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no tocar - Neurodrama

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no tocar - Neurodrama
ENRIQUE OLMOS DE ITA
RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
NO TOCAR
R E L A T O E S C É N I C O E N V O C E S V AR I AS P AR A
I N F AN TE S D E E N R I QU E O L M OS D E I T A
1
ENRIQUE OLMOS DE ITA
RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
B R E V E S N O TA S A L R I E S G O
La
intención
natural
de
esta
partitura
dramática
es
abrir,
dejar
ver
por
completo y sin alusiones que confundan, una realidad cotidiana de lo s niños de
hoy: el abuso sexual. Se piensa en una dramaturgia que acude al tema para
construir un par de personajes y desde ahí transitar una ficción, una historia
contemporánea.
Como
señala
Edgar
C h í a s 1,
hablar
con
los
niños,
supone
también
hablarles de lo que conocen y de lo que les interesa oír. Con y desde sus
referentes.
Suponer
que
se
pueda,
en
un
ingenuo
esfuerzo,
hablarles
de
moralejas edificantes cuando su conocimiento del mundo les permite seguir de
cerca guerras televisadas, innovaciones tecnol ógicas y barbarie comercial, es
a todas luces ridículo e inoperante. Si de verdad nos interesa un poco su
porvenir
y
orientarles
en
algún
sentido
hacia
la
posibilidad
de
elegir,
o
estimularlos a participar en los cambios que se imponen en una sociedad como
la nuestra, tenemos que hablarles sin concesiones ni tibiezas. En todo caso, el
más grande valor, quizá el único que nos resta y podemos fomentarles, es la
inteligencia. Limpiemos su mirada, hablemos con ellos, entonces, como los
sujetos que son, no insultemos su inteligencia ni subestimemos su sensibilidad
al respecto.
Acerca de la estructura, la obra prefiere la exclusión espacial en favo r
de un transito de la oficiante(es) con libertad en la escena. Se puede pensar
que se trata de un monólogo, o un relato a varias voces con dos actrices o más
(para indicar los incidentales). Dependerá de la percepción y de la inteligencia
del director para hacer los cambios necesarios en la voz de la actriz(ces) y
entender la estructura como una espiral, un continium de reflexiones, ideas,
diálogos y narración. Las voces del relato son varias. La distribución es la
misma de la que nos servimos para referir anécdotas, chistes o mentiras: se
1
El cielo en la piel. Edgar Chías. Anónimo drama (colección Escenaria). México. 2004, página 67.
2
ENRIQUE OLMOS DE ITA
RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
desarrolla una narración, con delicadas o torpes descripciones insertas de
sucesos, se encarna a más de un personaje que interviene en ellos, delineando
a
cada
uno
por
alguna
característica
específica,
y
se
tiene
tiempo
para
comentar lo que se cuenta, sin dejar de ser narrador, personaje y analista.
Sólo resta esperar que el joven p úblico reciba la obra como lo que es:
un testimonio para ellos, en su época.
Personajes:
Liz y María entre incidentales.
Tie mpo y lugar:
Hoy, en cualquier sitio más o menos urbano del mundo.
Nota:
La obra puede trabajarse como monólogo, relato es cénico a varias voces,
con dos actrices o como sea más conveniente la representación; incluso es
posible manipular muñecos o mar ionetas a par tir del trabajo de una o dos
actrices para simplificar el es fuerzo, o apoyarse en otros elementos que
puedan ser útiles para la puesta en escena.
Edad propuesta de los espectadores:
8 años en adelante.
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ENRIQUE OLMOS DE ITA
RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
Se propone, para situar la obra en el espacio, que la sucesión de cuadros escénicos permanezca
vinculada a un diseño del espacio casi desnudo, donde se privilegie el movimiento actoral y la
manipulación que pueda hacerse de los pocos objetos indicados.
PRIMER CUADRO
—Vamos corriendo. Ella es rápida. Pero yo puedo alcanzarla, cada vez soy más veloz. He estado
entrenando.
—Por lo menos que sea un empate. Ya casi llego, está muy cerca, no iba tan lejos. Más rápido,
piernas, más rápido. Ya casi...
—Y ella llega. Llega primero. Me gana. Apenas me gana. Casi la alcanzo.
—La próxima vez será un empate, ya verás, le digo entre jadeos.
—Ajá.
—Me sofoco. Respiro hondo, la nariz, la boca. Necesito aire.
—Nunca me vas a ganar.
—Nunca digas nunca.
—¿Eso qué?
—No sé, lo dice mi abuelo.
—¿Otra vuelta?
—Sí, pero sólo hasta el árbol porque ya estoy cansada.
—A mí me gusta decir la salida. Además así me aseguro que ella no se adelante.
—En sus marcas, listos... Fuera...
