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Infancia y futuro - The Family Watch

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Infancia y futuro - The Family Watch
30
Colección Estudios Sociales
Núm. 30
El presente estudio examina las actividades y relaciones de los
niños y niñas de 0 a 10 años y el impacto que tienen sobre la vida
infantil recientes trasformaciones sociales, como la aparición de
nuevos tipos de familia, la incorporación masiva de la mujer al
trabajo remunerado o los nuevos modos de ejercer la paternidad y
maternidad. Los autores rastrean, además, el origen de fenómenos
problemas socioemocionales o la desafección escolar.
Los resultados invitan a reflexionar sobre una etapa crítica en la que
las experiencias vividas por los niños influyen decisivamente en su
trayectoria vital futura, y contribuyen, por tanto, a orientar iniciativas
encaminadas a ayudar a las familias y a mejorar el bienestar en la
infancia.
Con este estudio, la Obra Social “la Caixa” pretende impulsar la
investigación y el análisis sobre factores sociales que configuran las
Infancia y futuro
que pueden lastrar el desarrollo de los niños, como la obesidad, los
oportunidades de las personas a lo largo de sus vidas. Evidencias
como las presentadas en este libro pueden ayudar a desarrollar
instrumentos para prevenir y corregir situaciones de exclusión o
vulnerabilidad.
30
Infancia y futuro
Nuevas realidades, nuevos retos
Pau Marí-Klose
Marga Marí-Klose
Elizabeth Vaquera
Solveig Argeseanu Cunningham
30
Colección Estudios Sociales
Núm. 30
El presente estudio examina las actividades y relaciones de los
niños y niñas de 0 a 10 años y el impacto que tienen sobre la vida
infantil recientes trasformaciones sociales, como la aparición de
nuevos tipos de familia, la incorporación masiva de la mujer al
trabajo remunerado o los nuevos modos de ejercer la paternidad y
maternidad. Los autores rastrean, además, el origen de fenómenos
problemas socioemocionales o la desafección escolar.
Los resultados invitan a reflexionar sobre una etapa crítica en la que
las experiencias vividas por los niños influyen decisivamente en su
trayectoria vital futura, y contribuyen, por tanto, a orientar iniciativas
encaminadas a ayudar a las familias y a mejorar el bienestar en la
infancia.
Con este estudio, la Obra Social “la Caixa” pretende impulsar la
investigación y el análisis sobre factores sociales que configuran las
Infancia y futuro
que pueden lastrar el desarrollo de los niños, como la obesidad, los
oportunidades de las personas a lo largo de sus vidas. Evidencias
como las presentadas en este libro pueden ayudar a desarrollar
instrumentos para prevenir y corregir situaciones de exclusión o
vulnerabilidad.
30
Infancia y futuro
Nuevas realidades, nuevos retos
Pau Marí-Klose
Marga Marí-Klose
Elizabeth Vaquera
Solveig Argeseanu Cunningham
OBRA SOCIAL. EL ALMA DE ”LA CAIXA”.
Colección Estudios Sociales
Núm. 30
Infancia y futuro
Nuevas realidades, nuevos retos
Pau Marí-Klose
Marga Marí-Klose
Elizabeth Vaquera
Solveig Argeseanu Cunningham
Con la colaboración de
Alba Lanau Sánchez
Edición
Fundación ”la Caixa”
Órganos de Gobierno de la Obra Social ”la Caixa”
COMISIÓN DE OBRAS SOCIALES
Presidente
Isidro Fainé Casas
Vocales
Salvador Gabarró Serra, Jorge Mercader Miró, Javier Godó Muntañola,
Montserrat Cabra Martorell, Aina Calvo Sastre, Juan-José López Burniol,
Montserrat López Ferreres, Justo Bienvenido Novella Martínez
Secretario (no consejero)
Alejandro García-Bragado Dalmau
Vicesecretario (no consejero) Óscar Calderón de Oya
Director general
de ”la Caixa”
Juan María Nin Génova
Director ejecutivo
de la Obra Social
Jaime Lanaspa Gatnau
PATRONATO DE LA FUNDACIÓN ”LA CAIXA”
Presidente
Isidro Fainé Casas
Presidente de honor
José Vilarasau Salat
Vicepresidente 1º
Ricardo Fornesa Ribó
Vicepresidentes
Salvador Gabarró Serra, Jordi Mercader Miró, Juan Maria Nin Génova
Patronos
Victòria Barber Willems, María Teresa Bartolomé Gil,
Maria Teresa Bassons Boncompte, Montserrat Cabra Martorell,
Aina Calvo Sastre, José Francisco de Conrado i Villalonga,
Javier Godó Muntañola, Josep-Delfí Guàrdia Canela, Monika Habsburg Lothringen,
Inmaculada Juan Franch, Jaime Lanaspa Gatnau, Juan-José López Burniol,
Montserrat López Ferreres, Dolors Llobet Maria, Rosa Maria Mora Valls,
Miquel Noguer Planas, Justo Bienvenido Novella Martínez, Jordi Portabella Calvete,
Leopoldo Rodés Castañé, Javier Solana Madariaga, Roberto Tapia Conyer,
Nuria Esther Villalba Fernández, Josep-Francesc Zaragozà Alba
Director general
Jaime Lanaspa Gatnau
Secretario (no patrono)
Alejandro García-Bragado Dalmau
Vicesecretario (no patrono)
Óscar Calderón de Oya
Publicación
Infancia y futuro. Nuevas realidades, nuevos retos
Concepción y producción
Obra Social Fundación ”la Caixa”
Publicación
Autores
Pau Marí-Klose
Marga Marí-Klose
Elizabeth Vaquera
Solveig Argeseanu Cunningham
Diseño, maquetación
e impresión
CEGE
Coordinación de la edición:
Área de Becas, Universidades y Estudios Sociales
© del texto, sus autores
© de la edición, Fundación ”la Caixa”, 2010
Av. Diagonal, 621 - 08028 Barcelona
ISBN: 978-84-693-8076-5
D.L.: B. 42522-2010
La responsabilidad de las opiniones emitidas en los
documentos de esta colección corresponde exclusivamente a sus autores. La Fundación ”la Caixa” no
se identifica necesariamente con sus opiniones.
PAU MARÍ-KLOSE es profesor de Sociología en la Universidad de Barcelona, director
de proyectos científicos del Instituto de Infancia y Mundo Urbano (CIIMU), e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Doctor en Sociología por
la Universidad Autónoma de Madrid, Master of Arts por la University of Chicago y Máster en Ciencias Sociales por el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales (Instituto Juan March), ha realizado estancias de formación e investigación en las universidades de Berkeley, Harvard, Michigan, Essex, Lancaster y Oslo. Entre sus últimos trabajos
publicados destacan Matrimonios y Parejas Jóvenes (2009), los Informes de la Inclusión
Social en España (2008 y 2009), Temps de les Famílies (2008) y Edad del Cambio: Jóvenes en los Circuitos de la Solidaridad Intergeneracional (2006). Su investigación sociológica se centra en la familia, la infancia, la juventud, la educación o la exclusión social.
MARGA MARÍ-KLOSE es profesora de Sociología en la Universidad de Barcelona, doctora en Sociología por la Universidad de Barcelona, Master in Social Policy Research, por
la London School of Economics, y Máster de Género y Desarrollo, por la Universidad
Complutense de Madrid. Ha coordinado distintos proyectos de investigación en el Instituto de Infancia y Mundo Urbano (CIIMU) y ha realizado estancias de formación e investigación en las universidades de Harvard y California Los Ángeles (UCLA). Es autora de
diversas publicaciones sobre políticas sociales de género y familia, sociología del ciclo
vital, educación, exclusión social y pobreza.
ELIZABETH VAQUERA es profesora en el departamento de Sociología de la University of South Florida. Doctora en Sociología por la University of Pennsylvania, ha participado en diferentes proyectos en las áreas de sociología de la adolescencia y la juventud,
sociología de la educación y estudios de la inmigración. Es coautora del libro Educational
Outcomes of Immigrants and Their Children in the U.S., además de diversas publicaciones en libros y revistas.
SOLVEIG ARGESEANU CUNNINGHAM es profesora en el departamento de Global
Health de la Emory University (Atlanta). Doctora en Demografía y Sociología por la University of Pennsylvania, en sus estudios examina los determinantes de diversas dimensiones del bienestar infantil, con especial atención a la influencia de las relaciones interpersonales sobre los riesgos de obesidad y hábitos poco saludables. Sus investigaciones
actuales están financiadas por el National Institute of Health (EE.UU.).
Índice
Presentación
11
I. Introducción
1.1. Crecer en la Sociedad del Riesgo
1.2. Infancia y futuro
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21
II. El ejercicio de la paternidad y la maternidad
2.1. Los hijos en el proyecto de vida en común
2.2. Familia y fecundidad en los nuevos escenarios sociales
2.3. Las dificultades para tener y criar hijos
2.4. La ética del cuidado familiar y el modelo de buena infancia
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25
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43
III. Cuidado y atención a niños de 0 a 4 años
3.1. Cuando llegan los hijos: nueva maternidad y nueva paternidad
3.2. Horarios familiares en hogares con niños pequeños
3.3. La calidad de los tiempos de atención
3.4. Cuidados externos
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71
78
IV. Relaciones intergeneracionales entre los 5 y 10 años
4.1. Influencia parental sobre la vida infantil
4.2. Actividades conjuntas
4.3. Gestión de afectos y reproches
4.4. Culturas familiares de aprendizaje
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85
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112
V. Usos del tiempo libre
5.1. Tiempo extraescolar estructurado y no estructurado
5.2. La implicación de los padres en el tiempo libre de sus hijos
5.3. Tiempo con amigos
5.4. Implicación de abuelos y hermanos
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134
VI. La emergencia de riesgos sociales en la infancia
6.1. Un problema de peso: el camino a la obesidad
6.2. Educar a niños social y emocionalmente competentes
6.3. El origen de la desafección escolar
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156
168
Conclusiones
183
Bibliografía
192
Índice de gráficos y tablas
207
Anexo metodológico
212
Presentación
Los niños de hoy son los adultos que conformarán la sociedad del mañana.
Por ello, la atención a la infancia no solo es determinante para conseguir su
bienestar presente, sino también para encarar con garantías el futuro y prevenir posibles problemas que pueden tener su génesis en momentos tempranos
de la vida.
La preocupación por la infancia ha sido una constante durante al menos el
último siglo y, tomándola como guía, se han invertido grandes esfuerzos y
muchos recursos en mejorar las condiciones de vida de los niños. Con este
objetivo, tradicionalmente se ha trabajado contra los problemas más urgentes,
los que ponen en riesgo la propia vida de los niños o limitan gravemente sus
oportunidades de desarrollo: entre otros, por ejemplo, la mortalidad, las enfermedades infantiles o las situaciones de pobreza y exclusión social. Gracias
a ese esfuerzo se ha conseguido que en los países desarrollados la mortalidad
infantil haya descendido de manera muy notable y que los niveles de pobreza
extrema entre los niños disminuyan, o al menos no aumenten, aunque en este
campo queda todavía un gran trabajo por hacer, incluso en las sociedades más
avanzadas.
Sin embargo, más allá de unos retos que conviene no perder de vista, han aparecido otros, derivados de la gran transformación que está experimentando
nuestra sociedad en las últimas décadas. Se trata de cambios que hacen referencia, por ejemplo, a la incorporación de la mujer al mercado laboral,
a la redefinición del papel del hombre en la educación y cuidado de los niños, a
la aparición de nuevos modelos de familia o a la creciente interculturalidad
de las sociedades en las que vivimos, fruto de procesos migratorios desconocidos hasta hace pocos años.
11
Estas transformaciones, que afectan a los adultos, tienen también, inevitablemente, consecuencias para los niños: determinan decisiones sobre cuándo y
cuántos hijos tener, sobre el tiempo que los padres pasan con sus hijos y las
actividades en que participan con ellos, y configuran además la importancia
de otros agentes sociales (la escuela, los abuelos, los compañeros, etc.) en la
vida de los niños. Sin embargo, y pese a su importancia, disponemos todavía
de pocos estudios centrados en el impacto de estas transformaciones sociales
en la población infantil.
Precisamente en este contexto se sitúa el presente estudio, que aborda la organización de la vida de los niños en la sociedad actual y aporta interesantes
datos acerca de quién se encarga de su crianza, en qué actividades se ocupan,
cómo se relacionan con sus compañeros y hasta qué punto todo ello se ve
condicionado por factores como la situación económica y laboral de los padres, la estructura familiar o la inmigración. También examina la aparición
e incidencia de problemas como la obesidad, el fracaso escolar o la falta de
competencias socioemocionales, problemas que se originan en la infancia y
pueden tener consecuencias sobre la vida adulta.
Con este número de la colección de Estudios Sociales, la Fundación “la Caixa”
pretende estimular el debate acerca de las nuevas necesidades y desafíos a que
se enfrenta la infancia. Los niños no asisten de manera pasiva a los cambios
que se producen en sus familias, en la actividad laboral de sus padres o en sus
propias formas de ocio, sino que se ven fundamentalmente influidos y afectados por todo ello. Profundizar en estas cuestiones nos permitirá tener guías
para planificar intervenciones efectivas que ayuden a las familias y contribuyan al bienestar de los niños de hoy y, asimismo, proporcionará herramientas
para construir una mejor sociedad futura.
Jaime Lanaspa Gatnau
Director Ejecutivo de la Obra Social
”la Caixa” y Director General
de la Fundación ”la Caixa”
Barcelona, noviembre 2010
12
I. Introducción
En este trabajo conviven dos visiones contrapuestas sobre la situación de la
infancia en España: la optimista y esperanzada, y la preocupada y reivindicativa. En los capítulos que siguen el lector encontrará razones y evidencias
suficientes para abonarse a una u otra, o por el contrario, paladear la complejidad de una realidad que no admite diagnósticos unívocos. Con nuestra investigación pretendemos extender el análisis sobre la infancia más allá de las
aproximaciones convencionales, abarcando edades y dimensiones que suelen
recibir una atención más escasa o subsidiaria en los estudios sociológicos que
se han publicado hasta ahora en nuestro país. El foco de atención son algunos
de los principales riesgos y vulnerabilidades sociales experimentados antes de
la adolescencia, así como los factores que los provocan. Los riesgos que experimentan los menores han sido objeto de análisis de un volumen considerable
de trabajos sociológicos, pero la inmensa mayoría de ellos (comenzando por
los estudios clásicos) se han centrado en las etapas más tardías de la infancia
y de transición a la vida adulta, en que los menores se convierten a menudo
en un «problema social» para la sociedad adulta (a causa de las implicaciones
colectivas de las conductas en que incurren, sus decisiones educativas o la
difícil transición de la escuela al trabajo). Nuestra investigación representa
un esfuerzo para aproximarse a la realidad de los niños más pequeños (de
0 a 10 años), que tradicionalmente han recibido una atención mucho menor
de las disciplinas sociales (no así por parte de especialidades que se concentran en los procesos individuales del desarrollo infantil, como la psicología o
la psiquiatría). Gracias a la realización de una encuesta ex profeso para esta
investigación (la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia), tenemos la oportunidad de utilizar un abanico amplio de factores
específicos para analizar los procesos que nos interesan, algo poco común en
INTRODUCCIÓN
13
los estudios sobre la realidad social de la infancia realizados en nuestro país,
que suelen verse abocados a utilizar datos secundarios, recopilados con otro
propósito principal.
En las últimas décadas, en todo el mundo desarrollado han mejorado muchos
indicadores de bienestar en la infancia. Se ha reducido la mortalidad infantil, y
la incidencia de factores de vulnerabilidad física en los primeros años de vida
(como el bajo peso al nacer) ha remitido de forma importante. Se han erradicado formas extremas de pobreza, responsables de carencias nutricionales y
problemas de salud. Se ha logrado la escolarización universal de los niños a
los seis años (en España, en la práctica, se ha conseguido la escolarización de
la inmensa mayoría de los niños de tres y más años). Se han desactivado algunos de los «viejos riesgos» sociales que comprometían el bienestar infantil.
Un porcentaje muy reducido de niños experimenta situaciones de adversidad
vinculadas al fallecimiento de sus progenitores: la muerte de la madre en el
parto o de algún progenitor en los primeros años de vida. El sistema legal ha
consagrado el derecho de los niños a la protección frente al maltrato o el abuso
sexual, y concibe la infancia como una etapa de la vida exenta de cualquier
compromiso laboral, forzado o voluntario. Por primera vez, la preocupación
por el bienestar infantil trasciende fronteras. Los cánones de «buena infancia»
adquieren rango universal –al menos sobre el papel– gracias al esfuerzo de
activistas en favor de los derechos de la infancia, de investigadores sociales y
organismos internacionales. Los principios básicos de protección a la infancia
quedan garantizados por acuerdos internacionales de amplio alcance –como
la Convención Internacional de Derechos de la Infancia, de la ONU, o la Carta
de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Los niños –a quienes se ha
denegado hasta ahora voz y voto– se han beneficiado de logros sociales alcanzados por otros colectivos con mayor capacidad de trasladar sus necesidades
y demandas a la agenda pública, especialmente las madres. Las campañas del
movimiento feminista para asegurar el reconocimiento de la actividad de la
mujer en la esfera privada han propiciado la sensibilización y respuesta social frente a situaciones de riesgo, como el empobrecimiento de los hogares
encabezados por una madre sola o las experiencias de maltrato y violencia
doméstica.
A pesar de todos estos avances –en el terreno de la educación, de la salud, en la
protección de su seguridad física, en los derechos que los amparan– la preocu-
14 INFANCIA Y FUTURO
pación por la infancia se encuentra en pleno auge, y existen algunos motivos
poderosos para ello (y otros más peregrinos). La alarma acerca de la situación
de la infancia tiene raíces culturales, ligadas muchas veces a procesos de reconocimiento, definición y construcción de discursos y narrativas sociales que
tienden a sobreproblematizar algunas vivencias infantiles. Algunas de estas
narrativas están basadas en lecturas sesgadas o parciales de la realidad, que a
menudo elevan episodios e incidentes aislados al rango de categoría. En las
sociedades contemporáneas brota periódicamente el pánico moral en torno a
diferentes cuestiones: a menudo ciertas amenazas sobre el bienestar de la infancia –por ejemplo, el acoso escolar, las adicciones, la pederastia– son diana
de tales discursos alarmistas. En estos discursos se suele presentar a los niños
o bien como víctimas de un yo incontrolado que los empuja hacia comportamientos contrarios a su interés –o simplemente inadmisibles por la sociedad–
o bien, como presa pasiva de adultos desaprensivos, que sacan partido de la
inocencia infantil. En ambos casos, se trata de relatos que consiguen movilizar
un interés momentáneo por la vulnerabilidad infantil, que alimenta impulsos
proteccionistas e iniciativas para incrementar el control de los adultos sobre
la vida infantil en los hogares o en el ámbito público –en las escuelas, en la
calle, en los espacios de ocio, etc.–, pero suelen mostrarse indiferentes ante
problemas de índole más general, que afectan a las condiciones de vida y
oportunidades de los niños.
Más allá de estos brotes de atención intermitente y parcial a la infancia, la preocupación colectiva creciente por su situación se sustenta en un buen número
de realidades objetivas de mayor significación y representatividad, que comprometen el bienestar de un gran número de niños en el primer mundo. A algunos de los «viejos riesgos» sociales generadores de malestar en las familias
en las sociedades industriales –falta de trabajo, enfermedad o discapacidad del
sustentador principal, etc.– se suman hoy «nuevos riesgos» –nuevas formas de
vinculación de los progenitores al mercado de trabajo, disolución y recomposición de las familias, inmigración– cuyos efectos son particularmente lesivos
para los niños. Esta suma de viejos y nuevos riesgos está configurando nuevos perfiles de vulnerabilidad, todavía no suficientemente estudiados. Muchos
investigadores coinciden en señalar que, en el contexto de cambio social que
están atravesando las sociedades desarrolladas, el bienestar de la infancia, en
muchos casos, se resiente de ello. Los niños se han visto perjudicados por
INTRODUCCIÓN
15
dinámicas sociales que se desencadenan en ámbitos en los que no participan
directamente –como el mercado de trabajo–, por iniciativas que toman sus
progenitores con las miras puestas en su propio bienestar y afanes de autorealización –como divorciarse o unirse a una nueva pareja–, o por decisiones de
índole política, que otorgan prioridad en la agenda a asuntos que conciernen
a otros colectivos.
El presente estudio se propone, pues, avanzar en la comprensión de esta nueva configuración de riesgos sociales que planean sobre la vida de los menores. Con ello pretendemos describir la naturaleza de dichos riesgos y analizar
cómo se materializan en las experiencias cotidianas de los más pequeños (de
0 a 10 años), cómo pueden llegar a afectar a su salud y bienestar e incluso condicionar sus trayectorias durante esta etapa. Ahora bien, reconocer la
existencia y relevancia sociológica de estos riesgos no equivale a asumir que
la emergencia de nuevos riesgos entraña necesariamente un empeoramiento
de las condiciones de vida de la infancia o de sus oportunidades futuras. Lo
que algunos autores (Giddens, 1991, 1999; Beck, 1992) han venido a llamar
Sociedad del Riesgo expone a los individuos a nuevas modalidades «manufacturadas» de riesgo (en contraposición a los riesgos «externos» que habían
preocupado a la humanidad durante siglos), pero esa Sociedad del Riesgo es
también una sociedad reflexiva y en transformación, que se reconsidera y se
reconstruye constantemente a sí misma, generando en el curso de este proceso
nuevas capacidades para mitigar el riesgo y nuevas formas de organización
para aliviar sus efectos negativos. Vivimos en una sociedad crecientemente
preocupada por la seguridad y el bienestar y que, por ello, puede dotarse de
más y mejores instrumentos para procurárselos. Como nos recuerda Giddens
(1999: 3), vivir en la Sociedad del Riesgo no significa necesariamente hacerlo
en una sociedad más insegura o peligrosa, sino en una sociedad en que esos
peligros se pueden anticipar y prevenir, donde las decisiones de los individuos
y las unidades familiares, así como la propia gestión colectiva de los riesgos,
influyen en el modo en que estos se expresan. Significa que vivimos en una
realidad cuyas claves de funcionamiento tratamos de desentrañar y controlar,
con objeto de construir un futuro mejor. Muchas veces fracasamos, y otras
muchas distribuimos desigualmente el éxito. En la Sociedad del Riesgo no
todos los riesgos reciben igual atención ni todos los colectivos vulnerables
consiguen que su situación se convierta en objeto de atención prioritaria.
16 INFANCIA Y FUTURO
1.1. Crecer en la Sociedad del Riesgo
Un elemento cada vez más presente en las discusiones sobre la situación de
la infancia es el proceso de envejecimiento que experimentan las sociedades
desarrolladas. En los últimos años los investigadores sociales están tomando
consciencia de las implicaciones políticas y sociales de la creciente longevidad, con el consiguiente aumento del peso demográfico de los mayores en la
sociedad. En un artículo pionero, el demógrafo Samuel Preston ya advertía en
1984 que el peso demográfico de los ancianos en Estados Unidos estaba facultándoles para imponerse en la competición por los recursos públicos. Gracias
a ello, su situación económica había mejorado sustancialmente, lo que colocaba a estas personas en situación de ventaja comparativa con otros grupos
sociales, especialmente los niños. En el mismo artículo Preston constataba el
deterioro progresivo de las condiciones de vida en la infancia.
El empeoramiento de la situación de los menores ha sido descrito en otros
países inmersos en procesos de envejecimiento demográfico (Dang, 2001;
OCDE, 2008). El gasto social en programas orientados preferentemente a personas de edad avanzada (pensiones, atención sanitaria) consume una porción
creciente de los recursos públicos, lastrando las posibilidades de desarrollo
de otros programas sociales. En este contexto, las reivindicaciones de apoyo a
las familias han encontrado durante bastante tiempo un eco escaso. La justificación para concentrar los recursos en la provisión de apoyo económico a la
población de edad avanzada –la que ha aportado recursos al sistema público a
lo largo de sus vidas mediante cotizaciones e impuestos– resultaba mucho más
poderosa y persuasiva que las apelaciones éticas a apoyar a los niños. El carácter contributivo de muchas prestaciones del Estado de Bienestar consagra
el derecho de las personas mayores a convertirse en las grandes beneficiarias
de los sistemas de provisión pública. En las últimas décadas, los Estados de
Bienestar se han convertido en lo que John Myles ha denominado «EstadosProvidencia para la vejez», donde asegurar el bienestar de la infancia es visto
como una responsabilidad privada cuyos costes deben soportar las familias
que se deciden a tener hijos.
En este escenario, la pobreza infantil –rasgo característico de subdesarrollo–
experimenta un auge insólito. Los datos internacionales publicados en los últimos años evidencian que en un número considerable de países del mundo de-
INTRODUCCIÓN
17
sarrollado los riesgos de pobreza en la infancia llevan incrementándose desde
finales de la década de los ochenta, y en casi todos ellos las tasas de pobreza
infantil son hoy más elevadas que las del conjunto de la población (UNICEF
Innocenti, 2007; OCDE, 2008). España no es una excepción: el porcentaje de
menores de 16 años en situación de pobreza se sitúa en los últimos años entre
dos y cinco puntos por encima de la media poblacional. La pobreza infantil
en los países desarrollados sigue siendo muchas veces el resultado de viejos
riesgos que arrastran a familias a situaciones de vulnerabilidad –como la pérdida del empleo o el bajo salario del sustentador principal en el hogar–, pero
es también cada vez más la consecuencia de nuevas trayectorias laborales y
familiares de los progenitores –diversas, inestables, discontinuas– que pueden
exponer a los niños a experiencias de adversidad económica y social en distintos momentos del ciclo familiar.
Se argumenta a menudo que el aumento de los niveles de participación de las
mujeres en el mercado de trabajo es el principal factor de protección frente a
la pobreza infantil. La existencia de dos fuentes de ingreso en el hogar modera
los riesgos de vulnerabilidad económica, pero eso solo ocurre cuando las familias han encontrado soluciones para compatibilizar el empleo femenino con
el cuidado de los menores sin incurrir en costes excesivos. Ello no siempre es
posible. Costes elevados de los servicios de cuidado infantil formal –guarderías, actividades extraescolares– pueden recortar extraordinariamente los beneficios que reporta un segundo ingreso, e incluso disuadir en última instancia
a muchas madres de participar en el mercado de trabajo. Cuando además las
brechas salariales entre hombres y mujeres en el mercado laboral son grandes,
los incentivos de las madres para seguir trabajando (en lugar de cuidar a sus
hijos) se reducen de forma considerable.
Las pautas cambiantes de participación de padres y madres en el mercado
de trabajo (sobre todo de éstas) afectan directamente a otras dimensiones del
bienestar infantil. El incremento en el número de horas que los niños pasan
lejos de alguno de sus progenitores (especialmente de la madre) ha disparado
inquietud y preocupación en algunos sectores, que ven tambalearse los fundamentos de una socialización infantil responsable si el protagonismo es cedido
a agentes no familiares (cuidadores profesionales) o si simplemente se recorta
el tiempo que el menor pasa bajo supervisión de un adulto. La preocupación
cristaliza en verdaderos mitos populares, como los llamados latchkey kids o
18 INFANCIA Y FUTURO
«niños con una llave al cuello», que pasan horas esperando solos a que sus
padres regresen del trabajo, expuestos a riesgos de toda índole: accidentes
domésticos, consumo nocivo de la televisión, uso excesivo y pernicioso de
nuevas tecnologías, protagonismo creciente del grupo de iguales como agente
de socialización sustitutorio, etc.
La investigación social ha despejado la mayor parte de dudas e interrogantes
sobre la conveniencia de que las madres trabajen. La inmensa mayoría de los
trabajos empíricos que estudian esta cuestión de manera rigurosa concluyen
que el trabajo femenino no tiene efectos negativos sobre el bienestar infantil,
salvo si se produce en el primer año de vida del menor (Waldfogel et al., 2002).
La realidad es más compleja, y sugiere que los progenitores suelen suplir los
déficits de atención o supervisión parental (en caso de que se produzca) por
la supervisión que realizan otros adultos, en contextos formales e informales (centros de educación infantil, abuelas, canguros, etc.). La ausencia de la
madre ha promovido, por otra parte, que en muchos hogares los padres hayan
asumido responsabilidades de cuidado que tradicionalmente habían tenido las
mujeres. Haciendo balance, no hay razones para pensar que la incorporación
masiva de las mujeres al mercado laboral pueda afectar negativamente al bienestar infantil. Existen más bien indicios que apuntan en sentido contrario.
Esto no significa que deba desatenderse la influencia de los nuevos escenarios laborales en el bienestar infantil. Un número creciente de niños vive en
hogares donde las formas de vinculación flexibles de sus progenitores con
el mercado de trabajo son fuente de malestar. A los riesgos económicos que
acechan a estos hogares en coyunturas económicas desfavorables –debido a
su mayor probabilidad de perder el empleo– hay que unir las dificultades que
experimentan los progenitores para encontrar el tiempo necesario para ejercer
las funciones parentales. En algunos segmentos del mercado laboral proliferan
empleos que exigen compromisos difícilmente compatibles con los tiempos
en que los menores necesitan o esperan la atención o cuidados de sus padres:
trabajo por turnos, en fin de semana, horas extra... Los horarios de trabajo
flexibles se convierten en un factor de incertidumbre para menores y adultos,
que empuja a las familias a soluciones improvisadas que pueden generar desconcierto y frustración en los menores, y sentimientos de culpa y angustia en
los progenitores (principalmente en las madres) (Roppelt, 2003; Klammer,
2006).
INTRODUCCIÓN
19
Junto a estas transformaciones, hay que destacar cambios estructurales en los
hogares que pueden afectar al bienestar infantil. En las últimas décadas el tamaño de las familias ha ido reduciéndose y, así, los progenitores han visto aumentada a menudo su capacidad de dedicar atención a sus hijos, al tenerla que
distribuir entre un número menor de niños. La disminución de la fecundidad
(y en especial de segundos y terceros nacimientos) significa que un número
mayor de niños crecerán sin hermanos, lo que por una parte puede reforzar
el vínculo directo con los progenitores, pero, en contrapartida, puede privar a
los pequeños de experiencias enriquecedoras de sociabilidad infantil. Apenas
existe investigación social que haya calibrado las implicaciones de esta tendencia. No olvidemos tampoco que la reducción del tamaño de las familias se
ha visto igualmente provocada por la desaparición progresiva de otros adultos
que residían en el hogar (generalmente familiares), y por tanto, de la presencia
de agentes de socialización capaces de ofrecer apoyo a los progenitores en el
ejercicio de sus funciones parentales.
Pero sin duda el principal cambio estructural que se produce hoy en muchos
hogares es el debilitamiento de los vínculos de solidaridad familiar tras una
ruptura de pareja. Una proporción creciente de menores experimentan en algún momento la ruptura de la relación de sus progenitores y la interrupción
de la convivencia con uno de ellos. Los procesos de divorcio o separación
colocan a menudo a los hijos en situación de riesgo económico. Debido a la
persistencia de diferencias importantes en la dedicación de hombres y mujeres al trabajo remunerado, a las brechas salariales entre hombres y mujeres, y
al apoyo económico muchas veces inadecuado que las madres que obtienen
la custodia reciben por parte de sus exparejas, los hogares encabezados por
una madre sola suelen disponer de niveles de renta inferiores que los hogares biparentales. La exposición de estos hogares a riesgos de pobreza es, por
tanto, también más elevada. Al margen de estos problemas económicos, la
disolución de la relación de pareja conlleva situaciones que pueden acarrear
experiencias de malestar a los menores. El divorcio o separación de los padres
trastoca las rutinas cotidianas de acceso del menor a uno de sus progenitores
(generalmente el padre), lo que muchas veces termina debilitando el vínculo
con él. La aparición de nuevas figuras adultas en el hogar –si la madre inicia
una nueva relación sentimental– abre nuevos escenarios para el menor, que no
siempre se resuelven satisfactoriamente (Furstenberg y Cherlin, 1991; Cher-
20 INFANCIA Y FUTURO
lin, 2010). En los últimos años, la sociedad está dotándose de nuevos instrumentos para adaptarse a estas realidades cambiantes. La iniciativa legislativa
en muchos países tiende a revisar los supuestos en que se había basado para
administrar los procesos de ruptura familiar, con objeto de acomodar el interés
del menor –un ejemplo de ello es el debate sobre la custodia compartida, o las
medidas encaminadas a favorecer la implicación de los padres que no residen
con sus hijos en la educación de los menores.
1.2. Infancia y futuro
En una sociedad proclive a pensarse a sí misma, a reconsiderarse y reconstituirse, las tendencias que apuntan a un empeoramiento de las condiciones de vida
de los niños son objeto de preocupación pública creciente, aunque no siempre
cristalice en iniciativas específicas para corregirlas. En los últimos años se
está articulando una nueva constelación de argumentos a favor de la inversión
pública proactiva dirigida a la infancia. Estos nuevos discursos entienden que
«invertir» en infancia supone invertir en el futuro de nuestra sociedad. La
orientación de tales enfoques es fundamentalmente futurista. Desde este punto
de vista, la política social debe contribuir a generar dinamismo económico,
capacitando a los individuos para aprovechar las oportunidades laborales que
se les presentan a lo largo de la vida y mejorar su productividad. En este nuevo
paradigma de la política social –repetido de forma insistente por organismos
internacionales y algunos gobiernos– el gasto público en infancia ya no representa un coste social, sino el eje principal de una inversión social productiva,
orientada hacia el futuro. El objetivo es prevenir toda situación de riesgo que
pueda comprometer el horizonte vital de los niños –léase, la posibilidad de
que puedan convertirse en adultos preparados y flexibles, capaces de adaptarse
eficazmente a las exigencias cambiantes de los mercados–. Avalado por una
ingente investigación social, este nuevo paradigma reclama intensificar los esfuerzos para combatir la pobreza infantil, apoyar a las familias en dificultades
para equilibrar su dedicación al trabajo y a las responsabilidades familiares, o
incentivar la participación en la educación preescolar de hijos de familias con
bajos recursos culturales y educativos. Los frutos de estas iniciativas deben no
solo mejorar la competitividad de las economías dotándolas de una mano de
obra preparada y flexible, sino contribuir al sostenimiento de la vieja arquitec-
INTRODUCCIÓN
21
tura de los Estados del Bienestar. Los niños son los garantes de la provisión
pública del mañana si logramos convertirlos en personas adultas productivas
y capaces de hacer contribuciones financieras significativas a los fondos que
sostienen los sistemas de provisión pública. Ello solo será posible si gozan hoy
de oportunidades de crecer en condiciones adecuadas y se logra desactivar los
riesgos que amenazan un desarrollo personal y educativo propicio.
Gracias a este nuevo paradigma, la atención a la infancia ha sido catapultada
a un lugar de privilegio en el menú de las políticas sociales que despliegan un
número creciente de países. En estos países, la sociedad ha cobrado conciencia de las condiciones de vida de los niños en situación económica precaria y
de las dificultades de las familias para conciliar sus responsabilidades laborales y familiares. Los discursos y recetas que se aplican son variados, y en
algunos casos susceptibles de críticas muy contundentes (véase, por ejemplo,
Lister, 2006). Pero es innegable que el nuevo paradigma de la inversión social
se erige ya en un contrapeso necesario a las tendencias gerontocráticas de los
viejos Estados del Bienestar, quizás el único medianamente efectivo en un
contexto de creciente peso demográfico, económico y político de los colectivos de edades más avanzadas.
En algunos países, como el nuestro, este tipo de discursos apenas han empezado a arraigar. Ello no se debe a que la situación de la infancia sea muy
halagüeña. Si bien algunos indicadores internacionales de bienestar infantil
nos colocan en una situación bastante privilegiada en comparación con otros
países desarrollados –por ejemplo, en indicadores de bienestar emocional y
relacional–, en dimensiones clave para su bienestar presente y oportunidades
futuras, los niños españoles presentan déficits importantes. En un conocido
informe de UNICEF se constataban dos hechos preocupantes (UNICEF Innocenti, 2007). El primero es que la situación económica y material en que viven
muchos niños españoles puede estar privándoles de oportunidades esenciales
de participación social, condicionando sus horizontes vitales. Por ejemplo, los
niños españoles se situaban en 2007 en el puesto 17 (de 21 países analizados)
en lo que se refiere a tasas de pobreza infantil. Otro capítulo que conduce a la
preocupación es la educación formal. Los índices de abandono escolar prematuro son muy altos, y el nivel de conocimientos y capacidades que demuestran
los estudiantes en pruebas internacionales estandarizadas –PIRLS o PISA– es
bastante bajo. Estos resultados nos sugieren que muchos niños y niñas espa-
22 INFANCIA Y FUTURO
ñoles afrontan la transición a la vida adulta en condiciones de vulnerabilidad
educativa poco propicias para manejarse adecuadamente en los escenarios
económicos y sociales del futuro que se nos avecina.
Las señas de identidad de las familias españolas –lo que se había conocido tradicionalmente como «familismo»– se diluyen, y con ello están desapareciendo algunas de las condiciones previstas para procurar bienestar y seguridad
a los niños en el régimen familiar tradicional –principalmente la dedicación
exclusiva de las madres a las responsabilidades domésticas y de cuidado. Sin
embargo, este nuevo escenario no incrementa necesariamente la vulnerabilidad infantil, puesto que coincide con la aparición de nuevos mecanismos y
estrategias de provisión, tanto o más eficaces que los anteriores. En el curso de
los últimos años han ido apareciendo nuevas estructuras familiares, formas de
organización de la vida cotidiana y culturas domésticas que sientan las bases
de nuevos modelos de bienestar familiar. El presente libro aspira a radiografiar
la realidad de las nuevas familias para contribuir a identificar fortalezas y debilidades de los perfiles emergentes de sociabilidad familiar para el bienestar
infantil. En el capítulo 2 analizamos qué significa para los padres y madres
tener hijos; qué retos implica hoy la paternidad y la maternidad, y qué tensiones ocasiona la conciliación de la vida laboral y familiar ante los hijos. En los
capítulos 3 y 4 analizamos las relaciones intergeneracionales entre padres e
hijos, centrándonos en la etapa 0-4 y 5-10 respectivamente. Se discuten formas y estrategias de los padres y madres de relacionarse con sus hijos: cuánto
tiempo dedican a cuidar a sus hijos y cómo distribuyen este tiempo, a qué lo
dedican, cómo manejan premios y castigos para orientar su comportamiento,
cómo se implican en su educación formal. Un objetivo colateral de estos capítulos es rastrear formas de desigualdad emergentes, derivadas de las prácticas
de socialización en el hogar. El capítulo 5 se adentra en el «tiempo libre» de
los niños, sea en casa o fuera de ella, diferenciando actividades estructuradas
(extraescolares) y no estructuradas (con amigos, hermanos, familiares). En
el capítulo 6 se analizan las implicaciones de algunas de las dinámicas estudiadas en la aparición de diferentes situaciones de malestar en la infancia.
Nos concentramos específicamente en tres dimensiones de la vida infantil que
inciden de forma importante en el bienestar y desarrollo personal infantil:
problemas de sobrepeso y obesidad, de malestar emocional, y de adaptación a
INTRODUCCIÓN
23
las exigencias del sistema educativo desde los primeros años de escolarización
obligatoria.
Nuestro trabajo se sustenta en distintas fuentes de información, primarias y
secundarias. Hemos utilizado bases de datos internacionales (de la OCDE o
Eurostat) y explotado directamente datos de encuestas que están a disposición
de los investigadores (la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística, diversos estudios del Centro de Investigaciones Sociológicas, el World Values Survey y el European Values Study). Sin embargo,
por encima de todo, hay que destacar que buena parte de nuestra evidencia
en los capítulos 3, 4, 5, y 6 procede de una encuesta telefónica realizada a
2.200 padres y madres con hijos e hijas de 0 a 10 años en febrero de 2010.
Los cuestionarios contienen módulos específicos para familias con niños de
distintas edades (los detalles metodológicos pueden consultarse en el anexo).
El hecho de tratarse de una encuesta diseñada estratégicamente para dar respuesta a nuestras inquietudes nos concede considerable margen de maniobra
para acercarnos a realidades poco estudiadas en estudios previos referidos a
nuestro país.
24 INFANCIA Y FUTURO
II. El ejercicio de la paternidad
y la maternidad
Pocas instituciones han cambiado tan vertiginosamente como la familia en
las últimas décadas. Salvo circunstancias excepcionales, los parámetros demográficos familiares evolucionan lentamente. En España no ha sido así. En
los últimos tiempos han aumentado notablemente la proporción de parejas
de hecho, las separaciones y divorcios, la monoparentalidad y la adopción
internacional. Se ha legitimado y legalizado el matrimonio homosexual y, en
consecuencia, las familias homoparentales. Todo ello llega acompañado de un
aumento continuado de la actividad laboral de las mujeres (especialmente de
aquellas que son madres), de la transformación de las relaciones de intimidad
en el seno de la pareja, de la emergencia de nuevas prácticas de distribución
de las responsabilidades domésticas y de los cuidados, de la caída de la fecundidad, del aplazamiento de la emancipación de los jóvenes, de la creciente
autonomía personal y residencial de las personas mayores. En este contexto
de cambio, se han aprobado reformas legislativas importantes que afectan a
las relaciones familiares y de parentesco. En las últimas décadas los principios
que regulan fenómenos como el divorcio, las uniones consensuales, la transmisión de apellido, la reproducción asistida, las adopciones, o últimamente
los regímenes de custodia compartida, han sido revisados y puestos al día, en
algún caso más de una vez, para adaptarse a una realidad que desbordaba los
marcos jurídicos vigentes. Esa realidad ha empujado a los propios españoles
a cambiar, y esos cambios no están exentos de tensiones y contradicciones.
2.1. Los hijos en el proyecto de vida en común
Vivimos en una sociedad en la que las familias de corte patriarcal se están transformando. La incorporación masiva de las mujeres a la vida pública, tanto en el
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 25
ámbito educativo como en el mundo del trabajo, ha creado un nuevo escenario
que promueve la redefinición del papel de la mujer en la familia. Las mujeres
han dejado de ser la piedra angular de un régimen familista, que podía cargar sobre espaldas femeninas las responsabilidades de la atención a los discapacitados
y dependientes. Es cada vez más reducido el número de mujeres que consideran
que ser ama de casa puede ser tan gratificante como la actividad profesional, y
es cada vez mayor el de mujeres que consideran que las obligaciones domésticas
son un obstáculo para su progreso profesional (Rivero Recuento et al., 2005;
Iglesias de Ussel et al., 2009). Desde los años ochenta, los estudios sociológicos
basados en las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas rastrean la
evolución de las preferencias y orientaciones de los españoles y las españolas
respecto a la distribución de roles en la familia. Un número creciente de hombres y mujeres se muestra partidario de un modelo igualitario, donde ambos se
reparten las tareas del hogar y cuidado de los hijos. Especialmente notable es la
evolución de la actitud de los varones. Los favorables a un modelo tradicional,
con reparto estricto de roles, constituyen un reducto cada vez más minoritario
que va siendo reemplazado rápidamente por nuevas cohortes de varones que
expresan preferencias por un modelo igualitario.
En este contexto, el vínculo principal que sustenta el entramado familiar (la relación sentimental y de compromiso que une a la pareja) también ha cambiado. A
diferencia de lo que ocurría en el pasado –cuando el vínculo de pareja era principalmente un medio para alcanzar finalidades económicas (el autoabastecimiento
de la unidad familiar) e institucionales (la pervivencia del linaje y la transmisión
del patrimonio), sin que importara demasiado si existía una relación de afecto
o de complicidad entre los miembros de la pareja– en los últimos tiempos las
relaciones de intimidad se fundamentan de manera cada vez más rotunda en expectativas y aspiraciones personales. En lo que el sociólogo norteamericano Andrew Cherlin (2010) ha llamado «parejas de tipo individualista», el valor de la
vida en pareja se tasa ante todo por las satisfacciones cotidianas que procura. El
derecho individual a la felicidad es el motor que todo lo mueve: es el dispositivo
de arranque que pone en marcha el proyecto de vida en común, y el mecanismo
que lo detiene en el momento en que la relación de pareja no satisface las aspiraciones de sus miembros. La promesa de felicidad reside en la calidad de las
relaciones de intimidad que uno llegue a construir. Cuando esa promesa pierde
credibilidad, existen pocos obstáculos que impidan la disolución de la relación.
26 INFANCIA Y FUTURO
Coincidiendo con el afianzamiento de este modelo de relación, que otorga a la
vida en pareja una centralidad sin precedentes, el valor de los hijos también ha
cambiado. Tener hijos ha dejado de ser uno de los aspectos más importantes de
la felicidad de muchas parejas. Otras dimensiones –como el respeto y cariño
mutuo, la fidelidad, una buena comprensión mutua, una relación sexual satisfactoria, compartir tareas domésticas, tener unos ingresos adecuados y una buena
vivienda– cobran relevancia. Lograr preservar la calidad de la relación reclama
esfuerzos y atención creciente a la pareja. El reto exige que cada miembro de la
pareja ofrezca a su compañero o cónyuge la mejor versión de sí mismo, busque
espacios íntimos para el intercambio mutuamente gratificante, y trate de inyectar constantemente a la relación algún reconstituyente (un obsequio, una cena
íntima, un viaje sorpresa, etc.).
La centralidad de la vida en pareja tiende a relegar el segundo vínculo que suele
trenzar el entramado familiar: el que une a padres e hijos. Eso no quiere decir
que, en las nuevas circunstancias, no se le reconozca importancia. Criar y educar
a los hijos es una de las principales funciones que los españoles siguen asignando a la familia en todos los grupos sociales (Meil, 2006). Criar hijos puede,
de hecho, ser perfectamente compatible con las aspiraciones de las parejas «de
tipo individualista» si con ello se abren espacios íntimos en los que la pareja
puede saciar su sed de experiencias emocionales «especiales», que refuercen su
vínculo interpersonal. Pero no cabe duda de que algunos aspectos tradicionalmente asociados a la crianza pueden entrar en contradicción con las prioridades
de este tipo de parejas. Valores como la estabilidad, el altruismo o la abnegación
en pro del bienestar infantil cotizan a la baja. Un número considerable de parejas jóvenes entienden que la vida en pareja es lo primero, y los hijos no deben
comprometer la felicidad y los proyectos de la pareja. Así, según los resultados
de un estudio reciente de la Fundación SM en que participan dos autores del
presente libro, un 52% de las parejas jóvenes (cuyos integrantes tienen menos
de 40 años) están de acuerdo en que «tener hijos limita demasiado la libertad
de los padres». En contraposición a una creencia extendida en el pasado, tener
hijos ya no debe suponer un obstáculo para la separación o divorcio. Tan solo
el 11% de los entrevistados considera que «cuando hay hijos de por medio, los
padres no deberían separarse, aunque no se lleven bien» (Iglesias de Ussel et al.,
2009: 89).
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 27
El hecho de vivir la relación de pareja como un proyecto que debe ser constantemente renovado y ratificado, un «plebiscito cotidiano», aboca a situaciones
de falta de certeza, en que resulta difícil decidirse a tener hijos. Son muchas las
situaciones que desalientan a las mujeres de tener descendencia: las que cohabitan, suspenden la decisión hasta estar seguras de que su pareja es definitiva;
las casadas que dudan sobre el futuro de su relación, son reacias a tener hijos
ante el temor de ver seriamente comprometida su vida en un posible escenario
de ruptura; las mujeres que tienen horizontes laborales inciertos suspenden la
decisión de ser madres a la espera de tiempos mejores; las mujeres con un nivel
educativo alto y una decidida orientación laboral tienen motivos para ver con
inquietud las implicaciones que un hijo puede tener para su futuro profesional.
La caída de la fecundidad experimentada en España en las últimas décadas refleja en buena medida el retraso en los calendarios de la maternidad atribuibles
a decisiones que privilegian dimensiones personales (educativas, profesionales,
sentimentales) frente a los proyectos de fecundidad. Pero más allá de esas decisiones, encontramos una infecundidad voluntaria de mujeres que, ya madres,
interrumpen su proyecto de fecundidad al reajustar sus preferencias acerca de
la dimensión ideal de la familia. Algunas madres de un solo hijo no se lanzan a
más, quizás en contra de sus deseos iniciales, desalentadas por las adversidades
que supuso criar el primero. Las investigaciones sociológicas coinciden en presentar un escenario con algunas luces y bastantes sombras. La inmensa mayoría
de mujeres se muestra satisfecha de haber tenido a sus hijos, pero un porcentaje
elevado expresa temor y angustia por cuanto representen un obstáculo para su
vida profesional, limiten la calidad de su vida en pareja o les falte tiempo para
cuidarlos. A ello se añade la inquietud sentida por muchos padres y madres –especialmente en etapas más avanzadas de la infancia y adolescencia– de que el
control que puedan ejercer sobre los hijos será imperfecto y no lograrán apartarlos de influencias nocivas (Iglesias de Ussel et al., 2009; Meil, 2006).
2.2. Familia y fecundidad en los nuevos escenarios sociales
La familia ha sido invariablemente la dimensión de la vida personal más valorada desde que existe información demoscópica sobre actitudes y valores de
los españoles. La familia merece una valoración muy positiva entre quienes
tienen hijos, y especialmente, los padres de hijos pequeños. Según datos del
28 INFANCIA Y FUTURO
Estudio 2.578 (2004) del CIS, el 86% de las personas que tienen un hijo menor
de seis años consideran que su familia es «muy importante para ellos», actitud
compartida por el 68% de quienes no tienen hijos de esas edades. España ha
sido caracterizada a menudo como un país familista, donde la vida privada se
concibe fundamentalmente como vida en familia, y las obligaciones familiares se anteponen a ambiciones personales. Dentro de este ámbito, la crianza
y el cuidado de los hijos se presenta a menudo como una de las principales
funciones familiares. Para la inmensa mayoría de las parejas tener hijos sigue
siendo una parte consustancial de un proyecto en pareja. En este proyecto, los
padres y madres están llamados a no escatimar esfuerzos. En este sentido, un
porcentaje elevado de los españoles (en torno al 80% en las distintas oleadas
del World Values Survey) considera que los padres deben hacer sacrificios por
el bienestar de sus hijos e hijas, incluso si es a expensas del suyo propio. Esta
opinión está muy extendida en todos los grupos sociales, con solo pequeñas
diferencias por estudios y religiosidad.
