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Un amigo como mi otro yo

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Un amigo como mi otro yo
www.univforum.org
Un amigo como mi otro yo
Michael Pakaluk*
‘Otro yo’ en público
Dijo Aristóteles que en una amistad verdadera se considera y se ama al amigo
como si fuera nuestro “propio yo”. Nuestro Señor Jesucristo enseñó que debemos
amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Ambas ideas convergen si tratamos a
todos como amigos.
Esto lo negó Aristóteles al decir: debemos hacernos amigos solamente de
aquellos a quienes podemos amar razonablemente. Pero, dado que el amor se dirige,
razonablemente, sólo a la bondad, y puesto que pocas personas son buenas, entonces
solamente podemos, razonablemente, amar y hacernos amigos, de unas pocas personas.
De hecho, dijo él, sería un error tratar de amar a todos. Nos advierte que si amamos a
quienes no son buenos corremos el riesgo de corrompernos pues nos parecemos a lo
que amamos. Quien ame a una persona mala y, por lo tanto, se asocie con ella, puede
volverse también malo.
El razonamiento de Aristóteles parece totalmente acertado y sólo hay dos
maneras de eludirlo. La primera, y la más difícil, es decir que hay un aspecto en el que
todos los seres humanos son buenos, aunque tengan cosas malas, y que ese aspecto es
el que sirve como fundamento para el amor universal. El Cristianismo llega a esto a
través de la enseñanza de que todos somos hijos de Dios, ya sea naturalmente, por la
creación, o sobrenaturalmente, por el bautismo.
Este punto de vista es difícil de sostener porque impone un estándar en nuestros
afectos. Si la base de nuestro amor por alguna persona tomada al azar es que es hija de
Dios, entonces nuestro afecto tiene que regirse por ese hecho. Con razón podemos
desear que esa persona tenga sólo aquellas cosas que contribuyan a su relación con Dios
y deberíamos oponernos a las que son contrarias a tal relación. Para esto se requiere que
hagamos juicios sobre la conducta, lo que mucha gente detesta, y que en todo caso no
es muy aceptado. ¿Cuál es nuestro juicio sobre, por ejemplo, la infidelidad matrimonial,
o el aborto, o la pornografía, o la satisfacción de nuestros caprichos, o la creación de
necesidades, o ser complaciente con nuestra propia ignorancia? Si estas cosas estorban
la relación de alguien con Dios, entonces tendremos que oponernos a ellas.
Michael Pakaluk es Profesor de Filosofía en Ave Maria University (Estados Unidos). Este artículo se
realizó a petición de la North American Educational Initiatives Foundation y ha sido reproducida en nuestro
sitio con el permiso de la fundación. El texto original puede encontrarse en http://www.naeif.org
*
1
La lógica es irresistible: si nuestro amor por los demás
se fundamenta en su relación con Dios, entonces, por ese
mismo amor, tendremos que formarnos un juicio acerca de
su verdadero interés. Y entonces tenemos que estar
preparados para oponernos a sus deseos y, en algunos casos,
cuando esos deseos son contrarios a su verdadero interés,
hasta resistirlos.
En contraste, la manera fácil de amar a todos es
abandonar el requisito de formarnos juicios, sosteniendo que
no existe diferencia objetiva entre el buen carácter y el mal
carácter. En la sociedad moderna, esta negación de la bondad y la maldad se presenta
en dos formas.
La primera es el relativismo, que ya hemos mencionado varias veces, que predica
que cada cosa es como le parezca a la persona interesada. Si el aborto le parece lo
correcto a alguien, entonces, por lo que yo sé, será lo correcto. Nadie podrá refutar su
opinión. (Lo que llamamos el “derecho a la privacidad” en las discusiones actuales viene
a ser con frecuencia la adopción del relativismo en lo referente a la materia de que se
trate. ‘El aborto queda bajo el derecho a la privacidad’ simplemente significa que ‘lo que
le parezca correcto a la mujer involucrada es lo correcto y no hay que refutar su
opinión.’) Obviamente, si lo que parece correcto es lo correcto y puesto que la gente
generalmente elige lo que le parece correcto, entonces toda la gente es buena. El
relativismo es la manera fácil de amar a todos pues confiere automáticamente la bondad
a quien sea.
Otra manera fácil de amar a todos negando la diferencia entre lo bueno y lo
malo es dejar que los demás decidan por uno qué cosas son malas a través de su enojo.
