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EL PERRO Y EL TIEMPO Daniel Moyano

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EL PERRO Y EL TIEMPO Daniel Moyano
EL PERRO Y EL TIEMPO
Daniel Moyano
Yo no puedo alimentar también a ese perro –dijo su tío después de mirar a Gregorio y al perro, sentados al borde
de la galería. Gregorio no contestó y siguió acariciándole la cabeza. Era largo, negro, de nariz partida y orejas caídas.
Cuando lo azuzaban o se interesaba por algo levantaba sólo la mitad de la oreja, la parte donde los cartílagos eran más
duros, y este rasgo era lo que más le gustaba al niño.
Hubiera esperado una discusión, un examen previo, algo que le permitiera exponer sus razones para tener al perro,
pero su tío parecía haber calculado de antemano esa posibilidad, y por tanto su resolución, tan rápida, era simplemente
algo que había que recordar, y tener en cuenta, sin posibilidad de modificaciones.
Además, sus palabras formaban parte de algunas de las leyes que regían la economía de la familia, compuesta por
varios hijos propios y Gregorio.
Hacía dos días que lo tenía, y había logrado ocultarlo uno. Las palabras del tío no admitían otra interpretación, pero
sabían que su tío luego olvidaría el asunto. Y eso parecía demostrar que la desobediencia era una posibilidad. Las palabras
había sido duras y quebraron todos sus presentimientos acerca de la posesión del animal, que había comenzado a cambiar
tan dulcemente el ritmo de su vida. Eran ricos los choclos comidos por la noche, y después era hermoso acariciar al perro
hasta dormirse mirando a través de la ventana el cielo estrellado y el aire serenísimo, como si a través de esa tranquilidad
cayese silenciosamente la escarcha que al día siguiente aparecía en los baldes, en la tina, en los charcos de la calle. Y ahora
esas dos cosas debían modificarse, separarse, a causa del tío, porque su tío significaba choclos, la posibilidad de comerlos
al calor naciente de la cama, y el perro, y el calor y la presencia del perro, que debía ir todo unido a aquella sensación,
habían sido negados por su tío con esas palabras tan rápidas y decididas. Y lo peor de todo era que él consideraba justa
esa decisión. Podía recordar palabras suyas, dichas muchas veces cuando discutían con la tía sobre el sueldo, la luz, el
alquiler, el carbón:
–Son muchas bocas y yo no puedo más, esto me está volviendo loco; y todavía uno más.
Sabía que su tío trabajaba todo el día y que el sueldo no alcanzaba, pero hasta allí solamente llegaba el
entendimiento. Su tía, que solía llorar a solas, velaba para que aquello que él no alcanzaba a entender pudiese ser
explicado de algún modo: racionaba estrictamente los alimentos, había decidido que nadie comiese fuera de las horas
establecidas, vigilaba para que el carbón no se consumiera inútilmente. Y puede decirse que él entendía a medias al ver a
su tía por las noches, cuando el tío se acostaba, echar agua con la pava sobre las brasas.
Cuatro cuadras hacia el sur, donde el pueblo terminaba, vendían choclos a buen precio en un ranchito que en el
verano apenas se distinguía a causa del maizal. Cuando su tía lo descubrió fue un día de gran alegría para todos. Ella y los
chicos fueron a comprar. Él llevaba la bolsa y después entre todos ayudaron a juntar. Le gustó el ruido de los choclos al ser
arrancados de las plantas y el jugo dulce que caía de los extremos. Su tía conversó un rato con la vieja que se los vendió.
Una mujer más vieja que parecía dormitar junto a una pared, cerca del brasero de lata, le dio un mate a su tía y ella lo
tomó con alegría. Hablaron de varias cosas, pagaron y salieron con la bolsa llena. Los chicos saltaban sobre la tierra
removida y su tía no los retó ni les dijo nada. Estaba cayendo el sol y había sido realmente un día hermoso.
–Los comeremos asados –dijo su tía cuando llegaron a la casa invadida por un silencio que era oscuridad a la vez y
olor a polvo en los rincones.
Ellos trajeron leña del fondo y su tía encendió el fuego. Pelaron los choclos y después los oyeron crepitar sobre las
brasas. La tía los repartía a medida que se asaban. Una mitad para cada uno, para que puedan ir comiendo de dos en dos.
Todos tenían urgencias, pero algunos prefirieron esperar los últimos, que por decisión de la tía serían los más grandes.
–El que espera, come lo mejor –estableció.
Unos exigieron ser los primeros, otros aceptaron la espera.
El comer choclos por la noche se convirtió en una costumbre. Cada uno recibía el suyo y se iba a la cama. De tal
manera pues, hubiera sido muy lindo llevarse el choclo casi humeante a la cama, y acostarse junto al perro, que dormía
con dos niños más en una cama grande que había sido de los tíos, pero sucedía que cuando Gregorio recurría en su
memoria al calor del perro, ya no había choclos y había aparecido la escarcha. De modo que la disociación de estos dos
elementos gratos en su memoria no se debía solamente a las palabras de su tío sino a los misterios del tiempo.
