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Alexánder Hincapié García*
CONSECUENCIAS PEDAGÓGICO-FORMATIVAS A
PROPÓSITO DE
UNA LECTURA DE UN BESO DE DICK
Resumen
El presente trabajo se sirve de la novela Un beso de Dick del autor –ya fallecido– Fernando Molano Vargas, para
mostrar la condición precaria de una pedagogía con fines universales; especialmente cuando se trata de comprender
la emergencia de las posiciones estético-corporales y erótico-sexuales de los sujetos estudiantes en el contexto de la
escuela. Esa precariedad se denuncia recurriendo a instrumentos y posiciones derivadas de lo que Deborah Britzman
ha llamado pedagogía queer, así como también de las incitaciones propuestas por René Schérer.
Palabras clave: Pedagogía transgresora, posiciones estético-corporales, posiciones erótico-sexuales.
Conseqüências pedagógico-formativas a propósito de uma lectura de Un
beso de dick
Resumo
O artigo a seguir usa o romance Un beso de Dick, do autor —já falecido— Fernando Molano Vargas, a fim de mostrar a precária condição de uma pedagogia com pretensão universal, especialmente quando se tenta compreender
a emergência das posições estético/corporal e sexual/erótico dos sujeitos. A precária condição será denunciado ao
usar os instrumentos e as contribuições da pedagogia queer e os argumentos de René Schérer.
Palavras chave: Pedagogia queer, posições estética/corporal, posições sexual/erótico.
Pedagogical-formative consequences related to a reading of Un beso de
dick
Abstract
The following article uses the novel “Un beso de Dick” from the author —already died— Fernando Molano Vargas in
order to show the precarious condition of a pedagogy with universal purposes, especially when we try to understand
the emergence of esthetic-corporeal and sexual-erotic positions of school individual-students. This precarious condition
is denounced by using the instruments and contributions which Deborah Britzman have named as “ Queer Pedagogy”
and the arguments of René Schérer.
Key words: Transgressor pedagogy, esthetic-corporeal positions, sexual-erotic positions.
*
Psicólogo. Magíster en Psicología. Candidato a Doctor en Educación, línea de pedagogía histórica e historia de las prácticas pedagógicas,
Universidad de Antioquia. Becario de COLCIENCIAS. Miembro del “Grupo de investigación sobre formación y antropología pedagógica
e histórica” –FORMAPH.
Agradezco las valiosas sugerencias hechas por Andrés Klaus Runge, Saúl Calvo Torres y Juan David Piñeres Sús. También agradezco a
mi hermano más pequeño quien recordó que en la hora de la ducha en el colegio, después de las clases de Educación Física, el profesor
de álgebra era el primero que buscaba lugar para apreciar el espectáculo.
Correo electrónico: [email protected]
Artículo recibido el 14 de abril de 2009 y aprobado el 15 de mayo de 2009
Pedagogía y Saberes N.º 28. Universidad Pedagógica Nacional. Facultad de Educación, 2008, pp. 99-109
99
En mi mano siento la botella de mi gaseosa. La miro. Leonardo ha bebido de ella… Besársela así a Leonardo: bajarle su pantalón
despacio y besársela; acariciarle con mi lengua así: mucho rato… Levanto la botella muy lento, y me entra gaseosa en la boca: como
si Leonardo se viniera en mi boca…: ¿a qué sabrá eso, Dios mío? Y me entra sensación de náusea: ¡qué estúpido: como si no lo
deseara tanto!...
Fernando Molano Vargas
BREVE PRESENTACIÓN DE LA
NOVELA Y DEL AUTOR
Un beso de Dick es una novela corta
del autor bogotano Fernando Molano
Vargas. Molano estudió Lingüística y
Literatura en la Universidad Pedagógica Nacional, y Cine y Televisión en la
Universidad Nacional de Colombia. Del
mismo autor en 1997 la Universidad de
Antioquia publicó el libro de poemas:
Todas mis cosas en tus bolsillos.
