciones contra regímenes opresivos?
• palabras equívocas (p. ej.: La separación de poderes de la Constitución de
Estados Unidos especifica que este país no puede entrar en guerra sin una
declaración del Congreso. Por otro lado, los presidentes tienen el control de
la política exterior y la dirección de las guerras, que son herramientas
potencialmente poderosas para conseguir la reelección. Los presidentes de
cualquier partido político podrían verse tentados por tanto a disponer guerras
mientras levantan la bandera y llaman a las guerras otra cosa: «acciones de
policía», «incursiones armadas», «golpes reactivos de protección»,
«pacificación», «salvaguarda de los intereses americanos», y una gran
variedad de «operaciones», como las de la «Operación Causa Justa». Los
eufemismos para la guerra forman parte de una gran clase de reinvenciones
del lenguaje con fines políticos. Talleyrand dijo: «Un arte importante de los
políticos es encontrar nombres nuevos para instituciones que bajo sus
nombres viejos se han hecho odiosas al pueblo»).
25
O: Los niños que miran programas de televisión violentos tienden a ser más violentos de
mayores. Pero ¿es la televisión lo que causa la violencia, o es que los niños violentos disfrutan
preferentemente viendo programas violentos? Es muy probable que los dos enunciados sean
verdad. Los defensores comerciales de la violencia en la televisión arguyen que cualquier
persona puede distinguir entre televisión y realidad. Pero el promedio actual de los programas
infantiles de los sábados por la mañana es de veinticinco actos violentos por hora. Cuando
menos, eso insensibiliza a los niños pequeños ante la agresión y la crueldad sin ton ni son. Y, si
pueden implantarse recuerdos falsos en los cerebros de adultos impresionables, ¿qué estamos
implantando en las mentes de nuestros hijos cuando los exponemos a unos cien mil actos de
violencia antes de que acaben la escuela elemental?
Conocer la existencia de esas falacias retóricas y lógicas completa
nuestra caja de herramientas. Como todas las herramientas, el equipo de
detección de camelos puede usarse mal, aplicarse fuera de contexto o incluso
emplearse rutinariamente como alternativa al pensamiento. Pero, si se aplica
con juicio, puede marcar toda la diferencia del mundo, y nos ayuda a evaluar
nuestros propios argumentos antes de presentarlos a otros.
---ooo---
La industria del tabaco americana factura unos cincuenta mil millones
al año. Admiten que hay una correlación estadística entre fumar y el cáncer,
pero no una relación causal, dicen. Añaden que se está cometiendo una
falacia lógica. ¿Qué podría significar eso? Quizá las personas con propensión
hereditaria al cáncer tienen una propensión hereditaria a tomar drogas
adictivas, por lo que el cáncer y el fumar podrían estar correlacionados, pero
el cáncer no sería provocado por fumar. Pueden inventarse relaciones cada
vez más inverosímiles de este tipo. Esta es exactamente una de las razones
por las que la ciencia insiste en los experimentos de control.
Supongamos que pintamos los lomos de gran número de ratones con
alquitrán de cigarrillo y supervisamos también la salud de grandes números
de ratones casi idénticos que no han sido pintados. Si el primer grupo contrae
cáncer y el segundo no, se puede estar bastante seguro de que la correlación
es causal. Si se inhala humo de tabaco, la posibilidad de contraer cáncer
aumenta; no se inhala, y la tasa se mantiene al nivel básico. Lo mismo ocurre
con el enfisema, la bronquitis y las enfermedades cardiovasculares.
Cuando en 1953 se publicó el primer trabajo en la literatura científica
que demostraba que cuando se pintan las sustancias del cigarrillo en los
lomos de roedores producen resultados malignos (cáncer), la respuesta de las
seis principales compañías de tabaco fue iniciar una campaña de relaciones
públicas para impugnar la investigación, patrocinada por la Fundación Sloan
Kettering. Eso es similar a lo que hizo la Du Pont Corporation cuando en
1974 se publicó la primera investigación que demostraba que sus productos
de freón atacan la capa protectora de ozono. Hay muchos más ejemplos.
Sería normal pensar que antes de denunciar descubrimientos que no
les gustan, las empresas principales dedicarían considerables recursos a
comprobar la seguridad de los productos que se proponen fabricar. Y, si se
olvidaron de algo, si los científicos independientes señalan un riesgo, ¿por
qué protestan las compañías? ¿Preferirían matar a la gente que perder
beneficios? Si, en un mundo incierto, debiera cometerse un error, ¿no se
inclinaría hacia la protección de los clientes y el público? Y, a propósito,
¿qué dicen estos casos sobre la capacidad de la empresa privada de vigilarse a
sí misma? ¿No demuestran que al menos algunas intervenciones del gobierno
son en interés del público?
Un informe interno de 1971 de la Brown and Williamson Tobacco
Corporation enumera como objetivo corporativo «eliminar de la mente de
millones de personas la falsa convicción de que fumar cigarrillos causa
cáncer de pulmón y otras enfermedades; una convicción basada en
presunciones fanáticas, rumores falaces, denuncias sin fundamento y
conjeturas de oportunistas en busca de publicidad». Se quejan del
ataque increíble, sin precedentes e infame contra el cigarrillo, que constituye
la mayor difamación y calumnia que se ha perpetrado jamás contra un
producto en la historia de la Ubre empresa; una difamación criminal de
proporciones e implicaciones tan importantes que uno se pregunta cómo una
cruzada de calumnias puede reconciliarse... cómo la Constitución puede ser
tan burlada y violada [sic].
Esta retórica es sólo ligeramente más encendida que la que ha publicado de
vez en cuando la industria del tabaco para consumo público.
Hay muchas marcas de cigarrillos que anuncian ser bajas en «alquitrán» (diez
miligramos o menos por cigarrillo). ¿Por qué es eso una virtud? Porque es en
los alquitranes refractarios donde se concentran hidrocarburos policíclicos
aromáticos y otros carcinógenos. ¿No son los anuncios de bajo en alquitrán
una admisión tácita por las compañías de tabaco de que los cigarrillos causan
realmente el cáncer?
Healthy Buildings International es una organización con ánimo de
lucro que ha recibido millones de dólares a lo largo de los años de la industria
del tabaco. Realiza investigaciones sobre el fumador pasivo y atestigua a
favor de las compañías de tabaco. En 1994, tres técnicos se quejaron de que
antiguos ejecutivos habían falsificado los datos sobre partículas de cigarrillo
inhalables en el aire. En cada caso, los datos inventados o «corregidos»
hacían que el humo del tabaco pareciera más sano que lo indicado por las
mediciones de los técnicos. ¿Encuentran alguna vez los departamentos de
investigación corporativos o los contratados del exterior que un producto es
más peligroso de lo que la corporación de tabaco declara públicamente? Si es
así, ¿siguen con su puesto de trabajo?
El tabaco es adictivo; según muchos criterios, más todavía que la
heroína o la cocaína. Hay una razón para que uno, como decía un anuncio de
la década de los cuarenta, «ande una milla en busca de un Camel». Ha muerto
más gente por el tabaco que en toda la segunda guerra mundial. Según la
Organización Mundial de la Salud, fumar mata a tres millones de personas al
año en todo el mundo. Eso se elevará a diez millones anuales en el 2020, en
parte a causa de una ingente campaña publicitaria que presentaba el fumar
como progresista y de moda para las mujeres jóvenes en el mundo de hoy.
Parte del éxito de la industria del tabaco en suministrar esta elaboración de
venenos adictivos puede atribuirse a la escasa familiaridad con la detección
de camelos, el pensamiento crítico y el método científico. La credulidad
mata.
CAPÍTULO 13
OBSESIONADO
CON LA
REALIDAD
Un armador se disponía a echar a la mar un barco de emigrantes.
Sabía que el barco era viejo y que no había sido construido con gran
esmero; que había visto muchos mares y climas y se había sometido
a menudo a reparaciones. Se había planteado dudas sobre si estaba
en condiciones de navegar. Esas dudas lo reconcomían y le hacían
sentirse infeliz; pensaba que quizá sería mejor revisarlo y repararlo,
aunque le supusiera un gran gasto. Sin embargo, antes de que
zarpara el barco consiguió superar esas reflexiones melancólicas. Se
dijo a sí mismo que el barco había soportado tantos viajes y resistido
tantas tormentas que era ocioso suponer que no volvería a salvo a
casa también después de este viaje. Pondría su confianza en la
Providencia, que difícilmente podría ignorar la protección de todas
esas familias infelices que abandonaban su patria para buscar
tiempos mejores en otra parte. Alejaría de su mente toda sospecha
poco generosa sobre la honestidad de los constructores y
contratistas. De este modo adquirió una convicción sincera y
reconfortante de que su nave era totalmente segura y estaba en
condiciones de navegar; contempló cómo zarpaba con el corazón
aliviado y con los mejores deseos de éxito para los exiliados en su
nuevo hogar en el extranjero; y recibió el dinero del seguro cuando
la nave se hundió en medio del océano y no se supo nada más.
¿Qué podemos decir de él? Desde luego, que era verdaderamente
culpable de la muerte de esos hombres. Se admite que creía
sinceramente en la solidez de ese barco; pero la sinceridad de su
convicción de ningún modo puede ayudarle, porque no tenía
derecho a creer con una prueba como la que tenía delante.
No había adquirido su fe honestamente en investigación paciente,
sino sofocando sus dudas...
WILLIAM K. CLIFFORD
La ética de la fe (1874)
En los límites de la ciencia —y a veces como atavismo del
pensamiento precientífico— hay una serie de ideas al acecho que son
atractivas, o al menos modestamente intrigantes, pero que no han sido
tamizadas a conciencia con el equipo de detección de camelos, al menos por
parte de sus defensores: la idea, por ejemplo, de que la superficie de la Tierra
está en el interior, no en el exterior de una esfera; o la aseveración de que se
puede levitar mediante la meditación y que los bailarines de ballet y los
jugadores de baloncesto dan unos saltos tan altos por levitación; o la
propuesta de que yo tengo algo que se llama alma, no hecho de materia o
energía, sino de otra cosa de la que no hay pruebas, y que después de mi
muerte podría volver a animar a una vaca o a un gusano.
Ofrecimientos típicos de la pseudociencia y la superstición —se trata
de una lista meramente representativa, no completa— son la astrología; el
triángulo de las Bermudas; Big Foot y el monstruo del Lago Ness; los
fantasmas; el «mal de ojo»; las «auras» como halos multicolores que según
dicen rodean la cabeza de todos (con colores personalizados); la percepción
extrasensorial (PES) como telepatía, predicción, telequinesis y «visión
remota» de lugares distantes; la creencia de que el trece es un número
«desafortunado» (razón por la que muchos edificios de oficinas serios y
hoteles de América pasan directamente del piso doce al catorce... ¿por qué
arriesgarse?); las estatuas que sangran; la convicción de que llevar encima
una pata de conejo da buena suerte; las varitas adivinas, los zahoríes y los
hechizos de agua; la «comunicación facilitada» en el autismo; la creencia de
que las cuchillas de afeitar se mantienen más afiladas si se guardan dentro de
pirámides de cartón y otros principios de «piramidología»; las llamadas
telefónicas (ninguna de ellas a cobro revertido) de los muertos; las profecías
de Nostradamus; el supuesto descubrimiento de que los platelmintos no
amaestrados pueden aprender una tarea comiendo los restos triturados de
otros platelmintos más adiestrados; la idea de que se cometen más crímenes
cuando hay luna llena; la quiromancia, la numerología; la poligrafía; los
cometas, las hojas de té y los nacimientos «monstruosos» como anuncio de
futuros acontecimientos (más las adivinaciones de moda en épocas anteriores,
que se conseguían mirando entrañas, humo, la forma de las llamas, sombras,
excrementos, escuchando el ruido de los estómagos e incluso, durante un
breve período, examinando tablas de logaritmos); la «fotografía» de hechos
pasados, como la crucifixión de Jesús; un elefante ruso que habla
perfectamente; «sensitivos» que leen libros con la yema de los dedos cuando
se les cubre los ojos sin rigor; Edgar Cayce (que predijo que en la década de
los sesenta se elevaría el continente «perdido» de la Atlántida) y otros
«profetas», dormidos y despiertos; charlatanería sobre dietas; experiencias
fuera del cuerpo (es decir, al borde de la muerte) interpretadas como
acontecimientos reales en el mundo externo; el fraude de los curanderos, las
tablas de Ouija, la vida emocional de los geranios revelada por el uso
intrépido de un «detector de mentiras»; el agua que recuerda qué moléculas
solían disolverse en ella; describir la personalidad a partir de características
faciales o bultos en la cabeza; la confusión del «mono número cien» y otras
afirmaciones de que lo que una pequeña fracción de nosotros quiere que sea
cierto lo es realmente; seres humanos que arden espontáneamente y quedan
chamuscados; biorritmos de tres ciclos; máquinas de movimiento perpetuo
que prometen suministros ilimitados de energía (todas ellas, por una u otra
razón, vedadas al examen minucioso de los escépticos); las predicciones
sistemáticamente fallidas de Jeane Dixon (que «predijo» una invasión
soviética de Irán en 1953, y que en 1965 la Unión Soviética se adelantaría a
Estados Unidos en colocar al primer humano en la Luna)26 y otros
«psíquicos» profesionales; la predicción de los Testigos de Jehová de que el
mundo terminaría en 1917 y muchas profecías similares; la dianética y la
cienciología, Carlos Castañeda y la «brujería»; las afirmaciones de haber
encontrado los restos del Arca de Noé; el «horror de Amityville» y otras
obsesiones; y relatos de un pequeño brontosaurio que atraviesa la jungla de la
República del Congo en nuestra época. (Puede encontrarse un comentario en
profundidad de muchas de esas afirmaciones en Encyclopedia of the
Paranormal, Gordon Stein, ed., Buffalo, Prometheus Books, 1996.)
Muchas de estas doctrinas son rechazadas de plano por
fundamentalistas cristianos y judíos porque la Biblia así lo ordena. El
Deuteronomio (18, 10-11) dice (en traducción de la Biblia de Jerusalén):
No ha de haber en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija
por el fuego, que practique adivinación, astrología, hechicería o
magia, ningún encantador ni consultor de espectros o adivinos, ni
evocador de muertos.
Se prohíbe la astrología, la canalización, las tablas de Ouija, la
predicción del futuro y muchas cosas más. El autor del Deuteronomio no dice
que esas prácticas no sirvan para dar lo que prometen. Pero son
«abominaciones»... quizá adecuadas para otras naciones pero no para los
seguidores de Dios. E incluso el apóstol Pablo, tan crédulo en tantos otros
asuntos, nos aconseja «comprobarlo todo».
26
Violando las normas para «Oráculos y Magos» fijadas por Thomas Ady en 1656: «En cosas
dudosas, daban respuestas dudosas... En lo que había probabilidades más seguras, daban
respuestas más seguras.»
El filósofo judío español del siglo XV. Moisés Maimónides, va más
allá del Deuteronomio porque explícita que esas pseudociencias no
funcionan:
Está prohibido implicarse en astrología, echar hechizos, susurrar
conjuros... Todas esas prácticas no son más que mentiras y engaños que los
pueblos paganos antiguos usaban para engañar a las masas y llevarlas por
mal camino... La gente sabia e inteligente no se deja engañar. [De la
Mishneh Torah, Avodah Zara, capítulo 11.]
Hay algunas declaraciones difíciles de comprobar: por ejemplo, que
una expedición no consiga encontrar el fantasma del brontosaurio no quiere
decir que no exista. La ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Otras
son más fáciles: por ejemplo, el aprendizaje caníbal de los platelmintos o el
anuncio de que colonias de bacterias sometidas a un antibiótico en un plato
de agar prosperan cuando se reza (en comparación con la bacteria de control
no redimida por la oración). Se pueden excluir algunas —por ejemplo, las
máquinas de movimiento perpetuo— en base a la física fundamental. Aparte
de ellas, no sabemos antes de examinar la prueba que las ideas son falsas;
cosas más extrañas se incorporan habitualmente en el corpus de la ciencia.
La cuestión, como siempre, es: ¿es buena la prueba? El peso de la
demostración cae sobre los hombros de los que avanzan tales declaraciones.
Es revelador que algunos proponentes sostengan que el escepticismo es un
estorbo, que la verdadera ciencia es investigación sin escepticismo. Quizá
están a mitad de camino. Pero el medio del camino no es la meta.
La parapsicóloga Susan Blackmore describe uno de los pasos en su
transformación a una actitud más escéptica sobre los fenómenos «psíquicos»:
Una madre y su hija de Escocia afirmaban que podían captar imágenes de la
mente de la otra. Para someterse a las pruebas, decidieron jugar a las cartas,
que es lo que solían hacer en casa. Yo las dejé elegir la habitación en la que se
haría la prueba y me aseguré de que la «receptora» no viera las cartas de la
otra. Fracasaron. No pudieron acertar más de lo que predecía la casualidad y
se quedaron terriblemente decepcionadas. Habían creído sinceramente que
eran capaces de hacerlo y yo empecé a ver qué fácil es que nos engañe nuestro
propio deseo de creer. Tuve experiencias similares con varios zahones, niños
que afirmaban que podían mover objetos psicoquinéticamente, y otros que
decían tener poderes telepáticos. Todos fallaron. Ahora mismo tengo un
número de cinco dígitos, una palabra y un objeto pequeño en la cocina de mi
casa. El lugar y los objetos fueron elegidos por un joven que pretende
«verlos» cuando viaja fuera de su cuerpo. Hace tres años que están allí
(aunque cambiados regularmente de sitio). De momento, sin embargo, no lo
ha conseguido.
«Telepatía» significa literalmente sentir a distancia, igual que
«teléfono» es oír a distancia y «televisión», ver a distancia: la palabra no
sugiere la comunicación de pensamientos sino de sentimientos y emociones.
Alrededor de un cuarto de millón de estadounidenses creen haber
experimentado algo así como la telepatía. Las personas que se conocen bien
unas a otras, que viven juntas, que conocen mutuamente el tono de sus
sentimientos, el tipo de asociaciones y la manera de pensar a menudo pueden
anticipar qué dirá la otra. En eso entran en juego simplemente los cinco
sentidos habituales, más la empatía, sensibilidad e inteligencia humanas en
funcionamiento. Puede parecer extrasensorial, pero no es en absoluto lo que
implica la palabra «telepatía». Si alguna vez se demostrara realmente algo así
de manera concluyente, creo que habría causas físicas discernibles, quizá
corrientes eléctricas en el cerebro. La pseudociencia, bien o mal etiquetada,
no es de ningún modo lo mismo que lo sobrenatural, que por definición es
algo de algún modo fuera de la naturaleza.
Es poco probable que algunas de esas declaraciones paranormales
puedan ser verificadas un día con datos científicos sólidos. Pero sería una
locura aceptar algunas de ellas sin la prueba adecuada. Con el mismo espíritu
que con los dragones del garaje, como esas afirmaciones todavía no han sido
desaprobadas o explicadas adecuadamente, es mucho mejor contener nuestra
impaciencia, alimentar la tolerancia de la ambigüedad y esperar —o, mucho
mejor, buscar— pruebas que lo confirmen o lo refuten.
---ooo--En una tierra lejana de los mares del Sur corrió el rumor que había
un hombre muy sabio, un curandero, un espíritu personificado. Podía hablar
a través del tiempo. Era un Maestro Ascendido. Venía, decían. Venía...
En 1988, los periódicos australianos, revistas y canales de televisión
empezaron a recibir la buena noticia a través de equipos de prensa y cintas de
vídeo. Un folleto decía:
CARLOS
APARECERÁ EN AUSTRALIA
Los que lo han visto jamás lo olvidarán. De pronto, el artista joven y
brillante que les está hablando parece titubear, se le reduce el pulso
peligrosamente y prácticamente se detiene hasta la muerte. El auxiliar médico
asignado para mantener una vigilancia constante está a punto de hacer sonar la
alarma.
Pero entonces, con un latido poderoso, le vuelve el pulso... más
rápido y fuerte que antes. Es evidente que la fuerza de la vida ha regresado al
cuerpo... pero la entidad dentro de este cuerpo ya no es José Luis Álvarez, un
hombre de diecinueve años cuyas singulares cerámicas pintadas se exhiben en
las casas más lujosas de Norteamérica. Dentro de su cuerpo ha ocupado su
lugar Carlos, una alma antigua cuyas enseñanzas serán al mismo tiempo un
trastorno y una inspiración. Un ser que atraviesa una forma de muerte para dar
paso a otra: éste es el fenómeno que ha hecho de Carlos, canalizado a través
de José Luis Álvarez, la nueva figura dominante de la conciencia de la Nueva
Era. Como dice incluso un crítico escéptico de Nueva York: «El primer y
único caso de canalizador que ofrece una prueba tangible, física, de un cambio
misterioso dentro de su fisiología humana.»
Ahora José, que se ha sometido a más de ciento setenta de esas
pequeñas muertes y transformaciones, ha recibido la orden de Carlos de
visitar Australia: en palabras del maestro, «la vieja tierra nueva» que va a ser
la fuente de una revelación especial. Carlos ya había presagiado que en 1988
las catástrofes barrerían la tierra, morirían dos líderes mundiales importantes
y, más tarde, ese mismo año, los australianos serían los primeros que verían
elevarse una gran estrella que influiría profundamente en el futuro de la vida
en la tierra.
DOMINGO 21
3.00 p.m.
CASA DE LA ÓPERA
TEATRO DRAMÁTICO
Después de un accidente de moto en 1986, se explicaba en el dossier
de prensa, José Álvarez —que tenía a la sazón diecisiete años— sufrió una
conmoción cerebral suave. Cuando se hubo recuperado, los que le conocían
se dieron cuenta que había cambiado. A veces emanaba de él una voz muy
diferente. Asustado, Álvarez buscó la ayuda de un psicoterapeuta, un
especialista en trastornos múltiples de personalidad. El psiquiatra «descubrió
que José canalizaba una entidad distinta a la que llamaron Carlos. Esta
entidad se apodera del cuerpo de Álvarez cuando la fuerza de vida del cuerpo
está en el grado de relajación correcto». Carlos, por lo visto, es un espíritu
desencarnado de hace dos mil años, un fantasma sin forma corporal que
invadió un cuerpo humano por última vez en Caracas, Venezuela, en 1900.
Lamentablemente, ese cuerpo murió a los doce años al caer de un caballo.
Esa puede ser la razón, explicó el terapeuta, por la que Carlos pudo entrar en
el cuerpo de Álvarez después del accidente de moto. Cuando Álvarez entra en
trance, entra en él el espíritu de Carlos, enfocado por un cristal grande y raro,
y pronuncia la sabiduría de los siglos.
En el dossier de prensa se incluía una lista de las principales
apariciones en ciudades americanas, una videocinta de la tumultuosa
recepción de Álvarez/Carlos en un teatro de Broadway, su entrevista en la
emisora de radio WOOP de Nueva York, y otras indicaciones de que aquello
era un formidable fenómeno norteamericano de la Nueva Era. Dos detalles
sustanciosos: un artículo de un periódico del sur de Florida decía: «NOTA DE
TEATRO: La estancia de tres días del canalizador CARLOS se ha ampliado al
War Memorial Auditorium... en respuesta a la petición de más apariciones»,
y un extracto de una guía de programas de televisión comentaba la emisión
de un especial sobre «LA ENTIDAD CARLOS: Este estudio en profundidad
revela los hechos tras una de las personalidades más populares y
controvertidas del día».
Álvarez y su manager llegaron a Sydney en un vuelo de primera clase
de Qantas. Viajaron a todas partes en una enorme limusina blanca. Ocuparon
la suite presidencial de uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad.
Álvarez iba ataviado con una elegante túnica blanca y un medallón de oro. En
su primera conferencia de prensa apareció rápidamente Carlos. La entidad era
vigorosa, letrada, imponente. Los programas de televisión australianos se
sumaron rápidamente a la cola para conseguir apariciones de Álvarez, su
manager y su enfermera (para comprobar el pulso y anunciar la presencia de
Carlos).
En el Today Show de Australia fueron entrevistados por el anfitrión,
George Negus. Cuando Negus les planteó algunas preguntas razonables y
escépticas se mostraron de lo más susceptibles. Carlos maldijo al presentador.
El manager acabó tirándole un vaso de agua a Negus y salieron los dos del
plató con aire majestuoso. El asunto causó sensación en la prensa, se
repitieron las imágenes muchas veces en la televisión australiana. «Arrebato
en TV: ducha de agua para Negus» era el titular de primera página del Daily
Mirror del 16 de febrero de 1988. Las emisoras de televisión recibieron miles
de llamadas. Un ciudadano de Sydney aconsejó que se tomaran muy en serio
la maldición sobre Negus: el ejército de Satanás ya había asumido el control
de las Naciones Unidas, decía, y Australia podía ser la próxima.
La siguiente aparición de Carlos fue en la versión australiana de A
Current Affair, Se invitó a un escéptico, que describió el truco de magia para
detener brevemente el pulso de una mano: te pones una bola de goma en el
sobaco y aprietas. Cuando se cuestionó la autenticidad de Carlos, éste se
ofendió: «¡La entrevista ha terminado!», dijo con voz de trueno.
El día señalado, el teatro Dramático de la Casa de la Ópera de
Sydney estaba casi lleno. Se había reunido una multitud expectante de
jóvenes y viejos. La entrada era libre... lo que animó a los que sospechaban
vagamente que podía ser algún tipo de patraña. Álvarez se sentó en un sofá
bajo. Le controlaron el pulso. De pronto se detuvo. Aparentemente, estaba
casi muerto. Emitía graves sonidos guturales desde muy dentro de él. La
audiencia esperaba boquiabierta con respeto y reverencia. De pronto, el
cuerpo de Álvarez recuperó el poder. Su postura irradiaba confianza. De la
boca de Álvarez fluía una amplia perspectiva humana, espiritual. ¡Carlos
estaba allí! Entrevistados al salir, muchos miembros del público describieron
que se sentían conmovidos y maravillados.
El domingo siguiente, el programa de televisión más popular de
Australia —llamado «Sixty Minutes» como su equivalente norteamericano—
reveló que la historia de Carlos era una broma, de principio a fin. Los
productores habían pensado que sería instructivo explorar la facilidad con
que podía crearse un curandero o gurú para embaucar al público y los medios
de comunicación. Por eso, naturalmente, se pusieron en contacto con uno de
los principales expertos del mundo en engañar al público (al menos entre los
que no ocupan o asesoran a ningún cargo político): el mago James Randi.
---ooo--«...habiendo tantos trastornos que se curan solos y tanta disposición
en la humanidad a engañarse a uno mismo y a otros», escribió Benjamín
Franklin en 1784,
y como mi largo tiempo de vida me ha dado frecuentes oportunidades de ver
ensalzados algunos remedios como si lo curasen todo para ser dejados a
continuación totalmente de lado por inútiles, no puedo sino temer que la
expectativa de gran beneficio del nuevo método para tratar enfermedades
resultará una ilusión. Sin embargo, en algunos casos esta ilusión puede ser de
utilidad mientras dure.
Se refería al mesmerismo. Pero «cada época tiene su locura particular».
A diferencia de Franklin, la mayoría de los científicos consideran que
no es su tarea exponerse a engaños pseudocientíficos, mucho menos a
autoengaños sostenidos apasionadamente. Además, tampoco tienden a ser
muy buenos en ello. Los científicos están acostumbrados a lidiar con la
naturaleza que, aunque quizá ofrezca sus secretos con renuencia, lucha de
manera justa. A menudo no están preparados para esos practicantes sin
escrúpulos de lo «paranormal» que siguen normas diferentes. Los magos, por
otro lado, están en el negocio del engaño. Practican una de las muchas
ocupaciones —como la actuación, la publicidad, la religión burocrática y la
política— en que lo que un observador ingenuo podría interpretar como
mentira es aceptado socialmente como si fuera en servicio de un bien mayor.
Muchos magos dicen que no engañan y sugieren que sus poderes les son
transferidos por fuentes místicas o, últimamente, por generosidad
extraterrestre. Algunos usan sus conocimientos para poner en evidencia a los
charlatanes que hay entre sus filas y fuera de ellas. Un ladrón se dispone a
cazar a otro ladrón.
Pocos reaccionan a este desafío con tanta energía como James Randi,
«el asombroso», que se describe a sí mismo con precisión como un hombre
enfadado. La supervivencia hasta nuestros días del misticismo antediluviano
y la superstición no le enoja tanto como la aceptación acrítica de las obras de
misticismo y superstición que pueden defraudar, humillar y a veces incluso
matar. Como todos nosotros, Randi es imperfecto: a veces es intolerante y
condescendiente y no siente ninguna simpatía por las fragilidades humanas
que fundamentan la credulidad. Le suelen pagar por sus conferencias y
actuaciones, pero nada comparable a lo que recibiría si declarase que sus
trucos derivan de poderes psíquicos o divinos, o de influencias
extraterrestres. (La mayoría de prestidigitadores profesionales de todo el
mundo parece creer en la realidad de los fenómenos psíquicos... según los
sondeos de sus opiniones.) Como prestidigitador, Randi ha trabajado mucho
para desenmascarar a videntes remotos, «telépatas» y curanderos que han
estafado al público. Hizo una demostración de los sencillos engaños y
apreciaciones erróneas mediante los cuales los psíquicos que doblan cucharas
habían conseguido que físicos teóricos prominentes reconocieran la
existencia de nuevos fenómenos físicos. Ha recibido un amplio
reconocimiento entre los científicos y es poseedor de una beca de la
Fundación MacArthur (llamada «de genio»). Un crítico le acusó de estar
«obsesionado con la realidad». Ojalá pudiera decirse lo mismo de nuestra
nación y nuestra especie.
Randi ha hecho más que nadie en épocas recientes para poner al
descubierto la simulación y el fraude en el lucrativo negocio de la curación
mediante la fe. Examina las pruebas. Comenta los cotillees. Escucha la
corriente de información «milagrosa» que llega al curandero itinerante... no
por inspiración divina, sino por radio, a 39,17 megaherzios de frecuencia,
transmitida por su esposa entre bastidores.27 Randi descubre que los que se
levantan de las sillas de ruedas y, según se afirma, han sido curados, nunca
habían estado confinados a sillas de ruedas: un acomodador los invitó a
sentarse en ellas. Desafía a los curanderos a proporcionar pruebas médicas
serias para dar validez a sus reclamaciones. Invita a las agencias locales y
federales del gobierno a aplicar la ley contra el fraude y la mala práctica
27
Cuyos secuaces habían entrevistado a los crédulos pacientes sólo una hora o dos antes. ¿Cómo
podría conocer el predicador sus síntomas y las direcciones de sus casas si no era a través de
Dios? Esa patraña del curandero fundamentalista cristiano Peter Popoff, denunciada por Randi
en su momento, fue llevada al cine con poca ficción añadida en 1993: Leap ofFaith.
médica. Critica a los medios de información por su estudiado alejamiento del
tema. Revela el desprecio profundo de esos curanderos hacia sus pacientes y
parroquianos. Muchos son charlatanes intencionales que usan el lenguaje y
los símbolos evangélicos cristianos o de la Nueva Era para aprovecharse de la
fragilidad humana. Quizá algunos de ellos tengan motivos no venales.
¿O soy demasiado severo? ¿En qué se diferencia el charlatán
ocasional del curanderismo del fraude ocasional en la ciencia? ¿Es razonable
sospechar de toda una profesión porque hay algunas manzanas podridas? Me
parece que, como mínimo, hay dos diferencias importantes. Primero, nadie
duda de que la ciencia funciona de verdad, aunque de vez en cuando pueda
ofrecerse una afirmación errónea o fraudulenta. Pero que haya alguna
curación «milagrosa» gracias a la fe, independientemente de la capacidad de
curarse propia del cuerpo, es francamente dudoso. En segundo lugar, la
ciencia pone al descubierto sus fraudes y errores casi exclusivamente por sí
misma. Es una disciplina que se vigila a sí misma, lo que significa que los
científicos son conscientes del potencial de charlatanería y error que existe.
Pero casi nunca son los curanderos quienes revelan el fraude y error en la
curación por la fe. Ciertamente, es sorprendente la resistencia de las Iglesias
y sinagogas a condenar el engaño demostrable entre sus filas.
Cuando fracasa la medicina convencional, cuando tenemos que
enfrentarnos al dolor y la muerte, desde luego estamos abiertos a otras
perspectivas de esperanza. Y, al fin y al cabo, hay algunas enfermedades
psicogénicas. Muchas pueden ser cuando menos mitigadas con una
mentalidad positiva. Los placebos son fármacos ficticios, a menudo pastillas
de azúcar. Las compañías de fármacos comparan rutinariamente la eficacia de
sus fármacos con los placebos administrados a pacientes con la misma
enfermedad sin posibilidad de reconocer la diferencia entre el fármaco y el
placebo. Los placebos pueden ser asombrosamente efectivos, especialmente
para resfriados, ansiedad, depresión, dolor y síntomas que es verosímil que
estén generados por la mente. Es concebible que el hecho de creer pueda
producir endorfinas: pequeñas proteínas del cerebro con efectos como la
morfina. Un placebo sólo funciona si el paciente cree que es una medicina
efectiva. Dentro de límites estrictos, parece que la esperanza puede
transformarse en bioquímica.
Como ejemplo típico, consideremos la náusea y vómitos que suelen
acompañar a la quimioterapia en pacientes de cáncer y sida. Ambas cosas
pueden ser causadas psicogénicamente: por ejemplo, por miedo. El fármaco
hidrocloruro ondansetron reduce en gran medida la incidencia de esos
síntomas; pero, en realidad, ¿es el fármaco o la expectativa de alivio? En un
estudio de doble ciego, el noventa y seis por ciento de los pacientes
calificaron el fármaco de efectivo. Lo mismo hicieron el diez por ciento de
los pacientes que tomaban un placebo de aspecto idéntico.
Casi la mitad de los norteamericanos cree que existe lo que se llama
curación psíquica o espiritual. A lo largo de la historia humana se han
asociado las curas milagrosas a una amplia variedad de curanderos, reales o
imaginarios. La escrófula, una especie de tuberculosis, se llamaba en
Inglaterra el «mal del rey» y se suponía que sólo podía ser curada mediante la
mano del rey. Las víctimas guardaban cola pacientemente para que el rey las
tocara; el monarca se sometía brevemente a otra pesada obligación de su alto
cargo y —aunque no parece que se curara nadie— la práctica continuó
durante siglos.
Un famoso curandero del siglo XVII fue Valentino Greatracks.
Descubrió, con cierta sorpresa, que tenía poder para curar enfermedades,
incluyendo resfriados, úlceras, «picores» y epilepsia. La demanda de sus
servicios aumentó de tal modo que no tenía tiempo para nada más. Afirmaba
que todas las enfermedades eran causadas por espíritus malos, a muchos de
los cuales reconocía y llamaba por su nombre. Un cronista contemporáneo,
citado por Mackay, apuntó que
alardeaba de estar mucho más al corriente de las intrigas de los demonios
que de los asuntos de los hombres... Tan grande era la confianza en él, que el
ciego creía ver la luz que no veía, el sordo imaginaba que oía, el cojo que
andaba bien y el paralítico que había recobrado el uso de sus extremidades.
La idea de salud hacía que el enfermo olvidara por un tiempo sus males; y la
imaginación, que no era menos activa en los meramente atraídos por
curiosidad que en los enfermos, daba una falsa visión a una clase, por el
deseo de ver, así como realizaba una falsa cura en la Otra por el fuerte deseo
de ser curado.
Hay innumerables informes en la literatura mundial de exploración y
antropología no sólo de enfermos curados por fe en el curandero sino también
de gente que se consume y muere por la maldición de un brujo. Álvar Núñez
Cabeza de Vaca que, con algunos acompañantes y en terribles condiciones de
privación vagó por mar y tierra, desde Florida hasta Texas y México entre
1528 y 1536, cuenta un ejemplo más o menos típico. Todas las comunidades
de nativos americanos que encontró en su camino deseaban creer en los
poderes sobrenaturales para curar del extraño forastero de piel clara y barba
negra y su acompañante de Marruecos, Estevanico* el Negro. Pueblos enteros
se acercaban a ellos para conocerlos y depositaban todas sus riquezas a los
pies de los españoles implorando humildemente la curación. Empezó con
bastante modestia:
*
Estebanico en el orig
...nos quisieron hacer físicos sin examinarnos ni pedirnos los títulos, porque
ellos curan las enfermedades soplando al enfermo, y con aquel soplo y las
manos echan de él la enfermedad, y mandáronnos que hiciésemos lo mismo y
sirviésemos en algo... La manera con que nosotros curamos era
santiguándolos y soplarlos, y rezar un Pater Noster y un Ave María... luego
que los santiguamos decían a los otros que estaban sanos y buenos...
Pronto empezaron a curar tullidos. Cabeza de Vaca dice que levantó a un
hombre de entre los muertos. Después,
por todo éste camino teníamos muy gran trabajo, por la mucha gente que nos
seguía... porque era muy grande la prisa que tenían por llegar a tocarnos; y era
tanta la inoportunidad de ellos sobre esto, que pasaban tres horas que no
podíamos acabar con ellos que nos dejasen.
Cuando una tribu suplicó a los españoles que no se marcharan. Cabeza de
Vaca y sus acompañantes fingieron enojarse. Entonces
sucedió una cosa extraña, y fue que este mismo día adolescieron y otro día
siguiente murieron ocho hombres. Por toda la tierra donde esto se supo
hobieron tanto miedo de nosotros, que parescía en vernos que de temor habían
de morir. Rogáronnos que no estuviésemos enojados, ni quisiésemos que más
de ellos muriesen, y tenían por muy cierto que nosotros los matábamos con
solamente quererlo.
En 1858 se informó de una aparición de la Virgen María en Lourdes,
Francia; la Madre de Dios confirmó el dogma de su concepción inmaculada
que había sido proclamado por el papa Pío XI sólo cuatro años antes. Algo
así como cien millones de personas han ido desde entonces a Lourdes con la
esperanza de curarse, muchas de ellas con enfermedades que la medicina de
la época no podía vencer. La Iglesia católica romana rechazó la autenticidad
de gran cantidad de las curaciones llamadas milagrosas: sólo aceptó sesenta y
cinco en casi un siglo y medio (de tumores, tuberculosis, oftalmitis, impétigo,
bronquitis, parálisis y otras enfermedades, pero no, por ejemplo, la
regeneración de una extremidad o una columna vertebral partida). De las
sesenta y cinco curaciones, hay diez mujeres por cada hombre. Las
posibilidades de una curación milagrosa en Lourdes, por tanto, son de una
entre un millón; hay tantas posibilidades aproximadas de curarse después de
una visita a Lourdes como de ganar la lotería, o de morir en el accidente de
un vuelo regular de avión... incluyendo el que va a Lourdes.
La tasa de remisión espontánea de todos los cánceres, agrupados, se
estima entre uno por cada diez mil y uno por cada cien mil. Si sólo el cinco
por ciento de los que van a Lourdes fueran a tratarse un cáncer, debería de
haber entre cincuenta y quinientas curaciones «milagrosas» sólo de cáncer.
Como sólo tres de las sesenta y cinco curaciones atestiguadas son de cáncer,
la tasa de remisión espontánea en Lourdes parece ser inferior que si las
víctimas se hubieran quedado en casa. Desde luego, si uno se encuentra entre
los sesenta y cinco curados, será muy difícil convencerle de que su viaje a
Lourdes no fue la causa de la remisión de la enfermedad... Post hoc, ergo
propter hoc. Algo similar parece ocurrir con los curanderos individuales.
Después de oír hablar a sus pacientes de supuestas curaciones por la
fe, un médico de Minnesota llamado William Nolen pasó un año y medio
intentando analizar los casos más asombrosos. ¿Había alguna prueba médica
de que la enfermedad estuviera realmente presente antes de la «curación»? Si
era así, ¿había desaparecido realmente después de la curación, o era sólo lo
que decían el curandero o el paciente? Descubrió muchos casos de fraude,
incluyendo la primera revelación de «cirugía psíquica» de América. Pero no
encontró ningún ejemplo de curación de ninguna enfermedad orgánica seria
(no psicogénica). No había casos de curación, por ejemplo, de cálculos
biliares o artritis reumatoide, mucho menos de cáncer o enfermedades
cardiovasculares. Cuando se rompe el bazo de un niño, apuntaba Nolen, la
recuperación es completa sometiéndole a una sencilla operación quirúrgica.
Pero si se lleva al niño a un curandero muere en un día. La conclusión del
doctor Nolen:
Cuando los curanderos tratan enfermedades orgánicas graves son
responsables de una angustia e infelicidad inauditas... Los curanderos se
convierten en asesinos.
Incluso en un libro reciente que defiende la eficacia de la oración en
el tratamiento de la enfermedad (Larry Dossey, Palabras que curan) se
plantea la preocupación de que algunas enfermedades se curan o alivian más
fácilmente que otras. Si la oración funciona, ¿por qué no puede curar Dios un
cáncer o hacer que crezca una extremidad perdida? ¿Por qué tanto
sufrimiento evitable que Dios podría impedir tan fácilmente? ¿Por qué Dios
necesita que se le rece? ¿No sabe ya qué curaciones debe realizar? Dossey
también empieza con una cita del doctor Stanley Kripner (descrito como
«uno de los investigadores más autorizados de la variedad de métodos de
curación heterodoxa que se usan en todo el mundo»):
...los datos de investigación sobre curaciones a distancia, basadas en la
oración, son prometedores, pero demasiado dispersos para permitir sacar una
conclusión firme.
Eso después de muchos billones de oraciones a lo largo de los milenios.
Como sugiere la experiencia de Cabeza de Vaca, la mente puede
causar ciertas enfermedades, incluso enfermedades fatales. Cuando se hace
creer a pacientes con los ojos vendados que se les está tocando con una hoja
de hiedra o roble venenoso, generan una desagradable dermatitis de contacto
roja. La curación por la fe puede ayudar en enfermedades placebo o
mediatizadas por la mente: un malestar en espalda y rodillas, dolores de
cabeza, tartamudeo, úlceras, estrés, fiebre del heno, asma, parálisis histérica y
ceguera, y falso embarazo (con cesación de períodos menstruales e hinchazón
abdominal). Hay enfermedades en las que el estado mental puede jugar un
papel clave. La mayoría de las curaciones de finales del Medievo que se
asocian con apariciones de la Virgen María eran parálisis súbitas, de poco
tiempo, parciales o de todo el cuerpo. Además, se mantenía en general que
sólo se podían curar de este modo los creyentes devotos. No es sorprendente
que la apelación a un estado mental llamado fe pueda aliviar síntomas
causados, al menos en parte, por otro estado mental quizá no muy diferente.
Pero hay algo más: la fiesta lunar de la cosecha es una celebración
importante en las comunidades chinas tradicionales de Norteamérica. En la
semana precedente a la fiesta, la tasa de mortalidad de la comunidad cae un
treinta y cinco por ciento. En la semana siguiente sube el treinta y cinco por
ciento. Los grupos de control no chinos no muestran este efecto. Se podría
pensar que se debe a los suicidios, pero sólo se cuentan las muertes por
causas naturales. Se podría pensar que la causa es el estrés o el exceso de
comida, pero eso difícilmente explica la caída de la tasa de mortalidad antes
del festival. El mayor efecto se produce en personas con enfermedades
cardiovasculares, en las que se conoce la influencia del estrés. El efecto sobre
el cáncer era pequeño. En un estudio más detallado resultó que las
fluctuaciones de la tasa de mortalidad ocurrían exclusivamente entre mujeres
de setenta y cinco años o más: como la fiesta lunar de la cosecha está
presidida por las mujeres más ancianas de las casas, eran capaces de
postergar la muerte una o dos semanas para ejercer sus responsabilidades
ceremoniales. Se encuentra un efecto similar entre los hombres judíos las
semanas dedicadas a la Pascua judía —una ceremonia en la que los ancianos
desempeñan un papel central— y, de modo parecido, en todo el mundo por
cumpleaños, ceremonias de graduación y cosas parecidas.
En un estudio más controvertido, los psiquiatras de la Universidad de
Stanford dividieron en dos grupos a ochenta y seis mujeres con metástasis de
cáncer de pecho: animaron a un grupo a examinar sus temores ante la muerte
y a intervenir en sus vidas mientras el otro no recibía ningún tipo de apoyo
psiquiátrico especial. Para sorpresa de los investigadores, el grupo receptor
de apoyo no sólo experimentaba menos dolor, sino que también vivía más: un
promedio de dieciocho meses más.
El director del estudio de Stanford, David Spiegel, especula que la
causa puede ser el cortisol y otras «hormonas del estrés» que perjudican el
sistema inmunoprotector del cuerpo. Las personas gravemente deprimidas,
los estudiantes durante períodos de examen y los deshauciados tienen un
número reducido de glóbulos blancos. Un buen apoyo emocional quizá no
tenga mucho efecto en formas de cáncer avanzadas, pero puede servir para
reducir las posibilidades de infecciones secundarias en una persona ya muy
debilitada por la enfermedad o su tratamiento.
En un libro casi olvidado de 1903, Ciencia cristiana, Mark Twain
escribió:
El poder que tiene la imaginación de un hombre sobre su cuerpo para curarlo
o enfermarlo es una fuerza de la que no carece ninguno de nosotros al nacer.
La tenía el primer hombre y la poseerá el último.
En ocasiones, los curanderos pueden aliviar parte del dolor y la
ansiedad, u otros síntomas, de enfermedades más graves, aunque sin detener
el progreso de la enfermedad. Pero este beneficio no es poco. La fe y la
oración pueden conseguir aliviar algunos síntomas de la enfermedad y su
tratamiento, mitigar el sufrimiento de los afligidos e incluso prolongar un
poco sus vidas. Al evaluar la religión llamada Ciencia Cristiana, Mark Twain
—su crítico más severo de la época— aceptaba sin embargo que los cuerpos
y vidas que había «sanado» por el poder de la sugestión compensaban de
manera más que suficiente los que había matado por eliminar el tratamiento
médico en favor de la oración.
Después de la muerte de John F. Kennedy, varios americanos
declararon haber contactado con el fantasma del presidente. Se empezaron a
declarar curaciones milagrosas ante pequeños altares caseros con su
fotografía. «Dio la vida por su pueblo», explicaba un adepto de esta religión
nacida muerta. Según la Enciclopedia de las religiones americanas: «Para
los creyentes, Kennedy es como un dios.» Algo similar puede verse en el
fenómeno de Elvis Presley y el sincero grito: «El rey vive.» Si pueden surgir
de este modo sistemas de creencia espontáneos, imaginemos lo que podría
hacerse con una campaña bien organizada y especialmente carente de
escrúpulos.
---ooo--En respuesta a sus preguntas, Randi propuso en el programa «Sixty
Minutes» de Australia la idea de generar un engaño desde el principio...
utilizando a alguien sin ninguna preparación de magia ni para hablar en
público, y sin experiencia de predicador. Mientras pensaba en la organización
de la patraña, sus ojos fueron a dar en su inquilino, José Luis Álvarez, un
joven escultor de categoría. ¿Por qué no?, respondió Álvarez, que parecía una
persona brillante, animosa y seria. Se sometió a una preparación intensiva,
incluyendo ensayos de aparición en televisión y conferencias de prensa. No
tenía que pensar las respuestas porque tenía un receptor de radio casi
invisible en el oído, a través del que Randi le apuntaba. Los enviados de
«Sixty Minutes» comprobaron la actuación de Álvarez. La persona de Carlos
era una invención de Álvarez.
Cuando Álvarez y su «manager» —también reclutado para el trabajo
sin experiencia previa— llegaron a Sydney, allí estaba James Randi, discreto,
sin llamar la atención, susurrando en el transmisor desde un rincón. Toda la
documentación explicativa era falsa. La maldición, el vaso de agua y todo lo
demás eran para atraer la atención de los medios de comunicación. La
atrajeron. Muchas personas habían acudido a la Casa de la Ópera por la
atención que le habían prestado la televisión y la prensa. Una cadena de
periódicos de Australia llegó a imprimir palabra por palabra los comunicados
de la «Fundación Carlos».
Cuando «Sixty Minutes» hizo público el engaño, los demás medios
de comunicación australianos se pusieron furiosos. Se quejaban de haber sido
utilizados, les habían mentido. «Igual que hay directrices legales sobre el uso
de provocadores por parte de la policía», tronaba Peter Robinson en la
Australian Financial Review,
debe haber un límite al derecho de los medios de comunicación a plantear
una situación equívoca... Yo, francamente, no puedo aceptar que decir una
mentira sea una manera aceptable de informar de la verdad... Todos los
sondeos de la opinión pública muestran que hay una sospecha entre el
público general de que los medios de comunicación no dicen toda la verdad
o que distorsionan las cosas, exageran, o son tendenciosos.
El señor Robinson temía que Carlos pudiera haber dado crédito a esta
extendida percepción errónea. Los titulares iban desde «Cómo Carlos los
ridiculizó a todos» hasta «El engaño era estúpido». Los periódicos que no
habían anunciado a Carlos a son de trompetas se congratulaban de sus
reservas. Negus dijo de «Sixty Minutes»: «Hasta las personas íntegras
pueden cometer errores», y negó que se hubiera dejado embaucar. Alguien
que se presente como canalizador, dijo, es «un fraude por definición».
«Sixty Minutes» y Randi subrayaron que los medios de
comunicación australianos no habían hecho ningún esfuerzo para comprobar
la buena fe de «Carlos». No había aparecido nunca en ninguna de las
ciudades nombradas. La cinta de vídeo de Carlos en el escenario de un teatro
de Nueva York había sido un favor de los magos Penn y Teller, que estaban
actuando allí. Se limitaron a pedir al público un gran aplauso; Alvarez entró,
con la túnica y el medallón, el público aplaudió sumiso. Randi consiguió su
cinta de vídeo, Alvarez se despidió, el show continuó. Y en Nueva York no
existe ninguna emisora de radio llamada WOOP.
Era fácil encontrar otros motivos de sospecha en los escritos de
Carlos. Pero como la divisa intelectual ha sido tan devaluada, como la
credulidad —antigua y de la Nueva Era— es tan agresiva, como raramente se
practica el pensamiento escéptico, no hay ninguna parodia demasiado
inverosímil. La Fundación Carlos anunciaba la venta de un «CRISTAL DE LA
ATLÁNTIDA» (en realidad se cuidaron escrupulosamente de no vender nada):
El maestro, en sus viajes, ha encontrado hasta ahora cinco de esos cristales
únicos. Sin que la ciencia encuentre explicaciones, cada cristal contiene
energía casi pura... [y tiene] unos poderes curativos enormes. Las formas
contienen energía espiritual fosilizada y son una gran bendición para la
preparación de la Tierra para la Nueva Era... De los cinco, el maestro
ascendido lleva siempre un cristal de la Atlántida cerca de su cuerpo para
protegerse y potenciar todas las actividades espirituales. Dos de ellos han sido
adquiridos por bondadosos seguidores en Estados Unidos a cambio de la
contribución sustancial que requiere el maestro ascendido.
O, bajo el titular: «LAS AGUAS DE CARLOS»:
El maestro ascendido encuentra de vez en cuando agua de tal pureza que
emprende la energización de una cantidad de ella para beneficio de los demás,
un proceso intensivo. Para producir lo que siempre es poco, el maestro
ascendido se purifica él mismo y una cantidad de cristal de cuarzo puro
moldeado en frascos. A continuación se coloca él mismo y los cristales en un
gran cuenco de cobre, pulido y caliente. Durante un período de veinticuatro
horas, el maestro ascendido vierte energía en el depósito espiritual del agua...
