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La pérdida de un ser querido

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La pérdida de un ser querido
Nuria Soler
Guía práctica para personas en duelo
instituto
RECOMENDADO POR
investigación l crecimiento l convivencia
La pérdida
de un ser
querido
La pérdida
de un ser
querido
Nuria Soler
La pérdida de un ser querido.
Guía práctica para personas en duelo
Núria Soler
Agradecimientos:
© Núria Soler, 2012
Edita: Psikered
París, 206 Entlo
08008 Barcelona
Tel. 902 109 061
www.psikered.com
María Elena Vidarte
ISBN: XXXXXXX
Depósito legal: XXXXXXXXXX
Impreso en España – Printed in Spain
Diseño y realización:
BPMO Edigrup
Guitard 43 planta 1
08014 Barcelona
Tel. 93 363 78 40
www.bpmoedigrup.com
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está
protegido por la ley, que establece penas de prisión y/o multas,
además de las correspondientes indemnizaciones por daños y
prejuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o
comunicaren públicamente en todo o en parte, una obra literario,
artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a
través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
Guía práctica para personas en duelo
Joan Piñol
María R. Gomis
Judith López
Toni Ponce
Silvia Navarro
Paula Mastrangelo
El duelo
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Qué se puede hacer
ante el proceso de duelo
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Cómo ayudar a otra
persona ante el duelo 16
Los niños y adolescentes y el duelo
20
Los ancianos y el duelo
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Bibliografía32
La separación definitiva de un ser querido es una de
las crisis vitales más difíciles que se pueden dar en la
vida de una persona por la que, un día u otro, todos
tenemos que pasar.
La experiencia de duelo por el fallecimiento de un ser
querido es siempre una tarea difícil, tanto para un
adulto como para un niño, adolescente o anciano.
¿Qué es
el duelo?
Tratar a diario con el sufrimiento de las personas nos
ha impulsado desde Psikered a elaborar esta guía
informativa que esperamos que sea de utilidad para
el doliente y las personas que le rodean (familiares,
amigos y profesionales).
El objetivo de esta guía es proporcionar a las personas
en duelo unas herramientas que les permitan
enfrentarse a este momento de dolor y complejidad
vital, así como ofrecer información sobre el proceso y
sugerencias para ayudar a afrontarlo.
Nuria Soler
La pérdida de un ser querido
La pérdida de un ser querido
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A lo largo de nuestra vida, con toda seguridad,
tendremos que enfrentarnos al fallecimiento
de alguien próximo y muy querido. Ante esta
pérdida, las personas más cercanas, familiares
y amigos, experimentamos un proceso normal,
natural y esperable: el duelo.
A lo largo de nuestra vida, con toda seguridad, tendremos que enfrentarnos
al fallecimiento de alguien próximo y muy querido. Ante esta pérdida, las
personas más cercanas, familiares y amigos, experimentamos un proceso
normal, natural y esperable: el duelo.
No se trata de un estado o una enfermedad, sino de un proceso que afecta
a las personas que este ser querido deja atrás, y que afectan a una serie de
dimensiones diferentes pero relacionadas entre sí, como la espiritual, la
emocional, la conductual, la corporal, la mental e, incluso, la sensorial.
Pasar por un proceso de duelo, por lo tanto,
es una reacción normal.
La duración del duelo
De la misma manera que debemos comprender que el proceso de duelo
es diferente para cada persona, que existen tantas formas de vivirlo como
situaciones lo desencadenan, el tiempo de duración también es variable.
La desestructuración, la desorganización y, sobre todo, el gran dolor que
inflige la pérdida en los dolientes puede constituir un periodo vital muy
diferente en cada caso, por lo que no se puede poner siempre una fecha
estimada para su correcta finalización.
Dentro de esta duración variable del duelo, para la que cada persona supondrá
un periodo más o menos largo, sí que se puede señalar al primer y el segundo
año tras la pérdida como, posiblemente, la etapa más dura e intensa.
