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Garcia Arzeno. Sindrome de la Niña Puber

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Garcia Arzeno. Sindrome de la Niña Puber
GRACIA ARZENO, M. E. “Síndrome de la niña púber”
Editorial Paidos- Buenos Aires - 1ª Edición - 1983
EL SINDROME DE LA NIÑA PUBER
M. E. GARCÍA ARZENO
CAPÍTULO II
SINTESIS DE LOS RASGOS TIPICOS
DEL SINDROME DE LA NIÑA PUBER
Se trata de la hija mayor de un grupo familiar, que llega a la edad de la pubertad. Debemos
ubicarnos unos meses antes de la aparición de la menarca. Sabemos que ésta coincide
aproximadamente con la edad en que la madre tuvo la suya. El hecho de que sea con la mayor con
quien se note mas claramente este proceso, parece obedecer a que la niña no tiene la imagen de
otra hermana a quien le haya ocurrido lo mismo y con quien identificarse, ya que, por otro lado, es
la primera vez que la situación se le plantea a la mama, por la cual ésta, a su vez, se siente
coaccionada a revivir su propia menarca.
La sumatoria de todas estas circunstancias hace que para la niña, la situación sea más
problemática que para las otras hijas mujeres que pudiera haber en la familia, dado que a su
turno, ya habrán oído hablar del hecho que se avecina y tendrán a la mamá mejor preparada para
el acontecimiento.
Separación- individuación
Llegado este momento evolutivo se intensifican por un lado todas las ansiedades que se han dado
en la fase separación-individuación respecto de la mama tal como lo ha descrito M. Mahler (14) en
el momento inicial de la vida cuando el niño aprende a caminar, a separarse de la mamá, y tienen
que tolerar ambos las ansiedades concomitantes. Es una regresión al servicio del desarrollo "como
las que describe Peter Blos (1a y 1b).
Se reactiva en este momento, en la niña, el miedo a la separación y necesita reconfirmar
constantemente a constancia objetal de la madre. Necesita que la madre se mantenga
comprensiva a pesar de las contradicciones que la niña plantea. Es "pegote" de la mamá y al mismo
tiempo se la ve malhumorada, rezongona. Le pide un consejo y luego lo rechaza. Necesita
reafirmar su identidad tomando a la mamá como modelo, pero tampoco quiere utilizarla como tal.
Muchas veces acaba haciendo exactamente lo que la mamá hace, sin aceptarlo verbalmente. Por
eso su estado de animo es de desasosiego; el desconcierto incrementa los temores, su humor es
depresivo y el control de la ansiedad precario.
Vemos entonces que se reavivan las ansiedades típicas del momento de separaciónindividuación. En este sentido, es un segundo momento en el que ese problema se agudiza.
Margaret Mahler ha descrito detalladamente el proceso que se da en la primera infancia y
que recrudece en la pubertad: la simbiosis mamá-bebé y el proceso de separación-individuación.
Estas niñas muestran un repentino apego exagerado a los padres, especialmente a la
madre. En algunos casos extremos, las fobias sirven para justificarlo hasta el punto de pedir que la
madre duerma con ella u ocupar el lugar del padre en la cama matrimonial. En un caso, por
ejemplo, sucedió que la hija exigía dormir con la luz de su habitación encendida y las puertas de su
cuarto y el de sus padres, abiertas. Por supuesto, cabe interpretar este hecho como una forma
altamente eficaz de controlar las relaciones íntimas de los padres. Pero podemos pensar que en
este momento evolutivo no es un capricho o un manejo o al menos no es eso solamente; también
se trata de una regresión a la etapa de simbiosis con la madre. La niña tiene miedo y busca a su
mamá como continente que tranquiliza. Tiene miedo de que papá le haga daño en sus relaciones
sexuales que ya no niega ni ignora. Tiene miedo de hacer le daño ella misma por el hecho de
transformarse en mujer y porque deberá desprenderse de ella a muy corto plazo, para poder
continuar su desarrollo. Todo esto está implícito en esa conducta regresiva y controladora. El
papel del padre, en un caso así, es tan importante como el de la madre. La mamá se ve ante una
disyuntiva difícil de solucionar. El papá resulta ser el tercero excluido, y si tolera y fomenta esa
situación el desarrollo de la niña se detendrá en este punto, pues ella ha pasado a ocupar un lugar
que sin duda él no ocupaba junto a su mujer. Si no lo tolera en absoluto, se resiente tanto las
relaciones de ambos miembros de la pareja como la de ellos con la hija.
Es importante tomar en cuenta todos los detalles de lo que sucede en este momento, ya que
podemos aventurar la hipótesis de que se repite lo que sucedió en la primera edición de este
conflicto, es decir, cómo se dio la simbiosis madre-hija, y cómo y de qué manera se incluyó el
padre para romperla. Dice M. Mahler:
Denominamos al nacimiento psicológico del individuo proceso de separación-Individuación:
El establecimiento de un sentimiento de separación respecto de un mundo de la realidad y de una
relación con él, particularmente con respecto a las experiencias del propio cuerpo y al principal
representante del mundo tal como el infante lo experimenta, el objeto primario de amor. Este
proceso, como cualquier otro proceso intrapsíquico, se manifiesta a todo lo largo del ciclo vital.
Nunca termina; sigue siempre en actividad; en nuevas fases del ciclo vital observamos cómo
actúan aun nuevos derivados de los procesos más primitivos. Pero los principales logros
psicológicos de este proceso ocurren en el período que va del cuarto o quinto mes a los 30 o 36
meses, lapso que denominamos fase de Separación-individuación. El proceso normal de
separación-individuación, que sigue a un período simbiótico evolutivamente normal, incluye el
logro por parte del niño de un funcionamiento separado en presencia de la madre y con la
disponibilidad emocional de ésta...
Continúa Mahler:
En cualquiera y en todas las etapas de la vida puede reactivarse (o permanecer periférica o,
incluso, centralmente activo) un viejo sentimiento parcialmente irresuelto de identidad o de los
limites corporales...
Esta reactivación debe suponer se mas aguda en la niña que en el varón, puesto que siendo mujer
debe volver a la madre como modelo de identificación.
Deberíamos señalar, un nuevo modelo de identificación.
Utilizando la perspectiva lacaniana podríamos decir que la niña no se reconoce en la madre;
nuevamente debe renunciar a ser el objeto de su deseo y, si el proceso es normal, reconocer que
el padre es el objeto de deseo de la madre, Ella no se reconoce a si misma. La madre no la
reconoce. Ambas deben adaptarse a una nueva imagen.
Como dijimos, el conflicto al comienzo del desarrollo psicológico puberal está muy
centrado en la relación con los padres (no aun con los hombres) y estalla cuando se percibe el
propio desarrollo sexual inminente, lo que enfrenta a la niña con la imagen de los padres
sexuados. Si en este momento evolutivo acaece la separación prolongada, muerte, enfermedad o
crisis depresiva de la madre, la crisis puberal de la hija será lógicamente más severa y se extenderá
mucho mas de lo que dura ese momento normalmente. Entonces puede haber detenciones del
desarrollo, regresiones y conflictos con la femineidad, la elección de pareja y la fertilidad.
El proceso normal puede alterarse, por ejemplo, porque la niña no renuncia al vínculo con
la madre, porque la madre es posesiva y no se lo facilita o el padre lo fomenta con su ausencia, o
bien la madre es inmadura y entra en crisis depresivas, paranoides, o confusionales cada vez que
la niña hace sus intentos de crecimiento. El padre es una figura temida y por lo tanto no dirige sus
deseos hacia él, porque es "malo" (por proyección de sus temores), dejando a un lado la
posibilidad de que en la realidad pueda serlo (esto agravaría aun más los problemas).
Algunos desenlaces pueden ser:
1) La elección homosexual, o sea la no sublimación ni renuncia al vínculo posesivo-tiránico de la
madre. Esto presupone la regresión al parasitismo del objeto (relación de objeto narcisística) a lo
que se agrega la satisfacción sexual perversa (15)
2) La persistencia del vínculo idealizado con la madre, en un nivel muy infantil, muy regresivo,
siendo posiblemente en el futuro, la hija que quedo soltera para cuidar a los padres,
específicamente a la madre, y no por causas reales que lo justifiquen. Aquí persiste el vínculo oral
receptivo-pasivo con abstinencia sexual y con renuncia a la sexualidad femenina adulta.
3) La aparente salida hacia un vínculo heterosexual con un muchacho que posea características
claramente maternales. Alternativamente serán madre e hijo. A menudo esta situación provoca
dificultades en las relaciones sexuales y es obstáculo para tener bebes, en tanto no está realmente
creado el espacio para el tercero. Si es así, el hijo conscientemente deseado se rechaza
inconscientemente, porque es el representante del padre que amenaza con romper el vínculo
idealizado con su mamá. Estimo que ésta es una de las razones que explica los celos que pueden
llegar a sentir tanto uno como otro integrante de una pareja y que, según su intensidad, pueden
determinar una esterilidad primaria. Me atrevería a afirmar aun sin una base empírica suficiente
por el momento, que estas mamás pueden llegar a tener un buen embarazo, símbolo de una
unión simbiótica con su madre, O sea que mientras puedan identificarse con el bebé, sobrellevan
bien la gestación, Pero el momento del parto puede ser conflictivo porque el partero es el
representante del padre que corta el cordón umbilical destruyendo esa unión idealizada. Entonces
es probable que la depresión posparto de la madre sea seria, que preste poca o ninguna atención
al bebé, que sienta rechazo hacia él. Los casos más graves podrían desembocar en una psicosis
puerperal: el embarazo no ha sido vivido “como si” fuera una unión con la madre, sino que lo ha
sido concretamente, realmente, para la paciente, y la confrontación con la realidad se torna
catastrófica y desestructurante. Esto es más serio aun si pensamos que estas depresiones graves
en las que la mamá no presta ninguna atención afectiva a su bebé, son causa de un cuadro autista
futuro en el hijo.
