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el general maldito - La esfera de los libros

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el general maldito - La esfera de los libros
j av i e r a r i a s a r t a c h o
EL GENERAL MALDITO
¿SE
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PUEDE REGRESAR DEL HADES?
N A D A E S L O Q U E PA R E C E .
S U PA S A D O TA M P O C O
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Jerusalén, finales de junio del año 70 d.C.
M
arco elevó la mirada e intentó comprender el vuelo de
los gavilanes, aunque la muerte no se llegue a sospechar y mucho menos a comprender. Las aves atravesaban
el cielo rabiosas y se precipitaban como dardos alrededor
de la herrumbre de la ciudad, pero él no sintió ninguna
conmiseración después de tanto tiempo de guerra. Más
bien fue alivio y un profundo deseo de preparar su ansiado
regreso a Roma, junto al general Tito.
Miró al aurúspice, expectante, y comenzó a cansarse.
Llevaban allí desde antes que se asomase el sol. Quería partir
pronto, pero aquel augur continuaba sin moverse, observando en silencio. De sobra sabía que no podía hablar ni hacer
nada que entorpeciese aquel rito, pero ya se había producido
el toque de la trompeta y el foro iba agitándose con el movimiento de algunos soldados. Ambos se mantenían en pie
bastante cerca de la tienda del praetorium sin que nadie se
atreviese a acercarse, mientras las rapaces planeaban lejanas,
a veces merodeando por encima de sus cabezas.
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—Pronúnciate de una vez —al fin se atrevió a interrumpir inquieto e irritado.
El aurúspice lo ignoró durante algunos instantes y
continuó oteando el firmamento con una expresión que a
Marco le pareció de impertinente soberbia, hasta que acabó
por pronunciarse.
—Puedes partir —declaró apartando los ojos del cielo—. Marte y Júpiter te protegerán.
Los ojos del adivino chispeaban arrogantes, pero apenas
pudieron soportar la mirada del general.
—¿Estás seguro?
—¿Por qué no iba a estarlo? —respondió hosco.
—Sabes que es importante el silencio para los auspicios, y ya desde hace algún tiempo en el campamento no
paran de armar bulla.
El augur negó con su cabeza y afirmó.
—Es muy claro. La mayoría volaban desde nuestra
izquierda. No hay duda, no me equivoco.
Su gesto le pareció poco convincente y Marco creyó
percibir el temblor de un titubeo al contestar.
—No podían volar hacia ningún otro sitio… —Iba a
llamarle imbécil, pero se contuvo—. Vuelan a Jerusalén, el
olor de los cadáveres y los desperdicios quizás puedan más
que tus augurios.
El aurúspice lo miró irritado y tragó saliva como si se
hubiese engullido una piedra. Pero el filo de la mirada del
general diluyó rápidamente su altivez.
—Eso es que los dioses están contigo —insistió sin
vehemencia, volviendo a elevar la mirada al cielo, pero esta vez para no volver a encontrar los ojos del general—.
No debes preocuparte. Puedes partir tranquilo. —Hizo una
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pausa y luego agregó—: Además, aquí ya no quedan rebeldes vivos. Creo que lo puedes tomar como un paseo.
El mohín del general fue de tal ironía que el aurúspice
comprendió que se estaba burlando de él. Levantó los hombros, arqueó sus labios hacia arriba y se dio media vuelta
para alejarse sin pronunciar palabra alguna. En el fondo,
Marco Grato no entendía muy bien por qué había permitido aquel augurio cuando ni él mismo se fiaba de ellos,
y mucho menos de aquel taimado. Sin embargo, lo había
hecho. El rumor de un presentimiento le había ido ronroneando sin apenas darse cuenta, y aquello lo desconcertó.
Se dirigió hacia el praetorium bordeándolo desde el
foro del campamento. Aquella tienda era redonda, una urdimbre de pieles que llegaban hasta el suelo, sujetas por
estacas y, una vez en la entrada, simplemente apartó la
cortina con la mano y entró en ella. El general Tito estaba
sentado ante una mesa rectangular tomando su ientaculum, acompañado de dos tribunos y tres legados: Marco
Tittio Frugi, Sexto Vettuleno Cerealis y Marco Ulpio Trajano. Un par de sirvientes llenaban sus copas de un oscuro
vino en un ambiente amplio, con una decoración lujosa,
casi inverosímil para una campaña militar, presidido por
un cómodo triclinio y adornado por cortinajes bermellón
y almohadones de colores.
—¡Ven, siéntate antes de que no te dejemos nada!
—le dijo el general Tito.
Marco Grato se dejó caer en un taburete junto al general, y este le pasó una fuente con pan y queso, mientras
los sirvientes le traían una copa de vino y un plato con cerdo salado. Marco sujetó un trozo con la mano y comenzó
a masticarlo con deleite.
