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Del dicho al hecho… Las ideologías de género que sustentan las
Del dicho al hecho…
Las ideologías de género que sustentan
las masculinidades hegemónicas*
Karina Sandoval Zapata**
Departamento de Sociología y Estudios de Género
Universidad FLACSO, Ecuador
Resumen: La masculinidad es una construcción
sociocultural cambiante y heterogénea en la que
intervienen significativamente el contexto, la cultura, la
clase, la etnia, la edad, la familia, la escuela, los medios
de comunicación, la política, entre otras. Sin embargo,
existe una expresión dominante de masculinidad en
Occidente, que se funda en la idea de que los hombres
son violentos, hipersexuales y superiores a las mujeres.
El presente artículo analiza los núcleos que constituyen
dicha masculinidad, siendo aspectos como la negación
de emociones, sus efectos en la salud mental de los
hombres, la hipersexualidad masculina y la violencia
contra las mujeres, el rol proveedor económico y el lugar
de los hombres en las actividades del cuidado.
Palabras clave: Masculinidad hegemónica, ideologías de
género, hipersexualidad, homofobia, heteronormatividad
Easier Said than Done. Gender Ideologies
Underpinning Hegemonic Masculinities
Abstract: Masculinity is a changing and diverse socioculture construction and heterogeneous in which the
context, culture, class, ethnicity, age, family, school,
media, politics, among others aspects are involved
significantly. However, there is a dominant expression
of masculinity in the West that is based on the idea that
men are violent, hyper sexual and superior to women.
The present article analyzes the core that comprised such
masculinity, being aspects like the denial of emotions,
their effects on the mental health of men, the male hyper
sexuality and violence against women, the economic
provider role and the place of men in care activities..
Key Words: Hegemonic masculinity, gender ideologies,
hypersexuality, homophobia, heteronormativity
El presente texto hace parte de una investigación
que se inscribe dentro de los estudios de masculinidades, y por tanto, dentro de los estudios de género,
pues los primeros surgen en diálogo con los diferentes avances y discusiones dadas por las teorías
feministas para la comprensión del sujeto masculino, y para visibilizar a los varones como actores
dotados de género; aunque también, en ocasiones,
se plantean en oposición a ellos (Viveros, 2007, p.
33; Gomáriz, 1997, p.17). En dicha investigación,
*El presente trabajo recoge los resultados de la investigación realizada para la tesis de Maestría en Ciencias Sociales de FLACSO-Ecuador,
titulada “¿Son todos los hombres iguales? Una mirada al proceso de construcción de las masculinidades hegemónicas en Quito”, llevada a cabo
entre enero 2012 y septiembre 2013. Recibido el 1 de mayo, aprobado el 3 de junio de 2014.
**Historiadora Universidad del Valle, maestra en Ciencias Sociales con mención en Género y Desarrollo, FLACSO-Ecuador. Autora del
artículo “¿Comunidades de Paz en medio de la Guerra?” Revista Virtual Anacrónica, Universidad del Valle, Cali. 2006. http://anacronica.univalle.
edu.co/pagina_nueva_7.htm. Correo electrónico: [email protected]
La manzana de la discordia, Julio-diciembre, 2014 Vol. 9, No. 2: 57-73
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Karina Sandoval Zapata
indagué sobre cuáles han sido los cambios y continuidades en los discursos y prácticas cotidianas de
la masculinidad, en dos generaciones de hombres de
la ciudad de Quito, para identificar sobre qué tipo
de ideologías de género se levantan los actuales discursos sobre masculinidad, los cambios y las resistencias. El abordaje teórico apuntó a evidenciar aspectos de la masculinidad considerada hegemónica,
que puedan demostrar, por un lado, su rigidez como
ideal masculino, así como las tensiones, las rupturas
y los posibles cambios en la construcción de dichas
masculinidades.
La investigación partió del supuesto de que la
masculinidad es una construcción sociocultural
determinada por las relaciones de poder y las
situaciones estructurales e históricas en las que
viven hombres y mujeres, y que ésta ha entrado
en un proceso de transición generado durante las
últimas décadas por el creciente ingreso de las
mujeres a la esfera “pública” y también, debido a
que algunos hombres han empezado a reivindicar
su participación en espacios considerados privados,
como la vida doméstica y la crianza. Para el análisis
se tuvo presente la relación entre las variables de
género y edad, y la vigencia e influencia de un
imaginario específico sobre un tipo de masculinidad
hegemónica como única, válida, y normal.
En este artículo analizo las ideologías de género
sobre las cuales se levantan los actuales discursos
sobre masculinidad tanto en hombres como en
mujeres y las principales tensiones que dichas
ideologías generan a nivel personal en la vida de los
hombres y en las relaciones de género.
El concepto de masculinidad hegemónica
Cuando hablamos de masculinidad aludimos a
un concepto que describe el conjunto de atributos,
valores, funciones y conductas que se suponen
esenciales al hombre en una cultura determinada,
aunque no haya una sola manera de definirla
y se le atribuyan diferentes características a la
persona que se considera masculina dependiendo
del enfoque que se tenga1. Dentro de la jerarquía
de género que caracteriza a muchas sociedades
1
Mara Viveros (2006), presenta un detallado recuento de algunas
de las definiciones más significativas que se han producido de la
masculinidad y que han realizado autores como Connell (1997),
Gutmann (2000) y Kimmel (1994).
actuales (Nash, 1988), existe un modelo dominante
de masculinidad, al que se ha llamado masculinidad
hegemónica, entendida como el modelo que cada
cultura construye en torno a la identidad masculina
y en el cual, casi que de modo universal, se presenta
al hombre como detentor del poder (Kaufmann,
1997, p.127; Connell, 1997, p.37), “superior”,
que puede discriminar y subordinar a la mujer y a
otros hombres considerados diferentes. Enunciar la
existencia de una masculinidad hegemónica definida
como “la configuración de práctica genérica que
encarna la respuesta corrientemente aceptada al
problema de la legitimidad del patriarcado, la que
garantiza (o se toma para garantizar) la posición
dominante de los hombres y la subordinación de las
mujeres” (Connell, 1997, p. 39) –también llamada
modelo de masculinidad tradicional-, es entender
que no sólo es dominante, sino también, aceptada
en diferentes grados, tanto por hombres como por
mujeres (Abarca, 2000, p.3).
Por otra parte, el concepto de masculinidad
hegemónica ha estado sujeto a críticas crecientes,
dado que se considera que éste puede estar reafirmando
ciertas ideas que han caracterizado el abordaje de
la masculinidad, como la naturalización de una
forma de ser hombre, vinculada a características
como la heteronormatividad o heterosexualidad
obligatoria como una identidad sexual y política
dominante (Rich, 1999, p. 7-8; Butler, [1990] 2007;
Warner, 1991), la hipersexualización, la agresión, la
tendencia a la violencia sexual, la dominación, el
desapego emocional, y claro, la función productivaproveedora de los hombres, ya que ésta es una de
las fuentes principales de reconocimiento social,
al tiempo que la identidad masculina está marcada
frente al otro género por la función proveedora,
lo cual conduce a la problemática del poder como
fuente de la identidad masculina (Fuller, 1997, p.
142-143; Badinter, 1993, p. 214).
Partiendo de esta base, algunos analistas y
expertos en estudios sobre masculinidades han
examinado varios aspectos que funcionan como
espacios o características en las cuales se fundamenta
la construcción de la identidad de género de los
hombres, y que son determinantes. Para Fuller
por ejemplo, existen tres configuraciones que
contienen las representaciones de masculinidad de
Del dicho al hecho… las ideologías de género que sustentan las masculinidades hegemónicas
los hombres: la natural, refiriéndose a los órganos
sexuales y a la fuerza física; la doméstica, que se
refiere a la familia y la paternidad; y, la exterior
que hace alusión a lo público y la calle (1997, pp.
