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Desarrollo cerebral y asunción de riesgos durante la adolescencia

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Desarrollo cerebral y asunción de riesgos durante la adolescencia
Apuntes de Psicología, 2012, Vol. 30 (1-3), págs. 477-486
Número especial: 30 años de Apuntes de Psicología
ISSN 0213-3334
Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Occidental,
Universidad de Cádiz, Universidad de Córdoba,
Universidad de Huelva y Universidad de Sevilla
Desarrollo cerebral y asunción de
riesgos durante la adolescencia
Alfredo OLIVA DELGADO
Universidad de Sevilla
Resumen
La reciente utilización de técnicas de resonancia magnética ha proporcionado una información muy interesante
acerca de los cambios que tienen lugar en el cerebro durante los años de la adolescencia. Estos cambios afectan
fundamental a la corteza prefrontal, estructura fundamental en muchos procesos cognitivos y que experimenta un
importante desarrollo a partir de la pubertad que no culmina hasta los primeros años de la adultez temprana. Otros
cambios afectan al circuito mesolímbico, relacionado con la motivación y la búsqueda de recompensas, que va a verse
influido por las alteraciones hormonales asociadas a la pubertad. Como consecuencia de esas modificaciones, durante
los pri­meros años de la adolescencia se produce un cierto desequilibrio entre ambos circuitos cerebrales, el cognitivo
y el motivacional, que puede generar cierta vulnerabilidad y justificar el aumento de la impulsividad y las conductas
de asunción de riesgos durante la adolescencia. Estos hallazgos y sus implicaciones prácticas para la educación y la
política social son presentados y discutidos en este artículo.
Palabras clave: adolescencia, desarrollo cerebral, corteza prefrontal, asunción de riesgos.
Abstract
Recently, the use in neuroscience research of Magnetic Resonance Imaging has generated very interesting data
about changes in the brain during the years of adoles­cence. Those changes occur mainly in the prefrontal cortex, a brain
region, involved in many cognitive processes, that experiences an important development after puberty and which does
not mature fully until early adulthood. Also, the mesolimbic dopamine reward circuitry experiences significant changes
due to hormonal activity during puberty.
As a consequence of those changes, during early adolescence arises a lack of balance between the cognitive and
motivational brain systems. This imbalance could create a certain vulnerability during adolescence that justify the
increase in some behaviours such as impulsivity and risk-taking. Those finding and some practical applications for
education and social policy are presented and discussed.
Key words: Adolescence, Brain development, Prefrontal cortex, Risk-taking.
La adolescencia como etapa conflictiva
El debate sobre la naturaleza más o menos conflictiva de la adolescencia ha estado presente en la psicología
desde que, a principios del siglo pasado, G. Stanley Hall
plantease su visión de esta etapa evo­lutiva como periodo
de storm and stress. A lo largo de los últimos 100 años, se
han ido sucediendo planteamientos teóricos que han oscilado entre la visión tumultuosa y conflictiva de autores
como Anna Freud o Peter Blos y las concepciones más optimistas que han cuestionado la teoría del storm and stress.
A pesar de que esa imagen negativa sigue estando presente
en la sociedad actual (Casco, & Oliva, 2004), la evidencia
empírica acumulada a lo largo de las últimas décadas no
apoya esa visión y presenta una realidad menos dramática
de este tramo del ciclo vital. No obstante, aunque muchos
chicos y chicas atraviesan la adolescencia sin experimentar especiales dificultades, puede afirmarse que durante estos años aumentan los problemas en tres áreas: los
conflictos con los padres (Laursen, Coy, & Collins, 1998;
Parra y Oliva, 2007), la inestabilidad emocional (Larson,
& Richards, 1994) y, sobre todo, las conductas de riesgo
(Arnett, 1999).
Los modelos de la adolescencia como pe­riodo conflictivo han atribuido a los cambios hormonales de la pubertad
un rol destacado en el surgimiento de estos problemas. Sin
embargo, algunos estudios recientes han cuestionado esta
influencia, ya que han en­contrado efectos directos muy
Referencia de la publicación original: Oliva Delgado, A. (2007). Desarrollo cerebral y asunción de riesgos durante la adolescencia. Apuntes de
Psicología, 25 (3), 239-254.
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A. Oliva Delgado
Desarrollo cerebral y asunción de riesgos durante la adolescencia
pequeños de andrógenos y estrógenos sobre la conducta
adolescente (Graber, & Books-Gunn, 1996; Spear, 2007a).
Por otro lado, y sin olvidar el importante papel que desempeñan los factores socio-culturales (Oliva, 2003), han
aparecido en escena nuevos protagonistas que compiten
seriamente con las hormonas por asumir ese papel estelar.
Nos estamos refiriendo a los cambios cerebrales que tienen lugar durante la segunda década de la vida (Giedd et
al., 1999). En este artículo expondremos los principales
cambios neuro­lógicos y su influencia sobre el surgimiento
y mantenimiento de las conductas de asunción de riesgos
durante la adolescencia.
