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Vuela conmigo

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Vuela conmigo
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Jamie Forbes pilotaba aviones. Era lo único importante que había hecho desde que había abandonado la universidad, hacía ya tiempo, y se había sacado el título de piloto. Si algo tenía alas, le encantaba.
Pilotó aviones en las Fuerzas Aéreas, pero no le interesaba la política, ni le gustaban los deberes con los que
debía cumplir allí, ni tampoco el escaso tiempo de la instrucción que había dedicado a volar. Cuando las Fuerzas
Aéreas le ofrecieron la posibilidad de abandonar, aceptó.
Las líneas aéreas no lo quisieron. Presentó la solicitud
de ingreso una única vez y las respuestas que dio a las preguntas del examinador le valieron un suspenso.
—1. Si tuviera que elegir, qué sería: ¿un árbol o una
piedra?
—2. ¿Cuál de estos colores es el mejor: el rojo o el
azul?
No respondió a esas preguntas porque no tenían ninguna relación con pilotar.
—3. ¿Son los detalles importantes?
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—Claro que no son importantes —dijo—. Lo importante es aterrizar sano y salvo. ¿A quién le importa si llevas los zapatos bien lustrados?
Se dio cuenta de que era la respuesta equivocada cuando el examinador lo miró directamente a los ojos y le dijo:
—A nosotros.
Pero la aviación ofrece muchas otras posibilidades además de la de pilotar aviones de combate y reactores. Están
los vuelos chárter, los de empresa, los panorámicos, los encargados de fumigar cultivos, las acrobacias aéreas, el patrullaje de oleoductos, la fotografía aérea, los vuelos de
transporte de mercancías, los publicitarios, los que cargan
a los paracaidistas y los sueltan en el cielo, las carreras
aéreas, el transporte de periodistas de los noticieros de televisión, los helicópteros que vigilan el tráfico, los aviones
de la policía, los vuelos de prueba y el pilotaje de antiguos
biplanos. Y, desde luego, el trabajo de instructor, puesto
que siempre hay gente nueva que, como él, considera que
su destino es volar... Siempre está la instrucción.
A lo largo de su vida, Jamie había probado todas y
cada una de esas posibilidades, pero los últimos años los
había dedicado a la instrucción. Y al parecer se había convertido en uno de los buenos, a juzgar por lo que decía el
dicho: a los mejores instructores se los reconoce por el
color del pelo.
No es que fuera un veterano, ni tampoco que no le quedara ya nada por aprender. Tras décadas de vuelos en solitario, había acabado acumulando doce mil horas de vuelo
y cumpliendo por tanto su cuota como piloto. Doce mil
horas no era mucho, ni tampoco poco, pero sí lo bastante
para que Jamie Forbes hubiera aprendido a ser humilde.
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Pero en su fuero interno seguía siendo aquel chico que
se moría por pilotar todo lo que se le pusiera a tiro.
Todo era como debía ser, y ni siquiera habría valido la
pena hablar de ello de no haber sido por los acontecimientos del pasado mes de septiembre. Para algunos lo que
ocurrió entonces será una anécdota sin interés; para otros
marcará un antes y un después en su vida.
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Cuando ocurrió, creyó que se trataba de una coincidencia.
En sus vuelos de instrucción, Jamie Forbes despegaba
del invierno del estado de Washington con su Beech T-34
para aterrizar en el verano de Florida después de dieciséis
horas de vuelo y tres escalas.
Algunos ignoran que el T-34 es el primer avión que las
Fuerzas Aéreas confiaron a los cadetes de aire: se trataba
de un aparato biplaza de un solo motor de hélice, alas bajas y 225 caballos de fuerza. La carlinga se parecía a la de
los aviones de combate para facilitar a los nuevos pilotos
la transición que supone pasar de los vuelos de entrenamiento al pilotaje de los aviones de combate.
En aquellos tiempos, en los que aún desfilaba, memorizaba listas de control, y estudiaba el código morse y las
reglas de la aerodinámica, Jamie nunca se hubiera imaginado que años después sería el dueño de un avión como ése,
y además mejorado, como suele ocurrir con los aparatos
militares excedentes de los que se hace cargo algún civil.
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Hoy su T-34 disponía de un motor Continental de 300
caballos de fuerza, una hélice de tres palas y un tablero
de mandos con un equipo de navegación que aún no se
había inventado cuando el avión se había fabricado; era
un aparato de un color azul camuflaje, con marcas de las
Fuerzas Aéreas restauradas. Era un avión bien diseñado
y volaba estupendamente.
