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nunca me abandones
NUNCA ME ABANDONES
Kazuo Ishiguro
Traducción de
Jesús Zulaika
Título original: Never Let Me Go
Para Lorna y Naomi
INGLATERRA,
FINALES DE LA DÉCADA DE 1990
PRIMERA PARTE
1
Mi nombre es Kathy H. Tengo treinta y un años, y
llevo más de once siendo cuidadora. Puede parecer mucho
tiempo, lo sé, pero lo cierto es que quieren que siga otros
ocho meses, hasta finales de año. Esto hará un total de
casi doce años exactos. Ahora sé que el hecho de haber
sido cuidadora durante tanto tiempo no significa
necesariamente que piensen que soy insuperable en mi
trabajo. Hay cuidadores realmente magníficos a quienes
se les ha dicho que lo dejen después de apenas dos o tres
años. Y puedo mencionar al menos a uno que siguió con
esta ocupación catorce años pese a ser un absoluto
incompetente. Así que no trato de alardear de nada. Pero
sé sin ningún género de dudas que están contentos con mi
trabajo, y, en general, también yo lo estoy. Mis donantes
siempre han tendido a portarse mucho mejor de lo que yo
esperaba. Sus tiempos de recuperación han sido
impresionantes, y a casi ninguno de ellos se le ha
clasificado de «agitado», ni siquiera antes de la cuarta
donación. De acuerdo, ahora tal vez esté alardeando un
poco. Pero significa mucho para mí ser capaz de hacer
bien mi trabajo, sobre todo en lo que se refiere a que mis
donantes sepan mantenerse «en calma». He desarrollado
una especie de instinto especial con los donantes. Sé
cuándo quedarme cerca para consolarlos y cuándo
dejarlos solos; cuándo escuchar todo lo que tengan que
decir y cuándo limitarme a encogerme de hombros y
decirles que se dejen de historias.
En cualquier caso, no tengo grandes reclamaciones
que hacer en mi nombre. Sé de cuidadores, actualmente
en activo, que son tan buenos como yo y a quienes no se
les reconoce ni la mitad de mérito que a mí. Entiendo
perfectamente que cualquiera de ellos pueda sentirse
resentido: por mi habitación amueblada, mi coche, y sobre
todo porque se me permite elegir a quién dedico mi
cuidado. Soy una ex alumna de Hailsham, lo que a veces
basta por sí mismo para conseguir el respaldo de la gente.
Kathy H., dicen, puede elegir, y siempre elige a los de su
clase: gente de Hailsham, o de algún otro centro
privilegiado. No es extraño que tenga un historial de tal
nivel. Lo he oído muchas veces, así que estoy segura de
que vosotros lo habréis oído muchas más, por lo que quizá
haya algo de verdad en ello. Pero no soy la primera
persona a quien se le permite elegir, y dudo que vaya a ser
la última. De cualquier forma, he cumplido mi parte en lo
referente al cuidado de donantes criados en cualquier tipo
de entorno. Cuando termine, no lo olvidéis, habré
dedicado muchos años a esto, pero sólo durante los seis
últimos me han permitido elegir.
Y ¿por qué no habían de hacerlo? Los cuidadores no
somos máquinas. Tratas de hacer todo lo que puedes por
cada donante, pero al final acabas exhausto. No posees ni
una paciencia ni una energía ilimitadas. Así que cuando
tienes la oportunidad de elegir, eliges lógicamente a los de
tu tipo. Es natural. No habría podido seguir tanto tiempo
en esto si en algún punto del camino hubiera dejado de
sentir lástima de mis donantes. Y, además, si jamás me
hubieran permitido elegir, ¿cómo habría podido volver a
tener cerca a Ruth y a Tommy después de todos estos
años?
Pero, por supuesto, cada día quedan menos donantes
que yo pueda recordar, y por lo tanto, en la práctica,
tampoco he podido elegir tanto. Como digo, el trabajo se
te hace más duro cuando no tienes ese vínculo profundo
con el donante, y aunque echaré de menos ser cuidadora,
también me vendrá de perlas acabar por fin con ello a
finales de año.
Ruth, por cierto, no fue sino la tercera o cuarta
donante que me fue dado elegir. Ella ya tenía un cuidador
asignado en aquel tiempo, y recuerdo que la cosa requirió
un poco de firmeza por mi parte. Pero al final me salí con
la mía y en el instante en que volví a verla, en el centro de
recuperación de Dover, todas nuestras diferencias, si bien
no se esfumaron, dejaron de parecer tan importantes como
todo lo demás: el que hubiéramos crecido juntas en
Hailsham, por ejemplo, o el que supiéramos y
recordáramos cosas que nadie más podía saber o recordar.
Y fue entonces, supongo, cuando empecé a procurar que
mis donantes fueran gente del pasado, y, siempre que
podía, gente de Hailsham.
A lo largo de los años ha habido veces en que he
tratado de dejar atrás Hailsham, diciéndome que no tenía
que mirar tanto hacia el pasado. Pero luego llegué a un
punto en el que dejé de resistirme. Y ello tuvo que ver con
un donante concreto que tuve en cierta ocasión, en mi
tercer año de cuidadora; y fue su reacción al mencionarle
yo que había estado en Hailsham. Él acababa de pasar por
su tercera donación y no había salido bien, y seguramente
sabía que no iba a superarlo. Apenas podía respirar, pero
miró hacia mí y dijo:
—Hailsham. Apuesto a que era un lugar hermoso.
A la mañana siguiente le estuve dando conversación
para apartarle de la cabeza su situación, y cuando le
pregunté dónde había crecido mencionó cierto centro de
Dorset; y en su cara, bajo las manchas, se dibujó una
mueca absolutamente distinta de las que le conocía. Y caí
en la cuenta de lo desesperadamente que deseaba no
recordar. Lo que quería, en cambio, era que le contara
cosas de Hailsham.
Así que durante los cinco o seis días siguientes le
conté la que quería saber, y él seguía allí echado, hecho
un ovillo, con una sonrisa amable en el semblante. Me
preguntaba sobre cosas importantes y sobre menudencias.
Sobre nuestros custodios, sobre cómo cada uno de
nosotros tenía su propio arcón con sus cosas, sobre el
fútbol, el rounders , el pequeño sendero que rodeaba la
casa principal, sus rincones y recovecos, el estanque de
los patos, la comida, la vista de los campos desde el Aula
de Arte en las mañanas de niebla. A veces me hacía
repetir las cosas una y otra vez; me pedía que le contara
cosas que le había contado ya el día anterior, como si
jamás se las hubiera dicho: «¿Teníais pabellón de
deportes?»; «¿Cuál era tu custodio preferido?». "Al
principio yo lo achacaba a los fármacos, pero luego me di
cuenta de que seguía teniendo la mente clara. Lo que
quería no era sólo oír cosas de Hailsham, sino recordar
Hailsham como si se hubiera tratado de su propia
infancia. Sabía que se hallaba a punto de «completar», y
eso era precisamente lo que pretendía: que yo le
describiera las cosas, de forma que pudiera asimilarlas en
profundidad, de forma que en las noches insomnes, con
los fármacos y el dolor y la extenuación, acaso llegara a
hacerse desvaída la línea entre mis recuerdos y los suyos.
Entonces fue cuando comprendí por vez primera —
cuando lo comprendí de verdad— cuan afortunados
fuimos Tommy y Ruth y yo y el resto de nuestros
compañeros.
Cuando hoy recorro en coche el país, aún sigo viendo
cosas que me recuerdan a Hailsham. Paso por la esquina
de un campo neblinoso, o veo parte de una gran casa en la
lejanía, al descender hacia un valle, o incluso cierta
disposición peculiar de álamos en determinada ladera, y
pienso: «¡Creo que ahora sí! ¡Lo he encontrado! ¡Esto sí
es Hailsham!». Entonces me doy cuenta de que es
imposible, y sigo conduciendo, y mis pensamientos se
desplazan hacia otra parte. Son sobre todo esos
pabellones. Los encuentro por todas partes, al fondo de
campos de deportes, pequeños edificios prefabricados
blancos con una hilera de ventanas anormalmente altas,
casi embutidas bajo el alero. Creo que los construyeron a
montones en las décadas de los cincuenta y sesenta,
probablemente fue por esas fechas cuando se levantó el
nuestro. Si paso junto a uno vuelvo la cabeza y me quedo
mirándolo todo el tiempo que puedo; un día voy a
estrellarme con el coche, pero sigo haciéndolo. No hace
mucho iba conduciendo por un terreno baldío de
Worcestershire y vi un pabellón de ésos junto a un campo
de críquet, y era tan parecido al nuestro de Hailsham que
giré en redondo y desanduve el camino para poder mirarlo
más detenidamente.
Nos encantaba nuestro pabellón de deportes, quizá
porque nos recordaba a esas encantadoras casitas de
campo que aparecían siempre en los libros ilustrados de
nuestra infancia. Recuerdo cuando estábamos en los
primeros años de primaria y les rogábamos a los custodios
que nos dieran la clase siguiente en el pabellón en lugar
de en el aula. Luego, en los últimos años de secundaria —
con doce años, a punto de cumplir trece—, el pabellón era
el lugar donde esconderte con tus mejores amigas cuando
querías perder de vista a los demás compañeros de
Hailsham.
El pabellón era lo bastante grande como para albergar
a dos grupos de alumnos sin que tuvieran que molestarse
unos a otros (en el verano, podía haber hasta un tercero en
la galería). Pero lo que tú y tus amigas preferíais era tener
el pabellón para vosotras solas, lo que daba lugar a
discusiones y disputas. Los custodios siempre nos decían
que teníamos que ser civilizados, pero en la práctica, si
querías poder disponer del pabellón durante un descanso o
período de asueto, en tu grupito de amigas tenías que
contar con unas cuantas personalidades fuertes. No es que
yo fuera una persona apocada, pero supongo que era
gracias a Ruth el que pudiéramos entrar en el pabellón tan
a menudo como lo hacíamos.
Normalmente nos poníamos alrededor de las sillas y
bancos —solíamos ser cinco, o seis si se nos unía Jenny
B.—, y nos pasábamos el rato cotilleando. Había un tipo
de conversación que sólo podíamos tener cuando nos
escondíamos en el pabellón; comentábamos, por ejemplo,
algo que nos preocupaba, o acabábamos estallando en
ruidosas carcajadas, o nos enzarzábamos en una pelea
furibunda. Y las más de las veces no era sino una vía para
liberar tensiones mientras pasabas un rato con tus mejores
amigas.
La tarde en la que ahora pienso estábamos de pie
sobre los taburetes y los bancos, apiñadas en torno a las
altas ventanas. Mirábamos el Campo de Deportes Norte,
donde una docena de chicos de nuestro año y del siguiente
de secundaria se habían reunido para jugar al fútbol.
Hacía un sol radiante, pero debía de haber llovido ese
mismo día porque recuerdo que el sol brillaba sobre la
superficie embarrada del césped.
Alguien dijo que no tendríamos que mirar tan
descaradamente, pero nadie se echó hacia atrás ni un
ápice. Y en un momento dado Ruth dijo:
—No sospecha nada. Miradle. No sospecha nada en
absoluto.
Al oírle decir esto, la miré en busca de alguna muestra
de desaprobación de lo que los chicos estaban a punto de
hacerle a Tommy. Pero al segundo siguiente Ruth soltó
una risita y dijo:
—¡El muy idiota!
Y entonces me di cuenta de que, para Ruth y las
demás, lo que los chicos fueran a hacer era algo que no
nos concernía sino muy remotamente; y de que el que lo
aprobáramos o no carecía de importancia. En aquel
momento estábamos con la vista casi pegada a las
ventanas no porque disfrutáramos con la perspectiva de
ver cómo volvían a humillar a Tommy, sino sencillamente
porque habíamos oído hablar de esta última conjura y
sentíamos una vaga curiosidad por saber el desenlace. En
aquella época no creo que lo que los chicos hacían entre
ellos despertara en nosotras mucho más que esto. Ruth y
las demás lo veían todo con ese desapego, y con toda
probabilidad también yo compartía esa indiferencia.
O quizá lo recuerdo mal. Quizá cuando vi a Tommy
corriendo por el campo, con expresión de indisimulado
deleite por haber sido aceptado de nuevo en el redil, y a
punto de jugar al juego en el que tanto destacaba, quizá,
digo, sentí una pequeña punzada dentro. Lo que recuerdo
es que vi que Tommy llevaba el polo azul claro que había
conseguido el mes anterior en los Saldos, y del que tan
ufano se sentía. Y recuerdo que pensé: «Qué estúpido,
jugar al fútbol con ese polo. Lo va a destrozar, y entonces
¿cómo va a sentirse?». Y dije en voz alta, sin dirigirme a
nadie en particular:
—Tommy lleva el polo. Su polo preferido.
No creo que nadie me oyera, porque todas se estaban
riendo con Laura —la gran payasa del grupo—, que
imitaba las caras que ponía Tommy al correr por el
campo, haciendo señas y llamando e interceptando el
balón sin descanso. Los otros chicos se movían todos por
el terreno con esa languidez deliberada propia del
precalentamiento, pero Tommy, en su excitación, parecía
ya emplearse a fondo. Dije, ahora en voz mucho más alta:
—Se va a sentir tan mal si se le estropea el polo...
Ruth me oyó esta vez, pero debió de pensar que lo
decía como una especie de broma, porque se rió sin
demasiadas ganas, y luego soltó alguna ocurrencia de su
cosecha.
Entonces los chicos dejaron de pelotear con el balón y
se quedaron de pie, formando un grupo compacto en
medio del campo embarrado, jadeando ligeramente, a la
espera de que se eligieran los equipos para empezar. Los
capitanes que salieron eran del año siguiente al nuestro,
aunque todo el mundo sabía que Tommy era mucho mejor
que cualquiera de ese curso. Echaron la moneda para la
primera selección, y el ganador miró a los jugadores.
—Miradle —dijo una compañera a mi espalda—. Está
completamente convencido de que lo van a elegir el
primero. ¡Miradle!
Había algo cómico en Tommy en ese momento, algo
que te hacía pensar, bueno, si va a ser un imbécil tan
grande, quizá se merezca lo que se le viene encima. Los
otros chicos hacían como que no prestaban atención al
proceso de selección, como si les tuviera sin cuidado en
qué orden les iban eligiendo. Algunos charlaban en voz
baja, otros volvían a atarse las zapatillas, otros
simplemente se miraban los pies mientras seguían allí
quietos, como empantanados en el barro. Pero Tommy
miraba con suma atención al capitán que elegía en ese
momento, como si hubiera cantado ya su nombre.
Laura siguió con su pantomima durante todo el
proceso de selección de los equipos, remedando las
diferentes expresiones que fueron dibujándose en la cara
de Tommy: de encendido entusiasmo al principio; de
preocupación y desconcierto cuando se habían elegido ya
cuatro jugadores y él no había sido ninguno de los
agraciados; de dolor y de pánico cuando empezó a
barruntar lo que estaba pasando realmente. Yo, entonces,
dejé de mirar a Laura, porque tenía la vista fija en
Tommy; sólo sabía lo que estaba haciendo porque las
otras seguían riéndose y jaleándola. Al final, cuando
Tommy se hubo quedado allí de pie absolutamente solo, y
los chicos empezaban ya con las risitas solapadas, oí que
Ruth decía:
—Ya llega. Atentas. Siete segundos. Siete, seis,
cinco...
No pudo terminar. Tommy rompió a gritar a voz en
cuello, como un trueno, mientras los chicos, que reían ya
a carcajadas, echaban a correr hacia el Campo de
Deportes Sur. Tommy dio unas cuantas zancadas detrás
de ellos (difícil saber si salía instintiva y airadamente en
su persecución o si le había entrado el pánico al ver que se
quedaba atrás). En cualquiera de los casos, pronto se
detuvo y se quedó allí quieto, mirando hacia ellos con aire
furibundo y con la cara congestionada. Y luego se puso a
chillar, a soltar todo un galimatías de insultos y
juramentos.
Habíamos presenciado ya montones de berrinches de
Tommy, así que nos bajamos de taburetes y bancos y nos
dispersamos por el recinto. Intentamos empezar una
conversación sobre algo diferente, pero seguíamos oyendo
los gritos de Tommy en segundo plano, y aunque al
principio nos limitamos a poner los ojos en blanco y a
tratar de pasarlo por alto, acabamos —quizá diez minutos
después de habernos bajado de los taburetes y los
bancos— por volver a las ventanas.
Los otros chicos se habían perdido ya de vista, y
Tommy ya no seguía tratando de dirigir sus improperios
en ninguna dirección concreta. Estaba rabioso, y lanzaba
brazos y piernas a su alrededor, al viento, hacia el cielo,
hacia el poste de la valla más cercano. Laura dijo que
quizá estuviera «ensayando a Shakespeare». Otra chica
comentó que cada vez que gritaba algo levantaba un pie
del suelo y lo estiraba hacia un lado, «como un perro
haciendo pipí». El caso es que yo también había notado
ese movimiento, pero lo que a mí me había impresionado
era el hecho de que cada vez que volvía a golpear el
césped con el pie, el barro le salpicaba ambas espinillas.
Y volví a pensar en su preciado polo, pero estábamos
demasiado lejos para poder ver si se lo estaba manchando
mucho o poco.
—Supongo que es un poco cruel —dijo Ruth— que
siempre le hagan ponerse como un loco. Pero la culpa es
suya. Si aprendiese a no perder los estribos, lo dejarían en
paz.
—Seguirían metiéndose con él —dijo Hannah—.
Graham K. tiene un genio parecido, y lo único que pasa es
que con él tienen más cuidado. Se meten con Tommy
porque es un vago.
Luego se pusieron todas a hablar al mismo tiempo; de
cómo Tommy nunca se había esforzado por ser creativo,
de cómo no había aportado nada al Intercambio de
Primavera. Creo que lo cierto es que, a estas alturas, lo
que cada una de nosotras queríamos era que viniera un
custodio y se lo llevara del campo de deportes. Y aunque
no habíamos tenido ni arte ni parte en este último plan
para fastidiar a Tommy, sí habíamos corrido a primera fila
para ver el espectáculo, y empezábamos a sentirnos
culpables. Pero no había ningún custodio a la vista, así
que nos pusimos a exponer razones por las cuales Tommy
merecía todo lo que le pasaba. Y cuando Ruth miró la
hora en su reloj y dijo que aunque aún teníamos tiempo
debíamos volver a la casa principal, nadie arguyó nada en
contra.
Cuando salimos del pabellón Tommy seguía
vociferando. La casa quedaba a nuestra izquierda, y como
Tommy estaba de pie en el campo de deportes, a cierta
distancia de nosotras, no teníamos por qué pasar a su lado.
De todas formas, miraba en dirección contraria y no
pareció darse cuenta de nuestra presencia. Pero mientras
mis compañeras echaron a andar por un costado del
campo de deportes, yo me dirigí despacio hacia Tommy.
Sabía que esto iba a extrañar a mis amigas, pero seguí
caminando hacia él (incluso cuando oí el susurro de Ruth
conminándome a que volviera).
Supongo que Tommy no estaba acostumbrado a que
lo importunaran cuando se dejaba llevar por uno de sus
arrebatos, porque su primera reacción cuando me vio
llegar fue quedarse mirándome fijamente durante un
instante, y luego seguir gritando. Era, en efecto, como si
hubiera estado interpretando a Shakespeare y yo hubiera
llegado en medio de su actuación. Y cuando le dije:
«Tommy, ese polo precioso... Te lo vas a dejar hecho una
pena», ni siquiera dio muestras de haberme oído.
Así que alargué una mano y se la puse sobre el brazo.
Mis amigas, más tarde, aseguraban que lo que me hizo fue
intencionado, pero yo estoy segura de que no fue así.
Seguía agitando los brazos a diestro y siniestro, y no tenía
por qué saber que yo iba a extender la mano. El caso es
que al lanzar el brazo hacia arriba sacudió mi mano hacia
un lado y me golpeó en plena cara. No me dolió, pero dejé
escapar un grito ahogado, lo mismo que casi todas mis
compañeras a mi espalda.
Entonces fue cuando Tommy pareció darse cuenta al
fin de mi presencia, y de la de mis amigas, y de sí mismo,
y del hecho de que estaba en el campo de deportes
comportándose de aquel modo, y se quedó mirándome
con expresión un tanto estúpida.
—Tommy —dije con dureza—. Tienes el polo lleno
de barro.
—¿Y qué? —farfulló él.
Y mientras lo hacía bajó la mirada hacia el pecho y
vio las manchas marrones, y cesaron por completo sus
aullidos. Entonces vi aquella expresión en su cara, y
comprendí que le sorprendía enormemente que yo supiera
lo mucho que apreciaba aquel polo.
—No tienes por qué preocuparte —dije, antes de que
el silencio pudiera hacérsele humillante—. Las manchas
se quitan. Y si no puedes quitártelas tú, se lo llevas a la
señorita Jody.
Siguió examinando su polo y al final dijo,
malhumorado:
—A ti esto no te incumbe, de todas formas.
Pareció lamentar de inmediato este último comentario
y me miró tímidamente, como a la espera de que le dijera
algo que lo consolara un poco. Pero yo ya estaba harta de
él, máxime cuando mis amigas seguían mirándonos (mis
amigas y seguramente algunos compañeros más, desde las
ventanas de la casa principal). Así que me di la vuelta con
un encogimiento de hombros y volví con mis amigas.
Ruth me rodeó los hombros con el brazo, y seguimos
alejándonos en dirección a la casa.
—Al menos has hecho que se calle la boca —dijo—.
¿Estás bien? Qué bruto...
2
Todo esto sucedió hace mucho tiempo, y por tanto
puede que algunas cosas no las recuerde bien; pero mi
memoria me dice que el que aquella tarde me acercara a
Tommy formaba parte de una etapa por la que estaba
pasando entonces —que algo tenía que ver con la
necesidad de plantearme retos de forma casi
compulsiva—, y que cuando Tommy me abordó unos días
después yo ya casi había olvidado el incidente.
No sé cómo son los centros donde se educa
normalmente la gente, pero en Hailsham casi todas las
semanas teníamos que pasar una especie de revisión
médica —normalmente en el Aula Dieciocho, arriba, en
lo más alto de la casa— con la severa Enfermera Trisha, o
Cara de Cuervo, como solíamos llamarla. Aquella soleada
mañana un buen grupo de nosotros subía por la escalera
central para la revisión con ella, y nos cruzamos con otro
gran grupo que bajaba justo después de pasarla. En la
escalera, por tanto, había un ruido del demonio, y yo subía
con la cabeza baja, pegada a los talones de la de delante,
cuando una voz gritó a unos pasos:
—¡Kath!
Tommy, que venía con la riada humana que bajaba, se
había parado en seco en un peldaño, con una gran sonrisa
que me irritó de inmediato. Unos años antes, si te
encontrabas de pronto con alguien a quien te alegraba ver,
quizá ponías esa cara. Pero entonces teníamos trece años,
y se trataba de un chico que se encontraba con una chica
en una circunstancia pública, a la vista de todos. Sentí
ganas de decir: «Tommy, ¿por qué no creces de una
vez?», pero me contuve, y lo que dije fue:
—Tommy, estás interrumpiendo a todo el mundo. Y
yo también.
Miró hacia arriba y, en efecto, vio cómo en el rellano
inmediatamente superior la gente se iba parando y
amontonando. Durante unos segundos pareció entrarle el
pánico, y rápidamente se deslizó hacia un lado y se pegó a
la pared, a mi lado, de forma que, mal o bien, permitía el
paso a los que bajaban, y dijo:
—Kath, te he estado buscando. Quería decirte que lo
siento. Que lo siento mucho, de veras. El otro día no
quería pegarte. Nunca se me ocurriría pegarle a una chica,
y aunque se me ocurriera, jamás te pegaría a ti. Lo siento
mucho, mucho.
—Vale. Fue un accidente, eso es todo.
Le dirigí un gesto de cabeza e hice ademán de seguir
subiendo. Pero Tommy dijo en tono alegre:
—Lo del polo ya lo he arreglado. Lo he lavado.
—Estupendo.
—No te dolió, ¿verdad? Me refiero al golpe.
—Por supuesto que me dolió. Fractura de cráneo.
Conmoción cerebral y demás. Hasta puede que Cara de
Cuervo me lo note. Eso si consigo llegar hasta ahí arriba...
—No, en serio, Kath. Sin rencores, ¿vale? No sabes
cómo lo siento. De verdad.
Al final le sonreí y dije sin ironía:
—Mira, Tommy: fue un accidente y ya lo he olvidado
del todo. Y no te la tengo guardada ni un poquito.
Seguía con expresión de no acabar de creérselo, pero
unos compañeros más mayores le estaban empujando y
diciéndole que se moviese. Me dirigió una rápida sonrisa
y me dio unas palmaditas en la espalda, como habría
hecho con un chico más pequeño, y se incorporó a la riada
descendente. Luego, cuando yo ya reemprendía el
ascenso, le oí que gritaba desde abajo:
—¡Hasta pronto, Kath!
La situación me había resultado un tanto embarazosa,
pero no dio lugar a ninguna broma ni chismorreo. Y he de
admitir que si no llega a ser por aquel encuentro en la
escalera, probablemente no me habría tomado tanto
interés por los problemas de Tommy las semanas
siguientes.
Vi algunos de los incidentes. Pero la mayoría de ellos
sólo los supe de oídas, y cuando me llegaba alguna nueva
al respecto interrogaba a la gente hasta conseguir una
versión más o menos fidedigna de los hechos. Hubo otras
rabietas sonadas, como la vez que, según contaban,
Tommy levantó un par de pupitres del Aula Catorce y
volcó todo su contenido en el suelo, mientras el resto de la
clase, que había huido al descansillo, levantaba una
barricada contra la puerta para impedir que saliera. Y la
vez en que el señor Christopher tuvo que sujetarle los
brazos con fuerza para que no pudiera atacar a Reggie D.
durante un entrenamiento de fútbol. Todo el mundo podía
ver, también, que cuando los chicos de nuestro curso
salían a sus carreras a campo abierto Tommy era el único
que nunca tenía compañero. Era un corredor excelente, y
siempre les sacaba a todos una ventaja de diez o quince
metros, quizá con la esperanza de que con ello disimulaba
el hecho de que nadie quisiera correr con él. Y los
rumores de las bromas que le gastaban sus compañeros
eran prácticamente diarios. Muchas de ellas eran las
típicas entre chicos —le metían cosas raras en la cama, un
gusano en los cereales—, pero algunas resultaban
innecesariamente repugnantes, como la vez en que
alguien limpió un inodoro con su cepillo de dientes, de
forma que Tommy lo encontró luego en el vaso con las
cerdas impregnadas de mierda. Yo pensaba que tarde o
temprano alguien diría que la cosa había llegado
demasiado lejos, pero lo que hizo fue seguir y seguir sin
que nadie dijera ni media palabra.
Una vez yo misma traté de hablar de ello en el
dormitorio, después de que apagaran las luces. En
secundaria éramos sólo seis en cada dormitorio: sólo el
grupito de amigas, que solíamos tener nuestras charlas
más íntimas echadas en la cama en la oscuridad, antes de
dormirnos. Allí hablábamos de cosas de las que ni se nos
habría ocurrido hablar en ningún otro sitio, ni siquiera en
el pabellón. Así que una noche saqué a colación a
Tommy. No dije mucho; me limité a resumir lo que le
había estado pasando últimamente, y dije que no me
parecía justo. Cuando terminé, flotaba en el aire oscuro
una especie de silencio extraño, y me di cuenta de que
todas aguardaban la respuesta de Ruth, que es lo que solía
ocurrir después de cualquier cuestión un poco incómoda
que hubiera podido salir en nuestra charla. Me quedé
esperando y desde el rincón que ocupaba Ruth me llegó
un suspiro, y al cabo la oí decir:
—Tienes razón, Kathy. No está bien. Pero si Tommy
quiere que dejen de hacerle esas cosas, tiene que cambiar
de actitud. No hizo nada para el Intercambio de
Primavera. Y ¿creéis que tendrá algo para el mes que
viene? Apuesto a que no.
Debo explicar un poco lo de los Intercambios que
hacíamos en Hailsham. Cuatro veces al año —en
primavera, verano, otoño e invierno— organizábamos una
gran Exposición y Venta de todas las cosas que habíamos
hecho en los tres meses anteriores. Pinturas, dibujos,
cerámica, todo tipo de «esculturas» del material que en
ese momento estuviera más de moda: latas machacadas,
tapones de botella pegados en cartón... Por cada cosa que
aportabas, recibías en pago cierto número de Vales de
Intercambio —los custodios decidían cuántos merecía
cada una de tus obras—, y luego, el día del Intercambio,
ibas con tus Vales y «comprabas» las cosas que te
apetecían. La norma era que sólo podías comprar piezas
hechas por los alumnos de tu propio curso, pero ello te
daba la oportunidad de elegir entre muchas cosas, ya que
la mayoría de nosotros podíamos ser bastante prolíficos
en ese período de tres meses.
Mirando ahora hacia atrás puedo entender por qué los
Intercambios llegaron a ser tan importantes para nosotros.
En primer lugar, era nuestro único medio, aparte de los
Saldos —los Saldos eran otra cosa, sobre la que volveré
más adelante—, de hacernos con una colección de
pertenencias personales. Si, por ejemplo, querías algo
para decorar las paredes que rodeaban tu cama, o se te
antojaba llevar algo en la cartera, de aula en aula, para
tenerla siempre encima del pupitre, lo podías conseguir en
un Intercambio. Ahora puedo entender también cómo
estos Intercambios nos afectaban de una manera más sutil;
si te pones a pensar en ello, el hecho de depender de los
demás para conseguir las cosas que pueden llegar a ser tus
tesoros personales, tiene que afectar por fuerza a lo que tú
haces para tus compañeros. Lo de Tommy era un ejemplo
típico de esto. Muchas veces, el nivel de consideración
que conseguías en Hailsham, de cuánto podías gustar y
ser respetado, tenía mucho que ver con lo bueno que eras
en tus «creaciones».
Ruth y yo recordábamos a menudo estas cosas hace
algunos años, cuando la estuve cuidando en el centro de
recuperación de Dover.
—Era una de las cosas que hacían tan especial a
Hailsham —dijo en cierta ocasión—. Lo mucho que se
fomentaba la valoración del trabajo de los demás.
—Es cierto —dije yo—. Pero a veces, cuando pienso
en los Intercambios, hay muchas cosas un tanto extrañas.
La poesía, por ejemplo. Recuerdo que se nos permitía
presentar poemas en lugar de dibujos o pinturas. Y lo
extraño del caso es que a todos nos parecía bien, que tenía
sentido para nosotros.
—¿Por qué no iba a tenerlo? La poesía es importante.
—Pero estamos hablando de escritos de gente de
nueve años, de versitos raros, con faltas de ortografía, en
cuadernos de ejercicios. Nos gastábamos los preciosos
Vales en un cuaderno lleno de esos versos en lugar de en
algo realmente bonito que decorase lo que veías desde la
cama. Si teníamos tantas ganas de leer los poemas de
alguien, ¿por qué no nos conformábamos con pedírselos
prestados para copiarlos en nuestro cuaderno cualquier
tarde? Pero ¿te acuerdas?, no era así. Se acercaba un
Intercambio y nos sentíamos divididas entre los poemas
de Susie K. y aquellas jirafas que solía hacer Jackie.
—Las jirafas de Jackie... —dijo Ruth con una
carcajada—. Eran tan bonitas. Yo tenía una.
La conversación tenía lugar en un hermoso anochecer
de verano, sentadas en el pequeño balcón de su cuarto de
recuperación. Fue unos meses después de su primera
donación y ya había pasado lo peor, y yo siempre
programaba mis visitas vespertinas para que pudiéramos
pasar media hora allí fuera, contemplando cómo se ponía
el sol sobre los tejados. Veíamos montones de antenas de
radio y televisión y de parabólicas, y a veces, en la
lejanía, una línea reluciente que era el mar. Yo llevaba
agua mineral y galletas, y nos sentábamos a hablar de
todo lo que nos venía a la cabeza. El centro en el que
estaba Ruth entonces es uno de mis preferidos, y no me
importaría en absoluto acabar en él yo también. Los
cuartos de recuperación son pequeños, pero confortables;
y están muy bien diseñados: todo en ellos —las paredes,
el suelo— está alicatado con brillantes azulejos blancos,
que el centro mantiene siempre tan limpios que la primera
vez qué entras en cualquiera de los cuartos es casi como si
entraras en una sala de espejos. Por supuesto, no es que te
veas montones de veces reflejada en las paredes, pero ésa
es casi la impresión que te produce. Cuando levantas un
brazo, o cuando alguien se sienta en la cama, percibes ese
movimiento desdibujado y vago alrededor de ti, en los
azulejos. La habitación de Ruth en aquel centro tenía
además unas grandes hojas correderas de cristal que le
permitían ver el exterior desde la cama. Incluso con la
cabeza apoyada sobre la almohada, veía un gran retazo de
cielo, y si el tiempo era cálido podía salir al balcón a
respirar aire fresco. Me encantaba visitar a Ruth en aquel
centro, me encantaban esas charlas llenas de digresiones
que manteníamos a lo largo del verano, hasta el otoño
temprano, sentadas en el balcón, hablando de Hailsham,
de las Cottages , de cualquier cosa que nos viniera a la
cabeza.
—Lo que estoy diciendo —continué— es que cuando
teníamos esa edad, cuando teníamos, pongamos, once
años, no estábamos realmente interesadas en los poemas
de los demás. Pero ¿te acuerdas de Christy? Christy tenía
una gran fama de poetisa, y todos la admirábamos por
ello. Ni siquiera tú, Ruth, te atrevías a intentar manejar a
Christy. Y todo porque pensábamos que era muy buena
como poeta, aunque no sabíamos nada de poesía. Era algo
que no nos importaba gran cosa. Qué extraño.
Pero Ruth no entendía lo que le decía (o puede que no
quisiera hablar de ello). Quizá estaba decidida a
recordarnos a todos mucho más refinados de lo que en
realidad éramos. O quizá intuía adonde nos llevaba lo que
le estaba diciendo, y no quería entrar en ese terreno. Fuera
como fuese, dejó escapar un largo suspiro y dijo:
—Todos creíamos que los poemas de Christy eran tan
buenos... Pero me pregunto qué nos parecerían ahora. Me
gustaría tener unos cuantos aquí delante, me encantaría
ver lo que pensábamos. —Luego rió y dijo—: Todavía
conservo unos cuantos poemas de Peter B. Pero eso fue
mucho después, en el último año de secundaria. Debían de
gustarme, porque si no no entiendo por qué iba a
«comprarlos». Son ridículamente tontos. Se tomaba tan en
serio a sí mismo. Pero Christy era buena, me acuerdo muy
bien. Es curioso, dejó de escribir poesía cuando empezó a
pintar. Y no era ni la mitad de buena con los pinceles.
Pero vuelvo a Tommy. Lo que Ruth dijo aquella
noche en el dormitorio, que era el propio Tommy el que
parecía estar pidiendo lo que siempre se le venía encima,
probablemente resumía lo que la mayoría de los alumnos
de Hailsham pensaba del asunto. Fue al decirlo Ruth
cuando me vino a la cabeza, allí acostada en la oscuridad,
que la idea de que Tommy no ponía deliberadamente nada
de su parte era la que venía circulando en Hailsham desde
que estábamos en primaria. Y caí en la cuenta, con una
especie de estremecimiento, de que Tommy llevaba
padeciendo aquello no sólo semanas sino años.
Tommy y yo hablamos de todo esto no hace
demasiado tiempo, y su relato de cómo habían empezado
sus problemas me confirmó que lo que estuve pensando
aquella noche era correcto. Según él, todo había
empezado una tarde en una de las clases de Arte de la
señorita Geraldine. Hasta ese día —me contó Tommy—
siempre había disfrutado pintando. Pero aquel día, en la
clase de la señorita Geraldine, Tommy había pintado la
acuarela de un elefante en medio de unas hierbas altas, y
esa pintura concreta fue la que lo desencadenó todo. Lo
había hecho, afirmaba, como una especie de broma. Le
hice muchas preguntas al respecto, y sospecho que lo
cierto es que fue algo parecido a muchas de las cosas que
hacemos a esa edad: no sabes muy bien por qué, pero las
haces. Las haces porque piensas que pueden hacer reír, o
por ver si se arma un buen revuelo. Y cuando luego te
piden que lo expliques, nada parece tener ni pies ni
cabeza. Todos hemos hecho cosas de ésas. Tommy no me
lo explicó así, pero estoy segura de que eso fue lo que
pasó.
El caso es que pintó aquel elefante, una figura muy
parecida a la que podría haber hecho alguien con tres años
menos. No le llevó más de veinte minutos, y levantó una
carcajada en la clase, es cierto, aunque no del tipo que él
habría esperado. Pero la cosa no habría pasado de ahí —y
en esto reside lo irónico del asunto— si la señorita
Geraldine no hubiera dado la clase aquel día.
La señorita Geraldine era la custodia preferida de
todos los de nuestra edad. Era amable, de voz suave, y
siempre te consolaba cuando lo necesitabas, aun cuando
hubieras hecho algo realmente malo o te hubiera
reprendido otro custodio. Y si era ella la que había tenido
que reprenderte, te dedicaba mucha más atención los días
siguientes, como si te debiese algo. Tommy tuvo la mala
suerte de que fuera la señorita Geraldine la que estuviera
dando la clase de Arte aquel día, y no, pongamos, el señor
Robert, o la misma señorita Emily (la custodia jefa, que
solía dar Arte montones de veces). De haber sido
cualquiera de ellos dos, Tommy habría recibido una
pequeña regañina, lo que le habría permitido exhibir su
sonrisita de suficiencia, y lo peor que la gente habría
pensado de todo ello es que no había sido más que una
broma no demasiado afortunada. E incluso habría habido
quien habría calificado a Tommy de gran payaso. Pero la
señorita Geraldine era la señorita Geraldine, y la cosa no
siguió esos derroteros. Lo que hizo, en cambio, fue mirar
aquel elefante con indulgencia y comprensión. Y,
suponiendo quizá que Tommy corría el riesgo de recibir
un varapalo de los demás, fue demasiado lejos en el
sentido contrario y encontró en su trabajo motivos de
elogio, y los expuso ante la clase: ahí empezó el
resentimiento.
—Cuando salimos de clase —recordaba Tommy— les
oí hablar. Fue la primera vez. Y no les importó nada que
les estuviera oyendo.
Yo supongo que desde mucho antes de que dibujara
aquel elefante, Tommy tenía la sensación de no estar a la
altura, de que particularmente sus pinturas eran propias de
alumnos mucho menores que él, y se cubría las espaldas
haciendo pinturas deliberadamente infantiles. Pero a raíz
de lo del elefante, todo quedó expuesto a la luz pública, y
todo el mundo abrió bien los ojos para ver lo que hacía a
continuación. Al parecer se esforzó mucho durante un
tiempo, pero tan pronto como empezaba él algo
empezaban también a su alrededor las risitas y las caras
desdeñosas. De hecho, cuanto más empeño ponía, más
risibles resultaban sus esfuerzos para sus compañeros. Así
que no hubo de pasar mucho tiempo para que Tommy
volviera a atrincherarse en su actitud pasada y a presentar
trabajos deliberadamente infantiles, trabajos que parecían
decir a gritos que no le podía importar menos. Y a partir
de entonces la cosa no hizo sino agravarse.
Durante un tiempo sólo tuvo que padecer este
sufrimiento en las clases de Arte —aunque éstas eran
harto frecuentes, porque en primaria dedicábamos muchas
horas a esta disciplina—, pero luego su tormento alcanzó
otra dimensión. Los chicos le dejaban fuera de los juegos,
se negaban a sentarse a su lado en la cena, fingían no oírle
si decía algo en el dormitorio, después de que se apagaran
las luces. Al principio la cosa no fue tan implacable.
Podían pasar meses sin que se produjera ningún incidente,
y él empezaba a pensar que todo había quedado atrás.
Entonces alguien hacía algo —él o alguno de sus
enemigos, como Arthur H.— y todo volvía a empezar.
No estoy muy segura de cuándo empezaron sus
grandes rabietas. Mi memoria me dice que Tommy
siempre tuvo el genio fuerte, incluso en preescolar. Pero
él me aseguró que no empezaron hasta que las burlas
llegaron a hacérsele insoportables. En cualquier caso,
fueron estos accesos de ira los que realmente sirvieron de
acicate para que aquéllas continuaran, e incluso se
intensificaran, y fue hacia la época de la que estoy
hablando —el verano del segundo año de secundaria,
cuando teníamos trece años— cuando el encarnizamiento
alcanzó su punto culminante.
Luego todo cesó. No de la noche a la mañana, pero sí
con bastante rapidez. Por aquellas fechas, como digo, yo
seguía con suma atención el desarrollo de las cosas, de
forma que vi las señales antes que la mayoría de mis
compañeros. Empezó con un período —puede que un
mes, puede que algo más— en el que las bromas fueron
bastante continuas y en el que, sin embargo, Tommy no
perdió los estribos. A veces lo veía a punto de estallar,
pero se las arreglaba para controlarse; otras, se encogía de
hombros en silencio, o actuaba como si no se hubiera
dado cuenta. Al principio estas reacciones causaron
decepción; puede que la gente sintiera incluso rencor,
como si Tommy les hubiera fallado o algo parecido.
Luego, gradualmente, la gente fue aburriéndose y las
bromas se hicieron menos entusiastas, hasta que un día caí
en la cuenta con sorpresa de que no le habían gastado
ninguna desde hacía más de una semana.
Esto no tendría por qué haber sido en sí mismo tan
significativo, pero percibí también otros cambios.
Pequeñas cosas. Como el hecho de que Alexander J. y
Peter N. caminaran con él por el patio en dirección a los
campos charlando con naturalidad; como el sutil pero
claramente perceptible cambio en la voz de la gente
cuando mencionaba su nombre. Un día, poco antes del
final del recreo de la tarde, unas cuantas de nosotras
estábamos sentadas en el césped, bastante cerca del
Campo de Deportes Sur, donde los chicos jugaban al
fútbol como de costumbre. Yo participaba en la
conversación, pero sin perder de vista a Tommy, que
estaba en el meollo de una importante jugada. En un
momento dado alguien le puso la zancadilla, y Tommy se
levantó y puso el balón en el césped para lanzar él mismo
el tiro libre. Mientras los contrarios se desplegaban por el
campo a la espera del lanzamiento, vi que Arthur H. —
uno de sus más crueles torturadores—, que se había
situado unos metros detrás de él, se ponía a imitar y
ridiculizar la forma en que Tommy esperaba de pie frente
al balón, en jarras. Miré detenidamente a los chicos, pero
ninguno de ellos secundó a Arthur en su mofa. No había
ninguna duda de que le veían, porque esperaban el disparo
de Tommy con los ojos fijos en él, y Arthur estaba justo a
su espalda. Pero nadie le prestó ninguna atención. Tommy
lanzó el balón a través del césped y el partido continuó, y
Arthur H. no volvió a intentar nada.
Me complacía el giro que estaban tomando los
acontecimientos, pero también sentía cierto desconcierto.
No había habido el menor cambio en el trabajo artístico
de Tommy —su reputación en el terreno de la
«creatividad» se hallaba al mismo nivel de siempre—. Me
daba cuenta de que había sido de gran ayuda el que
hubiera puesto fin a sus rabietas, pero el factor
determinante de que la situación hubiera cambiado era
algo más difícil de precisar. Algo en su propia persona —
sus maneras, su forma de mirar a la gente a la cara, de
hablar abiertamente y con afabilidad— había cambiado, y
había cambiado a su vez la actitud de los demás para con
él. Pero lo que había propiciado directamente tal cambio
no estaba en absoluto claro.
Me sentía desconcertada, y decidí que en cuanto
pudiera hablar con él a solas intentaría sonsacarle. La
ocasión se me presentó en el comedor no mucho después:
estábamos haciendo cola para el almuerzo y lo vi unos
puestos más adelante.
Supongo que puede parecer un poco extraño, pero en
Hailsham la cola para el almuerzo era uno de los sitios
más seguros para mantener una conversación privada.
Tenía algo que ver con la acústica del Gran Comedor; el
vocerío general y los altos techos propiciaban que, si
bajabas la voz y te acercabas al otro lo bastante —y te
asegurabas de que tus compañeros de al lado se hallaban
enfrascados en su propia charla—, existía una gran
probabilidad de que nadie pudiera oírte. En cualquier
caso, tampoco teníamos tantos sitios donde elegir para
este tipo de charlas personales. Los lugares «tranquilos»
eran a menudo los peores, porque siempre pasaba alguien
a una distancia desde la que podía entreoírte. Y en cuanto
tu actitud delataba que querías apartarte para una charla
privada, todo el entorno parecía percibirlo en cuestión de
segundos, y se poblaba de oídos.
Así que cuando vi a Tommy en la cola, apenas unos
puestos más adelante, le hice una seña con la mano (la
norma estipulaba que no podías colarte, pero sí retroceder
hasta donde te viniera en gana), y Tommy vino hacia mí
con una sonrisa de alegría en la cara. Cuando estuvimos
uno al lado del otro nos quedamos así unos instantes, sin
apenas hablar, no por timidez, sino porque esperábamos a
que pasase cualquier posible curiosidad por el repentino
cambio de sitio de Tommy. Y al final le dije:
—Pareces mucho más contento últimamente, Tommy.
Parece que las cosas te van mucho mejor.
—Te fijas en todo, ¿eh, Kath? —dijo, sin el menor
asomo de sarcasmo—. Sí, todo va bien. Todo me va
genial.
—¿Qué ha pasado, pues? ¿Has encontrado a Dios o
algo?
—¿Dios? —Tommy pareció confuso unos instantes.
Luego se echó a reír y dijo—: Ya, entiendo. Te refieres a
que ahora no... me pongo como una fiera.
—No sólo eso, Tommy. Has conseguido que cambie
por completo tu situación. He estado observando. Y por
eso te pregunto.
Tommy se encogió de hombros.
—Me he hecho un poco mayor, supongo. Y
seguramente los demás también. No puedes seguir con lo
mismo siempre. Es aburrido.
No dije nada, pero me quedé mirándole directamente,
hasta que soltó otra risita y dijo:
—Kath, eres tan curiosa. De acuerdo, sí, supongo que
hay algo. Que me pasó algo. Si quieres te lo cuento.
—Vale, adelante.
—Te lo voy a contar, pero tú no tienes que ir
contándolo por ahí, ¿de acuerdo? Hace un par de meses,
tuve una charla con la señorita Lucy. Y me sentí mucho
mejor. Es difícil de explicar. Pero me dijo algo, y me sentí
mucho mejor.
—¿Qué te dijo?
—Bueno... La verdad es que puede parecer raro. Hasta
me lo pareció a mí al principio. Lo que me dijo fue que si
no quería ser creativo, que si realmente no me apetecía
serlo, pues no pasaba nada. Que no era nada anormal ni
nada parecido.
—¿Eso es lo que te dijo?
Tommy asintió con la cabeza, pero yo ya me estaba
apartando de él.
—Eso es una tontería, Tommy. Si vas a andar con
jueguecitos estúpidos conmigo, déjame en paz, porque no
tengo tiempo que perder.
Estaba enfadada de verdad, porque pensaba que me
estaba mintiendo, y precisamente cuando le había dado
muestras de merecer su confianza. Vi a una amiga unos
puestos más adelante, y me separé de Tommy para ir a
saludarla. Vi que se había quedado desconcertado y
alicaído pero, después de los meses que llevaba
preocupándome por él, me sentía traicionada y me
importaba un bledo que se sintiera mal. Me puse a charlar
con mi amiga —creo que era Matilda— tan
animadamente como pude, y apenas miré hacia donde él
estaba en todo el tiempo que estuvimos en la cola.
Pero cuando llevaba mi plato hacia las mesas Tommy
se me acercó y me dijo apresuradamente:
—Kath, si crees que te estaba tomando el pelo, te
equivocas. Lo que te he dicho es la verdad. Te lo contaré
todo mejor si me das la oportunidad de hacerlo.
—No digas tonterías, Tommy.
—Kath, te lo contaré todo. Voy a bajar al estanque
después de comer. Si vienes, te lo cuento todo.
Le dirigí una mirada de reproche y me alejé sin
responderle, pero supongo que había empezado ya a
considerar la posibilidad de que no se estuviera
inventando lo de la señorita Lucy. Y cuando me senté con
mis amigas empecé a pensar en cómo podría escabullirme
después de comer para bajar hasta el estanque sin que
nadie se diera demasiada cuenta.
3
El estanque estaba situado al sur de la casa. Para llegar
a él tenías que salir por la puerta trasera, bajar un sendero
estrecho y serpeante y pasar entre los altos y tupidos
helechos que, a principios del otoño, seguían
obstaculizando el camino. O, si no había custodios a la
vista, podías tomar un atajo por la parcela de ruibarbo. De
todas formas, en cuanto salías en dirección al estanque te
encontrabas con un paisaje apacible lleno de patos y aneas
y juncos. No era un buen sitio, sin embargo, para
mantener una conversación discreta, ni por asomo tan
bueno como la cola para la comida. Para empezar, te
podían ver perfectamente desde la casa. Y nunca podías
saber cómo se iba a propagar el sonido a través de la
superficie del agua. Si te querían escuchar a escondidas,
no había nada más fácil que bajar por el sendero y
esconderse entre los arbustos de la otra orilla del
estanque. Pero pensé que, habida cuenta de que había sido
yo quien le había cortado bruscamente en la cola del
comedor, lo más justo era charlar con él donde me había
citado. Era entrado ya octubre, pero aquel día lucía el sol
y decidí que lo mejor era hacer como que había salido a
dar un paseo sin rumbo fijo y me había topado por
casualidad con Tommy.
Tal vez porque puse mucho empeño en dar esa
impresión —aunque no tenía la menor idea de si había
alguien observándome—, no fui a sentarme con él en
cuanto lo vi sentado en una gran roca plana, no lejos de la
orilla del estanque. Debía de ser viernes, o fin de semana,
porque recuerdo que no llevábamos el uniforme. No
recuerdo exactamente cómo iba vestido Tommy —
probablemente con una de aquellas raídas camisetas de
fútbol que solía ponerse hasta en los días más fríos—,
pero sé muy bien que yo llevaba la chaqueta de chándal
granate con cremallera delante que me había comprado en
un Saldo cuando estaba en primero de secundaria. Fui
rodeando a Tommy hasta llegar al agua, y me quedé allí
de espaldas a ella, mirando hacia la casa para ver si se
empezaba a amontonar gente en las ventanas. Luego
hablamos —de nada en particular— durante un par de
minutos, como si nunca hubiera tenido lugar la
conversación de la cola de la comida. No estoy muy
segura de si lo hacía por Tommy o por los posibles
mirones, pero seguí con mi pose de no estar haciendo
nada concreto, y en un momento dado hice ademán de
continuar con mi paseo. Entonces vi una especie de
pánico en la cara de Tommy, y enseguida me dio pena
haberle contrariado de aquel modo (aunque sin querer).
Así que dije, como si acabara de acordarme:
—Por cierto, Tommy, ¿qué me estabas diciendo
antes? Sobre algo que la señorita Lucy te había dicho una
vez...
—Oh... —Tommy miró más allá de mí, hacia el agua
del estanque, fingiendo también él que se acababa de
acordar de ello—. La señorita Lucy. Ya, sí.
La señorita Lucy era la más deportista de las custodias
de Hailsham, aunque por su aspecto uno jamás lo hubiera
imaginado. Baja y rechoncha y con aire de bulldog, con
un extraño pelo negro que parecía crecerle siempre hacia
arriba, de forma que nunca le llegaba a tapar las orejas o
el cuello grueso. Pero poseía una gran fortaleza y estaba
en plena forma, e incluso cuando nos hicimos mayores,
casi ninguno de nosotros —ni siquiera los chicos— podía
competir con ella en las carreras a campo traviesa. Era
una excelente jugadora de hockey, y hasta podía
enfrentarse con los chicos de secundaria en el campo de
fútbol. Recuerdo una vez en que James B. intentó ponerle
la zancadilla cuando ella acababa de hacerle un regate, y
fue él quien salió volando y fue a dar con sus huesos en el
césped. Cuando estábamos en primaria, nunca pudo
compararse con la señorita Geraldine, a quien acudíamos
siempre que nos habíamos llevado un disgusto. De hecho,
cuando éramos más pequeños no era muy dada a hablar
mucho con nosotros. Sólo en secundaria aprenderíamos a
apreciar su brioso estilo.
—Estabas diciendo algo —le dije a Tommy—. Que la
señorita Lucy te dijo que no pasaba nada por que no
fueras creativo.
—Sí, me dijo algo parecido. Me dijo que no tenía que
preocuparme. Que no me importara lo que los demás
dijeran. Fue hace un par de meses. Puede que un poco
más.
En la casa, unos cuantos alumnos de primaria se
habían parado ante una de las ventanas de arriba y nos
estaban observando. Pero yo ya me había puesto en
cuclillas frente a Tommy y ya no fingía que no estábamos
charlando.
—Que te haya dicho eso es muy raro, Tommy. ¿Estás
seguro de que lo entendiste bien?
—Por supuesto que lo entendí bien. —Bajó un poco la
voz—. No lo dijo sólo una vez. Estábamos en su cuarto, y
me dio una charla entera sobre eso.
Cuando la señorita Lucy le llamó por primera vez a su
estudio después de la clase de Iniciación al Arte —me
contó Tommy—, él se esperaba otra charla acerca de
cómo debía esforzarse más, el tipo de cantinela que le
habían endosado ya varios custodios, incluida la señorita
Emily. Pero mientras se dirigían desde la casa hacia el
Invernadero de Naranjas, donde los custodios tenían sus
habitaciones, Tommy empezó a barruntar que aquello iba
a ser diferente. Luego, cuando se hubo sentado en el sillón
de la señorita Lucy, ésta —que se había quedado de pie
junto a la ventana— le pidió que le contara todo lo que le
había estado sucediendo, y cuál era su punto de vista
sobre ello. Así que Tommy empezó a hablar. Pero de
pronto, antes de que hubiera podido llegar siquiera a la
mitad, la señorita Lucy lo interrumpió y se puso a hablar
ella. Había conocido a muchos alumnos —dijo— a
quienes durante mucho tiempo les había resultado
tremendamente difícil ser creativos: la pintura, el dibujo,
la poesía llevaban varios años resistiéndoseles. Pero
andando el tiempo, llegó un día en que de buenas a
primeras pudieron expresar lo que llevaban dentro. Y muy
posiblemente era eso lo que le estaba pasando a Tommy.
Tommy había oído ya ese razonamiento otras veces,
pero en la actitud de la señorita Lucy había algo que le
hizo atender con suma atención sus explicaciones.
—Me daba cuenta —siguió Tommy— de que se
proponía llegar a algo. A algo diferente.
Y, en efecto, pronto estuvo diciendo cosas que a
Tommy, en un principio, le resultaron difíciles de seguir.
Pero ella las repitió una y otra vez hasta que Tommy
empezó al fin a comprender. Si Tommy lo había intentado
con todas sus fuerzas —le aseguró— y sin embargo no
había conseguido ser creativo, no importaba en absoluto,
y no debía preocuparse. No estaba bien que ni los
alumnos ni los custodios lo castigaran por ello, o lo
sometieran a presiones de cualquier tipo. Sencillamente
no era culpa suya. Y cuando Tommy protestó y
argumentó que estaba muy bien lo que le estaba diciendo
y demás, pero que todo el mundo pensaba que sí era culpa
suya, ella dejó escapar un suspiro y miró por la ventana. Y
al cabo de unos instantes dijo:
—Puede que no te sirva de mucha ayuda. Pero
recuerda lo que te he dicho. Hay al menos una persona en
Hailsham que no piensa como todo el mundo. Una
persona al menos que cree que eres un buen alumno, tan
bueno como el mejor que ella ha conocido en sus años de
magisterio, y no importa en absoluto la creatividad que
tengas.
—¿No te estaría tomando el pelo, verdad? —le
pregunté a Tommy—. ¿No te estaría sermoneando de una
forma inteligente?
—No era nada de eso. Pero de todas formas...
Por primera vez desde que estábamos hablando
parecía preocuparle que pudieran oírnos, y miró por
encima del hombro hacia la casa. Los de primaria que
habían estado mirando por la ventana habían perdido
interés y se habían ido; unas cuantas chicas de nuestro
curso se dirigían hacia el pabellón, pero aún estaban
bastante lejos. Tommy se volvió hacia mí y dijo casi en
un susurro:
—De todas formas, cuando me estaba diciendo todo
esto no paraba de temblar.
—¿Qué quieres decir? ¿Que temblaba?
—Sí, temblaba. De rabia. Era evidente. Estaba furiosa.
Pero furiosa dentro de ella, muy dentro.
—¿Con quién?
—No tengo ni idea. Pero no conmigo. ¡Y eso era lo
más importante! —Se echó a reír, y luego se puso serio—.
No sé con quién estaba furiosa, pero lo estaba, y mucho.
Me levanté, porque me dolían las pantorrillas.
—Es muy raro lo que me cuentas, Tommy.
—Pero lo curioso del asunto es que aquella charla me
hizo mucho bien. Me ayudó muchísimo. Antes me has
dicho que ahora todo parece irme mejor, ¿te acuerdas?
Pues es por eso. Porque luego, pensando en lo que me
había dicho, me di cuenta de que tenía razón, de que yo
no tenía la culpa. Muy bien, yo no había llevado las cosas
como debía. Pero en el fondo del fondo no era culpa mía.
Y eso lo cambiaba todo. Y siempre que sentía que me
fallaba la confianza en mí mismo, y veía a la señorita
Lucy paseando, por ejemplo, o estaba en una de sus
clases, me quedaba mirándola, y ella no me decía nada
sobre nuestra charla, pero a veces me miraba también y
me dirigía un pequeño gesto de cabeza. Y eso era todo lo
que yo necesitaba. Me has preguntado antes si había
sucedido algo. Pues bien, eso es lo que sucedió. Pero por
favor, Kath, no le digas ni media palabra de esto a nadie,
¿vale?
Asentí con la cabeza, pero pregunté:
—¿Te hizo prometer a ti lo mismo?
—No, no. No me hizo prometer nada de nada. Pero no
le cuentes nada a nadie. Tienes que prometérmelo.
—De acuerdo. —Las chicas que iban hacia el
pabellón, al verme, me hicieron señas y me llamaron en
voz alta. Les devolví el saludo y le dije a Tommy—:
Tengo que irme. Seguiremos hablando, muy pronto.
Pero Tommy no me hizo ningún caso, y continuó:
—Hay algo más. Algo que dijo y que sigo sin
entender del todo. Iba a preguntártelo. Dijo que no se nos
enseñaba lo suficiente. O algo parecido.
—¿Que no se nos enseñaba lo suficiente? ¿Quieres
decir que según ella tendríamos que estudiar más de lo
que estudiamos?
—No, no creo que quisiera decir eso. De lo que
hablaba era de..., en fin, de nosotros. De lo que nos va a
pasar algún día. De las donaciones y todo eso.
—Pero si ya se nos ha informado sobre eso... —dije—
. ¿Qué es lo que querría decir? ¿Pensará que hay cosas de
las que aún no se nos ha hablado?
Tommy se quedó pensativo unos instantes. Luego
sacudió la cabeza.
—No creo que quisiera decir eso exactamente. Sino
que no se nos ha instruido sobre ello lo suficiente. Porque
dijo que tenía pensado hablarnos de ello ella misma.
—¿De qué exactamente?
—No estoy seguro. Quizá lo entendí mal, Kath. No sé.
Quizá se refería a otra cosa completamente diferente, a
algo que tenía que ver con lo de que no soy creativo. La
verdad es que no lo entiendo.
Me estaba mirando como si esperase una respuesta.
Pensé en ello unos segundos, y luego dije:
—Tommy, acuérdate bien. Has dicho que se puso
furiosa.
—Bueno, eso me pareció... Estaba tranquila, pero
temblaba.
—Vale, de acuerdo. Digamos que se puso furiosa.
¿Fue cuando se puso furiosa cuando empezó a hablarte de
lo otro? ¿De que no se nos enseñaba lo suficiente acerca
de las donaciones y demás?
—Supongo que sí...
—Bien, Tommy. Piensa. ¿Por qué sacó a relucir el
asunto? Está hablando de ti y de que no eres creativo. Y
de repente empieza a hablar de ese otro asunto. ¿Qué
relación hay entre las dos cosas? ¿Por qué se puso a
hablar del tema de las donaciones? ¿Qué tienen que ver
las donaciones con el hecho de que tú no seas creativo?
—No lo sé. Tuvo que haber una razón, supongo.
Quizá una cosa le trajo a la cabeza la otra. Kath, ahora
eres tú la que pareces obsesionada con este asunto.
Me eché a reír, porque era cierto: había estado
frunciendo el ceño, absolutamente absorta en mis
pensamientos. El caso es que mi mente enfilaba varias
direcciones al mismo tiempo. Y el relato de Tommy sobre
su conversación con la señorita Lucy me había recordado
algo, tal vez un buen puñado de cosas, de pequeños
incidentes del pasado que tenían que ver con la señorita
Lucy y que me habían desconcertado en su momento.
—Es que... —callé, y lancé un suspiro—. No sabría
explicarlo, ni siquiera a mí misma... Pero todo esto, lo que
me estás contando, parece encajar con un montón de
cosas que me desconcertaban. No hago más que pensar en
todas esas cosas. Como el porqué de que Madame venga y
se lleve todas nuestras mejores pinturas. ¿Para qué las
quiere exactamente?
—Para la Galería.
—Pero ¿qué es esa galería? Viene continuamente a
llevarse nuestros mejores trabajos. Debe de tener
montones y montones de obras nuestras. Una vez le
pregunté a la señorita Geraldine desde cuándo venía
Madame, y me respondió que desde que existía Hailsham.
¿Qué es esa galería? ¿Por qué ha de tener una galería de
cosas hechas por nosotros?
—Quizá las venda. Ahí fuera, en el mundo, todo se
vende.
Negué con la cabeza.
—No, no puede ser eso. Seguro que tiene algo que ver
con lo que la señorita Lucy te dijo esa vez. Con nosotros,
con cómo un día empezaremos a hacer donaciones. No sé
por qué, pero llevo ya un tiempo teniendo esa sensación,
la de que todo está relacionado, aunque no consigo
imaginar cómo. Tengo que irme, Tommy. No hablemos
de esto con nadie, de momento.
—No. Y tú no le cuentes a nadie lo de la señorita
Lucy.
—Pero si te vuelve a decir algo más sobre esto ¿me lo
contarás?
Tommy asintió con un gesto, y luego volvió a mirar a
su alrededor.
—Será mejor que te vayas. Porque pronto van a
empezar a oírnos todo lo que digamos.
La galería mencionada en nuestra charla era algo con
lo que todos habíamos crecido en Hailsham. Todo el
mundo hablaba de ella dando por sentada su existencia,
aunque nadie sabía con certeza si existía o no realmente.
Estoy segura de que no era la única que no podía recordar
cuándo fue la primera vez que oí hablar de la Galería;
estoy segura de que lo mismo le pasaba al resto de mis
compañeros. Ciertamente no habían sido los custodios
quienes nos habían hablado de ella: nunca la
mencionaban, y había una norma no escrita que estipulaba
que jamás debíamos sacarla a colación en su presencia.
Hoy supongo que era algo que los alumnos de
Hailsham se pasaban de generación en generación.
Recuerdo una vez —debía de tener unos cinco o seis
años— en que estábamos Amanda C. y yo sentadas ante
una mesita de modelado, con las manos pegajosas, llenas
de arcilla. No recuerdo si había otros niños con nosotras,
o qué custodio estaba a cargo de nosotros. Lo único que
recuerdo es que Amanda C. —que era un año mayor que
yo— miraba lo que yo estaba haciendo y exclamaba:
«¡Oh, Kathy, es fantástico, de veras! ¡Qué bueno! ¡Seguro
que se lo llevan para la Galería!».
Para entonces ya debía de saber de su existencia,
porque me acuerdo de la emoción y el orgullo que sentí
cuando me dijo aquello, y de que acto seguido pensé para
mis adentros: «Qué bobada. Ninguno de nosotros es aún
lo bastante bueno para estar en la Galería».
A medida que fuimos haciéndonos mayores seguimos
hablando de la Galería. Si querías elogiar el trabajo de
alguien, decías: «Merece estar en la Galería»; y cuando
descubrimos la ironía, siempre que veíamos una obra
mala y risible, entonábamos: «¡Oh, sí, claro. Directamente
a la Galería!».
Pero ¿creíamos realmente en la Galería? Hoy no estoy
muy segura. Como he dicho, nunca la mencionábamos
ante los custodios, y, mirando hoy hacia atrás, me da la
impresión de que era más una norma que nos habíamos
impuesto nosotros mismos que algo que los custodios nos
hubieran impuesto. Recuerdo una ocasión, cuando
teníamos unos once años. Estábamos en el Aula Siete, una
mañana soleada de invierno; acabábamos de terminar la
clase del señor Roger, y unos cuantos alumnos nos
habíamos quedado en clase para charlar con él un rato.
Estábamos sentados en nuestros pupitres, y no recuerdo
exactamente de qué hablábamos, pero el señor Roger nos
hacía reír y reír como de costumbre. Y entonces Carole
H., sobreponiéndose a sus risitas, dijo: «¡Usted merecería
estar en la Galería!». Al instante se llevó la mano a la
boca, y dejo escapar un «¡huy!». El ambiente siguió
siendo alegre y distendido, pero todos —incluido el señor
Roger— sabíamos que Carole había infringido algo. No
fue exactamente una catástrofe; habría sido más o menos
lo mismo si alguno de nosotros hubiera dicho una
palabrota, por ejemplo, o pronunciado el mote de alguno
de nuestros custodios estando él o ella presente. El señor
Roger sonrió con indulgencia, como diciendo: «Hagamos
la vista gorda; hagamos como si no lo hubieras dicho
nunca», y seguimos como si tal cosa.
Si para nosotros la Galería seguía siendo un terreno
nebuloso, lo que era un hecho comprobado era que
Madame aparecía en Hailsham un par de veces al año —y
había años en que hasta tres y cuatro— para seleccionar
nuestros trabajos. Nosotros la llamábamos «Madame»
porque era francesa o belga —había discusiones al
respecto—, y así era como la llamaban siempre los
custodios. Era una mujer alta, delgada, de pelo corto,
probablemente aún bastante joven (aunque a nosotros no
nos lo pareciera entonces). Llevaba siempre un elegante
traje gris, y, a diferencia de los jardineros, a diferencia de
los conductores que nos traían las provisiones, a
diferencia de cualquiera que pudiera venir del exterior, no
nos dirigía la palabra y se mantenía a distancia con su
mirada fría. Durante años pensamos que era «estirada»,
pero una noche, cuando teníamos unos ocho años, Ruth se
descolgó con otra de sus teorías.
—Nos tiene miedo —declaró.
Estábamos acostadas en la oscuridad del dormitorio.
En primaria éramos unas quince en cada uno de ellos, así
que no solíamos tener las conversaciones largas e íntimas
que tendríamos luego en los dormitorios de secundaria.
Pero la mayoría de las que con el tiempo llegarían a
pertenecer a nuestro «grupo» tenían ya camas cercanas, y
solíamos quedarnos charlando hasta muy entrada la
noche.
—¿Qué quieres decir con que nos tiene miedo? —
preguntó una de ellas—. ¿Cómo va a tenernos miedo?
¿Qué le podemos hacer nosotras?
—No lo sé —dijo Ruth—. No lo sé, pero estoy segura
de que nos tiene miedo. Antes pensaba que lo que pasaba
era que era estirada, pero hay algo más. Ahora estoy
segura. Madame nos tiene miedo.
Continuamos discutiendo el asunto los días que
siguieron. La mayoría de nosotras no estaba de acuerdo
con Ruth, y ello llevó a ésta a mostrarse más y más
decidida a demostrar que estaba en lo cierto. Así que
acabamos urdiendo un plan que pondría a prueba su teoría
la vez siguiente que Madame viniera a Hailsham.
Aunque las visitas de Madame nunca se anunciaban,
siempre sabíamos a la perfección cuándo iba a tener lugar
una de ellas. El proceso se iniciaba semanas antes, cuando
los custodios empezaban a hacer una severa criba de
nuestro trabajo: pinturas, bocetos, cerámica, redacciones y
poemas. El proceso de selección duraba unos quince días,
al cabo de los cuales cuatro o cinco obras de cada año de
primaria y secundaria acababan en la sala de billar. La
sala de billar se cerraba durante este período de tiempo,
pero si te subías al muro bajo de la terraza de fuera podías
ver a través de las ventanas cómo crecía el botín de
nuestras obras. Cuando los custodios empezaban a
disponerlas pulcramente sobre mesas y caballetes, como
si prepararan —a escala mínima— alguno de nuestros
Intercambios, entonces sabías que Madame llegaría a
Hailsham al cabo de unos días.
En el otoño del que hablo necesitábamos saber no sólo
el día, sino el preciso instante en que se presentaría
Madame, pues a menudo no se quedaba más que una hora
o dos. Así que en cuanto vimos que nuestras obras se iban
desplegando meticulosamente en la sala de billar,
decidimos turnarnos y mantenernos en continuo estado de
alerta.
En tal empeño nos facilitó mucho las cosas el diseño
de los jardines. Hailsham estaba situado en una suave
hondonada totalmente rodeada de campos más altos. Lo
cual significaba que, desde casi todas las ventanas de las
aulas de la casa principal —e incluso desde el pabellón—
se disfrutaba de una buena vista de la larga y estrecha
carretera que surcaba los campos hasta desembocar en la
verja principal. La verja misma se hallaba a cierta
distancia, y cualquier vehículo tenía que enfilar luego el
camino de grava y dejar atrás arbustos y arriates antes de
arribar al patio delantero de la casa principal. A veces
pasaban días y días sin que viéramos descender ningún
vehículo por aquella carretera estrecha, y los días en que
veíamos alguno solían ser furgonetas y camiones de
proveedores, jardineros u operarios. Un coche era algo
fuera de lo habitual, y la visión de uno a lo lejos bastaba
para causar un verdadero revuelo en las aulas.
La tarde en que divisamos cómo el coche de Madame
se acercaba a través de los campos, el tiempo era ventoso
y soleado, y en el cielo se iban formando unas cuantas
nubes de tormenta. Estábamos en el Aula Nueve —en la
fachada de la casa, primera planta—, y cuando el susurro
se fue extendiendo por la clase, el pobre señor Frank, que
intentaba enseñarnos ortografía, no entendía por qué nos
había entrado de pronto tal inquietud en el cuerpo.
El plan que habíamos ideado para poner a prueba la
teoría de Ruth era muy sencillo: las seis que estábamos en
el ajo estaríamos acechando la llegada de Madame, y
cuando la viéramos aparecer nos acercaríamos a ella y
«revolotearíamos» a su alrededor todas a un tiempo. Nos
portaríamos con total urbanidad, y nos limitaríamos a
estar allí, rodeándola, y si lo hacíamos en el momento
preciso y la cogíamos desprevenida, veríamos claramente
—insistía Ruth— que nos tenía miedo.
Nuestra preocupación principal, pues, residía en la
eventualidad de que no se nos presentara la ocasión de
poner en práctica el plan durante el breve espacio de
tiempo que Madame permanecía en Hailsham. Pero
cuando la clase del señor Frank llegaba ya a su término,
pudimos ver a Madame abajo, en el patio, aparcando el
coche. Mantuvimos un apresurado conciliábulo en el
descansillo, y seguimos escalera abajo al resto de la clase
y nos quedamos todas en el vestíbulo de la puerta
principal. Veíamos el patio lleno de luz, donde Madame
seguía sentada ante el volante, hurgando en su maletín. Al
final se apeó del coche y vino hacia nosotras. Vestía su
habitual traje gris y apretaba el maletín contra su cuerpo
con los dos brazos. A una señal de Ruth, salimos todas al
patio y fuimos directamente hacia ella, pero como si
estuviéramos en un sueño. Y sólo cuando Madame se
detuvo en seco murmuramos cada una de nosotras:
«Discúlpeme, señorita», y nos separamos.
Nunca olvidaré el extraño cambio que al instante
siguiente se operó en todas nosotras. Hasta aquel
momento, todo el plan de Madame, si no un juego
exactamente, no había sido más que algo privado que
queríamos dilucidar entre nosotras. No habíamos pensado
mucho en cómo reaccionaría Madame (o cualquier otra
persona en su situación). Lo que quiero decir es que, hasta
entonces, todo había sido bastante alegre y desenfadado,
aunque aderezado de cierta carga de osadía. Y no es que
Madame hubiera hecho algo distinto a lo que el plan tenía
previsto que haría: quedarse petrificada y esperar a que
pasáramos de largo. No gritó, ni dejó escapar ninguna
exclamación
ahogada.
Pero
todas
estábamos
enormemente ansiosas por ver su reacción, y seguramente
por ello ésta tuvo tal efecto en nosotras. Cuando Madame
se detuvo, la miré rápidamente a la cara (como estoy
segura de que hicieron las demás). Y aún hoy puedo ver el
estremecimiento que parecía estar reprimiendo, el miedo
real que alguna de nosotras le infundió al rozarla por
accidente. Y aunque lo que hicimos fue seguir nuestro
camino, todas lo habíamos sentido: fue como si
hubiéramos pasado de un sol radiante a una sombra
heladora. Ruth tenía razón: Madame nos tenía miedo.
Pero nos tenía miedo del mismo modo en que a alguien
podían darle miedo las arañas. No estábamos preparadas
para eso. Jamás se nos había ocurrido preguntarnos cómo
nos sentiríamos nosotras al ser vistas de ese modo, al ser
las arañas de la historia.
Cuando cruzamos el patio y llegamos al césped,
éramos un grupo muy diferente del que instantes antes
había estado esperando, lleno de excitación, a que
Madame se bajara del coche. Hannah parecía a punto de
echarse a llorar. Hasta Ruth parecía realmente afectada.
Entonces una de nosotras —creo que fue Laura— dijo:
—Si no le gustamos, ¿por qué quiere nuestro trabajo?
¿Por qué no nos deja en paz? ¿Quién le manda venir a
Hailsham?
Nadie le respondió, y seguimos caminando hacia el
pabellón sin volver a decir nada sobre lo que había
sucedido.
Pensando ahora en aquella tarde, veo que estábamos
en una edad en la que sabíamos ya unas cuantas cosas
sobre nosotras mismas —sobre quiénes éramos, sobre lo
diferentes que éramos de nuestros custodios, de la gente
del exterior—, pero que aún no habíamos llegado a
entender lo que ello significaba. Estoy segura de que
todos, en la niñez, han tenido una experiencia como la
nuestra de aquel día; muy similar, si no en los detalles
concretos, sí en el interior, en los sentimientos. Porque no
importa realmente lo mucho que tus custodios se
esfuerzan por prepararte: ni las charlas, ni los vídeos, ni
los debates, ni las advertencias..., nada puede hacer que
llegues a comprenderlo cabalmente. No cuando tienes
ocho años y estás con todos tus compañeros en un lugar
como Hailsham; cuando los jardineros y los repartidores
te hacen bromas y se ríen contigo y te llaman «cariño».
De todas formas, algo debe de haber sedimentado en
tu interior. Algo debes de haber retenido
inconscientemente, porque cuando llega un momento
como el que he descrito ya hay una parte de ti que ha
estado esperando. Tal vez desde una edad muy temprana
—los cinco o los seis años— te ha estado sonando en la
nuca una especie de susurro: «Algún día, puede que no
muy lejano, llegarás a saber lo que se siente». Así que
estás esperando, incluso aunque no lo sepas, esperando a
que llegue el momento en que caigas en la cuenta de que
eres diferente de ellos; de que hay gente ahí fuera, como
Madame, que no te odia ni te desea ningún mal, pero que
se estremece ante el mero pensamiento de tu persona —
cómo te han traído a este mundo y por qué—, y que
sienten miedo ante la idea de que tu mano pueda rozar la
suya. La primera vez que te ves con los ojos de alguien
así, sientes mucho frío. Es como si al pasar por delante de
un espejo ante el que pasas todos los días de tu vida
reparases de pronto en que el cristal te devuelve algo más
que de costumbre, algo turbador y extraño.
4
Cuando acabe el año dejaré de ser cuidadora, y
aunque mi condición de tal me ha dado mucho, he de
admitir que acogeré de buen grado la oportunidad de
descansar, y de pararme para pensar y recordar. Estoy
segura de que, al menos en parte, este apremio íntimo por
ordenar todos estos viejos recuerdos tiene que ver con
ello, con el hecho de estar preparándome para este
inminente cambio en mi vida. Lo que realmente pretendía,
supongo, era poner en claro las cosas que sucedieron entre
Tommy y Ruth y yo después de hacernos mayores y dejar
Hailsham. Pero ahora me doy cuenta de que, en gran
medida, lo que ocurrió más tarde tuvo su origen en
nuestra época de Hailsham, y por eso, antes que nada,
quiero examinar detenidamente esos recuerdos tempranos.
