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De que hablamos cuando hablamos de `memoria

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De que hablamos cuando hablamos de `memoria
¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE “MEMORIA
HISTÓRICA”? REFLEXIONES DESDE LA PSICOLOGÍA COGNITIVA
WHAT ARE WE TALKING ABOUT WHEN WE TALK ABOUT “HISTORICAL
MEMORY”? SOME REFLECTIONS FROM COGNITIVE PSYCHOLOGY
José María Ruiz-Vargas
(Universidad Autónoma de Madrid)
[email protected]
Resumen
El objetivo de este ensayo es analizar someramente, desde la perspectiva de la Psicología
cognitiva, los fundamentos de la memoria humana a fin de configurar un marco teórico desde
el que abordar la plausibilidad y validez científica de términos tan familiares como “memoria
colectiva”, “memoria social” y, muy especialmente, “memoria histórica”. Tras argumentar que
estos tres términos carecen de justificación epistemológica, se concluye que la llamada “memoria histórica” cumple, no obstante, una función social, política y moral no sólo legítima sino
necesaria: recordar a las víctimas del franquismo y reivindicar su derecho a la verdad, a la
justicia y a la reparación.
Palabras clave: sistemas de memoria, procesos de memoria, memoria autobiográfica, memoria colectiva, memoria histórica, memoria social.
Abstract
The aim of this work is to provide the reader with a brief overview of the foundations of human
memory from the perspective of Cognitive Psychology, in order to supply a theoretical framework to assess the scientific plausibility and validity of terms such as “collective memory”, “social memory” and, above all, “historical memory”. After arguing that this three terms lack an
epistemological justification, it is concluded that so-called “historical memory” fulfills a social,
political and moral function, both rightful and necessary, which is to remember the victims of
Francoism and to claim their right to truth, justice, and reparation.
Keywords: memory systems, memory processes, autobiographical memory, collective
memory, historical memory, social memory.
Entelequia. Revista Interdisciplinar: Monográfico, nº 7, septiembre 2008
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1. Introducción
L
a memoria es un fenómeno de una complejidad extraordinaria a la vez que intrigante, lo
cual no ha sido nunca un freno, sino todo lo contrario, para que pensadores, científicos e
intelectuales en general hayan reconocido su papel crucial para la vida del individuo y del
grupo social, y, en consecuencia, hayan planteado la necesidad de comprenderla y explicarla.
La historia del propio concepto de memoria atestigua en tal sentido una travesía larga, cambiante y difícil en la que abundaron los obstáculos, las críticas y las descalificaciones para su
asentamiento, con épocas en las que incluso fue asociada al ocultismo y a la magia, hasta llegar a ser aceptada y reconocida como un elemento indispensable para el desarrollo individual
y colectivo, gracias a la imparable “expansión de la memoria” –en palabras de Leroi-Gourhan–
desde el Renacimiento y, de un modo definitivo, desde la revolución francesa hasta nuestros
días1.
La memoria, que no es sólo la capacidad para conservar información, como frecuentemente se le caracteriza, sino un proceso neurocognitivo que nos capacita para adquirir, conservar y utilizar una extraordinaria diversidad de conocimiento y habilidades, ha acaparado
desde tiempo inmemorial el interés de diferentes disciplinas, incluyendo a la filosofía, la antropología, la biología, la psicología, la psiquiatría, la neuropsicología o la neurociencia, fundamentalmente (la lista podría alargarse). Si bien cada una de estas disciplinas se acerca al estudio de la memoria con un objetivo específico, todas ellas coinciden al reconocer el papel determinante de este proceso en el desarrollo de la vida humana. Más aún, me atrevería a decir
que un buen número de tales disciplinas asumen que la memoria es un fenómeno identificable tanto a nivel individual o privado como social o colectivo, en tanto que referido a la interpretación colectiva que la sociedad hace de su historia.
Ahora bien, el hecho de que la memoria haya sido y sea objeto de estudio de tal diversidad de disciplinas científicas ha traído consigo no sólo innegables ventajas sino también algunos inconvenientes. Cualquier aspecto o fenómeno de la naturaleza será más rápida y profundamente comprendido cuantos más científicos aborden su estudio; sobre todo, si lo hacen
desde diferentes enfoques y niveles de análisis y desde un compromiso de convergencia entre sus presupuestos iniciales y sus productos finales. Un ejemplo de esto último está paradigmáticamente representado en la actual neurociencia cognitiva (de la memoria), resultado de la
integración, primero, de la neurociencia con otras áreas de la biología, y de la fusión, después, de la neurobiología de sistemas con la psicología cognitiva2, con el consiguiente avance
espectacular de los últimos años en la compresión del fenómeno de la memoria tanto a nivel
cerebral como cognitivo. Pero, como se acaba de señalar, el hecho de abordar el estudio de
la memoria desde tantas y tan diversas perspectivas científicas, está reportando, al mismo
tiempo, no pocos problemas. Básicamente, porque muchas de las disciplinas interesadas por
la memoria carecen del rigor teórico y metodológico propio de las ciencias positivas. La consecuencia más visible de todo ello ha sido, por un lado, la proliferación de teorías, conceptos
o tipos de memoria de dudosa plausibilidad científica, y, por otro, la inevitable falta de entendimiento entre los estudiosos de algunas de las disciplinas mencionadas.
En una situación como la actual, en la que tanto abundan las opiniones sobre la memoria y sus efectos sobre la historia y la sociedad, abusando de metáforas sin referentes teóricos que las justifiquen; en una situación como la actual, en la que se postulan todo tipo de
memorias sin importar el estatus epistemológico de tales manifestaciones mnemónicas; en
una situación como la actual, en la que se atribuyen a la memoria toda clase de atributos y
1 Cf. LE GOFF, J., El orden de la memoria. Barcelona, Paidós, 1991.
2 Para una exposición pormenorizada de la historia de la configuración y aparición de la Neurociencia Cognitiva, véase COWAN, W., HARTER, D. & KANDEL, E., “The emergence of modern neuroscience: Some implications for Neurology and Psychiatry” en Annual Review of Neuroscience, vol. XXIII,
(2000), pp. 343-391.
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propiedades sin establecer distinción alguna entre algo tan fundamental como la memoria, entendida como proceso o capacidad mental, y la memoria entendida como representación
mental, y confundiendo, por tanto, el continente con el contenido; en una situación como la
actual, en la que abundan las afirmaciones sobre las razones, causas o efectos de tal o cual
aspecto o forma de memoria sin constatación empírica alguna, es decir, partiendo exclusivamente de la propia especulación; en una situación así, tan de “río revuelto”, no es de extrañar
que hayan surgido no ya voces discordantes, sino, sobre todo, opiniones contrapuestas acerca de los usos públicos y privados de la memoria. Y circunscribiéndonos a un ejemplo muy
cercano, el de la memoria de la guerra y la posguerra españolas, no es posible acertar en el
diagnóstico ni en el tratamiento de la memoria emocional ni de la memoria herida ni de la memoria sepultada y ahogada durante decenios, pero que sigue doliendo, si no asumimos como
punto de partida común el conocimiento básico que sobre esta capacidad neurocognitiva nos
ofrecen ciencias con probada justificación epistemológica como la psicología experimental
cognitiva, la neurociencia o, más recientemente, la neurociencia cognitiva de la memoria.
Como psicólogo cognitivo de la memoria, el objetivo que me he planteado en este ensayo es exponer someramente los fundamentos teóricos de la memoria humana (concepto de
memoria y procesos básicos, sistemas de memoria y sus características y funciones) que nos
permitan configurar un marco teórico desde el que abordar la plausibilidad y validez científica
de términos tan familiares en las últimas décadas como “memoria colectiva”, “memoria social”
y, muy especialmente, “memoria histórica”. A las llamadas de atención que algunos reputados
pensadores han hecho alertando sobre el excesivo “culto a la memoria” o sobre “los abusos
de la memoria”3, yo añadiría la de “los malos usos de la memoria” resultantes del galimatías
conceptual que viene caracterizando en los últimos años a los múltiples y frecuentes debates,
sobre todo en este país, acerca de la memoria en su vertiente social e histórica.
2. Concepto de memoria
La memoria es un fenómeno biológico, cerebral, que adquiere dimensiones mentales o
cognitivas en tanto en cuanto nuestra conducta presente es influenciada por nuestras experiencias pasadas. Nuestro cerebro es un órgano biológicamente preparado –desde su unidad
funcional irreductible, la neurona, hasta los sistemas funcionales complejos– para almacenar
información4. Gracias a esa propiedad para conservar huellas de todo lo que experimentamos, esto es, gracias a la memoria, el cerebro va creando una base de conocimiento cada
vez más amplia y más compleja de donde recuperar la respuesta más idónea a cada situación
concreta (ésta sería la función básica de la memoria)5. En otras palabras, gracias a la información almacenada en la memoria podemos responder de la manera más eficaz posible a las diferentes y continuas exigencias del mundo en el que vivimos. De lo que se desprende, a su
vez, que la memoria participa en todas y cada una de las actividades que realizamos a lo largo de nuestra vida.
Si un sujeto perdiese toda su memoria, quedaría en una situación de indefensión similar a la de un recién nacido: el yo o la identidad personal desaparecería, el propio cuerpo quedaría desprovisto de todos los atributos y destrezas adquiridos durante el desarrollo, y el mundo en general perdería todo su significado (los objetos, las personas y las infinitas relaciones
3 TODOROV, T., Los abusos de la memoria. Barcelona, Paidós, 2000.
4 A la propiedad del sistema nervioso para conservar huellas de las estimulaciones que recibe se
le denomina “plasticidad cerebral” o, más específicamente, “plasticidad sináptica”. Ramón y Cajal fue el
primer científico que habló de plasticidad neuronal, y el primero en considerar la sinapsis como el lugar
privilegiado para la persistencia de las memorias.
5 He desarrollado en profundidad esta idea en varios trabajos anteriores. Véase, por ejemplo,
RUIZ-VARGAS, J. Mª, Memoria y olvido: Perspectivas, evolucionista, cognitiva y neurocognitiva. Madrid, Trotta, 2002.
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entre unos y otros pasarían a ser entes carentes de sentido y de funcionalidad). Si un sujeto
perdiese toda su memoria, dejaría de ser una persona y de ser un individuo porque habría
perdido su historia personal, su biografía y sus referentes grupales.
El 2 de Julio de 2003, alrededor de las 7 de la mañana, Doug Bruce, un hombre de
treinta y cinco años de edad, se da cuenta de que está en un vagón del Metro de Nueva York.
No sabe adónde va ni de dónde viene, ni tampoco sabe quién es. Esto no es ficción, sino el
caso real de una persona que sufrió un síndrome amnésico denominado “amnesia retrógrada”
que lo ha dejado literalmente sin pasado personal. La desorientación, el vértigo, el terror, que
probablemente genera una experiencia tan terrible, quedan reflejados con toda crudeza en las
siguientes palabras del protagonista, justo una semana después de haber perdido todo su pasado:
«Lo primero que veo [desde el vagón de metro en el que toma conciencia de sí mismo]
es un lugar en el que no recordaba haber estado nunca en absoluto, ¡jamás!… Lo que veo son
unos bloques de pisos modestos, unos antiguos y deteriorados edificios de hormigón y… apenas si había gente en el metro. Lo cual también me produjo gran desasosiego. Además, no sabía adónde iba; de modo que, de repente, pensé “¿De dónde he salido?”. Estás en un lugar
donde no puedes orientarte, no conoces nada. ¡Es aterrador! Es sencillamente aterrador. […]
Intentas recordar qué puedes haber estado haciendo o dónde cenaste la noche anterior o qué
estabas haciendo o qué… ¡y no te acuerdas de nada! Tratas de aferrarte a algo. Es un poco
como estar a oscuras e ir a tientas, guiándote por el tacto, e intentar encontrar algo a lo que
agarrarte pero sin conseguirlo»6.
A pesar de que la situación de este hombre es extraordinariamente dramática, debemos reparar en que, sin embargo, no ha perdido “toda” su memoria. El relato del propio Sr.
