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john dewey y la libertad - Aleph Ciencias Sociales

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john dewey y la libertad - Aleph Ciencias Sociales
JOHN DEWEY Y LA LIBERTAD
JOSé MEDINA ECHAVARRíA
UNA perpetua vigilancia es el precio de la libertad. Mas esta no ha de quedar limitada al cuidado del politice por el juego sin roces de los
mecanismos constitucionales que la resguardan, sino que es tarea principal de todos los
hombres que por amor a ella, mantengan alerta el juicio ante los factores reales que la hacen posible o la
destruyen. John Dewiey no ha rehuido esa responsabilidad en la escalada cumbre de sus años fervorosos: fiel a
sí mismo indaga cuál es la "experiencia" de estos tiempos
para la vida de la democracia.* Por lo pronto, no importan cuáles sean los resultados de esa investigación, porque
el postulado de la libertad es una cuestión moral. Sin esta
creencia no tendría sentido la investigación misma. Lo
que interesa es, precisamente, depurar y acrecentar esa
actitud, desmontándola de caducos fundamentos para
cimentarla en otros al tenor ya de una experiencia renovada. El estudio exigido es, pues, de moralista y sociólogo.
La democracia es un problema moral porque implica fe
en las potencialidades variadas de la naturaleza humana, porque afirma el valor y el respeto de la personalidad, y
porque mantiene que una cultura humanista es la que debo
prevalecer. Pero es también cuestión de sociología, de
ciencia, porque impone el examen objetivo de los factores reales que la hacen posible, y no en abstracto, sino
aquí y ahora. Y es por último un problema de acción en
la medida en que por ella sea realizable la introducción
de modificaciones en esos factores de un inomento concreto, de cuya trama depende sea o no viable la libertad.
En obediencia a su posición de científico Dewey explora antes que nada el horizonte de su propio país; cier"■ Dervey, J.: Freedom and Cultural. Nueva York, 193 9.
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to que todo hombre occidental tiene ante sí inquietantes
preguntas en cuanto al sentido y destino de la democracia
y la libertad, pero no pueden ser contestadas satisfactoriamente, como ninguna cuestión que afecte a la vida
social, sino dentro de una circunstancia concreta, o como
prefiere Dew^ey, de una cultura determinada. No es falta
de interés por los demás cuando nos sabemos, cabalmente,
inmersos en un mundo interdependiente, sino fidelidad
a una exigencia de conocimiento; por ampliaciones sucesivas cabrá después trascender los límites de nuestra circunstancia inmediata, en la medida en que nuestro saber
sea así más firme y ceñido. Propiamente es esto lo que
distingue al cosmopolita del superficial internacionalista,
y nadie puede dudar de la amplitud de interés en el filósofo Dewey. Toda cuestión sobre la democracia y la libertad es pura hojarasca y palabrería si no se inserta el problema detalladamente dentro de una cultura determinada
y en un momento preciso. Todas las aberraciones del pensamiento social han consistido en el olvido de este carácter "circunstancial" de la vida humana; o para decirlo en
términos de Dewey, en falsas ideas sobre la cultura y la
naturaleza humana, dominadas por una perniciosa tradición de interpretaciones unilaterales. El problema es
pues: ¿qué tipo de cultura es ésta en donde estudiamos
el funcionamiento de la libertad? El punto de partida,
por tanto, es la cultura norteamericana en los años que
corren.
Una cultura es un conjunto de relaciones interdependientes y recíprocas de varios factores, entre sí, y con las
personas soporte de esa cultura. ¿Cuáles son en la cultura
norteamericana actual los factores y relaciones favorables y adversos a la realización del ideal democrático?