Decimos entonces que el deseo sexual que recrudece es peligroso si se lo satisface, pero además,
la no satisfacción se transforma en angustia que incrementa la agresión. Ello explica el estado de
confusión interna que aflora en conductas desconcertantes y al mismo tiempo inexplicables. La
madre sexuada es la rival peligrosa. La niña en este momento necesita sentir nuevamente a la
mamá como madre nutricia, pero le resulta muy difícil disociar ambos aspectos y se incrementa su
angustia. En algunos casos, el volver a la madre nutricia va a constituir un hecho. Algunas niñas
van a disociar, merced a defensas obsesivas, ambas imágenes y quedarán fijadas a una etapa oral
receptiva en un vínculo idealizado con una madre permanente y exclusivamente nutricia. En los
varones puede darse también, y es causa de futuros trastornos en su relación con las mujeres
porque no pueden integrar la mujer maternal, madre de sus hijos, con la mujer amante
sexualmente deseada. En las niñas, la fijación permanente a la madre nutricia puede advertirse
como simultánea a una tendencia a la obesidad, a veces diagnosticada como obesidad incurable.
Otras veces va acompañada por fobias graves que prácticamente le imposibilitan desenvolverse
en el mundo externo con una mínima seguridad e independencia; en otros casos pueden aparecer
somatizaciones graves y hasta mortales. En una oportunidad pude analizar la situación de una
paciente en breve tiempo por la gravedad de su caso. Se trataba de una niña de aproximadamente
11 años que aún no había tenido su menarca. Recibí el pedido de consulta en carácter de urgente.
La madre, en una entrevista a solas, relató que le habían practicado una histerectomía por
padecer de cáncer. Lo planteó como totalmente superado y agregó que el esposo “tiene
constantes aventuras con otras mujeres", faltaba mucho del hogar y no se llevaban nada bien. Dijo
que todo esto no le afectaba porque ella practicaba yoga. La niña hacía al padre las escenas que
debía hacerle la mamá, reprochándole sus aventuras y su ausencia. Comenzó a resistirse
totalmente a ingerir alimentos y llegó a hacer un cuadro de anorexia nerviosa grave. Era tan
dramático que sus fuerzas ya no le alcanzaban para abrir la puerta del edificio cuando llegaba a las
entrevistas. Después de unas pocas entrevistas para indagar la problemática subyacente, debió ser
internada por decisión del clínico y del psiquiatra infantil que la atendían, quienes optaron por
someterla a una cura de sueño con administración de suero para sacarla de la situación orgánicamente crítica. Esta niña había hecho una identificación introyectiva total o masiva con la madre, y
somatizaba la sintomatología cancerosa como si fuese a morir ella, en lugar de su madre.
Temores
En esta etapa, el temor de que a la mamá le pase algo se debe, en lo que he llamado
primera fase de la pubertad, a un recrudecimiento de la dependencia afectiva respecto a aquella.
Es como si volviera a dar los primeros pasos y por eso necesita mucho de la mamá como sostén y
como alimento.
Cuando la mamá se va, revive los instantes en que, siendo bebita, debía
elaborar los momentos en que mamá desaparecía de su vista, confundidos con la pérdida
irreparable de ella. Las experiencias positivas fueron atenuando (o intensificando, según el caso,
pero limitémonos al desarrollo normal) estas ansiedades y finalmente logró convencerse de que
mamá podrá reaparecer luego de desaparecer. En la pubertad se revive esta etapa la ansiedad es
la misma. La fantasía subyacente seria: “Si sigo creciendo debo soltarme de la mano de mamá
pero sin ella no puedo seguir adelante”.
El mismo temor de que "a mamá le pase algo" tiene que ver, un paso más adelante, con la
reactualización de la etapa edípica de los cuatro o cinco años, en la que deseas al papá como novio
y la mamá, es la rival.
En la primera infancia la niña actúa esta situación con bastante naturalidad. Ahora, el yo de
la niña emite señales de angustia porque no puede reprimir por más tiempo el impulso incestuoso
y teme las consecuencias. Su miedo expresa el deseo inconsciente de ocupar su lugar, al lado de
papá. La fantasía subyacente en este momento es: “Si yo me hago mujer, la mato; le gano, la
pierdo, me mata, me abandona, me odiará, etc.”. Según el caso, la estructura de personalidad
previa, la historia personal y el nivel de desarrollo libidinal familiar logrado, esta situación cobrará
mayor o menor dramaticidad. Si la mamá es también muy fóbica, la situación termina en un
círculo cerrado; los temores se potencian mutuamente y se precipita una consulta urgente con un
profesional. En este caso hará falta indudablemente una ayuda terapéutica vincular. La mamá no
puede rectificar los temores de la hija o se los ratifica. El papá no funciona como contenedor de la
situación. Lo ideal sería que él pudiese convalidar la femineidad de ambas y no de una a expensas
de la otra. Hacia la tercera fase de la pubertad se acentúa en las niñas el miedo a los hombres, Se
da una yuxtaposición de la fantasía universal histérica, de violación por transformación del
peligroso en angustia y el deseo inconsciente de la satisfacción sexual en temor a un castigo cruel.
Pero esto, como dije, se yuxtapone con la fantasía de que su transformación en mujer significa
matar a la madre o triunfar maníacamente sobre ella, lo cual equivale también a perderla. De
manera que por ahora no se permite tomar al padre como objeto de su deseo sexual (para pasar
luego al objeto heterosexual incestuoso), porque la transformaría de hecho en una rival muy
peligrosa para su mamá a quien aun necesita mucho.
Además, los cambios corporales que indudablemente registra modifican la imagen de sí misma. A
veces el llamado "estirón" y las modificaciones de su imagen corporal que va cobrando formas
femeninas, la asustan mucho porque el tiempo que insume incorporar los cambios no corre parejo
a la rapidez del desarrollo real que va adquiriendo. Todo ello lo registra internamente con mucho
miedo. Falla la imagen especular porque la imagen que los demás, especialmente la mamá, le
devuelven no coincide con la que tiene de sí misma, todavía mucho más infantil de lo que en
realidad se la ve (13). Dice Winnicott (16):
Una criatura que tiene una deformidad puede devenir un niño sano con un self que no está
deformado y el sentimiento que él tiene acerca de ello está basado sobre el vínculo en tanto
persona aceptada. Las distorsiones del yo pueden provenir de distorsiones de las actitudes de los
que cuidan del niño… esta tarea, fácil pero importante, deviene dificultosa si el niño, tiene una
anomalía de la cual la madre está avergonzada de la cual ella se siente culpable, que la espanta la
impacienta o la desespera... El self, el sentimiento que el niño tiene de ello y la organización de su
yo, pueden estar intactos porque se apoyan sobre la base de un cuerpo que es normal para el niño
en curso del periodo de formación. (Traducción de la Dra. Arzeno)
Cuando digo que ante las transformaciones corporales la niña se llena de temores y
necesita que la madre le devuelva una imagen modificada validando los cambios como positivos,
me estoy refiriendo a estos conceptos de Winnicott. Si la mamá no registra los cambios o no los
gratifica con elogios, elección adecuada de ropa, permiso para comenzar a maquillarse, etc., la
niña lo percibe como desvalorización de su persona o como franca prohibición a crecer, y lo
registra en el nivel afectivo como que no la quieren como es ahora. Los demás le dirán que está
muy linda, muy alta, muy “señorita”. Pero internamente le provocan mucho susto, con miedo a lo
que pueda ocurrir, con terror a lo que los hombres le puedan decir por la calle. En este sentido, los
hombres serán a corto plazo vividos como sátiros por proyección de la propia excitación sexual
descontrolada y peligrosa, y también como mecanismo para evitar la culpa por la responsabilidad
respecto del deseo sexual que inminentemente será consciente León Grinberg (8) expresa:
La relativa estabilidad lograda durante los años de latencia y mantenida a costa de la
represión de las fantasías sexuales, los mecanismos obsesivos y las fuertes disociaciones, entra en
crisis cuando irrumpe la pubertad, con la reaparición de la masturbación y la ruptura de la
disociación diferenciadoras obsesiva, rígida y exagerada de la latencia, que permitía saber muy
tajantemente qué era bueno y qué malo, qué femenino y qué masculino, etc.
En cuanto comienza la adolescencia por el contrario, todo es confusión, que da lugar a
nuevas y variadas disociaciones como defensa... Cuando la reaparición de la masturbación trae
consigo una fuerte tendencia regresiva a abandonar la propia identidad de un objeto por intrusión
en él, el adolescente será presa de ansiedades confusionales, más intensas que las que todos los
adolescentes experimenten en cierta medida. Esta es la confusión acerca de los cuerpos, que
aparece con el primer vello pubiano, el primer crecimiento de los senos, la primera eyaculación,
etc.… El camino no hacia la aceptación del cuerpo como propio pasa por la elaboración del duelo
por la pérdida del cuerpo infantil y la pérdida de la imagen de los padres de la infancia.
Vaya retomar aquí el tema de los miedos a los ladrones. Por un lado, podríamos pensar que
ese ladrón es el representante del futuro sátiro, en la etapa siguiente, que temerá encontrar a
cada paso por la calle. Por ahora estamos en el momento en que teme que un ladrón entre a la
casa y haga algo, como matar, robar, amenazar. El peligro de violación aparece más adelante
integrando la psicología específicamente adolescente.
