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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal

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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal
Los viajes del caballero inglés
John Breval a España y Portugal:
novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
ALICIA M.ª CANTO*
Amicus Plato, sed magis amica veritas
(Arist., Nicom. I, 4; Cerv., Quixot., 2.51)
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La accidentada vida del caballero John D. Breval (c. 1680-1738), clasicista del Tri-
nity College de Cambridge, conocido literato inglés y preceptor de nobles en el «Grand Tour»,
incluyó una etapa como militar y hombre de confianza del Duque de Marlborough. Como
militar y preceptor, viajó al sur de Portugal y España en tres ocasiones, entre 1708 y 1716.
A su paso por muchas ciudades del Alentejo y Andalucía tomó múltiples notas sobre sus antigüedades y copió 49 inscripciones romanas, la mayor parte de las cuales por autopsia. En
1726, al publicar en Londres sus Remarks on several parts of Europe (dedicado al futuro conde
de Cholmondeley), incluyó al final sus notas ibéricas, acompañadas de un nutrido aparato
de textos antiguos y bibliografía de su época. En este trabajo presentamos, además de algunas novedades biográficas sobre el autor, la traducción al español de los citados capítulos,
acompañada de nuestro estudio crítico. Los epígrafes y los detalles sobre ellos que transmite
Breval resultan ser un valioso testimonio para nuevas lecturas, consideración de falsos como
auténticos, etc. Nuestra investigación sirve, pues, para devolver a John D. Breval su buen crédito como transmisor de inscripciones romanas (damnatus por Theodor Mommsen y Emil
Hübner en el CIL II), y junto con él también el del gran humanista portugués Andrés de
Resende, muchas veces tachado de falsario, a nuestro juicio injustamente. Otras conclusiones de posible interés para Portugal se producen aquí, como poder precisar cerca de Beja el
debatido escenario de la batalla de Ourique (1139), o recordar un poco conocido documento
que demostraría que el rey don Sebastián I no murió realmente en la batalla de Alcazarquivir, el 4 de agosto de 1578.
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John D. Breval, Esq. (c. 1680-1738) was an English classicist and writer, based
at the Trinity College, Cambridge. His eventful life as a soldier and right-hand man of the
Duke of Marlborough, and later as mentor of various aristocrats during the “Grand Tour”,
took him to the south of Portugal and Spain on three different occasions, between 1708 and
1716. During these expeditions he visited several cities of the Alentejo and Andalusia, where
he took detailed notes of its antiquities and depicted 49 Roman inscriptions. In his Remarks
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on Several Parts of Europe (1726), dedicated to the future count of Cholmondeley, Breval published his Iberian notes, accompanied by a nourished collection of ancient texts and contemporary bibliography. This paper presents, amongst some biographical novelties about
Breval, the Spanish translation and critical review of these Iberian chapters. The accurate and
detailed information that Breval offers on the epigraphs has served as invaluable testimony
for new readings, and to consider as authentic inscriptions that were believed to be false. This
research rebuts the unfounded judgments made by Theodor Mommsen and Emil Hübner
(in CIL II) and re-establishes John D. Breval as a good transmitter of Roman inscriptions. Furthermore, it helps to refute some groundless attacks made on the great Portuguese humanist André de Resende, often critiziced as a falsifier by other researchers. Further conclusions
of possible interest to Portugal are also presented here. This includes the location of the
debated scene of the battle of Ourique (1139) near Beja, and the recovery of a relatively
unknown document that appears to demonstrate that King Sebastián I of Portugal did not
die in the battle of Al Kasr al Kebir (4th August 1578) as has been widely accepted.
1. Introducción
REMARKS on several PARTS of EUROPE: Relating chiefly to the HISTORY, ANTIQUITIES and GEOGRAPHY, of THOSE COUNTRIES through which the AUTHOR has travel’d; AS France, the Low Countries, Lorrain, Alsatia, Germany, Savoy, Tirol, Switzerland, Italy, Spain and Portugal. Illustrated with
Several MAPS, PLANS, and above Forty COPPER PLATES.
Tal fue el largo título que, al uso de la época, eligió John D. Breval, Esq., antiguo miembro del
Trinity College de Cambridge, para la obra, dividida en dos parts o libros y con cerca de 40 grabados en planchas de cobre, que publicó en 1726
en Londres, en la imprenta que Bernard Lintot tenía en la Fleetstreet, at the Cross-keys
between the Temple-Gates (Fig. I). Dedicaba su
obra al Right Honourable George, Lord viscount
Malpas, joven noble2 del que «había tenido la
suerte de ser compañero de viajes» y preceptor.
En efecto, al comienzo del libro II (que
incluye una culta cita de Virgilio3), en la página
frontera de estos créditos iniciales, un grabado
muestra una escena de gabinete anticuario (Fig.
II), de ambientación completamente grecorromana, que sin duda transcurre en un escenario
real; en Cholmondeley Castle, según puede
leerse en el plano que un Genius alado muestra
a una benévola Minerva. Rodean a dos cabaFig. I Página inicial del volumen II del primer tomo o
entrega de las Remarks on several Parts of Europe de John
Breval, London, 1726. Foto Biblioteca Nacional de
España, sign. 3/74590.
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lleros estatuas, inscripciones en griego y latín,
hermas, bustos, pequeños bronces escultóricos
y monedas; quizá con ello se muestran muchos
de los materiales que durante su periplo europeo el noble joven había adquirido y hecho trasladar a su país. Podemos suponer que el mayor
de estos caballeros, de frente al espectador, es
el preceptor y nuestro autor, John Breval. El
más joven, que aparece de lado y señalando con
un puntero algo sobre una estatua de Diana
cazadora, ha de ser su benefactor y destinatario de la primera parte de la obra, el dominus del
castillo y relevante aristócrata lord Malpas,
futuro conde de Cholmondeley.
La delineación de la lámina es de L. Cheron, y el grabado de Elisha Kirkall, a quien se
deben buena parte de los que ilustran esta primera entrega. En ella relata sus Tours por los
Países Bajos, norte de Francia, Alemania, Suiza,
norte de Italia y, a partir de la pág. 312, las anotaciones personales de tres viajes a España y
Portugal, que realizó no como preceptor sino
Fig. II Ilustración que acompaña a la anterior, grabada por
como militar. El propio autor indica al introE. Kirkall, representando al autor, John D. Breval (de frente),
ducir el relato de la Península Ibérica lo que va
escuchando al joven Lord vizconde de Malpas, futuro conde
de Cholmondeley, en el gabinete anticuario del castillo de este
a ofrecer en él: «...la presente es en primer lugar
título. Foto Biblioteca Nacional de España, ibid.
una colección de fuentes antiguas y de monumentos
poco conocidos para la mayoría de la Humanidad...».
En 1738, el mismo año de la muerte de Breval, apareció un segundo volumen igualmente dividido en dos libros, cuyo título variaba4, y que incluía los comentarios y láminas de otros several
Tours a partir de 1723, por Roma y sus alrededores, el sur de Francia y Sicilia. En esta ocasión lo
dedicó al noble y erudito Charles, Duke of Richmond, Lenox and Aubigni (sic), nieto del rey Carlos II
(que había sido protector de su padre). Ya en su título era también consciente de estar ofreciendo
descripciones e ilustraciones de monumentos, sobre todo romanos, que hasta entonces nunca
habían sido publicados; no en balde en la dedicatoria del vol. I (pág. V) indica expresamente que
«the Investigation of Antiquity is my principal Aim throughout» y, de hecho, la de este autor británico
resulta ser una de las mejores fuentes de información arqueológica para la primera mitad del siglo
XVIII, y en lo gráfico muchas veces la única existente.
El conjunto de las Remarks de John Breval compone uno de los más bellos, interesantes, y también pioneros ejemplos del género del viaje anticuario que muchos nobles y adinerados ingleses
(como también franceses) supieron cultivar con esplendidez durante los siglos XVIII y XIX, y a los
que debemos infinidad de noticias e imágenes de las antigüedades romanas de Europa y, más especialmente, de España y Portugal5; dos naciones que en cambio, y por muy similares motivos, no se
distinguieron en el campo de las crónicas viajeras, incluso por dentro de su propia nación6. Quizá
el de John Breval sea también el más desconocido y el menos divulgado en ambos países7 a pesar
de sus muchos valores, que lo harían muy digno de una reedición facsímil con las correspondientes traducciones, puesto que no sólo el texto, lleno de eruditas citaciones e interesantes descrip-
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ciones, sino también algunas de sus láminas, son de gran interés tanto para nuestras arqueologías
ibéricas como para la europea en general. Pero, mientras alguna institución lusa o española se
anima a hacerlo8, valgan las presentes páginas para reivindicar la figura y la obra anticuaria, especialmente la epigráfica, de este singular personaje.
2. John D. Breval: vida y obras
Sobre la persona del autor, John Breval (c. 1680-1738), por extenso John D(urant) Breval,
no es mucho lo nuevo que durante siglo y cuarto se ha podido leer desde 1882, cuando se publicó
una breve semblanza suya en el Dictionary of National Biography (en adelante DNB)9 que reunía lo
previamente conocido y añadía algunas otras referencias, siendo ésta la base principal de todas
las notas biográficas posteriores, siempre más breves10. Extrañamente, a pesar de al menos sus
reconocidos méritos literarios, John D. Breval carece de entrada en la Encyclopaedia Britannica
(ediciones de 1992 y actual online), y tampoco tiene una específica en The Cambridge History of
English and American Literature (en adelante CHL)11, ausencia ciertamente incomprensible. En cambio, quizá debido a su origen familiar galo, sí pude localizar algunas noticias de él en una buena
enciclopedia general francesa12, de cuyos datos igualmente me sirvo aquí. En los repertorios de
literatura su obra literaria está mejor recogida, aunque normalmente la preceden muy escasas
pinceladas sobre su vida.
Definido entonces sólo como «miscellanous writer» (mucho más completo ahora como «academic, soldier, poet, dramatist, travelling tutor and travel writer»13), el antiguo DNB, y con él todos los
demás, indicaban que descendía «from a french refugee protestant family», siendo el nombre de su padre
Francis Durant de Breval (fallecido en 1707), que era prebendado de la abadía anglicana de Westminster, por lo que se suponía que allí pudo nacer su hijo John, hacia 1680.
Para esta información, que ubicaría a la familia entre las oleadas de franceses hugonotes que,
como tantos otros miles, fueron huyendo a Inglaterra y otros países por las persecuciones religiosas en Francia, encontré de hecho un refrendo en la presencia del apellido Bréval en las listas de
refugiados franceses entre los años 1543 y 1714, recopiladas durante el reinado de Luis XIV14.
A pesar de ello, esta noticia no concuerda bien con los párrafos que a continuación recoge el propio DNB, tomados de la Autobiografía de sir John Bramston15, quien en 1672 dice del padre de Breval que fue «...formerly a priest of the Romish church, and of the companie of those in Somerset House, but now
a convert to the protestant religion and a preacher at the Savoy», fijando la fecha de su conversión al protestantismo en 1666.
Resulta evidente por este testimonio de época que un primer periodo de la vida en Inglaterra del padre, Francis Durant de Breval, se desarrolló todavía como sacerdote católico, lo que
creo que contraría la communis opinio de su llegada a Inglaterra en calidad de protestante francés
refugiado16. La referencia a su estancia en Somerset House es además congruente pues, en efecto,
sabemos que la reina Henrietta Maria, esposa francesa y católica de Carlos I de Inglaterra, había
hecho construir en 1625 una capilla de su credo religioso en los anexos de este palacio que habitaba y al que, tras unos años de ausencia en Francia, vuelve entre 1660 y 1665. Me parece pues
más probable que monseigneur François Durand de Brévall (tal sería su onomástica inicial, posiblemente originaria de la pequeña villa de Bréval, en Les Yvelines, no lejos de París17) llegara a
Inglaterra como sacerdote católico, formando parte del séquito de la reina viuda, quizá como
capellán y posiblemente en esta segunda ocasión. Transcurre, pues, un muy breve periodo de
tiempo desde el fallecimiento en 1665 de la reina francesa (probablemente su protectora) y la
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fecha de la conversión de Bréval padre al protestantismo, según Bramston dice en 1666. Obviamente, sería sólo tras ello cuando contrajera matrimonio, sobreviviendo cuatro hijos de su esposa
Susanna, de los que John sería el único varón18.
En cuanto al segundo dato antes conocido, el de su vinculación con Westminster ya como
religioso protestante, es cierto en los primeros años después de su conversión se le encuentra allí
como predicador «at the Savoy». La de Savoy o «la Savoie» era una las tres iglesias protestantes
francesas que existían en el distrito de Westminster, de las cuales se conservan los archivos pero
sólo a partir de 168419. La localización de al menos tres sermones suyos, predicados en 1669 y
1670 — ya bajo la fe protestante — y publicados en francés e inglés entre 1670 y 1671, nos permiten añadir a lo poco que se sabe de él que debía de ser un hombre de formación y elocuencia
muy notables, no sólo por la relevancia de la sede en la que predicaba sino por el infrecuente
honor de ser publicados sus sermones. El primero lleva por título La foy victorieuse du monde dans
les justes: sermon presche a las Savoye dans l’eglise françoise le dimanche, 10. jour d’Octobre 166920, el
segundo (único que parece conservar la British Library) es La Couronne de Vie promise aux Fidèles.
Sermon presché devant son Altesse, Monseigneur le Prince d’Orange dans l’Église Françoise de la Savoye, y
el tercero Le juif baptisé: sermon presché dans l’Eglise françoise de la Savoye par Monsieur de Breval. En
1671 consta como capellán del rey Carlos II, pero no será hasta 1674 cuando, según Nichols, sea
nombrado canónigo de Westminster21.
A través de algunos documentos hasta ahora no conocidos en el tema que nos ocupa he
podido determinar cuál fue en esos años el primer destino propiamente clerical y más permanente de Breval senior: El de canónigo adscrito a la segunda catedral de Inglaterra, la de Rochester (al SE de Londres, en el condado de Kent), obtenido el 26 de abril de 1671 y probablemente
gracias al amparo real (quizá debido a dejar el puesto como capellán del rey). En efecto, el ya
citado de forma más anglizada como «Francis Durant de Breval» es nombrado en esa fecha para
sustituir en Rochester al fallecido Christopher Schute22. Existen en los archivos de esta catedral
numerosos documentos que le mencionan en activo en su capítulo durante casi 30 años, como
canónigo, procurador y finalmente tesorero de la misma, siendo la última de las referencias conservadas del año 170023. Algo más tarde, desde 1680 hasta su muerte, se añadirá a ello el cargo
de rector del distrito de Milton-next-Gravesend, uno de los dependientes del arzobispado de
Rochester, cuya iglesia principal, St. Peter and St. Paul, tenía a su vez diversas iglesias subordinadas24. En los documentos relativos a este último cargo, donde es citado como Franciscus Durand
de Brival, aparece algún otro nuevo dato, como su condición de recomendado de la Corona, esto
es, del mismo rey Carlos II. Por otro lado, en la British Library se conservan hasta trece cartas
dirigidas por Francis Durand de Bréval a distintos nobles y notables entre 1689 y 1703, todas
ellas fechadas en Westminster25. Las evidencias igualmente existentes acerca de sus prebendas
en Rochester y Milton indican, pues, que sus cargos fuera de Londres fueron simultaneados con
la prebenda, sin duda más prestigiosa y rentable, en Westminster Abbey, por lo que se vuelve más
probable que su hijo y nuestro autor, John Durant de Breval, naciera en el propio distrito londinense de Westminster26.
Regreso ahora a los datos del DNB. Hacia los 13 años, en 1693, el joven Breval fue admitido
como «queen’s scholar» en la Westminster School (probablemente en atención a las relaciones de su
padre) y en 1697 en el Trinity College de Cambridge, donde ya lució sus dotes como poeta en ocasión de la Paz de Ryswick (distinguiéndose por su ideología whig o liberal27) y alcanzó sus grados
en B.A. y M.A. en 1700 y 1704. Desde 1702 era miembro docente del citado College, habiendo avanzado Breval senior que su hijo podría tomar el camino de la religión. Sin embargo, poco más de un
año después del fallecimiento de su padre, en abril de 1708, John es expulsado del claustro de Cam-
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bridge a causa — se dijo — de un escándalo sentimental («d’adultère»), a resultas del cual habría apaleado a un marido maltratador. En el expediente, que se conserva28, el magister Bentley dice de él
que era «a man of good learning and excellent parts [pero que]…his crime was so notorious as to admit of no
evasion or palliation». Sin embargo, F. Watt, autor de este artículo en el DNB, dice que había motivos para que Breval procediera contra el Trinity por la injusticia de la acusación, pero que no pudo
hacerlo a causa de su falta de medios económicos29.
En efecto, contra este probablemente falso cargo consta el juramento de inocencia de Breval
así como el apoyo de todos sus colegas30, alegando viejos rencores del poderoso Bentley contra su
padre y él mismo. De hecho, el periodo del clasicista Richard Bentley al frente del Trinity College,
que duró nada menos que 42 años (1700-1742), le valió el título de «El Tirano del Trinity» con el que
allí se le sigue conociendo hoy31; todo su mandato estuvo marcado por sus continuos ataques hacia
los claustrales, su insaciable voracidad económica, el apoyo más descarado a sus favoritos y sus
múltiples injusticias; él mismo estuvo incurso en dos juicios del College contra él, que por distintos motivos no llegaron a buen puerto. John Breval, que acababa de perder a su padre y, tras el
citado lance romántico, un buen medio de subsistencia en el Trinity junto con buena parte de su
prestigio, se enrola entonces «a la desesperada» como voluntario en el ejército del duque de Marlborough32, que por entonces se hallaba destinado en Flandes.
Comenzada de esta forma inmediata una vida militar, la amplia cultura de Breval, su facilidad
para los lenguajes y, como dijo John Nichols, «his exquisite pencil and genteel behaviour»33, pronto llamaron la atención de Marlborough, que le asciende a oficial y capitán (rango por el que a veces se le
cita, «Captain Breval»). Ganada la confianza de aquel gran general (el «Mambrú» del cantar de nuestra infancia), según el viejo DNB éste le envía en misiones a varias cortes alemanas aliadas34. Probablemente sus viajes a Portugal y España datan también de esta fase militar de su vida, debido a las
distintas referencias que hace al acuartelamiento y movimientos de las tropas inglesas tanto en Portugal como en Gibraltar, donde es claro que estuvo varias veces. De hecho habría que fijar en 1708
su primera estancia en España, a juzgar por su primer poema conocido, ya con resonancias clásicas,
dedicado a Gibraltar (recuérdese que el Peñón se hallaba desde 1704 en manos británicas), cuyo subtítulo manifiesta que lo escribió mientras residía en él: Calpe, or Gibraltar. A poem. By a Gentleman, now
residing there [i.e. J. D. de Breval], publicado por primera vez en 1708 y reimpreso en Dublín en 1727.
Tras la firma en 1713 de la Paz de Utrecht, que dio fin a la guerra, y quizá más probablemente
desde fines de 1714, después de la muerte de la reina Ana35, Breval puede volver a Londres y reanudar su vida literaria, publicando algunos poemas con su nombre36, como The Art of Dress. A poem
(1717) y MacDermot, or The Irish Fortune Hunter. A poem in six cantos. By the author of the Art of Dress (i.e.,
J.D.B.) o con un pseudónimo que usaría alternativamente durante toda su vida, el de «Joseph Gay»,
por ejemplo «To the Fair and Ingenious Author of the Lover’s Week» (1718), The Church-Scuffle
(1719), Ovid in Masquerade. Being a burlesque upon the XIIIth Book of his Metamorphoses, containing the
celebrated speeches of Ajax and Ulysses ... By J. Gay (1719), Miscellanies upon several subjects; occasionally
written by Mr. J. G. (1719), así como dos o tres comedias, entre ellas The Confederates, a farce [in one
act, and in verse] (1717)37, The Play is the Plot. A comedy, etc. (1718) o The Strollers, a farce (17272)38. Tiene
por entonces, en «Court Ballad», ocasión de ensartarse en una polémica con Arbuthnot y Pope, vengándose Pope (por cierto que de ideología tory y familia católica conversa39) en su «Dunciade» o «La
guerre des sots» («La guerra de los necios»)40.
Resulta interesante para acreditar un poco más la personalidad y la credibilidad de Breval su
reseña crítica A Compleat Key to the Non-Juror [a comedy by C. Cibber]; explaining the characters in that
play, with observations thereon (Londres, 1918), donde acusa a Colley Cibber de haber robado los caracteres de sus personajes a distintos autores, pero sobre todo al «Tartuffe» de Molière, obra que, para
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su estreno en Londres, Breval había prologado (indicando con ello, como en la relación con Voltaire, que, al igual que su padre, no renunciaba a sus primitivos orígenes franceses). Recuérdese
entonces, pues más abajo nos será necesario reivindicarle en este aspecto, que un auténtico plagiador rara vez, o más bien nunca, denuncia los plagios que cometen los demás.
En 1715, según afirma él mismo al final de su descripción de Portugal («...pasando a España
por tercera vez, en el año de 1715...»), había comenzado ya su tercer viaje a la Península Ibérica, que se
prolongó al menos hasta 1716 cuando, al hablar de Tarifa, recuerda una excursión por la bahía de
Cádiz en compañía del caballero John Conduitt (miembro de la Royal Society de Londres y autor
de un — muy desconocido entre los expertos — estudio sobre la ciudad de Carteia). Esto indica que
volvió a España todavía después de haberse afincado otra vez en Londres como literato. Aunque
no conocemos bien el motivo y el desarrollo de los viajes anteriores, seguramente tuvieron que ver
con su vida como militar, según él mismo deja entrever en ocasiones, por ejemplo cuando, en el
parágrafo sobre Beja, indica que «...en el espacio de dos o tres meses, durante los cuales una parte de las tropas Inglesas estuvieron acuarteladas aquí, observé...» o, al referirse a la región septentrional de Beira, que
«...como el ejército Inglés la recorre de un extremo al otro, y en una ocasión se acuarteló allí un invierno completo... procuré informarme directamente en esas ciudades...».
Aunque no creo que el suroeste europeo estuviera incluído en su ruta, es en 1720 cuando
acompaña en calidad de preceptor al joven lord vizconde Malpas (a quien dedica precisamente la
primera entrega de la obra que comento) durante el clásico periplo de formación cultural, el «Grand
Tour»41. En el transcurso de otro de ellos, en 1727, protagonizará, a los cuarenta y siete años de
edad, una aventura romántica con una monja, con la que más adelante, en 1735, contrajo matrimonio42. Seguramente en 1724 (la última referencia cronológica en su relato hispano, a su final y
relativa a Gibraltar, es de ese año), John Breval ordena sus notas y ultima el material gráfico, publicando en 1726 estas Remarks on several Parts of Europe..., en dos volúmenes43, que completa en 1738,
como dije, con otros dos sobre otros países visitados durante sus viajes europeos, un respetable
total de diez44. En la primera entrega es donde incluye, pero a modo de apéndice, las notas de sus
tres viajes anteriores a España y Portugal. Entre los suscriptores de la obra, como recuerda V. Rumbold, había eminentes personajes, nobles e intelectuales, tanto liberales como conservadores45.
Nuestro vitalmente inquieto y variado autor demuestra a lo largo de estos escritos en torno a las
antigüedades greco-romanas una para su época bastante sólida formación clásica, un buen dominio de las fuentes textuales antiguas y de la bibliografía moderna disponible, acompañado todo
ello de un «iluminado» racionalismo, que le impulsa a sustituir las leyendas y supersticiones que
le van transmitiendo sobre muchos lugares por otras más coherentes y modernas explicaciones,
sociales, históricas o intelectuales, lo que coincide plenamente con su ideología liberal.
En la época de la aparición de sus primeras Remarks es cuando disfruta de la amistad de Voltaire, durante el exilio de éste en Londres (1726-1729), pues es él seguramente el «Gay» al que el
filósofo francés llama «sir Ovide», posiblemente a causa de su ya citada obrita Ovid in Masquerade,
de 1719. Breval continúa su activa vida literaria, y en los últimos cinco años de su vida, usando
todavía su pseudónimo, publica el poema en seis cantos The Lure of Venus, or a Harlot’s progress. An
heroi-comical poem. Founded upon Mr. Hogarth’s six paintings; and illustrated with prints of them (1733) (en
el que da a true key para entender the hieroglyphicks de este complejo pintor e interesante costumbrista) y, bajo su nombre real, The History of the most illustrious House of Nassau (1734)46 y una ópera
cómica, The Rape of Helen: a mock-opera (1737), que se representó en Covent Garden.
Fallece a comienzos del año siguiente, en enero de 1738 — curiosamente, en París — cuando
aún no había cumplido los sesenta años. The London Magazine en su obituario y John Nichols entre
sus anécdotas literarias destacan, como recoge V. Rumbold, que con su esforzado trabajo John
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Durant Breval había conseguido, a lo largo del tiempo, borrar las amarguras de su juventud, restaurar por completo su imagen y su prestigio y, en fin, morir «universally beloved»47.
3. El muy escaso conocimiento y uso de las Remarks de John Breval, y especialmente en el
Corpus Inscriptionum Latinarum
Me tropecé casualmente con esta preciosa obra en la Biblioteca Nacional de Madrid48 al comenzar, hace unos doce años, una línea de investigación sobre la Arqueología española en el siglo XVIII,
primero dirigida a completar una historia de las excavaciones de Itálica, después para la arqueología
de Mérida, y de España en general, la segunda especialmente durante el reinado de Carlos IV. Ésta,
por cierto, me llevó a descubrir una serie de realizaciones arqueológicas regias a escala nacional, que
permiten reividicar la obra de un monarca y de un primer ministro — Manuel de Godoy, Príncipe de
la Paz — muy criticados políticamente, pero muy injustamente infravalorados hasta ahora en el campo
de las antigüedades (y espero que el lector portugués de hoy sea liberal conmigo por este benévolo
dictamen hacia dos personajes políticos para ellos tan sensibles49). Estas investigaciónes tuvieron
algunos interesantes resultados50, pero no fue el menor el poder descubrir pequeñas joyas bibliográficas prácticamente desconocidas hoy en España, como las presentes Remarks de John Breval.
Desconocidas porque, en efecto, en las exhaustivas bibliografías sobre viajes a las que antes
ya me referí el de John Breval sólo es citado brevísimamente por R. Foulché-Delbosc51, y por A. Farinelli52. No mereció la atención de J. García Mercadal, que no lo cita ni una vez siquiera entre los
viajeros del siglo XVIII, mientras C. Freixa Lobera le dedica sólo un párrafo, en el que precisamente
destaca (o más bien parece que lamenta) que Breval, «anclado en el pasado, opina que sólo el estudio de las antigüedades, de la historia y de la geografía es importante. Su libro de viajes, por tanto,
sólo recoge datos sobre los restos antiguos, en el caso español principalmente romanos y árabes,
que acompaña con descripciones y citas de los autores clásicos que les hacen referencia»53 (algo,
por cierto, debidamente avisado por el autor en el título de su obra). Ian Robertson lógicamente
no lo contempla, puesto que el de Breval es anterior a la fecha de arranque de su muy interesante
selección de viajeros británicos (1760), pero sí lo menciona de pasada54 como uno de los escasísimos precedentes ingleses de viajes a España, junto con los E. Veryard (1701), W. Bromley (1702),
el Anónimo de 1704 y J. Brome (1712). En la bibliografía portuguesa ha pasado completamente
desapercibido, hasta donde sé55.
En cambio, por la faceta de Breval de transmisor de inscripciones romanas, nuestro bien conocido Emil Hübner sí le dio entrada en la vasta bibliografía del Corpus Inscriptionum Latinarum, vol.
II (Berlín, 1869), aunque no para su bien. Por su brevedad y porque sin duda explica el poco uso y
nula credibilidad de Breval en este aspecto, traduzco aquí el comentario de Hübner: «I(ohannes)
Breval ... [título de la primera edición, con alguna diferencia], Londres 1726, fol.: en la última parte de
la obra (t. 2, p. 312-337 y 312-337 [scil., por 327], por un error de imprenta se repiten así los números de las
páginas) recoge múltiples inscripciones de Lusitania y Bética, una parte de las cuales dice expresamente haber
visto; en realidad es mentira, y no vio por sí mismo ni tan siquiera una de ellas, sino que todas las tomó de libros
impresos, según reconoció claramente Mommsen, quien las cotejó»56 (los subrayados son míos).
Este extremadamente corrosivo veredicto57, cuya falsedad iremos viendo más adelante, explica
fácilmente por qué Hübner apenas cita a Breval en las 49 inscripciones hispanorromanas que éste
ofrece y jamás le da crédito, incluso cuando resulta obvio que el inglés no sólo vio el epígrafe, sino
que incluso lo leyó mejor. Da la impresión de que Hübner tuvo por bastante el juicio general de
Mommsen y cotejó a Breval sólo superficialmente y sólo para la parte española, pues para la por-
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tuguesa no lo cita ni una sola vez. Si lo hubiera hecho hubiera visto bastantes variantes de lectura,
varias localizaciones más precisas, y hasta textos mejor completados o leídos. La opinión de aquellos prohombres alemanes de la Epigrafía fue tan descalificadora como injusta y — esto es un hecho
— los epígrafes que posteriormente han reaparecido les quitan la razón en todos los casos.
Esta verdadera damnatio de John Breval en el CIL, que necesita revisión (en esto como en otras
cosas), influyó bastante en su buen crédito posterior como fuente, y en la consulta de sus Remarks,
hasta que el tiempo voraz fue enterrando la memoria de la obra y de su autor. Lo cierto es que, al
menos en la bibliografía arqueológica y epigráfica posterior, y hasta donde alcanzo, en estos 278
años nunca ha sido utilizado de forma directa por ningún otro autor epigráfico. El estudio detenido de su relato y de sus, en consecuencia, poco conocidas y explotadas láminas58, por lo general
de buena calidad, así como de varios aspectos de sus comentarios epigráficos — examinados con
detalle, como es imprescindible para poder rehabilitar a un autor casi trescientos años más tarde
— sólo ahora nos permitirán proponer aquí la recuperación como auténticos de varios epígrafes
portugueses y españoles juzgados hasta ahora como falsos59 y reivindicar al Breval transmisor de
epígrafes. Curiosamente, la misma labor nos servirá de paso para mejorar en algo el crédito del
Ambrosio de Morales portugués, su primer arqueólogo y epigrafista, el renacentista y pionero en
los estudios clásicos Andrés de Resende60, igualmente atropellado por el veredicto del CIL y el posterior. Estas dos justas reivindicaciones creo que ya justificarían por sí solas la traducción comentada que ofrezco de los capítulos ibéricos de las Remarks.
4. Razón de un interés actual por la obra anticuaria de John Breval
Pero hay más. Aparte de lo ya dicho, la obra me parece valiosa en general para las antigüedades de todos los territorios y países por los que viajó. En el periplo de Italia y Francia, por
ejemplo, tiene comentarios y láminas de auténtico interés, que algún día habrá que intentar
revalorizar61. Pero interesa sobre todo en lo que afecta a nuestras antigüedades romanas peninsulares, que son patrimonio común e indivisible de todos nosotros, portugueses y españoles,
ya que felizmente somos todos una y la misma cosa cuando hablamos de la vieja Iberia griega
o de la Hispania romana. Breval aporta tantas noticias curiosas, por ejemplo en lo que afecta a
las ruinas, los yacimientos y, muy especialmente, a la Epigrafía62 hispanorromana (sin olvidar
las noticias de la Edad Media, tanto árabes como cristianas), que he creído que sería un trabajo
útil para muchos, de uno y otro lado de nuestras actuales fronteras políticas, el ofrecer una traducción del inglés de la parte de su obra que abarca la Península Ibérica (como dije, el final del
libro II del volumen I), así como el reproducir aquí la totalidad de los grabados que él insertó
para acompañar esta sección de su texto, pues es seguro que los especialistas de cada país sabrán
encontrar alguna «novedad» en ellos, ahora ya desaparecida, en peor estado, o sepultada por
las edificaciones posteriores.
Porque el caballero inglés, en efecto, tuvo la ocasión y la fortuna de ver nuestras antigüedades hace ya casi tres siglos, cuando estaban en mejores condiciones de conservación. Téngase en
cuenta también que Breval describe la romanidad de la península cerca de siglo y medio antes de
que Emil Hübner la pisara por primera vez, e incluso veinticinco años antes de que, en 1747, el por
mí muy estimado marqués de Valdeflores ideara su luego lamentablemente frustrado Viage anticuario de España (una gran y fallida empresa culta española, algo más conocida en este último decenio63). Pero, lo que quizá es aún más importante a nuestros efectos, Breval vio el O. y el S. peninsular casi 40 años antes que ocurriera el desgraciado terremoto de Lisboa de 1755, que hizo caer,
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en un radio muy grande de conmoción telúrica, los restos de muchos edificios antiguos que aún
se sostenían en parte, llegando sus efectos a muchas ciudades andaluzas; por ejemplo a la desgraciada Itálica, cuyas abandonadas ruinas, muchas aún en pie, nos consta que cayeron definitivamente con aquel seísmo.
La antelación de Breval, sobre todo con respecto a dicha catástrofe, es lo que a mis ojos, entre
otros aspectos, lo hace más valioso para la Arqueología de ambos países. En desfavor tiene la brevedad de su ámbito, pues sus viajes en la península estuvieron en realidad limitados, por más que
se alargaran cada vez durante meses, pues siempre parecen tener que ver con su vida militar anterior y no formar parte realmente del periplo europeo con lord Malpas. En Portugal se movió entre
Viseu y el Algarve. Por España brevemente al costear Galicia por barco camino de Lisboa y, más
ampliamente, por el Sur, desde Cádiz a Gibraltar pasando por Sevilla y varias otras ciudades o pueblos intermedios.
5. La presente edición
Será él mismo, sin embargo, quien mejor lo explique. He tratado de que mi traducción respete al máximo su estilo y espíritu, aunque en ocasiones me he permitido alguna licencia para una
mejor comprensión de la idea, ya que su inglés tampoco es el actual. Espero que el lector disfrute
leyendo ahora sus eruditos relatos y comentarios como yo misma me deleité en su día, y ahora también me ha pasado al traducirlo.
Breval incluyó numerosas y cultas notas de pie de página en su obra, dedicadas a las citas de
autores antiguos o a evocar obras modernas que él conocía y utilizó sin duda, como las de Grútero,
Resende y muchas otras que consultó en Londres, en España y en otras bibliotecas europeas; parece,
en efecto, que al citarlos expresamente y con frecuencia ya parece difuminarse una cierta parte de
la acusación de Hübner. Usa también bastante las llamadas laterales, especialmente las dedicadas
a los textos epigráficos, pues pone un empeño, muy propio de su profesión didáctica, en desarrollar las abreviaturas (aunque hoy sepamos que varias de ellas son inexactas). Sus notas originales
las he dejado a pie de página con numeración romana, motivo por el cual las mías propias van,
como ya se habrá visto, al final de todo el texto y con numeración arábiga. Para sus llamadas a las
notas a pie él usa, al modo de la época, signos como *, †, ‡, **, †† y ‡‡, que serían ahora complicados de imprimir y más confusos para el lector actual. Por ello he reconvertido aquí todos esos
signos, siguiendo estrictamente su orden de aparición en el texto; además, Breval acostumbraba a
referenciar las notas antes de la palabra o frase a la que conciernen y no detrás, como solemos hacer
ahora, por lo que también me he permitido retrasarlas para que su lectura se nos haga más familiar. He procurado dejar las llamadas al desarrollo de abreviaturas epigráficas en el lateral de la línea
correspondiente, como él hace siempre que caben, precedidas de un asterisco. Conviene indicar asimismo que el uso por Breval de puntos suspensivos dentro de las inscripciones no siempre indica
rotura o laguna en el texto, sino posiblemente una separación mayor de la habitual, la que ahora
solemos indicar con un «vacat». He respetado sus usos del signo de punto y coma, con frecuencia
repetido en una misma frase, algo frecuente en la época aunque hoy se considera incorrecto.
No he mantenido la mayor parte de las muchas palabras que, siendo simples sustantivos, el
autor escribió al modo británico de la época, con mayúsculas; pero sí he dejado todos los nombres
propios, etnónimos y topónimos en cursiva y mayúscula, como él acostumbra, y éstos con la grafía con que los escribió (por ejemplo, Gallicia por Galicia), excepto en el caso de Sevilla («Sevil»), que
aparecerá siempre corregido. También advierto que Breval usa sistemáticamente Spain/Spanish y
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Moor/Moorish, incluso en las ocasiones en las que es claro que se está refiriendo a Hispania/Hispanos
y Árabe/Árabes; en cambio, para los españoles de su tiempo suele usar el término moderno de Spaniards, sus vecinos siempre son the Portuguese.
En el caso de las inscripciones que recoge, cada una lleva en el margen izquierdo un número
correlativo, entre corchetes, para poder distinguirlas y localizarlas mejor, números que reaparecerán al comienzo de los comentarios correspondientes en las notas al final de texto, cuyas llamadas
se encontrarán siempre en números arábigos y al final de cada epígrafe. En cuanto a estos mismos,
sólo los he retocado para transcribir las interpunciones a media altura, como hacemos ahora, ya
que en su texto aparecen en la base de la línea, como era entonces el hábito general. De las inscripciones que Breval ve o conoce, como se verá, se pueden extraer bastantes más novedades de las
imaginables, desde su autenticidad a variantes en su lectura; de cada una de ellas doy sus referencias en el CIL II, puesto que todas figuran en él, así aquella bibliografía posterior cuando la haya y
sea significativa (particularmente los repertorios), a lo que sigue mi propio comentario, muchas
veces destinado a probar la veracidad de Breval como testigo directo, o bien a proponer otra lectura o interpretación en ellos.
Aunque en todos mis demás trabajos sobre el siglo XVIII he solido transcribir los escritos de
los autores de época en cursivas, en esta ocasión, dado el amplio uso que Breval hace precisamente
de la cursiva, y con objeto de respetar todo aquello que él quiso destacar, será su texto base el que
vaya en letra redonda. Dentro de éste o de sus notas a pie de página van algunas mínimas explicaciones por mi parte (especialmente los necesarios sic, pero también aclaraciones sobre los personajes históricos que menciona, o su época), que inserto entre corchetes. Las citas literales de
textos o autores antiguos van en cursivas, las de autores contemporáneos en tipo normal. Ocasionalmente he subrayado aquellas palabras o frases del narrador que señalan un conocimiento
directo de epígrafes; este dato será fundamental a la hora de hacer la crítica epigráfica posterior,
que cada inscripción lleva incorporada, como dije, en una correspondiente nota al final.
Por último, en cuanto a la parte gráfica, los trece grabados con los que Breval ilustró esta parte
ibérica de su libro carecen de numeración y de llamadas dentro del texto, así que he colocado éstas
en general al comienzo de lo que describen, entre corchetes y en números romanos, como las notas.
A partir de la XIII, en cambio, numero en arábigos otras láminas complementarias que me ha parecido ilustrativo insertar para distintos propósitos; éstas podrán encontrarse, como es lógico, anunciadas en medio del texto de Breval; pero se las distinguirá de las suyas, como digo, por el diferente
modo de numerarlas.
6. Incipit J. D(urant) Breval, Remarks..., vol. I, libro II, p. 312-33764
«PORTUGAL y algunas zonas de ANDALUCÍA
Pensé que no sería una conclusión improcedente de esta obra (guardando espacio sobre todo
para el resto de mis observaciones acerca de Italia) si consignara aquí un breve relato sobre estas
partes del continente, en forma de Apéndice; sobre todo porque la presente es en primer lugar una
colección de fuentes antiguas y de monumentos poco conocidos para la mayoría de la Humanidad, en parte a causa de la ignorancia, en parte por el temperamento en extremo receloso de los
Españoles y los Portugueses, que ven a los extranjeros con ojos de envidia y aversión y procuran mantenerlos a distancia incluso en los asuntos más intrascendentes. Ofreceré estos Comentarios (que
me han proporcionado tres viajes diferentes a estos países) exactamente en el orden temporal en
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el que fueron hechos, comenzando por la costa de Gallicia, que es la primera tierra que se presenta
ante la vista de quienes van navegando desde el Canal [scil., de la Mancha] hacia la desembocadura
del Tajo.
[ESPAÑA]
El pequeño grupo de islas que se encuentran esparcidas cerca del cabo Finisterre (entre las
cuales la mayor es la de Sasorga [¿Sisarga?65]) fue conocido antiguamente con el nombre de Cassiteridesi, así como el cabo mismo se conocía como Promontorium Nerium. La primera persona de la
que hay constancia de que se aventuró a rodearlo navegando fue Hanón el Cartaginésii, quien equipó
una flota desde Gibraltar (entonces llamada Heraklea) para reconocer las costas de España, al mismo
tiempo que su hermano Himilcón emprendió una expedición hacia el Sur, hasta al menos el equinoccio, durante la cual se supone que descubrió las Islas Canarias y las de Cabo Verde, más o menos
cuatro siglos antes del nacimiento de nuestro Salvador66. Este cabo es famoso no por otra cosa
sino por la gran afluencia de peregrinos que llegan allí de todas partes del continente para visitar
el santuario y las pretendidas reliquias de Santiago el Apóstol, patrón de España, en Compostela, que
está en su vecindad. El Promontorium Artabrum de Plinioiii (que Solino y otros han colocado de forma
ignorante en la Roca de Lisboa [scil., el cabo da Roca] parece corresponderse en todos los detalles
con el cabo Finisterre. La extensión completa del mar entre esta punta y el cabo Ushant en Britannia [scil., Bretaña] es lo que conocemos comúnmente como Golfo de Vizcaya.
[PORTUGAL]67
El río Duero, que desemboca hacia el océano Atlántico, cerca de la ciudad de Porto, y que separa
Gallicia de Portugal, era la antigua frontera norte de la Lusitaniaiv; Estrabón (que discrepa en este punto
de muchos de los geógrafos de aquellos tiempos) extiende esta provincia tan lejos como hasta el
Golfo de Vizcaya, y por otra parte hace del río Tajo su frontera meridional; lo que son dos manifiestos errores. No encuentro que la ciudad de Porto (de la cual se derivó el nombre de todo el reino)
sea de mayor antigüedad que el siglo XI, cuando fue cedida por Alfonso VI, rey de Castilla, junto con
todas las tierras entre el Miño y el Duero, a Enrique de Borgoñav (con el título de conde de Portugal),
al mismo tiempo que el monarca le concedía también a su hija natural, Teresa, como recompensa
por sus grandes servicios contra los Moros.
El cabo de Sintra, comúnmente llamado ahora la Roca de Lisboa (y por los antiguos Promontorium Lunae y Olyssiponense), un poco al norte de la Desembocadura del Tajo, es uno de los más altos
y notables cabos de tierra a lo largo de las costas de España: Los monjes de San Jerónimo tienen en
el punto mas elevado de él un convento labrado en la piedra, con una capilla dedicada a la Virgen,
bajo la advocación de Nuestra Señora de Pe{n}nas68, sitio muy visitado por los Portugueses69. A los pies
mismos del cabo quedan todavía los restos de un antiguo templo [Figs. 14 y 15]70, que se supone
que estaba dedicado al Sol y a la Luna71, a juzgar por las siguientes inscripciones, que aún eran legibles al menos hace algunos años72.
i
Probablemente a causa de las minas de estaño que en ellas abundaban; ya que en griego se dice
[sic] al stannum [sic].
Las navegaciones de estos dos hermanos son mencionadas por Arrianus y Plinio. La de Hanón duró dos años y la de Himilcón cinco. Comenzaron
su viaje en el año 307 de Roma [450 a.C.]. El segundo de ellos llevó consigo 60 barcos y 30 000 personas de ambos sexos.
iii Plin. lib. iv. cap. xx.: Promontorium Celticum, quod alii Artabrum appellavere etc. Pero Solino dice: In Lusitania Hispaniae promontorium est quod Artabrum
alii, alii Olyssiponense dicunt. Estrabón coloca a los Artabri, o Arotabrae [sic, por Arrotrebae] (ya que son el mismo pueblo) en el N.O. de Lusitania.
iv Lusitania, llamada así, según pretende Plinio, de un Lusus, o Lysus, que acompañó a Baco a España, lib. iii. cap. i. Fue una de las tres divisiones de España
en la época de los romanos (siendo las otras dos la Baetica y la Tarraconensis), y ocupaba en conjunto el Algarve, algunas zonas de Gallicia y una gran
parte de Castilla la Vieja.
v Fue cuarto hermano de Hugo, duque de Borgoña, nieto del duque Roberto, que fue el hermano menor de Enrique I, rey de Francia.
ii
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[1]
SOLI ET LVNAE
CEST · ACIDIVS
PERENNIS
* LEG · AVG ·
PROPR · PROV ·
LVSITANIAE 73
* Legatus Augustalis Propraetor etc.
[2]
SOLI · AETERNO · LVNAE
PRO AETERNITATE IMPE .....
ET SALVTE IMP · CAE · SEPTIM · SEV......
ET IMP · AVG · CAES · M · AVR · ANTON ·
AVG · PII
......................................... CAES vi ·
ET IVLIAE AVG · MATRIS CAES
DRVSVS VALERIVS CAELIANVS
............................... AVGVSTORVM
CVM..... VALE .... NI ............. SVA
ET Q · IVLIVS · SATVR · QVAL .....
ET ANTONIVS · 74
Los monjes del antes mencionado convento tienen una vieja tradición acerca de un pilar cuadrado que fue descubierto aquí en el siglo pasado, con una antigua profecía sobre él, escrita, según
ellos pretenden, por una de las Sibilas: me inclino más bien a creer que se trata de otra inscripción
romana, tan estropeada que no la podrían leer, y por ello pensaron bautizarla como un oráculo
Sibilino75.
El río Tajovii, y especialmente donde desemboca en el Océano, puede ser contado entre los
más largos, rápidos y también peligrosos ríos de Europa, a causa del gran número de arenas movedizas y de bajíos que obstruyen su boca, siendo por este motivo las partes navegables de su cauce
tan extremadamente estrechas y llenas de recodos que los más hábiles pilotos, a poco que el
tiempo sea un poco tempestuoso, no se atreven a la aventura de entrar o salir por él como no sea
con el concurso de ciertos vientos. De esto resulta evidente que, cuando Estrabón afirma que la
ruta entra directamente en el río: Eruptiones Tagi, in quas recti navium cursus, es que, o bien alguien
se inventó tal cosa ya en los tiempos de Estrabón, o bien el gran geógrafo habló del Tajo al azar76.
No obstante lo dicho, por donde su lecho es navegable es tan profundo que los barcos de mayor
carga pueden remontarlo hasta Lisboa, y con frecuencia se los ve echar el ancla incluso delante
mismo del Palacio Real. Las muchas y suntuosas construcciones y la extensión de la capital (que
en su mayor parte se dilata sobre zona elevada), la majestad del Tajo (si puedo decirlo así), y los
deliciosos pueblecitos, «quintas»77 y plantaciones diseminados por todo el camino, entre sus alrevi
Supongo que el nombre de Geta puede haber sido borrado aquí a propósito por orden de su hermano Caracalla, como lo encontramos en otros
muchos monumentos similares.
vii Existen cien etimologías ridículas para el nombre de este río con las que me abstendré de incomodar al lector. Quien guste las puede consultar
en la obra Antiquitat. Lusitan. lib. ii. de [Andrés de] Resende. Estrabón dice que la anchura de la boca del Tajo es de veinte millas [en Estrabón, estadios],
y que con la marea alta es incluso mucho mayor, abarcando desde Villafranca [de Xira] hasta el lado opuesto o meridional del río [cf. Strab. III, 3, 1].
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dedores y los suburbios de Lisboa, componen uno de los más hermosos paisajes naturales. El
polvo de oro de este río (al que tantas veces se refieren los autores antiguos) parece no haber sido
solamente una ficción poética, a juzgar por lo que he podido deducir de los propios nativos; y
tienen la tradición, que dura hasta hoy, de que el cetro real antiguo de Portugal (usado todavía
en las coronaciones de sus reyes) está hecho del metal del que hablo, y que lo es del producido
por el propio Tajoviii.
LISBOAix. Con frecuencia me ha admirado cómo puede suceder que Lisboa (una de las más
antiguas ciudades de Europa) sea tan parca en producir algún monumento más antiguo que los
de la época de los Moros, o al menos de la de los Godos, mientras curiosidades de tal tipo son tan
visibles en otras de las grandes ciudades de la antigua Lusitania, aunque estuvieron tan expuestas como aquélla a la furia de invasores y a otras calamidades. Todos los descubrimientos que
pude hacer en el curso de los varios meses que pasé en esta capital fueron algunos restos de
cimientos Romanos alrededor del viejo Castillo y algún trozo roto de una inscripción aquí y allá;
concedo poco crédito a los cien relatos que he oído de los propios Portugueses, entre los cuales
incluyo la famosa historia que trata sobre las cenizas de Viriato (el gran jefe Lusitano), que se dice
fueron encontradas a comienzos del siglo pasado en una urna de mármol, junto con su espada,
por algunos trabajadores que estaban excavando al pie de las viejas murallas de la Ciudad. Cierta
persona que conoce bien la historia de este país me ha asegurado (y no es en modo alguno improbable) que varias estatuas, bustos y otros objetos antiguos que pertenecían a los pretéritos reyes
de Portugal (muchos de los cuales habían aparecido en o cerca de Lisboa) fueron transportados a
España durante el tiempo en que este reino estuvo sujeto a los Españoles, después de la usurpación de Felipe II78.
Los Moros se adueñaron de Lisboa, con toda probabilidad poco después de comenzar sus
andanzas por España; y, como su ubicación cerca de las bocas del Tajo la convirtió en una de las
más importantes plazas en esta parte de sus dominios, ellos hicieron aquellas adiciones que fueron necesarias para la seguridad de tan noble puerto y que habían sido descuidadas por sus predecesores, los Godos, muy inferiores a ellos en todo lo referido al comercio y la navegación. Los
restos del viejo Castillo y de las murallas de Lisboa son pruebas evidentes de sus desvelos en este
aspecto, como lo son también las ruinas de Almada (que es generalmente llamada la Vieja Lisboa),
en la orilla opuesta del río. Los Cristianos retomaron Lisboa a los Moros la primera vez bajo el mando
de Ordoño III, rey de León y Oviedo [scil., de Asturias], sobre el año de gracia de 950, pero la perdieron otra vez treinta años más tarde, cuando Almanzor, rey de Córdoba, aprovechando la guerra civil que había estallado entre Ramiro y Veremundo (ambos hijos del rey Sancho) a causa de la
disputada sucesión a las coronas de los dos reinos más atrás mencionados, arrancó Portugal de
sus manos. En el siglo siguiente, sin embargo, Enrique de Borgoña, con ayuda de su suegro el rey
Alfonso [VI de Castilla] obligó a los Moros a rendirse para siempre; y desde esta época se convirtió
en la residencia de los príncipes Portugueses79. No obstante, Lisboa no fue convertida en sede metropolitana hasta el reinado de Juan I, llamado el Grande [1385-1433]. El actual rey de Portugal [João
V, 1706-1750] ha creado otra sede, con el permiso de [-l Papa] Clemente XI, que es llamada Iglesia Patriarcal; de esta forma Lisboa está dividida en dos arzobispados, cada uno de los cuales tiene
su jurisdicción enteramente separada e independiente de la del otro.
viii
Vid. Resend. lib. ii.
Antiguamente Olyssipo, y en algunos autores Ulyxbona, de Ulysses, el supuesto fundador de esta ciudad. Las Historias españolas nos dicen que ello
ocurrió en los tiempos en que Gargoris era rey de España.
ix
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El Palacio Real de esta ciudad es un vasto y antiguo complejo de edificios sin proporción
ni regularidad, excepto en un extremo de él, junto al río, donde existe un muy bello y moderno
pabellón, muy parecido a nuestro palacete de recepciones de Whitehall, en el cual Su Majestad
Portuguesa recibe en audiencia a los embajadores. Este monarca tiene distintos palacios en los
alrededores de Lisboa, particularmente en Bethlehem [Belém] (comúnmente conocido como
Bellisle) y Alcántara. El primero de estos lugares es famoso por un convento real de gran magnificencia, en el cual están depositados los cuerpos de algunos de los reyes anteriores; pero donde
todos los demás (que en su mayor parte están enterrados en Alcobaça) tienen asimismo suntuosos cenotafios. En Bellisle, al igual que en Lisboa, existe un convento de monjas inglesas: Las
de este segundo [convento] son en general miembros de buenas familias; y representan una
especie de colonia de la Casa de Sión que había junto al Támesis; cuando ésta fue disuelta, en el
reinado de Enrique VIII, algunas de las religiosas huídas vinieron y se asentaron en Portugal. Tienen una Virgen milagrosa; las monjas pretenden que procede originalmente de Sión, y que desde
allí, por los ruegos de la madre abadesa, fue transportada hasta Lisboa, en una noche, en las
manos de un ángel.
ÉVORA. Evora, en la provincia del Alentejo80 (segunda ciudad del reino, y lo mismo en
cuanto a belleza, antigüedad y tamaño), fue Ebora en tiempos de los Romanos, como sabemos
por Plinio, Mela, los Itinerarios y otros autores de aquellos días. Parece haber existido antes de la
época de Sertorio, aunque sus habitantes hablan de este general como su fundador, lo que he
comprobado más particularmente por algunas inscripciones modernas erigidas en su plaza del
Mercado. Resende, quien ha escrito sobre la antigua Ebora en forma muy erudita81, reconoce
incluso que Sertorio hizo en ella muy grandes ampliaciones, las ruinas de su famoso Acueducto82,
así como las murallas que construyó alrededor de la ciudad, son visibles al día de hoy; pero, aún
así83, asegura que ya en los tiempos de Viriato (que vivió mucho antes de Sertorio), Ebora era la
capital de una provincia que abarcaba una gran parte del moderno Alentejo, y que dicha provincia tenía por ello el nombre de Provincia Eborensis. Para no incomodar al lector con los varios
argumentos que son aportados por este autor para probar lo que propone, daré aquí solamente
éste, que es una notable inscripción que puede verse todavía en el Pomar de los Benedictinos, a
algunas millas de Évora:
[3]
L · SILO · SABINVS
BELLO CONTRA VIRIATVM
IN EBOR · PROV · LVSIT · AGRO
MVLTITVDINE · TELOR · CON
FOSSVS AD C · PLAVT · PRAET
DELATVS HVMERIS MILIT
H·SEP·E· PEC·M·M·F·I ·x.
IN QVO NEMIN · VELINI MECVM
NEC · SER · NEC · LIB · INSERI
SI SECVS FIET VELIM OSSVA [sic]
QVORVMCVNQVE SEP · MEO ERVI
SI PATRIA LIBERA ERIT· 84
x
Hoc sepulcrum è pecuniá meá mihi fieri iussi.
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En la época de Julio César, Evora, siendo hecha un Municipio, y teniendo conferido lo que ellos
llamaban el ius Latiixi, cambió su nombre por el de Liberalitas Iuliaxii, tal como lo encontramos en
algunos mármoles85 que yo mismo he visto y transcrito en la plaza del Mercado86 y en otros puntos de la ciudad. Mostraré como ejemplo los dos siguientes:
[4]
DIVO IVLIO
LIB · IVLIA EBORA
OB ILLIVS IN MVN *
* In municipes è municipio.
E MVN. LIBERALITA ...
TEM EX D · D · D ·
QVOIVS DEDICATIO
NE VENERI GENETRI
CI CESTVM MATRONAE
DONVM TVLERVNT 87 [Fig. 16]
[5]
L · VOCONIO L · F ·
QVIR · PAVLLO AED Q
II VIR · VI · FLAM · ROMAE
DIVORVM ET AVGG
PRAEF · COH · I · LVSITAN... et cohortis
I · VETTONVMxiii LEG · III · I... talicae
OB CAVSAS ..... utilitates Q... publi
CAS APVT ORDIN....
FIDELITER ET CONST... anter
DEFENSAS LEGAT... ione
............
LIB · IVL · EBORA
PVBLICE IN FORO · 88 [Figs. 17-18]
En opinión de algunos historiadores, el Ius Latii habría sido dado a los ciudadanos de Ebora
mucho antes del tiempo de César; y, habiéndolo perdido por tomar partido en favor de Sertorio en
las Guerras Civiles de España, lo consiguieron por segunda vez de Julio César, aunque se ignora por
qué causa o por cuáles méritos: probablemente porque ellos manifestaran su desacuerdo hacia Pompeyo y sus hijos antes de la batalla de Munda89. La gran estima que esta ciudad tuvo por Sertorio
queda evidenciada por la siguiente inscripción marmórea, que fue hallada en excavación cerca del
lugar que ellos llaman actualmente La Casa de Sertorio90.
xi El Ius Latii, muy inferior al Ius Romanum, conllevaba no obstante muy considerables privilegios, como en particular el de permitir a todos los que
lo obtenían el desempeño de todos los puestos militares igual que los Romanos mismos. Fue llamado Ius Latii porque, entre todos los aliados de
Roma, los Latinos fueron los primeros que lo consiguieron.
xii Dice Resende que él ha visto una medalla de Germánico con las palabras LIBERALITATIS IVLIAE EBORAE en el reverso; y Mezzabarba habla de
otra similar. Existe una moneda de Sisebuto, rey de los Godos de España, con CIVITAS EBORA. El nombre de Liberalitas Iulia se encuentra en Plinio,
Lib. iv. cap. xxii.
xiii Los Vettones son un pueblo de la antigua Lusitania mencionado por Plinio, Ptolomeo, etc., pero los autores discrepan en cuanto a su localización.
Algunos los colocan en torno al Duero, y otros del Tajo: vid. Resend. Ant.Lusit. lib. i.
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[6]
LARIB · PRO
SALVTE ET INCOLV
MITATE DOMVS
Q · SERTORII
COMPETALIB · LVDOS
ET EPVLVM VICINEIS
IVNIA DONACE DO
MESTICA EIVS ET
Q · SERTOR · HERMES
Q · SERTOR · CEPALO
Q · SERTOR · ANTEROS
LIBERTEI 91 [Fig. 19]
Añadiré a las inscripciones anteriores otras dos, aún existentes, que hacen mención de una
flaminica o alta sacerdotisa, de toda la Lusitania, que tenía su residencia en Ebora.
