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De vuelta en Palestina - Asociación Iniciativas y Estudios Sociales

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De vuelta en Palestina - Asociación Iniciativas y Estudios Sociales
De vuelta en Palestina
ADVERTENCIA
Esta versión electrónica de mi libro puede ser impresa o bajada
de la red sin ningún costo.
Si ha sido de tu agrado, puedes hacer una contribución que en lo
futuro facilitaría el tener en tus manos una edición digna de ser
obsequiada, en un formato de novela común y corriente.
Los datos de la cuenta BBVA del libro son los siguientes:
Titular: José Luis Rodríguez Roldán
Banco: 0182
Oficina: 1642
D.C.: 08
Cuenta: 0201540122
Mi deseo es utilizar parte de lo que aportes para impulsar el
proyecto del Movimiento de Vida Independiente
Feliz lectura...
José Luis
1
De vuelta en Palestina
TABLA DE CONTENIDOS
Solapa anterior ...................................... pág. 3
Solapa posterior ................................ pág. 4
Dedicatoria ....................................... pág. 7
Presentación ..................................... pág. 9
Epígrafe ........................................... pág. 15
De vuelta en Palestina ..................... pág. 17
2
De vuelta en Palestina
SOLAPA ANTERIOR
A José Luis R. Roldán comenzó a esculpirle su rostro de roca la
comadrona, que se durmió en el momento más crítico del parto.
Desde aquel primer golpe, el día 29 de mayo de 1957, nada ha
sido fácil para él. Todo lo ha tenido que hacer contra el descontrol
de sus nervios espásticos, empezando por hablar, como puede, o
leer o estudiar, con mucha paciencia, o pensar con libertad o escribir a expensas siempre de la voluntad de los otros. Los golpes
recibidos han sido constantes, amen de los que se ha dado él mismo, caídas del guindo o de la cama o del nido familiar, todo caídas que esculpieron su rostro de piedra. Dice Fichte, el viejo filósofo de la alienación, que los hombres estaríamos antes dispuestos
a considerarnos "un trozo de lava lunar que un yo", pero José
Luis R. Roldán se curó a golpes de esa afección. Él es y se considera hoy un yo libre, y como tal escribe, si bien su rostro es una
roca y por sus ojos mira su voluntad, que no cesa. Le ablandan el
semblante, si acaso, las buenas noticia, pero recibe pocas. Una ha
sido la publicación de su novela De vuelta en Palestina y yo he
tenido el privilegio de contemplar este rostro de piedra, de pronto
dulce.
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De vuelta en Palestina
SOLAPA POSTERIOR
De vuelta en Palestina es de una sencillez formal engañosa. De pronto se desprende, a poco que la lectura sea
atenta, desde cada episodio y cada personaje de la novela
una carga semántica que los equipara a los sueños, que es la
materia de la mejor literatura.
Es eficaz formalmente y no es nada rebuscada su materia: un minusválido se enamora y el amor le mete gas a su
silla de ruedas hasta que se estrella. Es lo que nos pasa a
todos. Pero si De vuelta en Palestina no fuera más que una
novela de amor al uso quizá hubiera tenido también un editor al uso y ocupara ahora mismo las mesas de novedades
de las librerías. No es el caso porque la novela está llena de
reflejos inquietantes, de ecos demasiado familiares para ser
cómodamente reconocibles y, sobre todo, de proposiciones
indecentes para la sociedad de los satisfechos, que es la
sociedad anónima que manda. De vuelta en Palestina está
contaminada de principio a fin de la materia de los sueños,
de entre todas, la materia más radiactiva, la de más penetrante descomposición, imposible de aislar en las minas de
residuos, una amenaza para siempre.
Prueben a leerla y les desafío a olvidarla: si alguien lo
consigue, se habrá muerto.
4
JOSÉ LUIS R. ROLDÁN
De vuelta
en Palestina
Edición de Andrés Mencía
Patrañas Ediciones
5
Ilustraciones y diseño de Portada
de Manuel Santiago
Fotografías
de Ana Isabel García
Junio de 2002
 José Luis R. Roldán
 Colectivo de Escritores Patrañas
Edita: Patrañas Ediciones
C/ Dinamarca, 5, Esc. 1ª, 7º Ctro.
28916 - LEGANÉS (Madrid)
Tlf. 91 686 34 82
I.S.B.N.: 84-931541-2-1
Depósito Legal:
Imprime: Gráficas URGEL
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A mi madre, que me enseñó a amar,
a mi padre y a mis cinco hermanos.
A Santiago González,
a José Luis Fortea
y a todos mis amigos muertos
en las residencias del INSERSO.
A Petri Olivares, a Mª José Morquecho,
a Mati y a su hija, a Petri Fernández
y a todos los que me escuchan
y se toman la molestia de transcribir mis palabras.
Y a mis cuidadores pasados y presentes,
a los más y a los menos.
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Presentación
De vuelta en Palestina necesitaba de una presentación porque la novela ha nacido con más carga utópica
que estética y hay peligro de que algún crítico, sobre
todo los críticos literarios, no se entere ni repitiéndoselo tres veces.
No es precisamente la literatura una casa habitada
por tipos con buen diseño, ni siquiera por tipos recomendables, por más que las empresas editoriales que
viven de la anemia del personal se empeñan en aburrirnos, contradiciendo a la historia, con libros y autores
de serie. La literatura sin malditos sería un catálogo de
tontos con sentido común, un aburrido listín que ni
siquiera osaría reseñar el Cántico al sol, de Francisco
de Asís, o Las moradas, de Teresa de Jesús.
Pero es que entre los malditos, además, merece página destacada el conjunto eximio de los que nacieron
condenados a callarse y que sólo por su real gana
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hemos conseguido escuchar sus voces la legión de los
lectores. No es casualidad que precisamente a un ciego,
Homero, haga la tradición autor de las obras que inventaron en occidente esta verdad, llamada por otros mentira, que es la literatura. Ni extraña a nadie el hecho de
que haya sido otro ciego, por cierto, quien poco menos
que cierra esta página apasionante de la historia humana. Porque después de Jorge Luis Borges, los que continuamos intentándolo somos como un estrambote, con
alguna excepción. La de José Luis R. Roldán sería una
de ellas, por ejemplo.
José Luis R. Roldán tiene en común con otro clásico
impresentable de última generación, Jean Genet, no ya
la potencia de su creatividad o el milagro de una obra
vista no más que desde el desastre que son sus vidas,
sino el hecho también de haber cumplido ya una perpetua en las residencias del INSERSO y comenzar la segunda, con la originalidad a su favor de estar pagando
la condena en una silla de ruedas y de no haber cometido jamás un delito.
Pero el caso es que el autor de De vuelta en Palestina destaca igualmente por otra singularidad, como es la
fatalidad de no poder escribir. José Luis R. Roldán
dicta sus obras a los muy pocos que tienen la inteligencia de dedicar algunos ratos de su vida a escucharle y
otros pocos minutos más a descifrar su habla tan difícil, lo mismo que hiciera el Borges más agudo y malhumorado cuando empleaba el tiempo de sus allegados
en lo mismo. Con una diferencia fundamental, que a
José Luis nadie lo aplaude, todavía.
José Luis dicta para no reventar, si acaso, que es pa10
ra lo que escribimos muchos, desde luego, los de entrañas más explosivas.
Y los que le transcribimos y editamos lo hacemos
porque tampoco nos gusta este mundo como está. Por
lo menos a José Luis R. Roldán y a mí nos ha acercado
la crítica de lo que hay.
He comenzado por la presentación del autor porque
soy de los que se explican los textos en buena parte
desde la circunstancia de sus creadores. Si también
escribo un exercice d'admiration, como Cioran hiciera
cuando estudiaba a sus autores más valorados, es sin
duda porque lo admiro. De los que hagan la crítica textual de su novela después de mí sólo espero que no
sean muy plastas.
De vuelta en Palestina es, pues, una novela de autor, que desenmaraña esa parte de nuestro mundo que
se explora desde, y con, una silla de ruedas. A los únicos que no sorprenderán sus peripecias será a los minusválidos, por lo tanto, por más que sean los cojos los
que, previsiblemente, hagan de este libro su manual de
travesía por estos años difíciles contra el desprecio de
los otros. Y no les sorprenderán porque ellos libran,
cada vez con más voluntad y más conciencia de sí, su
particular combate por la igualdad dentro de una sociedad que se proclama igualitaria desde la filosofía, pero
que se ha quedado sin entrañas para serlo desde las
entrañas. La materia de los minusválidos no es la única
materia en conflicto con el principio de igualdad en
nuestra sociedad, por supuesto, pero es tan escandalosa
y brutal su marginación que parece el último grupo
llamando a las puertas de la integración en ese sujeto
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llamado masa. Qu' avez-vous fait pour tout cela? Vous
vous êtes donné la peine de naître -et rien de plus! La
misma pregunta, "¿Qué has hecho tú para tener lo que
tienes?", e idéntica respuesta, "Te has tomado la molestia de nacer, eso es todo", valdría para explicar la
silla del rey y la silla de ruedas del protagonista de las
peripecias que informan las páginas de esta novela. Sin
embargo, la filosofía lleva más de tres siglos esgrimiendo razones contra la vergonzante existencia de la
silla del rey y nuestro protagonista lo sabe, como lo
saben todos los minusválidos. Ellos saben de sobra que
precisamente estas razones proclaman su radical igualdad con todos los humanos, porque no puede haber
desigualdad de origen, a pesar de su silla.
Ni su silla es el trono que heredan los reyes ni el
dios de los cojos puede ser el dios de los reyes. Otro
acierto de la novela, y de su autor, es curiosamente su
radical crítica de la religión, por donde tienen que comenzar todas las luchas y todas las liberaciones, puesto
que la crítica de la religión no puede menos que desembocar en la definitiva verdad de que "el hombre es
el ser supremo para el hombre".
A los minusválidos no les sorprenderá De vuelta en
Palestina, pero a los masválidos nos dibuja una realidad que no estaba al alcance de nuestras representaciones y a la que sólo por analogías podíamos acercarnos,
sólo si éramos conscientes de nuestra propia dependencia y, sobre todo, esclavitud. Con todo y ser el cuadro
diáfano, recomendaría a los satisfechos abstenerse, sois
demasiado imbéciles y no os enteraríais de nada.
La sencillez formal de la novela es engañosa, sin
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embargo. De pronto se despierta, a poco que la lectura
sea atenta, en cada episodio y en cada personaje de la
misma una carga semántica que los equipara a los sueños, que es la materia de la mejor literatura.
Es eficaz la forma y no es nada rebuscada su materia: un cojo se enamora y el amor le mete gas a su silla
de ruedas hasta que se estrella. Es lo que nos pasa a
todos. Pero si De vuelta en Palestina no fuera más que
una novela de amor al uso quizá hubiera tenido también un editor al uso y ocupara ahora mismo las mesas
de novedades de las librerías. No es el caso porque la
novela está llena de reflejos inquietantes, de ecos demasiado familiares para ser cómodamente reconocibles
y, sobre todo, de proposiciones indecentes para la sociedad de los satisfechos, que es la sociedad anónima
que manda. De vuelta en Palestina está contaminada
de principio a fin de la materia de los sueños, de entre
todas, la materia más radiactiva, la de más penetrante
descomposición, imposible de aislar en las minas de
residuos, una amenaza para siempre.
Prueben a leerla y les desafío a olvidarla: si alguien
lo consigue, se habrá muerto.
Andrés Mencía
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"Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos,
como nace un deseo sobre torres de espanto,
amenazadores barrotes, hiel descolorida,
noche petrificada a fuerza de puños
ante todos, incluso el más rebelde,
apto solamente en la vida sin muros."
Luis Cernuda
De vuelta en Palestina
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Todas las historias verdaderas se parecen, como
ocurre con las familias felices. La historia que os voy a
contar es verdadera y, por tanto, os recordará a la vuestra. No así mi familia, que es más original, pues no es
feliz.
Todo comenzó en primavera, en un bar de Parque
Sur, de casualidad, pues por allí pasa mucha gente. Yo
estaba ante una mesa mirando y dejando pasar el tiempo, que es lo que suelo hacer en cualquier parte y a
cualquier hora, cuando vi aparecer a una chica que
hacía tiempo que no veía. Venía acompañada de un
tipo que no le pegaba para nada.
Me invitó a un café y se ofreció a dármelo. El camarero ya sabía cómo tenía que servírmelo y enjuagó al
grifo un botellín de cerveza. Comenzamos hablando la
chica y yo de los viejos tiempos, la temporada en que
ella venía por el CAMF a visitar a una amiga.
Fue en aquel momento, viéndola allí, sentada,
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acompañada por aquel imbécil, cuando comenzó a
despertarse en mí un sentimiento desconocido.
-¿Sabes lo que hice este verano pasado? -se me ocurrió comenzar a contar, a sabiendas de que tardaría
mucho en terminar la historia y de que ella tendría que
atenderme y no podría hablar con el imbécil durante
ese rato- Estaba de vacaciones en un pueblo de Almería, habíamos ido allí unos cuantos minusválidos, y me
planteé hacer un ejercicio de supervivencia. Quiero que
me dejéis solo en la plaza del pueblo, les dije a mis
cuidadores. Ya eres mayorcito para saber lo que haces,
me contestaron. Le dicté a uno de ellos, Julia, una chica muy enrollada, el texto del cartel: "Quisiera tratar
con la gente de este pueblo. Para hablar conmigo, me
tenéis que escuchar muy atentos y, además, repetir en
voz alta todo lo que digo hasta yo cerciorarme de que
me habéis entendido". Lo escribió en un cartón blanco,
con letra muy clara, y me lo colocó colgando del pecho.
-¿Pero no te daba miedo quedarte solo en un lugar
desconocido? -me cortó Manuela, que así se llama la
chica.
-La verdad es que cuando Julia -continué yo- me dejó en medio de la plaza y mis compañeros, que me
habían acompañado, se retiraron también, me acojoné
un poco, pero no dije nada. De pronto vi que se me
acercaba una pareja de la guardia civil. Cogieron el
cartel y lo leyeron. Buenos días, saludé. Entonces uno
me preguntó si quería declarar algo. Que buenos días,
coño. No te entiendo, habla más claro, me gritó. Y me
callé, que era lo que tenía que haber hecho desde el
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principio, pues no quería que la gente me viese hablando con la guardia civil. Los picos dejaron el cartel como estaba y se largaron. Al poco llega una buena mujer, lo lee y me pregunta si quiero beber algo. Pues claro, le digo, me estoy achicharrando, agua o, si puede
ser, un café frío. Me escuchó con mucha atención y,
después de un rato, me entendió y me dijo que me llevaría a un bar de su propiedad, donde podría hablar con
los clientes. Fue más difícil que comprendiera cómo
tenía que darme de beber, empeñada ella en darme el
café en vaso y yo que no, que me iba a manchar. ¿Pero
no quieres beber?, preguntaba. Y yo diciéndole que lo
echara en un botellín. Por fin lo comprendió y se puso
contentísima. Estaba seco y me bebí el café de un trago. Cuando terminé, me quitó el casco vacío con mucho miedo, como tú aquella vez, que temías arrancarme los dientes.
-La verdad es que no nos lo pones nada fácil a los
inexpertos -protestó Manuela.
-Pues la señora siguió hablando conmigo y cada vez
me entendía mejor. Y me iba presentando a los clientes
que ella conocía. Así me enteré de que en Almería hay
más mercedes que en el resto de España junta...
-Y más invernaderos -dijo el imbécil, por fin.
-Eso de los invernaderos ya lo sabía yo, pero lo de
los bancos, los mercedes y las timbas de póker no lo
sabía. La señora del bar me dio una sorpresa cuando
me preguntó si quería comer con ella y con su familia.
Yo le contesté que sí rápidamente y me preguntó qué
era lo que podía comer mejor. No quería complicarle
mucho la vida y le dije que algo sólido. Me dio pesca19
do como buenamente pudo, que no fue nada mal. ¿No
quieres más?, me preguntó. A lo mejor me tomo un
café. Salimos otra vez al bar y un cliente se empeñó en
que me tomase aunque nada más fuese que una palomita, que es agua con un poco de anís. O al revés, no sé,
aquello tenía mucho anís y me dejó medio dormido.
Durante un buen rato no conseguí que me entendiese
nadie ni una palabra. Cuando volvía a estar bien, llegaron mis compañeros, que tenían curiosidad por saber
cómo me estaba yendo el día. No me puedo quejar, les
informé. Se tomaron un café conmigo, pero querían
irse a la playa. Pregunté a la señora si se vendría con
nosotros, pero me contestó que los almerienses ya no
se bañan después de la feria de la Virgen del Mar, y
estábamos en septiembre. Ningún cliente quiso acompañarnos tampoco. En septiembre, el mar os lo dejamos a los turistas, dijo el último. Y nos fuimos.
-¿Pero qué pretendías demostrar? Se te ocurre cada
cosa -comentaba Manuela.
-Nada. Había conocido a un montón de gente, me
había hecho entender por casi todos, me habían invitado a comer y a beber, me sentía tan libre al menos como el mar que me iba a refrescar el cuerpo. Ten cuidado conmigo, le dije al cuidador que me metía en brazos
en el mar, que tengo muchos amigos. Al día siguiente
tenía curiosidad y volví al bar de la señora. Le pregunté
por qué me había invitado, si por pena o por qué. Y
ella me contestó que la pena era que estuviese en el
pueblo de paso, de vacaciones. Si vinieses más veces te
podría demostrar que estas puertas siempre estarán
abiertas para ti y para todos.
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Tardé en contar mi aventura más de una hora, a Manuela y al imbécil, y me había asegurado de que me
entendieran cada frase. Manuela se había reído mucho
y también se había entristecido a veces, que fue lo que
más me gustó.
Los que me tenían que recoger en Parque Sur ya se
habían vuelto y ella me subió hasta la residencia. Cuando nos despedimos, decidí que al día siguiente la
llamaría por teléfono.
Lo hice y quedamos en que vendría a recogerme.
Salimos a tomar un café al Renato, un bareto cercano
al CAMF con una buena rampa de acceso para las sillas de ruedas y unos camareros enrollados. Cuando
tengo ganas de bronca pido que me lleven a locales en
que sé que molesta la presencia de minus, les grito que
la antipatía es reciproca, que yo soporto muy mal a los
tipos necios, y me voy sin tomar nada.
Pero aquel día no quería bronca. Intuía que estaba a
punto de ocurrir algo que podía cambiar mi vida. Terminamos el café y ella me miraba sonriendo. Salimos
de allí y nos fuimos al parque de al lado. Se estaba
acostumbrando a sonreír cuando estaba conmigo y eso
me animó a decirle lo que quería. Manuela es muy
guapa cuando está seria, pero cuando sonríe es un horizonte azul sin nubes, infinito.
-Manuela, estoy enamorándome de ti y tendremos
que hacer algo.
Me oyó, me entendió, porque repitió mis palabras, y
me sonrió aún más dulcemente. No podía creérmelo.
-Yo estoy haciendo algo -dijo Manuela al fin-, he
venido a verte y paso la tarde contigo. ¿Qué harás tú?
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-Ni te imaginas lo que yo puedo llegar a querer.
-Esa es la condición que te pongo, que me sorprendas con tu amor.
-Pues la única condición que yo te pongo es no volver a verte con el imbécil. Y seremos novios.
Todo pasó en un parque, como antiguamente, que
los novios se declaraban en los parque cuando casi no
había ni parques.
Me devolvió a la residencia para cenar y yo estaba
loco de contento. Me parecía un sueño del que ya tenía
miedo despertarme. Se lo dije a un compañero de mesa
y no se lo creía. La verdad es que aún no se lo cree,
después de todo lo que ha llovido. Él es un sabio, ni
siente ni padece. Opina que lo que parece imposible, es
imposible. Es un sabio que se está perdiendo la vida,
como tantos compañeros.
Manuela prometió que vendría a buscarme al domingo siguiente y llegó puntual. Aunque no tanto como yo, que la esperaba en recepción. Pero no sonreía.
-Estás triste esta mañana -saludé.
-A estas horas suelo ir a misa todos los domingos.
Si no te importa...
Hacía mucho que se me había perdido dios entre las
frustraciones y se lo dije.
-Yo dejé de hacer viajes a Lourdes hace ya muchos
años, Manuela, no es en esos milagros en los que creo.
-Pues acompáñame, que así estaré más tranquila, yo
necesito de la oración para vivir.
Así es que nos fuimos a la iglesia. Desde aquella
mañana, ningún domingo dejamos de ir a misa. Pero a
mí no me importaba, ni siquiera intuía el peligro.
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Cuando salimos de la iglesia aquella mañana, o al
siguiente domingo a lo mejor, le conté a Manuela algo
que para mí ha sido muy fuerte, como una revelación,
como si lo que aprendí en aquel instante fuera todo lo
que sé a día de hoy, como una licenciatura, lo más parecido que he sentido a una experiencia religiosa.
-Yo duermo siempre muy bien, como un crío -le expliqué-, pero aquella noche no podía dormir. Pasaba el
tiempo y que no pegaba ojo. Me aburrí contando los
ruidos de la noche, los crujidos de las paredes, los vaivenes de las cortinas, los paseos de los cuidadores,
pocos, contaba de todo menos ovejas, pero no me dormía. Cuando más despierto estaba, de pronto veo una
luz que me ciega, que me impide ver otra cosa. La linterna de algún cuidador sádico, pensé. Pero miré mejor
y descubrí muchas luces, como un carrusel o los mil
ojos que te observan en la noche estrellada. Eso parecía, un cielo de pronto fulgurante en el techo de mi
habitación, profundo, real, un cielo de fiesta que me
observaba. Y me pregunté a quién podría interesar ver
a estas horas a un pobre minus, en la cama, con insomnio. Fue cuando oí la voz. Pero yo estaba despierto, te
lo juro -Manuela se estaba riendo de mí, no me creía,
aunque continué-, tú ya sabes la de calmantes que tomo
para controlar un poco mis espasmos. Pues despierto y
temblando como una hoja estaba cuando oí que alguien
me decía que yo podría salvar el mundo. Imagínate,
parecía la voz de un marciano. ¿Pero qué tengo que
hacer?, pregunté yo. Reír, me dijo, tienes que sonreír
siempre.
-¿En qué quedamos, reír o sonreír?
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-Qué más da, me decía que fuera feliz, eso sentí. Yo
creo que no hubo ni voz ni luz ni nada, aunque los cuidadores se presentaron asustados y me preguntaban qué
había pasado y qué eran esas voces y ese fuego. Yo lo
sentí como te lo cuento y allí mismo prometí salvar el
mundo si ser feliz era todo lo que tenía que hacer. Y de
inmediato me dormí como un niño. A la mañana siguiente me desperté descansado, prometiéndome a mí
mismo que no me privaría de nada que estuviese a mi
alcance para mantener la sonrisa.