Reseñar, por ejemplo, toda aquella curiosidad que
sentíamos por Madame. En cierto nivel, no se trataba más
que de unas niñas haciendo chiquilladas. Pero en otro,
como se verá, de lo que se trataba era del comienzo de un
proceso que a lo largo de los años fue creciendo en
intensidad hasta llegar a dominar nuestras vidas.
A partir de aquel día, la mención de Madame se
convirtió, si no en un tabú, sí en algo sumamente raro
entre nosotras. Y ello pronto trascendió nuestro grupito y
llegó a ser conocido por casi todos los alumnos de nuestro
curso. Seguíamos sintiendo la misma curiosidad de
siempre acerca de ella, pero todas intuíamos que indagar
más en su persona —en lo que hacía con nuestro trabajo,
en si existía o no una galería— nos adentraría en un
terreno para el que aún no estábamos preparadas.
El tema de la Galería, sin embargo, surgía de vez en
cuando, de forma que cuando unos años más tarde
Tommy, a la orilla del estanque, empezó a contarme su
extraña charla con la señorita Lucy, sentí que algo tiraba
con insistencia de mi memoria. Pero fue sólo después,
cuando lo dejé sentado en la roca y me apresuraba hacia
los campos para reunirme con mis amigas, cuando el
recuerdo afloró en mí.
Era algo que la señorita Lucy nos había dicho una vez
en clase. Lo había retenido en mi memoria porque me
había intrigado entonces, y también porque había sido una
de las poquísimas ocasiones en las que la Galería se había
mencionado de forma tan deliberada ante un custodio.
Estábamos inmersos en lo que luego daría en llamarse
la «controversia de los Vales». Tommy y yo hablamos
hace unos años de la controversia de los Vales, y al
principio no nos pusimos de acuerdo sobre cuándo había
tenido lugar. Yo decía que teníamos diez años, y él
opinaba que fue más tarde, pero al final se convenció de
la exactitud de mi recuerdo: estábamos en cuarto de
primaria; poco después del incidente con Madame, pero
tres años antes de nuestra charla en el estanque.
La controversia de los Vales, supongo, formaba parte
del hecho de que, con los años, el ansia de poseer se hizo
más y más intensa en nuestros corazones. Durante años —
creo haberlo dicho ya— pensamos que la elección de
alguno de nuestros trabajos para la sala de billar suponía
un gran triunfo, por mucho que se lo llevara Madame
luego, pero al llegar a los diez años albergábamos una
mayor ambivalencia a este respecto. Los Intercambios,
con su sistema de Vales a modo de moneda, nos habían
proporcionado un preciso útil de apreciación para valorar
lo que producíamos. Nos interesaban ya las camisetas, la
decoración de la cama, el personalizar el pupitre. Y, por
supuesto, también nos interesaban mucho nuestras
«colecciones».
No sé si donde normalmente estudian los niños se
hacen «colecciones». Pero cuando te topas con algún
antiguo alumno de Hailsham, tarde o temprano acaba
aflorando con nostalgia el tema de las «colecciones». En
aquella época, claro, era algo que dábamos por
descontado. Todos teníamos debajo de la cama un arcón
de madera con nuestro nombre en el que guardábamos
nuestras pertenencias: lo que comprábamos en los Saldos
o en los Intercambios. Puedo acordarme de uno o dos
compañeros a quienes no les importaban demasiado sus
colecciones, pero la mayoría de nosotros le dedicábamos a
la nuestra un celo exquisito, y sacábamos algunos tesoros
para enseñarlos y escondíamos otros con cuidado para que
nadie los viera.
El caso es que, cuando cumplimos los diez años, la
idea de que era un gran honor el que Madame se llevara
alguna de tus obras ya había entrado en conflicto con el
sentimiento de que nos estábamos quedando sin nuestros
bienes con mayor valor de mercado. Y esta nueva
situación llegó a su punto álgido con la controversia de
los Vales.
Todo comenzó cuando cierto número de alumnos,
principalmente varones, empezaron a decir entre dientes
que cuando Madame se llevaba una obra el autor debería
recibir Vales a cambio. Estuvo de acuerdo un gran
número de alumnos, pero a otros la idea les pareció
escandalosa. Circularon argumentos en favor y en contra
durante un tiempo, y un buen día Roy J. —que estaba en
el curso siguiente al nuestro y tenía gran cantidad de obras
en la Galería de Madame— decidió ir a ver a la señorita
Emily para hablar del asunto.
La señorita Emily, jefa de los custodios, era la mayor
de todos ellos. No era especialmente alta, pero había algo
en su porte —iba siempre muy tiesa y con la cabeza
erguida— que te hacía pensar que lo era. Llevaba el pelo
plateado recogido atrás, pero siempre tenía hebras sueltas
que le ondeaban en torno. A mí me sacaban de quicio,
pero la señorita Emily no les prestaba la menor atención,
como si ni siquiera merecieran su desprecio. Al atardecer
resultaba una visión bastante extraña: una mujer con
multitud de cabellos sueltos que ella ni se molestaba en
apartarse de la cara mientras hablaba contigo con voz
pausada y calma. Nos inspiraba mucho temor, y no
pensábamos en ella del modo en que pensábamos en los
demás custodios. Pero la considerábamos justa y
respetábamos sus decisiones; probablemente hasta en
primaria sentíamos que su presencia, aunque
intimidatoria, era lo que nos hacía sentirnos tan a salvo a
todos en Hailsham.
Se requería cierto valor para ir a verla sin haber sido
convocado; y hacerlo con el tipo de exigencias que iba a
plantearle Roy parecía poco menos que suicida. Pero Roy
no recibió la terrible reprimenda que todos nos
esperábamos, y en los días que siguieron nos llegaron
rumores de charlas —e incluso discusiones— de
custodios sobre el asunto de los Vales. Al final se anunció
que recibiríamos vales, pero no muchos, porque era un
«honor de lo más alto» que el trabajo de alguien fuera
seleccionado por Madame. Pero la decisión no sentó bien
en ninguno de los bandos, y continuó la controversia.
Y éste era el mar de fondo cuando aquella mañana
Polly T. le formuló aquella pregunta a la señorita Lucy.
Estábamos en la biblioteca, sentados alrededor de la gran
mesa de roble, y recuerdo que había un leño ardiendo en
la chimenea. Leíamos teatro, y en un momento dado, una
frase de la obra dio pie a Laura para que hiciera una
broma sobre los Vales, y todos reímos, incluida la señorita
Lucy. Luego la señorita Lucy dijo que, como en Hailsham
no se hablaba de otra cosa, dejáramos la obra que
estábamos leyendo y pasáramos el resto de la clase
intercambiando puntos de vista sobre los Vales. Y eso es
lo que estábamos haciendo cuando Polly preguntó, sin que
viniera en absoluto a cuento: «Señorita, ¿por qué Madame
se lleva nuestras cosas?».
Nos quedamos todos callados. La señorita Lucy no
solía enfadarse a menudo, pero cuando lo hacía ya podías
prepararte, y durante un momento pensamos que a Polly
se le iba a caer el pelo. Pero enseguida vimos que la
señorita Lucy no estaba enfadada, sino sumida en sus
pensamientos. Recuerdo que yo sí estaba furiosa con
Polly por haber quebrantado de forma tan estúpida una
regla no escrita, pero al mismo tiempo sentía una enorme
expectación ante la posible respuesta de la señorita Lucy.
Y era obvio que no era la única con tan contrapuestas
emociones: prácticamente todo el mundo fulminó con la
mirada a Polly, para luego volverse con impaciencia hacia
la señorita Lucy, lo cual, supongo, no era demasiado justo
para la pobre Polly. Al cabo de lo que nos pareció una
eternidad, la señorita Lucy dijo:
—Todo lo que puedo decir hoy es que existe una
buena razón para que lo haga. Una razón muy importante.
Pero si intentara ahora explicárosla a vosotros, creo que
no la entenderíais. Un día, espero, se os explicará
debidamente.
No la presionamos. El aire que flotaba sobre la mesa
se había llenado de embarazo, y pese a la curiosidad que
sentíamos por saber más del asunto, deseábamos con
todas nuestras fuerzas que la charla se apartara de aquel
terreno espinoso. Así, instantes después, todos nos
sentimos aliviados al vernos de nuevo discutiendo —
acaso un tanto artificialmente— sobre los Vales. Pero las
palabras de la señorita Lucy me habían intrigado, y seguí
pensando en ellas una y otra vez durante los días que
siguieron. Por eso aquella tarde junto al estanque, cuando
Tommy me estaba contando su charla con la señorita
Lucy, y lo que le había dicho sobre que «no nos
enseñaban lo suficiente» acerca de determinadas cosas, el
recuerdo de aquella vez en la biblioteca —unido quizá a
uno o dos pequeños episodios parecidos— empezó a
espolear mi espíritu inquisitivo.
Mientras aún estamos en el asunto de los vales, quiero
decir algo acerca de los Saldos, que ya he mencionado un
par de veces. Los Saldos eran importantes para nosotros,
porque era el medio por el que podíamos hacernos con
cosas del exterior. El polo de Tommy, por ejemplo, era de
un Saldo. En los Saldos era donde conseguíamos la ropa,
los juguetes, las cosas especiales que no habían sido
hechas por otros alumnos.
Una vez al mes, una gran furgoneta blanca descendía
por la larga carretera, y la excitación podía palparse tanto
en los jardines como en el interior de la casa. Cuando se
detenía en el patio delantero, toda una multitud la estaba
esperando, la mayoría alumnos de primaria, porque una
vez que dejabas atrás los doce o trece años no era
conveniente mostrarte excesivamente ilusionado. Pero lo
cierto es que todos sentíamos un gran entusiasmo.
Mirando hoy hacia atrás, resulta curioso pensar en tal
excitación, pues los Saldos solían ser muy
decepcionantes. Normalmente no se encontraba nada
demasiado especial, y nos gastábamos los Vales en
renovar lo que se nos había roto o se nos estaba quedando
viejo con cosas muy similares. Pero lo curioso del caso,
supongo, era que alguna vez todos habíamos encontrado
algo en algún Saldo, algo que se había convertido en
especial: una chaqueta, un reloj, unas tijeras de artesanía
que nunca llegabas a usar pero que guardabas con orgullo
junto a la cama. Todos habíamos encontrado algo
parecido en el pasado, de suerte que, por mucho que
fingiéramos que no nos importaba demasiado, no
podíamos liberarnos de los viejos sentimientos de
entusiasmo y esperanza.
De hecho no resultaba ocioso rondar en torno a la
furgoneta mientras la estaban descargando. Lo que hacías
—si eras alumno de primaria— era seguir de la furgoneta
al almacén y del almacén a la furgoneta a los dos hombres
con mono que cargaban grandes cajas de cartón, y
preguntarles lo que había dentro. La respuesta habitual era
la siguiente: «Un montón de cosas bonitas, pequeño».
Pero si seguías preguntando: «Pero ¿seguro que son
muchas y buenas?», ellos, tarde o temprano, acababan por
sonreír y decirte: «Oh, yo diría que sí, pequeño. Un buen
montón de cosas buenísimas», con lo que te arrancaban
un gritito de alborozo.
Las cajas llegaban a menudo sin la tapa de arriba, de
forma que podías echar una ojeada al interior y entrever
todo tipo de objetos, y a veces, aunque en rigor no debían
hacerlo, los hombres te dejaban mover las cosas para
poder ver mejor las que te interesaban. Y así, cuando
aproximadamente una semana después tenía lugar el
Saldo, habían circulado ya todo tipo de rumores, quizá
sobre un chándal concreto o una casete, y si en alguna
ocasión surgía algún problema, casi siempre era porque
varios alumnos habían puesto los ojos en el mismo objeto.
Los Saldos contrastaban vivamente con el callado
ambiente de los Intercambios. Se celebraban en el
comedor, y eran multitudinarios y ruidosos. De hecho, los
empujones y los gritos formaban parte de la diversión,
aunque la mayor parte del tiempo reinaba el buen humor.
Salvo, como digo, en alguna que otra ocasión en que las
cosas se iban de las manos y había alumnos que se
agarraban y forcejeaban e incluso llegaban a pelearse. Los
monitores, entonces, amenazaban con cerrar el tenderete,
y a la mañana siguiente todos debíamos enfrentarnos a
una reprimenda colectiva de la señorita Emily.
Nuestra jornada en Hailsham empezaba todas las
mañanas con una reunión de custodios y alumnos, por lo
general bastante breve: unos cuantos anuncios, quizá un
poema leído por un alumno. La señorita Emily no solía
hablar mucho; se sentaba muy tiesa en el escenario,
asintiendo con la cabeza a cada cosa que se decía, de
cuando en cuando dirigiendo una mirada gélida hacia
cualquier susurro que hubiera podido oírse entre los
alumnos. Pero a la mañana siguiente de un acontecimiento
excepcional —como era el caso de un Saldo
tumultuoso— las cosas eran diferentes. Nos ordenaba
sentarnos en el suelo —en estas reuniones matinales
solíamos estar de pie—, y no había comunicados ni actos
de ninguna clase. La señorita Emily nos hablaba durante
veinte, treinta minutos (e incluso más, a veces).
Raramente alzaba la voz, pero en estas ocasiones había en
ella algo acerado, y ninguno de nosotros, ni siquiera los
de quinto de secundaria, se atrevía a emitir el menor
sonido.
Entre los alumnos había una sensación general de
mala conciencia, por haber —en cierto nivel colectivo—
fallado a la señorita Emily, pero por mucho que lo
intentábamos no lográbamos seguir sus peroratas. En
parte por su lenguaje. «Indigno de privilegio» y «mal uso
de la oportunidad» eran dos de sus expresiones habituales
(Ruth y yo conseguimos dar con ellas cuando
rememorábamos el pasado en su cuarto del centro de
Dover). El tenor general de su alocución era muy claro:
siendo como éramos alumnos de Hailsham, todos éramos
muy especiales, y por tanto el hecho de que nos
portáramos mal resultaba enormemente decepcionante.
Más allá de estas afirmaciones, sin embargo, las cosas se
volvían oscuras. A veces seguía disertando con
apasionamiento, para de pronto detenerse en seco con un:
«¿Qué es? ¿Qué es? ¿Qué puede ser lo que nos frustra?».
Y seguía allí de pie, con los ojos cerrados, con el ceño
fruncido como si tratara de dar con la respuesta. Y aunque
nos sentíamos desconcertados e incómodos, seguíamos
sentados en el suelo, deseando que la señorita Emily diera
con fuera lo que fuese lo que estaba necesitando su
cabeza. Luego retomaba el discurso con un suspiro suave
—señal de que iba a perdonarnos—, o bien salía de su
silencio con un estallido: «¡Pero a mí no se me va a
coaccionar! ¡Oh, no! ¡Y tampoco a Hailsham!».
Al recordar estas largas disertaciones, Ruth señalaba
lo extraño que era que fueran tan ininteligibles, pues la
señorita Emily, en clase, podía ser tan clara como el agua.
Cuando dije que a veces la había visto vagando por
Hailsham como en un sueño, hablando sola, Ruth se
ofendió y dijo:
—¡La señorita Emily no fue jamás así! Hailsham no
habría podido ser como era si hubiera tenido al frente a
una persona chiflada. La señorita Emily tenía un intelecto
tan afilado como un bisturí.
No discutí. Ciertamente, la señorita Emily podía ser
asombrosamente sagaz. Si, por ejemplo, estabas en alguna
parte de la casa principal o de los jardines donde no
debías estar, y oías que se acercaba un custodio,
normalmente siempre había algún sitio donde podías
esconderte. Hailsham estaba lleno de escondites, dentro y
fuera de la casa: aparadores, recovecos, arbustos, setos.
Pero si a quien veías acercarse era a la señorita Emily, el
corazón se te encogía, porque siempre sabía que te habías
escondido y dónde. Era como si tuviera un sexto sentido.
Podías meterte dentro de un aparador, cerrar las puertas
bien cerradas y no mover ni un solo músculo, pero sabías
que los pasos de la señorita Emily se detendrían ante el
aparador y que su voz diría:
—Muy bien. Sal de ahí.
Es lo que le sucedió una vez a Sylvie C. en el rellano
de la segunda planta, con la diferencia de que en esta
ocasión la señorita Emily se había puesto hecha una furia.
Ella nunca gritaba, como podía gritar por ejemplo la
señorita Lucy cuando se enfadaba mucho contigo, pero
daba mucho más miedo cuando la que se enfadaba era la
señorita Emily. Los ojos se le empequeñecían, y se ponía
a susurrar con fiereza para sus adentros, como si estuviera
discutiendo con un colega invisible qué castigo terrible
debía imponerte (el modo en que lo hacía te llevaba a
desear vivamente y a partes iguales saberlo y no saberlo).
Pero normalmente la señorita Emily nunca te imponía
sanciones horribles. Casi nunca te dejaba castigada, ni te
hacía hacer tareas ingratas o te quitaba privilegios. Pero
daba igual, porque te sentías aterrorizada con sólo saber
que habías perdido puntos en su estima, y ansiabas hacer
algo al instante para redimirte.
Pero lo cierto es que con la señorita Emily todo era
imprevisible.
Puede que Sylvie se la cargara esa vez, pero cuando
pilló a Laura corriendo por la parcela de ruibarbo, la
señorita Emily no hizo más que espetarle:
—No deberías estar aquí, jovencita. Sal de ahí ahora
mismo.
Y siguió caminando.
Hubo una época en que creí que había caído en
desgracia con ella. El pequeño sendero que bordeaba la
trasera de la casa principal era uno de mis sitios
preferidos. Estaba lleno de recovecos, de prolongaciones;
tenías que pasar casi rozando los arbustos, internarte bajo
dos arcos cubiertos de hiedra y por una verja
herrumbrosa. Y desde él podías atisbar en todo momento
el interior de la casa a través de las ventanas (yendo de
una a otra). Supongo que, en parte, la razón de que ese
sendero me gustara tanto era que nunca estuve muy
segura de si era o no un lugar prohibido. Ciertamente,
cuando había clase en las aulas, se suponía que no tenías
que estar allí. Pero los fines de semana, o al caer la tarde,
no estaba nada claro. De todos modos, la mayoría de los
alumnos siempre lo evitaba, y quizá otro de sus alicientes
residía precisamente en eso: que cuando estabas en él te
apartabas de todo el mundo. El caso es que una tarde
soleada estaba recorriendo este pequeño sendero —creo
que estaba en tercero de secundaria—, y, como de
costumbre, al pasar por las ventanas iba mirando las aulas
vacías, cuando de pronto miré dentro de una de ellas y vi
a la señorita Emily. Estaba sola, paseándose lentamente,
hablando consigo misma, dirigiendo gestos y
observaciones a un auditorio invisible. Supuse que estaba
preparando una clase, o quizá una de sus charlas de las
reuniones matinales, y me disponía a pasar de largo
deprisa antes de que pudiera verme cuando de pronto
volvió la cabeza y me miró directamente. Me quedé
petrificada, pensando que me la había cargado, pero vi
que ella seguía con su mudo parlamento y sus gestos, sólo
que ahora los dirigía hacia mí. Luego, con toda
naturalidad, se volvió y fijó la mirada en otro alumno
imaginario de otro rincón del aula. Me escabullí por el
sendero, y durante los días siguientes tuve miedo de lo
que la señorita Emily pudiera decirme cuando volviera a
verme. Pero nunca mencionó aquel incidente.
Aunque no es de esto de lo que quiero hablar en este
momento. Lo que ahora quiero es contar unas cuantas
cosas de Ruth, cómo nos conocimos y nos hicimos
amigas, cómo fueron nuestros primeros tiempos juntas.
Porque últimamente —y cada vez más— estoy
conduciendo a través de los campos en una larga tarde,
por ejemplo, o tomando café junto al enorme ventanal de
una gasolinera de autopista, y me sorprendo una vez más
pensando en ella.
No fuimos amigas desde el principio. Me recuerdo
con cinco o seis años haciendo cosas con Hannah y Laura,
pero no con Ruth. De la época más temprana de nuestra
vida apenas conservo un recuerdo vago de ella.
Estoy jugando en la arena. Hay otros muchos niños
conmigo; no nos queda casi espacio para movernos, y nos
sentimos irritados unos con otros. Estamos al aire libre,
bajo un cálido sol, así que lo más probable es que sea el
parque de arena de la zona de juegos de los Infantes, o
incluso la arena que hay al final de la larga valla del
Campo de Deportes Norte. Hace calor y tengo sed y no
me gusta que haya tantos niños conmigo en la arena.
Entonces Ruth está allí de pie, no donde estamos todos
sino fuera, como un metro más allá. Está muy enfadada
con dos de las chicas que están a mi espalda, por algo que
ha debido de pasar antes, y las está fulminando con la
mirada. Me figuro que en aquel tiempo la conocía muy
poco. Pero ya debía de haber causado una fuerte
impresión en mí, porque recuerdo que seguí afanosamente
con lo que estaba haciendo, muerta de miedo de que de un
momento a otro volviera hacia mí la mirada. No dije ni
una palabra, pero deseaba fervientemente que se diera
cuenta de que no estaba con las otras niñas que había a mi
espalda, y de que no había participado en modo alguno en
aquello que la había puesto tan furiosa.
Y eso es todo lo que recuerdo de Ruth de aquella
época primera. Estábamos en el mismo curso, y por lo
tanto tuvimos que rozarnos muchas veces; pero aparte del
incidente del parque de arena no recuerdo nada más de
ella, hasta dos años después, cuando con siete años —casi
ocho— cursábamos ya primaria.
El Campo de Deportes Sur era el que más utilizaban
los alumnos de primaria, y fue en una de sus esquinas,
junto a los álamos, donde Ruth se acercó a mí un día a la
hora del almuerzo, me miró de arriba abajo y dijo:
—¿Quieres montar mi caballo?
Yo estaba enfrascada en algún juego con dos o tres
compañeras, pero no había ninguna duda de que era a mí
a quien Ruth se estaba dirigiendo. Su deferencia me dejó
embelesada, pero hice como que la sopesaba antes de
darle una respuesta:
—¿Cómo se llama tu caballo?
Ruth dio un paso hacia mí.
—Mi mejor caballo —dijo— es Trueno. Pero no
puedo dejar que lo montes. Es demasiado peligroso.
Puedes montar a Zarzamora, siempre que no utilices la
fusta. O, si quieres, puedes montar cualquiera de los otros
—dijo unos cuantos nombres que no recuerdo. Y luego
me preguntó—: ¿Tú tienes algún caballo?
La miré y medité cuidadosamente la respuesta:
—No, no tengo ningún caballo.
—¿Ni uno siquiera?
—No.
—De acuerdo. Puedes montar a Zarzamora, y si te
gusta puedes quedártelo. Pero no tienes que darle con la
fusta. Y tienes que venir conmigo ahora mismo.
Mis amigas se habían dado la vuelta y seguían con sus
juegos. Así que me encogí de hombros y me fui con Ruth.
El campo estaba lleno de niños que jugaban, algunos
mucho mayores que nosotras, pero Ruth se abrió paso
entre ellos con absoluta determinación y precediéndome
siempre un par de pasos. Cuando ya estábamos cerca de la
malla metálica que separaba el campo de los jardines,
Ruth se volvió hacia mí y dijo:
—Muy bien, vamos a montar. Tú monta a Zarzamora.
Acepté las invisibles riendas que me tendía, y salimos
al trote y cabalgamos de un extremo a otro de la valla, ora
a medio galope, ora a galope tendido. Había acertado en
mi decisión de decirle a Ruth que no tenía ningún caballo,
porque al rato de montar a Zarzamora me dejó probar uno
tras otro sus demás caballos, mientras me gritaba todo
tipo de instrucciones sobre cómo evitar los puntos flacos
de cada animal.
—¡Te lo dije! ¡Con Narcisa tienes que echarte hacia
atrás! ¡Mucho más! ¡Le gusta que la montes bien echada
hacia atrás!
Debí de hacerlo razonablemente bien, porque al final
me dejó montar a Trueno, su corcel preferido. No sé
cuánto tiempo estuvimos con sus caballos aquel día; a mí
me pareció bastante, y creo que las dos nos embebimos
por completo en nuestro juego. Pero de pronto, sin motivo
aparente alguno, Ruth dijo basta, alegando que yo estaba
agotando adrede a sus caballos, y que los llevara yo
misma a las caballerizas. Señaló una zona de la valla, y
eché a andar con los caballos hacia ella, mientras Ruth
parecía enfadarse conmigo más y más, y me decía que lo
estaba haciendo todo mal. Luego preguntó:
—¿Te gusta la señorita Geraldine?
Quizá era la primera vez que me ponía a pensar si me
gustaba o no un custodio. Al final respondí:
—Claro que me gusta.
—Pero ¿te gusta de verdad? ¿Como si fuera especial?
¿Como si fuera tu custodia preferida?
—Sí. Es mi custodia preferida.
Ruth siguió mirándome durante largo rato. Y al cabo
dijo:
—Muy bien. En tal caso, te dejaré ser una de sus
guardianas secretas.
Emprendimos el camino de vuelta hacia la casa
principal, y esperé a que me explicara a qué se refería;
pero no me dijo nada más. Lo iría averiguando en el curso
de los días que siguieron.
5
No sé durante cuánto tiempo estuvimos con lo de la
«guardia secreta». Cuando Ruth y yo hablamos del asunto
mientras cuidé de ella en Dover, ella afirmaba que
habíamos continuado con ello unas dos o tres semanas
(algo que, con toda probabilidad, no era cierto).
Seguramente sentía un poco de embarazo, y el asunto se
había reducido en su memoria a una breve anécdota. La
mía, sin embargo, me dice que duró unos nueve meses,
quizá un año, y que en aquel entonces teníamos siete años
y pronto íbamos a cumplir ocho.
Nunca he estado segura de si fue la propia Ruth quien
inventó lo de la guardia secreta, pero de lo que no había
duda era de que ella era la líder del grupo. Éramos de seis
a diez chicas —el número cambiaba cuando Ruth
aceptaba a un nuevo miembro o expulsaba a alguien—;
creíamos que la señorita Geraldine era la mejor custodia
de Hailsham, y le hacíamos regalos (recuerdo un gran
pliego con flores prensadas y pegadas). Pero la razón
primera de la existencia de esta guardia, por supuesto, era
protegerla.
Cuando me uní al grupo, Ruth y las demás conocían
desde hacía mucho tiempo la conjura para secuestrar a la
señorita Geraldine. Nunca estuvimos muy seguras de
quién se hallaba detrás de ella. A veces sospechábamos de
algunos de los chicos de secundaria, y otras de
compañeros de nuestro curso. Había una custodia que no
nos gustaba demasiado, la señorita Eileen, y durante un
tiempo pensamos que podría ser el cerebro de tal plan. No
sabíamos cuándo iba a tener lugar el secuestro, pero
estábamos convencidas de que el bosque entraría en
escena en algún momento del proceso.
El bosque estaba en lo alto de la colina que se alzaba
detrás de Hailsham House. En realidad no se veía más que
una franja oscura de árboles, pero yo no era la única de mi
edad que sentía su presencia día y noche. Cuando hacía
mal tiempo, era como si los árboles proyectaran una
sombra sobre todo Hailsham; lo único que tenías que
hacer era volver la cabeza o ir hasta una ventana, y allí
estaban, cerniéndose a cierta distancia sobre la
hondonada. Más a resguardo estaba la fachada de la casa
principal, porque no podías verlos desde ninguna de sus
ventanas. Pero ni aun así te librabas del todo de ellos.
De aquel bosque se contaban todo tipo de historias
horribles. Una vez, no mucho antes de que todos nosotros
llegáramos a Hailsham, un chico había tenido una gran
pelea con sus amigos y había salido corriendo de los
límites de Hailsham. Encontraron su cuerpo dos días
después, en el bosque, atado a un árbol y con las manos y
pies cortados. Otro rumor decía que entre aquellos árboles
vagaba el fantasma de una chica que había estado en
Hailsham hasta un día en que, movida por la curiosidad,
había saltado la valla para ver cómo era el exterior. Fue
mucho tiempo antes de que llegáramos nosotros, cuando
los custodios eran mucho más estrictos, e incluso crueles.
La chica intentó volver, pero no se lo permitieron. Se
puso a andar a lo largo de la valla suplicando que la
dejaran entrar, pero nadie le hizo caso. Al final se alejó de
allí, y le sucedió algo, y murió. Pero su fantasma vagaba
incesantemente por el bosque, siempre mirando hacia
Hailsham, suspirando por que la dejaran entrar.
El bosque se adueñaba más de nuestra imaginación
después del anochecer, en los dormitorios, mientras
tratábamos de conciliar el sueño. Entonces casi éramos
capaces de oír el viento entre las ramas; y si hablábamos
de ello la cosa empeoraba. Recuerdo una noche en que
estábamos furiosas con Marge K. —aquel día había hecho
algo particularmente irritante—, y queríamos castigarla: la
sacamos de la cama a rastras y la obligamos a que pegara
la cara a la ventana y mirara fijamente el bosque. Al
principio mantuvo los ojos muy cerrados, pero le
retorcimos los brazos hasta que abrió los párpados y vio la
silueta recortada contra el cielo iluminado por la luna, y
ello bastó para que pasase una noche de terror y llanto.
No estoy diciendo que en aquel tiempo estuviéramos
todo el día preocupadas por el bosque. Yo, por ejemplo,
podía pasarme semanas sin apenas pensar en él, e incluso
había días en que sentía una oleada de desafiante valentía
que me hacía pensar: «¿Cómo es posible que pueda
creerme esas memeces?». Pero bastaba cualquier
nimiedad —alguien que volvía a contar una de aquellas
historias, un pasaje de miedo en un libro, un comentario al
azar que me recordara el bosque—para que la sombra
descendiera de nuevo sobre nosotras durante un tiempo.
No era nada extraño, por tanto, que diéramos por sentado
que el bosque tenía un papel central en la conjura para
secuestrar a la señorita Geraldine.
Pero cuando pienso con detenimiento en ello, no
recuerdo que tomáramos ninguna medida concreta para
defender a nuestra custodia preferida. Nuestra actividad
giraba siempre en torno al acopio de pruebas sobre la
conjura misma. Quién sabe por qué, pero ello nos bastaba
para pensar que la señorita Geraldine se hallaba a salvo de
todo peligro inmediato.
La mayoría de las «pruebas» venían de ver en acción a
los conspiradores. Una mañana, por ejemplo, vimos desde
un aula de la segunda planta cómo la señorita Eileen y el
señor Roger hablaban con la señorita Geraldine en el
patio. Al rato la señorita Geraldine dijo adiós y se dirigió
hacia el Invernadero de Naranjas, pero nosotros seguimos
observando y vimos que la señorita Eileen y el señor
Roger acercaban la cabeza el uno al otro para conferenciar
sigilosamente, con la mirada fija en la figura que se
alejaba.
—El señor Roger... —dijo Ruth en aquella ocasión,
con un suspiro, sacudiendo la cabeza—. Quién iba a decir
que estaba en el ajo...
Así pues, fuimos elaborando la lista de la gente que —
sabíamos— estaba en la conjura: custodios y alumnos a
los que declaramos enemigos acérrimos. Y sin embargo,
creo que en el fondo nos dábamos cuenta de lo precario de
los cimientos de nuestra fantasía, pues evitábamos
cualquier tipo de enfrentamiento. Tras intenso debate,
podíamos decidir que determinado alumno estaba en la
conjura, pero luego encontrábamos siempre razones para
no increparle de inmediato, para esperar hasta «tener
todas las pruebas». De forma similar, siempre estábamos
de acuerdo en que la señorita Geraldine no debía oír ni
una palabra de lo que habíamos descubierto, pues se
alarmaría y entorpecería nuestras pesquisas.
Sería demasiado fácil afirmar que se debió sólo a Ruth
el que siguiéramos con lo de la guardia secreta hasta
mucho después de que hubiéramos madurado lo suficiente
como para dejar atrás tales cosas. Cierto que la guardia
secreta era muy importante para ella; había sabido de la
conjura mucho antes que el resto de nosotras, y ello le
confería una enorme autoridad. Dando a entender que las
verdaderas pruebas venían de antes de que se incorporara
al grupo gente como yo —y que había cosas que aún no
nos había revelado—, podía justificar casi cualquier
decisión que tomara en nombre del grupo. Si decidía que
había que expulsar a alguien, por ejemplo, y veía que
había oposición, solía aludir misteriosamente a cosas que
sabía «de antes». No hay ninguna duda de que Ruth
deseaba vivamente que la cosa continuara. Pero lo cierto
es que aquellas de nosotras que habíamos sido sus más
íntimas contribuimos a preservar la fantasía y a hacer que
se prolongara demasiado. Lo que sucedió después de la
disputa del ajedrez ilustra bien lo que estoy diciendo.
Yo suponía que Ruth era una consumada jugadora de
ajedrez y que podría enseñarme a jugar. No era una idea
tan descabellada: solíamos pasar por delante de alumnos
más mayores inclinados sobre tableros de ajedrez,
sentados junto a las ventanas o en laderas cubiertas de
hierba, y Ruth se paraba para contemplar las partidas. Y
cuando echábamos de nuevo a andar me comentaba
alguna jugada que había visto y en la que ninguno de los
jugadores había reparado.
—Es increíble lo cortos que son —decía entre dientes,
sacudiendo la cabeza.
Todo esto acabó por dejarme fascinada, y pronto me
encontré deseando ensimismarme yo también en aquellas
piezas ornadas. Así que cuando vi un tablero de ajedrez en
un Saldo y decidí comprarlo —a pesar de que costaba un
buen montón de Vales—, contaba con que Ruth iba a
ayudarme.
Durante los días siguientes, sin embargo, siempre que
le preguntaba cuándo iba a enseñarme a jugar, ella se
limitaba a suspirar, o a fingir que tenía algo mucho más
urgente que hacer. Cuando finalmente, una tarde lluviosa,
logré ponerla contra las cuerdas y colocamos el tablero
sobre una mesa de la sala de billar, lo que empezó a
enseñarme fue una vaga variante de las damas. El rasgo
distintivo del ajedrez, según ella, era que las piezas se
movían en L —supongo que dedujo esto de la
observación del movimiento del caballo—, en lugar de
moverse a brincos como en las damas. Yo no me lo creí, y
me llevé una gran desilusión, pero no dije nada y le seguí
la corriente durante un rato. Nos pasamos varios minutos
deslizando en L la pieza atacante y sacando fuera del
tablero, con un golpecito, la pieza del contrario. Y así
seguimos hasta que intenté capturarle una pieza y ella dijo
que no podía hacerlo porque había movido la pieza en una
línea demasiado recta.
Entonces me levanté, recogí el tablero y las fichas y
me fui. Jamás le dije en voz alta que no sabía jugar al
ajedrez —por muy decepcionada que estuviera, sabía que
no podía llegar tan lejos—, pero supongo que mi brusca
salida de la sala de billar le bastó para interpretarlo de ese
modo.
Quizá un día después entré en el Aula Veinte, situada
en la última planta de la casa, donde el señor George daba
su clase de poesía. No recuerdo si fue antes o después de
la clase, o lo llena que estaba el aula. Lo que recuerdo es
que llevaba libros en las manos, y que mientras me dirigía
hacia donde estaban charlando Ruth y las demás vi que un
vivo retazo de sol bañaba las tapas de los pupitres en los
que estaban sentadas.
Por la forma en que juntaban las cabezas, comprendí
que estaban hablando de algo relacionado con la guardia
secreta, y aunque, como digo, el incidente con Ruth había
sido el día anterior, me acerqué al grupo sin ninguna
prevención. Y estaba apenas a un palmo de ellas —quizá
se intercambiaron una mirada en ese momento— cuando
de pronto me di cuenta de lo que iba a suceder. Como
cuando una fracción de segundo antes de pisar un charco
caes en la cuenta de que está allí, y no puedes hacer nada
para remediarlo. Acusé el golpe antes incluso de que se
quedaran calladas y me miraran fijamente, antes incluso
de que Ruth dijera:
—Oh, Kathy, ¿cómo estás? Si no te importa, ahora
tenemos que hablar de unas cosas. Terminamos en un
momento. Disculpa.
Apenas esperé a que terminara la frase: me di la vuelta
y eché a andar hacia la puerta, furiosa más conmigo
misma —por haber permitido que me sucediera aquello—
que con Ruth y las demás. Estaba muy dolida, no hay
duda, aunque no sé si llegué a llorar. Y durante los días
siguientes, siempre que veía a la guardia secreta
conferenciando en un rincón o dando un paseo por el
campo, sentía que la sangre me afluía a las mejillas.
Dos días después de este desaire en el Aula Veinte,
bajaba yo por las escaleras de la casa principal cuando vi
que Moira B. estaba justo a mi espalda. La esperé y nos
pusimos a charlar, sobre nada en especial, y salimos
juntas de la casa. Debía de ser en el descanso del
almuerzo, porque cuando salimos al patio había unos
veinte alumnos paseando y charlando en pequeños
grupos. Mis ojos se dirigieron de inmediato hacia el fondo
del patio, donde Ruth y tres miembros más de la guardia
secreta formaban un grupito, de espaldas a nosotras, y
miraban atentamente hacia el Campo de Deportes Sur.
Traté de ver qué era lo que les interesaba tanto, y me di
cuenta de que Moira, que estaba a mi lado, también las
estaba observando. Y entonces me acordé de que apenas
un mes atrás ella también había pertenecido a la guardia
secreta, y había sido expulsada. Y durante los segundos
que siguieron sentí algo parecido a un gran embarazo,
pues las dos estábamos allí ahora, codo a codo, unidas por
nuestras recientes humillaciones, y afrontando cara a cara,
por así decir, nuestro rechazo. Quizá Moira sentía algo
parecido; de todas formas, fue ella la que rompió el
silencio al decir:
—Es tan estúpido, todo ese asunto de la guardia
secreta. ¿Cómo pueden seguir creyendo en esas cosas? Es
como si estuvieran todavía en párvulos.
Aún hoy me sorprende la violencia de la emoción que
se apoderó de mí cuando le oí a Moira decir eso. Me volví
hacia ella hecha una fiera:
—¿Qué sabes tú de eso? ¡No sabes nada de nada,
porque llevas siglos fuera de ello! ¡Si supieras todo lo que
hemos descubierto, no te atreverías a decir algo tan tonto!
—No digas bobadas. —Moira no era de las que se
amilanaban fácilmente—. No es más que otra de las cosas
que se inventa Ruth. Nada más que eso.
—Entonces, ¿cómo es que yo personalmente les he
oído hablar de ello? ¿De cómo van a llevar a la señorita
Geraldine al bosque en la furgoneta de la leche? ¿Cómo
es que les he oído yo misma planearlo, sin que Ruth ni
ninguna de las otras tengan nada que ver en el asunto?
Moira me miró, ahora insegura.
—¿Lo has oído tú misma? ¿Cómo? ¿Dónde?
—Les he oído hablar, sí, tan claro como te oigo a ti;
les he oído todo, porque no sabían que estaba allí. Junto al
estanque; no sabían que podía oírles. ¡Así que ya ves todo
lo que tú sabes!
Me aparté de ella y me abrí paso entre la gente que
atestaba el patio, y volví a mirar hacia Ruth y las demás,
que seguían mirando hacia el Campo de Deportes Sur,
ajenas a lo que acababa de pasar entre Moira y yo. Y caí
en la cuenta de que ya no sentía ningún enfado contra el
grupo; sólo una enorme irritación contra Moira.
Aún hoy, si voy conduciendo por una larga carretera
gris y mis pensamientos no siguen ningún rumbo, puedo
sorprenderme volviendo sobre esto una y otra vez. ¿Por
qué me mostré tan hostil con Moira B. aquel día, cuando
en realidad no era sino mi aliada natural? Lo que supongo
que sucedió fue que Moira estaba sugiriendo que ella y yo
cruzáramos una línea juntas, y yo aún no estaba preparada
para ello. Creo que percibí que más allá de aquella línea
había algo más duro, más oscuro, y no quería traspasarla.
Ni por mí ni por ninguna de nosotras.
Pero otras veces creo que esto no es cierto, y que todo
tenía que ver con Ruth y conmigo, y con el tipo de lealtad
que me inspiraba en aquellos días. Y quizá ésa es la razón
por la que, por mucho que tuviera ganas de hacerlo en
varias ocasiones, nunca saqué a colación lo que me había
sucedido con Moira aquel día en todo el tiempo en que
cuidé de Ruth en el centro de Dover.
Todo este asunto de la señorita Geraldine me recuerda
algo que sucedió unos tres años más tarde, mucho después
de que hubiera quedado definitivamente atrás lo de la
guardia secreta.
Estábamos en el Aula Cinco, situada en la parte de
atrás de la planta baja, esperando a que empezara la clase.
El Aula Cinco era el aula más pequeña, y en las mañanas
de invierno como aquélla, con todos los grandes
radiadores encendidos y todas las ventanas empañadas,
podía llegar a ser realmente sofocante. Quizá estoy
exagerando, pero mi memoria me dice que para que los
alumnos pudieran caber en un aula tan pequeña tenían
casi literalmente que amontonarse.
Puedo verlo como si lo tuviera delante de los ojos. Era
reluciente, como un zapato lustroso; de tonalidad tostada
intensa, todo moteado de circulitos rojos. La cremallera
del borde superior tenía un tupido pompón con el que se
tiraba de ella. Casi me había sentado encima de él, pero en
el último momento me desplacé hacia un lado, y Ruth
rápidamente lo quitó de en medio. Pero yo ya lo había
visto, como ella quería, y dije:
—¡Oh, qué plumier! ¿Dónde lo has conseguido? ¿En
el Saldo?
Había mucho ruido en el aula, pero las chicas que
estaban cerca me habían oído, y en cuestión de segundos
cuatro o cinco de ellas miraban el plumier con arrobo.
Ruth no dijo nada durante unos segundos; se limitó a
estudiar cuidadosamente las caras que nos rodeaban. Y al
final dijo, con parsimonia:
—Digamos que sí. Digamos que lo he conseguido en
el Saldo.
Y nos dirigió a todas una sonrisa de complicidad.
Puede que parezca una respuesta absolutamente
inocua, pero en realidad fue como si se hubiera puesto en
pie de un brinco y me hubiera dado una bofetada, y en los
instantes que siguieron me pareció a un tiempo estar
ardiendo y congelada. Sabía exactamente el significado de
su respuesta y de su sonrisa: nos estaba diciendo que
aquel plumier era un regalo de la señorita Geraldine.
No podía haber error alguno sobre esto, porque la cosa
venía gestándose desde hacía unas semanas. Había en
Ruth cierta sonrisa, cierta tonalidad de voz —a veces
acompañada de un dedo en los labios o de una mano
alzada al estilo de los apartes teatrales—, que
invariablemente quería sugerir que había sido objeto de
un trato de favor por parte de la señorita Geraldine: le
había permitido escuchar una cinta en la sala de billar, un
día entre semana, antes de las cuatro de la tarde; había
ordenado silencio en un paseo por el campo, pero al ver
que Ruth se acercaba hasta colocarse a su lado, se había
puesto a hablar con ella y había dado permiso para que
todo el mundo hablara. Siempre eran cosas parecidas, y
nunca expresadas explícitamente, sino apenas sugeridas
por una sonrisa y un lacónico «no hablemos más».
Por supuesto, oficialmente, los custodios no debían
mostrar ningún favoritismo. Pero continuamente se daban
pequeñas muestras de afecto, aunque ajustándose siempre
a ciertas normas (y la mayoría de las cosas que Ruth
sugería entraban dentro de tales límites). Sin embargo, yo
detestaba estas sugerencias de mi amiga. Como es lógico,
nunca podía estar segura de si decía la verdad o no, pero
dado que de hecho no lo «decía» sino tan sólo lo daba a
entender, tampoco podía enfrentarme a ella. Así que cada
vez que Ruth lo hacía yo tenía que resignarme, morderme
los labios y esperar a que el trago pasara cuanto antes.
A veces, por el sesgo que tomaba una conversación,
veía que estaba a punto de tener lugar uno de esos
momentos, y me armaba de valor para afrontarlo. Pero
incluso entonces me dolía profundamente, de forma que
durante varios minutos no era capaz de concentrarme en
nada de lo que sucedía a mi alrededor. Pero aquella
mañana de invierno en el Aula Cinco, me había cogido
desprevenida. Incluso después de haber visto el plumier,
la idea de que un custodio se lo hubiera regalado a alguien
se escapaba de tal forma a todo lo imaginable que no lo
había vislumbrado en absoluto. Así que cuando Ruth dijo
lo que dijo, yo no fui capaz, como otras veces, de dejar
que la ráfaga emocional pasara, y me puse a mirarla
fijamente sin disimular mi cólera. Ella, acaso avizorando
tormenta, me susurró rápidamente en un aparte:
—¡Ni una palabra!
Y volvió a sonreír.
Pero no pude devolverle la sonrisa y seguí mirándola
airadamente. Y entonces, por fortuna, llegó el custodio y
empezó la clase.
Nunca fui de ese tipo de niñas que cavilan horas y
horas sobre las cosas. He dado en hacerlo un poco
actualmente, pero es por mi trabajo y por las largas horas
de silencio que paso cuando recorro estos campos vacíos.
Yo no era, pongamos, como Laura, que a pesar de las
payasadas que hacía era capaz de preocuparse durante
días, incluso durante semanas, por pequeñas cosas que
alguien le había dicho. Pero después de aquella mañana
en el Aula Cinco, anduve un poco como en un trance. Se
me iba el santo al cielo en medio de las conversaciones;
podía pasarme clases enteras sin enterarme de lo que se
hablaba. Estaba decidida a que esta vez Ruth no se saliera
con la suya, pero durante un tiempo no fui capaz de hacer
nada constructivo al respecto; me limitaba a imaginar
escenas en las que desenmascaraba a Ruth y la obligaba a
confesar que se lo había inventado todo. Llegaba incluso a
alimentar una vaga fantasía en la que el asunto llegaba a
oídos de la propia señorita Geraldine, que echaba a Ruth
un severo rapapolvo delante de todo el mundo.
Después de pasar varios días perdida en tal desvarío,
empecé a pensar de forma más práctica. Si el plumier no
era un regalo de la señorita Geraldine, ¿de dónde lo había
sacado Ruth? Podía haberlo conseguido de otro alumno,
pero era algo bastante improbable. Si antes había
pertenecido a otra persona, incluso a alguien mucho
mayor que nosotros, un objeto precioso como aquél no
podría haber pasado inadvertido. Ruth jamás se habría
arriesgado a inventar una historia semejante sabiendo que
tiempo atrás el plumier había estado circulando por
Hailsham. Casi con toda certeza, lo había encontrado en
un Saldo. También en este caso corría el riesgo de que
otros lo hubieran visto antes de que ella lo comprara. Pero
si —como a veces sucedía, aunque en rigor no estaba
permitido— había oído que iba a llegar un plumier de
esas características y había conseguido que alguno de los
monitores se lo reservase antes de la inauguración del
Saldo, entonces podía sentirse razonablemente segura de
que nadie había llegado a verlo.
Por desgracia para Ruth, se consignaba en un registro
cada cosa comprada en los Saldos y quién había sido su
comprador. Aunque estos registros no podían consultarse
fácilmente —los monitores volvían a llevarlos al
despacho de la señorita Emily después de cada Saldo—,
tampoco eran materia de máximo secreto. Si en el
siguiente Saldo me ponía a rondar en torno a un monitor,
no me resultaría muy difícil aprovechar un despiste de
éste para echar un vistazo a las páginas del registro.
Tenía, pues, el bosquejo de un plan, y creo que seguí
mejorándolo durante varios días antes de darme cuenta de
que ni siquiera era necesario ejecutar cada uno de los
pasos. En caso de ser cierta mi hipótesis de que el plumier
lo había conseguido en un Saldo, lo único que tenía que
hacer era lanzar un farol.
Y así es como Ruth y yo llegamos a tener aquella
conversación bajo el alero. Era un día de niebla y de
llovizna. Habíamos salido las dos del barracón del
dormitorio, y creo que íbamos hacia el pabellón (no estoy
segura). Atravesábamos el patio cuando de pronto arreció
la lluvia, y como no teníamos prisa nos guarecimos
debajo del alero de la casa, a un lado de la puerta
principal.
Nos quedamos allí un rato, y de vez en cuando surgía
de la niebla algún alumno que entraba corriendo por la
puerta doble de la casa, pero la lluvia no amainaba. Y
cuanto más tiempo llevábamos allí más tensa me ponía,
porque me daba cuenta de que era la oportunidad que
había estado esperando. Ruth presentía también —estoy
segura— que estaba a punto de pasar algo, y al final
decidí jugarme el todo por el todo.
—En el Saldo del martes pasado —dije—, estuve
echando una ojeada al libro de registro. Ya sabes, donde
se apuntan las cosas...
—¿Estuviste mirando el registro? —saltó Ruth al
instante—. ¿Y se puede saber por qué?
—Oh, por nada en especial. Christopher C. era uno de
los monitores, así que me puse a hablar con él. Es el
mejor chico de secundaria, con diferencia. Y empecé a
pasar las hojas del registro, por hacer algo...
La mente de Ruth —me daba cuenta— había hecho
velozmente sus cálculos, y ahora sabía exactamente de
qué estábamos hablando. Pero dijo con voz calma:
—¿El registro? Vaya aburrimiento.
—No. Yo creo que es muy interesante. Puedes ver lo
que compra cada cual.
Dije esto último mirando con fijeza hacia la lluvia. Y
luego miré a Ruth, y me llevé un susto tremendo. No sé lo
que me esperaba: pese a las fantasías que había acariciado
a lo largo de todo el mes anterior, jamás había imaginado
cómo sería todo en una situación real como la que ahora
se desarrollaba ante mis ojos. Vi lo trastornada que estaba
Ruth; cómo, por vez primera desde que la conocía, no
tenía palabras (se había vuelto hacia otro lado, al borde de
las lágrimas). Y, de pronto, lo que acababa de hacer me
pareció absolutamente incomprensible. Todos aquellos
esfuerzos, todos aquellos planes, sólo para disgustar a mi
amiga del alma. ¿Qué diablos importaba que hubiera
dicho una pequeña mentira sobre su plumier? ¿No
soñamos todos de cuando en cuando que uno de los
custodios infringe las normas para favorecernos de alguna
forma especial? ¿Para darnos un abrazo espontáneo, una
carta secreta, un regalo? Lo único que había hecho Ruth
era llevar uno de esos inocuos sueños de vigilia un poco
más lejos, y ni siquiera había llegado a mencionar el
nombre de la señorita Geraldine.
Me sentía muy mal, y muy confusa. Pero mientras
seguíamos allí juntas, bajo el alero, mirando fijamente la
niebla y la lluvia, no se me ocurría nada con lo que
reparar el
daño que había hecho. Creo que dije
algo patético como: «No importa. No vi mucho, de todas
formas...», que quedó flotando estúpidamente en el aire
húmedo. Luego, al cabo de unos segundos de silencio,
Ruth avanzó un paso y salió a la lluvia.
6
Creo que me habría sentido mejor en relación con lo
que había pasado entre nosotras si Ruth me hubiera
guardado rencor de alguna forma patente. Pero ésta debió
de ser una de esas ocasiones en las que al parecer lo único
que hacía era hundirse. Era como si se sintiera demasiado
avergonzada por su impostura —demasiado aplastada por
ella— como para estar furiosa o desear desquitarse. Las
primeras veces que la vi después de nuestra conversación
bajo el alero yo estaba preparada para afrontar como
mínimo cierto enfurruñamiento, pero no, se comportó con
impecable cortesía, aunque estuvo un poco inexpresiva.
Supuse que tenía miedo de que volviera a ponerla en
evidencia —lo del plumier, como es lógico, había
quedado atrás—, y yo quería decirle que no tenía nada
que temer. Lo malo era que, como ninguna de estas cosas
las habíamos hablado abiertamente, no encontraba manera
de hacérselo saber.
Mientras tanto, me esforzaba todo lo que podía por
encontrar el momento de darle a entender que era cierto
que ocupaba un lugar especial en el corazón de la señorita
Geraldine. Me acuerdo de una vez, por ejemplo, en que un
grupo de nosotras se moría de ganas de ir a jugar un
partido de rounders durante el recreo, porque nos había
retado un grupo de chicas del curso siguiente. Pero estaba
lloviendo y no nos iban a dejar salir. Entonces vi que la
señorita Geraldine era una de las custodias que nos
tocaba, y dije:
—Si es Ruth la que va a pedírselo, tal vez nos deje.
Según puedo recordar, mi sugerencia no tuvo ningún
eco; quizá no llegó a oírme nadie, porque la mayoría de
nosotras estaba hablando al mismo tiempo. Pero lo
importante es que lo dije estando justo detrás de ella, y
pude ver claramente que le había gustado.
Otra vez, saliendo de una clase de la señorita
Geraldine, coincidió que yo estaba yendo hacia la puerta
justo detrás de la propia señorita Geraldine. Y lo que hice
fue rezagarme un poco para que Ruth, que iba a mi
espalda, pudiese adelantarme y pasar por el umbral junto
a la señorita Geraldine. Lo hice sin que se notara, como si
fuera la cosa más natural del mundo, lo que había que
hacer, lo que la señorita Geraldine quería que hiciera,
exactamente lo que cualquiera haría si viera que se había
interpuesto sin querer entre dos amigas íntimas. En esa
ocasión, recuerdo, Ruth, por espacio de un segundo, se
sorprendió y se sintió un poco desconcertada, y antes de
adelantarme me dirigió un rápido gesto de cabeza.
Pequeños detalles como éste sin duda complacían a
Ruth, pero distaban aún mucho de poder borrar lo que
había sucedido entre nosotras el día de la niebla bajo el
alero, y la sensación de que jamás sería capaz de arreglar
las cosas con ella no hacía sino acentuarse en mí día a día.
Recuerdo muy especialmente una tarde en que estaba
sentada en uno de los bancos de fuera del pabellón,
tratando denodadamente de pensar en alguna solución a
mi problema, mientras una honda mezcla de
remordimiento y frustración me estaba llevando
prácticamente al llanto. Si las cosas hubieran seguido así,
no estoy segura de lo que podría haber pasado. Tal vez
todo habría acabado olvidándose; o tal vez Ruth y yo nos
habríamos apartado definitivamente. Y entonces, como
caída del cielo, se me presentó la ocasión de poner las
cosas en claro.
Estábamos en mitad de una de las clases de Arte del
señor Roger, pero por alguna razón que no recuerdo éste
había salido un rato del aula. Así que muchas de nosotras
empezamos a pasearnos entre los caballetes, charlando y
mirando lo que cada una estaba haciendo. Y entonces una
chica llamada Midge A. se acercó y le dijo a Ruth en un
tono perfectamente amistoso:
—¿Dónde tienes ese plumier? Es tan precioso.
Ruth se puso tensa y miró rápidamente a su alrededor
para ver quién estaba presente. Éramos las de siempre, y
quizá un par de compañeras más que en ese momento se
paseaban entre nuestros caballetes. Yo no había dicho ni
una palabra a nadie del asunto del registro de los Saldos,
pero Ruth no lo sabía. Su voz sonó más suave que de
costumbre cuando le contestó a Midge:
—No lo tengo aquí. Lo tengo en el arcón de mis
cosas.
—Es tan bonito. ¿Dónde lo conseguiste?
Era obvio que Midge lo preguntaba con toda candidez.
Pero casi todas las que habíamos estado en el Aula Cinco
cuando Ruth había traído el plumier por primera vez
estábamos ahora presentes, esperando su respuesta, y vi
que Ruth vacilaba. Sólo después, al revivir por completo
la escena, llegué a apreciar cabalmente lo perfecta que
había sido la ocasión para mis propósitos. En el momento
ni siquiera lo pensé. Tercié antes de que Midge o
cualquiera de las chicas tuviera la oportunidad de advertir
que Ruth se encontraba ante un singular dilema.
—No podemos decirte dónde lo ha conseguido.
Ruth, Midge y todas las demás me miraron, quizá un
tanto sorprendidas. Pero conservé la sangre fría y
continué, dirigiéndome sólo a Midge:
—Hay un montón de razones por las que no podemos
decirte de dónde viene.
Midge se encogió de hombros.
—Es un misterio, entonces.
—Un gran misterio —dije, y le dediqué una gran
sonrisa para hacerle saber que no quería ser desagradable.
Las otras asentían con la cabeza para apoyarme, pero
Ruth tenía una vaga expresión en el semblante, como si de
pronto la preocupara algo que no tenía nada que ver con el
asunto. Midge volvió a encogerse de hombros, y según
creo recordar aquí acabó la cosa. O bien se fue en ese
momento o bien se puso a hablar de algo completamente
diferente.
Ahora, en gran parte por las mismas razones por las
que yo no había sido capaz de hablar abiertamente con
ella de mis malas artes con lo del registro de los Saldos,
Ruth tampoco era capaz de agradecerme lo que había
hecho por ella ante Midge. Pero por su forma de
comportarse conmigo, no sólo en los días sino en las
semanas que siguieron, estaba claro que le había gustado
mucho que hubiera intercedido en su favor. Y como yo
había pasado recientemente por la misma situación de
desear hacer algo por ella, no me fue difícil reconocer su
actitud de mantenerse atenta a la menor ocasión que se le
presentara para hacer algo por mí, algo realmente fuera de
lo corriente. Era una sensación estupenda, y recuerdo que
pensé un par de veces que incluso sería mucho mejor que
no tuviera ocasión de hacerlo en mucho tiempo, porque
así se prolongarían y prolongarían entre nosotras las
buenas vibraciones. Pero la oportunidad le llegó cuando
perdí mi cinta preferida, aproximadamente un mes
después del episodio de Midge.
Aún conservo una copia de aquella cinta, y hasta hace
muy poco la escuchaba de vez en cuando mientras
conducía por el campo abierto en un día de llovizna. Pero
ahora la pletina del radiocasete del coche está tan mal que
ya no me atrevo a ponerla. Y parece que jamás encuentro
tiempo para ponerla cuando estoy en mi cuarto. Aun así,
sigue siendo una de mis más preciadas pertenencias. A lo
mejor a finales de año, cuando deje de ser cuidadora,
puedo escucharla más a menudo.
El álbum se titula Canciones para después del
crepúsculo, y es de Judy Bridgewater. La que conservo
hoy no es la casete original, la que perdí, la que tenía en
Hailsham. Es la que Tommy y yo encontramos años
después en Norfolk (pero ésa es otra historia a la que
llegaré más tarde). De lo que quiero hablar ahora es de la
primera cinta, de la que me desapareció en Hailsham.
Antes debo explicar lo que en aquel tiempo nos
traíamos entre manos con Norfolk. Fue algo que duró
muchos años —llegó a ser una especie de broma privada
de Hailsham, supongo—, y había empezado en una clase
que tuvimos cuando aún éramos muy pequeños.
Fue la señorita Emily quien nos enseñó los diferentes
condados de Inglaterra. Colgaba del encerado un gran
mapa del país, y, a su lado, ponía un caballete. Y si estaba
hablando, por ejemplo, de Oxfordshire, colocaba sobre el
caballete un gran calendario con fotos de ese condado.
Tenía una gran colección de estos calendarios, y así
fuimos conociendo uno tras otro la mayoría de los
condados. Señalaba un punto del mapa con el puntero, se
volvía hacia el caballete y mostraba una fotografía. Había
pueblecitos surcados por pequeños arroyos, monumentos
blancos en laderas, viejas iglesias junto a campos. Si nos
estaba hablando de algún lugar de la costa, había playas
llenas de gente, acantilados y gaviotas. Supongo que
quería que nos hiciéramos una idea de lo que había allí
fuera, a nuestro alrededor, y me resulta asombroso, aún
hoy, después de todos los kilómetros que he recorrido
como cuidadora, hasta qué punto mi idea de los diferentes
condados sigue dependiendo de aquellas fotografías que
la señorita Emily ponía en el caballete. Si voy en coche,
por ejemplo, a través de Derbyshire y me sorprendo
buscando la plaza de un determinado pueblo, con su pub
de falso estilo Tudor y un monumento a la memoria de los
caídos, no tardo en darme cuenta de que lo que busco es la
estampa que la señorita Emily nos enseñó la primera vez
que oímos hablar de Derbyshire.
De todos modos, a lo que voy es que a la colección de
calendarios de la señorita Emily le faltaba algo: en
ninguno de ellos había ninguna fotografía de Norfolk.
Cada una de estas clases se repetía varias veces, y yo
siempre me preguntaba si la señorita Emily acabaría
encontrando alguna foto de Norfolk. Pero era siempre la
misma historia. Movía el puntero sobre el mapa y decía,
como si se le hubiera ocurrido en el último momento:
—Y aquí está Norfolk. Un sitio muy bonito.
Recuerdo que aquella vez en concreto hizo una pausa
y se quedó pensativa, quizá porque no había planeado lo
que tenía que venir después en lugar de una fotografía. Y
al final salió de su ensimismamiento y volvió a golpear el
mapa con la punta del puntero.
—¿Veis? Está aquí en el este, en este saliente que se
adentra en el mar, y por tanto no está de paso hacia
ninguna parte. La gente que viaja hacia el norte o el sur —
movió el puntero para arriba y para abajo— pasa de largo.
Por eso es un rincón muy tranquilo de Inglaterra, y un
sitio muy bonito. Pero también es una especie de rincón
perdido.
Un rincón perdido. Así es como lo llamó, y así
empezó todo. Porque en Hailsham teníamos nuestro
propio «rincón perdido» en la tercera planta, donde se
guardaban los objetos perdidos. Si perdías o encontrabas
algo, ahí es donde ibas a buscarlo o a dejarlo. Alguien —
no recuerdo quién— dijo después de esa clase que lo que
la señorita Emily había dicho era que Norfolk era el
«rincón perdido» de Inglaterra, el lugar adonde iban a
parar todas las cosas perdidas del país. La idea arraigó, y
pronto llegó a ser aceptada como un hecho por todo el
curso.
No hace mucho tiempo, cuando Tommy y yo
recordábamos esto, él afirmó que en realidad nunca
creímos lo del «rincón perdido», que fue más bien una
broma desde el principio. Pero yo estoy segura de que se
equivocaba. Bien es verdad que cuando cumplimos doce o
trece años el asunto de Norfolk se había convertido ya en
algo jocoso. Pero mi recuerdo del «rincón perdido» me
dice —y la memoria de Ruth coincide con la mía— que al
principio creímos en ello de forma literal y a pies
juntillas; que de la misma forma que los camiones
llegaban a Hailsham con la comida y los objetos para los
Saldos, tenía lugar una operación similar —a mucha
mayor escala— a todo lo largo y ancho de Inglaterra, y
todas las cosas que se perdían en los campos y trenes del
país iban a parar a ese lugar llamado Norfolk. Y el hecho
de que nunca hubiéramos visto ninguna fotografía de ese
lugar sólo contribuía a incrementar su aura de misterio.
Puede que suene a tontería, pero no se ha de olvidar
que para nosotros, en esa etapa de nuestra vida, cualquier
lugar más allá de Hailsham era como una tierra de
fantasía. No teníamos sino nociones muy vagas del
mundo exterior, y de lo que en él podía ser posible e
imposible. Además, nunca nos molestamos en analizar
con detenimiento nuestra teoría sobre Norfolk. Lo que nos
importaba —como dijo Ruth un día en aquella habitación
alicatada de Dover, mientras estábamos sentadas
contemplando cómo caía la tarde— era que «cuando
perdíamos algo precioso, y buscábamos y buscábamos por
todas partes y no lo encontrábamos, no debíamos perder
por completo la esperanza. Nos quedaba aún una brizna
de consuelo al pensar que un día, cuando fuéramos
mayores y pudiéramos viajar libremente por todo el país,
siempre podríamos ir a Norfolk y encontrar lo que
habíamos perdido hacía tanto tiempo».
Estoy segura de que Ruth tenía razón en eso. Norfolk
había llegado a ser una verdadera fuente de consuelo para
nosotros, probablemente mucho más de lo que estábamos
dispuestos a admitir entonces, y por eso seguimos
hablando de ello —aunque en un tono más bien de
broma— cuando nos hicimos mayores. Y por eso
también, muchos años después, el día en que Tommy y yo
encontramos en la costa de Norfolk otra cinta igual a la
que yo había perdido antaño, no nos limitamos a pensar
que era algo en verdad curioso, sino que, en nuestro
interior, los dos sentimos como una especie de punzada,
como un antiguo deseo de volver a creer en algo tan caro
a nuestro corazón en un tiempo.
Pero quería hablar de la cinta, de Canciones para
después del crepúsculo, de Judy Bridgewater. Supongo
que al principio fue un LP —la fecha de grabación es
1956—, pero lo que yo tenía era una casete, cuya portada
debía de ser la misma que la de la funda del disco. Judy
Bridgewater lleva un vestido de raso violeta, uno de
aquellos vestidos sin hombros que se llevaban en aquel
tiempo, y se le ve de cintura para arriba porque está
sentada en un taburete. Creo que se supone que es
Suramérica, porque detrás de ella hay palmeras y unos
camareros de tez morena con esmoquin blanco. Ves a
Judy desde el punto de vista de quien en ese momento le
estuviera sirviendo las bebidas. Y te devuelve una mirada
amistosa, no demasiado sexy, como si te conociera desde
hace mucho tiempo y estuviera flirteando contigo sólo un
poquito. Y hay otra cosa en esta portada: Judy tiene los
codos encima de la barra, y entre sus dedos hay un
cigarrillo encendido. Y fue precisamente por este
cigarrillo por lo que, desde que la encontré en un Saldo,
me había mostrado tan sigilosa en relación con la cinta.
No sé cómo habrá sido en otros centros, pero en
Hailsham los custodios eran sumamente estrictos con el
hábito de fumar. Estoy segura de que habrían preferido
que ni nos hubiéramos enterado de la existencia del
tabaco; pero dado que tal cosa era imposible, cada vez que
surgía cualquier referencia al hecho de fumar se
aseguraban de aleccionarnos firmemente en contra de un
modo u otro. Cuando se nos mostraba la fotografía de
algún escritor famoso, o de algún líder mundial, y éste
sostenía un cigarrillo entre los dedos, se hacía un alto en
la clase para afearle la conducta en tal sentido. Circulaba
incluso el rumor de que algunos libros clásicos —como
los de Sherlock Holmes, por ejemplo— no tenían cabida
en nuestra biblioteca porque los personajes principales
fumaban mucho, y cuando nos topábamos con alguna
página arrancada de un libro ilustrado o una revista,
sabíamos que era porque en esa página aparecía la
fotografía de alguien fumando. Y además estaban las
clases expresamente dedicadas a mostrarnos fotografías
de los terribles efectos del tabaco en nuestro organismo.
De ahí la conmoción de aquella vez en que Marge K. le
preguntó aquello a la señorita Lucy.
Estábamos sentados en el césped después de un
partido de rounders, y la señorita Lucy nos había estado
dando la típica charla sobre el tabaco cuando de pronto
Marge le preguntó si ella había fumado alguna vez un
cigarrillo. La señorita Lucy se quedó callada unos
instantes, y luego dijo:
—Me gustaría poder decir que no. Pero si he de ser
sincera, fumé durante una temporada. Unos dos años.
Cuando era más joven.
Fue toda una conmoción. Antes de que la señorita
Lucy hubiera tenido tiempo para responder, todos
miramos furibundamente a Marge, indignados por la
rudeza de la pregunta (para nosotros era como si le
hubiera preguntado si alguna vez había atacado a alguien
con un hacha). Y recuerdo que durante cierto tiempo le
hicimos la vida imposible a Marge; de hecho, lo que he
contado antes —la noche en que la obligamos a pegar la
cara a la ventana y mirar el bosque—no fue sino una parte
de lo que tendría que soportar los días siguientes. Pero en
el momento del incidente, cuando la señorita Lucy dijo lo
que dijo, estábamos demasiado confusos para pensar en
Marge. Creo que lo que hicimos fue quedarnos mirando
fijamente a la señorita Lucy, horrorizados, a la espera de
lo que diría a continuación.
Cuando por fin habló, pareció sopesar con sumo
cuidado cada palabra.
—En mi caso, no estuvo bien. Fumar no era bueno
para mí, así que lo dejé. Pero lo que debéis entender es
que para vosotros, para todos vosotros, fumar es mucho,
mucho peor de lo que pueda serlo para mí.
Hizo una pausa y se quedó callada. Alguien dijo
después que se había sumido en una ensoñación, pero yo
estaba segura, al igual que Ruth, de que estaba midiendo
cuidadosamente cómo continuar. Y al final dijo:
—Se os ha advertido de ello. Sois estudiantes. Sois...
especiales. De modo que el manteneros bien, el hecho de
mantener en óptimo estado el interior de vuestro cuerpo,
es mucho más importante para cada uno de vosotros de lo
que pueda serlo para mí.
Volvió a guardar silencio y nos miró de un modo
extraño. Luego, cuando hablamos de ello, algunos de
nosotros estábamos seguros de que la señorita Lucy había
deseado vivamente que alguien le preguntara por qué. Por
qué era mucho peor para nosotros. Pero nadie lo había
hecho. A menudo he pensado en aquel día, y hoy, a la luz
de lo que pasó después, estoy convencida de que si se lo
hubiéramos preguntado la señorita Lucy nos lo habría
contado todo. Sólo habría hecho falta una pregunta más
sobre el hábito de fumar.
¿Por qué habíamos guardado silencio aquel día,
entonces? Supongo que porque incluso a aquella edad —
teníamos nueve o diez años— sabíamos lo bastante como
para mostrarnos cautelosos en aquel terreno. Hoy resulta
difícil precisar cuánto sabíamos entonces. Ciertamente,
sabíamos —aunque no en un sentido profundo— que
éramos diferentes de nuestros custodios, y también de la
gente normal del exterior; tal vez sabíamos incluso que en
un futuro lejano nos esperaban las donaciones. Pero no
sabíamos realmente lo que ello significaba. Si evitábamos
cuidadosamente ciertos temas, muy probablemente lo
hacíamos porque nos producían embarazo. Detestábamos
el modo en que nuestros custodios —normalmente muy
por encima de todo— se mostraban incómodos siempre
que nos aproximábamos a este terreno. Nos sentíamos
turbados al advertir ese cambio en ellos. Creo que ésa es
la razón por la que no preguntamos más, y por la que
castigamos tan cruelmente a Marge K. por haber sacado a
colación aquel tema después del partido de rounders.
Y ésa era la razón, en fin, por la que yo me mostraba
tan sigilosa con la cinta. Hasta le di la vuelta a la portada,
de forma que sólo podías ver a Judy con el cigarrillo si
abrías la caja de plástico. Pero el motivo por el que
aquella cinta significaba tanto para mí no tenía nada que
ver con el cigarrillo, o con la forma de cantar de Judy
Bridgewater, que es una de esas cantantes de la época, del
tipo bar musical, nada del gusto de los alumnos de
Hailsham. Lo que hacía tan especial aquella cinta era una
canción concreta: el tema número tres: Nunca me
abandones.
Es una canción lenta, y es noche avanzada, y es
Norteamérica, y hay un trozo que vuelve y vuelve, en el
que Judy canta: «Nunca me abandones... Oh, baby, baby...
Nunca me abandones...». Tenía once años entonces, y no
había escuchado mucha música, pero esa canción..., esa
canción me llegó de verdad. Siempre procuraba tener la
cinta rebobinada en ese punto, y en cuanto podía la ponía.
Pero la verdad es que no se me presentaban
demasiadas ocasiones de oírla (era unos años antes de que
empezaran a aparecer los walkmans en los Saldos). En la
sala de billar había un gran aparato de música, pero yo
apenas la ponía allí porque la sala siempre estaba llena de
gente. En el Aula de Arte también había un radiocasete,
pero el ruido solía ser el mismo que en la sala de billar. El
único sitio donde podía escucharla con tranquilidad era en
nuestro dormitorio.
En aquella época nos habían cambiado ya a los
pequeños dormitorios de seis camas situados en los
barracones separados, y en el nuestro teníamos un casete
portátil en la estantería de encima del radiador. Así que
allí es donde solía ir —durante el día, cuando a nadie más
se le ocurría rondar por los dormitorios— a poner una y
otra vez mi canción preferida.
¿Qué es lo que tenía de especial esa canción? Bueno,
lo cierto es que no solía escuchar con atención toda la
letra; esperaba a que sonara el estribillo: «Oh, baby,
baby... Nunca me abandones...», y me imaginaba a una
mujer a quien le habían dicho que no podía tener niños, y
que los había deseado con toda el alma toda la vida.
Entonces se produce una especie de milagro y tiene un
bebé, y lo estrecha con fuerza contra su pecho y va de un
lado para otro cantando: «Oh, baby, baby... Nunca me
abandones...», en parte porque se siente tan feliz y en
parte porque tiene miedo de que suceda algo, de que el
bebé se ponga enfermo o de que se lo lleven de su lado.
Incluso en aquella época me daba cuenta de que no podía
ser así, de que tal interpretación no casaba con el resto de
la letra. Pero a mí no me importaba. La canción trataba de
lo que yo decía, y la escuchaba una y otra vez, a solas,
siempre que podía.
Por aquella época tuvo lugar un extraño incidente que
quiero reseñar aquí. Me causó una gran desazón, y aunque
no habría de entender su significado real hasta muchos
años después, creo que, incluso entonces, llegué a
vislumbrar su profunda trascendencia.
Era una tarde soleada y había ido al dormitorio a
buscar algo. Recuerdo lo luminoso que estaba todo porque
las cortinas no habían sido descorridas por completo, y el
sol entraba a raudales y podías ver el polvo en el aire. No
tenía intención de escuchar la cinta, pero al verme allí a
solas sentí un impulso y cogí la casete del arcón de mis
cosas y la puse en la pletina.
Puede que el volumen lo hubiera dejado alto la última
en utilizar el aparato, no lo sé; pero estaba mucho más
alto que de costumbre, y probablemente por eso no la oí
llegar. O quizá me dejé ganar por la pura complacencia.
El caso es que empecé a bambolearme lentamente al
compás de la canción, abrazando contra mi pecho a un
bebé imaginario. De hecho, para hacerlo todo más
embarazoso, fue una de esas veces en las que abrazaba
una almohada haciendo como que era mi bebé, y danzaba
despacio, con los ojos cerrados, cantando suavemente con
Judy cada vez que sonaba el estribillo: « Oh, baby, baby...
Nunca me abandones...».
La canción casi había terminado cuando algo me hizo
percibir que no estaba sola. Abrí los ojos y me encontré
mirando a Madame, que me observaba a través de la
puerta entreabierta.
Me quedé petrificada. Al cabo de uno o dos segundos,
empecé a sentir un tipo nuevo de alarma, porque intuí que
en la situación había además algo muy extraño. La puerta,
como digo, estaba entreabierta —había una norma que
estipulaba que las puertas de los dormitorios no podían
cerrarse del todo más que cuando nos íbamos a dormir—,
pero Madame ni siquiera había llegado a ocupar el
umbral. Estaba afuera, en el pasillo, muy quieta, con la
cabeza ladeada para poder ver lo que sucedía dentro. Y lo
extraño del caso era que estaba llorando. Tal vez había
sido uno de sus sollozos lo que había irrumpido en la
canción y me había sacado bruscamente de mi ensueño.
Cuando pienso en ello hoy, creo que Madame, si bien
no era una custodia, era la única adulta presente y tendría
que haber dicho o hecho algo, aunque no fuera más que
echarme una reprimenda. En tal caso, yo habría sabido
cómo actuar. Pero se quedó allí de pie, llorando y
llorando, mirándome a través de la puerta con la misma
mirada con que siempre nos miraba, como si estuviera
viendo algo que le pusiera los pelos de punta. Pero en
aquella ocasión había algo más: algo en su mirada que no
supe descifrar.
No supe qué decir ni qué hacer, ni qué iba a suceder a
continuación. Quizá entraría en el dormitorio, me gritaría,
me pegaría incluso; no tenía la menor idea de cómo
reaccionaría. Pero lo que hizo fue darse la vuelta e irse.
Me di cuenta de que la cinta estaba ya en la siguiente
canción, y apagué la pletina y me senté en la cama que
tenía más cerca. Y al hacerlo vi, a través de la ventana de
enfrente, cómo la figura de Madame se dirigía deprisa
hacia la casa principal. No miró hacia atrás, pero por el
modo en que encorvaba la espalda supe que no había
dejado de llorar.
Cuando volví con mis amigas unos minutos después,
no les conté lo que acababa de pasarme. Una de ellas me
notó algo extraño y dijo algo, pero yo me encogí de
hombros y seguí callada. No es que me sintiera
avergonzada exactamente, pero fue un poco como la vez
en que todas habíamos acosado a Madame en el patio,
cuando acababa de bajarse del coche. Lo que deseaba más
que nada en el mundo era que lo que acababa de
sucederme no hubiera sucedido, y pensé que el mejor
favor que podía hacerme a mí y a todos mis compañeros
era no decir ni media palabra del asunto.