Más allá del sentido del deber arraigado en la mentalidad de muchas personas,
las principales razones que las personas aducen para tener hijos son de tipo
emocional. Tener hijos produce gratificaciones intangibles que compensan el
sacrificio. Según el estudio de la Fundación SM ya mencionado, el 66% de los
jóvenes menores de 40 años que viven en pareja declara estar muy de acuerdo
en que «ver crecer a los hijos es uno de los mayores placeres de la vida», y
un 21% adicional se considera «de acuerdo» con tal afirmación (Iglesias de
Ussel et al., 2009: 89). Ese «placer» tiene una naturaleza fundamentalmente
sentimental. Como puede advertirse en la tabla 2.1, preguntados por los dos
motivos más importantes para tener un hijo o tener alguno más, la razón principal que esgrimen las españolas es de índole emocional (CIS, Estudio 2.639).
Otras consideraciones, como la preservación del linaje («ver a la familia seguir adelante») o afrontar la vejez con garantías («los hijos hacen menos probable que uno esté solo en la vejez») han perdido la relevancia que pudieron
tener en el pasado. También es destacable que solo una minoría mencione que
«tener hijos fortalece la relación con el cónyuge».
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 29
TABLA 2.1
Motivos más importantes para tener un hijo entre mujeres que
no tienen hijos pero desean tenerlos y mujeres que ya tienen hijos
pero quisieran tener más
En porcentajes
MOTIVOS MÁS IMPORTANTES PARA TENER UN HIJO/A
PRIMER MOTIVO
SEGUNDO MOTIVO
Tener hijos produce un sentimiento
especialmente gratificante
39
25
Es buena cosa ver crecer
y desarrollarse a los hijos
21
23
Los hijos acentúan el sentido
de la responsabilidad
16
13
Produce satisfacción ver
a la familia seguir adelante
14
25
Los hijos hacen menos probable
la soledad en la vejez
4,9
4,7
Tener hijos fortalece la relación
con el cónyuge/pareja
4,1
9,1
Total
Número de casos
100
(2.760)
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Estudio 2.639, CIS 2006.
Ahora bien, calibrar el valor de los hijos en la sociedad española requiere mayor atención a los matices. La presunción de que los españoles conceden gran
centralidad a los hijos en los proyectos de pareja es discutible si se examinan
ciertas actitudes a la luz de evidencias comparativas. Un porcentaje significativo de los españoles cree actualmente legítima e incluso posiblemente satisfactoria para quienes la practiquen la opción de no tener hijos. Por ejemplo,
según datos del World Values Survey (1990 y 1999) y el European Values
Study (2008), la proporción de españoles que responden afirmativamente a la
pregunta «Una mujer, ¿necesita tener hijos para sentirse realizada?» es significativamente inferior a la de otros países del sur de Europa, como Grecia, Portugal o Italia, e incluso inferior a la de países del centro y el norte de Europa
como Alemania, Francia o Dinamarca. En la última década, esta proporción
se ha acercado a la de países con orientaciones menos maternalistas. Por otra
parte, las diferencias entre cohortes son sustanciales –más grandes que en la
mayoría de otros países– aunque en los últimos años se ha reducido la brecha
30 INFANCIA Y FUTURO
generacional a consecuencia de la incorporación a las franjas de edad avanzada de grupos jóvenes que ya hace una o dos décadas presentaban orientaciones
menos maternalistas. Así, mientras que en 1999 el 62% de los entrevistados
mayores de 50 años se mostraba de acuerdo en que «una mujer necesita tener
hijos para sentirse realizada», solo lo creía un 32% de las personas menores
de 30 años. En 2008, la diferencia se ha rebajado significativamente (52% y
34% respectivamente).
La actitud de la mayoría de los españoles jóvenes se aleja de concepciones maternalistas que entendían que la infecundidad era poco menos que una maldición. Lejos quedan los tiempos en que la mayoría de la población consideraba
que un matrimonio sin hijos no es un verdadero matrimonio.(1) En la actualidad, solo un pequeño porcentaje de españoles emite juicios negativos respecto
a los proyectos vitales que excluyen tener hijos. Por ejemplo, en la encuesta de
la Fundación SM, solo el 23% de las personas entrevistadas estaba de acuerdo
o muy de acuerdo con la afirmación de que «las personas que no tienen hijos
llevan vidas vacías» (Iglesias de Ussel et al., 2009: 89).
En paralelo a estos cambios de actitud ante la infecundidad, se ha producido
una reducción acusada del número de hijos que las parejas desean tener. La
evolución de las cifras es elocuente. En 1966, en el Informe FOESSA, el número ideal de hijos para los españoles era de 3,3 (valor medio). En 1968, un
estudio de DATA arrojaba una cifra similar (3,4), mientras que el informe de
FOESSA de 1970 presentaba un valor de 3,1. Estas cifras eran menores incluso que el número real de hijos que las mujeres llegaban a tener. Esta pauta
se invierte en las últimas décadas. El Informe FOESSA de 1975 detectaba
ya cifras por debajo del umbral de 3: 2,83 para mujeres, 2,66 para hombres
(Campo y Navarro, 1985: 118). En la década de los ochenta y primera mitad
de los noventa estas cifras se reducirán algo más de medio punto más, hasta
situarse en 2,15, en el punto más bajo, en el año 2000. En los últimos años
se ha producido un repunte, que sitúa el número ideal de hijos en torno a 2,3.
Esta cifra se sitúa bastante por encima de la fecundidad real de las mujeres en
edades avanzadas del ciclo reproductivo: en 2006, la media de hijos nacidos
vivos de una mujer de 40 a 44 años era de 1,79 (datos extraídos de la Encuesta
(1) En una encuesta de la revista Cambio 16 (octubre de 1978, núm. 560), solamente un 27% de los encuestados
pensaban que un matrimonio que ha decidido no tener hijos es una familia (citado por Campo y Navarro, 1985:
121).
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 31
de Fecundidad, Familia y Valores del Centro de Investigaciones Sociológicas, por Margarita Delgado, 2007: 108). Aunque al fin del ciclo reproductivo
predominen las mujeres que aparentemente han colmado sus aspiraciones de
fecundidad, un grupo significativo de mujeres no lo ha hecho. Una de cada
tres mujeres de 40 a 44 años sin hijos desearía tenerlos (33%). Es menor la
proporción de las que ya tienen hijos y les gustaría tener más (15%).
El conjunto de evidencias sugiere que las actitudes de los españoles respecto
a la fecundidad han evolucionado rápidamente. Siguen predominando quienes
desean tener hijos y los tienen. Pero la alternativa de no tenerlos es perfectamente aceptable. La presión normativa para tener hijos se ha diluido y la
preferencia por las familias numerosas es cada vez más minoritaria. Es difícil
dilucidar cuáles son los determinantes de esos cambios. Un factor que probablemente ha influido en este proceso es la adaptación de actitudes y preferencias a una realidad que constriñe las opciones. Algunos españoles se situarían
frente a la realidad como la zorra ante las uvas en la fábula de Esopo: al ver
el racimo demasiado alto, desprecia las uvas alegando que no están maduras.
2.3. Las dificultades para tener y criar hijos
Aunque los cambios de concepción respecto a la infecundidad y el número de
hijos pueden atribuirse a diversos factores y procesos, no resulta baladí llamar
la atención sobre el hecho de que esos cambios coinciden con un reconocimiento de los problemas que entraña la llegada de los hijos para sus progenitores. Si se examinan las actitudes de las mujeres de 25 a 39 años que no tienen
hijos y no les gustaría tenerlos, llama poderosamente la atención el elevado
porcentaje de ellas que esgrimen las dificultades de tenerlos y criarlos. Motivos como la «incertidumbre personal», la «falta de confianza en el futuro» y
los problemas y preocupaciones que los hijos provocan pesan decididamente
en su orientación hacia la fecundidad y la crianza. La inmensa mayoría de las
mujeres jóvenes aduce adversidades de esta índole.
32 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 2.2
Motivos más importantes para no tener hijos. Mujeres de 25 a 39 años
sin hijos y que no quieren tenerlos
En porcentajes
MOTIVOS MÁS IMPORTANTES
PARA NO TENER UN HIJO/A
PRIMER MOTIVO
PRIMER Y SEGUNDO
MOTIVO
Criar a los hijos entraña muchas
preocupaciones y problemas
24
33
Incertidumbre personal
18
27
Falta de confianza en el futuro
14
22
Los hijos hacen más difícil que
la mujer tenga un trabajo
11
18
Los hijos son caros, especialmente
cuando crecen
10
14
Quita tiempo para hacer otras cosas
importantes en la vida
10
20
La edad
7,0
Motivos de salud
3,9
5,2
Los embarazos, nacimiento,
son duros para la mujer
0,9
6,7
Tengo los que quiero
0,8
1,1
Mi casa no es lo suficientemente grande
0,0
0,5
Total
Número de casos
10
100
(123)
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Estudio 2.639, CIS 2006.
Entre las madres de 25 a 39 que tienen hijos y no desean tener más, es bastante
reducido el porcentaje de las que aducen «incertidumbre personal» y «falta de
confianza en el futuro». Lógicamente, se trata de un grupo de mujeres que, a
pesar de estar en una franja de edad similar que las que no tienen hijos, ya han
franqueado el umbral de la maternidad y superado incertidumbres y sombras
sobre el futuro, siempre previas al inicio de un proyecto familiar. Aún así, un
porcentaje considerable alega, ya sea como primer o segundo motivo, que
criar a los hijos entraña muchas preocupaciones, es caro, o quita tiempo para
hacer otras cosas importantes en la vida.
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 33
TABLA 2.3
Motivos más importantes para no tener hijos. Mujeres de 25 a 39 años
que tienen hijos y no quieren tener más
En porcentajes
MOTIVOS MÁS IMPORTANTES
PARA NO TENER OTRO HIJO/A
PRIMER MOTIVO
PRIMER Y SEGUNDO
MOTIVO
Tengo los que quiero
39
50
Los hijos son caros,
especialmente cuando crecen
14
25
Criar a los hijos entraña muchas
preocupaciones y problemas
14
29
Motivos de salud
5,1
Falta de confianza en el futuro
4,7
11
8,4
Los hijos hacen más difícil
que la mujer tenga un trabajo
4,6
10
Los embarazos, nacimiento,
son duros para la mujer
4,5
La edad
4,4
Quita tiempo para hacer
otras cosas importantes en la vida
3,5
8,8
11
8,0
Incertidumbre personal
3,1
9,2
Mi casa no es lo suficientemente grande
2,6
5,4
Total
Número de casos
100
(644)
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Estudio 2.639, CIS 2006.
Las dificultades para tener y criar hijos han cobrado una relevancia creciente
en un contexto de reconfiguración de los roles femeninos. En lo que EspingAndersen (2009) ha llamado una «revolución inacabada», la trayectoria vital
de las mujeres se ha masculinizado, impulsada por su incorporación masiva al
mercado de trabajo y su tendencia a permanecer en él después de casarse y dar
a luz. Esta orientación creciente hacia el trabajo productivo se inscribe tanto
en procesos económicos como culturales. Desde el punto de vista económico, el incremento de la participación de las mujeres en el mercado de trabajo
ha coincidido con la expansión de los sistemas educativos –que acogen a un
número creciente de mujeres en los escalones educativos superiores– y con la
transformación de las estructuras económicas en las sociedades postindustriales, que crea nuevos espacios productivos que ya no requieren ni se sustentan
34 INFANCIA Y FUTURO
en una división sexual del trabajo–. En estos nuevos escenarios el abandono
de la actividad profesional por parte de las mujeres para dedicarse a trabajos
familiares y domésticos ha dejado de ser la opción más rentable para la economía familiar, especialmente en el caso de las mujeres con niveles elevados de
cualificación y retribución.
Desde un punto de vista cultural, la actividad laboral de las mujeres cobra
nuevos significados en el contexto de los procesos de individualización que
experimentan las sociedades occidentales. En la nueva cultura de la individualidad, el trabajo se erige en un elemento central en el proyecto vital: proporciona los recursos económicos necesarios para materializar dicho proyecto
(y eludir situaciones de dependencia), abre vías a la participación social en
espacios que adquieren relevancia creciente en la configuración de la identidad individual (muy especialmente el universo del consumo), y posibilita la
afirmación del logro individual en el marco de la construcción autónoma de
la propia vida (Beck-Gernsheim, 2003; Lipovetsky, 2003). En el caso de las
mujeres, el auge de los valores individualistas trae consigo un reforzamiento
de las orientaciones hacia la formación, el ejercicio de una actividad laboral y
la libre disposición de sí mismas a lo largo de sus vidas, desafiando concepciones tradicionales que reclamaban dedicación a obligaciones colectivas –fundamentalmente de cuidado de otros–. Las «ideologías del sacrificio» en que se
sustentaba el orden tradicional, que celebraban los valores de la abnegación y
el altruismo femenino, entran en contradicción con el desarrollo de una sociedad de consumo que difunde a escala planetaria los valores del bienestar y el
placer individual, y el derecho a perseguirlos sin ambages. Nos encontramos
ante un terremoto social que está transformando los deseos y ambiciones de
las mujeres, y las relaciones de poder en la pareja y en la familia.
Esta dinámica de cambio no fluye, sin embargo, sin obstáculos, que sitúan
muchas veces el cuidado de los menores en el epicentro de contradicciones,
frustraciones y conflictos. Por una parte, la destrucción del sistema de valores
tradicional no es completa. Sigue habiendo personas –hombres y mujeres–
apegadas a escalas de valores tradicionales, que aspiran a compatibilizar sus
convicciones con dinámicas sociales que convierten progresivamente a los
modos de vida tradicional –basados en la asimetría de roles– en proyectos
social y económicamente inviables. Así, en los nuevos contextos, el trabajo
femenino no solo se ha convertido en un elemento central de la nueva identi-
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 35
dad femenina, sino también en una condición casi sine qua non para inaugurar
un proyecto de vida en pareja que resulte económicamente sostenible, que
asegure a ambos el acceso a bienes básicos –comenzando por la autonomía
residencial– y les proteja frente a adversidades económicas. Hoy día, la formación de nuevas familias exige generalmente una doble fuente de ingresos.
Las familias con un solo sustentador tienen un riesgo muy elevado de pobreza,
que se acentúa en coyunturas económicas desfavorables (Marí-Klose et al.,
2008a). Además, quienes siguen modelos tradicionales se enfrentan, por una
parte, a un entorno institucional crecientemente hostil, que descuida las necesidades y demandas que expresan, y por otra, a discursos hegemónicos que
censuran sus prácticas, tachándolas como arcaísmos destinados a ser dejados
de lado progresivamente. En este sentido, las políticas públicas en muchos
países están claramente inmersas en un viraje que persigue ofrecer protección
y ayuda a las familias que se apartan de los modelos tradicionales de estatus y
roles de género. Las ayudas financieras a las familias van dirigidas cada vez
más a aquellas en que trabajan ambos progenitores (a través, por ejemplo, de
transferencias monetarias a madres trabajadoras) y la expansión de servicios
persigue «desfamiliarizar» actividades de cuidado que tradicionalmente habían llevado a cabo las mujeres. Este proceso coincide con una devaluación
progresiva del rol del ama de casa. La dedicación exclusiva a las labores del
hogar y el cuidado de los hijos ha perdido buena parte de la apreciación social
de que había gozado y poco a poco pasa a ser una anomalía social que desafía
expectativas sociales ampliamente extendidas y halla un difícil encaje en los
nuevos esquemas de protección social. Desde un punto de vista individual, la
falta de una trayectoria laboral significativa convierte a las mujeres que ponen
fin a su relación de pareja o la ven interrumpida por el fallecimiento de su
cónyuge en personas en riesgo de exclusión social. Desde el punto de vista
social, la pervivencia de un colectivo que no contribuye directamente a los
sistemas públicos de provisión social es vista como una amenaza para su sostenibilidad financiera.
Por otra parte, la adaptación de actores, instituciones y estructuras sociales a
las nuevas realidades tampoco es completa. Las mujeres que se han incorporado al mercado laboral se enfrentan en primer lugar a la falta de compromiso
de muchos varones, que se muestran reacios o incapaces de reajustar sus niveles de implicación en las tareas domésticas y de cuidado en respuesta a la
36 INFANCIA Y FUTURO
nueva situación. Aunque el trabajo extradoméstico (y los ingresos que aporta
al hogar) otorga poder de negociación a las mujeres frente a sus cónyuges, el
nivel de corresponsabilización efectiva en hogares donde los dos miembros
de la pareja trabajan es limitado. Una alta proporción de varones interviene
en tareas típicamente masculinas (como llevar las cuentas de los gastos, hacer
pequeñas reparaciones en casa), y en un número creciente participan en actividades menos especializadas (la compra semanal o la limpieza), pero sigue
siendo baja la proporción de varones que asumen equitativamente el conjunto
de las responsabilidades domésticas (Iglesias de Ussel et al., 2009). Según
algunos planteamientos, como resultado de la incorporación de la mujer al
mercado de trabajo, la brecha entre el número total de horas que la mujer y el
hombre trabajan –ya sea en el hogar o en el marco de su actividad profesional– lejos de disminuir, habría aumentado (England, 2006). Esta situación es
especialmente evidente tras el nacimiento de los hijos. El escaso desarrollo en
nuestro país de los servicios públicos de atención a la primera infancia y apoyo a las familias representa un factor de tensión de primer orden entre tiempos
productivos y reproductivos.
A pesar de la decidida orientación laboral de las mujeres jóvenes, para bastantes de ellas el nacimiento de los hijos sigue implicando el abandono del
mercado de trabajo, la reducción de la jornada laboral y un condicionante importante para su progreso profesional (Iglesias de Ussel et al., 2009: 103). El
impacto económico de estos cambios puede ser considerable. Esping-Andersen (2009: 85-86) ha estimado, por ejemplo, que las interrupciones laborales
acarrean a las mujeres españolas con dos hijos un coste económico equivalente al 20% de sus ingresos totales a lo largo de su vida, coste cuatro veces
superior al de las mujeres danesas, que disfrutan de mayores oportunidades
para conciliar la maternidad y la carrera profesional gracias a la existencia de
servicios públicos de apoyo a las familias. Existe una conciencia extendida
de esos costes. El 58% de los españoles entiende que «el hecho de tener hijos
es un obstáculo para la vida profesional de la mujer»; el porcentaje aumenta
al 69% de las personas con hijos menores de tres años (CIS, Estudio 2.578,
2004). La proporción de mujeres que advierten esos obstáculos es algo superior a la de varones, aunque estos perciben de forma mayoritaria que esos
obstáculos existen.
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 37
La llegada de los hijos también intensifica la segregación de roles domésticos
en sentido tradicionalista. En las parejas con hijos menores, la diferencia entre
horas dedicadas al trabajo doméstico por mujeres y hombres aumenta y la distribución de las responsabilidades domésticas se hace más inequitativa. Esta
pauta está lógicamente relacionada con la disminución del tiempo que las madres dedican a sus actividades profesionales fuera del hogar. Pero también al
aumento de la proporción de varones que incrementan su dedicación laboral.
En las circunstancias actuales de muchas parejas jóvenes, la llegada de un hijo
conlleva reajustes de los niveles de actividad laboral tanto de mujeres como de
hombres (generalmente en direcciones contrapuestas) para hacer frente a las
demandas de atención y cuidado que reclaman los niños pequeños y, al mismo
tiempo, mantener el poder adquisitivo de la unidad familiar (Iglesias de Ussel
et al., 2009: 103).
TABLA 2.4
Reparto de las tareas domésticas en los hogares en que las mujeres
trabajan según tengan o no hijos/as(a)
En porcentajes
SIEMPRE/HABITUALMENTE(b)
TAREAS DOMÉSTICAS
NO TIENE
HIJOS
EQUITATIVAMENTE
TIENE HIJOS
NO TIENE
HIJOS
TIENE HIJOS
Hacer la colada
56
76
39
19
Preparar las comidas/cocinar
53
67
32
24
Hacer las camas
45
59
47
34
Decidir qué se va
a comer al día siguiente
40
66
51
30
Hacer la limpieza
34
50
62
42
Fregar platos
28
48
61
43
Llevar las cuentas
de los gastos
23
31
60
53
Hacer la compra
22
35
69
55
Hacer pequeñas
reparaciones en casa
9,9
9,0
19
12
Llevar a reparar el automóvil
9,8
7,6
22
19
Nota: a) Los datos corresponden a las respuestas de mujeres. Número de casos 1.532. Se trata de mujeres que
viven en pareja y tienen menos de 40 años de edad.
b) Siempre/ habitualmente se refiere a las mujeres.
Fuente: Iglesias de Ussel et al. (2009), p. 106.
38 INFANCIA Y FUTURO
En estas condiciones, las mujeres que tienen hijos afrontan costes elevados
de oportunidad, más altos cuanto mayor es el valor monetario de su trabajo
productivo y la apreciación subjetiva que les merece su carrera profesional.
Algunos autores han señalado que las mujeres cobran plena conciencia de la
magnitud de esos costes en el momento de decidirse a tener el segundo hijo.
Su proclividad a tener más hijos tras el nacimiento del primero se incrementa
si creen que van a contar con una pareja que va a corresponsabilizarse en la
crianza del segundo o ulteriores, y van a ser capaces así de reducir los costes
de oportunidad asociados a la maternidad. La experiencia vivida en la crianza
del primer hijo resulta, en este sentido, determinante (Cooke, 2003; Mills et
al., 2008). Los hijos ya no traen invariablemente «un pan bajo el brazo», coronando y estabilizando el proyecto familiar, como había sucedido en el pasado.
Como señalamos en un estudio reciente, organizar el cuidado de los hijos suele
llevar aparejadas dificultades considerables, que cristalizan en situaciones de
tensión (Iglesias de Ussel et al. 2009). Las parejas con hijos pequeños tienden
a expresar mayores niveles de desacuerdo en el reparto de tareas domésticas,
así como de insatisfacción con las oportunidades de disfrutar la relación interpersonal con su pareja. Posiblemente, mujeres y hombres vivan esta situación
de forma diferente. Por ejemplo, en el estudio mencionado evidenciábamos
que las mujeres con hijos tienen una probabilidad más alta que las que no los
tienen de mostrarse menos enamoradas en el momento de la entrevista que
cuando iniciaron la convivencia con su pareja (a igualdad de tiempo de convivencia). Esto no sucede con los hombres, que no presentan «riesgos de desenamoramiento» estadísticamente diferentes según tengan o no hijos.
La compaginación de la vida laboral y familiar en presencia de hijos es una
cuestión complicada, en que nuevas orientaciones y ambiciones profesionales
y de autonomía de las mujeres entran en colisión con dinámicas cotidianas de
la relación con su pareja. En el proceso de adaptación a estos desajustes se
pueden producir situaciones de tensión, que no siempre acaban adecuadamente encauzadas. Un porcentaje considerable de padres y madres entrevistados
en la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la Infancia,
preparada para el presente estudio, indican que en su hogar se producen situaciones de tensión en relación con cuestiones referidas a la compaginación
de la vida laboral y familiar. Así, un 63% de hogares menciona episodios de
tensión ligados a la falta de tiempo personal para relajarse o desconectar (un
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 39
13% indica que estos episodios se producen a menudo); un 49% reconoce
situaciones de tensión provocadas por el reparto de tareas domésticas (un 9%
señala que tienen lugar a menudo), y un 28% se refiere a tensiones por el cuidado de los niños (un 2,8% declara que se producen a menudo). Solo un 16%
declara que en su hogar no se producen nunca situaciones de tensión asociadas
a alguno de estos factores.
Las situaciones de tensión son más recurrentes en los hogares donde la madre
trabaja y alberga aspiraciones profesionales ambiciosas (dispone de credenciales educativas elevadas). Son también más habituales si los niños son menores de tres años (especialmente si la tensión está provocada por el cuidado
de los niños) y cuando la implicación del padre en el cuidado de los hijos es
baja (tabla 2.5). La influencia de este factor es notable. Sin embargo, como
es fácil comprobar, la situación laboral del padre o su nivel educativo apenas
tienen implicaciones sobre el clima del hogar.
El gráfico 2.1 representa, en tres escenarios, la probabilidad de que en un
hogar se produzcan situaciones de tensión ligadas al reparto de tareas domésticas, cuidado de niños y falta de tiempo para relajarse. El primero es un escenario tradicional, donde la madre no trabaja, tiene estudios primarios y la implicación del padre en el cuidado de los hijos es baja. El segundo escenario es
de transición: la madre trabaja, tiene estudios superiores y la implicación del
padre es baja (de revolución incompleta). El tercero es un escenario similar
al anterior, pero con un grado de implicación paternal elevado (de revolución
completa). Se trata de tipologías ideales que, con independencia de su grado
de representatividad dentro de la población, permiten hacernos una idea de
qué ocurre cuando se presenta conjuntamente una constelación de situaciones.
40 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 2.5
Personas que declaran vivir situaciones de tensión en casa
por distintos motivos según atributos sociodemográficos
de los padres y edad del niño/a
En porcentajes. Hogares con niños de 0 a 10 años
HAY TENSIÓN POR
CARACTERÍSTICAS
SOCIODEMOGRÁFICAS
Características
de la madre
Nivel educativo
Primario
Secundario
Universitario
Situación laboral
Trabaja a
tiempo completo
Trabaja a
tiempo parcial
No trabaja
Nivel de implicación
de la madre en la vida
del niño/a
Muy implicada
Bastante implicada
Poco o nada
implicada
Características
del padre
Nivel educativo
Primario
Secundario
Universitario
Situación laboral
Trabaja a tiempo
completo
Trabaja a
tiempo parcial
No trabaja
Nivel de implicación
del padre en la vida
del niño/a
Muy implicado
Bastante implicado
Poco o nada
implicado
Características
del hijo/a
Edad
0 a 3 años
4a7
8 a 10
EL REPARTO DE LAS
TAREAS DOMÉSTICAS
SÍ
A MENUDO
EL CUIDADO DEL NIÑO
SÍ
A MENUDO
ESTRÉS EN EL TRABAJO
SÍ
A MENUDO
NO DISPONER DE TIEMPO
PARA RELAJARSE
SÍ
A MENUDO
39
51
54
8,1
11
7,8
25
26
33
3,1
1,9
3,7
48
53
60
6,4
6,8
7,2
53
64
69
12
11
11
55
9,6
28
2,8
61
7,3
68
11
55
40
11
7,3
29
27
2,2
3,2
56
47
8,6
5,5
68
56
13
10
49
50
8,7
10
29
27
2,7
3,2
54
56
6,8
7,1
64
63
10
13
–(a)
–
–
–
–
–
–
47
49
53
10
8,6
8,2
28
27
31
3,3
1,5
3,9
53
54
58
6,4
7,2
6,6
58
65
67
12
11
11
50
8,6
29
2,6
55
6,9
64
11
43
53
7,8
12
26
28
2,0
2,7
54
54
6,9
5,4
66
61
11
11
46
52
6,8
10
25
30
1,9
2,6
53
56
5,4
7,2
61
65
8,5
13
58
17
39
8,7
61
66
19
35
25
23
3,1
3,1
1,9
54
53
57
68
61
60
13
11
9,2
51
46
50
9,0
9,6
8,0
–
15
6,9
7,6
5,7
Nota: a) Menos de 20 casos por casilla.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 41
GRÁFICO 2.1
Probabilidad de que en los hogares con niños de 0 a 10 años
se vivan situaciones de tensión por distintos motivos,
según modelos de distribución de responsabilidades de género
PROBABILIDAD
1,0
0,8
0,6
0,4
0,2
0,0
POR EL REPARTO DE
TAREAS DOMÉSTICAS
POR EL CUIDADO
DEL NIÑO/A
POR LA FALTA DE TIEMPO
PARA RELAJARSE
MOTIVOS DE TENSIÓN
Escenario tradicional
Escenario de transición
Escenario igualitario
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) se producen tensiones en el hogar por distintos motivos y 0) no se producen. En el modelo se
han introducido simultáneamente las siguientes variables: edad del menor, situación laboral de la madre, nivel de
estudios de la madre, el menor tiene hermanos, nivel de implicación del padre.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Los resultados del análisis multivariable sugieren que el escenario tradicional
y el igualitario son claramente más deseables que el modelo de transición. El
modelo tradicional conlleva probabilidades más bajas de que se produzca tensión por el reparto de tareas domésticas y por la falta de tiempo para relajarse,
mientras que el modelo igualitario es especialmente ventajoso para prevenir
situaciones de tensión asociadas al cuidado de niños. En todos los casos, el
segundo escenario –el de la madre que trabaja, puede tener aspiraciones profesionales ambiciosas, pero no cuenta con el apoyo de su pareja en el cuidado
del menor– tiende a producir más situaciones de tensión.
42 INFANCIA Y FUTURO
2.4. La ética del cuidado familiar y el modelo de buena infancia
La demanda social a favor de políticas de conciliación está muy extendida.
Esta demanda refleja el deseo de muchos padres de pasar más tiempo con sus
hijos, especialmente cuando estos todavía no están escolarizados. España suele ser incluida por los estudiosos en el grupo de países apegados a un modelo
cultural tradicional, donde los cuidados familiares, sustentados por una ética
de la responsabilidad y la obligación moral, son considerados superiores a
otras formas de provisión que no asegurarían el mismo grado de compromiso
de cuidadores a sueldo, ya sea de la administración pública o de agentes con
ánimo de lucro (Pfau-Effinger, 2006). En este modelo una «buena infancia»
es aquella que se desarrolla en el hogar, supervisada por un familiar (generalmente la madre). Este criterio debe prevalecer especialmente cuando los niños
se encuentran en edad preescolar. Los datos obtenidos durante la década de
los noventa y primeros años de la presente respaldaban esta visión. España
era un país donde, comparativamente, una proporción elevada de la población
se mostraba contraria a que la mujer trabajara mientras sus hijos estaban en
edad preescolar. Esa actitud estaba especialmente extendida entre los grupos
de edad más avanzada. Así, según datos de 1990 del World Values Survey, el
71% de los españoles con edades superiores a los 50 años estaban de acuerdo
o muy de acuerdo con la afirmación «a un niño en edad preescolar le puede
perjudicar que su madre trabaje». El hecho de que solo el 41% de las personas
de edades comprendidas entre los 15 y 29 años compartiera esa opinión parecía anunciar cambios inminentes.
Esos cambios han sido vertiginosos. Un porcentaje creciente de españoles
–fundamentalmente pertenecientes a las nuevas generaciones– entienden que
el cuidado de los menores no puede seguir descansando en el abandono de la
actividad laboral de las madres, aunque persiste un porcentaje muy elevado
que ven con buenos ojos que trabajen a tiempo parcial mientras los niños son
pequeños –tabla 2.6–. Una encuesta del CIS de 2003 nos permite desagregar
estos datos por cohortes.
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 43
TABLA 2.6
Opinión sobre si las mujeres deberían trabajar a tiempo completo,
a tiempo parcial o no trabajar en diversas situaciones según grupos
de edad
En porcentajes
EDAD
DE 18 A 34
DE 35 A 49
DE 50 A 64
Trabajar a tiempo completo
82,3
82,6
74,2
64,3
Trabajar a tiempo parcial
15
12
18
19
65 Y MÁS
Después de casarse y antes
de tener hijos
No trabajar
Total
2,3
5,0
8,2
17
100
Cuando hay un hijo que no tiene
edad para ir a la escuela
Trabajar a tiempo completo
25
22
15
9,9
Trabajar a tiempo parcial
51
50
40
32
No trabajar
24
29
46
58
43
30
23
Total
100
Después de que el hijo más
pequeño (o único hijo) haya
empezado a ir a la escuela
Trabajar a tiempo completo
46
Trabajar a tiempo parcial
47
No trabajar
Total
Número de casos
7,4
47
49
44
10
21
34
(236)
(500)
(512)
100
(836)
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Estudio 2.529, CIS 2003.
Otro indicador diáfano de la evolución de las actitudes es la creciente percepción de legitimidad que tiene entre los españoles el uso de servicios sociales
de apoyo a las familias con niños menores de tres años como alternativa a la
educación en el hogar. En este sentido, el Estudio 2.788 del CIS (2009) proporciona una oportunidad poco usual de examinar las diferentes actitudes hacia el papel de la escuela infantil y las guarderías en la atención a estos niños.
Preguntados sobre si lo mejor para ellos es permanecer en casa o asistir a una
escuela infantil, un 54% de los entrevistados se decantan por la segunda
opción. Existen diferencias acentuadas entre cohortes. Mientras el 66% de los
44 INFANCIA Y FUTURO
menores de 35 años prefieren la segunda opción, solo lo hacen un 42% de
los entrevistados de 65 o más años.
Los españoles más jóvenes han perdido la reticencia a dejar a sus hijos a cargo
de otras personas en centros de educación infantil. La inmensa mayoría considera necesario que los niños de tres a seis años asistan a la escuela o guardería,
y un porcentaje considerable (71%) ve necesario que lo hagan los niños de
uno y dos años, aunque en este caso predominan quienes lo consideran necesario «en algunos casos». Uno de cada tres ve incluso aceptable que en ciertos
casos los menores de un año asistan a la escuela infantil, algo que no solo choca de frente con los discursos maternalistas del familismo tradicional, sino que
es desaconsejado por buena parte de psicólogos infantiles (Belsky et al., 1988).
TABLA 2.7
Opinión sobre si es necesario que un niño/a asista a la escuela
o guardería según diferentes intervalos de edad del menor
En porcentajes. Personas menores de 50 años
EN NINGÚN
CASO
EDAD DEL NIÑO/A
EN TODOS
LOS CASOS
EN ALGUNOS
CASOS
De 3 a 6 años
81
17
De 1 a 2 años
17
54
29
31
64
Menores de un año
5,3
2,2
TOTAL
100
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Estudio 2.788, CIS 2009.
Tras esas consideraciones se advierten claramente las presiones horarias derivadas de la compatibilización de la vida laboral y familiar. El 65% de los
entrevistados que consideran que un niño de uno a dos años debería asistir a
la escuela arguye, como causa principal, que así «los padres tendrían resuelto
el cuidado de los hijos». Un 82% piensa lo mismo entre quienes consideran
necesario que los menores de un año acudan a la escuela o guardería. Si ceñimos el análisis a los padres cuyo hijo asiste o ha asistido a una guardería o
centro infantil antes de los tres años, la mayoría indica de nuevo que lo hizo
por motivos relacionados con la compaginación de la vida laboral y familiar
en hogares donde los progenitores trabajan. El interés del menor aparece en
un segundo plano. El 18% de los entrevistados indican que el motivo principal
para llevarlo es o era «para que conviva con otros niños». El 13% esgrimen
que lo llevan o lo llevaron «para que aprenda y se desarrolle».
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 45
TABLA 2.8
Razón por la que su hijo/a asiste o asistió a una guardería
o centro infantil antes de los tres años
En porcentajes. Personas menores de 50 años
Porque yo (y mi cónyuge) trabajamos
63
Para que conviva con los demás
18
Para que aprenda y se desarrolle
13
Porque no tengo familiares que le puedan cuidar
2,8
Otra razón
3,2
Total
Número de casos
100
(467)
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Estudio 2.788, CIS 2009.
Pero eso no significa que no crean que la educación preescolar reporta algunos
beneficios, tanto pedagógicos como sociales, a los niños. Un porcentaje elevado de personas entrevistadas entienden que la escuela antes de los tres años
puede cumplir funciones importantes para el desarrollo del menor. Consideran que la participación de los menores de tres años los capacita mejor que la
familia para «relacionarse y comunicarse con los demás», pero también para
desarrollar capacidades de observación y exploración, para aprender rutinas y
normas. Estas actitudes aparecen en todos los grupos sociales, con solo ligeras
variaciones por educación.
Los resultados de estos análisis sugieren que en los últimos años se está produciendo una adaptación de las preferencias a las nuevas realidades, muy
especialmente en los grupos de edad que experimentan en carne propia los
problemas y preocupaciones que conlleva la crianza de los niños pequeños.
Como consecuencia de la evolución de las actitudes, se ha relajado la presión
normativa sobre las mujeres que deciden seguir trabajando a tiempo completo
y/o utilizar servicios sociales para facilitar la compatibilización de su vida
laboral y familiar. Un número creciente de españoles y españolas concibe la
posibilidad de que un niño pequeño pueda comenzar «una buena infancia» pasando bastantes horas lejos de su madre, a cargo de profesionales del cuidado
infantil. La transición hacia un nuevo modelo ha sido silenciosa. El modelo ha
ido granjeándose partidarios sin que se alzaran demasiadas voces que, desde
planteamientos ideológicos o expertos, cuestionasen la dirección del proceso.
46 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 2.9
Opinión sobre si niños y niñas menores de tres años desarrollan
mejor ciertas capacidades en la escuela o en la familia según
nivel de estudios
En porcentajes. Personas menores de 50 años
¿DÓNDE APRENDE MEJOR UN NIÑO/A
LAS SIGUIENTES CAPACIDADES?
Saber expresar sus necesidades básicas
de salud y bienestar
Familia
Escuela
NIVEL DE ESTUDIOS
PRIMARIA
O INFERIOR
SECUNDARIA UNIVERSITARIA
57
24
59
26
61
25
Ambas por igual
Total
Resolver por sí mismo algunas necesidades
de alimentación e higiene
Familia
Escuela
18
100
15
15
52
28
49
37
51
33
Ambas por igual
Total
Controlar su propio cuerpo (mantener
el equilibrio, no caerse, levantarse...)
Familia
Escuela
20
100
15
16
62
20
56
24
52
26
Ambas por igual
Total
19
100
20
22
19
64
13
72
15
70
Ambas por igual
Total
Observar y explorar su entorno
(ser curioso, preguntar...)
Familia
Escuela
18
100
15
15
28
43
24
49
24
46
Ambas por igual
Total
Aprender rutinas y normas
(horarios, ser obediente...)
Familia
Escuela
29
100
29
30
30
50
26
50
30
48
Ambas por igual
Total
20
100
24
22
Relacionarse y comunicarse con los demás
Familia
Escuela
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Estudio 2.788, CIS 2009.
EL EJERCICIO DE LA PATERNIDAD Y LA MATERNIDAD 47
III. Cuidado y atención a niños
de 0 a 4 años
En el mundo anglosajón se utiliza a menudo la expresión «Love is spelled
T-I-M-E» (Amor se deletrea T-I-E-M-P-O), especialmente cuando la conversación gira en torno a las relaciones entre padres e hijos. En el tiempo que
los padres comparten con sus hijos, estos aprenden habilidades para la vida,
internalizan expectativas de logro, desarrollan sentimientos de confianza y seguridad y encuentran afecto y estabilidad. Este tiempo debe concebirse como
una forma de inversión social de primer orden que, a pesar de no quedar reflejada en indicadores de productividad tradicionales o no aparecer en los libros
de contabilidad nacional, tiene implicaciones socioeconómicas evidentes para
los niños y para la sociedad en su conjunto. La cantidad y especialmente la
calidad de ese tiempo es uno de los determinantes principales del bienestar y
desarrollo de niños y niñas, y por tanto de sus oportunidades vitales y capacidad productiva futura (Büchel y Duncan, 1998; Cooksey y Fondell, 1996). La
sociología ha acuñado el término capital social para referirse a los beneficios
que se obtienen de los vínculos sociales (Bourdieu, 1983; Coleman, 1988).
Las relaciones intergeneracionales de padres e hijos constituyen una de las
modalidades de capital social que genera retornos individuales y sociales más
elevados.
Sin embargo, parece que, ahora más que nunca, las familias ya no logran atesorar capital social debido a las dificultades y obstáculos para dedicar a sus
hijos e hijas la atención que quisieran. Por un lado, el aumento de las rupturas
de pareja limita las posibilidades de interacción de muchos hijos con el progenitor no custodio. Por otro, se propaga una imagen según la cual los padres,
y sobre todo madres, hacen equilibrios imposibles para conciliar su doble rol
familiar y laboral, incurriendo en lo que algunos autores han llamado «doble
presencia» o «jornadas interminables» (Durán, 1986; Hochschild, 1989). La
48 INFANCIA Y FUTURO
otra cara de esta moneda que presenta a unos padres estresados son unos niños
que a la salida del colegio se convierten en «huérfanos de las 5 de la tarde»,
con «la llave al cuello», o viven apresurados entre una actividad extraescolar
y la siguiente. En condiciones así, parece que las relaciones intergeneracionales se vean afectadas por crecientes déficits de tiempo, lo que justifica la
inquietud.
Frente a estas imágenes, en diversos países disponemos de una evidencia sólida basada en análisis de encuestas rigurosas que registran minuciosamente
usos del tiempo en las familias que sugiere precisamente lo contrario (Sandberg y Hofferth, 2001; Gauthier et al., 2004). Muchos padres y madres dedican hoy más tiempo a sus hijos que el que les dedicaron a ellos sus progenitores. Sus prácticas educativas están informadas además por nuevas éticas de
cuidado y modelos de lo que significa ser «buena madre» o «buen padre», que
les conminan a extender la responsabilidad parental más allá de los espacios y
actividades en que se había ejercido tradicionalmente. Cuidar ya no significa
«estar presente» o «responder diligentemente» a los requerimientos de atención de los hijos. Compartir tiempo de calidad con los hijos –sumergiéndose
en actividades interactivas que requieren una atención intensiva– ha pasado a
adquirir un valor que en el pasado no se reconocía.
Este valor es, en primer lugar, emocional. Como hemos indicado en el capítulo anterior, las nuevas parejas de «tipo individualista» ven en las relaciones
sentimentales la vía de conquista del sueño de la felicidad. Los aspectos emocionales de la vida familiar han adquirido un protagonismo inédito. Se afianza
la idea de que el amor y la ternura profesada a los niños pueden contribuir a
construir climas y sustentar el tipo de experiencias idóneas para alcanzar la
meta de la autorrealización. Esta convicción es abrazada incluso por muchos
hombres, que habían renunciado tradicionalmente al contacto directo con los
hijos. Es posible que su deseo de participar en el cuidado de los hijos responda
en parte a la necesidad de alejarse de un modelo de paternidad más arcaica,
que pueda despertar el recelo de sus parejas e impedirles preservar los climas de confianza y afecto que actualmente sostienen una relación sentimental
(mucho más frágiles que en el pasado). Quizás es, por otra parte, un deseo
genuino de vivir la paternidad de otra manera, consecuente con nuevas concepciones de la masculinidad, que admiten la posibilidad de que los hombres
expresen abiertamente sus sentimientos, muestren sus debilidades y valoren
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 49
como personalmente gratificantes la cercanía, el contacto físico y las actividades de cuidado (Alberdi y Escario, 2007).
En segundo lugar, en el trascurso de las últimas décadas se ha intensificado
el temor frente a los riesgos que amenazan la seguridad física de los niños.
La urbanización, el crecimiento de las ciudades y su creciente diversificación
social, la erosión de los lazos comunitarios, están haciendo aflorar preocupaciones desconocidas en el pasado, cuando los niños poblaban calles y plazas,
sin que esa incursión no acompañada en el espacio público pudiera inquietar a
sus padres. En la actualidad, se entiende que solo el ámbito doméstico puede
poner a los niños a salvo de los nuevos peligros que los acechan. Los padres
de hoy acompañan a sus hijos a un número considerable de actividades a las
que tradicionalmente habían acudido solos: a la escuela, a reuniones con los
amigos, a sus actividades extraescolares. Si no lo hacen, corren el riesgo de ser
tachados de irresponsables o negligentes. Las viviendas familiares, provistas
cada vez más de toda clase de objetos y tecnologías de entretenimiento –juguetes tecnológicamente sofisticados, televisores en el dormitorio, conexión a
internet– se convierten en verdaderas «jaulas de oro» donde los niños permanecen muchas horas en la proximidad de sus padres.
Un tercer elemento que ha influido en el acercamiento de los padres a sus hijos
es el reconocimiento del valor pedagógico de la implicación de los padres en
la formación de los menores. La disminución de la fecundidad ha reducido el
número de hijos por hogar y, por consiguiente, ha aumentado la capacidad de
los progenitores de concentrar recursos (principalmente dinero y tiempo) en
ellos, invirtiendo en su calidad (Becker y Lewis, 1973). La ansiedad de muchos padres ante el incierto horizonte vital futuro de sus hijos en un mundo
cambiante e impredecible –donde resulta cada vez más difícil asegurar a los
hijos el mismo estatus social de su familia– ha alentado a muchos progenitores
a implicarse intensamente en la formación de sus hijos desde etapas tempranas. Comportarse como «buen padre» o «buena madre» supone matricularlos
en los mejores centros de educación infantil y colegios, ofrecerles oportunidades para expresar y desarrollar sus talentos desde la más tierna edad en
actividades dirigidas, pero también dedicar a los hijos un tiempo de calidad
en el que estimular sus aptitudes cognitivas y apoyar sus aprendizajes.
El motor de estos cambios ideológicos son profundas transformaciones sociodemográficas. En este capítulo y el siguiente nos interesamos en las nue50 INFANCIA Y FUTURO
vas formas de vivir la maternidad y la paternidad, y por ende, las relaciones
intergeneracionales. Analizamos también la participación de otras personas y
servicios especializados en el cuidado y atención de los niños. En el presente
capítulo nos ceñimos a las relaciones de atención y cuidado a los niños de 0
a 4 años.
3.1. Cuando llegan los hijos: nueva maternidad y nueva paternidad
A pesar de que los escasos datos disponibles en España sugieren que los hombres han incrementado el tiempo que dedican al cuidado de sus hijos (Larrañaga
et al., 2004), sigue existiendo clara evidencia de asimetría en el reparto de esta
responsabilidad. En muchos hogares con niños pequeños, cuidar a los hijos es
hoy una actividad conjunta, pero que en la mayoría de los casos todavía no se
realiza equitativamente. A diferencia de lo que ocurría en el pasado, cuando el
compromiso paternal en el cuidado de los niños era mucho menor, el ejercicio
de la maternidad es hoy para la mayoría de las mujeres una dedicación a tiempo parcial. Las mujeres han entrado de forma masiva en el mercado de trabajo
y contribuyen económicamente al sostenimiento de la familia. En apenas tres
décadas la tasa de ocupación de las mujeres entre 25 y 49 años se ha duplicado,
pasando de 36% en 1990 al 63% en 2010 (según datos de la EPA). Sin embargo, los datos de participación laboral revelan diferencias significativas en el
compromiso laboral de las mujeres según su situación familiar. Como se puede
observar en la tabla siguiente, en tres de cada cinco parejas con hijos menores de
seis años, las mujeres trabajan. Se trata de una cifra bastante elevada si la comparamos con lo que sucedía apenas dos décadas atrás. Pero es significativamente
más baja que la proporción de mujeres que trabajan cuando viven en pareja y no
tienen hijos (80%). Otra diferencia importante radica en el porcentaje de mujeres que trabajan a tiempo parcial (19% entre las mujeres con hijos menores de
seis años y 10% cuando no los tienen).
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 51
TABLA 3.1
Jornada laboral de parejas con edades comprendidas
entre 25 y 49 según edad del hijo/a menor
En porcentajes
PAREJA FORMADA POR
TODAS LAS
PAREJAS
PAREJAS
SIN HIJOS
PAREJAS CON
AL MENOS UN
HIJO/A MENOR
DE 6 AÑOS
PAREJAS CON
HIJOS/AS
MAYORES
DE 6 AÑOS
44
63
38
42
Hombre trabajando a tiempo
completo y
mujer trabajando a tiempo completo
mujer trabajando a tiempo parcial
14
mujer no trabajando
30
8,4
16
17
14
35
33
Hombre trabajando a tiempo
parcial y
mujer trabajando a tiempo completo
0,7
1,0
0,7
0,6
mujer trabajando a tiempo parcial
0,5
0,7
0,5
0,4
mujer no trabajando
0,5
0,5
0,4
0,5
4,1
5,6
3,2
4,4
mujer trabajando a tiempo parcial
1,5
1,1
1,5
1,5
mujer no trabajando
4,3
3,7
4,3
4,5
Hombre no trabajando y
mujer trabajando a tiempo completo
Total
100
Fuente: Encuesta de Población Activa. INE, 2008.
(a) Abandono y renuncias
Para muchas mujeres, la llegada de los hijos tiene implicaciones importantes
en su itinerario vital y su carrera laboral, ya sea porque abandonan el trabajo,
temporal o definitivamente, renuncian a puestos de responsabilidad, reducen
la jornada laboral, etc. La renuncia –o «scaling back» como suele definirse de forma gráfica esta situación en la literatura anglosajona– se presenta a
menudo como una de las estrategias que adoptan las parejas de doble ingreso
para hacer frente al cuidado de los hijos. Pero, más que como una estrategia,
en la mayoría de las familias se vive como una necesidad. Según datos de
nuestra Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la Infancia un
23% de las mujeres frente a un 4,8% de los hombres con hijos menores de
cinco años reconoce que desde que nació su hijo, ha tenido que dejar de trabajar, estudiar, o realizar alguna actividad de formación porque tuvo problemas
para encontrar algún centro o persona que se hiciera cargo de su cuidado. El
52 INFANCIA Y FUTURO
coste de esta renuncia –tasado por diversos factores, como su contribución al
nivel de ingresos del hogar, la potencialidad de desarrollar una carrera profesional de éxito, etc.– influye en la decisión. El nivel educativo de las mujeres es
el principal determinante de este coste. En el gráfico 3.1 se puede observar
que la proporción de mujeres que han tenido que abandonar alguna actividad
desde el nacimiento de su hijo se reduce sustancialmente entre las mujeres con
estudios universitarios.
