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Paraguay Isla rodeada de tierra - Portal de la Cultura de América

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Paraguay Isla rodeada de tierra - Portal de la Cultura de América
PARA HACER MEMORIA
La UNESCO cuenta con un valioso acervo editorial que incluye trabajos
dedicados al universo de la memoria y la tradición oral, que merecieran ser mejor
conocidos en la región, lo que trataremos de lograr mediante ésta sección. Con
este fin reproducimos el articulo Paraguay, una isla rodeada de tierra, escrita para
El Correo de la UNESCO, por el novelista Augusto Roa Bastos (agosto 1977); y el
comentario del Dr. José Antonio Portuondo al libro Memoria de América en la
poesía, publicado por Ediciones UNESCO en 1992, con motivo del Quinto
Centenario del Encuentro de Dos Mundos.
Paraguay
Isla rodeada de tierra
Augusto Roa Bastos
En un pequeño ensayo publicado hace muchos años
escribí que en el panorama general de la cultura
hispanoamericana el Paraguay ha sido siempre una
tierra poco menos que desconocida: una isla rodeada de
tierra en el corazón del continente. En aquel estudio
llamaba la atención sobre el hecho de que los
indagadores de la cultura de nuestra América no se
habían esforzado mucho en desentrañar las causas que
hacen de la cultura paraguaya una terra incognita,
vedada al parecer por misteriosos motivos a la
exploración y al análisis.
Ocurre, sin embargo, que el Paraguay como nación y
como pueblo es uno de los países que en América han
sufrido la mayor carga de peripecias y vicisitudes. Su
historia parecería, si no fuese objetivamente real, la
fabulación de un dramático destino, de una tragedia
ininterrumpida, con tramos de grandeza y plenitud, sin
embargo, muy altos y significativos. Los principales
hechos podrían resumirse como sigue:
Desde esta isla rodeada de tierra se desarrolló la
expansión colonial en busca del alucinante, del huidizo
mito de Eldorado.
En el tiempo de los comienzos la pequeña isla configuró
la mayor posesión territorial que detentaba en una
sola zona administrativa la dominación colonial.
El Paraguay fue entonces la Provincia Gigante de
las Indias que abarcaba casi medio continente, desde
las tórridas selvas tropicales hasta
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los hielos del extremo sur en la Tierra del Fuego. La
Provincia Gigante tuvo su apogeo hacia finales del XVI.
Cuando el espejismo del aúreo metal se esfumó, solo les
quedó a los conquistadores la enorme cantera humana
de la población indígena, que les resultó al final una
magra compensación. Comenzaron a explotar "el oro de
sus cuerpos", ese metal oscuro, viviente, que en lugar de
agotarse se propagaba sin cesar, proveyéndolos de
mano de obra esclava en la economía de subsistencia
agraria de las Encomiendas de Indios; de mujeres
esclavas en los serrallos; de una descendencia mestiza,
la de los que luego serían los mancebos de la tierra o
criollos, los que a su vez iban a superar a sus padres
blancos en la opresión de sus hermanastros nativos que
no habían tenido el "privilegio" de ser hijos de europeos.
Hacia fines del siglo XVI y comienzos del XVII, la
inmensa nebulosa de la Provincia Gigante empezó a
contraerse, a disgregarse. Perdió el mar. Inauguró su
destino de isla rodeada de tierra, bajo los peores
auspicios. Se convirtió en la provincia pobre que la
administración metropolitana abandonó a su suerte.
Entretanto, en la provincia pobre había surgido el
increíble experimento de las reducciones jesuíticas que
con el nombre de República de los guaraníes y
combinando la evangelización con la explotación
material de la población originaria, instauró un imperio
dentro de otro imperio: el imperio jesuítico que acabó
enfrentando al de la Corona y desbordando sus intereses
económicos con su famoso régimen de división y
explotación colectivista del trabajo. En la provincia
pobre del Paraguay aconteció también el primer
movimiento insurreccional de carácter masivo contra el
absolutismo metropolitano. Entre 1717 y 1735 estalló la
revolución de los comuneros que, en cierto modo, era la
continuación en América del levantamiento comunero
de Castilla contra la dominación usurpadora de Carlos
V. La revolución comunera en el Paraguay duró
prácticamente hasta 1737.
En 1767, treinta años después de estos acontecimientos
memorables, los jesuitas fueron expulsados por Carlos
III, un monarca que vio ya claramente en el "imperio"
instaurado por los hijos de Loyola no solo un
bastión casi inexpugnable erguido contra la autoridad
real, sino también un ejemplo peligroso para el régimen
abusivo y compulsivo de la administración colonial.