Pero un par de años después hablé de ello con
Tommy. Fue en los días que siguieron a nuestra
conversación en la orilla del estanque, en la que me confió
lo que en cierta ocasión le había dicho la señorita Lucy;
los días en los que —según me doy cuenta hoy— se inició
aquel proceso de indagación —de preguntarnos cosas
sobre nosotros mismos— que habría de continuarse a lo
largo de los años. Cuando le conté a Tommy lo que me
había pasado con Madame en el dormitorio, lo que hizo
fue brindarme una explicación harto sencilla. Para
entonces todos sabíamos ya algo que en aquel tiempo yo
aún no sabía, es decir, que ninguno de nosotros podía
tener niños. Es posible que, de algún modo, yo hubiera
recibido ya esa información cuando era más pequeña, y
no la hubiera registrado por completo, y que por eso
entendí lo que entendí cuando oí aquella canción por vez
primera. Porque en aquel tiempo carecía de datos
explícitos que me permitieran entenderlo. Como digo,
cuando Tommy y yo hablamos de ello, nos lo habían
explicado ya a todos cabalmente. A ninguno de nosotros,
por cierto, nos importó gran cosa; de hecho, recuerdo que
a algunos compañeros les encantó que pudiéramos
mantener relaciones sexuales sin tener que preocuparnos
de las consecuencias (aunque el sexo en serio aún se
hallaba en la lejanía para la mayoría de nosotros). En
cualquier caso, cuando le conté a Tommy lo que me había
pasado, dijo:
—Seguramente Madame no es una mala persona,
aunque sea bastante repelente. Así que cuando te vio
bailando, abrazando a tu bebé imaginario, pensó que era
trágico que no pudieras tener niños. Y por eso se puso a
llorar.
—Pero Tommy —apunté—, ¿cómo podía saber ella
que la canción tenía que ver con una mujer que tenía un
bebé? ¿Cómo podía saber que la almohada que tenía entre
los brazos se suponía que era un bebé? Sólo lo era en mi
imaginación.
Tommy pensó en ello unos segundos, y luego, medio
en broma, dijo:
—Quizá Madame pueda leer la mente de la gente. Es
una mujer muy extraña. Quizá pueda ver el interior de las
personas. No me extrañaría nada.
Esto nos produjo un pequeño escalofrío, y aunque
soltamos unas risitas no seguimos hablando del asunto.
La cinta desapareció un par de meses después del
incidente con Madame. No vi ninguna relación entre
ambas cosas entonces, y no veo razón alguna para
relacionarlas hoy. Una noche, en el dormitorio, justo antes
de que apagaran las luces, me puse a revolver en mi arcón
para pasar el rato hasta que las demás volvieran del cuarto
de baño. Es extraño, pero cuando me di cuenta de que la
cinta no estaba, mi primer pensamiento fue que no debía
dejar que nadie viera el pánico que sentía. Puedo recordar
incluso cómo me esforcé por tararear como ensimismada
una tonadilla mientras seguía buscando. He pensado
mucho en ello y aún sigo sin saber cómo explicarlo: las
que estaban conmigo en aquel dormitorio eran mis más
íntimas amigas, y sin embargo no quería que supieran lo
trastornada que estaba por haber perdido aquella cinta.
Supongo que tenía que ver con el hecho de que lo
mucho que la cinta significaba para mí fuera un íntimo
secreto. Quizá todos nosotros, en Hailsham, teníamos
pequeños secretos como éste; pequeños rincones privados,
por ejemplo, creados de la nada y donde podíamos
recluirnos a solas con nuestros miedos y nuestros anhelos.
Pero el hecho de tener tales necesidades no nos hubiera
parecido aceptable en aquel tiempo (como si, en cierta
medida, fuera algo que nos hiciera quedar mal ante los
compañeros).
De todas formas, en cuanto me cercioré de que la cinta
no estaba entre mis cosas, pregunté a todas y cada una de
mis compañeras de dormitorio, como de pasada, si la
habían visto en alguna parte. Aún no estaba totalmente
angustiada, porque existía la posibilidad de que me la
hubiera dejado olvidada en la sala de billar; y, por otra
parte, tenía la esperanza de que alguien la hubiera cogido
prestada con intención de devolvérmela por la mañana.
La cinta no apareció a la mañana siguiente, ni ningún
día después, y hoy aún sigo sin saber qué pudo ser de ella.
Lo cierto —supongo— es que en Hailsham, a la sazón,
había más robos de los que tanto nosotros como los
custodios estábamos dispuestos a admitir. Pero la razón de
que esté contando ahora esto es que quiero explicar lo de
Ruth y su forma de reaccionar entonces. Lo que no se ha
de olvidar es que perdí la cinta menos de un mes después
de que Midge hubiera interrogado a Ruth en el Aula de
Arte sobre el plumier y yo me hubiera apresurado a
ayudarla. Desde entonces, como ya he dicho, Ruth había
estado intentando hacer algo por mí a cambio, y la
desaparición de la cinta le brindó una oportunidad
perfecta. Podría incluso decirse que no fue hasta después
de que me desapareciera la cinta cuando las cosas
volvieron a la normalidad entre nosotras, quizá por
primera vez desde aquella mañana lluviosa en la que le
conté lo del registro de los Saldos bajo el alero de la casa
principal.
La noche en que por primera vez eché en falta la cinta
me aseguré de preguntar por ella a todo el mundo, y eso,
por supuesto, incluyó también a Ruth. Mirando hoy hacia
atrás, veo hasta qué punto debió de darse cuenta exacta,
en aquel mismo momento, de lo mucho que para mí
significaba tal pérdida, y al mismo tiempo lo importante
que era para mí que no se armara ningún revuelo por ello
en el dormitorio. Así que aquella noche me había
respondido con un distraído encogimiento de hombros, y
había seguido con lo que estaba haciendo. Pero a la
mañana siguiente, volvía yo del cuarto de baño cuando oí
que Ruth le preguntaba a Hannah —en tono
despreocupado, sin darle demasiada importancia— si
estaba segura de que no había visto mi cinta.
Unas dos semanas después, cuando ya había asumido
plenamente el hecho de haber perdido la cinta, Ruth se
acercó a mí un día durante el descanso del almuerzo. Era
uno de los primeros días realmente primaverales de aquel
año, y yo estaba sentada en el césped charlando con un
par de chicas más mayores. Cuando Ruth llegó hasta
nosotras y me preguntó si quería ir a dar un paseo con
ella, supe claramente que tenía en mente algo concreto.
Así que dejé a las chicas con las que estaba hablando y la
seguí hasta el fondo del Campo de Deportes Norte, y
luego ladera arriba de la colina norte hasta la valla de
madera, desde donde miramos hacia abajo y vimos el
retazo de verde moteado por los grupos de alumnos. En la
cima de la colina corría una fuerte brisa, y recuerdo que
me sorprendió, porque cuando estaba abajo sentada en el
césped no la había percibido. Seguimos allí de pie,
quietas, mirando durante un rato los jardines de Hailsham,
y en un momento dado Ruth me tendió una pequeña
bolsa. Cuando la cogí, supe de inmediato que dentro había
una casete, y el corazón me dio un brinco. Pero Ruth me
dijo rápidamente:
—No, Kathy, no es la tuya. No es la que has perdido.
He intentado encontrarla para dártela, pero ha
desaparecido por completo.
—Sí —dije—. Y se habrá ido a Norfolk.
Nos reímos. Luego saqué la cinta de la bolsa con aire
de desilusión, y no estoy muy segura de que tal expresión
desencantada no siguiera en mi semblante cuando me
puse a mirar detenidamente el regalo de mi amiga.
Era una cinta titulada Veinte melodías clásicas de
baile. Cuando la oí más tarde, vi que era una música de
orquesta de las que ponen en los bailes de salón. En el
momento en que me la estaba dando yo no sabía de qué
música se trataba, como es lógico, pero sabía que no era
nada parecido a Judy Bridgewater. Y comprendí también,
casi de inmediato, que Ruth nunca llegaría a saberlo, y
que para ella, que no sabía nada de música, aquella cinta
que me regalaba podía llenar el hueco que me había
dejado la mía. Y de pronto sentí que mi desencanto se
esfumaba y que en su lugar iba germinando una genuina
dicha. En Hailsham no solíamos abrazarnos mucho. Pero
al darle las gracias, le apreté una mano con fuerza entre
las mías. Y ella dijo:
—La encontré en el Saldo pasado. Pensé que es del
tipo de cosas que te gustan.
La sigo conservando. No la pongo mucho porque su
música no tiene nada que ver con nada. Es un objeto,
como un broche o un anillo, y ahora que Ruth se ha ido se
ha convertido en uno de mis más preciados bienes.
7
Ahora quiero volver a nuestros últimos días en
Hailsham. Hablo del período que va desde que teníamos
trece años hasta que dejamos el centro a los dieciséis. En
mi memoria, la vida en Hailsham se divide en dos grandes
épocas bien diferenciadas: esta última de la que voy a
hablar, y la que abarca todo lo vivido anteriormente. Los
primeros años —aquellos de los que he estado hablando
hasta ahora— tienden a desdibujarse y a superponerse en
una especie de edad de oro, y cuando pienso en ellos,
incluso en las cosas que no fueron tan buenas, no puedo
evitar sentir una especie de fulguración dentro. Los
últimos años los siento de una forma diferente. No es que
fueran exactamente infelices —tengo multitud de
recuerdos muy caros de aquel tiempo—, pero fueron
mucho más serios, y, en determinados aspectos, más
sombríos. Quizá lo he exagerado mentalmente, pero tengo
la impresión de que entonces las cosas cambiaban muy
deprisa, tan velozmente como el día entra en la noche.
Tomemos aquella charla con Tommy en la orilla del
estanque: hoy pienso que marcó la línea divisoria entre las
dos épocas. No es que me empezasen a suceder cosas
cruciales inmediatamente después; pero aquella
conversación, para mí al menos, supuso un punto de
inflexión. Definitivamente empecé a ver las cosas de
forma diferente. Si antes reculaba al verme ante
situaciones o cosas delicadas, ahora me planteaba más y
más preguntas, si no en voz alta sí al menos en mi fuero
interno.
Aquella conversación en concreto me hizo ver con
otros ojos a la señorita Lucy. La observaba detenidamente
siempre que podía, y no por curiosidad sino porque había
empezado a verla como la fuente más probable de
importantes claves.
Y fue así como, a lo largo del año o los dos años
siguientes, llegué a captar diversas cosas extrañas que la
señorita Lucy decía o hacía y que a mis amigas les
pasaban completamente inadvertidas.
Aquella vez, por ejemplo —quizá unas semanas
después de la charla del estanque—, en que la señorita
Lucy nos estaba dando Lengua y Literatura. Habíamos
estado leyendo poesía, y —no sabría decir cómo—
acabamos hablando de los soldados en la Guerra Mundial.
Y de dos prisioneros de guerra. Uno de los chicos
preguntó si las alambradas que rodeaban el campo estaban
electrificadas, y otro comentó lo extraño que tenía que ser
vivir en un sitio así, en el que uno podía suicidarse cuando
le viniera en gana con sólo tocar la alambrada. Sin duda lo
dijo con toda seriedad, pero todos nos lo tomamos a
broma. Estábamos, pues, riendo y hablando a un tiempo, y
entonces Laura —muy propio de ella— se levantó de su
asiento y nos obsequió con una desternillante mímica de
alguien que tocaba una alambrada y se electrocutaba. Y al
punto se armó un revuelo en el que todo el mundo
chillaba y hacía como que tocaba una alambrada
electrificada y se electrocutaba de inmediato.
Yo seguí mirando a la señorita Lucy durante todo
aquel alboroto, y vi que, mientras miraba a la clase desde
su tarima, por espacio de un instante, una expresión
fantasmal se adueñó de su semblante. Luego —yo la
seguía observando atentamente— se sobrepuso, sonrió y
dijo:
—Menos mal que las vallas de Hailsham no están
electrificadas. A veces ocurren accidentes terribles.
Dijo esto con una voz muy suave, que quedó casi
ahogada en el griterío general. Pero yo la oí claramente:
«A veces ocurren accidentes terribles». ¿Qué clase de
accidentes? ¿Dónde? Pero nadie pareció oír lo que había
dicho, y al poco seguimos analizando el poema.
Hubo otros pequeños incidentes de este tipo, y no
mucho después del que acabo de relatar empecé a
considerar que la señorita Lucy no era igual que los
demás custodios. Es incluso posible que empezara a
darme cuenta, ya entonces, de la naturaleza de sus
desasosiegos y frustraciones. Pero seguramente exagero;
lo más probable es que, a la sazón, reparara en todas estas
cosas sin saber qué diablos significaban. Y si estos
incidentes se me antojan hoy llenos de significado y
coherencia, seguramente es porque hoy los veo a la luz de
lo que sucedió después, en especial lo que pasó aquel día
en el pabellón, cuando nos guarecimos de un aguacero.
Teníamos quince años, y era nuestro último año en
Hailsham. Habíamos estado en el pabellón preparándonos
para un partido de rounders. Los chicos atravesaban esa
fase en la que «disfrutaban» de los partidos de rounders
para poder flirtear con nosotras, y aquella tarde éramos
más de treinta chicos y chicas. El aguacero había
empezado cuando estábamos cambiándonos, y enseguida
nos juntamos todos en la veranda —protegida por el
tejado del pabellón— y nos dispusimos a esperar a que
escampara. Pero no dejaba de llover, y cuando el último
de nosotros se unió al grupo la veranda estaba atestada y
todo el mundo hervía de inquietud. Recuerdo que Laura
estaba mostrándome un modo de sonarse la nariz
particularmente repugnante en caso de querer ahuyentar a
un chico.
La señorita Lucy era la única custodia presente.
Estaba inclinada sobre la barandilla de enfrente,
escrutando la lluvia como si tratara de ver a través del
campo de deportes. Por aquella época yo seguía
observándola con la misma atención que de costumbre, y,
aunque estaba riéndome con Laura, de vez en cuando le
lanzaba furtivas miradas a la espalda. Recuerdo que me
pregunté si no había algo extraño en su postura, en cómo
agachaba la cabeza quizá de forma un tanto exagerada,
como un animal agazapado a punto de saltar sobre su
presa. Y se inclinaba tanto hacia fuera por encima de la
barandilla que las gotas del canalón que sobresalía del
tejado casi la rozaban, aunque ella no daba muestras de
que le importara. Me recuerdo incluso tratando de
convencerme de que no había nada raro en ello —que
sólo estaba deseosa de que dejara de llover—, y volviendo
a prestar atención a lo que estaba diciendo Laura. Luego,
unos minutos más tarde, había olvidado por completo a la
señorita Lucy y me estaba partiendo de risa por algo, y de
pronto me di cuenta de que todo el mundo se callaba a mi
alrededor, y de que la señorita Lucy estaba hablando.
De pie, en el mismo punto que antes, pero ahora con
la espalda contra la barandilla, con un fondo de cielo
lluvioso, encarándonos, estaba diciendo:
—No, no. Lo siento. Voy a tener que interrumpiros.
—Vi que les hablaba a dos chicos sentados enfrente de
ella. No es que su voz sonara extraña exactamente, pero
estaba hablando muy alto, con el tono que utilizaba para
anunciarnos algo a toda la clase, y por eso se había
callado todo el mundo—. No, Peter. Voy a tener que
pedirte que te calles. No puedo seguir escuchándote y
guardar silencio. —Y entonces levantó la mirada para
incluir al resto de los presentes, y aspiró profundamente—
: Muy bien —dijo—. Podéis oírlo todos. Es para todo el
mundo. Ya es hora de que alguien os hable bien claro.
Esperamos, y ella siguió mirándonos con fijeza. Más
tarde unos dirían que creían que nos iba a echar una buena
reprimenda; otros, que se disponía a anunciar una nueva
norma sobre cómo jugar los partidos de rounders. Pero
antes de que dijera ni media palabra yo sabía que iba a
tratar de algo completamente diferente.
—Chicos, tendréis que perdonarme por haber
escuchado lo que decíais. Estabais justo detrás de mí y no
he podido evitarlo. Peter, ¿por qué no les dices a tus
compañeros lo que le estabas diciendo a Gordon hace un
momento?
Peter J. parecía desconcertado, y vi cómo se aprestaba
a poner su cara de inocencia herida. Pero la señorita Lucy
volvió a decir, ahora con mayor delicadeza:
—Adelante, Peter. Diles a tus compañeros lo que le
estabas diciendo a Gordon.
Peter se encogió de hombros.
—Estábamos hablando de qué tal si nos hacíamos
actores. Del tipo de vida que llevaríamos.
—Sí —dijo la señorita Lucy—. Y le estabas diciendo
a Gordon que tendríais que ir a Estados Unidos para poder
tener más oportunidades.
Peter J. se encogió otra vez de hombros y masculló en
voz baja:
—Sí, señorita Lucy.
Pero la señorita Lucy desplazaba ahora la mirada
hacia todos nosotros.
—Sé que no lo decís con mala intención, y que se
dicen muchas cosas de este tipo continuamente. Las oigo
todos los días, y no está bien que se os haya permitido
seguir diciéndolas. —Vi cómo seguían cayéndole gotas
del canalón encima del hombro, pero ella no parecía darse
cuenta—. Si nadie os habla —continuó—, lo haré yo. El
problema, a mi juicio, es que se os ha dicho y no se os ha
dicho. Se os ha dicho, sí, pero ninguno de vosotros lo ha
entendido realmente; y me atrevería a decir que hay cierta
gente que se siente muy contenta de que la cosa quede
ahí. Yo no. Si habéis de llevar vidas como es debido
tenéis que saberlo, y saberlo bien. Ninguno de vosotros irá
a Estados Unidos, ninguno de vosotros será estrella de
cine. Y ninguno de vosotros trabajará en un
supermercado, como el otro día oí que alguien tenía
intención de hacer. Vuestras vidas están fijadas de
antemano. Os haréis adultos, y luego, antes de que os
hagáis viejos, antes de que lleguéis incluso a la edad
mediana, empezaréis a donar vuestros órganos vitales.
Para eso es para lo que cada uno de vosotros fue creado.
No sois como los actores que veis en los vídeos, no sois ni
siquiera como yo. Se os trajo a este mundo con una
finalidad, y vuestro futuro, el de todos vosotros, ha sido
decidido de antemano. Así que no debéis volver a hablar
de ese modo nunca. Abandonaréis Hailsham
relativamente pronto, y tampoco tendrá que pasar mucho
tiempo antes de que llegue el día en que os preparéis para
vuestras primeras donaciones. No debéis olvidarlo. Si
habéis de llevar vidas mínimamente decorosas, tenéis que
saber quiénes sois y lo que os espera en la vida. A todos y
cada uno de vosotros.
Se quedó callada, pero me dio la impresión de que
siguió diciendo cosas en el interior de su cabeza, porque
durante un tiempo su mirada siguió recorriéndonos, yendo
de cara en cara como si aún nos estuviera hablando. Y
sentimos un gran alivio cuando dio la vuelta y se puso a
mirar de nuevo el campo de deportes.
—Ya no hace tan mal tiempo —dijo, pese a que
seguía lloviendo con la misma insistencia que antes—.
Salgamos ahí fuera. A lo mejor sale también el sol.
Creo que eso fue todo lo que dijo. Cuando hablé de
ello con Ruth hace unos años en el centro de Dover, ella
insistía en que la señorita Lucy nos había dicho mucho
más; que nos había explicado cómo, antes de las
donaciones, pasaríamos un tiempo como cuidadores, cuál
era la secuencia normal de las donaciones, los centros de
recuperación, etc.; sin embargo, yo estoy completamente
segura de que no fue así. Puede que lo intentara cuando
empezó a hablar. Pero imagino que, una vez que abordó el
tema, empezó a ver las caras incómodas, perplejas que
tenía enfrente, y se dio cuenta de la imposibilidad de
terminar lo que había empezado.
Es difícil decir con claridad qué tipo de impacto causó
en el pabellón la revelación de la señorita Lucy. La noticia
circuló con rapidez por todo Hailsham, pero las charlas
versaban más sobre la propia señorita Lucy que sobre lo
que había intentado transmitirnos. Algunos alumnos
pensaban que había perdido el juicio durante unos
instantes; otros, que habían sido la señorita Emily y los
otros custodios quienes le habían pedido que nos dijera lo
que nos dijo; y había incluso quienes, habiendo estado
presentes cuando nos habló, pensaban que la señorita
Lucy nos había reprendido por haber sido demasiado
escandalosos en la veranda. Lo cierto es que se debatió
asombrosamente poco lo que había dicho. Y si el asunto
salía a colación, la gente solía decir:
—Bueno, ¿y qué? Ya lo sabíamos.
Pero eso era precisamente lo que la señorita Lucy
había puesto de relieve. «Se os ha dicho y no se os ha
dicho», fueron sus palabras literales. Hace unos años,
cuando Tommy y yo volvimos a hablar de ello, y le
recordé la idea de que «se nos había dicho y no se nos
había dicho», soltó otra de sus teorías.
Tommy pensaba que posiblemente los custodios, a lo
largo de todos nuestros años en Hailsham, habían
calculado cuidadosa y deliberadamente qué decirnos en
cada momento, de forma que fuéramos siempre
demasiado jóvenes para entender cabalmente lo que se
nos decía. Por supuesto, nosotros lo habíamos
interiorizado hasta cierto punto, y no hubo de pasar
mucho tiempo antes de que toda aquella información se
hubiera grabado en nuestra mente sin que jamás la
hubiéramos examinado con detenimiento.
Esto me suena un poco como a teoría de la
conspiración —no creo que los custodios fueran tan
arteros—, pero no niego que pueda haber algo de verdad
en ello. Ciertamente, tengo la impresión de que siempre
he sabido lo de las donaciones de un modo vago, y a una
edad tan temprana como los seis o siete años. Y es curioso
el hecho de que cuando fuimos más mayores y los
custodios nos daban esas charlas, nada nos resultaba una
total sorpresa. Era como si lo hubiéramos oído todo
alguna vez, en alguna parte.
Algo que me viene a la cabeza ahora es que cuando
los custodios empezaron a darnos charlas sobre sexo,
solían hacerlo al tiempo que nos hablaban de las
donaciones. A aquella edad —hablo de cuando teníamos
unos trece años— sentíamos gran inquietud y expectación
respecto al sexo, y obviamente relegábamos la otra
información a un segundo plano. Dicho de otro modo, es
posible que los custodios se las arreglaran para irnos
transmitiendo subrepticiamente una gran cantidad de
información básica sobre nuestro futuro.
Aunque, para ser justos, es muy probable que lo más
natural fuera hacer coincidir ambos asuntos. Si, pongamos
por caso, nos estaban explicando que, cuando tuviéramos
relaciones sexuales, debíamos tener mucho cuidado para
evitar el contagio de enfermedades, habría sido muy
extraño no mencionar el hecho de que para nosotros era
mucho más importante que para la gente normal del
exterior. Y ello, sin duda, nos llevaba al tema de las
donaciones.
Luego estaba el hecho de que no pudiéramos tener
niños. La señorita Emily solía darnos ella misma muchas
de las charlas sexuales, y recuerdo una vez que trajo del
aula de biología un esqueleto de tamaño natural para
mostrarnos cómo se hacía el sexo. Contemplamos con
absoluto asombro cómo sometía al esqueleto a diferentes
posturas y contorsiones, y movía el puntero de una a otra
de sus partes sin la menor muestra de embarazo.
Explicaba las líneas maestras de cómo tenía que hacerse,
qué es lo había que meter, y dónde, y las diferentes
variantes, como si estuviéramos en una clase de
Geografía. Entonces, de pronto, con el esqueleto hecho un
obsceno ovillo encima de la mesa, se dio la vuelta y
empezó a explicarnos que teníamos que tener cuidado con
quién practicábamos el sexo. No sólo por las
enfermedades, sino porque, dijo, «el sexo afecta a las
emociones de formas que no podemos ni imaginar».
Teníamos que ser extraordinariamente cautelosos con las
relaciones sexuales en el mundo exterior, sobre todo con
gente que no fueran estudiantes, porque en el mundo
exterior «sexo» significaba todo tipo de cosas. En el
mundo exterior la gente llegaba a pelearse y a matar
porque determinada persona hubiera tenido sexo con otra.
Y la razón de que el sexo significara tanto —mucho más,
por ejemplo, que la danza o el tenis de mesa— estaba en
que la gente del exterior era diferente de nosotros: a través
del sexo podía tener hijos. Por eso era tan importante para
ellos la cuestión de quién lo hacía con quién. Y aunque,
como sabíamos, era absolutamente imposible para
nosotros tener hijos, teníamos que comportarnos como
ellos. Teníamos que respetar las reglas y tratar el sexo
como algo muy especial.
Aquella charla de la señorita Emily da una idea cabal
de lo que estoy diciendo. Estábamos hablando de sexo,
pero pronto salían a relucir los temas específicos de
nuestra condición. Supongo que éste era el modo en que
«se nos decía y no se nos decía».
Pienso que al final debimos de asimilar bastante
información, porque recuerdo que, hacia esa edad, tuvo
lugar un gran cambio en el modo de tratar todo lo que
tenía que ver con las donaciones. Hasta entonces, como he
dicho, habíamos hecho cuanto estaba en nuestra mano
para evitar el tema; habíamos reculado a la menor señal
de que íbamos a adentrarnos en ese terreno; y siempre que
algún idiota había sido descuidado a este respecto —como
Marge en aquella ocasión—, se había llevado un castigo
severo. Pero desde que tuvimos trece años, como digo, las
cosas empezaron a cambiar. Seguíamos sin hablar de las
donaciones o de cualquier cosa que tuviera que ver con
ellas; seguíamos considerando incómodo todo lo
relacionado con la cuestión, y al mismo tiempo llegó a ser
algo sobre lo que bromeábamos, del mismo modo que
bromeábamos sobre el sexo. Mirando hacia atrás hoy, yo
diría que la norma de no hablar abiertamente de las
donaciones seguía en vigor y con la misma fuerza de
siempre. Pero ahora no estaba mal, e incluso era algo
obligado, que de cuando en cuando se hiciera alguna
alusión jocosa a aquellas cosas que nos esperaban en el
horizonte.
Un buen ejemplo de lo que digo es lo que sucedió
aquella vez en que Tommy se hizo un corte en el codo.
Debió de ser justo antes de mi charla con él junto al
estanque; por la época, supongo, en que Tommy estaba
saliendo de aquella fase en la que se metían con él y le
tomaban el pelo.
No era un tajo muy profundo, y aunque se le mandó a
Cara de Cuervo para que lo examinara, volvió casi de
inmediato con una gasa en el codo. Nadie volvió a pensar
mucho en ello hasta un par de días después, cuando
Tommy se quitó la gasa y nos enseñó una herida a medio
cerrarse. Se le veían trocitos de piel que empezaban a
pegarse, y pequeñas partículas rojas y blandas
asomándole por debajo. Estábamos a mitad del almuerzo,
así que todos le hicimos corro y exclamamos: «¡Ajjj!».
Luego Christopher H., de un curso superior al nuestro,
dijo con un semblante absolutamente serio:
—Lástima que sea en esa parte del codo. En cualquier
otra parte, no habría tenido la menor importancia.
Tommy pareció preocuparse (Christopher era alguien
a quien él admiraba mucho en aquella época), y le
preguntó a qué se refería. Christopher siguió comiendo, y
luego dijo como si tal cosa:
—¿No lo sabes? Si está justo en el codo, se te puede
abrir como una cremallera. En cuanto dobles el brazo
bruscamente. Y se te abriría no sólo esa parte, sino el
codo entero. Como una bolsa que se abre con una
cremallera. Pensaba que lo sabías.
Oí a Tommy quejarse de que Cara de Cuervo no le
hubiera advertido de ese riesgo, pero Christopher se
encogió de hombros y dijo:
—Pensaba que lo sabías, seguro. Todo el mundo lo
sabe.
Los compañeros de alrededor mascullaron algo en
señal de asentimiento.
—Tienes que mantener el brazo completamente recto
—dijo alguien—. Doblarlo lo más mínimo puede ser
peligrosísimo.
Al día siguiente vi a Tommy con el brazo recto y
rígido, y con aire preocupado. Todo el mundo se reía de
él, y eso me enfurecía, pero tenía que admitir que la cosa
tenía cierta gracia. Luego, hacia el final de la tarde,
salíamos del Aula de Arte cuando Tommy se acercó a mí
en el pasillo y me dijo:
—Kath, ¿podría hablar un momento contigo?
Esto fue quizá un par de semanas después de que me
hubiera acercado a él en el campo de deportes para
recordarle lo de su polo preferido, así que se suponía que
éramos bastante amigos. Fuera como fuese, el hecho de
que viniera de ese modo a preguntarme si podía hablar
conmigo en privado resultaba un tanto embarazoso, y me
dejó un poco desconcertada. Quizá eso pueda explicar en
parte por qué no fui más amable.
—No es que esté muy preocupado ni nada parecido —
empezó, en cuanto me hubo llevado aparte—. Pero quiero
prevenirme, eso es todo. Con la salud no hay que correr
riesgos. Necesito que alguien me ayude, Kath. —Lo que
le preocupaba, me explicó, era lo que podía hacer
mientras dormía. Doblar el brazo, por ejemplo—. Siempre
tengo sueños de ésos en los que peleo contra montones de
soldados romanos.
En cuanto le interrogué un poco, me di perfecta cuenta
de que multitud de compañeros —incluso muchos de los
que no habían estado en aquel almuerzo— habían ido a
repetirle la advertencia de Christopher. De hecho, algunos
habían llevado mucho más lejos la patraña: le habían
contado que un alumno que se había ido a dormir con un
tajo en el codo como el suyo se había despertado con todo
el esqueleto del brazo y la mano a la vista, y toda la piel
suelta al lado «como uno de esos guantes largos de My
Fair Lady».
Lo que Tommy me pedía era que le ayudara a ponerse
una tablilla en el brazo para mantenerlo recto durante la
noche.
—No me fío de nadie más —dijo, levantando una
gruesa regla que solía usar—. Son capaces de ponérmela
de forma que se suelte mientras duermo.
Me miraba con absoluta inocencia, y no supe qué
decir. Una parte de mí se moría de ganas de decirle lo que
le estaban haciendo, y supongo que sabía que no hacerlo
sería como traicionar la confianza que se había creado
entre nosotros desde el momento en que le recordé lo del
polo en el campo de deportes. Y si me avenía a
entablillarle el brazo me convertía al instante en uno de
los principales ejecutores de la broma. Y todavía me
sentía avergonzada por no habérselo dicho en un
principio. Pero hay que tener en cuenta que yo era aún
muy jovencita, y que sólo disponía de unos segundos para
decidirme. Y cuando alguien te pide que hagas algo en un
tono tan lastimero, es muy difícil negarse.
Supongo que lo que primó en mí fue el deseo de que
no se disgustara. Porque me daba cuenta de que, a pesar
de todo su desasosiego por el brazo, a Tommy le
emocionaba la preocupación por su salud que creía que
todos le estaban demostrando. Claro que yo sabía que se
iba a enterar de la verdad tarde o temprano, pero en aquel
momento no fui capaz de decírselo. Lo menos malo que
se me ocurrió fue preguntarle:
—¿Te ha dicho Cara de Cuervo que hagas esto?
—No. Pero imagina lo furiosa que se pondría si el
codo se me sale todo entero.
Seguía sintiéndome mal, pero le prometí entablillarle
el brazo más tarde —en el Aula Catorce, media hora antes
de la campana nocturna—, y lo vi marchar tranquilizado y
agradecido.
El caso es que no tuve que pasar por ello, porque
Tommy lo averiguó todo antes. Hacia las ocho de la tarde
estaba yo bajando la escalera principal cuando oí unas
grandes carcajadas que venían de la planta baja. Se me
encogió el corazón porque supe inmediatamente que
tenían que ver con Tommy. Me detuve en el rellano de la
primera planta y miré por encima de la barandilla y vi que
Tommy salía de la sala de billar con grandes y sonoras
zancadas. Recuerdo que pensé: «Al menos no está
chillando». Y no lo hizo en ningún momento: fue hasta el
guardarropa, recogió sus cosas y se fue de la casa
principal. Y durante todo este tiempo, las risotadas
siguieron saliendo por la puerta abierta de la sala de billar,
mientras algunas voces aullaban cosas como la siguiente:
—¡Si pierdes los estribos, el codo se te sale sin
remedio!
Pensé en salir detrás de él y alcanzarlo en la oscuridad
antes de que llegara al barracón del dormitorio, pero
recordé que le había prometido entablillarle el codo para
pasar la noche, y no me moví. Y me dije a mí misma una
y otra vez: «Al menos no ha tenido una rabieta. Al menos
se ha controlado el mal genio».
Pero me he apartado un poco del asunto. La razón de
que haya hablado de esto es que el concepto de cosas que
«se abren como una cremallera» trascendió del codo de
Tommy para convertirse en una broma entre nosotros
referida a las donaciones. La idea era que, llegado el
momento, con sólo abrirte la cremallera de una parte de ti
mismo, se te saldría un riñón u otra víscera cualquiera,
que tenderías a quien procediese. No es que la cosa nos
pareciese muy graciosa en sí misma; era más bien una
forma que teníamos de hacernos perder el apetito. Te
abrías la «cremallera» del hígado, por ejemplo, y lo
tirabas en el plato de alguien. Ese tipo de broma.
Recuerdo que una vez Gary B., que tenía un apetito
insaciable, volvía con su tercer plato de pudin, y
prácticamente todos los de la mesa «se abrieron la
cremallera» de partes de sí mismos y fueron
amontonándolas en el bol de Gary, mientras él seguía
atiborrándose a conciencia.
A Tommy nunca le gustó gran cosa que lo de las
cremalleras se pusiera de moda otra vez, pero para
entonces las tomaduras de pelo dirigidas contra su
persona eran agua pasada y nadie lo relacionaba ya con
esta broma. Era algo que hacíamos para reírnos un poco,
para conseguir que alguien dejase de comer lo que tenía
en el plato, y también, supongo, como un modo de
reconocimiento de lo que nos esperaba en el futuro. Y
esto es lo que quería decir antes. En aquel tiempo de
nuestra vida ya no nos apartábamos con espanto cuando
se mencionaba el asunto de las donaciones, como
habíamos hecho un año o dos atrás; pero tampoco
pensábamos en ello muy seriamente, ni lo sometíamos a
debate. Todo aquello de «abrirse la cremallera» no era
sino una manifestación perfectamente comprensible del
modo en que el asunto nos afectaba cuando teníamos trece
años.
Así que diría que la señorita Lucy tenía razón cuando
un par de años después afirmó que «se nos había dicho y
no se nos había dicho». Y —lo que es más— ahora que
pienso en ello diría también que lo que la señorita Lucy
nos dijo aquella tarde condujo a un cambio de actitud real
en todos nosotros. Fue a partir de aquel día cuando
cesaron las bromas sobre las donaciones, y cuando
empezamos a pensar juiciosamente en las cosas. Si algo
varió fue precisamente que las donaciones volvieron a ser
un tema que todos orillábamos, pero no de la forma en
que lo habíamos hecho cuando éramos más pequeños.
Ahora ya no era incómodo o embarazoso, sino
sencillamente sombrío y serio.
—Es extraño —me dijo Tommy cuando hace unos
años lo recordamos todo de nuevo—. Ninguno de
nosotros se paró a pensar en cómo se sintió ella, la
señorita Lucy. Nunca nos preocupó si se había buscado
algún problema al decirnos lo que nos dijo. Éramos tan
egoístas entonces...
—No puedes culparnos a nosotros —dije—. Se nos
enseñó a pensar en nuestros compañeros, pero jamás en
nuestros custodios. No se nos ocurrió nunca la idea de que
hubiera diferencias entre ellos.
—Pero teníamos edad suficiente —dijo Tommy—.
Con nuestra edad tendría que habérsenos ocurrido. Sin
embargo no se nos ocurrió. No pensamos en absoluto en
la pobre señorita Lucy. Ni siquiera después, ya sabes,
cuando tú la viste.
Supe al instante a qué se refería. Hablaba de aquella
mañana de principios de nuestro último verano en
Hailsham, cuando me topé con la señorita Lucy en el Aula
Veintidós.
Al pensar en ello ahora, me doy cuenta de que Tommy
tenía razón. A partir de aquel momento debería haber sido
meridianamente claro, incluso para nosotros, cuan
atribulada estaba la señorita Lucy. Pero como dijo
Tommy, jamás consideramos nada desde su punto de
vista, y jamás se nos ocurrió decir o hacer algo para
apoyarla.
8
Muchos de nosotros habíamos cumplido ya dieciséis
años. Era una mañana de sol radiante y acabábamos de
bajar al patio después de una clase en la casa principal
cuando de pronto me acordé de algo que me había dejado
olvidado en el aula. Así que subí hasta la tercera planta, y
allí es donde me sucedió lo de la señorita Lucy.
En aquellos días yo tenía un juego secreto. Cuando me
encontraba sola dejaba lo que estuviera haciendo y
buscaba una vista —desde la ventana, por ejemplo, o el
interior de un aula a través de una puerta—, cualquier
vista en la que no hubiera personas. Lo hacía para poder
formarme la ilusión, al menos durante unos segundos, de
que aquel lugar no estaba atestado de alumnos sino que
era una casa tranquila y apacible donde vivía con otras
cinco o seis personas. Y para que esta fantasía funcionara,
tenía que sumirme en una especie de ensueño, y aislarme
de todos los ruidos y todas las voces. Normalmente tenía
que armarme de paciencia: si, pongamos por caso, estaba
en una ventana y fijaba la mirada en un punto concreto del
campo de deportes, puede que tuviese que esperar siglos
para que se dieran esos dos segundos en los que no había
nadie en el encuadre. En cualquier caso, era eso lo que
estaba haciendo aquella mañana después de haber
recogido lo que había olvidado en la clase y haber salido
al rellano de la tercera planta.
Estaba muy quieta junto a una ventana y miraba la
parte del patio en la que había estado apenas unos
instantes antes. Mis amigas se habían ido, y el patio se
vaciaba por momentos, de forma que estaba esperando a
poder poner en práctica mi juego secreto cuando oí a mi
espalda algo parecido a un escape de gas o de vapor en
violentas ráfagas.
Era un sonido sibilante que se prolongó durante unos
diez segundos; luego cesó y volvió a sonar. No me alarmé
exactamente, pero dado que al parecer era la única
persona en la cercanía, pensé que lo mejor sería ir a
averiguar qué pasaba.
Crucé el rellano en dirección al sonido, avancé por el
pasillo y dejé atrás el aula en la que acababa de estar, y
llegué al Aula Veintidós, la segunda empezando por el
fondo. La puerta estaba entreabierta, y en cuanto me
acerqué a ella el ruido sibilante volvió a oírse, esta vez
con mayor intensidad. No sé lo que esperaba encontrar al
empujar la puerta con cautela, pero mi sorpresa fue
mayúscula al ver a la señorita Lucy.
El Aula Veintidós se utilizaba raras veces para las
clases, porque era demasiado pequeña y nunca había
suficiente luz, ni siquiera en un día como aquél. A veces
los custodios entraban para corregir nuestros trabajos o
para ponerse al día en sus lecturas. Aquella mañana el
aula estaba más oscura que de costumbre, porque las
persianas estaban echadas casi totalmente. Habían juntado
dos mesas, como para que pudiera sentarse un grupo, pero
la señorita Lucy estaba sola, sentada a un lado, cerca del
fondo. Vi varias hojas de un papel oscuro y satinado
diseminadas sobre la mesa de enfrente de la señorita
Lucy. Ella estaba inclinada sobre la mesa, absorta, con la
frente muy baja, los brazos sobre el tablero, trazando
líneas furiosas sobre una hoja con un lápiz. Bajo las
gruesas líneas negras vi una pulcra letra azul. Siguió
restregando la punta del lápiz sobre el papel, casi como si
estuviera sombreando en la clase de Arte, sólo que sus
movimientos eran mucho más airados, como si no le
importara que el papel se agujereara. Entonces, en ese
momento, me di cuenta de que ése era el ruido extraño
que había oído antes, y que lo que había tomado por
papeles oscuros y satinados habían sido, instantes atrás,
hojas de cuidada letra azul.
Se hallaba tan ensimismada en lo que estaba haciendo
que tardó en reparar en mi presencia. Cuando alzó la
vista, sobresaltada, vi que tenía la cara congestionada,
aunque sin rastro alguno de lágrimas. Se quedó
mirándome, y al final dejó el lápiz.
—Hola, jovencita —dijo, y aspiró profundamente—.
¿Qué puedo hacer por ti?
Creo que aparté la vista para no tener que mirarla a
ella o al papel que había sobre la mesa. No recuerdo si
dije gran cosa, si le expliqué lo del ruido, y que había
entrado por si era gas. En cualquier caso, no fue una
conversación propiamente dicha: ella no quería que yo
estuviera allí, y yo tampoco quería estar. Creo que me
disculpé y salí del aula, esperando a medias que me
llamara. Pero no lo hizo, y lo que hoy recuerdo es que
bajé las escaleras llena de vergüenza y resentimiento. En
aquel momento quería más que nada en el mundo no
haber visto lo que acababa de ver, aunque si se me
hubiera preguntado por qué estaba tan disgustada no
habría sido capaz de precisar el motivo. La vergüenza,
como digo, tenía mucho que ver con ello, y también la
furia, aunque no exactamente contra la señorita Lucy. Me
sentía muy confusa, y probablemente por eso no les conté
nada a mis amigas hasta mucho tiempo después.
A partir de aquella mañana tuve la convicción de que
había algo —quizá algo horrible— relacionado con la
señorita Lucy que yo desconocía, y mantuve los ojos y los
oídos bien abiertos. Pero los días pasaron y no vi ni oí
nada. Lo que no sabía entonces es que algo de gran
importancia había sucedido sólo unos días después de que
viera a la señorita Lucy en el Aula Veintidós; algo entre
ella y Tommy que había dejado a éste disgustado y
desorientado. No mucho tiempo atrás, Tommy y yo nos
habríamos contado inmediatamente cualquier nueva de
este tipo; pero aquel verano estaban sucediendo ciertas
cosas que hacían que no habláramos tan abiertamente
como antes.
Por eso tardé tanto en oír hablar de ello. Luego me
odié por no haberlo adivinado, por no buscar a Tommy
para interrogarle hasta conseguir que me lo contara. Pero
como he dicho, en aquel tiempo estaban sucediendo cosas
entre Tommy y Ruth, y otras muchas cosas más, y creí
que eran estos hechos los que habían dado lugar a los
cambios que había observado en él.
Probablemente iría demasiado lejos si dijera que
Tommy se vino abajo por completo aquel verano pero
hubo veces en las que temí que estuviera volviendo a ser
la criatura torpe y tornadiza de años antes. Una vez, por
ejemplo, unas cuantas de nosotras volvíamos del pabellón
hacia los barracones de los dormitorios y de pronto vimos
a Tommy y a otros dos chicos unos pasos más adelante.
Todos parecían estar perfectamente —incluso Tommy—,
y se reían y se daban empellones. De hecho, diría que
Laura —que iba a mi lado— se puso a imitarles y a hacer
payasadas. El caso es que Tommy debía de haber estado
sentado en el suelo un rato antes, porque tenía un pegote
de barro en la parte baja de la camiseta de rugby. Era
obvio que no se había dado cuenta, y creo que sus amigos
tampoco, porque lo habrían aprovechado para tomarle el
pelo. En cualquier caso, Laura —siendo como era— le
gritó algo parecido a: «¡Tommy, llevas caca detrás! ¿Qué
has estado haciendo?».
Lo dijo de un modo completamente amistoso, y si acto
seguido algunas de nosotras emitimos ciertos ruidos para
apoyar el comentario, no fue nada muy distinto a ese tipo
de cosas que los escolares hacen continuamente. Así que
nos quedamos absolutamente anonadadas cuando Tommy
se paró en seco, giró en redondo y miró a Laura con ojos
de fuego. Nos paramos, y también sus amigos —ellos tan
desconcertados como nosotras—, y durante unos
segundos pensé que Tommy iba a estallar por primera vez
en varios años. Pero se dio la vuelta y echó a andar con
brusquedad, sin decir ni una palabra, y nos dejó allí atrás,
quietas, encogiéndonos de hombros y mirándonos unas a
otras.
Algo parecido sucedió cuando le enseñé el calendario
de Patricia C. Patricia estaba dos cursos más atrás que
nosotros, pero todo el mundo admiraba su destreza para el
dibujo, y sus trabajos eran muy cotizados en los
Intercambios de Arte. A mí me gustaba especialmente
aquel calendario, y me las había arreglado para
conseguirlo en el último Intercambio, porque llevaba
oyendo hablar de él varias semanas. No tenía nada que
ver, pongamos por caso, con los calendarios blandos de
colores de los condados ingleses de la señorita Emily. El
calendario de Patricia era diminuto y abultado, y para
cada mes había hecho un increíble dibujo a lápiz de
alguna escena de la vida de Hailsham. Me gustaría
haberlo conservado, sobre todo porque en algunos de los
dibujos —los de junio y septiembre, por ejemplo— se
pueden reconocer las caras de ciertos alumnos y
custodios. Es una de las cosas que perdí cuando dejé las
Cottages, cuando tenía la cabeza en otra parte y no
prestaba demasiada atención a lo que me estaba llevando
(pero hablaré de ello en su momento). Lo que estoy
diciendo ahora es que el calendario de Patricia era una
auténtica preciosidad. Me sentía orgullosa de él, y por eso
quería enseñárselo a Tommy.
Lo vi de pie al lado del gran sicómoro que había cerca
del Campo de Deportes Sur, al sol de última hora de la
tarde, y como llevaba el calendario en la cartera —lo
había estado enseñando en la clase de música—, me dirigí
hacia él.
Estaba absorto en un partido de fútbol en el que
jugaban algunos chicos más jóvenes, y su talante parecía
bueno, incluso apacible. Cuando me vio acercarme me
sonrió, y estuvimos charlando un rato de nada en
particular. Y al final le dije:
—Tommy, mira lo que he conseguido.
No quise que mi voz sonara sin un timbre de triunfo, y
puede que incluso dijera «tachan» al sacarlo de la cartera
y tendérselo para que lo viera. Cuando cogió el calendario
aún seguía sonriendo, pero en cuanto empezó a hojearlo
me pareció que algo se cerraba en su interior.
—Esa Patricia... —empecé a decir, pero enseguida oí
cómo mi voz cambiaba—. Es tan inteligente...
Pero Tommy ya me lo estaba devolviendo. Y luego,
sin decir ni una palabra, echó a andar en dirección a la
casa principal.
Este incidente debería haberme dado una pista. Si
hubiera pensado en él con la atención debida, habría
adivinado que el estado de ánimo último de Tommy tenía
algo que ver con la señorita Lucy y con sus pasados
problemas de creatividad. Pero con todas las cosas que
estaban pasando en aquel momento en Hailsham, como
digo, no pensé en nada de eso. Supongo que debí de dar
por sentado que aquellos problemas habían quedado atrás
con nuestra entrada en la adolescencia, y que sólo los
grandes temas que tan aparatosamente se nos presentaban
podían realmente preocuparnos.
¿Qué había estado pasando en Hailsham? Bien, para
empezar, Ruth y Tommy habían tenido una pelea de
campeonato. Habían sido pareja durante unos seis meses
(al menos ése era el tiempo que llevaban siéndolo
«públicamente»: paseándose cogidos del brazo y ese tipo
de cosas). Los respetábamos como pareja porque no
hacían ostentación de ello. Otras parejas, como Sylvia B.
y Roger D., por ejemplo, podían ponerse de un meloso
insoportable, y había que lanzarles toda una andanada de
imitaciones de vómitos para llamarles al orden. Pero Ruth
y Tommy nunca hicieron ningún alarde burdo delante de
los demás, y si alguna vez se hacían arrumacos o algo
parecido, notabas que lo hacían sólo para ellos mismos y
no para la galería.
Mirando hoy hacia atrás, reconozco que todos
estábamos bastante confusos en lo relativo al sexo. Algo
que a nadie debería sorprender, supongo, ya que apenas
teníamos dieciséis años. Pero lo que hacía aún mayor
nuestra confusión —hoy lo veo con más claridad— era el
hecho de que también los custodios se sentían confusos al
respecto. Por otra parte, teníamos las charlas de la señorita
Emily, en las que nos decía lo importante que era no
avergonzarse de nuestros propios cuerpos, y «respetar
nuestras necesidades físicas», y cómo el sexo era «un
bellísimo don» siempre que ambas personas lo desearan
realmente. Pero llegado el momento, los custodios hacían
más o menos imposible que cualquiera de nosotros llegara
a hacer gran cosa sin quebrantar alguna norma. Nosotras
no podíamos visitar los dormitorios de los chicos después
de las nueve de la noche, y ellos no podían visitar los
nuestros. Las clases estaban oficialmente «fuera del
territorio permitido» desde el atardecer, al igual que las
zonas de detrás de los cobertizos y del pabellón. Y no te
apetecía hacerlo en el campo aunque el tiempo fuera
espléndido, porque casi con toda seguridad descubrirías
luego que habías tenido un montón de espectadores
observándote —y pasándose los prismáticos de mano en
mano— desde las ventanas de la casa. Dicho de otro
modo, pese a las charlas y charlas sobre la belleza del
sexo y demás, teníamos la inequívoca impresión de que si
los custodios nos sorprendían poniéndolo en práctica nos
veríamos en un aprieto.
El único caso real del que personalmente tengo noticia
en este sentido es el de Jenny C. y Rob D., el día en que
se les sorprendió en el Aula Catorce. Estaban haciéndolo
después del almuerzo, encima de uno de los pupitres,
cuando el señor Jack entró a coger algo. Según Jenny, el
señor Jack se había puesto rojo y se había ido
precipitadamente, pero a ellos se les había cortado la cosa
y lo habían dejado. Casi se habían vestido cuando el señor
Jack volvió a entrar, como si fuera la primera vez, y fingió
escandalizarse.
—Veo perfectamente lo que habéis estado haciendo, y
no está bien —dijo, y les mandó a ver a la señorita Emily.
Cuando llegaron a su despacho, la señorita Emily les
dijo que estaba a punto de salir para una reunión
importante, y que no tenía tiempo para hablar con ellos.
—Pero sabéis que no tendríais que haber estado
haciendo lo que estuvierais haciendo, y espero que no
volváis a hacerlo —les había dicho, antes de salir
apresuradamente con sus carpetas.
El sexo homosexual, por cierto, era algo sobre lo que
nos sentíamos aún más confusos. Por alguna razón que
desconozco, lo llamábamos «sexo sombrilla»; si te
gustaba alguien de tu mismo sexo, eras un o una
«sombrilla». No sé cómo sería en los centros del exterior,
pero en Hailsham no éramos en absoluto amables con
todo lo que tuviera que ver con una tendencia
homosexual. Los chicos, sobre todo, podían ser de lo más
crueles. Según Ruth, ello se debía a que muchos de ellos
se habían hecho cosas mutuamente cuando eran muy
pequeños, antes de que pudieran darse cuenta de lo que
estaban haciendo. Así que ahora se sentían ridículamente
tensos en relación con ello. No sé si tenía o no razón, pero
no había duda de que si acusabas a alguien de ser «un
sombrilla de cuidado» podías buscarte una buena bronca.
Cuando hablábamos de todas estas cosas —y lo
hacíamos constantemente en aquel tiempo— nunca
podíamos concluir si los custodios querían o no que
tuviéramos sexo entre nosotros. Algunos pensaban que sí,
pero que siempre queríamos hacerlo cuando no debíamos.
Hannah sostenía la teoría de que su deber era hacer que
tuviéramos sexo entre nosotros porque de lo contrario
nunca llegaríamos a ser buenos donantes. Según ella, los
riñones, el páncreas y demás cosas por el estilo no
funcionaban bien si no se tenía sexo. Y alguien añadió
que no teníamos que olvidar que los custodios eran
«normales». Por eso eran tan raros en lo referente al sexo;
para ellos, el sexo era para cuando querías tener niños, y
aunque sabían, intelectualmente, que nosotros no
podíamos tenerlos, seguían sintiéndose incómodos cuando
practicábamos el sexo porque en el fondo no acababan de
creerse que no íbamos a tener hijos.
Annette B. tenía otra teoría: que los custodios se
sentían incómodos cuando practicábamos el sexo entre
nosotros porque lo que en realidad querían era tener sexo
con nosotros. El señor Chris en particular, afirmaba
Annette, nos miraba a las chicas de ese modo. Laura dijo
que lo que Annette quería decir realmente era que la que
quería tener sexo con el señor Chris era ella. Y todas nos
partimos de risa, porque la idea de tener relaciones
sexuales con el señor Chris nos parecía absurda, además
de absolutamente nauseabunda.
La teoría que creo que más se acercaba a la verdad era
la de Ruth.
—Nos informan de todo lo relacionado con el sexo
para cuando nos vayamos de Hailsham —explicaba—.
Quieren que lo hagamos como es debido, con alguien que
nos guste y sin coger enfermedades. Pero como digo, nos
lo cuentan para cuando dejemos Hailsham. No quieren
que lo hagamos aquí, porque es demasiado lío para ellos.
Yo, por mi parte, pienso que no hacíamos tanto sexo
como fingíamos hacer. Había, quizá, mucho besuqueo,
mucho manoseo; y parejas que daban a entender que
estaban manteniendo relaciones sexuales completas. Pero
hoy, al volver la vista atrás, me pregunto hasta qué punto
todo esto era verdad. Si todos los que decían que lo hacían
lo estaban haciendo realmente, en Hailsham no se habría
visto más que parejas empeñadas en tal afán a todas horas,
y a derecha, izquierda y centro.
Lo que sí recuerdo es que existía un acuerdo casi
tácito entre todos nosotros para no interrogarnos
demasiado sobre lo que decíamos que hacíamos. Si, por
ejemplo, Hannah ponía los ojos en blanco cuando
estábamos hablando de otra chica y decía entre dientes
«virgen» —queriendo decir «por supuesto, nosotras no lo
somos, y como ella sí lo es, ¿qué puedes esperarte?»—,
ciertamente no era muy propio preguntarle: «¿Con quién
lo has hecho tú? ¿Cuándo? ¿Dónde?». No, lo que hacías
era limitarte a asentir con complicidad. Era como si
existiera otro universo paralelo al cual nos trasladábamos
para practicar todo ese sexo.
Creo que debí de darme cuenta incluso entonces de
que todos aquellos lances de los que se alardeaba a mi
alrededor no cuadraban en absoluto. En cualquier caso, a
medida que se acercaba el verano, empecé a sentirme más
y más un bicho raro a este respecto. En cierto modo, el
sexo había llegado a ser como lo de «ser creativo» unos
años antes. Era como si, al no haberlo hecho nunca,
tuvieras que hacerlo, y pronto. Y en mi caso la cosa se
hacía aún más complicada por el hecho de que dos de las
chicas de mi círculo más íntimo lo habían hecho ya.
Laura, con Rob D., aunque nunca habían llegado a ser
pareja. Y Ruth con Tommy.
A pesar de ello, yo seguía y seguía resistiéndome,
repitiéndome a mí misma el consejo de la señorita Emily:
«Si no encuentras a nadie con quien desees de veras
compartir esa experiencia, ¡no lo hagas!». Pero hacia
primavera del año del que estoy hablando empecé a
pensar que no me importaría tener sexo con un chico. No
sólo para ver cómo era, sino también porque se me
ocurrió que necesitaba familiarizarme con el sexo, y que
incluso sería preferible practicarlo por primera vez con un
chico que no me importara demasiado. Así, en el futuro, si
estaba con alguien especial, tendría más probabilidades de
hacerlo todo como es debido. Lo que quiero decir es que,
si la señorita Emily tenía razón y el sexo era algo tan
importante entre las personas, entonces no quería hacerlo
por primera vez cuando, llegado el momento, fuera
realmente importante hacerlo bien.
Así que le eché el ojo a Harry C. Lo elegí por varias
razones. La primera, porque sabía que él lo había hecho
ya con Sharon D. La segunda, porque aunque no me
gustaba demasiado tampoco lo encontraba repulsivo. Y
también porque era tranquilo y decente, y, si la cosa
resultaba un verdadero desastre, nada dado a ir por ahí
luego chismorreando. Era, además, un chico que ya había
insinuado unas cuantas veces que le gustaría tener sexo
conmigo. De acuerdo, había un montón de chicos que a la
sazón lanzaban sondas galantes, pero para entonces
sabíamos ya distinguir claramente una proposición real de
la habitual palabrería de los chicos.
Así que elegí a Harry, y lo diferí un par de meses
porque quería asegurarme de estar bien físicamente. La
señorita Emily nos había dicho que podría ser doloroso y
resultar un completo fracaso si no te humedecías lo
bastante, y ésa era mi principal preocupación. No era
cuestión de que te desgarraran ahí abajo, como a veces
comentábamos en broma (era además el miedo secreto de
muchísimas chicas). Me decía a mí misma que siempre
que me mojase lo bastante aprisa, no tenía por qué haber
problemas, y practiqué mucho yo sola para asegurarme.
Me doy cuenta de que quizá pudiera pensarse que me
estaba volviendo obsesiva, pero recuerdo que también me
pasaba mucho tiempo releyendo pasajes de libros en los
que la gente tenía relaciones sexuales, y repasaba las
frases una y otra vez tratando de encontrar pistas. Lo malo
es que los libros que teníamos en Hailsham no me servían
de ninguna ayuda. Teníamos muchas obras de Thomas
Hardy y de autores por el estilo, prácticamente inútiles
para mis propósitos. En algunos libros modernos, de
escritoras como Edna O'Brien y Margaret Drabble, había
algo de sexo, pero nunca se sabía con claridad lo que
sucedía porque los autores siempre daban por supuesto
que tenías en tu haber un montón de experiencia y que no
hacía ninguna falta entrar en detalles. Así que me estaba
resultando francamente frustrante lo de los libros y el
sexo, y los vídeos tampoco eran una buena opción. Desde
hacía un par de años teníamos un vídeo en la sala de
billar, y aquella primavera disponíamos ya de una
colección bastante buena de películas. En muchas de ellas
había sexo, pero la mayoría de las escenas acababan justo
antes de que empezara el sexo propiamente dicho, o, si la
cámara registraba cómo lo hacían, tú sólo veías las caras o
las espaldas de los protagonistas. Y cuando había un
pasaje en verdad útil, era muy difícil verlo pausadamente
porque por lo general había otros veinte compañeros en la
sala. Teníamos ese sistema que te permite repetir tus
secuencias preferidas, como, por ejemplo, el momento en
que el soldado norteamericano salta sobre el alambre de
espino a lomos de su motocicleta en La gran evasión. Se
oía la cantinela de «¡Rebobina, rebobina!», y alguien
cogía el mando a distancia y volvíamos a ver la secuencia,
a menudo tres, cuatro veces. Pero difícilmente podía yo
ponerme a gritar que rebobinaran para volver a ver una
determinada escena de sexo.
Así que seguí difiriéndolo semana tras semana,
mientras continuaba preparándome, hasta que llegó el
verano y decidí que estaba ya tan a punto como podría
llegar a estarlo nunca. Para entonces me sentía
razonablemente segura de mí misma, y empecé a
insinuarme a Harry. Todo iba bien, de acuerdo con mi
plan, cuando Ruth y Tommy rompieron y todo se volvió
un poco confuso.
9
Lo que sucedió fue que unos días después de que
rompieran yo estaba en el Aula de Arte con otras chicas,
trabajando en un bodegón. Recuerdo que hacía un calor
sofocante, a pesar de tener el ventilador a plena potencia a
nuestra espalda. Utilizábamos carboncillo, y como alguien
se había llevado todos los caballetes, teníamos que
trabajar con el tablero sobre el regazo. Yo estaba sentada
junto a Cynthia E., y acabábamos de charlar quejándonos
del calor. Entonces, no sé cómo, salió el tema de los
chicos, y, sin levantar la vista del trabajo, Cynthia dijo:
—Y Tommy. Sabía que no iba a durar con Ruth. Bien,
supongo que vas a ser la sucesora natural.
Lo dijo como si tal cosa. Pero Cynthia era una persona
perspicaz, y el hecho de que no formara parte de nuestro
grupo daba un peso aún mayor a su comentario. Lo que
quiero decir es que no pude evitar pensar que lo que había
dicho era lo que cualquier persona medianamente objetiva
habría dicho del asunto. Después de todo, yo era amiga de
Tommy desde hacía años, hasta que había empezado
aquella moda de las parejas. Era perfectamente posible
que, para alguien externo al grupo, yo fuera la «sucesora
natural» de Ruth. Lo dejé pasar, sin embargo, y Cynthia,
que no pretendía abundar sobre ese punto, no dijo más
sobre el asunto.
Uno o dos días después, salía del pabellón con
Hannah cuando de pronto sentí que me daba un codazo y
hacía un gesto en dirección a un grupo de chicos que
había en el Campo de Deportes Norte.
—Mira —dijo en voz baja—. Tommy. Allí sentado. Y
solo.
Me encogí de hombros, como diciendo: «¿Y qué?». Y
eso fue todo. Pero luego me sorprendí pensando y
pensando en ello. Quizá lo único que había querido
Hannah era hacer hincapié en el hecho de que Tommy,
desde que había roto con Ruth, parecía estar un poco
perdido. Pero no acababa de convencerme: conocía bien a
Hannah. La forma en que me había dado el codazo y
había bajado la voz era señal inequívoca de que también
ella expresaba la presunción, probablemente ya general,
de que yo era la «sucesora natural».
Ello, como ya he dicho, me había sumido en cierta
confusión, porque hasta entonces me había aferrado a mi
plan de Harry. De hecho, viéndolo retrospectivamente,
estoy segura de que habría llegado a tener sexo con Harry
si no se hubiera dado ese asunto de la «sucesora natural».
Lo tenía todo planeado, y los preparativos iban por buen
camino. Y sigo pensando que Harry habría sido una buena
elección para aquella etapa de mi vida. Pienso que habría
sido atento y delicado, y que habría entendido lo que
esperaba de él.
Vi a Harry fugazmente hace un par de años, en el
centro de recuperación de Wiltshire. Lo habían internado
después de una donación. Yo no me encontraba en el
mejor de los estados de ánimo, porque el donante a quien
cuidaba acababa de «completar» la noche anterior. Nadie
me echaba la culpa de ello —había sido una operación
particularmente chapucera—, pero me sentía muy mal.
Había estado levantada casi toda la noche, arreglando las
cosas, y estaba en el vestíbulo preparándome para irme
cuando vi a Harry entrando en la recepción. Iba en silla de
ruedas (porque estaba muy débil —según supe después—,
no porque no pudiera caminar), y no estoy segura de que
cuando me acerqué para saludarle llegara siquiera a
reconocerme. Supongo que no había ninguna razón por la
que yo debiera ocupar un lugar especial en su memoria.
Nunca habíamos tenido mucho que ver el uno con el otro,
salvo aquella vez en que planeé emparejarme con él
sexualmente. Para él, en caso de que me recordara, no
sería sino aquella chica tonta que se había acercado a él
un día y le había preguntado si quería hacer sexo con ella
y se había retirado apresuradamente. Debía de ser bastante
maduro para su edad, porque no se molestó ni fue por ahí
contándole a la gente que yo era una chica fácil o algo
parecido. Así que cuando vi que lo traían a aquel centro
aquel día, sentí gratitud hacia él y pensé que ojalá hubiera
sido su cuidadora. Miré a mi alrededor, pero a su
cuidador, quienquiera que fuese, no se le veía por ninguna
parte. Los camilleros estaban impacientes por llevarlo a su
habitación, así que no hablé mucho con él. Le dije hola, y
que esperaba que se sintiera mejor pronto, y él me sonrió
cansinamente. Cuando mencioné Hailsham levantó los
pulgares en señal de aprobación, pero estoy segura de que
no me reconoció. Quizá más tarde, cuando no estuviera
tan cansado, o cuando su medicación no fuera tan fuerte,
trataría de ubicarme y recordarme.
Pero estaba hablando de entonces, de cómo después
de que Ruth y Tommy hubieran roto todos mis planes se
sumieron en una nebulosa. Mirando hoy hacia atrás,
siento un poco de lástima por Harry. Después de todas las
insinuaciones que le había ido dirigiendo la semana
anterior, heme allí de pronto susurrando cosas para
rechazarle. Supongo que debí de suponer que se moría de
ganas de practicar el sexo conmigo, y de que tendría que
vérmelas y deseármelas para contenerlo. Porque cada vez
que lo veía, salía rápidamente con alguna evasiva y me
iba precipitadamente antes de que él pudiera contestar
algo. Sólo mucho después, cuando pensé detenidamente
en ello, se me ocurrió que acaso en ningún momento
había acariciado la idea de tener una relación sexual
conmigo. Por lo que sé, hasta tal vez le hubiera alegrado
el poder olvidarlo todo, pero cada vez que nos veíamos en
el pasillo o en los jardines, yo me acercaba y le susurraba
cualquier excusa para no querer hacer sexo con él en
aquel momento. Debí de parecerle bastante boba, y si no
hubiera sido tan buen tipo me hubiera convertido en el
hazmerreír de todo el mundo en un abrir y cerrar de ojos.
En fin, quizá tardé un par de semanas en librarme de
Harry, y entonces llegó la petición de Ruth.
Aquel verano, hasta que acabó el calor, adquirimos la
extraña costumbre de escuchar música juntos en los
campos. Desde los Saldos del año anterior habían
empezado a verse walkmans en Hailsham, y aquel verano
había por lo menos seis en circulación. Lo que hacía furor
era sentarse en el césped unos cuantos alrededor de un
walkman, y pasarse los cascos de unos a otros. Sí, parece
una manera estúpida de escuchar música, pero creaba un
feeling estupendo. Escuchabas durante unos veinte
segundos, te quitabas los auriculares y se los pasabas al
siguiente. Al cabo de un rato, y siempre que la cinta se
pusiera una y otra vez, era asombroso lo parecido que
podía resultar a haberla escuchado de corrido. Como digo,
la cosa hizo furor aquel verano, y durante los descansos
para el almuerzo podías ver grupitos de alumnos echados
en el césped alrededor de unos cuantos walkmans. Los
custodios no se mostraban muy entusiastas, porque decían
que se contagiaban las infecciones de oído, pero no nos lo
prohibían. No puedo recordar aquel último verano sin
pensar en aquellas tardes haciendo corro en torno a los
walkmans. De cuando en cuando pasaba alguien y
preguntaba:
—¿Qué estáis escuchando?
Y si le gustaba lo que le respondíamos se sentaba y
esperaba su turno para hacerse con los cascos. En aquellas
sesiones había casi siempre un ambiente inmejorable, y no
recuerdo que se negara a nadie el disfrute de los
auriculares.
Y estaba en compañía de otras chicas disfrutando de
una de esas ocasiones cuando se acercó Ruth y me
preguntó si podíamos hablar un rato. Vi que se trataba de
algo importante, así que dejé a aquellas chicas y las dos
nos alejamos en dirección al barracón del dormitorio.
Cuando llegamos a nuestra habitación, me senté en la
cama de Ruth, cerca de la ventana —el sol había caldeado
un poco la manta—, y ella se sentó en la mía, junto a la
pared del fondo. Había una mosca azul zumbando en el
aire, y durante unos minutos estuvimos riéndonos y
jugando al «tenis de la mosca azul», lanzando manotazos
al aire para hacer que la enloquecida criatura fuera de un
extremo a otro de nosotras. Al final la mosca encontró el
camino y salió por la ventana, y Ruth dijo:
—Quiero que Tommy y yo volvamos a estar juntos,
Kathy. ¿Me ayudarás? —y luego me preguntó—: ¿Qué
pasa?
—Nada. Que me ha sorprendido un poco, después de
lo que pasó. Por supuesto que te ayudaré.
—No le he contado a nadie que quiero volver con
Tommy. Ni siquiera a Hannah. Eres la única en la que
confío.
—¿Qué quieres que haga?
—Que hables con él. Siempre te has llevado de
maravilla con Tommy. A ti te escuchará. Y sabrá que no
estás hablando por hablar.
Durante un instante seguimos sentadas en la cama,
bamboleando los pies desde los colchones.
—Es estupendo que me digas esto —dije al cabo—.
Seguramente soy la persona más adecuada. Para hablar
con Tommy y todo eso.
—Lo que quiero es que volvamos a empezar desde
cero. Estamos prácticamente en paz, porque los dos
hemos hecho tonterías para herirnos mutuamente, pero ya
basta. ¡Con la mema de Martha H.! ¡Te lo puedes creer!
Puede que lo hiciera para que me riera un rato. Pues bien,
puedes decirle que sí, que me reí a gusto, y que el
marcador sigue en empate. Ya es hora de que maduremos
y empecemos de nuevo. Sé que puedes razonar con él,
Kathy. Sé que vas a tratar el asunto del mejor modo
posible. Y si no está dispuesto a ser sensato, no tiene
ningún sentido que me empeñe en seguir con él.
Me encogí de hombros.
—Tienes razón, Tommy y yo siempre hemos podido
hablar.
—Sí, y te respeta de verdad. Lo sé porque me lo ha
comentado muchas veces. Dice que tienes agallas y que
siempre haces lo que dices que vas a hacer. Un día me
dijo que si alguna vez llegaba a estar acorralado, prefería
que tú le guardases las espaldas en lugar de cualquiera de
los chicos. —Lanzó una carcajada rápida—. Me admitirás
que es un auténtico cumplido. Así que, ya ves, tendrás que
ser tú la que vengas a salvarnos. Tommy y yo estamos
hechos el uno para el otro, y te escuchará. Harás esto por
nosotros, ¿verdad, Kathy?
No dije nada durante un instante. Luego pregunté:
—Ruth, ¿vas en serio con Tommy? Me refiero a que,
si le convenzo y volvéis a estar juntos, ¿no volverás a
hacerle daño?
Ruth dejó escapar un suspiro de impaciencia.
—Por supuesto que voy en serio. Somos ya adultos.
Pronto nos iremos de Hailsham. Esto ya no es ningún
juego.
—De acuerdo. Hablaré con él. Como dices, pronto nos
iremos de aquí. No podemos permitirnos perder el tiempo.
Después de zanjar el asunto, recuerdo que seguimos
sentadas en las camas durante un rato, charlando. Pero
Ruth quería volver sobre el tema una y otra vez: lo
estúpido que estaba siendo Tommy, cómo estaban hechos
el uno para el otro, cuan diferentemente harían las cosas a
partir de entonces; y que iban a ser mucho más discretos,
y que en adelante practicarían el sexo en mejores sitios y
en mejores ocasiones. Hablamos de todo ello, y Ruth
quería mi consejo a cada momento. Entonces, llegado un
punto, yo estaba mirando por la ventana, hacia las colinas
a lo lejos, cuando me sobresaltó sentir que Ruth,
súbitamente a mi lado, me apretaba con fuerza los
hombros.
—Kathy, sabía que podíamos confiar en ti —dijo—.
Tommy tiene razón. Eres la persona con la que hay que
contar cuando estás en un atolladero.
Entre una cosa y otra, no tuve ocasión de hablar con
Tommy hasta pasados unos días. Entonces, durante el
descanso del almuerzo, lo vi en un extremo del Campo de
Deportes Sur, jugando con un balón de fútbol. Había
estado peloteando con otros dos chicos, pero ahora estaba
solo, haciendo filigranas con el balón en el aire. Fui hasta
él y me senté en el césped, a su espalda, apoyando la mía
contra un poste de la valla. No podía ser mucho después
de que le hubiera enseñado el calendario de Patricia C. y
se hubiera marchado intempestivamente, porque recuerdo
que no sabíamos muy bien cuál era la situación entre
nosotros. Él siguió jugueteando con el balón, frunciendo
el ceño en su ensimismamiento —rodilla, pie, cabeza,
pie—, mientras yo seguía sentada detrás de él cogiendo
tréboles y mirando hacia aquel bosque de la lejanía que un
día nos había infundido tanto miedo. Al final, decidí salir
de aquel punto muerto y dije:
—Tommy, hablemos. Hay algo de lo que quiero
hablar contigo.
En cuanto dije esto, dejó que el balón se alejara
rodando y vino a sentarse a mi lado. Era muy propio de
Tommy, cuando sabía que yo tenía ganas de hablar con él,
hacer ver de pronto que se despojaba de todo rastro de
enfurruñamiento, y en su lugar me daba muestras de un
entusiasmo agradecido que me recordaba cómo nos
sentíamos en primaria cuando un custodio que había
estado riñéndonos volvía a mostrarse amable. Aún estaba
un poco sin resuello, y, aunque yo sabía que sus jadeos se
debían al fútbol, no dejaban de acentuar la impresión que
transmitía de vehemencia. Dicho de otro modo, antes de
que hubiéramos abierto la boca ya se había ganado mi
apoyo. Entonces le dije:
—Tommy, me doy perfecta cuenta de que no has sido
muy feliz últimamente.
—¿Qué quieres decir? —dijo él—. Soy muy feliz. De
veras.
Y me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, seguida de
una sonora risotada. Y me pareció el colmo. Años
después, cuando de vez en cuando veía un amago de ello,
me limitaba a sonreír. Pero en aquel tiempo me ponía los
nervios de punta: si Tommy te decía, por ejemplo: «Estoy
muy molesto con eso», tenía que poner de inmediato una
cara larga, abatida, para apoyar lo que decía. No quiero
decir que lo hiciera irónicamente. Pensaba de verdad que
resultaba más convincente. Así que ahora, para probar que
era feliz, helo ahí tratando de irradiar cordialidad y
alegría. Y, como digo, llegaría un tiempo en el que eso me
inspiraría ternura; pero aquel verano lo único que
conseguía era hacerme ver lo pueril que seguía siendo, y
lo fácil que tenía que ser aprovecharse de su persona. Yo
entonces no sabía gran cosa del mundo que nos esperaba
más allá de los confines de Hailsham, pero barruntaba que
íbamos a necesitar hacer uso de toda nuestra inteligencia,
y cuando Tommy se comportaba de ese modo me invadía
algo muy parecido al pánico. Hasta aquella tarde siempre
se lo había pasado por alto —siempre me había parecido
demasiado difícil de explicar—, pero al fin estallé y le
dije:
—¡Tommy, no sabes lo estúpido que pareces cuando
te ríes de ese modo! ¡Cuando uno quiere fingir que es
feliz, no tiene por qué hacer eso! ¡Créeme, no se hace así!
¡De ninguna manera! Escúchame, tienes que hacerte
mayor. Y tienes que volver a encarrilarte. Todo se te ha
estado desmoronando últimamente, y los dos sabemos por
qué.
Tommy parecía muy desconcertado. Cuando estuvo
seguro de que yo había terminado, dijo:
—Tienes razón. De un tiempo a esta parte es como si
las cosas se me estuvieran viniendo abajo. Pero no sé a
qué te refieres, Kath. ¿Qué quieres decir con que los dos
sabemos por qué? No veo cómo puedes saberlo. No se lo
he dicho a nadie.
—No sé todos los detalles, como es lógico. Pero todos
sabemos que has roto con Ruth.
Tommy seguía un tanto perplejo. Y al final lanzó otra
risita, pero esta vez auténtica.
—Ya veo por dónde vas —dijo entre dientes, y se
quedó un instante callado para pensar qué decir a
continuación—. Para serte sincero, Kath —dijo al cabo—,
no es eso lo que ahora me preocupa. Sino algo
completamente diferente. Me paso el tiempo pensando en
ello. En la señorita Lucy.
Y así es como llegué a oírlo, así es como llegué a
enterarme de lo que había pasado entre Tommy y la
señorita Lucy a principios del verano. Más tarde, cuando
hube dedicado al caso la reflexión suficiente, deduje que
tuvo que suceder apenas unos días después de la mañana
en que vi a la señorita Lucy en el Aula Veintidós,
garabateando en unas hojas de papel. Y como ya he dicho,
me dieron ganas de darme de puntapiés por no haber sido
capaz de sonsacárselo antes.
Había sucedido por la tarde, cercana ya la «hora
muerta», cuando las clases terminan y aún se disfruta de
un rato libre hasta la cena. Tommy había visto a la
señorita Lucy saliendo de la casa principal, cargada de
láminas de gráficos y de archivadores, y al ver que podía
caérsele cualquier cosa en cualquier momento corrió a
ofrecerle ayuda.
—Bien, me permitió que le llevara unas cuantas cosas
y dijo que íbamos a dejarlo todo en su estudio. Hasta para
los dos era demasiado todo lo que llevábamos, y se me
cayeron algunas cosas en el camino. Íbamos acercándonos
al Invernadero cuando de repente se paró, y pensé que se
le había caído algo a ella. Pero me estaba mirando, así, a
la cara, toda seria. Y dijo que teníamos que hablar, que
teníamos que tener una buena charla. Yo dije que muy
bien. Entramos en el Invernadero, y en su estudio, y
dejamos todas las cosas en el suelo. Y entonces me dice
que me siente, y acabo exactamente en el mismo sitio
donde estuve sentado la vez pasada, ya sabes, aquella vez
de hacía años. Y veo que está recordando también aquella
ocasión, porque se pone a hablar sobre ella como si
hubiera sucedido el día anterior. Sin explicaciones, sin
nada de nada; empieza a decir cosas como ésta: «Tommy,
cometí un error cuando te dije lo que te dije. Y tendría que
habértelo hecho saber hace mucho tiempo». Y acto
seguido me dice que debo olvidar lo que me dijo
entonces. Que me hizo un flaco favor diciéndome que no
me preocupara por no ser creativo. Que los otros
custodios siempre habían tenido razón al respecto, y que
no había excusa alguna para que mis trabajos artísticos
fueran una porquería...
