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La vuelta
de los 25
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La vuelta
de los 25
Un atlas generacional
de Johannesburgo a Moscú
Marc Serena
Barcelona • Bogotá • Buenos Aires • Caracas • Madrid • México D.F. • Montevideo • Quito • Santiago de Chile
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1.ª edición: febrero 2011
© Marc Serena Casaldàliga, 2011
© Ediciones B, S. A., 2011
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Printed in Spain
ISBN: 978-84-666-4664-2
Depósito legal: B. 730-2011
Impreso por S.I.A.G.S.A.
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas
en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida,
sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción
total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como
la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
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Al final del camino me preguntarán:
—¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada, abriré mi corazón
lleno de nombres.
PERE CASALDÀLIGA
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A mis abuelas,
Teresa y Justina
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Índice
Prólogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
13
El despegue . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
17
1.
2.
3.
4.
5.
6.
7.
8.
9.
10.
11.
12.
13.
14.
15.
16.
17.
18.
19.
Soñar en Soweto . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Calma en Maputo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
La familia swazi . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Poesía en medio del horror . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El corazón de Japón . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Una estrella de cerca . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Verde camuflaje . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Pulverizando límites . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ser gay en la India . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Una boxeadora tailandesa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El peso del pasado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Vietnam emergente . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Pescando en el paraíso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El australiano que no dormía . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Orgullo maorí . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un milagro en la prisión . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Heurística argentina . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Una noche en la selva . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Despertando Bogotá . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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20.
21.
22.
23.
24.
25.
Un cowboy sureño . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Dulce Chiapas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
La metáfora del hot dog. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El otro mundo posible. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Rosa, jazmín y vainilla . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Dirección a Júpiter . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
287
295
305
313
319
329
El aterrizaje . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
335
Epílogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Agradecimientos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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Prólogo
La barquita avanzaba vacilando a través del río Ucayali,
en un punto indeterminado de Perú. Recuerdo que era de noche y que estábamos flanqueados por la tupida selva amazónica. Sin ningún atisbo de luz, sin ninguna referencia. Pero
con una dirección.
Compartía viaje con dos maestras con ganas de hablar.
Volvían, como yo, de una comunidad indígena a la que sólo se
puede acceder a través del río. Conversamos dos o tres horas,
hasta que el cielo ennegreció y no pudimos vernos las caras. El silencio de la selva cobró todo el protagonismo y empezamos a oír el sonido del río acariciando el casco de la embarcación.
En aquel momento, mientras tratábamos de descifrar los
latidos de vida salvaje que nos llegaban de lejos, una luciérnaga «subió» a nuestra barca. Era un punto de luz que tan pronto se iluminaba como desaparecía en la oscuridad. Sus destellos nos acompañarían el resto del viaje.
Cuando la luciérnaga brillaba, minúscula, me calmaba y
pensaba que llegaríamos a buen puerto.
Cuando se apagaba, empezaba a preocuparme y a darle
vueltas a todo.
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Si una cosa no me ha faltado en este viaje han sido horas
para reflexionar una y otra vez. Sobre todo en los trayectos
interminables en tren y autobús, pero también esperando en
aeropuertos desconocidos y, claro está, cada noche antes de
dormirme en una cama distinta.
Algunas de estas veces me preguntaba: ¿cómo he llegado
hasta aquí? ¿Quién me mandó asumir este reto? ¿Por qué un
día decidí dejarlo todo?
Aún no he conseguido responder a muchos de estos
interrogantes. Supongo que me dejé guiar por mi curiosidad infinita y, por qué no decirlo, por una cierta inconsciencia.
Recuerdo el día en que conté la idea de este libro a un amigo. Se quedó de piedra. Me dijo que era una enorme estupidez
que demostraba mi inmadurez. Fue justo en aquel momento
cuando decidí de verdad que apostaba por escribirlo. Que valía la pena, aunque desconociera su final.
Lanzarse a un viaje tan largo me parece una decisión equiparable a la de tener hijos o a la de abrir un negocio. Es uno de
estos proyectos vitales que, si te lo piensas un par de veces,
terminas por posponer.
Quizás, amigo lector, te preguntarás si se me hizo largo,
cómo encontré a los 25 jóvenes, qué les une entre sí, qué conclusiones extraje... Es difícil responder a estos interrogantes
sin alargarme demasiado. A los 25 jóvenes, ahora ya 25 amigos, los conocí de mil modos distintos, algunos por casualidad. Al pescador de una isla perdida fui a buscarlo en la playa
de una isla remota; a la prisionera, pidiendo permisos al gobierno; al monje budista, convenciendo a mucha gente por teléfono; a la cantante de éxito, gracias a un buen contacto; al
medallista olímpico, leyendo los periódicos; a la altermundista, en una manifestación...
Hay también quien me pregunta cómo nos entendimos,
cómo he podido convivir con ellos. La mayoría de las veces
hemos hablado en inglés, pero también he necesitado el espa— 14 —
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ñol, el francés o, directamente, comunicarnos en su lengua
materna y esperar una traducción.
El material final es producto de la intuición, la aventura y
la ayuda de decenas de personas anónimas que han puesto su
granito de arena sin preguntarse apenas el por qué. Hay quien
me ha acogido en su casa o me ha guiado por su ciudad. Hay
los amigos y familiares que han aguantado mis desvaríos y los
desconocidos que me han abierto las puertas de su vida.
Éste es un retrato del mundo on the road, que ha evolucionado al mismo ritmo que el viaje. En ningún momento tenía claro por qué países pasaría ni con qué 25 jóvenes conviviría. Sólo sabía que quería evitar los tópicos injustos y los
juicios rápidos. Hasta que pisé un país concreto, no empecé a
pensar cuál debería ser el siguiente eslabón de esta cadena
mundial.
La selección final incluye jóvenes pobres de países ricos, jóvenes ricos de países pobres, con estudios y sin estudios, mañosos, intelectuales, chicos, chicas, con familia o solitarios, personas con ganas de cambiar el mundo, conformistas, modelos y
antimodelos... Una representación, creo que consistente, de la
juventud del mundo. Donde se puede descubrir qué piensan
muchas personas a quienes nunca se les pide opinión.
Este libro quiere retratar una generación que de aquí a un
tiempo liderará el mundo. Son 25 personas que ayudan a entender el presente y a intuir el futuro de cada uno de sus países. Una información que me parece tanto o más valiosa que
las grandes prospectivas macroeconómicas que tanto poder
de influencia tienen en la toma de decisiones de nuestros gobernantes.
Aquí encontrarás el verdadero Zeitgeist.
Sobre todo porque todas estas páginas son auténticas.
He tratado de ser lo más fiel posible a las personas que me
han dado su confianza y con los lugares tal y como los he conocido. He contrastado cada uno de los datos que aquí aparecen hasta límites enfermizos. Aquí no se ha fabulado ni se ha
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intensificado nada. Hay historias que son imperfectas, descompensadas y, quizás, incluso prosaicas. Pero así son en realidad.
Hay pocas descripciones farragosas, pero sí abundancia
de hechos, acciones y la palabra del otro. Así se ha vivido, no
hay retórica... Intento hablar poco de mí y mucho del mundo.
Son 25 historias globales y sugeridoras, explicadas sin prejuicios ni complejos, sin presiones ni prisas. De la manera más
honesta posible. Son 150.000 kilómetros destilados en 25 capítulos. Es una búsqueda de lo más elemental. Todos los protagonistas responden a lo mismo: qué los hace reír y llorar,
quiénes son y qué quieren ser, cómo ven su futuro y el de su
país...
Yo he aprendido algunas lecciones. Quizá tú también.
Si quieres, te acompañaré en este viaje.
Eso sí, apareciendo y desapareciendo como una pequeña
luciérnaga...
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El despegue
Barcelona, 8 de septiembre de 2008
Lo más emocionante de la despedida ha sido abrazar por
última vez a mi abuela. Hacía días que pensaba en todo lo que
le diría... pero no ha servido de nada. Las palabras no me han
salido.
«Marc, ¿allí adonde vas hace frío o calor?», me ha preguntado.
Y he notado en el pecho cómo mi corazón palpitaba más
fuerte.
Hemos empezado a llorar. Sólo he podido abrazarla y hacerle 90 besos. Uno por cada uno de sus años.
«¡Sobre todo, come bien!», he oído que decía cuando salía
por la puerta.
Despedirse no es fácil.
Los preparativos han sido agotadores.
Estos últimos meses, un suplicio.
El cansancio me aparece ahora, cuando el avión está a
punto de despegar.
Viajando solo asumes toda la presión. Nada puede fallar,
no se puede culpar a nadie.
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Sólo para decidir el equipaje he pasado días. Un amigo sabio me advirtió que la mejor maleta es la que, si se pierde, no
pasa nada. Sí, sí, de acuerdo. Pero, ¿con ruedas o sin ruedas?
¿Qué medicamentos? ¿Saco de dormir? ¿Linterna frontal?
¿Cuerda y esparadrapo? ¿Brújula? ¿Ropa de invierno? ¿De
verano?
