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El niño que quería matar

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El niño que quería matar
Lolita Bosch
Equl eniño
quería
matar
Para A.M.
Uno
M
e llamo Max, tengo catorce años y paso mucho más miedo que los otros niños. Porque a
veces se me ocurren unas cosas muy extrañas que
no sé qué son, no sé de dónde vienen ni sé para
qué sirven.
Si es que acaso sirven para algo.
Y entonces tengo la sensación de que los
demás se dan cuenta de que no soy como ellos y
que por eso me tienen miedo.
Tienen miedo de mí.
Y eso es exactamente lo que me asusta tanto:
que los demás tengan miedo de mí.
Porque lo que a mí me gustaría es ser como
ellos.
Pensar en las mismas cosas que piensan los
otros niños.
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Olvidarme de mí.
No quedarme desamparado, como si estuviera sentado en un muelle carcomido, cada vez que
mi cabeza se va. Abandonado por mí.
Pero no me sale. Y siempre que mi cabeza se
va sola, ya es demasiado tarde y no sé detenerme.
Detenerla.
Y claro: no puedo contárselo a nadie.
Porque, digan lo que digan, si los demás se
dieran cuenta de que soy como soy y que mi
cabeza va como va, me quedaría solo, se burlarían de mí, no me creerían…
O me tendrían más miedo del que ya me tienen.
Más miedo de mí.
Por eso no he dicho nada.
A nadie.
Aunque la verdad es que en el instituto no
tengo muchos amigos.
Y en otros lugares, tampoco.
Muchos niños piensan que soy un poco extraño. Pero a mí no me importa, porque de este
modo consigo que no me molesten mucho. Que
me dejen tranquilo.
Porque ya me he dado cuenta que en el insti10
tuto hay compañeros a los que no les tienen
miedo y los molestan todo el rato. Pero que a mí,
no.
Que a mí los demás me evitan.
Y está bien así: prefiero que me eviten a que se
burlen de mí o que me molesten.
Simplemente: que me dejen tranquilo.
Aunque no basta. Nada basta. Y a pesar de que
me dejen tranquilo, a pesar de que me eviten, a
pesar de que haya otros niños a los que molestan
más, a mí lo que de verdad me asusta es que me
tengan miedo.
Porque no sé qué deben pensar de mí.
Quién deben pensar que soy.
No sé qué esperan.
No sé qué ven que yo no veo.
No tengo ni idea de lo que creen que puede
llegar a pasar ni de lo que sospechan que soy
capaz de hacer.
Por eso no he dicho nada.
Aunque a veces pienso que quedarme callado
no servirá. Que ahora que mis compañeros ya se
han dado cuenta que no soy como ellos, habrán
pensado en algo.
Estoy seguro.
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Aunque yo no haya dicho nada, absolutamente nada.
En el instituto, quiero decir.
Porque a mis padres no hizo falta ni que les
contara por encima ni que les medio escondiera
nada.
Ellos en seguida se dieron cuenta que me ocurría algo y mi madre me llevó al doctor, un señor
desconocido y muy atento que me hizo unas
preguntas muy incómodas.
–¡Mamá! –protesté.
–Tenemos que hacerlo así, Max. Venga, hazle
caso al médico y nos iremos en seguida.
El doctor quería saber qué pienso, qué hay en
mi cabeza, quién soy.
Pero yo preferí no decirle que quería matar.
¿Cómo podía contar algo así delante de mi
madre?
¿Cómo reaccionaría si se diera cuenta que en
verdad soy como soy?
¡Pobre mamá! No merece tener un hijo como
yo. Siempre ha tenido paciencia. Me ha animado
a ser valiente. Pobre mamá, siempre me ha ayudado a olvidarme de mi timidez.
Y papá también.
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Pobre mamá, pobre papá. Pobres los dos.
Se pondrían tan tristes si supieran que su hijo
ha pensado en quitarle la vida a un animal.
A muchos animales.
Si supieran que he pensado en matar, aunque
haya intentado pensar en otras cosas.
Y tendrían razón, porque la verdad es que no
entiendo cómo puedo pensar en algo así.
Y a lo mejor se lo tendría que preguntar a este
doctor que me mira tanto.
–¿En qué piensas, Max?
–Cosas.
–¿Y no hay nada que me quieras decir?
–No.
–¿Nada importante?
–Nada importante, doctor.
–¡Venga! –me pidió mi madre– Habla con el
médico, Max. Dile qué te pasa.
–¡Si no me pasa nada, mamá!
–Entonces no deberías tener miedo de hablar
con él.
–No tengo miedo, mamá. Lo que pasa es que
no sé qué queréis que le diga.
