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Ernst Wagner, asesino y paranoico

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Ernst Wagner, asesino y paranoico
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA
Ernst Wagner, asesino y paranoico
Desde hace escasos meses podemos incluir entre nuestros libros favoritos la traducción española de la excelente monografía de Robert Gaupp, El caso Wagner (Zur
Psychologie des Massenmords. Hauptlehrer Wagner von Degerloch, 1914)1. Esta publicación rellena un profundo vacío del saber psicopatológico que nos permitirá adentrarnos en
el estudio de una forma singular de paranoia caracterizada por el paso al acto criminal y la
edificación tardía de un delirio de ser plagiado. Concurren en este caso algunos elementos
típicos de la estructura paranoica, como son la certeza inquebrantable, la búsqueda de una
estabilización mediante el recurso a la escritura, la arquitectura del sistema delirante sostenida en el pilar de la significación personal mórbida (krankhafte Eigenbeziehung), la
infatuación personal extrema, el sobrio alegato en favor de la responsabilidad de sus crímenes y las elevadas capacidades razonantes de su desdichado protagonista. Hay, no obstante, otros elementos esenciales en la infraestructura mental de Wagner a los que estamos
menos acostumbrados quienes nos hemos dejado arrastrar por las turbulencias de la paranoia de Paul Schreber, el más grande profesor de psicosis que se conoce2. Entre estos elementos caben destacarse la articulación entre los rasgos y síntomas depresivos y los paranoicos, la polaridad entre la inocencia paranoica y los autorreproches y sentimientos de
culpa, y la certeza primero sobre la pulsión («Soy zoofílico») y más tarde sobre el Otro
encarnado por Werfel el «plagiador» (Plagiator). Además de estas singularidades y quizás
por encima de ellas, una de las enseñanzas mayores del caso habremos de buscarla en las
relaciones de exclusión que parecen establecerse entre el pasaje al acto y dos de las formas posibles de estabilización: la escritura y la formación delirante (Wahnbildung); esa es
al menos nuestra particular lectura de la locura de este asesino y, al tiempo, paranoico. Sí,
nos parece que mientras Wagner estuvo reconcentrado en darle forma a sus primeras piezas dramáticas y ultimando la redacción de los tres tomos que componen su terrorífica
autobiografía pudo evitar por ello, y sólo por ello, la ejecución de los asesinatos en serie
cuya escrupulosa planificación había iniciado hacía más de un lustro. Durante todos los
instantes de todos esos años, para Wagner no existía otra cosa que la certeza sobre su zoofilía, que hallaba su expresión endofásica y consciente en el autorreproche que le causaba
tal indignidad y en el tormento de las autorreferencias patológicas provenientes de sus convecinos varones.
Ciertamente, Wagner no se mató porque era un cobarde, aunque lo pensó y casi estuvo a punto de hacerlo. A falta de esa solución quiso vengarse de los difamadores y segar la
1
Cfr. GAUPP, R., El caso Wagner, Madrid, AEN, 1998. El texto viene precedido de nuestra introducción
«Sobre el caso Wagner» y se cierra con el epílogo de F. Colina, «Las enseñanzas de Wagner».
2
Freud mismo, tras embriagarse con la lectura de las Denkwürdigkeiten schreberianas, no dudó en escribirle a C. G. Jung: «al igual que al maravilloso Schreber, al cual deberían haber nombrado profesor de psiquiatría y director de un centro psiquiátrico» (FREUD, S. y JUNG, C. G., «Carta de 22 de abril de 1910»,
Correspondencia, Madrid, Taurus, 1978, p. 367).