-Ni del amor.
-De eso, menos que nada.
Manuela seguía viniendo a verme y seguimos yendo
a misa. Así nos dio el verano. Yo quería salir de viaje,
me gusta el mar como a los delfines. Se lo propuse a
Manuela y a ella le apetecía igual que a mí, le daba
igual dónde fuera.
Mi hermano el mayor tiene una casa en Almuñécar
y a él se lo propuse, le prometí que serían pocos días.
Iré con mi novia, le dije, pero no se lo creyó. Mejor así,
mayor será la sorpresa, pensé.
Lo preparamos todo y le pedí a mi hermano pequeño que nos llevase. Se lo pensó, pero al final dijo que
sí.
Llegamos de noche y mi hermano y su mujer no se
lo creían. El sobrino ya dormía.
-Esto hay que celebrarlo -dijo mi hermano mayor.
Y nos fuimos de marcha y yo bebí más de la cuenta.
Volvía a casa más contento que en mi vida. A este
paso, terminarás salvando el mundo, me dije.
Cuando ya nos disponíamos a ocupar cada cual su
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habitación, antes de que mi hermano me acostase, le
pregunté a Manuela si se iba a acostar conmigo.
Por toda respuesta, me dio una bofetada. No dije
nada, pero me prometí no volver a medir la alegría
ajena a partir de la propia, ni las ganas de sexo.
A la mañana siguiente me desperté pensando sólo
en la bofetada de la noche anterior. Me quedé en la
cama, no tenía ganas de levantarme y no llamé a mi
hermano.
Pero Manuela llamó a la puerta de la habitación y
me preguntó si quería algo. Le pedí un café y ella me lo
trajo al poco rato. En realidad, no me preocupaba su
bofetada sino lo que ella pudiera estar pensando de mí.
-Manuela, anoche estaba bebido y me tendrás que
perdonar, quizá no es así como hay que decir ciertas
cosas -me disculpé.
-Tú lo has dicho, estabas borracho -contestó Manuela, en un tono que no me permitió continuar.
Pero estaba deseando montármelo con ella y no entendía su actitud. Yo era virgen, jamás una mujer me
había hecho ese favor, os podéis imaginar mi estado de
ansiedad. Pero no me atreví a decirle más nada.
Mejor que continúes cascándotela, pensé, si te lo
permiten tus nervios. Probé y me salió una paja muy
satisfactoria.
Pero no veía la manera de continuar sonriendo,
aquel semen sobre la sábana me parecía un desperdicio. ¿No podría yo tener un hijo nunca? ¿Con ella? Me
entraban ganas de llorar. La verdad es que yo también
lloro con facilidad, que todo hay que decirlo.
De pronto apareció en la puerta mi hermano mayor,
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Gregorio. El pequeño continuaba durmiendo y, después
de comer, se volvería para Madrid.
-¿Qué te pasa? -me preguntó Gregorio.
-No me pasa nada, es mi problema -contesté yo.
Y me levantó para ir a comer.
Era domingo y comimos todos juntos. En estas comidas mi hermano pequeño habla por todos. Cómo me
gustaría hablar como él habla, y que se me entienda.
Siempre le he tenido envidia, sólo a él, debe de ser
porque nunca está callado. Menos mal que Manuela no
le hacía mucho caso porque, si no, ahora también le
tendría celos.
Después de la comida y del café, Manuela me preguntó qué quería hacer.
-Lo que te parezca, son tus vacaciones.
Ella me propuso dar un paseo hasta el castillo y nos
preparamos. Me cambió Gregorio y, mientras ella se
arreglaba, me preguntó por qué estaba la cama mojada,
o con señales de haberlo estado, no sé.
-Es que me corrí -le contesté.
-Pues ten más cuidado, porque las sábanas estaban
limpias.
En ese momento salía Manuela de su habitación y
algo en el tono de mi hermano le llamó la atención,
pero no se enteró de lo que hablábamos. Se agarró a mi
silla y me sacó a la calle.
Nos paramos a tomar un café en una terraza, junto al
mar. Entonces aprovechó para preguntarme:
-¿Qué quería tu hermano?
-Oh, nada de lo que debas preocuparte.
-José Luis, ¿confías o no confías en mí? -me dijo,
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con un tono de reproche en su voz.
-Confío en ti, pero hay cosas que no parece que te
inquieten ni poco ni mucho, como es el sexo.
-Otra vez vuelves a eso -protestó, y yo me callé.
Tomamos el café en silencio y reanudamos el paseo.
La tarde era perfecta, como la vida que yo sueño. En el
mar, unas velas de windsurf se deslizaban por la postal.
La iglesia apareció de pronto ante nosotros, entre
palmeras.
-¿Quieres entrar? -le pregunté a Manuela.
-Tú sabes que sí.
Entramos y ella se sentó a mi lado. Estaban oficiando la misa y la iglesia no estaba vacía. Manuela se quedó inmóvil y miraba fijamente al cura. Yo miraba hacia
todas partes menos hacia donde ella estaba mirando.
Llegó la hora de la comunión, me preguntó si quería
comulgar, le contesté que sí y allá que nos fuimos los
dos. Habíamos hecho lo mismo muchas veces los domingos, pero por primera vez sentía yo algo parecido a
una discordia entre nosotros. Y me asusté.
Terminó la misa y le pedí a Manuela que me dejase
allí. Estuve más de media hora solo, intentando sacudirme el miedo de encima.
Cuando volvimos a casa continuaba igual, sin embargo, asustado. Había perdido la sonrisa. Y Manuela
me preguntó qué me pasaba.
-Nada importante, tranquila -contesté yo.
-Siempre me dices lo mismo.
-No querrás que te diga que la vida es bella.
Cuando mi hermano nos vio llegar, preguntó por el
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paseo.
-¿De dónde venís con esa cara?
-De misa -contesté yo.
Al oír mi respuesta, Gregorio soltó una carcajada y
Manuela le preguntó de qué se reía.
-De nada, Manuela, que no entiendo a mi hermano.
-Ni yo mismo me entiendo -comenté.
-Pues ya somos tres -dijo Manuela. Y añadió- Quiero irme a la cama.
En aquel momento era lo que yo menos deseaba.
Pero no me encontraba bien, y un buen sitio puede ser
la cama cuando no estás bien en la silla.
-Yo también me voy a la cama -decidí.
A la mañana siguiente me desperté temprano y llamé a mi hermano porque quería ir al baño. Me llevó y
yo me quedé un rato allí dentro. No podía hacer.
Era un buen momento para pensar. Y tenía que pensar muy rápido si no quería que Manuela se disgustara
definitivamente conmigo.
En ese momento llamó ella a la puerta del servicio.
-¿Qué te pasa?
-Me dolía un poco la tripa -contesté yo, sinceramente.
-¿Desde cuándo te duele?
-Llevo seis días sin hacer de vientre, pero esto es algo que me ocurre con frecuencia, no hay que preocuparse. ¿Por qué no abres la puerta y me sacas de aquí?
Manuela me hizo caso, me subió el pantalón, la primera vez que lo hacía, y me sacó del servicio.
Mientras desayunábamos le propuse que me llevase
a la playa.
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-De momento no conozco mayor placer que el agua
-le comenté.
-¿Tú crees que existirá algo más fuerte que el abrazo
del mar?
-Sí lo creo, vaya que si lo creo. Tiene que haberlo.
-¿Como qué? -insistió Manuela en la pregunta, como si quisiera provocarme.
No contesté, lo último que deseaba eran malas caras
otra vez. Sin embargo, tendría que hacer algo si no
quería que mi historia con Manuela terminase mal.
En la casa también estaba Carmen, la mujer de mi
hermano, que nos servía ahora mismo el café. Yo no
tenía mucha confianza con ella. El sobrino no nos
hacía mucho caso.
En la playa hacía tanto calor que yo no quería salir
del agua.
-Vas a criar branquias -comentó en un momento
Manuela.
-Ojalá -contesté yo-, un pez no tiene complicaciones. El mar es amable.
A veces pienso, en mementos así, que el agua es lo
único que me entiende en este mundo. El mar, más
exactamente. El mar es una caricia, más que un peligro. El mar es dios, y el agua sería su doctrina.
Manuela y yo jugábamos y así estuvimos durante
mucho tiempo. Teníamos que volver a casa.
Mi hermano se enfadó mucho porque llegábamos
tarde.
-Estamos de vacaciones -protestó Manuela-, danos
un poco de cuartel.
Estaba relajada, tranquila, parecía feliz.
29
Comimos todos juntos y mi hermano se aflojo al fin.
Después de la siesta nos propuso salir de copas.
-Nos vamos todos de juerga, que Carmen casi ni sale de casa -fue lo que dijo.
-Pero José Luis, que tome café -advirtió Manuela-,
que con el alcohol alucina.
Yo no dije nada, para qué, pero me dolió su comentario. No sabía qué hacer, la verdad, no entendía a Manuela.
Carmen y Manuela se enrollaron y yo no supe de
qué estarían hablando, pues me pasé toda la noche con
mi hermano, él tiraba de la silla.
A la mañana siguiente yo tenía un dolor de tripa
como nunca, no me dejaba pensar. Vino Manuela y no
me podía mover.
-¿Pero qué te pasa, Jose?
-La tripa -contesté yo a duras penas, aunque ella me
entendió bien.
Me trajo mazanilla, qué asco. Y se lo dijo a mi hermano, que sabe lo que tiene que hacer en esos casos.
Mi hermano me puso el enema y me bajó al baño.
Cuando por fin pude cagar y quedé vació, se me quitó
el dolor y, con él, no pocas preocupaciones. Volvía a
ser yo y a estar enamorado.
-Vamos a la playa -propuse a Manuela.
-No -contestó mi hermano, que me había oído-, hoy
es un buen día para subir a Granada.
A Manuela, a Carmen y al sobrino les entusiasmó la
idea y allá que nos fuimos. Fue un buen día, muy romántico, si puede haber romanticismo entre la multitud
de turistas. Pero los cipreses del Generalife son inolvi30
dables, o el cielo de la tarde en el Paseo de los Tristes.
Manuela habló mucho con mi hermano y conmigo,
estaba muy animada.
-Te quiero -me dijo al oído, ante el sepulcro de Juana la Loca.
Yo me asusté y, en un movimiento espástico, casi la
golpeo en el culo con mi mano. Pero fue de alegría. Y
aquella alegría me duró mucho tiempo.
Los días pasaron muy de prisa y nos teníamos que
volver a Madrid. Mi hermano el pequeño, Carlos, volvió para recogernos y yo regresé a mi residencia y Manuela a su trabajo.
-Vendré el domingo a verte -dijo, al despedirnos.
Y volvimos a la rutina de vernos los domingos y yo
me sentía muy feliz con ella y muy triste cuando ella
me dejaba otro día más para volver a su casa y al trabajo.
Pero no había progresos en la dirección que yo deseaba. Mi inseguridad en todo lo referente al sexo me
impedía insistir y a Manuela no parecía ni ocurrírsele.
En estas estaba cuando me enteré, en la residencia,
de un intercambio temporal con Alcuéscar.
Es muy sencillo de explicar. Alcuéscar es un pueblito de Cáceres y allí tiene el INSERSO otra residencia
de minus. Alguien de aquella residencia quería venirse
a Madrid durante la segunda quincena de agosto, pero
para lograrlo tenía que haber alguien de aquí dispuesto
a irse a Alcuéscar y dejar su plaza disponible.
-Yo me voy a Alcuéscar -le dije al director.
Tenía allí un amigo al que quería ver, Jaime, que
podría ayudarme en lo mío. Pero de mis verdaderas
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intenciones no hablé con nadie, y menos que con nadie,
con ella. Querer ver a Jaime era suficiente motivo, es
conocida nuestra amistad.
Despedirme de Manuela fue muy triste, pero tenía
que hacerlo. Me prometió ir a verme algún día.
En Alcuéscar yo estaba muy solo, pues Jaime tampoco es que me hiciese mucha compañía, él siempre
fue muy callejero. Por eso precisamente, porque la calle no tenía secretos para él, había venido yo a este
pueblo.
Después de haber conseguido que me enseñase el
pueblo, él en su silla eléctrica y arrastrando mal que
bien la mía, mecánica, comprobado como había que de
esta forma llegaríamos al fin del mundo si nos lo proponíamos, le planteé lo que realmente me interesaba:
-¿Cuándo me vas a llevar de putas?
-¿Qué? -me contestó Jaime, entusiasmado, después
de comprobar varias veces, repitiendo mis palabras,
que me había entendido bien- ¿Pero estás seguro de
querer intentarlo?
-Por supuesto -contesté, aunque no me pareció oportuno explicarle la razón verdadera de mi urgencia.
-Mañana lo organizamos.
Así de sencillo fue todo. Llegamos sin contratiempos al puticlub del pueblo, en las afueras, y la chica
que nos recibió pareció alegrarse al vernos:
-Hombre, Jaime, cuánto tiempo sin verte. Ya tenía
ganas de charlar contigo.
-Tampoco hace tanto, chata -contestó Jaime-. Pero
hoy la urgencia es de este amigo, que os necesita. Tenéis que tratármelo bien, será la primera vez y ni a él ni
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a vosotras os conviene que sea la última.
-Tienes unos ojos que parecen los ojos de dios -me
dijo la chica, al fin-, ¿estás seguro de querer intentarlo?
-Por supuesto -contesté yo, muy seguro, pero ella no
me entendía. Se lo tuvo que traducir Jaime, lo mismo
que el resto de la conversación.
-¿Prefieres una experta o una jovencita? -me preguntó la chica- Hoy han entrado dos nuevas que os van
a encantar.
-Yo, una nueva, por favor -dije tímidamente.
-Yo prefiero que llames a Pilar -pidió Jaime-, que ya
nos conocemos.
-Pues tendrás que esperar, porque Pilar está ocupada
-le dijo a mi amigo-. Pero tú no -me lo decía a mí-, tu
chica acaba de llegar y está deseando estrenarse.
Con las mismas, empujó mi silla hacia un reservado
y se fue. Al instante, entró allí una muchacha morena
con cara de niña, pero con ojos verdes como de mar.
Como un ocaso verde eran sus ojos, como el rayo final.
Yo no sabía qué decir y le pregunté si quería tomar
algo. Me entendió a la primera y me dijo que sí, que un
whisky. Y se fue hasta la barra y trajo otro para mí.
-Tendrás que tomar tú los dos -yo no quería beber,
no fuera a indisponerme- ¿Eres de aquí, de Alcuéscar?
-Me da corte que lo sepas, compréndelo -protestó.
-¿Y por qué? Yo no te buscaré ni aunque pudiera,
no te molestaré.
Parecía tan nerviosa como yo, incluso más. Le vendrían bien los dos whiskys. Se los tomó sin enterarse.
-Es tan fácil venir aquí, pedir una mujer y acostarse
con ella -se lamentaba.
33
-Para unos, más fácil que para otros -subrayé yo, por
hacer una gracia, pero ella no estaba para chistes.
-Necesito pasta, no a graciosos -aclaró.
-Pues yo tampoco he venido aquí por vicio, no te
confundas -protesté-. Tengo que saber si puedo hacerlo
con una tía, si puedo controlar mis espasmos. Pero si
no quieres, lo dejamos y no pasa nada.
Me miró largamente con sus ojos de acuarela y dijo:
-Si no es contigo, lo tendría que hacer con otro.
No sé por qué, pero a mí me daba corte. Era mi sueño y mi obsesión desde hacía mucho tiempo, lo iba a
hacer y, sin embargo, me daba corte. Y repetí si no
sería mejor dejarlo.
-Prefiero que tú seas el primero, que estás asustado
como yo -dijo ella como última palabra.
Y empujó mi silla hasta el ascensor y subimos a una
habitación.
Ella misma me subió a la cama y me quitó la ropa.
Luego se desnudó y se metió bajo la sábana conmigo.
Yo tenía mucho miedo de darle algún golpe con mi
descontrol, pero ella me dijo que no me preocupase.
-Déjame mirarte -le supliqué.
Ella retiró la sábana y se arrodilló sobre la cama, así,
desnuda como estaba. Era hermosa, era una mujer desnuda, por fin. Creí que me iba a morir de felicidad.
Pero todavía faltaba lo mejor. La chica, de pronto,
se puso a horcajadas sobre mí, sujetó mis brazos para
que no me moviese demasiado y así, sentada sobre mi
vientre, comenzó a mover su culo con suavidad hasta
conseguir que mi polla, encabritada, se perdiese dentro
de su cuerpo por fin. Sentí como un vértigo.
34
Nunca había sentido en mi vida un placer semejante. Pero tampoco nunca había sentido tanta pena.
Y me eché a llorar como un niño.
-¿Pero qué te pasa? -preguntaba ella riendo, muy
cortada, con el sol verde brillándole en los ojos.
-Perdóname -le dije-, pero cómo me hubiera gustado
que tú fueses alguien que yo me sé.
-Las novias lo quieren todo, pero se pierden lo mejor. No llores, que pasa siempre -me consolaba.
Yo estaba realmente triste. Había ido a confirmar mi
hombría, pero mi amor por Manuela se imponía a todo.
-Te tenía que dar las gracias y no te doy más que lágrimas -comenté, a modo de disculpa.
-Pues yo me alegro de haberte conocido, ya ves dijo ella- ¡Y no sabes cuánto!
En aquel momento se oyó un golpe en la puerta.
Jaime me informaba de que se había hecho tarde y teníamos que regresar.
La chica me vistió y me dio un beso.
-Algo te deberé, digo yo.
-Ya me has pagado, y de sobra -contestó.
Pero le di todo lo que tenía y lo aceptó. Para comer
mañana, dijo. Yo lo había guardado para ella.
-¿Te podré ir a ver a la residencia alguna vez?
-Por supuesto -contesté.
-¡Date prisa, que llegamos tarde! -gritaba mi amigo
desde el pasillo.
Salimos corriendo e hicimos todo el camino sin entretenernos. Era muy tarde y, cuando llegamos, nos
esperaba la directora.
-¿De dónde venimos? -preguntó.
35
-Dando una vuelta -contestó Jaime.
-No me tomes el pelo, por favor.
La directora no estaba para bromas, desde luego, pero yo tampoco.
-Esto es un país libre, que yo sepa -protesté.
-Tú te callas, que estás invitado -gritó ella.
-A mí nadie me da órdenes, y menos si es para que
me calle.
-O callas o informo a tu centro de tu conducta.
-Pues mira qué cosa, también puede llamar al rey,
que estará interesadísimo.
Estaba de los nervios aquella mujer.
-Ha sido culpa mía -terció Jaime-, que me distraje y
se me ha pasado la hora. Es verano y ya se sabe.
-Iros a la cama. Mañana seguiremos hablando.
Un cuidador de guardia me llevó a la habitación y
me acostó.
-Te gusta meterte en líos -me dijo, en un momento.
-Aunque soy masdependiente que tú, no soy un muñeco, ojo, no te confundas -contesté yo, muy cabreado.
-Mejor que te duermas y calles -replicó el cuidador-,
que estás un poco acelerado esta noche.
Él tenía razón con lo del acelere, pero primero le
mandé a la mierda y después me callé, por supuesto
que me callé. Tenía muchas cosas de las que ocuparme
para andar perdiendo el tiempo con chorradas.
Repasaba y repasaba a la mujer que me había hecho
sentir aquel vértigo, el vértigo de una luz verde, como
un silbido, en sus ojos, en el mar transparente de sus
ojos, el vértigo de su horno abismal. Pero me sentía
culpable y triste porque esa mujer no había sido Ma36
nuela, porque no me olía a Manuela.
Por fin, me quedé dormido cuando comenzaba a
clarear en la ventana. Cuando desperté me dolía la cabeza, pero tenía que levantarme porque era la hora y no
quería más broncas. El cuidador que me arregló me
bajó a la cafetería y le pedí un café bien cargado.
-¡Tenemos resaca, parece! -comentó.
-Tenemos la lengua muy larga -contesté yo.
Al momento llegó Jaime y hablamos por fin, que
con las prisas de la noche anterior, y con la bronca, no
habíamos tenido tiempo.
-Me duele la cabeza, pero muy bien -le conté-, todo
fue formidable. Lo que ahora me preocupa es que se
vaya a enterar Manuela, no sé si lo entendería. Aquí ya
lo sabe todo cristo, parece que no se habla de otra cosa.
-¿Pero tú la quieres, a esa Manuela? -me preguntó.
-Estoy loco por ella.
-¿Y ella, qué?
-Yo qué sé. Dice que sí.
En aquel momento avisaron por megafonía de que
la directora nos esperaba a Jaime y a mí en su despacho.
-Vuelta a empezar -dije yo.
-Cambiaremos de táctica y diremos que fue cosa
mía, que te engañé para no tener que ir solo. Ella sabe
que he ido más veces. Es lo mejor para que dejen de
hablar de ello de una vez. Algún cuidador nos ha visto.
-Voy a parecer un imbécil -protesté.
Cuando llegamos al despacho, la directora me preguntó:
-¿Dónde estuvisteis anoche?
37
-Conociendo el pueblo, Jaime me sacó a dar una
vuelta.
-No me tomes el pelo.
-Él mismo se lo puede confirmar.
Y se lo confirmó, vaya que si se lo confirmó, con
peros y señales.
-Y eso fue todo -resumió Jaime, al término de su relato-. Jose es un hombre como cualquiera y resulta que
le gustan las gachís como a cualquiera que le gustan las
gachís.
-Es una vergüenza -me dijo al fin la directora-, Jaime es un golfo, pero de ti esperaba otra cosa. Y esto no
se va a quedar así.
En ese preciso momento alguien vino a avisarme de
que tenía visita. No esperaba a nadie.
-¿Pero Jaime o yo? -pregunté, incrédulo.
-Tú, José Luis, una mujer.
Me quedé de piedra.
-¿Nos podemos ir ya? -acerté a pedir a la directora.
-Por supuesto, iros.
Y el mismo cuidador que había traído el aviso me
llevó hasta recepción. También venía Jaime.
Allí estaba Manuela, esperándome.
-¡Vaya gachí! -exclamó Jaime a mi oído.
Yo me había quedado completamente en blanco y
Manuela me preguntó si me encontraba bien.
-Sorprendido.
-He venido porque ya tenía ganas de verte -y lo dijo
como disculpándose.
-Este es Jaime, el amigo que yo quería ver, del que
te hablé, por el que me he venido a Alcuéscar.