Primero, los jesuitas desarrollaron un sistema
de organización espiritual y temporal más humano que
el de las encomiendas; segundo, este sistema, el primero
de su tipo en América, preservó la lengua y la cultura de
los indígenas, al mismo tiempo que sus modos
tradicionales de producción. No fue raro
entonces que algún cronista hablase del
"régimen comunista" establecido en las reducciones:
república-imperio comunista. La confusión semántica
de estas denominaciones no desdibuja sin embargo la
vigorosa realidad de aquel experimento que anticipó en
casi un siglo la instauración de un estado autárquico,
independiente y soberano en el Paraguay.
Este estado autárquico que comenzó a instaurarse bajo
la dictadura vitalicia del Dr. José Gaspar Rodríguez de
Francia (1816-1840) y alcanzó su auge durante los
gobiernos de Carlos Antonio López y Francisco Solano
López, su hijo, fue destruido y arrasado a sangre y
fuego en 1870, a lo largo de la guerra de cinco años,
llamada de la Triple Alianza, que la Argentina y el
imperio del Brasil, arrastrando al Uruguay, desataron
contra el Paraguay en 1865, en una confabulación
secreta que contó con el patrocinio del imperio
británico. Esta guerra de depredación y de conquista
diezmó la población viril del Paraguay, lo sometió a las
exacciones y a la continuada dependencia de los países
vencedores. Este largo martirio de todo un pueblo,
celoso de su independencia y soberanía, quebró la línea
de su destino histórico y convirtió al Paraguay, que
había sido el país más adelantado de América Latina, en
uno de los más pobres y atrasados.
Sobre el fondo de este complejo entrelazamiento de los
hechos capitales de su historia y su aislamiento
geográfico deben ser situados los problemas de la
cultura paraguaya. Solo de este modo pueden
plantearse correctamente las tentativas de
aproximación a su realidad material y cultural, a los
enigmas de su destino como nación y, en consecuencia,
al drama de su expresión.
Es aquí, en el plano de su expresión, donde aparecen
primeramente las dificultades más agudas para la
comprensión de la "incógnita paraguaya". Al
aislamiento geográfico se superpone el aislamiento
idiomático; al cerco de su mediterranei-dad, el doble
cerco bilingüe: la coexistencia, desde hace cuatro
siglos, de dos idiomas, el castellano y el guaraní -la
lengua del conquistador y la lengua del conquistadoque sirven paralelamente, aunque no
complementariamente, como instrumentos de
comunicación a toda una colectividad.
Este es un caso único en América Latina. No existe
ningún otro país en el área hispanoparlante que ofrezca
las mismas particularidades o parejas similitudes y
analogías.
Durante mucho tiempo solo tuvo vigencia el tópico de
que el Paraguay es un país bilingüe y de que este
bilingüismo constituía para algunos una rémora en el
camino de su progreso cultural y para otros su mayor
riqueza.
"La denotación del fenómeno lingüístico en el Paraguay
-escribe el padre Bartomeu Melía, máxima autoridad
en esta materia-como una situación 'típica'
de bilingüismo está muy generalizada y es
aceptada incluso por los lingüistas que en
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otras cuestiones no aceptarían sino los 'hechos de
lengua' y los análisis objetivos. Ahora bien, el
bilingüismo en el Paraguay es un mito (tomando mito
en el sentido de fábula ideológica)." Y agrega: "Desde
los días de la conquista y de la colonia el Paraguay ha
aparecido como un caso único de bilingüismo. Dos
lenguas, dos culturas han coexistido y han convivido, al
parecer armoniosamente, modificándose y
conformándose mutuamente... En este sentido, el
Paraguay sería el triunfo del espíritu colonial, habiendo
suprimido y superado el antagonismo de amo y esclavo,
de dominante y dominado. Mas aún: 'hemos llegado al
extremo de que la lengua del pueblo conquistado sea la
que domine', se quejaba el gobernador Lázaro de Ribera
a fines del siglo XVIII."
Es importante retener estos conceptos, sobre todo en
función de lo dicho al comienzo en cuanto a la relación
de la lengua dominante -la del conquistador- y la lengua
dominada -el guaraní-. Esta situación conflictiva en el
proceso del mestizaje enfrentó desde el comienzo un
nivel de notorio desequilibrio y alteración
sociolingüística: para el infante mestizo, es decir para el
niño nacido de padre europeo y madre indígena, la
lengua materna era naturalmente el guaraní y el
castellano o español la lengua impuesta y asumida
como signo de autoridad; lengua que a su vez iba a
emplear el mestizo, criollo o mancebo de la tierra para
imponer su propia autoridad sobre los naturales. En el
duro régimen de las Encomiendas -menos riguroso sin
embargo en el Paraguay que en otras partes de América
conquistada y colonizada-, el mestizo y el indígena
sintieron que la lengua del padre o del amo, según los
casos, era precisamente el atributo de su dominación,
tanto o más que los elementos materiales: las armas, las
herramientas, los alimentos, las viviendas, las
costumbres en que el poderío señoreaba.
