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François Cheng Cinco meditaciones sobre la muerte

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François Cheng Cinco meditaciones sobre la muerte
François Cheng
Cinco meditaciones
sobre la muerte
es decir sobre la vida
Traducción del francés de
María Cucurella Miquel
El Árbol del Paraíso
Índice
Nota del editor francés
9
Cinco meditaciones sobre la muerte
Primera meditación
11
Segunda meditación
29
Tercera meditación
51
Cuarta meditación
69
Quinta meditación
89
Nota del editor francés
Para decir lo esencial de lo que quería transmitir sobre la belleza –un tema
que, a sus ojos, comprometía nada menos que a la salvación del mundo, como
afirmara antaño Dostoievski–, François Cheng sintió que tenía que dar un
rodeo por la oralidad, mediante el encuentro con seres de carne y hueso. Sus
Cinco meditaciones sobre la belleza fueron así compartidas con un grupo
de amigos a lo largo de cinco veladas memorables antes de compartirlas con un
público amplio por medio de la escritura.
Siete años más tarde, a la edad de noventa y cuatro años, el poeta sintió
una imperiosa necesidad de hablar sobre la muerte. Sobre la muerte, es decir
sobre la vida, puesto que su propósito, en el cruce entre el pensamiento chino
y el occidental, se inspira en una visión ardiente de la «vida abierta». Pero si
la belleza era para él un tema demasiado vital, demasiado urgente como para
ser objeto de un tratado académico, ¡qué decir entonces de la muerte! Por eso
el mismo proceso entre el intercambio oral y la escritura se impuso aquí como
una evidencia1.
Las presentes meditaciones han nacido, pues, del acto de compartir, marcadas por el sello del intercambio entre el poeta y sus interlocutores. El lector se
convertirá también en parte activa de este intercambio, podrá contarse entre el
número de los «queridos amigos» a los que se dirige el autor. Lo escuchará, en
el atardecer de su vida, expresarse sobre un tema que muchos prefieren evitar.
1
Como los encuentros que habían presidido el nacimiento de las Cinco meditaciones
sobre la belleza (Albin Michel, 2008), las que se tratan aquí se beneficiaron del marco de
una bella sala de yoga, en la sede de la Federación nacional de los enseñantes de yoga.
Agradecemos calurosamente a sus responsables su hospitalidad, especialmente a Ysé Tardan-Masquelier y Patrick Tomatis.
9
Helo aquí, entregándose como quizá no lo hubiera hecho nunca, y entregando
una palabra a la vez humilde y audaz. No tiene la pretensión de elaborar un
«mensaje» sobre la vida después de la muerte ni un discurso dogmático, sino
que da testimonio de una visión. Una visión en movimiento ascendente que
invierte nuestra percepción de la existencia humana y nos invita a considerar la
vida a la luz de nuestra propia muerte, ya que la conciencia de la muerte, según
él, vuelve a darle todo su sentido a nuestro destino, que forma parte integrante
de una gran Aventura en devenir.
Y como en las Meditaciones sobre la belleza, estamos aquí frente a un
pensamiento en espiral que no duda en volver varias veces sobre algunos temas,
sobre algunas palabras, para interrogarlas más en profundidad. Sin embargo,
este pensamiento en sí mismo es consciente de los límites del lenguaje, ya que
llega siempre un momento en que la muerte nos deja sin voz. El silencio se
impone entonces... o bien el poema, que es palabra transfigurada. Por eso la
última de estas meditaciones toma prestada la voz poética, para que el canto,
más allá de la muerte, tenga la última palabra.
Jean Mouttapa
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Primera meditación
Queridos amigos, muchas gracias por haber venido, gracias por
habitar este espacio de acogida con vuestra presencia. Nos hemos
reunido en esta hora fijada de antemano, entre el día y la noche. A
partir de este instante, el lenguaje que nos es común tejerá un hilo de
oro entre nosotros para intentar dar a luz a una verdad que pueda ser
compartida por todos.