La maduración del cerebro
La idea de que el cerebro continúa desa­rrollándose
después de la infancia es relati­vamente nueva. Los estudios realizados con animales, primero, y con humanos,
más tarde, habían revelado los importantes cambios que
tenían lugar en el cerebro infantil en los primeros meses
de vida y que justificaban su enorme plasticidad (Hubel,
& Wiesel, 1962; Kuhl, Williams, Lacerda, Stevens, &
Lindblon 1992). Así, a pesar de que el número de neu­
ronas no experimenta cambios importantes, desde el mismo momento del nacimiento comienzan a establecerse
nuevas conexiones entre neuronas. Se trata de un proceso
de arborización o sinaptogénesis que va a crear un número
excesivo de conexiones, de tal forma que a los pocos meses este número será muy superior al de las existentes en
el cerebro adulto. Este periodo temprano de proliferación
sináptica, de varios meses de duración, es seguido por otro
que se prolonga hasta el final de la infancia y en el que se
eliminan aquellas conexiones que no se usan, quedando
reducido el número de sinapsis a los niveles propios de la
adultez. La supresión de conexiones inactivas se complementa con la mielinización o fortale­cimiento de las sinapsis que se mantienen y utilizan, mediante el recubrimiento
del axón neuronal con una sustancia blanca aislante –mielina– que incrementa la velocidad y la eficacia en la transmisión de los impulsos eléctricos de una neurona a otra
(Blakemore, & Choudhury, 2006). Todo este proceso no
es independiente del contexto, y se verá influido por las
experiencias vividas por el sujeto, lo que refleja la enorme plasticidad del cerebro humano para adaptarse a las
circunstancias ambientales existentes en un determinado
momento.
Hasta hace bien poco se pensaba que los cambios arriba descritos tenían lugar durante la primera década de la
vida, de forma que la arquitectura cerebral estaba definida
al llegar la pubertad. Sin embargo, hoy día en numero­sos
trabajos científicos se indica que si bien esto es cierto para
muchas zonas cerebrales, otras continúan desarrollándose
durante la adolescencia. Los primeros estudios llevados
a cabo con cerebros postmorten indicaron que la corteza prefrontal experimentaba cambios importantes tras la
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pubertad, ya que existían importantes diferencias en esta
zona entre los cerebros de niños, adolescentes y personas
adultas (Huttenlocher, 1979). Más recientemente, la utilización de técnicas de resonancia magnética ha apoyado
los resul­tados de los estudios postmortem, indicando un
desarrollo o maduración tardía de algunas zonas cerebrales, fundamentalmente de la corteza prefrontal, que no
culmina hasta la adultez temprana (Giedd et al., 1999).
Estos estudios encuentran que en la zona prefrontal la sustancia gris aumenta hasta los 11 años en las chicas y los
12 en los chicos para dismi­nuir después, lo que sin duda
está reflejando el establecimiento de nuevas sinapsis en
esa zona en la etapa inmediatamente anterior a la pubertad
y su posterior recorte, en una secuencia que va desde la
corteza occipital hasta la frontal (Gogtay et al., 2004) y
que afecta principalmente a conexiones de tipo excitatorio
(Spear, 2007b). Junto a este proceso de poda, el aumento
lineal de la sustancia blanca a lo largo de la adolescen­cia
indica la mielinización progresiva de las conexiones neuronales, tanto en la corteza frontal como en las vías que la
unen a otras zonas cerebrales. Todos estos cambios en el
córtex prefrontal conllevan una activación menos difusa y
más eficiente en esta zona durante la realización de tareas
cognitivas (Durston et al., 2006). Por lo tanto, las zonas
cerebrales más modernas desde el punto de vista filogenético, como la corteza prefron­tal, son también las últimas
en completar su desarrollo ontogenético, que no concluye hasta la tercera década de la vida. En cambio, aquellas
que soportan funciones más básicas, como las motoras o
sensoriales, maduran en los primeros años de la infancia
(Gogtay et al., 2004).
Si tenemos en cuenta el importante papel que la corteza prefrontal tiene como soporte de la función ejecutiva y
de la autorregu­lación de la conducta (Spear, 2000; Rubia,
2004; Weinberger, Elvevag, & Giedd, 2005), es razonable
pensar en una relación causal entre estos procesos de desarrollo cerebral y muchos de los comportamientos propios
de la adolescencia, como las conductas de asunción de
riesgos y de búsqueda de sen­saciones. Por otra parte, resulta evidente el valor adaptativo que tiene el hecho de que
durante la adolescencia se produzca un recorte acusado de
conexiones neuronales y que la plasticidad cerebral sea
importante durante estos años. Esto implica un modelado
casi definitivo del cerebro para adaptarlo a las circunstancias ambientales presentes en esta etapa, que pueden
diferir de las de la infancia y ser más parecidas a aquellas
que van a acompañar al sujeto a lo largo de la vida adulta
(Spear, 2007b).
Junto a la maduración del lóbulo prefron­tal hay que
resaltar otro fenómeno al que se ha prestado menos atención pero que reviste también una gran importancia, se
trata de la progresiva mejora en la conexión entre este
lóbulo, concretamente la corteza orbito-fron­tal, y algunas
estructuras límbicas como la amígdala, el hipocampo y el
núcleo caudado. Aunque la arquitectura neuronal de estas
Apuntes de Psicología, 2012, Vol. 30 (1-3), 30 años de Apuntes de Psicología, págs. 479-486.