—Un momento, Tommy. ¿Dijo esa palabra
exactamente, «porquería»?
—Si no fue «porquería» fue algo muy, parecido.
Deficiente. Quizá eso. O incompetente. Pero pudo decir
perfectamente «porquería». Dijo que sentía mucho
haberme dicho lo que me había dicho aquella vez, porque
si no lo hubiera hecho yo ahora tal vez tendría resuelto ese
problema.
—¿Y qué decías tú cuando te estaba diciendo eso?
—No sabía qué decir. Al final me preguntó qué
pensaba. Me dijo: «¿Qué estás pensando, Tommy?». Así
que le dije que no estaba seguro, pero que no tenía que
preocuparse porque yo estaba bien por esas fechas. Y ella
dijo que no, que no estaba bien. Que mi arte era una
porquería, y que en parte la culpa era suya por decirme lo
que me había dicho. Y yo le dije que qué importaba. Que
estaba bien, que ya nadie se reía de mí por eso. Pero ella
sigue sacudiendo la cabeza y dice: «Sí importa. No
tendría que haberte dicho lo que te dije». Así que se me
ocurre que quizá está hablando de después, ya sabes, de
cuando hayamos dejado Hailsham. Y digo: «Pero estaré
bien, señorita. Soy una persona capaz, sé cómo cuidarme.
Cuando llegue el momento de las donaciones, lo haré
bien». Y cuando digo esto ella se pone a negar con la
cabeza, sacudiéndola una y otra vez con fuerza, y me
entra miedo de que se maree. Luego dice: «Escucha,
Tommy, tu arte sí es importante. Y no sólo porque es una
prueba. Sino por tu propio bien. Sacarás mucho de él, para
tu solo provecho».
—Un momento. ¿Qué quería decir con «prueba»?
—No lo sé. Pero ésa fue la palabra, no me equivoco.
Dijo que nuestro arte era importante, y «no sólo porque
era una prueba». Dios sabe qué querría decir con eso.
Incluso se lo pregunté cuando lo dijo. Le dije que no
entendía lo que me estaba diciendo, y que si tenía algo
que ver con Madame y con su Galería. Y ella lanzó un
fuerte suspiro y dijo: «La Galería de Madame..., sí, es
importante. Mucho más importante de lo que yo pensaba
en un tiempo. Hoy lo sé». Y luego dijo: «Mira, Tommy,
hay montones de cosas que tú no entiendes, y yo no puedo
explicártelas. Cosas de Hailsham, de vuestro lugar en ese
mundo más grande, todo tipo de cosas. Pero quizá algún
día, quizá algún día quieras saberlo y lo averigües. No te
lo pondrán fácil, pero si lo deseas, si lo deseas de verdad,
puede que lo descubras». Se puso a sacudir otra vez la
cabeza, aunque no con tanta fuerza como antes, y dijo:
«Pero ¿por qué ibas tú a ser diferente? Los alumnos que
salen de aquí nunca llegan a saber demasiado. ¿Por qué
ibas tú a ser diferente?». No tenía ni idea de a qué diablos
se refería, así que volví a decir: «Estaré bien, señorita». Se
quedó callada unos segundos, y luego, de pronto, se puso
de pie y se inclinó hacia mí y me abrazó. Pero no en plan
excitante. Sino como solían abrazarnos de niños. Yo me
mantuve todo lo quieto que pude. Luego volvió a ponerse
derecha y volvió a decir que sentía mucho lo que me
había dicho aquella vez; y que aún no era demasiado
tarde, y que debía empezar enseguida a recuperar el
tiempo perdido. No creo que yo contestara nada, y ella me
miró y pensé que iba a abrazarme de nuevo. Pero en lugar
de hacerlo, dijo: «Hazlo por mí, Tommy». Le dije que
haría todo lo que estuviera en mi mano, porque entonces
lo que quería era irme. Seguramente estaba rojo como un
tomate, con lo del abrazo y todo eso. Quiero decir que no
es lo mismo..., ¿no crees?, ahora que ya somos mayores.
Hasta este momento había estado tan absorta en el
relato de Tommy que había olvidado la finalidad de
nuestra charla. Pero su referencia a que nos habíamos
hecho mayores me recordó la misión que me había traído
hasta él.
—Mira, Tommy —dije—. Tendremos que volver a
hablar de esto detenidamente. Y pronto. Es muy
importante, y ahora entiendo lo mal que has tenido que
sentirte. Pero de todas formas, vas a tener que
sobreponerte un poco más. Vamos a irnos de Hailsham
este verano. Para entonces tienes que tener todo arreglado,
y hay algo que puedes arreglar ahora mismo. Ruth me ha
dicho que está dispuesta a declarar un empate en vuestras
rencillas y a pedirte que vuelvas con ella. Y yo creo que
es una buena oportunidad que no debes desaprovechar.
No lo eches todo a perder, Tommy.
Se quedó callado unos segundos. Y dijo:
—No sé, Kath. Está todo ese montón de cosas sobre
las que tengo que pensar...
—Tommy, escúchame. Eres afortunado. De todos los
chicos de hay aquí, eres el que te has llevado a Ruth.
Cuando nos vayamos, si estás con ella, no tendrás que
preocuparte. Es la mejor, y mientras estés con ella estarás
bien. Dice que quiere empezar de cero. Así que no lo
estropees.
Aguardé su respuesta, pero Tommy no dijo nada, y
volví a sentir que me invadía aquella sensación parecida
al pánico. Me incliné hacia delante y dije:
—Mira, bobo, no vas a tener muchas más
oportunidades. ¿No te das cuenta de que no vamos a estar
aquí, juntos, mucho más tiempo?
Para mi sorpresa, la respuesta de Tommy, cuando al
fin llegó, fue considerada y calma (el lado de Tommy que
habría de aflorar más y más en los años que siguieron):
—Me doy cuenta, Kath. Es precisamente por eso por
lo que no puedo volver con Ruth a toda prisa. Tenemos
que pensar con sumo cuidado en el siguiente paso. —
Suspiró, y me miró directamente—. Como bien dices,
Kath, vamos a marcharnos de Hailsham muy pronto. Esto
ya no es un juego. Tenemos que pensar en ello a
conciencia.
De pronto me encontré sin palabras, y seguí allí
sentada arrancando tréboles. Sentía sus ojos en mí, pero
no levanté la mirada. Podíamos haber seguido así durante
un buen rato más, pero nos interrumpieron. Creo que
volvieron los chicos con los que antes había estado
peloteando, o puede que fueran otros alumnos que
pasaban por allí y que al vernos se sentaron con nosotros.
Sea como fuere, nuestra charla íntima había terminado, y
me fui con la sensación de que al final no había hecho lo
que había ido a hacer, y que en cierto modo le había
fallado a Ruth.
Nunca llegué a evaluar el tipo de impacto que nuestra
charla había causado en Tommy, porque fue al día
siguiente mismo cuando se conoció la noticia. Era media
mañana, y habíamos estado en una de esas dichosas
Instrucciones Culturales. Eran clases en las que teníamos
que interpretar a diversos tipos de gentes del mundo
exterior: camareros de café, policías, etcétera. Estas clases
siempre nos exaltaban y preocupaban al mismo tiempo,
así que todos estábamos con los nervios de punta.
Entonces, finalizada la clase, estábamos saliendo en fila
cuando Charlotte F. entró corriendo en el aula, y a partir
de ahí la nueva de que la señorita Lucy dejaba Hailsham
se extendió como la pólvora. El señor Chris, que había
dado la clase y que debía de saberlo de antemano, salió
arrastrando los pies y con aire culpable antes de que
pudiéramos preguntarle nada. Al principio no sabíamos
bien si Charlotte se limitaba a transmitir un rumor, pero
cuanto más nos contaba más claro estaba que se trataba de
una realidad. Aquella misma mañana, más temprano, los
alumnos de otro curso de secundaria habían entrado en el
Aula Doce para la clase de Iniciación a la Música que
tenía que impartirles la señorita Lucy. Pero en el aula se
habían encontrado con la señorita Emily, que les dijo que
la señorita Lucy no podía venir en aquel momento, y que
la clase la daría ella. Y en el curso de los veinte minutos
siguientes todo se había desarrollado con normalidad.
Pero de pronto —en mitad de una frase, al parecer—, la
señorita Emily había dejado de hablar de Beethoven y
había anunciado que la señorita Lucy había abandonado
Hailsham para no volver jamás. La clase en cuestión
había terminado varios minutos antes de lo previsto —la
señorita Emily casi se había ido a la carrera y con ceño
preocupado—y la noticia empezó a propagarse en cuanto
aquellos alumnos pusieron el pie fuera de clase.
Corrí inmediatamente en busca de Tommy, porque
deseaba con toda el alma que lo oyera de mis labios. Pero
cuando salí al patio vi que era demasiado tarde. Allí
estaba Tommy, en el otro extremo, al lado de un corro de
chicos, asintiendo a lo que le estaban contando. Los otros
chicos estaban muy animados, incluso quizá excitados,
pero los ojos de Tommy parecían vacíos. Aquella misma
tarde, Tommy y Ruth volvieron a estar juntos, y recuerdo
que varios días después Ruth me buscó para darme las
gracias por «arreglar tan bien las cosas». Le dije que
seguramente no había logrado hacer gran cosa, pero ella
no admitió mis dudas en tal sentido. Definitivamente me
había entronizado en lo más alto. Y así fue más o menos
como siguieron las cosas en nuestros últimos días en
Hailsham.
SEGUNDA PARTE
10
A veces voy conduciendo por una larga y sinuosa
carretera que atraviesa los pantanos, o a través de hileras
de campos llenos de surcos, bajo un cielo grande y gris y
sin el menor cambio en kilómetros y kilómetros, y me
sorprendo pensando en el texto de mi trabajo, en el que se
suponía que tenía que escribir entonces, cuando
estábamos en las Cottages. Los custodios nos habían
hablado de estos trabajos a lo largo de aquel último
verano, tratando de ayudarnos a cada uno de nosotros a
elegir el tema que habría de absorbernos provechosamente
durante quizá dos años. Y aunque no sabría decir por qué
—quizá veíamos algo en la actitud de los custodios—,
nadie creía realmente que estos trabajos fueran tan
importantes, y entre nosotros apenas hablábamos del
asunto. Recuerdo cuando entré en el aula para decirle a la
señorita Emily que el tema que había elegido era «la
novela victoriana»; en realidad no había pensado
demasiado en ello, y vi que ella se daba perfecta cuenta de
mi escaso entusiasmo; se limitó a dirigirme una de sus
miradas inquisitivas, y no dijo nada más.
Pero en cuanto llegamos a las Cottages estos trabajos
cobraron una nueva importancia. En los primeros días —
y, en el caso de algunos de nosotros, durante mucho más
tiempo— fue como si cada cual se aferrara a su propio
trabajo, la última tarea de Hailsham, una especie de
obsequio de despedida de los custodios. Con los años
llegarían a borrarse de nuestra mente, pero durante un
tiempo aquellos trabajos nos ayudaron a mantenernos a
flote en nuestro nuevo entorno.
Cuando hoy pienso en el mío, no hago sino evocarlo
con cierto detenimiento: puedo dar con un enfoque
absolutamente nuevo que no consideré entonces, o con
diferentes escritores y obras que podría haber abordado.
Estoy tomando café en una gasolinera, por ejemplo,
mirando la autopista a través de los grandes ventanales, y
ese trabajo acude a mi cabeza sin motivo alguno.
Entonces disfruto allí sentada, repasándolo de nuevo de
principio a fin. Sólo últimamente he barajado la idea de
retomarlo y volver a trabajar en él, ahora que voy a dejar
de ser cuidadora y voy a disponer de tiempo para hacerlo.
Pero supongo que en el fondo no lo pienso en serio. Es
una pizca de nostalgia que me ayuda a pasar el tiempo.
Pienso en aquel trabajo del mismo modo en que podría
pensar en un partido de rounders de Hailsham en el que
hubiera jugado particularmente bien, o en una discusión
ya remota para la que ahora se me ocurren montones de
argumentos inteligentes que podría haber esgrimido
entonces. Es en ese nivel en el que tiene lugar lo que digo,
en el de los sueños de vigilia. Pero como ya he dicho, no
era así cuando por primera vez llegamos a las Cottages.
Ocho de los que habíamos dejado Hailsham aquel
verano fuimos a parar a las Cottages. Otros fueron a la
Mansión Blanca, en las colinas galesas, o a la Granja de
los Álamos, en Dorset. Entonces no sabíamos que todos
estos lugares no tenían sino unos nexos muy lejanos con
Hailsham. Al llegar a las Cottages esperábamos encontrar
una versión de Hailsham para alumnos mayores, y
supongo que así seguimos considerándolas durante un
tiempo. Ciertamente no pensábamos mucho sobre
nuestras vidas más allá de los límites de las Cottages, o
sobre quiénes las regentaban, o de qué forma casaban con
el mundo exterior. En aquellos días ninguno de nosotros
pensaba mucho en esas cosas.
Las Cottages eran lo que quedaba de una granja que
había dejado de funcionar unos años antes. Constaba de
una vieja casa de labranza, y de graneros, anexos y
establos diseminados a su alrededor que habían sido
reformados para alojarnos. Había otras edificaciones más
distantes, en la periferia, que prácticamente se estaban
derrumbando, de las que apenas podíamos hacer uso pero
de las que nos sentíamos vagamente responsables, sobre
todo a causa de Keffers. Éste era un viejo gruñón que
aparecía dos o tres veces por semana en su furgoneta
embarrada para supervisar las Cottages. No le gustaba
mucho hablar con nosotros, y su modo de hacer la ronda
—siempre suspirando y sacudiendo la cabeza con
expresión asqueada— dejaba bien claro que a su juicio ni
por asomo estábamos cuidando bien el lugar. Pero jamás
quedaba claro qué más quería que hiciéramos. A los
recién llegados nos había entregado una lista de tareas, y
los alumnos que ya estaban allí —«los veteranos», como
Hannah los llamaba— habían fijado desde hacía tiempo
unos turnos de trabajo que los ex alumnos de Hailsham
acatamos con escrupulosidad. En realidad no había mucho
más que hacer que dar parte de los canalones con goteras
y limpiar con la fregona después de las inundaciones.
La vieja casa de labranza —el corazón de las
Cottages— tenía varias chimeneas donde quemábamos
los troncos cortados que se apilaban en los graneros. Si no
encendíamos las chimeneas teníamos que arreglarnos con
unas grandes estufas cuadradas (lo malo es que
funcionaban con bombonas de gas, y a menos de que
hiciera verdadero frío, Keffers no solía traer suficientes).
Siempre le pedíamos que nos dejara las que
necesitábamos, pero él sacudía la cabeza con aire
sombrío, como si fuéramos a utilizarlas frívolamente o a
hacerlas explotar. Así, recuerdo que la mayor parte del
tiempo, salvo los meses de verano, hacía mucho frío. Te
ponías dos, tres jerséis, y los vaqueros se te quedaban
tiesos y fríos. A veces no nos quitábamos las botas de
agua en todo el día, e íbamos dejando rastros de barro y
de humedad por todas las habitaciones. Keffers, al ver
esto, volvía a sacudir la cabeza, pero cuando le
preguntábamos qué otra cosa podíamos hacer, en el estado
en que estaba el piso, no respondía ni media palabra.
Puede que la forma en que lo cuento pueda dar a
entender que allí todo era horrible, pero a ninguno de
nosotros nos importaba en absoluto la falta de confort;
formaba parte del encanto de vivir en las Cottages. A fuer
de ser sinceros, sin embargo, la mayoría de nosotros
habríamos admitido de buen grado —sobre todo al
principio— que echábamos en falta a los custodios.
Durante un tiempo, unos cuantos de nosotros incluso
intentamos considerar a Keffers como a una especie de
custodio, pero él se negó en redondo a entrar en el juego.
Te acercabas a saludarle cuando le veías llegar en su
furgoneta, y él se quedaba mirándote como si estuvieras
loco. En realidad, era algo que se nos había repetido una y
otra vez: después de Hailsham ya no habría más
custodios, y tendríamos que cuidarnos los unos de los
otros. Y he de decir que, en general, Hailsham nos
preparó muy bien en tal sentido.
La mayoría de los compañeros con los que había
tenido cierta intimidad en Hailsham vinieron también a
las Cottages aquel verano. No me habría importado que
viniera Cynthia E., la chica que aquella vez en el Aula de
Arte había dicho que yo era la «sucesora natural» de Ruth,
pero fue a Dorset con el resto de su grupo. Y oí que
Harry, el chico con quien por poco me inicio en el sexo,
había ido a Gales. Pero todos los de nuestro grupo
habíamos seguido juntos. Y si alguna vez echábamos de
menos a los demás, siempre podíamos decirnos que nada
nos impedía que fuéramos a visitarles. A pesar de todas
las clases de la señorita Emily, a la sazón aún no teníamos
una idea cabal de las distancias, ni de lo fácil o difícil que
era llegar a este o aquel sitio. Hablábamos de pedirles a
los veteranos que nos llevaran con ellos cuando fueran de
viaje, o de que con el tiempo aprenderíamos a conducir y
podríamos ir a ver a nuestros compañeros del pasado
siempre que quisiéramos.
Claro que en la práctica, sobre todo durante los
primeros meses, raras veces salíamos de los confines de
las Cottages. Ni siquiera paseábamos por los campos de
los alrededores ni nos aventurábamos hasta el pueblo más
cercano. Pero no creo que tuviéramos miedo exactamente.
Sabíamos que nadie nos prohibiría salir de los límites de
las Cottages, siempre que estuviéramos de vuelta el día y
a la hora en que Keffers debía anotarnos en su libro de
registro. El verano de nuestra llegada, veíamos
constantemente cómo los veteranos hacían sus bolsas y
mochilas y se iban para dos o tres días, lo que a nosotros
nos parecía un relajo temerario. Los observábamos con
asombro, y nos preguntábamos si al año siguiente
nosotros haríamos lo mismo. Lo haríamos, por supuesto,
pero durante nuestra primera etapa fue algo sencillamente
inimaginable. No hay que olvidar que hasta entonces
jamás habíamos salido de los terrenos de Hailsham, y
estábamos un tanto desconcertados. Si alguien me hubiera
dicho entonces que antes de que pasara un año no sólo iba
a acostumbrarme a dar largos paseos sola, sino que
empezaría también a aprender a conducir un coche, habría
pensado que estaba loco.
Hasta Ruth se había sentido amilanada aquel día
soleado en que el minibús nos dejó delante de la casa de
labranza, rodeó el pequeño estanque y desapareció ladera
arriba. A lo lejos veíamos colinas que nos recordaban a
las también distantes colinas de Hailsham, pero se nos
antojaban extrañamente tortuosas, como cuando dibujas a
un amigo y te sale bien, pero no perfecto, y la cara que
ves en la hoja te pone los pelos de punta. Pero al menos
era verano, y en las Cottages las cosas aún no se habían
puesto como se pondrían unos meses después, con la
proliferación de charcos helados y la tierra congelada y
áspera y dura como la piedra. El sitio era hermoso y
acogedor, con hierba crecida por todas partes (una
auténtica novedad para nosotros). Al llegar nos quedamos
allí quietos, los ocho hechos una piña, mirando cómo
Keffers entraba y salía de la casa, aguardando a que de un
momento a otro nos dirigiera la palabra. Pero no lo hizo, y
lo único que le pudimos oír fue las irritadas frases que
masculló sobre los alumnos que ya vivían en la granja.
Salió a coger algo de la furgoneta, nos echó una mirada
lúgubre, volvió a entrar en la casa y cerró la puerta a su
espalda.
No mucho después, sin embargo, los veteranos, que se
habían estado divirtiendo un rato al ver nuestro aire
patético —nosotros haríamos más o menos lo mismo el
verano siguiente—, salieron y se hicieron cargo de
nosotros. De hecho, al recordarlo, me doy cuenta de que
tuvieron que dejar lo que estaban haciendo para
ayudarnos a instalarnos. Pero las primeras semanas fueron
muy extrañas, y nos sentíamos felices de tenernos unos a
otros. Siempre íbamos juntos a todas partes, y pasábamos
largos ratos fuera de la casa, de pie, sin saber muy bien
qué hacer, con aire desmañado.
Es extraño recordar cómo fue todo al principio,
porque cuando pienso en los dos años que pasamos en las
Cottages, aquel aturdido y asustado comienzo no parece
casar bien con todo lo demás. Si alguien menciona hoy las
Cottages, lo que me viene a la cabeza es una serie de días
sin complicaciones, en los que entrábamos y salíamos de
los cuartos de unos y otros, y en la languidez con que la
tarde entraba en la noche; y mi montón de viejos libros de
bolsillo, con las hojas blandas y combadas, como si
alguna vez hubieran pertenecido al mar. Pienso en cómo
solía leerlos, tendida boca abajo en la hierba en las tardes
cálidas, con el pelo —en aquellos días me lo estaba
dejando largo— siempre cayéndome por la cara y
entorpeciéndome la visión. Pienso en mi despertar por las
mañanas en lo alto del Granero Negro, mientras me
llegaban las voces de los alumnos que discutían de poesía
o filosofía en el campo. O en los largos inviernos, en los
desayunos en las cocinas humeantes, alrededor de la
mesa, entre conversaciones sobre Kafka o Picasso llenas
de meandros. En el desayuno siempre manteníamos este
tipo de debates; nunca con quién había tenido sexo
alguien la noche anterior, o por qué Larry y Helen habían
dejado de hablarse.
Pero cuando pienso ahora en todo ello, la imagen de
nuestro grupo aquel primer día, hechos una piña delante
de la casa, no me resulta tan chocante, después de todo.
Porque, en cierto modo, quizá no habíamos dejado atrás
nuestro pasado de un modo tan rotundo como
imaginábamos. Porque en algún rincón de nuestro
interior, una parte de nosotros mismos seguía no sólo
asustada ante el mundo que nos rodeaba, sino —por
mucho que nos despreciáramos por ello— totalmente
incapaz de liberarse de su dependencia de los demás.
Los veteranos, que como es lógico no sabían nada de
los avatares de la relación de Tommy y Ruth, los trataban
como a una pareja estable desde hacía tiempo, lo cual
pareció complacer enormemente a Ruth. Porque durante
las primeras semanas de nuestra estancia en las Cottages,
hizo alarde de llevar tiempo emparejada: rodeaba siempre
con el brazo a Tommy, y a veces lo besuqueaba en
cualquier rincón de una habitación cuando todavía
quedaba gente en ella. Esas cosas quizá habrían estado
bien en Hailsham, pero en las Cottages parecían más bien
inmaduras. Las parejas de veteranos jamás hacían
ostentaciones de este tipo en público, y se comportaban
del modo discreto en que lo harían el padre y la madre de
una familia normal y corriente.
En estas parejas de veteranos de las Cottages, por
cierto, había algo que yo capté y que a Ruth —pese a estar
observándolas constantemente— se le había pasado por
alto, y era que gran parte de sus maneras y gestos los
habían copiado de la televisión. Caí en la cuenta de ello
cuando me fijé con detenimiento en una de ellas —Susie
y Greg—, probablemente los alumnos mayores de las
Cottages y a quienes todo el mundo tenía por responsables
del lugar. Había una cosa que Susie siempre hacía cada
vez que Greg se embarcaba en una larga disertación sobre
Proust o alguien parecido: nos dirigía una sonrisa al resto
de nosotros, ponía los ojos en blanco y decía muy
enfáticamente, aunque de forma apenas audible: «Dios
nos salve». En Hailsham, veíamos la televisión con
mesura, y lo mismo hacíamos en las Cottages (aunque no
había nada que nos impidiera verla todo el día, a nadie le
apetecía mucho abusar de ella). Pero en la casa de
labranza había un viejo televisor, y otro en el Granero
Negro, y yo solía encenderlo de cuando en cuando. Así es
como supe que «Dios nos salve» venía de una serie
norteamericana, de esas en las que todo el auditorio ríe al
unísono cada vez que alguien abre la boca. Había un
personaje —una mujer grande que vivía en la casa de al
lado de los protagonistas— que hacía exactamente lo que
hacía Susie: cuando su marido acometía una larga
perorata, el auditorio esperaba a que ella pusiera los ojos
en blanco y dijera «Dios nos salve» para estallar en una
única y enorme carcajada. En cuanto me percaté de esto
empecé a reconocer muchas otras cosas que las parejas de
veteranos habían tomado de programas de televisión: el
modo de hacerse señas unos a otros, de sentarse en los
sofás, e incluso de discutir y de salir en tromba de las
habitaciones.
Lo que quiero decir, en suma, es que Ruth no tardaría
en darse cuenta de que su forma de comportarse con
Tommy no era el apropiado en las Cottages, y en dar un
giro a sus modos de pareja cuando había gente delante. Y,
muy especialmente, tomaría prestado un gesto de los
veteranos. En Hailsham, el hecho de que una pareja se
despidiera —aunque fueran a estar sólo unos minutos
separados— era pretexto suficiente para que se
permitieran un gran despliegue de besuqueos y abrazos.
En las Cottages, por el contrario, cuando una pareja se
decía adiós, apenas había palabras, y menos aún besos o
abrazos. En lugar de ello, le dabas a tu pareja un golpecito
con los nudillos en el brazo, a la altura del codo, como se
suele hacer cuando se quiere atraer la atención de alguien.
Normalmente era la chica la que lo hacía, en el momento
en que se separaban. Cuando llegó el invierno este hábito
cesó, pero estaba en pleno vigor cuando llegamos. Ruth
pronto se lo apropió, y se lo hacía a Tommy siempre que
se separaban. Al principio Tommy no sabía a qué
obedecía aquello, y se volvía bruscamente hacia Ruth
diciendo: «¿Qué pasa?». Ella le miraba airadamente,
como si estuvieran interpretando una obra de teatro y él
hubiera olvidado lo que tenía que decir en ese momento.
Supongo que al final Ruth tuvo que hablar con él acerca
de ello, porque al cabo de aproximadamente una semana
se las arreglaban para hacerlo impecablemente, como las
parejas de veteranos, más o menos.
Yo no había visto en la televisión con mis propios
ojos lo del golpecito en el codo, pero estaba segura de que
la idea venía de ahí, y de que Ruth no lo sabía. Por eso,
aquella tarde en que yo estaba echada en la hierba leyendo
Daniel Deronda y Ruth estaba tan insoportable, decidí que
ya era hora de que alguien le abriera los ojos.
Era casi otoño y se acercaba el frío. Los veteranos
empezaban a pasar más tiempo dentro de casa, y volvían a
las tareas en las que habían estado ocupados antes del
verano. Pero quienes habíamos llegado de Hailsham
seguíamos sentándonos fuera, sobre la hierba sin cortar,
deseosos de seguir hasta cuando pudiéramos con la única
rutina a la que estábamos acostumbrados. Pero aquella
tarde concreta no había más que tres o cuatro compañeros
más leyendo en la hierba, y dado que había procurado
encontrar un rincón tranquilo y apartado para leer, estaba
segura de que nadie podría oír lo que pudiera pasar entre
nosotras.
Leía Daniel Deronda echada sobre una lona vieja,
como digo, cuando se acercó Ruth paseando y se sentó a
mi lado.
Examinó la tapa del libro y asintió para sí misma.
Luego, al cabo de unos segundos —como yo ya sabía que
haría—, empezó a contarme la trama de Daniel Deronda.
Hasta entonces mi humor había sido excelente, y me
había gustado ver a Ruth, pero ahora estaba irritada. Me
había hecho esto un par de veces, y también había visto
cómo se lo hacía a otros. Para empezar, estaba la actitud
que adoptaba al hacerlo: entre despreocupada y sincera,
como si esperara que la gente le agradeciera su ayuda. Lo
cierto es que incluso entonces era yo vagamente
consciente de lo que se escondía detrás de aquello. En
aquellos meses primeros habíamos llegado a la conclusión
de que nuestro grado de aclimatación a las Cottages —
cómo nos las estábamos arreglando— se veía reflejado en
cierto modo en la cantidad de libros que leíamos. Suena
extraño, pero así fue. Era una idea que había germinado
entre quienes habíamos venido de Hailsham; una idea que
dejábamos deliberadamente en nebulosa, y bastante
evocadora, por cierto, del modo en que abordábamos el
sexo en Hailsham. Podías ir por ahí dando a entender que
habías leído todo tipo de cosas, moviendo la cabeza con
aire de inteligencia cuando alguien mencionaba,
pongamos por caso, Guerra y paz, y un consenso general
hacía que nadie investigara demasiado la veracidad de lo
que decías. No hay que olvidar que, dado que los de
nuestro grupo habíamos estado siempre juntos desde
nuestra llegada a las Cottages, era imposible que
cualquiera hubiera leído Guerra y paz sin que los demás
lo hubiéramos sabido. Pero al igual que con el sexo en
Hailsham, había una norma no escrita que hacía posible
una dimensión misteriosa en la que uno se retiraba a leer
todo lo que diría luego que había leído.
Era, lo he dicho, un pequeño juego que nos
permitíamos hasta cierto punto. Aun así, fue Ruth la que
lo llevó más lejos que nadie. Era la que siempre afirmaba
haber leído de principio a fin todo lo que cualquiera
pudiera estar leyendo; y era la única que ponía en práctica
la idea de que para demostrar su superior modo de lectura
tenía que ir por ahí contándole a la gente la trama de las
novelas que ésta estaba leyendo. Por eso, cuando vi que
empezaba a hacérmelo con Daniel Deronda —que no me
estaba gustando demasiado—, cerré el libro, me incorporé
en la hierba y le dije sin el menor aviso previo:
—Ruth, tenía ganas de preguntártelo. ¿Por qué le das
siempre esos golpecitos en el brazo a Tommy cuando os
estáis despidiendo? Ya sabes a lo que me refiero.
Por supuesto, hizo que no lo sabía, así que yo,
paciente, le expliqué de qué le estaba hablando. Ruth me
escuchó hasta el final, y se encogió de hombros.
—No me había dado cuenta de que lo estuviera
haciendo. Lo habré copiado de algo que he visto.
Unos meses atrás yo lo habría dejado así —o
probablemente ni siquiera lo habría sacado a colación—,
pero aquella tarde seguí adelante, y le expliqué que el
golpecito que le daba a Tommy era un tic sacado de una
serie de televisión.
—No es lo que hace la gente ahí fuera, en la vida
normal, si es lo que tú creías.
Ruth —pude percibirlo— estaba ahora furiosa, pero
no sabía muy bien cómo contraatacar. Apartó la mirada y
se encogió de hombros de nuevo.
—Bueno, ¿y qué? —dijo—. No es tan importante. Lo
hacemos muchos de nosotros.
—Querrás decir que lo hacen Chrissie y Rodney...
En cuanto me oí decir esto caí en la cuenta de que me
había equivocado; de que hasta que no había mencionado
a aquella pareja había tenido a Ruth contra las cuerdas.
Pero ahora se había liberado. Era como cuando haces un
movimiento de ajedrez y en cuanto separas los dedos de la
ficha ves que has cometido un error, y te entra el pánico
porque no sabes aún la magnitud del desastre al que
puedes verte abocado a continuación. Ciertamente, pues,
vi un brillo en los ojos de Ruth; y cuando me habló lo
hizo en un tono de voz completamente diferente.
—¿Así que es eso lo que disgusta a la pobrecita
Kathy? ¿Que Ruth no le hace demasiado caso? Ruth tiene
unos amigos nuevos más mayores y la hermana pequeña
se da cuenta de que no se juega con ella tan a menudo
como antes...
—Cállate. Ya te lo he dicho: no es así como funciona
en las familias de verdad. No tienes ni idea de cómo es.
—Oh, Kathy, la gran experta en familias de la
realidad. Lo siento tanto. Pero así están las cosas, ¿no?
Aún sigues con esa idea. Nosotros los de Hailsham
tenemos que mantenernos juntos. El grupito tiene que
seguir como una piña, no tenemos que hacer nunca
nuevas amistades.
—Nunca he dicho eso. Estoy hablando de Chrissie y
Rodney. Es bastante tonto cómo imitas todo lo que hacen.
—Pero tengo razón, ¿no? —dijo Ruth—. Estás
molesta porque me las he arreglado para avanzar, para
hacer nuevos amigos. Algunos de los veteranos casi no
saben cómo te llamas, y ¿quién puede echárselo en cara?
Nunca hablas con nadie que no sea de Hailsham. Pero no
puedes pretender que yo te lleve todo el tiempo de la
mano. Hace ya casi dos meses que estamos aquí.
No piqué el anzuelo, y dije:
—No te preocupes por mí. No te preocupes por
Hailsham. Pero sigues dejando a Tommy en la estacada.
Te he estado observando, y lo has hecho varias veces esta
semana. Lo dejas tirado, como si fuera una pieza de
repuesto. Y no es justo. Se supone que tú y Tommy sois
una pareja. Y eso significa que tendrías que estar
pendiente de él.
—Tienes mucha razón, Kathy. Somos una pareja,
como dices. Y como te estás inmiscuyendo, te lo diré.
Hemos hablado de ello, y estamos de acuerdo. Si a veces
no tiene ganas de hacer algo con Chrissie y Rodney, está
en su derecho. No voy a exigirle que haga cosas para las
que aún no está preparado. Pero hemos convenido en que
tampoco él puede impedir que yo las haga. Pero es un
buen detalle de tu parte que te preocupes por nosotros. —
Calló unos instantes. Luego, con una voz diferente,
añadió—: Ahora que lo pienso: en lo que a hacer amigos
se refiere, al menos no has sido nada lenta con algunos
veteranos.
Me observó con detenimiento, y soltó una carcajada,
como diciendo: «Seguimos siendo amigas, ¿no?». Pero a
mí no me pareció que hubiera nada gracioso en el último
comentario que había hecho. Recogí mi libro de la hierba
y me fui sin decir ni una palabra.
11
Debo explicar por qué me molestó tanto lo que Ruth
había dicho en su último comentario. Aquellos primeros
meses en las Cottages habían sido un período extraño en
nuestra amistad. Nos peleábamos por todo tipo de
pequeñeces, pero al mismo tiempo confiábamos la una en
la otra más que nunca. Concretamente, solíamos tener
charlas a solas, normalmente en mi habitación de lo alto
del Granero Negro, antes de irnos a dormir. Eran quizá
como una especie de querencia de aquellas otras charlas
que solíamos tener en el dormitorio de Hailsham cuando
apagaban las luces. Sea como fuere, lo cierto es que, por
mucho que nos hubiéramos peleado durante el día, al
llegar la hora de acostarnos Ruth y yo volvíamos a estar
sentadas en mi colchón, una al lado de la otra, con
nuestras bebidas calientes, confiándonos nuestros más
profundos sentimientos sobre nuestra nueva vida, como si
entre nosotras no hubiera habido ningún serio desacuerdo.
Y lo que hacía posible estos encuentros íntimos —e
incluso la amistad misma en aquellos días— era el
entendimiento mutuo de que todo lo que nos dijéramos en
estos momentos iba a ser tratado con el mayor de los
respetos, de que jamás traicionaríamos nuestras
confidencias, y de que por mucho que nos peleáramos
nunca utilizaríamos en contra de la otra nada de lo que
hubiéramos podido decir en esas charlas. Cierto que
nunca lo habíamos expresado así, explícitamente, pero
era, como digo, una especie de acuerdo tácito, y hasta
aquella tarde de la novela Daniel Deronda ninguna de
nosotras lo había quebrantado en ningún momento. Y ésa
era la razón por la que, cuando Ruth dijo que yo no había
sido «nada lenta» al hacer amistad con ciertos veteranos,
no sólo me enfadé sino que me sentí traicionada. Porque
no había ninguna duda de lo que había querido decir al
hacerlo: se estaba refiriendo a algo que le había confiado
una noche sobre mí y el sexo.
Como cabe suponer, el sexo en las Cottages era
diferente del que había habido en Hailsham. Era mucho
más franco y directo, más «adulto». Uno no iba por ahí
cotilleando y con risitas sobre quién lo había hecho con
quién. Si sabías que entre dos alumnos había habido sexo,
no empezabas inmediatamente a especular sobre si iban o
no a convertirse en una pareja estable. Y si surgía un día
una pareja nueva, no te ponías a hablar de ello en todas
partes como si se tratara de un gran acontecimiento. Lo
aceptabas con naturalidad y, a partir de entonces, cuando
te referías a uno de ellos también te referías al otro, como
cuando decías «Chrissie y Rodney» o «Ruth y Tommy».
Cuando alguien quería tener sexo contigo, todo era
también mucho más franco y directo. Se te acercaba un
chico y te preguntaba si te apetecía pasar la noche con él
en su cuarto, «para variar», o algo por el estilo. Sin
grandes alharacas. A veces lo hacía porque quería llegar a
formar una pareja contigo, otras porque quería sólo una
relación de una noche.
El ambiente, como digo, era mucho más adulto. Pero
cuando miro hoy hacia atrás, el sexo en las Cottages se
me antoja un tanto funcional. Tal vez precisamente
porque había dejado de existir todo cotilleo y todo
secretismo. O tal vez porque hacía mucho frío.
Al recordar el sexo en las Cottages, pienso en que lo
hacíamos en habitaciones heladoras y en la más completa
oscuridad, normalmente bajo una tonelada de mantas. Y
las mantas no eran a menudo ni siquiera tales, sino una
extraña mezcla en la que podía haber viejas cortinas e
incluso trozos de moqueta. A veces hacía tanto frío que lo
que hacías era echarte encima todo lo que encontrabas a
mano, y si en el fondo de todo aquel montón estabas
haciendo sexo, era como si un alud de ropa de cama te
estuviera embistiendo desde arriba, de forma que la mitad
del tiempo no sabías si lo estabas haciendo con el chico o
con toda aquella montaña.
En fin, el caso es que, poco después de nuestra llegada
a las Cottages, tuve unos cuantos encuentros sexuales de
una noche. No lo había planeado así. Mi plan era tomarme
mi tiempo, y quizá llegar a formar pareja con alguien que
yo hubiera elegido cuidadosamente. Jamás había tenido
pareja, y después de haber observado a Ruth y a Tommy
durante un tiempo, sentía mucha curiosidad y me apetecía
intentarlo. Como digo, ése era mi plan, y cuando vi que
todos mis amantes eran de una noche empecé a
inquietarme un poco. Por eso decidí confiarme a Ruth
aquella noche.
En líneas generales era una charla nocturna como otra
cualquiera. Estábamos con nuestras tazas de té, sentadas
una al lado de la otra en mi colchón, con la cabeza
ligeramente agachada para no darnos con las vigas.
Hablábamos de los chicos de las Cottages, y de si alguno
de ellos podría convenirme. Ruth estuvo como nunca:
alentadora, divertida, sensata, llena de tacto. Por eso me
animé a contarle lo de los chicos de una noche. Le dije
que me había sucedido sin que yo lo deseara realmente; y
que, aunque no pudiéramos tener niños haciéndolo, el
sexo había hecho cosas extrañas en mis sentimientos, tal
como la señorita Emily nos había advertido. Y luego le
dije:
—Ruth, quería preguntártelo. ¿Alguna vez te pones de
tal forma que lo único que quieres es hacerlo? ¿Casi con
todo el mundo?
Ruth se encogió de hombros, y dijo:
—Tengo pareja. Si quiero hacerlo, lo hago con
Tommy.
—Ya, entiendo. Puede que sea yo. Puede que haya
algo en mí que no está bien, me refiero ahí abajo. Porque
a veces realmente lo necesito, necesito hacerlo.
—Es extraño, Kathy.
Se quedó mirándome fijamente, con aire preocupado
(lo cual me intranquilizó aún más).
—O sea que a ti nunca te pasa...
Volvió a encogerse de hombros.
—No para ponerme a hacerlo con todo el mundo. Lo
que me cuentas suena un poco raro, Kathy. Pero quizá se
te pase al cabo de un tiempo.
—A veces no me pasa en mucho tiempo. Y de pronto
me viene. La primera vez me sucedió así. Él empezó a
abrazarme y a besuquearme y lo único que yo quería era
que me dejara en paz. Y de repente me vino, así, sin más.
Y tuve que hacerlo.
Ruth sacudió la cabeza.
—Suena un tanto extraño. Pero probablemente se te
pasará. Quizá tenga que ver con la comida que nos dan
aquí.
No me fue de gran ayuda, pero me había mostrado su
solidaridad y me sentí un poco mejor. Por eso me
sobresaltó tanto que me lo soltara como me lo soltó, en
medio de la discusión que tuvimos aquella tarde en el
campo. De acuerdo, quizá no había nadie por allí cerca
que hubiera podido oírlo, pero aun así había algo que no
estaba en absoluto bien en lo que había hecho. En los
primeros meses en las Cottages, nuestra amistad se había
mantenido incólume, porque —para mí al menos— no
existía la menor duda de que había dos Ruth
completamente diferentes. Una era la Ruth que siempre
trataba de impresionar a los veteranos, que no dudaba en
ignorarme a mí, y a Tommy, y a cualquiera del grupo de
Hailsham, si en algún momento pensaba que podíamos
cortarle las alas. La Ruth que no me gustaba, la que podía
ver todos los días dándose aires y fingiendo ser la que no
era; la Ruth que daba golpecitos en el brazo, a la altura del
codo. Pero la Ruth que se sentaba conmigo en mi cuarto
del altillo al acabarse el día, con las piernas extendidas a
lo largo del borde del colchón, con la taza humeante entre
las manos, era la Ruth de Hailsham, y poco importaba lo
que hubiera podido pasar durante el día porque yo podía
reanudar mi conversación con ella donde la hubiéramos
dejado la noche anterior.
Y hasta aquella tarde en el campo había habido como
un acuerdo tácito para que las dos Ruth no se mezclaran,
para que la Ruth a quien yo confiaba mis cosas fuera
precisamente la Ruth en quien se podía confiar. Y por eso,
cuando me dijo aquello en el campo, aquello de que «al
menos no había sido nada lenta en hacer amistad con
algunos veteranos», me molesté muchísimo. Por eso cogí
el libro y me fui sin despedirme.
Pero cuando pienso en ello ahora, veo las cosas más
desde el punto de vista de Ruth. Veo, por ejemplo, cómo
debió de sentarle que hubiera sido yo la primera en
romper nuestro acuerdo tácito, y que la pequeña pulla de
aquella tarde del campo bien podía haber sido tan sólo
una revancha. Esto no se me ocurrió en ningún momento
entonces, pero hoy creo que es una posible explicación
del incidente. Después de todo, inmediatamente antes de
que hiciera aquel comentario yo le había estado hablando
del asunto de los golpecitos en el codo. Es un poco difícil
de explicar pero, como he dicho, había llegado a darse
una especie de inteligencia entre nosotras en cuanto al
modo de comportarse de Ruth ante los veteranos. A
menudo fanfarroneaba y daba a entender cosas que yo
sabía que no eran ciertas. Y a veces, como también he
dicho, hacía cosas para impresionar a los veteranos a
nuestras expensas. Pienso que Ruth, en cierto modo, creía
que lo que hacía lo estaba haciendo en beneficio de todos
nosotros. Y mi papel, en mi calidad de amiga más íntima,
era prestarle un callado apoyo, como si hubiera estado en
la primera fila de un patio de butacas mientras ella
interpretaba su papel en el escenario. Ruth luchaba por
llegar a ser alguien distinto, y quizá soportaba una presión
mayor que el resto de nosotros, porque, como digo, había
asumido la responsabilidad del grupo. Así pues, la forma
en que le hablé de lo de los golpecitos en el codo bien
pudo considerarlo una traición, la cual habría hecho
comprensible su desquite. Como ya he dicho, se trata de
una explicación que no se me ha ocurrido hasta hace
poco. En aquel tiempo no me fue posible ver las cosas
desde una perspectiva más amplia, ni examinar
detenidamente mi papel en ellas. Supongo que, en
general, nunca aprecié como debía el gran esfuerzo de
Ruth por avanzar, por crecer, por dejar definitivamente
atrás Hailsham. Al recordarlo hoy, me viene a la cabeza
algo que me dijo una vez siendo su cuidadora en el centro
de recuperación de Dover. Estábamos sentadas en su
habitación, tomando el agua mineral y las galletas que le
había llevado mientras contemplábamos la puesta de sol,
como tantas veces hacíamos, y le estaba contando que, en
el arcón de pino de mi habitación amueblada, conservaba
casi todo lo que atesoraba en el antiguo arcón de mis
cosas de Hailsham. Y en un momento dado, sin pretender
llegar a ninguna parte ni demostrar nada, le pregunté:
—Tú nunca conservaste tus cosas de Hailsham,
¿verdad?
Ruth, incorporada en la cama, se quedó callada
durante un buen rato, mientras la tarde caía sobre la pared
de azulejos, a su espalda. Y al cabo dijo:
—Acuérdate de cómo los custodios, cuando nos
íbamos a marchar, insistieron en que podíamos llevarnos
todas nuestras cosas. Así que yo lo saqué todo del arcón y
lo metí en mi bolsa de viaje. Mi plan era encontrar un
buen arcón de madera donde poder guardarlo todo en
cuanto llegara a las Cottages. Pero cuando llegamos, vi
que ninguno de los veteranos tenía cosas personales. Sólo
nosotros, y no era normal. Seguro que todos nos dimos
cuenta, no sólo yo, pero no hablamos de ello, ¿verdad?
Así que no busqué un nuevo arcón. Mis cosas siguieron
en la bolsa meses y meses, y al final me deshice de ellas.
La miré con fijeza.
—¿Tiraste todas tus cosas a la basura?
Ruth sacudió la cabeza, y durante los minutos que
siguieron pareció repasar mentalmente los diferentes
objetos de su antiguo arcón de Hailsham. Y luego dijo:
—Las puse en una gran bolsa de plástico, pero no
podía soportar la idea de tirarlo todo al cubo de la basura,
así que un día en que el viejo Keffers estaba a punto de
salir para el pueblo, me acerqué a él y le pedí que por
favor llevara la bolsa a una tienda. Sabía de la existencia
de tiendas de caridad, y me había informado sobre ellas.
Keffers hurgó un poco en la bolsa, pero no lograba
hacerse una idea de lo que era cada cosa (¿por qué habría
de saberlo?). Lanzó una carcajada y dijo que ninguna
tienda de las que él conocía querría semejantes cosas. Y
yo le dije que eran cosas buenas, buenas de verdad. Y al
ver que me estaba poniendo sentimental, cambió de
registro. Y dijo algo como: «De acuerdo, señorita, lo
llevaré a la gente de Oxfam». Luego hizo un esfuerzo
enorme y dijo: «Ahora que lo he visto mejor, tiene usted
razón. ¡Son cosas estupendas!».
»Pero no estaba muy convencido. Supongo que se lo
llevó todo y lo tiró por ahí en algún cubo de basura. Pero
al menos yo no tuve que saberlo. —Sonrió y añadió—: Tú
eras diferente. Lo recuerdo. A ti nunca te avergonzaron
tus cosas personales, y siempre las conservabas. Ojalá
hubiera hecho yo lo mismo.
Lo que trato de decir es que todos nosotros nos
esforzábamos cuanto podíamos por adaptarnos a nuestra
nueva vida, y supongo que hicimos cosas que más tarde
habríamos de lamentar. Me indignó profundamente el
comentario de Ruth aquella tarde en el campo, pero no
tiene sentido que ahora trate de juzgarla —ni a ella ni a
ninguno de mis compañeros— por su comportamiento en
aquellos días primeros de nuestra estancia en las Cottages.
Al llegar el otoño, y familiarizarme más con nuestro
entorno, empecé a reparar en cosas que antes había
pasado por alto. Estaba, por ejemplo, aquella extraña
actitud hacia los alumnos que se habían ido
recientemente. Los veteranos, al volver de sus excursiones
a la Mansión Blanca y la Granja de los Álamos, nunca
escatimaban anécdotas de personajes que habían conocido
allí; pero raras veces mencionaban a los alumnos que,
hasta muy poco antes de que llegáramos nosotros, sin
duda habían tenido que ser sus más íntimos amigos.
Otra cosa que advertí —y que sin duda tenía que ver
con lo anterior— fue el enorme silencio que se abatía
sobre ciertos veteranos cuando se iban a seguir ciertos
«cursos» (que hasta nosotros sabíamos que tenían relación
con su preparación para convertirse en cuidadores).
Estaban fuera cuatro o cinco días, durante los cuales
apenas se les mencionaba, y cuando volvían nadie les
preguntaba nada. Supongo que hablaban con sus amigos
más íntimos en privado. Pero se daba por sentado que de
estos viajes no se hablaba abiertamente. Recuerdo una
mañana en que, a través del cristal empañado de la
ventana de la cocina, vi a dos veteranos que salían para un
curso, y me pregunté si la primavera o el verano siguiente
se habrían ido para siempre y todos tendríamos que tener
mucho cuidado de no mencionarlos.
Pero quizá exagero al decir que se convertía en tabú el
tema de los alumnos que habían dejado las Cottages. Si
tenían que mencionarse, se mencionaban. Lo más normal
era que se refirieran a ellos de forma indirecta,
relacionándolos con un objeto o una tarea. Por ejemplo, si
había que hacer reparaciones en una cañería de desagüe
del techo, se armaba un animado debate sobre «cómo
solía arreglarlo Mike». Y delante del Granero Negro había
un tocón que todo el mundo llamaba «el tocón de Dave»,
porque durante tres años —hasta apenas tres semanas
antes de nuestra llegada a las Cottages—, Dave se sentaba
en él para leer y escribir (a veces incluso cuando hacía
frío o llovía). Luego estaba Steve, quizá el más
memorable de todos. Ninguno de nosotros llegamos a
descubrir nunca el tipo de persona que había sido Steve, si
exceptuamos el hecho de que le gustaban las revistas
porno.
De cuando en cuando te encontrabas una revista porno
detrás de un sofá o en medio de una pila de viejos
periódicos. Eran lo que se ha dado en llamar porno
«suave», aunque en aquel tiempo nosotros no sabíamos de
tales distinciones. Nunca habíamos visto nada parecido en
Hailsham, y no sabíamos qué pensar. Los veteranos solían
echarse a reír cuando aparecía una en alguna parte;
pasaban las hojas rápida y displicentemente y la tiraban a
un lado, así que nosotros hacíamos lo mismo. Cuando
Ruth y yo recordábamos todo esto hace unos años, ella
afirmaba que las revistas en cuestión circulaban por
docenas en las Cottages.
—Nadie admitía que le gustaban —dijo—. Pero
acuérdate de cómo era la cosa. Aparecías en una
habitación donde la gente estaba mirando una, y todos
fingían que se aburrían como ostras. Sin embargo volvías
al cabo de media hora y la revista ya no estaba.
En fin, lo que quiero decir es que siempre que
aparecía alguna de estas revistas, la gente se apresuraba a
decir que eran de «la colección de Steve». Steve, dicho de
otro modo, era el responsable de cuanta revista porno
pudiera aparecer en cualquier momento en las Cottages.
Como ya he dicho, nunca averiguamos mucho más acerca
de Steve. Pero incluso entonces veíamos el lado divertido
del asunto, porque cuando alguien veía una de ellas y
decía «Mira, una de las revistas de Steve», lo hacía con un
punto de ironía.
Estas revistas, por cierto, solían llevar a mal traer al
viejo Keffers. Se decía que era muy religioso y que estaba
radicalmente en contra no sólo del porno, sino del sexo en
general. A veces se ponía como un loco —le veías la cara
iracunda y llena de manchas bajo las patillas grises— y se
movía con ruido por todo el lugar, e irrumpía sin llamar
en los cuartos de los alumnos, decidido a requisar hasta la
última de las «revistas de Steve». En tales ocasiones nos
esforzábamos por encontrarlo divertido, pero había algo
realmente aterrador en él cuando estaba en ese estado.
Para empezar, de pronto dejaba de rezongar en voz alta
como hacía normalmente y callaba, y bastaba su silencio
para conferirle un aura pavorosa.
Recuerdo una vez en que Keffers había recogido seis
o siete «revistas de Steve» y había salido en tromba con
ellas hacia la furgoneta. Laura y yo estábamos
observándole desde lo alto de mi habitación, y yo me reía
de algo, que acababa de decir Laura. Entonces vi que
Keffers abría la puerta de su furgoneta, y quizá porque
necesitaba ambas manos para mover unas cosas de su
interior, dejó las revistas encima de unos ladrillos que
había junto al cobertizo de la caldera (unos veteranos
habían intentado construir una barbacoa unos meses antes,
y los habían dejado allí apilados). La figura de Keffers,
agachada y con la cabeza y los hombros dentro de la
furgoneta, siguió revolviendo y revolviendo en su interior
durante largo rato, y algo me dijo que, pese a su furia de
un momento atrás, había olvidado por completo las
revistas. En efecto, minutos después vi que se enderezaba,
subía a la furgoneta y se ponía al volante, cerraba la
puerta de golpe y apretaba el acelerador.
Cuando le dije que Keffers se había dejado las
revistas, Laura dijo:
—Bueno, no van a durar mucho ahí. Tendrá que
volver a requisarlas todas el día en que decida empezar
una nueva purga.
Pero cuando pasé junto al cobertizo de la caldera
aproximadamente media hora después, vi que nadie había
tocado las revistas. Por un instante pensé en llevármelas a
mi cuarto, pero sabía que si las encontraban en él algún
día, las tomaduras de pelo no me iban a dejar vivir en paz
en mucho tiempo; no habría modo humano de que alguien
entendiera mis motivos para haberlas guardado. Por tanto,
las cogí y me metí en el cobertizo con ellas.
El cobertizo de la caldera era en realidad otro granero,
construido a un extremo de la casa de labranza y atestado
de viejas segadoras y horcas, maquinaria que Keffers
suponía que no ardería si alguna vez la caldera decidía
explotar. Keffers también tenía un banco de trabajo, así
que puse las revistas encima, aparté algunos trapos y me
aupé para sentarme sobre el tablero. La luz no era muy
buena, pero había una ventana mugrienta a mi espalda, y
cuando abrí la primera revista comprobé que podía verla
con la suficiente claridad.
Había montones de fotografías de chicas con las
piernas abiertas o poniendo el culo en pompa. He de
admitir que ha habido veces en las que al mirar
fotografías de este tipo he acabado excitándome, aunque
jamás he fantaseado con hacerlo con una chica. Pero
aquella tarde no era eso lo que buscaba. Pasé las hojas con
rapidez, sin dejarme distraer por ningún efluvio de sexo
que pudiera emanar de aquellas páginas. De hecho,
apenas me detenía en los cuerpos contorsionados, porque
en lo que me fijaba era en las caras. Me detenía en las
caras de las modelos, incluso en las de los pequeños
encartes de anuncios de vídeos y demás, y no pasaba a las
siguientes sin haberlas examinado cuidadosamente.
Las había mirado ya casi todas cuando de pronto tuve
la certeza de que había alguien afuera, de pie, justo al lado
de la puerta. Había dejado la puerta abierta porque así se
dejaba normalmente, y porque quería que hubiera luz.
Antes me había sorprendido ya dos veces levantando la
mirada, pues creía haber oído un pequeño ruido, pero al
no ver a nadie, había seguido con lo que estaba haciendo.
Ahora era distinto: bajé la revista y lancé un hondo
suspiro para que quienquiera que estuviese afuera pudiera
oírlo.
Aguardé a las risitas, o quizá a que dos o tres alumnos
irrumpieran bruscamente en el granero, deseosos de
aprovechar el haberme sorprendido con un montón de
revistas pornográficas. Pero no sucedió nada. Así que dije
en voz alta, en un tono que quería ser cansino:
—Encantada de que te unas a mí en esto. ¿Por qué esa
timidez?
Me llegó una risa, y a continuación apareció Tommy
en el umbral.
—Hola, Kath —dijo tímidamente.
—Entra, Tommy. Ven a divertirte.
Tommy se acercó a mí con cautela, y se quedó quieto
a unos pasos. Luego miró hacia la caldera y dijo:
—No sabía que te gustaran ese tipo de fotos.
—A las chicas también nos está permitido mirarlas,
¿no?
Seguí pasando las páginas, y durante unos segundos
Tommy permaneció callado. Y luego le oí decir:
—No estaba intentando espiarte. Pero te he visto
desde mi cuarto. He visto que salías y cogías esa pila de
revistas que se ha dejado Keffers.
—También puedes mirarlas tú cuando yo termine.
Tommy rió incómodamente.
—Sólo es sexo. Supongo que ya lo he visto todo.
Soltó otra risa, pero esta vez, cuando levanté la vista
para mirarle, vi que me estaba observando con expresión
muy seria. Y oí que me preguntaba:
—¿Estás buscando algo concreto, Kath?
—¿A qué te refieres? Sólo estoy mirando estas fotos
guarras.
—¿Sólo por gusto?
—Supongo que tendría que responder que sí.
Dejé una revista a un lado y abrí la siguiente.
Entonces oí las pisadas de Tommy, e instantes
después noté que estaba a mi lado. Cuando volví a alzar la
mirada, sus manos planeaban ansiosas por el aire, como si
yo estuviera haciendo un trabajo manual complicado y él
se muriera de ganas de ayudarme.
—Kath, no se hace... Bien, si lo estás haciendo por
gusto, no se miran así. Tienes que ir mirando cada foto
con mucho más detenimiento. Si las pasas tan deprisa no
consigues nada.
—¿Cómo sabes lo que funciona para las chicas? ¿O es
que ya las has mirado con Ruth? Perdona, lo he dicho sin
pensar.
—Kath, ¿qué es lo que quieres?
No le hice caso. Había visto casi todo el montón, y
sentía impaciencia por terminarlo. Y Tommy dijo:
—Una vez te vi haciendo esto mismo.
Dejé las fotos y lo miré.
—¿Qué pasa, Tommy? ¿Te ha reclutado Keffers para
la patrulla contra el porno?
—No te estaba espiando. Pero te vi la semana pasada,
después de que hubiéramos estado todos en el cuarto de
Charley. Había una de esas revistas, y pensaste que no
íbamos a volver. Yo tuve que volver para recoger mi
jersey, y como las puertas de Claire estaban abiertas se
podía ver todo el cuarto de Charley. Y allí estabas,
mirando aquella revista.
—Bueno, ¿y qué? Todos tenemos que darnos gusto de
alguna manera.
—No lo hacías por gusto. Lo vi perfectamente, lo
mismo que ahora. Lo veo en tu cara, Kath. Aquella vez,
en el cuarto de Charley, tenías una cara muy extraña.
Como si estuvieras triste, no sé. Y también un poco
asustada.
Brinqué fuera del banco de trabajo, recogí las revistas
y se las lancé a los brazos.
—Toma. Dáselas a Ruth. A ver si les puede sacar
algún provecho.
Pasé junto a él y salí del cobertizo. Sabía que se
sentiría decepcionado porque no le había contado nada de
mí misma, pero en aquel punto yo no había reflexionado
apropiadamente sobre mi persona, así que difícilmente iba
a contarle mis cosas a nadie. Desde luego no me
importaba que hubiera entrado en el cobertizo donde yo
estaba. No me importaba en absoluto. Me sentía
reconfortada, casi protegida. Acabaría diciéndole lo que
quería saber, pero no lo haría hasta unos meses más tarde,
cuando organizamos aquella excursión a Norfolk.
12
Quiero hablar de la excusión a Norfolk —y de todo lo
que sucedió aquel día—, pero antes tendré que retroceder
un poco en el tiempo para explicar cómo estaban las cosas
entonces y por qué hicimos ese viaje.
Nuestro primer invierno en las Cottages estaba a
punto de acabar, y todos nos sentíamos bastante más
asentados. Pese a nuestros pequeños contratiempos, Ruth
y yo habíamos mantenido la costumbre de rematar el día
en mi cuarto, charlando con nuestros vasos calientes entre
las manos, y fue una de esas noches, mientras hacíamos el
tonto sobre no recuerdo qué, cuando de pronto dijo:
—Supongo que has oído lo que están diciendo
Chrissie y Rodney.
Cuando le dije que no, lanzó una risita y continuó:
—Seguramente quieren tomarme el pelo. Vaya
sentido de las bromas el suyo. Pero olvídalo.
Pero era evidente que lo que quería era que le tirara de
la lengua, así que insistí e insistí hasta que al final le oí
decir en voz baja:
—¿Recuerdas la semana pasada, cuando Chrissie y
Rodney estuvieron fuera? Fueron a Cromer, en la costa
norte de Norfolk.
—¿Qué tenían que hacer allí?
—Oh, creo que tienen un amigo, alguien que antes
vivió aquí. Pero eso no importa. Lo que importa es que
cuentan que vieron a esa... persona. Trabajando en una
oficina de planta diáfana. Y, bueno, en fin. Piensan que
esa persona es una posible. Para mí.
Aunque la mayoría de nosotros habíamos oído hablar
de la idea de los «posibles» en Hailsham, teníamos la
sensación de que no había que hablar de ello, y no lo
hacíamos, aunque, por supuesto, la idea nos intrigaba y
nos llenaba de inquietud. Y tampoco en las Cottages era
un asunto que podía sacarse a colación como si tal cosa.
Sin ningún género de dudas, resultaba mucho más
embarazosa cualquier charla sobre los «posibles» que
otra, pongamos, sobre sexo. Al mismo tiempo, veías
claramente que la gente se sentía fascinada —
obsesionada, en algunos casos— por el asunto, que seguía
saliendo a relucir muy de cuando en cuando, normalmente
en las controversias muy serias, a años luz de las
cotidianas (que versaban sobre gentes como, por ejemplo,
James Joyce).
La idea básica de la teoría de los posibles era muy
sencilla, y no suscitaba grandes discusiones. Podría
formularse más o menos de este modo: dado que cada uno
de nosotros había sido copiado en algún momento de una
persona normal, debería existir, en el mundo exterior, y
para cada uno de nosotros, un modelo que viviera su
propia vida en alguna parte. Ello significaba, al menos en
teoría, que era posible encontrar a la persona original a
cuya imagen y semejanza habíamos sido modelados. Por
eso, cuando estábamos fuera de las Cottages —en los
pueblos y ciudades, en los centros comerciales, en los
cafés de las autopistas—, siempre manteníamos los ojos
bien abiertos por si descubríamos a algún «posible» que
hubiera servido de modelo para tu persona o la de tus
compañeros.
Más allá de estas generalidades, sin embargo, no
existía mucho consenso. Para empezar, nadie se ponía
muy de acuerdo sobre qué era lo que pretendíamos
cuando buscábamos a nuestros posibles. Algunos
pensaban que había que buscar personas veinte o treinta
años mayores que nosotros (la edad que habría tenido una
persona si hubiera sido nuestro padre o nuestra madre).
Pero otros sostenían que esto pecaba de sentimental. ¿Por
qué tenía que separarnos de nuestros modelos toda una
generación «temporal»? Podían haber utilizado bebés,
viejos... ¿Qué diferencia habría? Otros argumentaban que
seguramente utilizaban como modelos a gente en el ápice
de la salud, y que por eso era más lógico que tuvieran la
edad de un «padre o madre normal». Pero al llegar a este
punto todos sentíamos que nos acercábamos a un terreno
en el que no queríamos entrar, y la discusión se acababa.
Luego estaban las preguntas sobre por qué habríamos
de desear rastrear a nuestros modelos. Otra motivación
para querer encontrar a tu modelo era el hecho de que,
cuando lo encontraras, tendrías un barrunto de tu futuro.
Ahora bien, no quiero decir que nadie pensara realmente
que si su modelo resultara ser, digamos, un empleado
ferroviario, uno acabaría haciendo ese mismo trabajo.
Todos nos dábamos cuenta de que no era tan sencillo. Sin
embargo, todos nosotros, en grados diversos, creíamos
que si veías a la persona de la que tú eras una copia
alcanzarías cierto conocimiento de quién eras en lo hondo
de tu ser, y quizá también de lo que la vida pudiera tenerte
deparado.
Y había quienes juzgaban estúpido preocuparse ni
poco ni mucho por los posibles. Nuestros modelos eran
algo irrelevante, una necesidad técnica para traernos al
mundo, y nada más. Nos correspondía a nosotros hacer
con nuestras vidas lo que pudiéramos. Ésa era la posición
con la que se alineaba siempre Ruth, y es muy probable
que yo también. En cualquier caso, siempre que nos
llegaban noticias de un posible —fuera para quien fuera—
no podíamos evitar sentir curiosidad.
Tal como yo lo recuerdo, la visión de los posibles
solía venir por rachas. Podían pasar semanas sin que nadie
hiciera mención del asunto, y de pronto alguien veía a uno
y ello desencadenaba toda una avalancha de visiones. En
la mayoría de los casos no merecía la pena empeñarse en
seguirlos (alguien que pasaba en un coche, o casos
similares). Pero de cuando en cuando una visión parecía
tener fuste (como la que Ruth me contó aquella noche).
Según Ruth, Chrissie y Rodney habían pateado a
conciencia esa ciudad costera que estaban visitando, y se
habían separado durante un rato. Cuando volvieron a
encontrarse, Rodney estaba terriblemente excitado y le
contó a Chrissie que había estado deambulando por las
calles laterales en torno a High Street, y había pasado por
una oficina con un gran ventanal frontal. Dentro había
muchas personas, algunas en sus mesas y otras yendo de
un lado para otro, charlando. Y fue entonces cuando había
visto a la posible de Ruth.
—Chrissie vino y me lo contó en cuanto volvieron a
las Cottages. Hizo que Rodney se lo explicara todo con
detalle, y aunque éste intentó hacerlo lo mejor que pudo,
la cosa no quedó nada clara. Ahora no hacen más que
decirme que me van a llevar en coche a ese sitio, pero no
sé... No sé si debería hacer algo...
No puedo recordar exactamente lo que le dije aquella
noche, pero en aquella época yo era bastante escéptica. De
hecho, si he de ser sincera, me daba la sensación de que
Chrissie y Rodney se lo habían inventado todo. No quiero
decir que Chrissie y Rodney sean malas personas; no sería
justo. En muchos aspectos, me gustan. Pero lo cierto es
que la forma en que nos miraban a los recién llegados, y a
Ruth en particular, distaba mucho de ser franca.
Chrissie era una chica alta que estaba francamente
bien cuando se mantenía erguida, pero que no parecía
darse cuenta de ello y se pasaba el día agachándose para
ser de la misma altura que el resto de nosotros. Ésa era la
razón por la que a menudo parecía más la Bruja Mala que
una estrella de cine hermosa, impresión reforzada por su
modo irritante de «pincharte» con un dedo un segundo
antes de decirte algo. Siempre usaba largas faldas en lugar
de vaqueros, y las pequeñas gafas que llevaba se las
pegaba en exceso a la cara. Había sido una de las
veteranas que nos dieron una calurosa bienvenida cuando
llegamos aquel verano a las Cottages, y al principio me
había parecido una persona extraordinaria y había
buscado su consejo. Pero a medida que pasaron las
semanas empecé a tener reservas. Había algo extraño en
el modo en que siempre estaba mencionando el hecho de
que veníamos de Hailsham, como si ello pudiera explicar
casi todo lo que tenía que ver con nosotros. Y siempre
estaba haciéndonos preguntas sobre Hailsham —sobre
pequeños detalles, de forma muy parecida a como mis
donantes me preguntan hoy—, y aunque trataba de hacer
que éstas parecieran absolutamente espontáneas, yo podía
ver que en su interés existía toda una trastienda. Otra cosa
que me ponía muy nerviosa era la forma en que siempre
parecía querer separarnos: llevándose a uno de nosotros
aparte mientras otros estábamos haciendo algo, o
invitarnos a dos de nosotros a que nos uniéramos a ellos
mientras dejaba a otros dos solos y aislados. Ese tipo de
cosas.
Raras veces veías a Chrissie sin su novio Rodney, que
iba por ahí con el pelo sujeto atrás en una cola de caballo,
como un músico de rock de los años setenta, y no paraba
de hablar de cosas como la reencarnación. De hecho casi
llegó a gustarme, pero jamás salía de la órbita de
influencia de Chrissie. En cualquier discusión, sabías que
iba a defender el punto de vista de Chrissie, y si Chrissie
alguna vez decía algo medianamente divertido, él se partía
de risa y sacudía la cabeza como si no pudiera creer lo
gracioso que era lo que había dicho su novia.
Admito que quizá estoy siendo un poco dura con estos
dos veteranos. Cuando no hace mucho tiempo los
rememoraba con Tommy, él dijo que a su juicio eran muy
buena gente. Pero estoy contando todo esto para explicar
por qué era tan escéptica respecto al hecho de que
hubieran visto a una posible de Ruth. Como digo, mi
reacción instintiva fue de incredulidad, y suponer que
Chrissie se traía algo entre manos.
La otra cosa que me hacía dudar de ello tenía que ver
con la descripción ofrecida por Chrissie y Rodney: la
imagen de una mujer trabajando en una bonita oficina con
un ventanal que daba a la fachada del edificio. Se
aproximaba demasiado a lo que todos sabíamos que era
para Ruth un «futuro de ensueño».
Supongo que éramos nosotros, los recién llegados,
quienes hablábamos de «futuros de ensueño» aquel
invierno, aunque también lo hacían unos cuantos
veteranos. Algunos más mayores —sobre todo aquellos
que ya habían empezado el adiestramiento— suspiraban
en silencio y abandonaban la habitación cuando se
abordaba este tipo de conversación, aunque durante
mucho tiempo ni siquiera nos dimos cuenta de que lo
estuvieran haciendo. No estoy segura de qué es lo que
pasaba por nuestra cabeza durante aquellas charlas.
Probablemente sabíamos que no podían ser serias, pero
estoy segura de que tampoco las considerábamos
fantasiosas. Una vez que Hailsham había quedado atrás,
quizá pudimos, justo durante el medio año aproximado
que faltaba para que empezáramos a tratar el tema de
convertirnos en cuidadores, antes de empezar a
prepararnos para el permiso de conducir y todas las demás
cosas, quizá fuimos capaces de olvidar por espacio de
períodos razonablemente largos quiénes habíamos sido;
olvidar lo que los custodios nos habían dicho; olvidar el
estallido de la señorita Lucy aquella tarde lluviosa en el
pabellón, al igual que todas aquellas teorías que habíamos
ido formulando a lo largo de los años. No podía durar
mucho, por supuesto pero, como digo, y sólo durante
aquellos pocos meses, nos las arreglamos para vivir en un
acogedor estado de aplazamiento en el que podíamos
reflexionar sobre nuestras vidas sin sentirnos coartados
por los límites de siempre. Al recordarlo, parece que
pasamos siglos en aquella cocina empañada después del
desayuno, o apiñados en torno a fuegos medio apagados
en las primeras horas de la madrugada, ensimismados en
nuestros planes de futuro.
Pero nadie llevaba las cosas demasiado lejos. No
recuerdo a nadie que dijera que iba a ser un astro de la
pantalla o algo parecido. La charla giraba más bien en
torno a llegar a ser cartero o a trabajar en una granja.
Unos cuantos compañeros querían ser chóferes —de un
tipo o de otro—, y a menudo, cuando la conversación
seguía estos derroteros, algunos veteranos empezaban a
comparar rutas pintorescas que habían conocido, cafés de
carretera agradables, rotondas difíciles, ese tipo de cosas.
Hoy, por supuesto, sería capaz de hablar y hablar de esas
cosas hasta dejar fuera de combate a cualquiera. En aquel
tiempo, sin embargo, tenía que limitarme a escuchar, a no
decir ni una palabra, a empaparme de lo que decían. A
veces, si era muy tarde, cerraba los ojos y me acurrucaba
contra el brazo del sofá, o contra un chico, si era durante
una de esas breves fases en las que estaba «oficialmente»
con alguien, y me dormía y me despertaba, permitiendo
que las imágenes de las carreteras se movieran
incesantemente en mi cabeza.
De todas formas, para volver a lo que estaba diciendo,
cuando este tipo de charla tenía lugar solía ser Ruth la que
llevaba las cosas más lejos que nadie, sobre todo cuando
había veteranos presentes. Había estado hablando de
oficinas desde el principio del invierno, pero cuando la
cosa realmente cobró vida, cuando se convirtió en su
«futuro de ensueño», fue después de aquella mañana en
que ella y yo nos paseamos por el pueblo.
Fue durante una racha de frío helador en la que las
estufas de gas nos habían estado dando problemas. Nos
pasábamos horas y horas tratando de encenderlas, pero los
dispositivos
no
funcionaban.
Íbamos,
pues,
abandonándolas, y, con ellas, las habitaciones que se
suponía que debían calentar. Keffers se negaba a
arreglarlas, afirmando que era responsabilidad nuestra,
pero al final, cuando las cosas se pusieron feas de verdad,
nos tendió un sobre con dinero y una nota con el nombre
de una válvula para la ignición del combustible. Así que
Ruth y yo nos prestamos a ir hasta el pueblo a comprarla,
y ésa era la razón por la que aquella mañana heladora
bajábamos por el sendero. Habíamos llegado a un punto
donde los setos eran altos a ambos lados, y el suelo estaba
lleno de bostas de vaca heladas, y Ruth se paró de pronto
unos metros a mi espalda.
Me llevó un momento darme cuenta, así que cuando
di la vuelta la vi soplándose los dedos y mirando hacia el
suelo, ensimismada en algo que había a sus pies. Pensé
que quizá era alguna pobre criatura muerta en el hielo,
pero cuando me acerqué vi que era una revista en color,
no del tipo de las «revistas de Steve» sino de esas
brillantes y alegres que te dan gratis con los periódicos. Al
caer se había quedado abierta en un gran anuncio
satinado, a doble página, y aunque las hojas estaban
empapadas y combadas y con barro en un costado, se veía
con claridad la oficina maravillosamente moderna y de
planta diáfana, donde tres o cuatro de los empleados que
trabajaban en ella estaban haciéndose algún tipo de
broma. El lugar era radiante, así como la gente. Ruth
miraba fijamente aquella fotografía, y cuando se dio
cuenta de mi presencia a su lado, dijo:
—Éste sí sería un lugar apropiado para trabajar...
Entonces se sintió cohibida —quizá hasta molesta de
que la hubiera sorprendido en aquel momento—, y siguió
andando mucho más deprisa que antes.
Pero un par de noches más tarde, cuando algunos de
nosotros estábamos sentados en torno a un fuego de la
casa de labranza, Ruth empezó a hablarnos del tipo ideal
de oficina en la que le encantaría trabajar, y yo la reconocí
de inmediato. Entró en los detalles —las plantas, los
equipos relucientes, las sillas giratorias y con ruedas—, y
la descripción era tan vivida que todo el mundo dejó que
continuara sin interrumpirla en ningún momento. Yo la
observaba atentamente, pero no parecía acordarse de que
yo había estado con ella, tal vez hubiera olvidado incluso
de dónde le venía aquella imagen. En un momento dado
llegó a hablar de lo «dinámico, emprendedor» que sería
todo el personal de aquella oficina, y recuerdo que ésa era
precisamente la leyenda que aparecía con grandes letras
en la parte de arriba del anuncio: «¿Es usted dinámico,
emprendedor?». Por supuesto, no dije nada. De hecho, al
escucharla, hasta empecé a preguntarme si todo aquello
era posible: si algún día todos nosotros podríamos
mudarnos a un lugar como aquél y llevar una vida juntos.
Chrissie y Rodney estaban allí aquella noche, atentos
a todo lo que decía Ruth. Y durante los días siguientes
Chrissie siguió intentando que Ruth le contara más cosas
acerca del asunto. Yo pasaba junto a ellas —estaban
sentadas en un rincón de un cuarto—, y le oía decir a
Chrissie:
—¿Estás segura de que no os distraeríais
continuamente unos a otros, trabajando en un sitio así
todos juntos?
Y Ruth, acto seguido, seguía con sus explicaciones.
Lo que le sucedía a Chrissie —y ello podía aplicarse
también a un buen puñado de veteranos— era que, pese a
su actitud un tanto condescendiente con nosotros a nuestra
llegada, sentía cierto temor reverente ante nosotros por el
hecho de que viniéramos de Hailsham. Me llevó bastante
tiempo darme cuenta. Tomemos el asunto de la oficina de
Ruth, por ejemplo: Chrissie nunca habría hablado de
trabajar en una oficina, ni siquiera en una como la que
Ruth ambicionaba. Pero como Ruth era de Hailsham, la
idea entraba en cierto modo dentro del terreno de lo
posible. Así es como veía Chrissie el asunto, y supongo
que Ruth, de cuando en cuando, dejaba caer unas cuantas
cosas de estas para alentar la idea de que, por supuesto, y
de un modo misterioso, en Hailsham regían unas normas
completamente diferentes. A Ruth nunca le oí mentir a los
veteranos: era más bien no negar ciertas cosas, dar a
entender otras. Hubo veces en las que pude hacer que el
entramado entero se le viniera encima de la cabeza. Pero
si bien es cierto que Ruth sentía en ocasiones embarazo al
verme la mirada en medio de alguna de sus historias,
parecía estar segura de que no la iba a delatar. Y, desde
luego, no se equivocaba.