1
Todo aquello había sucedido hacía mucho tiempo, y ahora el perro, llamado Flecha por decisión unánime, lograba
permanecer, nadie sabe cómo, pese a que su tío dijera algunas veces, discutiendo con su tía:
–Yo no puedo más, estoy viejo ya, no puedo pasarme la vida alimentando chicos.
Una de las vicisitudes duras para Gregorio fue cuando su tío ordenó que llevaran el perro al circo, donde
compraban animales viejos e inútiles para alimentar a las fieras. Gregorio había llorado y su tía le dijo, después de alguna
vacilación, que podía desobedecer y quedarse otra vez con el perro, siempre que lo escondiese en el cuarto vacío del
fondo durante el poco tiempo que el tío permanecía en la casa. Aquella vez, mientras comían, Flecha salió del cuarto por
una abertura en la puerta donde faltaba un vidrio. Su tío lo vio y no dijo nada, aunque lo creyera ya en el circo. El perro
alzó las patas y las apoyó en la mesa, frente al tío, y siguió atentamente los movimientos de las manos de éste llevando los
alimentos a la boca. Pero el tío no dijo nada, ni entonces ni después, mientras el perro movía la cola, pero con la cara
como vuelta hacia un costado, como si lo mirase con el rabillo del ojo. Después llevó un bocado de pan a la boca y siguió
mirando el plato. Acabada la comida, su tío se levantó y dijo:
–Hagan lo que quieran; yo ya no puedo decir nada.
La tía inició la sonrisa general que la frase produjo. Las manos de los chicos buscaron restos de comida para darle,
pero la tía dijo entonces:
–Un momento; le vamos a dar lo que corresponda.
Alzó de la mesa dos o tres cáscaras de zapallo, que Flecha comió con avidez. En eso pasó el tío, que envejecía y
caminaba como arrastrándose, y dijo sin mirar a nadie pero dirigiéndose sin duda a Gregorio:
–Pero vos le vas a dar de comer, en adelante, de la parte tuya.
Él no respondió porque estaba sintiendo que ahora Flecha era una propiedad suya, de la que no podrían despojarlo
jamás.
Aquel año los choclos subieron de precio y su tía tuvo que excluirlos. Pero hacia el invierno, la posesión de Flecha
significó disponer de algo que uno quería y que estaba fuera de las limitaciones impuestas por los cálculos y demás cosas
incomprensibles. El perro, estirado, era en verdad más largo que Gregorio. Uno de los chicos que dormían con Gregorio
fue obligado a dormir hacia los pies de la cama. Gregorio y el otro compartían la cabecera con el perro en el medio. Pero
algunas veces Flecha amanecía acurrucado en la parte de los pies, y en esos casos el beneficiado con su calor, según lo que
habían convenido, tenía que alimentar al perro durante todo ese día con parte de su ración.
Con el perro y la idea de los choclos la existencia era casi perfecta. Pero de eso también hacía mucho tiempo y las
cosas habían cambiado.
Flecha había engordado y formaba parte de la familia. Y hacia entonces sucedió lo peor. A él no le gustó la idea,
pero había partido de su tío y, lógicamente, nadie podía cambiar sus propósitos. Fue un domingo, el tío llegó al mediodía,
y nadie hasta entonces se había dado cuenta de que había salido por la mañana muy temprano. Traía una jaula grande.
Dentro de ella había cinco gallinas. Todos se alegraron y rieron como aquella vez que trajeron la bolsa de choclos. Su tío
abrió la jaula, y después de mostrársela a todos a hurtadillas, dejó que las gallinas saltaran y corrieran libremente por el
patio.
–Cierren la puerta de calle –gritó su tía, y después le dijo al tío que no debió dejarlas correr libremente sin antes
cortarles las alas.
Nadie se acordó del perro, salvo Gregorio, y emplearon la siesta en construir, en el fondo, un gallinero. Su tío
mismo dirigió las tareas. Cuando terminaron, su tía se puso a cebar mate y en un momento dado alguien preguntó
–¿Y Flecha?
Gregorio sintió la mirada de su tío, que en ese momento estaba con el mate en la mano, por chupar la bombilla;
pero dejó de hacerlo para mirarlo.
– No le hará nada a las gallinas– dijo él. Y su tía le dijo entonces que si le hacía algo, ella no vacilaría en elegir entre
el perro y las gallinas.
Después olvidaron a Flecha, y su tía dijo que en poco tiempo las gallinas pondrían, y entonces iban a poder comer
huevos antes de acostarse, y que los huevos irían en sustitución de los choclos. Pero a Gregorio no le pareció una idea
muy agradable, porque el perro, desde ahora, se desmerecía ante todos.