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-¡Pero que yo no soy maricón, que conste! -protestó
Jaime a modo de saludo.
-Todavía no se cree que hayas venido a verme desde
tan lejos, mírale qué babas -y señalé a Jaime.
-El que no te lo crees eres tú -dijo Manuela- ¿Pero
tanto te sorprende mi visita? ¡Si no voy a poder venir a
verte!
-Que sí. Pero no te esperaba -repetí, intentando disimular mi zozobra con la sorpresa.
Y en aquel preciso momento se acercó Felipe, un
compañero con muy ganada fama de metepatas:
-¿Qué tal anoche? -preguntó.
-Dando un paseo -contestó Jaime por mí.
-Ya, y yo soy Caperucita.
-Por favor, Felipe, vámonos, que estos chicos querrán estar solos -le ordenó Jaime con cara de pocos
amigos.
-Para nada -le dijo Manuela a Felipe-, no molestáis.
¿Dónde estuvieron anoche estos dos?
Pero ya Jaime tiraba de la silla de Felipe y este no se
atrevió a abrir la boca.
-¿Por qué no le habéis dejado hablar conmigo a ese
chico? -me preguntó Manuela entonces.
-No digas tonterías. Ha sido cosa de Jaime, que no
quiere que nos moleste.
-Te conozco, Jose. Me temo que estás en un lío.
-¡Es que no te fías de mí! -protesté yo sin mucha
convicción- Vamos al bar y nos tomamos un café.
Allí estábamos cuando llegó la directora. Al verme
con Manuela, se rió, y yo me puse aún más nervioso.
-La invitamos a un café -dije, por disimular.
39
-¿Me quieres comprar? -replicó ella.
-Ya sé que no tiene precio -contesté asustado, y Manuela me notó el apuro.
-No entiendo nada -dijo, después de unos minutos-,
pero he hecho un viaje muy largo y tengo hambre. ¿Por
qué no me llevas a comer a alguna parte?
Yo también estaba deseando largarme.
Salimos de allí, subimos al pueblo y encargamos
una paella en un bareto. Tendríamos que esperar una
hora.
-Nos da tiempo de ir a misa -comentó ella.
Me dejó descolocado con sus palabras.
-No tengo muchas ganas -acerté a decir, aunque sabía que de poco iba a servir mi protesta.
-¿Qué quieres hacer?
-Hablar de nuestro rollete, por ejemplo.
-Muy bien, porque tenía que proponerte algo importante. Me gustaría que me acompañases en un viaje a
Polonia con jóvenes cristianos.
Esto ya me pareció algo más interesante que la misa.
-¿Para cuándo? Porque tendré que hacer papeles,
sacarme el pasaporte y eso.
-No hay prisa, pero te lo puedo arreglar yo cuando
vuelva a Madrid.
Ya estábamos ante la iglesia, Manuela tenía un instinto para darse con ellas.
-¿Por qué no entras tú sola?
-Es que no conozco a nadie.
Cuando ya íbamos a entrar, vi que se acercaba hacia
nosotros un cliente de la casa de putas y me puse de los
nervios.
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-¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así? -me preguntó
Manuela, preocupada.
-No sé.
Pero el hombre me había visto y no podía esquivarle.
-Creo que no me tomé las pastillas -dije entonces.
-¿Volvemos a la residencia?
El hombre, por fin, había entrado en la iglesia.
-Aguantaré, creo yo.
Comenzó la misa y Manuela dejó de observarme
por unos momentos, pendiente como estaba del cura,
como siempre. Cuando llegó la comunión dije que no y
se extrañó, pero no preguntó más.
-Vámonos a comer la paella -dijo, cuando salíamos.
Pero en el camino volví a ver al cliente de las putas
y volví a ponerme nervioso.
-¿Pero qué te hace ese hombre? -lo había notado.
-Nada, mal de ojo, yo qué sé.
-José Luis, que yo no soy tonta.
-Por favor, comamos de una vez -le supliqué.
Y llegamos al bar y preparó mi plato, cogió mi tenedor y comenzó a darme el arroz.
Cuando terminamos de comer, pedimos el café. Al
ir a pagar, nos dice el camarero que estamos invitados.
-Su cuenta la ha pagado ese señor -señalaba al putañero.
Me quedé estupefacto.
-Vamos a darle las gracias -propuso, sin embargo,
Manuela.
Poco podía hacer ya para impedírselo. Ni siquiera
me puse nervioso.
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-No le conozco de nada -dije, por decir algo.
Manuela empujó mi silla hasta la mesa del tipo, le
dio las gracias muy atenta e hizo la pregunta fatal:
-¿A qué se debe el honor? -preguntó Manuela.
-Perdone -respondió aquel imbécil-, pero ayer coincidí con su hermano en el puticlub que tenemos en la
carretera, a la entrada del pueblo, y me asombró su
ánimo. Se fue a la cama con la chica más en forma.
Manuela estaba demudada de pronto, parecía otra.
-¿Es verdad esto que oigo? -me preguntó.
Yo la miraba, asombrado. No contesté, para qué.
-Idiota, encima ni lo niegas. Eres un cabrón. Me voy
para Madrid.
Y me dio la espalda y se encaminó hacia la puerta.
Antes de salir se giró todavía y gritó, para que nadie
tuviese ya dudas de lo que pasaba:
-A la residencia, que te devuelvan las putas.
Salió del bar y allí me quedé solo. El imbécil se
ofrecía a ayudarme.
-Perdona, chico, creí que era tu hermana. No dejas
de sorprenderme -fue lo que le oí decir.
-¡No toques mi silla! ¡Desaparece! -grité.
No creo que me entendiese, pero me había puesto
tan nervioso, estaba mi cuerpo tan sin control que el
tipo aquel se asustó y salió escopeteado. Su desaparición no me tranquilizó, sin embargo.
La marcha de Manuela me había dejado hecho polvo. No sabía qué hacer. Conseguí calmarme un poco
mientras llamaba a Jaime. Después de no poco esfuerzo, el camarero había conseguido entenderme y estaba
marcando el número de la residencia.
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-Jaime, que alguien venga a buscarme.
-¿Pero no te baja Manuela? ¿Qué ha pasado?
-Ya te contaré.
-Te busco a un cuidador que quiera hacerse cargo.
Durante la espera, cada vez estaba más nervioso.
Terminé llorando como un imbécil, allí en medio del
bar, espástico total. El camarero se asustó y me ofreció
una tila. Se la acepté y, mientras la preparaba, llegó el
cuidador, Adrián, buena gente, de los que te hacen un
favor. Me dio la tila y me preguntó:
-¿Qué ha pasado?
-Casi que te lo cuento otro día.
No preguntó más. Me bajó hasta el centro y allí me
estaba esperando Jaime, que quería saber lo que me
pasaba. Pero yo no estaba para dar explicaciones.
-Mejor que le dejemos tranquilo -le dijo Adrián, y
me llevó hasta enfermería.
La enfermera me dio un tranquilizante y ordenó a
Adrián que me metiese en la cama.
-¿No se pasa? -preguntó Adrián, una vez que me
hubo acostado.
Pero yo no hacía más que llorar. Pensaba en lo ocurrido y mi cuerpo se desmadejaba. Sentía una impotencia como nunca había sentido. Aquella tarde comprendí a los dioses rabiosos. En mis manos el mundo corría
peligro, había perdido la sonrisa y me sentía tan frustrado que era capaz de todo. De poco, la verdad, pues
no soy dios sino inválido, pero ello me rebelaba aún
más.
La enfermera había llamado al médico, que me
había metido otro tranquilizante.
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Cuando Adrián me trajo la cena, pegué tal golpe a la
bandeja que salió volando. Lo hice sin querer, en un
movimiento espástico, pero al ver a Adrián fregar todo
aquello me hice el firme propósito de controlarme y lo
conseguí a duras penas.
-Perdona, Adrián -me disculpé, cuando el llanto al
fin me lo permitió.
-De nada, llorón -contestó él, mientras recogía los
restos de la bandeja.
La noche se me hizo eterna.
Cuando me levantaron por la mañana, mis nervios
se habían calmado, pero no mi dolor. Tenía que llamar
a Manuela y le pedí ayuda a Jaime.
-¡Marca! -le ordené, pues él no lo veía oportuno.
Me dijeron que esperase un momento porque Manuela estaba ocupada, y esperé. Pero al poco se puso su
padre para decirme que dejase en paz a su hija.
-¿Desde cuándo le hace los recados? -pregunté, un
poco borde.
-¿Cómo puedes esperar que Manuela te escuche
después de lo que le has hecho? -me contestó él.
-Todo eso se lo quiero oír a ella.
Pero Manuela no cogió el teléfono y me hice el propósito de llamarla en otro momento. Sentía la misma
frustración que la tarde anterior, si no más, pero estaba
más calmado.
Jaime tenía que irse a una reunión de la Junta de
Participación. Cuando volvió, estaba nervioso él.
-Una compañera me ha pedido que dimita por dar
mal ejemplo. ¿Y eso se come solo o con arroz?, pregunto. No tienes suficiente con ir tú de putas, sino que
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llevas a los compañeros, argumentó ella. ¿Desde cuándo tengo que dar cuentas a nadie de mi vida privada?,
contesto. Pero la reunión se ha aplazado hasta otro día,
para dar tiempo a todos a informarse y argumentar.
-Tú vales más que todos ellos juntos, no sé cómo
puedes preocuparte -comenté, para tranquilizarle.
Y nos fuimos al comedor.
Terminamos de comer y, después, nos tomamos un
café en el bar de la residencia, como siempre.
-Al menos sé que contigo tengo un amigo -me confesó entonces Jaime, que continuaba preocupado.
-¿Por qué vives en esta residencia, si puedes valerte
por ti mismo? -le pregunté, no era la primera vez.
-Tengo un padre -me dijo, y esta sí fue la primera
vez que me hablaba de ello- de los que nadie desearía
precisamente como padre. No me queda más remedio
que vivir aquí.
-No eres el único -dije, aunque no pensaba en mí, yo
nunca me atreví a reprocharle nada a nadie.
En aquel preciso momento apareció en el bar la chica de los ojos verdes, preguntando por mí.
-¡Lo que me faltaba! -exclamó Jaime.
-Tranquilo, que había quedado yo con ella.
Nos saludamos y la chica me pidió que nos fuésemos a otro sitio más discreto. Nos salimos a la calle.
-Me fui del puticub después que tú -me dijo ella-, no
podía, yo no valgo para eso, me sentía muy mal. Tú me
demuestras que puedo vivir con mis problemas.
Había venido para que lo supiera, para agradecerme
esta revelación suya. Qué cosas pasan.
-Pues a mí me ha dejado mi novia porque se enteró
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de que había pasado la noche contigo -le informé, que
tampoco tenía otro asunto de más interés en la cabeza.
-Lo siento mucho -se lamentó, casi llorando.
-Había ido a buscarte porque quería probar, ya te lo
dije. Necesitaba saber si podía hacerlo, y lo necesitaba
precisamente para saber a qué atenerme con ella.
-Pues lo haces muy bien -me consolaba, sonriendo-,
te lo dice el conejito del experimento. Porque eso parece que soy para ti, el conejillo de Indias.
Era una cachonda aquella chica.
-Todavía no sé tu nombre -necesitaba saberlo.
-Beatriz.
-Beatriz, perdona si en algún momento te hice daño.
A los minus como yo la gente nos toma por imbéciles,
y es esta actitud de los demás lo que nos acostumbra a
ser sinceros, pues nuestra palabra vale muy poco y el
esfuerzo de mentir no merece la pena, o la cortesía.
-Eres un idiota, Jose, pero he tenido mucha suerte
de haberte conocido. ¿Te queda mucho tiempo de vacaciones? Yo soy de Alcuéscar, ya te lo puedo decir.
Le expliqué que en unos días tendría que volver a
mi residencia, a Madrid, y que no podría aplazarlo.
-¿Y por qué no te vienes estos días conmigo? -me
propuso Beatriz.
Aquello me gustaba, Beatriz era un cielo. Pero estaba Manuela, tenía que hablar con ella a toda costa.
Además, tendría que pedir permiso en el centro.
-No soy un hombre libre del todo, en la residencia
hay unas reglas -contesté.
-Pues pedimos permiso -replicó Beatriz.
Estaba claro que también le gustaba la idea.
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-Antes de decidir nada, tendría que hacer una llamada -volví a objetar.
-Yo te llevo al teléfono.
Marcó Beatriz y cogió la llamada otra vez el padre
de Manuela.
-Quiero hablar con su hija -dije, y al poco se puso
Manuela.
-Que me dejes en paz -exclamó, y creí que colgaba.
-Tú sabes que te quiero -acerté a pronunciar.
-No me digas, ¿y cómo lo supiste?, ¿por la puta?
-Necesitaba probarme y tú deberías comprenderlo.
-¿No crees que me lo podías haber pedido a mí?
-Te lo pedí en casa de mi hermano y dijiste que estaba borracho.
-Muy bonito, hacerlo delante de toda la familia.
-Yo te quiero.
-No quiero volver a oírte más -gritó, y colgó.
En aquel momento decidí aceptar la invitación de la
chica, me había cabreado.
-Vamos a pedir permiso -le dije por fin a Beatriz,
que gritó de alegría.
No estábamos lejos.
-¿No sabes que es puta? -me soltó el responsable, al
llegar-, tendrás que hablar con la directora.
Él mismo me llevó a verla, a la fuerza, era un cotilla.
-¿Qué atropello es este? -grité, cuando entramos al
despacho.
-Estás de visita y yo no me hago responsable, llamaré a tu centro de origen -dijo la directora, inmutable.
Después de no pocas voces y amenazas, conseguí al
47
menos que no llamase a parte alguna y me permitiese
ausentarme por unos días, no sin antes prometer que
me largaría de Alcuéscar en una semana a más tardar.
Me sacaron del despacho y le di la noticia a Beatriz.
-¿Vives sola? -pregunté.
-Sí, nadie nos dará órdenes -no era poco.
Su casa era muy pobre. Apenas si podíamos tomar
café allí, pero tampoco necesitábamos mucho más.
-Te preparo café y me cuentas tu vida, que no sé nada de ti -me pidió al llegar.
-Tampoco sé yo mucho de ti, Beatriz.
-Estás en mi casa, yo soy lo que ves. ¡Pero qué no
habrá en tu memoria de minusválido!
-Una vida de pobreza, de sufrimiento, de abandono.
Lo mío fue una parálisis cerebral.
-¿Eso que llaman PC en algún tema de las oposiciones? Yo quise entrar en tu residencia, de cocinera, pero
no aprobé la oposición.
-Exacto, PC, paralítico cerebral. Tengo una familia,
soy el PC de la familia, siempre lo fui, y mis padres ya
no podían con su PC. Y mis hermanos tampoco.
-¿Pero por qué?
-Si te digo la verdad, no lo sé, pero si miro alrededor, cómo vive la gente, alguna explicación alcanzo a
encontrar. El mercado ha dictado sus condiciones para
todos, trabajo y nómina, no existen otros valores en
nuestra sociedad. A los PC nos almacenan en residencias, como a los viejos, como a los enfermos, como a
los niños, todo el que no trabaja en esta sociedad es
candidato al almacén de residuos.
-¿Pero desde cuándo piensas así tú? -me interrum48
pió Beatriz, un poco asustada.
-Cada vez lo veo más claro. Pero yo sueño otro
mundo, con gente como tú.
-¿Yo no soy de este mundo?
-Eres del mundo de mis sueños.
Y Beatriz me dio un beso en la frente, muy emocionada. A continuación, me dio el café.
-¿Pero es de nacimiento tu parálisis?
-De parto, más exactamente. Sufrimiento fetal, asfixia. Parece ser que yo venía un poco torcido y la comadrona se descuidó con mi madre. Cuando llamaron
al doctor, yo ya estaba hecho polvo.
-Pobre.
-Pero mi madre nunca tiró la toalla. Trajo a toda la
familia de La Mancha a Madrid con el único propósito
de que yo tuviese mejor asistencia médica. Y cuando lo
consiguió, en la Clínica de la Concepción, después de
unos días en que yo había mejorado muchísimo mi
motricidad con unos aparatos que me ayudaban, le dijeron que se suspendía el tratamiento porque no pagaba. Sólo consiguió que se reanudase mi tratamiento,
después de mucho moverse, porque un periódico publicó mi caso. Vuelve a la clínica con el niño, le dijeron, que si te vuelven a echar haremos un artículo más
fuerte. Todavía no había muerto Franco y esto de las
denuncias funcionaba, todos tenían miedo a la gente
que, como mi madre, protestaba.
-A mí me echaban del colegio porque en mi familia
había rojos, sin embargo.
-En Madrid era otra cosa. Pero todo fueron problemas, pues éramos muy pobres. Unas pastillas que tenía
49
que tomar para mejorar el habla, tampoco me las daban
porque no teníamos dinero para pagarlas. Mi madre
siempre estaba denunciando estas cosas y así fue consiguiendo, primero un barracón, luego una casita baja
y, más tarde, un piso, siempre peleando.
-Es una buena madre.
-El mayor golpe para mí fue cuando mi madre me
consiguió un colegio. Por primera vez me iba a separar
de mi familia. Fue como el destierro. Aquel día empecé
a llorar y creo que mi corazón no ha dejado de derramar lágrimas desde entonces. Mi madre me mandaba a
curarme, creía. Era el Sanatorio Marino de Górniz,
creo, o algo así. Sor Trinidad y una tal señorita Montse
me enseñaron a leer a palos.
-¿Y qué necesidad había de pegarte?
-Eso mismo pensaba yo, pero me pegaban por todo,
hasta por hablar mal. Tuve una bronquitis y también
me pegaron por eso. Pero allí aprendí a leer. Estuve allí
varios años. Luego mi madre me buscó un colegio en
Madrid, en Ayala, el colegio Bosmaril, eso. Iba por la
mañana y salía por la tarde. Allí continué con los cursos de la primaria.
-¿Has estudiado mucho? Cuánto me hubiera gustado a mí poder hacerlo.
-De mayor he hecho el BUP, por mi cuenta. En los
colegios sólo he aprendido de abandonos. Una vez, un
cirujano reconoció a todos los niños del cole, menos a
mí. Me eché a llorar porque yo también quería curarme, pero, por toda respuesta, oí esta contestación de
aquel imbécil: Lo tuyo es incurable, niño, no des guerra.
50
-Qué fuerte -Beatriz se estaba poniendo muy triste.
-Todos quieren de mí que no dé guerra. Pero también he conocido a buena gente, no creas. En todas
partes hay buena gente, es la fortuna que te ayuda a
vivir, enganchado como estoy desde niño a esta rueda
de los colegios y de las instituciones.
Nunca en mi vida había hablado tanto y tan seguido
de mí mismo. Beatriz me escuchaba y eso me ayudaba
a esforzarme y a pronunciar lo más claro posible cada
palabra. Casi me lo entendía todo, parecía de la familia.
-Mi familia no ha sabido luchar como tu madre -dijo
ella, después de un rato.
-Cuéntame -le propuse.
-Primero vamos a cenar -y se fue hacia la cocina.
Al poco volvió con una barra de pan en la mano.
-No tengo más que esto -confesó muy avergonzada.
-¿Sabes hacer migas? -le pregunté.
-¿Te gustan las migas? Estamos salvados.
Mientras preparaba la cena, le pedí el teléfono. Ella
misma marcó el número. Se puso mi madre.
-Estoy en casa de un amigo, pero nos hemos quedado sin pasta. ¿Me puedes mandar algo?
-¿Por qué no estás en la residencia? -preguntaba
ella, más bien cabreada.
-Es sólo una escapadita, estoy bien, ya te lo contaré.
¿Me vas a mandar el dinero?
-Sí, hijo, sí. Mañana.
Y le di la dirección. Se extrañó de que la calle se
llamase General Mola.
-A ver cuándo cambian de una vez ese nombre -se
51
lamentó Beatriz-. A mi abuelo lo mató Franco.
Las migas le salieron muy requetebién y pudimos
comer hasta hartarnos.
-¿Por qué no preparas otro café? -le pedí.
Mientras Beatriz estaba en la cocina, me acordé de
Manuela. Su recuerdo me entristecía.
-¿Estás pensando en esa chica? -me preguntó cuando volvía con el café. Las mujeres son brujas.
-No me lo explico -contesté.
-Pues cambia de rollo -dijo ella muy contenta, mientras me daba a beber el café.
-Me habías prometido contarme tus cosas -le recordé entonces.
-Oh, mi vida es muy triste, parece de culebrón. Mi
madre murió cuando apenas tenía nueve años y, desde
entonces, mi padre ha estado borracho. Hasta que se
murió, hace uno días. Se culpaba de la muerte de mi
madre porque no consiguió dinero para costearle un
tratamiento muy caro. Un tío mío se hizo cargo de mí
entonces, pero éramos muy pobres y yo nunca pude
estudiar mucho. Además, como éramos rojos, casi ni
nos daban trabajo. La primera vez que salí a buscar
trabajo fui a un bar, pues ponía en un papel que necesitaban a una chica y yo lo vi. Mi tío no sabía nada. Pedí
un café y estuve por lo menos una hora, hasta que me
lo tomé. El camarero, mosqueado, me preguntó que
hacía allí sola, una niña tan pequeña. Y entonces le dije
que venía por lo del anuncio.
-¿No me digas que te dio trabajo?
-Literal, así conseguí mi primer sueldo. Pero escucha, que pasó apenas un año y el mismo dueño me pro52
puso ganar más dinero con menos esfuerzo. ¿Cómo es
eso?. pregunté yo, ingenua. Te imaginas, se trataba de
dormir con él. Salí corriendo, pero no para la calle, me
fui a encerrar en el baño, asustada. Al rato salí de allí y
le pedí la cuenta. Todavía me amenazó con llamar a la
guardia civil, porque era una menor. Nunca dije nada
de esto a nadie, pero siempre tuve la cosa desde aquel
día de trabajar de puta. Hasta que te encontré, que al
fin me había decidido, ya ves qué cosas.
-Duró poco tu vocación.
-Ya te vale. Mientras vivió mi padre yo he trabajado
de todo. Casi no me atrevía ni a pensar en lo de ser
puta, pero lo pensaba. Cuando murió fue cuando me
decidí. Pero era una tontería, yo no valgo para eso. Lo
que pasa es que no tengo trabajo ni hay trabajo en este
pueblo para mí. Ya todos saben, además, que estuve
allí. Ahora, menos que antes.
Se había hecho muy tarde y yo tenía sueño. En la
casa sólo había una cama y un sofá.
