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La gata que quería volver a casa – 1ª parte

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La gata que quería volver a casa – 1ª parte
La gata que quería volver a casa – 1ª parte
1. Un cesto poco corriente
Suzy era una gatita atigrada. Tenía unos bigotes blancos, tiesos y almidonados, y en las
patas calcetines a rayas como los de un futbolista.
Suzy vivía en la casa de un pescador, en un pueblecito costero de Francia. El pescador
tenía cuatro hijos: Pedro de diez años, Enrique de ocho, Pablo de seis y Gaby de cuatro.
Cuando se ponían en fila, parecían los peldaños de una escalera.
Los niños jugaban con Suzy y la llevaban siempre con ellos a todas partes.
Pedro, el mayor, hizo a Suzy un afilador enrollando un trozo de alfombra vieja a una pata
de la mesa de la cocina. Así Suzy podía afilarse las uñas siempre que quisiera.
Enrique conocía muy bien en qué parte de la tripa salpicada de lunares tenía Suzy más
cosquillas. Y Enrique sabía hacer cosquillas con mucha habilidad.
Pablo había hecho a Suzy un juguete, que consistía en una bola de papel atada a una larga
cuerda. Pablo arrastraba la bola por el suelo para que la gata la cazase. Como Suzy corría muy
deprisa, pronto alcanzaba a Pablo y daba zarpazos a la pelota de papel una y otra vez. Pablo
tenía que pararse para recobrar aliento y entonces, tirando de la cuerda, levantaba la pelota
por encima de la cabeza de Suzy, que brincaba y saltaba para cogerla. Cuando la gata estaba a
punto de tocar la pelota, Pablo tiraba de nuevo de la cuerda. Sí, Pablo era muy divertido.
Pero Gaby, el más pequeño, era el mejor. Suzy le adoraba por una sencilla razón. Gaby
desconocía la manera apropiada de acariciar a un gato. A la mayoría de los gatos les gusta que
les acaricien de la cabeza a la cola, o sea, en el sentido del pelo. Pero Gaby siempre atusaba a
Suzy a contrapelo, de la cola a la cabeza, y a Suzy eso le encantaba. Se retorcía de gusto bajo la
mano del niño, ronroneando como una máquina de coser y pidiéndole que lo hiciera otra vez y
otra. Aquello le gustaba más que nada del mundo. Sí, más que comer pescado, y eso que a
Suzy le gustaba muchísimo el pescado, que era lo que tomaba a diario de almuerzo y de cena.
Los niños solían ayudar a su padre cuando éste volvía a casa en su barca con la pesca del
día. Todos los días le esperaban en el muelle Pedro, Enrique, Pablo y Gaby y también Suzy. Ella
sabía que le darían el pescado que era demasiado pequeño para ser puesto a la venta. Siempre
había algo para Suzy, hasta cuando la pesca no había sido demasiado buena. Si los chicos no la
obligaran a hacer ejercicio, se habría puesto muy gorda.
Suzy detestaba que los niños estuviesen en la escuela. Durante ese tiempo no tenía a
nadie con quien jugar, nadie que bambolease encima de su cabeza una pelota de papel o le
diese ocasión de subirse a los árboles. Así que daba vueltas y correteaba sola por el muelle o se
iba a explorar por su cuenta los campos de detrás del pueblo.
Un día en que andaba cazando mariposas por el campo, casi se dio de bruces contra un
gran cesto. Para Suzy los cestos eran un objeto familiar —había montones de ellos en el puerto
—, pero éste era mucho más grande que todos los que había visto hasta entonces. Llena de
curiosidad, se subió al borde del cesto y se asomó a su interior. Aquel cesto era tan grande que
tenía en su fondo un taburete de madera. Y debajo del taburete había una sombra deliciosa.
Era un día muy caluroso. Suzy decidió echarse allí una siestecita. Saltó suavemente dentro
del cesto y se tumbó bajo el taburete metiendo el hocico entre el rabo. Así enroscada parecía
un enorme y peludo caracol.
Muy pronto Suzy dormía profundamente.
