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«Tiene que decirme, bravo capitán, ¿por qué los malvados son tan
La chica de al lado
«Tiene que decirme, bravo capitán,
¿por qué los malvados son tan fuertes?
¿Cómo logran los ángeles irse a dormir
cuando el diablo deja la luz del porche encendida?»
—Tom Waits
«Nunca quiero oír los gritos
de las adolescentes en los sueños de otros»
—The Specials
«El alma que se encuentra bajo el peso del pecado
no puede volar.»
—Iris Murdoch, El Unicornio.
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Jack Ketchum
La chica de al lado
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¿Crees saber lo que es el dolor?
Habla con mi segunda mujer. Ella lo sabe. O cree saberlo.
Cuenta que, una vez, cuando tenía diecinueve o veinte años, se
interpuso entre una pareja de gatos que se peleaban (su gato y el de
un vecino) y que uno de ellos fue hacia ella, trepó por su cuerpo como
si fuera un árbol, y le dejó heridas en las caderas, los pechos y la tripa
que todavía pueden verse hoy en día. La asustó tanto que cayó sobre
el Hoosier de principios de siglo de su madre, y al hacerlo rompió su
mejor figura de porcelana y se dejó un arañazo de quince centímetros en las costillas, mientras el gato, una masa de dientes y garras
y furia ciega, descendía por ella. Creo que me dijo que le dieron
treinta y seis puntos. Y tuvo fiebre durante varios días.
Mi segunda mujer dice que eso es dolor.
Esa tía no sabe una mierda.
Evelyn, mi primera mujer, posiblemente se acercó más.
Hay una imagen que la obsesiona.
Está conduciendo un Volvo alquilado por una autopista mojada
en una calurosa mañana de verano, con su amante a su lado, lenta
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Jack Ketchum
y cuidadosamente puesto que sabe lo traicionera que puede ser la
lluvia fresca sobre una calzada caliente, cuando un Volkswagen le
adelanta y se mete bruscamente en su carril. Su parachoques
trasero, con la placa «Vive libre o muere» se cae y le roza su morro.
Casi con delicadeza. La lluvia hace el resto. El Volvo derrapa, hace
un viraje brusco, cae por un terraplén y, de repente, su amante y ella
se encuentran volando por el espacio, ingrávidos y dando vueltas, y
arriba es abajo, y luego arriba, y después debajo de nuevo. En algún
momento, el volante le rompe a ella el hombro. El retrovisor le
rompe la muñeca.
Y entonces paran las vueltas de campana y ella se encuentra
mirando el acelerador sobre su cabeza. Busca a su amante, pero
ya no está allí; ha desaparecido, es magia. Encuentra la puerta del
conductor y la abre, sale a gatas a la hierba mojada, se pone en pie
y mira bajo la lluvia. Y esta es la imagen que le obsesiona: un
hombre como un saco de sangre, desinflado, despellejado vivo,
tirado frente al coche sobre un montón de cristales teñidos de
rojo.
Ese saco es su amante.
Y por eso digo que está más cerca. Aunque bloquea lo que sabe;
aunque duerme por las noches.
Sabe que el dolor no es solo cuestión de sufrimiento físico, una
queja de su propio cuerpo atónito por alguna invasión de la carne.
El dolor puede llegar de fuera a dentro.
Quiero decir, que hay veces en las que lo que ves es dolor. Dolor
en su forma más cruel y pura. Sin que las drogas, o el sueño, o el
shock, o el coma te lo suavicen.
Lo ves y lo tomas. Y entonces es tuyo.
Eres el anfitrión de un largo gusano blanco que roe y devora,
creciendo, llenando tus intestinos, hasta que una mañana toses y la
La chica de al lado
pálida cabeza ciega de la criatura sale deslizándose de tu boca como
una segunda lengua.
No, mis mujeres no conocen eso. No exactamente. Aunque
Evelyn se acerca.
Pero yo sí.
En esto tienes que hacerme caso desde ya.
Lo sé desde hace mucho tiempo.
Trato de recordar que éramos todos niños cuando pasaron esas
cosas, solo niños, recién salidos de nuestros gorros de piel de
mapache al estilo Davy Crockett, por amor de Dios. Es muy duro
creer que lo que hoy soy es lo que era entonces, solo que ahora oculto
y disfrazado. Los niños reciben segundas oportunidades. Me gusta
pensar que yo estoy usando la mía.
Aunque tras dos divorcios, y de los malos, el gusano está listo para
roer un poquito.
