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Las cinco vocales de la Pedagogía

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Las cinco vocales de la Pedagogía
LAS CINCO VOCALES DE LA PEDAGOGIA
Por: Antonio Pérez Esclarín
Centro de Formación P. Joaquín, Fe y Alegría-Venezuela
Maracaibo, Agosto 2002
Son ellas lo primero que aprendimos en la escuela: a, e, i, o, u. Tal vez nos traigan cadencias
musicales y recuerdos de infancia. Están presentes en todas las palabras. Sin ellas no es
posible la expresión ni la verdadera comunicación; no es posible el pensamiento.
Para la necesaria construcción de la pedagogía popular de Fe y Alegría, voy a dejarme guiar
por las cinco vocales y espigar en torno a ellas unas pocas palabras claves, que espero nos
ayudarán a afianzar una serie de principios pedagógicos sencillos, esenciales y fáciles de
recordar. Sobre ellas, podemos construir sesudas elucubraciones y teorías. Sin ellas, todo
puede resultar erudición hueca y estéril. No olvidemos nunca que lo culto es sencillo. Yo
pongo las vocales. Que cada uno ponga los acentos,
A
Amor: Es el principio pedagógico esencial. Amor se escribe con “a” de ayuda, apoyo, ánimo,
acompañamiento, amistad. El educador es un amigo que ayuda a cada alumno, especialmente
a los más débiles y necesitados, a triunfar, a crecer, a ser mejor. El amor crea seguridad,
confianza, es inclusivo, no excluye a nadie. Es paciente y sabe esperar, por eso respeta los
ritmos y modos de aprender de cada uno y siempre está dispuesto a brindar una nueva
oportunidad. Amar no es consentir, sobreproteger, alcahuetear, dejar hacer. El amor no crea
dependencia sino que da alas a la libertad e impulsa a ser mejor. Busca el bien-ser y no sólo el
bienestar de los demás. Ama el maestro que cree en cada alumno, lo acepta y valora como es,
con su cultura, sus carencias, sus talentos, sus heridas, sus problemas, su lenguaje, sus sueños,
miedos e ilusiones; celebra y se alegra de los éxitos de cada alumno aunque sean parciales; y
siempre está dispuesto a ayudarle para que cada uno llegue tan lejos como le sea posible en su
crecimiento y desarrollo integral. Además de amar a sus alumnos, el verdadero educador ama
la materia que enseña (por ello siempre está buscando, investigando, actualizándose) y ama el
enseñar, es educador por vocación.
¿Quiero realmente a todos y cada uno de mis alumnos, especialmente a los más débiles y
necesitados? ¿Se sienten ellos queridos por mí? ¿Preparo con ilusión mis clases y me
actualizo continuamente para desempeñar mejor mi labor? ¿Cuál –y cuándo- fue el último
libro que leí sobre los contenidos que enseño o sobre pedagogía? ¿Qué debo mejorar en mi
práctica educativa para practicar con mayor énfasis la pedagogía del amor?
Alegría: Si hay alegría, hay motivación, hay deseos de aprender. Si en los centros educativos
brilla la alegría, habremos conseguido lo más importante. Debemos buscar y meter la alegría
en todas las actividades que planificamos y hacemos. Las aulas y todos los recintos escolares
deben invitar a la alegría y ser atractivos en lo físico y en el ambiente irradiador de
aceptación, comprensión, ayuda. La educación actual es demasiado fastidiosa y aburrida.
Muchos alumnos desertan porque no encuentran en el centro educativo respuesta a sus
intereses, preocupaciones y problemas. El objetivo principal de las planificaciones, debe ser
tener a los alumnos motivados y contentos. Hay que volver al saber con sabor, a la escuela
(scholé) como lugar del disfrute en el trabajo gratificante y compartido. Quedan prohibidas
las caras largas, las palabras ofensivas y desestimulantes, las amenazas, los ejercicios tediosos
y aburridos, las memorizaciones sin entender, los aprendizajes sin sentido. Atrevámonos a
proponer y vivir el servicio como fuente de alegría. No olvidemos nunca que “ser más es el
camino a la perfecta alegría”.