Cuando despertó, notó algo muy peculiar. El cesto parecía balancearse de un lado a otro
arrullándola. De un brinco Suzy se subió al borde, dispuesta a saltar hacia afuera, pero cambió
inmediatamente de decisión al mirar desde lo alto. El suelo se encontraba lejos, muy lejos allá
abajo, demasiado lejos para lanzarse a él. Al ver que el cesto temblaba otra vez, se sujetó
fuertemente agarrándose con las uñas a una cuerda.
¿Cuerdas? No recordaba haberlas visto cuando trepó al cesto. Miró hacia arriba. Las
cuerdas estaban sujetas a un enorme globo, un globo descomunal. ¡Suzy se elevaba volando
por el cielo en un cesto suspendido de un globo!
¡Pobre Suzy! Se deslizó hacia abajo y se acurrucó en el suelo, temblando de miedo.
Entonces sintió una mano suave sobre el lomo y, al mirar hacia arriba, se encontró con
que había un hombre con ella dentro del cesto.
—Hola, gatita —dijo —. Yo no te había invitado, pero ahora es demasiado tarde para
devolverte a tierra. Tendrás que venirte conmigo a Inglaterra.
Suzy no sabía dónde estaba Inglaterra, pero sí sabía que ella no quería ir allí. Quería
quedarse en Francia, en su pequeña aldea de pescadores, con los niños.
—Chez moi —gimió. Aquello sonó algo así como «she mua»: Suzy estaba diciendo en
francés que quería volver a casa.
Pero el hombre maniobraba con su globo, que se tambaleaba violentamente, y estaba
demasiado ocupado para hacer caso a su pequeña pasajera.
Así Suzy volaba en globo sobre el mar entre Francia e Inglaterra. Le fastidiaba el continuo
bamboleo de aquel artefacto. Pero lo peor era ver desaparecer la costa de Francia: Francia y
con ella Pedro, Enrique, Pablo y Gaby; Francia y todo lo que Suzy conocía y amaba.
—Chez moi — repetía gimiendo, pero nadie la escuchaba.
Grandes nubes como blancas bolas infladas navegaban por debajo de ellos y, mucho más
abajo, en el mar, barcos que parecían de juguete. El espectáculo era realmente interesante y
bello, pero Suzy no estaba en condiciones de apreciarlo. No podía apartar de su mente el
pensamiento de cómo podría atravesar aquella enorme superficie de agua para regresar a
casa.
Aterrizaron en Inglaterra con un gran golpetazo. Suzy no se dio cuenta de que estaban de
nuevo en tierra porque durante el trayecto final había mantenido los ojos fuertemente
cerrados. Pronto saltó de la cesta y echó a correr. Toda prisa le parecía poca para alejarse del
globo aquel.
Estaba muerta de hambre. Se dirigió corriendo hacia donde olía a pescado. Pero el olor
venía del mar y allí ni había peces ni barcos de pesca. Era una ciudad de la costa inglesa que no
se parecía en nada a su pueblecito.
Frente al mar había una gran explanada de cemento, con escaleras que bajaban hasta la
playa.
¡Pobre Suzy! Se sentó en las escaleras mirando tristísima a las olas. ¿Cómo iba a volver a
casa a través de toda aquella agua?
Afortunadamente pasó por allí una dama de la Sociedad Protectora de Animales. Tenía la
especialidad de encontrar casas para gatos abandonados. Cogió a Suzy en brazos y la llevó a
casa de una encantadora anciana, llamada tía Chon.
—¿Podría usted ocuparse de esta gatita, tía Chon? —le preguntó la dama de la Sociedad
Protectora de Animales—. Nunca la había visto antes por estos alrededores, debe de haberse
perdido.
—Claro que sí, puede quedarse conmigo —respondió tía Chon—. Así hará compañía a
Biff.
Biff era el nuevo periquito de tía Chon, que estaba aprendiendo a hablar.
—Hola, tía Chon —decía con su cascada voz.
Naturalmente, Suzy no entendía el inglés, pero sí comprendió que era para ella un platito
de leche que le pusieron delante y que lamió rápidamente hasta la última gota. Como era una
gata muy bien educada, dijo:
—Merci.