Al final, me he ido con lo mínimo. He conseguido reducirlo todo a 15 kilos. Y, después, despreocupado, he cargado
con algunos libros para no sentirme solo. En el aeropuerto he
alucinado: ¡7 kilos! ¡Qué desproporción!
Pero... ¿cómo se puede preparar una maleta sin tener una
ruta clara? Me voy con el objetivo de dar la vuelta al mundo y
entrevistar a 25 jóvenes de mi edad, 25 años, de 25 países.
Pero, ¿aguantaré todo este tiempo viajando? ¿Y si me rindo
antes? ¿Y si me pasa algo? ¿Y si mi pasaporte no tiene suficientes páginas? ¿Y si me quedo sin ahorros?
Hundo mi cabeza en el asiento del avión. Me quedo mirando con cara de susto a las azafatas, el catálogo de productos de la aerolínea, las bolsas de vomitar y el cinturón. Como
si fuera el primer vuelo de mi vida. El cerebro centrifuga a
gran velocidad. Son demasiadas conversaciones acumuladas
en pocos días, demasiados consejos que no podré cumplir,
muchas dudas por resolver.
Observo a mis compañeros de viaje. Hay un detalle que
no me cuadra: voy a Sudáfrica y en el avión únicamente hay
blancos. ¿Cómo puede ser? ¿Estoy en la dirección correcta?
Quizás es que estoy nervioso. ¿O son los primeros efectos
de la medicación preventiva?
Saco de la mochila un mapa del mundo. He trazado con
lápiz el recorrido aproximado. Me gustaría recorrer los cinco
continentes: el sur de África, el norte de Asia, la India, el sudeste asiático, Oceanía y cruzar el continente americano de
sur a norte. ¿Demasiado pretencioso?
La megafonía interrumpe mis pensamientos. Es el mensaje que nos alerta de que estamos a punto de despegar. Me vie— 18 —
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ne a la memoria mi madre. Se ha pasado los últimos días ayudándome a prepararlo todo, advirtiéndome mil veces de todas
las desgracias que me amenazan, repreguntándome si estoy
convencido de irme... sufriendo tanto o más que yo.
Esta tarde, ha llegado la hora de separarnos. Pensaba que
me sermonearía por última vez, que me recriminaría todo lo
que sufrirá por mi culpa. En lugar de eso, me ha cogido con
toda su fuerza, me ha mirado a los ojos como sólo lo sabe hacer una madre y me soltado: «¡Sé muy feliz!»
Nunca me lo había dicho tan claro.
Intentaré hacerle caso.
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1
Soñar en Soweto
Sambulo. DJ. Johannesburgo (Sudáfrica)
12 de septiembre de 2008
En medio de Johannesburgo se encuentra el Carlton Centre, una torre de oficinas vulgar, amarronada, que no tendría
ningún tipo de interés si no fuera el edificio más alto de África.
El mirador está en la última planta, junto a un bar y una
tienda de souvenirs. Hace un día bonito, pero no hay nadie.
Ni una pareja de enamorados, ni un turista, ni un curioso...
Está desértico. Sólo veo a los camareros y a los dependientes
de las tiendas, que charlan entre ellos para matar el tiempo.
Llegar al mirador no es fácil. Johannesburgo es una de las
ciudades más peligrosas del mundo. El centro es una zona fantasma, plagada de edificios desocupados, de donde las grandes
empresas han escapado los últimos veinte años. No hay blanco que se atreva a caminar, ni de día ni de noche.
Y eso que las vistas son fantásticas. Joburg —o también
llamada Jozi— no tiene río ni mar, y el ojo abarca un espacio
habitado por siete millones de personas que se diseminan en
todas direcciones. Es una de las ciudades más pobladas de
África. Todo es tan pequeño que parece regido por un orden.
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Error. Lo descubrí nada más llegar. Pedí al taxista del aeropuerto que me llevara al centro. Se negó: «¡Imposible! Blanco
y cargado con una maleta, ¡durarías cinco minutos!»
Me asustó explicándome que acababan de secuestrar a un
italiano hacía dos días, cuando iba a sacar dinero en un cajero
automático. Me repitió tantas veces que fuera con cuidado
que opté por darle la dirección exacta de mi alojamiento.
La paranoia se extiende rápido.
Me alojo en el barrio de Sandton, una de las áreas más seguras de la ciudad. Está tan protegido que parece un zoológico. Cada casa está rodeada de muros, alambradas y guardias
de seguridad las 24 horas. Para visitar a los vecinos hay que
subirse a un coche y superar tres controles de seguridad.
Durante cincuenta años, el apartheid impidió el contacto
entre blancos —afrikáners— y negros. Los matrimonios mixtos se prohibieron y el sexo interracial se ilegalizó. La minoría blanca, atraída por las minas de oro, intentó recrear una
Europa que, en realidad, estaba a miles de kilómetros. No fue
hasta 1976 que la mayoría negra se sublevó y, posteriormente,
en los años noventa, puso fin a la absurdidad racista.
En pleno siglo XXI, la separación por el color de la piel sigue vigente en Sudáfrica y puede parecer aún más dolorosa.
Ahora ya no hay tribunales que determinen a qué grupo perteneces estampándotelo en un carné. Pero blancos y negros viven separados... todos tienen asumido qué espacios les corresponden. Los blancos son menos, pero tienen sueldos seis veces
más altos. Se mueven en coche, de un punto a otro punto, sin
parar. Viven atrincherados en los mejores barrios, invitándose
unos en casas de los otros para hacer barbacoas —braais—.
Los negros son mayoría y dominan las calles, pueden andar.
Unos y otros mantienen costumbres diferenciadas y trazan vidas paralelas que nunca se cruzan.
Sudáfrica es el país más industrializado del continente
pero también uno de los que registran las mayores desigualdades del mundo. Ahora intenta proyectar su mejor imagen.
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La ciudad está en obras, preparándose para el Mundial de
Fútbol. Uno de los edificios más altos que tengo enfrente luce
un cartel amarillo descomunal que recuerda que será en 2010.
Se acerca el reto más importante que ha asumido el país en los
últimos años. Es su oportunidad de mostrar su mejor cara al
resto del mundo. Los optimistas dicen que el Mundial servirá
para transformar el país. Los pesimistas están convencidos de
que el Mundial cambiará de sede a última hora y que ni siquiera llegará a celebrarse.
Estoy cansado de divagar, me miro el reloj.
Hace mucho rato que Sambulo debería haber llegado.
¿Ha habido algún malentendido? ¿O hará honor al tópico
que asegura que los africanos son muy poco puntuales?
Viene de Soweto, uno de los barrios con peor fama de la
ciudad. Le llaman township y es una nebulosa de casas y barracas diminutas, ordenadas por una lógica distinta y aisladas
de la gran ciudad. Se divisa desde aquí, está a unos cuantos kilómetros.
Mejor si le llamo al móvil:
—¿Sambulo?
—¿Sí? —me responde.
—¿Dónde estás?
—En el Top of Africa.
—¡Yo también! ¡Arriba en el mirador! ¿Por qué no te
veo?
—Me he quedado abajo.
—¿Quieres subir?
—No, ¡te espero aquí!
Qué extraño. Bueno, por lo menos ya sé dónde está.
Bajo los cincuenta pisos. El ascensor chirría.
Sambulo me ve enseguida. Soy el único blanco de la zona
y, por lo tanto, fácil de identificar. Él, en cambio, pasa desapercibido. No es ni alto ni bajo, ni flaco ni gordo. Lleva el
pelo corto, cubierto por una gorra, y barba de tres días. Viste
con un polo, pantalones sencillos y una bolsa de bandolera.
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Me sonríe y me da la mano como lo hacen los sudafricanos
negros: encajándola de distintas maneras durante un buen
rato y, después, chocando las espaldas.
Ya es mediodía, es hora de ir a comer. Nos pedimos una
hamburguesa con patatas y un zumo de fruta en el primer sitio que encontramos del centro comercial.
Sambulo estudia ingeniería electrónica pero me dice que
le gustaría dedicarse exclusivamente a hacer de DJ. «Empezó
como una afición, pero ha ido creciendo. Soy el único de mi
familia obsesionado por la música. Bueno, mi madre canta en
el coro de la iglesia, pero no creo que cuente», bromea.
Pincha música africana, pero también tiene CD de Brasil, de Cabo Verde y de Francia. Se ha creado un nombre en
la ciudad, en la town, y las sesiones le sirven para pagarse los
estudios. «Soweto es mi casa, pero me gustaría tener un pie
en los dos sitios. Lo que me molesta es la gente que gana mucho dinero y que va al township a presumir. Esto nunca lo
haría.»
Mientras hablamos, no deja el móvil tranquilo. «Soy un
loco del SMS», me confiesa. Tiene un teléfono viejo y permanentemente bloqueado. Tiene que marcar el pin para cualquier acción. De este modo, si le roban, se asegura de que sólo
puedan aprovechar la carrocería.