—Ahí voy. Ahí vamos. Veo fijamente el árbol. Ya casi, soy yo. Voy a ganar. Más aprisa, más aprisa.
El último esfuerzo. Ella está muy cerca. María siempre ha sido muy rápida. En las carreras es de las
mejores de todo el colegio. Pero yo casi, casi. Estiro la mano. Me acerco. Voy a tocar el árbol. Voy a
ganar. Ella también. Será un empate.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—María también estira el brazo.
—Chocamos. Me pega.
—Le pego. Sin querer.
—Creo que las dos tocamos el árbol, al mismo tiempo. Pero caemos.
—Se resbala.
—Estamos en el suelo. Me río. En realidad me quiero reír pero no me deja la respiración, el aire que
no llega. ¿Estás bien María?
—Ajá, dice ella.
—Desde el piso veo las nubes por encima de las puntas del árbol. Toco la tierra. La siento.
—Volteo a ver a María. Ella está sentada. Se lleva la mano a la boca. Un poco de saliva para la
rodilla.
—¿Qué te pasó?
—Pues me raspé...
—Qué bueno que hoy yo tenía pantalón y no vestido, como María.
—A ver, déjame ver qué tienes... A ver... tal vez te salga un poco de sangre...
—Sí, responde.
—A ver...
—¡No me toques!
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
SEGUNDO CUADRO
Aparece la niña Liz bajo luz tenue, pensativa, hasta que se decide a hablar.
—Y entonces, y justamente entonces fue cuando supe que tenía que hablar con mi mamá o mi tía, o
con alguien más. El abuelo, pensé.
—Se me ocurre que él puede ayudar.
—Ayudar, digo, porque esto no es cosa de todos los días. No es. Yo creí que se trataba de un asunto
distinto: un juego.
—Creo que ella también creía otra cosa.
—¿Qué es una caricia?
—¿Qué es?
—Ah, por eso estaba así, tan rara. Yo noté que algo quería decir; algo que desde hace días tenía
como escondido. Como que no estaba a gusto en ningún lugar. Y se tapaba las manos y las piernas,
y no quería jugar como antes, ni se veía alegre.
—Tiene razón, tiene razón...
—¿Si esto mismo me sucediera a mí?
—¿A mí?
—No, a mí no. No es posible. Definitivamente no.
—Sería terrible. Sería... imposible.
—¿Cómo decirle esto al abuelo? ¿Y si piensa que lo estoy inventando?
—¿Y si en realidad no es cierto lo que dice María?
—Una mentira. Una historia.
—Si lo está inventando. Yo sé que hemos inventado muchas historias.
—Aunque yo le creo. No tendría por qué decir algo tan raro. No tendría, no tiene, no.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—A ninguna niña que conozco le ha sucedido. A ninguna.
—Aunque nunca se sabe. Nunca...
—¿Qué es una caricia?
—Se supone que algo bueno, o algo no malo, por lo menos.
—Cuando María se puso a llorar, repito, fue justamente cuando entendí que debía decírselo a
alguien. Alguien mayor. Mayor a mí y a ella.
—Alguien más enterado de esta clase de caricias.
—Pero no he pasado de ahí.
—Mejor que ella se lo diga a su mamá o a quien sea.
—Aunque, claro, si me lo contó a mí es porque quiere que yo la ayude.
—¿O no?
—No me gusta verla llorar de ese modo.
—En realidad, no me gusta ver llorar a nadie.
—Una vez mi hermano Ricardo, el mayor, que parece que no llora por nada, estaba muy asustado
porque reprobó no sé qué en la escuela. Y se puso a llorar. Sí, a llorar. Y no me gustó, hasta me sentí
mal por él. Aunque se trate de Ricardo no me gusta ver las lágrimas, ni cómo se le va el aire a la
gente que llora, ni cómo los ojos se hinchan y se ponen rojos, como si fuera una enfermedad.
—Es triste.
—Y en María es más triste.
—Ella no tiene hermanos. Tal vez por eso vino a decírmelo a mí.
—Claro, no tiene a quién. No tiene. Los buenos amigos también son familia, dice mi abuelo.
—Es hija única. Bueno, su papá tiene otra hija, que nació como el año pasado o antes. Lo de
siempre, se divorciaron sus papás y sólo vive con su mamá.
—Que trabaja.
—Todo el día. Creo que en algo de una compañía.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Hasta los sábados trabaja.
—Y por eso a veces la cuida su prima. A veces.
—A veces también va la amiga de su prima.
—No me dijo sus nombres, ni el de la prima, ni el de la amiga. Seguro son nombres feos.
—Horribles.
—Y son ellas...
—Ella la cuida. Creo que no tiene abuelos, no sé, no estoy segura. Los abuelos son los mejores para
cuidar niños. Yo la paso muy bien con el abuelo, por ejemplo.