(Palabra que en francés quiere decir «gracias».)
—¡Qué maullido tan gracioso tienes! —dijo tía Chon.
—Merci —repitió Biff.
—¡Oh, qué listo eres, Biff! —exclamó tía Chon.
—Listo Biff —coreó el periquito—. Merci.
Suzy durmió aquella noche en una vieja y confortable butaca. Tía Chon le hizo caricias y
Suzy ronroneó de placer. Ronroneaba en francés, aunque el ronroneo suena igual en todo el
mundo.
Pero aquello no era lo mismo que estar en casa. ¡Suzy echaba de menos las caricias que
Gaby le hacía a contrapelo!
2. Ir y volver no es bueno
Así fue como Suzy empezó a vivir con tía Chon y el periquito Biff.
A la mañana siguiente tía Chon sacó su triciclo para ir de compras. Era un hermoso triciclo
de enormes ruedas con un cestillo en la parte de atrás. Tía Chon era demasiado mayor para
montar en una bici sencilla.
Cuando Suzy la vio ponerse el sombrerito ante el espejo del recibimiento y sujetárselo al
moño con un agujón, sospechó que se disponía a salir.
Tía Chon llevaba unos metros pedaleando calle abajo cuando de pronto oyó un maullido
detrás de ella.
—Chez moi —era la voz de Suzy.
Tía Chon hizo un brusco viraje y se detuvo en seco.
—¡Eh, gatita, me has asustado! ¿Qué haces ahí?
Pero Suzy no entendía.
—Chez moi —volvió a exclamar y se arrellanó poniéndose más cómoda en el cestillo.
—Bien, puesto que quieres acompañarme, puedes venir conmigo —dijo la tía Chon,
pedaleando de nuevo—. Pero siéntate y ve calladita.
De este modo Suzy llegó cómodamente al paseo marítimo, montada en el triciclo de tía
Chon. Al ver otra vez el mar, se puso muy excitada. Aquella sábana azul con encajes de espuma
ribeteando las olas era el lazo que la unía con Francia. ¡Deseaba tanto volver pronto a su
hogar!
Tía Chon aparcó su triciclo ante la carnicería y, no bien hubo desaparecido en su interior,
Suzy saltó del cesto, cruzó la calle y bajó a la playa. Había niños por todas partes, jugando con
la arena y el agua igual que los niños franceses. Suzy los sorteó ágilmente y corrió derecha
hasta el borde del agua. Tenía la esperanza de encontrar algún bote de pesca, como el de sus
dueños, pero allí no había nada que se le pareciera. Sólo había bañistas y más bañistas
saltando y salpicando en el agua. Estaba tan embebida contemplando el mar en busca de
alguna barca, que no se dio cuenta de que las olas empezaban a bañarle las pezuñas.
—¡Oh, mira, un gatito chapoteando en la orilla! —dijo una niña a su padre que estaba
sentado en una hamaca leyendo el periódico.
—Los gatos no chapotean, Carolina —dijo el padre—. Los gatos odian el agua.
—Pues ése está chapoteando —dijo Carolina—. Voy a verle.
Dejó el cubo y la pala con los que estaba jugando y corrió hacia la orilla.
Suzy se había ido un poco más lejos, pero era fácil encontrarla siguiendo las huellas de sus
patas en la arena.
—Gatito —dijo Carolina acariciando a Suzy. Suzy se estremeció y se restregó ronroneando
contra la mano de la niña.
—¡Qué mimosa eres! —dijo la niña levantando a la gata en vilo y echándosela al
hombro—. Ven, te voy a enseñar a papá. El no me cree que te hayas mojado las patas.
La niña se encaminaba hacia donde estaba su padre cuando de repente Suzy dio un salto
y salió corriendo en dirección hacia unas rocas. ¡Había visto algo! Desde el hombro de Carolina
podía ver mejor por encima de las cabezas de los bañistas y estaba segura de que había
divisado una barca. ¡Una barca! ¡Por fin podría volver a casa!
