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1 Michela: Quería ser una mariposa «Creía ser más fuerte que mi

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1 Michela: Quería ser una mariposa «Creía ser más fuerte que mi
Michela: Quería ser una mariposa
«Creía ser más fuerte que mi hambre». Pero
cuando uno se olvida de sí mismo, «el mundo se
hace pequeño». Hasta no poder ya vivir. La
filósofa y escritora Michela Marzano habla de sí
misma. La anorexia, el intento de suicidio, el
descubrimiento de que el vacío «es el signo de
nuestra humanidad».
«Mi filosofía nace de aquello que me
desconcierta», dice. De este modo ha tomado su
acontecimiento y le ha dedicado su último libro.
Quería ser una mariposa habla de su anorexia.
Pero no es un libro sobre la anorexia. Habla de
la vida que deviene en tormento cuando se hace
de todo para ignorar la ausencia que somos,
para negar «el vacío que se tiene dentro».
Querer ser más fuertes que su propia hambre.
No se trata de la comida, «la comida sólo es un
síntoma. Se trata de pensar que basta querer
para poder. Pensar que la necesidad no cuenta,
sino que cuenta sólo la voluntad. Y así el
mundo se hace pequeño», dice: «Y yo ya no
podía vivir».
Usted escribe que «aprender a vivir significa
aceptar la espera». Y añade: «Integrar la idea de
que el vacío que llevamos dentro nunca podrá
llenarse. Que habrá siempre algo que nos falta».
¿Qué significa «aprender» esto?
Mucho antes de la anorexia, que es solamente
un mecanismo, existe otra cosa: el rechazo de
aquello que se es porque se piensa que se
debería ser. Que se deberían, sobre todo,
superar los propios límites, para responder de
manera sistemática a las expectativas, propias
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o ajenas. En mi caso, se trataba de las de mi
padre. Pero este construirse negando cómo se
es verdaderamente, como si la propia fragilidad
no existiese, es después de todo la clave de
nuestra sociedad...
¿Por qué?
Es una sociedad voluntarista. En la que nos
repiten por doquier, los compañeros, la familia,
los profesores, los amigos... esta idea de que se
debe querer y que si se quiere algo, se obtiene.
Es un sistema ideológico y muy actual. Se halla
claramente en todo lo que a mí me ha sucedido:
consideraba que debía ser más fuerte que mi
hambre, porque debía intentar seguir una
especie de mandato que decía: “Eres más fuerte
que cualquier otra cosa, tu voluntad es más
fuerte”. Como si las necesidades no contaran.
Comencé de nuevo a vivir cuando me acepté a
mí misma. Cuando comprendí que esa
fragilidad estructural que nos caracteriza a
todos – sin excepción – puede convertirse en un
recurso. [...] En mi vida todo cambió cuando
dejé de pasar el tiempo forzándome a seguir un
deber ser.
[…] Así se empieza a olvidar lo que de verdad
uno quiere: es la relación entre lo que el
psicoanalista Donald Winnicott llama falso yo y
verdadero yo. El primero es aquel que nos
construimos
para
corresponder
a
las
expectativas. Mientras que dentro de nosotros
tenemos deseos y esperanzas, tenemos “aquello
que somos” de verdad, pero que no tenemos el
valor de ser ni de decir. Ante todo porque no
nos aceptamos tal y como somos.
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¿Qué es lo que le ayudó a aceptarse?
Se trata de un proceso que ha necesitado
mucho tiempo, porque no basta con
comprenderlo. Mi padre siempre me enseñó que
tiene éxito en la vida quien se impone a sí
mismo, pase lo que pase. Entonces me
pregunté. ¿Por qué? No por qué me lo decía, eso
forma parte de su historia. Sino, ¿por qué le
creí? Porque le quería muchísimo, y temía
perder su amor.
En el libro escribe: «¿Qué saben los demás de lo
que he tenido que hacer para comprender que
tenía necesidad de todo?». Luego, en su blog
habla del «vacío» como del «signo de nuestra
humanidad». Dice: «Cuando se habla de vacío,
todos inmediatamente se ponen nerviosos.
Porque algo no va bien, es peligroso... Se trata
de una “agitación” general. Como si se tuviera
que llenar de manera inmediata. ¡Sólo que no es
así! Inevitablemente, tarde o temprano, algo nos
falta...».
Nada ni nadie puede colmar este vacío. A
menos que uno piense que existe algo que
consiga llenarlo para siempre. He percibido que
el problema se da cuando espero todo de otra
persona, cuando espero que el otro me ame
completamente. Para quien tiene fe, el único
que nos ama exactamente como somos es Dios.
Pero cuando has experimentado un amor con
condiciones, un «te amo si...», como me sucedió
a mí en la relación con mi padre, por quien me
sentía querida en el momento en que cumplía
sus expectativas sobre mí, entonces empiezas a
creer que en el fondo sólo en aquel «si» puedes
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ser amada, y dejas de creer que pueda existir
un amor incondicional.
[...] Cuenta que a los veintisiete años intentó
suicidarse, cuando su prometido la dejó,
precisamente por la ilusión de «que otra persona
podía llenar mi vacío».
El otro no es una cosa que podamos tomar y
poner allí donde nos duele. El otro es “otro”. Es
una alteridad absoluta. En 1997, habiendo
perdido a la persona que amaba, pensaba que
había perdido todo. Si hoy perdiera a Jacques,
mi compañero, seguiría “perdiéndolo todo”. Pero
no me perdería a mí misma. Porque yo tengo un
valor irreductible.
[…] Los “suicidios de la crisis” de los que se
habla en este momento me sorprenden mucho.
Es un gesto terrible, porque se piensa que se ha
perdido todo. El hecho es que este “perderlo
todo” puede suceder. Pero en realidad, aun
cuando se pierda todo, queda aquello que antes
no veía: la sencilla y banal evidencia de que
vivir es algo bello. Tuve que vivir todo aquello
por lo que he pasado para darme cuenta.
¿Su experiencia ha cambiado incluso su trabajo,
su filosofía?
Totalmente. Hoy soy la persona que soy porque
he tenido que pasar por todo aquello que he
vivido, pero sobre todo porque me he vuelto a
cuestionar a mí misma. Todo lo que me ha
sucedido, el «acontecimiento», es un momento
de verdad que cambia el modo de mirar. A cada
uno le impresiona un momento de verdad, algo
que sucede.
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Denisse: él existe y esto es lo importante
Hace unos meses, una joven señora que había
perdido su hijo en el primer embarazo y que
había vuelto a quedar embarazada, me dijo algo
que me marcó y me acompaña todavía: “me
siento
mal,
estoy
contenta!”
Tengo
constantemente nauseas, qué bello! Me canso
muy fácilmente, qué alegría! Porque significa
que él existe. Existe! No me interesa el color de
sus cabellos o no sé qué. Él existe. Esto es lo
importante. No puedo añadirle un instante de
vida y sin embargo lo daría todo para que él
salga a la luz. Todo es un sacrificio que vivo
con alegría porque sé que es por él”.
Agada: llevado y cuidado en cada instante
«Desde hace tres meses estoy en casa por un
embarazo difícil, por lo tanto menudo estoy sola
y no puedo participar como antes en todos los
gestos que la comunidad propone o ver a los
amigos como hacía antes. Sin embargo, nunca
como en este periodo, en el cual a veces se hace
fuerte la tentación de quejarse o de desear
estar en otro lugar, me he dado cuenta de que
no quisiera vivir ninguna otra circunstancia
[¿cuándo sucede esto?] y por esto agradezco el
recorrido hecho junto a mis amigos [para qué
sirve la amistad!]. Cada día me detengo un
momento y retomo conciencia del hecho de que
las cosas existen, de mi casita a la llamada de
un amigo, del día de sol al día más nublado, del
afecto de mi marido al de mis padres, las cosas
son para mí y me recuerdan que soy amada, no
son obvias. Sin embargo, la cosa que más me
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impacta es que también el hecho de sentirme
mal, a veces también la imposibilidad de bajar
de la cama o comer, es signo de una presencia
que es para mí (el niño). Pensando en el niño
que tengo en el vientre, me conmuevo
pensando en que, sin saberlo, él es llevado y
cuidado por mí en cada instante. En este
momento él respira gracias a mi respiración y
el hecho de que yo esté atenta e inmóvil, es
para que él viva. !Y él no lo sabe...! Sin
embargo, si pienso en mí un momento, ¿acaso
no vivo la misma experiencia que vive el niño?
Yo también respiro del aliento de otro, como,
duermo, vivo, porque Otro me quiere, un Padre
que me da la fuerza para afrontar cada jornada,
me da una familia, a mis amigos, unos
maravillosos vecinos [de casa] que cuidan de
mí....todo lo que tengo es don suyo. Mi trabajo
cada mañana es reconquistar esta conciencia
del don, de las cosas presentes como signo de
una Presencia buena y esto, estoy aprendiendo,
se llama oración. La gracia más grande es
reconquistar
siempre
esta
posición
de
agradecimiento hacia un Padre que lo da todo,
para no caer en la queja, en el proyecto, en la
medida, sino para ser verdaderamente alegre
[lieta] en cualquier circunstancia. “El hombre
es un ser que existe porque es constantemente
poseído. Entonces él respira enteramente, se
siente bien y alegre cuando reconoce ser
poseído”»
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Onintza: ¿Por qué no lograba dormir de lo
feliz que estaba?
Tres seminaristas van a España para aprender
el castellano, antes de venir a Chile. Tres, como
los reyes Magos. Unos meses después de la
llegada de los tres a Chile, su profesora de
castellano -mujer casada, con hijos- les escribe,
contándoles el día de su primera Comunión. Lo
hace agradecida por el testimonio y la amistad
que ellos le ofrecieron, que para ella fue muy
importante en su recorrido de descubrimiento
de la experiencia cristiana.
«Queridos amigos:
No quiero dejar de compartir con ustedes lo que
significó para mí el día 21 de octubre.
Como podrán imaginar, estaba deseando que
llegara el gran día. Los últimos domingos que iba
a Misa pensaba que ya no me quedaban muchos
sin poder comulgar. Era como una cuenta atrás.
