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recuperando el control de nuestras vidas
Estudios e Investigaciones
RECUPERANDO EL CONTROL DE NUESTRAS VIDAS:
RECONSTRUCCIÓN DE IDENTIDADES Y EMPODERAMIENTO EN
MUJERES VÍCTIMAS DE VIOLENCIA DE GÉNERO
Año 2007 – Año 2011
Equipo investigador dirigido por: María Jesús Cala Carrillo
Esther Barberá Heredia. Universitat de València
Miguel Jesús Bascón Díaz. Universidad de Sevilla.
Carlos Candela Agulló. Universidad Miguel Hernández.
Mercedes Cubero Pérez. Universidad de Sevilla.
Rosario Cubero Pérez. Universidad de Sevilla.
Manuel de la Mata Benítez. Universidad de Sevilla.
Rafael García Pérez. Universidad de Sevilla.
M. Salud Godoy Hurtado. COPAO.
M. José Ignacio Carmona. Universidad de Sevilla.
Juan Ignacio Paz Rodríguez. Instituto Andaluz de la Mujer.
M. del Mar Prados Gallardo María. Universidad de Sevilla.
Amparo Ramos López. Universidad Miguel Hernández.
M. Ángeles Rebollo Catalán. Universidad de Sevilla.
Francisco Javier Saavedra Macías. Universidad de Sevilla.
Arianna Sala. Universidad de Sevilla.
Andrés Santamaría Santigosa. Universidad de Sevilla.
Luisa Vega Caro. Universidad de Sevilla.
Universidad de Sevilla
NIPO: 685-12-025-7
Exp. 58/07
RECUPERANDO EL CONTROL DE NUESTRAS VIDAS:
RECONSTRUCCIÓN DE IDENTIDADES Y
EMPODERAMIENTO EN MUJERES VÍCTIMAS DE
VIOLENCIA DE GÉNERO
MEMORIA DE INVESTIGACIÓN
(Memoria final)
Enero 2011
EQUIPO DE INVESTIGACIÓN
Investigadora principal
María Jesús Cala Carrillo. Universidad de Sevilla
Investigadoras e investigadores
Ester Barberá Heredia. Universitat de València
Miguel Jesús Bascón Díaz. Universidad de Sevilla.
Carlos Candela Agulló. Universidad Miguel Hernández.
Mercedes Cubero Pérez. Universidad de Sevilla.
Rosario Cubero Pérez. Universidad de Sevilla.
Manuel de la Mata Benítez. Universidad de Sevilla.
Rafael García Pérez. Universidad de Sevilla.
M. Salud Godoy Hurtado. COPAO.
M. José Ignacio Carmona. Universidad de Sevilla.
Juan Ignacio Paz Rodríguez. Instituto Andaluz de la Mujer.
M. del Mar Prados Gallardo María. Universidad de Sevilla.
Amparo Ramos López. Universidad Miguel Hernández.
M. Ángeles Rebollo Catalán. Universidad de Sevilla.
Francisco Javier Saavedra Macías. Universidad de Sevilla.
Arianna Sala. Universidad de Sevilla.
Andrés Santamaría Santigosa. Universidad de Sevilla.
Luisa Vega Caro. Universidad de Sevilla.
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Plan Nacional de I+D+ I
(2004-2007)
2
ÍNDICE
Introducción ........................................................................................................ 4
Capítulo 1 La violencia hacia las mujeres: una violencia basada en el género 12
Capítulo 2 El método ........................................................................................ 41
Capítulo 3 Tácticas de resistencia y acciones para la recuperación en mujeres
víctimas de violencia de género: de la adherencia al empoderamiento ........... 47
Capítulo 4 El laberinto del espejo: metáforas emocionales en la recuperación
de mujeres víctimas de violencia de género .................................................... 93
Capítulo 5 Posicionamientos y voces en la reconstrucción de las identidades de
mujeres que han sufrido violencia de género ................................................. 118
Capítulo 6 Re-construcciones identitarias tras salir de la violencia de género.
Un análisis narrativo utilizando los indicadores del “self de Bruner”............... 177
Capítulo 7 Conclusiones ................................................................................ 232
Capítulo 8 Bibliografía .................................................................................... 248
3
INTRODUCCIÓN
Una de las más devastadoras consecuencias de las desigualdades de
género es la violencia hacia las mujeres. Y esto a pesar de que en las últimas
décadas se han desarrollado cambios importantes en cuanto al avance en
igualdad con repercusiones muy positivas para la vida de las mujeres. Citar por
ejemplo las cuatro conferencias mundiales sobre las mujeres convocadas por
Naciones Unidas en el último cuarto de siglo. México D.F. en 1975 sobre la
condición jurídica y social de la mujer; Copenhague en 1980, donde se aprobó
la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación
contra la mujer; Nairobi, 1985 donde se incorpora un nuevo enfoque integral y
de participación de las mujeres, y la IV Conferencia Mundial en Beijing en 1995,
donde se establecen los derechos de las mujeres como derechos humanos y
se adopta el concepto de género (Bosch, Ferrer, Navarro y Ferreiro, 2010). No
es hasta estos años, concretamente en 1994, cuando la ONU proclama La
Declaración sobre la Eliminación de la violencia contra la mujer definiéndola
como:
“Todo acto de violencia basado en el género que tiene como
resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico,
incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la
libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”.
Esta declaración, marcó un hito importante por tres razones: porque
coloca a la violencia contra las mujeres en el marco de los derechos humanos,
porque amplia el concepto de violencia, incluyendo tipos o formas de violencia
(la psicológica) y diferentes contextos, y finalmente porque considera violencia
no solo los actos, sino también las amenazas (Bosch, Ferrer, Navarro y
Ferreiro, 2010).
En nuestro país, como respuesta jurídica al problema de la violencia
contra la mujer en las relaciones de pareja, en el año 2004 se aprobó la Ley
Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra
la Violencia de Género, una Ley cuyo objetivo fundamental es actuar contra
una violencia que constituye una manifestación clara de la situación de
4
desigualdad en que viven mujeres y hombres. En Andalucía contamos además
con la Ley 13/2007, de 26 de noviembre, de Medidas de Prevención y
Protección Integral Contra la Violencia de Género. Según se recoge en su
Artículo 1, esta Ley “tiene por objeto actuar contra la violencia que, como
manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones
de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por el solo
hecho de serlo. Asimismo será objeto de esta Ley la adopción de medidas para
la erradicación de la violencia de género mediante actuaciones de prevención y
de protección integral a las mujeres que se encuentren en esa situación,
incluidas las acciones de detección, atención y recuperación.”
No obstante, y a pesar de todos estos esfuerzos, la discriminación de las
mujeres es aún un objetivo pendiente de erradicar, y es que tantos años de
educación sexista no desaparecen fácilmente, de tal forma que aún existen
diferencias entre lo que se piensa y lo que se hace, lo que se establece por ley
y la realidad (Hirigoyen, 2006; Martinez Ten, 2007). Como indica el dicho
popular “no se cambian mentalidades por decreto”.
La violencia hacia las mujeres es una realidad antigua que de una u otra
forma sigue afectando a todas las mujeres del mundo, porque tiene su razón de
ser en la discriminación y subordinación social de las mujeres frente a los
hombres. Invisible durante mucho tiempo, ha llegado hasta nuestros días
legitimada y normalizada socialmente por habitual y frecuente. Es desde hace
apenas unas décadas, concretamente a partir de los años 70, con el impulso
del movimiento internacional feminista en su lucha por la igualdad (Bosch,
Ferrer, Navarro, y Ferreiro, 2009; Hirigoyen, 2006), que se perciben cambios,
no tanto en la manifestación de este tipo de conductas violentas, que
desgraciadamente siguen ocurriendo a diario, sino en el rechazo mayoritario
por parte de muchos sectores sociales. Tal es así, que podemos decir que ha
pasado a considerarse problema político, social y de salud, lo que antes eran
solo conflictos de la vida privada. Hoy día se admite que estamos ante una
problemática que ahonda sus raíces en la forma en que se organiza la
estructura social en base al sexo-género y que consecuentemente, implica a
todos los sectores de la sociedad: judicial, sanitario, educativo, etc.
Dejar de considerar el problema como algo propio de la vida privada
para ser considerado como problema social ha sido fundamental para poder
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ubicarlo en el escenario adecuado, esto es, evaluar la situación de las mujeres
a nivel mundial en relación al principio de igualdad. No olvidemos que la
violencia machista hacia las mujeres es la máxima expresión de la
discriminación de género. Este cambio de consideración ha promovido no solo
la intervención de los poderes públicos, sino también el reconocimiento de los
derechos de las víctimas (Bosch, Ferrer, Navarro, y Ferreiro, 2010).
Por tanto cabe afirmar que no podemos abordar el problema de la
violencia hacia las mujeres si no es desde una perspectiva de género (Lorente,
2004; Sanz, 2007). Dicha perspectiva no sólo debe estar presente para su
estudio y análisis, sino también para establecer estrategias encaminadas a
producir cambios personales, sociales y comunitarios que contribuyan al
desarrollo de las personas, mujeres y hombres, desde la autonomía y la
independencia. Es decir, un enfoque, el de género, que permita fomentar el
desarrollo de las estrategias oportunas a fin de promover los cambios
necesarios que garanticen a las personas poder constituirse como seres
humanos de pleno derecho y en igualdad de condiciones.
Además, la perspectiva de género permite entender esta realidad desde
una visión más amplia y global. No solo aporta la posibilidad de visibilizar las
causas socio-culturales que están en la base de este tipo de violencia, sino que
además permite considerar vías alternativas de intervención ya que desde este
enfoque se pretende ir a la raíz del problema. Su fin es la igualdad y la equidad
entre hombres y mujeres, y por tanto entre sus objetivos estaría el de facilitar a
las mujeres el desarrollo de la propia autonomía para recuperar el control sobre
sus vidas, fomentando aquellas actitudes y tomas de decisión que las ayuden a
situarse en el centro de sus intereses y necesidades. Esto implica movilizar los
recursos propios desde la autoafirmación y la seguridad en sí mismas, en
definitiva contribuir a restablecer el poder y los derechos que les fueron
sustraídos en aras del desarrollo de la propia identidad.
Así, a la hora de abordar la problemática de la violencia hacia las
mujeres dentro de la relación de pareja desde un enfoque de género,
tendremos en cuenta una serie de aspectos previos. Entre ellos la construcción
social de los vínculos afectivos y de pareja en base a las creencias trasmitidas
a través del proceso de socialización y la educación amorosa, y la construcción
6
de la identidad femenina en contraposición a la masculina, máximo referente
del sistema patriarcal.
Y es que, como ya hemos señalado, uno de los efectos más nefastos de
las desigualdades establecidas socialmente entre hombres y mujeres, es el de
la violencia hacia las mujeres en el seno de la pareja. Las cifras siguen siendo
espeluznantes, concretamente en lo que se refiere al número de mujeres
muertas a manos de sus actuales parejas o de aquellas en las que la relación
está en crisis o se ha roto. Cabe recordar que el 70% de las mujeres
asesinadas en el mundo lo son por sus parejas o exparejas (Gálligo, 2009).
Resulta difícil digerir que sea en este ámbito donde con más probabilidad las
mujeres resulten insultadas, agredidas o, en el peor de los casos, asesinadas.
Baste como ejemplo los datos ofrecidos por el Estudio multipais de la OMS
sobre la salud de la mujer y violencia doméstica sobre las mujeres (2005) o los
de la III Macroencuesta sobre la violencia contra las mujeres (2006). Y eso a
pesar de las dificultades que entraña determinar el número exacto de
situaciones de maltrato (Alberdi y Matas, 2002) debido al gran número de
mujeres que no reconocen como tal la violencia que padecen o,
reconociéndola, no se atreven a denunciarla. Es precisamente en estas
situaciones donde con mayor frecuencia el agresor puede acabar con la vida
de la víctima. De las 71 mujeres que en 2010 murieron a manos de sus
parejas, en el 74% de los casos, los órganos judiciales no tenían constancia de
la situación de maltrato.
La experiencia de maltrato, como posteriormente veremos, genera
consecuencias muy negativas, llegando incluso a poner en peligro la propia
vida de las mujeres y la de sus hijos e hijas. De hecho Naciones Unidas (ONU
1993) lo define como “el crimen más frecuente del mundo”. Como nos recuerda
Juan Ignacio Paz (2007), la OMS ya alertó en 2002 que la Violencia de género
es la primera causa de pérdida de años de vida de las mujeres entre 15 y 44
años por encima de las guerras, los accidentes de tráfico o los distintos tipos de
cáncer. Su prevención es una cuestión de salud pública. Además las incapacita
para controlar sus propias vidas y desarrollarse como personas libres en
cuanto a los derechos legítimamente establecidos.
A pesar de las consecuencias nefastas que la violencia genera en la
salud física y mental de las mujeres, son muchas las que consiguen
7
recuperarse tras haber sufrido la violencia de género en la pareja. Estas
mujeres no suelen aparecer en las estadísticas, como tampoco aparecen las
mujeres que, gracias a la ayuda que reciben, son capaces de identificar la
violencia que se ejerce contra ellas o de romper definitivamente una relación a
tiempo. Esta ayuda terapéutica que muchas de ellas reciben está
contribuyendo a que, a pesar de este panorama desolador, algunas de estas
mujeres sean capaces de, además de conservar su vida, superar y reconstruir
de manera positiva su identidad. En la mayoría de las ocasiones, en una
situación de aislamiento han sido objeto de descalificaciones, insultos, etc. que
han hecho que acaben haciendo suya, estas ideas negativas que el agresor ha
dicho de ellas, y que acaban deteriorando su autoestima. Sin embargo y a
pesar de lo complejo que resulta, muchas son auténticas supervivientes puesto
que consiguen sobrevivir, algunas expuestas a situaciones de auténtico peligro,
pero a pesar de ello consiguen romper esta relación de control, salir de ella y
recuperarse. Según los datos de la III Macroencuesta sobre la violencia contra
las mujeres (2006) referidos a España, dos terceras partes de las mujeres que
han sufrido maltrato por parte de la pareja en base al género alguna vez en la
vida han superado esta situación y su número estaría en torno a las 800.000.
Sin embargo poco se conoce de estas mujeres y de cómo lo hacen. Sabemos
de las llamadas al 016, del número de denuncias, de las renuncias al proceso
judicial, pero sabemos poco de qué otras acciones emprenden y cuáles son
sus motivos.
Nuestra visión de estas mujeres, corroborada por los datos que hemos
encontrado, porque son mujeres que han conseguido sobrevivir, va a ser la de
agentes activos (ni tan resignadas ni sumisas) que intentarán, a lo largo del
proceso, poner en juego toda una serie de acciones para que su situación
mejore. Hay distintas formas de resistirse a la situación de dominación en la
que se encuentran. Esta resistencia puede ser más abierta y visible, o más
encubierta. Abandonar la relación supone una forma abierta de resistirte a los
mandatos de género, pero no la única. Hay otras formas que, a veces, pueden
incluso pasar desapercibidas y ser consideradas como muestra de sumisión
pero que, sin embargo, suponen un modo de resistencia más sutil.
Queremos también resaltar una idea que nos parece fundamental: desde
los estudios de la violencia contra las mujeres debe contribuirse a construir otra
8
imagen diferente a la que ha imperado de las mujeres en las ciencias sociales
en general y en la psicología en particular de mujeres como déficit. Se sabe de
lo que no hacen, por qué no abandonan la relación, por ejemplo, pero no tanto
de lo que hacen las que se recuperan. Queremos con este trabajo hacerlas
visibles, conocer sus logros y cómo lo viven partiendo de su experiencia,
contribuyendo así a crear modelos positivos que puedan ayudar a otras
mujeres en su proceso de recuperación.
El objetivo general de este trabajo por lo tanto, es el de realizar un
acercamiento analítico a las narraciones de las experiencias vividas por estas
mujeres, para dejar emerger desde abajo una visión que complemente y
enriquezca la teorización sobre el fenómeno de la violencia de género. Para
propiciar
una
pluralización
de
la
conceptualización
sobre
mujeres
supervivientes a la violencia de género, hemos utilizado diferentes métodos de
análisis que nos han permitido reflexionar sobre el fenómeno de la violencia y
el proceso de recuperación de las mujeres que la han padecido, desde distintos
puntos de vista y utilizando diferentes primas.
Vamos a estructurar esta memoria de investigación de la siguiente
manera:
En el primer capítulo se ofrecerá una visión general de la violencia de
género: empezaremos por describir el marco teórico del que hemos partido
para analizar el fenómeno, concretamente nos referiremos a los distintos
niveles (sociocultural, interpersonal, individual) a lo largo de los cuales se va
construyendo y “actuando” el género (Crawford, 1995). Seguiremos hablando
de la educación sentimental de varones y mujeres, de cómo se nos enseña a
amar y de la importancia del ideal del amor romántico como idea que una vez
interiorizada se convierte en un mandato interno que guía nuestras
percepciones de las relaciones y nuestras acciones. En el siguiente apartado
nos centraremos en la violencia de género en la relación de pareja: se
analizarán los mecanismos de instauración y mantenimiento de la violencia, el
ciclo de la violencia y el proceso perverso que lleva a las mujeres a adentrarse
en lo que Bosch, Ferrer y Alzamora (2006) definen como el laberinto patriarcal,
una relación en la que es fácil entrar y de la que es muy difícil salir. Finalmente
describiremos las consecuencias físicas, psicológicas y sociales de la violencia
de género.
9
Una vez descrito el marco teórico del que partimos y encuadrado el
fenómeno de la violencia de género, en el segundo capítulo describiremos el
método que se ha seguido para recoger la información que se ha utilizado para
realizar los distintos análisis que se han llevado a cabo. Se ofrece una
descripción de las participantes en la investigación (ocho mujeres que han
sobrevivido a la violencia de género). Al mismo tiempo se detallan los temas
que se han investigado (fundamentalmente, relación con la pareja agresora,
proceso de abandono de la relación, recuperación y situación actual, infancia y
juventud).
Con el tercer capítulo: “Tácticas de resistencia y acciones para la
recuperación en mujeres víctimas de violencia de género: de la adherencia al
desprendimiento”, presentaremos el primer análisis que se ha realizado sobre
el material recogido. Este análisis pone de manifiesto cómo las mujeres
entrevistadas, lejos de quedarse como víctimas pasivas del agresor, ponen en
marcha toda una serie de acciones que van preparando la salida de la relación.
Al mismo tiempo se evidencia que estas acciones están condicionadas por las
posibilidades reales de movimiento y de autonomía de las mujeres, siendo muy
importante los recursos tanto sociales como individuales con los que cuenta.
Siguiendo la terminología de De Certau (1974), se presenta un recorrido que
describe las tácticas que ponen en marcha cuando todavía siguen bajo el
control del agresor y de las estrategias que pueden desarrollar a medida que se
van liberando del control ejercido por el maltratador.
En el cuarto capítulo: “El laberinto del espejo: metáforas emocionales en
la recuperación de mujeres víctimas de violencia de género”, se focaliza la
atención en la dimensión afectiva y el papel de las emociones en el proceso de
recuperación. Para realizar este análisis se ha puesto la atención en las
metáforas y su evolución a lo largo de la narración del proceso de recuperación
(Edwards, 1999) analizando qué tipo de metáforas actúan como bloqueadoras
o como facilitadoras de la recuperación. Este estudio nos permite ver como se
pasa de unas metáforas que vehiculan un cuestionamiento de sí mismas en
base a los mandatos de género, a otras en las que estos preceptos se van
cuestionando.
En el quinto capítulo: “Posicionamientos y voces en la reconstrucción de
las identidades de mujeres que han sufrido violencia de género”, partiendo del
10
supuesto de que cualquier enunciado se produce desde una perspectiva,
desde una visión del mundo y de la vida (Bajtín, 1986; Werstch, 1991), hemos
analizado el modo en el que estas mujeres “toman” posiciones en relación con
el discurso en el momento en el que profieren enunciados en una situación
comunicativa, en este caso la entrevista. Se analiza aquí el conflicto que surge
entre los que denominamos “hetero-posicionamientos” en los que las mujeres,
son posicionadas como víctimas y desvalorizadas por personas del entorno
(normalmente la ex-pareja), y los que denominamos “auto-posicionamientos” a
través de los que se describen como mujeres fuertes, capaces de ir
sobreponiéndose a la violencia sufrida y de reconstruirse a sí mismas.
En el sexto capítulo: “Re-construcciones identitarias tras salir de la
violencia de género. Un análisis narrativo utilizando los indicadores del Self de
Bruner” se realiza un análisis de la presencia de lo que Bruner (1997) define
como indicadores del Self. Estos
indicadores nos han permitido detectar
elementos de agencialidad, compromiso, recursos, apoyo social, reflexión,
evaluación, estados emocionales y sentimientos, entre otros. Se analiza aquí la
evolución de estos indicadores y la preeminencia de uno y otro en tres
diferentes fases: en la primera se relatan las vivencias con la pareja agresora,
en la segunda el proceso que culmina en el abandono de la relación, y, en la
tercera las vivencias una vez han abandonado al agresor.
En el séptimo y último capítulo: “Conclusiones”, tratamos, a la luz de los
posicionamientos teóricos de los que partimos, de realizar una reflexión general
capaz de integrar los diferentes resultados obtenidos por los distintos análisis
realizados.
11
Capítulo 1. LA VIOLENCIA HACIA LAS MUJERES:
UNA VIOLENCIA BASADA EN EL GÉNERO
Aunque este trabajo tiene como finalidad centrarse en el proceso de
recuperación de mujeres que han sufrido una relación de pareja violenta, y por
tanto en analizar cómo perciben algunas de estas mujeres haber conseguido
salir de estas relaciones trampa y superarlas,
comprender
este
proceso
de
recuperación
consideramos que para
es
conveniente
entender
previamente el proceso de victimización. Por ello en el presente capítulo se
abordarán los contenidos teóricos más significativos para poder comprender el
complejo proceso de instauración y mantenimiento de la violencia hacia las
mujeres. Comenzaremos el capítulo abordando cuestiones que se encuentran
en la base de esta violencia de género describiendo el contexto social en el que
se construye la identidad de mujeres y hombres así como la manera en la que
el género se actúa a distintos niveles (social, interpersonal e individual). Una
vez desarrollada esta base sobre la que se sustenta la violencia de género, nos
adentraremos en ella. Se incidirá de forma específica en la violencia de género
en la relación de pareja, que es donde se enmarca este trabajo, donde se
abordará el análisis de los mecanismos de instauración y sostenimiento de la
misma. Finalmente resaltaremos las repercusiones que dicha violencia tiene,
centrándonos especialmente, en las mujeres que la padecen.
1. CONTEXTO SOCIAL Y PROCESO DE CONSTRUCCIÓN
DEL GÉNERO: LA PERSPECTIVA DEL DOING GENDER
En el capítulo 6 profundizaremos en el tema de la identidad. En él se
defenderá la idea de que la identidad no se desarrolla en el vacío sino en el
curso de la interacción social lo que hace más apremiante la necesidad de
analizar cuáles son los valores culturales dominantes, que, desde la
perspectiva de género, se concretan en el código patriarcal de dominio
masculino frente a la sumisión femenina (Anderson, 2005). Por ello, en este
12
capítulo plantearemos el contexto social y el entorno inmediato en el que se
construye la identidad de hombres y mujeres, poniendo un énfasis especial en
la construcción de la identidad de las mujeres que han sufrido violencia de
género en la pareja.
Efectivamente
las
personas
además
de
estar
determinadas
biológicamente por un cuerpo sexuado, también lo estamos por la tradición
socio-cultural en la que vivimos. Es decir, por los valores, creencias, normas,
etc., transmitidos de generación en generación y que constituyen la filosofía de
la estructura social a la que pertenecemos. Como señala Fina Sanz (1997) la
sociedad occidental derivada de la tradición judeo-cristiana presenta una
estructura jerárquica y patriarcal que afecta a todo el pensamiento occidental.
Existe, afirma, una jerarquía económica y social desde la que se prima a los
hombres sobre las mujeres. Esta jerarquía genera un sistema de relación de
poder
basado
en
la
dominación-subordinación,
porque
la
visión
es
androcéntrica, es decir, el modelo masculino es el referente positivamente
valorado.
De acuerdo con Kate Millet, (1995, cit. por Bosch, Ferrer y Alzamora,
2006) este sistema patriarcal, parte de dos ideas claves. Por un lado se apoya
en una estructura u organización social que crea y mantiene una situación de
poder y privilegio para el hombre frente a la mujer. Rosa Cobo (2001) añade al
respecto, que esta estructura patriarcal, es una construcción social longeva y
su rasgo más característico es la universalidad a través de la sacralización y la
naturalización de las realidades sociales. Pero además, afirma Millet, el sistema
patriarcal se basa en un conjunto de creencias como los estereotipos de
género que legitiman y mantienen esta situación de poder. De acuerdo con
Ester Barberá los estereotipos son definidos como “el conjunto de creencias y
suposiciones compartidas acerca de determinados grupos humanos,” (Barberá,
2004, p 57). Cuando estas creencias van referidas a hombres o mujeres como
grupo, se hablaría de estereotipos de género. Estos estereotipos de género se
consideran naturales, rígidos e inalterables (Andrés, 2007); con un eje central:
la inferioridad biológica, moral e intelectual de la mujer frente al hombre,
(Bosch, Ferrer y Alzamora, 2006).
Además de los estereotipos de género, en el proceso de construcción de
las identidades de las personas en base al género, se establece lo que
13
denominamos “rol de género”, es decir, el conjunto de expectativas que la
sociedad establece sobre los comportamientos que se consideran apropiados
para hombres o para mujeres, complementarios y asimétricos, modelados
desde edades tempranas a través de la educación (Gobierno de Canarias,
I.C.M., 2001).
El proceso por el cual las personas asumen, aprenden e interiorizan,
este conjunto de creencias sociales, de verdades sacralizadas y los roles de
género, es lo que se conoce como el proceso de socialización que es diferente
para mujeres y hombres (Bosch, Ferrer y Alzamora, 2006). Es precisamente a
través de este proceso de socialización que adquirimos la identidad de género,
es decir, nos construimos como hombres o mujeres, en base a los valores
esperados para uno u otro sexo.
Esta identidad diferenciada es lo que se conoce como femenino o
masculino, en definitiva, la identidad que el proceso de socialización en base al
género construye de forma diferente para hombres y mujeres. Fina Sanz (1996)
añade al respecto que existen dos subculturas, la femenina y la masculina, con
estereotipos de género, roles y espacios diferentes. Como la estructura de la
organización social es patriarcal, la subcultura masculina es la dominante y
validada. Además, como afirma Sanz, esto genera consecuencias negativas
para las mujeres, ya que les adjudica un menor reconocimiento de lo que son y
de lo que hacen, relegándolas al plano de la dependencia.
Nancy Chodorow (1976), considera que parte de esta diferencia en la
socialización se debe a la diferente relación que niños y niñas establecen con
la figura cuidadora dado que ésta suele ser femenina. Mientras que las niñas
construirían su identidad por afinidad con el modelo materno, los niños lo
harían por oposición a él. En este proceso de identificación, las niñas
aprenderían a definirse en base a la relación con los demás siguiendo los
patrones del modelo femenino. Sin embargo, los chicos, para desarrollar su
identidad masculina, se definirían desde la separación de este modelo
femenino, desde la individualidad.
Así, cada cual, se va identificando profundamente con estos modelos
creando un entramado emocional resistente al cambio. Es como una forma
específica de estar en el mundo, de vivirse, de relacionarse, en función del
sentido de pertenencia a uno u otro género. Así Paloma Andrés (2007) señala
14
que la identidad de género tendría que ver con la autopercepción, es decir, con
la imagen que las personas tienen acerca de si mismas.
Esta socialización diferencial de niños y niñas contribuye a la
reproducción de un modelo dominio-sumisión que se encuentra en la base de
la violencia de género. Además, aunque la reproducción de la violencia no es
algo inevitable, la exposición a modelos violentos durante la infancia o la
adolescencia se convierte en un factor de riesgo para sufrirla o ejercerla
posteriormente (Díaz-Aguado, 2009).
Por tanto, no son solo las diferencias bio-fisiológicas las que determinan
nuestra identidad y las desigualdades de lo que significa ser hombre o mujer,
sino que es el género el que da sentido a esta construcción sociocultural de las
identidades, de los roles y espacios, y de la distribución desigual de
oportunidades. La condición de género por tanto, forma parte de nuestra
identidad.
1.1 LA PERSPECTIVA DEL DOING GENDER
Mary Crawford (Crawford, 1995; Crawford, 2006; Crawford y Chaffin,
1997; Crawford y Unger, 2000) defiende, a nuestro entender, una forma de
concebir el género lejos de visiones esencialistas que siguen considerando el
género, al igual que ocurría antes con el sexo, como un atributo de la persona
interno y persistente a través de los distintos contextos (Bohan, 1993). Frente a
esto, desde la perspectiva del doing gender se pone el énfasis en el proceso de
construcción del mismo, a la vez que se diferencian los distintos niveles a los
que éste se construye. Esta perspectiva está permitiendo importantes
aportaciones (Barberá y Cala, 2008; Cala y Barberá 2009) y está contribuyendo
a la integración de conocimientos generados desde distintos niveles de
análisis. Dicha necesidad de integración es reconocida dentro de los estudios
de género como uno de los avances más importantes de los últimos tiempos
(Stewart y McDermott, 2004).
Desde esta perspectiva, el género no se concibe como una propiedad de
los individuos, sino como algo que las personas hacen (West y Zimmerman,
1987). El género se conceptualiza como:
“Un sistema de significados que organiza las interacciones y
gobierna el acceso al poder y a los recursos. (...) el género no es
15
un atributo de los individuos sino una forma de dar sentido a las
transacciones. El género existe no en personas sino en
transacciones; es conceptualizado como un verbo, no como un
nombre” (Crawford, 1995, p. 12).
Los distintos niveles en los que este doing gender se lleva a cabo serían:
sociocultural, interpersonal e individual (Crawford, 1995).
A nivel sociocultural, el género funciona como un sistema de
organización social y cultural que gobierna el acceso a los recursos y al poder.
Por tanto, regula las posiciones sociales y los modelos de relación entre
hombres y mujeres. Abarcaría las tradiciones, los valores, las costumbres etc.
Es importante recordar que aunque el género se pueda expresar con matices,
de forma diferente en las distintas culturas ó épocas, la subordinación de la
mujer al hombre es universal (Cobo, 2001). Mª Angeles Rebollo afirma al
respecto: “No hay ninguna cultura conocida donde las mujeres tengan más
ventajas sociales y políticas que los hombres” (Rebollo, 2007 p.4). A los
hombres se les atribuye un estatus superior con funciones de autoridad y a las
mujeres funciones subordinadas. Esta desigualdad se va a manifestar en todos
los ámbitos sociales, en lo político, la religión, la educación, el ámbito laboral, la
familia, etc. (Sanz, 1997; Instituto Canario de la Mujer, 2001).
Pero el género no sólo se hace a nivel social, también a nivel
interpersonal. A este nivel, las claves de género nos orientan hacia un
comportamiento diferenciado en nuestras interacciones sociales, según nos
relacionemos con hombres o mujeres. De este tipo de tratamiento diferencial
no siempre somos conscientes. Diferentes trabajos muestran, por ejemplo, los
distintos modos en que niños y niñas son socializados en las interacciones
paterno-filiales (Golombok y Fivush, 1994) o el diferente tratamiento que
reciben en la escuela por parte de profesores o profesoras (Sadker y Sadker,
1994).
Además,
la
evaluación
e
interpretación
que
hacemos
del
comportamiento depende de si este es llevado a cabo por un hombre o una
mujer. Como nos señalan Crawford y Chaffin (1997) no podemos olvidar que
“la categorización sexual no es simplemente una forma de ver diferencias, sino
también una forma de crear diferencias” (p. 92). Este tratamiento diferencial
que mujeres y hombres reciben puede dar lugar a un comportamiento
16
diferencial actuando a modo de profecía autocumplida (Crawford y Chaffin,
1997; Deux y Major, 1987).
Por último, también hay que considerar que el género se hace o actúa a
nivel individual. A este nivel, mujeres y hombres acaban haciendo suyo, entre
otras cosas, el discurso construido socialmente, en el que el género se asume
como una categoría dicotómica (las personas se clasifican como masculinas o
femeninas, pero no como ambas), que reside en el interior de la persona. El
desarrollo del sentido del self ocurriría en conexión con estos discursos, donde
el discurso de género es uno de ellos (Shotter y Gergen, 1989). De acuerdo
con Crawford y Chaffin (1997, p. 94) “mujeres y hombres vienen a aceptar la
distinción de género que es visible a un nivel estructural y la representan a nivel
interpersonal como parte de su autoconcepto”.
Es conveniente recordar que esta identidad de género dicotómica que se
acaba construyendo a nivel individual, también ha implicado que lo femenino y
lo masculino no sólo se hayan presentado con características opuestas sino
también complementarias. Ellas educadas en la dependencia y para la
dependencia como un destino vital y ellos para la independencia como seres
protectores. A los hombres tradicionalmente se les ha orientado a un plano
reproductivo y de acción en el espacio exterior, en lo público, ostentando el
poder económico, social y sexual, mientras que a las mujeres se las ha
desplazado a un plano reproductivo y emocional en el espacio doméstico y
familiar como esposas y madres, adscritas a funciones de cuidadoras. Al
mismo tiempo en el plano privado a él, además de la aportación de sostén
económico, se le reconoce la máxima autoridad como cabeza de familia. Esta
asimetría tanto en las funciones asignadas como en los espacios, repercute en
las mujeres en una falta de reconocimiento de su esfuerzo tanto social como
económico, relegándolas a vivir para los demás y en función de las
necesidades ajenas (Coria, 2005).
Todo esto va llevando a que hombres y mujeres acaben incorporando
también en el “adentro” las relaciones de dominio-sumisión que se dan en el
“afuera” (Andrés, 2007). Las asumen y reproducen como “la única forma de
relación y vínculos entre los unos y las otras(…) estas relaciones de poder, que
implican desigualdad(…) son siempre violentas porque suponen en esencia el
predominio y valoración de los deseos, necesidades, creencias de una parte
17
sobre los valores, deseos, necesidades, creencias de la otra parte” (Andrés,
2007, p.32).
No es difícil entender que la interiorización de estos mandatos de género
pueda hacer vulnerables a las mujeres frente al maltrato, ya que el desarrollo
de estas funciones, además de colocar a las mujeres en una posición desigual
respecto a los hombres, puede llegar a implicar una dependencia económica,
social y sexual del varón. Esto puede contribuir al aislamiento y dificultar su
crecimiento personal y educativo, como el contacto con su grupo de
pertenencia. En caso de ruptura de la pareja, esto puede dar lugar a barreras
difícilmente superables para recuperar la autonomía.
Porque, tal y como
hemos descrito, no solo se trata de una relación asimétrica de poder sino de
una relación basada en el dominio, lo que reduce la posibilidad de reacción
(Bosch, Ferrer y Alzamora, 2006).
1.2 LAS RELACIONES AMOROSAS
Un aspecto fundamental a tener en cuenta también en este proceso de
construcción del género, es la forma en que, a hombres y mujeres, se nos
enseña a afrontar las relaciones amorosas. De acuerdo con Fina Sanz (1995),
todas las personas necesitan amar y ser amadas, porque de ello depende en
gran parte el equilibrio emocional. Lo que ocurre es que a hombres y a mujeres
se nos enseña a tener expectativas diferentes en torno al amor. Según esta
autora, las mujeres aprenderían a amar para la fusión, es decir, poniendo el
valor de una misma en la elección del otro, como “señora de”. Los hombres sin
embargo, aprenderían a amar para la separación, teniendo una identidad social
con valor en sí mismo y reconocimiento por ser quien se es.
En la misma línea, Ana Távora (2008) afirma que la mayor necesidad
que tienen las mujeres es “ser queridas”, lo que las convierte en objeto de
deseo. Esta necesidad, dice Távora, se convierte en un organizador subjetivo
tanto interno, en cuanto a la valoración propia, como externo, en cuanto al
reconocimiento de los demás. Esto, defiende, actúa directamente sobre la
autoestima de la mujer, de tal forma que en el caso de las relaciones violentas,
ser querida se convierte en una necesidad mayor que quererse a sí mismas, es
decir, la mujer se quiere en la medida que se siente querida (Távora, 2008).
18
Coria (2005) por su parte, parafraseando a Marcela Lagarde, añade que
las mujeres educadas como seres para otros, a menudo terminan creyendo
que las posibilidades de ser amadas y valoradas dependen de su disposición a
aceptar como verdad que la opinión autorizada está fuera de ellas. Terminan
así, en ocasiones, confundiendo la dependencia para la que han sido
programadas con amor incondicional hacia el/los otros.
Así pues, la educación amorosa se convierte en una clave importante ya
que en nuestra sociedad actual construimos la relación de pareja en base al
amor, más concretamente en base al ideal de amor romántico. El asumir este
modelo de amor romántico y los mitos que de él se derivan, aumenta la
vulnerabilidad a la violencia de género en la pareja en tanto el amor es lo que
da sentido a la vida y romper la pareja supone un fracaso (Bosch y cols., 2007).
Para las mujeres, tradicionalmente y desde el modelo de identidad adquirido, el
amor se convierte en uno de los objetivos fundamentales de sus vidas. Formar
una pareja, casarse, crear una familia y tener hijos suponen objetivos vitales.
Belén Nogueiras (2007) advierte que el sentimiento de estar incompletas si no
se tiene pareja conlleva una serie de exigencias personales como, la renuncia
a los propios intereses y la entrega total por amor. De acuerdo con ella las
mujeres educadas para hacer del amor el centro de sus vidas, buscarán un
príncipe azul que las salve, las proteja y cubra sus necesidades. Pero será
responsabilidad de ellas el cuidado y el mantenimiento de las relaciones,
generándoles sentimientos de culpa cuando se produzcan conflictos o fracasos
de la relación.
Y es que el amor romántico tiene unas características específicas que
una vez interiorizadas se convierten en mandatos internos, subjetivos, que
pueden marcar el guión de vida a seguir (Távora, 2008). El amor romántico
idealizado se considera verdadero y para toda la vida porque se supone que
complementa y une dos mitades incompletas, dos medias naranjas. Su fin es el
matrimonio, contexto ideal para crear una familia y tener descendencia. Por
tanto también heterosexual (Altable, 1998; Sala, 2008). Este amor repetido
hasta la saciedad por los modelos educativos a través de los cuentos, las
canciones, las películas, etc., es el que ha sido reconocido, legitimado y
bendecido por la sociedad patriarcal.
19
No obstante, la modernidad también ha significado cambios profundos
en la feminidad, innovando su condición de género en cuanto se orienta hacia
la autonomía y la independencia. Y qué duda cabe, esto tiene consecuencias
en los cambios que experimentan las vidas de las mujeres (Coria, Freixas y
Covas, 2005). Marcela Lagarde (2000) argumenta que la identidad de la mujer
actual se caracteriza por la escisión, condición de género que ella califica como
compleja, ya que por un lado están incorporados los aspectos de género
tradicionales y por otro, los aspectos modernos. Ambos pueden entrar en
conflicto en tanto ser para otros y al mismo tiempo ser para una. Estos
conflictos de identidad tienen su repercusión en el plano social y en las
relaciones interpersonales, encontrando resistencias para su resolución tanto a
nivel interno como externo. Estas resistencias, internas y externas, se van a
poner de manifiesto de forma evidente en la violencia de género hacia las
mujeres porque en parte son las que desencadenan estas situaciones violentas
encontrándose, por tanto, en el origen del conflicto.
2. LA VIOLENCIA HACIA LAS MUJERES. NIVELES DE
ANÁLISIS.
La violencia hacia las mujeres no puede considerarse como una forma
más de violencia, es diferente. Es una violencia que se basa en el género
(Lorente, 2007), es decir, en la manera en que el contexto socio-cultural
construye un sistema de significados que organiza las interacciones entre las
personas y el acceso al poder y a los recursos (Crawford, 1995). Como hemos
venido señalando, a lo largo de la historia de la humanidad y sustentado en una
ideología patriarcal, mujeres y hombres han establecido relaciones asimétricas
en las que el poder ha sido patrimonio masculino y donde el acceso a los
recursos no se ha distribuido de manera equitativa entre ellos y ellas.
Uno de los logros o cambios alcanzado a lo largo de estos últimos años,
como ya se ha resaltado previamente, ha sido el hecho de aceptar que la
violencia de género en el ámbito familiar y de pareja es un problema social.
Esto también ha contribuido a que en las últimas décadas se incremente el
interés y por tanto el número de estudios acerca de la problemática,
observándose una evolución en cuanto a los factores explicativos de dicha
20
violencia. Así hemos ido pasando de propuestas que situaban la causa de
dicha violencia en características individuales bien del agresor bien de la
víctima, a modelos que consideran que el origen de dicha violencia se sustenta
en toda una serie de factores sociales e ideológicos.
Algunos estudios, como decimos, se centraban en resaltar las
características demográficas de los agresores como la edad, el nivel
sociocultural, etc. (Fernández-Montalvo y Echeburúa, 1997). En estos modelos
explicativos de carácter individualista se solía también aludir a la patología del
agresor, considerado en ocasiones como un enfermo mental o adicto a
diferentes drogas. No obstante no parece haber consenso en aceptar un perfil
de agresor y/o de víctima. Según el trabajo de investigación realizado por
Esperanza Bosch y Victoria Ferrer (2002), el único rasgo común entre los
maltratadores es el alto nivel de misoginia. Lorente Acosta (2003; 2004)
defiende que el agresor se caracteriza por ser hombre, varón y macho, aunque
pueda haber condicionantes que favorezcan la conducta violenta como el rasgo
de personalidad narcisista, una autoestima elevada pero débil y la baja
tolerancia a la frustración. En sus propias palabras:
“No se trata de hombres violentos, de perfiles psicopáticos ni de
problemas enraizados en su personalidad; la violencia es un
recurso que la sociedad y la cultura ponen a disposición de los
hombres para utilizar en caso de necesidad, dejando a su criterio
determinar cuándo surge la necesidad (Lorente, 2004, p.18).
En estas primeras propuestas no faltaron también quienes culpabilizaron
a la propia víctima que con su conducta “distorsionada” provocaba y justificaba,
por tanto, la conducta violenta del agresor como reacción al comportamiento de
ella (Lorente, 2004; Sanz, 2007). Muchos de estos modelos explicativos
coincidían en su reduccionismo y unicausalidad, siendo insuficientes para
explicar una realidad tan compleja como es la violencia hacia las mujeres.
Por ello han ido surgiendo modelos que desde un enfoque psicosocial y
multicausal responden de forma más ajustada a un problema tan complejo.
La propuesta de Fina Sanz (2007), por ejemplo, desde el enfoque del
modelo psicosocial, multicausal y en base al género, defiende que no es
posible entender la violencia hacia las mujeres al margen de su contexto. Es
desde la interacción dinámica del sujeto con el contexto desde donde
21
accedemos al verdadero sentido del desarrollo de la persona, la sociedad y la
cultura como un mismo proceso interdependiente entre si. Así, afirma Sanz que
el maltrato hacia las mujeres es mucho más amplio, va más allá de las parejas
y de lo que se ve (Sanz, 2007 p.1).
Este enfoque holístico, psicosocial y de género supone un paso
fundamental en la comprensión del mecanismo de la violencia hacia las
mujeres. Podríamos decir que es precisamente este nuevo enfoque integral el
que marca un antes y un después en el tiempo cara a la comprensión y el
reconocimiento de esta realidad. Aclara Sanz (2007) al respecto, que, aunque
la violencia hacia las mujeres ha existido siempre, el denominarla violencia de
género es reciente, siendo esto precisamente lo que ha permitido visibilizar una
problemática que era invisible en cuanto formaba parte del sistema social.
Del mismo modo que el género se construye y se actúa a distintos
niveles, entendemos que para comprender y estudiar la violencia de género es
necesario tener en cuenta estos tres niveles: social, relacional e individual
(Sanz, 2007; Crawford y Chaffin, 1997).
A nivel social podríamos decir que la violencia hacia las mujeres es una
violencia estructural (Lorente, 2004), basada en una ideología, una visión
patriarcal de la sociedad en cuanto a los valores y normas que transmite. Esta
concepción
patriarcal,
como
hemos
visto
anteriormente,
genera
una
discriminación entre las personas en función del sexo biológico clasificándolas
dicotómicamente en la categoría de género femenino y masculino. Además,
recordemos que la discriminación en base al género es jerárquica, es decir
establece una relación de poder dominación-sumisión entre hombres y
mujeres. Así este modelo socialmente construido se repite como forma de
relación entre los dos sexos. Según Fina Sanz (2007), esta estructura de
valores patriarcal queda incorporada a nivel inconsciente tanto en los cuerpos
como en el inconsciente colectivo. Así, explica Lorente (2003), mientras otros
delitos atentan contra las instituciones y sus normas, la violencia de género se
establece como medio para garantizarlas y perpetuarlas. Para ello se relega al
ámbito de lo privado, se invisibiliza y se naturaliza. Añade Lorente (2003) que
los hábitos terminan por normalizarse por frecuentes y al final, lo que es normal
no se ve.
22
Pero además, la violencia hacia las mujeres también se da en el plano
relacional ya que este modelo estructuralmente jerarquizado se repite en las
relaciones que hombres y mujeres establecen entre sí, especialmente como
parejas. Relaciones que se caracterizan por ser móviles ya que se dan tanto en
el plano de lo real como en el plano de lo simbólico. Pero en cualquier caso
garantizan la autoridad del violento sobre la víctima como una forma de
dominio. Por ello la violencia se convertiría más en un instrumento de control
que en un fin en sí mismo. Tal es así, que Miguel Lorente (2003) llegó a afirmar
que más que de una violencia doméstica, se trata de una violencia que
domestica. Sanz (2007) añade que está basada en el dolor y en el sufrimiento y
funciona como un sistema de acción-reacción infinito de violencia. En este
plano relacional, tienen también especial relevancia los roles relacionales que
se establecen y las expectativas amorosas de unos y otras en base a la
educación afectivo-amorosa recibida a las que anteriormente nos hemos
referido. Y consecuencia de todo ello, la reproducción de los mitos románticos
asumidos (Sanchís, 2006).
El nivel individual haría referencia a la construcción subjetiva de la
identidad y de la forma de entender los vínculos afectivos y relacionales. Los
valores y normas anteriormente señalados, se interiorizan a nivel individual a
través del proceso de socialización dando lugar a la construcción de la
identidad personal como hombre o como mujer. En el origen de la violencia,
afirma Hirigoyen (2006) se encuentran factores sociales e individuales. Sin
embargo, añade, la vulnerabilidad psicológica no basta sin la facilitación que
proporciona el contexto social, ya que el perfil de los individuos está influido por
su educación y su entorno social. En este sentido, Sanz (2007), señala que los
modelos de relación entre hombres y mujeres están cambiando más
rápidamente desde el exterior que desde el interior. Y esto es así debido a que
las relaciones de poder incorporadas a nivel interno o individual son más
resistentes al cambio que los planteamientos ideológicos porque los cambios a
nivel interno se producen a diferente ritmo, son más lentos (Lorente, 2003;
Sanz, 2007).
23
3. LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN LA RELACIÓN DE PAREJA
Una de las formas de maltrato más frecuente y conocida es la que se da
en el contexto de las relaciones de pareja. Aunque parece ser que la familia
tradicional está en crisis (Palacios y Moreno, 1994; A.C.A.N.A., 1997), aún se
pueden observar las consecuencias derivadas de un sistema social, histórico y
cultural que ha hecho de esta institución, la familia, el núcleo donde sustentar
su estructura. Muchas de las características que definen la violencia de género
por parte de la pareja tienen su razón de ser en esta forma de entender el
vínculo afectivo de pareja y el concepto de familia (Ferreira, 1995; Sanchís,
2006).
Hasta no hace mucho tiempo, las relaciones de pareja se establecían
tradicionalmente dentro del contexto familiar siguiéndose un proceso
preestablecido: noviazgo, casamiento y procreación. Por supuesto se
consideraba pareja a la unión de un hombre y una mujer. Es decir una relación
heterosexual y para toda la vida. La familia, por tanto, suponía un espacio
privado intocable donde el hombre, cabeza de familia, era el que mandaba.
Viano (1987) explica cómo este contexto familiar se convierte en caldo de
cultivo para el maltrato:
“Existe una aprobación táctica y una tolerancia de la violencia.
Dentro del santuario de la familia, la víctima- la mujer o el niño- es
considerada una posesión, un subordinado, un apéndice del
marido-padre y un súbdito a su voluntad y control. Mucha de la
aceptación tácita de abuso del cónyuge tiene hondas raíces
culturales y proviene del sistema patriarcal en el cual las mujeres
casadas tenían pocos o ningún derecho (…).En nuestra tradición
judeo-cristiana la base es entronizar al esposo como el superior, el
amo sobre su mujer e hijos. Estos valores culturales y religiosos
fueron trasladados a las costumbres y a la ley” (Viano, 1987; citado
por Ferreira 1995, p.41).
De hecho, una de las primeras denominaciones que adoptó este tipo de
violencia hacia la mujer, fue la de “doméstica”. Este término sigue utilizándose
para referirse a la violencia dirigida a cualquier miembro de la familia. La
dirigida a la mujer por parte de la persona con quien mantiene o ha mantenido
una relación afectiva pasa a denominarse violencia de género con la Ley
Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra
la Violencia de Género.
24
Como venimos diciendo, uno de los avances fue dejar de considerar la
violencia como algo privado, perteneciente a la vida íntima de las parejas y, por
tanto, con derecho a ser silenciado e invisibilizado. Lorente (2003) señala al
respecto que aparentemente no ocurría nada porque no se veía, porque la
violencia estaba “parapetada dentro de los muros del hogar y atada por los
lazos de la relación”. En la misma línea, diferentes autoras/es han hecho
referencia al carácter privativo que se le otorgaba a todo lo que ocurría en la
relación de pareja y dentro del hogar familiar y a la consecuente invisibilización
de los actos de abuso de ella, algunas de estas ideas son las que siguen:
“Un cuidadoso silencio envuelve con su manto de impunidad el
espíritu de violencia que anida en tantos hogares…” (Ferreira,
1995).
“Las cadenas y los muros del hogar no se ven con claridad, son
casi siempre invisibles, aunque no menos reales o insuperables…”
(Rojas Marcos, 2007).
Otro de los escollos significativos han sido las falsas creencias que han
contribuido a perpetuar este tipo de comportamientos violentos a base de
fomentar la normalización de los mismos. Entre ellas se encuentran la
consideración de la violencia en la pareja como una cuestión privada,
provocada por la crisis de valores y que se mantiene en base al masoquismo
de las propias mujeres que la soportan en lugar de romper la relación (Sanchís,
2006). De acuerdo con la autora, la violencia lejos de ser un asunto privado
supone una agresión a los derechos humanos y por tanto un delito y un
problema social que pone en evidencia la resistencia del sistema patriarcal al
establecimiento de la igualdad real entre hombres y mujeres. En la misma línea
Lorente Acosta (2001) desmiente que el problema radique en que haya más
denuncias y por ello parezca que se dan más casos. Por el contrario, afirma,
las denuncias interpuestas no representan apenas la realidad ya que se estima
que son solo el 10% de las agresiones, siendo además con bastante
probabilidad denuncias pertenecientes a los agresores con menos recursos o
habilidades para encubrir sus conductas violentas. Tampoco se trata de casos
aislados o esporádicos, motivados por causas externas que la justifiquen como
los celos o el consumo de alcohol, ya que, tal y como argumenta Sanchís
(2006), hay muchas mujeres y hombres que beben alcohol o sienten celos y no
violentan a sus parejas. Tampoco estamos hablando de un problema propio de
25
clases sociales bajas o de ambientes marginales, ya que ocurre en todas las
clases sociales, aunque tal vez varíe la forma, la manera de producirse. Lo que
sí puede ocurrir es que en las clases sociales superiores el maltrato sea más
sofisticado y se cuente con más recursos psicológicos (Lorente, 2001).
Otro de los rasgos característicos de este tipo de violencia es que se
inicia al comienzo de la relación, frecuentemente en el noviazgo. Suele
comenzar con maltrato psicológico, previo al físico y su pronóstico es el de ir en
aumento tanto en intensidad como en gravedad del riesgo a medida que pasa
el tiempo hasta alcanzar un grado crónico (Gobierno de Cantabria, 2001;
Lorente, 2003). Además el maltrato no acaba cuando acaba la relación sino
que continúa después de que esta haya finalizado. Ocurriendo de hecho,
muchos de los homicidios justo después o durante el periodo de ruptura
(Lorente, 2003).
Esta violencia además no es bidireccional, sino unidireccional. Va
dirigida del hombre hacia la mujer. Se basa en el sexismo, ya sea hostil o
benévolo. Hostil, en cuanto se aplica como castigo y benévolo en cuanto se
premia o refuerza la conducta esperada de subordinación (Jiménez GarcíaBóveda, 2008). Ya comentamos que Lorente Acosta (2003) defiende que no es
una violencia doméstica, sino que domestica, porque su finalidad es la de
dominar y controlar apoyándose en la permisividad social.
Afecta a la mujer de forma integral en todas sus funciones: sociales,
laborales, afectivas, jurídicas, etc. Pero también es extensiva al resto de la
familia, especialmente a los hijos e hijas. Por tanto las secuelas derivadas del
maltrato a las mujeres no suponen solo un problema de salud sino que todas
las instituciones sociales se ven afectadas y comprometidas frente a esta forma
de abuso que durante mucho tiempo se ha considerado exclusivamente como
“conflictos de familia”.
Lo que sí se percibe, afirma Lorente (2004), es que existen diferentes
formas de manifestación de la violencia, pero no en cuanto al sentido ni en el
significado de la conducta.
Se podría decir, por tanto, que el mayor riesgo para que se produzca
violencia de género en una relación de pareja deriva de establecer una relación
entre hombres y mujeres que han interiorizado y reproducido los roles y
mandatos de género tradicionales. Ellos, por su parte, habrían interiorizado el
26
ideal masculino, aprendiendo a situarse en la relación en una posición de
dominio respecto a ellas. Además habrían incorporado la violencia como una
forma de relacionarse, desde esta posición de control y poder, y de resolver los
conflictos de pareja y con las mujeres (Andrés, 2007). En este sentido no
podemos olvidar que la violencia en una forma en la que el género se hace o
actúa (Anderson, 2005). Ellas por su parte, habrían incorporado modelos de
dependencia y sumisión, experimentando un verdadero conflicto entre la
necesidad de expresar sus sentimientos y el temor a la reacción de la pareja,
pudiendo derivar esta situación en sentimientos de indefensión e impotencia
(Ferreira, 1995).
3.1 MECANISMOS DE INSTAURACIÓN Y MANTENIMIENTO
DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
Una de las preguntas más frecuentes en torno a la violencia de género
en la pareja, es la que tiene que ver con el por qué las víctimas aguantan tanto
tiempo esa situación y no se separan del agresor (para una revisión véase
Barnett, 2000; 2001; Anderson y Saunders, 2003). Es cierto que los
comportamientos de estas mujeres pueden parecer, a simple vista, poco
lógicos, inestables y en cualquier caso difícil de entender. Comprender cómo se
generan estas relaciones de maltrato y cómo se mantienen en el tiempo, nos
puede ayudar a explicar los comportamientos, tanto de las víctimas como de
los agresores.
Es conveniente recordar que no se trata de una violencia más (Lorente,
2007), ya que el maltrato viene ejercido por alguien con quien se tiene un
vínculo afectivo y por tanto puede generar sentimientos complejos y
ambivalentes. Al producirse mayoritariamente dentro del hogar, en un espacio
íntimo, es difícilmente visible desde el exterior. Sobre todo en los comienzos,
en los que tanto él como ella tienden a ocultar lo que ocurre. Ella educada para
tolerar, justificar y ser comprensiva por el bien de la relación, y él porque no
pretende significarse, ya que incluso suele tener una buena imagen pública.
Además recordemos que el maltrato a las mujeres ha estado legitimado hasta
muy recientemente por una sociedad que se resistía a aceptar las causas de
base como son la forma de socializar y educar a las personas, lo que ha dado
27
lugar a poner en ocasiones en tela de juicio a las propias mujeres con
argumentos como que están locas, de los nervios o son masoquistas
(Nogueiras, 2007).
Al no tratarse de hechos aislados sino de un proceso continuo en el
tiempo, este genera un debilitamiento progresivo de las víctimas. En este
sentido, Paz (2007), nos recuerda que previamente a los episodios de maltrato,
se establece lo que se viene a denominar un sistema de dominio y control
sobre la víctima, un proceso sutil de anulación de las posibles resistencias de
esta. Este proceso previo es esencial para avanzar hacia formas de maltratos,
psicológicos y físicos, más evidentes. Hirigoyen (2006) explica este sistema de
dominio y control asegurando que solo vemos el fenómeno en su parte visible,
la agresión física, pero que realmente todo comienza mucho antes de los
golpes o los empujones. En el inicio, comenta la autora, se producen
comportamientos abusivos, intimidaciones, microviolencias difíciles de detectar,
pero que son los que realmente van preparando el terreno y permiten en
definitiva la instauración de la violencia.
Por tanto, y según hemos planteado hasta aquí, la identidad se
construye y desarrolla en las interacciones sociales. Desde los valores
reflejados en el código patriarcal, la identidad masculina se construye sobre la
base del dominio y control. Estos discursos sociales y modos de comportarse
se reproducen en las interacciones y pueden hacer que mujeres y hombres
acaben haciéndolos suyos a nivel individual. De esta forma, existe una
ideología a nivel social sobre la que se sustentan estas relaciones de género
desiguales. Pero, además de este contexto macrosocial, estamos resaltando
también cuál es el contexto más inmediato en el que se construye la identidad
de estas mujeres que han sufrido violencia.
Como acabamos de ver una de las características fundamentales de la
violencia de género es su continuidad, donde el agresor, partiendo de una
desconsideración total de la víctima, intenta controlarla y dominarla. En este
sentido es importante preguntarse cómo contribuye el agresor durante todo
este tiempo de violencia emocional a la destrucción de los pilares que
configuran la identidad de la mujer contra la que ejerce dicha violencia.
De acuerdo con Lorente (2006) tres son las formas en la que la identidad
de la víctima es atacada: en primer lugar socialmente en cuanto que el agresor
28
intenta aislar a la víctima, rompiendo las relaciones con amigos, familiares, etc.
En segundo lugar la identidad del pasado es atacada en cuanto que el agresor
intenta evitar recuerdos y lazos del pasado. Por último, la identidad actual es
atacada por las continuas recriminaciones e insultos que la víctima recibe
referidas a sus comportamientos, aspiraciones o deseos. Mediante este
procedimiento se anula por completo a estas mujeres dando lugar, a la
“personalidad bonsái” donde la misma persona que abona y riega, impide su
crecimiento (Lorente, 2006).
Veamos a continuación cómo se producen algunas de estas maniobras
abusivas.
3.1.1 VINCULOS TRAUMÁTICOS O RELACIONES TRAMPA
Efectivamente, la violencia machista en la pareja no es algo puntual u
ocasional. No se trata de incidentes aislados sino que es el resultado de un
proceso largo en el tiempo en el que se producen diferentes tipos de maltrato, a
veces de manera simultánea (Hirigoyen, 2006; Lorente, 2003; 2007). Este
proceso sigue unas pautas hoy día bien conocidas. Jill Davies defiende que la
violencia contra las mujeres en la pareja es “un patrón de control por coacción,
caracterizado por el uso de conductas físicas, sexuales y abusivas” (1998, cit
por Bosch, Ferrer y Alzamora, 2006 p. 96).
Afirma
Hirigoyen
que
“si
las
mujeres
aceptan
sufrir
tales
comportamientos es porque las agresiones físicas no llegan de repente, como
un trueno en un cielo sereno” (Hirigoyen, 2006, p.71). La autora explica que la
violencia hacia la pareja se basa en el control y la violencia psicológica previa,
maltrato este muy sutil en sus comienzos, como por ejemplo una mirada
despectiva o un tono amenazador. Este tipo de conductas van a ser en
cualquier caso previas e introductorias de violencias más evidentes como es el
caso de la violencia física.
Por su parte Lorente Acosta aclara que “…en la violencia contra la mujer
siempre llueve sobre mojado…comienza con unas gotas que poco a poco van
a más…conductas que por frecuentes se presentan como habituales y que por
habituales nos las hacen ver como normales…” (Lorente, 2003, p.23). De
29
hecho, a diario en la vida de estas mujeres se producen multitud de
microviolencias que van minando poco a poco sus resistencias.
Belén Nogueiras (2007) asegura que ya desde los inicios de la relación
se pueden observar manifestaciones de estrategias de control. Entre estas
estrategias destaca el aislamiento del entorno social que deja a la mujer
incomunicada de posibles afectos y recursos y centrada exclusivamente en el
agresor. El aislamiento, dirá Hirigoyen (2006), es tanto causa como
consecuencia del maltrato. Pero también se pueden observar otras estrategias
en
estos
primeros
momentos
como
son
las
prohibiciones
y
las
desvalorizaciones que limitan y desacreditan a la mujer como persona.
Desvalorizaciones que a través de humillaciones van deteriorando la
autoestima. Demandas triviales que van focalizando toda la atención y la
energía de la víctima sobre el agresor, alternadas de pequeñas concesiones
que contribuyen a ir creando cada vez más la subordinación de ella hacia él.
También las amenazas, los chantajes, los gritos y las vejaciones, van
progresivamente intimidando y generando un estado de terror que termina
bloqueando a la mujer. Además esto se minimiza, atribuyendo en muchas
ocasiones a ella la culpa de todo lo que ocurre, mientras que él se presenta
como víctima.
Este tipo de relación es lo que algunos autores y algunas autoras han
venido a denominar “relación trampa o vínculo traumático” (Harlow, 1971;
Walker, 1980; Dutton, D.G. y Painter, S. 1981;) para referirse a la situación
paradójica
1
por la cual la víctima queda atrapada al agresor sin recursos
internos para rebelarse, ya que estos han sido previa y sistemáticamente
anulados, creando así un sistema de dominio y control. Painter y Dutton (1998)
postulan que esta relación se caracteriza porque una de las personas tiene
superioridad y poder sobre la otra y porque la agresión se produce de forma
1
Dinamismo paradojal de los vínculos traumáticos: el objetivo del que ejerce
violencia es anular el conflicto y controlar a la mujer por la vía del maltrato devenido en técnica
de dominación (Jacobson, 1993). Esto genera una situación paradójica: si la víctima no tiene
recursos internos para rebelarse queda apegada al victimario, tratando de hacer méritos para
no ser agredida, anhelando los momentos de calma intermitente del ciclo de la violencia
(Harlow, 1971; Walker, 1980). El esfuerzo en la búsqueda de soluciones es en vano, pues la
violencia del victimario no depende de lo que haga o no haga la víctima, sino de la atribución
de significado, de lo que percibe el agresor del comportamiento de la víctima, de acuerdo a
dinamismos internos tales como el proceso de rumiación, el monólogo interior, la cognición
repetitiva, etc. (Dutton, Fehr, McEwen, 1982; Ferreira,1992; Dutton y Yamini, 1995).
30
intermitente e impredecible. También añaden, que las conductas de afecto
hacia la víctima son una de las claves en el mantenimiento de la relación,
porque refuerzan los valores positivos que existen en ella y dan esperanza de
cambio (Painter, S. y Dutton, D.G. 1998).
Graciela Ferreira al referirse a este tipo de relaciones traumáticas utiliza
el símil de la tela de araña y lo define como que “la mujer entra en un conflicto
de lealtades paralizantes” (Ferreira, 1999 p.34). Lorente Acosta (2003), por su
parte, las describe como si la mujer permaneciese unida a su agresor por una
especie de goma elástica gigante, que se va estirando llegando a veces a rozar
la ruptura, pero que cuanto más se aleja, tanto mayor es la tensión que la hace
volver.