[7]
LABERIA · L · F ·
GALLAE FLAMI
NICAE · MVNIC
EBORENSIS FLA
MINICAE PROVIN
CIAE LVSITANIAE
L · LABERIVS ARTEMAS
L · LABERIVS GALLAECVS
L · LABERIVS ABASCANTVS
L · LABERIVS PARIS
L · LABERIVS LAVSVS LIBERTI 92 [Fig. 20]
[8]
D·M·S·
C · ANTONIO C· F · FLA
—–
VINO VI VIRO IVN ·
HAST · LEG · II · AVG · TORA [sic]
AVR · ET · AN · DVPL · OB · VIRT ·
DONATO · IVN · VERECVNDA
FLAM · PERP MVN · EBOR ·
MATER F · C · 93
Évora fue convertida en sede metropolitanaxiv por el rey Manuel [ I ] y, después de la de Coimbra, la suya es la segunda Universidad de Portugal. En las Escuelas Públicas, que son magníficas, vi
xiv Ellos pretenden que San Maucio [Maucius, errata por Manços o Mancios] uno de los Setenta discípulos de Cristo, habiendo sido enviado por los
Apóstoles para convertir a esta parte de España, fue el primer obispo de Evora [según la tradición, en el siglo VI]. Sin embargo es verdad que fue sede
episcopal mucho antes de la invasión Mora, incluso en época de Constantino el Grande.
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con detenimiento los cuadros de todos los monarcas de la primera dinastía, desde Alfonso Enríquez
al Cardenal Enrique. La Catedral es un majestuoso caserón Gótico, y cerca de ella están las cárceles
subterráneas de la Inquisición. Los Moros tienen en Évora un templo espléndido que aún conserva
el nombre de La Mezquita, y que ahora se usa para las reuniones públicas. Habiendo sido Évora antiguamente residencia de los reyes o gobernadores Moros de toda esta parte de España, fue conquistada para el rey Alfonso Enríquez por un tal Geraldoxv, que se hizo dueño de ella mediante una estratagema, haciendo matar al rey Moro y a su hija. Por esa razón la ciudad muestra en su escudo un
jinete completamente armado entre dos cabezas.
En el año 1663 el ejército español recibió una gran derrota ante los muros de Évora por el famoso
mariscal Schomberg y el conde de Villaflor94, quienes obligaron a la ciudad (en ese momento en manos
españolas) a capitular inmediatamente. Evoramonte (una colina naturalmente muy defendida), a
unas dos leguas cortas de Évora95 tiene, además de un viejo alcázar moro, algunos vestigios de época
romana.
ESTREMOS. VILLAVIÇOZA [sic]. A unas seis horas de Évora, sobre la antigua Vía Militar hacia
España, se puede encontrar la hermosa ciudad de Estremos (que supongo de antigüedad no mayor
que los tiempos de los Moros), en la que los Ingleses y los Portugueses tuvieron sus cuarteles generales durante casi toda la última guerra96. Villa Viçoza [sic], cerca de tres leguas más allá, forma parte
del patrimonio privado de los Duques de Braganza, cuyo fastuoso palacio se ha ido deteriorando
desde que los príncipes de esta dinastía fueron desposeídos de la corona. Pertenece a él un parque
de varias millas de longitud, vallado de ladrillo blanco y bien surtido de toda clase de caza97. La ciudad, entre otras muchas nobles antigüedades, tiene vestigios de un templo Romano del que se piensa,
a juzgar por las inscripciones que siguen, sacadas a la luz en sus inmediaciones, que estaba consagrado a Proserpina: en la actualidad se levanta en su recinto una iglesia dedicada a Santiago.
[9]
PROSER
PINAE
SANCTAE
C · IVLIVS
PARTHENOP
AEVS VOT
QVOT FECIT
A · L · P * 98
*Animo libenti posuit.
[10]
Q · HELVIVS
SILVANVS
PROSERPI
NAE VOTVM
S · A · L · P · 99
xv Este Gerardo (apodado «el Intrépido») [scil., «Geraldo Sem Pavor»] fue un hombre de noble cuna que, habiendo dilapidado su patrimonio, y cometido muchos desórdenes, lo que le obligó a abandonar su patria, fue junto a los moros, entre los que se acogió; pero después de emplear algunos
años a su servicio, pensando en volver a su casa, para poder obtener el perdón del rey Alfonso planeó poner Évora en sus manos [años 1162-1165]:
vid. Petrus à Comite [sic], lib. Genealogiarum, y también Resende, de Antiquit. Eborae.
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[11]
PROSERPINAE
SERVATRICI
C · VETTIVS SIL
VANVS PRO EV
NOIDE PLAVTIL
LA CONIVGE SIBI
RESTITVTA
V · S · A · L · P · * 100
* Votum solvens, etc.
Las inscripciones siguientes, en honor del dios Endovélico, pueden ser contempladas en el
monasterio de los frailes Agustinos, en donde Teodosio, Duque de Braganza101 (en cuya época fueron
encontradas, en un pueblecito no lejos de Villa Vizosa bajo las ruinas de un templo antiguo) ordenó
que fueran expuestas102:
[12]
DEO ENDOVEL
LICO PRAESTAN
TISSIMI ET PRAE
SENTISSIMI NVMINIS
SEXTVS COCCEIVS
CRATERVS HONORI
NVS EQVES ROMA
NVS EX VOTO 103
[13]
ENDOVELLICO
ALBIA
IANVARIA104
...............
[14]
ENDOVELLICO
SACRARVM [sic] ... MAR
CVS IVLIVS
PROCVLVS
ANIMO LI
BENS VOTVM
SOLVIT 105
[15]
DEO ENDOVELLICO SAC
IVNIA ELIANA VOTO SVCCEPTO
ELVIA VBAS MATER FILIAE
SVAE VOTVM SVCCEPTVM
ANIMO LIBENS POSVIT 106
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[16]
D · ENDOVELLICO SAC...:
AD RELICTITIVM EX
T · NVMIN ARRIVS BA
DIOLVS A · L · F · 107
[17]
Q · SEVIVS · Q · E
PAP · FIRMANVS
VOTVM DEO
ENDOVLICO [sic]
S · L · M · 108
La que sigue, sacada del mismo punto, fue llevada al castillo de Alandroal, a dos leguas de Villa
Vizosa; donde se halla embutida en el muro.
[18]
C · IVLIVS NOVATVS
ENDOVELLICO
PRO SALVTE
VIVENIVIAE [sic]
VENVSTAE
MANILIAE SVAE
VOT · SOL · 109
Villa Vizosa es célebre por una segunda derrota a los Españoles, en 1663, a manos del conde
de Villaflor, que fue la precursora de la paz entre las dos coronas, y obligó a Su Católica Majestad [Felipe IV, III de Portugal] a renunciar a todas sus pretensiones sobre Portugal. Fue en la ciudad misma donde D. Juan de Braganza [el futuro Juan IV] recibió las primeras noticias del éxito
de la audaz y notable conspiración de Lisboa, que sentó a su familia en el trono y libró a los Portugueses del yugo de España.110
BEIA111. La ciudad de Beja, o Bexa, en la zona sur del Alentejo en dirección a la provincia del
Algarve, parece que debe su fundación a Julio César112, y coincide en todos los detalles con la Pax
Iulia de Ptolomeo y de Antonino, que era fronteriza sobre Turdetanos y Célticos, aunque algunos geógrafos modernos han colocado esta antigua colonia, con manifiesto error, en Badajozxvi, en las
fronteras de España. Beja tuvo una considerable personalidad en la época de los Moros; en todo
el Alentejo no he visto otra ciudad en la que dejaran los infieles más nobles vestigios de su gran
talento para la arquitectura. Es extraordinario que estén aún en pie tres de las viejas puertas
Romanas, junto a algunos arcos de un acueducto, aunque casi enterrados entre la basura. En el
espacio de dos o tres meses, durante los cuales una parte de las tropas Inglesas estuvieron acuarteladas aquí113, observé abundancia de antigüedades Romanas, además de no pocas Hebreas y
Arábicas. Dejaré aquí sólo algunas de las primeras, las que son más dignas de noticiar, comenxvi
Badajoz es muy probablemente una corrupción de Pax Augusta, como Beja lo es de Pax Iulia, pero Resende aplica ambos apelativos a Beja, Epist. de
Col. Pacensi.
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zando por una muy bella y notable dedicación a Cómodo, en medio de la gran Plaza de Armas
justo sobre la entrada del Cuarto de Guardia, y que hace el argumento a favor de Pax Iulia casi
incontestable.
[19]
L · AELIO AVRELIO
COMMODO
IMP · CAES · AEL · HA
DRIANI ANTONI
NI · AVG · PII P·P · FIL ...
COL · PAX · IVLIA
D·D·
Q · PETRONIO MATERNO
C · IVLIO IVLIANO
II VIR · 114
[20]
C · IVLIVS · C · F · ......
II VIR BIS PRAE...
VTRIQ ... SEN .... 115
[21]
EQVIT · PRAEF
FABRVM ......... 116
[22]
M · AVRELIO · C · F ·
GAL · IIVIR · FLAMIN
TI · CAESARIS · AVG
PRAEF · FABR ....
D·D·
..................... 117
[23]
CVRIAE PONT *
FLAM · PACIS · IVLIAE
VE FLAMI ...... 118
* Pontifices.
Sobre uno de los escalones que conducen a la Iglesia Mayor:
[24]
.................................
......... PAX IVLI ...
........ Q PETRONI
................................ 119
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En la Iglesia de San Salvador:
[25]
D·M·S·
IVL. PATERNA
ANN · XV
IVLIA
TERPSICHORE
LIBERTAE OB
SEQVENTISSIMAE
H · S · E · S · S · T · T · L · 120
El monumento cristiano que sigue, de gran antigüedad, está en uno de los arcos de la Iglesia
Mayor:
[26]
Α • Ω
SEVERVS
PRESBIT · FAM --VLVS CHRISTI VI
XIT ANN LV
REQVIEVIT IN
PACE DOMINI
XI KAL · NOVEMBR · ERA
DCXXII 121
Hay fragmentos de estatuas que aún se pueden admirar en muchas partes de la ciudad, y
algunos bajorrelieves, entre los cuales he anotado cuatro o cinco, en diferentes lugares, que representan cabezas de toros, o más bien de bueyes122, que entiendo a modo de distintivo o símbolo
del establecimiento de la colonia de Pax Iulia y de la fundación de la ciudad; puesto que la principal parte del ceremonial en tales ocasiones era señalar la circunferencia de la muralla con un
arado, y el arado era arrastrado por un buey y una novilla.
A no muchas leguas de Beja, llega uno a la famosa llanura llamada Campo d’Ourique, sobre la
cual obtuvo el rey Alphonso [I, 1112-1185] Henriques, en el año 1139, la memorable victoria sobre
los Moros que libró a Portugal de aquellos infieles y que dio ocasión a la creación de los cinco escudos, que han sido las enseñasxvii de estos monarcas desde entonces, en conmemoración de los
cinco reyes Sarracenos que fueron vencidos en aquella batalla123. Pasando por aquí [el rey] don Sebastián [I, 1554-¿1603?] unos cuatro siglos después, camino del Algarve, levantó un arco en el Campo
d’Ourique, con la siguiente inscripción en recuerdo de aquella gran hazaña, y de una visión celestial que se apareció a Alphonso el día antes de la acción bélica, no muy diferente de la que tuvo
Constantino el Grande; quedan en pie muchos restos donde permanece este trofeo, y junto a él
sólo las ruinas de una pequeña ermita:
xvii
Se han hecho otras adiciones a las armas de Portugal por los sucesores de Alfonso.
286
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[27]
HEIC CONTRA ISMARIVM · QVATTVORQVE ALIOS SARACENORVM
REGES, INNVMERAMQVE BARBARORVM MVLTITVDINEM
PVGNATVRVS FELIX ALFONSVS HENRICVS AB EXERCITV PRI
MVS LVSITANORVM REX APPELLATVS EST ET A CHRISTO
QVI EI CRVCIFIXVS ADPARVIT AD FORTITER AGENDVM
COMMONITVS COPIIS EXIGVIIS TANTAM HOSTIVM STRAGEM
EDIDIT VT COBRIS AC TERGIS FLVVIORVM CONFLVENTES
CRVORE INVNDARINT INGENTIS AC STVPENDAERE REI NE IN LOCO
VBI GESTA EST PER INFREQVENTIAM OBSOLESCERET SEBASTIANVS I · LVSIT · REX BELLICAE VIRTVTIS ADMIRATOR ET MA
IORVM SVORVM GLORIAE PROPAGATOR ERECTO TITVLO
MEMORIAM RENOVAVIT 124
Como difícilmente se puede encontrar un solo lugar en el Alentejo que no contenga unos u
otros monumentos de la época Romana, la más fuerte prueba imaginable de que la nobleza y la clerecía de estas partes de Europa permanecen por lo general sepultadas en una enorme indolencia y
una supina ignorancia, es que en todo el territorio tienen apenas dos colecciones públicas de Antigüedades y, estoy convencido de ello, ni una sola en el resto del Reino. No podría yo sino tomar
nota de objetos de este tipo que han sido reutilizados en reparaciones de viejos muros, con las letras
al revés hasta en los mismos conventos, donde uno podría esperar la suficiente cultura al menos
como para que los monjes fueran capaces de distinguir entre una piedra común y un mármol
Romano.
He visto abundancia de miliarios en mis distintas travesías de este Reino, pero apenas uno de
ellos era legible en la actualidad; aquí y allá hay algún viejo terminus, esto es, un amojonamiento,
como particularmente uno en Arrojolas, donde parece haber estado el límite común entre los Pacenses y los Eborenses, o de los dos distritos de Beja y Ebora. Éste dice así:
[28]
D·D·N·N·
AETERN · IMPP
C · AVRE · VALER
IO · IOVIO DIOCLE
TIANO ET
M · AVR · VALERI
O ERCVLEO [sic]
MAXIMIANO
PIIS FEL SEMPER AVGG
TERMIN ... INTER
PACENS · ET EBORENS
CVRANTE P · DATIANO
V · P * · PRAESIDE H H
N · M · Q * · EOR ...
DEVOTISSIMO
HEINC PACENSES 125
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*Viro Patricio.
*Numini Majestatique.
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Junto a la orilla de un pequeño río (llamado río Maurín), entre Ebora y Alcaçer de Sal, hay otra
en forma de columna con la siguiente inscripción:
[29]
IMP CAES DIVI
SEPTI ... SEVERI PII
ARAB ... ADIAB ... PARTHI
CI · MAX · BRIT ... MAX · F
DIVI M · ANT · PII
GERM · SARM · NEP ·
DIVI ANT · PII PRONEP ·
DIVI HADR · ABNEP ·
DIVI TRAI ... PARTHICI
ET DIVI NERV... ADNEP ·
M · AVR · ANTONIN ...
P · F · AVG · PAR · MAX
BRI.... MAX · GERM · MAX
PATER MILIT · TRIB ·
POT · XXIII COS · IIII
P P · PROC REST * ....126 [Fig. 21]
* Proconsul restituit.
En Alcaçer do Sal (Fig. III), que fue la antigua Salacia, una colonia fundada por Augusto, existe
hasta hoy la ruina de un castillo de gran altura, que permite una de las más agradables y pintorescas vistas que he contemplado jamás. Aunque el edificio pasa generalmente por ser obra de este
emperador, es evidente que los Moros le hicieron grandes adiciones, ya que ésta fue una ciudad de
gran importancia en sus tiempos y su principal barrera contra los Cristianos por este lado. El río
Cadaon [scil. Sado], el Callipus de Ptolomeo, corre justamente a los pies de Alcaçer do Sol [sic], y es muy
ancho y navegable, incluso para barcos grandes, desde aquí hasta St. Ubes o Setuval [sic], donde desemboca en el Océano. Se supone que el nombre de esta antigua ciudad deriva del de la Dea Salacia (un
epíteto de Venus), que probablemente pudo tener por aquí algún templo. Las grandes rocas de sal
que más de una vez he visto caer desde el Cadaon hasta St. Ubes, seguramente fueron la causa inicial de esta superstición. Estas masas de sal rinden grandes ingresos a la Corona, y suponen el principal comercio de St. Ubes, donde los barcos extranjeros, especialmente los Holandeses, la cargan cada
año en cantidades prodigiosas.
La provincia de Beira (habitada antiguamente por los Túrdulos), en el Norte de Portugal, abunda
en antigüedades moras y godas; pero es muy escasa en las Romanas. Como el ejército Inglés la recorre de un extremo al otro, y en una ocasión se acuarteló allí un invierno completo, pude enterarme127
no sólo de que el suelo era con mucho el más fértil que había visto en este país (cualidad que principalmente se debe al gran número de ríos que la bañan, sobre todo el Duero y el Mondego), sino de
que la población era infinitamente más hospitalaria y amable con los extranjeros que la del Sur del
Reino, donde hay mucha más mezcla de costumbres y comportamientos Africanos, y probablemente
también de sangres. En esta zona, no obstante, aquí y allá hay grandes asentamientos de judíos
bajo sospecha, que se refugian de las terribles pesquisas de la Inquisición en la Beira y en otras provincias del Norte mejor que en las proximidades de Lisboa o de Évora. La parte montañosa de la
región, hacia la Sierra de Estrella, produce cantidades prodigiosas de abetos y de castaños, y las excelentes tierras de cultivo y de pasto de los valles la convierten en una especie de granero de Portugal.
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Fig. III Alcácer de Sal (Portugal). Vista general de la antigua Salacia. Foto Biblioteca Nacional de España, ibid., frente a p. 327.
La Sierra de Estrella (una derivación de la larga serie de montañas que corren desde los Pirineos a través del norte de España hasta casi el Océano Atlántico) fue el Mons Herminius de los Romanos, famoso
por una gran victoria obtenida por Julio Césarxviii sobre los Lusitanos. La ciudad de Araminha [sic], a
sus pies, debido a algunos vestigios que hay en sus alrededores y a otras circunstancias coincidentes, se cree que haya sido la Meidubriga o Medobriga de Antonino y Plinio. También tienen una leyenda
en esta provincia, en Covilhaön [sic], de que Cava, la hija del conde Julián (que fue el motivo de una
de las conquistas de España por los Moros), terminó sus días en este lugar (cuyo nombre parece
una corrupción de Cava y Julián); y de igual tipo existe otra, en Viseuxix [errat. Visco], de que el rey
Rodrigo, el violador de esta dama, habiendo escapado de la batalla en la que todo el mundo cree que
pereció, se retiró a un convento de esta ciudad, donde murió y fue enterrado. Procuré informarme
directamente en esas ciudades acerca de la veracidad de estas notables historias, pero no pude comprobar que ninguna de ellas tuviera el menor fundamento.
ALGARVE, ANDALUCÍA. Pasando a España por tercera vez, en el año de 1715, tuve una
bella vista del Cabo de San Vicente, en el Algarve, el Promontorium Sacrumxx de los antiguos, en el
que hay un famoso monasterio, fundado por el rey Alfonso sobre el preciso lugar donde fueron
descubiertas las reliquias de este santo (que en Lisboa son tenidas en tanta veneración), por ciertos Muçarabes (en parte Moros y en parte Cristianos) que habían sido hechos prisioneros por él en
la batalla de Ourique128. Todavía existen huellas en la costa del Algarve de muchas ciudades antiguas, como Ossonoba xxi/129 (no lejos de la cual está hoy la moderna Faro), Balsa (llamada ahora
xviii Dio, lib. xxvii. Esta montaña es llamada Mons Hermenus en algunos antiguos documentos de otorgamiento del conde Enrique, padre de D. Alfonso
Enríquez, etc. Vid. Resende, Ant. Lusit. lib. i.
Vid. Hist. de España, de Mariana. Este autor dice que la tumba de Rodrigo había sido descubierta en Visco [scil., Viseu] no hacía muchos años.
xx Fue llamado Sacrum de un templo de Hércules que había sobre él. Estrab. lib. iii. Allí hay modernamente un pueblecito conocido como Sacris [scil.
Sagres].
xxi Rasís, el historiador Moro, la llama Exubona [sic, cf. la n. 129]. Antiguamente, antes de que los Moros conquistaran España, era la sede metropolitana de esta provincia, que desde entonces se trasladó a Silves.
xix
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Tavila [sic130]), Lacobriga (Lagos) y el Portus Hannibalis, localizado por unos en Alvoer, y por otros
en Vilanova de Portiman [scil., Portimão]. Mela, él mismo un hispano, es con mucho, de todos los
geógrafos antiguos, el más exacto en la descripción de este litoral. El siguiente epígrafe, que menciona a Ossonoba, aún permanece en Faro, en la zona exterior de las defensas, cerca de uno de los
bastiones:
[30]
IMP · CAES · P · LICINIO
VALERIANO · P F · AVG ·
PONT · MAX · P · P · TR · POT
III COS · RESP · OSSON · EX D
ECRETO ORD · DEVOT ....*
*Devotissima
NVMINI MAIEST ....
numini majestatique ejus....
EIVS · D · D · 131
[ESPAÑA]
Navegando desde el Cabo de San Vicente hacia la Bahía de Cádiz, vi a mano izquierda, no lejos
de la desembocadura del Guadalquivir, las pequeñas ciudades de Cipiona [sic, h. Chipiona] y Rota, la
primera edificada sobre las ruinas de la Turris Capionis [scil., Caepionis] y la segunda supuestamente
el antiguo Portus Gaditanus.
CÁDIZ. Algunos escritores de la mayor antigüedad, y particularmente Platón en su Timeo, han
pensado que la isla de Cádizxxii, que está unida al continente por el célebre puente llamado Ponte di
Zuaço [sic]xxiii, formó parte de la vieja Atlántida, que fue tragada por el mar hace unos tres mil años.
Annio, el monje de Viterbo, que impuso al mundo tantas historias ficticias, pretende que Cádiz fue
la Tharshish del Antiguo Testamento, que Tharshish tocó en suerte a uno de los hijos de Javan (que
xxii
Encontramos multitud de nombres y epítetos que los antiguos y los modernos escritores dieron a esta isla, como por ejemplo Tartessos, Gades,
Gadir, Iulia Augusta Gaditana, Columnae Herculis, etc. Vid. Heródot.. lib. iv. Arrian. lib. ii. Plinio. lib. iv. cap. xxii. y xvi, xxviii. Cic. de Senec. Stat. Silva. Cael.
Rhedig. lib. vi. cap. vii. Estrab. lib. iii. Sidon.Apollinar. Panegr.ii ad Aug. Sil. Ital. lib. iii. Se la llamó Cotinusa del cotinum, una especie de baya roja que daba
el color bermellón y que se denomina en hebreo
: Tharshish. Tuvo el nombre de Erythraea por los tirios y los fenicios, limítrofes de la Erythraea
o Mar Rojo, que poblaron primero; como dice Sil.Ital. en su libro xvi:
Nam repeto Herculeas Erythraea ad littora Gades,
y Properc. lib. iv, eleg. x:
Amphytrioniades quâ tempestate juvencos
egerat à stabulis, ó Erythea, tuis
Por último, esta isla fue llamada Aphrodisia por Venus, la diosa amada de los Fenicios, que le rindieron culto en Cádiz con el nombre de Salambona;
como acostumbraban hacerlo en Siria, dando a su Thamuz o Adonis el nombre de Salambo. De aquí lo que dice Elio Lamprid. en [la vida de] Heliogábalo: Salambonem etiam omni planctu et jactatione Syriaci cultus exhibuit. El nombre de Aphrodisia puede también habérsele dado con el propósito de referirse a la lasciva conducta de las mujeres, y particularmente a sus obscenas posturas al bailar; éstas se practican todavía en algunas partes de España
y Portugal. De ahí Juven., Sat. x.
Forsitan expectes, ut Gaditana canoro,
Incipiat prurire choro, plausuque probatae
Ad terram tremulo descendant clune puellae,
Irritamentum Veneris languentis ____
Homero en Odyss. Iv. coloca en esta isla los Campos Eliseos; y Sil. Itálic. le da el epíteto de Elisia cuando, hablando del juramento de Aníbal de perpetua
enemistad a Roma [hecho] en el templo de Hércules de Cádiz, dice:
Tangatque Elysias palmis puerilibus aras,
Et cineri juret patrio Laurentia bella. Lib. iii.
Plinio y Estrabón difieren notablemente en las dimensiones que dan a esta isla, que son de unas nueve millas de largo, y de una y media por su parte
más ancha. Los Españoles la llaman Isla de León, de la familia de este nombre, los Duques de Arcos, a la cual perteneció. Véase Cádiz Emporio del Orbe,
de F. Gerónimo [de la Concepción].
xxiii Este puente, de 700 pies de largo, fue originalmente obra de los Romanos; pero ha sido reparado por Carlos V casi desde sus mismos cimientos.
290
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fue el cuarto hijo de Túbal y nieto de Jafet), y que era a aquí a donde solían llegar para comerciar los
barcos de Salomónxxiv.
En un extremo de esta isla, entre los dos Cabos o Puntas de San Pedro y San Sebastián (el
primero de los cuales fue antiguamente llamado Promontorium Herculeum, y el segundo Cronium), se levanta la ciudad de Cádiz, a la entrada de una espaciosa bahía donde los galeones
habitualmente entran para anclar y permanecen protegidos por dos poderosos fuertes, el Puntal y Matagorda. El pretendido origen de esta antiquísima ciudad en el Hércules Libio (asimismo
llamado Orus [sic] hijo de Osirisxxv), haya habido o no alguna razón para él, tiene tal aroma de
novelación que la primera vez que llegué a ella no pude sino sorprenderme de encontrar algunas inscripciones modernas que demuestran la cantidad de gente que cree en este cuento hasta
el propio día de hoy, lo que se puede ver incluso por el escudo de la ciudad132. Tuve yo esperanzas de encontrar algunos vestigios del famoso templo dedicado a esta deidad, templo que
fue considerado una de las Maravillas del Mundo; pero mi búsqueda no tenía sentido, habiendo
probablemente los Moros (grandes enemigos de la idolatría) destruído, en la época en la que
invadieron España, cualquier clase de resto que pudiera quedar de él. Tantos escritores antiguosxxvi han hablado de este edificio, y de las inmensas riquezas que contenía, que estoy casi
convencido de que, aunque usualmente las cosas de este tipo se magnifican mucho, éste debió
de estar por encima de todos los templos paganos, si exceptuamos sólo el de Delfos y el de Júpiter Amón. Pasando por alto el infinito número de detalles que he encontrado relatados sobre
la gran riqueza de este templo de Hércules de Cádiz, sólo recordaré que Magón, general de los
Cartagineses en España, pudo llevar a cabo toda la Segunda Guerra Púnica contra los Romanos
gracias a la cantidad de oro y plata que sacó de él, o que Julio César (del que dice Suetonio que
lloró en este lugar al ver la estatua de Alejandro) se llevó de allí tesoros prodigiosos cuando volvió a Italia después de vencer a los hijos de Pompeyo. No parece imposible, cuando ello se lee,
que Aníbal consagrara aquí todos los expolios de Sagunto; que Pigmalión, rey de Tiro, ofrendara
en este templo un olivo de oro, cuyos frutos eran todos de esmeraldas; y que durante centurias
los más lejanos príncipes de la Tierra vinieran hasta aquí como en peregrinación, o al menos
enviaran a sus embajadores cargados de presentes para el Hercules Gaditanus. Se cuenta que el
propio Alejandro [Magno]xxvii tenía previsto visitarlo, de no habérselo impedido su prematura
xxiv Véase Pineda de rebus Salomonis, lib. iv. Y Becan. Hisp. lib. v. Totam enim regionem quae mari interno, et Oceano, et fluvio Baeti adjacet, Tharsis de suo nomine
Tartessum nuncupavit.
xxv Osiris, rey de Egipto, al cual algunos autores confunden con Baco, y otros con José, fue un príncipe victorioso y bueno, y extendió sus conquistas
hasta tan lejos como España, de donde expulsó a Gerión y le arrebató sus bueyes, que compartió con el príncipe del país que le había hospitalariamente acogido; por cuya generosidad dicho príncipe en adelante siempre sacrificaba un buey a Osiris. Ésta se dice es la causa de parte de las supersticiones de los Egipcios que justifica por qué se le representaba bajo este aspecto, como lo pone Tibulo:
Te canit, atque suum pubes imitatur Osirin
Barbara Memphitedem plangere docta bovem. Lib. i. El. vii.
Después de esto, para vengar la derrota de su padre, los tres hijos de Gerión excitaron contra Osiris a su hermano, el usurpador Tifón; y habiendo Tifón
matado a Osiris, poco después fue castigado por ello por Horus o Hércules, hijo que Osiris había tenido de Isis; y entonces este victorioso príncipe,
viniendo hasta España, persiguió y derrotó a los tres hijos de Gerión, y dio lugar a la fundación de una nueva dinastía de reyes que gobernó por varios
siglos. Véanse Diod. Síc. Lib. v. cap. ii. Heródot. en Euterpe; Cadiz Empor. del Orbe; Mariana, etc.
xxvi Estrabón, lib. iii. Mela, lib. iii. cap. vi. Filóst. in Apollon. Tian. lib. v. cap. i. Diod. Síc. lib. vi. cap. vii etc. Este templo se representa en muchas antiguas
monedas encontradas en Cádiz. Estrabón afirma que se levantaba fuera de las murallas de la Ciudad, contra las dos grandes columnas que fueron
erigidas por los Gaditanos en recuerdo de los dos pilares que se dice que Hércules levantó como su ne plus ultra, en la propia isla de Cádiz; y que los gastos de esta fábrica se grabaron sobre ellos.
xxvii A causa de que había tenido a Hércules como protector personal en todas sus expediciones Orientales y, habiendo echado suertes acerca de a cuál
de los dos dioses del mismo nombre, el Tartesio o el Tebano, iría él a sacrificar en persona, la Fortuna decidió a favor del primero. Vid. Arrian. Hist. Alej.
Se añade asimismo que los Gaditanos invitaron al gran rey a hacerlo, esperando sacudirse por este medio el yugo cartaginés, y que ellos confiaron la
misión a un tal Asamoneo Maurino [sic], un Judío (de la gran familia Asamonea, de la que descendían los Macabeos), quien llegó para esperar a Alejandro a Babilonia, poco antes de la muerte del gran monarca. Vid. Oros. lib.iii.cap.xx.
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muerte. Hay autores que afirman que durante siglos se prohibió allí imagen de ningún tipo
como muestra de respeto hacia las cenizas de Hércules, cuyo sepulcro estaba en el templo, hasta
que la costumbre se rompió a favor de Alejandro, por el cual el pueblo de Cádiz tenía la mayor
veneración. Esto lo encontramos confirmado por Sil. Itál. cuando, al hacer mención de este
lugar, dice así:
Sed nulla effigies, simulacrave nota Deorum
Majestate locum sacro implevere timore. Lib. iii
El templo del que estoy hablando tenía, no obstante, tres altares, dos de ellos dedicados al
Hércules Libio, fundador de Cádiz; y un tercero al Griego o Tebano, que es generalmente confundido
con el anterior, igual que hay también otras personas célebres que se conocen bajo la misma denominación de Hércules debido a la palabra fenicia Harki, que es un nombre dado a los héroes y caudillos de ejércitos133. Concluiré esta digresión sobre el Templo de Cádiz con un insólito ejemplo de
ridícula vanidad en Nerón, quien, disponiéndose a mostrar su poder y actividad en los Juegos Olímpicos, envió un mensajero expresamente a Cádiz, con órdenes estrictas de ofrecer allí votos a Hércules por su éxitoxxviii.
Para el acceso antiguo a un lugar de tan poderosa devoción existía una Calzada Real, trazada
con inmenso gasto y esfuerzo a través del interior de España hasta los Pirineos, desde donde se
comunicaba con Galia, Italia y el resto de Europa. Sus vestigios son todavía visibles en muchas partes del reino, pero más especialmente en las cercanías de Cádiz, donde se le conoce con el nombre
Moro de El Arrezife; y, aunque algunos escritores la atribuyen a Jul[io]. César, es indudablemente
mucho más antigua, ya que encontramos menciones de ella como una obra ya entonces longeva
en Estrabón, Cicerón y otros que vivieron en la misma época de César, e incluso en varios que vivieron muchos siglos antesxxix. Razís, el historiador Moro, la adscribe a Hércules, y añade que fue prolongada hasta Narbona en la Galia: Pero la notable inscripción que sigue, todavía existente en
Mérida, demuestra claramente que fue una obra de los tiempos consulares [scil., de la República]
y que, abandonada largo tiempo, fue Augusto quien pensó acertadamente en repararla y terminarla.
[31]
IMP·CAES·DIV·AVG·PONT·MAX
COS XI·TRIB POT· X· IMP·VIII
ORBE MARI ET TERRA PACATO
TEMPLO IANI CLVSO ET R·P
P·ROM·OPTIM·LEGIB ET SANCTISSIM·INSTIT·REFORMATA
VIAM SVPERIOR·COS·TEMP·INCHO
AT·ET MVLTIS LOCIS INTERMISS·
PRO DIGNIT·IMP·ROM·LATIOREM
LONGIOREMQ GADEIS VSQ PRODVX. 134
xxviii
Filóstrat. lib.v. cap.iii.
Estrabón, lib. iii. Cic. contra Rullum [sic] orat. i. Avienus de Oris Maritimis, Diod. Síc. lib.v. cap. ii. Sil. Itál. lib. xii, etc. La calzada discurría por encima
del Puente de Zuaço. Estrabón cita todas las ciudades a través de la cual pasa casi desde los Pirineos.
xxix
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De la misma forma, en la Isla de Cádiz hay algunos restos de un acueducto muy antiguo,
que se supone fue construido para abastecer de agua a su templo; hay autores que afirman que
este agua fue traída desde once leguas de distancia, de las montañas que hay junto a Xeres de la
Fronteira [sic]135. Se conservan hasta hoy parcialmente las grandes cisternas o receptáculos en
los que el agua era almacenada, cerca de la Puerta di Tierra y de la Ermita de San Roque, donde
algunos trabajadores, que estaban excavando los agujeros para unos pozos de sal, hicieron el
primer descubrimiento hace más o menos cien años. Florián d’Ocampo, el historiador Español,
atribuye ambas obras, el acueducto y los depósitos, al famoso Cornelio Balboxxx, que era natural
de Cádiz.
Podemos suponer fácilmente que a una ciudad que era el gran emporio comercial europeo no le faltaba ninguno de los edificios públicos, como basílicas, pórticos, termas públicas,
fuentes, etc., que normalmente distinguen a las ciudades de esta importancia, especialmente
cuando eran aliadas y amigas de Roma, circunstancia ésta que contribuyó más que ninguna
otra a su esplendor y gloria. Entre tales diversos ornamentos los más notables eran generalmente los anfiteatros, y de este tipo se conservaba uno no hace muchos siglos en Cádiz, muy
noblexxxi, de cuyos materiales está edificado en su mayor parte el viejo Castillo136. De igual
manera, otros monumentos de la Antigüedad había aquí en gran número antes del saqueo de
Cádiz de 1596 por las tropas de la reina Isabel [I] al mando del gran conde de Essex, cuando una
gran cantidad de finas estatuas y de mármoles fueron derribados y rotos en trozos por los soldados y los marinos, en su ansia de buscar tesoros más sustanciosos: Entre ellos se recuerda
un tronco colosal, vestido de armadura y exquisitamente labrado, que algunos suponían era
un fragmento de la estatua de Alejandro la que, como más atrás recordé, se encontraba en el
templo de Hércules; como también una bellísima estatua de Baco jovenxxxii [Fig. 22137], dios que
era, después de Hércules, el favorito de los Andaluces, o habitantes de la Bética, los cuales le contaban entre los reyes que habían precedido a Hércules, y es probable, como en otro momento
he dicho, que fuera el mismo que Osiris. Silio Itálico tiene en cuenta esta tradición en los versos
siguientes:
Tempore quo Bacchus populos domitabat Iberos
Concutiens thyrso, atque armata Maenade Calpen. Lib. iii.
Ya que las escasas inscripciones que todavía se ven en la ciudad se hallan mencionadas en Grútero, sólo daré noticia aquí de dos muy singulares y curiosos epitafios con los que me he tropezado
en dos autores Españoles modernos de gran reputación138.
[32]
MENECHAEVS PATAREVS VTRAQVE LINGVA ERVDITVS CVM SECRETA MAG·
NI OCEANI SCIRE IN ANIMO HABEREM· DISTRACTA PARENTVM HAEREDITATE
VLTIMVM OCCIDENTEM ADIVI GADEIS INTRAVI·SIMVLACRVM HERCULIS TOTO
CORPORE PER TERRAM EXTENSO ADORAVI· INDE FLVXV ET REFLVXV OCEANI
xxx
Triunfó sobre los Garamantes, aunque no había nacido como Romano, anno ab U.c. DCCXXXIV. Vid. Onof. Panv. Fast. Consul. y Plinio, lib. v. cap. v.
xxxi El Arzobispo de Sto. Domingo dice así en su Itinerario, al hablar de Cádiz: in qua (urbe) illustre Amphitheatrum, et praeclara multa antiqui saeculi monu-
menta conspexi. Este anfiteatro fue destruído hasta sus mismos cimientos por uno de los antiguos marqueses de Cádiz (de la casa de León) para construir el Castillo.
xxxii [Están] en la famosa colección de Juan Montes de Oca. Salazar reproduce sus imágenes en sus Antigüedades Gaditanas [Cf. aquí fig. 22].
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DIV CONSIDERATO COMPERI MAGNVM MARE LVNAM SEQVIDEAM ET MAGNA
ADEO POTENTIA NVMINA SVPERNA AGERE VT RES HVMANAE NIHIL COMPA
RATIONE CELESTIVM SINT· ET HOC EGO PRIMVS PRAESENTI POPVLO
GADITANO ET FINITIMIS POPVLIS APERTO RELIQVI· DEINDE MORTE
MIHI APPROPINQVANTE DECRETO SENATVS ET POPVLI PVBLICO LOCVM
SEPVLTVRAE E REGIONE TEMPLI HERCVLEI RECEPI· VALE PATRIA MEA· VALE
TE GADITANI QVI ME MAGNOPERE AMASTIS· AD HOC ENIM NATI SVMVS VT
BREVI TEMPORVM CVRSV ET QVI AMANT ET QVI AMANTVR SE INVICEM
RELINQVANT·OBII DIEM AELIO ADRIANO CAES·AVG·IMP·DIV·NER·TRAI·
AVG·FILIO ORBI IMPERANTE·PRID·KAL·OCT·xxxiii/139
[33]
D·M·S·
SI LVBET LEGITO
HELIODORVS INSANVS CARTHAGINIENSIS AD EXTREMVM
ORBIS SARCOFAGO [sic] TESTAMENTO ME HOC IVSSI CONDIER. VT
VIDEREM SI ME QVISQVAM INSANIOR AD ME VISENDVM
VSQVE AD HAEC LOCA PENETRARET xxxiv/140
MEDINA SIDONIA. Medina Sidonia (que fue la Asido de Plinioxxxv) se ubica sobre un terreno
elevado, a cosa de cuatro leguas de Cádiz, y desde ésta se la puede distinguir con gran nitidez.
Uno de sus nombres parece sugerir su fundación por los Fenicios de Sidón; pero el otro es de etimología Árabe, y significa lo que en latín Civitas fortis, así que esta ciudad, a causa de su situación, era estimada en la Antigüedad como casi inexpugnable. Los Españoles aseguran que existía en Asido, lo mismo que en Cádiz, un templo consagrado a Hércules. Anoté la noticia de algunos
fragmentos de antigüedades en este lugar, y particularmente de una inscripción que menciona
Morales:
[34]
FABxxxvi... GN · FIL · PRISCAE ASIDO ·...*
FAB SENECA ET ..... ERIA
Q · F · PRISCA 141
*Asidonensi.
El autor del Emporio del Orbe142 hace mención de un sarcophagus o ataúd de alabastro, encontrado en su tiempo en el cementerio eclesiástico de Medina Sidonia y que presentaba un bajorrelieve
con ninfas y sátiros, y el río Lete con la barca de Caronte [Fig. 23]143. Éste puede probablemente aludir al Guadaleta [sic]xxxvii, un río que desagua en la bahía de Cádiz, no lejos de esta ciudad, en el Puerto
de Santa María, río cuyo nombre en la Antigüedad fue Lethe, en forma parecida a como los Campos Elíseos fueron situados por algunos autores en esta parte de Andalucía.
xxxiii
[Según] el arzobispo de Sto. Domingo.
Ésta es citada por Ambrosio Morales, y también por Grútero.
xxxv Plin. lib. iii. cap. i et in Mediterraneo Asido, quae Caesariana [sic]. Hay quienes la colocan en Xeres de Fronteira; pero la inscripción que he transcrito
[scil., que transcribiré] lo deja bien claro.
xxxvi Entre las numerosas familias Romanas que fueron asentadas en la Bética, la de los Fabii, según aparecen en muchos mármoles, era una de las más
considerables.
xxxvii El Guadaleta [sic] fue también llamado Chrysus por Chrysaor, el padre de los Geriones: Hic Chrysus amnis intrat altum Gurgitem. Fest. Avieno.
xxxiv
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Leovigildo, uno de los reyes Godos de España, tomó Medina a los Romanos; y es opinión corriente
que Rodrigo, el último de aquellos monarcas, perdió su vida y su reino en algún punto entre ésta y
el Guadalete, en aquella famosa batalla contra los Moros en la cual este desgraciado rey fue traicionado por su propia gente. En cualquier caso, se lee en las Historias Españolas que Medina fue uno
de los primeros lugares de importancia de los que Muza el Moro se apropió después de desembarcar en Algezira, en la bahía de Gibraltar. La sede episcopal, que fue establecida por primera vez en
Medina en época de Constantino el Grande, fue trasladada a Cádiz bajo los reyes Godos, y allí continúa hasta hoy. La ilustre casa de los Gusmans [scil., Guzmanes], de la que desciende el actual rey de
Portugal [D. João V] son los duques de Medina Sidonia. La gran catedral es extremadamente antigua,
habiendo sido construída en el siglo séptimo por el rey Suintila.
PUERTO DE SANTA MARÍA. Puerto de Santa María es una pequeña ciudad, muy agradable y
ordenada, como si estuviera en el centro de un jardín (los suelos a su alrededor son extremadamente fértiles), a tres o cuatro leguas de distancia de Cádiz, en el lado opuesto de la bahía y, como
ya dije, en la emboucheure [sic] del Guadalete, donde hay restos de un puente romano, en el que ellos
amarran sus barcas. Algunos han pensado que aquí estuvo la antigua Besippo, Mela parece hacer de
ella el Portus Gaditanus, pero el que conlleva mayor verosimilitud es el parecer de Estrabón de que allí
fue el Portus Menesthei144: Fue llamado de este modo por el oráculo de Menesteo, el famoso general
de los griegos que, como dice Homero, mandó cincuenta barcos durante el asedio de Troyaxxxviii.
Había olvidado observar que el Guadalete es distinguido por Silio Itálico en esta forma especial:
Hic certant, Pactole, tibi, Durusque, Tagusque,
Quique super Gronios lucentes volvit arenas
Infernae populis referens oblivia Lethes.
El duque de Medinaceli, que es señor del Puerto de Sta. María, posee un antiguo palacio en esta
ciudad, en el que hay algunos mármoles Romanos, y en particular los dos siguientes:
[35]
TROILVS
RETOR
GRAECVS 145
[36]
DMS
SERVILIVS
HERENNIVSxxxix
AN · LXXXI …
H · S · E · S · T · T · L · 146
xxxviii Vid. Filóstrat. lib. v y Homer. Ilíad. ii y xii. [Los versos de Sílio que siguen (Pun. I, 234) no se refieren al Guadalete, y tienen varias erratas: Durius,
Grovios, harenas].
xxxix Se deduce de diversos monumentos antiguos de Andalucía que la familia Herennia (que tuvo el honor de generar a Etruscilla, la esposa de Trajano Decio) fue de mucha consideración en estas regiones de España. Anotaré otro epígrafe verdaderamente notable, donde se les menciona otra vez,
en el artículo que tratará sobre Ximena.
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La siguiente inscripción, que está en Villamartín, no lejos del Puerto y sobre el mismo río, contiene algo notablemente singular:
[37]
D·M·I*
MONVMENTVM HOC DECII OSSA
VETERA QVIRINI COMITANTVR
QVI VIDIT IN VITA CVI * SIRCVLOS [sic]
SOLARES A·M · FXINXLPNXCEX
PDSTTLLFVNERxl· IN FRONTE
AGRI P · XVI 147
* Di Man.Inferis.
* Centum Sex Circulos.
Los Españoles achacan la actual estado deplorable de esta en otro tiempo opulenta y populosa
ciudad de Puerto de Santa María a la expedición de las tropas de su difunta Majestad en el año de 1702,
ya que entonces fue abandonada casi por completo, creciendo la hierba (según me contaron) en algunas de las calles y quedando completamente deshabitados varios elegantes palacios, que comenzaron a decaer. Como por casualidad pasé parte de una Semana Santa en este lugar, estuve presente en
la procesión del Viernes Santo, que se desarrolló por los penitentes que concurrieron a la ceremonia
con una devoción muy sorprendente y mayor que la habitual; y me pareció, por la dureza de los golpes y de los latigazos que se autoinflingían, mucho más severa de lo que había visto en otros lugares,
sobrepasando todo cuanto había leído sobre los antiguos Agyrtae o Gallixli en los festivales de la Gran
Madre. Me informaron de que esta extraordinaria crueldad consigo mismos se practicaba sólo aquí y
desde la ya mencionada incursión de las tropas inglesas porque, dañándose ellos mismos, pretenden
que la Virgen Santa, patrona de la ciudad, puede protegerles en el futuro de tales calamidades.
SEVILLA 148
[ibid., p. 312-327]
Habiendo sido Sevilla la metrópolis149 de la antigua Baeticaxlii/150(que ocupaba un tercio de
toda España), y situándose por otra parte la ciudad en tanta proximidad a Cádiz y a las otras locaxl Esto [la larga serie de siglas] se desarrolla así: A MATRIMONIO FILIOS XI.NEPOTES XL.PRONEPOTES XC. EXEVNTES PETO DICITE SIT
TIBI TERRA LEVIS.LOCVS FVNERALIS, etc.
xli Los agyrtae, los maenagyrtae y los galli eran eunucos consagrados a Cibeles, según lo que dice Marcial: Quem sectus ululat Matris Entheae gallus. Estaban bajo la autoridad de un alto sacerdote llamado archigallus, y acostumbraban a practicar violentas contorsiones y rigores en las procesiones de
esta diosa, arrancando del pueblo grandes limosnas.
xlii Sevilla, siendo la capital de Baetica, fue en consecuencia la residencia usual del procónsul, pretor o [y] cuestor de España [Hispania]. Siendo esta
provincia la más considerable de las tres, tuvo el Jus Italicum, aediles, duumviros, augures, y otros funcionarios religiosos y civiles, según puede verse
en las dos inscripciones siguientes, la primera en la iglesia de San Salvador y la segunda en La Calle, o Calle das Armas [sic].
[38]
Q · POMPONIO CLEMENTI
SERG · SABINIANO · AED:
II VIR · C · C · R* · PONT · AVG ·
EX · D · D*
*Constitutus Colonia Romulensis
*Decreto Decurionum
[39]
L · HOR · L · F · GAL · VICTORI*
II · VIRO BIS OB PLENISSIMAM
MVNIFICENTIAM ERGA PATRIAM
ET POPVLVM MERITISSIMO CIVI
POPVLVS
296
* Glerio [sic]
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lidades que ya he comentado, no puedo por menos que apartarme un poco fuera de mi ruta hacia
la bahía de Gibraltar (con la que pienso dar por cerrado este relato), para hacer algunas observaciones sobre una ciudad de tanta importancia y renombre, lo mismo en la época Mora como en la
Goda y en la Romana. De hecho, como Sevilla fue residencia de algunos pocos de los reyes Hispanos
desde que la recuperaron de los Infieles, la imagen que todavía ofrece la ciudad y el rango que ocupa
en Andalucía, se deben sobre todo a su situación sobre el río Guadalquivirxliii, que convierte a esta
ciudad en el gran Canal del comercio de América; sus actuales habitantes se distinguen más por circunstancias como la riqueza y la industria, que por la antigüedad de sus ancestros y por los títulos honoríficos.
Ha sido objeto de grandes debates entre los historiadores Hispanosxliv si Sevilla (la Hispalisxlv de
los antiguos) debió su origen a Hércules o a Bacoxlvi, que en definitiva no fue menos famoso que el
primero (según ya sugerí) en cuanto a sus expediciones a estas partes de Europa.
Tempore quo Bacchus populos domitabat Iberos
Concutiens thyrso, atque armatâ Maenade Calpen.
Sil. Ital.
Oceano Eoi praetento denique Bacchus
Littore, et extremâ terrarum Victor in orâ
Ducit laurigeros post Indica Bella triumphos,
Erigit et geminas telluris fine columnas.
Festi. Avien.
Sin embargo, los escritores de mejor autoridad lo atribuyen [i.e., el origen] a Hércules, los vestigios de uno de cuyos antiguos templos (donde se erguían originalmente aquellas dos nobles
columnas que ahora se han llevado a la plaza llamada [de la] Alamedaxlvii) son todavía visibles cerca
de la iglesia de san Nicolás151, como lo son también los [restos] de otro cerca de la vieja puerta llamada Puerta de Goles, palabra que parece ser una corrupción del nombre de Hércules152.
No resulta muy trascendente decidir si Sevilla fue elevada a colonia Romana por Julio César
mismo durante su cuesturaxlviii en España, o un tiempo después por Augusto, bajo el nombre de Julia
Romula153 (como homenaje a la memoria de su gran predecesor) o de Colonia Romulea; basta con
que tengamos pruebas indudables de que se llamó así, por las monedas antiguas y por las inscripGrútero, p. 380, menciona una inscripción que habla de un censor en Sevilla, que parece haber tenido un cargo peculiar de esta ciudad, ya que fue magistrado curul, tuvo el privilegio de la toga, y las fasces; y no recuerdo haberme encontrado con otro ejemplo de este tipo entre todas las colonias de España.
[40]
L · CAESIO L · F ·
AED · II VIR · POLLIONI
CENS · ET DVOMVIRATV
BENE ET E · R · D ·* ACTO
xliii
* ex.Reipub. Decreto
El Baetis de los Antiguos.
xliv El moro Rasís, el arzobispo don Rodrigo [de Rada], la Historia General del rey don Alonzo [sic], p. i, fol. xii. Pedro Mexia y Garivay [sic] aseguran que Sevi-
lla fue construida por los Caldeos, que vinieron a España con Nebuchadnezzar [Nabucodonosor].
xlv Clara mihi post hac celebrabere nomen Iberum / Hispalis ——- Auson. Pero Sil. Ital. corta la última sílaba [scil., del nombre de la ciudad]: Et celebre Oceano atque alternis aestibus Hispal. El famoso fragmento del calendario Romano, o Fasti consulares, en el Campidoglio, lo escribe así: HOC DIE CAESAR
HISPAL· VIC [cf. CIL VI, 2297 = ILS 8744: E n(efas) p(iaculum) hoc die Caesar Hispali vic(it)]. Algunos autores, como Esteban de Bizancio, la llaman Ibylla, nombre que ellos dicen fue de mucha mayor antigüedad que el de Hispalis.
xlvi Fue Sevilla la segunda escala que pobladores de España hicieron, cuando con el [escrito: copel] gran rey y capitán Baco, a quien clamaron Libero, vinieron a conquistar el mundo. Rodrig. Caro.
xlvii La Alameda es una especie de campo o plaza pública plantada de árboles, de una longitud de quinientas sesenta yardas [i.e., 511, 84 m] y una
anchura de ciento cincuenta [137, 10 m]. Sobre una de las columnas está la estatua de Hércules, y sobre la otra la de Jul. Caes.
xlviii Bajo la pretura de Antistius Turpio, sesenta y tres años antes del nacimiento de Cristo. V. Sueton. cap. vii.
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Fig. IV Sevilla. Ruinas de las termas romanas conservadas cerca de San Ildefonso. Foto Biblioteca Nacional de España, ibid.,
frente a p. 314.
ciones [scr. marbles], y también por los historiadores. Nos dan Mezzabarba y Vaillant ejemplos de las
primeras, particularmente una noble medalla de latón (que yo mismo he encontrado en algunos
gabinetes numismáticos del extranjero) donde se puede ver, en un lado el caput radiatum de Augusto
con el rayo junto a sí y la leyenda COL · ROM · PERMISSV AVG ·, y en el reverso la cabeza de Liviaxlix,
con un creciente lunar tras su cabeza y IVLIA AVGVSTA GENITRIX ORBIS154. El gran amor de
César por los Sevillanos, sin embargo, se manifiesta en sus propios escritos, en los que recuerdal cómo
perdonó a la ciudad los tributos e impuestos con que Metelo la había cargado a modo de castigo,
por haberse puesto del lado de Sertorio155. A pesar de cuya generosidad ellos, con gran ingratitud,
habían tomado partido después por los hijos de Pompeyo, cosa que él les reprochóli muy severamente cuando obligó a Sevilla a rendirse, poco después de la victoria de Munda, al llegar a allí desde
Córdoba156. Fue exactamente durante esta marcha, según Hircio, cuando fue llevada ante César la
cabeza del joven Pompeyo, que había sido asesinado a traición en Carteya, y por orden suya exhibida
ante la tropa.
Siendo Hispalis, tal como he mostrado, la capital de la Baetica, y consecuentemente de alguna
manera de toda España, puede suponerse que contara con todos los edificios públicos que eran
usuales en las ciudades del mismo rango; y hay en efecto en el día de hoy en Sevilla (a pesar de las
xlix Después de la muerte de Augusto, Livia cambió su nombre por el de Julia. V. Goltz. Thes. Livia in familiam Juliam nomen que Augustae adsumebatur.
Tacit. Ann. lib. i.
l De Bell. Hispan.
li Hirtii Comment.
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diversas revoluciones y calamidades que ha padecido a lo largo de tantísimo tiempo) centenares
de restos de lujosos edificios, desparramados y caídos por todas partes157, entre los cuales, estoy
seguro, cualquier anticuario curioso podría elegir temas para extensos y eruditos estudios, que
quizá podrían rescatar del olvido varias de estas obras de admirable belleza; como los Baños públicos que todavía son visibles (Fig. IV)158 cerca de San Ildefonso159; [como] ese famoso anfiteatro en
el que, según nos cuenta san Isidorolii las dos vírgenes y mártires Justa y Rufina fueron expuestas a
fieras salvajes; el teatro es mencionado por Filóstratoliii; el foroliv y los pórticos son aquéllos de los
que César habla. Los templos paganoslv cuyos vestigios se ven en más de cinco o seis lugares diferentes de la ciudad160; y, por último, se supone que el Capitolio mismolvi puede estar bajo los cimientos de la Catedral, y esta idea en concreto se basa en el siguiente fragmento de una antigua inscripción, hoy en Sevilla.
[41]
* Clara Col. Romul.
M ................. P ...............
........ATVAM IN CAPIT ...........
......F · C · LOCO ..................
IV .......................TITV ................
C · C · R * ........... D *............161
* Probablemente
Decreto Decurionum
Entre las antigüedades Moras de esta magnífica ciudad, el acueducto de Carmonalvii tiene con
justicia la precedencia, tanto por su altura, longitud y solidez162, como a causa de la gran utilidad
que reporta a los Sevillanos, cuyas fuentes públicas y particulares son abastecidas en cantidad de
una excelente agua por este medio. El agua se transporta desde una sierra a dos leguas de distancia llamada Alcalá de Guadaira, a través de un canal subterráneo, hasta una milla [1.609,35 m] de
Sevilla163, desde donde se continúa por estas imponentes arcadas hasta el corazón de la ciudad, que
recibe de la misma forma grandes aportes del mismo tipo a partir del Guadalquivir, así como de otro
manantial cercano a la ciudad, llamado Fuente del Arzobispo. Pero para hacer realmente justicia a
los Españoles, con todo lo negligentes que pueden llegar a ser en todas sus demás obras públicas,
sus tuberías y acueductos siempre pueden encontrarse en excelentes condiciones y funcionamiento164; y realmente tienen fácil el cuidarlas constantemente, así particularmente en Andalucía
donde entre los equinoccios de primavera y otoño es realmente casi un prodigio ver una gota de
agua de lluvia, a menos que venga con un chubasco de truenos; y donde ello escasea sobreviene un
lii
Rufina verò ad alia certamina superstes sanctissimae sorori praesidis iussu in arenam producta ferocissimo leoni objecta est. Fueron condenadas a muerte por
rechazar unirse al culto pagano de la Venus tyria o Salambona, que fue introducido en España por los Fenicios; sus matronas acostumbraban celebrar
anualmente, en honor de la diosa, una especie de funeral solemne por su amante Adonis o Thamuz. Esta Venus tiria era la misma Astaroth o Astarté
mencionada por Salomón. Las mujeres que celebraban estas fiestas eran llamadas Ambubaiae. Ambubaiarum collegia, Hor. lib. Sat. I, Sat. Ii.
liii Vit. Apollon. Tyan. lib. v.
liv Donde él hace mención de M. Varrón. Bell. Civ. lib. ii.
lv Además de los dos templos de Hércules que ya mencioné (el principal de los cuales estaba cerca de San Nicolás, y se piensa que fue un Oráculo, a
causa de las cámaras subterráneas todavía visibles, según se verá en el dibujo que he dado de él, donde se supone que se hospedaban los peregrinos),
había [en Hispalis] uno a Venus Salambona, otro a Marte (a poca distancia de las murallas, en una aldea llamada hasta hoy Aretania, del nombre griego
), y otros a Bacchus, Jupiter, Juno, y Minerva, a tenor de las viejas leyes Toscanas [scil., etruscas], según las cuales se prescribía que ninguna ciudad podía asumir el título de Civitas [scil., Ciudad] si no tenía un templo consagrado a cada una de estas tres antiguas divinidades. V. Gruter de Jure
Pontif. lib. iii. cap. ii. V. Rodrigo Caro, etc.
lvi Es probable que en época de Constantino el Grande los Sevillanos convirtieran primero este Capitolio en una iglesia Cristiana, como pasó en todas
partes con todos los templos paganos, según una ley promulgada por este emperador. Patere volumus Christianis Ecclesias, ita ut Privilegia quae Sacerdotes Templorum habuisse noscuntur, Antistites Christianae Legis assumant. Theodoret. Hist. Ecclesiast. lib. iii. cap. vi.
lvii Del nombre de la Puerta, cerca de la cual, pero dentro de Sevilla, se levanta este acueducto, cuya puerta conduce a Carmona.
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verano más violento de lo normal, porque la sequía es causa de mortalidad en aquellas áreas de la
provincia que quieren el mismo beneficio.