GRÁFICO 3.1
Mujeres que han tenido que abandonar alguna actividad
desde que nació su hijo/a según su nivel de estudios
Hogares con niños/as de 0 a 4 años
PORCENTAJE
35
30
25
20
15
10
5
0
PRIMARIOS O SIN ESTUDIOS
SECUNDARIOS
UNIVERSITARIOS
NIVEL DE ESTUDIOS DE LA MUJER
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Junto a la educación, es importante considerar las condiciones de empleo antes y después del nacimiento de un hijo. El abandono del mercado de trabajo
es más probable cuando las condiciones laborales son precarias. En estas situaciones, muchas mujeres se ven empujadas a renunciar a su trabajo debido a
limitaciones de tiempo para conciliar el trabajo con sus nuevas responsabilidades familiares, o por la discriminación que practican sus empleadores (Azmat
et al., 2003). Entre las que deciden continuar trabajando tras el nacimiento
de sus hijos, no son insólitas las experiencias de movilidad ocupacional
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 53
descendente en términos de calidad del empleo, retribución o responsabilidad
(Gutiérrez-Doménech, 2002). Las mujeres que no trabajan (ya sea porque están paradas o inactivas) suelen mantener esa condición. Aunque deseen trabajar, encontrar un empleo que se ajuste a sus necesidades de conciliación de la
vida laboral y familiar se convierte en una tarea muy difícil.
En la tabla 3.2 hemos representado la situación actual de las madres de niños
de 0 a 4 años respecto a su situación laboral en el momento en que nació su
hijo o hija. En ese momento estaban trabajando un 70% de las madres. De
estas, cerca de cuatro de cada cinco siguen haciéndolo. Un porcentaje bastante
elevado de ellas (13%) se encuentra en paro, y un 8,7% ha pasado a una situación de inactividad. Un 18% de las madres estaban en paro en el momento del
nacimiento de su hijo. En la actualidad, aproximadamente tres de cada cuatro
de estas siguen sin trabajar (42% en paro; 30% inactivas). Para estas mujeres
escasean los empleos realmente compatibles con las necesidades familiares.
Finalmente, un 12% estaban inactivas en el momento de dar a luz: la inmensa
mayoría de ellas siguen sin trabajar (80% inactivas, y 8% paradas). El mercado de trabajo es un territorio inhóspito para madres que no participan en él en
el momento del alumbramiento.
TABLA 3.2
Situación laboral de las madres según su situción
en el momento de nacimiento del hijo/a
En porcentajes. Madres de niños/as de 0 a 4 años
SITUACIÓN LABORAL EN EL
MOMENTO DEL NACIMIENTO
SITUACIÓN LABORAL ACTUAL
ESTÁ
TRABAJANDO
ESTÁ PARADA
Estaba trabajando
78
13
Estaba parada
28
42
Estaba inactiva
12
8,0
ESTÁ INACTIVA
8,7
TOTAL
100
30
80
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
La maternidad es un riesgo para conservar el empleo. El porcentaje de madres
de niños de 0 a 4 años que estaban trabajando cuando nació su hijo pero están
desempleadas en el momento de ser entrevistadas (13%) supera con creces el
porcentaje de sus parejas que no tienen empleo pero lo tenían cuando nació
54 INFANCIA Y FUTURO
su hijo (6,5%). Las madres más expuestas al riesgo de perder el empleo son
las que tienen credenciales educativas más bajas. El 22% de las madres con
estudios primarios que trabajaban cuando dieron a luz están actualmente en
situación de desempleo (el 11% de los hombres con este nivel educativo han
hecho este tránsito del empleo al desempleo tras el nacimiento de su hijo).
También el 17% de las que tienen estudios secundarios (por el 8,2% de los
hombres que tienen este nivel educativo). Incluso las madres con titulaciones
más elevadas tienen un nivel de exposición al riesgo de desempleo significativamente superior al de sus parejas (7,4% y 0,9% respectivamente). Por tanto,
la vulnerabilidad de las madres refleja por una parte el «valor de mercado»
de sus titulaciones, pero también estrategias empresariales de desprenderse de
mano de obra femenina cuando las trabajadoras optan por la maternidad. En
las decisiones de estos empresarios pesa probablemente el convencimiento de
que las madres van a resultar menos productivas al tener que asumir la mayor
parte de las cargas de la crianza en esas etapas. Estos datos son coherentes con
la idea –expresada a menudo por pensadoras e investigadoras feministas– de
que las desigualdades de género en el hogar son, a día de hoy, la principal
barrera que persiste en el camino de las mujeres hacia la plena igualdad en el
mercado de trabajo (véase, por ejemplo, England, 2006).
Un porcentaje algo más reducido de nuevas madres experimentan el tránsito
del trabajo a la inactividad. En algunos casos probablemente ha sido precedido por un estadio intermedio de desempleo. En estos casos la inactividad
es muchas veces el resultado de la renuncia a buscar empleo (más que del
deseo de dedicarse exclusivamente a la crianza de su hijo) en circunstancias
en que resulta difícil hacer compatibles las responsabilidades laborales con la
dedicación al cuidado infantil. Los costes de oportunidad de trabajar son especialmente elevados para las madres con peores expectativas de remuneración. Por ello, las madres con credenciales educativas más bajas son también
las más proclives a realizar el tránsito del trabajo a la inactividad. El 15,5%
de las madres que tienen estudios primarios y trabajaban en el momento de
dar a luz se encuentran actualmente en situación de inactividad. En las mismas circunstancias se encuentra el 12,1% de las madres que tienen estudios
secundarios. Entre las mujeres con titulación universitaria este tránsito es
menos común. Afecta tan solo al 4,1%. Es probable que para muchas de estas
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 55
mujeres el abandono del trabajo represente un deseo genuino de dedicarse a
criar a sus hijos.
En resumen, la evidencia de que las mujeres que abandonan el mercado de
trabajo lo hacen deliberadamente con la intención de dedicarse de pleno a la
crianza es escasa. El perfil de mujer que renuncia a su carrera impulsada por
fuertes convicciones maternalistas (lo que en Estados Unidos ha conformado
un verdadero movimiento de Mothers opting out) es, en todo caso, muy minoritario. La mayoría de madres que se ven en esta tesitura se han visto obligadas
(o al menos empujadas) por las circunstancias a hacerlo. Probablemente su
abandono no sea definitivo. Muchas se reincorporarán al mercado de trabajo
cuando se presente la oportunidad de encontrar un trabajo ajustado a sus necesidades o cuando la coyuntura laboral mejore.
(b) Los permisos de maternidad y paternidad
La reconfiguración de las políticas de permisos parentales conforma nuevas
formas de entender la maternidad y la paternidad, incorporando a estas experiencias un nuevo abanico de elecciones y dilemas, que requieren soluciones
negociadas y reflexivas. Esos permisos constituyen uno de los principales capítulos de las llamadas políticas tradicionales de conciliación, que permiten
que las mujeres puedan compatibilizar su trabajo con la maternidad y el cuidado de los hijos cuando estos más lo necesitan. Pero desde hace unos años
persiguen algo más. La introducción de las bajas de paternidad (o la posibilidad de que la madre transfiera en parte este derecho al padre) representa una
fórmula para incentivar a los padres a implicarse en el cuidado de sus hijos
desde la primera infancia.
Las políticas de permisos en los países desarrollados han sido un instrumento
poderoso para apoyar a las mujeres que desean seguir trabajando tras dar a luz
–posibilitando la reincorporación a su empleo en las mismas condiciones– y
para proteger a los recién nacidos. Un gran volumen de evidencia sugiere que
los bebés que no reciben atención directa de sus progenitores durante los 12
primeros meses de vida son proclives a experimentar situaciones adversas
para su desarrollo (Waldfogel et al., 2002). La mayoría de países europeos
conceden permisos parentales que oscilan entre los cuatro y los seis meses,
aunque las tasas de reemplazo de ingresos son variables. La aplicación inade-
56 INFANCIA Y FUTURO
cuada de estas iniciativas puede provocar efectos indeseados. Una duración
demasiado breve de los permisos maternales trunca demasiado prematuramente los beneficios que pretenden procurar a madres e hijos. Ante las restricciones, muchas mujeres prefieren abandonar completamente el mercado de
trabajo para cuidar mejor a sus hijos. Así ocurre, por ejemplo, en los Países
Bajos, donde el permiso parental es de cuatro meses y un 25% de las mujeres
abandonan el mercado de trabajo (Gustafsson y Kenjoh, 2004). En España,
con una duración similar del permiso, el abandono también es alto. Sin embargo, una duración demasiado larga erosiona el capital humano de las madres
(sus conocimientos, competencias y habilidades) y dificulta su reincorporación al mercado de trabajo (OCDE, 2007).
En España el 91% de las mujeres que trabajan y han dado a luz se han acogido a los permisos de maternidad. Los datos examinados en nuestra encuesta
sugieren que la implantación del derecho está muy extendida, incluso entre
los colectivos más vulnerables. Aun así, pueden observarse diferencias, pequeñas pero significativas, en la proporción de mujeres que renuncian a esa
baja en función de diversos atributos socioeconómicos. La variable que mejor
discrimina la posibilidad de disfrutar de ese derecho, tanto como la duración
del permiso, son los ingresos del hogar. Aunque la gran mayoría de mujeres
trabajadoras que provienen de los sectores más desfavorecidos disfrutan del
permiso al que tienen derecho, un porcentaje nada desdeñable de mujeres en el
colectivo más desfavorecido no ha podido contar con esa posibilidad: 16,5%
(véase tabla 3.3). Tras estos datos se adivinan formas de participación precaria
en el mercado de trabajo. Posiblemente muchas mujeres que renunciaron a sus
derechos lo hicieron con vistas a no perder puestos de trabajo precario o se
impusieron un retorno acelerado a alguna forma de autoempleo.
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 57
TABLA 3.3
Mujeres que se acogieron al permiso de maternidad según su edad,
nivel de estudios y nivel de ingresos del hogar
En porcentajes. Hogares con niños de 0 a 4 años
CARACTERÍSTICAS DE LA MADRE
Edad
18 a 35
36 a 40
Más de 40
Nivel de estudios
Primarios
Secundarios
Universitarios
Nivel de ingresos del hogar por persona
Menos de 320 €
Entre 321 € y 500 €
Entre 501 € y 800 €
Más de 800 €
Total
Número de casos
PORCENTAJE
92
92
86
86
90
93
83
89
92
94
91
(675)
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Los permisos de paternidad tienen un rodaje bastante más corto. Responden
a una nueva concepción de la crianza de los hijos, que persigue promover una
participación más efectiva y equilibrada de los hombres en el ámbito doméstico. Existen cada vez más indicios que sugieren que los permisos de paternidad
fomentan la implicación de los padres en el cuidado de sus hijos y la distribución más equitativa del trabajo en la esfera doméstica, o al menos previenen
la tradicionalización de roles (la acentuación de las asimetrías de género) que
suele producirse tras el nacimiento de los hijos. Por ejemplo, Nepomnyaschy y
Waldfogel (2007), a partir de una muestra de datos longitudinales de familias
norteamericanas, observan que la probabilidad de que el padre participe activamente al cabo de nueve meses del nacimiento del pequeño en las diversas
actividades de cuidado es considerablemente mayor si se había tomado dos o
más semanas de baja en el momento del nacimiento. Con independencia del
carácter más o menos robusto de los efectos a más largo plazo, los permisos de
paternidad han sentado las bases que hacen posible una nueva forma de ejercer
la paternidad tras el nacimiento.
58 INFANCIA Y FUTURO
Las reformas que incentivan al padre a tomarse la baja por nacimiento son
relativamente recientes en España. En nuestro país, las trabajadoras (que cumplen con los requisitos mínimos de cotización establecidos) disponen de un
permiso de maternidad de 16 semanas, que pueden transferir en parte al padre
(hasta un máximo de diez), con la excepción de las seis primeras semanas inmediatamente posteriores al parto, que son obligatoriamente de la mujer. Hasta hace tres años, no existía un permiso de paternidad similar al de maternidad.
Los hombres tenían dos días de permiso laboral por el nacimiento de un hijo,
mientras que las mujeres con contrato de trabajo tenían derecho a un permiso
laboral de 16 semanas, siempre que cumplieran ciertos requisitos de cotización. Las mujeres podían (y siguen pudiendo) renunciar a parte de este permiso (hasta diez semanas) y cedérselas al padre. Con la nueva Ley de Igualdad
(marzo de 2007) se introduce un nuevo permiso de paternidad, una baja laboral de quince días que no depende de la situación laboral de la madre y que es
personal e intransferible para el hombre. Por tanto, una parte importante de los
padres que han respondido a la encuesta son los primeros que han tenido la
oportunidad de acogerse a esta nueva medida.
Los datos analizados en la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales
evidencian que, por término medio, los hombres se toman dos semanas y media de baja, y las mujeres 16 semanas y media, que es básicamente el tiempo
estipulado legalmente. La aprobación de la ley produce un aumento sustancial
de las bajas de paternidad. Según nuestra encuesta, la proporción de padres
que se acogieron a la licencia de paternidad casi se cuadruplicó (pasó del 15%
al 58%). La tabla 3.4 nos sugiere algunos elementos de reflexión interesantes
para dilucidar si los hombres que se acogen a la baja de paternidad responden
a un determinado perfil y si este ha cambiado desde la aplicación de la nueva
ley. Los padres se acogen más a menudo a los nuevos permisos, en la inmensa
mayoría de los casos junto a sus mujeres, cuando estas trabajan. El inicio de la
convivencia con el hijo es vivido como una oportunidad de deleite a la que
muchos varones no quieren renunciar, sobre todo cuando se trata del primogénito. Los datos indican que los padres más jóvenes se acogen en mayor medida
a este permiso. Esa tendencia consolida pautas de comportamiento observadas
ya antes de la aplicación de la ley. Aparentemente, las nuevas generaciones
de padres están incorporando comportamientos innovadores. La ampliación de
los permisos de paternidad representa un respaldo social –seguramente toda-
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 59
vía insuficiente– a nuevas aspiraciones masculinas, que alejan a los padres de
un modelo que los privaba de ser testigos (y de disfrutar) de los primeros días
de convivencia con el bebé.
TABLA 3.4
Padres que se han acogido a la baja de paternidad
antes y después de la entrada en vigor de la Ley de Igualdad
En porcentajes. Hogares con niños/as de 0 a 4 años
BAJA DE PATERNIDAD
DESPUÉS DE LA LEY
DE IGUALDAD (a)
Características sociodemográficas del padre
Edad a la paternidad
19 a 34 años
35 a 40
Más de 40
Nivel de estudios
Primarios o sin estudios
Secundarios
Universitarios
Tipo de contrato
Asalariado/a con contrato indefinido
Asalariado/a con contrato temporal
Empresario/a o profesional con empleados
Autónomo/a o profesional sin empleados
Características sociodemográficas de la madre
Edad a la maternidad
17 a 31 años
32 a 37
Más de 37
Nivel de estudios
Primarios o sin estudios
Secundarios
Universitarios
Situación laboral en el momento del nacimiento
Trabajaba
No trabajaba
Características del hogar
El menor tiene hermanos
El menor es primogénito/a
Total
Número de casos
BAJA DE PATERNIDAD
ANTES DE LA LEY
DE IGUALDAD
61
57
54
17
15
8,0
55
61
56
12
12
21
64
58
42
40
–
–
–
–
65
57
52
14
15
12
53
59
58
9,6
15
17
62
42
53
64
58
(307)
(b)
–
–
11
21
15
(67)
Nota: a) La Ley Orgánica 3/2007 de 22 de marzo, para la Igualdad efectiva de mujeres y hombres, estableció el
permiso de paternidad de dos semanas.
b) Menos de 20 casos por casilla.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
60 INFANCIA Y FUTURO
Resulta interesante comprobar que el nivel educativo del padre es una variable
que muestra un comportamiento distinto antes y después de la aprobación de
la ley. Antes de su aprobación, la proporción de padres que se acogía a la baja
era más alta cuando este tenía estudios universitarios. Tras la aprobación de la
ley, padres de diferente condición parecen participar casi por igual de este derecho. En este sentido, la ley parece abrir una puerta que permanecía cerrada
para un grupo de progenitores masculinos dispuestos a asumir nuevas formas
de ejercer la paternidad.
Los resultados ilustran también que, a pesar del paso adelante, persisten las
barreras económicas y laborales para muchos padres. Los padres que trabajan
como asalariados con contrato fijo se acogen más a los permisos que cualquier
otro grupo ocupacional. Pero les siguen de cerca los que tienen un contrato
temporal, lo que sugiere que la institucionalización del derecho no choca con
prácticas empresariales que podrían estar interesadas en restringirlo (esgrimiendo abierta o encubiertamente la posibilidad de no renovar un contrato
temporal). Empresarios o autónomos (con o sin empleados) son los menos
proclives a acogerse a estos permisos. Hacerlo acarrearía costes muy superiores para ellos que para otros grupos.
3.2. Horarios familiares en hogares con niños pequeños
Cuidar requiere tiempo. El tiempo que padres y madres están en condiciones
de invertir para cuidar a sus hijos depende de constreñimientos objetivos como
son sus horarios laborales, o la disponibilidad de servicios de atención a la
primera infancia. Pero tanto o más influyentes en su dedicación a los cuidados
son las convicciones y preferencias personales de los progenitores, sus actitudes respecto a la distribución de roles de género, sus convicciones respecto
a lo que representa una «buena infancia» y el papel de otros agentes sociales
(formales e informales) en procurarla. Distribuir tiempos de cuidado y atención a los menores es una tarea complicada que cada familia lleva a cabo como
mejor puede y sabe, principalmente (aunque no de forma exclusiva) en la esfera doméstica. El trabajo reproductivo se desarrolla en un marco privado, lo
que le confiere una «invisibilidad» que no tienen otros fenómenos sociológicos que se producen en el ámbito público. Esto ha entrañado tradicionalmente
dificultades para estudiarlo.
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 61
Por otra parte, la dimensión temporal que ordena los acontecimientos como
una sucesión de hechos, cada uno de los cuales ocupa un volumen cuantificable de tiempo, no permite acceder a ciertas cualidades sociales del fenómeno
del cuidado. Algunos autores señalan que cuidar de alguien no es solo una
actividad que trascurra en un intervalo acotado de tiempo, sino que es sobre
todo un estado mental (Folbre y Bittman, 2004): significa responsabilidades,
organización, disponibilidad continua, y tiempo para estar «atento a ese alguien». Los instrumentos de recogida de información sobre el empleo del
tiempo en determinadas actividades tampoco reflejan todos los conflictos de
organización que se derivan de las necesidades del cuidado. Tienen dificultades para registrar adecuadamente «simultaneidades» o tareas que se realizan
de forma combinada, en las que el cuidado a veces se recoge como actividad
secundaria o no se registra con precisión por considerarse una actividad natural y poco valorada.
La Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la Infancia no es una
encuesta específica sobre usos del tiempo, aunque se pregunta a los progenitores
cuántas horas pasaron ellos y sus parejas con sus hijos o hijas el día anterior.(1)
Somos conscientes de que registrando solo el número de horas que pasan juntos se pierden muchos matices que conforman el tiempo que comparten padres
y madres con sus hijos. No capturamos información sobre la intensidad del
contacto, ni la atención específica que los niños reciben de cada progenitor. No
podemos registrar la gama de gestos que acompañan a una actividad compartida, ni la expresión de afectos y emociones a las que dio pie. Pero las respuestas
nos proporcionan una imagen del andamiaje temporal que sostiene el vínculo
entre padres e hijos. Es una imagen forzosamente incompleta, pero que permite rastrear pautas básicas de la gestión de los cuidados y desigualdades en su
administración. También nos ofrece la oportunidad de analizar percepciones
subjetivas de ese tiempo a la luz de la dedicación objetiva.
(1) Las Encuestas de Empleo del Tiempo –que cuantifican el volumen físico de tiempo que los miembros del
hogar dedican a distintas actividades a través de diarios en que los individuos registran lo que hacen a lo largo
del día– son sin duda el mejor instrumento del que disponen las ciencias sociales para analizar el trabajo reproductivo. Pero, a pesar de la sofisticación metodológica de estas encuestas, su utilidad es limitada. Se trata de un
instrumento extremadamente caro. Debido a su precio, los investigadores no disponen de estas encuestas con una
periodicidad suficiente para rastrear los cambios que se producen en la organización cotidiana de actividades y la
distribución de tiempos en los hogares. La última (y única) encuesta sobre el empleo del tiempo de que disponemos
en España fue realizada en 2002-2003, lo que la convierte en un instrumento inadecuado para analizar procesos
sociales que están cambiando de forma continua y acelerada.
62 INFANCIA Y FUTURO
Nuestro primer objetivo es examinar la cantidad de tiempo –en horas– que padres y madres pasan junto a sus hijos o hijas –distinguiendo los días laborales
y el fin de semana– y la valoración que les merece. En el análisis tendremos en
cuenta cuatro factores, mencionados habitualmente en la literatura especializada, que pueden condicionar el tiempo compartido: características del menor
(edad y sexo); características individuales de los progenitores (sexo, nivel de
educación); perfiles laborales de la pareja, y contribución de cuidadores externos (abuelos, parientes, canguros).
El tiempo que padres y madres pasan junto a hijos e hijas depende en gran
medida de la edad de los hijos. Los más pequeños necesitan más atención
puesto que no pueden hacer solos casi nada. La mayoría de ellos pasan muchas
horas bajo la supervisión directa de sus padres, cuya dedicación al cuidado
es durante estos años muy intensa. En el gráfico 3.2 hemos representado el
tiempo medio que padres y madres están con sus hijos los días laborales y
los fines de semana según la edad de los menores. Lo primero que se observa
es que las pautas de tiempo compartido con el menor son muy distintas los
días laborables y los fines de semana. Entre semana, el tiempo que padres o
madres dedican al menor disminuye tras los primeros años, coincidiendo con
la entrada de la mayoría de los niños en el sistema escolar, a los tres o cuatro
años. En cambio, durante los fines de semana, la dedicación es alta, independientemente de la edad del menor.
Tanto los días laborables como de fin de semana, los niños pasan más tiempo con sus madres que con sus padres. Por término medio las madres pasan
8,4 horas con sus hijos, mientras los padres les dedican 5,7 horas. El tiempo
intergeneracional es principalmente un tiempo femenino durante los días laborales. El fin de semana es un tiempo familiar. Así, la diferencia de horas que
pasan madres y padres con sus hijos entre semana es, por término medio, de
casi tres horas, mientras que los fines de semana es de 1,4 horas. La asimetría
de sexo es mayor en los dos o tres primeros años de vida, cuando ocuparse de
los niños sigue siendo considerado un «asunto» que concierne fundamentalmente a las madres.
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 63
GRÁFICO 3.2
Tiempo que pasan por término medio padres y madres con sus
hijos/as, según la edad del niño. Días laborables y fin de semana
Tiempo en horas al día. Hogares con niños/as de 0 a 4 años
NÚMERO DE HORAS
14
Días laborables
Fin de semana
12
10
8
6
4
2
0
1
2
3
4
0
1
2
3
4
EDAD DEL NIÑO/A
Padre
Madre
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Además del género, existe una serie de características sociodemográficas de
los padres y madres que condicionan el tiempo que pasan con sus hijos. Así,
por ejemplo, cuanto mayor es el nivel educativo del padre, pero especialmente
de la madre, más reducido es el tiempo que unos y otros pasan con sus hijos
(véase gráfico 3.3). El coste de oportunidad de estar con los hijos entre los
progenitores con niveles educativos altos es mayor. En cambio los fines de
semana prácticamente no se registran diferencias según el nivel educativo
de los progenitores.
64 INFANCIA Y FUTURO
GRÁFICO 3.3
Tiempo que pasan por término medio padres y madres con sus
hijos/as según su nivel de estudios. Días laborables y fin de semana
Tiempo en horas al día. Hogares con niños/as de 0 a 4 años
MEDIA DE HORAS
14
Días laborables
Fin de semana
12
10
8
6
4
2
0
PRIMARIOS
SECUNDARIOS
UNIVERSITARIOS
PRIMARIOS
SECUNDARIOS
UNIVERSITARIOS
NIVEL DE ESTUDIOS
Media de horas que pasa
el padre con el niño/a
Media de horas que pasa
la madre con el niño/a
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Los perfiles laborales de los miembros de la pareja son sin duda el aspecto que incide más significativamente en la disponibilidad y organización de
los tiempos de la vida familiar. Así, los días laborables, como era de esperar,
tanto padres como madres que trabajan pasan menos horas con sus hijos que
aquellos que no trabajan. Sin embargo, en los fines de semana parecen querer
compensar esa ausencia, pues invierten en sus hijos tanto o más tiempo que
los progenitores que no trabajan.
La incorporación de la mujer al trabajo remunerado no corrige las asimetrías
de género en la dedicación al cuidado que se observan cuando solo trabaja el
padre. En las familias en las que los dos progenitores trabajan, la madre sigue
ocupándose en mayor medida de los hijos que el padre, especialmente los días
laborables: de media, dedica 2,3 horas más que el padre a estar con su hijo entre semana (véase gráfico 3.4). Esta diferencia es de 4,7 horas cuando la madre
no trabaja. Tener un empleo representa para la mujer pasar por término medio
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 65
casi cuatro horas menos al cuidado del menor que una madre que no trabaja,
horas que el menor queda normalmente a cargo de personas ajenas al hogar.
La dedicación de los padres que trabajan al cuidado de sus hijos en hogares
donde la madre trabaja no compensa las horas en que esta no está disponible.
De hecho, no existen diferencias en el volumen de tiempo que los hombres
dedican a sus hijos entre familias en las que la madre trabaja y familias en que
no lo hace.
Durante los fines de semana, aumenta considerablemente el tiempo que padres
y madres pasan con sus hijos, aunque, independientemente de la situación
laboral de los miembros de la pareja, sigue siendo la madre quien dedica por
término medio un poco más de tiempo a estar con su hijo.
GRÁFICO 3.4
Tiempo que pasan por término medio padres y madres
con sus hijos/as según situación laboral de la pareja.
Días laborables y fin de semana
Tiempo en horas al día. Hogares con niños/as de 0 a 4 años
NÚMERO DE HORAS
14
Días laborables
12
Fin de semana
10
8
6
4
2
0
LOS DOS MIEMBROS
DE LA PAREJA TRABAJAN
SOLO TRABAJA
EL PADRE
Media de horas
que pasa el padre
LOS DOS MIEMBROS
DE LA PAREJA TRABAJAN
SOLO TRABAJA
EL PADRE
Media de horas
que pasa la madre
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
66 INFANCIA Y FUTURO
Nuestro análisis no detecta que la ayuda de cuidadores externos (abuelas,
otros familiares, canguros) tenga una influencia excesivamente significativa
en el tiempo que padres y madres están con sus hijos. Por término medio, las
madres dedicaron 7,4 horas en días laborables cuando pudieron disponer de
esa ayuda externa, y 8,2 en caso contrario (lo que significa, aproximadamente,
cuatro horas menos al cabo de los cinco días laborables). Los padres dedicaron
4,6 horas diarias si el hogar recurrió a cuidadores externos, y 4,8 si no lo hizo.
Percepción de déficit de tiempo compartido
La inmensa mayoría de padres y madres valoran positivamente la oportunidad
de pasar tiempo con sus hijos, y lo estiman necesario para un adecuado crecimiento y desarrollo de estos. Algunos autores han señalado que los estándares
culturales que establecen el tiempo «necesario» que los padres deben pasar
con sus hijos son hoy más exigentes que en el pasado, lo que en un contexto
de crecientes dificultades para conciliar la vida laboral y familiar puede ocasionar frustración y angustia (Bianchi, 2000; Daly, 2001). Numerosos estudios
analizan el tiempo que padres y madres pasan con sus hijos y cómo lo organizan, pero conocemos menos cómo perciben el tiempo que pasan juntos y qué
factores influyen sobre esas percepciones.
Según datos de la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, aproximadamente un tercio de los progenitores reconocen que, en
general, el tiempo que pasan con sus hijos no es suficiente (gráfico 3.5). Existen diferencias muy acusadas entre lo que piensan los padres y las madres:
casi el doble de padres que de madres considera que el tiempo que pasan con
sus hijos es insuficiente. De hecho, existe gran concordancia entre las cifras
que se obtienen cuando se examinan autopercepciones y las percepciones que
expresan los entrevistados y entrevistadas acerca del tiempo que sus parejas
pasan con sus hijos: el 23% de los hombres entrevistados considera que sus
parejas no pasan tiempo suficiente con sus hijos, y el 45% de las mujeres lo
piensa respecto a las suyas. Por tanto, existe una percepción compartida y
bastante extendida entre los propios varones y sus parejas de que la figura
paterna no está suficientemente presente en la vida de sus hijos. Los datos
sobre la cantidad de tiempo que hombres y mujeres comparten con sus hijos
refrendaría estas opiniones.
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 67
GRÁFICO 3.5
Valoración que padres y madres realizan sobre el tiempo
que pasan con su hijo/a
Hogares con niños/as de 0 a 4 años
PORCENTAJE
60
50
40
30
20
10
0
MÁS QUE SUFICIENTE
SUFICIENTE
Padre
NO SUFICIENTE
Madre
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Desconocemos cuánto tiempo tienen que pasar los padres y madres con sus
hijos para considerarlo (ellos o sus parejas) un «tiempo suficiente», pero sabemos el tiempo que pasan habitualmente juntos. Así, los padres que contestan
que, en general, no pasan tiempo suficiente con sus hijos, pasaron de media el
día anterior 4,2 horas (si es día laborable). En el caso de las madres, estuvieron
por término medio 6,7 horas con sus hijos. Estas discrepancias sugieren que
existe una asimetría importante en los estándares de tiempo de dedicación
que se exigen hombres y mujeres. Las madres que consideran que en general
pasan tiempo suficiente o más que suficiente con sus hijos estuvieron de media
el día anterior 8,4 horas, es decir una jornada laboral completa; en cambio, los
padres que lo consideran suficiente estuvieron apenas 5,7 horas con sus hijos.
El tiempo objetivo (horas) que madres y padres pasan con sus hijos no es, por
tanto, el único determinante de sus percepciones acerca de la idoneidad de
su dedicación. La probabilidad de que las madres piensen que pasan tiempo
insuficiente con sus hijos obedece a estimaciones personales de conveniencia
(que no se distribuyen socialmente de manera uniforme) y a expectativas cul68 INFANCIA Y FUTURO
turales (cuya capacidad de influencia también es desigual). La participación
laboral de las mujeres, especialmente si es a tiempo completo, tiene un efecto
poderoso sobre sus percepciones. Las mujeres que trabajan tienden a albergar
inquietudes acerca del tiempo de dedicación a sus hijos, aunque objetivamente
pasen el mismo tiempo con ellos.(2) Las percepciones de pasar menos tiempo
del necesario con el hijo son también más comunes, en igualdad de otras condiciones, cuando el nivel educativo de la mujer es más bajo. Es probable que
las mujeres con menos recursos educativos abriguen más dudas acerca de la
conveniencia de trabajar, puesto que el coste de oportunidad de hacerlo es más
alto. Quizás en sus familias estén más extendidas visiones tradicionales del
rol de la mujer, que mantengan estándares de dedicación esperada a los hijos
a niveles más elevados y censuren más severamente comportamientos que se
apartan de esas expectativas.
Pero el factor que influye más decisivamente en la percepción que las mujeres
tienen del tiempo que pasan con sus hijos son sus propias percepciones acerca
del tiempo que sus parejas dedican a los pequeños. Las madres que consideran que sus parejas pasan tiempo insuficiente con sus hijos son mucho más
proclives a creer que ellas también lo hacen, en igualdad de otras condiciones.
Dicho de otro modo, las percepciones que tienen acerca de su dedicación dependen en gran medida de la actuación de su pareja (o al menos, de cómo la
perciben). Son más negativas, a igualdad de horas compartidas con el hijo, si
entienden que su pareja no está suficientemente implicada y que, por tanto, el
niño puede experimentar déficits de atención. La corresponsabilización de la
pareja atenúa también de forma muy importante los sentimientos de culpabilidad que provoca la participación de las madres en el mercado de trabajo.(3)
Trabajar no genera grandes angustias a las madres cuando existe corresponsabilización (gráfico 3.6). Si las mujeres que trabajan a tiempo completo tienen
una pareja suficientemente implicada en la vida de sus hijos, la probabilidad
de que consideren que su dedicación es insuficiente es similar a la de madres
en escenarios tradicionales (madres que no trabajan y tienen parejas que no se
implican suficientemente en la vida de los hijos).
(2) Las probabilidades han sido calculadas con un modelo de regresión logística, que aísla los efectos estadísticos
de las variables explicativas, controlando la influencia de factores sociodemográficos y el volumen de horas que
dedican a sus hijos. Las variables explicativas utilizadas están indicadas en la nota del gráfico 3.6.
(3) En lenguaje estadístico, existe una interacción entre el efecto atribuible a la jornada laboral de la madre y a la
percepción que la madre tiene sobre la implicación del padre.
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 69
GRÁFICO 3.6
Probabilidad de que la madre considere que el tiempo que pasa
con su hijo/a es insuficiente en diferentes escenarios
de corresponsabilización
Madres con niños/as de 0 a 4 años
PROBABILIDAD
0,70
0,60
0,50
0,40
0,30
0,20
0,10
0,00
MADRE NO TRABAJA,
PADRE PASA TIEMPO
INSUFICIENTE
MADRE TRABAJA
A TIEMPO PARCIAL,
PADRE PASA TIEMPO
INSUFICIENTE
MADRE TRABAJA
A TIEMPO COMPLETO,
PADRE PASA TIEMPO
INSUFICIENTE
MADRE TRABAJA
A TIEMPO PARCIAL,
PADRE PASA TIEMPO
SUFICIENTE
MADRE TRABAJA
A TIEMPO COMPLETO,
PADRE PASA TIEMPO
SUFICIENTE
Nota: Las probabilidades se calculan a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente
tiene dos valores: 1) condidera que pasa tiempo insuficiente con sus hijos y 0) considera que pasa tiempo suficiente o más que suficiente con sus hijos. En el modelo se han introducido las siguientes variables independientes:
edad del niño, nivel educativo de la madre, horas que la madre pasa con el menor, es hijo único, asistencia del
menor a un centro infantil, percepción del tiempo que el padre pasa con el niño, situación laboral de la madre.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Además de los aspectos mencionados hay que comentar otros dos factores
explicativos que, de acuerdo con los análisis estadísticos realizados, influyen
en las actitudes de las madres. Por un lado, las madres más «inexpertas» (con
un solo hijo) tienden a mostrar mayor inquietud acerca del tiempo que le dedican (en igualdad de condiciones). Por otra parte, las madres que llevan a sus
hijos a centros de educación infantil o guarderías no muestran percepciones
más negativas acerca de su dedicación temporal a sus hijos, incluso cuando
estos son muy pequeños (menores de dos años). Como habíamos visto en el
capítulo anterior, un número creciente de españoles y españolas no censuran
que un niño pequeño pueda comenzar «una buena infancia» pasando bastantes
horas alejado de su madre, a cargo de profesionales del cuidado infantil. El
hecho de que las madres que llevan a sus hijos a estos centros no expresen más
70 INFANCIA Y FUTURO
insatisfacción con el tiempo que dedican a sus hijos es una prueba más de la
legitimidad creciente que otorgan a esta estrategia.
3.3. La calidad de los tiempos de atención
La calidad de vida en la infancia depende en buena medida de la calidad de la
interacción de padres y madres con sus hijos. La investigación especializada
coincide en señalar que el volumen de tiempo –medido en horas– puede resultar, en términos generales, beneficioso para el bienestar del menor, pero es un
indicador poco adecuado para medir la contribución de los padres al desarrollo
de habilidades y aprendizajes en el niño. La calidad de las interacciones entre
padres e hijos es más determinante que la cantidad. La evidencia acumulada
es abundante. Por ejemplo, los niños expuestos regularmente a estímulos de
lenguaje por sus madres presentan ya en los primeros años de vida diferencias considerables en competencias lingüísticas con los que reciben estímulos
más pobres (Huttenlocher et al., 1991; Hart y Risley, 1999). La investigación
demuestra que la estimulación que persigue respuestas contingentes por parte
de los menores, el reforzamiento de comportamientos apropiados con expresiones de aprobación y afecto, el esfuerzo en comunicarse con el menor desde
los primeros meses –invitándole a pronunciar palabras, mediante canciones o
lecturas en voz alta–, las actividades encaminadas a desarrollar habilidades y
competencias, todo ello contribuye a un adecuado desarrollo cognitivo y socioemocional en esta etapa (Ramey y Ramey, 2000; Zuckerman y Kahn, 2000).
Algunos estudios sugieren que la implicación activa del padre es especialmente
importante. En esta línea, un trabajo reciente de Bronte-Tinkew et al. (2008),
centrado en el análisis de expresiones de balbuceo y capacidades de exploración, pone de manifiesto que los niños cuyos padres están más implicados en
su cuidado y supervisión presentan una probabilidad más baja de sufrir retrasos
cognitivos. Junto a estos trabajos centrados en el desarrollo infantil, es cada vez
más importante la evidencia que relaciona las actividades educativas de los padres con sus hijos en los primeros años de vida con los rendimientos escolares
en etapas más avanzadas (Neidell, 2000; Sylva et al., 2010).
En el presente apartado se analizan las diferencias que existen en el tipo de
actividades que padres y madres realizan con sus hijos e hijas y la intensidad
de las mismas en función de los perfiles socioeconómicos de los progenitores.
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 71
Dada la relevancia de estas actividades en el desarrollo presente y futuro de
los menores, se trata de una información clave para entender los mecanismos
de reproducción de las desigualdades sociales.
El cuidado es una actividad poliédrica. Activa diversas facultades y emociones
y puede perseguir distintos objetivos, de forma aislada o simultáneamente. Las
actividades de cuidado tienen un propósito principal, que es ofrecer apoyo a
una persona dependiente, pero muchas veces, en el curso del proceso, se consiguen otras metas no menos importantes (ya sea de forma deliberada o como
subproducto de la acción principal): crear climas de afecto o emoción, formar
a la persona cuidada y/o formarse uno mismo, construir vínculos de confianza,
etc. Existe una gran variedad de tipologías para distinguir y catalogar las actividades de cuidado que los padres dispensan a sus hijos. Algunos autores diferencian estas actividades según la intencionalidad de la interacción (educativa,
recreativa, de cuidado físico básico, etc.), prioridad concedida a la interacción
(primaria o secundaria); o distinguen entre cuidados activos (que implican una
interacción directa con los niños) o pasivos (supervisión, control).
En un cuestionario que, como el nuestro, aborda distintas cuestiones, es limitada la capacidad para analizar exhaustivamente el abanico de posibles actividades que los progenitores pueden compartir con los menores y la frecuencia con que las realizan. Nuestra intención ha sido circunscribir el análisis a
los espacios de sociabilidad intergeneracional más comunes a estas edades
y, dentro de ellos, a los indicadores más representativos. Así, algunas de las
preguntas del cuestionario registran actividades que requieren una interacción
directa, explícita e individualizada con el menor, que comportan estimulación
intelectual de sus capacidades –como leer un cuento, enseñarle letras o números, cantarle o enseñarle canciones o hacer manualidades–; otras capturan
expresiones de cariño y afecto que los padres profesan al hijo, como abrazarle
o besarle o si juegan con él. También hemos incluido actividades compartidas
que no requieren necesariamente una interacción directa y explícita entre padres e hijos, como sería visitar a parientes, pasear o ir al parque, y salir con el
niño a hacer recados.
Del conjunto de actividades compartidas de las que hemos obtenido información, dos de ellas –«jugar con el niño» y «besarle o abrazarle»– son diarias
o casi diarias entre la práctica totalidad de los padres y madres encuestados.
El análisis de diferencias en la frecuencia de interacción no arroja ningún
72 INFANCIA Y FUTURO
resultado significativo (véase gráfico 3.7). Las actividades de estimulación intelectual (a excepción de las manualidades) las realizan a diario o casi a diario
dos de cada tres progenitores. Algo más de la mitad de los padres y madres
declaran que llevan al niño a pasear o al parque, a diario o casi a diario, y el
mismo porcentaje afirma que sale con él a hacer recados. Finalmente, cuatro
de cada diez los llevan diariamente o casi a diario a visitar parientes, y una
proporción similar hacen manualidades con los menores con esta frecuencia.
GRÁFICO 3.7
Frecuencia con que los padres han realizado distintas actividades
con el niño/a en la última semana
En porcentajes. Hogares con niños de 1 a 4 años
LE HAN LLEVADO A VISITAR A SUS PARIENTES
LE HAN LLEVADO A PASEAR AL PARQUE
LE HAN LLEVADO A HACER RECADOS
LE HAN BESADO, ABRAZADO, HECHO COSQUILLAS
HAN JUGADO CON ÉL/ELLA
HAN HECHO MANUALIDADES CON ÉL/ELLA
LE HAN ENSEÑADO A CANTAR CANCIONES O MÚSICA
LE HAN ENSEÑADO LETRAS, PALABRAS O NÚMEROS
LE HAN CONTADO UN CUENTO
0
Diariamente o casi a diario
10
20
30
Alguna vez
40
50
60
70
80
90
100
Ninguna vez
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Dada la relevancia de estas actividades compartidas para el desarrollo del menor, es importante rastrear su prevalencia diferenciada en distintos contextos
familiares. Nuestro análisis se centra en la influencia de dos factores explicativos: el nivel educativo de los progenitores y su situación laboral. Como
hemos visto en la sección anterior, son aspectos con un impacto significativo
en el número de horas que padres, y sobre todo madres, pasan con sus hijos.
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 73
Los progenitores con mayores recursos educativos y que trabajan pasan al
cabo del día (salvo los fines de semana) menos horas con sus hijos que los que
no trabajan, lo que invita a preguntarse por las implicaciones de estas pautas
para el bienestar y desarrollo del menor. Pero los resultados de nuestro análisis
sugieren que ese tiempo compartido tiende a ser de mayor calidad.
Tal como puede observarse en la tabla 3.5, el nivel educativo de los progenitores es un factor explicativo de su implicación en actividades de estimulación
intelectual. Así, por ejemplo, en dos de cada tres hogares donde las madres
tienen estudios universitarios alguno de los progenitores lee o cuenta un cuento diariamente a sus hijos. Esto no sucede en la mitad de los hogares donde
la madre tiene solo estudios primarios. Si se examinan otras actividades, las
diferencias son menores, pero siempre en la dirección prevista.
TABLA 3.5
Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar
realiza actividades de estimulación cognitiva con el niño/a
según nivel de estudios de la madre
En porcentajes. Hogares con niños/as de 1 a 4 años
NIVEL DE ESTUDIOS
DE LA MADRE
DIARIAMENTE O
CASI A DIARIO
ALGUNA VEZ
49
42
NUNCA
Le lee o cuenta un cuento
Primarios
9,6
Secundarios
62
29
8,7
Universitarios
72
20
7,5
Le han enseñado letras, palabras o números
Primarios
59
31
Secundarios
67
24
10
9,3
Universitarios
66
24
9,2
58
34
7,9
Le ha enseñado a cantar, canciones o música
Primarios
Secundarios
65
32
3,3
Universitarios
64
31
5,2
Primarios
39
44
16
Secundarios
43
41
16
Universitarios
46
42
12
Han hecho manualidades
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
74 INFANCIA Y FUTURO
Las familias con recursos educativos más bajos son más proclives a construir
espacios de sociabilidad en que la interacción entre el progenitor y el hijo es
menos intensiva. Se trata de un cuidado presencialista, en el que la atención a
los niños se compagina con otras actividades. Por ejemplo, en estas familias
es más habitual salir con el niño a visitar familiares o simplemente a hacer
recados. La interacción con el niño no es, en estos casos, el propósito principal
o exclusivo de la actividad (Craig, 2006).
Un debate especialmente controvertido se basa en los posibles efectos del trabajo femenino en el desarrollo del menor. Se argumenta a menudo que las
mujeres que desarrollan un trabajo remunerado reducen el número de horas de
contacto con el hijo. A la luz de los datos examinados, no cabe duda de que no
falta razón a quienes desde diferentes tribunas claman en ese sentido. Ahora
bien, parece dudoso que el trabajo remunerado de las madres reste calidad al
vínculo que mantienen con sus hijos. La tabla 3.6 pone de manifiesto que en
los hogares donde las madres trabajan se mantienen los mismos estándares de
estímulo que en los hogares donde las madres se dedican exclusivamente a las
responsabilidades domésticas. Lo que quizás se resienta cuando la madre trabaja –aunque muy ligeramente– son otros tiempos, como la visita a familiares
o el tiempo compartido que se compagina con la realización de recados.
La atención intensiva a los hijos en los hogares donde esta se produce tiende
a concebirse como una actividad compartida, que compromete a ambos progenitores. En casi la mitad de los hogares, los hombres participan corresponsablemente en estas actividades, ya sea porque lo hacen de una manera equitativa con su pareja o bien porque toman ellos la iniciativa. El protagonismo
masculino es especialmente importante en los hogares en que los hombres
tienen estudios universitarios (véase tabla 3.7). En estos hogares, por ejemplo,
un 43% de los padres se distribuyen equitativamente con la madre la tarea de
leer cuentos a sus hijos, y un 16% de los padres lo hacen con carácter preferente. En los hogares donde el progenitor tiene estudios primarios el grado de
corresponsabilidad es menor. Un 29% de padres participa equitativamente en
esta tarea, y solo un 8,9% la asume como principalmente propia. El reparto
más igualitario de tales actividades probablemente contribuya a incrementar la
dedicación conjunta, y por tanto acarree mayores beneficios al niño, al ser el
grado de compromiso paternal el que se aproxima a los estándares que mantiene la madre, más que lo contrario.
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 75
TABLA 3.6
Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza
actividades de estimulación cognitiva y salidas del hogar con el niño/a
según situación laboral de la madre
En porcentajes. Hogares con niños/as de 1 a 4 años
DIARIAMENTE O
CASI A DIARIO
ALGUNA
VEZ
Trabaja
66
27
7,7
No trabaja
60
31
9,4
Trabaja
64
26
9,6
No trabaja
66
25
9,1
Trabaja
64
31
5,1
No trabaja
62
33
4,8
Trabaja
43
44
13
No trabaja
44
40
15
Trabaja
57
37
6,0
No trabaja
56
39
5,5
Trabaja
41
54
5,6
No trabaja
45
51
4,5
Trabaja
49
42
9,6
No trabaja
55
36
9,1
SITUACIÓN LABORAL DE LA MADRE
NUNCA
Actividades de estimulación cognitiva
Le lee o cuenta un cuento
Le ha enseñado letras, palabras o números
Le ha enseñado a cantar, canciones o música
Han hecho manualidades
Salidas del hogar
Le ha llevado al parque
Le ha llevado a visitar a sus parientes
Le ha llevado a hacer recados
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
76 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 3.7
Hombres que asumen principalmente las actividades de estimulación
cognitiva o las realizan equitativamente con sus parejas,
según su nivel de estudios
En porcentajes. Hogares con niños/as de 1 a 4 años
REPARTO DE ACTIVIDADES COGNITIVAS
NIVEL DE ESTUDIOS DEL PADRE
PRIMARIOS
SECUNDARIOS UNIVERSITARIOS
Le lee o cuenta un cuento
Lo hace él
8,9
13,8
16,1
Lo hacen equitativamente
29,4
36,9
42,9
Total
38,3
50,7
59
Le ha enseñado letras, palabras o números
4,1
5,6
6,8
Lo hacen equitativamente
Lo hace él
38,5
48,5
53,8
Total
38,5
48,6
53,9
Le ha enseñado a cantar, canciones o música
5,4
5,0
6,3
Lo hacen equitativamente
Lo hace él
33,3
40,9
37,9
Total
33,4
41
38
Ha hecho manualidades con él/ella
Lo hace él
6,0
7,8
Lo hacen equitativamente
30,8
40,1
39
7,8
Total
30,9
40,2
39,1
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Los resultados examinados sugieren que las familias con vinculaciones más
intensas con el mercado de trabajo logran suplir posibles déficits de tiempo
físico compartido con sus hijos con un aumento de actividades de calidad
con ellos. La situación más vulnerable es la de los niños que viven en hogares en que este efecto de compensación no se produce. Ello puede ocurrir si
la dedicación de los progenitores al trabajo remunerado es alta y/o carecen
de habilidades para efectuar esa estimulación compensatoria. La mayoría de
expertos en educación infantil consideran que en dichas situaciones la escolarización temprana es especialmente recomendable, ya que puede contribuir a
reducir desventajas cognitivas del menor antes del inicio de su escolarización
obligatoria (Sylva et al., 2010). Para ello es necesario posibilitar el acceso a
las familias que más lo necesitan y ofrecer servicios de calidad suficiente para
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 77
garantizar una exposición adecuada de los niños a las experiencias de estímulo
que no encuentran en sus hogares.
3.4. Cuidados externos
En España, donde las familias se han otorgado tradicionalmente responsabilidades considerables en la provisión de bienestar, el cuidado de los niños
pequeños no ha sido una excepción. Como recuerda Constanza Tobío (2001),
muchas familias en que ambos progenitores trabajan han podido contar con
«madres sustitutas» –usualmente un pariente que reside en las cercanías– para
desarrollar con éxito sus estrategias de conciliación entre la vida familiar y
laboral. La transferencia de responsabilidades de cuidados a estos familiares
–especialmente las abuelas– ha sido vista a menudo como el principal recurso
con que han contado las madres trabajadoras para cuidar a sus hijos (véase,
por ejemplo, Moreno, 2002, o Tobío et al., 2010).
La Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la Infancia corrobora lo que tantas veces se ha proclamado: la provisión de cuidados por parte
de parientes disponibles juega un papel importante en las estrategias de conciliación de muchas familias. Pero creemos que actualmente resulta ya exagerado decir, a diferencia quizás de lo que pudo suceder en el pasado, que se
trata de la principal estrategia de conciliación que manejan las familias. Los
datos que emergen de nuestros análisis sugieren que la ayuda familiar se concibe principalmente como una ayuda complementaria o de emergencia, que
resuelve problemas de conciliación puntuales, pero que no se halla disponible
para la mayoría de las familias de forma regular y sistemática. Según los datos
examinados, el 55% de las familias con niños de 0 a 2 años han recurrido en el
último mes a la ayuda de alguien que no vive en el hogar para cuidar a su hijo
(tabla 3.8). De estas, el 76% pudieron contar con la ayuda de abuelos, y el 17%
recibieron el apoyo de otros parientes. Un porcentaje más reducido (9,2%)
recurrió a la ayuda de vecinos o amigos, y un 7,3% contrató los servicios de
un canguro. Estas cifras evidencian que, globalmente, solo el 42% de familias
con niños de esas edades recibieron en el último mes la ayuda de una abuela o
abuelo para cuidar a los niños pequeños. Como resulta previsible, estas ayudas
son más habituales cuando la madre trabaja y tiene un grado de vinculación
más estrecho con el mercado laboral.
78 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 3.8
Hogares que en el último mes han recibido alguna ayuda de alguien
que no vive habitualmente en el hogar para cuidar al niño/a,
según características de la madre
En porcentajes. Hogares con niños/as de 0 a 2 años
CARACTERÍSTICAS SOCIODEMOGRÁFICAS
DE LA MADRE
HA RECIBIDO AYUDA
HA RECIBIDO AYUDA
DE ABUELOS
Edad de la madre
18 a 35 años
57
46
36 a 40
56
39
Más de 40
54
35
Primarios o sin estudios
46
36
Secundarios
54
40
Universitarios
60
47
Trabaja
62
47
Parada
45
35
Inactiva
42
33
Tiempo completo
61
48
Tiempo parcial
65
47
Total han recibido ayuda
55
42
(338)
(258)
Nivel de estudios
Situación laboral
Jornada laboral
Número de casos
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Los datos de nuestra encuesta revelan que, en la mayoría de los casos, la ayuda es ocasional. El 39% de las familias que recibieron ayuda declaran que
la ayuda tiene lugar a diario o casi a diario, lo que equivale al 21% del total
de familias. Es decir, el porcentaje de familias que regularmente tienen a su
disposición «madres sustitutas» es limitado. La mayoría de hogares deben recurrir a otras estrategias.
En los últimos años los servicios de cuidado formal están cobrando un protagonismo creciente en la provisión de la atención a la primera infancia. Según
datos del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (2010) en el curso
2009-2010 había en España registrados 6.947 centros de educación infantil
de primer nivel. Entre el curso 2000-2001 y el curso 2009-2010, el número
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 79
de niños matriculados en centros autorizados por el Ministerio de Educación
antes de los tres años (0-3) se ha multiplicado por 3,8 y llega a los 384.000.
Las tasas de escolarización se han incrementado extraordinariamente en los
últimos años, como puede observarse en la tabla 3.9, aunque persiste una elevada variación territorial: mientras en el País Vasco más de la mitad de niños
de 0 a 2 años asisten a un centro de educación infantil, en Castilla-La Mancha
solo lo hace un 2,4% (Tobío, 2010). Sin embargo, los especialistas en el tema
creen que la oferta real se sitúa por encima de las cifras que proporciona la
estadística oficial (Balaguer et al., 2004, 2008).
TABLA 3.9
Evolución de las tasas de escolaridad en educación Infantil
Porcentaje de escolarizados sobre el total de la población de la misma edad
EDAD
1997-1998
2002-2003
2006-2007
2007-2008
Menores de 1 año
1,1
2,5
4,9
5,6
1 año
5,4
10,1
17,3
19,8
2 años
13,4
22,1
32,6
35
3 años
72,5
94,7
96,8
97,5
Fuente: Datos y Cifras 2009-2010. Ministerio de Educación.
Los datos de la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales nos ofrecen una descripción de las pautas de participación de los niños de 0 a 2 años
en los centros de educación infantil basada en el propio testimonio de los padres. Los resultados del análisis avalan la idea de que existe un problema importante de subregistro de la participación. Según datos de nuestra encuesta,
basados en una submuestra de 615 padres de niños de 0 a 2 años entrevistados
durante el mes de febrero del año 2010, el 43,6% declara que sus hijos asisten
actualmente y de manera regular a alguna guardería, centro de educación preescolar o centro de cuidado de niños.(4) Estas cifras sugieren que buena parte
de la asistencia a estos servicios es de carácter sumergido, posiblemente como
resultado de la existencia de centros privados no autorizados o del uso de ludotecas como espacios donde se ofrecen también cuidados.
(4) El entrevistador especifica que por «regular» se entiende como mínimo una vez por semana durante el
pasado mes.
80 INFANCIA Y FUTURO
Si desagregamos las cifras de participación por edad, observamos que, entre
las familias con hijos en edades comprendidas entre 0 y 2 años, el 10,3% de
los niños de menos de un año, el 46,1% de los de un año y el 70,0% de los
de dos, asisten actualmente a guarderías o centros preescolares. En la encuesta también se pregunta retrospectivamente a los padres de niños de 5 a 10 años
si en su momento llevaron a sus niños a un centro de educación infantil (a
partir de una submuestra de mayor tamaño, 1.148 casos). El 11,9% de los padres responden que lo hicieron cuando su hijo tenía entre 0 y 6 meses; el
22,8% declara que lo llevaron cuando tenía entre siete meses y un año; un
57,6% lo llevó con un año; un 61%, con dos años. Aunque hay que tomar con
precaución estas cifras, por basarse en el recuerdo de lo ocurrido varios años
antes, las diferencias con las estadísticas oficiales son palmarias y apuntan en
la misma dirección que los resultados evidenciados cuando analizamos directamente la participación actual de los niños de 0 a 2 años. En ambos casos se
acredita el papel central de estos servicios en la provisión de cuidados en la
primera infancia. La mayoría de los padres que llevan a sus hijos a un centro
de educación infantil o guardería cuentan con estos servicios un número considerable de horas. Un 51% los tiene a cargo de cuidadores profesionales en
estos centros durante más de cinco horas, y un 23% durante ocho horas o más.
Como resulta fácilmente imaginable, la probabilidad de que los niños de 0 a
2 años asistan a un centro preescolar es mayor en los hogares donde la madre
trabaja a tiempo completo. Estos centros son un instrumento de conciliación
crucial para las familias en las que ambos progenitores tienen un empleo remunerado. Pero, más allá, otros condicionantes influyen sobre la decisión de
recurrir a estos servicios. El principal de ellos es de carácter económico (véase
gráfico 3.8). Las familias que proceden de entornos económicos más desfavorecidos son menos proclives a llevar a sus hijos a una guardería o centro
preescolar, en igualdad de otras condiciones. Dicho de otro modo, nuestros
análisis (basados en modelos de regresión logística que controlan la influencia
de otros factores explicativos) indican que, con independencia del grado de
disponibilidad de la madre para los cuidados, las familias en situación económica más precaria tienden a recurrir menos a los cuidados formales en la
etapa de 0 a 2 años.
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 81
GRÁFICO 3.8
Probabilidad de llevar a sus hijos/as a una guardería,
centro de educación preescolar o centro de cuidado de niños,
según nivel de ingresos del hogar
Hogares con niños/as de 0 a 2 años
PROBABILIDAD
0,70
0,60
0,50
0,40
0,30
0,20
0,10
0,00
HASTA 320 €
POR PERSONA
ENTRE 321 Y 500 €
ENTRE 501 Y 800 €
MÁS DE 800 €
POR PERSONA
NIVEL MENSUAL DE INGRESOS POR PERSONA EN EL HOGAR
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente
tiene dos valores: 1) lleva actualmente a su hijo/a a un centro de cuidado infantil y 0) no lo lleva. En el modelo se
han introducido simultáneamente las siguientes variables: edad del menor, jornada laboral de la madre, nivel de
estudios de la madre, nivel de ingresos por persona en el hogar.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Ello podría deberse a que algunas de ellas cuenten con ayuda externa a la familia (de parientes, vecinos o amigos), que hace innecesario el recurso a esos
cuidados formales, o muestren más reticencias culturales a dejar a su hijo en
manos de extraños. Los análisis realizados (controlando el efecto estadístico
de posibles terceras variables intervinientes para explorar esas posibilidades)
no permiten inferir esa conclusión. La explicación más plausible es, por tanto,
que los servicios de atención a la primera infancia son económicamente inaccesibles a bastantes familias con menores niveles de ingresos, lo que privaría
de un recurso que puede contribuir a resolver sus necesidades de conciliación
y –como hemos indicado en la sección anterior– beneficiar el desarrollo cognitivo de los niños. Esta explicación es coherente con datos agregados publicados en un informe reciente de la OCDE dedicado a estas cuestiones, que
82 INFANCIA Y FUTURO
indica que los costes de estos servicios podrían resultar excesivamente caros
en España para las familias con menor poder adquisitivo (OCDE, 2007: 151152). Según los datos de este informe, en España el coste medio mensual de la
atención que un niño de 0 a 2 años recibe en un centro preescolar autorizado
equivale al 30,3% de los ingresos medios de un trabajador. En el conjunto de
países de la OCDE estudiados, la cifra se sitúa en el 16,3%. En los países nórdicos (Suecia, Finlandia, Dinamarca o Noruega), este coste equivale a menos
del 10% de los ingresos.
Una cuestión adicional con implicaciones para el bienestar de los menores
es la calidad de los servicios ofrecidos. Existen diversos indicadores para medir la calidad de las guarderías y centros de educación preescolar. El más utilizado es el cociente entre niños y cuidadores, que proporciona una indicación
sencilla de la frecuencia potencial de contacto entre cuidadores y niños. La
mayoría de los países europeos establecen normas que los centros deben observar, que oscilan entre los cinco y siete niños por cuidador. En España las
ratios suelen ser más elevadas, y los fija cada comunidad autónoma. Los datos
de la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la Infancia, basados en el testimonio de los progenitores que envían a su hijo a un centro, indican que la ratio de siete niños por cuidador se cumple solo en aproximadamente la mitad los centros. En el 17% de estas guarderías el cociente está por
encima de los diez niños por cuidador.
Si utilizamos este cociente como indicador de calidad de los centros preescolares, nuestros análisis no detectan evidencia de que los niños de familias
más desfavorecidas que logran acceder a estos servicios se concentren en centros con peores ratios. La ratio está asociada principalmente a la edad del
niño (como está previsto en las legislaciones autonómicas correspondientes).
Controlado este efecto, puede observarse que los niños cuyas familias tienen
niveles de ingresos más bajos asisten a escuelas con una ratio ligeramente más
desfavorable, pero la diferencia no es estadísticamente significativa.
Las respuestas a la encuesta sugieren que, en general, los progenitores están
satisfechos con los centros preescolares a los que envían a sus hijos, sin que
se aprecien diferencias significativas por extracción social de las familias. En
torno a nueve de cada diez padres entrevistados que llevaron a sus hijos a un
CUIDADO Y ATENCIÓN A NIÑOS DE 0 A 4 AÑOS 83
centro preescolar en los últimos años se declaran satisfechos con el número de
monitores por aula, la preparación de estos o los horarios del centro.(5)
Los datos examinados ponen de relieve que el sistema de provisión de cuidados a los más pequeños está cambiando a marchas forzadas. En los últimos
años los cuidados formales juegan un papel muy destacado desde edades muy
tempranas (uno y dos años). Posiblemente estamos asistiendo al eclipse de
un modelo en que los mecanismos de microsolidaridad familiar tradicionales
(basados en «madres sustitutas») resultaban efectivos. La proporción de posibles candidatas a ejercer de madres sustitutas (principalmente abuelas) se ha
reducido, en parte porque un número creciente participa hoy en el mercado
de trabajo y, por tanto, su disponibilidad para prestar ayuda es probablemente
más baja. Por otra parte, es posible que el aumento de los precios de la vivienda en los últimos años haya empujado a muchas parejas jóvenes a alejarse del
lugar donde residen padres y suegros, dificultando la prestación de servicios.
A todo ello hay que unir la valoración creciente que merecen en capas amplias
de la población las actividades de los niños en los centros preescolares. En este
nuevo escenario, los cuidados formales se erigen poco a poco en el principal
recurso de muchas familias para resolver sus problemas de conciliación.
Que sea solución «de muchas» no significa que lo sea de todas, ni siquiera
de la gran mayoría. Nuestros análisis muestran que las familias con menos
recursos económicos tienen más dificultades para acceder a estos servicios. La
dificultad de acceso tiene una doble implicación. Por una parte, concentra los
problemas de conciliación en estas familias, enfrentándolas a situaciones casi
imposibles si necesitan una doble fuente de ingreso (y, por tanto, mantener a
ambos progenitores trabajando) o bien las madres se resisten a renunciar a su
posición laboral para cuidar. Por otra parte, impide que la educación preescolar pueda contribuir a paliar posibles déficits de estimulación cognitiva en las
familias en las que todos los estudios internacionales indican que tales déficits
son más comunes, y puedan reducirse así las brechas en capacidades y habilidades que esos niños presentan desde etapas muy tempranas, y que afectan
en muchos casos a su rendimiento académico posterior. Los niños que, sobre
el papel, más podrían beneficiarse de la educación preescolar son los que presentan tasas de participación más baja.
(5) La información procede de la submuestra de padres de niños de 5 a 10 años que, en su momento, llevaron a
sus hijos a un centro preescolar.
84 INFANCIA Y FUTURO
IV. Relaciones intergeneracionales
entre los 5 y 10 años
Como hemos visto en el capítulo anterior, el tiempo que los padres dedican
a sus hijos pequeños es un activo distribuido de manera desigual. Numerosos
estudios llegan a la conclusión de que la cantidad de tiempo que los padres
dedican a sus hijos en edades tempranas –y más todavía la naturaleza de las
interacciones– tiene efectos positivos en el bienestar del menor en etapas posteriores de su vida y puede ser crucial para el desarrollo de habilidades personales que facilitarán su ulterior inserción educativa. Durante los primeros años
de vida, las prácticas parentales de cuidado e interacción intergeneracional
resultan cruciales para el desarrollo del menor, puesto que de la dedicación y
pericia de los padres dependen en buena medida la salud y bienestar del niño
(en una etapa de afianzamiento de los perfiles fisiológicos y psicológicos) y
el desarrollo adecuado de sus habilidades sociales, cognitivas y lingüísticas
(Waldfogel et al., 2003; Ramey y Ramey, 2000; Heckman y Lochner, 2000).
En el presente capítulo trasladamos el foco de atención a una nueva etapa
de la vida infantil: las edades comprendidas entre los 5 y 10 años. Durante
esta etapa la inmensa mayoría de los niños están ya escolarizados, lo que ha
provocado muchas veces que los estudiosos de la infancia hayan volcado su
atención en las experiencias que se producen en el ámbito de la escuela. No es
esta nuestra orientación en este capítulo. Estamos convencidos de que la importancia del vínculo intergeneracional en la primera infancia no debe eclipsar
su relevancia en etapas posteriores.
4.1. Influencia parental sobre la vida infantil
Por muy cruciales que resulten las atenciones en la primera infancia, es evidente que los efectos benéficos de la atención parental no se limitan a las
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 85
edades más tempranas. Es abundante la investigación que sugiere, por ejemplo, que la interrupción de la convivencia con uno de los progenitores, tras un
divorcio o fallecimiento, puede acarrear déficits de «capital social familiar»
(esto es, reducciones en la cantidad y calidad del tiempo que interactúan con
uno de los progenitores) que malogren una trayectoria de desarrollo personal
y educativo del menor, que había sido perfectamente equilibrada. Del mismo
modo, los hogares donde surgen discrepancias frecuentes y profundas sobre la
educación de los hijos no proporcionan un clima propicio para el bienestar de
estos últimos. El mecanismo principal que se suele esgrimir para explicar esos
desarrollos adversos es el debilitamiento del «control social» que los padres
ejercen sobre sus hijos. Las teorías del control social sostienen que el seguimiento y supervisión paternos del comportamiento de los menores, y el ejercicio de la autoridad consiguiente con finalidades educativas, son elementos
fundamentales para la socialización exitosa, ya que ponen freno a necesidades
y deseos indiscriminados del yo infantil, favorecen que los niños interioricen
normas y expectativas básicas, y contribuyen a apartarlos de influencias perniciosas (véanse formulaciones de esta teoría, por ejemplo, en Hetherington,
1979, o McLanahan y Bumpass, 1988). Desde este punto de vista, la «socialización a distancia» que ejerce un progenitor que, tras un proceso de divorcio,
no convive con el menor, o los conflictos provocados por criterios educativos
discrepantes entre progenitores, pueden erosionar las bases de la autoridad
parental e impedir ejercer niveles adecuados de supervisión y control.
Ahora bien, la mayor parte de la investigación especializada coincide en señalar que, sin negar la necesidad del control social para el adecuado desarrollo
psicosocial de los menores, algunas formas de ejercer ese control pueden acarrear consecuencias negativas. Existe consenso académico en señalar que el
empleo recurrente de las capacidades coercitivas de los padres –el castigo físico o la manipulación psicológica del menor– tiene consecuencias dañinas,
que el menor puede arrastrar como secuelas en etapas más avanzadas. El ejercicio del control parental tiende a generar anticuerpos si reclama a los hijos
obediencia incondicional, no va acompañado de esfuerzos de persuasión y
diálogo, o si se ejerce en ausencia de un clima familiar afectuoso y acogedor
para el menor. Desde inicios de los años setenta, un número considerable de
estudios han evidenciado de forma consistente que los llamados estilos parentales autoritativos, que combinan un elevado grado de implicación parental en
la vida de los hijos con niveles de control notables (aunque no excesivamente
86 INFANCIA Y FUTURO
altos), tienen efectos beneficiosos sobre el bienestar y desarrollo psicosocial
del menor (Baumrind, 1970; Steinberg, 2001). Los niños y niñas criados en
atmósferas familiares autoritativas presentan valores más positivos en un amplio abanico de indicadores (de competencias básicas, autoestima, autocontrol, menor proclividad a desarrollar problemas de conducta o actividades de
riesgo) que los que crecen en hogares que ponen en práctica estilos parentales
autoritarios (que someten a los niños a un alto grado de supervisión y control,
descuidando o ignorando otros aspectos), permisivos (con elevados niveles de
afectividad y diálogo, pero poco control) o negligentes (donde el control y la
implicación parental brillan ambos por su ausencia). En otras palabras, el control parental aporta beneficios al menor cuando no resulta abrumador y se
presenta en conjunción con prácticas que refuerzan el vínculo de diálogo y
afecto entre los progenitores y sus hijos.
Más allá de los estilos parentales, existen otros aspectos que confieren importancia a los contextos familiares. Ciertos atributos socioeconómicos de los
progenitores, como su nivel educativo, tienen una influencia muy importante en las trayectorias escolares de los hijos. Está demostrado que el nivel de
estudios de la madre es la variable explicativa principal de los rendimientos académicos de los niños, así como de la probabilidad relativa de que un
menor siga estudiando después de finalizar su etapa de estudios obligatoria
(Marí-Klose et al., 2009; Fernández Enguita et al., 2010). Conocemos cada
vez mejor los mecanismos de transmisión de estas ventajas. Algunas familias
tienen más capacidad que otras de proporcionar recursos que facilitan el éxito educativo. Pero no todos los recursos tienen el mismo valor. Los recursos
económicos, por ejemplo, tienen una importancia limitada. Las familias con
mayor poder adquisitivo pueden hacer inversiones en la educación de sus hijos
que están fuera del alcance de las familias desfavorecidas. Pero el impacto de
esas inversiones explica una parte bastante pequeña de la variabilidad en los
resultados educativos. La evidencia indica que los recursos más decisivos para
explicar el logro educativo están relacionados con cualidades más intangibles
de las familias –descritas a menudo como su capital cultural (DiMaggio y
Mohr, 1982; Esping Andersen, 2009). Entre las cualidades de las familias con
mayor nivel de capital cultural se incluyen conocimientos y competencias en
materias que la escuela convierte en objeto de aprendizaje –lo que les permite
ofrecer a sus hijos apoyo continuo– pero también, y esto es fundamental, una
capacidad para transmitir habilidades, hábitos y criterios de evaluación que inRELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 87
crementan la productividad de sus hijos en la escuela. Las familias con mayor
capital cultural están más capacitadas para interactuar con sus hijos mediante
actividades de estimulación intelectual, utilizando un lenguaje más sofisticado
en su interacción con ellos, leyéndoles o conversando sobre un rango más
amplio de cuestiones, u orientándolos más eficazmente para que desarrollen
su creatividad (con juegos educativos, enseñándoles a dibujar, a hacer manualidades, etc.). Los niños que pertenecen a estas familias interiorizan valores
y hábitos de trabajo que sus profesores valoran, y entienden mejor lo que la
institución escolar espera de ellos en cada momento (Farkas et al., 1990). El
hecho de aprender en casa el valor de la educación y de reconocer experiencias estéticas o artísticas prestigiosas (como leer, visitar un museo o tocar un
instrumento) facilita su adaptación a las culturas escolares, donde esas actitudes y predisposiciones son recompensadas (Lareau, 2000).
4.2. Actividades conjuntas
Es un lugar común afirmar que los padres persiguen el bienestar de sus hijos.
Existe la opinión, ampliamente compartida, de que los padres deben pasar
tiempo con sus hijos para lograr ese objetivo, pero encuentran muchas dificultades para hacerlo. Frecuentemente oímos a padres y madres quejarse de que
sus obligaciones les impiden colmar sus deseos de pasar más tiempo con sus
hijos. Algunos padres, y muchas madres, terminan acomodando su dedicación
laboral a la vida familiar. Desde distintas instancias se reclaman horarios compatibles con las necesidades familiares, y las administraciones públicas toman
cartas en el asunto, adoptando medidas más o menos ambiciosas encaminadas
a facilitar la conciliación. Sin embargo, preguntados directamente, son una
minoría los progenitores que admiten que el tiempo que pasan con sus hijos es
insuficiente. En la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, el 17% de las madres de niños de entre 5 y 10 años y el 35% de los
padres consideraban ese tiempo insuficiente.
La emergencia y afianzamiento de la inquietud por la cantidad de tiempo que
los padres dedican a sus hijos ha de relacionarse con el drástico incremento
de las mujeres que se incorporan al mundo laboral y de madres que permanecen en el mercado de trabajo después de dar a luz. Esta tendencia, acompañada
por la creciente autonomía residencial de las personas mayores, priva a las
88 INFANCIA Y FUTURO
familias de los principales proveedores de cuidados en un sistema familista
–es decir, madres y abuelas– sin que, aparentemente, esté previsto quién podrá
sustituirlas. El temor al vacío que estas mujeres dejan en el hogar se combina
y refuerza con otros miedos contemporáneos: la obesidad infantil (provocada,
según estos discursos, por comidas que ya no se preparan en casa o la tolerancia excesiva de los padres a los caprichos alimenticios de sus hijos); la
inquietud que provocan los problemas de disciplina a edades tempranas (en
cuyo origen se ha querido ver la erosión del principio de autoridad en los hogares), o el fracaso escolar (en cuya raíz no pocos han querido ver la falta de
compromiso de los padres con la educación formal de sus hijos).
Como hemos señalado en el capítulo anterior, la realidad es algo más compleja
que lo que dan a entender los discursos que sustentan estos temores. Los procesos socioeconómicos que podrían repercutir negativamente sobre el margen
de maniobra de los padres para destinar tiempo a sus hijos coexisten con otros
–que suelen recibir menor atención– que contrarrestan los efectos más perniciosos de los anteriores. Este segundo paquete de procesos sociales incluye
tendencias sociodemográficas (o cambios «composicionales») y cambios culturales (que afectan al comportamiento de los progenitores). Entre los primeros
hay que destacar el incremento general del nivel educativo de los padres. Por
lo que respecta a los cambios culturales, es necesario mencionar por un lado el
afianzamiento de nuevos modelos de paternidad y, por otro, nuevos procesos de
selección a la paternidad/maternidad, que tienden a apartar de esta experiencia
a los individuos que muestran menor disposición a sacrificarse por un hijo.
(a) La educación
Los distintos estudios publicados en Estados Unidos evidencian que los padres
con mayores niveles educativos tienden a sacrificar tiempo personal para mantener la intensidad del contacto con sus hijos (a pesar de su mayor dedicación
al trabajo remunerado), y a invertir ese tiempo en actividades más enriquecedoras para los niños que los padres con niveles educativos elementales. Gracias
al incremento extraordinario de los niveles educativos de la población que se
produce a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, en términos agregados
apenas se han alterado los niveles de implicación de los padres en el cuidado y
atención a sus hijos (Sayer et al., 2004). Nada hace pensar que esta pauta no sea
extrapolable a nuestro país, aunque no disponemos de datos longitudinales para
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 89
corroborarlo. La expansión educativa en España en las últimas décadas ha sido
extraordinaria, especialmente entre las mujeres. Así, mientras en la cohorte nacida en la posguerra (1941-1950), que cría a sus hijos aproximadamente 25-35
años después (alrededor de la transición a la democracia), el 13% de las mujeres tenían titulación secundaria posobligatoria, y un 10%, universitaria; en la
cohorte nacida treinta años después (1971-1980), el 71% de las mujeres tienen
titulación secundaria posobligatoria, y un 45% la tienen universitaria (MaríKlose et al., 2009: 193). Los hijos de esta nueva cohorte crecen en escenarios
familiares totalmente distintos: una proporción considerable de las madres y
padres tienen clara conciencia de los beneficios de invertir tiempo en los niños.
Los datos de nuestra encuesta arrojan resultados que apuntan en esa dirección. Los años adicionales de las madres en el sistema educativo moderan el
impacto de su actividad laboral sobre el nivel de dedicación a los hijos. Las
tablas que aparecen a continuación permiten contrastar el grado de implicación de los progenitores de tres grupos educativos en la vida de sus hijos a partir
de diferentes indicadores. En primer lugar, se cartografía la participación de
todos los miembros en una actividad cotidiana como son las comidas, que
proporcionan a hijos y padres la oportunidad de comunicarse e intercambiar
sus experiencias a lo largo del día en un clima estructurado y que favorece la
interacción intergeneracional cara a cara. En segundo lugar, se analizan dos
actividades que entrañan una interacción intensiva dentro del hogar y dos actividades de más baja intensidad, que se desarrollan fuera del hogar. Por último,
se examinan percepciones subjetivas de madres y padres respecto a su propio
grado de implicación y al de su pareja (entendiendo por nivel de implicación
el tiempo que cada uno de ellos pasa con el niño, cuida de él, se preocupa por
sus necesidades y le presta atención).
A primera vista, los resultados de la tabla 4.1 sugieren que, en los hogares
donde las madres tienen un nivel educativo superior, los niños no tienen más
oportunidades de pasar tiempo con sus padres a la hora de las comidas, pero
los datos merecen una lectura atenta. Una proporción algo mayor de hijos de
madres universitarias se reúnen con sus progenitores diariamente o casi a diario a desayunar, pero es también ligeramente mayor el porcentaje de quienes
no lo hacen nunca. Un porcentaje significativamente menor de hijos de madres
universitarias se reúnen diariamente o casi cada día con sus padres para almorzar, y un porcentaje equivalente lo hace a la hora de la cena. Evidentemente,
90 INFANCIA Y FUTURO
estas cifras se explican en parte por la mayor dedicación al trabajo remunerado
entre las mujeres con mayor nivel educativo (y posiblemente la de sus parejas).
Por tanto, para calibrar su esfuerzo habría que determinar la probabilidad ajustada a sus circunstancias laborales y las de sus parejas (es decir, en igualdad
de condiciones). La última columna indica la razón de probabilidades (odds
ratio) de reunirse diariamente o casi a diario (frente a no hacerlo), cuando
en un modelo multivariable controlamos la dedicación a la actividad laboral.
Los resultados ajustados corroboran que en los hogares donde la madre tiene
estudios universitarios la probabilidad ajustada de reunirse para desayunar es
más alta. La probabilidad de reunirse para almorzar es más baja; pero, una
vez controlados los efectos que deben atribuirse a su participación y la de su
pareja en el mercado de trabajo, no se observan ya diferencias estadísticamente significativas con los hogares en que la madre tiene estudios primarios. La
probabilidad de reunirse a cenar es la misma en todos los grupos.
TABLA 4.1
Frecuencia con que la familia se reúne normalmente para desayunar,
comer y cenar según nivel de estudios de la madre
En porcentajes. Hogares con niños/as de 5 a 10 años
NIVEL DE ESTUDIOS
DE LA MADRE
Desayunar
Primarios
Secundarios
Universitarios
Comer
Primarios
Secundarios
Universitarios
Cenar
Primarios
Secundarios
Universitarios
DIARIAMENTE
O CASI
A DIARIO
ALGUNA VEZ
20
24
31
71
64
55
8,9
11
14
100
48
40
24
48
57
70
3,4
2,4
5,6
84
81
82
15
18
15
1,3
1,5
2,8
NUNCA
TOTAL
NÚMERO
DE CASOS
(312)
(472)
(363)
RAZÓN DE
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
PROBABILIDADES(a)
AJUSTADA (b)
1
1,25
1,41*
1
1,29
1,62*
100
1
0,71*
0,36***
1
0,59**
0,89
100
1
0,81
0,76
1
0,86
0,78
* Nivel de significación del 5%.
** Nivel de significación del 1%.
*** Nivel de significación del 1‰.
Nota: a) Modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene dos valores: 1) reunirse diariamente
para desayunar, comer o cenar y 0) no hacerlo diariamente.
b) En el modelo ajustado, además del nivel de estudios de la madre, se controla por su situación laboral.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 91
La tabla 4.2 proporciona información sobre actividades que implican un elevado grado de estimulación cognitiva e interacción individualizada. Los resultados dejan entrever diferencias significativas en la proporción de padres
que leen cuentos a sus hijos a diario o casi a diario en función de su nivel
educativo, pero no se advierten diferencias en la proporción de quienes hacen
manualidades con ellos. El análisis multivariable confirma que, en igualdad
de condiciones laborales, el nivel educativo de las madres incrementa la probabilidad relativa de que en el hogar se lean cuentos al menor a diario o casi
diario, pero el ajuste no se traduce en cambios estadísticamente significativos
en la probabilidad de hacer manualidades (aunque esta se incrementa sensiblemente).
TABLA 4.2
Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza
actividades de estimulación cognitiva con el niño/a según nivel
de estudios de la madre
En porcentajes. Hogares con niños/as de 5 a 10 años
DIARIAMENTE O
CASI A DIARIO
ALGUNA VEZ
NUNCA
TOTAL
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
AJUSTADA
Primarios
50
30
19
100
1
1
Secundarios
58
25
17
1,35*
1,45*
Universitarios
64
20
15
1,79***
1,96***
Primarios
32
54
14
1
1
Secundarios
31
57
12
0,94
1,15
Universitarios
33
54
13
1,03
1,35
NIVEL DE ESTUDIOS
DE LA MADRE
Le lee o cuenta un cuento
Hace manualidades
100
* Nivel de significación del 5%.
** Nivel de significación del 1%.
*** Nivel de significación del 1‰.
Nota: a) Modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene dos valores: 1) realizar actividades de
estimulación cognitiva a diario o casi a diario y 0) no hacerlo diariamente.
b) En el modelo ajustado, además del nivel de estudios de la madre, se controla por su situación laboral.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
La tabla siguiente nos muestra la implicación de padres y madres en salidas conjuntas con sus hijos, en las que los progenitores ejercen una labor de
supervisión, pero que no entraña necesariamente ejercicios de estimulación
92 INFANCIA Y FUTURO
cognitiva. Los resultados sugieren que estas actividades (especialmente la visita a familiares) son más habituales entre familias con bajo nivel educativo.
El análisis multivariable apunta que estas diferencias persisten, básicamente
intactas, cuando controlamos los niveles de participación de los progenitores
en el mercado de trabajo.
TABLA 4.3
Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza
«salidas» del hogar con el niño/a según nivel de estudios de la madre
En porcentajes. Hogares con niños/as de 5 a 10 años
NIVEL DE ESTUDIOS
DE LA MADRE
DIARIAMENTE O
CASI A DIARIO
ALGUNA VEZ
NUNCA
TOTAL
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
AJUSTADA
40
56
3,5
100
1
1
Le ha llevado a visitar
a unos familiares
Primarios
Secundarios
30
64
5,3
0,65**
0,67*
Universitarios
27
67
6,6
0,55***
0,58**
50
42
7,1
1
1
Le ha llevado a pasear
o al parque
Primarios
100
Secundarios
46
47
6,4
0,84
0,92
Universitarios
44
49
6,9
0,78
0,92
* Nivel de significación del 5%.
** Nivel de significación del 1%.
*** Nivel de significación del 1‰.
Nota: a) Modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene dos valores: 1) realizar «salidas del
hogar» a diario o casi a diario y 0) no hacerlo diariamente.
b) En el modelo ajustado, además del nivel de estudios de la madre, se controla por su situación laboral.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Las diferencias más significativas aparecen al analizar percepciones subjetivas. Las mujeres con mayor nivel educativo son más proclives a responder que
están muy implicadas en la vida de sus hijos. También son más proclives a ver
a sus parejas como «muy implicadas». A la vista de las evidencias, esta percepción no parece demasiado justificada solo a tenor de la cantidad de tiempo
y actividades que comparten con sus hijos en comparación con los grupos de
menor nivel educativo, puesto que los resultados presentados sugieren que no
existen diferencias acentuadas. Una primera posibilidad es que esa elevada
valoración de su implicación en la vida de sus hijos refleje, en parte, el esfuer-
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 93
zo de conciliación con la vida laboral que esa implicación requiere. Mantener
los estándares de implicación socialmente esperados de una «buena madre»
exige un esfuerzo suplementario a las mujeres que trabajan, quizás con aspiraciones profesionales más ambiciosas que las de nivel de estudios más bajo
y horizonte laboral menos atractivo. Las probabilidades ajustadas examinadas
apuntan en esa dirección. Cuando controlamos el grado de participación de
los progenitores en el mercado de trabajo, la probabilidad de que desayunen
con sus hijos, les lean cuentos y hagan manualidades con ellos a diario o casi a
diario es mayor; la de que se reúnan a almorzar y a cenar o los lleven al parque
es la misma. Solo la probabilidad de que visiten con ellos a otros familiares es
menor. Una posibilidad alternativa es que las madres juzguen de manera especialmente positiva la calidad de esa implicación porque entiendan que, mediante su esfuerzo, logran transmitir ventajas (su capital cultural) a sus hijos.
En este caso el «grado de implicación» tendría menos que ver con la cantidad
de tiempo invertido que con una evaluación de su calidad.
(b) Nuevos modelos de paternidad
En los últimos años diversos trabajos han constatado que, si bien las mujeres
siguen asumiendo mayoritariamente buena parte de la carga doméstica, en un
número creciente de hogares la organización de responsabilidades es cuasi
equitativa. Las raíces de este proceso de igualación son difíciles de rastrear.
El primer síntoma de que se avecinan cambios lo encontramos en la evolución
reciente de las actitudes de los varones hacia la distribución de roles de género en la familia. La magnitud de los cambios es patente en la tabla 4.4, que
recoge una serie histórica del mismo indicador, incluido en distintos estudios
del CIS. Mientras en 1990 el 42% de los varones en España se decantaba por
un modelo simétrico de distribución de roles de género, en 2004 el porcentaje
ya ascendía al 66%. En los últimos años se ha consolidado esta tendencia. En
apenas dos décadas, el modelo equitativo se ha impuesto claramente como
ideal sobre el modelo tradicional.
94 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 4.4
Evolución de la opinión de los hombres acerca del modelo ideal
en el reparto de responsabilidades de género en la familia
En porcentajes
MODELO DE FAMILIA IDEAL(a)
1990
1994
2010 (b)
2004
Modelo sustentador único
29
25
17
13
Modelo asimétrico de doble sustentador
24
21
14
15
Modelo simétrico
42
50
66
69
No sabe/no contesta
5,0
4,0
3,0
Ninguno de estos tipos de familia
Total
Número de casos
1,7
1,2
100
(1.260)
(1.184)
(1.203)
(1.223)
Nota: a) Se formula la pregunta «Actualmente existen distintos tipos de familias. De las tres posibilidades, ¿podría
decirme cuál se acerca más a su ideal de familia?» Los tres modelos de familia considerados en la pregunta se
corresponden con la siguiente clasificación:
– Modelo sustentador único: una familia donde solo el varón trabaja fuera de casa y es exclusivamente la mujer la
que se ocupa de las tareas del hogar y del cuidado de los hijos/as.
– Modelo asimétrico de doble sustentador: una familia donde la mujer trabaje menos horas fuera de su casa y, por
tanto, se ocupe en mayor medida de las tareas del hogar y del cuidado de los hijos/as.
– Modelo simétrico: una familia en la que tanto el varón como la mujer trabajan fuera de casa y se reparten las
tareas del hogar y el cuidado de los hijos/as.
b) En la encuesta de 2010 las opciones de respuesta se formulan de forma ligeramente distinta sin especificar el
sexo del miembro de la pareja que debe ocupar cada rol en los distintos modelos. También incluye una opción
adicional de respuesta: «Ninguno de estos tipos de familia».
Fuente: Datos del Centro de Investigaciones Sociológicas. Los del año 1990 corresponden al Estudio 1.867; los
de 1994 son del Estudio 2.107; los del año 2004 son del Estudio 2.556, y los de 2010 del Estudio 2.831.
Huelga decir que el discurso suele ir por delante de la realidad. La evolución
de las actitudes de los varones ha abierto brechas en muchos hogares entre
las orientaciones y la participación efectiva en la producción doméstica. La
familia en que el varón no hace nada es ya minoritaria. Según el estudio de
Iglesias de Ussel et al. (2009: 177) sobre parejas jóvenes, solo en el 20% de
los hogares el varón dedica a las actividades domésticas menos de una quinta
parte del tiempo que su pareja. Pero en la mayoría de casos persisten desigualdades importantes en el reparto de la producción doméstica, y muchas veces
no son excepción a ello los hogares en que el varón se declara partidario de la
igualación de roles. Los cambios han sido lentos y desiguales, pero no cabe
duda que en muchos hogares han tenido lugar y merecen estudiarse a fondo.
En este sentido, hay que destacar que, a tenor de diversos estudios cuantitativos y cualitativos publicados en España, la implicación del padre parece
significativamente mayor en el cuidado de los hijos que en otras facetas de la
producción doméstica (Brullet y Roca, 2008; Iglesias de Ussel, et al., 2009).
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 95
Algunos trabajos se aventuran a destacar la aparición de varones plenamente
corresponsabilizados con sus parejas en el cuidado de sus hijos. En esta línea
cabe reseñar el estudio de Inés Alberdi y Pilar Escario (2007). En un excelente
trabajo cualitativo sobre las nuevas actitudes e identidades del padre joven
de clase media (elaborado a partir de once grupos de discusión), las autoras
describen tres perfiles de padres comprometidos con el cuidado de sus hijos:
1) el padre intenso, dedicado de pleno al cuidado del hijo, al que cuida igual o
mejor que la madre; 2) el padre responsable, que desea compartir equitativamente con la madre cuidados y responsabilidades en la relación con el hijo, y
3) el padre adaptativo o complementario, que rechaza el modelo tradicional y
apoya desde el exterior a las madres en todo cuanto piden, pero entiende que
los hombres no pueden reemplazar el papel preeminente de la madre en la
relación con los hijos.
Resulta imposible construir una tipología de naturaleza similar a la de Alberdi
y Escario a partir de los indicadores de una encuesta, y el planteamiento que
formulamos no puede ni debe entenderse como un intento de capturar la riqueza de matices que proponen Alberdi y Escario. Una pretensión semejante
está muy lejos de nuestro alcance. Pero creemos que los indicadores de la
Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales proporcionan una idea
aproximada de la relevancia numérica de los fenómenos de nueva paternidad.
El intento de clasificación que aparece a continuación se basa en las respuestas de madres de hijos de 5 a 10 años a cuatro preguntas: ¿Cuál es el nivel de
implicación de Vd. en la vida del niño?; ¿y el de su padre?; ¿considera que el
tiempo que pasa con su hijo es más que suficiente, suficiente, no suficiente?
¿y el que pasa su padre? La clasificación se basa en la opinión de las madres
que contestan al cuestionario, por motivos de muestra (constituyen un número
suficiente) y por entender que la respuesta de los varones podría estar contaminada por las expectativas de deseabilidad social. Las respuestas de los varones
tienden a ser más complacientes con su implicación en la vida del niño.(1)
Para construir la tipología tenemos en cuenta tanto la posición absoluta del
padre (es decir, su grado de implicación y participación temporal en el cuida(1) Así, el 51% de los varones se consideran «muy implicados» en la vida del niño, pero solo un 41% de las mujeres catalogan así el grado de implicación de sus parejas. Sin embargo, los varones son más proclives a evaluar el
tiempo que pasan con sus hijos como insuficiente. El 35% lo considera de este modo. Solo un 17% de las mujeres
lo ven así.
96 INFANCIA Y FUTURO
do del niño) como su posición relativa (en relación con su pareja). En nuestra
clasificación, si la madre responde que el padre «está muy implicado» y pasa
tiempo «más que suficiente» con su hijo, la catalogamos como «paternidad
intensa». Si la madre reconoce en su pareja un padre «muy implicado» que
dedica «suficiente tiempo» a su hijo, nos encontramos igualmente ante una paternidad intensa, siempre que ella no esté «muy implicada» y dedique tiempo
«más que suficiente» al menor (y por lo tanto esté más volcada en los cuidados
del niño que su pareja). En este caso, la identificamos como «paternidad responsable». También será considerada «paternidad responsable» la de los padres
«bastante implicados» que pasan tiempo suficiente con sus hijos. Los padres
que están «bastante implicados» pero que no pasan tiempo suficiente con sus
hijos, y cuyas parejas se ocupan fundamentalmente de ellos, son etiquetados
de «adaptativos». Hemos creado dos categorías adicionales con objeto de abarcar la totalidad de situaciones posibles. La paternidad «predispuesta» es la de
quienes, a juicio de la madre, están «muy implicados», pero no pasan tiempo
suficiente con sus hijos, presumiblemente por causas ajenas a su voluntad. La
paternidad «tradicional» incluye todos los casos de poca o nula implicación de
padres y «mucha» o «bastante» implicación de las madres. Existe además una
categoría adicional que incluye todos los casos en que madres y padres presentan niveles bajos de implicación y dedicación temporal: la denominamos «no
comprometida».
GRÁFICO 4.1
Tipos de paternidad
En porcentajes. Hogares con niños de 5 a 10 años
Adaptativa
Tradicional
19,8
12,8
No comprometida
Predispuesta
Intensa
10,2
6,7
6,5
Responsable
43,9
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 97
Según los resultados de nuestro ejercicio, alrededor de la mitad de los padres
ejercen una paternidad intensa (6,7%) o responsable (43,9%). El resto se distribuye escalonadamente en otras modalidades. En el 19,8% de los hogares las
madres asumen la crianza con cierta ayuda del padre (paternidad adaptativa),
pero soportan principalmente la carga. En el 12,8% de los hogares el reparto
es tradicional: el apoyo masculino es escaso o nulo. En el 10,2% aparece una
paternidad predispuesta, formada por padres cuyas parejas los describen como
«muy implicados» pero que no acompañan esa implicación de una dedicación
temporal suficiente. En el 6,4% de los hogares las madres describen a sus parejas como personas poco implicadas y con baja dedicación temporal a sus hijos,
pero se ven a sí mismas de la misma manera.
Las tablas 4.5 y 4.6 dan una idea de las implicaciones que en los últimos años
ha podido tener la transición de un régimen de distribución de responsabilidades domésticas donde predominaban modalidades de paternidad tradicional a
otro en que son cada vez más comunes la paternidad intensa, la responsable e
incluso la predispuesta. En los hogares en que los varones ejercen ese tipo de
paternidades, los hijos gozan de las mismas o más oportunidades de entablar
interacciones intergeneracionales con ellos, gracias a que el compromiso y
dedicación temporal del padre se suma a los de la madre, compensando posibles déficits creados por los mayores niveles de implicación de estas en su
actividad profesional.
Los análisis presentados en este epígrafe cuestionan la presunción de que el
debilitamiento del sistema familista tradicional amenace las interacciones intergeneracionales entre padres e hijos. El temor al vacío en los hogares que dejan las madres que trabajan (o las abuelas que ya no residen cerca de sus hijas)
ha alimentado inquietudes exageradas. Ciertamente, el incremento del trabajo
de las madres fuera del hogar representa un reto para mantener estándares de
cuidado y atención a los menores. Pero los datos sugieren que la mayoría de las
familias expuestas a esta situación resuelven los dilemas que surgen sin que el
tiempo y las oportunidades de interacción intergeneracional resulten afectados.
Es un error dar por sentado que más horas dedicadas al trabajo remunerado
significan menor inversión en el cuidado y atención a los hijos. En los últimos
tiempos se han producido cambios históricos de enorme trascendencia que han
empujado a los progenitores a reforzar su compromiso con sus hijos, incluso en
las familias en que las presiones horarias son intensas. Así, el incremento del
98 INFANCIA Y FUTURO
nivel educativo de los progenitores y la consolidación de nuevos modelos de
ser «buen padre» están abriendo nuevos horizontes para construir los vínculos
intergeneracionales en los hogares. Asistimos a la conformación de nuevas lógicas de la responsabilidad parental, más equitativas e informadas que las que
sustentaban modelos pretéritos, que se bastan (e incluso se sobran) para prevenir la erosión de los vínculos intergeneracionales que de otro modo provocaría
el incremento de la participación laboral de las mujeres.
TABLA 4.5
Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar
realiza actividades de estimulación cognitiva con el niño/a
según tipos de paternidad
En porcentajes. Hogares con niños/as de 5 a 10 años
DIARIAMENTE
O CASI A DIARIO
ALGUNA VEZ
NUNCA
TOTAL
NÚMERO
DE CASOS
Intensa
63
19
17
100
(139)
Responsable
62
22
16
(474)
Predispuesta
64
23
14
(136)
Adaptativa
54
22
24
(157)
Tradicional
57
28
15
(108)
No comprometida
47
29
24
(73)
Intensa
38
50
12
Responsable
27
59
14
Predispuesta
38
56
Adaptativa
32
50
18
Tradicional
34
54
12
No comprometida
27
53
20
TIPOS DE PATERNIDAD
Le lee o cuenta un cuento
Hace manualidades
100
6,3
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 99
TABLA 4.6
Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza
«salidas» fuera del hogar con el niño/a según tipos de paternidad
En porcentajes. Hogares con niños/as de 5 a 10 años
DIARIAMENTE
O CASI A DIARIO
ALGUNA VEZ
NUNCA
Intensa
40
56
3,8
Responsable
34
61
5,0
Predispuesta
41
53
6,3
Adaptativa
28
66
5,2
Tradicional
35
58
7,0
No comprometida
39
55
5,9
Intensa
56
37
7,7
Responsable
48
44
8,2
Predispuesta
50
45
5,0
Adaptativa
45
48
7,7
Tradicional
45
48
7,0
No comprometida
37
55
7,8
TIPOS DE PATERNIDAD
Le ha llevado a visitar a unos familiares
Le ha llevado a pasear o al parque
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
4.3. Gestión de afectos y reproches
En las sociedades modernas, la familia, y en especial el vínculo intergeneracional, está asociada al cariño y la ternura. Para llegar aquí la evolución de las
mentalidades y las prácticas ha tenido que ser extraordinarias. Como apunta
el historiador Philippe Ariès en su obra clásica El niño y la vida familiar en el
Antiguo Régimen (1960), durante muchos siglos los niños no fueron objeto de
un tratamiento sentimental de carácter especial. Lejos de lo que se podría pensar, la expresión de afecto hacia los menores –besos, abrazos, caricias, etc.– no
es una práctica universal, un presupuesto básico de la socialización exitosa en
cualquier civilización. El amor maternal o paternal, como hoy lo entendemos,
es un sentimiento desconocido en la mayor parte de sociedades que han exis-
100 INFANCIA Y FUTURO
tido.(2) Es una construcción social que en los tiempos que corren adquiere una
relevancia social que, en nuestro propio país, no tenía hace solo unas décadas.
En nuestra sociedad la norma que exige a padres y madres prodigar expresiones de ternura a sus hijos es muy poderosa. Figura en el frontispicio de cualquier recetario de buenas prácticas parentales. Es una norma que no admite
dudas. Las dudas invitan a la sospecha. Quizás por ello, preguntados por la
frecuencia con que en el hogar alguien «ha abrazado, besado o hecho cosquillas» a sus hijos, el 97% de las madres y padres entrevistados en la Encuesta
de Relaciones Inter e Intrageneracionales responden que ocurre a diario o casi
a diario, sin que puedan diferenciarse las respuestas de hombres y mujeres. Se
trata de una respuesta «deseable», que con casi toda seguridad bastantes progenitores no cumplen. De hecho, cuando se pregunta a los entrevistados quién
prodiga más a menudo esas expresiones, emergen diferencias claras por sexo:
un 31% de las mujeres dicen que son ellas, el 67% afirman hacerlo ambos por
igual, y solo un 2,9% lo atribuye a sus parejas. En cambio, cuando se pregunta
a los varones, la respuesta es ligeramente diferente: el 8,3% reconoce la preeminencia de su pareja en la manifestación de afecto; el 82% declara que lo
hacen ambos por igual, y el 9,3% cree que él lo hace más a menudo.
A pesar de las discrepancias entre testimonios, los resultados hablan bien a
las claras de que en la mayoría de hogares el hombre participa activamente en
el entramado de afectos y emociones que se teje alrededor del niño. Esta implicación emocional es transversal a todos los grupos sociales (definidos por
nivel educativo, ingresos y edad de los padres), pero no a todos los estilos de
ejercicio de la paternidad. En este sentido, nuestros análisis detectan grandes
diferencias en el protagonismo de los padres en estos espacios de relación
íntima. Los padres que ejercen nuevas modalidades de paternidad (intensa o
responsable) adquieren compromisos parecidos a los de sus parejas. Como
también señalan Alberdi y Escario en su estudio, estos nuevos padres abrigan
el deseo de superar los viejos discursos y hábitos que asociaban la paternidad
al ejercicio del poder y un cierto distanciamiento emocional de la crianza.