No hace falta sacar el agua del frasco para utilizarla espiritualmente. Sólo
sostener el frasco y concentrarse en curar una herida o enfermedad producirá
resultados asombrosos. Sin embargo, si le sucede un infortunio serio a usted o
a un ser cercano, unas gotas del agua energizada le ayudarán inmediatamente
a la recuperación.
O «LÁGRIMAS DE CARLOS»:
El color rojo de los frascos que ha modelado el maestro ascendido para las
lágrimas es prueba suficiente de su poder, pero su emoción [sic] durante la
meditación ha sido descrita por los que la han experimentado como «gloriosa
unicidad».
También hay un librito. Las enseñanzas de Carlos, que empieza:
YO SOY CARLOS
.
HE LLEGADO HASTA TI
A TRAVÉS DE MUCHAS
ENCARNACIONES PASADAS.
TENGO UNA GRAN LECCIÓN
PARA ENSEÑARTE.
ESCUCHA ATENTAMENTE.
LEE ATENTAMENTE.
PIENSA ATENTAMENTE.
LA VERDAD ESTÁ AQUÍ.
La primera enseñanza es una pregunta: ¿Por qué estamos aquí?... La
respuesta: «¿Quién puede decir cuál es la única respuesta? Hay muchas
respuestas a cualquier pregunta y todas las respuestas son correctas. Es así.
¿Lo ve?»
El libro nos conmina a no pasar a la página siguiente hasta que
hayamos entendido la página en la que estamos. Éste es uno de los muchos
factores que dificultan terminarlo.
«De los que dudan —revela más adelante— sólo puedo decir esto:
pueden tomar de este asunto lo que quieran. Terminan sin nada: un puñado de
aire, quizá. ¿Y qué tiene el creyente? ¡TODO! Todas las preguntas
contestadas, porque todas y cada una de las respuestas son correctas. ¡Y son
buenas respuestas! Discute esto, escéptico.»
O: «No pidamos explicaciones de todo. Los occidentales, en
particular, siempre estamos pidiendo descripciones prolijas de por qué esto,
por qué aquello. La mayoría de lo que se pregunta es obvio. ¿Por qué
ocuparse en examinar esas materias?... La fe hace que todo se convierta en
verdad.»
La última página del libro expone una sola palabra en grandes letras:
se nos exhorta a «¡PENSAR!».
Todo el texto de Las enseñanzas de Carlos fue escrito por Randi. Lo
redactaron Álvarez y él precipitadamente en pocas horas en un ordenador
portátil.
Los medios de comunicación australianos se sintieron traicionados
por uno de los suyos. El principal programa de televisión del país se tomó la
molestia de poner en evidencia la mala calidad del nivel de comprobación de
datos y la extendida credulidad de las instituciones dedicadas a las noticias y
asuntos públicos. Algunos analistas de los medios de comunicación lo
excusaron basándose en que era obvio que el tema no era importante; de
haberlo sido, lo habrían comprobado. Se entonaron unos cuantos mea culpa.
Ninguno de los que habían sido engañados quiso aparecer en un programa
retrospectivo sobre el «Asunto Carlos» programado para el domingo
siguiente en «Sixty Minutes».
Desde luego, todo eso no implica que Australia sea algo especial.
Álvarez, Randi y sus colegas-conspiradores podían haber elegido cualquier
nación en la Tierra y no hubiera cambiado nada. Los que concedieron una
audiencia nacional de televisión a Carlos incluso sabían lo suficiente para
hacer algunas preguntas escépticas... pero no se pudieron resistir a invitarlo.
La lucha de aniquilación mutua de los medios de comunicación dominó los
titulares tras la partida de Carlos. Se escribieron comentarios confusos sobre
el asunto. ¿Cuál era el objetivo? ¿Qué se había demostrado?
Álvarez y Randi demostraron lo poco que cuesta desnaturalizar
nuestras creencias, lo dispuestos que estamos a dejarnos llevar, lo fácil que es
engañar al público cuando la gente se encuentra sola y anhela creer en algo.
Si Carlos se hubiera quedado más tiempo en Australia y se hubiera
concentrado más en la curación —a través de la oración, de la fe en él,
expresando deseos ante sus lágrimas embotelladas, acariciando sus
cristales—, es indudable que hubieran aparecido personas curadas gracias a él
de muchas enfermedades, especialmente psicogénicas. Incluso si lo único
fraudulento hubiera sido su aspecto, dichos y productos anexos, algunos
habrían mejorado gracias a Carlos.
Eso, nuevamente, es el efecto placebo que se encuentra en casi todos
los curanderos. Creemos que tomamos una medicina potente y desaparece el
dolor, al menos por un tiempo. Y cuando creemos que hemos recibido una
cura espiritual poderosa, a veces la enfermedad también desaparece, al menos
durante un tiempo. Hay gente que anuncia espontáneamente que ha sido
curada aunque no sea así. En los detallados seguimientos que hicieron Nolen,
Randi y muchos otros de personas a quien se había dicho que estaban curadas
y así lo manifestaban ellas —por ejemplo, en servicios televisados de
curanderos— no pudieron encontrar ni una que se hubiera curado realmente
de una enfermedad orgánica grave. Incluso la mejora significativa de su
estado era dudosa. Como sugiere la experiencia de Lourdes, quizá deberían
revisarse de diez mil a un millón de casos para encontrar una verdadera
recuperación asombrosa.
Un curandero puede empezar o no con el fraude en mente. Pero, para
su sorpresa, resulta que sus pacientes parecen mejorar de verdad. Sus
emociones son genuinas, su gratitud sincera. Cuando se critica al curandero,
ellos salen en su defensa. Varios de los asistentes de más edad a la
canalización de la Casa de la Opera de Sydney montaron en cólera por la
revelación de «Sixty Minutes»: «Da igual lo que diga —le decían a
Álvarez—, nosotros creemos en ti.»
Esos éxitos pueden ser suficientes para convencer a muchos
charlatanes —por muy cínicos que sean al principio— de que realmente
tienen poderes místicos. Quizá no tienen éxito todas las veces. Los poderes
vienen y van, se dicen a sí mismos. Tienen que disimular los momentos
bajos. Si es necesario engañar un poco en algún momento, se dicen a sí
mismos que sirven a un propósito más alto. Prueban su discurso con el
consumidor. Funciona.
La mayoría de estas figuras sólo van detrás de nuestro dinero. Ésta
es la parte buena. Pero lo que me preocupa es que aparezca un Carlos con
asuntos más importantes en juego... un hombre atractivo, dominante,
patriótico y rebosando liderazgo. Todos anhelamos un líder competente,
incorrupto y carismático. Nos aferraremos a la oportunidad de apoyarle, creer
en él, sentimos bien. La mayoría de los informadores, editores y productores
—arrastrados por el resto de nosotros— huirán del examen escéptico real. Él
no nos venderá oraciones, cristales o lágrimas. Quizá nos venda una guerra,
un chivo expiatorio o un ramillete de creencias más globales que Carlos. Sea
lo que sea, irá acompañado de advertencias sobre los peligros del
escepticismo.
En la celebrada película El Mago de Oz, Dorothy, el espantapájaros,
el leñador de hojalata y el león cobarde se ven intimidados —en realidad
atemorizados— por la figura oracular de gran talla llamada el Gran Oz. Pero
el pequeño perro de Dorothy, Toto, descorre una cortina que lo oculta y
revela que el Gran Oz es en realidad una máquina dirigida por un hombre
bajo, rechoncho y asustado, tan exiliado como ellos en aquella tierra extraña.
Creo que es una suerte que James Randi descorra la cortina. Pero sería
tan peligroso confiarle a él el desenmascaramiento de todos los matasanos,
farsantes y tonterías del mundo como creer a esos mismos charlatanes. Si no
queremos que nos engañen, debemos ocuparnos de ello nosotros mismos.
---ooo---
Una de las lecciones más tristes de la historia es ésta: si se está
sometido a un engaño demasiado tiempo, se tiende a rechazar cualquier
prueba de que es un engaño. Encontrar la verdad deja de interesarnos. El
engaño nos ha engullido. Simplemente, es demasiado doloroso reconocer,
incluso ante nosotros mismos, que hemos caído en el engaño. En cuanto se da
poder a un charlatán sobre uno mismo, casi nunca se puede recuperar. Así,
los antiguos engaños tienden a persistir cuando surgen los nuevos.
Las sesiones de espiritismo sólo se practican en habitaciones en
penumbra donde es muy difícil ver a los visitantes fantasmagóricos. Si
encendemos la luz y, en consecuencia, tenemos la oportunidad de ver lo que
ocurre, los espíritus desaparecen. Se nos dice que son tímidos, y algunos de
nosotros lo creemos. En los laboratorios de parapsicología del siglo XX,
existe el «efecto observador»: personas descritas como psíquicos dotados
encuentran que sus poderes disminuyen claramente siempre que aparecen los
escépticos, y desaparecen del todo en presencia de un prestidigitador
preparado como James Randi. Lo que necesitan es oscuridad y credulidad.
Una niña pequeña que había colaborado en un famoso engaño del
siglo XIX —se comunicaba con los espíritus y los fantasmas respondían las
preguntas con fuertes golpes— confesó al hacerse mayor que había sido una
impostura. Hacía crujir la articulación del dedo gordo del pie. Demostró
cómo lo hacía. Pero la disculpa pública prácticamente se ignoró y, cuando se
reconocía, se denunciaba. Los golpecitos que daba el espíritu eran demasiado
tranquilizadores para abandonarlos porque una persona confesase que aquello
era falso, aunque fuera ella misma la que lo hubiera iniciado. Empezó a
circular la historia de que los racionalistas fanáticos la habían obligado a
hacer aquella confesión.
Como describí antes, los bromistas británicos confesaron haber hecho
«círculos en los campos de cultivo», figuras geométricas que aparecían en los
sembrados. No eran artistas extraterrestres que trabajaban con el trigo como
si fuera su medio, sino dos hombres con una tabla, una cuerda y cierta
propensión a bromear. Sin embargo, ni siquiera cuando confesaron cómo lo
habían hecho cambió la opinión de los creyentes. Argüían que podía ser que
algunos círculos fueran un fraude, pero había demasiados, y algunos
pictogramas eran demasiado complejos. Sólo los podían haber hecho los
extraterrestres. Poco después, en Gran Bretaña, otros confesaron ser los
autores. Pero, y los círculos en los campos de cultivo en el extranjero, en
Hungría por ejemplo, ¿cómo puede explicarse eso? Entonces unos
adolescentes húngaros confesaron haber copiado la idea. Pero, ¿y...?
Para comprobar la credulidad de un psiquiatra especialista en
abducciones por extraterrestres, una mujer se presenta como abducida. El
terapeuta está entusiasmado con las fantasías que va hilando. Pero, cuando
ella le anuncia que todo es un fraude, ¿cuál es su respuesta? ¿Volver a
examinar sus notas o su enfoque de esos casos? No. En días distintos sugiere:
1) que, aunque no sea consciente, en realidad fue abducida; o 2) que está
loca: al fin y al cabo, fue al psiquiatra, ¿no?; o 3) que él era consciente de la
broma desde el principio pero se había limitado a ir soltando cuerda hasta que
ella se ahogase.
Si a veces es más fácil rechazar una prueba consistente que admitir
que nos hemos equivocado, es una información sobre nosotros mismos que
vale la pena tener.
---ooo--Un científico pone un anuncio en un periódico de París ofreciendo un
horóscopo gratis. Recibe unas ciento cincuenta respuestas en las que se
detalla, como pedía, el lugar y fecha de nacimiento. Todos los participantes
reciben a continuación un horóscopo idéntico, junto con un cuestionario
donde se les pregunta sobre la precisión de las afirmaciones. El noventa y
cuatro por ciento de los que contestan (y el noventa por ciento de sus familias
y amigos) contestan que, cuando menos, podían reconocerse en el horóscopo.
Sin embargo se trataba de un horóscopo redactado para un asesino en serie
francés. Si un astrólogo puede llegar tan lejos sin conocer siquiera a sus
pacientes, imaginemos adonde podría llegar alguien sensible a los matices
humanos y no excesivamente escrupuloso.
¿Por qué es tan fácil que nos engañen adivinos, videntes psíquicos,
quirománticos, lectores de hojas de té, del tarot y milenrama, y seres de esta
índole? Desde luego, captan nuestra postura, nuestras expresiones faciales, la
manera de vestir y las respuestas a preguntas aparentemente inocuas. Algunos
de ellos lo hacen con brillantez, y ésas son cosas de las que muchos
científicos no parecen ser conscientes. También hay una red informática a la
que se suscriben los psíquicos «profesionales», con la que pueden disponer
de los detalles de la vida de los pacientes de sus colegas en un instante. Una
herramienta clave es la llamada «lectura fría», una declaración de
predisposiciones opuestas con un equilibrio tan tenue que cualquiera podría
reconocer algo de verdad en ella. Ahí va un ejemplo:
A veces eres extrovertido, afable, sociable, mientras otras veces eres
introvertido, cauto y reservado. Has descubierto que es poco inteligente
revelarte a los demás con demasiada honestidad. Prefieres un poco de
cambio y variedad, y te produce insatisfacción verte rodeado de restricciones
y limitaciones. Disciplinado y controlado por fuera, tiendes a ser aprensivo e
inseguro por dentro. Aunque tu personalidad tiene puntos flacos, sueles ser
capaz de compensarlos. Tienes muchas capacidades sin aprovechar, que no
has convertido en ventajas para ti. Tienes tendencia a ser crítico contigo
mismo. Tienes una gran necesidad de gustar a los demás y de sentirte
admirado.
Casi todo el mundo encuentra reconocible esta caracterización y
muchos consideran que los describe perfectamente. No es raro: todos somos
humanos.
La lista de «pruebas» que algunos terapeutas creen que demuestran
un abuso sexual en la infancia reprimido (por ejemplo, en The Courage to
Heal de Ellen Bass y Laura Davis) es muy larga y prosaica: incluye
trastornos del sueño, exceso de comida, anorexia y bulimia, disfunción
sexual, vaga ansiedad e incluso una incapacidad de recordar el abuso sexual
de la infancia. Otro libro, de la asistenta social W. Sue Blume, enumera entre
otras señales que denotan un incesto olvidado: dolores de cabeza, sospecha o
ausencia de sospecha, pasión sexual excesiva o ausencia de ella, y la
adoración a los padres. Entre los puntos de diagnóstico para detectar familias
«disfuncionales» enumerados por el doctor Charles Whitfield se encuentran
«males y dolores», sentirse «más vivo» en una crisis, ansiar «figuras de
autoridad» y haber «buscado asesoramiento o psicoterapia», sintiendo sin
embargo «que hay algo erróneo o que falta». Como la lectura fría, si la lista
es lo bastante larga y amplia, todo el mundo tendrá «síntomas».
El examen escéptico no es sólo un equipo de herramientas para
desarraigar las tonterías y crueldades que buscan sus víctimas entre las
personas menos capaces de protegerse a sí mismas y con mayor necesidad de
nuestra compasión, gente a la que se ofrece poca esperanza. También es un
recordatorio oportuno de que los mítines masivos, la radio y la televisión, los
medios de comunicación impresos, el márketing electrónico y la tecnología
de la venta por correo permiten que se inyecte otro tipo de mentiras en el
cuerpo social para aprovecharse de los incautos, frustrados e indefensos en
una sociedad plagada de males políticos que se afrontan con ineficacia, si es
que se afrontan.
Los camelos, engaños, ideas poco precisas, tonterías y deseos
disfrazados de hechos no están restringidos al salón de magia y al consejo
ambiguo en asuntos del corazón. Lamentablemente, abundan en la vida
política, social, religiosa y económica de todas las naciones.
CAPÍTULO 14
ANTICIENCIA
No existe algo llamado verdad objetiva.
Nosotros mismos hacemos nuestra
propia verdad. No existe una realidad
objetiva. Nosotros hacemos nuestra
propia realidad. Hay caminos de
conocimiento espiritual, místico
o interior que son superiores a nuestros
caminos de conocimiento ordinarios.
Si una experiencia parece real,
lo es. Si una idea parece correcta, lo es.
Somos incapaces de adquirir
conocimiento de la verdadera
naturaleza de la realidad. La propia
ciencia es irracional o mística.
No es más que otra fe o sistema
de creencia o mito, sin más justificación
que cualquier otra. No importa que las
creencias sean ciertas o no, siempre
que sean significativas para uno.
Un resumen de creencias de la Nueva Era,
de THEODORE SHICK, Jr.,
y LEWIS VAUGHN,
How to Think About Weird Things:
Critical Thinking for a New Age
(Mountain View, CA;
Mayfield Publishing Company, 1995)
Si el marco de trabajo establecido de la ciencia es plausiblemente
erróneo (o arbitrario, irrelevante, poco patriótico, impío o sirve
principalmente los intereses de los poderosos), entonces quizá nos podemos
ahorrar el problema de entender lo que tanta gente considera un cuerpo de
conocimiento complejo, difícil, altamente matemático y antiintuitivo. Así los
científicos tendrían su merecido. Se podría superar la envidia de la ciencia.
Los que han recorrido otros caminos hacia el conocimiento, los que
secretamente han abrigado creencias que la ciencia ha desdeñado, podrían
tener ahora su lugar bajo el sol.
El ritmo acelerado de cambios en la ciencia es responsable en
parte del ardor que provoca. Justo cuando empezamos a entender algo de lo
que hablan los científicos, nos dicen que ha dejado de ser verdad. Y, aunque
lo sea, las cosas que sostienen haber descubierto recientemente —cosas que
nunca hemos oído, difíciles de creer, con implicaciones inquietantes— han
tomado ya un nuevo giro. Se puede percibir a los científicos como si se
dedicaran a jugar con nosotros, a ponerlo todo patas arriba, como si fueran
socialmente peligrosos.
Edward U. Condon era un distinguido físico estadounidense, pionero
de la mecánica cuántica, que participó en el desarrollo del radar y las armas
nucleares en la segunda guerra mundial, director de investigación de Corning
Glass, director del Comité Nacional de Estándares y presidente de la
Sociedad Física Americana (además a. de profesor de física en la Universidad
de Colorado en los últimos tiempos, donde dirigió un controvertido estudio
científico sobre los ovnis patrocinado por las Fuerzas Aéreas). Fue uno de los
físicos cuya lealtad a Estados Unidos fue denunciada por miembros del
Congreso —incluyendo el congresista Richard M. Nixon, que pidió la
revocación de su acreditación de seguridad— a finales de la década de los
cuarenta y principios de los cincuenta. El superpatriótico presidente del
Comité de Actividades Antiamericanas, el diputado J. Parnell Thomas, dijo
que el físico «doctor Condon» era el «eslabón más débil» en la seguridad
americana y —en cierto momento— el «eslabón perdido». Su punto de vista
sobre las garantías constitucionales puede espigarse en la siguiente respuesta
al abogado de un testigo: «Los derechos que usted tiene son los que le
concede este comité. Determinaremos qué derechos tiene y qué derechos no
tiene ante el comité.»
Albert Einstein pidió públicamente a todos los convocados ante el
comité que se negaran a cooperar. En 1948, el presidente Harry Truman —en
el encuentro anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia,
y con Condon sentado a su lado— denunció al diputado Thomas y al Comité
de Actividades Antiamericanas porque «mediante la creación de un ambiente
en el que nadie se siente seguro contra la publicación de rumores infundados,
cotilleos y denigraciones» puede hacerse imposible la investigación científica
vital. Calificó las actividades del comité de «lo más antiamericano a lo que
debemos enfrentarnos hoy en día. Es el clima de un país totalitario.»28
El dramaturgo Arthur Miller escribió El crisol sobre los juicios de las
brujas de Salem en este período. Cuando la obra se estrenó en Europa, el
Departamento de Estado le negó el pasaporte con la razón de que su viaje al
extranjero no era en el mejor interés de Estados Unidos. La noche del estreno
en Bruselas, la obra fue recibida con un aplauso tumultuoso ante el que el
embajador de Estados Unidos se levantó e hizo una reverencia. Miller fue
convocado por el Comité de Actividades Antiamericanas y amonestado por
su sugerencia de que las investigaciones del Congreso podían tener algo en
común con las cazas de brujas; él contestó: «La comparación es inevitable,
señor.» Thomas fue encarcelado poco después por fraude.
Durante un verano fui alumno de Condon en la universidad. Recuerdo
vividamente su relato de la convocatoria ante el comité para evaluar su
lealtad:
«Doctor Condon, aquí dice que usted ha estado a la cabeza de un
movimiento revolucionario en física llamado —y aquí el inquisidor leyó las
palabras lenta y cuidadosamente— mecánica cuántica. Este comité opina que
si usted pudo ponerse al frente de un movimiento revolucionario... también
podría estar al frente de otro.»
Condón, levantándose de inmediato, replicó que la acusación no era
cierta. Él no era un revolucionario en física. Levantó la mano derecha: «Creo
en el principio de Arquímedes, que se formuló en el siglo II antes de Cristo, y
28
Sin embargo es considerable la responsabilidad de Truman en el ambiente de caza de brujas de
finales de la década de los cuarenta y principios de los cincuenta. Su Orden Ejecutiva 9835 de
1947 autorizó la investigación de las opiniones y compañías de todos los empleados federales,
sin derecho a replicar al acusador o incluso, en la mayoría de los casos, conocer el contenido de
la acusación. Se despidió a todos los que se halló en falta. Su fiscal general, Tom Clark,
estableció una lista de organizaciones «subversivas» tan larga que en un momento dado llegó a
incluir la Unión de Consumidores.
creo en las leyes del movimiento planetario de Kepler descubiertas en el siglo
XVII. Creo en las leyes de Newton...» Y así siguió, invocando los nombres
ilustres de Bernoulli, Fourier, Ampére, Boitzmann y Maxwell. Este
catecismo del físico no le ayudó mucho. El tribunal no era capaz de valorar el
humor en un asunto tan serio. Pero lo máximo que pudieron achacarle a
Condon, por lo que recuerdo, era que de joven había repartido periódicos
socialistas de puerta en puerta con su bicicleta.
---ooo--Imagine que usted quiere saber seriamente de qué va la mecánica
cuántica. Primero tiene que adquirir una base matemática, en la que el
dominio de cada disciplina matemática le lleva al umbral de la siguiente. A
su vez, debe aprender aritmética, geometría euclidiana, álgebra superior,
cálculo diferencial e integral, ecuaciones diferenciales ordinarias y parciales,
cálculo vectorial, ciertas funciones especiales de física matemática, álgebra
matricial y teoría de grupos. A la mayoría de los estudiantes de física, eso les
podría ocupar por ejemplo desde el tercer grado hasta los primeros años de
universidad... unos quince años aproximadamente. Con todo este programa
de estudio no se consigue aprender realmente la mecánica cuántica, sino sólo
establecer el marco matemático que se requiere para hacer una aproximación
en profundidad.
La tarea del divulgador científico para intentar transmitir una idea de
mecánica cuántica a un público general que no ha pasado por esos ritos de
iniciación es intimidatoria. Ciertamente, en mi opinión, ninguna
popularización de la mecánica cuántica ha tenido éxito nunca, en parte por
esta razón. Estas complejidades matemáticas se ven agravadas por el hecho
de tratarse de una teoría tan resueltamente antiintuitiva. El sentido común es
casi inútil para aproximarse a ella. No sirve preguntarse por qué es así, dijo
en una ocasión Richard Feynman. Nadie sabe por qué es así. Es como es.
Ahora supongamos que quisiéramos aproximarnos con escepticismo
a alguna religión oscura, doctrina de la Nueva Era o sistema chamanista de
creencias. Tenemos la mente abierta, entendemos que aquí hay algo
interesante, nos presentamos al practicante y le pedimos un resumen
inteligible. En lugar de eso, nos dice que es demasiado difícil intrínsecamente
para explicarlo con sencillez, que está lleno de «misterios», pero si estamos
dispuestos a convertirnos en acólitos durante quince años, al final de este
tiempo podríamos empezar a estar preparados para abordar el tema
seriamente. Creo que la mayoría de nosotros diríamos que no tenemos
tiempo, y muchos sospecharían que dedicar quince años para llegar sólo al
umbral de una comprensión es prueba de que todo el asunto es puro camelo:
si es demasiado difícil para que lo entendamos, ¿no se deriva de ello que
también lo es para que lo critiquemos con conocimiento? Entonces el camelo
tiene vía libre.
O sea, ¿en qué se diferencia la doctrina chamanista o teológica de la
Nueva Era de la mecánica cuántica? La respuesta es que, aunque no podamos
entenderla, podemos verificar que la mecánica cuántica funciona. Podemos
comparar las predicciones cuantitativas de la teoría cuántica con las
longitudes de onda de líneas espectrales de los elementos químicos, el
comportamiento de los semiconductores y el helio líquido, los
microprocesadores, qué tipos de molécula se forman a partir de sus átomos
constituyentes, la existencia y propiedades de estrellas enanas blancas, qué
pasa con los máseres y los rayos láser y qué materiales son susceptibles de
qué tipos de magnetismo. No tenemos que ser físicos consumados para ver lo
que revelan los experimentos. En cada uno de esos casos —como en muchos
otros— las predicciones de la mecánica cuántica son asombrosas y se
confirman con gran precisión.
Pero el chamán nos dice que su doctrina es verdadera porque también
funciona, no en asuntos arcanos de física matemática sino en lo que
realmente cuenta: puede curar a las personas. Muy bien, entonces reunamos
la estadística de curaciones chamanistas y veamos si funcionan mejor que los
placebos. Si es así, concedamos de buen grado que hay algo: aunque sólo sea
que algunas enfermedades son psicogénicas y pueden ser curadas o aliviadas
con actitudes y estados mentales adecuados. También podemos comparar la
eficacia de sistemas chamanista alternativos.
Que el chamán entienda por qué funcionan sus curaciones es otra
historia. En la mecánica cuántica tenemos una comprensión implícita de la
naturaleza sobre cuya base, paso a paso y cuantitativamente, hacemos
predicciones sobre lo que ocurrirá si se lleva a cabo un experimento
determinado no intentado antes. Si el experimento confirma la predicción —
especialmente si lo hace numéricamente y con precisión—, ganamos la
confianza de saber lo que hacemos. Hay pocos ejemplos que tengan este
carácter entre los chamanes, curas y gurús de la Nueva Era.
Morris Cohén, un célebre filósofo de la ciencia, sugirió otra
distinción importante en su libro de 1931, Razón y Naturaleza:
Desde luego, la inmensa mayoría de las personas no preparadas pueden
aceptar los resultados de la ciencia sólo por su autoridad. Pero hay una
importante diferencia obvia entre una institución que es abierta e invita a
todo el mundo a entrar, estudiar sus métodos y sugerir mejoras, y otra que
considera que el cuestionamiento de sus credenciales se debe a maldad de
corazón, como la que [el cardenal] Newman atribuía a los que cuestionaban
la infalibilidad de la Biblia... La ciencia racional siempre considera que sus
créditos son redimibles a petición, mientras que el autoritarismo no racional
considera la petición de redención de sus valores como una falta de fe y de
lealtad.
Los mitos y el folclore de muchas culturas premodernas tienen un
valor explicativo o al menos mnemónico. En historias que todo el mundo
puede valorar e incluso testificar, codifican el entorno. Se puede recordar qué
constelaciones aparecen un día determinado del año o la orientación de la Vía
Láctea por medio de una historia de amantes que se reúnen o una canoa que
avanza por el río sagrado. Como el reconocimiento del cielo es esencial para
plantar y cosechar y seguir el rastro de los animales, estas historias tienen un
importante valor práctico. También pueden ser útiles como pruebas
psicológicas proyectivas o como confirmaciones del lugar de la humanidad
en el universo. Pero eso no significa que la Vía Láctea sea realmente un río o
que la atraviese una canoa ante nuestros ojos.
La quinina procede de una infusión de la corteza de un árbol
particular de la selva amazónica. ¿Cómo descubrió un pueblo premoderno
que un té hecho precisamente de este árbol, con todas las plantas que hay en
la selva, aliviaría los síntomas de la malaria? Debieron de probar todos los
árboles y las plantas —raíces, tallos, corteza, hojas— masticadas,
machacadas y en infusión. Eso constituye un conjunto inmenso de
experimentos científicos durante generaciones: experimentos que además hoy
no podrían realizarse por razones de ética médica. Pensemos en la cantidad
de infusiones de cortezas de otros árboles que debían de ser inútiles o que
provocaron náuseas al paciente o incluso la muerte. En un caso así, el sanador
borra de la lista estas medicinas potenciales y pasa a la próxima. Los datos de
etnofarmacología quizá no se adquieran sistemáticamente, ni siquiera
conscientemente. Sin embargo, por ensayo y error, y recordando
cuidadosamente lo que funcionaba, a la larga llegan a la meta: utilizando la
riqueza molecular del reino vegetal para acumular una farmacopea que
funciona. Se puede adquirir información absolutamente esencial, que puede
salvar la vida, a partir exclusivamente de la medicina popular. Deberíamos
hacer mucho más de lo que hacemos para extraer los tesoros de este
conocimiento popular mundial.
Lo mismo sucede, por ejemplo, con la predicción del tiempo en un
valle cercano al Orinoco: es perfectamente posible que pueblos
preindustriales hayan captado durante milenios regularidades, indicaciones
premonitorias, relaciones de causa y efecto en una geografía local particular
ignorada por completo por los profesores de meteorología y climatología de
una universidad distante. Pero de eso no se deriva que los chamanes de estas
culturas puedan predecir el tiempo en París o en Tokyo, y menos todavía el
clima global.
Ciertos tipos de conocimiento popular son válidos e inestimables.
Otros, en el mejor de los casos, son metáforas y codificadores. La
etnomedicina, sí; la astrofísica, no. Ciertamente, es verdad que todas las
creencias y todos los mitos son merecedores de respeto. No es cierto que
todas las creencias populares sean igualmente válidas... si hablamos no de
una disposición mental interna sino de entender la realidad externa.
---ooo--Durante siglos, la ciencia ha estado sometida a una línea de ataque
que podría llamarse, más que pseudociencia, anticiencia. Actualmente se
opina que la ciencia, y el estudio académico en general, es demasiado
subjetiva. Algunos incluso alegan que es totalmente subjetiva, como, dicen,
lo es la historia. La historia suelen escribirla los vencedores para justificar sus
acciones, para alentar el fervor patriótico y para suprimir las reclamaciones
legítimas de los vencidos. Cuando no hay una victoria abrumadora, cada lado
escribe el relato que le favorece sobre lo que realmente ocurrió. Las historias
inglesas castigaban a los franceses, y viceversa; las historias de Estados
Unidos hasta hace muy poco ignoraban las políticas de facto de Lebensraum
(espacio vital) y genocidio hacia los nativos americanos; las historias
japonesas de los acontecimientos que llevaron a la segunda guerra mundial
minimizan las atrocidades japonesas y sugieren que su principal objetivo era
liberar de manera altruista al este de Asia del colonialismo europeo y
americano; Polonia fue invadida en 1939 porque, según aseveraban los
historiadores nazis, había atacado despiadadamente y sin mediar provocación
a Alemania; los historiadores soviéticos decían que las tropas soviéticas que
reprimieron las revoluciones húngara (1956) y checa (1968) habían sido
invitadas por aclamación popular en las naciones invadidas y no enviadas por
sus secuaces rusos; las historias belgas tienden a desvirtuar las atrocidades
cometidas cuando el Congo era un feudo privado del rey de Bélgica; las
historias chinas ignoran curiosamente las decenas de millones de muertes
causadas por el «gran salto adelante» de Mao Zedong; que Dios condona e
incluso defiende la esclavitud se afirmó miles de veces desde el pulpito y en
las escuelas de las sociedades esclavistas cristianas, pero los estados
cristianos que liberaron a sus esclavos guardan completo silencio sobre el
tema; un historiador tan brillante, culto y sobrio como Edward Gibbon se
negó a saludar a Benjamín Franklin cuando se encontraron en un hotel del
campo inglés... por las recientes contrariedades de la revolución americana.
(Franklin le ofreció material de primera mano a Gibbon cuando éste pasó,
como Franklin estaba seguro que haría, de la decadencia y ruina del Imperio
romano a la decadencia y ruina del Imperio británico. Franklin tenía razón
sobre el Imperio británico, pero llevaba dos siglos de adelanto.)
Tradicionalmente, estas historias las han escrito historiadores
académicos admirados, a menudo puntales del poder establecido. La
disensión local queda despachada en un instante. Se sacrifica la objetividad al
servicio de objetivos más altos. A partir de este lamentable hecho, algunos
han llegado al extremo de concluir que no existe lo que se llama historia, que
no hay posibilidad de reconstruir los acontecimientos reales; que todo lo que
tenemos son auto-justificaciones tendenciosas, y que esta conclusión se
amplía de la historia a todo conocimiento, incluida la ciencia.
Y, sin embargo, ¿quién podría negar que hay secuencias reales de
hechos históricos, con hilos causales reales, aunque nuestra capacidad de
reconstruirlos en su totalidad sea limitada, aunque la señal esté perdida en un
estruendoso océano de autocomplacencia? El peligro de la subjetividad y el
prejuicio ha estado claro desde el principio de la historia. Tucídides advertía
contra él. Cicerón escribió:
La primera ley es que el historiador no debe osar jamás escribir lo que es
falso; la segunda, que no osará jamás ocultar la verdad; la tercera, que no
debe haber sospecha en su obra de favoritismo o prejuicio.
Luciano de Samosata, en Cómo debería escribirse la historia, publicado en el
año 170, decía que «el historiador debe ser intrépido e incorruptible; un
hombre de independencia, que ame la franqueza y la verdad».
La responsabilidad de los historiadores íntegros es intentar
reconstruir la secuencia real de acontecimientos, por muy decepcionantes y
alarmantes que puedan ser. Los historiadores aprenden a suprimir su
indignación natural por las afrentas contra sus naciones y reconocen, cuando
corresponde, que sus líderes nacionales pueden haber cometido crímenes
atroces. Quizá un gaje del oficio sea tener que esquivar a los patriotas
agraviados. Son conscientes de que los relatos de los acontecimientos han
pasado por filtros humanos sesgados y que los propios historiadores tienen
desviaciones. Los que quieren saber lo que ocurrió realmente, deberán
familiarizarse totalmente con los puntos de vista de los historiadores de otras
naciones, antes adversarias. Lo máximo que se puede esperar es una serie de
aproximaciones sucesivas: paso a paso, profundizando en el conocimiento de
nosotros mismos, mejora la comprensión de los acontecimientos históricos.
Algo similar ocurre en la ciencia. Tenemos sesgos, respiramos como
todo el mundo los prejuicios que imperan en nuestro entorno. A veces, los
científicos han dado apoyo y sustento a doctrinas nocivas (incluyendo la
supuesta «superioridad» de un grupo étnico o género sobre otro a partir de las
medidas del cerebro, las protuberancias del cráneo o los tests de coeficiente
intelectual). Los científicos suelen resistirse a ofender a los ricos y poderosos.
De vez en cuando, uno de ellos engaña y roba. Algunos —muchos sin rastro
de pesar moral— trabajaron para los nazis. También exhiben tendencias
relacionadas con los chauvinismos humanos y con nuestras limitaciones
intelectuales. Como he comentado antes, los científicos también son
responsables de tecnologías mortales: a veces las inventan a propósito, a
veces por no mostrar la suficiente cautela ante efectos secundarios no
previstos. Pero también son los científicos los que, en la mayoría de estos
casos, nos han advertido del peligro.
Los científicos cometen errores. En consecuencia, la tarea del
científico es reconocer nuestras debilidades, examinar el abanico más amplio
de opiniones, ser implacablemente autocrítico. La ciencia es una empresa
colectiva con un mecanismo de corrección de errores que suele funcionar con
suavidad. Tiene una ventaja abrumadora sobre la historia, porque en ciencia
podemos hacer experimentos. Si uno no está seguro de cómo fueron las
negociaciones que llevaron al Tratado de París en 1814-1815, no tiene la
opción de volver a representar los acontecimientos. Sólo puede bucear en
registros antiguos. Ni siquiera puede hacer preguntas a los participantes.
Todos han muerto.
Pero, en muchas cuestiones de la ciencia, se puede volver a repetir el
hecho todas las veces que se quiera, examinarlo de una manera nueva,
comprobar una amplia serie de hipótesis alternativas. Cuando se inventan
nuevas herramientas se puede volver a hacer el experimento para ver qué
surge de la mejora de la sensibilidad. En las ciencias históricas en que no se
puede disponer una repetición, se pueden examinar casos relacionados y
empezar a reconocer sus componentes comunes. No podemos hacer que las
estrellas exploten a nuestra conveniencia ni podemos desarrollar un mamífero
desde sus ancestros a base de pruebas. Pero podemos simular parte de la
física de explosiones de supernovas en el laboratorio, y podemos comparar en
detalle, paso a paso, las instrucciones genéticas de mamíferos y reptiles.
También se denuncia que la ciencia es tan arbitraria e irracional como
todas las demás declaraciones de conocimiento, o que la propia razón es una
ilusión. El revolucionario americano Ethan Alien —líder de los Green
Mountain Boys en la captura del Fort Ticonderoga— dijo algunas palabras
sobre el tema:
Los que invalidan la razón deberían considerar seriamente si discuten contra
la razón con o sin ella; si es con razón, entonces están estableciendo el mismo
principio que se afanan por destronar; pero, si discuten sin razón (lo que, a fin
de ser coherentes con ellos mismos deben hacer), están fuera del alcance de la
convicción racional y tampoco merecen una discusión racional.
.
El lector puede juzgar la profundidad de este argumento.
---ooo--Cualquiera que sea testigo de primera mano del avance de la ciencia
lo toma como una empresa intensamente personal. Siempre hay algunos —
guiados por el asombro puro y una gran integridad, o por frustración con las
inadecuaciones del conocimiento existente, o simplemente agobiados por la
incapacidad que imaginan poseer de entender lo que todos los demás
comprenden— que proceden a hacer devastadoras preguntas clave. Unas
cuantas personalidades destacan entre un mar de celos, ambición,
murmuración, supresión de la disensión y presunciones absurdas. En algunos
campos, altamente productivos, este comportamiento es casi la norma.
Creo que toda esta agitación social y debilidad humana ayuda a la
empresa de la ciencia. Hay un marco de trabajo establecido en el que
cualquier científico puede demostrar que otro se equivoca y asegurarse que
todo el mundo lo sepa. Incluso cuando nuestros motivos son deshonestos, no
dejamos de tropezar con algo nuevo.
El químico americano galardonado con el Nobel Haroíd C. Urey* me
confesó en una ocasión que, a medida que se hacía mayor (entonces tenía
setenta años), notaba la existencia de esfuerzos cada vez más concertados
para demostrar que estaba equivocado. Lo describió como el síndrome de «la
pistola más rápida del Oeste»: el joven que pudiera enmendar al célebre
pistolero anciano heredaría su reputación y el respeto que a él se debe. Era
enojoso, murmuraba, pero servía para que los jóvenes mequetrefes se
dirigieran hacia áreas de investigación importantes en las que nunca habrían
entrado por su cuenta.
Los científicos, humanos al fin, también siguen a veces una selección
de la observación: les gusta recordar los casos en que han tenido razón y
olvidar aquellos en los que se equivocaron. Pero, en muchos casos, lo que es
«erróneo» es verdad en parte o estimula a otros a descubrir lo correcto. Uno
de los astrofísicos más productivos de nuestra época ha sido Fred Hoyie*,
responsable de contribuciones monumentales a nuestra comprensión de la
evolución de las estrellas, la síntesis de los elementos químicos, la
cosmología y muchas cosas más. A veces su éxito se ha basado en tener
razón antes de que nadie hubiera llegado a pensar que había algo por
*
*
Harold Clayton Urey
Fred Hoyle
explicar. A veces ha triunfado al equivocarse, al ser tan provocador, al sugerir
alternativas tan escandalosas que observadores y experimentalistas se ven
obligados a comprobarlas. El esfuerzo apasionado y concertado para
«demostrar que Fred se equivoca» a veces ha fracasado y a veces ha
triunfado. En casi todos los casos, ha empujado hacia adelante las fronteras
del conocimiento. Incluso sus mayores escándalos —por ejemplo, la
propuesta de que los virus de la gripe y el VIH habían caído de los cometas
sobre la Tierra y que los granos de polvo interestelar son bacterias— han
llevado a significativos avances del conocimiento (aun sin producir nada que
sustente esas ideas particulares).
Podría ser útil para los científicos hacer una lista de vez en cuando de
algunos de sus errores. Podría jugar un papel instructivo que ilustraría y
desmitificaría el proceso de la ciencia y educaría a los científicos jóvenes.
Hasta Johannes Kepler, Isaac Newton, Charles Darwin, Gregor Mendel y
Albert Einstein cometieron graves errores. Pero la empresa científica dispone
las cosas de modo que prevalece el trabajo de equipo: lo que uno de nosotros,
incluso el más brillante, deja de ver, otro, mucho menos célebre y capaz,
puede detectarlo y rectificar.
Por mi parte, en libros anteriores he tenido tendencia a comentar
algunas ocasiones en que tuve razón. Mencionaré ahora aquí algunos casos
en los que me he equivocado: en una época en la que ninguna nave espacial
había estado en Venus, pensé al principio que la presión atmosférica era
varias veces la de la Tierra, en lugar de muchas decenas de veces. Pensé que
las nubes de Venus estaban formadas principalmente por agua, cuando resulta
que sólo tienen el veinticinco por ciento. Pensé que podría haber tectónica de
placas en Marte, cuando las observaciones atentas de naves espaciales apenas
muestran ahora un rudimento de tectónica de placas. Pensé que las altas
temperaturas de infrarrojos de Titán podrían ser debidas a un efecto
invernadero medible, cuando resulta que está causado por una inversión
térmica estratosférica. Justo antes de que Iraq incendiara los campos de
petróleo de Kuwayt en 1991, advertí que el humo podría elevarse tanto que
trastornaría la agricultura en gran parte del sur de Asia; como revelaron los
hechos, estaba oscuro como boca de lobo al mediodía y la temperatura bajó
de 4-6 °C en el golfo Pérsico, pero no llegó mucho humo a altitudes
estratosféricas y Asia salió indemne. No subrayé suficientemente la
incertidumbre de mis cálculos.
Los científicos tienen diferentes estilos especulativos, y algunos son
más precavidos que otros. Siempre que las nuevas ideas sean comprobables y
los científicos no sean decididamente dogmáticos, no se hace ningún daño; en
realidad, se puede conseguir un progreso considerable. En los primeros
cuatro casos que acabo de mencionar en que me equivoqué intentaba
entender un mundo distante a partir de pocas claves en ausencia de
investigaciones completas de las naves espaciales. En el curso natural de la
exploración planetaria van apareciendo más datos y nos encontramos con que
todo un ejército de viejas ideas se ve superado por un arsenal de nuevos
hechos.
---ooo--Los posmodernos han criticado la astronomía de Kepler porque
surgió de sus puntos de vista religiosos monoteístas medievales; la biología
evolutiva de Darwin por estar motivada por un deseo de perpetuar los
privilegios de la clase social de la que procedía o para justificar su supuesto
ateísmo previo. Algunas de esas denuncias son ciertas. Otras no. Pero ¿qué
importan las tendencias o predisposiciones emocionales que los científicos
introducen en sus estudios siempre que sean escrupulosamente honestos y
otras personas con proclividades diferentes comprueben sus resultados?
Presumiblemente, nadie argüirá que el punto de vista conservador de la suma
de 14 y 27 difiere del punto de vista liberal, o que la función matemática que
es su propia derivada es la exponencial en el hemisferio norte pero otra en el
sur. Cualquier función periódica regular puede ser representada con precisión
arbitraria por una serie Fourier en las matemáticas musulmanas e indias. Las
álgebras no conmutativas (donde A por B no es igual a B por A) son tan
coherentes y significativas para los que hablan lenguajes indoeuropeos como
para los que hablan finoúgrio. Se pueden apreciar o ignorar las matemáticas,
pero son igualmente ciertas en todas partes, independientemente de la etnia,
cultura, lengua, religión e ideología.
En el extremo opuesto hay preguntas como si el expresionismo
abstracto puede ser «gran» arte o el rap «gran» música; si es más importante
reducir la inflación o el paro; si la cultura francesa es superior a la cultura
alemana; o si las leyes contra el crimen deberían afectar a la nación en su
conjunto. Aquí las preguntas son demasiado simples, o las dicotomías falsas,
o las respuestas dependen de presunciones inexpresadas. Aquí las
desviaciones locales podrían determinar las respuestas.
¿Dónde se encuentra la ciencia en este continuum subjetivo que va
desde una independencia casi total de las normas culturales a la dependencia
total a ellas? Aunque es indudable que surgen temas de desviación y
chauvinismo cultural, y aunque su contenido está en proceso de ajustamiento
continuo, la ciencia está claramente mucho más cerca de las matemáticas que
de la moda. La denuncia de que sus descubrimientos en general son
arbitrarios y sesgados no es solamente tendenciosa, sino engañosa.
Las historiadoras Joyce Appleby, Lynn Hunt y Margaret Jacob (en La verdad
sobre la historia, 1994) critican a Isaac Newton:
se dice que rechazaba la posición filosófica de Descartes porque podía
desafiar la religión convencional y llevar al caos social y al ateísmo. Estas
críticas sólo equivalen a la acusación de que los científicos son humanos.
Desde luego, es interesante para el historiador de las ideas ver cómo se vio
afectado Newton por las corrientes intelectuales de su época, pero tiene poco
que ver con la verdad de sus proposiciones. Para que éstas sean aceptadas en
general deben convencer por igual a ateos y creyentes. Eso es exactamente lo
que ocurrió.
Appelby y sus colegas declaran que «cuando Darwin formuló su
teoría de la evolución era ateo y materialista» y sugieren que la evolución fue
producto de un programa supuestamente ateo. Han confundido
lamentablemente causa y efecto. Darwin estaba a punto de convertirse en
ministro de la Iglesia de Inglaterra cuando se le presentó la oportunidad de
enrolarse en el HMS Beagle. Sus ideas religiosas en aquel momento, como
las describió él mismo, eran de lo más convencional. Consideraba totalmente
creíbles todos y cada uno de los artículos de fe anglicanos. A través de su
interrogación de la naturaleza, a través de la ciencia, fue constatando
lentamente que al menos parte de su religión era falsa. Por eso cambió de
punto de vista religioso.
Appleby y sus colegas se horrorizan ante la descripción de Darwin de
«la baja moralidad de los salvajes... sus insuficientes poderes de
razonamiento... [su] débil poder de autodominio». Y afirman que: «Hoy en
día mucha gente se siente escandalizada por su racismo.» Pero no me parece
que hubiera ningún rastro de racismo en el comentario de Darwin. Aludía a
los habitantes de Tierra del Fuego, que sufrían una escasez agobiante en la
provincia más estéril y antártica de la Argentina. Cuando describió a una
mujer sudamericana de origen africano que prefirió la muerte a someterse a la
esclavitud, anotó que sólo el prejuicio nos impedía ver su desafío a la misma
luz heroica que concederíamos a un acto similar de la orgullosa matrona de
una familia noble romana. Él mismo casi fue expulsado del Beagle por el
capitán FitzRoy por su oposición militante al racismo del capitán. Darwin
estaba por encima de la mayoría de sus contemporáneos en este aspecto.
Pero, en fin, aunque no fuera así, ¿en qué afecta eso a la verdad o
falsedad de la selección natural? Thomas Jefferson y George Washington
poseían esclavos; Albert Einstein y Mohandas Gandhi eran maridos y padres
imperfectos. La lista sigue indefinidamente. Todos tenemos defectos y somos
criaturas de nuestro tiempo. ¿Es justo que se nos juzgue con los estándares
desconocidos del futuro? Algunas costumbres de nuestra era serán
consideradas sin duda bárbaras por generaciones posteriores: quizá nuestra
insistencia en que los niños pequeños e incluso bebés duerman solos y no con
sus padres; o quizá la excitación de pasiones nacionalistas como medio de
conseguir la aprobación popular y alcanzar un alto cargo político; o permitir
el soborno y la corrupción como medio de vida; o tener animales domésticos;
o comer animales y enjaular chimpancés; o penalizar el uso de euforizantes
para adultos; o permitir que nuestros hijos crezcan en la ignorancia.
De vez en cuando, retrospectivamente, destaca alguien. En mi lista
particular, el revolucionario americano Thomas Paine, inglés de nacimiento,
es uno de ellos. Estaba muy por delante de su tiempo. Se opuso con coraje a
la monarquía, la aristocracia, el racismo, la esclavitud, la superstición y el
sexismo cuando todo eso constituía la sabiduría convencional. Sus críticas de
la religión convencional eran implacables. Escribió en La edad de la razón.
«Cuando leemos las obscenas historias, las voluptuosas perversiones, las
ejecuciones crueles y tortuosas, el carácter vengativo e implacable que
rezuma la mitad de la Biblia, sería más coherente llamarlo el mundo de un
demonio que el mundo de Dios... Ha servido para corromper y brutalizar a la
humanidad.» Al mismo tiempo, el libro mostraba la reverencia más profunda
por un Creador del universo cuya existencia Paine argüía que era evidente al
echar una mirada al mundo natural. Pero, para la mayoría de sus
contemporáneos, parecía imposible condenar gran parte de la Biblia y a la
vez abrazar a Dios. Los teólogos cristianos llegaron a la conclusión de que
era un borracho, un loco o un corrupto. El estudioso judío David Levi
prohibió a sus correligionarios tocar siquiera, y menos todavía leer, el libro.
Paine se vio sometido a tal sufrimiento por sus puntos de vista (incluyendo su
encarcelamiento después de la Revolución francesa por ser demasiado
coherente en su oposición a la tiranía) que se convirtió en un viejo
amargado.29
Sí, se puede dar la vuelta a la perspicacia de Darwin y usarla de modo
grotesco: magnates de voracidad insaciable pueden explicar sus prácticas de
cortar cabezas apelando al darwinismo social; los nazis y otros racistas
pueden alegar la «supervivencia del más apto» para justificar el genocidio.
Pero Darwin no hizo a John D. Rockefeller ni a Adolf Hitler. La avaricia, la
revolución industrial, el sistema de libre empresa y la corrupción del
gobierno por los adinerados son más adecuados para explicar el capitalismo
del siglo XIX. El etnocentrismo, la xenofobia, las jerarquías sociales, la larga
historia de antisemitismo en Alemania, el Tratado de Versalles, las prácticas
29
Paine fue el autor del panfleto revolucionario Sentido común. Publicado el 10 de enero de
1776, vendió más de medio millón de ejemplares en pocos meses y despertó a muchos
americanos a la causa de la independencia. Fue autor de los tres libros más vendidos del siglo
XVIII. Generaciones posteriores le injuriaron por sus puntos de vista sociales y religiosos.
Theodore Roosevelt le llamó «pequeño y sucio ateo», a pesar de su profunda creencia en Dios.
