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No tengo tiempo para pensar

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No tengo tiempo para pensar
No tengo tiempo para pensar
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Josep Muñoz Redón
Manel Güell Barceló
No tengo
tiempo para
pensar
(ni apenas para leer)
Traducción del catalán
de Manuel León Urrutia
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Colección Con vivencias
21. No tengo tiempo para pensar
Título original: No tinc temps per pensar (ni gairebé per llegir)
Traducción del catalán por Manuel León Urrutia
La traducción de esta obra ha contado con la ayuda del Institut Ramon Llull
Primera edición: septiembre de 2012
© Josep Muñoz Redón y Manel Güell Barceló
© De esta edición:
Ediciones OCTAEDRO, S.L.
Bailén, 5, pral. - 08010 Barcelona
Tel.: 93 246 40 02 - Fax: 93 231 18 68
www.octaedro.com - [email protected]
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o
transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus
titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español
de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear
algún fragmento de esta obra
ISBN: 978-84-9921-305-7
Depósito legal: B. 25.014-2012
Diseño de la cubierta: Tomàs Capdevila
Diseño y producción: Editorial Octaedro
Impresión: Novagràfik, s.l.
Impreso en España - Printed in Spain
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Í N DIC E
Prólogo 9
Observaciones 19
El olfato de Sartre 19
Distancias cortas 21
Vista aérea 24
Ejercicios del alma 28
Tiempo para descubrir el tiempo 31
El observatorio de los sentidos 33
Los Simpson y la filosofía 36
Filosofía del telenoticias 39
Manicura 42
Al revés 46
El ave Fénix 49
Inolvidable 54
Preguntas 57
¿Crisis? ¿Qué crisis? 57
¿Las creencias religiosas impiden pensar? 60
¿Por qué todos queremos ser Robin Hood? 63
¿Somos capaces de percibir la belleza? 66
¿Por qué los adolescentes se ponen la
gorra de béisbol al revés? 69
¿Contra natura? 72
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¿Por qué no? 75
¿Estás seguro de que no harías lo mismo? 78
¿Tiene algo que alegar en su defensa? 81
¿Esperas que nos lo traguemos? 83
¿Dónde estabas cuando…? 86
¿Por qué el ser y no más bien lo contrario? 90
Diálogos 95
Miradas 95
Decisiones 101
Poderes 105
Imaginaciones 111
Rutinas 116
Caminos 121
Décimas 126
Marinas 132
Novedades 137
Vínculos 143
Ficciones 148
Diálogos 152
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Pensar por uno mismo es el único proyecto en la vida.
Ramon Llull
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PRÓL O G O
El trasiego del mundo moderno no facilita el cultivo del pensamiento. Todos vamos acelerados de aquí para allá sin saber
qué nos mueve, dónde queremos llegar o, lo que es más grave, si el camino que hemos elegido es el adecuado para conseguir nuestro ansiado objetivo. Siempre me han hecho gracia
los aeropuertos, porque son uno de los únicos lugares donde
todo el mundo, a pesar de las prisas, parece tener claro su destino. ¡Qué espejismo más espantoso! La armonía del conjunto
no puede pasar desapercibida a un buen observador. La danza
de los viajeros que con sus acompasados movimientos llenan
el espacio de volúmenes rodantes es de una belleza eurítmica.
Cuanto más veloces avanzan, más lentamente pasa el tiempo,
como en la teoría de la relatividad. Por otro lado, la velocidad,
la precipitación y las prisas no dejan de evidenciarse como los
enemigos naturales de la silente y paciente labor de trazar conceptos con ideas.
Y es que pensar no es otra cosa que tejer un texto (hifologar, decía él) invisible, en un primer momento, de palabras.
La convicción de establecer relaciones entre conceptos, tanto
si tienen algo que ver entre ellos como si son completamente
ajenos entre sí, define tanto la labor de aquellos que se dedican profesionalmente al cultivo del pensamiento, como la de
los que permanecerán indiferentes a los resultados escritos de
sus cavilaciones. Una clara intuición se me ha ido confirmando con el paso de los años: la analogía es un arma mucho más
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poderosa para explicar este proceso que, pongamos por caso, la
deducción, la inducción o la intuición, como planteaba Pierce.
Incluso la tradición filosófica, o la científica, parecen confirmar los mismos presupuestos. Para Hume, las ideas se atraen
mutuamente, igual que, según la física de Newton, se atraen las
masas. Ahora bien, esta atracción no es espontánea, sino que
responde a determinadas leyes. La primera es la semejanza,
que permite establecer vínculos a partir de la similitud o las
diferencias. La segunda es la ley de la contigüidad, que agrupa conceptos en función de su proximidad en el espacio y en
el tiempo, y la tercera trata de la relación causal: «si pensamos
en una herida, difícilmente nos abstendremos de pensar en el
dolor inmediato».
Fournier hará algo parecido en el ámbito social. El amor será
para él la forma que adopta la ley de la gravedad abocándonos
a unos encima de los otros. Nunca mejor dicho. Su utopía social
explorará todas las posibles combinaciones que adopta esta ley
física. Nadie quedará excluido de un mínimo rédito de estimación, aunque solo sea en forma de relación sexual.
«¿Qué es pensar?», se pregunta Heidegger con el tono impostado y trascendente que habitualmente caracteriza a quienes se
dedican al cultivo profesional del pensamiento. En este famoso
texto, el autor alemán desliga el pensamiento de la percepción
del mundo que nos rodea. Va más allá. También constata que
no sabemos pensar, por lo cual plantea la necesidad de adquirir
esta competencia. Pensar es crear, acaba diciendo. La empresa no parece fácil. Hay que propiciar la ocasión. Pero, aunque
no poseamos una cabaña en medio de la Selva Negra, también
podemos conseguirlo. Solo hay que imitar su determinación,
que quedaba patente en el cartel con que recibía a los intrusos:
«Estoy pensando, por favor, no llaméis a la puerta hasta x hora».