No obstante, a poco que reflexionemos sobre ello, estamos obligados a admitir que nuestra procedencia se remonta a muy atrás. Cada
uno de nosotros es heredero de un largo linaje, formado por generaciones que no conoce, y cada uno está determinado por lazos de sangre inextricables que no ha escogido. Nada auguraba que pudiéramos
tener el deseo y la capacidad de estar aquí juntos, de encontrarle sentido al simple hecho de estar juntos en este lugar. ¿No es verdad que
estamos perdidos en un universo enigmático en el que, según muchos,
reina el puro azar? ¿Por qué el universo está ahí? No lo sabemos. ¿Por
qué la vida está aquí? ¿Por qué estamos aquí? No sabemos nada, o
casi. Según la teoría más extendida, el universo aconteció por azar. Al
principio, algo extremadamente denso explotó en millones y millones de fragmentos. Mucho más tarde, sobre uno de estos fragmentos
apareció un día la vida también por azar. Se produjo el encuentro
improbable de algunos elementos químicos y ¡«aquello» prendió! Una
vez desencadenado el proceso, «aquello» no cesó de empujar, de crecer
en volumen y en complejidad, de transmitirse y transformarse, hasta el
advenimiento de los seres que llamamos «humanos». ¿Qué importancia tienen estos últimos en comparación con la existencia gigantesca,
por decirlo así, sin límites, del universo? El fragmento sobre el cual
apareció la vida, ¿no es acaso un grano de arena en medio de otros
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incontables fragmentos? Según una concepción bastante conocida, un
día el hombre se borrará, la vida misma se borrará, sin dejar otra huella
que una corteza desecada perdida en la inmensidad del universo. Desde esta perspectiva, ¿no resulta un poco irrisorio, es decir, completamente ridículo, que nos tomemos en serio nuestra existencia, que nos
reunamos esta noche y aquí, doctamente, nos propongamos meditar
sobre la muerte, y a partir de ella sobre la vida?
¿Cómo negar, sin embargo, que si estamos aquí es porque esta
problemática existe y nos preocupa? Que exista es ya un indicio en
sí. Si fuera absolutamente imposible dotar de sentido a nuestra existencia, la idea misma de sentido nunca se nos hubiera ocurrido. Pero
sabemos que la humanidad, desde siempre, se pregunta por el porqué
de su presencia en el seno del universo, universo que ha aprendido
a conocer un poco y a amar mucho. Sabemos también que esta pregunta resulta más perentoria por cuanto que, al mismo tiempo, nos
sabemos mortales. La muerte, sin darnos tregua, nos empuja hasta
la última trinchera. Esta es sin duda la razón por la cual tengo la
temeridad de presentarme ante vosotros. No estoy particularmente
cualificado para ello. Algunos rasgos, después de todo muy banales,
constituyen mi identidad: debía morir joven y, al final, mi vida está
siendo muy larga; he pasado mucho tiempo, digamos todo mi tiempo, leyendo y escribiendo, sobre todo pensando y meditando; participo de las dos culturas situadas en los dos extremos del continente
euroasiático, con las suficientes diferencias como para desgarrarme
literalmente, para fecundarme al mismo tiempo si sé quedarme con
las mejores partes de una y otra. Mis palabras estarán marcadas por
esta confrontación de toda una vida.
Digamos desde ahora sin rodeos que formo parte de aquellos que
se sitúan decididamente en el orden de la vida. Creemos que la vida
en modo alguno es un epifenómeno de la extraordinaria aventura del
universo. No nos conformamos con la visión según la cual el universo,
no siendo más que materia, se habría creado de principio a fin durante millones de años sin tener en cuenta su propia existencia. Incluso
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ignorándose a sí mismo, ha engendrado seres conscientes y actuantes,
los cuales, aunque fuese durante un lapso de tiempo ínfimo, lo habrían
visto y sabido, y amado, antes de desaparecer. Como si todo aquello no
hubiera servido de nada... No, nos oponemos radicalmente al nihilismo que se ha convertido en la actualidad en un lugar común. Otorgamos, por supuesto, todo su valor a la materia sin la que nada existiría.
Observamos también su lenta evolución y su despertar a la vida. Pero
para nosotros, el principio de vida está contenido desde el comienzo
en el advenimiento del universo.Y el espíritu, que lleva este principio,
no es un simple derivado de la materia. Participa del Origen y, por
ello, de todo el proceso de aparición de la vida, que nos sorprende
por su increíble complejidad. Sensibles a las condiciones trágicas de
nuestro destino, dejamos sin embargo que la vida nos invada con toda
su insondable espesura, flujo de promesas desconocidas y de indecibles
fuentes de emoción.
Personalmente, tengo una razón suplementaria para formar parte
de los abogados de la vida: vengo de lo que antaño se llamaba el «Tercer mundo». Entonces formábamos la tribu de los condenados, de los
eternos cuerpo y corazón rotos2, portadores de sufrimiento y de duelos, tan poco consentidos que la menor migaja de vida era recibida por
nosotros como un don inesperado. Como desheredados que éramos,
teníamos motivos para profesar un amor infinito a la vida, ya que de la
existencia habíamos bebido toda el agua amarga, pero también habíamos probado, alguna vez, sabores inauditos.
