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JIMMY SULLIVAN

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JIMMY SULLIVAN
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JIMMY SULLIVAN
IAN CROSS
TRADUCCIÓN DEL INGLÉS
DE LUCÍA BARAHONA
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Pueden pensar que me importa, y así fue una temporada,
pero ya no. Mientras ocurría, y durante algún tiempo después, me importó tanto que estuve a punto de volverme loco,
pero ahora no. Nada de nada. Eso sí, puedo recordarlo todo.
No es que no me importe porque se me haya olvidado. ¡Vaya
si me acuerdo! Soy capaz de recordar cada segundo, o casi
cada segundo, y por la noche en la cama le doy vueltas sin parar porque no puedo evitarlo, y además tengo que reconocer
que me gusta hacerlo… Pero eso no significa que me importe.
Supongo que para mí todo este asunto es como ir al dentista, o al menos así es como yo me siento cuando voy al dentista. Muy nervioso y preocupado y asustado, pero una vez
estoy sentado en la silla y el torno lleva un rato perforándome,
no siento nada: solo estoy ahí sentado pensando en que si el
dentista empezara a cortarme en pedacitos, me daría igual.
Soy como uno de esos soldados que reciben condecoraciones
y como los gánsteres de las películas. Parece absurdo que diga
esto, yo, que vivo en un sitio como este, con las monjas dando
vueltas por todas partes, con los rezos, la iglesia, la confesión,
la comunión y todas esas tonterías. Lo que quiero decir es que
puede parecer estúpido que un chico como yo diga que se
siente así, pero yo sé cómo me comportaría en una guerra o
en una pelea de gánsteres. Es una pena que en un país como
Nueva Zelanda no tengamos realmente guerras ni tiroteos y
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que haya que atravesar medio mundo para encontrar ese tipo
de violencia. Por un lado te chocas con el Polo Sur, que no
sirve, y por el otro tienes que volar por encima del mar hasta
bien pasado Australia antes de encontrar batallas que merezcan la pena. Pero incluso aunque pueda resultar absurdo que
un chico diga que se siente así, yo sí sé cómo me comportaría
en una guerra o en una pelea de gánsteres. Lo sé, simplemente
lo sé. Sé que no me importaría un pimiento lo que pudiera
ocurrirme, y sé que disfrutaría disparando y pateando a mis
enemigos, sin que me importara un bledo lo que ellos intentaran hacerme a mí.
Incluso ahora, con solo trece años, soy lo bastante espabilado como para ser el cabecilla de los demás chicos, y eso
que algunos tienen casi quince. Cuando me peleo, lucho hasta
el final, y tendrían que matarme antes de que yo los dejara
en paz. Tendrían que matarme o rendirse, porque nada de
lo que me hicieran conseguiría detenerme, a menos que me
mataran. Por ejemplo, la pelea con Ray Brown. No dejaba
de pegarme, porque es más fuerte, pero es un blando, y al
verme la cara llena de sangre lo que en verdad quería hacer
era parar, aunque siguiera peleando. Volvió a pegarme, pero
en realidad no quería seguir y empezó a tener miedo de que
yo siguiera luchando y de que todo me diera igual, aunque
ni siquiera hubiera sido capaz de rozarlo y estuviera hecho
un asco. En cuanto quiso parar, aunque siguiese peleando,
le agarré las mejillas con las dos manos para desgarrárselas.
Entonces se asustó de verdad y yo le sacudí más de lo que él
me había dado a mí. No soy nada fanfarrón, pero si luchara
contra un hombre sería igual. Para ganarme tendría que matarme. Noquearme no le serviría de nada, porque en cuanto
me recuperara volvería de nuevo a la carga, sin importarme
las veces que me hubiera noqueado. Iría tras él durante se-
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manas y meses hasta que se rindiera o me matase. Y no me
importaría un comino. De nada le serviría romperme los brazos o las piernas o cualquier otra cosa, porque incluso así lo
perseguiría.