Le pregunto por su familia. Me dice que son zulúes pero
que en la escuela, además de inglés, le enseñaron afrikáans, el
holandés de los colonizadores. No le dedicó mucha atención,
porque sabía que era una lengua impuesta. De pequeño vio
cómo, en la escuela, los niños aprendían a cuidar un jardín, y
las niñas, a cocinar: por si algún día iban a trabajar en casa de
un blanco.
Aun ahora, las escuelas sudafricanas segregan blancos y
negros. Parte del pasado persiste. Pero Sambulo prefiere no
ensañarse. «Soy sudafricano y me siento orgulloso de esto.
Conocer la historia me ha indignado. Pero, ¿qué debemos hacer? ¿Revivirla constantemente? ¿Quedarnos con esto? Hay
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una nueva generación de jóvenes que quieren dar todo esto
por superado.»
Ya tenemos la hamburguesa y las patatas entre pecho y espalda. Llega la camarera preguntando si queremos algo más.
Le decimos que no y nos responde con una sonrisa de franquicia.
Le pregunto a Sambulo por qué Sudáfrica es uno de los
países del mundo con la tasa de VIH más alta. Estamos en un
país con 5 millones y medio de portadores del virus, lo que
significa el 18% de los adultos. Dice que es culpa de la desinformación. «Hay jóvenes que aún creen que si tienes sexo
anal no hay peligro de transmisión. Muchos de mis amigos
están bien informados, porque en la escuela les insistieron.
Pero no todo el mundo ha tenido la misma suerte.»
Me parece sincero.
—Ey, ¿vamos al Shivava? —me dice cambiando de tema.
—¿Shivava? —El nombre me evoca un paraje mágico, lejos de cualquier preocupación, un pequeño oasis.
—Es donde empecé como DJ.
—¡Por supuesto!
El Shivava está muy cerca. Sólo hay que cruzar andando
una zona que la guía de viaje prohíbe explícitamente. Acompañado de Sambulo tengo menos miedo.
De camino, me cuenta su ilusión de los últimos días. Un
inglés encontró su contacto por internet y le quiere ofrecer
trabajo en España.
¿Cómo? ¿Inglés? ¿Trabajo en España? ¿De qué? ¿Así, directamente? Le advierto que me parece misterioso, que en
Europa hay crisis y que los contratos en origen han menguado. Pero él está fascinado con la propuesta. Quiere arriesgarse, por elevado que sea el riesgo. Quizá será la única opción
que tendrá de salir y conocer mundo.
Me deja escuchar el mensaje que ha recibido en el contestador de su móvil, para que lo compruebe yo mismo. La calidad
de sonido es pésima y la voz se entrecorta. Consigo entender a
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un señor que promete arreglarle los papeles para que vaya a
trabajar a España. Me ofrezco a Sambulo para hablar con el
tipo y comprobar que la oferta sea de verdad. Pero no le podemos devolver la llamada, la hizo desde un número oculto.
Sospechosísimo.
Le advierto de que puede entrar en un juego peligroso. Le
pego un rollo de todo lo que he leído sobre mafias, tráfico de
personas, engaños e indefensión. Pero, ¿por qué motivos tendría que creerme? Tampoco nos conocemos de hace tanto...
Las calles por donde pasamos son inhóspitas. Venir solo
sería temerario. No debe de haber ni un blanco a unos cuantos kilómetros a la redonda y los negros que nos cruzamos
van a paso ligero.
Sambulo sólo se para un momento, para señalarme la placa de una calle. Es la que está dedicada a Miriam Makeba, una
de las cantantes más populares del país.
Desembocamos en un extenso solar árido y solitario, poblado sólo por hierbajos que el olvido ha dejado crecer.
Al final, hay un edificio en ruinas. En un cartel de madera
abandonado se pueden leer unas letras rojas de tipografía exótica, de chiringuito de playa polinesia.
SHIVAVA CAFÉ.
¡Es aquí!
—Aún no había vuelto desde que cerraron. Se ha degradado muy rápidamente —me confiesa emocionado—. Hace
más de diez años que hago de DJ y aquí me hice un nombre.
Lo petábamos cada noche.
Inspira profundamente.
—¿Y por qué lo cerraron? —pregunto.
—Detrás hay un laboratorio científico. Querían ampliar
las instalaciones y compraron el local por mucho dinero. Lo
van a tirar en breve.
Deambulamos por las ruinas del local. Me explica a qué
corresponde cada vestigio, cada trozo de pared, quiere hacerme revivir unas noches mágicas que no tenían fin.
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—Hoy justamente abrimos el nuevo Shivava, que es donde estaré de DJ residente a partir de ahora —me suelta rascándose sobre la gorra—. ¿Me acompañarás a la inauguración?
Sabe que me muero de ganas.
—Antes, pasaremos por casa, a buscar los discos. Así te
enseño un poco Soweto.
Noto un subidón de adrenalina: ¡Soweto! Un símbolo de
la resistencia negra. Uno de los distritos segregados con más
relevancia histórica y política del mundo. El gueto donde durante muchos años ha vivido la población negra y pobre de la
ciudad. Uno de los puntos más calientes del país en los años
setenta y ochenta. Un barrio que aún marca el ritmo vital del
país y que intenta superar sus traumas.
Está a 30 kilómetros del centro, Johannesburgo es inmenso. En especial para los negros, que no tienen coche y se desplazan en furgonetas.
«Evita las “combis”, son muy inseguras, siempre hay accidentes —me alertaba un blanco—. Dan una vuelta de campana y se mueren las veinte personas que hay dentro. Los conductores son unos temerarios, hay batallas internas. Si
desconoces sus códigos te vas a liar, puedes tener problemas.»
Un negro me explicaba lo contrario: «Son uno de los mejores ejemplos de esfuerzo comunitario. Cada conductor es
propietario de su vehículo y todos trabajan conjuntamente siguiendo unas rutas y unas normas. Son muy baratas y encuentras por toda la ciudad. ¡La gente se desplaza así!»
La terminal es caótica. Decenas de personas suben y bajan
de las furgonetas sin ningún tipo de lógica aparente. No hay
carteles, ni megafonía, ni ventanillas de información, ni horarios... Sólo furgonetas de color blanco y gente anunciando de
viva voz las rutas.
Pillamos una de las que va a Soweto. Sólo quedan vacíos
los dos asientos de delante, así que arrancamos enseguida, con
un motor ensordecedor.
Llegamos a las afueras. La buena carretera se interrumpe y
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enfilamos un camino polvoriento. El sol de media tarde nos
ilumina. En la furgoneta se hace el silencio, y Sambulo, una
minisiesta.
Soweto es una inmensidad de casitas de distribución espontánea y multicolor que se extiende anárquicamente. Algunas están mejor construidas. Otras, directamente, son chabolas. No destaca ningún edificio, no se intuye el centro... Viven
de dos a cuatro millones de personas.
Sambulo despierta antes de llegar.
—¡Bienvenido a Soweto! —exclama de golpe—. Y, sobre
todo, ¡no te asustes! Hay gente que vendrá a saludarte. Pero
es porque están muy contentos de verte. No te preocupes,
¿entiendes?
—Pues claro... —respondo sin verlo nada claro.
La furgoneta nos deja en una calle tranquila. Nada más bajar nos damos cuenta de que ha desaparecido la calma tensa, el
desasosiego de la ciudad. Pero no podemos respirar tranquilos
del todo, nos acabamos de convertir en el centro de atención.
Nos asedian decenas de miradas curiosas. Soweto es un barrio
visitado por turistas, sí. Pero no acostumbran bajar del autobús ni de los todoterrenos blindados. Siguen rutas establecidas y sus pies sólo tocan el suelo para visitar fugazmente un
taller artesanal, una ONG o comprar cuatro souvenirs.
Sambulo vive con sus padres. La casa tiene jardín y un vallado a su alrededor. Es el domicilio de una familia humilde
pero digna. «Ahora estamos bien, pero la mayor parte de mi
vida he dormido sin cama. De pequeño pasaba las noches en
la mesa de la cocina. Después en el suelo, compartiendo habitación con mis hermanos.»
Sus padres están en el comedor. Nos dan la bienvenida
con los brazos abiertos. Son dos jubilados venerables. Nogoma tiene 84 años y Rebecca 64. Nogoma respira débilmente,
envejecido más de la cuenta por culpa de un cáncer. Rebecca
es vigorosa, enérgica, me abraza con todas sus fuerzas. Están
emocionados de recibirme, ¡y tendría que ser al revés!
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Rebecca me pregunta dónde hemos aparcado el coche.
Empezamos a reír. Cuando le contamos que hemos venido en
«combi» ni se lo cree. «Un blanco en “combi”, ¡imposible!»,
exclama alterada.
Hoy es la primera vez que se presenta un blanco en su
casa.
Es una mujer religiosa y practicante, cristiana como el
75% de los sudafricanos. «El nombre de mi hijo proviene de
la Biblia. Significa “revelación”», y acto seguido pasa a recitarme, de memoria, el pasaje del evangelio que lo confirma.
«Mamá, ¡déjalo en paz!», espeta Sambulo de camino a su
habitación.