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estructuras límbicas está bastante avanzada en la infancia temprana, no puede decirse lo mismo de su conexión
con el área prefrontal, que irá madurando a lo largo de la
segunda etapa de la vida, y supondrá un importante avance en el control cognitivo e inhibición de las emociones
y la conducta (Goldberg, 2001). Esto va a implicar que
muchas de las repuestas emocionales automáticas, de­
pendientes de estas regiones, pasarán a estar más controladas por la corteza prefrontal, lo que contribuirá a una
disminución de la impulsividad propia de la adolescencia
tem­prana (Weinberger, et al., 2005). Además, es importante señalar que en la medida en que se vaya produciendo
esta integración entre diferentes estructuras cerebrales, las
respuestas del adolescente ante distintas situaciones o estímulos estarán basadas en el trabajo conjunto de diversas
áreas. Si a prin­cipios de la adolescencia la autorregulación
conductual dependía de forma exclusiva de un inmaduro
córtex prefrontal, a finales de esta etapa, y en la adultez,
la responsabilidad del control estará repartida entre varias
áreas cerebrales, lo que la hace más eficaz (Luna et al.,
2001).
En el adolescente, la desconexión entre estas áreas cerebrales se manifiesta en res­puestas más disociadas. Así,
en bastantes ocasiones en que sería conveniente una respuesta racional, chicos y chicas pueden actuar de forma
muy impulsiva y emocio­nal, siguiendo los dictados las
estructuras subcorticales y con una escasa intervención de
la corteza prefrontal (Eshel, Nelson, Blair, Pine, & Ernst,
2007). Sin embargo, en situa­ciones de mucho riesgo en
que una respuesta visceral inmediata de evitación o huida
sería más eficaz, se demoran prolongadamente en razonamientos prolijos que impiden una rápi­da actuación. Al menos eso puede deducirse de los tiempos de reacción más
prolongados y de la mayor activación prefrontal que ex­
hiben los adolescentes, en comparación con los más cortos de los adultos, ante dilemas que presentan situaciones
de mucho peligro, como nadar entre tiburones (Baird, &
Fugel­sang, 2004).
La corteza prefrontal y la regulación de la conducta
adolescente
Los estudios realizados con animales, el análisis de
los síntomas que resultan de las lesiones en la corteza prefrontal sufridas por humanos y la utilización de técnicas
de reso­nancia magnética nos han permitido conocer con
cierto detalle cuáles son sus funciones. Antonio Damasio
(1994) expone en su obra El error de Descartes las facultades mentales que dependen del lóbulo frontal, entre
las que destaca la capacidad para controlar los impulsos
instintivos, la toma de decisiones, la planificación y anticipación del futuro, el control atencional, la capacidad para
rea­lizar varias tareas a la vez, la organización temporal
de la conducta, el sentido de la responsabilidad hacia sí
mismo y los demás o la capacidad empática. Ante estas
Desarrollo cerebral y asunción de riesgos durante la adolescencia
facultades, no es sorprendente que Damasio considere al
lóbulo prefrontal como la sede de la mo­ralidad, o que el
neuropsicólogo ruso Luria (1966) se refierese a él como
“el órgano de la civilización”.
El término de función ejecutiva hace referencia a
muchas de las capacidades que nos permiten controlar
y coordinar nuestros pensamientos y conductas y que
experimen­tan un claro avance en la segunda década de la
vida. En los adolescentes, la inmadurez del lóbulo frontal
les hace más vulnerables a fallos en el proceso cognitivo
de planificación y formulación de estrategias, que requiere
de una memoria de trabajo que no está com­pletamente desarrollada en la adolescencia (Swanson, 1999). También
influirá en los errores de perseverancia, que son frecuentes
en los adolescentes que realizan tareas en las que una regla
aprendida debe ser modificada para ajustarla a las nuevas
circunstancias, o en la interrupción de la conducta una vez
alcanzada la meta perseguida. Estas limita­ciones pueden
justificar la rigidez comporta­mental que suelen mostrar
muchos chicos y chicas, sobre todo en los primeros años
de la adolescencia. La capacidad para controlar e inhibir
respuestas irrelevantes o inadecuadas va a depender igualmente de funciones tam­bién relacionadas con la corteza
prefrontal, como la atención sostenida, aún en proceso de
desarrollo durante la adolescencia (Klen­berg, Korkman,
& Latí-Nuuttila, 2001; León-Carrión, García-Orza, &
Pérez-Santamaría, 2004).
El papel que desempeña la corteza pre­frontal, concretamente la ventromedial, en la toma de decisiones, se ha
puesto de manifiesto en los estudios con pacientes que presentan lesiones en dicha zona, ya que es­tos sujetos tienen
dificultades para anticipar las consecuencias futuras, tanto positivas como negativas, de su conducta y valorar los
riesgos de una situación (Bechara, Damasio, & Damasio,
2000). Esa relación con la toma de decisiones destaca la
relevancia que la inmadurez prefrontal tiene para entender
la mayor impulsividad e implicación de chicos y chicas
adolescentes en conductas de riesgo relacionadas con la
sexualidad, el consumo de drogas o los comportamientos
antisociales.
Más allá de ese control de la función ejecutiva, algunos estudios recientes han encontrado evidencia sobre la
implicación de la corteza prefrontal en otras capacidades
relacionadas con la cognición social, tales como la autoconciencia (Ochsner, 2004), la empatía, la adopción de
perspectivas o la teoría de la mente (Frith, & Frith, 2003).
Así, estas funciones también van a experimentar un claro
avance durante la adolescencia, lo que va a favorecer en
chicos y chicas un comportamiento interpersonal cada vez
más avanzado.