—Creo que él también se entretiene.
—Dice que si todo sale bien y hacemos los deberes, el domingo nos va a llevar al zoológico.
—Este domingo al zoológico y el que sigue al estadio, para que mi hermano vea el futbol. A mí ni me
gusta, pero si el abuelo dice que nos vamos a divertir, es porque nos vamos a divertir.
—El abuelo no se equivoca.
—Ojalá María tuviera un abuelo como el mío. No tendría esta clase de problemas.
—Y no vendría a decirme esto y a ponerme en un lío.
—¿Qué hacer?
—Yo qué puedo hacer. ¿Qué? Tengo sólo ocho años. No es una edad en la que puedan hacerse
muchas cosas importantes.
—Creo que tengo miedo de hacer algo malo, o de provocar un problema.
— ... O mejor no hacer nada...
—Guardar el secreto. Que todo se quede como estaba.
—En silencio. Como si nada pasara. Hacer de cuenta que nada sucede, ni sucedió ni seguirá
sucediendo.
—¿Nada?
—Pero si María se siente mal, triste.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Ha llorado. Y está sola.
—¿Le duele? ¿Le duelen las caricias?
—¿Sí?
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TERCER CUADRO
En otra actitud y voz, María aparece dibujando en un cuaderno, tirada en el piso.
—¿Qué haces?
—Me dijo mi mamá.
—Ella sabía que estaba dibujando, era obvio, pero cuando hace este tipo de preguntas es porque
quiere hablar, decir cualquier cosa, así es siempre.
—Pues dibujando...
—¿Y qué dibujas?
—No sé, nada, creo que nada.
—Hace mucho que no me sale un dibujo bonito. Como que no tengo ganas.
—Es porque estás creciendo...
—Eso dice mi mamá y se va a sentar en mi cama. Se quita los zapatos. Los tacones que usa siempre
y se deja caer como si el lugar fuera suyo.
—Tu cama es muy cómoda.
—Dejo el cuaderno y los lápices para colorear. Lo que hice en él no tiene mucho sentido. Traté de
dibujar un río que pasaba entre unas montañas con nieve, como vi alguna vez en una foto, pero más
bien me salió como varios edificios con un río muy azul que les pasa por debajo.
—¿Hiciste la tarea, verdad María?
—Sí, mami.
—Me acerco a ella, que está en mi cama con las piernas colgando, totalmente agotada.
—Suspira. Cierra los ojos y cuando los abre la estoy abrazando.
—Ella también me abraza.
—Siento un beso suyo en la frente.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—¿Te has portado bien en la escuela?
—Pues sí.
—¡Eso espero!, porque no quiero tener que ir a ver a la maestra. No otra vez. Debes esforzarte más...
Ya lo sabes...
—Cuando habla de la escuela prefiero cambiar el tema. No es algo de lo que me guste hablar.
Definitivamente no...
—¡Si mamá! Oye, ¿y cómo estuvo tu trabajo hoy?
—Muy pesado, pero mucho, como siempre, cada vez más. Lo que necesito son unas largas
vacaciones, tal vez en una playa, o algo donde haya una alberca, para poder nadar.
—Yo no sé nadar, pero me gustaría saber y tal vez un día...
—¡Por eso tienes que estudiar! Para que seas algo más que una secretaria. Para que seas tú quien
tenga muchas secretarias, en tu empresa. Una empresa grande y productiva, con cientos de
empleados.
—¡Sí! Pero a mí me gustaría ser secretaria, como tú.
—No, no. Tienes que progresar. Tienes que estudiar mucho y vivir mejor que nosotras.
—Ajá.
—Mi mamá piensa que no vivimos bien. Bueno, no vamos al estadio o al zoológico como Liz. Ni
tenemos coche, ni vamos de vacaciones a la playa. Pero no vivimos mal. Yo creo que no; aunque
cuando estaba mi papá la casa era más grande, en otro lugar, y teníamos una camioneta. Tal vez eso
sea vivir bien.
—Una vez nos fuimos a nadar. Nos fuimos como un mes, no un mes, como una semana o más. Nos
fuimos en la camioneta de mi papá.
—Yo apenas me acuerdo. Digo apenas porque fue hace años, como cuatro. Cuatro son la mitad de
los años que tengo.
—Bueno, suficiente de abrazos... ve a lavarte los dientes porque es tarde.
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—Sí.
—Antes de que mi mamá se vaya le quiero decir algo. Le quiero preguntar algo. No sé si estoy
preparada. No sé si sea buen momento...
—Sí. Hay que decirlo. A veces hay que decirlo todo, por qué no.
—Siento vergüenza.
—Bueno, se lo dije a Liz. Y cuando lo dije ya fue más fácil todo. No estuvo mal decírselo.
—Ma, ¿qué es una caricia?