(2) De hecho, el historiador social Edward Shorter (1977) es autor de un trabajo ya clásico que sugiere que,
antes del siglo XIX en Europa, el tratamiento de los niños por sus madres solía ser brusco e insensible. Lejos de los
instintos maternales que despiertan los niños en las madres contemporáneas, las mujeres de los siglos xVII y XVIII
mostraban poco interés por el bienestar de sus hijos, desatendían sus llantos, los fajaban de los pies a los hombros
impidiendo su movimiento y, cuando se lo podían permitir, los mandaban durante largos períodos de tiempo junto
a nodrizas que los criaban junto a su propia prole. La experiencia de la maternidad no representaba en la vida de
aquellas madres un fenómeno de especial relevancia que mereciera mayor dedicación y esfuerzo.
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 101
Apuestan en su lugar por la profundización de las relaciones afectivas a través
de una comunicación inicialmente física con el hijo (por medio de abrazos,
besos, caricias) y la esperanza de preservar una proximidad emocional e intelectual en etapas posteriores del desarrollo del menor. Los datos evidencian el
escaso protagonismo del padre tradicional en estos espacios. En los hogares
donde el ejercicio de la paternidad responde a cánones tradicionales, la madre
se erige claramente en proveedora principal de afecto.
TABLA 4.7
¿Quién hace mimos (abrazos, besos, cosquillas...) más a menudo
al menor según tipos de paternidad?
En porcentajes. Hogares con niños/as de 5 a 10 años
TIPOS DE PATERNIDAD
PADRE
MADRE
LOS DOS POR IGUAL
Intensa
7,9
11
81
Responsable
4,0
16
80
Adaptativa
2,5
31
67
Tradicional
1,9
64
34
Predispuesta
6,6
19
74
No comprometida
9,7
19
71
Total
4,8
23
72
Nota: Las respuestas son de las madres.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Las expresiones de ternura son solo una cara de las dinámicas sentimentales
que se entablan entre padres e hijos. Educar exige forzosamente imponer límites, reprimir necesidades y demandas indiscriminadas del niño y encauzar sus
conductas de modo que favorezcan la convivencia y el aprendizaje. Inculcar
hábitos y valores no es tarea fácil. Requiere aplicación y constancia. No existen recetas que funcionen siempre, pero hay lugares comunes por los que la
mayoría de padres transitan en algún momento. Las estrategias socializadoras
de todos los padres incluyen ciertas dosis de comunicación y, por otra parte, la administración de refuerzos y castigos. La diferencia entre ellas radica
en la importancia que se concede a todos estos ingredientes. En un pasado
no demasiado lejano en nuestro país, la socialización parental en los hogares
tradicionales (que constituían la mayoría) se basaba en el autoritarismo y la
distribución de roles en la provisión de refuerzos y castigos. El padre imponía
102 INFANCIA Y FUTURO
normas sin apenas dar explicaciones ni tener en cuenta o escuchar las razones
de los hijos. Cuando estas normas eran transgredidas, la función del padre
consistía en restituir el equilibrio a través del reproche y el castigo, incluso físico. El papel de la madre era más ambiguo y limitado. Sin llegar a cuestionar
el criterio del padre, se especializaba muchas veces en la administración de
refuerzos positivos, que podían contribuir a contener las formas más despóticas de autoridad que ejercía la figura masculina.
Los tiempos han cambiado, y con ello las actitudes de los españoles hacia el
diálogo con los hijos y la administración de castigos. Vivimos en una sociedad
democrática, donde el diálogo y la negociación son valores centrales. La importancia concedida al diálogo cobra especial relevancia en espacios donde
habían imperado anteriormente lógicas autoritarias, como son las relaciones
intergeneracionales. La inmensa mayoría de las personas considera el diálogo
un instrumento necesario y efectivo para educar a un hijo. Según el trabajo de
Iglesias de Ussel et al. (2009: 90), manejado en otros capítulos del presente
estudio, el 82% de las personas jóvenes que viven en pareja está de acuerdo o
muy de acuerdo en que «si se explican las cosas, cualquier niño entiende las
razones de su padre o madre». En este mismo trabajo, los autores constatábamos que solo una exigua minoría del 5% se muestra de acuerdo con el viejo
adagio «La letra con sangre entra».
A pesar de ello, existe también una clara consciencia de la importancia de la
disciplina. En esa misma publicación, un 80% de los jóvenes que viven en
pareja se muestran de acuerdo con la idea de que la disciplina en educación es
una clave del éxito. Estos resultados coinciden con los del Estudio 2.621 del
Centro de Investigaciones Sociológicas. Consultados acerca de la importancia
que dan a la disciplina como cualidad que los padres tratan de inculcar a los
hijos, los españoles le otorgan por término medio un 8,6 (en una escala de 1
a 10). El valor es sensiblemente inferior en personas de menor edad: mientras
las de menos de 35 años le dan un 8,3, entre las de 65 años y más esta cifra se
eleva a 9,2. Aun así, la puntuación se mantiene en cotas elevadas.(3) Disciplina
no tiene por qué significar obediencia incondicional. La mayoría de los padres
(3) Los españoles le conceden una importancia mayor que a otras cualidades. Por ejemplo, la sensibilidad recibe
un valor medio de 8,3; la sencillez, el 8,2; el sentido del ahorro, 8; la imaginación, 7,9; el sentido de independencia,
7,7; la competitividad, 7,1; el liderazgo, 6,5, o la religiosidad, el 5,9. Evidentemente, la distribución de valores no
es la misma en todas las variables.
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 103
quieren construir con sus hijos un clima relacional basado en el afecto y el diálogo, pero en el que los hijos no se aparten de códigos de conducta aceptables.
El medio más legítimo para lograr ese objetivo es recompensar los comportamientos apropiados. El 82% de los españoles menores de 50 años están de
acuerdo en que «es mejor premiar los comportamientos adecuados que dar
un cachete» (CIS, Estudio 2.621, 2005). Pero eso no significa renunciar a los
castigos. La mayoría de los españoles jóvenes (en torno al 57%) comparten la
necesidad de enseñar a los hijos a obedecer, aunque sea con castigos. En torno
a la mitad, acepta formas suaves de violencia física (cachetes o azotes).
TABLA 4.8
Opinión sobre el método más adecuado para educar a los hijos
según grupos de edad
En porcentajes
EDAD
DE 18 A 34
DE 35 A 49
DE 50 A 64
65 Y MÁS
83
86
80
77
Es mejor premiar los comportamientos
adecuados que dar un cachete
Más bien de acuerdo
Más bien en desacuerdo
9,7
5,9
Ni de acuerdo ni en desacuerdo
7,0
8,4
9,5
11
11
12
A los niños hay que enseñarles a obedecer
desde pequeños, aunque sea con castigos
Más bien de acuerdo
58
58
64
69
Más bien en desacuerdo
31
34
24
20
Ni de acuerdo ni en desacuerdo
11
12
12
7,5
Un cachete o azote a tiempo evita
mayores problemas
Más bien de acuerdo
49
57
71
77
Más bien en desacuerdo
41
35
22
18
Ni de acuerdo ni en desacuerdo
9,4
8,5
7,0
4,6
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Estudio 2.621, CIS 2004.
La tabla 4.9 presenta una radiografía de la administración de refuerzos y castigos frente a la conducta de los niños de 5 a 10 años. Las distintas preguntas de
la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la Infancia interro-
104 INFANCIA Y FUTURO
gan a los progenitores acerca de sus acciones en la semana anterior a la entrevista. Las respuestas describen un panorama de una actividad considerable. En
la inmensa mayoría de las familias se producen varias acciones encaminadas a
lograr la conformidad del menor con las expectativas parentales. La estrategia
utilizada con más frecuencia es, aparentemente, el refuerzo positivo: felicitar
al niño porque hace las cosas bien. Es, como hemos visto, la estrategia más
legítima y, por tanto, existe el riesgo de una respuesta contaminada por las
expectativas de deseabilidad del entrevistado. Hay que destacar también el
elevado número de progenitores que invitan a sus hijos a reflexionar sobre lo
que han hecho, lo que indica una alta propensión a confiar en la capacidad del
menor para razonar en respuesta a una explicación. Los progenitores jóvenes
entienden que su hijo debe ser tratado como un sujeto activo y puede reaccionar constructivamente a muestras de reprobación parental.
TABLA 4.9
Frecuencia con que los padres han administrado refuerzos
y castigos en la última semana
En porcentaje. Hogares con niños/as de 5 a 10 años
CON QUÉ FRECUENCIA
DIARIAMENTE CASI CADA DÍA
ALGUNA
VEZ
NINGUNA
VEZ
Felicita al niño porque hace
las cosas bien
43
37
20
0,5
Le da un tiempo para que
reflexione sobre lo que ha hecho
26
20
49
4,0
Le levanta la voz o le grita
10
17
64
8,4
Le amenaza con castigarle
10
13
62
15
Le castiga (sin salir de la habitación,
sin ver la tele, sin jugar al ordenador
o videoconsola, etc.)
2,4
4,4
73
20
Le da un cachete
0,2
0,1
36
64
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
El recurso menos empleado para reconducir acciones no admisibles del hijo es
«darle un cachete». Aun así, el 36% de los progenitores reconoce haberlo utilizado en la última semana. Se trata de una cifra elevada, pero plausible. Esta
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 105
proporción no se aleja de resultados obtenidos en encuestas anteriores, tanto
en España como en otras sociedades desarrolladas (Save the Children, 2005).
Pero a la luz de la pluralidad de actitudes de los españoles frente al castigo,
estas cifras corroboran la impresión de que la práctica no está generalizada.
La Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la Infancia proporciona una oportunidad inédita de determinar la localización social del castigo
físico sobre una muestra representativa de familias españolas con niños de 5
a 10 años.
Los diversos estudios –fundamentalmente de países anglosajones– que han
analizado con amplias muestras poblacionales los determinantes del recurso
al castigo físico por parte de los progenitores llegan a una serie de conclusiones comunes. La primera es que el recurso al castigo físico tiende a ser más
habitual cuando se produce bajo el paraguas de normas sociales y valores que
lo admiten como legítimo e incluso efectivo. Desde el año 2007, en España
esas normas y valores han perdido el amparo legal. El castigo corporal en el
hogar está prohibido por una enmienda de 2007 al Código Civil. En su artículo 154, el Código había reconocido previamente el «derecho» de los padres y
guardianes a utilizar formas «razonables y moderadas» de «corrección». Los
datos presentados en las tablas 4.8 y 4.9 sugieren que la reforma legal refleja
solo parcialmente lo ocurrido en el terreno de las actitudes y prácticas de la
población española. El castigo físico, en sus versiones más «razonables y moderadas», sigue figurando en el catálogo de estrategias admisibles en
la socialización infantil, aunque su uso legítimo se reserva a los padres. La
administración de cualquier forma de maltrato físico, por leve que sea, por
parte de otros adultos responsables de los menores –en instituciones, como
escuelas, internados o centros cívicos– es vista hoy como aberrante e
inadmisible.
El segundo conjunto de posibles factores determinantes del castigo físico son,
de acuerdo con la bibliografía especializada, ciertos perfiles de los progenitores. Los investigadores sobre estas cuestiones no han conseguido acreditar
la existencia de una relación robusta entre el nivel educativo o la condición
económica de los padres y el recurso al castigo físico, salvo en situaciones de precariedad intensa (Dietz, 2000; Giles-Sims et al., 1995). En cambio, los estudios evidencian la importancia de los estilos parentales (Simons
et al., 1994; Socolar y Stein, 1995). En estos trabajos los castigos físicos son
106 INFANCIA Y FUTURO
más comunes en familias que descuidan otras dimensiones de la formación
y el desarrollo del menor, en igualdad de otras condiciones. Por ejemplo,
Grogan-Kaylor y Otis (2007) encuentran relaciones negativas (estadísticamente significativas) entre actividades de estimulación cognitiva y el recurso
a castigos físicos.
El tercer bloque de factores incluye comportamientos y características del
menor. Evidentemente, el castigo físico se plantea habitualmente como respuesta a conductas del menor. No puede sorprender que los modelos estadísticos suelan evidenciar que los menores que, a ojos de sus padres, presentan
frecuentes conductas conflictivas o simplemente incontroladas estén más expuestos al castigo físico, mientras que los que manifiestan actitudes más
pasivas lo estén menos (Grogan-Kaylor y Otis, 2007). La edad es también un
determinante de primer orden. La probabilidad de que se produzcan castigos
físicos disminuye a medida que el niño se hace mayor. El sexo también puede
incidir en esta probabilidad. Algunos estudios permiten creer que los padres
tienden a castigar más a los hijos que a las hijas (Giles-Sims et al., 1995),
aunque otros trabajos no ven diferencias significativas (Grogan-Kaylor y
Otis, 2007).
En nuestra investigación ponemos a prueba estas hipótesis, analizadas en estudios especializados anglosajones, con la muestra de progenitores entrevistados en la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la Infancia.
El análisis, basado en la construcción de modelos de regresión logística con
variable dependiente categórica, estima la influencia de una serie de factores
explicativos en la variable de interés (el recurso a castigos físicos en la última
semana), en igualdad de otras condiciones. Es decir, manejamos un modelo
que permite aislar el efecto estadístico de cada factor sobre la variable explicada, depurándolo de la interrelación que puede mantener con terceras variables incluidas en el modelo estadístico. Los resultados principales son los que
presentamos sintéticamente en la tabla 4.10.
Los análisis de familias españolas corroboran algunos resultados ya conocidos. Confirman la relación débil y no significativa entre la educación de los
progenitores y el uso de castigos, así como la relevancia de la edad del niño. El
riesgo de experimentar castigos sigue una trayectoria claramente descendente
a medida que el niño se hace mayor. Detectamos, asimismo, una relación robusta entre la existencia de problemas de conducta y el castigo físico.
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 107
TABLA 4.10
Factores que determinan que el niño/a haya recibido un cachete
en la última semana
Hogares con niños/as de 5 a 10 años
Regresión logística
EL NIÑO/A HA RECIBIDO
UN CACHETE (a)
VARIABLES INDEPENDIENTES
Características del niño
Sexo
0
Edad (referencia 10 años)
5 años
+
6 años
+
7 años
+
8 años
+
9 años
0
Rasgos psicológicos
Conflictivo (b)
Estado anímico bajo
+
0
(c)
Características de los padres
Nivel de estudios de la madre (referencia primarios)
Secundarios
0
Universitarios
0
Situación laboral de la madre (referencia no trabaja)
Trabaja a tiempo completo
–
Trabaja a tiempo parcial
0
Origen inmigrante
–
Nivel de implicación del padre (referencia implicación alta)
Implicación media
0
Implicación baja
0
Edad del padre
–
Caraterísticas del hogar
El menor tiene hermanos
Ingresos del hogar por persona (referencia 1º cuartil)
+
(d)
2º cuartil
0
3º cuartil
+
4º cuartil
+
108 INFANCIA Y FUTURO
Características de las relaciones intra e intergeneracionales
Existencia de tensiones en el hogar (e)
Por el cuidado del menor
+
Por falta de tiempo para relajarse
+
Grado de estimulacion cognitiva del menor (f)
–
Notas: a) Los signos +/– representan la dirección de la influencia de los factores sobre la variable dependiente en un
modelo de regresión logística que los incluye simultáneamente. El «0» indica que el coeficiente no es estadísticamente
significativo con un nivel de confianza del 95%. El número de casos que incluye el modelo es N=1.021.
b) Se ha creado un índice que mide el grado de conflictividad de los niños/as a partir de una serie de preguntas
formuladas a los padres sobre su comportamiento. El índice suma aquellos casos en que los padres se mostraban
muy o bastante de acuerdo con las siguientes afirmaciones sobre su hijo/a: se mete en conflictos o peleas, le
gusta molestar a otros, pierde los papeles fácilmente, no puede parar quieto.
c) Se ha creado un índice que mide estados bajos de ánimo de los niños/as a partir de una serie de preguntas
formuladas a los padres sobre su comportamiento. El índice suma aquellos casos en que los padres se mostraban
muy o bastante de acuerdo con las siguientes afirmaciones sobre su hijo/a: a veces está triste, a veces se siente
solo/a, es timido/a, a veces se asusta de las cosas o la gente.
d) Los ingresos del hogar por persona se han dividido en cuatro cuartiles. El primer cuartil corresponde a unos
ingresos por persona de hasta 320 euros, el segundo cuartil, de 321euros hasta 500, el tercer cuartil, de 501 a
800 euros, y el cuarto cuartil más de 800 euros por persona.
e) Se han agrupado aquellos casos en que las tensiones se dan a menudo o alguna vez en el hogar.
f) El grado de estimulación cognitiva es un índice aditivo con valores entre 0 y 4 que recoge la frecuencia con
que los padres leen cuentos a sus hijos/as y hacen manualidades con ellos. Las categorías de respuesta son:
diariamente o casi a diario, alguna vez, y ninguna vez.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Existen también indicios de asociación entre los estilos parentales y el uso de
castigos físicos. No se observa relación robusta entre el grado de implicación
de los padres en la vida del menor y el uso del cachete. Los coeficientes apuntan en la dirección esperada, pero el efecto no es estadísticamente significativo
a niveles de confianza convencionales. Aparentemente no tiene importancia
cuánto se implican los progenitores, sino cómo lo hacen. Como puede comprobarse en el gráfico 4.2, los padres más comprometidos en actividades de
estímulo cognitivo son menos proclives al castigo físico, en igualdad de otras
condiciones. El efecto es robusto. El hecho de que en los hogares en que la
madre trabaja la probabilidad de que se haya recurrido al castigo físico sea
más baja también sugiere que las familias con reparto tradicional de roles de
género son más proclives a recurrir a las formas violentas de reprobación,
algo consecuente con la afinidad de este modelo con estilos de socialización
autoritaria.
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 109
GRÁFICO 4.2
Probabilidad de haber recibido un cachete en la última semana,
según el grado de estimulación cognitiva
Hogares con niños/as de 5 a 10 años
PROBABILIDAD
0,50
0,45
0,40
0,35
0,30
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
SIN ESTIMULACIÓN
ESTIMULACIÓN
BAJA
ESTIMULACIÓN
MEDIA
ESTIMULACIÓN
MEDIA-ALTA
ESTIMULACIÓN
ALTA
GRADO DE ESTIMULACIÓN COGNITIVA
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) el niño/a ha recibido un cachete en la última semana; 0) no lo ha recibido. En el modelo se han
introducido simultáneamente las siguientes variables: edad del menor; sexo del menor; origen de los padres;
grado de implicación del padre; se producen tensiones en el hogar por el cuidado de los hijos; se producen
tensiones por no disponer de tiempo personal para relajarse; nivel de estudios de la madre; nivel de ingresos por
persona en el hogar; índice del grado de conflictividad del niño; índice de estados bajos de ánimo del niño, e índice
de estimulación cognitiva. Para una descripción más detallada de las variables véase la tabla 4.10.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Nuestro análisis introduce una innovación respecto a los estudios conocidos.
Estimamos si las tensiones en el hogar, por falta de tiempo personal o por el
cuidado de los niños, afectan a la probabilidad de que los progenitores usen
castigos físicos. Como hemos señalado en el capítulo 2, en una sociedad como
la española, en que las pautas de distribución de responsabilidades atraviesan
un proceso de transición, existen normas y expectativas diversas, a veces contradictorias, que conducen a situaciones de ambigüedad y tensión. Nuestro objetivo ha sido determinar la influencia de tales climas familiares en la generación de situaciones violentas, provocadas por la relajación de las inhibiciones
sociales que en condiciones normales disuaden de recurrir a la fuerza física.
La hipótesis se inspira en las teorías de la violencia que relacionan el fenómeno con situaciones de anomia (Durkheim, 1897) o adaptación a situaciones de
estrés (Coser, 1967; Gelles, 1974).
110 INFANCIA Y FUTURO
Los resultados del análisis son inequívocos. En los hogares donde se producen estas situaciones de tensión ligadas a la falta de tiempo y desacuerdo en
el cuidado de los niños, la propensión a este tipo de castigo es más elevada
(gráfico 4.3).
GRÁFICO 4.3
Probabilidad de haber recibido un cachete en la última semana,
según la existencia de situaciones de tensión en el hogar
debidas a diversos motivos
Hogares con niños/as de 5 a 10 años
PROBABILIDAD
0,45
0,40
0,35
0,30
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
SIN TENSIÓN DE NINGÚN TIPO
TENSIÓN DEBIDA A LA FALTA
DE TIEMPO PARA RELAJARSE
TENSIÓN DEBIDA AL CUIDADO
DEL MENOR
Nota: El modelo de regresión logística incluye las mismas variables que el gráfico 4.2.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Un aspecto al que es más difícil encontrar explicación es el hecho de que, en
igualdad de otras condiciones, el castigo físico es más común en hogares con
niveles de renta más elevados.(4) Se trata de un hallazgo contraintuitivo (pero
estadísticamente robusto), pues buena parte de los estudios especializados
habían especulado sobre la posibilidad de que en los hogares en situaciones
de precariedad económica el uso del castigo físico fuera más probable (aunque, por otra parte, los resultados de los análisis empíricos habían encontrado
(4) El efecto estadístico se atenúa cuando del modelo eliminamos variables que miden los estilos parentales y las
situaciones de tensión en el hogar.
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 111
evidencias muy débiles de ello). Una posible explicación sería la menor tolerancia de los adultos en hogares acomodados a la frustración provocada por
los comportamientos inapropiados de los hijos. El éxito económico podría
contribuir a elevar las expectativas respecto a conductas y logro de los hijos, y
quizás los niveles de exigencia parentales, lo que incrementaría la vulnerabilidad de los menores al fracaso por incumplimiento de expectativas. Confirmar
esta hipótesis exigiría un análisis empírico más profundo que el que podemos
acometer aquí.
4.4. Culturas familiares de aprendizaje
Las relaciones intergeneracionales en familia son un mecanismo poderoso de
reproducción de desigualdades educativas. La cantidad y, sobre todo, la calidad de esas interacciones contribuyen decisivamente a situar a los estudiantes
en distintos escalafones a lo largo de su trayectoria escolar, determinando en
buena medida sus horizontes vitales más allá del sistema educativo. La calidad de esas interacciones viene determinada fundamentalmente por lo que
se ha venido en llamar «capital cultural» de las familias. Las familias se diferencian por sus capacidades de estimular cognitivamente a sus hijos desde
edades tempranas, de transmitirles «mochilas culturales» que les ayudarán en
sus trayectorias educativas, y asimismo de alentar y apoyar los procesos de
aprendizaje de los menores en la escuela. Estas prácticas e iniciativas resultan
rentables a los hijos porque favorecen su adaptación a las exigencias escolares,
y, por tanto, constituyen una forma de «capital». Son muchos los trabajos que
han acreditado la importancia del capital cultural de las familias, medido de
maneras distintas, para explicar el rendimiento académico y el logro educativo
(DiMaggio, 1982; Esping-Andersen, 2009).
El capital cultural esta correlacionado con el nivel educativo de las familias,
Pero está lejos de ser una correlación perfecta. Los padres con un bagaje educativo más elevado tienden a promover actividades que contribuyen a la estimulación cognitiva de sus hijos, les transmiten mochilas culturales más cargadas de
conocimientos y habilidades, se muestran más sensibles al valor de productos
culturales prestigiosos, suelen interesarse más por las actividades escolares de
sus hijos y acostumbran a mantener niveles de comunicación más fluidos y
efectivos con sus tutores académicos. Pero la variabilidad dentro de un mismo
112 INFANCIA Y FUTURO
grupo educativo es considerable. Las titulaciones educativas son un indicio
imperfecto del capital cultural de las familias. Los estudios sobre rendimientos
educativos acreditan que los indicadores de capital cultural suelen tener un
impacto independiente sobre notas y logro educativo, que se mantiene firme
cuando se controlan los efectos que se deben al nivel educativo de los padres.
Actualmente casi nadie pone en duda el valor social de la educación. Tener
un hijo que saca malas notas o no progresa adecuadamente en los estudios
es motivo de preocupación para la práctica totalidad de los padres, sin grandes diferencias entre grupos socioeconómicos. La democratización del acceso a la educación superior ha inflado las ambiciones y expectativas de logro
educativo de los hijos de grupos tradicionalmente excluidos de la educación.
Por ejemplo, según datos del Panel de Familias e Infancia, una encuesta del
Instituto de Infancia y Mundo Urbano a una muestra de 3.000 adolescentes
catalanes (de 13 a 16 años) y a sus padres, la inmensa mayoría de estos declara
que desean que sus hijos estudien una carrera universitaria. En las familias
en que la madre tiene estudios primarios, un 80% de los progenitores que responden a la pregunta manifiestan ese deseo (aunque solo una fracción de ellos
lo cree posible). Los resultados de los análisis realizados con el Panel evidencian también que, en cerca de dos de cada tres hogares, los progenitores han
animado a sus hijos adolescentes a estudiar una carrera universitaria, sin que
se puedan apreciar diferencias significativas por nivel educativo (Marí-Klose
et al., 2008b).
La educación de los progenitores tiene asimismo una incidencia limitada en
su implicación en actividades de apoyo a la educación formal de los hijos.
Los datos del Panel de Familias e Infancia sugieren que los estudiantes cuyos padres tienen estudios universitarios reciben algo más de ayuda en sus
tareas escolares, pero las diferencias con padres de menor nivel educativo son
poco significativas. Tampoco se detectan diferencias apreciables en el grado
de implicación de los padres en las actividades de las asociaciones de padres
y madres de alumnos. Los resultados son coherentes con los obtenidos en una
submuestra de padres con hijos de edades comprendidas entre 7 y 14 años,
cuyo universo de análisis es en este caso el conjunto de la población española
(Estudio 2.621 del CIS). Hay que advertir que, debido al escaso número de
casos disponibles para el análisis, es necesario mantener cautela en la interpretación de estos datos.
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 113
TABLA 4.11
Implicación de los padres en las tareas escolares de sus hijos
según nivel educativo de la madre
En porcentajes. Hogares con niños/as de 7 a 14 años
TAREAS QUE REALIZA O RECUERDA
HABER REALIZADO EL PADRE/MADRE
NIVEL DE ESTUDIOS DE LA MADRE
PRIMARIOS SECUNDARIOS UNIVERSITARIOS
TOTAL
NÚMERO
DE CASOS
Ayudar en casa a los hijos
en las tareas escolares
y estudio
86
92
96
89
(384)
Participar en las actividades de
las asociaciones de madres y
padres de alumnos (AMPA)
44
46
44
45
(192)
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Estudio 2.621, CIS 2004.
El capital cultural es una cualidad intangible. No es tan fácil rastrear su existencia como la de otras formas de capital, de cuya existencia son prueba los
recursos económicos, las credenciales educativas o incluso los vínculos sociales. El capital cultural lo conforman sensibilidades, disposiciones, actitudes,
que, cuando pueden ser convenientemente activadas, cultivan en los menores
formas de ser y presentarse en diferentes espacios sociales. Estas formas de
ser y presentarse son especialmente importantes en la escuela, donde contribuyen a facilitar su trabajo estrictamente académico y a sintonizar mejor con
las preferencias y demandas del profesorado.
Los datos de la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales ofrecen
una ventana para asomarnos a algunas dimensiones del capital cultural y su
interrelación con el apoyo de los padres a la educación formal de sus hijos en
edades tempranas. Aunque los indicadores disponibles son limitados, los datos
evidencian que en las familias españolas se da una variabilidad considerable
de «culturas de aprendizaje», configuradas por distintas actividades de estímulo intelectual y consumo de productos culturales. Nuestros análisis indican
que estas «culturas de aprendizaje» son producto, pero solo en una pequeña
parte, del nivel educativo de los progenitores. Las conforman distintas piezas
engarzadas por un mismo hilo.
En este sentido, uno de los indicadores más interesantes del «capital cultural»
de las familias en estas edades son las actividades de estimulación como es la
lectura de cuentos. Como puede observarse en la tabla 4.12 que esta actividad
114 INFANCIA Y FUTURO
sirve a muchas familias (pero no a todas) para estimular la capacidad analítica
de sus hijos, su comprensión lectora o su conocimiento de letras y palabras.
Las familias que se comprometen directamente en actividades de estimulación
cognitiva en el hogar o promueven la participación de los hijos en actividades
extraescolares que persiguen estimular sus aptitudes e intereses tienden a estar
más implicadas también en el apoyo a la actividad escolar del niño.
TABLA 4.12
Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza
actividades de lectura con el niño/a
En porcentajes. Hogares con niños/as de 5 a 7 años
A MENUDO
ALGUNA
VEZ
Paran de leer y le preguntan al niño/a
qué ve en las ilustraciones
72
23
Paran de leer y señalan letras
67
17
Piden al niño/a que también lea
79
12
8,3
Hablan de cosas que ocurren en el cuento
cuando terminan de leerlo
79
18
2,8
Paran de leer y le preguntan al niño/a
qué ve en las ilustraciones
49
39
11
Paran de leer y señalan letras
44
35
22
Piden al niño/a que también lea
58
27
15
Hablan de cosas que ocurren en el cuento
cuando terminan de leerlo
66
33
ACTIVIDADES DE LECTURA
NUNCA
Diariamente o casi a diario le leen o cuentan
un cuento
5,7
16
Alguna vez le leen o cuentan un cuento
0,8
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Otros resultados de nuestros análisis sugieren que existe una asociación entre
la implicación en actividades de estimulación cognitiva en el hogar y la probabilidad de que un niño reciba apoyo para hacer sus deberes o participe en
actividades extraescolares que pueden estimular sus aptitudes e intereses. Los
niños que viven en hogares con mayores reservas de capital cultural suelen
beneficiarse de múltiples interacciones «de calidad» con sus progenitores u
otros adultos, en cuyo curso mejoran sus perfiles cognitivos (conocimientos,
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 115
capacidades analíticas, habilidades lingüísticas), pero también algunas cualidades no cognitivas útiles para el éxito escolar (la motivación, el autocontrol,
la perseverancia, la capacidad de planificar y diferir recompensas).
La encuesta PIRLS (Progress in International Literacy Study), de la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo para evaluar
la comprensión lectora del alumnado de cuarto curso de educación primaria,
nos ofrece una oportunidad de estimar los efectos de estas culturas de aprendizaje sobre el nivel de competencias lectoras a los 10 años. En la encuesta de
2006 participan un total de 40 países, entre ellos España. Se trata de una de las
pocas bases de datos disponibles que recogen información sobre aspectos del
contexto socioeconómico que influyen en la competencia lectora del alumno
antes de la edad de finalización de la educación obligatoria (a diferencia de
lo que ocurre con los estudios PISA, que realizan la prueba de distintas competencias a estudiantes de 15 años). Es importante señalar, antes de iniciar la
descripción de los datos, que por razones que tienen que ver con la forma en
que se llevó a cabo en España la recogida de las encuestas a las familias, la tasa
de respuesta fue baja (59%) y poco representativa. Es razonable sospechar que
los cuestionarios contestados corresponden a los padres más interesados en la
educación de sus hijos (Ministerio de Educación, 2007).
Considerando estas limitaciones, nuestros análisis evidencian un claro gradiente social en los resultados en competencia lectora de niños y niñas ya a la
edad de 10 años. Por ejemplo, hay 73 puntos de diferencia en el indicador de
competencia lectora entre los niños españoles con padres que tienen estudios
universitarios (552) y los que solo tienen estudios primarios (479) (se considera al progenitor con el nivel de estudios más alto).
PIRLS permite conocer las actividades y prácticas que realizaron los padres
con sus hijos para fomentar su conocimiento del lenguaje y la lectura durante
las primeras etapas de la infancia. Entre otros aspectos, PIRLS pregunta la
frecuencia con que los padres, o algún adulto en el hogar, leía cuentos a los
niños antes de iniciar la escolarización primaria. Como puede apreciarse en
el gráfico 4.4, los datos ponen en evidencia una relación entre el rendimiento
en lectura a los 10 años y este tipo de estimulación cognitiva: existe una diferencia de 48 puntos en los rendimientos de lectura entre niños y niñas cuyos
padres reconocen que practicaban a menudo esta actividad (que representa el
45% de los padres) respecto a aquellos que dicen no haberlo hecho nunca o
116 INFANCIA Y FUTURO
casi nunca (tan solo el 7%). Sin embargo, las diferencias son también considerables respecto a los que responden haberlo hecho alguna vez (grupo formado
por casi la mitad de los padres): el rendimiento de lectura de sus hijos se sitúa
a 36 puntos respecto a los niños cuyos padres les leían cuentos a menudo.
Estas brechas se explican solo en parte por la educación de los progenitores.
Cuando en un modelo multivariable se controlan los recursos educativos en
el hogar, las diferencias se reducen algo (33 puntos entre niños procedentes
de familias que les leían cuentos a menudo y familias sin esta práctica), pero
siguen siendo estadísticamente significativas.
GRÁFICO 4.4
Nivel de comprensión lectora de los niños de 10 años según
la frecuencia con que los padres les leían cuentos hasta los tres años
En porcentajes
PORCENTAJE
NIVEL DE COMPRENSIÓN LECTORA
90
550
80
540
70
530
60
520
50
510
40
500
30
490
20
480
10
470
0
460
A MENUDO
ALGUNA VEZ
NUNCA/CASI NUNCA
FRECUENCIA CON QUE LES LEÍAN CUENTOS
Frecuencia con que les leían cuentos
Comprensión lectora
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del PIRLS, 2006.
Los niños que disfrutan de un cúmulo de oportunidades de aprender entran en
círculos virtuosos que favorecen su éxito académico. Como ha sugerido el
economista y premio Nobel James Heckman, el aprendizaje retroalimenta el
aprendizaje (learning begets learning) (véase, por ejemplo, Heckman y Masterov, 2007). En los hogares donde arraigan culturas familiares de aprendizaje,
RELACIONES INTERGENERACIONALES ENTRE LOS 5 Y 10 AÑOS 117
se materializa el principio bíblico de Mateo: «A todo el que tiene, más se le
dará, y le sobrará; y al que menos tenga, aun lo poco que tiene se le quitará».
Evidencias como esta empujan a replantearse las causas de fenómenos que
generan gran alarma social, como el fracaso educativo y las desigualdades educativas. Como advierten estudios recientes (Fernández Enguita et al., 2010;
M. Marí-Klose et al., 2010), el camino al fracaso y abandono escolar es largo.
118 INFANCIA Y FUTURO
V. Usos del tiempo libre
Existe un conjunto de actividades consideradas básicas en la vida de los niños,
tales como comer, dormir y aprender. Expertos de todas las especialidades
(médicos, psicólogos, pedagogos, etc.) han sido prolíficos en la publicación de
preceptos y recetas para ayudar a los padres a garantizar que sus hijos coman
bien, duerman lo suficiente y aprendan rápido. En cambio, durante mucho
tiempo, otras actividades asociadas al tiempo libre y el juego han recibido una
atención bastante más limitada. De hecho, a lo largo de la historia, el tiempo
libre y el juego han sido considerados frecuentemente aspectos insignificantes
en la vida del menor, incluso una pérdida de tiempo. Pensadores como Locke
o Kant fueron pioneros al señalar que el juego es una actividad mental que
contribuye al desarrollo equilibrado de la personalidad del menor y fomenta
sus procesos de aprendizaje (Chudacoff, 2007). Más adelante, algunos de los
primeros estudiosos de los procesos educativos defendieron a ultranza el juego como método de exploración que podía permitir a niños y niñas conocer
la sociedad y la naturaleza y, en consecuencia, recomendaron incorporarlo al
proceso de aprendizaje (Dewey, 1900). En la actualidad, disponemos de abundante evidencia empírica sobre la importancia del tiempo de ocio y juego para
el desarrollo saludable de la infancia, y en particular de sus habilidades motoras, capacidad organizativa e interacción social (Pellegrini y Smith, 1998;
Razza Blair, 2009).
Aunque actualmente el juego ocupe un lugar central en la vida de los niños,
durante muchas generaciones la infancia ha sido una etapa que las personas
han vivido trabajando (Ariès, 1960; Heywood, 2001). Continúa siéndolo en
muchos países de África, Asia y América Latina. El derecho de los niños a
jugar, a ser felices mientras hacen uso de su tiempo libre, a no tener responsabilidades que comprometan esos derechos, es una dimensión de la infancia
USOS DEL TIEMPO LIBRE
119
desconocida en muchas sociedades, y que en la nuestra les ha sido reconocida
solo recientemente. En las sociedades contemporáneas, el juego se convierte
en un elemento central en la configuración de la identidad infantil, que precisamente la separa de la vida adulta. El juego se vincula a una concepción de
la infancia como etapa de la vida en que los niños todavía no están preparados
para adentrarse en el proceloso mundo de las relaciones sentimentales, la vida
laboral o la participación política. El juego infantil lleva implícita una connotación de inmadurez e irresponsabilidad. En ese sentido, como indica Michael
Wyness (2006), el juego infantil se convierte también en una coartada para
mantener la separación entre el mundo adulto y el infantil, legitimando la
condición subordinada y dependiente de los niños.
En el presente capítulo ofrecemos una visión general de cómo los niños de 5
a 10 años utilizan su tiempo libre. Para ello analizamos la información que
sus padres aportan al respecto en la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales. Algunos de los aspectos clave que abordamos en el presente
capítulo son el tipo de actividades que realizan durante el tiempo programado
y no programado, con quién pasan ese tiempo, y cuál es el nivel de implicación y supervisión de los padres en las actividades de sus hijos. Los patrones
de conducta observados en España se enmarcan en contextos más generales
relacionados con los procesos de socialización y desarrollo de los niños en el
mundo actual.
5.1. Tiempo extraescolar estructurado y no estructurado
Una cuestión que suscita mucho debate es si el tiempo extraescolar debería o
no estar programado y planificado. Los padres, ¿deberían dejar que sus hijos
pasaran el tiempo jugando libremente o sin hacer nada o, por el contrario,
deberían promover su participación en actividades de entretenimiento saludables, seguras y formativas? ¿Debería haber un adulto supervisando en todo
momento las actividades de los niños y niñas? Bajo esta cuestión subyace
una tensión básica que se plantea cuando los niños cobran consciencia de su
individualidad: la «lucha por el poder» de decisión entre padres e hijos. En la
primera infancia, los padres toman casi todas las decisiones relacionadas con
sus hijos e hijas: cuándo, qué, dónde y cuánto comen, duermen, juegan, están
solos, etc. A medida que los niños se reconocen a sí mismos como individuos
120 INFANCIA Y FUTURO
empiezan a demandar mayor autonomía. En ocasiones esto se traduce en pequeñas riñas en las que los niños se niegan a comer lo que se les da, irse a
dormir a una determinada hora o incluso en rabietas por conseguir un juguete
o porque ha terminado el tiempo de recreo (Belden et al., 2008). En unas vidas
dirigidas por otros, los niños buscan de este modo pequeños resquicios para
tratar de hacer valer sus propios deseos, o aumentar su capacidad de decisión
frente a quienes controlan habitualmente estas decisiones. A modo de ejemplo, la evidencia demuestra que los niños se niegan más a comer cuando es la
madre quien les da la comida –si es ella la que se encarga habitualmente de
hacerlo– que si lo hacen otros parientes (Faith et al., 2004).
En nuestro análisis del uso del tiempo entre niños de 5 a 10 años, diferenciamos entre actividades estructuradas u organizadas y actividades no estructuradas siguiendo el esquema de Mahoney et al. (2005). Bajo la etiqueta de
«organizadas» nos referimos a las actividades caracterizadas por una estructura impuesta por la presencia de un adulto que no pertenece a la familia, que interviene en la actividad, ya sea iniciándola, controlando los recursos disponibles para realizarla o participando en ella. En las actividades estructuradas (u
organizadas) se suele poner el acento en la promoción de ciertas habilidades
y en la consecución de ciertos retos, con el objetivo de aumentar progresivamente su complejidad a medida que los niños van adquiriendo mayor grado de
conocimiento o destreza (Csikszentmihalyi, 1990). En cambio, las actividades
no estructuradas se refieren al tiempo de ocio y juegos improvisados que los
niños comparten con amigos, sea en el parque, en la calle o en casa, como
jugar al escondite, montar en bicicleta, jugar en los columpios en los parques
infantiles, etc. En algunos casos, los adultos se suman a estas actividades o las
supervisan, pero no las dirigen unilateralmente. También puede tratarse de un
tiempo que los niños pasan solos leyendo, tocando un instrumento o mirando
la televisión.
(a) Participación en actividades estructuradas
Un aspecto que caracteriza a las nuevas formas de ejercer la parentalidad es
que los padres procuran entretener a sus hijos y enriquecer sus experiencias
inscribiéndolos en todo tipo de actividades tutorizadas (deportivas, artísticas,
etc.). Desde edades muy tempranas, muchos niños son matriculados en una
gama amplia de actividades extracurriculares que se consideran esenciales no
USOS DEL TIEMPO LIBRE
121
solo para su desarrollo saludable, sino también para mejorar sus oportunidades educativas, exponiéndolos a estímulos que los prepararán para los retos de
la vida moderna (Education, Audiovisual & Culture Executive Agency, 2009).
De los datos de la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales se desprende que en España es habitual inscribir a los hijos en distintos tipos de
actividad organizada. Los niños comienzan a participar en dichas actividades
a edades muy tempranas, como acredita nuestra muestra (de niños de 5 a 10
años). En la encuesta se pregunta a los padres si sus hijos participan en alguna
de las siguientes actividades: 1) deportivas; 2) artísticas (como danza, arte,
música); 3) clases de idiomas; 4) clases de refuerzo; 5) actividades escolares,
o 6) otras. Por término medio, los niños participan en dos de estas actividades.
Cerca de tres de cada cuatro de ellos participan en al menos una actividad
(un 28% no participan en ninguna). Algo más de la mitad de los niños (55%)
están inscritos en una o dos actividades; el 19% en tres o más. Las actividades
deportivas son las más habituales: aproximadamente seis de cada diez niños
participan en ellas. El siguiente grupo de actividades más «populares» son las
artísticas, en las que participa uno de cada tres niños. Además, uno de cada
cuatro sigue cursos de idiomas. Otras actividades, como las clases de refuerzo
y las actividades escolares que requieren la participación de padres y madres,
son menos habituales.
Es importante señalar que la participación y frecuencia de asistencia es aproximadamente la misma entre niños y niñas (un 78% participan al menos en una
actividad, independientemente del sexo, y en ambos casos lo hacen por término medio dos veces por semana). Sin embargo, como se puede apreciar en el
grafico 5.1, existen diferencias en la participación en diferentes actividades.
Las niñas tienden a participar más en actividades artísticas e idiomas, y los niños en las deportivas. Las diferencias en otros tipos de actividad son menores.
Aun así, parece que los padres proveen a sus hijos de mayores oportunidades
orientadas a la actividad física, y a las hijas en el desarrollo de su creatividad
y competencias curriculares.
122 INFANCIA Y FUTURO
GRÁFICO 5.1
Menores matriculados en actividades extracurriculares
según sexo y tipo de actividad
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
PORCENTAJE
80
70
60
50
40
30
20
10
0
DEPORTIVAS
ARTÍSTICAS
(DANZA, ARTE,
MÚSICA…)
CLASES
DE IDIOMAS
Niños
CLASES DE
REFUERZO
ACTIVIDADES
ESCOLARES QUE
REQUIEREN LA
PARTICIPACIÓN DEL
PADRE/MADRE
OTRAS
ACTIVIDADES
Niñas
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
No todas las actividades se practican con la misma asiduidad. El 30% de quienes participan en actividades deportivas y clases de refuerzo acuden a ellas tres
o más veces por semana. Según puede apreciarse en el gráfico 5.2, la mayoría
de las actividades se realizan unas dos veces por semana.
La participación en actividades extraescolares, especialmente cuando exigen
desplazamientos o requieren la participación de los progenitores, está relacionada con la disponibilidad de recursos familiares de distinta índole. No
todas las familias disponen de los mismos recursos de tiempo ni de iguales
oportunidades para las actividades extraescolares de sus hijos o para que estos
se relacionen con otros niños fuera de la escuela, en algunos casos porque carecen de medios económicos para atender a los gastos asociados, otras veces
por falta de tiempo si se ven sometidos a largas jornadas laborales o a cargas
de responsabilidades, ya sea por horarios asociales, obligaciones familiares
USOS DEL TIEMPO LIBRE
123
excesivas (cuidado de otros niños, ancianos o discapacitados). Finalmente,
algunos padres simplemente disponen de menos redes sociales o tienden a ser
menos sociables que otros (Burdette y Whitaker, 2005).
GRÁFICO 5.2
Frecuencia de participación en actividades extraescolares
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
PORCENTAJE
80
70
60
50
40
30
20
10
0
ACTIVIDADES
DEPORTIVAS
ACTIVIDADES
ARTÍSTICAS
(DANZA, ARTE,
MÚSICA…)
Una vez por semana
CLASES
DE IDIOMAS
CLASES DE
REFUERZO
Dos veces por semana
ACTIVIDADES
ESCOLARES QUE
REQUIEREN
PARTICIPACIÓN DE
LA MADRE O EL PADRE
OTRAS
ACTIVIDADES
Tres o más veces por semana
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Dedicamos el gráfico 5.3 a clasificar a las familias que no inscriben a sus hijos en actividades organizadas. La línea negra que atraviesa el gráfico indica
que por término medio el 28% de los niños no participan en ninguna actividad. Por lo tanto, la comparación de las columnas con la línea indica si un
subgrupo poblacional está por debajo o por encima de la media en términos
de su participación en actividades. Como puede observarse, los niños menos
proclives a participar en actividades extracurriculares provienen de entornos
desfavorecidos –donde faltan recursos económicos– o de familias con dificultades para encontrar tiempo para gestionar la participación de sus hijos en
estas actividades. El primer factor parece ser el más importante –aunque no
124 INFANCIA Y FUTURO
GRÁFICO 5.3
Menores que no participan en ninguna actividad extraescolar
según características del hogar y situación socioeconómica familiar
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
Estructura
del hogar
Monoparentales
Familia
de origen
Inmigrante
Biparentales
Autóctona
Estudios primarios
Nivel
educativo de
los padres
Padre
Estudios secundarios
Estudios universitarios
Estudios primarios
Madre
Estudios secundarios
Estudios universitarios
No trabaja
Situación
laboral
de los padres
Padre
Trabaja a jornada parcial
Trabaja a jornada completa
No trabaja
Madre
Trabaja a jornada parcial
Trabaja a jornada completa
<1200
Ingresos
mensuales
(en euros)
1201-2000
2001-3000
3001-5000
5001+
5
10
15
20
25
30
35
40 45
MEDIA
No matriculado en ninguna actividad
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
disponemos de información sobre el esfuerzo económico que deben realizar
las familias (gastos relacionados con el material, equipo, uniformes e inscripción). Las familias con bajos niveles de renta presentan una tasa de participación en las actividades extraescolares mucho más baja que las familias
USOS DEL TIEMPO LIBRE
125
acomodadas. También aparece una brecha significativa entre niños de origen
inmigrante y autóctonos, y algo menor entre niños que provienen de familias
monoparentales y biparentales. Las familias con niveles educativos más altos
tienden a inscribir más a sus hijos en actividades extraescolares, aunque es
difícil dilucidar si ello se debe a que disponen de los recursos económicos necesarios o bien les impulsan a hacerlo sus convicciones respecto al beneficio
de tales actividades para sus hijos. Probablemente ambos aspectos pesen en
su decisión.
Nuestros datos sugieren que la mayoría de los padres que llevan a sus niños a
actividades extraescolares lo hacen porque su hijo se lo pidió. El 39% declara
que en su decisión pesó mucho la petición de su hijo, y el 34% declara que
pesó bastante. Solo el 17% manifiesta haber orientado a su hijo a una actividad preescolar sin tener en cuenta ese posible deseo. Atendiendo al testimonio
de los padres, el 60% indica que a su hijo le gusta mucho seguir la actividad
extraescolar, y un 35% declara que le gusta bastante. Los padres que fuerzan
a sus hijos a acudir a un programa extraescolar que no gusta a su hijo son
una minoría exigua. Evidentemente, la fiabilidad de las respuestas puede estar
comprometida por la perspectiva de quienes las emiten, pero parece poco probable que la visión que dieran los niños si se les pudiera preguntar mostrara
una opinión radicalmente diferente.
Para algunos padres, llevar a sus hijos a actividades extraescolares es un recurso que les ayuda a conciliar sus horarios de trabajo con las necesidades de
cuidado de los menores. Pero esto no suele ser habitual. Solo el 8,9% de los
padres que llevan a sus hijos a actividades extraescolares reconocen que en su
decisión pesaron mucho sus horarios de trabajo. Un 14% declara que pesaron
bastante. Estos datos y los anteriores sugieren que, frente a la imagen que
presenta a unos niños empujados a pasar el día lejos de su entorno familiar en
función de las necesidades de los adultos, la voluntad e iniciativa infantil de
participar en estos programas tiene un papel que muchas veces el análisis ha
tendido a ignorar.
(b) Participación en actividades no estructuradas
Según una visión muy extendida, los niños deben tener la oportunidad de entretenerse al margen de la programación paterna. Desde este punto de vista,
126 INFANCIA Y FUTURO
el tiempo libre tiene un valor intrínseco para los niños, y no puede valorarse
según una orientación futurista basada exclusivamente en la mejora del desarrollo o las habilidades del menor. El excesivo celo parental por programar el
tiempo de los hijos ha desatado una corriente de opinión a favor de recuperar
espacios de libertad para los niños, invocando la necesidad del juego sin constricciones ni tutelas para su desarrollo saludable. En este sentido, la Asociación Americana de Pediatría ha alertado recientemente sobre los riesgos que
entraña para la salud mental de los niños una infancia sin libertad para jugar
(Gibbs, 2009: 56).