¿Las condiciones de su existencia son las mismas que cuando fué formulada la doctrina por los fundadores de la
República? Nadie desapasionado podrá dejar de presu614
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mdr que muchas cosas se han transformado desde los días
de Jefferson. La democracia jeffersoniana era una democracia de campesinos, propietarios independientes, que
traducía en sus fórmulas una realidad existente. Como
Adam Smith, luego, discurría sobre otra realidad que teitdía a ser en corto plazo fundamento efectivo de la teoría;
si bien las diferencias en el origen de ambas son tales, que
sus consecuencias pueden seguirse hasta nuestros días, no
obstante las modificaciones de tendencia igual a que han
estado sometidas. Los hombres que eliminaron la dominación inglesa creían que una sociedad de hombres independientes realizaría por sí sola la armonía, en cuanto determinadas condiciones externas de libertad les fueran concedidas por un gobierno propio. Liberación de las conciencias de interferencias extrañas y un ámbito sin trabas a la iniciativa individual. Lo uno realización definitiva de los motivos que los trajeron al nuevo continente,
lo otro necesidad y expresión al par del modo de vida de
campesinos y pequeños industriales independientes. Las
imperfecciones de lo humano vendrían poco a poco a ser
eliminadas, con el despliegue de una ilustración para todos igual, por medio de la enseñanza, la libre discusión y
la prensa. Los reflejos psicológicos de esa estructura real
eran la seguridad, la independencia y la responsabilidad,
que en conjunto integraban la idea y el hecho de la libertad.
La dislocación de esa sociedad fué obra del desarrollo
de la gran industria. No es necesario seguir con detalles
una evolución conocida. Iniciativa y libertad acaban en
definitiva con la independencia y la seguridad. La primera ahogada por las grandes concentraciones de poder
social exigidas por el progreso tecnológico. La segunda
puesta en peligro por los fenómenos recurrentes implicados en el dinamismo de una economía, inadaptada ya
a las reglas relativamente sencillas que regían el equilibrio
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del mercado inicial. De hecho, cualquiera que sean las
palabras que se pronuncien, los núcleos de la nueva sociedad, en su mayor fracción, no son ya individuos sino grupos.
Por otra parte, la responsabilidad adherida a la acción
individual queda dificultada por la irrupción de fuerzas
impersonales, cuyo control escapa cada vez más al hombre medio. En la anterior forma social, cada hombre era
un centro de expectativas que podía maniobrar con un
poco de inteligencia y experiencia; en ese sentido se sentía responsable de su vida, descontando el mínimo de azar
inevitable. Ahora, las expectativas se tornan imprecisas al
hacerse dependientes de causas y acciones que no se sabe
propiamente dónde radican.
Ni tampoco queda el recurso del saber ganado con la
actuación en pequeñas comunidades—magisterio y equilibrio de otros días—porque el mismo proceso amplifica
los problemas y las series de conexiones hasta el punto
que ya no los limita ni el propio ámbito nacional. En realidad languidecen, si no mueren, la mayor parte de las
pequeñas comunidades orgánicas, en las que aparte de
ganar un aprendizaje en los problemas de la vida social,
se participaba de modo inmediato y cercano en sentimientos y valores comunes, desahogo y canalización de determinadas necesidades emocionales.
La fe en los efectos benéficos de una educación general, mediante la escuela, la prensa y la discusión libre,
no ha podido quedar peor malparada. La enseñanza no ha
sido para la democracia y la libertad una solución sino un
problema. Y en cuanto a la prensa y la libre discusión, han
quedado atrapadas en las transmisiones de la mecanización y de la concentración de poder, para convertirse de
ilustración en propaganda. Queda así el hombre medio
amartillado por la repetición incesante de afirmaciones y
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estímulos, que consciente o inconscientemente, apuntan
el mantenimiento o logro de ajenos intereses.
Pero aparte de los efectos de la propaganda intencional, el simple desarrollo de la técnica aplicada a la comunicación tiene consecuencias no por menos evidentes
más perturbadoras. Lo que Dewey nos dice a este respecto es quizá más fino y original que los análisis anteriores.
Contamos hoy día por obra de aquella técnica con una
enorme cantidad de hechos, noticias e ideas, que por llegarnos inconexas y sin relación entre sí, no permiten
comprensión ni juicio alguno. La consecuencia es la entrega a lo "sensacional", que en el sentido derivado de ese
uso periodístico ilumina mucho más sobre lo que la sensanción sea propiamente, que lo que dicen los libros de psicología. "Uno de los efectos de la educación en las circunstancias actuales ha sido despertar en gran número de
personas un apetito por las momentáneas "exitaciones"
que golpean los nervios terminales, pero cuya conexión
con las funciones cerebrales se ha roto. Estímulo y excitación no están coordinadas de modo que la inteligencia
se produzca. Al propio tiempo el hábito del juicio se debilita por el hábito de depender de estímulos externos.