Bruce pone de manifiesto que sigue conservando, por ejemplo, su capacidad para saber que
está en un vagón del Metro, que había poca gente o que lo que ve por las ventanillas son bloques de edificios de hormigón, y todo lo que cada una de esas observaciones significa. No
hace falta ser un experto para caer en la cuenta de que para que una persona pueda hacer
tales observaciones, aparentemente muy elementales, tiene que tener disponible en su memoria una extraordinaria cantidad de conocimiento sobre el mundo. Más aún, si este hombre
hubiese perdido “toda” la memoria, no podría mantenerse siquiera sentado, o levantarse y caminar y salir del vagón en el que ha recuperado la conciencia, ni tampoco podría hablar. Si se
hubiese quedado sin memoria, habría perdido todas las habilidades o destrezas motoras adquiridas en su pasado y que, a pesar de la “amnesia retrógrada” que padece, sigue conservando intactas. En definitiva, se trata de un caso de amnesia en la que el paciente ha quedado despojado de su “memoria personal” (de momento, llamémosla así) pero dicho trastorno
no parece haber afectado a su “conocimiento acerca del mundo” ni a sus habilidades motrices, que, como veremos enseguida, también son “memoria”.
Estas observaciones resultan pertinentes para llamar la atención sobre algo básico
acerca de la memoria, y es que, en contra lo que se había venido pensando tradicionalmente
en el mismo seno de la ciencia, la memoria no es una sola cosa, sino un conjunto de sistemas
cerebrales especializados en el tratamiento de los diferentes tipos de información que llegan
al cerebro. La memoria, por tanto, que la ciencia actual define como la capacidad de los animales para adquirir, mantener y utilizar múltiples formas de conocimiento y habilidades, está
constituida por diferentes sistemas que trabajan de modo coordinado en la codificación, almacenamiento y recuperación de formas diversas de conocimiento.
En este punto considero oportuno diferenciar entre “memoria como sistema” y “memoria como representación”, una distinción ineludible y que no siempre es tenida en cuenta. Porque una cosa son los diferentes sistemas de memoria (la memoria como capacidad o facultad
6 Este caso ha sido recogido magistralmente en una película/documental titulada Unknown white
male (Hombre blanco no identificado), realizada por Rupert MURRAY en 2005.
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mental), en referencia a los sistemas cerebrales encargados de registrar, organizar, consolidar y recuperar información de todo tipo, y otra cosa distinta lo que tales sistemas registran y
representan, conservan y nos devuelven cuando la situación lo requiere. En otras palabras,
conviene tener presente, sobre todo cuando se ponen calificativos o se atribuyen características a la memoria, que una cosa es la memoria como “continente” (o sistema) y otra diferente
la memoria como “contenido” o “representación mental”, lo que comúnmente llamamos “recuerdos”. La pertinencia de tal distinción no tiene por qué resultar siempre evidente: por ejemplo, cuando alguien dice “Tengo una memoria malísima”, está claro que se está refiriendo a
su memoria en cuanto capacidad, por lo que dicha distinción huelga; sin embargo, no resulta
infrecuente encontrar discursos, incluso en contextos intelectuales de gran repercusión, en los
que dicha diferenciación no sólo no se establece sino en los que claramente se utilizan ambas
acepciones del término “memoria” de modo intercambiable, con la consiguiente ambigüedad y
confusión teórica que tal uso produce. Recurriré a un ejemplo encontrado en una obra de gran
impacto como ha sido Los abusos de la memoria y en su versión ampliada Memoria del mal,
tentación del bien, ambas de Todorov; dos obras, por lo demás, muy interesantes. Escribe
este autor en Los abusos: “El restablecimiento integral del pasado es algo por supuesto imposible (…) y, por otra parte, espantoso; la memoria, como tal, es forzosamente una selección:
algunos rasgos del suceso serán conservados, otros inmediata o progresivamente marginados, y luego olvidados”7. Sin entrar a valorar, por el momento, el fondo de la cuestión, cuando
Todorov dice que “la memoria es una selección”, parece claro que se está refiriendo al contenido representado, a lo conservado del pasado, a aquello que se recuerda. Sin embargo, en
ese mismo trabajo, cinco líneas más abajo dice: “Conservar sin elegir no es una tarea de la
memoria”, donde lo que ahora transmite es que la memoria como facultad es la que tiene la
potestad de seleccionar. Pero la ambigüedad aumenta cuando un poco más adelante señala:
“Como la memoria es una selección, ha sido preciso escoger entre todas las informaciones
recibidas…”8, ya que, de nuevo, parece estar refiriéndose a las representaciones o contenido
de la memoria, a los recuerdos. Naturalmente, existe la posibilidad de que Todorov considere
que tanto la facultad de la memoria como sus representaciones sean selectivas por naturaleza, pero, en mi opinión, ni en tal supuesto estaría justificada la ambigüedad y falta de precisión de su discurso, además de que tal planteamiento encerraría importantes errores, como
veremos a continuación, según el conocimiento científico disponible.
3. Procesos básicos y selectividad de la memoria
A propósito de todo ello, y teniendo en cuenta la relevancia de esta cuestión, ¿qué nos
dice la ciencia actual de la memoria respecto a la selectividad? Para entender con claridad la
opinión de los científicos relativa a la selectividad de la memoria, conviene hacer mención, primero, a los procesos básicos que rigen el funcionamiento de esta capacidad neurocognitiva.
La memoria está regida por tres procesos básicos: codificación, almacenamiento y recuperación. Como cualquier sistema de procesamiento de información, el cerebro tiene que
transformar la energía que recibe a través de los sentidos en un código o lenguaje que pueda
ser “entendido” por sus diferentes sistemas, subsistemas o componentes de procesamiento. A
esa transformación inicial de los estímulos en un formato que pueda ser analizado y representado por los sistemas de memoria se le llama codificación, y dicho proceso se concretaría, por
ejemplo, en la manera como atendemos, nos fijamos y analizamos los diferentes aspectos o
porciones del mundo que nos rodea. Por experiencia sabemos que si dicho análisis o codificación se acompaña de atención, de un interés especial por comprender el fenómeno o evento
en cuestión, de la búsqueda de relaciones o conexiones con otros eventos anteriores, etcéte7 TODOROV, T., Los abusos…, op. cit., p. 16. Con ligeras variantes, puede encontrarse la misma
idea en la página 153 de TODOROV, T., Memoria del mal, tentación del bien. Barcelona, Península,
2002.
8 TODOROV, T. Los abusos…, op.cit.; y TODOROV, T., Memoria del mal…, op. cit., p. 155.
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ra, el recuerdo posterior de lo analizado estará garantizado. Por tanto, la razón de que posteriormente uno encuentre en su memoria, es decir, recuerde con facilidad lo que ahora tiene
entre manos, estriba en que, tras el encuentro con el estímulo (sea éste una persona, un suceso, un escrito, una conversación, etc.), se ha llevado a cabo un proceso correcto de codificación.
La consecuencia de una buena codificación es que la información quedará retenida o
almacenada en la memoria. Este segundo proceso (el almacenamiento) será de tiempo variable, dependiendo de los resultados de otro proceso fundamental, la consolidación o fijación de
los recuerdos, que tiene lugar mientras dura el almacenamiento (la duración del almacenamiento determina la distinción entre memoria a corto plazo –máximo 30 segundos– y memoria
a largo plazo –virtualmente, toda la vida–). Por último, para que un sistema de memoria sea
eficaz debe poder recuperar la información almacenada cuando ésta sea requerida. Se habla
entonces de recuperación, o de recordar, de evocar, de reconocer o de cualquier otra manifestación de lo conservado en la memoria a través del pensamiento o de la acción. Con una
salvedad importante, que la recuperación se puede producir bien de un modo voluntario, intencional o explícito (por ejemplo, cuando a alguien se le pregunta dónde estaba el 23 de febrero de 1981 cuando se enteró de que el Congreso de los Diputados había sido tomado por
un grupo de guardias civiles al mando del coronel Tejero), o bien de un modo automático, inconsciente o implícito (Juan S.T. me contó hace tiempo que, durante los primeros años subsiguientes al intento de golpe de estado del 23-F, no podía pasar por la Carrera de San Jerónimo sin notar un claro malestar físico y psicológico: “Cuando pasaba por allí –decía–, me ponía
malo; así que, estuve mucho tiempo sin pasar por esa calle”).
Y, ahora, volvamos a la cuestión de la selectividad. ¿Es selectiva la memoria? Sin
duda alguna, lo es. Pero, ¿qué memoria y cómo y cuándo? La vida cotidiana nos enseña que
de lo que vamos experimentando cada día sólo recordaremos, por lo general, una parte; es
muy raro recordar no ya días completos sino acontecimientos con todos los detalles. La selectividad, entonces, ¿a qué es atribuible, al contenido de la memoria o al funcionamiento de los
sistemas de memoria? Aun asumiendo que el contenido de la memoria nunca refleja todo lo
que ocurre a nuestro alrededor, no tiene sentido hablar de “selectividad” a este nivel. Me explicaré. Lo que nuestra memoria guarda nunca es todo lo acontecido, sino sólo aquello que ha
sido percibido; es decir, sólo aquella porción del mundo que en un momento y un lugar determinados resulta significativo para nosotros. Todo lo demás tiende a pasar inadvertido, no recibe nuestra atención y no será analizado perceptivamente (“Me pasó desapercibido”, decimos
en tales ocasiones). De hecho, lo que nuestra memoria guarda son los productos de los análisis perceptivos9. Por consiguiente, a ese nivel, la selectividad sería atribuible a la percepción
pero no a la memoria, que codificará “todo” lo percibido. Existen, en este sentido, abundantes
pruebas recientes de que nuestros sistemas de memoria hacen un primer registro de todo lo
que llega a nuestro cerebro (porque la memoria, como sistema, no es selectiva en primera
instancia), lo que exige la puesta en marcha de una serie de mecanismos cuya función es eliminar gran parte de la información recibida y evitar, así, la sobrecarga y el consiguiente mal
funcionamiento de los sistemas de memoria10.
Hecha esta aclaración, cabe plantearse alguna pregunta más. En concreto, ¿si nuestros sistemas de memoria guardan todo lo que reciben, en qué momento se produce la selección? o ¿qué proceso es el responsable de la selectividad de la memoria? Hace años que los
9 La concepción de la memoria (su contenido) como el producto de los análisis perceptivos es el
postulado central de la ya clásica e influyente hipótesis de los “niveles de procesamiento”, formulada
por CRAIK, F. & LOCKHART, R., “Levels of processing: A framework for memory research” en Journal
of Verbal Learning and Verbal Behavior, vol. XI, (1972), pp. 671-684.
10 Para un análisis en profundidad de las restricciones funcionales de la memoria a cargo de mecanismos diseñados evolutivamente para garantizar el correcto funcionamiento y evitar la sobrecarga y
bloqueo de los sistemas de memoria, puede verse mi trabajo ya citado RUIZ-VARGAS, J. Mª, Memoria
y olvido..., específicamente, el Capítulo 2.
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psicólogos clínicos y los psicólogos de la memoria comprobaron que el estado de ánimo dominante en el momento del recuerdo (por ejemplo, alegre o triste) determina claramente lo
que se recuerda. En concreto, dos psicólogos clínicos11 del Hospital Maudsley de Londres
comprobaron que, cuando pedían a pacientes con distintos grados de depresión que evocasen recuerdos de su vida pasada a medida que les iban presentando palabras emocionalmente neutras, sus evocaciones eran tanto más rápidas y más desagradables o tristes cuanto mayor era la gravedad de su depresión. A este fenómeno se le ha denominado “memoria congruente con el estado de ánimo”, y lo que nos indica, como puede verse, es que las personas
recordamos más fácilmente las experiencias pasadas cuya carga afectiva o carga emocional
es congruente con el estado emocional en el que nos encontramos en el momento presente.
Es decir, que, en momentos de alegría, las personas tendemos a recordar sucesos o acontecimientos alegres y, a la inversa, cuando nos invade la tristeza aparece en nosotros una propensión a recordar anécdotas o episodios tristes y poco placenteros.