La generación de ideas, por lo tanto, se explica, como también han confirmado en la actualidad los neuroinvestigadores,
gracias a la tenaz labor de trenzar relaciones neuronales estableciendo sólidos lazos que, en algunos casos, no desaparecerán mientras quede un soplo de aliento en el mecanismo que
los ha hecho posibles. Es de agradecer que en este punto el pa| 10 | 6021 No tengo tiempo para pensar OK_INT.indd 10
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PRÓLOGO
ralelismo entre la biología y la psicología o la vida cotidiana sea
tan evidente.
Pero hace muchos años que no veo a nadie manejar unas
agujas de tejer para hacer un jersey, unos calcetines o, aunque
sea, una rebequita para un recién nacido. El tintineo característico de los bolillos de las encajeras se pierde en la noche oscura de los tiempos, al menos de mi recuerdo. Pocas personas
encontramos actualmente el momento de sosiego necesario
para dedicarlo a estos quehaceres.
Algo parecido pasa con la reflexión. En un sugerente texto,
uno de mis autores favoritos evocaba los ratos muertos, los paréntesis de la vida según su lenguaje, es decir, esos paréntesis
que quedan cuando hemos acabado de hacer algo y aún no hemos empezado lo siguiente, como la cuna imprescindible del
pensamiento: mientras esperamos a alguien que llega con retraso a una cita, los cinco minutos que dejamos entre clase y
clase, el instante en que dejamos abandonado el diario ya leído
encima de la mesa y osamos echar una ojeada sin intermediarios a la realidad que nos rodea, el rato que cada mañana, antes
de salir de casa, dedicamos a repasar la agenda del día, etc. La
conclusión no puede ser más evidente: sin la búsqueda constante de estos espacios de tiempo muertos, que paradójicamente son los más vivos que podemos experimentar, ahogaremos la
posibilidad de la expresión del pensamiento.
Una reflexión que puede adquirir diferentes formatos, como
el que representa un año sabático, una asignatura sin un objetivo definido, como la filosofía, o la convalecencia de una
buena tuberculosis, que para muchos autores era la condición
necesaria, al menos en otros contextos, para hacerse con una
consideración intelectual. Pero un mundo que raciona con
cuentagotas los períodos de vacaciones, que establece un cerco
feroz a la práctica institucionalizada del pensamiento y no se
ha desembarazado de las pandemias clásicas, no nos pone las
cosas nada fáciles.
Así lo constataban hace algunos años los Mazoni con una
tonadilla que tuvo el predicamento suficiente para ser considerada la canción del verano, al menos en Cataluña: No tinc temps
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per pensar (No tengo tiempo para pensar). Jaume Pla es un culo
de mal asiento de la música y eso se nota en todas sus propuestas. También en la que hemos mencionado:
A cavall de dos llocs,
despullat vers el mon,
esquivant decisions,
somiant que perdo avions,
no tinc esma per res.
Tants anys i només he après
que no tinc temps per pensar,
que no tinc temps per pensar.
No tinc temps per pensar
que no tinc temps per pensar,
que no tinc temps…1
El pensamiento avanza de forma sinuosa y aterriza en medio
de uno de los temas clásicos de la filosofía: el tiempo. La lírica
da en la diana con una sorprendente facilidad, como acostumbra a suceder. Hace un puñado de siglos san Agustín planteaba,
con notable agudeza:
Pero, ¿qué es el tiempo? ¿Quién puede explicarlo de manera fácil y breve? ¿Quién puede formarse una idea clara del tiempo
para poder explicarlo después con palabras? Por otro lado, ¿qué
es más familiar en nuestras conversaciones? Entendemos muy
bien lo que significa esta palabra cuando la utilizamos nosotros
y también cuando la oímos pronunciar a otros. ¿Qué es, pues, el
tiempo? Sé muy bien lo que es si no se me pregunta. Mas cuando
quiero explicarlo a quien me lo pregunta, no lo sé.
Pero el diagnóstico del obispo de Hipona va mucho más allá.
San Agustín considera la nostalgia y la esperanza como dos de
1. A caballo entre dos sitios,/ desnudo por el mundo,/ esquivando decisiones,/ soñando que pierdo aviones,/ no tengo ánimo para nada./ Tantos años y solo he aprendido/
que no tengo tiempo para pensar,/ que no tengo tiempo para pensar./ No tengo tiempo
para pensar/ que no tengo tiempo para pensar,/ que no tengo tiempo…
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PRÓLOGO
los grandes obstáculos para poder disfrutar realmente de la
existencia. La primera, porque nos hace estar pendientes del
pasado, y la segunda, porque nos aboca de manera inclemente
al futuro. Sobre todo porque solo podemos vivir el presente y
este dura un instante fugaz, que es difícil de atrapar.
Sabemos «qué es» el tiempo cuando nadie nos lo pregunta
y dejamos de saberlo en el momento mismo de empezar a explicarlo: constituye, a primera vista, un hecho de naturaleza
sorprendente. Sin embargo, su carácter inesperado se disipa a
medida que pensamos en esta magnitud inalcanzable. La tradición filosófica no ha dejado de intentar explicarlo, desde la
metáfora del río propuesta por Heráclito hasta la neurofenomenología, pasando, a modo de ejemplo, por «la imagen móvil de
la eternidad» que emana de la mítica cosmología platónica, «la
distensión del alma» derivada de la perspectiva psicologicista
de san Agustín, o «la forma a priori de la sensibilidad» que resulta del enfoque crítico de Kant. El camino recorrido ha sido
largo y errático.