La ceremonia fue preciosa por muchos motivos
además de los puramente sacramentales:
celebraban el vicario del obispo, además de Pato
y Barge, lo cual me reconfortó mucho; mis
compañeros del colegio organizaron un coro
entre alumnos y profes que ensayaron canciones
para acompañarnos, etc. Había un gran amor
que conmovió hasta a mis padres. Recibir al
Señor y al Espíritu Santo rodeada de la gente
que me ha acompañado durante todo este
tiempo fue una bendición. Yo estaba feliz,
consciente de la importancia del momento y
embargada por una alegría inmensa. Cuando
recibí los sacramentos le dije al Señor que me
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ponía a su disposición, como hicieron los
Apóstoles en Pentecostés, y le pedí también
mucho por ustedes, para que sigan iluminando a
la gente que vayan conociendo, tal y como me
ocurrió a mí.
Después, nos fuimos todos juntos al colegio a
comer. Mis compañeros habían organizado toda
la comida, y muchos de mis alumnos eran los
camareros. Imaginaos qué alegría tan grande
ver a esos adolescentes de 16 años con
bandejas por allí, bebidas por allá... Y con una
alegría y un amor en el rostro que me
conmovieron. Todo era una sorpresa para
nosotros. Todo el colegio y nuestros amigos de la
Escuela de Comunidad se habían volcado para
mostrarnos su amor y compañía. Mis padres
estaban tan alucinados con todo lo que veían
que llegaron conmocionados a casa: nunca
habían visto gente con tanta humanidad, con
tanto amor hacia el prójimo... Era algo nuevo
para ellos. Creo que ese día ha sido un
encuentro para mis padres. Ellos no saben que
lo que les ha fascinado es el Señor, pero son
conscientes que algo especial ocurrió ese día.
Por la noche, cuando me acosté, no podía dormir
de lo feliz que estaba. No recuerdo haberme
sentido así en toda mi vida, ni cuando me casé.
Ante la evidencia de no haber sentido algo tan
fuerte en toda mi vida, me urgió la necesidad de
saber por qué me sentía así. Y lo comparé con el
día de mi boda, día que organicé durante más
de un año y medio, donde todo estaba
perfectamente medido y calculado (invitados,
menú
perfecto,
hotel
de
lujo,
vestido
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impresionante...). Yo traté de fabricar para mi
boda el día perfecto con todos los medios que
tenía a mi alcance. Comparando el día de mi
boda con el de mi Comunión veía claramente que
mi vestido no era tan bonito, ni la comida tan
exquisita, ni había tantos invitados, ni lo
celebraba en un hotel de lujo... Y sin embargo, el
día de mi boda no fui plenamente feliz pero en el
de mi Comunión sí, ¿por qué? ¿Cuál era la
diferencia? Me resultó evidente que mi felicidad,
mi plena felicidad no me la puedo fabricar yo,
que aunque consiga fabricar un día perfecto a mi
medida no me da la total felicidad. Pero cuando
el Señor está conmigo, sí. Y es evidente que el
Señor estuvo conmigo el día 21, porque yo, con
mis fuerzas, no soy capaz de generarme ese
derroche de alegría y felicidad. Por eso no podía
dormir, porque mi felicidad me lo impedía.
No dejo de dar gracias al Señor por poner a mi
alcance todo esto. Me acuerdo mucho de
Giovanni porque me acuerdo que me dijiste que
el Señor siempre nos escucha cuando rezamos.
En ese momento no me lo creí. Pero ahora me
rindo a la evidencia, porque durante muchos
años, cuando era una cría, le pedía fe, fe, fe y fe,
y una evidencia de su existencia. Y ahora lo
tengo a raudales.
Aunque en ese día tan importante no pudimos
estar juntos, estuvieron presentes en mi
pensamiento con mucha fuerza. Gracias amigos
por haber entregado su vida al Señor, por
vuestro Sí, que ha permitido que una persona
perdida haya encontrado la luz.
Los quiero mucho, Onintza»
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¿Quién no desea vivir una felicidad tan grande
que le impide dormir?
Daniela: Carta al padre
Leyendo el texto de “Una pulga como amigo”, el
que conocía desde un tiempo o más bien creía
conocer por completo, me vuelvo a sorprender
no sólo porque descubro algo nuevo de lo que
consideraba ya aprendido, sino por una frase
que ha avivado en mí el deseo de buscar y
reconocer en todos la presencia de Dios. La
frase a la que me refiero es aquella expresión
que apunta al aliado que hay dentro de ti:
“Tengo en ti, dentro de ti a un buen aliado,
aunque sea bastante cubierto de polvo. Este
aliado era su corazón, su deseo de felicidad.”
Cuando nos referimos a este aliado bastante
cubierto de polvo, surge la interrogante de
saber si nos referimos a esa persona en la que
hemos perdido toda esperanza, en la que hemos
dejado de creer, a aquella a quien creemos
conocer o simplemente no deseamos dejarnos
asombrar pues la consideramos un poco
insignificante. Y al reflexionar con respecto a mi
experiencia me doy cuenta que sí, que mi
prejuicio me ha impedido pensar siquiera que
en ti podría haber algo o alguien más grande e
infinito y es que por mucho dolor que me
hubieras causado hoy tomo conciencia de este
hecho, de que en todo corazón hay un deseo
profundo de felicidad donde está la presencia
de Cristo, mi aliado y que nadie escapa de este
anhelo de verdad, justicia y amor, pues todos
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buscamos tener un aliado. Darme cuenta de
esto me ha permitido cambiar mi forma de
mirar la realidad, en especial hacia mi realidad
más cercana.
Si no descubriera el TU que está dentro-detrás
de ti (y de todo), jamás habría sido capaz de
mirarte como mi aliado... y es que nunca lo
fuiste para mí, todo lo contrario, siempre te
consideré como un obstáculo o un enemigo a
quien amaba o aceptaba con resignación, no
habías muerto y yo ya te había matado. Porque
jamás pensé descubrirte así pues te he
reducido a mis esquemas previos, descartando
toda posibilidad de asombro y cómo no, si sólo
era una racionalista más.
Pero quién me ha hecho ver en tu corazón el
punto vivo que hay en ti… sólo la mirada que
Cristo a través de otros ha fijado en mí, la
mirada verdadera de la que quiero fiarme y a la
que quiero responder ha sido capaz de
transformar mi vida y ver que tengo en ti,
dentro de ti un buen aliado. Hoy ha despertado
en mí la conciencia de mi ser y ha despertado
porque me he maravillado con su mirada que
ha traspasado todo mi ser, he sido descubierta
y ya no voy con la mirada encogida ni callando
el deseo de felicidad de ambos. Hoy mi razón y
la tuya me han permitido reconocer el misterio
que hay en ti, aunque aparentemente tú no te
des cuenta, yo sólo quiero desvelarlo porque es
como si no te hubiera visto jamás y claro,
jamás te vi como te veo ahora.
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Ester: ¿En quién pones tu esperanza?
Ester tenía que rendir un examen oral en la
Universidad, en el cual exponer todo el programa
del año. Se trataba de un examen fundamental
para conseguir el magister. He aquí su
testimonio.
Al examen yo no quería ni siquiera
presentarme. Durante 4 días dejé de estudiar,
estaba aplastada, triste y enojada porque no
había logrado terminar el súper programa que
tenía, mi ideal se había vuelto aprobar el
examen, salir bien con la profe. Me enojaba aún
más porque sentía que estaba perdiéndome una
ocasión, como no presentarse a una cita.
Graziella me decía que me presentara al
examen y que así hiciera ver a todos por quién
vivo (¿de qué Cristo estamos hablando? Yo vivía
por mi gloria y por mi éxito). Sin embargo, me
turbó porque me preguntó: “¿En quién pones
tus esperanzas?”. La mandé derechito a la
punta del cerro.
Yo estaba consciente de que estaba renegando
algo.
No estaba muy preparada, entonces, ¿para qué
ir a martirizarme frente a la temida profe?
¿Para qué presentarme arriesgando que la profe
me echara una bronca memorable? De hecho la
profe me conocía y no podía permitirme
desfigurar delante de ella...perdería mi
“reputación”. Todo esto para mí era un gran
sufrimiento. Viví 4 días casi de insomnio, ¡sabía
que las cosas no estaban bien!
Más allá de Graziella y de mis amigos que me
decían que me presentara, sabía que la lucha
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era con Él. Sin embrago, -no te pongas a reír
ahora!- me decía: eh, no pasa nada, no es tan
grave, ¡también Pedro lo ha negado! ¡Y tres
veces! Significa que entenderé el sentido del
porque estudiar -¡mis buenos propósitos!- y en
unos meses más haré el examen.
De verdad tenía conciencia de que yo estaba
diciendo NO a Él. Quería cerrar el partido. Sin
embargo, estaba inquieta y casi no lograba
dormir.
Cuando ya había guardado los libros en la
estantería y había dejado de estudiar, supe que
habían movido el examen de unos días. Entendí
que se me ofrecía otra posibilidad. Era cierto
que no habría logrado estudiar bien todo el
programa en tan pocos días, pero lo que había
cambiado era la manera en la que yo corrí a
estudiar. Él ya me ha Salvado y Amado y yo me
lo estaba olvidando. Sin embargo, se me daba
otra ocasión para decirle SÍ. Tenía que apostar
sobre esto! No sobre mi maestría en el
aprender. El fin ya no era el examen, sino este
Amor que ha abrazado toda mi vida. Yo sé,
porque lo he experimentado, que en un Gran
Amor todas las fatigas son salvadas, abrazadas.
Estudié en pocos días como nunca había
hecho: retomé el programa con una lucidez y
una inteligencia que no venían de mí, una
capacidad nueva de entender las conexiones y
guardar lo esencial. De verdad que fue un
tiempo de verdadero goce! No pensaba en el
examen, sino en lo que estaba afirmando allá,
pegada a la silla de mi escritorio.
La consecuencia, en el examen, fue una
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tranquilidad y libertad grande (animaba y
espoleaba a mis compañeros. ¡Yo! ¡Que por mi
misma habría estado “muerta” de miedo, aún
más viendo a 6 compañeros dar el examen
antes que yo sin aprobar!). No tenía miedo y
también fui muy hábil en moverme durante el
examen. ¡Prácticamente fue mi ciento por uno!
Ya no iba miedosa por la vida, ya no estaba en
la esquina temblando. Tomé el máximo de las
notas, con mención. Y con esta profe es casi
imposible. En efecto, no era yo, sino Otro en mí.