Hay que atribuir en conjunto a los poderes de resistencia
de la naturaleza humana el que las consecuencias no hayan
sido más graves de lo que son". En una palabra, el hombre medio cree saber más de lo que necesita digerir para
la dirección de su propia vida. ¿Puede una sociedad en
que se dan estas circunstancias sentirse inmune de la epidemia totalitaria, porque no se muestren en ella los signos externos de las camisas, las depuraciones y los campos
de concentración? El remedio no está en la repetición de
palabras y fórmulas a que no responde una experiencia
auténtica y que son meros hábitos verbales que han quedado rezagados. Tampoco en adoptar actitudes dictadas
por el odio, ciegas para el conocimiento. Un intento de
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comprender no es una justificación, antes bien, un modo de advertencia. ¿Cuáles son las condiciones concretas
que en las sociedades modernas hacen posible el desbordamiento de los impulsos irracionales? Dew«y no se plantea el problema de un modo sistemático, pero mirando
hacia Alemania nos recuerda algunas, por vía de hipótesis si se quiere: el amor por la novedad y el ímpetu
constructivo, especialmente en la juventud, en momentos
de estancamiento y mediocridad; la rebelión de los impulsos que han sido alentados, para frustarlos luego e imI>edir su manifestación; un sentimiento de unión con los
demás que aparenta igualar en la uniformidad; un período de incertidumbre e inseguridad que despierta el deseo
de estabilidad y orden a toda costa y cualquier precio.
Por consiguiente, ¿cómo hacer posible en tales circunstancias una sociedad de hombres libres y responsables,
unidos por la cooperación en tareas comunes? "Las nuevas relaciones requieren una nueva determinación de derechos y deberes. La determinación de los mismos hecha
en una época en que el problema principal era el conseguir el mantenimiento de relaciones pacíficas entre personas en cuanto personas, no es adecuado para una época
en que grandes grupos han sustituido en gran parte a las
personas individuales como unidades de acción efectiva".
Mas con esto, término de un análisis de predominante
carácter económico-estructural, no se tiene abarcado la
totalidad del problema que la perduración de la democracia plantea. Es más, de quedar circunscritos a la constatación de los resultados que el factor económico ofrece,
por importante que puedan parecer, incurriríamos de
nuevo en las parcialidades de toda interpretación unilateral. Precisamente, la consideración de algunos de los
efectos psico-sociales del proceso estudiado nos muestra la
significación de otros factores a más del económico. Ello
obliga a plantearse de nuevo lo que sea propiamente tanto
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la cultura como la llamada naturaleza humana, pues urge la eliminación de las perspectivas parciales hasta ahora
dominantes.
Las teorías sobre la sociedad y la historia han propendido a exaltar un factor, entre otros, como el único determinante. Y según las condiciones del momento ha sido
unas veces el espiritual, otras el político, otras, por fin,
el económico. El parentesco que les une se manifiesta en
efectos semejantes. Dewey elige al marxismo, ejemplo típico de una interpretación económica unilateral, por la
significación que ha alcanzado en las actuales circunstancias, pero los resultados de su análisis pueden tener
validez aproximada para toda teoría parcial de la cultura.
Nadie puede negar la importancia del factor económico,
ni cegarse a muchas agudas observaciones de Marx, especialmente a su exacta distinción entre el estado de las
fuerzas productoras y el estado actual de la producción.
Lo que interesa es observar cómo el olvido y falta de desarrollo de una atinada e incidental atenuación, la de la
llamada "acción recíproca", da en definitiva a la teoría el
carácter unilateral con que se la conoce.
De las incisivas apreciaciones de Dewey sólo cabe recoger las dos fundamentales. La primera referida a las
consecuencias políticas de esa unilateralidad, tal como se
han manifestado en la experiencia rusa, y que afectan precisamente a la libertad y a la personalidad. En efecto, toda
tesis que afirme la significación determinante de un solo
factor propende al absolutismo ideológico—una vez la
Verdad revelada—y de ahí a convertirse en una Teología.