Em convides a dinar
i a mig àpat me’n he d’anar.
Em sap greu, de debò,
però faig tard a no sé on.
Tot a mitges, cap per avall,
tot fet i deixat estar.
No tinc temps per pensar
que no tinc temps per pensar.2
Sigue diciendo la tonada, sin dar tiempo al oyente para poder recuperarse antes de plantearle un nuevo problema existencial acuciante:
2. Me invitas comer/ y a mitad de la comida me tengo que ir./ Me sabe mal, de verdad,/ pero llego tarde a no sé dónde./ Todo a medias, boca abajo,/ todo hecho y abandonado./ No tengo tiempo para pensar/ que no tengo tiempo para pensar.
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No tinc temps per pensar
que no tinc temps per pensar
que no tinc…3
Con el estómago medio vacío, la boca llena de restos de comida y una descomunal mancha de aceite en la camisa, me levanto de la mesa para ir no sé a dónde y encontrar quién sabe a
quién, para hacer quién sabe qué. La conclusión no puede ser
más evidente: no tengo paciencia, no tengo vergüenza, no tengo respeto a mi anfitrión, y tampoco tengo juicio, porque de­
saprovecho los pocos ratos de calma que la existencia propicia
para poder pensar.
Un verdadero diálogo, la relación hablada que mantienen
dos seres humanos, podría ser la clave de bóveda del pensamiento humano. Las palabras resbalan en el intercambio y acarician las ideas sin ahuyentarlas con una agresividad postiza.
Las alegorías son tan importantes como los argumentos. La
dialéctica es inconcebible sin esa palabrería inclemente.
Este juego de la palabra hablada nos hace mejores, al menos más humanos. En este contexto, es tan importante expresar nuestro punto de vista como escuchar el del otro y amoldar
nuestra respuesta a esa nueva realidad. La capacidad de escuchar al otro es fundamental para poder avanzar conjuntamente. El esfuerzo del diálogo no es fundamentalmente un esfuerzo para hablar, sino para dar tiempo al otro para que se pueda
expresar. En un verdadero diálogo, lo que alguien pueda decir
depende en buena medida de lo que sea capaz de escuchar. Y
para eso hace falta tiempo, mucho rato. Pero no solo un largo
espacio temporal, también una clara disposición de apertura
hacia nuestro interlocutor y un talante respetuoso, que desgraciadamente no abundan.
Es el caso de las conversaciones platónicas y de la mayoría de
charlas que mantenemos el común de los mortales: «Los de Platón son los diálogos más falsos de todos. Consisten en alguien
que habla y otro que a menudo dice: Por Zeus que tienes razón»,
3. No tengo tiempo para pensar/ que no tengo tiempo para pensar/ que no tengo…
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PRÓLOGO
afirma Slavoj Zizek para mostrarnos su desprecio del diálogo
como acicate del pensamiento. Yo tampoco creo en los diálogos,
ni en los debates, ni en las tertulias. Me aburren, los encuentro
prescindibles, excesivos, cansinos. Y aunque no sea pedagógicamente correcto, ni filosóficamente gratificante, también me
parece que: «La filosofía ha sido siempre dogmática».
Cronos se casa con su hermana. Como sus padres le habían
predicho que sería destronado por uno de sus hijos, los devora
en el momento de nacer. Rea, su compañera, que ya está harta, se inventa una estrategia para engañarlo. Cambia a su tercer hijo por una piedra que envuelve como si se tratara de una
criatura antes de ofrecérsela a su marido. Cronos la mastica indiferente sin darse cuenta del engaño. De esta manera escapa
Zeus de la glotonería de su padre. Ni que decir tiene que el pronóstico acabará cumpliéndose y Zeus será el futuro señor de la
Tierra y el Cielo.
El mito es siempre sugerente y podemos aplicarlo a nuestra
realidad más inmediata. Nosotros también podemos alumbrar
un dios en forma de tiempo muerto. Cronos es un tarugo al que
podemos embaucar. Solo tenemos que intentarlo con perspicacia y determinación.
Tiempo para una verdadera conversación, momentos para
la observación, espacio para las preguntas, los tres ámbitos que
Josep M. Esquirol propone sondear, en su libro El respeto o la
mirada atenta, a todos aquellos que estén interesados en el cultivo del pensamiento. Seguiremos punto por punto su propuesta, la cual le agradecemos de antemano.
Los filósofos siempre han desconfiado de los sentidos. Solo la
vista ha conseguido superar la mayoría de sus recelos. La ponderación que hacen Demócrito y Althusser del olfato, o Kant y
Heráclito del tacto, son excepcionales, en este ámbito. El ojo se
convierte en el símbolo de la inteligencia para los pensadores
profesionales, como también lo ha sido en el conjunto de la sociedad. Pero a menudo miramos sin ver, nos pasan desapercibidos los rasgos más significativos de la realidad, a pesar de que
los rozamos con la vista, por lo cual hay que aprender también
a mirar.
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El ejercicio siempre es el maestro más importante, también
en este contexto. No hay nada mejor, pues, para aprender a mirar, que practicar: abstraerse por la calle mientras paseamos
sin rumbo, concentrar la vista en un punto para intentar profundizar en su percepción, entrever una escena a través de una
grieta. El pensador se convierte en un auténtico voyeur y así la
expresión del pensamiento se convierte en lo que realmente es:
una perversión. Desafiar el curso normal de las cosas, aunque
sea en lo que se refiere a las apariencias. De esta manera nuestro
protagonista se quedará a medio camino entre el autodidacta
sartriano, que se ve abrumado por las novedades que pregonan
las luces de los escaparates de la gran ciudad, y el flâneur benjaminiano, que campa a la deriva bulevard abajo picoteando de
aquí y de allá sin que nada consiga captar su atención.