Cabe explicitar aquí que la intensidad del deseo es siempre simétrica a la intensidad del castigo
fantaseado. Por lo cual lo que la niña teme que el ladrón le haga, nos indicará cuál y cuán intenso
es su deseo, que por ahora deberá permanecer inconsciente porque le angustia mucho tomar
conciencia de él. Por eso es difícil el abordaje terapéutico de las niñas de esta edad porque dirán
constantemente "NO", aunque escuchen con avidez una interpretación al respecto.
En la primera fase de la pubertad el deseo inconsciente es acaparar a la madre robando el lugar
que corresponde al padre. Por eso sus miedos a los ladrones son franca expresión del temor a la
retaliación. Un ladrón entrará a robarle a la madre. Por supuesto, la imagen del padre se presta de
maravillas para cumplir este rol.
El padre sexuado amenaza, "hambriento", a su madre nutrida tan amada. Es otra versión del
cuento del Lobo Feroz. El miedo se desplaza de la figura del padre hacia un extraño {el ladrón),
para expresarse en toda su dramaticidad sin caer en una situación psicótica (pánico al padre) ni
reprimir totalmente el conflicto, lo cual demoraría el proceso de desarrollo.
Al tema del ladrón le sucede el del sátiro, que constituye otro representante inconsciente del
padre sexuado, quien por eso y en ese momento, es persecutorio y cuyo predecesor ha sido el
pene y el pecho malos, persecutorios, de la primera etapa del desarrollo en el primer trimestre de
vida, según lo ha analizado exhaustivamente Melanie Klein (10,11 Y 12).
Así por ejemplo dice (11):
En circunstancias favorables la niña cree no sólo en la existencia de un pene introyectado peligroso
sino en uno benéfico y servicial. Como resultado de esta actitud ambivalente, luchará por
contrarrestar su miedo a un pene "malo" introyectado por una introyección continua de uno
"bueno" en el coito...
Con respecto a los miedos en la pubertad esta misma autora dice (11):
Mis propias experiencias confirman ampliamente el punto de vista de H. Deutsch, de que
las desilusiones y golpes a su narcisismo que recibe la niña cuando comienza a menstruar son muy
grandes. Pero yo creo que su efecto patogénico se debe a la circunstancia de que reactivan miedos
anteriores.
Los miedos analizados aquí por esta autora pueden resumirse así:
1) miedo a ser atacada y destruida por la madre vengativa quien, además, quiere recobrar
el pene del padre y los bebés que la hija le ha quitado
2) miedo a ser atacada y dañada por el padre al copular sádicamente con ella
3) miedo a que el interior de SU cuerpo sea atacado y dañado por el Gaita sádico de los
padres en lucha uno contra otro dentro de ella.
Dice que la niña identifica la sangre menstrual con excrementos peligrosos que pueden haber
dañado su propio cuerpo, por lo cual la hemorragia asociada a cortadura le parece una realidad
confirmatoria de sus temores: su interior está dañado.
Dice también:
Los efectos psicológicos de la menstruación son responsables, en parte, del hecho de que a esta
edad las dificultades neuróticas de la niña aumenten muchísimo. Aun si es normal, la menstruación
resucita sus viejas situaciones de ansiedad, aunque desde que su yo y sus métodos de dominar su
ansiedad han sido adecuadamente desarrollados, puede modificarla mejor que en su temprana
infancia.
Me permito revisar este último concepto kleiniano y dejar al menos planteado como interrogante
la siguiente reflexión: habiéndose acortado considerablemente la distancia entre fantasía y
realidad en lo que a experiencias sexuales se refiere, la represión del impulso sexual exige al yo un
esfuerzo suplementario que le desgasta, disminuyendo así su posibilidad de utilizar buenas
defensas ante la angustia aumentada por la esperanza y el temor a la realización del deseo.
Ciertamente, si su desarrollo es normal está en mejores condiciones que otras niñas para
reponerse de la crisis, pero pienso que el desarrollo puberal la enfrenta con un drama hasta cierto
punto, inédito.
Descubrimiento de los padres como pareja sexuada
¿Por qué se reactiva la imagen del padre sexuado como perseguidor?
Por un lado, porque es la contrapartida del pene bueno, equivalente a su vez del pecho bueno,
nutricio, de la primera infancia. El padre sexuado ocupa por ahora el lugar de un padre
persecutorio, malo, heredero, a su vez, del pecho malo = ausente. Mucho más adelante podrá
hacer la integración del padre protector, equivalente al pecho bueno y nutricio, con el padre
sexuado. En segundo lugar, es así porque en realidad desearía separarlo de la madre y acapararla.
Por proyección retaliativa es vivido como persecutorio.
En tercer lugar, porque es el objeto de un deseo sexual vivido en sí mismo como peligroso
por tres razones fundamentales: la intensidad del impulso, la debilidad del yo y el peligro
fantaseado de que algo va a ocurrirle a la madre a causa de la gratificación de su deseo sexual y
como efecto de ella.
En la adolescencia se mantienen estos temores y las mismas razones aquí enumeradas,
pero mientras la niña púber teme que le suceda algo a la madre, la adolescente (o adolescencia
propiamente dicha, según la terminología que se utilice) teme por sí misma, es decir que la culpa
es depresiva en el primer caso y persecutoria en el segundo. (9) (Véase nota al pie.)
Freud en sus primeros trabajos explicaba que un hecho traumático como los accidentes, las
muertes súbitas, etc., no siempre lo es en sí mismo. Hay hechos que devienen traumáticos porque
la posibilidad del yo, de afrontarlos, incorporados y elaborados es muy pobre. Entonces la
debilidad yoica hace que su registro emocional quede reprimido, escotomizado, desplazado, etc.,
hasta que en cierto momento algún hecho similar a los anteriores, que no tiene nada de
traumático, será vivido traumáticamente.
En La histeria (cap. 1: "El mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos", 5) Freud dice:
Estas observaciones nos parecen demostrar la analogía patógena de la histeria común con
la neurosis traumática y justificar una extensión del concepto de histeria traumática. En la neurosis
traumática la verdadera causa de la enfermedad nunca es la leve lesión corporal sino el sobresalto,
o sea el trauma psíquico. También con relación a muchos síntomas histéricos, nos han revelado
análogamente nuestras investigaciones causas que hemos de calificar de traumas psíquicos.
Cualquier suceso que provoque los afectos penosos del miedo, la angustia, la vergüenza o el dolor
psíquico, puede actuar como tal trauma. De la sensibilidad del sujeto y de otra condición que más
adelante indicaremos, depende que el suceso adquiera o no importancia traumática. En la histeria
común, hallamos muchas veces sustituyendo al intenso trauma único, varios traumas parciales o
sea un grupo de motivaciones que sólo por su acumulación podrían llegar a exteriorizar un efecto
traumático, y cuya única conexión está en constituir fragmentos de un mismo historial patológico.
En otros casos son circunstancias aparentemente indiferentes las que por su coincidencia con el
suceso realmente eficaz, o con un instante de gran excitabilidad, adquieren la categoría de
traumas, que nadie sospechara poseyeran pero que conservan ya a partir de este momento.
Pero la conexión causal del trauma psíquico con el fenómeno histérico no consiste en que el
trauma actúe de agente provocador, haciendo surgir el síntoma, el cual continuaría subsistiendo
independientemente. Hemos de afirmar más bien, que el trauma psíquico o su recuerdo actúa a
modo de un cuerpo extraño, que continúa ejerciendo sobre el organismo una acción eficaz
presente por mucho tiempo que haya transcurrido desde su penetración en él. Esta actuación del
trauma psíquico queda demostrada por un singularísimo fenómeno, que confiere además a
nuestros descubrimientos un alto interés práctico. Hemos hallado en efecto, y para sorpresa
nuestra al principio, que los distintos síntomas histéricos desaparecían inmediata y definitivamente, en cuanto se conseguía despertar con toda claridad el recuerdo del proceso provocador
y con él el afecto concomitante y, describía el paciente con el mayor detalle posible dicho proceso,
dando expresión verbal al afecto. El recuerdo desprovisto de afecto carece casi siempre de eficacia.
Es importante tornar en consideración estos temprano s conceptos freudianos que
apuntan a comprender la etiología de la histeria, porque en el momento evolutivo en el que
concentro este estudio se desarrolla ese mismo drama. La explicación que halla Freud a los
síntomas histéricos en sus primeros escritos nos sirven, en gran medida, para explicar los síntomas
que surgen en la edad puberal, que aparecen como inevitables y que parecen tener mucho en
común con la histeria según la explicación freudiana.
Estas niñas tienen miedo a que entren ladrones, a quedarse solas, y aun contra toda lógica
necesitan revisar todos los rincones porque puede haber alguien.
Esta conducta asusta mucho a los padres porque piensan que la niña ha enfermado
gravemente. Ella sufre mucho; no encuentra descanso ni tranquilidad. Algunas veces su
comportamiento tiene relación con algo real que le ha ocurrido a ella, a una amiga, en el barrio o
que ha leído en el periódico. La explicación sería la siguiente: ese hecho puede haber ocurrido en
la realidad, pero jamás justificaría que se desencadene tal crisis de angustia. Ese hecho coincide o
"encaja" con el drama interno. Por eso lo externo resulta potenciado al máximo. La niña piensa
que ya le está por ocurrir o le ha ocurrido lo mismo. Ningún recaudo que se pueda tomar en la
realidad calma su angustia por esa misma razón. El problema es interno, no externo; o al menos,
no exclusivamente. De hecho se agudiza mucho más si le falta la madre o el padre que la protejan.