Rebecca se me acerca para hablar bajito, en un tono de
confidencia. «Estos días estoy muy preocupada. Sambulo
quiere irse a España. Ha recibido una oferta y se ve...» No ha
terminado la frase cuando Sambulo entra de nuevo en el comedor y nos pilla hablando. Levanta la cabeza para mirarlo y
le dice en voz alta que está sufriendo, que sabe que reclutan
inmigrantes aprovechándose de sus ilusiones...
Sambulo se arregla, se cambia de ropa y aparece con dos
maletas a tope de CD para la sesión de esta noche. La madre me
invita a visitarlos otro día con más tiempo. «¡Estaremos encantados de volver a saludarte!» Nos damos un fuerte abrazo.
Al salir nos encontramos con unos primos de Sambulo
que vienen de visita. Llevan a su hija en brazos. Tiene un añito y unas trenzas preciosas. Cuando me ve rompe a llorar con
todas sus fuerzas.
Me sirve para recordar quién soy y dónde estoy.
«Es la primera vez que ve un blanco tan de cerca», me dicen aguantándose la risa.
«Le debo de parecer horroroso», suspiro.
Y empiezan a reír.
Sambulo y yo salimos disparados. Es de noche y nos fundimos en la oscuridad. Sólo hay un poco más de claridad en la
carretera, donde subimos a una furgoneta.
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«Me gustaría comprarme un coche», me dice a medio camino, encajados entre otros pasajeros. Le entiendo perfectamente.
Al poco rato, Johannesburgo aparece en el horizonte. Son
millones de pequeños puntos de luz brillantes. Sambulo mira
por la ventana de la «combi», y no sé si es la ilusión óptica,
pero me parece que sus pupilas también brillan. Se aferra a
dos maletas. Para muchos sólo serían una colección de cedés,
pero para él es un pequeño tesoro.
Llegamos a las 8 de la noche al barrio de Newtown. La
furgoneta nos deja en una calle solitaria y tétrica.
«Shivava está cerca, no te preocupes.»
No hay tránsito, sólo se intuyen siluetas en la oscuridad.
Medio oculto, en una esquina iluminada por una farola
solitaria, aparece el nuevo Shivava.
Dos «seguratas» vestidos de paisano nos invitan a entrar
en un local de techo alto, elegante, recientemente decorado.
En el escenario, una banda de jazz con dos cantantes negras exuberantes ultiman las pruebas de sonido. El propietario del local viene a recibirnos. «¡Hoy es nuestro primer día!
A ver si se anima...»
Sambulo se prepara. Abre las maletas y curioseo: Andy
Palacio, Mimi Ntenjwa, Louie Vega, Kerfala Kante, Thandiswa Mazwai... Los músicos de jazz abandonan el escenario
y Sambulo pincha a Salif Keita para crear ambiente... Se ha subido el cuello del polo y se ha puesto serio.
Le pregunto qué quiere beber. Me dice que limonada con
limón.
Sí, se ve que existe.
Me dirijo a la barra. Poco a poco van entrando nuevos
clientes. Negros, todos negros. Es jueves por la noche, esta
ciudad debe de estar pasándoselo bien. Y aquí, por qué no decirlo, no se está nada mal.
«Dos limonadas con limón, ¡por favor!»
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2
Calma en Maputo
Leonardo. Informático. Maputo (Mozambique)
18 de septiembre de 2008
Pip-pip, pip-pip, pip-pip. El móvil suena. Es hora de levantarse.
Rueda de autorreconocimiento.
Me palpo para comprobar si me ha picado algún mosquito. Parece que no. Tengo suerte.
Las ventanas de la habitación están cerradas y todo está
oscuro.
Enciendo la linterna para poder salir de la mosquitera sin
sufrir ningún percance.
Dirijo la luz a las otras camas de la habitación para comprobar si aún queda alguien dormido. A ver... Uno, dos, tres,
cuatro... siete, ocho, nueve! Las nueve camas están vacías.
¡Todo el mundo ya está fuera! ¡Soy el último! Ayer, antes de
entrar a dormir, escuché un grupo que planteaba irse a la playa. Deben de haber salido todos a la vez y muy temprano.
Con los días que llevo compartiendo habitación con desconocidos he aprendido a dormir profundamente. Los tapones
de espuma son providenciales.
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Enciendo la luz de la habitación.
Busco la maleta para decidir qué me pongo. No tardo mucho, no tengo muchas opciones. Opto por la combinación aparentemente más elegante: la camisa de cuadros y unos pantalones largos desmontables, que se pueden convertir en cortos.
Abro las ventanas y las puertas para ventilar la habitación.
Me ducho, desayuno, me tomo una pastilla para la malaria y
me pongo repelente para los mosquitos como si fuera colonia.
¡Listo!
Espero que Leo sea puntual.
Busco mi cartera y compruebo si llevo dinero. Tengo
unos cuantos billetes locales: meticals con dibujos de elefantes,
leones y rinocerontes estampados. Es la cara salvaje de Mozambique, bien distinta de Maputo, la capital, donde estoy
ahora.
Es la hora, pero Leo todavía no ha llegado. Lo esperaré en
la entrada del «hostel». Así aprovecho para saludar a los guardas. El albergue donde duermo tiene lo más básico. La ducha,
por ejemplo, es un simple tubo de agua fría colgado del techo.
Pero hay tres hombres vigilando la puerta de entrada, día y
noche. Por algo será.
Luce el sol y la temperatura es tropical. Los vigilantes
conversan animadamente a la sombra de una acacia majestuosa. Les pregunto si me puedo incorporar y me ofrecen una silla de plástico:
—¿Taxi? ¿Adónde quiere ir? —me preguntan enseguida.
—No, gracias, viene a buscarme un amigo.
—¿Por qué?
—Para dar una vuelta por la ciudad.
—¿Eres brasileño? —dicen al detectar un acento portugués extraño.
—¡No! ¿De dónde dirían que vengo?
—Uy, no sé... —El juego no les hace mucha gracia.
—¡De Barcelona!
—Ah... Allí tienen un buen equipo de fútbol, ¿verdad?
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—Sí, ¡claro! ¿Ustedes tienen un buen equipo en Maputo?
—Uy, sí, pero son muy malos. Los buenos enseguida se
van a jugar al extranjero. El gobierno debería apoyar más el
fútbol...
—¿El fútbol? ¡Pero si esta calle está llena de agujeros!
—espeta otro de los guardas.
—Ya... —asienten todos.
—Debe de haber otras prioridades... —sugiero.
—Sí, el problema es que todos los políticos son unos corruptos. El único país democrático de África es Sudáfrica. En
el resto de los países, los gobiernos se eternizan en el poder y
no hay quien los eche.
La tertulia se anima justo cuando Leo llega. Ha sido bastante impuntual. Se disculpa y me saluda con una sonrisa de
oreja a oreja.
—¿Damos una vuelta por Maputo? —me propone.
Es un chico alto, negro, redondito, de facciones relajadas
y voz grave. Va prácticamente rapado al cero y lleva una camisa de cuadros como la mía.
Me siento en el lugar del copiloto. Me pregunta qué quiero visitar. No tiene ni idea de dónde podemos ir: ¡nunca ha
hecho turismo en su ciudad y no sabe qué vale la pena conocer! Saco la guía de viaje que siempre llevo conmigo y enumero los nombres que veo en negrita en las páginas de Maputo.
Me dice que ya se imagina una ruta.
Leo tiene 25 años y es informático, técnico de redes. Trabajó durante cuatro años en Vodacom, una de las principales
empresas de telefonía móvil del sur de África. Tenía un muy
buen sueldo, unos 1.500 dólares. Hasta que se cansó, dice, y
lo dejó. Ahora hace tres meses que busca trabajo, sin éxito. Por eso puede compartir conmigo todo el tiempo del
mundo.
Le digo que conduce bien y empieza a reír.
«¡Este coche es de un amigo! ¡El que tenía antes lo destrocé en un accidente! ¡Me he cargado ya cuatro!» Caray. «En
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Mozambique se conduce muy mal, y las carreteras están muy
dejadas.»
Maputo podría ser una de las capitales más hermosas de
África si las colonizaciones y las guerras no le hubieran pasado factura. La ciudad está formada por largas avenidas con
palmeras, calles y callejuelas en dirección al mar. Se intuye la
marca de los portugueses, la ciudad me recuerda Lisboa. Pero
también hay influencias tropicales, africanas y, sí, comunistas.
Queda rastro de la época en que el país se sovietizó, con edificios enormes que recuerdan los de la antigua Unión Soviética y, aunque cueste creerlo, calles con nombres como Mao
Zedong, Karl Marx, Ho Chi Minh y Lenin.
Maputo es una capital poco capital, mucho más reposada
y habitable que Johannesburgo. Pero igual o más pobre. Muchas personas deambulan por las calles sin dirección. Algunas
viven de pedir limosna. En el primer semáforo en que paramos, me parte el corazón un niño de 8 o 9 años que se nos
acerca mendigando. Leo abandona su posado de bonachón
por un momento y le lanza un «Vete a la escuela!». Su tono
me sorprende.
