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La vieja que comía gente

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La vieja que comía gente
La vieja que comía gente
Dicen que llegó de Guatemala una mujer a vivir en Tuxtla Chico, en Chiapas, y que
hizo su casa en una cueva. Era una mujer mala, fea, entrada en años, muy chaparra
y con el pelo anudado porque nunca se bañaba. Sus ropas eran unos andrajos y de
su persona salía un espantoso olor que nadie podía soportar.
Toda la gente en Tuxtla Chico estaba asustada con su presencia. Ni los animales
más inofensivos o las bestias más feroces se animaban a pasar cerca de su cueva
por el espantoso olor que salía de allí. Además, a distancia podían escucharse las
maldiciones que salían de la boca de la mujer.
Sin embargo, a veces pasaban por el lugar algunos viajeros despistados o caminantes perdidos. La vieja, al verlos cerca de su casa, los invitaba a pasar la noche en
un rincón de su cueva para que mitigaran el cansancio. En cuanto notaba que el
sueño los había vencido, empezaba a proferir hechizos.
De pronto, a la horrorosa mujer le salían patas y garras de tigre, así como unos
colmillos afilados como los de un león, y la piel semejaba la de una serpiente. En
cuanto estaba convertida en una espantosa bestia, se acercaba a sus invitados y
se los comía. Se cuenta que muchas personas desaparecieron al pasar cerca de la
cueva donde habitaba esta señora.
Llegó entonces a Tuxtla Chico un brujo que conocía a la malvada y que quería
vengarse de ella. Convenció a todos de que él tenía buenas intenciones y de que
podía acabar con su vida. Los pobladores estuvieron de acuerdo.
El brujo había sido antes una escultura de piedra de las antiguas civilizaciones.
Una noche cobró vida y se encaminó hacia Chiapas. No se notaba de qué estaba
hecho su cuerpo ya que iba disfrazado de campesino, aunque sus pies eran tan
pesados que se hundían en la tierra.
Fue así como llegó a la cueva de la vieja y aceptó que ella le diera hospedaje.
Lo mandó a dormir al único rincón limpio que tenía. El brujo estaba por dormirse
cuando la vieja, ya transformada en el horroroso animal, se le acercó. Era fea, con
su cara de vieja mala, dientes de león, garras de tigre y cuerpo de culebra. Le clavó
los colmillos, que se le quebraron de inmediato contra la piel de piedra. Eso la enfureció aún más: arañó el cuerpo del visitante y las garras se le desprendieron. Desesperada, lo pateó y las pezuñas no soportaron la dureza del cuerpo de su víctima.
La vieja, llena de dolor, cayó al suelo mientras el brujo seguía durmiendo.
Desde entonces, los pobladores de Tuxtla Chico viven en paz.
Hinojosa, Francisco, “La vieja que comía gente”, en Léeme 1. Libro de lecturas para secundaria,
México, Castillo, 2013, pp. 14-15.
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