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—¡Qué bien sabe la comida después de una victoria!
—dijo el legado Tittio Frugi.
—¡Sabe a Roma! —pronunció el general Tito con la
boca llena.
Entonces levantó la copa de madera lentamente y los
otros seis lo acompañaron también.
—¡Por la victoria! —dijo el general.
—¡Por la victoria! —repitieron los otros.
Mientras la bebida se derramaba por su paladar, a
Marco se le vino a la cabeza que allí fuera brindarían con
agua avinagrada, aquel sucedáneo que les recordaba lo duras que eran las campañas, y aquel vino le supo mucho
mejor.
—Saldré ahora mismo —dijo después de apurar su
copa, mientras el sirviente volvía a llenársela—. ¡Te traeré
noticias de Jericó, Tito!
—¡No lo entiendo, Marco! De verdad, no puedo entenderte. ¿A qué demonios quieres ir a Jericó?
—Es algo personal, y lo sabes bien. Solo puedo decirte
que ahora es el momento. Pronto pediré un licenciamiento
para volver una temporada a Roma. Llevo casi cinco años
en esta región y es algo que quiero hacer desde antes de
que tú tomaste el mando. Ahora, con el fin de la guerra, ha
llegado el momento. No puedo decirte más.
—Yo que tú me andaría con cuidado. Jerusalén ha caído, pero no me extrañaría que algunos zelotas continúen insistiendo en su rebeldía. Debes ir con mucho cuidado. Creo
que no debemos confiarnos como al inicio de la guerra.
Marco hizo una señal con la mano para que el sirviente le volviese a llenar su copa de vino. Luego sonrió
ufano y miró a todos los comensales con aplomo.
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—¡Los hemos arruinado, Tito! No lo dudes. Llegué
aquí desde Siria con Cestio Galo. Conozco muy bien toda
la región. Los hemos aplastado y toda la gloria será para
ti. ¡Tu padre estará orgulloso! Esto se ha terminado. Sin
Jerusalén, los focos rebeldes que queden se extinguirán
como un cirio al amanecer.
El general Tito bajó la mirada, buscó un trozo de queso e hizo una pausa. Su gesto dubitativo se fue relajando
en una mueca que no llegaba a dibujar una sonrisa. Luego
insistió:
—¡Es muy extraño tu empeño por atravesar el desierto, Marco!
—¡No lo conoces bien! —intervino Marco Ulpio Trajano—. Es el militar más testarudo que conozco. ¡Hubiese
ido a Jericó sin tu permiso si fuese necesario!
Marco Grato interrumpió su trago de golpe y lo fulminó con la mirada.
—¡No es verdad! ¡No es verdad! ¡No te lo permito!
Trajano lo miró sorprendido, intentando demostrarle
que lo había dicho con camaradería. Sin embargo, de pronto, temió su reacción.
—Hubiese esperado a mi licenciamiento, puedes estar seguro.
—Desde luego, lo sé. No lo dudes. ¡Por Júpiter! No
quieras interpretar mal mis palabras.
—Conozco Judea muy bien. —Y el legado dirigió
su mirada hacia el general Tito —. Creo que no hay que
darle más vueltas a esto. Interpreta este viaje como si
fuese una patrulla o un correo hacia el este. Nada más.
No entiendo de dónde vienen tantas dudas. ¡Hemos ganado la guerra!
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De improviso, el silencio se llenó del bullicio del campamento, mientras los siete se dedicaron a masticar a dos carrillos. Nadie se atrevió a insistir en el tema, y comenzaron a
debatir sobre cómo debían organizar las próximas jornadas,
hasta que, sorpresivamente, Marco Grato se puso en pie.
—En tres o cuatro días estaré de vuelta —dijo, dirigiéndose hacia la salida.
Entonces el general Tito también se levantó y le gritó
con la boca llena:
—Espera, Marco… ¡Espera un momento, por Júpiter! ¡No puedes irte así!
—Lépido estará al mando de la duodécima durante
estos días. No temas por mis hombres.
—¿Puedes esperar, Marco? —insistió—. ¡Te lo ruego!
El general Grato se detuvo y aguardó a que Tito se
acercase. Cuando lo hizo, le pasó el brazo por el hombro y
lo condujo fuera atravesando la cortina de piel. Se alejaron
de los dos centinelas como si fuesen dos amigos. El general
Tito era algo más joven que Marco, pero apenas se notaba
la diferencia. Se llevaban bien, y Vespasiano, su padre, antes de partir hacia Roma le había dicho que Marco Grato
era un oficial temido en la legión, pero que él podía confiar
en su lealtad. Y él mismo había constatado que no se había
equivocado.