Aún me gusta recordar que fue en los cincuenta, un período de
represiones, secretos e histeria extraños. Pienso en Joe McCarthy,
a pesar de que no recuerdo haber pensado en él por aquel entonces,
excepto para preguntarme qué era lo que hacía que todos los días mi
padre se apresurase a llegar a casa desde el trabajo para escuchar al
comité en la tele. Pienso en la guerra fría. En los simulacros de
ataque aéreo en el sótano del colegio y en las películas sobre pruebas
atómicas que veíamos; maniquíes de las tiendas implosionando;
explotando en cuartos de estar falsos, desintegrándose, ardiendo. En
ejemplares del Playboy y el Man’s Action escondidos en papel
encerado en el arroyo, tan blanduzcos al cabo del tiempo que
detestabas tocarlos. Pienso en la denuncia sobre Elvis que hizo el
reverendo Deitz en la Iglesia Luterana de la Gracia cuando yo tenía
diez años, y en las revueltas del rock’n’roll en los programas de Alan
Freeds en la Paramount.
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Me digo que estaba pasando algo extraño, algún gran hervor
americano a punto de estallar. Que pasaba en todas partes, no solo
en la casa de Ruth, sino en todas partes.
Y a veces eso lo hace más fácil.
Lo que hicimos.
Ahora tengo cuarenta y uno. Nací en 1946, diecisiete meses
después de la bomba que arrojamos en Hiroshima.
Matisse acababa de cumplir ochenta.
Gano cincuenta y cinco de los grandes al año trabajando en el
parqué de Wall Street. Dos matrimonios, sin hijos. Una casa en Rye
y un apartamento de la empresa en la ciudad. Voy a la mayoría de
los sitios en limusina, aunque en Rye conduzco un Mercedes azul.
Puede que esté a punto de casarme de nuevo. La mujer a la que
amo no sabe nada de lo que estoy escribiendo aquí (ni tampoco mis
otras mujeres) y realmente desconozco si alguna vez he tenido
intención de contárselo. ¿Por qué debería? Tengo éxito, tengo buen
carácter y soy generoso y un amante cuidadoso y considerado.
Y nada ha ido bien en mi vida desde el verano de 1958, cuando
Ruth y Donny y Willie y los demás conocimos a Meg Loughlin y a
su hermana Susan.
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Estaba solo en el arroyo, tirado sobre mi estómago en la gran roca
con un frasco en la mano. Observaba a los cangrejos. Ya tenía dos de
ellos en un frasco mayor que estaba a mi lado. De los pequeños.
Buscaba a su mamá.
El arroyo fluía rápidamente a ambos lados de donde me encontraba. Podía sentir cómo salpicaba mis pies desnudos, que colgaban
cerca del agua. El agua estaba fría, el sol calentaba.
Oí un ruido en los arbustos y levanté la vista. La chica más bonita
que jamás había visto me sonreía desde la orilla.
Tenía largas piernas bronceadas y un largo cabello pelirrojo que
se recogía en una coleta larga, llevaba pantalones cortos y una blusa
de color claro que se abría en el cuello. Yo tenía doce años y medio.
Ella era mayor.
Recuerdo haberle sonreído, aunque yo no solía mostrarme amistoso con los extraños.
—Cangrejos —dije. Vacié un frasco de agua.
—¿De veras?
Asentí.
—¿De los grandes?
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—Estos no. Pero puedes encontrarlos.
—¿Puedo verlos?
Saltó de la orilla tal y como haría un chico, sin sentarse primero,
solo apoyando la mano izquierda en el suelo y salvando la caída de
un metro hasta la primera piedra grande de la hilera que cruzaba
zigzagueando el agua. Ella estudió la hilera por un momento y luego
cruzó hasta la roca. Estaba impresionado. No dudó y lo hizo con un
equilibrio perfecto. Le dejé sitio. De pronto había un estupendo olor
sentado a mi lado.
Sus ojos eran verdes. Miró a su alrededor.
En aquellos tiempos, la roca era para todos nosotros un lugar
especial. Se encontraba justo en medio de la parte más profunda del
arroyo, y el agua fluía clara y rápida a su alrededor. Había espacio
suficiente para cuatro niños sentados o seis de pie. Entre otras cosas,
había sido un barco pirata, el Nautilus de Nemo y una canoa para el
Lenni Lennape. Hoy, el agua tendría más o menos metro y medio de
profundidad. Ella parecía feliz de estar allí, y no estaba asustada en
absoluto.
—La llamamos la gran roca —le dije—. O sea, antes lo hacíamos.
Cuando éramos niños.
—Me gusta —Contestó—. ¿Puedo ver los cangrejos? Me llamo
Meg.