Carolina intentó seguirla, pero Suzy era mucho más rápida. Además, su padre se
enfadaría si ella desaparecía sin haberle dicho adónde iba. ¡Qué pena! Ahora nunca creería
que ella había visto a un gato meterse en el agua.
Suzy llegó a las rocas y miró por detrás de ellas. ¡Sí! ¡Allí había una barca! Era un bote de
plástico muy pequeño, pero como no había otra cosa tendría que servir. Un niño remaba
dentro del botecillo cerca de las rocas. Suzy trepó por su superficie cubierta de algas
resbaladizas, para que el niño pudiera verla, y fijó en él sus grandes ojos verdes.
—Chez moi —gritó esperanzada—. Chez moi.
El niño miró hacia arriba y se quedó sorprendido al descubrir a Suzy. Nunca había visto a
un gato en la playa.
—¿Qué quieres, gatito? Me figuro que no querrás dar un paseo.
Suzy respondió metiéndose de un brinco en el bote. Allí se hizo un ovillo y esperó
pacientemente. ¡Por fin emprendía el viaje de vuelta!
Pero, naturalmente, no era así. Nadie cruza el Canal en un bote de juguete. Al niño sólo le
dejaban navegar por las aguas poco profundas muy cerquita de la costa. Al cabo de algunos
minutos de ir y volver, sin alejarse del mismo sitio, Suzy empezó a inquietarse. ¡Así no llegaría
nunca a Francia!
—Chez moi —volvió a insistir gimiendo. ¿Cómo no comprendía el niño lo importante que
era para ella volver a casa? — Chez moi.
—¿Qué, quieres bajarte ya? —le preguntó el niño—. De acuerdo, espera un momento. Y
acercó la canoa a una roca lisa. Cuando Suzy se dio cuenta de que volvían a tierra, perdió toda
esperanza de llegar a Francia en aquel viaje, así que se dispuso a saltar.
—¡Ten cuidado con tus uñas! —gritó el niño de repente al ver que la gata las clavaba en el
plástico—. ¡Vas a pinchar la barca!
Demasiado tarde. Suzy no entendió lo que el niño le decía y saltó a la roca dejando tras sí
cuatro grupos de agujeritos por los que el aire comenzó a escaparse con un sonoro silbido. No,
las uñas no son buenas para los botes de plástico.
El niño desembarcó también y arrastró el bote basta la orilla.
—Es la última vez que llevo un gato a bordo —gruñó sacando de una bolsa el estudie de
herramientas para reparar la embarcación.
El bote perdía aire por momentos y estaba completamente desinflado cuando Suzy llegó
a la carnicería.
El triciclo de tía Chon ya no estaba allí, pero Suzy recordaba el camino que conducía a la
casa de aquélla y hacia allí se encaminó.
—¿Dónde has estado, gatita? —le preguntó tía Chon al entrar.
—¿Dónde has estado, gatita? —repitió Biff con su cómica voz —. Listo Biff.
—Sí, muy listo, Biff —dijo tía Chon—. Bueno, gatita, aquí tienes tu comida.
Y le puso delante un platito con hígado.
Suzy se lo comió todo. No era pescado, pero estaba muy rico.
—Merci —dijo limpiándose los bigotes.
—¡Qué maullido tan gracioso tienes! —dijo tía Chon.
—Merci —repitió Biff—. Listo Biff.
Y Suzy ronroneó.
Pero echaba de menos a Gaby y sus caricias a contrapelo.
3 ¡Sólo era un juego!
A la mañana siguiente tía Chon sacó de nuevo su triciclo y Suzy se encaramó en el cestillo.
Hacía mucho viento y tía Chon tuvo que ir asegurándose el sombrero durante todo el camino.
Cuando doblaron la esquina y enfilaron por el paseo marítimo, casi vuelcan. El viento
soplaba violentamente desde el mar y olas enormes rompían atronadoras contra la playa.
Tía Chon consiguió aparcar delante de la tienda de comestibles. Suzy se fue a ver las olas.
En un día como aquél no esperaba tener la oportunidad de regresar a Francia.