Podía
irme
mal,
pero
yo
ya
había
experimentado una posición distinta frente a la
vida. Libre por reconocer a Uno que me abraza,
libre frente a Uno que me abraza.
En resumidas cuentas: la victoria del
Cristianismo sobre mí es ésta: una vitalidad,
una libertad, donde el miedo es vencido, y me
cambia, soy yo pero más yo. ¡Esto yo no lo
suelto más!
María José: ¿De verdad y cómo “la voz única
del Ideal” se puede volver el criterio de la
vida?
El viernes pasado, en una clase de la
universidad, una chica se me acercó para
preguntarme si yo había sido la primera que
entró a Enfermería. Quería felicitarme y poder
decirles a sus amigos que me había conocido.
Me sorprendió este encuentro, no entendía por
qué, después de varios meses, a algunas
personas les llama tanto la atención que yo
haya elegido estudiar enfermería. Estoy segura
que
si
estudiase
medicina,
nadie
se
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sorprendería, ¿por qué tanta diferencia?
Creo
que a la gente le sorprende que aún existan
personas que crean en la vocación, y que
apuesten por ella, como si la vocación ahora
fuese un lindo ideal romántico, pero nada
tangible, un cuento de hadas nada más. Creo
que a la gente lo que le sorprende es la libertad
con la que fui capaz de elegir. ¿De dónde nace
esta libertad?
El mundo nos mide por lo que
somos capaces de producir o por nuestros
resultados. Por el puntaje de una prueba, la
fama de una carrera, el éxito económico, el
trabajo que podamos conseguir. Una cosa tras
de la otra. Con esos criterios nos evalúan a
nosotros y en base a ellos determinan nuestro
grado de felicidad, a tal punto, que nosotros
mismos terminamos creyendo igual. Ese se
transforma en nuestro criterio para todo. Mi
carrera la tengo que elegir por el éxito
económico que me pueda brindar, la seguridad
laboral que me ofrezca. Mientras “más puntos”
pida la carrera, mejor. Esa es la que te tiene
que gustar. Parece que no hay ningún otro
criterio.
En mi camino de confirmación, junto
a las amistades que se me donaron descubrí un
criterio más grande que ese. Recuerdo cuando
hablamos de “La voz única del ideal”. La
vocación es un llamado. La vida es un llamado,
una voz a la que hay que escuchar. La realidad
misma nos muestra cual es nuestro llamado,
nuestra vocación. Este hecho que me conmueve
a mí, solo a mí, es un signo! Quise empezar a
leer mi vida como un signo para entender mi
vocación. ¿Por qué mi corazón gritaba tan
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fuerte en ese encuentro? ¿Por qué esto me
maravilla tanto? Podía haber mucha gente
conmigo, pero habían hechos que solo a mí me
llamaban la atención. Yo quería estudiar
enfermería. No medicina, enfermería. Y no por
ser mediocre. Entendí que mi valor no
dependía de lo que fuera a hacer, o lo que fuera
a estudiar, o el cargo al cual pudiese llegar. Mi
valor me venía dado desde antes, ¡yo era amada
desde siempre! Alguien me amaba todos los
días. Dios me ama todos los días. Estoy viva,
soy amada. Antes al escuchar la palabra
vocación pensaba en algo lejano y terrible.
Vocación la tienen los curas, las monjas y la
gente que se va a África. Yo no puedo ser cura,
no quiero ser monja, y no quiero irme a África,
así que ojalá no tenga esa vocación. Después
entendí que la vocación no es nada más que mi
camino a la felicidad. Dios me ama
gratuitamente y para agradecerle tengo que
seguir la brújula que él ha puesto en mi
corazón. ¡Elegir por una felicidad grande!. La
vocación no es una tortura, sino mi camino a la
felicidad, mi camino a Dios. Yo estaba segura
de lo que quería mi corazón, pero cuando llego
el momento definitivo de elegir, todo se volvió
un caos en mí. Mis profesores y todo alrededor
me gritaban (incluso literalmente) que eligiera
la carrera según el criterio del mundo. “Elige
medicina!!, el mundo te necesita! Solo así
podrás ayudarlo, no te pierdas!!” como si por
elegir otra cosa estuviese condenando al
mundo. Fueron unas horas terribles. Pero justo
en ese momento, apareció un rayito de luz de
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nuevo, que me hizo recordar todo lo que había
vivido. Me hizo recordar el amor de Dios. Un
llamado de mi mamá, diciendo que eligiera por
mi felicidad, me devolvió a la tierra. Esa era la
realidad, no lo que me habían gritado. El
mundo se salva, yo me salvo, no cuando elijo
por el prestigio, la fama o la moda. Yo me salvo
cuando elijo escuchar la Voz Única del Ideal y
mi sí puede salvar al mundo. Solo así no me
perdería. En el momento que decidí, no entendí
las repercusiones que podría tener mi decisión.
En la capilla decían que un sí o un no tiene
consecuencias cósmicas, pero yo no me
imaginaba nada. En ese momento decidía por
mí. Unas semanas después una chica me hablo
por chat y me contó que gracias a mí había
entrado a estudiar este año. Ella quería
estudiar medicina, y cuando supo que no
quedó, fue como si el mundo se hubiese
acabado. Cuando vio que yo con un puntaje
que me alcanzaba para estudiar lo que ella
quería, elegía estudiar enfermería, volvió a
valorar las cosas, se dio cuenta que elegir otra
carrera no es fracasar. Ahora somos
compañeras.
Estoy
feliz
de
haber
elegido
estudiar
enfermería-obstetricia. Cada día que pasa
confirmo mi decisión y que esta es mi vocación,
mi llamado. Ahora veo algunas de las
consecuencias cósmicas de mi si, aunque no
acabo de entenderlo todo. Justo cuando pensé
que ya todo había terminado me piden que
escriba esto. Y cuando creí que ya me había
arrancado de escribirlo, aparece la chica del
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principio para recordármelo. Signos y más
signos. Mejor no seguir arrancando.
Alekos: “Todos quieren ser amados, pero
nadie ama”
Aquel día tenía que hablar con Graziella, mi
amiga profesora de religión (aquella por la cual
la experiencia cristiana se había vuelto
cautivadora). Llevábamos tiempo sin hacerlo.
Esperaba este momento. Hablaríamos volviendo
del colegio hasta nuestra casa (mi casa estaba
de paso para ir a la suya). Saliendo del colegio,
se encontró con unos alumnos suyos. Empezó a
bromear con ellos...Tenía una gran humanidad
y yo siempre quise empaparme de su “secreto”,
hacer “mía” la belleza que veía en ella y en la
relación con ella. Se dio una conversación con
estos jóvenes. Yo miraba como estaba con ellos.
Aprendía. Cuando llegamos a mi casa se
disculpó
porque
no
habíamos
logrado
conversar. Pero yo tenía en la mente la
parábola de la oveja perdida. Se la recordé y le
dije: “yo lo encontré todo. Ellos no. Yo antes era
como ellos, ahora quiero ser como tú”. Amar es
también decidir y -hoy me doy cuenta- aquel
día decidí. Entonces nuestra amistad dio un
salto cualitativo. Pongo un ejemplo sencillo -de
los muchos que se podrían traer a colación- de
lo que conllevó la decisión de recorrer el camino
de la identificación.
Cuando nos juntábamos con los amigos me
daba cuenta de que el recién llegado -la
persona nueva, la que alguien de nosotros
había invitado- tenía como el lugar de honor:
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siempre capturaba toda mi atención. No
solamente porque siempre lo habíamos visto
hacer a Graziella, sino porque significaba
acoger lo que Dios hacía suceder, responder a
Su pro-vocación (no sería necesario añadir que
la relación con mis amigos se volvía más
verdadera y bella...). Otro día me dijo algo
acerca de mi mejor amigo: “será en la relación
contigo donde él se construirá una verdadera
consistencia”. Yo entendí la frase, pero me
parecía imposible: ¿en la relación conmigo? Ella
lo habría hecho mejor, pero con mi amigo
estaba yo. Graziella me lanzaba a ser padre. A
menudo me pedía que acompañara a otros.
Después empecé a hacerlo sin que me lo
pidiera.
Entendí que la verdadera preferencia lanza.
Más me dejo lanzar, más cerca del otro estoy.
Ya no podía gozar de la amistad con ella sin
pertenecer y pertenecer era entrar en su
pasión, es decir en su forma de vibrar y de
mirar todo y todos. Porque amistad es entrar en
comunión con el otro. De otra manera no eres
amigo, sino voyerista, espectador, o in-fante. La
amistad es entrar en las razones de la vida del
otro, de su esperanza, de su alegría. Sobre todo
entrar en su mirada y mentalidad.
Cada vez más, el exceso de admiración y
gratitud frente al exceso de Belleza y Vida que
se me donaba, provocaba el deseo de darla toda
(la vida). Quien da todo por obvio, sólo es capaz
de retener ya sea su misma vida, ya sea la Vida
que se le ofrece (de esta manera las hace
marchitar). Esto es el infierno: un pequeño goce
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encogido sobre sí mismo. Infecundo y triste.Yo
quería ser feliz, palabra que significa “fecundo”.
Sólo empezando a invertir -a desear hacer
“mío”- lo que había recibido y visto pude
empezar a hacer experiencia del Paraíso, que es
ser “canal” del Don. No hay aventura más
fascinante.
“Yo soy lo que soy a los ojos de Dios” (san
Francisco de Asís)
“Tú, que te has dignado morir por amor de mi
amor, haga la dulce violencia de tu amor que yo
muera por el amor de tu amor” (san Francisco
de Asís)
Mireille: Para mí tú vales más que diez hijos
«Eres un árbol que no da fruto». Las miradas y
los comentarios de la gente se lo susurran.