¿Me considero un educador ameno o aburrido? ¿Qué opinarían los alumnos? ¿Disfruto de
mi trabajo educativo? ¿Tengo problemas serios de disciplina, cómo los enfrento? Cuando
planifico, ¿busco conscientemente tener a los alumnos motivados y felices? ¿Lo logro? ¿Qué
me propongo para avanzar en una pedagogía de la genuina alegría?
Asombro: Desterremos la rutina, los rituales grises, las jornadas monótonas, siempre iguales.
Cada día debe ser una sorpresa, cada actividad una fuente de asombro. Atrevámonos a
innovar, a proponer, a soñar, a convertir nuestras actividades en una fiesta. Ayudemos a los
alumnos a mirar, a admirar, a contemplar, a descubrir el misterio que se oculta en cada cosa,
en cada flor, en cada persona. Seamos capaces de “acorazar” sus corazones contra la
vulgaridad, el mal gusto, la violencia, la banalidad. Volvamos a ser capaces de vivir con
ilusión nuestra vocación de educadores: “Si no se hicieren como niños, no entrarán en el reino
de la pedagogía”. El genuino maestro, más que inculcar respuestas e imponer la repetición de
normas, conceptos y fórmulas, orienta a los alumnos hacia la creación y el descubrimiento,
espolea su fantasía, promueve su inventiva, los guía para que galopen sin ataduras por los
caminos de su libertad.
¿Acudo cada día al centro educativo con ilusión, dispuesto a sorprender y dejarme
sorprender por mis alumnos? ¿Me esfuerzo por hacer de cada jornada algo sorprendente y
nuevo? ¿Qué propongo para acabar con la rutina, con esos rituales escolares monótonos y
aburridos?
Autoridad: La palabra proviene del verbo latino augere, que significa, alentar, animar,
ayudar. Las palabras auge y aupar son primas hermanas de autoridad. Todos los educadores
tienen poder pero no todos tienen autoridad. El poder se lo confiere el cargo y la institución.
La autoridad sólo pueden otorgársela los alumnos. Y la otorgarán si respetan a su maestro, si
lo valoran y quieren, si sienten que está a su servicio y se esfuerza por dar lo mejor de sí. Sólo
es deseable la autoridad que auxilia, que sirve, que aúpa, que empodera, que hace crecer. La
genuina autoridad se esfuerza por crear una disciplina consensuada, que norma y regula el
trabajo y la convivencia y por ello, está siempre al servicio del alumno, de su crecimiento y
formación.
¿Tengo autoridad ante los alumnos o simplemente poder? ¿Siento que me respetan y
aprecian? ¿Hay normas claras en el salón y en el centro educativo? ¿Han sido construidas
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con la participación de los alumnos? ¿Están realmente al servicio de los alumnos? ¿Qué me
propongo y propongo para avanzar en esta dimensión?
Alumno: Es el personaje más importante del centro educativo, sin importar su sexo, raza,
familia, color, religión, aspecto, peinado, forma de vestir... Todos son iguales y al mismo
tiempo diferentes, con el derecho y la obligación de realizarse en plenitud. Los directivos, los
maestros, los gremios, los administrativos y obreros, los programas, la distribución de los
horarios, tiempos y espacios, las actividades, ¡todo! (hasta el Ministerio de Educación) debe
estar al servicio del alumno, de todos y cada uno de los alumnos, en función de sus
aprendizajes, de su crecimiento integral. Del derecho de los alumnos a recibir una educación
de calidad, dimanan los derechos de los maestros, de los directores, de los administrativos y
obreros…quienes, en defensa de sus derechos, no pueden pisotear la fuente de donde brotan.