3.1.2 EL CICLO DE LA VIOLENCIA
Una vez la mujer está atrapada en este sistema de dominio que la apega
al agresor es necesario mantener el control. Leonore Walker (1980) observó y
defendió a finales de la década de los ‘70 que el proceso de maltrato seguía un
patrón muy parecido en la mayoría de los casos de mujeres maltratadas por
sus parejas. Su propuesta de explicación sobre cómo y por qué las mujeres
pueden quedar atrapadas en la relación de maltrato es lo que se conoce como
“el ciclo de la violencia” según el cual los incidentes violentos se dan de forma
cíclica y en tres fases.
Primera fase o de Tensión. Esta fase hace referencia a episodios
conflictivos aislados, pequeños, generalmente provocados y justificados por
parte de él y en los que la hace responsable a ella. El motivo suele ser
cualquier nimiedad como un objeto fuera de lugar, un plato frío, etc. Estos
pequeños episodios van progresivamente generando una escalada de tensión,
de tal forma que terminan, en cualquier caso, dando lugar a un cambio de
humor significativo en el agresor que ella suele intentar calmar adaptándose a
él.
Segunda fase o de Agresión. Esta fase supone una descarga de la
tensión acumulada por los episodios anteriores. Se puede manifestar con
agresiones de todo tipo, no solo física, también psíquica y/o sexual.
31
Tercera fase o de Calma y conciliación. También conocida como “Luna
de miel”. En esta fase, el agresor muestra arrepentimiento y hace acto de
enmienda. Para ello suele desarrollar estrategias de manipulación afectiva,
como hacer regalos, promesas, o desplegar actitudes cariñosas. Esto refuerza
positivamente a la víctima generando la ilusión y la esperanza de cambios en el
comportamiento de él. La finalidad de estas estrategias es la de retener y
controlar a la víctima, recuperando su confianza y dependencia emocional.
Este ciclo de la violencia se caracteriza por tener un pronóstico negativo,
es decir, los episodios violentos cada vez se hacen más frecuentes e intensos,
llegando a perderse la fase de conciliación con el tiempo. La mujer
consecuentemente se vuelve más sumisa a la vez que va perdiendo la
confianza en sí misma, lo que le otorga más poder y control a él. Como la
violencia funciona, se repite entrando en un proceso que a modo de espiral va
aumentando en frecuencia e intensidad paulatinamente. Por eso, también se
habla de una espiral más que de un ciclo (Lorente, 2004; Gálligo, 2009) o de
escalada de la violencia para hacer referencia a que la forma de maltrato varía
durante el proceso. Los episodios de maltrato son cada vez más intensos y
peligrosos a medida que pasa el tiempo (Bosch, Ferrer y Alzamora, 2006),
estableciéndose la formula que Lorente Acosta (2004) denomina “más por
menos”, es decir más violencia por menos motivos. Generalmente los primeros
episodios se inician con agresiones psicológicas, luego verbales, más tarde
físicas, pudiendo llegar finalmente hasta el asesinato. Pero la violencia no se
suele detectar hasta que no son visibles las agresiones físicas. A estas alturas
la mujer ha perdido la confianza en sí misma y se siente atrapada en la
relación, sometida a los dictámenes de la pareja, porque progresivamente ha
ido incorporando las conductas intimidatorias como los chantajes o las
amenazas que la han ido anulando como persona. El aislamiento, las
prohibiciones, el control del comportamiento y del dinero en los primeros
momentos, han pasado desapercibidos, normalizados como propios y
legitimados para el agresor. Incluso muchas mujeres lo justifican atribuyéndolo
a rasgos de carácter propios del agresor, a su peculiar forma de ser. Esta
forma de interpretar la situación va a facilitar el camino hacia el maltrato,
invisibilizado en sus inicios, pero que una vez puesto en marcha no va a
resultar fácil de detener. Identificar y entender este proceso como una
32
estrategia, como una escalada de violencia tal y como hemos expuesto, suele
ser bastante difícil de percibir (Instituto de la mujer de Canarias, 2001;
Labrador, 2007; Lorente, 1998).
3.1.3 EL LABERINTO PATRIARCAL Y EL CONCEPTO DE
ADHERENCIA
Dentro de las propuestas realizadas para explicar por qué las mujeres
quedan atrapadas en estas relaciones tóxicas se encuentra la propuesta de
Esperanza Bosch, Victoria Ferrer y Aina Alzamora (2006). Estas autoras han
utilizado el símil del laberinto del patriarcado para explicar cómo el acceso a
estas relaciones puede ser muy fácil mientras que salir de ellas se convierte en
algo muy difícil y complejo.
Aseguran que a medida que la mujer se va adentrando en la relación
laberíntica en dirección al núcleo, el riesgo aumenta para ella así como la
dificultad para salir del mismo. Por tanto, el tiempo transcurrido dentro del
laberinto se convierte en una variable fundamental. El curso que siguen estas
mujeres para quedar atrapadas en esta relación trampa y laberíntica lo
describen en cuatro fases consecutivas:
Primera fase o de Fascinación. En esta fase juegan un papel crucial las
expectativas amorosas basadas en un modelo educacional donde la vida en
pareja estable se presenta como un modelo ideal y adaptativo, dando lugar a la
creación de la figura amorosa. Mientras mayores sean estas expectativas,
dicen las autoras, mayor es la probabilidad de errar y menor la capacidad para
reconocerlo.
Segunda fase o de Reto. En esta fase, la mujer intenta hacer
concesiones al amor, tratando de ajustarse ella misma, de adoptar cambios si
es necesario para justificar o corregir los aspectos negativos de la relación.
Tercera fase o de Confusión. Al no lograr el bienestar con estos primeros
intentos, la mujer se autocuestiona y baja la concepción que tiene de sí misma.
Cuarta fase o de Extravío: una vez llegado a este punto, la mujer deriva
en una representación negativa de sí misma, del agresor y de la relación.
Como no se siente capaz de encontrar una respuesta, se rinde.
33
Estas autoras consideran el tiempo como una de las variables más
relevantes en este proceso. Afirman que la entrada al laberinto se realiza con
rapidez por las expectativas iniciales y la fuerza con la que se vive el
sentimiento amoroso. La mujer, enamorada y con una concepción del amor
idealizado, se entrega permitiendo que él viva esta entrega como una posesión,
desde el poder. Más tarde la percepción del tiempo se transforma, hasta que
solo se vive el día a día, perdiéndose la visión del pasado y del futuro. En estos
momentos, es como si el tiempo se viviese en “zig-zag”, siguiendo las pautas
del ciclo de la violencia: amor, hostigamiento y reconciliación. Esta última
etapa, de reconciliación, se iría reduciendo tal y como señalaba Walker (1980),
hasta perderse en el tiempo dando lugar al mecanismo del miedo y la
adherencia. El miedo como reacción y la adherencia como defensa. Ambos van
a contribuir a perpetuar la relación y la permanencia de la mujer al lado del
maltratador.
Las autoras definen la adherencia como “el reto que para algunas
mujeres representa la obtención de una relación de correspondencia con su
pareja, los esfuerzos, las renuncias y el sufrimiento que invierten en conciliar
sus expectativas con la realidad” (Bosch, Ferrer y Alzamora, 2006, p.177). Esta
actitud de adherencia está reforzada por la creencia en la fuerza del amor,
capaz de superar todas las dificultades. Creencia esta, que favorece la actitud
de comprensión hacia él y el despliegue de cuidados y apoyos por parte de la
mujer. Es importante señalar que estas autoras, diferencian el concepto de
adherencia del de dependencia. Afirman que la dependencia se viviría como
algo negativo, como una necesidad o un déficit, con sentimientos de
devastación frente a posibles separaciones, y miedo a la pérdida y a la
soledad, sería por tanto un apego enfermizo. Por contraposición, la adherencia
se entiende como algo positivo, como un intento de mejora. Tendría más que
ver con las expectativas, mientras que la dependencia estaría más relacionada
a un determinado déficit emocional. De hecho, desde este punto de vista, la
dependencia estaría más ligada a la vivencia de los hombres que son en
definitiva los que amenazan, agraden y matan cuando las mujeres rompen la
relación o ante la posibilidad de que esto ocurra. La adherencia estaría más del
lado de las mujeres en relación a una lucha empecinada por salvar la relación.
34
Pero no todas las mujeres manifiestan la adherencia al agresor de la
misma manera. Por eso las autoras explican que mientras algunas lo hacen
persistiendo en el empeño de aferrarse a la imagen inicial de él, por no aceptar
el fracaso que supone enamorarse de la persona inadecuada, otras se
adhieren para proteger a los hijos/as sobre todo en situaciones de carencias
económicas. En algunas ocasiones las mujeres están convencidas de que
pueden y deben cambiar al agresor, sintiéndose culpables si no lo hacen.
También puede darse el caso de aquellas que no ven otra alternativa más que
aguantar frente al miedo a morir o a que él se suicide. Por último no hay que
olvidar la importancia de no contar con apoyo del entorno, frente al que la mujer
puede sentir temor a no ser creída o vergüenza (Bosch, Ferrer y Alzamora,
2006).
En cualquier caso, el resultado de este proceso laberíntico es que
ambos, hombre y mujer, quedan atrapados en una relación de la que es
complicado salir, y cuya tendencia es que con el tiempo los episodios de
violencia se agraven. Pero esta detección a tiempo resulta bastante difícil si no
se comprende el fenómeno suficientemente.
4. CONSECUENCIAS DERIVADAS DEL MALTRATO EN LA
RELACIÓN DE PAREJA
Para comprender en su justa medida el fenómeno de la violencia de
género por parte de la pareja, también es necesario tener en cuenta las
consecuencias derivadas de la experiencia de maltrato, y no solo para la
víctima. Como ya se ha comentado anteriormente, la violencia hacia las
mujeres es un problema de salud (OMS, 2002) que les genera consecuencias
muy negativas tanto físicas como psíquicas, llegando a poner en peligro la
propia vida de las mujeres y la de sus hijos e hijas.
Estas consecuencias negativas derivadas de la experiencia de vivir
relaciones de maltrato por parte de la pareja van a estar condicionadas por la
intensidad del maltrato, de tal forma que el impacto será mayor mientras más
severo sea éste. Pero además hay que tener en cuenta que todas las
35
experiencias violentas vividas, se acumulan en base al impacto, perdurando
éste más allá del cese del maltrato (Labrador, 2007).
La OMS en su informe Mundial sobre la violencia y la salud en 2002
señala las siguientes consecuencias en la salud de las mujeres:
Físicas, como pueden ser los daños abdominales o toráxicos,
hematomas y contusiones, síndromes de dolor crónico, discapacidades,
fibromialgia, fracturas, trastornos gastrointestinales, colon irritable, laceraciones
y abrasiones, daño ocular, reducción en el funcionamiento físico
Psicológicas y conductuales, como el abuso de alcohol y drogas,
depresión y ansiedad, trastornos alimentarios y del sueño, sentimientos de
vergüenza y culpa, fobias y trastornos de pánico, inactividad física, baja
autoestima, trastorno de estrés postraumático, trastornos psicosomáticos,
conducta suicida y autodestructiva, conductas sexuales inseguras.
Sexuales y reproductivas, como los trastornos ginecológicos, infertilidad,
inflamación de la pelvis, complicaciones en embarazos o abortos, disfunción
sexual, E.T.S. y SIDA, aborto inseguro, o embarazos no deseados.
Consecuencias fatales, mortandad relacionada con SIDA, mortalidad
maternal, homicidios y suicidios.
Todo esto va a afectar a las mujeres inmersas en una relación de
violencia de forma integral, repercutiendo en todos los ámbitos de sus vidas,
por supuesto en el de la salud, pero también en el laboral, el económico, el
social, etc. (Corsi, 2001).
Si nos centramos en las
consecuencias psicológicas y conductuales
podemos resaltar que estas han sido ampliamente reconocidas (Alberdi y
Matas, 2002; Lorente, 2006, Naciones Unidas, 2006, OMS, 2005; Villavicencio
y Sebastián, 1999). Es por ello por lo que desde los Organismos de Igualdad se
presta especial cuidado a la atención y al seguimiento de las víctimas. La Ley
Orgánica 1/2004, del 28 de diciembre de Medidas de Protección Integral contra
la Violencia de Género incluye, entre otros, además de aspectos preventivos,
educativos, sociales, asistenciales, los referidos a la atención posterior a las
víctimas. Como queda recogido en el artículo 19 de la citada Ley referido al
derecho a la asistencia social integral, además de/junto a otros tipos de apoyos
y asistencias, se encuentra la atención psicológica. Este trabajo con las
víctimas debe ser un objetivo prioritario dotándose de presupuestos y recursos
36
suficientes (Rodríguez, 2006). Pero no sólo las mujeres que denuncian una
situación de maltrato deben recibir este tipo de ayuda. Un grupo importante de
ellas acuden a los Centros de atención a la Mujer para solicitar ayuda
psicológica sin haber presentado previamente la correspondiente denuncia.
Este grupo de mujeres no siempre aparece en las estadísticas, como tampoco
aparecen las mujeres que, gracias a la ayuda que reciben, son capaces de
identificar la violencia que se ejerce contra ellas o de romper definitivamente
una relación a tiempo.
Esta ayuda terapéutica que muchas de ellas reciben está contribuyendo
a que, a pesar de este panorama desolador y de lo complejo que puede
resultar, algunas de estas mujeres sean capaces de, además de conservar su
vida, de superar la experiencia de malos tratos y de reconstruir de manera
positiva su identidad. En la mayoría de las ocasiones han sido objeto de
descalificaciones, insultos, etc., que han hecho que acaben haciendo suya,
estas ideas negativas que el agresor ha dicho de ellas, y que acaban
deteriorando su autoestima. Esta violencia que se ejerce contra las mujeres
afecta fuertemente a su integridad moral, originando indefensión (social y
adquirida) y vulnerabilidad que puede finalizar en el síndrome de estrés
postraumático. Entre las principales características del mismo se encuentran
sentimientos de baja autoestima, depresión y sensación de desamparo e
impotencia. No es de extrañar que, según la III Macroencuesta sobre la
violencia contra las mujeres
realizada por SIGMA 2 para el I. M. (2006),
aparezca entre los síntomas más frecuentes “la tristeza producida por pensar
que no valía nada”, siendo las conductas referidas a la violencia psíquica de
desvalorización una de las que origina un mayor número de denuncias (Alberdi,
2005).
Labrador (2007) recuerda que la violencia de pareja es la principal causa
de reducción en la calidad de vida, daño y muerte para la mujer, pero que
también tiene serios efectos secundarios para la familia, la comunidad y la
economía. Por tanto, hay que recordar que son muchas más las personas que
se ven perjudicadas por estas relaciones abusivas.
Efectivamente, esta violencia no solo afecta a la víctima, sino que
también se extiende a terceros. Afecta de forma significativa a hijos e hijas, a
veces víctimas también de maltrato, o bien víctimas de las consecuencias
37
derivadas de la situación violenta, en cualquier caso espectadores, testigos
directos de modelos violentos. Las consecuencias negativas también
repercuten sobre el propio agresor, ya que no solo entra a formar parte de una
relación que lo deteriora como persona y por tanto lo convierte en un riesgo en
potencia para posibles futuras relaciones con otras mujeres, sino que en
muchas ocasiones termina bien en la cárcel o bien suicidándose. Las familias
de ambos, también se van a ver implicadas de alguna manera. Los costes
económicos tampoco son despreciables. Según el informe anual en materia de
Violencia de Género de la Consejería para la igualdad y bienestar social de la
Junta de Andalucía, los gastos del año 2008 en medidas y actuaciones en
materia de Violencia de Género, ascendieron a cerca de 28 millones de euros
(Consejería para la Igualdad y el Bienestar Social de la Junta de Andalucía,
2009).
Por todo ello, Josefa Ruiz Fernández (2010) afirma que el maltrato a la
mujer es un problema de salud pública que enferma y mata. No solo por el
deterioro progresivo funcional y psicológico que ocasiona, argumenta, sino
también por la propia autopercepción que la mujer tiene sobre su salud. Esto va
a limitar significativamente la calidad de vida cotidiana repercutiendo en un
ciclo vicioso en cuanto a su vida social. Estas mujeres, incluidas las
profesionales asalariadas, aisladas por la acción del propio agresor, el deterioro
de la autoestima y por los sentimientos de vergüenza, derivan en un mayor
absentismo laboral y o de participación social, que a la larga las puede llevar
incluso a la pérdida de empleo, incrementando esta situación aún más la
situación de desigualdad, la subordinación y la dependencia.
Por tanto se trata de mujeres que se encuentran en una situación muy
compleja. Aisladas estratégicamente y anuladas sus resistencias, vivirían con
la ilusión de control sobre la conducta de él y con esperanzas de cambio. Pero
al mismo tiempo se encontrarían sumergidas en un bloqueo emocional
permanente caracterizado por sentimientos paradójicos, como es por un lado
querer romper con la relación y por otro sentirse culpable por ello; o tomar
conciencia de la necesidad de irse y no tener a dónde. Esto puede generar
mucho desgaste, con conductas a veces contradictorias y oscilaciones
emocionales alimentadas por el miedo, la culpa y la vergüenza. Miedo porque
viven en un estado de inquietud constante, una situación que no controlan por
38
imprevisible, pero que las obliga a permanecer alertas todo el tiempo. Y no sólo
existe el miedo a las posibles agresiones y a las amenazas, sino también al
futuro incierto. Por otro lado, está la vergüenza. Desde el aislamiento pueden
pensar que solo les pasa a ellas, sentirse distintas e incomprendidas por el
resto de la gente, lo que las llevaría a ocultar lo que les ocurre. También es
muy frecuente el sentimiento de culpa, por un lado por las atribuciones de él
durante todo el proceso, y por otro porque su proyecto vital, cuidar del hogar y
la familia, perciben que ha fracasado (Instituto de la Mujer de Canarias, 2001).
Pese a todo esto, afirma Graciela Ferreira que “la peor de las vivencias es la
del resquebrajamiento de las creencias y de la confianza en la seguridad de la
familia” (Ferreira, G. 1999, pág. 35).
A todo esto hay que sumarle el maltrato que se añade desde afuera, el
maltrato institucional ocasionado por parte de profesionales incompetentes o
insensibles, por la falta de recursos, la lentitud de los procesos judiciales, etc.
Para describir las secuelas físicas y psicológicas a largo plazo derivadas
de la situación de maltrato permanente y sus consecuencias, Leonore Walker
(1989) formuló el llamado “Síndrome de la Mujer Maltratada”. En este síndrome
se incluyen síntomas de estrés postraumáticos (TEP), estado de ánimo
depresivo, rabia, culpa, baja autoestima, quejas somáticas, disfunciones
sexuales, conductas adictivas, distorsiones de la memoria y síndrome de
Estocolmo doméstico (Walker, 1989; Dutton, 1993; Lorente, 1998).
Labrador (2007) por su parte, defiende que de todos los problemas
derivados de la relación violenta antes mencionados, los más relevantes son la
depresión y el síndrome de Estrés Postraumático (TEP), con una prevalencia
del 47% y 63% respectivamente.
Por último no hay que olvidar que una de las consecuencias menos
consideradas y estudiadas, pero no por ello menos importante, es el alto
porcentaje de mujeres que intentan suicidarse o terminan haciéndolo.
En cualquier caso y tal y como defiende la fiscal Soledad Cazorla (2010),
no se trata tanto de considerar a estas mujeres como desvalidas, como de
entender que viven en una situación de desvalimiento. Y esta forma de
enfocarlo, qué duda cabe que abre puertas y aumenta las esperanzas de
recuperación si estas mujeres cuentan con los medios oportunos.
39
Bien es cierto que de esta situación, de desamparo, indefensión y apatía
en la que muchas mujeres se encuentran, difícilmente podrán salir solas. En
este
proceso
de
recuperación
y
reconstrucción
de
la
identidad
y
empoderamiento necesario para volver a controlar y tomar decisiones sobre su
vida, resultará clave contar con ciertos recursos sociales e individuales.
Por ello, creemos importante contar con la experiencia vivida y los
testimonios de las propias mujeres en cuanto a su particular forma de entender
el proceso y también su percepción de los obstáculos y apoyos encontrados a
lo largo del mismo, considerándolas en todo momento como protagonistas
activas de sus propias historias. Partimos de que es la situación, desajustada y
anormal, así como las consecuencias derivadas de la misma, la que en muchas
ocasiones las lleva a no encontrar el camino adecuado para recuperar el
control de sus vidas. Consideramos también que la experiencia traumática
vivida genera secuelas significativas en la vida de estas mujeres tal y como se
ha expuesto anteriormente, y que por tanto no basta con romper la relación con
el agresor para rehacerse y recuperarse, sino que hay que ir más allá en el
espacio y el tiempo para poder desarrollar todo un proceso de reconstrucción
de sí mismas que las ayude a recuperar la agencialidad perdida.
40
Capítulo 2. El MÉTODO
Este estudio adopta una metodología cualitativa de corte narrativo. La
incorporación y aceptación de esta metodología en los estudios de género es
una modalidad válida y reconocida (Reihartz, 1992; Martínez y Bonilla, 2000;
Cala y Trigo, 2004; Wilkinson, 1999).
Martínez y Bonilla (2000) plantean que la investigación cualitativa tiene
como objeto de estudio la construcción social de la realidad que las personas
elaboran en sus prácticas discursivas con el objeto de comprender cómo crean
y dan significado a sus experiencias y vivencias. En este sentido, el método
biográfico-narrativo permite revelar las representaciones propias que cada
persona elabora para dar sentido a sus experiencias vitales, al mismo tiempo
que posibilita conocer las creencias, valores y significados que asocia,
construye y privilegia en relación con estas experiencias.
En este estudio, utilizamos el método biográfico-narrativo, aplicando el
diseño de relatos paralelos (Pujadas, 1992; Clandinin y Conelly, 2000), el cual
está especialmente indicado para coleccionar múltiples historias de vida
referidas a un mismo grupo. Este tipo de diseño permite establecer
categorizaciones y comparaciones entre casos, acumulando evidencias sobre
coincidencias o divergencias entre diversas biografías como método de
validación de las hipótesis de investigación. Estos relatos permiten profundizar
y estudiar el proceso de recuperación de una relación de maltrato y de
reconstrucción de la propia identidad.
En este capítulo se describirá la muestra de mujeres participantes
seleccionada para este estudio y algunos datos socio-demográficos relevantes.
También se incluirá la herramienta utilizada, entrevista individual, para la
recogida de datos y el procedimiento seguido.
41
1. PARTICIPANTES
Para este estudio se ha contado con la participación de ocho mujeres
con edades comprendidas entre treinta y setenta años. Todas han sufrido
violencia de género, han roto la relación con el agresor y se encuentran en
periodo de recuperación. Consideramos por tanto que han superado la relación
de maltrato, de acuerdo con la concepción de Roca y Masíp (2011).
Para su selección y contacto hemos utilizado una técnica combinada de
muestreo teórico y en bola de nieve, combinando procedimientos formales e
informales. Por un lado se contactó con la dirección provincial de Sevilla del
IAM (Instituto Andaluz de la Mujer) para la identificación y acceso a mujeres
que habían recibido apoyo terapéutico. Por otro lado se accedió a mujeres que
estaban acudiendo a sesiones de terapia grupal dentro del proyecto de
intervención psicológica grupal con mujeres usuarias de los CMIMs (Centros de
información a la mujer) y que desarrolla el instituto de la Mujer en colaboración
con el Colegio Oficial de Psicología. También se ha accedido a mujeres a
través de informantes claves procedentes de asociaciones, instituciones y
medios de comunicación. Esto ha contribuido a que el grupo seleccionado esté
compuesto por un perfil de mujeres diverso tanto en lo que se refiere a la edad,
la procedencia cultural, formación y nivel profesional, o la disponibilidad o no de
recursos, entre ellos el terapéutico.
No obstante, el aspecto común a todas las participantes es el hecho de
haber hecho frente a la relación de maltrato y al agresor. Por tanto también es
común a todas ellas el encontrarse en proceso de recuperación en cuanto al
control de sus vidas, lo que implica que en cualquier caso han roto la relación
con el maltratador y se mantienen en la decisión de ruptura. Al mismo tiempo,
de alguna forma estas mujeres han realizado una elaboración personal de la
experiencia. Hay una reconstrucción cognitiva, un aprendizaje a raíz de la
vivencia. Aunque no todas han recibido ayuda terapéutica, ya que algunas solo
han tenido acceso a una red informal de apoyo a través de familiares y
amistades, todas ellas, de alguna manera están en condiciones de hacer una
valoración de lo vivido y por consiguiente de emitir mensajes dirigidos a otras
mujeres en situaciones similares. Las participantes de este estudio han
recuperado el control sobre sus vidas o están en vías de hacerlo. En cualquier
42
caso han roto el aislamiento y son capaces de tomar decisiones por sí mismas.
Tienen actualmente proyectos de futuro.
Los nombres que aparecen en la extracción de párrafos de las
entrevistas son ficticios para garantizar su anonimato.
En la siguiente tabla aparecen recogidos algunos datos sociodemográficos y relacionados con la vivencia de maltrato.
Edad
Nº
Relación
Años
Hijos/as
agresor
relación
Formación
Actividad profesional
(aprox.)
Alicia
66
Marido
49
Analfabeta
Ama de casa
2
Segunda
2
Básica
Ordenanza
(1♀/1♂)
pareja
2
Marido
15
Básica
Venta ambulante.
7
(4♀/3♂)
Mónica
Carolina
52
35
Empresaria Empleada
(1♀/1♂)
de comercio
Patricia
Rosa
44
41
3
Segunda
(1♀/2♂)
pareja
2
Marido
3
Media
Coterapeuta
25
Básica
Repartidora de pan
Básica
Ama de casa y ayuda
(2♀)
Lola
46
3
Marido
22
a domicilio personas
(2♂/1♀)
mayores
Elena
41
2
Marido
14
Superior
Educativo
(1♂/1♀)
María
33
Directora Centro
1
Segunda
(♀)
pareja
2
Superior
Policía Nacional
43
2. MATERIAL
La recogida de datos para este estudio se realizó a través de entrevistas
cualitativas, en las que se indagaba sobre su historia de vida y experiencias
relacionadas con la superación de la relación de maltrato. Para ello, se elaboró
un guión de entrevista semiestructurada que incluía preguntas abiertas con el
fin de agilizar el relato a la vez que orientaba la propia entrevista. Por tanto,
este guión de entrevista era flexible y abierto, de tal forma que permitiera a las
entrevistadoras
improvisar
todas
aquellas
cuestiones
pertinentes
que
contribuyesen a aflorar y aclarar la información proporcionada por las mujeres
sobre sus experiencias, profundizando en aquellos aspectos sobre los que
queríamos indagar. Para ello, elaboramos una descripción detallada del
objetivo de la entrevista y algunas recomendaciones para las entrevistadoras.
Las cuestiones planteadas profundizaban en las dificultades u obstáculos así
como en los apoyos que habían encontrado en el proceso de recuperación, y
estaban organizadas de manera que permitiese a las mujeres dar sentido a sus
relatos, ordenando y elaborando a su vez la experiencia vivida.
Los contenidos temáticos previamente considerados sobre los que se
pretendía obtener información a través de las cuestiones planteadas han sido
varios.
1.- Tras una serie de cuestiones referidas a datos socio-demográficos
(Edad, estudios, trabajo, número de hijos/as, años de relación, situación actual)
la primera de las cuestiones que incluía el guión tenía que ver con los
momentos, experiencias o cosas que ella consideraba habían contribuido a que
hubiese podido superar la situación de abuso, la relación de maltrato que
había vivido con su pareja. Dentro de este primer bloque temático se
plantearon cuestiones mediante las que se pretendía conocer aquellos
aspectos relacionados con los distintos momentos vividos en la relación
violenta. Fundamentalmente, nos interesaban las acciones que las mujeres
habían llevado a cabo para afrontar la situación de maltrato. También se
pretendía saber qué factores protectores o bloqueadores habían contribuido a
lo largo de todo el proceso de afrontamiento y recuperación, facilitándoles o
dificultándoles la salida.
44
2.- Otro de los bloques temáticos tenía que ver con el momento actual
en el que se encontraba y cuyo interés residía en acceder a la valoración que
las participantes hacían de la experiencia vivida, sobre lo aprendido así como la
percepción que tenían sobre sí mismas y la experiencia, y el futuro.
3.- Un tercer bloque estaba referido a su infancia y juventud,
indagando sobre los modos de relación en los que se había socializado en la
familia así como sus primeras experiencias afectivo-amorosas.
4.- Un cuarto bloque estaba centrado en la historia de la relación con la
pareja agresora, indagándose sobre los primeros momentos, el inicio de los
malos tratos, la toma de conciencia y los sentimientos asociados así como los
episodios vividos de malos tratos.
5.-Una última cuestión tenía que ver con los consejos que, a partir de su
experiencia, darían a otras mujeres que quisiesen salir y recuperarse tras haber
sufrido maltrato.
3. PROCEDIMIENTO
Una vez establecida la selección de las mujeres participantes y
con el instrumento elaborado, se procedió a entrevistarlas individualmente en
espacios idóneos en cuanto a condiciones físicas y que permitían preservar la
privacidad y seguridad que la situación requería. Por ello todas las entrevistas
se llevaron a cabo en espacios protegidos como la propia sede del Centro de la
Mujer. Después de una breve presentación y primera toma de contacto, se les
contó a las participantes que el propósito de la entrevista era aprender de su
experiencia y conocer todo lo que habían hecho para recuperase tras una
relación de maltrato, con el fin de ayudar a otras mujeres en su misma
situación. Entre otras cuestiones se les garantizaba el anonimato con el que se
trataría su identidad y los datos que se obtuvieran. Las entrevistas fueron
realizadas por mujeres investigadoras para facilitar un registro más detallado
de sus relatos y experiencias y favorecer un clima más relajado y cercano.
Todas las entrevistas se grabaron en soporte magnético (grabadora)
transcribiéndose posteriormente para el análisis de los datos. Las entrevistas
45
tuvieron una duración flexible, ninguna de ellas por debajo de una hora ni por
encima de dos.
46
Capítulo
3.
TACTICAS
DE
RESISTENCIA
Y
ACCIONES PARA LA RECUPERACIÓN EN MUJERES
VÍCTIMAS
DE
VIOLENCIA
DE
GÉNERO:
DE
LA
ADHERENCIA AL EMPODERAMIENTO
1. INTRODUCCIÓN
A pesar del enorme interés y el gran número de investigaciones
realizadas en torno a la violencia de género en la pareja y el efecto que tiene
en las mujeres que pasan por esta situación, no son tantos los trabajos
centrados en el proceso de recuperación de estas mujeres. Como ya hemos
señalado en un capítulo anterior, las consecuencias psicológicas que la
experiencia de maltrato repetido en las relaciones de pareja tiene en las
mujeres que la padecen son ampliamente reconocidas (Alberdi y Matas, 2002;
Lorente, 2006, Matud, et.al., 2009; Naciones Unidas, 2006; OSM, 2005;
Villavicencio y Sebastián, 1999). Entre dichas consecuencias psicológicas se
incluyen: depresión, ansiedad, insomnio, falta de autoestima, angustia
emocional, intento de suicidio, etc. Estos síntomas dependerán de varios
factores entre los que se incluye el tipo, la severidad y la cronicidad y otras
características de la experiencia de victimización (Vogel & Marshall, 2001).
A pesar de ello y de lo complejo que puede resultar afrontar una
experiencia de este tipo, muchas mujeres consiguen salir de esta situación y
vuelven a recuperar el control de sus vidas. Ya hemos señalado anteriormente
que, según los datos de la III Macroencuesta sobre la violencia contra las
mujeres (2006, unas 800.000 mujeres habrían superado una situación de
maltrato. Sin embargo poco se conoce de estas mujeres y de cómo lo hacen.
Este es precisamente uno de los objetivos de este trabajo: hacer visibles a
estas mujeres y aprender de su experiencia para ayudar a otras mujeres
víctimas de relaciones abusivas. La mayoría de los trabajos que han intentado
estudiar cómo las mujeres consiguen salir de esta situación han puesto el
énfasis en la ruptura de la relación, analizándose los motivos que la favorecen
u obstaculizan (para una revisión véase Barnett, 2000; 2001; Kim y Gray,
47
2008). En la mayoría de estos trabajos, como decimos, el estudio del proceso
finaliza cuando la relación se rompe, en parte porque se considera que el cese
de la relación equivale al fin de la violencia (Anderson y Saunders, 2003). Sin
embargo este hecho es difícil que se produzca por varias razones. Por un lado,
hay que tener en cuenta que la ruptura, en muchos de los casos, no es una
decisión y acción puntual que se realice una única vez y que, una vez
emprendida, acabe definitivamente con la relación. Aunque se considera que
es uno de los momentos más difíciles y decisivos (Lerner y Kennedy, 2000) es
frecuente que las mujeres vuelvan a la relación que intentan abandonar en
repetidas ocasiones. Por ello, en lugar de como una decisión puntual, la ruptura
es concebida en la actualidad como un proceso (Anderson y Saunders, 2003)
donde las continuas idas y venidas a la relación forman parte de dicho proceso.
Por otro lado, la ruptura de la relación con el agresor no siempre significa
el fin de la violencia puesto que ellos pueden seguir ejerciendo abuso y control
sobre ellas en la distancia a través de hijos/as, amigos/as y familiares. Es por
ello que entendemos que es necesario extender el análisis más allá de la
ruptura para poder conocer cómo se produce el proceso de recuperación de
estas mujeres, y para ello creemos que hay que incluir el periodo tras el
abandono de la relación con el maltratador. Una vez que esta ruptura ha
ocurrido, las mujeres inician una vida en solitario en la que aparecen nuevos
problemas económicos, emocionales y de asunción de responsabilidades
(Anderson, Saunders, Yoshihama, Bybee, and Sullivan, 2003). La investigación
realizada por Lerner y Kennedy (2000) encontró que los 6 meses posteriores al
abandono de la relación pueden ser el periodo más intenso psicológicamente y
de mayor vulnerabilidad.
Es importante tener en cuenta que tras la ruptura, se incrementa también
la probabilidad de que la violencia de su expareja aumente (Anderson y
Saunders, 2003).
De hecho, diferentes trabajos han mostrado que uno de los periodos
más peligrosos para las víctimas es cuando abandonan la relación (H.
Johnson, 1995; Moracco et al., 1998; Wilson & Daly, 1993, 1994) o tratan de
hacerlo (Campbell, 1992; Moracco et al, 1998; Wilson & Daly, 1993,1994).
Moracco et al. (1998) encontraron que el 50% de las mujeres muertas a manos
48
de sus parejas habían amenazado con dejar, intentado dejar o se habían
separado recientemente de sus parejas.
En esta nueva vida independiente tendrán que, además de protegerse,
buscar y conseguir el bienestar psicológico que necesitan. En este complejo
camino hacia la recuperación, estas mujeres tendrán, por tanto, que emprender
toda una serie de acciones. Este, como decimos, es uno de los objetivos de
este trabajo: realizar un análisis de las acciones que emplean a lo largo de todo
el proceso hasta su recuperación mujeres que han sido víctimas de violencia
de género en la pareja pero han conseguido volver a ser agentes de su vida.
Siguiendo a Neus Roca y Julia Masip (2011) entenderemos por recuperación
“la desaparición completa de la relación de violencia en la vida de la mujer, la
reconstrucción de su vida personal y social con libertad, independencia y
calidad.. De acuerdo con estas autoras el constructo recuperación contendría
tres dimensiones: una clínica (salud física y psicológica), social (autonomía de
decisión, de tiempo, laboral, económica y de vivienda, red social independiente
y de apoyo); y la dimensión relacional (reacción a la violencia, conciencia de
abuso, vínculo de pareja, estado emocional respecto al abusador y contacto
con el maltratador).
Para que este complejo proceso de recuperación sea posible estas
mujeres deberán emprender ciertas acciones que dependerán del contexto
social, de la red de apoyo tanto institucional como informal así como de los
propios recursos individuales. Bien es cierto que para acceder a estos recursos
y redes es necesario romper el silencio y recuperar muchas de estas relaciones
que casi desaparecen en la situación de aislamiento y control a la que el
agresor suele someter a la víctima. Este es un aspecto que también
pretendemos analizar: cuáles son los recursos tanto individuales como sociales
que facilitan a estas mujeres la recuperación del control de sus vidas.
Desgraciadamente, con las estrategias que utilizan y que, como
decimos, se encuentran condicionadas por el contexto social e individual en el
que se desarrolla la vida de estas mujeres, no siempre consiguen una
recuperación fácil. También aquí nos gustaría profundizar, conociendo cuáles
son los obstáculos fundamentales que dificultan la recuperación de estas
mujeres.
49
Aunque existen algunos trabajos al respecto, son todavía insuficientes
los dedicados a conocer las acciones que las mujeres emprenden y en los que
se resalte una visión de las mujeres no como personas resignadas, sino como
agentes activas en el proceso de detener, prevenir o escapar de dicha relación
de pareja con violencia (Gondolf y Fisher, 1988; Lempert, 1996). Uno de estos
trabajos es el realizado por Goodman, Dutton, Weinfurt y Cook, (2003). En
dicho trabajo se analizaron las estrategias utilizadas así cómo la influencia de
ciertos factores como el incremento de la violencia por parte del agresor en la
elección de dichas estrategias. Al igual que Lempert (1996), llegaron a la
conclusión de que se evoluciona de estrategias privadas a públicas (contar a
alguien, denunciar), y que son estas últimas las que las mujeres reconocen
como más útiles. Otro resultado interesante de este trabajo es que conforme se
incrementa el nivel de violencia, también aumenta el número de estrategias
tanto privadas como públicas que las mujeres emplean.
Esta concepción de las mujeres como agentes activas se ha manejado
también en un trabajo realizado por Jan Jordan (2005). Dicha autora entrevistó
a 18 mujeres violadas por un violador en serie y analizó las estrategias de
resistencias físicas y mentales así como de supervivencia que utilizaron estas
mujeres. Frente a la idea de falta de agencialidad que se suele atribuir a las
mujeres víctimas de una agresión sexual, la autora nos muestra relatos de
cómo vivieron y reaccionaron estas mujeres ante esta situación. A través de
ellos conocemos a unas mujeres que utilizan su fuerza y habilidad tanto física
como psicológica, y que contrasta con la imagen de víctima pasiva que se nos
ha ofrecido tantas veces. Se resalta en este trabajo que en situaciones de
agresión sexual las mujeres eran capaces de reconocer que su resistencia
podía ser un aliciente para el agresor y generar más violencia en él, por lo que
“la sumisión era una parte esencial de su supervivencia y un medio de tener
cierto grado de control en una situación orientada a su supresión” (Jordan,
2005, p. 552). Es decir, la no resistencia podría ser considerada como una
estrategia “activa” de supervivencia.
Pero quizás, y teniendo en cuenta la propuesta que hace De Certau
(1974/96) con respecto a este tipo de acciones que emprenden los grupos de
personas que no ostentan poder sería más adecuado hablar de tácticas que de
estrategias. En nuestro caso, el término de táctica será especialmente
50
adecuado para las acciones referidas a los primeros momentos del maltrato
donde la víctima sigue bajo el control del agresor. De acuerdo con De Certau
(1974/96) podrían distinguirse dos tipos de prácticas cotidianas: las
estratégicas y las tácticas. Las estrategias sólo están disponibles para aquellas
personas que tienen "voluntad y poder"."Una estrategia supone un lugar que
puede restringirse como propio y así sirve de base para generar relaciones con
un exterior distinto a él/ella” (1984, pág. xix).
Las tácticas son usadas por las personas que no tienen poder (en este
caso mujeres maltratadas en unas relaciones desiguales) y pueden constituir
una forma de resistencia. Desde esta perspectiva las mujeres serían agentes
activos, pero su modo de actuar es, en algunos momentos, táctico en lugar de
estratégico. En el uso individual de productos culturales, muchas mujeres
hacen un uso táctico, un uso creativo de los mismos donde continuamente se
resignifican y se utilizan los mismos mediadores con un fin distinto para las que
en principio han sido diseñados. Las prácticas tácticas, son entendidas por De
Certau (1974/1996) como “el arte de hacer jugadas en el campo del otro” (p.
46). Nuestra intención es mostrar la diversidad de acciones tácticas (en los
primeros momentos) y estratégicas (conforme avanza el proceso) que estas
mujeres llevan a cabo en su proceso de recuperación. En algunos casos el
empleo de alguna de ellas ha sido interpretado en otras ocasiones como una
muestra de sometimiento de las mujeres. En su lugar, como decimos,
planteamos aquí que pueden constituir auténticas tácticas de resistencia. Estas
mujeres emplean determinadas acciones haciendo un uso táctico de las
mismas, con lo que consiguen ganar cierto grado de control en situaciones
socialmente consideradas de sometimiento. Es en este uso creativo y
resignificativo donde recae una de las principales posibilidades de las prácticas
tácticas. Esto va a ocurrir, especialmente, en lo que hemos denominado
tácticas
de
supervivencia
donde,
en
muchos
casos,
la
aparente
pasividad/inactividad de las mujeres es un modo de acción que les permite
conseguir un cierto control sobre la situación.
El propósito de este trabajo y su objetivo fundamental es hacer visibles a
las mujeres que se recuperan de una relación de maltrato, analizando las
acciones que las mujeres emprenden a lo largo de este proceso y dando a
51
conocer tanto los obstáculos que han dificultado su proceso de recuperación
como los recursos que han contribuido a su empoderamiento para conseguir el
difícil logro de recuperar el control de sus vidas.
Los objetivos específicos que nos marcamos son los siguientes:
1) Identificar las tácticas y estrategias que han desarrollado en los distintos
momentos del proceso para afrontar la experiencia de maltrato.
2) Identificar los factores que facilitan o dificultan en los distintos momentos
del proceso de recuperación.
2. MODO DE CODIFICACIÓN Y CATEGORÍAS DE ANÁLISIS
Para el tratamiento cualitativo de los datos, aplicamos un análisis
interpretativo de corte inductivo procedente de la teoría fundamentada (Strauss
& Corbin, 1998), apoyándonos en técnicas y procedimientos de codificación así
como del establecimiento de relaciones entre categorías proporcionados por el
software Atlas-ti.
Para ello cada entrevista individual fue transcrita y analizada intentando
descubrir temas comunes en las distintas entrevistas. El texto se examinó en
dos
pasos.
En
el
primero
de
ellos,
los
textos
fueron
analizados
exhaustivamente para identificar todas las acciones que realizaban las mujeres
a lo largo del proceso de recuperación así como los distintos momentos en su
relación de pareja en que las usaban. Posteriormente, usamos el método de las
comparaciones constantes para identificar conceptos importantes y asegurar
una categorización rigurosa. En este paso, las acciones fueron acumuladas en
categorías más amplias en función del sentido y uso que las mujeres les
daban. Nuestra intención era no sólo identificar un concepto particular sino
también bajo que condiciones emerge. Para ello, usamos un método de
comprobación cruzada con dos categorías iniciales: acciones y momentos,
anotando además las condiciones y consecuencias asociadas con una acción
particular para un análisis más profundo. En el examen de las consecuencias,
miramos si las acciones servían, a juicio de las mujeres, para mejorar o
cambiar la situación de violencia que estaban viviendo, así como qué ocurría
cuando las ponían en marcha. Esto nos permitió desglosar las acciones de las
52
mujeres en una amplia variedad según el sentido que adoptaban en su proceso
de recuperación.
Las categorías de análisis que han emergido de las entrevistas son:
a. Momentos claves en el proceso de recuperación
Hemos establecido tres momentos claves consecutivos a lo largo del
proceso. Estos momentos serían:
a.1. Inicio de la relación de maltrato. En este momento se relatan los
primeros episodios de violencia percibidos por las mujeres. En él se incluye
tanto el comportamiento violento del agresor como la actitud de la mujer y el
entorno en el que se produce
a.2. Transición o periodo de convivencia violenta o de maltrato. En esta
etapa se incluyen las separaciones transitorias, e intentos de afrontar la
situación por parte de las mujeres, la relación que se mantiene con el agresor y
con el entorno.
a.3. Resolución. Hace referencia a la fase final que incluye en todas ellas
momento de ruptura, factores desencadenantes, contexto en el que se produce
y proceso de recuperación hasta la actualidad.
b.- Factores que bloquean o protegen el proceso de recuperación.
b. 1. Los factores bloqueadores hacen referencia a aquellos elementos
que actúan como desactivadores o inhibidores de la autonomía de la mujer
para decidir y actuar sobre su propia vida. Son aquellos que obstaculizan e
impiden la recuperación del control sobre su propia vida. Hemos diferenciado
entre:
b.1.1. Bloqueadores sociales. Se refiere al contexto legal,
económico, familiar, relacional, la actuación de ciertos profesionales, así
como a las creencias sociales que dificultan/obstaculizan el que las
mujeres desarrollen una acción o emprendan un proyecto que les
permita controlar sus vidas. También se incluirían aquí la falta de ciertos
protectores (amigas, familia, independencia económica, etc.)
b.1.2. Bloqueadores individuales. Se refiere a las actitudes,
pensamientos, sentimientos etc. que dificultan a las mujeres en el
desarrollo de una acción o en el emprendimiento de un proyecto que
53
esté bajo su control. Se incluye aquí la culpa, el miedo, la vergüenza, el
autoconcepto.
b.2. Los recursos protectores aluden a los medios, bienes, poderes,
amistades, cualidades /habilidades, privilegios e influencias que tienen a su
disposición las mujeres para desarrollar sus acciones voluntarias en el proceso
de recuperación. Aluden, por tanto, a aquellos recursos que actúan como
facilitadores, activadores o protectores de la autonomía de la mujer para decidir
y actuar sobre su propia vida contribuyendo a la recuperación del control.
Nuevamente hemos diferenciado entre:
b.2.1. Protectores
económico,
etc.
así
sociales.
como
a
Se
las
refiere
al
creencias
contexto
sociales
legal,
que
contribuyen/facilitan el que las mujeres desarrollen una acción o
emprendan un proyecto que les permita controlar sus vidas. También se
incluyen aquí la ayuda prestada por amigas, madres, hijas, terapeuta…
b.2.2. Protectores individuales. Se refiere a las cualidades,
actitudes, pensamientos, etc. que utilizan las mujeres para desarrollar
una acción o emprender un proyecto relacionado con el control de sus
vidas. Entre ellos se incluyen la fortaleza, la insistencia, la serenidad, la
capacidad de sobreponerse, de planificar, el optimismo, etc.
c.- Tácticas y Estrategias utilizadas.
Hemos identificado cuatro tipos de acciones diferentes: Tácticas de adherencia,
tácticas de supervivencia, estrategias de desprendimiento y estrategias de
empoderamiento. Las hemos definido de la siguiente manera:
c.1. Tácticas de adherencia. Acciones encaminadas a mejorar la relación
con el agresor y/o cambiar la conducta del agresor. Las acciones de
adherencia emprendidas por estas mujeres son principalmente: minimizar y
negar, justificar y/o comprender su conducta, ocultarlo, ayudarle-intentar
cambiarlo.
c.2. Tácticas de supervivencia. Acciones necesarias para sobrevivir. Se
incluyen aquí seguir el juego al agresor, estar alerta o con miedo, inventar u
ocultar información, simular pasividad, esconderse de él, insensibilizarse
emocionalmente, evitar ciertos momentos y situaciones.
54
c.3. Estrategias de desprendimiento. Acciones encaminadas al cambio
personal, que las ayudan a desprenderse de ideas, personas (normalmente el
agresor) y contextos nocivos. Gracias a las estrategias de desprendimiento las
mujeres ganan poder de decisión y autonomía sobre sus vidas. Se incluyen
aquí: enfrentarse al agresor/ plantarle cara, reflexionar y cuestionar lo que les
está pasando, solicitar ayuda, escuchar y tener en cuenta otras perspectivas,
dejar de creer al agresor, planificar la huida, separarse o distanciarse de él,
iniciar acciones legales.
c.4. Estrategias de empoderamiento. Son acciones encaminadas a ser y
vivir para ellas, a controlar y decidir por ellas mismas, así como a incrementar
su autoestima y bienestar psicológico. Se llevan a cabo en la ruptura y tras ella.
Se incluyen aquí: mantenerse activas, autoafirmarse por oposición a él,
descubrir y llenar el vacío, recomponer redes sociales-recuperar relaciones,
escucharse a sí mismas y quererse.
3. RESULTADOS Y DISCUSIÓN
La primera reflexión que puede extraerse de este trabajo es que las
mujeres muestran una posición activa y proactiva, poniendo en juego una gran
variedad de acciones tanto tácticas como estratégicas encaminadas a resolver
y gestionar la relación de maltrato, haciéndose estas más diversas conforme
avanza la relación. Es decir son activas, realizan acciones para intentar
enfrentarse a la situación de violencia y recuperar el control de sus vidas. Sin
duda las narrativas de estas mujeres han estado condicionadas por la pregunta
que iniciaba la entrevista donde se les pedía que nos contaran relatos de
supervivencia y recuperación de la violencia de género. Somos conscientes de
que estas narrativas hubiesen sido muy diferentes si hubiésemos preguntado
por sus historias de victimización (Oke, 2008).
Los datos muestran la utilización de acciones que hemos denominado
de adherencia, de supervivencia, de desprendimiento y de empoderamiento. El
uso de dichas acciones va variando a lo largo del proceso de la relación de
maltrato. Es por ello por lo que distinguiremos tres momentos en este proceso y
plantearemos las estrategias más utilizadas en cada uno de ellos. Estas
estrategias y tácticas no ocurren en vacío. Son usadas por mujeres con unos
55
recursos (individuales y sociales) concretos e inmersas en un contexto
(individual y social) que en algunos momentos bloquea y en otros facilita su
proceso de recuperación. Por ello, aunque el énfasis de este análisis está
puesto en las tácticas y estrategias utilizadas, lo haremos, teniendo en cuenta
los factores que facilitan o bloquean el proceso de recuperación.
3.1 TACTICAS DE ADHERENCIA
Tras el análisis de las entrevistas de estas mujeres hemos encontrado
que estas tácticas son usadas, fundamentalmente, en dos momentos del
proceso: en los momentos iniciales y en el periodo de transición hacia la
resolución de la experiencia de maltrato.
Antes de describir cuáles son estas acciones tácticas, nos vamos a
detener en presentar el contexto social e individual en el que dichas acciones
se insertan. Estas mujeres cuentan con recursos tanto sociales como
personales, pero también van a encontrar factores bloqueadores tanto internos
como externos, que van a dificultar y a condicionar las actuaciones que
pretenden llevar a cabo. Aunque las mujeres refieren contar con ciertos
recursos en estas primeras etapas, los factores protectores, especialmente los
sociales, son menos relevantes para ellas en estos momentos en tanto la mujer
aún no ha tomado conciencia real de la situación y no ha roto todavía el
silencio. De acuerdo con lo que las mujeres entrevistadas han manifestado en
sus relatos, lo que más las condiciona en estos momentos van a ser los
factores bloqueadores sociales e individuales. Entre estos factores que
bloquean y obstaculizan la acción de salida de las mujeres en el inicio del
maltrato, hemos encontrado las creencias y mandatos sociales, especialmente
sobre la maternidad y la relación de pareja (naturalización de la violencia,
idealización de la pareja, amor con sufrimiento y para siempre, etc.).
Especialmente relevante es también la creencia social de que debemos y
podemos cambiar a la otra persona. El siguiente episodio se refiere a algunas
de estas creencias sociales.
Elena: “Mmm… fueron muchas mmm… se dieron muchas situaciones ¿no?
estaba el peso…de la tradición, a mí…, yo he sido educada en… en una… en
una línea de religiosa, mmm… yo fui además… eh… religiosa durante cuatro
años, (.) no llegué a profesar, pero sí hice toda la formación para entrar en una
56
congregación, y tanto en mi familia como en… en, en la congregación, la figura
de… de la mujer era… pues de sumisión, de “el amor todo lo puede”, ahora lo
puedes estar pasando mal pero… el amor puede hacer que las cosas que, que la
otra persona cambie…”
Estas creencias sociales pueden contribuir a que a nivel individual
aparezca la vergüenza y la culpa por no conseguir una buena relación de
pareja, lo que impide a las mujeres tomar otra decisión que no sea la de
intentar mejorar la relación con el agresor. Estos sentimientos les impiden pedir
ayuda y las responsabilizan de lo ocurrido.
Mónica: “(…) me daba mucha vergüenza, no quería que nadie lo supiera. Yo
pensaba que la gente me iba a rechazar si la gente sabía que yo había
consentido una cosa así sin saberlo, porque yo seguí diciendo que él estaba
enfermo. Yo pensaba que la gente me iba a rechazar y yo no quería el rechazo
de lo poco que tenía.”
Y, como decimos, la culpa, sobre todo en los momentos iniciales.
María: “Mucho, me sentía muy culpable, es que tenía momentos de absoluta
culpabilidad, derrotada, y tenía momentos de absoluta liberación, y con el tiempo
va ganándole terreno la liberación a la culpabilidad.”
Un factor que actúa a modo de bloqueador individual viene producido
por el hecho de que la violencia es ejercida por la pareja, quien supuestamente
debe proporcionar amor y cariño.
Rosa: “y me puso un cuchillo en el cuello () me dijo: esto es una broma, ¿tú te
crees que yo te voy a hacer algo? Si yo te quiero mucho () yo le dije () me quedé
que no sabía que hacer, digo ¡si!”.
Ya señalamos anteriormente la importancia que las relaciones tienen en
las vidas de las mujeres (Freixas, 2005). No es de extrañar, por tanto, que
reconocer que la relación no va a seguir adelante y que ha “fracasado” es
reconocido por ellas como uno de los momentos más difíciles y dolorosos del
proceso.
María: “(…) pero, reconocer, el fracaso, ante mí misma”
Entrevistadora: “el fracaso de tu relación”
María: “de mi relación, fue, lo más horroroso, que, yo creo que para mí fue lo
peor ¿cómo me podía haber equivocado yo otra vez? () y volvemos a los
principios “con lo que yo he dado, con lo que yo he hecho por esta relación”.
57
En este contexto no es difícil imaginar que las mujeres encuentren una
solución al problema intentando salvar su relación de pareja. Estas acciones de
adherencia que las mujeres utilizan en estos primeros momentos tendrían que
ver con este intento de mejorar la situación, como una actitud positiva por
contribuir a solucionar el problema (Bosch, Ferrer y Alzamora, 2006). Y, como
decimos, no podemos olvidar ciertas creencias sociales interiorizadas y hechas
suyas que funcionan a modo de obstáculo y que favorecen el uso de estas
tácticas de adherencia. La mujer reproduce los mandatos de género:
responsabilizarse de la relación y ayudarle a él. Subordinación y amor por
encima de todas las cosas (Nogueiras, 2007). El amor todo lo puede, amor
idealizado, la idea de que él puede volver a ser quien era al comienzo.
Por tanto, como señala Barnett (2001) ciertas creencias producidas por
la socialización de género pueden contribuir a que las mujeres maltratadas no
abandonen esta relación. La forma en que son socializadas y el énfasis que
durante el mismo se pone en las relaciones pueden hacerles pensar que la
violencia de sus parejas representa un fracaso en su habilidad para mantener
las relaciones (Town & Adams, 2000, cit. por Barnett, 2001). El patriarcado
contribuye también al medir el éxito personal de las mujeres a partir de la
estabilidad de la pareja (Alberdi, 2005). Las acciones de adherencia
encaminadas a salvar la relación mejorando la relación con el agresor y/o
intentando cambiar la conducta del agresor puestas en marcha por estas
mujeres son principalmente: (1) minimizar y negar el maltrato, (2) justificar y/o
comprender su conducta, (3) ocultarlo, (4) ayudarle-intentar cambiarlo. Estas
acciones tácticas aparecen, como decimos, sobre todo en el inicio del maltrato
y en las separaciones transitorias.
3.1.1 Minimizar y negar
Las mujeres entrevistadas nos cuentan cómo en los momentos iniciales
de reconocimiento de la violencia minimizan lo que está ocurriendo y
acomodan su conducta a las exigencias del maltratador.
Elena: “el tema era que… que, que aquí no pasara, no pasara nada, que… que
todo fuese bien entonces… yo le pedía perdón, si me había callado, pues le
pedía perdón por haberme callado y… y bueno, no pasa nada, siempre
58
intentaba, esto no… no es significativo, no es importante, no… no ha pasado
nada, borrón y cuenta nueva y yo voy a olvidar lo que ha pasado y… y los
insultos y los gritos y…”
Patricia: “Estaba mi hijo recién nacido. Entonces ya me dejo llevar, eso es como
claudicar, el volver como claudicar, ya me daba igual ciento que 80, ya me dejo
llevar totalmente”
3.1.2 Justificar y/o comprender la conducta del agresor
Otra de las acciones que emprenden en estos primeros momentos en
los que todavía pretenden salvar su relación es la de intentar justificar o
comprender la conducta del maltratador. El siguiente ejemplo nos narra cómo
una mujer justifica la conducta de su pareja cuando le recrimina por la forma en
que va vestida.
María: “(…) Pero en aquel momento, bueno, lo racionalicé, me explico: bueno es
normal, total es que los “tíos” son así qué le vamos a hacer, la próxima vez me
pongo otra cosa y ya está”.
O este otro en el que nos muestra estos intentos de justificación donde,
como en el primero de los ejemplos, aparece la justificación que se basa en la
experiencia durante la infancia del agresor.
Elena: “Y además siempre el grado de empatía, llega un momento en el que uno
dice, mmm… bueno pero él es así porque ha tenido una educación, porque ha
tenido este problema cuando era pequeño,… ¿eh?… yo siempre, siempre estás
justificando”.
Carolina: “(…) lo disculpas; también se une ahí que tu crees que tienes unos
sentimientos de amor, y, y, y que crees, en ese momento que lo quieres, y bueno
lo perdonas porque tsss “que lástima pues será verdad que él viene borracho”,
porque cuando él no está borracho pues tiene sus momentos buenos porque...”
3.1.3 Ocultar las agresiones
Otra de las tácticas que se utiliza en estos momentos en los que intentan
mantener la relación de pareja es la de ocultar las agresiones que estaba
59
sufriendo. Estos dos ejemplos nos muestran cómo estas mujeres ocultan lo
sucedido.
Mónica: “(…) yo iba al médico y yo no le decía “ha pasado esto”, sino que yo le
decía que me había caído por las escaleras.”
Rosa: “La primera vez que me pegó, tenía la niña un año y pico. Fuimos a una
comunión y cuando vino había ligado de toda clase de bebidas, de toda clase de
bebidas (más bajito). Me pegó un palizón que que que, mi madre, estaba
operada de corazón, el médico no quería que se le dieran disgustos porque le
habían puesto 3 válvulas y 3 lesiones y yo, cogí, y me eché maquillaje. Ella se
dio cuenta:-“Tienes los ojos morados” -“Eso es pintura mamá”.
3.1.4 Ayudar al agresor a cambiar
Por último, otra de las acciones que ellas emprenden tiene que ver con
intentar ayudar al agresor para cambiarlo. Estos dos ejemplos nos lo ilustran.
Mónica: “Cuando recibía malos tratos yo lo llevaba al hospital. Yo pensaba que
estaba enfermo y que no estaba bien diagnosticado”.
Lola: “(…) pero tú estas enamorada de esa persona y quieres cambiarlo. Claro,
¡quieres! no es que creas, porque si lo creyera, al fin y al cabo alguna vez te
vendría la duda, pero es que tú quieres, porque si tú crees que puedes cambiar
algo, pues en algún esfuerzo dices “uff que es que no puedo”, pero cuando te
empeñas y dices que quieres, pues es que quieres cambiarlo”.
No podemos olvidar el ciclo de la violencia (Walker, 1980) en el que
estas acciones se insertan. El hecho de que la violencia sea intermitente y que
existan periodos de “luna de miel” donde el agresor da muestras de supuesto
arrepentimiento, puede pedir perdón etc. y se producen seudo cambios, acaba
creando en las mujeres unas “expectativas mágicas” de que este cambio puede
producirse. Ellas ponen su empeño e intentan contribuir a que este cambio se
produzca para que la relación de pareja mejore.
3.2 TÁCTICAS DE SUPERVIVENCIA
En los relatos de las mujeres hemos podido observar que este tipo de
acciones aparecen estrechamente relacionadas con factores protectores de
carácter individual. Además de a la fuerza y al miedo, que van a ser
fundamentales en los momentos de desprendimiento, las mujeres aluden a una
60
convicción interior, que definen de forma imprecisa pero que en cualquier caso
las impulsa a afrontar la situación y a seguir adelante:
Rosa: “Un impulso que yo dije: como me quede aquí me mata () fue una cosa
que fue por dentro, que no: de esas cosas que tú sientes que hacen un vuelco, el
cuerpo, que tú dices te tienes que ir porque está viendo de que te vas”.
María: “sabía que tenía que luchar, que en la vida hay que luchar”
Algunas mujeres manifiestan explícitamente que por encima de todo
quieren vivir:
Mónica: “Yo creo que lo más importante es mi fuerza, mi fuerza de querer salir
de esa situación porque yo me vi con la muerte en varias ocasiones y decidí
vivir.”
Entre los factores protectores sociales, destacar el importante papel que
juegan los hijos e hijas, verdaderos motores de vida, en ocasiones incluso por
encima de la suya propia.
Rosa: “Yo he estado en el coche trabajando y he dicho “me voy a saltar un stop”
y he dicho “pss, para R. Tu hija” (.)…mis hijas han sido el motivo…si, a mi me
importaba tres pitos, vamos yo no tengo mis hijas y a mi me hubiera, vamos a mi
es que no me importaba vivir ya…la cosa llegó a un extremo que a mi me daba
igual de todo, ahora claro, mis hijas, si, mis hijas si.”
Uno de los motivos que las mujeres refieren en cuanto a los hijos e hijas
es que tienen que luchar para protegerlos/as del padre:
Rosa: “Y mi hija ¿qué va a hacer (.) cuando no tenga a su madre? Con un loco
de esos, ¡ja! (.) que a los tres días está afuera y no echa cuenta de na, ¡No! por
mi hija tengo que luchar yo. Bueno, por mis hijas, vaya, las dos.”
María: “Y a mi me podía matar, pero yo por mi hija mato reina…a mi me pude
hacer lo que sea, pero por mi hija vamos, es que, no me lo pienso ¿eh?”
Acabamos de ver en el apartado anterior las tácticas que utilizan las
mujeres cuando empiezan a reconocer que algo no va bien. Esto no quiere
decir, ni mucho menos, que reconozcan desde un principio que son víctimas de
violencia de género. En estos momentos iniciales, sus acciones se orientan a
mantener y mejorar la relación. Conforme avanza el proceso y la situación no
mejora, estas mujeres tendrán que hacer toda una reelaboración y desgaste
personal que les llevará a cambiar de táctica y evolucionar a las estrategias de
desprendimiento que veremos en el apartado que sigue. Pero simultáneamente
61
y al lo largo de todo el proceso, estas mujeres también emprenden otro tipo de
acciones que aunque aparentemente podrían estar orientadas a adherirse al
agresor, más bien van encaminadas a la supervivencia y constituyen auténticas
tácticas de resistencia. Son reconocidas por las protagonistas como necesarias
para poder salir inmunes de la situación de riesgo en la que se encuentran.
Además de protegerse (a ellas y a sus hijos/as) y evitar el contacto con el
agresor, muchas de ellas van a estar centradas en el control de cuándo y cómo
poner
en
marcha
las
estrategias
de
desprendimiento
seguidamente. Es por ello por lo que este tipo de tácticas,
que
veremos
si bien están
presentes desde las primeras agresiones, se utilizan mayoritariamente en el
periodo de transición y continúan durante el de resolución final. Entre ellas se
incluyen: (1) seguir el juego al agresor, (2) estar alerta y/o tener miedo, (3)
inventar historias u ocultar información), (4) esconderse de él, (5) simular
pasividad, (6) “anestesiarse emocionalmente”, (7) evitar ciertos momentos y
situaciones.
3.2.1 Seguirle el juego al agresor
Este tipo de tácticas son empleadas para intentar evitar y/o intentar tener
cierto tipo de control sobre el comportamiento del agresor. La mujer pretende
alcanzar una finalidad previamente contemplada. Hay una intencionalidad en el
comportamiento aparentemente sumiso. Entre ellas, evitar discusiones en ese
momento. Es importante tener en cuenta que estas tácticas se emplean
muchas veces simultáneamente a la planificación de la huida.