Pero ¿qué era aquello? Un joven se adentraba en el mar a través de las olas llevando con
los brazos en alto un tabla encima de la cabeza. ¡Seguro que se dirigía a Francia!
Suzy corrió hacia él pero, cuando llegó, el joven ya estaba muy lejos dentro del agua,
nadando y empujando la tabla delante de él.
La gata se quedó mirándole desolada. Se iba sin ella. ¡Tanto como ella deseaba volver a
casa! Levantó la cabeza y gimió:
—Chez moi.
¿Cómo? El joven debía de haberla oído porque volvía a la orilla. ¡Volvía a buscarla!
Suzy corrió a su encuentro sin importarle mojarse. El joven saltó de la tabla cuando ésta
tocó la playa. Suzy se subió de un brinco a ella. El joven estaba extrañadísimo.
—¿Te apetece hacer «surf» conmigo? —preguntó—. Creí que a los gatos no les gustaba el
agua.
—Chez moi —dijo Suzy.
—Está bien. Agárrate fuerte. Si te sueltas, te vas a mojar.
El joven levantó la tabla con Suzy sobre ella por encima de la cabeza, manteniéndola
fuera del alcance de las olas.
Suzy tenía que hacer grandes esfuerzos para guardar el equilibrio, pero estaba feliz.
¡Francia al fin!
No se sintió tan feliz cuando el joven empezó a nadar, empujando la tabla delante de él,
en ocasiones a través de las olas. Suzy entonces cerraba los ojos y se agarraba más fuerte a la
tabla, escupiendo aquella repugnante agua de mar cuando se tragaba una bocanada.
De pronto el joven gritó:
—¡Aquí viene una buena!
Se encaramó a la tabla, se arrodilló sobre ella y finalmente se puso de pie.
Una ola gigantesca los levantó en su cresta arrojándolos violentamente a la playa... de
Inglaterra. Suzy estaba furiosa.
—Chez moi —suspiraba.
—Sí, es maravilloso — gritó el joven creyendo que la gata estaba disfrutando tanto como
él.
Había otros muchos jóvenes haciendo «surf» en la playa, los cuales se quedaron
pasmados al ver a Suzy.
—¿Dónde la has encontrado, Bill? —le preguntó a voces uno de ellos—. ¿Es un nuevo
miembro del club?
—Sí —contestó Bill—. Es tremenda. Una verdadera campeona, ya verás.
Todos se dirigieron al agua y Suzy volvió a cobrar ánimos. ¡Estaba claro, el joven había
regresado para buscar a los otros, eso era todo! Ahora se irían todos a Francia.
Por supuesto que no fue así. Entraron en el mar y salieron de él varias veces, hasta que
Suzy cayó en la cuenta de que aquello no era más que un juego, una diversión.
A los jóvenes Suzy les pareció maravillosa y, cuando dejaron el «surf» para comer, le
hicieron toda suerte de mimos. La envolvieron en una toalla para secarla y le dieron de comer
una lata entera de sardinas. ¡Pescado! Luego jugaron con ella a la pelota y corrieron por la
playa arrastrando un cinturón para que ella lo cazara.
Suzy se lo pasó estupendamente, aunque no había podido volver a Francia.
Cuando regresó a casa de tía Chon, Biff le preguntó:
—¿Dónde has estado, gatita?
—Sí, ¿dónde has estado? —preguntó también tía Chon—. A juzgar por tu aspecto, has
debido de estar nadando. Tienes algas en el rabo.
Suzy se sentó y se lavó lamiéndose de arriba abajo. Tía Chon barrió las algas y luego puso
un plato de carne picada delante de la gata.
Suzy se lo comió todo. No era pescado, pero estaba muy rico.
—Merci —dijo limpiándose los bigotes.
—¡Qué maullido tan gracioso tienes! —exclamó tía Chon.
Y Suzy ronroneó.
Pero echaba de menos a Gaby y sus caricias a contrapelo.
Sigue (…)
Jill Tomlinson
La gata que quería volver a casa
Valladolid, Editorial Miñón, 1981
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