Es decir, refrenarse de juzgar, aplazar el juicio. Nadie decide por sí mismo, los otros
deciden, aunque no sea evidente. Decimos cosas como: ‘Tu libertad debiera limitarse
sólo por la libertad de los demás’, o ‘La ley debería ser obligatoria sólo cuando un daño
se ha causado a otros’ o ‘Tu derecho a mover tu mano termina en la punta de mi nariz.’
Estas máximas presuponen que la única medida para juzgar una acción equivocada es
que alguien se sienta ofendido por tal acción. Nosotros mismos no miramos
directamente la acción y la juzgamos errónea, sino que tomamos la opinión de la
persona ofendida y entonces juzgamos la acción errónea porque causó una ofensa.
Este punto de vista presume que todos son buenos. El ‘amor’ que se basa en tal
premisa toma la figura del uso instrumental de la razón para satisfacer al máximo los
deseos e inclinaciones de los demás a tal punto que no se sientan ofendidos. Éste es el
punto de vista del moderno liberalismo, que surge del utilitarismo del Siglo XIX.
Sin embargo, la gran falla de este enfoque es que no distingue entre ofensa
justificada y ofensa injustificada. Una persona se siente ofendida porque se exhibe una
cruz en público; otra, porque hay una clínica de abortos en su vecindario. Un padre se
ofende por las oraciones en la escuela; otro porque no se rezan oraciones en las
escuelas públicas. Los jefes de tropa homosexuales en los Boy Scouts causan disgusto
en algunas personas, mientras que la prohibición de que haya homosexuales entre los
jefes de tropa disgusta a otras. En verdad, no hay verdadera resolución de estas
diferencias aparte de la genuina concepción de la bondad humana.
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Pero nadie, en su propio caso, toma lo
que le parece bueno como realmente bueno. Y nadie, en su propio caso, regula sus
acciones solamente por la condición negativa de no ofender a quienes lo rodean.
El relativismo es
la manera fácil de
amar a todos
pues confiere
automáticamene
la bondad a quien
sea.
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(Supongamos que los que lo rodean son malos y se ofenden con las cosas buenas. Y la
gente que se encuentra a nuestro alrededor cambia.) Entonces el amor a todos no
puede basarse ni en el relativismo ni en el “principio de no dañar a los demás”.
Generalmente en el amor a los demás se debe reflejar el mismo criterio que una
persona buena aplica a sí misma.
‘Otro yo’ en privado
Que en el amor a los demás se debe reflejar la relación que una persona buena
tiene con ella misma, lleva a Aristóteles a una notable conclusión en su “Acerca de la
Naturaleza de las Amistades Íntimas”.
¿Cuál es la forma más elevada del amor? Yo creo que la mayoría de la gente diría
que el amor es dar. Por ejemplo, la Madre Teresa daba comida y techo a los pobres de
Calcuta. Los padres dan alimento y educación a sus hijos. En caso extremo, un amigo
puede hasta dar su vida por su amigo.
Pero Aristóteles señala con tino que el hecho de dar no es algo que caracterice la
relación de una buena persona consigo misma. De hecho, no es posible que una
persona se dé algo pues ya posee, de antemano, aquello que podría darse. –Se puede
decir que una persona se da algo cuando, por previsión y prudencia, hace planes para el
futuro. Un plan de ahorro para el retiro es, en cierto sentido, un regalo que un hombre
se hace a sí mismo, en su juventud, para su vejez. Pero tales acciones son regalos
solamente en sentido metafórico y, por lo tanto, el dar, aunque es necesario e
importante es, a fin de cuentas, una expresión imperfecta de amor.
Entonces, ¿cómo podemos amar a los demás apropiadamente? Aristóteles
arguye que lo hacemos simplemente estando con ellos y disfrutando su compañía. Ésta
es la más alta expresión de amor. Acompañar es más grande que dar, al igual que ser es
más grande que tener.
He aquí su argumento. Aristóteles señala que, en cierto sentido, a una persona se
le identifica con su actividad de vida. Pero la actividad de vida consiste en cierta clase de
percepción, ya sea en los sentidos o en el pensamiento. Así que, en cierta forma, una
persona consiste en sus sentidos y su pensamiento.