—¿Cómo?
—¿Qué es una caricia? ¿O cómo es?
—Pues ya sabes. Como cuando te hago esto...
—Y mi mamá pasa su mano por encima de mi cara y me pone rápidamente un dedo en la nariz.
—No puedo evitar sonreír.
—Yo estoy hablando de otro tipo de caricias. Lo pienso, pero no se lo digo. No puedo... Ya estaba
lista, pero no logro la fuerza en la voz. El valor o lo que sea.
—Tal vez sea mejor esperar. Tal vez. Quizá no sea una buena idea hablar de esto ahora. Quizá...
—A lavarse los dientes, María...
—Tengo el valor. Tengo el tiempo. Debo decirlo. Sí. O mejor no. No sé. No puedo. ¿Qué hacer?
—Suena el teléfono.
—¡Yo contesto!
—No, no. Es una llamada para mí.
—Mi mamá va hacia el teléfono. Me acerco un poco, para escuchar. Sigilosamente estoy atrás de
ella. No se da cuenta.
—Me gusta su voz. Y me gusta que ría, tiene una sonrisa como de perlas que brillan.
—Conversa con alguien, pero no escucho qué dice ese alguien...
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Bueno... Ah, mira, qué milagro... Creí que no me ibas a llamar. Ya me estaba asustando... No, qué
va. Pero si acabo de llegar de la oficina. Ya sabes... Ah, tú siempre con tus cosas, ya sabes que sí,
pero si ya sabes... nada más te gusta que te lo diga...
—Se ve feliz hablando. No entiendo nada de su conversación.
—Y se da cuenta que estoy a un lado, tratando disimuladamente de escuchar.
—A ver, espérame, permíteme dejar a la niña ya lista...
—Mi mamá hace una seña para que me apure a entrar al baño y así la deje hablar libre por teléfono.
—¿Con quién estará hablando? Esto pasa casi siempre, cada vez más. ¿Por qué le llaman tan tarde?
¿Quién?
—Salgo hacia mi habitación. Mi mamá se ve muy apurada, de aquí para allá.
—Me voy a dormir...
—No me responde.
—¡Ya me voy a dormir! Ma...
—Sí, sí. Voy a salir un ratito, María. Me hablaron y tengo que salir.
—¿Otra vez?
—Pues sí, son cosas importantes, del trabajo. Pero tú tranquila, no me tardo nada.
—Sí...
—¿Con quién vas?
—Con el licenciado. Tenemos cosas que resolver.
—¿Tan tarde?
—Pues sí, María... Le voy a llamar a tu prima para que venga a cuidarte mientras llego. Espero que
no esté ocupada. Esto no lo tenía planeado, pero ni hablar...
—No, mamá, yo me puedo cuidar sola.
—No; nada de eso. Hay que tener mucha precaución en estos días. Ya viste que le robaron a la
vecina del 26. No hay que confiarse.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Si, mamá. Pero de veras que no... Yo puedo... No, ma...
—Nada de no. Además, ya es hora de que te duermas.
—Y le llama por teléfono. Está marcando. Suena. Algo dice mi mamá. La conversación es
apresurada, un sí o un no. Así de simple. Es todo, de eso se trata todo: sí-no-sí-no hasta el infinito.
—¿Va a venir mi prima entonces?
—Ya te dije que sí.
—Está bien...
—¡Apaga la luz y acuéstate!
—Mi mamá se está cambiando de ropa. Se arregla para salir. Se mira frente al espejo repetidas
veces, saca varios pares de zapatos, se maquilla en el espejo del baño, en el espejo de su
habitación, con el espejo que guarda en su bolso. Suenan sus tacones en todos los lugares de la
casa.
—Va y viene. Sube y baja, algo murmura. Se mira otra vez en cualquier espejo.
—Esto que digo no lo veo, pero lo tengo casi aprendido de memoria.
—Y también tengo miedo. Me duele tener miedo.
—¡Apaga la luz, María! Duerme...
—Y la apago, sin decir nada.
—¿Dónde estarán los aretes que me compré en mi cumpleaños?
—Esos me quedan mejor.
—No me va a dar tiempo de bañarme. Ni modo.
—¿Ya estás dormida? ¿Eh? ¿María?
—Creo que sí. No responde.
—¿Por qué me habrá preguntado qué es una caricia? ¿Por qué?
—Bueno, cosas de niños. Seguro algo vio en la televisión.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Suena el timbre. Mi mamá le abre la puerta.
—Tengo miedo. Ya quisiera estar dormida, pero no puedo.
—No puedo. Me siento mal.
—Miedo. Ganas de no estar-silencio-luz-apagada.
—Apagada.
—No hay luna, sólo un faro en la calle. Una luz amarillenta es todo lo que veo por la ventana. Ni
sombras ni luces. Ocasionalmente ruidos de autos y personas.