Sin embargo, la situación más crítica sobreviene
entre el segundo y tercer mes posterior al
fallecimiento, cuando el intenso apoyo sociofamiliar disminuye, y paradójicamente cuando
más imprescindible es la necesidad de este apoyo.
En cualquier caso, queremos insistir en que estas fechas no son un calendario fijo, ya que cada persona tiene su propio ritmo y se adapta a la nueva
situación a una velocidad diferente.
Toda pérdida, del tipo que sea, comporta la reelaboración de muchos aspectos vitales que se deben reordenar para adaptarlos a la nueva situación.
Aunque todos creemos reconocer los síntomas y sentimientos característicos
del duelo, cada persona vive el duelo como algo único y personal y experimenta unas etapas particulares para asumir la pérdida.
Para esa persona que ha tenido que decir adiós, sus fases y síntomas no siempre se corresponderán fielmente a los de otra persona ni a una sucesión
lógica y establecida, por mucho que algunos de ellos puedan parecer comunes para todo doliente. El proceso en cada caso será diferente.
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Cómo se identifica
el duelo
En la construcción de esa nueva vida sin la persona que nos ha dejado, durante su elaboración, reconoceremos el duelo en la persona debido a una
serie de sentimientos y síntomas específicos.
En el proceso de un duelo normal aparecen manifestaciones de sentimientos, como la tristeza, la angustia, la sensación de apatía, la rabia, la culpa, el
abatimiento, la sensación de injusticia y las alteraciones del sueño, el apetito
o la libido, y también manifestaciones físicas, como palpitaciones, sudoración, cefaleas...
La aparición de estos u otros síntomas no son automáticos ni imprescindibles, ya que cada doliente experimenta su propia sintomatología.
La aparición de estos fenómenos responde a un mecanismo de adaptación
hacia esa nueva vida, ese escenario que dibuja la marcha de la persona querida y que ha cambiado para siempre nuestro futuro.
Sin embargo, en algunas ocasiones, este mecanismo falla y el duelo no se
realiza con normalidad. Puede que el doliente no pueda manejar de forma
adecuada la intensidad y la duración de estos síntomas, o que las dificultades añadidas durante el camino frenen el proceso natural y lo hagan todavía
más duro. Es entonces cuando podemos hablar de un proceso complicado
del duelo. En estos casos, sin duda alguna, es más necesaria que nunca la ayuda de un profesional.
Qué ocurre
durante el duelo
Si tuviéramos que definir el camino hipotético por el que ha de transitar la
persona que sufre una pérdida, trazaríamos una serie de fases.
Se trata de unas fases orientativas, ya que en ningún caso el proceso de duelo
ha de responder con fidelidad a este esquema ni acontecer en este orden.
En un primer momento, el estado de desconcierto y embotamiento es general. La sensación es la de un estado de shock, ya que las emociones fluctúan
y se muestran como anestesiadas. Los sentimientos de incredulidad e irrealidad llevan a pensar a la persona que la noticia del deceso “no es real”, que
“no es posible”.
En estos primeros momentos, la reacción de la persona puede ser muy variable. Hay quien aparenta aceptar con aplomo la nueva situación y actúa
ante los demás como si no hubiera ocurrido nada. Pero otra reacción posible
es la de quedarse paralizado, quedando en un estado de inmovilidad e inaccesibilidad temporal. En este caso, que puede durar horas o incluso días, la
incapacidad de aceptar la realidad en un primer instante ayuda al doliente a
prepararse, dándose tiempo a asumir la pérdida.
La rabia o la agresividad aparecen en una segunda
fase. En este estado, la persona que experimenta el
duelo puede necesitar expresar su enfado por la pérdida buscando culpables.
Una culpabilidad que puede recaer en personas del entorno más cercano,
que están relacionadas indirectamente o, incluso, hacia sí mismo o hacia
el difunto.
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ganización de la propia existencia. Gradualmente se experimentan
sentimientos menos intensos y la tranquilidad emocional es mayor. La
adaptación a la nueva realidad sigue su curso hacia una incipiente normalidad.