—Perdona, hoy no es mi día. Tengo problemas con mi
novia —se disculpa de inmediato.
Llevan cuatro años juntos, pero está complicado. Resulta
que muchos mozambiqueños compran los coches de segunda
mano en Japón. Leo dio 2.000 dólares a un amigo para que
fuera a comprarle un Toyota: 1.000 por el coche y 800 por el
transporte. La novia, animada por las condiciones, le dio
2.000 dólares más por otro coche... El mediador ha desaparecido y ambos se han quedado sin dinero.
—¡Ana Lisa está muy enfadada! —exclama preocupado.
Leo nació en una familia numerosa de Maputo, y tuvo que
encontrar su camino entre seis hermanos. Trabajando en Vodacom conoció a Ana Lisa, cuatro años mayor, responsable
de una tienda de móviles. «Vivimos separados, yo tengo un
piso en el centro de la ciudad. Somos muy diferentes. Yo qui— 34 —
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siera tener un hijo y después casarme. Ella, al revés. A mí me
gusta la tranquilidad hogareña, ella prefiere ir a una discoteca.
Aun así nos llevamos bien.»
Llegamos al corazón de Maputo. Paseamos un rato por la
Praça da Independência, donde se encuentra una fortificación
y un mercado. Damos una vuelta por el Museo Nacional de
Arte, donde encontramos una decena de cuadros mal colgados en unas paredes blancas deprimentes. Nos llama la atención un óleo lleno de color y energía. Es de Malangatana, uno
de los mejores pintores del continente.
En un momento agotamos la Maputo turística. Nos miramos el mapa que me han dado los del «hostel», para buscar
otro punto de interés. Leo le da un vistazo y se asombra: ve
marcadas las zonas «peligrosas» a evitar, especificando a qué
horas. Se echa a reír: «¡Mozambique es mucho más tranquilo
que Sudáfrica o Brasil, de verdad! ¡Son unos exagerados!» Me
da la sensación de que si se siente seguro es porque es negro y
hombre, pero si fuera blanco, chica o turista, esto cambiaría.
Aunque... ¿y si es el miedo de Sudáfrica que todavía me domina?
Se nos hace la hora de comer y me invita a un Kentucky
Fried Chicken. ¿Lo habrá escogido para quedar bien conmigo? Yo preferiría algo más tradicional...
Después de comer, subimos al coche en dirección a uno de
los barrios más humildes de la ciudad, Xiquelene, al lado del
vertedero. Allá nos espera otro Maputo. De la ciudad residencial y de arquitectura colonial, pasamos a las barracas, a
las calles sin pavimento y las acumulaciones de basura. Hay
en funcionamiento un mercado que parece improvisado. Se
vende sobre todo ropa y zapatos de segunda mando. Es un terreno lleno de baches y enfangado por la lluvia. Las mujeres
visten con colores vivos y cargan grandes fardos en la cabeza.
Compran grano, candados, cabras, cabeceras de cama y pelucas. Las mercaderías se exponen directamente, encima de un
plástico o sobre algún soporte de madera.
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Pasamos por delante de una barbería y Leo me convence
para que nos cortemos el pelo.
Ahora que lo pienso, no me viene nada mal.
La barbería está en medio de un descampado, en una casa
minúscula que, en realidad, son cuatro paredes. Una ventana
permite fisgonear su interior. El barbero es un tipo joven, enjuto, rapado al cero y vestido con bata blanca de médico. Pasa
la máquina por la cabeza de un cliente. Tiene muy cerca a un
muchacho de 15 años. Debe de ser el aprendiz, porque no le
quita ojo.
Es un espacio único con poco más que una mesilla y un
par de sillas. Cuelga de la pared un espejo triangular, agrietado. Todo está sucio y deteriorado: las revistas, las tijeras, la
botellita con alcohol... Los peines están ennegrecidos y los
pinceles parece que nadie los haya tocado en meses. Las paredes están por remozar y la instalación eléctrica es precaria.
—Perdona, ¿nos podemos cortar el pelo? —pregunta Leo.
—Sí —responde el barbero sin parar la máquina.
—Vengo con mi amigo. ¿Cortas también el pelo a blancos?
—Sí —añade sin mirarnos.
—Pero, ¿has cortado alguna vez el pelo a un blanco? —le
pido.
—Humm... Sí.
—¿Seguro? ¿A cuántos? —duda Leo con una sonrisa.
—Una vez corté el pelo a un indio.
—¿Pero nunca a un blanco?
—Bueno... a un blanco no —confiesa mientras a Leo y a
mí se nos escapa la risa.
—No hay problema, ¡no pasa nada! —respondemos al
unísono.
—Cortar el pelo a un blanco es más difícil —nos advierte
haciendo un movimiento ondulante con la mano derecha—.
Vale el doble.
—Ah sí, ¿cuánto es?
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—Veinte meticales —responde. Y yo hago el cálculo mental, no llega a medio euro.
—OK, de acuerdo, ¡pero hazlo bien!
Empieza por Leo. Hay poco riesgo, ya está casi rapado,
cada quince días se hace pasar la máquina.
Me los miro y pienso que ellos dos, a pesar de formar parte de la misma generación y vivir en la misma ciudad, son
muy diferentes. Leo lleva un móvil de última generación, se
mueve en coche y habla portugués, inglés y un poco de francés y español. El barbero, en cambio, tiene lo mínimo para
cortar pelo y sólo habla shangaan.
Mientras él procede, Leo y yo nos ponemos a charlar. Surge el tema de la magia negra. Leo, a diferencia de muchos mozambiqueños, es escéptico. «Hay quien recurre a curanderos,
sobre todo las mujeres cuando quieren atraer un hombre, o
perjudicar a una compañera de trabajo... Yo paso de esto y de
la religión. Todo lo que consigo es por haberlo trabajado, no
porque haya intercedido nadie.»
Por la ventana vemos pasar una criatura de unos 5 años
que transporta un bidón de agua que pesa más que él. Le cuesta avanzar. Estamos en las afueras de la ciudad. Esto es el sur
del sur. «A los que viven en el centro les gusta salir de noche y
tener un buen coche, son todo fachada. Aquí hay gente trabajadora, que no engaña.» ¿Gente trabajadora? «Sí, no es ningún subterfugio. Siempre pienso que, si tienes manos, piernas
y estás bien de salud, no eres pobre. Porque ya tienes la manera de cambiar las cosas.»
Leo ya está. Se ha quedado bien pelado. Falta dar el último paso: rociarse la cabeza con alcohol. Lo hace él mismo,
aunque pone cara de pasarlo mal.
Ahora me toca a mí. Me siento en la silla de las víctimas.
Noto al barbero un poco tenso, quizá porque no le veo sonreír en ningún momento. Coge las tijeras de una manera extraña, como si fuera a defenderse de algún ataque. ¿Le causo
respeto? ¿Sabrá cómo hacerlo?
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Veo que guarda las tijeras, coge la máquina y empieza a
cortar sin pedirme cómo lo quiero. No debe de contemplar
muchas posibilidades. Me abandono a mi suerte.
Un par de vecinos se asoman a la ventana, curiosos. Cierro los ojos y me relajo: será lo mejor. Me concentro en el sonido de la máquina. En la radio suena un blues interminable.
Cuando abro los ojos de nuevo, estoy rapado casi al cero.
Me miro en el espejo y no me gusto, pero al precio pagado, ¿quién se puede quejar?
A la mañana siguiente, nos vamos a bañar a una piscina
que Leo tiene localizada en un complejo de apartamentos de
lujo. En la entrada, como soy blanco, nos dejan pasar sin preguntarnos nada.
El interior es un paraíso artificial, con una piscina azulada
de agua cristalina y servicio de caipirinhas en la tumbona...
Ideal para tomar el sol. Me embadurno de crema solar para no
quedar frito. Leo me asegura que no le hace falta. Que siempre ha vivido aquí y nunca ha tomado pastillas contra la malaria ni se ha puesto repelente para los mosquitos.
En un momento olvidamos Mozambique, la pobreza, los
problemas... Nadamos de un lado a otro de la piscina, tomando el sol y charlando con las vecinas de al lado.
Compartimos confidencias como si fuéramos viejos amigos. Conversamos sobre la muerte de su padre, líos amorosos, relaciones familiares, la tele y el cine... Incluso teorizamos sobre la descarga de películas. En las cuestiones
importantes, somos muy similares. En pequeños detalles,
muy diferentes. Por ejemplo, yo no le puedo invitar a visitarme. Si todo sigue igual, él nunca se podrá pagar un billete de
avión a Europa. ¿Por qué yo sí y él no?
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Por la noche, nos vamos a cenar con Ana Lisa, su novia.
La recogemos en su trabajo y nos dirigimos al Mercado del
Pescado de Maputo, donde van a cenar de vez en cuando,
cuando la ocasión lo merece y el bolsillo lo permite.
