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Editorial : regresar a nuestra lengua

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Editorial : regresar a nuestra lengua
Jaim Etcheverry, Guillermo (julio 2005). Editorial : Regresar a nuestra lengua . En: Encrucijadas, no. 33.
Universidad de Buenos Aires. Disponible en el Repositorio Digital Institucional de la Universidad de Buenos
Aires: <http://repositoriouba.sisbi.uba.ar>
Editorial
Regresar a nuestra lengua
Guillermo Jaim Etcheverry,
Rector de la Universidad de Buenos Aires
La celebración del cuarto centenario de la publicación del Quijote brinda la
posibilidad de meditar acerca de la singular importancia que adquiere el lenguaje en
nuestra construcción como personas. Por eso, resulta preocupante que uno de los
signos más peligrosos de la situación actual sea el proceso sistemático de
demolición del lenguaje al que asistimos indiferentes cada día. Las imágenes
televisivas se acompañan, por lo general, por el balbuceo de los nuevos y poderosos
educadores electrónicos que construyen el interior del espectador-niño.
Omnipresentes, se caracterizan por emitir frases incoherentes y utilizar un léxico
cuya alarmante limitación no hace sino reflejar interiores devastados por una
educación empobrecedora. Estos nuevos maestros recurren permanentemente a la
grosería, no ya para escandalizar, sino porque carecen de un vocabulario más amplio
y sofisticado. Chicos y grandes estamos siendo educados por ignorantes que, para
peor, viven en una feliz inconsciencia porque ni siquiera saben que no saben. Lo
grave es que nos estamos acostumbrando aceleradamente a aceptar esta situación
como normal.
El rescate del lenguaje adquiere hoy una significación profunda porque está ligado a
la defensa de nuestro interior. Por eso, tal vez la contribución más importante que
podrían hacer los medios de comunicación a la educación y a la cultura resida
también en algo simple: hacer bien lo que hacen. Lograr, por ejemplo, que cada una
de las personas que se enfrente a un micrófono o a una cámara de televisión se
exprese correctamente, utilizando frases completas, recurriendo a un vocabulario
rico.
Felizmente, es amplio el consenso social acerca de la necesidad de garantizar la
libertad de expresar todas las ideas, de informar sobre todo lo que sucede, de
difundir las opiniones vertidas desde todas las perspectivas. Pero tal vez haya
llegado el momento de discutir si es posible dejar que, bajo la protección de esa
libertad de expresión que no dudamos en preservar, se contamine aviesamente
nuestro paisaje íntimo con conductas escandalosas, con una permanente apelación
a lo peor y, sobre todo, utilizando desde el aula electrónica un lenguaje paupérrimo.
Así como nos preocupamos por la calidad del medio ambiente en el que habitamos o
de los alimentos que ingerimos, deberíamos prestar más atención a la nobleza de los
alimentos del espíritu.
Cuando se rediscute el papel que en el ámbito de las comunicaciones corresponde al
Estado, sería importante que se comprendiera que éste, en nombre de todos,
debería constituirse en custodio no sólo de la libertad de expresión sino también de
la calidad de expresión. Debemos advertir que, así como el planeta corre graves
riesgos físicos si no actuamos para evitar la contaminación ambiental, similares
peligros acechan a la naturaleza humana si persistimos en contaminar el interior de
nuestros jóvenes con lo peor de que es capaz el ser humano. Además, lo exponemos
en una jerga que implica un claro retroceso en la evolución cultural. Como hemos
dicho, privar a las personas de palabras equivale a escamotearles la capacidad de
pensarse, de pensar el mundo y de expresar esas ideas, rasgos esenciales de la
construcción de lo humano.
El despojo al que sometemos a las nuevas generaciones resulta aún más grave en
momentos en que la escuela sufre fuertes presiones para desertar de su misión de
mostrar que existen otras realidades, que hay otras alternativas. La educación
constituye la herramienta esencial para amueblar ese espacio interior, para cimentar
la ciudadanía, para permitir que germinen la libertad y la grandeza, lo que no sucede
en un pueblo ignorante y esclavo. Tradicionalmente se ha considerado a la escuela,
entendiendo por ella a la totalidad del amplio espectro de la experiencia educativa
institucionalizada, como la educación formal. A la luz de innumerables estudios, ya
deberíamos abandonar este criterio porque hoy es la televisión la que educa a la
gente.
Si se pierde esa instancia única, que hoy proporciona la escuela, de dotar a nuestros
niños y jóvenes de las herramientas intelectuales que les permitan comprender el
mundo complejo que nos rodea, se pondrá en serio peligro el futuro de la civilización.
La escuela debería ser vista como el lugar de resistencia de lo humano.
Porque, a pesar de todo lo que se diga, la materia prima de la escuela no es la última
información. Es la adquisición de marcos de referencia, del andamiaje básico que
permita interpretar y manejar críticamente esa información. Hoy, cuando sin resistir y
sonrientes nos entregamos al opresor que nos va ocupando con la cultura del
burlesco, el hecho de volver nuestra mirada hacia el Quijote nos debería alertar
acerca del poder de imaginación y de evocación que se cifra en la palabra, esa que
hoy estamos abandonando a su suerte sin que parezca afectarnos.
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