Si la corteza prefrontal dista mucho de haber madurado por completo al inicio de la adolescencia, es de
esperar que, tal como he­mos comentado, las facultades
que dependen de ella presenten algunas limitaciones en
ese momento, pero que vayan mejorando con el avance de
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la adolescencia. En este sentido, tal como habían descrito Inhelder y Piaget (1955), la competencia cognitiva del
adoles­cente experimenta un desarrollo importante durante
los años de la adolescencia temprana y media, y muchas
de las habilidades arriba mencionadas habrán alcanzado
en la adoles­cencia media un buen nivel de desarrollo.
Ciertamente, las habilidades de razonamiento lógico de
los chicos y chicas de 15 años son comparables a las de
los adultos, y en la mayoría de estudios se han observado
pocos cambios a partir de esa edad, especialmente en la
percepción de los riesgos derivados de algunas conductas
o en la evaluación de los costes y beneficios de algunas
actividades (Steinberg, 2005).
Sin embargo, a pesar de los avances en competencia cognitiva y en la toma de decisiones detectados en la
mayoría de estudios, los chicos y chicas que atraviesan
la adolescencia media y tardía mantienen su preferencia
por la búsqueda de nuevas sensaciones y continúan implicándose en muchas conductas de riesgo (Reyna y Farley,
2006). Esta aparente paradoja puede estar relacionada con
el enfoque metodológico que se suele emplear para el estudio de la toma de decisiones en situaciones de riesgo,
que tiene poca semejanza con lo que ocurre en la vida real
y, por ello, una escasa validez eco­lógica. Como ha señalado Steinberg (2004), los psicólogos estudiamos las conductas de riesgo en situaciones de laboratorio en las que se
presentan a los adolescentes algunos dilemas o situaciones
hipotéticas, y se les pregunta sobre el riesgo que conllevan
y por cuál sería su comportamiento más probable en estos
escenarios. Es evidente que en el mundo real las situaciones no son hipotéti­cas, y es más fácil, por ejemplo, parar
para colocarse un preservativo en una situación ficticia
que en la real. Además, hay que destacar que estas situaciones de laboratorio están diseñadas para minimizar la
influencia de las emociones en la toma de decisión, y, en
todo caso, la emoción dominante sería la ansiedad, por su
similitud con una situación de examen. En cambio, en la
vida real es más probable que el adolescente se encuentre
en una situación de mayor activación emocional o euforia. Si la euforia puede impulsar al ado­lescente a asumir
riesgos mayores, no puede decirse lo mismo de la ansiedad que tiende a provocar el efecto contrario. Finalmente,
si en el laboratorio los sujetos son estudiados de forma
individual, en la vida real las conductas de riesgo, como
el consumo de drogas o las actividades delictivas, suelen
darse en com­pañía de los iguales. Como ha demostrado un
estudio reciente que utilizó una tarea en la que los participantes simulaban conducir un coche (Gardner y Steinberg,
2005), los adolescentes suelen asumir más riesgos cuando
están acompañados que cuando están solos. Sin embargo,
en personas adultas no se observó esa influencia instigadora de los iguales. En los apartados siguientes, tratare­mos
de arrojar alguna luz sobre las causas de estos comportamientos, haciendo referencia al papel que desempeñan
otros circuitos cerebrales. Concretamente a los encargados
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del procesamiento de las recompensas y de la información
socio-emocional en la toma de decisiones del adolescente.
Los circuitos cerebrales relacionados con la motivación
y la recompensa
La inmadurez de la corteza prefrontal en la adolescencia, sobre todo en su etapa inicial, y la impulsividad
que lleva asociada contribuyen a explicar la mayor implicación en conductas de riesgo durante este periodo. Sin
embargo, siguiendo esa lógica, los niños, que presentan
una inmadurez prefrontal aún mayor, deberían mostrarse
aún más arries­gados, algo que no ocurre. Por otro lado, ya
hemos comentado como el desarrollo de nue­vas competencias cognitivas que se produce a partir de los 15 ó 16
años no lleva aparejado una disminución de las conductas
de riesgo. Por lo tanto, es preciso encontrar otros factores
adicionales que justifiquen el comportamiento arriesgado
de muchos adolescentes.
Aunque algunos autores, como Elkind (1967), han
atribuido al adolescente un sesgo optimista que le lleva
a considerarse invulnerable e infravalorar las consecuencias negativas derivadas de sus decisiones, la realidad es
que esa teoría de la fábula per­sonal ha recibido un escaso apoyo empírico y, por el contrario, los adolescentes
suelen verse más vulnerables que los adultos y sobrestiman algunos riesgos, aunque pueden infravalorar algunos
efectos perjudiciales a lo largo plazo (Halpern-Felsher y
Cauffman, 2001; Weinstein, Slovic y Gibson, 2004). En
consecuencia, no parece que los adolescentes tengan una
menor conciencia sobre las con­secuencias negativas que
pueden tener sus comportamientos de riesgo.