140-144). Connell, quien acuñó el concepto de
masculinidad hegemónica, resalta la existencia
de prácticas y relaciones que constituyen los
patrones de masculinidad imperantes actualmente
en Occidente: la hegemonía, con la cual resalta la
posición aceptada de dominio de los hombres y la
subordinación de las mujeres; la subordinación,
que se refiere a la opresión entre grupos de
hombres; y la complicidad, que implica un cierto
dividendo patriarcal, o sistema de ventajas que
hace que los hombres guarden silencio y cooperen
en la subordinación de las mujeres (1997, p. 3941). Por su parte Gomáriz, plantea la existencia
de unos núcleos básicos de la masculinidad entre
los cuales estaría el trabajo o estudio, en primer
lugar –función proveedora-, la familia –función
protectora-, la paternidad, la vida en pareja y la
vida social y religiosa. Además, este autor resalta la
importancia de la institución familiar como fuente y
espacio privilegiado de la masculinidad, justamente
por el desempeño en ella, de la función proveedoraprotectora de los hombres (1997, p. 36-37).
Otros autores, en cambio, resaltan dos manifestaciones como núcleos constitutivos de la construcción de la masculinidad tradicional o hegemónica. La homofobia es para Guasch, el dispositivo
de control social que marca los límites de género
prescritos a los hombres y que estigmatiza a quienes
no los alcanzan y también a quienes los quiebran.
(2008, p. 34-35). En tanto que para Kimmel (1997),
la masculinidad se basa en reglas como el repudio a
la madre –es decir a todo lo femenino-, la necesidad
de poder, y la agresividad como forma de expresión
válida, llevan a lo que llama la validación homosocial, es decir que se está bajo la validación y escrutinio constante de otros hombres, y también conlleva
a la homofobia ante el riesgo de manifestaciones
propias y ajenas de cualidades consideradas femeninas; estas restricciones se convierten en fuente de
dolor, temor y vergüenza entre los hombres, lo que
los conduce, por ejemplo, al silencio frente a los actos de violencia que se ejercen en contra de minorías o mujeres. De ahí que también la violencia, así
59
como otras conductas de riesgo (De Keijzer, 1997)
o temerarias, se conviertan en el indicador más evidente de virilidad.
A este respecto, es importante evidenciar que este
modelo tradicional de masculinidad, es visto como
modelo de “normalidad” que no sólo legitima una
idea de hipersexualidad masculina (Fuller, 1995;
2012), sino que deriva en la mayor vinculación de
los hombres a situaciones como la violencia sexual
y de género, junto a otras conductas de riesgo como
la criminalidad, la competencia y la incorporación
de conductas violentas y de riesgo en aspectos
diversos que presentan notables diferencias con el
patrón femenino. El concepto de factor de riesgo
es utilizado por Benno de Keijzer (1997), para
describir y analizar los costos y las consecuencias
de una socialización masculina que predispone
a ciertos tipos de causa de muerte en Veracruz
y el resto de México. Estos costos los plantea en
relación a algunos aspectos de la salud masculina:
la esperanza de vida, varias de las principales causas
de mortalidad en la edad productiva y las formas en
que los hombres desarrollan (o no) el autocuidado.
Kimmel (1997) también plantea que los hombres
se exponen a grandes riesgos para probar su
condición de hombres, con la salud, en los lugares
de trabajo, y con enfermedades tensionales (p. 59).
A su vez, Bonino (1999), evidencia la existencia
en el ámbito de la salud mental, de un referente
masculino “como paradigma de normalidad, salud,
madurez y autonomía”, por lo que se pregunta,
cuando se ubica a los varones y a la masculinidad
en el lugar del modelo, del ideal, de la normalidad,
“¿De qué normalidad se habla? ¿La de los sujetos
que son los que tienen los problemas psicosociales
de más relevancia en la Salud Pública (mucho más
frecuentemente que las mujeres): alcoholismo,
drogodependencias, suicidios, y los relacionados con
el estilo de vida (cánceres, Sida, infartos, accidentes
y muertes por violencia)?” (Bonino,1999, p. 1).
¿Masculinidad o masculinidades?
En toda la literatura revisada, se acepta que
las masculinidades tienen un carácter no natural
y cambiante. En consonancia con este carácter
múltiple, se habla hoy, además de masculinidades
hegemónicas, de masculinidades subordinadas
60
Karina Sandoval Zapata
(Kaufmann, 1997, p. 125), negras, homosexuales,
marginales (Connell 1997, p. 80-84; Urrea,
1998, p. 2), disidentes (Gutmann y Lutz, 2009)
y alternativas, que son el correlato implícito del
concepto de masculinidad hegemónica, por la cual
las demás formas de ser hombre se consideran
alternativas o diferentes, en todo caso inferiores.
Aresti (2010), también habla de masculinidad
moderna, haciendo alusión al abandono de ideales
de corte caballeresco, la construcción de una nueva
respetabilidad masculina obrera y burguesa, la
importancia del trabajo, del valor moralizante del
hogar, del autocontrol, entre otros elementos de
ruptura hacia la modernidad (24). Recientemente
apareció una columna en la que Jaclyn Friedman
(2013), habla de la existencia de masculinidades
tóxicas, basada en la idea de repudio a todo lo que
se considere femenino, al dominio de las mujeres –
misoginia-, adicción al sexo y, en la que los hombres
son meras máquinas de violencia, con alergias a la
ternura, la alegría y la vulnerabilidad, pero más que
nada, alusiva a la violencia sexual y a los alarmantes
y crecientes casos de violaciones que algunos
hombres ejercen en contra de mujeres en todo el
mundo. Llama la atención que esta autora resalta
cómo esta forma de masculinidad tóxica, se expresa
en contra también de los hombres, porque muchas
violaciones que les suceden a éstos, son cometidas
por otros hombres con la intención de “feminizar”,
es decir, de ejercer humillación y dominio en la
víctima (Friedman, 2013).
Ahora bien, en torno al reconocimiento entre
los estudiosos de las masculinidades de que existen
varias formas de expresión de la masculinidad,
encontramos dos tendencias. Una tendencia pone
el acento en subrayar el peso de la diferencia
entre espacios culturales diferentes, aceptando
que se hable de masculinidad (singular) en cada
espacio cultural: la masculinidad en Estados
Unidos, la masculinidad en Brasil… puesto que
no puede hablarse en singular al interior de ningún
espacio cultural e incluso de ninguna formación
social concreta. Siempre hay que hablar en plural
(masculinidades) si no quiere desconocerse la
diversidad de formas de practicar la masculinidad
que existe en cada formación social. Esta diversidad
tiene varias fuentes, culturas locales, preferencias
sexuales, modelos de práctica masculina, que harían
inútil el estudio de una masculinidad estandarizada
(Gomáriz, 1997, p. 26).
Sin embargo, Gomáriz pone énfasis en la
comodidad que implica abandonarse a la idea de que
existe una variedad de masculinidades, y resalta en
cambio, la importancia de entender y reconocer con
propiedad los núcleos básicos de la masculinidad,
ya mencionados arriba, los cuales relaciona
directamente con la existencia casi generalizada
en América y Europa, de un capitalismo patriarcal
(1997, pp. 28-30). De manera similar, Connell
plantea que al darse una mera aceptación de que
existen múltiples masculinidades, se arriesga a caer
en un tipo de simplificación exagerada que no da
cuenta de aspectos más complejos, y en cambio,
evidencia la necesidad de entender la relación entre
las mismas y las diferencias que operan internamente
frente a las variables de raza y clase (1997, p. 39).
Al mismo tiempo, es parte del objetivo
perseguido por los estudios de las masculinidades
el evidenciar que los hombres también son objeto
de discriminaciones, ya que la masculinidad
hegemónica implica un estatus adquirido y no
transmisible, en la que ciertos grupos de pares
se auto-atribuyen un estatus y un rango superior
que niegan a los demás empleando para ello la
homofobia (Guash, 2008, pp. 34-35), y que el
sistema de privilegios y poder con base en el que
han elaborado tradicionalmente su identidad, es a
su vez un sistema que les ha alienado, provocado
dolor (Kaufmann, 1997, p. 123) y una sensación de
incompletud e inseguridad (Badinter, 1993, p. 220).
De Keijzer (2001) plantea que esas aparentemente
claras ventajas para el varón, con el tiempo y su
rigidización, pueden ir transformándose en un costo
para su salud, la de las mujeres y otros hombres
(p. 138). Además, muchos reivindican formas
alternativas de ser hombre y plantean la existencia
de cambios de esa masculinidad hegemónica
tradicional en la actualidad (Badinter, 1993, p.