Otra obra de los Moros165, y de hecho gran ornato para Sevilla, es la Torre [scil., la Giralda] de
la Iglesia Catedral (iglesia que en el pasado sirvió de mezquita), cuya altura es todavía de más de
400 pies [unos 116 m166], aún a pesar de los daños que sufrió durante el terrible terremoto de
1394lviii, cuando sus cuatro antiguas Mancanas [scil., Manzanas] o chapiteles de cobre dorado167,
que en un día soleado (según afirman los Sevillanos) se podían distinguir a veinte leguas de distancia [ca. 125 km], se vinieron al suelo. Esta torre, que generalmente se atribuye a Gever el Moro168
(tan célebre por su pericia en las Matemáticas y por la invención del Álgebra), permaneció en situación muy ruinosa durante casi dos siglos después del seísmo, cuando Hernando Ruis [Hernán Ruiz],
un gran arquitecto, se hizo cargo de restaurarla en la forma en la que hoy se mantiene. Como la
subida está muy artificialmente dispuesta en una suave rampa sin ningún escalón, los Españoles
aseguran que uno puede llegar hasta lo más alto a lomos de un caballo o de una mula. Los Moros
estimaron esta construcción como una obra maestra tal que cuando Sevilla fue sitiadalix, y muy
duramente apretada por el rey Fernando [III el Santo], al hacer ellos la oferta de capitular con la
condición de que se les diera permiso para demoler esta Torre (ya que odiaban la idea de que la
poseyeran los Cristianos), estando el rey a punto de consentir en esta petición, su hijo Don Alonzo
[Alfonso X] (más tarde conocido como El Sabio), que era un gran admirador de las Artes y las Ciencias, hizo tales presiones sobre su padre que Fernando le juró que pasaría a todos los Moros por la
espada si sospechaba que iban a sacar de su sitio uno sólo de sus ladrillos. Se dice que los cimientos de este hermoso edificio son todos de granitos, pórfidos y otros mármoles preciosos, que los
Moros recogieron de entre las ruinas Romanas de Sevilla con este propósito169, considerando que
la piedra común no era lo bastante fuerte y sólida como para sustentar una construcción que ellos
querían que perpetuase su memoria hasta el fin del mundo.
Este mismo rey Fernando está enterrado en la adjunta Catedral o Iglesia metropolitana, bajo
un suntuoso monumento con inscripciones en Árabe, Hebreo, Latín y Castellano. Una parte de la Latina
dice así: QVI CIVITATEM HISPALENSEM QVAE CAPVT EST ET METROPOLIS TOTIVS HISPANIAE DE MANIBVS ERIPVIT PAGANORVM170. Esta iglesia es de época Gótica, y [Alonso de] Morgado, en su Historia de Sevilla, dice que las puertas de latón que pertenecían a ella fueron transportadas a una de las mezquitas de Marruecos por Jacob [Yaqub] Almanzor, uno de los reyes Moros, junto
con dos enormes campanas que, puestas del revés, se utilizan allí como lámparas hasta el día de hoy.
El edificio más notable de los tiempos Cristianos es el palacio real llamado Alcázar; el cual, con
los jardines incluídos, tiene una milla [1.609,35 m] de circunferencia. Está enfrente de la catedral
y, al estar rodeado por un muro de gran altura y espesor, parece que antiguamente era muy defendible. Fue construído por el rey Pedro [I el Cruel] (según aparece en una inscripción en su friso) en
el año de 1360; pero, por algunos vestigios de aparejos Moros, y por los caracteres Arábicos que aún
quedan en varias partes, así como por su propia denominación, podemos suponer que muy probablemente se erigió sobre las ruinas del castillo en el que los reyes Moros de Sevilla tuvieron su residencia, antes de que los Cristianos recuperaran la ciudad171.
Las murallas de Sevilla, que tienen de circuito cerca de seis millas inglesas [9,656 km], tienen
doce puertas, y alrededor de ciento sesenta torres en su recorrido172, a distancias adecuadas, entre
las cuales la llamada Torre d’Oro [sic], junto al Guadalquivir, es de lejos la más sobresaliente por su
tamaño, belleza y fábrica. El autor de la Historia del rey Juan II atribuye parte de estas murallas a
lviii
lix
Ocurrió en el día de San Bartolomé [scil., 24 de agosto, pero de 1356].
Esto fue en el año 1248.
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Jul. César, especialmente la famosa torre en la que san Ermenchild [scil., Hermenegildo], príncipe de
España, fue hecho morir por el rey, su padre, por negarse a abrazar la herejía Arriana. Los Sevillanos
le tienen en gran veneración.
Además de un infinito número de restos antiguos que se conservan actualmente en Sevilla, he
transcrito sólo estas inscripciones173 que siguen, como las más merecedoras de noticia para el
curioso, a causa de alguna circunstancia notable u otra cosa contenida en ellas, conforme al método
que he observado en todos los escritos de esta naturaleza174.
En un jardín del duque de Medina Celi.
[42]
D · CVTIO BALBINO
M · CORNELIO POTITO
L · ATTIO IVLIANO ROMVLOlx
IIII VIR · VIAR · CVRANDAR
PIISSVMO FILIO
BALBINVS PATER PRISCA MATER 175
En la Torre de San Salvador.
[ 43]
M · CALPVRNIO M · F · GAL * SENECAE
*Galerio
FABIO · TVRPION · SENTINATIANO
PRAE CLASSIS PR · MISEN · PR · CLASSIS PR · RAVENNlxi ·
PROC · PROVINCIAE LVSITAN
ET VETIONIAE [sic] P · P · * LEG · I
*Primipilo
ADIVTRICIS ORDO D · C · R · Mlxii ·
M · CALPVRNIVS · SENECA HONORE
VSVS IMPENSAM REMISIT 176
En el mismo claustro.
[44]
L · VIVIO M · F · .............
.... AVINO ............. CON
................... RI ...................
A ............... VII ..............
T · R · P lxiii · IN LVDIS
HISPAL ................. 177
lx Todos estos nombres parecen haber pertenecido a una sola y la misma persona, que pudo haber sido adoptada por distintas familias. Los Quadrumviri Viarum Curandarum fueron cargos de gran honor.
lxi Esto debe leerse PRAEFECTO CLASSIS PRAETORIAE MISENI, PRAEFECTO CLASSIS PRAETORIAE RAVENNAE. Misenum y Ravenna fueron
usualmente las dos bases navales de las flotas Romanas. Se trató de un hombre de alto rango, pues fue también procónsul de Lusitania y Vettonia,
ésta una de las provincias menores de España.
lxiiOrdo Decurionum Colonia Romulea Magna.
lxiiiTITVLVS REQVIETORII POSITVS. Esta frase, nada común en otros países, se encuentra muy a menudo en las inscripciones Romanas de Andalucía, algunas veces con la adición de D por dolenter. La erección de un monumento [scil., funerario] en un circo o en un lugar donde se hacen espectáculos públicos, como se deduce de las palabras LVDIS HISPAL, es circunstancia bastante extraordinaria: probablemente no es nada más que un
cenotafio, como parece implicar la expresión titulus requietorii positus.
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En la llamada calle de Abades.
[45]
MARCO AVRELIO VERO
CAESARI IMP · CAESARIS
TITI AELII ADRIANI AVG ·
PII · P · P · AELIO ANTONINO
COSS · II · SCAPHARIIlxiv QVI
ROMVLAE NEGOTIANTVR
D · S · P · D · D · 178
En otra zona de la ciudad.
[46]
PANTHEOlxv AVG ·
SACRVM
LICINIVS ADAMAS
LIB · FAVST ·
II VIR · AVG 179
La que sigue fue encontrada al excavar un pozo en el Colegio de san Alberto.
[47]
L · FLAVIO AVG · LIB · POLYCRISSOlxvi/180
PROC · MONTIS MARIANI
PRAESTANTISSIMO
CONFECTORES AERIS 181
En San Salvador.
[48]
FRVTONIVS FRVTONII BROCCHI F ·
NEGOTIANTIS FERRARI
INCOL · ROM * · ANN · X · M · IX · D · XI
*Incola Romulensi
P·I·S·S·T·T·L·*
*Pius in suos. Sit tibi terra levis.
ANIMVLA INNOCENS 182
lxivPor la palabra scapharii se entienden los dueños de los barcos pequeños que comerciaban en Sevilla. Gruter, p. 258, menciona una inscripción simi-
lar, que estaba en Tarragona en su época, con la única adición de Juliae: SCAPHARII QVI IVLIAE ROMVLAE, NEGOTIANTVR · D · S · P · D · D ·, i.e.
dederunt suá Pecuniá Decreto Decurionum.
lxv PANTHEVS era una de las advocaciones de Baccho, según se desprende de muchas inscripciones antiguas, y especialmente de un pasaje de Ausonio, Epig. 29. Ogygia me Bacchum vocat. Éste era un altar erigido a Augusto bajo el epíteto de Bacchus, dado a él a modo de cumplido, de la misma forma
que otras veces era llamado Apolo, Júpiter, Marte, etc.
lxvi La inscripción aquí mencionada parece denotar que este mármol fue el pedestal de una estatua erigida por los confectores aeris, o trabajadores de
la ceca de Sevilla, a un tal Polycryssus, procurador de las minas de Sierra Morena (una larga cadena montañosa en Andalucía), que se identifica con las
palabras MONTIS MARIANI. Gruter, p. 588, da noticia de otro monumento cerca de la Porta Capena de Roma, en la que se menciona a este mismo
Polycryssus [sic] de Sevilla; un nombre que probablemente se le impuso, bien a causa de sus riquezas (como los Lidios dieron a su rey Gyges), o bien por
su descubrimiento de unas minas de oro en los citados montes, ya que en este caso el término AERIS debe entenderse como moneda en general.
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Fig. V Itálica (Santiponce, Sevilla). Vista desde el Oeste y el río del cerro de San Antonio u occidental de la vetus urbs.
A la izquierda se aprecia el muro exterior del pórtico del teatro con contrafuertes y, por encima de él, el muro del iter meridional
del teatro romano y el paramento norte del mismo, más el remate del edifício, en la summa cavea, quizá con un templete de
forma circular (véase sobre ello la n. 183 y el capítulo de Conclusiones). En primer plano la vieja calzada de Hispalis a Emerita
(la lámina es muy anterior a la construcción entre 1782 y 1796 del «camino de Extremadura»). Foto Biblioteca Nacional de
España, ibid., frente a p. 313.
Judíos y Moros de la misma forma han dejado tras de sí en Sevilla un número incontable de epitafios en Hebreo y en Árabe.
Puede ser de interés para el viajero curioso (sobre todo porque está a una jornada de pocas
horas desde Sevilla) ir a visitar las ruinas de Itálica (otra Colonia Romana de la que se conservan
monedas), donde podrá encontrar, entre otras antigüedades (Fig. V)183, algunos restos considerables de uno de los más nobles anfiteatros de España (Fig. VI). No sé por qué motivo ellos dan a
ésta el nombre de Sevil(la) la Vieja, ya que, según todo lo que ya he dicho, [Sevilla] parece haber
existido mucho antes que Itálica, en cuanto a antigüedad y a otros aspectos; y tuvo su rango entre
las primeras ciudades de España (de lo que tenemos pruebas indudables en los autores antiguos)
muchos siglos antes de que los Romanos la elevaran a Colonia; mientras que no puedo encontrar
bases para llevar la fundación de Sevil(la) la Vieja [scil., Itálica] más atrás de la época de Augusto184.
San Lúcar, cerca de la desembocadura del Guadalquivir, fue el Fanum Luciferi de los antiguos.
Teniendo a la mano izquierda la bahía de Cádiz y el cabo de Trafalgar (el Promontorium Iunonis
de Ptolomeo), cerca de la Mellaria de los antiguos (ahora Bejer) [scil., Vejer de la Frontera], comenzaron a aparecérseme [a la derecha] de forma muy diferenciada las altas tierras de Barbarialxvii [scil., la
lxvii Barbaria es un nombre genérico que los Griegos (y de ellos los Latinos) dieron a todos los demás países que no eran ellos mismos. V. Strabo, lib. xiv.
Incluso Plauto llama a la propia Italia de esta manera: Hoc pingues fiunt in Barbaria boves; Ptolomeo y Arriano definen el país propiamente así llamado
como una de las regiones de la Troglodítica. Sófocles, en su obra Ayax, aplica este nombre a los Frigios:
[sic] tal como hace
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Fig. VI Itálica (Santiponce, Sevilla). Ruinas del anfiteatro. Foto Biblioteca Nacional de España, ibid., frente a p. 320.
Berbería], y pronto después me di cuenta, tanto por la gran fuerza de la corriente que penetra constantemente en el Mediterráneo con gran violencia, como por la aproximación de las dos costas, de
Europa y de África, de que estábamos justamente en las Bocas del Estrecho, entrando en «las Tripas»
[«the Gut»]185, como les llaman los marineros; y no habíamos pasado por ellas mucho tiempo antes
de que tuviera ya una buena vista del Cerro de los Monos y de la Roca de Gibraltar frente a él; las cuales fueron la Abila y la Calpelxviii de los escritores Griegos y Romanos, y según los mitologistas las
Columnas de Hércules186.
La pequeña y arruinada ciudad de Tánger, la Tingis de la Antigüedad (a poco más de medio
camino pasadas «las Tripas», del lado Bárbaro [africano]) dio nombre, bajo los emperadores Romanos, a una provincia bastante amplia, la Tingitanialxix/187, que no sólo incluía esta zona desértica de
Horacio en este pasaje: Graeciae Barbariae lento collisa duello: Ep. lib. i, ep. ii. Procopio, hablando de Tripolo, dice: in hac parte Barbari inhabitant. La palabra Barbar es originalmente Arábica, y significa un Desierto [lit.: Desart].
lxviii Abila es el antiguo nombre púnico para designar una montaña. V. Fest. Avien. Algunos autores llaman a este cerro Abinab o Abinnab. V. Paul. Oros.
y Filóstrat., ya que en las lenguas orientales estas dos letras, L y N, muy a menudo se convierten una en otra.
lxix La segunda división de España, en siete provincias, hecha por Augusto o, según lo tienen algunos, por Otón, fue así: Baetica, Lusitania, Tarraconensi<s>, Carthaginiensis, Tingitania, Baliares, Gallaecia. Vid. Justinian. Notitia Imp. Occident., etc.
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África, sino también toda la zona marítima opuesta de España, hasta la propia Cádiz, que bajo Otón
fue convertida en su metrópolis188. Los reyes Godos la poseyeron en la misma forma que los Romanos lo habían hecho; con la única diferencia de que ellos obligaron a sus delegados o lugartenientes (comites Tingitaniae) a residir en el sector africano: Y fue esto lo que favoreció al traidor Julián
para concertar la invasión de los Moros con los jefes de este pueblo, destruyendo a su señor y extirpando por poco el cristianismo de España y del sur de Francia. La parte africana de la Tingitania es
de otro modo llamada muy a menudo en los escritores antiguos Hispania Transfretana, y ahora y
entonces Mauritania [sic] Caesariensis 189.
TARIFA (Fig. VII), casi opuesta a Tánger, en el extremo occidental de la bahía de Gibraltar, se
ha pensado por algunos que haya sido el Tartessos de los antiguos Fenicios (en relación con lo cual
hemos hablado ya en el artículo de Cádiz), por otros que en época romana fuera Julia Ioza, y por
otros aún Julia Traductalxx/190. Un caballero inglés, en cuya compañía hice la excursión por la bahía
en 1716 [scil., John Conduitt], ha aclarado mucho todo este asunto en un pequeño tratado publicado por él hace algunos años, y al que remitiré al lector curiosolxxi para sus eruditas observaciones sobre Tarifa191, contentándome aquí con anotar que el nombre antiguo de esta ciudad (cualquiera que fuera éste) probablemente fue cambiado por el actual en ocasión de la primera invasión
de los Moros, exactamente por este lugar, en {1}713 [scil., 711], al mando de Tarif, quien pronto se
hizo dueño de toda la bahía y, habiendo dominado el fuerte de Gibraltar, hizo allí una parada con
sus tropas hasta que Muza se le reunió con el grueso del ejército de los Moros. Después de esta
segunda oleada todos ellos acamparon, en número de ciento ochenta mil hombres, en las llanu-
Fig. VII Tarifa (Cádiz). Vista de la ciudad desde el N. y, al fondo, la costa de África. Se aprecian el perímetro de las murallas y
varias torres. Foto Biblioteca Nacional de España, ibid., frente a p. 321.
lxx Esta colonia es mencionada por Mezzabarba. Yo he leído JVL·TRAD en algunas monedas de Moyen Br. [¿moyens bronzes?] que han sido encontra-
das en este lugar.
V. A Dissertation upon the antient Carteia, en las Philos. Trans. del año 1719, por John Conduit [scil., Conduitt 1717-1719] Esq. F.R.S. [scil., Fellow
of the Royal Society].
lxxi
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ras de Tarifa, y desde allí procedieron a presentar batalla a don Rodrigo, al cual derrotaron, según
ya comenté, en las cercanías de Medina Sidonia. Fue en estas planicies, cerca de seiscientos años
después, cuando Alfonso XI, rey de Castilla (llamado por sus victorias El Conquistador), con la ayuda
del rey de Portugal, rompió por completo todas las fuerzas unidas de los infieleslxxii al pie mismo
de las murallas de Tarifa, y de tal forma que después de la derrota nunca ya sus ejércitos fueron
capaces de levantar cabeza contra los cristianos en este lado del Estrecho. Son fácilmente distinguibles en Tarifa las huellas de una colonia romana, tanto por los descubrimientos de urnas, medallas e inscripciones, que se hacen allí frecuentemente, como por la estructura de las murallas de
la Ciudad Vieja misma en varios puntos, y por algunos nobles fragmentos arquitectónicos cerca
de edificios públicos y privados. El otrora floreciente comercio de este pequeño puerto marítimo
se ha perdido por completo durante estos dos o tres últimos siglos, habiendo sufrido tanto por
los frecuentes asedios y temores en las guerras entre Españoles y Moros, que todo el sector mercantil
de su población lo fue abandonando progresivamente, retirándose hacia lugares más seguros. Tienen una extraordinaria torre, llamada la Torre de los tres Gusmanos [scil., Guzmanes], por tres jóvenes nobles de la ilustre familia de Gusmán, los cuales, habiendo sido hechos prisioneros por los
Moros, fueron todos hechos morir por éstos a la vista de su padre, general del ejército cristiano,
que estaba delante de Tarifa; este heroico español prefirió el interés público al privado, y eligió ver
caer a sus hijos sacrificados al honor de su rey y de su país antes que levantar el asedio en el que
estaba comprometido, pues ésta era la condición que le habían impuesto para devolverle a sus
hijos192.
ALGEZIRAlxxiii (Fig. VIII), a unas seis millas sobre Tarifa y sobre el mismo lado de la bahía, es
destacable hoy sólo por las ruinas de una muralla Mora de una solidez prodigiosa, que yace parcialmente enterrada bajo el agua y parte bajo tierra, hierbajos y basura. Esto confirma lo que dicen
las Historias Españolas sobre la fortaleza e importancia que tuvo esta ciudad para los Moros, que se
mantuvieron firmes en ella hasta después de la citada batalla; e incluso entonces la defendieron
con gran obstinación durante varios meses, bajo el mando del rey Alboazin; hasta que, finalmente,
fuertemente presionados por Alfonso XI (quien fue auxiliado en esta empresa por muchos grandes
caudillos, y en particular por los dos condes de Derby y Salisbury), la cedieron tras un ajuste; y,
habiendo el rey entrado en ella triunfalmente, ordenó que los muros fueran demolidos de inmediato. Actualmente es un pueblo de escasa entidad193, que acoge poco más que unas cuantas cabañas de pescadores, pero siempre tiene acuartelados allí un escuadrón o dos de caballería española,
tanto para la seguridad de la costa, como para impedir la circulación de tabaco desde Gibraltar y
otros puntos.
En la zona más interna de la bahía, y en el arranque mismo del angosto Istmo o estrecho de
tierra que une Gibraltar a la zona continental de España, se aprecian los vestigios, ahora de escasa
consideración pero indudables, de la famosa Carteia, la colonia Libertinorum de los tiempos de Roma;
en relación con su antigua posición y magnificencia remito al lector a la curiosa disertación que
más atrás mencioné, y sólo observaré aquí, en primer lugar, el gran error de Mezzabarba y otros
[autores] modernos que ignoran la verdadera situación de Carteia194, confundiéndola con Algazira [sic] y otras ciudades. En segundo lugar, el extraordinario ornamento, en las antiguas monedas de esta colonia, de la deidad tutelar195 de Carteia, que no es muy común; se trata de la cabeza de
una mujer coronada con una torre, como la Magna Mater, o como la cabeza de Roma en algunas
lxxii
lxxiii
Fue llamada batalla del Salado, de un pequeño arroyo de tal nombre cerca de Tarifa. Tuvo lugar en el año 1341 [scil., 1340].
Del árabe Gezira, que significa una isla, habiendo allí, justo enfrente, una muy estéril y totalmente despoblada.
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Fig. VIII Algeciras (Cádiz). Ruinas junto al mar de la vieja ciudad. Se reflejan bastantes restos de muros antiguos y al menos
una torre vigía, al fondo. Foto Biblioteca Nacional de España, ibid., frente a p. 322.
de las medallas consulares de plata (en particular en las de la familia Calpurnia), motivo que no se
encuentra en lo que conozco de ninguna otra colonia, sea en España, Galia, Germania o Italia, aunque es bastante frecuente en ciudades Griegas y Asiáticas196. La más rara de todas las monedas de
Carteia es la que fue acuñada en honor de Germánico por su hijo Calígula; la he visto en la colección Medicilxxiv/197. He pateado este terreno veinte veces a la busca de antigüedades, pero no pude
encontrar nunca más que unas cuantas monedas de poco valor halladas por los jornaleros (porque todo ello es ahora tierra de siembra), algunos mínimos fragmentos de terra cotta y de mosaico,
y ocho o diez impostas arruinadas de arcos que probablemente pueden haber soportado parte de
un anfiteatro198. Ésta fue una gran base de las galeras Romanas, mencionada por Livio en su relato
de la Guerra Púnica; y la última retirada del joven Pompeyo tras la derrota de Munda; pues fue aquí
(ya lo mencioné) donde fue asesinado a traición cuando se escondía por la costa arriba y abajo,
confiando en poder escapar.
XIMENA [de la Frontera] (Fig. IX). Cerca de una legua al Norte de las ruinas de Carteia
comienza uno a entrar en el gran bosque de Castellar (que pertenece al conde de este nombre,
un Grande de España) que, tras una jornada dificultosa de cinco o seis horas, le conduce a Ximena,
otra ciudad de época Romana (aunque su nombre antiguo se ha perdido por completo199), asentada sobre una peña muy alta y escarpada, a cuyos pies los Españoles han construído un pueblo amplio pero pobre, que puede contener unos tres o cuatro centenares de familias de obreros y campesinos. La muralla de la ciudad antigua (según los restos que permanecen) parece ser
lxxiv
V. Card. Noris. Numm.Med. [scil., Card(inale) (Enrico) Noris, 1675, cf. ahora Bibliotheca 2003-1].
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Fig. IX Jimena de la Frontera (Cádiz). Vista de la ciudad desde el S., con la muralla en la zona más alta del cerro, en la ladera el
proceso de generación del casco moderno, y dos calzadas de acceso. Foto Biblioteca Nacional de España, ibid., frente a p. 324.
Mora, [pero] edificada sobre los cimientos de otra que parece ser de mayor antigüedad, especialmente en el interior del Castillo, que ocupa la parte más alta y defendible de la ya citada
peña. Fue aquí donde copié las dos inscripciones que siguen, tal como exactamente las encontré... la primera en el muro exterior del castillo, justo sobre la curva del arco que antiguamente
le sirvió de puerta; y la segunda en la fachada de una iglesita que pertenece a los Franciscanos,
que tienen un convento en medio de estas ruinas, en una de las más ubicaciones más ventajosas que he visto nunca.
[49]
L · HERENNIO HE
RENNIANO
L CORNELIVS HEREN
NIVS RVSTICVS
NEPOS EX TESTA
MENTO POSVIT
NONIS MARTIIS
SEX · QVINTILIO CON
DIANO SEX QVIN
TILIO MAX COS 200
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[50]
RESPVBLICA OBEN
SIS E.... LOlxxv DATO
DEDI... VIT CVRA ....
LIBlxxvi ... OR H · REN
NIO RVSTICO H Mlxxvii
SINILO RESTITVTO
II VIR ·lxxviii/201
GIBRALTAR (Figs. X-XIII). Omitiendo todo sobre la situación actual de Gibraltar (de lo que
nada sería noticia para nuestros compatriotas, puesto que llevamos veinte años en posesión de esta
importante plaza202), sólo informaré al lector Inglés de que la primera fundación aquí de una ciudad se dice que debe remontarse hasta el mismísimo Hércules, al cual he tenido varias veces ocasión
de mencionar en las páginas antecedentes. Así pues, a causa de dicho personaje fue llamada Heraclea durante muchos siglos, más tarde Calpe, por la gran roca que se alza sobre ella; y por último
Gibraltar (corrupción de Gibel Tariklxxix) cuando la invasión Mora y la conquista que de ella hizo (tal
como ya he mostrado) el general de este nombre.
Las curiosidades más notables de este hermoso peñón (que ofrece tanta variedad de nobles
perspectivas como es posible esperar de un paisaje de esta naturaleza) son: la célebre Cueva, el cas-
Fig. X Gibraltar. Gibraltar or Calpe from the Bay. Vista del Peñón desde el Norte. (Foto Biblioteca Nacional de España, ibid.,
lámina entre p. 324 y 325).
lxxv
Epulo.
Lo tomo como Curatori Libertorum.
lxxvii Hoc monumentum.
lxxviii Estas dos inscripciones son en honor de la familia Herennia, que parece haber sido muy importante en estas regiones de España, según aparece por varios monumentos similares descubiertos en Cádiz y otras ciudades de Andalucía. La segunda fue pedestal de una estatua. Pero estoy
completamente a oscuras en cuanto a la Respublica Obensis (que fue muy probablemente el antiguo nombre de Ximena en los tiempos Romanos), ya
que no es mencionada por ninguno de los geógrafos antiguos, ni siquiera por el propio Mela, que era Español. La palabra más parecida a ésta es
Ossonoba, que se halla cerca del cabo de S. Vicente, en el Algarve, donde ahora está Silves; pero es muy poco probable que una piedra de tal procedencia pueda ser transportada tan lejos, junto al hecho del nombre de Herennius Rusticus, lo que, unido, hace casi indudable que ambas [inscripciones] fueron originalmente erigidas aquí.
lxxix Gibel [scil., Gebel] es el término Árabe para «montaña».
lxxvi
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Fig. XI Gibraltar. A View of the Rock and Bay of Gibraltar from the South. (Foto Biblioteca Nacional de España, ibid., lámina entre
p. 324 y 325).
Fig. XII Gibraltar. A View of Gibraltar from the North West. (Foto Biblioteca Nacional de España, ibid., lámina entre p. 324 y 325).
tillo Moro que llaman Torre del Omenage [sic] y los viejos depósitos de agua o baños subterráneos
situados cerca de Punta Europalxxx.
El primero de estos lugares tiene su abertura o entrada (detrás de un viejo y enano murete203)
a algo más de media ladera del peñón, y casi en la parte más escarpada de él por esta cara que da a
la bahía (por la otra, del lado del Mediterráneo, es innacesible), entre zarzas y arbustos a través de
los cuales se encuentra la senda que conduce hasta ella, y con alguna dificultad de no ser que se
haya andado el camino al menos dos o tres veces antes. En un espacio de tres o cuatro pasos la boca
de esta cueva, como la Gruta de la Sibila cerca de Baiae, es angosta y profunda; pero ella misma se
lxxx
Se considera que éste es el punto más meridional de toda Europa.
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agranda poco a poco a medida que se avanza, hasta que, con ayuda de antorchas y linternas (de las
que la gente normalmente se provee para este propósito), uno se admira de encontrarse bajo una
bóveda de gran altura, y en una superficie en proporción a ella, cuya cúpula o techo arqueado, lo
mismo que las paredes laterales, están sostenidas por pilares naturales, que a primera vista parecen cortados y labrados en innumerables figuras y adornos no muy diferentes de los de una catedral Gótica: Se han formado continuamente por el goteo incesante de miles de chorrillos y arroyuelos de agua, que provienen de manantiales invisibles de la más helada y petrificante calidad
imaginable, [agua] que, aunque enormemente fina, penetra desde lo alto de la Roca a toda ella, llenando esta vasta cavidad de un universo de objetos que reproducen cierta imperfecta semejanza
con uno u otro animal. En el extremo más apartado de la amplia cámara hay oquedades a través
de las cuales pueden adivinarse otras estancias mucho más grandes y profundas y, según a menudo
he escuchado contar, hay otras cavernas bajo ellas, con una profundidad de muchos cientos de brazas, donde a veces aventureros temerarios han perecido de forma miserable, al caer por alguno de
esos espantosos precipicios, que fácilmente pueden verse desde arriba a la luz de las antorchas. Los
Españoles, que jamás renuncian a algunas asombrosas tradiciones allí donde haya algún viejo castillo o una cueva de profundidad mayor de lo normal, creen y refieren con respecto a este lugar mil
cuentos extravagantes, y han hecho a los Moros enterrar allí increíbles tesoros, en la época en la que
fueron obligados a entregar Gibraltar a Enrique IV, rey de Castilla. En cambio sí que es probable que
muchos de los infieles pudieran en tal ocasión escapar del furor de los Españoles en esta cueva, prefiriendo morir en ella de frío y de hambre antes que quedar a la merced de sus conquistadores,
según tenemos buenas razones para conjeturar por las muchas calaveras y huesos humanos que
han sido encontrados aquí en varias épocas204.
Fig. XIII Gibraltar. The Mouth of the Cave of Gibraltar. (Foto Biblioteca Nacional de España, ibid., lámina frente a p. 325).
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El Castillo o Torre del Omenage [sic] (así llamado por determinada ceremonia que los reyes y
gobernadores Moros acostumbraban recibir en él de sus súbditos y esclavos) fue construído hace
unos ochocientos años según los historiadores Españoles y, aunque ahora sólo queda poco más que
el muro externo, tiene todavía un aire muy majestuoso; algunos vestigios de dorados, escultura,
caracteres arábicos y mosaicos, demuestran que el arquitecto no cuidó menos de su belleza que de
su fortaleza y permanencia. Los muros son de una extremada delgadez, conservando todavía huellas de cañonazos en varios lugares, y hechos de una especie de ladrillo amasado con mármoles,
sobre la zona norte del Peñón, desde donde el fuerte dominaba la ciudad; de la misma forma, está
comunicado con la bahía por medio de una larga galería o corredor, parte del cual permanece en
pie aún cerca de la Puerta de Tierra.
Después de la recuperación de Gibraltar del poder de los Moros, este Castillo fue objeto de una
larga y sangrienta guerra entre dos de las mayores familias de España (los Ponzes de León y los duques
de Medina Sidonia), ya que ambas tenían pretensiones sobre él. Este conflicto fue finalmente terminado por Fernando el Católico e Isabel, su reina, quienes reconciliaron a ambos bandos tomando
posesión del Castillo para ellos mismos y para sus sucesores.
La gran cisterna o reservorio de agua (que algunos insisten en que sirvió como lugar de baños
para los reyes Moros), es una cámara subterránea cuadrada, cuyo techo es soportado por tres o cuatro hileras de pilares cuadrados, en una forma muy parecida (excusando las diferencias de alturas
y tamaño) a la Piscina Mirabilis, cerca de Baiae.
Entre el puerto sur de Gibraltar y la Punta de Europa existe un tramo de tierras tolerablemente
buenas, defendidas por la nueva Mole y algunas otras obras. Y desde la mencionada Punta se tendrá una hermosa y clara vista de Ceuta con las siete colinas cerca de ellalxxxi, y del resto de la costa
Bárbara. No debo olvidar que el gran Al(f)onzo XI de Castilla, apodado, como he dicho, El Conquistador, murió en una epidemia cuando estaba asediando Gibraltar.
<Fin de las Observaciones sobre España y Portugal de John D. Breval, 1726>
7. Conclusiones
Dada la extensión que ha ido adquiriendo ya este trabajo, sobre todo a causa de las necesarias notas explicativas finales y de la copiosa bibliografía que me ha sido preciso consultar para irlo
completando, bibliografía variada por la gama de épocas, asuntos y ciudades que Breval tocaba en
su relato, el capítulo de Conclusiones ha de ser obligadamente conciso. Doy por supuesto, además,
que el lector ha ido ya extrayendo muchas de ellas, además de las suyas propias. Vamos a dividirlas en generales y propiamente epigráficas.
7.1. Cuestiones interesantes de tipo general
Breval demuestra en sus obras viajeras, y particularmente en los relatos de la Península Ibérica, la excelente formación clásica que le abrió las puertas del claustro del Trinity College de Cambridge poco después de cumplir los veinte años. Hace un uso amplio y oportuno de fuentes grelxxxi Estas siete colinas son mencionadas por Plinio, y llamadas Septem Fratres, lib. v. cap. i. Ptolomeo las llama
Septa, o Ceuta, es probablemente una corrupción de aquél.
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[sic]. El nombre de
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colatinas. Maneja con soltura la bibliografía principal de la época, y sabe traer a colación paralelos
observados en otras obras o en otros tipos de materiales, así sus observaciones sobre los Cornelii y
los Herennii de la Bética, la rareza de los tipos monetales con anverso de cabeza femenina torreada
de Carteia, y otros muchos ejemplos. Hace numerosas citas de los autores que usa, lo que no coincide con las frecuentes acusaciones de plagio del CIL ni, como hemos ido comprobando, con las
constantes copias serviles de otros autores (es más, él mismo critica a los autores que plagian). Hace
gala de un racionalismo muy temprano para su época, poniendo en duda con frecuencia, a veces
tras tratar de probarlos, hechos legendarios que oía aquí y allá.
Entre los temas interesantes que podemos destacar, bien porque los observara él mismo, bien
porque hayamos podido deducirlos de sus palabras, resumimos, por el orden de su descripción,
los que afectan a las siguientes ciudades:
1) Évora – Su descripción de las inscripciones que estaban embutidas en el muro de la cárcel, buenas y malas, esto es, realmente antiguas y más modernas, aparte de coincidir con
viajeros posteriores como el español F. J. Pérez Báyer o el irlandés J. Murphy, sugiere que
Évora no habría sido el escenario de tantos falsos epigráficos como se vienen atribuyendo,
a raíz del CIL, al gran Andrés de Resende. En algunos casos se conservan ahora completos
epígrafes que otros autores más antiguos vieron en muy mal estado. Esto indica que en
Évora pudo producirse durante el siglo XVI un caso como el de Antequera (Málaga), esto
es, que se hicieran copias modernas de inscripciones antiguas en mal estado, con el deseo,
no de falsificar, sino de conservar la memoria de ellas; la propia actividad erudita de su
conciudadano Resende debió de suscitar tal interés. Breval, que no cree en absoluto en la
fundación sertoriana de la ciudad, recoge el sentir de la ciudad en este sentido, pero dice
finamente que es algo que sólo se puede comprobar mediante algunas inscripciones modernas que él mismo ha visto; la creencia de la vinculación con Sertorio proseguía en época
de Pérez Báyer. Nuestro autor es firme defensor de la concesión de la Latinitas a la ciudad
por César. En cuanto a su límite meridional, Breval lo fija en la línea de «Arrojolas»; curiosamente, ésta resulta ser paralela a la que muy recientemente, sobre bases arqueológicas,
se ha trazado por cerca de Nossa Senhora de Aires, con lo que ambas, por tanto, se confirman mutuamente.
2) Vila Viçosa – Breval confirma que el santuario de Proserpina estaba fuera de la ciudad, debajo
de la iglesia de Santiago, y que podían verse aún los restos del templo romano dentro del cristiano, mientras el CIL (de Pighio) afirma que estaba dentro de la ciudad, en Santa Maria da
Graça. Las inscripciones que estaban aquí, sin embargo, procedían del santuario de Endovélico en Alandroal, habiendo sido mandadas trasladar por el duque Teodosio de Bragança. En
la serie de ellas que copia (siempre en función de su especial interés) se producen varias novedades (cf. infra).
3) Beja – Llega a ver bastantes restos romanos en pie, por ejemplo tres de las puertas romanas
de la muralla, los arcos del acueducto y multitud de vestigios árabes y judíos, además de las
características cabezas bejenses de bóvidos, de las que cuenta siete en diferentes puntos, y que
considera símbolos de su estatuto colonial que, dicho sea de paso, atribuye también a César
(a mi juicio con acierto).
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4) Campo de Ourique – Quizá sea ésta una de las más importantes novedades que nos aporta
John Breval. Por las razones que expliqué en su lugar (cf. las nn. 123 y 124), podemos saber
que el inglés visitó realmente el lugar unos diez o doce años antes de que lo hiciera el marqués
de Abrantes, que en 1721 arrojó una de las primeras pesadas losas sobre el buen crédito de
Andrés de Resende, cuya memoria y honestidad es preciso reivindicar también en esto. Por lo
que relata, y si se coteja con lo referido por Resende sobre el encargo que le hizo el rey don
Sebastián I en 1574, cuando iba camino de su primera expedición africana, el arco que el desgraciado y joven rey ordenó erigir para honrar la batalla de Ourique del primer rey portugués,
Afonso Enriques (1139), existió realmente. Breval lo vio: «...on that very Spot where this Trophy
stands, and upon which there was only the Ruins of a little Hermitage...». Esto parece fijar aquí, «en el
corazón del territorio sarraceno», el escenario de esa famosa batalla, descartando todas las demás
Ouriques portuguesas, septentrionales, donde se ha colocado; cerca de Beja, pues, como creyeron Herculano y otros muchos historiadores. Breval da otra referencia que apunta a esta
misma ubicación meridional: el hallazgo de las reliquias de San Vicente (que se guardaban en
el templo del cabo del mismo nombre) por algunos cautivos mozárabes que lo habían sido
en la misma batalla (que, por tanto, debían de vivir en el sur del país).
5) Quisiera aprovechar en este punto para llamar la atención de los colegas modernistas portugueses sobre un importante documento, no muy conocido todavía, que se refiere a este infortunado monarca y cuya referencia encontré en el transcurso del presente estudio sobre Breval: Se trata de una carta escrita por el contador del duque de Medina Sidonia, Pedro de Salinas,
al agente del mismo noble en Madrid, Juan Tébar, fechada el 9 de agosto de 1578, donde refiere
novedades que traían los rescatados de la derrota de Alcazarquivir205. Según dicha noticia,
don Sebastián I no murió en la batalla, tal como acuñó después la Historia (y se negaron siempre a aceptar los sebastianistas) sino que, como podemos leer al comienzo de la pág. 4 de este
documento (Fig. 24), el rey fue hecho prisionero206. No es momento ni hay espacio para entrar
en la trascendencia del contenido de esta carta, surgida al calor del testimonio de John Breval sobre Ourique — también importante — pero quede al menos enunciada aquí.
6) Alcácer do Sal – Tras la indicación de la existencia de dos miliarios en la calzada entre Beja
y Évora y entre ésta y Salacia, que ve durante su regreso a Lisboa, comenta ligeramente la llamada Urbs Imperatoria. La considera colonia de Augusto, aunque la zona del Castillo sería de
una época anterior, como ocurre con otras ciudades portuguesas. La Dea Salacia resulta ser
un símbolo de la riqueza del comercio de la sal en dicha ciudad. Observa aquí muchos restos moros.
7) Beira – Sus observaciones son ligeras porque no encuentra en esta zona antigüedades que
reseñar, y lo afirma expresamente: hay poco romano, aunque mucho godo y árabe. Considera
que la gente es aquí más amable que en el Sur, y lo atribuye a la menor presencia semita, aunque — dice — es un verdadero refugio de judíos perseguidos. Le llama la atención la enorme
cantidad de castaños y abetos en esta región.
8) Covilhã – Viseu – Constata numerosas leyendas en ambas ciudades, especialmente algunas
curiosas relativas al exilio aquí de la Cava, hija de don Julián, y del propio rey Rodrigo; pero
no pudo encontrar elementos que confirmaran nada de ello, y lo deja todo en el rango de la
fabulación, de la que dice gustan mucho los peninsulares.
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9) Cádiz – Ya entrado en España, dedica mucho espacio a la legendaria Gades y a todo lo que él
considera fábulas sobre su fundación por Hércules, que los gaditanos sin embargo creen religiosamente. Ofrece aquí las citas más completas de su viaje ibérico (sus nn. xxii-xxv), anotando siempre las fuentes, tanto clásicas como de su época, que consulta. Observa que los bailes lascivos de las gaditanas siguen practicándose a comienzos del siglo XVIII, y (un detalle
curioso) también en Portugal. Alcanza a ver muchos restos del acueducto y de las grandes cisternas romanas cerca de Puerta de Tierra y de la ermita de San Roque, mientras que sólo quedan ya los ecos del anfiteatro. Reseña las finas esculturas y mármoles que habían existido en
la ciudad, como las estatuas de Baco niño y la colosal atribuída a Alejandro Magno, cuya basa,
dice, llevaba un epígrafe de César (cf. n. 137).
10) Medina Sidonia – Existía en la vieja Asido un templo de Hera como el gaditano. Efectúa un
erudito paralelo para explicar la etimología del río Guadalete, utilizando para ello un hermoso sarcófago que admira en el convento franciscano de Medina Sidonia.
11) Puerto de Santa María – Antes que Besippo y Portus Gaditanus, a Breval le parece más verosímil que sea el Portus Menesthaei de Estrabón. Refleja la enorme decadencia de la ciudad. Visita
la colección del duque de Medinaceli (lo que Hübner no llevó a cabo) y pasa allí la Semana
Santa, dejando constancia de los castigos que se autoinfligían los portuenses, percibiendo en
ello un eco de los agyrtae y galli de las fiestas de Cibeles.
12) Sevilla – Es la otra ciudad a la que nuestro viajero inglés dedica un más extenso comentario, en
virtud de su importancia y renombre en todas las épocas. Cree erróneamente (siguiendo en esto
a Rodrigo Caro) que había sido la capital de la Bética. Es muy interesante su relación de los edificios romanos de los que se veían aún restos en su época (cf. aquí n. 160); dice que son infinitos
los restos, y que es una pena que no se dediquen los más eruditos a su descripción. Comenta lo
extendido de la vinculación de Hispalis con Hércules y con César. Del mítico héroe refleja dos
templos, uno cerca de San Nicolás y el otro cerca de la vieja Puerta de Goles. Este segundo templo ha sido después negado, pero creo que existen apoyos para la hipótesis (aquí nn. 151 y 152).
Ofrece testimonio y dibujo de unas nuevas termas en San Ildefonso, y datos sobre la existencia
y ubicación de un templo de Marte en la aldea de «Aretania» (que propongo localizar en la
moderna zona, extramuros, de Eritaña). Clasifica perfectamente como árabes los «caños de Carmona», pese a la opinión de Rodrigo Caro. Un dato que da de pasada acerca del constructor de
la Giralda me ha permitido sugerir (cf. n. 168) el posible papel como proyectista de la torre almohade del famoso Jabir ibn Aflah, matemático y astrónomo, conocido como «Geber» (m. hacia
1160) y, con ello, la hipótesis de adelantar el proyecto de su construcción al primer rey almohade de Sevilla, Abd al-Mumín (el constructor de la gemela Qutubiya de Marrakesh). La Giralda
habría tenido entonces también un uso como observatorio astronómico (el primero conocido
en Europa), y a ello responderían las cuatro famosas «manzanas de oro» que la coronaban. En
tiempos de Breval la base de la Giralda con las inscripciones reutilizadas no era visible. El inglés
elogia el esmero en el servicio de aguas de Sevilla, que no se observaba en otros servicios públicos. Ofrece varias inscripciones de la ciudad, que visita, en San Salvador por ejemplo, aunque
en este caso muchas las copió de Caro (al que cita). De vez en cuando añade sus propias hipótesis, como la de que los confectores aeris hispalenses eran los trabajadores de la ceca municipal.
Algunas cosas más he ido añadiendo, como la posibilidad de un Hercules Quirinus (n. 151), la
atribución al templo de Goles de un epígrafe nuevo de Triana, de 1990 (n. 152), etc.
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13) Tarifa – Ve en ella restos romanos abundantes (urnas, medallas, inscripciones); discute su
nombre antiguo, y recuerda su papel en gestas medievales (un rasgo que repite a propósito
de otras varias ciudades).
14) Algeciras y Carteia – La primera era por entonces poco más que una agrupación de cabañas
de pescadores; resulta curioso que ya a comienzos del siglo XVIII hubiera allí tropas acuarteladas para impedir el contrabando de tabaco desde Gibraltar y otros puntos. Sobre Carteia se
extiende más, recordando el viaje de la bahía en compañía de John Conduitt y las curiosas
monedas con Tutela o Tyche. Veinte veces pateó aquel terreno, dice, que fue el último refugio
del joven Pompeyo, buscando antigüedades con poco éxito, apenas monedas y una serie de
dovelas que él atribuye a un anfiteatro.
15) Jimena de la Frontera – De Jimena, la antigua Oba, vuelve a recoger inscripciones, otras dos
de Herennii, a propósito de su hipótesis acerca de la posible hispanidad de Herennia Tuscilla,
la augusta de Decio. Este tipo de observaciones lo hace también más atrás, a propósito, por
ejemplo, de la gens Fabia en la Bética.
16) Gibraltar – Cierra John Breval aquí la relación de ciudades visitadas y comentadas; es del
Peñón del que más láminas ofrece, cuatro, y su comentario es breve para ser un lugar donde
debió de pasar mucho tiempo; pero, alega, al ser plaza inglesa desde unos años atrás (1704) a
sus paisanos les resultaría la más conocida.
Hasta aquí algunos de los detalles de Breval sobre distintas ciudades. Otras de las afirmaciones que menciona de pasada serían dignas de recoger aquí pero no queda ya espacio para ello. Aún
así, no dejaré de subrayar dos muy prometedoras: la ubicación del famoso santuario del Sol y la Luna
en el promontorium Olisiponense o cabo da Roca (Sintra), propuesta en otros lugares próximos (ad ex.
Ribeiro, 2003, p. 235: «no denominado Alto da Vigia»), pero que Breval precisa en un sitio donde
creo que no ha sido buscado hasta ahora: «At the foot of the same Rock», esto es, «a los pies mismos del
cabo», coincidiendo con Resende: «entre as areias do litoral» (lo que quisiera hacer objeto de un pequeño
estudio, ya iniciado), y la afirmación del viajero inglés acerca del posible traslado a la corte de Madrid,
durante el dominio filipino, de piezas romanas aparecidas en Portugal; ésta es una cuestión de la
que creo que no sabemos nada en ambos países, pero que juzgo sería curiosa de investigar. Algunas
esculturas clásicas no bien documentadas de nuestras colecciones reales, por ejemplo las que existen en el Museo del Prado o en el palacio de La Granja, podrían ser de procedencia portuguesa.
7.2. Conclusiones de tipo epigráfico: transmisiones, correcciones y novedades
Destacaría en primer lugar cómo ha quedado demostrado hasta la saciedad que, contra lo
afirmado por Theodor Mommsen, durante sus viajes ibéricos John D. Breval vio realmente la mayor
parte de las inscripciones romanas que ofrece; otras que pudo ver no las recoge por no parecerle
valiosas para deducir informaciones de interés, «según había visto que se hacía en obras eruditas
de este tema».
Transcribe 50 inscripciones, de las que 49 son romanas y una de época moderna (de Ourique,
Beja, la muy importante n.º 27). De las romanas, 29 son portuguesas y 20 españolas, distribuyéndose las primeras así: Sintra (n.os 1-2, del santuario del Sol y la Luna), Évora (n.os 3-8), Estremoz -
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- Vila Viçosa (9-11, del santuario de Proserpina, y 12-18 del de Endovélico), Beja (19-26), Arrojolas
(sic, n.º 28), río Maurín (29) y Faro (n.º 30). En España las transcribe de Mérida (n.º 31, no visitada), Cádiz (32-33), Medina Sidonia (34), Puerto de Santa María (35-36), Villamartín de la Condesa (37), Sevilla (38-48) y Jimena de la Frontera (49-50).
Paso ahora a condensar las principales novedades que aporta con respecto a lo fijado en su
momento por el CIL II:
1) Inscripciones que por los datos de ubicación o por diferencias de lectura sabemos que vio,
pese a lo afirmado por Theodor Mommsen y Emil Hübner: 3-8, 9-18, 19-26, 27, 28, 29, 30,
35-36, 39, 44, 48-50.
2) Inscripciones en las que su lectura no coincide en todo o en parte con las publicadas antes
que él, esto es, con sus supuestas fuentes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 10, 11, 12, 14, 15, 17, 18, 20, 22, 24,
25, 26, 27, 28, 29, 34, 36, 37, 38, 39, 40, 44, 45, 48, 49.
3) Inscripciones en las que ofrece más letras o líneas que Resende y otros, e inscripciones mejor
leídas o ubicadas con más precisión: 1, 2, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 14, 15, 16, 17, 19, 20, 22, 24,
25, 29, 30, 35, 41, 44, 49.
4) Inscripciones consideradas falsae por el CIL II u otros repertorios, pero que pueden considerarse auténticas: 4 (CIL II 16*), 5 (CIL II 18*), 6 (CIL II 12*), 7 (CIL II 114 = IRCP falsa A),
8 (CIL II 115 = IRCP falsa B), 27 (arco de Ourique), 28 (CIL II 17*), 29 (CIL II 434*), 37 (CIL II
126*), 41 (CIL II 1194).
5) Inscripciones consideradas falsas pero que pudieran ser auténticas: CIL II 30* (cf. aquí la
n. 75: buena ilegible, según Breval), 3 (CIL II, 21*), 11 (CIL II, 145 = IRCP 572), 32 (no está en
el CIL), 33 (CIL II, 149).
6) Inscripciones que resultan probar la comisión de errores en CIL II en sus lecturas, suposiciones, divisiones de líneas, etc.: 1 (CIL II 258), 2 (CIL II 259), 7 (CIL II 114), 8 (CIL II 115),
9 (CIL II 144), 10 (CIL II 143), 11 (CIL II 145), 12 (CIL II 131), 14 (CIL II 135), 15 (CIL II 136),
16 (CIL II 129), 18 (CIL II 134), 19 (CIL II 47), 24 (CIL II 48), 25 (CIL II 60), 26 (IHC 3),
29 (CIL II 434*), 30 (CIL II 1), 35 (CIL II 1738), 36 (CIL II, 1887), 39 (CIL II 1185), 43 (CIL II
1178), 44 (CIL II 1190), 48 (CIL II 1199).
7) Entre las novedades en epígrafes conocidos, algunas de las cuales pueden deducirse de los textos vistos y transcritos por John Breval y otras del estudio posterior que sobre ellos he hecho,
hay bastantes de detalle, como ya se ha dicho. Sólo a modo de ejemplo creo que merece la pena
resaltar en estas conclusiones las siguientes (por el orden aquí asignado):
a) En la primera de las dos famosas inscripciones del santuario astral de Sintra (CIL II 258),
habría que contar con la posibilidad de que el nombre real del legado propretor de Lusitania
dedicante fuera Cestius Acidius Perennis (cf. el n.º 1 con su nota, la 73).
b) En la segunda de ellas (CIL II 259) el principal dedicante y legatus II Augustorum sería Drusus Valerius Caelianus (no Coelianus), perdiendo pie las propuestas de Barbieri y Alföldy, que se
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apoyan en una fuente más lacunaria; es nuevo que al final probablemente se mencionara también a la esposa del legatus, quizá una Valeria Iuniana (cf. para todo ello la n.º 2 con la n. 74).
c) Entre las de Évora, gana posibilidades de autenticidad CIL II 18* (n.º 5 y n. 88) debido a los
paralelos hallados para duovirados múltiples.
d) A destacar entre las de Vila Viçosa la n.º 15 (n. 106), donde se resuelve por fin el hapax onomástico evorense de Elvia Ybas o Vbas (CIL II 136), que creo debe ser leído Ylias (lectura hecha
sólo por S. Lambrino en 1967, pero no secundada): lo probará además la nunca aportada CIL
VI 14234, de otra eborense llamada Calpurnia Ilias.
e) Del mismo modo, han de ir a los fantasmas epigráficos la rara palabra RELICTITIVM y la
lectura I(ussu) Numin(is) de CIL II 129, a resolver mejor con un ad relig(andum) Titium ex t(uo)
numin(e), dirigido a Endovélico.
f) La inscripción del arco triunfal de Ourique, como se ha dicho, gana visos de verosimilitud.
g) Se afianza la autenticidad del miliario del río Maurín, entre Évora y Alcácer de Sal (CIL II
434*, aquí n.º 29 y n. 126)), y con él el epíteto de pater militum para Caracalla h. 216-217 d.C.,
con otro ejemplo en CIL II 4676.
h) Lo mismo ocurre con CIL II 149* (n.º 33 y n. 140), rescatando un curioso epitafio gaditano de acreditada traditio.
i) Posible duplicidad del epitafio de Fabia Prisca, en CIL II, 2249 (y nuestro n.º 34 y n. 141), asi
como de CIL II, 1178 (Sevilla, aqui n.º 43).
j) En CIL II 1320 (cf. aquí n. 143) es mejor dejar la Clodia Lucera (en vez de [G]lucera) reportada
por Rodrigo Caro, y no en el clípeo del sarcófago, como afirma el CIL.
k) Las lecturas directas de Breval permiten también recuperar como auténtico el curioso epitafio del centenario Decius Quirinus, de Villamartín (CIL II 126*, n.º 37 y n. 147). Otras muchas
cuestiones dejamos ya a la comodidad o al interés particular del lector.
7.3. Consideraciones finales sobre la figura de John D. Breval como anticuario y transmisor
de epígrafes
Valga decir como resumen que este pionero del viaje inglés a la Península Ibérica merece un
mayor conocimiento y estima del que hasta ahora se ha tenido de él; no ya en lo literario, donde
sus obras y méritos son reconocidos, sino en sus observaciones como anticuario experto. Su formación clasicista y sus intereses iniciales, así como el rigor académico adquirido en Londres y
Cambridge, le permitían un manejo amplio de fuentes antiguas y de las fuentes bibliográficas
modernas al uso. Viajero reiterado por una Europa en la que todavía muchas ruinas antiguas subsistían en pie, no sólo sus observaciones sobre la Península Ibérica, sino también las que hace del
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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resto de los países más romanizados, así como muchas de sus láminas, deben ser en el futuro
objeto de un interés y estudio más detallados.
En cuanto a su labor como visitante curioso y transmisor de inscripciones romanas, se ha
ido demostrando cómo resultan ser falsas las graves acusaciones vertidas sobre él en el CIL,
tanto por Theodor Mommsen como por Emil Hübner. De hecho, una consulta más atenta y
menos prejuiciosa de sus Travels hubiera permitido que en esta gran obra alemana se hubieran
reconocido como auténticas, se hubieran ubicado o leído mejor muchas inscripciones y quizá
no sólo de las hispanas aquí recogidas, sino también de las de otras provincias romanas, o en
la propia Italia.
Una satisfacción final que se añade al terminar el trabajo es, junto a la reivindicación de
John Breval, el haber podido dar los primeros pasos (cf. n. 60 y passim) para acometer la de otro
gran autor, también muy injustamente tratado en el CIL, pero aún peor que Breval, por cuanto
fue acusado muchas veces, no ya de no haber visto inscripciones o copiar los textos de publicaciones anteriores, sino de ser él mismo un falsario consciente y deliberado: el notable humanista
portugués Andrés de Resende. Pero este siguiente empeño, más vasto por cuanto son muchas
más las inscripciones que transmitió y más la bibliografía posterior que lo vituperó, tendrá todavía que esperar algún tiempo para ver la luz.
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NOTAS A LA PRESENTE EDICIÓN Y ESTUDIO
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Universidad Autónoma de Madrid
Sea el primer momento el dedicado a agradecer la hospitalidad con
la que la Revista Portuguesa de Arqueologia ha acogido este artículo,
que por su extensión, dobles anotaciones, el necesario detalle de
éstas y el número de ilustraciones corría ya en otros lares el
inminente peligro de ser troceado para su publicación.
Permítaseme que personalice mi reconocimiento en el colega y
amigo Dr. António Marques de Faria, del Instituto Português de
Arqueologia, que con gran sensibilidad supo captar enseguida el
problema y desvanecerlo, añadiendo grandes dosis de gentil
paciencia durante la accidentada terminación del trabajo.
Sobre la nobleza británica dieciochesca véase la clásica obra The
New Peerage, etc. (VV.AA., 1714-1784), sobre Malpas su t. I, p. 219:
El R. H. George J. Cholmondeley fue tercer conde de su apellido,
vizconde Malpas, barón Cholmondeley de Namptwich, barón de
Newburg (Newborough) y vizconde Cholmondeley de Kells; se
contó igualmente entre los pares de Irlanda y fue descendiente por
línea materna de la casa de Nassau. El nombre se encuentra
también como Cholmondley. Esta rama de la familia tuvo origen
en el señorío de su apellido, en Cheshire, a fines del siglo XIcomienzos del XII y, casi un milenio después, continúa siendo uno
de los más antiguos y prestigiosos títulos ingleses. George J. nació
el 2 de enero de 1702 o 1703; el 14 de septiembre de 1723,
seguramente poco después de regresar de su viaje formativo
europeo, se casó con Mary, única hija de sir Robert Walpole,
primer Lord del Tesoro, Primer Ministro británico y primer
conde de Orford, y hermana menor del también célebre como
literato Horace. Falleció el 10 de junio de 1770 y fue enterrado
en Malpas, sucediéndole en el título su nieto mayor, por la
prematura muerte de su hijo. La familia de este tercer conde fue
pintada por el fascinante jano William Hogarth en 1732
(http://hogarth.chez.tiscali.fr/gallery/cholmondeley_family.htm),
aunque el año anterior la condesa, muy joven aún, había muerto
de consunción en Francia, perdiéndose su cuerpo en un naufragio
cuando se la trasladaba a Inglaterra. Una breve genealogía de
estos venerables pares de Inglaterra, con fotografías actuales
del hermoso castillo (rehecho en 1801), puede verse en
http://home.clara.net/craigthornber/cheshire/htmlfiles/cholmond.
html, e igualmente la bella iglesia de Malpas donde, además de en
Westminster, acostumbraron a enterrarse los miembros de esta
familia, en: http://home.clara.net/craigthornber/cheshire/
htmlfiles/malpas.html. Durante el largo reinado de Isabel II
Windsor los marqueses de Cholmondeley han desempeñado la
posición hereditaria alternante de Lord Gran Chambelán (sexto
entre los Grandes Oficios, tras el Lord del Sello privado).
Actualmente, desde 1990 y hasta el próximo cambio de reinado,
ejerce este oficio David George Philip Cholmondeley, séptimo
marqués del título.
Sed neque Medorum sylvae, ditissima terra, / nec pulcher Ganges atque
auro turbidus Hermus,/ laudibus Italiae certent (Georg. II, vv. 136-138).