Probablemente es el revolucionario americano más ilustre que no cuenta con un monumento en
Washington, D. C.
de educación infantil alemanas, la inflación y la depresión parecen adecuadas
para explicar la subida de Hitler al poder. Es muy probable que se hubieran
producido esos acontecimientos o similares con o sin Darwin. Y el
darwinismo moderno deja bien claro que muchos rasgos menos implacables,
algunos no siempre admirados por magnates insaciables y Führers —el
altruismo, la inteligencia, la compasión— pueden ser la clave de la
supervivencia.
Si pudiéramos censurar a Darwin, ¿qué otros tipos de conocimiento
no podríamos censurar también? ¿Quién ejercería la censura? ¿Quién de
nosotros es lo bastante sabio para saber de qué información e ideas podemos
prescindir con seguridad y cuál de ellas será necesaria de aquí diez, cien o mil
años en el futuro? Sin duda podemos hacer cierta valoración de qué tipos de
máquinas y productos vale la pena desarrollar. En todo caso, debemos tomar
estas decisiones, porque no tenemos recursos para aplicar todas las
tecnologías posibles. Pero censurar el conocimiento, decir a la gente lo que
debe pensar, es abrir la puerta a la policía del pensamiento, a tomar
decisiones absurdas e incompetentes y a caer en la decadencia a largo plazo.
Ideólogos fervientes y regímenes autoritarios encuentran fácil y
natural imponer sus puntos de vista y eliminar las alternativas. Los científicos
nazis, como el físico premio Nobel Johannes Stark, distinguían la imaginaria
y caprichosa «ciencia judía», que incluía la relatividad y la mecánica
cuántica, de la realista y práctica «ciencia aria». Otro ejemplo: «Está
emergiendo una nueva era de explicación mágica del mundo —dijo Adolf
Hitler—, una explicación basada más en la voluntad que en el conocimiento.
No hay verdad, ni en el sentido moral ni en el científico».
Tal como me lo contó tres décadas después, el genetista americano
Hermann J. Müller viajó en 1922 de Berlín a Moscú en un avión ligero para
observar con sus propios ojos la nueva sociedad soviética. Lo que vio le
debió de gustar porque —después de descubrir que la radiación produce
mutaciones (un descubrimiento por el que más tarde ganaría un Premio
Nobel)— se instaló en Moscú para participar en el establecimiento de la
genética moderna en la Unión Soviética. Pero, a mediados de la década de los
treinta, un charlatán llamado Trofim Lysenko había llamado la atención y
luego conseguido el apoyo entusiasta de Stalin. Lysenko argüía que la
genética —a la que llamaba «mendelismo-weissmanismo-morganismo», por
el nombre de algunos de sus fundadores— tenía una base filosófica
inaceptable y que la genética filosóficamente «correcta», una genética que
prestara la atención debida al materialismo dialéctico comunista, daría
resultados muy diferentes. En particular, la genética de Lysenko permitiría
una cosecha adicional de trigo en invierno: buena noticia para una economía
soviética tambaleante por la colectivización forzada de la agricultura de
Stalin.
La prueba alegada por Lysenko era sospechosa, no había controles
experimentales y sus amplias conclusiones hacían caso omiso de un inmenso
conjunto de datos contradictorios. Crecía el poder de Lysenko y Müller
defendía apasionadamente que la genética clásica mendeliana estaba en plena
armonía con el materialismo dialéctico y que Lysenko, que creía en la
herencia de características adquiridas y negaba una base material de la
herencia, era un «idealista» o algo peor. Müller contaba con el apoyo
decidido de N. J. Vavilov, presidente a la sazón de la Academia de Ciencias
Agrícolas de la Unión.
En una conferencia de 1936 en la Academia de Ciencias Agrícolas,
presidida por Lysenko, Müller pronunció una provocadora arenga que incluía
estas palabras:
Si los practicantes más destacados apoyan teorías y opiniones que son
obviamente absurdas para cualquiera que sepa aunque sea sólo un poco de
genética —puntos de vista como los presentados recientemente por el
presidente Lysenko y los que piensan como él—, la opción que se nos
presenta parecerá una elección entre brujería y medicina, entre astrología y
astronomía, entre alquimia y química.
En un país de arrestos arbitrarios y terror policial, este discurso dio muestras
de una integridad y valentía ejemplares, calificada por muchos de locura. En
El asunto Vavilov (1984), el historiador emigrado soviético Mark Popovsky
escribe que esas palabras fueron acompañadas de «aplausos atronadores de
toda la sala» y «recordadas por todos los participantes en la sesión que siguen
con vida».
Tres meses después, Müller recibió en Moscú la visita de un
genetista occidental que le expresó su asombro por una carta de amplia
circulación firmada por Müller que condenaba la prevalencia del
«mendelismo-weissmanismo-morganismo» en Occidente y urgía al boicot
del próximo Congreso Internacional de Genética. Müller, que nunca había
visto, y menos firmado, una carta como aquélla, llegó a la conclusión de que
era un fraude perpetrado por Lysenko. Inmediatamente escribió una
encolerizada denuncia de Lysenko en Pravda y le mandó una copia a Stalin.
Al día siguiente, Vavilov fue a ver a Müller terriblemente agitado
para informarle que él, Müller, se había presentado voluntario para ir a luchar
a la guerra civil española. La carta de Pravda había puesto en peligro la vida
de Müller. Abandonó Moscú al día siguiente y escapó por poco, según le
dijeron después, de la NKVD, la policía secreta. Vavilov no tuvo tanta suerte
y murió en Liberia* en 1943.
Con el apoyo continuo de Stalin y más tarde de Jrusvhov, Lysenko
eliminó con tenacidad implacable la genética clásica. Los textos de biología
de la escuela soviética a principios de la década de los sesenta contenían tan
poco sobre cromosomas y genética como muchos de los textos de biología de
las escuelas estadounidenses tienen hoy sobre evolución. Pero no creció
ninguna cosecha nueva de trigo en invierno; el hechizo de la frase
«materialismo dialéctico» no llegó al ADN de las plantas domesticadas; la
agricultura soviética continuó estancada y hoy, en parte por esta razón, Rusia
—con un alto nivel en muchas otras ciencias— está inexorablemente
retrasada en biología molecular e ingeniería genética. Se han perdido dos
generaciones de biólogos modernos. El lysenkismo no fue aniquilado hasta
1964, en una serie de debates y votaciones en la Academia Soviética de
Ciencias —una de las pocas instituciones que mantuvo cierto grado de
independencia de los líderes del Partido y el Estado— en las que el físico
nuclear Andréi Sajárov representó un papel primordial.
Los americanos tendemos a menear la cabeza con asombro ante esta
experiencia soviética. La idea de que una ideología endosada por el Estado o
un prejuicio popular pueda poner trabas al progreso científico parece
impensable. Durante doscientos años, los estadounidenses se han
enorgullecido de ser un pueblo práctico, pragmático y no ideológico. Y sin
embargo, la pseudociencia antropológica y psicológica ha florecido en
Estados Unidos: sobre la raza, por ejemplo. Bajo el disfraz de
«creacionismo», se sigue haciendo un serio esfuerzo para impedir que se
enseñe en la escuela la teoría de la evolución, la idea integradora más
poderosa en toda la biología y esencial para otras ciencias que van desde la
astronomía hasta la antropología.
---oooo--La ciencia es diferente de muchas otras empresas humanas; no, desde
luego, porque sus practicantes estén influenciados o no por la cultura en la
que crecieron, ni porque a veces acierten y otras se equivoquen (algo común
en toda actividad humana), sino en su pasión por formular hipótesis
comprobables, en su búsqueda de experimentos definitivos que confirmen o
nieguen ideas, en el vigor de su debate sustancial y en su voluntad de
abandonar ideas que se han mostrado deficientes. Si no fuéramos conscientes
de nuestras propias limitaciones, sin embargo, si no buscásemos más datos, si
no estuviésemos dispuestos a realizar experimentos de control, si no
*
¿Siberia?
respetásemos las pruebas, avanzaríamos muy poco en nuestra búsqueda de la
verdad. Por oportunismo y timidez, podríamos ser vapuleados por cualquier
brisa ideológica sin tener nada de valor duradero a lo que agarrarnos.
CAPITUL0 15
EL SUEÑO
DE NEWTON
Que Dios nos libre de la visión única y
del sueño de Newton.
WILLIAM BLAKE,
de un poema incluido en una carta
a Thomas Butts
(1802)
...con frecuencia la ignorancia engendra más
confianza que el conocimiento: son los que
saben poco, y no los que saben mucho, los que
aseveran positivamente que éste o aquel
problema nunca será resuelto por la ciencia.
CHARLES DARWIN,
Introducción, La
descendencia del hombre (1871)
Por «el sueño de Newton», el poeta, pintor y revolucionario William
Blake parece referirse a una visión de túnel en la perspectiva de la física de
Newton, como también a la propia liberación (incompleta) de éste del
misticismo. Blake encontraba divertida la idea de átomos y partículas de luz y
«satánica» la influencia de Newton en nuestra especie. Una crítica común de
la ciencia es que es demasiado estrecha. A causa de nuestra bien demostrada
falibilidad, desestima, sin entrar en un discurso serio, un amplio espectro de
imágenes inspiradoras, nociones juguetonas, intenso misticismo y maravillas
asombrosas. Sin pruebas físicas, la ciencia no admite a los espíritus, ángeles,
diablos ni a los cuerpos dharma del Buda. Ni a los visitantes extraterrestres.
El psicólogo americano Charles Tart, que cree que la prueba de la
percepción extrasensorial es convincente, escribe:
Un factor importante en la actual popularidad de ideas de la «Nueva Era» es
una reacción contra los efectos deshumanizadores y desespiritualizadores del
cientificismo, la creencia filosófica (que se enmascara como ciencia objetiva y
se sostiene con la tenacidad emocional del fundamentalismo redivivo) de que
no somos nada más que seres materiales. Abarcar irreflexivamente todo lo
que lleva la etiqueta de «espiritual», «psíquico» o de «Nueva Era» es, desde
luego, una tontería, porque muchas de esas ideas son objetivamente erróneas
por muy nobles e inspiradoras que sean. Por otro lado, este interés en la Nueva
Era es un reconocimiento legítimo de algunas realidades de la naturaleza
humana: la gente siempre ha tenido y sigue teniendo experiencias que parecen
ser «psíquicas» o «espirituales».
Pero ¿por qué las experiencias «psíquicas» desafían la idea de que
estamos hechos de materia y nada más? Hay muy pocas dudas de que, en el
mundo cotidiano, la materia (y la energía) existen. Tenemos la prueba a
nuestro alrededor. En contraste, como he mencionado antes, la prueba de algo
no material llamado «espíritu» o «alma» es muy dudosa. Desde luego, cada
uno de nosotros tiene una rica vida interior. Sin embargo, considerando la
formidable complejidad del asunto, ¿cómo podríamos demostrar que nuestra
vida interior no es debida totalmente a la materia? De acuerdo, es mucho lo
que no entendemos del todo en la conciencia humana y todavía no podemos
explicar en términos de neurobiología. Los humanos tienen limitaciones, y
nadie lo sabe mejor que los científicos. Pero una multitud de aspectos del
mundo natural que hace sólo unas generaciones se consideraban milagrosos
son ahora totalmente comprendidos en términos de física y química. Al
menos algunos de los misterios de hoy serán resueltos satisfactoriamente por
nuestros descendientes. El hecho de que ahora no podamos presentar una
comprensión detallada, por ejemplo, de estados de conciencia alterados en
términos de química del cerebro, no implica la existencia de un «mundo del
espíritu» más que cuando se creía que el girasol que sigue el camino del sol a
través del cielo era la prueba de un milagro antes de conocer el fototropismo
y las hormonas de las plantas.
Y si el mundo no corresponde en todos los aspectos a nuestros
deseos, ¿es culpa de la ciencia o de los que quieren imponer sus deseos en el
mundo? Todos los mamíferos —y muchos animales más— experimentan
emociones: miedo, anhelo, dolor, amor, odio, necesidad de guía. Quizá los
humanos piensen más en el futuro, pero no hay nada único en nuestras
emociones. Por otro lado, ninguna otra especie hace tanta ciencia como
nosotros. ¿Cómo se puede acusar a la ciencia de «deshumanizadora»?
A pesar de todo, parece tan injusto: algunos humanos mueren de
hambre antes de superar la infancia, mientras otros —por un accidente de
nacimiento— viven en la opulencia y el esplendor. Podemos nacer en una
familia que comete abusos o en un grupo étnico perseguido, o con alguna
deformidad; pasamos la vida con las cartas de la baraja en contra, y luego
morimos. ¿Eso es todo? ¿No es más que un sueño sin ensoñación ni fin?
¿Dónde está la justicia de eso? Es desolador, brutal y cruel. ¿No deberíamos
tener una segunda oportunidad en un campo de juego neutral? Sería mucho
mejor si volviéramos a nacer en circunstancias que tuvieran en cuenta nuestra
actuación en la última vida, por muy en contra que hubiéramos tenido
entonces la baraja. O si hubiera un día del juicio después de la muerte,
entonces —siempre que hubiéramos sido buenos con la persona que se nos
dio en esta vida y mostrado humildad, lealtad y todo lo demás— deberíamos
ser recompensados y vivir alegremente hasta el final de los tiempos en un
refugio permanente de la agonía y confusión del mundo. Así es como sería si
el mundo fuera pensado, planeado con anterioridad, justo. Así sería si los que
sufren dolor y tormento recibieran el consuelo que merecen.
Las sociedades que enseñan la satisfacción con nuestra situación
actual en la vida en espera de la recompensa post-mortem tienden a vacunarse
contra la revolución. Además, el temor de la muerte, que en algunos aspectos
es una adaptación a la lucha evolutiva por la existencia, se adapta mal a la
guerra. Las culturas que preconizan una vida de bendición para los héroes
después de la vida —o incluso para los que simplemente hicieron lo que les
mandó la autoridad— podrían adquirir una ventaja competitiva.
Así debería ser fácil para las religiones y las naciones vender la idea
de una parte espiritual de nuestra naturaleza que sobrevive a la muerte. No es
algo en lo que se pueda prever un gran escepticismo. La gente querrá creerlo,
aunque la prueba sea escasa o nula. Cierto, las lesiones del cerebro nos
pueden hacer perder segmentos importantes de la memoria, o convertirnos de
maníacos en plácidos, o viceversa; y los cambios en la química del cerebro
pueden convencernos de que hay una conspiración contra nosotros o
hacernos pensar que escuchamos la voz de Dios. Pero, a pesar de que eso
proporciona un testimonio irresistible de que nuestra personalidad, carácter y
memoria —si se quiere, el alma— reside en la materia del cerebro, es fácil no
rendirse a él, encontrar maneras de negar el peso de la evidencia.
Y si hay instituciones sociales poderosas que insisten en que hay otra
vida, no es sorprendente que los que disienten tiendan a ser pocos, callados y
resentidos. Algunas religiones orientales, cristianas y de la Nueva Era,
además del platonismo, mantienen que el mundo es irreal, que el sufrimiento,
la muerte y la materia son ilusiones, y que nada existe realmente excepto la
«mente». En contraste, el punto de vista científico imperante es que la mente
es la forma en la que percibimos lo que hace el cerebro; es decir, es una
propiedad de los cien billones de conexiones nerviosas en el cerebro.
Hay una opinión académica extrañamente en boga, con raíces en la década de
los sesenta, que mantiene que todos los puntos de vista son igualmente
arbitrarios y que «verdadero» o «falso» es una ilusión. Quizá sea un intento
de volver las tornas a los científicos que arguyen desde hace tiempo que la
crítica literaria, la religión, la estética y gran parte de la filosofía y la ética son
mera opinión subjetiva, porque no se pueden demostrar como un teorema de
la geometría euclidiana ni someterse a prueba experimental.
Hay gente que quiere que todo sea posible, que su realidad sea
ilimitada. Les parece que nuestra imaginación y nuestras necesidades
requieren más que lo relativamente poco que la ciencia enseña que sabemos
con seguridad. Muchos gurús de la Nueva Era —la actriz Shirley MacLaine
entre ellos— llegan al punto de abrazar el solipsismo, de afirmar que la única
realidad es la de sus propios pensamientos. «Soy Dios», dicen en realidad.
«Creo de verdad que nosotros creamos nuestra propia realidad —dijo
MacLaine a un escéptico en una ocasión—. Creo que ahora mismo yo le
estoy creando a usted.»
Si sueño que me reúno con un padre o un hijo muertos, ¿quién me va
a decir que no ocurrió realmente? Si tengo una visión de mí mismo flotando
en el espacio y mirando hacia la Tierra, a lo mejor he estado allí realmente;
¿cómo algunos científicos, que ni siquiera compartieron la experiencia, se
atreven a decirme que está todo en mi cabeza? Si mi religión dicta que es
palabra inalterable e inequívoca de Dios que el universo tiene unos cuantos
miles de años, los científicos, además de equivocarse, son ofensivos e impíos
cuando declaran que tiene unos cuantos miles de millones.
Es irritante que la ciencia pretenda fijar límites en lo que podemos
hacer, aunque sea en principio. ¿Quién dice que no podemos viajar más de
prisa que la luz? Solían decirlo del sonido, ¿no es cierto? ¿Quién nos va a
impedir, si tenemos instrumentos realmente poderosos, que midamos la
posición y el momento de un electrón simultáneamente? ¿Por qué, si somos
muy inteligentes, no podemos construir una máquina de movimiento
perpetuo «de primera especie» (una que genere más energía de la que se le
suministra), o una máquina de movimiento perpetuo «de segunda especie»
(una que nunca se pare). ¿Quién osa poner límites al ingenio humano?
En realidad, la naturaleza. En realidad, una declaración bastante
completa y breve de las leyes de la naturaleza, de cómo funciona el universo,
se refleja en una lista de prohibiciones como ésta. Significativamente, la
pseudociencia y la superstición tienden a no reconocer límites en la
naturaleza: «Todo es posible.» Prometen un presupuesto de producción
ilimitado, aunque sus partidarios hayan sido engañados y traicionados tan a
menudo.
------ooooo-----Una queja relacionada con ésta es que la ciencia es demasiado
simple, demasiado «reduccionista»; imagina con ingenuidad que en el
recuento final habrá sólo unas cuantas leyes de la naturaleza —quizá incluso
bastante sencillas—que lo explicarán todo, que la exquisita sutileza del
mundo, todos los cristales de la nieve, las celosías de las telarañas, las
galaxias espirales y los destellos de perspicacia humana pueden «reducirse» a
estas leyes. El reduccionismo no parece conceder un respeto suficiente a la
complejidad del universo. A algunos se les antoja como un híbrido curioso de
arrogancia y pereza intelectual.
A Isaac Newton —que en la mente de los críticos de la ciencia
personifica la «visión única»— el universo le parecía como un mecanismo de
relojería. Literalmente. Describió con gran precisión los movimientos
regulares y orbitales predecibles de los planetas alrededor del Sol, o de la
Luna alrededor de la Tierra, esencialmente mediante la misma ecuación
diferencial que predice el vaivén de un péndulo o la oscilación de un muelle.
Hoy tenemos tendencia a pensar que ocupamos una posición ventajosa
eminente y a lamentarnos de que los pobres newtonianos tuvieran un punto
de vista tan limitado. Pero, dentro de ciertos límites razonables, las mismas
ecuaciones armónicas que describen el mecanismo del reloj describen los
movimientos de objetos astronómicos en todo el universo. Es un paralelismo
profundo, no trivial.
Desde luego, en el sistema solar no hay engranajes y las partes
componentes del mecanismo de reloj gravitacional no se tocan. Los
movimientos de los planetas son más complicados que los de péndulos y
muelles. Además, el modelo de mecanismo de relojería se quiebra en ciertas
circunstancias. Durante períodos de tiempo muy largos, la atracción
gravitatoria de mundos distantes —atracción que podría parecer totalmente
insignificante en sólo unas cuantas órbitas— puede acumularse y algún
mundo pequeño puede desviarse inesperadamente de su curso normal. Sin
embargo, en los relojes de péndulo también se conoce algo como el
movimiento caótico; si desplazamos el plomo demasiado lejos de la
perpendicular, el movimiento es arrítmico y desordenado. Pero el sistema
solar marca mejor el tiempo que cualquier reloj mecánico y toda la idea de
marcar el tiempo viene del movimiento observado del Sol y las estrellas.
Lo asombroso es que se pueda aplicar una matemática similar a los
planetas y a los relojes. No tenía por qué ser así. No lo impusimos en el
universo. Es como es. Si esto es reduccionismo, qué le vamos a hacer.
Hasta mediados del siglo XX, dominaba una fuerte creencia —entre
teólogos, filósofos y muchos biólogos— de que la vida no era «reducible» a
las leyes de física y química, que había una «fuerza vital», una «entelequia»,
un tao, un maná que hacía funcionar a los seres vivos y «animaba» la vida.
Era imposible ver cómo meros átomos y moléculas podían justificar la
complejidad y la elegancia, la adecuación de la forma a la función, de un ser
vivo. Se invocaban las religiones del mundo: Dios o los dioses insuflaron
vida, alma, en la materia inanimada. El químico del siglo XVIII Joseph
Priestley intentó encontrar la «fuerza vital». Pesó un ratón justo antes y
después de morir. Pesaba lo mismo. Todos los intentos en este sentido han
fracasado. Si hay alma, es evidente que no pesa nada; es decir, no está hecha
de materia.
A pesar de todo, hasta los materialistas biológicos tenían reservas; a
lo mejor, si no almas de plantas, animales, hongos y microbios, todavía se
necesitaba algún principio científico no descubierto para entender la vida. Por
ejemplo, el fisiólogo británico J. S. Haldane (padre de J. B. S. Haldane)
preguntaba en 1932:
¿Qué relato inteligible puede ofrecer la teoría mecanicista de la vida
de la... recuperación de enfermedades y heridas? Simplemente ninguno,
excepto que esos fenómenos son tan complejos y extraños que de momento no
podemos entenderlos. Ocurre exactamente lo mismo con los fenómenos
estrechamente relacionados con la reproducción. No podemos concebir, por
muchas vueltas que demos a la imaginación, un mecanismo delicado y
complejo que sea capaz, como un organismo vivo, de reproducirse él mismo
con una frecuencia indefinida.
Pero, sólo unas décadas después, nuestro conocimiento de la
inmunología y la biología molecular ha clarificado enormemente esos
misterios antes impenetrables.
Recuerdo muy bien que, cuando se dilucidó por primera vez la
estructura molecular del ADN y la naturaleza del código genético en las
décadas de los cincuenta y sesenta, los biólogos que estudiaban organismos
completos acusaban a los nuevos investigadores de la biología molecular de
reduccionismo. («No van a entender ni siquiera al gusano con su ADN.»)
Desde luego, reducirlo todo a una «fuerza vital» no es menos reduccionista.
Pero ahora está claro que toda la vida sobre la Tierra, todo ser vivo, tiene una
información genética codificada en sus ácidos nucleicos y emplea
fundamentalmente el mismo código para ejecutar las instrucciones
hereditarias. Hemos aprendido a leer el código. En biología se usan las
mismas docenas de moléculas orgánicas una y otra vez para una mayor
variedad de funciones. Se han identificado genes que tienen una
responsabilidad significativa en la fibrosis quística y el cáncer de pecho. Se
ha hecho la secuencia de los 1,8 millones de eslabones de la cadena del ADN
de la bacteria Haemophilis influenzae, que comprende sus mil setecientos
cuarenta y tres genes. La función específica de la mayoría de esos genes está
bellamente detallada: desde la fabricación y pliegue de cientos de moléculas
complejas hasta la protección contra el calor y los antibióticos, el aumento de
la tasa de mutación y la formación de copias idénticas de la bacteria. Se han
trazado ya gran parte de los genomas de otros muchos organismos
(incluyendo el gusano Caenorhabditis elegans). Los biólogos moleculares se
dedican con ahínco a registrar la secuencia de los tres mil millones de
nucleótidos que especifican cómo hacer un ser humano. En una o dos décadas
habrán terminado. (Que los beneficios lleguen a superar los riesgos no parece
seguro en absoluto.)
Se ha establecido la continuidad entre la física atómica, la química
molecular y esta maravilla de maravillas, la naturaleza de la reproducción y la
herencia. No es necesario invocar ningún nuevo principio de la ciencia.
Parece que hay un pequeño número de hechos simples que se pueden usar
para entender la enorme complejidad y variedad de los seres vivos. (La
genética molecular también enseña que cada organismo tiene su propia
particularidad.)
El reduccionismo está incluso mejor instalado en física y química.
Describiré más adelante la inesperada fusión de nuestra comprensión de la
electricidad, el magnetismo, la luz y la relatividad en un solo marco de
trabajo. Hace siglos que sabemos que un puñado de leyes relativamente
sencillas no sólo explican sino que predicen cuantitativamente y con
precisión una variedad asombrosa de fenómenos, no sólo en la Tierra sino en
todo el universo.
Hemos oído decir —por ejemplo al teólogo Langdon Gilkey en su
Naturaleza, realidad y lo sagrado— que la idea de que las leyes de la
naturaleza son las mismas en todas partes no es más que una preconcepción
impuesta al universo por científicos falibles y su medio social. Le gustaría
que hubiera otros tipos de «conocimiento», tan válidos en su contexto como
la ciencia en el suyo. Pero el orden del universo no es una presunción; es un
hecho observado. Detectamos la luz desde quasars distantes sólo porque, a
diez mil millones de años luz, las leyes del electromagnetismo son las
mismas que aquí. Los espectros de esos quasars sólo son reconocibles porque
están presentes los mismos elementos químicos allí y aquí, y porque pueden
aplicarse las mismas leyes de mecánica cuántica. El movimiento de las
galaxias alrededor unas de otras sigue la gravedad familiar newtoniana. Las
lentes gravitacionales y las rotaciones de pulsares binarios revelan la
relatividad general en las profundidades del espacio. Podíamos haber vivido
en un universo con leyes diferentes, pero no es así. Este hecho no puede dejar
de provocar sentimientos de reverencia y respeto.
Podríamos haber vivido en un universo en el que no se pudiera
entender nada con unas pocas leyes sencillas, en el que la complejidad de la
naturaleza superara nuestra capacidad de comprensión, en el que las leyes
aplicables en la Tierra no fueran válidas en Marte o en un quasar distante.
Pero la evidencia —no las ideas preconcebidas, sino la evidencia—
demuestra otra cosa. Por suerte para nosotros, vivimos en un universo en el
que las cosas se pueden «reducir» a un pequeño número de leyes de la
naturaleza relativamente sencillas. De otro modo, quizá nos habría faltado
capacidad intelectual y de comprensión para entender el mundo.
Desde luego, podemos cometer errores al aplicar un programa
reduccionista a la ciencia. Puede haber aspectos que, por lo que sabemos, no
sean reducibles a unas cuantas leyes relativamente simples. Pero, a la luz de
los descubrimientos de los últimos siglos, parece una insensatez quejarse de
reduccionismo. No es una deficiencia, sino uno de los principales triunfos de
la ciencia. Y me parece que sus descubrimientos están en perfecta
consonancia con muchas religiones (aunque eso no prueba su validez). ¿Por
qué unas cuantas leyes simples de la naturaleza explican tanto y mantienen el
control de este vasto universo? ¿No es exactamente eso lo que podría
esperarse de un creador del universo? ¿Por qué algunas personas religiosas se
oponen al programa reduccionista en la ciencia si no es por un amor mal
entendido al misticismo.
-----ooooo-----
Se han hecho muchos intentos a lo largo de los siglos de reconciliar
religión y ciencia, especialmente por parte de religiosos que no preconizaban
el literalismo bíblico y coránico que no permitía la alegoría o la metáfora. Las
consecuciones culminantes de la teología católica romana son la Summa
Theologica y la Summa Contra Gentiles de santo Tomás de Aquino. Entre el
torbellino de filosofía islámica sofisticada que penetró en el cristianismo en
los siglos XII y XIII se encontraban los libros de los antiguos griegos,
especialmente Aristóteles, obras que revelan grandes logros incluso
echándoles sólo una mirada superficial. ¿Era compatible este aprendizaje
antiguo con la palabra sagrada de Dios?30 En la Summa Theologica, Aquino
se planteó la tarea de reconciliar seiscientas treinta y una cuestiones entre las
fuentes cristianas y clásicas. ¿Pero cómo hacerlo cuando se plantea una clara
disputa? No se puede conseguir sin la presencia de cierto principio
organizativo, sin una manera superior de conocer el mundo. A menudo,
Aquino apelaba al sentido común y al mundo natural: es decir, a la ciencia
usada como mecanismo de corrección de errores. Con algunas deformaciones
del sentido común y la naturaleza, consiguió reconciliar los seiscientos treinta
y un problemas. (Aunque, a la hora de la verdad, simplemente se asumía la
respuesta deseada. La fe siempre tenía ventaja sobre la razón.) La literatura
judía talmúdica y postalmúdica y la filosofía islámica medieval están llenas
de intentos de reconciliación similares.
Pero los principios en el corazón de la religión se pueden comprobar
científicamente. Eso por sí solo hace que algunos burócratas y creyentes
religiosos se muestren cautos ante la ciencia. ¿Es la eucaristía, como enseña
la Iglesia, en realidad, y no sólo como metáfora productiva, la carne de
Jesucristo, o —químicamente, microscópicamente y en otros aspectos— es
sólo una hostia ofrecida por un sacerdote?31 ¿Será destruido el mundo al final
del ciclo de cincuenta y dos años de Venus a no ser que se sacrifiquen
humanos a los dioses?32 ¿Le va peor a un judío no circuncidado que a sus
30
Eso no planteaba ningún problema para muchos otros. «Creo, luego entiendo», dijo san
Anselmo en el siglo XI.
31
Hubo una época en que la respuesta a esta pregunta era cuestión de vida o muerte. Miles
Phillips era un marino inglés perdido en el México español. Él y sus compañeros fueron llevados
ante la Inquisición el año 1574. Se les preguntó «si creíamos que la hostia de pan que el
sacerdote elevaba sobre su cabeza, y el vino que había en el cáliz, era el cuerpo verdadero y
perfecto de nuestro Salvador Jesucristo, ¿sí o no? A lo cual —añade Phillips—, si no
respondíamos "¡Sí!" no había más solución que la muerte».
32
Como este ritual mesoamencano no se ha practicado desde hace cinco siglos, contamos con la
perspectiva para meditar sobre las decenas de miles de personas que se ofrecieron voluntaria o
correligionarios que acatan la antigua alianza en la que Dios pidió un trozo de
prepucio a todos sus fieles varones? ¿Hay humanos que pueblan otros
planetas innumerables, como enseñan los Santos del Ultimo Día? ¿Es verdad
que los blancos fueron creados a partir de los negros por un científico loco,
como advierte la nación del Islam? ¿Dejaría de levantarse el sol si se omitiera
el rito del sacrificio hindú (como se nos asegura que ocurriría en el Satapatha
Brahmana)?
Podemos hacernos una idea de las raíces humanas de la oración
examinando religiones y culturas poco familiares. Transcribimos aquí, por
ejemplo, lo que aparece en una inscripción cuneiforme de un sello cilíndrico
babilonio del segundo milenio antes de Cristo:
Oh, Ninlil, Señora de las Tierras, en tu lecho de bodas, en la morada de tu
delicia, intercede por mí ante Enlil, tu enamorado. [Firmado] Mili-Shipak,
Shatammu de Ninmah.
Ha pasado mucho tiempo desde que existiera un Shatammu en
Ninmah, o incluso una Ninmah. A pesar del hecho de que Enlil y Ninlil eran
dioses importantes —gente de todo el mundo occidental civilizado les había
rezado durante dos mil años—, ¿rezaba en realidad la pobre Mili-Shipak a un
fantasma, a un producto de su imaginación socialmente tolerado? Y si era así,
¿qué hay de nosotros? ¿O es blasfemia, una cuestión prohibida... como era
sin duda entre los adoradores de Enlil?
¿Funcionan las oraciones? ¿Cuáles?
Hay una categoría de oración en la que se ruega a Dios que
intervenga en la historia humana para enmendar una injusticia real o
imaginada o una calamidad natural; por ejemplo, cuando un obispo del Oeste
norteamericano reza para que Dios intervenga y acabe con un período de
sequía devastadora. ¿Por qué se necesita la oración? ¿No sabía Dios nada de
la sequía? ¿No era consciente de que amenazaba a los parroquianos del
obispo? ¿Qué implica eso sobre las limitaciones de una deidad supuestamente
omnipotente y omnisciente? El obispo también pidió a sus seguidores que
rezaran. ¿Hay más probabilidades de que intervenga Dios cuando son muchos
los que le piden compasión o justicia, o con unos cuantos basta? O
consideremos la petición siguiente, impresa en 1994 en The Prayer and
Action Weekly News: Iowa's Weekly Christian Information Source'.
¿Puedes unirte a mí para rogar a Dios que queme la sede de Planificación
Familiar en Des Moines de modo que nadie pueda interpretarlo como un
incendio intencionado, que investigadores imparciales tengan que atribuirlo a
involuntariamente como sacrificio a los dioses aztecas y mayas y aceptaron sus destinos con fe
serena y el conocimiento confiado de que morían para salvar al universo.
causas milagrosas (inexplicables), y que los cristianos tengan que atribuirlo a
la mano de Dios?
Hemos comentado la curación por la fe. ¿Qué sabemos de la
longevidad a través de la oración? El estadista Victoriano Francis Galton
argüía que, en igualdad de condiciones, los monarcas británicos debían vivir
más porque millones de personas en todo el mundo entonaban diariamente el
sincero mantra de «Dios salve a la reina» (o al rey). Sin embargo, demostró
que, en todo caso, no vivían más que otros ricos y mimados miembros de la
aristocracia. Decenas de millones de personas deseaban (aunque no puede
decirse exactamente que rezaran) públicamente al unísono que Mao Zedong
viviera «diez mil años». Casi todo el mundo en el antiguo Egipto exhortaba a
los dioses a permitir que el faraón viviera «para siempre». Esas plegarias
colectivas fracasaron. Su fracaso es un dato.
Haciendo pronunciamientos que, aunque sólo sea en principio, son
comprobables, las religiones, aun sin querer, entran en el terreno de la
ciencia. Las religiones ya no pueden hacer afirmaciones sobre la realidad sin
verse desafiadas... siempre que no se apoderen del poder secular, siempre que
no puedan obligar a creer. Eso, a su vez, ha enfurecido a algunos seguidores
de otras religiones. De vez en cuando amenazan a los escépticos con los
castigos más temibles que se pueda imaginar. Consideremos la siguiente
alternativa de William Blake en su poesía de título inocuo. Augurios de
inocencia:
Aquel que enseña al niño a dudar
Se pudrirá para siempre en la tumba.
El que respeta la fe del niño
Triunfa sobre el infierno y la muerte.
Desde luego, para muchas religiones —dedicadas a la reverencia,
respeto, ética, ritual, comunidad, familia, caridad y justicia política y
económica—, los descubrimientos de la ciencia no son de ningún modo un
desafío sino una inspiración. No hay necesariamente conflicto entre la ciencia
y la religión. A cierto nivel comparten funciones similares y acordes, y cada
una de ellas necesita a la otra. El debate abierto y vigoroso, incluso la
consagración de la duda, es una tradición cristiana que se remonta a la
Aeropagítica de John Milton (1644). Parte del cristianismo y el judaísmo
asume e incluso anticipó al menos en parte la humildad, autocrítica, debate
razonado y cuestionamiento de la sabiduría recibida que ofrece lo mejor de la
ciencia. Pero otras sectas, llamadas a veces conservadoras o fundamentalistas
—y hoy, con las religiones principales casi inaudibles e invisibles, parecen
estar en alza— han decidido basarse en temas sujetos a refutación, y por eso
tienen algo que temer de la ciencia.
Las tradiciones religiosas suelen ser tan ricas y variadas que ofrecen
grandes oportunidades de renovación y revisión, especialmente cuando sus
libros sagrados se pueden interpretar metafórica y alegóricamente. Hay pues
un terreno medio para confesar errores antiguos, como hizo la Iglesia católica
romana al reconocer en 1992 que Galileo tenía razón, que la Tierra gira
alrededor del Sol... con tres siglos de retraso, pero con valentía y la mejor
recepción a pesar de todo. El catolicismo romano moderno no discute en
absoluto el big bang, el universo de quince mil millones de años, la
emergencia de las primeras criaturas vivas de moléculas prebiológicas ni la
evolución de los humanos a partir de ancestros similares a los monos...
aunque tiene opiniones especiales sobre la «dotación de alma». La corriente
principal de la fe protestante y judía adopta también esta firme posición.
En discusiones teológicas con líderes religiosos, a menudo les
pregunto cuál sería su respuesta si la ciencia demostrara la refutación de un
dogma de su fe. Cuando se lo planteé al actual Dalai Lama, el decimocuarto,
contestó sin dudar ni un momento de un modo muy diferente al de los líderes
religiosos conservadores o fundamentalistas. En este caso, dijo, el budismo
tibetano tendría que cambiar.
¿Aunque sea realmente un dogma central como (me costó encontrar
un ejemplo) la reencarnación?, le pregunté.
Aun en este caso, me contestó.
De todos modos—añadió con un guiño—va a ser difícil refutar la
reencarnación.
Sencillamente, el Dalai Lama tiene razón. La doctrina religiosa que
se hace inmune a la refutación tiene que preocuparse poco del avance de la
ciencia. La gran idea común a muchas fes de un creador del universo es una
de esas doctrinas... tan difícil de demostrar como de negar.
Moisés Maimónides, en su Guía para perplejos, mantenía que sólo se
podía conocer verdaderamente a Dios si se permitía un estudio libre y abierto
de la física y la teología (I, 55). ¿Qué pasaría si la ciencia demostrase que el
universo es infinitamente viejo? Tendría que revisarse seriamente la teología
(II, 25). Ciertamente, éste es el descubrimiento concebible de la ciencia que
podría refutar a un creador... porque un universo infinitamente viejo no
habría sido creado nunca. Siempre habría estado allí.
Hay otras doctrinas, intereses y atenciones que también muestran
preocupación por lo que descubrirá la ciencia. Sugieren que quizá sea mejor
no saber. Si resulta que hombres y mujeres tienen diferentes propensiones
hereditarias, ¿no se usará esto como excusa para que los primeros aniquilen a
las segundas? Si hay un componente genético de violencia, ¿podría
justificarse la represión de un grupo étnico por otro, o incluso la
encarcelación preventiva? Si la enfermedad mental es pura química del
cerebro, ¿no destruye eso todos nuestros esfuerzos por entender la realidad o
ser responsables de nuestras acciones? Si no somos la obra especial del
creador del universo, si nuestras leyes morales básicas están simplemente
inventadas por legisladores falibles, ¿no queda socavada nuestra lucha por
mantener el orden en la sociedad?
Me parece que en cada uno de estos casos, religioso o secular,
salimos ganando si conocemos la mejor aproximación posible a la verdad... y
si mantenemos la conciencia atenta a los errores cometidos por nuestro grupo
de interés o sistema de creencia en el pasado. En todos los casos, las
consecuencias que se temen de un conocimiento generalizado de la verdad
son exageradas. Y además, no somos lo bastante sabios para saber qué
mentiras, o incluso qué matices de los hechos, pueden servir a un propósito
social mejor, especialmente a largo plazo.
CAPÍTULO 16
CUANDO
LOS CIENTÍFICOS
CONOCEN
EL PECADO
El pensamiento del hombre...
¿hasta dónde avanzará? ¿Dónde
encontrará límites su atrevida impudicia?
Si la villanía humana y la vida humana
deben crecer en justa proporción, si el hijo
siempre debe superar la maldad del padre,
los dioses tienen que añadir otro mundo a
éste para que todos los pecadores puedan
tener espacio suficiente.
EURÍPIDES,
Hippolytus (428 a. J.C.)
En una reunión con el presidente Harry S. Truman en la posguerra, J.
Robert Oppenheimer —director científico del «Proyecto Manhattan» de
armas nucleares— comentó lúgubremente que los científicos tenían las
manos manchadas de sangre, que habían conocido el pecado. Más tarde,
Truman comunicó a sus ayudantes que no quería ver nunca más a
Oppenheimer. A veces se castiga a los científicos por hacer el mal y a veces
por advertir de los malos usos a que se puede aplicar la ciencia. Es más
frecuente la crítica de que tanto la ciencia como sus productos son
moralmente neutrales, éticamente ambiguos, aplicables por igual al servicio
del mal y del bien. Es una vieja acusación. Probablemente se remonta a la
época de la talla de herramientas de piedra y al dominio del fuego. Puesto que
la tecnología se ha encontrado en nuestra línea ancestral desde antes del
primer humano, puesto que somos una especie tecnológica, no es tanto un
problema de ciencia como de naturaleza humana. No quiero decir con esto
que la ciencia no tenga responsabilidad por el mal uso de sus
descubrimientos. Tiene una responsabilidad profunda y, cuanto más
poderosos son sus productos, mayor es su responsabilidad.
Como las armas de ataque y derivados del mercado, las tecnologías
que nos permiten alterar el entorno global que nos sostiene deberían
someterse a la precaución y la prudencia. Sí, somos los mismos viejos
humanos que lo han hecho hasta ahora. Sí, estamos desarrollando nuevas
tecnologías como siempre. Pero cuando las debilidades que siempre hemos
tenido se unen con una capacidad de hacer daño a una escala planetaria sin
precedentes, se nos exige algo más: una ética emergente que también debe ser
establecida a una escala planetaria sin precedentes.
A veces los científicos lo intentan de los dos modos: aceptar el mérito
por aquellas aplicaciones de la ciencia que enriquecen nuestras vidas, pero
distanciarse de los instrumentos de muerte, tanto intencionados como
inadvertidos, que también se derivan de la investigación científica. El filósofo
australiano John Passmore escribe en el libro La ciencia y sus críticos:
La Inquisición española intentó evitar la responsabilidad directa en la quema
de herejes entregándolos al brazo secular; quemarlos ella misma, explicaba
piadosamente, sería totalmente impropio de sus principios cristianos. Pocos de
nosotros dejaríamos que la Inquisición se limpiase tan fácilmente las manos
de sangre; ellos sabían muy bien lo que ocurriría. Del mismo modo, cuando la
aplicación tecnológica de los descubrimientos científicos es clara y obvia —
como cuando un científico trabaja con gases nerviosos— no puede declarar
que estas aplicaciones no «tienen nada que ver con él», basándose en que son
fuerzas militares, no científicas, las que usan los gases para mutilar o matar.
Eso es aún más obvio cuando el científico ofrece ayuda deliberada a un
gobierno a cambio de financiación. Si un científico, o un filósofo, acepta
fondos de un cuerpo como una oficina de investigación naval, les está
engañando si sabe que su trabajo será inútil para ellos y debe aceptar parte de
responsabilidad por el resultado si sabe que les será útil. Está sometido, como
corresponde, a alabanzas o culpas en relación con cualquier innovación que
salga de su trabajo.
Proporciona un caso histórico importante: la carrera del físico nacido
en Hungría Edward Teller. Teller quedó marcado de joven por la revolución
comunista de Béla Kun en Hungría, en la que se expropiaron las propiedades
de familias de clase media como la suya, y por la pérdida de una pierna, que
le producía un dolor permanente, en un accidente de circulación. Sus
primeras contribuciones iban de las reglas de selección de la mecánica
cuántica y la física de estado sólido a la cosmología. Fue él quien acompañó
al físico Leo Szilard a ver a Albert Einstein cuando se encontraba de
vacaciones en Long Island en julio de 1939... una reunión que llevó a la carta
histórica de Einstein al presidente Franklin Roosevelt en la que le apremiaba,
a la vista de los acontecimientos científicos y políticos de la Alemania nazi, a
desarrollar una bomba de fisión o «atómica». Reclutado para trabajar en el
«Proyecto Manhattan», Teller llegó a Los Álamos y poco después se negó a
colaborar... no porque le desesperara lo que podría llegar a hacer una bomba
atómica, sino por lo contrario: porque quería trabajar en una arma mucho más
destructiva, la bomba de fusión, termonuclear o de hidrógeno. (Si bien la
bomba atómica tiene un límite superior práctico en su rendimiento o energía
destructiva, la bomba de hidrógeno no lo tiene. Pero ésta necesita una bomba
atómica como detonante.)
Una vez inventada la bomba de fisión, después de la rendición de
Alemania y Japón, terminada la guerra, Teller siguió defendiendo con ahínco
lo que se llamó «la súper», con la intención específica de intimidar a la Unión
Soviética. La preocupación por la reconstrucción de la Unión Soviética,
endurecida y militarizada bajo Stalin, y la paranoia nacional en Norteamérica
llamada maccarthismo le allanaron el camino. Sin embargo encontró un
importante obstáculo en la persona de Oppenheimer, que se había convertido
en presidente del Comité Asesor General de la Comisión de Energía Atómica
de la posguerra. Teller expresó un testimonio crítico en una audiencia del
gobierno cuestionando la lealtad de Oppenheimer a Estados Unidos. Se suele
creer que la participación de Teller jugó un importante papel en sus
repercusiones: aunque el comité de revisión no impugnó exactamente la
lealtad de Oppenheimer, por algún motivo se le negó la acreditación de
seguridad y fue apartado de la Comisión de Energía Atómica. Teller pudo
emprender el camino hacia la «súper» libre de obstáculos.
La técnica de fabricación de un arma nuclear se suele atribuir a Teller
y al matemático Stanislas Ulam. Hans Bethe, el físico premio Nobel que
dirigía la división técnica del «Proyecto Manhattan» y que tuvo un papel
destacado en el desarrollo de las bombas atómica y de hidrógeno, atestigua
que la sugerencia original de Teller era errónea y que fue necesario el trabajo
de muchas personas para hacer realidad el arma termonuclear. Con las
contribuciones técnicas fundamentales de un joven físico llamado Richard
Garwin, en 1952 se hizo explotar el primer «mecanismo» estadounidense
termonuclear: como era muy poco manejable para llevarlo en un misil o
bombardero, se hizo explotar en el mismo lugar donde se había montado. La
primera bomba de hidrógeno verdadera fue una invención soviética que se
hizo explotar al año siguiente. Se ha planteado el debate de si la Unión
Soviética habría desarrollado una arma termonuclear si no lo hubiera hecho
antes los Estados Unidos, y si realmente era necesaria el arma termonuclear
estadounidense para impedir el uso soviético de la bomba de hidrógeno, dado
el sustancial arsenal de armas de fisión que ya poseía entonces Estados
Unidos. Las pruebas actuales indican que la Unión Soviética —incluso antes
de hacer explotar su primera bomba de fisión— tenía un diseño realizable de
arma termonuclear. Era «el siguiente paso lógico». Pero el conocimiento, por
espionaje, de que los americanos estaban trabajando en ella aceleró la
búsqueda soviética de armas de fusión.
Desde mi punto de vista, las consecuencias de una guerra nuclear
global se hicieron mucho más peligrosas con la invención de la bomba de
hidrógeno, porque las explosiones aéreas de las armas termonucleares son
mucho más capaces de quemar ciudades y generar grandes cantidades de
humo, enfriando y oscureciendo la Tierra, y de inducir un invierno nuclear a
escala global. Este es quizá el debate científico más controvertido en el que
me he visto envuelto (desde 1983-1990 aproximadamente). El debate tenía un
enfoque político en su mayor parte. Las implicaciones estratégicas del
invierno nuclear eran inquietantes para los que se aferraban a una política de
venganza masiva para impedir un ataque nuclear, o para los que deseaban
conservar la opción de un primer ataque masivo. En ambos casos, las
consecuencias ambientales provocan la autodestrucción de cualquier nación
que lance gran número de armas termonucleares aun sin venganza del
adversario. De pronto, un segmento importante de la política estratégica
durante décadas y la razón para acumular decenas de miles de armas
nucleares se hizo mucho menos creíble.
Los descensos de la temperatura global que se predecían en el
informe científico original sobre el invierno nuclear (1983) eran de 15-20 °C;
las estimaciones actuales son de 10-15 °C. Los dos valores son correctos si se
consideran las irreducibles indeterminaciones de los cálculos. Ambos
descensos de temperatura son mucho mayores que la diferencia entre las
temperaturas globales actuales y las de la última era glacial. Un equipo
internacional de doscientos científicos ha estimado las consecuencias a largo
plazo de la guerra termonuclear global y ha llegado a la conclusión de que,
con un invierno nuclear, la civilización global y la mayor parte de la gente de
la Tierra —incluyendo los que están alejados de la zona objetivo de la latitud
media norte— correría grandes riesgos, principalmente por hambre. Si alguna
vez llegara a producirse una guerra nuclear a gran escala, con las ciudades
como objetivo, el esfuerzo de Edward Teller y sus colegas en Estados Unidos
(y el equipo ruso correspondiente dirigido por Andréi Sajárov) podría ser
responsable de que se cerrara el telón del futuro humano. La bomba de
hidrógeno es, con diferencia, el arma mas horrible inventada jamás.
Cuando se descubrió el invierno nuclear en 1983, Teller se apresuró a
argumentar: 1) que la física estaba equivocada, y 2) que el descubrimiento se
había hecho años antes bajo su tutela en el Laboratorio Nacional Lawrence
Livermore. En realidad no hay ninguna prueba de este descubrimiento previo
y hay una cantidad considerable de pruebas de que los encargados en todas
las naciones de informar a los líderes nacionales de los efectos de las armas
nucleares pasaron casi siempre por alto el invierno nuclear. Pero, si lo que
decía Teller era verdad, fue una falta de conciencia flagrante por su parte no
haber revelado el supuesto descubrimiento a las partes afectadas: los
ciudadanos y jefes de la nación y del mundo. Como en la película de Stanley
Kubrick Doctor Strangelove {¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú},
reservar la información del arma definitiva —de modo que nadie conozca su
existencia ni lo que puede hacer—es completamente absurdo.
Me parece imposible que un ser humano normal colabore sin reparos
en un invento así, aun dejando de lado el invierno nuclear. Las tensiones,
conscientes o inconscientes, entre los que sé atribuyen el mérito de la
invención deben de ser considerables. Sea cual fuere su contribución real, se
ha descrito a Edward Teller como el «padre» de la bomba de hidrógeno. La
revista Life publicaba en 1954 un artículo escrito con admiración que
describía su «determinación casi fanática» de construir la bomba de
hidrógeno. Creo que gran parte de su carrera posterior puede entenderse
como un intento de justificar lo que engendró. Teller ha afirmado, y no es
inverosímil, que las bombas de hidrógeno sirven para mantener la paz, o al
menos impiden la guerra termonuclear, porque hace demasiado peligrosas las
consecuencias de la guerra entre potencias nucleares. Todavía no se ha
producido una guerra nuclear, ¿no es así? Pero en todos esos argumentos se
asume que las naciones con armas nucleares son y serán siempre, sin
excepción, actores racionales, y que sus líderes (u oficiales militares o de la
policía secreta) nunca se verán afectados por ataques de rabia, venganza y
locura. En el siglo de Hitler y Stalin, esta idea parece cuando menos ingenua.
Teller ha tenido una influencia decisiva para impedir la firma de un
tratado que prohibiera las pruebas de armas nucleares. Dificultó en gran
manera la consecución de un tratado de limitación de pruebas (en superficie).