¿Son realmente los alumnos los más importantes en el centro educativo? ¿Lo perciben ellos
así? Los horarios, los cargos, las actividades..., ¿se organizan para buscar su mejor
beneficio? ¿Algunas veces hemos pisoteados sus derechos por defender los nuestros?
Audacia: Fe y Alegría nació como fruto de la audacia y es inconcebible sin ella. El grito del
Padre Vélaz, nuestro fundador, ¡ Atrevámonos! sigue resonando a lo largo de nuestra historia,
como invitación al coraje, a superar la tentación del acomodo y la mediocridad. Audacia para
ir más allá de lo posible, para superar el pragmatismo y sensatez de los pusilánimes y
cobardes. Audacia para innovar, para proponer, para emprender caminos siempre nuevos.
Audacia que contagie y sea capaz de provocar el atrevimiento y el riesgo, las ganas de vivir
de un modo fecundo, dando vida a los demás.
¿Me considero una persona audaz o una persona pusilánime?¿Estoy siempre en búsqueda o
me dejo llevar por la rutina? ¿Me acobardo ante los problemas y dificultades o las asumo
como retos para crecer? ¿Qué innovaciones o cambios importantes he incorporado a mi
práctica educativa en los últimos meses?
E
Escucha: En educación, hoy se habla mucho, pero se escucha y se dialoga muy poco. En
general, es el maestro el que habla y los alumnos repiten sus palabras. La pedagogía está
penetrada por una gran verborrea hueca. Los educadores deben aprender a callarse y escuchar
mucho más a los alumnos. Escuchar antes de diagnosticar, de opinar, de juzgar. Escuchar no
sólo las palabras, sino el tono, los gestos, el dolor, la ira, los miedos, el rubor tímido.
Escuchar para comprender y así poder dialogar. El diálogo exige respeto al otro, humildad
para reconocer que uno no es el dueño de la verdad, que el alumno acude al acto educativo con
saberes, vivencias y puntos de vista que el educador debe tomar en cuenta.
El diálogo
implica búsqueda, disposición a cambiar, a “dejarse tocar” por la palabra del otro. Hay que
aprender también a escuchar el silencio, para poder escucharse, y germinar en él palabras
verdaderas, coherentes, germinadoras de aliento y vida. Frente a un mundo y una cultura en
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la que triunfan los charlatanes y los mentirosos, debemos cultivar una pedagogía de la
palabra como expresión de vida, palabra-testimonio.
¿Escucho realmente a los alumnos, a los compañeros, a los padres y representantes?
¿Escucho para comprender y así poder dialogar y ayudar? ¿Soy capaz de escuchar mi
silencio para conocer qué se oculta detrás de mis acciones, mis poses, mis palabras? ¿Me
siento realmente escuchado y comprendido por mis directivos y compañeros?¿Enseño a mis
alumnos a escuchar, qué hago para ello? ¿Qué propongo para avanzar realmente en una
pedagogía de la escucha?
Éxito: No hay alumnos incapaces, que no sirven. Todos tenemos talentos, dones,
posibilidades. Somos distintos, pero todos valiosos. Todos somos buenos para algo. El reto
está en descubrirlo y potenciarlo. Cada uno debe encontrar su propio camino de realización.
Todos nacimos para triunfar. El verdadero educador cultiva con tenacidad la pedagogía del
éxito, tiene expectativas positivas de cada uno y considera el fracaso de sus alumnos también
como su propio fracaso. Evitar el fracaso supone ayudar a cada alumno a descubrir, valorar y
potenciar sus dones y cualidades positivas, de modo que pueda realizar su misión en la vida:
“Conócete a ti mismo, confía en ti, sé tú mismo”.