-Todo lo vendía mi padre para beber -aclaró Beatriz.
-Pido el sofá -insistí yo.
-Ahí dormía yo antes.
-Por eso, ya te has ganado la cama.
Beatriz me acostó y se fue a su cama después. Pero
yo estaba muy nervioso y, antes de haberme dormido
siquiera, ya me había caído al suelo.
-¿Qué te pasa? -gritó Beatriz, que tampoco dormía y
había oído el ruido.
-Nada.
Pero ella se había levantado preocupada por el estruendo y, al verme en el suelo, se echó a reír.
53
-¿Qué haces ahí, tirado?
-Nadando, si te parece -grité yo, cabreado-. Que me
he caído, coño.
-Será mejor que te lleve a la cama -resolvió.
Al instante, estaba yo acostado en su cama. Pero ella
recogió sus cosas y se fue a dormir al sofá.
-¿Pero no te quedas conmigo? -acerté a decir.
-Ya no estoy de alquiler -contestó, y en su voz no
había broma.
A la mañana siguiente, ya estaba Beatriz preparando
el café cuando llamó el cartero con el giro de mi madre. Ella vino a despertarme para que firmase. Nos
había mandado diez mil pelas y le pedí a Beatriz que se
quedara con el dinero, pues yo podía perderlo.
-¿Qué propones para hoy? -le pregunté.
-Quisiera ir a Trujillo esta mañana -contestó.
Su primo tenía coche e iba a pedírselo.
-¿Pero tú sabes conducir?
-Un poco. Me he enterado de que unas monjas necesitan una chica para hacer recados y cosas fuera del
convento. Puede ser un buen trabajo, aunque pagarán
una miseria. Quiero comprobar si me admitirán.
Tomamos el café y nos fuimos en busca de su primo. Beatriz supuso que estaría en la huerta a aquellas
horas y nos encaminamos hacía allá.
Allí estaba el primo. Era mayor que Beatriz.
-El coche lo tengo en casa -dijo, mirándome con
mucha atención, que me ponía nervioso.
-¿Y por qué no te vienes con nosotros? -le propuseNo parece que haya mucho trabajo aquí.
-Siempre hay -contestó el primo, distraído-, pero es
54
que, además, no quiero molestar.
-Primo, que no molestas, que podemos comer en
Trujillo. Una fiesta ya nos podemos dar, que siempre
nos vemos en los entierros.
Se había convencido. Terminó de hacer lo que había
pendiente por allí, la huerta era muy pequeña y todo
estaba regado. Los tomates no estaban maduros y los
higos ya se habían caído de la higuera.
-¿Estará tu padre en casa? -preguntó Beatriz al primo cuando íbamos en busca del coche.
-Pues claro.
-¿Y sabe lo mío?
-Lo sabe todo el pueblo -el primo hablaba como si
no quisiera que lo oyese nadie.
-¡Qué corte! -murmuró Beatriz, muy preocupada.
Yo, la verdad, no supe qué decir, pero me preparé
para una escena. Le pedí a Beatriz que me diese otra
pastilla para los nervios.
Sin embargo, no pasó nada. Cuando el tío vio a Beatriz, en vez de recriminarle nada, le dio un abrazo.
-Me alegro de verte, Beatriz, me alegro de que estés
bien. Tú sabes que, en lo que podamos, seguiremos
ayudándote -así habló, ni un reproche le hizo.
Debía de saber también cómo había terminado la
aventura de la sobrina. A mí no me miraba con muy
buenos ojos, la verdad, eso se nota. Pero nos preparó
un café muy rico, que le agradecí. Beatriz, de pronto,
estaba contenta otra vez, y eso también se lo agradecí.
El primo se había preparado y nos podíamos ir. Entre los dos me subieron al coche.
-Adiós, tío -gritó todavía Beatriz por la ventanilla.
55
Por la carretera sólo hablaba Beatriz, que si le iban a
dar ese trabajo, que si al primo cada vez le iba mejor
con las tierras, que lo del Mercado Común les había
venido a todos muy bien, por más que se quejasen, y
que íbamos a comer jamón en Trujillo, que era lo que a
mí más me gustaba.
-¿De dónde sacas tú que el jamón es lo que más me
gusta? Si casi no puedo ni masticarlo.
-En trozitos pequeños te encanta, ¿a que sí? Mira
qué cara de tonto se te pone. Además, que el jamón de
aquí está un poco salado y eso te ayuda a salivar y
haces mejor la digestión.
Fuimos directamente al convento, pero no querían
bajarme del coche.
-Si te interesa el trabajo, bajadme ahora mismo, que
los caminos del señor son menos insondables con un
minusválido en la silla de ruedas llamando a la puerta.
Así lo hicieron. Pero el sueldo era de cuarenta mil
pelas al mes y, la verdad, no nos entusiasmó mucho.
-Pero menos es nada -dijo al fin Beatriz, decidida a
aceptarlo.
Y volvimos a llamar a la puerta y a entrar. Tendría
que empezar en una semana, pero el trabajo era muy
llevadero, vigilar a turistas por la mañana y hacer algunos recados. Beatriz se comprometió con el trabajo.
Os parecerá una tontería, pero yo me quedé más
tranquilo, le estaba cogiendo ley a Beatriz y un trabajo
así podía centrarla un poco.
Había sido una buena mañana y yo tenía hambre ya.
-Pues si hay que comer jamón, es bueno el momento
-propuse.
56
Entre el primo y Beatriz se encargaron de elegir un
bar. Conocían bien el pueblo, pero no se ponían de
acuerdo en la relación calidad precio.
Terminamos en una terraza sombreada y tranquila.
-A mi que me lo pongan con melón, el jamón -pedí,
que si los PC tuviésemos una pensión decente no comeríamos otra cosa.
-No te digo, como el rey -se rió Beatriz-. ¿Y a nosotros qué nos dejas? ¿La sandía con chorizo culero?
-Todavía os queda el lomo con pepino y el salchichón con gazpacho.
-El vino, de Don Benito -exigió el primo, que ya estaba más enrollado.
Beatriz me daba de comer. El jamón estaba buenísimo. Hasta el melón estaba bueno.
-Extremadura nunca tuvo otra cosa para la exportación -dijo Beatriz-, cerdos y conquistadores.
Entonces me acordé de algo que había aprendido este verano.
-¿Sabíais que el jamón extremeño no se cura aquí,
sino en Granada? -pregunté con discreción.
-¡Pero qué dices! -sabía yo que ninguno de los dos
se lo iban a creer.
Casi no me lo creía ni yo. Pero llamamos al camarero y le pedimos el etiquetado del jamón. Allí lo ponía
bien clarito: curado en un secadero de Trevélez, en la
Alpujarra granadina.
-Madruga para enterarte de esto -dijo el primo con
pesadumbre, y se sirvió un buen vaso de vino.
-Esto la Junta de Extremadura no lo puede consentir
-exclamó Beatriz indignada, y se bebió otro buen vaso.
57
-¿A mi nadie me va a consolar? Yo también quiero
vino, que la vida es muy cuesta arriba.
Le pedí a Beatriz que me lo diera de un trago.
Cuando terminé de tragarlo exclamé, satisfecho, algo
que suelo repetir en los buenos momentos, pero que
ellos dos no me habían oído decir nunca:
-¡Cuando tenga un hijo seré feliz del todo!
Los dos se quedaron un poco cortados, sobre todo
Beatriz, aunque seguimos comiendo con ganas.
Fue después cuando mi frase tuvo las secuelas que
tuvo.
Terminamos de comer, tomamos el café y nos disponíamos a volver a Alcuéscar cuando Beatriz propuso otra cosa.
-Es una pena que Jose se quede sin conocer Trujillo,
¿por qué no nos quedamos hasta la noche, que lo iluminan todo?
-Tengo que trabajar, prima -contestó el primo.
-Podemos hacer una cosa. Nos quedamos nosotros
dos y tú nos vienes a buscar mañana -aquello era más
una resolución que una sugerencia en boca de Beatriz.
-Vosotros mismos -el primo se desentendía.
-Por mí, no hay mejor plan -asentí yo, y en eso quedamos al fin.
Ahora ya no recuerdo muy bien cómo es Trujillo,
pero paseando por el pueblo tuve la impresión de haber
vivido allí en otra vida. Fue ante una galería de madera
de una segunda planta, soleada y recoleta.
-Yo he vivido aquí y era mujer -estaba seguro.
-Pues si recuerdas dónde escondió el tesoro tu padre, lo que les robaba a los indios de Perú, nos hace58
mos millonarios -Beatriz se reía, pero me escuchaba
atenta.
Subimos al castillo, hasta donde se podía con la silla. La vista del campo desde allí era realmente hermosa. Tengo la impresión de que, desde cualquier cerro,
un monte, un alcor, se alcanza a ver el paraíso, pero he
subido a tan pocos. A los minus nos llevan a Lourdes,
en vez de subirnos al monte o al castillo, que suele
estar más cerca y es siempre como un milagro.
-Mañana nos vamos a bañar en aquel agua -decidió
Beatriz, señalando el horizonte, hacia poniente.
-Hecho -apoyé, aunque yo no veía ningún agua.
Nos bajamos hasta la plaza cuando ya oscurecía.
-Los Pizarro robaron mucho, pero benditos sean sus
arquitectos -dije yo. Y pregunté a Beatriz- ¿Tienes algo
de conquistadora en tu alma?
-De ladrona, más bien. Lo primero que veo es la caja, cuando entro en una tienda.
-A mi me gusta el mar, sin embargo, porque soy
manchego -dije yo, recordando también al Quijote, que
no paró de desfacer entuertos hasta que llegó al mar.
-Del mar, a mí me gustan los piratas.
-Pues a mí el mar que me gusta es el de los peces,
no el de los piratas.
-Lo que te pierdes. Ven, que te lo voy a enseñar.
Y me llevó a un pafeto, a beber.
-¿Qué tal con el alcohol? -me preguntó Beatriz.
-Conocidos -contesté.
Pedimos dos cubatas y bebí el mío de un solo trago.
-Ya eres un pirata auténtico -rió ella, que también se
lo bebió de una vez.
59
Lo que menos me gusta de los pub es que siempre te
encuentras a algún baboso que te corta el buen rollo.
Allí también había uno.
-Pero, chica, ¿cómo pierdes el tiempo con un inválido, teniéndome a mí por nada? -le dijo un joven muy
guapo a Beatriz, para que yo le oyese.
-¿Y tu mamá, no te enseñó a ser galante también
con las ovejas? Porque de carnero tú tenías futuro gritó Beatriz, para que la oyesen todos bien.
Con el segundo cubata, me cagué. Pero no le dije
nada a Beatriz, estaba yo tan a gusto, y ella, tan alegre.
Cuando me olió por fin, le entraron las prisas, pues aún
no teníamos habitación. Pero lo mejor fue que, al salir,
le dijo al camarero en voz baja que lo nuestro lo iba a
pagar el guapo de las ovejas, y se lo señaló.
-Un recuerdo que le dejamos al imbécil -me cuchicheó al oído, mientras traspasábamos la puerta.
Encontramos habitación en una pensión con ascensor. Había dos camas. Mejor, pensé yo.
Pero no era el único que pensaba aquella noche.
-Tengo un problema -informé-, que me he cagado.
-Ya lo sabía, ahora mismo te limpio -resolvió Beatriz-. Dime cómo tengo que hacerlo.
Se lo iba explicando y fue rápido.
-Ahora me pones boca abajo y, con el mismo pañal,
me limpias todo. En la silla tengo un pañal limpio.
-Mañana tendremos que comprar más -observó ella,
mientras terminaba de hacerlo.
Me lavó y me dejó un rato boca abajo. Cuando me
dio la vuelta, ella estaba completamente desnuda.
-Chico, tengo ganas de follarte -dijo riendo, y sus
60
ojos verdes volvían a tener esa luz de silbido.
-Pero...
-Pero nunca tendrás un hijo si no aprendes a follar.
Estaba espléndida, poderosa, me daban ganas de rezarle. En vez de eso, comencé a ponerme nervioso,
espástico.
Ella comenzó a acariciarme la cabeza, el cuello, el
pecho, hasta conseguir dejarme quieto como nunca lo
había estado, sin una convulsión.
-¿Ves? Lo que necesitas son más caricias y menos
pastillas -y se reía como si fuese la dueña del mundo.
-A mí también me gustaría poder acariciarte -le rogué yo, sinceramente.
-Inténtalo -y cogió mi mano y la fue guiando por su
cuerpo-, pero no te pongas nervioso, así, controla, ah,
qué atrevido eres...
Así estuvimos largo rato. Yo no quería acabar nunca. La toqué por todas partes. Cuando, por fin, ella
volvió a sentarse sobre mi vientre y a abrirse como un
abismo, yo creo que me desmayé. Fue muy fuerte.
Y ella reía y reía, y gritaba como otra espástica, llegó a asustarme, pero el amor era aquello.
Y, después, se quedó dormida a mi lado.
Por la mañana me entraron ganas de ir al baño, pero
me daba tanta pena despertarla. Me aguanté hasta que
no pude más.
-¿Qué te pasa? -preguntó ella, que se había despertado al fin con mis movimientos.
-Que tengo ganas de ir al baño, pero no quería despertarte.
-No seas tonto.
61
Le expliqué cómo debía cogerme y en el baño me
dejó, mientras ella se vestía y se arreglaba un poco.
Después, me vistió a mí y nos fuimos de allí.
-Desayunaremos y nos iremos a bañar, tenemos mucha mañana para nosotros -propuso.
-Estupendo, pero antes me pasas por una farmacia,
que no tengo pañales y se ha terminado el valium -me
acordé en aquel momento.
En la farmacia tuvimos problemas porque no llevábamos receta, pero unas pocas voces mías y unas pocas
sonrisas de Beatriz convencieron a aquel boticario de
que yo necesitaba tranquilizantes.
Teníamos mucho hambre los dos y repetimos de
churros y de café en el bar. La mañana era limpia y
redonda como el cielo.
-Ahora te bajaré hasta el paraíso -dijo Beatriz, recordando mis palabras de la víspera, en el castillo, y
comenzó a empujar la silla calle abajo.
Salimos al campo por un camino solitario, pero lleno de moscas.
-¿No estará muy lejos ese agua?
-Mira bien, Jose, porque no olvidarás este lugar en
la vida -dijo ella, con solemnidad.
Desde allí abajo el campo era más aburrido que desde el castillo, había higueras, huertas, rastrojos, algo
que podían ser melones, que podían ser pimientos, yo
qué sé, campo con verde y árboles.
Y, de pronto, el agua. Parecía una presa.
Continuamos caminando un poco más. Justo donde
el camino comenzaba a alejarse del pantano, de allí
mismo arrancaba un sendero que bajaba hasta el agua:
62
-Aquí es, hemos llegado -y frenó la silla y comenzó
a desnudarse delante de mí.
-¿Pero qué haces? -no teníamos bañador.
-Si quieres bañarte, te tienes que mojar el culo.
-Mojártelo, sí, pero no exhibirlo.
-Las moscas y los mirlos no se escandalizarán.
Beatriz, en pelotas como estaba, comenzó a desnudarme a mí también. Me quitó hasta el pañal, acercó la
silla al agua, me cogió casi en brazos y me metió dentro. El agua no estaba fría, menos mal, eran los últimos días de agosto y el sol picaba un poco.
En el agua, ella podía manejarme con facilidad y
comenzó a jugar conmigo, a hacer gansadas. Estaba
contenta, era joven. Yo la miraba embobado, estaba en
sus manos.
-Me aprendes con tus ojos -decía ella.
En un momento, no sé por qué, me acordé de Manuela otra vez, que nada de fábula. Me dio hasta vergüenza hacerlo y Beatriz lo notó.
-Ojos tristes, ahora. ¿Ya no te gusta lo que ves?
-No digas tonterías -repliqué yo, intentando ponerle
un poco de brillo a mi mirada, pero no sé hacer eso.
-¿A qué viene esa tristeza? ¿Te has acordado de tu
Manuela?
-Manuela nadaba bien -dije, a modo de disculpa.
-Tú no sabes lo que es nadar -y me cogió de un brazo y comenzó a tirar de mí, que perdí pie rápidamente-.
Saca la cabeza del agua, ¿no te querrás beber todo el
pantano?
Nos habíamos alejado mucho de la orilla y comenzaba a ponerme nervioso. Seamos sinceros, estaba
acojonado. Jamás nunca había dejado de sentir el suelo
63
jonado. Jamás nunca había dejado de sentir el suelo
debajo de mi culo y estaba acojonado. La sensación de
flotar era como mi sueño del paraíso, y bien sabe dios
que yo necesito el paraíso, pero el miedo podía más
que el placer. Yo, allí, en medio del pantano, me hundía. No podía ni hablar, y comenzaron los espasmos.
-Tranquilo, Jose, tranquilo -me calmaba Beatriz con
su voz más tierna.
Me acariciaba como la noche anterior, con sabiduría, con suavidad, con soltura. Comencé a tranquilizarme, ya sólo ella existía en mi cabeza, estaba en sus
manos. La verdad es que nadaba como un delfín, manteniéndome a flote sin dificultad.
Y, de pronto, cuando ya me había relajado y estaba
quieto allí en medio, entre el cielo y la tierra, flotando,
Beatriz comenzó a meterme mano descaradamente.
Pretendía que lo hiciésemos allí mismo y yo no podía
impedírselo.
-¿Pero estás loca?
-Por supuesto -contestó a mi protesta, pegándose a
mí hasta conseguir introducirme en su horno de nuevo.
Y fue interminable, fabuloso, incierto, infinito. Creía agonizar. Durante mucho rato, no sé, toda una vida
quizás (ahora que lo repaso tengo la sensación de que,
efectivamente, transcurrió una vida entera allí en medio del pantano, la mía), me olvidé del agua, del miedo
y del abismo bajo mis pies. Beatriz era el centro del
mundo y yo estaba en el centro del mundo. Qué gritos
en un momento, qué asfixia, qué fácil es flotar.
Cuando me devolvía a la orilla, ella desfallecía. Entonces sí que casi nos ahogamos, pero yo ni me entera64
ba, ya no tenía miedo, ya no me importaba morirme. El
mundo estaba salvado, yo era feliz del todo. Y, además, confiaba en ella.
-Quiero hacerte un poema -le dije al salir del agua.
Buscó en su bolso una libreta y el boli y, mientras el
sol nos iba secando, comecé a dictarle:
-Verde que te quiero verde...
-No me vaciles, listo, que estudié poco, pero no era
tonta.
-Perdona, no quería vacilarte, me acordé de Lorca
por tus ojos de musgo, y por el río.
-¿Me vas a hacer esos versos o tendré que ligarme a
otro poeta?
-Copia:
Beatriz, me hechizaste
en el horno verde
de tus ojos verdes
y ya no encuentro la salida
del horno de fuego
entre tus piernas, Beatriz.
¿Qué te ha parecido?
-Muy guarro -contestó Beatriz muy satisfecha-. Si
me muero mañana, ordenaré que lo escriban sobre la
lápida de mi tumba -y volvió a leerlo en alta voz y repitió-: pero qué cochino eres.
-Creo que me estoy enamorando de ti -le confesé,
entonces.
-No digas tonterías, Jose, que tienes novia.
No quería ni oírme hablar de ello, y yo no insistí.
65
Habrían pasado más de dos horas desde que llegamos al lugar y el sol ya quemaba de narices.
-Son más de las doce, tenemos que irnos porque nos
estará esperando mi primo.
Nos vestimos rápido y volvimos al camino. Menos
mal, porque ahora comenzaba a bajar gente del pueblo
para bañarse y nos hubieran pillado en pelota picada
junto al agua.
Cuando llegamos a la plaza, ya estaba sentado en la
terraza del bar el primo. Yo necesitaba un café con
urgencia, estaba a punto de desfallecer.
Mientras me lo preparaba, Beatriz habló algo con su
primo que yo no oía. Hasta que por fin me informó:
-Ahora mismo nos vamos a comer a Portugal, que
no está tan lejos. Quiero regalarte algo, de alguna manera tendré que pagarte el poema.
-¿Qué poema? -preguntó el primo.
-Hemos estado en la presa y me ha escrito un poema
precioso.
-Quiero leerlo -pidió el primo, como es lógico.
-¡No! -grité yo, con tal desesperación que se asustó
toda la terraza- No creo que ella quiera dejártelo leer,
ya sabes como son las mujeres con sus cosas.
Efectivamente, la prima también dijo que no, menos
mal.
-¿Pero qué me quieres regalar? -pregunté.
-Vámonos -fue su respuesta.
Subimos los tres al coche y nos largamos. Al salir
de Trujillo, cogimos la carretera general, no íbamos a
pasar por Alcuéscar. Casi me había olvidado.
Decidí que esta tarde tenía que volver a la residen66
cia, aunque no recordaba ni a qué día estábamos. Pero
no le dije nada a Beatriz, ya se lo diría.
Mirando a la carretera, se me ocurrió comentar:
-Nuestras vidas son caminos y cruces de caminos.
-Otros dicen que son los ríos -dijo el primo.
-Pero los ríos no se cruzan -objeté yo.
-Pero sí se juntan -dijo de pronto Beatriz, que iba
callada.
-Pero no se separan -insistí.
-Pues vale, que sean caminos -cedió al fin Beatriz.
Y al poco me preguntó- ¿En qué crees tú?
-En la risa. La fiesta salva al mundo -contesté.
Se quedó un momento pensando y luego dijo:
-Yo también creo en la risa, más que en el trabajo.
-Pues menos mal que los que trabajan se ríen poco,
porque si no terminaríamos pronto echando de menos
alguna cosa -el primo no estaba de acuerdo y yo no
tenía ganas de discutir.
Atravesábamos la sierra de Montánchez, que es una
tierra alucinada.
-Esta tierra, sin embargo, ha trabajado mucho y ha
reído poco -reconoció al fin el primo, después de un
silencio.
La carretera es aburrida cuando estás relajado, y la
verdad es que Beatriz y yo lo estábamos. Yo creo que
hasta llegamos a dormirnos en algún momento, porque
recuerdo que el primo nos tenía que avisar por dónde
pasábamos.
-Ya estamos en Badajoz, señores viajeros -y habíamos pasado por Merida y por no sé dónde más-, creo
que vais a tener que ir preparando los carnets.
67
-¿Ya llegamos? ¿Portugal es esto? -pregunté yo, deseoso de llegar, tenía hambre.
-Cerca -contestó el primo-. Vamos a Elvas, un pueblo que te va a gustar, hay mucha piedra vieja.