—Seguro es ella. Seguro.
—Sí.
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ENRIQUE OLMOS DE ITA
RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
CUARTO CUADRO
Veremos a las dos niñas conversado, quizá en la banca de un parque o subidas en un par de
columpios.
—¿Y qué hiciste?
—Nada.
—La actitud de María es como si estuviera triste, o más, como si quisiera que ya nada pasara, ni
siquiera que yo la acompañe.
—¿Entonces ayer otra vez?
—Que sí...
—No es bueno. ¿Le has dicho que no te gusta?
—Pues sí.
—¿Y qué hace tu prima?
—Ya sabes. Lo único que dice es: tienes azúcar, azúcar de niñas. Son caricias bonitas, no te va a
pasar nada, esto te va a gustar, tranquila, tranquila María.
—Ah, lo del azúcar.
—Sí, lo del azúcar...
—¿Y te toca?
—Que sí.
—Ah... ¿Y te sientes bien?
—Sí, Liz, gracias.
—Quiero ayudarla. Quiero que sepa que puedo hacer algo por ella. No sé exactamente qué, pero
entre las dos podríamos pensar, por lo menos.
—¿Segura?
—Sí, claro que sí, ya te dije que sí. No te lo conté para que me estuvieras haciendo preguntas todo el
tiempo.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Es cierto. ¿Y qué vas a hacer, María?
—Nada.
—¿Nada?
—¿Qué quieres que haga? Estas cosas pasan. Ya deberías saberlo.
—Pues a mí nadie me ha tocado así. Ni tampoco tengo azúcar de niña en ninguna parte.
—¿No verdad?
—No, ya te había dicho.
—María tiene los ojos tristes. En la escuela casi no habla. Y aquí tampoco: en el parque donde
siempre la pasábamos tan bien. Antes íbamos de aquí para allá. Lo mismo en los columpios que en la
rueda de metal que gira y hace un ruido extraño, o en el túnel de aros. Unas veces nos sentábamos
en las llantas nada más para platicar; o cada quien traía sus muñecas y jugábamos hasta que
oscurecía.
—Tal vez quiera estar sola.
—¿Quieres jugar en otro lugar?
— ...
—¿Vamos a la tienda? ¿Sí?
—No, ya casi es hora de que me vaya.
—Anda. Vamos rápido a la tienda.
—No tengo dinero.
—Tampoco yo. Nada más a ver qué hay nuevo.
—No, gracias.
—¿Va a llegar tu mamá?
—Sí, va a llegar temprano.
—¿Y por qué no le dices a ella?
—¿Decirle que quiero dinero para la tienda?
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—No, no. Lo de tu prima y ya sabes...
—No sé. No he tenido tiempo.
—¿Te duele?
—¿Qué?
—Cuando...
—A veces, porque tiene las manos frías y me aprieta.
—Oye, ¿quieres que le diga a mi abuelo?
—¡Decirle qué, Liz!
—Pues lo que pasa con tu prima. Él siempre sabe qué hacer...
—¿Estás loca? Claro que no. Ya sabía que no era buena idea decirte... No sé ni por qué te lo dije,
todo estaba bien hasta que tú...
—Está bien, perdón.
—¡Por favor, no le digas nada a tu abuelo!
—No...
—Y por favor ya no me hables... Creo que es mejor si ya no somos amigas.
—Pero María...
—Y María se va corriendo. La veo irse sin decir más. Su cabello largo rebotando. María corriendo
hasta el otro extremo del parque de la colonia. Se sube a la resbaladilla sin mirar más. Y luego se
sube al árbol con los niños que nos caían mal, los que siempre dicen groserías.
—Creo que juega con ellos un rato.
—Sonríe. Juegan a algo que parece divertido.
—Ellos juegan sin mí. María sin mí. Yo sola caminando hacia casa.
—Sólo quería ayudarla. Claro, lo de decirle a mi abuelo no fue buena idea. ¿Pero entonces qué
hago?
—¿Qué?
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Me voy a casa con las manos en los bolsos del pantalón. También me siento triste. El día se apaga.
Ya desciende el sol para ocultarse.
—Se va, lento...
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
QUINTO CUADRO
María, en su habitación, acostada para dormir o tratando de hacerlo.
—¿Puedo pasar?
—No respondo. Estoy dormida. No hago nada. Ni siquiera respiro. Estoy dormida-no-hago-nada-denada.
—Voy a pasar...
—Frío y dolor en las piernas que aprieto para que no tiemblen.
—Dolor que se siente en los dientes o más adentro. Aprieto la mandíbula.
—Miedo que no se va.
—Veo cómo pasan todos los colores y se vuelven nada cuando también aprieto los ojos y respiro muy
hondo.
—Trato de imitar un ronquido.