"... a diferencia del documento escrito, la
fuente oral envuelve todo el relato con su
subjetividad; los informantes son historiadores
y el historiador es parte de la fuente. Así la
historia oral cambia la forma de escribir, el
narrador ya no es más un observador distante
e imparcial; sino uno de los personajes y la
manera de contar la trama es ahora parte de
la historia que está siendo contada."
Patricia Ponce Jiménez
Oralidad 4, p. 43
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En las reducciones misioneras el indio escuchaba las
predicaciones y rezaba en guaraní. No le cambiaron su
lengua. Le cambiaron sus rituales, su liturgia, su Dios,
sus dioses, su sentido de la naturaleza, del mundo, del
universo, que resplandecen aún hoy, como un rescoldo
inextinguible, en sus mitos cosmogónicos.
No ocurrió entonces lo que el gobernador Lázaro de
Ribera comunicaba en su memorial, a la vez quejoso y
alarmado: la lengua del pueblo conquistado no era, no
podía ser, la lengua dominante. Se replegó en los
hondones de la memoria colectiva; se depositó y
catalizó allí como el sedimento originario que iba a
dominar desde adentro la expresión emocional del
paraguayo bilingüe o no bilingüe.
A este respecto precisa Meliá: "La sociedad colonial fue
desde el principio oficialmente castellana; la lengua
guaraní no entraba en la administración ni en la política
oficial. El guaraní colonial carecía de sostén literario,
cuando al mismo tiempo estaba en contacto con una
lengua castellana que había entrado en un marcado
proceso de literaturismo. Poco a poco iba apareciendo
un guaraní paraguayo con todas las características de
lengua vernácula: la lengua materna de un grupo
dominado social o políticamente por otro que habla una
lengua diferente." (Ver Empleo de las lenguas
vernáculas y la enseñanza, UNESCO, París, 1954, p.
48.)
Esta oposición de los sistemas lingüísticos, uno
aglutinante o polisintético en cierto modo, el guaraní, y
otro de flexión, el castellano, que se interfieren y
erosionan mutuamente en los niveles sintácticos,
semánticos y pragmáticos, es lo que puede denominarse
globalmente como bilingüismo. Pero quizás mas
correcto sería hablar de di-lingüismo.
"El Paraguay es bilingüe, pero pocos paraguayos son
bilingües -dice Meliá-; mas aún, tal vez nadie es
realmente bilingüe en el Paraguay. El bilingüismo
claramente social del Paraguay se puede caracterizar
como bilingüismo rural-urbano. Porque, aunque es
verdad que también en Asunción, la capital, se habla
guaraní, es cada día más clara la tendencia que muestran
las concentraciones urbanas hacia un monolin-güismo
español mientras en el campo la proporción de
monolingües en guaraní alcanza un índice
elevadísimo."
El uso del castellano o del guaraní está regido en el
Paraguay por factores sociales y por factores regionales,
porque está fundamentalmente dislocado en dos campos
semánticos que difícilmente se sobreponen. Incluso el
que se dice y se cree bilingüe no abordará nunca ciertos
temas en la lengua indígena; sencillamente no puede
porque el hecho social no se lo permite. Así, en realidad,
el guaraní-parlante tiene una serie de campos que le son
vedados, porque en ellos no puede hacer oír su voz; más
aún, ni siquiera los piensa, al carecer del instrumento
adecuado de la expresión lingüística.
En el caso particular del Paraguay, el problema del
bilingüismo se ve agravado por el hecho de que en esta
coexistencia varias veces secular, el guaraní -lengua
oral por excelencia, dominada socialmente y marginada
culturalmente- se va empobreciendo en su expresión
lingüística "como una patria -escribe Meliá- a la que le
han sacado inmensos territorios de expresión y va
perdiendo su capacidad de autoafir-mación cultural
completa".
De cualquier modo y cualquiera que sea la suerte que le
está reservada históricamente al guaraní, lo evidente es
que ella está estrechamente ligada a la suerte, al destino
histórico del país mismo. En igual medida que el
castellano, quizás con intensidad mayor aún.
Relegado el guaraní a ser el instrumento de
comunicación emocional de una colectividad, su fuerza
consiste precisamente en que será él, el idioma
originario, el que continuará modulando la palabra
secreta, la palabra incesante de todo un pueblo desde lo
hondo de sus sentimientos, que es como decir desde lo
más vivo de su intersubjetividad social. Ligada a los
misterios de la sangre, del instinto, de la memoria
colectiva, la sobrevivencia del guaraní está asegurada
por la densidad de ese limo lingüístico que es el sustrato
primigenio de la isla bilingüe llamada Paraguay.
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