«Aprender a mirar es, fundamentalmente, aprender a prestar atención», escribe Esquirol. Pero, ¿qué es la atención? No
es, como se cree a menudo, un esfuerzo por concentrar todos
nuestros sentidos en un punto para sondearlo, antes al contrario, comporta cierto desinterés por todo aquello que sucede a
nuestro alrededor. Más que una tensión, es una relajación. Una
espera atenta, una serenidad calmada ha de sustituir la precipitación con que habitualmente hacemos las cosas: «La acción
de prestar atención –afirma Esquirol– es de alguna manera paradójica: el esfuerzo requerido por parte del sujeto no supone
un aumento de su presencia sino más bien su menoscabo o
vaciado y una apertura al otro». En caso contrario no superaríamos el solipsismo y quedaríamos recluidos en la prisión que
nosotros mismos hemos construido y que defendemos a capa y
espada.
La atención ha de ser firme, pero suave. Mi fuerza es mi debilidad, también en este contexto. La paciencia y la serenidad
son nuestros máximos aliados. No es necesario que suframos:
si nos atrevemos a desafiar el ritmo enloquecido que hemos impuesto a nuestra vida, las ideas irán germinando y los hechos
más irrelevantes adquirirán una trascendencia hasta ahora insospechada. El primer síntoma de que vamos por buen camino
es reencontrarse con la capacidad de asombrarse, la misma a
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PRÓLOGO
la que Platón y Aristóteles atribuyeron la responsabilidad del
cultivo del pensamiento.
En este sentido, no hay nada más efectivo que practicar la
costumbre de la interrogación sistemática. No en vano LéviStrauss afirma que: «el sabio no es la persona que proporciona las respuestas verdaderas; es el que formula las preguntas
verdaderas»; o Heidegger identifica la filosofía con esa misma
espontaneidad interrogativa: «La pregunta es la devoción del
pensamiento».
Hay muchas clases de preguntas, nosotros nos referiremos
aquí a las que nos dejan indefensos solo con su formulación, las
que hacen temblar la tierra bajo nuestros pies, las que evidencian nuestra vulnerabilidad, las que trastocan el mundo que
conocíamos hasta ese momento. ¿Qué es lo más importante de
una pregunta? Que provoque esa especie de cataclismo que nos
permite ver las cosas de una manera diferente, porque, como
sugirió Blanchot, somos de los que creen que a menudo «la respuesta es la desgracia de la pregunta».
Una última consideración: el pensamiento no puede reducirse a la lectura, antes al contrario, muchas veces la adquisición de conocimiento de un escrito solo supone un ejercicio arqueológico que nos permite contactar con el cementerio de las
ideas. Distinguir en un escrito los sonidos figurados por las letras puede ayudarnos a cavilar, pero llegados a un determinado
punto tendremos que emprender el vuelo solos. No sirven las
excusas, los miedos o los subterfugios. Solo digo que hay que
preservar la independencia y la apertura mental suficientes, sin
aceptar las fórmulas imperantes o los tópicos. Nos merecemos
algo más que lugares comunes.
Mi propuesta no puede ser más simple. Os la planteo sucintamente porque se me hace tarde: necesitamos encontrar tiempo para pensar para qué hemos llegado hasta aquí y quién o
qué nos ha traído, como una condición inexcusable para averiguar hacia dónde tenemos que orientar los próximos pasos.
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OB SE RVAC ION E S
El olfato de Sartre
A las siete de la mañana salgo de casa para ir a coger el tren.
Camino veinte minutos hasta la estación de Sants y espero en el
andén. Todo está oscuro. La ciudad todavía duerme. Las calles
están desiertas. El trajín en un establecimiento cercano anuncia la alborada del ruido. Una mujer que fuma pasea un perro
escuálido. El suelo está mojado y tengo que sortear pequeños
charcos para no mojarme los zapatos. El aire gélido de la mañana no está todavía envenenado. Solo una de las calles que
atravieso aglutina un raudal considerable de vehículos. Aún no
estoy conectado a ningún aparato, por lo que intento esquivar
el ruido desagradable de los coches.
El vestíbulo de la estación contrasta con el tranquilo desperezo de la mañana en sus alrededores. Las máquinas, dispuestas estratégicamente en los accesos a los andenes, no paran de
tragar monedas y escupir billetes. Cuando llego, el quiosco todavía no está abierto. Por una pequeña abertura del pabellón de
cristal una señora de piel canela suministra los periódicos a los
viajeros impacientes. La mayoría de usuarios del transporte público coge ejemplares apilados de prensa gratuita. Hay diversas
opciones para elegir. Pocos transeúntes se contentan con una
sola posibilidad. Todos parecen ir con prisa y malhumorados.
A menudo bajo las escaleras de acceso al andén mientras
un altavoz chillón anuncia un convoy en dirección a Latour de
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Carol. Abajo, la confusión y el bullicio se hacen más evidentes.
Entre aquella barahúnda cotidiana de gente distingo algunas
caras conocidas. Son las mismas almas en pena que frecuentan este escenario infernal cada mañana. No puedes sentarte.
Los bancos están abarrotados de viajeros que aprovechan para
echar una cabezada mientras esperan. A pesar de que es muy
pronto para estar cansado, esta situación me desborda. El rato
de pie se hace eterno. El tren casi siempre llega puntual.
Las puertas mecánicas se abren perezosamente. Dentro, un
rebaño de gente mira con indiferencia las caras de los recién
llegados. Grupos de trabajadores quemados por el sol, a menudo del ramo de la construcción y de procedencias lejanas, se
encojen en los asientos. Algunos comen. Otros escuchan música. Unos cuantos dormitan. Unos chinos dirimen de forma
ostentosa una disputa. Incluso hay quien aprovecha para rezar
murmurando versículos coránicos. El vientre metálico del gusano nos acoge a todos con displicencia. Me toca ir de pie, como
cada día.