32; Gutmann, 2000; Olavarría, 2003, 2004, 2005;
Guasch, 2008; Kaufmann, 1997, Fuller, 1997).
Finalmente, otro aspecto relevante para
entender la construcción de las masculinidades,
de acuerdo con Connell, es la consideración de “la
masculinidad como un asunto de contraposición
Del dicho al hecho… las ideologías de género que sustentan las masculinidades hegemónicas
con la feminidad y exclusivamente de los hombres,
ya que al definir de esta manera a la masculinidad se
descartan situaciones en las que las mujeres pueden
ser masculinas y algunos hombres femeninos”
(Connell, 1997, p. 109-11).
Ideologías tradicionales de género que sustentan
la masculinidad hegemónica
Después de este breve recorrido por los
matices que deben tenerse en cuenta al hablar de
masculinidad hegemónica, doy paso al análisis de
las ideologías de género que sustentan esta forma de
masculinidad y que se mantienen significativamente
vigentes en el imaginario de hombres y mujeres
como marcadores de masculinidad o virilidad.
La negación de las emociones y el uso de la fuerza
como válida en los hombres
Dos de las ideologías características de la
masculinidad hegemónica son justamente la
negación de las emociones y la natural tendencia a
la violencia como algo válido en los hombres. La
primera, es enseñada y aprendida desde temprana
edad por los hombres, es la que sostiene que éstos
son por naturaleza rudos, fuertes y que por tanto,
no lloran, ni expresan miedo u otras emociones
consideradas muestras de debilidad y propias del
sujeto femenino. Como veremos en este análisis,
esta idea arraigada que sanciona negativamente la
expresión de emociones por parte de los hombres
y los predispone a situaciones de violencia en
contra de los demás o de sí mismos, afecta varias
dimensiones de su vida como son su construcción
identitaria, ya que los hace estar desconectados de
sí, de sus sentimientos, su salud mental, ya que los
predispone a la violencia de género y, por último,
la relación de pareja, ya que en ese escenario más
íntimo y de cercanía muchos hombres no saben
cómo manejar ni sus emociones ni las de su pareja,
generando conflictos y rupturas.
Para Seidler (1992), la negación de sentimientos
surge de la identificación entre masculinidad
dominante y razón, por ende de superioridad
masculina, que pone las emociones fuera del marco
del yo, como cosas que vienen de afuera y de las
cuales es por tanto, imposible responsabilizarse.
Esta idea no sólo crea problemas en las relaciones
61
de los hombres con los demás, sino que crea
dificultades emocionales en la vida de los varones.
Al respecto nos dice:
Como varones, se supone que somos independientes y autosuficientes. No tenemos necesidades
emocionales propias porque hemos aprendido a
considerarlas señales de debilidad. Solamente los
“otros” tienen esas necesidades y, de ese modo,
demuestran que son inferiores. (Seidler, 1992, pp.
87-88)
Este proceso de aprendizaje se da entonces, a
partir de la socialización temprana de los niños,
en la que se moldea su identidad como futuros
hombres y se da a través de mandatos culturales
muy aceptados, evidentes en frases habituales
alrededor de que éstos no deben llorar, que si se
es un hombrecito de verdad no se queja, y cuando
este tipo de comportamientos aparecen en el niño
varón, inmediatamente algún miembro bien sea
de su familia, de su escuela o grupo de pares, le
hará recordar que se comporta como niña, gallina,
mariquita, entre otros calificativos que señalan
negativamente la expresión de dichos sentimientos.
Esta socialización temprana que promueve
la exagerada agresividad e intransigencia en las
relaciones interpersonales hombre a hombre,
que justifica y exige la fuerza física, sin temor ni
miedo a ninguna situación, lleva a los hombres a
una relación con sus pares basada en la necesidad
de superioridad y reconocimiento jerárquico y a
la arrogancia y agresión sexual en relación con las
mujeres (Badinter, 1993, p. 214).
La represión u ocultamiento de las emociones
culturalmente determinada, emociones que hoy
sabemos propias de todo ser humano independiente
de su género, les han implicado a los hombres
cercenar una parte importante de su identidad, su
sensibilidad humana. La base de la consecución
de la identidad masculina hegemónica estaría
mediada entonces, por la ruptura con la sensibilidad
y el compartir afectivo que le significa al niño el
mundo materno, el femenino y el homosexual,
de los cuales se debe alejar. Todo esto ha llevado
a que la homofobia y la misoginia, jueguen un
papel importante en la construcción genérica
masculina tradicional y cabe decir, predominante.
62
Karina Sandoval Zapata
La homofobia, como el odio a las cualidades
femeninas en el hombre, y la misoginia, como odio
a las cualidades femeninas en la mujer, son dos
caras de la misma moneda (Badinter, 1993, p. 192).
De acuerdo con Badinter (1993), esta represión
de emociones en la sociedad Occidental, está
presente desde la relación primera con la madre
y constituye una dificultad en la construcción de
la identidad masculina, pues toda sensación, todo
temor, cualquier debilidad propia del ser humano, le
significaría al hombre ser juzgado como afeminado,
puesto que se ha naturalizado la idea del hombre
más relacionado con la violencia, la lejanía, el
silencio, la dominación, entre otras características
que se oponen a los paradigmas que rigen el mundo
femenino:
La identidad masculina se asocia al hecho de
poseer, tomar, penetrar, dominar, y afirmarse, si
es necesario, por la fuerza…Luego de la disociación con la madre (yo no soy su bebé), de la
distinción radical con el sexo femenino (yo no soy
una niña), el joven debe probar (se) que no es un
homosexual, y por lo tanto que no aspira a desear a
otros hombres ni a ser deseado por ellos. (Badinter,
1993, p. 165)
Ya en el campo de la salud mental, es evidente
que el resultado de la represión de emociones en
los hombres lleva a que éstos asuman conductas
y comportamientos agresivos que pueden dañar a
otros y a ellos mismos. Luis Bonino, en su trabajo
Varones, género y salud mental (1999), plantea la
mayor vinculación de los hombres a conductas de
riesgo, en la que se desarrollan
actitudes en los que hay una identificación infatuada y exhibicionista con valores masculinos, que se
ostentan a través de comportamientos exageradamente “masculinos”, tales como despliegues de
fuerza, riesgo o agresividad, exceso en consumo
de alcohol o drogas, hiperautosuficiencia, la hipersexuación o no respetar reglas… A veces conducen
a abusos, aunque no sea su objetivo específico.
(Bonino, 1999, p. 6)
En este mismo trabajo Bonino cita a los
psicólogos norteamericanos -Brannon y Davidquienes enunciaron lo que llamaron “los cuatro
imperativos que definen la masculinidad”. Estos
cuatro imperativos serían para estos psicólogos las
matrices de la masculinidad y sus ideales/mandatos
derivados de posiciones dicotómicas y antagónicas
en el ideal de sujeto masculino.
Retomo dos de los cuatro imperativos
propuestos por estos autores, ya que encajan muy
bien con la idea de que los hombres no deben
expresar emociones. Primero, “no tener nada de
mujer” pues ser varón supone no tener ninguna
de las características que la cultura atribuye a las
mujeres, que se viven como inferiores (ser para
otros, pasividad, vulnerabilidad, emocionalidad,
dulzura, cuidado hacia los otros). Segundo, “ser un
varón duro” puesto que “la masculinidad se sostiene
en la capacidad de sentirse calmo e impasible, ser
autoconfiado, resistente y autosuficiente ocultando
(se) sus emociones ¡Los varones no lloran!, ¡no
necesitas de nadie! o ¡el cuerpo aguanta! derivan de
este imperativo” (citados por Bonino, 1999, p. 4).