En este momento del desarrollo, la niña está muy ligada a la madre. Al padre real lo siente ausente
o lejano. La relación objetal interna es, como ya lo expresé, con un padre persecutorio que
amenaza con sacarle la madre que ella misma le "roba" y acapara. El padre interno es un
perseguidor, por otra razón más: debe ser temido para no ser todavía deseado sexualmente. Es
bastante común que las niñas desarrollen conductas hostiles hacia el padre que son reactivas y
tienen esa base. En este sentido es importante explicitar estos hechos hasta donde es factible para
que el padre sepa afrontados sin sentirse muy herido.
Más adelante Freud señala:
En el análisis de toda histeria basada en traumas histéricos comprobamos que impresiones
de la época presexual, cuyo efecto sobre la niña ha sido nulo, adquieren más tarde como
recuerdos, poder traumático, cuando la sujeto adolescente o ya mujer llega a la comprensión de la
vida sexual. La disociación de grupos psíquicos es, por decirlo así, un proceso normal en el desarrollo de los adolescentes, y no puede parecer extraño que su ulterior incorporación al yo
constituya una ocasión frecuentemente aprovechada de perturbaciones psíquicas. Quiero además
expresar aquí mis dudas de que la disociación de la conciencia por ignorancia sea realmente
distinta de la producida por repulsa consciente, pues es muy probable que los adolescentes posean
conocimientos sexuales mucho más precisos de lo que en general se cree e incluso de lo que ellos
mismos suponen. Otra de las variantes que presenta el mecanismo psíquico de este caso consiste
en que la escena del descubrimiento que hemos calificado de "auxiliar" puede serio también de
"traumática" pues actúa por su propio contenido, y no tan sólo por despertar el recuerdo de
sucesos traumáticos anteriores. Reúne de este modo los caracteres del factor auxiliar y los del
traumático. Pero en esta coincidencia no veo motivo ninguno para abandonar una diferenciación
de concepto a la que en otros casos corresponde también una separación temporal (…) Omito
explicar también aquí el proceso regularmente comprobado por mí en un gran número de casos de
que la sospecha de relaciones sexuales hace surgir, en sujetos virginales, un efecto angustioso.
Esto lo dice Freud a propósito de Catalina, una muchacha que trabajaba en una hostería de un
lugar en el que pasó unas breves vacaciones. Sus palabras son muy útiles para entender el
momento en que la fantasía de la relación sexual de los padres se transforma inexorablemente en
la percepción real o en la suposición sobre bases realistas, y es revestida de las características de
un hecho traumático. Es notable la disociación que puede llegar a hacer el hijo o la hija entre lo
que saben intelectualmente acerca de las relaciones sexuales y que eso mismo ocurra entre papá
y mamá (negación que puede llegar a ser renegación). Cuando estas relaciones no pueden ser más
negadas y llegan a reconocerse adquieren las características de un acontecimiento traumático por
la violencia con que penetran en la conciencia, rompiendo la disociación previa (los otros, sí; papá
y mamá, no). Por eso es que si la niña menstrúa o está próxima a menstruar, esto la lleva, en el
fondo, a reconocer que su propio desarrollo sexual le demuestra que su mamá es una madre
sexuada. Esto despierta estupor, rabia, rechazo, pena, etc., según la estructura de personalidad
previa, y explica que la menstruación en sí no es vivida como un acontecimiento feliz. Lo común es
que provoque angustia, llanto y que la madre deba consolarla. Esto sucede aun habiendo sido
debidamente informada. En ese momento constituye un descubrimiento deprimente, defraudante
ya que pone en crisis la imagen que ha tenido hasta entonces, de sus padres. Cuanto más
idealizados hayan sido previamente, más conflictivo será este momento evolutivo para la niña,
porque tenderá a denigrarlos en la misma medida. Es posible que por esta razón muestre un
brusco rechazo hacia ambos padres, especialmente hacia la madre.
En la misma obra de Freud, el capítulo titulado "Psicoterapia de la histeria" incluye otros
conceptos útiles que, a mi juicio, explican este momento evolutivo:
Son, en efecto, síntomas o equivalentes y rudimentos de manifestaciones de angustia,
razón por la cual he dado a este complejo, separado de la neurastenia, el nombre de "neurosis de
angustia", afirmando que nace por acumulación de estados de tensión física de origen sexual. Esta
neurosis no tiene tampoco todavía un mecanismo psíquico. Pero actúa regularmente sobre la vida
psíquica siendo sus manifestaciones peculiares la "expectación angustiosa", las fobias y las
hiperestesias, con respecto a los dolores. Tal y como la defino, la neurosis de angustia coincide
psíquicamente en parte con aquella neurosis que algunos autores agregan a la histeria y a la
neurastenia, dándole el nombre de hipocondría. Pero ninguno de ellos delimita exactamente a mi
ver, esta neurosis. Además, el empleo del nombre "hipocondría" queda siempre limitado por su
estricta relación con el síntoma de miedo a la enfermedad (pág. 159).
Acumulación de tensión
Este párrafo es fundamental porque arroja luz acerca de la acumulación de síntomas de que
adolecen las niñas de esta edad. La "expectación angustiosa" es en ellas evidente. Las fobias son
infaltables. Las hiperestesias se aprecian en sus dolores ambulatorios. El miedo a lastimarse y
enfermarse es también constante. Siguiendo a Freud y desde un enfoque económico, lo
explicaríamos por la "acumulación de estados de tensión física de origen sexual". Podríamos
afirmar entonces que el instinto sexual, en este momento, está a punto de romper las compuertas
que la latencia erigió para contenerlo y desviar su cauce en beneficio de la socialización y
culturalización del sujeto. Parte de él, como afirma Freud (6) seguirá siendo objeto de sublimación
(en una evolución normal); otra parte será satisfecha a través de gratificaciones pregenitales
diversas; pero inexorablemente queda una tercera parte que ahora pugna por ser satisfecha según
su auténtico fin, objeto y fuente. Es a partir de esta porción del instinto sexual, que aún está muy
lejos de poder satisfacerse realmente, que comenzará a acumularse tensión, la cual generará angustia y ésta, a su vez, determinará la formación de síntomas.
Neurosis evolutiva normal
Retomando el último párrafo de Freud, me atrevería a sostener que hay una edad en el
desarrollo femenino en que surgen histerias de angustia, de conversión e hipocondrías,
entremezcladas, formando parte de una crisis evolutiva. Esto es lo que describo como síndrome de
la niña púber y cuyas manifestaciones permitirían hablar de la "neurosis normal”, propia de esta
etapa de la vida.
Abordaje terapéutico
La aparición súbita sin antecedentes de patología previa y la remisión espontánea (o con
esclarecimientos o terapias breves) una vez acaecida la menarca y elaborado el cambio,
ratificarían que este cuadro no debe ser encarado como una neurosis clínica ni sometido a una
psicoterapia psicoanalítica individual profunda y prolongada. Estos tratamientos quedarán
reservados para los casos en que la patología previamente existente agrave el cuadro y coloque al
yo de la niña ante un conflicto intensamente dramático que no pueda resolver por sí sola. Por tal
razón se impone realizar un psicodiagnóstico minucioso desde la primera consulta. Así se podrá
discriminar si la niña, con una adecuada base previa sana, podrá superar este momento
exitosamente, o si quedará detenida aquí en su desarrollo femenino. El grado de continencia
familiar, en especial maternal, también debe tenerse en cuenta para decidir la estrategia más
adecuada.
Algunas veces los recursos defensivos se acentúan recrudeciendo una severa represión con
intensificación de las defensas obsesivas y empobrecimiento en lo creativo o en la espontaneidad
general de la personalidad. Estos casos podrían comprenderse como latencias conservadas más
allá de los límites evolutivos normales, lo cual puede generar posteriormente severas neurosis. La
profunda disociación mente-cuerpo con intelectualización brillante puede llevar a una niña a ser
una mujer exitosa en ese terreno, pero cuya evolución sexual femenina ha quedado detenida
como en su periodo de latencia, cual un animal prehistórico (respuesta muy significativa cuando
aparece en un protocolo de Rorschach o en el Cuestionario desiderativo) que yace bajo un glaciar.
Un caso en el que fui consultada, es bien elocuente al respecto. Se trataba de una
muchacha internada en una institución, de 20 años, que desde hacía cinco y a partir del cambio de
un colegio de niñas a otro mixto, desarrolló una serie de síntomas a saber: dejó de comer, de
hablar, comenzó a fracasar en los estudios y demoraba largos minutos en contestar, lo cual
sucedía después de compulsivos movimientos espasmódicos.
En el pasillo del hospital se la veía parada en la misma posición durante largo tiempo, dando toda
la impresión de una catatónica.
El material escaso pero elocuente de esta muchacha, hija única, indicaba una detención del
proceso puberal antes de comenzar. Había tenido la menarca a los 11 años, pero sin ninguna
reacción emocional. El Test de Bender mostraba énfasis en las figuras redondeadas (indicador de
regresión) y reforzamiento de un ángulo de cada figura cuadrilátera, dando la impresión de una
punta de lanza. Pienso que esta muchacha debió sentir pánico ante el proceso que se desarrollaría
entre ella y su madre, inhibió la agresión y la hostilidad al máximo, volvió la agresión contra sí
misma (anorexia nerviosa) y se prohibió hablar por pánico a decir algo agresivo. Su paralización
catatónica parecía reforzar esta necesidad de reprimir vigorosamente los sentimientos hostiles
contra la madre (detener este proceso) y sólo se permitía movimientos casi convulsivo s que
preocupaban pero no irritaban a los padres.