Esta novela narra la historia de Felipe y
Leonardo (el relato es básicamente una
especie de monólogo, interrumpido por
momentos en tiempo presente donde
Felipe sería algo así como el “yo” de la
narración): Felipe es un muchacho de
16 años que va a la escuela, es buen
estudiante, fanático del fútbol (y del futbolista Iguarán), conocedor de algunos
detalles sobre automóviles (su padre es
mecánico y con él aprende a tomarse
sus primeros tragos… también con sus
amigos). Como todo muchacho de su
edad comienza a hacerse preguntas sobre la vida, el amor, el sexo y las cosas
que le enseñan en la institución donde
estudia. Entre lo que piensa y reflexiona
Felipe se hace evidente que está enamorado de Leonardo (aunque él no sabe
que su amigo siente lo mismo). Felipe
deja a su novia y comienza a ahondar,
silenciosamente, en sus sentimientos
hasta que, por fin, pueden ser puestos a
prueba con los sentimientos de Leonardo. Un beso a escondidas entre los dos,
no lo suficientemente oculto, evidencia
una situación homoerótica en la que Felipe es marcado/identificado frente a las
instancias educativas (Leonardo logra
escapar). De ahí en adelante se muestra
la homofobia de la educación, la injuria
que la institución educativa ejerce, la
dificultad del padre para comprender,
las lágrimas de la madre, el silencio no
acompañante de su hermano y la voluntad de Felipe por amar a Leonardo.
100
DECIR LO QUE NO HAY QUE
DECIR Y PREGUNTAR LO QUE
NO HAY que PREGUNTAR
¿Qué pasaría si padres, madres, maestros y maestras no supusieran, a priori,
que todos los muchachos son/tienen
que ser heterosexuales? ¿Qué oportunidades vitales para la existencia de
muchos seres significaría descorrer las
barreras que les impiden decir el nombre
de aquel a quien aman? Si muchos padres, madres, maestros, maestras y demás agentes de la formación no quieren
escuchar, si no se habla en los términos
que ellos esperan que se hable: ¿deben
los muchachos ajustar sus palabras a lo
que se espera que ellos digan? o ¿habría que proponer una pedagogía que
no tolere la intimidación y que fomente
la corrosión de los valores usados para
descalificar muchas vidas?
En adelante se retomarán brevemente
algunos incidentes derivados de Comenio y Rosseau, no para indagar exhaustivamente en ellos, sino para mostrar,
tal vez con ellos, que la pedagogía ha
tendido a articularse como proyecto universalizante que implanta la normalidad
de los muchachos como un bien social
que debe procurar. Posteriormente, se
plantearán los esbozos para una pedagogía transgresora (queer), a partir de
la novela de Fernando Molano.
El cuerpo homosexual de la
pedagogía
1679 es reconocido como el año en que,
por primera vez, se publicó la Didáctica
magna de Comenio, obra clave para la
pedagogía, la educación y la enseñanza, puesto que, como señala Zuluaga
(2007); muchos historiadores lo sitúan
como el momento a partir del cual la
pedagogía puede comenzar a pensarse
como una disciplina autónoma. Muchas
serían las consecuencias que Comenio
propició para el desarrollo futuro de esta
disciplina. Scheuerl (1981) sostiene que
Comenio acogía los ideales estoicos, los
mismos que lo llevaban a reafirmarse en
el deseo de vivir de acuerdo a la naturaleza. Sin embargo, ¿qué entendía Comenio por naturaleza? Scheuerl (1981)
menciona que la naturaleza, desde el
autor de la Didáctica magna, involucra
dos aspectos, a saber: en principio, una
totalidad de la creación que posee un
orden al cual deben ajustarse e integrarse las cosas; en segundo lugar, la
naturaleza sería la designación que las
cosas y los seres reciben por parte del
Creador, designación que podría ser
el modo propio y peculiar que tanto la
cosa como el ser poseen por el influjo
de la creación y no tendría otro fin que
corresponder a ella.