Su argumento de que era esencial hacer pruebas en superficie para mantener
y «mejorar» los arsenales nucleares, que ratificar el tratado «acabaría con la
seguridad futura de nuestro país» ha demostrado ser engañoso. También ha
sido un defensor vigoroso de la seguridad y efectividad de coste de las
plantas de energía de fisión, y declara ser el único herido del accidente
nuclear de la Isla Three Mile en Pennsylvania en 1979: según dijo, tuvo un
infarto cuando discutía el tema.
Teller defendía la explosión de armas nucleares desde Alaska hasta
Sudáfrica, para dragar puertos y canales, para eliminar montañas molestas y
efectuar grandes traslados de tierra. Se dice que, cuando propuso un plan así a
la reina Federica de Grecia, ésta le respondió: «Gracias, doctor Teller, pero
Grecia ya tiene bastantes ruinas singulares.» ¿Queremos probar la relatividad
general de Einstein? Pues hagamos explotar una arma nuclear en la parte más
alejada del Sol, proponía Teller. ¿Queremos entender la composición química
de la Luna? Pues enviemos una bomba de hidrógeno a la Luna, hagámosla
explotar y examinemos el espectro del destello y la bola de fuego.
También en la década de los ochenta, Teller vendió al presidente
Ronald Reagan la idea de la guerra de las galaxias, llamada por ellos
«Iniciativa de Defensa Estratégica». Parece ser que Reagan se creyó la
historia francamente imaginativa que le contó Teller de que era posible
construir un láser de rayos X del tamaño de una mesa y ponerlo en órbita
alimentado por una bomba de hidrógeno que destruiría diez mil ojivas
soviéticas en vuelo y proporcionaría una protección genuina a los ciudadanos
de Estados Unidos en caso de guerra termonuclear global.
Los apologistas de la administración Reagan afirman que, a pesar de
las exageraciones sobre su capacidad, algunas intencionadas, la Iniciativa de
Defensa Estratégica fue la causa del colapso de la Unión Soviética. No hay
ninguna prueba seria que fundamente esta opinión. Andréi Sajárov, Evgueni
Velijov, Roaid Sagdeev y otros científicos que asesoraban al presidente
Mijaíl Gorbachov dejaron claro que si Estados Unidos seguía adelante con un
programa de guerra de las galaxias, la respuesta más fácil y segura de la
Unión Soviética sería aumentar el arsenal existente de armas nucleares y
sistemas de lanzamiento. En consecuencia, la guerra de las galaxias habría
aumentado y no reducido el peligro de guerra termonuclear. En todo caso, los
gastos soviéticos en defensa con base en el espacio contra los misiles
nucleares norteamericanos eran relativamente insignificantes, de una
magnitud nimia para provocar el colapso de la economía soviética. La caída
de la Unión Soviética está mucho más relacionada con el fracaso de la
economía planificada, la conciencia creciente del nivel de vida de Occidente,
la extensión del desafecto por una ideología comunista moribunda y —
aunque él no pretendiera un resultado así— la promoción por parte de
Gorbachov de la glasnost o apertura.
Diez mil científicos e ingenieros norteamericanos declararon
públicamente que no trabajarían en la guerra de las galaxias ni aceptarían
dinero de la organización de la Iniciativa de Defensa Estratégica. Eso da un
ejemplo de la extensión y valentía de la negativa de cooperación de los
científicos (a un coste personal concebible) con un gobierno democrático que,
al menos temporalmente, se había desviado de su camino.
Teller también ha defendido el desarrollo de ojivas nucleares
penetrantes —para poder alcanzar y eliminar centros de comandos y refugios
bajo tierra de los líderes (y sus familias) de una nación adversaria— y de
ojivas nucleares de 0,1 kilotones que saturarían a un país enemigo y
destruirían su infraestructura «sin un solo herido»: se alertaría a los civiles
por adelantado. La guerra nuclear sería humana.
En el momento de escribir estas líneas, Edward Teller —todavía
vigoroso y con unos poderes intelectuales considerables a sus ochenta años—
ha montado una campaña, con sus contrafiguras en el establishment de armas
nucleares de la antigua Unión Soviética, para desarrollar y hacer explotar
nuevas generaciones de armas nucleares de largo alcance en el espacio a fin
de destruir o desviar asteroides que podrían encontrarse en trayectorias de
colisión con la Tierra. Me preocupa que la experimentación prematura con
las órbitas de asteroides cercanos pueda implicar peligros extremos para
nuestra especie.
El doctor Teller y yo nos hemos reunido en privado. Hemos debatido
en reuniones científicas, en los medios de comunicación nacionales y en una
sesión a puerta cerrada en el Congreso. Hemos tenido importantes
desacuerdos, especialmente en lo relativo a la guerra de las galaxias, el
invierno nuclear y la defensa de los asteroides. Quizá todo ello sea la causa
irremediable de mi opinión sobre él. Aunque ha sido siempre un ferviente
anticomunista y tecnófilo, cuando repaso su vida me parece ver algo más en
su intento desesperado de justificar la bomba de hidrógeno diciendo que sus
efectos no eran tan malos como se podría pensar. Se puede usar para defender
al mundo de otras bombas de hidrógeno, para la ciencia, para la ingeniería
civil, para proteger a la población de Estados Unidos contra las armas
termonucleares de un enemigo, para librar guerras humanas, para salvar al
planeta de riesgos aleatorios del espacio. De algún modo, quiere creer que la
especie humana reconocerá las armas termonucleares, y a él, como una
salvación y no como su destrucción.
Cuando la investigación científica proporciona unos poderes
formidables, ciertamente temibles, a naciones y líderes políticos falibles,
aparecen muchos peligros: uno es que algunos científicos implicados pueden
perder la objetividad. Como siempre, el poder tiende a corromper. En estas
circunstancias, la institución del secreto es especialmente perniciosa y los
controles y equilibrios de una democracia adquieren un valor especial.
(Teller, que ha prosperado en la cultura del secreto, también la ha atacado
repetidamente.) El inspector general de la CIA comentaba en 1995 que «el
secreto absoluto corrompe absolutamente». La única protección contra un
mal uso peligroso de la tecnología suele ser el debate más abierto y vigoroso.
Puede ser que la pieza crítica de la argumentación sea obvia... y muchos
científicos o incluso profanos la podrían aportar siempre que no hubiera
represalias por ello. O podría ser algo más sutil, algo constatado por un
licenciado oscuro en algún lugar remoto de Washington, D. C. que, si las
discusiones fueran cerradas y altamente secretas, nunca habría tenido la
oportunidad de abordar el tema.
---ooo--¿Qué reino de la conducta humana es más ambiguo moralmente?
Hasta las instituciones populares que se proponen aconsejarnos sobre
comportamiento y ética parecen plagadas de contradicciones. Consideremos
los aforismos: No por mucho madrugar amanece más temprano. Sí, pero a
quien madruga Dios le ayuda. Mejor prevenir que curar; pero quien no
arrisca, no aprisca. Donde fuego se hace, humo sale; pero el hábito no hace al
monje. Quien espera desespera; pero mientras hay vida hay esperanza. El que
duda está perdido; pero el que nada sabe, de nada duda. Dos cabezas son
mejor que una; pero demasiada gallina malogra el caldo. Hubo una época en
que la gente planificaba o justificaba sus acciones basándose en esos tópicos
contradictorios. ¿Qué responsabilidad moral tienen los autores de proverbios?
¿O el astrólogo que se basa en los signos del sol, el lector de cartas del tarot,
el profeta del periódico sensacionalista?
Consideremos si no las religiones principales. Miqueas nos exhorta a
obrar con justicia y amar la piedad; en el Éxodo se nos prohíbe cometer
homicidios; en el Levítico se nos ordena amar a nuestros vecinos como a
nosotros mismos; y en los Evangelios se nos urge a amar a nuestros
enemigos. Pensemos sin embargo en los ríos de sangre vertida por fervientes
seguidores de los libros en los que se hallan esas exhortaciones bien
intencionadas.
En Josué y en la segunda parte del libro de Números se celebra el
asesinato masivo de hombres, mujeres y niños, hasta de animales domésticos,
en una ciudad tras otra por toda la tierra de Canaán. Jericó es eliminado en
una kherem, «guerra santa». La única justificación que se ofrece para este
asesinato masivo es la declaración de los asesinos de que, a cambio de
circuncidar a sus hijos y adoptar una serie de rituales particulares, se
prometió a sus antepasados mucho tiempo atrás que aquella tierra sería suya.
No se puede encontrar ni un asomo de autorreproche ni un murmullo de
inquietud patriarcal o divina ante esas campañas de exterminio en las
Sagradas Escrituras. En cambio, Josué «consagró a todos los seres vivientes
al anatema, como Yahvé, el Dios de Israel, le había ordenado» (Josué, 10,
40). Y esos acontecimientos no son incidentales sino centrales en la narración
principal del Antiguo Testamento. Hay historias similares de asesinato
masivo (y en el caso de los amalequitas, genocidio) en los libros de Saúl,
Esther y otras partes de la Biblia, con apenas un atisbo de duda moral. Todo
ello, desde luego, era perturbador para los teólogos liberales de una época
más tardía.
Se dice con razón que el diablo puede «citar las Escrituras para su
propósito». La Biblia está tan llena de historias de propósito moral
contradictorio que cada generación puede encontrar justificación para casi
cada acción que propone: desde el incesto, la esclavitud y el asesinato masivo
hasta el amor más refinado, la valentía y el autosacrificio. Y este trastorno
moral múltiple de personalidad no está limitado al judaísmo y al cristianismo.
Se puede encontrar dentro del Islam, en la tradición hindú, ciertamente en
casi todas las religiones del mundo. Así pues, no son los científicos los que
son moralmente ambiguos sino la gente en general.
Creo que es tarea particular de los científicos alertar al público de los
peligros posibles, especialmente los que derivan de la ciencia o se pueden
prevenir mediante la aplicación de la ciencia. Podría decirse que una misión
así es profética. Desde luego, las advertencias deben ser juiciosas y no más
alarmantes de lo que exige el peligro; pero si tenemos que cometer errores,
teniendo en cuenta lo que está en juego, que sea por el lado de la seguridad.
Entre los cazadores y recolectores Kung San del desierto del
Kalahari, cuando dos hombres, quizá inflamados por la testosterona,
empiezan a discutir, las mujeres les quitan las flechas envenenadas y las
ponen fuera de su alcance. Hoy en día, nuestras flechas envenenadas pueden
destruir la civilización global y posiblemente aniquilar a nuestra especie.
Ahora, el precio de la ambigüedad moral es demasiado alto. Por esta razón —
y no por su aproximación al conocimiento— la responsabilidad ética de los
científicos también debe ser muy alta, sin precedentes. Desearía que los
programas universitarios de ciencia plantearan explícita y sistemáticamente
estas cuestiones con científicos e ingenieros experimentados. Y a veces me
pregunto si, en nuestra sociedad, también las mujeres —y los niños—
acabarán poniendo las flechas envenenadas fuera de nuestro alcance.
CAPÍTULO 17
UN MATRIMONIO
ENTRE
EL ESCEPTICISMO
Y EL ASOMBRO
Nada es demasiado maravilloso
para ser verdad.
Afirmación atribuida a MICHAEL
FARADAY (1791-1867)
La percepción, sin comprobación ni
fundamento, no es garantía suficiente de
la verdad.
BERTRAND RUSSELL,
(1929)
Misticismo y lógica
Cuando al atestiguar en un juicio se nos pide que juremos decir «la
verdad, toda la verdad y nada más que la verdad», se nos pide lo imposible.
Simplemente, es superior a nuestros poderes. Nuestros recuerdos son falibles;
incluso la verdad científica es una mera aproximación, y lo ignoramos casi
todo del universo. A pesar de todo, de nuestro testimonio puede depender una
vida. Sería razonable que nos hicieran jurar decir la verdad, toda la verdad y
nada más que la verdad hasta el límite de nuestras posibilidades. Pero, sin la
frase calificativa, queda fuera de nuestro alcance. Sin embargo, por mucho
que concuerde con la realidad humana, esta calificación es inaceptable para
cualquier sistema legal. Si todo el mundo dijera la verdad sólo hasta un grado
determinado por el juicio individual, se podrían ocultar acusaciones o hechos
dudosos, ensombrecer los acontecimientos, ocultar la culpabilidad, evadir la
responsabilidad y negar la justicia. Así pues, la ley aspira a un nivel de
precisión imposible y nosotros hacemos lo que podemos.
En el proceso de selección de un jurado, el tribunal necesita la
garantía de que el veredicto se base en las pruebas. Hace esfuerzos heroicos
para eliminar juicios tendenciosos. Es consciente de la imperfección humana.
¿El miembro potencial del jurado conoce personalmente al fiscal, o al
abogado de la acusación o de la defensa? ¿Y al juez o a otros miembros del
jurado? ¿Se ha formado una opinión del caso, no a partir de los hechos
planteados en el tribunal, sino de la publicidad previa al juicio? ¿Adjudicará
mayor o menor peso a las pruebas de los oficiales de la policía que a las de
los testigos del acusado? ¿Tiene algún prejuicio contra el grupo étnico del
acusado? ¿Vive el miembro potencial del jurado en el vecindario donde se
cometieron los crímenes; podría influir esto en su juicio? ¿Tiene una
preparación científica sobre los asuntos de los que atestiguan los testigos?
(Tenerla suele ser un dato en contra.) ¿Tiene algún familiar que trabaje en la
policía o en el poder judicial? ¿Ha tenido algún encuentro con la policía que
pudiera influir en su criterio? ¿Algún amigo o familiar suyo ha sido arrestado
alguna vez por una acusación similar?
El sistema americano de jurisprudencia reconoce un amplio espectro
de factores, predisposiciones, prejuicios y experiencias que podrían nublar
nuestro juicio o afectar a nuestra objetividad muchas veces sin que seamos
conscientes de ello. Llega a extremos a veces incluso extravagantes para
salvaguardar el proceso de valoración en un juicio penal de las debilidades
humanas de los que deben decidir sobre la inocencia o culpabilidad del
acusado. Aun así, en muchas ocasiones el proceso fracasa.
¿Por qué aspiramos a menos cuando interrogamos el mundo natural o
intentamos decidir sobre asuntos vitales de política, economía, religión y
ética?
---ooo--La ciencia, aplicada con coherencia, a cambio de sus muchos dones
impone cierta carga onerosa: se nos exhorta, por muy incómodo que pueda
ser, a considerarnos científicamente a nosotros mismos y nuestras
instituciones culturales, a no aceptar lo que se nos dice sin crítica; a superar
como podamos nuestras esperanzas, presunciones y creencias no examinadas;
a vernos a nosotros mismos como realmente somos. ¿Podemos dedicarnos a
conciencia y con valentía a seguir el movimiento planetario o la genética de
las bacterias hasta donde nos lleve la investigación y declarar al mismo
tiempo que el origen de la materia o el comportamiento humano están más
allá de nuestro alcance? Como el poder explicativo de la ciencia es tan
grande, en cuanto se capta el truco del razonamiento científico, uno está
dispuesto a aplicarlo a todo. Sin embargo, mientras miramos profundamente
en nuestro interior, somos capaces de desafiar ideas que nos dan consuelo
ante los terrores del mundo. Soy consciente de que parte de los comentarios
del capítulo precedente, por ejemplo, pueden tener un carácter así.
Cuando los antropólogos revisan los miles de culturas y etnias
distintas que comprende la familia humana, se sorprenden de que haya tan
pocas características constantes y siempre presentes por muy exótica que sea
la sociedad. Hay culturas, por ejemplo —la ik de Uganda es una de ellas— en
las que los Diez Mandamientos parecen ser ignorados sistemática e
institucionalmente. Hay sociedades que abandonan a sus viejos y recién
nacidos, se comen a sus enemigos, utilizan conchas marinas, cerdos o
mujeres jóvenes como moneda de cambio. Pero el incesto es un fuerte tabú
para todas, todas usan la tecnología y casi todas creen en un mundo
sobrenatural de dioses y espíritus... a menudo relacionados con el entorno
natural que habitan y el bienestar de las plantas y animales que comen. (Las
que tienen un dios supremo que vive en el cielo tienden a mostrarse más
feroces, por ejemplo, torturando a sus enemigos. Pero eso es sólo una
correlación estadística; no se ha establecido un vínculo causal, aunque
naturalmente las especulaciones surgen sin esfuerzo.)
En toda sociedad así hay un mundo de mito y metáfora que coexiste
con el mundo del trabajo cotidiano. Se hacen esfuerzos para reconciliarlos y
se tienden a ignorar los bordes desiguales de la ensambladura. Hacemos
compartimentos. Algunos científicos también lo hacen y pueden pasar sin
esfuerzo del mundo escéptico de la ciencia al mundo crédulo de la fe
religiosa sin ningún problema. Desde luego, cuanto mayor es la inadaptación
entre esos dos mundos, más difícil es estar cómodo en ambos sin trastornos
de conciencia.
En una vida corta e incierta parece cruel hacer algo que pueda privar
a la gente del consuelo de la fe cuando la ciencia no puede remediar su
angustia. Los que no pueden soportar la carga de la ciencia son libres de
ignorar sus preceptos. Pero no puede servirse la ciencia en porciones
aplicándola donde nos da seguridad e ignorándola donde nos amenaza...
nuevamente, porque no somos bastante sabios para hacerlo. Excepto si se
divide el cerebro en compartimentos estancos, ¿cómo es posible volar en
aviones, escuchar la radio o tomar antibióticos sosteniendo al mismo tiempo
que la Tierra tiene unos diez mil años de antigüedad y que todos los de
sagitario son gregarios y afables?
¿He oído alguna vez a un escéptico que se creyera superior y
despreciativo? Sin duda. A veces incluso he oído ese tono desagradable, y me
aflige recordarlo, en mi propia voz. Hay imperfecciones humanas en todas
partes. Incluso cuando se aplica con sensibilidad, el escepticismo científico
puede parecer arrogante, dogmático, cruel, despreciativo de los sentimientos
y creencias profundas de otros. Y debo decir que algunos científicos y
escépticos consagrados aplican esta herramienta como si fuera un
instrumento basto, con poca finura. A veces parece que la conclusión
escéptica haya surgido antes, que se ignoren las opiniones sin haber
examinado previamente las pruebas. Todos tenemos en gran estima nuestras
creencias. Son definitorias hasta cierto punto. Cuando aparece alguien que
desafía nuestro sistema de creencia porque considera que la base no es buena
—o que, como Sócrates, se limita a hacer preguntas molestas que no se nos
habían ocurrido o nos demuestran que hemos escondido bajo la alfombra las
presunciones subyacentes clave— se convierte en mucho más que una
búsqueda de conocimiento. Lo sentimos como un ataque personal.
El científico que propuso por primera vez consagrar la duda como
una virtud principal de la mente inquisidora dejó claro que era una
herramienta y no un fin en sí misma. Rene Descartes escribió:
No imité a los escépticos que dudan sólo por dudar y simulan estar siempre
indecisos; al contrario, mi intención era llegar a una certeza, y excavar el
polvo y la arena hasta llegar a la roca o la arcilla de debajo.
En la manera en que se aplica a veces el escepticismo a temas de
interés público hay una tendencia a minimizar, condescender, ignorar el
hecho de que, engañados o no, los partidarios de la superstición y la
pseudociencia son seres humanos con sentimientos reales que, como los
escépticos, intentan descubrir cómo funciona el mundo y cuál podría ser
nuestro papel en él. Sus motivos, en muchos casos, coinciden con la ciencia.
Si su cultura no les ha dado todas las herramientas que necesitan para
emprender esta gran búsqueda, templemos nuestras críticas con la
amabilidad. Ninguno de nosotros llega totalmente equipado.
Está claro que el uso del escepticismo tiene límites. Debe aplicarse
algún análisis de coste-beneficio y si el confort, el consuelo y la esperanza
que ofrecen el misticismo y la superstición son altos, y el peligro de creer en
ellos es bajo, ¿no deberíamos guardarnos nuestros recelos? Pero el tema es
engañoso. Imagínese que entra en un taxi de una gran ciudad y, en el
momento en que se sienta, el taxista le empieza a arengar sobre las supuestas
iniquidades e inferioridades de cierto grupo étnico. ¿Es mejor mantenerse
callado, sabiendo que quien calla otorga? ¿O tiene la responsabilidad moral
de discutir con él, expresar indignación, incluso bajar del taxi, porque sabe
que el silencio le alentará la próxima vez mientras que disentir con vigor le
obligará a pensárselo dos veces? Del mismo modo, si asentimos en silencio al
misticismo y la superstición —incluso cuando parecen ser un poco
benignos— somos cómplices de un clima general en el que el escepticismo se
considera poco correcto, la ciencia tediosa y el pensamiento riguroso un poco
envarado e inadecuado. Para conseguir un equilibrio prudente se necesita
sabiduría.
---ooo---
El Comité de Investigación Científica de Declaraciones Paranormales
es una organización de científicos, académicos, magos y otros dedicados al
examen escéptico de pseudociencias emergentes o en pleno desarrollo. Fue
fundado por el filósofo de la Universidad de Buffalo Paúl Kurtz en 1976. He
estado afiliado a él desde el principio. Su acrónimo, CSICOP, se pronuncia
«scicop», como si se tratara de una organización de científicos que realizan
una función de policía. Las críticas que presentan los que se sienten heridos
por los análisis que hace el CSICOP suelen ser así: es hostil a toda nueva
idea, dicen, serían capaces de llegar a unos niveles absurdos en su rígido
desenmascaramiento, es una organización vigilante, una nueva Inquisición, y
así sucesivamente.
El CSICOP es imperfecto. En algunos casos, esta crítica está
justificada hasta cierto punto. Pero, desde mi punto de vista, el CSICOP
cumple una importante función social: como organización conocida a la que
pueden dirigirse los medios de comunicación cuando desean oír la otra parte
de la historia, especialmente cuando se decide que alguna afirmación
asombrosa de pseudociencia merece salir en las noticias. Solía ocurrir (y
todavía es así en gran parte de los medios de comunicación globales) que,
cuando salía un gurú que levitaba, un visitante extraterrestre, un canalizador o
un curandero en los medios de comunicación, se trataba el tema sin
profundidad ni crítica. No se presentaba ninguna memoria en el estudio de
televisión, diario o revista sobre otras afirmaciones similares que habían
demostrado ser patrañas y engaños. El CSICOP representa un contrapeso,
aunque su voz todavía no es bastante alta ante la credulidad en la
pseudociencia que parece intrínseca a gran parte de los medios de
comunicación.
Una de mis tiras humorísticas favoritas muestra a un adivino que
analiza la palma de la mano de alguien para llegar con gravedad a la
conclusión: «Usted es muy crédulo.» El CSICOP publica un periódico
bimensual llamado The Skeptical Inquirer. El día que llega, me lo llevo de la
oficina a casa y lo hojeo intrigado para saber qué nuevas confusiones se
revelarán. Siempre aparece un engaño en el que no había pensado nunca.
¡Círculos en los campos de cultivo! ¡Los extraterrestres han venido y han
dibujado círculos perfectos y mensajes matemáticos sobre los trigales!... ¿A
quién se le podía ocurrir algo así? Un medio artístico tan improbable. O han
venido y, han sacado las visceras a las vacas... a gran escala,
sistemáticamente. Los granjeros están furiosos. Al principio me impresiona la
inventiva de las historias. Pero luego, con una reflexión más sobria, siempre
me asombra lo aburridos y rutinarios que son los relatos; qué recopilación de
ideas más poco imaginativas y estancas, chauvinismos, esperanzas y temores
disfrazados de hechos. Las opiniones, desde este punto de vista, son
sospechosas a primera vista. ¿Eso es todo lo que pueden concebir que hacen
los extraterrestres... círculos en el trigo? ¡Qué falta de imaginación! En cada
tema queda revelada y criticada otra faceta de la pseudociencia.
Y, sin embargo, la principal deficiencia que veo en el movimiento
escéptico está en su polarización. Nosotros contra Ellos, la idea de que
nosotros tenemos un monopolio sobre la verdad; que esos otros que creen en
todas esas doctrinas estúpidas son imbéciles; que si eres sensato, nos
escucharás; y si no, ya no hay quien te redima. Eso es poco constructivo. No
comunica ningún mensaje. Condena a los escépticos a una condición
permanente de minoría; mientras que una aproximación compasiva que
reconozca desde el principio las raíces humanas de la pseudociencia y la
superstición podría ser aceptada mucho más ampliamente.
Si entendemos eso, sentimos desde luego la incertidumbre y dolor de
los abducidos, de los que no se atreven a salir de casa sin consultar el
horóscopo o los que cifran sus esperanzas en los cristales de la Atlántida. Y
esa compasión por almas gemelas en una búsqueda común también sirve para
hacer menos antipática la ciencia y el método científico a los jóvenes.
Muchos sistemas pseudocientíficos y de la Nueva Era surgen de la
insatisfacción con los valores y perspectivas convencionales... y son por tanto
en sí mismos una especie de escepticismo. (Lo mismo es cierto del origen de
la mayoría de las religiones.) David Hess (en Ciencia y la Nueva Era)
argumenta que:
el mundo de las creencias y prácticas paranormales no puede
reducirse a chiflados, perturbados y charlatanes. Un gran número de personas
honestas está explorando aproximaciones alternativas a cuestiones de
significado personal, espiritualidad, curaciones y de experiencia paranormal
en general. Puede que el escéptico considere que su búsqueda se basa
claramente en un engaño, pero es poco probable que desenmascararlo sea un
mecanismo retórico efectivo para su proyecto racionalista de hacer que la
[gente] reconozca lo que al escéptico le parece erróneo o pensamiento mágico.
...el escéptico podría tomar una clave de la antropología cultural y
desarrollar un escepticismo más sofisticado si comprendiera los sistemas de
creencia alternativos desde la perspectiva de las personas que los mantienen, y
situara esas creencias en sus contextos históricos, sociales y culturales. Como
resultado, el mundo de lo paranormal puede aparecer menos un giro sin
sentido hacia el irracionalismo y más un idioma mediante el que segmentos de
la sociedad expresan sus conflictos, dilemas e identidades...
La teoría psicológica o sociológica de las creencias de la Nueva Era
que tienen hasta cierto punto los escépticos tiende a ser muy simplista: las
creencias paranormales son «reconfortantes» para la gente que no puede
manejar la realidad de un universo ateo o es el producto de un medio de
comunicación irresponsable que no alienta al público a pensar críticamente...
Pero la justa crítica de Hess se deteriora rápidamente cuando apunta
que los parapsicólogos «han visto arruinadas sus carreras por culpa de
colegas escépticos» y que los escépticos muestran «una especie de celo
religioso por defender la visión del mundo materialista y ateo que remite a lo
que se ha llamado "fundamentalismo científico" o "racionalismo irracional"».
Es una queja común pero profundamente misteriosa para mí, y
ciertamente oculta. Vuelvo a decir que sabemos mucho sobre la existencia y
las propiedades de la materia. Si se puede entender un fenómeno determinado
de manera verosímil en términos de materia y energía, ¿por qué debemos
plantear la hipótesis de que sea otra cosa —de la que todavía no tenemos
buenas pruebas— la causante? Sin embargo, se mantiene la queja: los
escépticos no aceptarán que hay un dragón invisible que escupe fuego en el
garaje porque son todos unos materialistas ateos.
En Ciencia en la Nueva Era se comenta el escepticismo pero no se
entiende, y sin duda no se practica. Se citan todo tipo de declaraciones
paranormales, se «deconstruye» a los escépticos, pero no se puede llegar a
saber al leerlo si las afirmaciones de la Nueva Era o parapsicológicas son
prometedoras o falsas. Todo depende, como en muchos textos posmodernos,
de la fuerza de los sentimientos de la gente y de cuáles sean sus tendencias.
Robert Antón Wiison —en The New Inquisition: Irrational
Rationalism and the Citadel of Science (Phoenix, Falcon Press, 1986)—
describe a los escépticos como la «Nueva Inquisición». Pero, según mi
conocimiento, ningún escéptico impone una creencia. Ciertamente, en la
mayoría de los documentales y debates de la televisión se da poca entrada a
los escépticos y muy poco tiempo de emisión. Todo lo que ocurre es que
algunas doctrinas y métodos son criticados —y en el peor de los casos
ridiculizados— en revistas como The Skeptical Inquirer con una tirada de
decenas de miles de ejemplares. No se llama a declarar a los visionarios de la
Nueva Era ante tribunales penales como en tiempos anteriores, ni se los
flagela por tener visiones y, ciertamente, no se los quema en la hoguera. ¿Por
qué este temor a un poco de crítica? ¿No nos interesa ver cómo se mantienen
nuestras creencias ante los mejores argumentos en contra que pueden reunir
los escépticos?
---ooo---
Quizá un uno por ciento de las veces una idea que parece no
diferenciarse demasiado de las habituales de la pseudociencia resultará ser
verdad. Quizá se encontrará en el lago Ness o en la República del Congo
algún reptil no descubierto, un remanente del período cretácico; o
encontraremos artefactos de una especie avanzada no humana en alguna parte
del sistema solar. En el momento de escribir estas líneas hay tres
afirmaciones en el campo de la percepción extrasensorial que, en mi opinión,
merecen un estudio serio: 1) que sólo con el pensamiento los humanos
pueden afectar (apenas) a los generadores de números aleatorios en los
ordenadores; 2) que la gente sometida a una privación sensorial ligera puede
recibir pensamientos o imágenes «proyectados», y 3) que los niños pequeños
a veces hablan de detalles de una vida anterior que, si se comprueban,
resultan muy precisos y sólo podrían haberlos sabido mediante la
reencarnación. Elijo esas afirmaciones no porque crea que probablemente
sean válidas (que no lo creo), sino como ejemplos de opiniones que podrían
ser verdad. Las tres citadas tienen al menos un fundamento experimental,
aunque todavía dudoso. Desde luego, podría equivocarme.
A mediados de la década de los setenta, un astrónomo al que admiro
redactó un modesto manifiesto llamado «Objeciones a la astrología» y me
pidió que lo firmara. Después de lidiar con las palabras, al final fui incapaz
de firmar... no porque pensara que la astrología tenía algún tipo de validez,
sino porque me pareció (y todavía me lo parece) que el tono de la declaración
era autoritario. Criticaba la astrología porque sus orígenes estaban envueltos
en la superstición. Pero eso también ocurre con la religión, la química, la
medicina y la astronomía, por mencionar sólo cuatro temas. Lo importante no
es el origen vacilante y rudimentario del conocimiento de la astrología, sino
su validez presente. Había también especulaciones sobre las motivaciones
psicológicas de los que creen en la astrología. Esas motivaciones —por
ejemplo, la sensación de impotencia en un mundo complejo, perturbador e
impredecible— podrían explicar por qué la astrología no recibe generalmente
el escrutinio escéptico que merece, pero no afecta para nada al aspecto de si
funciona o no.
La declaración subrayaba que no se nos ocurre ningún mecanismo
mediante el cual pueda funcionar la astrología. Es ciertamente un punto
relevante, pero poco convincente por sí mismo. No se conocía ningún
mecanismo para la deriva continental (ahora integrada en la tectónica de
placas) cuando Alfred Wegener la propuso en el primer cuarto del siglo XX
para explicar una serie de datos confusos en geología y paleontología. (Las
vetas de rocas que contienen mineral y los fósiles parecían ir de manera
continua desde la parte oriental de Sudamérica hasta el oeste de África: ¿eran
contiguos los dos continentes y el océano Atlántico es nuevo en nuestro
planeta?) La idea fue rechazada rotundamente por todos los grandes
geofísicos, que estaban seguros de que los continentes estaban fijos, que no
flotaban sobre nada y que, por tanto, era imposible que «derivaran». En
cambio, la idea clave de la geofísica en el siglo XX resulta ser la tectónica de
placas; ahora entendemos que las placas continentales flotan realmente y
«derivan» (o mejor, son llevadas por una especie de cinta transportadora
dirigida por el gran motor de calor del interior de la Tierra) y que aquellos
grandes geofísicos, simplemente, estaban equivocados. Las objeciones a la
pseudociencia basadas en un mecanismo del que no disponemos pueden ser
erróneas... aunque si las opiniones violan leyes de física bien establecidas, las
objeciones tienen un gran peso.
En unas cuantas frases se puede formular un buen número de críticas
válidas de la astrología: por ejemplo, su aceptación de la precesión de los
equinoccios al anunciar una «era de Acuario» y su rechazo de la precesión de
equinoccios al hacer horóscopos; su ignorancia de la refracción atmosférica;
su lista de objetos supuestamente celestiales que se limita principalmente a
objetos conocidos por Tolomeo en el siglo II e ignora una enorme variedad
de nuevos objetos astronómicos descubiertos desde entonces (¿dónde está la
astrología de asteroides cercanos a la Tierra?); la incoherente demanda de
información detallada sobre el momento del nacimiento en comparación con
la latitud y longitud de nacimiento; la imposibilidad de la astrología de pasar
el test de los gemelos idénticos; las importantes diferencias en horóscopos
hechos a partir de la misma información de nacimiento por diferentes
astrólogos, y la ausencia demostrada de correlación entre los horóscopos y
los tests psicológicos, como el Inventario Multifásico de Personalidad de
Minnesota.
Yo habría firmado encantado una declaración que describiera y
refutara los dogmas principales de la fe en la astrología. Una declaración así
habría sido mucho más persuasiva que la que realmente se publicó y circuló.
Pero la astrología, que lleva cuatro mil años o más con nosotros, parece hoy
más popular que nunca. Al menos un cuarto de todos los estadounidenses,
según las encuestas de opinión, «creen» en la astrología. Un tercio cree que la
astrología de signos del sol es «científica». La fracción de niños escolares que
cree en la astrología aumentó del cuarenta al cincuenta y nueve por ciento
entre 1978 y 1984. Quizá haya diez veces más astrólogos que astrónomos en
Estados Unidos. En Francia hay más astrólogos que curas católicos romanos.
El rechazo envarado de un coro de científicos no establece contacto con las
necesidades sociales que la astrología —por muy inválida que sea— afronta y
la ciencia no.
---ooo---
Como he intentado subrayar, en el corazón de la ciencia hay un
equilibrio esencial entre dos actitudes aparentemente contradictorias: una
apertura a nuevas ideas, por muy extrañas y contrarias a la intuición que sean,
y el examen escéptico más implacable de todas las ideas, viejas y nuevas. Así
es como se avenían las verdades profundas de las grandes tonterías. La
empresa colectiva del pensamiento creativo y el pensamiento escéptico,
unidos en la tarea, mantienen el tema en el buen camino. Esas dos actitudes
aparentemente contradictorias, sin embargo, están sometidas a cierta tensión.
Consideremos esta afirmación: cuando ando, el tiempo —medido por
mi reloj de pulsera o mi proceso de envejecimiento— aminora la marcha. O
bien: me encojo en la dirección del movimiento. O bien: me hago más
grande. ¿Quién ha sido testigo jamás de algo así? Es fácil rechazarlo de
entrada. Aquí hay otra: la materia y la antimateria se están creando
constantemente, en todo el universo, a partir de la nada. Una tercera: alguna
vez, muy ocasionalmente, su coche atraviesa espontáneamente la pared de
ladrillo del garaje y a la mañana siguiente lo encuentra en la calle. ¡Son
absurdas! Pero la primera es la declaración de la relatividad especial y las
otras dos son consecuencias de la mecánica cuántica (‘fluctuaciones de vacío'
y ‘efecto túnel,' se llaman)33. Nos guste o no, así es el mundo. Si uno insiste
en que es ridículo, estará cerrado para siempre a algunos de los mayores
descubrimientos sobre las reglas que gobiernan el universo.
Si uno es sólo escéptico, las nuevas ideas no le llegarán. Nunca
aprenderá nada. Se convertirá en un misántropo excéntrico convencido de
que el mundo está gobernado por la tontería. (Desde luego, hay muchos datos
que avalan esta opinión.) Como los grandes descubrimientos en los límites de
la ciencia son raros, la experiencia tenderá a confirmar su malhumor. Pero de
vez en cuando aparece una nueva idea, válida y maravillosa, que parece dar
en el clavo. Si uno es demasiado decidido e implacablemente escéptico, se
perderá (o tomará a mal) los descubrimientos transformadores de la ciencia y
entorpecerá de todos modos la comprensión y el progreso. El mero
escepticismo no basta.
Al mismo tiempo, la ciencia requiere el escepticismo más vigoroso e
implacable porque la gran mayoría de las ideas son simplemente erróneas, y
la única manera de separar el trigo de la paja es a través del experimento y el
análisis crítico. Si uno está abierto hasta el punto de la credulidad y no tiene
ni un gramo de sentido escéptico dentro, no puede distinguir las ideas
prometedoras de las que no tienen valor. Aceptar sin crítica toda noción, idea
e hipótesis equivale a no saber nada. Las ideas se contradicen una a otra; sólo
mediante el escrutinio escéptico podemos decidir entre ellas. Realmente, hay
ideas mejores que otras.
La mezcla juiciosa de esos dos modos de pensamiento es central para
el éxito de la ciencia. Los buenos científicos hacen ambas cosas. Por su parte,
hablando entre ellos, desmenuzan muchas ideas nuevas y las critican
sistemáticamente. La mayoría de las ideas nunca llegan al mundo exterior.
Sólo las que pasan una rigurosa filtración llegan al resto de la comunidad
científica para ser sometidas a crítica.
Debido a esta autocrítica y crítica mutua tenaz, y a la confianza
apropiada en el experimento como arbitro entre hipótesis en conflicto,
muchos científicos tienden a mostrar desconfianza a la hora de describir su
propio asombro ante la aparición de una gran hipótesis. Es una lástima,
porque esos raros momentos de exultación humanizan y hacen menos
misterioso el comportamiento científico.
Nadie puede ser totalmente abierto o completamente escéptico.34
Todos debemos trazar la línea en alguna parte. Un antiguo proverbio chino
advierte: «Es mejor ser demasiado crédulo que demasiado escéptico», pero
33
El tiempo de espera medio para el rebosamiento estocástico es mucho más largo que la edad
del universo desde el big bang. Pero, por improbable que sea, en principio podría ocurrir
mañana.
34
Y en algunos casos el escepticismo sería simplemente una tontería, como por ejemplo al
aprender a deletrear.
eso viene de una sociedad extremadamente conservadora en la que se
primaba mucho más la estabilidad que la libertad y en la que los gobernantes
tenían un poderoso interés personal en no ser desafiados. Creo que la mayoría
de los científicos dirían: «Es mejor ser demasiado escépticos que demasiado
crédulos.» Pero ninguno de los dos caminos es fácil. El escepticismo
responsable, minucioso y riguroso requiere un hábito de pensamiento cuyo
dominio exige práctica y preparación. La credulidad —creo que aquí es
mejor la palabra «apertura mental» o «asombro»— tampoco llega fácilmente.
Si realmente queremos estar abiertos a ideas antiintuitivas en física,
organización social o cualquier otra cosa, debemos entenderlas. No tiene
ningún valor estar abierto a una proposición que no entendemos.
Tanto el escepticismo como el asombro son habilidades que
requieren atención y práctica. Su armonioso matrimonio dentro de la mente
de todo escolar debería ser un objetivo principal de la educación pública. Me
encantaría ver una felicidad tal retratada en los medios de comunicación,
especialmente la televisión: una comunidad de gente que aplicara realmente
la mezcla de ambos casos—llenos de asombro, generosamente abiertos a toda
idea sin rechazar nada si no es por una buena razón pero, al mismo tiempo, y
como algo innato, exigiendo niveles estrictos de prueba— y aplicara los
estándares al menos con tanto rigor hacia lo que les gusta como a lo que se
sienten tentados a rechazar.
CAPÍTULO 18
EL VIENTO
LEVANTA
POLVO
… el viento levanta polvo porque intenta
soplar, llevándose nuestras huellas.
Ejemplos de folclore bosquimano,
W. H. I. BLEEK y L. C. LLOYD,
recopiladores, L. C. LLOYD, editor
(1911)
..".cada vez que un salvaje rastrea la caza
emplea una minuciosidad de observación y
una precisión de razonamiento inductivo y
deductivo que, aplicado a otros asuntos, le
darían una reputación de hombre de ciencia...
el trabajo intelectual de un «buen cazador o
guerrero» supera de manera considerable el de
un inglés ordinario.
THOMAS H. HUXLEY, ;
Collected Essays, vol. II
Darviniana: Essays
(Londres, Macmillan, 1907),
pp.175-176
[de «Mr. Darwin's Critics» (1871)]
¿Por qué tanta gente encuentra que la ciencia es difícil de aprender y difícil
de enseñar? He intentado sugerir algunas razones:
su precisión, sus aspectos antiintuitivos y perturbadores, la perspectiva de
mal uso, su independencia de la autoridad, y así sucesivamente. Pero ¿hay
algo más en el fondo? Alan Cromer es un profesor de física de la Universidad
del Nordeste de Bostón que se sorprendió al encontrar tantos estudiantes
incapaces de entender los conceptos más elementales en su clase de física. En
Sentido poco común: la naturaleza herética de la ciencia (1993), Cromer
propone que la ciencia es difícil porque es nueva. Nosotros, una especie que
tiene unos cientos de miles de años de antigüedad, descubrimos el método
científico hace sólo unos siglos, dice. Como la escritura, que tiene sólo unos
milenios de antigüedad, todavía no le hemos cogido el truco... o al menos no
sin un estudio muy serio y atento.
Cromer sugiere que, de no haber sido por una improbable
concatenación de acontecimientos históricos, nunca habríamos inventado la
ciencia:
Esta hostilidad hacia la ciencia, a la vista de sus triunfos y beneficios obvios,
es... prueba de que es algo que se encuentra fuera del desarrollo humano
normal, quizá un accidente.
La civilización china inventó los tipos móviles, la pólvora, el cohete,
la brújula magnética, el sismógrafo y las observaciones sistemáticas de los
cielos. Los matemáticos indúes inventaron el cero, la clave de la aritmética
posicional y por tanto de la ciencia cuantitativa. La civilización azteca
desarrolló un calendario mucho mejor que el de la civilización europea que la
invadió y destruyó; pudieron predecir mejor, y durante períodos más largos,
dónde estarían los planetas. Pero ninguna de estas civilizaciones, afirma
Cromer, había desarrollado el método escéptico, inquisitivo y experimental
de la ciencia. Todo eso vino de la antigua Grecia:
El desarrollo del pensamiento objetivo por parte de los griegos parece
haber requerido una serie de factores culturales específicos. Primero estaba la
asamblea, donde los hombres aprendieron por primera vez a convencerse unos
a otros mediante un debate racional. En segundo lugar había una economía
marítima que impedía el aislamiento y el provincianismo. En tercer lugar
estaba la existencia de un extenso mundo de habla griega por el cual podían
vagar viajeros y académicos. En cuarto lugar, la existencia de una clase
comercial independiente que podía contratar a sus propios maestros. En quinto
lugar, la Ilíada y la Odisea, obras maestras de la literatura que son en sí
mismas el epítome del pensamiento racional liberal. En sexto lugar, una
religión literaria no dominada por los curas. Y en séptimo lugar, "la
persistencia de esos factores durante mil años.
Que todos esos factores se unieran en una gran civilización es
bastante fortuito; no ocurrió dos veces.
Me siento solidario con parte de estas tesis. Los antiguos jonios
fueron los primeros, según nuestro conocimiento, que argüyeron
sistemáticamente que las leyes y fuerzas de la naturaleza, no los dioses, son
responsables del orden e incluso de la existencia del mundo. Sus puntos de
vista, como los resumió Lucrecio, eran: «La naturaleza libre y desprovista de
sus altivos señores se ve como actriz espontánea de todas las cosas sin
intervención de los dioses.» Sin embargo, excepto en la primera semana de
los cursos de introducción a la filosofía, los nombres e ideas de los primeros
jonios no se mencionan casi nunca en nuestra sociedad. Los que rechazan a
los dioses tienden a ser olvidados. No deseamos conservar el recuerdo de
escépticos como ellos, menos aún sus ideas. Puede ser que hayan aparecido
héroes que intentasen explicar el mundo en términos de materia y energía
muchas veces y en muchas culturas, sólo para ser ignorados por curas y
filósofos encargados de la sabiduría convencional... igual que el enfoque
jónico se perdió casi completamente después de la época de Platón y
Aristóteles. Con muchas culturas y experimentos de este tipo, puede ser que
las ideas sólo echen raíces en raras ocasiones.
Las plantas y los animales se empezaron a domesticar y la
civilización empezó hace sólo diez mil o doce mil años. El experimento
jónico tiene dos mil quinientos años de antigüedad. Fue casi totalmente
suprimido. Podemos ver avances hacia la ciencia en la antigua China, India, y
cualquier parte, aunque fueran vacilantes, incompletos y dieran poco fruto.
Pero supongamos que los jónicos no hubieran existido nunca y que la ciencia
y las matemáticas griegas no hubieran florecido nunca. ¿Sería posible que en
la historia de la especie humana no hubiera emergido la ciencia? O, en la
madeja de las muchas culturas y alternativas históricas, ¿no es probable que
antes o después entrara en juego la combinación correcta de factores en algún
otro sitio... en las islas de Indonesia, por ejemplo, o en el Caribe, en los
aledaños de una civilización mesoamericana no afectada por los
conquistadores, o en las colonias escandinavas a orillas del mar Negro?
Creo que el impedimento para el pensamiento científico no es la
dificultad del tema. Las hazañas intelectuales complejas han sido fundamento
incluso de culturas oprimidas. Los chamanes, magos y teólogos dominan con
gran habilidad sus artes complejas y arcanas. No, el impedimento es político
y jerárquico. En las culturas que carecen de desafíos poco familiares,
externos o internos, donde no se necesita un cambio fundamental, no hace
falta alentar las nuevas ideas. Ciertamente, se puede declarar que las herejías
son peligrosas; se puede hacer rígido el pensamiento y aplicarse sanciones
contra ideas no permisibles... todo sin causar grandes daños. Pero, en
circunstancias medioambientales biológicas o políticas variadas y
cambiantes, el simple hecho de copiar las formas antiguas ya no funciona. En
este caso, los que, en lugar de seguir ciegamente la tradición o intentar
introducir sus preferencias en el universo físico o social, están abiertos a lo
que enseña el universo, son merecedores de premio. Cada sociedad debe
decidir dónde se encuentra el límite seguro en la línea que separa apertura y
rigidez.
Los matemáticos griegos dieron un brillante paso adelante. Por otro
lado, la ciencia griega —con sus primeros pasos rudimentarios y a menudo
no contrastados por el experimento— estaba llena de errores. A pesar del
hecho que no podemos ver en la oscuridad total, creían que la visión depende
de una especie de radar que emana del ojo, rebota en lo que vemos y vuelve
al ojo. (No obstante, hicieron progresos sustanciales en óptica.) A pesar del
obvio parecido de los niños a sus madres, creían que la herencia sólo
provenía del semen y que la mujer era un mero receptáculo pasivo. Creían
que el movimiento horizontal de una roca lanzada la hace subir más, de modo
que tarda más en llegar al suelo que una piedra soltada desde la misma altura
en el mismo momento. Enamorados de la geometría simple, creían que el
círculo era «perfecto»; a pesar del «Hombre de la Luna» y las manchas del
sol (visibles ocasionalmente para el ojo en la puesta de sol), sostenían que los
cielos también eran «perfectos»; por tanto, las órbitas planetarias tenían que
ser circulares.
Liberarse de la superstición no es suficiente para el crecimiento de la
ciencia. También debe aparecer la idea de interrogar a la naturaleza, de hacer
experimentos. Hubo algunos ejemplos brillantes: las mediciones de
Eratóstenes del diámetro de la Tierra, por ejemplo, o el experimento de la
clepsidra de Empédocles, demostrando la naturaleza material del aire. Pero
en una sociedad donde el trabajo manual se ve rebajado y se cree sólo apto
para esclavos como en el mundo clásico grecorromano, el método
experimental no prosperaba. La ciencia nos exige estar libres tanto de la
superstición como de la injusticia flagrante. A menudo, las mismas
autoridades eclesiásticas y seculares imponen la superstición y la injusticia
trabajando conjuntamente. No es sorprendente que las revoluciones políticas,
el escepticismo sobre la religión y el ascenso de la ciencia puedan ir unidos.
La liberación de la superstición es una condición necesaria pero no suficiente
para la ciencia.
Al mismo tiempo, es innegable que algunas figuras centrales de la
transición de la superstición medieval a la ciencia moderna estaban
profundamente influenciadas por la idea de un Dios Supremo que creó el
universo y estableció no sólo los mandamientos que deben respetar los
humanos sino leyes que la propia naturaleza debe acatar. El astrónomo
alemán del siglo XVII Johannes Kepler, sin el que la física newtoniana nunca
habría llegado a existir, describió su búsqueda científica como un deseo de
conocer la mente de Dios. En nuestra época, científicos importantes,
incluyendo a Albert Einstein y Stephen Hawking, han descrito su búsqueda
en términos casi idénticos. El filósofo Alfred North Whitehead y el
historiador de la tecnología china Joseph Needham también han sugerido que
lo que faltaba en el desarrollo de la ciencia en las culturas no occidentales era
el monoteísmo.
Y, sin embargo, creo que hay fuertes pruebas que contradicen toda
esta tesis y nos llaman a través de los milenios...
---ooo---
El pequeño grupo de cazadores sigue el rastro de huellas de cascos y
otras pistas. Se detienen un momento junto a un bosque de árboles. En
cuclillas, examinan la prueba más atentamente. El rastro que venían
siguiendo se ve cruzado por otro. Rápidamente deciden qué animales son los
responsables, cuántos son, qué edad y sexo tienen, si hay alguno herido, con
qué rapidez viajan, cuánto tiempo hace que pasaron, si los siguen otros
cazadores, si el grupo puede alcanzar a los animales y, si es así, cuánto
tardarán. Tomada la decisión, dan un golpecito con las manos en el rastro
que seguirán, hacen un ligero sonido entre los dientes como silbando y se
van rápidamente. A pesar de sus arcos y flechas envenenadas, siguen en su
forma de carrera al estilo de una maratón durante horas. Casi siempre han
leído el mensaje en la tierra correctamente. Las bestias salvajes, elands u
okapis están donde creían, en la cantidad y condiciones estimadas. La caza
tiene éxito. Vuelven con la carne al campamento temporal. Todo el mundo lo
festeja.
Esta viñeta de caza más o menos típica es del pueblo !Kung San del
desierto del Kalahari, en las repúblicas de Botswana y Namibia, que ahora,
trágicamente, están al borde de la extinción. Pero, durante décadas, ellos y su
modo de vida fueron estudiados por los antropólogos. Los !Kung San pueden
ser un ejemplo típico del modo de existencia de cazadores-recolectores en el
que los humanos hemos pasado la mayor parte de nuestro tiempo... hasta
hace diez mil años, cuando fueron domesticados plantas y animales y la
condición humana empezó a cambiar, quizá para siempre. Era tal su pericia
como rastreadores que el ejército del apartheid de Sudáfrica los contrató para
perseguir presas humanas en las guerras contra los «Estados de la línea de
frente». Este encuentro con los militares blancos sudafricanos aceleró de
varias maneras diferentes la destrucción del modo de vida de los !Kung San...
que, en todo caso, se había ido deteriorando poco a poco a lo largo de los
siglos a cada contacto con la civilización europea.
¿Cómo lo hacían? ¿Cómo podían deducir tanto con una sola mirada?