La salud mental y física de los hombres, es
observable de acuerdo con Seidler 1992); Bonino
(1999); y De Keijzer (1997), en las cifras de muerte
de hombres, sobre todo por conductas temerarias y
causas violentas como accidentes y, luego, suicidios
y homicidios, en las adicciones, en especial el
alcoholismo, y en la ausencia de los hombres en
los espacios de salud. A este respecto, nos dicen
Olavarría y Valdés:
Los hombres, en general, no hablan de sus problemas de salud, porque constituiría una demostración
de debilidad, de feminización frente a los otros y
otras. Ello denota una feminización de la noción
de cuidado de la salud. La imagen que tienen los
hombres de los servicios de salud, según un estudio
reciente, es que éstos son para ancianos, mujeres,
niños o para enfermos. Y los varones consideran
que no caen en ninguna de esas categorías, por lo
tanto, les son ajenos. (1998, p. 271)
Por otro lado, existen algunas emociones
particularmente asociadas al temperamento de los
hombres, que han sido directamente relacionadas
con el incremento del riesgo de violencia en la pareja.
Berkowitz (1993, 2000 citado por De Keijzer, 2001)
ha sugerido que el afecto negativo (mal humor,
desprecio, irritabilidad, ansiedad o ira) puede servir
Del dicho al hecho… las ideologías de género que sustentan las masculinidades hegemónicas
como motivador del conflicto y la agresión. A partir
de evidencia empírica en trabajos de talleres con
hombres, Benno de Keijzer ha encontrado que:
La negación de emociones consideradas ―femeninas como la tristeza, el miedo, el dolor y hasta la
ternura, y la legitimación de otras, como el enojo y
la alegría, son resultado de la especialización temprana de afectos a la que se ven sometidos el niño
y el varón joven. Esto se introyecta como parte del
aprendizaje del poder y se refuerza constantemente
a través de redes sociales, instituciones y medios
de comunicación… el mecanismo por medio del
cual convierten o cubren estos sentimientos devaluados con el enojo, frecuentemente asociado a la
violencia. La frontera entre el enojo y la violencia
suele ser muy permeable o hasta inexistente para
muchos hombres. (2010, p. 44)
De acuerdo con los autores mencionados antes,
tanto las conductas de riesgo, la violencia y las
adicciones, por ejemplo, son respuestas o conductas
que encubren emociones como temor e inseguridad
por parte de los hombres, ante la constante presión
de tener que demostrar su hombría o virilidad ante
los demás.
En este sentido, Kaufmann nos plantea que los
hombres deben mantener una coraza dura, proveer
y lograr objetivos para adquirir una masculinidad
hegemónica. Nos dice además, que el precio
del poder masculino es justamente el tener que
suprimir toda una gama de emociones, necesidades
y posibilidades, tales como el placer de cuidar de
otros, la receptividad, la empatía y la compasión,
experimentadas como inconsistentes con el poder
masculino, llevando a que se pierda también la
capacidad de autocuidado. De acuerdo con este
autor, por más que se supriman estas emociones,
ellas no desaparecen, lo que hacen en un contexto
social y cultural en el que la ira es la única emoción
válida para los hombres, es convertirse en ira y
manifestarse en dos formas, agresividad hacia
las mujeres y hacia otros hombres considerados
inferiores como homosexuales o negros; o en forma
de agresividad contra sí mismos, como auto-odio,
auto-desprecio, enfermedad física, inseguridad o
adicción (Kaufman, 1997, pp. 131-133).
Valor-Segura, Expósito y Moya (2010) sugieren
en su investigación sobre las diferencias de género
63
en los conflictos de pareja, que las mujeres expresan
“emociones no poderosas “que indican sumisión
(docilidad), como culpa, tristeza, vergüenza o miedo, en tanto que los hombres, pese a ser considerados
de manera general como menos emocionales que
las mujeres, se les atribuye en mayor medida emociones que indican dominancia, llamadas “emociones poderosas” como ira, disgusto o desprecio. De
acuerdo con su investigación, lo que en un principio
se consideró podían ser meras emociones estereotipadas de género y socialmente atribuidas a hombres
y mujeres, terminó siendo una situación real en las
parejas investigadas.
Como sabemos, los conflictos son inherentes en
cualquier tipo de relación interpersonal, pero en la
especificidad genérica de la que me ocupo en esta
investigación, se debe tener en cuenta también que
estas emociones no responden a predisposiciones
de tipo biológico, ni en hombres ni en mujeres,
sino, como lo han demostrado diferentes autoras
feministas, responden a procesos culturales, sociales y políticos. De Beauvoir por ejemplo, en su
emblemática obra El Segundo Sexo (1999 [1949]),
evidencia cómo las instituciones, la educación, las
formas de socialización, la asignación de roles en
lo productivo y en lo social, han confluido de manera sistemática en la creación de un sujeto femenino
dependiente, temeroso, poco seguro de sí mismo,
ligado a la inmanencia por su situación biológica
como reproductora y, presa, por más que adquiera
la autonomía económica, de una feminidad artificialmente construida, impuesta desde afuera, y que
le genera permanentes tensiones entre sus intereses
profesionales y las preocupaciones de su vocación
sexual. En el caso de los hombres, este proceso se
da de manera similar pero en aras de construirlo en
torno a una idea de superioridad y autosuficiencia
que los pone por sobre las mujeres. Sin embargo,
a lo largo de la historia las mujeres han ido dando
pasos firmes en la deconstrucción de ese modelo de
mujer frágil, se han empoderado y han asumido su
actoría en diferentes ámbitos, evidenciando que es
posible la ruptura con esos patrones aparentemente
normales. Como son comportamientos aprendidos,
tanto la represión de las emociones como la violencia son conductas deconstruibles, transformables y
muchos hombres ya han iniciado procesos perso-
64
Karina Sandoval Zapata
nales o colectivos en pos de transformar ese ideal
dominante, para explorar y decidir por sí mismos el
tipo emociones que como hombres pueden y quieren permitirse sentir.
El trabajo en la vida de los hombres y el lugar de
las mujeres en la sociedad
De acuerdo con diferentes estudios, son los
hombres los que más aceptan la idea de que
la mujer debe estar en el hogar, dedicada a la
familia, en tanto que las mujeres lo aceptan menos,
evidenciando, por un lado, que los hombres siguen
viendo las actividades del cuidado y del hogar como
responsabilidad de las mujeres, y por otro lado, que
las mujeres están menos dispuestas a negociar la
autonomía laboral y profesional que han logrado a
través del tiempo.
Una de las ideologías centrales en la cual
se fundamenta la masculinidad hegemónica
occidental, es aquella sobre la mujer como un ser
inferior. La mujer es mujer en virtud de cierta falta
de cualidades, según Aristóteles… Santo Tomas
decreta que la mujer es un “hombre fallido”, un ser
“ocasional”. Eso es lo que simboliza la historia del
Génesis, donde Eva aparece como “extraída, según
frase de Bossuet, de un ‘hueso supernumerario’ de
Adán” (De Beauvoir, 1999 [1949], p. 18).
Con estas frases de grandes representantes
de la filosofía clásica occidental y la referencia a
la historia bíblica citadas por De Beauvoir, queda
perfectamente claro el status que ha tenido la mujer
en Occidente a lo largo de la historia. La idea de
la mujer como un ser incompleto, irracional,
dependiente del hombre fue cuestionada por las
primeras teóricas feministas, como Simone de
Beauvoir (1999 [1949]), Sherry Ortner (1979),
Karen Sacks (1979), y Michelle Zimbalist Rosaldo
(1979) [1972]), entre otras, que intentaron explicar
el porqué de dicha subordinación más allá de
argumentos biologicistas o religiosos. Como he
mencionado líneas arriba, para De Beauvoir la
ubicación de la mujer como un segundo sexo inferior
al hombre, ha respondido a que las instituciones,
la educación, las formas de socialización, la
asignación de roles en lo productivo y en lo social,
han confluido de manera sistemática en la creación
de un sujeto femenino dependiente, basándose en su
situación biológica como reproductora. Para Sherry
Ortner (1979), la asignación de un status inferior a
las mujeres por su supuesta cercanía a la naturaleza,
constituye un hecho universal, pancultural, que sólo
adquiere significado dentro del entramado cultural
y el sistema de valores de la sociedad. Para ella tres
elementos específicos ligan a la mujer como más
cercana a la naturaleza; el cuerpo y las funciones
de la mujer, los roles sociales y como resultado
de éstos, una estructura psíquica diferente, todos
considerados más cercanos a la naturaleza, que a la
cultura, a la trascendencia.