—Negro. Ningún otro color más que el negro. Negro-miedo. Negro-enorme. Negro-que-punza.
—¿Estás dormida, María?
—Silencio y nada.
—¿Sí? María...
—Silencio y nada. Nada. Respiro muy hondo para que vea que estoy dormida, que no se me
acerque, que no me vea, que no me toque.
—¿María?
— ...
—Me voy a acostar un momento contigo... Ya es tarde...
—Siento cómo se distiende la cama del otro lado. Se va abriendo.
—El frío.
—Se abre.
—Ya está.
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ENRIQUE OLMOS DE ITA
RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Adentro. Está adentro.
—No la veo, pero siento su mirada, sus ojos bien abiertos, sus manos que no dejan, sus piernas
grandes y gordas.
—Una vez más mi mamá la dejó cuidándome.
—Una vez más.
—Y se pone a platicar. ¿Qué no se da cuenta que estoy dormida? Tal vez sabe que no. Tal vez sabe
todo, sólo le gusta decir lo que dice para aparentar.
—Hoy vine sola, María, porque Patricia tenía que trabajar. Ella contesta teléfonos, es su trabajo. Y a
veces le toca el turno nocturno. Patricia es bonita, ¿no te parece?
—No, no me parece. Pero no se lo voy a decir. Estoy dormida. Se supone que estoy dormida.
Arruinaría-todo-cualquier-señal-en-falso. No muevas los dedos de los pies, ni de las manos, ni pases
saliva muy fuerte, ni aprietes los dientes para que rechinen, me digo.
—Patricia dice que eres bonita. Tú le caes muy bien. Pero cómo no, si eres una niña muy linda.
—No puedo contestar, no puedo porque estoy dormida y no siento, los que duermen no sienten más
que en los sueños y tampoco estoy en un sueño. Cualquier movimiento, cualquier exceso de
respiración, cualquier balbuceo puede indicar lo contrario. Me concentro en estar dormida.
—Estoy dormida. Estoy dormida. Estoy dormida. La vista en negro. Los ojos apretados. Las piernas
duras. La respiración que crece.
—Sus manos frías que se deslizan. Respira cerca de mí. Sus manos en mis piernas, por encima de la
pijama. Cada vez más cerca de mí. Cada vez más miedo.
—Muevo las piernas, como dentro de una pesadilla. Procuro propinarle una patada. Ella no cede. Se
acerca más. Hace un ruido que no sé, que no me gusta. Su manos en la tela de la pijama.
—María, ya sé que estás despierta...
—No respondo. No digo. No hago nada.
—No tengas miedo. Esto pasa, así es la vida. A mí también me sucedió. A veces hay que dejarse...
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—¡Dejarse! Pienso. Dejarse...
—No es nada del otro mundo. Mira, siente qué bonito es.
—Nada aquí es bonito.
—Ahora entra su mano.
—Adentro, entrando, entra. Su mano y mi espalda. Deja la tela y tienta mi piel que me punza, como
aguijón, como algo frío.
—Y siento algo muy hondo. Algo muy adentro. Algo como un grito. Una desesperación que no deja,
que está ahí y pincha, me pica.
—¡No! ¡Ya déjame!
—La empujo. Por primera vez la empujo. Le quito la mano.
—¡No que estabas dormida, María!
—Estaba hasta que llegaste a molestar.
—No es para tanto. No es para tanto. No pasa nada.
—Me abraza, se acerca y me pone la cabeza muy cerca de su pecho. No sé qué decir, ni qué hacer.
Tengo miedo y ganas de llorar y gritar. O de gritar y llorar, al mismo tiempo.
—Lo que pasa, María, es que las niñas bonitas como tú, o como yo hace muchos años, como diez,
pues resulta que tenemos azuquítar en la piel...
—No entiendo lo que dice, no la escucho. Otra vez con el cuento del azúcar. Trato de pensar que
estoy dormida y se trata de una pesadilla. No oigo. No existo. No soy.
—María, María. Hay una especie de miel, ¿cómo decirlo? Un saborcito dulce en la piel de las niñas.
Yo lo tuve y ahora tú. Tú no lo puedes ver porque eres niña, ya te tocará a ti también, cuando seas
más grande. Por ahora yo tengo que probar esa azúcar, hay que quitártela de encima, ya verás...
—Su lengua.
—Aprieto los ojos o se me ponen como si quisiera llorar, pero no puedo.
—Estoy dormida. Un sueño-pesadilla-que-no-acaba.
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ENRIQUE OLMOS DE ITA
RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Despierto. Sí, despierto. O no. Creo que sí. Con el miedo en la garganta. Estaba temblando. Fue un
sueño terrible.
—El peor.
—¿Fue un sueño? Ya no sé si estoy dormida o despierta, ya no me concentro, ni aprieto los ojos, ni
hago nada excepto llorar, un poquito y en silencio.