Recuerdo también el caso de un varón de 11 años. El tema de su dibujo libre fue
precisamente éste: un coche anfibio debía atravesar una cordillera y de este modo podía andar
tanto sobre tierra como sobre el agua. Su conflictiva confirmaba que su problema central era la
imposibilidad de mantener por mucho tiempo más el instinto sexual, sentido como poderoso y
peligroso, sujeto a un estado de hibernación. Sus defensas obsesivas claudicaban y su fracaso
escolar fue el motivo manifiesto de la consulta. En realidad estaba lanzando un dramático S.O.S.
para que alguien lo ayudara a pasar este período peligroso (cordillera), para lo cual necesitaba
levantar la represión sin temor a ser destruido o aplastado (modelo anal de retaliación por ser éste
su punto de fijación ya que evitaba lo fálico con horror). Su pedido o fantasía de curación era el de
ser dotado de las plásticas cualidades del anfibio que puede vencer condiciones hostiles.
Volvamos al tema del desarrollo femenino.
Vínculo madre-hija
Había expresado, siguiendo a Freud, que la acumulación de tensión por insatisfacción del
instinto sexual engendra angustia y que éste es uno de los factores etiológicos del síndrome de la
niña púber. Pero a esto debemos agregar otro enfoque que es vincular y que pone el acento en la
relación de la niña con la madre. La angustia es también la manifestación clínica de su ambivalente
vínculo. De por sí, incluir el elemento sexual en el propio esquema corporal y en las relaciones con
los demás, constituye un serio problema. Mucho más serio aun es incluirlo en la relación con los
propios padres. Específicamente, en relación con la madre, el temor es a inferirle algún serio daño
simultáneo con su desarrollo puberal.
Al respecto Freud dice claramente en su artículo "La feminidad" (1932), lo siguiente (18):
... en el curso del tiempo, la muchacha debe cambiar de zona erógena y de objeto, mientras que el
niño conserva los suyos. Surge entonces la interrogación de cómo se desarrollan tales cambios y
particularmente de cómo pasa la niña de la vinculación a la madre a la vinculación al padre o,
dicho de otro modo, cómo pasa de su fase masculina a la fase femenina que biológicamente le está
determinada... Orientaremos ahora nuestro interés hacia la disolución de esta poderosa
vinculación de la niña a su madre. Sabemos de antemano que su destino es perecer, dejando el
puesto a la vinculación al padre... El apartamiento de la madre se desarrolla bajo el signo de la
hostilidad; la vinculación a la madre se resuelve en odio el cual puede hacerse muy evidente y
perdurar a través de toda la vida o puede ser luego cuidadosamente supercompensado, siendo lo
más corriente que una parte de él sea dominada, perdurando la otra. Estas variantes dependen en
gran medida .de lo que sucede en años posteriores. Pero aquí nos limitaremos a estudiarlo en el
período de viraje hacia el padre, investigando sus motivaciones... De los reproches que la sujeto
dirige a su madre, el que más se remonta es el de haberla criado poco tiempo a sus pechos...
Parece más bien que el ansia de la niña por su primer alimento es inagotable y que el dolor que le
causa la pérdida del seno materno no se apacigua jamás.
Interrumpo aquí esta cita para llamar la atención acerca de la importancia de este párrafo
para comprender la etiología de la obesidad y de la anorexia nerviosa. En ambos cuadros, la niña
se mantiene fijada, por carencia, básica o por excesiva gratificación, al pecho materno del cual no
puede cesar de ingerir (obesidad) o no quiere recibir nada en absoluto por el intenso odio
persistente (anorexia). En ambos casos no se ha aceptado la pérdida del pecho y no se tolera ni
elabora pacíficamente tal etapa.
Continuando la cita de Freud:
Otra acusación contra la madre surge al hacer su aparición en la nurserí un nuevo bebé.
Cuando las circunstancias lo hacen posible, la niña relaciona tal suceso con la privación del seno
materno. La madre no quiso o no pudo seguir dándole el pecho porque necesitaba amamantar al
nuevo infante... Pero no es sólo la privación del seno materno… Se siente destronada, despojada,
perjudicada en su derecho... desarrolla… rencor contra la madre infiel...
Se torna "mala", excitable, desobediente y abandona los progresos realizados... Los deseos
sexuales infantiles, distintos en cada fase de la libido, y que, en su mayor parte no pueden ser
satisfechos, constituyen una copiosa fuente de hostilidad contra la madre. La más intensa de estas
privaciones aparece en la época fálica, cuando la madre prohíbe a su retoño ... el placentero
jugueteo con sus órganos genitales, al cual ella misma hubo de inducirle antes, al descubrirle, en
sus cuidados de higiene corporal, la cualidad erógena de dichos órganos ... Pensaríamos, incluso,
que esta primera relación amorosa de la niña está destinada al fracaso, precisamente por ser la
primera, pues estas precoces cargas de objeto son siempre ambivalentes en muy alto grado; junto
al amor intenso existe una intensa tendencia a la agresión, y cuando más apasionadamente ama el
niño a su objeto, más sensible se hace a las decepciones y privaciones que el mismo le inflige.
En "La disposición a la neurosis obsesiva" (1913), Freud agrega:
...nos inclinaremos a considerar como típica en la naturaleza humana cierta medida de tal
anticipación de la evolución del Yo y a encontrar basada la facultad de la génesis de la moral en el
hecho de que, después de la evolución, es el odio el precursor del amor. Quizá es éste el sentido de
una frase de W. Steckel, que me pareció en un principio incomprensible, y en la que se afirma que
el sentimiento primario entre los hombres es el odio y no el amor.
Pero, como dice Freud, todos estos factores (destete, nacimiento de un hermanito,
decepción amorosa, celos, seducción seguida de prohibición y ambivalencia en la relación objetal)
no bastan para alejar a la niña de la madre pues no apartan al varón respecto de ella. Hace falta
algo más: “… nos sorprendió descubrir, por medio del análisis, que la niña hace responsable a la
madre de su carencia de pene y no le perdona tal desventaja”.
Por todas estas razones (y la principal es la herida narcisística) vemos teóricamente
fundamentada la inexorabilidad de la disolución del vínculo que originariamente la niña ha
establecido con la madre.
Además, Freud dice que todo amor temprano o primitivo es altamente ambivalente y, por
lo tanto, el amor incondicional lleva en sí el germen del odio. (18)
Creo importante señalar que esta situación resulta muchas veces desplazada por la
jovencita hacia su primer novio "en serio”, como lo he señalado en otra parte de este trabajo. En
mi práctica clínica he hallado que resulta contraproducente combatir estos amores
incondicionales. Cuanto más se oponen los padres más los refuerzan, paradójicamente. En
realidad, ello sucede porque la joven (o el varón) necesita convencerse de que no está obedeciendo al deseo de los padres como una niña sumisa, sino que es su propio deseo. Ello provoca
enfrentamientos con los padres, pero es una dura prueba de realidad que necesita para saber que
ha crecido.
Agregaría aquí una observación más: para completar la perspectiva freudiana debemos
recordar los aportes de la teoría vincular y de la comunicación familiar para comprender que este
proceso puede trabarse no sólo por dificultades de la niña, sino por las de la madre o el grupo
familiar.
Si la niña percibe que la madre no podrá soportar el momento en que ella se torne "mala,
excitable, desobediente", al decir de Freud, resultará detenida en este punto del desarrollo a
menos que el padre sea buen sostén de la madre y la ayude a pasar esta etapa con cariño y apoyo.
Este planteo es retornado por la teoría de M. Klein quien, mujer al fin, se ha internado más
a fondo que Freud en los intrincados vericuetos de la identidad femenina. Ella plantea que en su
desarrollo psicosexual la niña comienza con un período homosexual de fijación al pecho materno
hasta que, buscando otro objeto libre de toda carga de agresividad proyectada por frustración,
busca el pene paterno. Cambia primero de zona y luego de modelo de gratificación, entrando ya
en el período edípico positivo temprano, simiente del descrito por Freud alrededor de los cuatro
años. Pero, como dice M. Klein (10), la niña no abandonará el pecho materno en buenos términos
sino saturada de odio y resentimiento porque se ha negado a darle todas las satisfacciones que
ella esperaba. Es así que tales expectativas se dirigen ahora al papá. El miedo a la retaliación
subsiste, y adopta la conformación similar al daño ocasionado en la fantasía: su mamá no le dio un
bebé, ni el pene de papá que guarda en su interior tan celosamente. Ella atacó su vientre para
robárselos Y. arruinar todo eso que mamá no le ha querido dar. Ahora mamá se vengará
privándola de la posibilidad de obtener un buen pene y de tener bebés.
En el momento de la pubertad, este drama edípico femenino cobra nuevamente vigencia.
La señal de que el drama se ha desencadenado, estaría dada por la sintomatología que he descrito
al comienzo del trabajo. Desde la perspectiva kleiniana dicha sintomatología sería comprendida
como prueba de la ambivalencia hacia la madre, reactivada.
Con respecto al desarrollo puberal normal, dice M. Klein (11):
Los efectos psicológicos de la menstruación son responsables, en parte, del hecho de que a
esta edad las dificultades neuróticas de la niña aumenten muchísimo. Aun si es normal, la
menstruación resucita sus viejas situaciones de ansiedad, aunque desde que suYo y sus métodos de
dominar su ansiedad han sido adecuadamente desarrollados, puede modificarla mejor que en su
temprana infancia.