Tal es el marco, por tanto, en el que hay que situar la
afirmación de Chrissie y Rodney de haber visto a la
«posible» de Ruth, y creo que puede entenderse bien por
qué yo mostraba cierta cautela a ese respecto. No tenía
muchas ganas de que Ruth fuera con ellos a Norfolk,
aunque tampoco sabría decir bien por qué. Y una vez que
quedó claro que Ruth estaba completamente decidida a ir,
le dije que la acompañaría. Al principio no pareció
entusiasmarle la idea, e incluso dejó entrever que ni
siquiera quería que fuera Tommy. Pero al final fuimos los
cinco: Chrissie, Rodney, Ruth, Tommy y yo.
13
Rodney, que tenía carnet de conducir, se las había
arreglado para que le prestaran un coche los jornaleros de
Metchley, granja situada a unos cuatro kilómetros de las
Cottages. Había pedido prestados coches otras veces, pero
en esta ocasión el dueño se echó atrás justo el día anterior
al que teníamos fijado para la partida. Las cosas, por
suerte, acabaron arreglándose: Rodney fue hasta la granja
y consiguió que le prestaran otro coche. Lo interesante del
asunto, con todo, fue el modo en que reaccionó Ruth
durante las horas en que pensó que el viaje se había
cancelado.
Hasta entonces había estado haciendo como que todo
aquello era un poco en broma, como que si había aceptado
aquel plan era para complacer a Chrissie. Y seguía
hablando y hablando sobre cómo casi no explorábamos
las posibilidades de nuestra libertad desde que dejamos
Hailsham; cómo, de todas formas, ella siempre había
querido ir a Norfolk para «encontrar todas las cosas que
habíamos perdido». Dicho de otro modo, se había
apartado de su idea original para hacernos saber que no
hablaba muy en serio al acariciar la perspectiva de
encontrar a su «posible».
El día anterior a nuestra partida, recuerdo que Ruth y
yo habíamos salido a dar un paseo, y entramos en la
cocina de la casa de labranza, donde Fiona y algunos
veteranos estaban preparando un gran guiso. Y fue la
propia Fiona, sin levantar la mirada de lo que estaba
haciendo, la que nos dijo que el chico de la granja había
venido hacía un rato con el recado de que no nos podían
prestar el coche. Ruth estaba de pie, justo delante de mí,
así que no pude verle la cara, pero vi que toda su figura se
quedaba paralizada. Luego, sin decir palabra, dio la
vuelta, pasó a mi lado y salió de la casa. Entreví entonces
su cara, y fue cuando me di cuenta de lo trastornada que
estaba. Fiona empezó a decir algo como: «Oh, no
sabía...», yo dije rápidamente: «No está disgustada por
eso. Es por otra cosa, algo que ha sucedido antes». No fue
una buena excusa, pero fue lo único que se me ocurrió sin
tener que pensarlo demasiado.
Al final, como he contado, lo del coche se resolvió, y
a la mañana siguiente temprano, con una negrura de boca
de lobo, los cinco subimos a un Rover lleno de
abolladuras pero en perfectas condiciones. Chrissie ocupó
el asiento del acompañante, al lado de Rodney, y nosotros
tres los de atrás. Era la distribución lógica de asientos, y
nos habíamos adaptado a ella de un modo espontáneo.
Pero al cabo de unos minutos, en cuanto Rodney nos hubo
sacado de la tiniebla de los sinuosos senderos y enfilamos
las carreteras propiamente dichas, Ruth, que iba en medio
del asiento corrido, se inclinó hacia delante, puso las
manos sobre los respaldos delanteros y se puso a hablar
con los dos veteranos. Y lo hacía de forma que Tommy y
yo, a ambos lados de ella, no podíamos oír ni una palabra
de lo que decían, y como nos separaba físicamente
tampoco podíamos hablarnos, o siquiera vernos. A veces,
en las contadas ocasiones en que se echaba hacia atrás, yo
trataba de iniciar alguna charla entre los tres, pero Ruth se
negaba a seguirla, y al poco volvía a echarse hacia delante
y a meter la cara entre los asientos de los veteranos.
Al cabo de una hora más o menos, ya habiendo
despuntado el día, nos paramos para estirar las piernas y
para que Rodney hiciera pipí. Habíamos aparcado junto a
la orilla de un gran campo vacío, así que saltamos a la
cuneta y nos pasamos unos minutos frotándonos las
manos y mirando cómo se alzaba en el aire nuestro
aliento. En un momento dado, noté que Ruth se había
desentendido de todos nosotros y estaba contemplando el
amanecer sobre los campos. Así que fui hasta ella y le
sugerí que, si lo único que quería era hablar con los
veteranos, cambiara de asiento conmigo. Ella podría
seguir hablando al menos con Chrissie, y Tommy y yo
podríamos tener alguna conversación durante el viaje.
Apenas había terminado de hablar cuando Ruth dijo en un
susurro:
—¿Por qué tienes que ser tan difícil? ¡Precisamente
ahora! No lo entiendo. ¿Por qué quieres armar líos?
Me dio la vuelta de un tirón, y nos quedamos de
espaldas a los otros, de forma que no podían ver si
estábamos discutiendo. Fue el modo en que lo hizo, más
que sus palabras, lo que de pronto me hizo ver las cosas
con sus ojos; vi que estaba haciendo unos enormes
esfuerzos por presentarnos a los tres —no sólo a sí
misma— de una forma aceptable ante Chrissie y Rodney,
y lo que yo ahora estaba haciendo suponía una amenaza a
su autoridad y podía dar lugar a una escena embarazosa.
Vi todo esto claramente, y la toqué en el hombro, y volví
a donde los otros. Y una vez en el coche, me aseguré de
que los tres nos sentáramos exactamente en la misma
posición de antes. Pero ahora, mientras volvíamos a
surcar los campos, Ruth se quedó más bien callada,
erguida en su sitio, e incluso cuando Chrissie o Rodney
nos gritaban cosas desde delante respondía tan sólo con
taciturnos monosílabos.
Las cosas se animaron considerablemente, sin
embargo, en cuanto llegamos a nuestra población costera.
Era la hora del almuerzo, y dejamos el Rover en el
aparcamiento contiguo a un minigolf lleno de banderas
ondeantes. El día era ahora fresco y soleado, y recuerdo
que durante más o menos la primera hora nos sentíamos
tan estimulados y contentos de estar al aire libre que no
prestamos demasiada importancia al asunto que nos había
traído allí. En un momento dado, de hecho, Rodney lanzó
unos cuantos grititos, agitando los brazos a su alrededor,
mientras se ponía en cabeza y subía por una carretera en
pendiente flanqueada de hileras de casas, y de alguna
tienda ocasional, y, sólo por el enorme cielo, uno podía
percibir que nos estábamos acercando al mar.
Cuando llegamos al mar, vimos que estábamos en una
carretera que bordeaba un acantilado. A primera vista
parecía que el corte era a pico hasta la arena, pero cuando
te asomabas a la barandilla veías que había senderos
zigzagueantes que descendían hasta el mar.
Estábamos hambrientos, y entramos en un pequeño
restaurante encaramado en el acantilado, justo donde
empezaba uno de los senderos. En el local sólo había dos
personas: dos mujeres bajas y rechonchas con delantal
que trabajaban en el negocio. Estaban sentadas a una
mesa y fumaban sendos cigarrillos, pero en cuanto nos
vieron aparecer se pusieron rápidamente en pie y
desaparecieron en la cocina para dejarnos el campo libre.
Elegimos la mesa del fondo, es decir, la más cercana
al borde del acantilado, y cuando nos sentamos vimos que
era prácticamente como si estuviéramos suspendidos
sobre el mar. En aquel entonces no conocía ningún local
con el que compararlo, pero hoy diría sencillamente que
era un establecimiento muy pequeño, con tres o cuatro
mesitas. Habían dejado una ventana abierta,
probablemente para evitar que el local se llenara de olores
de fritos, y de cuando en cuando se colaba una ráfaga que
recorría el recinto agitando los carteles que anunciaban
los platos. Había una cartulina pegada en lo alto del
mostrador y escrita con rotuladores de colores en cuya
parte de arriba podía leerse LOOK , con un ojo escrutador
en cada una de las «oes». Hoy lo veo tan a menudo que ni
siquiera suelo darme cuenta, pero jamás lo había visto
hasta entonces. Así que lo estaba mirando con admiración
cuando me topé con la mirada de Ruth, y vi que también
ella lo estaba mirando con el mismo asombro, y nos
echamos a reír. Fue un momento muy entrañable, el de
sentir que habíamos dejado atrás el resentimiento que nos
había creado el incidente del coche. Como se vería
después, sin embargo, sería el último momento de
intimidad de que Ruth y yo disfrutaríamos en lo que nos
quedaba de viaje.
No habíamos mencionado en absoluto a la «posible»
desde nuestra llegada a la ciudad, y pensé que, ahora que
nos habíamos sentado cómodamente, hablaríamos del
asunto largo y tendido. Pero en cuanto empezamos a
comer nuestros sándwiches, Rodney se puso a hablar de
su viejo amigo Martin, que había dejado las Cottages el
año anterior y que ahora vivía en la ciudad que estábamos
visitando. Chrissie acogió el tema con entusiasmo y al
poco ambos veteranos estaban recordando anécdotas
sobre todas las situaciones hilarantes que Martin había
protagonizado. Nosotros no podíamos entender gran parte
de lo que hablaban, pero Chrissie y Rodney se divertían
de lo lindo. Intercambiaban miradas y se reían, y aunque
hacían como que lo estaban recordando para nosotros,
estaba claro que lo hacían para su propio goce. Cuando
ahora pienso en ello, se me ocurre que el cuasi tabú en
torno a la gente que había dejado las Cottages pareció
cesar entonces, con aquellos dos veteranos que hablaban
de su amigo sin restricciones, pero el único recuerdo que
tengo al respecto es precisamente esta ocasión en que
habíamos salido de las Cottages y estábamos de viaje.
Cuando se reían, yo reía también, por cortesía.
Tommy parecía entender aún menos cosas que yo, y
dejaba escapar risitas apagadas que quedaban en el aire
como rezagadas. Ruth, en cambio, reía y reía, y no paraba
de asentir con la cabeza ante cada cosa que decían de
Martin, como si también ella estuviera recordándolas. En
un momento dado, cuando Chrissie hizo una referencia
particularmente oscura —algo así como: «¡Oh, sí, aquella
vez que se quitó los vaqueros!»—, Ruth soltó una
carcajada y señaló hacia nosotros como para decirle a
Chrissie: «Venga, explícaselo a éstos para que también se
rían». En fin, pasé por todo esto como mejor pude, pero
cuando Chrissie y Rodney empezaron a considerar la
posibilidad de visitar a Martin en su apartamento, yo dije,
quizá un tanto fríamente:
—¿Qué es lo que está haciendo exactamente aquí?
¿Por qué tiene un apartamento?
Se hizo un silencio largo, y al cabo oí que Ruth
lanzaba un suspiro exasperado. Chrissie se inclinó hacia
mí a través de la mesa y dijo en voz baja, como si se lo
explicara a un niño:
—Es cuidador. ¿Qué otra cosa piensas que puede estar
haciendo aquí? Es un cuidador con todas las atribuciones.
Hubo un poco de movimiento tenso, y dije:
—Eso es lo que quiero decir. No podemos ir a
visitarlo así, sin más.
Chrissie suspiró:
—De acuerdo. Se supone que no debemos visitar a los
cuidadores. Si nos atenemos estrictamente al reglamento.
No se nos anima a hacerlo.
Rodney rió entre dientes, y añadió:
—No, definitivamente no se nos anima a hacerlo. Ir a
visitarlos es de chicos malos malos.
—Muy malos —dijo Chrissie, y emitió un chasquido
de desaprobación con la lengua.
Y Ruth, entonces, se unió a ellos, diciendo:
—Kathy odia ser mala. Así que será mejor que no
vayamos a visitarlo.
Tommy miraba a Ruth, desconcertado, sin saber muy
bien el partido que estaba tomando Ruth en todo aquello
(algo que yo tampoco veía claro). Se me ocurrió que ella
tampoco quería que la excursión tuviera distracciones
superfluas, y que se alineaba junto a mí a regañadientes,
así que le sonreí, pero ella no me devolvió la mirada.
Entonces Tommy preguntó de improviso:
—¿Hacia qué parte dices que viste a la posible de
Ruth, Rodney?
—Oh... —Ahora que estábamos en la ciudad, a
Rodney ya no parecía interesarle tanto la posible de Ruth,
y pude ver la ansiedad en la cara de ésta. Y al final
Rodney dijo—: Fue doblando High Street, hacia el otro
extremo. Por supuesto, puede que fuera su día libre. —
Luego, al ver que nadie decía nada, añadió—: Tienen días
libres, ya sabéis. No trabajan siempre.
Durante un instante, cuando dijo esto, se apoderó de
mí el temor de que todo hubiera sido una terrible
equivocación por nuestra parte; hasta donde nosotros
sabíamos, los veteranos podían muy bien utilizar el
pretexto de los posibles para organizar viajes, sin la
menor intención de llevar las cosas más adelante. Es
posible que Ruth estuviera pensando lo mismo, porque
ahora parecía muy preocupada, pero al final dejó escapar
una risita, como si Rodney hubiera hecho una broma.
Luego Chrissie dijo, en un tono nuevo:
—¿Sabes, Ruth? Puede que dentro de unos años
vengamos aquí a visitarte a ti. ¿Te imaginas? Trabajando
en una bonita oficina... No creo que nadie pudiera evitar
que viniéramos a visitarte.
—Eso es —dijo Ruth rápidamente—. Podríais venir
todos a verme.
—Supongo —dijo Rodney— que no hay normas
sobre visitar a la gente si está trabajando en una oficina.
—Se echó a reír de repente—. No lo sabemos. En
realidad, hasta ahora nunca se nos ha presentado el caso.
—Todo irá bien —dijo Ruth—. Os dejarán hacerlo.
Podréis venir todos a visitarme. O sea, todos menos
Tommy.
Tommy pareció escandalizarse.
—¿Por qué yo no?
—Porque tú ya estarás conmigo, bobo —dijo Ruth—.
Me voy a quedar contigo.
Todos reímos. Tommy también, un poco a la zaga.
—Oí hablar de esa chica de Gales —dijo Chrissie—.
Era de Hailsham, quizá de unos cursos anteriores a
vosotros. Al parecer está trabajando ahora mismo en una
tienda de ropa. Una tienda realmente elegante.
Hubo murmullos de aprobación, y por espacio de unos
segundos todos nos pusimos a mirar ensoñadoramente las
nubes.
—Qué suerte, los de Hailsham... —dijo Rodney al
final, y sacudió la cabeza como para expresar su asombro.
—Y luego está esa otra persona. —Chrissie se había
vuelto hacia Ruth—. Ese chico del que nos hablaste el
otro día, el que era un par de años mayor que tú y que
ahora trabaja de guarda de un parque.
Ruth asentía, pensativa, y se me ocurrió que yo debía
enviarle a Tommy una mirada de advertencia, pero
cuando me volví hacia él ya había empezado a hablar:
—¿Quién era ése? —preguntó, en tono de extrañeza.
—Sabes quién es, Tommy —dije rápidamente.
Era demasiado arriesgado darle un puntapié, o incluso
intentar alertarle con cualquier «guiño» de voz. Chrissie
se habría dado cuenta en un abrir y cerrar de ojos. Así que
lo dije con la mayor naturalidad, y con un punto de
cansancio, como si estuviéramos más que hartas de que
Tommy lo olvidara todo. Pero esta misma naturalidad
hizo que Tommy siguiera sin enterarse.
—¿Alguien que conocíamos nosotros?
—Tommy, no entremos de nuevo en esto —dije yo—.
Tendrían que mirarte esa cabeza.
Al final parece que se hizo la luz en su cerebro, y
calló.
Chrissie dijo:
—Sé la suerte que tengo, haber podido ir a las
Cottages. Pero vosotros los de Hailsham... Vosotros sí que
sois afortunados. ¿Sabéis? —bajó la voz, y volvió a
inclinarse hacia delante—. Hay algo que siempre he
querido hablar con vosotros. Allá en las Cottages es
imposible. Siempre te está escuchando todo el mundo.
Paseó la mirada en torno a la mesa, y al final la fijó en
Ruth. Rodney se puso tenso de pronto, y también se
inclinó hacia delante. Y algo me dijo que al fin
llegábamos a lo que, para Chrissie y Rodney, era el
objetivo principal de aquel viaje.
—Cuando Rodney y yo estábamos en Gales —dijo—,
la vez que oímos lo de la chica que trabajaba en una
tienda de ropa, oímos algo más, algo sobre los alumnos de
Hailsham. Lo que decían era que algunos alumnos de
Hailsham, en el pasado, en circunstancias especiales,
habían conseguido que les concedieran un aplazamiento.
Que era algo que podías conseguir si eras alumno de
Hailsham. Podías pedir que tus donaciones fueran
pospuestas tres, incluso cuatro años. No era fácil, pero a
veces se os permitía lograr ese aplazamiento. Siempre que
pudieras convencerles. Siempre que cumplieras con los
requisitos.
Chrissie hizo una pausa y nos miró a todos, uno por
uno, quizá en un gesto teatral, quizá para encontrar en
nosotros alguna señal de reconocimiento. En la cara de
Tommy y en la mía probablemente había una expresión
perpleja, pero el semblante de Ruth no permitía intuir lo
que podía estar pasando por su cabeza.
—Lo que decían —continuó Chrissie— era que si un
chico y una chica estaban enamorados de verdad,
enamorados realmente, y podían demostrarlo, entonces
los que dirigían Hailsham lo arreglaban todo para que
pudieran pasar unos años juntos antes de empezar con las
donaciones.
Ahora se había instalado una atmósfera extraña en la
mesa, como si a todos nos estuviera recorriendo un
hormigueo.
—Cuando estábamos en Gales —siguió Chrissie—,
los alumnos de la Mansión Blanca oyeron lo de la pareja
de Hailsham: al chico le faltaban sólo unas semanas para
ser cuidador. Y fueron a ver a no sé quién y consiguieron
que se lo aplazaran tres años. Les permitieron irse a vivir
juntos a la Mansión Blanca, tres años seguidos, sin tener
que continuar con el adiestramiento ni nada de nada. Tres
años para ellos, porque podían demostrar que estaban
enamorados de verdad.
Fue en este punto cuando me di cuenta de que Ruth
estaba asintiendo con expresión de enorme autoridad.
Chrissie y Rodney lo notaron también, y durante unos
segundos se quedaron mirándola como hipnotizados. Y
tuve una suerte de visión de Chrissie y Rodney en los
meses anteriores, en las Cottages, volviendo una y otra
vez sobre este asunto, explorándolo sin descanso entre
ellos. Podía verlos sacándolo a relucir, al principio con
vacilación, encogiéndose de hombros, y luego dejándolo a
un lado, y luego sacándolo otra vez, y otra, y otra, sin
poder quitárselo de la cabeza nunca. Podía verlos jugando
con la idea de hablar de ello con nosotros, planeando y
perfeccionando el modo de hacerlo, eligiendo las palabras
con las que nos hablarían. Volví a mirar a Chrissie y a
Rodney, allí delante de mí en la mesa, y los vi observando
a Ruth, y traté de leer en sus caras. Chrissie parecía
asustada y esperanzada a un tiempo. Rodney estaba hecho
un manojo de nervios, como si desconfiara de sí mismo y
temiera decir algo que no debía.
No era la primera vez que oía el rumor de los
aplazamientos. Durante las semanas pasadas lo había
entreoído muchas veces en las Cottages. Siempre eran
charlas privadas entre veteranos, y cuando alguno de
nosotros se acercaba se sentían incómodos y se callaban.
Pero había oído lo suficiente para saber cuál era el meollo
del asunto; y sabía que tenía que ver específicamente con
nosotros, los alumnos de Hailsham. Pero de todas formas
fue aquel día, en aquel restaurante del acantilado, donde
realmente caí en la cuenta cabal de lo importante que
aquello había llegado a ser para algunos veteranos.
—Supongo —dijo Chrissie, con la voz ligeramente
trémula— que vosotros sabéis cómo funciona el asunto.
Las normas, ese tipo de cosas...
Ella y Rodney nos miraban a los tres,
alternativamente, y luego sus miradas volvían a Ruth.
Ruth suspiró y dijo:
—Bien, nos dijeron unas cuantas cosas, obviamente.
Pero —se encogió de hombros— no es algo que
conozcamos a fondo. Nunca hablamos de ello, en
realidad. En fin, creo que deberíamos pensar ya en irnos.
—¿A quién has de acudir? —preguntó de pronto
Rodney—. ¿A quién dijeron que había que ir a ver si
querías..., ya sabes, solicitarlo?
Ruth volvió a encogerse de hombros.
—Bueno, ya te lo he dicho. No era algo de lo que
soliéramos hablar.
Casi instintivamente, me miró y luego miró a Tommy
en busca de ayuda, lo cual sin duda fue un error, porque
Tommy dijo:
—Si he de ser sincero, no sé de qué estáis hablando.
¿Qué reglas son ésas?
Ruth lo fulminó con la mirada, y yo dije rápidamente:
—Ya sabes, Tommy. Todo aquello que circulaba
continuamente por Hailsham.
Tommy sacudió la cabeza.
—No lo recuerdo —dijo rotundamente. Y esta vez
pude ver (y también Ruth) que ahora no es que estuviera
lento de reflejos—. No recuerdo nada de eso en
Hailsham...
Ruth apartó la mirada de él.
—Lo que debéis tener en cuenta —le dijo a Chrissie—
es que aunque Tommy estuvo en Hailsham, no se le puede
considerar propiamente un alumno de Hailsham. Se le
dejaba al margen de todo y la gente siempre se estaba
riendo de él. Así que de poco sirve que se le pregunte
nada sobre este asunto. Ahora quiero que vayamos a
buscar a esa persona que vio Rodney.
En los ojos de Tommy había aparecido algo que me
hizo contener la respiración. Algo que no le había visto en
mucho tiempo, algo que pertenecía a aquel Tommy de
quien había que protegerse, al que había que dejar
encerrado en un aula mientras ponía patas arriba los
pupitres. Al final ese algo pasó, y él se puso a mirar el
cielo y dejó escapar un hondo suspiro.
Los veteranos no se habían dado cuenta de nada
porque Ruth, en ese mismo instante, se había puesto de
pie y jugueteaba con su abrigo. Luego se armó un
pequeño estrépito, porque los cuatro echamos hacia atrás
las sillas a un tiempo. Yo estaba a cargo del dinero
común, así que fui al mostrador a pagar. Los demás
salieron del local, y mientras yo esperaba a que me
devolvieran el cambio, los vi, a través de uno de los
grandes ventanales empañados, arrastrando los pies bajo
el sol, sin hablar, mirando por el acantilado hacia el mar.
14
Cuando salí pude ver con toda claridad que la
excitación de los primeros momentos de nuestra llegada
se había esfumado por completo. Caminamos en silencio,
con Rodney a la cabeza, a través de calles humildes en las
que apenas penetraba el sol, de aceras tan estrechas que a
menudo teníamos que avanzar en fila india. Fue un alivio
desembocar al fin en High Street, donde el ruido hizo que
no resultara tan obvio nuestro ánimo sombrío. Cuando
cruzamos por un paso de peatones a la acera más soleada
de la calle, pude ver que Rodney y Chrissie se
consultaban algo en voz baja, y me pregunté en qué
medida el mal ambiente entre nosotros se debería a su
creencia de que les estábamos ocultando algún gran
secreto de Hailsham, y en qué otra al hecho del ofensivo
desaire infligido por Ruth a Tommy.
Entonces, en cuanto cruzamos High Street, Chrissie
anunció que Rodney y ella querían ir a comprar tarjetas de
cumpleaños. Ruth, al oírla, se quedó anonadada, pero
Chrissie añadió:
—Nos gusta comprarlas en grandes cantidades. Así a
la larga nos salen mucho más baratas. Y siempre tienes
una a mano cuando llega el cumpleaños de alguien. —
Señaló la entrada de un Woolworth's—. Ahí se pueden
conseguir muy buenas, y muy baratas.
Rodney asentía con la cabeza, y creí ver un punto de
sorna en las comisuras de sus labios sonrientes.
—Por supuesto —dijo—. Acabas con un montón de
tarjetas, como en todas partes, pero al menos puedes
poner tus propias ilustraciones. Ya sabéis, personalizarlas
y demás.
Los dos veteranos estaban de pie en medio de la acera
—los sorteaba gente con cochecitos de niño—, a la espera
de que nos mostráramos disconformes. Veía claramente
que Ruth estaba furiosa, pero sin la cooperación de
Rodney poco podía hacer.
Así que entramos en Woolworth's, e inmediatamente
me sentí mucho más alegre. Incluso hoy día me gustan los
sitios como éste: grandes almacenes con miles de pasillos
con expositores llenos de brillantes juguetes de plástico,
tarjetas de felicitación, montones de cosméticos, y quizá
hasta un fotomatón. Actualmente, si estoy en una ciudad y
dispongo de tiempo libre, suelo entrar en algún sitio
parecido, donde puedes vagar y disfrutar, sin comprar
nada, y sin que a los dependientes les importe un comino
que no lo hagas.
Pues bien, entramos en aquellos grandes almacenes y
enseguida nos fuimos separando y tomando distintos
pasillos. Rodney se quedó cerca de la entrada, junto a un
gran expositor de tarjetas, y más adentro vi a Tommy bajo
un enorme póster de un grupo pop, hurgando entre las
cintas musicales. Después de unos diez minutos, cuando
me hallaba al fondo de la tienda, creí oír la voz de Ruth y
me dirigí hacia el lugar de donde procedía. Había ya
entrado en el pasillo —lleno de animales de peluche y de
grandes rompecabezas en cajas—cuando me di cuenta de
que Ruth y Chrissie estaban juntas al otro extremo del
pasillo, manteniendo una especie de tête-à-tête. No sabía
qué hacer: no quería interrumpir, pero era hora de que nos
fuéramos y tampoco quería darme la vuelta y seguir
vagando por los pasillos. Así que me quedé quieta donde
estaba, fingiendo mirar atentamente un rompecabezas, a la
espera de que me vieran.
Y entonces me di cuenta de que estaban de nuevo
hablando de aquel rumor. Chrissie estaba diciendo, en voz
baja, algo como:
—Pero me sorprende que durante todo el tiempo que
estuviste allí no te preocuparas más de cómo se hacía. A
quién había que ir a ver y todo eso.
—No entiendes —decía Ruth—. Si fueras de
Hailsham, lo entenderías. Para nosotros nunca fue tan
tremendamente importante. Supongo que siempre hemos
sabido que si queríamos saber más del asunto no teníamos
más que hacer que nuestras preguntas llegaran a
Hailsham.
Ruth me vio y dejó de hablar. Cuando dejé el
rompecabezas y me volví hacia ellas, vi que me estaban
mirando airadamente. Al mismo tiempo, era como si las
hubiera sorprendido haciendo algo que no debían, y se
separaron como con vergüenza.
—Es hora de que nos vayamos —dije, haciendo como
que no había oído nada.
Pero Ruth no se lo tragó. Cuando pasaron a mi lado,
me dirigió una mirada realmente maligna.
Así que, cuando salimos y seguimos a Rodney hacia
el lugar donde el mes anterior había visto a la posible de
Ruth, la sintonía entre nosotros era peor que nunca. Y las
cosas difícilmente podían mejorar cuando Rodney no
hacía más que equivocarse y llevarnos por calles que no
eran. Al menos cuatro veces tomó confiadamente unas
calles que salían de High Street, y las recorrimos hasta
que se acabaron los comercios y las oficinas, y tuvimos
que volver sobre nuestros pasos. Antes de que
transcurriera mucho tiempo Rodney se había puesto a la
defensiva y estuvo a punto de tirar la toalla. Pero al fin
dimos con el lugar.
Habíamos dado la vuelta una vez más y nos
dirigíamos hacia High Street cuando Rodney se detuvo
bruscamente. Y señaló con un gesto callado una oficina
de la acera de enfrente.
Y allí estaba. No era idéntica a la del anuncio de la
revista que habíamos encontrado en el suelo helado aquel
día, pero tampoco era tan distinta. La gran cristalera
frontal se hallaba al nivel de la calle, de forma que
cualquiera que pasara por delante podía mirar el interior:
una gran planta diáfana con quizá una docena de mesas
dispuestas en irregulares eles. Había pequeñas palmeras
en macetas, máquinas relucientes y lámparas abatibles. La
gente se movía entre las mesas, o se apoyaba en una
mampara, y charlaba y se hacía bromas, o acercaban las
sillas giratorias unas a otras para disfrutar de un café y un
sándwich.
—Mira —dijo Tommy—. Es la pausa del almuerzo,
pero no salen. No tienen por qué.
Seguimos mirando, y era un mundo que se nos
antojaba elegante, acogedor, autosuficiente. Miré a Ruth y
noté que sus ojos iban con ansiedad de una cara a otra de
las oficinistas que se movían tras el cristal.
—Muy bien, Rod —dijo Chrissie—. ¿Quién decías
que era su posible?
Lo preguntó casi con sarcasmo, como si estuviera
segura de que todo aquello no iba a resultar sino una gran
equivocación de su pareja. Pero Rodney dijo en voz baja,
con una excitación trémula:
—Aquélla. En aquel rincón. La del conjunto azul. La
que ahora habla con la mujer grande de rojo.
No era nada obvio, pero cuanto más mirábamos más
nos iba pareciendo que a Rodney no le faltaba un punto de
razón. La mujer tenía unos cincuenta años, y conservaba
una figura muy agradable. Su pelo era más oscuro que el
de Ruth —aunque podía ser teñido—, y lo llevaba
recogido atrás en una sencilla cola, tal como Ruth solía
llevarlo. Se estaba riendo de algo que su amiga de rojo
decía, y su cara, sobre todo cuando al final de la risa
sacudía la cabeza, tenía ciertamente más de un atisbo de
semejanza con Ruth.
Todos seguimos observándola sin decir una palabra.
Entonces nos dimos cuenta de que en otra parte de la
oficina, otra pareja de mujeres había reparado en nuestra
presencia. Una de ellas levantó una mano y nos dirigió
una seña incierta. Y ello rompió el ensalmo y salimos
corriendo con tontas risitas de espanto.
Nos paramos en la misma calle, un poco más lejos,
hablando atropelladamente todos a un tiempo. Todos
menos Ruth, que guardaba silencio en medio de nuestra
algarabía. No era fácil leer en su cara en aquel momento:
no estaba decepcionada, pero tampoco eufórica. Esbozaba
una media sonrisa, de esas que una madre de familia
normal podría esbozar cuando sus hijos brincan a su
alrededor mientras le piden a gritos que, por favor, les dé
permiso para hacer tal o cual cosa. Así que allí estábamos,
todos exponiendo nuestro punto de vista, y yo estaba
contenta de poder decir, con toda sinceridad, al igual que
los demás, que aquella mujer que acabábamos de ver en
absoluto podía descartarse como posible. Lo cierto es que
nos sentíamos todos aliviados: sin ser conscientes por
completo de ello, nos habíamos estado preparando para
una gran decepción. Pero ahora podíamos volver
tranquilamente a las Cottages, y Ruth podía encontrar
aliento en lo que había visto, y los demás podíamos
apoyarla. Y la vida de oficina que la mujer parecía estar
llevando guardaba una similitud asombrosa con la que
Ruth había descrito tan a menudo como la que deseaba
para sí misma. Con independencia de lo que había pasado
entre nosotros en el curso de aquel día, en el fondo
ninguno quería que Ruth volviese abatida, y en aquel
momento nos sentíamos todos a salvo de esa
eventualidad. Y así habríamos seguido —no me cabe la
menor duda— si hubiéramos dado carpetazo al asunto en
aquel momento.
Pero Ruth dijo:
—Vamos a sentarnos allí, encima de aquel muro. Sólo
unos minutos. Y en cuanto se olviden de nosotros
podemos volver a echar otra ojeada.
Estuvimos de acuerdo, pero cuando caminábamos
hacia el muro bajo que rodeaba el pequeño aparcamiento
que Ruth nos había indicado, Chrissie dijo, quizá con un
punto excesivo de vehemencia:
—Pero si no podemos verla otra vez, estamos todos de
acuerdo en que es una posible. Y en que es una oficina
preciosa. De verdad.
—Esperamos unos minutos —dijo Ruth—, y
volvemos.
Yo no me senté en el murete, porque estaba húmedo y
se estaba desmoronando, y porque pensé que en cualquier
momento podría salir alguien y gritarnos por sentarnos
donde no debíamos. Pero Ruth sí se sentó en él, y a
horcajadas, como si estuviese a lomos de un caballo. Y
aún hoy conservo vivida la imagen de aquellos diez,
quince minutos que estuvimos allí esperando. Nadie
hablaba ya de ningún posible. Hacíamos como que
estábamos pasando el rato, quizá en un paisaje pintoresco
durante un despreocupado día de excursión. Rodney
estaba bailando un poco, para expresar lo bien que nos
sentíamos. Se puso de pie sobre el murete, mantuvo el
equilibrio unos instantes y luego se dejó caer adrede hacia
un lado. Tommy hacía bromas sobre algunas de las
personas que pasaban, y aunque no tenían ninguna gracia
todos nos reíamos de buena gana. Sólo Ruth, a horcajadas
sobre el murete, permanecía en silencio. Seguía con la
sonrisa en la cara, pero apenas se movía. La brisa le
despeinaba el pelo, y el brillante sol invernal le hacía
arrugar los ojos, de forma que era difícil saber si sonreía
ante nuestras payasadas o hacía muecas para protegerse
del sol. Son las imágenes que conservo de aquellos
momentos, mientras esperábamos a que Ruth decidiera
cuándo volver a echar una segunda ojeada a la oficina.
Bien, pues nunca pudo tomar tal decisión porque antes
sucedió algo.
Tommy, que había estado haciendo el tonto con
Rodney en el murete, de pronto se plantó de un salto en el
suelo y se quedó quieto. Luego dijo:
—Es ella. Es la misma mujer.
Todos dejamos de hacer lo que estábamos haciendo y
miramos hacia la figura que se acercaba caminando desde
la oficina. Ahora llevaba un abrigo de color crema, y se
esforzaba por cerrar sin detenerse en la acera el maletín
que sostenía. El cierre se le resistía, así que aminoraba la
marcha y volvía a intentarlo. Seguimos observándola en
una especie de trance, y pasó a nuestra altura por la otra
acera. Luego, cuando iba a torcer para tomar High Street,
Ruth se bajó de un brinco y dijo:
—Veamos adonde va.
Salimos de nuestro trance y empezamos a seguirla. De
hecho, Chrissie tuvo que recordarnos que aflojáramos el
paso o alguien iba a pensar que éramos una pandilla de
atracadores que perseguían a una mujer. La seguimos por
High Street, pues, a una distancia razonable, riéndonos
tontamente, esquivando a la gente que pasaba,
separándonos y volviéndonos a juntar. Debían de ser ya
las dos de la tarde, y la acera estaba atestada de gente que
hacía compras. A veces casi llegábamos a perderla, pero
pronto recuperábamos su rastro, y nos demorábamos ante
los escaparates cuando ella entraba en una tienda, y nos
poníamos a sortear los cochecitos de bebé y a los ancianos
en cuanto veíamos que salía.
Entonces la mujer salió de High Street y se adentró en
las pequeñas calles cercanas al paseo marítimo. Chrissie
temía que la mujer advirtiera nuestra presencia al haber
dejado el gentío de High Street, pero Ruth continuó
siguiéndola sin preocuparse lo más mínimo, y nosotros la
seguimos a ella.
Al final entramos en una calle lateral estrecha
flanqueada de casas normales, aunque con alguna que otra
tienda. Tuvimos que caminar de nuevo en fila india, y en
un momento dado vimos venir hacia nosotros a una
furgoneta y tuvimos que pegarnos casi a las fachadas para
permitirle el paso. Al poco, en la calle, no había más que
la mujer y el grupo de chicos que la seguía, y si aquélla se
hubiera dado la vuelta no habría podido evitar vernos.
Pero se limitaba a seguir su camino, a una docena de
pasos de nosotros, y al final entró a un local con el cartel
«The Portway Studios».
Desde entonces he vuelto muchas veces a Portway
Studios. Ha cambiado de dueños hace unos años, y ahora
vende todo tipo de pequeñas artesanías: cerámicas, platos,
animales de arcilla. En aquel tiempo eran dos grandes
salas
blancas
donde
exponían
sólo
pintura,
magníficamente dispuesta, con grandes espacios entre
cuadro y cuadro. El letrero de madera que colgaba
entonces de la entrada sigue siendo el mismo. En fin,
volviendo a aquel día, Rodney dijo que si nos
quedábamos esperando en medio de aquella pequeña calle
tranquila, sin duda despertaríamos sospechas, así que
decidimos entrar en la galería, donde al menos podríamos
fingir que contemplábamos las pinturas.
Al entrar vimos que la mujer a la que seguíamos
estaba hablando con otra mujer mucho mayor de pelo
plateado, que parecía al frente del negocio. Estaban
sentadas a ambos extremos de un pequeño escritorio
cercano a la puerta, y no había nadie más en la galería.
Ninguna de las dos mujeres nos prestó atención cuando
pasamos ante ellas; nos dispersamos y tratamos de hacer
como que nos fascinaban aquellos cuadros.
Lo cierto es que, a pesar de lo interesada que yo
estaba en la posible de Ruth, empecé a disfrutar de las
pinturas que veía y de la absoluta paz del lugar. Era como
si nos hubiéramos alejado cientos de kilómetros de High
Street. Las paredes y los techos eran de color verde
menta, y aquí y allá se veía un retazo de red de pesca o un
trozo podrido de un barco encastrado en lo alto de la
pared, al lado de las molduras. Las pinturas —óleos en su
mayoría, en azules y verdes oscuros— eran también de
tema marinero. Puede que fuera el cansancio, que se
apoderaba súbitamente de nosotros —estábamos de viaje
desde antes del alba—, pero yo no fui la única que se
sumió en una especie de ensueño. Íbamos todos de un
lado para otro, y nos quedábamos mirando un cuadro tras
otro, y sólo ocasionalmente hacíamos algún que otro
comentario en voz baja («¡Venid, mirad éste!»). Y
durante todo el tiempo oíamos charlar a la posible de Ruth
y a la mujer de pelo plateado. No hablaban en voz muy
alta, pero en aquel lugar su conversación llenaba todo el
espacio. Hablaban de un hombre que ambas conocían, de
que no tenía la menor idea de cómo tratar a sus hijos. Y
poco a poco, mientras escuchábamos lo que decían, y les
echábamos una mirada de vez en cuando, algo empezó a
cambiar. Me sucedió a mí, y estaba segura de que también
les estaba sucediendo a mis compañeros. Si lo hubiéramos
dejado después de ver a la mujer a través del ventanal de
su oficina, incluso si la hubiéramos perdido mientras la
perseguíamos por la ciudad, habríamos podido volver a
las Cottages con una exultante sensación de triunfo. Pero
ahora, en aquella galería, la mujer era demasiado cercana,
mucho más cercana de lo que en realidad habríamos
querido. Y cuanto más la oíamos hablar y más la
mirábamos, menos parecida a Ruth la veíamos. Era una
sensación que fue acrecentándose en nosotros de forma
casi imperceptible, y podría asegurar que Ruth, absorta en
una pintura del otro extremo de la sala, la estaba
experimentando tanto como cualquiera de nosotros. Y
probablemente por eso nos demoramos tanto en aquella
galería; estábamos posponiendo el momento en que
tendríamos que conferenciar sobre el asunto.
Entonces, de pronto, vimos que la mujer se había ido,
y seguimos allí de pie, evitando mirarnos a los ojos. Pero
ninguno de nosotros había pensado continuar el
seguimiento de la posible de Ruth, y a medida que
transcurrían los segundos era como si estuviéramos
poniéndonos de acuerdo, sin palabras, en cómo veíamos
ahora la situación.
Al final la mujer de pelo plateado se levantó del
escritorio y le dijo a Tommy, que era el que más cerca
estaba de ella:
—Es un trabajo especialmente atractivo. Ese cuadro
es uno de mis preferidos.
Tommy se volvió hacia ella y dejó escapar una risa.
Entonces, cuando corrí a socorrerle, la dama preguntó:
—¿Sois estudiantes de Arte?
—No exactamente —dije, antes de que Tommy
pudiera responder—. Somos..., bueno, aficionados.
La mujer de pelo plateado nos dirigió una sonrisa
radiante, y se puso a contarnos que el artista cuya obra
estábamos contemplando era pariente suyo, y nos detalló
su carrera hasta la fecha. Ello, al menos, tuvo el efecto de
sacarnos de aquella especie de trance en el que estábamos
inmersos, y todos nos agrupamos en torno a la mujer para
escuchar lo que decía, tal como habríamos hecho en
Hailsham si un custodio se hubiera puesto a hablarnos. Al
ver nuestra reacción, la mujer de pelo plateado siguió
hablando, y nosotros seguimos asintiendo con la cabeza y
soltando exclamaciones mientras nos contaba dónde
habían sido pintados aquellos cuadros, los días en los que
al artista le gustaba trabajar, y cómo algunos los había
pintado sin boceto previo. Luego su discurso llegó a una
especie de final natural, y todos dejamos escapar sendos
suspiros, le dimos las gracias y nos fuimos.
La calle era tan estrecha que no pudimos caminar
normalmente en un buen trecho, y creo que todos lo
agradecimos. No bien nos alejábamos de la galería en fila
india, pude ver cómo Rodney, unos pasos más adelante,
extendía teatralmente los brazos como si estuviera tan
lleno de júbilo como en los primeros momentos de nuestra
llegada a la ciudad. Pero no resultaba en absoluto
convincente, y en cuanto llegamos a una calle más amplia
nos paramos para reagruparnos.
Estábamos de nuevo cerca de un acantilado. Y, al
igual que antes, si mirabas por encima del pretil veías
unos senderos que zigzagueaban por la pendiente hasta
llegar al mar, sólo que ahora al fondo veías también el
paseo marítimo con hileras de puestos de madera.
Estuvimos unos momentos contemplando aquella
vista, dejando que el viento nos golpeara en la cara.
Rodney seguía tratando de mostrarse alegre, como si
hubiera decidido no permitir que nada de lo que hubiera
podido pasarnos pudiera echar a perder aquel viaje. Le
estaba señalando a Chrissie algo en la lejanía, sobre la
superficie del mar, pero ella apartó la mirada de él y dijo:
—Bien, creo que todos estamos de acuerdo, ¿no? Ésa
no es Ruth. —Soltó una risita y puso una mano sobre el
hombro de Ruth—. Lo siento. Todos lo sentimos. Pero no
podemos culpar de nada a Rodney, la verdad. No era tan
descabellado. Tenéis que admitir que cuando la vimos a
través de aquel ventanal parecía...
Dejó la frase en suspenso, y volvió a tocar el hombro
de Ruth.
Ruth no dijo nada, pero esbozó un pequeño
encogimiento de hombros, casi como para conjurar el
tacto de la mano de su amiga. Miraba hacia lo lejos con
los ojos entrecerrados, más hacia el cielo que hacia el
mar. Yo sabía que estaba disgustada, pero alguien que no
la hubiera conocido tan bien habría supuesto que
simplemente estaba pensativa.
—Lo siento, Ruth —dijo Rodney, al tiempo que
también le daba un golpecito en el hombro.
Sin embargo, tenía una sonrisa en el rostro, como si ni
por asomo pensara que alguien pudiera censurarle por su
error. Era la forma de disculparse de alguien que ha
querido hacerte un favor y no ha tenido éxito.
Recuerdo que, al mirar entonces a Chrissie y a
Rodney, pensé «sí, son buena gente». Se estaban portando
amablemente al tratar de alegrar a Ruth. Al mismo
tiempo, sin embargo, recuerdo que sentí también —a
pesar de que eran ellos los que la estaban consolando,
mientras Tommy y yo seguíamos callados— cierto
resentimiento hacia ellos en nombre de Ruth. Porque, por
mucho que se solidarizaran con ella, veía que en su
interior se sentían aliviados. Aliviados porque las cosas
hubieran resultado como habían resultado; porque se
hallaban en posición de consolar a Ruth en lugar de haber
quedado relegados en caso de unas esperanzas renovadas
de su amiga. Se sentían aliviados por no tener que
afrontar, más descarnadamente que nunca, la idea que les
fascinaba y les mortificaba y les asustaba a un tiempo: la
existencia de todo tipo de posibilidades para los alumnos
de Hailsham y ninguna para ellos. Recuerdo que pensé
entonces en lo diferentes de nosotros que eran en realidad
Chrissie y Rodney.
Entonces Tommy dijo:
—No veo por qué puede importar tanto. Nos hemos
divertido un montón.
—Puede que tú sí te hayas divertido un montón,
Tommy —dijo Ruth en tono frío, con la mirada aún fija
en algún punto de la lejanía—. No pensarías lo mismo si
al que hubiéramos estado buscando hubiera sido tu
posible.
—Seguro que sí —dijo Tommy—. No creo que sea
tan importante. Encontrar a tu posible, a la persona de
donde sacaron el modelo que utilizaron contigo. No
entiendo qué puede variar eso.
—Gracias por tu profunda contribución al asunto —
replicó Ruth.
—Pues yo creo que Tommy tiene razón —dije yo—.
Es tonto suponer que vas a tener la misma vida que tu
modelo. Estoy de acuerdo con Tommy. Nos hemos
divertido mucho. No tendríamos que ponernos tan serios.
Y alargué también la mano para tocar en el hombro a
Ruth. Quería que comprobase el contraste de mi tacto con
el de Chrissie y Rodney, y deliberadamente elegí el
mismo punto donde lo habían hecho ellos. Esperé alguna
reacción, alguna señal de que aceptaba la comprensión de
Tommy y mía de un modo distinto a como aceptaba la de
los veteranos. Pero no hizo ningún gesto, ni siquiera el
pequeño encogimiento de hombros con que había
reaccionado ante Chrissie.
A mi espalda oí a Rodney paseándose de un lado a
otro y haciendo ruidos para dar a entender que se estaba
quedando helado ante el fuerte viento.
—¿Qué tal si vamos a visitar a Martin? —dijo—. Su
apartamento está allí mismo, detrás de esas casas.
Ruth suspiró de pronto y se volvió hacia nosotros.
—Para ser sincera —dijo—, he sabido desde el
principio que era una tontería.
—Sí —dijo Tommy con viveza—. Nos hemos
divertido un montón.
Ruth le dirigió una mirada irritada.
—Tommy, por favor, cállate de una vez con lo de la
maldita diversión. Nadie te escucha. —Luego,
volviéndose hacia Chrissie y Rodney, prosiguió—: No
quise decirlo cuando me hablasteis por primera vez de esa
mujer. Pero lo cierto es que no era viable. Jamás, jamás
utilizan a gente como esa mujer. Pensad un poco. ¿Por
qué iba a querer prestarse a ser modelo de nadie? Todos lo
sabemos, así que ¿por qué no lo asumimos? No se nos
modela de ese modo...
—Ruth —corté con firmeza—. Ruth, cállate.
Pero ella siguió hablando:
—Todos lo sabemos. Se nos modela a partir de
gentuza. Drogadictos, prostitutas, borrachos, vagabundos.
Y puede que presidiarios, siempre que no sean psicópatas.
De ahí es de donde venimos. Lo sabemos todos, así que
por qué no decirlo. ¿Una mujer como ésa? Por favor... Sí,
Tommy. Un poco de diversión. Divirtámonos un poco
fingiendo. Esa otra mujer mayor de la galería, su amiga,
ha pensado que éramos estudiantes de Arte. ¿Creéis que
nos habría hablado así si hubiera sabido lo que somos
realmente? ¿Qué creéis que habría dicho si se lo
hubiéramos preguntado? «Perdone, pero ¿cree usted que
su amiga ha hecho alguna vez de modelo para una
clonación?» Nos habría echado de la galería. Lo sabemos,
así que sería mejor que lo expresáramos con claridad. Si
queréis buscar posibles, si queréis hacerlo como es
debido, buscad en la cloaca. Buscad en los cubos de
basura. Buscad en los retretes, porque es de ahí de donde
venimos.
—Ruth —la voz de Rodney era firme y entrañaba una
advertencia—. Olvidemos esto y vayamos a ver a Martin.
Hoy tiene la tarde libre. Os va a gustar. Te partes de risa
con él.
Chrissie rodeó a Ruth con un brazo.
—Venga, Ruth. Hagamos lo que dice Rodney.
Ruth se enderezó, y Rodney empezó a andar.
—Bien, podéis iros —dije, en voz baja—. Yo no voy.
Ruth se volvió hacia mí y me miró fijamente.
—Vaya. ¿Quién es la molesta ahora?
—No estoy molesta. Pero a veces no dices más que
estupideces, Ruth.
—Oh, mirad quién se ha molestado, ahora. Pobre
Kathy. Nunca le gusta que se hable claro.
—No tiene nada que ver con eso. No quiero visitar a
un cuidador. Se supone que no tenemos que hacerlo, y ni
siquiera conozco a ese tipo.
Ruth se encogió de hombros e intercambió una mirada
con Chrissie.
—Bien —dijo—, no tenemos por qué ir juntos a todas
partes. Si la damita no quiere venir con nosotros, no tiene
por qué hacerlo. Que se vaya por ahí sola. —Se inclinó
hacia Chrissie y le susurró teatralmente—: Es lo mejor
cuando Kathy se pone de morros. Si la dejamos sola se le
pasará.
—Estate en el coche a las cuatro —me dijo Rodney—.
Si no, tendrás que hacer dedo. —Luego soltó una
carcajada—. Venga, Kathy. No te enfurruñes. Ven con
nosotros.
—No. Id vosotros. A mí no me apetece.
Rodney se encogió de hombros y echó de nuevo a
andar. Ruth y Chrissie le siguieron, pero Tommy no se
movió. Sólo cuando vio que Ruth le miraba fijamente,
dijo:
—Me quedo con Kath. Si vamos a separarnos, yo me
quedo con Kath.
Ruth lo miró con furia, se dio la vuelta y empezó a
andar. Chrissie y Rodney miraron a Tommy con
expresión incómoda, y al final siguieron a Ruth y se
alejaron.
15
Tommy y yo nos asomamos por la barandilla y nos
quedamos contemplando el paisaje hasta que los otros se
hubieron perdido de vista.
—Son sólo palabras —dijo al fin Tommy. Y luego,
tras una pausa, añadió—: Es lo que la gente dice cuando
siente lástima de sí misma. Palabras. Los custodios nunca
nos hablaron de semejante asunto.
Empecé a andar —en dirección contraria a la de
Chrissie y Rodney y Ruth—, y esperé un poco a que
Tommy se incorporara a mi paso.
—No merece la pena molestarse —siguió Tommy—.
Ruth se pasa el tiempo haciendo cosas de éstas
últimamente. Así se desahoga. De todas formas, como le
hemos dicho antes, aunque sea cierto, aunque tan sólo
hubiera una pizca de verdad en todo el asunto, no veo
cómo iba a cambiar las cosas. Nuestros modelos, cómo
son y demás, no tienen nada que ver con nosotros, Kath.
No merece la pena hacerse mala sangre por eso.
—De acuerdo —dije, y deliberadamente dejé que mi
hombro golpeara contra el suyo—. De acuerdo, de
acuerdo.
Me pareció que íbamos en dirección al centro de la
ciudad, aunque no podía estar segura. Estaba tratando de
buscar un modo de cambiar de tema cuando Tommy se
me adelantó y dijo:
—¿Sabes cuando antes hemos estado en Woolworth's?
¿Cuando has ido al fondo de la planta con los demás?
Pues yo estaba intentando encontrar algo. Algo para ti.
—¿Un regalo? —Lo miré, sorprendida—. No creo que
a Ruth le hubiera parecido bien lo que me estás diciendo.
A menos que a ella le compraras otro más grande.
—Una especie de regalo, sí. Lamentablemente, no lo
he podido encontrar. No era mi intención decírtelo, pero
ahora, bueno, ahora tengo otra oportunidad de
encontrarlo, aunque creo que tendrás que ayudarme. No
soy muy bueno en las compras.
—Tommy, ¿se puede saber de qué estás hablando?
Quieres hacerme un regalo, y quieres que te ayude a
escogerlo.
—No. Sé lo que es. Sólo que... —Se echó a reír y se
encogió de hombros—. Oh, será mejor que te lo diga. En
esos grandes almacenes había un expositor con montones
de discos y cintas. Así que he estado buscando aquella
que perdiste aquella vez. ¿Te acuerdas, Kath? Pero no he
logrado acordarme de cuál era.
—¿Mi cinta? No tenía ni idea de que lo supieses,
Tommy.
—Oh, sí. Ruth estuvo pidiéndole a todo el mundo que
la ayudara a encontrarla, que estabas muy triste por
haberla perdido. Así que la estuve buscando por todo
Hailsham. No te lo dije entonces, pero lo intenté con todas
mis fuerzas. Pensé que había sitios donde yo podía mirar
y tú no. Los dormitorios de los chicos, sitios así...
Recuerdo que la busqué durante mucho tiempo, pero ya
ves que no dio resultado.
Miré a Tommy, y sentí que mi mal humor se
esfumaba.
—Nunca lo supe, Tommy. Fue muy bonito de tu
parte.
—Bueno, no sirvió de mucho. Y te aseguro que quería
encontrarla para que te pusieras contenta. Cuando al final
me di cuenta de que no iba a lograrlo, me dije a mí mismo
que algún día iría a Norfolk y allí la encontraría.
—El rincón perdido de Inglaterra —dije, y miré a mi
alrededor y añadí—: ¡Estamos en él!
Tommy miró también a su alrededor, y los dos nos
paramos. Estábamos en otra calle lateral, no tan estrecha
como la de la galería de arte. Durante un momento
estuvimos mirando a un lado y a otro con aire teatral, y al
cabo soltamos unas risitas.
—Así que no era ninguna idea tonta —dijo Tommy—.
En Woolworth's tienen cantidad de cintas, y he supuesto
que también tendrían la tuya. Pero no creo que la tuvieran.
—¿No crees que la tuvieran? Oh, Tommy, quieres
decir que ni siquiera has mirado como es debido...
—Claro que sí, Kath; sólo que, bueno, es horrible que
no haya podido acordarme del título. Tanto tiempo
abriendo los arcones de los chicos y demás, allí en
Hailsham, y no conseguir acordarme de cómo se titula...
Era de Julie Bridges o algo así...
—Sí, es Judy Bridgewater. Canciones para después
del crepúsculo.
Tommy sacudió la cabeza con solemnidad.
—Entonces seguro que no la tenían.
Me eché a reír y le di con el puño en un brazo.
Tommy pareció desconcertado, así que dije:
—Es normal que no tengan nada de eso en
Woolworth's, Tommy. En Woolworth's tienen los éxitos
del momento. Judy Bridgewater es de hace siglos. Dio la
casualidad de que apareció en uno de nuestros Saldos.
¡Pero en Woolworth's no vas a encontrarla, tonto!
—Bueno, ya te lo he dicho: no sé nada de ese tipo de
cosas. Y tienen tantas cintas...
—Sí, tienen unas cuantas, Tommy. Oh, no te
preocupes. Ha sido un detalle precioso. Estoy
emocionada. Era una gran idea. Estamos en Norfolk,
después de todo.
Echamos de nuevo a andar y Tommy dijo, en tono
dubitativo:
—Bueno, por eso tenía que decírtelo. Quería
sorprenderte, pero de nada ha servido. No sabría dónde
mirar, por mucho que ahora sepa el título de la cinta. Pero
ya que te lo he dicho, puedes ayudarme. Podemos
buscarla juntos.
—¿De qué estás hablando, Tommy?
Trataba de que sonara a reproche, pero no pude evitar
reírme.
—Bueno, tenemos más de una hora. Es una
oportunidad única.
—No seas tonto, Tommy. Te lo crees de verdad, ¿no
es cierto? Lo del rincón de las cosas perdidas y demás...
—No necesariamente. Pero podemos mirar, ya que
estamos aquí. Quiero decir que a ti te encantaría
encontrarla, ¿no? ¿Tenemos algo que perder?
—De acuerdo. Eres un completo bobo, pero de
acuerdo.
Tommy abrió los brazos en un gesto de impotencia.
—Bien, ¿adonde vamos, Kath? Como te he dicho, no
soy nada bueno comprando.
—Tenemos que mirar en tiendas de segunda mano —
dije, después de pensarlo un momento—. En esos sitios
llenos de ropa vieja, de libros viejos. A veces suelen tener
cajas llenas de discos y cintas.
—Muy bien. Pero ¿dónde están esas tiendas?
Cuando hoy pienso en aquel momento, allí en aquella
pequeña calle lateral con Tommy, a punto de emprender
nuestra búsqueda, siento que una calidez recorre mi
interior. De pronto todo era perfecto: teníamos una hora
por delante, sin ninguna otra cosa mejor que hacer. Tuve
realmente que contenerme para no echarme a reír como
una tonta, o ponerme a brincar en medio de la acera como
una niña. No mucho tiempo atrás, cuando estuve cuidando
a Tommy y saqué a colación nuestro viaje a Norfolk, me
dijo que había sentido exactamente lo mismo. El
momento en que decidimos ir en busca de la cinta perdida
fue como si de pronto todas las nubes se hubieran
despejado y no hubiera más que risa y diversión ante
nosotros.
Al principio, no hacíamos más que entrar en sitios
equivocados: librerías de segunda mano, tiendas llenas de
aspiradoras viejas..., pero ninguna música en absoluto. Al
cabo de un rato Tommy decidió que, como yo no tenía
mucha más idea que él, tomaba el mando de la
expedición. Así pues, por puro azar, de pronto descubrió
una calle con cuatro tiendas del tipo que buscábamos, y
casi una detrás de otra. Sus escaparates estaban llenos de
vestidos, bolsos, anuarios escolares, y cuando entramos en
ellas enseguida percibimos un agradable aroma a mundo
añejo. Había montones de libros de bolsillo arrugados,
cajas polvorientas llenas de tarjetas postales o de baratijas.
Una de las tiendas estaba especializada en artículos
hippies, mientras otra vendía medallas de guerra y fotos
de soldados en el desierto. Pero todas ellas, en algún
rincón, tenían una o dos grandes cajas de cartón llenas de
elepés y cintas. Rebuscamos en aquellas tiendas, y si he
de ser sincera, al cabo de unos minutos creo que Judy
Bridgewater se había esfumado de nuestras cabezas.
Sencillamente disfrutábamos buscando juntos entre
aquellas cosas, perdiéndonos durante un rato y
volviéndonos a ver otra vez juntos, tal vez compitiendo
por la misma caja de baratijas en un polvoriento rincón
iluminado por un rayo de sol.
Y por fin la encontré. Había estado hurgando en una
hilera de casetes, con la mente en otra parte, cuando de
pronto la vi allí, bajo mis dedos, con aspecto idéntico a
aquella remota cinta del pasado: Judy, con su cigarrillo,
mirando coquetamente al barman, con las palmeras
desvaídas al fondo.
No solté ninguna exclamación, como había hecho un
instante antes al encontrar alguna cosa que me había
entusiasmado sólo a medias. Me quedé quieta, mirando la
caja de plástico, sin saber muy bien si estaba o no loca de
gozo. Durante unos segundos me llegó a parecer incluso
una equivocación. La cinta había sido una excusa perfecta
para divertirnos un poco, y ahora que la habíamos
encontrado tendríamos que dejarlo. Tal vez fue ésa la
razón por la que, para mi sorpresa, me quedé callada al
principio; por la que incluso pensé en fingir que no la
había visto. Y ahora que la tenía allí delante, había en ella
algo vagamente embarazoso, como si se tratara de algo
que debería haber dejado atrás al madurar y dejar de ser
una chiquilla. De hecho llegué a pasar la casete como la
hoja de un libro y permitir que le cayera encima la
siguiente. Pero seguía estando el lomo, que no paraba de
mirarme, y al final llamé a Tommy.
—¿Es ésa? —dijo.
Parecía no creérselo, quizá porque no me veía
haciendo grandes aspavientos.
Saqué la cinta y se la enseñé. Y de pronto sentí un
placer muy intenso (y algo más, algo no sólo más
complejo sino capaz de hacerme llorar a lágrima viva),
pero contuve la emoción, y di un fuerte tirón del brazo de
Tommy.
—Sí, es ésta —dije, y por primera vez sonreí con
entusiasmo—. ¿No es increíble? ¡La hemos encontrado!
—¿Crees que podría ser la misma? Me refiero a la
misma. La que perdiste.
Al darle la vuelta entre los dedos me di cuenta de que
recordaba todos los detalles del reverso, los títulos de las
canciones, todo.
—No veo por qué no. Podría ser —dije—. Pero tengo
que decirte, Tommy, que puede haber miles circulando
por ahí.
Entonces me di cuenta de que ahora era Tommy quien
no estaba tan entusiasmado como cabía esperar.
—Tommy, no pareces muy contento con mi suerte —
dije, aunque, como es lógico, en tono de broma.
—Estoy muy contento por ti, Kath. Es que, bueno, me
gustaría haberla encontrado yo. —Lanzó una risita, y
continuó—: ¿Te acuerdas de cuando la perdiste? Pues yo
solía pensar mucho en el asunto, y me preguntaba
mentalmente qué pasaría si la encontraba y te la daba.
Qué dirías, qué cara pondrías, todo eso.
Su voz era más suave que de costumbre, y no quitaba
la vista de la caja de plástico de la casete, que seguía en
mi mano. Entonces caí en la cuenta de que no había nadie
más que nosotros en la tienda, aparte del viejo que estaba
detrás del mostrador, junto a la entrada, ensimismado en
el papeleo de su negocio. Estábamos en el fondo de la
tienda, sobre una especie de entarimado más alto, donde
la luz era más tenue; un espacio un tanto aparte, como si
el viejo no quisiera pensar en los artículos de nuestra zona
y la hubiera aislado mentalmente. Durante varios
segundos, Tommy siguió en una suerte de trance, supongo
que dándole vueltas a la cabeza a la antigua fantasía de
que era él quien me ofrecía la cinta perdida. De pronto me
arrebató la cinta de la mano.
—Bien, al menos puedo comprártela —dijo con una
sonrisa, y antes de que pudiera detenerle bajó de la zona
elevada y echó a andar hacia el mostrador.
Yo seguí curioseando en el fondo de la tienda
mientras el viejo buscaba la cinta para ponerla en su caja.
No había dejado de sentir aquella punzada de pesar por
haberla encontrado tan pronto, y sólo mucho después, de
vuelta ya en las Cottages y sola en mi cuarto, aprecié en
su justo valor volver a tener la cinta (y en especial aquella
canción que me había gustado tanto). Pero incluso
entonces era sobre todo una cuestión de nostalgia, y si hoy
saco alguna vez la cinta y la miro me trae recuerdos de
aquella tarde en Norfolk del mismo modo que me trae
recuerdos de nuestro pasado en Hailsham.
Nada más salir de la tienda, yo ya estaba deseando
volver al estado de ánimo despreocupado, alocado de
antes. Pero cuando hice unas cuantas bromas me di cuenta
de que Tommy estaba ensimismado en sus pensamientos
y no me respondía.
Empezamos a subir por una cuesta empinada, y quizá
a un centenar de metros, justo al borde del acantilado,
divisamos una especie de mirador con bancos que daban
al mar. Era el sitio ideal para que una familia disfrutase de
una merienda estival al aire libre. Y ahora, a pesar del
viento frío, caminábamos hacia los bancos con
determinación; pero cuando aún nos faltaba un trecho
Tommy aflojó el paso y se rezagó y me dijo:
—Chrissie y Rodney están realmente obsesionados
con esa idea. Ya sabes, con lo de que a una pareja le
aplazaban las donaciones si estaba enamorada de verdad.
Están convencidos de que nosotros estamos al tanto de ese
asunto, pero en Hailsham nadie nos dijo nunca nada de
eso. Yo nunca oí nada parecido, al menos. ¿Y tú, Kath?
Es algo que se rumorea últimamente entre los veteranos.
Y lo que hace la gente como Ruth no es más que echar
leña al fuego.
Lo miré con detenimiento, pero era difícil apreciar si
lo había dicho con una especie de afecto travieso o con
profundo desagrado. Vi, de todas formas, que le estaba
dando vueltas a la cabeza a algo que no tenía nada que ver
con Ruth, así que no dije nada, y esperé. Al final dejó de
andar y se puso a dar pequeños puntapiés a un vaso de
papel aplastado que había en el suelo.
—En realidad, Kath —dijo—, llevo ya un tiempo
pensando en ello. Estoy seguro de que tenemos razón, de
que no se habló nunca de tal cosa en Hailsham. Pero en
aquel tiempo había montones de cosas que no tenían
ningún sentido. Y he estado pensando que si es cierto, si
ese rumor es cierto, podría explicar muchas cosas. Cosas a
las que solíamos darles vueltas y vueltas en la cabeza.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué tipo de cosas?
—La Galería, por ejemplo. —Tommy había bajado la
voz, y yo me había acercado a él, como si aún
estuviéramos en Hailsham y habláramos en la cola del
almuerzo o en la orilla del estanque—. Nunca llegamos al
fondo del asunto: a saber para qué era la Galería. Por qué
Madame se llevaba todos los mejores trabajos. Pero ahora
creo que lo sé. Kath, ¿te acuerdas de aquella vez que todo
el mundo discutía sobre los vales? ¿De si debían o no
darse Vales para compensar los trabajos que se llevaba
Madame? ¿Y Roy J. fue a ver a la señorita Emily para
hablarle del asunto? Bien, pues hubo algo que la señorita
Emily dijo entonces, algo que dejó caer y que me ha
estado haciendo pensar últimamente.
Pasaban dos mujeres con sus perros atados con correa
y, aunque pueda parecer completamente estúpido, los dos
callamos hasta que las damas coronaron la pendiente y no
pudieron oírnos. Entonces dije:
—¿Qué, Tommy? ¿Qué «dejó caer» la señorita
Emily?
—Cuando Roy J. le preguntó por qué Madame se
llevaba nuestros trabajos, ¿recuerdas lo que se suponía
que tenía que haber dicho?
—Recuerdo que dijo que era un privilegio, y que
tendríamos que estar orgullosos...
—Pero eso no fue todo. —La voz de Tommy era
ahora un suspiro—. ¿Qué le dijo a Roy, qué «dejó caer»,
aunque probablemente no quiso de verdad decirlo? ¿Te
acuerdas, Kath? Le dijo a Roy que las pinturas, la poesía y
ese tipo de cosas, revelaban cómo era uno por dentro.
Dijo que revelaban cómo era su alma.
Cuando le oí decir esto, recordé súbitamente un dibujo
que una vez había hecho Laura de sus propios intestinos,
y me eché a reír. Pero algo se estaba abriendo paso en mi
memoria.
—Es cierto —dije—. Lo recuerdo. Bien, ¿adonde
quieres ir a parar?
—Lo que yo pienso —dijo Tommy despacio— es
esto: supongamos que es verdad lo que los veteranos están
diciendo; supongamos que hay ciertas disposiciones
especiales para los alumnos de Hailsham; supongamos
que dos alumnos afirman estar muy enamorados, y que
quieren un tiempo extra para estar juntos. Entonces, Kath,
tendrá que haber un modo de saber si están diciendo la
verdad. Que no están diciendo que están enamorados
simplemente para aplazar sus donaciones. ¿Te das cuenta
de lo difícil que puede ser tomar una decisión al respecto?
O que una pareja crea de verdad que están enamorados,
pero que en realidad no sea más que una cuestión de sexo.
O un enamoramiento pasajero. ¿Te das cuenta de adonde
quiero llegar, Kath? Tiene que ser muy difícil juzgar estos
casos, y probablemente imposible acertar todas las veces.
Pero la cuestión, sea quien sea quien decida, sea Madame
o cualquier otro, es que necesitan algo para seguir
considerando la cuestión...
Asentí con la cabeza despacio.
—Así que por eso se llevaban nuestro arte...
—Puede ser. Madame tiene en alguna parte una
galería llena de trabajos de alumnos; de cuando eran
chicos y chicas muy pequeños. Supongamos que una
pareja se presenta y dice que están enamorados. Madame
puede buscar las obras que estos dos alumnos han ido
haciendo a lo largo de los años. Y puede ver si encajan. Si
casan. Puede decidir por sí misma qué amor puede
perdurar y qué otro no es más que un mero
enamoriscamiento.
Eché a andar despacio, sin apenas mirar hacia delante.
Tommy me alcanzó, aguardando mi respuesta.
—No estoy segura —dije al fin—. Lo que estás
diciendo podría explicar lo de la señorita Emily, lo que le
dijo a Roy. Y supongo que explicaría también por qué los
custodios siempre pensaban que era tan importante para
nosotros que supiéramos pintar y todo eso.
—Exactamente. Y por tanto... —Tommy suspiró, y
siguió con cierto esfuerzo—: Por tanto, la señorita Lucy
tuvo que admitir que estaba equivocada, y decirme que en
realidad sí importaba. Me había dicho lo anterior porque
en aquel tiempo le daba lástima. Pero en el fondo de sí
misma sabía que sí importaba. Lo que nos distinguía a los
que habíamos estado en Hailsham era que se nos brindaba
esa oportunidad especial. Pero si no tenías ningún trabajo
en la Galería de Madame era como si hubieras
desperdiciado tu oportunidad.
Fue después de oír las palabras de Tommy cuando de
pronto vi con claridad, y con un escalofrío, adonde nos
llevaba todo aquello. Me detuve y me volví hacia él, pero
antes de que pudiera decir nada Tommy soltó una
carcajada.
—Así que si lo he entendido bien..., bien, pues parece
que he desperdiciado mi oportunidad.
—Tommy, ¿se llevaron alguna vez algo tuyo para la
Galería? ¿Cuando eras mucho más pequeño, quizá?
Tommy sacudía ya la cabeza en señal de negativa.
—Ya sabes lo inútil que era. Y luego estaba lo de la
señorita Lucy. Sé que su intención era buena. Le daba
pena y quería ayudarme. Y estoy seguro de que lo hizo.
Pero si mi teoría es cierta, entonces...
—Sólo es una teoría, Tommy —dije—. Y sabes
perfectamente cómo suelen ser tus teorías.
Quería quitarle hierro al asunto, pero no daba con el
tono adecuado, y creo que era evidente que seguía
pensando detenidamente en lo que acababa de decir
Tommy.
—Quizá disponen de todo tipo de medios para juzgar
—dije al cabo de un momento—. Quizá el arte no es más
que uno de ellos.
Tommy negó de nuevo con la cabeza.
—¿Y cuáles serían esos medios? Madame nunca llegó
a conocernos. No podría recordarnos individualmente.
Además, es muy probable que Madame no sea la única
que decide. Seguramente hay gente de un nivel más alto
que ella, gente que jamás puso un pie en Hailsham. He
pensado mucho en esto, Kath. Y todo cuadra. Ésa es la
razón por la que la Galería era tan importante, y por eso
los custodios querían que trabajásemos duro en el arte y la
poesía. ¿En qué estás pensando, Kath?
Ciertamente me había alejado un poco del asunto. De
hecho estaba pensando en aquella tarde en que estuve sola
en nuestro dormitorio, poniendo la cinta que acabábamos
de encontrar; en cómo me bamboleaba de un lado a otro,
con una almohada pegada contra el pecho, mientras
Madame me observaba desde el umbral con lágrimas en
los ojos. El episodio, para el que nunca había encontrado
una explicación convincente, parecía encajar bien con la
teoría de Tommy. Mientras danzaba lentamente
imaginaba que estaba abrazando a un bebé pero, por
supuesto, Madame no podía saberlo. Debió de suponer
que abrazaba a un amante. Si la teoría de Tommy era
cierta, si Madame tenía relación con nosotros con el solo
propósito de diferir nuestras donaciones cuando, andando
el tiempo, estuviéramos enamorados, entonces tenía
sentido —pese a su habitual frialdad para con nosotros—
que se emocionara al darse casi de bruces con una escena
como aquélla. Estaba dándole vueltas a esto en la cabeza,
y a punto estuve de soltárselo todo de pronto a Tommy,
pero me contuve porque lo que ahora quería era quitarle
importancia a su teoría.
—He estado pensando en lo que has dicho, eso es todo
—dije—. Tenemos que volver ya. Nos va a llevar un rato
encontrar el aparcamiento.
Empezamos a desandar la pendiente, pero sabíamos
que aún teníamos tiempo y no apretamos el paso.
—Tommy —le pregunté, después de haber caminado
un rato—. ¿Le has dicho algo de esto a Ruth?
Tommy negó con la cabeza, y siguió andando. Y
luego dijo:
—La cuestión es que Ruth se lo cree todo; todo lo que
están diciendo los veteranos. Sí, le gusta hacer como que
sabe mucho más de lo que sabe. Lo malo es que se lo
cree. Y tarde o temprano va a querer ir más lejos...
—¿Te refieres a que querrá...?
—Sí. Querrá hacer la solicitud. Pero de momento no
se ha parado a pensar demasiado en el asunto. No como
acabamos de hacer nosotros.
—¿Nunca le has contado tu teoría sobre la Galería?
Volvió a negar con la cabeza, pero no dijo nada.
—Si le explicas tu teoría —dije—, y admite que quizá
tengas razón... Bueno, se va a poner hecha una furia.
Tommy se quedó pensativo, pero siguió sin decir
nada.
Hasta que estuvimos de nuevo en las calles laterales
estrechas no volvió a hablar, y cuando lo hizo su voz se
había vuelto súbitamente mansa.
—La verdad, Kath —dijo—, es que he estado
haciendo algunas cosas. Por si acaso. No se lo he contado
a nadie, ni siquiera a Ruth. No es más que un comienzo.
Fue la primera vez que oí hablar de sus animales
imaginarios. Cuando empezó a describir lo que estaba
haciendo —no me enseñó ninguno de estos trabajos hasta
semanas más tarde—, me resultó difícil mostrar gran
entusiasmo. De hecho, tengo que admitir que al oírle
recordé aquel dibujo original de un elefante en la hierba
que había dado lugar a todos los problemas de Tommy en
Hailsham. La inspiración, me explicó, le había venido de
un viejo libro infantil al que le faltaba la cubierta trasera y
que había encontrado detrás de uno de los sofás de las
Cottages. Había convencido a Keffers para que le diera
uno de aquellos pequeños cuadernos negros donde él
garabateaba sus números, y desde entonces había creado
como mínimo una docena de criaturas fantásticas.
—El caso es que estoy haciendo unos animales
increíblemente pequeños. Diminutos. Jamás se me ocurrió
hacerlos así en Hailsham. Y quizá fue ahí donde me
equivoqué. Si los haces muy pequeños, y no me queda
más remedio que hacerlos así porque las hojas son más o
menos de este tamaño, todo cambia. Es como si cobraran
vida por sí mismos. Y entonces no tienes más que
dibujarles todos esos detalles que los diferencian. Tienes
que pensar en cómo se protegen, en cómo consiguen
coger las cosas. De verdad, Kath, no tiene nada que ver
con lo que solía hacer en Hailsham.
Se puso a describirme los que más le gustaban, pero
yo no podía concentrarme en lo que me estaba contando;
cuanto más se entusiasmaba él hablándome de sus
animales, más incómoda me sentía yo. «Tommy —tenía
ganas de decirle—, vas a volver a ser el hazmerreír de
todo el mundo. Animales imaginarios... ¿Qué es lo que te
pasa?» Pero no lo hice. Lo miré con cautela y dije:
—Eso suena fantástico, Tommy.
Luego, en un momento dado, él dijo:
—Como te he dicho, Kath, Ruth no sabe nada de estos
dibujos.
Y cuando dijo esto pareció recordar todo lo demás, y
en primer lugar por qué estábamos hablando de sus
animales, y la energía desapareció de su semblante.
Volvimos a caminar en silencio, y al llegar a High Street
dije:
—Bien, aun en el caso de que haya algo cierto en tu
teoría, Tommy, hay muchísimo más por descubrir. Por
ejemplo, ¿cómo ha de hacer esa solicitud una pareja?
¿Qué tienen que hacer? Porque no es que los formularios
para cumplimentarla estén precisamente por todas partes...
—También yo me he preguntado todas esas cosas. —
Su voz volvía a sonar calma y solemne—. Si quieres que
te diga mi opinión, no veo más que un camino a seguir:
encontrar a Madame.