Por su parte Karen Sacks (1979), quien hace una
revisión del planteamiento Hegeliano acerca de la
relación entre la subordinación de la mujer con la
aparición de la propiedad privada y la familia, esta
subordinación no está universalmente presente en
todas las sociedades, más bien responde a que en las
sociedades clasistas se ha delegado a los hombres
la producción de bienes de intercambio y éstos a su
vez, se han establecido como más valiosos que la
producción de los bienes de uso a cargo de las mujeres.
Finalmente, tenemos el planteamiento de Michelle
Rosaldo (1979) [1972]), quien aborda la oposición
entre orientación doméstica (como naturaleza) y
pública (como cultura) como una estructura necesaria
para examinar los roles masculinos y femeninos
de una sociedad. Para ella, ésa diferenciación entre
lo doméstico y lo público así como su valoración
desigual, también es una condición muy generalizada
en las diferentes sociedades, pero admite situaciones
de contexto que hacen de éste un fenómeno con
características particulares. Esta autora resalta que
de esa división de los ámbitos público y privado,
se generan en relaciones de poder a partir de la
desigualdad y subordinación que genera la jerarquía
entre hombres y mujeres.
Con los planteamientos anteriores, se empieza a
evidenciar entonces el carácter histórico y cultural
de la configuración de los géneros, tanto femenino
como masculino. La separación de esferas y la
ubicación jerárquica de una sobre la otra, ha
desencadenado situaciones de oposición, tensión
y violencia entre los géneros, pues la característica
más recurrente de la división de esferas es que las
actividades más valoradas y las que tienen mayor
prestigio las realizan generalmente los hombres.
Del dicho al hecho… las ideologías de género que sustentan las masculinidades hegemónicas
Es a partir de los cuestionamientos de las teóricas
feministas de mediados del siglo XX que se hace
visible la participación de las mujeres y empiezan a
aparecer en escenarios públicos y políticos, aspectos
como la reproducción y la sexualidad femenina, la
planificación familiar, las pautas de crianza de los
hijos e hijas, no ya como asuntos privados de la
vida de las mujeres, sino que atañen a la sociedad
y al Estado. De este modo aparece la que sería la
consigna característica de las feministas de los 70s,
“lo personal es político”, que ha sido una consigna
que ha tomado a lo largo de la historia diversas
connotaciones, que van desde la afirmación de la
interrelación e influencia de una esfera en la otra,
hasta la propuesta de eliminar ambas esferas, por
considerar que esta división es una manera de
mantener subordinadas a las mujeres.
Con el auge del capitalismo liberal, esta separación
se acentúa, ya que al separar la producción del
ámbito del hogar, las mujeres quedaron confinadas
a tareas de bajo status y totalmente apartadas de la
vida económica; de este modo se percibió como
normal “que la vida doméstica era irrelevante para la
teoría social y política o para las preocupaciones de
los hombres de negocios” (Pateman, 2009 [1996],
p. 45). Pateman resalta que pese a que las mujeres
han ganado la ciudadanía y una relativa igualdad
legal ante los hombres, el argumento de que las
mujeres son más cercanas a la naturaleza sigue
vigente y visible fácilmente en la responsabilización
que se hace de éstas por todo lo que ocurre en
el hogar o en el cuidado de los hijos, así aporten
económicamente igual que sus compañeros. En este
sentido, Pateman manifiesta la necesidad de que se
reconozca la relación y dependencia del capitalismo
y del trabajador –hombre- con la figura de la ama de
casa las demandas de mujeres feministas frente a la
vinculación de los hombres en la labor de crianza de
los hijos e hijas.
Aquí nos encontramos entonces el nexo existente
entre la división de esferas, la subordinación
femenina y el rol de proveedor de los varones, como
un requisito indispensable de su masculinidad. Al
ser la mujer confinada al hogar y responsabilizada
del cuidado de los hijos, se le asignaba un lugar
preponderante al hombre en lo público, ligado al
espacio laboral, a través del cual el hombre obtenía
reconocimiento y status como jefe de hogar. De
acuerdo con Olavarría,
65
Para el modelo de masculinidad y paternidad dominante, los hombres adultos se caracterizan entre
otros aspectos, porque trabajan (remuneradamente), constituyen una familia, tienen hijos, son la
autoridad y los proveedores del hogar. En oposición
a las mujeres que pertenecerían al ámbito de la
casa, a la crianza de los hijos y serían protegidas y
mantenidas por sus maridos. (2001, p. 15)
Según Gomáriz (1997), esta función proveedora
les proporciona a los hombres no sólo una fuerte
vinculación de su identidad genérica con su quehacer
profesional, sino que los pone en posiciones de
liderazgo, y nos remite a la problemática del poder
como fuente en identidad masculina. De este modo,
el hombre se relaciona con la mujer ofreciéndole
los frutos de su desempeño profesional (no sólo
material sino simbólico, de prestigio, etc.). Es decir,
la identidad masculina está marcada frente al otro
género por la función proveedora (Gomáriz, 1997,
pp. 35-36).
De acuerdo con Fuller (1997), las representaciones de masculinidad de los hombres peruanos de
clase media, están contenidas en tres diferentes configuraciones: la natural, la doméstica y la exterior,
(pública/calle). Esta última, estaría representada por
el trabajo y la política y es la configuración en la
cual se legitima la masculinidad.
El trabajo es el eje fundamental de la identidad
masculina adulta. Ingresar al mundo laboral significa alcanzar la condición de adulto, constituye una
precondición para poder establecer una familia y
es la principal fuente de reconocimiento social…
Su principio rector es la jerarquía. Lo público se
asocia a la hombría, la masculinidad lograda y
reconocida públicamente (trabajo, política) es el
locus del logro y debe estar regulado por la honestidad, la eficiencia y la contribución al bien común.
(Fuller, 1997, p. 4)
Esta rígida separación de esferas en el mundo
occidental, pone al hombre en una situación
de desvinculación afectiva con su familia y le
permite tiempos limitados para facetas diferentes
a la laboral, pero estas limitaciones han sido leídas
como sacrificios válidos, toda vez que se hacen en
beneficio de los demás miembros del hogar. Sin
embargo, la creciente vinculación de las mujeres al
66
Karina Sandoval Zapata
mundo laboral y sus funciones como proveedoras
hacen menos necesaria esa función masculina.
Este cambio ha hecho que las mujeres entren a
aportar de manera similar o más que los hombres
en los presupuestos familiares, pero no ha supuesto
cambios proporcionales en la repartición de los
oficios del hogar y el cuidado de los hijos. Los
hombres, ligados en su identidad al rol proveedor,
ven comprometida su identidad y su masculinidad,
puesto que ya no son necesariamente vistos como
jefes de hogar y su lugar de poder y autoridad frente
al grupo familiar ya no es el mismo. Otro de los
conflictos que provoca esta dedicación al trabajo es
la incapacidad emocional que genera en la vida de
los hombres, pues sus mejores energías se emplean
en el trabajo y llegan junto a sus compañeras
exhaustos y exprimidos (Seidler, 1992, p. 97).
En todo caso, con el ingreso creciente de las
mujeres al mercado laboral, su mayor cualificación
y autonomía, así como cambios en la institución
familiar con la fuerza que han adquirido los
hogares con jefatura compartida, los hogares
monoparentales, y los hogares reconstruidos dada
la ocurrencia de separaciones, este ideal del padre
proveedor ha cambiado y las exigencias que desde
el ámbito familiar se les hacen a los hombres han
cambiado. De acuerdo con Lupica,
que les ha posibilitado flexibilizar este ideal rígido
y disponer de tiempo y energías para participar en
otros escenarios y abrirse a nuevas experiencias con
su entorno y con ellos mismos.