Nosotros, pues, que rechazamos cualquier forma de nihilismo, decimos sí al orden de la vida. Esto, sean cuales sean nuestra educación
y nuestras convicciones, significa encontrarse de algún modo con la
intuición del Tao. La Vía, esa marcha gigantesca orientada del universo
2
François Cheng utiliza aquí las expresiones «crève-corps, crève-coeur», que hemos
traducido así puesto que él se inventa la expresión «crève-corps», para enfatizar y añadir
un carácter también físico a la expresión francesa, que sí existe, «crève-coeur», y que sirve
para designar a los afligidos, los que tienen el corazón desgarrado, apenado o, literalmente,
roto. (N. de la T.)
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viviente, nos muestra que un Soplo de vida, a partir de la Nada, ha
hecho acontecer el Todo. Como el materialista para quien «no hay
nada», también nosotros hablamos de la Nada, pero esa Nada significa
el Todo. Así, podemos decir, por retomar la expresión de Lao Zi, padre
el taoísmo, que «lo que es proviene de lo que no es y lo que no es
contiene lo que es».
He aquí un misterio que parece sobrepasar nuestro entendimiento.
Quizá no del todo, pues, a nuestra modesta escala, tenemos una experiencia bastante íntima de la Nada, del hecho mismo de ser mortales.
La muerte nos hace palpar el increíble proceso que hace bascular el
Todo en la Nada; nos hace concebir el estado del No-Ser. En el curso
de la vida, cada uno de nosotros se ha visto confrontado, directa o indirectamente, con la muerte de seres queridos o de desconocidos, y en
otro plano, hemos «muerto» en más de una ocasión nosotros mismos.
Esto nos hace tomar conciencia de la omnipresencia y del poder de la
muerte (muerte individual, muerte de la especie). Pero curiosamente,
una vez más, una intuición nos dice también que es nuestra conciencia de la muerte la que nos hace ver la vida como un bien absoluto,
y el acontecimiento de la vida como una aventura única que nada
podría reemplazar.
Sin embargo, antes de poder avanzar un paso, nuestra meditación
se enfrenta también al enigma de la muerte misma, un enigma que
es doble: por un lado, no estamos en condiciones de acotar la realidad de la muerte (más allá del límite fatídico, nadie ha vuelto para
dar testimonio); por otro, tampoco tenemos la capacidad de imaginar
concretamente un orden de vida donde la muerte no existiera. Todos
esperamos una eternidad de vida y esta esperanza es muy legítima:
presos en una aventura tan llena de pruebas, tenemos derecho a aspirar a ello. Pero ¿estamos realmente en condiciones de disfrutar de una
visión correcta de lo que llamamos la «vida eterna»? ¿Sabríamos en
qué condición y según qué exigencia semejante orden de vida podría
ser concebible? Para tener siquiera una idea remota de ello, haría falta
un esfuerzo de imaginación mucho más audaz, más arduo.Volveremos
sobre esto en nuestra última meditación.
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Por ahora intentemos, según nuestra experiencia de la vida aquí,
imaginar por un instante una forma de existencia en la que los seres
ignorasen la muerte por completo. Por lo tanto estarían aquí desde
siempre, serían desde siempre contemporáneos. Por otra parte, palabras como «siempre» y «contemporáneo» probablemente no existirían
en su vocabulario ya que, de hecho, el tiempo estaría ausente de su
universo. Habiéndose dado desde siempre, no tendrían la idea de un
flujo y una renovación, menos aún la de la transformación o la transfiguración. Al ser algo repetible y diferible, no habría en ellos ni impulso irresistible ni deseo irreprensible para alguna forma de realización.
No experimentarían extrañamiento alguno, ningún reconocimiento
ante la existencia, percibida por ellos como un dato que continuaría
de modo indefinido y nunca como un don inesperado, irremplazable.
No vayamos más lejos en la descripción de este mundo supuesto.
Ha conseguido el mérito de hacernos tomar conciencia de lo que
constituye la esencia de la noción de vida. Se nos ocurre una palabra
que parece caracterizar esta noción: se trata de «devenir». Sí, esto es la
vida: algo que adviene y que deviene. Una vez acontecida, entra en el
proceso del devenir. Sin devenir, no habría vida; la vida no es más que
deviniendo. De este modo, comprendemos la importancia del tiempo.
Es en el tiempo donde esto se desarrolla. Ahora bien, ¡el tiempo es
precisamente el que nos ha conferido la existencia de la muerte! Vidatiempo-muerte es un todo indisociable, salvo que sea muerte-tiempovida. Por muchos malabarismos que hagamos, no podemos escapar a
estas tres entidades concomitantes y cómplices que determinan todo
fenómeno viviente. Ya que si el tiempo nos parece un terrible devorador de vidas, es a la vez el gran proveedor de ellas. Soportamos su
dominio y es el precio que hay que pagar para entrar en el proceso
del devenir. Este dominio se manifiesta a través de incesantes ciclos
de nacimientos y muertes; fija la condición trágica de nuestro destino,
una condición que podría ser también el fundamento de una cierta
grandeza.