Pensé en ello, y dije:
—Eso puede no ser tan fácil. No sabemos nada de
ella. Ni siquiera sabemos su nombre. ¿Y tú recuerdas
cómo era? No le gustábamos; ni siquiera quería vernos de
cerca. Y aunque consiguiéramos dar con ella, no creo que
nos sirviera de mucho.
Tommy suspiró.
—Lo sé —dijo—. Bueno, supongo que tenemos
tiempo. Ninguno de nosotros tiene tanta prisa.
Cuando llegamos al coche la tarde se había
encapotado y empezaba a hacer bastante frío. Los demás
no habían llegado todavía, así que Tommy y yo nos
apoyamos en el coche y nos pusimos a mirar el campo de
minigolf. No había nadie jugando, y las banderas se
agitaban al viento. Yo no quería hablar más de Madame,
ni de la Galería, ni de nada relacionado con este asunto,
así que saqué la casete de Judy Bridgewater de su bolsita
y la examiné con detenimiento.
—Gracias por regalármela —dije.
Tommy sonrió.
—Si yo hubiera estado mirando en la caja de las cintas
y tú en la de los elepés, la habría encontrado yo. El pobre
Tommy ha tenido mala suerte.
—No tiene la menor importancia. La hemos
encontrado porque tú te has empeñado en que la
buscáramos. Yo me había olvidado de lo del rincón de las
cosas perdidas. Y como Ruth se ha puesto tan pesada con
todo eso, yo me he puesto de muy mal humor. Judy
Bridgewater... Mi vieja amiga. Es como si nunca me
hubiera separado de ella. Me pregunto quién pudo
robármela en Hailsham.
Durante un momento, miramos hacia la calle en busca
de los demás.
—¿Sabes? —dijo Tommy—. Cuando Ruth ha dicho
antes lo que ha dicho, y he visto cuánto te has molestado...
—Déjalo, Tommy. Ahora estoy bien. Y no voy a
sacarlo a relucir cuando vuelvan.
—No, no es a eso a lo que me refería —dijo Tommy.
Dejó de apoyarse en el coche, se volvió y apretó con la
punta del zapato la rueda de delante, como para
comprobar la presión del aire—. Lo que quiero decir es
que, cuando Ruth ha salido con todo eso, me he dado
cuenta de por qué sigues mirando esas revistas porno.
Está bien, está bien..., no es que me haya dado cuenta. Es
sólo una teoría. Otra de mis teorías. Pero cuando Ruth ha
dicho eso antes, me ha parecido que algo encajaba al fin.
Sabía que me estaba mirando, pero mantuve la mirada
fija hacia el frente y no respondí nada.
—Pero sigo sin entenderlo totalmente, Kath —dijo al
cabo de unos segundos—. Aun en el caso de que lo que
dice Ruth sea cierto, ¿por qué miras y miras esas viejas
revistas porno, para ver si encuentras a alguna de tus
posibles? ¿Por qué tu modelo tiene que ser por fuerza una
de esas chicas?
Me encogí de hombros, pero seguí sin mirarle.
—No pretendo que tenga mucho sentido. Pero lo hago
de todas formas. —Los ojos se me estaban llenando de
lágrimas, y traté de que Tommy no las viera. Pero la voz
me temblaba cuando añadí—: Si tanto te molesta, dejaré
de hacerlo.
No sé si Tommy vio mis lágrimas. De todas formas,
cuando Tommy se acercó a mí y me dio un apretón en los
hombros, yo ya las había controlado. Contener las
lágrimas era algo que ya había hecho antes en ocasiones,
y no me suponía ningún esfuerzo especial. Pero además
me sentía algo mejor, y dejé escapar una risita. Entonces
Tommy me soltó, y nos quedamos casi juntos, codo a
codo, con la espalda hacia el coche.
—De acuerdo, no tiene ningún sentido —dije—, pero
lo hacemos todos, ¿no es cierto? Todos nos preguntamos
sobre nuestro modelo. Al fin y al cabo, ése es el motivo
por el que hoy hemos venido aquí. Todos, todos lo
hacemos.
—Kath, sabes perfectamente que no se lo he dicho a
nadie. Lo de aquella vez en el cobertizo de la caldera. Ni a
Ruth ni a nadie. Pero no lo entiendo bien. No comprendo
bien por qué lo haces.
—Está bien, Tommy. Te lo contaré. Puede que,
cuando te lo cuente, para ti siga sin tener mucho sentido,
pero voy a contártelo de todas formas. El caso es que de
vez en cuando, cuando me apetece el sexo, tengo unos
sentimientos fortísimos. A veces me viene de repente y
durante una hora o dos es francamente espeluznante.
Hasta el punto de que, si de mí dependiera, sería capaz de
acabar haciéndolo con el viejo Keffers. Es así de horrible.
Y por eso... Ésa fue la única razón por la que lo hice con
Hughie. Y con Oliver. No significó nada en mi interior.
Ni siquiera me gustan mucho. No sé qué será; pero luego,
cuando ya ha pasado, me da mucho miedo. Así es como
empecé a pensar que, bueno, la cosa tenía que venir de
alguna parte. Tenía que estar relacionado con cómo soy.
—Callé, pero cuando vi que Tommy no decía nada,
continué—: Así que pensé que si encontraba su fotografía
en alguna de esas revistas, al menos tendría una
explicación. Y no es que quisiera ir a buscar a esa mujer
ni nada parecido. ¿Entiendes?, sería una especie de
explicación de por qué soy como soy.
—A mí me pasa algo parecido a veces —dijo
Tommy—. Cuando tengo muchas ganas de hacerlo.
Supongo que los demás, si son sinceros, admitirán que
también les pasa a ellos. No creo que seas nada diferente
en eso, Kath. La verdad es que a mí me pasa montones de
veces.
Dejó de hablar y se echó a reír, pero yo no reí con él.
—Estoy hablando de algo diferente —dije yo—. He
observado a los demás. Puede apetecerles, pero eso no les
hace hacer cosas. Nunca actúan del modo en que yo lo he
hecho, irse con tipos como ese Hughie...
Estuve a punto de volver a echarme a llorar, porque
sentí que el brazo de Tommy me rodeaba los hombros.
Disgustada como estaba, seguí siendo consciente de
dónde estábamos, y eché una especie de freno en mi
mente para que si Ruth y los otros doblaban la esquina en
ese momento y nos veían así, no hubiera ninguna
posibilidad de malentendido. Seguíamos uno al lado del
otro, apoyados en el coche, y lo que verían sería que yo
estaba disgustada por algo y Tommy trataba de
consolarme. Y entonces oí que Tommy me decía:
—No creo que eso sea necesariamente malo. Una vez
que encuentres a alguien, Kath, a alguien con quien
realmente quieras estar, entonces será estupendo. ¿Te
acuerdas de lo que los custodios solían decirnos? Si es
con la persona adecuada, te hace sentirte bien de verdad.
Hice un movimiento de hombros para que Tommy me
quitara el brazo de encima, y aspiré profundamente.
—Olvidémoslo. Será mejor que me controle cuando
me vengan esos arrebatos. Así que vamos a olvidarlo.
—De todas formas, Kath, es bastante tonto andar
mirando esas revistas.
—Es estúpido, de acuerdo. Pero dejémoslo, Tommy.
Ya estoy bien.
No recuerdo de qué hablamos hasta que llegaron los
demás. Pero de nada serio; y si los otros, al llegar,
pudieron percibir aún algo en el ambiente, no hicieron
ningún comentario. Estaban de muy buen humor, y Ruth,
en especial, parecía decidida a subsanar el incidente de
antes. Vino hasta mí y me tocó la mejilla, mientras hacía
una broma, y cuando montamos en el coche se esforzó por
que el ánimo jovial siguiera en todos nosotros. A ella y a
Chrissie todo lo de Martin les había parecido cómico, y
disfrutaban de la libertad de reírse abiertamente de él
ahora que ya no estaban en su apartamento. Rodney no
parecía aprobar sus comentarios, pero me di perfecta
cuenta de que Ruth y Chrissie lo hacían más que nada
para tomarle el pelo. El talante era fraterno. Reparé en que
si antes Ruth había procurado que Tommy y yo no nos
enteráramos en absoluto del sentido de todas aquellas
bromas y referencias, durante el camino de vuelta no dejó
de volverse hacia mí para explicarme con detalle de qué
estaban hablando. De hecho se me hizo un tanto pesado al
cabo de un rato, porque daba la impresión de que todo lo
que se decía en aquel coche era para que lo oyéramos
Tommy y yo (o yo al menos). Pero me complacía que
Ruth nos lo estuviera contando todo a bombo y platillo.
Comprendía —lo mismo que Tommy— que Ruth
reconocía lo mal que se había portado antes, y que aquélla
era su forma de admitirlo. Iba sentada entre Tommy y yo,
tal como la ida, pero ahora se pasó todo el trayecto
hablándome a mí, y sólo muy de vez en cuando se volvía
a Tommy para darle algún que otro achuchón o beso. El
ambiente era bueno, y nadie sacó a colación a la posible
de Ruth ni hizo referencia a nada parecido. Y yo no
mencioné la cinta de Judy Bridgewater que Tommy me
había comprado. Sabía que Ruth se enteraría de ello tarde
o temprano, pero no quería que lo supiera en ese
momento. En aquel viaje de vuelta a las Cottages, con la
oscuridad cerniéndose ya sobre las largas carreteras
vacías, era como si los tres volviéramos a estar unidos y
no quisiéramos que nada pudiera ensombrecer nuestro
estado de ánimo.
16
Lo realmente extraño de nuestro viaje a Norfolk fue
que, una vez de vuelta, apenas volvimos a hablar de él.
Hasta el punto de que durante un tiempo corrieron todo
tipo de rumores sobre lo que habríamos estado haciendo
en aquel rincón de Inglaterra. Incluso entonces
mantuvimos la boca cerrada, hasta que al final la gente
perdió el interés.
Aún hoy sigo sin estar segura del porqué. Quizá
sentimos que era cosa de Ruth, de que era prerrogativa
suya si quería o no contarlo, y no hacíamos sino observar
lo que ella hacía y decía. Y Ruth, por una u otra razón —
quizá sentía cierto embarazo por cómo habían resultado
las cosas en relación con su posible, quizá disfrutaba del
misterio—, se había cerrado por completo a este respecto.
Incluso entre nosotros evitábamos hablar del viaje a
Norfolk.
Este aire de secreto me hizo más fácil no contarle que
Tommy me había regalado la cinta de Judy Bridgewater.
Aunque no llegué hasta el punto de esconderla. Estaba
allí, entre mis cosas, en uno de los pequeños montones
que tenía junto al rodapié; pero siempre me cercioré de
que no quedara encima de ninguno de ellos. Había veces
en que me moría de ganas de contárselo; en aquellos
momentos, por ejemplo, en que me habría gustado
recordar cosas de Hailsham con la cinta sonando al fondo.
Pero cuanto más se alejaba en el tiempo aquel viaje a
Norfolk y yo seguía sin contárselo, más iba sintiendo yo
una especie de culpa secreta. Por supuesto, al final vio la
cinta. Fue mucho después, probablemente en un tiempo
en que le hizo mucho más daño descubrirla, pero a veces
es este tipo de cosas las que nos depara la fortuna.
Al acercarse la primavera eran más y más los
veteranos que dejaban las Cottages para iniciar su
aprendizaje, y aunque se iban sin gran alboroto —era ésa
la costumbre—, su número cada vez mayor hacía
imposible que su marcha pasara inadvertida. No estoy
segura de cuáles eran nuestros sentimientos al verlos
partir. Parecían dirigirse a un mundo más emocionante,
más grande. Pero no había la menor duda de que su
marcha nos hacía sentirnos cada día más inquietos.
Entonces, un buen día —creo recordar que hacia el
mes de abril—, Alice F. se convirtió en la primera alumna
de Hailsham que abandonaba las Cottages, y no mucho
después le llegó el turno a Gordon C. Ambos habían
solicitado empezar su adiestramiento, pero a partir de
entonces el ambiente del lugar cambió para siempre (al
menos para nosotros).
También muchos veteranos parecían afectados por la
gran cantidad de compañeros que partían, y, acaso como
consecuencia directa de ello, se produjo un nuevo aluvión
de rumores similares a los que Chrissie y Rodney habían
hecho alusión en Norfolk. Se hablaba de que en alguna
parte del país había estudiantes que habían conseguido
aplazamientos porque habían demostrado que estaban
enamorados; a veces, incluso, tales comentarios se
referían a alumnos que no tenían relación con Hailsham.
Los cinco que habíamos estado en Norfolk también en
este caso rehuíamos hablar del asunto: incluso Chrissie y
Rodney —un día en el epicentro de aquellas hablillas—
miraban hacia otra parte cuando alguien se ponía a hablar
de ello.
El «efecto Norfolk» también nos afectó a Tommy y a
mí. Después de volver del viaje, supuse que íbamos a
aprovechar cualquier oportunidad para hablar de nuestros
pensamientos sobre la Galería. Pero quién sabe por qué —
y no es que él tuviera más culpa que yo en esto—, no lo
hicimos nunca (ni cuando estábamos a solas). La
excepción, supongo, fue la vez de la casa del ganso, la
mañana en que me enseñó sus animales imaginarios.
El granero al que llamábamos «la casa del ganso»
estaba en la periferia de las Cottages, y como tenía el
tejado lleno de goteras y la puerta permanentemente fuera
de sus goznes, apenas se utilizaba para nada, salvo para
que las parejas buscaran intimidad en los meses más
cálidos. Para entonces yo me había habituado a dar largos
paseos solitarios, y creo que fue al comienzo de uno de
ellos, justo cuando estaba dejando atrás la casa del ganso,
cuando oí que Tommy me llamaba. Me volví y lo vi
descalzo, encaramado torpemente en un trozo de tierra
seca rodeado de enormes charcos, con una mano apoyada
contra un costado del granero para mantener el equilibrio.
—¿Dónde están tus botas, Tommy? —le pregunté.
Aparte de ir descalzo, llevaba el jersey grueso y los
vaqueros de siempre.
—Estaba..., bueno, dibujando...
Se echó a reír, y levantó un pequeño cuaderno negro
parecido a los que Keffers solía llevar consigo a todas
partes.
Habían pasado ya más de dos meses desde nuestro
viaje a Norfolk, pero en cuanto vi el cuadernito supe de
qué se trataba. Aunque esperé hasta que dijo:
—Si quieres, Kath, te los enseño.
Me guió hasta el interior de la casa del ganso, dando
saltitos sobre el terreno irregular. En contra de lo que
pensaba, no estaba oscuro, porque la luz del sol entraba
por los tragaluces. Contra una de las paredes se veían
varios muebles, seguramente arrumbados durante el año
anterior: mesas rotas, frigoríficos viejos, ese tipo de cosas.
Al parecer Tommy había arrastrado hasta el centro del
recinto un sofá de dos plazas con el relleno
sobresaliéndole por los desgarrones del plástico negro, y
supongo que era allí donde había estado sentado
dibujando cuando me vio pasar. En el suelo, a unos pasos,
vi sus botas de agua caídas hacia un lado, con las medias
de fútbol asomando por las aberturas.
Tommy se sentó de un brinco en el sofá y se acarició
el dedo gordo del pie.
—Perdona, me duelen un poco los pies. Me he
descalzado sin darme cuenta. Creo que me he hecho unos
pequeños cortes. ¿Quieres ver los dibujos, Kath? Ruth los
vio la semana pasada, así que he estado deseando
enseñártelos desde entonces. Nadie más los ha visto.
Échales una ojeada, Kath.
Fue la primera vez que vi sus animales. Cuando me
habló de ellos en Norfolk había imaginado que "serían
algo parecido —aunque de menor tamaño— a esos
dibujos que todos hemos hecho cuando éramos pequeños.
Así que me quedé asombrada ante el minucioso detalle de
cada uno de ellos. De hecho te llevaba unos segundos
darte cuenta de que se trataba de animales. Mi primera
impresión fue muy semejante a la que hubiera tenido al
quitar la tapa de atrás de una radio: canales diminutos,
tendones entrelazados, ruedecitas y tornillos en miniatura
dibujados con obsesiva precisión, y sólo cuando alejé la
hoja un poco pude apreciar que se trataba, por ejemplo, de
algún tipo de armadillo, o de un pájaro.
—Es mi segundo cuaderno —dijo Tommy—. ¡No
permitiré que nadie vea el primero por nada del mundo!
Me ha llevado tiempo empezar a aprender...
Ahora estaba tendido en el sofá, poniéndose un
calcetín en el pie y tratando de parecer despreocupado,
pero yo sabía que estaba inquieto, a la espera de mi
reacción. Aun así, tardé cierto tiempo en manifestarle mi
más sincera admiración. En parte quizá por el temor de
que los trabajos artísticos podrían volver a causarle
problemas serios. Pero también porque los dibujos que
estaba viendo eran tan diferentes de todo lo que los
custodios nos habían enseñado en Hailsham que no sabía
cómo juzgarlos. Dije algo como:
—Dios, Tommy... Esto tiene que exigirte una gran
concentración. Es asombroso que aquí puedas tener luz
suficiente para dibujar todas estas cosas tan pequeñas. —
Y a continuación, mientras pasaba las hojas, y acaso
porque seguía buscando las palabras adecuadas, acabé
diciendo—: Me pregunto qué diría Madame si viera esto.
Lo dije en tono jocoso, y Tommy respondió con una
risita, pero entonces hubo algo nuevo en el aire, algo que
no había habido anteriormente. Seguí pasando las hojas
del cuaderno —Tommy había llenado ya como una cuarta
parte de él— sin mirarle, deseando no haber mencionado
a Madame. Finalmente, le oí decir:
—Supongo que tendré que mejorar mucho antes de
que ella pueda verlos.
No estaba segura de si me estaba invitando a que le
dijera lo buenos que eran sus dibujos, pero entonces yo ya
empezaba a estar verdaderamente fascinada por aquellas
criaturas fantásticas que tenía ante mis ojos. Pese a sus
metálicos, recargados rasgos, había algo tierno, incluso
vulnerable en cada uno de ellos. Recordé que en Norfolk
me había contado que, mientras los dibujaba, pensaba con
preocupación en cómo se protegerían, o en cómo
conseguirían coger las cosas, y, al verlos yo ahora, sentí
una preocupación semejante. Sin embargo, por alguna
razón que se me escapaba, había algo que me seguía
impidiendo elogiarle abiertamente. Entonces Tommy dijo:
—De todas formas, no los hago sólo por lo de
Madame y demás, sino porque me gusta hacerlos. Me
estaba preguntando, Kath, si debo seguir manteniéndolo
en secreto. Porque a lo mejor no hay nada malo en que la
gente sepa que estoy dibujando esto. Hannah sigue
pintando sus acuarelas, y hay un montón de veteranos que
siguen haciendo cosas por el estilo. No me refiero
exactamente a ir enseñándolos a todo el mundo. Pero
estaba pensando que, bueno, no hay razón por la que deba
seguir manteniéndolo en secreto.
Por fin me vi capaz de mirarle y de decir con cierta
convicción:
—Tommy, no hay razón, no hay ninguna razón en
absoluto. Son buenos. De verdad, muy buenos. Si es por
eso por lo que te escondes aquí para dibujarlos, estás
haciendo una auténtica tontería.
No respondió, pero una especie de mueca risueña se
dibujó en su semblante, como si se estuviera sonriendo
con una broma íntima, y supe cuan feliz le habían hecho
mis palabras. No creo que habláramos mucho después de
esto. Creo recordar que se puso enseguida las botas de
agua y que ambos salimos de la casa del ganso. Como
digo, ésa fue prácticamente la única vez que aquella
primavera Tommy y yo mencionamos directamente su
teoría.
Luego vino el verano. Había pasado un año desde
nuestra llegada a las Cottages. Un nuevo grupo de
alumnos llegó en un minibús —más o menos como
habíamos llegado nosotros en su día—, pero ninguno de
ellos era de Hailsham. Ello, en cierto modo, nos supuso
un alivio: creo que a todos nos inquietaba cómo podría
complicar las cosas una nueva hornada de alumnos de
Hailsham. Pero para mí, al menos, el que no hubiera
venido ningún alumno de Hailsham acrecentaba la
sensación de que Hailsham era ahora algo ya lejano, un
lugar que pertenecía al pasado, y de que los lazos que
unían a nuestro viejo grupo estaban empezando a
deshacerse. No era sólo que gente como Hannah estuviera
siempre hablando de seguir el ejemplo de Alice y solicitar
que la destinaran a otro lugar para empezar el
adiestramiento, sino que había otras, como Laura, que se
habían emparejado con chicos que no eran de Hailsham, y
a partir de entonces sus compañeras de siempre casi
podíamos olvidarnos de que en un tiempo habíamos sido
íntimas.
Y además estaba Ruth, que seguía fingiendo no
acordarse de las cosas de Hailsham. De acuerdo, eran
detalles triviales, pero que cada día me hacían sentirme
más irritada con ella. Una vez, por ejemplo, después de un
largo desayuno, estábamos sentadas a la mesa de la cocina
Ruth y yo y unos cuantos veteranos. Uno de ellos había
estado hablando de que comer queso a altas horas de la
noche te alteraba sin remedio el sueño, y yo me volví
hacia Ruth para decirle algo como: «¿Te acuerdas de
cómo la señorita Geraldine nos lo decía siempre?». Lo
dije como de pasada, y Ruth no habría tenido más que
dirigirme una sonrisa o un leve asentimiento de cabeza,
pero lo que hizo fue quedarse mirándome con expresión
vacía, como si no tuviera la más remota idea de lo que le
estaba hablando. Sólo cuando les expliqué a los veteranos:
«Una de nuestras custodias», asintió Ruth frunciendo el
ceño, como si acabara de acordarse de pronto.
En aquella ocasión no le dije nada, pero hubo otra —
un atardecer que estábamos sentadas en la vieja
marquesina de autobuses— en que no la dejé salirse con
la suya. Monté en cólera porque una cosa era que jugara a
aquel juego delante de los veteranos, y otra muy distinta
que lo hiciera estando las dos solas y en mitad de una
conversación seria. Me había referido, de pasada, al hecho
de que, en Hailsham, el atajo hacia el estanque que
atravesaba la parcela de ruibarbo era un camino
prohibido. Al ver que Ruth adoptaba un aire de extrañeza,
abandoné por completo la argumentación que estaba
esgrimiendo y dije:
—Ruth, no es posible que lo hayas olvidado. Así que
no me tomes el pelo.
Si no hubiera empleado un tono tan seco y rotundo —
si hubiera hecho una broma al respecto, por ejemplo, y
hubiera seguido hablando—, quizá ella habría visto lo
absurdo de su actitud y habría soltado una carcajada. Pero
la había sacudido verbalmente, y lo que hizo fue mirarme
con expresión de ira y decirme:
—¿Y qué importancia tiene eso? ¿Qué tiene que ver
esa parcela de ruibarbo con lo que hablamos? Limítate a
seguir con lo que estabas diciendo.
Se estaba haciendo tarde, y empezaba a oscurecer, y
en la vieja marquesina de autobuses notábamos la
humedad que sucede a una tormenta eléctrica. Así que no
me sentía con humor para entrar en por qué importaba
tanto. Y aunque dejé este punto de fricción y seguí con la
conversación que estábamos teniendo, el ánimo era ya frío
entre nosotras y muy poco propicio para ayudarnos a
solucionar el difícil asunto que teníamos entre manos.
Para explicar el asunto que estábamos discutiendo
tendré que retroceder cierto tiempo. De hecho, habré de
remontarme varias semanas hasta el principio del verano.
Yo había mantenido una relación con uno de los
veteranos, un chico llamado Lenny, que, si he de ser
sincera, se había debido sobre todo a una necesidad
sexual. Pero de pronto Lenny había decidido irse de las
Cottages a recibir su adiestramiento. Ello me desasosegó
un tanto, y Ruth se había portado de maravilla conmigo,
vigilándome constantemente pero con suma discreción,
siempre presta a alegrarme si me veía taciturna. Y me
hacía pequeños favores, como prepararme sándwiches o
hacerse cargo de mi turno de limpieza.
Entonces, aproximadamente unas dos semanas
después de que Lenny se hubiera ido, estábamos las dos
sentadas en mi cuarto del altillo, pasada la medianoche,
charlando con sendas tazas de té en las manos, y Ruth me
estaba haciendo reír de verdad a propósito de Lenny. No
había sido un mal chico, pero cuando empecé a contarle a
Ruth ciertas cosas de carácter muy íntimo, todo lo
relacionado con él empezó a parecemos cómico, y no
parábamos de reírnos. En un momento dado, Ruth estaba
pasando un dedo por las casetes apiladas en pequeños
montones a lo largo del rodapié. Lo hacía con actitud
distraída, mientras seguía riéndose (más tarde empecé a
sospechar que no lo había hecho por casualidad, que quizá
había visto la cinta allí días antes, que hasta quizá la había
mirado detenidamente para cerciorarse, y luego había
esperado a la mejor ocasión para «descubrirla». Años
después, así se lo insinué a Ruth con delicadeza, y ella
pareció no saber de qué le estaba hablando, así que es
posible que me equivocase). De cualquier forma, allí
estábamos riendo y riendo cada vez que yo contaba otro
detalle íntimo del pobre Lenny, y de pronto fue como si
alguien quitara un tapón. Veo a Ruth, echada sobre un
costado sobre la alfombra, mirando atentamente los lomos
de las casetes a la tenue luz de mi cuarto, y, en un
momento dado, veo la cinta de Judy Bridgewater en su
mano. Después de lo que me pareció una eternidad, dijo:
—¿Cuánto tiempo hace que has vuelto a tenerla?
Le conté —de forma tan neutra como pude— cómo
Tommy y yo habíamos dado con ella el día del viaje a
Norfolk, mientras ella y los demás estaban visitando a
Martin. Siguió examinándola con suma atención, y al
cabo dijo:
—Así que Tommy la encontró para ti...
—No, la encontré yo. Yo la vi primero.
—Ninguno de los dos me lo contó. —Se encogió de
hombros—. Si me lo contaste, no me enteré.
—Lo de Norfolk era verdad —dije—. ¿Te acuerdas?
Lo de que era el rincón perdido de Inglaterra.
Durante un instante, se me pasó por la cabeza que
Ruth podría hacer como que tampoco se acordaba de ello,
pero la vi asentir con gesto pensativo.
—Tendría que haberme acordado cuando estábamos
allí —dijo—. Quizá habría encontrado mi bufanda roja.
Nos echamos a reír las dos, y pareció cesar la
incomodidad entre nosotras. Pero en la forma en que Ruth
puso la cinta en su sitio sin seguir hablando de ella percibí
algo que me hizo pensar que la cosa no terminaba allí.
No sé si el rumbo que tomó la conversación después
de aquello fue de algún modo obra de Ruth a la luz de su
descubrimiento, o si de todas formas la conversación nos
hubiera llevado por aquellos derroteros, y fue sólo más
tarde cuando Ruth cayó en la cuenta de que con ella podía
hacer lo que hizo. Seguimos hablando de Lenny, en
particular sobre cómo practicaba el sexo, y volvimos a
reírnos de lo lindo. A estas alturas creo que me sentía
aliviada de que se hubiera acabado enterando de lo de la
cinta y no hubiera montado ninguna escena, y tal vez por
ello yo no estaba siendo tan cautelosa como debía. Porque
al cabo de un rato habíamos pasado de reírnos de Lenny a
reírnos de Tommy. Al principio todo fue bienhumorado e
inocuo, como si lo que hacíamos lo estuviéramos
haciendo con afecto hacia su persona, pero de pronto me
di cuenta de que nos estábamos riendo de sus animales.
Como digo, nunca he sabido a ciencia cierta si Ruth
llevó la conversación adrede hasta ese punto concreto. Si
he de ser justa, ni siquiera tengo la certeza de que fuera
ella la que mencionó por primera vez los animales
imaginarios. Y, una vez que empezamos, yo reía tanto
como ella (que si uno de ellos parecía que llevaba
calzoncillos, que si para otro se había inspirado en un
erizo aplastado...). Supongo que en algún momento yo
tenía que haber dicho que los dibujos eran buenos, que
Tommy había hecho un magnífico trabajo para llegar
donde había llegado. Pero no lo hice. En parte por la
cinta; y tal vez también, si he de ser sincera, porque me
complacía la idea de que Ruth no se tomara en serio lo de
los animales de Tommy (y todo lo que ello implicaba).
Creo que cuando aquella madrugada nos separamos, nos
sentíamos tan unidas como en el pasado. Al salir me tocó
la mejilla, y me dijo:
—Es fantástico cómo te mantienes siempre con la
moral alta, Kathy.
Así que no estaba en absoluto preparada para lo que
sucedería días después en el cementerio. Ruth, en el
verano, había descubierto una vieja y preciosa iglesia a
menos de un kilómetro de las Cottages, y detrás de ella un
intrincado terreno lleno de viejas lápidas que se erguían
en la hierba. Todo estaba lleno de maleza, pero se
respiraba paz y Ruth iba allí a leer a menudo, en un banco
cercano a las verjas traseras, bajo un gran sauce. Al
principio no me entusiasmaba gran cosa esta nueva
costumbre suya, pues recordaba que el verano anterior
todos nos sentábamos juntos en la hierba, justo enfrente
de las Cottages. Pero el caso es que si en uno de mis
paseos tomaba esa dirección, y reparaba en que era muy
probable que Ruth estuviera allí leyendo, acababa
entrando por la puerta baja de madera y enfilando el
sendero sembrado de malas hierbas y bordeado de lápidas.
Aquella tarde hacía calor y todo estaba en calma, y bajaba
por el sendero en una especie de ensoñación, leyendo los
nombres de las lápidas, cuando vi que en el banco, bajo el
sauce, no estaba sólo Ruth sino también Tommy.
Tommy no estaba sentado, sino con un pie apoyado en
el herrumbroso brazo del banco, y hacía una especie de
ejercicio de estiramiento mientras charlaban. No parecían
mantener una conversación particularmente importante, y
no dudé en acercarme a ellos. Quizá debería haber
detectado algo en el modo en que me saludaron, pero
puedo asegurar que ese algo en absoluto había sido obvio.
Yo tenía un chisme que me moría de ganas de contarles
—algo relacionado con uno de los recién llegados—, de
modo que durante un rato no hice más que parlotear
mientras ellos asentían con la cabeza y me hacían alguna
pregunta que otra. Tardé bastante en darme cuenta de que
algo no iba bien, e incluso cuando después de caer en ello
hice una pausa y pregunté: «¿Os he interrumpido en
algo?», lo hice en un tono más jocoso que preocupado.
Entonces Ruth dijo:
—Tommy me ha estado contando su gran teoría. Dice
que ya te la había contado a ti. Hace siglos. Pero ahora,
muy gentilmente, me está haciendo partícipe a mí
también.
Tommy me dirigió una mirada, y estaba a punto de
decir algo, pero Ruth dijo en un susurro fingido:
—¡La gran teoría de Tommy sobre la Galería!
Entonces los dos me miraron, como si ahora la pelota
estuviera en mi tejado y dependiera de mí lo que
sucediera a continuación.
—No es una mala teoría —dije—. No sé, pero puede
que sea cierta. ¿Qué piensas tú, Ruth?
—En realidad se la he tenido que sacar a este Chico
Tierno. No es que te murieras de ganas de contársela a
Ruth, ¿eh, querido parlanchín? Sólo se ha dignado hacerlo
cuando le he apretado bien las clavijas para que me
explicara lo que había detrás de todo ese arte.
—No lo estoy haciendo sólo por eso —dijo Tommy
en tono hosco. Seguía con el pie sobre el brazo oxidado
del banco, y continuaba con su ejercicio de estiramiento—
. Lo único que he dicho ha sido que si mi teoría sobre la
Galería era cierta, entonces siempre podría intentar
aportar mis animales...
—Tommy, cariño, no te pongas en ridículo delante de
nuestra amiga. Delante de mí, vale, pero no delante de
nuestra querida Kathy.
—No entiendo por qué te parece tan graciosa —dijo
Tommy—. Es una teoría tan buena como cualquier otra.
—No es la teoría lo que a la gente le parecería
chistoso, querido parlanchín. Puede que hasta les
pareciera correcta. Pero la idea de que tú podrías sacar
provecho de ella enseñándole a Madame tus pequeños
animales...
Ruth sonrió y sacudió la cabeza.
Tommy no dijo nada y siguió con su ejercicio de
estiramiento. Yo deseaba salir en su defensa, y trataba de
dar con las palabras capaces de hacerle sentirse mejor sin
poner a Ruth aún más furiosa. Pero fue entonces cuando
Ruth dijo lo que dijo. Fue ya lo bastante horrible
entonces, pero aquel día, en el camposanto de la iglesia,
no me hacía la menor idea de hasta dónde habrían de
llegar sus repercusiones. Lo que dijo fue:
—No soy sólo yo, cariño. Kathy, aquí presente, piensa
que tus animales son una absoluta patochada.
Mi primer impulso fue negarlo, y echarme a reír. Pero
el modo en que Ruth había hablado denotaba una gran
firmeza, y los tres nos conocíamos lo bastante para saber
que en sus palabras tenía que haber algo de verdad. Así
que al final me quedé callada, mientras mi mente se
remontaba frenéticamente atrás en busca del momento en
que se basaba para decir lo que decía, hasta detenerse con
frío horror en aquella noche en mi cuarto, con las tazas de
té sobre el regazo. Y Ruth añadió:
—Mientras la gente piense que haces esas pequeñas
criaturas como una especie de broma, perfecto. Pero no
digas nunca que las haces en serio. Por favor.
Tommy había dejado sus estiramientos y me miraba
con aire inquisitivo. De pronto volvió a ser como un niño,
carente por completo de fachada; pero pude ver también
cómo detrás de sus ojos iba tomando cuerpo algo oscuro e
inquietante.
—Mira, Tommy, tienes que entenderlo —siguió
Ruth—. El que Kathy y yo nos partamos de risa con tus
cosas no tiene la menor importancia. Porque se trata sólo
de nosotros tres. Así que, por favor, no metamos a nadie
más en esto.
He pensado una y otra vez en aquellos instantes.
Tendría que haber encontrado algo que decir. Podría
haberlo negado, sencillamente, aunque lo más probable es
que Tommy no me hubiera creído. Y me habría sido
enormemente difícil explicar las cosas sinceramente, y
con todos sus matices. Pero podría haber hecho algo.
Podría haberme enfrentado con Ruth, haberle dicho que
estaba tergiversando las cosas, que aun admitiendo el
hecho de haberme reído, jamás lo había hecho en el
sentido que ella quería darle. Podría incluso haberme
acercado a Tommy y haberle dado un abrazo, allí mismo,
delante de Ruth. Es algo que se me ocurrió años más
tarde, y probablemente no hubiera sido una opción viable
en aquel tiempo, dada la persona que yo era, y dada la
forma en que los tres nos comportábamos entre nosotros.
Pero habría podido salvar la situación, una situación en la
que las palabras nunca habrían hecho sino empeorar las
cosas.
Sin embargo, no dije ni hice nada. En parte, supongo,
porque me quedé absolutamente anonadada ante el hecho
de que Ruth hubiera empleado tan malas artes. Recuerdo
que, al verme ante tamaño aprieto, me invadió un enorme
cansancio, una especie de letargia. Era como tener que
resolver un problema de matemáticas cuando tienes la
mente exhausta, y sabes que existe una solución remota
pero no puedes reunir la energía suficiente para tratar de
dar con ella. Algo en mí tiró la toalla. Una voz me decía:
«Muy bien, déjale que piense lo peor. Que lo piense. Deja
que lo piense...». Y supongo que lo miré con resignación,
con un semblante que lo que le decía era: «Sí, es verdad,
¿qué esperabas?». Y ahora recuerdo, como si la estuviera
viendo, la cara de Tommy, la ira que reculaba ya y era
reemplazada por una expresión casi de asombro, como si
yo fuera una mariposa de una especie rara que se hubiera
posado en un poste de la valla.
No es que temiera echarme a llorar o perder la
compostura o algo parecido. Pero decidí dar media vuelta
e irme. Incluso aquel día, más tarde, me di cuenta de que
había sido un gran error. Y todo lo que puedo decir es
que, en aquel momento, lo que más temía en el mundo era
que cualquiera de los dos se fuera y yo tuviera que
quedarme a solas con el otro. No sé por qué, pero no me
parecía una opción viable el que se fuera de allí
bruscamente más de uno de nosotros, y quise asegurarme
de que ese uno fuera yo. Así que me volví y desanduve el
camino a través de las tumbas, hacia la puerta baja de
madera, y por espacio de varios minutos sentí como si en
realidad hubiera sido yo quien había salido triunfante, y
que ahora que se habían quedado solos, uno en compañía
del otro, debían padecer un destino que ambos merecían
de sobra.
17
Como ya he dicho, no fue hasta mucho más tarde —
mucho tiempo después de que yo dejara las Cottages—
cuando caí en la cuenta de lo importante que había sido
nuestro encuentro en el cementerio. Yo me disgusté
mucho entonces, es cierto. Pero no creí que fuera a ser
diferente de otras peleas que habíamos tenido antes.
Jamás se me pasó por la cabeza que nuestras vidas, hasta
entonces tan estrechamente vinculadas, pudieran llegar a
separarse tan drásticamente a raíz de aquello.
Supongo que para entonces ya existían poderosas
corrientes que tendían a separarnos, y que sólo fue
necesario un incidente como el que he relatado para que la
ruptura se hiciera definitiva. Si hubiéramos entendido esto
entonces, quién sabe, a lo mejor podríamos haber
conservado unos lazos más fuertes.
Para empezar, cada día eran más y más los alumnos
que se iban para ser cuidadores, y entre nuestra gente de
Hailsham había un sentimiento creciente de que ése era el
curso natural de las cosas. Aún teníamos que acabar de
redactar nuestros trabajos, pero era de dominio público
que no era obligatorio terminarlos si decidíamos empezar
el adiestramiento. En nuestros primeros días en las
Cottages la idea de no terminarlos habría sido impensable.
Pero cuanto más lejano se nos hacía Hailsham menos
importantes nos parecían estos trabajos. En aquel tiempo
me daba la impresión —probablemente acertada— de que
si permitíamos que se perdiera nuestra percepción de que
los trabajos eran importantes, se perdería también todo lo
demás que nos unía y vertebraba como alumnos de
Hailsham. Por eso, durante un tiempo, traté de que se
mantuviera nuestro entusiasmo por las lecturas y el acopio
de notas para los trabajos. Pero sin ninguna razón que nos
permitiera suponer que algún día volveríamos a ver a
nuestros custodios (lo cierto es que, con toda aquella
cantidad de alumnos cambiando de destino, la empresa
pronto empezó a parecerme una causa perdida).
De todas formas, en los días que siguieron a nuestra
conversación en el cementerio, hice todo lo que pude para
que el incidente quedara definitivamente zanjado como
algo del pasado. Me comportaba con Ruth y Tommy
como si no hubiera sucedido nada del otro mundo, y ellos
hacían más o menos lo mismo. Pero ahora había algo que
siempre estaba ahí, y no sólo entre ellos y yo. Aunque
mantenían la apariencia de seguir siendo una pareja —
seguían haciendo lo del golpecito en el brazo cuando se
separaban—, los conocía demasiado bien para no ver que
se habían distanciado.
Por supuesto, yo me sentía mal por lo que había
sucedido entre nosotros, sobre todo por lo de los animales
imaginarios. No obstante, ya nada era tan sencillo como
para solucionarlo acercándome a él para explicarle cómo
había sido todo y decirle cuánto lo sentía. Unos años —
quizá incluso seis meses— antes, la cosa probablemente
habría funcionado de ese modo. Tommy y yo habríamos
hablado de ello, y lo habríamos solucionado. Pero aquel
segundo verano las cosas ya eran diferentes. Tal vez por
mi relación con Lenny, no sé. En cualquier caso, ya no era
fácil hablar con Tommy. Superficialmente, al menos, todo
seguía siendo como antes, pero jamás mencionábamos sus
animales o lo que había sucedido en el cementerio.
Tales habían sido los acontecimientos inmediatamente
anteriores a que Ruth y yo tuviéramos aquella
conversación en la vieja marquesina de autobuses, cuando
me puse furiosa con ella al ver que fingía no acordarse de
la parcela de ruibarbo de Hailsham. Como ya dije antes,
probablemente no me habría enfadado tanto si no lo
hubiera hecho en mitad de una conversación tan seria.
Cierto que para entonces ya habíamos tocado la mayoría
de los puntos importantes, pero aun así, por mucho que
estuviéramos ya charlando de otros temas más livianos,
no habíamos dejado aún el terreno de nuestro intento de
arreglar las cosas entre nosotras, y no había ningún lugar
para aquel tipo de fingimientos.
Lo que sucedió fue lo siguiente. Aunque algo se había
interpuesto entre Tommy y yo, con Ruth las cosas no
habían llegado hasta ese punto —o al menos eso pensaba
yo en aquel momento—, y había decidido que ya era hora
de hablar con ella de lo que había pasado en el
cementerio. Acabábamos de tener uno de esos días de
lluvia y tormenta eléctrica y, a pesar de la humedad, nos
habíamos quedado en casa. Así que, cuando al atardecer
vimos que el tiempo había mejorado —la puesta de sol
estaba siendo de un rosa hermoso—, le dije a Ruth que
por qué no salíamos a tomar un poco el aire. Había un
empinado sendero que acababa de descubrir y que llevaba
hasta el borde del valle, y justo donde el sendero iba a dar
a la carretera había una antigua marquesina de autobuses.
Éstos habían dejado de operar hacía mucho tiempo, y la
señal de parada ya no estaba, y en la pared trasera de la
marquesina podía verse el marco sin cristal de lo que un
día habían sido los horarios. Pero la marquesina —una
agradable estructura de madera con uno de los lados
abiertos a los campos que descendían por la ladera del
valle— seguía en pie, e incluso con el banco aún intacto.
Allí era, pues, donde Ruth y yo estábamos sentadas
tratando de recuperar el resuello, mirando las telarañas de
las vigas del techo y el anochecer estival. Entonces yo dije
algo como:
—¿Sabes, Ruth? Deberíamos intentar solucionar lo
nuestro, lo que pasó el otro día.
Había utilizado un tono conciliador, y Ruth respondió
al instante. Dijo que sí, que era bastante tonto que los tres
nos peleáramos por verdaderas nimiedades. Sacó a relucir
otras veces en que nos habíamos peleado, y estuvimos
riéndonos de ello durante un rato. Pero en realidad yo no
quería que Ruth se limitara a enterrar aquello de ese
modo, así que, con el tono menos desafiante que pude,
dije:
—Ruth, ¿sabes?, creo que a veces, cuando tienes
pareja, no puedes ver las cosas tan claramente como quizá
pueda verlas otra persona desde fuera. Bueno, sólo a
veces.
Ruth asintió con la cabeza.
—Probablemente es cierto.
—No quiero interferir. Pero creo que a veces,
últimamente, Tommy se ha sentido bastante dolido. Ya
sabes. Por ciertas cosas que tú has dicho o hecho.
Me preocupaba que Ruth pudiera enfadarse, pero la vi
asentir de nuevo con la cabeza, y suspirar.
—Creo que tienes razón —dijo al final—. Yo también
he estado pensando mucho en ello.
—Entonces quizá no debería haberlo dicho. Tendría
que haberme dado cuenta de que tú veías perfectamente lo
que estaba pasando. Además no es cosa mía, la verdad.
—Sí es cosa tuya, Kathy. Eres una de los nuestros, y
por tanto siempre te concierne. Tienes razón, no estuvo
bien. Sé a lo que te refieres. Lo del otro día, lo de los
animales. No estuvo bien. Luego le dije que lo sentía.
—Me alegro de que lo hablarais. No sabía si lo habíais
hecho.
Ruth estaba raspando unas pequeñas laminillas de
madera de un costado del banco con las uñas, y durante
un instante pareció absolutamente absorta en tal tarea. Y
luego dijo:
—Mira, Kathy, es bueno que estemos hablando de
Tommy. Quería decirte algo, pero no sabía muy bien
cómo hacerlo, ni cuándo. Kathy, prométeme que no vas a
enfadarte mucho conmigo.
La miré y dije:
—Con tal de que no se trate otra vez de algo respecto
a esas camisetas...
—No, en serio. Prométeme que no vas a enfadarte.
Porque tengo que decirte una cosa. No me lo perdonaría
nunca si siguiera callando mucho más tiempo.
—De acuerdo, ¿qué es?
—Kathy, llevo ya tiempo pensando en ello. No eres
ninguna estúpida, y puedes darte cuenta de que quizá
Tommy y yo no sigamos siempre siendo pareja. No es
ninguna tragedia. Nos hemos convenido mutuamente
durante un tiempo. Pero si vamos o no a seguir siendo el
uno para el otro en el futuro, eso nadie puede saberlo. Y
ahora se habla continuamente de parejas que consiguen
aplazamientos si pueden probar, ya sabes, que están bien
de verdad. En fin, mira, Kathy, lo que quiero decirte, es
esto: sería algo completamente natural que tú te pusieras a
pensar, ya sabes, qué sucedería si Tommy y yo
decidiéramos no seguir juntos. No es que estemos a punto
de romper ni nada parecido, no me malinterpretes. Pero
me parecería absolutamente normal que tú pensaras al
menos en tal posibilidad. Bien, Kathy, de lo que tienes
que darte cuenta es de que Tommy no te ve a ti de esa
forma. Le gustas de veras, en serio; piensa que eres
genial. Pero yo sé que no te ve como, ya sabes, una novia
o algo así. Además... —Hizo una pausa, y suspiró—.
Además, ya sabes cómo es Tommy. Puede ser muy
quisquilloso.
Me quedé mirándola fijamente.
—¿Qué quieres decir?
—Seguro que sabes a qué me refiero. A Tommy no le
gustan las chicas que han estado con... Bueno, ya sabes,
con éste y con el otro. Es una especie de manía que tiene.
Lo siento, Kathy, pero no habría estado bien que no te lo
hubiera dicho.
Pensé en ello, y luego dije:
—Siempre es bueno saber este tipo de cosas.
Sentí que Ruth me tocaba el brazo.
—Sabía que te lo tomarías bien. Lo que tienes que
entender, sin embargo, es que piensa que eres la mejor de
las personas. Lo digo en serio.
Yo quería cambiar de tema, pero tenía la mente en
blanco. Supongo que Ruth se aprovechó de ello, porque
extendió los brazos y emitió una especie de bostezo, y
luego dijo:
—Si algún día aprendo a conducir, os llevaré a algún
sitio salvaje. A Dartmoor, por ejemplo. Iremos los tres, y
puede que también Laura y Hannah. Me encantará ver
todas esas ciénagas.
Pasamos los minutos siguientes hablando sobre lo que
haríamos en un viaje como ése si alguna vez podíamos
realizarlo. Le pregunté dónde nos hospedaríamos, y Ruth
dijo que podíamos pedir prestada una tienda de campaña
grande. Le recordé que el viento podía ponerse
increíblemente fuerte en parajes como ésos, y que la
tienda podía volar en mitad de la noche. En realidad no
hablábamos en serio. Pero fue más o menos a esa altura
de la conversación cuando recordé aquella vez en
Hailsham en que, estando aún en secundaria, fuimos de
picnic a la orilla del estanque con la señorita Geraldine.
James B. fue a recoger el pastel que todos habíamos
hecho horas antes, pero cuando volvía con él hacia el
estanque una fuerte ráfaga de viento había levantado al
aire la capa de arriba de bizcocho, que había ido a caer
sobre las hojas de ruibarbo. Ruth dijo que apenas
recordaba vagamente el episodio, y yo, a fin de ayudar a
que aflorara a su memoria, dije:
—Y el caso es que James se metió en un buen lío,
porque eso demostró que había atravesado la parcela de
ruibarbo.
Y fue entonces cuando Ruth me miró y dijo:
—¿Por qué? ¿Qué había de malo en eso?
Fue la forma de decirlo, tan falsa que hasta cualquiera
que hubiera estado escuchando se habría dado cuenta del
fingimiento. Suspiré con irritación y dije:
—Ruth, no pretendas que me trague eso. No es
posible que lo hayas olvidado. Sabes perfectamente que
aquél era un camino prohibido.
Puede que lo dijera con cierta brusquedad. De todas
formas, Ruth no dio su brazo a torcer. Siguió fingiendo
que no se acordaba de nada, y ello me puso aún más
furiosa. Y fue entonces cuando dijo:
—¿Qué más da, además? ¿Qué tiene que ver la
parcela de ruibarbo con lo que estamos hablando? Vuelve
de una vez a lo que estabas diciendo.
Creo que, después de aquello, volvimos a hablar de
forma más o menos amistosa, y luego, al rato, estábamos
bajando a media luz por el sendero en dirección a las
Cottages. Pero la sintonía entre nosotras ya no era la
misma, y cuando nos dimos las buenas noches delante del
Granero Negro, nos separamos sin los toquecitos en
brazos y hombros que solíamos darnos siempre.
No mucho después tomé la decisión, y, una vez
tomada, nunca flaqueé. Me levanté una mañana y fui a
buscar a Keffers y le dije que quería empezar el
adiestramiento para convertirme en cuidadora. Fue
asombrosamente sencillo. El viejo estaba cruzando el
patio, con las botas de agua llenas de barro, refunfuñando
para sí mismo con un trozo de cañería en la mano. Fui
hasta él y se lo dije, y él me miró, molesto, como si le
estuviera pidiendo más leña. Luego masculló que fuera a
verle aquella tarde para cumplimentar los papeles de la
solicitud. Así de fácil.
Luego la cosa llevó algo más de tiempo, como es
lógico, pero la maquinaria se había puesto en marcha, y
de pronto me vi mirándolo todo —las Cottages, a mis
compañeros— de un modo diferente. Ahora yo era uno de
los que se iban, y al poco todo el mundo lo sabía. Quizá
Ruth pensó que tendríamos que pasarnos horas y horas
hablando de mi futuro; quizá pensó que podría influir
decisivamente en el hecho de que yo pudiera o no cambiar
mi decisión al respecto. Pero mantuve la distancia con
ella, y también con Tommy. Y ya nunca volveríamos a
hablar de verdad en las Cottages, y antes siquiera de que
pudiera darme cuenta les estaba diciendo adiós.
TERCERA PARTE
18
El trabajo de cuidadora, en líneas generales, me
satisfizo. Podría decirse incluso que me hizo dar lo mejor
de mí misma. Pero alguna gente no está hecha para ese
tipo de ocupación, y para ellos todo se convierte en una
verdadera lucha. Puede que empiecen de un modo
positivo, pero luego viene todo ese tiempo junto al dolor y
la aflicción. Y tarde o temprano un donante no logra
consumar la donación, aunque se trate tan sólo,
pongamos, de la segunda donación y en absoluto se haya
previsto que pudieran surgir complicaciones. Cuando un
donante «completa» así, de forma totalmente imprevista,
poco importa lo que te digan luego las enfermeras, o esa
carta que te reitera que están seguros de que tú has hecho
todo lo que estaba en tu mano y que esperan que sigas
realizando bien tu trabajo. Durante un tiempo, al menos,
te desmoralizas. Algunos de nosotros aprenden muy
rápidamente a afrontarlo. Pero otros —como Laura, por
ejemplo— jamás lo consiguen.
Luego está la soledad. Creces rodeado de una multitud
de personas, y eso es, por tanto, lo que has conocido
siempre, y de pronto te conviertes en cuidador. Y te pasas
horas y horas solo, conduciendo a través del país, de
centro en centro, de hospital en hospital, durmiendo cada
día en un sitio, sin nadie con quien hablar de tus
preocupaciones, sin nadie con quien reír. Sólo de cuando
en cuando te topas con algún condiscípulo del pasado —
un cuidador o un donante que reconoces de los viejos
tiempos—, pero nunca dispones de mucho tiempo.
Siempre estás con prisas, o estás demasiado exhausta para
mantener una conversación como es debido. Y pronto las
largas horas, el continuo viajar, el sueño interrumpido se
han instalado en tu ser y han llegado a formar parte de tu
persona. Y todo el mundo puede verlo, en tu manera de
estar, en tu mirada, en el modo en que te mueves y hablas.
No pretendo afirmar que soy inmune a todo esto, pero
he aprendido a vivir con ello. A algunos cuidadores, sin
embargo, la mera actitud les traiciona. Muchos de ellos —
lo sabes nada más verlos— no hacen sino cumplir el
expediente, a la espera de que un día les digan que pueden
parar y convertirse en donantes. Me irrita también la
forma en que tantos de ellos «se encogen» en cuanto
ponen un pie en un hospital. No saben qué decir a los
médicos, son incapaces de hablar en favor de sus
donantes. No es extraño que acaben frustrados y
culpándose a sí mismos cuando las cosas salen mal. Yo
trato de no ser un fastidio para nadie, pero me las he
arreglado para hacerme oír cuando lo he juzgado
necesario. Y cuando las cosas van mal, por supuesto que
me disgusto, pero al menos puedo sentir que he hecho lo
que he podido y sigo viendo la verdadera dimensión de
las cosas.
Incluso he llegado a lograr que me guste la soledad.
Eso no quiere decir que no desee tener un poco más de
compañía cuando acabe el año y termine con todo esto.
Pero me gusta la sensación de montar en mi pequeño
coche, sabiendo que durante las dos horas siguientes
estaré en la carretera con la sola compañía del asfalto, de
ese gran cielo gris y de mis ensueños de vigilia. Y si me
encuentro en una ciudad cualquiera y tengo unos minutos
para mí, los disfrutaré deambulando por sus calles y
mirando sus escaparates. Aquí, en mi cuarto amueblado,
tengo estas cuatro lámparas de mesa, cada una de un color
diferente pero las cuatro de diseño idéntico, y con el brazo
flexible, de forma que puedes orientarlas hacia donde
quieras. Así que quizá me ponga a buscar alguna tienda
con una lámpara de ésas en el escaparate, no para
comprarla, sino para compararla con las que tengo en
casa.
A veces me siento tan inmersa en mi propia compañía
que si de improviso me topo con alguien que conozco, es
como una especie de conmoción y tengo que
sobreponerme para actuar con normalidad. Y fue así la
mañana en que, cruzando el aparcamiento azotado por el
viento de una gasolinera, vi de pronto a Laura, sentada al
volante de uno de los coches aparcados, con la mirada
perdida en dirección a la autopista. Estaba aún un poco
lejos, y durante un instante fugaz, aunque no nos
habíamos visto desde las Cottages, siete años atrás, estuve
tentada de hacer como si no la hubiera visto y seguir
caminando. Una reacción extraña, lo sé, si se considera
que era una de mis amigas más íntimas. Como digo,
puede que fuera en parte porque no me gusta que se me
saque bruscamente de mis ensoñaciones. Pero también,
supongo, que al ver a Laura allí hundida en el asiento me
di cuenta al instante de que se había convertido en uno de
esos cuidadores de los que estaba hablando, y una parte de
mí no quiso tener nada que ver con ella.
Pero por supuesto, fui a hablar con ella. El viento frío
me golpeó con fuerza mientras me dirigía hacia su coche
de cinco puertas, aparcado lejos de los demás vehículos.
Laura llevaba un anorak azul demasiado holgado, y el
pelo mucho más corto que el que solía llevar en el pasado,
y pegado a la frente. Cuando di unos golpecitos a la
ventanilla, ella no dio ningún respingo, ni pareció
sorprendida al verme después de todos aquellos años. Era
casi como si hubiera estado allí en su coche esperando
precisamente a alguien del pasado, si no a mí
precisamente, sí a cualquier otro ex alumno de Hailsham.
Y ahora que me veía aparecer a mí su primer pensamiento
pareció ser: «¡Al fin!», porque vi que sus hombros se
movían como cuando uno deja escapar un suspiro, y
luego, sin más, se inclinó hacia el asiento del
acompañante para abrirme la portezuela.
Charlamos durante unos veinte minutos. Apuré el
tiempo hasta que no me quedó más remedio que
marcharme. Hablamos sobre todo de ella: de lo agotada
que estaba, de lo difícil que era uno de sus donantes, de lo
mucho que detestaba a este médico o a aquella enfermera.
Esperaba ver algún destello de la antigua Laura, con su
sonrisa traviesa y sus eternas chanzas, pero no logré
atisbar en ella nada de eso. Hablaba más deprisa de lo que
acostumbraba a hacerlo entonces, y aunque parecía
contenta de verme, varias veces me dio la impresión de
que, con tal de haber podido hablar, no le habría
importado demasiado que no hubiera sido conmigo sino
con cualquier otra persona.
Quizá las dos sentimos que había algo peligroso en
hablar de los viejos tiempos, porque durante mucho rato
evitamos abordar el tema. Al final, de todas formas,
acabamos hablando de Ruth, con quien Laura había
coincidido en una clínica hacía unos años, cuando Ruth
todavía era cuidadora. Empecé a interrogarla acerca de
cómo estaba Ruth, y la vi tan reacia a hablarme de ello
que acabé por decirle:
—Pero Laura, seguro que hablasteis de algo...
Dejó escapar un largo suspiro antes de decir:
—Ya sabes lo que suele pasar. Las dos teníamos
muchísima prisa. —Luego añadió—: De todas formas,
allá en las Cottages no nos habíamos separado
precisamente como las mejores amigas. Así que quizá no
estábamos tan encantadas de volver a vernos.
—No sabía que hubierais reñido también vosotras —
dije.
Se encogió de hombros.
—No fue nada tremendo. Ya sabes cómo era Ruth
entonces. Y, después de que tú te fueras, se volvió aún
peor. Ya sabes, siempre diciéndole a todo el mundo lo que
tenía que hacer. Así que yo procuraba mantenerme fuera
de su alcance, eso fue todo. Nunca tuvimos una gran pelea
ni nada parecido. ¿Así que no la has visto desde entonces?
—No. Es extraño, pero no la he vuelto a ver.
—Sí, es extraño. Lo normal sería que hubiéramos
coincidido unos con otros mucho más a menudo. Yo he
visto a Hannah unas cuantas veces. Y también a Michael
H. —Calló, y luego dijo—: He oído un rumor: que Ruth
tuvo una primera donación verdaderamente horrible. Es
sólo un rumor, pero lo he oído más de una vez.
—También yo lo he oído.
—Pobre Ruth.
Nos quedamos en silencio unos instantes. Y al final
Laura preguntó:
—Está bien, ¿no? Que ahora te dejen escoger a tus
donantes.
No me lo preguntó en el tono acusador que en
ocasiones emplean algunos, así que asentí con la cabeza y
dije:
—No siempre. Pero a mí me ha ido bien con unos
cuantos. Así que sí, que me dejan decirles mis
preferencias de vez en cuando.
—Pues si puedes elegir —dijo Laura—, ¿por qué no
te haces cuidadora de Ruth?
Me encogí de hombros.
—Ya lo he pensado. Pero no estoy muy segura de que
sea una buena idea.
Laura pareció desconcertada.
—Pero tú y Ruth... Fuisteis siempre tan buenas
amigas.
—Sí, supongo que sí. Pero me pasó como a ti, Laura.
Al final acabamos no siendo tan buenas amigas.
—Oh, pero eso fue hace mucho tiempo. Ruth ha
tenido una racha pésima. Y he oído que también ha tenido
problemas con sus cuidadores. Han tenido que
cambiárselos muchas veces.
—No me sorprende, la verdad —dije—. ¿Te
imaginas? ¿Ser la cuidadora de Ruth?
Laura se echó a reír, y durante unos segundos vi en
sus ojos un destello que me hizo pensar que al fin iba a
hacer uno de sus comentarios socarrones. Pero el destello
cesó, y Laura siguió allí sentada frente al volante, con aire
de gran cansancio.
Hablamos un poco más de sus problemas, en especial
de cierta enfermera jefe que la tenía tomada con ella.
Había llegado el momento de irme; abrí la puerta del
coche y le dije que teníamos que seguir hablando la
próxima vez que nos viéramos. Pero mientras lo decía las
dos éramos profundamente conscientes de algo que aún
no habíamos mencionado, y creo que las dos sentimos que
no estaba bien en absoluto que nos despidiéramos de ese
modo. De hecho, hoy tengo la certeza de que en aquel
momento nuestras mentes discurrían por idénticos
senderos, y le oí decir:
—Es muy extraño. Pensar que todo pertenece al
pasado...
Me volví en el asiento para mirarla otra vez.
—Sí. Es realmente extraño —dije—. Me parece
increíble que haya desaparecido para siempre.
—Tan extraño... —repitió Laura—. Supongo que
ahora ya me tendría que dar igual. Pero no es así.
—Sé lo que quieres decir.
Fue este último intercambio, cuando finalmente
mencionamos el cierre de Hailsham, lo que de pronto nos
acercó como en otros tiempos, y nos abrazamos de forma
absolutamente espontánea, no tanto para consolarnos
como para afirmar Hailsham, el hecho de que aún
pervivía en la memoria de ambas. Y acto seguido me apeé
y me dirigí apresuradamente hacia mi coche.
Había empezado a oír rumores del cierre de Hailsham
aproximadamente un año antes de mi encuentro con Laura
en aquel aparcamiento. Estaba hablando con un cuidador
o con un donante, por ejemplo, y en un momento dado
éste lo mencionaba de pasada, como convencido de que
yo tenía que saberlo con todo detalle. «Usted estuvo en
Hailsham, ¿no? ¿Así que es cierto?» O algo parecido.
Entonces, un día en que estaba saliendo de una clínica de
Suffolk, me topé con Roger C, que había estado en un
curso posterior al mío, y me contó lo que sin ningún
género de dudas estaba a punto de pasar con Hailsham.
Iban a cerrarlo en cualquier momento, y tenían planeado
vender la casa y los terrenos a una cadena de hoteles.
Recuerdo bien mi primera reacción al oírlo.
—Y ¿qué va a pasar con sus alumnos? —dije.
Roger, como es obvio, pensó que me refería a los
alumnos que seguían en Hailsham, los pequeños que
dependían de sus custodios, y puso cara de preocupación,
y empezó a barajar posibilidades sobre cómo tendrían que
trasladarlos a otras casas del país, pese a que algunas de
ellas estuvieran muy lejos de Hailsham. Pero eso no era lo
que yo había querido decir, por supuesto. Yo me refería a
nosotros, a todos los alumnos que habían crecido conmigo
y se hallaban ahora diseminados por el país, a cuidadores
y donantes, separados hoy pero aún vinculados de algún
modo al lugar de donde todos proveníamos.
Aquella misma noche, tratando de dormir en un hostal
de paso, no podía dejar de pensar en algo que me había
sucedido unos días antes. Había estado en una ciudad de
la costa norte de Gales. Aunque no había dejado de llover
con fuerza durante toda la mañana, después del almuerzo
había escampado y había salido un poco el sol. Volvía
paseando hacia donde había dejado el coche por una de
esas largas carreteras rectas que bordean el mar, y no
había casi gente, así que veía ante mí una línea
ininterrumpida de adoquines mojados. Al rato, como a
unos treinta metros frente a mí, se paró una furgoneta, y
bajó de ella un hombre vestido de payaso. Abrió la puerta
trasera y sacó un montón de globos de helio, como una
docena, y durante un momento estuvo sosteniéndolos en
una mano mientras con la otra revolvía la trasera de la
furgoneta en busca de algo. Cuando me acerqué pude
apreciar que los globos tenían caras —con orejas bien
moldeadas— que me miraban como una pequeña tribu y
se bamboleaban en el aire, por encima de su dueño,
esperándole.
Entonces el payaso se enderezó, cerró la puerta trasera
de la furgoneta y echó a andar en mi misma dirección,
varios pasos por delante, con una pequeña maleta en una
mano y los globos en la otra. El paseo marítimo era largo
y recto, y caminé detrás del payaso durante lo que me
pareció una eternidad. A veces me sentía incómoda ante
la situación, y llegué incluso a pensar que el hombre
acabaría por darse la vuelta para decirme algo; pero como
aquél era el camino que debía seguir, no podía hacer nada
para remediarlo. El payaso y yo seguimos, pues,
caminando por el empedrado desierto, aún mojado de la
lluvia de la mañana, y los globos chocaban unos contra
otros y me sonreían. De vez en cuando, veía la mano del
payaso, donde convergían todos los cordeles, y me daba
cuenta de que los llevaba bien entrelazados y sujetos en el
puño cerrado. Aun así, temía que uno de los cordeles
pudiera soltarse y el globo libre escapase hacia lo alto y se
perdiera en el cielo encapotado.
Acostada y en vela, pues, la noche siguiente a mi
encuentro con Roger, no podía dejar de ver aquellos
globos de días antes. Pensé en el cierre de Hailsham, y en
qué pasaría si alguien se hubiera acercado al hombre de
los globos con unas tijeras y hubiera cortado el manojo de
cordeles justo donde se entrelazaban, un poco por encima
del puño del payaso. En cuanto esto sucediera, los globos
se alzarían por separado y dejarían de pertenecer al mismo
grupo para siempre. Cuando me estaba contando lo del
cierre de Hailsham, Roger había hecho un comentario:
imaginaba que para nosotros tal cierre no habría de
suponer gran cosa. Y, en cierto modo, tal vez no le faltaba
razón. Pero resultaba turbador el pensamiento de que las
cosas allí no continuaban como de costumbre; de que
custodios como la señorita Geraldine, por ejemplo, no
estuvieran dando instrucciones a los grupos de alumnos
de secundaria en el Campo de Deportes Norte.
En los meses que siguieron a mi conversación con
Roger, no podía dejar de pensar en ello, en el cierre de
Hailsham y en todas sus consecuencias. Y supongo que
empecé a tomar conciencia de que todas aquellas cosas
que siempre había querido hacer y que jamás dudé que
llegaría a hacer tarde o temprano, debía hacerlas pronto o
me quedaría definitivamente sin hacerlas. No es que me
entrara el pánico o algo semejante. Pero sin duda era
como si la desaparición de Hailsham lo hubiera sacudido
todo a mi alrededor. Por eso, lo que Laura me había dicho
aquel día —sobre convertirme en la cuidadora de Ruth—
me había causado un gran impacto, por mucho que me
hubiera mostrado tan evasiva con ella en aquel momento.
Era casi como si una parte de mí ya hubiera tomado esa
decisión, y las palabras de Laura no hubieran hecho sino
destapar un velo que la hubiera estado cubriendo.
Me presenté por primera vez en el centro de
recuperación de Ruth en Dover —una institución
moderna, con paredes de azulejos blancos— unas
semanas después de mi conversación con Laura. Habían
transcurrido unos dos meses desde la primera donación de
Ruth, que, como Laura había dicho, no había tenido
ningún éxito. Cuando entré en su habitación, la vi sentada
en el borde de la cama, en camisón, y me dirigió una gran
sonrisa. Se levantó para darme un abrazo, pero se sentó
casi de inmediato. Me dijo que me veía mejor que nunca,
y que el pelo me quedaba de maravilla. Yo también le dije
cosas bonitas a ella, y durante la media hora siguiente
creo que estuvimos verdaderamente encantadas de volver
a vernos. Charlamos de todo tipo de cosas —de Hailsham,
de las Cottages, de lo que habíamos hecho desde
entonces—, y era como si pudiéramos seguir charlando y
charlando eternamente. Dicho de otro modo, fue un
comienzo muy esperanzador (mucho más, en cualquier
caso, de lo yo que me había atrevido a imaginar). Aun así,
aquella primera vez no dijimos nada del modo en que nos
habíamos separado. Quizá si hubiéramos hablado de ello
desde el comienzo las cosas habrían sido diferentes, quién
sabe. El caso es que orillamos el asunto, y cuando
llevábamos hablando un buen rato parecíamos de acuerdo
en fingir que nada había sucedido entre nosotras.
No habría sido un gran error si aquella entrevista
hubiera sido la única. Pero en cuanto me convertí
oficialmente en su cuidadora y empecé a verla con
regularidad, la sensación de que algo no iba bien se hizo
cada día más intensa. Di en el hábito de ir a verla tres o
cuatro veces a la semana, al caer la tarde, con agua
mineral y un paquete de sus galletas preferidas, y todo
tendría que haber sido maravilloso, pero al principio fue
cualquier cosa salvo eso. Empezábamos a hablar de algo
—de algo completamente inocuo—, y sin ninguna razón
aparente acabábamos callándonos. O, si lográbamos
seguir con una conversación el tiempo suficiente, cuanto
más duraba más cautelosa y forzada se volvía.
Y una tarde en que iba yo por el pasillo de su planta a
visitarla oí a alguien en las duchas que había frente a su
cuarto. Imaginé que era Ruth, y entré en su cuarto para
esperarla, y me quedé contemplando la vista que se
disfrutaba desde la ventana, que dominaba todos los
tejados cercanos. Al cabo de unos cinco minutos entró
Ruth envuelta en una toalla. Si he de ser justa —no me
esperaba hasta una hora más tarde—, diré que
inmediatamente después de una ducha, sin más ropa que
una toalla, todos nos sentimos un poco vulnerables. La
expresión de alarma que se dibujó en su cara, sin
embargo, me dejó absolutamente desconcertada. Creo que
debo explicar un poco esto. Por supuesto, ya había
imaginado que se sorprendería al verme. Pero el caso es
que, después de haberme visto, y de decirse a sí misma
que era yo, hubo un nítido segundo, quizá dos, en que
siguió mirándome si no con miedo sí con auténtica
cautela. Era como si hubiera estado esperando y
esperando mi llegada para que le hiciera algo, y pensara
que el momento había llegado.
La expresión se borró de su semblante un instante
después, y seguimos comportándonos como de
costumbre, pero aquel incidente supuso para nosotras una
verdadera sacudida. A mí me hizo darme cuenta de que
Ruth no confiaba en mí, y entraba dentro de lo probable
incluso que ni ella misma hubiera sido cabalmente
consciente de ello hasta ese instante. En cualquier caso, a
partir de aquel día las cosas empeoraron entre nosotras.
Era como si hubiéramos rociado el aire con algo que, en
lugar de despejarlo, nos hubiera hecho más conscientes
que nunca de todo lo que nos separaba. La cosa llegó al
punto de que, antes de subir a verla, me quedaba unos
minutos en el coche haciendo acopio de fuerzas para
afrontar la dura prueba que me esperaba. Después de una
revisión, cuando terminamos todos sus chequeos en un
silencio sepulcral, nos sentamos y soportamos otro largo
tramo de silencio, y yo ya estaba a punto de decidirme a
informar de que no había resultado, y que debía dejar de
ser su cuidadora. Pero todo volvió a cambiar de nuevo, y
la causa de ello fue el barco.
Sólo Dios sabe cómo funcionan estas cosas. A veces
es una broma en particular, a veces un rumor. Viaja de
centro en centro, y se propaga por todo el país en cuestión
de días, y de pronto todo donante habla de ello. Bien, en
esta ocasión se refería a un barco. La primera vez que oí
hablar de ello fue a un par de donantes míos en el norte de
Gales. Luego, unos días después, también Ruth me habló
de ello. Me sentía aliviada de que hubiéramos dado con
algo de que hablar, y le animé a que continuara.
—El cuidador del chico de la planta siguiente —
dijo— acaba de venir de verlo. Dice que no está lejos de
la carretera, así que cualquiera puede llegar hasta él sin
demasiados problemas. Es un barco plantado ahí mismo,
varado en medio de las marismas.
—¿Cómo ha llegado ahí? —pregunté.
—¿Cómo voy a saberlo? Quizá querían deshacerse de
él, sea quien sea su propietario. O puede que en algún
momento, cuando todo estaba inundado, se deslizara hasta
aquí y luego quedara encallado. Quién sabe. Parece que es
un viejo barco de pesca. Con una pequeña cabina en la
que podrían caber, apretados, un par de pescadores en días
de tormenta.
Las veces siguientes que fui a verla, siempre se las
arreglaba para volver a tocar el tema del barco. Y una
tarde, cuando empezó a contarme cómo a uno de los
donantes internados en el centro lo había llevado su
cuidador a ver el barco, le dije:
—Mira, no está lo que se dice cerca, ¿sabes? Se tarda
como una hora en coche, puede que una hora y media.
—No estaba sugiriendo nada. Sé que tienes otros
donantes de los que ocuparte.
—Pero a ti te gustaría verlo. Te encantaría ver ese
barco, ¿verdad, Ruth?
—Supongo que sí. Supongo que me gustaría. Te pasas
día tras día aquí metida. Sí, sería estupendo ver algo así.
—¿Y no piensas —dije con voz suave, sin un ápice de
sarcasmo— que, ya que tendríamos que hacer todo ese
viaje, deberíamos pensar en la posibilidad de visitar a
Tommy? ¿No está su centro en la misma carretera donde
se supone que está el barco?
La cara de Ruth no dejó traslucir nada al principio.
—Supongo que sí, que podríamos pensarlo —dijo.
Luego se echó a reír, y añadió—: De verdad, Kathy, no es
ésa la única razón por la que no hago más que hablar del
barco. Quiero ver el barco, por el barco mismo.
Últimamente me he pasado el tiempo entrando y saliendo
de hospitales, y ahora estoy aquí encerrada. Las cosas
como ésta importan mucho más que en otro tiempo. Pero
de acuerdo, lo sabía. Sabía que Tommy estaba en ese
centro de Kingsfield.
—¿Estás segura de que quieres verle?
—Sí —dijo Ruth, sin la menor vacilación, mirándome
de frente—. Sí, quiero verle. —Luego, en voz baja, dijo—
: No he visto a ese chico desde hace muchísimo tiempo.
Desde que estuvimos en las Cottages.
Al fin, pues, hablamos de Tommy. No entramos a
fondo en el asunto y no me enteré de mucho más de lo
que ya sabía. Pero creo que las dos nos sentimos mejor al
haber hablado finalmente de Tommy. Ruth me contó que,
cuando dejó las Cottages el otoño siguiente a mi partida,
Tommy y ella hacían la vida más o menos por su cuenta.
—Como de todas formas íbamos a tener el
adiestramiento en sitios diferentes —dijo—, no merecía la
pena que hubiera una ruptura en toda regla. Así que
seguimos juntos hasta que me marché.
Y, al llegar a este punto, ya no dijimos mucho más
sobre el asunto.
En cuanto al viaje para ver el barco, la primera vez
que hablamos de ello ni accedí ni me negué a llevarla.
Pero en las dos semanas siguientes Ruth siguió insistiendo
e insistiendo, y al final envié un mensaje al cuidador de
Tommy a través de un contacto, diciendo que a menos
que Tommy nos comunicara lo contrario, nos
presentaríamos en Kingsfield un día determinado de la
semana siguiente, por la tarde.
19
En aquellos días yo apenas conocía Kingsfield, así que
Ruth y yo tuvimos que consultar el mapa varias veces, lo
cual nos hizo llegar varios minutos tarde. No está bien
equipado, en lo que a centros de recuperación se refiere, y
si no fuera por las resonancias que hoy día despierta en mí
no sería un sitio que estuviera deseando volver a visitar.
Es un centro situado en un lugar apartado y de difícil
acceso, y, pese a ello, cuando llegas a él no sientes una
paz ni una quietud especiales. Sigues oyendo el tráfico de
las grandes carreteras de más allá de las vallas, y tienes la
sensación de que nunca han conseguido acondicionar el
lugar como es debido. A muchas de las habitaciones de
los donantes no se puede acceder con silla de ruedas, o
hace mucho calor o hay demasiadas corrientes en ellas.
No hay suficientes cuartos de baño, y los que hay no se
pueden mantener limpios fácilmente, y en invierno son
heladores y normalmente están demasiado lejos de los
cuartos de los donantes. Kingsfield, en suma, deja mucho
que desear y no puede ni compararse con el centro de
Ruth en Dover, con sus relucientes azulejos y sus dobles
ventanas que se cierran herméticamente con sólo girar la
manilla.
Más tarde, cuando Kingsfield era ya el lugar familiar e
inestimable en que llegaría a convertirse, en uno de los
edificios de la administración vi un día una fotografía en
blanco y negro enmarcada de Kingsfield antes de su
remodelación, cuando aún era un campamento para
familias en vacaciones. La fotografía probablemente se
había tomado a finales de la década de los años cincuenta
o principios de la de los sesenta, y muestra una gran
piscina rectangular con un montón de gente feliz —
padres, niños— chapoteando y pasándolo en grande.
Alrededor de la piscina todo es cemento, pero la gente ha
instalado hamacas y tumbonas, y grandes sombrillas para
protegerse del sol. Cuando vi esto por primera vez, me
resultó difícil darme cuenta de que se trataba de lo que los
donantes hoy llaman «la Plaza», el sitio donde te paras
cuando llegas en coche al centro. Por supuesto, el hueco
de la piscina ya no existe, pero aún se distingue la línea
del perímetro, y a un extremo de ese cuadrilátero han
dejado en pie —como ejemplo de esa aura de cosa
inacabada del lugar— la estructura de metal del trampolín
más alto. Sólo cuando vi la fotografía entendí lo que era
aquella estructura y por qué estaba allí, y hoy, cada vez
que la veo, no puedo evitar imaginarme a un bañista
lanzándose desde lo alto del trampolín y estrellándose
contra el cemento.