Comenio acepta que todos los hombres
poseen y responden a la misma naturaleza, por lo tanto, la diversidad de las
disposiciones en los seres no revelaría
nada más que desorden, anormalidad y
falta de armonía con la creación. De algún modo Comenio establece que la diversidad en las inclinaciones del espíritu,
o lo que es lo mismo, la desviación (con
respecto al orden que él supone instaurado por el creador y la creación), no
sería otra cosa que una manifestación
de enfermedad (por utilizar una metáfora
físico/corporal). Scheuerl dirá que a Comenio no le interesa la proliferación de
condiciones particulares y específicas,
sino la normalización del individuo
…con arreglo a la imagen de una naturaleza general del hombre. El punto de
partida no es la plasticidad individual
abierta a distintos estímulos e influen-
Pedagogía y Saberes N.º 30 2009
cias, por cuya acción podrían crearse
nuevas y distintas formas y destinos
culturales (1981, p. 119).
Zuluaga (2007), por su parte, insistirá en
la necesidad de recuperar los trabajos
que los pedagogos clásicos han elaborado. Lectura que se hace relevante puesto que dichos pensadores produjeron
trabajos que respondían a la necesidad
de superar obstáculos (probablemente
epistemológicos) referidos a una práctica del saber (en este caso, del saber
pedagógico), por lo que, según ella, se
trataría de servirse de la historia para
observar cómo muchos de los conceptos aún vigentes tienen como condición
de emergencia los problemas en el orden de las prácticas y el saber que, por
ejemplo, Comenio intentó resolver. Con
el sugestivo título “Otra vez Comenio”,
Zuluaga sostiene que es irrelevante y
poco riguroso descalificar a un pensador
atribuyéndole adjetivos como “idealista”,
“anticuado” o “metafísico”; más útil, en
el caso de la pedagogía y con respecto
a Comenio, será:
… trabajar en la perspectiva de valorar
los conceptos que en el devenir de
un conocimiento han representado
momentos de impulso, de relaciones
nuevas con otros conocimientos, cambios de enfoque, rupturas con planteamientos anteriores, posibilidades de
respuesta para asuntos pendientes,
reactivación de puntos de vista fecundos, etc. (Zuluaga, 2007, p. 102).
Ahora bien, siguiendo a Zuluaga, habría
dos proposiciones –si se quiere– que importa retomar y estudiar con respecto a
las múltiples consecuencias de la Didáctica magna: una en el orden del saber y
otra en el orden político. En la primera
se situaría la idea de Comenio referida a
la pretensión de “enseñar todo a todos”.
En el orden político, referiríamos lo concerniente a establecer la escuela como
una institución que responde al ordenamiento de la lengua materna y al método
de enseñanza. Lo que podría nombrarse
como efecto de un dispositivo de saber/
poder político. Si el título del trabajo de
Zuluaga Otra vez Comenio, sugiere desactivar la búsqueda de sentido y reactivar una indagación histórica que sirva
para relanzar los acontecimientos que
posibilitaron la emergencia de un saber
Pedagogía y Saberes N.º 30 2009
pedagógico; también se podría oponer
a ese otra vez… un estratégico siempre
Comenio, para indicar que las tentativas
de unificación y universalización con
respecto a un individuo que requiere
educación por medio de la enseñanza
(según Comenio deberán ser todos los
individuos), es un deseo que no cesa y
que, en el caso de la pedagogía, es un
deseo continuamente reformulado. El
eco de Comenio se convierte en una
declaración radical de exterminio contra
toda diferencia. Con Comenio nombrado
explícitamente, o con Comenio ignorado
por desconocimiento, la pedagogía moderna, como sostiene Wulf, siempre ha
sucumbido al deseo de establecer universales y de representar las cosas tal
cual son (asumiendo que lo captado por
la representación se ajusta exactamente
a las cosas). Al respecto:
Para la pedagogía tres son los aspectos especialmente importantes: el
acceso de los individuos concretos a
normas universales, la racionalización
del mundo de la vida y el principio de
representación (Wulf, 2004, p. 33).
tituciones educativas, para la sociedad
y para la cultura. Si se quiere, con Comenio se puede seguir insistiendo en
la “necesidad” de colonizar el cuerpo
del niño para evitar los extravíos a los
que ese cuerpo estaría expuesto de no
ajustarse a lo que la creación quiere de
él. El cuerpo del niño, dicho así, sería
el “lugar” donde los adultos ejercitan y
ponen a prueba la formabilidad. Cuerpo
que hay que derrotar, una y otra vez,
porque de esa derrota depende la formación y la vigencia de los proyectos
educativos.