Todo esto le retumba por dentro. En la
mentalidad africana no hay salida para una
mujer que no tiene hijos. «Todos te miran. Y
esperan». Mes tras mes, año tras año. Pero en
Mireille sólo existe dolor por no poder darle al
hombre que ama el regalo más valioso. «Era
todo lo que quería. Veía el amor de Victorien
para conmigo y deseaba con todo el corazón
darle un hijo». En Yaoundé, capital de
Camerún, ciudad con un millón y medio de
habitantes, está a la orden del día que un
marido se marche de casa y se vaya con otra
mujer, aunque haya hijos de por medio, y a
veces numerosos. Cuánto más en su caso, que
no consigue dárselos. «Siempre pedí que llegara
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uno. Sólo uno. Reducía el número para no
pedir demasiado», dice Mireille que hoy tiene
treinta y ocho años. Está casada con Victorien
desde hace trece, y en todo este tiempo no ha
“llegado” nada. Nada de lo que ella podía
imaginarse. Algunos años antes de casarse
conoce CL. «Ir a la iglesia era algo formal para
mí. Nunca había sentido el deseo de seguir a
Jesús, era muy abstracto. ¿Cómo podía
amarle?». Y sin embargo Cristo la llamó detrás
suyo, como a Juan y a Andrés: «Un día
pregunté a dos chicas a dónde iban siempre
cuando terminaba la reunión del coro. “Ven y lo
verás”. Fui y el Misterio me abrió los brazos». Y
añade: «He aprendido a observar, obedecer, dar
confianza y dejarme educar. Si hubiera
dependido de mí, me habría cerrado en todo lo
que sentía». Cuando Victorien le pide que se
case con él, ella le dice: «Tienes que saber que
esta mujer con la que te quieres casar está
“hecha” de la fe. Si me hubieses conocido antes,
si supieras quién era antes, no querrías casarte
conmigo». Le pone una condición, inimaginable
en una cultura en la que el hombre es maestro
y señor: «Nunca me impidas seguir el camino
que me ha hallado. Porque ésta es mi vida con
Jesús». Pero su vínculo con el movimiento
decae durante cuatro años en los que el
matrimonio sin hijos se vuelve insoportable. Y
su deseo se convierte en una obsesión. Un día
suena el teléfono: «Ven a ayudarme en el
trabajo con los niños de la calle». Es el padre
Maurizio, un misionero que tiene un centro
educativo para chicos nanga boko, “los que
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duermen fuera” y viven entre las calles y los
calabozos de la policía. «Le dije a Victorien:
“Déjame ir”. Era mi deseo de ser madre lo que
buscaba una respuesta». Aquellos niños no
queridos, poco estimados por padres polígamos
y familias deshechas, o que habían llegado a la
capital procedentes de las sabanas del norte,
empiezan a ir tras ella llamándola mamá, y se
van haciendo hombres a su lado. Pero esta no
es la respuesta. «Allí encontré la compañía de
Cristo, y me abrí al Misterio. Aprendí a mirar
toda la realidad por lo que es: un don». Ya no
cree a los que le dicen que el cristianismo es un
cuento de blancos. Y su marido empieza a
buscar para sí lo mismo que vive la esposa. En
lugar de dejarla, se vincula aún más a ella. «Así
he visto crecer nuestro amor». Crece también
su deseo de tener un hijo. Mireille sigue
pidiendo un milagro, pero el niño no llega. «¿Por
qué?», grita hasta el agotamiento. Un día
Victorien le dice que no llore más: «Para mí tú
vales más que diez hijos. Hoy me volvería a
casar contigo». Para un hombre africano es
imposible hablar así. «Sólo hay un motivo», dice
ella: «Cristo está presente en nuestro
matrimonio».
Esto se hace más evidente cuando el deseo
parece concretarse en una respuesta. Otra
llamada de teléfono que le cambia la vida: «Era
la sobrina de mi marido. Esperaba una niña, y
quería que la criáramos nosotros». Andrée está
ahora con ellos: «Tenerla en brazos, tenerla en
casa… Había llegado por fin, como la finalidad
de toda nuestra vida», dice Mireille. «Pero no lo
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es. Esto se me hizo claro una noche». Están
cenando y el padre Marco, un amigo suyo,
habla de sí mismo con lágrimas en los ojos: «Ya
nada me basta. Quiero que Cristo tome toda mi
persona, que lo tome todo de mí». Andrée está
por ahí dando vueltas, ella se la sienta encima y
la estrecha contra sí, sin apartar la mirada de
Marco. «Era otro hombre. El deseo de darse
dominaba su rostro. En ese instante, dejé de
“sentir” a mi hija, esa hija que tanto había
deseado. Era como si no estuviese. La mirada
de Marco me “quitaba” aquella niña que tanto
había deseado. Y era Jesús quien me tocaba.
Me decía: ¿Qué buscabas, Mireille? Allí me
descubrí a mí misma, que mi corazón desea
más. Fui tomada con tal fuerza que entendí que
ya no tengo excusas: Él lo es todo de mí. Y me
quiere a mí.
La conciencia de sí, hasta llegar a la fibra más
profunda, tiene tal potencia que está
cambiando el mundo a su alrededor, aquí
donde la gente corre a bautizarse con su vida
todavía a merced de los espíritus. «He sido
llamada, también con la experiencia de mi
matrimonio, a decir a todos que Cristo está
dentro de la realidad. Y que responde por
completo a toda mi persona. Si no es así, no
puede generar una persona nueva, y no puede
hacer nacer una nueva cultura». También
muchos de los chicos del Centro están
bautizados, pero de la fe no saben nada. «Es en
el momento en que descubren a Cristo de
manera personal, dentro de la amistad, cuando
cambia su mentalidad, la concepción que
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tienen de sí mismos y de todo». Sólo esto es
capaz de bloquear el poder de todo el mal en
que han vivido y que han hecho. Joséf, quince
años, abandonado en la selva durante meses.
Cuando llegó al Centro nunca hablaba. Cuando
alguien quería acercarse a él, huía. Vivía de
robos y fumaba drogas. «Le preguntaba si no
tuviera miedo de ir a la cárcel», dice Mireille. «Y
él: “Me da lo mismo. Ni siquiera sé porque he
sido parido”. Con el tiempo ha dejado de robar
y de fumar». Otro es Ernesto, con los signos de
los azotes en la espalda. La madre había
muerto de sida y el padre nunca lo había
conocido. «Caminaba con un cuchillo en la
espera de encontrarlo. Se consideraba un hijo
de la culpa». Mireille y Victorien lo han acogido
en su casa. «Lo único que quiero es que cada
uno de estos chicos no pueda decir más: nadie
ha puesto una mirada llena de amor sobre mí».
Porque es esta mirada que les desvela a ellos
quienes son, la grandeza que “son”. Alidú es
musulmán. Después de cuatro meses en el
Centro, decidió irse. Lloraba: Aquí me han
enseñado a vivir en familia. Y entendí cuánto
fuera importante la mía. Mis padres dicen que
no tengo que estar con los cristianos entonces
vuelvo a vivir allá. Gracias por todo lo que han
hecho por mí. Ya no puedo vivir más sobre
cartones, en medio de la calle: soy un hombre».
Y sólo así, diciendo “yo” convenció a otros diez
chicos a dejar la calle.
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Yo te espero
Mariella es una Memores Domini, una
consagrada laica. Una amiga suya, una mujer
joven, le dice: “Mi marido va con otra. Lo sé por
cierto porque me avisó el marido de la otra.
Entonces es algo seguro. Hablé con mi marido y
él no me lo negó y también me ha dicho que no
logra dejarla. Por eso mi matrimonio se ha
acabado”. Y Mariela le pregunta: “¿Y por qué se
ha acabado?”. La amiga: “Porque mi
matrimonio es una relación con mi marido, mi
marido tiene a otra, entonces se acabó”.
Mariela: “No, tu matrimonio es una vocación y
un sacramento, por eso es tu relación con Dios
que te da a tu marido. Por eso su infidelidad
vuelve mucho más dramática tu fidelidad,
porque la hace mucho más necesaria. Porque
tu matrimonio no es tu relación con él, es
relación con Dios que te da a él. Por eso hay
algo más por el cual no puedes depender de su
límite y de su error”. Si te dijera me mañana me
caso, ¿tú qué me dirías? Que no es esta mi
vocación. Sin embargo, si yo te respondiera que
las de mi comunidad son unas tontas, tú, ¿qué
me dices? “Eh, que tu sigues este camino como
relación con Jesús, a través de las de tu
comunidad”. Mariella: “¿Y tu no?”.
Sigue Mariella: «Yo me quedé impresionada,
porque esta mujer volvió a casa y le dijo a su
marido: “Escucha. Yo te espero, aunque sea
toda la vida si Dios me da la fuerza. Te pido
sólo dos cosas. Tú haz lo que quieres, yo te
protejo con los hijos en todo. ¿No quieres volver
por la noche a dormir? Yo les digo que estás
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fuera por trabajo. Pero yo de las 7 a las 7 y
media tengo que ir a Misa porque yo para
permanecerte fiel tengo que recordarme que es
Dios quien me ha dado tu persona; y la
segunda cosa es que yo una noche por semana
tengo que ir a cenar en la casa de Mariella.
Entonces de las 7 a las siete y media y una
noche por semana tú te quedas con los hijos.
Por lo demás, haz como quieres”.
Durante un año siguieron así y yo me quedé
impresionada por esta mujer porque se ha
vuelto humanamente una gigante, los hijos no
se han dado cuenta de nada. Después de un
año, el marido viene a verme y me dice: “Tengo
que haberme vuelto loco si encuentro la mujer
más grande del mundo y me confundo por una
mujerzuela [puttanella]”. Y éste también se ha
vuelto un grande: él también entendió. Y me
impresionó el hecho de que llevando al hijo en
mi auto, él tiene 13 años, me dice: “Un papá y
una mamá como los tengo yo no los tiene nadie.
Me impresiona cómo se quieren”. Me
impresionó porque todo se mantuvo de pie por
ella.
Franco: el yo renace en un encuentro, y todo
junto a él. Una plenitud por menos de la cual
no vale la pena
Quería contarles muy simplemente cómo me he
enamorado de la literatura y de mi trabajo de
docente.
¡No vamos a la escuela para estudiar, sino para
conocer! ¿Para conocer qué? Tengo 50 años,
llevo 30 enseñando, pero aún vivo con una
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intensidad extraordinaria por ciertos versos;
aún vivo, cuando me levanto a la mañana,
como vivía cuando tenía 16-17 años. Todo lo
que he aprendido en los años siguientes ha sido
el desarrollo de esa cuestión que se me ha
planteado, de algún modo, cuando tenía la
edad de ustedes.
A menudo les digo a mis alumnos y a mis hijos:
lo que deciden ser entre los 15 y los 20 años lo
serán para toda su vida. Sólo a precio de un
enorme dolor se puede cambiar siendo adultos.