Decir que eran buenos observadores no explica nada. ¿Qué hacían realmente?
Según el antropólogo Richard Lee, analizaban la forma de las
depresiones. Las huellas de un animal que se mueve de prisa muestran una
simetría más alargada. Un animal ligeramente cojo protege la pata afligida, le
pone menos peso y deja una huella más suave. Un animal más pesado deja un
hueco más ancho y profundo. Las funciones de correlación están en la cabeza
de los cazadores.
En el curso del día, las huellas se erosionan un poco. Los muros de la
depresión tienden a derrumbarse. La arena levantada por el viento se acumula
en el suelo del hueco. Quizá caigan dentro trozos de hojas, ramitas o hierba.
Cuanto más espera uno, mayor es la erosión.
Este método es esencialmente idéntico al que usan los astrónomos
astrofísicos para analizar los cráteres dejados por el impacto de planetoides:
siendo igual todo lo demás, cuanto más superficial es el cráter, más antiguo
es. Los cráteres con muros derrumbados, con ratios profundidad/diámetro
modestos, con partículas finas acumuladas en su interior tienden a ser más
antiguos... porque han de llevar el tiempo suficiente para que entren en acción
los procesos erosivos.
Las fuentes de degradación pueden cambiar de mundo a mundo, o de
desierto a desierto, o de época a época. Pero si uno sabe cuáles son, puede
determinar muchas cosas observando lo definido o erosionado que se
encuentra el cráter. Si en las huellas de cascos se superpone el rastro de
insectos u otros animales, también eso indica que no es reciente. El contenido
de humedad de la subsuperficie del suelo y el ritmo al que se seca después de
haber quedado expuesta por un casco determinan el derrumbamiento de los
muros del cráter. Todos esos asuntos son estudiados con atención por los
!Kung.
Las manadas que van al galope detestan el sol caliente. Los animales
utilizarán todas las sombras que puedan encontrar. Alterarán el curso para
aprovecharse unos momentos de la sombra de un bosque de árboles. Pero el
lugar de la sombra depende del momento del día, porque el sol se mueve a
través del cielo. Por la mañana, cuando el sol sale por el este, las sombras se
proyectan al oeste de los árboles. Luego, por la tarde, cuando el sol se pone
por el oeste, las sombras se proyectan al este. A partir de las curvas de las
pistas es posible decir cuánto rato hace que pasaron los animales. Este cálculo
será diferente en las distintas estaciones del año. Así pues, los cazadores
deben tener en la mente una especie de calendario astronómico que prediga el
aparente movimiento solar.
Para mí, todas esas habilidades formidables de forense para rastrear
pistas son ciencia en acción.
Los cazadores-recolectores no sólo son expertos en los rastros de
otros animales; también conocen muy bien los humanos.
Todo miembro de la banda es reconocible por sus huellas; les son tan
familiares como sus caras. Laurens Van der Post lo relata:
... a muchas millas de casa y separados de los demás, Nxou y yo, siguiendo el
rastro de un gamo herido, encontramos de pronto otra serie de huellas y
rastros que se unían a la nuestra. Nxou dio un gruñido de profunda
satisfacción y dijo que eran las huellas de Bauxhau, dejadas pocos minutos
antes. Declaró que Bauxhau corría de prisa y que no tardaríamos en verle a él
y al animal. Al llegar a lo alto de la duna que teníamos delante, allí estaba
Bauxhau, ya dispuesto a despellejar al animal.
O Richard Lee, también entre los !Kung San, relata que, después de
examinar brevemente unas huellas, un cazador comentó:
«Oh, fíjate, Tunu está aquí con su cuñado. Pero ¿dónde está su hijo?»
¿Es esto ciencia realmente? ¿El rastreador de pistas se ha pasado
horas en cuclillas en el curso de su preparación, siguiendo la lenta
degradación de la huella de un eland? Cuando el antropólogo formula esta
pregunta, la respuesta que recibe es que los cazadores siempre han usado
estos métodos. Observaron a sus padres y a otros expertos cazadores durante
su aprendizaje. Aprendieron por imitación. Los principios generales fueron
transmitidos de generación en generación. Cada generación va poniendo al
día las variaciones locales —velocidad del viento, humedad del suelo—
según las necesidades, por estaciones o día a día.
Pero los científicos modernos hacen exactamente lo mismo. Cada vez
que intentamos juzgar la edad de un cráter en la Luna, Mercurio o Tritón por
su grado de erosión, no realizamos el cálculo a partir de la nada.
Desempolvamos un informe científico determinado y leemos los números
ensayados y ciertos que se han establecido quizá una generación antes. Los
físicos no derivan las ecuaciones de Maxwell o la mecánica cuántica a partir
de la nada. Intentan entender los principios y las matemáticas, observan su
utilidad, comprenden cómo sigue la naturaleza estas normas y se toman estas
ciencias a pecho y las hacen propias.
Sin embargo, alguien tuvo que fijar todos esos protocolos para seguir
rastros por primera vez, quizá algún genio del paleolítico, o más
probablemente una sucesión de genios en épocas y lugares muy separados.
No hay indicación en los protocolos rastreadores de los !Kung de métodos
mágicos: examinar las estrellas la noche antes, o las entrañas de un animal, o
tirar dados, o interpretar sueños, o conjurar demonios, o cualquier otra de las
miles de afirmaciones espurias de conocimiento que los humanos han
acariciado intermitentemente. Aquí hay una cuestión específica bien definida:
¿qué camino toma la presa y cuáles son sus características? Se necesita una
respuesta precisa que la magia y la adivinación simplemente no
proporcionan... o al menos no con la regularidad suficiente para evitar el
hambre. En cambio, los cazadores-recolectores —que no son muy
supersticiosos en su vida cotidiana, excepto cuando bailan en trance alrededor
del fuego y bajo la influencia de suaves euforizantes— son prácticos,
laboriosos, motivados, sociables y a menudo muy alegres. Aplican
habilidades espigadas de antiguos éxitos y fracasos.
Es casi seguro que el pensamiento científico ha existido desde el
principio. Se puede ver incluso en los chimpancés, cuando patrullan las
fronteras de su territorio o cuando preparan una caña para meterla en el
montón de termitas y extraer así una fuente modesta pero muy necesaria de
proteínas. El desarrollo de habilidades para seguir pistas ofrece una ventaja
selectiva evolutiva poderosa. Los grupos que no son capaces de adquirirlas
consiguen menos proteínas y dejan menos descendencia. Los que tienen una
inclinación científica, los que son capaces de observar con paciencia, los que
tienen predisposición para descubrirlo consiguen más comida, especialmente
más proteínas, y viven en hábitats más variados; ellos y sus líneas
hereditarias prosperan. Lo mismo es cierto, por ejemplo, de las habilidades de
navegación de los polinesios. Una habilidad científica ofrece recompensas
tangibles.
La otra actividad principal para acumular alimento de las sociedades
preagrarias es la recolección de vegetales. Para hacerlo se deben conocer las
propiedades de muchas plantas y tener la capacidad de distinguirlas. Los
botánicos y antropólogos han encontrado repetidamente que los cazadoresrecolectores de todo el mundo han reconocido distintas especies de plantas
con la precisión de los taxónomos occidentales. Han trazado un mapa mental
de su territorio con la precisión de los cartógrafos. También aquí, todo eso es
una condición para sobrevivir.
Así, la afirmación de que, igual que los niños no están preparados
para ciertos conceptos de matemáticas ó lógica, los pueblos «primitivos» no
son capaces intelectualmente de entender la ciencia y la tecnología es una
tontería. Este vestigio de colonialismo y racismo queda desmentido por las
actividades cotidianas de un pueblo que vive sin residencia fija y casi sin
posesiones, los pocos cazadores-recoléctores que quedan, los custodios de
nuestro pasado profundo.
De los criterios de Cromer para el «pensamiento objetivo» podemos
encontrar ciertamente en los pueblos de cazadores-recolectores un debate
vigoroso y sustancial, democracia de participación directa, viajes de largo
recorrido, ausencia de sacerdotes y la persistencia de estos factores no
durante mil años sino durante trescientos mil o más. Según sus criterios, los
cazadores-recolectores deberían tener ciencia. Yo creo que la tienen. O la
tenían.
---ooo---
Lo que Jonia y la antigua Grecia proporcionaron no son tanto
inventos, tecnología o ingeniería sino la idea de la interrogación sistemática,
la idea de que las leyes de la naturaleza, y no unos dioses caprichosos,
gobiernan el mundo. El agua, el aire, la tierra y el fuego tuvieron todos su
turno como «explicaciones» candidatas de la naturaleza y origen del mundo.
Cada una de estas explicaciones —identificada con un filósofo presocrático
diferente— tenía grandes defectos en sus detalles. Pero el modo de
explicación, una alternativa a la intervención divina, era productivo y nuevo.
Del mismo modo, en la historia de la antigua Grecia podemos ver casi todos
los hechos significativos dirigidos por los dioses en Hornero, sólo unos
cuantos en Herodoto y esencialmente ninguno en Tucídides. En unos cientos
de años, la historia pasó de ser dirigida por los dioses a serlo por humanos.
Algo parecido a las leyes de la naturaleza fue vislumbrado en una
ocasión en una sociedad politeísta determinada en la que algunos eruditos
acariciaban la idea de una especie de ateísmo. Esta aproximación de los
presocráticos, que empezó hacia el siglo IV a. J.C., fue apagada por Platón,
Aristóteles y posteriormente los teólogos cristianos. Si el hilo de la
causalidad histórica hubiera sido diferente —si las brillantes conjeturas de los
atomistas sobre la naturaleza de la materia, la pluralidad de los mundos, la
vastedad del espacio y el tiempo hubieran sido aceptadas y profundizadas, si
se hubiera enseñado y emulado la tecnología innovadora de Arquímedes, si
se hubiera propagado ampliamente la idea de las leyes invariables de la
naturaleza que los humanos deben buscar y entender—, me pregunto en qué
tipo de mundo viviríamos ahora.
No creo que la ciencia sea difícil de enseñar porque los humanos no
estén preparados para ella, o porque sólo surgió por chiripa, o porque, en
general, no tenemos poder mental para intentar resolverla. En cambio, el
enorme celo por la ciencia que veo en los estudiantes de primeros cursos y la
lección de los cazadores-recolectores que quedan hablan con elocuencia:
tenemos una inclinación profunda por la ciencia, en todos los tiempos,
lugares y culturas. Ha sido el medio de nuestra supervivencia. Es nuestro
derecho de nacimiento. Cuando, por indiferencia, falta de atención,
incompetencia o temor al escepticismo, alejamos a los niños de la ciencia, les
estamos privando de un derecho, los despojamos de las herramientas
necesarias para manejar su futuro.
CAPÍTULO 19
NO HAY
PREGUNTAS
ESTÚPIDAS
Y no dejamos de preguntarnos,
una y otra vez,
Hasta que un puñado de tierra
Nos calla la boca...
Pero ¿es eso una respuesta?
HEINRICH HEINE
«Lazarus»
(1854)
En el este de África, en los registros de las rocas que datan de hace
dos millones de años, se pueden encontrar una serie de herramientas talladas,
diseñadas y ejecutadas por nuestros antepasados. Su vida dependía de la
fabricación y el uso de esas herramientas. Era, desde luego, tecnología de la
primera Edad de Piedra. Con el tiempo se utilizaron piedras de formas
especiales para partir, astillar, desconchar, cortar y esculpir. Aunque hay
muchas maneras de hacer herramientas de piedra, lo que es notable es que en
un lugar determinado durante largos períodos de tiempo las herramientas se
hicieron de la misma manera, lo que significa que cientos de miles de años
atrás debía de haber instituciones educativas, aunque se tratara
principalmente de un sistema de aprendizaje. Aunque es fácil exagerar las
similitudes, también lo es imaginarse al equivalente de profesores y
estudiantes en taparrabos, las clases de laboratorio, los exámenes, los
suspensos, las ceremonias de graduación y la enseñanza postgrado.
Cuando no cambia la preparación durante inmensos períodos de
tiempo, las tradiciones pasan intactas a la generación siguiente. Pero cuando
lo que se debe aprender cambia de prisa, especialmente en el curso de una
sola generación, se hace mucho más difícil saber qué enseñar y cómo
enseñarlo. Entonces, los estudiantes se quejan sobre la pertinencia de lo que
se les explica; disminuye el respeto por sus mayores. Los profesores se
desesperan ante el «deterioro de los niveles educativos y lo caprichosos que
se han vuelto los estudiantes. En un mundo en transición, estudiantes y
profesores necesitan enseñarse a sí mismos una habilidad esencial:
aprender a aprender.
---ooo---
Excepto para los niños (que no saben lo suficiente como para dejar de
hacer las preguntas importantes), pocos de nosotros dedicamos mucho tiempo
a preguntarnos por qué la naturaleza es como es; de dónde viene el cosmos, o
si siempre ha estado allí; si un día el tiempo irá hacia atrás y los efectos
precederán a las causas; o si hay límites definitivos a lo que deben saber los
humanos. Incluso hay niños, y he conocido algunos, que quieren saber cómo
es un agujero negro, cuál es el pedazo más pequeño de materia, por qué
recordamos el pasado y no el futuro, y por qué existe un universo.
De vez en cuando tengo la suerte de enseñar en una escuela infantil o
elemental. Encuentro muchos niños que son científicos natos, aunque con el
asombro muy acusado y el escepticismo muy suave. Son curiosos, tienen
vigor intelectual. Se les ocurren preguntas provocadoras y perspicaces.
Muestran un entusiasmo enorme. Me hacen preguntas sobre detalles. No han
oído hablar nunca de la idea de una «pregunta estúpida».
Pero cuando hablo con estudiantes de instituto encuentro algo
diferente. Memorizan «hechos» pero, en general, han perdido el placer del
descubrimiento, de la vida que se oculta tras los hechos. Han perdido gran
parte del asombro y adquirido muy poco escepticismo. Los preocupa hacer
preguntas «estúpidas»; están dispuestos a aceptar respuestas inadecuadas; no
plantean cuestiones de detalle; el aula se llena de miradas de reojo para
valorar, segundo a segundo, la aprobación de sus compañeros. Vienen a clase
con las preguntas escritas en un trozo de papel, que examinan
subrepticiamente en espera de su turno y sin tener en cuenta la discusión que
puedan haber planteado sus compañeros en aquel momento.
Ha ocurrido algo entre el primer curso y los cursos superiores, y no
es sólo la adolescencia. Yo diría que es en parte la presión de los compañeros
contra el que destaca (excepto en deportes); en parte que la sociedad predica
la gratificación a corto plazo; en parte la impresión de que la ciencia o las
matemáticas no le ayudan a uno a comprarse un coche deportivo; en parte
que se espera poco de los estudiantes, y en parte que hay pocas recompensas
o modelos para una discusión inteligente sobre ciencia y tecnología... o
incluso para aprender porque sí. Los pocos que todavía muestran interés
reciben el insulto de «bichos raros», «repelentes» o «empollones».
Pero hay algo más: he visto a muchos adultos que se enfadan cuando
un niño les plantea preguntas científicas. ¿Por qué la luna es redonda?,
preguntan los niños. ¿Por qué la hierba es verde? ¿Qué es un sueño? ¿Hasta
qué profundidad se puede cavar un agujero? ¿Cuándo es el cumpleaños del
mundo? ¿Por qué tenemos dedos en los pies? Demasiados padres y maestros
contestan con irritación o ridiculización, o pasan rápidamente a otra cosa:
«¿Cómo querías que fuera la luna, cuadrada?» Los niños reconocen en
seguida que, por alguna razón, este tipo de preguntas enoja a los adultos.
Unas cuantas experiencias más como ésta, y otro niño perdido para la ciencia.
No entiendo por qué los adultos simulan saberlo todo ante un niño de seis
años. ¿Qué tiene de malo admitir que no sabemos algo? ¿Es tan frágil nuestro
orgullo?
Lo que es más, muchas de estas preguntas afectan a aspectos
profundos de la ciencia, algunos todavía no resueltos del todo. Por qué la
luna es redonda tiene que ver con el hecho de que la gravedad es una fuerza
que tira hacia el centro de cualquier mundo y con lo resistentes que son las
rocas. La hierba es verde a causa del pigmento de clorofila, desde luego —a
todos nos han metido esto en la cabeza—, pero ¿por qué tienen clorofila las
plantas? Parece una tontería, pues el sol produce su máxima energía en la
parte amarilla y verde del espectro. ¿Por qué las plantas de todo el mundo
rechazan la luz del sol en sus longitudes de onda más abundantes? Quizá sea
la plasmación de un accidente de la antigua historia de la vida en la Tierra.
Pero hay algo que todavía no entendemos sobre por qué la hierba es verde.
Hay mejores respuestas que decirle al niño que hacer preguntas
profundas es una especie de pifia social. Si tenemos una idea de la respuesta,
podemos intentar explicarla. Aunque el intento sea incompleto, sirve como
reafirmación e infunde ánimo. Si no tenemos ni idea de la respuesta,
podemos ir a la enciclopedia. Si no tenemos enciclopedia, podemos llevar al
niño a la biblioteca. O podríamos decir: «No sé la respuesta. Quizá no la sepa
nadie. A lo mejor, cuando seas mayor, lo descubrirás tú.»
Hay preguntas ingenuas, preguntas tediosas, preguntas mal
formuladas, preguntas planteadas con una inadecuada autocrítica. Pero toda
pregunta es un clamor por entender el mundo.35 No hay preguntas estúpidas.
Los niños listos que tienen curiosidad son un recurso nacional y
mundial. Se los debe cuidar, mimar y animar. Pero no basta con el mero
ánimo. También se les debe dar las herramientas esenciales para pensar.
-----ooooo-----
«Es oficial», dice el titular de un periódico: «Estamos fatal en
ciencia.» En pruebas a jóvenes de diecisiete años de muchas regiones del
mundo. Estados Unidos quedó el último en álgebra. Mientras la media de los
jóvenes estadounidenses era del cuarenta y tres por ciento, la de sus
equivalentes japoneses, en pruebas idénticas, era del setenta y ocho por
ciento. En mi opinión, el setenta y ocho por ciento es bastante bueno; el
cuarenta y tres por ciento es suspenso. En una prueba de química, sólo los
estudiantes de trece naciones fueron peores que los de Estados Unidos. La
puntuación de Gran Bretaña, Singapur y Hong Kong era tan alta que casi se
salían de la tabla, y el veinticinco por ciento de los canadienses de dieciocho
años sabía tanta química como un selecto uno por ciento de los estudiantes de
segunda enseñanza estadounidenses (en su segundo curso de química, y la
mayoría en programas «avanzados»). El mejor de entre veinte clases de
quinto grado de Minneapolis era superado por todos los componentes de
veinte clases de Sendai, en Japón, y por diecinueve entre veinte en Taibei,
Taiwan. Los estudiantes de Corea del Sur estaban muy por encima de los
estadounidenses en todos los aspectos de matemáticas y ciencias, y los de
trece años de la Columbia Británica (al oeste de Canadá) superaban a sus
equivalentes estadounidenses en toda la tabla (en algunas disciplinas
superaban a los coreanos). El veintidós por ciento de los chicos de Estados
35
No incluyo aquí la lluvia de «porqués» con que los niños de dos años atacan a veces a sus
padres, quizá en un intento de controlar el comportamiento de los adultos.
Unidos dicen que no les gusta la escuela, por sólo el ocho por ciento de los
coreanos. Sin embargo, dos tercios de los americanos, por sólo un cuarto de
los coreanos, dicen ser «buenos en matemáticas».
Estas desalentadoras tendencias del promedio de estudiantes de
Estados Unidos se ven compensadas en ocasiones por la actuación de
estudiantes sobresalientes. En 1994, un estudiante americano consiguió una
marca de una perfección sin precedentes en la Olimpíada Matemática
Internacional de Hong Kong, derrotando a otros trescientos sesenta
estudiantes de sesenta y ocho naciones en álgebra, geometría y teoría del
número. Uno de ellos, Jeremy Bem, de diecisiete años, comentó: «Los
problemas de matemáticas son como rompecabezas de lógica. No hay nada
rutinario: todo es muy creativo y artístico.» Pero aquí no hablo de producir
una nueva generación de científicos y matemáticos de primera categoría, sino
de la cultura científica del público en general.
El sesenta y tres por ciento de los adultos norteamericanos no son
conscientes de que el último dinosaurio murió antes de que apareciera el
primer humano; el setenta y cinco por ciento no sabe que los antibióticos
matan a las bacterias pero no a los virus; el cincuenta y siete por ciento no
sabe que los «electrones son más pequeños que los átomos». Las encuestas
muestran que algo así como la mitad de los adultos de Estados Unidos no
saben que la Tierra gira alrededor del Sol y tarda un año en hacerlo. En mis
clases en la Universidad de Cornell he encontrado estudiantes brillantes que
no saben que las estrellas salen y se ponen por la noche, o ni siquiera que el
Sol es una estrella.
Debido a la ciencia ficción, el sistema educativo, la NASA y el rol
que juega la ciencia en la sociedad, los estadounidenses están mucho más
expuestos a la percepción copernicana que el humano medio. Una encuesta
de 1993 realizada por la Asociación China de Ciencia y Tecnología revela
que, como en Estados Unidos, no más de la mitad de personas en China sabe
que la Tierra gira alrededor del Sol una vez al año. Podría ser muy bien, pues,
que más de cuatro siglos y medio después de Copérnico, la mayor parte de la
gente de la Tierra creyera todavía, en el fondo de su corazón, que nuestro
planeta está inmóvil en el centro del universo y que somos profundamente
«especiales».
Ésas son las preguntas típicas del «alfabetismo científico». Los
resultados son desmoralizadores. Pero ¿qué es lo que miden? La
memorización de afirmaciones autoritarias. Lo que deberían preguntar es
cómo sabemos... que los antibióticos discriminan entre microbios, que los
electrones son «más pequeños» que los átomos, que el Sol es una estrella a la
que la Tierra da la vuelta una vez al año. Estas preguntas son una medida
mucho más auténtica de la comprensión de la ciencia por parte del público, y
los resultados de estas pruebas serían sin duda más descorazonadores todavía.
Si se acepta la verdad literal de todas las palabras de la Biblia, la
Tierra tiene que ser plana. Lo mismo ocurre con el Corán. Por tanto, declarar
que la Tierra es redonda equivale a decir que uno es ateo. En 1993, la
autoridad religiosa suprema de Arabia Saudí, el jeque Abdel-Aziz Ibn Baaz,
emitió un edicto, o fatwa, declarando que el mundo es plano. Todo el que
crea que es redondo no cree en Dios y debe ser castigado. No deja de ser
irónico que la lúcida evidencia de que la Tierra es una esfera, reunida por el
astrónomo greco-egipcio del siglo II Claudio Tolomeo, fuese transmitida a
Occidente por astrónomos musulmanes y árabes. En el siglo IX bautizaron al
libro de Tolomeo en el que se demuestra la esfericidad de la Tierra como el
Almagesto, «el más grande».
He conocido muchas personas que se sienten ofendidas por la
evolución, que preferirían apasionadamente ser la obra artística personal de
Dios que haber surgido del fango por fuerzas físicas y químicas ciegas
desarrolladas durante eones. También suelen ser reacios a exponerse
asiduamente a las pruebas. La evidencia tiene muy poco que ver con ellos:
creen lo que desean que sea verdad. Sólo el nueve por ciento de los
norteamericanos acepta el descubrimiento central de la biología moderna de
que los seres humanos (y todas las demás especies) han evolucionado
lentamente por procesos naturales de una serie de seres más antiguos sin que
fuera necesaria la intervención divina en el camino. (Cuando se les pregunta
simplemente si aceptan la evolución, el cuarenta y cinco por ciento de los
norteamericanos dice que sí. La cantidad asciende al setenta por ciento en
China.) Cuando se exhibió en Israel la película Parque Jurásico, algunos
rabinos ortodoxos la condenaron porque aceptaba la evolución y enseñaba
que los dinosaurios vivieron hace cien millones de años... cuando, como se
establece claramente en el Rosh Hashonah y en toda ceremonia de boda
judía, el universo tiene menos de seis mil años de antigüedad. La prueba más
clara de nuestra evolución puede encontrarse en nuestros genes. Pero la
evolución sigue teniendo detractores, irónicamente entre aquellos cuyo
propio ADN la proclama... en las escuelas, en los tribunales, en las editoriales
de libros de texto, y en la cuestión de cuánto dolor podemos infligir a otros
animales sin cruzar algún umbral ético.
Durante la Gran Depresión, los maestros disfrutaban de seguridad de
trabajo, buenos sueldos y respetabilidad. Enseñar era una profesión admirada,
en parte porque se reconocía que aprender era una manera de salir de la
pobreza. Poco de ello es cierto hoy. Y así, la enseñanza de la ciencia (y otras)
se hace demasiado a menudo de manera incompetente o poco inspiradora y
sus practicantes, por asombroso que sea, tienen poca preparación o ninguna
en los temas que presentan, se impacientan con el método y muestran ansias
por llegar a los descubrimientos de la ciencia... y a veces son incapaces ellos
mismos de distinguir la ciencia de la pseudociencia. Los que tienen
preparación a menudo consiguen trabajos mejor pagados en otra parte.
Los niños necesitan experimentar con sus propias manos el método
experimental en lugar de leer en un libro cosas sobre la ciencia. Se nos puede
hablar de la oxidación de la cera como explicación de la llama de la vela.
Pero tenemos una sensación mucho más vivida de lo que pasa si vemos arder
la vela brevemente en una campana de cristal hasta que el dióxido de carbono
producido por la duerna rodea la mecha, bloquea el acceso al oxígeno y la
llama parpadea y se apaga. Se nos pueden explicar las mitocondrias de las
células y cómo transmiten la oxidación a la comida al igual que la llama
quemando la vela, pero es totalmente distinto verlas en el microscopio. Se
nos puede decir que el oxígeno es necesario para la vida de algunos
organismos y no para otros. Pero empezamos a entenderlo realmente cuando
comprobamos la proposición en una campana de cristal totalmente
desprovista de oxígeno. ¿Qué hace el oxígeno por nosotros? ¿Por qué sin él
moriríamos? ¿De dónde viene el oxígeno del aire? ¿Está asegurado el
suministro?
La experimentación y el método científico se pueden enseñar en
muchas materias distintas de la ciencia. Daniel Kunitz es un amigo mío de la
universidad. Ha sido toda la vida un profesor de ciencias sociales innovador
en institutos de enseñanza media. ¿Los alumnos quieren entender la
Constitución de Estados Unidos? Se les puede decir que la lean, artículo tras
artículo, y luego la comenten en clase... pero, lamentablemente, acabarán
todos dormidos. O se puede intentar el método de Kunitz: prohibir a los
estudiantes leer la Constitución. A cambio, los invita a celebrar una
Convención Constitucional, dos por cada estado. Primero plantea en detalle a
cada uno de los trece equipos los intereses particulares de su estado y región.
A la delegación de Carolina del Sur, por ejemplo, le hablará de la primacía
del algodón, la necesidad y moralidad del tráfico de esclavos, el peligro
planteado por el norte industrial, etc. Las trece delegaciones se reúnen y, con
un poco de guía facultativa, pero principalmente solos, escriben una
constitución durante unas semanas. Luego leen la Constitución de verdad.
Los estudiantes han reservado el poder de declarar la guerra al presidente.
Los delegados de 1787 lo asignaron al Congreso. ¿Por qué? Los estudiantes
han liberado a los esclavos. La Convención Constitucional original no lo
hizo. ¿Por qué? Eso exige una mayor preparación de los profesores y más
trabajo para los estudiantes, pero la experiencia es inolvidable. Es difícil no
pensar que las naciones de la Tierra estarían mejor si todos los ciudadanos se
sometieran a una experiencia comparable.
Necesitamos más dinero para preparar y pagar a los profesores, y
para laboratorios. Pero en Estados Unidos los aspectos vinculados a la
escuela suelen perder la votación. Nadie sugiere que se usen los impuestos de
propiedades para engrosar el presupuesto militar, o los subsidios de
agricultura, o para limpiar residuos tóxicos. ¿Por qué sólo la educación? ¿Por
qué no financiarla con tasas generales a nivel local y estatal? ¿Qué tal una
tasa especial de educación para las industrias que tienen una necesidad
especial de trabajadores con preparación técnica?
Los niños estadounidenses no trabajan bastante en la escuela. El año
escolar es de ciento ochenta días, comparado con doscientos veinte en Corea
del Sur, unos doscientos treinta en Alemania y doscientos cuarenta y tres en
Japón. Los niños de algunos de estos países van a la escuela el sábado. El
estudiante medio de instituto en Estados Unidos dedica tres horas y media a
la semana a hacer deberes. El tiempo total que dedica a los estudios, en el
aula y fuera de ella, es de unas veinte horas por semana. Los japoneses de
quinto curso dedican una media de treinta y tres horas a la semana. Japón,
con la mitad de población que Estados Unidos, produce el doble de
científicos e ingenieros con títulos avanzados al año.
Durante cuatro años de instituto, los estudiantes americanos
dedicaron menos de mil quinientas horas a temas como matemáticas, ciencia
e historia. Los japoneses, franceses y alemanes dedicaron más del doble de
tiempo. Un informe de 1994 encargado por el Departamento de Educación de
Estados Unidos apunta:
El día escolar tradicional tiene que contener ahora toda una serie de requisitos
para lo que se ha llamado «nuevo trabajo de las escuelas»: educación sobre
seguridad personal, sobre consumo, sida, conservación y energía, vida
familiar y preparación para conducir.
Así pues, debido a las deficiencias de la sociedad y a la inadecuación
de la educación en el hogar, sólo se dedican unas tres horas al día a los temas
académicos centrales en el instituto.
Está demasiado extendida la idea de que la ciencia es «excesivamente
difícil» para la gente normal. Lo podemos ver reflejado en la estadística de
que sólo alrededor del diez por ciento de los estudiantes de instituto
estadounidenses optan por un curso de física. ¿Qué es lo que hace de pronto a
la ciencia «excesivamente difícil»? ¿Por qué no es demasiado difícil para
todos esos países que superan a Estados Unidos? ¿Qué ha ocurrido con el
talento americano para la ciencia, la innovación técnica y el trabajo duro? En
otros tiempos, los norteamericanos se enorgullecían de contar con inventores
que abrieron el camino del telégrafo, el teléfono, la luz eléctrica, el
fonógrafo, el automóvil y el aeroplano. Excepto en lo relativo a la
informática, todo eso parece algo del pasado. ¿Dónde ha ido a parar todo
aquel «ingenio yanqui»?
La mayoría de los niños americanos no son estúpidos. Parte de la
razón por la que no se aplican al estudio es que reciben pocos beneficios
tangibles cuando lo hacen. Ser competente (es decir, conocer realmente la
materia) en expresión verbal, matemáticas, ciencia e historia hoy en día no
aumenta los ingresos de los jóvenes medios en los ocho años siguientes a su
salida de la escuela, y la mayoría se emplean en empresas de servicios y no
industriales.
Sin embargo, en los sectores productivos de la economía suele ser
diferente. Hay fábricas de muebles, por ejemplo, que corren el riesgo de
perder el negocio... no porque no haya clientes, sino porque muy pocos
trabajadores al entrar son capaces de hacer operaciones aritméticas sencillas.
Una importante compañía electrónica declara que el ochenta por ciento de los
que aspiran a trabajar en ella no son capaces de superar una prueba
matemática de quinto curso. Estados Unidos está perdiendo ya unos cuarenta
mil millones de dólares al año (principalmente en descenso de productividad
y el coste de educación para remediarlo) porque los trabajadores, en un grado
excesivo, no saben leer, escribir, contar o pensar.
Según un informe del Comité Nacional de Ciencia de Estados Unidos
de ciento treinta y nueve compañías de alta tecnología, las causas principales
del declive de la investigación y el desarrollo que se atribuían a la política
nacional eran: 1) carencia de una estrategia a largo plazo para afrontar el
problema; 2) falta de atención a la preparación de futuros científicos e
ingenieros; 3) demasiada inversión en «defensa» e insuficiente en
investigación y desarrollo civil, y 4) poca atención a la educación
preuniversitaria. La ignorancia se alimenta de ignorancia. La fobia a la
ciencia es contagiosa.
Los que tienen la visión más favorable de la ciencia en Estados
Unidos tienden a ser jóvenes varones blancos con educación universitaria y
buen nivel de vida. Pero tres cuartas partes de los nuevos trabajadores
norteamericanos de la próxima década serán mujeres no blancas e
inmigrantes. No lograr despertar su entusiasmo —por no hablar de la
discriminación— no sólo es injusto sino que es estúpido y contraproducente.
Priva a la economía de los trabajadores preparados que necesita
desesperadamente.
Los estudiantes afroamericanos e hispanos han mejorado sus
resultados en las pruebas estándar de ciencia con relación a finales de la
década de los sesenta, pero son los únicos. La diferencia media en
matemáticas entre blancos y negros graduados sigue siendo grande en los
cursos de enseñanza superior: de dos a tres niveles; pero la distancia entre los
blancos de cursos de enseñanza superior de Estados Unidos y, por ejemplo,
los de Japón, Canadá, Gran Bretaña o Finlandia es dos veces mayor (con los
estadounidenses a la zaga). Si uno recibe poca motivación y poca educación,
no sabrá mucho... no es ningún misterio. Los afroamericanos de las ciudades
con padres educados en la universidad tienen el mismo nivel universitario
que los blancos de las ciudades con padres de educación universitaria. Según
algunas estadísticas, incluir a un niño pobre en un programa Head Start
duplica sus posibilidades de conseguir un empleo más tarde en la vida; el que
completa un programa Upward Bond tiene cuatro veces más posibilidades de
conseguir una educación universitaria. Para ser sinceros, sabemos lo que hay
que hacer.
¿Y en cuanto a la universidad? Hay una serie de pasos obvios: mejora
de la condición basada en el éxito de la enseñanza y promoción de los
profesores en base a la actuación de sus estudiantes en pruebas estandarizadas
de doble ciego; sueldos para los profesores que se acerquen a lo que podrían
cobrar en la industria; más becas, ayudas y equipo de laboratorio; programas
imaginativos e inspiradores y libros de texto en que los principales miembros
de la facultad tengan un papel principal; cursos de laboratorio como requisito
para graduarse; y prestar atención especial a los que tradicionalmente se han
apartado de la ciencia. También deberíamos animar a los mejores académicos
de la ciencia a dedicar más tiempo a la educación pública: libros de texto,
conferencias, artículos en periódicos y revistas, apariciones en televisión. Y
podría valer la pena intentar un primer curso obligatorio sobre pensamiento
escéptico y métodos científicos.
----ooo---
El místico William Blake miró fijamente al sol y vio ángeles,
mientras otros, más mundanos, «sólo percibían un objeto de las medidas y el
color de una guinea dorada». ¿Vio Blake realmente ángeles en el sol, o era un
error perceptual o cognitivo? No conozco ninguna fotografía del Sol que
muestre nada de este tipo. ¿Vio Blake lo que la cámara y el telescopio no
pueden ver? ¿O la explicación se encuentra dentro de la cabeza de Blake
mucho más que fuera? ¿Y no es la verdadera naturaleza del Sol, tal como la
revela la ciencia moderna, mucho más maravillosa: no meros ángeles o
monedas de oro, sino una enorme esfera en la que pueden caber un millón de
Tierras, en el centro de la cual se fusionan núcleos de átomos, el hidrógeno
transformado en helio, la energía latente en el hidrógeno durante miles de
millones de años liberada, la Tierra y otros planetas calentados e iluminados,
y el mismo proceso repetido cuatrocientos mil millones de veces en alguna
otra parte de la galaxia de la Vía Láctea?
Los proyectos, instrucciones detalladas y órdenes de trabajo para
construir una persona desde la nada ocuparían unos mil volúmenes de
enciclopedia si se escribieran en inglés. Sin embargo, cada célula de nuestro
cuerpo contiene una serie de esas enciclopedias. Un quasar está tan lejos que
la luz que vemos empezó su viaje intergaláctico antes de que se formara la
Tierra. Toda persona de la Tierra desciende de los mismos antepasados no del
todo humanos del este de África hace algunos millones de años, lo que nos
hace a todos primos.
Siempre que pienso en alguno de estos descubrimientos
siento un escalofrío de entusiasmo. Se me acelera el corazón. No puedo
evitarlo. La ciencia es una sorpresa y una delicia. Reconozco mi sorpresa
cada vez que una nave espacial sobrevuela un nuevo mundo. Los científicos
planetarios se preguntan a sí mismos: «Oh, ¿es así? ¿Cómo no se nos
ocurrió?» Pero la naturaleza siempre es más sutil, más compleja, más
elegante de lo que somos capaces de imaginar. Lo que es sorprendente, dadas
nuestras limitaciones manifiestas, es que hayamos sido capaces de penetrar
tanto en los secretos de la naturaleza.
Casi todos los científicos, en un momento de descubrimiento o
comprensión súbita, han experimentado un asombro reverencial. La ciencia
—la ciencia pura, no con alguna aplicación práctica sino por ella misma— es
un asunto profundamente emocional para los que la practican, como lo es
también para los no científicos que de vez en cuando se zambullen en ella
con el fin de saber qué se ha descubierto recientemente.
Y, como en una historia de detectives, es una gozada formular las
preguntas clave, trabajar con explicaciones alternativas y quizá incluso
avanzar en el proceso de descubrimiento científico. Consideremos estos
ejemplos, algunos muy sencillos, otros no, elegidos más o menos
aleatoriamente:
• ¿Podría haber un número entero no descubierto entre el 6 y el 7?
• ¿Podría haber un elemento químico no descubierto entre el número atómico
6 (que es carbono) y el número atómico 7 (que es nitrógeno)?
• Sí, ese nuevo conservante causa cáncer en las ratas. Pero ¿y si para inducir
el cáncer en una persona, que pesa mucho más que una rata, se debiera tomar
una libra de sustancia al día? En este caso, quizá el conservante no sea tan
peligroso. ¿El beneficio de tener la comida conservada durante largos
períodos superaría el pequeño riesgo adicional del cáncer? ¿Quién decide?
¿Qué datos se necesitan para tomar una decisión prudente?
• En una roca de tres mil ochocientos millones de años, uno encuentra una
ratio de isótopos de carbono típicos de los seres vivos de hoy y diferente de
los sedimentos orgánicos. ¿Deduce de ello que hace tres mil ochocientos
millones de años había vida abundante en la Tierra? ¿O podrían haberse
infiltrado en la roca los restos químicos de organismos más modernos? ¿O
hay una manera de que los isótopos se separen en la roca aparte de los
procesos biológicos?
• Las mediciones sensibles de corrientes eléctricas en el cerebro humano
muestran que cuando ocurren ciertos recuerdos o procesos mentales entran en
acción regiones particulares del cerebro. ¿Es posible que nuestros
pensamientos, recuerdos y pasiones generen unos circuitos particulares de las
neuronas del cerebro? ¿Sería posible simular estos circuitos en un robot?
• ¿Sería factible insertar nuevos circuitos o alterar los viejos en el cerebro de
modo que cambien opiniones, recuerdos, emociones y deducciones lógicas?
¿Es esta desnaturalización terriblemente peligrosa?
• Su teoría del origen del sistema solar predice muchos discos planos de gas y
polvo en toda la galaxia de la Vía Láctea. Mira por el telescopio y encuentra
discos planos en todas partes. Llega felizmente a la conclusión de que la
teoría ha quedado confirmada. Pero resulta que los discos que vio eran
galaxias espirales muy alejadas de la Vía Láctea, y demasiado grandes para
ser sistemas solares nacientes. ¿Debe abandonar su teoría? ¿O debe buscar un
tipo de discos diferentes? ¿O es esto sólo una expresión de su poca
disposición a abandonar una hipótesis desacreditada?
• Un cáncer creciente envía un boletín a las células que revisten los vasos
sanguíneos: «Necesitamos sangre», dice el mensaje. Las células endoteliales,
obedientes, forman puentes de vasos sanguíneos para suministrar sangre a las
células del cáncer. ¿Cómo ocurre eso? ¿Se puede interceptar o cancelar el
mensaje?
• Usted mezcla pintura violeta, azul, verde, amarilla, naranja y roja, y
consigue un color marrón barro. Luego mezcla luz de los mismos colores y
consigue blanco. ¿Qué ocurre?
• En los genes de los humanos y de muchos otros animales hay largas
secuencias repetitivas de información hereditaria (llamada «sin sentido»).
Algunas de esas secuencias causan enfermedades genéticas. ¿Podría ser que
determinados segmentos del ADN fueran ácidos nucleicos revoltosos que se
reproducen por su cuenta y desdeñan el bienestar del organismo que habitan?
• Muchos animales se comportan de una manera extraña justo antes de un
terremoto. ¿Qué saben ellos que no sepan los sismólogos?
• Las palabras para nombrar a «Dios» de los antiguos aztecas y los antiguos
griegos son casi las mismas. ¿Evidencia esto algún contacto o comunidad
entre las dos civilizaciones, o se puede esperar que se dieran estas
coincidencias ocasionales entre dos lenguas por pura casualidad? O, como
pensaba Platón en Cratylus, ¿puede ser que al nacer tengamos algunas
palabras dentro?
• La segunda ley de termodinámica afirma que en el universo, tomado como
un todo, aumenta el desorden a medida que pasa el tiempo. (Desde luego,
pueden emerger localmente mundos y vida e inteligencia, al coste de una
reducción en el orden en otra parte del universo.) Pero si vivimos en un
universo en el que la presente expansión del big bang llegará a calmarse,
detenerse y ser reemplazada por una contracción, ¿se podría revertir entonces
la segunda ley? ¿Pueden los efectos preceder a las causas?
• El cuerpo humano utiliza un ácido clorhídrico concentrado en el estómago
para disolver la comida y favorecer la digestión. ¿Por qué el ácido clorhídrico
no disuelve el estómago?
• Las estrellas más antiguas, en el momento de escribir estas líneas, parecen
ser más antiguas que el universo. Igual que al afirmar que una persona tiene
hijos mayores que ella, no hace falta saber mucho para reconocer que alguien
ha cometido un error. ¿Quién?
• Existe ahora una tecnología suficiente para mover átomos individuales de
modo que se pueden escribir mensajes largos y complejos en una escala
ultramicroscópica. También es posible hacer máquinas de la medida de una
molécula. Hay ejemplos rudimentarios de esas dos «nanotecnologías» bien
demostrados. ¿Dónde nos llevará eso en unas décadas más?
• En varios laboratorios diferentes se han encontrado moléculas complejas
que, en condiciones adecuadas, hacen copias de ellas mismas en el tubo de
ensayo. Algunas de estas moléculas, como el ADN y el ARN, están hechas
de nucleótidos; otras no. Algunas usan enzimas para acelerar el ritmo de la
química; otras no. A veces hay un error en la copia; a partir de este punto, el
error se copia en sucesivas generaciones de moléculas. Así llegan a existir
especies ligeramente diferentes de moléculas autorreplicantes, algunas de las
cuales se reproducen más de prisa y con mayor eficiencia que otras. Son
preferentemente las que prosperan. Con el tiempo, las moléculas en el tubo
de ensayo se hacen cada vez más eficientes. Estamos empezando a atestiguar
la evolución de las moléculas. ¿Qué percepción proporciona esto sobre el
origen de la vida?
• ¿Por qué el hielo ordinario es blanco pero el glaciar es azul?
• Se ha encontrado vida muchos kilómetros por debajo de la superficie de la
Tierra. ¿Hasta qué profundidad llega?
• Una leyenda del pueblo dogon de la república de Malí, según un
antropólogo francés, dice que la estrella Sirio tiene una estrella compañera
extremadamente densa. Sirio, en realidad, tiene una compañera así, aunque se
necesita una astronomía muy sofisticada para detectarla. Por tanto: 1)
¿descendía el pueblo dogon de una civilización olvidada poseedora de
grandes telescopios ópticos y astrofísica teórica?, o 2) ¿fueron instruidos por
extraterrestres?, o 3) ¿oyeron algo los dogon sobre la pequeña compañera
enana de Sirio de un visitante europeo?, o 4) ¿se equivoca el antropólogo
francés y en realidad los dogon nunca tuvieron esa leyenda?
----ooo----
¿Por qué tiene que ser tan difícil para los científicos transmitir la
ciencia? Algunos científicos —incluyendo algunos muy buenos— me dicen
que les encantaría hacer divulgación, pero carecen de talento para ello. Dicen
que saber y explicar no es lo mismo. ¿Cuál es el secreto?
Yo creo que sólo hay uno: no hablar al público en general como uno
lo haría con sus colegas científicos. Hay términos que transmiten su
significado al instante y con precisión a compañeros expertos. Uno puede
encontrarse esas frases todos los días en el trabajo profesional, pero sólo
sirven para confundir a una audiencia de no especialistas. Utilice el lenguaje
más sencillo posible. Por encima de todo, recuerde lo que pensaba antes de
entender usted mismo lo que está explicando. Recuerde los malentendidos en
los que estuvo a punto de caer y señálelos explícitamente. Mantenga en
mente con firmeza que hubo una época en la que no entendía nada de todo
esto. Recapitule los primeros pasos que le llevaron de la ignorancia al
conocimiento. Nunca olvide que la inteligencia natural está muy ampliamente
distribuida en nuestra especie. Ciertamente, es el secreto de nuestro éxito.
El esfuerzo necesario es poco, los beneficios muchos. Entre los
escollos potenciales está el exceso de simplificación, la necesidad de ahorrar
calificaciones (y cuantificaciones), dar un mérito inadecuado a los muchos
científicos implicados y trazar distinciones insuficientes entre analogía útil y
realidad. Sin duda, deben buscarse soluciones de compromiso.
Cuanto más presentaciones de este tipo hace uno, más claro ve cuál de
ellas funciona y cuál no. Hay una selección natural de metáforas, imágenes,
analogías y anécdotas. Con el tiempo, uno encuentra que puede llegar casi a
cualquier parte si camina por un sendero bien pavimentado que el público
pueda recorrer. Luego puede adaptar las presentaciones a las necesidades de
cada público determinado.
Como algunos editores y productores de televisión, hay científicos
que creen que el público es demasiado ignorante o estúpido para entender la
ciencia, que la empresa de la divulgación es fundamentalmente una causa
perdida, o incluso que equivale a la confraternización, si no a la contribución
directa, con el enemigo. Entre las muchas críticas que podrían hacerse de esta
opinión —junto con su arrogancia insufrible y su ignorancia de toda una serie
de ejemplos logrados de popularización de la ciencia— es que sólo sirve de
confirmación personal. Y, para los científicos implicados, es
contraproducente.
El apoyo a gran escala del gobierno a la ciencia es relativamente
reciente, a partir de la segunda guerra mundial, aunque el mecenazgo de
algunos científicos por parte de ricos y poderosos es mucho más antiguo. Con
el final de la guerra fría se hizo prácticamente imposible seguir jugando la
carta de la defensa nacional, que proporcionó apoyo a todo tipo de
investigaciones científicas. Creo que, en parte sólo por esta razón, la mayoría
de los científicos se sienten ahora cómodos con la idea de popularizar la
ciencia. (Como casi todo el apoyo a la ciencia procede de los fondos
públicos, la oposición de los científicos a una divulgación eficiente sería un
extraño flirteo con el suicidio.) Es más probable que el público apoye lo que
entiende y aprecia. No me refiero a escribir artículos para el Scientific
American, por ejemplo, revista que leen los entusiastas de la ciencia y
científicos de otros campos. Tampoco hablo sólo de dar cursos de
introducción a no licenciados. Hablo de los esfuerzos por comunicar la
sustancia y enfoque de la ciencia en los periódicos, revistas, radio y
televisión, en conferencias para el público en general y en libros de texto de
la escuela elemental, media y superior.
Desde luego, la divulgación debe seguir unas pautas de valoración
determinadas. Es importante no crear confusión ni mostrarse paternalista. En
ocasiones, al intentar estimular el interés público, los científicos han ido
demasiado lejos... derivando por ejemplo conclusiones religiosas
injustificadas. El astrónomo George Smoot comentó que descubrir pequeñas
irregularidades en la radiación que dejó el big bang fue como «ver a Dios
cara a cara». León Lederman, el físico laureado con el Premio Nobel,
describió el bosón de Higgs, un bloque hipotético de creación de materia,
como «la partícula de Dios», y así tituló un libro. (En mi opinión, todas son
partículas de Dios.) Si el bosón de Higgs no existe, ¿queda desaprobada la
hipótesis de Dios? El físico Frank Tipler propone que la informática en un
futuro remoto demostrará la existencia de Dios y propiciará la resurrección de
la carne.
Los periódicos y la televisión pueden producir chispas cuando nos
dan una visión de la ciencia, y esto es muy importante. Pero —aparte del
aprendizaje o las clases y seminarios bien estructurados— la mejor manera de
popularizar la ciencia es a través de libros de texto, libros populares, CDROM y discos láser. Así uno puede reflexionar sobre ello, ir a su propio
ritmo, repasar las partes difíciles, comparar textos, analizar en profundidad.
Sin embargo, es importante hacerlo correctamente, y especialmente en las
escuelas no suele ser así. Allí, como comenta el filósofo John Passmore, la
ciencia se presenta a menudo
como una cuestión de aprender principios y aplicarlos con
procedimientos de rutina. Se aprende de libros de texto, no leyendo las obras
de grandes científicos, ni siquiera las contribuciones diarias a la literatura
científica... El científico que empieza, a diferencia del humanista que empieza,
no tiene contacto directo con el genio. Ciertamente... los cursos escolares
pueden atraer a la ciencia al tipo erróneo de persona: chicos y chicas poco
imaginativos a quienes les gusta la rutina.
Yo sostengo que la divulgación de la ciencia tiene éxito si, de
entrada, no hace más que encender la chispa del asombro. Para ello basta con
ofrecer una mirada a los descubrimientos de la ciencia sin explicar del todo
cómo se lograron. Es más fácil reflejar el destino que el viaje. Pero, si es
posible, los divulgadores deberían intentar hacer una crónica de los errores,
falsos principios, puntos muertos y confusiones aparentemente sin remedio
que aparecieron en el camino. Al menos de vez en cuando, deberíamos
proporcionar la prueba y dejar que el lector extraiga su propia conclusión.
Eso convierte la asimilación obediente de nuevo conocimiento en un
descubrimiento personal. Cuando uno mismo hace el descubrimiento —
aunque sea la última persona de la Tierra en ver la luz— no lo olvida nunca.
Cuando era joven me inspiraron los libros y artículos sobre ciencia
popular de George Gamow, James Jeans, Arthur Eddington, J. B. S. Haldane,
Julián Huxley, Rachel Carson y Arthur C. Clarke, todos ellos con una buena
preparación y la mayoría importantes practicantes de la ciencia. La
popularidad de los libros bien escritos, con una explicación buena y
profundamente imaginativa de la ciencia que llegan al corazón además de la
mente parece ser mayor que nunca en los últimos veinte años, y tampoco
tiene precedentes el número y diversidad disciplinar de los científicos que
escriben estos libros. Entre los mejores divulgadores científicos
contemporáneos se me ocurren Stephen Jay Gouid, E. O. Wilson, Lewis
Thomas y Richard Dawkins en biología; Steven Weinberg, Alan Lightmann
y Kip Thorne en física; Roaid Hoffmann en química; y las primeras obras de
Fred Hoyle en astronomía. Isaac Asimov escribió con capacidad acerca de
todo. (Y aunque exige saber cálculo, la popularización de la ciencia más
provocadora, excitante e inspiradora de las últimas décadas me parece el
primer volumen de las Conferencias de introducción a la física de Richard
Feynman.) A pesar de todo, está claro que los esfuerzos actuales no son
proporcionales en absoluto con el bien público. Y, desde luego, si no
sabemos leer, no podemos beneficiarnos de estas obras, por muy inspiradoras
que sean.