Remarks... and History, collected upon the Spot in several Tours since the
year 1723 and illustrated by upwards of forty copper plates... among which
are the Ruins of several Temples, Theatres, Amphitheatres, Triumphal
Arches and other unpublished Monuments of the Greek and Roman Times,
in Sicily and the South of France... by J. Breval, Esq., author of the former
Remarks. En esta entrega sólo una parte de los grabados se deben a
E. Kirkall, la mayoría son de P. Fourdrinier. En el año 2000 la
Bibliothèque Nationale de France ha realizado una edición
electrónica de este segundo tomo.
Sobre el género del viaje de la Península Ibérica han de verse con
carácter general las antologías de los grandes hispanistas Foulché-Delbosc (1896-1991) y Farinelli (1942-1979). En cuanto al
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también gran autoridad en el tema, J. García Mercadal, la Junta de
Castilla y León ha publicado hace poco, con la digna presentación
que se merecía, su vasta recopilación con textos sobre viajes
extranjeros (1999), que compendia las ediciones parciales
anteriores de 1952, 1959 y 1962, abreviadas más tarde en la
edición de Madrid (1972), que es seguramente la más manejada.
En relación con los viajeros ingleses en concreto, y aunque arranca
de poco después de la fecha de Breval (por ello le menciona sólo de
pasada), no debe dejarse de leer la fascinante selección comentada e
ilustrada por Ian Robertson (1976), así como los libros de A.C.
Guerrero (1990) (con cinco menciones de Breval, aunque cortas) y
C. Freixa (1993). Me permitiré recordar aquí como ilustres
ejemplos concretos de tales viajes peninsulares las obras de Howell
(1642), Clarke (1763), Twiss (1775), Marshall (1772-1776),
Swinburne (1779), Dillon (1780), Jardine (1788), Townsend (1791)
y Semple (1807). Como se observará, excepto el primero todos son
posteriores a 1760, por lo que el de John D. Breval resulta ser un
auténtico pionero en este peculiar género literario.
No obstante hay alguna obra interesante, como la de Juan Álvarez
de Colmenar (1707 y 1715), publicada en francés en Holanda.
Es algo anterior a la de Breval y, aunque se reduce a la Península
Ibérica, comparte con las Remarks el estilo viajero y la profusión de
láminas (153 y 11 cartas geográficas entre sus seis tomos), si bien
sólo en parte la preocupación anticuaria. Se trata de otra obra que
a mi juicio merecería una edición facsimilar anotada.
Véase lo dicho en la nota que sigue, y más adelante en la 55.
Dentro de la moda historiográfica presente en España en los
últimos años se ha comenzado a reeditar, o bien a recopilar y
seleccionar, obras, textos e imágenes de los viajeros europeos a
España, especialmente de los siglos XVIII y XIX y sobre todo de
ingleses. Pueden citarse en este sentido las obras de selección
editadas por Alberich (1976), Maestre (1990) o Marín Calvarro
(2002). De muy amena lectura y curioso punto de vista es otra
reciente monografía del primero de estos autores (Alberich, 2001),
con diversos ensayos sobre la imagen de España en la Inglaterra del
XIX a través de viajeros, hispanistas, militares y hasta espías. Hay
estudios restringidos a otras zonas menores pero que gozaron de
mayor favor de los viajeros, como las interiores y costeras de las
provincias de Málaga y de Granada. En el caso de Portugal,
paralelamente están contribuyendo mucho a la difusión de este
género literario la ya duradera labor de Castelo Branco Chaves en la
edición científica de diversos textos y cartas de viajeros a Portugal
en los siglos XVII-XIX, la colección de la Biblioteca Nacional de
Lisboa «Portugal e os Estrangeiros», y la editorial lisboeta Livros
Horizonte con su iniciada serie «Memórias de Portugal» (cf. infra la
n. 55).
F. Watt, «Breval, John Durant», en esta gran obra fundada en 1882
por G. Smith, vol. VI (1886, p. 289-90); en su séptima reimpresión
(1973) vol. II, p. 1197-1198. Cuando terminaba ya este trabajo, en
diciembre de 2003, supe que la misma editorial de Oxford estaba
preparando la publicación de una versión completamente renovada
de esta enciclopedia biográfica, tanto impresa como online, para
aparecer ambas en septiembre de 2004. El comité editorial del
nuevo DNB tuvo la amabilidad de ponerme en contacto con el
experto encargado de la nueva biografía de John Breval, la
Dra. Valerie Rumbold, de la Universidad de Birmingham,
especialista en literatura inglesa del siglo XVIII y editora de
Alexander Pope (1999). Ambas hemos tenido ocasión de
intercambiar informaciones nuevas sobre la biografía y obra de
John Breval, con liberalidad que por mi parte le agradezco. Varias
de sus aportaciones han sido aquí ya incorporadas y se señalarán
oportunamente. Me ha sido imposible desplazarme ahora a
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Inglaterra a tiempo de verificar algunas de las pistas para nuevas
investigaciones que localicé desde Madrid, pero confío en que ella
pueda completarlas.
La principales referencias de su vida y obra están recogidas en
Lobies et al. (1981), pars C, vol. 2, p. 1350, y aún así se reducen a
sólo diez, siguiendo todas ellas en lo biográfico los datos ya citados
del DNB. Destaco quizá Michaud (1854, t. 5, p. 501), la Fortsetzung
de Chr. G. Jöcher (1750, en la reed. de 1960, vol. 2, col. 2248) o el
diccionario literario de Allibone (1858-1891, en la reed. de 1966:
vol. 1, p. 242).
1907-1921. En ella apenas hay citado, en el vol. 9, uno de sus
títulos, insertado en la bibliografía del cap. «From Steele and
Addison to Pope and Swift. V.- Arbuthnot and Lesser Prose Writers.
Bibliography».
Art. «Breval (John Durant de)», por H. France, en Berthelot et al.
[s.a.], t. VII, p. 1174. Hay también un extracto de la anterior en la
Enciclopedia Universal Espasa, bajo «Durant de Breval, J.», t. XVIII [s.a.].
Rumbold, 2004, e.p.
«Breval» se halla en la tabla II del volumen III de la obra de Agnew
(1874).
Este libro, así como el citado en la nota anterior, me ha sido de
imposible consulta en España.
Sorprende el que ninguna de las obras que posteriormente han
usado este texto del DNB (excepto ahora V. Rumbold, 2004, e.p.)
hayan llamado la atención sobre esta incongruencia, aunque quizá
la referencia se haga de otros miembros distintos de la familia,
porque sí es claro que localicé a algunos Breval entre las listas de
hugonotes, y de ahí pudiera venir la confusión.
Bréval fue señorío desde el siglo XI, en torno a su castillo feudal.
En 1623 es elevado a marquesado por Luis XIII a favor de su
consejero Achille de Harlay (hombre cultivado en lo clásico, que en
1644 publicó las obras de Tácito traducidas al francés). El
marquesado de Bréval duró hasta 1790, cuando el título estaba
unido al apellido Montmorency y al principado de Tingry, cf. por
ejemplo Villeneuve (1923-1925), n.º 4: p. 78-82; n.os 6-7: p.115-121;
n.os 9-10: p. 171-177; n.os 11-12: p. 190-197. Como en el caso de la
documentación inglesa, posiblemente podrían hallarse en sus
archivos noticias de interés para fijar este punto del origen; de su
época he encontrado de momento un Claude François Duranti, écuyer,
sieur de Blancaffort, pero hoy en día no sólo el apellido Breval, sino
incluso el de Durand, son frecuentes en Les Yvelines.
Rumbold, 2004, e.p.
Minet (1922), vol. XXVI de la Huguenot Society of London. Como
es conocido, las iglesias protestantes de todo el mundo han
realizado en los últimos años un esfuerzo archivístico y
genealógico considerable, creando los Family History Centers, de
los cuales se pueden encontrar muchas noticias en la red, a las que
se puede llegar localizando un apellido, ad ex.
http://www.pollitt.info/walloonpage.html,
http://www.island.net/~andreav/quarto.htm, o
http://www.familysearch.org/Eng/Library/FHC/frameset_fhc.asp.
En ésta concretamente, indexados por volúmenes, se encuentran
noticias sobre la Iglesia «de la Savoie», en los vol. 22 (Livre des
Conversions et des Reconnoissances faites a l’Église française de la Savoye,
London, 1684-1702, # 928002), 26 (Registers of the French Churches of
the Savoy, Spring Gardens and Les Grecs, London, # 928501) y 51
(Records of the Huguenot Library: The Royal Bounty and connected Funds,
The Burn Donation, The Savoy Church).
Londres: Imprimé par T. N. pour Will. Nott..., 1670, par Monsieur de
Bréval (conservando aún su primitivo acento francés). Está
recogido en The Johannine Bibliography WebPages, compiladas por el
Prof. F. Just, S. J., de la Loyola Marymount University (microforma
de 1975) (cf. http://clawww.lmu.edu/faculty/fjust/John/BibliogEpistles.html) y en el poderoso repertorio informático de la
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Universidad de Ohio (http://olc1.ohiolink.edu); el sermón se
publicó también en inglés.
Rumbold, 2004, e.p., a partir de Nichols, 1812-1814, vol. I, p. 254.
Gracias al ejemplar celo archivístico de la ciudad de Rochester
(condado de Medway) y a su proyecto CityArk es posible consultar
en red el índice de muchos documentos que se refieren a él por un
espacio largo de tiempo, entre 1671, cuando se nombra al canónigo
francés, y 1700, cuando llevaba ya varios años ascendido a
procurador y tesorero de la catedral, cf. http://cityark.medway.gov.
uk/cgi-bin/interface.cgi?Mode=Search&SearchWords=Breval
(también bajo «Brevall»), ref. Path: /Ecclesiastical Regular and
Capitular Foundations/ DRc Dean and Chapter of Rochester
Cathedral 1541-1994/ BB01 Administrative Records 1541-1968/
14 DRc Aop Appointments Institutions and Installations of
Prebendaries 1554-1884/DRc Aop 16.html: Appointments,
Institutions and Installations of Prebendaries, stall V: «Institution of
Francis Durant de Brevall to the canonry vacant by the death of Christopher
Shute. By the Act 12 Anne, Stat. 2, c.6, this canonry was annexed to the
Provostship of Oriel College, Oxford, Oxfordshire. Date: 26 April 1671».
V. Rumbold me confirma amablemente que este esquema le encaja
bien en el dato por ella conocido de las estrechas vinculaciones que
en esta época existían entre ambas catedrales, Westminster y
Rochester, de forma que, por ejemplo, los obispos de Rochester
eran ex officio deanes de Westminster.
Ibid., ref.
DRc_Dean_and_Chapter_of_Rochester_Cathedral_1541_1994/
DRc_Aop_16. Algunos de tales documentos a mi juicio indican que
se trata de él sin ninguna duda, puesto que contienen «declarations
by the Dean and Archdeacon that they thought the Chapter should be
represented by an Englishman and not a forrinar [i.e. foreigner]…»,
y en otra ocasión aparece recomendando auxilio económico a dos
protestantes franceses («1 s(terling p.) paid to two French Protestants
who had a testimonial from Dr. Brevall and several other testimonials,
18 October 1678». Otros también traducen algo de su carácter
polémico e independiente, que heredaría el hijo, por ejemplo
cuando es suspendido temporalmente: «Suspension of Francis Durant
de Breval for speaking petulantly to the Dean, not giving adequate warning of
his absence, and refusing to accept his bond resealed, signed and delivered by
the bishop», o cuando el Deán pasa quejas al obispo «on Dr. Breval’s ill
dealing and the differences between him and the prebendaries».
Cf. http://maple.cc.kcl.ac.uk:8080/cce/rochester/persons/Display
PersonList.jsp?init=D, http://maple.cc.kcl.ac.uk:8080/cce/
rochester/locations/SetupLocationFrames.jsp?locUnitKey=265 y
http://maple.cc.kcl.ac.uk:8080/cce/rochester/persons/CreatePerson
Frames.jsp?PersonID=863.
A Lord Carmarthen en 1689 (sign. Eg. 3337, fol. 70), a Lord
Hutton entre 1693 y 1698 (sign. Add. 29565-7, fol. passim) y a
J. Ellis en 1703 (sign. 28890, fol. 257). En las entradas
correspondientes de la British Library (http://molcat.bl.uk/
msscat/) se identifica al autor como «Durand de Bréval (Francis),
Prebendary of Westminster». Aunque no me ha sido posible aún su
lectura personal, agradezco a mi hija Olga Luzón Canto, del
University College of London, su amabilidad al consultar por mí
varias de estas cartas. Son de temas irrelevantes (en su mayor parte
recomendaciones) pero lo que más interesa de ellas es que están
fechadas siempre desde Westminster.
Es evidente que estas pequeñas averiguaciones, hechas desde
Madrid, darían mucho mejor fruto si pudieran ser continuadas en
Londres y Rochester. Es muy probable, por ejemplo, que en los bien
cuidados archivos catedralicios de Westminster Abbey o Rochester
pudieran encontrarse diversos registros relativos a la familia Breval.
Rumbold, 2004, e.p.
State of Trinity College, al año 1710, p. 29 ss., según el DNB (no lo he
podido consultar directamente).
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Según Bentley (ibid.) «his father was just dead in poor circumstances, and
all his familiy were beggars» (arruinados).
V. Rumbold (2004, e.p.) recuerda a este respecto el testimonio de su
coetáneo E. Miller, aclarando que Breval «was known to be a sort of
Romantick Platonick Lover», así como una frase pronunciada por la
propia víctima de la venganza del poderoso magister, esto es, Breval:
«…Except Dr. Bentley had actually cut my Throat, he cou’d not have us’d
me in a more barbarous manner».
Véase sobre ello la CHL, vol. IX (From Steele and Addison to Pope
and Swift), cap. XIII: Scholars and Antiquaries, § 6: Bentley Master
of Trinity. The Troubles of his Mastership. También en el website
http://www.trin.cam.ac.uk/index.php?pageid=194&picid=6
(«Richard Bentley was the Master of Trinity College between 1700
and his death in 1742. During that time he fleeced the Fellows,
promoted his favourites, engaged in constant quarrels with his
colleagues in Cambridge and throughout the contemporary
republic of letters, “borrowed” ancient manuscripts that he never
returned, built a splendid staircase in the Master’s Lodge and
edited the New Testament -excising as an interpolation the only
text (I John 5:7) that gives explicit support to the doctrine of the
Trinity». En el mismo sentido en otra página web oficial de la
Universidad de Cambridge: http://rabbit.trin.cam.ac.uk/Msscolls/
Bentley.html.
John Churchill (1650-1722), primer duque de Marlborough, uno
de los más famosos, cualificados y populares generales de la
Historia, estuvo al mando del ejército anglo-holandés en los Países
Bajos durante la Guerra de Sucesión española (1701-1714), guerra
que Inglaterra abandona en 1711. Desde 1705 Marlborough había
abrazado la causa de los whigs o progresistas, en la que Breval ya se
había distinguido desde los tiempos del Trinity College, lo que
pudo aumentar sus simpatías hacia él. En 1711 el famoso duque
cayó junto con su esposa Sarah en el favor de la reina Ana,
volviendo al poder en 1714, en la nueva etapa del gobierno liberal
tras el ascenso del sucesor, Jorge I. Entre las distintas biografías de
Marlborough marcó un hito, por estar basada en muchos
documentos familiares, la de W. Coxe en tres volúmenes (1818-1819), que aquí he seguido (en el ejemplar de la BNE que fue
propiedad de P. de Gayangos).
Nichols (1812-1815), ibid.
En la duración y modo de su vida militar V. Rumbold y yo
mantenemos una pequeña discrepancia; ella piensa que «...in 1713
Breval enlisted as Lieutenant in Pearce’s (5th) Regiment of Foot...»
y en que una referencia de S. Gale que recuerda Nichols (1812-1815, vol. I, p. 255) «is the only authority for the tradition that
Marlborough promoted him [i.e., Breval al grado de Capitán] and
employed him in divers negotiations with several German Princes
[…] Breval seems to have left the army shortly after his commission
was renewed in 1715». Según esto, su estancia en el ejército habría
durado sólo dos años. Sin embargo, considero más probable que
Breval se viera obligado a buscar con urgencia, en el mismo año
1708, un nuevo medio de subsistencia, y además alguno que a la
vez le diera la ocasión de alejarse de Inglaterra después del revuelo
montado con su expediente y expulsión de Cambridge. Para tal
tipo de propósitos el alistamiento en un ejército en guerra era ideal.
Aunque es cierto que no hay otra prueba de sus «misiones en las
cortes aliadas» podríamos considerar que el reino portugués era en
efecto aliado de Inglaterra en esta guerra, y que las propias Remarks
prueban que entre 1708 y 1715 Breval estuvo en la Península
Ibérica al menos tres veces. La muy pronta edición de su poema
Calpe or Gibratar, de tema hispano y ya en 1708 (ut infra) sería a mi
juicio otro buen indicio de que, nada más enrolarse, el primer o
uno de los primeros, destinos como militar de Breval fue la
Península y, más concretamente, Portugal, por donde se movían
entonces habitualmente las tropas inglesas, a las que Breval
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acompaña en diversas ocasiones y por varios meses cada vez. Según
su propio testimonio, pues, su vida militar duraría casi ocho años.
Compartimos en cambio la autora inglesa y quien suscribe la fecha
de su abandono de la carrera de las armas (cf. la nota siguiente).
Parece factible su regreso a Inglaterra ya a fines de 1714, después
del fallecimiento de la reina Ana el 1 de agosto, porque en ese
momento es proclamado rey Jorge I de Hannover, que había sido el
caballo ganador del duque de Marlborough para la sucesión, y es el
periodo en el que el propio general puede regresar a Inglaterra,
recuperando bajo el nuevo gobierno whig todo su anterior
esplendor y propiedades (Coxe, 1818-1819, t. III, p. 581 ss.) y, tras
él, sus partidarios. Breval mismo afirmará (ut infra) que «en 1715
pasa por tercera vez a España». Pudo ser después de este tercer viaje
cuando dejara definitivamente el ejército.
En opinión de V. Rumbold (2004, e.p.), experta en la literatura
inglesa de esta época, «Breval’s verse in these years is a technically
competent but conceptually unambitious commercial product,
adept in capitalising on simple discursive structures, social and
political stereotypes, smutty suggestiveness, and easy targets for
topical satire…».
J. Butt, uno de los editores de los poemas de A. Pope, sostiene
(1963: p. 380 y nota 120) que esta obra, The Confederates, así como
varias otras composiciones publicadas entre 1718 y 1719, fueron
atribuídas por el editor Curll a este imaginario autor, Joseph Gay,
por primera vez en 1716 para encubrir algunos panfletos. Vid. la
nota siguiente.
En cambio, el DNB le atribuye, como se ha hecho durante mucho
tiempo, el poema en dos libros The Petticoat, de 1716 (también el
Laing’s Dictionary of Anonymous & Pseudonymous English Literature).
Hoy en día, sin embargo, a raíz de un detenido estudio sobre el
editor E. Curll (Straus, 1927) se considera que no es suyo sino del
poeta Francis Chute, que escribía también para este editor
londinense y en ocasiones utilizó el mismo pseudónimo de Joseph
Gay (se conservan recibos de Chute a Curll de 1716).
V. Rumbold (2004, e.p.) ha reparado también en este detalle,
acertadamente: «…Breval’s various attacks on Pope are not simply
venal, but have a strong political charge: Pope’s catholic and Tory
associations were anathema to Breval’s brand of Whig
protestantism...».
Davis (19853, p. 503): se trata de los versos 126 y 238 del libro II.
En su n. 238, Davis comenta: «J. Durant Breval: Author of a very
extraordinary Book of Travels, and some Poems», remitiendo a la
n. 126, ésta en sentido parecido al de J. Butt: «... all phantoms»,
refiriéndose a J. Gay como un invento del editor. Sin embargo,
puede consultarse en la British Library, dentro de la colección de
msc Ashley (B136 [ALC, i, p. 65] vol. B I, fols. 31, 31b.) una carta
escrita en marzo de 1913 por George Aitken a T. J. Wise, donde sin
duda alguna se identifica a ‘Joseph Gay’ como el «nom-de-plume»
de John Durant de Breval.
Desde hace unos treinta años se viene poniendo en valor en Europa
el mundo del turismo cultural europeo de alto nivel, sobre todo
británico, en el siglo XVIII. Entre 1970 y 2003 se publicaron
numerosos libros sobre el Grand Tour, especialmente ingleses.
Véanse, por citar uno de cada década, los de Ritchie (1972), Hibbert
(1987) o Hudson (1993). En España sólo muy recientemente se ha
tratado in extenso del asunto (VV.AA., 2002a). C. Freixa (1993, p. 22-26) hace una interesante introducción explicando las razones de
toda índole por las que España estuvo excluída del circuito
habitual del viaje culto europeo hasta 1760. Sin duda la opinión de
personajes ilustres como J. Voltaire pesó para ello, en el sentido de
que España era un país del que se sabía poco, pero que tampoco
valía la pena tomarse la molestia de conocerlo mejor (ibid., p. 22),
pero también la de nobles como lord Chesterfield, en 1752:
«...España es seguramente el único país de Europa que ha caído más y más
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en la barbarie, en la misma proporción en la que otros países se han ido
civilizando... Si desde Madrid vas hacia el Sur, y visitas Sevilla, y de ahí a
Granada. Valencia y Barcelona, habrás visto las mejores partes,
particularmente las que están dignificadas por restos romanos, góticos y
árabes» (ibid., p. 23). No fue hasta la introducción de los conceptos
románticos de valoración del «paisaje», lo «pintoresco», lo
«natural», la «aventura», y la admiración del arte en general (no
solamente el clásico), ya bien entrada la segunda mitad del siglo
XVIII, cuando la Península comenzó a ser frecuentada (ibid., p. 25-26). Casi en el mismo sentido, para Portugal, vid. C. B. Chaves:
«A ‘lenda negra’ de um Portugal decaído, degenerado e
imbecilizado de que, mais tarde, seriam os ingleses os principais
inventores [...] A partir, porém, da segunda metade do século de
setecentos, os livros de viagens em Portugal passaram a constituir
uma espécie de departamento da literatura itinerante europeia,
cultivada por homens de grandíssimo mérito» (1983, p. 9-10).
En The Dunciade, canto IV, v. 327, Pope se refiere a aquél que era
«followed by a nun», y Horace Walpole interpretó que se refería a
Breval. F. Watt en el referido DNB explaya este episodio, en el cual
una monja confinada contra su voluntad en un convento de Milán
se enamoró perdidamente de él y se escapó en su busca. Según el
citado Walpole (cuarto y último conde de Orford y nieto de la esposa
de George J. Cholmondeley) la dama acudió a Roma, donde expuso
su caso y recibió la dispensa de su estado, tras lo cual pudo casarse
con Breval. Watt lo pone en duda porque tal esposa no es citada para
nada en las Remarks. Cf. también V. Rumbold (1999, p. 317). Pero el
episodio es cierto, fue muy famoso en su época y tuvo ecos literarios
en G. Rovani (1869). Se trataba de la joven Paola Teresa Pietra (suor
Teresa). Una vez viuda volvió a Milán con su hijo Gugliemo, contrajo
nuevo matrimonio con G. Hart y murió en Nápoles en 1780. Vid. con
detalle en Vismara, 1991, p. 39-40, 61, 63, 86 ss.
Sabemos por casualidad que al menos la edición de 1726 fue
ajustada con el editor Bernard Lintot a medias: «The publication
of some books was undertaken on the half shares principle: in the
case of Breval’s Remarks on several parts of Europe (1726), author and
bookseller [i.e., Lintot] each took one guinea, the latter being at the
expense of producing the book and the copyright remaining his
property» (CHL, vol. XI: The Period of the French Revolution, p. 27).
En efecto, en la segunda entrega de las Remarks (1738, t. 2, p. 262),
dentro del relato sobre la ciudad de París, aclara que recogió la
información «in ten several tours thither».
Rumbold, 2004, e.p.: «The Prince of Wales heads a subscription
list in which the nobility is well represented; and although Walpole
is the only patron to take two copies, the range of political and
cultural figures (including several from Pope’s circle) shows that
support for the project was by no means confined to a particular
political or literary faction». (Robert Walpole, recordemos, era el
suegro del vizconde Malpas a quien se dedicaba el volumen
primero, y posiblemente ésta la causa de que adquiriera dos
ejemplares).
El interés de nuestro autor por historiar la casa de Nassau se deriva
sin duda de su antigua y conservada relación con los Cholmondeley.
V. Rumbold (2004, e.p.) recuerda que el tercer conde de este título,
de quien Breval había sido preceptor, descendía por parte materna
de esta casa nobiliaria, y que el padre de éste, el segundo conde,
había sido un prominente partidario del príncipe Guillermo de
Orange. Cabe remontarse entonces como posible origen del
vínculo al padre de Breval y a su sermón sobre La Couronne de vie,
pronunciado ante dicho príncipe en 1670 y citado más atrás. Sin
duda en el prólogo de la obra misma Breval padre hace alguna
consideración al respecto, pero por desgracia no he podido
consultar en España ningún ejemplar de este opúsculo.
The London Magazine VII, 1738, p. 49; Nichols, ibid.; Rumbold, 2004
e.p.: «Nichols’ account suggests a considerable recuperation of
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
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reputation over the years: ‘the celebrated traveller’ who died
‘universally beloved’ stands in striking contrast with the scandals
of Breval’s former life». Mis propios descubrimientos acerca de la
honestidad de su trabajo como anticuario y epigrafista, duramente
atacado con posterioridad, como veremos, sugieren la misma
conclusión, aunque es una pena que la reparación en este aspecto
haya tardado en llegarle casi siglo y medio.
BNE, sign. 3/74590 y 74591 (Sala General). En el primero de ellos
se encuentra el viaje de España y Portugal. En la Sala Cervantes se
conserva otro juego incompleto, con signaturas 2/17604 y 17605,
numerados «3» y «4» en el lomo y procedentes de la biblioteca del
Duque de Osuna, que corresponden a las partes I-II del segundo
volumen (el de 1738), aunque encuadernados por separado. Todos
los ejemplares se encuentran en bastante buen estado de
conservación, excepto, precisamente, la portada del volumen I
(3/74590). Según el buscador PORBASE de la Biblioteca Nacional
de Portugal (Lisboa), no parece existir ningún ejemplar de la obra
en bibliotecas del vecino país (aunque, dada su antigüedad, puede
existir y no estar aún digitalizada la información, como ocurre
muchas veces en la propia BNE).
Aclararé al punto que mi amigo Carlos Eduardo da Cruz Luna,
profesor del Instituto «Rainha D.ª Leonor» de Estremoz (en cuyas
Jornadas da Serra de Ossa he participado en tres gratas ocasiones)
y muy activo miembro del «Comité pro Olivença Portuguesa»,
me ha hecho entender con frecuencia y con pasión las muchas
razones que asisten al país hermano, Portugal, en esta antigua
reivindicación territorial frente a España (en la que, a título
personal y objetivo, estoy completamente de acuerdo).
Afortunadamente, en el mundo antiguo por el que solemos
movernos este problema territorial no existe.
Por ejemplo descubrir y probar el amplísimo patrocinio, en este
caso especialmente de Godoy, sobre el más importante voyage
anticuario hispano del siglo XVIII, el considerado siempre tan
francés Voyage Pittoresque de l’Espagne, de Alexandre de Laborde;
autor y obra que, por el contrario, debieron a la corona española
mucho más de lo que, una vez caídos en desgracia el rey y su valido,
el conde de Laborde estuvo dispuesto o en condiciones de reconocer.
Si algún lector estuviera interesado en la arqueología española
durante este interesante periodo podrá consultar mis artículos y
monografías de 1994-1995, 2001a, 2001b, 2001c y 2003c.
Foulché-Delbosc (1896-1991, p. 99). Pero apenas da el título y la
referencia incompleta de su periplo, omitiendo toda su ruta
portuguesa, con lo que da la impresión de no haberlo manejado
realmente.
Farinelli (1942-1979, t. II, p. 244): Le da entrada (errónea) por
«Durant, J. Breval», hacia 1720. La única noticia sobre Breval que
Farinelli ofrece, al margen de la propia obra, es que hacia 1717
había escrito un poema, llamado Calpe or Gibraltar; fecha y asunto
que en efecto coinciden con una de las estancias de Breval en
España, aunque no con las fechas reales del poema.
Freixa (1993, p. 28-29). Equivoca las fechas de los dos volúmenes
de Breval, dando «1723» y «1728» en vez de 1726 y 1738. Esas
mismas fechas son las que, también erróneamente, se dan en el
DNB (aunque no descarto que procedan de la inicial publicación
en fascículos). En los ejemplares conservados en la propia British
Library las fechas de publicación coinciden con los de Madrid
y París.
Robertson (1976, p. 31 y n. 31), aunque data incorrectamente las
Remarks en 1762 (seguramente por un baile de números con 1726).
Cf. supra la n. 8, in fine. De hecho, C. Branco Chaves (1983, p. 9-10),
al reeditar y anotar tres escritos de viajeros extranjeros en Portugal
entre 1720 y 1730, afirma que «poucos foram os forasteiros que no
decorrer da sua estadia ou depois dela houvessem escrito sobre
Portugal... às obras do género, relativas à primeira metade do
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século XVIII, na sua escassez... a presente collectânea, quanto a
mim e portanto dentro dos limites do meu conhecimento,
compreende as obras mais representativas que forasteiros em
Portugal ... escreveram sobre o nosso pais. Podería acrescentar-lhe
outros autores, como Silhouette e o marquês d’Argens...» (en nota
añade al sueco anónimo de la misma época, probablemente el
almirante Carl Tersmeden, en 1734). Pero hay que considerar,
como ya comenté, que en la Biblioteca Nacional de Lisboa u otras
públicas lusas no parece existir ningún ejemplar de las Remarks de
Breval. No he podido consultar la reciente reedición de Chaves
(1998) de la obra de J. Murphy, y por ello no sé si en su prefacio
o notas llega a citar ya a nuestro autor.
CIL II (1869), p. XX-XXI, n.º 65 (E. Hübner): «Breval ... complura
prodit monumenta Lusitaniae et Baeticae, quorum partem diserte ait se
vidisse; verum mentitum eum esse neque quidquam eorum ipsum vidisse,
sed ex libris sumpsisse omnia perspexit Mommsenus qui contulit».
Los subrayados son míos.
Apenas dos de ellas, referidas a Itálica, han sido reproducidas en
un par de ocasiones, y a un tamaño mínimo, cf. más adelante al
tratarse en el texto de Breval sobre esta celebrada ciudad, con su
n. 183. Igualmente pequeña, he encontrado la vista de Algeciras en
una reciente obra general sobre esta ciudad (Aranda y Quiles,
1999), pero sin citar siquiera la obra de la que procede.
En algunos casos, sin embargo, ya había sido puesta en duda por
otros autores la calificación de falsedad de los mismos hecha por
Hübner, ad ex. infra las inscripciones núms. 5, 28 y 29, y las
Conclusiones que desarrollo al final de este trabajo (apdo. 7.2.).
El Lúcio que muchas veces le encontramos antepuesto en las citas se
debe a un error de comprensión del L(icenciatus) que aparece delante
de su nombre en las primeras ediciones de su obra. Aunque el error
quedó aclarado en su testamento, al ordenar su propio titulus
fúnebre (Lecenceatus Andreas Resendius hic situs est), la aclaración no
tuvo la misma repercusión (Souza, 1785, p. 33-35). Sobre el mestre
Andrés de Resende vide CIL II (1869), p. XI, n.º 17 y passim, donde
Emil Hübner destruyó su prestigio y su crédito como epigrafista
para muchas generaciones, que siguen dudando del ilustre
humanista. A pesar de que el propio Hübner reconoció que nunca
llegó a ver las fichas originales de Resende (schedas eius in Portugallia
frustra quaesivi), esto es, que en realidad nunca vio la ficha de un
epígrafe falso redactada por la mano de Resende, el autor
del CIL II dijo de él: quanquam insignem eum fuisse falsarium constat
ex longa titulorum sine dubio ab ipse fictorum serie, para terminar con
que mediocre eius ingenium fuisse testatur (ibid.).
La detallada biografía de Resende hecha por F. Leitão Ferreira
(1916) intentó mejorar tan penosas definiciones de uno de los más
ilustres, europeos y formados humanistas del Renacimiento
occidental, pero no consiguió limpiar su credibilidad como
epigrafista honesto, posiblemente porque el propio Leitão no se
dedicaba profesionalmente a esta disciplina. Pueden verse
referencias del benemérito pero descalificado primer autor
epigráfico de Portugal en muchas obras, sobre todo portuguesas; en
España por ejemplo en la Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa
(t. LI, p. 225-226, s.v. «Rezende, Andrés de»). Pero es sin duda la más
próxima a él mismo la nota biográfica que publicó su amigo y
editor Diogo Mendes de Vasconcellos en 1593, sólo dieciocho años
después de su muerte, al introducir la publicación de sus obras
(Resende 1593, ineunt. [s.f.]: Vita L. Andreae Resendii; Souza, 1785,
p. 11-36; Resende 1996, p. 49-56), y que resumo aún más: Nació
en Évora de familia de cierta posición y posiblemente hacia 1495, ya
que su amigo y editor Vasconcellos afirma que murió en 1575
a la edad de ochenta años. Viajero y cultivado, Resende estudió
desde joven en las universidades de Alcalá de Henares (donde fue
alumno de Antonio de Nebrija), Salamanca (por la que se doctoró),
París y Lovaina, viajando también por Alemania, Francia, Italia y
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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«las Españas», países todos en los que se granjeó eruditas amistades,
siendo él mismo objeto de gran consideración dentro del círculo
culto del emperador Carlos V, por su sabiduría y modestia.
Al regresar a Portugal en 1533 le fue encomendada en Lisboa,
donde enseñaba, la misión de ser preceptor del infante don Duarte,
hijo de Manuel I; más tarde (1537) alcanzó cátedra en la
Universidad de Coimbra, la segunda más prestigiosa de Portugal
en aquel momento. Destituido después por el rey Juan III y sobre
todo por su hermano el cardenal infante Alfonso, al parecer por sus
ideas, consideradas «heréticas» (Resende se movía peligrosamente
en la esfera erasmista y europeísta: Fernandes, 1988, p. 596 ss.;
Ramalho, 1994, p. 114 ss.: laus de Erasmus en 1530, Carmen de
Erasmo en honor de Resende, en 1531, etc.), por lealtad al monarca
se retiró, casi exilió, a Évora (semotum... ad rudem... in hoc patriae
angulo: ipse, 1570), que tenía desde 1559 la segunda universidad en
importancia tras la de Coimbra (todavía lo era en época de Breval:
su p. 31). En su ciudad natal se dedicó a la enseñanza de las
Humanidades, y fue allí donde Resende generó la mayor parte de
muchos estudios y schedae que tras su muerte quedaron sin ordenar,
ya que el insigne erudito los había comenzado a organizar sólo
cuatro años antes de morir, a instancias del propio Vasconcellos
(según éste mismo cuenta) y ansiando particularmente dar base
histórica cierta a la personalidad portuguesa. Y fue el cardenal
regente, D. Enrique (del que Resende había llegado a ser familiaris)
quien, en nombre de Felipe II de España y I de Portugal (qué ironía),
encargó al propio Vasconcellos que recogiera y ordenara las obras
con vistas a su publicación, dándole con ello duradera fama.
Tras este breve resumen, no parece desde luego que Andrés de
Resende sea el prototipo de un «insigne falsario», sino el de un
hombre que tenía una trayectoria vital y un prestigio a los que hacer
honor. Tampoco la «mediocre inteligencia» que Hübner le adjudicó
explica la distinguida posición del portugués tanto en la corte de
Carlos V como en la portuguesa, o el reconocimiento del hombre en
cuyo honor compuso un elogium y un poema el mismísimo Erasmo
de Rotterdam (ut supra).
Los cuatro libros sobre las Antiguidades da Lusitânia de Resende
fueron en efecto terminados y publicados conjuntamente casi veinte
años después de su muerte por su citado amigo y compilador
y fueron usados — y citados — por Breval. El ejemplar original que
he consultado (Resende, 1593) es de la edición de Roma, que fue
propiedad de Pascual de Gayangos (BNE, sign. 2/63462, aunque
la BNE conserva también las de Évora y Colonia de 1613, tras el
antetítulo Deliciae Lusitano Hispanicae), la traducción portuguesa de
la edición colectánea de Souza Farinha (1785) y además la reciente
edición facsímil de la de Évora 1593, patrocinada por la Fundación
Gulbenkian, con introducción, traducción portuguesa y detalladas
notas de R.M. Rosado Fernandes (Resende, 1996, sin añadir el libro
sobre Évora). Como epigrafista, la figura de Resende ha sido tratada
especialmente por el buen amigo J. d’Encarnação (1991, 1992, 1998,
2002) aunque, como ya anuncian sus títulos, desde un punto de
vista muy poco favorable a su antecesor en la cátedra. Agradezco al
colega conimbricense su proverbial gentileza al facilitarme el texto
de su trabajo de 2002, y a S. Rodrigues el que publicó R. M. Rosado
Fernandes en las mismas Actas (VV.AA., 2002c), que tratan ambos
sobre Resende, ya que éstas no están aún asequibles en España.
Sobre Resende tengo en elaboración unas páginas vindicativas, en
buena parte a raíz de lo descubierto a través del presente estudio del
relato de John Breval.
Una de ellas la he utilizado recientemente a propósito de la
posible identificación con un sector porticado del hoy llamado
«templo de Diana», en las afueras de Nîmes, de la basilica, opus
mirabile que Adriano construyó en Nemausus en honor de su
madre adoptiva Pompeya Plotina según SHA, Hadr. 12, 2
(Canto, 2003a, n. 31).
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
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Se verá cómo en varios epígrafes la lectura de John Breval es más
completa o diferente que las conocidas por otros autores o el CIL
II. Sus lecturas de otras inscripciones, calificadas como falsas por el
CIL sobre todo por haber sido transmitidas por Andrés de Resende,
hablan más bien a favor de su autenticidad. Sobre Resende, vid.
supra en la n. 60, e infra.
Canto (1994) y Álvarez Martí-Aguilar (1996).
Hay que advertir, como ya lo hizo Hübner, que la paginación al
final de esta parte o libro II tiene un problema serio. Así, se verá
que este capítulo, que se titula «Portugal and some Parts of Andalusia»,
va de las páginas 312 a 337, pero a continuación el capítulo
dedicado a «Sevil(la)» vuelve a empezar en la pág. 312, hasta acabar
otra vez en la 327. Quizá este error tipográfico se deba a la forma
en la que se solían publicar primero estos relatos de viajes en
Inglaterra, en forma de fascículos (hay largas listas de suscriptores
al comienzo de ambos volúmenes, cf. supra n. 45).
Obviamente aquí debería de haber un error, puesto que la
Sasorga que indica Breval parece corresponder a la Sisarga
Grande, que no se halla ante el actual cabo de Finisterre,
en la costa occidental gallega, sino ante el cabo de San Adrián
o Malpica, en la costa norte y cerca de La Coruña. ¿Es un error
del viajero, o cabría pensar que San Adrián era llamado también
Finisterre en el siglo XVIII? Porque la referencia a «los peregrinos
que desembarcaban aquí para ir a Compostela» parece apuntar
desde luego al puerto La Coruña, punto habitual de llegada de
este tráfico marítimo.
Como puede observarse, Breval trastoca a los autores de cada
expedición, ya que fue Hannón quien navegó hacia África.
Interesa recordar que no muchos años después de esta
indicación se publicó una obra, pionera en España, sobre este
famoso periplo africano, debida al entonces joven y prometedor
historiador P. Rodríguez Campomanes, futuro conde de
Campomanes e ilustre político en los reinados de Carlos III y
Carlos IV de Borbón (Campomanes, 1756; Canto, 2003c).
Remito de aquí en adelante como guía general para el patrimonio
arqueológico luso a la clásica monografía de J. de Alarcão (1988)
y como aproximación más breve — pero completa y bien ilustrada
— a la no hace mucho editada por T. Schattner (VV.AA. 1998).
Para los monumentos y yacimientos arqueológicos de Portugal de
todas las épocas que han sido o están siendo objeto de protección
oficial es muy útil consultar en red el sitio oficial, recientemente
creado (aún en progresión) del Instituto Português do Património
Arquitectónico, que contiene datos esenciales, imágenes y
bibliografía básica, con cómodos criterios de búsquedas:
http://www.ippar.pt/pls/dippar/ippar_home, si bien ambos, guía
y recursos, por razones obvias, no dedican apenas espacio a las
referencias ilustradas o modernas sobre monumentos hoy
desaparecidos. Para la época romana en general véase la antología
hispana, exquisitamente ilustrada, del Instituto Arqueológico
Alemán de Madrid (VV.AA., 1993a).
Dice «Nostra [sic] Senhora de Pennas», en la época literalmente
«plumas» (actualmente se escribe con una sola n), en vez de
«Penas» (por «Dolores»). Muchas veces, como aquí, el autor
mezcla palabras o grafías de varias lenguas. Sobre esta bellísima
zona de Sintra y su costa existe una descripción del siglo XIX,
recientemente reeditada, debida al vizconde de Juromenha
(Juromenha, 1838); la hoy vila de Colares, en la foz del río del
mismo nombre, con sus freguesías, conventos y capillas: ibid.,
p. 149 ss., para las ermitas da Senhora de Milides y de Nossa
Senhora da Peninha, ibid., p. 157 y 170. También es recomendable
la visita a Sintra (sobre todo a los restos de la enorme e
inagotable fuente romana con su legendario «tesoro escondido»)
del naturalista francés Ch.-F. de Merveilleux (1738, apud Chaves,
1983, p. 156 ss.).
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Noticia corroborada para más de siglo y medio antes de Breval por
Juromenha (1838, p. 172): «...pelos annos de 1579, acudiram a venera-la
muitos povos como Collares, Cintra, Cascaes, e de todos aquelles logares
circumvizinhos até o Milharado...», refiriéndose también al «sumptuoso
templo.. de qual existiam as ruinas inda en tempos de André de Resende que
as vio...», dando esta inscripción (por cierto que con distinta lectura
del nombre del legado, v. infra en la inscripción n.º 1, n. 73) y otras
muchas de la misma zona.
Me ha parecido ilustrativo insertar aquí, al final de las láminas
propias de Breval, el texto y el dibujo del famoso santuario
oceánico hechos por el gran pintor y teórico renacentista
portugués Francisco de Holanda (c. 1517-1518/1584), quien vio
y describió los restos a su regreso de Roma poco después de 1541,
probablemente por la misma época que su maestro en
antigüedades, Andrés de Resende (según J. Cardim Ribeiro hacia
1543: 2002a, p. 236). Los he tomado de la espléndida edición del
Códice de la Biblioteca de Ajuda publicada por J. Segurado (1970,
p. 114-115 y 218-219). Holanda debió de verlo muchas veces más,
pues fue entre Sintra y Lisboa donde según Stirling-Maxwell (1848,
p. 1342) este insigne humanista vivió, olvidado y despreciado, los
últimos y duros años de su vida. Otras referencias biográficas sobre
él hay en Segurado (1970, espec. p. 479-480) y en obras como las de
Vilela (1982), Alves (1986) o, en el contexto de su época, Deswarte-Rosa (1992). En el dibujo de Holanda aparecen — sobre el mismo
cabo, como dice también Breval — 16 aras romanas dispuestas en
círculo alrededor de un punto de culto central con una imagen
solar que parece hallarse dentro de un clípeo. Este promontorio de
la foz o desembocadura del río Colares, hoy llamado Alto da Vigia,
es sin ninguna duda una de las zonas arqueológica y
espiritualmente más cautivadoras de toda la vieja Iberia. Buen
tratamiento de él como otro finis terrae del Imperio en J. Cardim
Ribeiro (2002a, p. 236, con fuentes y bibliografía). Para los detalles
de los pocos textos que de allí se nos conservan véanse las notas
que siguen.
Cf. también Aditam. (J. M. Garcia) 1991, passim. Distintos
participantes continuamos a la paciente espera de que se
publiquen las Actas del II Coloquio Internacional de Epigrafía,
de lema Divindades Indígenas e Interpretatio Romana, que tuvo lugar
en Sintra del 16 al 18 de marzo de 1995, coordinado por el
Dr. J. Cardim Ribeiro. En él, el citado colega nos presentó una
interesante ponencia sobre «Cultos astrais em época pré-romana
e romana na área de influencia da Serra de Sintra. Um caso
complexo de interpretatio?», donde actualizó y reanalizó los datos
y epígrafes y mostró la mitad superior del fascinante dibujo que
aquí he reproducido entero. Supongo que debe de ser aquel
mismo artículo el que este autor acaba de publicar, con otro
título, en el interesante catálogo por él coordinado (Cardim,
2002a).
Éste es un buen indicio de que no es cierta su falta de honradez:
Se desprende que estuvo y que habló realmente con los monjes
de Colares. Indica que en su época las inscripciones aún existían,
pero que no se podía ya leer nada en ellas. Sospecho por ello,
y por lo que comentaré en las notas siguientes, que las lecturas
que Breval nos da son las que le facilitaron los propios monjes,
que lógicamente las guardarían en su archivo, biblioteca o
tradición, desde tiempo inmemorial. El dibujo de F. de Holanda
y su texto (Figs. 14-15) parecen demostrar (aun en el caso de que
contenga algo de recreación) que en su época se conservaban
muchos más altares in situ: «Hun circulo do redor cheo de cipos e
memorias dos Emperadores de Roma que vierãn aquele Lugar...».
Todavía James Murphy (cf. infra n. 85), que pasó por este célebre
paraje entre 1789-1790, indica (1795, p. 279 ss.) que «a unas seis
millas al SO de Cintra hay vestigios de un edificio que se supone haber sido
un templo consagrado al Sol y a la Luna», copiando a continuación el
325
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
Fig. 14 Sintra (Portugal). A las inscripciones núms. 1 y 2.
Fig. 15 Sintra (Portugal). A las inscripciones n.os 1 y 2.
Texto descriptivo Dos cipos do Sol e Lúa, cap. IX del
manuscrito de Francisco de Holanda (1517-1518/1584),
en el Códice de la Biblioteca de Ajuda. (Tomado de J.
Segurado, Francisco d’Ollanda etc., Lisboa, 1970, p. 114-115
y 218-219, B.N.E. sign. BA-16440, foto B.N.E.). Cf. la lámina
siguiente.
Dibujo reconstruyendo el santuario oceánico romano
del Sol y la Luna en la foz del río Colares. Cap. IX del
manuscrito de Francisco de Holanda (1517/1518-1584),
en el Códice de la Biblioteca de Ajuda. (Tomado de la op.cit.,
foto B.N.E., ibid.).
73
texto de las dos inscripciones según Duarte Nunes do Leão (1610,
fol. 26v), que sigue a Resende excepto en el nomen: Caetius.
[INSCRIPCIÓN N.º 1] = CIL II 258, sin citar a Breval. Resende, 1593,
fol. 39, 1996, p. 99; ILS 3939. Hübner ya no la vio, pero eso
confirma lo que dice Breval: «eran legibles aún hace unos años». Las
únicas fuentes son Resende y Strada (de las schedae de Resende),
que varía su lectura. Añádase la versión del nombre que da el
vizconde de Juromenha (1838, p. 193) diciendo que la tomó de
Resende, pero del que discrepa mucho: 2 COECIVS ACCEDIVS
PERENIS [sic] (variantes que, por cierto, no recogió Hübner).
La lectura del CIL presenta éstas desechadas: 2 CESTIVS 4
LEG·AVG·PR·PR· y 5 PROVINCIAE LVSITANIAE, careciendo su
lectura así de la lín. 6. La que da Breval no coincide plenamente con
ninguna de las fuentes del texto del CIL (p.ej. en lín. 5, PROPR·
PROV, sólo lo da Grútero, que depende de Resende, pero éste en la
2, en las Antiq., da CEST·, que H. desecha), por lo que no parece que
Breval copiara íntegramente de alguno de ellos o de sus seguidores;
y, por lo que sabemos, es más frecuente abreviar PROV, como lo
pone Breval, que escribir por entero PROVINCIAE. Viene recogida
dos veces en el Códice Valentino, la primera de las fichas de
Resende (Gimeno Pascual, 1997, n.os 315 y 574), en el fol. 46
de dicho ms (sign. ms 3610 de la BNE): SOLI ET LVNAE/ CESTVS
ACIDIVS/ PERENNIS/ LEG· AVG· PRO· PR/ PROVINCIA [sic]
LVSITANIAE (con nexo NI). Posteriormente, muchos autores han
apostado por que el primer nombre fuera en realidad el praenomen
Sextus, y han propuesto las más diversas variables para el nomen de
este legado. Lo hacen a pesar de que por la fecha sería posible la
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falta de praenomen, de que ninguna lectura transmite SEXTIVS, de
que éste no se abreviaría SEXT sino SEX, de que sería más raro
desarrollado completo, de que el nomen Cestius existe y de que las
diversas lecturas transmitidas no señalan lagunas. Por ejemplo,
G. Alföldy (1969, p. 143), en la línea de H. Dessau (ILS 3939),
propuso para la lín. 2, con praenomen y nomen o dos nomina,
Sext{i}us [Ti]gidius (?) Perennis (dudosas S y X), que sería un hijo del
praefectus praetorio del mismo nombre, hacia 185 d.C. (por tanto
antes del asesinato de éste y sus hijos). Otros autores han sugerido
las enmiendas [F]alcidius, [F]ulci[n]ius, Fulcidius, Fufidius, Tigidius y
[L. Tul]cidius (véanse las referencias concretas en los trabajos de A.
Balil, 1965, p. 53-54, y en el citado en prensa de J. Cardim Ribeiro,
supra n. 71). La más reciente se debe a J. de Alarcão (1994, p. 60-61),
que sugiere Tigidius (como Alföldy) o, como novedad, Nigidius.
De momento podemos comprobar que ninguna de estas ocho
hipótesis se ajusta a las transcripciones de quienes sí llegaron a ver
la inscripción, que en principio deben ser las más fiables. Ahora
bien, si atendemos a la lectura de Breval, que estuvo allí siglo y
medio después de Resende (y más si se sirvió, no de la versión de
éste, sino de la que le dieron los monjes del lugar), en la lín. 2 decía
CEST·ACIDIVS. Habría así que contar con un legado propretor de
Lusitania de nombre Cestius Acidius Perennis.
[INSCRIPCIÓN N.º 2] = CIL II 259, sin citar a Breval + más add.
p. 693, con la lectura del Anonym. Neapol. Resende, 1593, fol. 39,
1996, p. 99. Basa o cipo con las mismas referencias que la anterior,
aunque ésta se hallaba en la ermita de «Milides» (Melida, CIL), llevada
allí desde el sitio del templo: «Cippus. En Nossa Snra. de Melide juncto
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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de Collares, e foi trazido do templo do Sol onde stava este passado... yo la vi»
(Honorato de Juan en el Cod. Valent., fol. 46 v. = Gimeno Pascual,
1997, n.º 316). Tampoco en esta inscripción Breval coincide con
ninguna de las lecturas publicadas antes de él en los «libros
impresos». Asimismo, las dos lecturas de la única fuente (Resende),
de las que Hübner sigue la primera (en el cod. Valent.), varían entre sí;
pero Breval tampoco las copia exactamente. Las diferencias con el
CIL en este caso son grandes, en líneas y texto, tanto que es mejor
reproducir ésta entera: SOLI AETERNO/ LVNAE 3/ PRO
AETERNITATE IM /PERI ET SALVTE IMP Caes. l. / SEPTIMI
SEVERI AVG PII ET 6/ imp CAES M AVRELI ANTONINI / AVG PII
et p. septimi getae nob. / CAES ET iuLIAE AVG MATRIS CaStr 9/
DRVSVS VALERIVS COELIANVS / ... VSI ... AVGVSTORVM /
CVMV... SVALE... NI... SVAET 12/ Q IVLIVS SATVR Q VAL...ET
ANTO / NIVS... Como puede verse, Breval vuelve a no ceñirse a lo
publicado, pues no sólo la distribución de líneas y texto no
coinciden, sino que, por ejemplo, en algunas líneas (3, 4, 7, 10)
ofrece más letras que Resende/CIL, y en otras, como en 3 y 9, da
menos (en la 9.ª, 10.ª del CIL, aunque H. dice que el cód. Valent. da
....VSI ... AVGVSTORVM, se lee delante de ello [Gimeno Pascual,
1997, fols. 46v y 131v, núms. 316 y 575] VLAN..., y en las Ant. ofrece
VIATIVSI/I/). Lo más importante es que, de seguir estrictamente
esta lectura y la propia de Resende, el gobernador de Lusitania (lín. 9
para Breval, 10 para CIL), legatus duorum Augustorum y principal
dedicante, podría ser Drusus Valerius Caelianus y no Coelianus. No
podría tratarse, pues, del D(ecimus) Iulius Coelianus, ni del D(ecimus)
Iunius Coelianus supuestos por Barbieri y por Alföldy, que se apoyan
en el Anonymus aunque es el más lacunario (add., p. 693). Asimismo,
creo que en la lín. 10.ª de Breval (11.ª del CIL), no se menciona a un
Q. Valerius Antoninus, como suele creerse, sino más posiblemente a la
esposa del legado, con esta restitución: CVM VALE[R(ia)
IV?]NI[ANA? VXOR(i)] SVA ET, ya que, en la lín. 11 de Hübner, su
CVram ag(ente) VALErio QVAdrato desprecia nada menos que seis
letras transmitidas por los antiquiores: MV, NI y ET, y no encaja con
los dos siguientes nombres en nominativo. Tras todo ello entiendo,
pues, que este ara la pusieron, entre 197 y 209 d.C., el legado en
Lusitania de Septimio Severo y Caracalla, en compañía de su esposa
— algo nada extraño, y más cuando consagran también a la Luna y
en favor de la emperatriz — y además de tres funcionarios, quizá los
procuradores ecuestres o comites suyos: Q. Iulius Saturninus y Q(uinti)
Val[erii ——]/ et Antoni(n?)us [posuerunt?] (J. Cardim Ribeiro, en la
línea tradicional de que son todos hombres, sugiere que podían ser
magistrados municipales de Olisipo: 2002a, p. 238, pero no lo creo,
pues normalmente no dedican junto con los provinciales). Sería
entonces parecida a una inscripción hispalense de altos funcionarios
y en una fecha similar (v. HEp. 5, 1995, 729, con alusión a la lectura
tradicional de ésta: quizá en la de Sevilla deba mejor suponerse en
lín. 3 sólo [Iulia Augusta]). Honorato Juan (1507-1566) visitó Lisboa
y vio allí a Resende (v. infra sub n.º 3), y nada tendría de extraño que
fuera éste quien le sirviera de cicerone, anota al margen: «yo la vi»
(Gimeno Pascual, 1997, p. 158, n.º 316 y p. 228 con n. 58).
Nueva prueba que contraría el juicio de Hübner y Mommsen sobre
Resende y sobre Breval. Esta inscripción, que supuestamente
mencionaba a Oriente y Occidente, la India y el Tigris, hubiera
venido como anillo al dedo a los propósitos ultranacionalistas que
siempre se suponen en Resende, y además no tenía que «inventarla»,
pues procedía de otros. Sin embargo, es despreciada por el eborense,
quien da de ella sólo la lín. 3 y dice: «penso que esta profecia é uma
mentira...» (1593, fol. 40; 1996, p. 99). Por su parte Breval, pudiendo
copiar también este epígrafe, pues estaba publicado hacía mucho,
no sólo no lo hace, sino que descarta la leyenda en la que aquél se
basa y que le cuentan los mismos monjes, diciendo que
simplemente era una inscripción que estaba tan estropeada que
éstos ya no la podían leer. Esta «inscripción del oráculo de la sibila»
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
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corresponde a CIL II 30*, y su texto, según el secretario del rey
D. Manuel I de Portugal, era: S. / SIBILLAE VATICINIVM
OCCI/DIIS AETERNIS DECRETVM / VOLVENTVR SAXA:
LITTERIS ET ORDINE RECTIS/ CVM VIDEAS OCCIDENS
ORIENTIS OPES, / GANGES INDVS TIGRIS ERIT MIRABILE
VISV / MERCES COMMVTABIT SVAS VTERQVE SIBI / SOLI
AETERNO / AC. LVNA DICATVM. Rosado Fernandes (apud
Resende 1996, p. 244) la da sin la lín. 1 y con las «mejoras» de
P. Apiano — como en lín. 6 TAGVS (!) o en la última DECRETVM —
y dice erróneamente (ibid., n. 177) que la encontró el editor Valentín
de Morães y la envió a J. Münzer. No la encontró él, como se
desprende de las propias cartas de Morães, dirigidas una a Münzer y
otra casi igual a Conrad Peutinger (ésta apud CIL cit., que no cita en
cambio la de Münzer), sino que, tras describirle la basa, le aclara que
verba superius annotata non mea, sed supremi secretarii regis sunt, qui
D. Regis in presencia ex columna meliori modo qui potuit declaravit,
seguido del comentario de Hübner: ... Amerbachius apud Occonem, qui
fictum ad navigationes Indicas excitaret, recte iudicavit... Fue así dada
como falsa por todos desde Antonio Agustín, incluso por Resende, y
ello aunque fue el secretario supremus del monarca quien aseguró
que sub terra ex insperato compertae fuere, junto con las otras dos (las
tres sujetas por debajo a una estructura inferior, posiblemente la
plataforma circular que describió Francisco de Holanda, como más
arriba comentábamos) el 9 de agosto de 1505, en presencia del rey (y
se supone que de muchos más espectadores), y que «estaba muy
estropeada por el tiempo, el mar y las lluvias», lo que me parece que
confirma a la vez el comentario de J. Breval.
Simplemente no me puedo ni imaginar al rey de Portugal y a un
alto funcionario regio fabricando tal impostura, ni se puede
adivinar qué beneficio político o económico les reportaría. ¿Hay
quien pueda creer seriamente que las navegaciones y el poderoso
comercio de Portugal con el área del Índico dependieran de llegar a
convencer a Morães (que quizá estaba presente durante el hallazgo),
a Conrad Peutinger, o a cualquier otro extranjero, del texto de una
vieja y destrozada inscripción romana? Si atendemos a las fechas, en
1505 eso no era preciso: El paso a las Indias se había encontrado en
1487, ya bajo Juan II; Vasco de Gama había llegado a la India hacía
ya ocho años, el 8 de mayo de 1497, bajo el propio rey Manuel; en
1500 Álvares Cabral alcanzó Brasil, y los hermanos Corte Real
Terranova. Así que ¿para qué necesitaban en 1505 las empresas
transmarinas de Portugal ningún oráculo antiguo? Más disparatada
es la explicación que, sacada de D. Nunes do Leão, le da Juromenha
[1838, p. 201]: que alguien inventó la inscripción para facilitar la
venta de un libro. Por todo lo dicho no creo que se deba desechar
que CIL II 30* fuera auténtica, aunque su texto estuviera muy mal
leído debido a su pésimo estado. No siempre la desconfianza está
justificada, y esta invención en concreto carece de lógica. Además,
otras profecías sibilinas que damos por buenas no son mucho
menos extrañas que ésta, y no olvidemos que, en época romana,
Colares era el extremo opuesto del mundo que en el epígrafe se cita,
y posiblemente un santuario oracular. Pero como no podemos
comprobarlo, en todo caso la interpretación de Breval resulta ser la
más coherente: CIL II 30* era una inscripción romana auténtica,
pero destrozada y mal leída. Como curiosidad, fue citada por M. de
Nostradamus en 1557 y por Abraham Ortelius en 1570 (quien la
dice encontrada en 1505, pero por J. Navarchus). Una copia de ella
hallé también en el leg. 9/7567 n.º 21, de la Real Academia de
la Historia de Madrid. En los tres casos siguen la versión inexacta
de Apiano.