Consideremos ahora que tanto los sentidos como el
Acompañar es más
pensamiento tienen un componente reflexivo. Esto es, ver
grande que dar, al
una silla es, al mismo tiempo, percibir que vemos una silla.
igual que ser es
Pensar en esa silla es, al mismo tiempo, ser consciente de o
más grande que
percibir que pensamos en esa silla. Todas las sensaciones y
pensamientos son complejos porque tienen ese carácter
tener.
reflexivo. De ahí que, en cada sensación y pensamiento, una
persona adopta una relación consigo misma. Cuando piensa se relaciona con ella misma
como percibiendo que piensa. Cuando veo una flor, me relaciono conmigo mismo
como percibiendo que veo una flor.
¿Es posible, pues, extender esta relación a los demás para que puedan participar
en ella y se relacionen con nosotros como nosotros lo hacemos con nosotros mismos?
Sí, dice Aristóteles, puede extenderse cuando compartimos sus sentidos y su
pensamiento. Compartir es más fácil en el caso del pensamiento. Si una persona me
dice algo en lo que está pensando, tomo conciencia de que esa persona piensa en eso,
igual que ella tiene conciencia de ello. Entonces, yo me relaciono con la persona de la
misma manera en que la persona se relaciona consigo misma. Pero ella sabe que yo
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tomé conciencia de lo que ella pensaba (esta conciencia mutua es esencial para la
amistad) y, por lo tanto, ella se relaciona conmigo como yo me relaciono conmigo
mismo. Como resultado de esta conciencia mutua, la persona y yo nos volvemos, por
así decirlo, espejo el uno del otro. Cada uno de nosotros piensa en algo y tiene
conciencia de lo que está pensando el otro y esta relación se extiende y se refleja en el
otro.
Entonces, la conclusión de Aristóteles es que, en este compartir del
pensamiento y los sentidos (lo que él llama ‘vivir la vida juntos’, comparte la palabra
convivencia), dos personas comparten por completo, por su cuenta, su propia vida. Si
el amor es una extensión de la autoestima hacia los demás, entonces ésta es la forma
más completa del amor. Al mismo tiempo, Aristóteles señala que la relación de dar es
insatisfactoria por dos razones. Primero, porque implica una desigualdad: la persona
que da, en la medida en que da, adopta una posición de superioridad sobre la persona
que recibe. Segundo, porque el dar no puede compartirse simultáneamente: cuando una
persona da, la otra necesariamente recibe. Quizá puedan turnarse, pero no pueden
hacer lo mismo al mismo tiempo.
Sin embargo, esto no es así cuando se comparten el pensamiento y los sentidos.
Este fenómeno es total y simultáneo entre dos amigos. De hecho, Aristóteles sostiene
que dar significa facilitar el pasar el tiempo juntos. Supongamos que dos personas
quienes, inicialmente, no son iguales por lo que poseen, se hacen amigos. Por impulso
natural de la amistad, con el tiempo sus bienes tienden a igualarse o, por lo menos, a ser
administrados conjuntamente para beneficio de ambos. Pero lo importante al equiparar
y compartir las posesiones no es simplemente que los amigos sean iguales. Sin duda,
este resultado podría recompensar al envidioso pero, de hecho, lo realmente importante
es que la igualdad en sus bienes les permitirá disfrutar de su compañía y del pasar
tiempo juntos.
El razonamiento de Aristóteles es muy sensato. Los puntos más importantes se
encuentran en la Ética a Nicómaco, libro IX, capítulo IX y yo animo a los lectores de
este ensayo a revisar este pasaje directamente. La conclusión que él saca acerca de la
prioridad del estar con sobre el dar aplica a todos los asuntos humanos. Aplica a las
relaciones entre pueblos y naciones (por analogía), así como a las relaciones íntimas
entre amigos. Volviendo hacia atrás, podríamos decir que el razonamiento de
Aristóteles es que la vida humana está de forma inherente ordenada para la sociabilidad
en virtud del carácter reflexivo de los sentidos y el pensamiento (como una vez
comentó Jacques Maritain: “la verdadera personalidad consiste en una orientación hacia
la comunión”.) Lo que todos deseamos, en virtud de nuestra humanidad común, es
vivir codo con codo con los demás. No queremos disfrutar nuestra vida en soledad y
separación, sino que queremos hacerlo gozando de la existencia de los demás y a través
de que ellos disfruten del hecho de que nosotros también existimos. Éste es el fin de la
vida humana y un elemento necesario para la felicidad de los hombres. Por lo tanto,
éste es el objetivo hacia el que la ayuda y el dar deben dirigirse.
Una visión de solidaridad humana, por lo tanto, debe regir nuestro trato con los
demás, tanto en público como en privado, lo que parece una conclusión adecuada para
esta serie de ensayos.
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