La pedagogía del éxito es inclusiva y
combate con tenacidad todos los mecanismos de exclusión. Implica también garantizar que
todos los alumnos adquieran el dominio de las herramientas esenciales de aprendizaje (lectura,
escritura, expresión, cálculo, pensamiento, ubicación en el espacio y en el tiempo…), que le
van a permitir seguir aprendiendo siempre. Y no olvidemos que el éxito exige esfuerzo,
constancia, coraje, vencimiento. Ayudemos a los alumnos a exigirse, a dar lo mejor de sí
mismos, a fructificar al máximo sus talentos.
¿Siento que si uno de mis alumnos fracasa, yo estoy fracasando también con él?¿Hago
siempre todo lo posible para evitar su fracaso? ¿Me esfuerzo por descubrir las cualidades y
valores de cada alumno para ayudarle a potenciarlos? ¿Asumo que todos y cada uno tienen
derecho a triunfar? ¿Me esfuerzo para garantizar que todos los alumnos adquieran las
herramientas esenciales del aprendizaje? ¿Qué cambios debo hacer en mi práctica
pedagógica para practicar la pedagogía del éxito?
Entusiasmo: Etimológicamente, la palabra significa “tener un dios dentro”: estar lleno de
energía, de creatividad, de vida, de ilusión. El verdadero maestro busca generar el entusiasmo
de sus alumnos en todas y cada una de las actividades, de los ejercicios, de las prácticas, de los
ambientes, de las relaciones, de los resultados, incluso de los errores. Por eso, no los castiga,
sino que los asume como oportunidades privilegiadas para ayudar a cada alumno a avanzar, a
superar las dificultades, a crecer. La pedagogía del entusiasmo, muy ligada a la del asombro
y la alegría, supone que el maestro se asume como un animador , como la persona más
motivada y motivadora del salón.
¿Qué hago para entusiasmar a mis alumnos? ¿Soy yo una persona entusiasmada? ¿Pierdo
fácilmente el entusiasmo? ¿Acudo al centro educativo con ilusión? ¿Asumo el error como
una maravillosa oportunidad de aprendizaje? ¿Qué puedo hacer para vivir con mayor
entusiasmo mi vocación de educador?
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Equipo: La unidad básica de la organización y el trabajo, no es el individuo, sino el equipo.
Equipo directivo, equipos de docentes, equipos de representantes, equipos de alumnos que
valoran la diversidad como riqueza, que participan, colaboran y se ayudan. Todo el centro
educativo es un gran equipo, unidos en la identidad y en la misión, en el que cada uno asume
su tarea con entera responsabilidad y cuida y se preocupa por todos los demás.
En la
educación popular no hay lugar para los solitarios ni para insolidarios. Los centros educativos
y las aulas se convierten en lugares de convivencia, en los que se aprende a compartir, a ser
solidarios, a resolver los conflictos mediante la negociación y el diálogo, de modo que se
busque el bien individual en el horizonte del bien colectivo.
¿Estamos organizados en el centro educativo como un verdadero equipo unidos en la
identidad y en la misión o cada uno anda por su lado? ¿Me considero miembro de un
proyecto educativo o simplemente un maestro de un determinado grado o un profesor de
materias? ¿Considero a los bedeles, secretarias, padres y representantes com miembros del
equipo? ¿Siento como míos los logros o problemas de mis compañeros? ¿Organizo a los
alumnos en verdaderos equipos de trabajo? ¿Están organizados los alumnos, los
representantes, los educadores?
Expresión: oral, gestual, corporal, estética, dramática, escrita. Expresar: sacar fuera lo que
uno tiene adentro. Comunicar, manifestar,
hacer público. Expresar ideas, sueños,
sentimientos. La educación tradicional niega la expresión: el maestro habla, el alumno
escucha y tiene que oír sin interrumpir, y luego decir y hacer lo que el maestro le ordena. Se
aburre, se le condena al quietismo, a la pasividad, a la repetición. Se le niega la palabra, la
posibilidad de ser. Quien no se expresa, lo suprimen, se reprime, le imprimen el sentido, le
impiden ser él. La pedagogía de la expresión promueve un ambiente motivador, de confianza,
acogida, respeto, donde cada alumno se siente motivado a decir su palabra y a comunicarla de
todas las formas posibles. Cultiva con tenacidad una escritura personal y creativa, como
medio esencial para acceder a un pensamiento propio y a la capacidad de comunicarlo con
precisión y belleza.