En lo que resta de esta sección del capítulo y en la siguiente nos centramos
en analizar el tiempo no estructurado que los niños y niñas pasan en casa o
con un familiar, y el tiempo que pasan en actividades sociales con amigos. En
general, las actividades no estructuradas no requieren de una planificación
previa, y habitualmente son gratuitas. En el cuestionario se pregunta sobre las
siguientes: ver la televisión o vídeos; ir al cine, teatro o a un museo; practicar
algún deporte o actividad física; jugar con la consola o el ordenador; e ir a
visitar familiares. En el gráfico 5.4 se muestra la frecuencia de participación
de los niños en este tipo de actividades. Debe subrayarse que entre los niños,
ver la televisión es la actividad más extendida: un 84% la ve a diario o casi a
diario. Además, una gran parte de los niños pasa aún más tiempo frente a una
pantalla, pues dedican parte de su tiempo a jugar con la consola o el ordenador: un 20% de los niños lo hace a diario o casi a diario, y un 65% algunas
veces a la semana. Por lo tanto, el uso de estas nuevas tecnologías para el ocio
en el hogar está relativamente extendido ya a estas edades. La actividad física
también es bastante habitual, con casi la mitad de los niños (48%) practicándola a diario y un 45% alguna vez a la semana. La mayoría de los niños visitan
alguna vez a sus parientes (63%), y un 32% lo hace a diario o casi cada día.
USOS DEL TIEMPO LIBRE
127
GRÁFICO 5.4
Frecuencia de participación en actividades no estructuradas
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
PORCENTAJE
100
90
80
70
60
50
40
30
20
10
0
JUEGA A CONSOLA,
PRACTICA
VA A VISITAR A
ORDENADOR O
ALGÚN DEPORTE
OTROS FAMILIARES
JUEGOS SIMILARES O ACTIVIDAD FÍSICA
Cada día o casi cada día
VA AL CINE,
TEATRO O MUSEO
Alguna vez
VE LA TV
O VIDEOS
TOCA
UN INSTRUMENTO
Nunca
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
El uso (o abuso) infantil de las nuevas tecnologías plantea dudas y aparece
frecuentemente en los medios como motivo de alarma. De ahí que prestemos
cierta atención a la relación entre determinadas características de las familias
y la frecuencia con que ven la televisión y/o están frente a la videoconsola.
Para ello comparamos esa forma de ocio más sedentaria con la frecuencia con
que los niños practican deporte o actividades físicas, que suelen considerarse
habitualmente actividades beneficiosas a su edad. Para simplificar el análisis,
nos centramos exclusivamente en las familias en las que los niños realizan
ambos tipos de actividad a diario o algunas veces a la semana. La tabla 5.1
muestra que las diferencias son pequeñas, pero presentan un patrón marcado
respecto al nivel de estudios de los padres y sus ingresos. Los hijos de familias
con nivel socioeconómico alto suelen ver algo menos la televisión, y juegan
menos a la videoconsola. Son, en cambio, más proclives a practicar deportes y
actividades físicas a diario –a excepción de los niños en el intervalo más alto
de ingresos, entre los que el porcentaje de quienes lo hacen a diario es el más
bajo.
128 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 5.1
Actividades que el niño/a hace a diario o casi diariamente,
según distintas características socioeconómicas del hogar
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
CARACTERÍSTICAS
SOCIOECONÓMICAS
VE LA TELEVISIÓN
O VIDEOS
PRACTICA
ALGÚN DEPORTE O
ACTIVIDAD FÍSICA
JUEGA CON
VIDEOJUEGOS
Estructura del hogar
Monoparental
78
48
24
Biparental
85
54
20
Inmigrante
80
45
23
Autóctono
85
49
20
85
42
23
Origen de los padres
Características de la madre
Nivel de estudios
Primarios
Secundarios
86
48
20
Universitarios
80
54
19
Situación laboral
No trabaja
86
46
22
Trabaja a tiempo parcial
82
43
24
Trabaja a tiempo completo
83
53
17
82
46
25
Características del padre
Situación laboral
No trabaja
Trabaja a tiempo parcial
88
54
21
Trabaja a tiempo completo
84
48
19
Primarios
87
49
24
Secundarios
85
43
20
Universitarios
79
56
16
Nivel de estudios
Ingresos del hogar
Menos de 1.200 €
82
46
24
de 1.201 a 2.000 €
84
45
21
de 2.001 a 3000 €
86
49
21
de 3.001a 5.000 €
86
56
16
Más de 5.000 €
72
40
22
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
USOS DEL TIEMPO LIBRE
129
5.2. La implicación de los padres en el tiempo libre de sus hijos
Como hemos señalado en capítulos anteriores, a pesar de que a menudo se
opina lo contrario, tanto niños como niñas reciben mayores atenciones y apoyo emocional de sus padres que en el pasado. En la mayoría de los casos, las
decisiones que toman los padres en relación con sus hijos se guían por la voluntad de hacer lo correcto, siguiendo tanto sus propios criterios como los de
la sociedad en la que viven. Los padres definen una serie de pautas y normas
para criar a sus hijos a partir de múltiples fuentes de información (su propia
experiencia como niños, la experiencia de sus hermanos y otros parientes, lo
que han leído o les han contado, o lo que sienten basándose en el sentido común). Presionados ante la posibilidad de que un paso en falso en el seguimiento de esas pautas pudiera acarrear que el niño tenga carencias alimenticias, de
sueño o educativas, los padres se esfuerzan por ajustarse escrupulosamente a
ellas, lo que implica, entre otras cosas, un control sobre qué y cuánto debe comer; cuándo, dónde y durante cuánto tiempo debe dormir; el tiempo que debe
estar en compañía de adultos y de otros niños; qué actividades y conductas son
apropiadas y cuáles no están permitidas, así como cuáles son las normas que
van a guiar estas interacciones.
A su vez, los padres perciben que deben demostrar al mundo que son buenos
padres y madres siguiendo las normas sociales que establecen lo que los niños deben o no deben hacer, en qué actividades deben participar o qué tipo
de cosas tienen que tener. Incluso cuando esas normas no concuerdan con la
práctica real, los padres están sometidos a una fuerte presión social para acreditar en sus entornos más próximos su valía como padres, ocultando si fuera
necesario sus carencias para guardar las apariencias. Esto implica, entre otras
cosas, demostrar que los pequeños están siendo supervisados (por la persona
idónea), que no se les permite hacer todo lo que quieren, que van limpios y
aseados, que les han enseñado modales básicos y que reciben los estímulos
sociales y educativos adecuados.
En una sociedad en la que se tienen menos hijos, pero a la vez se invierte más
en ellos (en términos de salud, educación, juguetes y actividades extraescolares), las normas que establecen los padres, así como las presiones sociales,
parecen estar cambiando. Existe una preocupación creciente por la seguridad de los menores. Los padres son menos tolerantes de lo que lo fueron sus
130 INFANCIA Y FUTURO
propios padres o abuelos a la hora de permitir que los niños salgan solos a la
calle o jueguen por el barrio sin la vigilancia de un adulto. Esta preocupación
por la seguridad infantil se debe al incremento objetivo de algunos riesgos
(por ejemplo de sufrir un accidente provocado por el aumento del tráfico),
pero buena parte de las percepciones de riesgo están infundidas por nuevas
corrientes de ansiedad colectiva, que sitúan a la infancia en el centro de las
obsesiones por la seguridad. Esta ansiedad se materializa en el temor ante riesgos de incidencia insignificante (como el rapto de niños por un desconocido o
los abusos que pueda cometer un pedófilo), pasando por alto que buena parte
de los riesgos para la seguridad e integridad física y emocional del menor
(incluido el abuso sexual) suelen tener origen en el ámbito doméstico o en su
entorno más próximo. Paradójicamente, la obsesión por el riesgo –que lleva
a muchos padres a limitar la libertad de los menores para salir solos– ha sido
situada en el origen de nuevos riesgos, reales o percibidos. Fenómenos como
la obesidad infantil o la falta de iniciativa de los jóvenes han sido atribuidos a
experiencias infantiles en viviendas convertidas en «jaulas de oro», donde los
niños no echan en falta oportunidades de entretenimiento.
Es preciso recordar que los datos que analizamos se refieren a niños pequeños
(entre 5 y 10 años), por lo que su «tiempo libre» tiende a ser supervisado por
adultos. Como observamos en la tabla 5.2, los padres participan en la mayor
parte de las actividades de los menores. Están presentes cuando sus hijos salen, ya sea al cine, al teatro o a visitar a familiares, y, dentro del hogar, mientras los niños tocan un instrumento o ven la televisión. Nuestros datos contradicen la visión que afirma que los padres dejan a los niños frente al televisor
(en una actividad «segura» que no requiere supervisión) para poder dedicarse
a trabajar o a otras tareas. Más de la mitad de los niños y niñas de nuestra
muestra suelen ver la televisión acompañados de sus progenitores. Las únicas
actividades que realizan habitualmente con hermanos y amigos son jugar con
videojuegos y hacer deporte o actividades físicas.
USOS DEL TIEMPO LIBRE
131
TABLA 5.2
Personas con las que el niño/a realiza habitualmente distintas
actividades (a)
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
ACTIVIDADES
SOLO/A
CON VD.
HERMANOS/
OTROS
O CON SU
AS
FAMILIARES
PAREJA
26
22
Hacer algún deporte
o actividad física
15
20
8,0
1,1
78
2,0
2,4
4,0
1,7
0,5
0,9
1,1
0,0
3,9
Ver la TV o videos
Ir a visitar a otros
familiares
0,3
17
1,3
54
92
26
1,5
1,8
2,6
NO REALIZA
ESA
ACTIVIDAD
Jugar con videojuegos
Ir al cine, teatro o museo
32
AMIGOS/AS
49
15
7,5
13
Nota: a) Los porcentajes están calculados sobre el total de niños/as que realizan alguna actividad.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
5.3. Tiempo con amigos
El tiempo que un niño pasa con compañeros de su edad llega a las cotas más
altas durante la adolescencia, en especial entre los 14 y 16 años. Sin embargo,
también es habitual que a edades más tempranas los niños pasen tiempo con
amigos fuera de la escuela. Diversos estudios señalan la importancia de los
vínculos de amistad y las culturas infantiles que surgen en el curso de esas
interacciones para un desarrollo adecuado del menor (Corsaro, 1985). Para
analizar el tiempo compartido con amigos, nos centramos en dos aspectos:
la frecuencia con que el menor lleva amigos a casa, y el nivel de supervisión
de los padres mientras los niños están en casa con sus amigos. Como puede
observarse en la tabla 5.3, pasar tiempo con los amigos en casa es algo relativamente común, pero no ocurre cada día. Se trata de un resultado esperable,
teniendo en cuenta que son niños de 5 a 10 años y que, por lo tanto, requieren
la supervisión de un adulto. Es probable incluso que los padres programen los
encuentros de los niños para jugar. Según nuestros datos, en cuatro de cada
diez familias los niños no invitan a amigos a casa. Además, solo un 11% de
las familias responden que sus hijos pasan tiempo con sus amigos en casa tres
o más veces a la semana. Aunque las diferencias no son muy acusadas, entre
niñas es más habitual recibir amigas o amigos en casa que entre niños. Es
menos habitual entre las familias de origen inmigrante que entre las de origen
132 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 5.3
Frecuencia con que los niños/as pasan tiempo con sus amigos en casa
según características socioeconómicas del hogar
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
CARACTERÍSTICAS
SOCIOECONÓMICAS
Estructura del hogar
Monoparental
Biparental
Sexo del menor
Niño
Niña
Origen de los padres
Autóctono
Inmigrante
Características del padre
Nivel de estudios
Primarios
Secundarios
Universitarios
Situación laboral
No trabaja
Trabaja a tiempo parcial
Trabaja a jornada completa
Características de la madre
Nivel de estudios
Primarios
Secundarios
Universitarios
Situación laboral
No trabaja
Trabaja a tiempo parcial
Trabaja a jornada completa
Ingresos del hogar
Menos de 1.200 €
de 1.201 a 2.000 €
de 2.001 a 3000 €
de 3.001a 5.000 €
Más de 5.000 €
Total
NÚMERO DE DÍAS A LA SEMANA QUE EL NIÑO/A
LLEVA AMIGOS/AS A CASA
0
1
2
3 O MÁS
38
43
32
34
14
13
15
10
46
39
31
36
12
13
10
12
42
47
33
35
14
7,7
11
10
38
44
45
32
34
36
15
12
12
15
10
7,0
40
52
43
35
27
34
13
17
13
13
3,8
11
41
44
43
27
34
38
16
12
11
16
10
7,7
38
48
44
33
31
35
14
13
12
14
8,1
8,8
43
38
46
43
47
43
28
33
37
36
44
34
17
16
10
11
3,1
13
13
13
7,2
10
6,3
11
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
USOS DEL TIEMPO LIBRE
133
autóctono. Por nivel de ingresos, la diferencia está en el número de veces a la
semana que los niños pasan tiempo con sus amigos en casa: en los hogares con
niveles de ingresos altos es mayor la proporción de progenitores que dicen que
sus hijos reciben amigos en casa una vez por semana; en cambio, en hogares
de nivel económico más bajo, las visitas se producen con más frecuencia.
5.4. Implicación de abuelos y hermanos
Para conocer qué ocurre en el tiempo libre de los niños, no podemos pasar por
alto el papel de otros miembros de la familia. En muchas familias, los abuelos
constituyen un apoyo muy importante. Durante mucho tiempo se han dedicado a cuidar de los más pequeños, y todavía lo hacen hoy en día. En diferentes
países desarrollados, muchos padres recurren a sus propios padres para que
se hagan cargo de sus hijos después de la escuela, ya sea para recogerlos, darles de comer, supervisarlos o simplemente estar con ellos. En un país como
el nuestro, donde las familias tienden a vivir cerca de sus parientes, suele
ser habitual que los abuelos compartan las responsabilidades que conlleva el
cuidado de los niños (Borra y Palma, 2009). La convivencia de las tres generaciones (padres, abuelos y nietos) en un mismo hogar es hoy poco común.
Sin embargo, la convivencia no es un requisito para que los abuelos se hagan
cargo de los nietos. Según datos publicados recientemente, en España uno de
cada cuatro abuelos atiende a sus nietos. La media europea, algo más alta, se
sitúa en uno de cada tres. Sin embargo, los abuelos españoles que cuidan a sus
nietos lo hacen más intensivamente que en el resto de Europa: les dedican por
término medio siete horas al día, dos horas más que la media Europea (Badenes Pla y López López, 2010).
Como hemos visto, los abuelos y abuelas, como los hermanos mayores, pueden ser un recurso para encargarse de la supervisión de los más pequeños y,
en general, estar con ellos, especialmente cuando los padres están trabajando,
preparando la comida o en otras tareas del hogar. Pero la presencia de abuelos
y hermanos también pueden significar en ciertas condiciones una disminución
del tiempo que los padres dedican al menor. Así, cuando los abuelos tienen
problemas de salud o los hermanos son más pequeños, es posible que requieran tiempo, esfuerzo y recursos de los padres que de otro modo se centrarían
en el niño.
134 INFANCIA Y FUTURO
En el 8,4% de las familias entrevistadas, uno de los abuelos vive en el mismo
hogar. Un 42% de los hogares señalan que reciben la ayuda de abuelos en el
cuidado de los niños. En la tabla 5.4 se puede observar que en los hogares
que pueden contar con los abuelos, ya sea porque residen en el mismo hogar
o porque ayudan en el cuidado, los niños tienden a realizar menos actividades
extraescolares. Este hecho sugiere que la provisión de cuidados ofrecida por
los abuelos atenúa la necesidad de muchas familias de echar mano de esas actividades para resolver las presiones horarias a que se enfrentan. Sin embargo,
el hecho de que tres de cada cuatro niños que tienen abuelos aparentemente
«disponibles» participen al menos en una actividad extraescolar (y muchos en
dos o más) indica que sería erróneo pensar que la participación infantil en estas actividades es simplemente una estrategia de conciliación de familias que
no pueden activar otros mecanismos para cuidar a sus hijos.
TABLA 5.4
Número de actividades extraescolares realizadas según composición
del hogar (abuelos y hermanos viviendo o no en la misma casa)
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
NÚMERO DE ACTIVIDADES
EXTRAESCOLARES EN LAS QUE
ESTÁ MATRICULADO (a)
ABUELOS/AS
RESIDEN
HERMANOS/AS
NO RESIDEN (b)
RESIDEN
NO RESIDEN
26
TOTAL
NÚMERO
DE CASOS
AYUDAN
NO AYUDAN
28
26
16
29
1
27
26
17
30
21
27
(313)
2 o más
45
48
67
41
53
45
(510)
100
(1.147)
Ninguna
100
28
(324)
Nota: a) Actividades extraescolares: clases de idiomas, clases de arte, clases de refuerzo, actividades deportivas,
actividades escolares u otras actividades organizadas.
b) La categoria «No reside» agrupa los casos en que el niño/a no tiene ese familiar y los casos en que, teniéndolo,
no reside en el mismo hogar.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Cerca de un 70% de las familias entrevistadas tiene a más de un menor viviendo en el hogar. Los niños de 5 a 10 años que viven en familias con dos o más
hijos participan por término medio en menos actividades organizadas. Es posible que los niños que tienen hermanos reclamen en menor medida participar
en actividades fuera del hogar ya que pueden entretenerse jugando con ellos.
Por otra parte, al aumentar el número de hijos se incrementa también el es-
USOS DEL TIEMPO LIBRE
135
fuerzo que deben hacer los padres para proporcionar a sus hijos la oportunidad
de participar en diversas actividades extraescolares, tanto desde el punto de
vista económico (posibles cuotas) como por el esfuerzo de gestión del tiempo
derivado de esa participación diversificada.
El conjunto de datos presentados en este capítulo sugiere que las nuevas modalidades de gestión del tiempo libre infantil (con un énfasis creciente en las
actividades programadas) no pueden considerarse simplemente estrategias de
padres y madres apremiados por la falta de tiempo. Cabe interpretarlos, al
menos, de otras dos formas. En primer lugar, se inscriben en la tendencia de
los padres y madres a «fomentar lo óptimo» para sus hijos (Beck-Gernsheim,
2003). A partir de finales del siglo XX, el progreso de la medicina, la psicología
y la pedagogía, unido a la reducción del número de hijos, ha alimentado nuevas expectativas de «mejora» de los niños dentro de las familias mediante la
canalización adecuada de esfuerzos. Nuevos discursos equiparan el hecho de
desatender el cuidado del niño con la pérdida de posibilidades de desarrollo,
lo que se traduce en crecientes exigencias a los padres. El credo de la nueva
actitud hacia los hijos –que los datos examinados sugieren que se extiende en
mayor o menor medida entre todos los grupos sociales– es que los padres pueden fomentar las facultades de los hijos (y corregir sus defectos) proporcionándoles oportunidades para una buena «puesta en marcha». Las actividades
extraescolares ocupan un lugar de privilegio en el catálogo de estrategias de
mejora que los padres están llamados a adoptar.
En segundo lugar, asistimos a un afianzamiento del papel del niño en la elección de sus actividades de formación y entretenimiento, que no entra necesariamente en contradicción con los procesos descritos en el párrafo anterior.
Hasta hace poco, se había entendido que los adultos debían imponer a los menores la organización de su tiempo «en su propio beneficio» (principalmente
en la escuela), reservándoles espacios «no controlados» en el tiempo extraescolar, donde gozaban de grados considerables de libertad junto a su grupo de
iguales. El creciente temor de los progenitores a los riesgos para la seguridad
física de los niños en el espacio público ha reforzado sus ataduras a espacios
controlados por personas adultas. Pero eso no significa necesariamente que su
autonomía se haya visto mermada completamente. Frente a una imagen que
enfatiza el carácter programado (por adultos) de tales actividades, la evidencia
apunta, contrariamente, que los niños intervienen en la elección de las activi-
136 INFANCIA Y FUTURO
dades que desean realizar y que mayoritariamente disfrutan en ellas. Aunque
la naturaleza de estas actividades puede ser muy variada, hay razones para
pensar que en muchas de ellas los niños encuentran espacios de interacción
y entretenimiento que ofrecen oportunidades de afirmar su identidad como
sujeto agente (Näsman, 1998).
USOS DEL TIEMPO LIBRE
137
VI. La emergencia de riesgos sociales
en la infancia
La situación de los niños en el mundo desarrollado despierta inquietud. La
mayoría de los informes internacionales que ofrecen un diagnóstico de la calidad de vida de la población y su evolución coinciden en detectar una concentración de los riesgos de vulnerabilidad en las primeras etapas de la vida.
Dos han sido los riesgos que tradicionalmente han comprometido el bienestar
infantil: los riesgos para la salud, y la pobreza y dificultades económicas.
En cuanto a la salud, en todo el mundo la salud infantil ha mejorado ostensiblemente en el último siglo. Durante siglos la infancia ha sido vista como una
etapa triste y vulnerable, porque los niños estaban muchas veces enfermos.
Los niños frágiles, víctimas de enfermedades crónicas, eran parte consubstancial de la vida cotidiana de muchas familias. La falta de higiene, el influjo
de enfermedades infecciosas y las hambrunas se han cebado especialmente
en la infancia, cobrándose muchas vidas. Sabemos, por ejemplo, que a finales
del siglo XIX, en determinadas etapas (1880, 1882-1883, 1885 o 1900) moría
en España la cuarta parte de los recién nacidos. La enfermedad y la muerte
infantil forman parte de la cotidianidad, y ante ellas, los adultos exhiben una
suerte de fatalismo. En muchos testimonios de la época (novelas, informes
sanitarios, prensa) se acepta con resignación la idea de que la vida de los niños
pende de un hilo (A. de Miguel, 1998: 195-197).
El incremento de la esperanza de vida durante el último siglo ha sido extraordinario. A principios del siglo XX, la tasa de mortalidad infantil en España
se situaba en 203 muertes por cada mil niños. Desde entonces, el descenso
ha sido continuo. En las décadas 1960-1970, cuando los padres de nuestra
encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la Infancia estaban creciendo, la tasa de mortalidad infantil en España se situaba ya por debajo de las
138 INFANCIA Y FUTURO
40 muertes por cada mil nacimientos. Según las estimaciones más recientes,
la tasa de mortalidad infantil se sitúa en 3,5 muertes por cada mil nacimientos
(World Bank, 2008). Las reducciones en la tasa de mortalidad vienen acompañadas de la disminución en la morbilidad. Infecciones respiratorias y enfermedades comunes en países en vías de desarrollo son hoy poco frecuentes en
los países desarrollados, y rara vez conducen a la muerte del menor. Pero eso
no significa que los problemas de salud en la infancia se hayan erradicado.
Aparecen nuevas afecciones, ya no mortales, relacionadas con estilos de vida
y hábitos perjudiciales para la salud.
Respecto a la pobreza y las dificultades económicas, la situación continúa
siendo preocupante. Por ejemplo, en la mayoría de países de la Unión Europea
las tasas de pobreza son más altas en la infancia que en la vida adulta (Comisión Europea, 2009; OCDE, 2008). Concretamente, España forma parte del
conjunto de países europeos con tasas más elevadas de pobreza infantil. Mientras uno de cada cinco menores de 18 años en la UE-27 es pobre, en España la
pobreza afecta a uno de cada cuatro, cifra que nos sitúa en peores condiciones
que la mayoría de países, salvo Italia, Letonia, Bulgaria y Rumania (Eurostat
2008). Si nos centramos específicamente en el colectivo de edad que constituye nuestro objeto de análisis (niños y niñas de 0 a 10 años), el panorama tampoco es alentador: un 21,7% de los niños españoles es pobre (datos de la Encuesta de Condiciones de Vida del 2008 del INE). Este resultado sitúa la
proporción de niños pobres dos puntos porcentuales por encima del total de
la población española (19,6%).
El grado de vinculación de las familias con el mercado de trabajo es el principal factor responsable de su situación económica. Así, son pobres siete de
cada diez niños menores de diez años que viven en hogares donde ninguna de
las personas activas trabaja. Ahora bien, la precariedad económica no afecta
exclusivamente a hogares en los que nadie trabaja. Cuando trabaja una persona, el riesgo de pobreza se reduce considerablemente, aunque sigue siendo
alto: afecta a tres de cada diez niños de 0 a 10 años. El modelo de familia tradicional, con un solo sustentador económico –generalmente varón–, no asegura
en muchos hogares con menores protección frente a la exclusión económica.
Una proporción muy elevada de niños de 0 a 10 años que viven en una situación de pobreza lo hacen en este tipo de hogares (58%). La tasa de pobreza de
los niños de 0 a 10 años se reduce en 20 puntos porcentuales si en lugar de una
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
139
trabajan dos personas en el hogar (quedando en el 8,6%), lo que indica que,
más que en el pasado, son necesarios dos salarios en el hogar para prevenir
situaciones de vulnerabilidad económica en la infancia.
Además del trabajo, un segundo factor que tiene un fuerte impacto en las
condiciones de vida de los menores es la estructura del hogar. Las familias
numerosas y las monoparentales suelen ser las estructuras del hogar donde los
niños están más expuestos a situaciones de pobreza: un 49% de los niños que
viven en familias numerosas y un 43% de los que viven en hogares monoparentales son pobres. Cuando las madres que encabezan un hogar monoparental
no trabajan, el riesgo de pobreza se incrementa. Mientras que el 30% de los
hogares monoparentales donde la madre trabaja se encuentran en situación de
pobreza, en los hogares donde ésta no lo hace el riesgo de pobreza alcanza el
69% (datos de la ECV de 2008).
También es necesario referirse a la situación de los menores de origen inmigrante. De acuerdo con la Encuesta de Condiciones de Vida (2008), entre los
niños menores de 10 años cuyo padre o madre ha nacido fuera de la UE-25,
aproximadamente cuatro de cada diez son pobres, proporción que dobla a la
de los autóctonos. Las tasas de pobreza alta y severa mantienen un patrón
parecido: la tasa de pobreza alta es del 15,6% entre los niños de origen extranjero, y del 6,2% entre los autóctonos, y la de pobreza severa del 6% y el 3,5%
respectivamente.
Los escasos datos disponibles en los últimos años de crisis económica sugieren que las tasas de pobreza, medidas a partir del nivel de renta disponible,
apenas han variado desde finales de 2007, pero sí lo ha hecho la percepción de
privación.(1) Según datos recogidos en la ECV 2008, en las fases preliminares
de la crisis, un 26% de la población española declaraba ya que en el último año
había sufrido un descenso significativo de sus ingresos. En los hogares donde
viven menores de hasta 10 años, el porcentaje era algo superior: 31%. La crisis
podría, además, acentuar las situaciones de dificultad económica, medida a
(1) En el momento de entregar este libro a imprenta, el INE anticipa resultados provisionales de la Encuesta de
Condiciones de Vida de 2010. Según dichos resultados, la tasa de pobreza de los menores de 16 años se sitúa en
el 24,6%, 4,3 puntos por encima del riesgo de pobreza entre la población mayor de 16 años. Si de esa cantidad
sustraemos el «valor del alquiler imputado» (una medición de la valoración del uso de la vivienda), la tasa de
pobreza (22,2%) es muy superior a la de cualquier otro grupo de edad (por ejemplo, 9 puntos superior a la de la
población mayor de 65 años).
140 INFANCIA Y FUTURO
partir de indicadores como el sobreendeudamiento o el impacto del coste de la
vivienda en el riesgo de pobreza.
Por lo que respecta al sobreendeudamiento, según datos de la ECV 2008, tan
solo un 4,2% de la población española que dispone de cuentas bancarias reconoce tener un descubierto o saldo deudor debido a las dificultades económicas. En los hogares con niños de hasta 10 años la proporción es algo mayor
(7,2%). Cuando la situación económica se agrava, algunos hogares se encuentran con dificultades para hacer frente al pago de sus gastos. La mitad de las
familias con hijos de hasta 10 años reconocían en 2008 que los gastos totales
de la vivienda representaban una carga pesada para el hogar, y en un 8,3% de
los hogares con niños de 0 a 10 años se había producido un retraso en el pago
de la hipoteca o alquiler en el último año. El impacto del coste de la vivienda
es más notable en hogares donde viven menores de hasta 10 años que en los
encabezados por personas de edad más avanzada, porque estos niños suelen
pertenecer a familias jóvenes, que siguen sufragando el coste de viviendas
que probablemente alquilaron o adquirieron hace unos años, durante el auge
de precios inmobiliarios. De hecho, el porcentaje de niños en situación de
pobreza aumenta en 11 puntos (del 22 a 33%) cuando descontamos los gastos
que sus familias dedican al pago de la vivienda.
Además de estos riesgos tradicionales para el bienestar infantil, como son la
enfermedad o la privación económica, a lo largo del siglo XX emergen con
fuerza nuevas inquietudes acerca de la vulnerabilidad física, emocional y educativa de los menores. En el presente capítulo utilizamos la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales para analizar la influencia que factores
examinados en capítulos anteriores –la estructura del hogar, las condiciones
socioeconómicas, los estilos parentales o el uso del tiempo extraescolar– tienen sobre aspectos clave del bienestar y la salud de los niños en las sociedades
contemporáneas. Nos centramos en el análisis de tres indicadores que han
sido objeto de atención preferente en la investigación sobre estas cuestiones y
siembran considerable preocupación social en la actualidad: el peso corporal,
la competencia socioemocional y la respuesta de niños de 5 a 10 años a las
demandas de la escuela.
Las experiencias vividas en la infancia tienen una importancia crucial en la
vida de las personas. Existe una creciente evidencia empírica que avala que los
problemas que aquejan a los niños pueden afectar a su desarrollo físico, emoLA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
141
cional y a sus capacidades de aprendizaje, y comprometer no solo el bienestar
de los niños, sino también su calidad de vida y oportunidades cuando sean mayores. En este sentido, los componentes que analizamos aquí constituyen aspectos centrales del estado de salud y bienestar infantil. Las investigaciones internacionales acerca del peso en la infancia, las competencias socioemocionales y
las respuestas a las demandas escolares acreditan que los problemas relacionados con estos factores pueden tener efectos duraderos, muy difíciles de revertir.
Los estudios realizados sobre estas cuestiones en nuestro país suelen aproximarse a los problemas cuando éstos se han expresado ya en toda su plenitud,
generalmente en la adolescencia, en que cobran nuevas formas: soledad y marginalización, malestar emocional, fracaso escolar. En pocas ocasiones se cuenta
con datos sobre etapas anteriores de la infancia, lo que impide acudir a las raíces
de estos fenómenos. La Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales nos
ofrece esa oportunidad. Un buen conocimiento de los mecanismos que intervienen en la generación de estos problemas es una de las claves para que tanto las
familias como las administraciones públicas puedan canalizar su energía, tiempo y dinero de la manera más eficiente posible, y de este modo puedan promover cambios que contribuyan al bienestar en la infancia.
6.1. Un problema de peso: el camino a la obesidad
El peso corporal refleja un equilibrio entre la ingesta y el gasto de energía.
Cuando son muy pequeños, los niños son capaces de regular la ingesta apropiada de energía, pero a medida que crecen cobra mayor relevancia la influencia de factores sociales externos (Birch, 1987). La infancia es una etapa crucial de la vida para definir las preferencias y gustos alimentarios, así como
para la adquisición de hábitos que promuevan la actividad física. Los padres
intervienen en la preparación de la mayoría de la comidas en que participan
los niños (cuando no comen en la escuela), fijan su distribución a lo largo del
día, deciden el tipo y cantidad de alimento que va a ingerir el menor, supervisan y tutelan la ingesta y son los encargados de transmitir enseñanzas respecto
a las cualidades de los alimentos o los comportamientos que deben observarse
durante las comidas.
En realidad, lo que afecta a la salud del menor no es tanto el peso como la cantidad de grasa corporal o adiposidad. De hecho las intervenciones más efecti-
142 INFANCIA Y FUTURO
vas para mejorar la salud infantil se han centrado en reducir la adiposidad sin
alterar el peso (American Dietetic Association, 2006). Aunque existen formas
complejas de medir la adiposidad, la más común es el índice de masa corporal
(IMC), que se calcula dividiendo el peso en kilogramos por la altura en centímetros al cuadrado. Cuando además se tiene en cuenta la edad y el sexo, el cálculo del índice de masa corporal es una medición muy aproximada de la grasa
corporal (Johnson-Taylor y Everhart, 2006). En los adultos el peso corporal
se mide utilizando el IMC. Sin embargo en el caso de los niños resulta una
medida algo más problemática, ya que el aumento de peso y la morfología forman parte del propio proceso de crecimiento. Teniendo en cuenta que el IMC
varía según el sexo y la edad en la infancia, las investigaciones generalmente
utilizan para su cálculo los percentiles de IMC o las desviaciones estándar (Z
score) (Johnson-Taylor y Everhart, 2006).
En los últimos años, se ha producido un incremento considerable de la prevalencia del sobrepeso en la infancia. Actualmente uno de cada diez niños en
edad escolar en todo el mundo tiene sobrepeso (Lobstein et al., 2004). En Estados Unidos, se estima que un 17% de los niños entre 6 y 11 años de edad son
obesos (es decir, su índice de masa corporal está por encima del percentil 95)
y uno de cada tres tiene sobrepeso (IMC ≥ percentil 85) según datos del año
2003-2006 (Ogden et al., 2006). En España, utilizando medidas internacionales estandarizadas de referencia para el peso y altura según la edad, ArancetaBartrina et al. (2005) han calculado que en el año 2000 el 14,5% de los niños
con edades entre 6 y 9 años se sitúan por encima del percentil 85, pero por
debajo del percentil 97, y un 15,9% tiene un peso superior al percentil 97.(2)
Se ha demostrado que la obesidad en la infancia está asociada a diversos problemas de salud, como el asma y las apneas del sueño, el desarrollo temprano de diabetes de tipo 2 o desarreglos menstruales (Must et al., 2003). Las
consecuencias fisiológicas en la infancia tienden a prolongarse en el tiempo,
multiplicando los riesgos de obesidad en la vida adulta o de padecer enfermedades crónicas (Serdula et al., 1993; Thompson et al., 2007). La obesidad en
(2) En general, se considera que hay sobrepeso si el IMC se encuentra por encima del percentil 85, y obesidad si
el IMC es superior al percentil 95 de la misma edad y sexo, según recomendaciones del Grupo Europeo de Obesidad Infantil. Pero algunos autores han elegido otros umbrales, como el percentil 90 y 97 para definir sobrepeso
y obesidad, respectivamente. Por ello, en ocasiones es difícil establecer comparaciones entre los resultados de
distintos estudios, puesto que los criterios empleados para definir sobrepeso y obesidad no son los mismos: no
todos usan las mismas tablas como referencia ni el mismo punto de corte.
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
143
la infancia también tiene consecuencias psicológicas y sociales. Abundante
investigación ha documentado la estigmatización y marginación que sufren
los niños con sobrepeso (Sweeting et al., 2005; Storch et al., 2007), así como
las consecuencias emocionales de un trato discriminatorio por parte de los
compañeros, con el consiguiente incremento del riesgo de sufrir problemas de
autoestima o depresión (Storch et al., 2007). En el peor de los escenarios, la
obesidad puede desembocar en una espiral perversa de problemas socioeconómicos, relacionales y mentales que se retroalimentan. Los niños con obesidad
se encuentran a menudo en las primeras fases de una trayectoria que puede
acarrear diversas complicaciones en el futuro, no solo de carácter médico,
sino también psicológico y social (Ferraro y Kelly-Moore, 2003; Crosnoe y
Lopez-González, 2005).
Nuestro estudio se basa en los datos que aportan los padres sobre sus hijos e
hijas. En estudios con una muestra amplia como el nuestro, resulta ser un método más viable que la medición directa. Sin embargo las mediciones de peso
y altura declaradas suelen estar sesgadas, lo que requiere una cierta cautela a
la hora de interpretar sus resultados (Bogaert et al., 2003). Para construir el
IMC hemos utilizado como referencia el índice de crecimiento de los niños en
edad escolar que aporta la Organización Mundial de la Salud (WHO Reference, 2007). Los niños que se sitúan dos desviaciones estándar por encima de la
media son considerados obesos.
Los datos de la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales, al igual
que sucede en otros estudios, sugieren que los padres conocen mejor el peso
de sus hijos que su altura. En el análisis realizado se han excluido casos que
presentaban un peso o altura biológicamente imposibles, teniendo en cuenta
su edad y sexo. Del total de 1.148 padres de niños de 5 a 10 años de edad
entrevistados, podemos contar con una muestra de 847 que aportan las dos
mediciones de peso y la altura de sus hijos, y cada una de ellas se sitúa en un
rango posible.(3)
La altura media de los niños y niñas de la muestra es de 128 cm, y su peso
de 30,3 kilogramos. Si comparamos estas cifras con la referencia internacional establecida por la OMS (International Reference Population), los niños
(3) Dado que no contamos con una muestra muy amplia, y con el objetivo de mantener la fiabilidad de nuestros
resultados, minimizamos el número de controles que introducimos en nuestro análisis para mantener una representación suficiente de familias y niños en cada una de las categorías.
144 INFANCIA Y FUTURO
y niñas de la muestra son ligeramente más altos y pesan aproximadamente
media desviación estándar más. Su índice de masa corporal supera el de la
población de referencia en más de media desviación estándar. Esto indica que
aproximadamente la mitad de los niños y niñas (46%) se sitúan en el rango
de peso considerado normal. El resto se distribuye de la siguiente manera: un
14% tiene infrapeso, un 24% sobrepeso, el 12% son obesos y el 4,6% padece
obesidad mórbida.
TABLA 6.1
Distribución de niñas y niños en categorías de peso
según su índice de masa corporal
Niños/as de 5 a 10 años
CATEGORÍAS DE PESO
NÚMERO
DE CASOS
PORCENTAJE
TOTAL
NIÑAS
NIÑOS
Infrapeso
115
14
12
14
Peso normal
390
46
54
40
23
Sobrepeso
202
24
Obesidad
101
12
Obesidad mórbida
Total
39
847
4,6
100
9,0
2,0
100
24
15
7,0
100
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Aunque la mayor parte de la población infantil tiene un peso normal, los varones
tienden a pesar más, y tienen también mayores probabilidades de encontrarse en
las categorías problemáticas (tanto de infrapeso como de obesidad). Las diferencias son especialmente acusadas en la obesidad mórbida, que afecta a un 7%
de los niños y un 2% de las niñas. La razón de probabilidades de ser obeso es la
mitad para las niñas si las comparamos con la de los niños de su misma edad.
A continuación analizaremos algunos de los determinantes principales del
peso de los niños españoles de 5 a 10 años con la muestra de la Encuesta de
Relaciones Inter e Intrageneracionales en la Infancia. Con objeto de facilitar
la interpretación de resultados, y dado el carácter limitado de la muestra, diferenciaremos únicamente entre niños obesos y no obesos. Designamos niños
«obesos» al 16,7% que presentan niveles de obesidad u obesidad mórbida. El
resto (incluyendo a los que tienen un peso inferior al normal) serán catalogados de «no obesos».
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
145
(a) El peso de padres y madres
Uno de los predictores más importantes del índice de masa corporal de los niños es el índice de masa corporal de sus padres. Existe un componente genético
en la relación entre el propio peso y el de los miembros de la familia. En nuestra muestra las madres tienden a mantenerse en pesos normales más a menudo
que los padres. El IMC medio de las primeras es de 23,6 (peso normal), mientras que el de los segundos entra en la categoría de sobrepeso, con una media
de 26,3. De hecho, solo el 27% de los niños tienen ambos progenitores con
pesos situados en la categoría normal. El 5% tiene al menos un progenitor
con infrapeso (en el 80% de los casos es la madre), y uno de cada cinco niños
tiene al menos un progenitor obeso (en casi el 70% de los casos, el padre).
Muchos estudios sugieren que el peso de la madre tiene mayor influencia que
el del padre sobre el peso del menor. Sin embargo, en nuestra muestra la relación se invierte, y el peso de los niños aparece ligeramente más correlacionado
con el peso del padre (r=0.16) que con el de la madre (r=0.14). Estas correlaciones son a su vez inferiores a las obtenidas en otros estudios: el IMC de padre y
madre explica aproximadamente un 4% de la variación en el IMC de los niños.
Aun así, los niños y niñas cuyo padre es obeso tienen una razón de probabilidades casi tres veces más alta de padecer obesidad, y los hijos de madre obesa
tienen una razón de probabilidades un 80% mayor de entrar en esta categoría
que los niños cuya madre tiene un peso normal.
(b) Características socioeconómicas y estructura del hogar
Además de la predisposición genética al sobrepeso, no puede pasarse por alto
la influencia de nuevos hábitos y comportamientos, así como otros factores
sociales, en el aumento de la obesidad infantil que se produce en los últimos
años. Tal y como hemos tenido ocasión de comprobar en capítulos anteriores,
el desarrollo de los niños durante las primeras etapas de la infancia está marcado por su entorno familiar. Esto es especialmente cierto en el caso del peso.
Cuando los niños son pequeños, los padres influyen en la dieta de sus hijos, en
el carácter físico o sedentario de sus actividades, y en las expectativas acerca
de su cuerpo y la importancia que dan a su cuidado (Golan et al., 2004). Para
entender mejor la influencia de los factores socioeconómicos y actitudinales
sobre la obesidad infantil, recuperaremos algunos factores ya analizados anteriormente.
146 INFANCIA Y FUTURO
GRÁFICO 6.1
Probabilidad de que los niños/as sufran obesidad según el peso
de sus padres
Niños/as de 5 a 10 años
PROBABILIDAD
0,16
0,14
0,12
0,10
0,08
0,06
0,04
0,02
0,00
PESO NORMAL
SOBREPESO
Madre
OBESIDAD
Padre
Nota: La probabilidad se calcula a partir de modelos de regresión logística donde la variable dependiente tiene dos
valores: 1) El niño/a es obeso; 0) no lo es. En el modelo se han introducido las siguientes variables: edad del menor,
sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada laboral de la madre, peso de la madre
y peso del padre.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
En capítulos anteriores hemos mostrado diversas evidencias sobre la relación
entre las características socioeconómicas de las familias y el bienestar de los
menores. Los hijos de familias acomodadas tienden a crecer en contextos más
propicios a su desarrollo. Sin embargo, las tablas que vienen a continuación
indican que la relación con el nivel de renta del hogar no es muy fuerte cuando
se trata de explicar la obesidad. Aunque los datos descriptivos nos sugieren
que existe una menor proporción de niños obesos entre los que proceden de
familias con altos ingresos, las diferencias no son estadísticamente significativas. De hecho, cuando controlamos por otras características (nivel de estudios
y situación laboral de la madre), la relación desaparece, lo que sugiere que
las diferencias deben explicarse por otras características del niño y su familia
(véase tabla 6.2). Por encima de los ingresos, el factor explicativo de más peso
es, sin duda, el nivel educativo parental. Como veremos más adelante, se trata
de una pauta que se repite en los otros aspectos analizados en el presente ca-
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
147
pítulo: la competencia socioemocional y las respuestas a demandas escolares.
Los niños cuyos progenitores han completado la educación secundaria tienen
razones de probabilidad más bajas de ser obesos que los que proceden de hogares con bajos recursos educativos. Si los progenitores tienen educación universitaria, la razón de probabilidades de experimentar obesidad es aún menor.
En este caso, el poder explicativo del nivel educativo de las madres es mayor
que el de los padres. Si controlamos la influencia de la educación parental,
otros factores socioeconómicos, como el nivel de ingresos y la situación laboral de los padres, no explican la variación en la obesidad de los niños (como
puede comprobarse en la última columna).
Otra característica socioeconómica significativamente asociada con el riesgo
de obesidad es la condición de inmigrante. El porcentaje de niños de origen
inmigrante que presentan problemas de obesidad es superior al de niños autóctonos (21% y 16% respectivamente). Si controlamos el efecto de otras características sociodemográficas, los niños de 5 a 10 años de origen inmigrante
presentan un riesgo casi un 80% más alto de padecer obesidad que los hijos
de padres españoles.
Un aspecto importante a tener en cuenta con relación al contexto familiar es
la estructura familiar, es decir, qué personas conviven con el menor y forman,
por tanto, parte de su vida cotidiana. Uno de los aspectos más estudiados es si
la ausencia de un progenitor en el hogar afecta a los indicadores de bienestar.
La investigación sobre estructura familiar y obesidad es limitada. Aun así,
la presunción es que los niños que viven con un solo progenitor corren más
riesgo de presentar hábitos nutricionales poco saludables, al estar habitualmente sujetos a menores niveles de control parental –debido a las dificultades
que entraña asumir esta tarea en solitario. En la Encuesta de Relaciones Inter
e Intrageneracionales disponemos de una muestra muy reducida de familias
monoparentales, lo que limita nuestra capacidad de llegar a conclusiones relevantes. Solo el 7,1% de nuestra muestra de niños de 5 a 10 años vive en un
hogar monoparental. Con la muestra disponible, los resultados del análisis, sin
embargo, apuntan en la dirección esperada: los niños que viven con un solo
progenitor presentan mayor probabilidad de ser obesos que los que conviven
en el hogar con sus dos progenitores, aunque las diferencias no son estadísticamente significativas.
148 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 6.2
Obesidad de los niños/as según características
socioeconómicas del hogar
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
CARACTERÍSTICAS SOCIOECONÓMICAS
PORCENTAJE
RAZÓN DE
PROBABILIDAD ES (a)
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
AJUSTADA (b)
1
Ingresos del hogar
Menos de 1.200 €
18
1
de 1.201 a 2.000 €
20
1,28
1,32
de 2.001 a 3000 €
17
0,97
1,25
de 3.001a 5.000 €
15
Más de 5.000 €
4,2
0,82
1,36
0,20*
0,35†
Origen
Autóctono
16
1
1
Inmigrante
21
1,45
1,78*
No trabaja
18
1
1
Trabaja a tiempo parcial
17
0,88
0,99
Trabaja a tiempo completo
15
0,74
0,91
Primarios
22
1
1
Secundarios
17
0,69†
0,66†
Universitarios
17
0,48**
0,46**
No trabaja
26
1
1
Trabaja a tiempo parcial
18
0,87
0,92
Trabaja a tiempo completo
16
0,74
0,81
Primarios
18
1
1
Secundarios
17
0,9
0,89
Universitarios
14
0,71
0,74
Características de la madre
Situación laboral
Nivel de estudios
Características del padre
Situación laboral
Nivel de estudios
† Nivel de significación del 10%
* Nivel de significación del 5%
** Nivel de significación del 1%
*** Nivel de significación del 1‰
Nota: a) Probabilidad de que el niño/a sea obeso.
b) Probabilidad de que el niño/a sea obeso, en igualdad de condiciones socioeconómicas.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
149
Por otra parte un gran volumen de estudios internacionales concluye que la
presencia de otros adultos en el hogar puede procurar beneficios para la salud
infantil. Entre las evidencias más significativas de ello suele apuntarse que
los niños que conviven o se relacionan habitualmente con su abuela tienden
a obtener mejores resultados en diversos indicadores de bienestar, incluyendo
supervivencia (Mace y McGregor, 2000) y a crecer sin problemas de salud
(Duflo, 2003). En Estados Unidos, Pope et al. (1993) relacionó la convivencia
con una abuela con mayores capacidades cognitivas, mejor conducta y estado
de salud a los tres años de edad. Por lo que se refiere a nutrición y riesgo de
obesidad, la presencia de personas adultas adicionales en el hogar, sobre todo
abuelas, podría ser especialmente importante puesto que a menudo se encargan del cuidado del menor y de la preparación de las comidas. Su presencia
en el hogar puede incrementar los niveles de supervisión de los hábitos de los
menores y promover la preparación de comidas en casa. Dicho esto, también
es posible que los abuelos toleren mayores niveles de ingesta a sus nietos o
sean más proclives a proporcionarles alimentos que afecten negativamente a
su peso (dulces, caramelos, etc.) y que, en general, se muestren menos preocupados por las consecuencias negativas de la obesidad infantil (Jiang et al.,
2007).
En consonancia con los resultados de esta última línea de investigación, los niños españoles que residen con sus abuelos tienen una probabilidad significativamente más alta de ser obesos (tabla 6.3). La obesidad infantil es un problema
relativamente reciente en España, sobre el que los grupos de edad más avanzada poseen poca información. Por otra parte, quizás el hecho de que muchos
de ellos hayan experimentado situaciones de carestía alimenticia durante su
propia infancia (o al menos de restricciones importantes en la gama de productos disponible) puede inhibir su preocupación por la obesidad de sus nietos. Es
dudoso, por tanto, que la presencia de abuelos en el hogar pueda contribuir a
intensificar los niveles de control sobre los hábitos de sus nietos y limitar así
sus niveles de ingesta. De hecho, estudios realizados en otros países sugieren
que las abuelas son un foco importante de presión sobre las madres cuando
consideran que sus nietos están excesivamente delgados (Bruss et al., 2003).
150 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 6.3
Obesidad de los niños/as según composición del hogar
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
PORCENTAJE
RAZÓN DE
PROBABILIDAD ES (b)
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
AJUSTADA (c)
Biparental
16
1
1
Monoparental
22
1,44
1,34
No residen en el hogar (a)
17
1
1
Residen en el hogar
16
0,92
0,91
COMPOSICIÓN DEL HOGAR
Estructura del hogar
Hermanos/as
Abuelos/as
No residen en el hogar
16
1
1
Residen en el hogar
26
1,86*
1,73†
† Nivel de significación del 10%
* Nivel de significación del 5%
** Nivel de significación del 1%
*** Nivel de significación del 1‰
Nota: a) La categoria «No residen» agrupa los casos en que el niño/a no tiene hermanos y los casos en que,
teniéndolos, éstos no residen en el mismo hogar.
b) Probabilidad de que el niño/a sea obeso.
c) Probabilidad de que el niño/a sea obeso, en igualdad de condiciones socioeconómicas.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
(c) Estilos parentales
Las rutinas diarias y los hábitos sedentarios tienen una influencia considerable en el riesgo de sufrir sobrepeso. El tiempo que los niños pasan ante una
pantalla (del televisor, ordenador o videoconsola) y la obesidad infantil han
aumentado en paralelo en los últimos años. A pesar de ello, las investigaciones no arrojan resultados inequívocos respecto a la relación entre obesidad y
el tiempo que los niños pasan viendo la televisión o jugando a videojuegos.