—¿Acaso una mujer? —le sugirió—. ¿Se trata de
una mujer?
—¿Por qué habría de ser una mujer?
—Quizás tengas alguna allí.
—No es una mujer. Si fuera una mujer, la habría hecho venir más cerca de Jerusalén, como hacen otros tribunos y legados.
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—Entonces, ¿qué buscas allí? Necesito saberlo. Soy
tu general. ¿Qué menos te puedo pedir?
Él titubeó, se rascó la barbilla y miró a Tito a los ojos.
Se quedó un momento en silencio y luego arrancó las palabras en tono confidencial.
—Necesito encontrarme con alguien.
—¿En Jericó?
Marco Grato negó con su cabeza, como si comprendiese que confesarle su cometido era inevitable para iniciar la marcha.
—¿Cómo piensas que puedo permitir que te vayas
así como así? —le insistió Tito—. ¡Por Júpiter! Es tu obligación ser más claro conmigo.
Marco soportó la mirada del general mientras las dudas lo incendiaban.
—Dímelo de una vez. ¡No seas terco! ¡Por todos los
dioses, Marco! Te prometo que nadie lo sabrá. Solo yo.
—Es algo personal, una intuición, quizás nada… Te
prometo que al volver te contaré los detalles de lo averiguado.
—¡Eres un obstinado, Marco! No me obligues a dejarte marchar así. Por el respeto que te tengo, no he puesto
problemas para tu partida. Pero sabes que no debería autorizarla sin saber el motivo. ¡Debes confiar en mí!
El general Grato volvió a callar y cerró los ojos, como
si fuese a entregar su honor. Hasta que se lo dijo. El general lo escuchó sin interrumpirlo y Marco apenas fue
capaz de levantar el vuelo de sus ojos hacia los de Tito,
como si su mirada fuese un ave muerta. Lo narró lo mejor que pudo y, al acabar, los ojos del general Tito estaban
confusos.
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—Te ruego que no se lo digas a nadie —le pidió después de su confesión—. Por la amistad que me une a tu
padre, confío en ti.
—Tienes mi palabra, Marco.
—¡No quiero que esto trascienda!
El otro asintió.
—Tienes mi palabra, ante todos los dioses. Nadie lo
sabrá.
Marco se lo agradeció estrechándole la mano y se alejó con pasos rápidos y seguros, obstinado con su misión,
sin imaginar que no iba a volver.
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A
vanzaron por la calle principal. Marco Grato presidía
el trote en fila de los caballos. Los soldados se ajustaban los cascos displicentes. Las cotas de hierro resplandecían con la luz de la mañana y cubrían una larga túnica
roja que les llegaba hasta las rodillas. Los afilados gladii
colgaban de los cinturones de cuero que se escondían tras
los ovalados escudos con el águila romana. Marco trotaba
entre las tiendas con ritmo pausado y se entretuvo con la
imagen de aquella ciudad militar que acabarían desmontando en pocas horas cuando el general diese la orden. Las
carpas se multiplicaban ordenadas, acurrucadas junto a las
estrechas callejuelas, con sus cubiertas a doble vertiente y
sostenidas por listones trabajados deprisa y entrecruzados.
El color de la piel de las cabras les daba un aspecto inofensivo.
En el cruce de una de aquellas calles saturadas de
tiendas y penates de la legión, su mirada se entretuvo en
un altar con las figuras del águila, el lobo, el minotauro y
unos jabalíes desordenados y caídos, como si el descuido
de algún soldado los hubiese derribado con la prisa y sin
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querer. Marco tuvo la tentación de descender y acomodar
aquellas figurillas que representaban a Júpiter, a Marte y
a Quirino, como si aquello le supusiese un mal augurio,
pero solo fue una sombra en su imaginación, porque pronto apuró el trote como si su destino le fuera en ello.
Atravesaron la empalizada sustentada por un parapeto de tierra y piedras, trotando por una pequeña rampa
de madera que descansaba sobre la fossa que rodeaba al
campamento. Desde allí, desde el Escopon, a siete estadios
al norte de Jerusalén, Marco podía otear con deleite aquella ciudad asediada. Habían sido más de tres años de acoso
y vaivenes. La duodécima legión había acampado mucho
más cerca de la ciudad rebelde que las demás, la quinta, la
décima y la decimoquinta a unas pocas leguas más atrás.
Marco Grato y sus diez hombres descendieron por
aquel terreno ya allanado por los continuos avances de las
legiones. La ciudad era un revuelto de piedras derrumbadas donde la Fortaleza Antonia se mantenía visiblemente
en pie a primera vista, pero más allá, donde alguna vez había resplandecido el Templo, ahora solo había vacío. Entre
el monte Sión y el Moriá yacía la ignominia de los judíos,
toda su terquedad, su más humillante derrota: la devastación.