Me gustaría que rescatásemos al señor «Buckley» y a millones como
él. También me gustaría que dejásemos de producir estudiantes de instituto
poco curiosos, carentes de espíritu crítico y de imaginación. Nuestra especie
necesita, y merece, una ciudadanía con la mente despierta y abierta y una
comprensión básica de cómo funciona el mundo.
Sostengo que la ciencia es una herramienta absolutamente esencial
para toda sociedad que tenga la esperanza de sobrevivir hasta el próximo
siglo con sus valores fundamentales intactos... no sólo la ciencia abordada
por sus practicantes, sino la ciencia entendida y abrazada por toda la
comunidad humana. Y, si eso no lo consiguen los científicos, ¿quién lo hará?
CAPÍTULO 20
LA CASA
36
EN LLAMAS
_____________________
36
Escrito con Ann Druyan
El Señor [Buda] replicó al Venerable Sariputra:
«En un pueblo, ciudad, villa de mercado, distrito de condado,
provincia, reino o capital vivía un cabeza de familia, viejo, de edad
avanzada, decrépito, débil de salud y fuerza, pero rico, próspero y
acaudalado. Su casa era grande, en extensión y en altura, y era vieja,
construida hacía mucho tiempo. La habitaban muchos seres vivos,
unos dos, tres, cuatro o cinco centenares. Tenía una única puerta. El
tejado era de paja, las terrazas se habían hundido, los cimientos
estaban podridos, las paredes, esteras y cemento se encontraban en
avanzado estado de descomposición. De pronto apareció una gran
llamarada de fuego y la casa empezó a arder por todos lados. Y este
hombre tenía muchos hijos jóvenes, cinco, diez, o veinte, y salió él
solo de la casa. »Cuando aquel hombre vio su casa ardiendo por
todas partes con una gran masa de fuego, le entró miedo y se puso a
temblar, se le agitó la mente y pensó para sí: "He sido bastante
competente, en verdad, para atravesar la puerta y escapar de la casa
en llamas, rápido y seguro, sin que me tocara ni me chamuscara esa
gran masa de fuego. Pero ¿y mis hijos, mis hijos jóvenes, mis hijos
pequeños? Aquí, en esta casa en llamas, juegan, corretean y se
divierten con todo tipo de juegos. No saben que su residencia está en
llamas, no lo entienden, no lo perciben, no le prestan atención, y por
eso no sienten ninguna agitación. Aunque amenazados por este gran
[fuego], aunque en estrecho contacto con tanto mal, no prestan
atención al peligro que entraña y no hacen ningún esfuerzo por
salir."»
De The Saddharmapundarika, en Buddhist Scríptures, EDWARD CONZE, ed.
(Harmondswort, Middlesex, Inglaterra, Penguin Books, 1959)
Una de las razones que hace tan interesante escribir para la revista
Parade es lo que recibo a cambio. Con ochenta millones de lectores se puede
hacer un muestreo de la opinión de los ciudadanos de los Estados Unidos. Se
puede entender qué piensa la gente, cuáles son sus ansiedades y esperanzas, y
quizá incluso dónde nos hemos perdido.
En Parade salió publicada una versión abreviada del capítulo anterior
en el que se reflejaba la actuación de estudiantes y profesores. Recibí una
montaña de correo. Algunos negaban que existiera un problema; otros decían
que los americanos estaban perdiendo su aguda inteligencia y saber hacer.
Unos pensaban que había soluciones fáciles; otros que la raíz de los
problemas era demasiado profunda para resolverlos. Muchas opiniones me
sorprendieron.
Un profesor de décimo curso de Minnesota hizo copias del artículo y
animó a los alumnos a decirme lo que pensaban. Transcribo a continuación lo
que escribieron algunos estudiantes de enseñanza secundaria norteamericanos
(respetando la gramática y puntuación de las cartas originales):
• No hay americanos estúpidos. Sólo sacamos peores notas en la escuela, y
qué.
• A lo mejor es bueno que no seamos tan listos como los otros países. Así
podemos importar todos nuestros productos y no tenemos que gastar todo el
dinero en las piezas de las mercancías.
• Y si otros países lo hacen mejor, ¿qué importa? Lo más probable es que
acaben viniendo a Estados Unidos.
• Nuestra sociedad va tirando con los descubrimientos que hacemos. Avanza
despacio, pero la curación del cáncer está en camino.
• Estados Unidos tiene su propio sistema de aprendizaje y a lo mejor no es
tan avanzado como el de ellos, pero es igual de bueno. Por otra parte, creo
que su artículo es muy educativo.
• A ningún niño de esta escuela le gusta la ciencia. Realmente no entiendo de
qué va el artículo. Me pareció muy aburrido. Simplemente, no me interesa.
• Yo estudio para ser abogado y, francamente, estoy de acuerdo con mis
padres cuando dicen que tengo un problema de actitud con la ciencia.
• Es verdad que algunos niños americanos no lo intentan pero, si quisiésemos,
podríamos ser más listos que cualquier otro país.
• En lugar de hacer deberes, los niños miran la televisión. Tengo que
reconocer que yo lo hago. Me he puesto el límite de unas cuatro horas al día.
• No creo que sea culpa del sistema de la escuela, me parece que todo el país
pone un énfasis insuficiente en la escuela. Mi mamá prefiere verme jugar al
baloncesto o al fútbol que ayudarme a hacer un trabajo. Conozco muchos
chicos a los que les da totalmente igual no hacer bien su trabajo.
• No creo que los chicos americanos sean estúpidos. Sólo ocurre que no
estudian bastante porque la mayoría trabajan... Mucha gente dice que los
asiáticos son más listos que los americanos y que lo hacen todo bien, pero no
es verdad. No son buenos en deportes. No tienen tiempo de hacer deporte.
• Yo me dedico a hacer deporte, y tengo la impresión que los otros chicos de
mi equipo te empujan a sobresalir más en el deporte que en los estudios.
• Para ser los primeros tendríamos que ir todo el día a la escuela y no hacer
vida social.
• Ahora entiendo por qué muchos profesores de ciencias se enfadan con usted
por menospreciar su trabajo.
• A lo mejor, si los profesores fueran más interesantes, los chicos querrían
aprender... Si la ciencia se presentara de manera divertida, los chicos querrían
aprender. Para ello, ya sería hora de empezar a dejar de enseñarla como
meros hechos y números.
• Francamente, me cuesta creer los datos sobre la ciencia en Estados Unidos.
Si estamos tan atrasados, ¿cómo es que Mijaíl Gorbachov vino a Minnesota y
a Datos de Control de Montana para ver cómo funcionan nuestras
computadoras y eso?
• ¡Unas 33 horas para los de quinto curso! En mi opinión es tanto que casi
son las mismas horas que un trabajo de jornada completa. Así, en lugar de
hacer deberes, podríamos ganar dinero.
• Cuando comenta lo atrasados que estamos en ciencia y matemáticas, ¿por
qué no intenta decirlo de una manera más amable?... Debería sentir un poco
más de orgullo de su país y sus capacidades.
• Creo que sus hechos son poco concluyentes y las pruebas muy flojas. En
general, ha planteado un buen tema.
----ooo----
En general, estos estudiantes no creen que exista un problema serio; y,
si existe, no puede hacerse gran cosa al respecto. Había muchos que también
se quejaban de que las conferencias, las discusiones en clase y los deberes
eran «aburridos». Para una generación televisiva que sufre trastornos de
déficit en diferentes grados, desde luego son aburridos. Pero pasar tres o
cuatro cursos practicando una y otra vez la suma, resta, multiplicación y
división de fracciones puede aburrir a cualquiera... y la tragedia es que, por
ejemplo, la teoría de la probabilidad elemental está al alcance de esos
estudiantes. Igual ocurre con la presentación de las formas de plantas y
animales sin evolución; la historia como guerras, fechas y reyes sin el papel
de la obediencia a la autoridad, la avaricia, la incompetencia y la ignorancia;
el inglés sin la introducción de nuevas palabras en el lenguaje y la
desaparición de las viejas; y la química sin el origen de los elementos. Se
ignoran los medios para despertar el interés de estos estudiantes a pesar de
tenerlos a mano. Dado que lo que queda grabado en la memoria de los
alumnos a largo plazo, de todo lo aprendido en la escuela, es sólo una
pequeña fracción, ¿no parece esencial plantearles temas que no sean
aburridos... e inculcarles el deseo de aprender?
La mayoría de los adultos que me escribieron consideraban que era
un problema importante. Recibí cartas de padres que me hablaban de chicos
con curiosidad dispuestos a trabajar duro, con pasión por la ciencia pero
carentes de un entorno adecuado o de recursos para satisfacer sus intereses.
Otras cartas eran de padres que no sabían nada de ciencia y sacrificaban su
propia comodidad para que sus hijos pudieran tener libros de ciencia,
microscopios, telescopios, ordenadores y equipos de química; de padres que
decían a sus hijos que el estudio disciplinado los sacaría de la pobreza; de una
abuela que llevaba el té a un estudiante que seguía haciendo los deberes a
altas horas de la noche; de la presión de los compañeros para no destacar en
la escuela porque «hace que los demás parezcan malos»,
Aquí hay una muestra —no una encuesta de opinión, pero sí
comentarios representativos— de otras respuestas de padres:
• ¿Entienden los padres que no se puede ser un ser humano completo si se es
un ignorante? ¿Tienen libros en casa? ¿Y una lupa? ¿Enciclopedia? ¿Animan
a sus hijos a estudiar?
• Los padres enseñan a ser paciente y perseverante. El don más importante
que pueden ofrecer a sus hijos es la ética del trabajo duro, pero no se pueden
limitar a hablar de ello. Los que aprenden a trabajar duro son los que lo ven
hacer a sus padres.
• A mi hija le fascina la ciencia, pero no le enseñan nada en la escuela ni en la
televisión.
• Mi hija ha sido calificada de superdotada, pero la escuela no tiene ningún
programa de enriquecimiento en ciencias. El tutor me dijo que la enviara a
una escuela privada, pero no nos lo podemos permitir.
• La presión de los compañeros es enorme; los tímidos no quieren «destacar»
sacando buenas notas en ciencias. Desde que llegó a los trece o catorce años,
el interés que siempre había tenido mi hija por la ciencia empezó a
desaparecer.
---ooo--Los padres también tenían mucho que decir sobre los profesores, y
algunos comentarios de éstos eran un eco de los suyos. Por ejemplo, se
quejaban de que los profesores están preparados para la manera de enseñar
pero no para saber qué enseñar; que gran número de profesores de física y
química no son licenciados en física o química y enseñan la ciencia con
«incomodidad e incompetencia»; que los propios profesores muestran
demasiada angustia ante la ciencia y las matemáticas; que se resisten a que
les hagan preguntas, o contestan: «Está en el libro. Míralo.» Algunos se
quejaban de que el profesor de biología era un «creacionista»; otros se
quejaban de que no lo era. Entre otros comentarios de los profesores o acerca
de ellos:
• Estamos criando una colección de imbéciles.
• Es más fácil memorizar que pensar. Se tiene que enseñar a los niños a
pensar.
• Los profesores y los programas están «cayendo» al mínimo común
denominador.
• ¿Por qué el entrenador de baloncesto enseña química?
• Se exige a los profesores que dediquen demasiado tiempo a la disciplina y
al «programa social». No tenemos ningún incentivo para ejercer nuestro
propio juicio. Siempre tenemos a los «altos mandos» mirándonos por encima
del hombro.
• Abandonar las plazas en propiedad en escuelas y universidades. Librarse de
los inútiles. Dejar la contratación y el despido a los directores, decanos y
superintendentes.
• Mi placer por la enseñanza se vio repetidamente frustrado por los directores
de tipo militarista.
• Se debería dar una recompensa a los profesores según su rendimiento...
especialmente según el rendimiento de los estudiantes en pruebas nacionales
estandarizadas y la mejora de rendimiento del estudiante en estas pruebas de
un año a otro.
• Los profesores están ahogando las mentes de nuestros hijos cuando les
dicen que no son lo bastante «listos»... por ejemplo, para estudiar física. ¿Por
qué no darles la posibilidad de empezar el curso?
• Mi hijo tuvo que pasar de curso aunque está dos niveles por debajo de los
demás de la clase en lectura. La razón que me dieron era social, no educativa.
Nunca alcanzará buen nivel si no lo cambian.
• En todas las escuelas se debería exigir que la ciencia (y especialmente en la
escuela superior) esté incluida en el programa. Debería estar coordinada con
los cursos de matemáticas que toman los estudiantes al mismo tiempo.
• La mayor parte de los deberes son una pura «ocupación» en lugar de ser
algo que haga pensar.
• Pienso que Diane Ravitch [New Republic, 6 de marzo de 1989] lo cuenta tal
como es: «Como contó hace poco una estudiante de la Hunter High School
en la ciudad de Nueva York: "Saco muchos sobresalientes, pero nunca hablo
de ello... Es más enrollado sacar malas notas. Si te interesa la escuela y se
nota, te tildan de 'bicho raro'..." La cultura popular —a través de la televisión,
cine, revistas y vídeos— transmite continuamente el mensaje a las mujeres
jóvenes de que es mejor ser popular, sexy y "enrollada" que inteligente,
competente y honesta. En 1986, los investigadores encontraron una ética
antiacadémica similar entre los estudiantes masculinos y femeninos de
enseñanza superior de Washington, D. C. Apuntaban que los estudiantes
capaces tenían que soportar una fuerte presión de sus compañeros para no
sacar buenas notas en la escuela. Si triunfaban en los estudios, podían ser
acusados de "actuar como blancos".»
• Sería fácil para las escuelas conceder mucho más reconocimiento y
recompensas a los chicos que destacan en ciencias y matemáticas. ¿Por qué
no lo hacen? ¿Por qué no regalarles chaquetas especiales con las letras de la
escuela? ¿Anunciarlo en asambleas, en la revista de la escuela y la prensa
local? ¿Recompensas especiales de la industria local y las organizaciones?
Esto cuesta muy poco, y podría vencer la presión de los compañeros.
• El programa Headstart es el único eficaz... para que mejore la comprensión
de la ciencia por parte de los niños y todo lo demás.
---ooo--También había muchas opiniones apasionadas y muy controvertidas
que, como mínimo, dan una idea de lo mucho que piensa la gente en este
tema. Una muestra:
• Hoy en día todos los chicos listos buscan dinero rápido, por eso se hacen
abogados y no científicos.
.
• Yo no quiero que mejore la educación. En este caso nadie querría conducir
un taxi.
• El problema de la educación científica es que no se honra suficientemente a
Dios.
• La enseñanza fundamentalista de que la ciencia es «humanismo» y no es de
fiar es la razón por la que nadie entiende la ciencia. Las religiones tienen
miedo del pensamiento escéptico que se halla en el corazón de la ciencia. Se
sorbe el seso a los estudiantes para que no acepten el pensamiento científico
mucho antes de llegar a la universidad.
• La ciencia se ha desacreditado a sí misma. Trabaja para los políticos.
Fabrica armas, miente sobre los «riesgos» de la marihuana, ignora los
peligros del agente naranja, etcétera.
• Las escuelas públicas no funcionan. Abandonémoslas. Que haya sólo
escuelas privadas.
• Hemos dejado que los abogados de la permisividad, el pensamiento borroso
y el socialismo rampante destruyeran lo que en otros tiempos fue un gran
sistema educativo.
• El sistema escolar tiene suficiente dinero. El problema es que los blancos,
normalmente entrenadores, que dirigen las escuelas no contratan nunca (y
digo nunca) a un intelectual... Los preocupa más el equipo de fútbol
americano que el programa y sólo contratan autómatas más que mediocres,
amantes de Dios que sacan la bandera para enseñar. ¿Qué tipo de estudiantes
puede salir de escuelas que oprimen, castigan e ignoran el pensamiento
lógico?
• Liberar a las escuelas de la mordaza del ACLU [Sindicato Americano de
Libertades Civiles], la NEA [Asociación Nacional de Educación] y otros
responsables de la falta de disciplina y competencia en las escuelas.
• Me temo que no comprende en absoluto el país en el que vive. La gente es
increíblemente ignorante y temerosa. No toleran escuchar una [nueva] idea...
¿No lo entiende? El sistema sólo sobrevive porque tiene una población
ignorante que teme a Dios. Ésta es la razón por la que muchas [personas
cultas] están sin empleo.
• A veces me piden que explique aspectos tecnológicos al personal del
Congreso. Créame, en este país tenemos un problema con la educación
científica.
---ooo---
No hay una única solución al problema del analfabetismo en ciencia,
o en matemáticas, historia, inglés, geografía y muchas de las otras
habilidades que nuestra sociedad necesita. La responsabilidad recae sobre
muchos: padres, el público votante, los comités escolares locales, los medios
de comunicación, los profesores, los administradores, los gobiernos federal,
estatal y local y, desde luego, los propios estudiantes. En todos los niveles,
los profesores se quejan de que el problema es de los cursos anteriores. Y los
profesores de primer grado pueden desesperarse con razón de enseñar a
chicos con déficit de aprendizaje por culpa de la desnutrición, la falta de
libros en casa o una cultura de violencia en la que es imposible alcanzar la
tranquilidad necesaria para pensar.
Sé muy bien por propia experiencia el beneficio que puede reportar a
un niño tener unos padres con un poco de cultura y capaces de transmitirla.
Una serie de mejoras, aunque sean pequeñas, en la educación, la capacidad de
comunicación y la pasión por aprender en una generación podría propiciar
mejoras mucho mayores en la siguiente. Pienso en esto siempre que oigo el
lamento de que los niveles escolares y universitarios bajan o que el título de
licenciado no «significa» lo mismo que antes.
Dorothy Rich, una innovadora profesora de Yonkers, Nueva York, opina que,
más importante que los temas académicos específicos, es la formación de
capacidades clave, que según ella se incluyen en la siguiente lista:
«confianza, perseverancia, atención, trabajo en equipo, sentido común y
resolución de problemas». A lo que yo añadiría pensamiento escéptico y
capacidad de asombro.
Al mismo tiempo se debe nutrir y animar a los niños con capacidades
y habilidades especiales. Son un tesoro nacional. A veces se critican los
programas para «superdotados» por ser «elitistas». ¿Por qué no se consideran
elitistas las sesiones de práctica intensiva de fútbol, béisbol y baloncesto
universitarios y la competición entre escuelas? Al fin y al cabo, sólo
participan los atletas más dotados. En este país hay una doble actitud muy
contraproducente.
-----ooooo----El problema de la educación pública en ciencia y otras disciplinas es
tan profundo que es fácil desesperarse y llegar a la conclusión de que no se
resolverá nunca. Y, sin embargo, hay instituciones en las grandes ciudades y
pequeños pueblos que proporcionan una razón para la esperanza, lugares que
encienden la chispa, que despiertan la curiosidad adormecida y avivan al
científico que todos llevamos dentro:
• El enorme meteorito de hierro metálico que tiene usted delante está tan
lleno de agujeros como un queso suizo. Cautelosamente estire el brazo para
tocarlo. Es suave y frío. Se le ocurre la idea de que procede de otro mundo.
¿Cómo llegó a la Tierra? ¿Qué ocurrió en el espacio para que se machacara
tanto?...
• La exposición muestra mapas de Londres en el siglo XVIII la extensión de
una horrible epidemia de cólera. Los habitantes de una casa lo contagiaban a
la casa vecina. Siguiendo el curso de la ola de infección, usted mismo puede
ver dónde empezó. Es como hacer de detective. Y cuando encuentra el
origen, ve que es un lugar con alcantarillas abiertas. Se le ocurre que el hecho
de que deba existir un sistema de saneamiento adecuado en las ciudades
modernas es una cuestión de vida o muerte. Piensa en todas las ciudades y
pueblos del mundo que no lo tienen. Empieza a pensar que a lo mejor hay
una manera más fácil, más sencilla de hacerlo...
• Se arrastra por un túnel largo totalmente a oscuras. Hay súbitos recodos,
subidas y bajadas. Atraviesa un bosque de cosas como plumas, abalorios,
grandes bolas sólidas. Se imagina lo que debe de ser la ceguera. Piensa en lo
poco que confiamos en nuestro sentido del tacto. En la oscuridad y la calma,
se encuentra solo con sus pensamientos. La experiencia es estimulante...
• Examina una reconstrucción detallada de una procesión de sacerdotes que
suben a uno de los grandes zigurats de Sumeria, o a una tumba con pinturas
fantásticas en el Valle de los Reyes en el antiguo Egipto, o una casa en la
antigua Roma, o una calle de finales de siglo a escala real en una pequeña
ciudad de Estados Unidos. Piensa en todas esas civilizaciones, tan diferentes
de la suya; si hubiera nacido en ellas, le parecerían completamente naturales
y consideraría extraña nuestra sociedad si de algún modo hubiera tenido
noticias de ella...
• Aprieta el cuentagotas y cae una gota de agua sobre la platina del
microscopio. Mira la imagen proyectada. La gota está llena de vida:
seres extraños que nadan, se arrastran, tropiezan; un gran espectáculo de
persecución y fuga, triunfo y tragedia. Este mundo está poblado por seres
mucho más exóticos que cualquier película de ciencia ficción...
• Sentado en el teatro, se encuentra dentro de la cabeza de un niño de once
años. Mira a través de sus ojos. Ve sus típicas crisis diarias:
peleones mayores que él, adultos autoritarios, chicas que le gustan. Oye la
voz que hay dentro de su cabeza. Es testigo de sus respuestas neurológicas y
hormonales a su entorno social. Y se le ocurre preguntarse cómo funciona
usted por dentro...
• Siguiendo las sencillas instrucciones, teclea las órdenes. ¿Cómo acabará la
Tierra si seguimos quemando carbón, petróleo y gas, y doblamos la cantidad
de dióxido de carbono en la atmósfera? ¿Cuánto aumentará la temperatura?
¿Cuánto hielo polar se fundirá? ¿Cuánto subirán los océanos? ¿Por qué verter
tanto dióxido de carbono en la atmósfera? También ¿cómo puede saber
alguien qué clima habrá en el futuro? Se pone a pensar...
Cuando era pequeño me llevaron al Museo Americano de Historia
Natural de Nueva York. Me fascinaron los dioramas: representaciones
vividas de animales y sus hábitats en todo el mundo. Pingüinos en el hielo
poco iluminado de la Antártida; okapis en la luminosa sabana africana; una
familia de gorilas, con el macho golpeándose el pecho, en un claro de bosque
a la sombra; un oso pardo americano de tres metros de altura que me miraba
fijamente erguido sobre sus patas traseras. Eran imágenes fijas de tres
dimensiones captadas por el genio de la lámpara maravillosa. ¿Se movió el
oso justo en aquel momento? ¿Pestañeó el gorila? ¿Podría volver el genio,
deshacer el hechizo y hacer que aquella serie maravillosa de criaturas
volviera a la vida mientras yo miraba boquiabierto?
Los chavales tienen un deseo irresistible de tocar. En aquellos
tiempos, las dos palabras más repetidas en un museo eran «no tocar». Hace
décadas no había casi nada «tocable» en los museos de ciencia o historia
natural, ni siquiera un estanque simulado del que se pudiera coger un
cangrejo e inspeccionarlo. Lo más parecido a una exposición interactiva que
conocí de pequeño eran las balanzas del Hayden Planetarium, una para cada
planeta. Con mis mínimos veinte kilos de peso en la Tierra, la idea de que, si
viviera en Júpiter, pesaría cuarenta y cinco, me produjo cierta satisfacción.
Por desgracia, en la Luna sólo pesaría tres kilos: sería casi como si no
existiera.
Hoy en día se alienta a los niños a tocar, mirar, recorrer las
ramificaciones de un árbol de preguntas y respuestas en el ordenador, o emitir
ruidos curiosos y ver qué aspecto tienen las ondas de sonido. Incluso los que
no se fijan en todos los detalles de la exposición, o ni siquiera le ven la
gracia, suelen sacar algo valioso. Cuando uno va a estos museos se da cuenta
de las miradas de sorpresa y asombro de los chavales que corren de sala en
sala con la sonrisa triunfante del descubrimiento. Son realmente populares. El
número de personas que vamos a exposiciones todos los años es igual al de
los que van a ver partidos de béisbol, baloncesto y fútbol profesionales
juntos.
Esas exposiciones no sustituyen a la educación en la escuela o en
casa, pero despiertan y producen entusiasmo. Un gran museo de ciencia
inspira a un niño a leer un libro, a seguir un curso o a volver otra vez al
museo para sumergirse en un proceso de descubrimiento... y, más importante,
aprender el método de pensamiento científico.
Otra característica gloriosa de muchos museos de ciencia modernos
es un teatro cinematográfico con películas IMAX u OMNIMAX. En algunos
casos, la pantalla mide como diez pisos de altura y envuelve al espectador. El
Museo Nacional Smithsoniano del Aire y el Espacio, el más popular de la
Tierra, ha estrenado en su teatro Langlet algunas de las mejores películas.
Volar todavía me provoca un nudo en la garganta, a pesar de haberla visto
cinco o seis veces. He visto líderes religiosos de muchas confesiones que,
después de ver Planeta azul, se han convertido allí mismo a la necesidad de
proteger el medio ambiente de la Tierra.
No todas las exposiciones y museos de ciencia son ejemplares.
Algunos siguen siendo anuncios de las empresas que han contribuido con
dinero para promocionar sus productos: cómo funciona un motor de
automóvil o la «limpieza» de un combustible fósil comparado con otro.
Muchos museos que dicen ser de ciencia son en realidad de tecnología y
medicina. Muchas exposiciones de biología todavía tienen miedo de
mencionar la idea clave de la biología moderna: la evolución. Los seres «se
desarrollan» o «surgen», pero nunca evolucionan. Se quita importancia a la
ausencia de humanos en el registro fósil de estratos. No se nos enseña nada
de la cercana identidad anatómica y de ADN entre los humanos y los
chimpancés o gorilas. No se muestra nada sobre las moléculas orgánicas
complejas en el espacio o en otros mundos, ni sobre experimentos que
enseñen cómo se forma la materia viva en enormes cantidades en las
atmósferas conocidas de otros mundos y la presunta atmósfera de la Tierra
primitiva. Una excepción notable: el Museo de Historia Natural del Instituto
Smithsoniano presentó en una ocasión una exposición memorable sobre la
evolución. Empezaba con dos cucarachas en una cocina moderna con botes
de cereales abiertos y otros alimentos. Tras unas semanas, el lugar se había
llenado de cucarachas, montones por todas partes, que competían por la
comida disponible, que ahora era poca. Quedaba claro el beneficio
hereditario a largo plazo de una cucaracha un poco más adaptada que sus
competidoras. Muchos planetarios todavía se dedican a señalar las
constelaciones en lugar de viajar a otros mundos e ilustrar la evolución de
galaxias, estrellas y planetas; también tienen un proyector parecido a un
insecto, siempre visible, que enturbia la realidad del cielo.
La que quizá sea la exposición museística más grande no se puede
visitar. No tiene hogar: George Awad es uno de los principales creadores de
modelos arquitectónicos de Estados Unidos, especialista en rascacielos.
También es un destacado estudioso de la astronomía que ha hecho un modelo
espectacular del universo. Empezando con una escena prosaica sobre la
Tierra, y siguiendo un esquema propuesto por los diseñadores Charles y Ray
Eames, avanza progresivamente por factores de diez para mostrarnos toda la
Tierra, el sistema solar, la Vía Láctea y el universo. Cada cuerpo astronómico
está meticulosamente detallado. Uno puede perderse en ellos. Es una de las
mejores herramientas que conozco para explicar la escala y naturaleza del
universo a los niños. Isaac Asimov lo describió como «la representación más
imaginativa del universo que he visto jamás o que se podía concebir. He
pasado horas recorriéndolo y cada vez he visto algo nuevo que no había visto
antes». Deberíamos tener versiones disponibles en todo el país... para avivar
la imaginación, la inspiración, la enseñanza. En cambio, el señor Awad no
puede ofrecer esta exposición a ningún museo de la ciencia importante del
país. Nadie está dispuesto a concederle el espacio que necesita. En el
momento de escribir estas líneas, se encuentra todavía abandonada, embalada
en un almacén.
---ooo---
La población de mi ciudad, Ithaca, Nueva York, duplica su número
hasta un total de cincuenta mil personas cuando la Universidad de Cornell y
el Ithaca College están en funcionamiento. Étnicamente diversa, rodeada de
tierra cultivada, ha sufrido, como gran parte del noreste de Estados Unidos, la
decadencia de su base manufacturera del siglo XIX. La mitad de los niños de
la escuela elemental Beverly J. Martín, donde iba nuestra hija, viven por
debajo del nivel de pobreza. Estos niños eran una preocupación constante
para dos profesores de ciencias voluntarios, Debbie Levin e Lima Levine. No
les parecía correcto que para algunos, es decir, para los hijos de los
profesores de Cornell, por ejemplo, ni siquiera el cielo tuviera límites. Otros
no tenían acceso a los poderes liberadores de la educación científica. En la
década de los sesenta empezaron a hacer visitas regulares a la escuela
arrastrando su carrito de biblioteca lleno de productos químicos domésticos y
otros artículos familiares para transmitir algo de la magia de la ciencia.
Soñaban con crear un espacio en el que los niños pudieran tener una
sensación personal, de primera mano, de la ciencia.
En 1983, Levin y Levine pusieron un pequeño anuncio en nuestro
periódico local invitando a la comunidad a comentar la idea. Se presentaron
cincuenta personas. De este grupo salió el primer comité de directores del
centro científico. En un año consiguieron un espacio para exponer en la
primera planta de un edificio de oficinas que estaba por alquilar. Cuando el
dueño encontró a un inquilino que pagaba, empaquetaron los renacuajos y el
papel tornasol y los llevaron a otro local vacío.
Hicieron más traslados a otros almacenes hasta que un hombre de
Ithaca llamado Bob Leathers, un arquitecto conocido en todo el mundo por el
innovador diseño de campos de juego comunitarios, trazó y donó los planos
para un centro científico permanente. Las empresas locales ofrecieron el
dinero suficiente para adquirir un solar abandonado de la ciudad y contratar
un director ejecutivo, Charles Trautmann, ingeniero civil de Cornell. Leathers
y él fueron a la reunión anual de la Asociación Nacional de Constructores en
Atlanta. Trautmann explica que contaron la historia de «una comunidad
decidida a hacerse responsable de la educación de sus jóvenes y consiguieron
donaciones de muchos artículos clave como ventanas, tragaluces y maderas».
Antes de empezar a construir se tuvo que derribar parte de la vieja
cabaña que había en el solar. Los miembros de una fraternidad de Cornell se
prepararon. Provistos de cascos y martillos demolieron la casa alegremente.
«Es el tipo de cosas que suelen traernos problemas cuando las hacemos»,
decían. En dos días sacaron doscientas toneladas de escombros.
Lo que siguió fueron imágenes surgidas directamente de una América
que muchos de nosotros tememos que haya desaparecido. Siguiendo la
tradición de la construcción de establos de los pioneros, todos los miembros
de la comunidad —albañiles, doctores, carpinteros, profesores universitarios,
fontaneros, granjeros, los más jóvenes y los más viejos—, todos se
arremangaron para empezar a construir el centro científico.
«Se mantuvo un horario continuo de siete días a la semana —dice
Trautmann— para que todo el mundo pudiera colaborar en cualquier
momento. Todos recibían una tarea. Los voluntarios con experiencia
construyeron escaleras, pusieron suelos y azulejos y cortaron las ventanas.
Otros pintaron, clavaron clavos y transportaron suministros.» Unas dos mil
doscientas personas de la ciudad dedicaron más de cuarenta mil horas.
Aproximadamente, el diez por ciento del trabajo de construcción fue
realizado por personas condenadas por delitos menores; preferían hacer algo
para la comunidad que quedarse en la cárcel con los brazos cruzados. Diez
meses después, Ithaca tenía el único museo de ciencia del mundo construido
por la comunidad.
Entre las setenta y cinco exposiciones interactivas que destacan los
procesos y principios de la ciencia se encuentran: el Magicam, un
microscopio que los visitantes pueden usar para reflejarlo en un monitor de
color y fotografiar cualquier objeto con un aumento de cuarenta veces; la
única conexión pública del mundo con la Red Nacional de Detección de
Rayos basada en un satélite; una cámara fotográfica de 1,80 x 3 metros en la
que se puede entrar; un hoyo fósil sembrado con esquisto local donde los
visitantes buscan fósiles de trescientos ochenta millones de años y se pueden
quedar los que encuentran; una boa constrictor de dos metros y medio de
largo llamada Spot y una serie asombrosa de otros experimentos ordenadores
y actividades.
Levin y Levine todavía están allí, enseñando como voluntarios a
tiempo completo a los ciudadanos y científicos del futuro. La Fundación
DeWitt Wallace-Reader's Digest da apoyo y extensión a su sueño de llegar a
chicos que de lo contrario tendrían negado el acceso que les corresponde por
derecho a la ciencia. A través del programa nacional de la fundación YouthALIVE, los adolescentes de Ithaca reciben una intensa tutoría para desarrollar
su capacidad científica, resolución de conflictos y habilidades laborales.
Levin y Levine creyeron que la ciencia debía llegar a todos. Su
comunidad estuvo de acuerdo y se comprometió a realizar el sueño. En el
primer año visitaron el Centro de Ciencia cincuenta y cinco mil personas de
los cincuenta estados y de sesenta países. No está mal para una ciudad tan
pequeña. Hace que uno se pregunte lo que podríamos llegar a conseguir si
trabajásemos todos unidos en la creación de un futuro mejor para nuestros
hijos.
CAPÍTULO 21
EL CAMINO
DE LA
37
LIBERTAD
____________
37
Escrito con Ann Druyan.
No debemos creer a los muchos que dicen
que sólo se ha de educar al pueblo libre,
sino más bien a los filósofos que dicen
que sólo los cultos son libres.
EPICTETO, filósofo romano y antiguo
esclavo, Discursos
Frederick Bailey era un esclavo. En Maryland, en la década de 1820,
era un niño sin madre ni padre que le cuidasen. («Es costumbre común —
escribió más tarde— separar a los niños de sus madres... antes de llegar al
duodécimo mes.» Era uno de los incontables millones de niños esclavos con
nulas perspectivas realistas de una vida plena.
Lo que Bailey vio y experimentó de pequeño le marcó para siempre:
«A menudo me han despertado al nacer el día los alaridos desgarradores de
una tía mía a la que [el supervisor] solía atar a un poste para azotarle la
espalda desnuda hasta dejarla literalmente cubierta de sangre... De la salida a
la puesta del sol se dedicaba a maldecir, desvariar, herir y azotar a los
esclavos del campo... Parecía disfrutar manifestando su diabólica barbarie.»
A los esclavos les habían metido en la cabeza, tanto en la plantación
como desde el pulpito, el tribunal y la cámara legislativa, la idea de que eran
inferiores hereditariamente, que Dios los destinó a la miseria. La Santa
Biblia, como se confirmaba en un número incontable de pasajes, consentía la
esclavitud. De ese modo, la «peculiar institución» se mantenía a sí misma a
pesar de su naturaleza monstruosa... de la que hasta sus practicantes debían
de ser conscientes.
Había una norma muy reveladora: los esclavos debían seguir siendo
analfabetos. En el sur de antes de la guerra, los blancos que enseñaban a leer
a un esclavo recibían un castigo severo. «[Para] tener contento a un esclavo
—escribió Bailey más adelante— es necesario que no piense. Es necesario
oscurecer su visión moral y mental y, siempre que sea posible, aniquilar el
poder de la razón.»
Esta es la razón por la que los negreros deben controlar lo que oyen, ven y
piensan los esclavos. Esta es la razón por la que la lectura y el pensamiento
crítico son peligrosos, ciertamente subversivos, en una sociedad injusta.
Imaginemos ahora a Frederick Bailey en 1829: un niño
afroamericano de diez años, esclavizado, sin derechos legales de ningún tipo,
arrancado tiempo atrás de los brazos de su madre, vendido entre los restos
diezmados de su amplia familia como si fuera un becerro o un poni, enviado
a una casa desconocida en una extraña ciudad de Baltimore y condenado a
una vida de trabajos forzados sin perspectiva de redención.
Bailey fue a trabajar para el capitán Hugh Auld y su esposa, Sophia,
y pasó de la plantación al frenesí urbano, del trabajo de campo al trabajo
doméstico. En este nuevo entorno, todos los días veía cartas, libros y gente
que sabía leer. Descubrió lo que él llamaba «el misterio» de leer: había una
relación entre las letras de la página y el movimiento de los labios del que
leía, una correlación casi de uno a uno entre los garabatos negros y los
sonidos expresados. Subrepticiamente, estudiaba el Webster Spelling Book de
Tommy Auld. Memorizó las letras del alfabeto. Intentó entender qué
significaban los sonidos. Finalmente, pidió a Sophia Auld que le ayudase a
aprender. Impresionada por la inteligencia y dedicación del chico, y quizá
ignorante de las prohibiciones, accedió a ello.
Cuando Frederick ya empezaba a deletrear palabras de tres o cuatro
letras, el capitán Auld descubrió lo que sucedía. Furioso, ordenó a Sophia que
dejara aquello inmediatamente. En presencia de Frederick, le explicó:
Un negro no debe saber otra cosa que obedecer a su amo... hacer lo que se le
dice. Aprender echaría a perder al mejor negro del mundo. Si enseñas a un
negro a leer, será imposible mantenerlo. Le incapacitará para ser esclavo a
perpetuidad.
Auld reprendió a Sophia con estas palabras como si Frederick Bailey
no estuviera en la habitación con ellos, o como si fuera un bloque de piedra.
Pero Auld había revelado el gran secreto a Bailey: «Ahí entendí... el
poder del hombre blanco para esclavizar al negro. A partir de este momento
entendí el camino de la esclavitud a la libertad.»
Desprovisto de la ayuda de Sophia Auld, ahora reticente e
intimidada, Frederick encontró la manera de seguir aprendiendo a leer,
preguntando incluso por la calle a los niños blancos que iban a la escuela.
Entonces empezó a enseñar a sus compañeros esclavos:
«Habían tenido siempre el pensamiento en ayunas. Los habían encerrado en
la oscuridad mental. Yo les enseñaba, porque era una delicia para mi alma.»
El hecho de saber leer jugó un papel clave en su fuga. Bailey escapó a
Nueva Inglaterra, donde la esclavitud era ilegal y los negros eran libres.
Cambió su nombre por el de Frederick Douglas (personaje de La dama del
lago de Walter Scott), eludió a los cazadores de recompensas que perseguían
a esclavos fugitivos y se convirtió en uno de los mayores oradores, escritores
y líderes políticos de la historia americana. Toda su vida fue consciente de
que la alfabetización le había abierto el camino.
---ooo---
El noventa y nueve por ciento del tiempo de existencia de humanos
en la Tierra, no había nadie que supiera leer ni escribir. Todavía no se había
hecho el gran invento. Aparte de la experiencia de primera mano, casi todo lo
que sabíamos se transmitía de manera oral. Como en el juego infantil del
«teléfono», durante decenas y centenares de generaciones la información se
iba distorsionando lentamente y acababa perdida.
Los libros lo cambiaron todo. Los libros, que se pueden comprar a
bajo coste, nos permiten preguntarnos por el pasado con gran precisión,
aprovechar la sabiduría de nuestra especie, entender el punto de vista de
otros, y no sólo de los que están en el poder; contemplar —con los mejores
maestros— los conocimientos dolorosamente extraídos de la naturaleza por
las mentes más grandes que jamás existieron, en todo el planeta y a lo largo
de toda nuestra historia. Permiten que gente que murió hace tiempo hable
dentro de nuestras cabezas. Los libros nos pueden acompañar a todas partes.
Los libros son pacientes cuando nos cuesta entenderlos, nos permiten repasar
las partes difíciles tantas veces como queramos y nunca critican nuestros
errores. Los libros son la clave para entender el mundo y participar en una
sociedad democrática.
Según algunos estudios, la alfabetización de los afroamericanos ha
progresado mucho desde la emancipación. En 1860 se estima que sólo cerca
del cinco por ciento de afroamericanos sabían leer y escribir. En 1890 se
consideró alfabetizado un treinta y nueve por ciento, según el censo de
Estados Unidos y, en 1969, el noventa y seis por ciento. Entre 1940 y 1992,
la fracción de afroamericanos que terminaban la enseñanza superior subió del
siete al ochenta y dos por ciento. Pero se pueden hacer preguntas razonables
sobre la calidad de la educación y los niveles de alfabetización demostrada.
Estas cuestiones son aplicables a todos los grupos étnicos.
Un estudio nacional realizado por el Departamento de Educación de
Estados Unidos traza un cuadro de un país con más de cuarenta millones de
adultos apenas alfabetizados. Otras estimaciones son mucho peores. La
alfabetización de adultos jóvenes ha caído de manera espectacular en la
última década. Sólo del tres al cuatro por ciento de la población puntúa en el
nivel de lectura más alto de cinco (esencialmente, todos los de este grupo han
ido a la universidad). La inmensa mayoría no tienen ni idea de lo mal que
leen. Sólo el cuatro por ciento de los que tienen el nivel de lectura más alto
son pobres, pero el cuarenta y tres por ciento de los que tienen el nivel de
lectura más bajo son pobres. Aunque, desde luego, no es el único factor, en
general, cuanto mejor lees, más ganas: un promedio de unos 12 000 dólares
al año en el más bajo de estos niveles de lectura y cerca de 34 000 dólares al
año en el más alto. Parece ser una condición necesaria, si no suficiente, para
ganar dinero. Y es mucho más probable estar en la cárcel si uno es analfabeto
o casi. (Al evaluar esos hechos, debemos cuidar de no deducir impropiamente
la causa de la correlación.)
También, la gente más pobre alfabetizada y marginal tiende a no
entender que las elecciones podrían ayudarlos a ellos y a sus hijos y, en
número asombrosamente desproporcionado, dejan de votar. Eso va
socavando la democracia en sus raíces.
Si Frederick Douglas pudo aprender cuando era un niño esclavizado
y entrar en el alfabetismo y la grandeza, ¿por qué hoy, en una época tan
ilustrada, queda alguien que no sabe leer? Bien, no es tan sencillo, en parte
porque pocos de nosotros somos tan brillantes y valientes como Frederick
Douglas, pero también por otras razones importantes.
Si uno crece en una casa donde hay libros, donde alguien le lee,
donde padres, hermanos, tías, tíos y primos leen por placer, es natural que
aprenda a leer. Si no hay nadie cerca que disfrute leyendo, ¿dónde está la
prueba de que vale la pena? Si la calidad de la educación que uno tiene a su
alcance es inadecuada, si a uno le enseñan a memorizar al pie de la letra y no
a pensar, si el contenido de lo que se nos da para leer viene de una cultura
casi ajena, la alfabetización puede ser un camino lleno de obstáculos.
Es preciso asimilar, hasta convertirlas en una segunda piel, docenas
de letras mayúsculas y minúsculas, símbolos y señales de puntuación,
memorizar cómo se deletrea cada palabra y aprender una serie de normas
rígidas y arbitrarias de gramática. Si uno está condicionado por la ausencia de
apoyo básico familiar o ha caído en un mar de rabia, negligencia,
explotación, peligro y odio a sí mismo, puede llegar perfectamente a la
conclusión de que aprender a leer cuesta demasiado y no vale la pena
esforzarse. Si uno recibe repetidamente el mensaje de que es demasiado
estúpido para aprender (o, el equivalente funcional, demasiado enrollado para
aprender), y si no hay nadie que le contradiga, podría aceptar perfectamente
este pernicioso consejo. Siempre hay algunos niños —como Frederick
Bailey— que vencen al destino. Son demasiados los que no lo hacen.
Pero, más allá de todo eso, si uno es pobre, hay una manera insidiosa
de crear otra dificultad en el esfuerzo por leer... e incluso pensar.
Ann Druyan y yo venimos de familias que conocieron la pobreza.
Pero nuestros padres eran lectores apasionados. Una abuela nuestra aprendió
a leer porque su padre, un pobre granjero, cambió un saco de cebollas por
libros a un maestro itinerante. Se pasó los cien años siguientes leyendo. A
nuestros padres les habían metido en la cabeza la higiene personal y la teoría
microbiana de la enfermedad en las escuelas públicas de Nueva York.
Seguían las prescripciones sobre nutrición infantil que recomendaba el
Departamento de Agricultura como si se las hubieran entregado en el monte
Sinaí. El libro del gobierno sobre salud pública que teníamos estaba pegado
por todas partes porque se le caían las páginas de tanto usarlo. Tenía las
esquinas arrugadas. Los consejos básicos estaban subrayados. Lo consultaban
siempre que había una crisis de salud. Durante un tiempo, mis padres dejaron
de fumar —uno de los pocos placeres que tuvieron a su alcance durante los
años de la Depresión— para que sus hijos pudieran tomar vitaminas y
suplementos minerales. Ann y yo tuvimos mucha suerte.
Recientes investigaciones demuestran que cuando los niños no
comen lo suficiente terminan con una disminución de la capacidad de
entender y aprender («deterioro cognitivo»). Eso no sólo ocurre cuando el
hambre es atroz. Puede suceder incluso con una ligera desnutrición: el tipo
más común entre los pobres de Norteamérica. Eso puede ocurrir antes de que
nazca el niño (si la madre no come lo suficiente), en la primera infancia o en
la niñez. Cuando no hay bastante comida, el cuerpo tiene que decidir cómo
invertir los alimentos limitados de que dispone. Lo primero es la
supervivencia. El crecimiento viene en segundo lugar. En esta criba nutritiva,
el cuerpo parece obligado a calificar el aprendizaje en último lugar. Mejor ser
estúpido y estar vivo, deduce, que listo y muerto.
En lugar de mostrar entusiasmo y deseo de aprender —como hacen la
mayoría de los jóvenes saludables— el niño mal nutrido se vuelve aburrido,
apático e insensible. La desnutrición más grave es causa de menor peso al
nacer y, en sus formas más extremas, de cerebros más pequeños. Sin
embargo, hasta un niño con un aspecto perfectamente sano pero con falta de
hierro, por ejemplo, sufre un declive inmediato en su capacidad de
concentrarse. La anemia por deficiencia de hierro puede afectar a más de una
cuarta parte de todos los niños con bajos ingresos de Norteamérica; afecta al
período de concentración y memoria y puede tener secuelas hasta bien
entrada la edad adulta.
Lo que en otros tiempos se consideraba una desnutrición
relativamente ligera, ahora se cree potencialmente asociado al deterioro
cognitivo de toda la vida. Los niños desnutridos, aunque sea por poco tiempo,
sufren una disminución de su capacidad de aprender. Y millones de niños
norteamericanos pasan hambre todas las semanas. El envenenamiento por
plomo, que es endémico en ciudades del interior, también provoca serios
déficits de aprendizaje. Según muchos criterios, la prevalencia de la pobreza
en Norteamérica ha crecido de manera constante desde principios de la
década de los ochenta. Casi una cuarta parte de niños de Estados Unidos
viven ahora en la pobreza: la tasa más alta de pobreza infantil en el mundo
industrializado. Se estima que, sólo entre 1980 y 1985, murieron más bebés y
niños estadounidenses de enfermedades evitables, desnutrición y otras
consecuencias de la pobreza extrema que en todas las batallas americanas
durante la guerra del Vietnam.
Algunos programas sabiamente instituidos a nivel federal o estatal se
ocupan de la desnutrición. El programa de suplemento especial de alimentos
para mujeres, bebés y niños (WIC), desayunos escolares y programas de
comida, el programa de servicio alimentario de verano... todos han
demostrado funcionar, aunque no llegan a toda la gente que los necesita. Un
país tan rico es plenamente capaz de proporcionar comida suficiente a todos
sus niños.
Algunos efectos deletéreos de la desnutrición se pueden eliminar; la
terapia de reposición de hierro, por ejemplo, puede subsanar algunas
consecuencias de la anemia por deficiencia de hierro.
Pero no todos los daños son reversibles. Sus causas (tanto si son biológicas,
como psicológicas o ambientales) suelen ser indeterminadas. Pero ahora hay
métodos que ayudan a aprender a leer a personas con dislexia.
No debería haber nadie que no pudiera aprender a leer porque no
tiene la educación a su alcance. Pero hay muchas escuelas en Estados Unidos
donde se enseña a leer como si se tratara de una excursión tediosa a los
jeroglíficos de una civilización desconocida, y muchas aulas en las que no se
puede encontrar ni un solo libro. Lamentablemente, la demanda de clases de
alfabetización adulta sobrepasa en mucho la oferta. Los programas de
educación precoz de alta calidad como Head Start pueden tener un éxito
enorme en la preparación de los niños para la lectura. Pero Head Start sólo
llega a un tercio o un cuarto de preescolares candidatos, muchos de sus
programas han quedado menguados por las reducciones de fondos, y tanto
éste como los programas de nutrición que he mencionado están sometidos a
un nuevo ataque en el Congreso mientras escribo estas páginas.
En un libro de 1994 titulado The Bell Curve, de Richard J. Hernstein
y Charles Murray, se critica el Head Start. Sus argumentos han sido
plasmados por Gerard Coles de la Universidad de Rochester:
Primero financian inadecuadamente un programa para niños pobres, luego
niegan todo el éxito conseguido a pesar de obstáculos abrumadores y
finalmente concluyen que el programa debe ser eliminado porque los niños
son inferiores intelectualmente.
El libro, que sorprendentemente recibió una atención respetuosa de los
medios de comunicación, concluye que hay un abismo hereditario
irreductible entre blancos y negros: de diez a quince puntos en los tests de
inteligencia. En un informe, el psicólogo León J. Kamin llega a la conclusión
de que «los autores fracasan repetidamente en la distinción entre correlación
y causación»: una de las falacias de nuestro equipo de detección de camelos.
El Centro Nacional de Alfabetismo Familiar, con sede en Louisville,
Kentucky, ha estado aplicando programas dedicados a familias con bajos
ingresos para enseñar a leer tanto a los niños como a sus padres. Funciona de
este modo: el niño, de tres o cuatro años, asiste a la escuela tres días a la
semana junto con un padre o, posiblemente, un abuelo o guardián. Mientras
los adultos pasan la mañana aprendiendo las herramientas académicas
básicas, el niño está en una clase preescolar. Padres e hijos se encuentran para
comer y luego «aprenden a aprender juntos» durante el resto de la tarde.
Un estudio de seguimiento de catorce programas de este tipo en tres
estados reveló: 1) Aunque se había apuntado que todos los niños corrían el
riesgo de un fracaso escolar como preescolares, sólo el diez por ciento
seguían todavía en riesgo según los profesores de la escuela elemental del
momento. 2) Más del noventa por ciento estaban considerados por sus
profesores de la escuela elemental del momento como motivados para
aprender. 3) Ninguno de los niños tuvo que repetir ningún curso en la escuela
elemental.