Pedraza (1999) ha sostenido que el hogar y la escuela han sido los espacios
privilegiados para educar el cuerpo. Si
bien Foucault (2002a) denunció cómo el
cuerpo es el objeto de todas las opresiones políticas, esas opresiones comienzan a ejercerse en los primeros ámbitos
de socialización humana. El cuerpo,
aquella entidad que se ha supuesto no
modificada por la historia, entidad que
revela la mismidad y el lugar donde se
Expuesto lo anterior, se dice que “siempre Comenio”, porque en el programa
que él pensaba para la enseñanza, la
desviación de la norma natural y universal a todos los hombres era una
anomalía, y por lo mismo la proliferación de alternativas vitales, o como diría
Scheuerl, nuevas y distintas formas y
destinos culturales, no podrían constituir
nada más que lo antinatural o la anticreación que desafía el orden natural.
El niño de Comenio, se define como
una masa informe: el lugar donde la
maleabilidad –formabilidad– se ejercita,
es puesta a prueba y debe ser sometida
para conjurar el extravío.
Probablemente, más allá de si Comenio
era o no un idealista, sus preguntas permiten hipotetizar una posición (su posición con respecto al cuerpo): el cuerpo
del niño como masa informe requerida
de maleabilidad. Por ello, no hay pues
mucha distancia entre sus ideas y las
ideas/respuestas conservadoras que
actualmente se exhiben como contraargumentos a la emergencia crítica y a
la crisis de representación que el cuerpo
constituye para el presente de las ins-
experimenta una percepción de mundo
propia e irrepetible, es también lo que la
pedagogía ha tornado como su objeto
pedagógico (Planella, 2006). Por lo mismo, eso propio e irrepetible se convierte
en lo que debe ajustarse a los dictados
de lo que una sociedad anticipa. El cuerpo, se dirá, es esa apertura al mundo
que comienza como una naturaleza que
hay que conocer, pero también vigilar e
intervenir en tanto lo que es natural pue-
101
de extraviarse y causar desadaptación
individual y social. Para Comenio, como
ya se ha dicho, ese extraviarse es la
anomalía con respecto a una naturaleza
universal. Replanteando a Comenio (y
siguiendo a Planella), se dirá entonces
que el cuerpo es el objeto de manipulación y experimentación pedagógica que
se interviene con la imperiosa necesidad
de hacerlo devenir natural y universal.
condiciones de una naturaleza universal
y común, dicta también los recursos con
los cuales se puede marginar y excluir,
puesto que las representaciones de un
orden natural estable, unívoco y universal sirven de pretexto para normalizar
lo que supuestamente, por naturaleza,
exige ser normalizado: ¿se entiende
entonces por qué se habla de siempre
Comenio?
Expuesto de esa manera, en el cuerpo la pedagogía encuentra y justifica
un correlato positivo que garantiza su
lugar dentro de la sociedad. Rousseau
situaría la indefensión del niño como lo
que lo haría, si se quiere, sujeto/objeto
de la educación. Es esa condición prematura lo que hace que el niño carente
de educación necesite a un “otro” en el
proceso formativo de llegar a ser. Ahora bien, ¿la necesidad de educación
justifica y condiciona una inevitable sujeción del cuerpo y la implantación de
un orden socio-cultural en él1? Si dicha
implantación es inaplazable ¿qué es lo
que justifica las restricciones culturales
que bloquean la pluralidad de imágenes
que podrían devenir formativas en el
excurso de un orden socio-cultural vigente? Por pluralidad se va a proponer
el ejercicio de desplazar los límites de
lo nombrado/nombrable y de reordenar
las condiciones que hacen posible o no
la circulación de otras imágenes que
sean propicias para los jóvenes que no
se experimentan heterocentrados, y que
la institución educativa, una y otra vez,
margina e injuria mediante la naturalización y universalización de la heterosexualidad2. Mientras Comenio dicta las
Si la necesidad de educación sujeta/
somete a los muchachos a lo que el
adulto conviene como lo que la naturaleza quiere de ellos, y si en ese privilegio
del adulto Rousseau aparece para decir
que no hay que ceder al capricho de los
jóvenes pues hay que seguir lo que el orden natural solicita como progreso de su
educación, basta entonces decir que la
naturaleza es una instancia vacía: todo
en ella sería suplementario en tanto lo
que ella es… es lo que se establece con
arreglo a universales invocados como
leyes inmutables. De lo contrario, no se
entendería qué es lo que se vigila, qué
es lo que se cuida y qué es lo que se
educa, como si se advirtiera la fragilidad
de un orden natural y constante que,
siempre, está en riesgo de subvertirse.