-Lo viejo aquí es la frontera. Es tan vieja que ha
muerto aplastada por sus fortificaciones, lo mismo del
lado de España que del lado de allá.
-¿Pero has estado en Portugal? -preguntó Beatriz.
-He estado en la biblioteca, que me quedaba más a
mano, aunque era más aburrida que esto.
-Pues en Elvas sí hay un comando militar -informó
el primo.
-Esta frontera siempre ha sido de los militares y de
la guardia civil -comenté yo.
-¡Qué asco! -subrayó Beatriz.
-Si no guardia civil, algo tendrá que haber para protegerte -protestó el primo.
-Yo me sé defender sola de todo, menos de la guardia civil.
Si hubiera podido hacerlo, la habría aplaudido.
Había estado sembrada. Grité de satisfacción.
-A mi tampoco me gustan los militares, pero hay
cosas que son como son -dijo el primo, un poco mosca.
-Son como son -le apoyé-, pero a mí no me gusta
como son.
Llegamos a Elvas y sobre el terreno nos pusimos de
acuerdo, recorriendo las fortificaciones y las iglesias.
Estuvimos de acuerdo en que dios y la guerra habían
hecho aquella frontera. Como todas, en realidad.
-Si estas piedras fueran restos de una cultura desaparecida, como el teatro romano de Mérida. Pero no,
68
continúan siendo frontera. Y dios continúa siendo el
dios de los militares.
Se pusieron de acuerdo en el restaurante y comimos
bacalao, que para eso estábamos en Portugal. Muy rico,
como jamás lo había comido yo. Ni siquiera mi madre
lo supera, sospecho que le falla la materia prima.
-Y el café también está estupendo -dije.
-¿Te gusta? -preguntó Beatriz con súbito interés.
-¿El café? Muy rico, muy rico -contesté-, parece
mentolado, te ayuda a respirar.
Se puso muy contenta y pronto supe la razón. El regalo que buscaba para mí era precisamente eso, café.
-¿Pero no te sentará mal tanto café? -preguntó el
primo.
-Lo que me sienta fatal es no tomar, estoy todo el
día muerto. Si tuviese cocaína, a lo mejor no lo echaba
de menos.
Beatriz me compró dos kilos y a mí me pareció el
regalo más hermoso que me han hecho en mi vida.
-Te lo llevas a Madrid y que el tío de la cafetería te
haga siempre café con él. Y cuando lo tomes te acuerdas de mí, que también te he ayudado a respirar.
En compensación, yo le regalé una rosa roja.
-Y cuando se marchite, Beatriz -le dije tristemente-,
te habrás olvidado de mí.
-Que así sea -contestó, descarada.
Entonces aproveché para comunicarle mi decisión
de volver a la residencia esta noche. Quería crearle un
poco de mala conciencia.
-¿Pero, por qué?, ¿no estás a gusto conmigo? Te
quedan unos días.
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-Eres tú la que se ha cansado de mí -protesté yo, sin
fundamento, con mala uva, de lo cual me arrepiento.
-No digas eso, por favor -había conseguido entristecerla y casi me alegré, pero no seguí el juego.
-Tengo que volver hoy mismo porque se lo prometí
a la directora -mentí.
-Pero si a mí me dijiste...
-Si por mí fuera, no volvería jamás. Pero hay momentos, como ahora, en que puede con mis sueños el
maldito principio de realidad. De pronto, comprendo
que la residencia es mi sitio, mi maldito sitio -esto sí
era la verdad.
La vuelta a Alcuéscar fue un poco triste, aunque
más corta, pues nos ahorrábamos el tramo hasta Trujillo.
Llegábamos un poco tarde y el recibimiento no fue
agradable. Comenzaba a pagar el precio a mi osadía.
-¡Hombre, el juerguista! -saludó la cuidadora que
tenía que darme de cenar y acostarme-. Y por lo que
veo, vienes del burdel.
-Sí -contesté yo, muy violento-, y tu madre te manda
recuerdos. Y tu padre, también.
-¿Y no va este desgraciado y me insulta? Mi madre
no tiene nada de qué avergonzarse.
-Si acaso, de una hija como tú -se me había soltado
la lengua, e iba a ser el primer incidente de la serie.
-¿Pero cómo eres tan desgraciado, adefesio? amenazó la cuidadora- Ahora te vas a enterar.
-¿Qué tortura vas a inventar que no conozca, madame comisario?
Beatriz y el primo estaban asustados, pero la chica
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de recepción se estaba riendo, sospecho que de mí.
-¿Pero es que no podemos tranquilizarnos todos un
poco? -intervino el primo
-Tú te callas -gritó la cuidadora al primo-. Y a la
cama contigo -añadió, agarrando mi silla con determinación-, que no tengo toda la noche.
-Antes, quiero cenar -grité yo.
-Aquí hay un horario, esto no es el burdel, y tú has
llegado tarde.
Entonces intervino Beatriz. Le quitó la silla a la cuidadora y resolvió:
-Te vienes con nosotros a cenar, que esta tía es una
borde.
-Como te vayas con esa puta, no vuelvas, porque
dormirás en la silla.
El primo, que es un hombre tranquilo, también
había alcanzado su límite:
-Tía, que no vuelva a oírte insultar a mi prima o es
lo último que dices -dijo, acercándose mucho a ella y
remarcando cada palabra, como en las pelis de mafiosos.
Pero esta cuidadora es de las que no se callan ni debajo del agua:
-A mi tú no me amenazas. Como vuelvas por aquí,
llamo a la guardia civil -gritó, mientras nosotros salíamos a la calle.
Me llevaron al Bahía, un bareto no muy lejos de allí.
Pero a mí se me había quitado el hambre.
-Escenas de estas, cada vez que uno de nosotros se
salta una norma que, además, ni siquiera hemos puesto
nosotros.
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-¿Pero qué norma te has saltado tú? -me preguntó
Beatriz.
-El principio de realidad. Es una ley que tampoco va
contigo, precisamente. Proclama que has de admitir lo
que eres, pero sobre todo que no eres nada. Lo peor es
que, como no cumplo esta norma, no cumplo ninguna.
Al llegar al bar, le pedí a Beatriz que me diese un
café y un valium, estaba muy nervioso. Pero un cuidador que me conocía estaba allí con su cerveza y se
acercó a ayudar.
-Buena combinación, el valium y el café -comentó,
mientras me lo daba.
-Siempre los tomo juntos y siempre me caen de puta
madre -dije yo, intentando ser amable.
Pero el cuidador, Primitivo, no percibió el esfuerzo.
-Algo te ha pasado, Jose, ¿es con los que te acompañan? -preguntó, discreto.
-Al contrario, venimos del centro, he tenido bronca
con María Marín, la cuidadora.
-¿Ha sido muy fuerte?
-Pues sí, para qué nos vamos a engañar -contesté yo,
sin muchas ganas de entrar en detalles.
-No ha querido darle de cenar y amenazó con no
acostarlo -intervino Beatriz.
-No es la primera vez que María la monta -se disculpaba Primitivo-, hay que tener paciencia. Jose, vamos tú y yo para allá, a ver qué se puede hacer.
Nos despedimos y Beatriz me pidió que nos viéramos otra vez antes de irme para Madrid.
-Me voy el lunes, ven cuando quieras -contesté.
Primitivo me llevó hasta el centro, no sin antes
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aconsejarme que fuera prudente.
-Yo soy prudente, Primitivo. Lo que no soy es un
muñeco de trapo.
-Se ha comentado mucho vuestra escapada del sábado y tu salida de estos días, la gente está irritada.
-Pues no conozco santos entre los cuidadores.
-Alrededor hay siempre más mierda que flores, ya lo
sabes. Pero tú no hables, que tienes novia en Madrid y
te lías aquí con otra.
-¿Tú también, Primitivo? Estás de sobra informado
de nuestras necesidades y de nuestras carencias. Yo era
virgen hasta que vine aquí, y vine aquí dudando de mi
propia hombría. Tenía que probarme precisamente
porque estaba enamorado. Cualquier otra actitud hubiera significado renunciar a mi propia vida, a lo que tengo, a mis deseos. ¿Tengo yo acaso que desaparecer
para que este mundo de gilipollas continúe sonriendo
feliz a los anuncios de la tele? ¿Pero es que los minusválidos no vamos a tener plaza jamás entre los satisfechos?
Habíamos llegado y Primitivo me volvió a pedir paciencia. Le prometí que haría un esfuerzo. En recepción, llamaron a los cuidadores y apareció María Marín.
-Por fin viniste, ya sabes lo que te espera -dijo sin
cortarse, delante de Primitivo.
-María, te conviene que Jose duerma en su cama y
bien arropado.
-Primitivo, ¿y tú eres mi representante sindical?
-Precisamente.
-¿Y por eso me amenazas? -era inminente el choque
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de trenes- Este no es tu turno, compañero, así que te
largas a casa, que me estás entreteniendo.
-No me iré hasta comprobar que le acuestas.
-Lleva una semana de juerga con una ramera. Una
noche más de movimiento no le matará.
Hasta aquí estuve callado, pero me pareció prudente
no seguir callado por más tiempo:
-María, no me vas a asustar como a otros. Yo sí voy
a declarar contra ti y te van a meter un parte que te vas
a cagar -lo dije con toda la intención, que no me gustan
las peleas que terminan en nada.
Fue suficiente para que María perdiese los papeles
definitivamente.
-Yo te acostaré -decidió Primitivo y él mismo me
llevó a la habitación.
Me acostó y me desnudó, pero estaba mojado.
-No tienes guantes -le advertí.
-Yo también me la cojo para mear -dijo y continuó
cambiándome el pañal.
Estaba muy cabreado, pero Primitivo es un tipo que
se respeta a sí mismo y cumple.
En aquel momento entró María en la habitación, ella
no había dicho todavía la última palabra.
-¿Y además le estás cambiando, después de amenazar a una compañera tuya de chivarse? Le podía haber
cambiado su amiguita, y así había hecho el trabajo
completo.
Me puso tan espástico que me caí de la cama.
Primitivo buscó la grúa por la planta, pero estaba estropeada. Él solo no podía cogerme del suelo y subirme
otra vez, eso es tarea de dos. Y menos lo iba a hacer
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estando María presente, que lo aprovecharía para criticarle, además, por enseñarnos mal a los residentes.
-Lárgate y déjame en el suelo, que es verano y la vida es más fácil -le pedí.
Hubiera querido explicarle a Primitivo, para que se
fuese más tranquilo, que dormir una noche en el suelo
iba a favorecer mi posición negociadora en las broncas
que se avecinaban, pues aquello no había hecho más
que empezar. Pero estaba delante la María y me callé.
Primitivo me colocó sobre una manta y se largó. Y
María también, al fin.
De pronto estaba tan de buen humor que solté una
carcajada de malote de película. Y me entraron ganas
de hacerme una paja. Fue fácil, no tuve más que quitarme la braga y acordarme de Beatriz y sus caricias.
A la mañana siguiente me despertó el sol. A pesar
de las broncas previsibles, yo estaba muy contento.
-¿Pero qué haces ahí tirado? -dijo la cuidadora al
entrar en mi habitación.
-Ya ves, nadando un poco -contesté.
-Este es el golfo -dijo el cuidador que la acompañaba-. Menuda semana que se ha corrido, va a necesitar
una buena ducha de agua fría.
Me sonaron sus palabras a celador de manicomio.
-¿Y para cuándo dejas el electroshock? -pregunté.
Se cortaron los dos. Eran nuevos y no eran mala
gente, pero ya habían aprendido toda la mierda prepotente que enseña un centro como el nuestro.
Me ducharon y me lo pasé muy bien. Resulta que
eran novios y estuvimos haciendo bromas, pues ella
fue la que me pasó la esponja. El agua, además, me
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resucita, conseguí relajarme.
La chica me vistió y me pidió que esperase un poco,
que tenía que levantar a otros compañeros. Y me puso
la tele.
Cuando volvió para bajarme al comedor, le pedí que
me pasase por cafetería. Quería ver a Jaime y allí estaba. Nos fuimos juntos al comedor.
-¿Cómo va lo tuyo? -le pregunté cuando nos quedamos solos.
-Hoy es la reunión y Mª Carmen está haciendo campaña. Quiere mi puesto, está insoportable.
-No es tan difícil ponerla en evidencia, tendrás que
ser más inteligente que ella -propuse.
-No creas, lo peor de todo es que es imbécil. Y los
imbéciles siempre tienen éxito, no hay más que mirar a
los políticos.
-Pues tendrás que ser más imbécil que ella.
-¿Tú crees que podré? Eso es algo que no se improvisa -empezaba a relajarse y, por fin, me preguntó lo
que yo quería- ¿Y tú, qué?
-Hoy he dormido en el suelo. Como la directora me
presione por lo de Beatriz, le voy a montar un pollo por
malos tratos. Y tengo testigos, hasta me apoyará Primitivo.
-¿Qué dices? ¿Primitivo, contra sus compañeros?
Eso tengo que verlo.
-No creo que haga falta, la directora no se atreverá a
ir muy lejos. Y yo no tengo ganas de bronca. Sólo aspiro a hacer lo que me dé la gana -y los dos nos reímos
ruidosamente.
Habíamos desayunado y volvíamos a la cafetería pa76
ra tomar otro café, que en la cocina echan malta.
-Quítame esa bolsa que cuelga de la silla -le pedí a
Jaime, señalando la bolsa del café enganchada de la
manilla derecha, donde la había colgado Beatriz-, y la
dejas en la barra. Camarero -grité, llamando su atención-, invitas a todos de este café hoy, que es portugués
y coloca.
Había visto a Mª Carmen, la rival de Jaime, y quería
probar. Por supuesto, cayó en la trampa:
-¿Qué os parece? Esos dos nos invitan con el café
de las putas -dijo, cuando ya unos cuantos estaban pidiendo su dosis.
-¿Y cómo sabes tú la marca del café que consumen
esas señoras? -pregunté, inocente.
-Oh, qué fino, señoras putas, miradle, babea, pero es
muy fino -tenía razón Jaime, era imbécil.
-Yo babeo porque no puedo evitarlo -contesté, muy
tranquilo-, pero tú te ríes de un compañero por ser minusválido, y eso sí podrías evitarlo.
-¡Y se atreve a dar consejos! Y él se va de putas con
ese otro amigote.
Por fin intervino Jaime, que era lo que yo quería:
-Jose no es mejor que tú por invitarnos a todos a café ni peor por acompañarme al puticlub. Es diferente
de ti porque no se ríe de los compañeros. A los que
sabemos apreciar estas diferencias, nos cae muy bien
Jose, mira tú -cuando terminó, varios compañeros comenzaron a aplaudir y a jalear a Jaime.
La jugada había salido bien, todo parecía encauzado.
-Me voy porque me meo de risa -chilló Mª Carmen,
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antes de desaparecer-. Luego nos veremos en la reunión, que un hombre que se va de putas a mí no me
merece confianza.
Al poco llegó la directora a la cafetería. Fue verme y
abordarme.
-¿Qué tal? -me preguntó
-Estoy vivo -contesté, tenía que averiguar lo que sabía ella de esta noche.
-Te irás de aquí el lunes con un informe nada favorable sobre tu conducta, que redactaré yo misma -dijo
ella y, por el tono de su voz, quería que lo oyese todo
el mundo.
-Me voy de aquí con un recuerdo imborrable de los
malos tratos recibidos en su centro. Pero yo redactaré
una denuncia en el juzgado, más que un informe añadí, también para que me oyesen todos.
Se puso lívida. Evidentemente, no sabía nada de lo
que había pasado por la noche.
-¡Pero cómo te atreves, desagradecido! -exclamó.
-¿Qué tengo yo que agradecerle? ¿Su empeño porque me someta al destino que para nosotros, los minusválidos, los masdependientes, diseñan ustedes, los
masválidos, los minusdependientes? No, gracias, yo
conozco mis necesidades y mis deseos y no voy a renunciar a mis deseos -estaba disfrutando, todos me
oían.
-Tú eres un iluso y un sinvergüenza, eso es lo que
eres.
-¿Tendré que añadir a la denuncia de malos tratos
que la directora me ha insultado? Hay muchos testigos
aquí -los compañeros estaban alucinando y continua78
ban pidiendo más café.
La directora debió de reparar, de pronto, en que no
me estaba poniendo espástico, como era de suponer
que había de ocurrirme en un momento de tensión, y
comenzó a tomarse en serio mi amenaza. La verdad es
que yo tampoco sabía como estaba aguantando tanto.
Sería el público.
-Ya hablaremos -se derrotó. Y volvió sobre sus pasos y salió de la cafetería.
-¿Pero se va sin tomar café? -le advertí, todavía.
Se quedó sin tomar café. Estaba realmente contento.
Jaime y yo sí que nos tomamos otro.
-En la reunión de esta mañana tendrías que proponer
-le dije a Jaime- un taller de sexo, con monitores. Si
contratan monitores de macramé o de punto de cruz,
más falta nos hacen los monitores sexuales. Hoy sale.
-Mejor habría que llamarlos asistentes o trabajadores sexuales, como los asistentes sociales.
-Eso, asistentes de la libido o algo así. -Pero insistí
en lo otro-: si lo propones hoy, sale adelante la iniciativa, está todo el mundo entusiasmado contigo.
-Y a la directora le da un infarto.
-Fácil.
Vino un cuidador a recogerme, me llamaba la directora. No había tardado ni media hora en informarse de
lo ocurrido la noche anterior.
-José Luis -comenzó, tensa pero muy educada-, lo
único que yo he pretendido en este asunto ha sido ayudarte, que conozcas tus limitaciones. No somos nosotros quienes te ponemos límites, fue la naturaleza. A
mi me gustaría subir al Everest, pero acepto mis limi79
taciones y ello no me frustra.
-A mi tampoco me frustra no poder subir al Everest
-respondí yo. Me lo había dejado a huevo.
-Quiero decirte -continuó ella, nerviosa- que, por
ejemplo, muchas parejas deciden hoy día no tener hijos
porque no se sienten preparados para cuidarlos.
-Yo me lo pensaría también, sí.
-¿Pero quieres ser razonable, José Luis? ¿Cómo vas
a cuidar tú de un hijo?
-El primer problema que se me plantea no es ese,
sino tener una mujer.
-¿Una puta?
-¿Sabe lo que a mí me frustra de verdad, señora directora? -me estaba hartando de charla y fui sinceroQue los masválidos se prohiban acariciarme, eso es lo
que me frustra y me deprime. Sobre todo las masválidas, las masmujeres, para qué nos vamos a engañar.
-A lo mejor eso es tu Everest -fue todo lo que se le
ocurrió comentar a ella . Y a mí se me quitaron las ganas de continuar la charla por completo.
-Le propongo un trato, señora: usted se olvida de su
informe y de convencerme de nada y yo me olvido de
lo que ocurrió anoche con su cuidadora.
-No es mi cuidadora, sino vuestra cuidadora. Y tienes que comprender que tenga un mal día.
-En el trato entraba que no me pretenda convencer
de nada, ¡pero es que de nada! Tengo toda la vida para
equivocarme. Es lo único que puedo hacer bien y todos
se empeñan en impedírmelo.
-El lunes te vas -tenía verdaderas ganas de perderme
de vista, la tía.
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-Pues adiós, si no nos volvemos a ver -tampoco a mí
se me ocurría nada para continuar mirándola y salí al
fin de su despacho.
La reunión de la Junta de Participación también fue
muy bien, por lo que me contó Jaime. Como era de
esperar, Mª Carmen hizo el ridículo más espantoso.
Eso sí, ahora tenía otra razón más para continuar jodiendo a mi amigo, que tendría que armarse de paciencia.
Pero el caso es que también quería joderme a mí.
Hasta el domingo por la tarde no pasó nada más en
mi vida digno de reseñarse. Después de comer, se presentó en la residencia Beatriz, como me había prometido, para despedirse.
-Mañana comienzo a trabajar en el convento de Trujillo, me han hecho un contrato indefinido y estoy muy
contenta. Pidieron informes y mi tío dijo que era huérfana y muy apañada, mira tú.
-Cierto, muy apañada.
-No seas cochino, que sólo te hacía un favor.
-Unos pocos. Y no lo olvidaré nunca, Beatriz, ni
muerto.
Me había encontrado en la cafetería y tomábamos
un café. Aquello estaba lleno de gente cuando entró Mª
Carmen.
-Así que tú eres una de esas del burdel -le dijo a
Beatriz.
-¡Pero esta de qué va! -exclamó Beatriz, sorprendida.
Yo me estaba poniendo nervioso.
-No le hagas caso o nos joderá la tarde -aconseje.
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-Lo cierto es que no puedo perder el tiempo con una
cualquiera -Mª Carmen se había acercado más a nosotros y gritaba para que la oyesen todos.
-Porque eres una minus, si no te pegaba una bofetada que te volvía del revés -Beatriz también hablaba
para que se la oyese.
-¿Habéis oído? La puta del baboso resulta que me
quiere pegar -la tía es que no sabe callarse.
Para su desgracia, se había acercado demasiado a
mí. Me volví con toda la violencia que me permiten
mis nervios, que es mucha, y acerté a conectar el puño
cerrado y mi brazo rígido en toda su boca. No necesité
un segundo golpe. Allí se quedó desmayada, ¡para
haberla matado!
Beatriz todavía quería socorrerla.
-Vámonos de aquí, que nos pilla la tormenta -le
aconseje, y ella empujó mi silla y salimos a la calle.
Es una vergüenza, pero tengo que reconocer que
íbamos riéndonos.
El buen humor me duró poco. A mí nunca me gustaron las despedidas. Y, menos que ninguna, esta. Beatriz era la primera persona que había encontrado en mi
vida que no le importaba mirarme, acariciarme y reírse
conmigo. Cómo no me iba a entristecer alejarme de
ella.
-Vamos a tomar un café -propuse, después de un
largo silencio, muy espeso, pues ella tampoco estaba
muy alegre precisamente.
Entramos a un bareto y se sentó frente a mí. Era
realmente hermosa, tanto que parecía una vulgaridad
decírselo. En vez de eso, le dije que me pidiera un
82
whisky solo.
-Muy bien, yo quiero otro.
-Y me lo das de un trago.
-¿Pero te vas a emborrachar? -preguntó, sonriendo.
-¿A ti nunca te ocurre que hay momentos tan bellos
en tu vida que deseas morirte, y ya está?
-¿Este es uno de esos momentos?
-Este, no. El momento eres tú, cuando deje de verte.
-Pero qué tonto eres -se reía satisfecha, segura. Era
una muchacha sorprendente.