No es nuestra intención infravalorar el papel que desempeñan muchos factores de tipo social y cultural en el
surgimiento y mantenimiento de las conductas de riesgo
adolescente. Sin embargo, nuestro objetivo en este artículo
es destacar el papel de varia­bles relacionadas con el desarrollo cerebral, por lo que tendremos que seguir buscando
otros factores adicionales a la inmadurez de la corteza prefrontal. Como apuntan muchos estudios recientes, el candidato a desempeñar ese papel que ha recibido un mayor
apoyo empírico es el circuito mesolímbico rela­cionado
con la motivación y la recompensa, que experimenta cambios importantes en la adolescencia temprana como consecuencia de los incrementos hormonales asociados a la
pubertad. Este circuito utiliza la dopamina como principal
neurotransmisor e incluye las proyecciones desde el area
tegmental ventral al cuerpo estriado (núcleo accumbens y
núcleo caudado), a las estructuras límbi­cas (amígdala) y
a la corteza orbito-frontal (Burunat, 2004). Su activación
como conse­cuencia de la implicación del sujeto en ciertas actividades recompensantes como la comida, el sexo
o el consumo de drogas, provoca una liberación de dopamina, especialmente en el núcleo accumbens, que genera
una intensa sensación de placer y motiva al sujeto a la
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repetición de dichas actividades. Se trata de un circuito
neuronal esencial para el aprendi­zaje, puesto que contribuye a la vinculación entre una conducta y sus consecuencias (Chambers, Potenza, & Taylor, 2003).
Si la activación del núcleo accumbens representa el
sustrato de los procesos de re­compensa y de las conductas de aproximación, la de la amígdala lo sería del aprendizaje evi­tativo ante situaciones aversivas y asociadas a
emociones negativas (Ernst, Pine, & Hardin, 2006). Este
circuito evitativo, complementario al anterior, supone un
freno conductual que evita al sujeto los daños derivados
de su im­plicación en un determinado comportamiento. No
obstante, este modelo supone una cierta simplificación, ya
que la amígdala también está implicada en el aprendizaje
apetitivo (Be­chara, Damasio, & Damasio, 2003), y lo mismo podría decirse del papel del núcleo accumbens en el
evitativo (Schoenbaum, & Setlow, 2003). Ambos sistemas
han sido considerados por algunos autores como integrantes de un cir­cuito cerebral afectivo (Nelson, Leibenluft,
McClure, & Pine, 2005) o socio-emocional (Steinberg,
2007), puesto que los mecanismos que subyacen en el procesamiento de las recompensas y de la información emocional y social están interrelacionados. Los cambios que
este circuito experimenta durante la pu­bertad como consecuencia de la producción hormonal, son debidos a que
las áreas cere­brales que lo integran están muy inervadas
por receptores de esteroides gonadales, cuya producción
aumenta claramente con la llegada de la adolescencia.
Los primeros estudios realizados con animales indicaban que la pubertad acarreaba una disminución de la
activación del circuito de recompensa, ya que, ante ciertas experien­cias, habría unas tasas más bajas de liberación
de dopamina en el sistema mesolímbico al principio de
la adolescencia (Tarazi, Tomasini, & Baldessarini, 1999).
Esta menor activación llevaría a los adolescentes a buscar sensacio­nes y recompensas mayores e implicarse en
conductas más arriesgadas, en un intento de compensar el
déficit dopaminérgico. Expe­riencias que podrían resultar
muy excitantes para sujetos de otras edades, al adolescente le resultarían poco estimulantes, como ocurre a quienes
padecen el síndrome de deficiencia de recompensa (Spear,
2000; 2007a).
Este modelo, centrado en el déficit, ha sido cuestionado recientemente por algunos estudios que han empleado
técnicas de resonancia magnética con humanos mientras
realizaban tareas de toma de decisiones, en las que los sujetos podían obtener recom­pensas o experimentar pérdidas de diversas magnitud. Algunos de estos estudios han
encontrado una mayor activación mesolímbica, concretamente del cuerpo estriado, en adolescentes que en adultos
ante la obtención o anticipación de recompensas (Ernst et
al., 2005; Galvan et al., 2006; van Leijenhorst, Crone, &
Bunge, 2006), algo que habían hipo­tetizado Chambers et
al. (2003). No obstante, un estudio realizado por Bjork et
al. (2004), comparando adolescentes y adultos, encon­tró
Desarrollo cerebral y asunción de riesgos durante la adolescencia
entre los primeros una menor activación estriatal en anticipación de ganancias en una tarea de incentivos monetarios. Por lo tanto, a pesar del mayor apoyo que ha recibido
el modelo de la hiperexcitabilidad, los resul­tados aún no
son concluyentes, y pueden estar influyendo parámetros
tales como la magnitud de la recompensa empleada en
cada estudio, ya que es posible que la respuesta de los adolescentes, en comparación con la de los adultos, sea menor ante recompensas de poca entidad pero mayor ante las
recompen­sas importantes. Como señala Mora (2006) existen varios sistemas neuronales relacio­nados con el placer
y la recompensa, unos que se activan ante una anticipación
segura de una recompensa inmediata, otros que lo hacen
dependiendo de la expectativa proba­bilística de la misma,
o de las circunstancias cuando se presenta, o de su valor
relativo. Es decir varios sistemas con diferentes ritmos
madurativos y que pueden estar más o menos influidos por
los cambios hormonales propios de la pubertad.
