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Crecer con los hijos

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Crecer con los hijos
Crecer con los hijos
El interior de los niños encierra la sabiduría que moldeará los
tiempos venideros. No hemos de confundir la falta de
conocimientos infantil con la ignorancia, pues aquella permitirá que
los niños imaginen todo lo que los adultos no han acertado a
concebir y creen lo que los mayores siempre reputaron imposible.
Debido a esta misma ignorancia, el niño se extraña, se interesa y
anda detrás de todo lo que ya no causa sorpresa en el adulto.
Haruchika Noguchi
Una de las tareas mas apasionantes de esta vida es la crianza y formación de
nuestros hijos e hijas. Son nuestro legado. Personifican en toda su amplitud “la
posibilidad de”, mientras que nosotros como adultos que somos, queramos o
no reconocerlo, representamos como mucho la media posibilidad. Ellos están
de subida y nosotros de bajada. El futuro con todo lo que esto lleva implícito,
es de los niños y niñas.
Por todo ello resulta triste, cuando no indignante, que la crianza sea el patito
feo de nuestras tareas, que los guardemos-dejemos en espacios masificados,
que los instruyamos pero no los eduquemos, que entendamos más de fútbol y
de coches que de los hijos, más de técnicas de respiración que de criarlos.
Nuestros hijos e hijas son nuestra asignatura pendiente, la verdadera
oportunidad para crecer. Abogo pues, por una crianza gozosa, interesante,
llena de emoción y de sorpresas.
Dicho esto, pongámonos en marcha, comencemos a hacernos las preguntas
que guiarán nuestra intuición: ¿de qué modo realizar esta travesía que
llamamos crianza para llegar a buen puerto? ¿cómo poner todos los recursos
de nuestra inteligencia: capacidad de persuasión, espera, ternura, reflexión,
juego, resistencia, etc., para llegar frescos al final del trayecto? ¿quiénes son
nuestros hijos e hijas? ¿cómo podemos incrementar la comunicación con ellos?
Bien, querido lector o lectora, una vez que sabes de qué va el artículo,
comienzo pues.
De todo, menos indiferencia
Los hijos pueden enfadarnos, cansarnos, hacer que se nos caiga la baba,
aflorar la ternura que ya considerábamos enterrada en algún lugar recóndito
de nuestro corazón, o también asustarnos de cuánta irritación son capaces de
descubrir en nosotros. Pueden hacer que se acorte la respiración del maestro
Zen, o que se enerve el yogui. En fin, de todo pueden hacernos sentir. De todo
menos indiferencia.
Los infantes están llenos de ki, de energía fresca, son la medida más palpable
y fiable de cuán cerca o lejos estamos los adultos de una vida intensa. Ellos,
precisamente por su ingenuidad, son capaces de descubrir que somos gigantes
con pies de barro. Suelo decir en mis cursos para padres y madres, que formar
a adultos es, en comparación con la crianza, algo fácil y menos intenso, pues
los alumnos y el profesor o maestro han pactado tácitamente unos esquemas
que rara vez se cambian. Los niños no entienden de esquemas, todavía no. En
cierta ocasión un maestro de una práctica oriental me dijo que el único que le
había hecho dar un paso más en su búsqueda personal, después de veinte
años de práctica, había sido su hijo. Las expresiones de los niños están llenas
de intensidad, o la sabemos vivir y encauzarla o no, pues no hay esquemas
tácitos que mediatizan la vivencia. “Yo estaba instalado -me decía este
maestro-, en mi rol, yo era el maestro y todos los demás los alumnos, después
de años sabía estar y deduzco que no lo hacía mal, creo que he ayudado a
mucha gente en su búsqueda personal, pero esto, en el fondo, es una actividad
cómoda comparada con la crianza, pues casi ningún alumno cuestiona
seriamente a quien considera su maestro, precisamente porque éste simboliza,
acertadamente o no, su oportunidad para salir de la situación en la que está.