Amontonados como cabezas de ganado, sin sitio para sentarse, millones de desdichados cruzaron Europa de Pau a Auschwitz, de Varsovia a Dachau, de Amstetrdam a Büchenwald,
durante horas, días, semanas, camino del matadero. Muchos
morían, antes de llegar a su magro destino, de hambre, de sed,
por asfixia. Los cadáveres no caían al suelo porque estaban
apretujados contra los supervivientes. Salvando todas las distancias, a nosotros cada mañana nos pasa algo parecido de camino a nuestro calvario particular en forma de trabajo que nos
exprime.
Un hedor difícilmente concebible para una persona de nuestro tiempo lo apesta todo. Los marcos de las ventanillas huelen
a goma podrida, el forro plastificado de los asientos desprende
un tufo a alquitrán, los vagones apestan a excrementos de rata.
Mujeres y hombres atufan a sudor y a ropa sucia; el aliento que
exhalan mezcla la fragancia de la cebolla con la presencia de
destilados alcohólicos y los refritos aceitosos. Apestan los mecánicos, hieden los celadores, huelen mal los albañiles, atufan
los ejecutivos. Nadie se escapa de esta epidemia contemporá| 20 | 6021 No tengo tiempo para pensar OK_INT.indd 20
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O B S E R VAC I O N E S
nea. Los campesinos huelen tan mal como los maestros; los escolares emanan los mismos olores mefíticos que las matronas.
Y como es natural, este paroxismo de olores llega a su máxima
expresión en la zona del excusado. La fragancia se vuelve infernal. La contundencia aromática de los excrementos que expulsan los cuerpos, ya sea en forma sólida o líquida, no puede dejar
a nadie indiferente. Cloacas de los rincones más soterrados del
planeta parecen confluir en ese pequeño espacio. Los productos destilados han perdido cualquier parecido con los originales. Nada que ver con vinos aterciopelados o manjares exquisitos. Legados a este punto son iguales los huevos de esturión, las
trufas y las mandarinas.
Pocos filósofos se han ocupado del tacto o del oído, y aún
menos del olfato. El sabio de Saint-Germain escribió una vez
que el mal olor es la primera justificación que encuentra el racismo. La doctrina que propugna la desigualdad de las razas
humanas y en virtud de la cual se justifica el hecho de que ciertas personas puedan ser sometidas a explotación o segregación,
o incluso a la aniquilación física, se filtra imperceptiblemente a
través de nuestras fosas nasales. El único desodorante efectivo
contra su efecto perverso, a pesar de que puede parecer paradójico, es el sudor. Aprender a reconocer, apreciar y favorecer
la transpiración del otro, evidentemente. No estaría mal, tampoco, tener las ventanas de par en par para dejar que circule el
aire fresco de la mañana, no seamos bobos, y poder divisar el
horizonte del futuro compartido que nos espera en la próxima
estación.
Distancias cortas
Es la hora de salida de la escuela. La calle se llena de madres y
padres que llevan a sus cachorros cogidos de la mano. La prole
suele aprovechar el trayecto para merendar. Entre la multitud,
distingo una pareja paradigmática. Padre e hijo están enlazados por las extremidades superiores. El niño, que debe tener
unos cuatro años, merodea remolineando mientras explora los
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portales. Todo parece despertar su interés: el umbral de la puerta, los cristales, los colores de los banderines que cuelgan de los
faroles, las baldosas del vestíbulo, los rótulos que las comunidades de vecinos subscriben para protegerse de la publicidad
indeseada en los buzones… El padre, en un primer momento,
deja a la criatura a su aire. No por mucho tiempo. La paciencia
del progenitor se agota rápidamente y empieza a tirar del brazo
del retoño. La escena acaba indefectiblemente con los llantos
del infante y los gritos del padre recordándole las actividades
que les esperan en un futuro inmediato.
Roland Barthes contempla, desde la ventana, una escena
muy similar el 1 de diciembre de 1976: una madre lleva a su hijo
de la mano mientras empuja un cochecito vacío. Avanza imperturbable marcando el paso, mientras arrastra al niño, que
se resiste a seguirla. El pequeño desearía pararse, descansar,
retardar el paso, pero la madre no lo permite. Ella va a su ritmo,
sin tener en cuenta el del niño. La barbarie del poder impone su
dictado chapucero. La sutileza del poder pasa por la disritmia,
la heterorritmia.
Según Barthes, el secreto de la convivencia radica en la idiorritmia. Un neologismo de raíces religiosas, compuesto por
idios (propio) y por rhytmós (ritmo), que evoca el respeto que
todos deberíamos tener por la cadencia del otro, si no queremos
hacer naufragar la convivencia. La ideorritmia designa el tipo
de vida de los monjes del monasterio de Athos, que viven solos pero dependen de un monasterio que organiza encuentros
semanales conjuntos. Los clérigos disfrutan de una soledad
amiga que se mantiene a medio camino del desamparo de los
eremitas y el cenobitismo institucionalizado. Barthes plantea
una zona utópica de convivencia entre dos formas que le parecen excesivas: la soledad del eremita y la integración total del
convento.
Salvando todas las distancias, encuentra unas características muy similares en aquellos pisos de estudiantes donde viven
sus alumnos. Habitaciones individuales y espacios compartidos son para él el secreto de un compañerismo que se guardará siempre en la memoria como una de las mejores épocas de
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la vida. Las comunas posthippies de veinte a treinta miembros
le parecen demasiado numerosas: «es necesaria una distancia
que no rompa el afecto». Razón no le faltaba.