Tal vez no habría reconocido fácilmente la Plaza en la
fotografía de no haber sido por los edificios blancos de
dos plantas y aspecto de bunker situados en los tres lados
visibles de la zona de la piscina. Las familias debían de
alojarse en ellos en las vacaciones, y aunque supongo que
el interior habrá cambiado mucho, el exterior sigue siendo
bastante parecido. Pienso que, en cierto modo, la Plaza
actual no es tan diferente de lo que entonces fue la
piscina. Es el núcleo social del centro, el lugar adonde los
donantes salen a tomar un poco el aire y a charlar un rato.
Alrededor de la Plaza hay unos cuantos bancos de madera
tipo picnic, pero los donantes —sobre todo cuando el sol
es muy fuerte, o llueve— prefieren reunirse bajo el tejado
plano y saliente de la sala de recreo situada al fondo,
detrás del viejo armazón del trampolín.
La tarde en que Ruth y yo fuimos a Kingsfield, el
cielo estaba nublado y hacia frío, y cuando llegamos la
Plaza estaba desierta (sólo se divisaban unas seis o siete
figuras desvaídas bajo el tejado saliente). Cuando detuve
el coche, junto a la vieja piscina —cuya existencia
desconocía entonces, obviamente—, una de las figuras se
separó del grupo y vino hacia nosotras. Era Tommy.
Llevaba una chaqueta de chándal verde y descolorida, y
parecía haber engordado unos cinco kilos desde la última
vez que lo había visto.
A mi lado, Ruth, durante un instante, pareció presa del
pánico.
—¿Qué hacemos? —dijo—. ¿Nos bajamos? No, no.
No te muevas, no te muevas.
No sé qué estaría yo a punto de hacer, pero cuando
Ruth me dijo esto —quién sabe por qué, y sin pensarlo
realmente—, me bajé del coche. Ruth se quedó en su
asiento, y ésa fue la razón por la que, al llegar Tommy al
coche, su mirada se posó en mí en primer lugar, y fui la
primera a quien dio un abrazo. Pude percibir en él el olor
de alguna sustancia médica que no supe identificar.
Luego, aunque aún no nos habíamos dicho nada, ambos
sentimos que Ruth nos estaba mirando desde el interior
del coche, y nos separamos.
El cielo se reflejaba con fuerza en el parabrisas, y no
podía ver bien a Ruth. Pero me dio la impresión de que
tenía una expresión seria, casi impávida, como si Tommy
y yo fuéramos personajes de una obra de teatro que
estuviera viendo. Había algo extraño en su expresión, y
me sentí incómoda. Tommy, entonces, me dejó a un lado
y se dirigió hacia el coche. Abrió una de las puertas
traseras y se sentó en un asiento; y ahora era yo quien les
miraba: se dijeron unas palabras, se dieron unos besos
corteses en la mejilla.
Al otro extremo de la Plaza, los donantes que seguían
bajo el tejado miraban también, y, aunque no sentía la
menor animosidad contra ellos, de pronto deseé
marcharme de allí cuanto antes. Pero no me monté en el
coche de inmediato, porque quería que Tommy y Ruth
tuvieran un poco más de tiempo a solas.
Avanzamos a través de senderos estrechos y
serpeantes. Y llegamos a una campiña abierta y monótona
y enfilamos una carretera casi vacía. Lo que recuerdo de
aquella parte de nuestra excursión para ver el barco es
que, por primera vez en una larga temporada, el sol se
puso a brillar débilmente a través de la grisura de las
nubes, y que cada vez que miraba a Ruth, que iba a mi
lado, la veía con una sonrisa apacible. En cuanto a los
temas de los que hablamos, lo que recuerdo es que nos
comportábamos en gran medida como si nos hubiéramos
estado viendo con regularidad y no tuviéramos la menor
necesidad de hablar de nada que no fuera lo que nos
esperaba en los minutos inmediatamente siguientes. Le
pregunté a Tommy si ya había visto el barco, y él me
respondió que no, que aún no había ido a verlo, pero que
muchos otros donantes del centro sí lo habían visto
(también a él se le habían presentado varias oportunidades
de hacerlo, pero no las había aprovechado).
—No es que no quisiera ir a verlo —dijo, inclinándose
hacia delante desde el asiento trasero—. Pero no me
apetecía mucho, la verdad. Estuve a punto de ir una vez,
con un par de compañeros y sus cuidadores, pero tuve
unas hemorragias y no pude.
Luego, un poco más adelante —seguíamos surcando
la campiña desierta—, Ruth se volvió todo lo que pudo en
el asiento, hasta encarar directamente a Tommy, y se
quedó así, mirándole. Seguía con su tenue sonrisa en el
semblante, pero no dijo nada, y yo, por el retrovisor, veía
a Tommy con aire claramente incómodo. Miraba por la
ventanilla de su lado, y luego miraba a Ruth, y luego otra
vez por la ventanilla. Al cabo de un rato, sin dejar de
mirar fijamente a Tommy, Ruth empezó a contar una
complicada anécdota sobre no sé qué donante de su
centro, alguien de quien Tommy y yo no habíamos oído
hablar nunca, y durante su relato no dejó de mirar a su
antiguo novio ni un instante, sin que la sonrisa amable se
le borrara en ningún momento del semblante. Bien porque
la anécdota en cuestión me empezaba a aburrir
sobremanera, bien porque lo que quería era ayudar al
pobre Tommy, al cabo de un par de minutos la interrumpí
diciendo:
—Sí, vale, vale... No necesitamos saber hasta los
mínimos detalles de esa mujer...
Lo dije sin malicia, sin segundas intenciones. Pero
antes de que hubiera acabado de decirlo, antes incluso de
que Ruth llegara a callarse por completo, Tommy dejó
escapar una risa repentina, una especie de explosión, un
ruido que jamás le había oído antes. Y dijo:
—Eso es exactamente lo que estaba a punto de decir.
Hace rato que he dejado de seguir lo de la mujer esa.
Mis ojos estaban fijos en la carretera, de forma que no
estoy segura de a quién de nosotras dos se dirigía. En
cualquier caso, Ruth dejó de hablar y fue volviéndose
despacio hasta quedar en su postura normal en el asiento,
de nuevo con la cara frente al asfalto. No parecía
particularmente molesta, pero su sonrisa se había
esfumado y sus ojos miraban fijamente hacia la lejanía,
hacia algún punto del cielo que teníamos enfrente. Pero
tengo que ser sincera: en aquel momento yo no estaba
pensando en Ruth. Mi corazón había dado un pequeño
brinco, porque fue como si —con aquella especie de risa
de connivencia—, de un plumazo, Tommy y yo
hubiéramos vuelto a estar muy unidos después de tantos
años.
Encontré el desvío que teníamos que tomar unos
veinte minutos después de nuestra salida de Kingsfield.
Avanzamos por una carretera curva bordeada de tupidos
setos, y aparcamos junto a un grupo de sicómoros. Eché a
andar hacia el comienzo del bosque seguida de Ruth y
Tommy pero, enfrentada a tres senderos bien visibles que
se internaban entre los árboles, hube de pararme para
consultar el croquis que había traído para no perdernos.
Mientras estaba allí quieta, tratando de descifrar la letra
de la persona que había trazado aquel plano esquemático,
advertí de pronto que Ruth y Tommy estaban a mi
espalda, sin hablar, esperando, casi como niños a quienes
se les ha de decir qué hacer a continuación.
Entramos en el bosque, y aunque la senda no era en
absoluto accidentada reparé en que Ruth iba perdiendo
poco a poco el resuello. Tommy, por el contrario, parecía
caminar sin dificultad, aunque en su modo de andar creí
percibir una levísima cojera. Llegamos a una valla de
alambre de espino, ladeada y herrumbrosa, y con el
alambre caído y deformado en multitud de puntos.
Cuando Ruth lo vio, se detuvo bruscamente.
—Oh, no —dijo, con ansiedad; se volvió hacia mí y
añadió—: No dijiste nada de esto. ¡No dijiste que
tuviéramos que pasar por encima de una alambrada de
espino!
—No es tan difícil —dije—. Podemos pasar por
debajo, si quieres. No tenemos más que levantarla: uno la
sostiene mientras los otros dos pasan por debajo.
Pero Ruth parecía realmente descompuesta, y no se
movió. Y fue entonces, al verla allí de pie, al ver cómo
sus hombros subían y bajaban con la respiración, cuando
Tommy pareció al fin caer en la cuenta de lo débil que
estaba Ruth. Tal vez lo había notado antes y no había
querido asumirlo. Pero ahora se quedó mirándola
fijamente durante largo rato. Y creo que lo que sucedió
después —es obvio que no puedo tener la certeza— fue
que Tommy y yo recordamos a un tiempo lo que acababa
de pasar en el coche, cuando él y yo, en cierto modo, nos
habíamos aliado en contra de ella. Y lo que hicimos, casi
instintivamente, fue ir de inmediato hasta Ruth para
ayudarla; yo la cogí por un brazo, y Tommy, en el otro
costado, la sostuvo por el codo, y la fuimos llevando con
suavidad hacia la valla.
Sólo la solté cuando tuve que pasar al otro lado.
Luego levanté el alambre de espino todo lo que pude, y
entre Tommy y yo ayudamos a Ruth a pasar por debajo de
la alambrada. Al final no le costó demasiado hacerlo; era
más bien una cuestión de seguridad en uno mismo, y con
nuestra ayuda pareció perderle el miedo a aquel obstáculo.
Ya en mi lado, incluso hizo ademán de ayudarme a
mantener la valla levantada para que pasara Tommy. A él
no le costó en absoluto hacerlo.
—Sólo hay que agacharse lo suficiente. A veces me
falta destreza para ciertas cosas —le dijo Ruth.
Tommy parecía avergonzado, y me pregunté si se
sentiría un poco violento por lo que acababa de pasar, o si
acaso seguiría acordándose de nuestra pequeña
confabulación contra Ruth en el coche. Hizo un gesto con
la cabeza en dirección a los árboles que había un poco
más adelante y dijo:
—Supongo que será por allí. ¿No es eso, Kath?
Miré en el croquis y eché a andar, y Ruth y Tommy
me siguieron. Nos adentramos entre los árboles; todo se
oscureció de pronto, y a medida que avanzábamos el
terreno se volvía cada vez más pantanoso.
—Espero que no nos perdamos —oí que Ruth le decía
a Tommy riendo, pero alcancé a ver un claro no lejos de
donde estábamos.
Entonces, con tiempo para reflexionar, caí en la
cuenta de por qué estaba tan preocupada por lo que había
pasado en el coche. No se trataba simplemente de que
Tommy y yo nos hubiéramos aliado contra Ruth, sino que
había que tener también en cuenta cómo se lo había
tomado ella. En los viejos tiempos habría sido impensable
que nuestra amiga hubiera permitido que algo así pasara
sin ningún contraataque por su parte. En este punto de mis
cavilaciones, me detuve en el sendero y esperé a que Ruth
y Tommy me alcanzaran, y cuando Ruth estuvo a mi lado
le pasé un brazo por los hombros.
Mi gesto no pareció demasiado sensiblero; pareció
más bien algo propio de un cuidador, porque entonces yo
ya había advertido cierta inestabilidad en su modo de
andar, y me preguntaba si no me habría hecho una falsa
idea sobre lo débil que estaba. Le costaba respirar, y a
medida que caminábamos juntas iba dando bandazos y
cargándome todo su peso en el costado. Pero ya habíamos
cruzado la zona de árboles y estábamos en el claro.
Entonces vimos el barco.
En realidad no habíamos llegado a ningún claro: era
más bien que el bosque breve que acabábamos de
atravesar se había acabado, y ahora nos encontrábamos en
una marisma abierta que se extendía hasta donde la vista
se perdía. El cielo blanquecino parecía inmenso, y se veía
reflejado de cuando en cuando en los retazos de agua que
salpicaban el terreno. No mucho tiempo atrás, sin duda los
bosques habían ocupado una extensión más vasta, porque
aquí y allá podían verse fantasmales troncos muertos que
se alzaban en el fango, la mayoría de ellos meros tocones
de un metro o poco más. Y, más allá de los troncos
muertos, quizá a unos cincuenta o sesenta metros, estaba
el barco, encallado en la marisma, bajo un sol tenue.
—Oh, es idéntico a como me contó mi amigo —dijo
Ruth—. Es bello de verdad.
Nos envolvía el silencio, y cuando echamos a andar
hacia el barco empezamos a oír el chapoteo bajo nuestras
suelas. Y al poco me di cuenta de que mis pies se hundían
bajo las matas de hierba.
—Muy bien, ya no vamos a ir más allá —dije en voz
alta.
Ruth y Tommy, que estaban a mi espalda, no pusieron
objeción alguna, y cuando miré por encima del hombro vi
que Tommy volvía a tener a Ruth cogida del brazo. Pero
era obvio que lo hacía para que pudiera apoyarse en él. Di
unas cuantas zancadas hacia el tronco más cercano, donde
el terreno era más firme, y me agarré a él para mantener el
equilibrio. Siguiendo mi ejemplo, Tommy y Ruth fueron
hasta otro tronco muerto, hueco y más consumido que el
mío, situado detrás de mí, a unos pasos a mi izquierda. Y
desde allí contemplamos el barco encallado. Vi que la
pintura del casco se estaba desconchando, y que la
pequeña cabina de madera se estaba viniendo abajo. La
pintura había sido un día azul celeste, pero ahora, por
efecto del sol, parecía casi blanca.
—¿Cómo habrá llegado hasta aquí? —dije.
Había alzado la voz para que Ruth y Tommy me
oyeran, e imaginaba que al poco me llegaría el eco. Pero
mi voz sonó sorprendentemente cercana, como si
estuviéramos en un recinto alfombrado.
Entonces oí que Tommy decía a mi espalda:
—Puede que ahora Hailsham tenga un aspecto
parecido, ¿no os parece?
—¿Por qué iba a ser como esto? —dijo Ruth, en tono
de verdadera turbación—. No tiene por qué convertirse en
una ciénaga sólo porque lo hayan cerrado.
—Supongo que no —dijo Tommy—. No tiene por
qué. Pero ahora siempre me imagino así Hailsham. No
tiene lógica, lo sé. El caso es que esto es bastante parecido
a la imagen de Hailsham que tengo en la cabeza. Sólo que
allí no hay barco, claro. Y, bien pensado, tampoco estaría
tan mal si ahora estuviera como esto.
—Qué extraño —dijo Ruth—, porque la otra mañana
tuve un sueño. Soñé que estaba en el Aula Catorce. Sabía
que habían cerrado Hailsham, pero allí estaba yo, en el
Aula Catorce, y miraba por la ventana y todo lo que
alcanzaba mi vista estaba inundado. Era como un lago
gigante. Y veía desperdicios flotando bajo la ventana,
envases vacíos, todo tipo de cosas. Pero no tenía ninguna
sensación de pánico ni nada parecido. Todo era bonito y
estaba tranquilo, como esto. Sabía que no estaba en
peligro, que Hailsham estaba así sólo porque lo habían
cerrado.
—¿Sabéis? —dijo Tommy—. Meg B. estuvo un
tiempo en nuestro centro. Ahora ya no está, se fue al
norte, a no sé qué sitio. Para su tercera donación. No me
he enterado de cómo le ha ido. ¿Alguna de vosotras lo
sabe?
Negué con la cabeza, y cuando vi que Ruth no decía
nada me volví para mirarla. Al principio me pareció que
seguía mirando el barco, pero luego vi que tenía la mirada
fija en la estela vaporosa de un avión que, a lo lejos,
surcaba el cielo lentamente hacia lo alto. Y le oí decir:
—Os diré algo que he oído. De Chrissie. He oído que
Chrissie ha «completado». En la segunda donación.
—Yo he oído lo mismo —dijo Tommy—. Debe de ser
verdad. He oído exactamente lo mismo. Una lástima.
También para ella era sólo la segunda. Me alegro de que
no me haya pasado a mí.
—Creo que sucede muchas más veces de lo que nos
dicen —dijo Ruth—. Mi cuidadora en el centro
probablemente sabe que esto es cierto. Pero no lo dirá
nunca.
—No existe esa gran conspiración sobre el asunto —
dije, volviéndome hacia el barco—. A veces sucede. Ha
sido muy triste lo de Chrissie. Pero eso no es lo normal.
Hoy día son muy cuidadosos.
—Apuesto a que pasa muchas más veces de las que
nos dicen —insistió Ruth—. Es una de las razones por las
que no paran de trasladarnos de un sitio a otro entre
donaciones.
—Un día me encontré con Rodney —dije—. No
mucho después de que Chrissie «completara». Lo vi en
esa clínica del norte de Gales. Le estaba yendo muy bien.
—Pero apuesto a que se sentía fatal por lo de Chrissie
—dijo Ruth. Luego, volviéndose hacia Tommy, dijo—:
No nos cuentan ni la mitad de la mitad, ¿sabes?
—La verdad —dije— es que no se lo había tomado
demasiado mal. Estaba triste, como es lógico. Pero estaba
bien. Llevaban un par de años sin verse, de todas formas.
Me dijo que pensaba que a Chrissie eso no le habría
quitado demasiado el sueño. Y supongo que él la conocía
de sobra para saberlo.
—¿Por qué iba a saberlo? —dijo Ruth—. ¿Cómo iba a
saber él lo que sentía Chrissie? ¿Lo que Chrissie habría
querido? No era él quien estaba en esa mesa de
operaciones, tratando de aferrarse a la vida. ¿Cómo
diablos iba a saberlo?
Aquel estallido de ira casaba mucho mejor con la Ruth
de los viejos tiempos, y me hizo volverme de nuevo hacia
ella. Puede que fuera sólo el fulgor airado de sus ojos,
pero creí ver que su expresión para conmigo era adusta,
dura.
—No puede ser bueno —dijo Tommy—. «Completar»
a la segunda donación. No puede ser nada bueno.
—No creo que Rodney se sintiera bien —dijo Ruth—.
No hablaste con él más que unos minutos. ¿Cómo puedes
estar segura de nada si apenas cruzaste con él unas
palabras?
—Ya —dijo Tommy—, pero si, como dice Kath,
habían roto hacía...
—Eso no cambia las cosas —le cortó Ruth—. En
cierto modo, podría haberlo hecho peor todavía.
—He visto mucha gente en la situación de Rodney —
dije yo—. Acaban aceptándolo.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Ruth—. ¿Cómo diablos
puedes saberlo? Sigues siendo cuidadora.
—Veo muchas cosas como cuidadora. Montones de
cosas.
—No puede saberlo, ¿verdad, Tommy? No puede
saber lo que es esto.
Durante un momento las dos miramos a Tommy, pero
él siguió con la mirada fija en el barco. Y luego dijo:
—Había un tipo en mi centro. Siempre preocupado
porque no lograría pasar de la segunda. Solía decir que lo
sentía en los huesos. Pero todo salió bien. Acaba de
superar la tercera, y está estupendamente. —Se llevó una
mano a los ojos para protegérselos—. No fui un buen
cuidador. Ni siquiera aprendí a conducir. Creo que por eso
me llegó tan pronto el aviso para mi primera donación. Sé
que no es como debería funcionar la cosa, pero así es
como fue en mi caso. Y la verdad es que no me importa.
Soy un donante bastante bueno, pero como cuidador era
pésimo.
Nadie dijo nada durante un rato. Luego Ruth dijo, con
voz más calma:
—Creo que fui una cuidadora bastante buena. Pero
cinco años fueron suficientes para mí. Era un poco como
tú, Tommy. Me vi más en mi piel cuando me convertí en
donante. Me sentía bien. Al fin y al cabo, ¿no era eso lo
que se suponía que teníamos que hacer?
No estaba segura de si esperaba o no que le
respondiera. No lo había dicho en ningún tono de
protagonismo, y era perfectamente posible que se tratara
de una afirmación surgida del puro hábito, era de ese tipo
de cosas que los donantes suelen decirse continuamente
unos a otros. Cuando me volví de nuevo hacia ellos,
Tommy seguía cubriéndose los ojos con la mano.
—Qué pena que no podamos acercarnos más al barco
—dijo—. Quizá otro día, cuando esto esté más seco,
podamos venir de nuevo a verlo.
—Estoy contenta de haberlo visto —dijo Ruth, con
voz suave—. Es hermoso. Pero creo que ahora quiero que
nos vayamos. Hace un viento muy frío.
—Al menos ya lo hemos visto —dijo Tommy.
Charlamos con mucha más libertad mientras
volvíamos hacia el coche que en el trayecto de ida desde
Kingsfield. Ruth y Tommy cambiaban impresiones sobre
sus respectivos centros —la comida, las toallas, ese tipo
de cosas—, y yo participé en todo momento en la
conversación, pues no dejaban de hacerme preguntas
sobre otros centros (si esto o lo otro era normal, etcétera).
Ruth caminaba ahora con paso mucho más firme, y
cuando llegamos a la valla y levanté la alambrada, ella
apenas vaciló para pasar al otro lado.
Montamos en el coche; Tommy iba de nuevo en la
trasera, y durante un rato todo pareció ir perfectamente
bien entre nosotros. Tal vez —mirando hoy hacia atrás—
se percibía en el aire como un barrunto de que alguien
estaba callando algo, pero también es posible que hoy lo
piense sólo por lo que sucedió después.
El modo en que empezó fue como una repetición de lo
que nos había pasado antes. Salimos a la larga carretera
desierta, y Ruth hizo un comentario sobre un cartel
publicitario que acabábamos de pasar. Ni siquiera
recuerdo el cartel; era una de esas enormes imágenes
colocadas al borde de la carretera. Hizo el comentario casi
para sí misma, y sin querer darle más importancia. Dijo
algo como: «Oh, Dios mío, mirad eso. Parece como si
trataran de descubrirnos algo nuevo».
Pero Tommy dijo desde el asiento trasero:
—Pues a mí me gusta. También ha salido en los
periódicos. Creo que tiene algo.
Quizá yo había estado deseando tener de nuevo esa
sensación: la de que Tommy y yo volviéramos a sentirnos
muy unidos. Porque aunque el paseo hasta el barco no
había estado mal, empezaba a sentir que, aparte de nuestro
primer abrazo, y del momento en el coche de horas antes,
Tommy y yo no teníamos demasiado que ver el uno con el
otro. Sea como fuere, me oí decir:
—La verdad es que a mí también me gusta. Exige
bastante más esfuerzo de lo que uno cree, hacer esos
carteles.
—Cierto —dijo Tommy—. Alguien me dijo que lleva
semanas y semanas organizarlo todo. Incluso meses. A
veces trabajan toda la noche, día tras día, hasta que les
sale bien.
—Es muy fácil —dije— criticar cuando pasas por
delante de ellos en las carreteras.
—Es lo más fácil del mundo —dijo Tommy.
Ruth no dijo nada, y siguió mirando la carretera
desierta que se extendía ante nosotros.
—Ya que estamos en el tema de los carteles —dije
después de unos instantes—, os diré que hay uno que he
visto cuando veníamos. Tiene que estar ya muy cerca.
Esta vez estará en nuestro lado. Tiene que aparecer en
cualquier momento.
—¿De qué es? —preguntó Tommy.
—Ya lo verás. Aparecerá enseguida.
Miré a Ruth. No había ira en sus ojos, sólo una
especie de recelo. También una suerte de esperanza,
pensé, en que cuando el cartel apareciera fuera
absolutamente inocuo (algo que nos recordara a
Hailsham, algo de ese tipo). Podía ver todo esto en su
semblante, en el modo en que no llegaba a reflejar
ninguna expresión determinada, sino que fluctuaba de una
a otra. Y todo ello sin dejar de mirar hacia el asfalto que
tenía enfrente.
Aminoré la marcha y frené, y el coche se detuvo
dando pequeños brincos sobre la áspera hierba del arcén.
—¿Por qué paramos, Kath? —preguntó Tommy.
—Porque desde aquí lo ves mejor. Si nos acercamos
más, tendremos que levantar mucho la vista.
Oí cómo Tommy se movía en el asiento trasero,
tratando de lograr un ángulo de visión mejor. Ruth no se
movió, y no estoy segura de que ni siquiera estuviera
mirando el cartel.
—De acuerdo, no es lo mismo exactamente —dije al
cabo de un momento—, pero me lo recordaba. Oficina de
planta diáfana, gente elegante y risueña...
Ruth siguió en silencio, pero Tommy dijo desde su
asiento:
—Ya caigo. Te refieres al sitio que fuimos a ver
aquella vez.
—No sólo a ése —dije yo—. Se parece también
muchísimo al anuncio aquel. Al que encontramos en el
suelo. ¿Te acuerdas, Ruth?
—No estoy segura —dijo Ruth en voz baja.
—Venga, Ruth. Claro que te acuerdas. Estaba en una
revista que nos encontramos en un sendero. Cerca de un
charco. A ti te impresionó mucho. No hagas como que no
te acuerdas.
—Creo que sí me acuerdo —dijo Ruth casi en un
susurro.
Pasó un camión que provocó un leve bamboleo en
nuestro coche y que nos ocultó fugazmente la valla
publicitaria. Ruth agachó la cabeza, como si esperara que
el camión fuera capaz de borrar la imagen del anuncio
para siempre, y cuando pudimos verla de nuevo con
claridad, no volvió a levantar la mirada.
—Es curioso —dije— recordar todo eso ahora. ¿Te
acuerdas de lo que solías decir entonces? ¿Que algún día
trabajarías en una oficina como ésa?
—Ah, sí, y por eso hicimos aquel viaje aquella vez —
dijo Tommy, como si acabara de acordarse en ese
momento—. Cuando fuimos a Norfolk. Fuimos a buscar a
tu posible. Que trabajaba en una oficina.
—¿No piensas a veces que tendrías que haber
estudiado a fondo si era factible? —le dije a Ruth—. Muy
bien, habrías sido la primera. La primera de la que
cualquiera de nosotros habría oído decir que conseguía
hacer algo semejante. Pero tú podrías haberlo conseguido.
¿No te has preguntado nunca qué habría pasado si lo
hubieras intentado?
—¿Cómo iba a intentarlo? —La voz de Ruth era
apenas audible—. No era más que un sueño. Eso es todo.
—Pero si al menos hubieras estudiado más a fondo el
asunto... ¿Cómo sabes que no era posible? Puede que te
hubieran dejado.
—Sí, Ruth —dijo Tommy—. Quizá tendrías que
haberlo intentado. Después de pasarte el día hablando de
ello. Creo que Kath lleva un poco de razón.
—No es cierto que hablara tanto de ello, Tommy. Al
menos yo no me acuerdo de haberme pasado el día
hablando de ello.
—Tommy tiene razón. Tendrías que haberlo
intentado. Luego podrías ver un cartel como éste y
recordar que fue eso lo que un día quisiste hacer, y que al
menos indagaste a fondo para ver si era factible.
—¿Cómo iba a poder indagarlo?
Por primera vez, la voz de Ruth se había endurecido,
pero luego dejó escapar un suspiro y volvió a agachar la
mirada. Y Tommy dijo:
—No hacías más que hablar como si creyeras tener
derecho a un tratamiento especial. En mi opinión, podrías
haberlo conseguido. Podrías haberlo preguntado, al
menos.
—De acuerdo —dijo Ruth—. Decís que tendría que
haber estudiado a fondo la posibilidad de hacerlo.
¿Cómo? ¿Adonde habría tenido que acudir? No había
forma alguna de hacerlo.
—Pero Tommy tiene razón —dije—. Si tú te creías
especial, al menos tenías que haberlo preguntado.
Tendrías que haber ido a ver a Madame y habérselo
preguntado.
En cuanto dije esto —en cuanto mencioné a
Madame—, me di cuenta de que había cometido un error.
Ruth levantó la mirada hacia mí, y vi que una especie de
triunfo iluminaba su cara. A veces se ve en las películas:
una persona apunta a otra con una pistola, y el que
sostiene el arma obliga al otro a hacer todo tipo de cosas.
Entonces, de repente, la persona armada comete un error,
hay una pelea, y la pistola está en la mano de la persona
amenazada. Y esta segunda persona mira a la primera
persona con un destello, una especie de expresión de «no
puedo creer la suerte que tengo» que promete todo tipo de
venganzas. Bien, pues así es como de pronto Ruth me
estaba mirando, y aunque yo no había dicho nada sobre
posibles aplazamientos, había mencionado a Madame, y
sabía que había dado un traspié y me había adentrado en
un terreno completamente nuevo.
Ruth vio mi pánico y giró sobre su asiento para
mirarme directamente. Así que me preparé para su
contraataque; me dije firmemente que, soltara lo que
soltara para atacarme, las cosas ahora serían diferentes, y
no se saldría con la suya como siempre había hecho en el
pasado. Me estaba diciendo a mí misma todo esto, y no
me esperaba en absoluto lo que ella me dijo a
continuación.
—Kathy —dijo—. No espero que puedas perdonarme
nunca. Ni siquiera veo ninguna razón por la que deberías
hacerlo. Pero te lo voy a pedir, de todas formas.
Me sentí tan desconcertada ante esto que lo único que
se me ocurrió decir fue bastante inane.
—¿Perdonarte por qué? —dije.
—¿Por qué? Para empezar, la forma en que siempre te
mentí en lo de tus impulsos. Cuando me contabas, ¿te
acuerdas?, que a veces te acuciaban tanto que querías
hacerlo casi con cualquiera.
Tommy volvió a moverse a nuestra espalda, pero Ruth
se inclinaba hacia mí y me miraba con fijeza, como si por
un momento Tommy no estuviera en el coche con
nosotras.
—Sabía cómo te preocupaba —continuó—. Te lo
debería haber dicho. Te debería haber dicho que también
a mí me pasaba lo mismo, todo lo que describías. Hoy ya
eres consciente de ello, lo sé. Pero entonces no lo eras, y
tendría que habértelo dicho. Tendría que haberte contado
que, a pesar de estar con Tommy, a veces no podía evitar
hacerlo también con otros chicos. Al menos con tres,
mientras estuvimos en las Cottages.
Dijo esto último sin mirar hacia donde estaba Tommy.
Pero no era tanto que estuviera haciendo como si éste no
existiese, sino más bien que trataba de llegar a mí con
tanta intensidad que todo lo demás a nuestro alrededor se
había desdibujado.
—Estuve a punto de decírtelo unas cuantas veces —
prosiguió Ruth—, pero no lo hice. Incluso entonces me
daba cuenta de que llegaría un día en que mirarías hacia
atrás y te darías cuenta y me maldecirías por ello. Pero
seguía sin decírtelo. No hay razón alguna para que me
perdones ni ahora ni nunca, pero ahora quiero pedírtelo
porque...
Calló súbitamente.
—¿Porque qué? —dije yo.
Ruth soltó una risa y dijo:
—Porque nada. Me gustaría que me perdonaras, pero
no espero que lo hagas. En cualquier caso, eso no es ni la
mitad de lo que hice, ni una mínima parte, en realidad. Lo
más grave fue que hice que Tommy y tú os mantuvierais
apartados. —Su voz había vuelto a perder intensidad, y
ahora era casi como un susurro—: Eso fue lo peor de
todo.
Se volvió un poco hacia atrás para, por primera vez,
poder mirar a Tommy. Pero inmediatamente después se
volvió de nuevo hacia mí, aunque cuando siguió hablando
fue como si lo estuviera haciendo con los dos.
—Eso fue lo peor de todo lo que hice —repitió—. Ni
siquiera os estoy pidiendo perdón por ello. Dios, me lo he
dicho mentalmente tantas veces que no puedo creer que lo
esté haciendo ahora realmente. Deberíais haber estado
juntos. No pretendo negar que lo supe siempre. Por
supuesto que lo supe, casi desde que puedo recordar. Pero
os mantuve separados. No estoy pidiendo que me
perdonéis. No es eso lo que anhelo ahora. Lo que quiero
es poner las cosas en claro. Remediar en lo posible lo que
os hice.
—¿A qué te refieres, Ruth? —preguntó Tommy—.
¿Qué quieres decir con «remediarlo»?
Su voz era suave, llena de una curiosidad casi infantil,
y creo que fue eso lo que me hizo romper a llorar.
—Kathy, escucha —dijo Ruth—. Tú y Tommy tenéis
que intentar conseguir un aplazamiento. Si sois vosotros
dos, seguro que se os dará una oportunidad. Una
oportunidad de verdad.
Había extendido la mano para ponerla sobre mi
hombro, pero se la aparté con una sacudida brusca y la
miré airadamente a través de las lágrimas.
—Es demasiado tarde para eso. Demasiado tarde.
—No es demasiado tarde, Kathy. Escucha: no es
demasiado tarde. Muy bien, Tommy ha hecho ya dos
donaciones, pero ¿quién dice que eso tiene que ser por
fuerza un impedimento?
—Ya es demasiado tarde para eso —dije. Estaba
llorando otra vez—. Es estúpido hasta pensar en ello. Tan
estúpido como querer trabajar en una oficina como
aquélla. Ahora todos estamos más allá de eso.
Ruth sacudía la cabeza.
—No es demasiado tarde. Tommy, díselo.
Yo estaba apoyada en el volante, y no podía ver a
Tommy. Le oí emitir una especie de murmullo de
perplejidad, pero no dijo nada.
—Escucha —dijo Ruth—. Escuchadme los dos. He
insistido en que los tres hiciéramos este viaje porque
quería deciros lo que os he dicho. Pero también quería
hacerlo para poder daros algo. —Había estado hurgando
en los bolsillos de su anorak, y nos estaba mostrando un
papel arrugado—. Tommy, será mejor que cojas esto.
Consérvalo. Y cuando Kathy cambie de opinión, podréis
utilizarlo.
Tommy alargó la mano entre los asientos delanteros y
cogió el papel.
—Gracias, Ruth —dijo, como si le acabaran de dar
una chocolatina. Luego, al cabo de unos segundos,
añadió—: ¿Qué es? No lo entiendo.
—Es la dirección de Madame. Y, como me decías tú a
mí antes, al menos tienes que intentarlo.
—¿Cómo la has conseguido? —le preguntó Tommy.
—No fue fácil. Me llevó mucho tiempo, y corrí
algunos riesgos. Pero al final me hice con ella, y es para
vosotros. Ahora os toca a vosotros encontrar a Madame e
intentarlo.
Dejé de llorar e hice girar la llave de contacto.
—Basta ya de este asunto —dije—. Tenemos que
llevar a Tommy al centro. Y luego tenemos que volver
nosotras.
—Pero pensaréis en ello, los dos, ¿verdad?
—Yo lo que quiero ahora es volver —dije.
—Tommy, ¿guardarás bien esa dirección, por si Kathy
cambia de opinión?
—Sí, la guardaré —asintió Tommy. Luego, mucho
más solemnemente que la vez anterior, dijo—: Gracias,
Ruth.
—Hemos visto el barco —dije—, pero ahora tenemos
que volver. Puede que tardemos más de dos horas en
llegar a Dover.
Volví a salir a la calzada, y mi memoria me dice que
no hablamos mucho durante nuestro viaje de vuelta a
Kingsfield. Cuando llegamos a la Plaza aún quedaba un
pequeño grupo de donantes apiñados bajo el tejado
saliente. Giré en redondo antes de dejar que Tommy se
apeara. Ninguna de nosotras lo abrazamos o besamos,
pero nos quedamos mirando cómo se alejaba hacia el
grupo de donantes, y en un momento dado dio la vuelta y
nos dedicó un saludo y una gran sonrisa.
Puede parecer extraño, pero en el trayecto de vuelta al
centro de Ruth no hablamos en absoluto de nada de lo que
nos había sucedido en el viaje. En parte porque Ruth
estaba exhausta, la última conversación en el arcén
parecía haber esquilmado sus fuerzas. Pero creo también
que las dos teníamos la sensación de que las
conversaciones serias que acabábamos de mantener ya
eran suficientes para una sola jornada, y que si
intentábamos continuarlas las cosas volverían a torcerse.
No estoy segura de cómo se sentía Ruth en nuestro viaje
de vuelta al centro, pero en lo que a mí respecta, una vez
que las intensas emociones se hubieron asentado, una vez
que la noche empezaba a caer sobre los campos y las
luces se habían encendido a ambos lados del asfalto, me
sentí bien. Era como si algo que se hubiera estado
cerniendo sobre mí durante largo tiempo se hubiera ahora
esfumado, y aunque las cosas distaban mucho de estar
bien, era como si ahora al menos hubiera una puerta
abierta hacia algún lugar mejor. No estoy diciendo que
estuviera eufórica ni nada parecido. Todo lo que había
entre nosotros tres parecía estar en un punto
verdaderamente delicado, y me sentía tensa (aunque en
absoluto era una tensión negativa).
Ni siquiera hablamos de Tommy más allá de comentar
el buen aspecto que tenía, y de preguntarnos cuántos kilos
habría engordado. También pasamos largos tramos del
trayecto contemplando la carretera juntas, sin decir nada.
Hasta unos días después no fui a visitarla para tratar
de evaluar cómo podía habernos afectado aquel viaje.
Toda la cautela, todo el recelo entre Ruth y yo se habían
esfumado, y fue como si volviéramos a recordar todo lo
que habíamos significado la una para la otra en otro
tiempo. Y ése fue el comienzo, el comienzo de aquella
época nueva —con el verano en puertas, y con la salud de
Ruth al menos estable— en que yo llegaba al atardecer
con galletas y agua mineral, y nos sentábamos juntas ante
la ventana, mirando cómo iba descendiendo el sol sobre
los tejados, hablando de Hailsham, de las Cottages, de
cualquier cosa que se nos pasaba por la cabeza. Cuando
pienso hoy en Ruth siento tristeza por su partida, como es
lógico; pero también siento una genuina gratitud por ese
período que tuvimos al final.
Hubo, sin embargo, algo de lo que jamás hablamos
como es debido: de lo que nos había dicho a Tommy y a
mí en el arcén aquel día. Ruth aludía a ello sólo muy de
cuando en cuando. Y decía algo como lo siguiente:
—¿Has seguido pensando en lo de ser la cuidadora de
Tommy? Sabes que si quieres puedes arreglarlo.
Y pronto tal idea —la de convertirme en cuidadora de
Tommy— sustituyó a todo lo demás. Le decía que sí, que
seguía pensando en ello, que de todas formas no era tan
sencillo, ni siquiera para mí, arreglar algo de tal
naturaleza. Luego solíamos dejar el tema. Pero tengo la
certeza de que la idea jamás se alejaba mucho de la mente
de mi amiga, y por eso, incluso la noche misma en que la
vi por última vez, y pese a que no podía hablar, supe lo
que quería decirme.
Fue tres días después de su segunda donación, cuando
por fin, a altas horas de la madrugada, me dejaron entrar a
verla. Estaba en una habitación individual, y parecía que
habían hecho todo lo que era posible hacer por ella. Para
mí era ya obvio, por la forma de actuar de los médicos, el
coordinador, las enfermeras, que no tenían confianza
alguna en que fuera a conseguirlo. La miré en aquella
cama de hospital, bajo la luz mortecina, y reconocí la
expresión de su cara (que tantas veces había visto en otros
donantes). Era como si anhelara que sus ojos vieran
directamente hacia dentro, para poder patrullar y conciliar
del mejor modo posible las distintas zonas de dolor de sus
entrañas, al igual, quizá, que un cuidador inquieto correría
de un rincón a otro del país para atender en el lecho del
dolor a tres o cuatro de sus donantes. En sentido estricto,
conservaba la conciencia pero estaba en otra parte, y a mí,
allí de pie, junto a su cama metálica, no me era posible
llegar a ella. De todas formas, acercaba una silla y me
sentaba y le cogía una mano entre las mías, y se la
apretaba cada vez que una oleada de dolor la hacía
retorcerse.
Estaba a su lado todo el tiempo que me permitían: tres
horas, tal vez más. Y, como digo, la mayor parte del
tiempo Ruth estaba muy lejana, muy dentro de sí misma.
Pero una vez la vi retorcerse de un modo horriblemente
antinatural, e hice ademán de levantarme e ir a llamar a
las enfermeras para que le administrasen más analgésicos,
y entonces, por espacio de apenas unos segundos, Ruth
me miró de frente y supo exactamente quién era. En una
de las pocas islas de lucidez que los donantes a veces
tienen en medio de sus atroces batallas, siguió
mirándome, y aunque no habló supe lo que su mirada me
decía. Así que le dije:
—Está bien, voy a hacerlo, Ruth. Voy a ser la
cuidadora de Tommy en cuanto pueda.
Lo dije en voz muy baja, porque no creía que pudiera
oír mis palabras aunque se las dijera a voz en grito. Pero
tenía la esperanza de que, si nuestras miradas seguían
unidas durante unos cuantos segundos, ella sabría leer mi
expresión como yo había sabido leer la suya. Luego el
momento pasó, y ella volvió a su lejanía. Nunca podré
saberlo con certeza, pero creo que me entendió. Y aunque
no lo hubiera hecho, lo que ahora pienso es que
probablemente Ruth supo todo el tiempo, antes incluso de
que lo supiera yo, que llegaría a ser la cuidadora de
Tommy, y que «lo intentaríamos», tal como ella nos había
instado aquel día en el coche.
20
Me convertí en cuidadora de Tommy al año casi
exacto del viaje que hicimos juntos para ver el barco. No
había pasado mucho tiempo desde la tercera donación de
Tommy, y aunque se estaba recuperando bien, seguía
necesitando mucho descanso, y, según pudimos
comprobar luego, no fue un mal modo de empezar esta
nueva fase juntos. No tardé en acostumbrarme a
Kingsfield, e incluso empezó a gustarme.
La mayoría de los donantes de Kingsfield consiguen
una habitación para ellos solos después de la tercera
donación, y a Tommy se le asignó una de las habitaciones
individuales más grandes del centro. Hubo quien dio por
sentado que era yo la que se la había conseguido, pero no
era cierto; fue sencillamente suerte, y, de todas formas,
tampoco era una habitación tan maravillosa. Creo que en
los tiempos en que Kingsfield fue un centro de vacaciones
la estancia asignada había sido un cuarto de baño, porque
la única ventana que tenía era de cristal esmerilado y
estaba muy alta, casi a la altura del techo. Sólo podías
mirar al exterior subiéndote a una silla y abriéndola, y aun
así sólo conseguías ver una zona de tupidos arbustos. La
habitación tenía forma de L, de modo que, además de la
cama, la silla y el armario, cabía también un pequeño
pupitre con tapa (que constituía todo un extra, como
explicaré más adelante).
No quiero dar una idea falsa del período que pasé en
Kingsfield. Muchas cosas fueron apacibles, casi idílicas.
Solía llegar todos los días después del almuerzo, y al
entrar veía a Tommy tendido en la cama estrecha, siempre
completamente vestido, porque no quería parecer «un
paciente». Me sentaba en la silla y le leía cosas de los
libros de bolsillo que le había llevado, obras como la
Odisea o Las mil y una noches. O si no solíamos charlar,
a veces sobre los viejos tiempos, a veces sobre otras
cosas. A menudo, al caer la tarde, se quedaba dormido,
mientras yo ponía al día mis informes en el pupitre de al
lado. Era realmente asombroso cómo los años parecían
esfumarse, y cómo nos sentíamos tan cómodos el uno con
el otro.
Como es lógico, no todo era como antes. Tommy y
yo, por ejemplo, habíamos empezado a tener relaciones
sexuales. No sé lo mucho o poco que Tommy habría
pensado en nosotros respecto al sexo antes de que
hubiéramos empezado. Él, al fin y al cabo, aún estaba
recuperándose, y el sexo no era quizá lo primero que tenía
en mente. Yo no quería forzarle en tal sentido, pero por
otra parte pensaba que, si lo dejaba pasar demasiado
tiempo, cuando quisiéramos empezar cada vez se nos
haría más difícil convertirlo en una parte natural de
nosotros mismos. Y otro de mis pensamientos decisivos,
supongo, fue que si nuestros planes seguían los deseos de
Ruth y nos decidíamos a solicitar un aplazamiento,
resultaría un grave inconveniente el hecho de no haber
tenido nunca relaciones sexuales. No es que pensara que
ésa iba a ser una de las preguntas que nos harían
necesariamente llegado el caso. Pero me preocupaba que
pudiera resultar muy evidente nuestra falta de intimidad
física.
Así que una tarde decidí empezar, y dejar que él lo
aceptara o rechazara. Estaba echado en la cama de su
habitación, como de costumbre, y miraba fijamente al
techo mientras le leía. Cuando terminé, me acerqué, me
senté en el borde de la cama y le deslicé una mano bajo la
camiseta. En un abrir y cerrar de ojos estuve encima de su
sexo, y aunque le costó un rato conseguir una erección,
me di cuenta de inmediato de que se sentía feliz. Aquella
primera vez no fue lo que se dice perfecta, pero lo cierto
es que después de todos aquellos años de conocernos sin
tener ninguna relación de este tipo era previsible que
íbamos a necesitar una fase intermedia antes de lograr una
relación plena. Así que después de un rato se lo hice con
las manos, y al cabo se quedó allí tendido sin hacer nada,
sin intentar satisfacerme, sin hacer el menor ruido, con
aire apacible y quieto.
Pero incluso aquella primera vez hubo algo, un
sentimiento, algo que corría parejo a nuestra sensación de
que se trataba de un comienzo, de un umbral que
estábamos trasponiendo. Yo no quise reconocerlo en
mucho tiempo, e incluso cuando lo hice traté de
persuadirme de que era algo que acabaríamos dejando
atrás, junto con sus diversos dolores y padecimientos. Lo
que quiero decir es que, ya desde aquella primera vez,
había algo en Tommy que estaba teñido de tristeza, que
parecía decir: «Sí, estamos haciendo esto ahora y estoy
contento de hacerlo. Pero qué lástima que lo estemos
haciendo tan tarde».
Y en los días que siguieron, cuando practicábamos
sexo plenamente y nos sentíamos felices de estar
haciéndolo, incluso entonces estaba en nosotros esa
sensación penosa. Yo hice todo lo posible para que cesara.
Procuré que lo hiciéramos con toda el alma, sin
restricciones, para que todo fuera como perderse en un
delirio y no hubiera lugar para nada más. Si él estaba
encima, yo levantaba las rodillas al máximo para
abarcarlo; y, en cualquier otra postura, yo decía o hacía
cualquier cosa que pensara que podía mejorarlo, hacerlo
más apasionado. Pero la sensación seguía allí, nunca
acababa de disiparse.
Quizá tuviera algo que ver con la habitación, con el
modo en que el sol entraba a través del cristal esmerilado,
pues incluso a comienzos del verano la luz parecía otoñal.
O quizá fuera porque los sonidos que de cuando en
cuando nos llegaban mientras estábamos allí acostados
eran de donantes pululando, ocupándose de sus cosas
abajo, en el exterior, y no de alumnos sentados en el
césped, discutiendo sobre poemas y novelas. O quizá
tuviera que ver con cómo a veces, incluso después de
haber disfrutado de un sexo muy satisfactorio, estando
tendidos, abrazados, mientras aún flotaban sobre nuestras
cabezas átomos de lo que acabábamos de hacer, Tommy
podía decir cosas como: «Yo era capaz de hacerlo dos
veces seguidas sin esforzarme. Pero ya no puedo». Luego,
la sensación saltó al primer plano, y tuve que empezar a
taparle la boca con la mano siempre que comenzaba a
decir ese tipo de cosas, para poder seguir acostados en
paz. Estoy segura de que Tommy también lo percibía,
porque siempre que nos asaltaba esa sensación nos
abrazábamos muy fuerte, como si de ese modo
lográramos conjurarla.
Durante las primeras semanas apenas sacamos a
colación a Madame, o la conversación con Ruth de aquel
día en el coche. Pero el hecho de haberme convertido en
su cuidadora me servía de recordatorio de que no
estábamos allí para pasar el rato. Al igual que, por
supuesto, los dibujos de animales de Tommy.
A menudo, a lo largo de los años, me he preguntado
por los animales imaginarios de Tommy, e incluso aquel
día en que fuimos a ver el barco estuve tentada de
preguntarle por ellos. ¿Seguía dibujándolos? ¿Conservaba
los de las Cottages? Pero todo lo que rodeaba aquel
asunto me hacía muy difícil preguntárselo.
Entonces, una tarde, quizá al cabo de un mes de que
hubiéramos empezado, abrí la puerta de su habitación y lo
vi en el pupitre, afanado en una hoja, con la cara casi
pegada al papel. Cuando llamé a la puerta me dijo que
entrara, pero ni siquiera levantó la cabeza o dejó de hacer
lo que estaba haciendo, y en cuanto eché una ojeada me di
cuenta de que estaba dibujando una de sus criaturas
imaginarias. Me quedé en el umbral, indecisa sobre si
entrar o no, pero al final vi que levantaba la mirada y
cerraba el cuaderno (idéntico a aquellos cuadernos negros
que le facilitaba Keffers en las Cottages, hacía tantos
años). Entonces di unos pasos hacia él y nos pusimos a
hablar de algo sin relación alguna con sus dibujos, y al
poco Tommy guardó el cuaderno sin que ninguno de
nosotros lo mencionase. Pero a menudo, a partir de
entonces, al entrar veía el cuaderno encima del pupitre o
tirado junto a la almohada.
Un día en que estábamos en su habitación y
disponíamos de unos minutos antes de salir para unos
chequeos, percibí algo extraño en su modo de actuar:
como cierta timidez e intensidad que me hizo intuir una
apetencia de sexo por su parte. Pero dijo:
—Kath, quiero que me digas una cosa. Y dime la
verdad.
Entonces sacó el cuaderno del pupitre y me enseñó
tres bocetos de una especie de rana, aunque con una larga
cola, como si una parte del anfibio hubiera seguido siendo
renacuajo. Al menos eso era lo que parecía cuando lo
mirabas a cierta distancia. De cerca, cada boceto era una
masa de mínimos detalles, muy similar a los animales que
le había visto años atrás en las Cottages.
—Estos dos los he hecho como de metal —dijo—.
¿Ves? Todo tiene una superficie brillante. Pero este de
aquí lo he hecho como de goma. ¿Lo ves? Casi como un
borrón. Quiero hacer una versión definitiva, un dibujo
bueno de verdad, pero no puedo decidirme. Dime con
sinceridad, Kath. ¿Qué te parecen?
No puedo recordar lo que le contesté. Lo que recuerdo
es la intensa mezcla de emociones que me embargó en ese
momento. Me di cuenta inmediatamente de que era la
manera que tenía Tommy de dejar atrás todo lo que había
pasado con sus dibujos en las Cottages, y sentí alivio,
gratitud, absoluto gozo. Pero también era consciente de
por qué habían vuelto a salir a la palestra sus animales, y
de todos los posibles niveles de intención tras la pregunta
aparentemente natural de Tommy. Comprendí que me
estaba diciendo que, pese a no haber hablado apenas de
ello abiertamente, no había olvidado; me estaba diciendo
que no se dormía en los laureles, y que trataba por todos
los medios de cumplir con su parte de los preparativos.
Pero eso no fue todo lo que sentí aquel día ante
aquellas peculiares ranas. Porque volvía de nuevo aquella
sensación extraña, al principio débil y como en sordina,
pero luego, progresivamente, más y más intensa, hasta
llegar a convertirse en uno de mis pensamientos
recurrentes. Al mirar aquellos dibujos no podía evitar
pensar en ello, por mucho que intentara apartarlo de mi
cabeza. Pensaba que los dibujos de Tommy no eran ya tan
frescos. Cierto que en muchos aspectos aquellas ranas
eran muy parecidas a lo que yo le había visto en las
Cottages, pero les faltaba algo, y ahora parecían
recargadas, e incluso casi copiadas. Así que la sensación
había vuelto, por mucho que yo había intentado apartarla.
Y se resumía en lo siguiente: lo estábamos haciendo
demasiado tarde. Había habido un tiempo para ello, pero
lo habíamos dejado pasar, y había algo de ridículo, e
incluso de censurable, en el modo en que ahora
concebíamos y planeábamos nuestro futuro.
Ahora que vuelvo sobre este punto, se me ocurre que
acaso existía otra razón para que nos resistiéramos tanto a
hablar abiertamente de nuestros planes. Era un hecho
cierto que ninguno de los donantes de Kingsfield había
oído hablar jamás de aplazamientos o de algo semejante,
y probablemente sentíamos a ese respecto cierto vago
embarazo, casi como si compartiéramos un secreto
infamante. Y puede que también tuviéramos miedo de lo
que pudiera pasar si algo de aquello llegaba a oídos de los
otros donantes.
Pero como digo, no quiero pintar con tintes demasiado
oscuros el tiempo que pasé en Kingsfield. Porque en
general, y sobre todo después del día en que Tommy me
preguntó sobre sus animales, no parecían existir más
sombras del pasado, y nos entregamos por entero a la
mutua compañía. Y aunque Tommy nunca volvió a
pedirme consejo sobre sus dibujos, le encantaba trabajar
en ellos estando yo delante, y muchas veces pasábamos
las tardes de este modo: yo en la cama, leyendo en voz
alta; él en el pupitre, dibujando.
Quizá habríamos sido felices si las cosas hubieran
continuado de este modo durante más tiempo; si
hubiéramos podido disfrutar de más tardes charlando,
practicando sexo, leyendo en voz alta y dibujando. Pero
como el verano llegaba a su fin, y Tommy recuperaba las
fuerzas, y cada día se hacía más factible la posibilidad del
aviso para una cuarta donación, comprendimos que no
podíamos seguir posponiendo las cosas indefinidamente.
Para mí había sido un período tremendamente
atareado, y llevaba casi una semana sin ir a Kingsfield.
Llegué aquel día por la mañana, y recuerdo que llovía a
mares. La habitación de Tommy estaba casi a oscuras, y
se oía el ruido del agua en un canalón cercano a la
ventana. Tommy había estado abajo en la sala principal,
desayunando con sus compañeros donantes, pero había
vuelto a subir y ahora estaba sentado en la cama, con aire
ausente, sin hacer nada. Entré, exhausta —llevaba muchas
noches sin dormir como es debido—, y caí casi
desplomada en la estrecha cama, empujando a Tommy
contra la pared. Me quedé así durante unos instantes, y me
habría dormido como un leño si Tommy no me hubiera
estado clavando en las rodillas un dedo del pie. Al final
me incorporé y dije:
—Vi a Madame ayer. No hablé con ella. Pero la vi.
Tommy se quedó mirándome, pero siguió callado.
—Vi cómo se acercaba por la calle y se metía en su
casa. Ruth no se equivocó. Era su dirección, su puerta,
todo.
Luego le conté cómo el día anterior, dado que estaba
en la costa sur, había ido a Littlehampton al atardecer, y
como había hecho las dos veces anteriores, había
recorrido aquella calle larga —cercana al paseo
marítimo—, con hileras de casas adosadas con nombres
como «Wavecrest» y «Seaview» , y al final había ido al
banco público contiguo a la cabina telefónica, y me había
sentado en él, y había esperado —una vez más, igual que
las otras veces— con los ojos fijos en la casa de la acera
de enfrente.
—Fue como hacer de detective. Las veces anteriores
me había sentado en el banco durante más de media hora,
y nada, absolutamente nada. Pero algo me decía que esta
vez iba a tener suerte.
(Estaba tan cansada. Casi me quedé dormida en el
banco. Pero levanté la mirada y allí estaba, acercándose
por la calle hacia su casa.)
—Casi daba miedo —continué—. Porque estaba
exactamente igual que en Hailsham. Quizá la cara había
envejecido un poco. Pero por lo demás apenas se veía la
diferencia. Hasta la misma ropa. Aquel elegante traje gris.
—No podía ser el mismo traje.
—No lo sé. Pero lo parecía.
—¿Y no intentaste hablar con ella?
—Por supuesto que no, tonto. Tenemos que ir paso a
paso. Nunca fue precisamente amable con nosotros, ¿te
acuerdas?
Le conté cómo pasó ante mis ojos por la otra acera,
sin dirigirme en ningún momento la mirada; cómo, por
espacio de un segundo, pensé que al llegar a la cancela de
la casa (la que yo había estado vigilando) pasaría de largo,
y que Ruth se había equivocado de dirección. Pero
Madame había girado bruscamente al llegar a ella, había
recorrido el breve camino de entrada de dos o tres
zancadas y había desaparecido en el interior de la casa.
Una vez que hube acabado, Tommy se quedó callado
unos segundos. Y al final dijo:
—¿Estás segura de que no vas a meterte en ningún
lío? ¿Yendo siempre a sitios adonde no deberías ir?
—¿Por qué piensas que estoy tan cansada? He estado
trabajando horas y más horas para que me diera tiempo a
todo. Y ahora por lo menos la hemos encontrado.
La lluvia seguía cayendo fuera. Tommy se volvió
hacia un costado y puso la cabeza sobre mi hombro.
—Ruth nos ha allanado el camino —dijo con voz
suave—. No se equivocó.
—Sí, lo hizo muy bien. Pero ahora todo depende de
nosotros.
—Bien, ¿y cuál es el plan, Kath? ¿Tenemos algún
plan?
—Iremos allí. Iremos a verla y se lo preguntaremos.
La semana que viene, cuando te lleve a las pruebas que
tienen que hacerte. Pediré permiso para que puedas pasar
fuera todo el día. Y en el camino de vuelta iremos a
Littlehampton.
Tommy suspiró y pegó aún más la cabeza a mi
hombro. Si alguien le hubiera estado observando, tal vez
habría pensado que no estaba mostrando excesivo
entusiasmo, pero yo sabía lo que sentía. Llevábamos tanto
tiempo pensando en los aplazamientos, en la teoría de la
Galería, en todo, y ahora, de pronto, íbamos a afrontarlo.
Definitivamente daba miedo.
—Si lo conseguimos... —dijo Tommy, finalmente—.
Supón que lo conseguimos. Supón que nos deja tres años,
por ejemplo; tres años para nosotros. ¿Qué haríamos
exactamente? ¿Entiendes lo que te digo, Kath? ¿Adonde
iríamos? No podríamos quedarnos aquí, esto es un centro
para donantes.
—No lo sé, Tommy. Puede que nos diga que
volvamos a las Cottages. Pero sería mejor en otra parte.
La Mansión Blanca, tal vez. O quizá tienen otros sitios.
Sitios especiales para gente como nosotros. Tendremos
que esperar a ver qué nos dice.
Seguimos apaciblemente echados en la cama durante
unos minutos más, oyendo caer la lluvia. En un momento
dado, empecé a clavarle un pie en el cuerpo, como me
había estado haciendo él antes. Y luego él contraatacó, y
me echó los dos pies fuera de la cama.
—Si vamos a ir de verdad —dijo luego—, tendremos
que decidir qué animales. Ya sabes, elegir los mejores
para llevarlos. Puede que seis o siete. Tendremos que
hacerlo todo con mucho cuidado.
—De acuerdo —dije. Me puse de pie y estiré los
brazos—. O puede que más. Quince, veinte. Sí, iremos a
verla. ¿Qué daño puede hacernos? Iremos a hablar con
ella.
21
Desde días antes de ir a verla yo tenía en la cabeza la
imagen de Tommy y de mí delante de su puerta, haciendo
acopio del ánimo suficiente para tocar el timbre, y
esperando allí luego con el corazón en vilo. Pero la
realidad resultó muy otra, y tuvimos la suerte de que se
nos ahorrara ese tormento.
Y es que merecíamos un poco de suerte, porque el día
no nos había sido en absoluto propicio hasta entonces. El
coche nos había dado problemas en el viaje de ida, y
llegamos una hora tarde a las pruebas de Tommy. Luego,
un error en el laboratorio había hecho que Tommy tuviera
que repetir tres de los análisis. Esto lo había dejado un
tanto grogui, de forma que cuando, hacia el final de la
tarde, salimos finalmente para Littlehampton, empezó a
marearse y tuvimos que parar varias veces para que
pudiera pasearse un poco hasta que se le pasara.
Por fin, justo antes de las seis, llegamos a nuestro
destino. Aparcamos el coche detrás de un bingo, sacamos
del maletero la bolsa de deportes con los cuadernos de
Tommy, y nos dirigimos hacia el centro urbano. Había
hecho buen día, y aunque las tiendas estaban cerrando
seguía habiendo mucha gente a la entrada de los pubs,
charlando y bebiendo. Cuanto más paseábamos mejor se
sentía Tommy, hasta que se acordó de que no había
comido a causa de las pruebas, y dijo que tenía que comer
algo antes de enfrentarnos a la tarea que nos esperaba. Así
que empezamos a buscar un sitio donde comprar un
sándwich, y de pronto me agarró del brazo con tal fuerza
que pensé que le estaba dando algún tipo de ataque. Pero
lo que hizo fue decirme al oído en voz muy baja:
—Ahí está, Kath. Mira. Junto a la peluquería.
Y, en efecto, era ella, caminando por la otra acera, con
su pulcro traje gris, idéntico a los que había llevado
siempre.
Empezamos a seguir a Madame a una razonable
distancia, primero por la zona peatonal y luego por High
Street, ahora casi desierta. Creo que en ese momento los
dos recordamos el día en que seguimos por las calles de
otra ciudad a la posible de Ruth. Pero esta vez las cosas
resultaron mucho más sencillas, porque Madame pronto
nos condujo a la calle larga cercana al paseo marítimo.
Como la calle era completamente recta y la luz del
atardecer la iluminaba hasta el fondo, vimos que
podíamos seguir a Madame desde muy lejos —no
necesitábamos que fuera mucho más que un punto— sin
correr el menor riesgo de perderla. De hecho, en ningún
momento dejamos de oír el eco de sus tacones, del que el
rítmico golpear de la bolsa de Tommy contra su pierna
parecía una especie de réplica.
Seguimos a Madame durante largo rato, y dejamos
atrás la hilera de casas idénticas. Entonces se acabaron las
casas de la acera de enfrente y aparecieron en su lugar
varias zonas llanas de hierba; y, más allá de ellas, se
divisaban los techos de las casetas de la playa, alineadas
junto a la orilla. El agua no era visible, pero la intuías por
el gran cielo abierto y el alboroto de las gaviotas.
Las casas de nuestra acera continuaban sin cambio
alguno, y al cabo de un rato le dije a Tommy:
—Ya no falta mucho. ¿Ves aquel banco de allí? Es
donde me senté a esperarla. La casa está un poco más allá.
Hasta que dije esto, Tommy había estado bastante
tranquilo. Pero de pronto pareció inquietarse y empezó a
andar mucho más rápido, como si quisiera alcanzarla
enseguida. Pero no había nadie entre Madame y nosotros,
y a medida que Tommy iba acortando la distancia yo tenía
que agarrarle del brazo para hacerle ir más despacio.
Temía que en cualquier momento Madame se diera la
vuelta y nos viera, pero no lo hizo, y pronto llegó a su
cancela y recorrió el breve trecho que la separaba de su
puerta. Se detuvo en ella y buscó las llaves en el bolso, y
un instante después estábamos ante la cancela, mirándola.
No se había vuelto, y se me ocurrió la idea de que había
sabido todo el tiempo que la estábamos siguiendo y había
hecho caso omiso de nosotros deliberadamente. Pensé
también que Tommy estaba a punto de gritarle algo, y que
sería precisamente algo que no debía. Por eso me
adelanté, y lo hice rápidamente y sin vacilación, y desde
la cancela.
Fue sólo un cortés «Disculpe», pero Madame giró en
redondo como si le hubiera arrojado algo. Y cuando su
mirada cayó sobre nosotros, me recorrió un frío intenso,
muy parecido al que había sentido años atrás la vez que la
acosamos en Hailsham, a la entrada de la casa principal.
Tenía los mismos ojos fríos, y su cara era quizá aún más
severa que la que yo recordaba. No sé si nos reconoció en
ese primer momento, pero sin duda vio y decidió en un
solo instante lo que éramos, porque la vi ponerse rígida,
como si un par de grandes arañas hubieran empezado a
avanzar hacia ella.
Entonces algo cambió en su expresión. No es que se
volviera más cálida. Pero desapareció de ella la
repugnancia, y nos estudió con atención, encogiendo los
ojos ante el sol, ya declinante.
—Madame —dije, apoyándome en la cancela—. No
queremos asustarla ni nada parecido. Pero estuvimos en
Hailsham. Yo soy Kathy H., no sé si me recuerda. Y éste
es Tommy D. No hemos venido a causarle ningún
problema.
Retrocedió unos pasos hacia nosotros.
—De Hailsham... —dijo, y una pequeña sonrisa se
dibujó en su cara—. Bueno, es toda una sorpresa. Si no
pensáis causarme ningún problema, ¿por qué estáis aquí?
Tommy, de pronto, dijo:
—Tenemos que hablar con usted. He traído unas cosas
—dijo, levantando la bolsa—. A lo mejor las quiere para
su Galería. Tenemos que hablar con usted.
Madame siguió allí de pie, sin apenas moverse bajo el
tenue sol, con la cabeza ladeada, como si escuchara algún
sonido de la orilla del mar. Luego volvió a sonreír,
aunque la sonrisa no parecía ir dirigida a nosotros, sino
sólo a sí misma.
—Muy bien, pues. Pasad adentro. Veremos de qué
queréis hablarme.
Al entrar reparé en que la puerta principal tenía
paneles de cristal coloreado, y cuando Tommy la cerró a
nuestra espalda, nos envolvió la penumbra. Estábamos en
un pasillo tan estrecho que tenías la sensación de poder
tocar las dos paredes con sólo extender un poco los codos.
Madame se detuvo y se quedó quieta, con la espalda hacia
nosotros, y pareció ponerse de nuevo a escuchar. Miré
más allá de ella y alcancé a ver que el pasillo, pese a su
estrechez, se dividía en dos: a la izquierda había una
escalera que subía; a la derecha, un pasaje aún más
estrecho que conducía hacia el interior de la casa.
Siguiendo el ejemplo de Madame, me puse a
escuchar. Pero en la casa reinaba el silencio. Luego, quizá
de algún lugar del piso de arriba, llegó un débil golpe
sordo. Aquel pequeño ruido pareció significar algo para
ella, porque se volvió hacia nosotros y señaló el pasaje
oscuro y dijo:
—Id ahí dentro y esperadme. Bajaré enseguida.
Empezó a subir las escaleras, y, al ver nuestra
indecisión, se inclinó sobre el pasamanos y señaló de
nuevo la oscuridad.
Tommy y yo nos dirigimos hacia ella y enseguida nos
encontramos en lo que debía de ser el salón de la casa. Era
como si un sirviente hubiera dispuesto el lugar para la
noche y se hubiera marchado: las cortinas estaban echadas
y había unas débiles lámparas de mesa encendidas. Olí el
viejo mobiliario, probablemente Victoriano. La chimenea
estaba cegada con un tablero, y donde debía haber estado
el fuego había una especie de tapiz: una extraña ave —
parecida a un búho— que te miraba fijamente. Tommy
me tocó el brazo y apuntó con el dedo hacia un cuadro
enmarcado que colgaba de un rincón, sobre una pequeña
mesa redonda.
—Es Hailsham —susurró.
Nos acercamos a mirarlo. Yo no estaba tan segura de
que fuera Hailsham. Era una bonita acuarela, pero la
lámpara de mesa de debajo tenía la tulipa arrugada y con
restos de telarañas, y en lugar de iluminar el cuadro
imprimía una especie de brillo sobre su cristal velado, de
forma que apenas podías apreciar lo que éste
representaba.
—Es lo que rodeaba la parte de atrás del estanque de
los patos —dijo Tommy.
—¿A qué te refieres? —le respondí en un susurro—.
Ahí no hay ningún estanque. Es sólo un trozo de campo.
—No, el estanque estaría detrás de ti. —Tommy
parecía increíblemente irritado—. Tienes que acordarte.
Si rodeas la parte de atrás del estanque, con el estanque a
tu espalda, y miras hacia el Campo de Deportes Norte...
Volvimos a guardar silencio, porque llegaba ruido de
voces desde alguna parte de la casa. Parecía la voz de un
hombre, y quizá venía de arriba. Entonces oímos una voz,
que sin ninguna duda era la de Madame bajando las
escaleras, que decía:
—Sí, tienes razón. Toda la razón.
Esperamos a que Madame entrara en el salón, pero sus
pasos no se detuvieron y siguieron hacia el fondo de la
casa. Me vino repentinamente a la cabeza que se disponía
a preparar té y bollitos, que traería al salón en un carrito,
pero luego pensé que era una tontería, que seguramente
hasta había olvidado que la esperábamos, y que en cuanto
se acordara vendría a decirnos que nos marcháramos.
Entonces una bronca voz de varón dijo algo arriba, pero
nos llegó tan amortiguada que deduje que vendría del
segundo piso. Los pasos de Madame volvieron al pasillo,
y le oímos decir:
—Ya te he dicho lo que tienes que hacer. Hazlo como
te he dicho.
Tommy y yo esperamos unos minutos más. Entonces
la pared de la parte de atrás del salón empezó a moverse,
y casi inmediatamente vi que no era en realidad una pared
sino unas puertas correderas que separaban la parte
frontal, donde estábamos, de lo que de otro modo sería
una gran estancia alargada y diáfana. Madame había
descorrido las puertas sólo a medias, y ahora estaba allí en
el hueco, mirándonos con fijeza. Traté de ver lo que había
a su espalda, pero era todo oscuridad. Pensé que quizá
esperaba a que le explicáramos por qué estábamos allí,
pero al final dijo:
—Me habéis dicho que sois Kathy H. y Tommy D.
¿Estoy en lo cierto? Y estuvisteis en Hailsham ¿hace
cuánto?
Se lo dije, pero su expresión no dejaba traslucir si nos
recordaba o no. Siguió en el umbral, como dudando si
pasar a la parte donde estábamos nosotros. Pero entonces
Tommy dijo:
—No queremos robarle mucho tiempo. Pero hay algo
de lo que tenemos que hablar con usted.
—Así parece. Muy bien, pues. Será mejor que os
pongáis cómodos.
Alargó las manos y las puso sobre los respaldos de
dos sillones gemelos que tenía enfrente. Había algo
extraño en sus maneras, como si en realidad no nos
estuviera invitando a tomar asiento. Me dio la sensación
de que si hacíamos lo que nos estaba sugiriendo y nos
sentábamos en aquellos sillones, ella iba a seguir allí de
pie, a nuestra espalda, sin siquiera quitar las manos de los
respaldos. Pero cuando empezamos a movernos hacia los
sillones ella también echó a andar hacia delante, y al pasar
entre nosotros creí ver que encogía los hombros como en
un respingo, aunque puede ser que sólo lo imaginara.
Cuando nos volvimos para sentarnos, ella ya estaba junto
a las ventanas, enfrente de las pesadas cortinas de
terciopelo, mirándonos con dureza, como si estuviéramos
en una clase y ella fuera la profesora. Al menos eso fue lo
que me pareció en ese momento. Tommy, más tarde, diría
que pensó que estaba a punto de ponerse a cantar, y que
las cortinas se abrirían y, en lugar de la calle y el
descampado lleno de hierba que conducía hasta el mar,
aparecería ante nuestros ojos un escenario con un gran
decorado —como los que solíamos montar en Hailsham—
y todo un coro para secundarla. Cuando me lo dijo me
hizo mucha gracia, y pude imaginarla otra vez, con las
manos juntas y los codos hacia fuera, en ademán de
ponerse a cantar. Pero dudo que Tommy pudiera estar
pensando eso realmente cuando la teníamos frente a
frente. Recuerdo que noté lo tensa que se ponía, y que
temí que Tommy fuera a decir alguna tontería. Por eso,
cuando nos preguntó, sin indelicadeza, qué es lo que
queríamos, me apresuré a intervenir.
Es muy probable que al principio me saliera todo un
tanto embarullado, pero al cabo de un rato, en cuanto fui
convenciéndome de que iba a escucharme hasta el final,
me tranquilicé y continué mi exposición con mucha más
claridad. Durante semanas y semanas había estado
dándole vueltas a lo que le diría cuando llegara el
momento. Pensaba en ello en el curso de mis largos viajes
en coche, y mientras estaba sentada a las mesas tranquilas
de las cafeterías de las gasolineras. Y me parecía tan
difícil. Y al final había pergeñado un plan: memorizaría
palabra por palabra unos cuantos puntos básicos y trazaría
un mapa mental del camino a seguir para pasar de un
punto a otro. Pero ahora que la tenía allí enfrente la mayor
parte de lo que había preparado se me antojaba bien
innecesario, bien completamente equivocado. Lo extraño
—y Tommy estuvo de acuerdo cuando lo hablamos
después— era que, por mucho que en Hailsham no
hubiera sido sino una figura hostil del mundo exterior,
ahora que la teníamos de nuevo frente a frente, y aunque
no había dicho o hecho nada que pudiera sugerir la menor
calidez hacia nosotros, Madame me parecía alguien
mucho más cercano a nosotros, más íntimo que cualquiera
de las personas que había conocido en los últimos años.
Por eso, en un momento dado, todo lo que llevaba
preparado en la cabeza desapareció de repente, y le hablé
sencilla y sinceramente, casi como lo hubiera hecho en el
pasado a cualquiera de nuestros custodios. Le conté lo que
habíamos oído, los rumores sobre los alumnos de
Hailsham y sobre los aplazamientos; le expliqué que nos
dábamos cuenta de que tales rumores podían muy bien no
ser ciertos, y que no nos hacíamos vanas ilusiones al
respecto.
—Y aun en caso de ser ciertos —dije—, nos hacemos
cargo de que usted estará más que cansada del asunto, de
todas esas parejas acudiendo a usted para declarar
rotundamente que están enamoradas. Tommy y yo jamás
habríamos venido a molestarla si no estuviéramos
totalmente seguros.
—¿Seguros? —Fue la primera vez que habló en todo
el rato, y Tommy y yo dimos un respingo hacia atrás a un
tiempo—. ¿Dices que estáis seguros? ¿Seguros de estar
enamorados? ¿Cómo se puede saber eso? ¿Creéis que el
amor es tan sencillo? Así que estáis enamorados...
Profundamente enamorados. ¿Es lo que me estáis
diciendo?
Su tono era casi sarcástico, pero entonces, con una
especie de conmoción, vi que, mientras nos miraba
primero a uno y luego al otro, pequeñas lágrimas le caían
por las mejillas.
—¿Creéis de veras eso? ¿Que estáis profundamente
enamorados? ¿Y, por tanto, venís a verme para un...
aplazamiento? ¿Por qué? ¿Por qué a mí?
Si esto lo hubiera dicho de un modo determinado,
como dando por sentado que la idea era totalmente
descabellada, estoy segura de que me habría sentido por
completo desolada. Pero no lo había dicho así. Había
formulado las preguntas como si fueran parte de un
examen y ella supiera las respuestas; incluso como si
hubiera hecho pasar a muchas parejas por esa prueba
multitud de veces. Y eso es lo que hizo que no perdiera la
esperanza. Pero Tommy debía de estar muy inquieto,
porque de pronto dijo:
—Hemos venido a verla por la Galería. Creemos saber
para qué es su Galería.
—¿Mi Galería? —Se apoyó en el alféizar de la
ventana, y las cortinas se balancearon un poco a su
espalda. Aspiró despacio y dijo—: Mi Galería. Querrás
decir mi colección. Todas esas pinturas y poemas, todas
esas cosas vuestras que he ido reuniendo año tras año. Fue
un trabajo duro, pero creía en él. Todos creíamos en él en
aquel tiempo. Así que crees que sabes para qué ha sido
todo ese esfuerzo, por qué lo hice. Bien, pues sin duda
será enormemente interesante oírlo. Porque he de decir
que es algo que yo misma me pregunto continuamente. —
De pronto desplazó la mirada de Tommy a mí, y añadió—
: ¿Voy demasiado lejos?
No sabía qué decir, así que dije:
—No, no.
—Sí, voy demasiado lejos —dijo—. Lo siento.
Siempre suelo ir demasiado lejos cuando se trata de este
asunto. Olvidad lo que acabo de decir. Joven, ibas a
decirme algo sobre mi Galería. Adelante, por favor.
—Así es como usted lo sabría —dijo Tommy—.
Tendría algo en lo que basarse para decidir. Porque, de
otro modo, ¿cómo lo iba a saber cuando los alumnos
vinieran a usted diciendo que estaban enamorados?
La mirada de Madame había vuelto a fijarse en mí,
pero me dio la sensación de que estaba mirando hacia
algún punto de mi brazo. De hecho, yo misma me lo miré
para ver si tenía alguna caca de pájaro o algo parecido en
la manga. Y luego la oí decir:
—¿Y por eso piensas que he reunido todas esas cosas
vuestras? Mi Galería, como siempre la llamasteis
vosotros. Cuando me enteré de que la llamabais así me
eché a reír. Pero con el tiempo yo también llegué a pensar
en ella con ese apelativo. Mi Galería. Bien, ahora,
muchacho, explícamelo. Explícame por qué mi Galería
podría ayudarme a discernir quiénes de vosotros estabais
realmente enamorados.
—Porque le ayudaría a mostrarle cómo somos —dijo
Tommy—. Porque...
—¡Porque, por supuesto —le interrumpió de pronto
Madame—, vuestro arte revelaría vuestro ser más íntimo!
Es eso, ¿no? ¡Porque vuestro arte mostraría vuestra alma!