Esto que afirmo no es extraño, sucede en cualquier relación humana: con la
pareja, entre el psicoterapéuta y el paciente, con los amigos, etc. Sin embargo
mi hijo con su inocencia, desparpajo, salidas de tono, etc. me mostraba cuan
vulnerable era mi capacidad de percibir el ki, y te confieso que después me
sentía avergonzado ante mis alumnos cuando les hablada de la energía vital. A
veces, una tarde-noche con mi hijo era más intensa que 15 de días a 12 horas
diarias de retiro y meditación con mi maestro”. Desde luego esta persona supo
dar vida a su paternidad, supo encontrar un sitio -su sitio- ante aquella presión
y no eludir su deseo de cuidar. Conozco a otros que optaron por ignorar a sus
hijos y seguir siendo únicamente maestros.
Sin embargo, ésta es sólo una cara de la moneda, pues ser padres no significa
que ya no somos quienes éramos. ¿Acaso tenemos que abandonar todos
nuestros deseos al tener un hijo? ¿qué hacemos con nuestra necesidad de
realizarnos en el trabajo, con nuestros amigos, con nuestra pareja etc.? Es
evidente que todo este mundo íntimo hay que seguir teniéndolo en cuenta, no
se trata de olvidarlo o anularlo, sino de resituarlo junto con la nueva vida que
comenzamos, de poner a la crianza junto con las otras inquietudes que ya
teníamos y cultivarlas, dentro de lo posible, sin excluir a ninguna. Desde luego
algún precio habremos de pagar, pero acaso... ¿no pasa esto con todo? Si
tenemos pareja nos faltan las ventajas del soltero, si lo que queremos es
trabajar, dejaremos de tener todas las ventajas del estudiante, etc. Lo que
creo que es un error es hacer de los hijos una carga, que sean el punto por
donde se parte la cuerda. Es necesario pues aprender, porque la misma
intensidad de la crianza hace que no podamos seguir siendo los mismos, y
precisamente por ello, porque nos impide seguir sin mejorar, es por lo que hay
que tomar el toro por los cuernos.
Los padres se sienten perdidos
La mayoría de padres y madres se sienten perdidos a la hora de encarar la
crianza, pues la cultura que hemos creado no considera la formación de los
progenitores como algo imprescindible. Nuestros padres no nos enseñaron a
ser eso, padres o madres, y tampoco hay escuelas para aprender a hacer
interesante la crianza, (éste es uno de mis proyectos). Hemos creado una
cultura basada en promover la intervención paliativa: se apoya el parto en los
hospitales, el frío biberón en lugar de la cálida teta, a los pediatras, psicólogos,
etc., en lugar de una formación y cultura que nos ayude a saborear y realizar
la crianza.
Por ello, es en parte comprensible que con estas condiciones muchos padres y
madres se sientan perdidos, deduzcan que sus hijos son un rollo y no degusten
el mundo que traen consigo. Sin embargo, una vez que se toma la
determinación de criarlos, lo difícil se vuelve interesante, el miedo ante una
duda se convierte en un aliado que incrementa nuestra sensibilidad, una
enfermedad es una oportunidad para profundizar en nuestro acercamiento y
entrega. Sus juegos son una invitación a vivir la ternura, sus extralimitaciones
una ocasión para aprender la importancia de enfadarse. Se trata pues, de
tomar las riendas.
La Observación, la Reflexión, la Intervención:
los tres pilares de la crianza
Todo padre o madre no puede seguir siendo el mismo, los esquemas de adulto
no sirven para tratar con el mundo de los niños, pues ellos no hablan el mismo
lenguaje. Han de cultivar y solidificar los que, a mi modo de ver, son los tres
pilares que sostienen la crianza: Observación, Reflexión, Intervención. Estos
tres recursos de nuestra inteligencia creadora son imprescindibles no sólo para
la crianza, sino para cualquier actividad humana. Un buen padre o una buena
madre ha de aprender a observar, es decir a distinguir lo esencial de todo
aquello que percibe. También a reflexionar, pensar y reconsiderar los conceptos
desde los cuales vemos la vida. Y por último aprender a intervenir, para que el
niño en lugar de obedecer, descubra cuáles son sus deseos y cómo llevarlos a
cabo.
Cuidar la atmósfera y nuestras expresiones
Llamo atmósfera a un ambiente cotidiano que contenga la posibilidad de que el
niño pueda encontrar un espacio para comprender una determinada
experiencia. No propugno pues un ambiente costoso, ideal o falto de
problemas. La atmósfera que rodea al niño sotiene su crianza, es su cimiento.
Debido a que sus “sensores” todavía no están formados, los infantes no saben
discriminar determinados estímulos, y por ello todo lo indirecto le entra con
más facilidad.