Este efecto del estado de ánimo sobre la memoria, sobradamente constatado a lo largo de las últimas décadas, no es más que un ejemplo que demuestra la extraordinaria dependencia de lo que se recuerda del contexto de la recuperación. Es decir, que es en el momento
del recuerdo cuando se produce la selección y no antes. Todo el mundo sabe que según dónde se encuentre, con quién esté, cómo se sienta física y emocionalmente, etcétera, recordará
un mismo episodio de su pasado con mayor o menor facilidad, con pobreza o riqueza de detalles, con más o menos carga emocional, etcétera.. Este fenómeno por todos conocido es lo
que nos permite decir que “la memoria es selectiva” (en cuanto sistema), es decir, que no recupera siempre todo lo que conserva ni recupera siempre el mismo recuerdo de la misma manera.
4. Tipos de conocimiento representado en la memoria
Tradicionalmente, como ya se apuntó, los psicólogos han considerado la memoria
como una capacidad mental unitaria o única gracias a la cual podemos recuperar los hechos y
los eventos de nuestra vida pasada. Ello ha significado asumir que la capacidad que nos permite recordar, por ejemplo, la fórmula química del agua es la misma que nos permite evocar
el día del fallecimiento de nuestro abuelo o cómo se monta en bicicleta; de modo que, tener
una buena memoria ha significado poder recordar todo tipo de cosas con relativa facilidad. Sin
embargo, las ideas básicas sobre la memoria han cambiado sustancialmente durante las últimas décadas.
Los neurocientíficos y psicólogos cognitivos contemporáneos han acumulado en los últimos años abundante conocimiento científico como para poder afirmar rotundamente que esa
capacidad mental o proceso cognitivo llamado memoria no es, en realidad, una sola cosa,
sino un conjunto de sistemas independientes e interactuantes, especializados en diferentes tipos de información, que funcionan de acuerdo con sus propias reglas y que dependen de la
activación de regiones cerebrales diferentes. Por consiguiente, el contenido de la memoria –
esa cantidad prácticamente inconmensurable de huellas o registros diferentes que nuestro cerebro tiene almacenados o representados– es el resultado o el producto del trabajo de distintos sistemas de memoria, cada uno especializado en el procesamiento de un tipo específico
de información y/o conocimiento, y caracterizados, asimismo, por una forma concreta de expresión de su contenido.
La moderna neurociencia cognitiva de la memoria reconoce que todo lo que un individuo experimenta deja una marca en su cerebro y tiene unos efectos visibles tanto sobre su
acción futura como sobre su pensamiento y sus emociones y sentimientos. Por tanto, lo que
genéricamente llamamos “memoria” se expresa de maneras muy diversas, porque, en sentido
11 LLOYD, G. & LISHMAN, W., “Effect of depression on the speed of recall of pleasant and unpleasant experiences” en Psychological Medicine, vol. X, (1975), pp. 173-180.
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estricto, lo que se manifiesta en cada circunstancia concreta es parte del contenido de uno o
varios sistemas específicos de memoria.
Una primera aproximación al conocimiento representado en la memoria distingue entre
dos formas básicas de conocimiento: declarativo y procedimental. El conocimiento declarativo
hace referencia al conocimiento objetivo (hechos y eventos) acerca del mundo, que podemos
traducir a proposiciones verbales o imágenes mentales, esto es, que podemos declarar (por
ejemplo, “La pasada Navidad estuve en Sevilla” o “Los rayos ultravioletas tienen efectos nocivos”), mientras que el conocimiento procedimental o no-declarativo se refiere al repertorio de
reglas y destrezas que nos permiten movernos adecuadamente en el mundo y que se manifiesta a través de la acción (por ejemplo, conducir o jugar al tenis). La diferencia entre ambos
tipos de conocimiento coincide con la distinción clásica entre “saber qué” y “saber cómo”, respectivamente12.
En línea con lo anterior, actualmente se postula que la memoria no-declarativa13 incluye distintos subsistemas o formas de memoria, tales como las habilidades motoras (por ejemplo, montar en bicicleta, conducir o tocar un instrumento musical), las habilidades cognitivas
(por ejemplo, el cálculo mental o la lectura), el condicionamiento clásico (por ejemplo, las respuestas emocionales condicionadas de miedo) y otras formas asociativas de memoria. Para
nuestros objetivos, resultan de especial relevancia las llamadas “respuestas emocionales condicionadas de miedo”. Detengámonos en un caso: Lorenzo R. luchó en los frentes de Madrid
durante la mayor parte de la Guerra Civil. Una vez declarado el fin de la contienda, volvió a su
pueblo, en la provincia de Córdoba, donde en los años inmediatamente posteriores fue objeto,
junto a un buen número de conciudadanos suyos considerados como “perdedores”, de todo
tipo de vejaciones. Hubo un tiempo, según su relato, en que tuvo que ir todas las tardes a la
plaza del pueblo, donde se le obligaba, junto al resto de los “perdedores” locales debidamente
formados en plan militar, a cantar el “Cara al sol” brazo en alto. “Nos ponían –según sus propias palabras– en lo alto de la plaza, mirando a la puerta del casino y los señoritos, mientras,
repantingados en sus sillones de mimbre... El director del “coro” era “Salerito” el municipal… y
cuando algún señorito, entre burlas y risas, decía «Que lo canten otra vez, que no lo han cantado bien», pues había que cantarlo otra vez… y todas las que quisieran. Así estuvimos varios
meses… ya no me acuerdo bien cuántos”. La humillación y el malestar físico y psicológico
que aquel acto obligado le producían diariamente dejó grabada “a fuego”14, en el cerebro de
Lorenzo, una respuesta emocional de una intensidad tal que –durante el resto de su vida–
cada vez que oía el himno de la Falange Española comenzaba a sudar y, en más de una ocasión, llegó incluso a vomitar. Cuando algunos investigadores del trauma psicológico dicen que
“el cuerpo recuerda”15, están refiriéndose precisamente a este tipo de memoria no-declarativa
(porque no se puede expresar verbalmente) que se manifiesta a través de respuestas somato-sensoriales (taquicardia, sudoración, náuseas, etc.) y de un profundo malestar físico y psi12 RYLE, G., The concept of mind. Londres, Hutchinson, 1949.
13 A medida que la investigación sobre sistemas de memoria ha ido avanzando, se ha comprobado que, dada la heterogeneidad de formas de memoria que no son de tipo “declarativo” y tampoco encajan en el tipo “procedimental”, era aconsejable sustituir este último término por el de “no-declarativo”,
de modo que se impuso la distinción memoria “declarativa” versus memoria “no-declarativa”. Cf.
SQUIRE, L. R., “Declarative and non declarative memory: Multiple brain systems supporting learning and
memory” en SCHACTER, D. & TULVING, E. (Eds.), Memory systems 1994. Cambridge, MA, The MIT
Press, 1994, pp. 203-231.
14 Joseph LeDOUX, uno de los grandes expertos mundiales en los procesos neurobiológicos
subyacentes al aprendizaje del miedo, considera que los recuerdos envueltos en emociones intensas
tienden a ser, además de sorprendentemente exactos y duraderos, virtualmente indelebles. Ver LeDOUX, J., ROMANSKI, L. & XAGORARIS, A., “Indelibility of subcortical emotional memories” en Journal of Cognitive Neuroscience, vol. I, (1989), pp. 238-243.
15 Cf. ROTHSCHILD, B., The body remembers. The psychophysiology of trauma and trauma
treatment. Nueva York, Norton, 2000.
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cológico. Naturalmente, los episodios diarios de cantar el “Cara al sol”, como cualquier otro en
la vida de Lorenzo y de cualquier persona, dejaron en la memoria de éste otros tipos de “recuerdos” (que sí puede relatar, como hemos visto más arriba) además de la respuesta emocional condicionada. Pero conviene no olvidar, y de ahí la pertinencia del caso comentado,
que las experiencias somato-sensoriales y el malestar psicológico también son expresiones
de memoria, sólo que se manifiestan, no explícitamente como los recuerdos, sino de un modo
implícito.
Por otra parte, la memoria declarativa incluye dos grandes sistemas de memoria: la
memoria episódica y la memoria semántica16.
La memoria episódica o autobiográfica17 es la memoria para los sucesos vividos personalmente. Gracias a esta memoria podemos recuperar, de un modo deliberado y consciente,
las experiencias de nuestro pasado personal que ocurrieron en un momento y en un lugar específicos. Esto significa que la evocación de cualquier experiencia pasada de la propia vida
supone revivir o reexperimentar un episodio del pasado con la conciencia clara de que dicho
episodio fue vivido por el mismo sujeto que ahora lo está evocando. A esa experiencia fenoménica de que el suceso que un sujeto revive cuando lo evoca le sucedió a él, Endel Tulving
la ha llamado conciencia autonoética18. De modo que, cuando Lorenzo evoca, por ejemplo, el
tiempo que pasó como preso político en el “Batallón de trabajadores nº 55”, tal acto de memoria implica, por un lado, la generación de un estado mental que representa su estancia dura y
cruel en un campo de trabajo durante la posguerra (“Yo estuve en un batallón de trabajadores”), otra representación mental de aquella experiencia como algo que le ocurrió a él en un
momento y un lugar concretos de su vida pasada (esto es, un número indeterminado de imágenes mentales en las que se ve a sí mismo viajando, llegando al batallón, lo que hacía durante el día, dónde y cómo dormía, etcétera: “Llegamos a la Estación de San Roque el día 8
de enero de 1941, yo cumplía 28 años al día siguiente, y estuve allí hasta el 15 de mayo de
1941… Me acuerdo del día que nos fuimos de aquí [de su pueblo]... Nos juntaron en la plaza
y fuimos marchando en columna de a dos hasta la estación. Fuimos en tren hasta Puente Genil, y allí cambiamos para coger la línea de Córdoba-Málaga… hasta que llegamos a la Estación de San Roque”), una representación adicional con los detalles periféricos conectados a
dicho evento (“Nosotros no estábamos en la misma estación de San Roque, sino en un
cerro… Me acuerdo que en lo alto del cerro había un caserón derrumbado y allí, entre los escombros y sin tejado ni nada, nos alojaron. Allí dormíamos a cielo abierto en pleno invierno…
Más abajo, había una laguna, con un agua más fría… A los que hacían algo, cualquier tontería, los metían allí hasta la cintura y los dejaban toda la noche… y al día siguiente se los encontraban muertos”), y una representación más con las emociones y sentimientos que le embargaron durante aquel período de castigo (“Allí lo pasamos muy mal, muy mal… aunque yo
tuve suerte porque me destinaron a la enfermería… Por menos de nada, te pegaban un tiro y
te mataban”). Conviene tener presente que todas y cada una de las representaciones mencionadas pueden disociarse, como veremos a continuación, bien por causas naturales bien por
daños cerebrales.
En toda evocación autobiográfica, hay que tener en cuenta que si sólo se da la primera
representación (“Yo estuve en un batallón de trabajadores”), no estamos ante un recuerdo autobiográfico o personal, sino que sólo se trataría de lo que Brewer ha llamado un “hecho auto-
16 El término “episódica” hace referencia a episodios, no a discontinua, incidental o intermitente.
La distinción entre “memoria episódica” y “memoria semántica” fue establecida inicialmente por TULVING, E. “Episodic and semantic memory” en TULVING, E. & DONALDSON, W. (Eds.), Organization of
memory. Nueva York, Academic Press, 1972, pp. 381-403.
17 En todo este trabajo, utilizaré ambos términos como sinónimos.
1-12.
