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El último ciudadano - CICCP - Colegio de Ingenieros de Caminos

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El último ciudadano - CICCP - Colegio de Ingenieros de Caminos
El último ciudadano
Pablo Gigosos y Manuel Saravia
DESCRIPTORES
URBANISMO Y DERECHOS HUMANOS
URBANISMO SOCIAL
REFERENTE URBANO
En una ciudad cualquiera, pongamos en orden a sus ciudadanos. Como en un cuartel (permítasenos ficción tan burda),
vamos a situarlos en sucesivas filas, de acuerdo con las pautas que se utilizan en el urbanismo: con criterios de movilidad,
equipamiento y servicio, vivienda, cultura, participación, etc.
Andar
Por ejemplo, en función de su movilidad. Primero, delante de
todos, un grupo (pequeño) de gente que, además de conservar intacta su capacidad de andar, se mueve en coche, puede moverse en moto, tomar un autobús o un metro, y si viene
al caso montar en bici. De ciudad a ciudad viaja en tren, en
coche, en avión. Para ir de un sitio a otro dispone de todo un
arsenal de medios técnicos de los que hacer uso. Puede elegir, según sus conveniencias.
Detrás colocaremos otro grupo (mucho más numeroso) de
quienes quizá podrían también moverse en coche para todo
(tienen carné, tienen coche), pero prefieren utilizar casi siempre los transportes públicos, por su menor coste. No decimos
que vayan en metro o en bici porque sean ecologistas (con lo
que literalmente serían “ecologistas en acción”), pues hablamos de la capacidad de elegir. En este grupo incluimos a quienes tienen limitado el campo de elección al transporte público, la bici o el andar, por razones económicas. Pero que un
día pueden hacer una excepción, si viene al caso, y conducen.
Más atrás, aquéllos que en principio estarían entre los anteriores, pero que no tienen carné o no tienen coche. No es
ninguna minucia: para ir en coche propio hay que tener coche propio. Y para conducir, carné, y edad para tenerlo. Solo les queda, a los componentes de este grupo, para las excepciones, el recurso a la familia, los amigos (compartir coche) o el taxi. Detrás, en esta misma “fila de la movilidad”,
pondríamos a quienes tienen dificultades para dedicar un
presupuesto regular al transporte público y han de resolver su
movilidad preferentemente andando. En algún caso, en me34
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tro, por ejemplo; pero solo como excepción. Y detrás, más
atrás, al final, quienes ni siquiera pueden elegir ir en metro o
en autobús. Ni en bici, ni en taxi. Ni en coche propio. Ahí están, como caso crítico, evidente, muchos “sin techo”. Y también mucha gente mayor que no puede utilizar el autobús,
salvo si va acompañada. Gente que no tiene más que los propios pies para moverse con autonomía por la ciudad.1
Hay casos especiales, mezclas de las anteriores situaciones o circunstancias más o menos singulares. ¿Dónde colocar
a los niños, que no tienen capacidad para viajar solos en metro, pero que hasta no hace mucho podían ir andando solos
al colegio? ¿Dónde los jóvenes en moto?2 ¿Y los ciclistas maduros, que todavía pueblan tantas ciudades de otros países?
¿Dónde colocar a los discapacitados? No importa. Son casos
que habría que ordenar bien, pero que no distorsionan lo
fundamental del argumento o la imagen que se quiere presentar aquí. Veamos: podemos tener una hilera bien ordenada en función de la capacidad de moverse en la ciudad, de
elegir la forma de moverse.
Otras filas
La fila que acabamos de organizar nos sirve de ejemplo para otras muchas que podrían concebirse, igualmente útiles para
pensar el urbanismo. Por ejemplo, dependiendo de la capacidad de los ciudadanos para elegir lugar de trabajo. No solo
el tipo de trabajo, sino también el lugar donde desarrollarlo.