Por mucho que repugne a los marxistas esa deducción,
muchos de los fenómenos de que somos testigos sólo pueden interpretarse como manifestaciones del furor y del
odio teológicos. De ahí derivan la exegética, la ortodoxia,
y la necesidad de una o varias personas por encima ya de
la propia doctrina, al convertirse en sus únicos e infali619
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bles intérpretes. Interpretaciones que, por otra parte, no
consiguen velar ante el hombre de mente independiente
las continuadas contradicciones, a lo largo de un determinado periodo, entre la teoría rígida y las acciones—quizá atinadas—que impusieron las circunstancias.
El zarpazo más grave que de Dew^ey recibe el marxismo se refiere a su pretensión de "científico". "En nombre
de la ciencia, se formula un procedimiento totalmente
anticientífico, a cuyo tenor se hace una generalización
con el carácter de Verdad' suprema, válida, por tanto,
para todo tiempo y lugar". En esa actitud, sin embargo,
se infiltra una época, a la que como suya hubo Marx de
ser fiel. Fué, en efecto, creencia común de gran parte
de siglo xrx la de que toda experiencia científica tendía
a la formación de una ley que tradujera el desarrollo
causal de un solo factor, abarcando en sí toda clase de
fenómenos y hechos. La interpretación de la necesidad
causal ha sufrido desde entonces una transformación radical. No cabe entrar en más pormenores. La diferencia
esencial entre ambas épocas la señala Dewey de este modo: "De igual manera que eran la necesidad y la busca de
una única ley omnicomprensiva elementos típicos de la
atmósfera intelectual allá por los cuarenta de la pasada
centuria, son ahora probabilidad y pluralismo las características del estado actual de la ciencia". Esto tiene singular importancia, porque, como veremos, para Dewey el
destino de la democracia está unido al destino de la ciencia.
La unilateralidad no es patrimonio de las teorías sobre
la cultura, también la interpretación de lo que sea la naturaleza humana ha estado sometida a idénticos desvíos.
El esquema teórico ha consistido siempre en suponer constante a la naturaleza humana en la composición de sus
elementos, y en atribuir luego a alguno de estos significación predominante en la vida social. Así, desde el ilus620
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trc ejemplo platónico hasta la boga contemporánea por
el instijito de poderío. Es interesante anotar de paso, que
detrás de cada una de estas teorías asoma una constelación
social determinada y ciertos objetivos políticos que defender o conseguir. Con lo que Dewey señala una de las
tareas de que se ocupa la actual sociología del conocimiento. Lo que importa, sin embargo, por el momento, es mostrar las implicaciones de semejantes teorías psicológicas
para las doctrinas sociales y políticas, puesto que todas
ellas tienen como consecuencia la derivación de una determinada forma social, con caracteres de validez para todo tiempo, del supuesto elemento constante de la naturaleza humana. Conocida es la manera como el liberalismo
clásico asentó psicológicamente su doctrina: el que movidos los hombres por su "propio interés", el conjunto de
las acciones de todos realizaría por sí misma la armonía y
el interés general. Algunas correcciones pondría en todo
caso la otra motivación complementaria de la simpatía.
Unidos así capitalismo y democracia en sus orígenes, se
ha dado por resultado, que a pesar de las transformaciones
operadas, se les tenga todavía por inseparables hermanos
siameses. En este sentido, la doctrina utilitaria de los radicales ingleses viene a jugar con respecto a la concepción
de la naturaleza humana un papel semejante al del marxismo como teoría de la cultura.
Ahora bien, toda afirmación unilateral en cuanto a la
importancia de los elementos de la naturaleza humana es
siempre errónea. Pues aún aceptado que ésta aparezca
con caracteres constantes en todo tiempo y lugar, lo cual
es sin duda discutible, lo cierto es que el desarrollo, predominio y significación social de uno de esos supuestos
caracteres depende de que existan o no determinadas condiciones externas, que bien lo favorezcan y estimulen, o
bien lo quiebren de raíz o lo frustren. Pues de igual modo
que la cultura implica una totalidad de diversos factores
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EL TRIMESTRE ECONÓMICO
en recíproca conexión, así la persona humana aparece
como un conjunto de ingredientes puestos en juego, precisamente, según las mutuas reacciones y excitaciones entre la persona y la cultura que la rodea. Prueba de este
aserto la tenemos en la situación del hombre contemporáneo, arco doloroso de tensiones psíquicas muchas veces
contradictorias, y dominado por ambivalencias y falsas
actitudes, cuyo carácter real pasa desapercibido. Todas
en conjunto caracterizan a la situación presente como
una cultura desequilibrada por el rezagamiento de alguna
de sus partes con respecto al punto alcanzado por otras,
que si no es colmado en plazo cercano puede traer el definitivo colapso de la civilización occidental.