El crecimiento de los padres no era menos espectacular. Cuando se
les pidió que describieran el cambio que había supuesto en sus vidas el
programa de alfabetismo familiar, las respuestas típicas eran un aumento de
la confianza en sí mismos (casi todos los participantes) y más autocontrol,
habían aprobado exámenes equivalentes a los de la escuela superior, habían
sido admitidos en la universidad, tenían un trabajo nuevo y unas relaciones
mucho mejores con sus hijos. La descripción de los niños es que eran más
amables con sus padres, deseaban aprender y —en algunos casos por primera
vez— tenían esperanza en el futuro. Esos programas también podían usarse
en cursos posteriores para enseñar matemáticas, ciencia y mucho más.
---ooo--Tiranos y autócratas han entendido siempre que el alfabetismo, el
conocimiento, los libros y los periódicos son un peligro en potencia. Pueden
inculcar ideas independientes e incluso de rebelión en las cabezas de sus
súbditos. El gobernador real británico de la Colonia de Virginia escribió en
1671:
Agradezco a Dios que no haya escuelas libres ni imprenta; y espero que no
[los] tengamos durante los [próximos] cien años; porque el conocimiento ha
traído la desobediencia, la herejía y las sectas al mundo, y la imprenta los ha
divulgado y ha difamado al mejor gobierno. ¡Que Dios nos proteja de ambos!
Pero los colonos americanos, conscientes de dónde radica la libertad,
no querían saber nada de esto.
En sus primeros años. Estados Unidos contó con una de las tasas de
alfabetización más altas del mundo, quizá la más alta. (Desde luego, en
aquellos días, los esclavos y las mujeres no contaban.) Ya en 1635 había
escuelas públicas en Massachusetts y, en 1647, educación obligatoria en
todas las ciudades con más de cincuenta «casas». Durante el siguiente siglo y
medio, la democracia educativa se extendió por todo el país. Venían políticos
teóricos del extranjero para ser testigos de esta maravilla nacional: grandes
cantidades de trabajadores que sabían leer y escribir. La devoción
norteamericana a la educación para todos impulsó el descubrimiento y la
invención, un vigoroso proceso democrático y un empuje que accionó la
vitalidad económica de la nación.
Hoy en día, Estados Unidos no es líder del mundo en alfabetización.
Muchas personas que se consideran alfabetizadas no son capaces de leer ni
entender material muy sencillo, menos todavía un libro de texto de sexto
curso, un manual de instrucciones, un horario de autobuses, una declaración
de hipoteca o una papeleta de voto. Y, mientras los libros de texto de sexto
curso de hoy en día presentan un desafío mucho menor que los de hace unas
décadas, la exigencia de alfabetización en el trabajo se ha hecho mucho
mayor que nunca.
Los mecanismos de la pobreza, la ignorancia, la desesperanza y la
baja autoestima se mezclan para crear una especie de máquina de fracaso
perpetuo que va reduciendo los sueños de generación en generación. Todos
soportamos el coste de mantenerla funcionando. El analfabetismo es su eje
esencial.
Aunque tengamos el corazón endurecido ante la vergüenza y la
miseria que experimentan las víctimas, el coste del analfabetismo para todos
es muy alto: el coste en gastos médicos y hospitalización, el coste en crimen
y prisiones, el coste en educación especial, el coste en baja productividad y
en mentes potencialmente brillantes que podrían ayudar a resolver los
problemas que nos preocupan.
Frederick Douglas demostró que la alfabetización es el camino que
lleva de la esclavitud a la libertad. Hay muchos tipos de esclavitud y muchos
tipos de libertad. Pero leer sigue siendo el camino.
Frederick Douglas después de la fuga
Cuando tenía apenas veinte años, huyó hacia la libertad. Se instaló en
New Bedford con su esposa, Anna Murray, y trabajó como jornalero común.
Cuatro años después, le invitaron a hablar en una asamblea. En aquel tiempo,
en el Norte, no era raro escuchar a los grandes oradores del día —es decir,
blancos— denostando contra la esclavitud. Pero incluso muchos de los que se
oponían a la esclavitud consideraban a los esclavos algo inferiores a los
humanos. La noche del 16 de agosto de 1841, en la pequeña isla de
Nantucket, los miembros de la Sociedad Antiesclavista de Massachussets,
mayormente cuáquera, se inclinaron hacia adelante en sus asientos para
escuchar algo nuevo: una voz que se oponía a la esclavitud de alguien que la
conocía por amarga experiencia personal.
Su mero aspecto y porte destruía el mito entonces prevaleciente del
«servilismo natural» de los afroamericanos. Al decir de todos, su elocuente
análisis de los males de la esclavitud fue uno de los debuts más brillantes en
la historia de la oratoria americana. William Lloyd Garrison, el principal
abolicionista del día, estaba sentado en primera fila. Cuando Douglas terminó
su discurso, Garrison se levantó, se volvió hacia la asombrada audiencia y los
desafió con una pregunta a gritos:
—¿Acabamos de escuchar a una cosa, un bien mueble personal, o a
un hombre?
—¡Un hombre! ¡Un hombre! —respondió la audiencia con una sola
voz.
—¿Se puede mantener a un hombre así como esclavo en una tierra
cristiana? —preguntó Garrison.
—¡No! ¡No! —gritó la audiencia, y aún más alto, Garrison inquirió:
—¿Se podría obligar a un hombre así a volver a la esclavitud desde la
tierra libre del viejo Massachusetts? Y el público, ahora puesto en pie,
exclamó:
—¡No! ¡No!
Nunca volvió a la esclavitud. En cambio, como autor, editor y productor de
periódicos, como orador en Estados Unidos y en el extranjero, y como primer
afroamericano que ocupó una alta posición de asesoría en el gobierno, dedicó
el resto de su vida a luchar por los derechos humanos. Durante la guerra civil
fue consultor del presidente Lincoln. Douglas abogó con éxito por armar a
los esclavos para luchar con el Norte, por la venganza federal contra los
prisioneros de guerra confederados acusados de la ejecución sumaria de los
soldados afroamericanos capturados, y por la libertad de los esclavos como
principal objetivo de la guerra.
Muchas de sus opiniones eran mordaces, poco aptas para hacerle
ganar amigos en altos cargos:
Afirmo sin el menor género de dudas que la religión del Sur es una mera
cobertura para los crímenes más horribles... una justificación de la barbarie más
espantosa, una santificación de los fraudes más odiosos y un oscuro refugio bajo el
que los actos más oscuros, más asquerosos, más burdos e infernales de los negreros
encuentran la mayor protección. Si me volvieran a reducir a las cadenas de la
esclavitud, después de aquella esclavitud, consideraría la mayor calamidad que podía
acontecerme ser esclavo de un amo religioso... Yo... detesto el cristianismo que
maltrata a las mujeres, les roba a los hijos en la cuna, corrupto, esclavista, parcial e
hipócrita de esta tierra.
Comparado con la retórica racista de inspiración religiosa de aquella
época y posterior, los comentarios de Douglas no parecen una hipérbole. «La
esclavitud es de Dios», solían decir en tiempos anteriores a la guerra. Como
un ejemplo odioso de los muchos de después de la guerra civil, el libro de
Charles Carroll The Negro a Beast (St. Louis: American Book and Bible
House) enseñaba a los lectores piadosos que «la Biblia y la Revelación
Divina, además de la razón, enseñan que el negro no es humano». Más
recientemente, algunos racistas rechazan todavía el sencillo testimonio escrito
en el ADN de que no sólo todas las razas son humanas sino prácticamente
indistinguibles y mencionan la Biblia como «baluarte inexpugnable» para no
examinar siquiera la prueba.
Vale la pena apuntar, sin embargo, que gran parte del fermento
abolicionista surgió de comunidades cristianas, especialmente cuáqueras, del
Norte; que las Iglesias cristianas negras del Sur representaron un papel clave
en la lucha por los derechos civiles americanos de la década de los sesenta; y
que muchos de sus líderes —el más notable, Martín Luther King, Jr.— eran
ministros ordenados de estas Iglesias.
Douglas se dirigió a la comunidad blanca con estas palabras:
[La esclavitud] pone grilletes a nuestro progreso, es enemiga de la mejora,
enemiga mortal de la educación; alienta el orgullo, alimenta la indolencia, promueve
el vicio, da refugio al crimen, es una maldición de la tierra que la mantiene y, sin
embargo, os aferráis a ella como si fuera la tabla de salvación de todas vuestras
esperanzas.
En 1843, cuando se encontraba dando conferencias en Irlanda poco
antes del hambre de la patata, le conmovió la absoluta pobreza de aquel lugar
y escribió a Garrison: «Veo aquí muchas cosas que me recuerdan mi antigua
condición, y confieso que me avergonzaría elevar mi voz contra la esclavitud
americana, pero sé que la causa de la humanidad es la misma en el mundo
entero.» Se opuso francamente a la política de exterminio de los nativos
americanos. Y, en 1848, en la Convención de Séneca Falls, cuando Elizabeth
Cady Stanton38 tuvo la osadía de pedir un esfuerzo para asegurar el voto de
las mujeres, Douglas fue el único hombre de cualquier grupo étnico que se
levantó para apoyar la propuesta.
La noche del 20 de febrero de 1895 —más de treinta años después de
la Emancipación—, tras una aparición en un mitin por los derechos de la
mujer junto a Susan B. Anthony, sufrió un colapso y murió.
38
Años mas tarde escribió sobre la Biblia con palabras que recordaban las de Douglas. “No
conozco otro libro que preconice tan planamente el sometimiento y la degradación de las
mujeres”
CAPÍTULO 22
ADICTOS
DEL
SIGNIFICADO
_________
También sabemos qué cruel es a menudo
la verdad, y nos preguntamos si el engaño
no es más consolador.
HENRI POINCARÉ (1854-1912)
Espero que nadie me considere excesivamente cínico si afirmo que
un buen resumen de cómo funciona la programación de la televisión
comercial y pública es simplemente éste: el dinero lo es todo. En horas punta,
la diferencia de un solo punto en la audiencia vale millones de dólares en
publicidad. Especialmente desde principios de la década de los ochenta, la
televisión se ha convertido en algo motivado casi enteramente por el
beneficio. Eso puede verse, por ejemplo, en el declive de los informativos y
programas especiales de noticias o en las patéticas evasivas de los canales
principales para burlar la orden de la Comisión Federal de Comunicaciones
de mejorar el nivel de la programación infantil. (Por ejemplo, se defendieron
las virtudes educativas de una serie de dibujos animados que
sistemáticamente representa mal la tecnología y el estilo de vida de nuestros
antepasados del pleistoceno y retrata a los dinosaurios como animales
domésticos.) En el momento de escribir estas páginas, la televisión pública en
Estados Unidos corre el peligro real de perder el apoyo del gobierno y el
contenido de la programación privada va camino de una caída abrupta a largo
plazo.
Con estas perspectivas, luchar por conseguir más ciencia real en
televisión parece ingenuo y desesperado. Pero los propietarios de cadenas y
productores de televisión tienen hijos y nietos cuyo futuro, como es lógico,
los preocupa. Deben sentir alguna responsabilidad por el futuro de su nación.
Hay pruebas de que la programación científica puede tener éxito, y de que la
gente pide más. Mantengo esperanzas de que antes o después veremos
presentada regularmente la ciencia real con habilidad y atractivo en las
principales cadenas de televisión de todo el mundo.
---ooo--El béisbol y el fútbol tienen antecedentes aztecas. El fútbol es una
nueva representación ligeramente disfrazada de la caza; lo jugábamos antes
de ser humanos. El lacrosse es un antiguo juego de los nativos americanos y
el hockey está relacionado con él. Pero el baloncesto es nuevo. Llevamos más
tiempo haciendo películas que jugando al baloncesto.
Al principio no se les ocurrió hacer un agujero en la canasta para
poder recuperar la pelota sin tener que subir una escalera. Pero, en el breve
tiempo transcurrido desde entonces, el juego ha evolucionado. En manos de
jugadores principalmente afroamericanos, el baloncesto se ha convertido —
bien jugado— en la síntesis suprema en el deporte de la inteligencia,
precisión, valentía, audacia, anticipación, artificio, juego de equipo, elegancia
y gracia.
Muggsy Bogues, con su metro sesenta de altura, se abre paso entre
un bosque de gigantes; Michael Jordán vuela hasta el aro desde algún lugar
oscuro más allá de la línea de tiros libres; Larry Bird da una precisa asistencia
mirando a otro lado; Kareem Abdul Jabbar suelta un gancho por los cielos.
No se trata de un juego en el que el contacto sea fundamental como en el
fútbol. Es un juego de finura. La presión en toda la pista, los pases largos, las
asistencias, el robo de balones en la línea de pase, el palmeo de una mano que
aparece volando de la nada constituyen una coordinación de intelecto y
atletismo, una armonía de mente y cuerpo. No es sorprendente que el juego se
haya hecho popular.
Desde que empezaron a aparecer regularmente en televisión los
partidos de la NBA, me di cuenta de que podrían utilizarse para enseñar
ciencias y matemáticas. Para apreciar un promedio de tiros libres del 0,926 se
debe saber algo sobre la conversión de fracciones en decimales. Una bandeja
es la primera ley de movimiento en acción de Newton. Cada tiro representa el
lanzamiento de un balón en un arco parabólico, una curva determinada por la
misma física gravitacional que especifica el vuelo de un misil de balística, la
órbita de la Tierra alrededor del Sol o una nave espacial en su encuentro con
algún mundo distante. Cuando salta para hacer un mate, el centro de la masa
del cuerpo del jugador está brevemente en órbita alrededor del centro de la
Tierra.
Para meter el balón en la canasta se debe elevar exactamente a la
velocidad precisa; un uno por ciento de error y la gravedad le hará quedar
mal. Los tiros de tres puntos, sean conscientes o no, compensan la resistencia
aerodinámica. Cada bote sucesivo de un balón suelto está más cerca del suelo
debido a la segunda ley de la termodinámica. Que Daryl Dawkins o Shaquille
O'Neal rompan un tablero ofrece la oportunidad de enseñar —entre otras
cosas— la propagación de las ondas de choque. Un tiro con efecto contra el
cuadro desde debajo del tablero entra en la canasta debido a la conservación
del impulso angular. Es una infracción de las normas tocar la canasta en «el
cilindro» por encima del aro; hablamos ahora de una idea matemática clave:
la generación de objetos n-dimensionales moviendo objetos (n-1)
dimensionales.
En el aula, en los periódicos y la televisión, ¿por qué no usamos los
deportes para enseñar ciencia?
Cuando era pequeño, mi padre solía traer todos los días un periódico
a casa y leía con atención (a menudo con gran placer) la sección de
puntuación del béisbol. Allí estaban, ininteligibles para mí, con oscuras
abreviaciones (W, SS, K, WL, AB, RBI), pero a él le hablaban. Los
periódicos los imprimían en todas partes. Pensé que a lo mejor no eran tan
difíciles. Con el tiempo, también yo acabé enganchado al mundo de las
estadísticas de béisbol. (Sé que me ayudaban a entender los decimales, y
todavía me da cierto escalofrío cuando oigo, normalmente al principio de la
temporada de béisbol, que alguien está «bateando un mil». Pero 1000 no es
1,000. El afortunado jugador está bateando uno.)
O echemos una ojeada a las páginas financieras. ¿Alguna
introducción? ¿Notas explicatorias? ¿Definiciones de abreviaturas? Casi
ninguna. O sabes nadar, o te hundes. ¡Todos aquellos metros de estadísticas!
Sin embargo, la gente las lee voluntariamente. No superan su capacidad. Es
un problema de motivación. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo con las
matemáticas, la ciencia y la tecnología?
---ooo--En todos los deportes, los jugadores parecen actuar a rachas. En
baloncesto se llama tener la mano caliente. Es casi imposible que les salga
algo mal. Recuerdo un partido de play-off en que Michael Jordán, cuyo tiro a
media distancia no suele ser extraordinario, se encontró haciendo sin esfuerzo
tantas canastas consecutivas de tres puntos desde toda la pista que,
sorprendido de sí mismo, se encogió de hombros. En cambio hay veces que
uno está frío y no entra nada. Cuando un jugador está en plena forma parece
aprovecharse de algún poder misterioso y, cuando está frío, es como si
estuviera sometido a algún tipo de gafe o maleficio. Pero esto es pensamiento
mágico, no científico.
Las rachas, lejos de ser curiosas, se esperan incluso de
acontecimientos aleatorios. Lo que sería sorprendente es que no hubiera
rachas. Si lanzo diez veces seguidas una moneda al aire, podría conseguir
esta secuencia de cara y cruz: CCCXCXCCCC. Ocho caras de cada diez, ¡y
cuatro seguidas! ¿Es posible que haya ejercido algún control psicoquinético
sobre la moneda? ¿O estaba en una racha de caras? Parece demasiado regular
para ser casualidad.
Pero entonces recuerdo que he lanzado la moneda antes y después de
esta serie de caras, que se encuentra dentro de una secuencia mucho más
larga y menos interesante: CCXCXXCCCX CXCCCCXCXXCXCXX. Si
pudiera prestar atención a algunos resultados e ignorar otros, siempre sería
capaz de «demostrar» que hay algo excepcional en mi racha. Ésta es una de
las falacias de nuestro equipo de detección de camelos; la enumeración de
circunstancias favorables. Recordamos los aciertos y olvidamos los errores.
Si el tiro a media distancia de alguien tiene un promedio ordinario del
cincuenta por ciento y le es imposible mejorar la estadística a fuerza de
voluntad, lo más probable es que tenga tan buena mano para el baloncesto
como yo para lanzar monedas. Por cada ocho caras que yo saque de diez, él
meterá ocho de cada diez tiros. El baloncesto puede enseñar algo sobre
probabilidad y estadística, además de un poco de pensamiento crítico.
Una investigación de mi colega Tom Gilovich, profesor de psicología
en Cornell, demuestra persuasivamente que nuestra comprensión ordinaria de
las rachas en el baloncesto es una mala percepción. Gilovich estudió si los
tiros que hacían los jugadores de la NBA tendían a agruparse más de lo que
se podría esperar por casualidad. Después de conseguir una o dos canastas,
los jugadores no tenían más probabilidades de acertar que tras una canasta
fallada. Eso era así con los grandes y los menos grandes, no sólo en
lanzamientos a media distancia sino también para tiros libres... cuando no hay
ninguna mano que cubra la cara del que lanza. (Desde luego, algunas
atenuaciones de las rachas de tiro se pueden atribuir al aumento de atención
del defensa del jugador que tiene la «mano caliente».) En béisbol existe un
mito relacionado con lo anterior: alguien que batea por debajo de su
promedio «debe» hacer un golpe.
Eso es tan cierto como que una serie de caras seguidas propicia una
posibilidad superior al cincuenta por ciento de conseguir cruz la siguiente
vez. Si hay rachas más allá de lo que uno puede esperar estadísticamente, son
difíciles de encontrar.
Pero, en cierto modo, eso no es del todo satisfactorio. No parece
verdad. Preguntamos a los jugadores, entrenadores o aficionados. Buscamos
algún significado, incluso en números aleatorios. Somos adictos al
significado. Cuando el célebre entrenador Red Auerbach tuvo conocimiento
del estudio de Gilovich, su respuesta fue: «¿Quién es ese tío? Muy bien, ha
hecho un estudio. No podría importarme menos.» Y es fácil comprender lo
que sentía. Pero si las rachas del baloncesto no aparecen más a menudo que
las secuencias de cara o cruz, no tienen nada de mágico. ¿Reduce eso a los
jugadores a meras marionetas manipuladas por las leyes de la probabilidad?
Ciertamente que no. Su promedio de porcentaje de tiros es un verdadero
reflejo de sus habilidades personales. Aquí sólo hablamos de la frecuencia y
duración de las rachas.
Desde luego, es mucho más divertido pensar que los dioses han
tocado al jugador que está en buena racha y castigado al que tiene la mano
fría. ¿Y bien? ¿Qué daño hace una pequeña mistificación? Sin duda supera
los aburridos análisis estadísticos. En baloncesto, en los deportes, no hace
ningún daño. Pero, como manera habitual de pensar, nos plantea problemas
en algunos de los otros juegos a los que nos gusta jugar.
---ooo--«Científico, sí; loco, no», dice riendo el científico chiflado en
Gilligan's Island mientras ajusta el mecanismo electrónico que le permite
controlar la mente de otros para sus aviesos propósitos.
«Lo siento, doctor Nerdnik, la gente de la Tierra no querrá ser
reducida a siete centímetros de altura aunque sirva para ahorrar espacio y
energía...»
El superhéroe de dibujos animados le está explicando pacientemente
un dilema ético al típico científico que sale retratado en los programas de
televisión para niños los sábados por la mañana.
Muchos de esos llamados científicos —a juzgar por los programas
que he visto (y con deducción verosímil de los que no he visto, como el Mad
Scientist's Toon Club)— son tarados morales guiados por un afán de poder o
dotados de una insensibilidad espectacular hacia los sentimientos de los
demás. El mensaje que se transmite al público infantil es que la ciencia es
peligrosa y los científicos algo peor que malvados: están enloquecidos.
Desde luego, las aplicaciones de la ciencia pueden ser peligrosas y, como he
intentado subrayar, prácticamente todo avance tecnológico importante en la
historia de la especie humana —hasta la invención de las herramientas de
piedra y el control del fuego— ha sido éticamente ambiguo. Esos avances
pueden ser usados por personas ignorantes o malas con propósitos peligrosos
o por personas sabias y buenas para beneficio de la especie humana. Pero
parece que sólo se presenta un aspecto de la ambigüedad en lo que ofrecemos
a nuestros hijos.
¿Dónde están los placeres de la ciencia en todos esos programas?
¿Las delicias de descubrir cómo funciona el universo? ¿La emoción de
conocer bien una cosa profunda? ¿Qué ocurre con las contribuciones
cruciales que la ciencia y la tecnología han hecho al bienestar humano... o los
millones de vidas salvadas o posibilitadas por la tecnología médica o
agrícola? (Para ser justo, sin embargo, debería mencionar que el profesor de
Gilligan 's Island solía usar su conocimiento de la ciencia para resolver
problemas prácticos de los marginados.)
Vivimos en una era compleja en la que muchos de los problemas a
que nos enfrentamos, sean cuales sean sus orígenes, sólo pueden tener
soluciones que implican una comprensión profunda de la ciencia y la
tecnología: la sociedad moderna necesita desesperadamente las mejores
mentes disponibles para buscar soluciones a estos problemas. No creo que la
programación televisiva de los sábados por la mañana, ni la mayor parte del
menú de vídeo disponible en Norteamérica, ayude a muchos jóvenes dotados
a seguir una carrera de ciencia o ingeniería...
A lo largo de los años han ido apareciendo gran cantidad de series de
televisión crédulas, acríticas y «especiales» sobre percepción extrasensorial,
canalización, el triángulo de las Bermudas, ovnis, antiguos astronautas, BigFoot y cosas similares. La importante serie «In Search of...» empieza con una
renuncia a la responsabilidad de presentar una visión equilibrada del tema. Se
ve en ella una sed de maravillas que no está templada ni siquiera por el
escepticismo científico más rudimentario. Prácticamente cualquier cosa que
uno diga ante la cámara es verdad. La idea de que pueda haber explicaciones
alternativas que se decidirían según el peso de las pruebas no aparece nunca.
Lo mismo ocurre con «Sightings» y «Unsolved Mysteries» —en los que,
como sugiere el propio título, se aceptan muy mal las soluciones prosaicas—
y un número incontable de otros clones.
«In Search of...» toma con frecuencia un tema intrínsecamente
interesante y distorsiona sistemáticamente la prueba. Si hay una explicación
científica racional y una que requiere la explicación para-normal o psíquica
más extravagante, podemos estar seguros de cuál se destacará. Un ejemplo
casi al azar: se presenta un autor que dice que más allá de Plutón hay un gran
planeta. La prueba que aporta son sellos cilíndricos de la antigua Sumeria,
cincelados mucho antes de la invención del telescopio. Dice que los
astrónomos profesionales cada vez aceptan más sus puntos de vista. No se
hace mención siquiera a que los astrónomos —que estudian los movimientos
de Neptuno, Plutón— y las cuatro naves espaciales que hay más allá no han
sido capaces de encontrar un solo rastro del supuesto planeta.
Los gráficos son indiscriminados. Cuando un narrador que no sale en
pantalla habla de dinosaurios, vemos un mamut lanudo. El narrador describe
un aerodeslizador; la pantalla muestra el despegue de un transbordador
espacial. Oímos hablar de lagos y llanuras inundadas, pero se nos muestran
montañas. No importa. Las imágenes son tan indiferentes a los hechos como
la voz en off.
Una serie llamada «The X Files» («Expedientes X»), que presta un
flaco servicio al examen escéptico de lo paranormal, se inclina claramente
hacia la realidad de las abducciones por extraterrestres, los poderes extraños
y la complicidad gubernamental para encubrir prácticamente todo lo que
pueda ser interesante. Lo paranormal casi nunca resulta ser un engaño o una
aberración psicológica o una mala interpretación del mundo natural. Sería
mucho más acorde con la realidad, además de un servicio público mucho
mayor, una serie para adultos (como hace «Scooby Doo» para niños) donde
se investigasen sistemáticamente las afirmaciones de fenómenos
paranormales y se encontrara en cada caso una explicación en términos
prosaicos. La tensión dramática residiría en el descubrimiento de cómo las
malas interpretaciones y engaños podían generar fenómenos paranormales
aparentemente genuinos. Quizá podría aparecer un investigador siempre
decepcionado con la esperanza de que la vez siguiente un caso paranormal
sin ambigüedades pudiera sobrevivir al escrutinio escéptico.
Hay otros defectos evidentes en la programación de la ficción
científica de televisión. «Star Trek», por ejemplo, a pesar de su encanto y su
acusada perspectiva internacional y entre distintas especies, ignora a menudo
los hechos científicos más elementales. La idea de que Mr. Spock pueda ser
un cruce entre un ser humano y una forma de vida de evolución
independiente en el planeta Vulcano es genéticamente mucho menos
probable que cruzar con éxito un hombre y una alcachofa. La idea, sin
embargo, sirve de precedente en la cultura popular a los híbridos
extraterrestres/humanos que más tarde se convirtieron en un componente
central de la historia de la abducción por extraterrestres. Debe de haber
docenas de especies extraterrestres en las distintas series televisivas y
películas de «Star Trek». Casi todas son variantes menores de humanos. La
causa debe de ser una necesidad económica —el coste se reduce a un actor y
una máscara de látex— pero es un bofetón en la cara de la naturaleza
estocástica del proceso evolutivo. Si hay extraterrestres, creo que casi todos
tendrán un aspecto devastadoramente menos humano que los Klingon y
Romulanos (y estarán en niveles totalmente distintos de tecnología). «Star
Trek» no se enfrenta a la evolución.
En muchos programas y películas de televisión, incluso la ciencia
casual —las frases que no son esenciales para un argumento ya desprovisto
de ciencia— se hace con incompetencia. Cuesta muy poco contratar a un
licenciado que lea el guión para conseguir una exactitud científica. Pero, por
lo que yo sé, eso no se hace casi nunca. Como resultado, tenemos pifias como
mencionar «parsec» como una unidad de velocidad y no de distancia en la
película —ejemplar en muchos otros aspectos— La guerra de las galaxias.
Si esas cosas se hicieran con el mínimo cuidado, incluso se podría mejorar el
argumento; ciertamente, podrían ayudar a transmitir un poco de ciencia a una
gran audiencia.
En la televisión hay gran cantidad de pseudociencia para los crédulos
y una cantidad razonable de medicina y tecnología, pero prácticamente nada
de ciencia, especialmente en los grandes canales comerciales, cuyos
ejecutivos tienden a pensar que programar ciencia significa un descenso en la
audiencia y la pérdida de beneficios, y no les importa nada más. Hay
empleados de emisoras con el título de «corresponsal científico», y un
programa de noticias ocasional que se dice dedicado a la ciencia. Pero casi
nunca se habla de ciencia en ellos, sólo de medicina y tecnología. Dudo que
en los canales haya un solo empleado cuyo trabajo sea leer el ejemplar
semanal de Nature o Science para ver si se ha descubierto algo digno de
mención. Cuando se anuncian en otoño los Premios Nobel de Ciencia, hay un
«gancho» de noticia perfecto para la ciencia: una posibilidad de explicar por
qué se dieron los premios. Pero, casi siempre, lo máximo que oímos es algo
así como: «... ojalá se llegue pronto a descubrir un remedio para el cáncer.
Hoy en Belgrado...»
¿Cuánta ciencia hay en los debates de radio o televisión, o en los
temibles programas matinales de los domingos en que personas de mediana
edad se sientan alrededor de una mesa para estar de acuerdo unos con otros?
¿Cuándo oyó usted por última vez un comentario inteligente sobre ciencia
por parte de un presidente de Estados Unidos? ¿Por qué en todo el país no
hay ni un solo espectáculo cuyo protagonista sea alguien dedicado a descubrir
cómo funciona el universo? Cuando se celebra un juicio por asesinato y se le
dedica tanta publicidad que todo el mundo menciona casualmente las pruebas
del ADN, ¿dónde están los programas especiales en horas punta dedicados a
los ácidos nucleicos y a la herencia? Ni siquiera puedo recordar haber visto
una descripción precisa y comprensible en televisión de cómo funciona la
televisión.
El medio más eficaz, con ventaja, para provocar interés en la ciencia
es la televisión. Pero este medio enormemente poderoso no hace apenas nada
para transmitir las satisfacciones y los métodos de la ciencia, mientras que su
ingenio de «científico loco» sigue resoplando.
En encuestas de principios de la década de los noventa, dos tercios de
todos los adultos de Estados Unidos no tenía ni idea de qué eran las
«autopistas de la información»; el cuarenta y dos por ciento no sabía dónde
estaba Japón; y el treinta y ocho por ciento ignoraba el término «holocausto».
Pero en una proporción de más del noventa por ciento habían oído hablar de
los casos criminales Menéndez, Bobbit y O. J. Simpson; el noventa y nueve
por ciento sabía que el cantante Michael Jackson era sospechoso de haber
abusado de un niño. Quizá Estados Unidos sea la nación mejor entretenida de
la Tierra, pero el precio que pagamos es muy alto.
Encuestas en Canadá y Estados Unidos del mismo período muestran
que los espectadores de televisión desearían que hubiera más ciencia en la
programación. En Norteamérica hay un buen programa de ciencia en la serie
«Nova» del Sistema de Emisión Pública y, a veces, en los canales de
Descubrimiento o Aprendizaje, o la Compañía Emisora Canadiense. Los
programas de «The Science Guy» de Bill Nye para niños pequeños en el
Sistema de Emisión Pública son rápidos de ritmo, presentan gráficos,
alcanzan a muchos reinos de la ciencia y, a veces, incluso iluminan el proceso
de descubrimiento. Pero todavía no se refleja en los canales la profundidad
del interés público en la ciencia con una presentación absorbente y precisa...
por no hablar del inmenso bien que resultaría de una mejor comprensión
pública de la ciencia.
---ooo--¿Cómo podríamos poner más ciencia en la televisión? Aquí hay
varias posibilidades:
» Las maravillas y métodos de la ciencia presentados de manera habitual en
programas de noticias y debates.
• Una serie llamada «Misterios Resueltos», en la que se presentarían
soluciones racionales de algunas especulaciones, incluyendo casos confusos
en medicina forense y epidemiología.
• «Volvió a sonar la campana»; una serie en la que reviviríamos la caída de
los medios de comunicación y cómo el público se traga anzuelo, línea y
plomada de una mentira gubernamental bien coordinada. Los dos primeros
episodios podrían ser el incidente del golfo de Tonkín y la irradiación
sistemática de civiles norteamericanos y de personal militar indefenso e
ignorante de ello con la supuesta finalidad de la «defensa nacional» después
de 1945.
• Una serie en capítulos sobre malas interpretaciones y errores fundamentales
de científicos famosos, líderes nacionales y figuras religiosas.
• Exposiciones regulares de pseudociencia perniciosa y participación de la
audiencia en programas sobre «cómo...»: cómo doblar cucharas, leer mentes,
salir a predecir el futuro, realizar cirugía psíquica, hacer lecturas en frío y
tocar la fibra sensible de los televidentes. Cómo se nos engaña: aprenda
haciéndolo.
• Un servicio de gráficos computerizados de última tecnología para preparar
por adelantado imágenes científicas de una amplia gama de noticias.
• Una serie de debates televisados poco caros, cada uno quizá de una hora, en
el que los productores dedicarían un presupuesto a gráficas informáticas para
cada bando, el moderador exigiría rigurosos niveles de pruebas sobre una
amplia serie de temas expuestos. Se podrían tratar temas en los que la prueba
científica fuera abrumadora, como el de la forma de la Tierra; aspectos
controvertidos en los que la respuesta sea menos clara, como la supervivencia
de la personalidad después de la muerte, el aborto, los derechos de los
animales o la ingeniería genética; o cualquiera de las presuntas
pseudociencias mencionadas en este libro.
Hay una necesidad apremiante de un mayor conocimiento público de
la ciencia. La televisión no puede proporcionarlo todo sola. Pero, si queremos
que haya mejoras a corto plazo en la comprensión de la ciencia, la televisión
es el sitio ideal para empezar.
CAPITULO 23
MAXWELL
Y LOS
«BICHOS RAROS»
39
__________________
39
Nerds en el original. En Estados Unidos se aplica esta palabra a un grupo bastante nutrido de
personas, científicos y otros, con un comportamiento y significación social que no tiene
equivalente en español. «Bichos raros» me ha parecido el calificativo más cercano al término.
(N. de la t.)
¿Por qué tenemos que subvencionar la
curiosidad intelectual?
RONALD REAGAN,
discurso de campaña, 1980
Nada puede merecer más nuestro
patrocinio que la promoción de la ciencia
y la literatura. El conocimiento es en
todos los países la base más segura de la
felicidad pública.
GEORGE WASHINGTON,
discurso en el
Congreso, 8 de enero de 1790
Abundan los estereotipos. Se hacen estereotipos de grupos étnicos, de
ciudadanos de otras naciones y religiones, de géneros y preferencias sexuales,
de personas nacidas en distintos momentos del año (la astrología de los
signos del Sol) y de las profesiones. La interpretación más generosa lo achaca
a una suerte de pereza intelectual: en lugar de juzgar a la gente por sus
méritos y defectos individuales, nos concentramos en un par de detalles de
información sobre ellos y a continuación los colocamos en una serie de
casillas previamente establecidas.
Con eso nos ahorramos el esfuerzo de pensar, al precio en muchos
casos de cometer una profunda injusticia. También nos protege del contacto
con la enorme variedad de personas, la multiplicidad de las maneras de ser
humanas. Aun en el caso de que el estereotipo fuera válido como promedio,
está destinado a fracasar en muchos casos individuales. La diversidad
humana se traduce en curvas en forma de campana. Hay un valor medio de
cada cualidad y un pequeño número de personas que se alejan de él por
ambos extremos.
Algunos estereotipos se producen como resultado de no controlar las
variables, de olvidar qué otros factores podrían estar en juego. Por ejemplo,
antes no había prácticamente ninguna mujer en la ciencia. Muchos científicos
varones eran terminantes: eso demostraba que a las mujeres les faltaba
capacidad para hacer ciencia. Por temperamento no les iba, la encontraban
demasiado difícil, requería un tipo de inteligencia que las mujeres no tienen,
eran demasiado emocionales para ser objetivas, ¿ha habido algún gran físico
|teórico que fuera mujer?... y así sucesivamente. Desde entonces, las barreras
se han ido desmoronando. Hoy las mujeres pueblan la mayoría de las
disciplinas de la ciencia. En mi propio terreno de estudios astronómicos y
planetarios, las mujeres han irrumpido en escena recientemente y hacen un
descubrimiento tras otro, aportando así un soplo de aire fresco que se
necesitaba con desesperación.
¿De qué datos carecían pues todos aquellos científicos famosos de las
décadas de los cincuenta y sesenta y anteriores para pronunciarse de manera
tan autoritaria sobre las deficiencias intelectuales de las mujeres?
Sencillamente, la sociedad impedía que las mujeres entrasen en la ciencia y
luego se las criticaba por ello confundiendo causa y efecto.
¿Quiere ser astrónoma, jovencita? Lo siento. ¿Por qué no puede serlo?
Porque no está a la altura.
¿Cómo sabemos que no está a la altura? Porque las mujeres nunca han sido
astrónomas.
El caso, expuesto de manera tan burda, parece absurdo. Pero la
gestación de un prejuicio puede ser sutil. Se rechaza al grupo despreciado con
argumentos espurios, planteados a veces con tal seguridad y menosprecio que
muchos de nosotros, e incluso a veces las propias víctimas, no atinamos a
reconocerlos como artimañas.
Los observadores eventuales de reuniones de escépticos, y los que
han echado una ojeada a la lista de miembros del CSICOP, habrán constatado
una gran preponderancia de hombres. Otros afirman que hay un número
desproporcionado de mujeres entre los que creen en la astrología (hay
horóscopos en la mayoría de las revistas de «mujeres», pero no en las de
«hombres»), los cristales, la percepción extrasensorial y similares. Los hay
que sugieren que el escepticismo tiene algo peculiarmente masculino. Exige
trabajo duro, enfrentamientos, es competitivo, difícil... mientras, dicen, las
mujeres tienen más tendencia a aceptar, a construir un consenso, y no les
interesa desafiar la sabiduría convencional. Pero, según mi experiencia, las
mujeres científicas tienen el sentido escéptico tan agudo como sus colegas
varones; simplemente, forma parte del hecho de ser científico. Esta crítica, si
es que lo es, se presenta al mundo con la confusión habitual: si no se alienta
el escepticismo en las mujeres y no se las prepara para ello, es bastante
normal que muchas de ellas no sean escépticas. Si se abren las puertas y se
les permite la entrada, son tan escépticas como cualquiera.
Una de las profesiones estereotipadas es la ciencia. Los científicos
son raros, socialmente ineptos, trabajan en temas incomprensibles que
ninguna persona normal sería capaz de encontrar interesantes... aunque
estuviera dispuesta a invertir el tiempo necesario, cosa que, desde luego, no
haría nadie en su sano juicio. «Dedícate a vivir», les diría uno de buena gana.
Pedí un retrato contemporáneo de los bichos raros de carne y hueso
de la ciencia a una experta en niños de once años que conozco. Debo señalar
que ella se limita a transmitir, sin aceptarlos necesariamente, los prejuicios
convencionales.
Llevan el cinturón justo por debajo de las axilas. Se ponen protectores
de plástico en los bolsillos de la camisa para exhibir una formidable
colección de bolígrafos y lápices. Llevan una calculadora programable en una
funda especial del cinturón. Todos llevan gafas gruesas con el puente de la
nariz roto y pegado con esparadrapo. Carecen de habilidades sociales e
ignoran o son indiferentes a esta carencia. Cuando ríen, les sale un ronquido.
Farfullan entre ellos en un lenguaje incomprensible. Se aferran a la
oportunidad de trabajar más para conseguir una nota más alta en todas las
asignaturas, excepto en gimnasia. Miran a la gente normal por encima del
hombro, y éstos a su vez se ríen de ellos. La mayoría tienen nombres como
Norman. (En la conquista normanda, una horda de locos de esos con cinturón
alto, bolsillo con protección, provistos de calculadora y con las gafas rotas
participó en la invasión de Inglaterra.) Hay más chicos así que chicas, pero
los hay de los dos géneros. No ligan nada. Si eres uno de ellos no puedes ser
enrollado. Y viceversa.
Desde luego, eso es un estereotipo. Hay científicos que van vestidos
con elegancia, que son de lo más enrollado, con los que muchas personas
querrían salir, que no llevan una calculadora oculta en los actos sociales. Hay
algunos que, si nos invitaran a su casa, nos sería imposible adivinar que son
científicos.
Pero hay otros que se adaptan al estereotipo, más o menos. Son
bastante ineptos socialmente. Puede haber, en proporción, muchos más
inadaptados entre los científicos que entre los diseñadores de moda o los
policías de tráfico. Quizá los científicos tiendan más a ello que los camareros,
cirujanos o cocineros. -¿Por qué tiene que ser así? A lo mejor, las personas
sin talento para congeniar con otras encuentran un refugio en ocupaciones
impersonales, especialmente las matemáticas y las ciencias físicas. A lo
mejor el estudio serio de temas difíciles requiere tanto tiempo y dedicación
que impide aprender más que las mínimas sutilezas sociales. Quizá sea una
combinación de ambos factores.
Igual que la imagen del científico loco con la que está estrechamente
relacionado, el estereotipo del científico «bicho raro» es dominante en
nuestra sociedad. ¿Qué tiene de malo hacer unos cuantos chistes de buena fe
a expensas de los científicos? Si, por la razón que sea, a la gente no le gusta
el estereotipo del científico, es menos probable que apoye la ciencia. ¿Por
qué subvencionarlos para que realicen sus pequeños proyectos absurdos e
incomprensibles? Bien, sabemos la respuesta a eso: se subvenciona la ciencia
porque proporciona beneficios espectaculares a todos los niveles de la
sociedad, como he argumentado en este libro. Así pues, los que encuentran
desagradables a los «bichos raros» científicos, pero al mismo tiempo desean
los productos de la ciencia, se enfrentan a una especie de dilema. Una
solución tentadora es dirigir las actividades de los científicos. Que no se les
dé dinero para que se vayan por las ramas; les diremos lo que necesitamos:
tal invento o tal proceso. No subvencionemos la curiosidad de los científicos,
sino algo que beneficie a la sociedad. Parece bastante sencillo.
El problema es que ordenar a alguien que vaya y haga un invento
específico, aunque el coste no sea ningún problema, no garantiza que se
consiga. Puede ser que se carezca de una base de conocimiento sin la que es
imposible que alguien consiga la invención que se tiene en mente. Y la
historia de la ciencia demuestra que muchas veces no se pueden encontrar los
principios básicos por un camino dirigido. Pueden surgir de las meditaciones
ociosas de un joven solitario perdido en el bosque. Los demás lo ignoran o
rechazan, como también otros científicos, a veces hasta que aparece una
nueva generación de ellos. Pedir con urgencia grandes inventos prácticos
desalentando al mismo tiempo la investigación guiada por la curiosidad sería
espectacularmente contraproducente.
---ooo--Supongamos que, por la gracia de Dios, usted es Victoria, la reina del
Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, defensora de la fe en la era más
próspera y triunfante del Imperio británico. Sus dominios se extienden por
todo el planeta. El rojo británico jalona abundantemente los mapas del
mundo. Usted preside el principal poder tecnológico del mundo. La máquina
de vapor se perfecciona en Gran Bretaña, principalmente por parte de
ingenieros escoceses, que proporcionan asesoría técnica en los ferrocarriles y
barcos de vapor que unen el imperio.
Supongamos que en el año 1860 tiene una idea visionaria, tan
atrevida que hasta el editor de Julio Verne la habría rechazado.
Quiere una máquina que lleve su voz y las imágenes de la gloria del
imperio a todas las casas del reino. Más todavía: quiere que los sonidos e
imágenes no lleguen por conductos o cables, sino por el aire... para que la
gente que trabaje en el campo pueda recibir este don de inspiración
instantánea creado para promover la lealtad y la ética del trabajo. La Palabra
de Dios también se puede transmitir con el mismo invento. Sin duda, se
encontrarán otras aplicaciones socialmente deseables.
Así, con el apoyo del primer ministro, convoca al gabinete, al Estado
Mayor y a los principales científicos e ingenieros del reino. Les comunica
que asignará un millón de libras al proyecto, mucho dinero en 1860. Si
necesitan más, pueden pedirlo. No le importa cómo lo hagan; sólo que lo
consigan. Ah, por cierto, se llamará Proyecto Westminster.
Probablemente surgirán algunos inventos útiles de una empresa así.
Siempre ocurre cuando se gastan grandes cantidades de dinero en tecnología.
Pero casi seguro que el Proyecto Westminster fracasará. ¿Por qué? Porque
todavía no se ha creado la ciencia que lo fundamenta. En 1860 existía el
telégrafo. Era imaginable, con un gasto enorme, instalar aparatos de telegrafía
en todas las casas para que todos pudieran enviar y recibir mensajes en
código Morse. Pero eso no es lo que había pedido la reina. Ella pensaba en la
radio y la televisión, pero eran inalcanzables.
En el mundo real, los conocimientos de física necesarios para
inventar la radio y la televisión llegaron de una dirección que nadie podía
haber predicho.
James Clerk Maxwell nació en Edimburgo, Escocia, en 1831. A los
dos años descubrió que con un plato de aluminio podía hacer rebotar una
imagen del sol en los muebles y que bailara por las paredes. Cuando sus
padres entraron corriendo en la sala, él gritó: «¡Es el sol! ¡Lo he conseguido
con el plato de aluminio!» De pequeño le fascinaban los microbios, los
gusanos, las rocas, las flores, las lentes, las máquinas. «Era humillante —
recordaba más tarde su tía Jane— la cantidad de preguntas que hacía aquel
niño y que no podías contestar.»
Naturalmente, cuando llegó a la escuela, le llamaron «Dafty» (daft,
en el inglés de Gran Bretaña, significa algo así como un poco chalado). Era
un joven extremadamente guapo, pero iba vestido sin esmero, más cómodo
que con estilo, y su provincianismo escocés en el habla y la conducta era
causa constante de burla, especialmente cuando llegó a la universidad. Y
tenía unos intereses peculiares.
Maxwell era un bicho raro.
Con sus profesores le fue un poco mejor que con sus compañeros. He
aquí un mordaz pareado que escribió en aquella época:
Los años se suceden y avanzan hacia el tiempo esperado En que el crimen de
los mortificantes será juzgado.
Muchos años después, en 1872, en su conferencia inaugural como
profesor de física experimental de la Universidad de Cambridge, aludió al
estereotipo de científico «bicho raro»:
No hace tanto tiempo que se consideraba necesariamente al hombre que se
dedicaba a la geometría, o a cualquier ciencia que requiriese una dedicación
continua, como un misántropo que ha tenido que abandonar todos los intereses
humanos para entregarse a abstracciones tan alejadas del mundo de la vida y
la acción que se ha vuelto insensible a las atracciones del placer y a las
exigencias de la obligación.
Sospecho que «no hace tanto tiempo» era la manera de Maxwell de recordar
las experiencias de su juventud. A continuación decía:
En el día de hoy no se contempla a los científicos con el mismo temor
respetuoso o la misma sospecha. Se considera que están de acuerdo con el
espíritu material de la época y que forman una especie de partido radical
avanzado entre los hombres cultos.
Ya no vivimos en una época de optimismo sin límites sobre los
beneficios de la ciencia y la tecnología. Entendemos que tiene su parte mala.
Hoy las circunstancias son mucho más cercanas a lo que Maxwell recordaba
de su infancia.
Maxwell hizo enormes contribuciones a la astronomía y la física,
desde la demostración concluyeme de que los anillos de Saturno están
compuestos de pequeñas partículas hasta las propiedades elásticas de los
sólidos y disciplinas que ahora se llaman teoría cinética de los gases y
mecánica estadística. Fue el primero en demostrar que una cantidad enorme
de pequeñas moléculas que, moviéndose por su cuenta, colisionan
incesantemente unas con otras y rebotan elásticamente, no lleva a la
confusión sino a unas leyes estadísticas precisas. Se puede predecir y
entender las propiedades de un gas así. (La curva en forma de campana que
describe las velocidades de las moléculas en un gas se llama ahora
distribución Maxwell-Bolzmann.) Inventó un ser mágico, llamado ahora el
«genio de Maxwell», cuyas acciones generan una paradoja que para ser
resuelta necesitó la teoría de la información moderna y la mecánica cuántica.
La naturaleza de la luz había sido un misterio desde la antigüedad. Se
entablaron cáusticos debates cultos sobre si era una partícula o una onda. Las
definiciones populares eran del estilo: «La luz es oscuridad... encendida.» La
mayor contribución de Maxwell fue su descubrimiento de que la electricidad
y el magnetismo, precisamente, se unen para convertirse en luz. La
comprensión ahora convencional del espectro electromagnético —que
consiste en longitudes de onda de rayos gama a rayos X, a luz ultravioleta,
luz visible, luz infrarroja, ondas de radio— se debe a Maxwell. Como la
radio, la televisión y el radar.
Pero Maxwell no buscaba nada de eso. Lo que le interesaba era cómo
la electricidad crea magnetismo y viceversa. Quiero describir lo que hizo
Maxwell, pero su consecución histórica es matemática de alto nivel. En unas
páginas, sólo puedo ofrecer en el mejor de los casos una especie de pincelada.
Ruego al lector que no entienda del todo lo que le voy a decir que me
perdone. Es imposible captar el sentido de lo que hizo Maxwell sin saber un
poco de matemáticas.
Mesmer, el inventor del «mesmerismo», creía haber descubierto que
un fluido magnético, «casi igual que el fluido eléctrico», permeaba todas las
cosas. También en esto estaba equivocado. Ahora sabemos que no hay un
fluido magnético especial y que todo magnetismo —incluyendo el poder que
reside en un imán de barra o herradura— se debe a la electricidad en
movimiento. El físico danés Hans Christian Oersted había hecho un pequeño
experimento en el que hacía fluir la electricidad por un cable para inducir a la
aguja de una brújula a oscilar y temblar. El cable y la brújula no estaban en
contacto físico. El gran físico inglés Michael Faraday había realizado el
experimento complementario: haciendo aparecer una fuerza magnética
generó una corriente eléctrica en un cable cercano. La electricidad, al variar
en el tiempo, se había extendido de algún modo y había generado
magnetismo, y el magnetismo al variar en el tiempo se había extendido de
algún modo generando electricidad. Eso se llamó «inducción» y era
profundamente misterioso, cercano a la magia.
Faraday proponía que el imán tenía un «campo» de fuerza invisible
que se extendía hacia el espacio circundante, más fuerte cuanto más cerca del
imán y más débil cuanto más lejos. Se podía rastrear la forma del campo
colocando pequeñas limaduras de hierro en un trozo de papel y poniendo un
imán debajo. También el pelo, después de un buen cepillado un día de baja
humedad, genera un campo eléctrico invisible que se extiende hacia el
exterior e incluso puede hacer mover pequeños pedazos de papel.
La electricidad en un cable, ahora lo sabemos, está causada por
partículas eléctricas submicroscópicas, llamadas electrones que responden a
un campo eléctrico en movimiento. Los cables están hechos de materiales
como el cobre que tienen muchos electrones libres (electrones no ligados en
átomos, sino con capacidad de movimiento). Sin embargo, a diferencia del
cobre, la mayoría de los materiales, por ejemplo la madera, no son buenos
conductores; son aislantes o «dieléctricos». En ellos, en comparación, hay
pocos electrones disponibles para moverse en respuesta al campo eléctrico o
magnético aplicado. No se produce ninguna corriente. Desde luego hay algún
movimiento o «desplazamiento» de electrones y, cuanto mayor sea el campo
magnético, mayor es el desplazamiento.