¿Cultivo con tenacidad las múltiples formas de expresión de los alumnos? ¿Convierto las
aulas en verdaderos talleres de creatividad y de expresión? ¿Asumo la enseñanza de la
escritura como un medio privilegiado para enseñar a pensar y a comunicar de un modo
personal y creativo el pensamiento? ¿Practico asiduamente la escritura propia y personal y
la sistematización de mi práctica como medio privilegiado de aprender? ¿Cuándo fue la
última vez que escribí algo personal, por propia iniciativa? ¿Qué cambios debo introducir en
mi práctica pedagógica para fomentar más y mejor la expresión de los alumnos?
I
Inteligencia: Capacidad de leer por dentro (intus-legere), de pensar con la propia cabeza, de
analizar los hechos y dar una opinión razonada. Inteligencia para comprenderse, comprender
a los demás, comprender el mundo y dar respuestas apropiadas a los acontecimientos y
problemas, de modo de contribuir a su transformación. Capacidad crítica, analítica, creativa,
innovadora, de resolución de problemas. Capacidad de aprender a aprender, a comprender, a
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emprender, que hoy supone la multialfabetización y el desarrollo de la curiosidad y el deseo
de aprender. Dominio de la lectura de todo tipo de textos, del contexto, de imágenes y
lenguajes digitales. Desarrollar la inteligencia supone pasar de la pedagogía de la copia y
reproducción, a la pedagogía de la creación y producción. De la pedagogía del individualismo
a la pedagogía de la cooperación. De la pedagogía de la repetición de hechos y conceptos a la
pedagogía de la solución de problemas. Las aulas se van transformando en verdaderos talleres
y laboratorios, en lugares de búsqueda, experimentación, creación. .
¿Mi pedagogía se orienta a cultivar la memoria o la inteligencia, la reproducción o la
producción, la repetición de datos y conceptos o la solución de problemas? ¿Qué me dicen en
este sentido las evaluaciones que propongo? ¿Me esfuerzo por hacer de mis alumnos, sin
importar su nivel o modalidad, lectores cada vez más autónomos y eficientes? ¿Soy yo un
verdadero lector de todo tipo de textos? ¿Qué cambios debo impulsar en mi práctica
pedagógica para desarrollar más y mejor la inteligencia de mis alumnos?
Investigación: No se aprende escuchando al maestro o profesor y repitiendo lo que dice. Ni se
aprende memorizando guías y lecciones. Se aprende buscando, experimentando,
reflexionando, discutiendo, confrontando, creando, inventando, resolviendo problemas. El
educador, como un buen entrenador, ayuda, aconseja, corrige, anima, descubre talentos y
posibilidades…, pero el que juega es el alumno o, mejor, los alumnos organizados en equipos
de investigación. Investigar no es copiar de libros o del internet. Toda investigación supone
una búsqueda consciente, un descubrimiento y la adquisición o profundización de nuevos
saberes. Investigar supone practicar más la pedagogía de la pregunta que la de la respuesta,
cultivar la curiosidad, el deseo de saber. La base de toda genuina investigación es tener una
buena pregunta, querer resolver un problema. El alumno se convierte en un investigador
cuando se encuentra con una situación problemática que no puede resolver con los
conocimientos que posee. Si alguien la resuelve por él, se habrá perdido una gran oportunidad
de aprender. Pero la investigación sólo puede surgir en un ambiente en el que se le
proporciona al alumno tiempo para experimentar, manipular, preguntar; materiales que
proporcionan información, datos pertinentes, y la oportunidad de comprobar algunas de las
soluciones. Esto requiere de un docente que sea investigador, que le guste experimentar,
descubrir, buscar.