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ENRIQUE OLMOS DE ITA
RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
SEXTO CUADRO
Vemos a Liz algo apartada, quizá jugando con una muñeca o cualquier cosa, la intención está en el
desánimo y la abulia que presenta.
—A veces los días pueden ser muy largos.
—Largos y pesados como un tren.
—Y la televisión muy aburrida. Además, mi hermano siempre quiere ver sus cosas y no me deja tocar
el control remoto. No me deja...
—Sólo en los comerciales, dice. Y ni si te ocurra tratar de quitármelo.
—Mi abuelo piensa que la televisión no es buena. Que hace daño, que por eso los niños de ahora
son cómo son. ¿Y cómo es que somos? No sé, ni idea.
—Según él que en su tiempo los niños no veían televisión –porque no había, claro– y que todo era
mejor, que salían a jugar al aire libre, o iban al teatro y a veces al circo o hacían deporte, montaban a
caballo, por ejemplo. O por lo menos, eso dice él.
—Es probable que tenga razón.
—Yo me conformo con salir un rato al parque, después de hacer la tarea.
—Pero aún así, los días pueden ser muy largos. Pueden parecer dos días juntos, o como dos trenes
que se juntan. Así de pesados y de largos.
—Lo que pasa es que los días se pasan rápido cuando estás con alguien. Con alguien que juegue
contigo, por ejemplo, o que te acompañe a la tienda, o alguien con quien vayas al parque a jugar en
los aros o a balancearte en los columpios, o a escalar el árbol de los niños hasta que te descubran, y
luego salir corriendo y gritar para refugiarte atrás de las llantas.
—También puede ser alguien con quien hagas una historia de familia: muñecos y muñecas, y una
casita construida con un bote y palitos de paleta.
—Un poco de plastilina.
—Así todo es más simple.
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ENRIQUE OLMOS DE ITA
RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Es mejor.
—Pero María no quiere saber nada de mí. En la escuela no me habla.
—Desde que le dije que yo podía hablar con el abuelo acerca del asunto de María, desde esa vez no
hemos cruzado palabra.
—Creo que en el fondo ella quiere hablarme. Creo que quiere contarme cómo van las cosas en su
casa. Tal vez mejoraron.
—María quiere volver a jugar conmigo y que seamos las mejores amigas otra vez. Pero no sé por qué
sigue haciéndose la que ya no me quiere ni hablar ni saber de mí.
—Tal vez esté conociendo nuevas personas, teniendo amigas de otro salón o que vivan en su
edificio.
—Yo la quiero todavía.
—¿Por qué no quiere que nadie sepa de su asunto con su prima y lo de las caricias por encima de la
pijama? ¿Por qué?
—¿Pensará que es cierto que tiene azúcar en la piel?
—Bueno, si fuera mi caso, yo tampoco querría que alguien se enterara.
—Es algo difícil, eso sí. Y triste. Dice además que duele.
—Pobre María...
—Liz, niña, ¿qué haces aquí?
—El abuelo siempre viste con su chaleco café y ese sombrerito tan gracioso que se llama...
—Abuelo, ¿cómo se llama tu sombrero?
—Sombrero... se llama boina, ya te lo he dicho varias veces. No se te queda nada, niña. Necesitas
tener más retención o que te traigan esa vitamina que es para la memoria...
—¿Cuál es?
—Se me olvida.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Ya veo. Al abuelo a veces se le olvidan las cosas o escucha mal o confunde los nombres y los
lugares. Pero no importa, así deben ser los abuelos, supongo...
—¿Y qué haces aquí, tan sola? ¿Por qué no estás jugando con María?
—Creo que ya no somos amigas...
—Ah, caray, ¿pero por qué? Si ustedes siempre estaban juntas. Hasta parecían hermanas. No está
bien que dejen de verse. ¿Pero por qué?
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SÉPTIMO CUADRO
Otra vez Liz, ahora en posición pensativa. Puede estar en el sitio cualquiera que la imaginación
prefiera.
—Y entonces fue como me salió toda la sopa.
—Toda.
—Lo dije, sin querer lo fui diciendo.
—Una cosa llevó a la otra.
—Ya no podía aguantarme las ganas. Simplemente no podía.
—Así soy. Y no es que no pueda guardar secretos. Porque sí puedo. He guardado varios. Sólo que
esto no era un secreto común corriente, de los que se pueden guardar.
—Y el abuelo es una persona de confianza, además. Eso lo sabe cualquiera. Debería saberlo María.
—Él notó que yo estaba triste. Que no tenía con quién jugar. Que todo estaba muy extraño. Él lo notó
porque me conoce bien.
—Creo que estaba un poco sorprendido. O un mucho.