La vida es el desarrollo de una semilla, de un
planteamiento, de una posición que se decide
ahora.
En estos años están apostando, de manera más
seria de la que quizás puedan imaginar, sobre
su futuro y sobre lo que serán durante toda su
vida. Desde este punto de vista sean
responsables, piensen en esto, no desperdicien
el tiempo que es poco y que no sabemos cuánto
tenemos (no lo digo por ser pesado, la vida es
de verdad un drama, no sabemos lo que nos
espera y el modo con el que lo afrontaremos
depende de qué cosa decidimos ahora).
Lo primero que puedo decirles es una intuición
que tuve sobre qué sería el estudio. Tengan
presente que nadie va al colegio para estudiar,
nadie trabaja para trabajar y nadie ama para
amar; el fin verdadero de la vida es una pasión
por uno mismo, es que uno se quiere a sí
mismo, se ama a sí mismo, se quiere grande a
sí mismo: esta es la razón por la cual uno se
mueve, estudia, trabaja, ama, tiene hijos, hace
sacrificios. No hay una razón si no es una
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pasión por sí, por el propio corazón, por la
propia persona, incluso porque como dice el
Evangelio, no se pueden amar a los otros si uno
no se ama a sí mismo, “ama al prójimo como a
ti mismo”. Parecería una fórmula reducida,
pero ¿por qué Jesús no ha dicho “ama a tu
prójimo más que a ti mismo”? Porque no es
posible, amas en el otro lo que amas en ti
mismo. Amas en el otro el destino bueno que
has descubierto para ti, amas en el otro las
cosas bellas, grandes y verdaderas que te han
sido dado ver y encontrar; si no las amas por ti,
no las amas ni siquiera por lo otro. No es
posible amar si no es así: la pasión que
sentimos por los otros, por la realidad, es
proporcional al cuidado que tenemos por
nosotros mismos. Eso es: uno estudia porque
cuida de sí mismo, porque se tiene pasión a sí
mismo.
Esto me pareció comprenderlo por primera vez
cuando cursaba el sexto básico. Tenía una
profesora maravillosa, en el sentido también
que era la mujer más hermosa que he conocido
en mi vida y esto seguramente ha facilitado mi
amor por el estudio. Ella tenía 20 años o poco
más, pero era una gran profesora, apasionada
por las cosas que enseñaba. Y yo, en sexto,
¿qué tenía que hacer? ¡Si se tiene que estudiar,
se estudia! Incluso estudiaba algunas partes de
memoria, aunque no entendiera bien por qué
había que estudiar de memoria. Lo comprendí
aquel verano, porque mi padre se enfermó
gravemente y, como era el cuarto de diez hijos,
ese verano desde el primer hasta el último día
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de las vacaciones trabajé en Bérgamo, en la
ciudad. Ya sea para ahorrar, ya sea para no
tener el problema del transporte, me mandaron
a trabajar como mozo en una tienda de
fiambres, donde me quedaba en la casa de los
patrones, desde el lunes a las 6 hasta el sábado
por la noche. Fue mi primer exilio: fue fatigoso,
lloraba, también porque eran “patrones” a la
antigua, trabajaba 12 horas al día, me sentía
puesto a dura prueba. Recuerdo como si fuera
hoy este episodio: terminado el turno de 10
horas me pidieron descargar el camión hasta
tarde, llevaba unas cajas de agua y vino por
una escalera empinadísima en la oscura
bodega. Yo lloraba y estaba mal. Recuerdo
como si fuera ahora que nació allí mi
descubrimiento por la literatura (y además del
porqué valía la pena estudiar de memoria. La
memoria es verdaderamente algo fantástico, es
un almacén en el cual metes cosas y después
se encarga ella, cuando llega el momento
bueno, respecto a lo que estás viviendo, de
pescar aquel verso, aquella poesía, aquel
recuerdo que es útil para iluminar la
experiencia que estás viviendo: ésta es la cosa
grande que hace la memoria. Si en el almacén
no hay nada, frente al presente no te viene
nada a la mente; si el almacén está lleno de
cosas bellas que has estudiado, aprendido de
memoria, la vida se vuelve algo increíble:
cualquier cosa acontezca, la memoria va a repescar aquel verso que te ayuda, ilumina lo que
te ocurre en el presente).
Bajaba esta escalera y cuando iba en la mitad
29
fu iluminado por un terceto de Dante: de
improviso me viene a la mente uno de esos
aborrecidos fragmentos de la Divina Comedia
que había estudiado de memoria. Es el
fragmento donde Dante encuentra a su
tatarabuelo Cacciaguida y éste, profetizándole
el exilio -precisamente como yo, lejano de casa-,
le dice: “Probarás el gusto a sal/ del pan de
otros, (qué amargo es el pan del exilio), y qué
dura calle/ es bajar y subir las escaleras de
otros”. Quedé como de piedra, por primera vez
lloré de alegría, en el sentido de que el primer
pensamiento que tuve fue: Dante, 600 años
antes que yo, describió en un terceto, de un
modo perfecto, lo que yo sentía en ese
momento. Fue una alegría irrefrenable, dije:
habla de mí. Nunca entendí por qué debía
estudiar la Divina Comedia y descubro que
habla de mí, éste es lo que genera el supremo
interés por todo lo que se estudia.
Después, más uno crece más el abanico se hace
más amplio: ya no es sólo la pasión por la
literatura, si no que se vuelve una pasión por el
cine, las ciencias naturales, la astronomía... se
quisiera conocer todo. Pero es partiendo de
esto: que todo, de algún modo, habla de ti. No
hay nada, desde una hoja de hierba hasta la
gran poesía, que no me interese. Inter-esse en
latín quiere decir estar adentro, el interés es el
descubrimiento de que tú estás adentro. ¿Por
qué te interesa una poesía? Porque habla de ti,
el tema eres tú. Mi primer gran descubrimiento
de la vida ha sido este interés: una poesía de
Dante hablaba de mí.
30
Volví a casa y me puse a leer de un modo
irrefrenable, a estudiar muy en serio. De golpe
me gustaba, fue como si el aburrimiento que
sentía el año anterior hubiera sido barrido
lejos. ¿Por qué frente a un cuadro, a una
música, a una película, a una bella mujer, te
quedas con la boca abierta y dices que es
hermoso? ¿Qué te hace afirmar que es
hermoso? Es decir, ¿qué es el arte? El arte es la
capacidad que alguien tiene de hablar de ti. Te
quedas con la boca abierta porque tiene que ver
contigo. Porque lo hubieras querido decir tú,
hacer tú; el autor que leo me interpreta mejor
de cómo me interpreto yo a mí mismo.
Luego las circunstancias se dieron de tal forma
que -no obstante terminé octavo jurando, en las
manos de la hermosa profesora, que sería
profesor de italiano, porque la vocación me
nació allí, en las escaleras, ese día (no habría
podido amar la literatura si no hubiera
encontrado a esa profesora, solo no lo hubiera
logrado jamás)-, comencé la secundaria con 4
meses de atraso porque mi padre me quería
mandar a trabajar, pero los profesores hicieron
casi una procesión hasta mi casa para
convencerlo. Él se conmovió y decidió
mandarme a la escuela y yo contentísimo,
soñaba estudiar en la Universidad. Mi padre me
dijo que no lograría pagar cinco años de
estudio, máximo dos o tres años, así que me
mandó a una escuela para secretarias de
empresa. Resistí durante un mes. Recuerdo
cuando entró el profesor de estenografía, se
paró frente al pizarrón y comenzó a hacer
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garabatos incomprensibles. Allí comprendí que
no era mi camino, así que comencé a guardar
las cosas en el bolso y con elegancia me
acerqué hasta el escritorio del profesor y le dije
que pensaba que me había equivocado de
escuela. Desde ese día no me vieron más. Fui a
casa y le dije a mi papá que comenzaría a
trabajar. De este modo se convenció e
intentamos el camino del liceo, el clásico no
podía (problemas burocráticos), entonces me
decidí por el científico porque, de todos modos,
había materias que me gustaban.
Resistí dos años, pero luego no pude más,
porque contemporáneamente en esos dos años
de liceo tuve una crisis: tenía dentro mío una
pregunta radical que me alejó ante todo de la
fe. Eran los años del 68; y de este punto de
vista me siento afortunado. Ustedes son más
desafortunados porque viven en un mundo
donde todo se conjura para hacerles enterrar
las preguntas más hermosas que tienen dentro.
En cambio yo viví esa generación donde todo
apuntaba a sacarlas afuera, aunque duró poco
porque todo se deslizó a un plan político.
En esos años era normal ir en micro al colegio,
sentarte al lado de un chico que no habías visto
nunca y hacerse amigo de él, porque le
preguntabas seriamente: “Pero ¿tú estás
contento con la vida que tienes? ¿Por qué vas al
colegio?”. Eso es: yo pertenezco a esa
generación que durante dos o tres años se
sostuvo en esta pregunta cuestionándose
porqué se siente ese gusto amargo en la boca.
Entonces yo estaba malísimo, pasaba las
32
noches vagabundeando solo, perdí mis amigos
porque decían que estaba loco. Yo los desafiaba
sobre esta cuestión, no les daba tregua, quería
una razón por la cual valiera la pena venir al
mundo: no me bastaba el oratorio, la pelota, el
taca taca, tampoco la mujer te basta.
Vagabundeaba solo por la noche leyendo a
Leopardi y a Pirandello. En cierto momento
empezó a darme mucho asco ir al colegio
porque no había ningún profesor que tomara en
serio esa pregunta que tenía. La única cosa que
tenía clara era que iba al colegio para plantear
esta pregunta, todo lo demás no me importaba
nada.
Claro, tenía ese vago recuerdo de Dante, pero
estaba sofocado por un dolor más grande. En
cierto momento dejé el colegio. Le dije a mi
padre que no estaba bien, además era
necesario que trabajara porque mi padre había
perdido su trabajo, entonces fui a trabajar en
una fábrica para dar una mano en casa. Sin
embargo, sentía dentro esta pregunta que me
roía; sí, estaba contento de poder dar una mano
a los míos, pero esta pregunta no me dejaba
tranquilo.