Como era muy habitual entonces, Breval usa una traducción latina
de Estrabón. A primera vista, la frase que cita sólo puede
corresponder a III, 3, 1; pero ha de tratarse de un error, puesto que
allí el de Amasia se refiere al trayecto recto por la costa entre el
cabo Barbarion y las bocas del Tajo, de S. a N.
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La palabra aparece en el original escrita chiutas; supongo que es un
error del tipógrafo por chintas, esto es, quintas: villas de recreo en
montes, herdades o cortijadas.
En realidad son muchos los hallazgos epigráficos de la vieja Olisipo,
pero en general posteriores al viaje del inglés. El citado terremoto
de 1755 y las reconstrucciones acometidas durante la época del
marqués de Pombal sacaron a la luz muchos de ellos, así como
restos de edificios y otros materiales. Por otro lado, no carece de
verosimilitud el que algunas piezas antiguas romanas notables que
figuraran en las colecciones reales portuguesas fueran por entonces
trasladadas a las españolas. No tengo noticia de que alguien se
haya ocupado de ello, pero parece una interesante cuestión a
investigar con más detalle.
En realidad la toma definitiva de Lisboa tuvo lugar en 1147,
durante el reinado del hijo del aquí citado conde Enrique de
Borgoña y de la infanta Teresa de Castilla, el que sería primer rey
portugués, D. Afonso Henriques. Naturalmente, Breval comparte el
punto de vista luso de considerar la dominación española como
una usurpación, y realmente lo parece a la luz de documentos poco
conocidos (cf. infra en las Conclusiones).
Además de la bibliografía convencional, véanse los recursos
indicados supra en la n. 67. Para detalles sobre los cambios
urbanísticos habidos en Évora durante el periodo henriquino
puede verse también http://www.cm-evora.pt/camara.asp.
Resende, 1573-1783 y 1593: liber quintus. Cf. también Souza (1785)
y Sousa (1993).
El señero acueducto de Évora, llamado Aqueduto da Agua da Prata,
es obra del arquitecto real Françisco de Arruda, bien documentada
en torno a 1522; sin embargo, la tradición indica que fue una
reconstrucción del acueducto romano, que traía el agua desde
15 km hasta la actual Praça do Giraldo o Mayor (Pereira, 1947,
p. 305, entre muchos otros). Desembocaba en lo que parece el
primitivo foro romano, en una viejísima fuente que fue sustituída
por la actual en las grandes reformas habidas en este espacio entre
1549 y 1571. En la plaza había un «arco triunfal romano» de tres
vanos, con nichos, columnas, estatuas y el famoso friso de
bucráneos que se conserva en el Museo. El arco fue derribado,
junto con la iglesia gótica que allí había, por orden del arzobispo
João de Melo, validada por el Cardenal Infante al municipio, para
construir la iglesia de San Antón (Pereira, 1947, p. 305 ss.), que
subsiste hoy enfrente del moderno Ayuntamiento. En esta Plaza
Mayor se hallaba igualmente el legendario «Palácio de Sertório»,
en y cerca de cuya «casa» aparecieron los epígrafes que
mencionaban a un Q. Sertorius, origen de la generalizada confusión
con el renombrado general republicano. En las paredes del
concelho y rodeando la fuente de la plaza fueron colocadas las
inscripciones aparecidas y el friso de bucráneos, y es allí donde
viajeros y evorenses las reportan entre los siglos XVI y XVIII, junto
a otras nuevas que, como a fines del siglo XIX simpáticamente
dice G. Pereira, «inventáram os sabedores de latinórios», invenciones
que merecieron una sátira de «Amador Patricio», pseudónimo de
Cardoso de Azevedo (Pereira, 1947, p. 41).
Obsérvese que Breval no da crédito a la fundación sertoriana de
Ebora. Aunque refleja la creencia como general en la ciudad,
elegantemente matiza que ello sólo se puede comprobar mediante
algunas inscripciones modernas que él mismo ha visto. Igualmente
resalta que Resende, incluso reconociendo muchas huellas del
general en la urbe, da a ésta por existente mucho antes, al menos
en tiempos de Viriato.
[INSCRIPCIÓN N.º 3] = CIL II 21*, sin citar a Breval. Resende, 1573,
cap. II, 1593, fol. 112, 1996, p. 155. Dada como falsa, a pesar de que
Resende afirma que ...ego testis sum oculatus y, sobre todo, que
Honoratus Ioannes Valentinus a Floriano Campensi acceptum mihi
Olisipone ostendit, por lo que parece difícil que fuera un invento de
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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Resende, pues implica a otros dos expertos, a través de los cuales él
mismo conoce en Lisboa el texto de esta inscripción, junto con
otras tres, de dos de las cuales dice que luego fue incapaz de
encontrarlas de verdad en Évora y Viseu: las de Q. Longinus y el
cónsul Nigidius (del que duda) (1593, fol. 113 y 114; 1996, p. 155).
El relato suena muy veraz. La única referencia moderna sobre ella
que conozco es de H. Gimeno Pascual (1997, n.º 201 con n. 267, y
n.º 1014, p. 228 con n. 57). El texto del CIL vuelve a ser distinto al
de Breval, lo que va en contra otra vez de que éste hiciera simple
«copia de impresos». Subrayo las palabras que Breval lee diferente
de Resende-CIL, además del distinto reparto en las líneas 1-3 y
11-12: L. SILO SABINVS BELLO CONT.| VIRIATVM MVLTITVD.
TELOR.|3 CONFOSS. AD C. PLAVT. PRAET. | DELATVS
HVMERIS MIL. HOC.| SEP. E PEC. MEA M.F. IN QVO NEMIN.
VELIM MECVM | 6 NEC SERV. NEC LIB. INSERI | SI SECVS
FIET VELIM OSSA | QVORVMCVNQ. SEPULCRO |9 MEO ER.
SI PATRIA LIBE| RA ERIT. Por otra parte, Breval inserta una lín. 3:
IN EBOR(ENSI) PROV(INCIAE) LVSIT(ANIAE) AGRO, que es un
añadido de Resende en su obra sobre Évora, cap. 2, como bien vio
Hübner, aunque supongo que fue excluída también porque debiera
de haber puesto, según la época que se le supone, provinciae
Hispaniae Ulterioris. Por esta línea 3 sí parece que Breval la pudo
tomar del autor portugués, a quien acaba de citar expresamente en
su texto con este objeto (aunque el «puede verse todavía», en su léxico
habitual, indica al menos que alguien coetáneo le dijo que aún se
veía). La dejo como dudosa pero, en todo caso, si era inventada lo
sería por Florián de Ocampo, o por quien la facilitara a éste.
Antes había hablado de «inscripciones modernas», aquí parece
referirse a otras que le parecieron romanas. Conviene explayar ya en
este momento la figura del arquitecto irlandés James C(avanah)
Murphy (1760-1814), que pasó dos años (1788-1790) en Portugal
— a donde llegó con el encargo de ilustrar gráficamente el
monasterio de Batalha — y siete en Andalucía para estudiar las
antigüedades árabes (1802-1808), publicando diversos libros y
entre ellos sus impresiones y dibujos de Portugal (Murphy 1795, y
ahora 1998). Pasó con detenimiento por Évora unos 60 años
después que Breval y, al hablar de la epigrafía romana de la ciudad,
dijo esto (que tomo de la edición francesa de 1797, p. 343): «...
plusieurs inscriptions antiques ont été découvertes de temps à autre dans
cette ville et ses environs. On en lit neuf sur un vieux mur attenant à la
prison, avec des autres modernes. Les planches XIX, XX et XXI renferment
des copies de ces inscriptions. Je dois prevenir que celle de la lettre D, planche
XIX, me semble imitée». Así pues Murphy (que tenía el ojo bien
acostumbrado a distinguir lo nuevo de lo antiguo por su profesión
y viajes) avisa que en el mismo muro de Évora se conservaban
embutidas nueve inscripciones antiguas junto a otras que eran
modernas. En las láminas que cita dibuja sólo las antiguas (excepto
en el caso que él indica de la lám. XIX, que Breval tampoco
consideró buena) y, entre ellas, las que refiere el viajero inglés que
aquí he marcado como n.º 4 (Divo Iulio = CIL II 16*: su lám. XXI
centro, (Fig. 16), n.º 5 (Voconio = CIL II 18*: su lám. XXII arriba)
(Fig. 17) y n.º 6 (Laribus = CIL II 12*: su lám. XX, abajo a izquierda)
(Fig. 19) (todas ellas consideradas falsas por Hübner), junto a otras.
Agradezco la gestión para poder reproducir aquí estas tres láminas
a A. Marques de Faria y J. Cardim Ribeiro.
Otra buena fuente documental para Évora es el interesante viaje a
Andalucía y Portugal de Bayer en 1782. Francisco Pérez Bayer
(1711-1794), eminente y erudito archidiácono valenciano, fue
preceptor de los Infantes españoles y Bibliotecario Mayor de la Real
Biblioteca. Es conocido sobre todo por sus trabajos como
orientalista, especialista en lengua fenicia y, en general, como un
experto anticuario. Vir vere doctus et integer le llama Hübner (CIL II
p. XXIII, n.º 75). En 1782 recorrió diversas zonas de Andalucía y
Portugal. En este país (donde fue muy agasajado) visitó Beja,
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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Coruche, Elvas, Estremoz, Évora, Lisboa, Mafra y Moura. En Évora
pasó varios días dedicado a la visita de sus antigüedades y al
examen y copia detenida de sus inscripciones, de cuyo testimonio
de experto me voy a servir más abajo, ya que, también según
Hübner, Bayer eos [scil., titulos] descripsit perite et paene ubique recte
(ibid.). Escribió un Diario del viage desde Valencia á Andalucía y otro
Diario del Viage de Andalucía y Portugal, que quedaron manuscritos
y sólo recientemente han sido publicados, con sus dibujos (Pérez
Bayer, 1998). En la BNE había de él dos apógrafos pero sin las
inscripciones (CIL, ibid.). La Real Academia de Madrid conservaba
la copia que fue propiedad de J. Cornide (o al menos la que éste
utilizó para preparar su propio Viaje de Portugal de 1800-1802).
De ella existía en la Biblioteca Nacional de Lisboa (ms 342) otra
copia, hecha de varias manos, sólo de lo que afectaba a Portugal.
Tras asegurarse de que el Viaje seguía inédito en España, J. Leite de
Vasconcelos preparó la parte portuguesa y la anotó (Pérez Bayer
1782) aunque sólo en su comienzo, pues, dice sinceramente el
maestro, «devo confessar que a preparação d’este texto para a impressão
me deu tanto trabalho e enfado, que não me senti con forças para concluir as
anotações» (p. 110).
[INSCRIPCIÓN N.º 4] = CIL II 16*, sin citar a Breval. Resende, 1573,
cap. VI. Dibujo en J. Murphy (1795), lám. XXI centro (Fig. 16).
El texto que da Hübner es igual al que vió y dibujó Bayer (Pérez
Bayer 1782, p. 138). Hübner la vio en el mismo sitio que Breval y
asegura que «estaba hecha en época de Resende». Ambos dan algunos
cambios con respecto a Resende: 2 LIB · IVL· y, especialmente, 7-9
VENERI GENE/TRICI DONVM MA/TRONAE CESTVM
TVLERVNT, intercambiando CESTVM y DONVM. Ambrosio de
Morales, por su parte, dice que Resende no la incluyó en su
primera obra «porque aún no había sido hallada». No voy a llegar a
dudar, afirmando ambos que la vieron, entre la autoridad de
Hübner y la de Breval a la hora de hacer una autopsia epigráfica,
por lo que creo que quizá unos vieron el original y los otros su
copia moderna, en la que pudo producirse el error. Ya que creo que
en estos epígrafes de Évora puede haber ocurrido como en los del
Arco de los Gigantes de Antequera (Málaga): que en el siglo XVI,
quizá al calor del gusto por lo clásico suscitado en torno al
Cardenal Alfonso y al propio Resende, se procediera a recopiar
epígrafes auténticos que se hallaban dañados o mutilados. En el
caso malagueño a veces se conservan el original y la copia, y quizá
así fue también en este caso de Évora. De hecho, J. Murphy (ibid.
p. 343), menciona la existencia en el mismo muro, hacia 17891790, de epígrafes antiguos y modernos. Por ello creo que pudo
existir un original antiguo con el texto que da Resende, dada la
gran verosimilitud del contenido, y que fue también el visto por
Breval, Pérez Bayer y Murphy. En la siguiente centuria sólo se
conservaría la copia renacentista, que sería la que vio Hübner.
Ya que hemos de tener en cuenta que el canónigo Pérez Bayer, que
era un anticuario experimentado y viajero, un vir vere doctus según
el propio Hübner (cf. la nota anterior), no duda un momento al dar
cuenta de ésta entre «las inscripciones antiguas que hai en la plaza [...]
las inscripciones antiguas que allí existen...» (ibid., p. 136 y 137). Por lo
tanto, el texto de Resende/Breval es para mí auténtico o, como
mínimo, debe ocupar un lugar entre las inscripciones copiadas que
pudieron responder a originales romanos (categoría que el CIL no
suele contemplar: cf. infra, en las Conclusiones). Véase otro caso en
todo similar, en la siguiente inscripción.
[INSCRIPCIÓN N.º 5] = CIL II 18*, sin citar a Breval. Resende, 1573,
cap. VIII. Está en el Cod. Valent. fol. 48v, 94v y 174r, como in domo L.
Andr. Resendii cippus ingens / erat prius in aede divi Petri sub ara
(Gimeno Pascual, 1997, fol. 47v y 134r, núms. 323 y 606). También
la copió F. Pérez Bayer (1782, p. 137, cf. la nota anterior) y la vio y
dibujó Murphy (cf. lo dicho en n. 85) (1795) en su lám. XXII
(arriba) (Fig. 17). Conservamos este texto tres veces en el msc del
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Códice Valentino, y una de ellas bastante bien dibujada (Fig. 18).
Es una inscripción que creo fue injustamente declarada falsa por
Hübner, al igual que la que aquí sigue. En IHC, sub n. 3 (aquí
n.º 26) se refiere a ambas en este duro contexto: «...scitissime enim
Resendius fraudes suas in ipsis marmoribus incidendas curasse aliunde satis
constat, cf. C.I.L. 2, 12* 18*...». Ahora veremos cómo esto no está tan
claro. En cuanto a la presente, al principio Hübner la había
considerado auténtica: descripsi et sinceram iudicavi, quamquam primo
aspectu fraudis suscipio nata erat — dice —, pero acto seguido la damna:
Credo fictam esse (quamquam artem fingendi in lapide etiam summam fere
excedit)... porque le parece extraña la mención de un duovirado
séxtuple, y porque fórmulas similares a las de las líneas 7-11
existían en dos epígrafes de Tarraco, quos Resendius sine dubio novit.
Sin embargo, en sus Antiq. Lusit. fol. 21 (Resende, 1996, p. 86)
Resende da el texto solamente hasta Vettonum; el texto completo
procede del Cod. Valent. fol. 48v, y es nomine eius [scil., Resendii]
ascripto, esto es, sólo atribuído a Resende, como reconoce el propio
Hübner (ibid.). Por lo tanto, lo publicado no autoriza la acusación,
y de paso vemos que Breval tampoco pudo leer en Resende el
epígrafe completo, como lo da, ya que en la publicación de aquél
sobre Évora sólo ofrecía las 6 primeras líneas.
Después de ver la transcripción que el inglés hace, directamente de
la pieza, no sabemos si podía haber dos cipos: uno que estaba en
casa de Resende y antes «solía estar en San Pedro» y otro, la copia, que
vieron Bayer y Hübner «en la fuente en la plaza... in foro», o fue uno
sólo, que se trasladó. En todo caso, confirmamos nuevamente que el
texto que Breval nos dice copiar del original lo fue en un momento
en el que no se veía casi nada de la parte derecha de las líneas 5 a 10,
que por ello él deja incompletas y sólo supuestas, mientras que de la
11.ª sólo ve vestigios y la señala con puntos, pero sin transcribir
nada en absoluto. Es evidente, por tanto, que ha visto el original y
no su duplicado. En cambio Hübner, a partir de ¿Resende? en el cod.
Valentinus, da el texto completo, lo mismo que Pérez Bayer, que la
dibujó (ibid.), de donde se deduce, repito, que Breval no la copió de
Resende, pues en ese caso no la habría dado completa. En apoyo de
esto mismo, Hübner no comenta la extraña C inversa en la lín.
5: C (centurioni) leg(ionis) III Italicae, que él recoge pero que sería
incongruente dentro de las militiae equestres y que Breval no recoge,
como tampoco Mendes de Vasconcellos en su comentario de época
a Resende (1996, p. 27; CIL, ap. crit. lín. 6), aunque sí lo hace Pérez
Bayer. Como éste, que también era un experto, la da con seguridad
como antigua, (loc.cit.: «...fuime con un criado a la Plaza... púseme á
copiar las inscripciones antiguas que allí existen...»), me inclino por pensar
que se trataría de una interpunción grande que pudiera dar la
impresión de ser una C inversa.
Y ahora voy contra los otros dos argumentos de sospecha de
Hübner (el primero siempre es que la fuente sea Resende): offendunt
praeter alia v. 3 duumviratus sexies repetitus, v. 11 Liberalitas Iulia et Ebora
nomina coniuncta... En primer lugar, muchos de nosotros hemos
sabido de alcaldes modernos que por su buena gestión han ejercido
como tales, no seis, sino hasta veinte años y más (y Voconio no
tuvo por qué serlo consecutivamente, ni podría). A pesar de las
reticencias de Hübner, sí es posible encontrar paralelos para estos
duovirados repetidos, hasta en cinco ocasiones; los hay incluso en
la Bética, y uno fue recogido por el propio Hübner en CIL II, 2188
(ahora CIL II2/7, 197): L(ucius) Acilius L(uci) f(ilius) Gal(eria) Barba
IIvir V ann(orum) LXIIII... (Alcorrucén/Sacili, CO); véanse además
ahora CIL II2/5, 1033 = HEp 8, 446: ... [IIvir] IIII pont(ifex) Caesaris
Augusti... (Osuna/Urso, SE); o AE 1916, 12: L(ucius) Flavius L(uci)
fil(ius) Papiria Celsus aed(ilis) praef(ectus) pro IIvir(is) IIvir V
praef(ectus)... (Djemila/Cuicul, Numidia). Si alguien pudo ser duoviro
cinco veces ¿por qué vamos a excluir a uno que lo fuera seis?
En cuanto a la denominación completa de la ciudad, Hübner tenía
que conocer necesariamente sus monedas augusteas (RPC I, 51), en
329
Alicia M.ª Canto
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
Fig. 16 Évora (Portugal). Inscripción n.º 4. Dibujo de
Fig. 17 Évora (Portugal). Inscripción n.º 5. Dibujo de
J. Murphy (1795, lám. XXI centro, del epígrafe CIL II 16*,
considerado falso por E. Hübner junto con las siguientes,
n.os 5 y 6. Fue estimada como auténtica también por
F. Pérez Báyer (1782).
J. Murphy (1795, lám. XXII arriba) del epígrafe CIL II 18*,
considerado falso por E. Hübner junto con las n.os 4 y 6.
Fue estimada como auténtica también por F. Pérez Báyer
(1782). Cf., de otro testigo, la fig. 18.
Fig. 18 Évora (Portugal). Inscripción n.º 5. La inscripción
CIL II 18* según el dibujo del Cod. Valent., fol. 174 r.
(msc 3610 de la Biblioteca Nacional de Madrid). Este cippus
ingens... se ubicaba in domo m(agistri) L. Andr. Resendii, pero
indica que... erat prius in aede D(ivi) Petri sub ara (tomada
de H. Gimeno Pascual, 1997, p. 134, su n.º 606). Cf. con el
dibujo de J. Murphy (1795), aquí fig. 17.
330
Fig. 19 Évora (Portugal). Inscripción n.º 6. Dibujo de
J. Murphy (1795, lám. XX) del epígrafe CIL II 12*,
considerado falso por E. Hübner junto con los n.os 4 y 5.
Fue estimada como auténtica también por F. Pérez Báyer
(1782).
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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las que la denominación es exactamente LIBERALITATIS IVLIAE
EBORAE, uniendo todos los nombres, de lo que tenemos ejemplos
epigráficos en muchas otras ciudades; el que hasta ahora no haya
aparecido ninguno epigráfico en Évora no es, pues, argumento
sólido, y ahí están sus monedas para validarlo. El cursus de Voconio,
en fin, es demasiado bueno, y hasta el APVT (lín. 8), o el flaminado
de dos augustos (lín. 4) resultan muy convincentes como para
seguir considerándola falsa.
De esta inscripción sí hay una relativamente abundante
bibliografía moderna: Cinco buenos expertos: E. Birley (1961,
p. 152 con n. 34), H. Galsterer (1971, p. 56 y n. 58), H. Devijver
(1977, t. II, p. 880, 1987, t. V, p. 1779), G. Alföldy (en comunicación
al anterior, en el suplemento) y R. Wiegels (1985, p. 77) optaron
también por su autenticidad. No obstante, la más reciente opinión
ha sido otra vez a favor de la falsedad: L. A. Curchin (1990, n.º 20*,
p. 238, cf. HEp 4, 1994, n.º 1057) dice, como Hübner, que Resende
debió de copiar el cursus de CIL II 4192 y 4201 (Tarraco) y que «there
is for the moment no good reason to question Hübner’s verdict».
Aparte de que no se parece tanto a las tarraconenses, quizá se
pueda considerar una buena razón (aparte de las dadas por los
autores modernos antes citados) el que el epígrafe original fuera
visto por John Breval antes de 1726, y lo dibujaran luego, sin
sospechar nada en absoluto, Bayer en 1782 y J. Murphy en 1795.
En todo caso, resuelto como dejo el obstáculo de los paralelos,
opino que debe considerarse auténtica, como el propio Hübner en
principio la consideró debido a la summa ars de la inscripción.
Resulta muy bien fundada esta hipótesis de Breval.
Inopinadamente, coincide con ella mi propia tesis acerca de los
premios y castigos otorgados por Julio César tras la decisiva victoria
de Munda, que explayo infra en la n. 156, a propósito de Hispalis.
En mi opinión la Ebora alentejana pudo hallarse entre las ciudades
premiadas por César justamente por el motivo que sugiere el viajero
inglés. Dado que Plinio el Viejo (NH IV, 117) califica a Ebora en
época de Vespasiano como veteris Latii, es de suponer, según el
esquema que propuse en un trabajo anterior (Canto, 1996; pace
Faria, 2001a, 2001b, con bibliografía precedente) que César la
debió elevar en este año 45 a.C. de colonia Latinorum (menos
probablemente desde civitas peregrina) a municipium Latinum, lo que
parece que continuaba siendo en época flavia. Con esa ocasión y
fecha cuadrarían perfectamente tanto su estatuto de municipium
como sus epítetos Liberalitas y Iulia, haciendo el primero expresa
referencia a la «generosidad» del dictador; onomástica que, por
cierto, es buen paralelo para su vecina Pax Iulia, vid. infra la n. 112.
Parece obvio que el problema con los epígrafes aparecidos en Évora
de este Q. Sertorius es que los eborenses (incluso quizá el propio
Resende) lo confundieron con el célebre Sertorio de época
republicana. F. Pérez Bayer (1782, p. 134) cuenta una buena
anécdota que nos es útil para probarlo: Durante su estancia en
Évora le ofrecieron ver «la Torre de Sertório», en la plaza Mayor
(hoy do Giraldo), sirviendo un anciano sacerdote como guía del
pequeño grupo. Pérez Bayer se dio cuenta del error nada más ver el
edificio, pero no pudo deshacerlo: «Véese la tal Torre desde afuera; y
aún desde allí me olió su fábrica á mui moderna... la Torre ni es del tiempo
de Sertorio, ni lo piensa, ni tiene de 500 años arriba. Díxelo assi; pero el
Padre se mantenía con su Sertorio [...] No me pareció sacarle de su buena
fée ni lo huviera logrado, y assi callé y quedamos amigos». Pero entre la
creencia antigua y generalizada en Évora de que los epígrafes
fueran del famoso Sertorio, y la afirmación de que Resende hubiera
mandado hacer falsos epígrafes para sostenerla, existe un trecho
que no parece legítimo pasar. Este Sertorius eborense, sin duda un
particular de época imperial, pudo ser descendiente de algun
indígena que realmente hubiera recibido la ciudadanía, y con ella el
apellido, del mencionado notable general, cf. en la nota que sigue
algunos ejemplos de este nomen lusitanos y béticos.
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Alicia M.ª Canto
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[INSCRIPCIÓN N.º 6] = CIL II 12*, sin citar a Breval. Resende, 1573,
cap. III («...este elegante letreiro, que haveráa sex annos se descobrio juncto
das meesmas casas [scil., de Sertorio], que diz assí...). Corresponde a la
lám. XX de J. Murphy (1795) (Fig. 19). También en este caso la
inscripción debe de ser auténtica, no sólo por su texto, sino por su
contexto. La onomástica, así como las acciones descritas en ella,
son normales. Existen varios Sertorii vulgares y de época imperial
(como seguramente este eborense) en la Bética, pero incluso cerca
de Évora (ad ex. ERBC núms. 162 y 163, de Arucci/Aroche, H.), y en
Olisipo llevando el praenomen Quintus (CIL II 254). Se documentan
igualmente en la misma provincia los cognomina Hermes, Cep(h)alo y
Anteros que llevan aquí los tres libertos de Q. Sertorius: Hermes
passim, pero especialmente tres veces en las vecinas Vila Viçosa y
Alandroal (CIL II 126 y 133 e IRCP n.º 498), Anteros en Mérida
(CIL II 5266) y Cephalo en la inmediata Elvas (CIL II 155 = IRCP 586).
Existen igualmente ejemplos de domestici y de domestici eius de época
altoimperial, con el sentido usual de «gente, criados de la casa»,
bien acreditado desde época de César y también en epígrafes (ad ex.
AE 1977, 460, Carthago Nova; CIL V 5710; Thylander, 1952,
A n.º 13, Ostia), tanto esclavos como libres, por lo que no debe
extrañar que Iunia lleve un nomen distinto del de Sertorius, puesto
que ella puede ser una domestica libre. Con todas estas
«normalidades», más el testimonio del erudito F. Pérez Bayer, que
también la vio y consideró auténtica (apud Vasconcelos, 1920,
p. 136-137), resulta bastante endeble el argumento utilizado por
Hübner para damnar la 5*, y con ella también esta n.º 12* (Iunia
Donace supra iam processit n. 5*) de que Resende pudiera haber
conocido una mujer de cognomen Donace en Tarraco (CIL II 4266),
y elegirlo para su fabricación. En cuanto a Breval, la copia muy
parecida a como viene en Resende (1593, Ant. Ev. cap. 3, lib. V,
p. 283), pero aún así con algunas variantes (en Resende 3
DOMVVS, 7 IVN, 8 EIIVS, el primero y tercero sin duda corregidos
por el inglés, especialmente el IVNIA explayado).
En abundamiento de la posible autenticidad de este CIL II 12*,
recordaré que su hallazgo, hacia 1567, coincide con los años de
gran reforma urbanística en la Plaza Mayor o do Giraldo (ut supra
en n. 80), y además que me parece muy poco verosímil que Resende
dé la noticia de una aparición que, por pública, debió ser conocida
y comentada en la ciudad, sabiendo que la iban a leer sus
convecinos y de cuya falsedad podían pedirle cuentas. Es cierto que
Iunia Donace es la misma que aparece en CIL II 5*, pero ello no debe
arrastrar a ambas, pues sus circunstancias son bien distintas, como
brevemente apunto.
CIL II 5* (I·O·M· / OB PVLSOS A· Q· SERTOR · / METEL · ADQ ·
POMPEI · IVN / DONACE · CORONA · ET · SCEP / TR · EX · ARG
· MVNVS · ADTVLIT / FLAMIN · PHIALAM · CAELATAM /
HIERODVLIS · COENAM · D · D) era un cipo supuestamente
aparecido en Torrão (Alcácer do Sal), en el templo de S. Justo
y Pastor, y luego transportado a Évora. Ésta sí es una inscripción
ciertamente falsa, de la que Hübner sabía que se había grabado
hacia el año 1605 (aunque no nos dice por qué) y se conservaba en
1869. F. Pérez Bayer, que la vio (1782, p. 39), dijo de ella: «Otra hai
que me pareció renovada, quando no sea falsa como me pareció la que he
de hablar después...» (esta tan falsa es la de Minicius Iubatus, que se
conserva en el Museo Regional de Évora: una buena foto en
Encarnação, 1997, p. 60). Pero la frase de Hübner de que videtur
periisse el exemplum antiquius quod Resendius lapici incidi sine dubio iussit,
esto es, un modelo falso de ella mandado hacer por Resende en
vida y repetido poquísimos años después (los que hay entre
1550/1575 y 1605), es una suposición gratuita del autor alemán
que, además de ser ilógica, carece de cualquier prueba. Más bien
pudiera ser que alguien creara el epígrafe 5* utilizando algunos
datos del de Iunia Donace, asociando los nombres de Sertorio y
Junia a las victorias sobre Metelo y Pompeyo del Sertorio más
331
Alicia M.ª Canto
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
famoso (victorias que, por otro lado, son reales: vid. passim en Plut.
Sert. XIII a XVIII), y lo hiciera «aparecer» en el célebre templo de
Torrão, cerca de Alcácer (buena señal de que en Évora no habría
tenido éxito), vendiéndolo desde allí a los de Évora o al propio
Resende. Éste, simplemente, no advirtió la falsedad (encontró
incluso el cipo elegantior) y lo reportó como existente en Évora.
Precisamente sobre este epígrafe CIL II 5* ha tratado recientemente
J. d’Encarnação (2002), explicando los yerros sucesivos en los que,
en su opinión, incurrió Resende; punto de vista que, lógicamente,
no comparto, aunque lo que dice sobre los aprovechamientos
literarios y otros aspectos puede valer para el anónimo al que
supongo verdadero autor del falso CIL II 5*.
[INSCRIPCIÓN N.º 7] = CIL II 114, sin citar a Breval. Resende, 1573,
cap. VII. IRCP “falsa A”, p. 442 (cf. TA 1, 1986, p. 105) (Fig. 20).
A pesar de ser una inscripción que a mi modesto entender no
ofrece nada sospechoso, Hübner, extremando su gran desconfianza
hacia Resende, advierte en su comentario que de buena gana
«la daría por falsa, hecha a partir del 339, de Collippo, si no fuera porque
parece que Azevedo la vio»... (éste dice exactamente que hoxe se ve..., en
noticia de 1815, aunque el texto mismo lo copia de Resende).
Según Hübner la disposición de los versos en Resende arbitraria est,
y quizá por eso el sabio alemán creó por su cuenta y riesgo una lín.
11 con sólo el LIBERTI, indicando: separavi ego). Me parece una
buena muestra de los peligros de la autosuficiencia. Breval nos da
aquí un texto que mantiene diferencias, aunque no sean muchas,
con respecto a las dos obras de Resende en las que éste (que es la
única fuente impresa posible) daba esta inscripción. Pero en lín. 2
Breval nos pone GALLAE donde Resende (1593, p. 3) un menos
correcto GALIAE, y FLAMI/NICA en vez de FLA/MINICA (así en
Evora, 1573, lectura que sigue Hübner); en la 6 Breval corrige
93
Fig. 20 Évora (Portugal). Inscripción n.º 7. Se trata de CIL II
114 (IRCP “falsa A”, RAP falsa II C*), dibujada en el fol. 47 r
del Cod. Valent., donde se comprueba la veracidad de la
transmisión de Resende y Breval y la inexactitud del CIL II
en la división de líneas y otros aspectos. (Tomada de
Gimeno Pascual, 1997, n.º 321).
332
LVSITANIAE tomando por error el LYSITANIAE de Resende
(1593) que, sin embargo, era bueno; en la 8 GALLAECVS por
CALLAECVS (así Hübner de Resende) y, sobre todo, en la 9ª Breval
ya leyó correctamente ABASCANTVS donde Resende, según
Hübner, ABESCANVS. Sin embargo, a su vez el ABASCANTVS
corregido por Hübner ya aparecía en el Cod. Valent. con lectura de
Resende (fol. 47r, cf. Gimeno Pascual, 1997, n.º 321). Es éste un
manuscrito de época que Breval, evidentemente, nunca conoció,
pero con el que coincide plenamente en esto y en la distribución de
líneas. Ofrezco aquí el poco conocido dibujo del fol. 47 r del Cod.
Valent. (Fig.20, de Gimeno Pascual, 1997, n.º 321), para comprobar
la disposición real de los renglones así como sus grafías y nexos
(5 IN de PROVIN; 6 LYSITANIAE); 7 TE; 8 CALLAECVS, nexo VS;
11 LAVSVS, nexo VS), todos ellos detalles de gran verosimilitud y
que deben bastar para levantar cualquier sospecha sobre ella. Hasta
el detalle de la mención de la provincia como LYSITANIA sería
suficiente para considerarla auténtica: ¿por qué inventaría Resende
algo insólito y más difícil de creer? En cambio, la palabra está
documentada epigráficamente con esa grafía, Y, al menos dos
veces: en el Edicto de Aphrodisias de Caria (IAphrodisias 231)
y en IRCP 7, de Ossonoba/Faro, aquí nada menos que en el
homenaje a un flamen provincial.
Volviendo a Breval, las diferencias con los dos textos de Resende,
y sobre todo la última, se bastan para demostrar que no sólo está
copiando del epígrafe original, sino que lee mejor que Resende
algunas palabras (no olvidemos su vasta experiencia epigráfica en
Roma, resto de Italia, Galia Narbonense, etc.), sin que ello fuera ni
siquiera percibido por Hübner. Ya que, una vez más, Hübner no se
digna leerle ni aun cuando es clarísimo, como aquí, que Breval no
está copiando de lo publicado. Por la misma razón, exceso de
autoconfianza, se demuestra ahora que la suposición del sabio
alemán al crear una línea 11 para separar el LIBERTI era la
realmente arbitraria. En sus IRCP (loc.cit.) Encarnação ha eliminado
esta inscripción, por considerarla falsa y forjada por Resende a
partir del citado CIL II 339 (Collipo: se menciona a la misma dama,
y ya se dice que era Eborense), opinión en la que le secunda Garcia
(1991, n.º II C*, p. 567), lo que, obviamente, no puedo tampoco
compartir, pues queda claro que Breval no sólo vio el epígrafe sino
que lo leyó mejor que Resende, de lo que su ABASCANTVS en la
lín. 9, escrito en 1726, es excelente prueba.
[INSCRIPCIÓN N.º 8] = CIL II 115 (sin citar a Breval) como
auténtica. Resende, 1573, cap. VII. Th. Mommsen, en el app.crit.
del CIL y en Ephemeris Epigraphica IV, 1881, p. 238, la declaró falsa.
IRCP, falsa n.º B, p. 443 (con foto). James Murphy también la
dibujó igual, indicando nexo AV en la lín. 4 e interpunción al final
de la 6.ª (1795-1998, p. 309 y su lám. XXIb). Se conserva en el
Museo de Évora. En la lín. 4 de Breval y Murphy (3.ª del CIL),
TORA tiene aspecto de ser una simple errata tipográfica por
TORQ. Del comentario de Hübner y Mommsen (app. cit.) se
desprende que estuvieron a punto de considerarla falsa, como
hicieron con la n.º 3*, de Mirobriga (titulo item Resendiano...) porque
mencionaba a un sevir iunior (allí senior), por encontrarse algunas
observaciones sobre hastati en Vegecio, y por existir en Tarraco un
individuo de gentilicio parecido (Anteius). En todo caso, aquí
tenemos la lectura de Breval que, curiosamente, es el único en
ofrecer una lín. 1 con un D · M · S ·, un encabezamiento usual que
no trae Resende ni se recoge en el CIL, por más que Hübner afirma
que la vio (descripsi et genuinam iudicavi), que dibujó Murphy, y que
en realidad está en la pieza. Fue también hace unos años tachada
de falsa por J. d’Encarnação (ibid.), aunque reconoce que «do ponto
de vista paleografico, está tudo praticamente impecável». A mi
juicio debe levantarse la sospecha sobre ella, al igual que sobre CIL
II 3*, puesto que ahora sí tenemos una constancia al menos de un
sevir senior, en Capena, Etruria: M. Gellio Servando seniori seviro
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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August(ali) (AE 1954, 16). Ello pienso que atrae nueva credibilidad
también sobre esta CIL II 115 ya que, aparte del excelente aspecto
de la inscripción, un sevir senior respalda per se la existencia de un
sevir iunior, pudiendo tratarse de un procedimiento simple para
indicar la antigüedad en el collegium sevirorum. No parece muy
sólido el argumento de que se debe sospechar de textos o
conceptos porque no estén atestiguados epigráficamente sino sólo
por las fuentes (como en este caso los seviri iuniores Mediolanenses, en
Apiano, v.c. 32, 2). Otras veces se da credibilidad a supuestas
realidades antiguas mucho más difíciles de aceptar, aunque haya de
ellas sólo un testimonio epigráfico de origen dudoso, y
absolutamente ninguna fuente literaria que las respalde. Esto
acaba de ocurrir, sin ir más lejos, con el reciente ejemplo de la para
mí inverosímil provincia Transduriana que aparece en unos
supuestos edictos de Augusto de El Bierzo del 15 a.C. (cf. amplios
status quaestionis en HEp 7, 1997, 378 y 8, 1998, 325, actualizados
al año 2002).
A esta toma siguió la célebre batalla de Ameixial, 8 de junio de
1663, también bajo el mando de Schomberg y Vila Flor, en la que
las tropas portuguesas, auxiliadas decisivamente por contingentes
ingleses, franceses y holandeses, vencieron a las castellanas de
D. Juan de Austria; la victoria de Montes Claros, dos años después,
daría fin definitivo a los intentos de España de recuperar Portugal
tras el largo periodo de dominación filipina; en el mismo año de
1665 moría, sumido en la mayor pesadumbre, Felipe IV de España
y III de Portugal.
De Évora al castillo de Evoramonte hay en realidad unos 30 km, de
forma que debería decir 5 leguas cortas.
Esto explica que, aparte de Lisboa-Sintra, las ciudades y zonas a las
que Breval se refiere con más detalle sean del sur portugués: Évora,
Vila Viçosa, Beja y la propia Estremoz. Vila Viçosa fue protagonista
de un famoso asedio subsecuente a la recién citada batalla de
Montes Claros de 1665, muy valorada en la Historia de Portugal al
punto de que ambos sucesos se siguen conmemorando
anualmente.
«... and well stock’d with all manner of Game...». Aunque en teoría esta
frase también pudiera traducirse como «bien equipado para todo
tipo de diversiones», he preferido traducirlo en relación con la caza
debido al vocablo inglés «gamekeeper» (guardabosque) y a la
costumbre de la mayor parte de las cortes europeas de la época
(como de otras antes y después) de dedicar este tipo de palacios a
las actividades cinegéticas. Favorece esta interpretación el que hoy
en día exista en Vila Viçosa, dentro del castillo, uno de los mejores
museos de caza del mundo, señal inequívoca de la tradición del
lugar. El vedado de caza del palacio de los Braganza del que habla
Breval debía de incluir en su tiempo el terreno de los actuales
Terreiro y Jardim do Paço, así como el moderno parque llamado,
también significativamente, «Tapada Real», cuyo nombre conserva
el recuerdo de sus primitivos vallado y privacidad. Hoy este extenso
parque es un espacio de ocio público con una pequeña reserva de
caza mayor y menor, concursos de cetrería, etc.
[INSCRIPCIÓN N.º 9] = CIL II 144, sin citar a Breval. Resende, 1593,
fol. 229; 1996, p. 204. IRCP 571. Para la importante serie que sigue,
Hübner, que no fue personalmente a Vila Viçosa, indica (p. 17)
que le enviaron, afirmando que eran las únicas que todavía se
conservaban, cuatro inscripciones (CIL II 130, 136, 138 y 142)
redactadas por un Anónimo satis imperito (in fine praef. ad
Villaviçosam). Adelantaré ya aquí que Breval prueba que el antiguo
templo de Proserpina (de donde proceden los tres epígrafes que
siguen) se hallaba fuera de la ciudad, y también que este sitio es el
mismo lugar donde Resende las coloca, in aede divi Iacobi in suburbio,
mientras Pighio, citado por Hübner en primer lugar, lo pone en
Santa María de Gracia, dentro de la ciudad, y Scaliger simplemente
ad Villam Vizosam. La iglesia de Santiago se conserva en los
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alrededores de Vila Viçosa, pero se ha perdido por completo la
memoria del templo romano y de su relación con Proserpina.
Nuestro viajero pudo ver parte de él, puesto que da el detalle de
que era dentro mismo del recinto del templo romano donde se
levantaba la iglesia cristiana, lo que indica que quedaban restos
suficientes del romano como para distinguir su ámbito primitivo.
Esta primera inscripción no presenta prácticamente variantes con
respecto a Resende, excepto un C(aius), mejor, en lín. 4 (no así con
los otros dos autores antiguos, que dan varios errores). Es evidente,
pues, que la vio. En mayo de 1999 se inauguró en los bajos del
Castelo, al cuidado de la Fundação da Casa de Bragança, el museo
arqueológico municipal, donde deben guardarse algunos de los
epígrafes aquí mencionados, cuya fase preparatoria conocí
personalmente pero que aún no he podido visitar.
[INSCRIPCIÓN N.º 10] = CIL II 143, sin citar a Breval. Resende,
1593, fol. 230, 1996, p. 204. IRCP 570. En este caso Hübner parece
otra vez conceder más crédito a Pighio, que equivocadamente dice
que estaba también «en el pórtico de Santa María de Gracia» (pero allí
estaban las de Endovélico, vid. infra), mientras Resende, como la
anterior, que in aede divi Iacobi, en lo que coincide nuestro Breval.
En la lectura Hübner no tiene más remedio que seguir a Resende,
en vista del PROSIERPIN ‘sic’ que malamente le transmite Pighio
para la lín. 3. Pero no Breval, que otra vez se aparta de Resende
gracias a haberla visto: en lín. 3-4 el CIL, a partir del eborense,
ofrece PROSERPIN /AE, mientras el inglés corta más lógicamente
PROSERPI/NAE. En cuanto a la línea 5, la fórmula de Breval es
otra vez distinta y la más esperable: mientras en CIL se da S·AN·,
nuestro trotamundos inglés una vez más se aparta de todo lo
impreso y de sus críticos, ofreciendo un S(olvit) · A(nimo) · L(ibens)
· P(osuit) ·, que es, en efecto, la lectura más verosímil (véase la
siguiente). En este punto, increíblemente, Hübner da crédito a
Scaliger, que lee SAN · L · P, «i.e. san(us), fortasse recte», fórmula que
dudo tenga paralelos. La tozudez de Hübner en despreciar a Breval
le hizo incurrir aquí en otra mala localización y peor lectura.
[INSCRIPCIÓN N.º 11] = CIL II 145, sin citar a Breval. Resende,
1593, fol. 230, 1996, p. 204; IRCP 572 (cf. in fine). Su paradero
actual es desconocido. Tenemos aquí otro de los casos en los que
Hübner, frente a una inscripción para la que Andrés de Resende es
su única fuente (por eso ésta sí la pone «en la iglesia de Santiago, en las
afueras»), tiene de inmediato la tentación de declararla falsa (...ut
dubitationis ansam praebeat in titulo ab uno Resendio testato...), y ahora
sólo porque le extraña el nomen tam singulare de Eunois Plautilla,
queriéndose referir, supongo, al cognomen griego Eunois, y ello
aunque por entonces ya estaba documentado, al menos una vez en
Tarraco (CIL II 4393) y otra en el Piceno, en Hadria (CIL IX, 5031).
Encarnação (ibid.) apunta a la misma extrañeza de los dos
cognomina. Ahora bien, no siendo lo más común, muchas veces
se cita a una persona sólo por su cognomen, mientras que el
significado de Eunois («benevolente, simpática») permite
considerarlo como un apodo o supernomen, en sentido quasiadjetival, siendo su cognombre único Plautilla, por lo que me
inclino. El sentido podría ser perfectamente, e incluso mejor, «por
haberle devuelto a su esposa, la amable (o buena, simpática) Plautilla».
En todo caso, el testimonio de Breval nos confirma la inscripción
y la lectura, y nuevamente prueba que no copia de Resende, pues da
una variante más lógica: mientras Resende, y de él el CIL, dan
SIL/VINVS en lín. 3-4, nuestro erudito leyó SIL/VANVS. Lo que,
incluso aunque fuera una lectura suya incorrecta (lo que no
podemos comprobar, por estar ya perdida), como mínimo
demuestra que tampoco aquí Breval estaba copiando servilmente
(como afirmaron Hübner y Mommsen) de la que por entonces era
la única fuente impresa existente, Resende. Por otro lado, la lectura
del inglés es estadísticamente más probable que la de Resende/
CIL/IRCP pues, aparte de existir el cognomen en la misma ciudad
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(cf. el epígrafe anterior n.º 10), el número de Silvanus/a en Hispania
quintuplica al de los Silvini. De hecho, con un inventario actual
(facilitado, como tantas otras labores antes tan pesadas, por el muy
útil Epigraphik-Datenbank de M. Clauss y W. A. Slaby:
http://www-db.ku-eichstaett.de:8080/pls/epigr/epigraphik)
podemos comprobar que en Lusitania se constatan 16 Silvanus por
sólo 2 Silvinus (he exceptuado ya éste, que por las tres razones
dichas fue con mayor probabilidad otro Silvanus). Añadiré un breve
apunte sobre la presentación de este epígrafe en las citadas IRCP
(n.º 572, p. 638), donde J. d’Encarnação, siguiendo a Hübner, la
considera auténtica sólo con reservas (cf. CIL XII, 238*), basándose
en lo insólito del epíteto divino servatrix (que según él no tendría
paralelos registrados en femenino), en la onomástica de ella y en la
expresión sibi restituta. Estas dos últimas cuestiones ya han sido
comentadas y, en cuanto al epíteto servatrix, sí se encuentran
paralelos para él en diosas, al menos dos veces: en un carmen a
Venus, de Cumae (CIL X, 3692 = CLE 255 = ILS 3170: Veneri Probae
Sanctiss. sacr. ... magistra satrix servatrix amatrix sacrificatrix, salve...)
y en una votiva inglesa (RIB 760, de Bravoniacum: [F]ortunae /
Servatrici); y hay algunos ejemplos más en la esfera privada.
Se trata de Teodósio I de Bragança (c. 1510-1563), quinto duque
de este título, una personalidad típicamente renacentista,
hombre amante de las artes, sobre todo de la pintura y la
escultura, e incluso autor de varios volúmenes bajo el título
genérico de Os livros de muitas cousas (PDH, vol. II, 1906, p. 463).
El pueblecito que cita es el simpático Alandroal. Sigue siendo de
gran utilidad la «Noticia historico-bibliographica» que sobre los
testimonios de Endovélico escribió el gran J. Leite de Vasconcelos
para sus Religiões da Lusitania, vol. II, p. 112-122 (y para el duque
Teodosio de Braganza, del siglo XVI, sus p. 112-113).
Curiosamente, de las siete inscripciones que el duque hizo trasladar
desde São Miguel da Mota a Vila Viçosa, la mayoría se perdió,
mientras que las muchas que permanecieron a la intemperie en
aquel hermoso cerro sí que acabaron llegando al Museo
Arqueológico de Lisboa (gracias, entre otros, al propio Leite de
Vasconcelos en 1890, ibid., p. 122, donde para nuestra delicia
permanecen a salvo. La actualización de esta legendaria
monografía puede encontrarse en la ya citada de J. M. Garcia
(1991), y para el tema en concreto sus p. 310-329, inscripciones
núms. 64 a 148. Se encuentran asimismo recopiladas en la referida
obra de J. d’Encarnação (IRCP, 1984, passim). En las demoradas
actas de Sintra, en prensa (supra n. 71), esperábamos consultar un
estudio nuevo sobre los múltiples testimonios de esta importante
divinidad, pero véase ahora J. Cardim Ribeiro en VV.AA. (2002b),
p. 79-90. Recientemente se han reanudado las exploraciones
arqueológicas en el santuario, incluyendo estudios geomagnéticos
en una superficie de 1,6 Ha, cf. http://www.eastern-atlas.de/
ge/referenzen/projekte.htm (donde se define el lugar como un
santuario «galo-romano» ¿?). Los primeros hallazgos in situ, de tipo
escultórico, bajo el pavimento de la ermita, son ya bastante
prometedores, a pesar del secular expolio que ha sufrido el lugar.
Véanse una primera y corta noticia en A. Guerra, T. Schattner
y C. Fabião (2002, p. 295-297), y el informe más detallado por
A. Guerra, T. Schattner, C. Fabião y R. Almeida (2003, p. 415-479).
[INSCRIPCIÓN N.º 12] = CIL II 131, sin citar a Breval. Resende,
1593, fol. 232, 1996, p. 204; Lambrino, 1967, p. 183-184, n.º 111;
IRCP p. 572-572, n.º 492, con foto; Aditam., n.º 73; ahora VV.AA.,
2002b, n.º 53, p. 392, con excelente foto. Ara de mármol con focus
resaltado que mide 59 x 42 x 35 cm (ibid.). Es de las que ahora se
conserva en el ya citado museo lisboeta, y quizá el mejor ejemplo
de cómo el juicio de Mommsen y Hübner sobre la fiabilidad de
John Breval fue injusto, porque en este epígrafe es otra vez el inglés
el que más se aproximó a la verdad, incluso más que Pighio,
Resende y Scaliger. El texto del CIL se basa para el comienzo en el
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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de Pighio, quien sólo ofrecía las lín. 1-4, afirmando que la pieza
estaba rota (en realidad tenía todas esas líneas mal), y con este
erróneo comienzo: DEO · ENDOVELLICO/ PRAESSENTISSIMI ·
AC/3 PRAESTANTISSIMI/ NVMINIS/ SEXTVS · COCCEIVS /6
CRATERVS · HONORINVS / EQVES · ROMANVS / EX · VOTO.
En el aparato crítico Hübner desechó precisamente las lecturas de
Scaliger y Resende para las líneas 2-4, en la que éstos invertían los
dos adjetivos superlativos del numen del dios (PRAESTANTISS/
IMI ET PRAESSSEN/ TISSIMI...), y supuso que eran dos epígrafes
parecidos. Más bien parece que cuando estaba en Alandroal
estaría embutida de tal forma que no se le veían más que las
cuatro primeras líneas. La recuperación de este ara marmórea en
momento posterior al CIL ha permitido comprobar que el texto
y la división de líneas más correctas (también para lín. 6-8) eran
justamente las que Hübner desechó (aunque Scaliger en lín.
1: ENDOVELICO) y que en cambio nuestro Breval lee muy
correctamente, cortando bien el nombre del dios en la 1 y
escribiendolo con doble L, mejor que Scaliger, y siendo además el
único en leer en lín. 2 PRAESTAN/, que es lo que realmente trae
la piedra (aunque, sin embargo, hace incorrecto el corte de la lín.
3: PRAE/SENTISSIMI, que es en realidad PRAESEN/TISSIMI).
Con ello nuevamente comprobamos que Breval no parece estar
copiando de ninguna publicación, e incluso no de Scaliger, sino del
original, así como que el siempre bajo sospecha Resende daba la
mejor lectura, despreciada sin embargo por Hübner.
[INSCRIPCIÓN N.º 13] = CIL II 127, sin citar a Breval. Resende 1593,
fol. 232; 1996, p. 204. IRCP n.º 483; Aditam. n.º 64. De nuevo
Resende es la única fuente. Breval no presenta ninguna variante
con respecto a él, como todos los autores dependientes del texto,
aunque, como hemos comprobado ya, Breval la vio personalmente,
como todas las que estaban en este monasterio agustino.
[INSCRIPCIÓN N.º 14] = CIL II 135, sin citar a Breval. Resende 1593,
fol. 233; 1996, p. 204. IRCP n.º 510; Aditam. n.º 91. CIL corrige en
la lín. 1 el Endovollico que da Resende, fortasse errore typographico.
Es otro caso interesante, en el que nuestro autor sale también
airoso. En primer lugar, creo que su SACRARVM en lín. 2 puede
ser una simple errata de imprenta por SACRVM. En segundo,
la lectura de Hübner para este epígrafe se basa sólo en dos fuentes
anteriores: Scaliger y Resende. Scaliger ofrece en la lín. 1
ENDOVELICO (con una sola L), y TVLIVS como gentilicio en
la 3.ª. El segundo, Resende, leyó ENDOVOLLICO, que Hübner le
corrige pensando que puede ser un error, como dije, ya que tiene
paralelo en el n.º 139. Como ahora comprobamos (pero Hübner
no quiso ver), Breval ya daba lo que el propio Hübner propondría
muchos años después como lo más correcto; y, en lo que aquí nos
interesa ahora, el inglés se aparta tanto de Scaliger como de
Resende y lee mejor que ellos. Parece increíble que Hübner leyera el
texto de Breval y ni siquiera lo citara, así que podemos deducir que,
llevado por su prejuicio, ni siquiera se molestaba en cotejarlo.
[INSCRIPCIÓN N.º 15] = CIL II 136, sin citar a Breval. Resende,
1593, fol. 234, 1996, p. 204; Lambrino, 1967, p. 186-187, n.º 114,
con dibujo (con SVCCE en lín. 2 in fine, male, y a mi juicio un
correcto YLIAS en lín. 3). Corresponde a IRCP n.º 514 con foto y
Aditam. n.º 95. Texto y excelente foto de ella en VV.AA., 2002b,
p. 381. Es la segunda de este lote que aún se conserva, en el Museo
Arqueológico y Etnológico de Lisboa. Debido que Hübner se fió
más de la segunda versión de Pighio que de la de Resende, la
lectura del CIL cae otra vez en el error, como el original puede
demostrar. Aparece así en el CIL: DEO· ENDOVELLICO· SAC/
IVNIA· ELVINA· VOTO· SVCCE/3 PTO· ELVIA· YBAS· MATER/
FILIAE· SVAE· VOTVM· SVCCEP / TVM· ANIMO· LIBENS·
POSVIT.
Pero el epígrafe, un bloque de mármol, trae en realidad (lo leo ex
imag. de la citada foto de 2002): DEO · ENDOVELLICO · SAC/
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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IVNIA · ELIANA · VOTO · SVCCE||pto /3 ELVIA · YLIAS · MATER
· FILIE/ SVE VOTVM · SVCCEPTVM / ANIMO · LIBENS · POSVIT
(con nexos VM y AN en lín. 4-5). He subrayado en mi lectura los
seis errores del CIL; en el aparato crítico Hübner fue eliminando
todas las divisiones de línea en 2-5 (que eran las verdaderas), el
ELIANA de Resende en la 2 y el SVCCEPTVM de Pighio para la 4.ª
(éste escribe ENDEVELLICO en la 1.ª). En lín. 3, donde un golpe
complica ciertamente la lectura, Resende y CIL leyeron YBAS y
Breval VBAS (es decir, tampoco lo mismo que el portugués).
Ambos son cognomina extraños, que figuran como hápax en todos
los repertorios onomásticos. En lín. 4 Resende leyó correctamente
FILIE y SVE, aunque eran lo menos común, mientras Breval y
Hübner, creyéndolo incorrecto, lo corrigieron FILIAE y SVAE,
errando ambos. La piedra, en definitiva, traía más aún de lo que
Resende y Breval decían, el texto de Breval no es idéntico al de
Resende y es mucho mejor que el de Pighio; y con respecto al CIL
sólo coincide en las lín. 1 y 5, pero era Hübner quien se equivocaba
nuevamente.
No quiero dejar de comentar un par de detalles epigráficos
interesantes que se me ocurren al releer esta inscripción: el nomen
Elvia, sin la H inicial, se da con relativa frecuencia, pero hay un
ejemplar próximo, en Serpa (ERBC n.º 217), además de la propia
ciudad de Elvas, muy próxima a Évora y cuyo nombre sin duda
procede de ese gentilicio romano. En cuanto al rarísimo cognomen
de la lín. 3, VBAS o YBAS, la más reciente edición de esta pieza, ya
citada (2002), persiste en leer YBAS, como hicieron el CIL y las
IRPC. Sin embargo, en una lectura atenta el cognomen me parece sin
dudas YLIAS; sólo lo leyó así Lambrino, en 1967, pero no se le hizo
caso. Espero que ahora pueda ser aceptado, por tres motivos:
a) es lo que parece leerse en la piedra; b) no existen paralelos para
Ybas ni para Ibas, pero sí los hay para Ilias, al menos ocho, aunque
todos en Italia. Y c) lo más concluyente creo que será, entre esos
ejemplos italianos, este precioso e inadvertido epitafio, aparecido
en Roma pero por casualidad de una eborense que nunca regresó a
su patria: Sacrum / Calpurniae / Iliadi / Eborensi / ex Lusitania /
L(ucius) Lusius / Menecrates / uxori / sanctissim(a)e (CIL VI, 14234):
Un paralelo ciertamente estrecho que, además de obsequiarnos
ese tan lusitano Lusius, confío sea capaz de disipar ya cualquier
duda al respecto, enviando a VBAS e YBAS al archivo de los
«fantasmas epigráficos».
[INSCRIPCIÓN N.º 16] = CIL II 129, sin citar a Breval. Resende,
1593, fol. 234, 1996, p. 204 y n. 107; IRCP n.º 488; Aditam. n.º 69.
Las variantes del CIL (que sigue la lectura de Pighio y Resende)
con respecto a Breval son: 1 SAcr, 2 AD RELICTICIVM y 3 I(ussu).