18 TULVING, E., “Memory and consciousness” en Canadian Psychology, vol. XXVI, (1985), pp.
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biográfico”19, es decir, algo que uno sabe (pero que no recuerda) acerca de su vida porque alguien se lo ha recordado después o porque lo ha inferido de su propia biografía. Supóngase
que el protagonista de nuestra historia, cercano a los 90 años de edad, lo único que sabe
ahora es que, en efecto, él estuvo en un batallón de trabajadores, pero, supuestamente, no
recuerda nada concreto de aquel período terrible y lejano de su pasado, en el sentido de volver a traer a su conciencia. Esto significaría que Lorenzo simplemente sabría que pasó un
tiempo en un batallón de trabajadores, pero del que no tendría en su memoria ninguna imagen de sí mismo viajando en tren hasta la Estación de San Roque, entre decenas de excombatientes republicanos como él, durmiendo en aquel caserón derruido, trabajando en la enfermería, etcétera, ni emoción o sentimiento alguno ligado a los crueles y despiadados acontecimientos que allí vivió, que le hicieran revivir en el momento actual como propio lo que experimentó aquellos días tan señalados en su vida20. Cuando ocurre esto, por lo demás algo frecuente en cualquier persona corriente (He estado con frecuencia en Barcelona y conservo
muchos y nítidos recuerdos de mis estancias allí, pero si alguien me preguntase “¿Te acuerdas del día que comimos en tal restaurante?”, podría ocurrir que no lo recuerde aunque sepa
con seguridad que he comido en dicho restaurante), se dice que se ha perdido el componente
episódico del recuerdo autobiográfico (de ese episodio concreto) y sólo queda el componente
semántico del mismo. La causa, en tales ocasiones, es sencillamente un olvido normal producido por una o mil razones que en este punto resultan irrelevantes. Sin embargo, resulta muy
interesante comprobar que este fenómeno –llamado técnicamente disociación entre memoria
episódica y memoria semántica– se produce a veces en personas que han sufrido daños graves en áreas o estructuras cerebrales vinculadas estrechamente al funcionamiento de la memoria declarativa21. Naturalmente, cuando tal disociación está producida por una lesión cerebral, el fenómeno aparece mucho más exacerbado y extendido, como en el caso siguiente.
Tulving exploró y analizó la memoria del paciente amnésico KC, quien, a consecuencia
de los daños cerebrales sufridos en un accidente de motocicleta, “no puede recordarse a sí
mismo experimentando situaciones ni participando en ningún acontecimiento de su vida pasada”22; sin embargo, este paciente no perdió todo su conocimiento previo, sino que “sabe muchas cosas sobre el mundo” y, por tanto, puede tener acceso a hechos autobiográficos. Por
ejemplo, cuando se le preguntó “¿Cuál ha sido el momento más triste de su vida?”, KC respondió con un episodio específico: “Cuando murió mi hermano Roger”. No obstante, aunque
esa respuesta dé la impresión de que recuerda la muerte de su hermano, no es así, ya que,
según se pudo comprobar en exploraciones ulteriores, KC no puede evocar absolutamente
nada de lo que hiciera o sintiera durante la ocurrencia de aquélla o de cualquier otra experiencia de su pasado personal. De modo que este paciente, que es capaz de responder con toda
rapidez a cuestiones sobre aspectos semánticos de su conocimiento autobiográfico (es decir,
aspectos objetivos, públicos o compartidos) como, por ejemplo, su fecha de nacimiento, la
19 Brewer ha propuesto una distinción –muy acertada, en mi opinión– entre recuerdo personal y
hechos autobiográficos. Un recuerdo personal implica “revivir” la experiencia fenoménica individual del
episodio original, mientras que los hechos autobiográficos representan el conocimiento relativo al episodio concreto en el que la persona participó, pero carente de cualquier representación imaginística y
emocional de dicho evento. BREWER, W., “What is autobiographical memory?” en RUBIN, D. C. (Ed.),
Autobiographical memory. Cambridge, UK, Cambridge University Press, 1986, pp. 25-49.
20 William JAMES se refirió a esta condición necesaria cuando escribió: «La memoria requiere
algo más que el simple hecho de fechar un hecho en el pasado. Debe ser fechado en mi pasado. En
otras palabras, debo creer que yo experimenté directamente su ocurrencia. Debe tener esa “calidez e
intimidad” que […] caracteriza a todas las experiencias de las que se “apropia” el pensador como suyas», JAMES, W., The principles of Psychology. Cambridge, MA, Harvard University Press, 1890, p.
612.
21 Si éste hubiese sido el caso de Lorenzo –que no lo es– la razón de su olvido sería atribuible a los
efectos negativos de la edad sobre su cerebro y al consiguiente déficit de su memoria autobiográfica.
22 Ver TULVING, E., “Remembering and knowing the past” en American Scientist, vol. LXXVII,
(1989), p. 362.
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dirección de la casa en la que vivió hasta los 9 años, el nombre de los colegios a los que
asistió o la casita de campo que poseen sus padres, es incapaz, sin embargo, de recordar o
de evocar ni una sola experiencia de su vida personal. Así, KC sabe que, en efecto, su familia
es dueña de una casita de campo, sabe dónde se encuentra, puede localizarla en un mapa de
Ontario, sabe a qué distancia está de su casa e incluso lo que se tarda en llegar en coche con el
denso tráfico de los fines de semana y sabe que él ha pasado allí mucho tiempo; sin embargo,
no recuerda ni una sola ocasión en la que él haya estado allí ni nada de lo que allí le ha sucedido. KC ha retenido tras el accidente su conocimiento sobre cómo jugar al ajedrez, pero es incapaz de recordar haber jugado alguna vez con alguien; lo único que puede es adivinar que ha jugado con su padre porque sabe que su padre juega al ajedrez. KC sabe que posee un coche y
conoce la marca, el modelo y el color, pero no puede recordar ni un solo viaje realizado en su
coche. KC sabe y puede describir con todo detalle lo que se hace para cambiar un neumático
pinchado; sin embargo, es incapaz de recordar si él ha cambiado alguna vez una rueda o si ha
presenciado esta operación alguna vez en su vida. En resumen, este paciente tiene mucho conocimiento sobre sí mismo y sobre su pasado, pero es un tipo de conocimiento impersonal, objetivo, público, similar al que posee sobre las demás personas de su entorno. En otras palabras,
es un conocimiento de la propia vida desde el punto de vista de un observador y no desde el
punto de vista del propio yo; es un conocimiento, en suma, semejante al que cualquiera tiene de
los amigos o de los familiares. El paciente KC es muy conocido en el campo de la amnesia
porque representa uno de los casos más nítidos de disociación, por daño cerebral, entre la
memoria episódica/autobiográfica (que quedó profundamente dañada por el accidente) y la
memoria semántica (que quedó preservada)23.
Todo acto de memoria autobiográfica supone, por tanto, viajar mentalmente hacia
atrás a través del tiempo subjetivo y revivir experiencias de la propia vida pasada, con la conciencia clara de que tales experiencias fueron vividas por el mismo sujeto que ahora las está
evocando. En este punto conviene señalar que el sistema de memoria episódica o autobiográfica se corresponde con el significado del término “memoria” en el uso general y cotidiano del
ciudadano de a pie.
La memoria semántica, por otra parte, se refiere al conocimiento sobre hechos y conceptos pero desligado de las circunstancias espaciales y temporales de su adquisición. Por
ejemplo, saber que el perro es un mamífero, que las cosas se caen si se nos escapan de las
manos, que Europa es un continente o que el 18 de julio de 1936 hubo en España un golpe
de estado fallido que provocó una “guerra civil”24, serían ejemplos de memoria semántica. Las
representaciones semánticas constituyen, pues, el conocimiento general de los individuos
acerca del mundo en el sentido más amplio. Gracias a este sistema, las personas podemos
representar estados, objetos y relaciones entre unos y otros sin necesidad de que estén presentes físicamente. De ahí que se asuma que la representación estructurada de ese conocimiento semántico tiene como función principal el modelado cognitivo del mundo.
A diferencia de la memoria autobiográfica, la memoria semántica no hace referencia al
Yo ni se acompaña, precisamente por ello, de conciencia de pasado. No obstante, la memoria
semántica incluye mucho conocimiento sobre uno mismo, como el propio nombre, el domicilio, fecha de nacimiento, personas conocidas, el nombre de compañeros o el de los jefes y oficiales de la compañía o del regimiento en el que se luchó, etcétera25. Dicho conocimiento
23 Para un análisis reciente y exhaustivo del caso KC, véase ROSENBAUM, R. S., KÖHER, S.,
SCHACTER, D. L., MOSCOVITCH, M., WESTMACOTT, R., BLACK, S. E. GAO, F. & TULVING, E.,
“The case of K.C.: contributions of a memory-impaired person to memory theory” en Neuropsychologia,
vol. XLIII, (2005), pp. 989-1021.
24 Salvo para aquellas personas que por su edad vivieron aquella fecha del 18 de julio de 1936 y
guardan un buen recuerdo de todo lo que ocurrió (en estos casos, no sería memoria semántica sino
memoria autobiográfica).
25 Éstos son, precisamente, ejemplos de lo que hemos llamado “hechos autobiográficos”.
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constituye el “componente semántico” de la memoria autobiográfica o la llamada “memoria semántica personal”26; pero, resulta obvio que dicho conocimiento es algo que uno sabe en el
mismo sentido que sabe que el tiburón es un pez. Por todo ello, la recuperación de información semántica (por ejemplo, que Franco dio un golpe de estado en 1936 o que si introduzco
los dedos en un enchufe recibiré una descarga eléctrica) sólo implica conciencia de saber
pero no de recordar o de evocar ni de reexperimentar nada. Tulving ha denominado a dicha
experiencia “conciencia noética”. A propósito de ello, es un hecho empírico que cualquier
adulto sabe (conciencia noética) muchas más cosas que las que recuerda (conciencia autonoética). La razón estriba en que la memoria autobiográfica acusa relativamente temprano y
con claridad el efecto de la edad mientras que la memoria semántica apenas se ve afectada
por el proceso natural del envejecimiento27.
Gracias a la conciencia autonoética, el sujeto puede distinguir entre “estar pensando
en algo” y “estar evocando o recordando algo”. Lo sustancial y único de la memoria autobiográfica estaría, por tanto, en la sensación consciente de pasado, es decir, en el sentimiento
subjetivo de que, en la experiencia que se revive en el momento presente, un sujeto está reviviendo algo que sucedió anteriormente en su vida; una experiencia mental única e inconfundible que no tiene nada que ver con conocer o saber algo, propio de la memoria semántica.
Para los objetivos de este trabajo, la distinción entre la memoria autobiográfica –con
su componente episódico (acompañado de conciencia autonoética) y su componente semántico–, por un lado, y la memoria semántica (acompañada de conciencia noética), por otro, resulta de especial relevancia, teniendo en cuenta la actual proliferación de términos referidos a
la memoria y el uso, con frecuencia, poco riguroso que de los mismos se está haciendo. No
obstante, el núcleo de este ensayo es la memoria autobiográfica, razón por la cual vamos a
seguir profundizando en sus características y funciones.
5. La función social de la memoria autobiográfica
Durante la última década, el interés y dedicación de los científicos cognitivos por el estudio de la Memoria Autobiográfica (MA) no ha dejado de crecer, al tiempo que el foco de estudio se ha ido desplazando en años recientes desde cuestiones relativas a la estructura y organización de dicha memoria hacia planteamientos de corte funcional. En este sentido, lo que
los psicólogos de la memoria intentan entender son cuestiones tales como por qué, para qué
y cómo recordamos los seres humanos los acontecimientos (triviales o trascendentales) de
nuestras vidas. Lo que actualmente interesa conocer es por qué y para qué las personas recuerdan las experiencias de sus vidas, piensan y reflexionan sobre ellas, y las comparten con
los demás; en otras palabras, cómo funciona la memoria en las relaciones humanas.
En el fondo, todos somos historiadores personales. No hay más que ver que nos pasamos la vida entera contándonos unos a otros historias de lo que nos sucede. ¿Ha caído usted
en la cuenta de que ésa es la base de las relaciones personales? Los niños empiezan a hablar sobre el pasado, es decir, empiezan a compartir con otros sus experiencias, casi tan
pronto como comienzan a hablar, aproximadamente a los 18 meses de edad (esto es un hecho empíricamente confirmado28), y no dejarán de hacerlo como adolescentes o adultos ni un
26 El término “componente semántico” (versus “componente episódico”) de la memoria autobiográfica procede de GUILLERY, B. [et al], “Extensive temporally graded retrograde amnesia for personalepisodic facts in transient global amnesia” en Neurocase, vol. VI, (2000), pp. 205-210. La expresión
“memoria semántica personal” es de EVANS, J. [et al], “Neuropsychological and SPECT scan findings
during and after transient global amnesia: evidence for the differential impairment of remote episodic
memory” en Journal of Neurology, Neurosurgery and Psychiatry, vol. LVI, (1993), pp. 1227-1230.