Lola: “(…) él podía llegar a la hora que quisiera a la mesa, o sea, yo no comía
nunca hasta que él no llegaba. Yo les ponía a mis niños de comer, pero claro era
para evitar la pelea que venía después…”
Mónica: “(…) yo no dormí esa noche. Yo me levanté de madrugada, empecé a
cocinar como una loca para dejarle comida hecha ¿sabes? para que se hiciera
de día y yo estar activa para no pensar lo que podía pasar todavía ¿no? porque
todavía estaba yo en un peligro terrible, entonces yo le dejé un montón de
comida hecha, fíjate tú, como una loca ¿no? porque yo decía “es que salir
corriendo no me sirve de nada porque me va a interceptar en el camino ¿verás?,
y yo decía bueno tengo que esperar que éste me lleve para Sevilla”.
62
O por conveniencia, porque se necesita acceder a determinados
intereses personales.
Mónica: “Yo necesitaba mantener con él una relación digamos de “amistad” para
yo poder ver a mi perro y traerme mis muebles”.
3.2.2 Estar alerta y/o tener miedo
Las mujeres sienten miedo, pero son conscientes de que este
sentimiento las protege, las mantiene alerta de posibles daños.
María: “Si, y vivo con el miedo todos los días y vivo con el miedo a dejar de tener
miedo, que es lo peor…Porque dices: y si dejo de tener miedo y viene y me
mata”.
Lola: “Yo durante cuatro años no podía salir a la calle, porque tenía miedo, yo
tenía el síndrome de los escaparates…Sí ese también es mío, y además lo digo
que es así, ese es de L. (se refiere a ella) y además es así y muchas me lo han
dicho después es verdad. Yo no iba mirando la ropa ni iba mirando un calzado,
yo iba mirándome las espaldas.”
Este estado de alerta puede mantenerse años después.
Carolina: “(…) eso ha sido cuatro años después, después de eso, pues, con la
segunda orden (de alejamiento) parece que se lo tomó más en serio. Vio todas
las oportunidades perdidas de decir “esta mujer ya no…” y entonces encontró a
otra mujer. Yo a partir de ahí siempre he arrastrado mis miedos porque tampoco
he sido capaz de hacer mi vida con otra pareja, porque sabía que era muy
agresivo y en el momento en que me viera con otra pareja podía hacer…
Entonces siempre he intentando hacer las cosas pero evitando el peligro ¿no?
Limitándome, siempre limitándome. Cuando él rehizo su vida a raíz de ahí ya no
empezó a, ya no me molestaba.”
Hay que resaltar la importancia que en la supervivencia de estas
mujeres tiene este miedo y lo importante que es que esté presente. Según los
datos aportados por el Consejo General del Poder Judicial correspondientes al
primer semestre de 2010, y en comparación con los del 2009 , se observa un
número menor de denuncias, una mayor retirada de la denuncia y una menor
solicitud de orden de alejamiento. Esto podría estar indicando un descenso en
la percepción del riesgo y relacionarse con el aumento del número de
homicidios cometidos en el primer semestre de 2010 (33) en comparación con
el primer semestre del 2009 (29).
63
Es por ello que se recomienda que el nivel de miedo de la víctima se
considere seriamente y se incluya como un factor de riesgo importante de que
la violencia que sufre puede hacerse más severa (Stith y Mcmonigle, 2009). La
forma en que las mujeres son socializadas, y el poco énfasis que se pone
durante este proceso de socialización en las propias necesidades y
sentimientos, pueden ser muy peligrosos para estas mujeres que se
encuentran en una situación de riesgo. Los programas de atención deberían
ayudar a las mujeres a ser conscientes y escuchar sus sentimientos de miedo y
enfatizar la importancia de priorizar sus necesidades de seguridad.
3.2.3 Inventar historias u ocultar información
El miedo les hace también ocultar o inventar excusas. Nos cuentan
también que en ocasiones se ven obligadas a mentir o no dicen lo que
realmente piensan por miedo a las represalias. En el primero de esto ejemplos
una mujer narra como no se atrevía a decirle al maltratador que la ruptura era
definitiva.
Mónica: “se lo dije a él que yo iba hablar con mi hija y que mientras él no
estuviera en un, en un (.) con un médico en condiciones que a él le
diagnosticaran lo que quiera que fuera y que le pusieran un tratamiento para
combatir esa agresividad que yo no volvería con él. Yo le quise dejar una puerta
abierta porque si yo le cerraba las puertas completamente, él me mataba allí
mismo.”
En el siguiente ejemplo, una mujer casada con un hombre de etnia
gitana y que era consciente del peligro al que se exponía si él o la familia de él
llegaban a saber que lo había denunciado, nos narra como se inventó una
historia para que él no llegase a saber que le había puesto una denuncia.
Entrevistadora: “¿él se enteró que tú le habías denunciado?”
Carolina: “Él no se enteró…La denuncia la retiré pero luego me inventé una
historia y yo le dije “es que después del palizón que tu me has pegado yo me
quedé inconsciente, inconsciente me llevaron al hospital y en el hospital, he
estado dos días en el hospital (cuando yo realmente no había estado en el
hospital, yo había estado en una casa de acogida). Pero en el hospital pues,
claro, allí no son tontos, y sabían… y ellos mismos han puesto una denuncia.
64
Pero tú no te preocupes que yo he dicho que no, que tú no has tenido nada que
ver”
3.2.4 Esconderse del agresor
En algunos momentos del proceso, las mujeres necesitan esconderse
puntualmente porque son conscientes de que en ese instante se ven en un
peligro extremo
Mónica: “Yo lo que hice fue esconderme en un chalet, yo vi las puertas abiertas
de un chalet y me escondí, entonces al momento le oí con el coche para
buscarme”.
Elena: “Unos días vivía en casa de mi jefa, otros días vivía en casa de mi
monitora…estuve quince días en casa de, en A. en casa de mi madre, menos
mal que tuve la complicidad de toda la delegación…”
Mónica: “Yo todo este tiempo me quedé encerrada en mi casa sin salir para
nada… yo encerrada en mi casa, cerré hasta las persianas porque yo le decía
“no, estoy en el banco haciendo gestiones”.
3.2.5 Simular pasividad
Son aquellas momentos puntuales donde las mujeres aparentemente se
aguantan, permanecen quietas o calladas, aunque en realidad están esperando
el momento oportuno para actuar, o bien se han convencido de que responder
en ese momento les puede generar consecuencias negativas aún peores. Este
modo de actuar les permite pasar desapercibida y ganar tiempo. Pero en
cualquier caso esto no implica que ellas no sean conscientes del peligro o que
se hayan resignado. A veces, esta aparente quietud tiene como objeto retardar
el momento de actuación a pesar de que hayan tomado ya la decisión de irse.
Patricia: “(…) esa fue la gota que colmó el vaso, sí. Yo estuve dos o tres días allí
porque él después de eso, de esas agresiones, se ponía a llorar, a pedirme
perdón. Después de esa agresión pues decidí abandonarlo, pero yo lo tenía que
hacer de la manera en que yo no saliera lesionada, entonces yo me tiré varios
días pensando en cómo hacerlo para que él me dejara marchar sin ningún daño”.
María: “(…) mucha gente diciendo no lo denuncies, no lo denuncies. Y yo no
podía denunciar porque perdía más denunciando en ese momento que
esperando un poco, ¿me entiendes?”.
65
Otras veces lo que se posterga es la ayuda disponible, porque se están
priorizando otras cuestiones más urgentes.
Lola: “(…) a lo primero no acepté la ayuda psicológica porque, tú no piensas en
tener ayuda psicológica, lo primero que tú piensas cuando sales de esa situación
es, dos cosas: trabajo y vivienda, es lo que quieres”.
Lola: “Y yo pedí ayuda. Entonces me dijeron de una casa de acogida, y yo dije
que sí. Pero yo tenía tres hijos, a la chica me la podía llevar porque tenía diez
años, pero a los mayores no, porque eran mayores de edad, y yo sin mis hijos no
me iba a ningún sitio, porque yo estaba amenazada, pero a mis hijos también los
tenía amenazados”.
Otras, están ganando tiempo para adquirir mayor seguridad en sí
mismas y desprenderse de la culpa.
Lola: “Lo más difícil, lo más difícil es que seguí aguantando hasta que hubiera
otra situación para que no me sintiese yo culpable”.
3.2.6. “Anestesiarse emocionalmente”, insensibilizarse transitoriamente
Algunas mujeres hacen referencia a sensaciones de estar distanciadas
emocionalmente de lo que ocurre, como si la “anestesia emocional” les
permitiese sobrellevar el momento.
Entrevistadora: “¿Tú aquello cómo lo vivías?”
Patricia: “Es como, como si noo, como si fuera en tercera persona, yo no sé si
me explico. Me dolía tanto! Que noo, que era como si no fuera conmigo. ()
Muchas veces hablándolo con G. (la psicóloga del Centro de la Mujer) decía, es
que es normal, es que, si tú sientes el dolor que, que la gente te causa en esos
momentos ya sería tremendo Es como una anestesia emocional. Porque yo he
tenido lapsus en la conciencia de pérdida de memoria, de muchas de las cosas
que me han pasado. Y me he ido acordando según me he ido poniendo bien”.
Patricia: “tenía que tirar para adelante. Yo, tenía que tirar para adelante y luego
me preocuparía de lo que sentía, lo más importante era tirar para adelante”.
Como señala Rojas Marcos (2005), “tratar de eludir, reprimir, negar, o
anestesiar las experiencias intolerables para mantener el equilibrio emocional,
es una reacción protectora natural de las víctimas (p.114).
3.2.7 Evitar ciertos momentos y situaciones
66
Por último, las mujeres intentan evitar ciertas situaciones y momentos
donde prevén que puede originarse un conflicto y para ello utilizan recursos y
conocimientos adquiridos que les ayuden a evitar la situación no deseada.
María: “(…) él regresa, y yo le digo que a casa ni se le ocurra, llamo a mi madre
porque él cuando estaban mis padres en casa ni de coña venía, ¡ja! ni de coña!”
Patricia: “y cuando me voy, me voy a… pasar la noche con mi primera pareja y
su mujer, porque sabía que era el único sitio donde, si me buscaba, no me iba a
encontrar. Pues yo no estaba segura de que cuando viera que no aparecía por la
noche, aunque me hubiese quitado las llaves, porque yo sabía que me había
quitado las llaves para que tuviera que llamar y entrar otra vez por el mismo
agujero, y sabía que allí no me iban a buscar y me fui a casa de mi primera
pareja”.
Uno de los momentos críticos es cuando denuncian a los agresores pero
por distintos motivos entre los que se encuentra el miedo, como en este caso,
acaban retirando la denuncia. Esta mujer que había presentado una denuncia y
se encontraba en una casa de acogida así nos lo narra.
Carolina: “(…) hubo un día en que la trabajadora social tardó en venir, mi cabeza
era: “miedo, miedo, madre mía en el momento en que este hombre vea a la
policía allí en la casa, su familia, (ya no se va a meter él) su familia van a ir a por
los míos, esto va a ser…” era un miedo que a mí me anulaba mi personalidad y
yo pensaba en lo que pudiera pasar, entonces yo, mientras llegó que la asistenta
social yo decía: “yo quiero quitar la denuncia” porque yo quiero quitar la denuncia
porque yo arreglaré esto de otra forma pero yo tengo que proteger a los míos”
3.3 ESTRATEGIAS DE DESPRENDIMIENTO
Como ya hemos comentado anteriormente, a lo largo del proceso de
recuperación estas mujeres pasarán de las tácticas de adherencia a las
estrategias de desprendimiento. Dichas estrategias las hemos definimos como
aquellas acciones que las mujeres realizan para alcanzar un cambio personal y
lograr recuperar el control de sus vidas. Estas estrategias les permiten
desprenderse de ideas, sentimientos (culpa, vergüenza) y de contextos que las
mantenían dentro de la relación con el agresor, a la vez que les permiten ganar
poder de decisión y autonomía. Estas estrategias de desprendimiento las
encontramos principalmente en los momentos de transición y resolución de la
experiencia de maltrato.
67
Decíamos en el apartado anterior, que, para entender la elección de las
estrategias, debíamos situarlas en contexto y conocer qué recursos y
bloqueadores tanto sociales como individuales están presentes. Esto también
debemos hacerlo aquí. El hecho de que estas acciones comiencen a
producirse en el periodo de transición viene facilitado por ciertos factores.
En el periodo de transición y resolución, que es cuando se utilizan
especialmente estas estrategias de desprendimiento, hemos encontrado que
tanto los recursos protectores sociales como los factores bloqueadores sociales
van a jugar un papel importante en el desenvolvimiento del proceso y van a
condicionar de forma significativa las estrategias que las mujeres van a poner
en práctica. Comenzaremos exponiendo cuáles son los recursos tanto sociales
como individuales que facilitan el uso de estrategias de desprendimiento y la
recuperación posterior, para continuar con los factores, especialmente sociales,
que obstaculizan dicho proceso de recuperación.
Entre
los
factores
protectores
de
índole
social,
sobresalen
especialmente la presencia de otras voces y perspectivas. Suele hacer
referencia a la red de apoyo social de carácter informal fundamentalmente
femenina
(madre,
hija,
hermana,
amigas,
compañeras,
etc.)
aunque
encontramos también en los relatos de estas mujeres la disponibilidad de
recursos y servicios institucionales que actúan como una red de apoyo
institucional.
Carolina: “Eso si que he tenido, mucho apoyo, muy importante. Ese apoyo
familiar lo he tenido, he tenido el apoyo profesional de que yo no dejé nunca el
Centro de la Mujer, seguí yendo a las terapias. Con el tema del abogado pues
igual, ayudas económicas también, (…) un programa, lo hice, el cualifica lo hice,
de ahí me saqué un trabajo, que estuve trabajando un año”
Para que estos protectores sociales entren en juego, resulta fundamental
que las mujeres cuenten a alguien lo que les está pasando. En el siguiente
ejemplo una de estas mujeres nos relata cómo frente al obstáculo que supone
en su recuperación el mantenimiento de una imagen idealizada de la relación,
aparece, como recurso que desbloquea, el contraste con la perspectiva que le
ofrecen sus amigas.
Elena: “Me abrían los ojos porque yo la… o sea yo estaba en esa situación y yo
noto que le estaba diciendo: “pero a lo mejor él puede cambiar” (susurrando). Yo
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ya había salido de mi casa, con mi maletita y con mis dos niños y harta de todo,
harta de empujones, harta de aguantar y con los nervios desquiciados y… y
todavía había una parte (.) de mí que decía ¿y si cambia? A lo mejor todavía
puede cambiar (susurrando) y a lo mejor pues todavía esto puede ser pues lo
que yo siempre soñé, perfecto. Y… y claro, cuando yo llegaba al… al colegio y…
(.) y mis compañeras pues eran las primeras que me decían: “mira déjate de
tonterías, no pienses” porque…
Porque yo me centraba en los momentos
felices”
María: “Entonces bueno, yo tenía una compañera que me decía “M. eso son
malos tratos, escúchame, escúchame, M. que son malos tratos tía”
También reconocen la ayuda de la terapia psicológica y el contacto con
grupos de mujeres en su misma situación.
Entrevistadora: “¿Cómo valorarías de importante con lo que estás diciendo la
ayuda psicológica?”
Patricia: “La ayuda, y más que ayuda psicológica, la terapia de las mismas
personas, en grupo, en grupo, que hayan pasado lo mismo que tú”.
Mónica: “El terapeuta me ayudó muchísimo”.
Carolina: “Cuando tienes ayuda lo superas, pero cuando estás ahí, si no tienes
una ayuda, una terapia que te ayude a tú reconocer eso, es muy difícil que lo
superes, es muy difícil, porque…”
No es de extrañar que esta intervención grupal sea reconocida por los
organismos encargados de afrontar la violencia de género como uno de los
servicios que más puede ayudar a las supervivientes (Macy et. al., 2010).
Las voces de los hijos e hijas son muy importantes también en estos
momentos y en muchos casos son verdaderos detonantes de la toma de
decisiones.
Lola: “Mis hijos me dijeron, “mamá esto lo denuncias y esto hay que denunciarlo
y mamá por favor” y y y entonces pues me fui a denunciar con mis hijos”.
Patricia: “(…) yo me senté con mi hija en una terraza, y mi hija me decía, “ahora
es tu oportunidad” (). Si de verdad, tú quieres dejarlo, ahora es tu oportunidad”.
Además de estos recursos sociales muchas de ellas nos hablan también
de ciertos protectores individuales, cualidades personales que van a facilitar la
recuperación. Esta fuerza personal y recursos internos se considera que
juegan un papel muy importante en este proceso de ruptura y recuperación
69
(Patzel, 2001). Entre estas cualidades, la más aludida por las mujeres de
nuestro estudio se encuentra la “fuerza” que perciben en sí mismas de la que
hablan 6 de las 8 mujeres entrevistadas:
Mónica: “yo creo que lo más importante es mi fuerza, mi fuerza de querer salir de
esa situación”
Entrevistadora: “¿qué es lo que más te ha ayudado?”
Ana: “A mi, la fuerza que yo tengo… Mi fuerza, la fuerza que yo tengo que digo
“no, no, no”
Entrevistadora: “¿Cómo definirías esa fuerza?”
Ana: “Esa fuerza, um, um ¡yo qué sé! Te sale de dentro. Yo qué sé. Eso te sale
de dentro, decir ¡eah se ha acabado aquí ya!”
Otro de los recursos individuales que algunas refieren es el sentido del
humor y el tener una actitud positiva.
Lola: “…yo siempre he sido muy positiva…”
Junto a estos elementos sociales e individuales que facilitan estas
estrategias orientadas a la ruptura con el agresor, encontramos también ciertos
elementos bloqueadores que actúan impidiendo la ruptura definitiva de la
relación de maltrato. Son fundamentalmente de carácter social y están muy
vinculados a la falta de recursos económicos y a la falta de apoyo familiar por
distancia física. Hay que tener en cuenta que una de las mayores razones por
las que las mujeres no abandonan una relación con violencia en la pareja es
por la falta de independencia económica (Barnett, 2000), siendo este uno de
los factores donde los resultados encontrados son más robustos y predicen en
mayor medida una posible ruptura de la relación abusiva (Anderson y
Saunders, 2003). Además, el abuso a mujeres después de tener una orden de
alejamiento es más probable que se produzca en parejas de niveles
socioeconómicos bajos (Carlson, Harris y Holden, 1999).
El trabajo remunerado hace a las mujeres menos dependientes tanto
social como económicamente y reduce su situación de vulnerabilidad ante la
violencia (Alberdi, 2005), de forma que la falta de recursos económicos es uno
de los factores que más limitan a las mujeres que no tienen otros medios
materiales:
70
Ana: “yo lo único que se me ponía, es irme a un campo, a una cueva, a donde
pillara. Porque yo otro sitio no tengo, medios no tenía, y ¿dónde voy yo con mis
hijos, que eran pequeños? Yo mi idea, mi idea esa, de irme, a donde…me
planteaba, siempre, siempre… pero no sabía a dónde, para donde tirar () Y
entonces aguantártelas otra vez ahí, todas las que te quisiera hacer (). Porque
no tenía por dónde tirar, ni dinero para darle de comer a mis hijos, porque como
era el dueño…”
Cuando estos ingresos propios no existen y no cuentan con recursos
sociales, esto puede incluso hacerlas volver con sus parejas después de haber
tomado la decisión de abandonar la relación, como podemos ver en los
siguientes ejemplos que aparecen a continuación:
Patricia: “Yo no tengo padre, no tengo madre, no tengo familia. Tengo una
hermana y un hermano pero que en esos momentos no estaban en S. con lo
cual, tú tampoco te puedes meter con tres hijos en ningún sitio, no tenía dónde
tirar () y y y, bueno pues, yo le decía “bueno, pues vuelvo”, porque ¿dónde nos
vamos a quedar a dormir? Pues vuelvo”.
María: “bueno aparte que estás embarazada en otra ciudad no tienes a nadie, la
casa patas arriba, todo en obras, un crédito de treinta millones que acabas de
firmar, ¿vale?... Y dices uhnnn “bueno, ¿yo dónde voy?” o sea, “¿qué hago?”
En el caso de muchas mujeres el distanciamiento de sus familias de
origen por cuestiones geográficas o el aislamiento al que las somete el agresor
supone un verdadero obstáculo de contacto con posibles recursos protectores.
Ana: “yo estaba en el campo, otra vez, en el campo, y y y allí con los niños sola,
sola, sola, como un perro. Nadie venía, y sin dinero”.
Mónica: “yo vivía aislada en el campo con él”.
O esta otra mujer que vive en una ciudad alejada de la de origen y
donde no cuenta con apoyo familiar.
María: “los apoyos familiares, ¡ojo! muy importante”
Entrevistadora: “¿Tú no tenías apoyos familiares?”
María: “Yo aquí no. Yo aquí no. Yo si hubiera tenido aquí una casa donde salir
corriendo a lo mejor me hubiera ido, seguramente, en alguna de esas movidas,
me hubiera largado, pero el estar limitada en ese aspecto, eh para mí fue un
problema, un problema grande y el bueno, el económico, fundamental”.
71
Cuando a esta mujer le preguntamos cuáles han sido los principales
obstáculos encontrados, este es el balance que nos hizo:
María: “Al principio mucho la vergüenza, con el tiempo el miedo fue ganando
terreno, y se mantuvo y se mantiene. Ha ido cambiando pero se mantiene, y
luego entró en escena el tema económico, que fue fundamental, y lo que más se
ha mantenido ha sido el económico y el miedo”.
Para algunas de ellas el miedo está especialmente presente.
Anteriormente, cuando hemos presentado las tácticas de supervivencia, hemos
resaltado la importancia del miedo como algo necesario para la seguridad de
las mujeres, algo que las moviliza a actuar con cautela. Sin embargo, el miedo
tiene esa doble cara o esa ambivalencia que hace que también, en
determinados momentos y ante la conducta y las amenazas del maltratador,
este miedo pueda convertirse en pánico, convirtiéndose así en un miedo que
paraliza y bloquea a las mujeres.
Carolina: “hay unos miedos que me impedían dar un paso, unos miedos tales
pues como que él siempre te, -“pues que sepas que te voy a matar, pues que
sepas que tú que en el momento que te vayas voy a buscar a tu familia y la voy a
matar”- y si que es verdad que esos miedos existen aunque tú te valores y
empieces a valorarte pues: “yo no quiero aguantar esto” estos miedos existen
(…) pero sí los miedos me podían, yo tenía mucho miedo … y yo…”
Algunas mujeres también hacen referencia a la falta de recursos legales,
sobre todo en momentos anteriores a la Ley Orgánica de Medidas de
Protección Integral contra la Violencia de Género de 2004, e incluso hay casos
en que se observa una falta de formación y perspectiva de género en el
tratamiento profesional del caso.
Lola: “Y y en el 2002 pues no estaba, no estaba la ley esta de violencia de
género, no había nada no. Aquél año, eh, todavía era cuando te decía, y subía la
policía a la casa y calmaba la situación y a él se lo llevaba y te decía, -“señora no
haga usted esto porque, piénselo porque una familia, fíjese usted sus tres hijos”.
Elena: “Me acuerdo de esta jueza perfectamente porque me tocó dos veces, que
por mucho que le decía el fiscal, por mucho que le decía el forense, porque el
forense tal como… tal como lo vio dijo aquí hay que poner distancias y a este
hombre hay que darle una orden de alejamiento ya, y ella dijo que era normal
(susurrando). Que… puta, mmm… voy a matarte, violaciones, todas esas cosas
eran normales, a estas alturas del siglo. Y con esas mismas tú tienes que darte
72
tu vueltecita, irte a tu casa y además te decía, -“usted lo que tiene que hacer es
arreglar las cosas dentro de casa”.
No podemos olvidar que el sexismo también está presente en los/las
profesionales de la salud que ignoran muchos de los indicadores de abuso y no
proporcionan el tratamiento adecuado (Barnett, 2001), pudiendo llegar a actuar
como auténticos bloqueadores de la recuperación de estas mujeres, como nos
cuenta la siguiente mujer que acudió con su expareja cuando ya habían
comenzado también las agresiones físicas.
María: “Bueno pues el psicólogo estuvo tres meses casi viéndonos, él no sólo no
mejoró sino que empeoró y yo le echo la culpa al psicólogo, sinceramente.
Porque cuando un señor va y cuenta, y yo enseño todas las marcas, todas las
marcas y este señor va y dice que yo lo que tengo que hacer, es que cuando él
vea que pierde los papeles yo tengo que callarme, para que no se altere () esto
es que me pongo a llorar cuando lo pienso ¿me entiendes? porque esto es una
idea que a mí me machacó mucho, el pensar que yo voy a tener la culpa de que
él perdiera los papeles ¿eh?. Uhnn, yo odio a éste señor, casi tanto como a mi
ex, ¿vale?, porque le dio muchas alas, y este señor se me ponía delante de mí,
mi ex, y me decía “¡tú estas loca, hasta el psicólogo te lo ha dicho que estas
como una energúmena, que eres tú la que me provocas entiendes, que eres tú!”,
esto es muy fuerte ¡eh!”
Es, como decimos, teniendo en cuenta este contexto, como podemos
llegar a entender por qué las mujeres continúan en esta relación trampa
durante un tiempo a pesar de ser ya conscientes de lo que les está ocurriendo
y estar utilizando estrategias para salir de dicha situación. Merece la pena
resaltar en este proceso de toma de conciencia el periodo especialmente difícil
que muchas de ellas viven cuando acuden a terapia donde toman conciencia
de su situación y aprenden a analizarla desde otra perspectiva pero no
encuentran otra salida, de momento, que la de seguir conviviendo con el
agresor.
Carolina: “Claro, entonces yo a partir de ahí pedí ayuda, me fui al Centro de la
Mujer y allí si que me dijeron que habían unas terapias de grupo que había una
terapia de psicólogos y que eso lo iba a tener ahí entonces yo decidí empezar a
ir sola a escondidas. Yo hacía mi vida normal y corriente…con los mismos
episodios de palizas insultos, e…igual, pero tenía un día a la semana una
terapia. Es como si tú a ti misma te educas de decir: “yo tengo esto porque ahora
mismo no tengo otra salida, pero tengo que empezar…” Era una cosa
73
complicada, era complicada pero yo, porque lo pasabas mal. Tú tenías que ir
aprendiendo que eso no estaba bien y tú ya cada día eras más conciente de que
eso no estaba bien y te auto-convencías de que eso no estaba bien, pero tú
llegabas a tu casa y te encontrabas a tu agresor. Y encima, el día que quería
cama tenías que tener cama. Porque cuando tú no eres consciente, no eres
consciente…”
A
continuación
mostramos
cuáles
son
desprendimiento entre las que se encuentran: (1)
estas
estrategias
de
enfrentarse al agresor-
plantarle cara, (2) reflexionar-cuestionar lo que les está pasando, (3) solicitar
ayuda, (4) escuchar y tener en cuenta otras perspectivas, (5) dejar de creer al
agresor, (6) planificar la huida, (7) separase- distanciarse del agresor, (8) iniciar
acciones legales.
3.3.1 Enfrentarse al agresor, plantarle cara
De las 8 mujeres entrevistadas, 6 refieren ser activas frente a la
conducta violenta, bien reprochándole al agresor su conducta hacia ellas y
exigiéndoles que dejen de hacerlo:
Elena: “Entonces ya entré en una dinámica de:::¡tú te estás pasando tres
pueblos! La historia no va así”.
María: “Yo ya me cansé y le dije “¡que no me vuelvas a llamar ni zorra ni puta ni
histérica!”
Y también desde una actitud asertiva advirtiéndole de que en caso de
seguir así ellas lo van a dejar
Ana: “Le digo: mira, la última vez que me haces esto, ¡Ya cojo el camino y me
voy al pueblo!”
O lo hacen responsable de que la relación se acabe:
Rosa: “Y yo le dije que el vaso había rebosado y que yo… yo digo: “mira, ¡tú no
cambias! y además, tú no me puedes a mi obligar cuando yo no te quiero. Tú te
has encargado día a día () y año a año () de que esto se termine y se ha
terminado.
-“Yo te juro que te, tú me vas a volver a querer…”.- Y yo decía, “yo no te puedo
querer”, y digo, “tú para mi estás enterrado en el cementerio”.
Alguna mujer incluso refiere llegar a enfrentamientos físicos con él:
74
María: “Yo no tuve una actitud sumisa, en absoluto, ¿vale?, yo al contrario yo…
yo peleaba, ¿me entiendes? Yo le plantaba cara, yo le decía las cosas muy
claras, y cada vez era más tajante o violenta, como quieras decirlo, en mi actitud.
O sea, cada vez toleraba menos, que me avasallara, que me impusiese, que…
yo sacaba pecho. Quiero decir: él me empujaba y yo le devolvía el empujón”.
3.3.2 Reflexionar, cuestionar lo que les está pasando.
Las mujeres entrevistadas narran cómo van tomando conciencia de la
situación de desigualdad e injusticia en la que viven y van reconociendo la
necesidad de que se produzca un cambio en sus vidas.
Elena: “Yo y llevaba un… un año pues… mmm... viendo que tenía que hacer
algo, a mí me pedía el cuerpo que… que había llegado un límite y que yo tenía
que tomar decisiones, y sobre todo que tenía que ser valiente”.
María: “La vergüenza llega un momento que, que te das cuenta de que, no has
matado a nadie ¿vale?, y en todo caso, si alguien es la víctima eres tú, aunque
luego durante aunque sólo sea un momento y luego te vuelva a asaltar otra vez
todo lo demás. Llegas a razonarlo ¿no?”
Carolina: “llegó a una situación que yo ya no quería una situación en la que yo
decía pero bueno si yo me busco la vida igual que él, yo trabajo igual que él y yo
cojo mis niños y llevo mi casa igual que él, ¿ yo cómo tengo que aguantar que
una persona venga y me pegue? ¿O me insulte o me quiera…?”
Carolina: “(…) cuando tú empiezas a tener conocimiento y a creerte que
realmente lo que tu estás viviendo no es lo normal, entonces, desde ese
momento que tú ya empiezas a creerte, te das cuenta, que tú, esa relación con la
pareja, no es lo normal. A raíz de ahí, pues, tu ya te das cuenta de que tienes
que empezar, que si no eres consciente por ti misma, no puedes por ti misma
tienes que empezar a pedir ayuda”.
Esto las ayuda a tomar decisiones de resolución.
María: “Cuando creí que me mataba. Digo ¡al carajo! 200 euros no valen la vida
de mí, ni la mía ni la de mi hija”.
En ocasiones estas reflexiones les lleva a cuestionarse las creencias y
mandatos de género llegando a manifestar la necesidad de desprenderse no
sólo de estos esquemas tradicionales y culturalmente adquiridos, sino incluso a
desprenderse de la relación establecida con las propias madres en base al
género.
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Elena: “Tenemos mucho peso::: mucho peso de tradición, mucho peso cultural
y::: yo creo que es muy importante pensar en la que les queremos dejar a los
que vienen detrás”.
En otras, estos pensamientos las movilizan, como suele ocurrir
cuando piensan en los hijos/as.
María: “yo ¿qué hice?, lo que hice fue decir “tengo una hija”, yo me es que yo
tenía a mi hija en mente, me acuerdo de su cara ¿no?, agarradita a la cuna, esa
cara de terror, ese llanto histérico no?, y que tiene derecho a vivir () y a mí me
podía matar, pero yo por mi hija (… ) Yo pensaba en mi hija, pensaba en todos
los planes que yo tenía para ella cuando lo conocí, cuando me quedé
embarazada en cómo era yo antes, miraba mucho a las mujeres en la calle, me
fijaba en los escotes, en las transparencias y pensaba porqué yo no podía ¿no?,
¿qué había de malo no? () pensaba que tenía derecho a ser feliz y a que no me
pegaran y a que me respetasen. Eso lo tenía claro”.
3.3.3 Solicitar ayuda
Las mujeres no sólo dejan de manifiesto que piden ayuda, sino que
movilizan diferentes recursos a lo largo del proceso. La solicitud de ayuda a la
familia, hijas, padres, hermana, etc. es una da las más utilizadas pero no la
única, también hablan con la familia de él y con amistades o compañeras (en
algún caso compañeros) del trabajo.
Mónica: “(…) llamé por teléfono a mi hija y le dije que tenía que hablar con ella
de algo muy importante ()”.
También llaman a la policía o fuerzas de seguridad.
Lola: “La policía llegaba a mi casa, hablaba conmigo, hablaba con él, se lo
bajaba, subía la policía me decían, “mire usted lo hemos dejado, se ha
tranquilizado pero ahora va a subir” yy y yo les decía, “pues no se vayan porque
los voy a llamar, no se vayan porque dentro un rato los voy a llamar otra vez”, y
efectivamente cuando se liaba a dar puñetazos, pues yo llamaba.
Rocío: Yo mira, yo he ido al cuartel, he ido a contar mis problemas”.
O buscan asesoramiento judicial, médico o psicológico.
Elena: “(…) yo hablé con el director médico, le conté lo que me pasaba, le conté
que yo no podía decir que estaba de baja porque yo me moría de… de pena y…
y… pero que necesitaba salir… de… de aquí”.
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Lola: “Yo, yo me fui, yo ya tenía, yo me fui al Instituto Andaluz de la Mujer…Sí. Y
yo pedí ayuda. En cualquier caso queda de manifiesto que pedir ayuda es
necesario. Esta mujer, con referencia a que lo que recomendaría a otras mujeres
que estén en una situación de violencia y quieran salir, les recomienda lo
siguiente”:
Mónica: “Tiene que hablar, hablar y si no tiene a nadie que venga al Instituto de
la Mujer y pida ayuda. Romper el silencio es fundamental”.
3. 3. 4 Escuchar y tener en cuenta otras perspectivas.
Poco a poco, y conforme van abriendo canales de comunicación y
saliendo de la situación de aislamiento, las mujeres entrevistadas nos cuentan
cómo van escuchando e incorporando los consejos u opiniones de personas de
su entorno. Prestar atención a los mensajes que estas voces les transmiten es
relevante en cuanto va a contribuir al cambio de la forma de entender y
posicionarse frente a la situación de maltrato. Algunas de estas voces son de
mujeres afines:
Elena: “Empecé a escuchar más… más situaciones de mujeres en la misma
situación, cómo habían reaccionado, cómo les había ido”.
Además de otras mujeres también incorporan la perspectiva del/la
terapeuta a las que ellas recurren:
Carolina: “(…) quise terapia de grupo porque yo soy una persona que, que me
ayuda mucho los episodios de las personas. Yo me acuerdo que cuando estaba
en la casa de acogida yo me basaba mucho de mis compañeras y de decir
“bueno si mi compañera ha hecho esto, yo porqué no” y entonces me ayudaba
mucho eso, yo pedí terapia de grupo, y a mi me ayudaba mucho el, el, el
escuchar un episodio de una compañera y lo que una compañera me pudiera
decir, entonces yo siempre decía “pero es verdad, es verdad si ahora yo, si me
va a costar salir de esto, el día que tenga 50 años lo mejor seré capaz, pero me
puede costar más trabajo todavía, y no quiero perder más años de mi vida”. Yo
he perdido ya muchos años de mi vida, y eso me ayudaba mucho, luego el
psicólogo me ayudaba mucho a, a cambiar, a decirme “C. que lo que tú estas
viviendo no, no es lo normal, ¿para ti qué es amor? Pues esto no es amor lo que
tú tienes, pues esto no…” y eso me ayudó mucho, mucho; Yo la terapia, la
psicología, ese tipo de terapias que yo tomé en aquel momento eso fue lo que a
mí me ayudó, lo que a mí me hizo dar ese paso, pero de hecho estuve 8 o 9
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meses en terapia de grupo, y esos 8 o 9 meses me ayudó a decir “tiene que ser
el momento en que yo diga “hasta aquí”.
María: “(…) aquí (refiriéndose al Centro de la Mujer) me hacen ver, que lo mío no
era un sentimiento de amor, era un enganche emocional”.
Pero también la propia familia o personas próximas, como es el caso de
los hijos y las hijas.
Lola: “(…) mi hijo siempre decía, “mamá esto es una carrera de relevos, venga
cuando tú te canses cogemos otro, venga mamá que somos cuatro, venga
mamá no te rindas, no te rindas sigue”, y y yo ya veía, y decía “sí sí, yo sigo”.
Patricia: “(…) una hija que es en la cabeza pensante, siempre decía “si yo te
viera feliz, yo me voy y te dejo feliz con tu pareja pero tú siempre estás llorando,
llevas toda la vida llorando por una persona que no te hace feliz, (…). Ella ha
llegado a decirme, llorando me decía “hay muchas maneras de matarse, hay
quien se tira por una ventana, hay quien se corta las venas, y tú te estás
matando día a día. Y es mucho peor verte morirte día a día. Dime cómo te puedo
ayudar. Si me voy de aquí para no verte y eso a ti te hace sentirte más tranquila,
si te ayudo, si no, buscamos casa, dime”. Pero no era capaz de hacerlo”
Entrevistadora: “¿Pero, cómo servía de ayuda esa actitud de tu hija, en algún
momento determinado ha sido ella un motivo para?”
Patricia: “El verla, la última vez que la vi llorando “enmorecía”, diciéndome por
favor no quiero verte como te estás matando, yo ya estaba aquí (refiriéndose al
Centro de la Mujer), eso fue lo que me dio el empujón final”.
3.3.5 Dejar de creer al agresor
Poco a poco y unido al hecho de ir incorporando otras perspectivas, las
mujeres van dejando de escuchar a sus agresores y de darles credibilidad.
Patricia: “yo ya aquí había aprendido que cuando él empezara te quiero, yo tenía
que pensar en otra cosa no en lo que él me estaba diciendo, luego recapitulaba y
si sabía lo que me había dicho, pero en principio para no tomarme el sofocón,
para no entrar dentro de su juego, pensaba en otra cosa, intentaba pensar en
otra cosa”.
Carolina: “y con los años, después de muchos años, que me, muchos años, yo
decía yo misma me daba cuenta y yo misma decía, me decía: “¿pero bueno
como me vas a besar, me vas a tocar si ayer mismo me estabas dando un
palizón y tenía el cuerpo lleno de moratones”.
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Aunque, como decimos, ellas siguen albergando la esperanza de que el
cambio en él se produzca, y hemos visto que en los primeros momentos
intentan colaborar para que así sea, llega un momento que dejan de creer sus
muestras de arrepentimiento y sus promesas de cambio.
Rosa: “Que no me iba a obligar a acostarme con él, se daba choquetazos contra
la pared, contra el televisor, hincado de rodillas, umh, vamos, que iba a cambiar,
y yo le dije que el vaso había rebosado y que yo, yo, digo mira: tú, no cambias! y
además, tú no me puedes a mi obligar cuando yo no te quiero. Tú te has encargo
día a día () y año a año () de que esto, se termine y se ha terminado”.
3.3.6 Planificar la huida
Una vez toman decisiones orientadas a la ruptura de la relación no
siempre actúan de forma inmediata, sino que planifican y valoran el mejor
momento y cómo van a hacerlo
Mónica: “Después de esa agresión pues decidí abandonarlo, pero yo lo tenía que
hacer de la manera en que yo no saliera lesionada, entonces yo me tiré varios
días pensando en cómo hacerlo para que él me dejara marchar sin ningún daño”.
María: “Hubo una ocasión en que me dejó inconsciente () y, ese día decidí tomar
cartas en el asunto no fui directamente, quiero decir yo era muy consciente de
que estaba en inferioridad, y de que si era directa, tenía todas las de perder
¿no?, y entonces empecé a reunir documentación, empecé a plantearme una
estrategia ¿no?. Es triste decirlo pero hay que hacerlo, si no te gana la partida
eh! y luego llega el juicio, que hay que demostrar que te han pagado, que te han
maltratado y ellos son buenísimos haciendo el papel, pero, vamos, mi ex lloró
durante una hora”.
De hecho en algunos casos relatan cómo tienen previsto dónde se van a
ir previamente o cómo tienen preparados objetos personales de emergencia.
María: “(…) y en el… en el coche llevaba siempre una bolsita pues con una
muda, un cepillo de dientes, porque yo sabía que la mitad de los días no podía
volver a mi casa”.
Carolina: “Yo decía “el día que salga de mi casa, yo no quiero volver a entrar
más“ porque además no voy a poder… y lo tengo que tener muy seguro, lo tengo
que tener muy seguro. Y poco a poco fui preparándome el terreno y, y, poco a
poco yo estaba haciendo mi vida y yo ya me estaba haciendo una nueva vida
“voy a ahora este dinerito para el día que salga, voy a tener siempre mis papeles
en mi bolso por si algún día pasa, un día que salga y…”
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Como veremos seguidamente la ruptura se convierte en un proceso con
continuas idas y venidas de manera que van aprendiendo de la experiencia de
las huidas anteriores para planificar las definitivas.
Carolina: “La primera vez que yo salí de mi casa yo no tenía nada, pero la
segunda vez ahorré un dinerito”.
3.3.7 Separarse, distanciarse del agresor
Como es bien sabido el aislamiento es una de las estrategias más
relevantes para la instauración y mantenimiento de la relación violenta,
convirtiéndose tanto en la causa como en la consecuencia del maltrato
(Hirigoyen, 2006). De esta forma la influencia del agresor sobre la víctima tiene
más poder al ser el único referente que la mujer tiene. El distanciamiento de él,
aunque sea transitorio, rompe el efecto de este mecanismo de control.
Pensamos que la estrategia de alejarse del agresor es muy importante
no sólo por el peligro que las mujeres corren permaneciendo al lado de la
pareja, sino por la influencia que éste ejerce en ellas desde la proximidad.
Siguiendo el modelo del ciclo de la violencia descrito por Leonor Walker (1980)
en el que recordamos, se describen 3 fases, tensión, agresión y conciliación,
observamos cómo las mujeres al distanciarse del agresor rompen con este
ciclo, fundamental en el mantenimiento del poder y el control sobre la víctima.
Es importante recordar que la fase de conciliación, o también llamada luna de
miel, ejerce un efecto de confusión y despiste sobre la víctima, que puede
hacer creer a las mujeres que su pareja puede volver a ser como era al
comienzo de la relación y que el amor venza la situación (Bosch, Ferrrer y
Alzamora, 2006).
O incluso puede que vuelvan con él no por enamoramiento sino por
proporcionar un hogar a sus hijos/as donde éstos/as convivan con su padre.
Carolina: “Me fui a la casa de acogida a Málaga, estuve en Málaga 2 meses, yo
creía que lo tenía muy claro, yo creía que estaba muy preparada, pero otra vez
volví a caer, en el momento en que hubo una conversación con él, de, un
contacto con él de, telefónico, porque tiene que ver los niños porque no se qué,
no se cuanto un llanto de él, un no se qué de él, otra vez me ganó. Entonces tú
piensas que tú estás curada de eso y no estás curada de eso, porque otra vez
me ganó, entonces otra vez después de la casa de acogida, otra vez volví a mi
80
casa. Empieza una luna de miel, todo que bonito, aun consciente de que yo ya
no lo quería, pero yo en aquel momento decía “bueno yo no lo quiero, pero
bueno es el padre de mis hijos, para estar con otro hombre que no sea el padre
de mis hijos estoy con el padre de mis hijos y mis hijos tienen un padre”.
Efectivamente, como en el episodio anterior, observamos en los relatos
de las mujeres entrevistadas cómo todas las mujeres realizan intentos de
abandono de la relación con el agresor previamente a la ruptura definitiva. Es
decir intentan alejarse físicamente de él de distintas maneras, se ocultan, se
van a casa de algún familiar o de alguna persona conocida, etc. Todas refieren
haberse ido transitoriamente de casa en algún momento del proceso.
Mónica: “Yo me había escapado ya en varias ocasiones, pero él siempre me
interceptaba en la carretera”
Elena: “Y tú te ves hasta las tres de la mañana, buscando dónde te vas. Me tuve
que ir un mes a a una residencia de estudiantes”.
Estas rupturas transitorias, y antes de que se produzca la definitiva, son
frecuentes y han contribuido a la idea de que el abandono de la relación no es
una decisión y acción puntual sino que debe concebirse como un proceso que
puede extenderse en el tiempo. Además, como Anderson y Saunders (2003)
señalan, las separaciones breves y la consecuente adquisición de nuevas
competencias pueden potenciar en esas mujeres una sensación de
competencia y eficacia personal que pueden favorecer una separación más
estable
En algunos casos las mujeres no cuentan con recursos para dejar de
vivir juntos, pero a pesar de eso se alejan del agresor, aunque sea dentro de la
misma vivienda.
Rosa: “Porque estaba dormía y a media noche y claro, la niña estaba en la
habitación de al lado ¿y tú qué hacías? Pues yo lloraba y a él le daba igual que
yo estuviera llorando. El ahí y se acabó. Y una vez y otra vez y otra vez, hasta
que ya digo ¡ea! () me salgo de la habitación ()”.
De hecho, todas menos una resuelven la situación de violencia yéndose
ellas del domicilio conyugal.
Elena: “(…) al final la que tuvo que coger la puerta con mis dos niños y mi
maletita fui yo…”
81
María: “¿Yo me voy a quedar en mi casa con una denuncia de maltratos
puesta?, este tío me mata. ¡Que va, que va, que va! Salí por patas, vamos”.
Otra forma que utilizan para romper el canal de comunicación puede ser,
por ejemplo, no respondiendo a sus llamadas de control.
Rosa: “(…) yo estaba trabajando, 18 ó 19 llamadas, ¿dónde estás?, ¿te queda
mucho? ¿Con quién has estado? ()
“Que estoy trabajando”. Ya tomé la
determinación, como tenía el móvil, de no coger el móvil”.
A veces esto se ve facilitado por la distancia en el tiempo y en el
espacio.
María: “En septiembre llega y me dice que quiere quedarse el fin de semana
porque quiere ver a su hija, digo “vamos a ver, yo ya te dije el tema como está,
¿vale?, si tú te quieres quedar aquí para ver a la niña, muy bien, vas a dormir en
el sofá. Tu no vas a dormir ni conmigo ni en las camas que hay en mí casa,
porque ésta es mí casa, tú aquí ya no vas a vivir, ¿entiendes? (…) o sea
entonces yo trataba, de limitar el espacio, lo que él quisiera hacer yo no lo iba a
poder evitar, pero yo en esa época, que ya llevaba dos meses sin suu presencia
al lado, cada vez era menos eh, estaba menos dispuesta a ello, ¿me explico? )”
3.3.8 Iniciar acciones legales
Entre las estrategias de desprendimiento hay que significar que algunas
mujeres se asesoran previamente a nivel judicial.
Patricia: “Me voy primero a hablar con J. M., no sé si lo conocéis. Un abogado
especializado en malos tratos”.
Mónica: “(…) entonces vine aquí (Centro de la Mujer) y me atendió una abogada.
Yo le conté lo que había pasado llorando”.
Aunque manifiestan resistencias a denunciar la situación de maltrato,
finalmente la mayoría terminan denunciando.
Lola: “Si, tomé yo la decisión. Mira se acabó, pues, la primera vez que yo fui a
poner la denuncia, pues puse la denuncia, vinieron mis hijos conmigo”.
María: “Yo no quería denunciarle, yo me preparé el terreno por si tenía que llegar
a hacerlo, ¿vale? Pero yo no quería tener que hacerlo. O sea, a mí me obligó a
denunciarle ¿me explico? ¡Me obligó! O sea la situación llegó un momento que
fue tan chunga… que tuve que hacerlo… ¡No te puedes ni imaginar! ¡No te
puedes ni imaginar! Yo denuncié cinco meses después de estar separada”.
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3.4 ESTRATEGIAS DE EMPODERAMIENTO
En los momentos de toma de decisión del abandono de la relación con el
maltratador y una vez que esto ocurre, las mujeres realizan toda una serie de
acciones encaminadas a ser y vivir para ellas (Matud, et. al., 2009), lo que les
va a permitir controlar y decidir por ellas, a la vez que se incrementa su
autoestima y bienestar psicológico. A todas estas acciones las hemos llamado
estrategias de empoderamiento. Se llevan a cabo en el proceso de ruptura y
tras ella. Incluye: (1) mantenerse activas, (2) autoafirmarse por oposición al
agresor, (3) descubrir y llenar el vacío, (4) recomponer redes sociales y
recuperar relaciones, (5) escucharse a sí mismas y quererse.
3.4.1 Mantenerse activas
Una de las cuestiones importantes que las mujeres refieren es la
necesidad de estar activas y conscientes como intento de mantener el control y
la autonomía.
Elena: “(…) aguantar psicológicamente toda la presión y todo el… el maltrato,
eh… de manera que psicológicamente no te afecte tanto como para que ningún
forense diga que tú, efectivamente, estás tocada por la situación, porque eso
legalmente es no estar capacitada para quedarte con tus hijos ni para cuidar de
ellos. Entonces yo en toda esa situación tenía que seguir trabajando y tenía que
seguir con… con la dirección de un centro con un montón de… de implicaciones
laborales que tengo, de ponencias y de todo, para que en ningún momento
mmm… (.) nadie pudiera decirme tú no estás católica como para… para llevar tu
casa adelante”.
En este intento por mantenerse despierta alguna nos contó cómo dejó
de tomar ansiolíticos.
Rosa: “(…) yo me tomaba 4 ó 5 pastillas todos los días…, yo me quité de las
pastillas sola. Aquella noche que me salí de la casa me las tomé, pero al otro día
me quité 2 pastillas, sola, y al otro día otras 2 y al otro día otras 2 () sola, sin ir al
médico y sin ir a ningún lado, me quité de tomar pastillas…”
El trabajo es otra de las actividades que refieren les ha ayudado a
mantenerse.
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Elena: “Más trabajo, más trabajo…Yo lo que quería era mucho trabajo y mucho
tiempo fuera de mi casa”.
3.4.2 Descubrir y llenar el vacío
Las mujeres refieren haber realizado actividades encaminadas a sentirse
bien consigo mismas y con sus vidas, entre ellas tareas de ocio:
Mónica: “tienen que hacer algo que las llene (refiriéndose a otras mujeres que
intenten salir de una relación de pareja con violencia), a mí me llenó la fotografía,
tienen que buscar algo que les guste y que no hayan podido hacer o no le hayan
permitido hacer para sentirse bien consigo misma, eso es muy importante. Yo
por ejemplo sigo yendo al parque al mismo banco porque la naturaleza es
increíble”.
Una de ellas nos cuenta como se obligó a ir de vacaciones:
Patricia: “viviendo en… ya, me vengo aquí a lo del tiempo libre y le llego a la
chica, con P. de la mano, y me siento y le digo - “yo me tengo que ir de
vacaciones” Buum, a llorar. Y la chica cuando me vio con el niño y llorando de
esa manera me dice: - “tú te vas”. Me había quedado en 200 y pico pero me fui
de vacaciones”.
Lola: “Dejarlo a él tiene su momento malo porque es cuando tú verdaderamente
te quedas sola y te tienes que mirarte a ti sola, pero es como cuando tú estás
encerrada en una habitación y abres una ventana y te entra de pronto el aire frío,
y te mueres de frío de la primera bocanada. Pero cuando lleva mucho tiempo esa
ventana abierta, ese aire está renovado, y lo que no quieres es que se cierre”.
3.4.3 Autoafirmarse por oposición al agresor
Algunas mujeres refieren hacer todo lo que él les impedía, una vez que
la relación ha acabado definitivamente.
María: “Él no me dejaba pintarme::: pues rubia. Rubia, del más rubio que haya
por ahí, esa yo. No me dejaba poner tacones pues yo los tacones más altos.
Ropa ceñida, jamás. La ropa más ceñida del mundo. Todo, todo lo que él no,
¡pues yo ahora, sí! A lo mejor mañana me canso, y mañana estoy negra otra vez,
pero no quería el chiquillo que estudiara, pues yo a estudiar, a la facultad ¡ea!”
3.4.4 Recomponer redes sociales y recuperar relaciones
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De la misma forma que intentan recomponer sus vidas y llenarlas con
nuevas actividades, las mujeres comentan haberse abierto al exterior en un
intento por recuperar las relaciones perdidas o encontrar nuevas redes de
apoyo.
Elena: “si nos íbamos todas juntas a hartándonos de reír, a contándonos cosas,
y::: sobre todo ayudarnos”.
Mónica: “pues tenía un piso nuevo que estoy arreglando con mucha ilusión, mi
hijo vive conmigo, porque mis hijos vivían cada uno con su pareja pero mi hijo
terminó con su pareja y se vino conmigo y contentísima y él también. Tenemos
un chico chileno en casa porque me hace falta económicamente para ayudarme
con los gastos, lleva tres años viviendo con nosotros, es encantador. Tengo
amigos y amigas, tengo mi grupo de senderismo he vuelto al senderismo, al
teatro, al cine, a mi música, tengo mi libertad, mi vida y tranquilidad”.
3.4.5 Escucharse a sí mismas y quererse
Por último, se observa cómo una de las estrategias que despliegan es la
de escucharse a sí mismas y generar pensamientos dirigidos a mantener la
autoafirmación y la autoestima. Esta mujer nos cuenta cómo se hablaba a sí
misma y las cosas que se decía:
María: “Tú vales mucho tía, M. tú vales mucho tía, por Dios no aguantes esto
más”.
Las mujeres que participaron en este trabajo luchan por incrementar su
autoestima y por mantener una perspectiva sobre ellas mismas diferente a las
que el agresor se ha encargado de hacerles creer.
Carolina: “(…) pero bueno yo misma si que me lo fui descubriendo y luego llegó
a una situación que yo ya no quería una situación en la que yo decía: “pero
bueno si yo me busco la vida igual que él, yo trabajo igual que él y yo cojo mis
niños y llevo mi casa igual que él, ¿yo como tengo que aguantar que una
persona venga y me pegue? ¿O me insulte o me quiera…? ¿Me diga tú no vales
para nada?”, cuando yo me miraba al espejo y todo mundo me decía “pues tú
eres una muchacha que vales mucho”.
Rosa: “es que hay algo dentro de mi que me dice: “No si no eres así, tú no te
puedes creer lo que te dicen” () y ya está () Y sigo para adelante”.
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Una de las estrategias que aparece en la mitad de las entrevistadas es
la de mirarse en el espejo para reafirmarse y reconocerse.
Elena: “Mirarse en el espejo, y y quererse. Yo me hice una (.) un me ayudaron a
eso también en el Instituto de la Mujer, me hice una… una lista, de todas las
cosas maravillosas que yo era, y yo me levantaba por las mañanas, me ponía
delante del espejo cuando me lavaba los dientes y ahora decía: Pues tengo
salud, tengo dos hijos, tengo muchas ganas de vivir, además soy maravillosa, y a
mi todo el mundo me quiere y me decía toda mi lista de maravillosidades, y
decía, y venga ahora, ponte los tacones y a tirar para adelante”
4. REFLEXIÓN FINAL
A partir de la experiencia de las mujeres entrevistadas, hemos podido
conocer el despliegue de tácticas y estrategias que estas mujeres utilizan para
recuperar el control de sus vidas a lo largo del proceso de recuperación.
Hemos visto también que estas estrategias van cambiando a lo largo del
proceso y dependen del contexto en el que se desarrollen y de los recursos y
obstáculos encontrados. Por otro lado, este es un proceso que cada mujer vive
de forma diferente en función de su situación y posibilidades, en el que pueden
quedar atrapadas y bloqueadas y que puede variar en el tiempo, siendo éste, el
tiempo, uno de los factores mas relevantes en la recuperación (Bosh, Ferrer y
Alzamora, 2006).
Para poder explicar el tipo de acciones que las mujeres emprenden a lo
largo del proceso resulta fundamental tener presente el mecanismo mediante el
cual quedan atrapadas en una relación de violencia, donde, como en un
laberinto, resulta muy fácil entrar pero es muy difícil salir (Bosh, Ferrer y
Alzamora, 2006). En este laberinto patriarcal se insertan también las acciones
que estas mujeres emprenden y que están sujetas al modo en que han sido
socializadas y a lo que desde los mandatos de género se espera de ellas. A las
mujeres se nos ha educado para el cuidado de los demás (Gilligan 1982) y las
relaciones constituyen una parte fundamental de nuestra identidad (Freixas,
2005). Otro de los aspectos fundamentales de la identidad de las mujeres es
que ésta se construye como ser para otro, donde el eje de sus deseos, gustos
o aspiraciones no es ella misma, sino que son, como diría Clara Coria (2001),
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“satélites del deseo ajeno”. Se les educa para satisfacer y cuidar a los demás y
en este intento por encajar con el mandato de buena mujer aprenden, no sólo a
satisfacer a los demás, sino también a ignorar su propia voz interna, a
silenciarse. Las mujeres pierden su sentido del self en un proceso que Jack
(2001) denomina “Silencing the Self” y que ha sido identificado y trabajado en
depresiones, especialmente en depresiones postparto (Mauthner, 1998) donde
este proceso de silenciar se hace más patente al intentar las mujeres adaptarse
a lo que socialmente se espera de ellas: ser unas buenas madres sacrificadas
y entregadas al cuidado. Además, como nos recuerda Marcela Lagarde (2000)
en la identidad de las mujeres se construye la marca de la incompletud y la
necesidad de otros para ser seres completos. En el caso de las mujeres que
han pasado por una relación con violencia de género en la pareja muchos de
estos aspectos se dan en su forma más perversa. De tanto conceder se llega a
lo que Coria (2001) denomina concesiones indignas: “la persona que concede
va desdibujándose hasta perderse a sí misma” (p.99).
Teniendo en cuenta todo esto, el lugar que las relaciones ocupan en la
vida de las mujeres, junto con el ideal de pareja duradero, cabe esperar, sobre
todo como primer paso y tal y como hemos encontrado, que las mujeres se
esfuercen por mantener la relación con su pareja, aunque éste sea un
maltratador, utilizando para ello diferentes tácticas de adherencia. En palabras
de Esperanza Bosh, Victoria Ferrer y Aina Alzamora (2006) el concepto de
adherencia tiene que ver con “el reto que para algunas mujeres representa la
obtención de una relación de correspondencia con su pareja, los esfuerzos, las
renuncias y el sufrimiento que invierten en conciliar sus expectativas con la
realidad” (p. 177).
Estas autoras consideran que a la adherencia contribuye la creencia de
la fuerza del amor, una fuerza que hace sentir que las dificultades pueden
superarse, lo que favorece una actitud de comprensión, de cuidados y apoyo
de la mujer hacia su pareja.
Puede resultar paradójico que denominemos a estas acciones de
adherencia como “tácticas” puesto que, en un principio, podrían parecer que no
son las adecuadas para el proceso de recuperación. Sin embargo, creemos
que pueden cumplir un papel importante y del que estas mujeres aprenden. En
87
estos inicios del descubrimiento de que algo no va bien, se podría decir que la
propia dinámica relacional insertada en una ideología patriarcal orienta a las
mujeres hacia la adherencia al agresor en un intento por preservar la pareja y
el proyecto común de familia. Como alguna autora ha señalado se han hecho
muchos trabajos intentando analizar por qué las mujeres no abandonan antes
estas relaciones abusivas, cuando quizás lo que realmente sería necesario
explicar es cómo es que en un sistema donde todo está diseñado para que la
relación continúe, ellas llegan a decidir romper la relación. No obstante,
consideramos que estas tácticas de adherencia pueden desempeñar un papel
fundamental para deshacerse de la culpa. Como ya hemos señalado, esta
culpa inicial supone un serio obstáculo en la recuperación de las mujeres y el
uso de estas tácticas de adherencias pueden resultar importantes en este
proceso de desculpabilización. Para que dicho proceso sea exitoso puede ser
necesario que las mujeres lleguen a interiorizar la siguiente idea: “he hecho
todo lo posible y todo cuanto estaba en mi mano por salvar la relación pero no
ha sido posible”. Se podría decir que es una etapa que la mujer puede
necesitar vivir para evolucionar al desprendimiento, por ello hemos considerado
a estas primeras acciones como tácticas. Sin embargo, esto que a nivel
individual puede contribuir al desprendimiento de la culpa y a la posterior
recuperación, hace que simultánea y paradójicamente se las culpabilice
socialmente de lo que les ocurre. “Ellas son las culpables por darles segundas
oportunidades y volver con el agresor”. A la vez que individualmente se liberan
de la culpa, socialmente son etiquetadas como culpables.
En palabras de Clara Coria (2005) “Cuando las mujeres dejan de
responder a los mandatos culturales que pesan sobre ellas tienden a sentirse
transgresoras de los roles establecidos y, como consecuencia, “malas” y
culpables,
sobre
todo
cuando dejan de
comportarse como
“madres
incondicionales”.
Pero, puesto que nuestro trabajo ha estado centrado en mujeres que son
capaces de recuperar el control de sus vidas, deben ser mujeres que cuentan
con recursos sociales e individuales que posibiliten la puesta en juego de otra
serie de acciones que permiten dicha recuperación. En este sentido
consideramos fundamentales ciertas acciones empleadas por las mujeres tras
88
los primeros momentos de toma de conciencia de que la situación no va bien y
descubrir que el intentar mejorar la relación con su pareja no tiene éxito. Nos
referimos a las acciones que hemos denominado como estrategias de
desprendimiento (Barberá, 2007; Coria, 2005; Freixas, 2005). De acuerdo con
Coria (2005), tarde o temprano las personas necesitan reorientar sus vidas en
cuanto a los mandatos de género recibidos y a los intereses o proyectos
personales postergados o insatisfechos porque se han priorizado los
compromisos en base al género. A pesar de que los condicionantes de género
van a suponer un obstáculo en este proceso de desprendimiento y que van a
hacer difícil la reorientación y el afrontamiento de los cambios, algunas mujeres
son capaces de conseguirlo.
De esta forma, a lo largo del proceso surgen otras formas de afrontar la
situación y empiezan a incrementarse las estrategias, para desprenderse del
agresor, que se ponen en juego acompañadas de ciertas estrategias de
supervivencia. Estos resultados coinciden con aquellos estudios que muestran
que el número de estrategias previas de afrontamiento resulta ser un buen
predictor de una ruptura posterior de la relación (Anderson y Saunders, 2003) y
que, frente a la visión dominante que concibe el abandono de la relación como
un acto o decisión puntual, sería necesario concebir la ruptura como un
proceso. Desde esta perspectiva se conceptualiza el abandono de la relación
como un proceso complejo que implica a diferentes decisiones y acciones que
se llevan a cabo durante un periodo que puede extenderse en el tiempo
durante meses o años. Este paso es reconocido como muy importante en el
proceso de recuperación (Anderson y Saunder, 2003). Algunos trabajos
muestran que mujeres que viven una situación de abuso donde su vida no
corre aparentemente peligro encuentran formas alternativas de manejar la
situación sin que esto suponga una ruptura de la relación. No obstante, habría
que tener en cuenta, que puede ser posible que la pareja de mutuo acuerdo
siga compartiendo vivienda (cohabitando) pero afectiva y emocionalmente la
pareja esté rota y que el abandono no sea físico pero sí psicológico (Hydén,
1999). En el caso de las mujeres que han participado en este trabajo todas han
abandonado la relación, aunque en muchos casos haya sido un proceso más o
menos largos y con continuas idas y venidas a la relación.
89
Por otro lado hay que tener en cuenta que la ruptura de la relación, al
contrario que otras formas de resistencias más sutiles, supone una forma de
resistencia abierta y pública a la situación de dominación a las que estas
mujeres se han visto sometidas (Hydén, 1999).
Cuando en este proceso se va pasando de la adherencia al
desprendimiento se va produciendo un cambio en la prioridad de las mujeres
donde la agenda de las mujeres pasa de estar centrada en cómo mantener la
relación a cómo abandonarla (Rosen & Stith, 1997, p. 177, cit. por Anderson y
Saunders, 2001). Esta ruptura y distanciamiento emocional resulta fundamental
para su recuperación. Después de haber vivido de manera mantenida en una
situación de inseguridad, temor, ansiedad, desesperanza, etc. “sin un
sentimiento, al menos moderado, de seguridad, la recuperación del trauma es
imposible” (Rojas Marcos, 2005, p. 113), y para ello resulta fundamental este
distanciamiento.