Mientras cruzamos la ciudad en coche, Lisa hace balance
de su jornada laboral. Habla muy bien inglés, estudió cuatro
años en Estados Unidos y aún conserva el acento yanqui.
Todo va bien hasta que una patrulla de policía nos detiene.
Aquí son unos indeseados, tienen la fama de buscar sobornos
a toda costa. Por suerte, sólo nos piden la documentación y
nos dejan seguir. Cuando nos alejamos, Leo respira aliviado.
«En Mozambique vivimos en paz, y eso ya es muy importante. Pero este país todavía tiene que evolucionar, empezando por la policía, que es muy corrupta. Supongo que, dentro
de unos años, convertiremos Mozambique en un gran país.
Aunque seguramente políticos y policía seguirán igual...»
En la entrada del Mercado del Pescado hay mucho movimiento: gente que se encarga de «aconsejar» a los conductores
dónde aparcar a cambio de unas monedas, niños que mendigan... Salimos del coche y un enjambre de vendedores nos rodea con cámaras de fotos de segunda mano, enchufes, relojes,
gafas, frutos secos, artesanía y DVD piratas.
Entramos en el mercado y los vendedores ambulantes se
retiran. Ahora son los que venden pescado los que requieren
la atención. Tienen la mercancía extendida dispuesta en mesas, sin hielo ni muchas protecciones, fresca, llegada del mar.
Hay peces grandes y de colores exóticos que todavía se mueven. Conozco los camarãos, la lagosta y poco más.
«Tener el mar cerca es genial...», me dice Leo mientras admiramos el pescado.
Ana Lisa se encarga de escogerlo. Ponemos la compra
dentro de una bolsa y la llevamos a un chiringuito cercano
para que nos conviertan el pescado que aún colea en peixe
grelhado.
La noche empieza bien...
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3
La familia swazi
Isabel. Ama de casa. Bhunya (Swazilandia)
22 de septiembre de 2008
Una furgoneta destartalada se detiene en la frontera entre
Mozambique y Swazilandia. El paso de un país a otro es un
puro trámite... La policía estampa sellos a discreción. La
aduana está en medio de la nada, en un punto indeterminado
donde un día alguien trazó una línea imaginaria.
Un fotografía gigante de unos niños sonriendo, vestidos a
la manera tradicional swazi, nos da la bienvenida a Swazilandia. Llegamos a un país que se puede cruzar en dos horas en
coche, donde vive un millón de personas olvidadas y, quizá
por eso, en paz.
—¡Buenos días! —me espeta un señor vestido de paisano.
—¿Es a mí? —disimulo, aunque sabiéndome el único blanco de la furgoneta.
—¿Adónde se dirige?
—A Swazilandia, a pasar unos días.
—¿De visita?
—Sí.
—¿Mujer e hijos? ¿No viajan con usted?
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—No tengo —respondo—. Acabo de cumplir 25 años.
—¿Y qué?
—No sé... Por cierto, ¿usted quién es? —pido circunspecto.
—Soy policía.
—Ah, disculpe —espero no haberlo molestado.
—¿Me permite el pasaporte? —continúa.
—Sí, aquí lo tiene.
—¿De dónde viene?
—De Maputo.
—Usted es europeo...
—Sí.
—Ah, muy bien —me dice devolviéndome el pasaporte—. Estamos controlando las fronteras por si vienen terroristas islamistas. Nuestro país es amigo de Estados Unidos y
estamos amenazados.
El agente se retira con una sonrisa diplomática y da permiso al conductor para que continuemos.
Las furgonetas son el medio de transporte más popular de
África. En Mozambique les llaman «chapa» y, en Swazilandia, «combis», como en Sudáfrica. Aquí tampoco están claros
ni los horarios ni los recorridos, pero nadie se estresa. Es la
manera más económica de desplazarse, aunque al salir esta
mañana en Maputo ha habido duras discusiones sobre a qué
edad deben empezar a pagar los niños. Como la gasolina ha
subido de precio, los propietarios de las furgonetas tratan de
sacar todo el provecho que pueden.
Ya llevamos unas cuantas horas de viaje, y la furgoneta,
cargada hasta la bandera, lo nota. El motor se ahoga a cada
subida. El velocímetro no funciona, pero debemos de ir a
20 km/h. Circular lentos nos permite esquivar la fauna que
cruza la carretera. Por aquí podríamos toparnos, tranquilamente, un elefante, un león, una cebra, un ñu, un conejo, un
lobo, una serpiente o un impala.
Desde que hemos salido, ha subido y bajado mucha gente.
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Hay viajeros, como el joven que tengo a mi lado hombro con
hombro, que no se ha movido. Tiene pinta de tener algunos
años menos que yo. Me cuenta que trabaja en la compañía
eléctrica de Mozambique. Es simpático y hablador. Me ha dejado alucinado cuando me ha explicado que viajaba con la mujer, la hija y la suegra. ¡Pero si podría ser mi hermano pequeño!
Al otro lado, tengo un señor en sus cuarenta. Lleva una
camiseta roja con unas letras blancas que dicen: «One man,
one woman.» A medida que el trayecto avanza, voy dando
vueltas a la frase. «Un hombre, una mujer»... Será un defensor
del amor hetero? ¿O un «progre» que lucha contra la poligamia? En Swazilandia es legal y aceptada...
Llegamos a Manzini al mediodía, después de kilómetros
de naturaleza y montañas. Es, con 110.000 habitantes, la concentración más importante del país, junto con la capital, Mbabane.
El conductor nos deja en un solar con decenas de furgonetas que se dirigen hacia todas las direcciones. Tengo que encontrar la que va al valle de Ezulwini, donde voy a dormir.
Esto ya está hecho.
Swazilandia es una de las últimas monarquías absolutas
que quedan en este mundo. Quien manda es el rey, Mswati III.
Las elecciones, el Parlamento y la Constitución son cosmética
pura.
Nadie parece prestar mucha atención a la vida pública
swazi. El país sólo aparece en los medios de comunicación
una vez al año, por la Umhlanga, la «danza de los juncos»,
que se celebra entre finales de agosto y primeros de septiembre. Es una celebración que reúne durante una semana a todas
las jóvenes solteras y sin hijos. La foto que da la vuelta al
mundo es la danza que todas estas mujeres ofrecen al rey.
Aparecen con cabello corto y vestidos tradicionales multicolor. Todo muy fotogénico.
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Para las adolescentes, ésta es su gran ocasión de pasarlo en
grande y hacer nuevas amistades. Las más pobres se aseguran
comer tres veces al día durante una semana. Para los swazis,
es una señal de afirmación nacional y un modo de educar
a sus jóvenes. Para los expertos, es una de las celebraciones
tradicionales africanas mejor conservadas. Para muchos occidentales, es el «morbo» de ver 50.000 chicas cantando y
bailando frente a su rey con los pechos al descubierto; preguntándose si el monarca escogerá una nueva esposa de entre
las presentes, y recordando que la escogida podrá negarse.
Aunque no escoja una chica nueva cada año, el rey actual
es polígamo: tiene 14 esposas y 40 vástagos. Una cifra insignificante en comparación con su antecesor, Sobhuza II, que se
casó 73 veces y tuvo 300 hijos.
El otro motivo por el cual se conoce este trocito de mundo es más bien desgraciado. Aquí se da el índice de personas
con VIH más elevado del mundo, entre un 30 y un 45 % de la
población, aunque es difícil precisar la tasa con exactitud. La
esperanza de vida gira en torno a los 30 años, la más baja del
planeta. Sin embargo, aún circulan algunas leyendas falsas,
como la que asegura que un enfermo de sida puede curarse si
tiene relaciones sexuales con una virgen.
Por suerte, a pesar del drama, los swazis no pierden el
buen humor. Lo verifico al conocer a Bongani y preguntarle
cómo le va la vida. Me dice que más o menos, que fifty-fifty.
«Las cosas van como mi mano, la mitad blancas y la otra mitad negras.» Nos echamos a reír al instante.
Nos saludamos a la manera swazi: nos damos la mano derecha mientras, con la izquierda, aguantamos nuestro brazo.
Es la manera tradicional de demostrar que venimos en señal
de paz.
Bongani tiene 32 años pero parece más joven. Es flacucho,
menudo y vive con una sonrisa instalada en el rostro. Se le
nota de lejos que es buena persona. Es discreto en el vestir y
moderado con la palabra y el gesto.
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Su mujer tiene 25 años. Se casó ya hace nueve, y recuerdan
especialmente la noche de la boda porque fue la primera vez
que durmieron en una cama. Desde entonces, todo les ha ido
bien, aunque nunca hayan podido vivir muy cerca uno del
otro. «Cosas del trabajo», me dice.
Bongani trabaja en el valle de Ezulwini. Isabel y el resto
de su familia viven en Bhunya, una zona rural terriblemente
humilde. Son pocos kilómetros de distancia pero, sin coche,
se multiplican. Él sólo tiene un día de fiesta a la semana y aún
lo aprovecha para hacer otras faenas, así que se ven poco.
Quizás una o dos veces al mes.