El mismo planteamiento alimenta el mito de la relación entre dos filósofos de esta misma época: Jean Paul Sartre y Simone
de Beauvoir. Sartre y Beauvoir se ven por primera vez en 1929,
en una biblioteca, mientras preparan oposiciones. La primera
impresión que ella suscita al pensador no puede ser más elocuente: «Simpática, guapa, pero mal vestida».
Sartre encuentra en Beauvoir a la hermana que buscaba. En
su autobiografía escribe: «Frecuentemente he cometido el error
de buscar entre las mujeres a esa hermanita que no había existido». No tiene que buscar más. A partir del primer encuentro
las citas son frecuentes, diarias. Se pasan el tiempo discutiendo de filosofía hasta agotar los argumentos, pasean, comparten confidencias, se prestan libros. La intimidad va en aumento hasta que Sartre impone tres condiciones para continuar la
relación: el viaje, la poligamia y la transparencia. Tres normas
que deberán distinguir su especial asociación.
Durante el lapso del primer contacto, que duró dos años, Simone de Beauvoir era la relación privilegiada de Sartre, y viceversa: ambos tenían derecho a entrar en la vida del otro a cualquier hora del día y de la noche, y a saber antes que nadie todo
lo que hiciese el otro. Estaba prohibido mentir. «La sinceridad
(o la transparencia) es un poco aquello a lo que no puedo renunciar», anotó Sartre en aquellos días. Pero, a la vez, tenían la
obligación de no preguntar. Se sobreentendía que los escarceos
amorosos eran circunstanciales. El pacto fue renovado muchas
veces.
La pareja todavía no era conocida, pero rápidamente se convertiría en un modelo que imitar por generaciones de europeos
al conciliar, aparentemente, aquello supuestamente irreconciliable: la fidelidad y la promiscuidad, la intimidad y la distancia (no llegaron a vivir nunca juntos), el amor y el deseo. No lo
harían solos, necesitarían ayuda de muchos amigos, amantes,
colaboradores. Sartre y Beauvoir consiguieron eludir el matrimonio a partir de una serie de compromisos parciales cimen| 23 | 6021 No tengo tiempo para pensar OK_INT.indd 23
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tados en el ejercicio de la libertad. Ni que decir tiene que la cosa
acabaría como el rosario de la aurora. Aun así, este es un capítulo poco conocido de sus biografías. Intencionadamente menospreciado, me atrevería a decir, porque contradice el mito de
la pareja ideal que proyecta una densa sombra de pamplinas
sobre el pensamiento contemporáneo.
Siempre mucho más explícito, Schopenhauer había planteado exactamente el mismo problema en aquella fábula de los erizos que tanto le gustaba recordar a Freud: las personas somos
como los erizos que, a consecuencia del frío del invierno, nos
juntamos hasta clavarnos las púas y hacernos sangre. La metáfora no puede ser más contundente y llana. Para estos dos grandes pesimistas no hay convivencia posible sin sufrimiento. La
mejor distancia entre dos personas siempre es la más grande.
Todavía no tengo las cosas tan claras. Quizás es que no soy
lo suficiente viejo o lo suficiente categórico, ni siquiera cuando espero a mi mujer para salir de casa, mientras remolonea
impenitentemente en el lavabo retocando no se sabe qué y se
me hace evidente la necesidad acuciante de buscar «una distancia que no rompa el afecto». En esta circunstancia cualquier
comentario provoca una discusión segura. El estira y afloja es
simétrico. Víctimas y verdugos de la convivencia, las distancias
cortas nos imponen su aliento tumefacto de potestades, tirrias
y compases. La danza del amor nos acerca los unos a los otros
enlazados por la cintura. Deberíamos intentar ahorrarnos los
pisotones del que pierde el compás.
Vista aérea
Coger el avión puede ser uno de los ejercicios filosóficos más
intensos y más propios de nuestro tiempo. Así de claro. Y no
lo digo pensando en la observación del comportamiento de un
rebaño de seres humanos enlatados o a causa del trato recibido por parte de las azafatas de las compañías de bajo coste,
ni siquiera a propósito del regusto agridulce de los caramelos
que regalan los miembros subalternos de las tripulaciones a los
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usuarios de los vuelos en el momento de aterrizar. Mi planteamiento es más altisonante: gracias a los aviones podemos ser
dioses. Quizás deberíamos decir que ya solo gracias a las aeronaves podemos imitar al Altísimo.
Si acercamos la cabeza a la ventanilla ovalada de la nave,
podemos ver el mismo paisaje que estaba reservado a las deidades, al menos en otros tiempos. Era potestad de los seres supremos ver el ajetreo de las criaturas humanas desde la cima
celeste. Un espectáculo, todo hay que decirlo, que los dejaba
bastante indiferentes. No puede entenderse de otro modo su
falta de conmiseración ante los azotes que convertían la existencia de sus criaturas en un tormento humillante.
La vista aérea evidencia el rango supremo de los todopoderosos mandatarios celestiales. No hay nada como un buen estrado para realzar una figura, aunque sea humana. Esta puede
ser la razón oculta que alimentaba la disparatada carrera del
espacio y, antes que eso, también puede ser que explique la no
menos delirante costumbre de subir montañas que practican
algunos de nuestros coetáneos. También los filósofos.
Nietzsche era un montañero empedernido. El pensador del
arrebato pasó siete veranos en Sils Maria, en la región de Engandina, al sudeste de Suiza. El padre del superhombre se levantaba a las cinco de la mañana y trabajaba hasta el mediodía, luego subía paseando a los picos que rodeban el pueblo,
Piz Corvatsch, Piz Lagrev, Piz de la Magna que, según la descripción de un biógrafo perspicuo, eran «montañas dentadas
y escarpadas que parecen haber traspasado recientemente la
corteza terrestre como resultado de presiones tectónicas descomunales». Por la noche, solo en su habitación, cenaba unas
cuantas lonchas de jamón, un huevo y un panecillo, y se metía
en la cama temprano.