Se habla aquí del cuerpo homosexual
de la pedagogía como ese peligro que
amenaza y que es el riesgo de la naturaleza que la pedagogía ha venido
a enfrentar. Para el caso, el maestro/
maestra (adulto) constituirían, (tendrían
que serlo) los garantes de la naturaleza
y su función la vigilancia. El peligro del
cuerpo homosexual de la pedagogía ataría al maestro/maestra a los muchachos
en una relación prescrita pero sometida
permanentemente a la duda y el recelo.
Siempre puede ser que en el ejercicio de
separar a los muchachos de sus “amistades particulares”, el maestro/maestra
1
2
102
Orden socio-cultural que pareciera ser
el paranoide canto a lo mismo, a lo único
y a lo “verdadero,” como si la sociedad
y la cultura no tuvieran oportunidad de
devenir más allá del culto monológico y
monoteísta que entroniza, continuamente, el llamado a la marginación de lo otro/
la diferencia.
La heterosexualidad, más que una práctica sexual, en este trabajo se entiende
como una obligación vital que se impone
y se reitera mediante la afirmación: “es
lo natural”. La heterosexualidad como
“naturaleza” es un performativo que
se incardina social y culturalmente a
través de su insistente formulación. No
es que los hombres, necesariamente, se
enamoren de las mujeres, sino que para
que la heterosexualidad pueda seguirse
pensando como “naturaleza” habrá de
repetirse, una y otra vez sin descanso,
que la heterosexualidad “es lo natural”.
La “naturaleza” entonces no es lo que
“los datos descubren”, sino lo que se
espera que la cultura, sin desfallecer,
produzca/reproduzca por el bien de
todos.
Pedagogía y Saberes N.º 30 2009
se proponga como sustituto amoroso,
así como no pocas veces se propone
como sustituto materno. Schérer dirá:
¡Esa función de espiar, de vigilar en
todo momento, de mantener constantemente la infancia bajo observación,
ese deseo de saber, de saberlo todo!
Es por ahí, solamente, por donde la
relación equívoca del preceptor con
el alumno halla la satisfacción, y por
donde se sacia su sexualidad vergonzante (1984, p. 32).
Visto así, en el pretendido peligro del
cuerpo homosexual que amenaza a los
muchachos, en el peligro de ocupar ese
cuerpo, la sexualidad del maestro/maestra ha de quedar atada a la intensidad
de un placer difuso que se repite bajo la
imperiosa compulsión que vigila/acecha.
El escarceo erótico del otro, que justifica
la tarea de espiar las posibles fracturas o
las detenciones en el desarrollo de una
sexualidad que tiene que ser libremente
heterosexual, retorna como lo que hace
de la sexualidad del maestro/maestra
una sexualidad primitiva e infantil (en
términos freudianos), pues al vigilar/
espiar a los muchachos, para cuidarlos
del infantilismo y de la detención en el
desarrollo que supuestamente indica el
cuerpo homosexual, lo que se cifra es
una sexualidad mendigante (vergonzante como diría Schérer), que debe satisfacerse con mirar, sin poder consumar el
placer que se niega a sí mismo, censurando el placer de los muchachos.