Aparentemente, la relación se intensifica a partir de los 10 años (Marshall
et al., 2004; Rey-Lopez, 2008). En esta línea, nuestros análisis no evidencian
la existencia de una relación entre las actividades que los niños realizan en
casa –esto es, la frecuencia con que ven la televisión, juegan con videojuegos,
practican deporte o comen con sus padres– y los riesgos de obesidad entre
niños de 5 a 10 años. Sí observamos que la valoración de los padres sobre el
tiempo que comparten con sus hijos –con independencia de la actividad a que
se dedique dicho tiempo– influye en el riesgo de obesidad. En el gráfico 6.2 se
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
151
muestra que la probabilidad de padecer obesidad es más alta si los niños tienen progenitores que manifiestan que el tiempo que comparten con sus hijos
es insuficiente. La dedicación del padre es aparentemente más crucial que la
de la madre, especialmente cuando ésta es insuficiente.
GRÁFICO 6.2
Probabilidad de que el niño/a sea obeso según la percepción
del tiempo que los padres pasan con él/ella
Niños/as de 5 a 10 años
PROBABILIDAD
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
INSUFICIENTE
Percepción del tiempo que
el padre pasa con su hijo/a
SUFICIENTE
MÁS QUE SUFICIENTE
Percepción del tiempo que
la madre pasa con su hijo/a
Nota: Se recoge la respuesta que dan las madres sobre la percepción que tienen del tiempo que el padre pasa
con el niño/a. La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente
tiene dos valores: 1) el niño/a es obeso; 0) no lo es. En el modelo se han introducido las siguientes variables: edad
del menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada laboral de la madre,
percepción del tiempo que el padre pasa con su hijo y percepción del tiempo que la madre pasa con su hijo/a.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
A día de hoy quedan aún muchas cuestiones por explicar sobre la manera en
que la familia influye sobre el peso de sus miembros más jóvenes. De hecho,
parece ser que el empeño de los progenitores en promover una alimentación
sana puede terminar resultando contraproducente. Por ejemplo, Galloway
(2006) ha constatado que la presión parental para que los niños consuman
alimentos saludables suele tener escaso éxito. Otros estudios indican incluso
que los niños a los que se prohíbe o restringe el consumo de alimentos perju-
152 INFANCIA Y FUTURO
diciales para su salud tienden a consumirlos en mayores cantidades y a ganar
peso (Clark et al., 2007). En el otro extremo, una permisividad excesiva o la
falta de supervisión de los hábitos alimenticios de los niños puede conducir a situaciones de obesidad persistente y/o carencias nutricionales (Brann
y Skinner, 2005). Nuestra investigación avala estas ideas. El riesgo de sufrir
obesidad entre los 5 y 10 años en España está relacionado con los patrones de
control y permisividad de los padres. En este sentido, la implicación del padre
puede resultar crucial. Utilizando los datos de nuestra encuesta, se evidencia
que los hogares donde los padres participan intensamente en el cuidado de sus
hijos presentan probabilidades de obesidad más bajas. En cambio, los niños
cuyos padres desarrollan estilos de paternidad «tradicional», «predispuesta»
o «no comprometida», donde solo la madre o ninguno de los dos progenitores
están implicados en la vida del niño, presentan riesgos de obesidad significativamente más elevados, en igualdad de factores socioeconómicos.(4)
GRÁFICO 6.3
Probabilidad de que el niño/a sea obeso según tipos de paternidad
Niños/as de 5 a 10 años
PROBABILIDAD
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
INTENSA
RESPONSABLE
ADAPTATIVA
TRADICIONAL
PREDISPUESTA
NO COMPROMETIDA
TIPOS DE PATERNIDAD
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) el niño/a es obeso; 0) no lo es. En el modelo se han introducido simultáneamente las siguientes
variables: edad del menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada laboral de
la madre y estilos de paternidad.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
(4) Estos tipos de paternidad se han definido en el capítulo 4. Véase página 97.
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
153
(d) Relaciones en el grupo de iguales
Es posible que las consecuencias sociales y psicológicas de la obesidad en
la infancia sean tan nocivas como sus efectos sobre la salud física. Los niños
obesos son objeto de burla, discriminación, maltrato y exclusión, incluso con
mayor frecuencia que los niños con otros atributos estigmatizados (Storch,
2007; Sweeting, 2005). Con frecuencia los niños muestran actitudes negativas
hacia compañeros con problemas de sobrepeso u obesidad, incluso cuando
ellos mismos tienen problemas de peso (Cramer, 1998). A medida que se acercan a la adolescencia, la influencia de los padres en la percepción del cuerpo
se debilita, y en cambio se refuerza la importancia de las opiniones en el grupo
de iguales. En la adolescencia, el peso se convierte en una de las principales
varas de medir la valía de uno mismo.
La obesidad en la infancia puede desencadenar una acumulación de situaciones adversas. Los niños obesos tienen más probabilidades de padecer problemas psicológicos, como depresión y baja autoestima, así como de manifestar disconformidad con el propio cuerpo (Strauss, 2000; Storch et al., 2007;
Haines y Neumark-Sztainer, 2006). Además, tienden a ser más retraídos, a
considerarse a sí mismos malos estudiantes, a tener menos expectativas educativas y a sufrir un mayor número de intentos de suicidio (Falkner et al., 2001).
En trabajos anteriores, realizados en Estados Unidos, hemos estudiado la dirección de la causalidad con muestras longitudinales (Argeseanu y Jackson,
2010). Con una muestra de menores norteamericanos hemos constatado que
tanto niños como niñas que presentan problemas de depresión diagnosticada
sufren un riesgo más elevado de convertirse en niños obesos tres años después
del diagnóstico. Sin embargo, los niños que en el momento inicial tenían problemas de obesidad no presentaban una probabilidad mayor de desarrollar síntomas de depresión en el mismo periodo de tiempo que los menores no obesos
(Papadopoulos et al., 2010). Estos resultados sugieren que la baja competencia socioemocional y la depresión estarían en el origen de la obesidad y no
a la inversa. Los resultados obtenidos con la Encuesta de Relaciones Inter
e Intrageneracionales no permiten reconstruir la dirección de la causalidad,
puesto que no tienen una naturaleza longitudinal. Los síntomas de malestar
emocional y el peso han sido registrados en un único momento en el tiempo.
Pero permiten constatar la misma asociación evidenciada en el trabajo que
desarrollamos en Estados Unidos. Los niños descritos por sus padres como
154 INFANCIA Y FUTURO
tímidos, tristes y con tendencia a asustarse presentan probabilidades más elevadas de ser obesos (véase gráfico 6.4).
GRÁFICO 6.4
Probabilidad de que el niño/a sea obeso según nivel de síntomas
depresivos
Niños/as de 5 a 10 años
PROBABILIDAD
0,30
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
NIVEL MÁXIMO
NIVEL MÍNIMO
ÍNDICE DE SÍNTOMAS DEPRESIVOS
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) el niño/a es obeso; 0) no lo es. En el modelo se han introducido simultáneamente las siguientes
variables: edad del menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada laboral de
la madre y nivel de síntomas depresivos. El índice de síntomas depresivos es el resultado de sumar las respuestas
de padres que manifiestan estar muy de acuerdo, bastante de acuerdo o en desacuerdo con las siguientes
afirmaciones acerca de su hijo/a: «a veces está triste», «a veces se asusta de las cosas o las personas», «se
muestra enfadado con los demás». El índice tiene valores de 0 (está en desacuerdo con estas afirmaciones) a 8
(está muy de acuerdo con estas afirmaciones).
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
En resumen, el análisis realizado avala la idea de que la obesidad es producto
de factores genéticos y desigualdades socioeconómicas, pero también de otros
procesos psicosociales que tienen lugar en los contextos en que se mueve el
menor. Influyen sobre ella dinámicas de interacción social entre padres e hijos,
y entre estos últimos y su grupo de iguales. Es importante destacar que nuestro análisis no encuentra evidencia de que el trabajo remunerado de la madre
afecte negativamente al riesgo de obesidad (en igualdad de otros factores),
pero sí constata que el grado de implicación de los progenitores en la vida de
sus hijos correlaciona con dicho riesgo. En este sentido hay que subrayar el
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
155
papel que puede jugar un nuevo ejercicio de paternidad corresponsable en la
prevención de la obesidad. Tampoco hallamos evidencia de que los niños que
han sido alumnos de centros preescolares en el período 0-3 años, o que siguen
actualmente programas extraescolares, presenten riesgos de obesidad significativamente distintos de los que no utilizan estos servicios.
6.2. Educar a niños social y emocionalmente competentes
Con la mejora del estado de salud de la infancia, descrita al principio de este
capítulo, la atención social al bienestar de los niños se extiende más allá de la
salud física e incorpora otros aspectos que definen su bienestar, como son la
estabilidad emocional y los problemas de conducta. La felicidad y la capacidad
para socializar con otros niños son dos dimensiones que contribuyen a garantizar el bienestar en la infancia y por ello constituyen aspectos que preocupan no
solo a los padres, sino también a profesionales de la salud e investigadores.
Diversos autores consideran que en las interacciones con otras personas en la
infancia se generan oportunidades para desarrollar habilidades como el razonamiento social (Piaget, 1932; Rubin et al., 2009). Es decir, en los contextos de
socialización con el grupo de iguales, los niños tienen oportunidades para cuestionar sus ideas, negociar y discutir diversos puntos de vista, y decidir con qué
argumentos se quedan y cuáles rechazan. Esas experiencias de interacción entre iguales resultan positivas para el desarrollo de comportamientos adaptativos, incluyendo, entre otros, la habilidad para empatizar con los pensamientos
y emociones de otras personas. Poseer competencias sociales y emocionales
adecuadas nos capacita para manejar situaciones difíciles que en otras condiciones llevarían a peleas, enfados o respuestas ofensivas (Steiner, 1998). En
esta línea, en España, algunos autores han puesto de relieve la importancia de
incluir la educación socioemocional en el diseño de los currículos educativos
para minimizar problemas de indisciplina, violencia, conductas de riesgo o prevenir su concurrencia (Darder, 2001; Izquierdo, 2000).
La investigación más reciente demuestra además que el bienestar psicosocial
no solo es importante para garantizar una infancia saludable, sino que puede
tener consecuencias a largo plazo. Los niños afectados por problemas emocionales o de conducta tienen un riesgo más alto de desarrollar problemas
psicológicos y sociales durante la vida adulta en relación con la salud mental,
156 INFANCIA Y FUTURO
las relaciones sexuales, la educación o el empleo, y son más proclives a incurrir en actividades delictivas o al consumo de sustancias adictivas (Fergusson
et al., 2005). En este sentido, la OCDE ha reconocido recientemente la necesidad de extender la atención que dedica a las competencias de naturaleza «cognitiva» (en estudios como el PISA) a otro tipo de habilidades que favorecen
el desarrollo equilibrado de la personalidad y promueven los procesos de
aprendizaje, como la asertividad, la automotivación o la capacidad de manejarse en diversos niveles de las relaciones sociales.
Entre los niños es habitual encontrar actitudes y conductas que persiguen restringir la participación de compañeros en juegos o actividades, sin que ello
conduzca necesariamente a situaciones problemáticas. Sin embargo, cuando
esas conductas se convierten en norma, los niños pueden estar experimentando situaciones que requieren intervención. Para los niños es importante
adquirir estrategias que les permitan superar la oposición o el enfrentamiento
con otros niños. Aproximarse a un grupo, observar qué hacen o de qué hablan,
y encontrar un modo de incorporarse al grupo de forma apropiada son cualidades que se aprenden y desarrollan a lo largo de la infancia y se perfeccionan
a medida que uno se hace adulto.
Algunos niños sufren repetidamente el rechazo de los demás para participar
en ciertos juegos o actividades. A estos niños se les suele etiquetar como niños «excluidos». El rechazo continuo puede conducir a conductas agresivas o
bien al retraimiento social. En cambio, otros niños (que no sufren exclusión)
tienen dificultades para tomar parte activa en la interacción social. Son los
llamados niños «ignorados» (Corsaro, 1997). Los niños excluidos e ignorados
parten habitualmente de situaciones de desventaja para entablar relaciones de
amistad y desarrollar competencias sociales, lo que puede tener consecuencias
negativas que se arrastren hasta la vida adulta (Parker, 1997).
Diversos estudios han acreditado la importancia de las competencias socioemocionales en la infancia. Por ejemplo, Gilliam (2005) pone de manifiesto
que los niños que presentan gran cantidad de problemas socioemocionales en
la educación primaria tienen un riesgo tres veces más alto de ser expulsados
de la escuela que aquellos que no presentan esos problemas. Las desventajas
iniciales pueden tener un recorrido bastante largo. Los niños que en la etapa
preescolar han sido acosados por sus compañeros tienen una probabilidad mayor de incurrir en conductas de riesgo durante la adolescencia y la vida adulta
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
157
(Gagnon et al., 1995). Mahoney et al. (2003) han evidenciado que la competencia social durante la preadolescencia está asociada a mayores expectativas
educativas en la adolescencia y mayor logro educativo a la edad de 20 años.
Las competencias sociales y emocionales, que se materializan en habilidades
para interactuar positivamente con otras personas, mejoran su empleabilidad.
En los procesos de selección de personal es cada vez más común la evaluación
de este tipo de cualidades en los candidatos con el objeto de favorecer dinámicas de mutuo entendimiento entre los miembros de los equipos de trabajo y
así contribuir a generar un buen ambiente laboral.
Para el análisis de los problemas emocionales y de conducta en la infancia
que desarrollamos en el presente epígrafe, hemos usado una versión adaptada
del denominado Inventario de Conductas Infantiles –Child Behavior Checklist–, de Achenbach (1992). En la Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la infancia se pregunta a los padres en qué medida están de
acuerdo con las siguientes afirmaciones respecto a sus hijos e hijas: le gusta
pasar tiempo con otras personas; se mete en conflictos o peleas; le gusta molestar a otros; le gusta reír; a veces está triste; a veces se siente solo/a; normalmente está de buen humor; pierde los papeles fácilmente; no puede parar
quieto/a; es tímido/a; le gusta probar cosas nuevas; a veces se asusta de las
cosas o la gente, y se muestra enfadado/a con los demás con frecuencia. Para
cada una de estas conductas, los padres tienen tres opciones de respuesta:
«muy de acuerdo», «bastante de acuerdo» o «en desacuerdo». En la literatura
especializada, conductas y actitudes similares a las enumeradas se recogen
bajo el concepto de competencia socioemocional (Rubin et al., 2009). A partir
de las respuestas de los progenitores hemos construido una escala en la que los
valores más altos indican una mayor tendencia a manifestar conductas sociales y emocionales positivas. Aunque sería igualmente interesante analizar las
distintas actitudes y conductas por separado, ello trasciende las posibilidades
de este estudio. Por cuestiones de espacio y para facilitar la interpretación,
hemos optado por unificarlas y analizarlas mediante un índice. Este índice
ha permitido clasificar a los niños en tres grupos, en función de las puntuaciones obtenidas a partir de las respuestas a las trece preguntas formuladas.
Los niños incluidos en el grupo de «baja competencia socioemocional» son
los que reciben puntuaciones inferiores a una desviación estándar por debajo
de la media, lo que incluye al 30% de los menores, es decir, a los niños cuyos
158 INFANCIA Y FUTURO
padres responden que están muy de acuerdo al menos con nueve de las proposiciones que enuncian comportamientos y actitudes problemáticas. Otro 40%
de los menores se encuentra en el grupo de «competencia socioemocional
media», formado por aquellos que contestan que sus hijos muestran conductas
negativas entre cinco y ocho veces. Finalmente, el 30% están en el grupo de
«competencia socioemocional alta», esto es, niños cuyos padres responden
que están en desacuerdo respecto a que sus hijos a veces se muestren tristes,
enfadados con los demás, o sean tímidos, y están de acuerdo con que los niños
muestran comportamientos positivos, como reír o estar normalmente de buen
humor en al menos nueve de las trece conductas analizadas.
A continuación, siguiendo el esquema de secciones anteriores, analizamos
problemas en la competencia socioemocional de los niños en relación a características de la familia y su entorno social. En las tablas de este epígrafe, incluimos los porcentajes en las dos primeras columnas, y la razón de probabilidades (odds ratio) en las dos siguientes. La primera de estas razones de
probabilidades calibra la asociación directa que se establece entre el índice
de competencia socioemocional y la característica que estamos analizando.
Finalmente, en la última columna presentamos la razón de probabilidades
ajustada por las condiciones socioeconómicas de la familia (es decir, en igualdad de condiciones de nivel educativo de los padres, situación laboral, sexo y
edad del menor y origen de los padres. De este modo conocemos cuál es el
efecto de determinadas características de la familia sobre la competencia socioemocional manteniendo constantes otras variables que podrían influir sobre los niveles de competencia.
(a) Características socioeconómicas y estructura del hogar
Algunos trabajos sobre estas cuestiones han sugerido que existe una relación
directa entre las condiciones socioeconómicas de la familia y los niveles de
desarrollo socioemocional de los niños: en las familias con mayores recursos económicos y educativos, los niños cuentan con más habilidades sociales
(Mahoney, 2003). Se ha argumentado que las familias con mayores recursos
económicos y educativos son más proclives a animar a los niños a argumentar
y defender sus posturas, y en ellas los niños suelen estar más acostumbrados a
interaccionar con personas con las que no mantienen relaciones de parentesco
que en las de clases sociales más desfavorecidas (Lareau, 2002). Quizás los
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
159
progenitores en familias con mayores recursos educativos estén mejor preparados para entender los cambios emocionales que experimentan sus hijos y
poner remedio a situaciones problemáticas. También es posible que esta asociación entre clase social y competencia socioemocional haya que atribuirla al
hecho de que los niños que viven en hogares en situación más precaria están
expuestos a una gama más amplia de riesgos sociales y factores desestabilizadores, que pueden afectar al desarrollo de sus competencias, como son la
ruptura familiar (tras un divorcio o separación), el desempleo y la precariedad
económica (McLeod y Shanahan, 1996).
Nuestros datos refrendan esta idea. En la tabla 6.4 observamos que la razón de
probabilidades no ajustadas de que un niño tenga un nivel de competencia socioemocional bajo es menor en los hogares con nivel económico elevado que
en los que viven en situaciones más precarias, aunque el resultado no es suficientemente robusto después de controlar por otros factores socioeconómicos.
El mejor predictor de la competencia socioemocional es el nivel educativo de
los padres. Según los resultados de nuestros análisis, en igualdad de condiciones laborales y económicas, el riesgo de tener una competencia socioemocional
baja es menor en hogares con mayores recursos educativos; esto es, los padres
con mayor nivel educativo tienden a educar a unos niños más sociables, menos
propensos a presentar problemas de conducta (como meterse en peleas) o de
actitud (tristeza, timidez). Los recursos económicos o la situación laboral de los
padres dejan de tener importancia en igualdad de condiciones educativas. Es
interesante remarcar que la situación laboral de los padres no parece afectar
significativamente al nivel de competencia socioemocional. Concretamente,
llama la atención que los hijos de madres que trabajan a tiempo completo presentan menos riesgos que los de madres sin empleo, aunque el efecto no es
significativo después de controlar otros factores socioeconómicos.
160 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 6.4
Nivel de competencia socioemocional de los niños/as
según características socioeconómicas del hogar
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
CARACTERÍSTICAS
SOCIOECONÓMICAS
COMPETENCIA
COMPETENCIA
COMPETENCIA
RAZÓN DE
SOCIOEMOCIONAL SOCIOEMOCIONAL SOCIOEMOCIONAL
PROBABILIDADES
BAJA
MEDIA
ALTA
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
AJUSTADA (a)
Ingresos del hogar
Menos de 1.200 €
38
34
28
1
de 1.201 a 2.000 €
31
45
24
0,73†
0,81
de 2.001 a 3000 €
30
41
30
0,69†
0,84
de 3.001 a 5.000 €
21
Más de 5.000 €
9,7
1
42
37
0,44***
0,66
45
45
0,17*
0,31†
Origen
Autóctono
28
42
30
1
1
Inmigrante
38
38
24
1,60**
1,67**
No trabaja
32
40
28
1
1
Trabaja a tiempo parcial
31
40
29
0,97
1,11
Trabaja a tiempo completo
25
44
31
0,72*
0,88
36
41
23
1
1
Características de la madre
Situación laboral
Nivel de estudios
Primarios
Secundarios
31
40
29
0,78†
0,83
Universitarios
21
44
35
0,46***
0,60*
34
39
26
1
1
Características del padre
Situación laboral
No trabaja
Trabaja a tiempo parcial
34
44
22
0,98
0,97
Trabaja a tiempo completo
27
42
31
0,72*
0,85
Primarios
33
41
27
1
1
Secundarios
31
42
27
0,86
0,98
Universitarios
20
42
38
0,49***
0,69†
Nivel de estudios
† Nivel de significación del 10%
* Nivel de significación del 5%
** Nivel de significación del 1%
*** Nivel de significación del 1‰
Nota: a) Probabilidad de que el niño/a tenga una competencia socioemocional baja, respecto a la probabildiad de
tenerla media o alta, en igualdad de condiciones socioeconómicas.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
161
Los niños de origen inmigrante se enfrentan también con dificultades adicionales en lo que respecta a la competencia socioemocional. En los hogares
donde residen personas de origen extranjero el porcentaje de niños con baja
competencia socioemocional es mayor que en las familias españolas (38% y
28% respectivamente). Las situaciones de adversidad económica que se viven en estos hogares pueden explicar en parte esta brecha (Marí-Klose et al.,
2008a). Es necesario señalar, sin embargo, que la desventaja de los niños de
origen inmigrante se mantiene incluso cuando se los compara con niños que
provienen de hogares con similares condiciones socioeconómicas. Este resultado es coherente con la evidencia recogida en otros países que reciben flujos
importantes de inmigrantes. Es probablemente sintomático del gran esfuerzo
de adaptación que requiere acostumbrarse a nuevas normas sociales, y con
frecuencia, a una lengua desconocida. Algunos niños de origen extranjero
pueden haber vivido el proceso migratorio en primera persona, lo cual, incluso cuando sucede a edades tempranas, suele tener un efecto desestabilizador.
Junto a las dificultades que entraña la integración cuando existen diferencias
culturales, cambiar de país acarrea, entre otras cosas, cambios en las rutinas,
separarse de los amigos y familiares y, en ocasiones, enfrentarse a la burla, la
hostilidad o exclusión por parte de otros niños. Existe abundante investigación
sobre niños y adolescentes inmigrantes en Estados Unidos y en otros países
con una historia migratoria más larga que España que han descrito estos efectos desestabilizadores en lo que se llama la generación 1.5 –niños de origen
inmigrante que llegan a otro país durante la infancia (Suárez-Orozco et al.,
2008; Kasinitz et al., 2008).
La tabla 6.5 muestra la relación entre competencia socioemocional y factores
relacionados con la estructura del hogar. Un 35% de los niños que viven en
hogares monoparentales entran en la categoría de competencia socioemocional baja, frente al 29% de niños en hogares biparentales. Pero las diferencias no
son significativas desde el punto de vista estadístico (probablemente a causa
de la baja representación de hogares monoparentales en la muestra). Tampoco
son significativas las diferencias que se observan entre hogares donde el niño
tiene hermanos y hogares donde no los tiene, y entre hogares donde convive
con abuelos y hogares donde esto no sucede.
162 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 6.5
Nivel de competencia socioemocional de los niños/as
según composición del hogar
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
COMPETENCIA
SOCIOEMOCIONAL
BAJA
COMPETENCIA
SOCIOEMOCIONAL
MEDIA
COMPETENCIA
SOCIOEMOCIONAL
ALTA
RAZÓN DE
PROBABILIDADES (b)
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
AJUSTADA (c)
Biparental
29
42
30
1
1
Monoparental
35
41
24
1,34
1,19
No residen en el hogar (a)
29
45
26
1
1
Residen en el hogar
29
40
31
0,98
1,02
No residen en el hogar
29
42
30
1
1
Residen en el hogar
34
39
27
1,29
1,16
COMPOSICIÓN DEL HOGAR
Estructura del hogar
Hermanos/as
Abuelos/as
† Nivel de significación del 10%
* Nivel de significación del 5%
** Nivel de significación del 1%
*** Nivel de significación del 1‰
Nota: a) La categoria «No residen» agrupa los casos en que el niño/a no tiene hermanos y los casos en que, teniéndolos, éstos no residen en el mismo hogar.
b) Probabilidad de que el niño/a tenga una competencia socioemocional baja, respecto a la probabildiad de tenerla
media o alta.
c) Probabilidad de que el niño/a tenga una competencia socioemocional baja, respecto a la probabildiad de tenerla
media o alta, en igualdad de condiciones socioeconómicas.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
(b) Estilos parentales y relaciones interpersonales en el hogar
Tan importantes o más que las condiciones socioeconómicas en el hogar son
las interacciones interpersonales que se producen. La atmósfera familiar en
que crece el niño viene determinada en buena medida por las relaciones interpersonales entre padres e hijos (configuradas por diferentes formas de ejercer
la paternidad y la maternidad) y las relaciones interpersonales entre los propios progenitores. En este sentido, las situaciones de tensión pueden afectar negativamente al desarrollo emocional del menor (Anthony et al., 2005;
Deater-Deckard, 1998).
Empezaremos el análisis examinando la influencia de las distintas formas de
ser padre en el nivel de competencia socioemocional. En la tabla 6.6 puede
observarse que los niños que viven en hogares donde los padres están menos
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
163
involucrados en la vida del hijo (donde se ejerce una paternidad «adaptativa», «tradicional» y «no comprometida», donde padres y madres están poco
involucrados en la vida de su hijo) el nivel de competencia emocional de los
niños tiende a ser más bajo que en los hogares donde los padres ejercen una
paternidad intensa o responsable. El efecto no es muy robusto tras controlar
por factores socioeconómicos, pero se mantiene en la dirección prevista.
TABLA 6.6
Nivel de competencia socioemocional de los niños/as
según estilos parentales
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
COMPETENCIA
SOCIOEMOCIONAL
BAJA
COMPETENCIA
SOCIOEMOCIONAL
MEDIA
COMPETENCIA
SOCIOEMOCIONAL
ALTA
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
AJUSTADA (a)
23
44
33
1
1
Responsable
27
40
32
1,28
1,24
Adaptativa
34
37
29
1,79*
1,68†
TIPOS DE PATERNIDAD
Intensa
Tradicional
36
42
22
1,88*
1,64†
Predispuesta
22
48
30
0,97
0,91
No compormetida
39
41
20
2,13*
1,84
† Nivel de significación del 10%
* Nivel de significación del 5%
** Nivel de significación del 1%
*** Nivel de significación del 1‰
Nota: a) Probabilidad de que el niño/a tenga una competencia socioemocional baja respecto a la probabildiad de
ternerla media o alta, en igualdad de condiciones socioeconómicas.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Un aspecto muy interesante es que los beneficios de las «actividades de estimulación cognitiva», descritas en el capítulo 3, no son de naturaleza exclusivamente cognitiva, sino también social y afectiva. Como vemos en el gráfico 6.5. los padres que realizan actividades de estimulación cognitiva con
sus hijos (leyéndoles cuentos y haciendo manualidades con ellos) tienen hijos
menos vulnerables desde el punto de vista socioemocional. La relación entre
estimulación cognitiva y capacidad socioemocional se mantiene significativa
también en igualdad de condiciones socioeconómicas del hogar.
164 INFANCIA Y FUTURO
GRÁFICO 6.5
Probabilidad de que el niño/a tenga un nivel de competencia
socioemocional bajo según el grado de exposición a actividades
de estimulación cognitiva
Niños/as de 5 a 10 años
PROBABILIDAD
0,40
0,35
0,30
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
ESTIMULACIÓN
COGNITIVA NULA
BAJA
MEDIA
MEDIA-ALTA
ESTIMULACIÓN
COGNITIVA ALTA
GRADO DE EXPOSICIÓN A ACTIVIDADES DE ESTIMULACIÓN COGNITIVA
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) El niño/a tiene competencia socioemocional baja; 0) no tiene competencia socioemocional baja.
Véase definición detallada en páginas 158-159. En el modelo se han introducido simultáneamente las siguientes
variables: edad del menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada laboral de
la madre y grado de exposición a actividades de estimulación cognitiva.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Hay dos elementos relacionados con la interacción entre padres e hijos que
han demostrado ser claves para explicar la baja competencia socioemocional
de los niños: el recurso a sanciones (como es amenazar con castigarlos, darles
un tiempo para que reflexionen sobre lo que han hecho, castigarlos mediante
distintas formas de privación, gritarles o darles un cachete) y el nivel de estrés
al que se ven sometidos los padres. Tal y como se puede apreciar en los gráficos siguientes, el empleo de acciones sancionadoras se asocia claramente con
el riesgo de presentar baja competencia socioemocional. El uso de refuerzos
positivos (felicitar al niño por cosas que ha hecho bien) no mantiene ninguna
relación con la probabilidad de tener una competencia socioemocional baja
(aunque, significativamente, sí existe una correlación positiva con la probabilidad de tener competencia socioemocional alta). En cambio, la relación entre
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
165
frecuencia de las acciones sancionadoras y bajas capacidades socioemocionales se mantiene para diversos métodos disciplinarios. Evidentemente, hay que
interpretar los datos con cautela, porque no podemos desentrañar la dirección
de la causalidad. Podemos apelar aquí a otras investigaciones sobre estas cuestiones. Estudios realizados en otros países con muestras longitudinales avalan
la idea de que el abuso de este tipo de métodos disciplinarios está en el origen
de problemas emocionales y de conducta, y restan importancia a la hipótesis
alternativa (Gershoff, 2002; Grogan-Kaylor, 2005).
GRÁFICO 6.6
Probabilidad de que el niño/a tenga un nivel de competencia
socioemocional bajo según frecuencia de aplicación de refuerzos
y castigos
Niños/as de 5 a 10 años
PROBABILIDAD
0,70
0,60
0,50
0,40
0,30
0,20
0,10
0,00
NINGUNA VEZ
ALGUNA VEZ
Le levanta la voz o grita
Le castiga (sin salir de la habitación, sin
ver la tele, sin jugar al ordenador, etc.)
CASI CADA DÍA
DIARIAMENTE
Le amenaza con castigarle
Le da un cachete
Le hace reflexionar sobre lo hecho
Le felicita por hacer cosas bien
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) El niño/a tiene competencia socio-emocional baja; 0) no tiene competencia socio-emocional baja.
Véase definición detallada en páginas 158 y 159. En el modelo se han introducido simultáneamente las siguientes
variables: edad del menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada laboral de
la madre y frecuencia de aplicación de refuerzos negativos y positivos. No existen datos suficientes para estimar
la probabilidad de que el niño tenga un nivel de competencia socioemocional bajo cuando sus progenitores le dan
un cachete a diario o casi a diario.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
166 INFANCIA Y FUTURO
Las interacciones entre padres e hijos se inscriben en un tejido de relaciones
amplio, en el que pueden darse situaciones de tensión, provocada por distintas
circunstancias sociales y ambientales. El gráfico 6.7 describe la relación entre
la frecuencia con que se producen tales situaciones (en sus diversas modalidades) y la competencia socioemocional del niño. Los datos muestran que,
independientemente de cuáles sean las condiciones socioeconómicas del niño
y la familia, dichas tensiones afectan al desarrollo de esas competencias. En
hogares donde se producen a menudo situaciones de tensión, la probabilidad
de que el niño presente bajos niveles de competencia socioemocional es más
elevada.
GRÁFICO 6.7
Probabilidad de que el niño/a tenga un nivel de competencia
socioemocional bajo según la frecuencia con que se producen
tensiones de distinta índole en el hogar
Niños/as de 5 a 10 años
PROBABILIDAD
0,60
0,50
0,40
0,30
0,20
0,10
0,00
ALGUNA VEZ
NUNCA
A MENUDO
FRECUENCIA DE TENSIONES EN EL HOGAR
Tensión por el reparto de tareas domésticas
Tensión por dificultades económicas
Tensión por estrés en el trabajo
Tensión por el cuidado del niño
Tensión por no disponer de tiempo
personal para relajarse
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) El niño/a tiene competencia socio-emocional baja; 0) no tiene competencia socio-emocional baja.
Véase definición detallada en páginas 158 y 159. En el modelo se han introducido simultáneamente las siguientes
variables: edad del menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada laboral de
la madre y frecuencia con que se producen tensiones de distinta índole en el hogar.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
167
6.3. El origen de la desafección escolar
El tercer y último aspecto relacionado con el bienestar infantil que analizaremos es el interés por los estudios y la escuela, y su reverso, los procesos
de desafección escolar y dificultades para seguir los estudios. El interés por
los estudios e implicación en la escuela (engagement) ha sido definido como
la constelación de actitudes y conductas interrelacionadas que promueven el
aprendizaje en un entorno académico (Marks, 2000; Newmann et al., 1992).
El compromiso escolar requiere concentración, dedicación y esfuerzo. Por el
contrario, la desafección escolar entraña déficits de atención, poco interés y
escasa inversión. Los problemas de desafección escolar limitan la capacidad
de aprender y el rendimiento educativo.
El compromiso escolar desde edades tempranas es un aspecto central para
propiciar el éxito académico, ya que fomenta la consecución de los objetivos
escolares y previene el abandono prematuro (Newmann et al., 1992; Rumberger, 1987). Los estudiantes tienden a obtener mejores notas cuando muestran interés por las tareas escolares (Csikszentmihalyi y Schneider, 2000). Los
alumnos que muestran niveles elevados de compromiso con la escuela tienden
a aprender más, a mostrarse más satisfechos de su paso por las instituciones escolares y a seguir estudiando tras finalizar la etapa obligatoria (Marks,
2000). La desafección, por el contrario, ha sido vinculada con retrasos en los
aprendizajes y dificultades para seguir los ritmos académicos previstos, lo que
a su vez puede desencadenar una espiral que culmina en el abandono escolar
prematuro (Finn, 1989; Marks, 2000; para el caso español, véase Fernández
Enguita et al., 2010). La desafección puede presentarse a edades muy tempranas y condicionar el desarrollo educativo del menor. Por ejemplo, Alexander
et al. (1997) han relacionado la falta de compromiso escolar en el primer curso
de primaria con la decisión de abandonar los estudios cuando los estudiantes
se encuentran en la educación secundaria. Existen también trabajos que detectan asociaciones entre compromiso escolar y otras dimensiones de la trayectoria de los menores. Así, un estudio de Manlove (1998) evidencia que las
estudiantes que presentan niveles elevados de implicación escolar son menos
proclives a tener embarazos prematuros en la adolescencia.
Conseguir que los niños desarrollen interés por los estudios y se identifiquen
con los objetivos escolares constituye sin duda un reto para educadores, padres
168 INFANCIA Y FUTURO
y responsables políticos. Aunque los síntomas más estudiados del desenganche (absentismo, repetición de curso, abandono) suelen producirse en etapas
educativas más avanzadas, el proceso que conduce a esos resultados comienza
a fraguarse en los primeros años de escolarización. Entender la naturaleza de
los determinantes del compromiso escolar, así como las influencias contextuales y de las relaciones interpersonales, resulta imperativo para detectar y
afrontar los problemas de modo preventivo.
A pesar de que el abandono prematuro y el rendimiento escolar son cuestiones
que han estado en el punto de mira de numerosos estudios, los problemas de
desafección han recibido una atención insuficiente. La Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales, que tiene un módulo dedicado a la educación
de niños con edades comprendidas entre los 5 y los 10 años, nos ofrece una
oportunidad poco común de acercarnos a la etapa en que los niños y niñas
empiezan a desenvolverse en el sistema escolar y cuyo destino no está escrito.
En estas etapas los problemas de concentración, la falta de interés o las dificultades para seguir una asignatura pueden condicionar su progreso escolar,
pero no constituyen todavía factores determinantes para su trayectoria posterior. Algunos alumnos que presentan estos problemas obtienen a pesar de ello
buenas notas (Martínez et al., 2004). Estudiar el compromiso escolar o los
problemas de desafección posibilita el análisis del proceso educativo desde un
nuevo enfoque, concentrando la atención en dimensiones con entidad propia,
que afectan al bienestar y la trayectoria personal de los niños más allá de sus
implicaciones educativas. En nuestro trabajo, hemos seleccionado tres indicadores de la desafección escolar en etapas tempranas en la trayectoria educativa
del menor, a partir de las respuestas que proporcionan los progenitores: a) «el
tutor o maestro les ha comentado que el niño tiene problemas para seguir alguna materia o asignatura»; b) «el tutor o maestro les ha comentado que tiene
problemas de concentración o para prestar atención», y c) «al niño no le gusta
estudiar». Capturan distintas dimensiones de la experiencia educativa, desde
la más académica (a) a otras de carácter más psicológico o actitudinal (b y c).
Un número considerable de padres de nuestra encuesta señala problemas de
desafección entre sus hijos: entre un 15% y un 30%, dependiendo del indicador que utilicemos, y de la edad y sexo del menor. Nuestro análisis confirma la investigación realizada en otros países que demuestra que, en todas
las etapas de escolarización obligatoria, los niños presentan mayores niveles
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
169
de desafección escolar que las niñas (Lee y Smith, 1994). En un 31% de los
hogares, los padres entrevistados indican que el tutor escolar les ha comentado que sus hijos varones tienen problemas de concentración; pero solo un
19% indica lo mismo respecto a sus hijas; un 27% de los padres señalan que
a sus hijos no les gusta estudiar, respecto a un 19% de las hijas; por último,
el 20% de los niños, frente al 16% de las niñas, tiene problemas para seguir
alguna materia o asignatura (véase gráfico 6.8). Estudios anteriores apuntan
además que la desafección aumenta a medida que los niños crecen (Jacobs
et al., 2002). Nuestros datos lo corroboran parcialmente. Tal como se como
se puede observar en el gráfico 6.9, no existe una relación lineal entre edad y
desafección en los distintos componentes analizados. El porcentaje de niños a
los que no les gusta estudiar o tienen problemas con una materia o asignatura
es bajo antes de los ocho años (cuando la carga docente es todavía baja), y algo
mayor con posterioridad, pero la prevalencia de problemas de concentración
muestra un comportamiento más errático.
GRÁFICO 6.8
Niños/as con problemas de desafección escolar según sexo
En porcentajes. Niños/as de 6 a 10 años
PORCENTAJE
35
30
25
20
15
10
5
0
TIENE PROBLEMAS
DE CONCENTRACIÓN (a)
NO LE GUSTA ESTUDIAR
Niños
TIENE PROBLEMAS PARA
SEGUIR ALGUNA ASIGNATURA
Niñas
Nota: a) Se trata de niños y niñas de 5 a 10 años de edad.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
170 INFANCIA Y FUTURO
GRÁFICO 6.9
Niños/as con problemas de desafección escolar según edad
En porcentajes. Niños/as de 5 a 10 años
PORCENTAJE
30
25
20
15
10
5
0
5 AÑOS
6 AÑOS
7 AÑOS
8 AÑOS
9 AÑOS
10 AÑOS
EDAD DEL NIÑO/A
Tiene problemas
de concentración
No le gusta estudiar
Tiene problemas para
seguir alguna asignatura
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
(a) Características socioeconómicas y estructura del hogar
El nivel de compromiso que adquieren los niños con el proceso de aprendizaje en la escuela se puede considerar el resultado de una combinación de
inclinaciones y predisposiciones naturales, la satisfacción (o insatisfacción)
que les procuran las experiencias y esfuerzos educativos, y las expectativas
de retorno que esperan obtener en el futuro (Csikszentmihalyi, 1999). Los
padres, con sus estímulos y atenciones, juegan un papel de primer orden en
la conformación de las preferencias y actitudes de los niños. La influencia
parental se materializa de diferentes modos. La más estudiada es la asociación
entre el estatus socioeconómico de los padres y los niveles de compromiso o
desafección de hijos e hijas (Lee y Smith, 1994). Esta relación es coherente
con la teoría del logro educativo, según la cual la educación de los padres es
el principal predictor del nivel educativo de los hijos (Sewell y Shah, 1968).
Gran parte de la investigación posterior rastrea los mecanismos responsables
de que se produzca esta relación.
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
171
Los resultados de la encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia confirma la relación entre la educación parental y el interés en los
estudios y compromiso escolar de los niños. Los datos sugieren inequívocamente que los problemas de concentración son menos comunes entre los hijos
de padres con niveles educativos altos; mientras el 29% de todos los padres
con estudios primarios señalan que el tutor escolar les ha comunicado que su
hijo o hija tiene problemas de concentración, esto ha ocurrido solo en el 19%
de las familias en que los padres tienen un título universitario. También es más
habitual encontrar familias con niveles educativos más bajos a las que el tutor
ha referido que sus hijos tienen problemas para seguir una asignatura: en las
familias en las que los progenitores solo tienen estudios primarios la razón de
probabilidades de presentar este tipo de problemas es cuatro veces más elevada que si al menos uno de los progenitores tiene estudios universitarios (en
igualdad de otras condiciones socioeconómicas). Entre los hijos de padres que
tienen estudios secundarios, la razón de probabilidades es dos veces más alta.
La significación de estos resultados se mantiene robusta si se ajusta por distintas características socioeconómicas del hogar (participación en el mercado de
trabajo y origen de los padres, así como edad y sexo del niño). Este resultado
es indicativo de que la influencia de la educación de los padres sobre el riesgo
de desafección no es simplemente el producto de la distribución desigual de
condiciones materiales y sociales que producen las credenciales educativas de
los progenitores. Como hemos tenido ocasión de comprobar en capítulos anteriores, los progenitores con niveles educativos más elevados tienden a dedicar
más tiempo de calidad a sus hijos, participan más a menudo (y desde edades
tempranas) en actividades de estimulación cognitiva, entienden mejor el valor
formativo de los programas extraescolares, y los seleccionan en consecuencia.
Es probable que los niños que desde pequeños se han beneficiado de esos
estímulos extraescolares estén mejor preparados para mantener la atención y
adaptarse a las dinámicas escolares de aprendizaje que aquellos que no han
estado expuestos a ese tipo de experiencias.
172 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 6.7
Desafección escolar según nivel de estudios de los padres
En porcentajes. Niños/as de 6 a 10 años
PORCENTAJE
RAZÓN DE
PROBABILIDAD ES (a)
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
AJUSTADA (b)
Nivel de estudios de la madre
Tiene problemas de concentración (c)
Primarios
29
1
1
Secundarios
28
0,97
0,91
Universitarios
19
0,59**
0,57**
Primarios
30
1
1
Secundarios
16
0,45***
0,46***
Universitarios
10
0,26***
0,28***
Tiene problemas para seguir
alguna asignatura
No le gusta estudiar
Primarios
27
1
1
Secundarios
24
0,89
0,88
Universitarios
18
0,61*
0,60*
Nivel de estudios del padre
Tiene problemas de concentración
Primarios
29
1
1
Secundarios
26
0,80
0,80
Universitarios
18
0,52***
0,63*
Tiene problemas para seguir
alguna asignatura
Primarios
25
1
1
Secundarios
17
0,63**
0,88
0,30***
0,52*
1
1
Universitarios
9,0
No le gusta estudiar
Primarios
27
Secundarios
21
0,70*
0,77
Universitarios
19
0,59**
0,69
† Nivel de significación del 10%
* Nivel de significación del 5%
** Nivel de significación del 1%
*** Nivel de significación del 1‰
Nota: a) Probabilidad de que el niño/a tenga algún problema de desafección escolar, respecto a la probabildiad
de no tenerlo.
b) Probabilidad de que el niño/a tenga algún problema de desafección escolar, respecto a la probabildiad de no
tenerlo, en igualdad de condiciones socioeconómicas.
c) Niños y niñas de 5 a 10 años.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
173
El tercer indicador analizado (si al niño le gusta estudiar) mantiene un nivel de
asociación más débil con el nivel educativo de los padres. Aun así, se puede
apreciar en la tabla 6.7 que en los hogares con niveles educativos más elevados los niños tienen menos tendencia a mostrar actitudes negativas respecto al
estudio. Es de esperar que las familias donde los propios progenitores han pasado más años en instituciones educativas otorguen mayor valor a los estudios
y probablemente tiendan a poner más empeño en inculcar este criterio a sus
hijos desde pequeños. Sin embargo, el hecho de que esta variable tenga una
relación menos intensa con la educación de los padres apunta a la posibilidad
de que esta dimensión del compromiso escolar sea más difícil de transmitir y
moldear todavía a esas edades, y responda quizás a rasgos más profundos de
la personalidad de cada niño.
En la tabla 6.8 aportamos información sobre la influencia de las pautas de
vinculación de los progenitores con el mercado de trabajo sobre los distintos
aspectos del compromiso escolar examinados. Al igual que en la tabla precedente, ofrecemos por separado los resultados para padres y madres. Algunos
de los resultados son, hasta cierto punto, contraintuitivos; otros son más previsibles. Entre estos, hay que destacar que, en igualdad de otras condiciones,
en los hogares donde el padre no trabaja, los niños tienden a presentar más
problemas, sobre todo en relación con dificultades con alguna asignatura. La
experiencia del desempleo o inactividad del padre puede ser un elemento desestabilizador del clima familiar, puesto que conlleva muchas veces situaciones
de tensión e incertidumbre que repercuten sobre el bienestar infantil. Más
llamativo es el efecto del trabajo femenino. En los hogares donde la madre
trabaja a tiempo completo los niños tienden a presentar menos problemas de
desafección. El efecto es poco robusto, pero contribuye a despejar dudas respecto a supuestas consecuencias negativas de la participación laboral femenina en el mercado de trabajo.
Por último, hay que mencionar que una proporción ligeramente superior de
niños de origen inmigrante tiene problemas para seguir una asignatura o materia. El 23% de los progenitores de estos niños señalan que el tutor les ha
comentado que su hijo tiene esas dificultades, cosa que sucede con el 17%
de los niños de origen español. Esta diferencia es estadísticamente significativa cuando se controlan otros factores socioeconómicos. No se observan, sin
embargo, brechas significativas en la probabilidad de que los niños de origen
inmigrante tengan problemas de concentración o de que no les guste estudiar.
174 INFANCIA Y FUTURO
TABLA 6.8
Desafección escolar según situación laboral de los padres
En porcentajes. Niños/as de 6 a 10 años
PORCENTAJE
RAZÓN DE
PROBABILIDADES(a)
RAZÓN DE
PROBABILIDADES
AJUSTADA (b)
Situación laboral de la madre
Tiene problemas de concentración (c)
No trabaja
26
1
1
Trabaja a tiempo parcial
29
1,18
1,33
Trabaja a tiempo completo
23
0,87
1,06
No trabaja
24
1
1
Trabaja a tiempo parcial
15
0,61*
0,72
Trabaja a tiempo completo
14
0,58**
0,87
Tiene problemas para seguir
alguna asignatura
No le gusta estudiar
No trabaja
24
1
1
Trabaja a tiempo parcial
22
0,88
0,96
Trabaja a tiempo completo
22
0,90
1,06
Situación laboral del padre
Tiene problemas de concentración
No trabaja
30
1
1
Trabaja a tiempo parcial
27
0,75
0,90
Trabaja a tiempo completo
24
0,87
0,78
Tiene problemas para seguir
alguna asignatura
No trabaja
23
1
1
Trabaja a tiempo parcial
27
1,17
1,22
Trabaja a tiempo completo
17
0,53**
0,62*
No le gusta estudiar
No trabaja
28
1
1
Trabaja a tiempo parcial
12
0,36*
0,38*
Trabaja a tiempo completo
22
0,75
0,78
† Nivel de significación del 10%
* Nivel de significación del 5%
** Nivel de significación del 1%
*** Nivel de significación del 1‰
Nota: a) Probabilidad de que el niño/a tenga algún problema de desafección escolar, respecto a la probabildiad
de no tenerlo.
b) Probabilidad de que el niño/a tenga algún problema de desafección escolar, respecto a la probabildiad de no
tenerlo, en igualdad de condiciones socioeconómicas.
c) Problemas de concentración calculados con niños y niñas de 5 a 10 años.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
175
(b) Estilos parentales e implicación de los padres
La implicación y seguimiento parental han sido identificados repetidamente
como un factor crítico para determinar los resultados educativos de los adolescentes. Partiendo de las primeras investigaciones desarrolladas por Coleman (1988), distintos autores han planteado que el rendimiento escolar de
los estudiantes depende en buena medida de características familiares, cuestionando la capacidad explicativa de los aspectos escolares. Pese a que estas
aproximaciones puedan sobrevalorar la influencia de factores familiares, parece razonable pensar que las conductas y actitudes de los padres y madres, los
valores que transmiten, y los estilos parentales que ponen en práctica resultan
decisivos sobre todo a edades tempranas, cuando los padres ejercen un grado
elevado de control sobre las actividades infantiles.
La implicación de los padres en el desarrollo psicológico y educativo de los
hijos puede considerarse una de las principales responsabilidades parentales.
Ahora bien, no todas las formas e intensidades de esta implicación tienen el
mismo efecto. En el gráfico 6.10 se describe el efecto del grado de implicación
del padre y la madre en la probabilidad de que un niño de 6 a 10 años muestre
problemas con una asignatura o materia, en igualdad de condiciones sociodemográficas. Es fácil observar que cuanto menor es el nivel de implicación del
padre o de la madre (especialmente de esta última), mayor es el riesgo de sufrir esos problemas. El grado de implicación de los progenitores tiene también
un efecto sobre las probabilidades de que al niño no le guste estudiar (gráfico
6.11). No hemos detectado, en cambio, un efecto significativo sobre la probabilidad de que el niño muestre problemas de concentración.