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Robert Gaupp
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA
vida de sus propios hijos para evitarles –así lo hizo saber en repetidas ocasiones– las desgracias insufribles que a él le habían tocado vivir por descender de una estirpe degenerada3. Se entregó así a la planificación puntillosa de los asesinatos y de los incendios, zambulléndose en un goce mucho más intenso que el que le reportaban las frecuentes borracheras de cerveza4. Al contrario que en la interpretación pergeñada por Gaupp y sostenida
en todos sus trabajos, cuando Wagner cometió los crímenes no estaba dominado por un delirio sistematizado sino por la preparación sistematizada del acto: «Cometí los hechos –reconoció en una de las primeras entrevistas con Gaupp– como quien recita una fórmula
aprendida de memoria». La sangre de sus hijos y de su esposa, el fuego y las balas que
arrasaron algunas vidas y granjas de los lugareños de Mühlhausen apaciguaron por completo su «poderoso impulso sexual». Pero Wagner nunca jamás se liberó de esas tormentosas autorreferencias a sus «delitos» sexuales, ni siquiera muertos algunos de los supuestos
difamadores. Evidentemente, arrastró con él esa verdad suprema que ponía en boca de sus
convecinos vejadores a todas las aldeas donde vivió y al manicomio de Winnental que lo
albergó los últimos veinticinco años de su vida. Los cuchicheos, los mugidos y los balidos
que escuchaba de boca de los pacientes y enfermeros del hospital persistieron hasta que la
tuberculosis lo mató en 1938. Junto con esas autorreferencias alusivas a su execrable goce,
el soberbio Wagner pasó sus últimos años sumido en un auténtico delirio de persecución.
Werfel, un afamado escritor, lo había tomado como objeto para componer uno de sus dramas, lo había plagiado no sólo en sus piezas dramáticas sino también en su secreto historial médico y judicial. Wagner, que tuvo a gala ser el primer afiliado al nacionalsocialismo
de Winnental y que se arrancó con algunos engolados panegíricos a Hitler, reconoció en
seguida que Werfel era judío. De ahí en adelante, el delirio de ser plagiado se decantó hacia la purificación de la lengua alemana del destructivo acoso semita.
Los crímenes
El plazo había expirado. Los preparativos estaban ultimados y los utensilios a punto.
El plan que se disponía a ejecutar había sido concienzudamente pensado una y mil veces
desde hacía aproximadamente un lustro. Sobre las cinco de la madrugada del 3 al 4 de septiembre de 1913, el maestro titular de escuela Ernst Wagner se dirigió a la alcoba conyugal blandiendo una porra y un largo y afilado cuchillo. Su esposa Anna, la hija del mesonero de Mühlhausen, dormía plácidamente sobre el lecho; la noqueó de un porrazo para
3
En una de las cartas remitidas al periódico Neues Tagblatt después de haber asesinado a su familia, el
maestro Wagner expresó en estos términos las razones esenciales de sus crímenes: «si hago abstracción de lo
sexual, soy de lejos el mejor de los hombres que he conocido. (…) A los niños nunca quise tenerlos, no quería
tener ni uno sólo. Cuando pienso que algún día hubiera podido irles la mitad de mal que a mí, considero que
muertos están perfectamente protegidos y a buen recaudo» (GAUPP, R., El caso Wagner, p. 150).
4
En octubre de 1909, cuatro años antes de cometer los crímenes, Wagner concluyó el primer tomo de
la Autobiografía con estas palabras: «Adiós, pues, vosotros que me habéis querido y detestado. No me voy de
buen grado, pero es preciso que me vaya. También es preciso que me lleve a los míos. Mi mujer podría seguir
con vida, pero ¿cómo podría yo matar entonces a los niños? Además, será mucho mejor para ella no sobrevivir
a todo esto. Mataré a los cinco por compasión» (GAUPP, R., El caso Wagner, p. 72).
Epicrisis del caso Wagner I
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evitar sus presumibles gritos y de inmediato la cosió a puñaladas. Una vez que estuvo
seguro de que ella no rebullía se dirigió al dormitorio de sus dos hijos varones Robert y
Richard, a quienes asestó repetidas puñaladas en los pulmones, el corazón y el cuello. A
continuación, por el mismo procedimiento sanguinario, asesinó a sus dos hijas Klara y
Elsa. La primera parte de su acto sistematizado había concluido tal cual había sido concebido. Antes de abandonar su domicilio cubrió con mantas los cinco cadáveres se vistió y
se pertrechó con unos garfios de hierro, sus tres armas de fuego y abundante munición.
Tras colocar una pequeña nota en la puerta para hacer creer a los vecinos que los Wagner
se habían ausentado por unas jornadas de Degerloch, montó en su bicicleta recién reparada para el evento y pedaleó hasta Stuttgart. Tomó allí un tren en dirección a Ludwinsburg
y prosiguió luego en bicicleta el tortuoso viaje hasta Groβsachenheim, donde echó al
correo algunas cartas5 y visitó a la familia de su hermano sin levantar la más mínima sospecha. Reemprendió nuevamente el camino y a eso de las once de la noche, como estaba
previsto, divisó finalmente la aldea de Mühlhausen, donde se proponía ejecutar el segundo acto de su proyecto criminal.