Volaba en solitario. Despegó de Seattle por la mañana
y aterrizó en Twin Falls, Idaho. A mediodía se puso en
marcha de nuevo, y sobrevoló Ogden y Rock Springs en
dirección a North Platte, Nebraska.
Ocurrió una hora después de despegar de North Platte, cuando se encontraba veinte minutos al norte de Cheyenne.
—¡Creo que está muerto!
Era la voz de una mujer y surgía del radiotransmisor
del avión.
—¿Alguien puede oírme? ¡Creo que mi marido ha
muerto!
Transmitía en 122.8 megaciclos, la frecuencia de los
pequeños aeródromos y su voz era alta y clara... No podía estar muy lejos.
Nadie contestó.
«Puede usted hacerlo, señor Forbes.» Ese tono tranquilo y paciente, y el inolvidable deje sureño no dejaban
lugar a dudas.
—¿Señor Dexter? —preguntó Jamie en voz alta, atónito. Era la voz del instructor de vuelo que había tenido
hacía cuarenta años atrás: jamás la había olvidado. Jamie
echó un vistazo al espejo retrovisor y comprobó que la
carlinga trasera, naturalmente, estaba vacía.
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Lo único que se oía era el zumbido del motor del aeroplano.
—¡Que alguien me ayude, por amor de Dios, está
muerto!
Jamie apretó el botón del micrófono.
—Puede que sí, señora —dijo—, pero también puede que no. No se preocupe, puede usted pilotar el avión
sin él.
—¡No, nunca he aprendido a hacerlo! ¡Juan está apoyado contra la puerta y no se mueve!
—Será mejor que lo bajemos a tierra —repuso Jamie,
optando por decir «bajemos» consciente de lo que probablemente diría ella a continuación.
—¡No sé pilotar un avión!
—Vale —dijo él—, en ese caso usted y yo lo bajaremos
juntos.
Es algo que no ocurre casi nunca: un pasajero pilotando un avión cuando el piloto está incapacitado. Por suerte era un día magnífico para volar.
—¿Sabe cómo funcionan los mandos, señora? —preguntó—. Debe mover el timón para nivelar las alas.
—Sí.
Eso facilitaba las cosas.
—De momento, mantenga las alas niveladas.
Le preguntó cuándo habían despegado y adónde se
dirigían, y, un minuto después de haber girado hacia el
este, Jamie lo vio: era un Cessna 182 y estaba situado más
abajo, a las diez, justo delante del ala izquierda del T-34.
—Gire ligeramente a la derecha —le dijo—. La veo.
Si el avión no giraba, dejaría de verla, pero apostó y
ganó. Las alas se inclinaron.
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Jamie descendió y se puso a su lado, a unos ochenta
metros de distancia.
—Si mira a la derecha... —le dijo.
Ella miró y él la saludó con la mano.
—Ahora todo saldrá bien —dijo él—. Volaremos hasta el aeropuerto y aterrizaremos.
—¡No sé pilotar! —gritó ella, y las alas del Cessna se
inclinaron hacia él.
Él giró junto a ella: dos aviones girando al mismo
tiempo.
—No se preocupe, señora —dijo—, soy instructor de
vuelo.
—Gracias a Dios —dijo ella, y el Cessna se inclinó aún
más.
—Gire el timón hacia la izquierda, sólo un poco, lenta y firmemente hacia la izquierda. Así volverá a volar en
línea recta.
Ella miró hacia delante, hizo girar el timón y las alas
del Cessna se enderezaron.
—Lo ha hecho perfectamente. ¿Está segura de que
nunca había pilotado un avión?
—Me he fijado en cómo lo hacía Juan mientras pilotaba —dijo ella en tono más tranquilo.
—Pues se ha fijado usted muy bien.
Jamie descubrió que la mujer sabía dónde estaban el
acelerador y los pedales del timón, y le indicó que hiciera
girar el avión a la izquierda para dirigirse de nuevo al aeropuerto de Cheyenne.
—¿Cómo se llama, señora?
—Estoy asustada —dijo ella—. ¡No puedo hacerlo!
—No me tome el pelo. Hace cinco minutos que pi— 14 —
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lota ese avión y lo está haciendo de maravilla. Relájese,
tómeselo con calma y finja que es un capitán de línea
aérea.
—¿Que finja qué?
Lo había oído perfectamente, pero no daba crédito a
lo que ese hombre acababa de decirle.
—Olvídese de todo, excepto de que usted es el capitán: la primera mujer capitán contratada por la empresa y
hace años que pilota. Se siente perfectamente cómoda en
el avión y está contenta. ¿Aterrizar en un pequeño Cessna en un día tan bonito como éste? ¡Es pan comido!