¿Cómo concibo yo la investigación, cómo la practico personalmente? ¿Qué he investigado en
mi vida? ¿Qué he aprendido de las investigaciones que he hecho? ¿Qué estoy investigando
actualmente? ¿Cómo fomento, acompaño y guío las investigaciones que propongo a los
alumnos? ¿Qué investigaciones imporatantes hemos realizado juntos? ¿Me considero en el
salón de clase un entrenador que ayuda a que cada alumno juegue su propio partido lo mejor
posible, o me considero el jugador más importante?
O
Organización. No es posible una buena educación sin una organización eficaz y el
compromiso con ella de todos los miembros. La organización supone unidad de propósitos,
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ayuda mutua, unión en la identidad, en la misión y en la vivencia de los valores. Todo en el
centro educativo (horarios, tiempos, reglamento, reuniones, actividades especiales, jornadas de
formación de los maestros, selección de cargos…) debe estar orientado a lograr el aprendizaje
y crecimiento de los alumnos. Todo el personal (directivos, maestros, bedeles, secretarias,
personal de la cantina...) tienen una función educadora. La organización del centro educativo
y de cada uno de los salones debe responder a la pedagogía de la comunicación, la
responsabilidad, el trabajo, la expresión y la investigación. De nada sirve sustituir los pupitres
por mesas u organizar a los alumnos en círculo, si el educador sigue acaparando la palabra. La
organización supone una buena planificación y una evaluación permanente y formativa.
Cada uno tiene que saber bien lo que tiene que hacer y asumirlo con responsabilidad. “Quien
no sabe dónde va, es posible que no llegue”. “Si no sabemos dónde vamos, no tiene sentido el
ir juntos”. La genuina educación se opone a la improvisación, al espontaneismo y a la
anarquía. La planificación explicita lo que queremos lograr y lo que necesitamos para ello. La
evaluación formativa tiene como finalidad conocer si estamos logrando lo que nos
proponíamos, para reorientar los procesos pedagógicos y poder brindarle a cada alumno la
ayuda que necesita. Por ello, toda genuina evaluación debe ser siempre también
autoevaluación. Alumno y educador deben autoevaluarse a la luz de los resultados de las
evaluaciones realizadas.
¿Me considero una persona organizada? ¿Tengo claro lo que espero que logren los alumnos?
¿Lo tienen ellos claro? ¿Cómo están organizados los alumnos en el salón? ¿Planifico bien
todas las actividades que realizo? ¿Asumo la evaluación como una estrategia para revisar los
procesos y conocer cómo va cada uno de los alumnos, para así brindarle la ayuda que
necesita? ¿Me autoevalúo a la luz de los resultados de las evaluaciones de los alumnos?
¿Estamos verdaderamente organizados en el centro educativo? ¿Qué cambios me propongo
para trabajar más organizadamente?
Observar: mirar, estar atento para conocer lo que sucede en el salón y fuera de él. Mirada
que se esfuerza por comprender a cada alumno, y es capaz de acercarse a su dolor, su fastidio,
su agresividad, sus dificultades. Mirada profunda, que no se contenta con explicaciones
superficiales y trata de ir al fondo de las conductas, de los problemas, de los conflictos, para
hacer de ellos oportunidades educativas. “Lo esencial es invisible a los ojos. Sólo se ve bien
con el corazón” (S. Exupery). Mirar con ojos cariñosos, que acogen, que estimulan, que
superan las barreras, que dan fuerza. Preguntarse no sólo quién es el que miro, sino por qué lo
veo así. Mirada atenta para descubrir las posibilidades, los talentos ocultos, las fortalezas de
cada uno, para que las convierta en vida, en dignidad. Mirada que acompaña, que orienta, que
respeta, que genera confianza, que ayuda a cada alumno a encontrar su rumbo, a superar sus
fracasos. Mirar y enseñar a mirar. Educar la mirada para no considerarnos como rivales o
amenazas, sino para ser capaces de reencontrarnos como compañeros y hermanos.
