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el cielo estrellado encima de mí y la ley moral dentro de mí

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el cielo estrellado encima de mí y la ley moral dentro de mí
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Kant
... el cielo estrellado encima de mí y la ley moral dentro de
mí...
Immanuel Kant nació en 1724 en la ciudad de Königsberg, al este de Prusia.
Era hijo de un guarnicionero. Vivió casi toda su vida en su ciudad natal,
donde murió a los 80 años. Venía de un hogar severamente cristiano. Muy
importante para toda su filosofía fue también su propia religiosidad. Para él,
como para Berkeley, era importante salvar la base de la fe cristiana. (…)
De todos los filósofos de los que hemos hablado hasta ahora, Kant fue el
primero que trabajó en una universidad en calidad de profesor de filosofía.
Es lo que se suele llamar un «filósofo profesional». –¿Filósofo profesional? –
La palabra «filósofo» se emplea hoy en día con dos significados algo
distintos. Por «filósofo» se entiende ante todo una persona que intenta
buscar sus propias respuestas a las preguntas filosóficas. Pero un
«filósofo» también puede ser un experto en filosofía, sin que él o ella haya
elaborado necesariamente una filosofía propia. ¿Y Kant fue un filósofo
profesional? Era ambas cosas. Si solamente hubiera sido un buen profesor,
es decir, un experto en los pensamientos de otros filósofos no habría
llegado a ocupar un lugar en la historia de la filosofía. Pero también es
importante tener en cuenta que Kant tenía profundos conocimientos de la
tradición filosófica anterior a él. (…)
El escepticismo de Hume sobre lo que nos pueden decir la razón y los
sentidos obligó a Kant a reflexionar de nuevo sobre algunas de las
cuestiones vitales, entre ellas las del campo de la moral. –Hume dijo que no
se puede probar lo que es bueno y lo que es malo, porque del «es» no
podemos deducir el «debe ser». Según Hume no eran ni nuestra razón ni
nuestros sentidos los que decidían la diferencia entre el bien y el mal. Eran
simplemente los sentimientos.
Este fundamento le pareció poco sólido a Kant. –Lo comprendo muy bien. –
Kant partía ya del punto de vista de que la diferencia entre el bien y el mal
es algo verdaderamente real. En eso estaba de acuerdo con los
racionalistas, quienes habían señalado que es inherente a la razón del
hombre el saber distinguir entre el bien y el mal. Todos los seres humanos
sabemos lo que está bien y lo que está mal, y lo sabemos no sólo porque lo
hemos aprendido, sino porque es inherente a nuestra mente. Según Kant
todos los seres humanos tenemos una «razón práctica», es decir una
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capacidad de razonar que en cada momento nos dirá lo que es bueno y lo que
es malo moralmente. –¿Entonces es algo innato? –La capacidad de distinguir
entre el bien y el mal es tan innata como las demás cualidades de la razón.
De la misma manera que todos los seres humanos tienen las mismas formas
de razón, por ejemplo el que percibamos todo como algo determinado
causalmente todos tenemos también acceso a la misma ley moral universal.
Esta ley moral tiene la misma validez absoluta que las leyes físicas de la
naturaleza. Tan fundamental es para nuestra vida moral que todo tenga una
causa como para nuestra vida racional que 7+5=12. –¿Y qué dice esa ley
moral? –Dado que es anterior a cualquier experiencia, es «formal», es decir,
no está relacionada con determinadas situaciones de elección moral. Es
válida para todas las personas en todas las sociedades y en cualquier época.
No te dice, por tanto, que no debes hacer esto o aquello si te encuentras en
esta o aquella situación. Te dice cómo debes actuar en todas las situaciones.
–¿Pero de qué nos sirve tener dentro una «ley moral » si no nos dice nada
sobre cómo debemos actuar en situaciones determinadas? –Kant formuló la
ley moral como un imperativo categórico, con lo cual quiso decir que la ley
moral es «categórica », es decir, válida en todas las situaciones. Además es
un «imperativo», es decir, es «preceptiva» o, en otras palabras,
completamente ineludible. –Vale... –No obstante, Kant formula este
«imperativo categórico » de varias maneras.
En primer lugar dice que «siempre debes actuar de modo que al mismo
tiempo desees que la regla según la cual actúas pueda convertirse en una ley
general». –Quiere decir que cuando yo hago algo tengo que asegurarme de
que desearía que todos los demás hicieran lo mismo si se encontrasen en la
misma situación. ¿Es eso? Exactamente. Sólo así actúas de acuerdo con la
ley moral que tienes dentro. Kant también formuló el imperativo categórico
diciendo que «siempre debes tratar a las personas como si fueran una
finalidad en sí y no sólo un medio para otra cosa». –¿No debemos «utilizar»
a otras personas con el fin de conseguir ventajas para nosotros mismos? –
Eso es. Pues toda persona es una finalidad en sí. Pero no sólo se refiere a los
demás, también es válido para uno mismo. Tampoco tienes derecho a usarte
a ti mismo como un mero medio para conseguir algo.