En cualquier caso, y a pesar de las dife­rencias, el modelo del exceso coincide con el del déficit en predecir un
aumento de las conductas de asunción de riesgos a partir
de la pubertad, aunque en este caso sería la sobreexcitación
del circuito mesolímbico dopaminérgico la que llevaría al
adolescen­te a la búsqueda de la novedad y el riesgo, ya que
las recompensas, especialmente las inmediatas, ejercerían
una gran atracción sobre el adolescente. Por otra parte, el
sis­tema evitativo se muestra menos sensible, como puede
deducirse de la menor activa­ción de la amígdala en adolescentes ante las consecuencias negativas de su conducta,
lo que influirá en una menor valoración de los probables
riesgos que pueden derivarse de una conducta. También la
corteza orbito frontal desempeña un papel importante en
el establecimiento de asociaciones entre la conducta y sus
consecuencias, por lo que su inmadurez durante la adolescencia contri­buiría a explicar esa menor estimación de los
riesgos y la preferencia de los adolescentes por alternativas arriesgadas pero muy re­compensantes sobre otras más
conservadoras (Galván et al., 2006).
Desequilibrio entre el circuito motivacional y el circuito
cognitivo
Todo lo expuesto hasta ahora pone de manifiesto que
durante la adolescencia se produce un desequilibrio entre
el circuito prefrontal cognitivo y el circuito motivacio­
nal mesolímbico, como consecuencia de sus diferentes
ritmos de maduración. Este último se muestra muy sensible a las influencias de las hormonas sexuales, por lo
que experimen­ta importantes cambios durante la pubertad
que incrementan su capacidad de respuesta y excitabilidad (Romeo, Richardson, & Sisk, 2002). En cambio, la
maduración del circuito prefrontal es más lenta, no se ve
acelerada por los cambios hormonales de la pubertad y
depende de la edad y del aprendizaje, no alcanzando su
madurez hasta la tercera déca­da de vida. Esto supone
Apuntes de Psicología, 2012, Vol. 30 (1-3), 30 años de Apuntes de Psicología, págs. 479-486.
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A. Oliva Delgado
Desarrollo cerebral y asunción de riesgos durante la adolescencia
que la adolescencia temprana es el momento en el que el
desequi­librio es mayor, con un circuito motivacional muy
propenso a actuar en situaciones que puedan deparar una
recompensa inmediata y un circuito autoregulatorio que
aún no ha alcanzado todo su potencial y, por ello, va a
tener muchas dificultades para imponer su control inhibitorio sobre la conducta impul­siva. Además, como han
planteado Nelson et al. (2005), existe una estrecha interrelación entre los mecanismos cerebrales que subya­cen al
procesamiento de las recompensas y los que se ocupan de
la información social y emocional, por lo que la presencia
de iguales y las situaciones con fuerte carga emocional
van a potenciar los efectos recompensantes de las conductas de asunción de riesgos haciéndolas más probables.
Por lo tanto, chicos y chicas van a si­tuarse al inicio
de la adolescencia en una situación de extrema vulnerabilidad a impli­carse en conductas de riesgo y de búsqueda de sensaciones. Incluso podría señalarse la existencia
de un cierto retroceso o regresión comportamental coincidiendo con la puber­tad como consecuencia de la reorganización cerebral que tiene lugar en ese momento
(Sadurní, & Rostan, 2004). De hecho, se han observado
descensos en la ejecución de al­gunas tareas de emparejamiento de estímulos (McGivern,Andersen, Byrd, Mutter,
& Reilly, 2002), asunción de perspectivas (Blakemore, &
Choudhury, 2006) o reconocimiento de rostros (Carey,
Diamond, & Woods, 1980). Una regresión conductual
semejante ha sido descrita coincidiendo con los momentos de reestructuración neuronal de la primera infancia
(Trevarthen, & Aitken, 2003). Estos retrocesos evolutivos
podrían tener cierto valor adaptativo, ya que exigirían una
mayor supervisión de los cuidadores en momentos en los
que el comportamiento de niños y adolescentes conllevaría un mayor riesgo para su supervivencia. A partir de esos
mo­mentos más complicados de la adolescencia inicial, el
desequilibrio se irá reduciendo, como consecuencia tanto
de una reducción en la excitabilidad mesolímbica como
del fortalecimiento del control cortical.
Si tenemos en cuenta el vínculo endo­crinológico existente entre la pubertad y la maduración del circuito motivacional, puede hipotetizarse que aquellos adolescentes
que experimentan una pubertad precoz se encon­trarán en
una situación de mayor riesgo, ya que a esa temprana edad
su corteza prefrontal se encontrará aún muy inmadura
como para tomar las riendas de un circuito mesolímbico
hipersensibilizado por el incremento hormo­nal. Por otra
parte, el adelanto que ha tenido lugar en la sociedad occidental en la edad a la que se inician los cambios puberales (Bellis, Downing, & Ashton, 2006) conllevaría un
mayor desequilibrio entre los dos circuitos cerebrales y,
como consecuencia, una mayor incidencia de los comportamientos de riesgo durante la adolescencia. En efecto, la
mayo­ría de estudios han encontrado una relación significativa entre la precocidad puberal y la mayor implicación
en comportamientos de riesgo (Mendle, Turkheimer, &
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Emery, 2007), aunque es evidente que en esta asociación
influyen otros factores ajenos a los neuroló­gicos.