Hasta que un día cedí ante la insistencia de
algunos amigos que me arrastraron a los tres
días con GS, los secundarios de Comunión y
Liberación. No tenía la menor idea de qué era
CL. Fui a Pesaro, ya sea para descansar porque
estaba muy cansado, ya sea porque vería por
primera vez el mar (que, entre otras cosa, no
pude ver porque íbamos del albergue al estadio
33
y del estadio al albergue). En estos tres días
aconteció un milagro. No sé qué significado les
dan ustedes a esta palabra -milagro-, pero
pienso que es la palabra más adecuada.
Después de esos tres días volví a casa y era
otro. Tenía la sospecha de que Dios existiera:
esa pregunta, que llevaba dentro de un modo
tan radical, allí había sido estimada como algo
razonable, ¡esto me impresionó!
Esos tipos que hablaban -todavía tengo en casa
los apuntes: primera charla del padre Luigi
Giussani; segunda charla del padre Francesco
Ricci; tercer charla del padre Luigi Negri-, esos
tres tipos, allí, por primera vez, estimaban mi
dolor, estimaban mi sufrimiento, estimaban mi
pregunta. Aún más, me decían: “Tú que tienes
esta pregunta, eres el único que piensa de
verdad, estás en el buen camino, ve hasta el
fondo. No tomes en cuenta a ese mundo de
adultos cínicos y perversos que te dice: si tienes
alguna pregunta, quédate tranquilo y verás que
se te pasa”.
Esta era la cosa que más odiaba: si tu tienes
dentro una pregunta de sentido, un adulto no
puede permitirse decirte: “Se te pasará”. La
única cosa que tenía como verdaderamente
mía, porque todo el resto me parecía basura,
era que quería ser feliz.
Les decía a mis amigos de entonces, y ellos
podrían testimoniarlo: “Quiero entender, deben
decirme porque es fatigoso vivir, por qué es un
drama la vida, qué es esta realidad que está a
mi alrededor, deben explicármelo”. Si me
hubieran dicho: “Mira, Franco, en África hay un
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brujo que tiene la respuesta a tu pregunta”,
hubiera partido incluso a pie, porque no tenía
nada que perder. Si no tienes el sentido de las
cosas ya lo has perdido todo. ¿Qué tienes que
defender? Y yo sentía que ya lo había perdido
todo: había perdido a mi padre, a mis
hermanos, a mis amigos, la razón por la cual
estudiaba.
Hay un hecho interesante que expresa cuanto
fuera muy serio cuando decía que “todo es
basura”. Nunca fui muy hermoso, pero alguna
chica que estuvo detrás mío la tuve; me
acuerdo de una en particular -la llamaré María, hermosa, verdaderamente hermosa, me
hacían enloquecer sus ojos azules, los recuerdo
aún hoy. Ella me había dicho que también
estaba interesada en mí. Una noche quise
hablar con ella y le dije: “Déjalo, porque tu me
gustas de verdad, pero vuelve dentro de un
tiempo”. Tenía 17 años y esto fue antes de
Pesaro, antes del encuentro. Le dije así: “Estoy
en la mierda hasta el cuello, y como me parece
de delincuentes arrastrar en la mierda a una
buena chica como tú, quédate lejos de mí, soy
un peligro”.
Una vez, un cura me había enseñado que
cuando uno le dice a una persona: te quiero
[bien], quiere decir que quiere su bien. Le dije a
María: “Yo no sé ni siquiera qué es el bien para
mí, ¿cómo quieres que sepa qué es el bien para
ti? Rechazo pololear contigo, porque te
arrastraría dentro de un desastre, vuelve
cuando en la vida logre decir, con algo de
seriedad, qué es el bien para mí, entonces sabré
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decirle a una mujer 'Te quiero [bien]'; sin
embargo, hasta que no llegue ese momento, yo
no me tomo la responsabilidad de llevarte en la
mierda conmigo”.
Esto, ciertamente, era herencia de una
educación que había recibido de mis padres, si
bien yo estaba convencido de que no se podía
amar, por la misma razón por la cual no tenía
una razón verdadera para estudiar.
Pongámoslo de manera positiva: si descubren la
razón por la cual vale la pena estudiar, han
descubierto también la razón por la cual vale la
pena amar; las dos cosas, les juro, van juntas.
En el fondo, hay una sola razón que sostiene y
rige todo, el amor por la mujer, el amor por los
amigos, el amor por el estudio, el amor por los
pobres del tercer mundo. El amor está o no
está. Si está lo abraza todo, si no está, de todos
modos estás en la mierda, aun cuando piensas
que quieres a una mujer. Ésta es para mí una
regla absoluta.
Volví de Pesaro como quien ha recibido un
milagro, con la sospecha de que Dios existiera,
recuerdo aún en mi primera escuela de
comunidad d (éramos más o menos una
decena) les dije a los otros nueve que habían
estado conmigo en Pesaro: “Escuchen, ustedes
me hicieron entrar la duda de que Dios existe;
pero ahora me lo deben hacer ver, ahora Lo
quiero ver”.
Bien, desde ese 29 de septiembre de 1972,
cuando volví de Pesaro, hoy comprendo que
todos los demás los años fueron el desarrollo de
ese momento. Tengo 51 años, me levanto por la
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mañana y les aseguro que es como cuando
tenía 17 años, pregúntenles a mi esposa, a mis
hijos: me levanto y abro la ventana y le pido a
la realidad que me muestre su significado. Yo
quiero amarla, la realidad. Tengo interés por la
realidad porque me intereso por mí; yo quiero
ser grande, grande: ser grande quiere decir ser
capaz de abrazar toda la realidad, de abrazar
las cosas.
Quiere decir poder repetir a una mujer después
de 25 años de matrimonio “te amo” con aún
mayor frescura e intensidad que la que tenía
cuando se lo dije por primera vez. Poder leer
una poesía y conmoverme, como cuando tenía
17 años y daba vueltas solo como un loco. Yo
vivo de aquellos tres años, de como se me ha
planteado la vida en aquellos tres años. Lo que
me sorprendió e impresionó es que había
comprendido que había sucedido algo grande,
algo poderoso para mi vida!
Desde que volví de Pesaro, de golpe me
encontraba enamorado del estudio, volvió a
nacer dentro de mí una pasión: intenten
imaginar que uno vuelva con la sospecha, es
más, casi con la certeza de que las cosas que
ha visto y escuchado tienen que ver con él. Me
puse verdaderamente a estudiar y a leer con
una pasión de la cual no tenía idea, descubrí
que todo verdaderamente hablaba de mí desde
el más pequeño literato, todo hablaba del
interés que yo tenía por las cosas.
Junto a esto me enamoré perdidamente: se
había derrumbado la incertidumbre, la duda
37
que tenía sobre la relación con las mujeres,
sobre la posibilidad de amar. Fui a mi primera
escuela de comunidad y allí, al alba de mis 17
años, la vi: ella, Gracia, hoy mi mujer. Me
enamoré perdidamente, precisamente yo que
un año antes le había dado aquella respuesta a
María. Yo que teorizaba que el amor entre un
hombre y una mujer era imposible. Yo que
sentía náuseas y ganas de vomitar frente al
estudio, volví y me puse a estudiar muchísimo,
enamorado de todo lo que leía. Yo que teorizaba
que con las mujeres no funcionaba me enamoré
perdidamente de esta muchachita de 15 años;
que tuvo la gran sabiduría -Dios la bendiga por
la eternidad- de decirme que no durante 4
años. ¡Tuve que ganármela! Cada dos por tres
iba a su casa y le decía “estoy aquí”, es más, se
lo dije unas escuelas de comunidad después.
Dos o tres semanas después [de volver de los
ejercicios de Pesaro], durante una escuela de
comunidad se levanta un tal por cual que dice
públicamente que se había enamorado de
Gracia. Entonces pensé: “éste me la va a
quitar”. Entonces yo también levanto la mano
y digo: “Yo también quiero hacer una
intervención. Yo también me enamoré de
Gracia”. Te salvas como puedes, intenté poner
el parche antes de la herida... Después, cuando
la acompañé a casa, me dijo: “Escucha, pon
una cruz sobre nosotros”. Le pregunté si de
todas maneras podía esperar, y ella me repitió
que no esperara. De vez en cuando lo volvía a
intentar, cada uno o dos meses, con un poco de
discreción, le decía: “yo estoy aquí”. Se me
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había metido en la cabeza la idea que me
habría casado con ella o con ninguna, y cada
tanto se lo recordaba... y la cosa siguió así.
Todo lo que aprendí de sus “no” en esos 4 años
(hasta los veinte años, cuando me dijo “sí”
inesperadamente, de improviso, en un día
cualquiera: son las cosas que hace Dios. No
tengo recuerdos de los tres días siguientes,
tanto estaba ido...) ha sido una cosa grande,
que me salvó el pellejo. Todavía la agradezco
por aquellos “no”. Me permitió invertir, como es
justo que sea a la edad de ustedes. Ustedes
tienen el derecho de volverse grandes y, como
una relación afectiva seria requiere mucho en
términos
de
energía,
de
tiempo,
psicológicamente, tienen el derecho de invertir
todas sus energías intelectuales, de dinero, de
tiempo, en volverse grandes; grandes, es decir
libres: libres de vivir a trescientos sesenta
grados todas las ocasiones, todos los
encuentros. No tienen que dejarse escapar
ninguna cosa bella que les suceda en la vida.
Tienen el derecho de tomar lo mejor de la vida,
para poderse presentar “grandes” ante una
mujer. Después, cuando empezamos a ser
novios, Gracia y yo, ¡fue verdaderamente bello!
Como novios nos veíamos una vez al mes;
vivíamos a cien metros de distancia, pero nos
veíamos sólo una vez al mes, porque yo sobre
esta cosa lo había apostado todo. Yo le decía:
“Querida Gracia, quiero casarme con la mujer
más grande del mundo! Por menos, no me caso.
Y tú tienes el derecho de casarte con el hombre
más grande del mundo. Por menos de esto, no
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te cases conmigo. Yo no quiero terminar como
nuestros amigos (y le nombraba algunos) que
por el hecho de tener la polola tienen
comprometidos el martes, el jueves, el sábado
por la tarde y el domingo por la noche. ¡Yo no
quiero esa lápida sobre mi vida! Yo no quiero
hacer de mi vida una tumba. Éstos ya están
muertos, ya son cadáveres”.