2
Y después pudo contar con tristeza que él también lo había visto. Lo vio cuando llevaba el huevo en la boca. Una
lástima que su tía alcanzara a verlo también y gritara de esa manera.
Flecha soltó el huevo, que se rompió. La fisonomía de su tía cambió totalmente, y también sus palabras y su
manera de decir las cosas.
–Es un perro huevero; yo sabía que era un perro huevero.
Su tío no dijo nada, pero su mirada fue una confirmación de lo que opinaba la tía. Debían deshacerse del perro.
Gregorio también comprndió que aquello era una cosa ineludible y que toda resistencia era inútil esta vez. Todo se hizo
rápidamente. Él no supo nunca en qué momento su tía se puso en contacto con un viejo que tenía muchos perros y que
vivía más allá del rancho de la vieja de los choclos. A la hora prevista y desconocida por él, el viejo llamó a la puerta. Venía
solo. Su rostro era venerable. Los ojos limpísimos. Él mismo tuvo que ayudar para tomar al perro y atarle una cuerda al
cuello. El viejo, que miraba desde la puerta de calle, no pronunció ni una sola palabra, ni antes ni después. Los chicos
miraban en silencio. Su tío no estaba. Cuando le dio el último abrazo, hacía rato que estaba llorando, pero parecía que lo
advertía ahora. Después, él y varios de sus primos se pararon en medio de la calle. El viejo tiraba de la cuerda y el perro
marchaba resistiéndose. De vez en cuando se daba vuelta y levantaba la mitad de las orejas, hasta donde los cartílagos
eran duros. Al rato se veía que volvía la cabeza, pero las orejas ya no se distinguían. El viejo no se dio vuelta en ningún
momento.
Cuando dobló, allá lejos, sólo quedaba uno de sus primos junto a él; los otros habían entrado. Cuando él también
entró, vio que estaban recortando figuritas de un diario viejo, con una tijera, en la galería.
Hacia el invierno Gregorio estuvo enfermo varios días, y una noche la tía le llevó a la cama un huevo pasado por
agua y se lo dio en cucharitas. Él sintió entonces que el perro pertenecía al orden de las cosas incomprensibles.
Después volvieron el sol fuerte y los días claros, y Flecha era apenas una cosa en la memoria. Y pasó mucho tiempo
y esa cosa en la memoria persistía, porque estaba unida a muchas otras, indisolubles. Y sobre todo ese día, que había
vuelto a ver al viejo. El hermano de su tío, que había venido en un camioncito desde el pueblo vecino y que reía
estrepitosamente ante cualquier cosa que le contasen, les dijo de pronto que subieran a dar una vuelta por allí. Gregorio
se sentó en una de las barandas de la carrocería, y a medida que el vehículo andaba por el campo reseco sentía el aire en
las mejillas.
–Derecho por acá y después doblamos en la curva del camino –le había dicho al hermano de su tío.
Estaba seguro de que nadie pensaba en el perro, que por ese camino vivía el viejo que se lo había llevado. Pero uno
de sus primos, en cuclillas, le dijo de pronto que a lo mejor podían ver a Flecha.
–Cierto –dijo él, como si no hubiera estado pensando en eso.
Habían recorrido un buen trecho después de la curva, y pasado por el rancho de la vieja de los choclos, y estaban
lejos, en lugares adonde jamás habían llegado. El hermano de su tío sacó la cabeza por la ventanilla y el viento le levantó el
ala de su sombrero. Le habló a él, pero no pudo entender nada porque el viento era fuerte. Sabía que le preguntaba
adónde quedaba el lugar que le había dicho.
Y anduvieron como media hora, y el lugar que él suponía no apareció. El camioncito paró y el hermano de su tío
sacó otra vez la cabeza.
–Nunca vi ninguna casa por aquí; más allá no hay nada –dijo.
Después volvieron y él intentó explicarse el hecho. En un momento creyó que este misterio pertenecía al orden del
tiempo, esa cosa improbable y lejana. Sin embargo, desde que su tío dijo que no podía alimentar también a ese perro
hasta que el hermano sacó la cabeza por la ventanilla, para explicar algo inaudible a causa del viento, apenas había habido
algunas modificaciones en las hojas de los árboles, en los pajonales circundantes. Por fuera, el mundo había avanzado muy
poco. A él, en cambio, le parecía haber retrocedido.
La inexistencia súbita de la casa del viejo no tenía explicaciones. Quedaba la posibilidad de imaginar las cosas, y
sólo dos le parecieron congruentes: o el viejo, en alguna parte, había protegido al perro, junto con los otros; o todos
habían ido a parar al circo.
Flecha entró entonces en el orden de las cosas que no comprendía, y allí permanecería, con otros tantos misterios,
por lo menos hasta que él creciera. Pero crecer, lo sabía, pertenecía al tiempo. Y el tiempo siempre había sido para él una
cosa improbable y lejana.
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