Ahora estará delante ese grupo de gente que trabaja en lo
que quiere, como quiere y donde quiere. En el despacho, en
el coche, en casa, incluso en el restaurante. Eligen empresa y
función. Detrás de ellos, quienes tienen una buena formación
(son técnicos superiores, hablan inglés, tienen masters) y están
en el lugar y momento (en edad, en sazón) adecuados. Sus espacios de trabajo tampoco suelen estar mal: laboran en parques tecnológicos, ciertas áreas urbanas centrales, espacios
de calidad. Se distinguen bien porque utilizan mucho los ae-
Foto: FERNANDO FUENTES
ropuertos. A continuación, quienes tienen una formación específica, pero menos versátil y referida a campos menos agradecidos. Por lo general no eligen el lugar de trabajo: están en
el banco, en la universidad (no me refiero ahora a los catedráticos), en la industria, en la hostelería, en la construcción.
También podrían entrar en este grupo, con todos sus matices,
muchos de los trabajadores del campo y de la minería (ya, ya,
los matices son ahora enormes); aunque seguramente formarían un grupo distinto, que se situaría más atrás.
Después, quienes tienen trabajos deficientes. Y al final, el
famoso ejército de reserva: los parados y los que no tienen
empleo. También los ciudadanos que trabajan en el sector informal, no protegidos por ningún estatuto. Sus condiciones de
trabajo dependen del humor del contratador. Con frecuencia
se les ve en la calle, vendiendo ciertos productos. Son personas que no cuentan más que con sus manos para trabajar. Sin
formación adecuada, entrados en años. Los “brazos” de que
se hablaba años atrás.3
Una fila más, por favor. Ordenemos a los ciudadanos ahora simplemente por su salud y las posibilidades de elegir dónde mejorarla o cuidarla. Delante, los de siempre (hacen footing, squash, puenting, y en general deporting que les mantiene en forma). Pero ¿a quién vemos al final?4 Gente con la salud quebrada, que no practica ningún deporte ni se cuida adecuadamente. Seguramente con tripa. Si tiene que acudir al médico ha de hacerlo en la Seguridad Social y sus correspondientes colas (ahora sí, colas de verdad). Aunque para determinadas dolencias, como los problemas de salud mental, no
tiene remedio.5 Ha de ir a esos lugares donde todo hace patente
que no se acude a ellos por convicción, sino por necesidad.
Lo cual podría generalizarse en otras filas, a otros campos.
Pues si ordenamos a los ciudadanos por sus posibilidades de
decidir los servicios (la educación, por ejemplo), al final estarían quienes llevan a sus hijos a esos centros públicos llenos
de problemas que proclaman a gritos su condición de “centros
públicos”. La Administración de empleo: ¿quién va allí? Etc. Es
verdad que hay ciertos equipamientos públicos que se escapan del estigma, como las bibliotecas (su uso no marca) o las
universidades públicas (todavía muchas son objeto de deseo).6
Desde luego la vivienda puede servir de pauta para hacer
una nueva y clamorosa fila urbanística. Delante estarían quienes eligen vivienda, lugar, estilo de vida (casa alta, baja, en
barrio denso o jardín, complementada con otras en otras ciudades o parajes o países): hay gente que vive así. Detrás pondremos a quienes poseen una vivienda en condiciones que
hoy puedan considerarse estándar o, simplemente, decentes.
Más atrás, los rezagados que viven en barrios de los que muchos se marchan. Esos barrios de los años 1960 y 1970 que
entonces eran jóvenes (los barrios, y también la gente que los
habitaba) pero que ahora parecen estar fuera de juego. Con
casas sin ascensor, aunque se viva en un quinto piso. Sin calefacción adecuada, sin garaje. Y ni hablar de aire acondicionado.7 Donde el entorno es problemático, o donde se convive con ruinas y escombros. Y más atrás aún, quienes carecen de cualquier espacio propio, para quienes aislarse o vivir la privacidad es un lujo inalcanzable.
Fig. 1. Podemos tener una hilera bien ordenada en función de la capacidad
de moverse en la ciudad, de elegir la forma de moverse.