Después de haber inspeccionado nuevamente aquel terreno sobradamente conocido
y de haber intentado infructuosamente cortar las líneas del teléfono, se cobijó en un pajar
a la espera del momento propicio. Cuando así lo decidió, entrada la noche, ese «ángel
exterminador» comenzó a sembrar el terror incendiando algunos graneros. Con el rostro
cubierto a medias por un velo negro, el que había sido años atrás maestro del lugar prosiguió su terrorífica venganza por las calles de Mühlhausen. Los vecinos, que corrían asustados y perplejos a sofocar los incendios y a rescatar a su ganado, se convirtieron en presas fáciles para las balas de las Mauser del enlutado vengador. Vació las recámaras sobre
los lugareños que se pusieron a tiro, pero sus disparos no fueron indiscriminados pues sólo
iban dirigidos a los varones adultos. Algunos intrépidos lograron reducirlo a mamporros
antes de que volviera a recargar sus pistolas, o antes incluso que pudiera hacer uso de su
pequeño revólver. Sin que ninguno de los antiguos vecinos reconociera ese rostro bien
familiar, el pirómano y asesino yacía en el suelo malherido, sin conocimiento y con la
mano izquierda destrozada. Si algo le salvó de ser allí mismo ajusticiado fue que le dieron
por muerto. Advertida la policía de los hechos, se personó en el lugar un comandante,
quien decidió el traslado del yacente al asilo más próximo. Allí, una vez recobrada la
consciencia, Wagner advirtió que no hablaría hasta que fuera conducido a Vaihingen, sede
del Juzgado de Primera Instancia más próximo. La policía y el juez escucharon estupefactos las primeras palabras del asesino: la madrugada anterior había pasado por el cuchillo a
su propia familia y, dado que no había tenido oportunidad de suicidarse, le parecía legítimo que lo decapitasen.
5
Hacia finales de agosto de 1913, Wagner empaquetó sus escritos y redactó una decena de cartas que
no echaría al buzón de Groβsachsenheim hasta después de haber asesinado a su familia y encaminarse hacia
Mühlhausen para proseguir su venganza. Gran parte de dichas misivas tienen por objeto despedirse, otra está dirigida a la Caja de Pensiones de Stuttgart a fin de disponer el reparto de las primas de un seguro, otra al desconocido Profesor X. para solicitarle la publicación de sus obras, y dos al periódico Neues Tagblatt.
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Robert Gaupp
HISTORIA DE LA PSIQUIATRÍA
EI peritaje de Robert Gaupp
El profesor Robert Gaupp (1870-1953), especialista en la paranoia, formado con
Wernicke en Breslau y con Kraepelin en Heidelberg y Munich, fue inmediatamente reclamado en calidad de experto para informar a los Tribunales del estado mental del maestro
de escuela y dramaturgo Ernst Wagner. Su excelente peritaje compila un sinfín de informaciones provenientes de las entrevistas con el encausado, con sus allegados, colegas y
convecinos, así como del minucioso estudio de sus escritos. Las conclusiones de la reconstrucción e interpretación biográfica de los hechos nos perfilan los rasgos caracteriales de
la personalidad del asesino diagnosticado de paranoia: «La paranoia es una forma de alienación mental que va surgiendo poco a poco de la personalidad del enfermo y se desarrolla en el terreno de la degeneración. La predisposición patológica se manifiesta mucho
antes de la irrupción del delirio a través de una serie de síntomas»6. En este caso, los síntomas prodrómicos más destacados son: la hipersensibilidad innata, la irritabilidad afectiva, la autosuficiencia desmesurada, la tendencia a sentirse perseguido, los síntomas neurasténicos e hipocondríacos, el impulso sexual «anormalmente intenso» y las pesadillas
persecutorias infantiles.
Es mérito incuestionable del Prof. Gaupp haber conferido un papel preponderante en
la arquitectura de esta psicosis a las prácticas sexuales de su paciente, primero la entrega
incontrolable al onanismo y, más tarde, las visitas a los establos en estado de embriaguez.
