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La película que nunca hicimos

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La película que nunca hicimos
La película que nunca hicimos
“ISLEÑOS” - (LA FUNDACIÓN DE SAN ANTONIO DE TEXAS)
“En el mes de marzo de 1730 un grupo de quince familias canarias procedentes en su
mayoría de la isla de Lanzarote, partieron como colonos desde Tenerife rumbo al
Virreinato de Nueva España por petición del Marqués de San Miguel de Aguayo,
Gobernador y Capitán General de las provincias del norte del territorio, para el
fortalecimiento de la región, quién consideraba que una sola familia de colonos
defendería mejor la tierra que una veintena de soldados a sueldo.
Fue un viaje de no retorno y constituyó la semilla fundacional de la hoy importante y
próspera ciudad de los EE.UU., San Antonio de Texas.”
El tema de la fundación de San Antonio de Texas nos atrajo desde el primer momento
por su interés histórico, cultural y cinematográfico, en perfecta armonía con nuestro
empeño en llevar a la gran pantalla historias propias, con héroes propios; nuestros éxitos
y fracasos como pueblo, nuestras grandezas y miserias, tesón y esfuerzo o desaliento y
desidia, singularidades que con el tiempo han modelado nuestra idiosincrasia, nuestra
forma de comportarnos como colectivo, lo que nos define, características que son,
precisamente, las que nos interesan para crear los personajes de nuestras historias, como
hicimos con nuestro primer largometraje “Guarapo” (1988).
La historia de aquellas familias de Lanzarote, Tenerife, La Palma y Gran Canaria y fue
una emigración forzosa, como todas, con el llamado “impuesto o tributo de sangre”
exigido por la Corona Española y los intereses de poderosos comerciantes que
aceptaban este trato ante la posibilidad de exportar a América vino de malvasía a
cambio del envío de colonos a territorios despoblados en la proporción de cinco familias
por cada cien toneladas.
Y si a ello se le añadían las penalidades que durante nueve meses sufrieron los colonos
al tener que desplazarse en carretas tiradas por bueyes y mulas desde la ciudad de
Veracruz al territorio de Texas, al no ser viable el desembarco en las zonas pantanosas
de la costa de El Golfo tejano, y al peligro del ataque de indios hostiles en la zona, el
escenario para el drama épico estaba servido.
Transportaban desde Canarias dos grandes piedras de molino para la fabricación de
gofio, a pesar de la dificultad de su carga debido a su enorme peso pero, tal vez, ese
esfuerzo les compensara, porque aquellas piedras, a fin de cuentas, simbolizaban un
vínculo con la tierra, su tierra, que dejaban atrás para siempre.
Durante el largo viaje hasta llegar a la misión franciscana de San Antonio de Valero –El
Álamo- y presidio de San Antonio de Béxar, los colonos y el grupo armado de soldados
que los acompañan, pasaron por múltiples avatares: enfermedades, decesos,
nacimientos, deserciones y hasta ataques de los indios.
Toda una epopeya de hombres y mujeres atravesando un territorio desconocido y hostil,
rumbo a la promesa de una vida mejor. Una colonización similar a la del Lejano Oeste,
pero cien años antes, por otra cultura y de sur a norte.
Para construir un guión cinematográfico que no solo relatara fielmente lo sucedido y, al
tiempo, fuera capaz de entretener al espectador, debíamos de rellenar aquellos espacios
que la historia con mayúscula no contaba, cuidando de no fabular nada que no hubiera
podido ocurrir en el marco de una reconstrucción fiel de la intrahistoria.
Teníamos al personaje principal, María Curbelo, una joven de quince años que emigró
de Lanzarote con sus padres y que vivió hasta los cien años, la llamada “Tía Canaria”;
un empecinado y corajudo campesino de Lanzarote, Juan Leal, tuerto; también un guía,
indio mestizo, Duval, quién conduce la caravana y de quién María se enamora a pesar
de doblarle en edad; y un viejo marqués petimetre y frustrado, gobernador del territorio,
quién cree estar en la Corte de España y mientras tanto se entretiene coleccionando aves
exóticas, y a quién María, por encargo de sus aduladores, lleva un ejemplar del célebre
pájaro cantor canario.
Dice Woody Allen que “hacer una película es fácil, si aún conservas fuerzas tras el
intento de sacar adelante el proyecto”. Así es: lo intentamos durante más de veinte años
y más de una vez estuvimos a punto de conseguirlo, pero resultaba un proyecto muy
costoso. Cuando conseguíamos apoyo del Gobierno de Canarias no lo teníamos del
Ministerio de Cultura y viceversa; conseguimos coproductores nacionales que luego
quebraron; promesas de empresarios de San Antonio de Texas que no cristalizaron;
posibilidades de coproducción con los Estudios Churubusco, de Méjico, que se
diluyeron por no tener todas las piezas del puzzle de la producción a punto en el
momento preciso.
Así, el proyecto se fue aletargando.
Mientras tanto pusimos nuestro interés en otra apasionante historia propia; la de un
joven soldado de la isla de La Palma reclutado por un ejército y un país en clara
decadencia para ir a pelear a la Guerra de Cuba en 1898. El eje principal de la acción
radica en que nuestro protagonista tiene más en común contra quienes va a combatir que
con quienes le reclutan, por eso deserta, como tantos canarios, y se convierte en
“Mambí” (1998).
Sin perder de vista “Isleños”, empezaba a tomar forma una no intencionada trilogía
sobre Canarias y América: “Guarapo”, en el siglo XX, “Mambí” en el XIX e
“Isleños” en el XVIII, tres importantes etapas en nuestra historia con el tema común de
la emigración, siempre forzosa por diferentes causas: caciquismo, guerra, intereses
económicos. “Los canarios siempre han tenido que ir a buscar fuera lo que en su
tierra se les negaba” (sic. Guarapo).
Pero, como a causa de la crisis, lo difícil se tornaba ya en imposible, nos decidimos a
rodar una historia de bajo presupuesto, una road movie ambientada en la actualidad, esta
vez sobre el retorno de un emigrante a Canarias, “El Vuelo del Guirre” (2007), nuestra
obra más reciente. Tres trabajos con historias propias, con héroes propios, basadas en
hechos reales, que nos ha costado realizar cerca de 30 años.
En este esfuerzo se incluye este libro que tiene en sus manos; contiene el guión literario
de “la película que nunca hicimos” y que estamos seguros de que muchos querrían ver
en la gran pantalla. Nosotros también.
Tal vez algún día sea posible.
Teodoro y Santiago Ríos
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