Mientras tanto, ella ya trabajaba, yo estudiaba,
dos vidas distintas, pero ésta ha sido la
grandeza; yo veía a Gracia una vez al mes y
cada mes me parecía una mujer distinta, más
grande! Me contaba cosas que había hecho,
encuentros, responsabilidades que había
asumido, la presencia en el mundo del trabajo,
y yo la veía volverse grande delante de mis ojos.
En síntesis, el encuentro con Comunión y
liberación para mí significó un amor a mí
mismo tan fuerte y tan poderoso que me hizo
volver a enamorar de las dos cosas más
importantes de la vida: el conocimiento, -yo
quería conocer las cosas, la realidad- y el amor
-yo quería una mujer, pero una mujer
verdadera y una relación absolutamente
verdadera, es decir donde se pusieran en juego
mi felicidad y la suya, mi destino y el suyo. De
otra manera, los dos se tratan como el perro y
la perra, y a mí esto no me interesaba; porque
puede haber un interés por una mujer también
porque te gusta -porque es bonita, porque es
rubia..., sin embargo, en el transcurso del
tiempo a cuántos he visto terminar mal, porque
al final todas estas cosas no permanecen! Es
más, cuando empiezas a tener la sospecha de
40
que el otro está contigo sólo porque le gustas,
sientes que el otro te utiliza, y entonces
empiezas a cansarte, es más, llegas a odiar esa
relación donde te sientes utilizado. Sin
embargo, si el otro está contigo para
acompañarte, para darte una mano para
caminar hacia tu destino, ¿entienden que es
otra cosa? Comprenden que entonces los ojos
azules o los cabellos rubios o el resto son la
ocasión inicial a través del cual Dios te hace
interesar a una mujer para que pudiera ser
compañera a tu destino, ¡es totalmente otra
cosa! El amor por el estudio y el amor por las
mujeres, o sea el amor por la vida es uno sólo, y
si funciona el primero, funciona también el
segundo.
Lo demás fue sencillo. Estudié, luego rendí el
examen final como alumno libre, estudiando los
sábados, los domingos y por las noches.
Después estudié en la universidad mientras
seguía trabajando, nunca cursé en la
universidad, solamente iba a rendir los
exámenes; tenía que trabajar. Sin embargo, al
final logré recibirme de profesor de literatura.
Quisiera ponerles ahora 2 ó 3 ejemplos de cómo
después, al estudiar literatura, todo eso que he
intentado decirles emergió de un modo
absolutamente clamoroso.
Tengan presente que casi siempre he enseñado
en los cursos a contadores de Bérgamo, de un
bajo nivel cultural, hijos de empresarios que
habían “surgido”... mucha plata y poca
instrucción, destinados a continuar la empresa
41
del padre, el italiano para ellos era el primer
idioma extranjero (todos hablaban el dialecto)...
Para ellos el máximo resultado que podían
lograr en la vida era recibirse de contadores,
única lectura “La Gaceta del deporte” o al
máximo “El Sol 24 Horas” [diario de perfil
financiero]... Yo entendía que mi tarea de
enseñante sería la de hacerlos enamorar del
estudio, hacer nacer en ellos la pasión por
estudiar, por leer. Por eso solía empezar el año
leyéndoles la Carta a Francisco Vettori de
Nicolás Macchiavello, una parte que yo amo
muchísimo y que contiene, a mi parecer, uno
de los pasajes más hermosos sobre qué es
estudiar. Aquí Macchiavello -que en este
momento está en el exilio- cuenta a su amigo
cómo pasa la jornada: por la mañana hago esto,
luego almuerzo en la hostería, por la tarde esta
otra cosa. Después añade: “Al llegar la noche,
retorno a casa, y entro en mi estudio y en la
puerta me saco la vestimenta cotidiana, llena de
barro y de lodo [finalmente hay un punto en el
cual puedo dejar la mierda en la cual se vive
normalmente
todo
el
día,
la
propia
cotidianidad], y me pongo ropas reales y
curiales [me visto de rey, yo allí soy el rey, soy
el
señor
de
las
cosas],
y
revestido
adecuadamente entro en las antiguas cortes de
los antiguos hombres, donde, recibido por ellos
amorosamente, me alimento de esa comida, que
sólo es mía, y que yo nací para ella [La
conciencia de aquello que me roía dentro
cuando era niño, cuando era joven. Esa comida
por la cual hemos venido al mundo, para
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conocer la realidad, amarla y servirla (servirla,
se comprende cuando grandes)]. Donde yo no
me avergüenzo de hablar con ellos”.
Esto es el estudio: hablar con la gente, dialogar
con los “antiguos hombres”, con los sabios que
nos han precedido, que han tenido la misma
pregunta. Como para mí en aquellas escaleras
con Dante; interrogar a los grandes hombres
que nos han precedido y ver su tentativa. Es
como preguntar a Dante: ¿pero tú como has
hecho, tú que tenías esta misma pregunta,
cómo has hecho para responderla?
Preguntarles las razones de sus acciones, y
ellos, por su humanidad, me responden; por su
humanidad, es decir por el elemento que
tenemos en común, el corazón. Por el corazón
que tenemos en común ellos me responden y yo
durante 4 horas no siento el tiempo, ningún
aburrimiento, no temo ningún afán, no me
espanta la muerte y me transfiero todo en ellos:
esto es estudiar. Un diálogo con los antiguos
que, sin embargo, presupone que te quieras a ti
mismo, que te cuides, que vivas con tu corazón
en la mano. Sepan que es durísimo en el
mundo de hoy, es más duro de lo que fue que
para nosotros y los comprendo cuando les
cuesta, porque la fatiga que sienten es mayor
que la que hice yo, porque hoy todo se conjura
para olvidar esas preguntas, para no tomarlas
en cuenta.
En efecto, ¿por qué estamos juntos, por qué
han hecho una jornada como ésta? ¿Por qué
participan en los secundarios? Aunque
hubieras venido aquí por primera vez, ¿por qué
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has venido? Porque finalmente has encontrado
a personas que estiman tu pregunta, que
estiman tu corazón en un mundo que se
conjura para hacértelo olvidar. Ten en el
corazón a tu corazón, cuida de ti mismo, esto te
dicen los amigos con los cuales estás aquí, esto
es lo único que también puedo decirte yo, este
tenerte en el corazón a ti mismo. De tal manera
que se comienza a sentir que todos los que se
han vuelto grandes en la historia de la
humanidad, cualquier artista, cualquier genio,
no hizo otra cosa que ésta: tenerse en el
corazón a sí mismo, y por esto ha sabido tocar
las cuerdas de su humanidad y de sus
experiencias que, cuando las haces sonar,
como un diapasón, hacen vibrar las tuyas:
sientes que el corazón está hecho del mismo
modo, del mismo idéntico modo.
Tomemos el muy conocido comienzo de la
Divina Comedia de Dante:
En el medio del camino de nuestra vida
me encontré en una selva oscura
porque el recto camino había perdido.
Ay, qué duro es decir cómo era
esta salvaje y áspera y espesa selva
tanto que al pensar se renueva el miedo!
Tan amargo es que es casi como la muerte.
Chicos, díganme si han hallado una definición
mejor de lo que ustedes son, de lo que todos
somos. Perdidos, perdidos en una selva oscura;
quiere decir que estás en una oscuridad,
porque todo te es enemigo, por eso todo te da
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miedo, y es una experiencia tan amarga y tan
tremenda que se asemeja a la muerte. Se puede
morir de este miedo incluso a los 15, a los 17
años. Entonces dices: pero chicos, ¿alguna vez
sintieron hablar con tanta verdad sobre su
vida? ¿Por ejemplo cuando se van a la cama, la
noche del sábado o del domingo, como dice el
gran Leopardi en la poesía “El sábado del
pueblo”, con el sabor amargo en la boca porque
la fiesta no ha mantenido la promesa que
parecía contener? La espera del sábado jamás
se
cumple
el
domingo;
se
sienten
desilusionados y les dan ganas de gritar, como
Leopardi: “Oh, naturaleza, oh naturaleza, por
qué luego no das lo que entonces prometes? ¿por
qué tanto engañas a tus hijos?”. ¿No sienten
como si describiera la experiencia de ustedes de
cada día? ¿No les interesaría dialogar con este
hombre que tiene el coraje de decir: “Pero para
hablar del bien que allí encontré, diré las otras
cosas que allí divisé” (Dante).
Si a la edad de ustedes hubiera escuchado a un
adulto que me hubiera dicho: “estoy metido en
la mierda, sin embargo, dentro de este mal
llegué tan hasta el fondo que encontré el bien:
el que quiere, que me siga”. Yo a uno así, se los
repito, aunque tuviera que ir hasta el centro de
África a pie, lo sigo, porque es la única
posibilidad.
¿Les interesa hacer juntos este recorrido? Y
después Dante sigue adelante y dice que la vida
sería más hermosa si hubiera la luz, porque en
la luz se comprenden las cosas, pero la luz no
está, somos todos ciegos, somos todos como el
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ciego de nacimiento, apoyados a la pared que
gritamos “Señor, ten piedad de mí”, porque no
vemos las cosas.
Hoy, a los 50 años, comprendo que no tengo
más
tiempo
de
tener
otros
títulos
universitarios, pero me enojo conmigo mismo
por lo mucho que soy ignorante. No entiendo la
música, no he recibido una educación musical
y me duele muchísimo, mis hijos me adelantan:
escuchan una música y la comprenden. Yo
escucho una música y es un rumor, no la leo,
no la entiendo, soy sordo. Eso es, somos todos
así, miramos las cosas pero no las vemos: no
las encuentras, no las conoces de verdad.
Miras una montaña y no comprendes nada,
para ti son todas iguales, son jorobas del
terreno. Me gusta tremendamente cuando
llevamos de paseo a nuestros alumnos del
secundario, con Armando que es un genio en
estas cosas y los ayuda a leer las montañas, los
árboles, las hojas, los insectos: cosas de no
creer! Él ve las cosas, yo me enojo porque no
las veo. Piensen que se puede estar con una
mujer y no verla jamás durante toda la vida, no
ver jamás lo que exactamente es. En cambio yo
quiero poder ver las cosas y “poseerlas”, darles
su nombre, por eso en el límite de lo posible
abrazarlas, amar las cosas, volver el tiempo
constructivo, lleno de alegría [letizia], lleno de
bien. Entonces les digo a mis alumnos: pero,
¿si hay alguien que dice que lo ha logrado, a
ustedes no les interesa ir detrás de él? Y
entonces empezamos con la lectura de la Divina
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Comedia. Les haces encontrar a este hombre
que dice que la luz está, que sería hermoso si la
luz estuviese y lo intenta todo envalentonado;
no lo logra porque una loba, un león y una
hiena le obstruyen el camino.