Hemos de estar, por tanto, atentos a los ejemplos que les damos, a nuestras
actitudes, comportamientos con nuestra pareja, con los amigos, etc.
¿Son los niños adultos en pequeño?
Uno de los errores más frecuentes en la crianza es tratar a los niños como si
no fueran eso, niños. Así, con toda nuestra buena intención, podemos robarles
su infancia permitiendo que entren en el mundo de los adultos cuando todavía
no lo son. Por ejemplo cuando se les permite estar presentes en las
discusiones con nuestra pareja o con algún amigo, cuando vemos películas que
pueden confundirle, o hablando delante de ellos de temas que son susceptibles
de ser malinterpretados. La razones que se aducen para mantener esta actitud
no tienen ninguna consistencia, son proyecciones de nuestra propia
inseguridad. Por ejemplo se aduce que es para que no se sientan marginados.
Un niño no se siente marginado por ser niño, es más, al apoyar su niñez
impidiendo que entre en el mundo de los adultos, ritualizamos su crecimiento y
por lo tanto su capacidad de aprender a responsabilizarse y cuidar de los
demás. Así llegado el momento oportuno, podemos decirle: “hoy puedes estar
delante, pues ya te estás haciendo una mujer/un hombre” . Parece evidente
que del mismo modo que un niño de tres años no puede asir o lanzar una
pelota con soltura, debido a la falta de desarrollo en su aparato locomotor,
tampoco puede asimilar estímulos psíquicos que requieren una estructura
conveniente. Hemos de tener cuidado con nuestras buenas intenciones, pues
podemos ocasionarles mucho daño inmediato o a largo plazo, al hacerles
precózmente viejos.
El arte de persuadir
En otros momentos, igualmente con la mejor intención, queremos que
comprendan algo y lo único que hacemos es calentarles la cabeza. Estos días
presencié la siguiente escena: una madre le decía a su hijo de unos cinco años
que no comiera más helado, pero el niño insistía, la madre tratando de que lo
entendiera sin tener que reprimirlo, sólo se le ocurrió explicarle que: “los
helados tienen unos bichitos que cuando llegan a la barriga se hacen grandes y
entonces se te hincha, se te hincha y... fíjate lo que te puede pasar”. El niño,
con los ojos de par en par, espantado seguramente por la imagen de su barriga
llena de bichos, tragó saliva, mientras miraba intermitentemente a su madre y
al helado, sintiendo probablemente que se le estaban helando las entrañas.
Reivindico pues persuadir en lugar de convencer o imponer. La persuasión no
implica lucha, sino comunicación con la otra persona de tal modo, que ésta se
ponga en movimiento por sí misma.
En fin, por todo lo que hemos visto parece claro que nuestros hijos reflejan
cuán poco nos conocemos. Por ello, ante las OPCIONES de vivir la crianza
como si fuera un lastre, o de vivirla a medias, simplemente cumpliendo, parece
más inteligente, aunque a veces sea más incómodo, tomarla como una
oportunidad para mejorar, para descubrirnos y posibilitar que nuestro hijo
saque lo mejor de sí.
Si tomamos esta última opción hemos estar atentos a no reproducir los
cuestionables esquemas que nos aplicaron nuestros padres, o por el contrario,
a no reaccionar yéndonos al lado opuesto, es decir a comportarnos con
nuestros hijos consintiéndoles todo, incapaces de decirles basta, etc. De vez en
cuando estaría bien recordar que Educar no es guiar a los hijos según como
sople el viento, el universo o lo que sea, es acompañarlos y orientarlos en su
crecimiento para que descubran sus limitaciones y potencialidades, para que
sepan vivir sus fracasos y aciertos, para que llegados a adultos su corazón siga
latiendo con ilusión, para que puedan ver -como dice J. A. Marina- una salida
donde todos los indicios muestran que no la hay. Y esta tarea, no sólo nos toca
cumplirla como padres que somos, sino, además, hacerla interesante y llena
vida.
Quedan en el tintero, (en la actualidad en lugar del tintero, habría que decir en
el ordenador), otros temas apasionantes como son la vivencia de la
enfermedad y la salud, el regaño y el elogio, los celos en la pareja o con los
otros hijos, las mentiras, la rebeldía, los juegos, la imaginación, etc. etc., pero
démonos tiempo.
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