Una última fila. Distribuyamos a los ciudadanos de nuestra ciudad por su capacidad de participar en las decisiones
públicas, en lo que atañe al urbanismo. Ordenados por su
capacidad de decidir, o al menos de influir. Es una fila algo
diferente. Pues hay gente sin poder económico, pero con una
gran capacidad de incidir en la vida pública por medio de las
asociaciones o los partidos. Pero no nos equivoquemos: los
poderosos están ineludiblemente delante. Y los marginados,
casi todos y casi siempre, atrás, muy atrás. Entre los últimos
estaría ahora ese grupo de gente que ni tiene medios, ni tiempo, ni conocimientos, y tampoco contactos útiles para participar. Quizá ni siquiera habla suficientemente bien el idioma.
El último de todas las filas
Lo cierto es que hay un grupo reducido (pero evidente) de ciudadanos que están al cabo de todas las filas.8 Su condición es
la pobreza. No solo, y quizá ni siquiera principalmente, económica. Pero desde luego un tipo de pobreza duro, durísimo,
que te consume. Pues bien, a esas personas que están detrás
de todos en la mayoría de las filas urbanísticas que antes formamos les queremos llamar, con denominación genérica (una
sinécdoque) un tanto cinematográfica, “el último ciudadano”.
Son “grupos enteros de personas que se encuentran parcial o
totalmente fuera del campo de aplicación efectiva de los derechos humanos” debido precisamente a la pobreza, según reconoció ya en 1994 el Consejo de Europa. No hace falta acudir a las enormes bolsas de pobreza de África, Asia o América. La opulenta Europa cuenta con 56 millones de pobres.9
No se trata, insistimos, solo de una miseria “dickensiana”.
Sino la que destruye progresivamente las relaciones existentes
entre los individuos afectados y el resto de la sociedad. Esa
pobreza que presupone la confrontación del individuo a su
impotencia, que conlleva el aislamiento real de las personas
o grupos pauperizados; o quizá solo el sentimiento de aislamiento. Pero tal sentimiento es suficiente. Implica numerosas y
críticas situaciones de desamparo: largos períodos sin empleo, escasos niveles de instrucción o un ánimo debilitado por
anteriores empleos “desanimadores”, ausencia de vivienda o
malas condiciones de ella, salud arruinada, sentimiento de
impotencia, de aislamiento, de abandono y desesperación.
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Foto: FERNANDO FUENTES
Foto: FERNANDO FUENTES
Lo que el último ciudadano tiene lo tenemos todos. Podíamos definirlo precisamente así, como el máximo común denominador10 de todos los ciudadanos. Tiene pies para andar.11 Manos para trabajar.12 Una razón que compartimos.
Ojos para ver y cuerpo para ser visto. Boca para hablar, oídos para escuchar. Una capacidad infinita para la esperanza
y también una puerta siempre abierta hacia la desesperación.
Lo que todos. La cuestión es que ese último ciudadano no tiene nada más que lo que todos. Nada más.
Se dirá: hay otros casos que podrían ser vividos con la
mayor dureza. Condiciones de vida de mujeres maltratadas,
enfermos terminales, otras vidas rotas o sin futuro. Compartir
la vida con un enfermo de Alzheimer. Tantos casos durísimos.
Pero estas situaciones, creemos y reiteramos, no quiebran el
razonamiento ni el paisaje. Al contrario, lo completan, deberían afinarlo. Pues bien: ¿de qué les vale la ciudad que estamos haciendo, la ciudad de las mayorías, a esos ciudadanos
del final de las filas?
Una ciudad nueva, un urbanismo
de los derechos humanos
Desde hace tiempo, aunque aún de forma incipiente, un grupo de arquitectos intentamos poner en circulación la necesidad de renovar radicalmente la ciudad. En el sentido, sobre
todo, de pensarla y construirla con un urbanismo de los derechos humanos. Lo que supone cambiar de paradigma. Hasta hace algunas décadas las ciudades se proyectaban para el
príncipe, la Iglesia o en función de otros poderosos. Desde los
tiempos del Movimiento Moderno en la arquitectura y el urbanismo la pauta es el ciudadano estándar, el ciudadano medio, el hogar tipo, la familia tipo.