—Se volvió bruscamente hacia mí, y dijo—: ¿Voy
demasiado lejos?
Antes nos había hecho la misma pregunta, y de nuevo
tuve la impresión de que estaba mirando hacia un punto
de mi manga. Pero ahora empezaba a tomar más y más
cuerpo la sospecha que me había asaltado vagamente la
primera vez que había preguntado: «¿Voy demasiado
lejos?». Miré a Madame detenidamente, pero ella pareció
acusar mi mirada inquisitiva y se volvió de nuevo hacia
Tommy.
—Muy bien —dijo—. Continuemos. ¿Qué era lo que
me estabas diciendo?
—El problema —dijo Tommy— es que yo estaba un
poco confuso en aquel tiempo.
—Me estabas diciendo algo sobre tu arte. Sobre cómo
el arte revela el alma del artista.
—Bueno, lo que trato de decir —insistió Tommy— es
que yo estaba tan confuso en aquel tiempo que no llegué a
hacer ningún arte. No hice nada. Hoy sé que debería haber
creado algo, pero estaba hecho un lío. Así que no tiene
nada mío en su Galería. Sé que es culpa mía, y sé que
probablemente es demasiado tarde, pero he traído algunas
cosas para que las vea. —Levantó la bolsa y empezó a
abrir la cremallera—. Algunas las he hecho hace muy
poco, pero otras son de hace mucho tiempo. Y seguro que
usted ya tiene cosas de Kath. Se llevó muchas para la
Galería. ¿No es cierto, Kath?
Durante unos segundos ambos me miraron. Y luego
Madame dijo, con voz apenas audible:
—Pobres criaturas. ¿Qué es lo que os hemos hecho?
¿Con todos nuestros planes y proyectos...? —Dejó la
última frase en el aire, y creí ver otra vez lágrimas en sus
ojos. Luego se volvió hacia mí y preguntó—: ¿Seguimos
con esta conversación? ¿Queréis continuar?
Fue al decir esto cuando la idea vaga que me había
asaltado antes cobró más entidad. Antes, «¿Voy
demasiado lejos?». Y ahora, «¿Seguimos con esta
conversación?». Caí en la cuenta, con un pequeño
escalofrío, de que aquellas preguntas nunca me las había
formulado a mí, ni a Tommy, sino a otra persona, a
alguien que estaba detrás de nosotros, en la mitad oscura
del salón, escuchando.
Me volví lentamente y escruté la oscuridad. No pude
ver nada, pero oí un sonido, un sonido mecánico,
asombrosamente lejano, la casa parecía prolongarse hacia
lo oscuro mucho más allá de lo que yo había imaginado.
Y entonces alcancé a distinguir una forma que venía hacia
nosotros, y oí una voz de mujer que decía:
—Sí, Marie-Claude. Continuemos.
Yo seguía mirando la oscuridad cuando oí que
Madame dejaba escapar una especie de bufido y se
acercaba a grandes zancadas y pasaba a nuestro lado y se
adentraba en la oscuridad. Se oyeron más ruidos
mecánicos, y Madame surgió de las sombras empujando
una silla de ruedas. Pasó de nuevo entre Tommy y yo, y
por espacio de otro instante —porque la espalda de
Madame nos impedía verla— seguí sin ver a la persona de
la silla de ruedas. Pero entonces Madame hizo girar la
silla hasta dejarla frente a nosotros, y dijo:
—Háblales. Es contigo con quien han venido a hablar.
—Supongo que sí.
La figura de la silla de ruedas era endeble y
contrahecha, y fue su voz, más que cualquier otra cosa, la
que me permitió reconocerla.
—Señorita Emily... —dijo Tommy con voz muy
suave.
—Háblales —dijo Madame, como lavándose las
manos de todo aquel asunto. Pero siguió detrás de la silla
de ruedas, con los ojos encendidos clavados en nosotros.
22
—Marie-Claude tiene razón —dijo la señorita
Emily—. Es conmigo con quien tendríais que estar
hablando. Marie-Claude trabajó duro en nuestro proyecto.
Y la forma en que terminó todo la ha dejado un poco
desilusionada. En cuanto a mí, sean cuales sean mis
decepciones, no me siento tan mal respecto de ello. Creo
que lo que hemos conseguido merece cierto respeto.
Vosotros dos, por ejemplo. Habéis salido bien. Estoy
segura de que podéis contarme muchas cosas que me
harían sentirme orgullosa. ¿Cómo habéis dicho que os
llamáis? No, no, esperad. Creo que puedo acordarme. Tú
eres el chico con mal genio. Con mal genio, pero con un
gran corazón. ¿No me equivoco? Y tú, por supuesto, eres
Kathy H. Has hecho un buen trabajo como cuidadora.
Hemos oído hablar mucho de ti. He podido recordar, ya
veis. Me atrevería a decir que podría recordaros a todos.
—¿Y eso qué bien te hace a ti, o a ellos? —preguntó
Madame, e inmediatamente después se apartó de la silla
de ruedas, pasó junto a nosotros y fue a perderse en la
oscuridad, tal vez para ocupar el sitio en el que la señorita
Emily había estado antes.
—Señorita Emily —dije—. Me alegro mucho de
volver a verla.
—Qué amable de tu parte. Te reconocí, pero tú
seguramente no me habrías reconocido. De hecho, Kathy
H., no hace mucho pasé por delante del banco en el que
estabas sentada y no me reconociste. Miraste a George, el
nigeriano corpulento que empujaba la silla. Oh, sí, le
echaste una buena mirada, y él a ti. Yo no dije ni una
palabra, y no pudiste saber que era yo. Pero esta noche, en
que hay, por así decir, «contexto», nos reconocemos.
Parecéis bastante impresionados al ver cómo estoy. No he
estado bien últimamente, pero espero que este aparato no
se
convierta
en
un
elemento
permanente.
Desgraciadamente, queridos, no voy a poder atenderos
tanto como me gustaría, porque dentro de un rato van a
venir unos hombres para llevarse la cómoda de mi alcoba.
Es un mueble maravilloso. George lo ha acolchado para
que no se dañe, pero he insistido en ir yo también, porque
nunca se sabe con estos mozos. Manejan las cosas con
rudeza, las tiran de cualquier manera dentro de la
furgoneta, y luego su patrón dice que venían ya dañadas.
Nos ha pasado ya antes, así que esta vez he insistido en ir
con mi mueble durante todo el trayecto. Es un objeto
bello, y lo tenía ya en Hailsham, así que he decidido
venderlo por un buen precio. Me temo, pues, que cuando
vengan tendré que dejaros. Pero veo, queridos míos, que
os ha traído una misión muy cara a vuestro corazón. Debo
decir que me alegro mucho de veros. Y que Marie-Claude
se alegra también, aunque jamás lo diríais por su
expresión. ¿No es cierto, queridos? Oh, ella finge que no,
pero sí se alegra. Le emociona que hayáis venido a
vernos. Está enfurruñada, pero no le hagáis caso, alumnos
míos, no le hagáis caso. Bien, ahora trataré de responder a
vuestras preguntas lo mejor que pueda. Yo también he
oído ese rumor incontables veces. Cuando aún teníamos
Hailsham, había dos o tres parejas al año que querían
venir a hablarnos de eso. Una se dirigió a nosotros por
escrito. Supongo que no era tan difícil dar con una gran
finca como aquélla si se estaba dispuesto a infringir las
normas. Así que ya veis, es un rumor que viene de mucho
antes que vosotros.
Dejó de hablar, y yo dije:
—Lo que queremos saber, señorita Emily, es si ese
rumor es cierto o no.
La mujer siguió mirándonos durante un instante, y
aspiró profundamente.
—Dentro del mismo Hailsham, siempre que empezaba
este rumor, yo me apresuraba a cortarlo de raíz. Pero
sobre lo que los alumnos pudieran decir cuando se
marchaban, ¿qué podía hacer yo? Al final llegué a creer, y
Marie-Claude también, ¿verdad, querida?, llegué a creer
que tal rumor no era sólo un rumor. Lo que quiero decir es
que es algo que surge de la nada una y otra vez. Vas a la
fuente, la ciegas, y con eso no evitas que vuelva a surgir
en otra parte. Cuando llegué a esta conclusión, dejé de
preocuparme. A Marie-Claude nunca le ha preocupado.
Su modo de verlo era el siguiente: «Si son tan necios,
déjales que lo crean». Oh, sí, y no pongas esa cara. Ésa
fue tu opinión desde el principio. Y después de muchos
años no es que yo llegara a la misma conclusión, pero
empecé a pensar que, bueno, que quizá no debería
preocuparme. No era obra mía, de todas formas. Habrá
unas cuantas parejas que se sientan decepcionadas, pero la
inmensa mayoría nunca llegará a intentar averiguarlo. Es
algo que les hace soñar, una pequeña fantasía. ¿Qué daño
puede hacer? Pero comprendo que para vosotros dos la
cosa es diferente. Vosotros sois serios. Lo habéis pensado
detenidamente. Habéis acariciado detenidamente esa
esperanza. Y siento verdadero pesar por los alumnos
como vosotros. No me complace en absoluto
desilusionaros. Pero así son las cosas.
No quise mirar a Tommy. Yo me sentía
asombrosamente en calma, y aunque las palabras de la
señorita Emily deberían habernos destrozado, había en
ellas un tono que implicaba algo más, algo aún no
revelado, que dejaba entrever que no habíamos llegado
aún al fondo del asunto. Existía incluso la posibilidad de
que no estuviera diciendo la verdad. Así que pregunté:
—¿La cuestión, pues, es que los aplazamientos no
existen? ¿No hay nada que ustedes puedan hacer?
La señorita Emily sacudió la cabeza de un lado a otro,
despacio.
—No hay nada de verdad en ese rumor. Lo siento. Lo
siento de verdad.
Tommy, de pronto, preguntó:
—¿Alguna vez fue verdad? ¿Antes de que cerraran
Hailsham?
La señorita Emily siguió negando con la cabeza.
—Nunca fue verdad. Ni antes del escándalo
Morningdale, ni antes de que Hailsham fuera considerado
como un modelo en su género, un ejemplo de cómo
podíamos conseguir un modo mejor y más humano de
hacer las cosas. Ni siquiera entonces hubo tal cosa. Es
mejor aclararlo rotundamente. Era un rumor cargado de
buenas intenciones. Y eso es todo lo que siempre ha sido.
Oh, ¿serán ésos los hombres que vienen por la cómoda?
Sonó el timbre, y se oyeron unos pasos que bajaban
las escaleras para ir a abrir. Llegaron unas voces
masculinas desde el pasillo estrecho, y Madame salió de
la oscuridad a nuestra espalda, pasó por delante de
nosotros y salió del salón. La señorita Emily se inclinó
hacia delante en la silla de ruedas, aguzando el oído. Y
luego dijo:
—No son ellos. Es otra vez ese hombre horrible de la
casa de decoración. Marie-Claude se encargará de hablar
con él. Así que, queridos míos, tenemos unos minutos
más. ¿Hay alguna otra cosa de la que queráis hablarme?
Esto, por supuesto, va en contra de todas las reglas, y
Marie-Claude no debería haberos hecho pasar. Y,
naturalmente, yo debería haber hecho que os despidiera en
cuanto he sabido que estabais aquí. Pero Marie-Claude no
hace mucho caso de las reglas últimamente, y debo decir
que yo tampoco. Así que si queréis quedaros un rato más,
podéis hacerlo.
—Si el rumor no fue nunca cierto —dijo Tommy—,
¿por qué se llevaban todos nuestros trabajos de arte?
¿Tampoco existía la Galería, entonces?
—¿La Galería? Bien, en ese rumor sí había algo de
verdad. Hubo una Galería. Y, en cierto modo, aún la hay.
Hoy día está aquí, en esta casa. Y tuve que reducir el
número de piezas, lo cual lamento. Pero no había sitio
para todas. ¿Para qué nos llevábamos vuestros trabajos?
Es ésa vuestra pregunta, ¿no es cierto?
—No es sólo eso —dije en voz baja—. Para empezar,
¿para qué hacíamos todos aquellos trabajos artísticos?
¿Por qué enseñarnos, y animarnos, y hacernos producir
todo aquello? Si lo único que vamos a hacer en la vida es
donar, y luego morirnos, ¿para qué todas aquellas clases?
¿Para qué todos aquellos libros y debates?
—¿Y por qué Hailsham, en primer lugar? —dijo
Madame desde el pasillo. Volvió a pasar por nuestro lado
y se adentró de nuevo en la parte oscura—. Una buena
pregunta por vuestra parte.
La mirada de la señorita Emily la buscó en la
oscuridad, y por espacio de un momento quedó fija en
algún punto a nuestra espalda. Sentí deseos de darme la
vuelta para ver qué podían estar diciéndose con la mirada,
pero casi había vuelto a ser como cuando estábamos en
Hailsham, y teníamos que seguir mirando hacia el frente y
con una atención plena. Y al final la señorita Emily dijo:
—Sí, antes que nada, ¿por qué Hailsham? A MarieClaude le gusta preguntar eso a menudo últimamente.
Pero no hace tanto, antes del escándalo Morningdale,
jamás se le habría ocurrido formular una pregunta
semejante. No le habría cabido en la cabeza. ¡Sabes que
es verdad, no me mires así! En aquel tiempo sólo había
una persona capaz de formular una pregunta así, y esa
persona era yo. Me lo pregunté mucho antes de
Morningdale, desde el principio mismo. Y eso les facilitó
las cosas al resto de mis colegas de Hailsham; todos
podían seguir con lo que hacían sin preocuparse. Y
también vosotros los alumnos. Mientras yo me
mantuviera firme, ninguna duda os pasaría por la cabeza a
ninguno de vosotros. Pero tú has hecho tus preguntas,
querido muchacho. Contestemos a la más sencilla, y ello
quizá responda también a las demás. ¿Por qué nos
llevábamos vuestros trabajos artísticos? ¿Por qué
hacíamos tal cosa? Has dicho algo muy interesante antes,
Tommy. Cuando estabas hablando de esto con MarieClaude. Has dicho que era porque la obra de arte revelaba
cómo era su autor. Cómo era en su interior. Eso es lo que
has dicho, ¿no es cierto? Bien, no estabas en absoluto
errado en eso. Nos llevábamos vuestros trabajos artísticos
porque pensábamos que nos permitirían ver vuestra alma.
O, para decirlo de un modo más sutil, para demostrar que
teníais alma.
Hizo una pausa. Y Tommy y yo nos miramos por
primera vez en un largo rato. Y entonces pregunté:
—¿Por qué tenían que demostrar una cosa así, señorita
Emily? ¿Es que alguien creía que no la teníamos?
Una fina sonrisa se dibujó en su semblante.
—Es conmovedor, Kathy, verte tan desconcertada.
Demuestra, en cierto modo, que hicimos bien nuestro
trabajo. Como dices, ¿por qué habría alguien de dudar que
teníais alma? Pero tengo que decirte, querida mía, que no
era algo comúnmente admitido cuando empezamos
nuestra andadura hace tantos años. Y aunque hayamos
recorrido un largo camino desde entonces, no es aún una
idea universalmente aceptada, ni siquiera hoy día.
Vosotros, alumnos de Hailsham, por mucho que llevéis ya
tiempo en el mundo, seguís sin saber casi nada. En este
mismo momento, en todo el país, hay alumnos que se
educan en condiciones deplorables, condiciones que
vosotros los alumnos de Hailsham difícilmente podríais
imaginar. Y ahora que nosotros ya no estamos, las cosas
no van a hacer sino empeorar.
Volvió a callar, y durante un instante pareció
examinarnos detenidamente a través de sus ojos
entrecerrados. Y luego continuó:
—Nosotros, al menos, nos preocupamos de que todos
quienes estabais a nuestro cuidado crecierais en un medio
maravilloso. Y procuramos también que, después de que
nos dejarais, pudierais manteneros lejos de lo peor de esos
horrores. Como mínimo pudimos hacer eso por vosotros.
Pero ese sueño vuestro, ese sueño de poder llegar a
aplazar... Conceder tal cosa siempre ha estado fuera de
nuestro alcance, incluso cuando estuvimos en la cima de
nuestra influencia. Lo siento. Sé que lo que estoy diciendo
no va a ser bien recibido por vosotros. Pero no debéis
abatiros. Confío en que sepáis apreciar lo mucho que
fuimos capaces de ofreceros. ¡Miraos ahora! Habéis
llevado una buena vida; sois educados y cultos. Siento
que no pudiéramos conseguiros más de lo que os
conseguimos, pero tendríais que daros cuenta de que un
día las cosas fueron mucho peor. Cuando Marie-Claude y
yo empezamos, no había sitios como Hailsham. Fuimos
los primeros, junto con Glenmorgan House. Luego, unos
años después, vino Saunders Trust. Juntos formamos un
pequeño pero influyente movimiento que desafiaba
frontalmente la forma en que se estaban llevando los
programas de donaciones. Y, lo que es más importante,
demostramos al mundo que si los alumnos crecían en un
medio humano y cultivado, podían llegar a ser tan
sensibles e inteligentes como los seres humanos normales.
Antes de eso, los clones (o alumnos, como nosotros
preferíamos llamaros) no tenían otra finalidad que la de
abastecer a la ciencia médica. En los primeros tiempos,
después de la guerra, eso es lo que erais para la mayoría
de la gente. Objetos oscuros en tubos de ensayo. ¿Estás de
acuerdo, Marie-Claude? Está muy callada. Normalmente,
cuando se habla de este tema, no hay quien la haga callar.
Vuestra presencia, queridos míos, parece que le ha sellado
la boca. Muy bien. En fin, respondiendo a tu pregunta,
Tommy: por eso nos llevábamos vuestros trabajos
artísticos. Seleccionábamos los mejores y organizábamos
exposiciones. A finales de los setenta, cuando mayor era
nuestra influencia, organizábamos grandes actos por todo
el país. Asistían ministros, obispos, todo tipo de gente
famosa. Se pronunciaban discursos, se prometían
cuantiosos fondos. «¡Eh, mirad!», decían. «¡Mirad estas
obras de arte! ¿Cómo puede atreverse alguien a afirmar
que estos chicos son seres inferiores a los humanos?» Oh,
sí, en aquella época hubo un gran apoyo a nuestro
movimiento; estábamos con el aire de los tiempos.
Durante los minutos siguientes, la señorita Emily
siguió rememorando distintos acontecimientos de aquel
tiempo, haciendo mención de numerosas personas cuyos
nombres no significaban nada para nosotros. De hecho,
hubo breves instantes en los que fue como si estuviéramos
de nuevo escuchándola en una de sus charlas matinales de
aquel tiempo, cuando se iba por las ramas y ninguno de
nosotros podíamos seguirla. Parecía disfrutar del
momento, y alrededor de sus ojos se instaló una sonrisa
amable. Entonces, de pronto, salió de su remembranza y
dijo en un tono nuevo:
—Pero nunca perdimos el contacto con la realidad,
¿no es así, Marie-Claude? No como nuestros colegas de
Saunders Trust. Incluso en nuestros mejores tiempos
sabíamos lo difícil que era la batalla que estábamos
librando. Y entonces vino el escándalo Morningdale, y
luego un par de cosas más, y antes de que pudiéramos
darnos cuenta todo nuestro duro trabajo se había ido al
traste.
—Pero lo que no entiendo —dije— es cómo la gente
podía querer que se tratase tan mal a los alumnos...
—Desde la perspectiva de hoy, Kathy, tu extrañeza es
perfectamente razonable. Pero tienes que tratar de
entenderlo desde un punto de vista histórico. Después de
la guerra, a comienzos de los años cincuenta, cuando los
grandes avances científicos se sucedían rápidamente uno
tras otro, no había tiempo para hacer balance, para
formularse las preguntas pertinentes. De pronto se abrían
ante nosotros todas aquellas posibilidades nuevas, todas
aquellas vías para curar tantas enfermedades antes
incurables. Esto fue lo que más atrajo la atención del
mundo, lo más ambicionado por todas sus gentes. Y
durante una larga etapa el mundo prefirió creer que los
órganos surgían de la nada, o cuando menos que se
creaban en una especie de vacío. Sí, hubo debates. Pero
cuando la gente empezó a preocuparse de..., de los
alumnos, cuando se paró a pensar en cómo se os criaba, o
si siquiera tendríais que haber sido creados, entonces,
digo, ya era demasiado tarde.
No había forma de volver atrás. A un mundo que
había llegado a ver el cáncer como una enfermedad
curable, ¿cómo podía pedírsele que renunciase a esa cura,
que volviese a la era oscura? No se podía volver atrás. Por
incómoda que pudiera sentirse la gente en relación con
vuestra existencia, lo que le preocupaba abrumadoramente
era que sus hijos, sus esposas, sus padres, sus amigos, no
murieran de cáncer, de enfermedades neuromotoras o del
corazón. De forma que durante mucho tiempo se os
mantuvo en la sombra, y la gente hacía todo lo posible
para no pensar en vuestra existencia. Y si lo hacían,
trataban de convencerse a sí mismos de que no erais
realmente como nosotros. De que erais menos que
humanos, y por tanto no había que preocuparse. Y así es
como estaban las cosas hasta que irrumpió en escena
nuestro pequeño movimiento. Pero ¿os dais cuenta de a
qué nos estábamos enfrentando? Prácticamente estábamos
intentando la cuadratura del círculo. Porque el mundo
necesitaba alumnos que donaran. Y, mientras siguiera
necesitándolos, siempre existiría una barrera que
impediría veros como realmente humanos. Bien,
peleamos por nuestra causa durante muchos años, y lo que
conseguimos para vosotros, al menos, fue numerosas
mejoras, aunque, por supuesto, ese «vosotros» no fuisteis
más que un puñado de elegidos. Pero llegó el escándalo
Morningdale, y luego otras cosas, y antes de que
pudiéramos darnos cuenta la situación había cambiado por
completo. Ya nadie quería verse relacionado con ningún
tipo de apoyo a nuestra causa, y nuestro pequeño
movimiento (Hailsham, Glenmorgan, Saunders Trust)
pronto fue barrido de la escena.
—¿Qué es el escándalo Morningdale que menciona
usted una y otra vez, señorita Emily? —pregunté—.
Tendrá que contárnoslo, porque jamás habíamos oído
hablar de él.
—Bueno, supongo que no hay ninguna razón para no
hacerlo. En el mundo exterior nunca tuvo un gran eco. El
nombre viene del científico James Morningdale, hombre
de mucho talento en su campo. Llevó a cabo su trabajo en
un remoto rincón de Escocia, donde supongo que pensó
qué llamaría menos la atención. Lo que quería era ofrecer
a la gente la posibilidad de tener hijos con características
mejoradas. Inteligencia superior, superiores dotes
atléticas, ese tipo de cosas. Por supuesto, había habido
otros con similares ambiciones, pero Morningdale llevó
sus investigaciones mucho más lejos que ninguno de sus
precursores, mucho más allá de los límites legales. Bien,
fue descubierto y se puso fin a sus investigaciones, y aquí
pareció zanjarse la cuestión. Sólo que, por supuesto, la
cuestión no estaba zanjada, al menos no para nosotros.
Como he dicho, el caso jamás llegó a tener un gran eco,
aunque sí creó cierta atmósfera, ¿entendéis? Hizo que la
gente recordara; le hizo recordar un miedo que siempre
había sentido. Una cosa es crear alumnos, como vosotros,
para el programa de donaciones. Pero ¿una generación de
niños creados que luego ocuparía su puesto en la
sociedad? ¿Unos niños palmariamente superiores a
nosotros? Oh, no. Eso asustaba a la gente. Y la gente
retrocedió ante ello.
—Pero señorita Emily —dije—, ¿qué tiene que ver
todo eso con nosotros? ¿Por qué tuvo que cerrar Hailsham
por algo como lo que está diciendo?
—Tampoco nosotros vimos ninguna relación clara,
Kathy. No al principio, al menos. Y ahora pienso a
menudo que somos culpables por no haberla visto a
tiempo. Si hubiéramos estado más alerta, menos absortos
en nosotros mismos; si hubiéramos trabajado duro en
aquella fase, cuando nos llegaron por primera vez las
noticias de Morningdale, tal vez habríamos podido
impedirlo. Oh, Marie-Claude no está de acuerdo. Ella
piensa que todo habría sucedido de igual forma con
independencia de lo que nosotros hubiéramos hecho, y
puede que tenga algo de razón. Después de todo, no fue
sólo Morningdale. En aquella misma etapa hubo otras
cosas. Aquella horrible serie de televisión, por ejemplo.
Todo ello contribuyó al cambio en el aire de los tiempos.
Pero supongo que, bien mirado, el error fundamental fue
ése. Nuestro pequeño movimiento era siempre demasiado
frágil, siempre demasiado dependiente del humor de
quienes nos apoyaban. Mientras el talante general se
inclinara a nuestro favor, mientras tal sociedad anónima o
tal político vislumbrara un beneficio en el hecho de
apoyarnos, nos manteníamos a flote. Pero siempre fue una
verdadera lucha, y después de Morningdale, después de
que el talante general cambiara, ya no tuvimos ninguna
oportunidad. El mundo no quería que se le recordase
cómo funcionaba realmente el programa de donaciones.
No quería pensar en vosotros, los alumnos, o en las
condiciones en que fuisteis traídos a este mundo. En otras
palabras, queridos míos, quería que volvierais a las
sombras. A esas sombras en las que habíais estado antes
de que personas como Marie-Claude y yo apareciéramos
en escena. Y toda aquella gente influyente que un día se
había mostrado tan deseosa de ayudarnos, bueno, pues
toda esa gente no tardó en desaparecer. Perdimos a
nuestros patrocinadores, uno tras otro, en poco más de un
año. Seguimos con nuestra tarea todo el tiempo que
pudimos; resistimos dos años más que Glenmorgan. Pero
al final, como sabéis, nos vimos obligados a cerrar, y hoy
apenas queda rastro del trabajo que llevamos a cabo. Ya
nadie podrá encontrar un lugar como Hailsham en
ninguna parte del país. Todo lo que se podrá encontrar,
como de costumbre, son esos vastos «hogares» del
gobierno, y aunque hoy son mucho mejores de lo que
solían ser en un tiempo, dejadme deciros, queridos míos,
que si llegarais a ver cómo son aún las cosas en algunos
de esos centros no lograríais conciliar el sueño en varios
días. Y en lo que se refiere a Marie-Claude y a mí, aquí
nos tenéis, retiradas en esta casa, con una montaña de
trabajos vuestros ahí arriba. Es lo que nos queda para
recordarnos lo que hicimos. Y una montaña de deudas,
también, que como es lógico no nos resultan en absoluto
agradables. Y los recuerdos, supongo, de todos vosotros.
Y el saber que os hemos brindado una vida mejor que la
que habríais tenido en otras circunstancias.
—No trates de pedirles que te den las gracias —se oyó
decir a Madame a nuestra espalda—. ¿Por qué iban a estar
agradecidos? Han venido aquí en busca de mucho más.
Lo que nosotros les dimos, todos esos años, todas esas
luchas en su beneficio... ¿Qué saben ellos de eso? Creen
que es una dádiva divina. Hasta que han venido a esta
casa, no sabían nada de esto. Lo único que ahora sienten
es desencanto, porque no les hemos dado todo lo que
creían posible.
Nadie dijo nada durante un rato. Luego se oyó un
ruido en la calle, y el timbre volvió a sonar. Madame
surgió de nuevo de la oscuridad y salió al pasillo.
—Esta vez seguro que son esos hombres —dijo la
señorita Emily—. Tendré que prepararme. Pero podéis
quedaros un poco más. Tienen que bajar el mueble dos
tramos de escaleras. Marie-Claude cuidará de que no lo
dañen.
Tommy y yo no podíamos creer que aquello fuera el
final. Ninguno de los dos se levantó para irse, aunque, de
todas formas, no parecía haber nadie para ayudar a la
señorita Emily a dejar la silla de ruedas. Por espacio de un
instante me pregunté si no se levantaría ella sola, pero vi
que se quedaba inmóvil, inclinada hacia delante, como
antes, escuchando atentamente. Y Tommy dijo:
—Así que definitivamente no hay nada. Ni
aplazamientos, ni nada de nada.
—Tommy —susurré, y lo fulminé con la mirada.
Pero la señorita Emily dijo con voz suave:
—No, Tommy. No hay nada. Vuestra vida debe seguir
ahora el rumbo que tenía prefijado.
—¿Lo que nos está diciendo, señorita Emily —dijo
Tommy—, es que todo lo que hicimos, todas las clases,
todo..., no era más que para lo que nos acaba de contar?
¿No había nada más en todo aquello?
—Veo —dijo la señorita Emily— que puede parecer
que no erais más que simples peones. Y no hay duda de
que es posible mirarlo de ese modo. Pero pensad en ello.
Erais peones muy afortunados. Entonces había cierto
clima que hoy ha desaparecido por completo. Tendréis
que reconocer que a veces es así como funcionan las
cosas en este mundo. Las opiniones de la gente, sus
sentimientos, un día van en una dirección, y otro día en
otra. Y coincide que vosotros crecisteis en un momento
concreto de ese proceso.
—Puede que fuera sólo una corriente que vino y se
fue —dije yo—. Pero para nosotros es nuestra vida.
—Sí, es cierto. Pero pensad en ello. Estabais mucho
mejor que muchos que vinieron antes que vosotros. Y
quién sabe lo que van a tener que afrontar los que vengan
después. Lo siento, alumnos míos, pero ahora tenéis que
marcharos. ¡George! ¡George!
Llegaba mucho ruido del pasillo, y quizá por eso
George no podía oírla y no respondió.
—¿La señorita Lucy se fue por eso? —preguntó
Tommy.
Durante un instante pensé que la señorita Emily, cuya
atención se había centrado en el trajín del pasillo, no le
había oído. Pero se inclinó en la silla de ruedas y empezó
a moverse despacio hacia la puerta. Había tantas mesitas
de café y sillas en su camino que parecía imposible que
llegara a conseguir abrirse paso entre ellas. Me disponía
ya a levantarme para hacerle un hueco cuando vi que se
detenía bruscamente.
—Lucy Wainright —dijo—. Ah, sí. Tuvimos un
pequeño problema con ella. —Hizo una pausa, e hizo
girar la silla de ruedas para encarar a Tommy—. Sí,
tuvimos un pequeño problema con ella. Un pequeño
desacuerdo. Pero respondo a tu pregunta, Tommy: el
desacuerdo con Lucy Wainright no tuvo nada que ver con
lo que acabo de contaros. No directamente, en todo caso.
No, fue más..., digamos, un asunto interno.
Pensé que iba a dejarlo ahí, así que pregunté:
—Señorita Emily, si no le importa nos gustaría saber
la razón. ¿Qué sucedió con la señorita Lucy?
La señorita Emily enarcó las cejas.
—¿Lucy Wainright? ¿Era importante para vosotros?
Perdonadme, queridos alumnos, olvido ciertas cosas.
Lucy no estuvo con nosotros mucho tiempo, así que para
nosotros no es sino un personaje secundario en nuestra
memoria de Hailsham. Y nuestro recuerdo de ella no es en
absoluto feliz. Pero si estuvisteis precisamente en aquellos
años, entiendo que... —Rió para sí misma, y pareció
recordar algo. En el pasillo, Madame estaba reprendiendo
a gritos a los hombres, pero la señorita Emily parecía
haber perdido interés en ese asunto. Estaba rastreando en
sus recuerdos con expresión absorta. Y al cabo dijo—:
Una chica estupenda, Lucy Wainright. Pero después de
estar con nosotros un tiempo, empezó a tener esas ideas.
Pensaba que teníamos que haceros más conscientes. Más
conscientes de lo que os esperaba en la vida: quiénes
erais, para qué habíais sido concebidos. Creía que había
que daros una imagen lo más vivida posible de vuestra
situación. Que cualquier cosa menos que eso era casi
como engañaros. Y nosotros lo estudiamos y llegamos a
la conclusión de que estaba equivocada.
—¿Por qué? —preguntó Tommy—. ¿Por qué llegaron
a esa conclusión?
—¿Por qué? Su intención era buena, estoy segura. Y
veo que le teníais afecto. Era una excelente custodia. Pero
lo que quería hacer era demasiado teórico. Llevábamos
muchos años dirigiendo Hailsham, y sabíamos ya lo que
podía funcionar, y lo que era mejor para los alumnos a la
larga, en su futuro después de Hailsham. Lucy Wainright
era una idealista, y no hay nada malo en ello. Pero no
tenía sentido práctico. Nosotros podíamos daros algo,
¿comprendéis?, algo que ni siquiera hoy nadie puede
arrebataros, y para poder hacerlo en primer lugar teníamos
que protegeros. Hailsham no habría sido Hailsham si no
lo hubiéramos hecho. Muy bien, a veces ello requería que
os ocultáramos cosas, que os mintiéramos. Sí, en cierto
sentido os engañamos. Supongo que hasta podríais decir
eso. Pero os protegimos durante todos aquellos años, y de
ese modo os dimos una infancia. La intención de Lucy era
sin duda inmejorable, aunque si hubiera puesto en práctica
lo que quería, vuestra felicidad en Hailsham habría
corrido grave riesgo. ¡Miraos hoy! Estoy tan orgullosa de
ver lo que sois. Habéis construido vuestras vidas sobre lo
que nosotros os dimos. No seríais quienes hoy sois si no
os hubiéramos protegido. No os habríais centrado en
vuestras clases, no os habríais ensimismado en vuestro
arte y en vuestra escritura. ¿Por qué ibais a hacerlo, de
haber sabido lo que os aguardaba fuera? Nos habríais
dicho que nada tenía sentido, y ¿con qué argumentos
íbamos nosotros a discutíroslo? Así que Lucy tenía que
irse.
Ahora Madame gritaba a los hombres. No era
exactamente que hubiera perdido los estribos, pero su voz
retumbaba con una severidad pavorosa, y los hombres —
que hasta ese momento habían estado discutiendo con
ella— callaron por completo.
—Quizá haya sido mejor que me haya quedado aquí
con vosotros —dijo la señorita Emily—. Marie-Claude,
en este tipo de cosas, es mucho más eficiente que yo.
No sé lo que me hizo decirlo. Tal vez el hecho de
saber que nuestra visita estaba a punto de acabarse; tal vez
el que sintiera una viva curiosidad acerca de cuáles eran
los sentimientos mutuos de la señorita Emily y de
Madame. El caso es que bajé la voz y, haciendo un gesto
con la cabeza en dirección a la puerta, dije:
—A Madame nunca le gustamos. Siempre tenía miedo
de nosotros. De esa forma en que a la gente le dan miedo
las arañas y otros bichos.
Aguardé a ver si la señorita Emily se ponía furiosa
(sin importarme ya gran cosa si lo hacía o no). Y, en
efecto, se volvió hacia mí bruscamente, como si le hubiera
arrojado una bolita de papel, y sus ojos fulguraron de un
modo que me recordó sus días de Hailsham. Pero su voz
era calma y suave cuando replicó:
—Marie-Claude lo ha dado todo por vosotros. No ha
hecho más que trabajar y trabajar y trabajar. No te
equivoques en eso, niña mía. Marie-Claude está de
vuestro lado, y siempre estará de vuestro lado. ¿Os tiene
miedo? Todos os tenemos miedo. Mientras estuve en
Hailsham, yo misma tenía que vencer casi todos los días
el miedo que me inspirabais. Había veces en que os
miraba desde la ventana de mi estudio y sentía tal grima...
—calló, y de nuevo vi aquel brillo en sus ojos—. Pero
estaba decidida a que esos sentimientos no me impidieran
hacer lo que era justo. Luché contra esos sentimientos, y
salí victoriosa. Ahora, si sois tan amables de ayudarme a
levantarme de la silla... George me estará esperando con
las muletas.
Con un codo apoyado en Tommy y el otro en mí,
caminó con cuidado hasta salir al pasillo, donde un
hombre corpulento con uniforme de enfermero,
sobresaltado, dio un respingo y se apresuró a tenderle
unas muletas.
La puerta principal estaba abierta, y me sorprendió ver
que aún había claridad diurna. La voz de Madame llegaba
desde el exterior; hablaba con los hombres, pero ya con
más calma. Creí llegada la hora de que Tommy y yo
desapareciéramos de allí, pero la señorita Emily, firme
entre las dos muletas mientras George la ayudaba a
ponerse el abrigo, nos cerraba el paso, así que esperamos.
Supongo que también esperábamos para despedirnos de la
señorita Emily; puede que, después de todo, quisiéramos
darle las gracias. No estoy segura. Pero en aquel momento
lo que a ella le preocupaba era su cómoda. Una vez fuera,
se puso a explicarles a los hombres algo urgente, y se
alejó con George, sin mirar hacia atrás para volver a
vernos.
Tommy y yo nos quedamos en el pasillo durante unos
segundos más, sin saber qué hacer. Cuando al final
salimos a la calle, advertí que, aunque el cielo aún no
estaba oscuro, las farolas se habían encendido a todo lo
largo de la calle. Una furgoneta blanca puso en marcha el
motor. Justo detrás de ella vimos un viejo Volvo, y a la
señorita Emily en el asiento del acompañante. Madame se
inclinaba sobre la ventanilla, y asentía a algo que le estaba
diciendo la señorita Emily, mientras George cerraba el
maletero e iba hasta la puerta del conductor. La furgoneta
blanca inició la marcha, y el Volvo salió a continuación.
Madame se quedó mirando durante largo rato hacia
los vehículos que se alejaban. Luego dio media vuelta en
ademán de entrar en la casa, y al vernos allí en la acera se
detuvo bruscamente, y casi retrocedió dando un saltito.
—Nos vamos ya —dije—. Gracias por haber hablado
con nosotros. Por favor, dígale adiós a la señorita Emily
de nuestra parte.
Vi cómo me estudiaba a la luz mortecina de la tarde.
Luego dijo:
—Kathy H. Me acuerdo de ti. Sí, te recuerdo.
Se quedó en silencio, pero siguió mirándome.
—Creo que sé lo que está pensando —dije
finalmente—. Creo que puedo adivinarlo.
—Muy bien —dijo ella. Su voz sonaba como ausente,
y su mirada parecía desvaída—. Muy bien. Puedes leer la
mente. Dime.
—Una tarde me vio usted en el dormitorio. No había
nadie, y yo estaba escuchando una cinta, una canción. Y
estaba bailando, con los ojos cerrados. Y usted me vio.
—Eso está muy bien. Sabes leer la mente. Deberías
trabajar en un escenario. Acabo de reconocerte. Y sí, me
acuerdo de aquella vez. Y aún pienso en ella en ocasiones.
—Es extraño. Yo también.
—Ya veo.
Podíamos haber acabado la conversación ahí.
Podíamos habernos dicho adiós e irnos cada cual por
nuestro lado. Pero Madame dio un paso hacia nosotros,
sin dejar de mirarme a la cara en ningún momento.
—Eras mucho más joven entonces —dijo—. Pero sí,
eres tú.
—No tiene que contestarme si no quiere —dije—.
Pero es algo que siempre me ha intrigado. ¿Puedo
preguntárselo?
—Me lees la mente. Pero yo no puedo leer la tuya.
—Bueno, aquel día usted estaba... disgustada. Me
estaba mirando, y cuando me di cuenta y abrí los ojos,
usted seguía observándome, y creo que estaba llorando.
De hecho sé que estaba llorando. Me estaba mirando y
lloraba. ¿Por qué?
La expresión de Madame no había cambiado, y
continuó mirándome a la cara.
—Estaba llorando —acabó diciendo con voz muy
suave, como si tuviera miedo de que los vecinos
estuvieran escuchando— porque al entrar oí la música.
Pensé que algún alumno descuidado había dejado una
casete puesta. Pero cuando fui a entrar en el dormitorio te
vi, sola, apenas una chiquilla, bailando. Con los ojos
cerrados, como has dicho, y muy lejos, y con tal expresión
de anhelo. Bailabas con tanta sensibilidad. Y la música, la
canción. Había algo en la letra. Estaba tan llena de
tristeza.
—La canción —dije— se titulaba Nunca me
abandones. —Entoné para ella un par de versos en voz
muy baja, casi en un susurro—. «Nunca me abandones.
Oh, baby, baby... Nunca me abandones...»
Movió la cabeza en señal de asentimiento.
—Sí, era esa canción. La he oído una o dos veces
desde entonces. En la radio, en la televisión. Y siempre
me ha recordado a aquella chiquilla que bailaba a solas en
el dormitorio.
—Dice que no puede leer la mente —dije—. Pero
quizá la leyó aquel día. Quizá por eso, al verme, se echó a
llorar. Porque, fuera lo que fuere lo que decía la letra de
aquella canción, yo, en mi cabeza, cuando estaba
bailando, tenía mi propia interpretación. ¿Sabe?
Imaginaba que trataba de una mujer a la que le habían
dicho que no podía tener hijos. Pero resulta que tuvo uno,
y estaba tan feliz, y lo apretaba con todas sus fuerzas
contra su pecho, muerta de miedo de que algo pudiera
separarlos, y no paraba de cantar «baby, baby, nunca me
abandones...». La canción no trata de eso ni mucho
menos, pero eso es lo que yo tenía en la cabeza entonces.
Puede que me leyera usted la mente, y por eso le pareció
todo tan triste. A mí no me parecía tan triste en aquel
momento, pero ahora, cuando pienso en ello, sí me lo
parece un poco.
Había estado hablándole a Madame, pero sentía a
Tommy moviéndose a mi lado, y era consciente de la
textura de su ropa, de todo lo que tenía que ver con su
persona. Y Madame dijo:
—Es muy, muy interesante. Pero ni entonces podía ni
hoy puedo leer la mente de nadie. Lloraba por una razón
totalmente diferente. Cuando te vi bailando aquella tarde,
vi también algo más. Vi un mundo nuevo que se
avecinaba velozmente. Más científico, más eficiente. Sí.
Con más curas para las antiguas enfermedades. Muy bien.
Pero más duro. Más cruel. Y veía a una niña, con los ojos
muy cerrados, que apretaba contra su pecho el viejo
mundo amable, el suyo, un mundo que ella, en el fondo de
su corazón, sabía que no podía durar, y lo estrechaba con
fuerza y le rogaba que nunca, nunca la abandonara. Eso es
lo que yo vi. No te vi realmente a ti, ni lo que estabas
haciendo. Pero te vi y se me rompió el corazón. Y jamás
lo he olvidado.
Entonces se acercó hasta quedar casi a un paso de
nosotros.
—Lo que nos habéis dicho esta tarde me ha
emocionado también. —Miró a Tommy, y luego a mí—.
Pobres criaturas. Me gustaría tanto poder ayudaros. Pero
ahora estáis solos.
Alargó la mano, sin dejar de mirarme a la cara ni un
instante, y la puso en mi mejilla. Sentí cómo un temblor la
recorría de pies a cabeza, pero dejó la mano donde estaba,
y vi que volvían a asomar a sus ojos las lágrimas.
—Pobres criaturas —repitió, casi en un susurro.
Y dio media vuelta y entró en la casa.
En el viaje de regreso apenas hablamos de nuestra
visita a Madame y a la señorita Emily. O, si lo hicimos,
fue de las cosas menos importantes, como de lo
envejecidas que nos habían parecido, o de las cosas que
habíamos visto en su casa.
Me mantuve todo el tiempo en las carreteras
secundarias menos iluminadas que conocía, donde sólo
nuestros faros turbaban la total oscuridad. De cuando en
cuando nos cruzábamos con otros faros, y entonces tenía
la sensación de que pertenecían a otros cuidadores que
volvían a casa solos, o quizá, como yo, con un donante a
su lado. Era consciente, por supuesto, de que otras
muchas gentes utilizaban esas carreteras, pero aquella
noche me daba la impresión de que aquellos apartados
vericuetos del país existían sólo para gente como
nosotros, mientras que las grandes y rutilantes autopistas,
con sus gigantescos letreros y sus confortables cafeterías,
eran para todos los demás. No sé si Tommy estaba
pensando algo parecido. Quizá sí, porque en un momento
dado comentó:
—Kath, conoces unas carreteras bastante raras.
Rió un poco al decirlo, pero enseguida pareció
sumirse en sus pensamientos. Y luego, cuando
avanzábamos por una vía particularmente oscura, en
medio de ninguna parte, dijo de pronto:
—Creo que la que tenía razón era la señorita Lucy. No
la señorita Emily.
No recuerdo si le respondí. Si lo hice, ciertamente no
fue nada profundo. Pero ése fue el momento en que
percibí algo en su voz, o quizá en su modo de
comportarse, que hizo que se disparara un lejano timbre
de alarma. Recuerdo que aparté la vista de la carretera
para dirigirla a él, pero lo vi allí sentado a mi lado, en
calma, con la mirada fija en el asfalto.
Unos minutos después, dijo de pronto:
—¿Podemos parar, Kath? Lo siento, pero tengo que
bajarme un momento.
Pensé que se estaba mareando otra vez, así que
aminoré la marcha inmediatamente y detuve el coche en
el arcén, casi rozando el seto. Era un tramo
completamente oscuro, y aunque dejé los faros
encendidos, estaba muy nerviosa por miedo a que un
vehículo tomara la curva a mucha velocidad y chocara
contra nosotros. Por eso, cuando Tommy se bajó y
desapareció en la oscuridad, no le acompañé. Pero en la
forma en que se había bajado del coche había creído ver
una firme determinación que daba a entender que, por
mucho que se sintiera mal, prefería arreglárselas solo. Sea
como fuere, ésa era la razón por la que yo aún seguía en el
coche, y estaba preguntándome si arrancar y estacionarlo
un poco más arriba de la ladera cuando de pronto oí el
primer grito.
Al principio ni siquiera pensé que fuera él, sino algún
loco que anduviera rondando entre los arbustos. Estaba ya
fuera del coche cuando me llegó el segundo grito, y el
tercero, y entonces ya sabía que era Tommy, y ello no
atenuó en absoluto mi sensación de apremio. Antes bien,
durante un instante, al no poder ubicar a Tommy, estuve
al borde del pánico. No podía ver nada, y cuando traté de
ir hacia los gritos me topé con una espesura impenetrable.
Logré encontrar un hueco entre los matorrales, crucé una
zanja y llegué a una valla. Me las arreglé para pasar por
encima de ella y hundí los pies en un barro blando.
Ahora podía ver mucho mejor dónde me encontraba.
Era un campo que descendía abruptamente un poco más
adelante, y alcancé a ver las luces de un pueblecito
situado al fondo del valle. El viento era muy fuerte, y una
ráfaga me golpeó con tal virulencia que me vi obligada a
agarrarme a un poste de la valla. La luna no era aún llena,
pero iluminaba lo bastante para permitirme ver la figura
de Tommy. Gritaba y lanzaba puñetazos y patadas, hecho
una fiera, unos metros más allá, donde el campo
empezaba a descender con brusquedad.
Intenté correr hacia él, pero era como si el barro
succionara mis pies hacia abajo. El barro también le
impedía a Tommy moverse libremente, porque en un
momento dado vi que, al lanzar una patada, resbalaba y se
lo tragaba la negrura de la noche. Pero siguió soltando
maldiciones, y llegué a donde había caído en el momento
mismo en que se estaba levantando. A la luz de la luna vi
su cara, manchada de barro y distorsionada por la cólera,
y estiré las manos y le agarré con fuerza los brazos para
que dejara de agitarlos frenéticamente. Él trató de zafarse,
pero yo no le solté, hasta que dejó de gritar y me pareció
que al fin su furia amainaba. Al poco me di cuenta de que
él también me tenía entre sus brazos. Y durante lo que se
me antojó una eternidad seguimos allí de pie, en lo alto de
aquel campo, sin decir nada, abrazándonos, mientras el
viento soplaba contra nosotros y nos tiraba de la ropa, y
seguimos aferrándonos el uno al otro como si fuera la
única manera de impedir que nos arrastrara al fondo de la
noche.
Cuando por fin nos separamos, Tommy dijo entre
dientes:
—Lo siento de veras, Kath. —Luego lanzó una risa
temblorosa y añadió—: Menos mal que ahora no hay
vacas. Se habrían llevado un buen susto.
Vi que estaba haciendo todo lo posible por
tranquilizarme, por asegurarme que todo había pasado,
pero el pecho seguía palpitándole con fuerza y las piernas
le temblaban. Volvimos juntos hacia el coche tratando de
no resbalar.
—Apestas a caca de vaca —dije, al rato.
—Oh, Dios, Kath, ¿cómo voy a explicar esto?
Tendremos que entrar por la parte de atrás.
—Tienes que dar cuenta de tu llegada.
—Oh, Dios —dijo.
Y volvió a reírse.
Encontré unos trapos en el coche, y nos limpiamos
como pudimos la bosta de vaca. Pero cuando revolvía el
maletero en busca de los trapos, saqué la bolsa de
deportes con sus dibujos de animales, y al subir al coche
vi que Tommy la metía en la trasera y la ponía sobre el
asiento.
Recorrimos un trecho sin hablar mucho. Tommy se
había puesto la bolsa sobre el regazo, y yo aguardaba a
que dijera algo acerca de los dibujos, e incluso se me
ocurrió que estaba incubando otro arrebato, y que iba a
tirarlos todos por la ventanilla. Pero siguió con la bolsa
bien sujeta con las dos manos mientras miraba fijamente
la carretera oscura que se extendía ante nosotros. Después
de un largo silencio, dijo:
—Siento lo de antes, Kath. De veras que lo siento.
Soy un verdadero idiota. —Y luego añadió—: ¿En qué
piensas, Kath?
—Estaba pensando —dije— en el pasado, en
Hailsham, cuando te ponías como loco, como ahora, y no
podíamos entenderte. No podíamos comprender cómo
cogías aquellas rabietas. Y me ha venido a la cabeza la
idea, bueno, una especie de pensamiento. Que quizá la
razón de que te pusieras como te ponías era que, de una
manera o de otra, tú siempre lo supiste.
Tommy se quedó pensativo ante esto, y sacudió la
cabeza.
—No lo creo, Kath. No, siempre se trató sólo de mí,
de mi persona. Era un idiota. Eso es todo. —Luego dejó
escapar una débil risa, y dijo—: Pero es una idea curiosa.
Quizá sí, quizá lo sabía, en lo más hondo de mi ser. Y el
resto de vosotros no.
23
Nada pareció cambiar mucho en la semana siguiente a
nuestro viaje. Aunque yo nunca pensé que las cosas
fueran a seguir siendo las mismas y, sin ningún género de
dudas, a principios de octubre, empecé a detectar
pequeños cambios. Como botón de muestra, y aunque
siguió haciendo sus dibujos de animales, Tommy se
cuidaba muy mucho de dibujarlos en mi presencia. Nunca
volvimos a ser del todo los mismos que cuando empecé a
ser su cuidadora, y el pasado de las Cottages seguía
gravitando sobre ambos. Pero era como si hubiera
reflexionado sobre ello y hubiera tomado una decisión:
seguir con sus animales cuando le viniera en gana, pero si
yo entraba en su cuarto dejar de dibujarlos y guardarlos de
inmediato. Y a mí no me dolía que lo hiciera. De hecho,
en cierto modo, era un alivio: aquellos animales que nos
miraban fijamente a la cara cuando estábamos juntos sólo
nos habrían incomodado aún más.
Pero además hubo otros cambios menos fáciles de
asimilar. No quiero decir que a veces no nos lo pasáramos
bien en su habitación. Incluso practicábamos el sexo de
cuando en cuando. Pero lo que no podía dejar de advertir
era que Tommy se sentía cada día más y más identificado
con los demás donantes del centro. Si, por ejemplo,
estábamos recordando cosas de Hailsham, él, tarde o
temprano, acababa sacando a colación el hecho de que
alguno de sus compañeros del centro había dicho o hecho
algo parecido a lo que estábamos evocando. Recuerdo una
vez en que llegué a Kingsfield después de un largo viaje.
Me bajé del coche, y la Plaza tenía un aire similar al del
día en que Ruth y yo llegamos para recoger a Tommy e ir
a ver el barco. Era una tarde nublada de otoño, y no había
nadie a la vista salvo un grupo de donantes apiñados bajo
el tejado saliente del edificio de recreo. Tommy estaba
entre ellos —de pie, con un hombro apoyado contra un
poste— y escuchaba a un donante que estaba en cuclillas
en las escaleras de la entrada. Me dirigí hacia ellos, pero
de pronto me detuve y me quedé esperando en medio de
la Plaza, bajo el cielo gris. Pero Tommy, a pesar de
haberme visto, siguió escuchando a su amigo, hasta que al
final todos estallaron en carcajadas. Incluso entonces
siguió escuchando y sonriendo. Luego aseguraría que me
había hecho una seña para que me acercara pero, en caso
de ser cierto, su gesto no había sido en absoluto claro. Lo
único que yo vi fue que se reía señalando vagamente en
mi dirección, y que volvía a prestar atención a lo que su
compañero estaba diciendo. Muy bien, estaba ocupado, es
cierto, y al cabo de un par de minutos vino hacia donde yo
estaba y los dos subimos a su cuarto. Pero todo había sido
muy distinto de como solía ser al principio. No era sólo
que me había tenido esperándole en medio de la Plaza.
Eso no me habría importado tanto. Era más bien que aquel
día, por primera vez, había percibido en él algo muy
parecido al resentimiento —sólo por el hecho de tener que
venir conmigo—, y una vez que estuvimos solos en su
habitación el ambiente que se respiraba entre nosotros no
era lo que se dice festivo.
Si he de ser justa, también yo tuve parte de culpa.
Porque al quedarme allí mirando cómo charlaban y reían,
sentí una inopinada punzada interna; porque en el modo
en que los donantes se habían agrupado en semicírculo, en
sus posturas —de pie o sentados—, casi estudiadamente
relajados, como en ademán de anunciar al mundo lo
mucho que cada uno de ellos disfrutaba de la compañía de
los otros, me recordaban en cierto modo cómo nuestro
pequeño grupo de amigas solía sentarse cerca del pabellón
haciendo corro. La comparación, como digo, hizo que
sintiera algo en mi interior, y tal vez a causa de ello, una
vez en su habitación, también yo sentía dentro la comezón
del resentimiento.
Y sentía algo parecido cada vez que Tommy me decía
que yo no entendía esto o lo otro porque aún no era
donante. Pero excepto una ocasión en concreto, a la que
me referiré dentro de un momento, no se trataba más que
de una comezón muy leve. Normalmente Tommy me
decía esas cosas medio en broma, casi cariñosamente. E
incluso cuando lo hacía de forma más desabrida, como
cuando me dijo que dejara de llevar su ropa sucia a la
lavandería porque podía hacerlo él mismo, la cosa nunca
degeneraba en pelea. Esa vez le había preguntado:
—¿Qué más da quién baje las toallas a la lavandería?
A mí me pilla de camino.
A lo que él, sacudiendo la cabeza, había respondido:
—Mira, Kath, de mis cosas me ocuparé yo. Si fueras
donante, lo entenderías.
Muy bien, me molestaba oírlo, pero era algo que podía
olvidar fácilmente. En cambio, como he dicho, hubo una
vez en la que el hecho de decirme que no era donante me
sacó de mis casillas.
Sucedió aproximadamente una semana después de que
llegara el aviso para su cuarta donación. Estábamos
esperándolo, y habíamos hablado de ello largo y tendido.
De hecho, hablando de su cuarta donación habíamos
tenido algunas de nuestras conversaciones más íntimas
desde nuestro viaje a Littlehampton. Hay donantes que
quieren hablar de ello todo el tiempo, de un modo absurdo
e incesante. Y hay quienes bromean sobre ello, y quienes
ni siquiera quieren mencionarlo. Y luego está esa curiosa
tendencia de los donantes a tratar la cuarta donación como
algo merecedor de enhorabuenas. A un donante en «su
cuarta», aun cuando se trate de alguien que hasta el
momento no haya gozado de excesivas simpatías, se le
trata con especial respeto. Hasta el personal médico lo
halaga: cuando un donante en «su cuarta» va a hacerse los
análisis, es acogido con sonrisas y apretones de manos por
médicos y enfermeras. Bien, Tommy y yo charlamos de
todo esto, a veces en tono jocoso y otras seria y
concienzudamente. Abordamos los diferentes modos que
había de enfrentarse a ello, y cuáles eran los más sensatos.
Una vez, tendidos el uno junto al otro en la cama mientras
la oscuridad iba cerniéndose sobre la habitación, Tommy
dijo:
—¿Sabes por qué es, Kath? ¿Sabes por qué todos nos
preocupamos tanto por la cuarta? Porque no estamos
seguros de que vayamos realmente a «completar». Si uno
tuviera la certeza de que iba a «completar», todo se le
haría mucho más fácil. Pero nadie puede darte esa certeza.
Yo llevaba ya un tiempo preguntándome si esto
saldría a relucir algún día, y había pensado en cómo
responderle. Pero cuando llegó el momento apenas supe
qué decir. Así que dije:
—Son un montón de bobadas, Tommy. Pura
palabrería. Ni siquiera merece la pena pensar en ello.
Pero Tommy sabía que no tenía nada en que apoyar
mis protestas. Sabía, también, que eran interrogantes para
los que ni siquiera los médicos tenían respuestas ciertas.
Se ha hablado mucho de ello. De cómo quizá, después de
la cuarta donación, aun cuando técnicamente hayas
«completado», en cierta medida sigues conservando la
conciencia; de cómo descubres que luego hay más
donaciones, muchas más, al otro lado de esa línea
divisoria; de cómo ya no hay más centros de
recuperación, no más cuidadores, no más amigos; de
cómo ya no hay nada que hacer más que estar atento a las
donaciones que aún te esperan, hasta que éstas te
extingan. Es una película de terror, y la mayoría de las
veces la gente no quiere pensar en ello. Ni el personal
médico, ni los cuidadores, ni, normalmente, los donantes
mismos. Pero de cuando en cuando alguno de ellos lo saca
a colación, como Tommy aquella tarde (hoy miro hacia
atrás y me gustaría haber hablado de todo ello). El caso es
que, después de que le pidiera que dejara de pensar en
ello, que no era más que pura palabrería, los dos dejamos
por completo el tema y hablamos de otras cosas. Tommy
al menos me había hablado de lo que pensaba al respecto,
y me alegraba que hubiera confiado en mí hasta tal punto.
Lo que estoy queriendo decir es que, en general, tenía la
impresión de que nos estábamos enfrentando a su cuarta
donación muy bien juntos, y de que por eso me dejó tan
anonadada lo que me había dicho aquel día en que
paseamos por el campo.
Kingsfield no tiene mucho terreno. La Plaza es el
obligado punto de reunión, y los espacios vacíos que hay
detrás de los edificios tienen un aire de tierra baldía. El
retazo más grande, que los donantes llaman «el campo»,
es un rectángulo lleno de maleza y cardos cercado por una
alambrada. Siempre se ha hablado de convertirlo en una
pradera de césped para disfrute de los donantes, pero
hasta el día de hoy no se ha hecho nada al respecto. Pasear
por él puede no resultar tan apacible a causa de la gran
carretera de las cercanías. Pero cuando los donantes están
inquietos y necesitan estirar las piernas tienden de todas
formas a aventurarse a través de las zarzas y ortigas que lo
pueblan. La mañana de que hablo había una niebla espesa,
y yo sabía que el campo estaría empapado, pero Tommy
había insistido en que saliéramos a dar un paseo. No es
extraño, pues, que fuéramos los únicos paseantes en «el
campo» (lo cual pareció complacer a Tommy). Después
de bregar contra los matorrales durante un rato, se detuvo
junto a la alambrada y se quedó mirando hacia la niebla
vacía del otro lado. Y dijo:
—Kath, no quiero que te lo tomes a mal. Pero he
estado dándole vueltas a la cabeza y creo que tendría que
cambiar de cuidador.
En los segundos que siguieron caí en la cuenta de que
lo que me había dicho no me sorprendía en absoluto; que,
en cierto modo extraño, lo esperaba. De todas formas
estaba disgustada y no dije nada.
—No es sólo porque se esté acercando mi cuarta
donación, Kath —continuó él—. No es sólo por eso. Es
por cosas como las de la semana pasada. Cuando tuve ese
problema de riñones. Pronto voy a empezar a tener
montones de problemas de ese tipo.
—Por eso vine a buscarte —dije—. Precisamente por
eso vine en tu ayuda. Por lo que ahora está empezando. Y
también porque Ruth lo quería así.
—Ruth quería lo otro para nosotros —dijo Tommy—.
No veo por qué tendría que querer necesariamente que
estuvieras conmigo hasta el final.
—Tommy —dije, y supongo que entonces estaba ya
furiosa, aunque seguía controlándome y hablando con voz
calma—. Soy la única que puede ayudarte. Ésa es la razón
por la que te busqué y te encontré después de tanto
tiempo.
—Ruth quería lo otro para nosotros —repitió
Tommy—. Y esto es totalmente diferente. Kath, no quiero
que me veas como pronto voy a estar.
Estaba mirando al suelo, con una palma pegada a la
alambrada, y por espacio de unos instantes pareció
escuchar atentamente los ruidos del tráfico que llegaban
del otro lado de la niebla. Y fue entonces cuando lo dijo,
sacudiendo ligeramente la cabeza.
—Ruth lo habría entendido. Era una donante, y por
tanto lo habría entendido. No estoy queriendo decir que
por fuerza habría querido lo mismo para ella. Si hubiera
podido elegir, puede que hubiera querido que siguieras
siendo su cuidadora hasta el final. Pero habría entendido
que yo quiera hacerlo a mi manera. Kath, a veces no
puedes verlo. No puedes verlo porque no eres donante.
Fue al decir esto cuando di media vuelta y me fui.
Como he dicho, estaba preparada para que me dijera que
no quería que siguiera siendo su cuidadora. Pero lo que
realmente me dolió, después de toda una serie de
pequeños detalles —como cuando me dejó allí de pie en
medio de la Plaza—, fue lo que dijo en aquel momento, la
forma en que me marginó otra vez, no sólo de los demás
donantes sino de sí mismo y de Ruth.
Aunque esto tampoco acabó en una gran pelea.
Cuando me fui con cajas destempladas no me quedó más
remedio que volver a su habitación. Tommy subió unos
minutos después, y entonces yo ya me había calmado, y él
también, y pudimos mantener una conversación como es
debido sobre el asunto. Fue un poco tirante, es cierto, pero
hicimos las paces, e incluso abordamos algunos aspectos
prácticos sobre el hecho de cambiar de cuidador.
Entonces, estando allí sentados uno al lado del otro en el
borde de la cama, a la luz mortecina de la lámpara, me
dijo:
—No quiero que volvamos a pelearnos, Kath. Pero
tengo muchas ganas de preguntarte algo. ¿No te cansas de
ser cuidadora? Todos los demás llevamos mucho tiempo
siendo donantes. Y tú llevas años haciendo esto. ¿No te
apetece a veces, Kath, que te manden pronto el aviso?
Me encogí de hombros.
—No me importa. En cualquier caso, hacen falta
buenos cuidadores. Y yo soy una buena cuidadora.
—Pero ¿de verdad es tan importante? Muy bien, es
estupendo tener un buen cuidador. Pero a fin de cuentas,
¿importa tanto? Los donantes donarían de todas formas, y
luego «completarían».
—Pues claro que es importante. Un buen cuidador
tiene una importancia decisiva en cómo es la vida de un
donante.
—Pero toda esta vida acelerada que tú llevas. Todo
ese andar de un lado para otro hasta la extenuación, y toda
esa soledad. Te he estado observando. Te está
consumiendo. Seguro que sí, Kath; seguro que a veces
estás deseando que te digan que ya puedes dejarlo. No sé
por qué no hablas con ellos, por qué no les preguntas la
razón de que tarden tanto. —Se quedó callado, y luego
dijo—: Me lo pregunto, simplemente. No quiero que
discutamos.
Puse la cabeza sobre su hombro, y dije:
—Sí... Puede que ya no tarde mucho, de todas formas.
Pero de momento tengo que seguir. Aunque tú no quieras
que me quede contigo, hay otros que sí quieren.
—Supongo que tienes razón, Kath. Eres una cuidadora
buena de verdad. Serías perfecta para mí si no fueras tú.
—Soltó una risita y me rodeó con el brazo, aunque
seguimos sentados uno al lado del otro. Luego dijo—: No
hago más que pensar en ese río de no sé qué parte, con
unas aguas muy rápidas. Y en esas dos personas que están
en medio de ellas, tratando de agarrarse mutuamente,
aferrándose con todas sus fuerzas el uno al otro, hasta que
al final ya no pueden aguantar más. La corriente es
demasiado fuerte. Tienen que soltarse, y se separan, y se
los lleva el agua. Pienso que eso es lo que pasa con
nosotros. Qué pena, Kath, porque nos hemos amado
siempre. Pero al final no podemos quedarnos juntos.
Cuando dijo esto, recordé cómo lo había agarrado con
todas mis fuerzas aquella noche en aquel campo azotado
por el viento, en el camino de regreso de Littlehampton.
No sé si él estaba pensando también en eso, o si seguía
pensando en sus ríos de corrientes tempestuosas. En
cualquier caso, seguimos sentados en el borde de la cama
durante largo rato, sumidos en nuestros pensamientos. Y
al final le dije:
—Siento haberme enfadado tanto antes. Les hablaré.
Intentaré que te asignen un cuidador realmente bueno.
—Qué pena, Kath... —volvió a decir.
Y no creo que habláramos más de ello en toda la
mañana.
Recuerdo que las semanas que siguieron —las
semanas antes de que el nuevo cuidador se hiciera
cargo— fueron sorprendentemente apacibles. Quizá
Tommy y yo nos esforzábamos muy especialmente por
ser amables el uno con el otro, pero el tiempo pareció
transcurrir de un modo casi desenfadado. Podría pensarse
que, en la situación en que estábamos, tendríamos que
habernos visto inmersos en una sensación de irrealidad.
Pero nosotros no nos sentimos nada extraños en aquel
momento. Yo estaba bastante ocupada con dos de mis
otros donantes del norte de Gales, y ello me había
mantenido apartada de Kingsfield más de lo que yo habría
deseado, pero aun así me las arreglaba para visitar a
Tommy tres o cuatro veces a la semana. El tiempo se hizo
más frío, aunque seguía seco y a menudo soleado, y se
nos pasaban las horas en su habitación, a veces
practicando el sexo, las más de las veces charlando. A
veces Tommy escuchaba cómo le leía en alto. Una o dos
veces, incluso, sacó su cuaderno y garabateó unas cuantas
ideas para sus animales mientras yo le leía desde la cama.
Hasta que fui a verle el último día. Llegué justo
después de la una, una tarde fresca de diciembre. Subí
presintiendo algún cambio, no sabía cuál. Quizá pensé
que habría puesto algún elemento nuevo de decoración o
algo por el estilo pero, por supuesto, todo estaba como
siempre, y, bien mirado, fue un alivio. Tampoco Tommy
parecía nada diferente, pero cuando empezamos a hablar
se nos hizo difícil simular que era una visita más.
Habíamos hablado tanto las semanas anteriores que no
nos daba la sensación de que tuviéramos nada especial
que cumplir aquella tarde. Y creo que ambos nos
sentíamos reacios a empezar cualquier conversación que
luego lamentaríamos no haber podido acabar cabalmente.
Así que en nuestra charla de aquel día hubo una especie
de vacío.
Sin embargo, en un momento dado, después de
haberme estado paseando sin ton ni son por la habitación,
le pregunté:
—Tommy, ¿te alegras de que Ruth «completara»
antes de saber todo lo que nosotros averiguamos en
Littlehampton?
Estaba echado en la cama y, antes de responder, siguió
mirando con fijeza el techo durante un momento.
—Qué extraño, porque yo estuve pensando en lo
mismo el otro día. Lo que no debes olvidar, cuando
pienses en este tipo de cosas, es que Ruth era distinta de
nosotros. Tú y yo, desde el principio, desde que éramos
muy pequeños, siempre estábamos tratando de descubrir
cosas. ¿Te acuerdas, Kath, de todas aquellas charlas
secretas que solíamos tener? Pero Ruth no era así. Ella
siempre quería creer en cosas. Ésa era Ruth. Así que sí, en
cierta manera creo que es mejor que haya sucedido de este
modo. —Se quedó callado, y luego dijo—: Claro que lo
que descubrimos aquel día, con la señorita Emily y
demás, no cambia nada lo de Ruth. Al final nos deseó lo
mejor. De verdad quiso lo mejor para nosotros.
A aquellas alturas no quise embarcarme en una
conversación seria sobre Ruth, así que me limité a decirle
que estaba de acuerdo. Pero ahora que he tenido más
tiempo para pensar en ello, no estoy muy segura de cómo
me siento. Una parte de mí sigue deseando haber podido
compartir con Ruth todo lo que Tommy y yo
descubrimos. De acuerdo, quizá ella se habría sentido mal
al saberlo; quizá le hubiera hecho ver que el daño que nos
había infligido en un tiempo no podía ser reparado tan
fácilmente como creía. Y, si he de ser sincera, quizá ello
no sea sino una pequeña parte de un deseo más grande de
que lo hubiera sabido todo antes de «completar». Pero a la
postre, creo que hay algo más, algo más que mi mero
deseo mezquino y vengativo. Porque, como Tommy dijo,
ella quiso lo mejor para nosotros al final, y aunque aquel
día en el coche me dijo que no esperaba que la perdonase
nunca, se equivocaba. No siento ninguna inquina hacia
ella. Cuando digo que me habría gustado que hubiera
llegado a saberlo todo, es más bien por la tristeza que
siento ante la idea de que haya acabado de forma distinta
a la de Tommy y mía. Porque es como si hubieran trazado
una raya y Tommy y yo estuviéramos a un lado y Ruth al
otro y, a fin de cuentas, eso me pone triste, y creo que
también a ella la entristecería si pudiera verlo.
Tommy y yo no nos hicimos ninguna gran despedida
aquel día. Cuando llegó la hora, bajó las escaleras
conmigo —algo que no solía hacer— y cruzamos la Plaza
juntos en dirección al coche. Dada la época del año, el sol
se estaba poniendo detrás de los edificios. Como de
costumbre, había unas cuantas figuras en sombra bajo el
tejado saliente, pero la Plaza estaba vacía. Tommy estuvo
callado durante todo el trecho hasta el coche. Y al final
soltó una risita y dijo:
—¿Te acuerdas, Kath, cuando jugaba a fútbol en
Hailsham? Tenía un pequeño secreto. Cuando metía un
gol, me daba la vuelta así —dijo, levantando los brazos en
señal de triunfo— y corría hacia mis compañeros de
equipo. Nunca me volvía loco ni nada parecido. Sólo
corría hacia mis compañeros con los brazos en alto. Así.
—Se quedó quieto un momento, con los brazos aún
levantados. Luego los bajó y me sonrió—. Y en mi
cabeza, Kath, cuando estaba corriendo, siempre me
imaginaba que estaba chapoteando en el agua. Un agua no
profunda, que me cubría sólo hasta los tobillos. Eso es lo
que solía imaginar, una vez tras otra. Chapoteando,
chapoteando, chapoteando... —Volvió a levantar los
brazos—. Y me sentía realmente bien. Metía un gol, me
daba la vuelta, y chapoteaba y chapoteaba y chapoteaba...
—Me miró, y soltó otra pequeña carcajada—. Lo hice
durante todos aquellos años, y jamás se lo dije a nadie.
Me eché a reír también, y dije:
—Oh, Tommy, chico loco...
Después de eso, nos besamos —un beso muy suave—,
y subí al coche. Tommy siguió allí de pie mientras yo
rodeaba la Plaza para enfilar el camino de entrada. Luego,
mientras me alejaba, sonrió y me hizo adiós con la mano.
Yo lo miré por el retrovisor, y vi que se quedaba allí hasta
el último momento. Y justo al final lo vi levantar la mano
otra vez de una forma vaga, y volverse y echar a andar
hacia el tejado saliente del edificio de recreo. Y la Plaza
desapareció del retrovisor.
Hace un par de días estuve hablando con uno de mis
donantes que se quejaba de que los recuerdos, incluso los
más preciosos, se desvanecen con una rapidez asombrosa.
Pero yo no estoy de acuerdo. Mis recuerdos más caros no
se desdibujan jamás en mi memoria. Perdí a Ruth, y luego
perdí a Tommy, pero no voy a perder mi memoria de
ellos.
Supongo que perdí también Hailsham. Sigues oyendo
historias de algunos ex alumnos que aún lo buscan, o al
menos buscan el lugar donde un día estuvo. Y de cuando
en cuando algún rumor que otro sobre aquellas cosas en
las que ha podido convertirse hoy Hailsham: un hotel, un
colegio, unas ruinas. Yo, a pesar de todo lo que viajo,
nunca he tratado de encontrarlo. No estoy realmente
interesada en verlo, sea lo que sea lo que es hoy.
Entiéndaseme: aunque digo que jamás busco
Hailsham, no niego que a veces, cuando conduzco por el
país, de pronto creo divisarlo en la distancia. Veo un
pabellón de deportes a lo lejos y estoy segura de que es el
nuestro. O una hilera de álamos en el horizonte, junto a un
enorme roble algodonoso, y durante un segundo tengo la
certeza de que estoy llegando al Campo de Deportes Sur
desde el extremo opuesto. Una mañana gris, en
Gloucestershire, en un largo tramo de carretera, pasé junto
a un coche averiado, apartado en el área de descanso, y
tuve la convicción de que la chica que estaba de pie
delante de él, mirando con expresión vacía a los coches
que se acercaban, era Susanna C., que estaba un par de
cursos delante de nosotros y era una de las monitoras de
los Saldos. Estos momentos me sobrevienen cuando
menos lo espero, cuando estoy conduciendo pensando en
algo completamente diferente. Así que, en cierto nivel
inconsciente, quizá también yo estoy buscando Hailsham.
Pero como digo, no lo busco deliberadamente, y de
todas formas a finales de este año ya no estaré viajando
continuamente de un sitio para otro. Así que, con toda
probabilidad, ya no se me aparecerá en ninguna parte, y,
pensándolo bien, me alegro de que así sea. Es como con
mis recuerdos de Tommy y Ruth. En cuanto pueda llevar
una vida más tranquila, sea cual sea el centro al que me
destinen, Hailsham estará conmigo, a salvo, en mi cabeza,
y será algo que ya nadie me podrá arrebatar jamás.
Lo único que me he permitido en este sentido —y una
sola vez, un par de semanas después de oír que Tommy
había «completado»— fue ir en el coche a Norfolk sin
ninguna necesidad de hacerlo. No iba a buscar nada en
particular, y no llegué hasta la costa. Quizá tenía ganas de
ver todas aquellas planicies vacías y los enormes cielos
grises. En un momento dado me encontré en una carretera
en la que nunca había estado, y durante aproximadamente
media hora no supe dónde estaba, y no me importó en
absoluto. Pasaba junto a campos y campos llanos,
anodinos, prácticamente sin cambio alguno en el paisaje
salvo cuando algún puñado de pájaros, al oír el motor del
coche, levantaba el vuelo desde los surcos. Al final divisé
unos cuantos árboles, no lejos del arcén, y conduje hacia
ellos, y me detuve, y bajé del coche.
Me vi ante unas cuantas hectáreas de tierra cultivada.
Había una valla que me impedía el paso, con dos filas de
alambre de espino, y vi cómo esta valla y el grupo de tres
o cuatro árboles cuyas copas se alzaban sobre mi cabeza
eran las únicas barreras contra el viento en kilómetros y
kilómetros. A lo largo de la valla, sobre todo en la hilera
inferior de alambre de espino, se habían enmarañado todo
tipo de brozas y desechos. Eran como esos restos que
pueden verse en las orillas del mar: el viento habría
arrastrado parte de ellos a través de largas distancias,
hasta que aquella valla y aquellos árboles los habían
detenido. En lo alto de las ramas, ondeando al viento, se
veían trozos de plástico y bolsas viejas. Fue la única vez
—allí de pie, mirando aquella extraña basura, sintiendo
cómo el viento barría aquellos yermos campos— en que
me permití imaginar una pequeña fantasía. Porque,
después de todo, aquello era Norfolk, y hacía apenas dos
semanas que había perdido a Tommy. Pensé en todos
aquellos desperdicios, en los plásticos que se agitaban
entre las ramas, en la interminable ristra de materias
extrañas enganchadas entre los alambres de la valla, y
entrecerré los ojos e imaginé que era el punto donde todas
las cosas que había ido perdiendo desde la infancia habían
arribado con el viento, y ahora estaba ante él, y si
esperaba el tiempo necesario una diminuta figura
aparecería en el horizonte, al otro extremo de los campos,
y se iría haciendo más y más grande hasta que podría ver
que era Tommy, que me hacía una seña, que incluso me
llamaba. La fantasía no pasó de ahí —no permití que
fuera más lejos—, y aunque las lágrimas me caían por las
mejillas, no estaba sollozando abiertamente ni había
perdido el dominio de mí misma. Aguardé un poco, volví
al coche y me alejé en él hacia dondequiera que me
estuviera dirigiendo.
ÍNDICE
PRIMERA PARTE
4
SEGUNDA PARTE
80
TERCERA PARTE
142
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