Ordinariamente también obtiene una fuerte satisfacción de la aparición de la menstruación.
Siempre que su posición femenina haya sido bien establecida durante la primera expansión de su
vida sexual, considerará la menstruación como una prueba de ser sexual mente madura y mujer y
como un signo de que puede tener mayor confianza en la esperanza de recibir gratificación sexual
y de tener hijos (págs. 347 y sigs.).
Otro aspecto de la teoría kleiniana es el que pone el énfasis en las ansiedades de
separación y en los modelos de duelo que surgen para elaboradas.
En la pubertad se reactiva el modelo de duelo con que la niña se alejó de su madre durante las
fases previas.
La pubertad es un de momento de duelo
La pubertad es fundamentalmente un momento pérdidas, sufrimiento y duelo.
Como ya lo señalé antes, la menarca no es recibida con alegría solamente. Más bien es con
lágrimas y pesar o al menos, con marcada ambivalencia. Y cómo podría ser de otro modo si ella es
una prueba de realidad de que:
•
•
•
ha perdido el cuerpo de la infancia;
también a los padres de la infancia;
finalmente, ha perdido la fantasía omnipotente de la bisexualidad.
Tres pérdidas o tres heridas narcisísticas dolorosas, según el enfoque que se prefiera.
Esto explica sobradamente por qué afirmo que la pubertad es, antes que nada, un momento de
duelo. "Lloré de alegría”, dijo una joven recordando ese momento. La alegría puede ser la reacción
maníaca que acompaña intrínsecamente al duelo por la infancia perdida, aunque también
debemos considerada en muchos casos tan auténtica como el dolor y una ayuda para soportado.
Pero denota tan sólo el aspecto ligado al crecimiento y el progreso que implica la pubertad, cuya
trascendencia aún no es convincente en este primerísimo momento puberal.
Tanto la niña como el varón púber, ambos atraviesan el drama de desprenderse de la madre
preedípica que es fálica, potente, fecunda y también dominante, posesiva y tiránica. (En la lámina
IX del Psicodiagnóstico de Rorschach suele aparecer alguna respuesta con este simbolismo.) Pero
el precio que habrá que pagar por esta liberación es que, al mismo tiempo, perderá a la madre
nutricia, es decir a la fuente externa de protección y suministro. La simbiosis con sus dos facetas
deberá cortarse en este momento para siempre y éste es el drama puberal que, al mismo tiempo,
es un renacimiento.
"Ahora ya eres igual a mamá", dijo una señora a su hija, desatando un llanto inconsolable en la
niña a quien había creído hacer un elogio. En realidad ella no es aún igual a su mamá ni tampoco
es ya una niña. Su llanto tiene que ver con esta especie de despersonalización, de crisis de
identidad, y tan sólo el cariñoso abrazo materno calma su angustia tal como ocurrió en los
primeros días de vida. El concepto kleiniano de posición esquizo-paranoide y depresiva debe ser
también tomado en cuenta porque los cambios corporales, las modificaciones del mundo interno y
de las modalidades vinculares hacen recrudecer ansiedades confusionales y paranoides, que
explican tanto las fobias (si el instinto peligroso se proyecta al mundo externo), como los síntomas
hipocondríacos (si se lo deposita en el propio cuerpo). Esto forma parte del proceso normal, y lo
ideal es que se pueda llegar a una integración depresiva, a descubrir el aspecto positivo de tales
cambios y sacar provecho de la nueva modalidad vincular con los padres. Entonces sí podríamos
estar seguros de que la niña ha comenzado a disfrutar de su crecimiento y que ha atravesado
exitosamente el período puberal.
Helene Deutsch (4) expresa:
El psicoanálisis es por excelencia una teoría evolutiva, ya hasta cuando habla de "brotes" en
el proceso del desarrollo se refiere a intensificaciones más o menos revolucionarias de los procesos
evolutivos. Así, cuando consideramos la pubertad como una revolución psicológica, nos damos
perfecta cuenta de que es únicamente un brote hacia adelante desde fases evolutivas previas. Es
corriente en la jerga psicoanalítica definir la pubertad como "una nueva edición del periodo
infantil". Pero hemos prestado suficiente atención a la actividad preparatoria de la que depende
completamente la pubertad, la forma prerrevolucionaria, por así decir, que domina la psique
durante el período que precede inmediatamente a la pubertad, es decir, en la prepubertad (...)
Defino la prepubertad como esa última fase del período de latencia en la que, aunque pueden
descubrirse ciertos precursores de los futuros impulsos sexuales, su característica es la de estar
desligada, en su grado máximo, de la sexualidad infantil. Es una fase en la que los instintos
sexuales están en su grado más débil, mientras el desarrollo del yo es más intenso. Esta definición
no está de acuerdo con la emitida por otros autores, quienes piensan que la prepubertad se
caracteriza por las necesidades sexuales intensificadas que marcan el comienzo de la pubertad.
Para los fines de mi exposición parece preferible considerar este ascenso de la sexualidad como
perteneciente a la siguiente fase de la pubertad... En esta fase la psique humana es un gobernante
sabio que forma sus armas antes de que el agresor aparezca (...) Creo que podemos limitar la
prepubertad entre los 10 y 13 años, no olvidando el hecho de que sus manifestaciones se continúan
y. de igual modo corno ocurre con la pubertad misma, pueden incluso persistir hasta la edad del
climaterio. Todos nosotros llevamos hasta avanzada edad nuestro infantilismo, nuestra
prepubertad y nuestra pubertad, aunque en variados grados (...) la aparición de la menstruación
puede constituir la línea límite entre la prepubertad y la pubertad. Pero nuestra observación parece
demostrar que, aunque la menstruación es la clave para la pugna de la pubertad y tiene gran
significación en la psicología de la muchacha, no podemos trazar un paralelo absoluto entre
acontecimientos físicos y psicológicos. Se encuentran muchachas que menstrúan antes de alcanzar
la pubertad psicológica y otras que penetran en la pubertad psicológica antes de que aparezcan
los signos físicos correspondientes.
Coincido en algunos puntos con esta autora y valoro altamente sus conceptos sobre todo
tomando en cuenta que sus trabajos datan de 1925 a 1949, aproximadamente. Comparto el
concepto de pubertad psicológica paralela a los cambios físicos y fisiológicos concomitantes.
También coincido en señalar un período previo (prepubertad para H. Deutsch) hacia el final de la
latencia, aunque las edades cronológicas deban ser modificadas para adaptadas a nuestra época.
Lo que ella describe como prepubertad ocurre en nuestras niñas entre los 8 y 10 años
aproximadamente. Las características que ella señala son: un brote de actividad intensificada (la
niña parece varonil); aflojamiento de los lazos afectivos de la infancia (es decir que disminuye la
dependencia emocional previamente a la pubertad que es cuando más se intensifica); aumento
del sentido de responsabilidad e independencia; renuncia a la vida fantástica infantil (prefieren los
juegos estrictamente reglados); y una "vuelta hacia la realidad". Estas características corresponden
a lo que, al menos en nuestro medio, hallamos en la última etapa de la latencia y que serían como
una especie de pródromo que anuncia su culminación. En ciertos casos la niña permanece fijada
indefinidamente en este momento y sin llegar a ser estructuralmente una homosexual, se le
parece mucho. Sólo si la niña ha recibido de la madre un modelo femenino saludable, aceptará
mejor la pérdida del aspecto masculino de su bisexualidad y el sufrimiento que conlleva, como
precio para acceder a la posición femenina receptiva y genital.
Una niña me respondió una vez en oportunidad de administrarle el Cuestionario desiderativo, que
ella desearía ser un príncipe antes que nada. Le pregunté el porqué de su elección y me respondió:
"Porque a las princesas siempre las duermen y les pasa de todo como en los cuentos de la Bella
Durmiente o Blancanieves, ¿viste? Después llega el príncipe y las salva. Por eso prefiero ser el
príncipe". En este ejemplo es muy claro que no se trata de una elección homosexual auténtica sino
secundariamente como efecto del deseo de recuperar autoestima y valores narcisísticos que ella
piensa que pierde si adopta la femineidad.
Volviendo a H. Deutsch, recordemos que ella señala acertadamente que la relación de la hija con
su madre es extraordinariamente ambivalente y por eso se desplaza muchas veces la tremenda
idealización concomitante hacia alguna figura del entorno (maestra, por ejemplo) pero yo
considero que ésta es una pauta de, que ha comenzado la pubertad psicológica. Continúa diciendo
H. Deutsch: "En la prepubertad de las muchachas la adhesión a la madre representa mayor peligro
que la adhesión al padre. La madre es un gran obstáculo para el deseo de la muchacha de
desarrollarse y sabemos que el estado de 'infantilismo psíquico' que se encuentra en muchas
mujeres adultas es el resultado de una adhesión no resuelta a la madre durante la prepubertad”.
Aunque considero que los rasgos de personalidad que esta autora describe incluyen características
de distintos períodos evolutivos, al menos tal como podemos observados hoy en día, deseo
señalar la importancia y vigencia de dos conceptos vertidos en los párrafos anteriores: la relación
de la niña hacia su madre es tremendamente ambivalente y la adhesión a ella representa un
peligro mayor que la adhesión al padre. Esto último podríamos considerarlo como un principio
válido para todo el desarrollo femenino en general y no tan sólo para la prepubertad. Dice
Deutsch:
La lucha por la independencia en este período nos recuerda notablemente el proceso que
tiene lugar aproximadamente entre los dieciocho meses y los tres años de edad, en el curso de lo
que llamamos fase preedípica de la infancia. Para dar sus primeros pasos en el mundo exterior, el
niño pequeño, después de estar en una total dependencia, debe también desprenderse de su
madre, que le transporta y alimenta... Muy semejante es la conducta de la muchacha en la
prepubertad; llena de odio y de rabia desea alejarse de la influencia de la madre, aunque al mismo
tiempo refleja frecuentemente una necesidad angustiosa e intensificada de permanecer bajo la
protección maternal.