Esta necesidad de identificar al culpable se une a los sentimientos de injusticia y desamparo, de falta de seguridad y baja autoestima. La persona
puede caer en pensamientos que no solucionan la situación, como encallarse en ideas sobre lo que podía haber hecho para cambiar las circunstancias
que provocaron la marcha de la persona querida.
Independientemente de la aparición de estas fases, cada persona necesita un determinado tiempo para seguir su propio camino para superar el
vacío que deja la pérdida de un ser querido. Para ello se necesita esfuerzo y determinación y capacidad para no rendirse y lograr avanzar en la
reconstrucción de una vida con un nuevo significado. Finalmente, se
reconoce que este proceso ayuda a madurar y conlleva a un crecimiento
personal.
Los problemas del sueño (insomnio, pesadillas y sueño no reparador), una menor capacidad de concentración, la pérdida de memoria,
la disminución del apetito, una posible incapacidad para disfrutar de
actividades cotidianas, etc., son comunes; la persona vuelve a sus actividades cotidianas aunque a otro ritmo y bajo un estado de ánimo
cambiante que varía con facilidad.
La tercera fase se caracteriza por la desorganización y la
desesperanza, porque realmente el doliente empieza a
ser consciente de que la persona que se ha ido ya no va a
volver. Ante la asimilación de esta verdad, la tristeza y los
sentimientos afloran. La apatía, el desinterés, una tendencia al abandono y a romper con los esquemas del estilo
de vida habitual pueden atraer un impulso por acometer
cambios radicales.
Cambios que pueden afectar a ámbitos
tan dispares como el trabajo, el lugar de
residencia, el mobiliario o el estilismo...
con decisiones que en este estado la persona afectada no debería llevar a cabo,
sino que debería dejarlas reposar.
Durante esta fase de desorganización vital, el doliente se
encuentra ante situaciones en que cree sentir la presencia
de la persona que se ha ido. Estos episodios sobrevienen
con frecuencia en momentos de somnolencia y relajación.
No se trata sino de un mecanismo para adaptarse a la vida
que se ha dibujado tras esta gran ausencia.
La cuarta fase es la de reorganización. Durante ella, surgen nuevos patrones de vida que se adoptan poco a poco
y se afronta la situación de pérdida, lo que facilita la reor-
Niveles de funcionamiento durante el duelo
(adaptado de Robert A. Neimeyer, 1998)
BUENO
MALO
TIEMPO
Ya hemos explicado que el proceso de duelo cursa con fluctuaciones
funcionales y anímicas: un día estamos mejor y al siguiente, cuando
pensamos que tendríamos que estar mejor todavía, hacemos un bajón
que nos sorprende, nos enfada y nos cuesta tolerar. Es importante que
sepamos que la mejoría en el duelo normal no es linealmente ascendente sino más bien algo parecido a una montaña rusa.
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Qué se puede
hacer ante el
proceso de duelo
La elaboración del duelo es un proceso activo
en el que la persona debe afrontar una serie de
retos para conseguir adaptarse a su nueva vida
sin su ser querido. Es muy probable que la
desorientación haga acto de presencia, ya que
nadie está completamente preparado para un
hecho dramático de este calibre, a pesar de que
haya pasado anteriormente por él o conozca la
experiencia de otras personas de su entorno.
Para superarlo con éxito, el apoyo de la familia y las amistades es fundamental. El papel del entorno debe adaptarse a las necesidades del doliente, según
lo manifieste en cada caso, acompañándolo en sus momentos de duelo.
La necesidad de estar solo o
acompañado
Es fácil que no sepan qué es lo que desean, si prefieren estar solos o acompañados... El doliente debe saber que pedir compañía no significa mostrar
debilidad.
También aquellos que le rodean deben aprender a acompañarle aunque
sea en silencio, ya que también es un tipo de acompañamiento beneficioso
para la persona que sufre este dolor. Por su parte, el doliente puede intentar
compartir su dolor con personas diferentes para no desbordarlas emocionalmente.