Bordearon la ciudad entre los escombros de las murallas. Solo se mantenían en pie los muros al norte y al
este, y tres torres emblemáticas: la de Hípico, Fasael y
Mariamne. Marco no dejaba de husmear entre la debacle
de una urbe que acababa de ser engullida por los arietes
y el fuego, aparentemente desierta, mientras algunos de
sus habitantes pululaban intentando dar sepultura a sus
muertos. Pese a todo, no se conmovió por aquel infierno.
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En su cabeza estaba Jericó y la maldición de aquel anciano
mientras lo crucificaban frente a Jerusalén.
Sin tiempo para más dilaciones, el general dio la orden
de avanzar más rápido. Donde alguna vez habían existido
colinas reverdecidas de olivos, ahora solo veían su obra:
tocones, ramas resecas y tierra ennegrecida. Al galope, escogieron el camino que conducía hacia el mar Muerto. Las
llanuras fértiles que rodeaban a la antigua Jericó parecían
un espejismo del desierto, una promesa que sabían dormía
más allá de aquel pedregal yermo, entre colinas grises, endurecidas, torneadas por un viento ancestral que a veces
moldeaba oquedades extrañas. Al general Marco Grato no
le sorprendió la sinuosidad de aquella ruta estéril, ni aquel
baldío que amarilleaba con la fuerza del sol, porque ya había hecho aquel trayecto otras veces. El sol pulía el paisaje.
Un sol invencible al que solo se le resistían algunas dunas
polvorientas. Marco estaba acostumbrado a los paisajes de
Siria, y quizás por ello la cota de hierro le oprimía menos. Sabía que podía aguantar con la brisa de la calina golpeándole en el rostro, mientras espoleaba al caballo y a sus
hombres con él.
El general tuvo tiempo para entregarse a sus pensamientos, para divagar, interpretar, sospechar… Aquel judío no mentía. Se lo había visto en sus ojos. Mucho menos
cuando no tenía nada que perder, porque la cruz lo sujetaría con su suplicio hasta el otro mundo. Gritaba y escupía
maldiciones mientras su sangre goteaba negra y espesa
para que toda Jerusalén supiese lo que harían con los rebeldes, para que todos aquellos tercos comprendiesen cuál
era su destino si no claudicaban y no cesaban su resistencia inútil.
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—Te acodarás de mí, traidor. Yo te maldigo… Te maldigo con todo lo que me queda de vida —le soltó entre
espasmos, delirando su calvario, ahogándose.
No debía haberle hecho caso, no debía ni siquiera recordarlo, como a tantos otros. Pero aquel viejo chispeaba
en su memoria sin querer, una y otra vez, y Marco Grato
estaba decidido a acabar con su maldición, con aquella absurda obsesión que no podía confesar a nadie.
Por eso marchaba a Jericó, con su destino a cuestas.
Quizás fuese una locura, quizás nada tuviese sentido, pero
no solo lo había maldecido. No solo lo había atravesado
con su mirada. Le había dicho algo más, un imposible que
él debía constatar, e iba a hacerlo. No obstante, el torrente de su memoria de pronto cesó y una lluvia de hombres cayó sobre ellos en una especie de desfiladero. Era la
hora quarta y únicamente en aquel preciso instante llegó
a comprender que se había equivocado. Fue al oír sus gritos y ver sus polvorientas sandalias desplomándose como
lanzas desde el cielo, solo en ese momento supo que no
debería haber atravesado por aquel paso, que ni siquiera
tendría que haberse fiado de aquella guerra avanzando con
un puñado de hombres por el desierto, y que Tito se lo había advertido. Fue entonces cuando fue consciente de que
había cometido una torpeza, que había sido una necedad
dar crédito a aquel rebelde que quizás no ansiaba más que
burlarse de él, y todo aquello estalló en su cabeza a la vez
que aquella horda armada con cuchillos y palos se lanzaba
sobre ellos como lanzas.
¡Qué estupidez!, pensó.
No tuvieron oportunidad de ordenarse para una buena defensa. Una nube de polvo, golpes y gritos los envolvió
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como un vendaval en una noche espesa. Los legionarios
apenas pudieron defenderse de la muerte. A la mayoría
los degollaron mientras Marco luchaba por desasirse de dos
hombres que intentaban derribarlo de su caballo. Pero no
lo consiguió.
Fue entonces cuando sintió el filo del acero atravesando su estómago, y supo lo que iba a suceder.
—Maldito aurúspice —fue lo último que gritó.
Y se entregó a su muerte y a su destino.
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