27 Para un análisis básico acerca de los efectos del envejecimiento sobre la memoria, puede verse RUIZ-VARGAS, J. Mª, “Mejore su memoria, siempre hay tiempo” en FERNÁDEZ-BALLESTEROS,
R. (Dir.), Vivir con vitalidad. III. Cuide su mente. Madrid, Pirámide, 2002, pp. 73-112.
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solo día de toda su vida. La cuestión relevante, por tanto, sería: ¿por qué hablamos a los demás de nuestro pasado? o ¿por qué compartimos nuestras experiencias con otros?
Contar a otros nuestro pasado, y contárnoslo a nosotros mismos, cumple tres funciones básicas: 1) Comprendernos a nosotros mismos: lo que supone la construcción de un yo
individual (el núcleo de la identidad personal) y el mantenimiento de su integridad y continuidad a lo largo de la vida. De ahí que se hable de una función relativa al yo. 2) Generar o provocar la empatía, en nosotros y en los que escuchan nuestra historia; por lo que se habla de
una función social o comunicativa; y 3) Planificar nuestra conducta presente y futura; lo que
apunta a una función directiva. Existe, pues, un acuerdo en señalar que la MA tiene tres funciones básicas: una relativa al yo, una función social y una función directiva29. Estas tres funciones no representan categorías discretas ni en la conducta cotidiana ni a nivel mental sino
que tienden a solaparse, como tampoco prima ninguna sobre las otras dos ni compiten entre
ellas. En cualquier actividad cotidiana, coinciden en señalar los expertos, estas tres funciones
aparecen íntimamente conectadas. Monisha Pasupathi ha expresado esta idea magistralmente: “Nuestro pasado nos conecta unos a otros [función social], nos dice quiénes somos [función relativa al yo] y nos informa acerca de lo que debemos hacer en el futuro [función directiva]… En la práctica, por tanto, las tres funciones concurren y se solapan entre sí”30. Lo cual
no es óbice para que cada una de ellas se analice por separado –como, de hecho, demuestra
la investigación actual–.
Por razones de pertinencia y de espacio, en este trabajo nos detendremos exclusivamente en el análisis de la función social de la MA31. Con ello pretendemos proporcionar una
serie de ideas básicas que nos permita, a continuación, analizar con claridad la adecuación
teórica y epistemológica de términos tales como “memoria social”, “memoria colectiva” y, finalmente, “memoria histórica”.
Una cuestión inicial que queremos dejar muy clara es que la memoria autobiográfica
es un sistema individual de memoria regido por principios y reglas de naturaleza interna (en
concreto, aquéllos que rigen el funcionamiento de la memoria en cuanto conjunto de sistemas
cerebrales y cognitivos) y por principios y reglas de naturaleza externa o social. Esto significa
que tanto durante la codificación o adquisición de conocimiento, como durante la retención de
dicho conocimiento a lo largo del tiempo y, sobre todo, durante la recuperación, especialmente durante el acto de recordar y contar a otros nuestro pasado, la MA está fuertemente influenciada por el contexto, que, a su vez, tiene siempre una vertiente interna (por ejemplo, el
propio estado de ánimo) y una vertiente externa o el llamado contexto social. Los actuales psicólogos de la memoria son muy conscientes de todo ello, como lo demuestran las ideas que
expondremos a continuación.
¿Por qué nos pasamos la vida contándonos historias personales unos a otros? La función social más básica de la memoria autobiográfica es ofrecer material para conversar, facilitando así la interacción social. Como ha señalado Katherine Nelson, el verdadero valor de la
28 Pueden verse, al respecto, los trabajos de SACHS, J., “Talking about the there and then: The
emergence of displaced reference in parent-child discourse” en NELSON, K. (Ed.), Children’s language.
Hillsdale, N.J., Erlbaum, 1983, pp. 1-28; y REESE, E., “What children say when they talk about the past”
en Narrative Inquiry, vol. IX, (1999), pp. 1-27.
29 Para una revisión sobre las funciones de la memoria autobiográfica, véase BLUCK, A., “Autobiographical memory: Exploring its functions in everyday life” en Memory, vol. XI, (2003), p. 113-123.
30 PASUPATHI, M., “Emotion regulation during social remembering: Differences between emotions elicited during an event and emotions elicited when talking about it” en Memory¸ vol. XI, (2003), p.
151.
31 He analizado en profundidad las diferentes funciones de la memoria autobiográfica, con un
énfasis especial en la función relativa al yo y en el desarrollo de la identidad personal, en un trabajo reciente: RUIZ-VARGAS, J. Mª “Memoria e identidad personal”. Ponencia presentada en el Curso La representación literaria de la memoria. UIMP, Santander 27-31 agosto de 2007.
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memoria autobiográfica reside en que se puede compartir con otros y así cumple una función
de solidaridad social. Cuando en una conversación relatamos y, por tanto, compartimos nuestros recuerdos con los otros, hacemos que nuestra contribución a dicho acto social resulte
más creíble y persuasiva32. ¿Por qué cuando nos ocurre algo importante sentimos la necesidad de contarlo a alguien? La impresión que se tiene en tales circunstancias es como que si
no se cuenta a otros lo sucedido parece que no ha ocurrido. Como ya se ha dicho, somos
contadores de historias natos: “We are all storytellers, and we are the stories we tell”33, y ello
es así porque al compartir con otros lo que nos sucede desarrollamos, mantenemos y reforzamos los vínculos sociales con los otros, con el grupo, con la sociedad.
Análisis pormenorizados del acto de compartir nuestros recuerdos con otros revelan
que el uso social de nuestra MA cumple tres objetivos básicos34. Primero, nos permite iniciar,
mantener y desarrollar buenas relaciones con nuestros semejantes: qué duda cabe que las
conversaciones en las que a diario nos involucramos las personas para fomentar la interacción social se nutren, generalmente, del material procedente de nuestra memoria. Segundo,
para ilustrar un asunto o para dar un consejo, es decir, para enseñar e informar a otros: recurrir en las conversaciones a recuerdos personales –que contamos y, por tanto, compartimos
con nuestro interlocutor– es una estrategia social que hace más veraz la conversación y le
aporta, además, credibilidad y poder de persuasión. Tercero, contamos a otros historias personales para provocar y mostrar empatía: cuando se comparten recuerdos personales, quien
recuerda y quien escucha se involucran en la misma historia, una historia que pondrá al descubierto la empatía de quien está recordando al tiempo que provocará la empatía del oyente,
sobre todo cuando este último responde, como suele ser habitual, con sus propios recuerdos
personales.
Resulta interesante y oportuno introducir en este punto la sutil pero relevante diferencia que implica compartir recuerdos autobiográficos cuando el oyente no estuvo presente y
cuando sí estuvo presente en el episodio que se narra. En efecto, cuando se comparte un recuerdo personal con alguien que no estaba presente en el episodio recordado, la narración
tiene una función informativa, ya que supone dar a conocer al oyente (a través de un acto denominado “revelación del yo biográfico”) información sobre el narrador y su mundo; mientras
que compartir recuerdos con alguien que sí estuvo presente tiene más una función de “vinculación social”, ya que al contar historias personales a otros que compartieron esas experiencias con nosotros lo que hacemos es crear vínculos interpersonales sobre la base de un “sentido de historia compartida”35.
Si algo caracterizó a la memoria de los “perdedores” durante la interminable y cruel
dictadura franquista fue la imposibilidad de contar a otros los horrores de la guerra. Como he
destacado en un trabajo previo36, la construcción de una narración coherente a través del re32 NELSON, K., “The psychological and social origins of autobiographical memory” en Psychological Science, vol. I, (1993), p. 1-8. Véase también COHEN, G., “The effects of aging on autobiographical memory” en THOMPSON, Ch. P., HERRMANN, D. J., BRUCE, D., BRUCE, D., READ, J. D.,
PAYNE, D. G. & TOGLIA, M. P., (Eds.), Autobiographical memory: Theoretical and applied perspectives. Hillsdale, NJ, LEA, 1998, pp. 105-123.
33“We are all storytellers, and we are the stories we tell” en McADAMS, D., JOSSELSON, R. &
LIEBLICH, A., Identity and story. Creating self in narrative. Washington, American Psychological Association, 2006, p. 3. [traducción, “Somos contadores de historias y somos las historias que contamos”].
34 ALEA, N. & BLUCK, S., “Why are you telling me that? A conceptual model of the social function of autobiographical memory” en Memory, vol. XI, (2003), pp. 165-178.
35 FIVUSH, R., HADEN, C. & REESE, E., “Remembering, recounting, and reminiscing: The development of autobiographical memory in social context” en RUBIN, D. C. (Ed.), Remembering our
past: Studies in autobiographical memory. Nueva York, Cambridge University Pres, 1996, pp. 341-359
36 RUIZ-VARGAS, J. Mª, “Trauma y memoria de la Guerra Civil y la dictadura franquista” en
GÁLVEZ, S., (Coord.), Generaciones y memoria de la represión franquista: un balance de los
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cuerdo compartido es precisamente el fundamento de la llamada Narrative exposure therapy37, destinada a víctimas de estrés postraumático por guerras, terror o tortura. Los proponentes de esta nueva terapia reivindican que la superación real del trauma sólo será posible si
a la víctima se le permite narrar sus experiencias, porque cuando cuenta a otros la historia de
lo sucedido, la víctima tiene la oportunidad de exteriorizar sus sentimientos, lo que posibilita el
procesamiento de las emociones dolorosas. De esa manera, transformando el trauma en palabras, se logran modificar a nivel cerebral lo que los expertos llaman “redes asociativas de
miedo”38, sobre las que se apoya la experiencia dolorosa. Esa modificación resulta crucial
para la superación del trauma porque supone, además, la recuperación de la dignidad y el
descubrimiento de la verdad. Pero a los perdedores republicanos no sólo no se les permitió
contar lo ocurrido, sino que se les amenazó, acosó y persiguió para imponerles el más negro
de los silencios.
Esa falta absoluta de oportunidad para que “el yo biográfico” de las víctimas morales
de la Guerra Civil “revelase” sus dolorosas experiencias siquiera a sus familiares o a los más
allegados, o para experimentar ese “sentido de historia compartida” que emerge cuando el recuerdo se cuenta a otros que sí vivieron los mismos episodios, en una búsqueda desesperada
de “vinculación social” porque el sujeto se siente literalmente un “hombre muerto”, lo que añadió un profundo e inenarrable sufrimiento a la vida devaluada de los perdedores. En el siguiente extracto de una entrevista mantenida por el autor con Rafael M. M., un vencido republicano que dos años después de finalizada la contienda fue enviado a un Campo de Trabajo,
quedan de manifiesto tales ideas:
«- Cuando terminó la Guerra, y después de estar en el Batallón de Trabajadores, ¿todo lo que pasó
Vd. se lo contaba a su familia, o de eso no se hablaba nunca en la casa?
- No, en la casa no podíamos hablar. En la casa no podíamos hablar de...
- ¿Ni con su padre, ni con su familia?
- Ni a nadie. Yo no le conté a mi padre nada... allí no podíamos nosotros abrir la boca... ni allí ni en
ningún sitio. ¡Si las personas estábamos, como quien dice, “muertos”! ¡Si no podíamos abrir la
boca! En cuanto veían hablando a dos, ya pasaban a ver lo que... Y escuchando de noche en las
puertas, de puerta en puerta, a ver qué era lo que oían. Ustedes no saben lo que teníamos, hombre. Ustedes no saben la Inquisición que teníamos, hombre... ¡Si estaba todo el mundo muerto! Si
no podías referir nada de nada. Ni juntarnos ni unirnos ni nada.
- ¿Le afectó a Vd. eso mucho, el no poder contarlo?
- ¡Hombre, claro que me afectó mucho! Aquello me dolía mucho a mí. Yo sufría mucho... Es que ni
en el trabajo, con los compañeros ni nada»39.
Retomando el hilo de nuestro argumento, el papel fundamental que puede desempeñar la memoria autobiográfica en el desarrollo, mantenimiento y reforzamiento de los vínculos
sociales ha sido interpretado como reflejo de su potencial valor adaptativo. Esta función, no
obstante, depende de una serie de variables evolutivas, individuales y sociales. En estudios
movimientos por la memoria. Dossier monográfico Revista de Historia Contemporánea. Hispania Nova,
nº 6/7, (2006/2007), pp. 299-336 [http://hispanianova.rediris.es/].