—Yo David. Claro.
Miró dentro del frasco. Pasó el tiempo y no dijimos nada. Los
estudió. Y, entonces, volvió a levantarse.
—Genial.
—Solo los cojo y los miro un rato, y luego los suelto.
—¿Muerden?
—Los grandes sí. Pero no pueden herirte. Y los pequeños solo
tratan de escapar.
—Parecen langostas.
—¿Nunca habías visto un cangrejo?
La chica de al lado
—No creo que haya en Nueva York —Se rió. No me importó—.
Pero tenemos langostas. Esas sí que pueden herirte.
—¿Puedes quedártela? Quiero decir, no puedes tener una langosta de mascota o algo así, ¿verdad?
Se rió de nuevo.
—No. Te las comes.
—Tampoco puedes quedarte con un cangrejo. Se mueren. Un día,
o tal vez dos, como mucho. Aunque he oído que hay gente que
también se los come.
—¿De verdad?
—Sí. Algunos lo hacen. En Louisiana, o en Florida, o en algún
sitio.
Volvimos a mirar dentro del frasco.
—No sé — me dijo sonriendo—. No parece que tengan mucho
que se pueda comer.
—Cojamos unos grandes.
Nos tumbamos sobre la roca uno al lado del otro. Cogí el frasco y
metí los dos brazos en el arroyo. El truco estaba en darle la vuelta a
las piedras una a una, lentamente, para no enfangar el agua, y luego
tener listo el frasco para atrapar cualquier cosa que saliera de debajo.
El agua era tan profunda que yo llevaba la camisa de manga corta
remangada hasta el hombro. Era consciente de lo largos y escuálidos
que debían de parecerle a ella mis brazos. Así era como yo los veía.
De hecho, me sentía muy raro a su lado. Incómodo, pero excitado.
Era distinta a las otras niñas que había conocido, a Denise o Cheryl,
en el barrio, o incluso a las niñas del colegio. En primer lugar, era
unas cien veces más bonita. Por lo que a mí respecta, era incluso más
bonita que Natalie Wood. Probablemente también era más inteligente que las niñas que conocía, más sofisticada. Después de todo,
vivía en Nueva York y había comido langosta. Y se movía como un
chico. Tenía un cuerpo fuerte y duro y de movimientos gráciles y
desenvueltos.
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Todo eso me puso nervioso y me perdí el primero. No era un
cangrejo enorme, pero sí mayor que los que ya teníamos. Se metió
hacia atrás bajo la roca.
Me preguntó si podía intentarlo ella. Le di el frasco.
—Nueva York, ¿eh?
—Sí.
Se remangó y se metió en el agua. Y fue entonces cuando vi la
cicatriz.
—¡Ijj! ¿Qué es eso?
Comenzaba justo en su codo izquierdo y bajaba hasta la muñeca
como un largo y retorcido gusano rosa. Se dio cuenta de lo que yo
miraba.
—Un accidente — me dijo—. Estábamos en un coche. —Y volvió
a mirar el agua, en donde se podía ver su reflejo.
—Vaya.
Pero no daba la impresión de que quisiera hablar demasiado tras
eso.
—¿Tienes más?
No sé qué tienen las cicatrices que fascinan tanto a los chicos, pero
lo hacen, la vida es así, y yo no podía evitarlo. Aún no podía dejarlo.
Aunque sabía que ella no quería que lo hiciera, aunque nos acabábamos de conocer. La observé mientras giraba una piedra. No había
nada debajo. Pero lo hizo bien; no enfangó el agua. Me dije que era
estupenda.
Se encogió de hombros.
—Unas cuantas. Esta es la peor.
—¿Puedo verlas?
—No. Me parece que no.
Se rió y me miró de tal forma que cogí el mensaje. Y cerré el pico
por un rato.
Giró otra piedra. Nada.
—Creo que fue de los malos, ¿no? El accidente.
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No me contestó, y no pude culparla. En cuanto lo dije, me di
cuenta de lo estúpido, extraño e insensible que sonaba. Me ruboricé,
y me alegré de que ella no estuviese mirando.
Y entonces cogió uno.
La piedra se deslizó y el cangrejo se desplazó hacia atrás, justo
dentro del frasco, y todo lo que tuvo que hacer fue levantarlo.
Vertió un poco de agua y puso el frasco hacia la luz. Se veía el bonito
color dorado del cangrejo. Tenía la cola levantada y movía las pinzas,
vigilando el fondo del frasco en busca de alguien con el que luchar.
—¡Lo cogiste!
—¡Al primer intento!