Estas prácticas sexuales, a las que Wagner llamaba «delitos» (Verbrechen), despertaron en
el maestro no sólo el tortuoso sentimiento de culpabilidad sino la certeza de que sus convecinos varones conocían su indigno goce y se burlaban de él mediante incesantes habladurías: «Después de haberle dado muchas vueltas al asunto, me di cuenta de que no despreciaba a los otros. No más que ellos a mí. ¿Me habrían perseguido, si no, en todas partes? ¿Habrían tenido siempre mi nombre en sus labios: en la escuela, en el taller, en el mercado, en la taberna? La cosa llegó a tal extremo que, en cuanto se reunían dos, yo era el
tercero del cual se hablaba. La verdad es que el aire debió de espesarse tanto con mi nombre que hasta hubiera podido ensacarlo. Sí, os odiaba, creía despreciaros, y acabé por compadeceros…»7.
Treinta y un años antes del encuentro de Gaupp con Wagner, el psiquiatra silesio
Clemens Neisser había pronunciado precisamente en Breslau su célebre conferencia sobre
la krankhafte Eigenbeziehung. Este fenómeno elemental contenía para Neisser la esencia
completa de la paranoia, tanto en sus formas prodrómicas como en sus desarrollos más abigarrados. La significación personal mórbida había sido definida como un «proceso mental
defectuoso (que) se manifiesta en la manera de interpretar de los enfermos, al margen de
las emociones y sin saberlo ni quererlo, las representaciones ofrecidas a su conciencia
como algo especialmente relacionado con su propia persona (Beziehung zur eigenen
Person). La observación clínica nos enseña –continúa Neisser– que esto ocurre realmente
y sin excepciones, aunque no constantemente con la vivacidad indicada (…). La signifi6
7
GAUPP, R., El caso Wagner, p. 219.
GAUPP, R., El caso Wagner, p. 133.
Epicrisis del caso Wagner I
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cación personal mórbida falsea, de una manera totalmente inconsciente para el paciente,
tanto la percepción sensitiva como la reproducción, y se convierte así en fuente de sus procesos mentales, (…). El sistema delirante es, pues, un producto secundario de la enfermedad, gestionado en su engranaje, a menudo muy complejo, por un trabajo psíquico normal;
al contrario, la significación personal aumentada es la expresión psíquica inmediata del
trastorno patológico; es un síntoma patológico primario o directo»8.
Estas concreciones clínicas, junto con los apuntes de su maestro Meynert sobre el
delirio de observación (Beachtungswahn), llevaron a Gaupp a sentar las bases lógicas y
fenomenológicas que componen la arquitectura de la paranoia; la expresión máxima de
tales desarrollos llegaría con la obra de uno de sus más conocidos alumnos, E. Kretschmer
y su encomiable monografía sobre el delirio de relación sensitivo. Los trabajos de Neisser,
de Gaupp y de Kretschmer, entre otros, han sedimentado la línea más fructífera de investigación sobre la psicosis paranoica en la clínica alemana. Frente a ella, la posición
mayoritaria encabezada por Kraepelin negaba toda posibilidad de existencias a las formas
agudas y a las formas benignas o curables; aún observándose en la clínica, ninguna de ellas
debía ser englobada dentro del legítimo territorio de la paranoia. Gaupp no sólo defendió
estas formas sino que luchó con todas sus contribuciones en favor de la autonomía nosográfica de la paranoia frente al imparable crecimiento de la categoría esquizofrenia9. A
pesar del pavor y los recelos despertados en la población, Robert Gaupp se decidió en 1932
a presentar a Wagner en persona en el Congreso de Psiquiatría de Tubinga. Pretendía así
familiarizar a sus renuentes colegas con las formas de paranoia que lejos de evolucionar
hacia la esquizofrenia hallaban una cierta y duradera estabilización. En la próxima entrega trataremos de aclarar los pormenores de tal estabilización apelando a la función de la
escritura y a la función del delirio.
Consejo de Redacción (J. M.ª A.)
8
NEISSER, Cl., «Erörterungen über die Paranoia vom klinischen Standpunkte», Centralblatt für
Nervenheilkunde und Psychiatrie, 1982, enero, T. III, n.º 15, p. 3.
9
El texto que se traduce a continuación abunda en todas estas cuestiones diagnósticas y pronósticas de
la paranoia. Gaupp lo redactó a modo de epicrisis tras el deceso de Wagner; cfr. GAUPP, R., «Krankheit und Tod
des paranoischen Massenmörders Haptlehrer Wagner. Eine Epikrise», Zeitschrift für die gesamte Neurologie und
Psychiatrie, 1938, n.º 163, pp. 48-82.
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