¿Soy capaz de mirar a cada alumno con los ojos del corazón? ¿Me esfuerzo por descubrir sus
posibilidades, sus fortalezas, más allá de las apariencias? ¿Se sienten ellos acogidos,
comprendidos, queridos en mis ojos?
¿Asumo los conflictos como oportunidades
privilegiadas para ir al fondo de las cosas y salir robustecidos de ellos?
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U
Unico: No existe “el alumno” tipo; existen alumnos concretos, de carne y hueso, con un
nombre, una historia, una familia específica, unas heridas, unas fortalezas y posibilidades. No
hay dos alumnos iguales. Cada uno es diferente, único, irrepetible, con unos saberes y unos
ritmos y modos propios de aprender. Con una misión en la vida que le tenemos que ayudar a
descubrir y realizar. De ahí que todos tienen derecho a la diversidad cultural y a la igualdad de
oportunidades. Derecho al respeto y a la equidad. Esto implica aceptar a cada alumno como
es, con su cultura, su lenguaje, sus miedos, sus deseos, su carácter. Si aceptamos que cada uno
es diferente a los demás, no podemos compararlo con los otros, y debemos ayudarle a que
vaya tan lejos como pueda en su desarrollo personal. Más que competitivos contra los demás,
pongámosles a competir consigo mismo, a dar lo mejor de sí, a buscar su propia excelencia
humana, de tal modo que cada uno sea capaz de levantarse de su mediocridad para alcanzar
las metas de sus posibilidades. Esforcémonos en ayudar a cada uno a ser competente y
cooperador, de modo que pueda vivir su realización en el servicio a los demás. La genuina
convivencia supone superar la mera tolerancia, para asumir la diversidad como riqueza. No
olvidemos nunca que precisamente porque todos somos iguales, todos tenemos derecho a ser
diferentes.
¿Me esfuerzo por comprender y aceptar a cada alumno como es? ¿Respeto su cultura, sus
costumbres, su lenguaje, sus formar de aprender? ¿Los asumo y parto de ellos para así poder
ayudar mejor a cada uno? ¿Cómo podría demostrar que sí lo hago? ¿Evito las
comparaciones, tengo preferencias, trato a algunos mejor que a otros? ¿Le exijo a cada uno
según sus posibilidades? ¿Qué cosas debo cambiar y mejorar en mi práctica pedagógica a la
luz de estos principios?
Utopía: Para no perder nunca la ilusión, para no conformarse con los pequeños logros, para
superar la tentación de la rutina, el acomodo, la mediocridad, la desesperanza. Utopía para
confrontar la crisis de fe, crisis de esperanza, crisis de compromiso que carcome nuestra
cultura. Utopía que se niega a aceptar que no son posibles las transformaciones y cambios
profundos, la posibilidad de construir una sociedad más humana y un futuro digno para todos.
Utopía que, porque espera, se compromete, y se transforma en osadía y fuerza para afrontar
los nuevos retos. Utopía que asume la educación como una tarea humanizadora, capaz de tocar
las fibras más sensibles del ser humano e invitarle a la valentía del servicio, la solidaridad y la
libertad. Utopía que nace y se sustenta en una gran fe comprometida. En palabras de Freinet:
“No podemos preparar a nuestros alumnos para que construyan mañana el mundo de sus
sueños, si nosotros ya no creemos en esos sueños. No podemos prepararlos para la vida, si no
creemos en ella. No podemos mostrar el camino, si nos hemos sentado, cansados y
desorientados, en la encrucijada de los caminos”
¿Me considero una persona de fe, esperanza e ilusión? ¿Me perciben así los demás? ¿Estoy
comprometido en la transformación profunda de este mundo? ¿Asumo la educación como una
siembra de esperanza y compromiso? ¿Qué podría hacer para aumentar mi fe, mi esperanza y
mi compromiso?
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