37 SCHAUER, M., NEUNER, F. & ELBERT, T., Narrative exposure therapy. Cambridge, MA, Hogrefe, 2005.
38 FOA, E., STEKETEE, G. & ROTHBAUM, B., “Behavioral / cognitive conceptualisation of posttraumatic stress disorder” en Behavior Therapy, vol. XX, (1989), pp. 155-176.
39 Entrevista mantenida con Rafael M. M., de 92 años, el 31 agosto de 2005.
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muy recientes40, se está insistiendo en la influencia contextual del ciclo vital o del momento
del curso de la vida como determinante de las razones por las que las personas reflexionan
sobre su pasado y comparten sus recuerdos con otros, junto a otras variables tales como las
características cualitativas y cognitivas del recuerdo (por ejemplo, la carga emocional del episodio recordado y la cantidad de detalles recordados), las características de quien recuerda
(por ejemplo, edad, sexo y personalidad), la familiaridad y el parecido o la similitud entre el
hablante y el oyente, el nivel de interacción durante el acto del recuerdo compartido, así como
la naturaleza de la relación social en la que se comparten los recuerdos.
En definitiva, lo que los actuales psicólogos de la memoria, específicamente los comprometidos con el estudio de la memoria autobiográfica desde el llamado enfoque ecológico,
están poniendo de manifiesto es que los recuerdos autobiográficos son una forma de cognición que ocurre en un contexto social. Una de las teorías actuales más influyentes sobre memoria autobiográfica41 mantiene que los recuerdos son construcciones dinámicas, fluidas y
fuertemente vinculadas al contexto en el que se producen, lo que significa que el contenido de
la memoria autobiográfica está determinado tanto por las experiencias vividas como por las
reconstrucciones sociales de tales experiencias. Reconstrucciones que tienen lugar, fundamentalmente, en contextos conversacionales, porque la conversación es el medio a través del
cual proporcionamos a los demás historias de lo que nos sucede junto con nuestras ideas
acerca de lo que pensamos que tales historias significan. Y es a través de esas interacciones
conversacionales como se produce la construcción social de nuestro pasado y de nuestra
identidad42.
Como ya se ha insinuado, la concepción teórica y metateórica con la que los actuales
investigadores de la memoria autobiográfica están abordando el estudio de este sistema de
memoria ha cambiado rápida y profundamente en los últimos años. La investigación actual en
este campo se está desarrollando desde un marco teórico y de trabajo en el que convergen
diversos enfoques, tales como la investigación sobre memoria y lenguaje, los enfoques sociocognitivos y discursivos sobre la cognición, el constructivismo social y los enfoques narrativos
en el estudio de la personalidad43. Esta confluencia e integración de perspectivas teóricas,
unas individuales y otras sociales por naturaleza, ha expandido sensiblemente los límites
epistemológicos de la memoria autobiográfica y está enriqueciendo extraordinariamente nuestro conocimiento y nuestra propia concepción de la memoria autobiográfica, el sistema que
juega un papel crucial en la construcción social del pasado personal y colectivo.
Ante tal estado cosas, esto es, ante un planteamiento en el que los aspectos individuales y sociales han pasado a ocupar un lugar prominente en la reconstrucción del pasado, surge una pregunta fundamental en este contexto: ¿qué aportan teóricamente, si es que aportan
algo, nociones tales como “memoria social” y “memoria colectiva”?, o, en otras palabras: ¿son
necesarias hoy día, epistemológicamente hablando, nociones tales como “memoria social” y
“memoria colectiva”? Analicemos brevemente estas cuestiones.
40 ALEA, N. & BLUCK, S., “Why are you telling...”, op.cit.. Ver también BLUCK, S., ALEA, N.,
HABERMAS, T. & RUBIN, D., “A tale of three functions: The self-reported uses of autobiographical
memory” en Social Cognition, vol. XXXIII, (2005), pp. 91-117.
41 CONWAY, M. & PLEYDELL-PEARCE, C., “The construction of autobiographical memories in
the self memory system” en Psychological Review, vol. CVII, (2000), pp. 261-288.
42 PASUPATHI, M., ALDERMAN, K. & SHAW, D., “Talking the Talk: Collaborative Remembering
and Self-Perceived Expertise” en Discourse Processes, vol. XLIII, (2007), pp. 55-77.
43 Ver THORNE, A., “Personal memory telling and personality development” en Personality and
Social Psychology Review, vol. IV, (2000), pp. 45-56; y PASUPATHI, M., “The social construction of the
personal past and its implications for adult development” en Psychological Bulletin, vol. CXVII, (2001),
pp. 651-672.
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6. Sobre la pertinencia teórica de los conceptos de “memoria social” y “memoria colectiva”
La idea de que la memoria está fuertemente influenciada por el contexto social no es
nueva en psicología. En 1932, el psicólogo británico Frederic Bartlett dedicó toda una monografía, su famoso e influyente libro Remembering: A study in experimental and social psychology44, al estudio experimental de los procesos de “percibir” y “recordar”. En tal sentido, resulta
fundamental destacar que Bartlett distinguió entre la facultad o entidad mental a la que llamamos memoria y el proceso de recordar. Esta distinción tiene una importancia capital en nuestro trabajo porque Bartlett dedicó numerosos estudios experimentales a demostrar la “naturaleza social del recuerdo” (o del proceso de recordar), pero no postuló ni habló en su obra de la
“naturaleza social de la memoria” ni muchos menos de la existencia de una “memoria social”,
como algunos autores posteriores le atribuyen y propugnan. Precisamente en el penúltimo
capítulo de la obra citada, al referirse a “la base del recuerdo social” (The basis of social recall), Bartlett dejó muy claro que “this, or any other hypothesis of the same kind, is not a theory
of social memory, but only of the social determination of remembering” 45. La inequívoca diferenciación que establece Bartlett entre “memoria” y “recordar”, y, sobre todo, su énfasis en
que no está hablando de “memoria social”, sino de “la construcción social de los recuerdos” –
matizaciones que con frecuencia no son tenidas en cuenta o parecen pasar inadvertidas para
expertos y legos en la materia–, representan, en mi opinión, la piedra de toque para resolver
el enredo teórico que tenemos entre manos46. Porque una cosa es la memoria, como sistema,
que es un fenómeno básicamente individual, y otra muy distinta el proceso de recuperación
de las representaciones mnemónicas o, lo que es lo mismo, el proceso de recordar o de evocar las experiencias personales de nuestro pasado, que, como están demostrando empíricamente los actuales psicólogos de la memoria autobiográfica, es un proceso reconstructivo
(esta idea es, precisamente, de Bartlett), que ocurre generalmente en un contexto social y que
está necesariamente determinado tanto por las vivencias pasadas de quien recuerda como
por innumerables factores del contexto social en el que se recuerda. Esa interdependencia de
la memoria individual y de los factores sociales fue lo que, por encima de todo, Bartlett destacó.
La idea de la existencia de una “memoria social” o de una “memoria colectiva” se
debe, sobre todo, a Maurice Halbwachs. Muy influenciado por la idea de su maestro Emile
Durkheim de que la vida mental individual depende de la vida colectiva y de la acción colectiva, Hallbwachs exploró la naturaleza social de la memoria en dos obras, Les cadres sociaux
de la mémoire (1925), donde se ocupa de la “memoria colectiva” de la familia, de los grupos
religiosos y de las clases sociales, y La mémoire collective (1950)47, donde contrapone la idea
de memoria colectiva a la de memoria individual y a la de memoria histórica y concluye que
todo recuerdo está estructurado por identidades de grupo (la familia, el barrio, la ciudad…) y
sólo existe en cuanto producto de la intersección concreta de los grupos: “uno sólo recuerda –
escribió Hallbwachs– a condición de que se sitúe en el punto de vista de uno o varios grupos
44 BARTLETT, F. C., Remembering: A Study in Experimental and Social Psychology. Cambridge,
Cambridge University Press, 1932 (traducción, Recordar. Madrid, Alianza, 1995). La obra Remembering de Bartlett apenas tuvo eco en psicología de la memoria hasta bien entrada la década de 1970; no
obstante, desde entonces su influencia no ha dejado de crecer y hoy se considera una obra de referencia obligada para los estudiosos e investigadores de la memoria humana.
45 [“Ésta, o cualquier otra hipótesis del mismo tipo, no es una teoría de la memoria social, sino
sólo de la determinación social del recuerdo”], BARTLETT, F. C., Remembering…¸op.cit., p. 294.
46 Repárese en que esta distinción nos remite a la ya establecida en el apartado “Concepto de
memoria”, entre la memoria como sistema y la memoria como representación o contenido, respectivamente.
47 Existen traducciones recientes al castellano de ambas obras; a saber, HALBWACHS, M., Los
marcos sociales de la memoria. Barcelona, Anthropos, 2004, y HALBWACHS, M., La memoria colectiva. Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004.
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y de una o varias corrientes de pensamiento colectivo”48. Todos los recuerdos, aunque parezcan individuales, tienen su origen en un medio social concreto: el grupo o los grupos a los que
el individuo pertenece. No hay posibilidad, según Hallbwachs, para el recuerdo individual: es
el grupo el que recuerda. “El propio grupo es capaz de recordar […] y ésta no es una simple
metáfora”, escribió49. La memoria individual o la sensación de que tenemos recuerdos individuales no es más que una ilusión de memoria.
El propio Bartlett, que analizó en detalle Les cadres sociaux de la mémoire, expresó su
desacuerdo con la idea de “memoria colectiva” de Hallbwachs, básicamente porque dudaba
de que “el grupo social como tal posea la capacidad de retener y recordar su propio pasado”.
En efecto, el psicólogo británico rechazó la existencia de una memoria colectiva o grupal argumentando que no existe ninguna entidad que se corresponda con una memoria colectiva, al
igual que no existe una mente grupal o colectiva. Porque, aunque Hallbwachs analizase la
memoria dentro del grupo familiar o religioso, en realidad trató “únicamente de la memoria en
el grupo, y no de la memoria del grupo”, según palabras de Bartlett50. Esta distinción nos remite de nuevo al mismo tipo de matización que hicimos un poco más arriba: una cosa es reivindicar la influencia social o del grupo en la recuperación o recuerdo del pasado –que la psicología de la memoria actual asume sin ambages– y otra muy distinta declarar la existencia de
una memoria grupal o colectiva.
Respecto a la “memoria social”, habría que empezar diciendo que, en realidad, los términos “colectiva” y “social”, en este contexto de la memoria, vienen a ser prácticamente sinónimos, como lo atestiguan, entre otros, Fentress y Wickham en la “Introducción” a su obra
Memoria Social51. Convencidos de que el concepto de “memoria colectiva” de Hallbwachs
está desconectado de los procesos de memoria de cualquier persona concreta, y de que convierte al “individuo en una especie de autómata que obedece pasivo la voluntad colectiva interiorizada”52, estos autores rechazan dicho concepto y optan por utilizar el término “memoria
social” en lugar de “memoria colectiva”, aunque el último sea de uso más frecuente.
Sin embargo, sustituir un término por otro no soluciona el problema generado si dicha
sustitución no va acompañada de un cambio conceptual y metateórico. Porque, como el propio Bartlett advirtiera, una vez que hubo dejado claro que él no pretendía construir una teoría
de la “memoria social” sino subrayar la determinación social del acto de recordar, “En un sentido estricto, una teoría de la memoria social debería poder demostrar que un grupo, considerado como unidad, recuerda de hecho, y no limitarse a identificar el estímulo o las condiciones
bajo las que los individuos pertenecientes al grupo recuerdan el pasado”53. Y esto último, describir las condiciones sociales bajo las que la “memoria individual” se convierte en “social”, es
justamente lo que encontramos en la obra de Fentress y Wickham. Porque, en efecto, lo que
estos autores sostienen es lo que, por otra parte, venimos repitiendo desde casi el inicio de
este ensayo, esto es, que es a través de la narración cómo los recuerdos individuales “se hacen sociales” y contribuyen a crear y reforzar la identidad del grupo54.
48 HALBWACHS, M., La memoria colectiva…, op.cit., p. 36.
49 HALLBWACHS, M., Los marcos sociales…, op.cit., p. 175.
50 Las dos citas de este párrafo se encuentran en BARTLETT, F., Remembering…, op.cit., p.
296.