–Esto recuerda un poco la «regla de oro» que dice que debes hacer a los
demás lo que quieres que los demás te hagan a ti. –Sí, y es una norma formal
que en el fondo abarca a todas las situaciones de elección ética. También
puedes decir que la «regla de oro» expresa lo que Kant llama «ley moral». –
Pero todo son simplemente afirmaciones. Hume tenía razón en decir que no
podemos probar con la razón lo que es bueno y lo que es malo. –Según Kant,
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la ley moral es tan absoluta y de validez tan general como por ejemplo la ley
de causalidad, que tampoco puede ser probada mediante la razón, y que sin
embargo es totalmente ineludible. Nadie desea refutarla. –Tengo la
sensación de que en realidad estamos hablando de la conciencia. Porque todo
el mundo tendrá una conciencia, ¿no? –Sí. Cuando Kant describe la ley moral,
es la conciencia del hombre lo que describe. No podemos probar lo que dice
la conciencia, pero de todos modos lo sabemos. –Algunas veces a lo mejor
sólo soy buena con los demás porque me merece la pena.
Puede ser una manera de hacerse popular, por ejemplo. –Pero si compartes
algo con los demás sólo con el fin de hacerte popular, entonces no actúas
por respeto a la ley moral. A lo mejor actúas de acuerdo con ella, y eso está
bien, pero para que algo pueda llamarse «acto moral», tiene que ser el
resultado de una superación personal. Si haces algo sólo porque piensas que
es tu obligación cumplir la ley moral, se puede hablar de un acto moral. Por
eso la ética de Kant se suele denominar ética de obligación. Yo puedo sentir
que es mi obligación recoger dinero para Cáritas y Manos Unidas. –Sí, y lo
decisivo es que lo harías porque opinas que es lo correcto. Aunque el dinero
recogido desapareciera en el camino, o no llegara a alimentar a aquellos a los
que estaba destinado, habrías cumplido con la ley moral. Habrías actuado
con una actitud correcta, y según Kant es la actitud lo que es decisivo para
poder determinar si se trata o no de un acto moral. No son las
consecuencias del acto las que son decisivas.
Por ello también llamamos a la ética de Kant ética de intención. –¿Por qué
era tan importante para él saber si actuabas respetando la ley moral? ¿Lo
más importante no es que lo que hagamos sirva a los demás? –Pues sí, Kant
no estaría en desacuerdo con eso. Pero sólo cuando sabemos que actuamos
respetando la ley moral actuamos en libertad. –¿Sólo cumpliendo una ley
actuamos en libertad? ¿No suena eso un poco extraño? –Según Kant no lo es.
Recordarás que tuvo que «postular» que el hombre tiene libre albedrío. Este
es un punto importante, porque Kant también pensaba que todo sigue la ley
causal. ¿Entonces cómo podemos tener libre albedrío? –A mí no me lo
preguntes. –Kant divide al hombre en dos, y lo hace de una manera que
recuerda a Descartes y al hombre como «ser doble » porque tiene a la vez
un cuerpo y una razón. Como seres con sentidos estamos totalmente
expuestos a las inquebrantables leyes causales, pensaba Kant.
Nosotros no decidimos lo que percibimos, las percepciones nos llegan
necesariamente y nos caracterizan, lo queramos o no. Pero los seres
humanos no somos únicamente seres con sentidos, sino que también somos
seres con razón. –Explícate –Como seres que percibimos pertenecemos
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plenamente a la naturaleza. Por lo tanto también estamos sometidos a la ley
causal. Y en ese sentido no tenemos libre albedrío. Pero como seres de la
razón formamos parte de lo que Kant llama «das Ding an sich», es decir del
mundo tal como es en sí, independientemente de nuestras percepciones.
Únicamente cuando cumplimos nuestra «razón práctica », que hace que
podamos realizar elecciones morales, tenemos libre albedrío. Porque cuando
nos doblegamos ante la ley moral somos nosotros mismos los que creamos la
ley por la que nos guiamos.
–Sí, eso es de alguna manera verdad. Soy yo, o algo dentro de mí, la que dice
que no debo comportarme mal con los demás. –Cuando eliges no comportarte
mal, aun cuando puedas perjudicar tus propios intereses, entonces actúas en
libertad. –Lo que está claro es que no se es libre ni independiente cuando
uno simplemente se deja guiar por sus deseos –Se puede uno volver
«esclavo» de muchas cosas. Incluso de su propio egoísmo. Pues se requiere
independencia y libertad para elevarse por encima de los deseos de uno. –¿Y
los animales, qué? Ellos sí siguen sus deseos y sus necesidades. ¿No tienen
ninguna libertad para cumplir una ley moral? –No. Precisamente esa libertad
es la que nos convierte en seres humanos. –Pues sí, ahora lo entiendo. –
Finalmente podemos mencionar que Kant logró sacar a la filosofía del
embrollo en que se había metido en cuanto a la disputa entre racionalistas y
empiristas. Con Kant muere por tanto una época de la historia de la
filosofía. Él murió en 1804, justo cuando comienza a florecer la época
llamada Romanticismo.
En su tumba en Königsberg se puede leer una de sus más famosas citas. Hay
dos cosas que llenan su mente cada vez de más admiración y respeto, pone, y
es «el cielo estrellado encima de mí y la ley moral dentro de mí». Y continúa:
«Son para mí pruebas de que hay un Dios por encima de mí y un Dios dentro
de mi».
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