La significación positiva y constructiva de estas consideraciones sobre la cultura y la persona humana es, por
lo que afecta al problema de la libertad y la democracia,
la de que su subsistencia sólo es posible en plenitud, en un
momento dado, en la medida en que todos los factores
culturales de ese momento le sean favorables, de modo
que la persona humana pueda pensar, sentir, actuar de un
modo coherente. No es posible que la democracia funcione políticamente, si, por ejemplo, la educación o la vida
moral están montadas sobre principios autoritarios. Por
tanto, el problema de la democracia es un problema de
integración total del principio democrático en todas las
manifestaciones de la vida. Por eso, reconocida hoy día
su significación predominante, no se agota la cuestión con
el problema económico. Ya éste en sí lleva consigo, como
se ha visto, el del control de los medios de publicidad. Es
también una cuestión educativa, que comienza precisamente cuando parecen estar ultimadas las cuestiones técnico-pedagógicas. De igual manera es algo que atañe al
arte, pues sólo él puede canalizar las tendencias emotivas
indominables, y darle a las ideas la atracción imaginativa
que de otra suerte carecen. Es asimismo, una cuestión de
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responsabilidad pública de aquellos favorecidos por su saber, que no debe quedar incomunicado y estéril. Y es por
último un problema religioso y moral.
Con respecto a este último factor debe indagarse lo
que debe ser el papel y significación de la ciencia dentro
de una cultura libre. Dewey se opone enérgicamente a
la concepción corriente relativa al carácter neutral de la
ciencia para la vida y para los valores de la conducta. Su
análisis desarrolla la cuestión estudiada por algunos otros sociólogos de la racionalidad sustancial y funcional. Nadie
niega, viene a decir Dewey, el valor instrumental de la
ciencia y esto mismo aunque están patentes los efectos
catastróficos de su pervertida utilización. Lo importante
es que se reconozca su racionalidad sustancial, carácter
que ella sola posee. En este punto, no tanto importan los
resultados actuales de la investigación científica, su cuerpo de doctrinas, cuanto la actitud científica. Esa posición
del espíritu y de la conducta, que entre otros caracteres,
se concentra en la capacidad de usar las ideas como hipótesis sujetas a verificación y prueba y no como dogmas.
En este sentido el futuro de la democracia depende de la
expansión y predominio de la actitud científica.
Mas, sobre todo, importa deshacer la creencia de que
la ciencia es incapaz de ofrecer motivos para la conducta,
es decir, valores morales. En razón directa de los efectos
disolvente que la ciencia ha operado en los viejos valores,
está la urgencia de que la razón científica asegure nuevos
valores y alimente nuevos hábitos. "Una cultura que permite a la ciencia destruir los valores tradicionales y que al
mismo tiempo desconfía en el poder de la ciencia para
crear otros nuevos, es una cultura que se destruye a sí
misma".
La democracia nació favorecida por circunstancias
excepcionales. Pero una vez adquirido el valor humanista,
nuestro deber está en velar porque esas condiciones se
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mantengan a través de las transformaciones que opera el
decurso histórico. Pero con la conciencia de que el camino
democrático es el más duro de todos, pues es aquél que
impone mayor número de responsabilidades a mayor número de hombres. Y que sín responsabilidad no hay libertad. Y asi con la condición, también, de darnos cuenta de
que el tíltimo resultado es aquel conseguido día a día en la
continuada sucesión de las generaciones, no es lícito, según Dewey, "apelar al largo y lento proceso del tiempo
para protegernos del pesimismo que nos viene de una contemplación a corto radio de los acontecimentos".
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