Hemos visto también que de cara a conseguir una ruptura exitosa donde
su seguridad no peligre, las mujeres ponen en juego toda una serie de tácticas
de supervivencia. Como hemos señalado, alguna de ellas podrían ser
interpretadas como muestra de la sumisión de las mujeres (simulan pasividad,
etc.), pero, sin embargo, creemos que constituyen auténticas tácticas de
resistencia activas con las que consiguen cierto grado de control en una
situación diseñada por el maltratador para que todo el control esté en sus
manos. En este sentido Rojas Marcos (2010) postula que la adaptación y el
aguante son conductas fundamentales de supervivencia en circunstancias
adversas prolongadas, ya que el primer reto para superar cualquier
circunstancia adversa, afirma, es sobrevivir. En el mismo sentido Clara Coria
(2005) al hablar de las estrategias de afrontamiento que las mujeres
desarrollan para establecer cambios en sus vidas, defiende que la aceptación
no se puede entender como resignación, ya que contrariamente a la
resignación, la aceptación implica ejercitar el criterio de realidad, la capacidad
de ver las cosas como son pero dando lugar a comportamientos operativos en
la búsqueda de estrategias vitales, un volver sobre lo conocido para
redescubrirlo en su nueva realidad. En sus propias palabras “La aceptación es
una manera de instalarse en la dimensión del presente y del tiempo en
movimiento, mientras que la resignación es una forma de sumisión
90
incondicional que anticipa un futuro cristalizado” (Coria, 2005, p. 23-24). Añade
Coria que dentro de las estrategias de afrontamiento para establecer cambios y
llegar al protagonismo de la vida propia, es necesario pasar previamente por la
aceptación y el acompañamiento, actitud esta última que permite, según la
autora, soportar la incertidumbre que implica desprenderse de parte de lo
conocido para abrirse a nuevas alternativas y potencialidades.
Por otro lado, aunque no podemos obviar el innegable valor que las
tácticas de supervivencia tienen, entendemos que uno de los retos que
deberán asumir es avanzar más allá de estas conductas y no sobre-adaptarse
a ellas, evitando que éstas se conviertan en acciones cotidianas que utilicen
como modo preferente de resolver y afrontar su situación, con la minimización
del riesgo que ello puede llevar asociado.
Pero como hemos señalado también, con el abandono de la relación no
finaliza el proceso de recuperación. Las mujeres, en muchos casos
acompañadas (terapeutas, amigas, hijas) tendrán que hacer todo un trabajo de
reelaboración y relectura de lo vivido para volver a tener el control de sus vidas
y conseguir satisfactoriamente la reconstrucción de su vida personal y social.
En este proceso de empoderamiento resulta fundamental el desarrollo de una
conciencia crítica que permita a las mujeres entender la forma en que las
fuerzas sociales han
contribuido a
su experiencia
con
la
violencia
(Kasturirangan, 2008). A esta conciencia crítica contribuye de una manera muy
importante, como decimos, la nueva relectura de lo vivido que pueden aportar
otras mujeres, o la ayuda terapéutica proporcionada por un/a profesional con
perspectiva de género.
En este proceso de desprendimiento, además de separarse del agresor
tienen también que desprenderse de creencias sociales y mandatos de género
y pasar a realizar acciones de empoderamiento para conseguir que el proceso
de recuperación sea exitoso. Como nos diría Clara Coria (2005), sin
desprendimientos no puede haber nuevos apoderamientos. Las mujeres
necesitan incorporar nuevas visiones sobre su vida y el mundo que les ayuden
a interpretar lo ocurrido. Estos nuevos “apoderamientos” van a promover que
vuelvan a quererse, a cuidarse y que recompongan sus redes sociales. Será
necesario deshacer el proceso de silenciamiento al que ha sido sometido su
“self” a lo largo del proceso, y sus necesidades y aficiones deberán ocupar un
91
eje fundamental de su vida. Este nuevo espacio personal desde el que (re)
pensarse, quererse y cuidarse supondrá una auténtica resistencia a los
mandatos de género, resultando fundamental para el proceso de recuperación.
92
Capítulo
4.
EL
LABERINTO
DEL
ESPEJO:
METÁFORAS EMOCIONALES EN LA RECUPERACIÓN
DE MUJERES VÍCTIMAS DE VIOLENCIA DE GÉNERO
1. INTRODUCCIÓN
En este capítulo nos planteamos conocer y comprender el papel de las
emociones en el proceso de recuperación de mujeres que han sido víctimas de
violencia de género, estudiando las metáforas que utilizan para regular sus
emociones y facilitar la reconstrucción de sus vidas. En el marco de esta
investigación, este trabajo supone una profundización y focalización en la
dimensión afectiva del proceso de recuperación de mujeres víctimas de
violencia de género con el fin de conocer los recursos que movilizan en este
plano para recuperar el control de sus vidas así como desvelar el papel que
estos recursos juegan en este proceso.
Para ello, el estudio se nutre de algunas contribuciones procedentes del
postestructuralismo que asumen el papel preponderante del lenguaje en la
constitución de la experiencia afectiva (Abu-Lughod & Luzt, 1990; Zembylas,
2005). Adoptamos junto con Abu-Lughod & Lutz (1990) una concepción de la
emoción como práctica discursiva, poniendo el acento en el origen social de las
emociones y en su construcción a través de la interacción social. El estudio de
la emoción como discurso nos permite explorar cómo el habla proporciona los
medios por los cuales la emoción adopta determinados significados asociados
a contextos culturalmente definidos. Entender las emociones como un
fenómeno social implica considerar el papel crucial del discurso para
comprender cómo éstas se constituyen. Esta perspectiva se centra en mostrar
cómo los discursos emocionales configuran, desafían o refuerzan las
estructuras sociales (Abu-Lughod & Lutz, 1990). Partiendo de esta visión,
Zembylas (2005) afirma que: 1) las emociones no son privadas o universales,
sino que se construyen a través del lenguaje y de las interacciones humanas
en contextos sociales amplios y, 2) el discurso y expresión de la emoción lleva
93
implícito una definición de los contextos sociales, ya que son éstos los que
legitiman o censuran las emociones.
Por su parte, también nos nutrimos de las investigaciones procedentes
de la psicología cultural (Edwards, 1999; Fivush y Nelson, 2004; Fivush, 2007;
Hong, 2004; Turski, 1991; Rebollo, 2006) que estudian el discurso emocional
como indicador de la relación de la persona con los contextos sociales y con
las herramientas culturales características de éstos. Estas investigaciones
adoptan una visión dialógica de base sociogenética según la cual las
emociones pueden ser entendidas como prácticas culturales aprendidas y
realizadas en las ocasiones oportunas.
Edwards (1999) plantea que el discurso emocional no sólo incluye
términos emocionales como ira, sorpresa, miedo, etc. sino también un rico
conjunto de metáforas que sirven para la acción y cuya elección por parte de la
persona supone narrativas alternativas sobre la atribución causal y la
responsabilidad. Edwards (1999) considera que las metáforas emocionales
pueden ser concebidas como un recurso conceptual que las personas utilizan
para el empoderamiento o la legitimación de su identidad cultural en las
interacciones, siendo utilizadas para ganar poder personal en la constitución de
significados y de acciones. En su estudio identifica un conjunto de expresiones
metafóricas de la ira durante las interacciones de pareja (“ciego de rabia”,
“salirme de mis casillas”, “perder los estribos”, “explosión de cólera”, “lleno de
rabia”, “hervir las venas”), que funcionan como un tesauro personal aprendido
culturalmente que predispone a la acción. Las metáforas emocionales son
recursos conceptuales de carácter figurado que están disponibles para su
empleo discursivo en función de intenciones subjetivas y metas personales en
contextos sociales.
Precisamente, Turski (1991) sugiere que las personas nos socializamos
en formas de sentir a través de situaciones prototípicas de aprendizaje
emocional, lo que él denomina “escenarios paradigmáticos” y que, por tanto, el
repertorio emocional que desplegamos y cómo lo hacemos es fruto de la
interacción social en contextos culturales muy significativos. En relación con la
cultura china, Hong (2004) señala seis tipos de contextos relacionales clave en
el aprendizaje emocional: padres-hijos, de pareja, entre hermanos, profesoresalumnos, de amistad, gobernantes-súbditos. Según ella, todos estos contextos
94
relacionales están atravesados en la cultura china por la piedad filial como ideal
cultural, analizando cómo las emociones de culpa y vergüenza se construyen
en estos espacios paradigmáticos vinculados a juicios reflexivos sobre la
violación de este código ético culturalmente constituido. Comprender las
emociones en la cultura requiere un conocimiento de los ideales culturales y del
orden social que ellos implican dentro de contextos locales donde las
emociones se construyen.
Según Boonzaier y de la Rey (2003), las narrativas de mujeres víctimas
de violencia muestran que las mujeres a veces adoptan construcciones del
género hegemónico y otras veces muestran su resistencia a ellas. Towns y
Adams (2000) señalan cómo las construcciones culturales del romance y el
amor perfecto sirven para sustentar relaciones abusivas contra las mujeres. De
forma similar, Wood (2001) muestra cómo las mujeres justifican la violencia de
sus parejas mediante narrativas tradicionales de género, usando para ello el
repertorio disponible de recursos discursivos proporcionados para la cultura y
reflejando las narrativas sobre el género y el romance que son aprobadas,
sostenidas y producidas culturalmente.
Boonzaier (2008) identifica una variedad de metáforas en los discursos y
narrativas de mujeres y hombres sobre la violencia y las relaciones de pareja:
metáfora de la inmadurez, metáfora volcánica, metáfora cíclica, etc. Todas ellas
muestran aspectos de las relaciones de pareja que se mueven entre el amor y
el abuso. De este modo, la metáfora de la inmadurez y de la necesidad de
protección está presente en las narrativas de mujeres, encontrando que al
inicio de la violencia las mujeres se ven a sí mismas incapaces de actuar, como
puras víctimas, y hacia el final de la relación la agencialidad y resistencia
aumentan utilizando diversas estrategias. Ussher et al. (2000) argumenta que
las representaciones culturales de las mujeres como niñas o inmaduras han
sido históricamente usadas para excluir a las mujeres de una participación más
plena en la esfera pública y el discurso culturalmente producido, aprobado y
sostenido de la feminidad lleva implícito este ideal de protección por parte del
hombre. Por su parte, la metáfora volcánica o de la explosión presente en el
discurso de los hombres muestra una personalidad dual que le exime de
responsabilidad sobre la violencia, mostrándose como normalmente bueno que
explota y se convierte en un monstruo fuera de su control. Esto mostraría que
95
la violencia es impredecible e incontrolable, lo que explicaría y justificaría la
dinámica de la relación como una dinámica de “buenos tiempos” y “malos
tiempos”.
En este estudio, Boonzaier (2008) concluye que el discurso de hombres
y mujeres sobre la violencia y las relaciones muestra ideales hegemónicos de
género en sus narraciones acerca de sus relaciones y que estas son
construidas relacionalmente usando para ello el repertorio de recursos que la
cultura nos provee. El análisis reveló que para muchas mujeres formas
aceptables de identidad implicaban la apropiación de la narrativa culturalmente
aceptada sobre la feminidad, lo que implica ajustarse a un molde que supone
desarrollar un rol pasivo, aceptar la culpa y negar o minimizar la violencia de su
pareja. También se observó que estas narrativas estaban estrechamente
imbricadas con discursos culturales sobre el amor y el romance.
En esta misma línea, Thapar-Björkert y Morgan (2010) estudian las
narrativas del personal voluntario que trabaja con mujeres que han
experimentado la violencia, explorando cómo sus discursos reproducen una
cultura de la culpa y de la responsabilidad, siendo vistas las mujeres como
cómplices de su propia situación. Esta violencia simbólica que se produce en
las prácticas y discursos institucionales acerca de la víctima transmite y
refuerza una cultura de la resignación (Morgan, 2006) que no sólo dificulta el
proceso de recuperación de las mujeres víctimas de violencia sino que crea las
condiciones sociales para que la violencia se produzca.
Tradicionalmente los hombres y las mujeres han aprendido a
comportarse y a desarrollar un guión de vida diferente en base al género.
Guión que además de diferente se considera complementario. A los hombres
se les ha educado para ostentar el poder económico, social y sexual, pero no
para las actividades domésticas porque su espacio es el de la calle. En el plano
privado se espera de ellos que además de ser los proveedores económicos,
sean el cabeza de familia, la máxima autoridad en la toma de decisiones. Por
otro lado a las mujeres se las ha educado en el rol de madre-esposa, adscritas
al espacio doméstico y familiar. Sus funciones básicas han sido las de
reproductora, cuidadora, educadoras y sanadoras de la familia. Sin recibir por
este esfuerzo ni reconocimiento social, ni remuneración económica. Es lo que
Clara Coria (2005) viene a denominar como “satélites del deseo ajeno”. Es
96
decir, a las mujeres se les enseña a incorporar las necesidades ajenas como
propias de tal forma que terminan haciendo no lo que desean sino lo que se
espera de ellas que tienen que hacer. Tal es así, defiende Coria, que con los
años las mujeres “quedan a la deriva como barca sin timón a base de navegar
para otros” (Coria, p.30).
Este ser para otros se plasma también en las relaciones afectivosexuales. Es cierto que tanto los hombres como las mujeres necesitamos amar
y ser amados, pero también lo es que se nos educa con expectativas diferentes
en torno al amor. Fina Sanz lo explica diciendo que “la forma en que amamos y
vivimos el amor varones y mujeres tiende a ser diferente porque partimos de
dos subculturas, femenina y masculina, que implican valores y roles distintos.
Nuestras prioridades no pasan por los mismos lugares” (Sanz, 1995, p.13).
Mientras los hombres son educados para amar desde la separación, teniendo
una identidad social con valor en sí mismos y reconocidos por ser quienes son,
a las mujeres se les educa a amar para la fusión, es decir, poniendo el valor de
una misma en la elección del otro (ej. ser la señora de…). Por eso, defiende
Sanz, a las mujeres se las educa para amar y ser queridas. En la misma línea
Ana Távora (2008) defiende que la mayor necesidad que tienen las mujeres es
“ser queridas”, lo que las convierte en objeto de deseo. Esta necesidad,
argumenta Távora, se convierte en un organizador subjetivo tanto interno en
cuanto a la valoración propia, como externo en cuanto al reconocimiento de los
demás. Esto actúa directamente sobre la autoestima de la mujer de tal forma
que una se quiere en la medida que se siente querida.
Marcela Lagarde (2000) por su parte corrobora esta idea al hablar de las
mujeres “conformadas como seres para otros”, expresión que viene a referir
cómo “estereotipos tradicionales marcados por la condición patriarcal de la
mujer definen a las mujeres como seres- para- los otros, estructuradas por la
sexualidad, el trabajo y la subjetividad enajenadas, para dar vida, sentido y
cuidado a otros. La dependencia vital marca la subjetividad y define el carácter
corporativo de las mujeres. Antológicamente esta configuración sustenta la
incompletad y la ilimitación de las mujeres como seres cuyo sentido de la vida y
cuyos límites personales están más allá, están en los otros (Lagarde 2000,
p.45)…. Así las mujeres depositamos la autoestima en los otros y, en menor
medida en nuestras capacidades. La cultura y las cuotas sociales del mundo
97
patriarcal hacen mella en nosotras al colocarnos en posición de seres
inferiorizadas y secundarias, bajo el dominio de hombres e instituciones, y al
definirnos como incompletas (Lagarde, 2000, p. 32). De tal forma, argumenta
Lagarde, que a menudo terminan creyendo que las posibilidades de ser
amadas y valoradas dependen de su disposición a aceptar como verdad que la
opinión autorizada está fuera de ellas, aceptando así la subordinación y el
control de los otros sobre sus vidas. Terminan así, en muchas ocasiones,
confundiendo la dependencia emocional para la que han sido programadas,
con amor incondicional hacia el/los otros.
Bosch, Ferrer y Alzamora (2006) sostienen que esta socialización
diferencial de género no es sólo un sistema de organización social que otorga
mayor poder y privilegios a los hombres sino también una ideología o conjunto
de creencias que legitima y mantiene esta situación de poder. Esta ideología se
sustenta en dos creencias básicas: a) la creencia que legitima el poder y
autoridad de los hombres sobre las mujeres en todos los órdenes de la vida,
incluida la privada (matrimonio o pareja) y, b) la creencia o actitud que justifica
la violencia contra aquellas mujeres que infringen estos ideales o creencias,
atentando contra este modelo de organización social. El ideal de mujer en este
laberinto patriarcal se basa en su capacidad de entrega y cuidado de los otros.
Lagarde (2000) afirma que las mujeres, conformadas como seres-para-otros,
depositamos la autoestima en los otros y, en menor medida, en nuestras
propias capacidades como consecuencia de la interiorización de estos
mandatos y, por ello ha venido a afirmar que el primer “no” de la mujer a los
otros es el primer “sí” a sí mismas (Lagarde, 2000; Freixas, 2001). Todos estos
mandatos de género aparecen en su forma más perversa en el caso de las
mujeres que han pasado por una relación con violencia de género, donde las
mujeres van cediendo hasta llegar a lo que Coria (2001) denomina concesiones
indignas: “la persona que concede va desdibujándose hasta perderse a sí
misma” (p.99).
Nuestro objetivo en este capítulo es analizar el discurso emocional de
mujeres víctimas de violencia de género que han logrado recuperar el control
de sus vidas, a través de las metáforas que utilizan, permitiéndonos conocer
las emociones presentes en el proceso y el papel que han jugado en su
98
proceso de recuperación, posibilitando reconocer los recursos que ellas han
movilizado para reconstruir su vida y su identidad desde y para los afectos.
2. MÉTODO
Las entrevistas han sido analizadas de acuerdo con los principios de la
teoría fundamentada (Strauss & Corbin, 1998). Para ello, el primer paso fue
identificar en cada narrativa individual expresiones metafóricas en relación con
el proceso de recuperación: inicio, transición (rupturas temporales), resolución
(ruptura definitiva). En este primer paso, los textos fueron leídos y analizados
de forma comprensiva con el fin de identificar todas las expresiones que
emplearan las mujeres sobre su relación de pareja y en su experiencia de
romper con el maltratador y rehacer su vida. Este proceso es inductivo y nos
permite descubrir patrones sistemáticos o categorías que permitan describir e
interpretar el papel de las emociones en la recuperación. Las categorías no
están definidas previamente, sino que surgen de la lectura de las entrevistas.
Para la elaboración y definición de las categorías utilizamos el método de
comparación constante con el fin de identificar conceptos significativos en los
textos y asegurar una categorización rigurosa. En esta primera fase,
seleccionamos de forma sistemática y extensiva todas las metáforas
emocionales encontradas en cada entrevista. En un segundo momento,
utilizamos el método de comprobación cruzada con dos categorías iniciales:
momentos y metáforas, anotando además la interpretación y valoración que
hacían las mujeres así como la situación y momento en la relación con su
pareja que estaban relatando para profundizar en el análisis. Las categorías de
análisis que han emergido de las entrevistas y que hemos utilizado para este
capítulo aparecen seguidamente. Las primeras de ellas están referidas al
momento del proceso al que hacen referencia, y coincide con la clasificación
también utilizada en el capítulo anterior en el que se ha analizado las tácticas y
estrategias empleadas. Serían las siguientes:
a. Momentos claves en la recuperación:
a.1. Inicio de la relación de maltrato. En este momento se relatan los
primeros episodios de violencia percibidos por las mujeres. En él se incluye
99
tanto el comportamiento violento del agresor como la actitud de la mujer y el
entorno en el que se produce.
a.2. Transición o periodo de convivencia violenta o de maltrato. En esta
etapa se incluyen las separaciones transitorias, e intentos de afrontar la
situación por parte de las mujeres, la relación que se mantiene con el
agresor y con el entorno.
a.3. Resolución. Hace referencia a la fase final que incluye en todas ellas
momento de ruptura, factores desencadenantes, contexto en el que se
produce y proceso final de recuperación.
b. Metáforas emocionales utilizadas:
b.1. Metáforas bloqueadoras. Son aquellas que utilizan las mujeres y que
bloquean su salida de la relación de maltrato. Estas metáforas implican un
mantenimiento de la relación y adherencia al agresor. Habitualmente son
expresiones metafóricas de la vergüenza y la culpa. Entre ellas, se
encontrarían: me sentía sucia por mandarlo al talego, esa es mi cruz,
dejarme comer el terreno, dejar a mis hijos e irme con las amigas era
pecado mortal, etc.
b.2. Metáforas facilitadoras. Son recursos que utilizan las mujeres para
recuperar el control de sus vidas. Estas metáforas implican ruptura de la
relación y desprendimiento del agresor. Son expresiones metafóricas de
emociones que facilitan su salida de la relación de maltrato y la búsqueda
de un espacio propio. Entre ellas, se encontrarían: tirar para adelante, ganar
terreno, mi futuro lo veo blanco, me como el mundo, me siento con las
riendas de mi vida, mi fuerza son mis hijos, etc.
3. RESULTADOS Y DISCUSIÓN
La primera conclusión que podemos extraer de este trabajo es la
variedad y riqueza de metáforas que utilizan las mujeres para contar sus
experiencias de maltrato y su proceso de recuperación, observándose cómo al
principio las metáforas que utilizan aluden a emociones que paralizan y
bloquean la ruptura de la relación y progresivamente las metáforas
emocionales que utilizan les impele a actuar y a cambiar su situación.
Igualmente se observa en las metáforas del inicio un cuestionamiento de sí
100
mismas (de sus decisiones, de su identidad, de su valía, etc.) mientras que las
metáforas del momento de resolución implican cuestionamientos de los
mandatos sociales de género y una reivindicación de su agencialidad.
Los datos muestran la utilización de una diversidad de metáforas que
desempeñan un diferente papel en el proceso de recuperación de una relación
de maltrato, pudiendo observar cómo va variando el uso de dichas metáforas a
lo largo del proceso: desde el inicio en el que relatan los primeros episodios de
violencia percibidos por las mujeres hacia la resolución o momento de ruptura
de la relación. Como decimos, hemos observado que las metáforas que las
mujeres utilizan para relatar sus experiencias y vivencias cambian a lo largo de
los distintos momentos del proceso de recuperación.
3.1.
METÁFORAS
EMOCIONALES
QUE
BLOQUEAN
LA
RECUPERACIÓN
Tras el análisis de las entrevistas de estas mujeres hemos encontrado
que estas metáforas son usadas, fundamentalmente, en dos momentos del
proceso: en los momentos iniciales y en los períodos de transición y
convivencia con el agresor. Estas metáforas suponen un cuestionamiento de sí
mismas y de su proyecto vital y están orientadas a regular su propia acción.
Estas metáforas aluden a emociones que aparecen en los relatos como
factores bloqueadores. Entre ellas figuran: la vergüenza, la culpa y el miedo,
pero también aparecen el romanticismo (optimismo romántico) y la confianza
en el agresor como dos sentimientos que afectan negativamente al proceso de
recuperación de las mujeres. El optimismo romántico aparece como una ilusión
de control, una necesidad de creerse lo que se espera del otro, basada en una
negación de la realidad, o falta de conciencia de ésta.
En estas metáforas se observa cómo la interiorización de ciertas
creencias y mandatos sociales de género inciden en la interpretación de los
afectos y de las relaciones de pareja: la idealización de la pareja, el amor como
sufrimiento, la pareja como entrega y sacrificio, etc. Estas creencias adoptadas
como parte de la propia identidad juegan un importante papel entorpeciendo el
proceso de recuperación, lo que se observa en los relatos y, específicamente
en las metáforas empleadas para describir sus experiencias.
101
3.1.1. El burka occidental. El ideal del amor romántico.
Esta metáfora se sustenta en el mandato “el amor todo lo puede, el amor
puede hacer que la otra persona cambie”. Esta creencia conlleva el mensaje
para la mujer de que si no cambia la otra persona es porque no lo quieres lo
suficiente, siendo en última instancia una falta personal de la mujer, que le
impele a adaptarse, encajar y empatizar con el agresor. El burka occidental
hace alusión a una forma de violencia invisible y estructural que es la que te
lleva a asumir mandatos sociales respecto al amor y la pareja, renunciando a lo
que eres tú misma para “encajar en un molde”. El siguiente fragmento recoge la
alusión a esta metáfora y muestra cómo la empatía con el agresor se apoya en
el momento “reina”.
Elena: “Mmm… fueron muchas::: mmm… (2) se dieron muchas situaciones ¿no?
estaba el (.) el peso…de la tradición, (…) yo he sido educada en (…) la figura
de… de la mujer era… pues de sumisión, de “el amor todo lo puede”, ahora lo
puedes estar pasando mal pero… (3) el amor puede hacer que las cosas que,
que la otra persona cambie… y además siempre el grado de empatía > yo
siempre, siempre estás justificando, y porque además (…) el maltrato no… no
es, hay también una variable que no es siempre maltratador, es de tres días
maltratador y un día es el príncipe, maravilloso, que lo que tú digas mi reina pues
lo tienes en… ahí, ¿no? y yo siempre me agarraba solamente a ese día o a ese
momento en el que yo era pues su reina, y me olvidaba que tenía el resto de los
días pues de… de burka occidental”
Elena: “yo estaba en esa situación y yo noto que estaba diciendo: ºpero a lo
mejor él puede cambiarº (susurrando). Yo ya había salido de mi casa, con mi
maletita y con mis dos niños y harta de todo, harta de empujones, harta de
aguantar y con los nervios desquiciados y… y todavía había una parte (.) de mí
que decía º¿y si cambia? A lo mejor todavía puede cambiarº (susurrando) y a lo
mejor pues todavía esto puede ser pues lo que yo siempre soñé, perfecto…
porque yo me centraba en los momentos felices (…) y la de veces que él me ha
abrazado y la de veces que él me ha escuchado y entonces ellas: lo que me
hacían era espabilarme, en el mejor sentido de la palabra ¿no?, me quitaron un
poco de ese… (2) ºromanticismo, positivismoº (Susurrando) extremo, eh… me
hicieron ser más realista ¿no?”
En estos fragmentos Elena refleja dos aspectos implicados en la
metáfora “el burka occidental”. Por una parte, la ilusión de que él es como lo
102
quieres ver y no como él es, idea que se apoya en el hecho de que hayas
vivido junto a él “buenos momentos” (Boozaier, 2008). Por otra, el ideal del
amor romántico (Jackson, 2001; Korobov y Thorne, 2009) que implica un
repertorio sentimental, donde la mujer idealiza al hombre y su relación con él
así como un repertorio de cuidadora emocional donde la mujer asume una
responsabilidad a menudo desproporcionada en relación con el mantenimiento
de la armonía romántica, iniciando las reconciliaciones y aceptando la culpa de
los problemas de pareja.
3.1.2. La Geisha. Pagar por ser querida.
El hecho de que las mujeres depositen su valía y autoestima en los
demás más que en sus propias capacidades está en la base de esta metáfora.
Como afirma Lagarde (2000) las posibilidades de ser amadas y valoradas
depende de la disposición de las mujeres de aceptar como verdad que la
opinión autorizada está fuera de ellas.
La metáfora de la geisha representa la obligación que siente la mujer de
“recompensar” al hombre por quererla, por fijarse en ella, por acercarse a ella.
Está apoyada en la interiorización de una posición y relación de desigualdad,
en la que el hecho de que el hombre se muestre dispuesto a relacionarse con
ella, le da valor social como mujer. El sentimiento implicado en esta metáfora
es el agradecimiento extremo que conduce a una lealtad dañina. Esto lo
expresa Patricia en los fragmentos siguientes:
Patricia: “que una persona, cuando quiere a otra, o piensa que la quiere no tiene
que pagar por quererla. El llegar a esa conclusión, me doy cuenta de que los
principios de los cuales yo empiezo una relación, la empiezo mal, la empiezo
desde una altura diferente. Yo siento, por esa persona, por mis sentimientos, no
porque la persona, en sí, me esté dando nada a cambio. A ver si me explico, yo
no tengo que pagar por ello, eso es lo que me ha hecho reconocer, que, no tan
sólo el problema lo tiene, suena como si lo estuviera defendiendo, y para nada.
Pero no tan sólo lo tiene el problema el maltratador, es la manera de ver, cómo
queremos a las personas, o la manera de sentirlas y de que el amor también
tiene que ser sano”.
Patricia: “no hubiese pagado para que me quisiera. Yo no sería la niña buena, a
mí me faltó de hecho, ponerme las dos pinzas aquí, yo me convertí en una
geisha para qué él me quisiera, porque después de, yo venir de una persona,
103
que bueno, que no me había querido, éste me quería, con niños, y me quería,
me quería a mí, yo tenía que pagar por eso”.
3.1.3. La marioneta. Te mueven los hilos de tu vida.
Esta metáfora sintetiza la perversión con que el agresor va tejiendo una
tela de araña sobre la mujer de la que es difícil escapar. Como afirman Bosh,
Ferrer y Alzamora, (2006) se trata de un laberinto, en el que resulta muy fácil
entrar pero muy difícil salir. Estas mujeres relatan la inocencia e ingenuidad con
la que comienzan sus relaciones de pareja y cómo se ven en ese proceso
despojadas de su capacidad de decidir. Esta metáfora está estrechamente
relacionada con el mandato social según el cual es responsabilidad de la mujer
el cuidado y bienestar ajeno (pareja, hijos/as, padres, etc.). Además, como
señala Clara Coria (2005, p.75) de manera no demasiado consciente, una gran
cantidad de mujeres construyen su ideal de amor a imagen y semejanza del
amor materno-filial y, en consecuencia, tienden a sentirse responsables de
aquellos a quienes aman. Este colocar al otro en el centro de tu vida, que
inicialmente estas mujeres hacen “voluntariamente” se convierte en una
imposición. El cariño, el cuidado, la dedicación, el esfuerzo que ellas han
“otorgado” generosamente es interpretado y definido perversamente por el
agresor como un recurso con el que él cuenta en su vida y “obliga” a la mujer a
ponerlo siempre a su disposición, negándole su autonomía en lo más íntimo.
Carolina y Elena lo expresan del siguiente modo:
Carolina: “(…) yo siempre he dicho que era una marioneta yo no tenía
personalidad ninguna, porque no la tenía con esa edad, entonces siempre ha
sido él, el que me ha llevado por su camino, aparte era una cultura diferente
porque era, el era, no es que fuera una excusa, era sólo un condicionante pero
era de etnia gitana y entonces era también una cultura diferente en la que ellos
sometían a las mujeres aún más y a ser sumisas y a… entonces poco a poco él
me fue apartando, vamos él, digamos, fue como cuando: él ejerció de padre
aparte que pareja, porque con esa edad tu estás creciendo y te están enseñando
una educación y unas cosas, y entonces él me educó a seguir el camino que él
quería”.
Elena: “Nos casamos y (2), nos casamos pero yo ya ahí empecé yo a ser madre
de él ¿no? Él me muestra a mí que él está mal en su casa, y entonces yo actúo
de… de madre, y digo bueno, pues nada, no te preocupes, que aunque nada
104
más que llevemos un año saliendo pero lo montamos todo y nos casamos, y tú
ya puedes salir de tu casa y…Y aquí está la Elena para… para cuidarte y darte
todo lo que tú necesites y tú verás como todo sale bien. Y… (3) y, de vez en
cuando brotaba toda su ira, todo su… su ataque, y tú decías bueno pero es que
yo no estoy haciendo nada malo que lo que estoy haciendo es trabajar más que
una mula (…) lo que es tú ir anulando tu vida, decir mi vida es él y mi vida es su
vida”.
Elena: “Tú::: ¡puedes ir a trabajar un poquito! Lo justo para traer el dinero a casa,
pero tú luego eres, ¡para mi! te separan de tus amigos, porque tu ya no tienes
que tener amigos, tú teniéndome a mí, si a ti te pasa algo, nada más lo tienes
que compartir conmigo. Te quitan de tus amigos, te quitan de la familia… Te van
dejando sola, ¡para que tú seas solamente para mí! Y yo ya pueda (.) llevar los
hilos de tu vida como yo quiera, claro. Y eso es un modelo, un prototipo. En los
grupos de ayuda, pues ves tú como esa dinámica, sucedía en el resto de… Sí,
que creías tú, que eso solo te pasaba a ti, y ves como a las demás les pasaba
exactamente igual, lo mismo, ¿no? Comienzan eso, comienzan a::: sutilmente, y
despacito, pero, hasta que tú ya, no tienes donde agarrarte y solamente te
puedes agarrar a mí y dependes de mí”.
Esta metáfora se alimenta, por un lado, de las representaciones
culturales de las mujeres como niñas o inmaduras que necesitan la protección
y seguridad de un hombre y, por otro, del mandato de género según el cual las
mujeres somos responsables del bienestar y armonía familiar. Esta metáfora se
apoya en los discursos culturalmente legitimados sobre la feminidad
(Boonzaier, 2008; Ussher et al., 2000).
3.1.4. La bolsa de basura. Rumiar la pena.
Esta metáfora está directamente asociada a la expectativa de
reciprocidad que tienen las mujeres respecto al agresor así como al mandato
de género por el cual una mujer se realiza en y para el amor y por el
mantenimiento de la pareja. María, Patricia y Rosa describen este sentimiento
en los siguientes párrafos:
María: “Impotencia, básicamente impotencia. Mucha pena de mí misma, eso hay
que quitárselo de encima ¿eh? porque la compasión de ti misma, no te deja
levantar la cabeza ¿sabes?, sólo te deja llorar”.
Patricia: “Yo era como una gran bolsa de basura, donde ahí cabía todo, incluso,
mi propia pena, que yo estaba metida en esa gran pena. Es decir, llega un
105
momento en que te vuelves, egoísta de esa pena y te gusta rumiar esa pena.
Entonces, yo lo que decía era constantemente con lo buena que yo he sido con
lo que yo he dado y lo que he perdido, y eso no me dejaba ni avanzar mi me
dejaba ver todo lo que tenía alrededor”.
Rosa: “Yo me he tirado todo el día llorando, me decía que era la virgen de las
lágrimas, me decía”.
Esta metáfora representa el sentimiento de pena por la pérdida y el engaño.
Con esta metáfora, las mujeres expresan cómo la pena y la compasión hacia sí
mismas y hacia su vida las paralizan y les impide actuar. Estas mujeres narran
cómo el dolor por el engaño les lleva a mirar hacia el pasado y a anclarse en la
autocompasión. Esta metáfora revela una cultura de la responsabilidad
(Thapar-Björkert y Morgan, 2010) de la mujer por haberse dejado seducir y
engañar. Esa interpretación como cómplice de lo sucedido está implícita en
esta metáfora sobre la pena y la compasión, por la cual además se convierten
cualidades personales positivas (generosidad,
confianza) en
aspectos
negativos (egoísmo, impotencia) sobre sí mismas, un discurso negativo que les
impide ponerse en movimiento y salir de esa situación.
3.1.5. El trastero. Soportar la carga
La metáfora del trastero está muy presente en todos los relatos de las
mujeres entrevistadas. La idea de soportar la carga se manifiesta a través de
esta metáfora que se encuentra asociada al mandato social según el cual la
mujer debe demostrar su competencia para manejar y resolver los asuntos
domésticos así como mostrar una especial habilidad para soportar y aguantar.
Dicha metáfora implica una voluntad de esconder y guardar lo que no funciona
de la relación para poder continuar con ella. También el ideal de “mujer
perfecta” que puede con todo y que puede cumplir estupendamente con los
roles de esposa, madre, hija, etc. está íntimamente relacionado con esta
metáfora cuyo mensaje para la mujer es “yo puedo con todo”. Los siguientes
fragmentos extraídos de las entrevistas de Lola y Elena muestran estos
discursos:
Lola: “No, no, no, y esos son los pellizquitos que tu vas cogiendo, sabes?. Que
no es una situación que tú dices, “aquí he llegado y yo cuando vi aquello, vi el
cielo abierto” No. Hay pellizquitos. No, hay… …exactamente, hay pellizquitos. Y
106
esas cosas, y esas cosas ¿sabes?, son las que tú las vas uniendo y vas diciendo
“ufff por aquí, esto no funciona bien, por aquí esto no va bien” y ya no intentas
arreglarlo, ya lo que tú vas viendo que no funciona bien, no intentas decir, “voy a
arreglar esto”, sino que te lo vas echando como yo digo al trastero, y un día
abres la puerta y ves que el trastero se te viene encima () y ves que se te viene
encima”.
Lola: “Claro, claro. Y es que te das cuenta, es que te das cuenta. Y no dejar que,
las luces se encienden, hay chispitas que se te encienden y no dejarlas, no
dejarlas, no dejarlas que se apaguen, no dejarlas que se apaguen. No, yo le digo
a muchas mujeres, “no hagas lo que yo, no llenes el trastero hasta arriba. Mira,
cuando eches el primer trasto y abras la puerta para echar el segundo, dice ¡eh
esto lo tengo que limpiar, fuera! No no, es que no llego a echar ni el segundo, es
que lo tengo que limpiar, fuera”. Y ya está. No lleves hasta arriba el trastero, que
es una tontería, es un absurdo”.
Elena: “porque muchas veces también nos, nos::: nos creemos que hay actitudes
que::: que es que yo tengo que ser así, para ser considerada por la sociedad,
como una buena madre. Una buena madre, pues es la que::: >no hace falta que
compartamos las cosas de la casa, yo lo hago todo<. No importa que sea yo la
que esté trabajando::: que me levante a las cinco de la mañana y me acueste a
las tres. De la mañana. ¿entiendes::: No importa, porque::: ¡y lo buena madre
que yo soy! Y yo estoy muy buena, nada más que estoy a base de café::: y de:::
mmm::: pero se es una madre entregada, y sacrificada por::: por sus hijos y por
su marido que::: el punto, excelente ¿no? Que en unos índices de evaluación,
ese es el punto de la máxima. Que tú te mueres en el intento, pero después en la
lápida te van a poner::: buena madre, buena esposa, eh::: ¡descanse en paz!
(con ironía)”.
Morgan (2006) señala que una forma de violencia simbólica y estructural
en la sociedad es la cultura de la resignación que se transmite a las mujeres a
través de múltiples vías (noticias de prensa, discursos y prácticas
institucionales, etc.) y según la cual se culpabiliza a la víctima de lo que le
ocurre, legitimando la violencia contra ellas. Esto es particularmente así en
relación con las normas sociales de lo que es una conducta aceptable o no en
una mujer, lo que a menudo se traduce en la dicotomía buena mujer/mala
mujer. Esta metáfora revela cómo determinadas emociones están inducidas por
el cumplimiento de ciertas expectativas sociales de rol de género que suponen
como mujer saber aguantar y soportar una situación en la que has entrado
voluntariamente y que se percibe como inevitable e inmutable.
107
3.1.6. Perder la dignidad. Contarlo pesa.
La vergüenza es mencionada por todas las mujeres del estudio como un
sentimiento que bloquea el proceso de recuperación. Esta metáfora sobre el
miedo a perder la dignidad si rompes el silencio está directamente relacionada
con el valor otorgado a los juicios sociales, al que dirán. El miedo a la crítica, al
rechazo o al abandono (miedo a no ser querida y creída por la gente que le
importa, en definitiva, miedo al fracaso del proyecto vital) se encuentra en la
base de esta metáfora. María lo expresa de forma muy clara y contundente:
María: “(…) cuando te quieres dar realmente cuenta de donde estas, ya no sabes
cómo salir, son demasiadas cosas las que te pesan, en mi caso, bueno el qué
dirán
fundamental, ¿vale?, fundamental, o sea, los padres… Yo no quería
contarle a nadie lo que me estaba pasando y menos con la imagen que todo el
mundo tenía de mí, de chica fuerte, chica independiente, chica tal, a ver cómo
cuento yo, que mi pareja me zumba, que no me deja ponerme ropa, que no
puedo abrir las ventanas de mi casa que no puedo ir sola ni a la compra, o sea a
ver como cuento yo, María la güay ¿sabes? que esto me está pasando, a ver
quién me va a creer a mí, además. Primero la vergüenza de que si te creen van
a decir “shiii la tonta, con lo lista que se creía” ¿vale?, segundo que (…) que
encima de que lo cuentas, que pones toda la carne en el asador, encima digan
“ssta, menuda película se está montando y policía que es, a saber lo que ha
pasado ahí”.
María: “yo me acuerdo que cuando yo decidí dar el paso, pensaba, cuando lo
cuente, voy a perder la poca dignidad que me queda () y hay que estar
preparado para eso, psicológicamente, hay que estar preparado para que la
gente lo sepa, hay que sentirse fuerte, entre comillas, yo lo que me sentía era
que ya me daba igual”.
Patricia: “no podía,… el miedo, el pánico a mí misma, a no ser capaz, totalmente,
a no ser capaz. Yy a no uhm, porque yo ya había pasado, uhm, por la etapa dee
tener que estar sola tirando de los niños para adelante, yo sabía que eso sí era
capaz de hacerlo, pero, reconocer, el fracaso, ante mí misma, de mi relación,
fue, lo más horroroso, quee, yo creo que para mí fue lo lo peor ¿cómo me podía
haber equivocado yo otra vez? () y volvemos a los principios “con lo que yo he
dao, con lo que yo he hecho por esta relación”, por, para mí que lo más
importante del mundo eran mis hijos, que casi los pierdo, por él, por la relación,
que yo llegué a comprarles a mis hijos un piso en frente, porque ya que no se
108
podía vivir con él () tenía a mis hijos en frente, y él me dejaba por horas ver a mis
hijos () así quee, () y sin embargo yo eso no lo veía mal”.
3.1.7. Confiar en el agresor. Me lo tragué
Las mujeres expresan cómo al principio no se perdonan el haber
confiado en el agresor, manifestándolo con expresiones del tipo: yo me lo
busqué, me lo tengo que comer, me lo tragué, me dejé comer el terreno, me lo
comí a pelo, etc. Esta metáfora hace alusión a la culpa por haber bajado la
guardia, por haberse dejado seducir. Los extractos siguientes son ilustrativos:
María: “Yo me sentía muy culpable porque, en mi caso él, ya tenía antecedentes
por esto, y yo me lo tragué, que no, que no era culpable además me lo tragué,
con tiempo quiero decir, yo al principio me resistía, a la idea de que no era
culpable. Y terminó comiéndome el terreno. Y terminé creyéndole y era
buenísimo eh, pero bueno buenísimo, y todo cambió en tres meses”.
Carolina: “Es que yo a mi familia no le quería... no le contaba nada, porque ya de
por sí mi madre lo pasó mal de que yo me fuera a vivir con un hombre que era 18
años mayor que yo, a otra cultura: ella lo pasó muy mal, y yo siempre me he auto
culpado de que mi madre lo pasó muy mal y que yo, si yo me había buscado
eso, yo me lo tenía que comer. Y además si esto me lo he buscado yo”.
Elena: “Yo tuve la culpa entre comillas de… de ir dejándome coger terreno y
mmm… prácticamente pues… eso, anulando mi vida y haciendo… haciendo la
suya. Hasta que te levantas una mañana y no… no tiene que ocurrir nada,
simplemente te levantas una mañana tú dices esta no soy yo, te miras en el
espejo y… es así de… de gráfico, hombre es un proceso, es un proceso de ir tú
diciendo no me encuentro bien, además ya había empezado a… a somatizar la
situación, tenía, empecé a tener problemas de estómago, de espalda, de…
hernias discales que, que me hacían estar además, que no podía andar”.
3.1.8. El otro lado del espejo. Evitar la inseguridad
Las mujeres expresan cómo el miedo las acompaña durante todo el
proceso pero la naturaleza y sentido del mismo a lo largo del proceso cambia.
La metáfora “el otro lado del espejo” refleja la inseguridad y el miedo a la
soledad que les lleva a esconderse tras el espejo. Las mujeres entrevistadas
expresan el miedo a la soledad como un factor que las bloquea y paraliza. Lola
y Patricia expresan cómo esos miedos condicionan su recuperación:
109
Lola: “Es un miedo, son los temores que llevamos, eso es uhnn, tú no lo ves como,
como miedo, tú eso lo ves como, no sé cómo explicarte la palabra, es una palabra, es
que tu, es tu inseguridad, tu inseguridad. Porque el miedo no lo ves ni incluso con una
navaja delante, el miedo no lo ves con una bofetada, el miedo no lo ves cuando te tira
al suelo, ese miedo no lo ves, tu eso no lo ves como miedo, en esa situación tu estas al
otro lado del espejo, no estás delante del espejo, tu estas al otro lado, si estuvieras
delante te verías, pero como estas al otro lado del espejo a la que ves a la persona que
está haciéndote eso y tu lo ves diciendo, es que yo tengo la culpa, es que, como te he
dicho, es que no tenía que haber reaccionado así, si yo sé controlarte, yo sé que te
pones así porque te digo esto, pues no diciéndotelo no te pone, o sea que va, es el
razonamiento que tú buscas y y …
3.2.
METÁFORAS
EMOCIONALES
QUE
FACILITAN
LA
RECUPERACIÓN
Estas metáforas aparecen tanto en el período de transición y
convivencia con el agresor como en el momento de ruptura y desprendimiento
de la relación de maltrato. De esta forma en los relatos de las mujeres,
podemos distinguir tanto metáforas que van orientadas a ganar terreno y
aumentar la capacidad de decisión en el contexto “tóxico” de la relación con el
agresor como metáforas prospectivas de su identidad futura y que van
encaminadas a fortalecer su nuevo yo. Todas estas metáforas, en última
instancia, van encaminadas a ganar poder de decisión y autonomía. Dichas
metáforas aluden a emociones que aparecen en los relatos como factores
facilitadores de la ruptura y la recuperación. Entre ellas aparecen: la fortaleza,
el orgullo y la esperanza, pero también aparecen el miedo, el perdón y la
serenidad como sentimientos que afectan positivamente al proceso de
recuperación de las mujeres.
En relación con la supervivencia y los momentos de transición y ruptura son
muy importantes las metáforas que preparan para la acción y que las mantiene
activas, destacando especialmente: ganar terreno, aguantar la presión (o
aguantar el tirón) y tirar para adelante. Estas metáforas son muy frecuentes en
los relatos de las mujeres y están presentes en los relatos de todas las mujeres
entrevistadas.
3.2.1. Abrir la ventana. Alivio y serenidad.
110
Esta metáfora reivindica el papel beneficioso que juega la serenidad en
la recuperación de estas mujeres. El alivio y liberación que supone quedarse
solas y abandonar al agresor. Las mujeres entrevistadas expresan este
momento de diferentes formas: la ventana, el mirador, el aire renovado, etc.
Elena y Lola lo expresan en sus discursos:
Elena: “dejarlo::: dejarlo a él, tiene su momento malo porque es cuando tu
verdaderamente te quedas sola, y te tienes que mirar a ti sola pero es es como cuando
uno abre::: no se::: por poner un ejemplo gráfico ¿no? Cuando tu estas encerrada en
una habitación y abres la ventana, y te entra de pronto el aire frío, y, y::: te mueres de
frío de la primera bocanada. Pero cuando ya llevas mucho tiempo esa la ventana
abierta, ese aire está renovado, y lo que no quieres es que se cierre ¿no? Porque
hasta la temperatura se ha quedado ideal. Y yo ahora mismo estoy en esa etapa de he
visto como (.) las aguas se han ido serenando, como yo me he ido serenando estoy
mucho mas serena, antes, tenia unos picos emocionales de estar un día eufórica, y al
otro día estar muriéndome de pena. Ahora estoy equilibrada, he hecho todo estoy
como la viejecita del Titánic”.
Lola: “Yo, pues claro, yo lo veía, yo lo veo ahora que es un expolio, o sea, yo vi, yo veo
desde aquí desde este momento, desde el mirador donde yo estoy ahora, (…) que él lo
hacía por mi bien, que aquí sola, que con dos hijos, “¿pero tu no ves que es por tu
bien?”, te vuelvo a decir, que yo es que, yo ya no miro las cosas como dicen, “es que
el pasado, umhh, mejor no acordarse de él, es mejor olvidarlo”. Yo no, yo ahora lo miro
tan bien el pasado, como te he dicho que estoy en mi mirador, muchas veces veo al
mar, el mar al fondo, porque me encanta y ahí voy viendo las cosas pasar. Claro, yo
me lo creía porque (…) entonces ni tienes razón, ni tienes conciencia, ni tienes nada.
Tú te das cuenta que tu autoestima no está por el suelo, sino debajo, debajo, debajo de
la última alfombra, eh!, te das cuenta ahora, porque ya te digo, desde este mirador.
Ahora, una cosa te digo, yo empecé a asomarme al mirador en el momento que la
policía se lo llevó y salió él de mi casa”.
Esta metáfora muestra la recuperación del espacio perdido, la soledad
como un espacio que les permite el crecimiento personal, como un espacio
necesario para verte a ti misma. Esta metáfora también supone una forma de
dejar atrás la idealización de la pasión como representación cultural del amor
(estar un día eufórica, otro día muriéndome de pena) y reivindicar el equilibrio y
la serenidad como forma de relacionarse con los demás y con una misma así
como el aprendizaje que supone ver las cosas desde una cierta distancia, con
perspectiva.
111
3.2.2. La luz al final del túnel. La esperanza.
Esta metáfora prospectiva es de gran valor en la recuperación y también
es una constante en los relatos de todas las mujeres entrevistadas. Aunque se
manifiesta de distinto modo, en todas aparece la luz y el túnel como elementos
clave en la forma de mirar el futuro con optimismo. Esta metáfora alude a la
esperanza del cambio, pero su mirada respecto al cambio es distinta que al
inicio. Mientras que al inicio el cambio se apoyaba en el mandato de que su
amor lo cambiaría a él y por tanto la esperanza estaba depositada en que él
moviera ficha, el sentido de su acción ahora se centra en ella, en su autonomía
y capacidad para cambiar su vida, para proporcionarse mejores condiciones de
vida, lo que promueve un rol más activo en ella, moviendo hilos, evaluando
posibilidades, etc. Los relatos de Lola y Patricia ilustran el uso de esta
metáfora:
Lola: “no he querido decir que era un pozo, que era un túnel, porque por lo menos al
fondo se veía alguna luz, porque en el pozo, como dicen muchas mujeres, “estás
metida en un pozo”, y esa palabra yo, de verdad reivindico que se descarte de la
mente, porque el pozo, cuanto más vas peleando más te vas hundiendo y más difícil se
nos ve, así es que, que miren a un túnel que al final hay una luz y en mi caso había tres
luces y eran mis hijos… porque es que son los hijos los que muchas veces nos están
diciendo a gritos, en silencio como yo digo, pero nos están diciendo que, que
acabemos con la situación”.
María: “Uff, brillante, y sola. Blanco tía, yo pienso en mi futuro, tu sabes en las películas
cuando ven a Dios, que sale así como una luz blanca, pues así lo veo tía, Si si, me
quiero ir a una zona de costa… “el miedo se puede romper de un solo portazo”. La vida
misma, es así, solo hay que tener el valor de abrir la puerta y cerrar sin mirar, para
adelante, yo lo resumiría así, para adelante, hacia la luz, tía, para adelante no mires
atrás, si miras atrás pufff”.
3.2.3. Las alas de gorrión. El deseo de volar
Esta metáfora supone un cuestionamiento del ideal romántico y el papel
protector del príncipe azul y reivindica la autonomía de la mujer para decidir,
pensar y actuar sobre su propia vida. Las mujeres reclaman así su derecho a
pensar, sentir y equivocarse por sí mismas, desafiando el mandato que las
112
hace mantenerse bajo el manto “protector” y “seguro” de un hombre. A través
de esta metáfora, estas mujeres también expresan la inconsistencia y falsedad
del mandato. Lola y Patricia lo expresan de un modo muy revelador:
Lola: “Claro. Ahora me dicen, “has rehecho tu vida, porque tú has rehecho tu
vida”. “Sí yo uy, yo tengo yo ya he rehecho mi vida”, totalmente, es verdad tengo
mi vida rehecha, y entonces “¿ya tienes una pareja?”, “¿es que yo tengo que
rehacer mi vida con una pareja?” He rehecho mi vida, que es mía, es mía. “tú
coges un gorrión y ponlo en una jaula, viene la madre a darle de comer. Tú coge
a la madre y ponla en una jaula, el gorrioncito no viene. () Entonces si la madre
es lista, la madre sabe salir de la jaula, pero el gorrión no va ir a sacarte, ¡tienes
que salir tú!. Pero tienes que salir tú, y no estar pendiente de los demás, tienes
que ir tú hacia delante, porque si no, te lo pierdes todo”. Mira yo siempre he
dicho que a mí me empezaron a salir las alas, hija mía, cuando se fue todo de mi
casa y sobre todo ya me salieron unas alas inmensas cuando encontré mi
trabajo, cuando yo ya empecé a trabajar, fue un vuelo que no veas”.
Patricia: “(habla muy bajito) El reconocer () el reconocer, el reconocer tu parte de
culpa. Y perdonarte esa culpa, el querer salir, cambiar esa culpa, el ver que, hay
personas que tienes alrededor, que no tienes que pagar para que te quieran,
todo eso es lo que me ha ayudado a poner en marcha todo lo demás y que
quiero, ser independiente emocionalmente, no quiero depender de la otra
persona, no quiero que se me pongan todo los pelos de punta cada vez que
suena ese móvil, porque yo ya sé lo que eso lleva, y yo quiero seguir tirando
para adelante, y quiero empezar, quería empezar a ser persona, yo no era
persona, no pensaba por mi misma, no sentía por mí misma. Yo quiero sentir, y
quiero pensar, y quiero, saber cuando, entre comillas me voy a equivocar. Yo no
quiero que me lo den todo hecho, ni quiero que me mimen más, es muy cómodo
estar anulado, pero duele muchísimo, y llega un momento en que, estás tan
acostumbrada a no pensar que ya no sabes”.
En estos fragmentos, Lola y Patricia expresan la importancia de lanzarse
a volar, de hacer las cosas por una misma, de tirar para adelante con tu vida.
Las palabras de Lola “me salieron unas alas inmensas…” y fue un vuelo que no
veas” muestran la satisfacción y la plenitud cuando tomas las riendas de tu
vida. También Patricia señala su voluntad y decisión de no dejar que le den
todo hecho, de ser independiente emocionalmente.
3.2.4. Mirarse al espejo. El orgullo de ser quién soy
113
Esta metáfora es la que más aparece en los relatos de las mujeres
entrevistadas en relación con un momento clave en su recuperación que
tiene que ver con su capacidad para reconocerse y quererse como ellas son,
sin artificios ni moldes. Esta metáfora también recoge una faceta importante
de la recuperación que es el diálogo interior y la reflexión personal, es decir,
ese volver a reconectar con ellas mismas. Este sentimiento de orgullo y de
liberación que muestran se recoge en el momento “espejo”. María y Elena lo
expresan del siguiente modo:
María: “Hay que mirarse en un espejo, yo me miraba en el espejo, mucho, yo
me miraba ... y lloraba taco, lo que veía no me gustaba nada () es literal ¿eh? yo
me acuerdo en el espejo del baño que es entero y yo me miraba de arriba abajo
y decía
“uff, ¿tía, pero por qué aguantas esto? haz algo, hablaba conmigo
misma tía”.
Elena: “Y… y vas ahí pasando el… el tiempo hasta que… hasta que eso, hasta
que una mañana te levantas y tú dices Dios mío si es que no soy yo, ésta que
está en el espejo no tiene nada que ver con lo que yo era, porque yo era una
persona pues lo que soy ahora, muy… muy espontánea, muy dicharachera…”
Elena: “Si tiene hijos, la fuerza mayor que te da son los hijos. (3) Esos fueron
mi::: mi fuerza. Si no tienen::: mis hijos, y yo misma. Si no tienen hijos siguen
teniendo lo más importante, que eres tú misma. Mmm::: mirarse en el espejo, y:::
y quererse. Yo me hice una (.) un::: me ayudaron a eso también en el Instituto de
la Mujer, me hice una… una lista, de todas las cosas maravillosas que yo era, >y
yo me levantaba por las mañanas, me ponía delante del espejo cuando me
lavaba los dientes y ahora decía<: Pues tengo salud, tengo dos hijos, tengo
muchas ganas de vivir, además soy maravillosa, y::: a mi todo el mundo me
quiere::: y me decía toda mi lista de maravillosidades, y::: decía, y venga ahora,
ponte los tacones y a tirar para adelante”.
3.2.5. Síndrome de los escaparates. El miedo que protege
Estas mujeres expresan el papel protector que desempeña el miedo en
el momento de la ruptura de la relación. Este miedo es creativo y proactivo,
promoviendo un estado de vigilancia y de mantenerse alerta que las activa y
las hace anticiparse y planificar. La metáfora de los escaparates ilustra el papel
protector del miedo en momentos clave de la propia supervivencia. Lola y
Elena lo expresan en los siguientes extractos:
114
Lola: “Yo durante cuatro años no podía salir a la calle, porque tenía miedo, yo
tenía el síndrome de los escaparates. Yo no iba mirando la ropa ni iba mirando
un calzado, yo iba mirándome las espaldas. Ese era el síndrome, yo miraba y me
veía la espalda. ¿Quién venía detrás de mí? Ahora lo mismo me da que me
eche el aliento unnn, un camello, como yo digo, un borrico, que un caballo, que
un hombre, que una mujer. Es que no miro si me echan el aliento al cuello,
¿sabes? por muy cerca que venga una persona no miro para atrás. Porque estoy
segura de mí misma. Porque creo en mí. Y ya no salgo a la calle con la pre, con
prevención no con miedo, yo no salía a la calle con miedo, salía prevenida, y ya
no salía libre, ya no salía libre”.
Elena: “Y me decía: El miedo no se puede perder nunca, porque el miedo es el
que te hace mantenerte alerta, siempre. Lo que uno no puede::: Lo que uno tiene
que trabajarse es el pánico. Porque::: el pánico es el que te inmoviliza. Y el que
te hace no pensar, y el que te hace quedarte ¡ah! Pero miedo hay que tener. Hay
gente que me dice: >No, es que yo no quiero tener miedo<. El miedo no es malo,
porque el miedo::: te hace ser creativo, te hace estar atento, y decir mmm::: esto
me puede a mi pasar, entonces yo, ante esto mmm::: voy a reaccionar de esta
manera, y voy a tener, además, a mano, un teléfono, y voy a tirar de mi familia,
voy a tirar de no se cuanto, y::: y es verdad, yo::: mmm::: estuve mucho tiempo,
con::: con miedo, pero con todos mis hilos, muy controlados”.
Este carácter protector del miedo ha sido ya señalado con anterioridad
en otros estudios sobre violencia de género (Hydén, 1999). En nuestro estudio
también encontramos que el miedo representa una forma de resistencia. Como
Hydén (1999) ha afirmado el miedo contiene un conocimiento no articulado de
lo que la mujer desea y lo que no desea. Constituye un poder que hace que la
mujer advierta que lo que podría suceder es algo que ella no desea ver que
sucede y es ahí donde reside el factor de protección. La metáfora de los
escaparates muestra de qué forma el miedo como resistencia y protección
implica una determinada acción. En los relatos de las mujeres también resulta
una constante la distinción que hacen entre miedo y pánico, mostrando el papel
negativo del pánico frente al factor de protección y de supervivencia que puede
representar el miedo en determinada situaciones. .
4. CONCLUSIONES
A través de los relatos de las mujeres entrevistadas hemos podido
conocer la variedad y riqueza de metáforas emocionales que éstas utilizan para
115
describir sus experiencias, lo que nos abre la posibilidad para analizar a través
de sus discursos el papel que juegan las emociones en los procesos de
recuperación de estas mujeres.
El uso de las metáforas para estudiar el discurso emocional de estas
mujeres nos ha posibilitado explorar ciertos vínculos entre emoción y cultura,
especialmente los valores sociales respecto al género. La aparición y expresión
de ciertas emociones en sus relatos están legitimadas y permitidas socialmente
a través de un sistema de códigos, normas, expectativas y convenciones
sociales. La metáfora emocional parece mostrarse una herramienta conceptual
de gran valor para detectar precozmente ciertos discursos y prácticas sociales
de riesgo.
Hemos visto también que estas metáforas van cambiando a lo largo del
proceso de recuperación de estas mujeres. En los momentos iniciales, las
metáforas revelan falta de agencia por parte de la mujer (marioneta, burka,
etc.), surgiendo otras en el proceso que son reivindicativas de su autonomía
(las alas, túnel, etc.). Paralelamente, las metáforas presentan al inicio un
cuestionamiento de sí mismas en base a los mandatos sociales de género,
mientras que en el momento de la ruptura de la relación se produce un
cuestionamiento de los mandatos sociales y una reelaboración de estos
códigos culturales. Además, los relatos revelan cómo no sólo emociones como
la vergüenza o la culpa bloquean el proceso, sino también tener pena de ti
misma o confiar en el agresor pueden bloquear los procesos de salida de una
relación de maltrato. Por su parte, las metáforas emocionales que facilitan la
recuperación se asocian no sólo a la esperanza, el alivio y la fortaleza, sino
también al orgullo o el miedo. La soledad aparece como una necesidad; como
un espacio propio que les permite crecer, tomar impulso. Como algunas
feministas han afirmado (Lagarde, 2000; Freixas, 2001), el primer no de la
mujer a los otros es el primer sí a sí mismas.
Apuntamos asimismo como una línea de profundización futura una
mayor indagación sobre la naturaleza y función de estas metáforas en el
proceso, ya que algunas parecen estar vinculadas a la toma de conciencia y la
reflexión como es la metáfora del espejo, mientras que otras se asocian al
movimiento y la acción como el túnel. Un trabajo posterior en esta vertiente
116
puede aportar claves para la intervención terapéutica con estas mujeres así
como para la prevención y sensibilización temprana.
117
CAPÍTULO 5. POSICIONAMIENTOS Y VOCES EN
LA RECONSTRUCCIÓN DE LAS IDENTIDADES DE
MUJERES QUE HAN SUFRIDO VIOLENCIA DE GÉNERO
1. INTRODUCCIÓN
En este capítulo se pretende analizar cómo cuatro mujeres maltratadas
transitan, a lo largo de una entrevista autobiográfica, de una actitud inicial de
baja autoestima y carencia casi total de control (agencialidad) sobre sus vidas
(ocasionada por esa situación de violencia y maltrato), hacia otra que supone
una recuperación de dicho control y la re-construcción de una identidad
inicialmente dañada. Cómo, en suma, en este proceso narrativo se han ido
empoderando y cuáles han sido las estrategias y herramientas (discursivas y/o
narrativas) que han puesto en juego a lo largo de las entrevistas y que han
facilitado esa posible reconstrucción identitaria.
Como el/la lector/a habrá podido comprobar, anteriormente se ha
desarrollado en profundidad un acercamiento teórico general sobre aspectos
de violencia de género, maltrato, identidad, empoderamiento, narrativa, etc.
Esto supone que a continuación nos centraremos específicamente en lo que
tiene que ver con la noción de posicionamiento, situándola en la perspectiva de
la construcción de identidades a través de las narrativas de las mujeres
entrevistadas.
Comenzaremos con un acercamiento a la noción de posicionamiento
presentando brevemente la llamada teoría del posicionamiento social para
continuar con el análisis de su relación con las nociones de narrativa e
identidad, con el objeto de emplear dicha noción en el análisis del proceso de
construcción discursiva de la identidad. En esta línea, proponemos una visión
narrativa la de identidad personal, que destaca su carácter dinámico y situado
más allá de visiones esencialistas que subrayan la continuidad y estabilidad de
la misma. Por último, nos detendremos en la consideración de las nociones de
posicionamiento y de voz como instrumentos analíticos para el estudio de la
identidad en el ámbito del maltrato en la pareja. Este capítulo terminará con la
118
presentación del análisis realizado y los resultados alcanzados en cuatro
entrevistas autobiográficas realizadas a mujeres víctimas de maltrato y
violencia en la pareja.