Implicaciones prácticas
Todo lo expuesto hasta aquí resalta la relevancia de
los factores relativos al desa­rrollo neurológico de cara a
comprender el comportamiento adolescente, especialmente su implicación en las conductas de asunción de riesgos y
de búsqueda de sensaciones. La evidencia empírica sobre
la maduración cerebral indica que los primeros años de
la adolescencia, especialmente cuando la pubertad ocurre
de forma precoz, son una etapa de mucha vulnerabilidad
en que la inmadurez de los mecanismos autorregulatorios
requiere de los padres una atenta vigilancia y supervisión
que debe combinarse con la concesión de una mayor autonomía. Por otra parte, esta etapa supone también un periodo de reorganización sináptica en el que las influencias
ambientales y las experiencias vividas pueden tener unos
efectos muy persistentes, ya que la elimi­nación de unas
conexiones neuronales y el fortalecimiento de otras obedecen la ley de “o lo usas o lo pierdes”. El proceso de
desa­rrollo neurológico no es independiente del contexto,
y todas las actividades que chicos y chicas lleven a cabo
durante estos años, tanto educativas como de ocio, contribuirán al modelado de su arquitectura cerebral. La adolescencia puede considerarse como un auténtico periodo
sensible para el desarrollo de competencias (Chambers et
al. 2003), lo que no quiere decir que no se mantenga una
importante plasticidad cerebral durante los años posteriores (Blakemore, & Frith, 2005). El consumo de sustancias,
frecuente durante los años de la adolescencia, tiene unos
efec­tos permanentes en la estructura cerebral, generando
un deterioro que no se produce cuando el consumo tiene
lugar en la etapa adulta (Spear, 2002). Ello justifica sobra­
damente que un objetivo de la intervención sobre adolescentes sea retrasar el inicio del consumo de sustancias
hasta una edad en la que el desarrollo cerebral esté más
avanzado y, por lo tanto, se muestre menos sensible a los
efectos nocivos de las drogas.
Un entorno enriquecido y unas acti­vidades estimulantes pueden favorecer la maduración de la corteza prefrontal y de las capacidades autorregulatorias, pero también
habría que destacar el papel del afecto parental durante la
infancia y la adolescencia. Los primeros datos en apoyo de
esta influencia provienen de la experimentación animal,
que ha revelado la relación entre el contacto físico estrecho
entre madre y cría y la producción de oxitocina y dopamina. Si tenemos en cuenta que la dopamina juega un importante papel en el desarrollo prefrontal, se ha propuesto que
el fortalecimiento de los inputs de dopamina al prefrontal
sería el mecanismo mediante el que los estilos parentales
afectuosos, y otras experiencias emocionales placenteras
con pa­dres y cuidadores, contribuirían al desarrollo de las
capacidades cognitivas y de un com­portamiento adecuado
Apuntes de Psicología, 2012, Vol. 30 (1-3), 30 años de Apuntes de Psicología, págs. 479-486.
A. Oliva Delgado
(Schore, 1994; Eisler, & Levine, 2002). Son numerosos
los trabajos científicos, en los que se confirma la relación
existente entre la negligencia parental y la falta de afecto
en la infancia, y una mayor incidencia en etapas posteriores de problemas relacionados con el escaso autocontrol
(Perry, 2002). Es bastante probable que la depriva­ción
afectiva impida un desarrollo adecuado de la corteza prefrontal, lo que favorecería los comportamientos antisociales o las adic­ciones. También existe evidencia acerca de
los efectos negativos duraderos del estrés sobre regiones
cerebrales integradas en el circuito mesolímbico, como
la amígdala, el hipocampo o el córtex prefrontal medial,
lo que contribuiría a su hiperexcitabilidad (Romeo, &
McEwen, 2006).
En cuanto a la mayor activación del cir­cuito mesolímbico de recompensa durante la pubertad, tampoco puede
considerarse como ajena a las circunstancias ambientales.
Ya hemos tenido ocasión de comentar la estrecha relación
entre este sistema y el encargado del procesamiento de la
información socio-emocional y, por ello, la mayor atracción de las recompensas inmediatas en situaciones en que
el adolescente está acompañado de sus iguales o muy excitado emocionalmente. Pero además, hay que recordar el
papel que juegan los cambios hormonales de la pubertad
en la maduración del circuito de recompensa. Si tenemos
en cuenta que existe una importante evidencia empírica sobre la influencia que los estresores tienen sobre el adelanto
de la pubertad (Moffitt, Caspi, Bel­sky, & Silva, 1992), es
bastante probable que las situaciones estresantes contribuyan al des­equilibrio entre la maduración del circuito de
recompensa y el cognitivo. Aquellos chicos y chicas que
experimentan la pubertad antes que sus compañeros van
a encontrarse en una situación de mayor riesgo, ya que
en ellos el momento de mayor excitabilidad mesolím­bica
coincidirá con un circuito prefrontal aún muy inmaduro,
colocando al adolescente en una situación de mayor vulnerabilidad ante la toma de decisiones de riesgo.
