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Xavier Sardà
Mierda de infancia
Xavier Sardà
Barcelona • Madrid • Bogotá • Buenos Aires • Caracas • México D.F. • Miami • Montevideo • Santiago de Chile
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A Rosa, Fede y Santi,
hermanos y héroes
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La mía no fue una infancia de mierda. Pero
lo cierto es que en mi infancia y juventud hubo
mierda. Soy lector de biografías y he escrito un
fragmento de la mía. Recuerdos personales vividos y sentidos. Nada importante a pesar de
lo que me pareció en su momento. Los dramas
serios se dan en otros países, donde vivir es
imposible. Aquí solo hay vida, amor, trabajo y
muerte. Lo de siempre. Lo normal.
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Una madre se va al cielo
y matan cerdos
Me despierta una tía vieja de mi abuela falsa y me
dice que mi madre se ha ido al cielo. Trece de septiembre
de 1966. Tengo, creo, ocho años. Desde ese momento el
cielo me cae mal, aunque no sé por qué pero la desaparición de mi madre me parece la cosa más normal del
mundo. Muere con cuarenta y seis años. Hace un año
que no la veo porque su enfermedad ha sido larga. Ahora
vivo en un pueblo cercano a Barcelona con mis abuelos
falsos.
Digo abuelos falsos porque cuando voy a Montcada i
Reixac, que es donde viven, les pregunto por qué ninguno
de mis apellidos concuerda con los suyos.
—Es que en realidad no somos tus abuelos del todo.
Mira, pasa que tu abuelo murió y tu abuela se casó conmigo y... muchos años después murió tu abuela y yo me casé
con Vicenta. Somos como unos abuelos postizos.
El abuelo falso es muy viejo y se llama Pepitu, y la
abuela falsa Vicenta.
Mi hermano Juan tiene cuatro años y dice que no sabe
lo que quiere decir «postizo».
—Que somos como abuelastros.
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Mi hermano Juan no entiende lo que quiere decir
«abuelastros».
—Pues que cuando se muere un abuelo y la abuela se
casa, el nuevo abuelo es abuelastro...
Me doy cuenta de que no he conocido a ninguno de
mis abuelos de verdad. Estos que no lo son, lo son de madre, y de los de padre nada.
—¿Y cómo eran nuestros abuelos?
—Buena gente..., muy buena gente... Venga, a dibujar
un rato.
Nos dicen que hoy, como ha muerto nuestra madre,
debemos portarnos muy bien y no salir, porque los vecinos
nos criticarían si nos viesen jugando como si tal cosa. Juan
no entiende nada:
—¿Por qué nos criticarían?
—Pues porque puede parecer que os importa un pito
que vuestra madre haya muerto.
—Pero ¿mañana podremos salir?
—Ya veremos.
Me pica la garganta. Casi me duele. Puede que esté un
poco impresionado por lo que pasa. No sé.
Mis abuelos falsos viven en una galería de pequeñas
viviendas. Pequeñas y muy humildes. Una casa al lado de
la otra: puerta, ventana, puerta, ventana, puerta, ventana y
así..., y una larguísima barandilla frente a las casas.
En el sótano hay un matadero. Esta noche hay matanza de cerdos. Es normal, pasa mucho. Los gritos de los
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cerdos al ser degollados sí que impresionan. Me dicen que
es la primera fábrica de frankfurts de un señor que se llama
Michael Schara. Me pregunto si los cerdos degollados también van al cielo.
Durante un tiempo siento de vez en cuando ese dolorcillo en la garganta, así como de estar un poco emocionado.
Casi podríamos decir que es un poooco de pena, pero creo
que ya soy mayor para estas tonterías. Mi hermano Juan,
en cambio, tiene cuatro años y está la mar de bien.
Los sábados por la tarde viene mi padre a vernos, y
cuando aparece por la galería me sabe mal que se haya
quedado viudo. Cincuenta y cuatro años, viudo y con cinco hijos, tres mayores y los dos pequeños. Los mayores
siguen en casa y los dos pequeños con los abuelos falsos.
Cuando llega no lo paso del todo bien porque se irá, y
cuando se va, claro, falta una semana para verle de nuevo.