En ningún caso el doliente debe esconder sus sentimientos. Es bueno y necesario permitirse el hecho de sentirse mal, dejar que otras personas le ayuden
o, por el contrario, elegir la soledad en un momento dado. La paciencia, hacia
los demás y con uno mismo, será una de las claves de las personas implicadas.
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Volver a la realidad
Como la pérdida de un ser querido trastoca la realidad, el proceso de duelo
debe permitir encontrar de nuevo esa normalidad, por lo que la recuperación de la cotidianidad debe ser paulatina.
o asimilar algún concepto de utilidad. O crear un espacio de recuerdos, una
caja con objetos que estén relacionados con el difunto, o escribir cartas o un
diario dirigido a la persona fallecida.
Para el doliente, en algunos casos es bueno recuperar actividades de ocio y retomar sus relacionales familiares, personales y laborales; en definitiva, debe
reencontrarse con los pequeños espacios de bienestar que tenía antes de la
pérdida de su ser querido o con espacios nuevos.
Debe darse permiso para conectarse con la vida y
aprovechar las oportunidades que aparezcan para
descansar y divertirse.
Por el contrario, lo que no se aconseja es tomar decisiones importantes y
de forma precipitada. La situación de intenso sufrimiento que supone un
fallecimiento puede provocar acciones impulsivas y no meditadas adecuadamente, que pueden parecer que ayudan en ese momento a mitigar el dolor
pero que, a medio y largo plazo, pueden resultar no tan positivas. Si se da el
caso de tener que tomar una decisión de gran calado, lo aconsejable es dejarse guiar por una persona de confianza.
Recuperando el control
Al fin y al cabo, para una persona en proceso de duelo es bueno recuperar
aquellas pequeñas parcelas de su vida que se han desmoronado a causa de
la pérdida.
Debemos confiar en nuestra propia capacidad de tirar adelante, de no quedarse anclado en el pasado, sin caer en falsos consuelos como las drogas o el
alcohol.
Para la recuperación del control es útil la adquisición de nuevos hábitos o
mejorar otros (alimentación, deporte, etc.).
Es útil involucrarse en nuevas actividades que le ayuden a superar con éxito
este proceso. Un ejemplo sería mediante la lectura de obras relacionadas con
el duelo, que le sirvan de espejo de superación y con las que pueda aprender
Aunque algunas personas aconsejen deshacerse de los
objetos personales del fallecido lo antes posible, esto
no tiene por qué ser así ni realizarse de inmediato.
No hay que sentirse culpable si no se es capaz de entrar en contacto con estos
objetos en los primeros momentos del proceso.
La excusa de que puede doler encontrárselos en casa puede llevarnos a apartarlos en un momento dado para luego arrepentirnos de esta decisión y no
poder recuperarlos. Recordemos que una de las finalidades del duelo no es
olvidar, sino recordar de una manera positiva, y estos pequeños o grandes tesoros pueden ayudarnos con el tiempo. Es mejor comenzar a tomar contacto
con ellos de manera gradual, hasta que el posible sufrimiento que pueda
causar su visión dé paso a un agradable recuerdo. Lo mismo ocurre con los
La pérdida de un ser querido
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En resumen:
› No se deben esconder los sentimientos.
› No caer en el falso consuelo de
las drogas o el alcohol.
› Evitar tomar decisiones importantes.
› Dejar que otras personas nos
ayuden.
› Permitirnos a nosotros mismos
el hecho de sentirnos mal.
› Darnos permiso para conectarnos con la vida y aprovechar las
oportunidades que tengamos
para descansar y divertirnos.
› Escribir, leer.
› Ser pacientes con los demás y
con nosotros mismos.
› Confiar en nuestra propia capacidad de tirar hacia adelante.
› No quedarnos anclados en el
pasado.
› No descuidar la salud y asistir
a las visitas concertadas con el
médico para mantener las revisiones periódicas.
lugares, las situaciones, la música... Con el tiempo se agradecerá que sirvan de vínculo entre la persona que está aquí y la que
se fue.