Podría decirse que no en todos los casos
la práctica pedagógica, concretamente
la enseñanza, involucra la vigilancia
como su mecanismo; no obstante, si
se sigue a Foucault (2002a, p. 181), la
vigilancia no sería el suplemento de la
enseñanza, sino un mecanismo que le
es inherente, y que multiplica su eficacia. Causa extrañeza preguntarse cómo
llegó a reclamarse con tanta devoción el
periódico examen del “sexo” de los muchachos como si de prevenir epidemias
se tratara (¿la peste otra vez?). Seoane
(2006) se pregunta por qué el sexo de
los muchachos dispara las alarmas de
la moral social. De hecho, con Foucault
se puede sostener que por medio del
examen se realiza la objetivación de los
sometidos. Schérer (2005) lo expondrá
Pedagogía y Saberes N.º 30 2009
de manera más drástica afirmando que
la escuela, y esas paredes que también
educan, se han erigido para controlar las
irrupciones masturbatorias de los muchachos. Reconociendo que dicha retórica parece distante en el tiempo y más
próxima a las preocupaciones de Tisot y
de Rousseau, podrían replantearse las
afirmaciones de Schérer y afirmar con
ellas que es consustancial a la escuela
la vigilancia y la prevención del cuerpo
homosexual. La escuela como parte de
un dispositivo mayor tendría como fin
garantizar la heterosexualidad3.
Lo planteado hasta este punto no es
para nada una declaración de la inocencia de los muchachos; contrariando
el eco de Rousseau, las relaciones entre
ellos no son inocentes, porque ninguna relación humana puede serlo. Y no
puede serlo porque los seres humanos
no son dueños de las condiciones que
los hacen devenir a la vida, al mundo y
al lenguaje. Sin embargo, inocentes o
no, ¿los muchachos, necesariamente,
tendrían que quedar sometidos al arbitrio del adulto que vigila y reproduce un
sometimiento propio que él supone eligió
libremente por el bien de la sociedad?.
Muchas voces al unísono podrían cantar que lo que autoriza al adulto es su
madurez, pero si la madurez del adulto
“… no es más que una detención del
desarrollo que consiste en quedar sometido a la tutela de las instituciones y las
leyes” (Schérer, 1984, p. 51), entonces
la madurez a la que se quiere conducir
a los muchachos, mediante el rechazo
y la repulsión a ocupar un cuerpo homosexual, necesariamente significa una
madurez que deplora las posibilidades
3
Basta recordar el sinnúmero de instituciones escolares que con el ánimo de
celebrar el “día de la familia”, utilizan frases sacadas de la Biblia para perpetuar
la idea de que Dios, indudablemente,
sólo podría reconocer como institución
familiar a la pareja formada por un
hombre y una mujer. Lo que queda claro
es que, ante la ausencia del “criterio”
definitivo Dios, las escuelas no están
por la tarea de decir que son ellas las
que no aprueban formas relacionales no
heterocentradas; muy por el contrario,
dirán que no son ellas sino Dios quien
así lo dispone.
simbólicas, corporales y estéticas que
podrían ser una apertura a un mundo
plural y creativo donde el destinarse no
estaría subyugado con el chantaje de
heterocentrarse o padecer la violencia
de la exclusión/marginación.
Un beso de Dick como punto
de partida para interrogar a la
pedagogía
Supóngase el caso harto improbable de
que algunos muchachos (no todos, ni
la mayoría, para no exagerar y para no
molestar a la pureza heteronormativa)
se miran en la duchas mientras están
desnudos o semidesnudos; supóngase
que esos muchachos disfrutan lo que
ven; supóngase también que tanto los
muchachos que observan como los que
se saben observados transforman ese
instante en el instante que intensifica el
placer de asistir a la escuela. O lo que es
lo mismo, es el placer de ver y ser visto lo
que mueve a los muchachos a estrechar
una relación con la escuela. De las anteriores suposiciones se deriva un desafío
para la práctica pedagógica que resiste
al cuerpo homosexual, el desafío plantea: ¿Cuáles serían las intervenciones
posibles por parte del maestro/maestra?