Una ascensión al Piz Corvatsch, a unos cuarenta kilómetros
de la casa de Nietzsche, puede explicar esta pasión por ver las
cosas desde lo alto. La cima está situada a 3.451 metros sobre
el nivel del mar y para llegar se necesitan al menos cinco horas de subida a través de empinadas veredas. No es fácil. Hay
que estar entrenados, no solo físicamente sino también psico| 25 | 6021 No tengo tiempo para pensar OK_INT.indd 25
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lógicamente, para mantener el esfuerzo un espacio de tiempo
determinado. La altura deja al filósofo sin aliento. El cuerpo
muestra su resistencia a perpetuar el movimiento. No hay nada
más heroico que dar un paso cuando se han agotado todas las
fuerzas. Ahora bien, la recompensa que nos espera es infinita.
La cima es sublime. Se ve toda la región de Engandina, los
lagos de color turquesa de Segl, Silvaplana y Saint Moritz, y al
sur, cerca de la frontera italiana, los imponentes glaciares Sella y Roseg. Tocamos el techo del mundo, de nuestro mundo,
del mundo de nuestros ancestros. La satisfacción que invade al
montañero es indescriptible: no es extraño que aunque la lluvia
nos haya acompañado durante buena parte de la ascensión o
que hayamos tenido que soportar un sol abrasador combinado con un viento inclemente, a pesar de todo, nos embargue
una plenitud serena. El bienestar primordial que todos anhelamos sería comparable a esta corta estancia en la cima de la
montaña. Estancia que nos hemos ganado con el esfuerzo de la
ascensión.
Una alfombra de nubes se extiende a nuestros pies. El señor
de la naturaleza demuestra su poder con esta posición privilegiada. La sensación de ingravidez es total. Nuestro sueño de
dominar el espacio y el tiempo está más cerca. La nave avanza
diligente por el cielo sin patentizar su fragilidad. La inmensidad de la atmósfera, en cambio, nos hace tomar conciencia del
exiguo espacio que ocupamos en el universo. Por un momento
se nos revela la posición real que ocupamos dentro del cosmos.
Se atribuye a Einstein la siguiente definición: «Un ser humano
no es más que una parte, limitada en el tiempo y el espacio, del
Todo que llamamos Universo».
El tema de la altura también ha sido desarrollado profusamente por la pintura y la literatura occidentales. Solo hay que
pensar en el cuadro de Friedrich El caminante sobre el mar de
nubes. La postura corporal de nuestro héroe no puede ser más
explícita. Su carácter displicente, ensimismado, altivo, cae por
su propio peso. Y a pesar de todo, el bastón en el que se apoya vuelve a contradecir esta aparente ostentación de fuerza.
Humano al fin, el montañero ha necesitado apoyarse en una
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prótesis para superar el particular reto con la naturaleza. Una
debilidad que puede pasar desapercibida al espectador.
Pascal, Voltaire, Chénier, pero sobre todo Goethe tratan el
mismo tema. Baudelaire escribe un poema titulado Élévation
que comienza con estos versos:
Au-dessus des étangs, au-dessus des vallées,
Des montagnes, des bois, des nuages, des mers,
Par-delà le soleil, par-delà les éthers,
Par-delà les confins des sphères étoilées,
Mon esprit, tu te meus avec agilité…
Fascinado por las vistas aéreas se entusiasma con el primer
vuelo de los montgolfiers (1783) con los que las personas de la
época desafían las leyes de la gravedad. De ahí a la apertura de
la primera agencia de viajes que comercializa vuelos al espacio
hay muy poco.
Barcelona ha sido la primera ciudad del Estado que ha abierto un comercio de esta clase. Nadie habría imaginado que la
primera semana ya tendrían una lista de espera de exploradores espaciales. La encabeza la propietaria, que regenta la agencia, que con muy buen criterio dice que no puede vender nada
que no haya probado antes, y el segundo es el propietario de la
administración de lotería La Bruja de Oro, de Sort («suerte», traducido literalmente). El elevado coste de la operación, de momento, hará que esta especie de travesías estén reservadas solo
a unos cuantos privilegiados que pueden ensayar el ejercicio
metafísico de mirar hacia abajo y ver toda la Tierra a sus pies.
Unos dioses con Visa Platinum. Los únicos a los que adoramos.
Una verdadera lástima. De momento tendremos que contentarnos con las compañías de vuelos baratos. Porque las
vistas aéreas nos permiten salir de los estrechos límites que
marcan la percepción humana y abrir nuestros sentidos a la inmensidad del universo, a todos los seres vivos y al espectáculo
de la naturaleza con su magnificencia. Gracias a este ejercicio
especulativo podemos situar de nuevo a la humanidad dentro
del Todo, a la vez que adquirimos conciencia de nuestra verda| 27 | 6021 No tengo tiempo para pensar OK_INT.indd 27
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dera dimensión, del lugar raquítico que nos ha sido reservado
en la creación. Para conocer el auténtico valor de una persona,
escribió uno de los sabios más reconocidos de nuestro tiempo,
vuelve a tratarse del padre de la Teoría de la Relatividad, hay
que saber en qué momento y en qué grado ha sido liberado de
su ego.