–¿Por qué no me cuentas qué pasó en el aula
de laboratorio, Max? Dice tu madre que…
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–¡Mamá! ¡Eso son cosas nuestras! Te pedí que
no se lo contaras a nadie…
Y entonces mi madre calla un momento,
como si necesitara coger un poquito de aire
antes de seguir hablando.
–Max, no he sido yo. Alguien del instituto ha
llamado al médico y…
–¿Alguien del instituto?
–Sí, Max.
–¿Así que mis compañeros ya lo saben?
–¿El qué?
–¿Usted qué cree, doctor? Deben de haberles
contado a mis compañeros que he tenido que
venir aquí…
–No lo creo, Max.
–¡Pero lo sabrán! En el instituto todo se sabe y
ellos lo acabarán descubriendo.
–¡Vamos, hijo! No te desanimes.
–¿Que no me desanime, mamá? Lo dices porque tú no sabes lo que es quedarse solo. ¿A que
no?
–No estás solo, Max.
–¿Ah, no? No te imaginas lo que será de mí
cuando le cuenten a aquella niña…
–¿Qué niña, Max?
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–¿Por qué quiere saberlo todo, doctor? ¿O es
que cree que debería ir a advertirles de que soy
una amenaza? Que soy peligroso, que se alejen
de mí, que he pensado en matar.
–¿Qué has pensado qué, Max?
–Lo siento, mamá. Es mejor que lo sepas
ahora que ya no puedo volver al instituto.
–Pero ¿por qué no, Max?
–¿Es que acaso no me escucha, doctor? ¡Le
estoy diciendo que he pensado cómo es matar!
15
Dos
C
uando pienso en matar, lo pienso así: normalmente estoy sentado en algún lugar tranquilo, sin pensar en nada concreto y sin acordarme de alguien. Y entonces me imagino que llega
un animalito frágil, lento, que avanza tranquilo.
Unos son animales pequeños y peludos. Otros
son ranas. Algún cangrejo. Una tortuga. Y una
vez hasta pensé que mataba a un cachorro de
perro.
Un cachorro gris con manchas blancas.
Los animales que se me acercan siempre van
solos y yo nunca los llamo.
No los provoco.
Se acercan porque quieren. Se detienen delante de mí y me miran. Entonces yo les sonrío.
Luego los levanto del suelo, saco una navaja
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del bolsillo de mi pantalón y pensando en otra
cosa les impido respirar y les abro el cuerpo de
un tajo, seco.
Después los dejo en el suelo, me levanto, me
sacudo los pantalones, me doy asco y me voy.
Aunque nunca, o casi nunca, he escuchado
que ninguno de esos animales hiciera ningún
ruido mientras yo me alejaba.
Creo que siempre que he pensado que los
mataba: los he dejado totalmente muertos de un
solo tajo, seco.
Es horrible, lo sé.
Pero no lo pienso porque quiera hacerlo. Ni
siquiera porque quiera pensarlo. Sino porque mi
cabeza va sola y yo no consigo detenerla.
No puedo. No sé.
Y la verdad es que ni siquiera tengo una navaja.
Ni tampoco me gustaría tenerla.
Pero eso no importa. Porque igualmente lo
que pienso debe ser mi culpa.
Seguro que no me esfuerzo lo suficiente en
dejar de pensar y que por eso, de pronto, mi
cabeza empieza a imaginar cosas cada vez más
espantosas y se va.
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Me abandona.
Abandonado por mí.
Como si fuera una peonza cuando se separa
de su cuerda. Un trineo en una pista de nieve
peligrosa que pierde al niño que lleva encima.
Un pájaro ciego que tropieza al dar aquellos saltitos que dan los pájaros ciegos cuando quieren
cambiar de sitio.
Así es mi cabeza: como un pájaro ciego que
tuviera que llegar a algún lugar distinto pero no
supiera por dónde pasar porque no ve nada.
Y entonces hace lo que hace siempre cuando
está solo: abrir una navaja que no existe, matar
animalitos de un tajo, seco, mientras yo pienso
en cualquier otra cosa y no me acuerdo de nadie,
acabo de matar, me sacudo los pantalones, me
doy asco y no escucho ningún ruido mientras
me alejo.
Ninguna queja.
Reaccionar y no decírselo a nadie.
Absolutamente a nadie.
Porque si aquella niña de mi clase lo supiera,
nunca me volvería a sonreír como me sonrió el
otro día.
Era un día especial y en el instituto celebrába21
mos algo. No me acuerdo de qué era. Una fiesta
histórica, la fecha de alguna batalla, la muerte de
alguien que había hecho algo importante o cualquier otro hecho destacado para nuestro país
pero que a mí no me importa y que no entiendo
en qué me afecta.
Bueno, que en verdad no creo que me afecte
en nada.