Hübner desecha en la 2 ADRELIC·ICIVM (de Scaliger) y, en la
3 L·NVMIN (de Pighio) y T·NV·MIN (de Resende). Como vemos,
aunque todos los antiguos leían ahí una T o una L (y Breval
también), Hübner y Mommsen decidieron sin verla que «est I(ussu)
NVMIN(is)». Y con esa I contraria a la traditio ha pasado a toda la
bibliografía posterior. Una nota de Mommsen indicaba que bajo
esta fórmula debía de haber algo similar al ex religione iussu numinis
de CIL II 138 (un paralelo que Scaliger tenía también en sus fichas,
pero no siguió). Ahora John Breval nos confirma aquí, separándose
otra vez de Resende, que al final de la lín. 1 sí que se veía al menos
la C y que en la 2 lo que se leía era RELICTITIVM, con una
segunda T y no una C (por otro lado, más latino) y, como Resende,
que ante NVMIN había en efecto una T y no una I (aunque
Resende resolvía la T como t(estamento), lo que no da sentido).
Creo, en fin, que procede aceptar los cambios que Breval confirma.
En cuanto a la extraña palabra, sea ella RELICTITIVM o
RELICTICIVM, que el CIL ni comenta ni explica, no parece que
exista en latín. Encarnação en sus IRCP da RELICTICIVM [?],
entendiéndolo en la traducción como «para a posteridade» y
recordando las dos soluciones de Hübner y Lambrino (deturpación
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
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de ex religione iussu numinis, como en IRCP n.º 522, o bien relación
con el relictum a maioribus de IRCP n.º 499). Pero existe otra
posibilidad, que sugiero ahora, y es dividir tan largo y extraño
vocablo de una manera que lo dote de sentido, siempre partiendo
del TITIVM y el T · NVMIN que da Breval. Propongo
tentativamente este desarrollo: D(eo) Endovellico sac(rum). / Ad
relig(andum) Titium ex / t(uo) numin(e) / Arrius Ba/diolus a(nimo)
l(ibens) f(ecit). El sentido es que Arrius Badiolus realiza gustoso una
ofrenda a la divinidad para que su (¿amigo?) Ticio pueda ser
«amarrado del numen o poder» de Endovélico, lo mismo que una
barquita se sujeta fuertemente al muelle para no ser arrastrada por
la tempestad (Oxford Latin Dictionary, ed. 1985, p. 1606: religare,
3.ª acepción), en definitiva que pueda sanar estando firmemente
sujetado por el dios. Esta solución cuadra bien con los bien
conocidos atributos sanadores de Endovélico, así como con la
T inicial de la lín. 3. Lo que parece claro en todo caso es que un tal
relictitium o relicticium no existe y la solución (si la que sugiero no
gusta) debería ensayarse a partir de dividir tal «palabra».
[INSCRIPCIÓN N.º 17] = CIL II 139, sin citar a Breval. Resende, 1593,
fol. 235, 1996, p. 205; IRCP n.º 526; Aditam. n.º 107. En este caso
Hübner se basa en Pighio y Resende, quienes la ponen también,
como la anterior, en Santa María de Gracia. La lectura de Breval se
diferencia en la lín. 1, donde copia Q·E, sin duda mal por Q·F, y,
en la 5.ª, en la que su ENDOVLICO podría ser una simple errata
tipográfica si no fuera porque, curiosamente, Hübner descartó una
extraña lectura de Pighio: un ENDOVOLICO, pero en el que la
segunda O aparece rodeada de cuatro puntos, como si Pighio
hubiera reflejado alrededor de la O una cara o algo similar.
No me es posible acceder a las dos obras del italiano para
comprobarlo, pero el hecho de que Breval elimine de su lectura
justamente esa curiosa «letra» me lleva a pensar que, al verla, no
la reconoció como tal, por lo que se la saltó, lo que parece una
buena prueba de autopsia. Como mínimo, sería un testimonio más
de que el inglés no sigue servilmente a Resende, que aquí daba un
ENDOVOLICO que Breval no sigue por el motivo dicho, aunque
sería lo correcto.
[INSCRIPCIÓN N.º 18] = CIL II 134, sin citar a Breval. Resende,
1593, fol. 236, 1996, p. 205 y su n. 110; IRCP n.º 508, con foto;
Aditam. n.º 89. Se conservaba en el mismo Alandroal, donde
Resende la vio «ad arcem oppidi» («en la zona alta de la ciudad»); pero
Breval, al indicar más precisamente dónde y cómo estaba, nos
demuestra que también la examinó: «to the Castle of Alandroal... where
it is fix’d in the Wall». Dicen que fue transportada junto con IRCP
n.º 509, Aditam. n.º 90. La piedra existe aún, aunque ahora ha
perdido algo del final de sus dos últimas líneas, y dice:
L·IVLIVS·NOVATVS· / ENDOVELLICO /3 PRO SALVTE· /
VIVENNIAE / VENVSTAE / 6 MANILIAE / SVA[E] / VOTVM ·
SOLV[IT]. La única fuente en este caso era Resende, quien leyó bien
el raro gentilicio Vivenniae de la lín.4.ª. Breval lo da mal como
VIVENIVIAE, convirtiendo la segunda N en IV, pero esto tiene más
bien el aspecto de ser un fácil error tipográfico leyendo el
compositor del texto de un manuscrito; y, si es una mala lectura
suya, en todo caso probaría su autopsia, pues VIVENIVIAE no lo
trae Resende ni autor posterior a él o anterior al inglés. Por otra
parte, Hübner, leyendo en la lín. 6.ª de Grútero la palabra
MAMMAE, aventuró, en lugar de MANILIAE: «6 MAMMAE Grut.
ex emendatione puto Scaligeri, fortasse recta», desconfiando otra vez de
Resende y optando por una lectio difficilior, ya que por entonces ya
existían al menos dos Manilii próximos, uno en Évora (CIL II 119 =
IRCP 404) y otro en Mérida (CIL II 575). Una más apareció luego en
la propia Évora, en la época del Supplementum (CIL II 5197 = IRCP
405). A pesar de lo cual, y de la rareza de lo sugerido por el CIL, la
enmienda MAMMAE ha sido aceptada por autores posteriores.
Al haber sobrevivido la inscripción, nos demuestra otra vez que el
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denostado autor eborense estaba en lo cierto y Hübner no. En
cualquier caso, me resta decir que estos tres nombres aplicados a
una sola mujer no parecen en efecto lógicos, sobre todo porque el
tercero es otro nomen. Pero, en vez de enmendar, es mejor buscar
otra interpretación de la lectura. Por ello sugiero la hipótesis de
que Manilia es la esposa de C. Iulius Novatus, y la enferma por la que
se ruega, Vivennia Venusta, es posiblemente hija de un primer
matrimonio de Manilia con un Vivennius, esto es, entendiendo:
...pro salute Vivenniae Venustae, (filiae) Maniliae suae (i.e., uxoris) o, más
en breve, pro salute Vivenniae Venustae, Maniliae suae (filiae). Ahora
conocemos otra Vivennia, asimismo en la vecina Évora: AE 1980,
546 = IRPC 408 (Vivennia Badia).
Su punto de vista, como puede verse, es plenamente favorable al
país aliado.
Hace ya medio siglo Abel Viana dio a conocer, en varias entregas
(1948-1949), un manuscrito de fines del XVIII del anticuario
pacense (es decir, de Pax Iulia) Félix Caetano da Silva (Apontamentos
vários sobre as memórias da História da cidade de Beja, Ms 8019,
Biblioteca Nacional de Lisboa), en su día no conocido por Hübner.
Nos servirá de ayuda en algunos casos, puesto que, aunque Silva
cita en su apoyo, como es natural, a Resende, Brito o Nunes do
Leão, él era natural de la ciudad y conocía bien sus antigüedades,
dejando dibujadas varias de ellas (aunque sin arte alguno).
Me hubiera gustado poder consultar este manuscrito directamente,
así como, con el mismo fin, otro, todavía anterior, de Vasco Freire:
Livro das antiguidades da cidade de Beja e de outras particulares
dependentes della (c. 1612-1621), tampoco utilizado por Hübner,
que se conserva en la misma Biblioteca Nacional (Ms 885) y está
mejor ilustrado.
Esta idea de Breval es la que comparto y mantengo, entre otras
causas por esta importante referencia conservada en la Crónica del
moro Rasís (Canto, en VV.AA., 1990, espec. p. 295-296), cap. LXVI:
«E Atavia (scil., Octavio) mandó adobar (scil., terminar) todas las cosas
que Julio Çesar avía començado en España, e acabó a Çaragoça, que es muy
noble çibdat, e a Mérida, semejante de Sevilla, e a Cordoua de Beja...».
Además de otros argumentos, como su epíteto de Iulia (CIL II 55)
porque he podido ir probando hasta ahora que el testimonio de
al-Razí (el más importante historiador de al-Andalus, del siglo X)
se cumple en el caso de Augusta Emerita (más precisamente un
municipium cesariano anterior, según un epígrafe romano en la
muralla, hoy perdido pero documentado en este mismo historiador
árabe) y en el de Caesarea Augusta (donde ya están apareciendo, en
recientes excavaciones, diversos testimonios arqueológicos
tardorrepublicanos que demuestran que, pese a la historiografía
tradicional, esta ciudad tampoco fue «fundada» por Augusto,
y menos ex novo). El caso de Beja, por tanto, lo considero similar,
y puede ser cuestión de tiempo el que aparezcan los testimonios
que lo prueben (pace Faria, 2001a, 2001b, con bibliografía anterior).
Como dije en la introducción biográfica, en el relato hay varias
afirmaciones como ésta, que dan a entender que los viajes a la
Península Ibérica de Breval no tuvieron que ver con el Grand Tour,
sino con su vida como militar. Para los monumentos de Beja cf.
los citados VV.AA. 1998, sub n.º 277 y http://www.ippar.pt/pls/
dippar/ippar_home. Siguen conservándose dos de las puertas
de la muralla (las de rúa Don Diniz y Avis) con las cabezas de toro
características de la ciudad, de la que hablan varios autores y
también el que ahora editamos. Cf. n. 122.
[INSCRIPCIÓN N.º 19] = CIL II 47, sin citar a Breval. Resende, 1593,
fol. 206, 1996, p. 196 y n. 76; Murphy, 1795, lám. XVI; ILS 6899;
Viana, 1945, p. 257-258 y foto en p. 253; IRCP n.º 291, con buena
foto impresa. La placa, de mármol de Trigaches y 88 x 64 cm
(IRCP), se halló entre 1573-1574, no se sabe bien si en Mombeja
o en la Herdade da Lobeira (CIL, Viana, 1945. n. 70 e IRCP cit.).
En este caso Hübner dispone de tres autores del siglo XVI:
336
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
115
Barreiros, Resende y Arraiz, ya que dice que él mismo buscó la
pieza sin éxito (frustra quaesivi) lo que, dicho sea de paso, parece
poco creíble ya que, como bien recuerda Encarnação, los bejenses
concedieron siempre mucho valor a esta inscripción y, aunque en
sitios distintos, parece que desde el siglo XVI estuvo
permanentemente expuesta en público, y desde 1782 seguro en la
pared exterior sur de los Paços do Conselho, antiguos [Bayer] o
nuevos [Vargas, 1922], Casa da Câmara en época de Viana y actual
Câmara Municipal, donde se halla ahora en la escalinata principal.
En todo caso el autor alemán, sin verla pero llevado de su
permanente recelo hacia Resende, desecha la lectura del evorense
porque — imagina él — la inscripción tiene las líneas 3-5 aliter divisis,
y las modifica cortando así: IMP· CAES· T· AELI / HADRIANI·
ANTO / NINI· AVG· PII· P· P· FILIO... Como afortunadamente la
pieza se conserva, podemos comprobar que las aliter divisis eran las
del CIL. Al mismo tiempo verificamos que el autor inglés no la
copió de Resende, sino que la vio sin duda alguna, como lo afirma,
por el hecho de que Resende se limita a ubicarla muy
lacónicamente in foro Cippus, mientras que Breval (que pasó en Beja
algunos meses y vio muchos monumentos en la ciudad) da con
más precisión el edificio de la plaza, de tipo militar, donde estaba
empotrada, indicando además que era muy bella y notable. La
referencia de Breval encuentra una segunda confirmación en la
descripción de F. Pérez Bayer, que la vio y copió en 1782 «en la Plaza
mayor en las Casas del Ayuntamiento pared que mira al Medio día...»
(1782, p. 116), coincidiendo perfectamente con Resende y Breval en
la división de las líneas 3-5. Por lo tanto, devolvemos una vez más
el crédito a ambos damnificados del CIL cuando dividieron de esta
manera las líneas 3-5, puesto que la propia pieza los revalida.
Ambos omiten la T del praenomen (Hübner: 3 T om. Res.), que Pérez
Bayer sí da, del padre del entonces príncipe heredero. Y ya por
último: como, en fin de cuentas, Breval no es un verdadero experto
en Historia de Roma, atribuye por error el epígrafe a Cómodo (la
misma confusión ha durado hasta Abel Viana, 1945, p. 258). Se
trata, obviamente, de Lucio Aelio Aurelio Cómodo, que conocemos
como Lucio Vero II, hijo adoptivo de Antonino Pío (en realidad de
Adriano: Canto, 2003b, passim) y colega de Marco Aurelio; pero ello,
a los efectos que aquí pretendo, no hace sino probar la credibilidad
de nuestro autor como testigo directo.
[INSCRIPCIÓN N.º 20] = CIL II 52, sin citar a Breval. Resende, 1593,
fol. 201, 1996, p. 195 y n. 67; IRCP n.º 233. Perdida. Según
Resende, estaba embutida en la muralla de Beja, ad Portam
Maurensem, versus nouam, lo que R.M. Rosado Fernandes (loc.cit.)
traduce «de frente para as novas Portas de Moura» pero entiendo
debe ser «junto a la Puerta de Moura, en dirección hacia la (Puerta)
Nueva (scil., de Évora)», como demuestra, por ejemplo, el bejense
F. Caetano da Silva en 1792 (apud Viana, 1948, p. 302) al ubicar un
fragmento con SALVIANO «no canto de huma das torres q. estão na
muralha antiga, entre a Porta de Moura e o postigo da Porta Nova».
La Porta de Moura fue reconstruída en 1867, y dos años después,
en 1869, fue demolida la Porta Nova, que en efecto era contigua a
la de Moura. En CIL 52 el texto se da igual, excepto PRA en la lín. 2,
como habían leído Arraiz y Resende, lo que recoge Hübner sin
desarrollarlo (Fernandes dice que sí: n. 67), aunque era lo más
esperable que hubiera pra[efect(us)] (Fernandes praef(ectus), male),
lo que sí hace Encarnação (loc.cit.) suponiendo un nexo, aunque lo
completa con fabrum. Comprobamos ahora que Breval sí leyó la
última E, lo que confirma la restitución PRAE[F(ectus)].
Ante la ausencia del flaminado local o provincial, muy frecuente en
quienes ascienden desde las carreras locales a la ecuestre, me
inclino más a entender el cursus en orden inverso y que C. Iulius,
antes de ser duovir, hubiera sido más bien prae[f(ectus) i(ure)
d(icundo)], esto es, lo que supuso Hübner en reflexión posterior
(CIL II Suppl. p. 1152) con su pra[efectus pro duoviro?]. En cuanto a la
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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lín. 3, Hübner propuso que al final hubiera una X en vez de una N,
leyéndose según él [populo] utrique sex[ui... dedit] o mejor (según él)
utri(us)que sex[us]. Aparte de que ambas soluciones son anómalas
(y abreviar en -i un genitivo -ius mucho más), Breval confirma que
había una N. H. Galsterer, respetando esta N, propuso que C. Iulius
podría haber presidido utrique sen(atui), si hubiera habido en Pax
Iulia, en un momento temprano, un senado doble, como se
constata para otras ciudades hispanas (1971, p. 52, n. 9, recogido
también en IRCP, p. 307 y nn. 5-6), hipótesis verosímil y que puede
mantenerse en consideración.
[INSCRIPCIÓN N.º 21] CIL II 56. Resende, 1593, fol. 201,1996,
p. 195 y n. 68; Viana 1948, p. 301-302; IRCP n.º 234. Perdida ya
en época de Caetano da Silva, que la dibuja con un espacio
destruído a la derecha de la lín. 2.
[INSCRIPCIÓN N.º 22] = CIL II 49, sin citar a Breval. IRCP 236.
Hübner dice: «Stat sola Resendii fide, nec tamen falsa videtur». Pero
aquí comparece ahora un segundo testigo que sin duda vio la
inscripción. Las mejores pruebas de ello en este epígrafe es que
Breval transcribe en la lín. 2 FLAMIN(i) y en la 4.ª PRAEF(ecto),
que estadísticamente son más verosímiles que el FLAMINi y el
PRAEFEC(to) que da Resende (y de él el CIL) y también que veía en
él los restos de una línea más al final, que Resende no vio (aunque
dice cippus semifractus) y de la que Breval no pudo transcribir nada
pero señala la existencia. Quizá contuviera el nombre de la colonia.
[INSCRIPCIÓN N.º 23] = CIL II 55, sin citar a Breval. IRCP 242.
En este caso la transcripción coincide con la que da Resende en las
Antiq., p. 203, aunque sin duda Breval la vio, puesto que en 1792
F. Caetano da Silva todavía la pudo ver («viasse hum dos ditos
marmores no muro alto da Porta de Moura...») y la dibujó (apud Viana,
1949, p. 7).
[INSCRIPCIÓN N.º 24] = CIL II 48, sin citar a Breval. ¿Perdida? Para
esta inscripción fragmentaria, reaprovechada como escalón en la
catedral, Hübner dispone de tres exempla, debidos a Resende, Pérez
Bayer y M. Cenáculo, con el texto en un progresivo estado de
pérdida. Pues bien, la lectura que nos da Breval no es idéntica a
ninguno de aquéllos: Breval supone vestigios, que indica, de una
línea anterior y una posterior a las dos conservadas, y además en la
lín. 1.ª reporta una letra más al final, la I, que Resende, que era
quien daba el texto más completo de los tres. Nueva prueba de la
falta de base del juicio hacia nuestro autor. Confirma que hacia
1720 se hallaba aún en la mencionada escalinata. En cambio, a
fines del siglo es Caetano da Silva quien precisa mejor su nueva
ubicación (Silva, 1792, p. 6-7): «Esta pedra existe ainda no quintal da
dita Igreja, na parede da sancristia, por baixo do buraco donde se deita
agora agua no lavatorio onde se pòde ver» (sigue la cita de cinco autores
que la mencionan, sumando, a los citados por el CIL, a Faria y
Barreiros). Aunque se dice que periit, puede que con estos datos tan
precisos fuera posible aún encontrarla.
[INSCRIPCIÓN N.º 25] = CIL II 60, sin citar a Breval. Resende,
la única fuente del CIL, da en lín. 2 IVLIA, completo, y en la
5 TERSPICORE, precisando «errore scalptoris positum, sed ego mutare
nolui». Sin embargo, en este caso creo que no sólo Breval la vio,
sino que dio mejor lectura, lo que se prueba por el dibujo posterior
de Caetano da Silva, de 1792 (apud Viana, 1949, p. 301), que da
también en la 2 IVL, como Breval, y en la 5 TERPSICORE., sin la
rara errata de Resende. Caetano parece citar a Resende sólo para
la ubicación, pero no la encuentra ya («se via outra inscripção... que
dizia»), por lo que sospecho que para el texto da Silva usaría de
algún otro autor local al que prestaba más crédito. Lo único que
aparentemente Breval mejoró por su cuenta es la falta de una H
en el nombre de la dedicante, pero parece claro que la vio.
[INSCRIPCIÓN N.º 26] = IHC 3, ICERV 80. Nuevamente se
presentan diferencias: Hübner y Vives, a partir en este caso de
Resende y Pérez Bayer respectivamente, leen igual las líneas 1-2;
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pero entre las 3 y 8 tienen discrepancias en la división de líneas
y en las lecturas. Las variantes de ambos autores con respecto a
Breval, que la vio, son: 3 PRSBIT, 4 XRI, 5 ANN L (Vives, pero
Hübner LV, de Resende), 6-8 REQVIEVIT / IN PACE DNI / XI KAL
NOVEMBRES CIL, NOVEMB[RES] Vives. Su fecha es el 22 de
octubre del 584 d.C. Creo que a estas alturas del análisis estamos
ya en condiciones de prestar más fe a la lectura del viajero
británico, máxime porque Hübner afirma en varios epígrafes
romano-paganos (y sus textos lo prueban) que Pérez Bayer
no había visto algunas de las inscripciones que copiaba, y en
este caso es evidente que este epígrafe nunca había sido publicado
antes de Breval, excepto en Resende, del que sin embargo, como
acabamos de comprobar una vez más, nuestro testigo inglés
se separa.
Lo confirma también F. Caetano da Silva en 1792 (apud Viana,
1949, p. 303): «...as dés cabeças de boy, e alguns mais de marmore, que se
tem descuberto, como verdadeiras insignias da Colonia Pacense, e doutras
mais; de que tratámos no Capitulo 8º desta Historia...». Hoy apenas se
ven una o dos, cf. supra n. 113.
«Sabemos quanto é melindroso êste caso de Ourique, por
derivarem dêle as nossas mais altas lendas patrióticas» (Oliveira,
1944, p. 8). El libro de Oliveira es interesante porque reúne tanto
las 11 fuentes literarias medievales sobre este encuentro, librado
el 25 de julio de 1139 (p. 13-18) como todas las varias hipótesis
modernas habidas hasta su época acerca de su ubicación y los
problemas de cada una (p. 41-66), además de una completa
bibliografía hasta ese momento (p. 131-139). Los lugares barajados
al N. del Tajo han sido el Chão de Ourique (c. Cartaxo), Penela,
Montemor-o-Velho, Sintra, Lisboa y Campo de Ourique (c. Leiria).
Al S. del río, en el Alentejo, hay acuerdo en un solo lugar: el Campo
de Ourique, cerca de Castro Verde y al SO. de Beja. Ésta fue la
localización apoyada por historiadores de tanto peso como
Alexandre Herculano (1810-1877) o, modernamente, J. Veríssimo
Serrão o L.F. Lindley Cintra, entre otros muchos. Algunos autores,
como D. A. Lopes, apostaron firmemente por el N., dudando
entre el Chão de Ourique (c. Cartaxo) y, últimamente, Campo de
Ourique en la zona entre Leiria y Santarém (así Amaral, 2000,
p. 80-81, donde se citan más brevemente los argumentos a favor
y en contra). El propio Oliveira (1944, p. 67-84) fue el único que
propuso identificar el Aurich/Aulic/Haulich/Oric/Ouric de las fuentes
con la ciudad de Aurelia/Auricula/Oreja, cerca de Toletum/Toledo,
lo que no parece posible.
Sobre la entidad y trascendencia real de esta famosa batalla «no
coração da terra dos sarracenos» (lo que excluye per se la hipótesis de
Oliveira acabada de citar), que cuenta con un lugar de honor en
Os Lusíadas de Camõens (canto III, octavas 22-54), hubo fuerte
debate en Portugal durante todo el siglo XIX, e incluso ahora,
como acabamos de ver, no hay acuerdo entre los historiadores
acerca del lugar de su escenario exacto, si al N. o al S. de Portugal.
Herculano consideraba esta acción, aunque importante para la
nación, como una simple correría o «jornada» de la que no existía
el menor vestigio en las fuentes árabes. Pero en una refutación
que en 1851 publica un anónimo A.C.P. (1851), esto es, António
Caetano Pereira, se citan en cambio textualmente tres autores
árabes que dan referencia de ella como un verdadero y sangriento
combate. La campaña tuvo lugar en el marco de la dominación
almorávide de al-Andalus (1086-1147). Los cinco jefes musulmanes
vencidos por Alfonso Henríquez serían según este autor «Taxefin
[i.e., Tasufin] ben Alí y Omar (hijo y primo del sultán de Marruecos
[Yusuf I ben Tasufin]), Ismael, Ismar e Ibrahim», que procederían de
las ciudades de Évora, Beja, Sevilla y Badajoz (como puede verse,
todas en el S.). En p. 26 reta: «si se prueba que no, arrasem-se os
monumentos que se erigiram ao facto de Ourique», pero no sé si se refiere
al que aquí trataremos (véase la siguiente nota). El debate histórico
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continúa, enrarecido en cierto modo a efectos históricos por la
existencia en Coimbra de un pergamino en el que el propio rey
Alfonso I juraría la existencia de un milagro similar al
constantiniano y en la línea del «profetismo forjado» propio de la
Edad Media. No me es posible detenerme más en ello, pero remito
también al competente artículo de L. Carmelo [s.f., post 1998]
en http://bocc.ubi.pt/pag/carmelo-luis-Ourique.html: «Facto
inabalável é que, após a Restauração, a lenda simbólico-alegórica
de Ourique, entre outras (como a do Encoberto), se instituirá
decisivamente como uma faceta importante da auto-representação
de Portugal, acabando por adquirir, após Herculano, uma
verdadeira dimensão mítico-poética». Los cinco escudos que la
recuerdan y permanecen en el escudo y bandera de Portugal,
desde luego, vienen a probar que la batalla tuvo una trascendencia
duradera.
En cuanto a la localización concreta del decisivo choque, soy
partidaria del Ourique alentejano, tanto porque este territorio se
hallaba por entonces plenamente «no coração da terra dos sarracenos»
como por la procedencia meridional de los reyes musulmanes que
participaron en ella, por la referencia, ya citada, al hallazgo de las
reliquias de san Vicente (ut supra, «Algarve» e infra en n. 128)
y los testimonios de Resende y, ahora, de Breval. Veamos ahora
cómo el testimonio del inglés podría arrojar una decisiva luz sobre
esta importante y secular polémica de la historia lusa (cf. la nota
siguiente).
[INSCRIPCIÓN N.º 27] = Resende, 1593, fol. 218, 1996, p. 200-201
y n. 84 en p. 290 (y véase los precedentes del problema histórico
sobre la batalla en la nota anterior). Breval presenta con respecto
al texto de Resende algunas pequeñas correcciones o erratas
(en lín. 4, 5 y 8, donde el eborense da ADPELL, ADFORTITER y
STVPENDAE REI respectivamente) y muy leves diferencias en la
división de algunas líneas. Andrés Resende, en su presentación en
1593 de este epígrafe, afirma que el joven rey D. Sebastián I,
camino del Algarve «hace poco», recorriendo los lugares donde en
1139 había tenido lugar la famosa batalla de Ourique, arranque de
la monarquía portuguesa y honra de su admirado Afonso I (véase
la nota anterior), no encontró en el escenario de aquella gran
victoria ninguna conmemoración de ella. Ordenó entonces
«demoler la vieja ermita y construir una iglesia y un arco conmemorativo»,
confiando al propio Resende el componer una inscripción, en latín
y portugués para cada cara del arco, lo que Resende, ya muy poco
antes de morir, cumplimentó con el texto que aquí vemos.
Todo este relato, a pesar de su gran verosimilitud, fue tachado de
completamente falso, incluyendo la inscripción, durante una
conferencia dada en julio de 1721 en la recién fundada Academia
Reial de História Portuguesa por D. Rodrigo Anes de Sá Almeida e
Meneses, primer marqués de Abrantes, durante la cual el poderoso
político afirmó que no había visto en este Campo de Ourique
restos del arco ni del epígrafe, ni los naturales del lugar recordaban
nada de tal trofeo, acusando en conclusión a Resende de ser un
falsario en toda regla. Imagino que, de paso, su testimonio debió de
influir bastante para buscar el «campo de Ourique» de la batalla en
otros puntos de Portugal (según se detalló en la nota precedente).
Como otros muchos autores después de Abrantes, el más reciente
editor de Resende, Rosado Fernandes, sigue compartiendo tal
criterio casi trescientos años después, achacándolo a «a finalidade
de propaganda política com que Resende inculcava por todos os
meios nos concidadãos os fundamentos da consciência nacional»
(1996, n. 84 en p. 290), concluyendo con esta lapidaria frase
(Fernandes, 1988, p. 612): «...a célebre inscrição imaginada
por Mestre André como tendo sido gravada por ordem do rei
D. Sebastião...foi entonces desenmascarada»).
Por mi parte no sólo no creo en ninguna falsedad, sino que a partir
de la presente revisión podremos alcanzar otra inesperada
338
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
consecuencia. Pero antes aportaré mis argumentos. En primer
lugar, el motivo para el homenaje: Nos consta la admiración que
el joven D. Sebastián sentía por su primer antecesor, D. Afonso
Henriques, pues sabemos (PDH, vol. VI, p. 778-782;
http://www.arqnet.pt/ dicionario/, s.v.; Amaral, 2000, ibid.) que este
desgraciado rey mandó traer del monasterio de la Santa Cruz de
Coimbra la espada que había sido del primer rey portugués para
ceñirla en su propia cruzada en África que definitivamente le
costaría el trono (pero no la vida...) en la derrota de Alcazarquivir,
el día 4 o 5 de agosto de 1578. En segundo lugar, la ocasión para
el homenaje: Con tales antecedentes, resulta bastante verosímil
que, al pasar por el escenario de aquella gran victoria, D. Sebastián
ordenara allí la erección de algún monumento para honrar a
Afonso I. La oportunidad tuvo que ser al comienzo de la primera
y fallida cruzada contra el Islam del joven rey, almus pater del
«sebastianismo», que tuvo lugar en el verano de 1574. Según
afirma Diogo Mendes de Vasconcellos en su esquema biográfico
de Resende (1593, Vita, s. fol.; 1996, p. 56), éste falleció en 1575.
Aunque la fecha más admitida es 1573, me parece más decisivo en
este asunto el testimonio de su coetáneo, amigo y editor literario,
el citado Vasconcellos. Esta fecha encajaría y además coincidiría
bien con el detalle temporal que da Resende («hace poco») para
fechar el paso del rey por Évora camino de África. Así pues,
motivo y ocasión temporal existieron.
El tercer argumento a favor es la lógica, que no ampara el supuesto
engaño: Aunque sólo pensáramos en una fabulación de Resende,
parece estúpido e impropio de cualquier hombre, no ya de uno que
sea honesto, sino que al menos sea inteligente, inventarse una
iglesia, un arco triunfal y una larguísima inscripción ubicados en
un lugar abierto y famoso, donde cualquier coetáneo suyo o
posterior podría ir al día siguiente de leerle y constatar por sí
mismo el fraude. La Lógica es una premisa esencial del análisis
histórico, de manera que sólo por ella se debería tender a dar
crédito a la veracidad del monumento, puesto que Resende no
sólo era inteligente, sino que era también honesto. Su principal
biógrafo, F. Leitão Ferreira (1667-1735; cf. en Freire, 1916, p. 128
y Fernandes, ibid.), no se atrevió a poner en duda el testimonio del
marqués de Abrantes — recordemos que éste era consejero de
Estado de João V y, sobre todo, hombre de gran poder en ese
momento — pero tampoco quiso creer en la falsedad completa de
la historia («come se ele [scil. Resende] fosse outro Ciriaco Anconitano ou
algum Ânio de Viterbo», dice dolidamente), por lo que sugirió que
todo el proyecto de D. Sebastián I debió de quedar en la fase de
planificación, o bien que los lugareños hubieran demolido el arco
para usar sus restos como piedra de cantería, ocultando después el
atropello. Sugerencias que, como hemos visto, la investigación
posterior ha rechazado de plano.
Sin embargo, una vez más John Breval viene a darnos un
testimonio fidedigno y creo que de mucho interés para los
historiadores portugueses, puesto que hacia 1707, esto es, unos
14 años antes que viajara hasta allí el marqués de Abrantes, afirma
que «...on that very Spot where this Trophy stands, and upon which
there was only the Ruins of a little Hermitage...».
Si Breval se hubiera limitado a copiar servilmente de Resende,
«habría visto» la nueva iglesia y en cambio «no habría visto» la ermita,
pues ésta decía Resende que había sido mandada demoler por el rey
D. Sebastián. En cambio de ello, Breval constata todavía los restos
del arco y de la ermita, pero no dice nada de una nueva iglesia.
Esto creo que demuestra que estuvo ante los restos, incluso aunque
el epígrafe mismo lo tomara de Resende por leerse mejor en él.
Por lo tanto son cuatro los argumentos que contrarían la hipótesis
de falsedad formulada por el marqués de Abrantes — ¡y con qué
éxito! — y los de quienes después han prestado más crédito a sus
palabras que a las de Resende: 1) D. Sebastián tenía motivos para
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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mandar hacer el homenaje; 2) la referencia de Resende coincide
con la fecha del primer viaje del joven monarca hacia África;
3) un invento de Resende hubiera sido demasiado torpe por
fácilmente comprobable; y 4) el testimonio de John Breval, que nos
confirma que, del proyecto inicial del joven rey (derrotado y hecho
cautivo muy poco después, durante la segunda campaña, en 1578,
en Alcazarquivir, vid. infra en las Conclusiones, 7.1.4-5), no se llegó a
cumplir la demolición de la vieja ermita ni la construcción de la
nueva iglesia, pero que sí se erigió el arco triunfal con las
inscripciones, así como que hacia 1707 ambos, ermita y trofeo,
se hallaban en ruinas. Procede, pues, reforzar la tímida defensa que
en su día hizo F. de Leitão Ferreira: Posiblemente entre 1708 y 1721
lo que ya eran restos del arco desaparecieron por completo y los
lugareños seguramente ocultaron el aprovechamiento de tan
venerable monumento a las glorias portuguesas, sobre todo ante
un político en ese momento tan temible como lo era el marqués
de Abrantes.
Han terminado de inclinar mi opinión en contra del crédito del
citado marqués dos de los varios testimonios directos que un
famoso viajero francés en Portugal, el naturalista Charles-Frédéric
de Merveilleux, dedicó al famoso privado regio, al que este
científico galo trató y conoció bien: «No tempo em que permaneçi em
Portugal, o rei acatava muito as ideias ridículas do marquês de Abrantes,
gentil-homem da sua câmara, conselheiro de Estado e o homem mais
superficial e mais bruto que em minha vida conheci. [...] Esse ministro não
encarava bem os estrangeiros ilustrados, e depois de lhes arrancar os
resultados dos seus estudos, com que se fazia valer perante Sua Majestade,
tratava de os banir do Reino...» (los subrayados son míos)
(Merveilleux, 1738, sub Chaves, 1983, p. 153, vid. también p. 155,
158-159, etc.). Bien puede Portugal, pues, recuperar este interesante
testimonio de su más remota Historia como nación gracias a
nuestro autor inglés, igual que otros documentos de época
permiten pensar, contrariando también la creencia general, que el
rey D. Sebastián I no murió en Alcazarquivir o Alcácer Quibir
(vid. in fine, en las Conclusiones ya citadas).
[INSCRIPCIÓN N.º 28] = CIL II 17*, sin citar a Breval. Resende, 1593,
fol. 158, 1996, p. 177 (olvida traducir el final HEINC PACENSES)
y n. 278; IRCP p. 739 y 758. Aunque Hübner no dice nada sobre
por qué la declara falsa, tuvo que ser su ya obsesivo recelo hacia
Resende, por ser éste, en una larga carta a Azevedo, la única fuente
(según el autor alemán que, como ya sabemos bien, nunca
consultaba a nuestro inglés). L. Pérez Vilatela [1994, p. 265],
la desecharía «por aparecer [Daciano] como perseguidor ubicuo en
multitud de actas martiriales...»; pero Hübner hubiera alegado tal
argumento de haberlo manejado o, lo que es igual, si hubiera
relacionado a este praeses Datianus con el martirizador de san
Vicente en Valencia, lo que parece no pensó (y en principio no sería
posible, por ser de distinta provincia y no caber en esta passio Sancti
Vincentii confusión alguna con la Valentia alcantarense).
J. d’Encarnação por su parte (IRCP cit.) pone el terminus bajo
sospecha pero no deja de reconocer que hace poco se ha fijado el
límite sur del territorium de la Ebora romana cerca de la iglesia de
Nossa Senhora de Aires, célebre santuario junto a Viana do
Alentejo, aproximadamente a media distancia entre Évora y Beja
y paralelo al moderno Oriola, 14 km al E. del santuario y el sucesor
del Aureola de Resende. Esto confirmaría el finis meridional de
Ebora en dos puntos paralelos. Aparte de este interesante indicio,
el testimonio de Breval viene, si no categóricamente, a dar
verosimilitud al terminus, como creo que el lector podrá conceder
por las siguientes diferencias con la transmisión de Resende:
1.º) Éste dice que procede del oppidum semidirutum de Aureola y no
menciona el topónimo moderno; en cambio Breval no ve ruinas
próximas y da el nombre moderno de «Arrojolas», sin duda
mezclando en sus notas o en su memoria «Oriola» con «Arroiolos»,
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Alicia M.ª Canto
topónimo parecido pero que se halla al N. de Évora. 2.º) En lín.
10.ª Breval no da TERMINIS, como Resende, sino TERMIN...,
que puede deberse a reflejar una pérdida del texto o a corregir un
error de Resende, que desarrolló mal la abreviatura. 3.º) De igual
forma, en la línea 14.ª pone EOR... en vez del EORVM completo de
Resende. Estos detalles indican a mi entender que Breval la vio y no
la está copiando de Resende pues, aunque conoce el texto completo
dado por éste, la deja en partes incompleta, tal como debía verse.
Visto ahora desde la permanente acusación contra Resende, si éste
hubiera fabricado este falso habría cuidado de unificar las
abreviaturas de Aurelio (AVRE en lín. 3, AVR en la 6), hubiera
puesto interpunción en MAVR de lín. 7, no hubiera escrito una
errata tan obvia como ERCVLEO en la misma ni, muy
especialmente, creado dos siglas difíciles de resolver y sin paralelos
combinables con praeside como son las dos H · H de la lín. 13.
Mucha más confianza habría generado en cualquier lector experto,
por ejemplo, un P H L, esto es, P(rovinciae) H(ispaniae) L(usitanae).
Aunque ya adelanté algo de ello, en cuanto a la aceptación
posterior de este mojón J. d’Encarnação (IRCP, p. 758) admite con
muchas reservas su autenticidad. J. de Alarcão (1990, p. 44 con
n. 10), siguiendo del todo a Hübner, lo cree seguro un falso. Fue
dado por bueno por G. Bravo Castañeda (1980, p. 204 con n. 441),
seguido por L. Pérez Vilatela (1994, p. 264). G. Bravo considera HH
una anomalía y sugiere que pudo ser (provinciae) H(ispaniae)
U(lterioris) o H(ispaniae) C(iterioris), prefiriendo él la segunda
hipótesis. Pérez Vilatela propuso convertir la última letra en una A,
«por su semejanza» (loc.cit.), entendiéndolo como praeside
(provinciae) H(ispaniae) A(ugustanae), como prueba de una tal
provincia citada en la passio sancti Vicentii en Valencia, donde se cita
a un praeses Datianus. Pero no hay tanta semejanza entre H y A, está
demasiado acreditada la abreviatura AVG como para abreviar en
A y quizá el término está allí simplemente como adjetivo, en vez de
«provincia imperial».
Por mi parte sugeriría cuatro soluciones. Las tres primeras
procuran no enmendar la traditio, lo que me parece siempre lo más
aconsejable cuando la pieza no existe: 1) dejar PRAESIDE a secas,
sin provincia detrás por sobreentenderse que lo es de Lusitania,
y entonces las HH tendrían que ver con la fórmula que sigue;
2) considerar si es posible leer praeside HH(ispaniarum), aunque
haya que entender por ellas las dos provincias imperiales hispanas
y suponer que, en algún momento durante el dominio hispano de
Maximiano, el mismo Datianus praeses de la Citerior que martirió a
san Vicente tuvo que hacerse cargo temporalmente de ambas
provincias (pero esta segunda hipótesis presentará también
dificultades por la falta de otros testimonios y por la ausencia
intermedia de provinciarum).
3) En tercer lugar, dado que PRAESIDE rara vez suele escribirse
por entero, pudieran ensayarse también combinaciones separando
la palabra, como PRAES IDE HH, PRAES I D E HH, etc. Y la cuarta
y última: en el caso de que se insista de todos modos en enmendar
alguna o las dos H, tiéndase al menos a aquello que tiene más
paralelos epigráficos en la misma provincia, más o menos
abreviado V P P P L: v(ir) p(erfectissimus) p(raeses) p(rovinciae)
L(usitaniae), así los praesides Aurelius Ursinus en Ossonoba/Faro
(CIL II 5140; IRCP 5), o Gaius Sulpicius y Aemilius Aemilianus en
Augusta Emerita (CIL II 481 y AE 1992, 957=HEp 5, 81).
Excepto por estas dos simples letras para explicar mejor en la lín.
13, creo que el texto es bastante lógico para su época y su función,
y hay documentos próximos en el espacio y el tiempo de ambos
emperadores, en especial de Maximiano, ad ex. Arce, 1982 (Mérida)
o ERIt n.º 40 (Itálica), de los años 300-302 d.C. (también
J. González en CILA II.2., 374, con mis lectura y fecha copiadas,
ya que ni reconoció el fragmento en el que me basé, que da como
distinto bajo el n.º 551 y fig. 309). Por todo lo dicho tiendo a
339
Alicia M.ª Canto
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considerar que este terminus, que se fecharía entre 287 y 305 d.C.
(Kienast, 1990, p. 263 y 268) no es un falso y pudo existir
realmente, teniendo razón así quienes creyeron antes en su
autenticidad. Supone una prueba más a favor de Resende y de
Breval que, como hemos comprobado, nos da muestras claras
de haberla visto.
[INSCRIPCIÓN N.º 29] = CIL II 434*. Resende, 1573, p. 150; Cf. ILS
454. De esta columna miliaria dice escuetamente Hübner:
Damnanda propter gemellam viae Hispalensis n. 4676. Esta causa de
exclusión ni es sólida ni es cierta. En primer lugar porque sabemos
que podían repetirse miliarios con idéntico texto dentro de la
misma o de otra calzada. Y en segundo, porque CIL II 4676 (que
no es de una calzada hispalense, sino de Puerto de Béjar, en
Salamanca) no es idéntico a 434* ya que éste, además de detalles
menores en abreviaturas y otros, tiene las líneas divididas de otra
manera y termina con un REST[ITVIT] donde en Béjar se escribe
CXXXIIII (millas), lo que supone un cambio en el concepto y
ocasión de su erección. Puesto que el miliario salmantino (que
Hübner copió de Mamerano) fue reencontrado a mediados del
siglo XX, conviene mostrarlo ahora aquí para que el lector pueda
comprobar que no son «gemelos», así como para dejar constancia
visual de un interesante hápax: el título de pater militum que
ostentó Caracala, que ha sido puesto en duda (no lo acepta, por
ejemplo, D. Kienast, 1990, p. 164) pero que con ambos miliarios
lusitanos — los únicos de momento en presentarlo — podrá ahora
confirmarse y ocupar su sitio en el elenco de las titulaturas
imperiales (Fig. 21).
Así que, no siendo verdad lo que afirma el CIL acerca de la falsedad
por «gemelidad», nos queda más bien la impresión de que Hübner
lo damnó sólo propter Resendium, porque era éste la única fuente.
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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Fig. 21 Puerto de Béjar (Salamanca). CIL II 4676, columna
miliaria similar pero no gemella de la inscripción de Breval
n.º 29 (CIL II 432*, ILS 454), inter Eboram et Salaciam, que
sería auténtica. Es un miliario de Caracala con el epíteto de
Pater militum; a partir de ambos testimonios, tal epíteto
puede ser ahora admitido. (Tomado de C. Puerta Torres,
1995, vol. II, n.º 140, fig. 33).
340
Pero ahora sí podemos darlo por bueno. No sólo Breval vio esta
likewise a Column, sino que su lectura mantiene con la de Resende
nada menos que ocho discrepancias, en los puntos donde Resende
y CIL leen: 2 SEP///, 4 BRIT·//AX, 5 ANTON·, 7 ANTON·PII, 8
HADR////, 9 TRAIANI, PARTHIC//, 15 POT·XX· IMP·III (en la
15 es claro que Breval se saltó o no leyó IMP, ya que Caracala sólo
llegó a la potestad tribunicia XX). Por tanto, Breval no hizo copia
servil de lo publicado por Resende, tanto porque discrepa ocho
veces de la lectura del portugués y da algunas letras más en varias
líneas, como por el lugar en donde él vio el miliario: upon the Banks
of a little River call’d Rio Maurin, esto es, junto a la orilla del río.
Esto supone un cambio de ubicación por rodamiento en completa
sintonía con el tiempo transcurrido entre ambas autopsias, ya que
Resende en 1573 la había reportado in colle super flumen.
Este miliario del río Maurín se fecha, como el salmantino, entre
diciembre del 216 y abril del 217 d.C., fecha de la muerte de
Caracala y, como ya adelanté, confirma de lleno el supuesto unicum
del apelativo pater militum para este emperador, ahora mejor leído
y analizado por C. Puerta Torres a partir del reencontrado original
de CIL II 4676 (1995, vol. II, p. 445-449, n.º 140, fig. 33 y lám. 54,
aqui fig. 20; la magnífica tesis doctoral de esta autora, que se
mantenía inédita, ha sido recientemente digitalizada: 2002).
C. Puerta, a partir del miliario mismo, se separa también de la
lectura del CIL, si bien ella no tuvo en cuenta este paralelo
portugués debido a que no lo encontró indexado en el CIL entre los
auténticos; sí lo hace el Epigraphik-Datenbank de Clauss/Slaby al dar
el salmantino: «CIL 02, 04676 (p LXXX) = CIL 02, *00434 =
D 00454», ya que H. Dessau en sus ILS sí lo consideró auténtico.
Parece obvio que Breval acompañaba al ejército británico en su
acuartelamiento, experiencia directa que algo más abajo confirma.
El carácter sagrado de este célebre promontorio es antiquísimo y se
prolongó, como aquí recuerda Breval, en la Edad Media. Hace
poco, J. Cardim Ribeiro (2002, p. 361) ha relacionado el reciente
hallazgo de estatuillas votivas de toro y jabalí en Vila do Bispo
(apenas unos 10 km al N del cabo) con la prohibición de sacrificar
animales a las divinidades que en él habitaban (lo que relata
Estrabón). Suele creerse que estas divinidades eran Baal Hamón
y Melkart, romanizados luego como Saturno y Hércules, pero con
los que el jabalí no iría bien. Propone este autor, pues, que el dios
de este confín del mundo pudiera ser el fenicio-púnico Chousor,
protector de la navegación y de los marineros. Ello resulta de todos
modos problemático, pues las divinidades romanas
correspondientes serían o Neptuno o Venus (Venus con preferencia,
si recordamos sus santuarios en ambos extremos pirenaicos) y
además ambas especies de animales encajan mejor en el ambiente
de divinidades de estirpe céltica que entre las fenicias. Obsérvese
además el detalle del hallazgo de las reliquias por mozárabes
apresados por Afonso Henriques tras la batalla de Ourique (1139),
pues me parece otro indicio más para la ubicación real de tal
batalla en el Algarve (ut supra n. 123).
En realidad en este punto existen lagunas en los msc. de Rasís,
que se completan a través de la cristiana Crónica de 1344 (1975),
en la que aparece como Eixuban, Eixubam, Yxugan o Yxubam.
Otros geógrafos árabes, que sí pueden leen a al-Rasís
directamente, llaman a la ciudad, más correctamente,
Uksunuba y Ocsonoba.
En algunos mapas de época aparece realmente con este nombre.
La vieja Balsa ha sido quizá una de las ciudades lusorromanas
menos conocidas y estudiadas, pero véase ahora un amplio
prospecto actualizado, con texto de L. Fraga da Silva (2004),
en: http://www.arqueotavira.com/balsa/BALSACP-72R.pdf:
Una gran parte de la ciudad antigua (en la freguesía de Luz
de Tavira) se ha perdido entre los trabajos agrícolas y las
especulaciones inmobiliarias.
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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[INSCRIPCIÓN N.º 30] = CIL II 1, sin citar a Breval. Resende, 1593, fol.
181-182, 1996, p. 187 con n. 27; ILS 534. IRCP 3, p. 44. Desaparecida.
En este caso es lamentable el razonamiento de Emil Hübner para no
seguir por lo menos la división de líneas de Resende, aunque
Theodor Mommsen le había advertido en una nota que titulus hic talis
est, qualem fingere non potuit Resendius. Hübner dispone para ella otra
vez de dos fuentes: Resende y fray Vicente Salgado, éste en un msc
que el alemán había visto en la biblioteca de la Academia de Lisboa.
De Resende dice Hübner que «no parece que estuviera personalmente en
el Algarve, sino que recibió schedae de un amigo bastante experto, por lo que
en éstas se abstuvo de sus fraudes eborenses» (¿?). En cambio, de Salgado
supone que sí la recorrió: «ut apparet...» (ambas frases en la praefatio al
cap. I. Ossonoba). Con este prejuicio a priori, ya en la primera
inscripción del corpus hispano anuncia que Resende... vv. aliter divisis, y
que él va a seguir la división de líneas que da Salgado. Pero, atención,
no porque éste la viera en persona, sino porque «non e Resendio
desumpsit, sed ab amico melius descriptam accepit, nisi fortasse ipse
descripsit...», lo que como mínimo resulta estupefaciente: Ninguno
de los transmisores la vio, pero él se fía más del amigo de Salgado,
el cual no sabe ni quién es, pero nos asegura que la da melius descripta.
Esto choca inmediatamente porque acto seguido Hübner excluye
tres lecturas del amigo de Salgado, entre ellas un inverosímil
DEVOTISSA en la lín. 7, además con el grupo ISSA supralineado.
La lectura que Hübner fija, según tan insólita preferencia, es: IMP·
CAES· P· LI/ CINIO· VALERI/3 ANO· P· F AVG· PONT/ MAX· P· P·
TR· POT· III / COS· RES· P· OSSON/6 EX· DECRETO· ORD /
DEVOTa · NVMINI / MAIESTATIQ· EIVS/ D.
Para desechar esta lectura y división de Hübner y reivindicar la de
Breval, que coincide en las líneas con la de Resende, como vuelvo
a proponer, llamaré la atención sobre dónde localiza cada uno el
epígrafe: el manuscrito de Salgado (esto es, de su anónimo amigo)
dice escuetamente «in muris» y Resende (que para esta inscripción
es el único del que Breval hubiera podido copiar el texto, según
Hübner, ya que el manuscrito de Salgado estaba inédito) que
«in muro inter propugnaculum novum et alterum a Roderico Barretum
extructum». Como acabamos de comprobar, la descripción del sitio
por Breval es bien distinta de la de Resende: «...at Pharo, on the
Outside of the Ramparts near one of the Bastions...», lo que nos asegura
que sin lugar a dudas el inglés la vio personalmente (recordemos
que como oficial militar hubo de visitar con seguridad todas las
fortificaciones y lugares de interés estratégico), añadiendo que
estaba más estropeada por la zona inferior, donde Breval no puede
leer los finales de las líneas 5 y 6, aunque sí ve en la 7.ª dos D, en
vez de la única transcrita por CIL. Con todo ello podemos afirmar
que la lectura de Breval desautoriza la totalidad de la división de
renglones que da el CIL (y que procede de Salgado, ab amico), así
como algún otro detalle menor, como la separación RES · P en
la lín. 5, que era una «mejora» de Hübner, enmendando a sus dos
únicas fuentes (app.crit.: 5 RESP Res., Salg.), y que vuelve a
demostrarse errónea por parte de este otras veces admirable sabio
que, sin embargo, como venimos viendo hasta ahora, en casi 30
inscripciones portuguesas despreció la simple cita de Breval incluso
como el copista y mentiroso que injustamente había dicho que era.
IRCP (que da el nombre local del fuerte: Mesa dos Mouros) sigue la
división de líneas de Hübner, aunque en la última prefiere el D · D
de Resende en vez de la única D de Salgado.
La inscripción se fecha en 254 o 255 d.C. Según Mommsen, la falta
del número del consulado se repetía en otra inscripción simillima de
Hungría (quizá por esto dijo que Resende no la habría podido
inventar), pero no he podido localizar ese paralelo. Hoy en día
conocemos otro epígrafe hispano a Valeriano, muy similar, que
dedica la Resp(ublica) [sic: RESP unido] Castul(onensium): AE 1973,
281, de 257-260 d.C. (en el Epigraphik Datenbank de Clauss /
Slaby debe corregirse la provincia: Cástulo no es de la Bética).
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Breval, en medio del gran despliegue de erudición literaria en sus
nn. (aquí) xxii y xxv sobre la mítica Gades, cita en la xxiv por primera
vez a uno de los autores principales que consulta para el comentario
de las distintas ciudades de Cádiz y el sur de su provincia: el célebre
erudito y fraile dominicano Fray Gerónimo de la Concepción (1642-1697), siguiendo la estela de la que Agustín de Horozco acababa de
dar a luz en Amsterdam, publica por encargo del Ayuntamiento de
Cádiz una obra que se haría famosa entre las historias de Gades
(Concepción, 1690; muy recientemente reeditada: 2003), tanto por
el texto como por el suntuoso mapa que la ilustraba. Breval ha leído
en él la genealogía fabulosa de la ciudad, sabe bien que procede de
la Historia de España de Juan de Mariana (al que igualmente remite) y
en última instancia del fatídico Anio de Viterbo, genealogía primero
aplicada a la vecina Tarifa, luego a la propia Cádiz. Gozalbes
Cravioto publicó un artículo (1996) que versa precisamente sobre
estos aspectos mitológicos, resaltando la contribución a ello de la
obrita de Viterbo Comentaria super opera diversorum auctorum de
antiquitatibus loquentium (Roma, 1498): «El propio Ayuntamiento
gaditano potenciaría este hecho y encargaría a Fray Jerónimo de la
Concepción que escribiera su Emporio del Orbe, a la mayor gloria de
la urbe gaditana...». Frente a toda la literatura española que se hacía
eco de unos orígenes novelescos, que consulta y cita, Breval alza otra
vez su culto escepticismo, asombrándose de que la ciudad haya
llevado al Hércules Libio incluso a su propio escudo: «... The
pretended Origin of this very antient [sic] Town… has so much the Air of a
Romance that I could not but be surpris’d at my first landing here to meet
whith some modern inscriptions the shew how great a Stres the inhabitants lay
upon that Story to this very Day, as appears likewise from the Arms of the
City…».
El segundo de los libros utilizados por Breval es la también pionera
obra, en lengua española, del erudito canónigo de la catedral de
Cádiz Juan Bautista Suárez de Salazar (1610), base de la recién
citada de Gerónimo de la Concepción (1690), que ofrece la mayoría
de los textos literarios y bastantes inscripciones gaditanas. La obra
fue reeditada en 1985 en edición facsímil, con breves introducción
y notas de R. Corzo. El libro segundo de esta obra estaba dedicado
a la figura de Hércules, tanto en textos como en imágenes,
mientras el tercero, a lo largo de 85 páginas, recopilaba todas las
fuentes antiguas disponibles sobre el templo mismo, que Breval
utiliza. Parece que tampoco el inglés pudo sustraerse, como tantos
amantes de la Antigüedad, a la fama, leyendas y veneración que
rodeaban al templo hercúleo de Gades, y al intento de búsqueda de
sus restos.
[INSCRIPCIÓN N.º 31] = CIL II 443*. Con todo lo que llevamos visto
y corregido, ésta es la primera vez que Hübner va a citar a John
Breval («[I.]2, 333»), haciéndolo depender indirectamente de
Jerónimo de Zurita, como todos los demás. Aunque se puede
compartir la idea de que la ruta S.-N., desde Mérida hacia León,
la actual «Vía de la Plata» podía ser republicana, no es fácil adivinar
por qué Breval la asocia aquí con la via Augusta de Gades a los
Pirineos; quizá sólo por la mención en el miliario de Gades, aunque
en principio ésta no tenía mucho sentido puesto que la calzada
correspondiente no terminaba en Gades sino en el ostium fluminis
Anae, según el It. Ant. (si bien sin duda se alcanzaba Gades por el
desvío anterior correspondiente). En este caso el falso no es
discutible. A pesar de ello, es justo destacar que el inglés no dice en
ningún momento haber visto el epígrafe sino, como tantos otros
autores anteriores y posteriores a él que copiaron este miliario y lo
dieron por bueno, que «estaba entre las de Mérida». Cf. Gimeno
Pascual (1997) n.os 233 y 1011. El cod. Valent. es el único que
da otra línea al final con las millas: XXX.
Algunos restos del acueducto han conseguido llegar hasta hoy,
en distintos puntos. En efecto, tenía un largo recorrido desde los
excelentes manantiales de Tempul en la Sierra de las Cabras junto
341
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137
a Jerez de la Frontera, como Breval reseña. Compuesto por bloques
de caliza machihembrados y ensamblados con mortero (el mismo
esquema que en el de la vecina Baelo Claudia, h. Bolonia), en su
curso de cerca de 70 km mantenía el nivel a través de arcadas,
substructiones al aire y tramos subterráneos. Lo describió también el
referido Salazar (1610, p. 126); los depósitos se hallaban en el
actual barrio de Santa María (R. Corzo en ibid., nota en pág. XI),
posiblemente para servir en primer lugar las necesidades del
anfiteatro (vid. la siguiente nota).
Los restos del gran anfiteatro de Gades, que se ubicaba en la plaza
detrás de la Puerta de Tierra, entre las murallas y el barrio de Santa
María, se distinguían aún en planos de la primera mitad del XVII;
había servido «hasta sus mismos cimientos» para edificar el nuevo alcázar
(n. xxxi) y en la segunda mitad de ese siglo se perdió definitivamente
bajo diversas obras civiles y religiosas, quedando de él memoria en
el expresivo microtopónimo «Huerta del Hoyo» (Salazar, 1610, p. 128
y Corzo, ibid., nota en pág. XII). Vid. su ubicación en maqueta en
VV.AA., 2003, p. 10. Lo que subsiste del famoso teatro de Cornelio
Balbo, en el actual barrio del Pópulo, ha sido objeto de excavaciones
parciales desde 1980 (R. Corzo, ibid.). Sobre Alessandro Giraldino,
futuro arzobispo de Santo Domingo, que alcanzó a ver el anfiteatro
antes de ser destruído, véase infra la n. 139.
Las reproduce el citado J. B. Suárez de Salazar (1610, p. 255 y 283),
las doy aquí en montaje (Fig. 22) por no ser muy conocidas y
parecerme especialmente interesante la thoracata, de tamaño
colosal, que podía por su tipo corresponder a Alejandro Magno.