Ejercicios del alma
Rafael Argullol vino a presentar su último libro al programa de
radio en el que colaboro. Conozco al profesor Argullol desde
mi época de estudiante, cuando empezó a dar clases al amparo de José María Valverde. Mientras nos anunciaba que estaba
en pleno proceso de corrección de un trabajo nuevo de más de
mil páginas, un trabajo que calculaba que lo tendría ocupado a
tiempo completo más de un año, nos declaró los procesos que
utilizaba para generar ideas. Como quien no quiere la cosa, nos
reveló los tres elementos físicos sobre los que se construye su
creatividad: nadar, pasear y las noches de insomnio.
En un primer momento, me pasó desapercibida esta fase de
la conversación, pero luego se reveló como la más sugerente. Y
es que resulta que, casualmente, coincido plenamente con él:
el ejercicio natatorio, caminar por la ciudad o la falta enfermiza
de sueño se convierten en los grandes acicates sobre los cuales
descansa, también en mi caso, el impulso para generar ideas
nuevas. Hay que decir que no es una fuerza constante, funciona
a sacudidas y en muchos momentos, la mayoría, dormita sin
que ninguna razón aparente pueda justificarlo.
Dediqué un libro entero, Els somieigs del nedador solitari
(Los ensueños del nadador solitario) a recrear la primera experiencia natatoria. En él explicaba cómo una sensación de ingravidez se apodera del cuerpo del nadador desde el momento en
que se libera de la ropa en el vestidor y abre la primera ducha.
Desnudo de otras preocupaciones y manías, deja que el agua
caliente se lleve el resto de sus tribulaciones y ejerza el habitual
efecto balsámico. Solo durante el resto de la hora, se propone
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ocuparse de sí mismo: un intento de entregarse todo entero a
una conversación con el alma, en cuanto es lo único que los
hombres no se pueden quitar en una piscina pública, aparte,
claro, del bañador.
La primera piscina es infinita, es como cuando se levanta un
avión: en un primer momento la velocidad de la aeronave nos
mantiene falcados a los asientos. La fuerza que tiene que hacer el aparato para vencer la inercia provoca una reacción de
contracción del espíritu. La repetición monótona del ejercicio
natatorio nos hace superar la desagradable sensación inicial de
encogimiento para darnos alas. Es como si dentro del agua pudiésemos cuestionar algo tan evidente como las leyes de la gravedad. También de la intelectual. Abandonamos el cuerpo a su
suerte acuática para adentrarnos en nuestras elocubraciones.
La natación propicia un extraño aislamiento. La resistencia
del agua es cada vez más imperceptible. Alargamos un brazo,
luego el otro, para intentar alcanzar lo inasequible. Una quimera que se hace patente en el momento del ocaso de las manos
vacías.
¿Caminar ayuda a pensar?, nos planteábamos en otro sitio.
La respuesta era rotunda y afirmativa. El hombre ordinario
piensa con la cabeza y camina con los pies; un filósofo hace lo
contrario: camina con la cabeza y piensa con los pies.
Hay numerosos ejemplos célebres de esta práctica. Desde
los pitagóricos, que caminaban unas cuantas horas por la mañana, hasta Sócrates, Descartes, Rousseau, Heidegger, Bacon,
o Hobbes. Aristóteles quizás fue el más famoso, porque institucionalizó la costumbre entre sus adeptos en el Liceo. Los alumnos tenían que seguir a buen paso al maestro mientras este iba
desgranando algún tema. Nietzsche da una receta infalible:
«No escribo únicamente con la mano: el pie quiere estar siempre con el escritor. Firme, libre y valiente corre conmigo ya a
través del campo, ya a través del papel».
De la misma manera, conozco pocos métodos tan efectivos
para acelerar la mente como el insomnio. Dormir, soñar, permite una ruptura con la realidad, con el orden diurno de la luz.
Plantea la posibilidad de evitar vivir como si toda la existencia
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no fuera más que «un solo periodo ininterrumpido de vigilia,
sin discontinuidad». Este periodo de reposo permite además
olvidar, a la vez, el mundo y las cosas, pero también es un olvido
del tiempo y de su principio demoníaco. En efecto, la memoria
es el verdadero sustento de la causa del dolor.
Cuando es el momento de dormir y no podemos conciliar
el sueño parece como si el cuerpo fuese por un lado y la cabeza por otro. No es placentero, pero tampoco desagradable. Los
brazos, las manos, las piernas, la espalda quedan adormecidos
en el colchón mientras el juicio se acelera. Como no tiene que
arrastrar el lastre del cuerpo, siempre presente en la vigilia, la
conciencia viaja a la velocidad de la luz. Extrañas relaciones que
nos habían pasado desapercibidas se hacen patentes, temas insignificantes adquieren un protagonismo inusual, nuevas propuestas se imponen a la voluntad sin que esta pueda resistir su
embate de día o de noche.
La creatividad es, entonces, la consecuencia directa del insomnio y de la fatiga que este destila, en estrecha relación con
la soledad. La lucidez toma el lugar de la posibilidad de olvidar
y de conducirse a través de la desesperación, porque muestra
el mundo y la existencia tal como son. El lúcido, de esta forma,
manifiesta una rara «toma de conciencia», en palabras de Cioran, un pensador que estuvo flagelado por el insomnio durante
toda su vida. El pensador rumano despreciaba a aquellos que
podían dormir con facilidad.
Ayer por la noche, a las tres de la mañana, mientras cavilaba
no se sabe qué, vislumbré una extraña coincidencia entre estas
tres realidades. Practicando la natación, paseando o sometidos
a la dictadura del insomnio podemos experimentar una extraña disociación entre el cuerpo y la conciencia. La realidad física pierde su protagonismo, precisamente en el momento que
la tenemos más presente con la fatiga. La conciencia consigue,
aunque solo sea momentáneamente, cortar el cordón umbilical
que la une con la materia y elevarse. Nada es tan evidente para
un gimnasta del espíritu como Platón: pocas cosas son tan codiciadas por sus discípulos.
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