Lo propio del urbanismo que queremos promover es pensar la ciudad como un derecho. Pero no un derecho colectivo
o general del conjunto de los ciudadanos, sino de cada uno
de ellos. Lo que significa: la ciudad como derecho del último
ciudadano. Este grupo de personas sería el elemento clave
para diseñar la ciudad, sustituyendo a esas mayorías de ciudadanos-tipo que hasta ahora constituían la fuente principal
del urbanismo.13 Es una cuestión de planteamiento, de paradigma,14 que obliga a replantear las cosas para evitar esa for36
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Fig. 3. Lo propio del urbanismo que queremos promover
es pensar la ciudad como un derecho.
Foto: FERNANDO FUENTES
Fig. 2. Ojos para ver y cuerpo para ser visto.
Boca para hablar, oídos para escuchar.
Fig. 4. El cambio sería coherente con la necesidad de modernizar
el modelo social europeo y desarrollar un Estado de bienestar activo.
ma envenenada de pensar la ciudad a que nos lleva el actual
sistema, que presenta como “natural” lo que es interesado.
Como se hace patente, por ejemplo, en tantas ciudades del
Tercer Mundo donde la mayoría de sus habitantes no tiene
coche, y sin embargo se hacen para el coche. Ciudades sin
suficientes centros públicos y que privilegian la localización
de los hospitales privados. Ciudades donde la mayoría de los
empleos son informales y no se les hace sitio.
Se trataría, además, de un signo de modernización del urbanismo acorde con los tiempos. El cambio sería coherente,
por ejemplo, con esa “necesidad de modernizar el modelo
social europeo y desarrollar un Estado de bienestar activo”,
que se propuso como objetivo la Unión Europea en el Consejo de Lisboa de 2000. De hecho, desde la administración europea se considera que “la lucha contra la exclusión social y
la pobreza ha pasado a ser uno de los elementos centrales de
la modernización del modelo social europeo”.15
Es preciso pensar nuevamente la ciudad, ahora como espacio de los derechos. Es decir: hecha para andar. Donde no
solo sea posible llegar a pie a los sitios, sino que el andar sea
elemento fundamental, cardinal, integrador. Un derecho a la
movilidad que quedaría expresado en una serie de recorridos
o paseos estructurantes, centrales, prioritarios, que los coches
rodearían o salvarían por arriba o por abajo, por donde fue-
se, pero amparando siempre el carácter central y estructurante del caminar. Es decir también: hecha para el trabajo de los
que solo cuentan con sus propias manos. Es decir: con una
distribución y caracterización de los equipamientos que no invite ni sugiera a la distinción entre los elegidos y los obligados. Una ciudad en la que la mejora de la vivienda, de todas
las viviendas, sea un deber público (tal como es la dotación de
agua limpia y clara, la misma para todos y en todos los puntos), y no un asunto del mercado. Donde los poderes públicos
pongan ascensores y calefacción “de distrito”, generalizada.
Una ciudad en la que la participación esté tan abierta y apoyada que cualquiera pueda sentirse identificado con ella.
Una ciudad donde no solo se permite estar, graciosamente, al último ciudadano. Donde no solo se respetan sus derechos. Sino aquélla que se estructura y ordena precisamente
en torno a la condición de ese último ciudadano (una ciudad
para andar, para trabajar con las manos, para ver y ser visto), porque es la de todos nosotros.
■
Pablo Gigosos* y Manuel Saravia**
Arquitectos
*Ayuntamiento de Valladolid
**Escuela T. S. de Arquitectura de Valladolid
Fotos de Fernando Fuentes. Espectadores de un concierto en el parque
de Kaivopuisto, Helsinki, la tarde del 17 de julio de 2006.
Notas
1. Algunos datos: casi el 70% de los hogares disponen al menos de un vehículo (excluidas las motocicletas). El número medio de vehículos por hogar, en España, es
de 0,95. (INE, Censos de Población y Vivienda 2001). No he encontrado el dato de
la población que no cuenta con vehículo para su movilidad. Pero sí sabemos algo
de la incidencia de la marcha a pie. Según el Observatorio de la movilidad metropolitana 2003 (Ministerio de Medio Ambiente, Centro de Investigación del Transporte de la Universidad Politécnica de Madrid, 2004), la marcha a pie representa
en torno a una cuarta parte de los viajes al trabajo en ciudades como Barcelona,
Bilbao, Granada o Valencia (en torno al 25% del total de los viajes realizados o
más); y además constituye una etapa inevitable en los desplazamientos en transporte público. Su incidencia es mucho más elevada en viajes distintos al trabajo
(compras, ocio, etc.), pues el porcentaje aumenta hasta el 45-60%.