Recientemente, Steinberg (2007) ha expuesto la importancia que estos nuevos conocimientos neurológicos
tienen para la prevención de las conductas de riesgo en la
adolescencia. Teniendo en cuenta que el desarrollo cognitivo se encuentra bastante avanzado a los 15 ó 16 años,
no parecen ser las limitaciones en la forma de pensar o el
conocimiento que tienen sobre ciertas situaciones de riesgo lo que lleva a chicos y chicas a implicarse en comportamientos muy arriesgados. Los adolescentes son capaces
de realizar procesos de decisión coherentes y racionales
bajo circunstancias de baja activa­ción emocional. Por ello,
las estrategias edu­cativas dirigidas a aumentar las habilidades para la toma de decisiones o la información sobre
las consecuencias negativas de dichos comportamientos
no parecen una solución definitiva al problema. De hecho, la eficacia de este tipo de programas en la prevención
del consumo de sustancias, los comportamientos sexuales
de riesgo o la conducción temera­ria es limitada (Ennett,
Desarrollo cerebral y asunción de riesgos durante la adolescencia
Tobler, Ringwalt, & Flewelling, 1994; West, & O’Neal,
2004). Algunos autores como Reyna y Farney (2006) o el
mismo Steinberg defienden la utilización de otro tipo de
medidas, como el aumento del precio del tabaco, la legislación más restrictiva sobre el consumo de alcohol en la
adolescencia, o facilitar el acceso a los métodos anticonceptivos y servicios de planificación familiar.
Las consecuencias negativas que pueden derivarse de
muchas conductas de asunción de riesgos son evidentes,
sin embargo, tam­bién pueden tenerse en cuenta los beneficios que pueden suponer para el individuo. El hecho de
que en muchas especies las con­ductas de riesgo sean más
frecuentes en el periodo que sigue a la pubertad ha llevado
a la psicología evolucionista a destacar su valor adaptativo,
probablemente porque favorecen la salida del adolescente
del grupo familiar, evitando así la endogamia. Sin embargo,
la toma de riesgos también puede acarrear algunas ventajas desde un punto de vista evolutivo ya que la exploración
y experimen­tación puede ser un requisito para el logro de
la identidad (Erikson, 1968), una oportunidad para el desarrollo y el crecimiento personal (Lightfoot, 1997), o un
indicador de la tran­sición a la adultez (Jessor, 1998). En
este sentido no faltan estudios longitudinales que encuentran que conductas de riesgo, como el consumo moderado
de sustancias durante la adolescencia temprana están relacionadas con un mejor ajuste psicológico años más tarde
(Shelder, & Block, 1990; Oliva, Parra, & Sánchez-Queija,
en prensa). Es posible que una actitud adolescente conservadora y de evitación de riesgos esté asociada a una menor
incidencia de algunos problemas comportamentales y de
salud, sin embargo, también es bastante probable que esa
actitud tan precavida conlleve un desarrollo defici­tario en
algunas áreas, como el logro de la identidad personal, la
creatividad, la inicia­tiva personal, la tolerancia ante el estrés
o las estrategias de afrontamiento (Oliva, 2004). Cuando un
adolescente toma una decisión, damos por hecho que la
mejor decisión es la que supone un menor riesgo para su
salud física, sin embargo una determinada decisión puede
ser muy favorable para el adolescente en términos de aceptación por el grupo, aumento de su autoestima o logro de su
identidad. Es decir, a veces puede encontrarse una incompatibilidad entre objetivos relacionados con la promoción de
la salud física y la salud mental. De todo lo anterior, podemos sacar la conclusión de que la promoción del desarrollo
positivo del adolescente debe ser un objetivo que comparta protagonismo con la prevención de conductas de riesgo
en las intervenciones dirigidas a este grupo etario, y que
cierta ex­perimentación en condiciones de seguridad puede
ser conveniente para el desarrollo adolescente, aun conllevando ciertos ries­gos. En este sentido, y teniendo en cuenta
el aumento de las conductas exploratorias y de búsqueda
de sensaciones que tiene lugar durante la adolescencia, es
importante proporcionar a chicos y chicas actividades estimulantes carentes de las consecuencias negativas de conductas como el consumo de drogas. Por ejemplo, hay una
Apuntes de Psicología, 2012, Vol. 30 (1-3), 30 años de Apuntes de Psicología, págs. 479-486.
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A. Oliva Delgado
Desarrollo cerebral y asunción de riesgos durante la adolescencia
importante evidencia que indica que la actividad física y
deportiva incrementa la liberación de dopamina, y que la
participación en este tipo de actividades contribuye a reducir el consumo de sustancias, lo que sugiere que el deporte
puede proporcionar algunos de los efectos neurobiológicos
que se derivan de la implicación en conductas de asunción
de riesgos (Romer, & Hennessy, 2007).
Finalmente, queremos terminar hacien­do referencia
a un aspecto que puede resultar preocupante, como es la
posibilidad de que estos datos neuropsicológicos contribuyan a incrementar la imagen del adolescente como un
sujeto inmaduro e incompetente para tomar decisiones de
forma autónoma y sirvan para justificar la limitación de
algunas libertades individuales. Como hemos tenido ocasión de detallar, a partir de los 15 ó 16 años las capacidades cognitivas de chicos y chicas se diferencian muy
poco de las de los adultos, y en situaciones de calma y baja
activación socio-emocional sus decisiones suelen ser tan
sensatas y racionales como las de personas de más edad.
Tener en cuenta esa competencia cognitiva supondría la
concesión de algunos derechos individuales, como la posibilidad de votar a partir de esa edad o permitir una mayor influencia en la toma de decisiones en los contextos
familiar, escolar y comunitario. Los riesgos derivados de
esas concesiones serían insignificantes y, por el contrario,
podrían representar medi­das de empoderamiento muy positivas para favorecer el desarrollo de la capacidad para
tomar decisiones y para el aprendizaje en la asunción de
responsabilidades.
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