Como ya he explicado, soy el cabecilla de por aquí, y realmente no hay broncas. También me llevo bien con las monjas
porque se me dan bastante bien los rezos y todas esas chorradas, y aunque la pelea con Ray Brown fue muy sonada,
eso fue hace un año y ya está olvidado. Se me dan bien las
oraciones porque hay que hacerlas, y yo, como no tengo casa
ahora, necesito este sitio para mi educación y todo eso. Tener
una educación es importante, y a mí me gusta aprender. Es
más, aunque he dicho que todas estas oraciones y comuniones y confesiones son estúpidas, en realidad no me fastidian.
No se puede ser inteligente todo el tiempo. Por cierto, también soy muy inteligente, el primero de la clase, y sé que las
monjas están encantadas conmigo. Siempre he sido muy listo.
Pero estaba hablando de religión. ¡Pues anda que no soy listo,
como que tengo mis propias ideas sobre la religión! Si fuera
a por Dios, también a él podría machacarlo, a no ser que él
me matara a mí. Y, conociendo a Dios, no querría matarme, y
ahí lo tendría yo en bandeja. Sería el Papa, le gustase o no, y
vaya cómo hablaría entonces a la gente sobre Dios sin que él
pudiera impedírmelo. Menos si se me matara, claro.
No me molesta en absoluto hablar de mis padres, porque
me da igual. Pero, para que se hagan una idea, les hablaré de
cuando solía importarme. Por entonces yo tenía once años.
Voy a tratar de ordenar todo en la cabeza, armar algo parecido a una historia, para que me entiendan. No me importa
contarlo, aunque nunca antes lo había hecho, porque sé que
me da igual y no me molesta pensar en eso, de hecho me alegro de hablar, sobre todo porque no me importa.
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Recuerdo que ese día volvía caminando a casa con papá
y él iba diciendo: «A casa vamos, a encontrarnos con nuestra
cariñosa esposa y madre, un nuevo asalto en el campeonato
mundial de pesos pesados». Entendí a lo que se refería, pero
no dije nada y él siguió hablando:
—No te gusta que beba. ¿Verdad que no?
Tiene gracia. Ahora que lo pienso, eso fue justo después de
lo de la bici. Joe Waters y yo habíamos estado jugando con su
bici aquella tarde cuando vimos a papá subir por la carretera
camino a casa desde el trabajo. Papá era bastante guapo, y
fuerte, pero no era grande (mamá era más grande que él), y
tenía un brazo tullido que bailoteaba cuando caminaba deprisa. Aquel día iba con su bailecito. Nuestra ciudad, Raggleton,
la que está allá abajo junto al mar, era un lugar grande, no un
pueblo en mitad del campo. Tenía un hotel de dos plantas,
dos barberías y un cine donde ponían películas dos veces a la
semana. Debían de vivir más de mil personas. Papá trabajaba
en la oficina del comité del puerto, y una vez me dijo:
—No he tenido éxito en la vida, hijo.
—Yo creo que eres mejor que mucha de la gente de aquí,
papá —le repuse—. Todos los días te arreglas para ir a trabajar, por ejemplo, y muchos otros no.
No entendió lo que quería decir con eso, y ahora me doy
cuenta de que realmente él estaba hablando de otra cosa. Y la
verdad es que, pensando en lo que pasó, en lo que fuera que
ocurriese, no fue ningún éxito, aunque no me importa. De
todas formas, yo estoy igual de bien.
La bicicleta. Estábamos jugando con ella mientras papá
subía por la carretera. Yo no tenía bici y siempre había querido una, así que se la quité a Joe y preparamos un numerito
en el que yo bajaba pedaleando muy deprisa por la carretera,
hacia Joe, soltaba los pedales, ponía las manos sobre el sillín y
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con impulso saltaba hacia atrás para caer más o menos de pie.
Joe tenía que agarrar la bici.
En aquellos momentos sí que me importaba, no confundan cuando hablo de cómo me sentía entonces con cómo me
siento ahora. Tan solo estoy recordando mis propios sentimientos cuando hablo de este modo, igual que puede recordarse cualquier otra cosa.