«Ese hombre está loco, pero es un instructor», pensó.
—Pan comido —dijo ella.
—De acuerdo. ¿Cuál es el pan que más le gusta? —le
preguntó Jamie, observándola a través de la ventanilla
derecha del Cessna. Ella le lanzó una sonrisa de incomprensión. Su temor empezaba a desvanecerse mientras
pensaba: «Estoy a punto de morir y éste me pregunta cuál
es mi pan favorito. ¿Por qué tenía que tocarme el loco
precisamente a mí?»
—El pan de cebolla —dijo ella.
Él le devolvió la sonrisa. «Bien —pensó Jamie—, cree
que estoy majareta, así que ahora la cuerda tendrá que ser
ella, y eso significa conservar la calma.»
—Pan de cebolla comido —dijo Jamie.
—Me llamo María —dijo, como si al saberlo él fuera a
recuperar la cordura.
Entonces apareció ante ellos el aeropuerto de Cheyenne: era una raya en el horizonte, a veinticuatro kilómetros
de distancia, siete minutos de vuelo. En vez de aterrizar
en un aeropuerto pequeño más cercano, él había preferi— 15 —
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do el aeropuerto de Cheyenne por su larga pista de aterrizaje, y porque disponía de ambulancia.
—Intente empujar el acelerador, María. El ruido del
motor aumentará de volumen y el avión empezará a ascender lentamente. Empújelo hasta el fondo y practicaremos un pequeño ascenso aquí mismo.
Quería que aprendiera a ascender, por si descendía
demasiado al aproximarse a la pista. Quería que se sintiera sana y salva en el cielo, y que supiera que para elevarse
no tenía más que empujar el acelerador.
—Lo está haciendo muy bien, capitán. Es una piloto
innata.
Después le dijo que tirara del acelerador hacia atrás e
inclinara el morro justo por debajo del horizonte. Entonces ambos descendieron hasta la altura adecuada para iniciar el aterrizaje.
Ella lo miró desde el otro avión. Los dos aviones casi
se tocaban en medio del aire, pero él no podía pilotar por
ella: de lo único que disponía era de sus palabras.
—Casi hemos llegado —le dijo—. Está pilotando muy
bien, María. Gire un poco hacia mí durante unos diez segundos y después vuelva a enderezar el avión.
Ella apretó el botón del micrófono, pero no dijo nada.
El avión giró a la derecha.
—Lo está haciendo de maravilla. Me comunicaré con
la torre de control a través de otra radio. No se preocupe,
también estaré escuchando ésta. Puede hablarme cuando
quiera, ¿vale?
Ella asintió con la cabeza.
Jamie sintonizó la segunda radio en la frecuencia de
Cheyenne y llamó a la torre de control.
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—Hola, Cheyenne, aquí Cessna 5407 Yankee. —El
número del Cessna estaba pintado en el flanco del avión.
No hacía falta dar el de su T-34.
—Adelante, cero siete Yankee.
—Cero siete Yankee es un vuelo de dos aviones, situados doce kilómetros al norte de la pista de aterrizaje.
—Comprendido, cero siete Yankee. Llame cuando se
aproxime a la pista nueve.
—Procedo —dijo—. Y cero siete Yankee es un Cessna 182: el piloto está incapacitado y el pasajero está pilotando el avión. Vuelo a su lado para ayudarle.
Hubo una pausa.
—Repita, cero siete Yankee. ¿El piloto está qué?
—Está inconsciente. La pasajera pilota el avión.
—Comprendido. Puede aterrizar en cualquier pista.
¿Está declarando una emergencia?
—Negativo. Aterrizaremos en la pista nueve. Lo está
haciendo bien, pero sería conveniente que una ambulancia esperara en la pista, y también un coche de bomberos.
Mantenga los vehículos a la cola del avión cuando se disponga a aterrizar, ¿vale? Si circulan junto al aeroplano en
el momento en que las ruedas se acercan al suelo corremos
el riesgo de distraer a la piloto.
—Comprendido, sacaremos el equipo y lo mantendremos detrás del avión. Interrupción: que todos los aviones en la zona de Cheyenne se alejen del aeropuerto, por
favor, hay una emergencia.
—Ella está escuchando en la frecuencia dos, dos ocho,
torre. Yo le hablaré a través de esa frecuencia, pero escucharé la vuestra.
—Comprendido, cero siete Yankee. Buena suerte.
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—No hace falta. La piloto lo está haciendo muy bien
—dijo él.
A continuación sintonizó la otra frecuencia para comunicarse con ella.