-No, no quiero emborracharme, no vaya a cagarme
otra vez encima, que en el centro no están las cosas
precisamente suaves. Y después del tortazo de esta
tarde a esa imbécil, apaga y vámonos
-Es verdad, lo había olvidado, qué gancho, la dejaste
KO en el primer segundo.
-Fue a traición -yo no participaba de su entusiasmo
en semejante asunto, aunque la hostia estuvo bien dada.
Después de beberme el whisky me puse más triste
todavía, ya no podía ni mirarla. Menos mal que se acercaba la hora de la cena.
-Bájame, que no quiero más broncas con los cuidadores -me salió casi como una orden.
Volvimos en silencio. Cerca ya de la puerta de la residencia, me paré y le pedí a Beatriz:
-Cuando lleguemos, me dejas en el hall y te vuelves
y sales. No quiero volver a verte.
-¿Y no podré darte el último beso?
-No, no quiero que me veas llorando.
Y así lo hizo, obediente. Me dejó en recepción y se
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fue sin decir nada.
No he vuelto a ver a Beatriz.
Cuando el cuidador vino a recogerme, efectivamente, estaba llorando.
-Hueles a alcohol, ¿no estarás borracho?
No contesté, para qué.
No tenía hambre. Pero no quería que el whisky me
pusiese más triste todavía, prefería comer algo.
-No quiero puré, dame el huevo -le dije al cuidador.
Pero el muy cabrón estaba toreado ya. Me esperaba
una buena noche.
-Si no quieres el puré, no hay huevo, que no estoy
aquí para hacer tus caprichos.
No estaba yo para broncas y me quedé sin cenar, lógicamente. Creo que no hubiera cenado ni montando
un pollo, pues me habían llevado al comedor cuando ya
todos salían y ahora estaba vacío.
Y en la habitación, la misma historia.
-Ponme en el water, que tengo ganas de mear.
-¿No tienes el pañal puesto? Pues méate en él, que
está para eso.
-Y estoy toda la noche mojado.
-Eso ya es tu problema, no el mío -y se fue.
Tenía más ganas de llorar que de mear y me entregué al placer de llorar, fue un llanto muy dulce. Y no
me meé y conseguí dormir un poco, ¡que se joda ese
cabrón!
Me levantaron temprano, todo el mundo tenía prisa
por meterme en el autobús.
-¿Pero no voy a desayunar? -protesté, cuando me
dieron las pastillas con un vaso de agua.
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-La cocina aún está cerrada y no la vamos a abrir para el señorito -contestó una cuidadora que ni conocía.
No había tenido tiempo ni de conocerlos a todos.
-Este señorito tiene hambre y es obligación de la señora darle de comer -insistí, a sabiendas de que daría lo
mismo.
-Si hubieses cenado anoche, ahora no tendrías hambre.
También sabían que no había cenado. En mi vida
había yo dado tanto que hablar, era para tomar nota del
éxito.
Pero dejé de protestar, estaba muy triste y no quería
ponerme nervioso. ¡La tristeza me sentaba tan bien!
Me metieron en el autobús y partimos. A pesar de
las últimas putadas, no estaba deseando irme de allí.
Al llegar a Trujillo y reconocer los perfiles de su arquitectura, volví a llorar.
Pero la tristeza también me estaba dando hambre.
-¿No paramos para tomar algo? -pregunté al
conductor.
-Hay prisa, tengo que volver a Alcuéscar en mi
horario.
Ya no me extrañó esta respuesta, me empezaba a
gustar ser el malo.
Nada más llegar al CAMF de Leganés me dirigí a la
enfermería para que me dieran las pastillas de la comida, estaba muy nervioso.
Por suerte, el comedor aún no estaba cerrado, las
prisas habían servido para algo.
Allí me encontré al responsable, Luis, un tipo prudente, que me preguntó por el viaje.
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-Ya te empezábamos a echar de menos, Jose -dijo.
-Eso no me lo creo. Sin embargo, yo sí comenzaba a
echaros de menos a vosotros.
-¿Tan mal te han tratado?
-Digamos que he tensado un poco la cuerda.
-O sea, que los rumores que nos han llegado no iban
desencaminados.
-Yo no respondo de rumores, pero si alguien te dice
que agredí a una compañera, no te lo creas. Fue un
accidente, me puse nervioso y ella se dio con mi brazo
al pasar.
-Me lo creo, Jose, que cuando el río suena, no es el
Manzanares.
-O se ha desbordado ya, que no sé qué será peor.
-Eso -lo nuestro parecía un diálogo de besugos, pero
me estaba gustando-. Tengo entendido que quiere verte
el director -terminó Luis.
Esto ya me gustó menos.
Luis me llevó hasta la cafetería, después de comer, y
allí estaba el director. Pero también estaban los compañeros, que me pusieron al corriente.
-Sabemos todos los detalles -me dijo no sé quién,
nada más verme.
-Eso me tranquiliza, así podremos hablar de cosas
importantes -contesté yo, pero me puse contento observando sus caras de admiración.
Después que hube saludado a todos, se acercó el director.
-¿Sabrás que tengo que hablar contigo? -me soltó, a
modo de saludo.
-No tenía ni idea -contesté, muy tranquilo.
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-Mañana, que ahora estarás cansado.
E inmediatamente ordenó a un cuidador que me diera el café que había pedido y que, después, se me bañase. Me gustó esta nueva actitud del director, había
reparado en mí, por fin. Y no parecía tener muy claro
lo que quería decirme.
El cuidador, Lorenzo, fue más explícito que Luis y
me dijo que se había enterado de todo lo mío en Extremadura y que me apoyaba, que no tenía que preocuparme. Pero terminaba su turno y tenía que irse. Antes,
llamó a Marisa y Mª Angeles para que me bañasen.
También las dos estuvieron muy amables, aunque
más discretas. Les pedí que me dejasen acostado, porque estaba cansado, y tuvieron que consultarlo con
enfermería. Pero no hubo problema y me dejaron en la
cama. Me dormí en seguida.
Me despertó una llamada a la puerta. Era Félix, mi
compañero de partida de dominó.
-Se dice que te has pasado estos quince días con una
puta -fue lo primero que me soltó, que donde hay confianza da asco.
-La gente habla demasiado -contesté yo, circunspecto.
-¿Pero es verdad o no? -le comía la impaciencia,
aunque no sé si deseaba la confirmación o una negativa.
-Primero, no es una puta, y segundo, no fueron
quince días -se lo dije así para que le pareciera una
negativa.
-¿Que te has ligado a una paisana? No me lo creo.
-Yo tampoco. Incluso tenía los ojos verdes.
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-Joder, joder, joder -Félix no salía de su asombro, la
misma cara que cuando levantaba sus fichas y contaba
seis blancas-. ¿Y Manuela? -me preguntó al fin.
-Fue a verme el domingo antepasado, se enteró de
todo y me dejó plantado.
-Joder, joder, es que eres un jeta. Te vas a Alcuéscar
y se la pegas.
-Que no, que sólo buscaba una tranquilidad, una
confirmación, que lo he hecho por ella.
-Joder. ¿Y querrás que Manuela te crea, además?
-No me creyó -contesté yo con tristeza.
Ya no sabía qué me entristecía más, si la ruptura
con Manuela o la despedida de Beatriz, pero de lo que
sí estaba seguro era de que jamás, yo, daría un paso
para ponerme en contacto con Beatriz.
-Pues el director está al tanto de todo -me informó
Félix-. Él ha sido quien me lo ha contado, ya sabes que
somos amigos.
-Lo he visto y ha estado muy amable.
-Pues parecía preocupado.
-A mi ya me jode su rollo paternalista.
Al fin se fue Félix y volví a quedarme solo. Me estaba poniendo muy nervioso, pero llegó la hora de la
cena y me dieron la pastilla. Después de cenar, me devolvieron a la habitación y a la cama.
-¿Tienes el pañal seco? -me había preguntado el cuidador.
Lo tenía y se lo dije. No hay como estar en casa,
pensé.
Pero pensaba en otra casa, en realidad, en una casa
mía, fuera de estas residencias del INSERSO.
88
Estaba a punto de dormirme cuando entró Mercedes
en mi habitación, otra amiga. Venía a avisarme de que
tenía una carta en secretaría y que parecía de mi grupo
de Auxilia.
-¿Parece o es? -pregunté yo.
-El remite es de Auxilia.
Se repitió con ella la conversación que había tenido
con Félix, aunque no la cara de admiración.
-¿Qué os pasa a los tíos? -esta es la bronca final que
me soltó ella- Veis unas piernas que andan y babeáis
como niños. Pero es que os dais batacazos como los
bebés y no aprendéis nada. Sois imbéciles, en realidad.
¿Por qué no os pone cachondos una tía en silla de ruedas? ¿Es que nosotras no tenemos manos para acariciar
o corazón para recordar o agujeros para jugar? Sois
bebés imbéciles que buscáis a vuestra mamá, en vez de
buscar a una mujer. Nadie os ha enseñado a amar y no
lo aprenderéis nunca. A los cojos os engaña la publicidad más todavía que a los no cojos. Ya sólo sabéis pajearos con Claudia Schiffer.
Esta era la conclusión que Mercedes sacaba de mi
aventura. Me dejó pensativo.
-Tenía muchas ganas de volver a verte -le dije, al
despedirnos.
Me dormí, amaneció, me levantaron, me lavaron y
bajé a desayunar. Hasta aquí todo marchaba bien.
En el comedor estaba el otro responsable, Antonio,
que también me preguntó por el viaje, pero con mucho
cachondeo.
-Espera a los detalles, para cuando ponga la crónica
en el tablón del pasillo -le contesté con muy mala le89
che.
-Vienes muy gallito, tú -y Antonio soltó la amenaza,
que es lo típico de su clase-. ¡Que no te vea yo tocándole el culo a alguna cuidadora, porque te la busco!
-Los cuidadores que me respetan no tienen nada que
temer de mis manos -contesté a voces, había conseguido cabrearme de veras.
-A saber lo que entenderás tú por respeto -el tipo es
de los que no se callan.
-Disimular el hocico, por ejemplo, cuando se es un
cerdo -estaba espástico, pero controlaba.
Y el hijo de puta se tuvo que callar porque sus compañeros comenzaban a llamarle la atención. La paz
había durado poco. No hay paz si hay poder.
Otro cuidador me dio el desayuno y, después, me
llevó hasta la cafetería. Allí estaba el director, que ya
se iba.
-Tómate un café, Jose, que te invito.
-Gracias, estoy sin blanca. Ignacio me va a tener que
fiar hasta que cobre -Ignacio es el camarero.
-No me extraña -comentó el director, para añadir-:
cuando termines, te pasas por mi despacho.
Me tomé el café y aún saludé a tres hermanas que
vienen a leerles la Biblia a quien quiera oírlas. Es lo
único que están dispuestas a hacer por los minus, que
no es poco. La inmensa mayoría no hacéis nada, que
quede claro. Ya sé que pagáis impuestos, pero esa pasta se gasta en polis, no en minus. Si por lo menos no
pagaseis.
Antes de pasar por dirección, entré en secretaría a
recoger la carta. Los compañeros de Auxilia me avisa90
ban de que teníamos reunión el sábado.
Con el director tuve más paciencia que él conmigo,
por más que asegurara que yo le consumía mucha.
Lo primero que me pidió fueron los detalles de lo
ocurrido, que yo le resumí de un plumazo.
-¿Qué sabe usted? -le pregunté.
-Que eres un golfo -dijo él.
-Se confirma.
-¿Y qué más? -ahora el que preguntaba era él.
-Que he vuelto de Alcuéscar y vuelvo triste. De lo
cual se deduce que ser golfo es una alegría, como yo
sospechaba.
-De eso te quería yo hablar. ¿Pero tú es que no sabes
quién eres?
-Tenía mis dudas. Después de la experiencia, lo tengo más claro.
-Eres un tonto muy charlatán que me hace consumir
mucha paciencia -el que se estaba poniendo nervioso
era él, yo continuaba muy paciente-, pero no me vas a
confundir. Jose, digas lo que digas y te pongas como te
pongas, tú no puedes tener una vida normal, no puedes
tener una familia, no eres un individuo normal.
-¿Eso es todo? -pregunté, por si había terminado.
-No, hoy me vas a tener que escuchar, Jose. Agradece a la directora de Alcuéscar que haya cambiado de
parecer y retire sus informes. Por menos se han ido
otros a la calle. Mejor que aquí no estarás en parte alguna, pero para estar peor no tienes más que seguir
haciendo tonterías.
-¿Por qué será que a los desgraciados como yo
siempre nos amenaza lo peor, como si nunca fuéra91
mos del todo desgraciados? Esto sí que es un problema
digno de usted, señor director, y no mis deseos o mis
sueños.
-Jose, no te enteras de nada, sufres un permanente
estado alterado de conciencia, tienes que bajarte de la
higuera.
-¿Pero es que está ciego? -me estaba jodiendo demasiado- ¿Pero es que no ve lo que tiene delante? Yo
me caí de la higuera cuando nací, a ver si se entera de
una jodida vez. Y no pretendo volver a subirme, eso se
lo dejo a la gente como usted. Lo único que hago es
arrastrarme en la dirección que yo quiero, la que yo
elijo, sólo eso.
Por fin, me dijo que no podía dedicarme más tiempo. Menos mal. Pero al salir de su despacho, allí que
estaban mi padre y mi madre en mitad del pasillo, esperándome. Se había movilizado al completo el principio de realidad.
-¿Qué tal un café? -propuso mi padre.
-El café es lo único que nos une ya -dije, con cara de
pocas visitas.
-Hijo, no digas tonterías -cortó mi madre.
-Además del café, le está cogiendo el gusto a las
mujeres, por lo que se ve -añadió el director desde la
puerta de su despacho a modo de saludo y despedida.
Y creo que de recordatorio.
En el camino al Renato, ninguno de los tres dijimos
ni una palabra sobre Alcuéscar. Tomamos el café, pregunté por mis hermanos y no discutimos de nada porque ellos me dieron motivos. Sobre mi viaje, ni una
pregunta, ni una palabra. Fue un rato muy tranquilo.
92
Querían llevarme a comer a Parque Sur, pero les dije que me devolviesen al centro, que estaba cansado y
ellos tendrían cosas que hacer. A la una y media nos
despedíamos en la puerta. Observé a mi madre mejor y
no parecía contrariada. Me dejó un poco de dinero.
Aún estaba viendo alejarse a mis padres cuando se
me acercó Luis para disculparse por el comportamiento
del otro responsable, de Antonio.
-Gracias, Luis -le contesté-, echo de menos tu buen
rollo más que su vileza.
-En realidad, lo que quiero es pedirte un favor, José
Luis -disimulaba-. Estamos formando un equipo de
ajedrez para participar en competiciones y me gustaría
contar contigo.
-Tendría que practicar un poco, porque estoy muy
verde -reconocí sinceramente, aunque me halagaba el
hecho de que se hubiera acordado de mí.
-Sin problemas, la competición te servirá para practicar también.
Y me inscribió en el equipo.
Por fin llegó la tarde del sábado. Un amigo mío, Pablo, vino a buscarme para ir a la reunión de Auxilia, la
primera que hacíamos después del verano. Tocaba planificación del curso, o sea, mucha discusión para no
ponernos de acuerdo en nada. A mi estas reuniones
cada vez me aburren más, tengo la sensación de que la
mayoría va allí para tener un público al que contar su
vida. Yo aprovecho, desde luego, para hacerme oír,
casi siempre repito lo mismo y aquel sábado no fue
distinto, aunque nunca consigo nada.
-Una publicación crítica, una revista nuestra, de
93
ideas y de consignas. Basta de revistas cotorras y de
mariconeo, impongamos nuestra autonomía y exijamos
una financiación digna de nuestra autonomía... ¡Y basta de seguir soñando con la ONCE, joder!
Es lo que grito siempre, pero alguien me cortó hoy.
-No seas ingenuo, no podemos reclamar una vida
independiente porque somos dependientes -le oí decir.
Y entonces fue cuando dije algo que llevaba mucho
tiempo pensando:
-¿Pero es que quien compra el pan en la panadería,
en vez de cocérselo él mismo, ese no es un poco inútil?
¿O el que pide al camarero que le sirva una caña, ese
no es dependiente? ¿O el que compra su traje en Cortefiel o el que lleva su coche a reparar al taller, esos tampoco son dependientes? No hay vida independiente
para nadie, o sea, todos, del rey abajo, todos somos
paralíticos, unos más que otros, pero todos con alguna
minusvalía, todos somos dependientes, todos necesitamos de otros, la sociedad existe por eso. ¿Quiere
decir esto que porque no pueda haber una vida independiente para nadie, nadie puede tomar sus propias
decisiones, ser independiente, autónomo? Por supuesto
que, unos más, otros menos, todos los masválidos son
independientes por más que dependan unos de otros,
por más que no puedan llevar una vida independiente.
Pues bien, para mí no pido nada distinto de lo que exige para sí cualquier ciudadano, exijo ser independiente.
Sé que otro tendrá que amasar el pan para mí y que,
además, me lo llevará a la boca porque yo no puedo
hacerlo, sé que mi silla es mi coche y que otro tirará de
ella como de los coches de todo cristo tira la gasolina,
94
y sé también que otro hará mi ropa y que, además, me
vestirá con ella, pero exijo ser independiente como lo
exige cualquier ciudadano, exijo decidir yo sobre lo
que quiero y no quiero hacer, exijo autonomía como
cualquier hijo de vecino. Y, por supuesto, exijo medios
materiales que hagan posible mi autonomía, ¡porque yo
existo! Todo lo que no sea esto es caridad, es beneficencia, es mierda, es paternalismo. O sea.
Y no dije más, que ya era bastante.
Terminó la reunión, pero no habíamos decidido nada, como siempre. En Auxilia había mucho mamoneo,
como en las pelis de Almodovar.
Mª Jesús, una compañera que la conoce, me preguntó por Manuela. Cuando le dije que no sabía nada de
ella se extrañó y me dijo que tenía un esguince en un
tobillo que la impedía salir de casa, y que no sabía más.
La noticia cambió mis planes Tenía un motivo para
volver a llamarla y le pedí a Pablo que marcara su teléfono.
-Manuela tiene un pie mal y no puede ponerse -dijo
su padre.
-Precisamente, quería saber de ella.
Al fin, conseguí oír de nuevo su voz y me dio un
vuelco el corazón.
-¿Qué tal esa chica, Jose? -fue lo primero que le oí.
-¿Cómo estás tú? -pregunté.
-Coja.
-¿Podré verte?
-Tendrás que venir, no puedo moverme -esto era lo
que yo deseaba oír.
-Mañana, ¿puedo?
95
-Tendrá que ser por la mañana. Tenemos comida
familiar y no estás invitado.
No me importó su sequedad, quería verla y ya tenía
cita. Le pedí a Pablo que, en vez de a Leganés, me llevase a dormir a casa de mis padres.
-Llamaron del CAMF, tenías que estar jugando al
ajedrez -me dijo mi madre, al llegar a casa.
Era mi primera partida y se me había olvidado.
-Mañana voy a ver a Manuela, que está coja, por eso
he venido a dormir con vosotros.
-¿Y quién te va a llevar?
-Carlos, supongo -Carlos es mi hermano pequeño.
-Él te dirá que no tiene dinero. Y habrá que ver si
llega a tiempo del trasnocho para llevarte -estaba cabreada.
-Parece que te molesta verme -le dije.
-Me molesta que vayas a ver a Manuela. No quiero
verte sufrir y veo que te va a tocar sufrir.
-Madre, ¿tú crees que algo me va a hacer sufrir más
de lo que ya sufrí?
-En eso también tienes razón, hijo. Pero me preocupas, porque hay sufrimientos para los que no estás preparado.
Cenamos, me acosté y le pedí a mi madre que me
pusiese la tele para despejarme un poco, pues estaba
muy excitado después de tanta movida durante la tarde.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, mi
hermano Carlos dormía en la cama de al lado. Le saludé y me pidió dinero para llevarme a ver a Manuela.
Pero, en vez de levantarse, siguió durmiendo.
Vino mi madre a vestirme y volvió a despertarlo,
96
pero Carlos tenía resaca.
-¡Quiero dormir! -gritó.
-Lo que tenías que hacer, en vez de gritar tanto, era
bañar a tu hermano -dijo mi madre.
Cuando salíamos de la habitación fue mi padre el
que se ofreció para bañarme.
-Yo lo haré, mujer, que todavía sirvo para eso.
Oír a mi padre y levantarse escopeteado, todo fue
uno. Mientras mi hermano pequeño me bañaba, me
preguntó por Manuela.
-Lo tuyo con esa tía no puede tener mucho futuro,
Jose -me decía Carlos-, algo tiene que yo no acabo de
ver claro.
-Es una tía legal -protesté.
-Es una estrecha y una meapilas, te lo digo yo, que
algo sé de mujeres -hablaba y me frotaba la espalda
con fuerza-. Además, que no se entera de nada, te lo
digo yo, que todavía no se ha enterado de que hay que
limpiarte el culo. Esa tía es un palo, te lo digo yo.
-Pues no digas más y rasca, que llegamos tarde.
-¿Y tú qué haces chapoteando? -protestó Carlos al
comprender que no le estaba haciendo ningún caso.
-Buscando un pez, ya te vale.
-Esa tía no es tu tipo, te lo digo yo, no te conviene.
-Sabrás tú lo que me conviene, que me cobras hasta
la gasolina.
-No te jode. Y si no lo hago, me tienes de chófer todos los días.
-Mi madre me dijo que me cobrabas porque no tenías dinero.
-No lo tengo para tus caprichos -se derrotó.
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-Pues ahórrate consejos, hermano, que eres peor que
la señorita, abusando -le había golpeado con mis palabras en todo el centro y Carlos se calló al fin.
Me secó con todo el esmero, me puso el pañal y me
vistió. Estaba suave como una pluma. Desayunamos un
poco y nos fuimos.
En la calle mi hermano ya se había olvidado del incidente. Su conciencia tampoco le maltrata, como a la
inmensa mayoría de satisfechos.
-¿Y si está el padre de Manuela, qué hacemos? -me
preguntó, mientras conducía.
-Hablas de él como si fuera un toro -me reí.
-Jose, lo tuyo con esa va a ser una faena, así que mejor será que aprendas a torear -respondió él.
Llegamos a Sainz de Baranda, me bajó del coche y
buscamos el portal.
-Comienza el paseíllo -dije.
-Pero tú eres el maestro, hermano, yo sólo pasaba
por allí.
-Vaya mierda de peón de confianza -protesté.
-Tampoco te pases.