176 INFANCIA Y FUTURO
GRÁFICO 6.10
Probabilidad de que el niño/a tenga problemas para seguir
una asignatura según grado de implicación de la madre y el padre
Niños/as de 6 a 10 años
PROBABILIDAD
0,50
0,45
0,40
0,35
0,30
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
NADA O POCO IMPLICADO
BASTANTE IMPLICADO
MUY IMPLICADO
GRADO DE IMPLICACIÓN
Madre
Padre
Nota: La probabilidad se calcula a partir de modelos de regresión logística donde la variable dependiente tiene dos
valores: 1) el tutor o maestro de la escuela ha comentado que el niño/a tiene problemas para seguir alguna materia
o asignatura, 0) el tutor no lo ha comentado. En el modelo se han introducido las siguientes variables: edad del
menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada laboral de la madre y grado
de implicación de la madre y grado de implicación del padre.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
177
GRÁFICO 6.11
Probabilidad de que al niño/a no le guste estudiar según grado
de implicación de la madre y el padre
Niños/as de 6 a 10 años
PROBABILIDAD
0,50
0,45
0,40
0,35
0,30
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
NADA O POCO IMPLICADO
BASTANTE IMPLICADO
MUY IMPLICADO
GRADO DE IMPLICACIÓN
Madre
Padre
Nota: La probabilidad se calcula a partir de modelos de regresión logística donde la variable dependiente tiene dos
valores: 1) el niño/a ha comentado que no le gusta estudiar, 0) el niño/a no lo ha comentado. En el modelo se han
introducido las siguientes variables: edad del menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la
madre, jornada laboral de la madre, grado de implicación de la madre y grado de implicación del padre.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
Un segundo aspecto sometido a análisis es la influencia sobre la desafección
escolar de las diferentes formas de ejercer la paternidad identificadas en el capítulo 4. Los resultados vuelven a acreditar la importancia de la intervención
de los padres en la prevención de problemas de desafección. Los niños cuyos
padres ejercen una paternidad intensa o responsable tienden a presentar menos
dificultades para seguir una asignatura o materia. En igualdad de condiciones,
los riesgos son mayores en familias tradicionales, en las que la madre está
involucrada en el cuidado y atención a los hijos y no lo está el padre, y en
hogares donde ambos progenitores muestran un grado bajo de compromiso.
178 INFANCIA Y FUTURO
GRÁFICO 6.12
Probabilidad de que el niño/a tenga problemas para seguir
una asignatura según tipos de paternidad
Niños/as de 6 a 10 años
PROBABILIDAD
0,30
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
INTENSA
RESPONSABLE
ADAPTATIVA
TRADICIONAL
PREDISPUESTA
NO COMPROMETIDA
TIPOS DE PATERNIDAD
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) el tutor o maestro de la escuela ha comentado que el niño/a tiene problemas para seguir alguna
materia o asignatura, 0) el tutor no lo ha comentado. En el modelo se han introducido simultáneamente las
siguientes variables: edad del menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada
laboral de la madre y tipología de paternidad.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
La influencia de la familia sobre las actitudes de los niños en la escuela se
extiende también sobre otros dominios. Así, la calidad de la relación de la
pareja y las tensiones originadas por aspectos relacionados con el trabajo o las
dificultades económicas pueden afectar al ambiente que se vive en el hogar y,
en consecuencia, al bienestar del menor. Nuestro análisis estudia la influencia
de diferentes formas de tensión sobre el riesgo de desafección: reparto de tareas domésticas, cuidado del niño, dificultades económicas, no disponer de
tiempo personal para relajarse o desconectar. En los gráficos 6.13, 6.14 y 6.15
se puede apreciar que existe una relación positiva entre la probabilidad de tener problemas de desafección y la existencia frecuente de tensiones en el hogar. Esta relación se mantiene en igualdad de condiciones socioeconómicas
del hogar y características del niño (nivel de educación de los padres, sexo y
origen del niño). La forma de desafección que parece más vinculada con las
tensiones en el hogar es la dificultad para seguir una asignatura, que está estreLA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
179
chamente ligada a tensiones en el hogar por la distribución del cuidado de los
niños. Los problemas de concentración están más relacionados con tensiones
derivadas del estrés laboral de los progenitores. Estos resultados apoyan la
hipótesis de que las tensiones familiares, estén o no vinculadas con los niños,
afectan directamente al compromiso escolar de los niños.
GRÁFICO 6.13
Probabilidad de que el niño/a tenga problemas de concentración
según la frecuencia de tensiones de distinta índole en el hogar
Niños/as de 5 a 10 años
PROBABILIDAD
0,40
0,35
0,30
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
NUNCA
ALGUNA VEZ
A MENUDO
FRECUENCIA DE TENSIONES EN EL HOGAR
Tensión por el reparto de tareas domésticas
Tensión por dificultades económicas
Tensión por estrés en el trabajo
Tensión por el cuidado del niño
Tensión por no disponer de tiempo
personal para relajarse
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) el tutor o maestro de la escuela ha comentado que el niño/a tiene problemas de concentración,
0) el tutor no lo ha comentado. En el modelo se han introducido simultáneamente las siguientes variables: edad
del menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada laboral de la madre y
frecuencia de tensiones de distinta índole en el hogar.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
180 INFANCIA Y FUTURO
GRÁFICO 6.14
Probabilidad de que el niño/a tenga problemas para seguir una
asignatura según la frecuencia de tensiones de distinta índole
en el hogar
Niños/as de 6 a 10 años
PROBABILIDAD
0,55
0,50
0,45
0,40
0,35
0,30
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
NUNCA
ALGUNA VEZ
A MENUDO
FRECUENCIA DE TENSIONES EN EL HOGAR
Tensión por el reparto de tareas domésticas
Tensión por dificultades económicas
Tensión por estrés en el trabajo
Tensión por el cuidado del niño
Tensión por no disponer de tiempo
personal para relajarse
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) el tutor o maestro de la escuela ha comentado que el niño/a tiene problemas para seguir alguna
materia o asignatura, 0) el tutor no lo ha comentado. En el modelo se han introducido simultáneamente las
siguientes variables: edad del menor, sexo del menor, origen de los padres, nivel de estudios de la madre, jornada
laboral de la madre y frecuencia de tensiones de distinta índole en el hogar.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
LA EMERGENCIA DE RIESGOS SOCIALES EN LA INFANCIA
181
GRÁFICO 6.15
Probabilidad de que el niño haya manifestado que no le gusta estudiar
según la frecuencia de tensiones de distinta índole en el hogar
Niños/as de 6 a 10 años
PROBABILIDAD
0,45
0,40
0,35
0,30
0,25
0,20
0,15
0,10
0,05
0,00
ALGUNA VEZ
NUNCA
A MENUDO
FRECUENCIA DE TENSIONES EN EL HOGAR
Tensión por el reparto de tareas domésticas
Tensión por dificultades económicas
Tensión por estrés en el trabajo
Tensión por el cuidado del niño
Tensión por no disponer de tiempo
personal para relajarse
Nota: La probabilidad se calcula a partir de un modelo de regresión logística donde la variable dependiente tiene
dos valores: 1) el niño/a ha comentado que no le gusta estudiar, 0) el niño/a no lo ha comentado. En el modelo
se han introducido simultáneamente las siguientes variables: edad del menor, sexo del menor, origen, nivel de
estudios de la madre, jornada laboral de la madre y frecuencia de tensiones de distinta índole en el hogar.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta sobre Relaciones Inter e Intrageneracionales en la
Infancia, 2010.
En resumen, los resultados de los análisis vuelven a evidenciar la poderosa
influencia de las relaciones intergeneracionales en fenómenos de desafección
escolar observados a edades tempranas. Evidencias como estas invitan a resituar el foco de atención de los problemas educativos que conducen al fracaso
escolar y al abandono prematuro de los estudios en etapas de la infancia que a
menudo se ignoran. Las brechas entre el éxito y el fracaso educativo empiezan
a abrirse antes de que el problema se exprese en toda su plenitud en la adolescencia. A la luz de las evidencias, parece poco dudoso que el escenario donde
empiezan a torcerse muchas cosas es el hogar.
182 INFANCIA Y FUTURO
Conclusiones
Nuestra sociedad muestra una actitud ambivalente hacia los niños: tan pronto
los considera seres frágiles e inocentes que deben ser cuidados y protegidos,
como ve en ellos a unos pequeños incontrolados (incluso perversos) que, si no
son debidamente socializados, terminarán siendo jóvenes díscolos o víctimas
del fracaso. Ángeles o demonios. Históricamente, la función de cuidado y protección ha sido reservada a la familia, y la educativa, a la escuela. Nadie podía
proteger mejor a los niños que sus propios padres. Los estados solo debían
intervenir en última instancia, cuando las familias habían acreditado manifiestamente su negligencia o incapacidad para atender a las necesidades básicas
del menor, o bien incurrían en prácticas flagrantes de abuso. En cambio, por
lo que respecta a la función educativa, la mayoría de los estados llevan más de
un siglo otorgándose la responsabilidad principal sobre la infancia. Tener niños bien educados, que puedan ejercer adecuadamente su ciudadanía, es para
los estados un objetivo demasiado importante como para dejarlo en manos de
unos adultos que a menudo no son capaces de mantener en orden sus propias
vidas. La institución escolar, como la escolarización obligatoria, simbolizan
ese interés público por controlar la formación de los ciudadanos.
Sin embargo, las bases de la relación entre niños, familias y Estado han cambiado en los últimos años. Progresivamente los estados han colonizado espacios de protección tradicionalmente reservados a las familias, pero que estas
–inmersas en un vertiginoso proceso de transformación– se muestran incapaces de administrar eficazmente. Al mismo tiempo, muchas familias están cada
vez más dispuestas a «desfamiliarizar» ciertos aspectos de la protección. En
un número creciente de familias existe la convicción de que las ayudas del
Estado a la familia deben aumentar, tanto por lo que respecta al apoyo económico como en cuanto a oferta de servicios de cuidado infantil. Las familias
CONCLUSIONES 183
reconocen que han dejado de ser la entidad autosuficiente que un día pudieron
ser, y necesitan apoyo público para desarrollar con eficacia sus funciones. En
este proceso se han superado (al menos entre capas mayoritarias de la población) algunas creencias tradicionales –como las que consideraban que un niño
pequeño debe criarse junto a la falda de su madre (o abuela)– y se han vencido
prejuicios sobre la participación de los padres, o de cuidadores profesionales,
en las actividades de crianza.
Pero, resulta una paradoja, que ha sido precisamente la ausencia de niños (o al
menos su escasez) lo que ha contribuido a hacer de ellos (y, consecuentemente, a las familias que deciden tenerlos o no tenerlos) un asunto de preocupación pública. Como hemos visto en páginas anteriores, las personas que tienen
hijos se procuran experiencias gratificantes durante la crianza. Con ellas enriquecen su vida y contribuyen así a su autorrealización personal. Pero también
incurren en costes personales, a veces bastante elevados. Por este motivo, un
número creciente de parejas no tienen hijos, no se animan a tener el segundo
o el tercero, o al menos aplazan el momento de tenerlos hasta que el peso de
esos costes deje de comprometer otros aspectos del propio bienestar personal
que consideran importantes. Aún así, el terreno de las relaciones afectivas y
sentimentales raramente se rige por balances de coste y beneficio. La inmensa
mayoría de las parejas acaban teniendo descendencia, y asumen las cargas que
ello comporta, muchas veces en circunstancias adversas. En tales situaciones,
cuidar apropiadamente a los niños exige renuncias.
Los resultados de nuestro trabajo ponen de manifiesto que las renuncias no se
distribuyen uniformemente entre la población. Los niños siguen siendo cuidados principalmente por sus madres, quienes son, en consecuencia, las que
asumen con mayor frecuencia los sacrificios que exige la dedicación a los
hijos. Algunas madres abandonan el mercado de trabajo, reducen sus jornadas
laborales o cambian de empleo para cuidar a sus hijos. Pero, a diferencia de
lo que sucedía en el pasado, es decreciente el número de madres dispuestas a
renunciar definitivamente a las aspiraciones laborales. Nos hallamos ante una
generación de madres que en su mayoría trabajan mientras siguen cuidando a
sus hijos, en primer lugar porque quieren, y en segundo, porque se ven obligadas a ello (a fin de obtener los ingresos necesarios para el sustento de la familia, para asegurarse la vejez o para prevenir las consecuencias de un divorcio).
Nuestro trabajo ha tratado de poner en evidencia en qué medida este cambio
184 INFANCIA Y FUTURO
radical en la arquitectura de las relaciones familiares ha llegado acompañado
de otras transformaciones (lo que, en estadística, se conoce como variables intervinientes), que han acrecentado o paliado las implicaciones de ese cambio
en la vida de los menores.
En este sentido, la primera conclusión de nuestra investigación contradice algunas expectativas cuasi apocalípticas sobre las consecuencias de este tránsito
social. La evidencia aportada en este trabajo –y que corrobora la obtenida en
otros países– muestra inequívocamente que los hogares donde las madres trabajan no son espacios fríos y desangelados, donde los niños pasan largas horas
atendidos por «madres sustitutas» menos comprometidas en su cuidado, o en
soledad, mientras esperan a sus progenitores ausentes. Las familias recurren a
menudo, efectivamente, a madres sustitutas, generalmente procedentes de su
círculo familiar íntimo (muchas veces son las abuelas) y aportan dosis de dedicación y compromiso equivalente a las que cabría esperar de las madres. Por
ejemplo, el 55% de las familias entrevistadas con niños de 0 a 2 años han recurrido en el último mes a la ayuda de alguien que no vive en el hogar para
cuidar a sus hijos. Pero esto no siempre es posible. Quizás cada vez menos.
Por ello las familias encuentran también otras soluciones, sin que se tambaleen los cimientos de una buena crianza. Muy al contrario: a la luz de los datos, hay que congratularse de algunas magníficas noticias.
En primer lugar, hay que saludar con optimismo el compromiso adquirido en
los últimos años por los padres de los niños. Los cambios observados en la
actitud de los varones hacia la distribución de responsabilidades de género,
refrendados parcialmente en la práctica cotidiana en los hogares, están contribuyendo a forjar nuevas formas de entender la masculinidad. El ejercicio de la
paternidad es uno de los espacios donde se han producido progresos más relevantes. Nuestro estudio ha contribuido a evidenciar algunos beneficios de las
nuevas formas de ejercer la paternidad. Los beneficiarios del cambio son sus
parejas, los climas familiares y, en última instancia, los niños. Por lo que respecta a las primeras, las madres, los análisis indican que los padres que muestran una elevada implicación en la vida de sus hijos contribuyen a aliviar en un
grado importante las angustias y sentimientos de culpabilidad de las madres
que trabajan, por no poder dedicar más tiempo a sus hijos. Si las mujeres que
trabajan a tiempo completo tienen una pareja que no dedica tiempo suficiente
a sus hijos, la probabilidad de que consideren que su propia dedicación a los
CONCLUSIONES 185
hijos es insuficiente es 3,4 veces más alta que si la implicación de la pareja es
elevada (en igualdad de otras condiciones). En cuanto a los beneficios para los
climas familiares, la corresponsabilización masculina es esencial para prevenir situaciones de tensión derivadas del reparto de tareas domésticas o de cuidado en el hogar. Por ejemplo, en los hogares donde ambos progenitores trabajan la probabilidad de que se produzcan tensiones por el cuidado de los
hijos es un 52% más elevada cuando solo la madre está muy implicada que si
ambos progenitores están plenamente corresponsabilizados. Por si esto no
fuera suficiente, los resultados de los análisis estadísticos apuntan a que la
dedicación de padres intensos y responsables repercute positivamente en
la salud del menor, en sus competencias socioemocionales o en su compromiso escolar. La probabilidad de que un niño de 5 a 10 años tenga problemas de
obesidad es, en igualdad de otras condiciones, casi dos veces mayor cuando el
padre le dedica un tiempo insuficiente que cuando su grado de compromiso es
intenso. La magnitud de la brecha observada es similar si examinamos la probabilidad de que el niño tenga problemas para seguir una asignatura según el
grado de dedicación de su progenitor.
En segundo lugar, no hay razones para alarmarse por el incremento extraordinario de familias que recurren a los servicios de cuidado externo. La sustitución de un sistema que descansaba en el sacrificio de madres y abuelas por
otro, en que los niños permanecen a cargo de profesionales del cuidado, no
repercute necesariamente de forma negativa sobre el bienestar infantil, siempre que dichos servicios reúnan estándares de calidad elevados y puedan ser
accesibles a colectivos desfavorecidos. Por una parte, es un error dar por sentado que los cuidados intensivos de una madre no trabajadora o de una abuela
que la sustituye garantizan, en todos los casos, el mejor desarrollo del menor.
Los análisis presentados en este libro evidencian indicios de ventaja (o al menos ausencia de desventaja) en indicadores de bienestar entre hijos de madre
trabajadora a tiempo completo, en igualdad de otras condiciones socioeconómicas. También acreditan que las abuelas no siempre procuran el mejor cuidado a sus nietos, como revela por ejemplo la asociación entre presencia de una
abuela en casa y un mayor riesgo de obesidad.
Por otra parte, un gran volumen de investigaciones han acreditado que la
asistencia de los menores a guarderías puede tener un efecto beneficioso sobre su desarrollo cognitivo y social, especialmente si provienen de entornos
186 INFANCIA Y FUTURO
desfavorecidos. En nuestro análisis del impacto que tiene el haber asistido a
una guardería sobre indicadores de salud y bienestar infantil, no detectamos
diferencias significativas entre menores de 5 a 10 años que habían asistido a
guarderías y otros que no lo hicieron. Nueve de cada diez padres y madres que
llevan a sus hijos a la guardería se muestran satisfechos con los servicios recibidos, aunque también hay que decir que existen sospechas fundadas de que
una proporción minoritaria de ellas –entre el 10 y el 20%– prestan servicios
de calidad mejorable. Aproximadamente tres de cada cuatro padres o madres
entienden que las guarderías ofrecen oportunidades a los niños para desarrollar competencias cognitivas y sociales que, o bien no encuentran en casa o, en
otro caso, pueden complementar las ya adquiridas en la familia. A tenor de los
datos examinados en el presente estudio, no hay razones poderosas para poner
en duda esta opinión.
Del mismo modo, no existen motivos de alarma por la participación de los
niños de 5 a 10 años en actividades extraescolares programadas. Según las
respuestas de sus padres, los niños tienden a estar muy o bastante satisfechos
con los programas extraescolares a los que acuden. Aunque nunca puede descartarse que la respuesta refleje en buena medida ciertas dosis de autoengaño:
dos de cada tres progenitores declaran que en su decisión de llevar a sus hijos a
programas extraescolares influyó «mucho» o «bastante» el deseo de sus hijos,
y son una minoría los que reconocen que en tal decisión pesaron necesidades
de conciliación entre vida laboral y familiar (algo menos del 25% de los progenitores manifiestan que en su decisión pesaron mucho o bastante sus horarios de trabajo). En los hogares actuales, los niños no se limitan a ser sujetos
pasivos de las decisiones que sus progenitores adoptan unilateralmente y sin
consultarles. Los niños valoran las oportunidades de formación y entretenimiento que se abren a través de la participación en este tipo de actividades, y
esa valoración es, en un contexto de creciente reconocimiento de la individualidad del menor, un factor que no puede ignorarse.
Ciertamente estos resultados no abonan la hipótesis de que los niños de hoy
se están convirtiendo en una generación en riesgo. Pero, como advertimos ya
en la introducción, no todo son noticias halagüeñas. En un contexto de envejecimiento, los niños en situaciones de más vulnerabilidad son los grandes
olvidados de los sistemas de protección pública. Las tasas de pobreza infantil
en España y los indicadores de logro educativo son, por lo general, malos.
CONCLUSIONES 187
Las evidencias presentadas sitúan en riesgo de vulnerabilidad a algunos de los
colectivos que más peso demográfico han ganado en los últimos tiempos tras
los grandes cambios sociales que vive nuestra sociedad, como son los niños
que viven en familias monoparentales o de origen inmigrante. Resulta especialmente preocupante la situación de estos últimos, que aparecen sistemáticamente en los lugares más altos en todos los rankings de vulnerabilidad, tanto
por sus niveles de pobreza como de obesidad, competencia socioemocional o
fracaso escolar. Aproximadamente cuatro de cada diez niños de origen inmigrante de 10 o menores de 10 años viven en un hogar en situación de pobreza;
el 21% de los de 5 a 10 años tienen un problema de obesidad; el 38% presentan niveles bajos de competencia socioemocional, y el 23% tienen problemas
para seguir una asignatura. La acumulación de riesgos y situaciones adversas
en la infancia amenaza con abrir fracturas sociales difíciles de revertir.
Ante esta situación resulta imperioso preguntarse qué pueden hacer los sistemas de provisión colectiva –que comienzan por el trabajo de las administraciones públicas, pero que cada vez más incorporan a una pléyade de actores
diversos comprometidos en estas responsabilidades– para corregir fenómenos de nueva exclusión social que comienzan en la infancia y condicionan la
trayectoria vital de las personas. Esta pregunta resulta muy pertinente en un
momento en que los horizontes de envejecimiento demográfico que se avecinan –y los retos que nos plantean como sociedad– amenazan con eclipsar el
debate sobre las necesidades y demandas de grupos situados en las primeras
etapas del ciclo vital. Hoy, más que nunca, es necesario reflexionar acerca de
las medidas con que se puede promover el «interés superior del menor». A
este respecto, con el presente trabajo no podemos ofrecer un recetario, pero sí
aspirar a que las argumentaciones presentadas, fundamentadas en la investigación y la evidencia acumulada en trabajos similares, en España y otros países,
sirvan para orientar acciones sociales concretas. En este sentido, es necesario
destacar:
1. El trabajo de las madres resulta crucial para prevenir situaciones de exclusión económica en la infancia, especialmente para los colectivos en situaciones más vulnerables. Promover el trabajo femenino implica crear condiciones que lo favorezcan, especialmente entre las madres cuyos costes
de oportunidad de trabajar (en lugar de permanecer en casa cuidando a sus
hijos) son más altos. El desigual acceso a los centros de cuidado infantil,
188 INFANCIA Y FUTURO
detectado en el presente estudio, tiene efectos contrarios a lo que sería deseable. Igualmente, los fenómenos de discriminación salarial femenina en
el mercado de trabajo y de subempleo constituyen un factor desincentivador
del trabajo de las madres.
2. La dedicación de madres y padres a sus hijos es una inversión de primer
orden para favorecer el bienestar presente y el desarrollo social y cognitivo
de los niños. Como hemos tenido ocasión de comprobar, esta dedicación no
se expresa simplemente en «cantidad de tiempo», sino que más bien tiene
que ver con los usos a los que padres y madres destinan ese tiempo. Es
evidente, sin embargo, que el compromiso parental resulta inviable cuando
madres y padres están «desbordados». La existencia de tiempo intergeneracional compartido no depende meramente de la duración de la jornada
laboral, sino también de que los horarios de trabajo de padres y madres sean
previsibles y regulares, y que los tiempos compartidos puedan ser vividos
verdaderamente como «tiempo familiar», sin el factor distorsionador de las
horas extras o el trabajo que los progenitores se llevan a casa. Cenar juntos
u otros rituales familiares, como ver la televisión en el salón o las actividades compartidas de fin de semana al aire libre, son nexos importantes
de unión intergeneracional que tendrían que quedar blindados frente a las
interferencias del mundo laboral. El punto de partida de las «políticas de
conciliación» es promover que padres y madres e hijos e hijas dispongan
de tiempo en los momentos en que lo necesitan (en expresión anglosajona,
Having time at the right time). Eso implica extender nuevos derechos y
prácticas laborales, para favorecer la posibilidad de que los trabajadores
puedan reorganizar sus tiempos de trabajo en función de las necesidades de
coordinación dentro de las familias.
3. El ejercicio de nuevas formas de paternidad tiene beneficios inequívocos
para el menor en un contexto en que las transformaciones de la biografía
femenina son irreversibles. El camino de vuelta hacia un mundo donde las
mujeres asumían roles de cuidado y educación de los hijos ha quedado bloqueado, y cualquier aspiración a desbloquearlo (ni siquiera parcialmente)
resulta improductiva y posiblemente contraproducente para los menores.
Por ello es necesario dar a conocer las ventajas de la implicación masculina
en esas responsabilidades, no solo para mejorar los climas familiares en hogares donde ambos progenitores trabajan, sino también en aras de favorecer
CONCLUSIONES 189
el bienestar general de los niños. Las iniciativas legislativas deben encaminarse a favorecer la corresponsabilización de los padres desde el nacimiento
del hijo, eliminando la fundamentación de derechos en supuestos sexistas
acerca de cuál es el progenitor más facultado para quedar a cargo del menor
en diferentes etapas y transiciones vitales. Más allá de estas iniciativas, es
importante complementar esa extensión de los derechos y oportunidades de
los hombres fomentando una cultura de corresponsabilización que refuerce
su disposición a implicarse en los cuidados y educación de los hijos.
4. La salud infantil es condición sine qua non para la igualdad de oportunidades en la vida. La salud infantil tiene determinantes sociales que es necesario tener presentes y abordar desde edades tempranas (algunos incluso
desde antes del nacimiento). Fenómenos como la obesidad, responsables
de una gran cantidad de afecciones y problemas de salud en la vida adulta, tienen su origen en la infancia. Igualmente, los malestares infantiles o
los déficits de competencias socioemocionales lastran las oportunidades de
progreso personal y educativo de los menores. La detección precoz de estas
situaciones resulta crucial para frenar sus consecuencias.
5. Los sistemas educativos no están capacitados para corregir los efectos que
las desigualdades sociales producen en el rendimiento académico y el logro
escolar. Dichas desigualdades tienen, en buena medida, su origen en factores
ajenos a la escuela, y probablemente es fuera de ella donde deben buscarse
también algunas de las nuevas soluciones. Resulta difícil modificar los estilos parentales responsables de algunas de estas desigualdades o dotar a familias que no lo tienen del capital cultural que facultará a sus hijos para asegurarse el éxito en su periplo educativo. Aun reconociendo tales dificultades,
los progenitores deben conocer el papel determinante que pueden jugar en la
trayectoria educativa de sus hijos y encontrar incentivación, apoyo y asesoramiento público para ejercer responsablemente sus funciones parentales. Por
otra parte, la estimulación cognitiva y de otras capacidades esenciales para
el logro educativo no es un objetivo que pueda alcanzarse solo en el espacio
familiar o escolar. El papel de otros servicios formales (centros preescolares,
programas extraescolares) puede resultar clave siempre que se promueva el
acceso a los niños que más pueden beneficiarse de ellos.
190 INFANCIA Y FUTURO
Para conseguir todo lo anterior es indispensable que las dotaciones presupuestarias de las políticas familiares se sitúen, comparativamente con otros países,
al nivel a que se sitúan (en términos también comparativos) las dotaciones en
otras partidas, como las de protección a la vejez, la asistencia sanitaria o las
políticas de beneficios pasivos a los desempleados. Nos encontramos en el furgón de cola de los países de la OCDE en lo que se refiere a políticas de protección y apoyo a las familias, especialmente cuando tienen hijos dependientes.
Esta anomalía denota una falta de compromiso con estas formas de protección
y es reflejo de inercias históricas. El futuro de nuestra sociedad reclama un
cambio de rumbo. En un mundo como el que nos ha tocado vivir, no invertir
en infancia es un lujo que ya no nos podemos permitir.
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206 INFANCIA Y FUTURO
Índice de gráficos y tablas
Gráficos
2.1
Probabilidad de que en los hogares con niños de 0 a 10 años se vivan
situaciones de tensión por distintos motivos, según modelos de
distribución de responsabilidades de género
42
Mujeres que han tenido que abandonar alguna actividad desde que
nació su hijo/a según su nivel de estudios
53
3.2 Tiempo que pasan por término medio padres y madres con sus hijos/as,
según la edad del niño. Días laborables y fin de semana
64
3.3 Tiempo que pasan por término medio padres y madres con sus hijos/as
según su nivel de estudios. Días laborables y fin de semana
65
3.4 Tiempo que pasan por término medio padres y madres con sus hijos/as
según situación laboral de la pareja. Días laborables y fin de semana
66
3.5 Valoración que padres y madres realizan sobre el tiempo
que pasan con su hijo/a
68
3.1
3.6
Probabilidad de que la madre considere que el tiempo que pasa con su
hijo/a es insuficiente en diferentes escenarios de corresponsabilización
3.7 Frecuencia con que los padres han realizado distintas actividades
con el niño/a en la última semana
3.8
Probabilidad de llevar a sus hijos/as a una guardería,
centro de educación preescolar o centro de cuidado de niños,
según nivel de ingresos del hogar
4.1 Tipos de paternidad
70
73
82
97
4.2
Probabilidad de haber recibido un cachete en la última semana,
según el grado de estimulación cognitiva
110
4.3
Probabilidad de haber recibido un cachete en la última semana,
según la existencia de situaciones de tensión en el hogar debidas
a diversos motivos
111
ÍNDICE DE GRÁFICOS Y TABLAS 207
4.4 Nivel de comprensión lectora de los niños de 10 años según
la frecuencia con que los padres les leían cuentos hasta los tres años
5.1
Menores matriculados en actividades extracurriculares según sexo
y tipo de actividad
5.2 Frecuencia de participación en actividades extraescolares
5.3
Menores que no participan en ninguna actividad extraescolar según
características del hogar y situación socioeconómica familiar
5.4 Frecuencia de participación en actividades no estructuradas
117
123
124
125
128
6.1
Probabilidad de que los niños/as sufran obesidad según el peso
de sus padres
147
6.2
Probabilidad de que el niño/a sea obeso según la percepción del tiempo
que los padres pasan con él/ella
152
6.3
Probabilidad de que el niño/a sea obeso según tipos de paternidad
153
6.4
Probabilidad de que el niño/a sea obeso según nivel de síntomas
depresivos
155
6.5
Probabilidad de que el niño/a tenga un nivel de competencia
socioemocional bajo según el grado de exposición a actividades
de estimulación cognitiva
165
Probabilidad de que el niño/a tenga un nivel de competencia
socioemocional bajo según frecuencia de aplicación de refuerzos
y castigos
166
Probabilidad de que el niño/a tenga un nivel de competencia
socioemocional bajo según la frecuencia con que se producen tensiones
de distinta índole en el hogar
167
6.8
Niños/as con problemas de desafección escolar según sexo
170
6.9
Niños/as con problemas de desafección escolar según edad
171
6.6
6.7
6.10 Probabilidad de que el niño/a tenga problemas para seguir una asignatura
según grado de implicación de la madre y el padre
177
6.11 Probabilidad de que al niño/a no le guste estudiar según grado
de implicación de la madre y el padre
178
6.12 Probabilidad de que el niño/a tenga problemas para seguir una asignatura
según tipos de paternidad
179
6.13 Probabilidad de que el niño/a tenga problemas de concentración según
la frecuencia de tensiones de distinta índole en el hogar
180
6.14 Probabilidad de que el niño/a tenga problemas para seguir una asignatura
según la frecuencia de tensiones de distinta índole en el hogar
181
208 INFANCIA Y FUTURO
6.15 Probabilidad de que el niño haya manifestado que no le gusta estudiar
según la frecuencia de tensiones de distinta índole en el hogar
182
Tablas
2.1
Motivos más importantes para tener un hijo entre mujeres
que no tienen hijos pero desean tenerlos y mujeres que ya tienen
hijos pero quisieran tener más
30
2.2
Motivos más importantes para no tener hijos. Mujeres
de 25 a 39 años sin hijos y que no quieren tenerlos
33
2.3
Motivos más importantes para no tener hijos. Mujeres
de 25 a 39 años que tienen hijos y no quieren tener más
34
2.4
Reparto de las tareas domésticas en los hogares en que las mujeres
trabajan según tengan o no hijos/as
38
2.5 Personas que declaran vivir situaciones de tensión en casa por distintos
motivos según atributos sociodemográficos de los padres y edad
del niño/a
41
2.6
Opinión sobre si las mujeres deberían trabajar a tiempo completo,
a tiempo parcial o no trabajar en diversas situaciones
según grupos de edad
44
2.7
Opinión sobre si es necesario que un niño/a asista a la escuela
o guardería según diferentes intervalos de edad del menor
45
2.8
Razón por la que su hijo/a asiste o asistió a una guardería o centro
infantil antes de los tres años
46
2.9
Opinión sobre si niños y niñas menores de tres años desarrollan mejor
ciertas capacidades en la escuela o en la familia según nivel de estudios
47
3.1
Jornada laboral de parejas con edades comprendidas entre 25 y 49
según edad del hijo/a menor
52
3.2
Situación laboral de las madres según su situción en el momento
de nacimiento del hijo
54
3.3
Mujeres que se acogieron al permiso de maternidad según su edad,
nivel de estudios y nivel de ingresos del hogar
58
3.4 Padres que se han acogido a la baja de paternidad antes y después
de la entrada en vigor de la Ley de Igualdad
60
3.5 Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza
actividades de estimulación cognitiva con el niño/a según nivel
de estudios de la madre
74
ÍNDICE DE GRÁFICOS Y TABLAS 209
3.6 Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza
actividades de estimulación cognitiva y salidas del hogar con el niño/a
según situación laboral de la madre
3.7
Hombres que asumen principalmente las actividades de estimulación
cognitiva o las realizan equitativamente con sus parejas, según
su nivel de estudios
76
77
3.8 Hogares que en el último mes han recibido alguna ayuda de alguien
que no vive habitualmente en el hogar para cuidar al niño/a, según
características de la madre
79
3.9 Evolución de las tasas de escolaridad en educación Infantil
80
4.1 Frecuencia con que la familia se reúne normalmente para desayunar,
comer y cenar según nivel de estudios de la madre
91
4.2 Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza
actividades de estimulación cognitiva con el niño/a según nivel
de estudios de la madre
92
4.3 Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza «salidas»
del hogar con el niño/a según nivel de estudios de la madre
93
4.4 Evolución de la opinión de los hombres acerca del modelo ideal
en el reparto de responsabilidades de género en la familia
95
4.5 Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza
actividades de estimulación cognitiva con el niño/a según tipos
de paternidad
99
4.6 Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza «salidas»
fuera del hogar con el niño/a según tipos de paternidad
100
4.7
¿Quién hace mimos (abrazos, besos, cosquillas...) más a menudo
al menor según tipos de paternidad?
102
4.8
Opinión sobre el método más adecuado para educar a los hijos
según grupos de edad
104
4.9 Frecuencia con que los padres han administrado refuerzos y castigos
en la última semana
105
4.10 Factores que determinan que el niño/a haya recibido un cachete en la
última semana
108
4.11 Implicación de los padres en las tareas escolares de sus hijos según
nivel educativo de la madre
114
4.12 Frecuencia con que alguna persona que vive en el hogar realiza
actividades de lectura con el niño/a
115
210 INFANCIA Y FUTURO
5.1
Actividades que el niño/a hace a diario o casi diariamente,
según distintas características socioeconómicas del hogar
129
5.2 Personas con las que el niño/a realiza habitualmente distintas
actividades
132
5.3 Frecuencia con que los niños/as pasan tiempo con sus amigos en casa
según características socioeconómicas del hogar
133
5.4
Número de actividades extraescolares realizadas según composición
del hogar (abuelos y hermanos viviendo o no en la misma casa)
135
6.1
Distribución de niñas y niños en categorías de peso según su índice
de masa corporal
145
6.2
Obesidad de los niños/as según características socioeconómicas
del hogar
149
6.3
Obesidad de los niños/as según composición del hogar
151
6.4 Nivel de competencia socioemocional de los niños/as según
características socioeconómicas del hogar
161
6.5 Nivel de competencia socioemocional de los niños/as según
composición del hogar
163
6.6 Nivel de competencia socioemocional de los niños/as según
estilos parentales
164
6.7
Desafección escolar según nivel de estudios de los padres
173
6.8
Desafección escolar según situación laboral de los padres
175
A.1 CCAA por edad del niño
213
A.2 CCAA por tamaño de hábitat
214
ÍNDICE DE GRÁFICOS Y TABLAS 211
Anexo metodológico
Para la elaboración del presente estudio se diseñó una encuesta específica. Se
presentan a continuación sus características.
Encuesta de Relaciones Inter e Intrageneracionales
en la Infancia (2010)
Diseño: La encuesta se basa en dos cuestionarios, estructurados en función de
la edad del menor que vive en el hogar: el primero, para niños de hasta cuatro
años; el segundo, para niños de cinco a diez años. En presencia de más de un
menor de esas edades en el hogar, el entrevistador interroga solo acerca de uno
de ellos. La selección del niño o niña es aleatoria. La duración media de la
entrevista fue de 15 minutos y se realizó telefónicamente (CATI) a uno de los
progenitores. El cuestionario de niños de hasta cuatro años incluye 57 preguntas; el de cinco a diez años, 62 preguntas. Un bloque de preguntas es de carácter común; otras preguntas son específicas para los distintos grupos de edad.
El cuestionario fue elaborado por el equipo de trabajo del presente estudio. En
la medida de lo posible, la encuesta se ha basado en preguntas, estandarizadas,
previamente testadas en estudios sobre esta materia en trabajos efectuados en
otros países. Las entrevistas telefónicas fueron confiadas a Random Estudios
de Opinión, Márketing y Socioeconómicos SA.
Fecha de la encuesta: Enero y Febrero de 2010.
Ámbito: España.
Universo: Componen el universo de la muestra padres o madres que viven
con sus hijos de 0 a 10 años de edad. La encuesta fue respondida por 611 padres y 1.595 madres. Las respuestas se refieren a 1.058 niños de 0 a 4 años y
212 INFANCIA Y FUTURO
1.148 niños de 5 a 10 años. En total se recoge información de 1.160 niños y
1.046 niñas.
Tamaño de la muestra: 2.206 familias con hijos de hasta diez años (sobre
una previsión de 2.200 familias).
Procedimiento de muestreo: Distribución geográfica representativa. Cuotas
basadas en el tamaño de hábitat en cada comunidad autónoma, sexo y edad del
menor, y situación laboral de la madre. Selección aleatoria de hogares a partir
de bases de datos actualizadas semestralmente por la CMT. A continuación se
presenta el número de entrevistas previstas según tamaño de hábitat y edad del
menor.
Error muestral: ±2,13%
Los cuestionarios y ficheros de datos están a disposición de los investigadores
que los soliciten. ([email protected])
TABLA A.1
CCAA por edad del niño
Andalucía
DE 0 A 3 AÑOS
DE 4 A 6 AÑOS
DE 7 A 10 AÑOS
TOTAL
145
106
139
390
Aragón
23
16
21
60
Asturias
18
20
14
18
50
14
19
53
Cantabria
38
11
29
8
40
10
107
29
Castilla-La Mancha
33
25
33
91
41
138
31
95
41
119
113
352
90
17
64
13
83
18
237
48
47
5
34
46
127
La Rioja
4
5
14
Madrid
126
87
110
323
Murcia
26
18
23
67
Navarra
11
8
10
29
País Vasco
40
3
28
35
103
2
2
7
832
596
772
2.200
Baleares
Canarias
Castilla y León
Cataluña
Comunidad Valenciana
Extremadura
Galicia
Ceuta y Melilla
Total
ANEXO METODOLÓGICO 213
TABLA A.2
CCAA por tamaño de hábitat
0-5.000
5.00110.000
Andalucía
39
34
Aragón
14
3
Asturias
3
3
Baleares
3
5
Canarias
3
Cantabria
6
10.00120.000
50
20.00150.000
50.001100.000
MÁS DE
100.000
TOTAL
64
58
145
390
6
3
2
32
60
8
5
7
24
50
6
16
3
20
53
8
12
27
19
38
107
3
5
3
3
9
29
Castilla-La Mancha
27
12
13
10
21
8
91
Castilla y León
34
10
7
9
16
37
113
Cataluña
36
28
38
58
45
147
352
Comunidad Valenciana
20
19
27
61
31
79
237
Extremadura
16
7
5
6
7
7
48
Galicia
17
18
22
21
17
32
127
3
2
1
1
0
7
14
Madrid
7
11
13
19
37
236
323
Murcia
1
2
9
17
7
31
67
9
4
4
3
0
9
29
11
9
16
19
11
37
103
La Rioja
Navarra
País Vasco
Ceuta y Melilla
Total
214 INFANCIA Y FUTURO
0
0
0
0
7
0
7
249
178
242
342
291
898
2.200
Colección Estudios Sociales
Disponible en internet: www.laCaixa.es/ObraSocial
Títulos publicados
1. LA INMIGRACIÓN EXTRANJERA
EN ESPAÑA (agotado)
Eliseo Aja, Francesc Carbonell,
Colectivo Ioé (C. Pereda, W. Actis
y M. A. de Prada), Jaume Funes
e Ignasi Vila
2. LOS VALORES DE LA SOCIEDAD
ESPAÑOLA Y SU RELACIÓN CON
LAS DROGAS (agotado)
Eusebio Megías (director), Domingo
Comas, Javier Elzo, Ignacio Megías,
José Navarro, Elena Rodríguez
y Oriol Romaní
3. LAS POLÍTICAS FAMILIARES
EN UNA PERSPECTIVA
COMPARADA (agotado)
Lluís Flaquer
4. LAS MUJERES JÓVENES
EN ESPAÑA (agotado)
Inés Alberdi, Pilar Escario
y Natalia Matas
5. LA FAMILIA ESPAÑOLA ANTE
LA EDUCACIÓN DE SUS HIJOS
(agotado)
Víctor Pérez-Díaz, Juan Carlos
Rodríguez y Leonardo Sánchez Ferrer
6. VEJEZ, DEPENDENCIA
Y CUIDADOS DE LARGA
DURACIÓN (agotado)
David Casado Marín y Guillem López
i Casasnovas
7. LOS JÓVENES ANTE EL RETO
EUROPEO (agotado)
Joaquim Prats Cuevas (director),
Cristòfol-A. Trepat i Carbonell
(coordinador), José Vicente Peña Calvo,
Rafael Valls Montés y Ferran Urgell
Plaza
8. ESPAÑA ANTE
LA INMIGRACIÓN (*)
(agotado)
Víctor Pérez-Díaz, Berta ÁlvarezMiranda y Carmen González-Enríquez
9. LA POLÍTICA DE VIVIENDA
EN UNA PERSPECTIVA EUROPEA
COMPARADA
(agotado)
Carme Trilla
10. LA VIOLENCIA DOMÉSTICA
(agotado)
Inés Alberdi y Natalia Matas
11. INMIGRACIÓN, ESCUELA
Y MERCADO DE TRABAJO (*)
Colectivo Ioé (Walter Actis,
Carlos Pereda y Miguel A. de Prada)
12. LA CONTAMINACIÓN ACÚSTICA
EN NUESTRAS CIUDADES
Benjamín García Sanz y Francisco
Javier Garrido
13. FAMILIAS CANGURO
Pere Amorós, Jesús Palacios, Núria
Fuentes, Esperanza León y Alicia Mesas
14. LA INSERCIÓN LABORAL
DE LAS PERSONAS CON
DISCAPACIDADES
(agotado)
Colectivo Ioé (Carlos Pereda, Miguel A.
de Prada y Walter Actis)
15. LA INMIGRACIÓN MUSULMANA
EN EUROPA
(agotado)
Víctor Pérez-Díaz, Berta ÁlvarezMiranda y Elisa Chuliá
16. POBREZA Y EXCLUSIÓN SOCIAL
(agotado)
Joan Subirats (director), Clara Riba,
Laura Giménez, Anna Obradors, Maria
Giménez, Dídac Queralt, Patricio Bottos
y Ana Rapoport
17. LA REGULACIÓN DE LA
INMIGRACIÓN EN EUROPA
Eliseo Aja, Laura Díez (coordinadores),
Kay Hailbronner, Philippe de Bruycker,
François Julien-Laferrière, Paolo Bonetti,
Satvinder S. Juss, Giorgio Malinverni,
Pablo Santolaya y Andreu Olesti
18. LOS SISTEMAS EDUCATIVOS
EUROPEOS ¿CRISIS O
TRANSFORMACIÓN?
Joaquim Prats y Francesc Raventós
(directores), Edgar Gasòliba (coordinador), Robert Cowen, Bert P. M.
Creemers, Pierre-Louis Gauthier, Bart
Maes, Barbara Schulte y Roger Standaert
19. PADRES E HIJOS EN
LA ESPAÑA ACTUAL
Gerardo Meil Landwerlin
20. MONOPARENTALIDAD E INFANCIA
Lluís Flaquer, Elisabet Almeda
y Lara Navarro
21. EL EMPRESARIADO INMIGRANTE
EN ESPAÑA
Carlota Solé, Sònia Parella
y Leonardo Cavalcanti
22. ADOLESCENTES ANTE
EL ALCOHOL. LA MIRADA
DE PADRES Y MADRES
Eusebio Megías Valenzuela (director),
Juan Carlos Ballesteros Guerra,
Fernando Conde Gutiérrez del Álamo,
Javier Elzo Imaz, Teresa Laespada
Martínez, Ignacio Megías Quirós y
Elena Rodríguez San Julián
23. PROGRAMAS
INTERGENERACIONALES.
HACIA UNA SOCIEDAD
PARA TODAS LAS EDADES (*)
Mariano Sánchez (director), Donna
M. Butts, Alan Hatton-Yeo, Nancy A.
Henkin, Shannon E. Jarrott,
Matthew S. Kaplan, Antonio Martínez,
Sally Newman, Sacramento Pinazo,
Juan Sáez y Aaron P. C. Weintraub
24. ALIMENTACIÓN, CONSUMO
Y SALUD (*)
Cecilia Díaz Méndez y Cristóbal Gómez
Benito (coordinadores), Javier Aranceta
Bartrina, Jesús Contreras Hernández,
María González Álvarez, Mabel Gracia
Arnaiz, Paloma Herrera Racionero,
Alicia de León Arce, Emilio Luque
y María Ángeles Menéndez Patterson
25. LA FORMACIÓN PROFESIONAL EN
ESPAÑA. HACIA LA SOCIEDAD
DEL CONOCIMIENTO (*)
Oriol Homs
26. DEPORTE, SALUD
Y CALIDAD DE VIDA (*)
David Moscoso Sánchez y Eduardo
Moyano Estrada (coordinadores),
Lourdes Biedma Velázquez, Rocío
Fernández-Ballesteros García, María
Martín Rodríguez, Carlos Ramos
González, Luís Rodríguez-Morcillo
Baena y Rafael Serrano del Rosal
27. LA POBLACIÓN RURAL DE
ESPAÑA. DE LOS DESEQUILIBRIOS
A LA SOSTENIBILIDAD SOCIAL (*)
Luis Camarero (coordinador), Fátima
Cruz, Manuel González, Julio A.
del Pino, Jesús Oliva y Rosario
Sampedro
28. EL CUIDADO DE LAS PERSONAS.
UN RETO PARA EL SIGLO XXI (*)
Constanza Tobío, M.ª Silveria Agulló
Tomás, M.ª Victoria Gómez y M.ª Teresa
Martín Palomo
29. FRACASO Y ABANDONO ESCOLAR
EN ESPAÑA (*)
Mariano Fernández Enguita, Luis Mena
Martínez y Jaime Riviere Gómez
30. INFANCIA Y FUTURO. NUEVAS
REALIDADES, NUEVOS RETOS (*)
Pau Marí-Klose, Marga Marí-Klose,
Elizabeth Vaquera y Solveig Argeseanu
Cunningham
(*) Versión en inglés disponible en internet
El papel utilizado en esta publicación es Coral Book 1.2 Ivory de 80 g para el
interior y Creator Star de 300 g para la cubierta. Ambos papeles, distribuidos por
Torraspapel, ostentan la certificación FSC, marca de manejo forestal responsable, que garantiza la sostenibilidad del proceso de fabricación.
30
Colección Estudios Sociales
Núm. 30
El presente estudio examina las actividades y relaciones de los
niños y niñas de 0 a 10 años y el impacto que tienen sobre la vida
infantil recientes trasformaciones sociales, como la aparición de
nuevos tipos de familia, la incorporación masiva de la mujer al
trabajo remunerado o los nuevos modos de ejercer la paternidad y
maternidad. Los autores rastrean, además, el origen de fenómenos
problemas socioemocionales o la desafección escolar.
Los resultados invitan a reflexionar sobre una etapa crítica en la que
las experiencias vividas por los niños influyen decisivamente en su
trayectoria vital futura, y contribuyen, por tanto, a orientar iniciativas
encaminadas a ayudar a las familias y a mejorar el bienestar en la
infancia.
Con este estudio, la Obra Social “la Caixa” pretende impulsar la
investigación y el análisis sobre factores sociales que configuran las
Infancia y futuro
que pueden lastrar el desarrollo de los niños, como la obesidad, los
oportunidades de las personas a lo largo de sus vidas. Evidencias
como las presentadas en este libro pueden ayudar a desarrollar
instrumentos para prevenir y corregir situaciones de exclusión o
vulnerabilidad.
30
Infancia y futuro
Nuevas realidades, nuevos retos
Pau Marí-Klose
Marga Marí-Klose
Elizabeth Vaquera
Solveig Argeseanu Cunningham
30
Colección Estudios Sociales
Núm. 30
El presente estudio examina las actividades y relaciones de los
niños y niñas de 0 a 10 años y el impacto que tienen sobre la vida
infantil recientes trasformaciones sociales, como la aparición de
nuevos tipos de familia, la incorporación masiva de la mujer al
trabajo remunerado o los nuevos modos de ejercer la paternidad y
maternidad. Los autores rastrean, además, el origen de fenómenos
problemas socioemocionales o la desafección escolar.
Los resultados invitan a reflexionar sobre una etapa crítica en la que
las experiencias vividas por los niños influyen decisivamente en su
trayectoria vital futura, y contribuyen, por tanto, a orientar iniciativas
encaminadas a ayudar a las familias y a mejorar el bienestar en la
infancia.
Con este estudio, la Obra Social “la Caixa” pretende impulsar la
investigación y el análisis sobre factores sociales que configuran las
Infancia y futuro
que pueden lastrar el desarrollo de los niños, como la obesidad, los
oportunidades de las personas a lo largo de sus vidas. Evidencias
como las presentadas en este libro pueden ayudar a desarrollar
instrumentos para prevenir y corregir situaciones de exclusión o
vulnerabilidad.
30
Infancia y futuro
Nuevas realidades, nuevos retos
Pau Marí-Klose
Marga Marí-Klose
Elizabeth Vaquera
Solveig Argeseanu Cunningham
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