Les digo a los muchachos: ¿cuántas veces han
probado a salir de este drama solos, por sí
mismo? No lo logramos porque hay un vicio que
tenemos dentro incurable; o, mejor dicho,
curable, pero sólo bajo ciertas condiciones: hay
una debilidad en nuestro corazón por la cual
intuimos qué hermosa debería ser la vida, pero
solos no lo logramos. Existe esta debilidad que
se llama pecado original. Entonces quiere decir
que si queremos ser leales hasta el fondo
tenemos una sola posibilidad. En el peor
momento
de
nuestra
vida,
cuando
precisamente vemos que no lo logramos, tener
al menos la lealtad de gritar, como lo hace
Dante, cuando estaba por ser empujado a la
selva oscura “Mientras que me perdía en este
valle [mientras estaba hundiéndome] frente a
mis ojos se me ofreció [un encuentro gratuito,
imprevisible, una oferta no merecida] alguien
que parecía mudo por su largo silencio. Cuando
lo vi en aquel desierto 'Miserere de mí' [ten
piedad de mí], le empecé a gritar”. La primera
palabra de Dante, personaje en la Divina
Comedia es “Miserere de mí”. Les digo a los
chicos: es lo único que podemos hacer, gritar
que alguien tenga piedad de mí, que alguien me
dé una mano para salir afuera.
Aquel que Dante encontró es Virgilio, quien le
explica: tienes razón, estás hecho para la luz.
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Tienes absolutamente razón, yo estimo tu
deseo, pero has equivocado el camino, el
método es equivocado; he venido para ofrecerte
el camino justo. Si quieres venir conmigo,
recorreremos juntos todo el infierno del cual
estás hecho, o sea, todo el mal del que eres
capaz. Recorreremos juntos una posibilidad de
expiación. Después te aventurarás en el
increíble encuentro con la verdad, la belleza y el
bien, porque en la vida es posible conocer la
verdad, la belleza y el bien. Volverás a la tierra
completamente nuevo, a decir a los hombres
que la vida es grande y positiva, que la última
palabra no es la selva oscura, sino una luz
infinita, una belleza infinita.
Leopardi, que yo siento de una grandeza
extraordinaria -lo leía solo, a los 15 años,
después comprendí que está en el vértice de la
cultura europea. Antes de su caída, del ceder a
la nada, al nihilismo que devastaría Europa,
incluso desde el punto de vista físico, material
(las guerras, los gulags...) se había erigido un
hombre jorobado y deforme, enfermo, solitario
en su absoluta grandeza-, decía que no
conocemos el porqué de las cosas, no sabemos
responder a la única pregunta a la cual vale la
pena responder: “Y yo, ¿quién soy? Uno lo tiene
allí, sobre la mesita de luz, y durante toda la
vida lo lee, agradeciéndole a Leopardi que le
mantenga abierto el cerebro, que le mantiene
abierta la pregunta, porque cuando esta
pregunta se cierra, todo se termina.
El fin de nuestra amistad, el objetivo por el cual
estamos juntos, la razón de lo que he hecho
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durante estos 30 años, es sólo porque me
mantiene abierta esta herida, hace que esté
abierta y por eso me hace capaz de conocer las
cosas.
La poesía que leo con más gusto es una poesía
que no está en las antologías. Se llama Al
Conde Carlo Pepoli. Es algo increíble, dice las
cosas que he intentado decirles de un modo
mucho más hermoso. Hablando de los jóvenes,
dice que el sentimiento que prevalece en el
hombre, aquel sentimiento que lo hace grande,
es el aburrimiento, es decir el sentimiento de
desproporción que hay entre la espera del
corazón y la realidad que traiciona esta espera.
Él, pobre, no era cristiano, no sabía que detrás
de la realidad está escondido su significado, no
lo supo ver (ésta es la gran idea cristiana de
sacramento: dentro de la realidad está
escondido su significado), por tanto dice que la
vida
es
un
aburrimiento
mortal,
un
aburrimiento que nos acompaña siempre;
porque
la
realidad
sin
significado
es
verdaderamente fea. Describiendo la vida de los
jóvenes de su tiempo, dice proféticamente:
“Él rinde culto a los vestidos y a las cabelleras
y a los actos y a los pasos, y a los estudios
vanos
de mimados y de caballos, y a las frecuentes
salas, y a las ruidosas plazas, y a los jardines,
juegos y cenas y danzas envidiadas
toda la noche y todo el día lo entretienen; jamás
pierde
la sonrisa de los labios, ay, pero en el pecho,
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en lo profundo del pecho, grave, sólida, inmóvil
como columna adamantina, se sienta
inmortal aburrimiento, contra el cual nada puede
el vigor de la juventud, y no la derrumba
dulce palabra de rosado labio.
Y ni siquiera la mirada tierna, temblorosa,
de dos negras pupilas, la querida mirada,
la cosa mortal más digna del cielo”.
Ésta es la cosa más grande que pudiera
escribir: pasan el día entre juego, “danzas
envidiadas”, con las bonitas, con las feas,
siempre contentos como deficientes.
Este “aburrimiento inmortal” no es destruido,
no es sacudido, ni siquiera por “dulce palabra
de rosado labio”: de todas las cosas que en el
mundo nos pueden suceder, la más hermosa, la
que nos lleva más cerca del paraíso es
enamorarse. Esto es lo que comprendí cuando
le dije aquello que dije a María. No es porque
seas joven que sientas menos esta inquietud; al
contrario, la naturaleza al menos hasta los 20
años aún se las hace sentir: después con la
edad se sepulta.
Otro ejemplo que quería hacer es una obra un
poco desconocida de Pirandello, Los Cuadernos
de Serafino Gubbio. Escuchen qué grande es
cuando escribe:
“Estudio a la gente en sus más ordinarias
ocupaciones, a ver si logro descubrir en los otros
lo que a mí me falta en cada cosa que hago: la
certeza de que entienden lo que hacen
[Necesitamos sólo una cosa, la certeza de lo que
50
hacemos, es decir una certeza sobre la
realidad]. Al principio, sí, me parece que muchos
la tienen [miren a su alrededor, piensen en sus
compañeros, pero también en ustedes mismos,
parecemos siempre muy seguros de lo que
hacemos] por el modo como entre ellos se miran
y se saludan, corriendo acá o allá, detrás de sus
asuntos o de sus caprichos. Pero después, si me
detengo a mirarlos un poco dentro de sus ojos [si
te detienes un instante y alguien te mira un
poco fijo a los ojos, te enojas] con estos ojos
míos atentos y silenciosos, entonces enseguida
se resienten. Es más, algunos se extravían en
una perplejidad tan inquieta, que si por poco yo
siguiera escrutándolos, me insultarían o me
agredirían [Éste es el problema: como dice la
verdad es mal visto por el pueblo, por la
multitud porque pone las preguntas justas, las
que hacen estar mal]. No, tranquilos. Me basta
esto: saber, señores, que tampoco para ustedes
es claro ni cierto ni siquiera ese poco que les
viene determinado por las habitualísimas
condiciones en las cuales viven [No están
seguros de nada de lo que viven]. Hay un más
allá en todo. Ustedes no quieren o no saben
verlo. Pero apenas, apenas este más allá
relampaguee en los ojos de un ocioso como yo,
que se pone a observarlos, entonces, se
extravían, se turban o se irritan. También yo
conozco el dispositivo externo [se llama olvido,
Giussani lo ha llamado “descuido del yo”],
quisiera decir mecánico de la vida que fragorosa
y vertiginosamente nos atarea sin descanso.
Hoy, así y así; esto y esto otro que hacer; correr
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acá, con el reloj en la mano, para estar a tiempo
allá. -¡No, querido, gracias: no puedo!- -¿Ah, sí,
de verdad? ¡Dichoso tú! Tengo que escapar... -A
las once, la merienda. -El diario, la bolsa, la
oficina, la escuela... -¡Lindo día, qué lástima!
Pero los negocios... -¿Quién pasa? Ah, un coche
fúnebre... Un saludo, a las carreras, a quien
partió. –El taller, la fábrica, el tribunal... Nadie
tiene tiempo o modo de detenerse un momento a
considerar, si lo que ve hacer a los otros, lo que
él mismo hace, es verdaderamente lo que sobre
todo le conviene, lo que le pueda dar esa
verdadera certeza, en la cual solamente podría
encontrar reposo. El reposo que nos es dado
después de tanto fragor y de tanto vértigo está
cargado de tal cansancio, ensordecido por tanto
aturdimiento, que ya no nos es posible
recogernos un minuto a pensar. Con una mano
nos sostenemos la cabeza, con la otra hacemos
un gesto de borrachos. - ¡Distraigámonos! Sí.
Más cansadoras y complicadas que el trabajo
encontramos las diversiones que se nos ofrecen;
tanto que del reposo no obtenemos otra cosa que
un crecimiento de cansancio”.
Si uno lee una página así no se la olvida más
por el resto de la vida: no se encuentra un
momento para detenerse y pensar si lo que
estamos viviendo conviene de verdad, o sea si
se cultiva una certeza en la cual solamente
nuestro corazón podría encontrar reposo.
Entonces uno comprende porqué se pone junto
a los otros, porqué existe el movimiento, porqué
existe la Iglesia: como tú vivirías en este olvido
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absurdo, donde hasta el reclamo más grande de
Dios, el amor, puede pasarnos por delante sin
que tomemos conciencia de ello, estamos juntos
para que alguien te diga: para, levanta la
cabeza, pon tu corazón en la mano y escúchalo.
Haz esto, cuida de ti mismo, date tiempo para
escuchar tu corazón y ve detrás de él. Éste es el
único fin por el cual Dios nos ha puesto juntos;
si Dios pone juntos a un hombre y a una mujer
es por esto y por menos que esto no vale ni
siquiera la pena casarse. Este es el único fin
por el cual vale la pena hacer clase: por menos
de esto no vale la pena entrar en la sala de
clase.
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