Según J. de la Concepción (1690 [2003], p. 135), «estribaba... sobre
una hermosa piedra de mármol, que por las letras parecía haberla mandado
hacer Julio César», noticia no sólo lógica, sino que nos permitiría
añadir esta inscripción al escaso corpus epigráfico histórico de
Gades. Se descubrió en 1587, estuvo en la colección Montes de Oca,
luego en Plaza de la Alhóndiga y en los bajos del Ayuntamiento,
hasta que poco después pereció, maltratada e irreconocible tras «el
saco de el Inglés... la tragedia Anglicana del año de 1596». Es evidente que
Breval se ocupó de consultar, estando en Cádiz, la bibliografía más
representativa aunque, por razones obvias, no cita la crónica
histórica de la ciudad que escribió Agustín de Horozco en 1598,
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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Fig. 22 Gades (Cádiz). Las dos relevantes esculturas que
mencionan Breval y otros autores anteriores como
existentes en la colección gaditana de Juan Montes de Oca
hasta el saqueo inglés de 1596; representarían a Alejandro
Magno y Baco joven, y la primera al menos procedería del
templo de Hércules (cf. aquí las nn. xxxii y 137). Según
dibujo en J. B. Suárez de Salazar (1610/1985, p. 255 y 283).
342
pasado el brutal saqueo inglés de Cádiz del verano de 1596
(reeditada también en 2000), como tampoco la Historia del Saqueo de
Cádiz por los Ingleses en 1596, crónica redactada muy pocos meses
después del hecho por fray Francisco de Abreu. Breval elogia a su
paisano el conde de Essex, pero aún así no deja de reconocer los
grandes daños sufridos por la ciudad, aquí en el aspecto de sus
antigüedades.
Obsérvese que lo que de Cádiz encuentra en Grútero no ve necesario
repetirlo por poderse consultar en él o no parecerle de interés.
Realmente, la epigrafía hoy conocida de Gades, aunque
numerosísima, no ha ofrecido aún inscripciones históricas ni
religiosas al nivel de su gran importancia en la Antigüedad, lo que
parece indicar que los puntos urbanos álgidos en ambos aspectos
no han sido nunca tocados, o están inaccesibles, sólo las necrópolis
han producido una enorme cosecha. A Breval le llaman la atención,
no obstante, dos epitafios realmente notables, que recogen dos
afamados autores españoles modernos: «el arzobispo de Santo
Domingo» (al que acaba de citar a propósito del desaparecido
anfiteatro de Cádiz) y Ambrosio de Morales. Véanse las dos notas
siguientes.
[INSCRIPCIÓN N.º 32]. La curiosa inscripción de Menechaeus Pataraeus
no aparece en CIL, ni siquiera entre las falsas, debido a que Hübner
no conoció la obra de este autor. Sí la recoge J. de la Concepción
(1690 [2003], p. 146). Con cierto esfuerzo debido a la forma en la
que Breval le cita, por su cargo, he podido identificar a este «autor
español de gran reputación» como el italiano Alessandro Geraldini o
Alejandro Geraldino (1455-1524), humanista de noble familia
umbra, muy pronto afincado en España (1469), donde llegó a ser
preceptor de las hijas de los Reyes Católicos y desde 1511, a
propuesta de Carlos V, primer obispo efectivo de la isla de Santo
Domingo. Fue autor de 42 obras, muchas de ellas perdidas. Su libro
Itinerarium..., que aquí cita Breval, fue editado póstumamente por
su bisnieto Onufrio (1631) y trata sobre su destino final en tierras
americanas. Geraldino es uno de los pocos autores que llegan a
describir los restos del anfiteatro de Cádiz, que fue destruído a fines
del siglo XVI pero él vio cuando preparaba en Cádiz su marcha
hacia Iberoamérica, esto es, hacia 1511 o 1512; preparo sobre este
olvidado (a efectos de la Antigüedad) autor un pequeño trabajo.
En el siglo siguiente le citará elogiosamente J. de la Concepción
(1690, p. 132, 146 y 157). En cuanto al epitafio de este estudioso
licio afincado en Hispania, preferiría, dada la integridad del citado
autor y obispo (1631, p. 3), dejarlo como «dudosamente auténtico»,
por más que no termine de convencerme su datación final.
[INSCRIPCIÓN N.º 33] = CIL II 149*. A diferencia de la anterior, en
ésta Breval puntualiza que, aunque extraña, está también recogida en
Grútero. En realidad, la transmisión de este epígrafe como auténtico
pasó por autores como el prestigioso Ciriaco de Ancona (...a Cyriaco
Anconitano, mercatore et antiquario celeberrimo et doctrinae huius nostrae
epigraphicae conditori: Hübner CIL II, Praefatio, p. VI), o Pedro Apiano
en su Libro de las Antigüedades. A decir verdad, casi todos los autores
epigráficos más conspicuos desde el Antiquissimus (i.e. Ferrarinus) a
fines del siglo XV recogieron en sus repertorios este curioso epitafio
«del loco Heliodoro», que, según Peutinger, fue apud Gades in mole
marmorea nostris temporibus defluxu maris detectum, sin manifestar
sospecha alguna, excepto Antonio Agustín, según recuerda el propio
CIL, y sólo los dos primeros la dieron sin la línea inicial con D·M·S SI
LVBET LEGITO. Viene asimismo en el Cod. Valent., en el fol. 275 r
(Gimeno Pascual, 1997, n.º 844) como ubicada ad Gades ultimas, con
pocas variantes: D · M · en la 1.ª, omisión de la línea 2.ª con SI
LVBET LEGITO, CARTAGINIENS· en su 2.ª y QVISPIAM en su 5.ª.
Así que no me decido tampoco a considerarla falsa. Los transmisores
más antiguos de ella son de confianza, y conocemos epitafios
auténticos de textos realmente singulares. La hipótesis de de Rossi
que circuló en su día, según la cual podría ser, como otras muchas de
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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las hispanas, un invento salido de la mano del propio Ciriaco de
Ancona, que habría visitado España después de 1448 (recordada por
Bodnar, 1960, 50 n. 4), carece de pruebas. Nada tiene de raro, pues,
que la recogiera también el gran cordobés Ambrosio de Morales
(1513-1591), cronista oficial de Felipe II, cuya principal obra
anticuaria es bien conocida y alabada (1575) y ha sido hace poco
reeditada en edición facsímil (2001).
[INSCRIPCIÓN N.º 34]. ¿CIL II 2249 (Córdoba)?. Posible
inscripción doble. Al comienzo de su comentario sobre Medina
Sidonia, Breval acaba de avisar que la inscripción que va a
transcribir (ésta) deja fuera de dudas que la Asido Caesarina pliniana
estuvo en Medina Sidonia y no en Jerez de la Frontera, como
algunos habían pretendido. Por lo tanto, el epitafio de Fabia Prisca
fue visto por Breval sin duda alguna en Medina. Sin embargo,
desde Hübner se viene diciendo que male Asidone posuerunt scriptores
Asidonenses, y que en realidad se trataría de la cordobesa CIL II 2249.
Ésta era una gran basa de jaspe descubierta en Córdoba en tiempos
de Ambrosio de Morales (que la reporta, como recuerda el propio
inglés) y llevada a casa de su hermano, con este texto y división de
líneas: FABIAE· CN· F / PRISCAE· ASIDONENSI /3 FABIVS·
SENECA / ET· VALERIA· Q· F· / PRISCA. Hübner dice que la
buscó en Córdoba sin éxito, y que tiempo después Casas-Deza la
descubrió, pero en tan mal estado que era ilegible.
Breval no afirma que la viera («I took notice of some Fragments of
Antiquity in this Place...»). Pero el texto que él copia no es igual en el
número (3 en vez de 5) y la distribución de las líneas, ni en las
formas de abreviar algún nombre (FAB. en lín. 3), señalando
además tres lagunas (1: FAB[iae], ASIDO[nensi]; 2 [Val]ERIA); algo
muy distinto, por tanto, de lo que daba Morales en la de Córdoba y
de lo que dan los demás autores que cita el CIL. Otra causa para no
ser la misma es que la cordobesa fue vista y reportada allí tanto en
1679 como otra vez en 1751. Curiosamente, es el propio Hübner
quien recuerda la existencia de CIL II 1315, entre las inscripciones
de Asido, de texto Q(uinto) Fabio Cn(aei) f(ilio) Ga[l(eria)] / Senicae
IIIIvir(o) / municipes Caesarini. Puesto que Q. Fabius Cn. f. Gal. Seneca,
como dice Hübner, fue sin duda quattuorvir de Asido, nada tendría
de particular que si su hermana Fabia Prisca falleció en Córdoba, los
padres le hubieran erigido también un epitafio, o más bien
cenotafio, en su ciudad natal. En la misma Asido tenemos otros
ejemplos de Fabius (Galeria tribu) y Valerius (CIL II 1324 y 1312).
Cabe, pues, proponer, ante las diferencias de líneas y abreviaturas,
que pudiéramos tener aquí un epígrafe más para el corpus
asidonense, y un nuevo ejemplo hispano de inscripciones
duplicadas.
El ya citado fray Gerónimo de la Concepción (supra n. 132).
Este sarcófago fue muy conocido en su tiempo, desde época de
Rodrigo Caro, que en 1634 ya hizo de él una breve referencia,
indicando que en su interior habían aparecido los restos de “un
cuerpo humano pequeño, muy consumido, y una losilla con estas letras:
Clodia Lucera». La inscripción es CIL II 1320 = IRPCa 9, según CIL
en el clípeo central (no sé de dónde esta noticia), donde se dice que
el cognomen fortasse corrigendum est in [G]lucera, lo que no me parece
necesario, ya que si bien tal cognomen femenino es frecuente (y más
en su forma canónica: Glycera), la existencia de cognomina como
Lucere [sic: CIL XIII, 712] y Lucerinus/a (varios, y uno en Hispania:
CIL II2/7, 277, de Corduba), pero sobre todo la existencia en la
propia Gades de un Lucernus, que además, casualmente, es otro
Clodius (CIL II, 1793 = IRPCa 189), debe inclinarnos a no enmendar
al testigo directo y sugerir mantener Lucera, aunque de momento
sea testimonio único de tal cognomen.
El sarcófago es el n.º 2 en la catalogación de sarcófagos béticos de
J. Beltrán Fortes (1999, p. 75-91 y figs. 19-20, con la bibliografía
anterior, a partir del estudio de A. Recio Veganzones en 1974).
Reproduzco aquí (Fig. 23) el bonito dibujo que (sólo de su parte
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Alicia M.ª Canto
Fig. 23 MEDINA SIDONIA (Cádiz). Frente de sarcófago
con la escena de Caronte y el río Lethes, que Breval aporta
como prueba para el nombre del río Guadalete y vio en el
convento de San Francisco. Pasó luego (1763) a la colección
Tirry de El Puerto de Santa María y, a comienzos del siglo
XX, al jardín de la mansión “La Atalaya” de Jerez de la
Frontera, donde ha sido reencontrado en 2002. Dibujo
de un msc. de la Biblioteca Colombina de Sevilla (tomado
de Beltrán Fortes, 1999, fig. 19).
144
frontal) figura en un msc existente en la Biblioteca Colombina de
Sevilla, de las piezas de la colección que el marqués de La Cañada,
Guillermo Tirry, formó en El Puerto de Santa María, donde ingresó
en 1763 procedente del convento franciscano de Medina Sidonia,
lugar de su aparición entre 1620 y 1625. En tiempos de Breval el
sarcófago, aún completo, estaba todavía en dicho convento. Breval
lo cita sólo para apoyar sus palabras acerca de la identidad, que él
encuentra también etimológica, entre el río Guadalete (también le
llaman «Guadaleta» otros autores de la época) y el Lethes citado aquí
por Avieno, asunto que según él estaría representado también en
este sarcófago, hallado en la misma ciudad. No puede negarse que
el argumento y su prueba son ingeniosos. Pero el dibujo no lo
confirma, pues se ven hasta tres barquillas, como tampoco lo que
dijo Hübner de que el epígrafe estaba en el clípeo central, pues
vemos que está ocupado por los bustos de dos mujeres, quizá
madre e hija (más que de una mujer y un hombre, como se viene
diciendo). El dibujo puede consultarse también en red, en un
interesante artículo (http://revistapuertadelsol.zerjio.com/
numero2/cinco/cinco.html) sobre la descripción dieciochesca de la
ciudad debida al célebre Antonio Ponz. A finales del siglo XIX y
comienzos del XX el palacete de los Tirry fue derribado y muchos
de sus fondos llevados desde El Puerto a Jerez de la Frontera, en
cuya zona de «La Atalaya» M. Sánchez Romate se construía otra
mansión similar. Hace sólo un par de años, los restos muy
destrozados del frente de esta singular pieza acaban de ser
reencontrados en los jardines de esta finca y se encuentran en fase
de restauración; quizá ahora puedan descansar de tan accidentadas
peripecias (cf. http://www.diariodejerez.com/edicion/jerez/jerez
444994.htm, con pequeña foto).
Ésta es, en efecto, y hasta el día de hoy, la opinión más
generalizada, desechada la de Schulten, que lo llevaba al Castillo de
Doña Blanca, donde según A. Tovar hay que ubicar más bien el
Portus Gaditanus. El Puerto (como hoy se sigue llamando) es citado
por Estrabón (III, 1, 9), como dice Breval, y también en Ptolomeo
II, 2, 4 y Marciano 2, 9. Existía en efecto un santuario oracular del
mismo nombre, posiblemente en la desembocadura del Baetis.
Sobre la causa de llevar la ciudad el nombre de este héroe, A. Tovar
sugirió que se debiera a las buenas relaciones entre gaditanos y
atenienses que constata Filóstrato, dando como posible que en los
siglos V-IV a.C., cuando los cómicos atenienses hacen ya menciones
343
Alicia M.ª Canto
145
146
de las salazones gaditanas, surgiera la idea de imponer este nombre
a este lejano puerto occidental (Tovar, 1974, p. 50). Para su
decadencia moderna ya había sido un duro golpe la epidemia de
peste que la azotó en 1680 y dejó con vida sólo a un tercio de la
población; el saqueo angloholandés de 1702 hizo el resto.
[INSCRIPCIÓN N.º 35] = CIL II 1738 (citando a Breval). IRCa n.º 88.
Aparentemente, desaparecida. Ésta es una de las más penosas
muestras de la arbitrariedad de las acusaciones del CIL contra
Breval: Es la segunda ocasión hasta aquí en que Hübner se digna
citarle: Pero lo hace para asegurar que Breval perperam affirmat se
vidisse («afirma falsamente que la vio») y que copió el texto de Scipione
Maffei. Pero esto es algo imposible: Pues, ¿cómo podría Breval,
entre 1708 y 1726, copiar esta inscripción del Maffei, si éste mismo
no la publicó hasta 1737? (Maffei, 1737-1740, vol. 4, p. 341). Fecha
de publicación que, será preciso aclararlo, le constaba bien a
Hübner (CIL II p. XX, sub n. 63). Así pues, la acusación no sólo es
gratuita sino que al hacerla el propio Hübner lo sabía. Y es falsa
también, en segundo lugar, porque Maffei ubica esta inscripción
(lo que recoge el propio Hübner) «Hispali, in domo ducis de Alcalá»,
mientras Breval la vio en el palacio de los Medinaceli, pero no en el
de Sevilla, sino en el del Puerto («...The Duke of Medina Celi, who is
Lord of Port St. Mary’s, has an old palace in that City, in which there are
some Roman Marbles, particularly the two following...»). Y ésta es a su
vez la probable razón por la que Hübner no la encontró neque
Hispali in la casa de Pilatos nec Matriti in palatio ducum Medinaceli, lo
que más bien refuerza la localización que daba nuestro autor
británico.
Si Hübner le hubiera creído, habría encontrado este epígrafe en el
Puerto de Santa María, donde estaba también el siguiente que
Breval va a recoger, cuyo paradero el autor alemán conoce por
G. de la Concepción (sub CIL II 1887, aquí n.º 36): «hoy en la librería
del duque de Medina Celi en el Puerto de Santa María» pero que,
sorprendentemente, no busca. En el caso de esta segunda
inscripción, ya que Scipione Maffei no la trae, Hübner recurre a
afirmar que Breval la copió del monje gaditano. Sin embargo,
Concepción daba también la n.º 32 (supra) de tal modo que, si la
copia fuera verdad, Breval hubiera copiado ambas del mismo autor,
esto es, del fraile gaditano, y no es así. Téngase en cuenta, por otra
parte, que los caballeros y nobles ingleses estaban en Cádiz como
en su casa, debido a sus fuertes relaciones de comercio y
parentesco, especialmente con varias casas nobles españolas, y entre
ellas ésta. De forma que nada tendría de particular que un
caballero inglés, militar y culto, y además un hombre de la
confianza del duque de Marlborough, hubiera sido bien recibido
en el palacio de los Medinaceli en el Puerto de Santa María, ciudad
en la que Breval afirma, algo más adelante, pasó al menos parte de
una Semana Santa.
Por lo que hace al epígrafe mismo, hay otro Troilus de nombre
único en la no lejana Ossonoba (Faro): CIL II 5150 = IRCP 53.
[Siento no ser capaz ahora de recordar dónde, pero no hace mucho
creo haber visto una fotografía moderna de esta inscripción,
inédita, con las líneas de esta manera, forma de cipo mediano y
muy buenas y claras letras].
[INSCRIPCIÓN N.º 36] = CIL II 1887 (citando a Breval): Recogida por
D. Pedro de Baeza, hoy en la librería del duque de Medina Celi en el Puerto
de Sª Mª (de Concepción, 1690, p. 119, ahora 2003, p. 156).
Desaparecida: IRCa 283. Como avancé bajo el n.º 35, Hübner
afirma que Breval copia esta vez este epígrafe de Fr. Gerónimo
de la Concepción. A diferencia del caso anterior, aquí sería posible
por la fecha (1690), pero hay un detalle que, como siempre con
Breval, se le escapa a Hübner e indica que el inglés la vio
personalmente (como por otro lado era de esperar, ya que estaba
en la misma colección del Puerto que visitó): En efecto, al final de
la lín. 4 el fraile gaditano da un K(arus) · S(uis) (fórmula por otra
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
147
parte frecuentísima en Gades y sus alrededores, incluída su grafía
con K) que Breval no recoge, poniendo en su lugar unos puntos
suspensivos. Esto a mi juicio indica con toda claridad que la
examinó, y que esas últimas dos letras ya no se veían, por lo que
no las refleja a pesar de que usa y cita el libro de Concepción, que sí
la daba completa. De forma que no sólo el inglés la vio, sino que la
transcribe según la ve en ese momento, y nuevamente Hübner vuelve
a errar en su aparato bibliográfico. Es curioso cómo en su nota a pie
(aquí la xxxix) Breval observa la frecuencia de Herennii en el sur
peninsular y sugiere tal posible origen para la emperatriz Herennia
Etruscilla (m. 251 d.C.), cuya patria realmente es desconocida al día de
hoy; se la supone etrusca por el cognomen, pero también hay muchos
nombres de esta estirpe en Hispania. La inscripción con otros
Herennii que dice citará más tarde, está en efecto al final, bajo
Jimena de la Frontera (cf. infra n.º 49 con su n. 200).
[INSCRIPCIÓN N.º 37] = CIL II 126* (citando a Breval). Este epígrafe
fue visto y copiado por Rodrigo Caro (1634), con la mejor lectura
en el fol. 132 v. (aunque olvida dos palabras, pero sí las traduce).
El ilustre humanista utrerano será a partir de aquí una fuente
principal para la información erudita de Breval sobre Sevilla.
Aparte de la reedición facsímil de su obra que aquí he manejado
más (1998), es interesante consultar la más reciente selección
y estudio de sus obras desde el punto de vista de la literatura
renacentista en Andalucía, por J. Pascual Barea (Caro, 2000). Como
antes dije, Hübner cita ahora por tercera vez a Breval, pero con la
siguiente frase, que a partir de aquí va a usar ya como una especie
de «macro» editorial: «...Breval 2, 337 qui perperam se vidisse ait...».
Y en éste, como en los casos anteriores, daremos al lector ocasión
de comprobar por sí mismo que la afirmación del editor de CIL II
faltó casi siempre a la verdad.
En cuanto al epitafio mismo, no encuentro el menor motivo
para considerarlo un invento, como se ha hecho, y ni siquiera
interpolado o manipulado. El propio Rodrigo Caro, muy
extrañado, afirmaba de esta inscripción: «... yo propio la copié, en
las casas de D. Juan Alvarez de Bohorques...» y también «... si yo propio no
hubiera visto esta piedra, que tiene las letras muy lindas e claras, creyera que
el que la copió la avia errado; pero està con toda esta confusión de letras y
mala ortographia...». A Caro, un buen experto, no se le ocurre que
pueda ser ficticia y cree que, como mucho, el lapicida no habría
comprendido bien la minuta a copiar. A pesar de ello Hübner la
arrojó al cesto de las falsas, aunque con la salvedad de que «subest
fortasse titulus genuinus, sed hac forma inter suspectos relegandus erat...».
De dicho cesto la recogió sólo J. A. Ceán Bermúdez (1832, p. 292),
calificándola de notable por su contenido, como en efecto lo es.
M. Mancheño Olivares (1901, p. 116-117, n.º 63) la buscó luego sin
encontrarla, pero dice que su amigo el P. Fidel Fita le aseguró que
«dicha inscripción es á todas luces apócrifa y viciada, habiendo sido
sorprendida la buena fé de Cean Bermúdez [?], todo lo cual ha demostrado
Hübner...». Las tres afirmaciones de Fita que subrayo son
igualmente erróneas.
Por lo que hace a nuestro Breval, en realidad podría haber tomado el
epígrafe de Rodrigo Caro, pero incluso aunque así fuera, no dice que
la viera como afirma Hübner, y en cambio hay que admitir que la
lectura de Breval mantiene varias diferencias con las dos versiones de
Rodrigo Caro: Caro-CIL, 3 QVIRINI, 5 EXEVNTES, EXSEVNTES,
6 FUNERALIS; 7 CIL (de Caro, f. 90v) IN FRONTE/ ITINERIS· P·
XIIII IN FRONTE AGRIS· P· XVI, en fol. 132v IN FRONTE·/ AGRIS·
P· XVI (que Caro sí traduce). Por otro lado, es preocupante
comprobar que Hübner no dio el desarrollo más lógico del CVI
de la lín. 4 como el evidente centum sex que es, que incluso Caro ya
había entendido como numeral en su traducción (fol. 132v: «...el cual
vio en su vida ciento y seis circulos solares...»), sino como un pronombre
relativo CVI, lo que empeora la comprensión del epígrafe y refuerza
subliminalmente en el lector la idea de la sospecha.
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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Pero si ahora admitimos 1) que Rodrigo Caro, que la vio y no era
un falsario sino un íntegro experto en Epigrafía, no dudó un
momento de ella; 2) que el texto es tan difícil y original que nadie
pudo inspirarse en otro igual; 3) que a comienzos del siglo XVII
no tiene sentido inventar una pieza que, además de no poder
interpretarse bien, no es útil ni para probar antigüedad ni
topónimos locales; y 4) que tenemos un testigo posterior... con
todo ello junto hemos de llegar a la conclusión lógica de que, por
muy raro que nos parezca, este original y bello epitafio ha de ser
considerado auténtico, y desarrollado y entendido de esta manera
aproximada: D(iis) M(anibus) I(nferis). / Monumentum hoc Decii ossa /3
vetera Quirini comitantur / qui vidit in vita CVI c irculos solares, / a
m(atrimonio) f(ilii) XI, n(epotes) XL, p(ro)n(epotes) XC exeuntes./ P(eto),
d(ici): S(it) t(ibi) t(erra) l(evis). L(ocus) funer(alis) (habet) in fronte itineris
p(edes) XIIII, (in latere) agri p(edes) XVI [o bien: in agr o p(edes) XVI].
Con esta traducción: «A los Manes Infernales. A este sepulcro
acompañan los viejos huesos de Decio Quirino. Durante su vida contempló
ciento seis revoluciones del sol, generando de su matrimonio once hijos,
cuarenta nietos y noventa bisnietos. Te ruego, dile: “Que la tierra te sea
ligera”. El terreno de la sepultura mide, por el frente que da al camino,
catorce pies, y hacia (el lado d) el campo, dieciséis pies». Caro en su
traducción, muy similar («...pienso que la he entendido, y dize así...»)
tomó EXEVNTES en la 5 como apelación a los caminantes, yo
como la prole nacida de Decio Quirino. Posiblemente se trataba,
debido a la mención de un iter, del epígrafe de un mausoleo, de
época tardía, del dominus de un fundus rústico, lo que encaja muy
bien con la observación de M. Mancheño (ibid.), ya recogida por
Caro, de que en la zona del propio Villamartín no había indicios
de haber existido una ciudad antigua; el pueblo se había refundado
a fines del siglo XV, y el propietario que la tenía, Álvarez de
Bohórquez, había ido juntando en su casa varias inscripciones
«de aquellos campos» (Caro). Añadiré por último dos curiosidades
estadísticas, a efectos de las razonables longevidad y descendencia
de Decio: Con gran comodidad, gracias nuevamente al Datenbank
de Clauss/Slaby (http://www-db.ku-eichstaett.de:8080/pls/ epigr/
epigraphik), he encontrado trece inscripciones de quince personas
fallecidas entre los 106-108 años de edad (por cierto que trece de
ellas habitaban en el norte de África...); la madre de una
arqueóloga, buena y vieja amiga de mi juventud, venerable aunque
todavía joven, tiene ya, de once hijos, treinta y siete nietos, casi los
mismos que Decio. No dejaré de incidir, por último, en la
casualidad de la coincidencia de los dos nomina, Decius y Herennius,
con la hipótesis de Breval sobre el origen aquí de la emperatriz de
Decio, Herennia Tuscilla (cf. supra n. xxxix y 146).
El autor la llama siempre «Sevil»; pero, como advertí al inicio, por
comodidad de lectura he corregido esta grafía todas las veces que
aparece.
Aunque parece increíble, dada la cultura de Breval y su
conocimiento de las fuentes antiguas, que considere a Sevilla
en vez de a Córdoba como metrópolis o capital de la Bética,
lo hace por ser su informador principal Rodrigo Caro, que
defiende con denuedo esa posición en su op.cit. (1634, fols. 79 ss.)
con fuentes a partir del siglo V d.C. También se afirmaba eso,
aunque en la Edad Media, en el epitafio de Fernando III el
Santo en la Catedral hispalense, cuyas frases finales Breval
copia (pero vid. infra n. 170).
El editor de textos no me permite insertar notas al final del
documento desde una nota a pie de página. Por ello reúno en esta
nota final los comentarios sobre cada una de las tres inscripciones
que Breval transcribe en su nota a pie, que en la presente edición es
la n.º xlii. Para las inscripciones hispalenses, en estas tres y las que
siguen, junto al viejo CIL II, el corpus moderno de referencia,
cuando proceda, será CILA II.1 y II.2, dado el considerable retraso
que lleva el fascículo del moderno CIL II2 correspondiente al
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Alicia M.ª Canto
conventus Hispalensis. Las tres de esta nota corresponden a CILA II.1,
núms. 28, 27 y 586, ésta con fig. 337.
[INSCRIPCIÓN N.º 38] = CIL II 1188, sólo sus líneas 1-3 (cita a
Breval). CILA II.1, 28. Perdida. Aquí tenemos un caso francamente
raro: Hübner cita a Breval (esta vez sin descalificarle) como simple
dependiente de Rodrigo Caro (del fol. 16 probablemente) y por la
redacción de éste, en efecto, podría ser que no la viera («... and other
religious and civil Officers, as appears from the two following inscriptions,
the first in the Church of St. Salvador...». Breval sólo refleja de ella las
tres líneas primeras, lo que podría deberse a que, para lo que quiere
ilustrar, sólo le interesaban los cargos religiosos y civiles propios de
una colonia. Pero lo raro es que su texto tiene varias diferencias, y
para empezar la propia división de líneas (aunque Caro no es en
extremo cuidadoso con eso, cp. sus fols. 19 y 40 para esta misma
inscripción). R. Caro-CIL dan: Q· POMPONIO· CLEMENTI·
SERG· / SABINIANO · (hedera) AED· IIVIR· C· C· R· /3 PONT· AVG·
(hedera) EX· D· D· C· C· R·, donde el viajero inglés omite el C·C·R de
lín. 3. Por otro lado, Breval transmite sólo un signo que pudiera
representar una hedera, pero tras AED, y tampoco desarrolla las
siglas CCR según lo hace Caro (fol. 40): c(larissimae) c(oloniae)
R(omulensium), sino c(onstitutus) c(olonia) R(omulensis) [sic!].
Así resulta que cuatro variantes parecen demasiadas como para
afirmar que lo está copiando. Lo más curioso es que en este
ejemplo tampoco Caro afirma expresamente haberla visto, sino que
«...tenía estas letras... ya lo han cubierto con obras nuevas...», por lo que
cabe la posibilidad de que a su vez él la estuviera tomando de un
autor o referencia anterior. Me da, pues, la impresión de que Caro
no la vio y Breval quizá vio sólo de ella las tres primeras líneas, bien
porque las «obras nuevas» del siglo XVII no la taparan por completo,
bien porque, casi un siglo después, se pudiera ver otra vez
parcialmente su zona superior.
[INSCRIPCIÓN N.º 39] CIL II 1185 (cita a Breval como dependiente
de Rodrigo Caro, 1634, fol. 16v). CILA II.1, 27. Se sabe que fue
destruída en unas obras en 1793. Hübner decidió seguir en todo la
descripción de un tal Domingo Martínez, que la había dado a
F. J. Delgado (post 1793), porque era longe accuratissime, y aunque «a
quo in vv. disponendis et in litterarum contignatione dissentiunt omnes».
Es muy raro que coincidieran en no copiarla bien todos los autores
anteriores a este Martínez, aun cuando parece que la vieron varios
tan sevillanos y/o relevantes como L. de Peraza (en cuyos días se
encontró), J. Fernández Franco, L. de Argote o R. Caro. John Breval
(que pudo verla, como acabo de decir) da la misma escueta
ubicación y texto que Caro, variando al dar en la 1.ª HOR frente a
HORATIO y en las 9-10 (segun CIL) MERITISSIMO en vez de
MERENTISSIMO. Lo más llamativo es que todos, incluso Breval, le
dan 5 líneas en las que, observando su texto, se ve una distribución
muy lógica, mientras CIL (de Martínez) las convierte en nada menos
que 11 líneas, a una media de sólo ocho letras por línea, marcando
con ello una angostura para un posible pedestal honorífico que no
encaja con los paralelos usuales. Al haberse destruído la inscripción
no podemos saber la realidad, pero sí poner muy en duda que la
divisio moderna y preferida por Hübner fuera la real.
[INSCRIPCIÓN N.º 40] = CIL II 1256, como procedente de Osset, h.
San Juan de Aznalfarache (no cita a Breval). Es CILA II.1, 586 con
fig. 337. Se encuentra en el Museo Arqueológico hispalense, ya
bastante estropeada por sus muchos azares. Breval cita muy
correctamente a su fuente, Grútero, p. 380, cuya lectura procedía
de Occo y Fonteius, quien al parecer la había recibido ex Recondio
(¿Resendio?). En todo caso, Breval no la vio y así lo dice, citando a su
fuente, por lo que su división del epígrafe no coincide, como
tampoco el lugar correcto del cognomen Pollioni, que aparece
indebidamente detrás de los cargos municipales ya en Fonteius (de
quien, como dijimos, procede esta lectura); así como la supresión
de MVNICIP(es) al final, que aún hoy se puede ver bien (González
345
Alicia M.ª Canto
151
da MVN(i)CIP(ES), sin ver la pequeña I entre N y C). En cambio,
sus fuentes daban al final ANNO, lo que Breval corrige bien en
ACTO.
Se trata del tradicionalmente conocido como «templo de la calle
Mármoles», único vestigio romano de importancia en pie e in situ
en toda Sevilla; su calle sale a la de Muñoz y Pavón, donde se halla
la iglesia de san Nicolás citada por Breval como referente, bajo la
cual se apuntó hace pocos años, con base en una inscripción
reciente, la posible existencia de un templo dedicado a Liber
Pater/Baco (Campos y González, 1987, 130-131 y fig. 7; la schola
adjunta que le suponen es más que hipotética). Aunque los autores
no lo asocian, resulta curioso que Ceán Bermúdez (1832, cf. infra
n. 159) ubicara tal templo de Baco en la vecina iglesia de San
Ildefonso, y más si se relaciona con lo que Breval acaba de decir a
propósito de la disputa en los autores antiguos entre Baco y
Hércules como fundadores de Hispalis. El culto de ambos dioses
aparece algunas veces asociado, ad ex. en AE 1939, 192 y 195-196
(Philippi, Macedonia) o 1955, 155 (Cuicul, Numidia: Herculi Aug. sac.,
por un praef. pro IIviris q.q. sacerdos Liberi Patris), y debió de ser éste
también el caso de Hispalis.
Volviendo a los restos de la calle Mármoles, la localización posterior
por I. Rodríguez Temiño (1991) de más columnas y capiteles, junto a
nuevos datos a partir de catas próximas, hicieron desechar a este
autor la idea tradicional de que estas enormes columnas fueran el
frente de un templo hexástilo, pues sus basas apoyan directamente
sobre un pavimento de losas forenses, y el edificio carece del
preceptivo podium; reflexiones y datos que dejaron desfasadas las
hipótesis previas sobre un templo de Campos (1986) y Campos y
González (1987), también en cuanto a la cronología, que sería de la
segunda mitad del siglo I a.C. Con lo primero daba Temiño la razón
a A. Blanco Freijeiro, que vio estas columnas como el pórtico de un
templo próstilo, quizá rodeando la reconstrucción adrianea de un
«templo de César y de Augusto» (Blanco, 1979, p. 135-136). Sin
poder entrar en el detalle, transcribo la conclusión principal de
Rodríguez Temiño (1991): «En definitiva, y con la prudencia
requerida al valorar excavaciones donde no he tomado parte, en mi
opinión nos encontramos ante una plaza porticada entre la
conjunción de las calles Mármoles y Aire y la iglesia de S. Nicolás.
Los límites exactos habrán de establecerse por futuras intervenciones
en el sector. Contemplado sobre plano el conjunto de hallazgos
relacionados con edilicia pública situados en este área (Fig. 3), se
intuye la acogida de una panoplia de edificios perfectamente
articulados en torno a los ejes viarios principales, en el centro de la
ciudad republicana. Este conjunto edilicio debió ser la muestra más
ostentosa del grado de romanización alcanzado por Hispalis en la
segunda mitad del s. I a. C.». Añado por mi parte que una tal plaza
porticada no excluye la existencia efectiva de una aedes a Hércules
dentro de ese conjunto tardorrepublicano; no sólo sería lógica en el
foro de una ciudad que los textos antiguos vinculan con este
semidiós, sino que explicaría la tradición renacentista y posterior al
respecto del nombre, que debe también ser tenida en cuenta. Breval
recordará algo más adelante (aquí su n. lv) que, de los dos templos a
Hércules que conoció en Sevilla, el principal era el de la calle
Mármoles y que junto a él había un edificio con cámaras
subterráneas, que se pensaba eran para el hospedaje de peregrinos, ya
que el santuario tendría carácter oracular (vide también infra n. 159).
La popular Alameda de Hércules de Sevilla fue producto de una
reforma urbana emprendida por el conde de Barajas hacia 1574,
desecando un viejo brazo del Guadalquivir ya insalubre. La ciudad,
que siempre fue consciente de su vinculación legendaria con
Hércules, aceptó con agrado el traslado a la nueva y espaciosa plaza
de dos enormes columas procedentes de dicho pórtico romano,
sobre cada una de las cuales se colocaron sendas estatuas de
Hércules y de César, sus dos «fundadores». Las otras dos, menores,
346
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
152
153
que tiempo después se instalaron allí igualmente, rematadas con
dos leones, lo fueron en 1754. Por ello resulta chocante el «now»
para el traslado (esto es, entre 1708 y 1723) que utiliza Breval; es
posible que entendiera mal la fecha que le dieron o quizá su «ahora»
tenga un sentido de «en los tiempos recientes».
Hay que recordar que, según Rodrigo Caro y de él Ceán Bermúdez
(ambos loc.cit.), uno de los plintos de las columnas de la Alameda
llevaba el epígrafe VIRINIVS (=CIL II 1251). En CILA II.1, 95 se da
por perdido, pero debería ser posible comprobar si permanece.
Se le toma por «el nombre del artífice» (Caro) o «el del arquitecto que
construyó el templo» (Ceán). Como este nombre no consta en los
repertorios onomásticos latinos, dice González que sería un
nombre indígena (ibid., p. 94). Sin embargo quisiera sugerir ya,
pendiente de poder comprobarlo in situ, si pudiera tratarse en
realidad de [Q]VIRINVS o [C]VRINVS. Esta posibilidad sería
interesante al objeto de definir mejor el monumento original, fuera
pórtico de templo o de foro, o templo, ya que éste es uno de los
epítetos del propio Hércules, por ejemplo en Sulmona (Italia),
cf. AE 1980, 376 y 1989, 238: Herc(uli) Cur(ino). Véase la nota que
sigue para otros testimonios arquitectónicos y epigráficos de
Hércules en Hispalis.
No puedo entrar ahora aquí, porque sería muy largo, a reforzar la
existencia y ubicación de este segundo fanum Herculis de Hispalis, al
que Breval volverá a referirse algo más abajo (su n. lv) y que resulta
otra novedad en el equipamiento urbano de la Hispalis romana.
Se me ocurre que posiblemente procediera de él el único epígrafe
dedicado a su legendario conditor que por el momento ha aparecido
en Sevilla, y que le ofreció el liberto Aurelius Ianuarius. Esta
inscripción se encontró en 1990, en excavaciones de urgencia,
embutida en el torreón del castillo de San Jorge (la vanguardia
de Triana sobre la orilla oeste o derecha del Baetis y antigua sede
de la Inquisición). De ella se conoce sólo un avance del texto y
una fotografía oscura (Oria, 1997, 169, n.º I-25 y lám. VI.2) que
no me permite verificar la lectura, mientras la publicación que se
prometía allí no ha aparecido aún.
Otro testimonio hercúleo hispalense, aunque indirecto, de tipo
onomástico y aún inédito, consta en un nuevo epígrafe musivo,
aparecido en la primavera de 2003 en las excavaciones de la zona
del Cristina-Alfonso XIII, esto es, en lo que sería el barrio portuario
e industrial. Según la referencia de prensa (http://sevilla.abc.es/
Sevilla/noticia.asp?id=160669&dia=17062003) «... el mosaico
hallado es una rareza. No se conoce otro igual en Sevilla.
Es posiblemente del siglo I, de los de tipo epigráfico, y se extiende
por el perímetro de una estancia romana cuadrada, cuyo lado mide
algo más de 9 metros. Lleva la siguiente inscripción alusiva a dos
personajes hispalenses... Posee una franja central incompleta con
motivos geométricos, y entre ellos está la esvástica o cruz gamada».
Imagino que para cuando este trabajo se publique su texto será ya a
su vez de público dominio, por lo que lo adelantaré ya aquí, según
lo conozco más completo gracias a un amable colega sevillano:
....[PA]/VIMENTVM [...]/QVE C(aius) PVBLILIVS ATTICVS ET
C(aius) PVBLILIVS C(ai) F(ilius) HERCVLANVS D(ono) D(ederunt).
Volviendo al que sería en mi opinión segundo templo a Hércules,
baste por ahora decir que he encontrado algunos argumentos para
dar por bastante segura su existencia y localización, y que, pese a
las opiniones más recientes (VV.AA., 1993b, t. II, p. 226 y 399: dicen
que Goles vendría del heráldico gules o de alguna palabra árabe), la
etimología que Breval recuerda para esta Puerta occidental (de Hércoles), muy extendida en Sevilla desde el siglo XVI (Luis de Peraza),
no carece en absoluto de verosimilitud y me inclino a considerarla
así. Trataré de este santuario con más detalle en otra publicación
en preparación, y con algunos inesperados refuerzos.
Todavía hoy se discuten estas cuestiones. La opinión más
consensuada es considerar que Hispalis fue «fundada» por César,
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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a la que dio su nomen de Iulia, por la expresión de san Isidoro
(Etym. XV, 1, 71: Iulius Caesar condidit), lo que se debe entender
(ad ex. Galsterer, 1971, p. 19; Wiegels, 1985, p. 36-38, ambos con la
bibliografía anterior) por el establecimiento de una colonia civium
Romanorum, más posiblemente hacia el 45 a.C. (RE, s.v.). A partir de
aquí hay menos consenso, pues para unos autores serían colonos
civiles y para otros veteranos; se habla también, sin llegar a un
acuerdo, de una doble colonia, debido a la duplicidad de las tribus
electorales hispalenses (Sergia y Galeria), o a la mención por
Estrabón (III, 2, 1) de la enigmática Baetis, fundada por Augusto y
que habría competido y superado a Hispalis. Breval confunde las
fechas de tal «fundación» de César, datándola de su quaestura
hispana, siendo pretor Antistius Vetus, lo que no es posible, e
igualmente la fecha, 63 a.C. en vez de 61-60 a.C., cuando el propio
César era pretor de la Ulterior. No se suele atender a la existencia y
estatuto de la Hispalis anterior a César, o a las causas de fondo que
tendría César para fundar esta colonia, veáse sobre ambas
cuestiones infra las nn. 155 y 156.
La misma moneda ha aparecido en otras ocasiones en estratos
arqueológicos, ad ex. durante la demolición en 1671 de los restos de
la mezquita aljama e iglesia colegial para edificar sobre ella la nueva
iglesia de El Salvador, lo que permitió datar el gran edificio de su
nivel inferior en época de Tiberio (Blanco, 1976, p. 132; Collantes,
1977, p. 69). La importante iglesia de El Salvador fue también la
Mayor o principal de Sevilla hasta la construcción de la Catedral,
cuando la primera pasó a Colegiata. El Salvador había sucedido a
la mezquita de Ibn Adabbas, a su vez mayor o aljama de Hispalis y
segunda de al-Andalus por su antigüedad tras la de Córdoba, y
ambas a un gran edificio romano, posiblemente también religioso,
en el área del foro colonial. Sobre la mezquita árabe véase hace
poco J.M. Granados, 1999 (consultable en red: http://www.coaatse.es/revistaApa/lectura/numero_56/56_p60.html), y para la
historia de la iglesia católica la reciente obra, completísima, de
F. Gómez Piñol (2000, espec. su cap. I, que incluye la época
romana). Cuando John Breval la vio seguramente acababa de
finalizar su restauración, en 1712, quedando entonces como
espléndida muestra del barroco sevillano. Tras el hallazgo del muro
oriental de la mezquita, en la actual plaza del Pan, en los años
2003 y 2004 se están llevando a cabo extensas excavaciones en todo
su perímetro interior (2000 m2), con idea de llegar y estudiar a
fondo los niveles árabe y romano, con lo que podremos avanzar
mucho en el conocimiento de esta crucial área de Hispalis.
En realidad el amor de César y los beneficios desde la quaestura
(68 a.C.), el alivio de los tributos (impuestos entre 79-72 a.C.)
durante su praetura (61-60 a.C.), y su protección desde Roma
cuando sus primeros consulados (59 y 55 a.C.), todo lo cual se
cuenta en el discurso de César en Hispalis del final conservado del
Bell. Hisp. (Hirtius para Breval) 42, 1, no están referidos a Sevilla en
particular, sino a la provincia Ulterior en general. Amplios sectores
de ésta, en casi todas las ciudades, le traicionaron una u otra vez
(e incluso una y otra vez) en sus enfrentamientos decisivos contra
Pompeyo Magno y sus hijos (49-45 a.C.), y entre ellas Hispalis.
Véase la nota siguiente.
Poco después de la victoria de Munda, en efecto, Julio César
convocó una asamblea de los béticos en Hispalis, durante la cual
les reprochó (como aquí recuerda Breval) su ingratitud y sus
frecuentes traiciones. Hace unos años propuse, basándome en una
nueva traducción de
y de
en el famoso texto de
Dión Casio XLIII, 39, 5 (sin lo cual no es posible entenderlo así),
que las ciudades béticas que fueron más leales a César durante la
guerra (Gades, Italica, Ulia Fidentia, entre otras) fueron premiadas
con tierras, exención de tributos y, especialmente, con su
autonomía, mediante el estatuto de municipia civium Romanorum.
Mientras que aquéllas que, por su filopompeyanismo, le fueron de
REVISTA PORTUGUESA DE Arqueologia.volume 7.número 2.2004,p.265-364
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fidelidad ambigua o claramente traidoras, como Corduba, Hispalis,
Urso o Hasta Regia, fueron cargadas con el pesado estatuto colonial
(
), lo que hace años
definí como «colonias de castigo» (Canto, 1991 y 1997, espec. p. 274-279). Esto en realidad suponía para estas ciudades la admisión de
miles de nuevos colonos veteranos y civiles con sus familias,
además de la obligatoria redistribución de sus tierras en una nueva
forma territorial.
A partir de este nuevo enfoque propuse abandonar el hábito, tan
arraigado en la Historia Antigua y Arqueología hispanas, de
presentar a estas coloniae c.R. del año 45 a.C. como «privilegiadas».
Al contrario, César fue muy duro con ellas y «su perdón no lo concedió
gratis» (
), lo que traduje
políticamente como que estas últimas ciudades «tuvieron que pagar
muy cara la clemencia del dictador». Posiblemente todas ellas, lo
mismo que las ascendidas a municipia c.R., habían sido hasta
entonces coloniae veteris Latii, habitadas por grupos más o menos
numerosos de cives Romani (los conventus c. R.), de cives Latini y de
peregrini sinoicísticos en su interior (Canto, 1996 y 2001d, passim).
La reforma estatutaria y administrativa de Hispania, así comenzada
por César, sería continuada primero por Marco Antonio (cf. ad ex.
la lex Ursonensis), luego por los triunviros y finalmente por su
sobrino y heredero, Augusto.
Esta manera de valorar lo ocurrido en la Bética tras Munda ha
tenido hasta el momento cierta aceptación (incluso en Red, por
ejemplo, en: http://www.simulacraromae.org/cordoba/historia.htm),
aunque algunos autores de poca ética científica han dado las ideas
como suyas, o como si fueran parte de la communis opinio, sin citar
en ningún momento a su verdadera autora; así por ejemplo P. León
Alonso para Corduba (1999, p. 40-42), S. Ordóñez Agulla para
Hispalis (2002, p. 14), o A. Caballos Rufino para Urso (2002, p. 276
y 277). Quedan en evidencia además porque ninguno de ellos hace
referencia al texto de Dión Casio como la clave, cuando sin antes
retraducirlo no se pueden fundamentar dichas hipótesis (razón por
la cual no habían sido nunca formuladas).
«And there are to this Day in Sevil (notwithstanding the various Revolutions
and Calamities it has undergone in the Course of so many Ages) an hundred
Tracks of sumptuous Buildings seatter’d up and down...». Aunque
admitamos alguna exageración en sus palabras, si comparamos
la cantidad de restos romanos que eran visibles en Sevilla a
comienzos del siglo XVIII con las pocas briznas que hoy nos es
dado ver por la ciudad, se constata que quizá sea Sevilla una de las
grandes capitales hispanorromanas que más ha devorado a sus
precedentes, aunque sin duda acontecimientos como el gran
terremoto de 1755 debieron de contribuir a la pérdida de mucho
de lo que Breval vio aún en pie. Por desgracia, fueron muy pocos
los eruditos que tuvieron la idea de describir — y menos de dibujar
— para la posteridad tales bellezas.
Breval no numera sus láminas, ni hace referencias o llamadas a
ellas dentro de su texto. En realidad en el libro esta lámina de las
termas hispalenses va inserta frente a la página 314, y por tanto de
forma indebida detrás de las de Itálica, ciudad a la que aún no se ha
referido. Es posible que ello se deba a la publicación por fascículos,
que generó el problema ya comentado (parte 3 y parte 5, n. 65) en
la repetición de los números de páginas. En todo caso, para
mantener la coherencia, he intercambiado entre sí las que aquí
ahora numero como IV y V.
[Nota previa. – Hay que hacer una importante advertencia antes de
analizar esta lámina de nuestra fig. IV: En su n. lv, Breval dice del
templo de Hércules cerca de San Nicolás «que se piensa que fue un
Oráculo, a causa de las cámaras subterráneas todavía visibles, según se verá
en el dibujo que he dado de él, donde se supone que se hospedaban los
peregrinos...». Sin embargo, la única lámina de Sevilla que figura en
su relato es la de las «Antient Thermae or Baths» que, si nos atenemos
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Alicia M.ª Canto
a sus palabras, han de ser los baños romanos de San Ildefonso,
mencionados por él expresamente pero cuyo dibujo (esta fig. IV)
en cambio no cita en el texto. Así que cabría la posibilidad de que
esta lámina describiera realmente las «cámaras subterráneas» bajo
san Nicolás, esto es, el entorno del mal llamado «templo de la calle
Mármoles». Observará el lector que la lámina presenta elementos a
favor y en contra: Se ven en lo alto dos arbolillos, que podrían
corresponder al suelo original y también a la segunda planta de un
edifico completamente enterrado, mientras las personas bajo el
arco se ve que están al aire libre y al nivel del suelo actual. No
pudiendo decidirme con seguridad entre ambas opciones, y no
descartando que, por un error suyo, el grabado dibuje realmente las
«cámaras subterráneas» visibles cerca de San Nicolás, esto es, en
relación con el pórtico columnado de la calle Mármoles, me he
atenido en el comentario que sigue a la literalidad del pie de la
lámina.]
Breval nos ofrece ahora el testimonio visual de un edificio
hispalense inédito: las termas romanas de San Ildefonso, que
pudieran definirse también como «las termas del foro colonial»
(stricto sensu). Los baños romanos más conocidos de Sevilla son los
de la calle Abades, vecinos del Palacio Arzobispal, que fueron
descritos minuciosamente por R. Caro como «el laberinto de Sevilla»
(1634, Adiciones, cap. III) y excavados hace poco más de un decenio
(Corzo, 1991). Datadas en época adrianea, dichas termas de la calle
Abades probablemente corresponderían al supuesto «foro de las
Corporaciones», en el entorno de la Catedral y más próximo al río
(Blanco, 1979, p. 133-135; Campos y González, 1987, p. 135,
aunque suponen dos foros de este tipo, lo que parece exagerado).
Un segundo edificio termal estaría en la Cuesta del Rosario
esq/Galindos, según las excavaciones de Collantes de Terán
(Collantes, 1977, p. 61).
Los restos que admiramos en este precioso dibujo de E. Kirkall,
bastante lejos de la c/ Abades, son distintos y más antiguos.
En la lámina se ve una sala rectangular que tiene un carácter
central o distribuidor, pues la precede un gran arco de acceso y se
aprecian los arranques o el vano de otros tres accesos, cardinales,
a sendas salas. Este espacio, probablemente el vestíbulo mismo,
presenta un nicho estatuario en su fondo, que probablemente
sería visible desde la calle. A juzgar por la cornisa de entrada, a
comienzos del XVIII el edificio podría tener enterrados al menos
2-3 metros. La construcción combina aparejo de sillares grandes y
paramentos de sillarejo en la sala de la izquierda y en la segunda
planta, de la que quedaba aún un muro en pie, a la derecha del
lector. En cuanto a su cronología, la ausencia completa de ladrillo
o indicios de revestimiento con él, el gran tamaño de los sillares, el
uso combinado de sillarejo y la austeridad del perfil de las cornisas,
me transmiten en conjunto una impresión cronológica temprana,
de hacia el cambio de era. Esta datación a mi entender cuadraría
perfectamente con la comprensión del mal llamado «templo de la
calle Mármoles» como una plaza porticada dentro del foro
republicano y augusteo de la ciudad (cf. supra n. 151), como con la
ubicación de estas termas junto a la Plaza de la Alfalfa, que
tradicionalmente se viene tomando como el lado norte de este
posible foro cívico de Hispalis, y que se extendería hasta la Plaza del
Salvador (Blanco, 1979, p. 132-133). A favor de que no andaría muy
lejos el macellum forense estaría también el que en la Edad Media
estuvieran en la Alfalfa (de tan expresivo nombre) las llamadas
«Carnicerías»... (VV.AA., 1993b, t. I, p. 58). Procede recordar lo
similar de la ubicación del Ara Maxima Herculis, justamente en el
foro Boario de Roma.
Además de la fugaz cita de Ceán Bermúdez (1832, p. 249), he
encontrado varias referencias posteriores que nos confirman la
ubicación de este nuevo y más antiguo complejo termal hispalense
en San Ildefonso: Se documenta y su origen se tiene por árabe,
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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debido a su proximidad a la principal mezquita de Ibn Adabbas
(posterior de El Salvador) (Bosch Vilá, 1984, p. 254); más tarde
A. de Morgado confirma que estos baños estaban aún en uso y, por
último, en los archivos de la cofradía de Montserrat consta que
tuvo su sede inicial en la parroquia de San Ildefonso (que cita
Breval) hasta el año de 1650, en el que tuvieron que trasladarse
a la iglesia de San Pablo, «por las molestias que ocasionaban unos baños
públicos contiguos a la Capilla que ocupaba en San Ildefonso, quedando
afectados por la humedad los enseres de la Hermandad» (cf.
http://montserrat.hermandades-de-sevilla.org/1historia.htm), lo
que ubica ya el sitio con bastante precisión. Los restos romanos en
pie que Breval llegó a ver de estas termas debieron de venirse abajo
definitivamente en el terrible terremoto de Lisboa de 1755, que
tanto destrozó en Sevilla, Itálica y muchos otros lugares.
El buen deseo de estudios específicos eruditos no se cumplió, y
muchas de las works of admirable Beauty hispalenses que se veían
aquí y allá se perdieron sin antes ser documentadas, al menos
gráficamente. Breval nos dice (texto y nn. lv y passim) lo que se veía
en Hispalis: muralla, templos de Hércules (2), Venus Salambona,
Marte, Baco, Júpiter, Juno y Minerva, teatro, anfiteatro, Capitolio
y acueducto. Es una pena que durante la estancia en Sevilla de
F. Pérez Bayer (1782/1998) éste no dedicara más tiempo y dibujos
a las antigüedades hispalenses: no describe ninguna ruina, sólo
resume por encima las importantes colecciones del Alcázar y
Medinaceli/Pilatos, y no copia más que cinco inscripciones
romanas, siendo éste el género de antigüedades del que Sevilla
tenía más ejemplos Sevilla a la vista. De ellas, medio siglo antes,
Breval transmitía doce.
Como breve inventario publicado tenemos el otro medio siglo
posterior de J. A. Ceán Bermúdez (1832, p. 248-252), que vivió casi
veinticinco años en Sevilla y, resumiendo información de muchos
autores anteriores, relaciona y ubica los siguientes elementos,
según él: Muralla, columnas de la Alameda y calle Mármoles (San
Nicolás), templos de Baco (San Ildefonso, pero cf.supra la n. 159),
Venus Salambona (San Román), Sol y Marte (Santa Marina, pero
vid. en esta misma nota, in fine), palacios (Puerta del Sol y
Trinitarios, extramuros), basílicas, foros y gimnasios (plaza de San
Francisco y Puerta de Jerez), teatro (en la Borceguinería [male
Borcineguería, Ceán cit. y Campos Carrasco, 1986], actual Mateos
Gago, con vestigios), termas (San Ildefonso [v. la n. 159],
San Juan de la Palma y Nombre de Jesús), anfiteatro (Tablada,
extramuros), otro edificio subterráneo sin identificar, en la calle
Abades (termas «del foro de las Corporaciones», v. ibid e infra),
cloacas («husillos», passim), un acueducto (los Caños de Carmona),
además de numerosas estatuas, inscripciones y columnas
reaprovechadas en numerosos edificios.
De todo esto es muy poco lo que queda, y menos aún lo bien
documentado, véanse los estados de la cuestión de Campos (1986),
Campos y González (1987, donde en p. 158 se atribuyen
indebidamente «establecer la existencia y localización de un foro
de las corporaciones semejante al existente en el puerto de Ostia»,
en realidad propuesta de A. Blanco Freijeiro en 1979) y Ordóñez
Agulla (1998 y en «Sevilla romana», en: VV.AA., 2002d, p. 11-38);
es imposible citar aquí la bibliografía de detalle. Excavaciones
recientes y muy sonadas del año 2003 van fijado otros tramos
de la muralla (plaza de la Encarnación) e instalaciones portuarias
(aparcamiento del Cristina).
En lo que respecta al teatro, he manifestado hace poco (HEp 8,
1998, en el comentario al n.º 476) mi discrepancia al respecto de
ubicarlo en las cercanías de la calle Mármoles a base de hacer
proceder de allí, según propone Ordóñez Agulla (1998, p. 144-157)
el epígrafe CIL II 1193, que apareció, según mejores fuentes, en las
inmediaciones de la Catedral en 1563. Creo que éste pudo
pertenecer mejor a una clepsydra o reloj de agua en la vecindad del
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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Guadalquivir, lo que se encuadraría mejor en el contexto del «Foro
de las Corporaciones» propuesto en su día por Blanco a semejanza
del de Ostia. Sobre los dos templos de Hércules y su ubicación
véase lo ya dicho más atrás. Del templo de Marte que Breval cita
(en su n. lv) como existente en la pequeña aldea de Aretania (de
Ares, dice él correctamente), «a poca distancia de las murallas» también
trataré en el mismo trabajo anunciado. No existe la menor noticia
sobre él en la bibliografía contemporánea consultada, pero
adelantaré ya que, a través del análisis del topónimo y por la
posición geográfica sugerida, creo poder localizar el sitio en el que
estuvo este templo de Marte en el sector de Eritaña (una adecuada
evolución lingüística), junto al ya desaparecido arroyo del mismo
nombre y ligeramente alejado por el sur, en efecto, del cerco
amurallado. Como una curiosidad más de permanencia, creo que el
área de Aretania/Eritaña conserva cierta memoria de Marte, puesto
que en ella tiene aún su sede la Segunda Comandancia de la
Guardia Civil.
[INSCRIPCIÓN N.º 41] = CIL II 1194, a partir de R. Caro y aquí lo
mismo, sin variación alguna. Corresponde a CILA II.1, 39 (aunque
en lín. 1 ...N....P....., male, y pone en el apparatus a todos los
anteriores, pues considera los desarrollos de palabras y abreviaturas
— por otro lado evidentes — como variantes de lectura).
Posiblemente Breval la copiara de Rodrigo Caro (lo mismo que
CILA lo hace de CIL, o CIL de otros autores que la vieron...), pero ya
el propio inglés dice que la teoría de que el Capitolio romano había
estado bajo la Catedral estaba basada de antiguo en este epígrafe.
Acaba de citar como obras publicadas para su relato sobre Hispalis
a R. Caro y a J. Grútero (sus notas a pie, aquí núms. xlii y lv).