Yo estaba sentado en un rincón del patio.
Solo.
Mis compañeros de clase a ratos me miraban
y hablaban entre ellos.
Creo que de mí.
Pero no me decían nada. Nunca me dicen
nada.
Entonces aquella niña se detuvo, dejó de
hablar con sus amigas, me miró y me sonrió.
No hizo nada más.
No vino a hablar conmigo ni tampoco hizo
ningún gesto para saludarme. Sólo se detuvo,
dejó de hacerles caso a los demás por un momento y me sonrió.
Qué lástima, pensé yo.
La miré y pensé que qué lástima que no
pudiéramos ser amigos y basta.
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Qué lástima que aquella niña ya supiera que
yo era peligroso.
Qué lástima que todos se hubieran dado
cuenta de que quería matar y me hubieran tendido una trampa.
Y qué lástima que ella se hubiese prestado a
hacerlo.
Precisamente ella.
La niña que recuerdo siempre que imagino
que termino de matar animales.
Qué lástima.
Por eso no le devolví la sonrisa ni tampoco la
saludé.
Porque en seguida pensé que no iba a permitir
que me atraparan tan fácilmente.
Que si entre todos habían decidido que en
verdad yo era peligroso y que era necesario encerrarme en algún sitio, no sería yo quien iba a
ayudarlos.
Porque yo no quería que me encerraran.
Me daba más miedo estar encerrado que cualquier otra cosa que pudiera pensar. Incluso prefería que los demás me tuvieran miedo o que mi
cuerpo se quedara, a menudo, abandonado por
mí.
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Lo que fuera antes que quedarme completamente solo.
Así que aquel día no caí en ninguna trampa.
Pero al día siguiente, cuando estábamos en el
laboratorio, mi plan de resistir, de no ponerles
las cosas fáciles, de combatir, fracasó.
Ocurrió esto: nos dieron el cuerpo disecado
de una rana y nos pidieron que lo abriéramos en
parejas y volviéramos a coserlo al terminar.
Yo quise vomitar.
Pero no sabía a quién recurrir.
Quise pedirle ayuda a mi compañero de pupitre, pero no nos conocíamos mucho. Así que
comencé a sudar y noté que se me calentaban las
orejas y que los demás no dejaban de mirarme.
Todos.
Todos ellos pendientes de mí.
Pero ¿cómo podía ser que se hubieran puesto
de acuerdo otra vez? ¿Cuándo hablaban de mí, si
yo siempre estaba en la escuela?
A lo mejor lo habían decidido el día anterior,
por la tarde, durante aquella celebración histórica que no recuerdo qué era ni qué sentido tenía.
A lo mejor me había quedado embobado
pensando en la sonrisa de aquella niña, o fui un
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momento al lavabo, o me despisté un rato y
pensé en matar, y ellos lo aprovecharon para
tenderme aquella trampa.
¡Qué golpe tan bajo!
Aprovecharse de un pobre animal disecado
para hacerme fracasar.
Pero ¿cómo lo habían averiguado?
¿Quién les había dicho que yo pensaba en
matar y que por eso no podía tolerar los cuerpos
muertos?
¿Cómo podían saberlo si yo no se lo había
contado a nadie?
Absolutamente a nadie.
¿Tanto miedo me tenían que habían decidido
entre todos encerrarme en algún lugar del que
no pudiera volver a salir?
¿No les importaba cómo me sintiera yo?
¿Tan peligroso creen los demás que soy?
Pues no lo soy (no puedo serlo).
Y no lo hice.
Por eso cuando el profesor del aula de laboratorio nos dejó aquel animal disecado enfrente,
tuve que gritar.
No pude controlarlo: tenía miedo y no sabía
dónde estaba mamá.
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Notaba que todos me estaban mirando, pero
me daba igual porque pensaba que seguro que ya
era demasiado tarde y que no sabía dónde estaba
mamá.
Que ellos habían ganado y yo estaba solo.
Sin mamá.
¿No la habían avisado? ¿No me esperaba afuera? ¿No vendría a sacarme de allá? ¿Nadie le
había dicho que iban a tenderme una trampa y
que necesitaría ayuda?
¿O acaso esperaban que me delatara delante
de todos mis compañeros y compañeras de clase
sin necesitar a mi familia?
Porque eso fue lo que hicieron: verme caer en
la trampa que me habían tendido. Delante de
aquella niña pero solo.
–¡Yo no la he matado! ¡Yo no la he matado!
¡Yo no la he matado! –grité.
Y mis compañeros de clase comenzaron a
reírse.
Por eso me tiré al suelo, escondí la cabeza
entre los brazos, me retorcí como un caracol y
perdí el sentido, supongo.
26
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