2. ACERCAMIENTO A LA NOCION DE POSICIONAMIENTO
2.1 LA TEORÍA DEL POSICIONAMIENTO SOCIAL
La teoría del posicionamiento se basa en el concepto de Foucault de
“posicionamiento subjetivo”, a partir del que Davies y Harré (1990) desarrollan
una consideración del pensamiento en términos
de “posicionamiento
discursivo”. Este concepto apunta al modo en el que las personas “toman”
posiciones en relación con el discurso en el momento en el que profieren
enunciados en una conversación, en una entrevista, o en cualquier intercambio
comunicativo.
Como
herramienta
teórica,
por
tanto,
la
noción
de
posicionamiento enfatiza los vínculos entre el discurso que impregna el mundo
social y los intercambios particulares en los que se construyen los significados.
La principal ventaja de esta teoría para la psicología en general es que
permite el estudio detallado de cómo el discurso opera en los intercambios
comunicativos entre las personas (Harré y Langenhove, 1999). La teoría del
posicionamiento pone en primer plano las influencias culturales en el discurso
en el aquí y ahora, así como el modo en el que los individuos se resisten y
rechazan
los
discursos
dominantes a lo
largo
de
los
intercambios
conversacionales. Estas consideraciones sobre la noción de posicionamiento,
nos permiten, por otra parte, describir cómo el poder se constituye en los
intercambios de la vida cotidiana.
Pero cuando las personas “hablan” no sólo se posicionan a sí mismas a
lo largo de la conversación, la entrevista, la narrativa, etc., en relación con
otra/s persona/s, sino también en relación con los enunciados de otras
conversaciones (Bajtín, 1986). Más allá, cada enunciado ofrece a los otros
(explícita o implícitamente) posiciones desde las cuales responder. Como
vemos pues, la teoría del posicionamiento es, de algún modo, una teoría sobre
el desarrollo de un/os sentido/s del yo (self) en relación con un discurso
particular. El análisis del lenguaje sexista, por ejemplo, nos ha provisto de
119
muchos ejemplos de posicionamientos excluyentes en relación con las
mujeres.
A nuestro juicio, la teoría del posicionamiento constituye un aparato
conceptual y metodológico
especialmente
adecuado para estudiar la
construcción y reconstrucción de identidades en el marco de narrativas
personales que se generan a lo largo de una entrevista (auto) biográfica. En
primer lugar porque considera que toda interacción es discursiva o narrativa; y,
en segundo lugar, porque entiende que ésta es un fenómeno cambiante,
fragmentado, y absolutamente contextual.
Se puede considerar que dos son los ejes que articulan las propuestas
de la teoría del posicionamiento. Por una parte, las personas en interacción; y,
por otra, las narraciones que éstas construyen en esa dinámica. Tales ejes dan
coherencia y sentido al posicionamiento, entendido como la construcción de
narraciones que configuran la acción de una persona como inteligible para ella
misma y para los/as demás, y en la que los miembros que participan en la
narración tienen una serie de ubicaciones (posiciones) específicas.
Se trata por tanto de cómo se sitúa uno/a mismo/a ante una situación
específica. A esto es a lo que se refiere Smith (1988) con la noción de
posicionamiento. Smith distingue entre el agente individual y el sujeto,
entendiendo por este último a “la serie o conglomerado de posiciones, de
posiciones de sujeto, provisionales y no necesariamente indesarmables, en que
una persona es momentáneamente puesta por los discursos y el mundo en el
que habita” (p. 35).
Davies y Harré (1990), por su parte, retoman esta noción señalando
cómo el posicionamiento no coincide con la noción de rol, sino que tiene que
ver con el modo en el que una persona se posiciona y es posicionada por los
demás en situaciones dialógicas concretas que, obviamente no se refieren
solamente a intercambios conversacionales, sino también a narraciones
producidas por el sujeto mismo, en la que se hacen presentes las voces de
otros/as.
El posicionamiento es pues una noción muy dinámica, ligada a la
actuación en contextos concretos, cambiante en el tiempo y en el espacio, y
que constituye una de las bases de lo que ellos llaman la biografía vivida,
contraponiéndola a la biografía narrada. En este sentido, esta noción de
120
posicionamiento, cuando se pone en relación con la identidad individual, resulta
muy cercana a la idea de actos o actuaciones de identificación (Rosa y Blanco,
2007; Brescó, 2009).
Las unidades fundamentales que para Harré y Langenhove (1999)
conforman la realidad social y estructuran los encuentros y la interacción social
que deriva de los mismos son los episodios. Éstos agrupan en un todo con
sentido y significado las distintas secuencias de interacción. En todo episodio
podemos destacar dos elementos muy importantes:
- El primero es la posición. Ésta es una relación, que se establece entre
un “yo”, un “otro” y un auditorio. Además, no es en absoluto estática, se
negocia, cambia y se adapta a la opiniones de los/as demás. En definitiva,
se mueve y transforma en la interacción.
- El segundo elemento es el posicionamiento. El complejo juego de
posiciones y su negociación produce ineludiblemente un posicionamiento.
Éste no es más que un plano que dota de sentido a la interacción misma
que se desarrolla en cada episodio. Está contextualizado, es decir, no
tiene razón de ser más allá del episodio mismo, se desarrolla al tiempo
que éste y brota de la acción en curso. La noción de posicionamiento se
caracteriza, ante todo, por entender las posiciones como procesos
relacionales, que se constituyen en la interacción y la negociación con
otras personas. Los posicionamientos son algo así como los hilos que
tejen el entramado de interacción social. Son la urdimbre de nuestras
situaciones interactivas.
De todo lo dicho se desprende que sería un error considerar que un
posicionamiento es el producto de un juego intencional o la suma de la
normatividad que establece un conjunto de roles pre-definidos. Es más que
eso, puesto que en él las intenciones adquieren su sentido; y, paradójicamente,
es menos, puesto que emerge en cada episodio in situ, en el simple juego de
posicionar y reposicionar al “otro” que se da en toda interacción, o, como en
nuestro caso, a lo largo de la entrevista (auto) biográfica –de la narrativa
personal-.
121
2.2 IDENTIDAD NARRATIVA, DISCURSO Y POSICIONAMIENTOS
Ya hemos señalado que en el presente capítulo se adopta una visión
constructivista, social y cultural, según la cual la identidad es una realidad
múltiple y negociada constantemente, un proceso por el que las personas, a
través de las prácticas sociales y culturales en las que participan, establecen
quiénes son en su relación con otras personas y con los contextos y escenarios
sociales en general. En otras palabras, la identidad es el resultado de lo que la
gente hace y dice en sus prácticas diarias, y no un concepto monolítico o
puramente psicológico.
Es importante señalar en este punto que el discurso no se considera en
este ámbito como un simple reflejo del mundo interior de una persona (aunque
no se está negando por ello la existencia ni la importancia de los aspectos
psicológicos de la identidad; Block 2006 y Woodward, 2002). Más bien al
contrario, la mayor parte de las investigaciones discursivas de la identidad
toman una posición anti-esencialista, concluyendo que la multitud de elementos
lingüísticos usados en la construcción discursiva de la identidad (por ejemplo,
etiquetas léxicas como “blanco”, “negro”, “creyente”, uso de pronombres
personales para marcar el grupo de pertenencia o los grupos externos, etc.) no
tienen un significado único o estable. Evidentemente, algunos de estos
elementos sirven como referentes culturales e identitarios precisamente porque
tienen una cierta estabilidad semántica. De esta forma, por ejemplo, una
parodia de un andaluz será exitosa siempre y cuando los/as espectadores o
quienes lean esa parodia (de esa práctica discursiva) sean capaces de
reconocer ciertos significados social y culturalmente asociados a la identidad
“andaluza”, correspondan éstos a la realidad o no.
Sin embargo, la identidad no consiste en apropiarse o utilizar elementos
con un significado pre-establecido, sino que es en las prácticas discursivas
donde dichos elementos adquieren su significación social e identitaria concreta.
Y esto porque los significados sociales asociados a elementos lingüísticos no
son únicos ni estables fuera de las prácticas discursivas donde se materializan
las identidades. Es decir, la identidad es el resultado del discurso mismo, y no
una recopilación de elementos lingüísticos con un significado social asignado a
priori.
122
Y es precisamente en este contexto, a nuestro juicio, en el que debemos
entender el concepto de posicionamiento, anteriormente desarrollado. Según el
mismo, la identidad no se conforma a través de la aceptación o adscripción
individual a ciertas categorías y grupos sociales pre-determinados, sino que
esas categorías adquieren su significación identitaria solamente a partir de las
relaciones que se establecen entre la persona y otros/as actores sociales a
través del discurso, y más concretamente, a través de las interacciones
comunicativas.
Como ya se ha dicho, el concepto de posicionamiento fue desarrollado
por Davies y Harré (1990) para designar el proceso de construcción y
negociación de las versiones sobre nosotros/as mismos/as. En este sentido, el
construccionismo social toma este concepto para explicar la construcción y
negociación de la identidad en el marco de las interacciones sociales. Para
esta perspectiva, al igual que para nosotros/as, la identidad es construida y
negociada en la interacción social, lo cual implica reconocer el espacio que
este planteamiento abre a la agencia. De esta manera, la identidad aparece, al
mismo tiempo, como producto y productora de discursos. El posicionamiento es
también el origen de la subjetividad en tanto que adoptar una determinada
posición en un discurso implica necesariamente desarrollar un determinado
punto de vista, es decir, una visión concreta del mundo y de nosotros/as
mismos/as. Algo, esto último, estrechamente relacionado, como tendremos
ocasión de comprobar más adelante, con una de las nociones claves en este
capítulo como es la de voces. De ello se hablará más adelante.
En otras palabras, la identidad es relacional y depende de la posición
que la persona ocupa respecto a otras personas, una posición que es producto
del discurso y no de roles previamente asignados. En su planteamiento más
simple, se podría decir que una persona “blanca” se puede identificar como tal
en tanto que existe otro grupo de personas “no blancas” respecto a las cuales
se toma una posición en una interacción específica. En este sentido, resulta de
especial relevancia no olvidar que el posicionamiento que se da en las
interacciones comunicativas no es siempre consciente o voluntario, ya que
tomar posiciones respecto a otros/as actores sociales es un acto inherente a la
interacción misma, o lo que es igual, no se puede establecer una interacción
123
comunicativa sin que los/las interlocutores se posicionen en relación a otros/as
interlocutores, así como a todo tipo de categorías y grupos sociales.
Como ya se ha señalado, el concepto de posicionamiento ha sido
adoptado en el análisis discursivo desde varias disciplinas, no siempre
conectadas entre sí. Desde la Psicología social, Davies y Harré (1990) definen
el posicionamiento como “the discursive process whereby selves are located in
conversations as observably and subjectively coherent participants in jointly
produced story lines” (p. 48). Estos autores reivindican el dinamismo que el
concepto de posicionamiento representa para el estudio de la identidad frente
al estatismo de otros conceptos como el de rol, que tienden a representar al
individuo como un actor con poco margen de elección y que se limita a ocupar
categorías sociales a su disposición. Distinguen entre un posicionamiento
interactivo, es decir, en el que lo dicho por una persona posiciona a otra, y un
posicionamiento reflexivo, en el que una persona se posiciona a sí misma.
Además señalan que este proceso no tiene por qué ser intencional ni lineal, y
que las posiciones tomadas pueden ser estables pero también efímeras.
Este interés por el posicionamiento contrasta con perspectivas de la
identidad entendida en función de un conjunto de categorías sociodemográficas entre las que se incluyen la edad, el sexo o el nivel socioeconómico. En trabajos de corte más discursivo, sin embargo, se presta mayor
atención a cómo esas y otras categorías adquieren significados más concretos
que permiten acercarnos de una forma más sutil al estudio de la identidad,
dando cuenta de su complejidad (de Fina, Schiffrin y Bamberg 2006; Hester y
Housley 2002; Ominoyi y White 2006).
En este sentido, el concepto de posicionamiento ha sido muy fructífero
en el estudio de la identidad, especialmente en el campo de la narración
(Bamberg, 2004, 2007; Morgenthaler García 2007; Wortham 2000).
En
nuestro
análisis
se
han
seguido
orientaciones
teóricas
y
metodológicas que describen la identidad como un fenómeno social y cultural
que surge de la confluencia de categorías tradicionalmente denominadas
demográficas (por ejemplo, sexo, edad, nivel de escolaridad), así como de
posiciones contextuales y culturales (la directora de centro, la experta). Cabe
destacar, asimismo, que los posicionamientos observados son en ocasiones
producto de la autoelección, mientras que en otros casos vienen impuestos por
124
otros/as actores sociales, y, al mismo tiempo, las identidades que se forman en
las interacciones comunicativas no son independientes, sino que están
estrechamente ligadas unas a otras, aunque normalmente se separen por
exigencias analíticas.
En relación a esto último, a nuestro parecer, se hace necesario pues
distinguir entre el ‘ser posicionado’, que atribuye una especie de fuerza
determinista a las narrativas, y la noción más activa del sujeto como
‘posicionándose’, en la que los recursos discursivos no están preestablecidos,
sino que se concretan interactivamente. ‘Ser posicionado’ y ‘posicionarse’ son
dos construcciones metafóricas para dos relaciones muy distintas entre el
agente y el mundo: en el primer caso la dirección va del mundo al agente y en
el segundo del agente al mundo (Bamberg, 2004). Uno/a puede posicionarse o
ser posicionado/a como experto/a o inexperto/a, como poderoso/a o impotente,
como confiado/a o inseguro/a, como agresivo/a o sumiso/a, como decidido/a o
indeciso/a, etc. La fuerza social de una acción y la posición del actor y de los
otros actores se determinan mutuamente. Las posiciones que la gente adopta
en una conversación están conectadas a los guiones que estructuran esa
conversación (Harré y Langenhove, 1999).
Otro aspecto crucial, íntimamente relacionado con la identidad, la
narrativa y el posicionamiento, y que juega un papel muy relevante en nuestro
análisis, es el de la agencia. Uno de los aspectos que cambia de modo más
notable a lo largo de las narrativas personales es la manera en que las
personas expresan su agencia social (agency) a través de la narración.
Emirbayer y Mische (1998) consideran que la agencia social está
compuesta por tres elementos: uno ‘iterativo’, centrado en el pasado, uno
‘proyectivo’, centrado en el futuro y uno ‘práctico-evaluativo’, centrado en el
presente. En este modelo, los autores ven a la narración como uno de los
instrumentos del elemento proyectivo, ya que a lo largo del ciclo vital la agencia
se manifiesta en la capacidad de las personas para incorporar en sus relatos
personales diferentes trayectorias futuras sobre las que tienen margen de
acción. Como consecuencia, esta propuesta podría sugerir que según se
avanza en el ciclo vital los seres humanos pierden capacidad agentiva, en tanto
que típicamente sus relatos personales progresivamente reducen sus
componentes proyectivos y se centran más en la revisión y re-interpretación de
125
experiencias pasadas. No obstante, el componente evaluativo es un aspecto
central de la actividad narrativa, sea ésta sobre experiencias pasadas o
presentes (Hermans 1992). Tomando esto como punto de partida, Grob, Krings
y Bangerter (2001) han mostrado que los recursos evaluativos son
precisamente elementos que se desarrollan y cambian su forma y función a lo
largo del ciclo vital adulto. Por tanto, se podría considerar que, de hecho, lo que
cambia es la manera en que la agencia se expresa a través de la narración, tal
y como tendremos ocasión de comprobar a lo largo de las entrevistas
analizadas.
2.3 POSICIONAMIENTOS Y VOCES
Para nuestro análisis usaremos algunas de las ideas y conceptos
desarrollados por el filósofo y semiólogo Mijail Bajtín (1983, 1986) que permiten
reflejar muy fielmente ese encuentro de posiciones y voces que supone el
proceso de la entrevista autobiográfica, a través de la cual las mujeres
construyen sus narrativas personales sobre su historia de maltrato. No
obstante, no hemos de olvidar cómo en este proceso el papel de la
entrevistadora se torna crucial, como tendremos ocasión de comprobar.
Son varias las nociones claves en el desarrollo bajtiniano (voz,
enunciado, lenguajes sociales, géneros, etc.). Nos limitaremos aquí sobre todo
a la noción de voz (voces), ya que ésta puede resultar especialmente útil en el
análisis de las narrativas personales de nuestras mujeres, entendidas éstas
últimas
como
un
“lugar”
de
encuentro
y
confluencia
de
voces
y
posicionamientos. Por encima de esta noción, la perspectiva dialógica que
articula todo el núcleo teórico bajtiniano y que permite ampliar el ámbito de
análisis y estudiar situaciones complejas en las que distintas "culturas", formas
de comunicación y diferentes perspectivas y posiciones confluyen o entran en
contacto (Santamaría, 2000).
Bajtín propone una teoría del lenguaje construida en el intercambio
social. Para Bajtín, el enunciado siempre se expresa desde un determinado
punto de vista, desde una perspectiva o sistema axiológico de creencia. A esta
perspectiva particular es a la que llama voz. Además, las voces están ligadas a
un ambiente social, cultural e histórico determinado. El acto comunicativo pues
se constituye en un intercambio de voces que reproducimos, manipulamos,
126
citamos, etc.; y en este fluir comunicativo intercambiamos voces: palabras de
otros/as, conversaciones. En este sentido, la significación puede llegar a existir
sólo cuando dos o más voces se ponen en contacto: la voz de un/a oyente,
responde a la voz de un/a hablante. De la manera en que se da la significación,
la comprensión de un enunciado implica un proceso en el que otros enunciados
entran en contacto y lo confrontan. Así, la comprensión consistirá en vincular la
palabra del hablante a una contra palabra (palabra alternativa del oyente).
Comprender el enunciado de otra persona significa orientarse con respecto a
él, encontrar el lugar correcto para él, en el contexto correspondiente.
De este modo, Bajtin rechaza la concepción de un "yo" individualista y
privado; el "yo" es esencialmente social. Cada individuo se constituye como un
colectivo de numerosos "yoes" que ha asimilado a lo largo de su vida, en
contacto con las distintas “voces” que de alguna manera van conformando
nuestra ideología. Por lo tanto, es el sujeto social quien produce un texto que
es, justamente, el espacio de cruce entre los sistemas ideológicos y el sistema
lingüístico. Es por este motivo que el análisis del discurso, a nuestro juicio,
conduce necesariamente a la polifonía, esto es, al análisis del conjunto de
"voces" que pueblan nuestros enunciados y los ponen en contacto con los
enunciados y las posiciones de los “otros”.
Nuestro propio lenguaje es polifónico (está poblado de otras voces) pues
son formas de diálogos interiorizados, de manera tal que las voces de los otros
son incorporadas al propio discurso. Los enunciados surgen como respuestas a
enunciados anteriores y se orientan hacia los que vendrán en el futuro (Bajtín
(1999), como tendremos ocasión de constatar con nuestras mujeres. El yo se
configura por tanto a instancias del otro y ese otro está instalado en nuestro
territorio. Esto induce a considerar que es por naturaleza polifónico y se
comunica en una suerte de mezcla de voces que tienen orígenes diversos. En
tanto implica pluralidad y otredad, sería contrario a la voz monológica que
impone el discurso del poder: la norma y la autoridad.
Además de tomar en cuenta las voces de los individuos en su contexto
sociohistórico, Baltín postula que los intercambios humanos, al igual que ocurre
en la novela, no son otra cosa que un interjuego entre la voz del autor y las
voces de sus personajes (Bajtín, 1999). Para Bajtín, la experiencia discursiva
de cada persona se hace posible porque su interior se constituye en razón de
127
una asimilación permanente de los enunciados de los otros. A este proceso
Bajtín lo considera como la asimilación creativa de palabras ajenas de diferente
grado de alteridad. Un concepto estrechamente vinculado al de voz es el de
“ventrilocución” que va a resultar clave en el proceso de apropiación
(interiorización) de otras voces. Este consiste en la integración en el discurso
propio de lo que denomina “voces ajenas”, voces que resuenan en la mente y
que permiten transportarnos a contextos y experiencias pasadas proyectadas
en el presente y que, a su vez, facilitan la representación en el futuro, tal y
como hemos podido constatar en las narrativas de nuestras mujeres. Este
proceso de ventrilocución e interanimación de voces va a resultar clave en la
configuración de nuestra identidad personal, social, cultural, y de género.
Por otra parte, a nuestro juicio, la idea de posiciones en conjunción con
la de voces nos puede permitir articular la relación entre un plano de análisis
micro (análisis de las distintas posiciones que las mujeres van adoptando a lo
largo de sus narrativas) y un plano más macro (análisis de la contextualización
social, cultural, institucional e histórica de dichas posiciones). Creemos que las
voces que, en ocasiones, estas mujeres traen a su discurso, o que, en otros
casos, “pueblan” sus narrativas pueden ser un instrumento de gran valor para
observar cómo las perspectivas y puntos de vista de “otros” (personas, grupos,
instituciones, voces genéricas, etc.) pueden articular dichas posiciones
adoptadas en el aquí y ahora del discurso a lo largo de la entrevista
autobiográfica y, de este modo, contribuir a la (re) construcción narrativa de la
identidad personal.
3. LA NOCIÓN DE POSICIONAMIENTO COMO INSTRUMENTO
ANALÍTICO PARA LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD A
TRAVÉS DE LAS NARRATIVAS
El análisis de posicionamientos sociales combina elementos de la
Psicología social del discurso, el análisis de la conversación y el análisis crítico
del discurso. Sus principales aplicaciones se enmarcan en el estudio de la
identidad social y personal, así como en la consideración del concepto de
"posicionamiento" como actividad discursiva y/o identitaria. Nos interesamos en
128
cómo la gente realmente usa las historias en la vida diaria, en situaciones
cotidianas, para crear y perpetuar un sentido de quien se es.
Desde esta perspectiva las narraciones no son reflejos de una identidad
que se esconde tras el texto sino que son instrumentos funcionales para crear
caracteres en el tiempo y en el espacio en un contexto interactivo: yo frente a
mi padre, yo frente a mi grupo de amigas o yo frente a mi jefe. En nuestro caso,
yo frente a una entrevistadora en el contexto de una investigación. Una
entrevistadora que se posiciona como aliada de las mujeres entrevistadas
claramente. Hay que tener en cuenta que los procesos constructivos siempre
son bidireccionales. Es decir, al tiempo que yo voy construyendo mi identidad
voy creando un contexto que limita y acompaña el proceso constructivo
identitario de mi padre, del grupo de mis amigos y amigas o de mi jefe en un
momento concreto, y viceversa. Al centrarse nuestro análisis en contextos
cotidianos estamos privilegiando la investigación de la construcción de la
identidad situacionalmente. Es decir, aquí y ahora en el instante de la
investigación. En resumen estamos hablando del análisis microgenético de los
procesos constructivos de las identidades.
Como “posición” entendemos el lugar dentro de un espacio social (por
ejemplo una conversación de dos personas, una reunión de empresa, etc.) que
en oposición a otros sujetos reclamamos para nosotros. Las personas se hacen
reconocibles a sus interlocutores mediante virtudes, motivos, competencias,
problemas. Estas autoatribuciones se corresponden a la exigencia de una
determinada posición social. Es decir, a cómo quiero que me comprendan mis
interlocutores (Saavedra, 2009).
Evidentemente un auto-posicionamiento, por ejemplo en el contexto
social de una partida de ajedrez (soy un excelente jugadora), implica explícita o
implícitamente un hetero-posicionamiento (mi contrincante está temeroso). Los
actos discursivos de posicionamientos pueden ser atributos personales o
motivos (no debes preocuparte, soy una buena persona), roles o derechos
sociales (como padre que soy te digo que te calles) o por medio de reglas
morales (una amiga no hace eso).
Los posicionamientos se estructuran en diversos niveles que pueden
llegar a ser muy complejos. Por ejemplo, alguien que está contando una
narración autobiográfica puede posicionarse en el pasado como una persona
129
inocente y, al mismo tiempo, en el momento actual como una persona
desconfiada (en mi juventud era demasiado buena persona, pero ya me he
aprendido el cuento). Este concepto es mucho más dinámico que el de rol
puesto que puede fluir de distinta forma dentro de una misma conversación en
diferentes niveles y se encuentra situado entre la tradición del análisis del
discurso y el análisis conversacional.
Desde
esta
perspectiva,
podemos
decir
que
el
análisis
de
posicionamientos (Korobov 2001; Bamberg, 2004) ofrece procedimientos
analíticos especialmente adecuados para el análisis de entrevistas (auto)
biográficas como las analizadas en nuestro estudio. En pocas palabras, se trata
de una forma de análisis narrativo que incorpora elementos de la Psicología
social del discurso (Davies y Harré 2001), el análisis de la conversación y el
análisis crítico del discurso (Korobov 2001).
Dentro de este campo algunos autores como Bamberg (2004) o Lucius
Hoene (2002) han desarrollado una forma sistemática de análisis que
sucesivamente se centra en diferentes niveles de la actividad narrativa. Su
campo de aplicación más importante ha sido el estudio de la identidad a través
de la narración, especialmente en relación con las dimensiones de género,
edad, contexto socio-cultural o experiencias especiales de vida que la actividad
narrativa puede involucrar. Por ejemplo, el análisis de posicionamientos se ha
utilizado para estudiar las narrativas de personas con trastornos mentales
graves en proceso de recuperación (Saavedra, Cubero, Crawford, 2009).
La propuesta de este tipo de análisis surge de la evidencia de que
cualquier proceso interactivo debe ser situado en un amplio contexto social
dentro del cual la interpretación de los hechos y las conductas se lleva a cabo.
Este hecho es especialmente importante tenerlo en cuenta en los altamente
complejos procesos de toma de decisión de las mujeres maltratadas.
Complejidad que puede ser fácilmente olvidada cuando analizamos la situación
de las mujeres desde la perspectiva de mujer que “ha tomado la decisión de
separarse del maltratador- no ha tomado la decisión de separarse” (Cavanagh,
2003).
4. EL MÉTODO DE ANÁLISIS
Bamberg (2004) propone examinar tres niveles de posicionamientos:
130
1.
Primer nivel posicionamiento: Estructura interna del relato.
2.
Segundo nivel de posicionamiento: Contexto interactivo.
3.
Tercer
nivel
de
posicionamiento:
Interrelación
con
discursos/ideologías normativas/dominantes.
El ‘primer nivel de posicionamiento’ se centra en la estructura interna del
relato, en como el/la narrador/a presenta a sus protagonistas, sus relaciones y
formas de la acción.
El ‘segundo nivel de posicionamiento’ se concentra en el contexto
interactivo en el que se produce el relato, en cuestiones como las
transformaciones de las relaciones mutuas entre interlocutores y los objetivos
que persiguen en su conversación narrativa.
El ‘tercer nivel de posicionamiento’ intenta trascender los detalles del
texto y la interacción para ver cómo con el relato los interlocutores (y el/la
narrador/a principalmente) se sitúan en relación con discursos ideológiconormativos y los órdenes sociales que representan.
En este capítulo usaremos una adaptación de estas estrategias para
examinar las experiencias de maltrato de varias mujeres e intentar comprender
cómo éstas se posicionan a lo largo de sus relatos personales, y cómo estas
narrativas se insertan en una historia familiar, social, cultural e individual
determinada.
Dados los materiales a analizar y la metodología de análisis, podría
defenderse la existencia de ciertos paralelismos con las aproximaciones de la
historia oral y el análisis biográfico (Bertaux 1981; Perks y Thomson 1998). Sin
embargo, el presente trabajo se centra más en el análisis de los componentes
narrativos (i.e. posicionamientos y evaluaciones) y aspectos de la psicología
cultural (i.e. el desarrollo de la agencia social y la identidad de género) que con
cuestiones de corte historiográfico o macro-sociológicos.
Así, nuestra investigación se sitúa en un nivel interactivo en que el
análisis de las secuencias y la organización de distintas unidades
conversacionales (estructura verbal, contenido semántico, entonación, pausas,
toma de turnos, etc.) nos muestran cómo son utilizadas éstas en el esfuerzo del
interlocutor de fijar una posición social frente a la audiencia. Pero al mismo
tiempo nos interesamos por las modalidades discursivas preestablecidas
131
culturalmente. Es decir, el análisis de posicionamiento no desprecia la
influencia de modelos discursivos ideológicos, culturales o institucionales que
puedan ser utilizados por las personas para responder a las preguntas de quién
soy yo y cómo quiero ser entendida.
Entre
otros
indicadores
que
nos
ayudarán
a
analizar
los
posicionamientos en nuestras narrativas podemos encontrar el uso de los
pronombres, tiempos verbales, la utilización del estilo directo o indirecto, el uso
de categorías sociales, metáforas, la identificación de voces o discursos
sociales, pausa, prosodia, etc. Es decir, cualquier indicador semántico,
sintáctico o pragmático que nos permita determinar los posicionamientos que
las mujeres entrevistadas construyen a lo largo de la entrevista. Todos los
posicionamientos identificados deben estar basados estrictamente en datos
empíricos. En nuestro caso, en el texto transcrito de las entrevistas a las
mujeres. En este sentido, ofreceremos algunos extractos significativos de los
posicionamientos hallados.
Hemos aplicado un procedimiento de análisis grupal. Éste puede ser
considerado como un procedimiento para lograr fiabilidad entre los análisis de
los distintos investigadores (Cohen & Crabtree, 2008). Es decir, tras el análisis
individual de las entrevistas por distintos investigadores, se expusieron los
análisis en seminarios para todo el equipo de investigación. Se discutieron, se
descartaron
los
posicionamientos
que
no
estaban
suficientemente
argumentados y basados en datos empíricos y finalmente se realizó una
síntesis de los resultados.
5. UN ESTUDIO DE LA RECONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD
EN
MUJERES
MALTRATADAS
DESDE
LOS
POSICIONAMIENTOS DEL YO
A continuación presentaremos el análisis de cuatro entrevistas
autobiográficas en las que precisamente se pretende identificar distintos
posicionamientos del yo a través del análisis del discurso de dichas entrevistas.
No creemos necesario recordar la metodología usada para la recogida de
datos, puesto que es la misma empleada en el capítulo anterior y descrita en el
132
apartado de método. Sólo quizá comentar que en este caso, debido a la
necesidad de usar análisis más cualitativos y minuciosos se han reducido a
cuatro las entrevistas analizadas.
Así, en este capítulo, analizaremos el discurso proferido en estas cuatro
entrevistas autobiográficas, para identificar tanto los auto-posicionamientos
como los hetero-posicionamientos, es decir, nos interesa tanto cómo la mujer
se posiciona como cómo es posicionada por los otros. De igual manera
consideraremos posicionamientos de distintos grados de explicitud, tanto los
expresados a través del uso del estilo directo como a través del estilo indirecto.
De modo complementario y en coherencia con el marco teórico presentado,
analizaremos asi mismo las voces a través de las cuales se articulan los
distintos posicionamientos. Voces que reflejan los personajes principales en
cada una de las historias narradas, voces con distintos niveles de generalidad.
Desde voces particulares y concretas, como la de las propias mujeres
maltratadas, sus ex parejas…; voces genéricas, como las mujeres, las amigas,
las vecinas…; a voces institucionales como la familia, la religión...
Las cuatro mujeres analizadas figuran con los nombres de María, Alicia,
Rosa y Elena. Sus descripciones biográficas figuran en el capítulo del método.
5.1 MARÍA: “LA EXPERTA”
En el caso de María, el primer posicionamiento no es como víctima o
mujer maltratada. Como es lógico el posicionamiento como maltratada (P3) es
importante en ella, aunque éste está menos presente durante la entrevista que
en otras mujeres. El primer posicionamiento de María es como mujer experta
en maltrato, tanto como profesional, al tratar con situaciones de violencia de
género, como personalmente (P1) (E1-E3), puesto que conoce algunas
situaciones de amigas, a las cuales María ha aconsejado e intentado ayudar.
El conflicto de los posicionamientos que revela principalmente María
durante la entrevista es el siguiente: María como “chica fuerte”, “chica
independiente” (P2) (E4-E5), “experta” (P1), frente al posicionamiento de María
como “maltratada” y “víctima” (P3). El conflicto y la contradicción de estos
133
posicionamientos lo refleja María por ejemplo cuando afirma: “Yo no asimilaba,
no te das cuentas, si te das cuentas, pero no te das cuenta”.
Este conflicto se traduce en enunciados caracterizados por la
complejidad y la paradoja. Incluso en algunos puede identificarse una cierta
falta de coherencia con una sobre abundancia de conectores adversativos y
algunas antítesis. Este conflicto deriva de la pregunta ¿Cómo explicar que ella
(fuerte y experta) termine siendo una víctima?
Debido a este conflicto María se posiciona como “culpable” (P7) y “tonta”
(P6) por no haber actuado antes, por haber “tragado” con la situación hasta el
punto de no tener salida. Este posicionamiento de tonta, muy fuerte durante
toda la entrevista, es el resultado, junto con el de “culpable” y “avergonzada”
(P7) de la dificultad para integrar los posicionamientos de “víctima” y “experta”.
María siente vergüenza ante la opinión de la gente y temor ante su incredulidad
puesto que su posicionamiento como mujer maltratada y víctima no
correspondía con su imagen de persona “experta” y “fuerte”, “independiente” y
“guay”. “¿Qué dirán? No me creerán. Yo no soy así”.
Las voces de personas genéricas aparecen en el discurso de María en
estilo directo expresando incredulidad y culpando indirectamente a María por lo
que pueda estar pasando en la relación (E15). Estas voces genéricas que
representan a la “gente” en general, aparecen en otras narraciones de las
mujeres maltratadas. En las voces se reflejan ciertos valores culturales
tradicionales sobre lo que se espera que sea y deba hacer una mujer, valores
no escritos y difusos a cuyo juicio temen las mujeres. En otras palabras, “el qué
dirán”.
María comenta que para tomar la decisión tuvo que llegar al punto de
que le diera “igual lo que pensara la gente… mi hija tenía derecho a una vida
tranquila…” ya que María pensaba que “cuando lo cuente, voy a perder la poca
dignidad que me queda”. Esta frase está situada justamente en el centro de los
posicionamientos de María como “culpable” y “persona avergonzada”.
María afirma que no tuvo una actitud “sumisa” con su pareja, al contrario
refiere que ella “plantaba cara”, “peleaba, “decía las cosas muy claras”, “sacaba
pecho”, “le devolvía el empujón”, “yo no era la mujer que se pone en un rincón”.
134
Incluso llega a adjetivar su comportamiento como “violento”. A pesar de esta
actitud, María “cree que la mata”, “pierde el conocimiento”, recibe “insultos”,
“zarandeos”, “bofetadas”, “empujones”, “toca suelo”, tenía “mucho miedo de él”,
“marcada”.
El posicionamiento de María como “madre” es el que desencadena tanto
la decisión de separarse de su pareja y denunciar, pedir ayudar, como la de
esperar y aguantar la relación a ver si mejoraba. María afirma que “mi hija fue
al mismo tiempo la razón de que le pasara y la razón de que dejará de
pasarme”. El posicionamiento como madre refleja una relación muy compleja
con la toma de decisiones y las emociones de María. El posicionamiento de
madre identifica a una segunda víctima. La hija (“tengo una hija”). “Lo hago por
mi hija” y la impulsa a actuar. El convertirse en madre es un factor de riesgo
para reconocerse como víctima y actuar. Por lo tanto, el posicionamiento de
“madre” se encuentra muy fusionado con el de “víctima”.
María se refiere a la “vergüenza”, al “miedo” y al “tema económico” como
las mayores dificultades para tomar la decisión de dejar la relación. María
describe que la ayuda de su hermana y de varias amigas como los apoyos más
importantes a su decisión. Especialmente, María describe su relación con una
amiga que le sirvió como modelo de superación puesto que había sufrido la
violencia de su pareja, aún de forma más intensamente que ella, y se había
recuperado. Las voces de estas amigas y de su hermana aparecen
habitualmente en la forma de estilo directo apoyándola y dirigiéndole mensajes
positivos.
Antes de la separación definitiva y la denuncia María “lleva” a su pareja
al psicólogo. Este técnico termina por culpabilizar a María por la conducta de la
pareja “a mí me machacó mucho”, “el pensar que yo voy a tener la culpa de
que él perdiera los papeles”. El psicólogo se alió con la pareja en la
culpabilización de María. La voz del ex marido y del psicólogo aparece con
fuerza. Especialmente, la del ex marido que aparece en estilo directo
culpabilizando a la mujer.
Es muy importante la reflexión sobre la necesidad de aceptar la pérdida
que realiza María al final de la entrevista. Para María, es necesario “atarse a la
135
cama” y “llorar mucho” por “tú ex”, “tu hijo”, “por lo que pudo ser y no fue”, “por
lo que podía haber sido y nunca será, ¡nunca será!” “lo que tú quieres no
existe, ¡nunca existió!”. María en este extracto parece estar enfatizando la
necesidad de elaborar el duelo por numerosas pérdidas al tiempo que toma la
decisión de liberarse de la relación que la está oprimiendo. La perspectiva de
futuro que expresa María en la entrevista es verse sola sin compañero.
Considera que será muy difícil volver a establecer una relación de pareja.
Además según ella, “Es más, te diría que creo que cada vez las mujeres
estaremos más solas” y cree que eso “es cojonudo”.
En resumen, el núcleo de la entrevista a María reside en el conflicto
identitario, la dificultad para integrar el posicionamiento de “Experta” y
“Víctima”. Las emociones que genera este conflicto son la culpa y vergüenza
(explícitamente) y la
confusión
y el
estupor ante
la
aparición
del
posicionamiento de víctima: ¿Cómo explicar que ella terminó siendo una
víctima? María utiliza el estilo directo para enfatizar la imagen de los otros de la
“María la guay” en contraste de María la víctima. Las voces de algunas amigas
le ayudan a tomar la decisión de salir de esa situación, al contrario la voz del ex
marido y del psicólogo culpabilizan a la mujer de la violencia del fracaso de su
relación.
136
Esquema de la entrevista y del viaje de María
Voz de
conocidos
V1
Voz de la
familia V3
Chica
fuerteIndepend
iente
P2
Voz Amigas
V2
Experta
P1
Conflicto
Voz entrevistadora
V4
Recupera
da
P4
Conflicto
Punto de Inflexión
Madre
P6
Victim
a
P3
Voz del
psicólogo
V4
Culpabl
e
P7
“Me da igual
lo que pensara la gente…
mi hija tenía derecho a una vida tranquila”
Tonta
P6
Voz de la
gente V6
Voz de la
ex pareja
V5
Interpretación del Esquema
En el esquema de los posicionamientos de María se puede observar el
conflicto entre los posicionamientos de “chica fuerte” y “experta” con el de
“víctima”. Del desarrollo de este conflicto nuclear en la entrevista se derivan tres
posicionamientos. Uno de ellos es el auto-posicionamiento como “tonta”. El
segundo, el posicionamiento como “culpable”, es impulsado por las voces de la ex
pareja, de la gente y del psicólogo que estuvo tratando a la pareja. El último y más
importante es el auto-posicionamiento como “recuperada”. Este posicionamiento
esta mediado por el de “madre” y se encuentra fuertemente sostenido por las
voces
de
las
amigas,
la
familia
y
la
entrevistadora.
137
Cuadro de posicionamientos, voces y extractos de discurso de María
Posicionamientos
(P)
P1. Experta
Otras Voces (V)
V1. Las mujeres
Contenidos (Extractos del discurso)
(ER=Extractos de María)
(EE=Extractos de la Entrevistadora)
E1. “y además era una persona que yo decía, pensaba, a diario en mis intervenciones en
la calle”
E2. “me impliqué además directamente en el tema extra-profesionalmente”
E3. “y se lo decía a ellas, “tía no lo ves, si te pega, no te quiere tía, o sea, haz tu vida,
mira por tus hijos, tira para alante, no tengas miedo, el miedo es su es su, es su arma”
P2.
Chica
independiente
fuerte-
P3. Víctima-maltratada
V2.Voz de conocidos
E4. “la imagen que todo el mundo tenía de mí, de chica fuerte, chica independiente”
E5. “Yo no tuve una actitud sumisa, en absoluto, ¿vale?, yo al contrario yo yo peleaba,
¿me entiendes?”
E5. “Los malos tratos psicológicos empiezan a los tres cuatro meses de embarazo”,
V3. Voz del ex marido
E6. “Me empieza a pegar a los ocho meses de embarazo”,
E7. “…la primera yo considero, me empieza a pegar, voy voy a obviar, los zarandeos, y
voy a obviar los agarrones, voy a considerar como agresión, la primera vez que toco suelo,
¿vale?, o que me da un bofetón, ¿vale?”,
E8. “Eh, el bofetón fue posterior a tocar suelo por eso hablo de tocar suelo, porque hasta
ese momento, había recibido muchos insultos, mucho puta, mucho guarra, mucho, rollo de
eso”,
E9. “yo estaba ya aterrada y yo creía que me mataba”
P5. Madre
V4. Voz de la hija
E10. “Mi hija. Mi hija. Mi hija ha sido, la razón de que me pasara y la razón de que dejara
de pasarme. Porque si yo no hubiera estado embarazada, no me hubiera pasado, eso te
lo garantizo”,
138
E11. “¿Yo qué hice? lo que hice fue decir “tengo una hija”, yo me es que yo tenía a mi hija
en mente, me acuerdo de su cara ¿no?, agarradita a la cuna, esa cara de terror, ese
llanto histérico ¿no?, y que tiene derecho a vivir y tiene chocho igual que yo y a mí me
podía matar, pero yo por mi hija mato reina”
E12.“Decirte a ti misma…
Lo tonta que he sido
…que has sido tonta. A lo mejor puedes decirte que no has sido tan tonta y te machacas
menos
No, he sido muy tonta, muy muy tonta
Pero bueno tu has salido de esta situación
Lo que pasa que bueno, no me voy a, pero he sido muy tonta”
P6. Tonta
P7. Culpable
E13. “Yo me sentía muy culpable porque, en mi caso él, ya tenía antecedentes por esto, y
yo me lo tragué, que no, que no era culpable además me lo tragué, con tiempo quiero
decir, yo al principio me resistía, a la idea de que no era culpable”,
V5. Voz del psicólogo
V6. Voz del marido
V7. Voz de la gente
E14. “Esto es que me pongo a llorar cuando lo pienso ¿me entiendes? porque esto es una
idea que a mí me machacó mucho, el pensar que yo voy a tener la culpa de que él
perdiera los papeles”
E15. ¡Tú estás loca hasta el psicólogo te lo ha dicho que estás como una energúmena,
que eres tú la que me provocas entiendes, que eres tú!”
E16. “sttta, la película que se está montando y policía que es, a saber lo que ha pasao
ahí”.
P4. Recuperada
V8. Voz de sus amigas
V9.
Voz
de
entrevistadora.
V10. Voz de la familia
la
E17. “María, tú vales mucho tía, María tú vales mucho, por Dios no aguantes más”
E18. “¿Qué cosas te dice tú familia?
Que ni de coña vuelva con él, que valgo mucho, que tengo una niña preciosa”
EE1. “Pero tú has conseguido superar esa situación”
EE2. ¿Cuándo decidiste actuar?
139
5.2 ALICIA: “LA FUERTE” Y “LA MALTRATADA”
La voz de la entrevistadora (V5) (Ejemplos EE1-EE2) desde el principio
de la entrevista posiciona a la mujer como empoderada a partir del hecho de
que ha abandonado el domicilio familiar para iniciar una nueva vida lejos del
maltratador. La entrevistadora reitera una y otra vez por distintos medios
discursivos que la mujer ha tomado esa decisión. Sin embargo, la mujer se
posiciona con una casi total falta de agencia, excepto en algunos enunciados
que la entrevistadora consigue guiarla. Alicia responde a los posicionamientos
de la entrevistadora, siempre como sujeto paciente “me tuve que ir”, “me vino
mi hija por mí”, “me llevó a su casa”, “nos echó de allí”, “me tuve que ir”.
Alicia se describe principalmente como víctima: “maltratada”, “humillada”,
“violada”, “me pegaba” (P1). Un maltrato del cual ha intentado escapar sin éxito
entre otras razones por falta de recursos. La voz del ex marido (V7 y V8), al
que posiciona como “su dueño”, insulta a Alicia definiéndola como “puta” y
“tortillera”. Posicionamientos, especialmente el último, de los cuales se
defiende en la entrevista Alicia.
Al mismo tiempo, Alicia se posiciona como resistente: “Fuerte” (P2).
Relacionado con este posicionamiento se encuentran una serie de episodios
característicos. Un núcleo esencial en el relato de la mujer es la presencia in
extremis de alguien que la salva: “pues eso digo yo, hay un ángel conmigo”. En
todos los episodios que describe la mujer siempre aparece alguien que ayuda
desinteresadamente en el último momento: Una mujer que le ofrece
alojamiento cuando es abandonada en una ciudad, un lechero que cuando no
tiene nada que dar de comer a sus hijos le regala leche, un tendero que le fía
cuando todo el mundo la había abandonado. “Que cualquier persona como tú
vayas derecha, un plato de comida te lo da cualquiera” (p.25). Por lo tanto el
posicionamiento como mujer “Fuerte” (P2) implica una resistencia en la cual en
momentos extremos siempre es salvada por la buena voluntad de algunas
personas. De hecho, es posible decir que la creencia en las buenas intenciones
de la gente ha permitido resistir a la mujer.
140
Se describe como trabajadora (P4), que a pesar de las enormes
dificultades ha criado a sus 7 hijos y hasta a los 15 nietos que tiene. A veces
describe episodios en los que muestra mucho ingenio. Se califica como lista.
Muy relacionado discursivamente con el posicionamiento de “fuerte” se
encuentra el de “buena” y “honrada”. Si profundizamos en la narración
podemos descubrir que un núcleo de la identidad de la mujer entrevistada es
este posicionamiento: “Mujer Buena” (P3), que “no pide nada a cambio por lo
que hace” y que “no se queja”. El “no quejarse” a otros/as del maltrato es un
argumento de Alicia para sostener su posicionamiento como mujer fuerte.
El posicionamiento como persona liberada que ha tomado “una decisión”
(P5) (dejar al marido e irse a vivir con su hija) es muy débil y casi siempre está
apoyado fuertemente por preguntas o afirmaciones de la entrevistadora. La
entrevistadora posiciona a Alicia en casi todas sus intervenciones como una
persona que ha tomado una decisión y que está en la senda de la
recuperación. Alicia explica su salida definitiva de su hogar debido a los
insultos de “puta” y “tortillera”, además de las amenazas de suicidio del ex
marido que nunca se producían y que provocaban un gran sentimiento de
culpabilidad en ella. Alicia relata un episodio en el que su marido simula querer
ahorcarse y la culpabiliza directamente. Estos hechos Alicia los relaciona
directamente con su salida definitiva.
Alicia en el momento de la entrevista se declara feliz, pero al igual que el
posicionamiento de persona liberada es muy precario e inconexo. La mujer
posiciona a su padre como maltratador y a su madre como maltratada. Es
decir, para Alicia su situación ha reproducido la que ha vivido en su entorno
familiar. De hecho, la madre, según la mujer, ha intentado convencerla en
varias ocasiones a que espere a ver si la situación mejora o el ex marido
cambia. La voz de la madre (V1) aparece varías veces en estilo directo
sugiriendo a Alicia que aguante más tiempo a ver si la situación mejora. Un
aspecto a señalar es que Alicia observa en la conducta de algunos yernos
atisbos de maltrato y muestra preocupación por ello. Se encuentran algunos
enunciados que muestran alguna reflexión al relacionar su situación con la
vivida en su familia y con la educación de su madre, a la cual califica como
141
“muy atrasada”. Unido al posicionamiento de maltratada encontramos uno de
“delicada”, “enferma”, como si llevara el “sufrimiento en la sangre”.
La mujer relata tres episodios en los que los sentimientos de culpa han
sido muy intensos. Al ser culpada por un agente de la Guardia Civil de
“abandonar a su marido”, por ser acusada por su ex marido de ser amiga “de
una lesbiana” y por hacer que su ex marido “se vaya a ahorcar”. En este
episodio aparece claramente la voz del ex marido (V2), en estilo directo
responsabilizando a Alicia de su posible suicidio (E12). La voz del ex marido,
tanto en la historia de Alicia como en las historias de otras mujeres, aparece
mayoritariamente en episodios en los que Alicia sufre de sentimientos de
culpabilidad. Es decir, podríamos decir en episodios de maltrato psicológico y
no tanto durante la descripción de maltrato físico. Además Alicia expresa
durante la entrevista preocupación por entorpecer las relaciones de pareja de
sus hijas con sus maridos.
El conflicto nuclear del relato de la mujer se sitúa entre el
posicionamiento de mujer buena, trabajadora, que ha criado a sus hijos y el
posicionamiento de mujer que ha decidido irse de su casa, huir del lado de su
ex marido. De hecho, los numerosos episodios de maltrato narrados sirven
para mostrar que la mujer ha aguantado hasta el final, que más que elección
suya ha sido una consecuencia irresistible de los hechos. Debido a este
conflicto, Alicia no describe explícitamente su conducta de abandonar su hogar
como una decisión producto de la agencia personal tal y como se lo sugiere
una y otra vez la entrevistadora. Además, en diversos enunciados la mujer
entrevistada muestra preocupación por la imagen que da a sus vecinos.
“Pues yo estoy convencida que tú vas a ir pa´lante, pero vamos,
echando chispas, ya lo estás”
“Yo quiero… Hombre yo si, yo y y mira, y que voy a ir derecha, no voy a
ir, “pues ahora me he quitado al marido de lo alto, ahora le voy a hacer yo esto
o aquello” ¡No! Voy a ir derecha para que mis niños vayan con la cabeza bien
levantada, para arriba siempre han ido.”
De
este
modo,
de alguna
forma
Alicia
consigue
conciliar el
posicionamiento como buena mujer-trabajadora y el posicionamiento de mujer
142
“liberada” que ha “tomado una decisión”. Este último posicionamiento es
necesario que sea justificado continuamente ante los valores culturales
dominantes, que se reflejan en las voces de algunas personas que domina su
contexto social.
143
Esquema de la entrevista y del viaje de Alicia
“Voces de las
persones que la
ayudan” V4
V2.
expareja
V1:
Madre
V3.
vecinos
Víctima-maltratada
P1
Buena
P3
V2:
expareja
V8: Guardia
civil
“criadora”
P7
Trabajadora
P4
“Culpable”
P10
Conflicto
Episodio del falso
Suicido
Huida de Belén
Fuerte-Resistente
P2
PI: “Puta
P11
“PI: Tortillera”
P12
V2:
expareja
V2:
expareja
Mujer recuperada
“Decidida” P5
V5: Voz de la
hija mayor
V6: Voz de la
entrevistadora
Interpretación del Esquema
En este esquema se observa en primer lugar los posicionamientos más
frecuentes durante la entrevista, que, aunque parecen contradictorios, si los
analizamos con los significados de Alicia son totalmente compatibles. Son los de
mujer “maltratada” y mujer “fuerte”. El sistema que conforman estos dos
posicionamientos entra en crisis a partir del episodio de la simulación del suicidio de
su ex pareja y una serie de hetero-posicionamientos manifestados a través de la voz
de la ex pareja que son intolerables para Alicia: los hetero-posicionamientos de
“tortillera” y “puta”. De esta situación de crisis surge el posicionamiento como “mujer
recuperada” que toma la decisión de separarse de su pareja. Este posicionamiento
está fuertemente apoyado por las voces de la entrevistadora y la hija mayor. El
conflicto aparece a medida que se va desarrollando la entrevista entre el
posicionamiento de mujer “recuperada” y un conjunto de auto-posicionamientos con
un fuerte valor para Alicia. Son los posicionamientos de “buena”, “criadora” y
“trabajadora”.
144
Cuadro de posicionamientos, voces y extractos de discursos de Alicia.
Posicionamientos
(P)
Otras Voces (V)
P1. Víctima-Maltratada
V1. Voz de su madre,
V2. Voz del ex marido,
V3. Voz de los vecinos”
E1: “Chiquilla, porque ya ya me pegaba palos, me pegaba”.
E2: “Mira, aquí tengo la cicatriz en la frente, de pegarme asín de porrón” . “Era el dueño
él, pues noo no pillaba yo ni un duro”, “me dejó otra vez embarazá, violándome”. “decía
“(madre) anda, a ver si se pone un poquito más bien, venga, a esperar otra vez ese
poquito”
E3: “Mi fuerza, la fuerza que yo tengo que digo “no, no , no” porque yo soy una persona
alegre”
P2. Fuerte+ Resistente
P3. Buena
Contenidos (Extractos del discurso)
(ER=Extractos de Alicia)
(EE=Extractos de la Entrevistadora)
V4. Voces de personas que
la ayudan
E4: “Yoo, te lo puedo agarantizar, yy si hay alguien buena, en esta vida, más que yo, es la
que está arriba () es la virgen”
E5: “yo nunca le he dado un a la gente, ma pegado y si se han enterado, por los follones
que él ha metido, pues tiene un pase, pero yo no he ido fulanita mira lo que me ha hecho”
E6: “YO si, yo si, hasta embarazada, he ido aa a coger aceitunas, y por alcaparras”, “Ja,
ja, más estudia un necesitado que un abogado”
P4. Trabajadora
P5.
RecuperadaDecidida
(Muy andamiado por la
entrevistadora)
V5. Voz de su hija mayor
V6. Voz de la entrevistadora
E7: “Eso lo decido yo ya. Si. Esa vez lo decidí yo porque yo no, vamos que yo no
mandaba ni era dueña de mi ni nada y me quería tener controlá totalmente, yy, entonces
po ya, ya me cansé, ¡es que me cansé!”. “Ahora me compro lo que quiero, no tengo
dinero, pero me compro lo que quiero”.
EE1: “Y esa segunda vez que te fuiste, que fue la definitiva”
EE2: “Tu recuerdas que es lo que pasó esa vez para que tu dijeras hasta aquí llegamos”
P6.Delicada
E8: “y yo siempre he sido yo no sé, por lo que sea, siempre he sido muy delicada”
145
E9: “Después, después de mis de miis 7 nietos, a criado a nietos, o sea, mis 7 hijos, he
criado a nietos también, por lo menos a 3 o 4 nietos, los he sa, los he hecho casi hombres”
P7. Criadora
V1.Voz de la madre
E10: “yo iba con la sangre enreda mala, Porque mi madre con las penas de de 5 niños
criándolos, mi padre con el miedo de una guerra”
P9. Enamorada
V2. Voz del ex marido
E11: “Poor porque ya me enamoré de él, me vine de Sevilla”
P10. Culpable
V2. Voz del ex marido
V8. Voz de la Guardía civil
E12: “me decía ¡“tu tienes la culpa de que yo un día coja un cordel yy me ahorque”!
P11. Puta
V2. Voz del ex marido
E12: “Hombre quee que era una puta y quee, y que eraa, me juntaba con una mujer de mi
calle, que es un poquito lesbiana “
P12Tortillera
V2. Voz del ex marido
E13: “po yo era tortilleera, con el perdón de la palabra, y toas esas cosas”
P8. Sufridora
nacimiento
desde
146
5.3 ROSA: “LA MUJER FUERTE Y RESOLUTIVA”
Esta historia de maltrato contada por Rosa se caracteriza por la
aparición
de
cuatro
posicionamientos
fundamentales:
el
de
víctima
(posicionamiento 3=P3), el de mujer fuerte y resolutiva (P5), el de madre
responsable (P4) y el de mujer trabajadora (P2). Estos posicionamientos
aparecen distribuidos por toda la entrevista y van permitiendo a Rosa contar la
historia de su maltrato, así como presentar los razonamientos, reflexiones y
hechos vitales que la condujeron a ir tomando ciertas decisiones que
concluyeron con su “necesidad de abandonar al ex marido y acabar con todo”.
Al adopta dichos posicionamientos, Rosa elabora ciertas reflexiones, lo que no
significa que la narración, en su conjunto, se caracterice por la presencia
mayoritaria de un yo reflexivo. Más bien, podríamos decir que lo que
caracteriza esta entrevista es la presencia mayoritaria de un yo revivido gracias
al uso prioritario que hace del estilo directo para presentar las voces de los
personajes fundamentales en esta historia. Voces como la de ella misma o la
de su ex marido (voces 1= V1, V3, V6, V9, V14, V18, V20, V21 y V24) y su
hermana (V7, V11 y V17) que aparecen constantemente en su discurso, ya sea
como agentes directos de los enunciados, sujeto de la enunciación, o como
personajes implicados en los enunciados, sujeto del enunciado.
La presencia mayoritaria de la voz de su ex marido es justificable en
cuanto que ésta es usada por Rosa de modos diferentes, tanto para recrear y
ejemplificar la violencia sufrida (ver por ejemplo extractos de Rosa = ER como
ER4, ER9 y ER1), como la voz ante la cual reaccionar para construir un
posicionamiento diferente y frecuentemente contrario del usado por su ex
marido para definirla (ver por ejemplo extractos como ER32 o ER33). La voz de
su hermana es la otra voz más significativa en la historia contada por Rosa.
Ésta es usada frecuentemente en el discurso como la que representa el alter
ante el que construye sus razonamientos o elaboraciones (ver por ejemplo
extractos como ER20 o ER22). Además, está es la única voz que aparece en
los momentos en los que Rosa se refiere al apoyo social que tuvo durante
todos los años de maltrato y en el día concreto que decide huir con su hija de
su casa (ver ER21). Es importante resaltar que la figura de su hermana es
147
siempre referida con agradecimiento (ver E23). Frente a su decisión de no
apoyarse en “psicólogos” o en “medicinas”, sólo le quedó ella.
Aunque
no
sean
tan
frecuentes,
podríamos
señalar
otros
posicionamientos ya que son también claves para entender la historia de
maltrato de Rosa y para entender como salió de ella. Nos referimos a
posicionamientos como los de Mujer recuperada (P1), Hija (P6), Hermana (P7),
Mujer asustada (P8), Esposa sumisa (P9), Mujer mala (P10), Mujer buena
(P11), Mujer querida (P12). En éstos también se presenta de modo prioritario la
voz de la hermana y especialmente la voz del ex marido. De modo coherente
con lo expresado con anterioridad, podemos observar cómo tanto en los
posicionamiento que reflejan una visión más positiva o activa de Rosa, con
mayor control de sus vidas (mujer recuperada -P1-, trabajadora -P2-, fuerte P5-, madre -P4-, buena -P11-, o querida -P12-), en los que reflejan una visión
de ella misma más negativa o pasiva (sumisa –P9- y mala –P10-), como en los
que se refleja la situación de maltrato de modo más evidente (victima –P3-,
mujer asustada –P8-), aparece siempre omnipresente la voz del ex marido. En
los últimos como la voz a través de la cual se articula el posicionamiento, en los
segundos como voz que recrea y ejemplifica la violencia y en los primeros,
como ya argumentamos, como voz ante la cual reacciona Rosa para construir
un posicionamiento diferente al usado por su ex marido para definirla.
En relación a la adopción de posicionamientos por parte de Rosa, el
análisis de la entrevista ha revelado un dato de especial importancia. Nos
referimos a cómo en los posicionamientos previamente definidos como los que
otorgan una mayor agencia a Rosa existe otra voz, que en cierto modo
podríamos decir que ayuda o incluso a veces es responsable de los
posicionamientos adoptados. Así podríamos comprobar cómo la entrevistadora
empatiza con la entrevistada de tal modo que no sólo apoya y refuerza una
perspectiva de ésta como mujer recuperada (V2, ver EE1), trabajadora
incansable (V4, ver EE2), madre responsable (V10, ver EE3), mujer fuerte y
resolutiva (V13, ver EE4) o mujer querida (V26, ver EE5), sino que en algunos
casos la define de tal modo antes de que ella misma se defina o se posicione
de tal manera (ver EE1 o EE4). En este sentido, hemos observado que la
entrevistadora lo hace o bien elaborando una conclusión, a partir de ciertos
148
enunciados proferidos por Rosa, que enjuician y generalizan el significado de
los signos presentes en el discurso de Rosa (como en EE2, EE3, EE4), o a
través del modo en el que la entrevistadora formula sus propias preguntas, en
las que aparece manifestado el posicionamiento al que Rosa posteriormente se
adscribe (como en EE1 y EE5). En este sentido, la propia entrevista podría
definirse como un acto terapéutico. Como una situación o escenario que facilita
el proceso de recuperación o reconstrucción de la identidad personal de Rosa.
En relación con las voces a través de las cuales se articulan los
diferentes posicionamientos (ya sean como creadoras de éstos o como ante las
cuales se construyen), por último, hemos de comentar que en la generalidad de
los posicionamientos referidos, además de las voces citadas aparecen otras
voces que nos refieren la trama o red social que o bien fueron testigos de los
actos de violencia (compañeras de trabajo –V5-, las hijas -V8-, los amigos del
ex marido –V12-, los vecinos –V27-) o bien se constituyeron en el apoyo social
de Rosa en su proceso de recuperación (la madre –V15, V22-, el padre –V16,
V23- y la nueva pareja -V25-).
Gracias a los posicionamientos adoptados por Rosa para definirse a sí
misma, a aquellos que le otorgan los otros/as, así como a las voces a través de
las cuales unos/as y otros/as se recrean y ejemplifican en el discurso, podemos
hacer una fotografía de la historia de maltrato narrada en la entrevista
realizada. En esta historia de más de 20 años de humillaciones y agresiones
existe un punto de inflexión, un momento de ruptura con dicha vida, un día en
el que, según Rosa, “ella no piensa nada, sólo siente pánico por su vida y la de
su hija,” lo que hace que sienta un “fuerte impulso” que unido a su “gran
fortaleza” le conducen en decir: “L., recoge tu ropa y la metes en bolsas de
basura que ya estamos fuera de la casa. Que tu padre es capaz de matarnos”.
Así, estas ideas y sentimientos (el miedo a morir, el bienestar de su hija y sobre
todo, su impulso y gran fortaleza) se convierten en los hechos trascendentes
que unidos a la existencia de una red social que la apoya, desencadenaron que
Rosa decidiera huir de su casa e iniciar el proceso de recuperación o de
reconstrucción de su identidad. Evento éste clave en el fortalecimiento de los
posicionamientos que reflejan a una Rosa con mayor control de su vida (como
los de mujer recuperada o resolutiva) y la apartan de posicionamientos (como
149
los de víctima, mujer mala e incompetente o mujer sumisa) que poco favorecen
su proceso de cambio y transformación.
Esto último nos lleva a describir esta entrevista, además, en función del
conflicto entre posicionamientos que la caracteriza. En este caso podríamos
decir que la historia narrada por Rosa, como otras, es todo un ejemplo de un
conflicto identitario entre una visión de ella misma como “mujer mala”,
“incompetente” y “asustada”, tal como la posiciona su ex marido, frente a otra
como “mujer trabajadora”, “fuerte y resolutiva”, que surge como reacción a la
anterior y en la que ella misma se posiciona. Este conflicto, que recorre todo el
“viaje” que va de su pasado como “víctima”, a su presente como “mujer
recuperada” y “querida”, relatado en la entrevista, es en el fondo la cuna de la
aparición de los demás posicionamientos que podríamos decir que se alinean a
un lado u otro de los polos del conflicto. Las emociones que genera este
conflicto son un fuerte sentimiento de “injusticia” y de “rabia”. En definitiva, lo
que ella expresa en distintos momentos de la entrevista diciendo “no me lo
merezco”. La rabia y desesperación con la que vive tal injusticia, podría explicar
que, como consecuencia, los posicionamientos de “mujer trabajadora” y ”fuerte
y resolutiva” sean constantemente evocados, y que, además, se presenten con
gran emotividad y con gran lujo de detalles. Por ello, creemos que no vamos
muy lejos en nuestro nivel interpretativo si consideramos que son precisamente
estos posicionamientos la base sobre la que se construye su nuevo
posicionamiento, su nueva identidad, de “mujer recuperada”.
150
Esquema de la entrevista y del viaje de Rosa
P1 mujer
P1 Recuperada
recuperada
P5
Fuerte
P2
Madre
P2
Trabajadora
P3
Un impulso.