—Me preguntó. Y yo sólo repetí lo que me había dicho María: que las niñas tenemos azúcar en la
piel, y que alguien nos las tiene que quitar, con la lengua o con las manos y que pasa todo el tiempo
en todo el mundo.
—Y ese alguien es su prima.
—Eso fue lo que me dijo María, no agregué ni cambié ninguna palabra.
—El abuelo me creyó. Sabe que yo no jugaría con algo así. Algo tan extraño.
—¿Qué es una caricia? Le pregunté.
—Todo lo contrario a lo que sucede con tu amiga María. Todo lo contrario.
—Sigo sin saber qué es exactamente una caricia. Pero por lo menos ya sé lo que no es.
—El abuelo insistió en que lo dicho era verdad. Y lo es. Faltaba más. Yo no digo mentiras. No
muchas.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—Me dijo que lo mejor sería avisarle a la mamá de María.
—¡Le pedí que no lo hiciera! Que así María jamás volvería a ser mi amiga, que me odiaría por toda la
eternidad eterna...
—Pero el abuelo, que le gusta explicar las cosas con mucho detenimiento, me explicó que antes de lo
que yo quisiera hacer con María, aunque eso fuera ser su mejor amiga para siempre, antes estaba su
salud.
—Su integridad, dijo.
—Sus no lágrimas.
—Que no esté más triste.
—No importa si me odia y jamás volvemos a jugar o hablar, o lo que sea que se puede seguir
haciendo cuando se tiene una mejor-mejor amiga en el mundo.
—Lo que sea es preferible a que María no llore más.
—Que no le duelan las caricias.
—¡Que no la toque, Liz, que no la toquen más! Sólo eso me faltaba... Dijo el abuelo antes de irse a su
habitación, con su chaleco café y el sombrerito de nombre raro en la mano derecha.
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OCTAVO CUADRO
Escuchamos que suena el teléfono. Se apresura María a contestar. Luego veremos a Liz expectante
en un sofá.
—Suena el teléfono. Otra vez suena el teléfono, con su ruidito tan chocante, ring ring. A veces me
pone los pelos de punta tanto escándalo del aparato. Hace rato le llamaron a mi mamá, tres veces.
—Voy corriendo para contestar primero.
—Mi mamá prepara la cena.
—¡Bueno!... Sí... hola, yo hablo... Ah, cómo está, señor... Yo bien, gracias. ¿Quiere que le pase a mi
mamá? Sí, seguro...
—Es la llamada más extraña del mundo. Nunca se me habría ocurrido que el abuelo de Liz llamara a
mi casa. ¿Para qué?
—¿Hablar con mi mamá? ¿Por qué todos quieren hablar con mi mamá?
—O tal vez... no, no puede ser ¡Espero que no! Que no se trate de nada complicado, de nada que
tenga que ver con lo que le dije a Liz hace unas semanas...
—¡Es para ti, mamá!
—¿Quién es? Me pregunta ella mientras se acerca a tomar el auricular.
—El abuelo de Liz.
—Ah, mira, qué sorpresa... bueno... a sus órdenes.
—No quiero saber de qué se trata. ¿Por qué el abuelo de Liz le habla a mi mamá? ¿Por qué?
—No. Qué vergüenza, qué vergüenza. Ojalá que sea para invitarme a una fiesta, para pedir permiso
de algo, un campamento, un fin de semana en casa de ella, para alguna cosa de la tarea o de la
escuela.
—Me siento extraña. ¿Qué será? ¿Por qué?
—Espero que el abuelo de Liz no le cuente a mi mamá de lo que hace mi prima, ni del dolor, ni del
miedo que punza.
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RELATO ESCÉNICO INFANTIL NO TOCAR
—No le va a creer. Le va a creer a mi prima. Ella es mayor.
—Me acerco. Me acerco para saber de qué hablan el abuelo de Liz, mi ex mejor amiga, y mi mamá.
—No se escucha. Sólo la mirada de sorpresa de mi mamá. Enreda un dedo en el cable del teléfono.
—Mi abuelo está sentado en el sofá, hablando por teléfono con la mamá de María.
—Yo no quería que sucediera. Pero fue inevitable. Me pidió el número, mi abuelo, me lo pidió hoy por
la tarde.
—No pude decirle que no me lo sabía. Si lo puedo decir hasta dormida, es el único número que me
sé, y el de mi casa, claro. Bueno, a veces se me olvida el siete, que es el último número.
—Es un asunto muy delicado, prefería hablarlo personalmente, y no por teléfono. Si usted tuviera la
bondad de recibirme, dice mi abuelo. Al parecer la señora acepta, y mi abuelo deja el teléfono y se
encamina a la casa de María...
—Antes me dice: todo va a salir bien, no te preocupes. Y me sonríe.
—Y yo le creo. Ojalá.
OSCURO
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