51 FENTRESS, J. & WICKHAM, C., Memoria social. Valencia, Universitat de València / FrónesisCátedra, 2003.
52 FENTRESS, J. & WICKHAM, C., Memoria social…, op.cit., p. 13.
53 BARTLETT, F., Remembering..., op.cit.¸ p. 294.
54 Siendo Memoria social la obra de un antropólogo –James FENTRESS– y de un historiador –
Chris WICKHAM–, su desarrollo incluye el análisis de los grandes formatos narrativos utilizados históricamente para convertir el pensamiento individual en social, tales como las leyendas, los mitos, la poesía oral, los cuentos de hadas o las anécdotas.
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Y es que no podría ser de otra manera, porque sostener que el grupo social tiene una
memoria por encima de la de los individuos que lo constituyen es, y también lo dijo con total
claridad Bartlett, pura especulación. Mientras no se aporte alguna prueba inequívoca de una
memoria grupal (cosa que hasta ahora no ha ocurrido), no puede admitirse la existencia de
una “memoria colectiva” ni de una “memoria social” en cuanto sistemas de memoria distintos
y disociables de los sistemas científicamente contrastados y que constituyen la llamada memoria humana. Por consiguiente, las expresiones “memoria colectiva” y “memoria social” deberían ser consideradas más como recursos retóricos que como verdaderos sistemas de memoria, dado que, en rigor, carecen de justificación teórica y epistemológica.
Y en este mismo sentido y por las mismas razones, los argumentos anteriores serían
aplicables al concepto de “memoria histórica”.
7. ¿Cuál es, entonces, el significado del término “memoria histórica”?
Toda memoria individual recoge la historia de su poseedor, y esa es la razón por la
cual el sistema de memoria episódica es considerado una memoria autobiográfica. El contenido de nuestra memoria autobiográfica, la de cada uno de nosotros, no se limita a la mera acumulación de experiencias personales, sino que es una narración coherente y continua de
nuestra propia vida o, más concretamente, de la historia de nuestra vida. Esta es una idea
muy interesante, porque implica que el sistema humano de memoria autobiográfica impone
una serie de restricciones para poder funcionar adecuadamente. Por ejemplo, que las experiencias sean traducidas a lenguaje y éste a narración.
La psicología actual dispone de numerosos estudios que demuestran el papel mediador y crucial del lenguaje en la memoria autobiográfica, desde su aparición y desarrollo como
sistema en la infancia hasta su mantenimiento a lo largo de toda la vida. Probablemente la teoría sobre el desarrollo de la memoria autobiográfica con mayor poder explicativo, la denominada teoría sociocultural55, sostiene que la aparición y desarrollo en el niño de la memoria autobiográfica depende de la confluencia de diversos factores, entre los que destacan la existencia previa de otros sistemas básicos de memoria, la adquisición de lenguaje hablado o signado, la capacidad para comprender y producir narraciones, charlar con los padres sobre los recuerdos, el estilo conversacional de los padres, la existencia en el niño de un “yo cognitivo” o
la comprensión temporal, fundamentalmente. En otras palabras, lo que actualmente se piensa
es que hasta que el niño no dispone de lenguaje no se encuentra cognitivamente en condiciones para que el sistema de memoria autobiográfica se desarrolle. Después, a lo largo de la
vida, una vez equipado el sujeto a nivel neurocognitivo con dicho sistema de memoria, el recuerdo posterior de las experiencias personales sólo será posible si tales experiencias son
traducidas a palabras, a narraciones, a historias. Historias que nos contamos unos a otros,
generalmente en el seno de las conversaciones. De ahí que nos pasemos la vida inmersos en
la palabra, hablando, conversando, porque al contar a otros nuestro pasado estamos simultáneamente construyendo ese pasado y a nuestro propio yo, nuestra identidad personal. Cada
persona, por tanto, es autora de la historia de su vida y, por eso, decimos que, en el fondo,
todo sujeto es un historiador. Porque la memoria personal o autobiográfica es, en sentido estricto, una memoria histórica.
Sin embargo, cuando hoy en día se habla de “memoria histórica” no es para referirse,
en absoluto, a la memoria de nuestro pasado personal. Cuando alguien habla hoy de “memoria histórica” parece claro que es para referirse, digamos, a una memoria especial –llamémosla así momentáneamente–, cuya función sería recordar, para mantener vivas, historias (generalmente, ajenas aunque emocionalmente cercanas) o sucesos muy concretos de la vida de
un grupo o de una sociedad. Lo que me lleva a pensar que quizás sería más apropiado hablar
55 Cf. NELSON, K. & FIVUSH, R., “The emergence of autobiographical memory: A social cultural
developmental theory” en Psychological Review, vol. CXI, (2004), pp. 486-511.
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de “memoria de la historia”. Pero tampoco es exactamente o solamente eso. En mi opinión,
cuando hoy en día se habla de “memoria histórica”, y me voy a referir exclusivamente a nuestro país, es para poner de manifiesto que algo de nuestra historia, cercana o relativamente
cercana, aún no se ha cerrado, aún sigue pendiente de algún tipo de restitución y, por eso,
aún sigue doliendo su evocación. Más aún, y ésta es la tercera cuestión que creo necesario
analizar, cuando en la España actual alguien habla de “memoria histórica” lo suele hacer en
un tono reivindicativo. ¿Para reivindicar qué? Básicamente, el recuerdo de acontecimientos o
de personas que la historia oficial no ha tratado como en su opinión se merecen. Por eso, entiendo que cuando hoy se habla de “memoria histórica” o, mejor, se reivindica “la recuperación
de la memoria”, lo que se está haciendo, en realidad, es también un alegato contra el olvido.
7.1. ¿Memoria histórica o memoria de la historia?
Desde la perspectiva de la psicología de la memoria, y asumiendo que la expresión
“memoria histórica” es más un recurso retórico que una realidad mental, no resulta aventurado señalar que dicha expresión parece equivalente a la de “memoria de la historia”. El establecimiento de esta correspondencia resulta pertinente para nuestros objetivos porque nos
permitirá analizar la expresión “memoria de la historia” desde el conocimiento y la teoría actual sobre los diferentes sistemas de la memoria humana. Esto no implica asumir que entre
“memoria histórica” y “memoria de la historia” exista una equivalencia total, pero resulta innegable que “memoria histórica” implica “cierta memoria” sobre “ciertos acontecimientos históricos”.
Entonces, cuando alguien habla de “memoria de la historia”, ¿a qué tipo de memoria
se estará refiriendo? Fuera del contexto científico, esto es, en contextos cotidianos, la gente
no suele decir “Juan tiene una gran memoria de la historia”, sino “Juan tiene un gran conocimiento de la historia o es un gran conocedor de la historia”. Por tanto, si tenemos en cuenta lo
ya expuesto acerca de los tipos de memoria declarativa, coincidiremos en señalar que “tener
un buen o un mal conocimiento de la historia” equivale en sentido estricto a decir “tener una
buena o mala memoria semántica de la historia”. Sin embargo, cuando actualmente se habla
de “memoria histórica” –más como un acto reivindicativo que como un acto declarativo, al menos en nuestro país–, no suele ser para referirse al conocimiento de la historia sino a la “memoria autobiográfica de la historia” o, al menos, eso se pretende56.
A este nivel, cabría distinguir, al menos, tres tipos de memoria. Una memoria personal
(autobiográfica) en cuanto recuerdos directos de las personas que vivieron tiempos de guerra
y/o de dictadura (los testimonios de este tipo, cada vez más escasos, siguen siendo todavía
abundantes). En segundo lugar, una memoria personal en cuanto “recuerdos de recuerdos”:
“Yo no había nacido cuando mataron a mi abuelo –comenta María, una mujer de 36 años–
pero recuerdo muy bien a mi abuela, siempre de luto, contar cómo se lo llevaron… y, sobre
todo, recuerdo muy bien un montón de anécdotas que me ha contado mi madre”. Y una memoria, por último, derivada sobre todo de procesos personales de búsqueda de información
guiados por un “deseo de saber” o “de conocer más”, como en el caso de Carmen: “Desde
que era muy pequeña, siempre he querido saber cosas sobre mi abuelo, pero la familia siempre callaba, incluso mi madre se enfadaba conmigo por tanto preguntar, pero yo veía a un señor (mi abuelo) en una foto vestido de militar y tenía curiosidad, un día me enteré que en la
guerra había sido fusilado y, a partir de ahí, supe que necesitaba saber más de su persona,
pero nadie sabía seguro donde podía estar enterrado, ni mi abuela lo supo nunca”.
Cualquiera de los protagonistas de los tres tipos de memoria establecidos, podría reivindicar que su “memoria” es “memoria histórica”; sin embargo, existen claras diferencias teóricas entre los tres casos respecto al sistema de memoria en el que se basan. Así, sólo en el
56 La expresión “memoria autobiográfica de la historia” podría implicar una contradictio in terminis, si se tiene en cuenta que la memoria autobiográfica es, básicamente, episódica y no semántica.
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primer caso podría hablarse de auténtica memoria autobiográfica; en el segundo caso, se trataría de una combinación de memoria autobiográfica (el recuerdo de la madre contándole historias del abuelo) y de memoria semántica (la historia que esta mujer ha construido a base de
conocimiento derivado de las experiencias personales y directas de su abuela y de su madre
sobre el asesinato del abuelo); en el tercer caso, por último, debería hablarse de memoria semántica, básicamente.
Estas distinciones teóricas resultan relevantes y pertinentes en este contexto porque
nos permiten, además, inferir la diferente carga emocional que acompañará a cada tipo de
memoria. No es ésta una cuestión menor cuando los eventos que se recuerdan movilizan
emociones intensas, generalmente de tipo negativo, como dolor, impotencia, humillación o
aflicción, en general. Teniendo en cuenta el fenómeno natural de que emoción y memoria
tienden a aparecer asociadas, existen, no obstante, formas de memoria que por su carácter
implícito se sienten más como emoción que como memoria (es el caso de las respuestas
emocionales condicionadas, de las que hablamos en la primera parte) y formas de memoria
que funcionan desligadas de toda emoción. En concreto, y tal y como la vida nos enseña a todos, la ciencia demuestra que son los recuerdos autobiográficos los que más claramente se
reviven envueltos en emociones, sentimientos y afectos de todo tipo, mientras que el conocimiento histórico (que es memoria semántica) es, por definición, emocionalmente neutro, aunque ello no significa que su recuperación se produzca siempre al margen de emociones y
sentimientos57.
7.2. Cuando los recuerdos duelen: Otra acepción de “memoria histórica”
Sea como sea, lo que parece evidente es que el término “memoria histórica”, en su actual contexto de uso, necesariamente hace alusión a recuerdos e historias con diferente carga
emocional que, además, son relativamente cercanas en el tiempo o están dentro de lo que los
historiadores llaman “tiempo presente”. En concreto, cuando en nuestro país se habla de “memoria histórica” es para referirse a la memoria (autobiográfica y semántica) de la Guerra Civil
y de la larga dictadura que le dio continuidad durante casi cuatro décadas. No creo que en
nuestros días nadie recurra a la expresión “memoria histórica” para hacer referencia a la Guerra de la Independencia o a la Guerra de Cuba.
El establecimiento de lo que estamos llamando cercanía temporal de la “memoria histórica” es un asunto que, al parecer, genera cierto desacuerdo incluso entre los historiadores,
conscientes de la dificultad de delimitar la noción de “tiempo presente”58. Sin ánimo alguno de
entrar en debates que no me competen, me inclino por la idea de Todorov de que “un siglo es
el tiempo accesible a la memoria de los individuos”59, por el hecho de que ese período de
años (un siglo) es el que naturalmente incluiría nuestra vida, la de nuestros padres y, a lo
sumo, la de nuestros abuelos.
Recuerdos personales, recuerdos de recuerdos, conocimiento de hechos silenciados y
no explicados, más una mezcla compleja de emociones y sentimientos parecen configurar el
57 El hecho de que, a veces, la exposición o declaración de un conocimiento se produzca entre
emociones de diversa intensidad estriba en la íntima relación existente entre los sistemas de memoria
autobiográfica y de memoria semántica, además del hecho frecuente de que mucho del conocimiento
de cualquier persona es una combinación de saber y de experiencias personales. Esta es una cuestión
teórica de gran enjundia que, el lector interesado, puede consultar, por ejemplo, en RUIZ-VARGAS, J.