En lo que llevamos visto, ésta es la enésima vez que E. Hübner cita
a J. Breval, pero para afirmar lo mismo en el aparato: «Caro Sev.
f. 21 v (inde Breval 2, 315b qui perperam se vidisse affirmat...»; González
repite lo mismo: «Breval... que engañosamente dice que la ha
visto»). Pero comprobamos una vez más que lo que es falso es que
Breval diga que la vio: «... and of which particular notice is taken in the
following fragment of an old marble now in Sevil...». No parece así que
sea justo el perperam («con engaño»), y más cuando Breval está
citando con frecuencia a sus fuentes. Aunque podía haberlo hecho
expresamente para este epígrafe, no se le puede acusar de falsedad
(«notice is taken... marble now in Sevil»). Y todavía habría que tener
en cuenta que Breval pudo ver la inscripción y, leyéndose peor aún
que en época de Rodrigo Caro, tomara de Caro la lectura más
completa. Esto es exactamente lo mismo que hizo Luíz Azevedo
que, aun viendo el epígrafe de Évora CIL II 114 (supra la n.º 7 y
n. 92), copió el texto de Resende, pero sin embargo a él Hübner no
le reprocha nada.
Por otro lado, parece fuera de lugar y errónea la suposición de
Hübner de que la inscripción misma podía ser falsa (frase
mecánicamente repetida en CILA: «un intento de Rodrigo Caro
para demostrar la existencia de un capitolio en Hispalis») y que si
la mantiene como auténtica es porque «pudiera ser en realidad un
título sepulcral». Independientemente de la mención en la lín. 5 de
los C(oloni) C(oloniae) R(omulae), el ...[st]ATVAM IN CAPIT[---] de
la lín. 2.ª tendría de todas formas muy mal acomodo en un
ambiente de necrópolis. Contra la idea de la falsedad véase ahora el
oportuno paralelo que encuentro en Verona (CIL V, 3332 = ILS
5363 = AE 1960, 72 = AE 1989, 325): Hortante beatitudine/ temporum
DDD(ominorum) NNN(ostrorum)/3 Gratiani Valentiniani/ et Theodosi
Auggg(ustorum) /6 statuam in Capitolio diu iacentem in / cereberrimo
[sic] fori/ loco constitui/ iussit Val(erius) Palladius /9 v(ir) c(larissimus)
cons(ularis) Venet(iae) et Hist(riae). Tras este paralelo no parece
razonable mantener dudas sobre la autenticidad de la hispalense,
sino, más aún, considerar que en ésta el loco de la lín. 3 pudo hacer
igualmente alusión al locus fori donde irían la statua y el titulus en
cuestión, como en el ejemplo veronés.
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Como en otros casos, es una verdadera lástima que Breval no
ordenara bosquejar la larga arcuatio final del acueducto que fue sin
duda el principal abastecimiento de agua exterior de Hispalis junto
con la Fuente del Arzobispo, más cercana a la ciudad
(el primero, aunque semisalobre, fue el propio e inmediato Baetis).
Las excelentes aguas procedían de manantiales de Alcalá de
Guadaira (la antigua Hienipa según autopsia de R. Caro y otros,
combatida por el viejo CIL [sub nn. 1163 y 128*] y también por el
nuevo CIL II2, pero muy defendible, véanse HEp 5, 689; 8, 391 y 9,
505), aunque su nombre popular lo recibieron de la puerta urbana
más próxima. Los 400 arcos de su último tramo, producto de una
completa restauración almohade en el siglo XII (a. 1172), fueron
derribados casi por completo entre 1910 y 1920 (¡con ayuda
ciudadana!). Tenemos en cambio la lámina que de él ofrece un
mucho más célebre viajero inglés que lo vio poco más de un siglo
después que Breval, Richard Ford, autor que en general es un útil
complemento de éste en algunos aspectos de la ruta desde Cádiz
a Sevilla (aunque no en el de las antigüedades, que interesaban a
Ford bastante menos que las curiosidades y gatherings de su propio
tiempo). Su obra en lo que respecta a sus viajes andaluces se editó
no hace mucho en versión española (Ford, 1981, p. 189-190 y 265
y lám. 2.ª [las da sin numerar] tras la pág. 96). A. Jiménez hizo hace
años (1975) el estudio de los restos de esta arquería que se han
salvado (poquísimos y a mi juicio hoy abusivamente restaurados).
Puede verse una interesante fotografía en: http://www.personal.
us.es/alporu/fabricatabaco/tagarete_fabrica.htm, a su paso por el
barrio de San Bernardo y anterior a la destrucción.
R. Caro (1634, fol. 26), como todos los historiadores anteriores y
posteriores a él, no dejó de referirse a los famosos «caños de
Carmona», aunque consideraba que «no tienen fundamento quienes así
lo piensan» [scil., que eran árabes], pues es «obra de mayor orgullo, y
atrevimiento, que (para ser) de Bárbaros» (ibid.). Breval debió de tomar
de él sólo las distancias o algún detalle menor, porque mantiene
sobre este acueducto su propia impresión y criterio: que es obra
árabe. Y tenía razón, pues en la época moderna la mayor parte de
la obra visible era, en efecto, almohade, obra del ingeniero al-Hayy
Yacis, que encontró y reconstruyó la línea de los vestigios de la
precedente aqua romana hasta inaugurarse, en 1172, el nuevo
acueducto (cf. el relato del historiador Ibn Sahib al-Sala recogido,
entre otros, por Bosch Vilá, 1984, p. 228-232). En estos momentos
la Asociación Espeleológica Geos ha reencontrado en Alcalá de
Guadaira, y está explorando para su estudio, el interesante sistema
romano de captación múltiple mediante galerías subterráneas a
distintas alturas. Los días 23 a 27 de marzo de 2004 este grupo ha
organizado en Alcalá unas Jornadas sobre ellas, y se anuncian
próximos estudios hidrogeológicos y faunísticos en su preservado
interior, por equipos de la Universidad de Huelva. Con el tiempo,
podrán hallarse muchos restos de esta antigua aqua de Hispalis.
Esto era así aún en época de Breval; sin embargo, a finales del siglo
XIX Sevilla ostentaba el triste honor de ser la tercera capital del
mundo en mortalidad infantil, detrás de las hindúes de Bombay y
Madrás, debida, entre otras causas, a la escasez e insalubridad de
sus aguas (Salas, 1999).
Existe numerosa bibliografía sobre esta etapa de la ciudad, y muy
accesible. Para orientarse rápidamente en la planta de la Sevilla
islámica es muy práctico este sitio web: http://www.coaat-se.es/
revistaApa/lectura/numero_60/60_p68.html. Una interesante obra
municipal de divulgación contiene una buena síntesis de lo sabido
hasta ahora, por M. Valor Piechotta («De Hispalis a Isbiliya», en:
VV.AA., 2002d, p. 41-58), editora también de la Sevilla Almohade de
1999.
Con los añadidos renacentistas, la altura actual de la Giralda es de
104,60 m. Era el alminar (de unos 60 m de altura) de la mezquita
aljama de Isbiliya y, buscando su solidez, se la cimentó sobre cientos
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de mármoles y despojos de la Hispalis romano-visigoda, ocultándolos
quizá para siempre (cf. n. 169). Aunque se suele atribuir la totalidad
de la obra al califa almohade Abu Yaqub Yusuf (1163-1184, ya
desde 1155 gobernador de la ciudad en nombre de su padre el
califa Abd al-Mumin), según autores árabes de más confianza él
inició la construcción de la mezquita en 1171-1172, bajo la
dirección del famoso arquitecto (y jefe de los de al-Andalus) Ahmed
ben Baso (o Basu) pero no el minarete; éste, el cuerpo almohade de
la actual Giralda, se inició en 1184, ya bajo el reinado de su hijo
Abu Yusuf Yakub al-Mansur (1184-1199: Bosch Vilá, 1984, p. 263-267). La torre almohade fue reconvertida después en campanario
cristiano y parcialmente destruída por el terremoto que recuerda
Breval (el 24 de agosto, pero de 1356); estuvo dos siglos arruinada
hasta que, bajo el proyecto de Hernán Ruiz II (1558) fue sobreelevada
y rematada con una ligera escultura-veleta de bronce que sigue el
prototipo de las Victorias romanas y se denominó «el Giraldillo»
(reciente objeto de una interesante exposición, en 2003).
Las «manzanas», enormes bolas de bronce recubiertas de gruesas
láminas de oro, de tamaños decrecientes según los yamures
musulmanes, coronaron el alminar en 1198, tres años después de
la gran victoria de Yakub al-Mansur en Alarcos (Bosch Vilá, 1984,
p. 269-271), pero cayeron al suelo en el citado año de 1356. Según
algunos autores no eran cuatro sino tres (que sería lo canónico),
pero es más fidedigno el relato de Ibn Sahib al-Sala, que las detalla
(ibid.), y cuatro son también las de la Qutubiya marroquí. (Véase
además una hipótesis sobre un uso secundario aquí en la n. 168).
Según el Dikr bilad al-Andalus, del siglo XIV, el alminar era
«imponente», y «no se encuentra en todos los países del Islam una
construcción más grandiosa que ésta» (Anónimo, 1984, p. 67-68). Sobre
ello v. mi trabajo en preparación Fuentes Árabes para la Hispania
Romana, s.v. Hispalis. Existe actualmente una buena página web para
arquinautas sobre la inmensa catedral de Sevilla, llamada «la Montaña
Hueca» (acertada síntesis de una de las frases que guiaron su
construcción en 1401: “Hagamos una Iglesia tan grande que los que la
vieren acabada nos hagan por locos”) y su torre la Giralda, página
coordinada por el restaurador de la famosa torre, A. Jiménez
Martín: http://www.arquired.es/ users/giralda/catsev.htm.
Dice «... or Spires of Copper guilt», con errata tipográfica por «gild»;
la fecha del seísmo es errónea, vid. n. lviii y 166.
Geber o Gebir. Su nombre pervive en el de la ciencia algebraica
misma. Algunos arabistas lo identifican con el famoso Yabir Ibn
Hayyán, natural de la ciudad iraquí de Cufa, autor de numerosas
obras científicas; pero ello no es posible, puesto que Hayyán era
químico y además murió en el 808 d.C. Breval se refiere con
seguridad a Jabir ibn Aflah (1100?-1160?), a veces citado como
Geber Hispalensis y en sus msc. como al-Ishbilí, esto es, «el Sevillano»
(origo confirmada también por Maimónides), matemático y
geómetra de más fortuna que otros debido a que sus obras se
tradujeron al latín, especialmente sus correcciones al Almagesto de
Ptolomeo (para una breve biografía suya en Red cf. http://wwwgroups.dcs.st-and.ac.uk/~history/Mathematicians/Jabir_ibn_
Aflah.html, de la Universidad escocesa de Saint Andrews).
Ahora bien: Nos consta que el arquitecto de la mezquita y de la
primera fase del alminar o Giralda fue Ahmed ben Baso (cf. supra la
n. 166). ¿Cómo conciliar con ello esta noticia de Breval, seguramente
leída en obras específicas o escuchada de conocedores, en el sentido
de que el alminar «is generally ascrib’d to Gever the Moor»? Tratando
de resolver esta aparente contradicción, y pensando que éste era
sevillano, ligeramente anterior al inicio de la construcción, también
astrónomo y además un experto en trigonometría esférica, la
tentación de encontrar una relación entre él y las manzanas
doradas me parece irresistible, máxime porque encontré en la
Crónica General de España el dato de que la mayor de tales mançanas
tenía el cuerpo dividido en doce sectores o gajos (Crónica General,
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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t. II, p. 768-769), lo que tiene una innegable connotación
astronómica. ¿Por qué no pensar, pues, que el proyecto del alminar
mismo se debiera a Jabir ibn Aflah (esto es, «a Gever») e incluyera
en su cima un observatorio astronómico? Nada de ello aparece en
las obras al uso sobre la Giralda (por ejemplo Bosch Vilá, 1984,
A. Jiménez Martín, loc.cit., o M. Valor en VV.AA., 2002d, p. 42-54),
y tampoco los matemáticos occidentales citan a ibn Aflah en
relación con la construcción del alminar almohade de Sevilla.
Pero sí lo encontré en la tradición de los científicos musulmanes
(http://www.alislam.org/ror/sept2001.pdf, p. 55), según los cuales
Ibn Aflah se ocupó realmente de la creación en la zona alta del
minarete de la mezquita jamí de Sevilla de un observatorio
astronómico, que de hecho resulta ser el primero conocido de
Europa.
Para aceptar esta propuesta hay que resolver antes un problema
cronológico (que a su vez no se plantean las fuentes musulmanas
que acabo de citar): El hecho de que se da por supuesto (no es
seguro) que Jabir (Gever) Ibn Aflah murió hacia el 1160, esto es,
antes de la fecha oficial de la construcción de la mezquita. Sin
embargo, creo que este obstáculo tendría dos soluciones: O bien la
muerte del famoso matemático y astrónomo sevillano fue posterior
o bien — lo que me parece más probable y voy a sugerir aquí — el
proyecto inicial de la construcción de la Giralda almohade,
incluyendo el observatorio en su cima, se remonta en realidad a
Abd al-Mumin (1130-1163), primer rey almohade de Sevilla (desde
1147) y padre de Abu Yusuf, el constructor que nos conserva la
tradición oficial. La hipótesis de que el proyecto inicial de la
mezquita y su minarete se remonte al Abd al-Mumin me parece
muy — o casi más — factible, porque fue él quien erigió la famosa
mezquita Qutubiya de Marrakesh, a la que la sevillana imita, y
quien dejó comenzado también su alminar que, como en Sevilla,
terminaría en 1195 precisamente su nieto, Yakub al-Mansur.
Según todo esto, sugiero que todo el proyecto de la mezquita
aljama almohade de Isbiliya, incluyendo su alto minarete (hoy
Giralda) para usos también astronómicos, se debería al primer rey
almohade de Sevilla, Abd al-Mumin, antes de 1160, siguiendo los
cálculos o ideas de Jabir ibn Aflah (Geber), si bien, por la muerte de
ambos, el ambicioso proyecto sólo lo llevarían a la realidad su hijo
y su nieto, bajo la dirección de Ahmed ben Baso, entre 1172 y 1198
como queda dicho. Dejo aquí al menos planteadas estas hipótesis,
hasta las que me ha llevado esta mención de pasada que hace John
Breval acerca de la relación de «Gever» con el edificio. Confío en
que puedan ser mejor exploradas y desarrolladas por los expertos
en esta época.
Estas observaciones de Breval prueban que en su tiempo el nivel del
suelo estaba elevado y no podían verse directamente, aunque había
suficiente noticia de ellas. Media historia de la Hispalis romana debe
yacer en sus cimientos, como ya se dijo, aunque quizá algún día al
menos sea posible dejar al descubierto para su estudio las que
puedan estar en los dos metros bajo el nivel del suelo (que no son
aún la cimentación) de la Giralda. Algunas, más o menos legibles,
se hallan a la vista en distintos puntos de la base de la torre y
recientemente, con motivo de un cambio de acerado, ha sido
posible conocer otra de ellas, de un diffusor olearius ya documentado
(Chic et al., 2001).
La inscripción en castellano dice: «Aquí yace el Rey muy honrado Don
Fernando, señor de Castiella é de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de
Córdoba, de Murcia é de Jaén, el que conquistó toda España, el más leal, é el
más verdadero, é el más franco, é el más esforzado, é el más apuesto, é el más
granado, é el más sofrido, é el más omildoso, é el que más temie a Dios, é el
que más le facía servicio, é el que quebrantó é destruyó á todos sus enemigos,
é el que alzó y ondró á todos sus amigos, é conquistó la Cibdad de Sevilla,
que es cabeza de toda España, é passo hi en el postrimero día de Mayo, en la
era de mil et CC et noventa años». Según más atrás indiqué (n. 149),
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este epígrafe está tomado de R. Caro (1634, fol. 81 v.), quien lo
utiliza para su empeñada demostración personal de la capitalidad
de Sevilla sobre la antigua Bética y sobre España (v. especialmente
fols. 69v, y ss.), concluyendo con esta sentencia, que transparenta
su verdadero pensamiento: «...un Rey sabio, que supo muy bien lo que
dezia, y mandava escribir... mas quando Sevilla no hubiera sido cabeça y
Metropolis de España hasta aquel tiempo, con sola su palabra Real la podia
hazer; porque las palabras de los Reyes, y señores soberanos, en materia de
dar titulos de honor, el dezir es hazer...».
Sobre las últimas excavaciones y estudios arqueológicos en los
Alcázares véase recientemente el muy bien ilustrado artículo de
M. Á. Tabales Rodríguez (2000), cómodamente consultable en
edición digital: http://www.patronato-alcazarsevilla.es/apuntes/
index.html y en versión resumida en VV.AA., 2002d, p. 59 ss. Aquí,
cerca de donde debió de estar el límite meridional de la ciudad
romana, apareció en 1606 la famosa escultura de basalto negro que
posiblemente representaba a Isis con Horus (Blanco, 1979, p. 128-130).
Como en el caso del acueducto, Breval puede haber tomado
algunos datos de R. Caro (1634, fol. 20), y concretamente el de la
longitud del circuito en millas; en cambio, el número de torres que
daba el insigne utrerano era de 166. Contamos con un estudio
reciente sobre cada una de las puertas de Sevilla a lo largo de su
historia, que recoge la relativamente numerosa bibliografía anterior
sobre la cuestión (Jiménez Maqueda, 1999, espec. p. 225-231).
En su plano de las de los siglos XVI-XVIII (p. 210), su número es
de 16 porque se incluyen 13 puertas y tres «postigos» menores, que
Breval no tiene en cuenta. La diferencia de una puerta quizá se
explique porque la norte n.º 16, considerada con dudas por
Jiménez Maqueda como «¿Puerta Nueva?», entre Almenilla
y Macarena (ibid.), fuera realmente un cuarto postigo menor, con lo
que ya coincidirían las doce puertas mayores que da Breval; de
hecho, en el siguiente plano que ofrece Jiménez Maqueda, del siglo
XIX (p. 211), aparece realmente, en el lugar de dicha «¿Puerta
Nueva?», un postigo, el «de la Basura» (un nombre tal que le resta
cualquier importancia que como puerta se le quisiera dar).
«.. I have transcrib’d these following inscriptions only... according to the
Method I have observ’d in all Accounts of this Nature». La definición de
transcribir, en inglés como en español, es «escribir en una parte lo
escrito en otra». Según ello, podría estar afirmando tanto que vio las
inscripciones mismas como que las tomó de repertorios; sin
embargo, la referencia que sigue, de que procura hacerlo «conforme
al método que he observado en todas las narraciones de esta índole», sugiere
que intenta copiar de los originales con el rigor que siguen los
habituales de la disciplina. Podemos pensar, pues, que unas las
viera y otras las copiara, pero lo que no parece cierto ni justo es lo
que Hübner afirmará de él en varios de estos epígrafes sevillanos:
que lo hiciera con intención de engañar (v. ad ex. la n. 161).
Breval refleja aquí la inclinación en los escritos de Epigrafía de los
siglos XVI-XVIII por recoger sólo aquéllos que presentaran un valor
histórico o toponímico o bien expresiones o usos sociales notables,
que es la línea que también sigue él mismo.
[INSCRIPCIÓN N.º 42] = CIL II 1172, con cita de Breval, del tenor
habitual: (Rodrigo) Caro... inde... Breval 3, 318b, qui perperam se vidisse
affirmat; perperam aquí sólo puede ser «falsamente». Es CILA II.1, 15
y fig. 10 a-d. Ésta sin duda Breval la ha tomado de Rodrigo Caro
(fol. 17v), ya que en la lín. 3.ª escribe IVLIANO en vez de IVNIANO
(la lee bien en el fol. 106, pero mal el PIISIMO de su 5.ª) y sigue la
división de versos del sevillano, que desde la 3.ª es incorrecta, como
puede comprobarse por haberse conservado el epígrafe (CILA cit.).
Breval asimismo recoge el argumento de Caro acerca de los
poliónimos (ibid.), tesis que afirma «es nueva, y que yo no la he visto en
los escritos de tantos varones doctos... podrà parecerle a alguno
atrevimiento...». Sin embargo Hübner, como hemos visto, no tiene
razón al repetir su ya conocida fórmula, pues el inglés no afirma
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que la viera. Es más, en la inscripción siguiente, que Breval
introduce con la misma frase que ésta («...he transcrito éstas... conforme
al método que he observado en todos los escritos de esta naturaleza...»),
Hübner no dice nada. [Por otro lado, en la lín. 1, Hübner excluye la
lectura de Caro, tomando la del fol. 106: DECIO CVTIO Caro, male.
Pero Caro, sin embargo, en el fol. 17 v lee perfectamente D · CVTIO;
lo que hace es desarrollar mal la D, como D(ecio), pero ello es ya
en su comentario, no en la lectura, que allí es la correcta.]. Se
encontraba en 1982 en el Patio de las Monterías de los Reales
Alcázares (González), y es una de las más elegantes inscripciones
sevillanas. Otra más simple de texto, de los mismos padres al
malogrado senador, en CIL II 1173 (CILA II.1, 16), perdida.
[INSCRIPCIÓN N.º 43] = CIL II 1178, con cita de Breval (p. 398 male,
es la 318) como dependiente de Caro, que la da dos veces (fol. 19 v
y fol. 40) con distinta división de líneas y algunas diferencias de
lectura, lo que resulta extraño en principio. Es CILA II.1, 22 y
fig. 13. Breval parece seguir el texto, líneas e interpretación del
fol. 19 de Caro, salvo VETIONIAE en la lín. 5 (la 7 según CIL), que
claramente es una errata tipográfica por VETTONIAE, que aparece
bien escrito en su n. lxi. Vale la pena detenerse a comentar aquí que
la traditio de esta muy citada inscripción tiene detalles extraños que
hacen sospechar la posibilidad de que no hubiera una, sino dos,
con un texto semejante pero dividido en forma diferente.
Las dos referencias directas y más antiguas de ella, de Accursio
(mayo de 1526: CIL p. VII) y Mamerano (hacia 1538: ibid., p. VIII),
coinciden en que estaba en la iglesia de San Salvador, in hyptº
(hypaethro) Accur., e in ambitu... in lapide alto parieti Mamer., esto es,
embutida en alto y puesta de lado en una pared del claustro (no
«en la torre», ni «en el ámbito del templo», González); e igualmente
coinciden ambos, Accursio y Mamerano, al indicar que se leía mal
por el pésimo estado de las letras: litteris inconditis dice Accursio,
vetustate corruptae ceciderunt, según Mamerano. Caro, en cambio, la
vio «en la Torre» y pudo leerla perfectamente. Tampoco Accursio y
Mamerano mencionaron los muy llamativos relieves ornamentales
que presenta, militares arriba, vegetales abajo, entre pilastras
laterales. Cuando Hübner va a verla dice que ibidem extat, pero se ve
obligado a aclarar que litterae non sunt inconditae, sed optimae aevi
Antoniani [sic] atque basis ornata est ornamentis operis anaglyphi... Esta
que vio Hübner, en efecto, se conserva aún («en una dependencia
de la iglesia», CILA cit.), y puede leerse con tal nitidez que es
imposible que sea la misma que vieron tan destrozada los testigos
del siglo XVI.
Por otro lado, en la lín. 4 Hübner omite PR(aetoriae) ante Misenensis,
indicando más tarde (p. 841) «quod classis Ravennas praetoria dicitur,
Misenensis vero eo nomine caret, fortasse casui tantum tribuendum est...»
[J. González, p. 39, destaca como cosa suya que PR. om(iserunt)
omnes, incluso Hübner, lo que deja claro que no ha comprobado los
textos antiguos, ya que tanto R. Caro en sus dos versiones, como
J. Breval en la presente, sí que dan este PR(aetoriae) que, en efecto,
se lee bien en la pieza pero se le escapó a Hübner]. Hay además
demasiadas palabras que en realidad están explayadas y no
abreviadas (MISENENSIS, RAVENNATIS, el PRAETORIAE
de lín. 5). En 1982 estaba «empotrada en una pared de una
dependencia de la iglesia» (CILA), se supone que ya recta. Por todo
ello, y aunque para ello no hay más indicios, sugiero que hubo dos
inscripciones parecidas en honor de este importante miembro del
orden ecuestre de época de Trajano-Adriano, ambas colocadas en
el foro de la colonia (zona de El Salvador). La que vieron Accursio
y Mamerano «en el claustro» carecía probablemente de decoración
o la había perdido, se leía pésimamente y es probable que esté
ahora oculta en algún muro. La que estaba y vio Caro «en la Torre
de la iglesia» estaba decorada, se leía perfectamente, y es la que aún
se conserva. Sobre la significación forense de estas inscripciones en
la iglesia mayor de El Salvador, véase lo dicho supra en la n. 154.
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[INSCRIPCIÓN N.º 44] = CIL II 1190 (con cita de Breval). Es CILA II.1,
37, perdida. En este caso Hübner da como fuente a Roa y a Rodrigo
Caro, haciendo una cita simple de Breval entre quienes copian a
éste. Y, en efecto, el texto es igual, y el desarrollo de TRP lo debe sin
duda a Caro. Pero hay un detalle que sugiere que, además de
consultar la obra de Caro, Breval sí pudo ver ésta personalmente,
y es que tanto Caro como Roa dan como ubicación del epígrafe
«en la iglesia colegial de San Salvador», sin especificar punto concreto,
mientras que el viajero inglés detalla que se conservaba «in the same
Cloyster», lo que me parece un indicio suficiente de autopsia (véase
otro caso parecido infra, en el epígrafe n.º 48); además da letras
perdidas al comienzo de la 2.ª y al final de la 6.ª que no dan los
demás. Ya que la vio, y su lectura en lín. 5 confirma la de Caro, no
revalidaría la sospecha de Hübner (seguido por CILA) de que Caro la
interpoló. Por otro lado, los Ludi Hispalenses movían a «justa sospecha»
al sabio alemán, quien desarrollaba TRP como t(e) r(ogo) p(raeteriens),
y la D añadida que Breval veía con frecuencia en los epígrafes
andaluces (lo que es rigurosamente cierto) sería de D(icas) (aunque
es verdad que las siglas TRPD son muy frecuentes en la Bética,
ignoro de dónde se sacó Breval el curioso desarrollo que sugiere en
su n. lxiii, siendo ya de por sí requietorium una palabra tan rara en
epígrafes: dos casos, ambos en carmina, CLE 553 y 1793, y ninguno
hispano). También a Breval, como a Hübner siglo y medio después,
le pareció anómala la posibilidad de un enterramiento en el circo.
Por la mención de los ludi hubo quien pensó que el epígrafe no sería
funerario, sino honorífico, y en este sentido recuerdo la interpretación
que propuso para la lín. 5.ª el malogrado P. Piernavieja (1977,
n.º 77, p. 19): t(h)r(aex) p(osuit) in Ludis..., queriendo significar la
escuela gladiatoria de Hispalis y estando entonces en la lín. 4 el
nombre del dedicante. Contra esto, sin embargo, está la
interpunción entre T y R, que dan tanto Caro como Breval. Por
mi parte tiendo más a considerarla honorífica, pero no sé cómo se
podrían desarrollar entonces las últimas letras; para el final quizá
pudiéramos olvidar la gladiatura, y pensar, quasi ludens, en un
p(raeceptor) in ludis Hispal[ens(ibus)], prefiriendo el sentido más
general de «escuelas», para lo cual no sería obstáculo su condición
de ciudadano romano (cp. CIL V, 4337, Brixia). Recuérdense los
magistri ludi de la lex metalli Vipascensis, lín. 57 (CIL II 5181 = ILS 6891
= IRCP 142), sin obviar que praeceptor es una palabra que no suele
aparecer abreviada.
[INSCRIPCIÓN N.º 45] = CIL II 1169 y p. 841 (cita de Breval).
Es CILA II.1, 9, perdida (sin apenas comentarla ni relacionarla con
la Catedral). Era un pedestal de dimensiones muy considerables al
parecer, que tenía esculpidas sobre el texto dos scaphae o barquitas,
a los lados un tridente y una trirreme y encima (según Venturino)
la estatua del emperador. Para ésta Breval depende sin duda de
Caro (Chorographia, fol. 3), tanto para la localización (estuvo
primero en la Puerta del Nacimiento de la Catedral y luego en
una esquina de la calle Abades) como para la lectura, aunque se
diferencia mucho de la que da el mismo Caro en su fol. 13v
(cuando, a pesar de lo que dice, no la había copiado con detalle y
dependía más bien de una fuente anterior y poco experta).
Se trasladó a Abades en época de Caro desde la puerta oriental de
la Catedral, y cerca de ella debió de aparecer, por lo que su texto
encaja perfectamente con el llamado por Blanco «foro de las
corporaciones», cerca de los astilleros y del puerto. Debía de estar
ya perdida a comienzos del XVIII, Breval no la vio (ni lo afirma).
Se data en el 146 d.C.
[INSCRIPCIÓN N.º 46] = CIL II 1165 y Suppl. p. 840 (citando a
Breval). Es CILA II.1, 3. Perdida de antiguo. Con una variante,
Hübner dice que «Breval... falso se vidisse ait» (con un falso en lugar
del consabido perperam), lo que no es cierto, como venimos viendo
en cuanto a esta serie de epígrafes hispalenses. Incluso aquí es
curioso que el inglés diga que está «in another Part of the Town», esto
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Los viajes del caballero inglés John Breval a España y Portugal:novedades arqueológicas y epigráficas de 1726
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es, como dando a entender que no conoce el lugar exacto, aunque
Caro la ubicaba «no lejos de la fuente del Arzobispo». La toma de él sin
duda, pues Caro también da a Licinio por duovir (igual Lipsio) y
omite el praenomen y la última línea. El texto correcto (CIL cit. y
suppl., p. 840) sería: PANTHEO / AVG(usto) / SACRVM. / L(ucius)·
LICINIVS / ADAMAS / LIB(ertus)· FAVST[I] / IiiiiI· VIR· AVG /
D· D. Se había encontrado fuera de la Puerta de Carmona, donde,
según P. Espinosa de los Monteros, habría un templo a Pantheus del
que en 1627 se veían aún algunos muros (apud A. Blanco, 1979, p.
138). Breval no lo referencia entre los hispalenses de los que sabe
(ut supra), corroborándonos que un siglo más tarde los restos o la
memoria de él estaban perdidos.
Todo el comentario de esta n. lxvi, incluída la referencia de
Grútero, viene de R. Caro (1634, fol. 18 v).
[INSCRIPCIÓN N.º 47] = CIL II 1179 (con cita de Breval).
Corresponde a CILA II.1, 25 y fig. 15. El autor inglés depende aquí
enteramente de Caro, pero no del fol. 18v, sino del 66.
La corrección de los errores de Caro al dar el texto son: 1 T(ito),
1-2, corte de línea tras AVG, 1 (2.ª) POLYCHRYSO y 3 (4.ª)
PRAESTANTISSVMO. Fue llevada después a la Casa de Pilatos de
los Medinaceli, donde se conserva.
[INSCRIPCIÓN N.º 48] = CIL II 1199 (cita a Breval). Es CILA II.1, 69.
Perdida. Gracias al reciente hallazgo, por H. Gimeno y A.U. Stylow
(1999, p. 85-87, n.º 1, fig. 1 = AE 1999, 889 = HEp 9, 1999, 521),
de una nueva versión de este epígrafe, copiada en 1616 en un
manuscrito anónimo que se conserva en la British Library de
Londres (sign. SL 3524, fol. 80), se pueden ahora precisar algunas
cuestiones de localización y lectura. Estaba «en la Iglesia colegial de
San Salvador de Sevilla en una losa pequeña que está por çimassa
[scil., cimacio] de un capitel de las columnas del claustro de la nave del
baptismo. Año de 1616». Gimeno-Stylow enmiendan erróneamente
«iglesia parroquial» y «baptisterio»; en realidad, El Salvador tenía el
rango superior de Iglesia Colegial o Colegiata, y a ello se refiere
correctamente el ms. (cf. HEp 9 cit.). Gracias a esta nueva
transmisión es posible dar praenomina y corregir el raro gentilicio
del padre e hijo que transmitía la tradición, no Frutonius (como
traía Caro, y de él Breval y el CIL II) sino T. Rufonius, así como
completar la anómala falta del cognomen del niño. La lectura que da
el msc, según el desarrollo de los citados autores, es: T(itus) Rufonius
Quintia[nus] T(iti) Ru/foni Brocch[in]i f(ilius) negotiantis ferrari incol(ae)
/3 Rom(ulensis) an(norum) X m(ensium) IX d(ierum) XI / p[ius] in suis
s(it) t(ibi) t(erra) l(evis) animula / innocens. Pero en la lín. 2 el msc
pone exactamente BROCCI · IIIF. No hay, pues, tal laguna, y quizá
fuera mejor entender Broccilli f., teniendo además en cuenta que los
cognomina Brocc-, Broccin- y Broccill- nunca se presentan en Hispania
con CH (cf. CIL II 98; 992 = HEp 7, 28; 2064; 2694; 6277c; IRCP 153
= HEp 7, 1203), lo que nos confirma el msc de Londres, que sería el
séptimo ejemplo de esta curiosidad onomástico-lingüística
hispana. De forma que es posible que Breval le añadiera esta letra
por hipercorrección, si conocía sólo los ejemplos de Italia (doce
actualmente) donde, a la inversa, estos nombres se escriben siempre
con CH.
Si comparamos el texto (no la división de líneas) con la versión de
Breval, podríamos estar ante otra autopsia del inglés, ya que en la
línea 4.ª Breval omite correctamente el H· S· E· que sí daban Caro,
CIL y CILA (el siguiente S·E·T·T·L· del CIL lo tomo por errata
tipográfica) que, en efecto, no estaba en la pieza. Como hemos
visto, cuando Breval copia de Caro lo hace sin separarse de él, luego
en este caso me parece seguro que la vio en persona, es decir, que sí
visitó el claustro de la iglesia de El Salvador (corroborando lo ya
dicho supra en la n.º 44). Debía de tratarse de una letra actuaria,
difícil de leer y con una fácil confusión entre T y F; eso explica que
Breval no lea correctamente los praenomina y nomina de padre e
hijo; el no leer el cognomen de éste, QVINTIA..., quizá se deba a
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haberse borrado o tapado estas letras entre 1616 y las fechas en
la que lo vieron Caro y, un siglo después, Breval.
Así, sin más explicaciones, Breval presenta una de las láminas
menos conocidas y a la vez más interesantes para resolver varias
cuestiones pendientes en torno al teatro de Itálica, un edificio
emblemático ubicado en el sector oriental de su vetus urbs.
Que yo sepa se ha utilizado solamente dos veces, y en ambas sin
analizar a fondo su valor real o hacerlo superficialmente (VV.AA.,
1989, lám. 141 y, de ella, Corzo, 1989, p. 159 y fig. 3). Tampoco yo
puedo en esta ocasión detenerme en ello, pero sí dar cuenta de un
próximo trabajo (Canto, e. e.) en el que será revisado el serio
problema planteado en cuanto a los materiales, la cronología
y la evolución arquitectónica de este infortunado edificio.
Adelantaré sólo aquí que mis ideas básicas sobre la historia del
teatro de Itálica discrepan de la bibliografía «ortodoxa» y más
repetida sobre él, representada por los trabajos de A. Blanco
Freijeiro desde 1972, y después de 1980 por autores como el propio
Blanco, Luzón, León, Corzo, Bendala, Rodríguez Hidalgo et al.,
Rodá, Caballos, entre otros, y últimamente O. Rodríguez, 2003
y http://www.aiac.org/Aiac_News/AiacNews37/Rodriguez.html;
todos ellos describen (después de dicha crucial fecha) un gran
teatro fabricado ex novo en época de Augusto o de Tiberio y ya por
completo marmorizado. Pero conviene precisar que esta impresión
general y datación son posteriores a las campañas de excavación del
edificio entre julio de 1971 y 1975, y a la celebración de unas
Jornadas de balance y reflexión sobre Itálica que tuvieron lugar en
Sevilla en 1980. El Dr. Alfonso Jiménez Martín, actual catedrático
de Arquitectura de la Universidad de Sevilla y por entonces
encargado de su restauración, resumió en aquella ocasión tan
interesante asunto a partir de datos regularmente omitidos en
las descripciones arqueológicas del edificio, de las publicaciones
producidas hasta esa fecha, y de sus experiencias personales del
edificio y de sus estudiosos, así: «El Prof. Luzón, y con él la mayoría de
los investigadores, opinan que la orchestra, con todos sus elementos,
accesorios e inscripción son de época adrianea, etapa a la que pertenecen los
mármoles de la escena... Todos están de acuerdo en que el teatro poseyó una
decoración en piedra estucada, augustea o republicana según el caso... los
cimientos de la parte alta del graderío... deben datarse en época de
Trajano...» (Jiménez, 1982, p. 280, y el debate en p. 290, en especial
las prístinas opiniones del excavador, J. M. Luzón).
Es evidente, pues, que existe un serio problema de análisis
arqueológico en torno al teatro de Itálica, y que es sobrevenido.
Quien suscribe se mantiene sobre el esquema inicial (que dejó de
ser compartido por todos los citados, ut supra): 1) Teatro de
mediano tamaño de época tardorrepublicana, de caliza fosilífera,
capiteles toscánicos y anchas columnas estucadas de rojo y azul,
con un pequeño pórtico trasero. 2) Algunos embellecimientos y
esculturas a comienzos del siglo I d.C. y bajo los Flavios. 3) En los
dos primeros decenios del siglo II, gran ampliación en ambas
direcciones: hacia el O. agrandamiento de la porticus trasera, y hacia
el E. nueva summa cavea, incluyendo un posible templo del culto
imperial ulio-aelio en estrecha conexión con el teatro mismo;
amplia marmorización del edificio al menos en las áreas
mencionadas (orchestra, proscaenium, itinera) en la gran inscripción
broncínea (cf. Canto, ERIt 49; AE 1978, 402; HEp 5, 720 etc.), como
regalos de los duoviri y pontifices primi creati de la colonia, familiares
locales de los emperadores (Canto ERIt cit., 1987, 2003a),
decoración pintada del pulpitum, posiblemente regalo de L. Licinio
Sura, así como una serie de valiosas y conocidas esculturas (que
para mí son los signa también citados en el epígrafe), además de
cuatro arae báquicas, de las que tres se conservan en muy buen
estado. Todo ello tendría lugar a mi juicio con motivo del ascenso
de los italicenses Trajano y Adriano al trono de Roma, y del de su
ciudad natal al estatuto honorífico de Colonia c.R. 4) Mejoras
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estéticas parciales en época severiana, con al menos dos columnas
caristias de la valva regia, un ara hexagonal y dos ninfas-fuente
sobre el pulpitum, retrabajadas sobre esculturas anteriores.
5) Abandono durante el siglo IV, seguido de colmataciones tanto
de limo fluvial como de basureros, con reutilizaciones funerarias
en distintas épocas medievales y modernas. Estas hipótesis, y
particularmente la gran ampliación trajano-adrianea, tienen a su
favor algunos importantes apoyos, como la única estratigrafía
completa hecha en el edificio, que realizó en 1977 en su zona
superior un arqueólogo tan acreditado como M. Pellicer Catalán
(1982 y 1999), que confirma el esquema, así como los datos
epigráficos y, sobre todo, la pavimentación de la orchestra con
mármol verde antico, cuyas canteras en Tesalia no fueron descubiertas
y comenzadas a explotar hasta los fines del siglo I d.C., bajo Trajano.
Aunque R. Corzo, por ejemplo, afirma que en la lámina grabada
por E. Kirkall durante el viaje de John Breval «la restitución de los
edificios debe tener mucho de imaginaria» (ibid., p. 159 con n. 10),
en realidad para la interpretación de las pocas estructuras visibles
hoy en día esta imagen del viaje de John Durant Breval resultará
preciosa, como en el anunciado estudio podremos detallar.
Esta afirmación es extraña y sólo se puede entender a la luz de las
leyendas sobre la fundación de Sevilla por Hércules. En realidad,
y en lo que a la dominación romana se refiere, Breval tería que
conocer el famoso texto de Apiano y la fundación de la Itálica
romana en 206-205 a.C., que tuvo lugar por lo menos algo antes
que la correspondiente Hispalis romana, que debió de ser muy
inmediata en el tiempo, al igual que la de Corduba, en el entorno
del 205-200 a.C., según lo ya dicho (Canto 1991 y 1997).
No sé si he acertado al traducir este giro de la jerga marinera,
en inglés «entring the Gut, as the Saylors call it». Imagino que hace
referencia, bien al estrechamiento o «túnel» para pasar del Atlántico
al Mediterráneo por él, o a la profusión de corrientes contrapuestas
motivadas por el choque continuo de ambos mares en la zona del
Estrecho, a lo que Breval acaba de hacer referencia. Me informa
O. Vallespín Gómez, experta en la navegación y buceo de esta zona,
que el nombre común para denominarlo es “el Estrecho”.
Para todo este recorrido por la bahía de Gibraltar son
fundamentales otras dos obras de viajeros ingleses, posteriores,
ambas recientemente editadas en español: F. Carter (1777) y la más
atrás citada de los viajes de Richard Ford (1981), entre pocos otros.
Juzgando por el contenido de su n. lxix, esta última parte del relato
parece estar comprobada con menos cuidado. La división de
Hispania en 6 o 7 provincias, como es bien sabido, no fue la
segunda ni se debió a Augusto u Otón, pero así lo trae G. de la
Concepción, ya que, al hablar de los conventos jurídicos, él mismo
los confunde con las provincias (1690 [2003], p. 134); pero, de
hecho, el propio Breval lo había puesto bien en su n. iv (supra, e
infra n. 188). Sobre la provincia tingitana, que corresponde más o
menos al Marruecos rifeño y perteneció transitoriamente (313-530 d.C.) a la Hispania romana, existe un reciente y premiado
estudio debido a N. Villaverde Vega (2001). Dejando aparte la
incorrección de su título, ya que el nombre propio de esta provincia
nunca fue Tingitana, sino Mauretania Tingitana o, en época tardía,
Tingitania (así en Not. Dig. I, III, V, VII, XXI y XXVI, entre otras
fuentes), es un completo y recomendable estudio de las fuentes
arqueológicas de ese territorio marroquí. El nombre de la ciudad
era en realidad Tingi.
Esta noticia la tiene también confundida, seguramente por tomarla
de Fr. Gerónimo de la Concepción quien, como acabo de decir,
mezcla noticias antiguas e historiadores modernos sobre conventos
jurídicos y divisiones provinciales (Concepción, 1690 [2003],
p. 134). La noticia de la unión temporal de ambas orillas en el Alto
Imperio es cierta, pero está expresada al revés. El único texto
aplicable que tenemos para esto sería Tácito (Hist. I, 78), cuando
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recoge la noticia de que Otón (68-69 d.C.), en su política de ganarse
adeptos para su causa, regaló a la Bética varias ciudades mauras,
entiendo que en cuanto a su administración e ingresos
(...Emeritensibus familiarum adiectiones, Lingonibus universis civitatem
Romanam, provinciae Baeticae Maurorum civitates dono dedit; nova iura
Cappadociae...). Por su origen remoto común, y por proximidad
geográfica, lo lógico es que tales ciudades adiectae a la Bética fueran
adscritas al conventus Gadium y por ello que su metrópolis fuera
Gades. Parece por tanto un simple lapso verlo al revés, como aquí
hace nuestro autor. Ahora bien, si nos atenemos a los datos de
época pliniana — para mí flavios: Canto, 1996 —, la única ciudad
que permanecería adscrita a tal conventus sería Zilil (h. Dchar Jdid),
NH V, 2: ...ab eo XXV in ora oceani colonia Augusti Iulia Constantia Zulil,
regum dicioni exempta et iura in Baeticam petere iussa (los msc están
equivocados en cuanto al nombre indígena, que fue Zilil, como ha
probado el epígrafe AE 1987, 1130: ... col(onia) Iul(ia) / Constan[ti]a
Zilil / d(ecreto) o(rdinis) d(ecurionum)).
En realidad, desde su división por Calígula esta zona era más bien
la Mauretania Tingitana. La denominación Transfretana es mucho
menos frecuente; se llamaba así, en efecto, cuando Sisebuto
(616-620 d.C.) tomó Septem Fratres o Septem (h. Ceuta), y la declaró
capital de una provincia de tal nombre (aunque es un episodio
histórico discutido en su atribución temporal).
Hay bastante debate todavía hoy en día sobre la identificación o no
de estos topónimos: Iulia Ioza, Iulia Traducta y Tingentera,
últimamente tendentes a unificarlos en una sola ciudad,
ubicándola en Tarifa o, preferentemente en Algeciras; véase por
último Chr. Hamdoune (2003), en: http://www.univ-mlv.fr/
bibliotheque/presses/travaux7/hamdoune.pdf. Parece que no
puede ser Iulia Traducta, pues ésta corresponde a la denominación
colonial de la Tingi mauretana (Plin., NH V, 2: nunc est Tingi,
quondam ab Antaeo conditum, postea a Claudio Caesare, cum coloniam
faceret, appellatum Traducta Iulia). Si atendemos a la descripción de
Pomponio Mela, el nombre romano de Tarifa hubo de ser
Tingentera (Mel., Chorog. II, 85: ... et sinus ultra est in eoque Carteia, ut
quidam putant aliquando Tartesos, et quam transvecti ex Africa Phoenices
habitant atque unde nos sumus Tingentera...). Con ayuda del testimonio
de Estrabón (III, 140), el nombre de la ciudad reconstruída a partir
de población norteafricana y de Tingi sería Iulia Ioza.
J. Conduitt 1717-1719. Se trata de un estudio de cierto interés,
generoso en el uso de fuentes textuales y por completo desconocido
en la bibliografía reciente de Carteia (vid. n. 194); por estos motivos
preparo de él una pequeña reedición.
Versión que difiere de los hechos reales, que describen la muerte de
uno solo de los hijos de Guzmán «el Bueno», quizá, si el caso le fue
referido in situ, fuera víctima de alguna típica exageración.
En efecto, sólo en 1760 fue comenzada la reconstrucción a gran
escala por Carlos III. Pero ya desde 1714-1720 habían comenzado
a avecindarse allí muchos de los exiliados de Gibraltar. Hacia 1830
ya contaba con dieciséis mil habitantes (Ford, 1977, p. 170). Una
obra reciente (Aranda y Quiles, 1999) recoge la descripción de
J.-B. Labat en 1705 («algunos tugurios diseminados aquí y allá en medio
de una infinidad de ruinas») pero tampoco la de Breval, que constata
la existencia allí de acuartelamientos militares; en el citado libro se
inserta una pequeña reproducción de la lámina de nuestra aquí
fig. VIII (ibid., p. 26) pero sin citar tampoco su procedencia. En la
lámina pueden verse restos múltiples de murallas y malecones y, en
una segunda línea más resguardada, algunas casas. A la izquierda,
la islita que le da su nombre árabe.
Sobre las excavaciones modernas de Carteya, vid. D. E. Woods et al.
(1967), F. Presedo Velo et al. (1982) y, más recientemente, Roldán
Gómez red. (1998). Sin embargo, en las respectivas bibliografías
de estas tres obras, aunque generales sobre Carteia, no aparecen
citados ni J. Conduitt (cf. supra n. 191) ni John D. Breval o el
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Almirante Smyth. Dicho en términos generales (hay algunas
excepciones), los arqueólogos españoles suelen descuidar la
búsqueda de la bibliografía más antigua sobre los yacimientos que
excavan, y con ello a veces se les escapan datos que pueden ser
importantes.
Dice literalmente Genius, uno de cuyos significados en inglés es éste
por el que he optado, para evitar la posible confusión con el tipo
arqueológico (y más bien estatuario) así conocido.
Las monedas de Carteia fueron exhaustivamente estudiadas por
F. Chaves Tristán (1979). Su tipo de «cabeza femenina torreada»
(p. 28-29 y passim) es interpretado como de Tyche, y corrobora esta
aguda observación de Breval, puesto que es la única ceca de
Hispania que lo recoge; imita en sus primeras emisiones con más
exactitud el denario de M. Plaetorius Cestianus, edil del 67 a.C.
(Chaves Tristán, 1979, p. 29). El tipo, aclara esta autora, se empleó
profusamente en el norte de África, con la que Carteia hubo de
tener siempre los máximos contactos; cf. la nota siguiente.
F. Chaves (1979), emisión n.º 30, A-46 n.º 102, y RPC vol. I.1, p. 84-86, núms. 111-123 y I.2, lám. 9. La moneda de Germánico
(n.º 123) presenta timón en el reverso. El tipo es desde luego muy
raro, y en la acuñación provincial de Occidente sólo aparece otra
vez (ignoro por qué, entre las de Tyche) en Caesarea Iol, y aún la
atribución a esta ciudad mauretana es dudosa (RIC cit., p. 215,
n.º 880). La observación de Breval tiene gran mérito para su época.
La obra que cita (Noris, 1675) se debe al cardenal Enrico Noris,
prolífico agustino, teólogo, historiador y numismatista, que llegó a
dirigir la Biblioteca Vaticana y falleció en 1704.
F. Carter (1777) dibujó más bien los restos de un teatro, que era
bastante reconocible aún en 1772, correctamente ubicado en la
ladera. R. Ford (1981, p. 172) vuelve a hablar equivocadamente de
un «anfiteatro», y de cómo moros y españoles destruyeron las
ruinas, usándolas como cantera para construir San Roque y
Algeciras. El edificio, completamente destruído, fue parcialmente
excavado en los años 70 y levantado axionométricamente hace
poco tiempo (Roldán et al., 1998, p. 175-178).
Es curiosa esta afirmación de Breval cuando un poco más adelante
(en su n. lxxviii), a la vista de la inscripción n.º 50, dice que Jimena
pudo llamarse Oba, lo que es acertado. Posiblemente duda por no
existir, en efecto, constancia literaria de la antigua Oba, ciudad que
acuña moneda dentro del ciclo llamado neo-púnico o libio-fenicio;
y, como él conoce el nombre como segundo elemento de otras
ciudades (Onoba, Ossonoba), no estaría seguro de si tal segundo
elemento solo podría ser también nombre de ciudad.
[INSCRIPCIÓN N.º 49] = CIL II 1332 (citando a Breval) y p. 700.
Recogida en González, 1982, n.º 525 y lám. CLXI y R. Corzo
(VV.AA., 1981 ss., s.v., p. 39), copiada de éste (en la traducción
olvida, sintomáticamente como González, el nomen del segundo
cónsul). Se fecha el 7 de marzo de 151 d.C. Ésta es la inscripción
con otros Herennii a la que nuestro autor ya hizo referencia bajo
la n.º 36 (y cf. la n. 146). Aunque Hübner en este caso no propina a
Breval la acostumbrada ofensa, en cambio le hace depender, como
si tampoco la hubiera visto, de John Conduitt, «qui vidit». Esto
prueba otra vez que no leyó de verdad a Breval, ya que éste, en la
pág. 321, al hablar de Tarifa, señala que visitó la zona justamente
en compañía de Conduitt: «... An English gentleman, in whose company
I made the Tour of the Bay in 1716, has set all this Matter in so clear a light
(about Tarifa etc.) in a small Tract publish’d by him some years ago, that I
shall reffer [nota a pie: cita del artículo de «Conduit», con una sola
T] the curious...», de forma que el crédito de Hübner a Conduitt
debía de haberlo hecho extensible a Breval, pues el viaje de esta
zona, como hemos visto, lo habían hecho juntos. Tampoco parece
que Hübner leyera el original de Conduitt, pues cita el epigrafe
como «1718, p. 915», cuando en realidad es 1717-1719, p. 914. Pero
incluso sin este detalle habríamos podido llegar a la conclusión de
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que Breval la vio, sólo con fijarnos en las dos ubicaciones que se
dan en el CIL: «embebida al lado de la puerta de la villa vieja» (G. de la
Concepción), y «at the old town, on the right hand corner of the second
gate of it» (J. Conduitt) y, sigue Hübner (que la vio): «similiter reliqui,
et ibidem extat». Y, aunque esta vez por la fecha de publicación
Breval sí podría haber copiado de Conduitt (ibid.), hubiéramos
esperado que, o no concretara la ubicación o, en todo caso,
repitiera lo mismo que su modelo. Pero no sólo no es así, sino que
Breval, muy poco similiter, no habla de la «ciudad vieja», sino, más
concretamente, del «Castillo», y es también el único en mencionar
que la inscripción estaba sobre o al lado de la curva del arco que
había servido antiguamente de puerta: «...I found (her)....fixed in the
outward wal(l) just over the sweep of the Arch that serv’d formerly as a gate
to it», mientras los otros hablan sólo de «puerta, gate», sin precisar
que ésta era un arco y además ya en desuso. Castillo, arco y desuso
que no son citados ni por G. de la Concepción ni por Conduitt.
Podemos así volver a verificar la ligereza de Hübner, y también de
Mommsen, al descalificar a Breval. Especialmente porque la
inscripción se conserva todavía en aquel mismo lugar. Véase una
descripción de la ubicación hecha en 1982: «... sirve como pilastra
derecha al arco de entrada al castillo árabe de Jimena, formando
esquina...» (González, 1981, p. 273-274, n.º 525 y foto de cerca; casi
lo mismo en VV.AA., 1984, p. 39, n.º 111 y foto de lejos). No he
comprobado cuáles serían los errores descriptorum que Hübner no
reseña, pues dice que su lectio certa est; pero desde luego la de Breval
no tiene ningún error: Dice lo mismo y en el mismo orden que
Hübner y que el editor moderno. De todo ello concluyo que Breval
la vio personalmente, y posiblemente en compañía de Conduitt, en
1716.
[INSCRIPCIÓN N.º 50] = CIL II 1330 (citando a Breval). Vuelve la
fórmula de qui perperam ait se vidisse. Esta inscripción se conserva
también, pero en tan mal estado que «ha perdido por diversas
fracturas las líneas 1.ª y 2.ª y la mitad derecha de las 3.ª, 4.ª y 5.ª... »
(González, 1981, p. 271-272, n.º 523, y casi lo mismo en R. Corzo
[VV.AA., 1981 ss.], 1984, p. 36-37). Como podemos ver, Breval la ve
algo más dañada que los autores anteriores a él, con un par de
lagunas centrales en sus lín. 2-4. En este caso, debido al mal estado,
su lectura es menos perfecta, lo que más bien acredita que la ha leído
por sí mismo. Varía así, en la ausencia de líneas perdidas delante (de
las que sólo se reportó antes una D final), en la que para él es la 2.ª,
EPVLO; 3.ª DEDICAVIT, CVRAN; 4 TIB· L·CORN HE; en la 5 ET
(he subrayado las letras que él ya no ve o no lee bien). En su 6.ª,
donde los anteriores leyeron S...N...O y Hübner restituyó S[E]N[TI]O,
Breval, curiosamente, lo lee completo, pero como SINILO, lo que
abre las posibilidades de algún otro gentilicio comenzado por SI,
como SINNIVS o SINTIVS. Ambos gentilicios están acreditados
(Solin-Salomies, 1988, p. 172), aunque no en Hispania (Abascal,
1994). Volvemos pues a comprobar que Breval sí ha visto la pieza
(seguramente en el «tour» citado en la nota anterior) y la ha descrito
personalmente. La descripción de su previo lugar de conservación
tampoco deja lugar a dudas sobre ello.
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Puesto que Gibraltar fue tomado por los ingleses en 1704, es una
referencia útil para fechar hacia 1724 la fase última de la redacción
de Breval (que, recuerdo, está al final del primer volumen,
publicado en 1726).
No tengo seguridad de haber traducido bien su expresión «behind
an old Dwarf-Wall».
La Cueva de San Miguel es la más famosa, y la única abierta al
público, de las 140 que existen en el Peñón de Gibraltar, que
parece estar por completo perforado. Sus innumerables aberturas,
túneles y peligrosos precipicios sin fin han llamado siempre la
atención y la imaginación de quienes la visitaron. Destacaría la
vívida descripción del célebre predicador George Borrow, quien
dedicó medio capítulo de su célebre periplo hispano a describirla
(1843, cap. 53; la obra puede ahora ser cómodamente leída en:
http://etext.library.adelaide.edu.au/b/borrow_g/bible/chapter53.
html). Borrow constata además la antigua tradición de que en su
interior había existido un templo de culto a Hércules, ya que fue
este semidiós, según el conocido mito, quien colocó aquí esta
imponente roca (verdadero «peñón de Sísifo» para la política
exterior española: A. M. Canto en http://web.jet.es/ gzlarias/
gibraltar/textos/6voces.htm). En 1848, apenas cinco años después
de la publicación de esta obra, fue descubierto en ella el célebre
cráneo preneanderthaloide bautizado primero como homo Calpicus
(debido al nombre clásico de Calpis que Breval recuerda, con el que
tituló su primer poema, de 1708, ut supra en la parte 2) y luego
como «hombre de Gibraltar». Ha servido en todos los tiempos
como refugio y como guarida, y en la SGM como hospital de
campaña. Actualmente la sala principal de esta famosa caverna se
encuentra convertida en encantadora y fresca sala de conciertos, lo
que pone de manifiesto por sí solo el cambio radical que nuestra
época representa frente a todas las que la precedieron.
«Hoy me dice António Manso, su fator [scil., del rey Sebastián I], que el
alcalde de Tetuán escribió al de Arzila que el rey está cautivo…». De otros
documentos resultaria que la fecha de la batalla habría sido
el 5 y no el 4 de agosto de 1578. Manifiesto desde aqui mi cordial
agradecimiento a la Excma. Sra. Duquesa de Medina Sidonia por
sus amables explicaciones sobre este importante documento
histórico, y por el permiso para reproducir aquí la imagen
digitalizada (fig. 24) de la p. 4 y última del mismo (cf. también en
http://www. fcmedinasidonia.com/). Se conserva en el archivo de la
Fundación Medina Sidonia, sign. Ms 2603. En el libro que dedicó a
su antepasado (Medina Sidonia, 1994, t. I, p. 117-118 y passim, lám.
en la p. 158), L. Álvarez de Toledo describe de forma vívida y
detallada toda la trama que se urdió desde Madrid para consolidar
la supuesta muerte del rey, lo que permitía la transferencia de la
corona portuguesa hacia la cabeza de su tío, nuestro Felipe II.
A ella remito sin más, por no ser momento éste, como digo, para
entrar en tan interesante cuestión.
Bajo el pseudónimo de Alarache, don Sebastián I moriría, de forma
bastante más dramática, en 1603 (cf. Medina Sidonia, 1994,
loc.cit.).
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Fig. 24 Página cuarta de una carta de Pedro de Salinas al Lcdo. Tébar, de 9 de agosto de 1578, relatando noticias de Tetuán
y Arzila según las cuales el rey don Sebastián I no había sido muerto durante la batalla de Alcazarquivir, sino hecho cautivo, al
igual que el pequeño hijo del duque de Bragança, mencionado también en la lín. 7. Archivos de la Casa de Medina Sidonia,
sign. ms 2603. (Imagen cortesía de la Fundación Medina Sidonia).
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