—¡Genial! ¡Es fantástico!
—Pongámoslo con los otros.
Vertió el agua con lentitud, justo como debía hacerlo para no
molestarlo o perderlo, aunque nadie se lo había dicho, y cuando
quedaba más o menos un centímetro en el frasco, lo echó al grande.
Los dos que ya estaban allí le dejaron un montón de espacio. Lo que
era una suerte, puesto que los cangrejos a veces se mataban los unos
a los otros, mataban a los de su propia especie, y los otros dos eran
pequeñitos.
Tras un rato, el nuevo se calmó y nos sentamos a observarlo.
Parecía primitivo, eficiente, mortal, precioso. De un color muy
bonito y un diseño muy esbelto.
Metí un dedo en el frasco para tocarlo.
—No.
Tenía su mano sobre mi brazo. Estaba fría y era suave.
Saqué el dedo.
Le ofrecí una barrita de Wrigley’s y cogí otra para mí. Y durante
un rato, lo único que pudo oírse fue el viento sobre la alta hierba
cruzando la orilla y haciendo ondear el arroyo, el sonido del arroyo
que fluía alto debido a la lluvia de la última noche, y a nosotros
masticando.
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—Los vas a soltar, ¿verdad? ¿Me lo prometes?
—Claro. Siempre lo hago.
—Bien.
Suspiró y se levantó.
—Creo que debo volver. Tenemos que ir a hacer la compra. Pero
quería echar un vistazo primero. Quiero decir, nunca habíamos
tenido antes un bosque. Gracias, David. Ha sido divertido.
Estaba ya a medio camino cruzando las piedras cuando se me
ocurrió preguntárselo.
—¡Eh! ¿Volver a dónde? ¿Dónde vas?
Sonrió.
—Nos vamos a quedar con los Chandler. Susan y yo. Susan es mi
hermana.
Yo también me levanté, como si alguien hubiese tirado de mí con
cuerdas invisibles.
—¿Los Chandler? ¿Ruth? ¿La madre de Donny y Willie?
Terminó de cruzar, se volvió y me miró. Y, de pronto, había algo
diferente en su cara. Recelo.
Eso me detuvo.
—Eso es. Somos primos. Primos segundos. Creo que soy la
sobrina de Ruth.
Su voz se había vuelto extraña. Sonaba sin entonación, como si
hubiese algo que yo no debía conocer. Como si estuviese contándome algo y ocultándomelo a la vez.
Me confundió por un momento. Me dio la sensación de que tal vez
también a ella.
Era la primera vez que la veía nerviosa. Ni siquiera lo estaba
cuando lo de la cicatriz.
Pero no dejé que eso me preocupara.
Porque la casa de los Chandler estaba junto a la mía.
Y Ruth era... bueno, Ruth era genial. Aunque sus hijos fueran
unos idiotas a veces. Ruth era genial.
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—¡Oye! —le dije—. ¡Somos vecinos! Mi casa es la marrón de al lado.
La vi trepar hasta la orilla. Cuando llegó arriba se volvió y su
sonrisa había vuelto, con la mirada franca que tenía la primera vez,
cuando se sentó a mi lado en la roca.
Me saludó.
—Nos vemos, David.
—Nos vemos, Meg.
Genial , pensé. Increíble. Iba a verla continuamente.
Esa fue la primera vez que pensé algo semejante.
Ahora me doy cuenta.
Ese día, en la roca, conocí a mi amor de adolescencia, Megan
Loughlin, una desconocida dos años mayor que yo, con una hermana,
un secreto y un largo cabello pelirrojo. Me pareció tan natural que me
quedé tranquilo e incluso feliz respecto a una experiencia que me
auguraba buenas perspectivas, y, por supuesto, también a ella.
Cuando pienso en ello, odio a Ruth Chandler.
Ruth, entonces eras tan hermosa...
He pensado mucho en ti; no, te he investigado, he llegado tan lejos,
escarbando en tu pasado, aparcado un día al otro lado de la calle de ese
edificio de la avenida Howard del que siempre nos estabas hablando,
donde te encargabas de todo el maldito asunto mientras los chicos se
encontraban luchando en la grande, la guerra que acabaría con todas
las guerras, segunda parte, ese lugar donde eras totalmente imprescindible hasta que «los pequeños soldaditos volvieron a casa», como
tú decías, y, de repente, te encontraste sin trabajo. Aparqué allí y
parecía un sitio normal, Ruth. Pobre, triste y aburrido.
Conduje hasta Morristown, donde naciste, y tampoco había nada.