Otros acontecimientos que pueden provocar fluctuaciones
en el proceso son las fechas más señaladas: los aniversarios
–de cumpleaños o de una boda–, las fiestas navideñas, las vacaciones, esos días especiales en que la familia o los amigos
celebraban algo en concreto. Son fechas que antes nos daban
felicidad y ahora nos recuerdan la pérdida.
Cuando se acerquen estas fechas, es conveniente
planificar con anterioridad, junto con familiares
o amigos si así lo deseamos, qué es lo que vamos
a hacer, lo que nos haga sentir bien: ir a la iglesia,
visitar el cementerio o el lugar donde esparcimos
sus cenizas, organizar con los familiares y/o amigos una comida especial en su honor y recordar
anécdotas, leer poemas o escritos, encender una
vela... Esas pequeñas acciones son las que nos
ayudarán.
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Cómo ayudar
a otra persona
ante el duelo
Parece que la sociedad está concienciada
acerca de la existencia del duelo y sus
manifestaciones. Pero, a menudo, familiares
y amigos olvidan que no es un proceso
corto. La paciencia y ayuda demostradas
al inicio comienzan a diluirse con el
tiempo hasta que estos casi muestran
impaciencia y acaban señalando como
poco apropiados los síntomas del doliente.
Todos los dolientes son diferentes entre ellos y, dependiendo de su vinculación con el fallecido, aquellos que consiguen volver a la normalidad antes
pueden tratar de exigir, incluso sin darse cuenta, que otro lo haga también
antes de completar su proceso de duelo.
Adaptarse en cada caso es la estrategia adecuada, aceptando con naturalidad
la respuesta al dolor de cada persona afectada por la muerte mediante unas
pautas básicas.
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La mejor manera
de ayudar a una
persona
en duelo es:
Cuándo
pedir ayuda
cuando
se está en
duelo:
› Mostrarnos disponibles, dedicarle espacio y tiempo.
› Escuchar las veces necesarias a
la persona en duelo y compartir
sus recuerdos.
› Permitirle que exprese sus
sentimientos sin juzgarle ni
interrumpirle. Dejarle llorar y
expresar sus emociones.
› Evitar las comparaciones y
las frases hechas (“Ha sido lo
mejor”, “Ahora ya no sufre”...).
Es mejor no decir nada y acompañar con lenguaje no verbal
(abrazos, muestras de afecto...).
› No hace falta decir que nos
llame cuando lo necesite. Hagámoslo nosotros periódicamente.
› Preguntarle cómo podemos
ayudar o qué es lo que necesita.
› Cuando nos sentimos intensamente
solos, apartados de
todo y no tenemos
a quién recurrir.
› Cuando tenemos
antecedentes de
alteraciones emocionales.
› Si tenemos tendencia al uso
compulsivo o abusivo de alcohol y
drogas.
› Si no conseguimos
retomar hábitos
y tareas que antes
realizábamos.
› Si las manifestaciones continúan
de forma intensa
por un período
demasiado largo de
tiempo.
Adaptarse en cada caso es la
estrategia adecuada, aceptando
con naturalidad la respuesta al
dolor de cada persona afectada
por la muerte mediante unas
pautas básicas.
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Los niños y
adolescentes
y el duelo
Si el fallecimiento de una persona ya
resulta de por sí una experiencia compleja
de asimilar por parte de un adulto, los
niños y adolescentes cuentan con una
sintomatología específica que requiere una
especial atención.
Durante estas etapas, la presencia del duelo se puede manifestar o inmediatamente después de la pérdida o pasado un tiempo desde la misma. No existe
un mejor o peor momento para que se manifieste en los niños y adolescentes: cada uno lo afronta como puede, y factores como la edad, su madurez o
las circunstancias de la muerte pueden facilitar o dificultar este proceso.
