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Franciscano sin hábito

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Franciscano sin hábito
Franciscano sin hábito
Hace un tiempo que corrían los rumores como vuelan las golondrinas,
tan rápidas y libres, sin otra guía que el certero instinto de la vida (por
cierto, ¡cómo se han multiplicado las golondrinas en Arantzazu, y aún
siguen criando! Dios os bendice). Pero una vez desatados los rumores, a
veces inocentes, a veces intencionados, es más difícil detenerlos que
detener el vuelo de las aves.
Pues bien, la noticia ha estallado en todos los sentidos y, en contra de
mi intención primera, no puedo menos de confirmarla ya: voy a dejar la
Orden Franciscana. De paso, pido disculpas por alguna declaración mía
ambigua que algunos pudieron entender como un desmentido. No
quería serlo.
Voy a dejar la Orden franciscana. Lo he meditado mirando adentro entre
mis luces y sombras, mirando afuera la montaña y el cielo, y las
golondrinas. Lo he compartido con las personas que más me quieren y
en las que más confío. Lo he hablado con los responsables de mi
provincia franciscana que son también mis amigos. Dejaré este
Arantzazu del alma, donde he vivido 17 años de los 57 que tengo;
dejaré la Provincia franciscana que ha sido mi familia y mi hogar desde
los 10 años; dejaré la Orden franciscana que ha dado enteramente
forma a mi ser. No diré que la decisión no me produzca dolor y vértigo,
pero doy el paso en paz.
Era previsible desde aquel 23 de diciembre en que me impusieron y yo
prometí silencio para un año. Y era irreversible desde aquel 17 de junio
en que rompí mi voto de silencio porque, previamente, mi obispo había
derogado las condiciones que lo justificaban. Tomé la palabra, no
porque tenga algún mensaje profético urgente que pregonar, sino
simplemente porque ya pasaron los tiempos en que la libertad de
palabra pudiera ser impedida en la Iglesia de Jesús con pretextos de
dogmas y magisterios. Los dogmas y el magisterio no los puso Jesús.
Muy al contrario, enseñó que no se ha de identificar la palabra de Dios
con tradiciones humanas (Marcos 7,7-13), y denunció a los maestros de
la ley que se apoderan de la cátedra y del magisterio (Mateo 23,2),
prohibió tajantemente que nadie se llamara maestro o padre (Mateo
23,8-9), declaró solemnemente que “todo ser humano es señor del
sábado” (Marcos 2,28), es decir, señor de toda ley religiosa por sagrada
que fuere, y al sordomudo le dijo en arameo: Effeta, “ábrete”, “escucha y
habla” (Marcos 7,34). Es más, y la Iglesia debiera reconocerlo ya sin más
dilación: aunque Jesús hubiera establecido dogmas y magisterios –que
ciertamente no estableció–, éstos no serían de ningún modo
inamovibles, pues Jesús no tuvo otra ley ni otro criterio que el Espíritu
de Dios, y el Espíritu es como el aire y el agua, y siempre se mueve. Y
por si hiciera falta, lo dijo San Pablo: “Donde está el Espíritu de Jesús,
hay libertad” (2 Cor 3,17).
Claro que la Iglesia, como todo grupo humano, requiere estructuras y
un lenguaje más o menos común, pero las estructuras habrían de ser
flexible y móviles, como todo lo vivo, y los dogmas deberían poder ser
comprendidos y expresados en palabras siempre nuevas, como todo
misterio; y en primer lugar debiera cambiar una Iglesia autoritaria en
una Iglesia democrática, como la quiso Jesús. Y la Iglesia, que se ha
tomado tantas libertades para contradecir a Jesús, con mucha más razón
debiera ser libre para secundar el Espíritu de Jesús. Basta conocer la
historia para saber cómo han cambiado las cosas, o basta gustar del
Espíritu de Dios para saber cómo han de cambiar. Quien no conoce la
historia, que guste al menos del Espíritu; quien no guste del Espíritu,
que conozca al menos la historia. ¡Cuán anacrónica y contraria al
evangelio es esta idolatría de la doctrina que nos tiene amordazados!
Simplemente por eso dije: “No callaré”. Y eso equivalía a una insumisión,
y en la iglesia institucional que tenemos no hay lugar para insumisos, y
yo lo sabía. Tampoco hay lugar para insumisos en la Orden franciscana
que tenemos, y también esto lo sabía: los responsables franciscanos,
aun en contra de su voluntad, y como única forma de evitar un grave
conflicto interno, se verían obligados a exigirme sumisión a las órdenes
del obispo. No he necesitado, pues, de grandes discernimientos: o
acataba o me iba. Pensé que no debía acatar, para ser fiel al seguro
Jesús, a mi insegura conciencia, a mi humilde misión, pero no quería ser
así motivo de conflicto para los franciscanos, que son mis amigos y
hermanos. La opción no era fácil, pero resultaba forzosa y simple.
Dejaré la Orden, y con ello pierdo mucho, pero quién sabe si, al final, el
perder no será una ganancia también esta vez. Quiero escoger la vida
con todos sus riesgos, incluida la palabra. No sé qué será de mí (¿quién
sabe qué será de sí?), pero allí donde vaya Dios vendrá conmigo, y si en
el camino me pierdo Él me encontrará. Quiero seguir siendo discípulo de
Jesús de Nazaret, el hombre bueno y libre. ¡Oh, cuán lejos me siento de
él! Pero él está cerca de mí, de ti. Jesús es el prójimo y todo prójimo es
Jesús. Con él, como él, quiero seguir siendo Iglesia sin esas torpes
dicotomías de clérigos y laicos, religiosos y seglares, fieles y herejes,
creyentes e increyentes.
A mi obispo y hermano José Ignacio Munilla le deseo lo mejor, y pienso
que lo mejor pasa por escuchar, respetar, secundar la voz de la inmensa
mayoría de su comunidad diocesana, de la que seguiré formando parte
activa. La voz de la comunidad es la voz del Espíritu, mucho más que la
voz de Madrid o de Roma.
Ah, y quiero seguir siendo franciscano, un simple franciscano sin hábito.
¡Paz y Bien!
José Arregi
Para orar
Esta mañana
enderezo mi espalda,
abro mi rostro,
respiro la aurora,
escojo la vida.
Esta mañana
acojo mis golpes,
acallo mis límites,
disuelvo mis miedo,
escojo la vida.
Esta mañana
miro a los ojos,
abrazo una espalda,
doy una palabra,
escojo la vida.
Esta mañana
remanso la paz,
alimento el futuro,
comparto alegría,
escojo la vida
(Benjamín González Buelta, SJ)
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