El caso es que mis sentimientos en ese momento eran bastante buenos, de eso estoy seguro, porque cuando papá abrió
la boca se volvieron muy malos. Al terminar el numerito ya
había llegado justo a nuestra altura.
—Tienes la cara muy roja, hijo.
Lo supe nada más oír su voz. Me sentí mal. No me gustaba
pensar en él ni en mamá, porque sabía qué ocurriría cuando
llegáramos a casa. Lo sabía muy bien.
Joe Waters dio la vuelta a la bici y se despidió:
—Me voy a casa. Hasta mañana, Jimmy. Adiós, señor Sullivan.
Papá se acercó a Joe y le dijo:
—Déjame enseñarte algo.
Tenía una vaga sonrisa en la cara, aunque parecía que no
era por nada en particular. Sonreía así cuando había estado
bebiendo y estaba de buen humor, a veces simplemente sentado en la gran mecedora del salón. No era tan grande como
la mayoría de los otros hombres, ni tan ancho, y sentado en
la gran mecedora, sonriendo sin motivo, parecía realmente
pequeño. De pie al lado de Joe parecía grande.
Corrí hasta ellos y dije:
—Papá, es hora de ir a casa.
—¿Cómo sabías lo que iba a hacer tu viejo? —me preguntó.
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Bueno, sabía que iba a montarse en la bici y a hacer el ridículo, y mientras me miraba debía de haber intuido qué era
lo que me tenía preocupado porque sonrió y dijo:
—Tienes razón, hijo. Vámonos a casa.
Mientras caminábamos hizo aquellos comentarios sobre:
«A casa vamos, a encontrarnos con nuestra cariñosa esposa
y madre», y luego me preguntó si me preocupaba que él bebiera. Aquí es donde realmente quería empezar la historia,
pero me he liado un poco con lo de la bici. Ya no me gustan
las bicis, por cierto, así que no se preocupen. Son útiles, lo sé,
pero reconozco que no me gustan demasiado. En cualquier
caso, ahí he perdido el hilo de la historia, que tendría que
haber empezado con papá borracho y con los dos yendo directamente hacia casa. Pero ahora que he mencionado a Joe
Waters, diré solo una cosa más sobre él: sus padres solían ir a
misa con él, y una vez al mes lo llevaban al cine. Yo pensaba
que aquello era genial, y la verdad es que me daba envidia.
Cuando pienso en el pasado, tengo muchas teorías sobre los
padres, por curioso que esto pueda parecer teniendo en cuenta mi historia y lo poco que me importa, pero tengo estas ideas
y pienso que podrían ser calificadas de científicas.
¡Caray!, decía que papá me estaba hablando de camino a
casa, y hasta aquí había llegado. Bueno, pues no contesté a su
pregunta sobre la bebida y él siguió:
—Te he estado observando, Jimmy, y sé que no te gusta
que beba. Pero escucha lo que te digo: cuando seas mayor
probablemente descubrirás que lo más decente que se puede
hacer en la vida es estar en el bar bebiendo con unos pocos y
buenos amigos.
Yo pensaba en lo que ocurriría cuando llegáramos a casa,
en cómo sería. Estoy tardando en llevarnos a mi padre y a
mí a casa lo mismo que me costaba entonces llegar a mí. Me
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acuerdo de que, antes de que empezaran los problemas, subía
a casa corriendo y, enseguida, lo único que quería era volver
a bajar. No olviden que en aquel momento no era tan mayor
como ahora, y así es como me sentía.
El caso es que llegamos a casa y yo entré antes que él y, por
supuesto, volvió a pasarme.
Entré y, aunque todo esto ya llevaba pasando bastante
tiempo, la verdad es que todavía confiaba en volver un día
a casa y que todo estuviera otra vez bien. Incluso recuerdo
que aquel día entré por la puerta con esa esperanza. Un niño
siempre tiene esperanza. Por eso son distintos a los adultos.