Sea cual sea el momento evolutivo, la capacidad cognitiva o las condiciones sociofamiliares del niño/adolescente, su sufrimiento es evidente y necesita estar
rodeado de adultos que le cuiden y le ayuden a superar el proceso de duelo.
Cómo se manifiesta su duelo
La pérdida de un ser querido provoca una enorme mezcla de emociones y
sentimientos que colapsan y atontan a los más jóvenes de la casa. Pueden
aparecer ciertos síntomas físicos o emocionales y que estos se alternen con
más o menos intensidad según la etapa evolutiva.
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Los más pequeños no entienden el concepto de
muerte (el concepto de irreversibilidad) y pueden
pensar que el ser querido volverá o que solamente
está durmiendo; por ello, es importante explicar
claramente lo que ha sucedido. En este sentido,
no es recomendable explicar la situación con eufemismos y metáforas que no pueden hacer sino
aumentar aún más su perplejidad o error.
En definitiva, es
posible que:
› Pueda tener poco apetito.
› Aparezcan dolencias físicas
tales como dolores de cabeza,
de barriga, dolor de garganta,
suspiros, falta de energía...
como medio de expresión de
sus miedos y ansiedades.
› Esté más sensible y caprichoso.
› Sienta culpa o piense que no
se comportó bien con el ser
querido o que fue culpa suya.
› Aparezcan nuevamente
comportamientos de etapas
anteriores a su edad actual,
tales como chuparse el dedo,
hacerse pis en la cama, etc.
› Tenga miedo y se resista a ir a
la cama.
› Durante unas semanas crea
ver al ser querido, hable
con él…
› Piense que va a volver.
› Rechace ir a la escuela o sufra
una alteración del rendimiento académico.
Por ello, es conveniente pedir
ayuda a un profesional especializado si se da una presencia
prolongada de alguno o varios
de los problemas referidos.
El miedo es una de las manifestaciones más comunes del duelo infantil y juvenil. Se puede dar
el caso de que sientan miedo a la hora de ir a la
cama o que les sobrevengan ideas catastrofistas
como que el padre o la madre que aún sigue vivo
(o el hermano) también pueda morir y que no
esté presente tras el despertar. Este pánico puede
ir relacionado también con la manifestación de
comportamientos impropios de su edad: a veces
se puede dar una alteración y manifestar una
vuelta a etapas anteriores, como chuparse el dedo
o hablar como un bebé.
Otro de los síntomas más
típico es el de la culpa: el niño o
adolescente puede presentar una
cierta tendencia a culpabilizarse,
recordando momentos en
los que no se comportó bien
con el ser querido fallecido,
llegando incluso a pensar que él
desencadenó la muerte.
La expresión del miedo y las ansiedades comprende otros tipos de manifestaciones corporales
en algunos casos: dolencias físicas como dolor de
barriga, de garganta y suspiros o falta de energía.
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¿Cómo y cuándo se lo explicamos
a un niño o adolescente?
Elegir el momento adecuado puede ser una de las decisiones más complejas
y que suelen postergarse por temor a alterar negativamente al niño o
adolescente. Son los padres o los familiares más cercanos y con un vínculo
afectivo más fuerte los que deben dar el paso y comunicarlo.
Consejos prácticos:
Dolor e ira, a menudo, van de la mano. Una de las características
del proceso de duelo es la del enfado. La ira se ve manifestada
mediante juegos violentos, irritabilidad o enfado hacia otros
miembros de la familia.
Otra de las formas de exteriorización del dolor puede ser el rechazo: en su caso hacia actividades propias de su edad, como ir a
la escuela o al instituto, lo que repercutiría también en una posible alteración del rendimiento escolar.
› Comunicarlo lo antes posible en un lugar
tranquilo y privado.
› Utilizar un tono de voz sosegado y estar
atento a la necesidad de contacto físico
(abrazos, contactar suavemente en su espalda, sostener su mano...).
