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181 Dicen que cuando en Nueva York son las tres de

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181 Dicen que cuando en Nueva York son las tres de
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Dicen que cuando en Nueva York son las tres de la tarde, en
Europa son las nueve de diez años antes. Es posible. La voracidad del tiempo ha seguido desplazándose hacia occidente y ha cerrado el círculo en oriente: el futuro de hoy ruge en
Shanghai. No sé si Nueva York sigue una década por delante. El cine de nuestra memoria nos la hace tan conocida que
forma parte del pasado. Da igual, yo llegué con retraso y mis
ideas sobre el progreso son confusas. Si hubiera podido elegir, habría visto por primera vez los muelles del Hudson hacia 1960, desde la cubierta de un trasatlántico, y habría desembarcado en una ciudad en la que no había almuerzo sin
tres martinis ni taxistas sin corbata, se fumaba sin filtro y
Times Square era Babilonia, no una encrucijada ruidosa envuelta en anuncios luminosos. Aquella de 1960 era una ciudad joven y cínica, arrogante, intacta.
Como segunda opción, me quedaría con el largo verano
de los años veinte, corrupto y turbulento, con un viaje en
mercante y con una llegada nocturna a los muelles industriales del East River. Desde el puente de Brooklyn, con el sol
naciente a la espalda, habría visto el amanecer reflejado en
un perfil urbano que no era el más célebre del mundo ni
abundaba como hoy en torres de cristal. La fachada oriental
de Manhattan, con las llanuras de Greenwich, las cumbres de
cemento y mármol de Midtown y las colinas de Battery, todavía en construcción.
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Otra posibilidad consiste en llegar hoy mismo. Los
Yankees habrán ganado y los Mets habrán perdido en circunstancias escandalosas; la gente pasará junto a un solar
en construcción donde hubo dos torres muy altas y mirará,
como de costumbre, los escaparates de Century 21; en el
Holland Tunnel seguirá marcada la frontera con Nueva Jersey y Estados Unidos, ese país inmenso, absorto en sus centros comerciales, sus biblias, sus revólveres y sus fantasmagóricos enemigos exteriores; y en Washington Square alguien
se sentará ante el tablero que ocupó Bobby Fischer y moverá, como él, el peón del alfil de la reina negra para construir
una defensa siciliana. En Nueva York, que no sabe de nuestra memoria sentimental ni de nuestro calendario, siempre
es hoy y todos los momentos valen.
«El presente es tan poderoso en Nueva York, que el pasado
se ha perdido.» Lo dijo John Jay Chapman, un ensayista
neoyorquino que en 1900 pronunció el discurso de graduación en el Hobart College con la siguiente recomendación:
«Haced una hoguera con vuestras reputaciones. Dejaos odiar,
dejaos ridiculizar, podéis temer y podéis dudar, pero no dejéis que os amordacen. Haced lo que queráis, pero opinad
siempre». Ignoro qué hicieron aquellos jóvenes en la vida. Si
hicieron caso a Chapman y se negaron a callar, fueron típicos ciudadanos de Nueva York.
Disiento, sin embargo, de la afirmación de que «el pasado se ha perdido». No. El pasado se olvida sin perderse.
El pasado de Nueva York está prendido de Holanda, la
potencia fundadora, y es distinto a los demás pasados americanos. Nueva York no fue puritana como el resto de las colonias; Nueva York nació del comercio, no de la agricultura,
y creyó más en los piratas que en los predicadores; Nueva
York apenas se rozó con la esclavitud (otra cosa es el dinero
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de los esclavistas), tuvo poca fe en la independencia y en la
Unión y nunca brilló por su respeto a la autoridad. Nueva
York, nacida Nueva Ámsterdam, fue y es refugio de librepensadores, charlatanes, inadaptados y gente rara. Sus primeros 400 habitantes de origen europeo hablaban 18 idiomas distintos, aunque casi todos procedieran de Ámsterdam.
Por si quedaran dudas, la bandera de la ciudad de Nueva
York luce los colores azul, blanco y naranja, los de la bandera holandesa en el siglo xvii. En el escudo hay aspas de molino, un marinero, un indio, un par de castores y unos barriles de harina.
El presente neoyorquino es tan poderoso que absorbe
pasado y futuro. Y, sin embargo, el pasado permanece. Nueva York fue la primera ciudad del mundo en que el trabajador dejó de hablar de dueño o amo (master en inglés), y a
partir del término holandés baas, que significaba exactamente «amo», inventó boss, que significa tan solo «jefe».
Los neoyorquinos son así, faltones e irrespetuosos ante el
mundo en general. A veces mosquean. Insultan por cualquier cosa. Pueden parecer hostiles, pero no: solamente lenguaraces y faltones.
Me parece apropiado hacer una advertencia, tal vez decepcionante, al lector europeo. Los ciudadanos de Nueva
York gastan fama de cínicos, descreídos y materialistas porque así les ven los demás americanos; la verdad es que casi
cualquier español es más cínico y descreído que el jefe supremo de los chulos del Bronx. En materia de nihilismo, los
europeos carecemos de rival. Las causas no vienen al caso,
sean históricas, religiosas o dietéticas, a saber. En fin, era
solo un aviso, para evitar confusiones.
Sigamos. Cualquier vida neoyorquina, desde la más solitaria y retraída hasta la más mundana y ajetreada, posee, me
parece, una rara intensidad. Quizá no se trata de intensidad,
sino de alboroto superficial, pero entretiene lo mismo. El
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