Maxwell ideó una manera de escribir lo que se sabía sobre la
electricidad y el magnetismo en su época, un método para resumir con
precisión todos esos experimentos con cables, corrientes e imanes. Aquí
tenemos las cuatro ecuaciones de Maxwell para describir la conducta de la
electricidad y el magnetismo en un medio material:
Se necesitan unos cuantos años de física de nivel universitario para
entender realmente estas ecuaciones. Están escritas a partir de una rama de
las matemáticas llamada cálculo vectorial. Un vector, en la fórmula en letra
negra, es cualquier cantidad con una magnitud y una dirección. Sesenta
kilómetros por hora no es un vector, pero sesenta kilómetros por hora hacia el
norte por la Autopista 1 sí lo es. E y B representan los campos eléctrico y
magnético. El triángulo, llamado nabla (por su parecido con cierta lira
antigua de Oriente Medio), expresa cómo varían los campos eléctrico y
magnético en el espacio tridimensional. El «producto punto» y el «producto
cruz» después de los nablas denotan dos tipos diferentes de variación
espacial.
É y B representan la variación temporal, el ritmo de cambio de los campos
eléctrico y magnético, j representa una corriente eléctrica. La minúscula
griega p (rho) representa la densidad de las cargas eléctricas, mientras que εo
(pronunciado «épsilon cero») y µo (pronunciado «mu cero») no son
variables, sino propiedades de la sustancia en que se mide E y B, y
determinadas por experimento. En el vacío, εo y µo son constantes de la
naturaleza.
Considerando las muchas cantidades diferentes que se reúnen en estas
ecuaciones, es sorprendente lo sencillas que son. Podían haber ocupado
páginas, pero no es así.
La primera de las cuatro ecuaciones de Maxwell expresa cómo un
campo eléctrico, debido a cargas eléctricas (por ejemplo, electrones), varía
con la distancia (se debilita cuanto más se aleja). Pero, cuanto mayor es la
densidad de carga (cuantos más electrones haya, por ejemplo, en un espacio
determinado), más fuerte es el campo.
La segunda ecuación nos dice que no se puede hacer una afirmación
comparable en magnetismo, porque las «cargas» magnéticas (o «monopolos»
magnéticos) de Mesmer no existen: si se sierra un imán por la mitad, no
habrá un polo «norte» aislado y un polo «sur» aislado; cada pieza tiene ahora
sus polos «norte» y «sur».
La tercera ecuación nos dice cómo un campo magnético cambiante
induce un campo eléctrico.
La cuarta describe lo contrario: cómo un campo eléctrico cambiante (o
una corriente eléctrica) induce un campo magnético.
Las cuatro ecuaciones son esencialmente una destilación de
generaciones de experimentos de laboratorio, principalmente de científicos
franceses y británicos. Lo que he descrito aquí vaga y cualitativamente, las
ecuaciones lo describen exacta y cuantitativamente.
Maxwell se hizo entonces una extraña pregunta: ¿cómo serían estas
ecuaciones en el vacío, en un lugar donde no hubiera cargas eléctricas ni
corrientes eléctricas? Podríamos esperar tal vez que en el vacío no hubiera
campos eléctricos ni magnéticos. En cambio, él sugirió que la forma correcta
de las ecuaciones de Maxwell para el comportamiento de la electricidad y el:
magnetismo el vacío es ésta
Fijó p igual a cero, indicando que no hay cargas eléctricas. También fijó j
igual a cero, indicando que no hay corrientes eléctricas. Pero no descartó el
último término en la cuarta ecuación,
µoεoÉ,
la débil corriente de
desplazamiento en aislantes.
¿Por qué no? Como se puede ver en las ecuaciones, la intuición de
Maxwell mantuvo la simetría entre los campos magnético y eléctrico. Incluso
en un vacío, con ausencia total de electricidad y hasta de materia, propuso
que un campo magnético cambiante provoca un campo eléctrico y viceversa.
Las ecuaciones iban a representar a la naturaleza, y Maxwell creía que la
naturaleza era bella y elegante. (También había otra razón, más técnica, para
conservar la corriente de desplazamiento en un vacío, que aquí pasamos por
alto.) Esta valoración estética por parte de un físico «bicho raro», totalmente
desconocido excepto para otros científicos académicos, ha contribuido más a
formar nuestra civilización que diez presidentes y primeros ministros juntos.
Brevemente, las cuatro ecuaciones de Maxwell para el vacío dicen: 1)
no hay cargas eléctricas en el vacío; 2) no hay monopolos magnéticos en el
vacío; 3) un campo magnético cambiante genera un campo eléctrico, y 4)
viceversa.
En cuanto hubo escrito así las ecuaciones, Maxwell pudo demostrar
fácilmente que E y B se propagaban por el espacio vacío como si fueran
ondas. Lo que es más, podía calcular la velocidad de la onda. Era sólo 1
dividido por la raíz cuadrada de
εo y µ . Pero εo y µ
O
O
habían sido medidos
en el laboratorio. Cuando se colocaban los números, se encontraba que los
campos eléctricos y magnéticos en el vacío debían propagarse,
asombrosamente, a la misma velocidad que se había medido antes para la luz.
El acuerdo era demasiado exacto para ser accidental. De pronto, de manera
desconcertante, la electricidad y el magnetismo estaban profundamente
implicados en la naturaleza de la luz.
Dado que la luz ahora parecía comportarse como ondas y derivar de
campos eléctricos y magnéticos, Maxwell la llamó electromagnética. Esos
oscuros experimentos con baterías y cables tenían algo que ver con el brillo
del sol, con la forma en que vemos, con la naturaleza de la luz. Albert
Einstein, meditando años después sobre el descubrimiento de Maxwell,
escribió: «A pocos hombres en el mundo les ha sido concedida una
experiencia así.»
El propio Maxwell se quedó perplejo ante los resultados. El vacío
parecía actuar como un dieléctrico. Dijo que puede ser «polarizado
eléctricamente». Maxwell, que vivía en una sociedad mecanicista, se sintió
obligado a ofrecer algún tipo de modelo mecánico para la propagación de una
onda electromagnética a través de un vacío perfecto. Así, se imaginó el
espacio lleno de una sustancia misteriosa que llamó éter, que sostenía y
contenía los campos eléctricos y magnéticos variables en el tiempo... algo así
como una gelatina palpitante pero invisible que impregnara el universo. Las
vibraciones del éter eran la razón por la que la luz viajaba a través de él, igual
que las ondas de agua se propagan por el agua y las ondas de sonido por el
aire.
Pero este éter tenía que ser un material muy raro, muy sutil,
fantasmagórico, casi incorpóreo. El Sol y la Luna, los planetas y las estrellas
tenían que pasar a través de él sin disminuir su velocidad, sin notarlo. Y, sin
embargo, tenía que tener la suficiente rigidez para sostener todas estas ondas
propagándose a una velocidad prodigiosa.
Se sigue usando la palabra «éter» sin relación con esto,
principalmente en el adjetivo etéreo, residente en el éter. Tiene algunas
connotaciones parecidas al más moderno «espacioso» o «flotante». Cuando,
en los primeros tiempos de la radio, decían: «en el aire», lo que tenían en
mente era el éter. (La frase rusa es casi literalmente «en el éter», vefir.) Pero,
desde luego, la radio viaja fácilmente a través del vacío, uno de los
principales descubrimientos de Maxwell. No necesita aire para propagarse.
La presencia de aire, si acaso, es un impedimento.
Toda la idea de luz y materia moviéndose por el éter iba a llevar
cuarenta años después a la teoría especial de la relatividad de Einstein,
E=mc2, y mucho más. La relatividad y los experimentos que llevaron a ella
demostraron de manera concluyente que no hay un éter que sostenga la
propagación de ondas electromagnéticas, como escribe Einstein en el extracto
del famoso trabajo que he reproducido en el capítulo 2. La onda avanza por sí
sola. El campo eléctrico cambiante genera un campo magnético; el campo
magnético cambiante genera un campo eléctrico. Se sostienen ambos... con
sus tirantes.
Muchos físicos quedaron profundamente turbados por la desaparición
del éter «luminífero». Habían necesitado algún modelo mecánico para que
toda la idea de la propagación de luz en el vacío fuera razonable, plausible,
comprensible. Pero era una muleta, un síntoma de nuestras dificultades para
reconocer reinos en los que el sentido común no sirve. El físico Richard
Feynman lo describió de este modo:
Hoy entendemos mejor que lo que cuenta son las ecuaciones en sí y no el
modelo usado para conseguirlas. Sólo podemos cuestionar si las ecuaciones
son verdaderas o falsas. Se contesta a eso haciendo experimentos, y un
número incontable de experimentos han confirmado las ecuaciones de
Maxwell. Si retiramos el andamio que utilizó para construirlo, nos
encontramos con que el bello edificio de Maxwell se mantiene por sí solo.
¿Pero qué son esos campos eléctricos y magnéticos variables en el
tiempo que impregnan todo el espacio? ¿Qué significan É y´B? Nos sentimos
mucho más cómodos con la idea de cosas que se tocan y se mueven, se
estiran o se empujan, que con «campos» que mueven mágicamente objetos a
distancia o meras abstracciones matemáticas. Pero, como señaló Feynman,
nuestra sensación de que al menos en la vida cotidiana podemos confiar en el
contacto físico sólido y sensible —para explicar, por ejemplo, por qué el
cuchillo de la mantequilla se acerca a uno cuando lo coge— es un concepto
erróneo. ¿Qué quiere decir tener contacto físico? ¿Qué ocurre exactamente
cuando uno toma un cuchillo, o empuja un columpio, o hace una onda en el
agua golpeando periódicamente sobre ella? Cuando investigamos en
profundidad, encontramos que no hay contacto físico. En cambio, las cargas
eléctricas de la mano están influyendo en las cargas eléctricas del cuchillo,
columpio o agua, y viceversa. A pesar de la experiencia y el sentido común
cotidiano, incluso aquí, sólo existe la interacción de campos eléctricos. Nada
toca nada.
Ningún físico se mostró impaciente con las nociones del sentido
común y ansioso por reemplazarlas por alguna abstracción matemática que
pudiera ser entendida sólo por extraños físicos teóricos. Empezaron, como
hacemos todos, con ideas cómodas y estándar de sentido común. El problema
es que la naturaleza no obedece. Si dejamos de insistir en nuestras ideas de
cómo debería comportarse la naturaleza, y nos ponemos ante ella con una
mente abierta y receptiva, encontramos que a menudo el sentido común no
funciona. ¿Por qué no? Porque nuestras ideas, tanto hereditarias como
aprendidas, de cómo funciona la naturaleza fueron forjadas en los millones de
años que nuestros antepasados eran cazadores y recolectores. En este caso, el
sentido común es una guía inexacta porque la vida de los cazadoresrecolectores no dependía de entender los campos eléctricos y magnéticos de
tiempo variable. No había castigos evolutivos por ignorar las ecuaciones de
Maxwell. En nuestra época es diferente.
Las ecuaciones de Maxwell muestran que un campo eléctrico
rápidamente variable (que haga más grande É) debería generar ondas
electromagnéticas. En 1888, el físico alemán Heinrich Hertz realizó el
experimento y encontró que había generado una nueva especie de radiación,
ondas de radio. Siete años después, científicos británicos en Cambridge
transmitieron señales de radio a una distancia de un kilómetro. En 1901,
Guglielmo Marconi, de Italia, utilizaba ondas de radio para comunicarse con
el otro lado del océano Atlántico.
La conexión económica, cultural y política del mundo moderno
mediante torres emisoras, enlaces de microondas y satélites de comunicación
se remonta a la idea de Maxwell de incluir la corriente de desplazamiento en
sus ecuaciones de vacío. Eso hace la televisión, que nos instruye y entretiene
de manera imperfecta; el radar, que quizá pueda haber sido el elemento
decisivo en la batalla de Gran Bretaña y en la derrota nazi en la segunda
guerra mundial (me gusta pensar que fue gracias a «Dafty», el bicho raro que
se adelantó al futuro y salvó a sus descendientes de sus atormentadores); el
control y navegación de aviones, barcos y naves espaciales; la
radioastronomía y la búsqueda de inteligencia extraterrestre y aspectos
significativos de la energía eléctrica y las industrias de microelectrónica.
Lo que es más, la idea de campos de Faraday y Maxwell ha
tenido gran influencia en la comprensión del núcleo atómico, la mecánica
cuántica y la estructura fina de la materia. Su unificación de electricidad,
magnetismo y luz en un todo matemático coherente es la fuente de
inspiración de posteriores intentos —algunos con éxito, otros todavía en
estado rudimentario— de unificar todos los aspectos del mundo físico,
incluyendo la gravedad y las fuerzas nucleares, en una gran teoría. Puede
decirse razonablemente que Maxwell abrió la puerta de la física moderna.
Richard Feynman describe nuestra visión actual del mundo silencioso
de los vectores eléctricos y magnéticos variables con estas palabras:
Intentemos imaginar cómo son los campos eléctrico y magnético ahora en el
espacio de esta sala de conferencias. En primer lugar hay un campo magnético
constante; procede de las corrientes del interior de la tierra, es decir, el campo
magnético constante de la tierra. Luego hay algunos campos eléctricos irregulares,
casi estáticos, producidos quizá por cargas eléctricas generadas por fricción cuando
varias personas se mueven en sus sillas y frotan las mangas de su chaqueta con los
brazos de la silla. Luego hay otros campos magnéticos producidos por corrientes
oscilatorias en el cableado eléctrico... campos que varían a una frecuencia de sesenta
ciclos por segundo, en sincronización con el generador de Boulder Dam. Pero son más
interesantes los campos eléctrico y magnético variables con frecuencias mucho más
altas. Por ejemplo, cuando la luz viaja desde la ventana hasta el suelo y las paredes,
hay pequeñas sacudidas de los campos eléctrico y magnético que se mueven a
trescientos mil kilómetros por segundo. Luego están también las ondas infrarrojas que
viajan de las fuentes calientes a la fría pizarra. Y hemos olvidado la luz ultravioleta,
los rayos X y las ondas de radio que viajan a través de la habitación.
A través de la sala vuelan ondas electromagnéticas que transportan música de
una banda de jazz. Hay ondas moduladas por una serie de impulsos que representan
imágenes de acontecimientos que ocurren en otras partes del mundo o de aspirinas
imaginarias que se disuelven en estómagos imaginarios. Para demostrar la realidad de
esas ondas, sólo es necesario encender un equipo electrónico que convierta esas ondas
en imágenes y sonidos.
Si nos adentramos en más detalle para analizar incluso el menor movimiento,
hay pequeñas ondas electromagnéticas que han entrado a la sala desde distancias
enormes. Ahora hay pequeñas oscilaciones del campo eléctrico, cuyas crestas están
separadas por una distancia de medio metro, que han venido de millones de
kilómetros de distancia, transmitidas a la Tierra desde la nave espacial Mariner [2]
que acaba de pasar por Venus. Sus señales llevan resúmenes de información que ha
recogido sobre los planetas (obtenida a partir de ondas electromagnéticas que viajan
del planeta a la nave espacial).
Hay movimientos muy pequeños de los campos eléctrico y magnético que
son ondas que se originaron a miles de millones de años luz... desde las galaxias en
los rincones más remotos del universo. Que esto es cierto se ha descubierto «llenando
la sala de cables»... construyendo antenas tan grandes como esta sala. Esas ondas de
radio han sido detectadas llegando desde lugares del espacio que están fuera del
alcance de los mayores telescopios ópticos. Incluso los telescopios ópticos son
simples recolectores de ondas electromagnéticas. Lo que llamamos las estrellas son
sólo deducciones, deducciones derivadas de la única realidad física que hemos
recibido de ellas hasta ahora, a partir de un meticuloso estudio de las ondulaciones
interminablemente complejas de los campos eléctrico y magnético que nos llegan a la
Tierra.
Desde luego, hay más: los campos producidos por rayos a kilómetros de
distancia, los campos de las partículas cargadas dé rayos cósmicos cuando atraviesan
la sala, y más, y más. ¡Qué complicado es eso del campo eléctrico en el espacio que
nos rodea!
Si la reina Victoria hubiera convocado una reunión urgente de sus
asesores y les hubiera ordenado que inventaran el equivalente de la radio y la
televisión, es poco probable que alguno de ellos hubiera imaginado que el
camino pasaba por los experimentos de Ampère, Biot, Oersted y Faraday,
cuatro ecuaciones de cálculo vectorial y la idea de conservar la corriente de
desplazamiento en el vacío. Creo que no hubieran llegado a ninguna parte.
Mientras tanto, por su cuenta, guiado sólo por la curiosidad, sin
prácticamente ningún coste para el gobierno, inconsciente de que estaba
preparando el terreno para el Proyecto Westminster, «Dafty» iba llenando
páginas. Es dudoso que se hubiera pensado en el modesto e insociable señor
Maxwell para efectuar un estudio de este tipo. De ser así, probablemente el
gobierno le habría dicho en qué tenía que pensar y en qué no, impidiendo
más que induciendo su gran descubrimiento.
Más tarde, Maxwell fue recibido por la reina Victoria. La audiencia
le causó muchos trastornos con anterioridad —sobre todo la desconfianza en
su capacidad de comunicar ciencia a alguien no experto— pero la reina se
distrajo en seguida y la entrevista fue corta. Como los otros cuatro grandes
científicos británicos de la historia reciente, Michael Faraday, Charles
Darwin, P. A. M. Dirac y Francis Crick, Maxwell nunca recibió el título de
caballero (aunque sí lo recibieron Lyell, Kelvin, J. J. Thomson, Rutherford,
Eddington y Hoyle, en el escalafón siguiente). En el caso de Maxwell, ni
siquiera existía la excusa de que pudiera tener opiniones poco acordes con la
Iglesia de Inglaterra: era un cristiano absolutamente convencional para su
época, más devoto que la mayoría. Quizá fuera su aire de bicho raro.
Los medios de comunicación —los instrumentos de educación y
entretenimiento que hizo posibles James Clerk Maxwell— no han ofrecido
nunca, que yo sepa, ni siquiera una miniserie sobre la vida y pensamiento de
su benefactor y fundador. En contraste, pensemos en lo difícil que es crecer
en Estados Unidos sin que la televisión le hable a uno, por ejemplo, de la
vida y época de Davy Crockett, Billy the Kid o Al Capone.
Maxwell se casó joven, pero por lo visto su matrimonio careció tanto
de pasión como de hijos. Reservaba toda su emoción para la ciencia. Este
fundador de la edad moderna murió en 1879 a los cuarenta y siete años.
Aunque la cultura popular casi le haya olvidado, los astrónomos de radar que
hacen mapas de otros mundos le recuerdan: la mayor cadena montañosa de
Venus, descubierta enviando ondas de radio desde la Tierra que rebotaban en
Venus y detectaban sus ecos apagados, lleva su nombre.
---ooo--Menos de un siglo después de la predicción de las ondas de radio de
Maxwell, se inició la primera búsqueda de señales de posibles civilizaciones
en los planetas de otras estrellas. Desde entonces ha habido una serie de
búsquedas, a algunas de las cuales me he referido antes, de los campos
eléctrico y magnético variables en el tiempo que cruzan las amplias distancias
interestelares desde otras posibles inteligencias —muy diferentes
biológicamente de nosotros— que también se habrían beneficiado en algún
momento de su historia de las percepciones de equivalentes locales de James
Clerk Maxwell.
En octubre de 1992 —en el desierto de Mojave, y en un valle cárstico
de Puerto Rico— iniciamos la búsqueda más prometedora, poderosa y
extensa de inteligencia extraterrestre (SETI) que se pueda imaginar. Por
primera vez, la NASA organizaba y ponía en práctica el programa. Se
examinaría todo el cielo durante un período de diez años con un alcance de
sensibilidad y frecuencia sin precedentes. Si, desde un planeta de cualquiera
de los cuatrocientos mil millones de otras estrellas que forman la galaxia de
la Vía Láctea, alguien nos hubiera mandado un mensaje por radio, habríamos
tenido una posibilidad bastante razonable de oírlo.
Justo un año después, el Congreso cortó el suministro. El SETI no era
de importancia apremiante; su interés era limitado; era demasiado caro. Pero
toda civilización en la historia humana ha dedicado algunos recursos a
investigar cuestiones profundas sobre el universo y es difícil pensar en otra
más profunda que saber si estamos solos. Aunque no pudiéramos descifrar
los contenidos del mensaje, la recepción de una señal así transformaría
nuestra visión del universo y de nosotros mismos. Y, si pudiéramos entender
el mensaje de una civilización técnicamente avanzada, los beneficios
prácticos podrían ser sin precedentes. Lejos de tener una base estrecha, el
programa SETI, vigorosamente apoyado por la comunidad científica, está
también arraigado en la cultura popular. La fascinación de esta empresa es
amplia y duradera, y por muy buena razón. Y, lejos de ser demasiado caro, el
programa habría costado algo así como un helicóptero de combate al año.
Me pregunto por qué los miembros del Congreso a quienes
preocupan tanto los costes no dedican mayor atención al Departamento de
Defensa —que, con la Unión Soviética desintegrada y la guerra fría
terminada, todavía gasta, con el total de costes registrados, bastante más de
trescientos mil millones de dólares al año—. (Y en todas las demás instancias
de gobierno hay muchos programas que se dedican al bienestar de los
potentados.) Quizá nuestros descendientes, cuando miren atrás hacia nuestra
época, se quedarán maravillados de que, estando en posesión de la tecnología
para detectar a otros seres, cerrásemos los oídos e insistiésemos en gastar
nuestra riqueza nacional para protegernos de un enemigo que ya no existe.40
David Goodstein, un físico de Cal Tech, apunta que el crecimiento de
la ciencia durante siglos ha sido tan exponencial que no puede seguir
creciendo así... porque todo el mundo en el planeta tendría que ser científico
y entonces el crecimiento debería detenerse. Especula que es por esta razón, y
no por un desafecto fundamental por la ciencia, que se ha reducido
sensiblemente el crecimiento en la financiación de la ciencia en las últimas
décadas.
Sin embargo me preocupa cómo se distribuyen los fondos de
investigación. Me preocupa que cancelar los fondos del gobierno para SETI
40
El programa SETI fue brevemente resucitado en 1995 con contribuciones privadas y el
apropiado nombre de Proyecto Fénix.
forme parte de una tendencia. El gobierno ha presionado a la Fundación
Nacional de la Ciencia para que se alejara de la investigación científica
básica y apoyara la tecnología, la ingeniería y las aplicaciones. El Congreso
está sugiriendo acabar con el Estudio Geológico de Estados Unidos y reducir
su apoyo al estudio del frágil medio ambiente de la Tierra. El apoyo de la
NASA para investigación y análisis de datos ya obtenidos se va limitando
cada vez más. A muchos científicos jóvenes no sólo les es imposible
conseguir becas para llevar a cabo su investigación sino que además no
encuentran trabajo.
La financiación de la investigación y el desarrollo industrial por parte
de las compañías americanas se ha reducido en años recientes. La
financiación de investigación y desarrollo del gobierno se ha reducido en el
mismo período. (Sólo aumentó la investigación y el desarrollo militar en la
década de los ochenta.) En gastos anuales, Japón es ahora el principal
inversor en investigación y desarrollo civil. En campos como informática,
equipo de telecomunicaciones, sector aeroespacial, robótica y equipo
científico de precisión la participación de Estados Unidos en las
exportaciones globales ha descendido, mientras ha aumentado la de los
japoneses. En este mismo período. Estados Unidos perdió la supremacía ante
Japón en la mayoría de tecnologías de semiconductores y experimentó un
grave declive en la participación de mercado de la televisión en color, vídeos,
fonógrafos, aparatos de teléfono y máquinas herramientas.
En la investigación básica, los científicos son libres de colmar su
curiosidad e interrogar a la naturaleza no con un fin práctico a corto plazo,
sino en busca del conocimiento por sí mismo. Desde luego, los científicos
tienen un interés personal en la investigación básica. Es lo que les gusta, en
muchos casos la razón por la que se hacen científicos. Pero esta investigación
es en interés de la sociedad. Así suelen hacerse los principales
descubrimientos que benefician a la humanidad. Vale la pena preguntarse si
unos cuantos proyectos científicos grandes y ambiciosos son mejor inversión
que un número mayor de programas pequeños.
Raramente somos lo bastante listos para hacer a propósito los
descubrimientos que dirigirán nuestra economía y salvaguardarán nuestras
vidas. A menudo nos falta la investigación básica. En cambio, nos dedicamos
a una amplia serie de investigaciones de la naturaleza y surgen aplicaciones
en las que nunca soñamos. No siempre, desde luego. Pero con bastante
frecuencia.
Dar dinero a alguien como Maxwell podría haber parecido la más
absurda promoción de la ciencia «guiada por la mera curiosidad» y una
imprudencia para los legisladores prácticos. ¿Por qué conceder dinero ahora
para que científicos que hablan una jerga incomprensible se dediquen a sus
hobbies, cuando todavía no se han abordado necesidades nacionales
apremiantes? Desde este punto de vista, es fácil entender la opinión de que la
ciencia no es más que otro grupo de presión ansioso por preservar la entrada
de dinero a fin de que los científicos no tengan que trabajar todo el día o estar
en nómina.
Maxwell no pensaba en la radio, el radar y la televisión cuando
garabateó por primera vez las ecuaciones fundamentales del
electromagnetismo; Newton no soñaba con el vuelo espacial o los satélites de
comunicación cuando entendió por primera vez el movimiento de la Luna;
Roentgen no pensaba en el diagnóstico médico cuando investigó una
radiación penetrante tan misteriosa que la llamó «rayos X»; Curie no pensaba
en la terapia para el cáncer cuando extrajo laboriosamente cantidades
mínimas de radio de toneladas de pechblenda; Fleming no planeaba salvar la
vida de millones de personas con los antibióticos cuando observó un círculo
libre de bacterias alrededor de un brote de moho; Watson y Crick no
imaginaban la curación de enfermedades genéticas cuando se devanaban los
sesos sobre la difractometría de rayos X del ADN; Rowland y Molina no
planeaban implicar los CFC en la reducción del ozono cuando empezaron a
estudiar el papel de los halógenos en la fotoquímica estratosférica.
De vez en cuando, miembros del Congreso y otros líderes políticos
no se han podido resistir a bromear sobre alguna proposición científica
aparentemente oscura para la que se pide financiación al gobierno. Hasta un
senador tan brillante como William Proxmire, licenciado en Harvard, tenía
tendencia a conceder el premio del «vellocino de oro» a proyectos científicos
ostensiblemente inútiles, incluyendo el SETI. Me imagino el mismo espíritu
en gobiernos previos: un tal señor Fleming desea estudiar los gusanos en el
queso oloroso; una mujer polaca desea tamizar toneladas de mineral del
centro de África para encontrar cantidades mínimas de una sustancia que,
según dice, resplandecerá en la oscuridad; un tal señor Kepler quiere
escuchar las canciones que cantan los planetas.
Esos descubrimientos y muchos más, que caracterizan y honran a
nuestra época y a algunos de los cuales debemos la vida, fueron hechos por
científicos que tuvieron la oportunidad de explorar lo que en su opinión, bajo
el escrutinio de sus colegas, eran cuestiones básicas de la naturaleza. Las
aplicaciones industriales, en las que el Japón de las últimas dos décadas ha
destacado, son excelentes. Pero ¿aplicaciones de qué? La investigación
fundamental, la investigación del corazón de la naturaleza, es el medio a
través del que adquirimos el nuevo conocimiento que se aplica.
Los científicos tienen la obligación, especialmente cuando piden
dinero, de explicar lo que pretenden con la mayor claridad y honestidad. El
Supercolisionador Superconductor (SSC) habría sido el instrumento
preeminente en el planeta para explorar la estructura fina de la materia y la
naturaleza del universo. Su precio era de diez mil a quince mil millones de
dólares. Fue cancelado por el Congreso en 1993 después de haber gastado
unos dos mil millones... el peor resultado posible. Pero yo creo que la base
principal de este debate no era el declive del interés en el apoyo a la ciencia.
Pocos miembros del Congreso entendieron para qué servían los aceleradores
modernos de alta energía. No sirven como armas. No tienen aplicaciones
prácticas. Son para algo que, preocupantemente desde el punto de vista de
muchos, se llama «la teoría de todas las cosas». Las explicaciones que
implican entidades llamadas quarks, encanto, olor, color, etc., dan la
impresión de que los físicos son muy simpáticos y tiernos. Todo en general
tiene un aura, al menos desde el punto de vista de algunos miembros del
Congreso con los que he hablado, de «bichos raros enloquecidos»... lo que
me parece una manera muy poco caritativa de describir la ciencia basada en
la curiosidad. Ninguno de los que pagaban tenía la más remota idea de qué es
un bosón de Higgs. He leído parte del material que pretendía justificar el
SSC. Al final de todo, había una parte que no era tan mala, pero no había
nada que explicara de qué iba el proyecto a un nivel accesible para personas
brillantes pero escépticas que no fueran físicos. Si los físicos piden diez mil o
quince mil millones de dólares para construir una máquina que no tiene valor
práctico, al menos deberían hacer un esfuerzo extremadamente serio, con
gráficas asombrosas, metáforas y un buen uso del idioma, para justificar su
propuesta. Creo que la clave del fracaso del SSC es algo más que la mala
gestión financiera, la limitación de presupuesto y la incompetencia política.
Hay un punto de vista creciente de libre mercado del conocimiento
humano según el que la investigación básica debería competir sin apoyo del
gobierno con todas las demás instituciones y demandantes de la sociedad. De
no haber podido confiar en el apoyo del gobierno, si hubieran tenido que
competir en la economía de mercado libre de su época, es muy poco probable
que alguno de los científicos de mi lista hubiera podido hacer su
investigación básica fundamental. Y el coste de la investigación básica, tanto
teórica como especialmente experimental, es sustancialmente mayor de lo
que era en la época de Maxwell.
Pero, dejando esto a un lado, ¿sería adecuado que las fuerzas del
mercado libre apoyaran la investigación básica? Actualmente sólo se financia
un diez por ciento de las propuestas dignas de investigación en medicina. Se
gasta más dinero en curanderos que en toda la investigación médica. ¿Qué
pasaría si el gobierno optara por abandonar la investigación médica?
Un aspecto necesario de la investigación básica es que sus aplicaciones
radiquen en el futuro: a veces décadas o incluso siglos después. Lo que es
más, nadie sabe qué aspectos de la investigación básica tendrán valor práctico
y cuáles no. Si los científicos no pueden hacer esas predicciones, ¿van a
hacerlas los políticos o los industriales? Si las fuerzas del mercado libre están
centradas sólo en el beneficio a corto plazo —como lo están ciertamente en
Estados Unidos con un declive abrupto en investigación corporativa—, ¿no
equivale esta solución a abandonar la investigación básica?
Cortar de cuajo la ciencia fundamental que tiene como guía la
curiosidad es como comerse la semilla del maíz. Quizá nos quede un poco
para comer el próximo invierno, pero ¿qué plantaremos para alimentarnos
nosotros y nuestros hijos los inviernos siguientes?
Desde luego hay muchos problemas acuciantes para nuestra nación y
para nuestra especie. Pero reducir la investigación científica básica no es la
manera de resolverlos. Los científicos no constituyen un bloque de votantes.
No tienen un grupo de presión efectivo. Sin embargo, gran parte de su trabajo
es en interés de todos. Alejarse de la investigación fundamental constituye
una falta de fuerza, de imaginación y de esa visión de futuro que todavía no
parecemos dominar. A uno de esos extraterrestres hipotéticos podría
parecerle asombroso que estuviéramos planeando no tener un futuro.
Desde luego, necesitamos alfabetización, educación, trabajo, atención
médica adecuada y defensa, protección del medio ambiente, seguridad en la
vejez, un presupuesto equilibrado y un montón de cosas más. Pero somos una
sociedad rica. ¿No podemos alimentar a los Maxwell de nuestra época? Para
poner un ejemplo simbólico, ¿es verdad que no nos podemos permitir
comprar maíz para sembrar, por el valor de un helicóptero de combate, para
escuchar a las estrellas?
CAPITULO 24
CIENCIA
Y
BRUJERÍA
41
41
Escrito con Ann Druyan. Los dos capítulos siguientes incluyen más contenido político que
cualquier otra parte del libro. No deseo sugerir que la defensa de la ciencia y el escepticismo
conduzcan necesariamente a todas las conclusiones políticas y sociales que yo extraigo. Aunque
el pensamiento escéptico es de valor incalculable en política, la política no es una ciencia.
Ubi dubium ibi libertas:
Donde hay duda, hay libertad.
Probervio latino
El título de la Feria Mundial de Nueva York de 1939 —que tanto me
impresionó cuando la visité de niño procedente del oscuro Brooklyn— era
«El mundo del mañana». El mero hecho de adoptar un tema como éste
constituía una promesa de que habría un mundo del mañana, y una simple
mirada fortuita afirmaba que sería mejor que el mundo de 1939. Aunque a mí
el matiz me pasó totalmente inadvertido, mucha gente anhelaba una promesa
tranquilizadora en vísperas de la guerra más brutal y calamitosa de la historia
humana. Al menos supe que crecería en el futuro. El «mañana» limpio y
lustroso que se retrataba en la Feria era atractivo y esperanzador. Y estaba
claro que algo llamado ciencia era el medio para realizar este futuro.
Pero si las cosas hubieran evolucionado de manera un poco diferente,
la Feria me habría podido dar muchísimo más ¿Se había producido una lucha
feroz entre bastidores. La visión que prevaleció fue la del presidente de la
Feria y portavoz principal, Grover Whalen, antiguo ejecutivo de empresa,
jefe de la policía de la ciudad de Nueva York en una época de brutalidad
policial sin precedentes e innovador de las relaciones públicas. Era él quien
había pensado que los edificios de la exposición fueran principalmente
comerciales, industriales, orientados a los productos de consumo, y quien
había convencido a Stalin y Mussolini de que construyeran espléndidos
pabellones nacionales. (Más tarde se quejó de haberse visto obligado a
saludar con frecuencia al modo fascista.) El nivel de las exposiciones, como
las describió un diseñador, correspondía a la mentalidad de un niño de doce
años.
Sin embargo, según cuenta el historiador Peter Kuznick de la
Universidad Americana, un grupo de científicos prominentes —entre los que
se encontraban Harold Urey y Albert Einstein— defendía la presentación de
la ciencia por sí sola, no como el camino hacia los objetos de consumo a la
venta, con el fin de destacar el método de pensamiento y no sólo los
productos de la ciencia. Estaban convencidos que la comprensión popular de
la ciencia era el antídoto de la superstición y el fanatismo; que, como dijo el
divulgador científico Watson Davis, «el camino científico es el camino de la
democracia». Un científico incluso llegó a sugerir que, si se ampliaba la
apreciación del público por los métodos de la ciencia, se podría conseguir
«una conquista final de la estupidez»... un objetivo meritorio pero
probablemente irrealizable.
Tal como sucedieron los hechos, las exposiciones de la Feria apenas
exhibían ciencia real, a pesar de las protestas de los científicos y sus
llamamientos a altos principios. Y, sin embargo, parte de lo poco que había
me llamó profundamente la atención y contribuyó a transformar mi infancia.
Pero el enfoque central seguía siendo el de empresa y de consumo, y no había
esencialmente nada sobre la ciencia como manera de pensar, menos todavía
como baluarte de una sociedad libre.
---ooo--Exactamente medio siglo después, en los años finales de la Unión
Soviética, Ann Druyan y yo nos encontrábamos cenando en Peredeikino, un
pueblo de las afueras de Moscú donde algunos miembros del Partido
Comunista, generales retirados y unos cuantos intelectuales privilegiados
tenían su casa de verano. El aire estaba electrizado con la perspectiva de
nuevas libertades, especialmente el derecho a expresar una opinión aunque no
fuera del agrado del gobierno. Florecía la legendaria revolución de nacientes
expectativas.
Pero, a pesar de la glasnost, las dudas estaban muy extendidas.
¿Permitirían realmente los que detentaban el poder que se oyera la voz de sus
críticos? ¿Se permitiría realmente la libertad de expresión, de reunión, de
prensa, de religión? ¿Sería capaz un pueblo sin experiencia de libertad de
soportar la carga que ésta representa?
Algunos ciudadanos soviéticos presentes en la cena habían luchado
—durante décadas y contra fuerzas superiores— por las libertades que la
mayoría de los americanos dan por supuestas; ciertamente se habían
inspirado en el experimento americano, una demostración en el mundo real
de que las naciones, incluso las multiculturales y multiétnicas, podían
sobrevivir y prosperar con esas libertades razonablemente intactas. Llegaron
al extremo de plantear la idea de que la prosperidad era debida a la libertad...
que, en una era de alta tecnología y cambio rápido, ambas cosas prosperan o
decaen a la vez, que la apertura de la ciencia y la democracia, su voluntad de
ser juzgadas mediante el experimento, eran maneras de pensar estrechamente
unidas.
Hubo muchos brindis, como siempre ocurre en las cenas en esa parte
del mundo. El más memorable fue el de un famoso novelista soviético. Se
puso en pie, levantó la copa, nos miró a los ojos y dijo: «Por los americanos.
Ellos tienen un poco de libertad.» Hizo una pausa, y luego añadió: «Y saben
cómo conservarla.» ¿Sabemos?
---ooo--Todavía no se había secado la tinta de la Declaración de Derechos
cuando los políticos encontraron una manera de subvertirla... sacando
provecho del temor y la histeria patriótica. En 1798, el partido federalista
gobernante sabía que la tecla que debía pulsar era el prejuicio étnico y
cultural. Los federalistas, explotando las tensiones entre Francia y Estados
Unidos y el temor extendido de que los inmigrantes franceses e irlandeses
tuvieran una ineptitud intrínseca para ser americanos, aprobaron una serie de
leyes que se llamaron de extranjería y sedición.
Se aprobó una ley que elevaba el requisito de residencia para
conseguir la ciudadanía de cinco a catorce años. (Los ciudadanos de origen
francés e irlandés solían votar por la oposición, el partido republicano
democrático de Thomas Jefferson.) La ley de extranjería otorgaba el poder al
presidente John Adams de deportar a todo extranjero que despertara sus
sospechas. Poner nervioso al presidente, decía un miembro del Congreso, «es
el nuevo delito». Jefferson creía que la ley de extranjería se había
promulgado particularmente para expulsar al historiador y filósofo francés C.
F. Volney,42 a Pierre Samuel du Pont de Nemours, patriarca de la famosa
familia de químicos, y al científico británico Joseph Priestley, descubridor del
oxígeno y antecesor intelectual de James Clerk Maxwell. Desde el punto de
vista de Jefferson, ésas eran exactamente las personas que necesitaba
América.
La Ley de Sedición convirtió en ilegal la publicación de críticas
«falsas o maliciosas» del gobierno o el fomento de la oposición a alguno de
sus actos. Se efectuó media docena de arrestos, se condenó a diez personas y
se censuró o redujo al silencio a muchas más por intimidación. La ley, según
Jefferson, pretendía «acallar cualquier tipo de oposición política convirtiendo
en delito la crítica de los funcionarios o policías federalistas».
42
Un pasaje típico del libro Ruinas de 1791 de Volney:
«Uno disputa, discute, lucha por algo que es incierto, por algo de lo que duda. ¡Oh, hombres!
¿No es esto una locura?... Debemos trazar una línea de distinción entre los que son capaces de
verificación y los que no lo son, y separar con una barrera inviolable el mundo de los seres
fantásticos del mundo de las realidades; es decir, debe eliminarse todo efecto civil de las
opiniones teológicas y religiosas.»
Jefferson, en cuanto fue elegido, durante la primera semana de su
presidencia en 1801, perdonó a todas las víctimas de la ley de sedición
porque, dijo, su espíritu era tan contrario a la libertad americana como si el
Congreso nos ordenara arrodillarnos para adorar a un becerro de oro. En
1802, en los libros no quedaba ni rastro de las leyes de extranjería y sedición.
A dos siglos de distancia, es difícil captar el encrespamiento de
ánimo que convirtió a los franceses y los «salvajes irlandeses» en una
amenaza tan grave como para hacernos pensar en renunciar a nuestras más
preciadas libertades. Reconocer el mérito de los logros culturales franceses e
irlandeses, defender la igualdad de derechos para ellos se despreciaba en los
círculos conservadores como sentimentalismo, una corrección política poco
realista. Pero así es como funciona siempre. Siempre nos parece una
aberración más tarde. Pero entonces ya estamos en las garras del siguiente
brote de histeria.
Los que persiguen el poder a cualquier precio detectan una debilidad
social, un temor que pueden aprovechar para llegar al cargo. Puede tratarse
de diferencias étnicas, como era entonces el caso, quizá de diferentes
cantidades de melanina en la piel; de filosofías o religiones diferentes; o
quizá sea el uso de drogas, los delitos violentos, la crisis económica, las
oraciones en la escuela o la «profanación» de la bandera.
Sea cual sea el problema, la solución más rápida es reducir un poco
de libertad de la Declaración de Derechos. Sí, en 1942, los nipoamericanos
estaban protegidos por la Declaración de Derechos, pero los encerramos de
todas maneras... Al fin y al cabo había una guerra. Sí, hay prohibiciones
constitucionales contra la busca y captura irracional, pero se ha declarado la
guerra contra las drogas y el delito violento aumenta sin control. Sí, tenemos
libertad de expresión, pero no queremos que vengan autores extranjeros a
escupirnos ideologías ajenas, ¿verdad que no? Los pretextos cambian de año
en año, pero el resultado sigue siendo el mismo: concentrar más poder en
menos manos y suprimir la diversidad de opinión... aunque la experiencia ha
dejado claros los peligros de seguir este curso de acción.
---ooo--Si no sabemos de qué somos capaces, no podemos apreciar las
medidas que se toman para protegernos de nosotros mismos. He comentado
la persecución de las brujas en Europa en el contexto de la abducción por
extraterrestres; confío en que el lector me perdonará por volver a ella en su
contexto político. Es una apertura al autoconocimiento humano. Si nos
centramos en lo que las autoridades religiosas y seculares consideraban una
prueba aceptable y un juicio justo en las cazas de brujas de los siglos XV a
XVII, se clarifican muchas de las características novedosas y peculiares de la
Constitución de Estados Unidos del siglo XVIII y la Declaración de
Derechos: entre ellas, el juicio perjurado, las prohibiciones de la
autoincriminación y de los castigos crueles y exagerados, la libertad de
expresión y de prensa, el proceso justo, el equilibrio de poderes y la
separación de Iglesia y Estado.
Friedrich von Spee (pronunciado «Shpay») era un jesuita que tuvo la
mala suerte de escuchar las confesiones de los acusados de brujería en la
ciudad alemana de Wurzburgo (véase capítulo 7). En 1631 publicó Cautio
Criminalis {Precauciones para los acusadores), donde exponía la esencia de
aquel terrorismo Iglesia-Estado contra los inocentes. Antes de recibir su
castigo, murió víctima de una epidemia de peste... atendiendo a los afligidos
como cura de la parroquia. Aquí tenemos un extracto de su libro:
1. Por increíble que parezca, entre nosotros, alemanes, y
especialmente (me avergüenza decirlo) entre católicos, hay supersticiones
populares, envidia, calumnias, maledicencias, insinuaciones y similares que,
al no ser castigadas ni refutadas, levantan la sospecha de brujería. Ya no Dios
o la naturaleza, sino las brujas son las responsables de todo.
2. Así, todo el mundo clama para que los magistrados investiguen a
las brujas... a quienes sólo el chisme popular ha hecho tan numerosas.
3. Los príncipes, en consecuencia, piden a sus jueces y consejeros que
abran los procesos contra las brujas.
4. Los jueces apenas saben por dónde empezar, ya que no tienen
evidencias [indicia] ni pruebas.
5. Mientras tanto, la gente considera sospechoso este retraso; y un
informador u otro convence a los príncipes a tal efecto.
6. En Alemania, ofender a estos príncipes es un serio delito; hasta los
sacerdotes aprueban lo que pueda complacerles sin preocuparse de quién ha
instigado a los príncipes (por muy bien intencionados que sean).
7. Al final, por tanto, los jueces ceden a sus deseos y consiguen
empezar los juicios.
8. Los jueces que se retrasan, temerosos de verse involucrados en
asunto tan espinoso, reciben un investigador especial. En este campo de
investigación, toda la inexperiencia o arrogancia que se aplique a la tarea se
considera celo de la justicia. Este celo también se ve estimulado por la
expectativa de beneficio, especialmente para un agente pobre y avaricioso con
una familia numerosa, cuando recibe como estipendio tantos dólares por
cabeza de bruja quemada, además de las tasas incidentales y gratificaciones
que los agentes instigadores tienen licencia para arrancar a placer de aquellos
a los que convocan.
9. Si los desvaríos de un demente o algún rumor malicioso y ocioso
(porque no se necesita nunca una prueba del escándalo) señalan a una pobre
mujer inofensiva, ella es la primera en sufrir.
10. Sin embargo, para evitar la apariencia de que se la acusa
únicamente sobre la base de un rumor, sin otras pruebas, se obtiene una cierta
presunción de culpabilidad al plantear el siguiente dilema: o bien ha llevado
una vida mala e impropia, o bien ha llevado una vida buena y propia. Si es
mala, debe de ser culpable. Por otro lado, si su vida ha sido buena, es igual de
condenable; porque las brujas siempre simulan con el fin de aparecer
especialmente virtuosas.
11. En consecuencia, se encarcela a la vieja. Se encuentra una nueva
prueba mediante un segundo dilema: tiene miedo o no lo tiene. Si lo tiene
(cuando escucha las horribles torturas que se utilizan contra las brujas), es una
prueba segura; porque su conciencia la acusa. Si no muestra temor (confiando
en su inocencia), también es una prueba; porque es característico de las brujas
simular inocencia y llevar la frente alta.
12. En caso de que éstas fueran las únicas pruebas, el investigador
hace que sus detectives, a menudo depravados e infames, hurguen en su vida
anterior. Esto, desde luego, no puede hacerse sin que aparezca alguna frase o
acto de la mujer que hombres tan bien dispuestos puedan torcer o distorsionar
para convertirlo en prueba de brujería.
13. Todo aquel que le desee mal tiene ahora grandes oportunidades de
hacer contra ella las acusaciones que desee; y todo el mundo dice que las
pruebas contra ella son consistentes.
14. Y así se la conduce a tortura, a no ser, como sucede a menudo, que
sea torturada el mismo día de su arresto.
15. En esos juicios no se permite a nadie tener abogado ni cualquier
medio de defensa justa porque la brujería se considera un delito excepcional
[de tal enormidad que se pueden suspender todas las normas legales de
procedimiento], y quien se atreve a defender a la prisionera cae bajo sospecha
de brujería personalmente... así como los que osan expresar una protesta en
estos casos y apremian a los jueces a ejercitar la prudencia, porque a partir de
entonces reciben el calificativo de defensores de la brujería. Así que todo el
mundo guarda silencio por miedo.
16. A fin de que pueda parecer que la mujer tiene una oportunidad de
defenderse a sí misma, la llevan ante el tribunal y se procede a leer y examinar
—si se puede llamar así— los indicios de su culpabilidad.
17. Aun en el caso que niegue esas acusaciones y responda
adecuadamente a cada una de ellas, no se le presta atención y ni siquiera se
recogen sus respuestas; todas las acusaciones retienen su fuerza y validez, por
muy perfectas que sean las respuestas. Se le ordena regresar a la prisión para
pensar más detenidamente si persistirá en su obstinación... porque, como ha
negado su culpabilidad, es obstinada.
18. Al día siguiente la vuelven a llevar fuera y escucha el decreto de
tortura, como si nunca hubiera rechazado las acusaciones.
19. Antes de la tortura, sin embargo, la registran en busca de
amuletos; le afeitan todo el cuerpo y le examinan sin moderación hasta esas
partes íntimas que indican el sexo femenino.
20. ¿Qué tiene eso de asombroso? A los sacerdotes se los trata del
mismo modo.
21. Cuando la mujer ha sido afeitada y examinada, la torturan para
hacerle confesar la verdad, es decir, para que declare lo que ellos quieren,
porque naturalmente no hay otra cosa que sea ni pueda ser la verdad.
22. Empiezan con el primer grado, es decir, la tortura menos grave.
Aunque dura en exceso, es suave comparada con las que seguirán. Así, si
confiesa, ¡dicen que la mujer ha confesado sin tortura!
23. Ahora bien, ¿qué príncipe puede dudar de su culpabilidad cuando
le dicen que ha confesado voluntariamente sin tortura?
24. La condenan pues a muerte sin escrúpulos. Pero la habrían
ejecutado aunque no hubiese confesado; porque, en cuanto la tortura ha
empezado, la suerte ya está echada; no puede escapar, tiene que morir a la
fuerza.
25. El resultado es el mismo tanto si confiesa como si no. Si confiesa,
su culpa es clara: es ejecutada. Cualquier retractación es en vano. Si no
confiesa, la tortura se repite: dos, tres, cuatro veces. En delitos excepcionales,
la tortura no tiene límite de duración, severidad o frecuencia.
26. Si, durante la tortura, la vieja contorsiona sus facciones con dolor,
dicen que se ríe; si pierde el sentido, que se ha dormido o está bajo un hechizo
aletargador. Y, si está aletargada, merece ser quemada viva, como se ha hecho
con alguna que, aunque torturada varias veces, no decía lo que los
investigadores querían.
27. E incluso confesores y curas afirman que murió obstinada e
impenitente; que no se convirtió ni abandonó su íncubo, sino que mantuvo su
fe en él.
28. Sin embargo, si muere bajo tanta tortura, dicen que el diablo le
rompió el cuello.
29. Después de lo cual el cadáver es enterrado debajo del patíbulo.
30. Por otro lado, si no muere bajo tortura y si algún juez
excepcionalmente escrupuloso no osa torturarla más sin mayores pruebas o
quemarla sin confesión, la mantienen en la cárcel y la encadenan con la
máxima dureza para que se pudra hasta que ceda, aunque pueda pasar un año
entero.
31. La acusada no puede liberarse nunca. El comité investigador
caería en desgracia si absolviera a una mujer; una vez arrestada y con cadenas,
tiene que ser culpable, por medios justos o ilícitos.
32. Mientras tanto, sacerdotes ignorantes y testarudos acosan a la
desgraciada criatura a fin de que, sea cierto o no, se confíese culpable; de no
hacerlo así, dicen, no puede ser salvada ni participar en los sacramentos.
33. Sacerdotes más comprensivos o cultos no la pueden visitar en la
cárcel para evitar que le den consejo o informen a los príncipes de lo que
ocurre. Lo más temible es que salga a la luz algo que demuestre la inocencia
de la acusada. Las personas que intentan hacerlo reciben el nombre de
perturbadores.
34. Mientras la mantienen en prisión y bajo tortura, los jueces
inventan astutos mecanismos para reunir nuevas pruebas de culpabilidad con
el fin de declararla culpable de modo que, al revisarse el juicio, algún
facultativo universitario pueda confirmar que debía ser quemada viva.
35. Hay jueces que, para aparentar una escrupulosidad suprema, hacen
exorcizar a la mujer, la transfieren a otra parte y la vuelven a torturar para
romper su aletargamiento; sí mantiene silencio, entonces al menos pueden
quemarla. Ahora bien, en nombre del Cielo, me gustaría saber: si tanto la que
confiesa como la que no perecen del mismo modo, ¿cómo puede escapar
alguien por inocente que sea? Oh mujer infeliz, ¿por qué has concebido
esperanzas a la ligera? ¿Por qué, al entrar en la cárcel, no admitiste en seguida
lo que ello