› Es aconsejable decir la verdad sin eufemismos. Fórmulas como “Está en el cielo” o “Se
ha dormido” no hacen sino aumentar la
confusión y ocultan parcial o totalmente la
verdad. Lo mejor es adecuar una respuesta
veraz y comprometida con la realidad pero
adaptada a la edad y madurez del niño o
adolescente, sin ahondar en detalles que no
aporten nada, pero sin ocultar la tristeza y
el dolor que siente el adulto que lo explica.
› Explicar qué significa estar muerto (como,
por ejemplo, explicar que el cuerpo se detiene y deja de funcionar) y las causas de la
muerte (usar el adverbio muy puede ser un
buen recurso: “Estaba muy, muy, muy, muy
enfermo” o “Ha sido un accidente muy,
muy, muy grave”).
› Hablarle sobre las posibles reacciones tras
la pérdida: tristeza, enfado, confusión...
no hay una única manera de expresar el
›
›
›
›
dolor. Hay que darle permiso para expresar emociones tanto negativas como
positivas.
Incluirle en los actos y reuniones familiares y, si es su voluntad, dejarle participar
en los rituales de despedida.
Explicarle lo que va a ocurrir a partir de
ahora. En qué consiste un funeral, entierro o velatorio, las visitas, la tristeza de
los adultos, etc. Si así lo desea, se le debe
permitir ver el cadáver, acompañado por
una persona cercana que le explique previamente la situación.
Para hacerle partícipe de la despedida, podemos sugerirle que prepare algún detalle
especial que exprese su amor por la persona fallecida: un dibujo, una carta, dejarle
elegir unas flores… Cualquier muestra
de cariño estará bien. Además, hay que
preguntarle qué le gustaría hacer con su
aportación, si meterla en el ataúd, llevarla
a la ceremonia, etc.
Animarle a hacer preguntas, resolver
dudas, miedos y preocupaciones. Hacerle
saber que estamos a su lado y que cuidaremos de él.
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Recordemos:
¿qué podemos hacer para ayudarle
en el proceso de duelo?
Cuidar los siguientes aspectos:
› Retomar lo antes posible los horarios y rutinas diarias, que ayudan a recuperar la seguridad y el control. Intentar introducir el mínimo de cambios posibles en los primeros
momentos. Dejar que disfruten del juego, las actividades de ocio, etc., lo antes posible
y si así lo desean.
› Aumentar la comunicación: potenciando los espacios y tiempos diarios para hablar
con el niño o adolescente.
› Animarle a expresar emociones. El niño o adolescente necesita saber que hay alguien
que puede “contener” sus emociones y escuchar sus preocupaciones.
› Debe saber que está bien hablar del ser querido fallecido. Las personas que queremos
permanecen en nuestros recuerdos.
› Elaborar álbumes de recuerdo, plantar un árbol o planta, celebrar una comida en un
lugar especial en conmemoración del ser querido...
Para los más
pequeños:
› Dejarles que jueguen libremente es una de las formas que
facilitan la expresión de sus
miedos, emociones, fantasías…
Los más pequeños presentan
una gran facilidad para estar
tristes y al momento estar jugando distraídos.
› Otra forma de expresión de sus
emociones son los dibujos, la
música y las manualidades.
› Ciertos cuentos y algunas películas nos dan la oportunidad
de hablar específicamente de la
muerte y acerca de sus emociones a través de los personajes.
Pueden servir para entablar una
enriquecedora conversación.
Para los adolescentes:
› No asignarle un rol que no es el suyo
(funciones de padre, de madre, etc.), ni
permitirle que él se crea en la obligación de
asumirlo (“Ahora eres el hombre de la casa”).
› Escribir un diario para liberar emociones, vivencias y pensamientos.
› La lectura de libros específicos o películas
que motiven al adolescente a reflexionar
sobre sus vivencias y normalizar emociones.
› Escribir una carta al fallecido que después podrá lanzar al mar, quemarla,
guardarla o lo que decida a voluntad.
› Animarlo a que participe en las actividades con sus amigos, evitando el
aislamiento y propiciando compartir sus
emociones.