Su propia
fortaleza
Victima
Voz de la
hermana
P10
Mala e
incompetente
Se fue de
casa
Miedo a
morir
El bien de
sus hijas
Apoyo de
la familia
P8
Asustada
PUNTO DE
INFLEXIÓN
Interpretación del Esquema
Rosa se define en la actualidad como una mujer recuperada. Hasta
llegar a este punto ha vivido como víctima de maltrato un fuerte conflicto entre,
por una lado, verse a sí misma como una mujer incompetente y asustada,
posicionamientos construidos fundamentalmente por la voz de su ex marido, y,
por otro lado, considerarse como una mujer fuerte, trabajadora y madre
responsable, posicionamientos articulados gracias a la voz de su hermana y al
contrapunto de la voz de su ex marido. Tal conflicto llega a un punto de
inflexión generado por un fuerte miedo a morir y el tener que cuidarse por el
bien de sus hijas, y que pudo resolverse gracias a su gran fortaleza. Tal
situación, gracias al apoyo familiar, desencadenó su huida de casa, lo que es
considerado el final de verse a sí misma como víctima y empezar a verse como
mujer en proceso de recuperación de su propia identidad.
151
Cuadro de posicionamientos, voces y extractos de discursos de Rosa
Posicionamientos
(P)
P1. Mujer Recuperada
Otras Voces (V)
V1. Voz del ex marido
V2. Voz de la entrevistadora
Contenidos (Extractos del discurso)
(ER=Extractos de Rosa)
(EE=Extractos de la Entrevistadora)
EE1. “… me gustaría que me contases cómo has conseguido tú superarlo, cómo has
conseguido llegar a recuperarte.”
ER1. “Yo ahora estoy bien, cada día más contenta de haber hecho esto.”
ER2. “Ahora estoy arrepentida de no haberlo hecho antes, mucho antes, el mismo día que
me violó y me quedé embarazada de mi hija mayor.”
ER3. “Quiero mucho a esa persona. Esa persona me quiere con locura, pero que cuando
yo, vamos eso si lo tengo muy claro, en cuanto vea lo más mínimo… a mí esto no me
vuelve pasar más.”
P2. Trabajadora
V3. Voz del ex marido
ER4. “… él me decía <tú te vas porque tienes un sueldo fijo, sino de qué>.”
V4. Voz de la entrevistadora
ER5. “Yo decía, Rosa no. Tú puedes salir so y bueno si tu llevas toda la vida trabajando, y
vas a seguir trabajando, porque es que vas a seguir trabajando, si de todas maneras
estás trabajando.”
V5. Voz compañeras trabajo
EE2. “Tú trabajas en el pan ¿no? repartiendo pan… te levantabas muy temprano en la
mañana y trabajabas mucho y…”
P3. Victima
V6. Voz ex marido.
ER6. “… A mí me violó, la primera vez llevaría yo dos años de casá.”
V7. Voz de la hermana
ER7. “… y si estaba limpiando me pisaba y yo lloraba y a él le daba igual, él me volvía a
pisar.”
ER8. Porque las palizas, te digo, no hacen tanto daño como las humillaciones y las
violaciones, cuando estábamos en la cama me decía que parecía una muñeca
hinchable y después… me echaba a patas de la cama.”
152
ER9. “…me decía <te voy a cortar el cuello, cuatro veces el coche por lo alto. A dónde tú
vas a ir no se sale, pero yo salgo en tres o cuatro años. Pocas matan, tenían que matar
más.”
P4. Madre responsable
V8. Voz de la hija
ER10. “SI porque yo por mis hijas he aguantado () mucho.”
V9. Voz del ex marido
ER11. “… a él no le importaba que yo no tuviera dinero, ni que mis hijas no tuvieran
dinero, yo tenía que coger y este pan para este queso y este queso para este pan.”
V10. Voz de la
entrevistadora
V11. Voz de la hermana
ER12. “… yo decía <vivo porque tengo que vivir, porque tengo una hija y tengo que luchar
por ella>.”
EE3. “entonces las niñas… todo lo de ellas era para ti ¿no?”
P5. Mujer
fuerte/resolutiva
V12. Voz de los amigos
V13. Voz de la
entrevistadora
V14. Voz del ex marido
ER13. “Yo creo que era que la gente le decía <Ay qué mujer más capaz tienes y que
apañá.>”
EE4. “… con lo cual la casa, las niñas y además el trabajo, todo lo llevabas tú para
adelante.”
ER14. “Yo decido que esto se ha terminado, que yo me separo y además se lo dije <mira
no me amenaces más, mátame, prefiero estar muerta antes de estar contigo>.”
ER15. “… si esta casa va para adelante, porque yo sola la estoy sacando para adelante.”
ER16. “te viene abajo y me digo, Rosa tú pa arriba, tú pa arriba.”
P6. Hija
V15. Voz de su madre
V16. Voz del padre
ER17. “… me pegó un palizón, mi madre, estaba operá de corazón, el médico no quería
que se le dieran disgustos… y yo cogí, y me eché maquillaje. Ella se dio cuenta de que
<Tienes los ojos morado” < Eso es pintura mamá>.”
ER18. “Mi padre nada más vivía para mi madre y para estar pendiente de nosotros.”
ER19. “Mi madre estaba enferma y mi padre nos bañaba y todo como si fuese mi madre.”
153
P7. Hermana
V17. Voz de la hermana
ER20. “Mi hermana era la que sabía y me decía <yo no te puedo obligar a nada, pero es
que, si te vas, te va a matar y si no te vas, también, no te puedo decir lo que hacer
hermana>, eso me decía.”
ER21. “En ese momento, muy nerviosa, muy mal, muy asustad,…. Llamé a mi hermana y
le dije que consiguiera la llave de la casa a la prima, la casa sin arreglar, sucia, sin
nada y mi hermana lo consiguió.
ER22. “… cuando me fui mi hermana me compró mandaos, porque yo no tenía dinero
para nada.”
ER23. “Me ha ayudado, mi hermana, mucho, mucho, mucho, mucho, eso vamos, yo no
tengo con que agradecer a mi hermana.”
P8. Mujer asustada
V18.Voz del ex marido
V19. Voz de la hija
ER24. “Para ir a trabajar yo me levantaba a las 4 de la mañana descalza, para que no me
escuchase, y me metía en el cuarto de baño y me echaba un poco de colonia y ya me
chillaba.”
ER25. “Nos acostábamos vestías con el bolso debajo de la cama, las llaves y el móvil,
debajo de la cabecera, ni podíamos cenar porque nos ponía como un trapo, nos
acostábamos y llegaba insultándome y la niña decía <vámonos de la casa>.”
ER26. “Yo llevaba mucho tiempo queriéndome separar, pero tenía pánico, él me tenía…
que vamos si lo echaba de la casa, él sin antecedentes entraba por una puerta y salía
por otra, que él se saltaba la orden de alejamiento y decía que me mandaba al
cementerio.”
P9. Esposa/novia/
sumisa
V20. Voz del Ex marido
Er27.”Yo no hacía nada. Me quedaba callada…”
ER28. “Yo no podía decir nada, yo no podía abrir la boca.”
ER29. “… yo le hablaba de cualquier problema y él no quería saber na. <¡¡Para eso entro
yo en la casa, para que tú me digas…?!!> Cogía la puerta y se iba otra vez. Yo no
podía hablar con él.”
154
P10. Mala mujer,
madre y esposa e
incompetente
V21. Voz del Ex marido
ER30. “… yo no servía para nada, yo lo hacía todo mal.”
ER31. “… yo era una fulana y yo estaba con mis compañeros del trabajo, yo estaba con
todos los hombres.”
ER32. “bueno mi hija se quedó embarazada con 15 años y yo tengo la culpa de que mi
hija se quedara embarazada. Yo tengo la culpa de todo, de todo, de todo.”
P11. Mujer
buena/inocente/sin
maldad
V22. Voz del padre
V23. Voz de la madre
ER33. “… una inútil no soy, mala madre, no soy, tampoco, porque yo, mi hija se quedó
embarazad y le crié el niño.”
ER34. “yo no tenía maldad, porque en mi casa yo no he visto una mala voz, mi padre lo
primero que hacía al levantarse era darle un beso a mi madre.”
ER35. “… yo decía <bueno, Rosa, si tú no has hecho nada malo, nada más que seguir
para adelante y vivir> porque es que yo es que no podía vivir ya, yo es que no podía
vivir allí en esa casa.”
P12. Mujer querida
V24. Voz del ex marido
V25. Voz de su nueva
pareja
V26. Voz de la
entrevistadora
ER36. “Yo no sabía lo que era una caricia, yo no sabía nada. Es una persona que está
pendiente de mi, que es que todavía me llama todas las mañanas para ver cómo estoy,
cómo estoy.”
ER37. “Una persona, que tengo cualquier problema y nada más es hablar a ver la solución
que se le da. Para darme su apoyo.”
ER38. “… ahora estoy viviendo, estoy viviendo… estoy viviendo, pero, ya te digo, y
todavía el acercarme a él mece ponen los vellos de punta y yo decía <bueno eso qué
es>, es que yo no sabía lo que era eso.”
EE5. “… yo estoy convencida de que vas a, que has aprendido mucho, eres una mujer
muy fuerte, yo, me consta, y que te va a ir todo fantástico con ese hombre que tanto te
quiere y te respeta…”
155
5.4 ELENA: “LA MAESTRA Y DIRECTORA”
Esta historia de maltrato contada por Elena se caracteriza por la
aparición de cinco posicionamientos fundamentales: el de mujer recuperada
(posicionamiento 1=P1), el de maestra, directora y profesional (P2), el de mujer
apoyada y valorada tanto institucionalmente como familiarmente (P4), el de
madre responsable (P5) y el de mujer independiente y concienciada de la
existencia
de
discriminación
por
cuestiones
de
género
(P3).
Estos
posicionamientos aparecen distribuidos por toda la entrevista y van permitiendo
a Elena contar su proceso de adquisición del control de su propia vida, más
que una historia de maltrato. Aunque ésta es también referida, parece ocupar
un segundo plano en su relato. Dichos posicionamientos, entre otros, además
le permiten a Elena presentar los razonamientos, reflexiones y hechos vitales
que la condujeron a que un día sintiese “… que había llegado un límite y que yo
tenía que tomar decisiones, y sobre todo que tenía que ser valiente” (ver
extracto de Elena 43=EEL43). Eventos que le llevaron a decirle a su ex marido
“… que se acababa, que no iba a consentir que le pusiera una mano encima a
mi hija, ni que la tratara como… como la estaba tratando” (ver EEL44).
Una de las características del relato de Elena es que cuando adopta
dichos
posicionamientos,
y
en
general
en
todos
los
presentados,
constantemente, y a lo largo de toda la entrevista, elabora reflexiones y
razonamientos sobre los eventos que describe. Algunos referidos al momento
en el que transcurrieron los hechos, pero la mayoría son reflexiones elaboradas
a posteriori, con las que evalúa, en el presente, el pasado acaecido. Ello, y la
escasa utilización del estilo directo en sus enunciados, nos lleva a pensar que
esta narración, en su conjunto, se caracteriza por la presencia mayoritaria de
un yo reflexivo. Un yo reflexivo en el que se ven reflejados dos tipos de voces y
distintos niveles de explicitud de las mismas. Así, en estos posicionamientos,
como en otros, se articulan a través de voces más implícitamente referidas y
que a su vez, son voces más genéricas, como la voz de la gente (voz 2=V2,
V17, V26, V46), la de la mujer (V11, V12, V22, V27, V42), la de las
compañeras-amigas de trabajo (V16, V25, V38, V41, V42, V48). También se
hace referencia a voces institucionales, si se quiere, como las voces de
instituciones políticas (V4, V10, V28, V29), de instituciones educativas (V9,
156
V10, V37, V45, V48), de instituciones religiosas (V14, V31), de la institución
familiar (V5, V33). O incluso, se alude a las voces de la cultura o la tradición en
general (V14, V32).
Ello no significa que no existan ejemplos de un yo revivido, en estos y
otros posicionamiento, fácilmente percibible gracias al uso del estilo directo, a
través del cual se presentan las voces de los personajes concretos
fundamentales en esta historia. Voces como la de ella misma o la del ex marido
(V6, V19, V24, V30, V34, V35, V40, V43, V47), la de la hija y del hijo (V20, V21,
V36), o la de la entrevistadora (V1, V7, V39), que aparecen constantemente en
su discurso, ya sea como agentes directos de los enunciados, sujeto de la
enunciación, o como personajes implicados en los enunciados, sujeto del
enunciado. Pero es interesante remarcar que éstas, en su conjunto, son menos
frecuentes
que
las
voces
más
genéricas
e
institucionales
en
los
posicionamientos referidos.
La presencia mayoritaria de la voz de su ex marido es justificable en
cuanto que ésta es usada por Elena, tanto para recrear y ejemplificar la
violencia sufrida (ver por ejemplo extractos de Elena=EEL como EEL20,
EEL21, EEL22, o EEL23), como la voz ante la cual reaccionar para construir un
posicionamiento diferente y frecuentemente contrario del usado por su ex
marido para definirla (ver por ejemplo extractos como EEL44, EEL45 o EEL46).
La voz de sus compañeras-amigas de trabajo o la de las mujeres en general,
son las otras voces más significativas en la historia contada por Elena. Éstas
son usadas frecuentemente en el discurso para articular los posicionamientos
en los que ella prefiere definirse (ver por ejemplo extractos como EEL7, EEL29,
EE42, EEL43 o EEL46) o ante los cuales ha reaccionado en su proceso de
recuperación (ver por ejemplo extractos como EEL8, EEL11, EEL40, EEL41,
EEL51). Además, éstas últimas son las voces que más frecuentemente
aparecen en los momentos en los que Elena se refiere al apoyo social que tuvo
durante todos los años de maltrato y en el día concreto que decide irse con sus
hijos de su casa (ver por ejemplo EEL12). En estos momentos en los que se
alude a los apoyos recibidos son también claves las voces institucionales (ver
por ejemplo EEL13 o EEL15).
157
Aunque no sean tan frecuentes, podríamos señalar otros dos
posicionamientos ya que son especialmente claves para entender la historia de
maltrato de Elena y para entender como salió de ella. Nos referimos a
posicionamientos de victima (P6) y de mujer sumisa y religiosa (P7). En
relación a éstos podríamos decir que resulta como poco curioso que sean
menos frecuentes que el de mujer recuperada o apoyada, y de hecho no
suelen aparecer si no son de alguna manera requerido o referido por la
entrevistadora. En este sentido podríamos decir que Elena parece incluirse de
modo preferencial en aquellos posicionamientos que le otorgan una mayor
agencialidad o control de su vida (P1, P2, P3, P4, y P5) y apartarse de los que
reflejan una visión de ella misma más negativa o pasiva (P6 y P7). Además, y
de modo coherente a lo expresado con anterioridad, en éstos se presenta de
modo prioritario, y a diferencia de lo que pasaba en los otros posicionamientos,
la voz de su ex marido y de las instituciones que sostuvieron que ella
“aguantase” y que se presentan como inhibidoras de su deseo de “acabar con
todo”, nos referimos al peso de la tradición o cultura y de la religión. Siendo, en
definitiva, estas voces las que representaban el alter ante el que tuvo que
reaccionar y enfrentarse para tomar la decisión que le hizo abandonar a su ex
marido.
Por último, existe otro conjunto de posicionamientos que si bien son más
periféricos en esta historia, resultan imprescindibles para entender los
conflictos experienciados durante la historia de maltrato, así como para acceder
a la comprensión del proceso de toma de decisiones. Nos referimos a
posicionamientos como los de cabeza de familia (P8), esposa o madre de él
(P9), amiga (P10), positiva y romántica (P11), fuerte, valiente y rebelde (P12),
diplomática y conciliadora (P13) y culpable y fulana (P14).
De modo coherente con lo expresado con anterioridad, y como en todas
las
entrevistas
analizadas,
podemos
observar
cómo
tanto
en
los
posicionamiento que reflejan una visión más positiva o activa de Rosa, con
mayor control de su vida (mujer recuperada -P1-, madre responsable –P5-,
cabeza de familia –P8-, madre de él –P9-, fuerte -P12), como en los que se
refleja un papel más pasivo (sumisa –P7- y positiva y romántica –P10-), como
en los que se refleja la situación de maltrato de modo más evidente (victima –
158
P6-, culpable, mala o fulana –P8-), aparece siempre omnipresente la voz del
marido. En los últimos como la voz que construye el posicionamiento, en los
segundos como voz que recrea y ejemplifica la violencia y en los primeros,
como ya argumentamos, como voz ante la cual reacciona Elena para construir
un posicionamiento diferente al usado por su ex marido para definirla. En
relación a la aparición de la voz del ex marido, otro dato de máxima importancia
es que ésta no aparece en otros posicionamientos como los de “maestra y
directora” (P2), “mujer” (P3), “mujer apoyada” (P4), “amiga” (P10) y “diplomática
u conciliadora” (P13). Todos ellos posicionamientos que reflejan una imagen de
Elena positiva y con control de su vida y que está sustentada en su propia voz
las de sus compañeras y las instituciones políticas y educativas. Estos
posicionamientos que reflejan precisamente la imagen de una mujer moderna y
actual, son en los que más claramente Elena elabora reflexiones y
razonamientos, lo que antes conectamos con el yo reflexivo.
Esto último nos lleva a describir esta entrevista, además, en función del
conflicto entre posicionamientos que la caracteriza. En este caso podríamos
decir que la historia narrada por Elena, como otras, es todo un ejemplo de un
conflicto identitario entre una visión de ella misma como “mujer sumisa y
religiosa” y “positiva y romántica”, tal como la posiciona la religión, la tradición y
su ex marido, frente a otra como “mujer directora-maestra”, “madre
responsable” y “mujer apoyada”, que surge como reacción a la anterior y en la
que ella misma se posiciona. Las emociones que genera este conflicto son un
fuerte sentimiento de “injusticia”, de “angustia”, de “desamparo”, de “soledad” y
de “rebeldía”. En definitiva, lo que ella expresa en distintos momentos de la
entrevista diciendo “yo no hacía más que trabajar y encargarme de todo” o
cuando decía “yo aguantaba todo y hacía borrón y cuenta nueva”. El
desamparo y la soledad con la que vive tal injusticia, podría explicar que, como
consecuencia, los posicionamientos de “directora/maestra”, “mujer”, “madre
responsable”, “mujer fuerte y valiente” y ”mujer apoyada” sean constantemente
evocados, y que además se presenten con gran emotividad y con gran lujo de
detalles. Por ello, creemos que estos posicionamientos son el germen sobre el
que se construye su nuevo posicionamiento, su nueva identidad, de “mujer
recuperada”.
159
En relación con las voces a través de las cuales se articulan los
diferentes posicionamientos, por último, hemos de comentar que en la
generalidad de los posicionamientos referidos, además de las voces citadas
aparecen otras voces que nos refieren la trama o red social que o bien fueron
testigos de los actos de violencia o bien se constituyeron en el apoyo social de
Elena en su proceso de recuperación (la madre, las vecinas y la nueva pareja).
Gracias a los posicionamientos adoptados por Elena para definirse a sí
misma, a aquellos que le otorgan los/las otros, así como a las voces a través
de las cuales unos/as y otros/as se recrean y ejemplifican en el discurso,
podemos tener una visión global de la historia de maltrato narrada en su
entrevista autobiográfica. En esta historia de más de 15 años de maltratos
psicológicos y físicos existe un punto de inflexión, un momento de ruptura con
dicha vida, un día en el que su ex marido agredió fuertemente a su hija. Fue
justo entonces cuando, según Elena, “le dije que… que se acababa, que no iba
a consentir que le pusiera una mano encima a mi hija, ni que la tratara como…
como la estaba tratando.” Y en esos momentos en el que ya había tomado la
decisión de marcharse “lo que más me…, me hizo tirar para adelante fue el
tema de que… que yo esa vida no la quería para mi hija y que si yo mantenía
esa situación mi hija iba a sufrir lo mismo que yo, y yo si en un momento dado
era capaz de seguir sufriendo hasta el final pero mi hija no, ni que mi hijo eh…
aprendiera esas actitudes para con las mujeres con las que se relacionara
¿no? Porque además mi hijo ya empezaba a tener las mismas frases, eso lo
haces tú porque eres mujer… y yo veía que ya estaba empezando a dar los
mismos pasos para seguir el ejemplo de… de su padre”. Ello hace que Elena
sienta “que el cuerpo le pedía hacer algo” que tenía que ser “valiente”. Así, la
agresión a su hija, las actitudes que empezaban a surgir en su hijo y el que sus
amigas y compañeras estuviesen siempre intentando que ella adoptase una
postura más realista, se convierten en los hechos trascendentes que unido al
apoyo que sentía de amigas, familiares e instituciones le condujeron a irse de
su casa con sus dos hijos. Tal decisión y, sobre todo, la red social de apoyo en
su trabajo le permitieron iniciar el proceso de recuperación o de reconstrucción
de su identidad. Evento éste clave en el fortalecimiento de los posicionamientos
que reflejan a una Elena con mayor control de su vida (como los de mujer
160
recuperada, trabajadora, apoyada, madre o mujer) y la apartan de
posicionamientos (como los de víctima, mujer mala o mujer sumisa) que poco
favorecen su proceso de cambio y transformación.
Esquema de la entrevista y del viaje de Elena
P1. Mujer
Recuperada
P4. Mujer
Apoyada
P2.
Maestra/
Directora
Apoyo
institucional
P5. Madre
Responsable
Agresión a
su hija
Voces de la
Institucionales
P6. Victima
Voz de las
compañeras
trabajo
Voz del
Marido
P7. Sumisa/
Religiosa
P11.
Positiva/
Romántica
CONFLICTO
Sus amigas le
obligan a ser
realista
Apoyo de
la familia y
de amigas
Actitudes
de su hijo
PUNTO DE
INFLEXIÓN
Voz del ex
Marido
Voz de la
Tradición
Interpretación del Esquema
Elena se define en la actualidad como una mujer recuperada. Hasta
llegar a este punto ha vivido como víctima de maltrato un fuerte conflicto entre,
por una lado, definirse como mujer religiosa, positiva y romántica, con los
valores que tal perspectiva le otorgan a la mujer, posicionamientos creados y
recreados fundamentalmente por la voz de su ex marido y la de la tradición; y,
por otro lado, considerarse como una mujer trabajadora, maestra y directora,
apoyada familiar e institucionalmente y madre responsable, posicionamientos
éstos articulados gracias a la voz de sus compañeras de trabajo y a las de las
instituciones educativas y políticas. Tal conflicto llega a un punto de inflexión
generado por una agresión a su hija y a la observación de actitudes machistas
en su hijo, junto con un sentimiento creciente en ella de quererse a sí misma.
161
Conflicto que pudo resolverse gracias a los apoyos recibidos por familiares,
amigos e instituciones. Lo que permitió marcharse de casa con sus hijos,
terminando así su consideración de ella misma como víctima y empezar a
verse como mujer que recupera el control de su vida y su propia identidad.
162
Cuadro de posicionamientos, voces y extractos de discursos de Elena
Posicionamientos (P)
P1. Mujer Recuperada
Otras Voces (V)
Contenidos (Extractos del discurso) (E)
(EEL=Extractos de Elena)
(EE=Extractos de la Entrevistadora)
V1. Voz de la
Entrevistadora
EE1. “… las mujeres, ciertas mujeres habéis sobrevivido y habéis, digamos, os habéis
recuperado de una situación de violencia…”
V2. Voz de la Gente
V3. Voz de la Psicología
EEL1. “Ahora me como el mundo. Y es así. Creerte y tomar conciencia de las
capacidades que tú tienes. No de las limitaciones, porque esas te las ponen la
gentes. Pero las potencialidades son tuyas, y esas no te las va a quitar nadie.”
V4. Voz de de las
Instituciones políticas
EEL2. “Entonces me siento muy con las riendas, de mi vida. Sé que me puedo
equivocar, pero quiero ser yo, la que me esté equivocando.”
V5. Voz de la Familia
EEL3. “historias y ahora, pues yo dijo no perdona, yo no voy a dejar de ser
espontánea, porque el resto del personal crea que es lo suyo. Ni voy a dejar de
reírme... y al que le guste bien, y al que no le guste, pues un problema tiene, ¿no?
V6. Voz del Ex marido
P2. Maestra/Directora
EE2.” Directora, ¡bien!… En… en infantil y primaria hay muchas maestras como tú.”
V7. Voz de la
Entrevistadora
EEL4. “…como que llevo seis años de directora, me muevo en muchos contextos de…
delegados, de consejería…”
V8. Voz del Centro
V9. Voz de los Delegados,
V10. Voz de Consejería
V11. Voz de otras Mujeres
EEL5. “Sí, soy maestra, y directora de un centro, pero vamos soy maestra en principio
Por eso lo resalto sino no… no lo diría, porque cuando me dicen profesión yo digo
maestra.”
EEL6. “… me gusta cuando vienes de directora. Pues yo un día que me gusta más ir
de directora, pues voy de directora, pero el día que no…”
EEL7. El trabajo con… con otras mujeres. El darme cuenta de que venían gente a… a mi
vida, o al despacho, en… en situaciones de… de violencia de género, y que yo era
163
capaz de detectar esa situación, de… de dar consejos de intervención y cuando yo
llegaba a mi casa decía… no lo soy ¿no?
P3. Mujer
V12. Voz de las Mujeres
V13. Voz de los Hombres
V14. Voz de la Tradición
V15. Voz de la Religión
EEL8. “… pero no sé una es tan… tan romántica y tan tonta que cree que las mujeres
estamos para ayudarnos unas a otras y que somos más… más sensibles a
nuestras… a nuestros problemas y, hay de todo…”
EEL9. “… en mi colegio éramos todas mujeres, el grupo directivo eran todas mujeres, y
todo el mundo era mujer…”
EEL10. “Dudo mucho yo, que muchos hombres se pasen los fines de semana currando
frente a un ordenador como curramos las mujeres, pero bueno…
EEL11. “… es un trabajo doble el que tenemos que hacer las mujeres… ¿no? Porque
tienes que demostrar que detrás del rubio tintado de bote, número nueve, ahí hay
un cachito de cerebro que piensa, que estudia, que trabaja y…”
P4. Apoyada
V16. Voz de las
compañeras de trabajo
V17. Voz de la Gente
V18. Voz de una nueva
Pareja
EEL12. “…mis compañeras de trabajo que esas fueron mi… mi apoyo.”
EEL13. “… sí hay ayuda institucional, hay ayuda psicológica, ayuda de mil cosas, y
sobretodo que miren a su entorno más inmediato…
EEL14. “Que de verdad el apoyo y el empuje no son tanto la justicia, el ministerio, ni la
consejería de igualdad siquiera. Es tu vecina que a lo mejor no te has dado cuenta,
pero que en el momento, llama a tu puerta y te dice <si hace falta que vayas a algún
lado, yo estoy aquí>”
EEL15. ”… sin embargo, tenía todo el apoyo adaptativo de… tanto de la administración
como de mi centro…”
P5. Madre responsable
V19. Voz del Ex marido
V20. Voz de la Hija
V21. Voz del Hijo
EEL16. “… lo que más me…, me hizo tirar para adelante fue el tema de que… que yo
esa vida no la quería para mi hija, y que si yo mantenía esa situación mi hija iba a
sufrir lo mismo que yo, y yo si en un momento dado era capaz de seguir sufriendo,
pero mi hija no.”
164
V22. Voz de la Mujer
V23. Voz de la Psicóloga
EEL17. “… ni que mi hijo eh… aprendiera esas actitudes para con las mujeres con las
que se relacionara ¿no? Porque además mi hijo ya empezaba a tener las mismas
frases, eso lo haces tú porque eres mujer.”
EEL18. “Los niños han ido creciendo y ellos han visto que su madre se ha quedado
sola, entre comillas, con todo el peso positivo que tiene la palabra soledad, que
sigue adelante, que cosas que no sabía hacer, ya sé, ya estoy hecha una casi Mc
Giver, eh…
EEL19. “…no quería darle el disgusto a los niños, porque los niños necesitan también
de sus padres…”
P6. Victima
V24. Voz del Ex marido
V25. Voz de las
Compañeras del
trabajo
V26. Voz de la Gente
V27. Voz de la mujer
V28. Voz de la Policía
V29. Voz de la Justicia
EEL20. “Pero entonces yo me vestía y tenía que bajar a que él diese el visto bueno de
que no llevaba un escote, no llevaba nada provocativo, no… no iba maquillada, y…
entonces pues ya podíamos salir.”
EEL21. “… yo no pudiese llamar nunca la atención de… no solamente físicamente,
sino también por el… por el tema de relaciones, estábamos en un grupo y yo no
podía intervenir demasiado… siempre había gente que decían, bueno y cuenta,
esto ¿cómo tú lo ves? Y… y eso a él no le gustaba.”
EEL22. “Sé muy bien donde tengo que darte, sé muy bien hasta dónde no tengo que
llegar, y… y sé que es lo que, como lo voy a hacer, y además te lo decía ¿no?, mi
objetivo es volverte loca, y entonces mi maltrato va a ser psicológico.”
EEL23. “Entonces él hacia como el que te iba a dar un guantazo y se quedaba a un
milímetro de la cara, tú te podías quedar allí temblando… mmm... muerta de… de
miedo, pero él no ha llegado a darte”
P7. Sumisa/Religiosa
V30. Voz del Ex marido
V31. Voz de la
Congregación
V32. Voz de la Tradición
EEL24. “Lógicamente yo siempre pedía permiso, ¿puedo? No. Vale ¡Pues no hay nada
más que hablar!”
EEL25. “yo fui además… eh… religiosa durante cuatro años, no llegué a profesar, pero
sí hice toda la formación para entrar en una congregación.”
EEL26. “Entonces yo en ese momento era, aguantar el tirón y esperar a que mañana
165
V33. Voz de la Familia
pudiese levantarse de otra manera. Le pedía perdón, yo le pedía perdón a él.
EEL27. “…que, que aquí no pasara, no pasara nada, que… que todo fuese bien
entonces… yo le pedía perdón … y bueno, no pasa nada, siempre intentaba, esto
no… no es significativo, no es importante, no… no ha pasado nada, borrón y cuenta
nueva y yo voy a olvidar lo que ha pasado”
P8. Cabeza de familia
V34. Voz del Ex marido
EEL28. “… de que sea la mujer la cabeza de familia, que es la que trabaja, la que lleva
el dinero a casa y…”
EEL29. “… lo que estoy haciendo es trabajar más que un mulo porque estoy
llevando… llevando la casa, llevando mi trabajo y además pagándote a ti una
carrera”
EEL30. “… su carrera la… la pagaba yo, no entraban otros ingresos en casa.”
P9. Esposa/Madre de él
V35. Voz del Ex marido
V36. Voz de los Hijos
EEL31. “… yo ya ahí empecé yo a ser madre de él ¿no? Él me muestra a mí que él
está mal en su casa, y entonces yo actúo de… de madre…”
EEL32. “Y aquí está la Elena para… para cuidarte y darte todo lo que tú necesites y tú
verás como todo sale bien.”
EEL33. “Tú ¡puedes ir a trabajar un poquito! Lo justo para traer el dinero a casa, pero
tú luego eres, ¡para mí! Él se enceló, incluso, cuando nacieron, cuando nació la
niña…”
EEL34. “Ni hijos, ni trabajos, ni familia, no sé como lo hacen, pero te separan de tus
amigos, porque tu ya no tienes que tener amigos, tú teniéndome a mí, si a ti te pasa
algo, nada más lo tienes que compartir conmigo.”
P10 Amiga
V.37. Voz de las madres
de colegio
EEL35. “Mmm… como maestra… mmm, no…, el contacto que yo tengo con las
familias no es de maestra, siempre es de amiga.”
V38. Voz de compañeras
de trabajo
EEL36. “Las madres me consideran amigas y mis compañeras me consideran amiga,
no… En ese… En ese nivel de... de comunicación lo profesional queda… queda
166
aparte ¿no?”
EEL37. “… él me ha escuchado, y me llamaban mis amigas, mis amigas son muy
heavies, déjate de tonterías…”
EEL38. “los niños los endiño con una amiga o lo que sea y me voy sola, (.) a pasear, o
me voy con mis amigas, que yo eso si lo tenía muy…”
P11. Positiva/Romántica
V39. Voz de la
entrevistadora
V40. Voz del Ex marido
V41. Voz de sus
compañeras de trabajo.
V42. Voz de las amigas
EE3. “¡Que eras alegre, vamos!
EEL39. “… y todavía había una parte de mí que decía ¿y si cambia? A lo mejor todavía
puede cambiar y a lo mejor pues todavía esto puede ser pues lo que yo siempre
soñé, perfecto. Porque yo me centraba en los momentos felices”
EEL40. “Pero es que yo me acuerdo una vez que yo estuve mala y él me cuidaba, y lo
bonito que fue el viaje que hicimos no se cuanto, y la de veces que él me ha
abrazado y la de veces que él me ha escuchado, y me llamaban mis amigas, déjate
de tonterías.”
EEL41. “Quédate con lo malo, piensa ahora en lo malo, tú siempre ves lo positivo…
ellas lo que me hacían era espabilarme, en el mejor sentido de la palabra ¿no?, me
quitaron un poco de… romanticismo, positivismo.”
EEL42. “… porque yo era una persona pues lo que soy ahora, muy… muy espontánea,
muy dicharachera… Muy alegre, muy positiva…”
P12. Fuerte/valiente/rebelde
V44. Voz de la Hija
EEL43. “viendo que tenía que hacer algo, a mí me pedía el cuerpo que… que había
llegado un límite y que yo tenía que tomar decisiones, y sobre todo que tenía que
ser valiente.”
V45. Voz de las madres
del colegio
EEL44. “y le dije que… que se acababa, que no iba a consentir que le pusiera una
mano encima a mi hija, ni que la tratara como… como la estaba tratando.”
V43. Voz del Ex marido
EEL45. “…es cuando digo hasta aquí. Tú a mi… yo a ti te he aguantado… pero ella no,
y si ella no tiene ahora mismo la posibilidad de enfrentarse a ti, porque ella mide…
uno veinte y tú mides dos metros, yo sí. Entonces físicamente me… me subí a tres
167
escalones…”
EEL46. “Y… y le dije que efectivamente tarde, pero que me había enamorado, y que
de la persona que me había enamorado era de mí.”
P13. Diplomática/Conciliadora
V46. Voz de la Gente
EEL47. “Sale la parte diplomática, la parte:: dialogante y conciliadora y le digo que
tenemos que hablar.”
EEL48. “Entonces, como que aquí está una para cuando tú lo necesites, porque eso sí,
yo siempre soy muy diplomática, si alguna vez tienes un problema, tú me llamas…
P14. Culpable/Mala/Fulana
V47. Voz del Ex marido
V48. Voz de los/las
compañeros/as
V48. Voz de Delegados
EEL49. “… porque yo para él estaba liada con todo el mundo, incluida con mis
compañeras… yo ya tenía relaciones pues con mis compañeros, con mis
compañeras, con los delegados, con las consejeras, con todo el mundo.”
EEL50. “… como yo, además era tan entrante, pues todos los hombres con los que yo
me relacionaba, seguro que lo que estaban pensando era que se querían acostar
conmigo.”
EEL51. “¡Tú te sientes culpable! Tu estas allí como, como a la que ¡como a la que van
a juzgar es a ti!
168
6. CONCLUSIONES
En este capítulo hemos analizado los relatos de las mujeres que han
participado en nuestro estudio sobre cómo han ido reconstruyendo sus
identidades personales después de sufrir violencia de género por parte de sus
ex parejas. Nuestro análisis se ha basado en los conceptos de posicionamiento
y voces. Para concluir el capítulo queremos comenzar haciendo un resumen de
los
posicionamientos
posicionamientos)
(tanto
predominantes
hetero-posicionamientos
en
cada
una
de
como
las
auto-
entrevistas,
estableciendo semejanzas y diferencias entre dichos posicionamientos y el
modo en que se van presentando en las entrevistas. A continuación haremos
algunas reflexiones sobre la forma en que las distintas voces presentes en las
entrevistas articulan/sirven para articular los posicionamientos. Seguidamente,
nos detendremos en dos cuestiones que tienen a nuestro juicio un gran interés
para comprender el proceso de reconstrucción de las identidades en estas
mujeres. En primer lugar, nos referimos a la eventual existencia de puntos de
inflexión, de momentos en los que las mujeres deciden y logran cambiar la
situación en la que se encuentran. ¿Qué experiencias o qué factores las llevan
a romper con el agresor y tomar un camino diferente? La segunda cuestión es
el papel que juega el apoyo que proporcionan otras personas (familia,
amigas/os). Finalmente, presentaremos conclusiones generales sobre el
proceso de reconstrucción de identidades en mujeres que han sido víctimas de
violencia de género.
6.1 POSICIONAMIENTOS PRINCIPALES/CONFLICTOS NUCLEARES
Los principales posicionamientos que adoptan las mujeres de nuestro
estudio en sus relatos se presentan en la forma de conflictos entre una manera
de posicionarse (normalmente, hetero-posicionamientos) como víctimas o
incluso como responsables/culpables de la situación y otros posicionamientos
(normalmente auto-posicionamientos) como mujeres empoderadas que han
superado o están superando la situación de violencia. En las cuatro entrevistas
hemos observado esta clase de conflictos que están en el núcleo de la
construcción identitaria de las participantes. No obstante, la manera en que se
169
produce y la naturaleza concreta de los posicionamientos implicados varía de
unas entrevistas a otras.
En el caso de María, el núcleo de la entrevista reside en el conflicto
identitario que surge de la dificultad para integrar los posicionamientos de
“Experta” y “Víctima”. ¿Cómo explicar que ella, a quién todo el mundo (y ella
misma) atribuye la condición de mujer fuerte y de experta en temas de violencia
de género por su profesión, terminó siendo una víctima? María utiliza el estilo
directo para enfatizar la imagen de los otros de la “María la guay” en contraste
de la María la víctima. En su caso podemos decir que este conflicto no termina
de resolverse, de modo que a nuestro juicio María puede ser la participante que
se encuentra en una fase menos avanzada de su reconstrucción identitaria
En los casos de Alicia y Rosa encontramos un conflicto entre los
posicionamientos que ellas realizan como “mujer trabajadora”, “fuerte y buena”,
“que cumple con sus deberes” y como “madre y esposa”, frente a los heteroposicionamientos (realizados sobre todo por el ex marido, pero también por
otras personas (como la gente o los vecinos en el caso de Alicia), de mujer
mala, incompetente y asustada. Así, a Alicia este auto-posicionamiento como
mujer fuerte, trabajadora, capaz de cuidar y sacar adelante a sus hijos y nietos
y de esposa que ha cumplido con su deber con respecto al marido (incluso
soportando la violencia en silencio) le da legitimidad para “tomar una decisión”
y romper con él, frente a las exigencias de la moral dominante en su contexto
social. Rosa, por su parte, relata en la entrevista el conflicto entre el heteroposicionamiento (realizado por su ex marido) de “mujer mala”, “incompetente” y
“asustada” y los auto-posicionamientos de “mujer trabajadora” “fuerte y
resolutiva”, que surge como reacción a los anteriores. La resolución de este
conflicto le permite pasar también de un auto-posicionamiento en el pasado
como víctima al de mujer recuperada y querida en el presente.
Este
posicionamiento, por otra parte, se construye sobre los de mujer trabajadora y
resolutiva.
Finalmente, la historia narrada por Elena es un ejemplo de conflicto
identitario entre una visión de ella misma como “mujer sumisa y religiosa” y
“positiva y romántica”, tal como la posiciona la religión, la tradición y su marido,
frente a otra como “mujer directora-maestra”, “madre responsable” y “mujer
apoyada”, que surge como reacción a la anterior y en la que ella misma se
170
posiciona. Este conflicto, que recorre todo el “viaje” que va de su pasado como
“víctima” y a su presente como “mujer recuperada” y “apoyada”, relatado en la
entrevista, es en el fondo el origen de la aparición de los demás
posicionamientos, que podríamos decir que se alinean a un lado u otro de los
polos del conflicto.
6.2 VOCES Y POSICIONAMIENTOS
En este apartado nos vamos a referir al modo en que las voces que
aparecen en los relatos de nuestras participantes sirven para articular los
posicionamientos adoptados.
Las voces que aparecen en el relato de María son, aparte de la del
maltratador y del psicólogo (que en este caso sirvió para legitimar la violencia),
las de la familia/su hermana y de amigas que la animan a romper con el
maltratador y actúan como factores de empoderamiento. Finalmente, el
conflicto entre los auto-posicionamientos de experta y mujer fuerte, por un lado,
y el de víctima, por otro, del que hemos hablado más arriba, se expresa a
través de las voces de la gente, de personas conocidas, presentadas de una
manera general.
En el caso de Alicia, el conflicto entre los posicionamientos descritos se
expresa a través de diferentes voces. La voz del marido, que la maltrata, la
humilla y la insulta llamándola “puta” y “tortillera” (seguramente los peores
insultos que pueden hacerse a una mujer desde la perspectiva de la moral
patriarcal dominante), de su madre y las voces sociales (que se concretan en
las voces de los vecinos y de la guardia civil), están asociadas a los
posicionamientos de víctima, mujer maltratada (que debe soportar la violencia)
e incluso culpable de ésta. Por el contrario, la voz propia, de su hija mayor, la
de otras personas que la han ayudado e incluso de la entrevistadora, están
asociadas a los posicionamientos de mujer buena, fuerte y trabajadora, capaz
de salir adelante frente a la violencia.
En cuanto a las voces que aparecen en las entrevista de Rosa y de
Elena, hay que destacar en primer lugar la presencia mayoritaria de la voz del
ex marido. Esta voz es usada por ambas de modos diferentes, tanto para
recrear y ejemplificar la violencia sufrida, como la voz ante la cual reaccionar
para construir un posicionamiento diferente y frecuentemente contrario del
171
usado por su ex marido para definirla. Esta voz, pues, aparece tanto en los
posicionamientos que reflejan una visión de ellas mismas negativa o pasiva
(victima, culpable, mala o fulana, sumisa) o la situación de maltrato de modo
más evidente (victima, mujer asustada), como en aquéllos que reflejan una
visión más positiva o activa de ambas, con mayor control de sus vidas (mujer
recuperada, trabajadora, fuerte, madre, buena y responsable, o querida,
cabeza de familia, madre de él). En los primeros como la voz que construye el
posicionamiento, en los segundos como voz que recrea y ejemplifica la
violencia y en los últimos, como ya argumentamos, como voz ante la cual
reaccionan Rosa y Elena para construir un posicionamiento diferente al usado
por sus ex maridos para definirlas.
En el caso de Elena, la voz de su ex marido no aparece en otros
posicionamientos como los de “maestra y directora”, de “mujer”, de “mujer
apoyada”,
“amiga”
y
“diplomática
u
conciliadora”.
Todos
ellos
son
posicionamientos asociados a una visión de Elena positiva y con control de su
vida y que está sustentada en su propia voz, las de sus compañeras y las
instituciones políticas y educativas. Estos posicionamientos que reflejan
precisamente la imagen de una mujer moderna y actual, son en los que más
claramente Elena elabora reflexiones y razonamientos, lo que antes
conectamos con el yo reflexivo.
La voz de su hermana es la otra voz más significativa en la historia
contada por Rosa. Ésta es usada frecuentemente en el discurso como la que
representa el “alter” ante el que construye sus razonamientos o elaboraciones.
Además, esta es la única voz que aparece en los momentos en los que Rosa
se refiere al apoyo social que tuvo durante todos los años de maltrato y en el
día concreto que decide huir con su hija de su casa.
Hemos de comentar, finalmente, que en la generalidad de los
posicionamientos referidos, además de las voces citadas, aparecen otras voces
que nos refieren la trama o red social que o bien fueron testigos de los actos de
violencia (compañeras de trabajo, las hijas, los amigos del ex marido, los
vecinos) o bien se constituyeron en el apoyo social de Rosa en su proceso de
recuperación (la madre, el padre y la nueva pareja). En el caso de Elena, la voz
de su sus compañeras-amigas de trabajo o la de la mujer en general, son las
otras voces más significativas en la historia contada por ella. Éstas son usadas
172
frecuentemente en el discurso para presentar los posicionamientos en los que
ella prefiere definirse o ante los cuales ha reaccionado en su proceso de
recuperación. Además, éstas últimas son las voces que más frecuentemente
aparecen en los momentos en los que Elena se refiere al apoyo social que tuvo
durante todos los años de maltrato y en el día concreto que decide irse con sus
hijos de su casa. En estos momentos en los que se alude a los apoyos.
En los cuatro casos analizados vemos, pues, el complejo juego de inter
animación de voces (Werstch, 1991) implicado en la reconstrucción dialógica
de las identidades de las mujeres.
6.3 EMOCIONES
Aunque hemos dedicado otro capítulo a analizar más profundamente los
aspectos emocionales implicados en la reconstrucción de las identidades de
estas mujeres podemos hacer aquí una breve referencia a las emociones
asociadas a los conflictos identitarios entre los distintos posicionamientos que
adoptan nuestras participantes.
En el caso de Alicia, la emoción que se relata de forma repetida es la de
culpabilidad, relacionada sobre todo con los insultos y reproches del ex marido
(y en cierta medida mantenida también por lo que le dicen su madre y los
vecinos: que aguante con el maltratador). Sólo la afirmación de que ha
cumplido con sus obligaciones de esposa y madre le otorga la seguridad
necesaria para romper y sentirse, aunque de forma débil, feliz en el momento
presente.
En los casos de Rosa y Elena encontramos un conflicto emocional
similar, asociado con el conflicto identitario del que hemos hablado más arriba
En ambos casos aparecen fuertes sentimientos de injusticia, rebeldía y de
“rabia frente a una situación que no merece” (en palabras de Rosa) o de
desamparo y soledad (tal como expresa Elena). Estas emociones de rabia
frente a la injusticia las llevan a evocar constantemente y con gran emotividad
auto-posicionamientos positivos, como los de “mujer trabajadora” , ”fuerte y
resolutiva”, “mujer fuerte y valiente, “madre responsable” o “directora/maestra”
(en el caso de Elena). Estos posicionamientos le permiten construir una nueva
173
identidad de “mujer recuperada”, asociada a sentimientos de seguridad y
felicidad.
Por último, en el caso de María las emociones que predominan, y que
están asociadas al conflicto nuclear son las de culpa y vergüenza, así como
confusión y estupor ante el posicionamiento de víctima,” por haber “dejado” que
se produjera la violencia.
6.4 PUNTOS DE INFLEXIÓN Y FACTORES DESENCADENANTES
En la entrevista de Alicia podemos encontrar un punto de inflexión
(McAdams, 1999; 2001), un momento en el que explica su salida definitiva del
hogar debido a los insultos de “puta” y “tortillera”, además de las amenaza de
suicidio del marido (nunca llevadas a cabo) y que provocaban un gran
sentimiento de culpabilidad en ella. En este sentido, Alicia relata un episodio en
el que su marido simula querer ahorcarse y la culpabiliza directamente. Estos
hechos Alicia los relaciona directamente con su salida definitiva.
En el caso de Rosa, el punto de inflexión está asociado al momento en
que sintió miedo a morir, así como la preocupación por el bienestar de su hija.
Ello unido a su impulso y gran fortaleza y la existencia de una red social que la
apoyó y la apoya desencadenaron que Rosa decidiera huir de su casa e iniciar
el proceso de recuperación y reconstrucción de su identidad.
Elena, por su parte, relata un momento de ruptura con su vida al lado del
maltratador, un día en el que su ex marido agredió fuertemente a su hija. Así, la
agresión a su hija, las actitudes que empezaban a surgir en su hijo y el apoyo y
los consejos de sus amigas y compañeras estuviesen siempre intentando que
ella adoptase una postura más realista se convirtieron en los hechos
trascendentes que le llevaron a irse de su casa con sus dos hijos. Esta
decisión, así como la red social de apoyo en su trabajo le permitieron iniciar el
proceso de recuperación y reconstrucción de su identidad.
Por último, debemos decir que en la entrevista de María no se relata
ningún punto de inflexión. No obstante, ella habla de su hija como un factor
que, si bien, le hizo permanecer con el maltratador (esperar y aguantar la
relación a ver si mejoraba) durante mucho tiempo, también desencadenó la
decisión de separarse de su pareja y denunciar, pedir ayudar. María afirma
174
que “su hija fue al mismo tiempo la razón de que le pasara y la razón de que
dejara de pasarme”.
Como resumen, podemos decir que en tres de los casos encontramos
sucesos que sirven de desencadenantes para la ruptura. Son situaciones en
las que las mujeres se sintieron especialmente humilladas y amenazadas ellas
y/o sus hijos/as. Sobre estas cuestión de los/s hijos/as volveremos más
adelante. Pero, además de referirse a esas situaciones de especial violencia,
las mujeres hablan de su fuerza y del apoyo de otras personas como claves
para la ruptura con el maltratador. Así, Rosa y Elena hablan de su “propio
impulso y fortaleza”, además de la red social que las apoyó (hermana, amigas y
compañeras de trabajo, hija mayor y amigas en el caso de Alicia). Esta red de
apoyo se echa en falta en el caso de María (y en alguna medida también en el
de Alicia), probablemente las dos mujeres que se encuentran en un punto
menos avanzado de su proceso de recuperación.
En este punto queremos volver sobre la importancia de los hijos e hijas
en la ruptura con el maltratador y en el proceso de reconstrucción de la
identidad de las mujeres. Aunque algunas, como María, señalan que el tener
una hija le hizo aguantar más la situación, tratando de mantener la relación, ella
misma, Rosa y Elena hablan de que el tener hijas/os las llevó a romper con el
maltratador. Querían evitar a toda costa que sus hijas e hijos sufrieran la
violencia y/o se criaran en un ambiente así, que pudiera llevarlos/as a
reproducir la violencia en el futuro. Alicia, por su parte, habla del apoyo que le
ha dado su hija durante todo el tiempo. Sus posicionamientos como madres en
la entrevista aparecen, en la mayor parte de los casos, asociados a otros que
implican un mayor grado de empoderamiento y control.
6.5
COMENTARIOS
FINALES
SOBRE
CONSTRUCCIÓN
DE
IDENTIDADES
Una vez analizados distintos aspectos de la reconstrucción de las
identidades de las mujeres participantes en nuestro estudio a partir del análisis
de posicionamientos y voces, podemos hacer algunos comentarios generales
sobre dicho proceso de reconstrucción, tal como aparece relatado en las
entrevistas.
175
En las cuatro entrevistas se relata un conflicto, que hemos llamado
nuclear, entre posicionamientos de carácter negativo (“mujer mala”, “puta”,
“tortillera”) y otros que podríamos llamar positivos (“mujer fuerte y trabajadora”,
“madre responsable” ). Los primeros suelen ser hetero-posicionamientos, casi
siempre realizados por la ex pareja y a veces por personas del entorno (la
madre, los vecinos…), cuyas voces están presentes en el relato y sirven para
articular dichos posicionamientos. A ellos pueden ir asociados a veces autoposicionamientos como víctima o mujer asustada. Frente a estos y como
reacción a ellos, surgen los auto-posicionamientos de mujer fuerte, buena y
honrada, capaz en su trabajo, madre responsable e incluso, esposa que ha
cumplido con su deber. Estos posicionamientos parecen servir de base para la
reconstrucción de las identidades, más allá de la violencia. Están poblados por
las voces de las personas que les han ayudado (hermanas, amigas,
instituciones…). Y también aparecen las voces contestadas del ex marido o la
madre, en el caso de Alicia. La capacidad de resistir y responder a esas voces
con una “contrapalabra” (Bajtín, 1986; Wertsch, 1991) parece resultar esencial
para que estas mujeres que han sufrido violencia se sobrepongan a ella y sean
capaces de reconstruirse a sí mismas. Ello nos da idea, por otra parte, del
complejo juego de inter animación de voces que subyace a la reconstrucción
narrativa de las identidades de nuestras participantes.
Los posicionamientos y las voces que los articulan están cargados de
emociones. Estas mismas emociones reflejan el conflicto que han vivido y
están viviendo. Emociones como la frustración, la culpa o el sentimiento de
sufrir una gran injusticia van siendo sustituidas por la seguridad y una todavía
pequeña dosis de felicidad que surge una vez que han roto con el maltratador.
Otra cuestión de la que hemos hablado es que en los relatos
autobiográficos de las mujeres se encuentran puntos de inflexión, (McAdams,
1999, 2002; McAdams & Olson, 2010). Como señala este autor, los puntos de
inflexión marcan cambios en la trayectoria vital de las personas de modo que
ésta toma la dirección actual. En este caso no sólo se refieren a momentos
particulares, asociados a un mayor grado de violencia y sufrimiento. También
se habla de un estado interno por el que las mujeres se sienten más fuertes y
de una situación externa de apoyo que les permite dar el paso.
176
CAPÍTULO 6. RE-CONSTRUCCIONES
IDENTITARIAS TRAS SALIR DE LA VIOLENCIA DE
GÉNERO. UN ANÁLISIS NARRATIVO UTILIZANDO LOS
INDICADORES DEL SELF DE BRUNER
INTRODUCCIÓN
El objetivo fundamental de este capítulo es analizar la reconstrucción de
las identidades de un grupo de mujeres que han sufrido violencia de género
empleando los indicadores del self de Bruner (1996; 1997). Dicho análisis nos
va a permitir establecer el modo en que aspectos de agencia, compromiso,
reflexión, evaluación y relación con otras personas significativas se integran en
la construcción de la identidad personal de estas mujeres, de modo que
podamos evaluar hasta qué punto y de qué manera se han ido reconstruyendo
a sí mismas después de la situación de violencia.
Para ello, comenzaremos presentando la noción de identidad en la que
se basa nuestro análisis. Desde nuestro punto de vista, la identidad tiene un
carácter dialógico (Bajtin, 1986; Wertsch, 1991; Hermans, 2003) y narrativo
(McAdams, 1999; 2003; McAdams y Olson, 2010; Bruner, 1991; 1997; 2003a;
2003b). Comenzaremos el capítulo profundizando en una cuestión fundamental
en este trabajo como es la identidad de género, y que ya abordamos en el
capítulo 1 cuando presentamos el contexto social en el que ésta se construye.
Posteriormente, una vez presentadas las características generales de la
concepción del self en la que nos basamos, destacando su estrecho vínculo
con la narrativa, nos detendremos en la visión de Bruner y, especialmente en
su propuesta teórica-metodológica sobre los indicadores del self (Bruner,
1997). Dicha propuesta ha sido desarrollada y puesta en práctica por Arianna
Sala en un estudio sobre la construcción narrativa de la identidad lésbica (Sala,
2008; Sala, de la Mata & Smorti, 2009a y b). En dicho estudio se introdujeron
algunos cambios con respecto a la propuesta original de Bruner, en el sentido
177
sobre todo de polarizar algunos de los indicadores, dándoles un valor positivo
(en el sentido de que indicaban la presencia de una determinada cualidad o
recurso del self) y negativo (indicando la ausencia de dicha cualidad o recurso).
La aplicación de los indicadores así definidos se reveló útil y fructífera para
entender el modo en que las mujeres lesbianas entrevistadas reconstruían su
identidad personal a partir del reconocimiento de su opción sexual. En nuestro
caso, hemos aplicado el mismo análisis a la reconstrucción de las identidades
personales de las mujeres que han sufrido violencia de género, examinando el
modo en que los diferentes aspectos del self considerados a partir de los
indicadores de Bruner van cambiando a medida que las mujeres han ido dando
pasos para romper con el maltratador y empoderarse como personas. En
coherencia con la perspectiva de Bruner (1997) y Sala (2008) y de todo el
trabajo que se describe en esta memoria, hemos analizado los relatos
autobiográficos de las mujeres, tratando de profundizar en su experiencia
personal y de permitir que esas voces silenciadas durante tanto tiempo sean
escuchadas.
1. IDENTIDADES DE GÉNERO
La identidad de género y el aprendizaje de roles de género, asociado a
ella, se desarrolla en interacción con la identidad personal (Barberá, 1998).
En el primer capítulo ya hemos desarrollado la concepción de género
(doing gender) que manejamos entendiendo éste como un sistema de
significados que organiza las interacciones y gobierna el acceso al poder y a
los recursos, y que funciona o se actúa a tres niveles: sociocultural, relacional e
individual (Crawford y Chaffin 1997; Crawford, 1995, 2006). En el nivel
sociocultural, el género gobierna el acceso a los recursos. En el nivel relacional
las mujeres y los hombres son tratados de forma diferente en las interacciones
cotidianas y se comportan de forma diferente. En el nivel individual, las mujeres
y los hombres aceptan la distinción de género como parte del autoconcepto. Se
adjudican a sí mismos/as características, conductas y roles que son la norma
para las personas del mismo sexo. Desde esta perspectiva, el género se
178
considera un constructo social. No es un atributo de los individuos, sino una
forma de dar sentido a las transacciones.
Deaux y Stewart (2001), por su parte, consideran tres cuestiones
fundamentales para la comprensión de las identidades de género: el contexto
histórico y cultural, la interseccionalidad y la negociación.
Según estas autoras, la definición tradicional de la identidad de género
hace referencia a la temprana toma de conciencia de uno/a mismo/a como ser
masculino o femenino. Así, Spence (1985) lo define como “un sentido
fundamental y existencial de una masculinidad o feminidad, y la aceptación de
un género en un nivel psicológico que, con raras excepciones, es paralelo y
complementa la toma de conciencia y la aceptación de un sexo biológico”
(pp.79-80).
En la mayoría de las definiciones se incluyen las bases biológicas como
punto de partida, aunque también se considera una amplia variedad de
atributos y conductas. Ruble y Martin (1998), por ejemplo, en su análisis
evolutivo de la adquisición de género, consideran la manifestación de la
identidad de género más allá de una simple identificación biológica y extienden
dicha identificación a diferentes experiencias y expectativas sociales como:
intereses y actividades, características personales y sociales, relaciones
sociales, estilos de comunicación verbales y no verbales y valores relativos al
género.
Deaux y Stewart (2001) cuestionan los modelos tradicionales de
identidad de género en tres sentidos:
1) Estos modelos asumen un desarrollo estrictamente lineal y estable
(que ocurre de manera paralela al desarrollo biológico). Estas autoras
cuestionan que esta evolución transcurra de la misma forma en todas las
personas, así como el hecho de que haya un punto a partir del cual se
estabilice y no haya modificaciones en dicha identidad. El hecho de que sea
posible un cambio de identidad en una edad adulta (transexualidad, por
ejemplo) pone de manifiesto que la identidad de género es un proceso de
179
continua negociación y que, tal y como defienden West y Zimmerman (1987),
debería conceptuarse como un verbo y no como un nombre. Es por esta razón
por la que acuñaron la expresión doing gender que, como ya se ha señalado se
ha convertido en definitoria de todo un enfoque sobre el género. Para West y
Zimmerman, el proceso de socialización provee al individuo de un repertorio de
atributos y características. La puesta en juego del género “es una cuestión más
de agencialidad y selección entre elementos que de expresión inevitable de
una identidad adquirida” (Deux y Stewart, 2001, pp. 87).
2) Deux y Stewart (2001) defienden que los modelos tradicionales
definen lo que es psicológico de una manera demasiado estrecha. La identidad
de género deber ser entendida como un proceso social donde los/las demás,
las normas sociales, etc. juegan un papel fundamental en su configuración. El
género no emerge primero en el vacío, determinado por un potencial
psicológico interno, sino en un contexto histórico particular y rico culturalmente.
Estas autoras, por tanto, resaltan el origen social de la identidad y consideran
necesario analizar la identidad de género en su contexto de acción.
3) Los modelos tradicionales defienden una identidad de género
monolítica, opuesta a la idea de múltiples identidades de género. Algunas
concepciones sobre la identidad de género, como la de Ruble y Martin (1998),
consideran su multidimensionalidad, pero siguen definiéndolo como un
concepto singular y monolítico. Deaux y Stewart, en cambio, proponen que sea
considerado más bien como un conjunto de intersecciones (entre género y
otras identidades tales como raza o etnicidad), de identidades superpuestas,
identidades que hasta ahora han sido analizadas por separado (Frable, 1997).
“Desde esta perspectiva, el género no es necesariamente prioritario, pero debe
ser considerado sólo en conjunto con otros elementos claves del self” (Deaux y
Stewart, 2001, pp. 88). Además, deben ser tenidas en cuenta las propiedades
emergentes que surgen de la intersección de dichas identidades.
Por tanto, y resumiendo la concepción de Deux y Stewart (2001),
podríamos señalar que si las identidades de los individuos se crean en la
interacción social, es fundamental conocer dichas interacciones y el contexto
social en el que se producen, entre otras cosas, porque las normas de género
180
no son compartidas por todas las culturas (véase Lamphere, Ragone y Zavella,
1997). No obstante, desde este enfoque no se asume que el contexto social
tenga un rol determinista. Dentro de cualquier período y situación social se
desarrollan diversas identidades. El meta-análisis realizado por Twenge (1997)
muestra el impacto del contexto en la formación de la identidad. En dicha
revisión se encontró que la magnitud de la diferencia en las puntuaciones de
hombres y mujeres en dos medidas de atributos de personalidad asociados con
identidad de género como son el “Bem Sex Roles Inventory” (BSRI) y el
“Personal Atrtributes Questionnaire” (PAQ) había disminuido con el tiempo.
Desde esta perspectiva se resalta además la necesidad de conocer la
dinámica de la construcción de la identidad. Los trabajos de investigación
realizados señalan que la identidad de género se negocia y desarrolla con el
tiempo (Deaux y Ethier, 1998). En el doing gender, la identidad se moldea y
cambia. Es necesario conocer el desarrollo a lo largo de amplios períodos de
tiempo, así como estudiar el proceso de presentación de identidad. La
interacción social no es sólo un contexto para entender el género, sino que es
en sí mismo el ámbito donde éste se desarrolla, inserto en contextos sociales
particulares en los que el género puede o no puede ser particularmente saliente
(Deux y Major, 1987).
2. UNA VISIÓN NARRATIVA Y DIALÓGICA DE LA IDENTIDAD
2.1 LA IDENTIDAD COMO PROCESO DISTRIBUIDO Y DIALÓGICO.
El tema de la identidad personal (el Self), puede considerarse un
problema clásico dentro de la psicología. Autores como William James (1890) o
Erikson (1992) le asignan una importancia central para entender la constitución
del ser humano. Como una constante en todos los estudios encontramos que el
Self implica un doble aspecto de integración (sincrónica y diacrónica) y de
reflexión. Hablamos de integración sincrónica de los diferentes roles y ámbitos
en los que el individuo se desarrolla y participa. Por integración diacrónica, en
cambio, entendemos la de hechos ocurridos en tiempos diferentes dentro de
181
una idea temporalmente coherente del Self. Finalmente, el aspecto de reflexión
del Self implica que el individuo, además de agente, toma conciencia de su
propia agencia en el transcurso de la vida, lo que le confiere a aquél la doble
condición de continuidad e integridad.
Pero este sentido de continuidad e integridad del Self no debe llevarnos
a considerarlo una entidad homogénea e inmutable (rígida). Por el contrario,
coincidimos con muchos autores en los últimos años en que el Self tiene un
carácter distribuido y dialógico.
Así, Bruner (1997) defiende la existencia de un Self distribuido,
considerándolo como “un enjambre de participaciones”, producto de las
situaciones en las que la persona actúa. La persona, desde este punto de vista,
construye su identidad como individuo diferenciado frente a otros.
Hermans (2004; Hermans y Kempen, 1993) añade un carácter dialógico
al Self. Afirma que implica una gran variedad de posiciones, de formas de
actuar en el mundo que se encuentran estrechamente interconectadas con las
mentes de otras personas. El propio yo, en opinión de este autor, es una
especie de “coalición” de las distintas posiciones que ocupa el individuo e
incluye a todos los otros significativos. En el capítulo anterior acabamos de
presentar un análisis de la reconstrucción de las identidades de las mujeres
que
han
participado
en
nuestro
estudio
aplicando
el
concepto
de
posicionamiento, desde una perspectiva que comparte muchos elementos con
la de Hermans (2004).
2.2 IDENTIDAD Y NARRATIVA
Por otra parte, Bruner señala que el Self adquiere significado en las
circunstancias históricas de la cultura en la que participa. Se sostiene en unos
significados, lenguajes y narraciones que son cultural e históricamente
específicos (Bruner, 1997; 2003a). De este modo, una de las propiedades más
significativas del yo sería su estructura narrativa, lo que Bruner llama, el self
narrativo. Cuando se pregunta a la gente cómo son en realidad, las personas
habitualmente cuentan una gran variedad de historias empleando los
elementos tradicionales de la narrativa (Bruner, 1990).