Hoy, lunes, es uno de los pocos días que libra y puede ir a
visitar a su familia. Sube a una «combi» a primera hora desde
Ezulwini. Sólo encontramos un par de pasajeros leyendo el
periódico. Ha habido elecciones y repasan los resultados.
Bongani me señala el diputado que ha resultado escogido de
su zona. Está al día de lo que pasa, pero no votó. «No les tengo confianza —me confiesa—. Los políticos de Swazilandia
se olvidan de lo prometido al llegar al gobierno.» Eso me
suena.
Al cabo de un rato interminable, llegamos a Bhunya.
«El nombre significa “humo”: es la manera swazi con la
que los más viejos designan la zona», me informa Bongani. Y
«humo», ¿por qué? «La humareda viene de la fábrica que hay
aquí muy cerca, y su mal olor impregna todo el valle.» Es una
multinacional extranjera que produce pasta de madera y se ha
establecido en la zona, según dicen las malas lenguas, sin cumplir demasiadas normativas, atraída por el laissez faire de las
autoridades.
Al bajar de la «combi», Bongani me señala un camino de
arena escondido. Para llegar a su casa no existe posibilidad
de combinación de transporte público. Ahora toca andar.
Le preguntaría por qué no tiene coche, pero lo deduzco
cuando me dice cuánto cobraba cada mes en el trabajo anterior: lo que vale una cena para dos personas en Europa.
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El camino sube y nos regala cada vez más perspectiva.
Nos encontramos un grupo de casas muy precarias, algunas
erigidas con barro y ramas. Otras, con ladrillos de cemento y
arena del río... Hay mucho espacio vacío entre casa
y casa: ni farolas, ni contenedores, ni teléfonos, ni calles...
nada de mobiliario urbano. Como máximo, algunas familias
acotan su terreno con una discreta alambrada.
Por el camino nos topamos con grupitos de escolares uniformados. Me los quedo mirando y ellos a mí.
Les digo: sawubona, que es la manera de saludar en swazi.
Textualmente significa «te veo». Ellos me regalan una sonrisa
blanca.
«Mira, ¡allí está mi casa!», grita Bongani de golpe.
Es «su casa» a pesar de que el terreno no les pertenece. En
Swazilandia, gran parte de la tierra no se puede comprar ni
vender. Pertenece a la nación swazi y es el rey quien la administra a través de los jefes de cada zona. Si una familia quiere
establecerse en algún lugar, debe esperar a que le asignen un
espacio donde construir la casa y tierras para cultivar. En última instancia, la tierra nunca será suya y, si las autoridades
locales consideran que causan problemas, podrán ser desterrados.
Mientras me lo cuenta veo que los niños de la casa, al vernos, vienen a recibirnos corriendo. Ésta es una tradición
swazi, que los más pequeños salgan a recibir a los invitados.
Originalmente, era para comprobar si los visitantes traían
buenas intenciones.
La primera en interceptarnos es Tenele, la hija pequeña.
Tiene 5 años y es una preciosidad vestida de rosa y con chanclas azules. Sin pedir permiso, la subo a hombros.
Llegamos y nos recibe la familia de Bongani al completo:
primos, tíos, abuela, hijos... Estamos todos muy excitados.
Nos damos la mano y se echan a reír. Llega un momento en
que ya no sé quién es quién. Sólo tengo claro que, de entre todos, destaca la mujer más bella de la casa, Isabel. Tiene unos
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ojos grandes, labios prominentes, un cuerpo sinuoso... 25
años esplendorosos. Ni las chanclas de sus pies ni el estampado de la blusa consiguen restarle encanto.
Los niños y los hombres van todos rapados al cero. Isabel,
en cambio, luce unas trencitas delicadas, que acaban en un
moño descontrolado.
Bongani está contento de ser tan bien recibido.
«Hacía días que no venía por aquí... ¡Ni los perros me conocen!», dice, con algo de amargura.
Para escapar del gentío, entramos en su casa, que tiene las
paredes pintadas, a diferencia de las de muchos de sus vecinos. Nos aposentamos, fatigados del viaje, en el sofá de su salón. Hay pocos muebles y una tele encendida, aunque la señal
no llega bien. A pesar de las interferencias, logro intuir una
mujer vestida a la manera tradicional swazi: es la presentadora de las noticias.
Isabel y otra chica de la familia, Zamo, aparecen con vasos
de agua fresca para aliviar el calor. No debería beber nada sin
desinfectarlo con unas gotas bactericidas, fungicidas y viricidas, pero tengo mucha sed.
Las dos chicas están alteradas por la situación y Bongani
les pide que se relajen. Ellas sueltan tres palabras en swazi y
prorrumpen en risas. ¿Les parezco un extraterrestre? Debo
de ser una verdadera rareza en un rincón del mundo donde
son más habituales los albinos que los blancos.
Llegamos en una buena hora para comer. Nos traen umngqusho, una sopa de color tenebroso con judías, tomate y pimienta verde. Zamo, la más extrovertida, me pregunta quién
soy y de dónde vengo.
Las presentaciones son un ritual indispensable en un país
tan pequeño: se deben evitar las bodas entre clanes próximos. En mi caso, no hay ninguna posibilidad que seamos de
familia directa o indirecta pero, igualmente, quieren saberlo
todo.
«¿Tu país se parece a Swazilandia?», me preguntan.
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Hablo un rato hasta que me doy cuenta que todo lo que
digo suena excéntrico: no tener hijos, contar con tanto dinero y tiempo para venir de tan lejos, haber llegado hasta su
casa...
Pero, poco a poco, el bloque de hielo se funde y me voy
colando por sus grietas.
Les explico que me gustaría compartir su día a día, saber
cómo viven y, si es posible, echarles una mano. «¿Ayudarnos?
¿Cómo?», me preguntan. Los trabajos de hombres y mujeres
están claramente compartimentados en Swazilandia. Me
ofrezco para acompañarlas a comprar, para ir a buscar madera con ellas, para hacerles de pinche... Cuando termino de
contar mis buenas intenciones, se hace el silencio. Hablan un
poco entre ellas.
—¿Sabes hacer palomitas? —preguntan.
—Sí.
—¿Cómo haces las palomitas en tu país?
—Pues... —digo descolocado— las compro en bolsas en el
supermercado, las coloco en el microondas siguiendo las instrucciones del envoltorio, y salen al punto. Así de fácil...
Las dos se empiezan a reír. Con razón. Mi respuesta no
tiene ningún sentido. Hace pocos meses que ha llegado la
electricidad al vecindario y aún no disponen de gas ni de una
instalación de agua corriente digna.
—Aquí lo hacemos distinto, ahora lo verás...
Termino con lo que tengo en el plato y salimos del salón.
Hay una marmita negra requemada donde ponemos aceite y
maíz. La encendemos con un fuego de leña.
«Cada tarde, a esta hora, hacemos palomitas —me explican—. Son para vender mañana en una escuela que tenemos
muy cerca, durante la hora del recreo.»
Dentro de la olla, empiezan a oírse unas explosiones amortiguadas. Pop, pop, pop...
Alrededor de la marmita se reúnen unas gallinas, unos perros demasiado flacos y un cerdo que se revuelca por el suelo
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viciosamente sin parar. Hay expectación, los niños de la casa
tampoco le sacan los ojos de encima.
«Va, ya podemos abrir», dice Isabel al cabo de un rato.
Apaga el fuego y exhibe una marmita repleta de palomitas, a punto para ser embolsadas. Están calientes y, de vez en
cuando, sale alguna disparada. Al instante, una gallina, un perro o un niño salen corriendo a cazarla. Bongani sirve unas
cuantas en un plato con un poco de sal... Y nos invita: ¡están
buenísimas!
Zamo quiere ir a buscar agua y me ofrezco a acompañarla.
Cargamos un barril en una carretilla y nos vamos hasta el surtidor de agua potable que hay a unos metros, y que podemos
utilizar gratuitamente.
Al volver, repartimos el agua en bolsas de plástico, mezclándola con azúcar moreno y colorante... Las guardamos en
el congelador... ¡y ya tenemos helados para vender mañana!
Todos se ponen a trabajar y yo me siento al lado de Isabel,
para poder preguntarle algo. Me explica que tiene dos criaturas, una de 9 años y otra de 5. Fue madre muy joven, a los 16.
«Cuando nos casamos, vine a vivir aquí, a casa de Bongani,
con su madre», me dice con gestos gráciles.
Bongani se mira el reloj y nos propone que continuemos
la conversación mañana, porque está oscureciendo y si no me
doy prisa no encontraré «combis» para volver. Él todavía se
quedará un rato más: tiene que hacer unas pequeñas reformas
en la casa. No me hago de rogar, me parece lógico que se quede solo con su esposa, teniendo en cuenta que sólo se ven una
o dos veces al mes.