De acuerdo con De Keijzer (2001), vista a la
luz de la perspectiva de género, la relación entre
trabajo y el cuidado de la salud en los hombres es
abiertamente contradictoria. Una de las principales
limitaciones en torno a la transformación del ideal
proveedor de los hombres al interior de la familia,
se debe a que el trabajo como fuente de identidad
y poder masculino lleva a que el cuerpo sea vivido
como instrumento para este fin, llevando a que la
salud y el autocuidado no jueguen un rol central en
la construcción de la identidad masculina (2001,
p. 140). Un hombre, definido por excelencia como
racional, trabajador y jefe de hogar, pondrá por
encima de todo el cumplimiento con su profesión
y su trabajo, en muchas situaciones de enfermedad
física o emocional propias, o en situaciones en las
que por motivos escolares, de salud o festejo su
familia lo requiere en horarios laborales. Según De
Keijzer, está demostrada en los recientes inventarios
de problemas de salud masculina, la relación de
éstos con la negación o desconexión de los hombres
con su cuerpo y sus necesidades fundamentales, al
respecto nos dice:
Se asiste a una evolución de la valoración del padre proveedor a la del padre comprometido con el
bienestar emocional de la descendencia, con más
implicación afectiva, disponibilidad y proximidad
a la familia, y mayor involucramiento en las tareas
domésticas y de cuidado. (2009, p. 1)
“Todo por servir se acaba”. Es una frase que frecuentemente he escuchado referida tanto a objetos
y maquinaria como al cuerpo masculino… Esta
frase la volví a escuchar recientemente en el trabajo
con cañeros en el sur de Puebla, al referirse a lo
que otros llamarían envejecimiento prematuro o
desgaste producto de una historia laboral que se
inicia de niños, y que para la adolescencia ya tiene
todos los requerimientos del trabajo de un adulto…
(2001, p. 140)
El lugar preponderante del trabajo y la
proveeduría económica masculina, es evidente
como exigencia social, como ideal de realización
personal y como lugar de poder en las relaciones
de hombres y mujeres, pero en menor medida que
antes. Poder resignificar este rol proveedor y el
trabajo como una fuente de poder masculino, ha ido
de la mano con el acceso de las mujeres al mundo
laboral, porque al haber comenzado a compartir
responsabilidades que antes sólo competían a
éstos y al liberarlos de los estereotipos de género,
se considera que les abrió la posibilidad de nuevas
experiencias emocionales (Deere y León, 2002), lo
Otra autora que pone de manifiesto esta vivencia
contradictoria del trabajo como fuente de poder,
pero también de tensiones y problemas para los
hombres es Fuller (1997), pero sus reflexiones ya no
se refieren a la salud masculina sino a ámbitos como
la libertad personal y las expectativas y demandas
familiares:
El trabajo es inherentemente contradictorio porque,
aunque es indispensable para la constitución de la
Del dicho al hecho… las ideologías de género que sustentan las masculinidades hegemónicas
identidad masculina, es una responsabilidad y un
deber que contrastan con la libertad individual. Más
aún, a menudo las exigencias del mundo laboral se
oponen con las demandas de la familia y sus reglas
de juego contradicen los principios éticos que se
supone los varones representan en tanto jefes de sus
familias y en tanto vínculo con los más elevados
principios. (Fuller, 1997, p. 142)
La flexibilización de este ideal proveedor de los
hombres, aún incipiente y generada más por factores
externos a la construcción identitaria masculina, se
irá dando también de la mano con otros cambios
estructurales, por ejemplo en las medidas de los
Estados y en la lógica del mercado laboral, en la
medida en que se posibilite una mayor conciliación
de la vida laboral y familiar de los hombres, sin
negarles su participación o mayor protagonismo en
las relaciones y dinámicas familiares y claro, con la
interiorización, por parte de los mismos hombres,
de nuevos ideales como por ejemplo, alrededor de
la importancia del autocuidado y la importancia de
sus vínculos emocionales.
Sexualidad masculina, entre la hipersexualidad y la
homofobia
Como sabemos las ideas en torno a la pasividad
sexual de las mujeres y la hipersexualidad masculina, han ido perdiendo peso a nivel científico desde
el siglo XX, cuando la medicina moderna hizo objeto de estudio el cuerpo femenino y entendió un poco
más su sexualidad y anatomía antes desconocida,
siendo los hombres y mujeres más jóvenes quienes
menos aprueban esta idea, que ubicaría las diversidades sexuales como patologías y consecuentemente como pecados y conductas anti-natura.
En tanto, la participación de los hombres en la
planificación y en la salud sexual de su pareja, el
nivel de aceptación es más evidente, y esto así como
puede estar relacionado con el hecho de que esta es
una de las ideas más promovidas por proyectos e
iniciativas, todas relacionadas con la salud sexual
y reproductiva de las mujeres ante amenazas como
el sida, otras ITS y embarazos no deseados, de las
cuales se considera que los hombres son responsables
en buena medida y, también puede estar relacionada
con el nivel de autonomía y responsabilización que
permite tanto de hombres como mujeres, el uso de
67
métodos anticonceptivos y los preservativos en el
manejo libre de su sexualidad.
En este punto, intentaré establecer la relación
entre la matriz heterosexual conceptualizada por
Butler (2007 [1990] p. 39), como “el dispositivo
que intenta establecer las identidades de género
diferenciadas e internamente coherentes dentro
de un marco heterosexual”, y dos manifestaciones
de la sexualidad masculina –virilidad-, como
son la hipersexualidad como el deseo activo e
incontrolable de los hombres y la homofobia como
temor y negación de todas las cualidades que se
consideren femeninas en los hombres.
Resaltaré en este análisis, que la supuesta hipersexualidad de los hombres surge de la masculinidad hegemónica que es por definición heterosexual,
como un marcador de virilidad que tiene claros
efectos en las relaciones sociales de género, más
allá de las prácticas sexuales en sí mismas y que
termina por convertirse en un peso para los mismos
hombres al estereotiparlos y convertirse en un ideal
que deben cumplir para no poner en riesgo la valoración que como hombres les da la sociedad, en función de su identidad y de su status. En este sentido
Fuller (2012), nos dice que para tratar de acercarse
al modelo de masculinidad-virilidad hegemónico
validado socialmente,
los varones deben superar ciertas pruebas y cumplir
con requisitos tales como: ser fuertes y potentes sexualmente, preñar a una mujer, fundar una familia,
proveerla y ejercer autoridad sobre ella. (p. 119).
De acuerdo con esta ideología que exacerba la
sexualidad y el dominio de los hombres sobre el
cuerpo de las mujeres, el papel del seductor, del
hombre gobernado por el deseo y que no puede
decir que no a sus impulsos sexuales, iría de la
mano con la consideración de que las mujeres son
inferiores, porque son concebidas y utilizadas como
objetos sexuales, serviles y desechables, lo que no
sólo legitima el acoso y la violencia sexual en contra
de éstas, incluso podríamos hablar de que justifica
su eliminación y asesinato, como lo evidencian los
permanentes y abundantes casos de feminicidio a
nivel mundial2.
2
“El feminicidio es el asesinato de una mujer cometido por un
hombre, donde se encuentran todos los elementos de la relación
68
Karina Sandoval Zapata
Esta construcción alrededor de la sexualidad
masculina ha significado a lo largo de la historia,
situaciones donde la mujer ha tenido que vivir su
cuerpo a partir de la culpa, el desconocimiento y la
vergüenza, sólo superables mediante la procreación,
único fin válido de la sexualidad –pero no del placerfemenino. De acuerdo con Jeffrey Weeks,
La sexualidad de la mujer, en diversas épocas, se
ha considerado peligrosa, fuente de enfermedades, medio para transmitir valores nacionales en
la época de la eugenesia, guardiana de la pureza
moral en discusiones sobre la educación sexual y
centro principal de atención en los debates sobre
tolerancia y liberaci6n sexual en la década de 1960.
La sexualidad femenina ha sido limitada por la
dependencia económica y social, el poder de los
hombres para definir la sexualidad, las limitaciones
del matrimonio, la carga de la reproducción y el
hecho endémico de la violencia masculina contra
las mujeres (1998, p. 44).