En palabras del propio Bruner (1995):
182
“Yo propongo con fuerza que no existe esta cosa intuitivamente obvia, el self esencial
que simplemente está ahí esperando a ser retratado en palabras. Más bien
constantemente estamos construyendo y reconstruyendo el self que encaje con las
necesidades de las situaciones en las que nos encontramos, y al hacer esto estamos
guiados por nuestras memorias del pasado y por nuestras esperanzas y miedos por el
futuro. Contar a uno mismo una historia sobre si mismo es como crear una historia
acerca de que cosa y quien somos, que ha pasado y por qué hemos reaccionado de la
manera en la que lo hemos hecho” (p. 210).
En 1991 Bruner publicó en la revista Critical Inquiry un artículo titulado
“La construcción narrativa de la realidad” (Bruner, 1991a). En este artículo
argumentaba que la mente estructura su sentido de la realidad a través de la
mediación de los productos culturales como el lenguaje u otros sistemas
simbólicos. Y, dentro de ellos, Bruner centraba su atención en la narración en
cuanto producto cultural que se definía por diez características:
1. Diacronicidad narrativa. Un relato es una exposición de eventos que
ocurren en el tiempo y tiene por su naturaleza una duración que es al mismo
tiempo anticipativa y retroactiva. La dimensión temporal es un aspecto
fundamental de la narración, pero ésta se desarrolla en un “tiempo humano”
que es marcado por los eventos significativos para el sujeto.
2. Particularidad. La narración, a pesar de referirse a eventos y
cuestiones específicas, se puede incluir en guiones más amplios. La
particularidad entonces asume su función emblemática en virtud de su
inserción en un relato que de alguna manera es genérico.
3. Referencia a estados intencionales. En el relato siempre tiene que
haber una referencia a estados intencionales del sujeto que podemos definir
como estados mentales que pueden ser, bien de naturaleza epistémica (ó sea
cognoscitivo gnoseológico, como objetivos, teorías, ideales…), bien de
naturaleza no epistémica (ó sea de naturaleza emotivo-afectiva, como
sentimientos, deseos…). Por ello, no podemos analizar una narración utilizando
los principios del pensamiento paradigmático (Smorti 2001) (típico del
razonamiento
científico,
independiente
del
contexto,
nomotético
y
proposicional), sino que tenemos que utilizar el pensamiento narrativo (típico
del razonamiento cotidiano, sensible al contexto, ideográfico y sintagmático,
verificado en términos de coherencia y constructor de historias).
183
4. Componibilidad hermenéutica. Un relato, y aún más su significado, no
existen de por sí, sino que constituyen el resultado de una doble interpretación:
aquélla llevada a cabo por quién escribe o cuenta, y la llevada a cabo por quien
lee o escucha. Y ello porque el significado de una narración no es un elemento
dado, sino que está construido a través de procesos interpretativos personales
de naturaleza hermenéutica, que exigen una armonización de las partes con el
todo.
5. Canonicidad y violación. Las características enumeradas hasta ahora,
son necesarias para la narración de un “buen” relato, pero no son de por si
suficientes. Una condición imprescindible es que la canonicidad, el guión en el
que se inspira el relato, se vea alterado y trastornado por un elemento de
ruptura que fuerce al protagonista a actuar para solucionar la excepcionalidad
del evento al que se enfrenta.
6. Referencialidad. Como hemos afirmado anteriormente, el criterio de
validez de una narración no es la verdad, sino la verosimilitud. El valor de la
realidad externa está suspendido. La narración se refiere a una verdad
intencional, es decir, la que se puede establecer de un enunciado en el que
aparezca un estado mental.
7. Pertenencia a un género. Toda narración puede ser reconocida como
perteneciente a un género literario específico, porque los géneros literarios son
maneras de contar que nos predisponen a usar nuestra mente y nuestra
sensibilidad en un sentido particular, invitaciones a un particular estilo
epistemológico.
8. Normatividad (o composición pentagonal). Bruner retoma la idea de
“péntada dramática” de Kenneth Burke (1945), según la cual una buena
narración está compuesta por cinco elementos que, si están en equilibrio en la
arquitectura del relato, dan como fruto una “buena” narración. La péntada está
compuesta por los siguientes elementos:
- Un actor con cierto nivel de libertad.
- Un acto que va a cumplir.
- Un objetivo al que se compromete.
- Recursos a los que hacer referencia para actuar.
- Que se desarrolle en un contexto (set).
184
El pensamiento narrativo entonces debe coordinar lo que Bruner (1991b)
denomina “el doble escenario”: el escenario de la acción, ó sea, la sucesión de
hechos que se producen en el relato, implícito en la composición pentagonal, y
el escenario de la conciencia (los sentimientos, pensamientos, las intenciones
de los personajes y de la persona que narra).
9. Sensibilidad al contexto y negociabilidad. Es un tema, éste, del que ya
se ha hablado en relación con la componibilidad hermenéutica. Cuando
entramos en contacto con un texto narrativo, inevitablemente lo interpretamos
refiriéndonos al marco de nuestros conocimientos previos y a las suposiciones
acerca de los conocimientos previos e intenciones del hablante.
10. Acumulación narrativa. La tendencia a acumular los relatos de tal
manera que pasen a formar parte de una tradición cultural más o menos
amplia. Según Bruner, de hecho en la base de la cultura está una capacidad
local de acumular historias de acontecimientos del pasado en una estructura
diacrónica capaz de ofrecer continuidad entre el pasado y el presente. Ese
fenómeno tiene su influencia también a nivel personal en la construcción de
nuestras mismas historias de vida, en la medida que nuestro sentido subjetivo
de continuidad depende también de la inserción de la historia de vida personal
en la historia social compartida de la que somos parte.
A partir de esta consideración de lo narrativo como esencial en la
constitución de la experiencia humana, y del propio Self, Bruner (1995 p. 210)
llega a afirmar que “el self-making es un arte narrativo”. Desde esta
perspectiva, podemos considerar que las narraciones autobiográficas son
nuestra principal herramienta para establecer este sentido integrado y continuo
del self, nuestra identidad, en otras palabras. Ello desde el momento que la
identidad se deriva del distinguirnos de los/las demás, cosa que hacemos
comparando nuestras narraciones con las de otras personas. Al hacerlo se
establece un vínculo entre lo que nos contamos a nosotros/as y lo que
contamos a los/las demás, hasta el punto que nuestras narrativas personales
pueden verse influidas por lo que pensamos que otras personas esperan de
nosotros/as. Dicho con otras palabras, el contar historias sobre el self es
siempre un acto dialógico (Hermans 2003), porque aún cuando nos contamos a
nosotros mismos lo hacemos de una manera que casa con lo que los demás
185
esperan de nosotros y con los modelos culturales interiorizados. En nuestra
narración desarrollamos hábitos que pueden llegar a convertirse en géneros
discursivos. Nuestra narración, por lo general, podemos decir que se apoya en
dos fuentes principales:
1. Una fuente interna, que incluye nuestros deseos, ambiciones,
memorias, ideas, expectativas…
2. Una fuente externa, que comprende modelos a menudo implícitos
sobre cómo tenemos que ser y cómo no tenemos que ser.
De todos modos, el objetivo principal del contar historias sobre el Self es
el de garantizar nuestro sentido de continuidad. En esta línea, una narración
del Self sería similar a un balance. Por un lado, debe crear una convicción de
autonomía, la sensación de libertad de elección, un cierto grado de
indeterminación y posibilidad. Pero por el otro lado, tiene que dar cuenta de las
relaciones con los demás, la familia, los/las amigos/as, las instituciones, cosa
que limita el sentimiento de autonomía. Estamos así siempre en un intento de
conciliar estas dos vertientes, autonomía versus compromiso.
2.3 LA IDENTIDAD COMO HISTORIA DE VIDA
Como hemos visto, cada uno de nosotros y de nosotras es autor o
autora de su historia de vida. Construyendo y reconstruyendo nuestro pasado
estamos al mismo tiempo construyendo y reconstruyendo nuestras historias de
vida. En este sentido, McAdams define la identidad personal como una historia
de vida (McAdams, 1993; 1999, 2003, McAdams y Olson, 2010). Según este
autor:
“La identidad narrativa es la comprensión historiada que una persona
desarrolla sobre cómo él o ella ha llegado a ser y hacia dónde va en la vida. Es
una reconstrucción del pasado autobiográfico y una visión imaginada del futuro
anticipado, completa con capítulos, escenas claves, personajes principales y
líneas de intersección marcadas (…) la identidad narrativa da a las vidas
individuales sus significados únicos y culturalmente anclados” (McAdams & Olson,
2010, p. 527).
186
Por ello, examinando las narraciones autobiográficas, accedemos
también a la construcción de la identidad: lo que las personas eligen decir, la
información que seleccionan para dar cuenta de sus propias trayectorias
personales nos informa del proceso a través del que las personas organizan
sus selves. Se trata de un proceso continuo, por lo que ni las narraciones
autobiográficas, ni la conceptuación de la propia identidad personal son
estáticas, sino que son fluidas y dinámicas y cambian sobre la base de la
evolución personal y de las distintas situaciones (McAdams, 2003).
Las
narrativas
del
self
tienen,
por
tanto,
un
carácter
autobiográfico. En esta construcción de la autobiografía el individuo desarrolla
constantemente una actividad de interpretación de la propia experiencia.
Construye su historia, teje su trama y le da una forma narrativa.
Las historias de vida se basan en los hechos autobiográficos, pero van
más allá de los hechos en si, desde el momento que las personas eligen
selectivamente cuáles hechos, y, dentro de estos, cuáles facetas tomar como
bases de la construcción de la historia de vida que irá conformándose como
identidad personal. Se trata de una operación constructiva, en el sentido de que
se interpretan los hechos pasados y futuros para construir historias capaces de
dar sentido a ellos mismos y a los demás, permitiendo así la inteligibilidad y la
coherencia de la idea de la vida.
Tilmann Habermas y Susan Bluck (2000) afirman que el objetivo de la
construcción de una narrativa es alcanzar una coherencia causal (capaz de
explicar cómo un evento pueda haber causado una transformación en la vida
personal) y una coherencia temática (capaz de encontrar un tema, valor o
principio que pueda integrar distintos episodios en la vida personal).
En este proceso están implicados los objetivos y metas personales del
sujeto que orientan el proceso de elección de las memorias que van a modelar
el Self. Se trata de un proceso reconstructivo en el que las personas
seleccionan e interpretan ciertas memorias como importantes a la hora de
narrar la propia historia de vida. En cierta medida entonces la identidad es
cuestión de elección: elegimos los eventos que creemos más importantes para
definir quienes somos y proporcionar a nuestras vidas una apariencia de
unidad y continuidad.
187
Sin embargo, las elecciones que hacemos a la hora de seleccionar los
recuerdos en los que fundamos nuestra identidad no son del todo libres, porque
se sitúan en un contexto socio-histórico-político que hace que algunos temas
sean considerados más adaptativos o más apropiados que otros, siendo
además altamente relevantes los contextos locutorio (a quién se cuenta) e
ilocutorio (porqué se cuenta). El proceso de construcción de la historia de vida,
pues, está fuertemente estructurado por normas culturales acerca de cómo
debe de ser una autobiografía (e.j. empieza con el nacimiento, experiencias en
la familia…) y desde la infancia se van tempranamente aplicando estas normas
sociales a la construcción de las proto-historias de vida.
McAdams y Olson (2010) lo expresan con gran claridad en la siguiente
cita:
“…. El juego complejo entre cultura e individualidad psicológica es especialmente
evidente en la identidad narrativa. Al construir las narrativas del Self, las personas
se apoyan en las historias que aprenden como participantes activas en la cultura;
historias sobre la niñez, la adolescencia, la edad adulta y el envejecimiento;
historias que distinguen entre lo que la cultura glorifica como personajes buenos y
lo que vilipendia como personajes malos; historias que dramatizan vidas
completas y fragmentadas que el lector o espectador puede encontrar excitantes,
aterradoras,
desesperantes,
iluminadoras,
admirables,
heroicas,
innobles,
repugnantes, sabias, necias o aburridas (Bruner 1990). La cultura, por tanto,
ofrece a cada persona una amplia antología de historias desde las que la autoría
del self implica configurar las materias primas de una vida en la cultura en una
forma narrativa apropiada. El autor debe apropiarse creativamente de los recursos
que tiene a mano mientras que, a sabiendas o no, trabaja dentro de los límites
establecidos por las realidades políticas, ideológicas y económicas, por los
antecedentes familiares y las experiencias educativas, por las expectativas de rol y
de género y por los propios rasgos disposicionales y las adaptaciones
características de la persona” (p. 527).
Todos estos factores desembocan en la construcción de una historia de
vida. Para esta construcción el individuo necesita haber adquirido las
habilidades necesarias para crear vínculos causales entre los distintos hechos
a la hora de organizarlos en una biografía. En la adolescencia tardía y la
primera edad adulta, las personas que viven en las sociedades occidentales
empiezan a reconstruir su pasado, a percibir el presente y anticipar el futuro en
términos de una historia personal en evolución, una narrativa integradora sobre
188
el self que proporciona algo de unidad psico-social y de objetivos (Habermas y
Bluck, 2000; McAdams y Olson, 2010).
Cuando las personas cuentan sus historias, lo hacen de acuerdo con
normas y modelos que resultan inteligibles en la cultura en que se desarrollan.
Así, por ejemplo, como evidencian Habermas y Bluck (2000), en las culturas
occidentales las historias suelen empezar en el seno de la familia, incluyen en
los primeros años narraciones de crecimiento y expansión, suelen hacer
depender los problemas actuales de situaciones tempranas, incorporan
momentos de cambio que modifican el proceso de búsqueda del sujeto, y
concluyen con el logro de la tranquilidad en la vejez.
En el mundo moderno occidental las personas están llamadas a trabajar
el self, a desarrollarlo, mejorarlo: el énfasis en el individuo empuja a las
personas a encontrar o crear su “autentico self”, a desarrollar todo el potencial
interior.
A pesar de todo el énfasis puesto en el self y en la individualidad, las
historias de vida se hacen eco de los roles de género, las divisiones de clases
en la sociedad, y reflejan de una manera u otra el predominio de ciertos
modelos hegemónicos en los contextos políticos, económicos y culturales en
los que las personas se encuentran viviendo (Sala, 2008). De ahí el reciente
interés por el estudio de narrativas de colectivos históricamente ignorados,
oprimidos y silenciados (Carol Franz & Abigail Stewart 1994, Kenneth Gergen &
Mary Gergen 1993), tales como el de las mujeres, en el que se centra la
presente investigación.
Hemos visto cómo a través de la narración la persona al mismo tiempo
está desvelándose a sí misma y construyendo activamente su propia
representación de sí misma mediante la selección e interpretación de
recuerdos significativos. Este convencimiento teórico se ha ido traduciendo en
instrumentos aptos para sistematizar y operativizar el proceso de selección y
narración de los recuerdos autobiográficos, útiles tanto por la práctica clínica
cuanto para el trabajo de investigación. Entre estos instrumentos uno de los
más aceptados y usados en los dos ámbitos antes citados es el protocolo
desarrollado por McAdams (1993; McAdams, et al., 1996) para obtener una
narración autobiográfica. Partiendo del presupuesto que “la identidad es
189
aquella historia interiorizada y en evolución que emerge de la apropiación
selectiva del pasado, presente y futuro” (McAdams 1999 p. 486), este autor
crea un protocolo para realizar una autobiografía guiada en el que identifica
ocho recuerdos de eventos claves para la construcción de la historia de vida
(McAdams, 1993).
A partir de los recuerdos significativos obtenidos a través de esta
entrevista guiada, el autor realiza una codificación temática basada en los
temas de Bakan (1966, cit. en McAdams et al.,1996) de agencia (característica
del organismo en cuanto individuo que se manifiesta en la protección del self,
su expansión y control del ambiente, siendo central el tema del poder) y
comunión (característica del individuo en cuanto parte de un organismo más
grande, y que se manifiesta en la unión, amor, intimidad…siendo central el
tema de las conexiones interpersonales).
3. ANÁLISIS NARRATIVO DE LAS HISTORIAS DE VIDA
MEDIANTE LOS INDICADORES DEL SELF DE BRUNER
Partiendo de los elementos que en los estudios de narrativas (Burke
1945; Vladimir Propp 1985; James Frye 1957; Paul Ricoeur 1984; citados en
Bruner 1997) se consideran necesarios para la construcción de una buena
historia
(actor,
actos,
objetivos,
recursos,
situación
espacio-temporal,
presupuestos de legitimidad y violación de la canonicidad), Bruner (1997) ha
elaborado los que el define como “indicadores del self”, que permitirían poner
de manifiesto la presencia y el nivel de “construcción” del self en las
narraciones autobiográficas. A través de esta clasificación se pretende
evidenciar y evaluar los nudos narrativos críticos alrededor de los cuales el
sujeto elige (más o menos conscientemente) construir su narración
autobiográfica. Los indicadores del self teorizados por Bruner son agencia
(agency), compromiso (commitment), recursos, referencia social, evaluación,
qualia (estados emociones y sentimientos) reflexión, coherencia y posición. En
el apartado de método presentaremos una explicación más detallada de cada
uno de estos indicadores.
190
La propuesta de indicadores del self de Bruner, como se ha señalado
anteriormente, ha sido aplicada en un
estudio realizado por Arianna Sala
(Sala, 2008; Sala y de la Mata, 2009; Sala, de la Mata y Smorti, 2009). En este
trabajo se analizaron las narraciones autobiográficas de un total de ocho
mujeres lesbianas a las que se les pidió que elaboraran una historia de vida.
Dentro de la historia de vida se seleccionaron los fragmentos en los que las
mujeres/participantes hablaban del proceso de construcción de su identidad
lésbica. Esta narración se dividió en tres partes: antes del reconocimiento de la
homosexualidad, el momento en que reconocieron ser lesbianas y después de
dicho reconocimiento. Una vez dividida la narración en estas tres partes, se
compararon los porcentajes de aparición de los distintos indicadores en las tres
fases. Los indicadores empleados fueron los mismos propuestos por Bruner,
con una modificación: algunos de estos indicadores fueron polarizados, de
modo que se contabilizó por separado la mención de la presencia de ciertos
recursos o características (como agencia +) y la mención a la ausencia de los
mismos (es el caso de referencia social -, entendida como falta de referentes
sociales).
Los resultados mostraron los cambios cognitivos, emocionales y
conductuales experimentados por las mujeres entrevistadas a lo largo del
proceso y que se reflejan en sus narraciones. El primer dato a destacar es que
hubo un progresivo cambio del tono narrativo del relato. En la primera fase el
tono narrativo es negativo, es decir se relatan mayoritariamente emociones no
positivas ligadas al descubrimiento de la propia inadecuación al modelo
heterosexual socialmente prescrito, acompañadas a un nivel cognitivo por
evaluaciones negativas de la propia experiencia y cierta consonancia con un
discurso estigmatizador. En conjunto es una narración que describe una
situación de falta: falta de recursos simbólicos capaces de ofrecer una
significación de la propia experiencia diferente de la estigmatizada, falta de
modelos, de lugares de socialización y, sobre todo, falta de una red social de
apoyo capaz de ayudar a estas mujeres.
En el momento de Reconocimiento y Autodefinición, vemos que este
tono narrativo negativo se ve mitigado. Disminuye la diferencia entre
emociones positivas y negativas, y a un nivel cognitivo se observa un aumento
191
de las evaluaciones positivas y un elevadísimo uso de la reflexividad, el gran
recurso interno del que disponen para poner en práctica la deconstrucción de
los discursos estigmatizadores. Asimismo se hace referencia a un grupo capaz
de ofrecer apoyo al sujeto y a nivel conductual aumentan mucho las referencias
a la propia agencia y al empeño por resolver el conflicto provocado por la
propia inadecuación a la heterosexualidad obligatoria. Podemos afirmar que se
pasa entonces de una situación de “falta” a otra en la que prima la agencia de
las mujeres.
Finalmente, es en la fase posterior a la autodefinición cuando el cambio
del tono narrativo al que nos referíamos anteriormente se termina de gestar. Se
relatan mayoritariamente emociones positivas, aparecen más evaluaciones
positivas del propio recorrido vital que negativas, se mantienen altas las
referencias al empeño para lograr una integración positiva de la identidad
homosexual en la más general identidad personal, mientras que desaparecen
las relativas a la falta de empeño, así como las referencias a la consonancia
con un discurso estigmatizador de la homosexualidad, a la falta de una red de
apoyo social, y a la falta de recursos. Es una situación que podemos describir
como de integración dinámica de la homosexualidad en la propia identidad
personal, que lejos de alcanzarse de una vez por todas necesita de un trabajo
constante de deconstrucción de los discursos estigmatizadores que se
evidencia en las aun elevadas referencias al propio empeño y a la propia
disconformidad con este tipo de discursos.
Esta investigación pone de manifiesto la utilidad de los indicadores del
Self de Bruner como herramienta conceptual y metodológica para el análisis de
las narraciones autobiográficas. Estos indicadores permiten elaborar una
descripción coherente con una conceptuación constructivista y narrativa de la
identidad tanto personal como sexual. En este caso, además ha sido
particularmente enriquecedora la opción de polarizar los indicadores, en tanto
que ha permitido obtener un material codificado rico en matices.
4. METODOLOGÍA
4.1 LA UNIDAD DE ANÁLISIS
192
Tras una primera lectura de las transcripciones de las entrevistas se
procedió a la división de éstas en microestructuras con el objetivo de obtener
una unidad de medida lo suficientemente pequeña como para detectar todos
los contenidos importantes dentro de la narración. Las microestructuras son las
unidades lingüísticas independientes (sintáctica y semánticamente) más
pequeñas y se definen como proposiciones con independencia sintáctica y
semántica.
A continuación se expone con más detenimiento el proceso de división
de microestructuras y se ofrecen algunos ejemplos.
Según
la
definición de
microestructura si una
proposición
es
subordinada, por ejemplo funciona como sujeto u objeto directo, no puede
dividirse de la proposición principal ya que no es independiente y se considera
una sola microestructura. Ejemplo: “Yo me acuerdo que yo pensaba es que yo
no entiendo a estas mujeres”.
En el caso de que la oración se encuentre compuesta de dos oraciones
coordinadas, por ejemplo una proposición coordinada adversativa o copulativa,
sí se pueden dividir y se consideran dos microestructuras distintas, puesto que
son independientes.
Ejemplos:
1ª microestructura (1M): Yo me sentía muy culpable. 2ª microestructura
(2M): y me daba mucha vergüenza
A la hora de codificar el material, cada microestructura se ha asignado a
una sola de las categorías que se describen a continuación.
4.2 LAS CATEGORÍAS DE ANÁLISIS
Para analizar las microestructuras obtenidas a través del proceso de
división del texto antes descrita se ha utilizado una versión adaptada de los
indicadores del self teorizados por Bruner (1997). Estos indicadores según el
autor permiten evidenciar el nivel de “edificación/construcción” del self en las
narraciones autobiográficas. A través de esta clasificación se pretende
193
evidenciar y evaluar los nudos narrativos críticos alrededor de los cuales el
sujeto elige (más o menos conscientemente) construir su narración
autobiográfica.
Como
se
ha
afirmado
anteriormente,
los
indicadores
originalmente propuestos por Bruner han sido modificados para llevar a cabo
este análisis específico. Concretamente se ha procedido a la polarización de
todos los indicadores que lógicamente lo permitían. Así, si por ejemplo, en la
formulación original de Bruner encontramos el indicador “Evaluación”, en el que
se categorizarían las referencias a juicios pronunciados por la narradora, en
nuestro análisis hemos procedido a la polarización de este indicador en un
indicador “Evaluación propia+”
en el que se recogen juicios positivos
formulados por la narradora, y “Evaluación propia-“, en el que se recogen sus
juicios negativos. Es evidente que esta modificación nos permite realizar un
análisis muy sensible al contenido de la narración, y, al mismo tiempo, nos
devuelve un material analizado que da razón de los diferentes matices que
permean el discurso.
A continuación se describen los indicadores utilizados, eventualmente
señalando la diferencia con el original propuesto por Bruner y se ponen algunos
ejemplos.
1) Agency+: Se refiere al ejercicio de acciones voluntarias y actos de
libre elección puestos en práctica para alcanzar una meta. Indica elección,
decisión y posición de control. Son indicaciones de acciones prácticas y
comportamientos de tipo operativo que involucran al sujeto.
Ej.: Yo no tuve una actitud sumisa, en absoluto, ¿vale?, yo al contrario
yo yo peleaba, ¿me entiendes? yo yo le plantaba cara, yo le decía las cosas
muy claras, y cada vez, era, más tajante o violenta.
2) Agency- : Se refiere a aquellas situaciones en las que la agencia está
“impedida”, al sujeto se le impide hacer algo.
Ej.: “Que no me deja ponerme ropa”; “Que no puedo abrir las ventanas
de mi casa”; “Que no puedo ir sola ni a la compra”.
194
3) Reflexivity: Indicadores de los aspectos más metacognitivos del self,
de la actividad reflexiva invertida en el análisis y construcción del self; se trata
de las cogniciones y metacogniciones que una persona dedica a la narración
de su propia vida y del modo en el que vive. Se expresa a través del uso de
verbos mentales metacognitivos y de la subjuntivización (el relato se pasa al
subjuntivo). En general se codifica cuando el sujeto reflexiona acerca de si
mismo en general o de un área específica de su experiencia.
Si la reflexión involucra referencias a estados de ánimo o a sentimientos
se codifica como Qualia (+ o -, según el caso).
Si en la reflexión se produce un juicio de valor (positivo/negativo) se
codifica como Evaluation (+ o -, según el caso).
Ej.: “Yo me acuerdo que yo pensaba es que yo no entiendo a estas
mujeres”; “claro, para mí que me considero o me consideraba normal, pues yo
no lo asimilaba me o sea no te das cuenta eh sí te das cuenta de lo que está
pasando, pero no te das cuenta, cuando te quieres dar realmente cuenta de
donde estas, ya no sabes cómo salir”.
4) Resources +: Todas las fuerzas, privilegios, poder, bienes y medios
que la gente tiene a su disposición mientras ejerce obligaciones y acciones
voluntarias. Esta categoría no incluye sólo recursos externos, como potencia,
legitimidad social y fuentes de información, sino también recursos internos
como paciencia, perspectiva, indulgencia, capacidad de persuasión. Se codifica
cuando la persona entrevistada se refiere a recursos de varios tipos que tiene
para cumplir con algún objetivo. Además hemos codificado como Resources +
la capacidad de hacer algo, de cumplir con un objetivo.
Ej.: “Yo era autosuficiente”; “Yo tengo el sueldo fijo todos los meses”
5) Resources - : Se codifica cuando el sujeto se refiere a la falta de
recursos (internos y externos) para enfrentarse a las más variadas situaciones.
Además, hemos codificado como Resources - la falta de capacidad de hacer
algo, de cumplir con un objetivo.
195
Ej.: “Lo triste de mi historia es que yo era consciente totalmente de lo
que me iba a pasar y era incapaz de hacer algo, es que es lo grave de todo
esto”.
6) Social reference +: Indicadores que nos dicen a quien mira la persona
para buscar ayuda, legitimar o evaluar objetivos, obligaciones y distribución de
recursos. Puede referirse a una persona, a grupos sociales reales (mis
compañeros y compañeras de trabajo) o a grupos sociales construidos
cognitivamente (la gente que se ocupa de mantener la ley). Se codifica cuando
se hace referencia a un grupo, una red social capaz de ofrecer apoyo a la
persona en general y específicamente como mujer que está siendo maltratada.
Ej.: “En todo caso, si alguien es la víctima eres tú, aunque luego durante
aunque sólo sea un momento y luego te vuelva a asaltar otra vez todo lo
demás, llegas a razonarlo ¿no? sobre todo si tienes a alguien a tu lado que te
lo dice ¿no?, yo en mi caso por ejemplo a mi hermana ¿no? o mi amiga Francis
¿no?”; “¿Quiénes son las tres personas que más te han ayudado? Mi madre,
mi hermana y mi compañero”
7) Social Reference - : Se codifica cuando se hace referencia a la falta
de una persona, un grupo, una red social capaz de ofrecer apoyo a la persona
en general y específicamente para salir de la situación de maltrato.
Ej.: ¿Tú no tenías apoyos familiares? “Yo aquí no. Yo si hubiera tenido
aquí una casa donde salir corriendo a lo mejor me hubiera ido, seguramente,
en alguna de esas movidas, me hubiera largado”.
8) Commitment +: La adhesión del agente a una línea real o prevista de
acción, una adherencia que transciende lo momentáneo e impulsivo.
Específicamente a través de la versión positiva de este indicador, se evidencia
la demora de la satisfacción propia a favor de la de los demás, el sacrificio
personal para el cuidado de las personas que componen el núcleo familiar. En
cierto sentido por lo tanto se trata de situaciones en las que la mujer asume las
prescripciones acerca del rol de madre y esposa que debe anteponer las
necesidades de sus allegados a las propias.
196
Ej.: “Yo además a mi madre siempre intentaba ponerle la mejor cara,
pero yo por mi parte siempre he intentado, ocultárselo o suavizárselo lo más
posible. Entonces siempre pensaba que mi madre no sufriera”; “Que lo que
estoy haciendo es trabajar más que un mulo, lo que es tú ir anulando tu vida,
decir mi vida es él y mi vida es su vida”.
9) Commitment -: Se codifica cuando hay acciones para el cuidado de sí
misma, búsqueda de la satisfacción personal, por encima de cuidar a otros.
Ej.: “Que yo no quiero estar encima de nadie, yo no quiero estar a cargo
de nadie”; “Porque digo “mira que no, que no te voy a aguantar más ni una”. Y
yo a raíz de ahí pues nada he seguido siempre mi camino que ha sido luchar
independiente de tomar mis decisiones, decido lo que yo quiero hacer”.
10) Evaluación propia +: Se codifica cuando el sujeto da una valoración
positiva de algo o de alguien. Se codifica exclusivamente cuando el sujeto
formula un juicio de valor (bueno/malo; mejor/peor) en caso contrario se
codificará reflexivity).
Ej.: “Yo sola me encontraba bien”; “Que yo valgo mucho, que yo valgo
mucho”; “Para esa señora es mucho más fácil contar mi pareja me pega, nadie
espera demasiado de ella, ¿me entiendes?
11) Evaluación propia - : Se codifica cuando el sujeto da una valoración
negativa de algo o de alguien.
Ej.: “El mío ni bebía ni nada o sea era un cabrón porque sí; “El psicólogo
nos lo dio su abogada, la que le llevaba los malos tratos de la ex, ¿vale? que
también sabe todo esto y realmente también le defiende ahora, o sea es que
me parece tan terrible esto”.
12) Evaluación ajena +: Se codifica cuando el sujeto refiere una
valoración positiva que otra persona hace de algo o alguien.
Ej.: “Todo el mundo me decía “pues tú eres una muchacha que vale
mucho”; “que eres una mujer guapísima, que vales un montón”; “Tú sabes que
197
te adoro tú eres lo más importante de mi vida, tú sabes que para mí no ha
habido mujer como tú”.
13) Evaluación Ajena -: Se codifica cuando el sujeto refiere una
valoración negativa que otra persona hace de algo o alguien. Mayoritariamente
se recogen aquí evaluaciones negativas de otras personas sobre la
entrevistada.
Ej: “Me dijo que yo tenía a mi marido loco: “Usted tiene a su a su marido
abandonado”; “Es que a mí me decía que estaba loca, que la que necesitaba el
psicólogo era yo”; “Ellos iban diciendo a mi familia que yo, que era una floja,
una vaga, una vieja, todo lo hacía mal, yo todo lo hacía mal”.
14) Congruence+ : En ese caso proponemos un cambio con respecto al
original de Bruner (1995) de coherence, que reúne los artificios destinados a
mantener la coherencia narrativa. En este análisis específico lo entendemos
como coherencia, consonancia con el discurso y las prácticas culturales
mayoritarias. En este sentido, se asigna Congruence+ en los casos en que la
persona entrevistada expresa su acuerdo con el modelo cultural canónico
acerca del papel de las mujeres bien en sus vivencias, bien en su manera de
analizarlas.
Ej.: “La madre decía “pero es tu marido, hay que aguantarlo hija, es tu
marido”; “Bueno es normal, total es que los tíos son así, qué le vamos a hacer”.
15) Congruence - : Se asigna en los casos en que el sujeto expresa su
discrepancia con el modelo cultural, bien en sus vivencias, bien en su manera
de analizarlas.
Ej.: “Pero ahí es culpa nuestra, de
ese
instinto maternal que
tenemos estúpido, ¿me entiendes?”; “¿Yo como tengo que
aguantar que una persona venga y me pegue? ¿O me insulte?”;
“Un tío consigue un… proyecto o consigue que le publiquen algo, o
consigue cualquier cosa el tío… valía. Una tía, sube tres escalones,
y rápido mmm… ¿con quién se ha enrollado? Machistas, todo…
pues no”.
198
16) Qualia +: Son indicadores de los aspectos cualitativos, de los
estados de ánimo: son la imagen del sentimiento íntimo y se refieren a
realidades intra subjetivas que se expresan a través del uso de verbos
mentales emocionales. Se codifican como Qualia + las referencias a estados
de ánimo positivos: enamorarse, gustar algo…
Ej.: “Y vivo feliz, feliz, feliz, feliz, que estoy feliz y me lo paso y me lo
paso bomba, si hija mía”; “Yo estoy ahora muy feliz, muy contenta”; “Me siento
estupendamente, estupendamente y soy feliz, y con lo que tengo soy feliz”.
17) Qualia - : Se asigna a las referencias a estados de ánimo negativos
como estar mal, tener sentimientos de rabia, no gustar algo…
Ej.: “Yo me sentía muy culpable, y me daba mucha vergüenza”; “Yo cada
vez estaba más crispada, cada vez toleraba menos sus miradas, sus
comentarios”.
4.3 DIVISIÓN EN FASES
Antes de proceder a la codificación de las microestructuras identificadas
se ha procedido a dividir temáticamente el texto en tres fases.
1. En el primer bloque “antes” se han recogido aquellos fragmentos en los
que las entrevistadas hablan de la situación de malos tratos. Se recoge aquí la
narración de los momentos en los que las entrevistadas todavía no se plantean
la separación.
2. En el segundo bloque “durante” se han recogido aquellos fragmentos
en los que las entrevistadas refieren del proceso que las lleva a denunciar y/o a
alejarse del maltratador.
3. En el tercer bloque “después” se han recogido aquellos fragmentos en
los que las entrevistadas describen sus vidas tras la ruptura definitiva con el
agresor.
199
El objetivo de esta división en fases es el de poder realizar una
comparación de la distribución de las frecuencias de los distintos indicadores
en los diferentes momentos a los que hace referencia la narración.
5. ANÁLISIS DE LOS RESULTADOS Y DISCUSIÓN
Una vez se han descritos los diferentes indicadores, se va a ofrecer una
descripción de su distribución en las tres diferentes fases que se han
identificado.
Es importante recordar que cada microestructura se ha codificado en
una sola de las categorías mutuamente excluyentes antes descritas. Por otro
lado los datos porcentuales que se presentan son relativos al peso específico
de cada indicador dentro de cada fase (por ejemplo que si ofrecemos el dato de
agency+ antes de 7,99% esto quiere decir que del total de microestructuras
que se codifican en la fase
Gráfica 1. Distribución general de las
microestructuras en las tres fases.
“antes” el 7,99% son las
referencias al agency+).
3467; 29%
4080; 34%
4390; 37%
Antes
En primer lugar se
Durante
presenta
Después
general de los indicadores
la
distribución
en las tres fases. Como se
puede observar en gráfica
1, las microestructuras se
distribuyen de una manera bastante uniforme, siendo en la fase de “antes”
donde encontramos su mayor concentración (4390 microestructuras). Como se
recordará en esta fase se categorizan aquellos fragmentos de narración
relativos a la experiencia de violencia en la pareja. La segunda fase de la que
más hablan es la relativa al proceso de toma de decisión y al proceso de
abandono de la relación, en la que encontramos 4080 microestructuras.
Finalmente, en la fase posterior a la decisión de salir de la relación
200
caracterizada por los malos tratos encontramos 3467 microestructuras.
Consideramos que esta distribución es coherente con un desarrollo narrativo
canónico, en el que el nudo crítico que da lugar y justifica la narración es él que
más espacio ocupa. En cierto sentido la violación de lo canónico, “la
complicación”, es el motor de la narración y el estímulo para la extensión y la
reelaboración de nuestros conceptos del Self (Bruner 1991ª). El segundo tema
del que más se habla son las acciones llevadas a cabo por las protagonistas
para la resolución del problema y finalmente la descripción de los resultados
que estas acciones han tenido, que sirve de cierre de la narración.
Una vez descrita la distribución general de las frecuencias pasamos a la
descripción de la distribución de las microestructuras en cada una de las
categorías de análisis, señalando también la diferente distribución en las fases
identificadas.
AGENCY:
En Agency+ se codifican las referencias al ejercicio de
acciones voluntarias
Agency
y
10,00
8,00
de
libre
elección puestos en
7,99
práctica
6,11
6,00
AG-
4,00
AG+
1,70
0,42
0,29
Durante
Después
0,00
Antes
para
alcanzar una meta.
4,94
%
2,00
actos
Indican
elección,
decisión y posición
de
control.
indicaciones
Son
de
acciones prácticas y
comportamientos de tipo operativo que involucran a la persona . Por otro lado
en Agency- encontramos las referencias a la agencialidad impedida, o sea a
aquellas ocasiones en las que a las narradoras se le impide hacer algo.
El primer dato que nos llama la atención a la hora de describir la
distribución de la referencias a la agencialidad es que, contrariamente a la
imagen común de la mujer víctima de violencia de género como persona que
padece pasivamente los malos tratos, es justamente en la fase anterior a la
201
ruptura cuando encontramos el mayor número de microestructuras que se
refieren a acciones intencionales. Podemos hipotetizar que la salida de la
situación de violencia se va construyendo cuando aún las mujeres están
inmersas en ella, a través de una acumulación de acciones que aún sin dar
resultados inmediatos, ponen las condiciones para que la mujer sea capaz de
salir de la violencia.
Por otro lado, el 6% de las microestructuras que se refieren al proceso
de toma de decisión y de salida efectiva de la relación se refieren a acciones,
mientras que en la fase posterior a la salida éstas constituyen casi el 5% del
total.
Con respecto al agencialidad impedida, vemos que fundamentalmente
las microestructuras se concentran en la fase anterior a la salida de la situación
de violencia, mientras prácticamente desaparecen en las fases sucesivas. Es
evidente que son parte de la descripción de la situación de violencia, en la que
los maltratadores ejercen el control e impiden a las mujeres desde salir con las
amigas, hasta elegir libremente su vestuario y que no hace más que mostrar la
situación de control ampliamente reconocida a la que el agresor intenta
someterla (Hirigoyen, 2006).
Veamos algún ejemplo de Agency+ en la fase anterior al planteamiento de la
separación:
Alicia: “Pues iba y le quitaba los cuchillos, se los escondía”.
María: “y yo, hago mi primer intento de separación cuando mi hija tiene nueve meses”,
“Yo al contrario yo yo peleaba, ¿me entiendes? Yo yo le plantaba cara yo le decía las
cosas muy claras, y cada vez, era, más tajante o violenta y yo, le devolvía el empujón,
¿vale? Yo me levantaba, Yo le respondía”.
Veamos ahora algunos extractos de Agency – en la fase anterior a la
separación:
María: “Jamás! me puse en biquini : y yo no podía”;
Carolina: “Tienes que guardar silencio cuando esté hablando el hombre, no
puedes ponerte la ropa que él no quiera, no puedes salir, pues que la mujer no
puede tener, amistad fuera aparte de él”.
Elena: “No me podía pintar el pelo, y tenía que bajar a que él diese el visto bueno
de que no llevaba un escote no llevaba nada provocativo: no… no iba
202
maquillada. El tema era que yo no pudiese llamar nunca la atención de… no
solamente físicamente, sino también por el… por el tema de relaciones
estábamos en un grupo y yo no podía intervenir demasiado. El protagonismo yo
no podía tener protagonismo.
Algunos extractos de Agency + durante, en esta fase encontramos
fundamentalmente referencias a las acciones concretas llevadas a cabo
para el abandono de la relación (planificación de la salida, irse de casa,
denunciar…). Estas acciones a las que aluden hacen referencia a lo que
en el capítulo 2 hemos denominado estrategias de desprendimiento y son
reconocidas como acciones que llevan al abandono definitivo de la
relación, momento crucial en el proceso de recuperación (Barnett, 2000;
2001; Kim y Gray, 2008; Lerner y Kennedy, 2000).
Rosa: “y le dije a mi hija: “L., recoge tu ropa”. Le dije “¡¡¡L., bolsa de basura y
ropa para adentro!!!” Llamé a mi hermana digo pídele la llave de la casa a la
prima, y aquella noche por la tarde, yo me fui con una caja de cereales y una
caja de leche, nada. Nos acostábamos vestidas con el bolso debajo de la cama,
las llaves y el móvil, debajo de la cabecera.
Lola: “Si, tomé yo la decisión Sí. Y yo pedí ayuda”;
Mónica: “Llamé a mi hija diciéndole que estaba en la cama y nos fuimos a la
comisaría y lo denunciamos”.
Finalmente proponemos un ejemplo de Agency + en la fase posterior:
Carolina: “Me fui, con mis hijos a los dos meses decidí de alquilarme un piso
decidí bueno “voy a montar una tienda de ropa” entonces yo en ese momento, a
los dos meses, cogí un local, monté… luego también, aparte de montar la tienda
yo al año la cerré. Un programa, lo hice el cualifica, lo hice. De ahí me saqué un
trabajo”.
COMMITMENT:
Los
Commitment
%
10,00
9,00
8,00
7,00
6,00
5,00
4,00
3,00
2,00
1,00
0,00
8,2
8,78
de
commitment hablan, en
su versión positiva, de
8,33
la
demora
satisfacción
5,0
2,33
indicadores
2,3
COM-
favor
COM+
demás,
de
la
del
de
la
propia
a
de
los
sacrificio
203
Antes
Durante
Después
personal para el cuidado de las personas que componen el núcleo familiar
(Commitment +). En su versión negativa hacen referencia a las acciones
llevadas a cabo para alcanzar una satisfacción personal, son acciones de
autocuidado (Commitment-). Como ya hemos comentado en anteriores
capítulos, uno de los aspectos fundamentales de la identidad de las mujeres es
que ésta se construye como seres para otros, donde el eje de sus deseos,
gustos o aspiraciones no es ella misma, sino que son, como diría Clara Coria
(2001) satélites del deseo ajeno. Se las educa para satisfacer y cuidar a los
demás y en este intento por encajar con el mandato de buena mujer aprenden
no sólo a satisfacer a los demás sino también a ignorar la propia voz interna, a
silenciarse. Las mujeres pierden su sentido del self en un proceso que Jack
(2001) denomina “silenciar el yo” (Silencing the Self) y que ha sido identificado
y trabajado en depresiones, especialmente en depresiones postparto
(Mauthner, 1998) donde este proceso de silenciar se hace más patente al
intentar las mujeres adaptarse a lo que socialmente se espera de ellas: ser
unas buenas madres sacrificadas y entregadas al cuidado.
Esta ética del cuidado a los demás (Gilligan, 1982) en la que son
socializadas requiere, como decimos, el que las mujeres se descuiden a si
mismas (Lagarde, 2000). Fruto de este proceso de socialización donde se les
enseña a ser seres para otros, es frecuente que se posterguen deseos y se
desdibuje la identidad al satisfacer a otros (Coria, 2001).
Además, como nos recuerda Marcela Lagarde (2000) en la identidad de
las mujeres se construye la marca de la incompletud y la necesidad de otros
para ser seres completos. Dicha identidad no suele basarse en la autonomía
sino en la fusión con otras personas. La autonomía es una construcción social
y construir autonomía en la pareja es algo complejo para las mujeres porque
“por definición de género, las mujeres estamos simbólica, social y
subjetivamente
confundidas
con
la
pareja”
(Lagarde,
2000,
p.
17).
Tradicionalmente se ha considerado que el mantenimiento de la armonía
familiar recae exclusivamente sobre las mujeres. Esto ha hecho que para que
la pareja funcione las mujeres hayan tenido que hacerse cargo de otras
personas en detrimento de la propia autonomía (Lagarde, 2000). En el caso de
las mujeres que han pasado por una relación con violencia de género en la
204
pareja muchos de estos aspectos se dan en su forma más perversa. De tanto
conceder se llega a lo que Coria (2001) denomina concesiones indignas: “la
persona que concede va desdibujándose hasta perderse a sí misma. Se vuelve
extranjera de sus formas propias y con ello va deshilachando su identidad”
(p.99). Por ello no es de extrañar que parte de la terapia psicológica con
mujeres que han salido o están saliendo de la violencia, consiste precisamente
en romper muchos de estos compromisos. En este sentido se les dice que
piensen en ellas. Se les intenta desculpabilizar por haberse puesto en
determinados momentos a ellas mismas en primer lugar, más bien se las anima
a ello y se las incita a romper este compromiso y entrega total de sí mimas
hacia los agresores o incluso a los hijos y las hijas haciéndoles poner el énfasis
en ellas mismas, en lo que les gusta y desean. Se considera así que el
compromiso y sacrificio desmedido hacia los demás, obstaculiza su
recuperación.
Volviendo a la distribución de las microestructuras en las diferentes
fases, vemos que esta tiene una estructura especular. De hecho vemos que en
la fase anterior encontramos un 8,3% de referencias a Commitment+, o sea al
cuidado de los demás, y un 2,3% de referencias a Commitment-; por otro lado
en la fase posterior a ruptura de la relación los porcentajes se invierten, siendo
un 8,3% las referencias al Commitment- y un 2,3% las referencias al
Commitment +. Basándonos en las distribuciones de este indicador, podemos
afirmar que, como se indica en la terapia para la recuperación personal de las
mujeres víctimas de violencia, un paso importante para la reconstrucción de la
identidad personal es la atención a las propias necesidades. Resulta por lo
tanto particularmente interesante esta distribución y el aumento significativo de
indicadores de autocuidado en la fase en la que se prepara la separación del
agresor, así como en la fase posterior.
Veamos ahora algunos ejemplos de Commitment + en la fase
anterior a la separación:
Elena: “Porque ha tenido una educación, porque ha tenido este problema cuando
era pequeño eh… yo siempre, siempre estás justificando”.
Elena: “Entonces yo en ese momento era, aguantar el tirón y esperar a que
mañana pudiese levantarse de otra manera”.
205
Elena: “Le pedía perdón, yo le pedía perdón a él”.
Elena: “Si… el tema era que… que, que aquí no pasara, no pasara nada que…
que todo fuese bien entonces… yo le pedía perdón si me había callado, pues le
pedía perdón por haberme callado y… y bueno, no pasa nada, siempre
intentaba, esto no… no es significativo no es importante, no… no ha pasado
nada, borrón y cuenta nueva y yo voy a olvidar lo que ha pasado y… y los
insultos y los gritos y pero yo ya ahí empecé yo a ser madre de él ¿no? y
entonces yo actúo de… de madre y digo bueno: “pues nada, no te preocupes
que aunque nada más que llevemos un año saliendo pero lo montamos todo y
nos casamos y tú ya puedes salir de tu casa. Y aquí está la Elena para… para
cuidarte y darte todo lo que tú necesites y tú verás como todo sale bien”. Lo que
es tú ir anulando tu vida decir mi vida es él y mi vida es su vida”.
Carolina: “Yo me lo tenía que comer. “Bueno es verdad, es verdad, es verdad, es
verdad lo disculpa, lo disculpa, lo disculpa y bueno lo perdonas”.
Carolina: “Porque yo además a mi madre siempre intentaba ponerle la mejor
cara pero yo por mi parte siempre he intentado, ocultárselo o suavizárselo lo más
posible. Entonces siempre pensaba que mi madre no sufriera”.
María: “Yo pensaba en aquella barriga, en que todo fuera bien en no estresarla
“ya tendré tiempo de arreglarlo después vamos a ver que todo esto salga bien ya
luego veré”. “Lo que pasa es que te engañas”.
María: “Lo primero son nuestros hijos la custodia de nuestros hijos la
alimentación de nuestros hijos, tú tú tú, te importan tus hijos tal cual sí se
justifica. “Bueno si me tiene que matar que me mate pero mi hija tiene que
comer”.
Como se puede ver en los extractos presentados, este sacrificio
personal en favor de las personas que componen la familia, marido, padres,
hijos e hijas está teñido de connotaciones culturales acerca de lo que debe ser
una buena mujer, madre y esposa. Profundizaremos en la importancia de los
valores culturales a la hora de analizar los extractos del próximo indicador,
Congruence.
Veamos ahora algunos ejemplos de Commitment –, que, como se ha
afirmado
anteriormente,
podemos considerar como
indicador de
una
recuperación de los espacios y tiempos personales, indispensables para la
reconstrucción de una identidad personal quebrantada por la experiencia de
violencia. Concretamente se presentan ahora los indicadores relativos a la fase
de toma de decisión:
206
Alicia: “ Me tengo que ir yo no puedo seguir así ya”.
María: “Cuando yo me separo la última paliza que me pega y entonces dije “no
puede ser”.
María: “Y entonces dije “no puede ser” es que yo tengo que hacer algo no puedo
permitírselo”.
María: “Digo ¡al carajo! es hora de salir corriendo”.
Veamos ahora algunos ejemplos de Commitment- en la fase posterior a
la separación:
Rosa: “Ahora, ahora (miro) por mí, por mí, y por mis hijas pero por mí sobre
todo”.
Patricia: “Ahora voy a intentar de disfrutarla (la vida). Voy a intentar de hacer
cosas que me gustan”.
Mónica: “Yo a mi madre simbólicamente la he matado, y a mis hermanos
también, he vuelta al senderismo, al teatro, al cine, mi música, tengo mi libertad
mi vida”.
CONGRUENCE
Congruence
%
14,00
12,00
10,00
8,00
6,00
4,00
2,00
0,00
Como se ha afirmado
anteriormente,
9,60
9,95
6,48
3,62
2,87
1,91
CON-
indicador
se
en
este
reúnen
las
microestructuras las que se
CON+
hace referencia a una visión
Exponencial
(CON-)
Exponencial
(CON+)
cultural tradicional de la mujer
y de su rol en la sociedad y
en la familia. Como por los
demás
encontramos
indicadores
una
versión
positiva de acuerdo con esta visión tradicional de la mujer (Congruence +), y
una versión negativa en la que se expresa el desacuerdo con esta y cierta
reivindicación de un modo diferente de pensarse como mujer. El primer dato a
comentar es relativo al aumento, a través de las distintas fases, de las
referencias a la propia disconformidad con este discurso. Se pasa de hecho
207
del 3,62% de la fase anterior al abandono de la relación, al 9,60% de la fase
durante y al 9,95 % posterior a la separación. En cierta medida se puede
afirmar que es el reflejo más ideológico del cambio que se ha observado con
respecto al Commitment. Es decir, encontramos aquí una justificación teórica
del cambio factual que las lleva a estar más atenta a sus propias necesidades.
Por otro lado, de manera especular las referencias a la consonancia con
un discurso tradicional sobre el rol de la mujer y el amor romántico, van
disminuyendo a medida que las mujeres se cuestionan y reflexionan sobre la
ideología patriarcal y la importancia que ésta ha tenido en sus vidas lo que
contribuye en la toma de decisión que las lleva a separarse del maltratador y a
volver a empezar una nueva vida. Este cuestionamiento y reflexión crítica es un
aspecto fundamental del empoderamiento de estas mujeres (Kasturirangan,
2008). Concretamente se puede observar que encontramos un 6,48% de
referencias a cierta consonancia con el discurso tradicional en la fase anterior a
la separación, que se reduce a un 2,87% en la fase durante y, finalmente, a un
1,91% en la fase posterior a la toma de decisión.
Veamos ahora algunos ejemplos de Congruence + en la fase anterior a
la separación:
Alicia: “Ese galón es el único que teníamos nosotros, la mujer, que el hombre
viniera a ti que se lo trabajara, que estuviera todo un día, una tarde y otra tarde
en la esquina esperándote. Eso es un galón para la mujer”.
Carolina: “Eso es ya: bueno pues a mí… yo me ha tocado esto: voy a ser madre.
Esto es lo que tú crees que es lo normal: tener una vida, ser madre, trabajo”.
Elena: “También se une ahí que tú crees que tienes unos sentimientos de amor
y, y, y que crees, en ese momento que lo quieres, porque tsss “que lástima pues
será verdad que él viene borracho porque cuando él no está borracho pues tiene
sus momentos buenos porque...”, y crees que es lo normal”.
De estos ejemplos podemos ver que se intenta justificar a través de la
reflexión las razones que las han llevado a conducirse de una determinada
manera (es que tú crees que tienes unos sentimientos de amor…).
Veamos ahora algunos ejemplos de Congruence – en la fase anterior a
la toma de decisiones:
208
Carolina: “Es que somos nosotras sus cómplices, que nosotras los tapamos es
una manera de, tenerte jodida y controlada, me entiendes pero ahí es culpa
nuestra de ese instinto maternal que tenemos estúpido, me entiendes”.
Elena: “Para ser considerada por la sociedad, como una buena madre... Una
buena madre, pues es la que “no hace falta que compartamos las cosas de la
casa, yo lo hago todo”. Pero se es ser, una madre entregada y sacrificada por
por sus hijos y por su marido que el punto, excelente ¿no? pero después en la
lápida te van a poner buena madre, buena esposa, eh ¡descanse en paz!”
Elena: Pues, yo he sido muy rebelde siempre, yo… siempre he querido ir en
contra de todo lo establecido, por convencionalismos sociales, y… y todas esas
historias Pero… yo siempre decía que yo no me iba a casar, que yo eso : y yo
decía: ¿Y a usted quien le ha dicho que yo me voy a casar? Y mucho menos
para coserle a ningún hombre yo nada Y mucho menos para hacerle de yo de
comer nada. Y tú dices, “con los pensamientos tan claros que yo tenía”…
Se proponen ahora algunos ejemplos de Congruence – en la fase de
toma de decisiones:
María: “¿Le voy a arruinar yo la vida de qué?, se la estará arruinando él ¿no?”
Elena: “Me quitaron un poco de… de ese…romanticismo extremo, me hicieron
ser más realista ¿no?”
Patricia: “El amor no es una cosa que te destroza, el amor no es tormentoso, el
amor, eso no puede ser”.
Finalmente vamos a ver algunos extractos de Conguence - de la fase
posterior a la ruptura definitiva de la relación. Como se puede observar en esta
fase, que corresponde también al final de la narración, las reflexiones
trascienden la propia situación personal, haciéndose extensibles a todas las
mujeres que se encuentren en una situación parecida:
Carolina: Tú te puedes encontrar a ti misma, que tú puedes ser persona sin
nadie a tu lado, que eso no es normal lo que se está viviendo. Que la vida es
muy bonita y se puede vivir de otra forma”.
Elena: “Soy mucho más receptiva a las… a las situaciones de machismo, que
podría ser, que podría ser hace unos años, ¿no? Un tío consigue un… proyecto
o consigue que le publiquen algo, o consigue cualquier cosa el tío… valía. Una
tía, sube tres escalones, y rápido mmm… ¿con quién se ha enrollado?
Machistas, todo… pues no”.
Lola: “Mira hablamos mucho de coeducación pero si tú no eres la primera que te
coeducas, ¿cómo vas a educar a los demás?”
209
Lola: “Yo no le puedo decir a mi hijo, te quiero más que a mi vida. Porque no le
estoy queriendo nada si a mí misma no me quiero”.
EVALUACIÓN AJENA
3,50
En esta categoría se
3,18
recogen las microestructuras
3,00
2,50
1,86
2,00
%
0,50
que hacen referencia a las
evaluaciones
1,50
1,00
EVAL AJ-
0,75
0,87
0,52 0,43
0,00
EVAL AJ+
Exponencial
(EVAL AJ-)
personas
narradoras.
anteriores
que
hacen
Como
otras
sobre
las
en
los
indicadores,
tenemos una versión positiva,
en la que se recogen las
evaluaciones positivas que se
hacen sobre la narradora, y una versión negativa en la que se recogen las
evaluaciones negativas sobre ella. En primera instancia, como se ve en la
gráfica, las evaluaciones negativas superan las positivas en todas las fases,
siendo en la fase anterior a la separación el momento en el que se reportan un
mayor número de evaluaciones negativas (3,18%).
Por otro lado, las evaluaciones positivas se mantienen más o menos
constantes a lo largo de las tres fases.
Veamos ahora algunos ejemplos de evaluación negativa en la primera
fase de reconocimiento del maltrato:
Lola: “Es que a mí me decía que estaba loca que la que necesitaba el psicólogo
era yo”.
Mónica: “Ellos iban diciendo a mi familia que era una floja, una vaga, una vieja,
todo lo hacía mal, yo todo lo hacía mal”.
Mónica: “Yo fui un error, como ellos decían. Me llamaban la rarita entonces, yo
era la rara, por eso me llamaban la rarita”.
Patricia: “No vales para nada. Eres la única gorda de la familia”.
Rosa: “Tú, tu ganas una porquería”… Yo no servía para nada. Yo lo hacía todo
mal. Yo era una fulana”.
210
Rosa: “Ya, ya era mala. Ya era una estúpida, ya era una gilipollas”.
Vemos ahora algunos ejemplos extraídos de la narración de la fase de
toma de decisiones:
Elena: “Que a mí este hombre siempre me ha visto como desvalor”; “y esta
persona me ha hecho a mi creer durante todos estos años que eso eran, ehm…
eh… ¿cómo se dice?… defectos, defectos que yo tenía que pulir”
Mónica: “Eres tonta, subnormal” y se llevaba horas y horas insultándome”.
A través de estos extractos tenemos manera de asomarnos a algunas de
las formas que asume la violencia psicológica a la que están sometidas las
mujeres víctimas de violencia de género. Es importante tener en cuenta que
estas opiniones que el maltratador vierte sobre ellas constituye en muchos
casos, dada la situación de aislamiento en la que muchas de ellas se
encuentran, la única fuente de autoestima (Hirigoyen, 2006). Vemos además
que esta violencia no sólo es ejercida por el maltratador, sino que en ciertos
casos es la propia familia que ataca a la mujer en el caso que no responda a
los cánones normativos acerca de lo que debe ser una buena mujer madre,
esposa e hija.
Veamos ahora algunos ejemplos de evaluación positiva en la fase de
toma de decisiones:
Carolina: “Que eres una mujer guapísima, que vales un montón. Te vemos tan
que tú eres capaz”.
Patricia: “Tú sabes que, para mí no ha habido mujer como tú”.
Sólo cuatro de las entrevistadas tienen alguna referencia a evaluaciones
positivas posteriores a la ruptura con el agresor, y la fuente de dicha evaluación
suelen ser amigas o nuevas relaciones.
María: “eres cojonuda eres la leche guapísima buenísima, inteligentísima”
211
EVALUACIÓN PROPIA
En esta categoría se
codifican
las
microestructuras
que
se
refieren a juicios realizados
por la entrevistada.
Si
analizamos
distribución
de
empezando
por
la
valores
el
polo
positivo (Evaluación propia
+), es decir, juicios positivos
respecto a alguien o algo realizados por la entrevistada; observamos cómo en
la fase anterior a la toma de decisión de abandonar la relación y durante el
momento de la toma de decisión existen muy pocos juicios positivos (2,30% y
2,25% respectivamente), mientras que en la fase correspondiente a después
de la ruptura existe un aumento considerable de dichos juicios positivos
(5,44%).
Pero
estas
evaluaciones
positivas
no
sólo
se
distribuyen
mayoritariamente tras la toma de decisión, además hacen referencia a hechos
distintos. En la fase anterior a la toma de decisión podemos ver como ejemplos:
María: "(Y terminé creyéndole) y era buenísimo eh, pero bueno
buenísimo, (y todo cambió en tres meses)".
Elena: "(Hay también una variable que no es siempre maltratador, es de
tres días maltratador) y un día es el príncipe, maravilloso".
Lola: "Yo siempre he sido muy positiva".
Durante el proceso que las lleva a abandonar la relación encontramos
ejemplos del tipo:
Carolina: "(Ver que era capaz, de hacer cosas) y de que yo, y de que yo
sola me encontraba bien".
Elena: "A mí lo que ha sido la policía me ha tratado siempre eh… muy
bien".
212
Y finalmente después de la ruptura encontramos ejemplos como los
siguientes:
Alicia: "Ahora es la luz, hombre, del infierno a la gloria".
María: "Que yo valgo mucho, que yo valgo mucho".
Carolina: "La recompensa es muy, muy, muy buena y gratificante".
Elena: "Creo que la sensación más placentera que yo tengo es entrar en mi casa
y que no haya ningún hombre al que yo le tenga que rendir cuentas".
Mónica: "Que tengo dos hijos maravillosos, que tengo amigos maravillosos. (Con
mi familia no cuento para nada, la he apartado de mi vida) y que soy una buena
persona".
Sin embargo, la distribución del polo negativo (Evaluación propia -), es
decir, juicios negativos respecto a alguien o algo realizados por la entrevistada,
es inversa a la distribución del polo positivo. En este caso la fase en la que más
juicios negativos se emiten es en el momento anterior a la toma de decisión
(8,30%), disminuyendo progresivamente en las fases de toma de decisión
(6,63%) y después de la decisión (4,97%). Es de destacar que en la última fase
las
evaluaciones
positivas
son
más
frecuentes
que
las
negativas,
entendiéndose así una mayor satisfacción tras haber roto la relación con el
maltratador y comenzado una vida en solitario.
Encontramos además distintos temas en cada una de las fases respecto
a las evaluaciones negativas. En la fase anterior encontramos como ejemplos
de crítica:
Alicia: "Chiquilla, mi vida ha sido toda difícil, toda difícil".
María: "A los tres cuatro meses de embarazo ya te digo empezó mi infierno, fue
terrible (porque además yo me veía)".
Lola: "Aquello evolucionó a peor, a peor, a peor, mucho peor".
Patricia: "Yo era como una gran bolsa de basura".
Rosa: "Porque ya eran humillaciones y de violaciones".
Durante la toma de decisión las críticas pueden ejemplificarse de la
siguiente forma:
213
María: "(El psicólogo nos lo dio su abogada, la que le llevaba los malos tratos de
la ex, vale? que también sabe todo esto y realmente también le defiende ahora),
o sea es que me parece tan terrible esto".
María: "(En esa ocasión no perdí el conocimiento) pero sí noté una agresividad,
excesiva, él estaba, esa y la vez anterior fueron, una agresividad brutal!".
Carolina: "Me chantajeaba emocionalmente".
Lola: "Y vas diciendo “ufff por aquí, esto no funciona bien, por aquí esto no va
bien”.
Lola: "Y hay muchos momentos malísimos, hay momentos muy malos, hay
momentos en que, malos de verdad".
Mientras que en la fase posterior a la toma de decisión los juicios
negativos se mantienen. De ellos se desprende que la ruptura de la relación no
significa el fin de la violencia (Anderson y Saunders, 2003) y que el proceso de
recuperación se extiende tras la ruptura, periodo en el que comienza una nueva
etapa con nuevos frentes y asunción de nuevas responsabilidades en solitario
(Anderson, Saunders, Yoshihama, Bybee, and Sullivan, 2003). Van dirigidos
hacia los siguientes temas principalmente:
María: "Y creo que es un escollo muy muy grave, el que hay ahora mismo
judicialmente, jurídicamente, el tema de los hijos las visitas de los maltratadores
tal, esto está muy mal, muy mal".
Carolina: "Y ahora lo complicado es el tema del niño que lo maneja
psicológicamente".
Patricia: "Y ahora lo estoy pasando peor que incluso cuando estaba dentro".