2. En algunas ciudades constituyen un colectivo enorme y creciente. En América del
Sur, por ejemplo, y como quiera que es más barato moverse en motocicleta que en
autobús, se asocia el reciente descenso en el uso del transporte colectivo a la extensión de la motocicleta entre los jóvenes (según Ricardo Montezuma, ponencia
en el Foro de Bogotá sobre “Ciudad latinoamericana y derechos humanos”, Bogotá, mayo-junio 2006).
3. Los trabajadores que manipulan herramientas manuales suponen en España más
del 25% del total (según datos de la Encuesta Nacional de las Condiciones de Trabajo del Instituto de Seguridad e Higiene en el Trabajo. Ministerio de Trabajo y
Asuntos Sociales).
4. “Probablemente la salud humana ha mejorado más durante el pasado medio siglo
que en los tres milenios anteriores (...). Sin embargo, prácticamente en todas partes, los pobres sufren de mala salud y los muy pobres la sufren de forma abrumadora. Además, las diferencias entre ricos y pobres en materia de salud siguen siendo enormes”. Richard G. A. Feachem, “Pobreza e inequidad: un enfoque necesario para el nuevo siglo”, en “Bulletin of the World Health Organization”, 78, de 2000.
5. Según se recoge en el Informe titulado La pobreza y la exclusión social en España. Propuestas de actuación en el marco del Plan Nacional para la inclusión social
(Consejo Económico y Social, 2001), “persiste una importante necesidad de coordinación con los servicios sociales que debe solventarse mediante la definición del
modelo de atención sociosanitaria que tenga en cuenta las peculiaridades de las
personas en situación o en riesgo de exclusión, con especial atención a los problemas de salud mental”. Además –continúa–, “uno de cada tres hogares con rentas por debajo del 50% de la renta media tiene como sustentador principal a una
persona enferma, sumándose al registro de problemas acumulados por las familias
en condiciones de pobreza”.
6. Es conocida la sentencia de que “los servicios para los pobres son unos pobres servicios”, que alude al hecho de que, al confinar los servicios sociales a los sectores
más bajos de la población, de escasa fuerza política y capacidad de ser escuchados, los centros públicos pueden atraer a los peores profesionales y administradores. Se marcan, además, con el estigma: solo harán uso de ellos (salvo resistentes convencidos) quienes no puedan hacer otra cosa. Una gente que nos está diciendo implícitamente, al beneficiarse de ellos, que han fracasado y no pueden vivir al nivel de la mayoría. Y no pueden elegir. Sabemos que en la sociedad actual
la elección es el metavalor, y el cultivo en el arte de elegir, el honor más codiciado.
Lo que distingue a las personas (“la distinción” de que habla Bourdieu). Inversamente, no poder elegir es el antivalor, que lleva a una vida insatisfactoria, triste,
aburrida y monótona. Ver Zygmunt Bauman, Trabajo, consumismo y nuevos pobres (Barcelona, Gedisa, 2000; or. inglés de 1998); y cap. 6, “Los edificios públicos”, en R. del Caz, P. Gigosos y M. Saravia, La ciudad y los derechos humanos
(Madrid, Talasa, 2002).
7. Según el INE, en sus Censos de Población y Vivienda 2001, el 48% de las viviendas tiene calefacción (adecuada) frente a solo el 16% que dispone de refrigeración.
Sin ningún medio de calefacción está el 14,5% de las viviendas. También se ha estudiado la “posibilidad” de instalar calefacción (INE, Pobreza y pobreza persistente
en España. 1994-2001, Madrid, 2004): “Llama especialmente la atención la considerable diferencia que se produce en cuanto a la capacidad de tener una calefacción
adecuada para la vivienda, uno de los bienes que en principio podrían ser considerados de primera necesidad. Aproximadamente el 32% de los pobres podrían permitírselo, frente al 67% de los no pobres”. Por otra parte, solo un 27% de los edificios destinados principalmente a viviendas disponen de garaje (INE, Censos, cit.).