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Los ancianos
y el duelo
Con frecuencia, solemos asociar a los
ancianos una mayor capacidad para asimilar
el duelo, bien sea por la experiencia que le
aporta su longevidad o por haber tenido la
ocasión de vivir en más ocasiones la pérdida
de un ser querido.
La edad es un factor independiente del duelo, por ello no hay que ignorar o minusvalorar este proceso en las personas ancianas. Además, al
vivir a menudo solas, estas suelen ser especialmente vulnerables a las
pérdidas.
En nuestra sociedad, el número de ancianos cada vez es mayor y es muy
común que estos hayan perdido su cónyuge. Es, sin duda alguna, una
experiencia muy difícil y dolorosa para ellos, ya que habitualmente
suelen haber convivido (estado casados) durante mucho tiempo, en una
convivencia o relación que les ha permitido forjar vínculos muy profundos.
Para el entorno más cercano al anciano, la pérdida de su pareja o de alguna amistad tiene que ser tomada muy en cuenta: es en este instante
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cuando más necesitan apoyo y compañía, ya que como consecuencia
pueden sentirse o estar muy solos.
Cómo atender su duelo
Por experiencia vital o por edad, no hay que quitarle importancia al duelo
de un anciano, algo que ocurre con cierta frecuencia. El duelo es un proceso
doloroso en cualquier franja de edad. Para los ancianos, sentirse acompañado por los familiares favorecerá el proceso de recuperación, sobre todo si se
les prodiga muestras de cariño y afecto.
En el duelo que padece una persona mayor no hay que dar nada por hecho:
lo importante es entender su situación y mostrar comprensión frente a su
dolor, para impedir que se refugie en él. Por ello, se debe facilitar el contacto
físico con otras personas, un factor que puede ser una gran ayuda contra un
posible aislamiento.
Lo más importante para acompañar su dolor es escucharleyayudarleaexpresarseatravésdesusrecuerdos.
El anciano debe y puede necesitar ayuda para potenciar su autonomía respecto a las tareas que desarrollaba la pareja, familiar o amigo que ha fallecido.
Sin embargo, quien fallece no siempre es una persona de la misma generación que el anciano: lamentablemente, a veces la pérdida es la de una persona
más joven que ellos. En este caso, cabe destacar la importancia de que sus
emociones no deriven hacia un sentimiento de culpabilidad al pensar que
la persona fallecida tenía más derecho que él a seguir viviendo al no haber
alcanzado una edad tan avanzada como la suya, ya que no es bueno que se
responsabilice de su pérdida.
La pérdida de un ser querido
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Alfinlibros.com
Alfinlibros.com es una librería
online especializada en libros sobre
acompañamiento a enfermos,
cuidados paliativos, muerte y duelo,
y otras pérdidas como separación y
divorcio.
En esta página web podremos
encontrar lecturas para toda la
familia que ayudarán a comprender
los procesos de pérdida y duelo.
La palabra escrita como testimonio
vivencial, al conducir valores
y actitudes para la existencia,
puede conducir al lector hacia el
descubrimiento de sentidos que le
aclaren y sean superadores para su
propia situación de vida.
Se aconseja a los adultos que
compren cuentos para niños, que
los lean antes y verifiquen si los
contenidos son adecuados para
ese niño en concreto.
Bibliografía
Bloomfield, Harold H., Colgrove, Melba and
McWilliams, Peter. How to survive the loss of a love. Michigan. Mary books/Prelude Press, 2000
Clavero, Pedro Juan y Cunill, Mónica. Rituales de despedida y conmemoración: la celebración de una vida. Su función
preventiva en el proceso de duelo. Girona. Alfinlibros, 2008
Clavero, Pedro Juan y Cunill, Mónica. La celebración
de una vida. Guía para la reflexión y planificación de una
ceremonia laica. Girona. Alfinlibros, 2008
Kroen, William C. Helping children cope with the loss of a
loved one. Minneapolis. Free spirit Publishing Inc., 1996
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La pérdida de un ser querido
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