—El aeropuerto se encuentra a su izquierda, María
—le dijo—. Ahora daremos un giro amplio y suave para
enfilar la pista de aterrizaje. Lentamente, no hay prisa. Le
resultará fácil.
Volaron trazando amplios círculos mientras él le iba
dando instrucciones.
—Ahora tire del acelerador hacia atrás e incline el
morro hasta alcanzar la línea del horizonte, como antes.
Será un descenso suave. Al avión le encanta.
Ella asintió con la cabeza. «Este hombre no deja de
parlotear acerca de lo que les encanta a los aviones, así
que lo que estamos haciendo no debe de ser tan peligroso...»
—Si no le gusta esta aproximación —dijo él—, podemos elevarnos de nuevo y practicar aproximaciones durante todo el día. Pero creo que ésta es bastante buena. Lo
está haciendo muy bien. —Prefirió no preguntarle cuánto combustible le quedaba.
Ambos aviones giraron suavemente hacia la izquierda
para realizar la aproximación final y enfilaron la pista de
aterrizaje: era ancha, de cemento y tenía tres kilómetros
de largo.
—Haremos lo siguiente: aterrizaremos con mucha
suavidad y situaremos las ruedas a ambos lados de esa
gran línea blanca que recorre el centro de la pista. Bien,
capitán. Acelere un poco, empuje el acelerador un centímetro hacia delante...
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Ella reaccionaba bien y con mucha tranquilidad.
—Eche el acelerador un poco hacia atrás. Oiga, es usted una piloto fantástica. Maneja los mandos a la perfección... —dijo alejándose ligeramente a medida que los
aviones descendían—. No se desvíe, vuele a lo largo de esa
línea central... Muy bien. Tranquila, relájese... Mueva los
dedos de los pies. Vuela usted como una veterana. Tire el
acelerador hacia atrás y también el timón, unos seis centímetros. Le parecerá un poco pesado, pero no se asuste,
es exactamente como le debe parecer. Fantástico, hará un
aterrizaje perfecto.
Las ruedas estaban a un metro de la pista, luego a cincuenta centímetros.
—Mantenga el morro levantado, así, perfecto, y ahora tire el acelerador completamente hacia atrás.
Las ruedas tocaron la pista y de los neumáticos surgieron nubecillas de humo azules.
—Un aterrizaje perfecto. Ahora ya puede soltar el timón: en tierra no lo necesita. Conduzca el avión en línea
recta mediante los pedales y deje que se detenga ahí, en la
pista. La ambulancia llegará de inmediato.
Jamie aceleró y el T-34 pasó junto al Cessna y volvió a
elevarse.
—Bonito aterrizaje —dijo—. Es usted una excelente
piloto.
Ella no contestó.
Jamie se volvió y vio que la ambulancia avanzaba por
la pista a toda velocidad y frenaba cuando el avión empezaba a aminorar el paso. Al final el aeroplano se detuvo y
se abrieron las puertas; acudió también el camión de bomberos, pero resultó innecesario.
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Como la torre de control ya estaba bastante ocupada,
Jamie no dijo nada más.
En menos de un minuto su avión había desaparecido
en dirección a North Platte.
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Al día siguiente, Jamie vio el artículo del periódico
colgado en el tablón de anuncios del aeropuerto Lee Bird
de North Platte: «Piloto incapacitado: esposa hace aterrizar el avión.»
Jamie frunció el ceño: «esposa» equivalía a «no-piloto». «Aún falta lo suyo para que la gente tome consciencia de que hay un montón de mujeres con título de piloto, y que cada día son más», pensó.
Tal vez el titular no era acertado, pero el artículo relataba la historia de manera bastante correcta. Cuando su
marido se desplomó, María Ochoa, de 63 años, creyó que
había muerto, se asustó, pidió ayuda, etc.
Más adelante, Jamie leyó lo siguiente: «Nunca podría
haber aterrizado yo sola, pero el hombre del otro avión
dijo que podía. Juro por Dios que me hipnotizó, ahí, en
medio del aire. “Finja que es usted un piloto de línea aérea”, me dijo. Y eso hice, porque lo cierto es que no sé
pilotar. ¡Pero cuando me desperté, el avión había aterrizado sano y salvo!»
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El artículo decía que su marido había sufrido un síncope y que se recuperaría.
«Jugar a ser un capitán de línea aérea funciona bien en
el caso de los alumnos —pensó—, siempre ha sido así.»
Pero lo que ella había dicho lo desconcertó: ¿que la
había hipnotizado? Se dirigió a la cafetería del aeropuerto para desayunar, preguntándose acerca del hipnotismo,
recordando lo que le había ocurrido hacía treinta años. Le
parecía tan reciente...
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