Cuando un niño espera algo, lo espera de verdad, pero cuando un adulto espera algo, es como si al mismo tiempo confiara
y no confiara. Como iba diciendo, entré en casa. Supongo
que lo que activó mis esperanzas fue el calor hogareño y ver
a Mamá cocinando inclinada sobre los fogones, tan grande y
afanosa.
—Ya hemos llegado —dije mientras los dos entrábamos
en la cocina.
—Lavaos las manos y a la mesa —dijo ella sin mirarnos.
Eso era porque papá estaba detrás de mí.
—Vuelvo en un segundo, mamá. Tengo tanta hambre que
me comería un caballo.
Esquivé a papá y salí al pasillo, cerrando la puerta de la
cocina tras de mí.
—Utiliza el toallero, jovencito. No la dejes tirada en el borde de la bañera.
Siempre estaba con lo mismo.
Nada más cerrar la puerta me di cuenta de que lo que realmente quería era ir al baño. Quería pero no lo hice. Tenía que
escuchar. La verdad es que yo era un tanto curioso. Siempre
tenía que escuchar lo que mis padres se decían el uno al otro,
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aunque sabía lo mucho que me afectaba. Sabía de qué iban a
hablar, y lo que me ocurriría, pero de todas formas me puse
a escuchar. Avancé un poco desde la puerta a la mitad del
pasillo y estiré los brazos hasta que mis dedos tocaron el papel
pintado que había en la pared de cada lado. Supongo que yo
era un bicho bastante raro. Aquel papel, tocarlo de ese modo,
era uno de mis trucos para sentirme protegido. Aún me gusta
el papel pintado, se lo aseguro, el estampado con diseños en
espiral.
Mamá llamó «cerdo borracho» a papá:
—Vas por ahí con el chico estando completamente borracho.
—Cállate, por el amor de Dios.
—Debería darte vergüenza.
—Sirve la comida y cierra el pico.
Soy capaz de repetir palabra por palabra mucho de lo que
se decían. La verdad es que tengo una memoria buenísima.
Al escuchar aquellas palabras me pasó otra vez. Sería algo
así como la cuarta o la quinta vez que tuve que usar mis trucos para protegerme. Mientras los oía hablar era capaz de
imaginarme el aspecto que debía de tener mi madre, porque
la había visto muchas veces así con mi padre. Estaría muy
alterada y con la cara roja, y miraría a papá de un modo que
me habría asustado, con un puño levantado a la altura de su
cabeza. Incluso desde el pasillo podía sentirla tan claramente
que era como si estuviera apretujada contra mí. Estiré los dedos hasta que mis uñas se clavaron en el papel pintado y, como
decía, volvió a pasarme.
El aire se enfrió, igual que había ocurrido las otras veces, y
se me pegaba a la piel, a los brazos, a las piernas y a la cara,
por todas partes. En un museo había visto una estatua de mármol de un hombre corpulento inclinado en posición de ir a
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lanzar algo, y lo que yo notaba me recordaba a él. Era como
si yo empezara a estar hecho de mármol. Mi corazón se puso
a latir tan fuerte que sentí una especie de sacudida. Sabía qué
era lo que tenía que hacer y logré llegar hasta el baño, aunque
casi no podía mover las piernas. Recé: «Dios te salve María,
llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre
todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús», y
abrí el grifo del agua caliente de la bañera y metí las manos
debajo. El agua caliente eliminaba la sensación de mármol a
medida que iba tocando la piel. Seguí rezando: «Santa María,
Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la
hora de nuestra muerte, amén», y mojé la toalla de la cara con
agua caliente y me la restregué por todas partes. Me quedé
empapado y hecho un asco, pero funcionó. Mi último truco para sentirme protegido era cantar: «Navidad, Navidad,
dulce Navidad, la alegría de este día hay que celebrar». Tenía otras canciones que las monjas nos habían enseñado en el
colegio, como Hail Queen of the Sea, y también It’s a Long Way
to Tipperary, que me la había enseñado mi padre, y también el
himno nacional. En momentos como ese solo tenía que cantar
alguna de estas canciones, la que fuese.
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