Casi podríamos decir que no estoy del todo bien... ¿Cuántos cerdos se matarán en el sótano hasta que mi padre vuelva? Cuando se marcha, con traje y corbata negros, el mundo casi podríamos decir que se para un poco. Creo que
repito mucho lo de «casi podríamos decir», pero es que
ayuda bastante a explicar las cosas.
Casi podríamos decir (vaya, otra vez) que el abuelo
falso me cae mal o muy mal. Por la noche le pido que deje
el porticón de la ventana abierto para que entre un poco
de luz, y él se niega.
—A dormir...
Se hace una oscuridad que asusta. En la habitación hay
dos camas y un armario gigante en el que podría esconder— 13 —
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se el mismo demonio. Da miedo. Luz cero que me asusta
bastante. El miedo, con el tiempo, se agota como una pila.
Ahora ya no tengo miedo: solo estoy enfadado.
Mi abuela falsa es gordita y mucho más joven y se ha
casado con él creo que casi podríamos decir que como una
cuidadora, o así. Se ve que ella andaba muy justa de dinero, y como él tiene una casa... La casa es pequeñísima y
húmeda, pero algo es algo.
Mi abuela falsa casi no habla. Eso sí, se pee que da
gusto oírla. En mi casa los pedos son motivo de risotada y
jaleo por parte de mis hermanos mayores, pero con mis
abuelos falsos los pedos son pedos sin broma. No les hacen
gracia. Son gases sin comentarios.
Cuando va al minúsculo lavabo que siempre huele
mal, mi abuela falsa emite un pedo central seguido de
espectaculares peditos, y al final se oye como una piedra
que cae al agua. Me imagino el alboroto que armarían
mis hermanos mayores. Para mi sorpresa, a mi hermano
Juan las ventosidades no le llaman la atención. Es tan pequeño que a lo mejor cree que la gente en lugar de hablar,
se pee.
Cuando me acuesto en la oscuridad absoluta imagino
que mi madre estará para siempre en una falta de luz así.
Un día sudo pensando en la muerte y, muy de fondo, oigo
la tele en la habitación de mis abuelos falsos. A veces me
atrevo a levantarme y entreabrir la puerta. Esta noche dan
un programa que se llama Doce hombres sin piedad, lo sé
porque oigo a mi abuelo decirlo. Son actores de aquí que
hacen ver que son extranjeros... Miro un rato la tele de
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canto, dejo la puerta de mi habitación un poco abierta y
me acuesto. Me calmo bastante. Peor lo tienen los cerdos
de abajo.
Mi hermano Juan es de una tranquilidad pasmosa. Envidio su calma:
—Xavi, ya sé dónde está mamá.
—¿Dónde?
—En el terrado.
—No..., que la han en-terrado.
Mis abuelos falsos hacen comentarios pensando que
no les oímos. Me impresionan un poco, la verdad:
—La pobre cómo ha quedado..., parecía una muñequita en el ataúd.
—Tan guapa que había sido..., era igual que Kim Novak. La pobre se quedó en los huesos.
Ocho años, creo, sin madre y con abuelos falsos. Claro que tengo padre y cuatro hermanos... Creo que volveré
con ellos, pero de momento...
La escuela de Montcada es como las casas que dibujan
los niños, pero gigante. No hay aulas, solo mamparas (así
las llaman) separadoras. Mucho ruido. De repente empiezan las clases y oyes a tu profesor y a los que hay tras las
mamparas. Llevo dos cuadernos con líneas rectas para
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aprender a escribir a pesar de que ya sé escribir. Se ve que
en esta escuela van atrasados, porque todo esto ya lo he
estudiado. Dictan frases:
«Cayo cayó de bruces.»
«No es oro todo lo que reluce.»
«Mi mamá me mima.»
Al lado dan religión y matemáticas. De hecho, ya escuchas lo que te contarán después. Los alumnos no paran
de darse empujones y reír. Son más duros que los duros de
mi barrio de Barcelona. Lo peor de estar fuera de casa es
que no sabes hasta cuándo. Uno no sabe si aceptar la nueva vida o considerarla una «mampara». Se ve que cuando
una madre se va al cielo se forma bastante barullo. Ya nos
dirán algo.
No quiero pensar que Juan y yo podamos ser una molestia en nuestra casa. Claro que cuando alguien no quiere
pensar algo ya lo está pensando. Pero pensarlo no quiere decir que sea verdad... Quizá si fuese yo solo..., pero
dos. No sé..., ya dirán algo.