Por mí parte, pienso que cuando la niña vive esta problemática está ya en plena etapa puberal.
Para Deustch es prepuberal y la define como homosexual dado que el objeto amado es del mismo
sexo. En cambio reserva para la pubertad la problemática heterosexual o triangular. En la
prepubertad el conflicto central es, según ella, la separación de alguna figura femenina representante de la madre. Comparto totalmente esta idea pero insisto en afirmar que esto ya
constituye una primera etapa puberal que nada tiene en común con la latencia.
Primera etapa puberal
H. Deutsch en su obra cita a otro autor importante por su aporte a este tema específico,
Peter Blos. (1) Este autor aclara que emplea el término "pubertad" para calificar las
manifestaciones físicas de la maduración sexual y en cambio, el de "adolescencia", para calificar
los procesos psicológicos de adaptación a las condiciones de la pubertad. En esto parece seguir
una línea clásica de pensamiento. Pero cuando dice “... estos hallazgos (cambios observables en
los niños)... sí demuestran la forma en que la maduración sexual inicia y produce cambios en la
vida mental del púber" (pág. 16), me ofrece la oportunidad de plantear mi posición: la pubertad
implica cambios corporales, mentales y conductuales por lo que debe ser encarada como una unidad psicofísica y no disociada drásticamente. Blos mismo expresa: “... el proceso de la pubertad afecta el
desarrollo de sus intereses, su conducta social y la cualidad de su vida afectiva... “(pág. 20),
aunque prefiere reservar el término "preadolescencia" para designar los cambios
psicosociológicos.
Al margen de las coincidencias o discrepancias termino lógicas, Blos tiene el mérito de haber
descrito detalladamente las peripecias de esta etapa del desarrollo femenino dentro del contexto
general de su hipótesis de trabajo: el conflicto edípico no se resuelve definitivamente en la
llamada fase edípica; continúa desarrollándose a lo largo de toda la vida. Sus trabajos dan prueba
de su excelente calidad como clínico de adolescentes y teórico brillante, capaz de desmenuzar el
desarrollo edípico femenino poslatencia con magistral lucidez.
Especial atención debemos dedicar también a las ideas de Marie Bonaparte (2), discípula
de Freud y profunda conocedora de la sexualidad femenina.
Función erótica y función reproductora
En su obra discrimina la función reproductora femenina y la función erótica. Ambas no se
implican recíprocamente. Frigidez y esterilidad no se suponen mutuamente. M. Bonaparte se
propone y logra describir el largo camino que debe recorrer la niña para acceder a una función
erótica normal y lOs múltiples obstáculos que puede hallar.
El erotismo de la mujer, al igual que la psicosexualidad humana, se edifica efectivamente
sobre tres amplios estratos: constitución, restos edípicos, formación prepuberal o adulta (pág.
134).
Plantea la evolución psicosexual partiendo de los primeros cuidados maternos que resultan en
excitaciones activas de zonas erógenas pasivas (orales, anales y genitales). Así, en la niña habría
un registro primitivo de un erotismo pasivo masoquista cloacal y clitorídico hacia la madre como
objeto amado. De allí pasa a una actitud clitorídica, es decir masculina activa sádica, hacía la
madre. Esto mismo después se transfiere al padre para pasar luego al renacimiento de las
pulsiones pasivas cloacales que suministran el prototipo de lo que más tarde será el coito. Dice:
Cuando la niña recibe ternura, amor, aunque de fin inhibido, consiente mucho más
fácilmente en adoptar la actitud psicosexual que la naturaleza y el hombre exigen de la mujer, con
todos los riesgos narcisísticos y vitales que esta actitud implica (pág. 142).
Destaca así la necesidad de recibir cariño del padre como factor decisivo en el desarrollo normal.
Esto contribuye a lo que ella llama el "abrir" psicológicamente la vagina durante el complejo de
Edipo pasivo. Si todo este proceso se desarrolla felizmente, la niña acepta la larga espera de la
latencia, cual una Bella Durmiente a la espera del Príncipe que la despertará. La pubertad sería el
momento de comenzar a despertar. La desfloración será un hecho real que abrirá, ahora sí, la
vagina, como un área que hasta ahora ha guardado celosamente su secreto. La iniciación de su
vida sexual develará el misterio de cuál de los elementos de las series complementarias ha sido de
mayor peso; cuánto y cómo han incidido episodios infantiles tales como juegos sexuales,
seducciones, etc. Se sabrá cuál ha sido el destino final de las fantasías infantiles y de las pulsiones
que las promueven.
Siguiendo a Freud esta autora enumera cuatro destinos para las pulsiones masoquistas: 1)
sucumben a la represión exitosa, se las olvida completamente; las pulsiones se reprimen también
y desde el inconsciente perturban más o menos la personalidad según que la represión haya sido
más o menos exitosa; 2) la pulsión instintiva parcial (masoquismo) se conserva consciente junto
con la representación y se configura una perversión (flagelamiento, por ejemplo) que se aísla y
tiene primacía sobre lo genital; 3) la fantasía inofensiva se conserva en el inconsciente y la pulsión
se ha separado de ella y sublimado; 4) la pulsión se ha transformado en su contrario (sadismo activo).
Apoyada en estos conceptos y en las características de la constelación edípica lograda, Bonaparte
describe varios tipos de mujeres.
Homosexualidad femenina
Las homosexuales que conservan apariencia femenina, siguen jugando a la relación madrebebé; los roles pueden ser fijos o alternativos; el órgano ejecutor del placer es el clítoris; el pene
inspira horror; regresan a la época en que la mamá las acariciaba y excitaba; el padre es excluido
por ser perturbador.
Otras homosexuales, las de corbata y saco, se identifican con la madre activa primitiva, solícita con
el niño y con el padre; las fantasías clitorídicas son más activas; no soportan comprobar la falta dé
pene y se comportan como hombres con la mujer amada, sustituto de la madre a quien desean
penetrar activamente.
En mi experiencia he comprobado que el tratamiento psicoanalítico de mujeres
homosexuales del segundo tipo progresa dentro de esta variedad de posibilidades sin que sea
posible modificar sustancialmente la fantasía edípica profunda. La homosexual activa acepta su
carencia de pene sin entrar en graves crisis (psicóticas por el grado de desorganización) cada vez
que el tratamiento logra romper su férrea renegación de la realidad. Las fantasías de remodelación quirúrgica del cuerpo (es decir, la actuación psicótica al servicio de la renegación)
desaparecen. La carencia de pene no produce ya un dolor mental insoportable. La satisfacción por
adoptar roles activos (invitar a su amiga, pagar, llevada de paseo, pagar sus estudios, su ropa,
dominada en sus gustos y decisiones, etc.) cede su lugar a una posición más receptiva pasiva, al
menos de una manera más equitativa, pues lo anterior las transforma en seres explotados y
usados si el masoquismo primitivo (tan intenso como intensa es su transformación en lo contrario)
las lleva a elegir Como pareja a mujeres narcisistas, psicópatas o egoístas sin escrupuloso
El pene paterno, el padre, sigue siendo excluido, temido y odiado si amenaza con seducir a
su amante. Pero no reniega de su cuerpo de mujer. Como dice M. Bonaparte: "El clítoris en
general les basta, y la idea del pene grande y 'grosero' del hombre les inspira generalmente un
perfecto horror" (pág. 123). Este horror puede aparecer encubierto por un sentimiento de
desvalorización ("No nos hace gozar") o de triunfo maníaco ("No nos hace falta"). El cuerpo
femenino es idealizado y hasta puede surgir algo así como un sentimiento de estar contentas con
ser mujer. Visto esto como proceso terapéutico, es indudable que marca progresos evidentes.
Pero aunque disminuya el vínculo sado-masoquista destructivo en la pareja, la aceptación de sí
misma aumente, disminuya el narcisismo y aumenten la discriminación, el sentido de realidad y
los logros en el mundo externo, la fantasía básica de escena primaria con la que logra el mayor
placer terminal sigue siendo homosexual. Muchas veces debemos considerar que clínicamente
hemos hecho todo lo que se podía hacer, aunque teóricamente quedara mucho por modificar.
Justamente Bonaparte expresa que si a una predisposición constitucional se suman experiencias
infantiles eróticas con placer terminal, ello deja establecido un modelo de comportamiento
erótico muchas veces irreversible y no siempre favorable al acceso a una función erótica normal.
Una paciente que sufría y gemía por haber nacido mujer, decía luego de varios años de análisis
que se sentía bien con su propio cuerpo, podía aceptar que un hombre se le acercara solícito y que
le resultara agradable tener un coito con él; pero que de ninguna manera-gozaba tanto ni llegaba
a sentirse tan excitada como con una mujer.
Las homosexuales que han aceptado mejor ser objeto pasivo de las caricias activas, tienen mejores
posibilidades de aceptar a un hombre.
Frigidez total y parcial
Ya entre las mujeres heterosexuales M. Bonaparte describe cinco grupos:
1) Las frígidas totales (vaginales y clitorídicas) en las que se da la mayor represión posible del
complejo de Edipo activo y pasivo. Generalmente se trata de una inhibición histérica, son más
femeninas que las clitorídicas y cuando despiertan de la anestesia vaginal esta zona toma la
delantera.