8. No es fácil de cuantificar el tamaño de este grupo; pero podría estimarse, para las
ciudades españolas, entre el 2 y el 5% de la población. En España se calcula que
528.200 personas (en 86.000 hogares) viven en la pobreza extrema. Y que estas cifras van en aumento. Sin llegar a esa pobreza extrema, pero sí severa, se habla de
más de 1.700.000 personas y unos 300.000 hogares. Esa “población pobre «acapara» en España la inmensa mayoría de los males, carencias y problemas sociales
existentes, como el paro, el analfabetismo, las toxicomanías, la delincuencia y la
marginalidad en general” (Fuentes: Informe Foessa y J. Subirats, dir., Pobreza y exclusión social, Colección de Estudios Sociales de la Fundación “la Caixa”, 2004).
9. Datos de Eurostat, 2003. Sobre la pobreza urbana en otros continentes, ver R. del
Caz, P. Gigosos y M. Saravia, “Geografía urbana de la pobreza”, en “Archipiélago”, nº 62, septiembre 2004.
10. Nunca pensamos que este concepto pudiese sernos de alguna utilidad. ¿Cuál es
el retrato? Seguramente “el último ciudadano” sea mujer: la probabilidad de las
mujeres de ser pobres es en general mayor que la de los hombres. Con hijos: los
individuos que pertenecen a hogares con hijos tienen mayores tasas de pobreza
que aquellos que no tienen hijos. Separada o viuda: el tipo de hogar más desfavorecido es el monoparental con hijos. Mayor o muy joven: en España los dos grupos más débiles por sus propias características sociales, económicas y demográficas son los menores de 15 años y los mayores de 65, que soportan un riesgo de pobreza creciente. Con un nivel de estudios limitado: existe una relación inversa entre la probabilidad de ser pobre y el nivel educativo que se posee. Además, los individuos que viven en hogares donde la persona de referencia del hogar ha realizado estudios superiores son los que se enfrentan a un menor riesgo
de pobreza. En paro: el grupo más desfavorecido es el de hogares con todos los
activos parados. Muy probablemente: inmigrante. (Fuente: INE, Pobreza y pobreza persistente en España. 1994-2001, cit. Informe elaborado por M. Adiego
Estella y C. Moneo Ocaña). Un libro reciente, extraordinariamente expresivo, sobre la vida y condición de los indigentes, Patrick Declerck, Los náufragos (Madrid,
Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2006; or. de París, Plon, 2001).
11. De hecho, sobre el problema de la accesibilidad de los discapacitados hay mucha
mayor conciencia social y mayor dedicación pública para eliminar “barreras arquitectónicas”. Es un lugar común que la accesibilidad arquitectónica, urbanística
y en el transporte es un derecho básico para las personas discapacitadas. Lo que
ahora se propone es extender esa misma forma de pensar la ciudad hacia otros
grupos de ciudadanos.
12. Lola dice: “¿Por qué no me cogen para un trabajo si tengo dos manos?”, en “Testimonios de tres madres de familia en Madrid”, recogidos en La pobreza en España. Datos esenciales, en http://cuarto.mundo.free.fr/MundoParaTodos.
13. Habrían de ser sobre todo las mujeres, las personas mayores en general y, en especial, los mayores de 65 años que viven solos (unos colectivos especialmente
vulnerables) las personas de referencia para el nuevo urbanismo. Por el contrario, los grupos que hasta ahora han constituido esa misma referencia han sido las
personas de 16 a 44 años, y los hogares con adultos y uno o más niños: precisamente los colectivos menos vulnerables socialmente.
14. La necesidad de repensar radicalmente el urbanismo se viene planteando por
otros grupos desde hace algún tiempo. Incluso desde algún ministerio se habla
del asunto. Ver, por ejemplo, Acceplan. Plan de accesibilidad 2003-2010. Libro
Blanco. Por un nuevo paradigma, el Diseño para Todos, hacia la plena igualdad
de oportunidades (Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, 2003).
15. Boletín UE 3-2000.
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