Por la muerte corporal que es causa de nuestra angustia, de nuestro pavor, que en manos de criminales se convierte en el instrumento
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supremo del Mal –tema al que consagraremos otra meditación–, descubrimos con espanto que es necesaria para la vida. Lo descubrimos
con espanto o bien desde un estado de recogimiento, según nuestro
ángulo de visión, pues la muerte puede revelarse como la dimensión
más íntima, la más secreta, la más personal de nuestra existencia. Puede ser aquel nudo de necesidad en torno al cual se articula la vida.
En este sentido, es revolucionario el Cántico de las criaturas de Francisco de Asís, que llama a la muerte corporal «nuestra hermana». Un
cambio de perspectiva se nos ofrece entonces: en lugar de mirar a la
muerte desde este lado de la vida con espanto, podríamos integrar
la muerte en nuestra visión de la vida y configurar la vida desde el
otro lado, que es nuestra muerte. En esta posición, mientras estamos
en vida, nuestra orientación y nuestros actos serían siempre impulsos
hacia la vida.
Si no hacemos esta inversión, permanecemos dominados por una
visión cerrada según la cual, hagamos lo que hagamos, nuestra vida se
convierte en un pez que se muerde la cola, con una conclusión que
se resume en una palabra: la nada. De ello se sigue que vemos el desarrollo de nuestra vida como la estancia en prisión de un condenado
a muerte cuya ejecución es aplazable pero ineluctable, o como la carrera de un coche conducido «a tumba abierta» por un loco, hasta que
sobrevenga el accidente a la vez imprevisto y previsible. En cambio, si
consideramos la vida a partir de una comprensión profunda de nuestra muerte, gozamos de una visión más abierta en la medida en que,
justamente, conforme al proceso del origen de la vida, tomamos parte
en la gran Aventura y cada momento de nuestra vida es entonces un
impulso hacia la vida.
Es aquí donde nuestra meditación llega a una curva. Para ayudarnos a avanzar, prestemos atención a aquellos de nuestros predecesores
que han abordado seriamente el problema de la muerte. Siguiendo el
ejemplo de Heidegger, nos fiamos, más allá de la especulación filosófica, de las palabras de los poetas, no por su lirismo sino a causa de la
fulgurante intuición que las ha suscitado, de su formulación eminen18
temente encarnada. Pensamos en Ovidio, Dante, los poetas metafísicos ingleses, Milton y Eliot, y por el lado francés, en Lamartine, Baudelaire, Péguy,Valéry o Claudel. Pero el punto de vista más original es
sin duda el de Rilke. Desde su célebre poema de juventud «Señor, da
a cada uno su propia muerte» hasta las Elegías de Duino, su última obra,
la muerte fue el tema central de su vida. Propongo que nos demos un
poco de tiempo para escuchar su voz. Me resultaría imperdonable si
no lo hiciera, ya que estoy esencialmente de acuerdo con él, acuerdo
que se me apareció como una evidencia desde mi primera lectura de
«Señor, da a cada uno su propia muerte».
Fue poco tiempo después de mi llegada a Francia, a finales de 1948;
tenía casi veinte años. Este poema resonaba tanto en mí que creía escuchar mi propia voz en él. Me permito recordar que antes de esa fecha,
todos los años de mi adolescencia y de mi juventud sucedieron bajo el
signo de la guerra: guerra de resistencia contra los japoneses (1937-1945)
y guerra civil a partir de 1946. China, en pleno desorden, se había hundido en la miseria. Sobre un fondo de combates, éxodos, bombardeos y
enfermedades, cuyos nombres son sinónimos de muerte –tuberculosis,
malaria, meningitis, cólera...–, nuestra vida pendió de un hilo durante
largos años. Los de mi generación pensábamos que moriríamos jóvenes;
yo, frágil de salud, más que otros. Sin embargo, nuestro deseo de vida
nunca había sido tan intenso. Nuestra hambre y nuestra sed de existir no
tenían límites. El más mínimo rayo de sol o la menor gota de rocío nos
hacía palpitar; el menor sorbo de leche de soja o el menor bocado de
frutos salvajes tenía para nosotros un sabor infinito; la pasión de amor ya
nos había apresado, nos quemaba, sabor de miel y ceniza.
Más tarde, mi primer poema en francés, un cuarteto, hacía eco de
esta experiencia:
Hemos bebido tanto rocío
a cambio de nuestra sangre
que la tierra cien veces quemada
nos hace agradecer estar vivos.
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