214
QUALIA
En esta categoría
se
codifican
las
microestructuras que se
refieren
a
ánimo
y
estados
de
emociones
experimentadas
y
narradas por las personas
entrevistadas.
Tenemos
que
diferenciar entre el polo
positivo (Qualia +), que se
refiere obviamente a emociones de carácter positivo (enamorarse, gustar
algo,...) y el polo negativo (Qualia -), que se refiere a emociones de carácter
negativo (estar mal, tener sentimientos de rabia, no gustar algo,...).
En cuanto a la distribución de los porcentajes de emociones positivas
vemos que existe un descenso de las mismas desde la fase anterior a la
ruptura (0,94%) hacia la fase durante la que deja la relación (0,62%), para
volver a subir de manera muy considerable en la fase posterior (2,85%). Como
se puede ver las referencias a estados de ánimo y emociones positivas
prácticamente se triplica en la fase posterior a la toma de decisión frente a la
fase en la que se está viviendo la violencia. Como veremos la mayoría de
microestructuras hacen referencia a la satisfacción y felicidad por haber vuelto
a lograr el control sobre sus vidas y cierta serenidad.
Por su parte, los porcentajes de las emociones negativas se distribuyen
de la siguiente manera: se produce un aumento en la fase central durante la
que se toma la decisión (3,30%) respecto a la fase anterior (1,51%),
descendiendo en la última fase (2,24%). Es importante poner la atención sobre
el hecho de que el momento caracterizado por un mayor número de emociones
negativas es precisamente aquel en el que se fragua la ruptura. Es posible que
el gran aumento de la emocionalidad negativa a partir de la segunda fase se
deba a dos factores: por un lado a que es un momento difícil en el que se está
215
planificando y llevando a cabo el abandono de la relación con el riesgo, la
ansiedad y la angustia que ello conlleva. Además es un proceso que se
extiende en el tiempo (Anderson y Saunders, 2003) y en el que se toman
decisiones que, como decimos, incrementan el riesgo que estas mujeres
corren. El momento de la ruptura y los meses posteriores a la misma es
reconocido como un periodo en el que el riesgo aumenta, de manera que el
periodo posterior al abandono de la relación puede ser el periodo más intenso
psicológicamente y de mayor vulnerabilidad (Lerner y Kennedy, 2000). Pero
además, estas decisiones implican romper con la socialización de género que
hace de las mujeres “seres para otros” (Lagarde, 2000) de manera que se les
insta a primar la preservación de las relaciones sobre la realización personal y
el desobedecer este mandato genera malestar. Por otro lado, es a partir de la
ruptura de la relación cuando comienzan a aflorar emociones que quedaban
congeladas en la fase anterior. De hecho algunas de las entrevistadas relatan
que en el periodo en el que se vive en la situación de malos tratos, la
emocionalidad queda como anestesiada como mecanismo de defensa y
protección del self. Es cuando el peligro inmediato ha pasado que pueden
permitirse dejar aflorar los sentimientos negativos asociados a sus vivencias.
Es por lo tanto necesario que se preste especial atención a ese proceso de
toma de decisiones y se le ofrezca especial apoyo en los momentos posteriores
a la separación. Al mismo tiempo nos resulta llamativo que los sentimientos
negativos sean mayores en la fase posterior a la separación que en la fase en
la que se está viviendo la situación de maltrato. Nuevamente consideramos que
este dato se debe a la necesidad de callar lo emocional en la fase de violencia,
para poder tener la fuerza suficiente para salir de esta.
Es importante que nos detengamos en los temas relacionados con las
distintas emociones en las distintas fases. Así en la fase anterior a la decisión
las emociones positivas más frecuentes son:
Alicia: "Porque ya me enamoré de él".
Lola: "Me ha gustado investigar por todos los sitios".
Mientras que las emociones negativas más frecuentes son las que se
encuentran en los siguientes ejemplos:
María: "Es que tú no sabes el miedo que da cuando oyes los pasos, toc toc".
216
Elena: "Me daba un temor, un pánico, (un… que… a mí me paralizaba), o sea,
era el pánico que paraliza ¿no?".
Patricia: "(No podía ver a mi madre ni en pintura), la odiaba con mis cinco
sentidos".
En la fase durante la que se produce el proceso de abandono de la
relación, las emociones positivas suelen ser:
Elena: "Que me había enamorado y que de la persona que me había enamorado
era de mí".
Elena: "Y… entonces dices tú… es que, es que todavía me tengo que sentir más
dichosa".
María: "Hay que sentirse fuerte, entre comillas".
Mientras que las emociones negativas se pueden ejemplificar de la
siguiente manera:
María: "Yo me sentía muy culpable, y me daba mucha vergüenza".
María: "Y bueno tienes mucho miedo de él, mucho miedo de él, no solo de que
te venga a matar, sino de la mano donde le llega, ¿me entiendes?".
Lola: "Muy mal, muy mal, me angustiaba muchísimo".
Patricia: "Yo me siento desamparada, sola, desarraigada".
Por último, en la fase después del abandono de la relación existen
ejemplos de emociones positivas como:
Alicia: "Y vivo feliz, feliz, feliz, feliz".
Carolina: "Me siento estupendamente, estupendamente".
Elena: "A mí me gusta estar con mujeres, yo me siento muy querida y muy
mimada por las mujeres".
Elena: "A mí me sienta bien saber, que alguien me quiere, y sobretodo saber,
que yo estoy queriendo a alguien, y sentirme enamorada".
Lola: "Me quiero".
Rosa: "Cada día más contenta estoy de haber hecho esto".
Mientras que de las emociones negativas existen ejemplos como los
siguientes:
María: "Y vivo con el miedo a dejar de tener miedo".
217
Elena: "Me da mucho coraje por el mundo en el que me muevo, ¿no?, a nivel
profesional".
Elena: "Duele mucho".
REFLEXIVITY
Como reflexividad se codifican las microestructuras que hace referencia
a
aspectos
metacognitivos del self,
expresados a través de
verbos
y
expresiones
cognitivas,
metacognitivas
y
reflexivas a lo largo de la
narración.
Es
importante
hacer notar que en esta
categoría es donde se encuentran el mayor número de enunciados, debido
seguramente a la propia dinámica de la entrevista.
Si nos fijamos ahora en la distribución observamos que existe un
descenso amplio desde la fase anterior a ruptura
(43,25%) hacia la fase
durante la que se está produciendo la ruptura (38,69%), para volver a subir otra
vez en la fase posterior (45,21%). Posiblemente ese descenso tenga que ver
con que la fase durante la que se abandona la relación adquieren mayor
relevancia otros aspectos (la expresión de emociones negativas, la
contraposición con el discurso tradicional acerca del rol de la mujer en la
familia, la necesidad de prestar atención a las propias necesidades,
agencialidad), y, por lo tanto, hay menos espacio para la reflexión.
Veamos ahora algunos ejemplos en cada una de las fases. En la fase
Antes:
María: "Uhmm pues ehh, yo me acuerdo que yo pensaba es que yo no entiendo
a estas mujeres".
Alicia: "Porque un persona bebida tú no sabes lo que es capaz de hacer".
218
Carolina: "Yo siempre me he analizado esa etapa y siempre he pensado que yo,
en ese, en ese momento tenía poca personalidad".
Elena: "Y yo siempre me agarraba solamente a ese día o a ese momento en el
que yo era pues su reina, y me olvidaba que tenía el resto de los días pues de…
de burka occidental".
Lola: "Y entonces yo creo que también el que hubo un momento que perdí la fe
en, en Lola, yo perdí la fe en Lola, pero nunca perdí la fe en la mujer que tenía
dentro".
Veamos algunos ejemplos de reflexividad en la fase en que se está
produciendo el abandono:
Alicia: "Lo más fácil, un agujero, que siempre he soñado con tener un agujero de,
un una casa".
María: "Porque yo, fui, gracias a Dios realista y yo empecé a plantearme lo que
se me iba a venir encima cuando saliera corriendo de mi casa".
Carolina: "Yo me acuerdo de unos anuncios que salían y yo totalmente me veía
reflejada".
Elena: "Hasta que… hasta que eso, hasta que una mañana te levantas y tú dices
Dios mío si es que no soy yo".
Lola: "De que yo pensaba, no pensaba en el en el presente que estaba viviendo,
yo pensaba en el fututo".
Mónica: "Yo creí que ahí me mataba".
Patricia: "¿Cómo me podía haber equivocado yo otra vez?".
Y algunos ejemplos de reflexividad en la fase posterior a la ruptura como
pueden ser los que a continuación se exponen:
Alicia: "Yo, estoy aprendiendo cositas, cuatro cosillas, pero ya las sé yo de
memoria ya me las sé de memoria".
María: "Es más, te diría que, creo que las mujeres cada vez vamos a estar más
solas, conforme vayan solucionando...".
Carolina: "Yo por ahí tengo la ilusión de poder tener un trabajo estable".
Elena: "Porque estoy: es como si volviera a ¿Cómo si volvieras a nacer? Pero
con la experiencia, en la mochila".
Mónica: "Yo pensaba que la gente me iba a rechazar si la gente sabía que yo
había consentido una cosa así".
219
RESOURCES
En esta categoría se codifican las microestructuras que hacen referencia
a las fuerzas, privilegios, poderes, bienes y medios internos o externos que la
gente tiene a su disposición mientras ejerce obligaciones y acciones voluntarias
(Resources +) o a la falta
de dichos recursos para
enfrentarse a múltiples
situaciones (Resources ).
Observando
distribución
la
porcentual
vemos, respecto a los
recursos positivos, que la
referencia
aumentan
a
en
éstos
la
fase
durante la que se toma la
decisión de abandonar la relación (1,60%) respecto a la situación anterior
(0,91%), y que se mantienen aproximadamente al mismo nivel en la fase
posterior a la separación (1,62%). Otra distribución se observa en las
referencias a la falta de recursos, en el momento en el que más se echan en
falta es cuando se está produciendo el abandono de la relación (2,84%),
seguido de la fase anterior (2,25%) y la fase posterior a la ruptura (1,77%).
Nuevamente hay que resaltar que el momento en el que más recursos se
necesitan y más se echan en falta, es él de la fase de ruptura, pudiendo ser
esta falta de recursos uno de los motivos que retrasa dicho proceso.
En los siguientes ejemplos podemos hacernos una idea de los recursos
con los que cuentan estas mujeres en cada una de las fases y los que echan
en falta. Durante la fase anterior a romper la relación encontramos recursos
como:
María: "(Crees que como lo sabes), y como tienes cierta inteligencia, cierta
capacidad, (lo puedes evitar, puedes racionalizar el problema, imposible)".
Carolina: "Mira yo antes en mi relación de pareja, en lo que es la economía, he
tenido siempre una buena economía".
220
Elena: "he sido capaz de… de enfrentarme a situaciones muy problemáticas
¿sabes?".
Por su parte la falta de recursos en la fase anterior a la ruptura
queda ejemplificada de la siguiente manera:
Alicia: "Yo no tenía una lavadora, yo no he tenido un grifo, yo no he tenido nada".
María: "(Yo era consciente totalmente de lo que me iba a pasar) y era incapaz de
hacer algo".
Rosa: "Porque yo no tenía ni para comer".
En la fase en la que se produce el abandono de la relación encontramos
ejemplos de recursos como:
Alicia: "Mi fuerza, la fuerza que yo tengo".
Carolina: "De ver que era capaz, de hacer cosas".
Rosa: "Por lo menos yo tengo e el sueldo fijo todos los meses".
Y por contra, encontramos ejemplos de falta de recursos en el mismo
momento como:
Alicia: "Porque yo otro sitio no tengo, medios no tenía, (y dónde voy yo con mis
hijos, que eran pequeños)".
María: "Yo no tenía dinero".
Lola: "Yy en el 2002 pues no estaba, no estaba la ley esta de violencia de
género".
Patricia: "(Claro por su puesto fue lo que mi abrieron los ojos) pero aún así, yo no
fui capaz de separarme".
Cabe señalar en esta fase la importancia de la independencia
económica, siendo la falta de la misma una de las principales razones por las
que las mujeres no abandonan una relación con violencia en la pareja (Barnett,
2000). Las investigaciones realizadas al respecto, muestran que este es uno de
los factores que es capaz de predecir en mayor medida, en función de que se
tenga o no, la posible ruptura de la relación abusiva (Anderson y Saunders,
2003).
Por último, en la fase posterior a la ruptura encontramos ejemplos de
recursos como los siguientes:
Carolina: "Yo tenía un dinerito ahorrado, no mucho, pero un dinerito".
221
Carolina: "Yo soy capaz de montar una tienda, yo soy capaz de tomar
decisiones, yo soy capaz de llevar los problemas de mis hijos para delante sola".
Elena: "Las posibilidades que nosotros tenemos ahora las mujeres, en este
momento histórico, (no lo teníamos antes,) ahora sí hay ayuda institucional, hay
ayudas de ayuda psicológica, ayuda de mil cosas".
Y por su lado encontramos ejemplos de falta de recursos como los
siguientes:
Alicia: "No tengo dinero".
Carolina: "Yo no tengo ayudas, económicas de él de ninguna forma".
Patricia: "(La primera noche dormimos en colchones en el suelo), no tengo
cuchillos, no tengo platos, no tengo sábanas, no tengo toallas, no tengo nada.
Nada en absoluto".
Patricia: "Si yo no soy capaz ahora mismo ni de contar el dinero".
SOCIAL REFERENCE
Esta categoría en su polo positivo (Social Reference +) nos indica a
quién mira la entrevistada para buscar ayuda, legitimar o evaluar objetivos,
obligaciones y distribución de recursos. Pueden ser personas, grupos reales o
sociales construidos cognitivamente. Y en su polo negativo (Social Reference -)
nos indica una falta de red social de apoyo.
El
dato
más
llamativo respecto a la
distribución es el gran
repunte que se da en el
polo positivo cuando se
hace referencia a la
fase en la que se rompe
la
relación
quedando
anterior
(7,93%),
las
y
fases
posterior
bastante por debajo (5,00% y 5,55%). Por su parte, la falta de una red de
apoyo queda más o menos constante a lo largo de las fases produciéndose un
222
ligero descenso entre ellas (Antes: 1,23%; Durante: 0,98%; Después: 1,01%).
Una reflexión similar a la realizada en la categoría de recursos puede hacerse
aquí, es decir, en el momento en el que el apoyo social cobra un mayor
protagonismo en el relato, es durante el abandono de la relación.
Como ejemplo de la presencia de una red social de apoyo en la fase
anterior a la ruptura de la relación tenemos:
Alicia: "Mi madre peleando todos los días con él".
Lola: "Yo me tuve que valer de una amiga".
Mónica: "Conocí mucha gente a través de la red".
Rosa: "Mi hermana y mi, ay, mi cuñada, y mi hermana dicen: "esto es para
denunciarlo".
En la fase durante la que se abandona la relación encontramos ejemplos
de dicha red de apoyo como:
Alicia: "Pues una vez ya me sacó mi hija, pero la o.. la mayor".
Alicia: "El el apoyo que me ha dado mi hija, el apoyo de mi hija y de todas mis
niñas, de todos mis hijos, me han dado un apoyo grandísimo".
María: "Mi amiga Francis por ejemplo pues ella me contaba lo que a ella le había
pasado ¿no?".
Carolina: "Y, y a los dos días me atendió la trabajadora social del centro".
Elena: "Empecé a escuchar más… más situaciones de mujeres en la misma
situación, cómo habían reaccionado, cómo les había ido".
Patricia: "Con mucha ayuda de J. I. (el terapeuta). Muchísima, él me ha ayudado
muchísimo".
Y en la fase posterior podemos ver ejemplos de apoyo y referencia
social como:
María: "Hoy por hoy tengo una íntima amiga (que en su día no lo era) pero que
hoy por hoy lo es, que fue, víctima de malos tratos".
Carolina: "Que yo siempre el apoyo de mi familia lo he tenido, entonces mi
familia me ha ayudado en todo".
Lola: "Entonces mi psicóloga particular de allí del Instituto, fue la que me dijo, “sí,
fuera, se acabaron las terapias”.
Patricia: "Ella (mi hija) siempre, ella siempre ha sido mi guía".
223
Por otro lado, la falta de una red de apoyo social y el aislamiento al que
se somete a estas mujeres (Hirigoyen, 2006) se ve ejemplificada en la fase
anterior a la ruptura por:
Alicia: "(yo estaba en el campo, otra vez, en el campo), yy y allí con los niños
sola, sola, sola, como un perro".
Carolina: "Yo no tenía amigas".
Elena: "Te quitan de tus amigos, te quitan de la familia, te van dejando sola".
Lola: "Mi familia aunque me echó la espalda totalmente, mis hermanas, todo el
mundo a mí me echó la espalda".
En la fase en la que se abandona la relación vemos ejemplos de falta de
red de apoyo social como:
Alicia: "pues mi hermano, pues, ninguno quería que me quedara con la casa".
María: "Nadie, nadie, esto a pelo, esto a pelo y además con mucha gente
diciendo no lo denuncies, no lo denuncies".
Carolina: "Entonces yo dije la otra vez fallé en que yo me vi sola en un M. que no
conocía gente, con la melancolía y no tenía el apoyo de mi familia".
Y en la fase posterior a la ruptura, por su lado, encontramos ejemplos de
dicha falta de apoyo y referencia social como los siguientes:
Elena: "Yo no tengo no… aquí no tenia familia".
Mónica: "(Entonces cuando yo salí de esa situación) estaba completamente sola,
ni tenía a mi familia, ni tenía a mis hijos, a nadie".
Mónica: "Bueno es que mi madre me dijo que se alegraba de lo que me había
pasado".
6. CONCLUSIONES
Una de las primeras consideraciones que hay que hacer es que en este
estudio se ha querido analizar el fenómeno de la violencia y del proceso que
permite a las mujeres que la padecen salir de ella, desde la perspectiva de
ellas mismas; partiendo de su experiencia e incorporando sus voces.
Consideramos que un resultado importante de este estudio y de los que
224
componen esta monografía es el de permitir una pluralización, y una mayor
articulación de la descripción de este proceso. En este sentido, consideramos
que es importante “darle la palabra” a las protagonistas de estas historias de
superación para poder construir una teoría que parta de ellas mismas,
fundamentada en las vivencias y reflexiones de quiénes han vivido esta
experiencia.
Específicamente, en este análisis se ha querido estudiar el proceso de
re-construcción de la identidad personal de mujeres que han logrado salir de
una relación de pareja caracterizada por la violencia. Partiendo de una
concepción de la identidad como historia personal, se han analizado las
narraciones de las ocho mujeres entrevistadas, utilizando una versión
específicamente modificada de los indicadores del self teorizados por Bruner
(1997). Esta codificación nos ha permitido realizar una caracterización de las
tres fases en las que hemos dividido el proceso (fase de primeros momentos
de toma de conciencia de que algo no va bien, fase de toma de decisiones en
las que se va desarrollando el proceso que desemboca en la separación
definitiva del agresor y salida de la relación de la violencia, y fase posterior a la
salida de la situación violenta) que vamos a describir a continuación.
La fase de primeros momentos de toma de conciencia de que existe
un problema se caracteriza por una elevada consonancia con los discursos
culturales tradicionales acerca de cómo deber ser una mujer, y del amor
romántico (Congruence+). Esta se manifiesta a través de un elevado número
de referencias a la necesidad de aguantar la situación, de resistir en nombre
del amor, de la familia... en definitiva de fidelidad al proyecto vital en el que han
sido socializadas. Al mismo tiempo las mujeres entrevistadas se describen en
esta fase como totalmente dedicadas al cuidado de los demás (esposos, hijos e
hijas) y prácticamente insensibles a las propias necesidades (Commitment+-).
En cierto sentido se podría afirmar que, en esta fase, su discurso personal está
colonizado por la concepción más auténticamente patriarcal de los roles,
espacios, conductas, relaciones que les son asignados a las mujeres. Como
veremos más detalladamente más adelante, uno de los cambios que se
producen en las siguientes fases consiste precisamente en someter ese
225
discurso a critica y en la reivindicación del derecho a otra manera de pensar en
si mismas, en las relaciones y sus propios derechos como personas.
Por otro lado es siempre en la fase anterior a la decisión de separarse
donde encontramos el mayor número de referencias a juicios ajenos
negativos. Tenemos aquí la posibilidad de ver un reflejo de la violencia
psicológica a la que estas mujeres son sometidas y que es una de las
manifestaciones de la violencia cultural promovida por el sistema patriarcal
hacía las mujeres para mantenerlas en un estado de sumisión. Es relevante
apreciar aquí que no es solo el maltratador quien emite estos juicios negativos,
sino también su familia y, en ciertos casos, la familia de origen de la misma
mujer que ejercen su influencia para que esta no denuncie, ni se separe.
También algunos profesionales sin formación en violencia de género que
siguen responsabilizando a las mujeres del comportamiento abusivos de los
agresores.
Al mismo tiempo vemos que es en esta fase donde se concentra el
mayor número de referencia a evaluaciones negativas sobre la propia
situación realizadas por las mismas protagonistas, que una vez han salido
de la situación de malos tratos logran emitir sus juicios negativos tanto sobre la
relación como sobre sus ex-parejas.
Un dato que nos resulta extremadamente relevante es la elevada
referencia a la propia agencialidad, porque pone en discusión la imagen
estereotípica de la mujer víctima de violencia como una mujer pasiva,
totalmente bloqueada por la experiencia de malos tratos físicos y psicológicos
que está viviendo. Las mujeres entrevistadas relatan que es justamente en esta
fase anterior al proceso de toma de decisión de separarse del agresor cuando
ponen en marcha el mayor número de acciones intencionales, en un primer
momento orientadas a mejorar la relación con el agresor y seguidamente a
conseguir mantenerse con vida para poder sobreponerse a la situación de
violencia; al mismo tiempo vemos que algunas se enfrentan al agresor. En
definitiva, las mujeres van acumulando una serie de acciones en esta fase que
les permitirán ir elaborando y actuando la separación del agresor.
226
Otro dato que nos parece relevante es la elevada referencia a la falta de
recursos tanto materiales como personales de los que las entrevistadas
declaran disponer en este momento del proceso y que evidentemente les
dificulta en la toma de decisiones de salir de la relación. Concretamente aquí
las mujeres entrevistadas nos dicen que adolecen de dinero, de una vivienda
alternativa en la que poder vivir junto con sus hijos e hijas, a la falta de un
trabajo que les permita mantenerse autónomamente. Todos estos son
obstáculos materiales que a un nivel tanto práctico como simbólico dificultan el
empoderamiento de estas mujeres.
En la fase que corresponde al proceso de toma de decisión que
desemboca en la separación definitiva del agresor, asistimos al proceso en
virtud del cual las mujeres entrevistadas logran empezar a cuestionar la bondad
del modelo tradicional de relación, que como hemos dicho, en un primer
momento compartían. Consideramos que este cambio en el discurso es crucial
en el proceso de empoderamiento de estas mujeres.
Otro dato que nos parece relevante es que se disparan las referencias a
estados emocionales negativos que en la fase anterior emergían con mucha
menos fuerza. Concretamente es en esta fase del proceso donde se
manifiestan sentimientos de angustia, culpabilidad, vergüenza, ira por la
situación que se ha vivido. Nos parece particularmente destacable en tanto que
consideramos que hay que prestar especial atención a ese aspecto en los
programas de apoyo psicológico a estas mujeres.
Paralelamente se mantienen las referencias a la falta de recursos y a las
evaluaciones propias negativas, sin embargo destacan de modo significativo
las referencias a las personas que han podido ofrecer una ayuda a las
entrevistadas en este momento.
Finalmente, en la fase posterior a la separación del agresor, se va
consolidando la crítica y la resistencia al discurso social sobre el papel
tradicional de la mujer que había empezado en la fase anterior.
Por otro lado destacan las referencias a estados de ánimo y a
emociones positivas y evaluaciones positivas que eran prácticamente
227
ausentes en las dos fases anteriores, concretamente se habla de la felicidad
actual, de la serenidad que se ha vuelto a encontrar, de sentimientos de
aprecio y cariño hacía si mismas. Sin embargo siguen bastante elevadas las
referencias a sentimientos negativos, sobre todo el miedo a que el agresor
pueda volver a hacerles daño y a sentimientos de soledad y desamparo.
Es en esta fase de cierre de la narración donde encontramos el mayor
número de referencias reflexivas, que sirven para dar razón de toda la
experiencia vivida, para explicársela y explicarla a la entrevistadora.
El uso de los indicadores del self de Bruner nos ha permitido esbozar el
proceso de reconstrucción de la identidad de estas mujeres a lo largo de las
tres fases descritas. Aunque se trata de una situación diferente a la analizada
por Sala (2008), guarda semejanzas con ella. En ambos casos las mujeres
entrevistadas han tenido que reconstruir sus identidades personales luchando
contra patrones culturales opresores. Para ello han reflexionado de forma
crítica sobre su vida para romper con esos patrones y han puesto en marcha
acciones propositivas, haciendo uso de recursos personales y sociales (sus
propias fortalezas y capacidades, así como el apoyo de otras personas).
Por otra parte, en ambos casos hemos observado el proceso de
empoderamiento de las mujeres. Este proceso presenta también elementos
comunes:
-
Durante
la
primera
fase
(antes
del
reconocimiento
de
la
homosexualidad, en el caso de Sala, antes de la ruptura con el agresor,
en este estudio), las mujeres describen una situación en la que aparecen
de
manera
muy
marcada
los
discursos
sociales
dominantes
característicos del sistema patriarcal, faltan recursos personales y
sociales y predominan los sentimientos y las evaluaciones negativas. Hay
que hacer referencia, no obstante, a una cuestión en la que pueden
encontrarse diferencias entre los resultados de ambos estudios. Mientras
que las mujeres de Sala se refieren sobre todo a los impedimentos que
encuentran para la agencia personal, en el caso de nuestro estudio, junto
a esa agencia impedida (Agency-) hemos encontrado también una alta
proporción del indicador de Agency +. Como hemos señalado más arriba,
228
este dato contradice la visión de las mujeres víctimas de violencia de
género como pasivas y bloqueadas por la violencia que sufren. Nos
parece, por ello, que la cuestión de la agencia en las víctimas de violencia
debe ser objeto de un análisis más profundo.
- Durante la segunda fase (de reconocimiento y autodefinición, en el
estudio de Sala, de ruptura con el agresor, en este) encontramos como
elementos comunes la crítica a los modelos culturales impuestos, lo que
hemos considerado fundamental para el empoderamiento de las mujeres,
así como referencias al apoyo prestado por otras personas. Como
diferencias entre los resultados de ambos estudios podemos señalar la
mayor presencia de emociones negativas en las mujeres víctimas de
violencia de género. A diferencia de las participantes/de las mujeres
lesbianas del estudio de Sala, las de nuestro estudio todavía caracterizan
la fase de ruptura con un tono emocional negativo. No es nada
sorprendente la presencia de emociones de miedo, angustia, culpabilidad,
vergüenza e ira por la situación que se ha vivido. También hay una gran
presencia de evaluaciones propias negativas. Ello pone de manifiesto el
enorme coste personal asociado a la ruptura.
- Finalmente, en la tercera fase (posterior a la autodefinición, en Sala, y a
la ruptura, en este trabajo) encontramos como elemento muy importante
en ambos casos un cambio en el tono narrativo y emocional. Las
emociones y evaluaciones que predominan son ahora positivas. Se habla
de felicidad, de la serenidad recuperada y de aprecio y cariño hacía si
mismas. No obstante, las mujeres de nuestro estudio siguen haciendo
muchas referencias a sentimientos negativos, sobre todo el miedo a que
el agresor pueda volver a hacerles daño y a sentimientos de soledad y
desamparo. Podemos decir, que mientras que en el estudio de Sala
encontramos en esta fase una situación de integración dinámica de la
homosexualidad en la propia identidad y, en ese sentido, una identidad
reconstruida, en el nuestro observamos una identidad en proceso de
reconstrucción. En ambos casos, no obstante, es fundamental el proceso
de reflexión que se ha llevado a cabo y la ruptura con los discursos
culturales dominantes que legitiman la desigualdad y la violencia.
229
Desde una perspectiva teórica general, en este capítulo hemos aplicado
la propuesta teórica y metodológica de los indicadores del self de Bruner para
analizar el proceso de reconstrucción de la identidad personal que están
realizando las mujeres entrevistadas, más allá de la violencia. En este análisis
hemos visto como han reflexionado sobre sí mismas y su situación. Para ello,
han sometido a crítica valores y narraciones acerca de lo que debe ser una
persona según su género (esposa, madre…entendidos estos roles o posiciones
del self –a las que nos referiremos en el siguiente capítulo- en los términos de
la visión patriarcal dominante) y adoptar otras narrativas en las que se resalta
el valor de la autonomía personal. En este sentido, hemos visto en las
narraciones de las mujeres un aumento de las referencias al propio valor y
autonomía, a la asunción de metas personales y a la importancia de cuidarse a
sí mismas y un descenso de las referencias a renuncia y sacrificio personal en
aras del cumplimiento de obligaciones con otras personas (especialmente con
el agresor). En términos de McAdams (1993; 2001), junto al valor de la
comunión, de la relación con otras personas, que sigue estando en un primer
plano, las mujeres aumentan su capacidad de agencia autónoma y se hacen
más dueñas de sus vidas. En definitiva, se van empoderando.
Tedeschi
y
Calhoun
(2004)
proponen
el
término
“crecimiento
postraumático” para referirse a cambios psicológicos positivos como resultado
de su lucha con circunstancias que han supuesto un terrible desafío personal.
En estos casos, la historia de vida que configura la identidad personal, el
yo/self se ha tenido que reconstruir de una forma nueva para integrar la terrible
experiencia sufrida (Pals y McAdams, 2004). Para ello es necesario, según
estos autores, dar dos pasos fundamentales: analizar y reconocer el impacto
personal de la situación traumática (experimentando en toda su intensidad las
consecuencias emocionales de ella) y construir un final positivo de la historia
de vida, un final (o una continuación) que afirme cómo se ha transformado el yo
de forma positiva. Desde nuestro punto de vista, las mujeres de nuestro estudio
se encuentran en ese camino de reconstrucción de su historia de vida, de
trasformación positiva de sí mismas.
230
231
Capítulo 7. CONCLUSIONES
El objetivo principal de este trabajo es conocer y comprender la manera
en que mujeres que han sido víctimas de violencia de género experimentan
dicha violencia y pueden llegar a conseguir, con más o menos cicatrices, volver
a reconstruir sus vidas. Para ello hemos partido de una concepción dialógica de
la identidad, entendiendo que ésta se construye y desarrolla en las
interacciones sociales que además tienen lugar en un medio social,
caracterizado por discursos sociales que van ofreciendo pautas para dicha
construcción. En estas interacciones, especialmente en las que se producen
con el maltratador, la identidad de las mujeres es atacada, destruyendo los
pilares que configuran la identidad de las mismas, y dejándolas en una
situación de apatía, vulnerabilidad e indefensión de las que difícilmente podrán
salir sin ayuda.
Aún así, muchas mujeres que han sufrido violencia de género,
consiguen
rehacer
sus
vidas.
Es
precisamente
ese
proceso
de
empoderamiento el foco principal de los análisis que hemos ido describiendo a
lo largo de esta memoria. Consideramos de hecho necesario que se fragüe un
cambio en el enfoque y conceptualización de este fenómeno. Concretamente
creemos que puede ser más útil dejar de un lado la conceptualización de las
mujeres como déficit (lo que no hacen, por ejemplo, porque no se alejan de los
maltratadores antes de que su vida peligre) o aquellas concepciones previas
que consideran que puede haber unas características de personalidad que
pueden propiciar el instaurarse en una relación violenta, en lugar de considerar
que dichas características (baja autoestima, por ejemplo) pueden ser
consecuencia de la experiencia que han vivido más que características previas.
En otras palabras, hemos considerado oportuno centrar nuestra atención en lo
que las mujeres que han sobrevivido a la violencia de género han hecho,
cuáles recursos han utilizado, que sentimientos han experimentado, que ideas
o creencias han tenido que desechar para poder desprenderse de la culpa y
seguir con su vida más allá de la experiencia de violencia. Con ello
232
conseguimos varias cosas: por un lado hacemos visibles a estas mujeres que
consiguen sobrevivir y recuperarse. Por otro lado aprendemos de su
experiencia partiendo de la concepción de que las buenas prácticas no es algo
exclusivo de las/os profesionales que trabajan en la prevención y atención a
mujeres que han sufrido violencia de género, sino que ellas son auténticas
expertas y pueden ofrecernos conocimiento muy valioso para afrontar la
violencia constituyendo auténticos modelos de superación. En definitiva,
consideramos que es fundamental dar la palabra a estas mujeres, y hacer
teoría a partir de su experiencia, sin imponer “desde arriba” nuestra
interpretación del fenómeno.
Aún así las investigadoras y los investigadores que hemos participado
en esta investigación partimos de precisos supuestos teóricos, que se han
expuesto en el primer capítulo de esta memoria, acerca de las razones que
originan la violencia de género. Más específicamente consideramos que no se
puede entender este tipo específico de violencia, si no es inscribiéndolo dentro
de la ideología de género que está a la base del sistema de organización social
patriarcal. Esto es, no se puede entender el porqué de la instauración y del
mantenimiento de este tipo de relaciones, sin tomar en consideración la
ideología que a lo largo de la historia y de las culturas ha propiciado y
justificado la subordinación de la mujer al varón (Cobo 200; Millet 1995; Bosch,
Ferrer y Alzamora 2006). De la misma forma consideramos que no se puede
entender el proceso de recuperación de la violencia de género, ni facilitarlo sin
tomar en consideración el proceso de deconstrucción de los mandatos de
género necesario para el empoderamiento de las mujeres.
Partiendo de estos supuestos teóricos, como se ha afirmado
anteriormente, nos hemos acercado desde cuatro diferentes focos analíticos a
las narraciones autobiográficas de las ocho mujeres que han participado en
esta investigación.
En el segundo capítulo, relativo al método hemos ofrecido una breve
descripción de las mujeres que han participado en la investigación, al mismo
tiempo se han descrito los objetivos y el foco de interés principal a la hora de
entrevistarlas, ó sea, qué experiencias, recursos, o ideas consideraban que las
habían ayudado para superar la situación de abuso que habían vivido con su
233
pareja. Por otro lado nos interesó conocer qué acciones habían llevado a cabo
para afrontar la situación de maltrato y qué factores protectores o bloqueadores
habían contribuido o dificultado el proceso de afrontamiento y recuperación de
la experiencia de violencia.
Consideramos oportuno ahora recapitular los principales enfoques de los
análisis llevados a cabo y los principales resultados obtenidos.
En el tercer capítulo Tácticas de resistencia y acciones para la
recuperación en mujeres víctimas de violencia de género: de la adherencia al
desprendimiento se han querido analizar las acciones tácticas y estratégicas
que emprenden a lo largo del proceso de recuperación mujeres que han
superado una relación de maltrato por parte de la pareja.
Partimos de la consideración que, a pesar del enorme interés y el gran
número de investigaciones realizadas en torno a la violencia de género en la
pareja y el efecto negativo que tiene en las mujeres que pasan por esta
situación, no son tantos los trabajos centrados en el proceso de recuperación
de estas mujeres. También son insuficientes los dedicados a conocer las
estrategias que las mujeres utilizan y en los que se resalte una visión de estas
como agentes activas en el proceso de detener, prevenir o escapar de dicha
relación de pareja con violencia (Gondolf y Fisher, 1988; Lempert, 1996).
Algunos de los trabajos que han intentado estudiar cómo las mujeres
consiguen salir de esta situación han puesto el énfasis en la ruptura de la
relación, analizando los factores que la favorecen u obstaculizan (Barnett,
2000; 2001; Kim y Gray, 2008). En este análisis, asumimos, junto con
Anderson y Saunders (2003), que la ruptura de una relación de maltrato es un
proceso más que una decisión puntual, donde las continuas idas y venidas a la
relación forman parte de dicho proceso y, por ello, creemos que es necesario
extender el análisis más allá de la ruptura de la relación para poder conocer
cómo se produce el proceso de recuperación de estas mujeres, incluyendo el
periodo tras el abandono de la relación con el maltratador.
De Certau (1974/96) propone distinguir dos tipos de acciones prácticas
cotidianas en base al poder del agente: las estrategias y las tácticas. En este
trabajo hemos utilizado el término de táctica para aludir a aquellas acciones
234
que se realizan en un terreno que no es propio (el arte de hacer jugadas en el
terreno de otro que diría De Certau) y que están referidas a todo el periodo en
el que la víctima sigue bajo el control del agresor. Por otro lado hemos utilizado
el término de estrategias para aludir a aquellas acciones que la mujer lleva a
cabo cuando va consiguiendo un terreno propio y consiguiendo cierto control
sobre su vida. Este capítulo aporta evidencias de la diversidad de acciones que
las mujeres despliegan. Tácticas, en los primeros momentos de la relación
abusiva, y estratégicas, a medida que la mujer va escapando y distanciándose
del control ejercido por el maltratador. Se han identificado diferentes tipos de
acciones que van evolucionando a lo largo del proceso, desde tácticas de
adherencia y supervivencia en los inicios a estrategias de desprendimiento y
empoderamiento a medida que la mujer va recuperando el control de su vida.
Las tácticas de adherencia irían encaminadas a salvar la relación
mejorando la relación con el agresor y/o cambiar la conducta de este. Entre
ellas aparecen acciones de minimizar y negar el maltrato, justificar y/o
comprender su conducta, ocultarlo, y ayudar o intentar que el agresor cambie.
Los factores que más parecen condicionar estas acciones son los
bloqueadores sociales e individuales. Entre ellos las creencias y los mandatos
sociales, especialmente sobre la maternidad y la relación de pareja. Estas
creencias pueden contribuir a la aparición de sentimientos de culpa y
vergüenza.
Simultáneamente a otras acciones se han identificado tácticas de
resistencia orientadas a la supervivencia. Entre ellas: seguir el juego al agresor,
estar alertas y/o tener miedo, inventar historias u ocultar información,
esconderse de él, simular pasividad, anestesiarse emocionalmente y evitar
ciertos momentos y situaciones. Estas acciones aparecen estrechamente
relacionadas a factores protectores de carácter individual como la fuerza, el
miedo, la convicción interior, las ganas de vivir y la necesidad de proteger a los
hijos e hijas.
Las estrategias de desprendimiento identificadas en este estudio son
empleadas por las mujeres para desprenderse de ideas, sentimientos y
contextos que las unen al agresor a la vez que les permite ganar en poder y
autonomía. Entre ellas se observan: enfrentarse al agresor-plantarle cara,
235
reflexionar-cuestionar lo que les está pasando, solicitar ayuda, escuchar y tener
en cuenta otras perspectivas, dejar de creer al agresor, planificar la huida,
separarse o distanciarse del agresor e iniciar acciones legales. Tanto los
recursos protectores sociales e individuales como los factores bloqueadores
sociales van a jugar un importante papel en la puesta en práctica de esas
estrategias.
Finalmente, en los momentos de abandono y ruptura de la relación se
han identificado acciones de empoderamiento en las que las mujeres
desarrollan estrategias encaminadas a ser y vivir para ellas. Esto les va a
permitir incrementar su
autoestima
y bienestar psicológico.
Incluyen:
mantenerse activas, autoafirmarse por oposición al agresor, descubrir y llenar
el vacío, recomponer redes sociales y recuperar relaciones, escucharse a sí
mismas y quererse.
A pesar de lo difícil y complejo que puede resultar afrontar una
experiencia de maltrato dentro de la relación de pareja, muchas mujeres
consiguen salir de esta situación y vuelven a recuperar el control de sus vidas.
Conocer las acciones que estas mujeres activamente emprenden, los
obstáculos encontrados y los recursos que han utilizado, no solo las visibiliza
sino que puede repercutir de forma positiva ayudando a otras mujeres que se
enfrenten a situaciones similares.
El cuarto capítulo “El laberinto del espejo: metáforas emocionales en la
recuperación de mujeres víctimas de violencia de género”,
supone una
profundización y focalización en la dimensión afectiva del proceso de
recuperación de mujeres víctimas de violencia de género con el fin de conocer
los recursos que movilizan en este plano para recuperar el control de sus vidas
así como desvelar el papel que las emociones juegan en este proceso. En
concreto, nos hemos planteado conocer y comprender el papel de las
emociones en el proceso de recuperación de mujeres que han sido víctimas de
violencia de género, estudiando las metáforas discursivas que utilizan para
afrontar y regular sus emociones y en la reconstrucción de sus vidas.
Para ello, nos hemos basado, por un lado, en contribuciones del
postestructuralismo acerca del papel del lenguaje en la constitución de la
experiencia afectiva (Abu-Lughod & Luzt, 1990; Zembylas, 2005) y, por otro, en
236
investigaciones procedentes de la psicología cultural (Edwards, 1999; Fivush y
Nelson, 2004; Fivush, 2007; Hong, 2004; Turski, 1991; Rebollo, 2006) que
estudian el discurso emocional como indicador de la posición, actitud y relación
de la persona en los contextos sociales. En concreto, nos apoyamos en
investigaciones que estudian el discurso emocional a través del uso de
metáforas (Edwards, 1999; Gibbs, 1994), centrándonos de forma particular en
el análisis e interpretación de las metáforas emocionales que actúan como
bloqueadoras de la recuperación y las metáforas emocionales que promueven
el empoderamiento de las mujeres.
Este capítulo aporta evidencias sobre el cambio en el uso de metáforas
emocionales a lo largo del proceso de recuperación. Los resultados muestran
una gran variedad y riqueza de metáforas emocionales en la narración del
proceso de recuperación (el burka, la bolsa de basura, los escaparates, el
espejo, las alas, etc.). De este modo, se muestra cómo al inicio las metáforas
emocionales que usan las mujeres muestran un cuestionamiento de sí mismas
en base a los mandatos sociales de género (vinculadas a emociones como la
pena, la vergüenza y la culpa como emociones bloqueadoras), revelando así
una falta de agencia y un sentimiento de vulnerabilidad, fragilidad e impotencia,
mientras que hacia la salida de la relación se produce un cuestionamiento de
los mandatos sociales y una autoafirmación de sí mismas (vinculadas a
emociones como alivio, orgullo, la esperanza o la fortaleza), mostrando una
mayor autonomía y control sobre la propia vida a lo largo del proceso.
El discurso emocional y en concreto la metáfora emocional parece
mostrarse
una
herramienta
conceptual
de
gran
valor
para
detectar
precozmente ciertos discursos y prácticas sociales de riesgo aportando claves
para la intervención terapéutica con estas mujeres, así como para la
prevención y sensibilización temprana.
En el quinto capítulo “Posicionamientos y voces en la reconstrucción de
las identidades de mujeres que han sufrido violencia de género” hemos
analizado en profundidad las entrevistas de cuatro mujeres para examinar el
modo en que se han ido empoderando y cuáles han sido las estrategias y
herramientas (discursivas y/o narrativas) que han puesto en juego a lo largo de
las entrevistas y que han facilitado y hecho posible esa reconstrucción
237
identitaria. Para ello nos hemos centrado en las nociones de posicionamiento, y
voces, situándolas en la perspectiva de la construcción de identidades a través
de las narrativas de las mujeres entrevistadas.
La teoría del posicionamiento se refiere al modo en el que las personas
“toman” posiciones en relación con el discurso en el momento en el que
profieren enunciados en una situación comunicativa, en este caso la entrevista.
Como “posición” entendemos el lugar dentro de un espacio social que en
relación con otras personas reclamamos para nosotros/as (Davies y Harré
1990; Harré y Langenhove, 1999). Desde esta perspectiva, consideramos que
la teoría del posicionamiento constituye un aparato conceptual y metodológico
especialmente adecuado para estudiar la construcción y reconstrucción de
identidades en el marco de narrativas personales que se generan a lo largo de
una entrevista (auto) biográfica como las analizadas en nuestro estudio
(Korobov 2001; Bamberg, 2004). En pocas palabras, se trata de una forma de
análisis narrativo que incorpora elementos de la psicología social del discurso
(Davies y Harré 2001), el análisis de la conversación y el análisis crítico del
discurso (Korobov 2001).
En este capítulo hemos analizado el discurso proferido en cuatro
entrevistas autobiográficas para identificar tanto los auto-posicionamientos
como los hetero-posicionamientos. Este análisis de posicionamientos se ha
integrado con el de las voces a través de las cuales se articulan los distintos
posicionamientos. El concepto de voz se refiere a la “personalidad hablante”, la
“conciencia hablante” (Bajtín, 1986; Werstch, 1991). Para este autor, no existen
enunciados “libres” de voz. Cualquier enunciado se produce desde una
perspectiva, es algo dicho por alguien, desde una visión del mundo y de la vida
humana. Pero, al mismo tiempo, cualquier enunciado incorpora más de una
voz. Nuestro discurso está siempre poblado, de una manera dinámica y
compleja, por los discursos de otras personas. A veces para estar de acuerdo y
apoyar en ellos el nuestro. A veces para contestarlos, de modo que nuestra
palabra se convierte en “contrapalabra”. En este capítulo hemos empleado
ambas nociones, posicionamientos y voces, para dar cuenta del modo en que
las mujeres relatan el proceso por el cuál han ido reconstruyendo sus
identidades, desde posicionamientos (con frecuencia hechos por otras
238
personas, como el propio maltratador) que las sitúan como víctimas y las
desvalorizan, hasta otros (normalmente auto-posicionamientos) como mujeres
fuertes, capaces de ir sobreponiéndose a la violencia sufrida y de reconstruirse
a sí mismas. La noción de voces, por su parte, nos ha permitido profundizar en
el modo en que esos posicionamientos se articulan en la (re)construcción
identitaria de estas mujeres.
En las cuatro entrevistas analizadas se relata un conflicto, que hemos
llamado nuclear, entre posicionamientos de carácter negativo y otros que
podríamos llamar positivos. Los primeros suelen ser hetero-posicionamientos,
casi siempre realizados por la ex pareja y a veces por personas del entorno,
cuyas voces están presentes en el relato y sirven para articular dichos
posicionamientos. A ellos pueden ir asociados a veces auto-posicionamientos
como víctima o mujer asustada. Frente a estos y como reacción a ellos, surgen
los auto-posicionamientos de mujer fuerte, buena y honrada, capaz en su
trabajo, madre responsable e incluso, esposa que ha cumplido con su deber.
Estos posicionamientos parecen servir de base para la reconstrucción de las
identidades, más allá de la violencia. Están poblados por las voces de las
personas que les han ayudado. Y también aparecen las voces contestadas del
ex marido o la madre. La capacidad de resistir y responder a esas voces con
una contrapalabra parece fundamental para que estas mujeres que han sufrido
violencia se sobrepongan a ella y sean capaces de reconstruirse a sí mismas.
Por otra parte, hemos visto que los posicionamientos y las voces que los
articulan están cargados de emociones. Frustración, culpa o el sentimiento de
sufrir una gran injusticia van siendo sustituidas por la seguridad y una todavía
pequeña dosis de felicidad que surge una vez que han roto con el maltratador.
Por otra parte, en los relatos autobiográficos de las mujeres hemos
observado puntos de inflexión, (McAdams, 1999, 2002; McAdams & Olson,
2010), que marcan cambios en la trayectoria vital de las mujeres. En este caso
no sólo se refieren a momentos particulares, (normalmente asociados a una
violencia y sufrimiento). También hablan de un estado interno por el que las
mujeres se sienten más fuertes y de una situación externa de apoyo que les ha
permitido dar el paso.
239
En el sexto capítulo “Re-construcciones identitarias tras salir de la
violencia de género. Un análisis narrativo utilizando los indicadores del Self de
Bruner” se propone un análisis narrativo de los relatos de las mujeres
entrevistadas. Para ello nos hemos basado en una visión narrativa y dialógica
(Bruner 1997; Hermans y Kempen, 1993) de la identidad como composición de
distintas voces, que se encarnan en una narración autobiográfica. Al mismo
tiempo, desde esta perspectiva teórica, no se puede separar el concepto de
identidad del de narración en la medida en que, la misma identidad es una
construcción y reconstrucción narrativa del self para que éste encaje con las
necesidades de las situaciones en las que las personas se encuentran (Bruner
1995). El conceptualizar la identidad como una construcción narrativa nos lleva
a considerar las construcciones identitarias como historias de vida (McAdams,
1993, 1999, 2003) que se construyen en un contexto socio-histórico-cultural
concreto que ofrece las normas culturales y modelos a seguir para la
elaboración de la misma. Al mismo tiempo como criatura narrativa, la identidad
se nutre de los discursos culturales que circulan en una determinada sociedad
y que se configuran como una base a partir de la cual se va construyendo la
identidad personal.
Partiendo de estas consideraciones teóricas se ha querido analizar las
narraciones autobiográficas de las mujeres entrevistadas utilizando lo que
Bruner (1997) define “indicadores del self”. Según el autor estos indicadores
permiten poner de manifiesto el nivel de construcción del self narrado. Este
análisis que se ha llevado a cabo con una versión modificada de los
indicadores del self elaborada por Sala (2008), permite detectar elementos de
agencialidad, compromiso, recursos, apoyo social, reflexión, evaluación,
estados emocionales y sentimientos entre otros.
El objetivo principal de este análisis ha sido el de estudiar las diferentes
formas de organización narrativa y la evolución de la distribución de los
distintos indicadores en las diferentes fases de las experiencias vividas por
mujeres que han conseguido salir de una relación caracterizada por violencia
de género. Concretamente se ha asignado el texto a una primera fase en la
que se vive la situación de violencia, a una segunda fase que corresponde al
240
proceso que termina con el abandono de la relación y a una tercera fase
posterior al abandono definitivo de la relación.
El análisis llevado a cabo a través de una estadística descriptiva ha
permitido evidenciar cambios notables entre las narraciones de las distintas
fases. Concretamente la fase anterior al abandono de la relación se caracteriza
por una elevada consonancia con los discursos culturales tradicionales acerca
del rol de las mujeres y del amor romántico. Esta consonancia con el discurso
tradicional se vehicula no solo a través de las reflexiones sobre las
motivaciones que las llevaban a conducirse de una determinada manera, sino
también en una entrega activa del propio tiempo, recursos, cuidados a las
necesidades de los demás, que las deja a ellas prácticamente insensibles a sus
propias necesidades. Otro dato llamativo relativo a la primera fase es la
elevada referencia a la agencialidad: las mujeres entrevistadas relatan que es
en esta fase cuando ponen en marcha el mayor número de actos intencionales,
en un primer momento destinados a mantener y mejorar la relación con el
agresor y seguidamente a limitar y prevenir los posibles daños derivados de
estar inmersas en una situación de violencia tanto física como psicológica.
Finalmente en la fase anterior al abandono de la relación se encuentran
numerosas referencias a la falta de recursos concretos y morales que les
dificulta el abandono de la relación.
Por otro lado, durante la fase en la que se describe el proceso que las
lleva a abandonar la relación con el agresor, se empieza a poner en discusión
el modelo tradicional de mujer y se relatan un mayor número de acciones
dedicadas al auto cuidado. En este sentido se invierte la situación que se
describía en la parte de la narración relativa al momento anterior.
Consideramos que estos son cambios muy significativos y necesarios en el
proceso de reconstrucción de la identidad tras haber vivido una relación
caracterizada por violencia de género. Otro dato a destacar es que en este
momento se disparan las referencias a estados emocionales negativos como
angustia, sentimientos de culpabilidad, vergüenza e ira. Consideramos que, de
cara a la intervención, es importante saber que en el transcurso del proceso
que conduce al abandono de la relación con el agresor se asiste a este
aumento de la emotividad negativa.
241
Finalmente en la fase posterior al abandono de la relación se termina de
fraguar y consolidar una nueva concepción de la identidad, en tanto que mujer,
menos ligada a la idea del cuidado a los demás y más centrada en la propia
autonomía y en la atención a las necesidades personales. Paralelamente se
asiste a un aumento de las referencias a emociones positivas, a la felicidad y
serenidad que experimentan, así como a evaluaciones positivas sobre su
situación actual.
En conclusión, en este capítulo asistimos a la evolución en las
narraciones desde un primer momento en el que todavía las mujeres adolecen
de recursos discursivos y modelos alternativos a los tradicionales a los que
acogerse para desprenderse de la relación con el agresor, hasta un momento
final en que se consigue acceder y apropiarse de un modo diferente de ser y
pensarse en tanto que mujer. Es evidente que no es un proceso fácil ni indoloro
ya que son muchas las referencias a sensaciones de soledad, ansiedad y
desamparo, aún así las historias narradas por mujeres que han conseguido
sobreponerse a la experiencia de la violencia y re-construir su identidad
parecen indicar que uno de los nudos neurálgicos que hay que superar es el
relativo a la socialización e identidad de género tradicional.
REFLEXIÓN FINAL
Una vez se han presentado los distintos análisis realizados y las
principales conclusiones obtenidas, vamos a intentar realizar una reflexión que
aúne los resultados obtenidos.
Para estructurar esta reflexión vamos a referirnos a las distintas fases
del proceso de salida de la relación violenta y recuperación.
Vamos a empezar esta reflexión por describir la fase anterior al
abandono de la relación violenta, esto es, los primeros momentos en los que
ellas empiezan a notar que algo no va bien, aunque puede que todavía no
hayan tomado conciencia de que se encuentran en una relación de pareja con
violencia.
242
En primer lugar emerge de los análisis de las narraciones de las mujeres
entrevistadas, que estas tienen, en esos primeros momentos, elevados niveles
de consonancia con el mandato de género. En otras palabras el discurso y por
lo tanto los horizontes, las expectativas, las evaluaciones de sí mismas están
estructuradas en base a la ideología de género. De manera particularmente
fuerte se hace sentir la ideología del amor romántico que lleva a estas mujeres
a tener una gran fe en la “fuerza del amor que todo lo puede”. Este optimismo
romántico y el sentimiento de responsabilidad hacia el buen funcionamiento de
la pareja, claro efecto de la socialización de género ( Saenz,1995; Távora,2008;
Coria 2005), las lleva a poner en marcha las que se han definido como “tácticas
de adherencia”, toda una serie de acciones intencionales, y que por lo tanto
revelan
agencialidad, como justificar al agresor, comprender su conducta,
intentar cambiarlo y ocultar hasta a sus propios ojos la realidad de la relación
caracterizada por violencia. Es particularmente evidente en esta fase que la
ideología patriarcal ha “colonizado” (Sala 2008) el discurso de estas mujeres ya
que estas consideran su obligación (en tanto que mujeres, esposas y madres)
la entrega total de sí a favor de las personas que componen el núcleo familiar
(Coria, 2001). Esta entrega se sostiene sobre la idealización de la pareja, el
ideal del amor como sufrimiento y de la complementariedad en la pareja. El
discurso
en
esta
fase
es
caracterizado
por
metáforas
emocionales
bloqueadoras, en las que estas mujeres se cuestionan a sí mismas en vez de
cuestionar la pareja o el ideario que las lleva a quedarse en la situación de
violencia. Concretamente esto quiere decir que las mujeres intentan cambiar
ellas mismas para adaptarse, encajar y empatizar con el agresor. En las
narraciones además se hacen presentes otras voces, principalmente las de las
parejas agresoras que las culpabilizan de la situación y producen una fuerte
disminución de la autoestima. Esta situación propicia lo que Jacobson (1993)
define “dinamismo paradojal de los vínculos traumáticos” en los que la víctima
cuando no tiene recursos internos para rebelarse al victimario, trata de hacer
méritos para no ser agredida, anhelando los momentos de calma intermitente
en el ciclo de la violencia (Harlow 1971; Walker, 1980). Desafortunadamente
todos estos esfuerzos son baladíes, ya que no son las conductas en sí las que
desencadenan las reacciones del victimario, sino la interpretación subjetiva y
arbitraria de éste. Esta sensación de imprevisibilidad, de no conseguir
243
establecer un nexo entre causa y efecto deja a las mujeres sumidas en una
sensación de arbitrariedad e imprevisibilidad que merma su sensación de
eficacia y de control y por lo tanto su autoestima. En esta fase las mujeres se
describen como faltas de poder y de recursos que les facilitarían abandonar la
relación, además relatan un gran número de juicios negativos que desde el
exterior, esencialmente el agresor, pronuncian sobre ellas.
Aún estando en consonancia con el discurso acerca del rol de la mujer
en la conservación de la pareja, se empiezan a dar varios puntos de inflexión
originados y propiciados por factores de protección como el miedo, las ganas
de vivir, la necesidad de proteger a los hijos e hijas del agresor, que hacen que
se empiece a resquebrajar el sueño de poder cambiar la situación o que el
agresor cambie, y empieza a tomar vida la idea de abandonar la relación.
Relativamente a los hijos y a las hijas es importante señalar que éstos y éstas
parecen desencadenar una doble reacción. En un primer momento son una
razón para quedarse con la pareja agresora, en muchos casos por no producir
una disminución de su nivel de vida y sobre todo para que hijos e hijas crezcan
con el padre. Por otro lado, una vez se avance en la relación de malos tratos,
son un elemento que facilita (incluso de alguna manera parece forzar) la salida
de la relación en la medida en que las madres sienten la necesidad y la
obligación de defenderlos y defenderlas del agresor, y al mismo tiempo, de
procurarles un entorno de vida sereno en el caso de que sean menores.
Como decíamos, se van produciendo puntos de inflexión, de los que las
mujeres entrevistadas dan una descripción muy viva, una de ellas se refiere a
“chispitas que se encienden” y a “pellizquitos” que le hacen ver otra posible
realidad, y otra posible interpretación de los hechos. Concretamente algunas
relatan que empiezan a abandonar la idea de cambiar al agresor o de mejorar
la relación de pareja, y empiezan a barajar la idea de abandonar la relación.
Entramos así en la segunda fase, la que se termina con el abandono del
agresor. Quisiéramos aquí subrayar que no se trata de una decisión que se
toma de una vez por todas, sino de un proceso de idas y venidas, en el que
solemos encontrar primeros intentos de separación, seguidos de una vuelta a
la relación. Consideramos que es muy importante destacar que en estos
momentos se empieza a cuestionar seriamente el mandato de género, ya que
244
las mujeres van sintiendo con fuerza la necesidad de mirar por sí mismas y por
los hijos y las hijas, más allá del sacrificio de “sí” que ideológicamente se les
pide. Esto hace que vayan poniendo en marcha las que hemos definido como
tácticas de resistencia orientadas a la supervivencia, como estar alerta, seguirle
el juego al agresor, simular pasividad e ir planificando la salida de la relación.
En este momento, en las narraciones
adquiere especial relevancia la
importancia del apoyo social, de lo que hemos definido otras voces, no sólo de
personas concreta que las apoyan y las ayudan, sino también de las campañas
institucionales de sensibilización que les hacen ver que lo que están viviendo
no es normal ni tolerable. Estos atisbos de nueva conciencia, hacen que las
mujeres puedan empezar a poner en marcha las que hemos llamado
estrategias de desprendimiento. Concretamente se observa en este momento
un desprendimiento de las ideas y mandatos sociales que las atan a la relación,
las mujeres reflexionan y cuestionan lo que les está ocurriendo, empiezan a
pedir ayuda, a tener en cuenta otras perspectivas, a enfrentarse al agresor y a
dejar de creerle en las “lunas de miel”, en definitiva a distanciarse de él y a
planificar la huida.
No quisiéramos dar aquí la sensación de que el proceso de separación
sea algo lineal en donde la conciencia y la decisión de romper la relación va de
un menos a un más progresivamente. No queremos dejar de evidenciar que es
en este momento cuando relatan un mayor número de emociones negativas
que son claramente un factor bloqueante en el proceso de separación.
Concretamente empiezan a aparecer sentimientos de culpa por haber confiado
en el agresor, miedo a la soledad y al fracaso del proyecto vital (una vez más
sentimos la fuerza del mandato de género que las empujaría a preservar la
relación por encima de sus propias vidas (Lagarde, 2000), vergüenza frente a
lo que dirán los demás, una vez se enteren del tipo de relación en la que han
estado envueltas. Además relatan elevados niveles de ansiedad y pánico al
agresor ya que en este se toman decisiones que, como decimos, incrementan
el riesgo que estas mujeres corren. Por ello, las mujeres suelen realizar las
estrategias de desprendimiento acompañadas de tácticas de supervivencia,
donde muchas éstas últimas tienen que ver con la planificación y la decisión de
en qué momento poner en juego las estrategias de desprendimiento sin que su
245
vida corra peligro. Y es que el momento de la ruptura y los meses posteriores a
la misma es reconocido como un periodo en el que el riesgo aumenta, de
manera que el periodo posterior al abandono de la relación puede ser el
periodo más intenso psicológicamente y de mayor vulnerabilidad (Lerner y
Kennedy, 2000). Al mismo tiempo se dejan aflorar los sentimientos negativos
que en la anterior fase quedaban como anestesiados.
Muy ligada a la salida definitiva de la relación vamos entrando finalmente
en la tercera y última fase que se caracteriza especialmente por el uso de lo
que hemos denominado estrategias de empoderamiento. Las mujeres en estos
momentos se mantienen activas, se autoafirman por oposición al agresor,
empiezan a hacer todas las cosas que éste les impedía, y se “autoposicionan”
como mujeres fuertes que han conseguido sobrevivir a una situación en las que
han visto peligrar su integridad psicológica y física. En estos momentos relatan
todos los esfuerzos para descubrir y aceptar el vacío que les ha dejado la
relación, aunque al mismo tiempo describen los esfuerzos para escucharse a sí
mismas y generar pensamientos dirigidos a mantener la autoafirmación y la
autoestima. Sus narraciones se pueblan de metáforas emocionales positivas,
encaminadas a ganar poder de decisión y autonomía, encaminadas en
definitiva a fortalecer su nuevo yo. Entre estas metáforas cabe destacar el
deseo de volar (“me empezaron a salir las alas, hija mía”) en una reivindicación
de la propia autonomía para decidir y actuar, hasta para equivocarse por sí
mismas, o el de mirarse al espejo y de quererse por como una es, más allá de
todas las voces que las “heteroposicionaban” en una posición de minoridad,
desamparo e incapacidad de valerse por sí mismas. Es importante señalar que
aunque en esta fase despunten las emociones positivas que estaban
prácticamente ausentes en las fases anteriores, las mujeres entrevistadas
siguen manifestando el miedo al agresor, junto con el dolor y la rabia por lo
vivido.
Concluyendo, quisiéramos destacar la diversidad y pluralidad de las
vivencias en el proceso de recuperación, como este se articula en distintas
formas de vivirlo y afrontarlo, dependiendo de los factores y características
personales de las personas que lo experimentan. Así mismo quisiéramos
subrayar la importancia que tiene el darles la palabra a las protagonistas para
246
construir el conocimiento de cómo se articula el proceso de superación de una
relación de maltrato desde abajo, fundamentado en las vivencias y reflexiones
de quienes lo han vivido.
Otro elemento que consideramos necesario destacar es la agencialidad
de estas mujeres, que lejos de ser víctimas pasivas de la violencia despliegan
toda una serie de acciones que contribuyen a que finalmente pongan fin a la
relación de malos tratos y a su recuperación.
Además, queremos subrayar la importancia de los recursos del entorno,
y muy especialmente el papel que tanto las redes informales de apoyo
(amistades, familiares, etc.) como la ayuda terapéutica puede jugar al propiciar
una relectura de lo vivido y un cuestionamiento de los mandatos de género
establecidos. Así mismo es necesario destacar la importancia de que estas
mujeres puedan contar con recursos económicos y por supuesto laborales que
contribuyen a su autonomía y empoderamiento (Alberdi, 2005).
En último lugar no queremos dejar de subrayar el papel terrible que los
mandatos de género propiciados por la ideología patriarcal juegan al favorecer
primeramente la instauración y mantenimiento de relaciones de pareja
desiguales en las que se ejerce violencia de género, y bloquear posteriormente
el proceso de recuperación de las mujeres que intentan salir de ella. Por eso
mismo consideramos extremadamente necesario redoblar los esfuerzos en
coeducación, y en campañas y políticas a favor de la igualdad entre sexos,
para propiciar esa revolución cultural que protegerá a las nuevas generaciones
de hombres y mujeres de la entrada en el laberinto patriarcal.
247
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