2) Las clitorídicas, cuya función fálica viriloide predomina a expensas de la vaginalidad más o
menos inhibida. En ellas perdura el complejo de Edipo activo, aunque se ha establecido y
predomina el pasivo hacia el padre; han pasado de la fijación a la madre, al padre pero continúan
codiciando el pene activo (clítoris); se reprime el objeto central: la madre; el padre la ha sustituido
en el momento de la toma de conciencia, narcisísticamente dolorosa, de la castración materna; su
vagina no se "abrió" nunca como una zona erógena.
Capacidad erótica satisfactoria
3) Las que pueden tener un orgasmo genital vaginal y clitorídico no simultáneos sino excluyentes.
El clítoris conservó sus fines activos y quiere empujar hacia adelante. Pero ha adquirido una vagina
receptora. Adaptada al objeto, fin y zona, conserva como yuxtapuesta una organización fálica
antagonista edificada sobre una "homosexualidad" muy profunda y muy reprimida.
4) Las que muestran erogeneidad clitorídica y vaginal conjugadas armoniosamente. Están fijadas al
momento de pasaje del clítoris a la vagina, de la madre al padre; del complejo de Edipo activo al
pasivo. El objeto y fin edípicos pasivos han sido plenamente alcanzados; han reprimido las
fantasías activas hacia la madre y transformado las pulsiones libidinales en masoquismo. La zona
clitorídica juega un rol subordinado a la primacía vaginal en los juegos previos al coito.
5) Llegamos finalmente a las mujeres insensibles a las caricias clitorídicas que sólo llegan al
orgasmo por el coito. El complejo de Edipo activo hacia la madre ha sido relativamente débil y
sucumbió a la represión exitosa. Ha renunciado al objeto amoroso femenino y a la zona erógena
activa. Las pulsiones activas sádicas transformadas en pasivas se deslizan hacia la vagina receptora
del pene. Ha superado la fidelidad primitiva a la madre, ha pasado al padre y finalmente al
hombre. La fidelidad al padre es para ella un segundo umbral difícil de franquear.
Dice M. Bonaparte:
Como quiera que sea, el ímpetu libidinoso biológico, generalmente más fuerte en el macho
que en la hembra, es un poderoso suplemento en la evolución normal de la sexualidad del hombre.
Muy distinto es el caso de la mujer. El impulso libidinoso activo del que el clítoris es portador debe
interrumpirse para que la mujer pueda alcanzar su propia función erótica (pág. 140)... Cuando la
niña recibe ternura, amor, aunque de fin inhibido, consiente mucho más fácilmente en adoptar la
actitud psicosexual que la naturaleza y el hombre exigen de la mujer, con todos los riesgos
narcisísticos y vitales que esta actitud implica. La penetración en el cuerpo será una herida: ¿qué
importa para la que es amada? (...) El sufrimiento esperado se vuelve goce soñado. El masoquismo
femenino termina... A cambio de amor, la mujer acepta todos los peligros; muchas veces se
entregaría definitivamente si el hombre quisiera conservarla y no fuera el primero en frustrarla, a
veces sin remedio (pág. 142).
Desearía dar énfasis a una parte de un párrafo citado más arriba:
En el caso ideal, la mujer ha superado victoriosamente la fidelidad primitiva a la madre
tanto en lo que respecta a la zona erógena o al fin pulsional como al objeto amoroso; ha pasado
así íntegramente, adaptada mente al padre y de ahí al hombre que le sucederá (páq. 125).
Pubertad: infidelidad a la madre
Pienso que la problemática psicológica puberal se desarrolla en torno de ese acto de
infidelidad a la madre, tan doloroso como inevitable para ambas. En tanto que la temática
adolescente propiamente dicha gira alrededor de la inevitable infidelidad al padre para lograr salir
de la atracción incestuosa que él ejerce sobre la niña si su desarrollo ha sido normal.
Esta es la razón por la que he centrado mi atención en el duelo que hija y madre deben hacer al
acercarse la primera a la pubertad.
Dice M. Bonaparte:
... Se diría que la niña ha elegido entre su virilidad y su femineidad; los fines de las
pulsiones, de activos se han vuelto pasivos, aun cuando el clítoris convexo sea portador, durante un
cierto tiempo de pulsiones de fin pasivo.
El padre preside este proceso como un dios soberano. Tratemos de imaginarnos qué puede
entonces ocurrir en el alma infantil. La madre, originalmente castradora y castrada ella misma, ha
sido más o menos abandonada a causa de un rencor enorme; en su lugar se ha elegido al padre
portador del falo. La mayor parte del amor dirigido en un principio a la madre ha sido transferido
al padre. Con todo su organismo que madura y con todo su psiquismo expresándolo, la niña aspira
oscuramente a ser el objeto amoroso del padre, adorado, en sentido psíquico y en sentido físico.
Quiere que el padre la ame, que la busque, que esté todo el tiempo con ella, que la acaricie, la
penetre, la fecunde. Quiere tener como la madre envidiada un hijo suyo. Evidentemente, los
mecanismos de estos actos fisiológicos no están claros en su mente infantil, que ignora el esperma
y la vagina. Pero por sus pulsiones de objeto virilla niña ya es enteramente una mujer en miniatura
(pág. 141).
Janine Chasseguet-Smirgel, perteneciente a la escuela francesa, opina (3) sobre la causa de
la frigidez femenina que
... decir como Marie Bonaparte que la causa está en la mayor debilidad de la energía
libidinal de la mujer, o con Helene Deutsch, que es preciso referirse a las "inhibiciones
constitucionales", o de acuerdo con numerosos autores, recurrir a la bisexualidad, me parece que
constituyen maneras idénticas de eludir el descubrimiento y la interpretación de factores
inconscientes que constituyen lo esencial de la tarea del psicoanalista, como lo señala Jones (La
sexualidad femenina precoz).
Esta autora expresa que la frigidez no es una debilidad ni una inhibición de la energía libidinal
femenina sino más bien
…una formación reactiva basada en el rechazo y la contrainvestidura de los componentes
pulsionales, que se oponen por esencia, a la idealización, a lo espiritual, a lo sublime: me refiero a
las pulsiones sádico-anales.
Es interesante este planteo pues ella afirma que es necesario analizar a fondo los
sentimientos de culpabilidad femeninos para que el tratamiento prospere, y que a la culpabilidad
edípica ligada a la superación de la madre, se agrega la culpabilidad frente al padre, de cuyo falo
se apodera.
En algunos casos podríamos hallarnos claramente frente a esta doble problemática, es decir, que
la niña sienta inconscientemente interferido su desarrollo libidinal porque no quiere desplazar a la
madre ni despojar del pene al padre superándolo en inteligencia, escolaridad, eficiencia, etc.
J. Chasseguet-Smirgel se refiere en su trabajo a mujeres que sufren de serias inhibiciones
intelectuales o laborales, son frígidas y no pueden realizar alguna acción porque la consideran
masculina. La tesis de esta autora es que la actividad que tales funciones requiere está en estas
mujeres asimilada a un componente sádico-anal de la sexualidad; se sienten culpables frente a
estas pulsiones y como salida inhiben su actividad (sexual, intelectual, etc.). Si para satisfacer el
deseo femenino de incorporar el pene paterno, la mujer emplea el componente sádico-anal, este
recurso se constituye en una fuente de culpabilidad. La analidad transmite a la vagina sus
componentes eróticos y agresivos, lo que tiñe de culpabilidad la incorporación activa del pene. El
análisis de ese sentimiento de culpa es lo que debe encararse intensivamente en el tratamiento.
En consecuencia, ella recomienda no interpretar directamente estas inhibiciones como producto
de la envidia del pene ya que así se incrementaría la culpabilidad. En tanto que
…si reconocemos la dolorosa herida narcisista sobre la que se funda esta envidia, podemos
no solamente calmar esta herida, sino también permitir el acceso al Edipo (o sea al padre) ... La
envidia del pene no es, en el fondo, más que la expresión simbólica de otro deseo. La mujer no
quiere ser un hombre, sino separarse de su madre, siendo completa, autónoma, mujer.
En la primera edición del proceso edípico este logro podría observarse en los juegos de las
niñitas de 4 ó 5 años. Prefieren roles femeninos y juegos en los que hacen lo que hace mamá. Se
inclinan por las muñecas, tazas, platitos en vez de autos y trenes (de función penetrante). Pero es
un rol femenino activo, dinámico, pleno: ella es la señora que atiende a sus hijitos, los baña,
prepara la comida y recibe a las visitas. Los juegos competitivos (preferidos por los varones) no les
atraen, más bien las alejan. En las entrevistas diagnósticas familiares es común que lleguen
vestidas coquetamente, luciendo anillos y collares. Se esmeran por hacer la comida o servir el té y
tratan de acaparar la atención del papá. Cuando la dedicación de la madre al hermanito menor
despierta reacciones de celos intensos, diríamos que está fijada aún a la mamá y no logra una
buena interacción cariñosa y creativa con él; si lo logra nos daría indicios de que la evolución
edípica ha sido normal y ha llegado hasta el fin.
Sabemos que la latencia mantendrá todo esto como en un compás de espera hasta la pubertad.
Entonces recrudece la problemática pero con elementos cuantitativa y cualitativamente
modificados por las circunstancias evolutivas que la niña está viviendo. Ya no puede jugar con sus
muñecas y pedirle a papá que se case con ella. Los misterios de la realidad que teme pronto serán
acontecimientos y aún no está preparada para enfrentarlos.
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