Sin embargo, es importante enfatizar en lo
que este autor llama como la invención de la
sexualidad, al enfatizar en la construcción social
de ésta y que “comprende las maneras múltiples
e intrincadas en que nuestras emociones, deseos y
relaciones son configurados por la sociedad en que
vivimos” (Weeks, 1998, p 44). De acuerdo con lo
que nos plantea Weeks, la biología no condiciona
los comportamientos sexuales ni de hombres ni
de mujeres. Es decir, ni la mujer es naturalmente
pasiva o menos sexual que los hombres, y estos a su
vez, no están biológicamente determinados para ser
seres hipersexualizados, esclavos del deseo que los
imposibilita de pensar o razonar como comúnmente
se plantea. Estos son comportamientos que se
han ido configurando como normales en muchas
sociedades, pero son construcciones culturales y por
tanto transformables.
De acuerdo con Fuller (1997), la virilidad,
determinada por su fuerza física y su capacidad
sexual, se constituye en el verdadero núcleo de
la masculinidad. En este sentido, nos dice que la
inequitativa entre los sexos: la superioridad genérica del hombre frente
a la subordinación genérica de la mujer, la misoginia, el control y el
sexismo. No sólo se asesina el cuerpo biológico de la mujer, se asesina
también lo que ha significado la construcción cultural de su cuerpo, con
la pasividad y la tolerancia de un estado masculinizado” (Monarrez,
2006: 431)
sexualidad masculina, en tanto indomesticable,
no puede ser limitada a la vida matrimonial
(doméstica) porque ponerla bajo el control de una
mujer podría destruirla. En cambio, el libre ejercicio
de la sexualidad femenina se percibe como una
amenaza a la virilidad, profundamente asociada
con la capacidad de controlar la sexualidad de las
mujeres de la propia familia (esposa, hermanas,
hijas). En muchas sociedades de América Latina, la
representación de sentido común, es que el macho
es el varón hipersexuado y agresivo que se afirma
como tal a través de su potencia sexual (capacidad
de conquista), la competencia y la jactancia frente a
otros varones y el dominio sobre las mujeres de su
familia, pero que, al no aceptar frenos (sobretodo si
provienen de las mujeres), no asume su rol de jefe
de familia y padre proveedor (Fuller, 1997, p. 148).
De acuerdo con lo anterior, la imagen dominante
del padre ausente, mero proveedor y desvinculado
afectivamente, es también una imagen que se
reafirma en los hombres a partir de exigencias
contradictorias que les hace la sociedad en su niñez
y adolescencia para reafirmar la adquisiciónde los
símbolos viriles (sexualidad activa y valentía), como
tener muchas parejas sexuales, ser conquistadores,
que contrastan con las que se les hace en la vida
adulta y que implican un proceso de des-aprendizaje
y abandono de aquellas prácticas que antes, eran
necesarias para reafirmar su virilidad. Una vez
formaron una familia, lo que la sociedad espera
de estos mismos hombres a quienes se les enseñó
y exigió ser hipersexuales, es ser monógamos, ser
fieles y vivir una vida hogareña.
Ahora bien, la segunda idea que hemos planteado
en este análisis es que la homofobia, es una conducta
resultante del establecimiento de la heterosexualidad
como normal, y de la negación de cualidades
femeninas en los hombres. De acuerdo con Badinter
la mayoría de las sociedades patriarcales relacionan
la masculinidad con la heterosexualidad (1993, p.
191). Y la heterosexualidad como práctica modelo
de lo normal es una realidad establecida más allá de
la biología.
Varios autores han intentado demostrar cómo la
heterosexualidad no es una orientación natural de
hombres y mujeres, sino un proceso de institucionalización y normativización de los cuerpos en función
Del dicho al hecho… las ideologías de género que sustentan las masculinidades hegemónicas
del predominio masculino, blanco, burgués. Este
proceso de institucionalización ha sido denominado
heteronormatividad, por Michael Warner (1991), y
hace referencia al conjunto de las relaciones de poder por medio del cual la sexualidad se normaliza
y se reglamenta en nuestra cultura, las relaciones
heterosexuales idealizadas se institucionalizan y
se equiparan con lo que significa ser humano. De
acuerdo con Warner, la modernidad ha conllevado
la globalización de un orden sexual nuevo que impone la heterosexualización de la sociedad como un
imperativo fundamental para el colonialismo moderno. Esto implicaría, entre otras cosas, entender
que la modernidad está profundamente intrincada
con una economía en crecimiento reproductivo y su
familia edípica, por lo que ninguna orientación sexual diferente a la heterosexual es útil ni permitida.
De manera similar, Adrianne Rich plantea que
la idea de la heterosexualidad como orientación
innata de las mujeres, ha estado ligada a los
dictados del mercado económico en lo que se
refiere al rol de producción y reproducción que el
capitalismo ha ido exigiendo a las mujeres, como
el encarnar y preservar la santidad del hogar la
“sentimentalización científica” del hogar en sí
mismo, reflejando sólo las necesidades y fantasías
masculinas sobre la mujer y su interés en controlar
a las mujeres —particularmente en materia de
sexualidad y maternidad— junto a los requisitos del
capitalismo industrial. Para ella, la heterosexualidad
obligatoria debe ser entendida como una institución
de poder que afecta todas las conductas de las
mujeres (Rich, 1999, pp. 7-8).
La importancia de entender este concepto de
institución heteronormativa para la identidad
masculina, implica entender que la sexualidad forma
parte de nuestra subjetividad y que por tanto va más
allá de meras prácticas y orientaciones sexuales. Históricamente se ha considerado la existencia de un
tipo humano absoluto y es el tipo masculino, que se
da por sentado, que no se cuestiona y que es tomado
como modelo de normalidad pues “ser masculino y
heterosexual es la norma, es lo recurrente, no hay
cuestionamiento a ello sobre si es o no lo ideal”
(Sancho, 2012, p. 47). El hombre heterosexual como
modelo prototípico de masculinidad, encarna una
69
serie restricciones para sí en cuanto a su conducta e
identidad, al tiempo que ubica a los “otros” tipos de
hombres como inferiores, raros o enfermos. En esa
medida lo que se produce es
La hipótesis de que el sexo es una fuerza natural
irresistible, un imperativo biológico ubicado en los
genitales; y, por último… un “modelo piramidal del
sexo”, una jerarquía sexual que se extiende hacia
abajo, desde la corrección aparentemente otorgada por la naturaleza al coito genital heterosexual
hasta las extrañas manifestaciones de lo perverso.
(Barrientos y Silva, 2006, p. 62)
Sin embargo, a partir de las críticas de
teóricas feministas y teóricos gay-lésbicos, esta
normalización de lo heterosexual y la posterior
patologización de la diversidad sexual, se ha
empezado a resquebrajar, y este cambio se ha dado
de la mano con cambios en prácticas específicas
de hombres y mujeres en torno a la planificación
sexual, con la separación del placer sexual y la
reproducción en las mujeres, el autoerotismo, el
sexo prematrimonial y la homosexualidad, entre
otras prácticas de mayor exploración y creatividad
en torno al cuerpo y al placer. Parte de estos cambios
se pueden observar en el hecho de que algunas
formas de sexualidad como la homosexualidad,
antes consideradas como “desviadas”, “pecados”
o “enfermedades” en la actualidad se consideran
como “estilos de vida diferentes” en muchos países
europeos ( Barrientos y Silva, 2006, p. 2).