La cuestión es que no solo echo en falta al resto de mi
familia sino también a los amigos de la academia de Barcelona. Lo primero que compruebo, con extrañeza, es que
en la escuela pública de Montcada no pegan. Yo estoy
acostumbrado a que en la academia de Barcelona arreen
tortazos. Sobre todo a los mayores. En Montcada, a pesar
del lío, no pegan. ¿No se pega en todas las escuelas? Qué
extraño... Cuando digo pegar es pegar de verdad, con sangre por la nariz y eso. En fin, tendré que habituarme a los
nuevos profesores.
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Los primeros meses pasan mientras intento dejar claro que yo estoy allí pero no soy de allí. Naturalmente, esto,
que es importante para mí, le da igual a todo el mundo.
—Ya, vale... pero ¿quieres ser poli o ladra?
Casi podríamos decir que me siento como el preso de
una película que vi que repite que él no debería estar en la
cárcel.
—Ladra...
Me duele que los demás piensen que mi vida y mi familia solo la forman un hermano pequeño y dos abuelos
falsos. Si fuese así creo que lo aceptaría, pero es que además
de Juan tengo tres hermanos mayores y un padre. Creo
que me estoy convirtiendo en un mal alumno en la asignatura esta de la paciencia.
Sería injusto que me refiriese a los abuelos como «falsos» de no ser por el pequeño detalle de que nadie me ha
informado de que no son auténticos. Lo he descubierto
por mi cuenta. Pasa que el momento en que lo descubro
se matan cerdos, las madres se van al cielo y —como dice
el abuelo falso— el «sursuncorda».
—¿Por qué no tenéis ningún apellido como el mío?
—No, verás, es que...
En la minúscula vivienda de Montcada la gran atracción consiste en una botella de licor que tiene dentro una
bailarina que se mueve. Los domingos, a la hora del postre,
el abuelo falso saca de la vitrina la botella de licor, que
nunca ha sido abierta, y la coloca con mucho cuidado sobre la mesa. Le da cuerda lentamente y la pequeña bailarina gira como nerviosa mientras suena una música clásica.
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Al minuto acaba el espectáculo y se guarda la botella hasta el próximo domingo.
Viene después la oscura e inacabable tarde. Casi podríamos decir que un poco eterna.
La galería de pequeñas viviendas está ocupada por andaluces. Aquí no se habla catalán. Hay gente agradable y
niñas de mi edad muy simpáticas. En verano se puede ir
descalzo y en ropa interior por la galería. Luego están los
gritos a la hora de comer:
—¡Juaaaaaanamariiiiiiiiiiii!
Niños y perros se meten en las viviendas y todo queda
en silencio. Entonces se oyen los trenes, las gallinas. Trenes, gallinas y cerdos muriendo..., un alboroto al que, la
verdad, no me habitúo. Hay momentos en que montaría
a gusto en un tren sin saber su destino..., claro que luego...
Son ideas tontas.
Mi abuelo falso lo guarda todo. A partir de cierta edad
esta acumulación es una tontería, porque te queda poco
para morir. Mi abuelo falso tiene un armario ropero lleno
de latas de leche condensada vacías. Cuando la lata queda
vacía corta la tapa del todo y con un martillo remacha las
aristas para evitar posibles cortes. La nueva lata está ya
lista para ser acumulada en el enorme armario. La finalidad
de alguna de las latas es convertirse en recipientes de clavos, tacos y tornillería. Solo utiliza cinco latas..., el resto
es por si acaso. Podríamos decir que hay más de cien latas,
y quizá me quede corto.
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La colocación de cada nueva lata ocasiona una duda:
¿dónde situarla?, ¿en qué montonera? Un leve error podría causar un aparatoso derrumbe que sería la noticia del
día. Cuando la nueva lata encuentra su lugar, se cierran con
cuidado las puertas del armario. Ya está. A seguir tomando leche condensada para vaciar otra lata cuanto antes.
¿Cuántas latas me faltan para volver a casa? ¿Puedo acelerar el paso del tiempo hartándome de leche condensada?
No, el tiempo no se puede acelerar. El reloj colgado en
la pared y su tictac lo deja muy claro: cuanto más lo mires
peor para ti, porque el tiempo pasará más lento. Es un
sonido que no sabe que a veces toca la moral... y otras
cosas.
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