Habíamos subido en el ascensor y estábamos ante la
puerta del piso de Manuela. Llamó una sola vez al timbre y abrió la madre. Fue muy cortés, nos invitó a pasar
al salón y desapareció. Allí estaba Manuela, con la
pierna derecha sobre una silla, el tobillo fuertemente
vendado. No se levantó.
-Te has atrevido a venir -exclamó al verme, pero
sonreía.
-¿Me habías puesto en busca y captura?
-Poco faltó. ¿Queréis tomar algo?
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Yo pedí un café, pero mi hermano aprovechó la pregunta para largarse, explicando unas prisas ficticias y
que vendría a recogerme en dos horas, puesto que tendríamos que estar en el CAMF, en Leganés, antes de la
una y media, para comer.
Acababa de salir mi hermano pequeño y asomó la
jeta por el fondo el padre de Manuela. Me observó
atentamente y se disculpó cuando su hija reparó en él.
-Perdón, no sabía que tenías visita -dijo y se largó
también. Ni siquiera había entrado al salón.
En ese momento me empezó un dolor de tripa terrible, quise contenerme pero no pude y terminé haciéndomelo encima. La peste era atroz cuando entró la madre de Manuela con los cafés para su hija y para mí.
Sin decir nada, abrió la puerta de la terraza y la ventana. Y se fue, dejándonos en medio de la corriente.
-¿Qué tal tu pie? -pregunté, una vez que me dio el
café.
-Muy bien, en unos días estaré curada.
Manuela no estaba muy habladora precisamente y a
mí me estaba cortando.
-Yo me alegro de verte, Manuela, pero tú parece que
no estás cómoda. Si quieres, no vuelvo a venir -dije al
fin, pues estaba cabreándome su actitud.
-Al contrario, me alegro mucho de verte, tu imagen
siempre me enseña algo.
-Hay cuadros de enanos colgados en el Museo del
Prado con más mérito que yo.
-Por favor, Jose, tú sabes de qué hablo -se disculpó.
Volvió en ese momento la madre y, sin decir ni una
palabra, cerró la terraza. Así no entraba tanto fresco y
99
se lo agradecí.
-Gracias, señora, es usted muy amable.
-Perdón -dijo ella, y se largó otra vez.
-¿Vendrías a Polonia este invierno conmigo? -me
propuso de súbito Manuela- Recordarás que ya te lo
había pedido una vez
De sobra me acordaba. Esta nueva propuesta lo
cambiaba todo y me llenaba de esperanza. A partir de
aquel momento el tiempo voló.
Y seguíamos hablando cuando llamó al timbre mi
hermano. Las dos horas se habían pasado en un pis pas.
-Te recuerdo lo del pasaporte, o tendremos que ir en
autobús, ¡y son dos días de carretera! -insistió Manuela, al despedirnos.
Ella no se levantó del sofá. Tampoco salió nadie a
acompañarnos hasta la puerta. Mi hermano abrió y nos
fuimos sin más.
-Adios a todos -gritó Carlos, cabreado, ya en la calle-. ¿Cómo fue la faena? -tenía interés en saberlo.
-Ya has oído, nos vamos a Polonia -le informé.
-¿Te vas con ese palo? -protestaba mi hermano- Pero si es una estirada, si no hay más que verla, si no se
entera.
Pero yo estaba contento y ni siquiera le escuchaba.
Mañana sin falta tendría que hablar con la asistente
social para sacarme el pasaporte.
Me dio de comer Lorenzo, y eso se agradece, oye.
-Ayer nos jodiste con el ajedrez -me recordó-, ¿dónde te habías metido?
-Tuve una reunión. Luis no me dijo que comenzábamos a jugar ayer, se lo hubiera advertido.
100
-Pues nos dieron por perdida la partida, ya ves, ¡comenzamos bien!
-Y peor que iremos, yo juego fatal.
-Tranquilo, que esta semana estoy de tardes y vamos
a entrenar a tope, hasta que cojas buen nivel -ya os
decía que Lorenzo es un tipo legal, no mira mucho lo
que dice el convenio para su categoría laboral. O sea,
que sabe lo que hace.
Cuando terminamos de comer, Lorenzo me subió a
la habitación, me quitó el pañal, me lavó bien y me
cambió. Me dejó como nuevo.
No dormí bien aquella noche, pensando en lo del
viaje. Y a la mañana siguiente me levanté muy nervioso. Después de desayunar, le pedía a la cuidadora que
me llevase a ver a la asistente social, pero era muy mala hora y tuve que esperar un rato. La asistente era
quien me tenía que mover lo del pasaporte.
-Me traes las fotos. Se lo explicas al responsable y
que se encargue -esto me dijo-. De todo lo demás me
encargo yo, pero poco podré adelantar sin ellas.
El responsable esta mañana era Antonio y no me
apetecía nada explicarle a él la movida. Lo dejé para
cuando apareciese Luis, que no podía tardar.
Cuando volví a la cafetería ya todo el mudo sabía lo
de Polonia también. Y durante una temporada me llamaron polaco, como si fuera un culé.
-Te envidio. A mí también me gustaría viajar con el
Papa -me dijo una compañera, no sé si aquella mañana
o la siguiente.
-Oye, que yo viajo con una amiga -aclaré.
-Es un viaje de fe -insistía ella.
101
-Si prefieres llamarlo así, compañera, allá tú. Pero
yo sólo quiero mojar, para eso viajo.
-¿Es que tú no crees, Jose? Mira que con Cristo resucitamos a otra vida.
-Yo con esta vida ya tuve bastante. No quiero más,
aunque tampoco menos.
-¿Pero es que no crees en la resurrección?
-Escúchame lo que te digo, coño, cotorra. Yo creo
en lo mismo que creían los discípulos de Emaús cuando volvían a Galilea, cuando volvían al lugar de la lucha. Yo creo en lo mismo que los discípulos que volvían a echar las redes y en lo mismo que los otros, los
que gritaban que su vida era más fuerte que la muerte
con que les amenazaban los sacerdotes y el poder. En
eso creo yo, tía, en la vida y en la alegría que produce
la lucha por la vida.
-Entonces, ¿por qué te has enamorado de una creyente?
-Me he enamorado de una tía que me mira, que no
retira de mí su mirada, eso es. Ella no hace lo que tú se lo dije así, pero, oyéndome, no estaba tan seguro de
que Manuela fuera distinta de ella o tuviera otros ojos.
Había escuchado la conversación Ángel, un compañero que no puede hablar. Con el dedo fue indicando
las letras en el abecedario que colgaba de su cuello
para decirme que él también creía únicamente en los
que vuelven a Galilea, en los que vuelven siempre al
lugar de la lucha y no desfallecen después de las derrotas.
-Ángel, menos mal que tú me entiendes, te invito a
un café -y nos tomamos otro.
102
Durante la tarde del lunes me estuvo metiendo caña
Lorenzo con el ajedrez y terminé con dolor de cabeza.
Durante la mañana del martes jugué con Félix una partida de dominó, que hacía un verano desde la última y
me gané alguna bronca. Perdimos, que ya es raro. Por
la tarde volvió Lorenzo a machacarme con el ajedrez y,
a la mañana siguente, Liberto organizó la revancha al
dominó. Félix y yo contra Liberto y toda la residencia,
porque Liberto cambia de pareja si pierde y ahora le
tocaba palmar, como siempre. Félix le tiene quemado.
-Liberto, cada vez juegas peor. Antes necesitaba un
manchego de pareja para ganarte, pero ahora me sobra
con un polaco -decía.
-A tu polaco es que se le aparece la virgen, tiene
más potra que un rico -se desesperaba, el hombre.
Aquella tarde tampoco me acordé de buscar a Luis,
ni la siguiente. O sea, cuando llamó Manuela, a la semana siguiente, preguntando por mi pasaporte, aún no
estaban las fotos, se me había olvidado completamente.
-El juego, Manuela, que es un vicio -me disculpé.
-Pues podríamos tener problemas para pillar plaza
de avión. Y, en autobús, son dos días de carretera.
El responsable también era Antonio aquel día y a él
tuve que pedirle las fotos. No quería olvidarme otra
vez, esperando a Luis, aunque sabía que tardaría lo que
le diese la gana. Menos mal que, a estas alturas de la
película, ya no tuve que explicarle nada, pues todo cristo sabía más que de sobra lo de mi viaje.
Cuando vi a Luis, al día siguiente, no conseguí sino
ganarme una bronca.
-No podré hacer nada con lo de tus fotos, ¿no que103
rrás que me enfrente a un compañero por tu despiste?
Las fotos estarían cuando Antonio lo tuviese a bien.
Pasó un tiempo hasta que Manuela pudo andar y venir a verme. Mucho más de otra semana, desde luego.
Nos fuimos a Parque Sur, a tomar un café.
Yo quería hablar de lo nuestro, aclararme sobre sus
sentimientos, puesto que los míos los tenía muy claros,
al menos hasta aquí.
-Vayamos a Polonia -me dijo ella, dando largas-,
tengo puestas muchas esperanzas en ese viaje.
-Lo único que vamos a encontrar allí será menos
luz, menos sol.
-Yo tengo fe -protestó.
-Yo tengo corazón -repliqué, no me iba a callar.
-¿Piensas, acaso, que yo no tengo? Mi corazón ha
renunciado a los caprichos, sin embargo -hablaba con
un deje de reproche no exento de gracia, aunque maldita la que me hacía, claro.
-Pues si algo somos de tu dios, es su capricho -yo
estaba aprendiendo a no callarme.
-Lo dices porque no tienes fe.
Me devolvió al CAMF y quedamos para otro día.
Una mañana me llamaron por megafonía de recepción. Ya estaba allí mi pasaporte. Inmediatamente, telefoneé a Manuela.
-Las reservas de avión hace días que estaban agotadas y lo he preparado todo para ir en autobús. Espero
que lo soportes -me informó.
-En guerras más feroces me han partido la cara, pequeña -fanfarroneé yo- ¿Para cuándo será?
-Por Navidad -me contestó-. Cuando sepa la fecha
104
exacta, te lo digo.
-Menos mal, no queda mucho.
No hablamos más. Necesitaba un café, pero la cuidadora que me tocó era borde de reglamento y no le dio
la gana atenderme.
-Ya tomaste uno esta mañana -en su libro venía muy
clarito hasta el número de cafés que yo me he de tomar.
En la cafetería estaba la mujer de Liberto y le pedí
que, por favor, me ayudara. Otras veces ya me había
dado el café.
-Polaco, me tendrás que pagar -puso de condición-.
Tienes más dinero que yo, así que reparte. Serán mil.
-Hecho, pero por los cafés de todo el mes.
-No, guapo, mil pelas por cada uno que te dé -era un
alma caritativa, como veis.
Pero sólo se había equivocado al afirmar que yo tenía más pasta que ella. En todo lo demás había que
darle la razón, que nadie trabaja por nada.
Pero me vio Félix darle las mil pelas y me echó la
bronca. El no entiende de tarifas salariales.
-Tú eres gilipollas -me abroncó-, no me explico cómo permites que abusen de ti.
-No lo entiendes porque tienes manos -le expliqué-.
Además, tú sólo tomas café cuando te invitan -y nos
fuimos a echar una partida.
Al dominó ganaba siempre, con Félix, pero al ajedrez todavía no había conseguido ganar ni una partida,
a pesar de los esfuerzos de Lorenzo. En un juego muy
estúpido el ajedrez, si bien se mira: ¿quién tiene tiempo
hoy para defender a un rey?
A mediados de diciembre supe, por fin, la fecha de
105
partida. Saldríamos para Varsovia el día veintisiete y
estaríamos allí durante la nochevieja. Me fui en Navidades con mi familia y Manuela me prometió pasarse
el día veinticuatro por casa para felicitarnos la nochebuena a todos y, sobre todo, para preparar mi maleta,
pues sabía lo que yo necesitaría mejor que mi madre.
Cuando mi padre vino por mí al CAMF, me di
cuenta de que ya casi no podía conmigo, no podía ni
meterme en el coche. Para siempre tendré que vivir en
una residencia, pensé, si me faltan sus brazos.
-¿Es verdad que te vas a Polonia? -me preguntó mi
sobrino nada más llegar a casa, pues ya estaban allí
todos preparando la cena.
-Sí -afirmé yo-, con la tía Manuela.
-¿Pero has vuelto a beber? -se enfadó mi madre¿Cómo se te ocurre decirle eso al niño?
-¿Pero cómo se dice? -pregunté yo.
-Dile la verdad, que vas a rezar.
-¡Y una mierda! -grité, guiñándole el ojo a mi sobrino, que ya no se separó de mí en toda la noche.
Nadie más volvió a sacar el tema del viaje, con lo
cual yo pasé una buena noche. Cuando llegó Manuela,
nos limitamos a ultimar los preparativos pues, en realidad, mi madre ya tenía la bolsa hecha. Manuela lo revisó todo y sacó muchas cosas que sobraban.
-¿No pasará frío? -mi madre estaba preocupada.
-Lleva suficiente ropa -insistió Manuela-. Si algo
necesitamos, también lo podemos comprar allí.
Cuando terminamos y todo quedó listo, Manuela
comió un poco de turrón y se fue a cenar con sus padres.
106
En casa es obligado el besugo al horno desde tiempo
inmemorial para la nochebuena. Todo lo demás cambia, el piso, pues nos hemos movido varias veces, la
mantelería, los invitados que se van añadiendo, los
pralines que sustituyen al turrón, pero el besugo permanece.
Mi madre se encarga de quitar de mi plato las espinas. También lo ha hecho siempre y no se fía de nadie.
Eso sí, ya no recuerdo cuándo sería la última vez que
comí con todos. Ahora me dan de comer el primero,
bien mi madre, bien uno de mis dos hermanos, para
poder ellos sentarse todos juntos.
O sea, que los preparativos de la fiesta, muy excitantes. Pero llega un momento en que yo estoy deseando que me lleven a la cama, es el momento en que hasta mi sobrino se ha olvidado de mí.
A la mañana siguiente mi madre me despertó con un
chocolate calentito. Mi hermano pequeño, Carlos, también se despertó, protestando.
-Vieja, me lo podías traer a mí también -dijo.
-Te lo traigo, pero dale el suyo a Jose o terminará
comiéndoselo el último, como siempre -dispuso la vieja.
Cuando volvió con el chocolate para Carlos, traía
más disposiciones.
-Cuando terminéis, le bañas a Jose, que yo tengo
mucha tarea en la cocina.
-¿Y por qué no lo hace el hermano? -Carlos vuelve
a protestar.
-Tu hermano tiene que recoger el comedor y estar
pendiente del niño -había dormido con toda su familia
107
en los sofás del salón y todavía ni se habían levantado-.
Y Carmen me va a ayudar en la cocina. Hoy comemos
cordero, lo que más le gusta a Jose.
Como el besugo, el cordero tampoco puede faltar, es
más fijo que mis pañales.
-¡Feliz Navidad! -oí gritar en el pasillo a mi hermano, el mayor.
-¿Y padre? -pegunté a mi madre.
-Aún sigue durmiendo, cada día está más viejo, el
pobre -contestó sin acritud.
Y volví a sentir lo mismo que ayer, que mi familia,
lo único que tengo, se estaba acabando.
Carlos me dejó en la bañera un buen rato y eso me
relaja muchísimo, yo debo de ser agua o, como poco,
pez. Y la mañana se me pasó volando.
Le pedí a mi madre que me diese de comer antes
que a todos, porque si lo tiene que decidir ella se irrita,
le cambia el humor.
-Es mejor así -le digo, aunque lo que estoy deseando
es todo lo contrario-, y tú podrás sentarte con ellos un
ratito.
Y comí cordero y vinieron visitas y algunos me dieron propinas para el viaje y se largaron todos y otra vez
yo estaba en la cama. Pensando, no precisamente en el
viaje, sino en Manuela.
A la mañana siguiente me levanté muy tarde. Era la
víspera de la gran aventura y tenía que estar descansado. Mi padre me cambió el pañal al mediodía. También
me acosté temprano. Hubiera preferido otra cosa, una
juerga de despedida con los amigos, por ejemplo, como
haría cualquier aventurero antes de iniciar un nuevo
108
reto, pero hay que ser realistas, yo no soy cualquier
aventurero.
Amaneció el gran día y mi padre me despertó de
madrugada para lavarme y vestirme. Mientras, mi madre terminaba el equipaje.
Llegamos a la estación antes que Manuela. Pronto la
vimos aparecer, pero ella venía sola. Sus padres, en el
mejor de los casos, habían preferido seguir durmiendo.
-Si queréis, podéis iros ya -dispuso Manuela-, vuestra misión ha terminado. A partir de ahora, de Jose me
encargaré yo -sonaban muy bien estos conceptos en sus
labios.
Observé, con ese sexto sentido que tenemos los enanos para reconocernos en público, que en el autocar
íbamos pocos minus, menos mal. Y viajaba una cuidadora con nosotros, Encarna, para atendernos.
Cuando se fueron mis padres, Manuela me subió al
autocar, me transfirió en brazos de mi silla al asiento
que me correspondía y me ató con el cinturón de seguridad. Bajó la silla después, recogió los bultos que
había dejado en el suelo y volvió a subir. Yo la observaba hacer desde mi ventanilla. En muy poco tiempo,
emprendimos el viaje.
El compañero de la derecha, del otro lado del pasillo, nos preguntó si éramos hermanos. Otra vez nos
confundían, como le ocurrió al putañero. O es que nos
parecemos o, lo que parece más probable, entre los
materiales simbólicos que maneja el personal no entra
el del minusválido acompañado de una amiga.
-Somos novios -contestó sin embargo Manuela y,
por la cara que puso el otro, no cambiarán sus
representaciones ni habiendo metido el dedo en 109
la
sentaciones ni habiendo metido el dedo en la llaga.
-Hombres de poca fe -grité yo, por si alguien me entendía.
A Manuela no le gustó mucho mi ocurrencia.
-Un respeto, Jose, que son compañeros y el viaje va
a ser largo -me advirtió, sin ni siquiera una sonrisa.
Me hice el propósito de morderme la lengua y no
abrí el pico en mucho rato.
En la primera parada, Manuela y yo comimos dentro
del autocar. Después, bajó por los cafés.
-¿Cómo llevas el pañal? -me preguntó, después de
que tomásemos el café.
-Bastante mojado.
Llamó a Encarna, que me cambió allí mismo, en un
pis pas.
Reanudamos el viaje y Manuela se durmió en el
asiento. En un momento, reclinó su cabeza sobre mi
hombro y así estuvo durante dos horas, si no más. Durante aquellas horas no se me movió ni un músculo, no
tuve ni un espasmo, su cabeza en mi hombro fue mi
valium. Yo servía para algo.
Cuando, por fin, se despertó, estábamos en Francia.
-Se acabó el café, no tenemos otra moneda que pesetas -me informó.
No me importaba. Esperaría a que volviese a dormirse, su cabeza sobre mi hombro sería también mi
café, aunque hubo de llegar la noche para que ocurriese
otra vez.
También paramos para cenar y también nosotros dos
lo hicimos en el autocar. Después ella bajo al servicio y
volvió con Encarna pasado un rato.
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-No me gusta dejarte solo -se disculpó al volver¿Cómo está ese pañal?
-Mojado.
-Pues vamos a cambiarlo -dijo Encarna y se dispuso
a hacerlo.
Reanudamos el viaje y Manuela volvió a dormirse.
Y volvió a recostarse sobre mí y ya no me moví ni tuve
convulsiones hasta que amanecimos en Alemania, en la
República Federal. Me sobresaltaron unas luces y mi
espástica despertó a Manuela. Era un peaje de autopista, pero la luz del sol se adivinaba en el horizonte de la
marcha.
Cuando llegamos a la frontera con Alemania del Este, mientras esperábamos en la cola de los autobuses
para pasar la frontera, todo el mundo aprovechó para
almorzar y estirar las piernas. Alguien nos ofrecía té.
-¿Quieres? -me preguntó Manuela.
-Preferiría café -le recordé sinceramente.
-Eso nadie nos lo ofrece -puntualizó ella. Y nos tomamos el té, qué remedio.
Ya en la República Democrática paramos para comer. Otro bocadillo. Estaba deseando llegar y casi ni
comí, pero Manuela tenía mucho hambre.
-Que aproveche -le deseé cuando se bajó del autocar
para terminar su bocata.
Estuvimos parados media hora. Ya no tardamos
mucho en llegar a Polonia. Pasábamos pueblos muy
pequeños que me hicieron acordarme de Beatriz, pero
disimulé como pude.
-Pareces muy cansado -comentó Manuela-, ya falta
poco.
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En realidad, me estaba poniendo muy triste.
La llegada fue un desbarajuste, cada uno iba a estar
hospedado en un punto distinto de la ciudad y Varsovia
no es pequeña.
Mientras Manuela buscaba el taxi, yo me encargué
de vigilar los equipajes. Ni que decir tiene que el taxista no la entendía. Menos mal que ella llevaba las señas
escritas en un papel, como hago yo siempre, por cierto,
y dimos con el lugar.
Aquello era un colegio o algo parecido, un seminario, no sé. En algún punto del viaje dejaron de interesarme ciertas cosas y cerré los ojos. Dos catalanes, Miguel y Jordi, que eran vecinos, se encargaron de ducharme y Encarna terminó de secarme, me puso el pañal y me vistió.
En el comedor todo estaba dispuesto, una loncha de
jamón de york y un bollo en cada plato. Se me había
quitado el apetito, me disculpé y me acosté.
A la mañana siguiente oí desde mi cama como se
levantaban todos. Manuela y Encarna volvían de misa
cuando vinieron a levantarme.
-Oí cuando os fuisteis -dije.
-Imaginé que estarías muy cansado y no quise despertarte -se disculpó Manuela.
Desde el primer momento tuve la sensación de estar
fuera de sitio en Polonia. No me encontraba a gusto en
las conferencias ni en los coloquios ni, por las tardes,
en los ratos en que nos juntábamos para intercambiar
impresiones. Manuela estaba muy excitada, hablando
con unos y con otros, pero yo estaba muy solo.
Para colmo, algo me sentó mal y tuve una diarrea de
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espanto que me descolocó del todo. Llegó un punto en
que estaba realmente cabreado. Hasta que, por fin, pedí
la palabra en un coloquio. Manuela se alegró.
-Pensé que no lo ibas a hacer nunca -me dijo antes
de comenzar a traducir mis palabras, ingenua.
Estaban hablando de la Encarnación de Jesús y
había algo en sus discursos que no se me alcanzaba.