Actualmente ha habido avances en el
reconocimiento y la posibilidad de acceso a derechos
legales, por hombres y mujeres gays y lesbianas,
en aspectos legales, familiares y económicos. Pero
este avance legal no ha significado un cambio
proporcional a nivel ideológico, que se considere
importante en términos de cómo es percibido el
tema de la homosexualidad por la población que
se asume como heterosexual. Parte importante
de que esta idea sea tan resistente es que tanto
la homofobia como la misoginia desempeñan un
papel importante en el sentimiento de identidad
masculina (Badinter 1993, p. 191). Como vimos en
el aparte sobre la represión de las emociones en los
hombres, es evidente también en esta ideología de
la homosexualidad como una enfermedad que,
70
Karina Sandoval Zapata
Tradicionalmente la masculinidad se ha definido
más “por el hecho de evitar algo…que por el deseo
de algo”… Ser hombre significa no ser femenino,
no ser homosexual, no ser dócil, dependiente, sumiso; no ser afeminado en la apariencia física o en los
modales; no tener relaciones sexuales o demasiado
íntimas con otros hombres; no ser impotente con
las mujeres. (Badinter, 1993, p. 192)
Aunque autoras como Badinter (1993) y Fuller
(1997), ubican un temor mayor hacia la homosexualidad en la identidad de hombres adolescentes,
establece que este temor es parte importante de la
identidad masculina a lo largo de su ciclo vital, y
que este temor se manifiesta en la desconfianza y
fastidio hacia personas homosexuales, así como el
temor propio de experimentar deseos homosexuales. Dentro de esa organización jerárquica en la que
los hombres homosexuales están por debajo de los
heterosexuales, hay nuevas jerarquizaciones en las
que una diferencia significativa se asocia con lo pasivo, como el dejarse penetrar por otro hombre y lo
activo, que sería el rol dominante del hombre que
penetra a otro. Un varón que quiebra esta barrera
simplemente pone en entredicho su condición.
Conclusiones
Entendiendo que las identidades son construcciones móviles y que la masculinidad no es una, ni
rígida ni universal y estática, es importante decir que
no todos los hombres que reprimen sus emociones
son necesariamente violentos, ni todos los que creen
que deben tener más sexo, odian a los homosexuales, ni todos los hombres que han sufrido violencia
en sus hogares la reproducen en su vida adulta. La
masculinidad hegemónica sí mantiene su vigencia y
sí se sostiene a través de un tejido que se une finamente a través de instituciones como la escuela, la
familia, los medios de comunicación, entre otros, y
de ese modo predispone a los hombres a situaciones como las mencionadas, pero de ningún modo
se puede determinar que de ese modo actuarán todos y siempre. Sin embargo, es importante resaltar
que del mismo modo que el ideal mariano de mujer
es irrealizable para las mujeres de carne y hueso, la
vigencia de la masculinidad hegemónica, se evidencia más como un ideal, como un mandato social y
cultural, como un arquetipo que no es humanamente
realizable y por eso mismo genera tantas tensiones,
conflictos y riesgos para los hombres y las mujeres
socializados en ella.
Como planteé antes, este trabajo me permitió
hacer visibles diferentes situaciones tanto a nivel
ideológico como práctico en las que se presenta la
coexistencia de cambios hacia la equidad de género
y tradiciones machistas, y ésta es una situación
similar en varios países Latinoamericanos,
como lo demuestra la encuesta internacional de
masculinidades IMAGES (Aguayo, Correa, Cristi,
2011). Esta coexistencia de ideologías y prácticas
se debe leer a la luz de realidades materiales e
históricas propias de los países de América Latina,
subcontinente que vive de manera particular los
procesos de la modernidad, bajo rezagos de la colonia
como por ejemplo, la fuerte influencia religiosa de
la iglesia católica, los ideales de europeización, al
tiempo que se añora la tradición y las instituciones
como la familia.
En este sentido, es importante resaltar que las
posibilidades de cambio masculino, se materializan
en circunstancias sociales concretas, lo cual puede
ser limitante pues si las crecientes iniciativas
individuales de cambio no encuentran un respaldo
cultural, social, institucional, económico y político,
estas iniciativas pueden o bien quedarse aisladas
en procesos personales o pequeños grupos sin
articulación como viene sucediendo, o bien, ser
desestimuladas y vistas como anómalas o ser
satanizadas, como también viene sucediendo con
expresiones masculinas que se han hecho cada
vez más visibles desde la homosexualidad o la
emocionalidad.
Por lo anterior, es importante enfatizar la
necesidad de establecer programas, políticas y
demás formas de intervención social que, por
un lado, atiendan las necesidades específicas de
los hombres en sus diferentes realidades étnicas,
generacionales, de orientación sexual y demás
especificidades; y, por otro lado, posibiliten desde
espacios tempranos de socialización decisivos como
la escuela, procesos de sensibilización, formación
y promoción de nuevas formas de ser hombres,
dando cabida a la diversidad sexual, a la expresión
de emociones diferentes a la ira o la violencia, de
solidaridad y paridad entre los géneros y en general,
Del dicho al hecho… las ideologías de género que sustentan las masculinidades hegemónicas
actitudes hacia una cultura de paz y equidad entre
hombres y mujeres.
Recientemente la OMS ha advertido que
la violencia contra las mujeres ha adquirido
dimensiones epidémicas y que los avances en esta
materia son escasos, situación que atribuye, entre
otras razones, a que éste “sigue siendo un campo
relativamente nuevo dado que la gran mayoría de
los estudios sobre violencia de género se realizaron
en la última década” (Salas, 2013, sin número de
página). Sin embargo habría que considerar que
aunque, estos estudios a los que se refiere la OMS,
constituyen un avance invaluable, son estudios
que no dicen nada o dicen muy poco sobre los
hombres, y el problema es que ese vacío no sólo
genera efectos como que se naturaliza la idea de
que los hombres son violentos per se, sino que al
no decir nada sobre lo que genera las conductas de
violencia en éstos, se siguen enfocando las políticas
públicas hacia las mujeres –víctimas-, y considero
que ese es otro motivo importante por el que los
resultados del trabajo en materia de violencia de
género son y seguirán siendo escasos, sino se
piensa el sujeto hombre en todas sus dimensiones,
sino se lo incluye como parte activa del trabajo en
género a nivel global, en la educación temprana,
en sensibilización, en prevención y promoción de
nuevas masculinidades, el resultado posiblemente
seguirá siendo el mismo.
Otro de los temas que abordó esta investigación,
fue el de la paternidad. En relación a este tema,
considero también importante, reafirmar la necesidad
de que se empiecen a contemplar y a viabilizar otro
tipo de incentivos para que los hombres puedan
seguir involucrándose en la paternidad gozosa y
activamente. Ya existen experiencias de otros países
en los que aparte de la licencia de paternidad, que
son mucho más extensas y dan otros incentivos
como disminución de la edad para la jubilación,
subsidios, entre otros. La política pública de licencia
de paternidad por sí sola no garantiza la presencia
del padre, la calidad del involucramiento en el
cuidado, ni la decisión consciente de los hombres
71
de ser padres. En este sentido vuelve a ser evidente
la necesidad de intervención con hombres para que
se fortalezcan las campañas ya iniciadas para que su
incidencia sea cada vez mayor y claro, en ámbitos y
espacios que no se han trabajado, iniciar campañas
nuevas y diferentes que aborden otros temas desde
una perspectiva más positiva y esperanzadora de
la masculinidad, como la paternidad. Experiencias
planteadas por los hombres entrevistados, como la
discriminación de la justicia familiar en casos de
disputa o la violencia psicológica y simbólica que
sufren muchos en sus relaciones de pareja, también
merecen ser analizados y visibilizados como temas
vitales para la transformación de las relaciones entre
los géneros.
Por último, es importante tener en cuenta que
para romper el estereotipo masculino, también
son relevantes la mirada y las expectativas
femeninas en relación al tipo ideal de hombre que
se ha construido y que de alguna manera reafirma
el machismo. Considero que ese es uno de los
hallazgos más significativos de esta investigación
en su fase cuantitativa, pues hace palpable la
dimensión relacional del género, comúnmente
pasada por alto en diferentes escenarios, incluido
el académico. Cuando enfatizo en este punto,
en cómo las mujeres construyen un ideal de
masculinidad -y en este caso ese ideal se mantiene
ligado al machismo-, y producen expectativas
ambivalentes frente a los posibles cambios de los
hombres hacia masculinidades menos enraizadas
en el poder, la autoridad y la violencia, no se trata
de negar fenómenos estructurales como la violencia
de género o culpar a las mujeres de ésta, se trata
en cambio, de superar la masificada idea de que el
género es igual a mujer y en esa medida ampliar el
horizonte de análisis y de trabajo, sacando a la mujer
del lugar de mera víctima pasiva y poder vislumbrar
un sujeto masculino ampliamente, dentro de una
historia, desnaturalizando su condición de “malo”,
y en esa medida dar respuestas más integrales para
el análisis académico del género y la intervención
con hombres y mujeres.
72
Karina Sandoval Zapata
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