Por supuesto, no sabía dónde se suponía que estaba tu casa, pero
lógicamente tampoco pude ver cómo se rompían allí, en esa ciudad,
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tus grandes sueños, no pude ver a los ricos a cuyos brazos, supuestamente, te arrojaban tus padres, con los que te agobiaban, no pude
ver tu enorme frustración.
Me senté en el bar de tu marido, Willie Sr. (¡sí, lo encontré, Ruth!
En Fort Myers, Florida, donde ha estado desde que te abandonó con
tres mocosos llorones y una hipoteca, hace treinta años, lo encontré
jugando a ser camarero de los ciudadanos importantes, un hombre
apagado, amable, que ya ha pasado su mejor momento), me senté
allí y lo miré a la cara, a los ojos, y hablamos y no pude ver al hombre
del que siempre hablabas, el semental, el «encantador bastardo
irlandés», ese sucio hijoputa. Me pareció un hombre que se había
ablandado y que había envejecido. Nariz de borracho, tripa de
borracho, un gordo y caído culo sobre un par de patas rechonchas...
Y daba la impresión de no haber sido duro en su vida, Ruth. En su
vida. En realidad, esa fue la sorpresa.
Como si la dureza se encontrase en otra parte.
Así que, ¿qué era eso, Ruth? ¿Todo mentiras? ¿Te lo inventaste todo?
No puedo imaginármelo de ti.
O puede que para ti, canalizado a través de ti, la verdad y las
mentiras fueran lo mismo.
Ahora voy a tratar de cambiarlo, si puedo. Voy a contar nuestra
pequeña historia. Lo mejor que pueda a partir de ahora y sin
interrupciones.
Y estoy escribiendo esto para ti, Ruth. Porque, en realidad, nunca
llegué a pagarte.
Así que aquí está mi cheque. Caducado y al descubierto.
Cóbralo en el infierno.
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La mañana siguiente, a primera hora, caminé hasta la puerta de al
lado.
Recuerdo que me sentía asustado, un poco confuso, aunque nada
sería más normal que ver qué estaba pasando allí.
Era por la mañana. Era verano. Y eso era lo que hacías. Te
levantabas, desayunabas y salías a ver quién estaba por allí.
La casa de los Chandler era por donde normalmente se empezaba.
La avenida Laurel era una calle cortada por entonces (ya no lo es),
una única entrada que cortaba el semicírculo de bosque que bordeaba el sur de West Maple y que recorría al menos una milla a sus
espaldas. Cuando se construyó por primera vez el camino, a principios del XIX, el bosque era tan frondoso y tenía altísimos árboles,
que se le llamaba el callejón oscuro. Todos esos árboles han desaparecido hoy en día, pero sigue siendo una calle bonita y tranquila.
Árboles frondosos por todas partes, cada casa diferente de la que
tiene al lado y ninguna tan cercana a otra como otras que se ven.
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Solo había trece casas en el barrio. La de Ruth, la nuestra, cinco
más subiendo la colina en nuestra acera y seis en la de enfrente.
Todas las familias tenían niños, excepto los Zorn. Y todos los
niños conocían a los otros niños como si fueran hermanos. Por lo
que, si querías compañía, siempre podías encontrar a alguno en el
arroyo o en donde crecían los manzanos silvestres, quienquiera que
tuviese ese año la piscina de plástico más grande o la diana para el
arco y las flechas.
Si querías perderte, eso también era fácil. El bosque era profundo.
Los chicos de la calle cortada nos llamábamos.
Siempre había sido un círculo cerrado.
Teníamos nuestras propias reglas, nuestros propios misterios, nuestros propios secretos. Teníamos un orden en las peleas y lo aplicábamos
con saña. Estábamos acostumbrados a hacerlo de esa forma.
Pero ahora había alguien nuevo en el barrio. Alguien nuevo
donde Ruth.
Era extraño.
Especialmente porque era ese alguien.
Especialmente porque era en ese lugar.
De hecho, era realmente extraño.
Ralphie estaba en cuclillas cerca del jardín de piedras. Serían las
ocho de la mañana y ya estaba sucio. Había regueros de sudor y
suciedad por toda su cara y sus brazos y sus piernas, como si hubiese
pasado corriendo toda la mañana y hubiese caído (thwack), envuelto
en grandes nubes de polvo. Varias veces. Lo que, conociendo a
Ralphie, era muy probable. Ralphie tenía diez años y no creo que le
hubiera visto limpio en toda mi vida más de quince minutos
seguidos. Sus pantalones cortos y su camiseta también estaban
asquerosos.
—Hola, Ladrador.
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