Mª, Memoria y olvido…, op.cit., específicamente, el Cap. 4.
58 Como ha señalado MATEOS, A. “Historia, memoria, tiempo presente” en Revista de Historia
Contemporánea. Hispania Nova, nº 1, (1998/2000), s/p [http://hispanianova.rediris.es/], entre los historiadores se han propuesto distintos términos (historia coetánea, historia reciente, historia inmediata,
historia del mundo actual,…) para referirse a esa “cercanía” a la que nosotros aludimos.
59 TODOROV, T., Memoria del mal…, op.cit., p. 9.
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punto de arranque de esa “dimensión social del recuerdo” –como prefiere Casanova60 llamar a
la “memoria histórica”– que ha movilizado, más que a las víctimas supervivientes, a sus descendientes y, entre ellos, de una manera especialmente activa a los nietos, que quieren saber
qué pasó y por qué para que se desencadenara “aquel inmenso cataclismo con una cosecha
de medio millón de muertos y otro medio millón de exiliados” 61; que, además, desean saber
por qué se ha ocultado, silenciado y sepultado tanta muerte y humillación, y por qué todavía
muchas de las víctimas del bando perdedor siguen enterradas en tierra de nadie o no se sabe
dónde62.
Esta es una historia inacabada, una historia no cerrada, pese a los intentos de muchos
por “pasar página”. Esta es una historia cuya memoria sigue doliendo; básicamente, porque
aún no se ha restituido la dignidad arrebatada a las víctimas. Como escribió el Premio Nobel
Czeslaw Milosz, “Uno recuerda lo que duele”. Y es que eso que se reivindica bajo el nombre
de “memoria histórica” es la recuperación de la verdad desde la memoria herida y dolorida de
las víctimas. Por eso surge y crece esa “conciencia” histórica, como llama Moradiellos a la referida “memoria histórica”, entre mucha gente: las víctimas morales que aún viven, los descendientes de éstas y de las desaparecidas y, también, como no podía ser de otra manera,
entre miles de ciudadanos concienciados de la injusticia histórica que supone dejar que el olvido acabe siendo el ganador de “esta historia”.
7.3. Reivindicar la recuperación de la memoria es un alegato contra el olvido
En 2005, el historiador Julián Casanova escribió:
«La memoria de los vencedores de la Guerra Civil española, amos absolutos durante la
dictadura de Franco, ocupa todavía un espacio preeminente en comparación con la de los vencidos. El franquismo tiene sus lugares de memoria, calles, monumentos y mártires. De la República y de quienes la defendieron queda el recuerdo de los supervivientes y de algunos historiadores»63.
La situación actual no ha cambiado sustancialmente al respecto. Más aún, el temor de
los herederos de los vencidos a que la verdad acerca de sus víctimas permanezca secuestrada es mayor, si cabe, ante el nuevo frente distorsionador de la historia que está significando el
“revisionismo español” acerca de los desencadenantes de la Guerra Civil, revisionismo que,
en mi opinión, sería más acertado denominar “revisionismo negacionsita” o directamente “negacionismo”64. Porque no se trata de un análisis histórico crítico de aquella hecatombe, sino
de propagar a los cuatro vientos las grandes mentiras históricas del franquismo, con la preten60 CASANOVA, J., “Mentiras convincentes”, El País, 14 junio de 2005.
61 MORADIELLOS, E., “Uso y abuso de la historia: la Guerra Civil”, El País, 31 octubre de 2005.
62 En mi opinión, el hecho de que “la memoria” de los nietos sea la que contiene una menor carga emocional, por las razones expuestas (la memoria de los hijos –los padres de éstos– seguro que
está sobrecargada de fuertes emociones, bien porque ellos mismos fueron y son víctimas directas de la
dictadura franquista o bien porque han heredado el trauma de sus propios padres, los abuelos), creo
que debería considerarse como una variable relevante a la hora de explicar por qué ha sido la tercera
generación la que está reivindicando con tanta fuerza la recuperación de la verdad a través de los diversos movimientos de “memoria histórica”. A propósito de la herencia del trauma, la transmisión intergeneracional del trauma de la guerra y la posguerra española es un asunto que aún sigue esperando
un análisis serio y riguroso, según las metodologías actualmente en vigor. Sobre este particular, véase
DANIELI, Y., International handbook of multigenerational legacies of trauma. Nueva York, Plenum,
1998.
63 CASANOVA, J., “La historia que nos cuenta TVE”, El País, 4 abril de 2005.
64 Para una breve historia del “revisionismo” y de la evolución del término, véase TRAVERSO,
E., El pasado, instrucciones de uso. Historia, memoria, política. Madrid, Marcial Pons, 2007.
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sión no de explicar la historia, sino de “enfrentar la memoria de los unos a la de los otros”, tal
y como argumenta Casanova65 en otro trabajo. “Es la sombra alargada del franquismo”, señala este historiador, la que a través de “conocidos periodistas, propagandistas de la derecha y
aficionados a la historia” trata de imponer las viejas tesis golpistas de que fue la izquierda, con
su odio y violencia (el “terror frentepopulista”), la que provocó aquella barbarie fratricida. Es el
intento deliberado de “los asesinos de la memoria”, como llama Vidal-Naquet66 a los negacionistas, por neutralizar al movimiento de búsqueda de la verdad que representa la llamada
“memoria histórica”.
En El libro de la risa y el olvido, Milan Kundera reflexiona sobre los intentos de los gobiernos comunistas por suprimir la memoria en su Checoslovaquia natal. Sobre Gustav Husak, el presidente checo instalado por los rusos en el poder en 1969, dice que “Si Franz Kafka
fue el profeta del mundo sin memoria, Gustav Husak es su constructor”. En su lucha sin tregua por masacrar la cultura nacional, este “presidente del olvido” expulsó de las universidades
e institutos científicos a ciento cuarenta y cinco historiadores checos. Uno de aquellos represaliados, el historiador Milan Hübl, amigo personal de Kundera, le confesaba con profunda
tristeza:
«Para liquidar a las naciones, lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les escribe otros libros. Entonces la nación comienza lentamente a olvidar lo que es y lo que ha sido. Y el mundo circundante
lo olvida aún mucho antes»67.
Sobrecoge leer este texto de Kundera por lo profético de sus palabras. Porque exactamente eso, quitarnos la memoria reescribiendo la historia desde la falsedad y así “asesinar” el
recuerdo de las víctimas, es lo que están persiguiendo los negacionistas españoles. De ahí
que el movimiento de la “memoria histórica” haya sido desde su nacimiento una reivindicación
de la memoria, una reivindicación del recordar, un alegato contra el olvido, a fin de “reconstruir la dignidad y la memoria de aquellos hombres que habían construido nuestra primera democracia”68. Porque, en el fondo, como también nos dice Kundera, “la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”.
7.4. La memoria histórica como un deber moral
Que la “memoria histórica” no existe parece indiscutible, pero tanto como necesaria resulta dicha expresión. Quiero decir que si el nombre “memoria histórica” carece de un estatuto
epistémico, es innegable que lo que encierra, lo que quiere significar, está cumpliendo una
función social, política y moral, no sólo legítima sino necesaria: la recuperación de un pasado
doloroso que el relato frío de la Historia no satisface ni a los supervivientes ni a sus descendientes. Porque si bien las experiencias particulares apenas resultan útiles para la construcción de la Historia, resultan “irreemplazables para saber del drama” de sus protagonistas,
como advierte Castilla del Pino69. Unos protagonistas que aún siguen esperando el reconocimiento de su verdad, la justicia que se les negó y la reparación moral que se merecen.
65 CASANOVA, J., “La historia que nos cuenta TVE”, El País, 4 abril de 2005.
66 Citado en TRAVERSO, E., El pasado…, op.cit¸ p. 93.
67 KUNDERA, M., El libro de la risa y el olvido. Barcelona, Seix Barral, 1982, p. 227-228.
68 En estas pocas palabras se sintetiza el ideario de la Asociación para la Recuperación de la
Memoria Histórica [ARMH], según aparece en la obra escrita por sus fundadores SILVA, E. & MACÍAS,
S., Las fosas de Franco. Madrid, Temas de Hoy, 2003, p. 49.
69 CASTILLA del PINO, C., “La forma moral de la memoria. A manera de prólogo” en GÓMEZ
ISA, F. (Dir.), El derecho a la memoria. Bilbao, Departamento para los Derechos Humanos, el Empleo y
la Inserción Social de la Diputación Foral de Gupuzkoa, 2006, p. 20.
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Tanto en el Derecho Internacional sobre Derechos Humanos como en la jurisprudencia
de los Tribunales internacionales de derechos humanos está cada vez más firme y reconocido
el derecho de las víctimas de violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos a la
tríada indisociable del derecho a la verdad, a la justicia y a la reparación. Esta emergente “cultura de las víctimas” está generando, a su vez, “la necesidad de construir una cultura de la
memoria que permita a las generaciones presentes construir un futuro en el que el pasado no
se repita”70.
“El hombre está hecho para ser inmortal”, mas esa aspiración sólo se hará realidad en
la memoria de los demás. Porque, en efecto, aunque nadie es inmortal, nuestro recuerdo
mantiene por siempre vivos a aquéllos que nos importan. “No hay, pues, inmortalidad; hay
memoria”, sentencia sabiamente Castilla del Pino71. Y en esa proeza repleta de generosidad
de nuestra memoria encuentra sentido y refuerza su razón de ser la llamada “memoria histórica”, porque lo que este movimiento propugna es la reivindicación del recuerdo y la lucha contra el olvido del drama de las víctimas silenciadas y oprimidas, eliminadas y hechas desaparecer, ignoradas y olvidadas. “No hay otra forma de subsanar –escribe Castilla del Pino– la
oquedad dejada por aquéllos a los que se hizo desaparecer, de muchos de los cuales no sabríamos siquiera que existieron… [porque] La historia la hacen los historiadores y queda; pero
el drama o lo cuenta el personaje del mismo o desaparece” 72. Y es así, recordando, como adquiere la “memoria histórica” su dimensión moral, porque recordar a las víctimas es un modo
de devolverles su derecho a la verdad, su derecho a la justicia y su derecho a la reparación.
¿Cuál es, pues, el significado del término “memoria histórica” en su actual contexto de
uso? Aunque carezca de justificación epistemológica, aunque no satisfaga a casi nadie, aunque los teóricos eludan su uso, es una realidad palpable que el término “memoria histórica”
está cada vez más integrado en el lenguaje cotidiano. Y ello es así porque, con independencia de su estatuto conceptual, la “memoria histórica” está cumpliendo una importante función
social: mantener viva la memoria de las víctimas del franquismo hasta que sea reconocida su
verdad, restituida su dignidad y reparado el daño moral que se infringió a ellas y se legó a sus
descendientes. No en vano la memoria histórica aflora allí donde se han violado grave, sistemática y masivamente los derechos humanos.
70 Cf. GÓMEZ ISA, F. “El derecho de las víctimas a la reparación por violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos” en GÓMEZ ISA, F. (Dir.), El derecho a la memoria…, op.cit., p. 23.
Éste es un asunto de extraordinario interés, mas los límites de este trabajo no me permiten profundizar
en él. No obstante, el lector interesado dispone de excelentes trabajos muy recientes como, por ejemplo, el magnífico libro colectivo dirigido por GÓMEZ ISA, F. El derecho a la memoria…, una obra extensa, muy bien documentada y con un planteamiento impecable en el abordaje del recuerdo como un deber moral.
71 CASTILLA del PINO, C., “La forma moral de la memoria. A manera de prólogo” en GÓMEZ
ISA, F. (Dir.), El derecho a…, op.cit., p. 20.
72 CASTILLA del PINO, C., “La forma moral de la memoria. A manera de prólogo” en GÓMEZ
ISA, F. (Dir.), El derecho a…, op.cit., p. 20.
Entelequia. Revista Interdisciplinar: Monográfico, nº 7, septiembre 2008
José María Ruiz-Vargas / 76
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