-En una ocasión, cierta prostituta me dijo que mis
ojos eran los ojos de dios -comencé diciendo, y a Manuela parecía fallarle la voz al interpretarme, incluso
percibí cierto malestar en los que escuchaban, lo cual
me cabreó todavía más-. Espero que a nadie de los aquí
presentes les escandalice una prostituta, sea cual sea el
trozo de evangelio que se comente. La he citado porque
tengo la incómoda sensación de que nadie me ha mirado estos días como ella lo hizo. Habláis de Encarnación, pero por los rotos de vuestro discurso yo creo que
se os escapa la vida toda. Dios no pudo hacerse hombre
para darse una vuelta, a mí no me interesan los dioses
que hacen turismo, ni siquiera turismo masoca. Si
hacerse hombre tiene algún sentido es el de aprender a
vivir. Encarnarse tiene que ser eso, aprender a ser
hombre por fin, aprender a ser dios del todo. Es más,
hoy por hoy, yo creo que el dios que se encarna nace
ateo cada vez que se encarna, Jesús no puede creer en
el dios del Vaticano. El único dios que puede existir es
el hombre enfrentado a todo lo que le esclaviza, incluidas las iglesias. Y sólo este hombre sabe mirar a su
semejante. Para aquella prostituta, por mis ojos miraba
dios. Y lo afirmaba así porque me miraba a mí. La diferencia entre lo que veía ella y lo que veis vosotros,
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sospecho, es la misma que hay entre los ojos que ven y
los ojos que están cerrados, o peor, entre los que miran
de frente y los que miran para otro lado, que es la sensación que yo tengo desde que llegué aquí, que nadie
me ve. O será que no existo. No sé, pero estoy casi
seguro de que alguien tiene aquí los ojos cerrados y se
va a perder la Epifanía.
Como era de esperar, el que me siguió en el uso de
la palabra habló de otra cosa. Nadie se dignó contestarme siquiera. Y yo me dormí. Dormí muy tranquilo y
me desperté sin ninguna mala conciencia, cuando el
coloquio ya había terminado.
Cuando volvimos a la residencia, Encarna estaba
esperándonos.
-¿Necesitas cambiarte? -me preguntó.
-Creo que sí -Encarna sí me miraba, menos mal.
Algunas sensaciones agradables de aquellos días
fueron un potaje de judías, que estaba muy rico, y la
visita a una sinagoga, por invitación de un judío que se
llamaba Israel, para celebrar el Sabat. Coincidió con la
nochevieja y no eché de menos mi consuetudinaria
soledad en fecha tan señalada. Manuela sí parecía
echar de menos algo, sin embargo.
El día de añonuevo, alguien nos había invitado a
comer. Era una especie de comida de despedida, todos
en torno a una mesa de nogal muy larga. Yo estaba
muy cansado. Al día siguiente volvíamos para España,
pero nos acostamos muy tarde. A la comida había seguido una fiesta y Manuela había bailado mucho.
El viaje de vuelta fue un suplicio para mí. Me empezaron a doler los testículos, jamás me había pasado
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una cosa así. Es más, ni sospechaba entonces a qué se
podía deber semejante afección, y comencé a preocuparme. Era lo último que me podía pasar en el viaje.
Cuando, días más tarde, averigüe la causa de mis
dolores, se me quitó un gran peso de encima. Fue Félix
quien me abrió los ojos.
-¿Follaste? -fue lo primero que me preguntó.
-Ni flores -le contesté sinceramente.
-¿Estuviste muchas veces empalmado? -insistió.
-¡A todas horas! No ves que iba con ella.
-¿Y no te hacías pajas? -fue un interrogatorio muy
meticuloso.
-No. No quería que Manuela fuera a enterarse.
-Pues no me digas más: congestión testicular, constipación de huevos, hablando en plata. ¿A que, después
de masturbarte tranquilamente, no se ha vuelto a repetir
el episodio?
Tenía razón Félix, no he vuelto a padecerlo, él me
desveló el misterio.
Pero aquel día, en el autocar, llegué a asustarme de
veras. Lo peor de todo era que no podía decirle a Manuela que me dolían mis partes. Ni a Encarna, porque
se lo soltaría a la otra con toda seguridad.
Le pedía a Manuela que me subiese en el asiento y
el cambio de postura me aliviaba un poco. Pero el dolor me ponía espástico y tampoco ella iba cómoda en
su asiento. Cuando me dormía, se me pasaba el dolor,
pero al despertar me volvía otra vez.
Al salir de la República Democrática nos paramos a
comer y Manuela me preguntó si quería té.
-Si no hay más remedio -contesté.
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Bajó del autocar y, al rato, subió muy contenta.
-Mira lo que te traigo -dijo, mostrándome la botella.
Era café. Aquel café me dio la vida.
Pero reanudamos el viaje y volvió el dolor. Le pedí
a Manuela que recostase mi asiento un poco más y volví a dormirme. Aún le oí decir a Encarna, preocupada,
que teníamos que haber hecho el viaje en avión.
-A Jose no le llegó el pasaporte a tiempo para hacer
las reservas -se disculpaba Manuela.
Me dormí maldiciendo mi descuido de aquellos días.
En la siguiente parada Manuela volvió a conseguir
café para mí. Durante la noche fue remitiendo el dolor
hasta desaparecer. Por fin, ella pudo dormir un poco.
Habíamos pasado ocho días juntos y no habíamos
hablado de nada en absoluto, de nada importante. Ya
estábamos en España y pronto terminaría el viaje.
-¿Qué pasa con lo nuestro, Manuela? -pregunté yo
en un momento de aquella última mañana.
-No te entiendo, Jose -me contestó-, no comprendo
tu orgullo. ¿Cómo es posible que no admitas que dios
es tu salvación?
-Yo soy mi salvación, Manuela, y tú puedes serlo
también. No creo en otro dios que en mí. Y en ti y en
todos los que me aceptan como soy.
-Eso es soberbia, Jose -replicó ella.
-Si tú entendieses a Jesús comprenderías hasta qué
punto su vida está llena de soberbia y su mensaje también, fue una vida de rebelde y un mensaje de lucha. A
Jesús tampoco le gustaba este mundo ni los dioses que
vende este mundo.
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-Pero si tú tampoco crees en Jesús.
-Después de Jesús, sólo cabe creer en el hombre, y
yo creo en el hombre. Todo lo que no es el hombre y
este mundo que ves, son ídolos.
-Tu sufres mucho, Jose, y con tu dolor puedes salvar
muchas almas, pero no aceptas tu dolor.
-Lo que yo soy no me hace sufrir, Manuela. Me
hacen sufrir los que no me miran y los que, mirándome, no me ven. Tú me haces sufrir. No sufro por lo que
soy, sufro por lo que no me dejan ser, por lo que no me
dejan hacer, por lo que es mío y me quitan. Sufro por
lo mismo que cualquier hombre que no es dueño de su
destino, como cualquier hombre que no es libre, que
tiene que trabajar para otro, como cualquier esclavo o
como cualquier hombre que se enfrenta al poder, a la
injusticia, sufro como cualquiera, pero no más que
cualquiera, ni siquiera el que más.
-Dios te salvaría.
-No hay dios que nos salve, Manuela, sólo estamos
tú y yo. Y con nosotros, muchos.
Yo me explicaba, pero ella no me entendía. O no
podía o no quería entenderme. En cualquier caso, estaba en su derecho a hacerlo, no le reprochaba nada.
Llegamos a Madrid. Mis padres me esperaban y me
dijeron que tenía que volver al CAMF porque mi sobrino ocupaba mi cama, pues se había quedado con
ellos a pasar las fiestas.
Cuando me despedí de Manuela, ella me prometió
que pronto vendría a verme. Yo la creí, pero sabía que
las cosas entre nosotros no iban nada bien. Estaba muy
cansado.
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Recuerdo que dormí mucho los días siguientes y
que ella no venía. Pasó Reyes y pasaron varios domingos. Se presentó a finales de enero. Estaba muy guapa
y muy triste.
-He estado muy ocupada -fue todo lo que alcanzó a
decirme, como disculpa.
-Lo que más siento -le contesté yo-, es que mi presencia te entristezca, Manuela.
-No digas tonterías -protestó-. Lo cierto es que no
compartes mi fe, Jose, y dios es mi esfuerzo.
-Yo creo en la alegría, Manuela, y te juro que también me cuesta un gran esfuerzo creer. Cuando la luz
del sol no me alegre al despertarme, ese día me moriré
de tristeza.
En febrero también vino a verme y casi no hablamos. Cuando volvió en marzo fue para decirme que lo
nuestro no podía seguir.
-Tenemos que dejarlo -dijo, casi llorando.
Yo me lo esperaba, pero me quedé mudo, no acertaba a articular palabra, ni bien ni mal.
-Di algo, no te quedes así -exigía ella.
-¿Pero, por qué? -acerté a preguntar.
-Son mis padres, para ellos no tiene sentido esta situación y me obligan a que deje de verte.
Me sonaba a excusa y se lo dije.
-Poca fuerza tiene tu fe si abandonas el amor por lo
que es del Cesar -protesté.
Estaba confusa, pero determinada a dejarme. Y yo
me estaba llenando de rabia porque entendía lo que
ocurría mejor incluso que ella misma. Había creído en
ella, había confiado, pero también me fallaba. En aquel
118
momento tenía la sensación de ser una mierda. Y estaba deseando que se fuera porque mi rabia iba a estallar
de un momento a otro y no quería que estuviera presente. Hablábamos en el hall de la residencia.
-Adiós, Jose -se fue al fin, derrotada.
Pero a mí también me dejaba derrotado, que no por
temido es menos doloroso el dolor cuando llega. Volvía a estar sin nada más en esta silla de ruedas. Tenía
ganas de tirarme al suelo, tal era mi rabia y mi impotencia.
Estaba muy nervioso y no cené. Cuando me acostaron y, por fin, me quedé solo, comencé a llorar. Pero
llorar no me hacía bien. Terminé cayéndome de la cama. El suelo estaba muy frío y los cuidadores tardaron
más de una hora en pasar a verme. Volvieron a acostarme, pero no pude dormir en toda la noche.
A la mañana siguiente vino Lorenzo a levantarme.
Menos mal, porque a él no tuve que darle explicaciones de mi excitación.
Después del desayuno, también vino Luis, el responsable, a hablar conmigo.
-Estás un poco alterado -comentó-, espero que no te
haya pasado nada irreparable.
-Es la primavera -contesté. No quería dar explicaciones.
Pasé unos días fatal. Había olvidado la alegría y, de
pronto, el mundo volvía a dibujárseme un poco más
sucio y un poco más ajeno.
Pero llegó abril y la Semana Santa. Hasta en una residencia de minusválidos se percibe la excitación que
producen los puentes en el personal, la fuga de este
119
mundo y las caravanas en las autovías, a saber hacia
qué imposibles paraísos.
El Jueves Santo, a media tarde, eran exactamente las
cinco menos cuarto y comenzábamos una partida de
dominó Félix y yo contra Liberto y Rafi, su último refuerzo, cuando me avisaron de que tenía una llamada.
Una cuidadora me acercó al teléfono.
-¿José Luis? -preguntó una voz que no reconocí.
-Soy yo, ¿pero tú quién eres? -respondí.
No me entendía y le tuve que pedir a la cuidadora
que averiguase quién era el tipo aquel.
-Dice que es el primo de Beatriz.
Aquello me puso muy nervioso.
-Dile que me explique el motivo de su llamada, que
yo le escucho -ordené a la cuidadora.
Así lo hizo ella y lo que oí me paralizó por completo, creí que me ahogaba.
-Beatriz ha tenido un niño y ha dejado firmado que
tú eres el padre de su hijo.
Retiré el oído del teléfono, no podía oír aquello, no
me lo podía creer. La cuidadora continuó la conversación.
-Cuéntame lo que le tengas que decir a José Luis,
soy su cuidadora -oí que ordenaba ella.
Escuchó durante un buen rato. Y luego le pidió al
primo un teléfono de contacto y colgó.
-Jose -me dijo al fin-, en la incubadora del hospital
de San Pedro de Alcántara, en Cáceres, te espera un
hijo. Su madre ha muerto esta mañana en el postparto,
por una estupidez. Se llama Beatriz.
No conseguía asimilar tanta información de una vez
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y me rayé. De pronto me parecía que tenía un hijo y de
pronto que me había muerto. De pronto había muerto
Beatriz y yo me moría también. Mi hijo nacía al fin y
yo volvía a nacer, pero de pronto todo desaparecía,
hasta yo mismo. Y Beatriz había muerto, había muerto,
había muerto. Me había rayado.
Di un grito que alarmó a todo el centro, me salió de
las tripas, un grito interminable, salvaje, un grito que
no era de alegría. Por fin, comencé a entender lo que
me estaba pasado y lo que le pasaba a Beatriz y que
nuestro hijo estaba en una incubadora.
-¿Pero dónde? -pregunté asustado.
-En Cáceres -contestó la cuidadora, como si estuviese leyendo mis pensamientos. O quizá yo pensaba en
voz alta.
Beatriz había muerto y había dejado firmado que yo
era el padre de su hijo. ¿Qué significaban estas palabras?
En unos minutos conseguí tranquilizarme. Ahora ya
lo tenía todo procesado. Y lo primero que hice fue llamar a Manuela. Aquel niño también era suyo. Yo había
ido a Alcuescar en busca de algo que poder ofrecerle y
que ella, al fin, ha rechazado. Este hijo era la consecuencia no buscada de un examen que, si no ella, yo
mismo me exigía para ganármela. Manuela tenía que
saberlo. Al menos, tenía que saberlo.
Le pedía a la cuidadora que marcase su número.
-Manuela, tengo una noticia que darte...
No me dejó decir más. Había colgado.
Volvimos a marcar y tardó en coger el teléfono.
-¿Por qué me llamas, Jose? No quiero saber de ti.
121
-En el hospital de Cáceres me espera un niño que es
hijo mío y mañana voy a recogerlo -le informé muy
tranquilo.
-¿Y me dices esto a mí? ¿Qué tengo yo que ver con
ello? -el tono de su voz era de inquietud más que de
rechazo.
No encontraba las palabras para explicárselo. Lo tenía muy claro en mi cabeza, pero su tono me impedía
buscar las palabras.
-Tendrás que contestarte tú esas preguntas -le dije, y
esperé una explicación.
Pero volvió a colgar. Ahora ya lo sabía y no volví a
insistir. Me hice el propósito de no llamarla jamás.
A continuación, llamé a casa y se puso mi madre.
-¿Te pasa algo? ¿Querías algo? -me decía por el auricular.
Yo no sabía qué decirle. Al fin, acerté a preguntar
por Carlos.
-¿Para qué le quieres? -preguntó mi madre.
-Es asunto mío. Dile que quiero hablar con él, que le
necesito.
Al fin accedió y oí como le pasaba el teléfono.
-¿No me querrás para que te saque a ver procesiones? A eso me niego, me asustan los nazarenos y los
guardias civiles que escoltan al Cristo.
-Es para que me lleves mañana a Cáceres.
-¿Otra vez quieres ir a Cáceres? ¿Y ahora qué se te
ha perdido allí?
-Me lo he encontrado. Tengo un hijo esperándome
en el hospital -le dije, muy nervioso.
-¡La madre que te parió! Repíteme eso, despacio -le
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oía a mi hermano y oía también a mi madre, que preguntaba.
-Que tengo un hijo, Carlos -me puse a gritar-, que
tengo un hijo, que tengo un hijo que recoger en la incubadora, me está esperando.
Cogió el teléfono mi madre.
-¿Pero qué dices, hijo? ¿No te habrás vuelto loco?
¿No será de esa pelandusca de este verano?
-Esa pelandusca está muerta, ha muerto en el parto.
-Perdona, hijo, ¿pero cómo sabes tú que es tu hijo?
-Porque ella lo dijo y yo la creo -grité a mi madre,
que he aprendido que cuando gritas es como si tus palabras fuesen más verdad-. Y dile a Carlos que mañana
temprano salimos para el hospital. Y le das veinticinco
mil pelas, para los papeles.
-Pero, hijo, ¿pero tú sabes lo que estás diciendo?
-Perfectamente, madre. ¿Cómo quieres que se llame
tu nieto? -no me contestaba, no se lo creía.
-Ese dinero lo saco de tu cartilla, yo no te doy dinero para que lo gastes en mujeres -ahora la que estaba
rayando era ella.
-Por favor, que se ponga Carlos -le pedí.
Y con Carlos fijé la hora para salir al día siguiente,
Viernes Santo.
¿A quién más tendría que llamar? No se me ocurría
nadie, la agenda de un minus es muy breve. De pronto
me acordé del primo y volvimos a llamarle.
-Fue una hemorragia -me explicó-, estaba dormida y
no se enteró de nada. Cuando se quisieron dar cuenta,
estaba tan debilitada que tuvo una parada y no lograron
sacarla.
123
-¿Ella estaba contenta con el niño? -pregunté, no me
atrevía a pronunciar su nombre.
-Muy bien, durante todo el embarazo estuvo trabajando con las monjas y se la veía muy contenta. A nadie había querido decir quién era el padre. Se lo dijo al
doctor, para el certificado de nacimiento y por eso lo
hemos sabido nosotros.
-¿Y el niño?
-Nació prematuro, un mes o así, parece ser, pero está muy bien.
A nadie más tenía que avisar. Me esperaba la noche
más larga de mi vida.
Cuando pasé por cafetería para tomar un buen café,
los compañeros ya estaban al corriente de todo. Yo no
me había movido del teléfono y la cuidadora tampoco,
pero entre cojos las noticias es que vuelan. Félix me
dio, nada más verme, cinco mil pelas.
-Las vas a necesitar -me dijo.
Y Liberto me dio otras tantas y su mujer me devolvió las mil que me había cobrado por el último café.
Pronto se hizo una colecta entre los compañeros. Ellos
sí se lo creían, sin habérmelo oído decir siquiera. Cuando terminé el café, habían reunido unas cincuenta mil.
-Son para tu hijo, Jose, no te las gastes en café -esa
era la condición que me ponían.
No quería cenar, necesitaba estar solo. Me llevaron
a la habitación y me acosté. Tenía mucho que pensar,
tenía un hijo.
No quería dormirme. Estaba muy excitado, mi mente derrapaba frenética de una idea a otra, de una imagen
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a otra, lo mismo estaba con mi hijo en pañales y yo en
pañales, los dos jugando, que lloraba viéndole caminar
solo o caerse o corriendo, o los dos de la mano dábamos un paseo o me escuchaba y me escuchaba sin cansarse nunca de hacerlo. Y era listo, porque comprendía
todo lo que yo decía, como mi madre.
De pronto volví a ver el cielo en mi habitación, volví a ver las luces, las mil estrellas. No oía voces, era la
luz infinita del cielo y yo en medio, sobre mi cama. De
repente, una estrella fugaz cruzó la habitación, como
mirándome, y se paró quieta en un extremo del cielo y
allí se quedó. Me eché a reír, no podía contenerme,
reconozco que reía con una alegría sin control, como
cuando te hacen cosquillas. Cuando entró el cuidador
en mi habitación, continuaba riéndome.
-¿Pero qué escándalo es este? ¿Quién te ha contado
el chiste?
-Si te lo digo, no te lo ibas a creer -contesté yo, intentando controlarme a duras penas.
-Vas a despertar a todo el centro, Jose, tendremos
que controlarnos -el cuidador también se reía.
Es tan fácil reír. Me lo pasé riendo el resto de la noche, pero no volví a ver el cielo sobre mi cama ni la
estrella fugaz. La muerte de Beatriz me había dolido en
lo más hondo, pero era feliz, era francamente feliz.
A la mañana siguiente, con mi hermano pequeño,
estaban esperándome mis padres.
-¿Pero qué vais a hacer vosotros dos allí? -aclaró mi
madre, y nos subimos todos al coche.
El viaje no fue precisamente muy relajado, pero yo
no perdía mi alegría.
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-Volvemos a Galilea, al lugar de la lucha -dije en un
momento, pero ninguno de ellos me entendía o no quiso entenderme. Tampoco importaba, pues era mi vuelta, no la suya. Era mi lucha.
Había quedado con el primo de Beatriz en el hospital de San Pedro de Alcántara. Nos esperaba. Acababa
de llegar. Su padre había ido con él.
-La hemos enterrado esta mañana, en Alcuéscar -nos
informó.
Mi padre y mi madre estaban hablando con ellos
dos, aún no habíamos visto al niño, cuando Manuela
apareció ante nosotros.
-No podía dejarte solo -me dijo a modo de saludo,
casi llorando.
-No estaba solo -e indiqué al grupo que me rodeaba.
-¿Pero qué has hecho? -aún no se lo podía creer.
-Muy poco, en realidad, pero sé que puedo hacer
mucho. Sólo necesito que alguien crea en mí -yo estaba
contento y sonreía, pero Manuela lloraba.
-No sé si podré ayudarte -pronunció al fin.
Yo no necesitaba oír más, de momento.
-Quiero que mi hijo se llame Tomás, como el apóstol -dije, para que me oyesen todos-. Tomás sólo creía
en los que volvían heridos de la lucha, sólo en las llagas.
Mi hijo era una hermosura, pero me dijeron que tendría que continuar por unos días en la incubadora. Hoy
sé que esta fue la primera mentira de una serie que no
termina. La imagen de mi hijo con las manos cerradas
agarrando la vida no se me olvidará nunca.
Arreglaron todos los papeles que había que arreglar,
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eso me hicieron creer, y yo firmé todo lo que dijeron
que tenía que firmar.
Y alguien decidió que volviésemos para Madrid.
Le pedí al primo que, por favor, me condujese hasta
la tumba de Beatriz. Quería llevarme también esa imagen de ella. Me acompañaron todos.
Y sobre la tierra recién movida dejé una rosa roja.
-Cuando se marchite, me habrás olvidado -dije, sonriendo.
Y nos fuimos de allí, que la muerte es breve.
Lo que os voy a contar ahora es muy triste, perdonadme, pero os juro que ninguno podrá desear jamás
más que yo un final feliz para esta historia.
Han pasado más de diez años desde aquella primera
vez y no he vuelto a ver a mi hijo Tomás. Sé que lo que
me han contado es mentira, lo sé porque siento que mi
hijo vive, lo siento aquí, en mi cerebro. Quién me traicionó, no lo sé, no quiero saberlo, pero estoy seguro de
que algún afortunado ha criado a Tomás, a mi hijo.
De Manuela no he vuelto a saber nada. Quizá Tomás esté con ella, no lo sé, es mi esperanza. Mi madre,
por primera vez en la vida, me miente.
Y yo continúo residiendo en el CAMF de Leganés,
no he conseguido todavía salir de aquí.
Cada vez más, me acuerdo de Beatriz, pues la muerte es breve, pero la memoria se dilata dulcemente.
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