Al día siguiente, Bongani trabaja y tengo que ir a casa de
Isabel por mi cuenta. Me informo bien del recorrido. Hay
que coger una «combi» hasta el mercado de Mahlanya y, desde allí, otra hacia Bhunya. La primera furgoneta está bastante
vacía, sólo ocupada por el conductor, otro viajero y un revi— 49 —
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sor muy simpático que me da conversación. Incluso me indica algunos puntos de interés. «Ésta es Execution Rock», dice
cuando pasamos por delante de una montaña conocida por
ser el lugar donde ejecutaban a los criminales. «Le tengo mucho respeto», me asegura todo misterioso.
Por las ventanas abiertas entra un aire fresco que hace el
trayecto más agradable. Me quedo un tanto perplejo cuando
el revisor simpático me pregunta, de sopetón, si tengo mujer
e hijos: «Es que te puedo presentar a mis hermanas, son muy
bonitas...»
Hoy, Isabel está aún más atractiva. Viste con falda como
ayer, pero esta vez es de cuadros de colores. La combina con
una camiseta negra y un gran sombrero de paja que la protege
del sol. Zamo me saluda desde la distancia. Lleva pantalones y
se protege con una sombrilla. Como ayer, no paran de reírse y
cuchichear cosas en swazi.
La cuestión es que ya estamos los tres preparados para ir a
vender.
«Venga, vamos, que llegamos tarde!», me dicen.
Casi son las diez y media de la mañana, la hora que empieza el recreo en la escuela adonde vamos. Cargamos con todas
las bolsas de lo que vamos a vender. Ellas, las palomitas y
unos cereales de arroz crujiente con chocolate. Yo, las bolsas
de plástico congeladas que ahora son polos de fresa. A ver si
tenemos éxito y lo vendemos todo.
«¡Con las neveras y la sombrilla parece que vayamos a la
playa!», les digo.
Y vuelven a reír.
Yo también... hasta que me doy cuenta de que he dicho
una gran tontería: Isabel y Zamo saben que las playas y las
piscinas existen... ¡pero no han estado en ninguna! Como
tampoco han ido nunca al cine, ni al teatro, ni han tocado un
ordenador...
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Opto por callar y contemplar las áridas montañas que nos
rodean. Enseguida llegamos a un edificio que según me dicen
es la escuela. Está construida con lo mínimo, sin vallas, ni carteles, ni caminos asfaltados, ni pasos cebra, ni coches. Está
aislada, es una escuela rural de verdad.
Nos instalamos en la explanada que les sirve de patio y colocamos el material sobre manteles.
Al rato aparece una anciana, de unos 60 años, preparada
también para vender. Va cargada con las mismas cosas: polos,
palomitas y los Choco Krispies. Pero también naranjas, buñuelos, pan frito y unos pastelitos muy básicos.
Se saludan, se ven cada mañana. Son buenas amigas más
que competencia.
Suena el timbre del patio y los alumnos salen disparados.
Hace calor, pero van todos uniformados, con faldas, ellas,
y pantalones, ellos. Es la manera más fácil de distinguir los niños de las niñas, porque es una escuela de primaria y van todos rapados para prevenir los piojos.
En un momento estamos rodeados de decenas de criaturas. Me examinan con extrañeza, como si fuera un gorila blanco. Un primer niño da un paso adelante y compra una bolsa
de palomitas. Vale medio lilangeni, céntimos, una miseria. Los
otros, cuando me tienen visto, le imitan y se vuelven a jugar.
Me voy a sentar con la mujer de la parada contigua. Me
asegura que hace bastante tiempo que viene a vender a esta escuela. La pensión no le da para nada y tiene que espabilar. Es
sudafricana y vino a Swazilandia al casarse. Tiene cinco hijos
y, además, todos trabajan. «Bueno, el quinto se fue con Dios
cuando tenía 20 años. Pero los otros cuatro están muy bien»,
me detalla.
Mientras la escucho se me acerca una mano diminuta.
«Good morning, sir. Have a nice day, sir.» Es una niña que se
ha atrevido a saludarme. Nos damos la mano y, enseguida,
sale corriendo como un rayo hacia su grupo de amigas. Cuando las miro se mueren de la risa y escapan corriendo.
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Me viene a saludar otra niña. También rapada y con uniforme. Me pregunta en inglés si me va todo bien. ¡A ésta la
conozco! ¡Es Temabhele, la hija mayor de Isabel!
Al dar las 11, suena el timbre y los niños desaparecen.
Volvemos a quedar solos en el patio. Las tres están contentas
porque han vendido bastante. Ahora hay que recoger el sobrante, despedirnos de nuestra «competidora» y desandar el
camino.
Esta vez caminamos más ligeros, pero, como no hay prisa,
más despacio.
Así que tengo más tiempo para distraerme. Me doy cuenta de que la casa más cercana a la de Isabel está deshabitada.
Me dicen que el propietario murió joven hace poco. Les pregunto de qué enfermedad, pero recibo el silencio por respuesta.
En una exhalación llegamos a casa. Zamo va a hacer sus
cosas, e Isabel, a cuadrar las cuentas. Desenvuelve el paquetito donde guarda todas las monedas. Las coloca sobre la mesa
y las empieza a contar una por una. En total, suma 60 lilangeni, que en Europa no sería suficiente ni para comprar una entrada al cine. «¡Qué bien!», espeta contenta.
Desde que la he conocido no ha dejado de sonreir.
«Estoy muy a gusto viviendo en el campo, la vida es más
asequible. ¡En la ciudad, en Manzini o Mbabane, no podríamos pagar ni el alquiler! Lo único que echo de menos es a
Bongani —se sincera—. El trabajo nos separa, pero quiero
ver crecer a Temabhele y Tenele juntos. Esto me importa mucho. Supongo que es porque en mi casa éramos siete hermanos y casi nunca vi a mi padre...»
Para Isabel, la familia representa mucho. Entre sus hijos,
su economía de subsistencia, el hecho de que las «combis»
ofrecen servicios muy limitados y de que todo le queda lejos...
Isabel no sale de la comunidad. «¡Pero estoy muy bien, aquí!
De vez en cuando, encendemos una buena hoguera con los vecinos y nos pasamos la noche charlando. O me quedo hasta el
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atardecer mirando la tele o leyendo la Biblia. Soy creyente y
voy a menudo a la iglesia que tenemos cerca.»
Le propongo ir a Manzini, donde suelen hacer sus compras grandes, así podemos comer juntos y la ayudo con los paquetes. Me mira con cara de espanto, pero me parece que tiene
ganas.
«Vale, sí, ¡buena idea! ¡Me ducho y nos vamos a Manzini!», resuelve contenta.
La espero fuera, donde los más pequeños de la casa juegan
con un tapón de plástico atravesado por un hilo. También
ronda por allí Zamo, con ganas de charlar. No se cree que
haya llegado de tan lejos sólo sabiendo un poco de inglés.
«¿Seguro que cuando hablamos swazi no nos entiendes?», me
pregunta.
Al cabo de poco llega Isabel, ya duchada. No sé ni dónde
lo ha hecho ni cómo, pero ha ido muy rápida. Lleva una falda
llena de pliegues, más urbana que las otras. Nos despedimos
de los niños y nos vamos otra vez a través del camino que
conduce hasta la carretera.
Ahora que empieza a haber confianza, intento hablar con
ella de política. Vive en un país gobernado por un rey que,
desde el exterior, tiene fama de déspota. «Lo mejor de Swazilandia es que tengamos rey», me contradice. «Es uno de los
puntos fuertes del país. A veces veo por la tele esos países con
políticos... ¡Ya se ve venir, que no pueden ir bien! Mi familia
vivía en Mozambique pero, por todas las guerras que había, se
tuvo que trasladar a Swazilandia.»
¿Y ya le parece bien a Isabel que los hombres adinerados
puedan casarse con tantas mujeres como puedan mantener?
«Eso no me gusta, pero entiendo que las mujeres tengamos
menos derechos que los hombres. Si dispusiera de los mismos
derechos que mi marido, no lo podría respetar.»
Eso sí que no lo entiendo.
«Tampoco me gusta que personas del mismo sexo puedan
casarse», añade.
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En Swazilandia, gays y lesbianas están perseguidos por
ley, aunque en la vecina Sudáfrica los matrimonios entre personas del mismo sexo sean legales. En ambos países, cualquier
tipo de muestras de afecto en público está mal visto.
Llegamos a la carretera y cogemos la primera «combi» en
dirección a Manzini.
La ciudad es fea pero está bien surtida de comercios y vendedores espontáneos que ofrecen naranjas, galletas, móviles,
chicles, anacardos, CD piratas y huevos. Lo que sea. Isabel
quiere comprar maíz para vender a los niños de la escuela en
los próximos días.
«Con las palomitas ganamos poco dinero —me confiesa—. Ahora lo que quiero es ahorrar y, a la larga, abrir una
cuenta en el banco. Quiero hacer todo lo que esté en mis manos para conseguir un futuro mejor para Temabhele y Tenele.» Entre sus deseos también figura el conseguir un domicilio
propio, que no sea el familiar. «Y, si podemos, mi sueño sería
empezar un negocio, una tienda para ganarnos la vida.»
Seguro que, si ella quiere, la próxima vez que nos veamos
lo habrá conseguido.
«¿Vamos a comer?»
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