¿Denunciar las miradas? ¿Avergonzar
a los muchachos mientras ese placer,
ahora denunciado, se convierte en
placer abyecto o placer en la abyección? ¿Denunciar que los muchachos
se miran desestimula las miradas o las
promueve llamando la atención sobre
un punto que, a lo mejor, algunos no
habían advertido? Si denunciar obliga
a que los mismos muchachos vigilen la
emergencia del cuerpo homosexual en/
entre ellos ¿podría verse esa demanda de vigilancia de todos y para todos
como una incitación a mirar el cuerpo
homosexual como una oportunidad –si
se quiere maldita, pero oportunidad al
fin y al cabo– para experimentar otras
formas de placer?
Pásese a plantear, con la novela Un
beso de Dick, incitaciones para cuestionar la pedagogía y envenenarla hasta
hacerla transgresora. Fernando Molano
Vargas ganó en 1992, con la novela antes citada, el Concurso Literario Cámara
de Comercio de Medellín. Con la publi-
103
cación del trabajo, el nombre de Fernando Molano comenzó a circular como
una promesa de la literatura nacional. Su
estilo fresco y sencillo para escribir, y la
misma naturalidad con que emprendía
la tarea de mostrar a los personajes
en la extensión de una profundidad no
abigarrada a manierismos y afectaciones barrocas, hacía presagiar un futuro
abierto a múltiples oportunidades tanto
para él como para sus lectores. Leonardo y Felipe, los héroes de Un beso de
Dick (y se les llama héroes porque en
ellos recae la fuerza transformadora de
la acción) (Jambrina, 2000) conmovieron con un final abierto y rebosante de
aporías; por un lado parecían decir que
una vida impredecible y fantástica sería
posible para ellos pero, por otro, también
se sugería que ellos, juntos, no podrían
cruzar más allá del final de la última página: Leonardo pronuncia el, por todos
deseado, “te amo” dirigido a Felipe, y
este le responde que ya lo sabe, tal vez,
porque donde hay tanto amor sobran
las frases de las telenovelas, basta con
que ese amor se viva en todas partes
con el sólo recuerdo de quien se ama.
Concluye la novela con el tiempo que
no da plazos y que recuerda que Felipe
debe alejarse de ese instante que –por
siempre– lo ha cobijado con Leonardo.
Ante el pedido de Leonardo de que no
se vaya, Felipe responde: “No me deje
ir” (Molano, 1992, p 166).
Y en esa respuesta se cierra la última
página del libro. Respuesta que relanza una nostalgia propia de quienes se
aman pero que, en el caso de Un beso
de Dick, pareciera ser el estado anímico
que define a Leonardo y Felipe, puesto
que lo suyo es un amor que nadie quiere,
que todos reprochan y que la institución
educativa en su afán formador –un marco referencial importantísimo dentro de
la novela–, ha denunciado como un
amor que no puede/ni debería ser; un
amor que, negado por la educación, sólo
puede llevar a los muchachos a practicar
“porquerías” (como dirá el sacerdote de
la escuela). Decir el nombre de quien
se ama, si bien parecería la acción más
simple y, tal vez, menos comprometida, en Un beso de Dick se transforma
en una continua paradoja que arroja a
Felipe hacia una incesante duda, sospecha e incertidumbre sobre quiénes lo
104
aman, sobre qué constituye los valores
de su familia, y acerca del valor moral
y ético que tiene la escuela para juzgar
lo que no entiende ni quiere entender.
Felipe, en uno de esos momentos sencillos e ingenuos de la novela, dirá que
no saben que es a Leonardo (el buen
futbolista, el ávido lector de poesía y
literatura… preferido por la maestra de
literatura de su escuela) a quien él ama.
Leonardo, el nombre que ni sus padres,
ni su hermano, ni la escuela tienen como
posesión (pues no lo saben y, con múltiples intimidaciones, tratarán de que lo
exponga para intervenirlo también), es el
referente que nombra al muchacho que
Felipe ama: no lo conocen y sin embargo
lo odian (dirá Felipe). Lo pueden odiar
sin conocerlo, porque el odio no estaría
movido por saber quién es y qué hace
Leonardo sino por el hecho de saberlo
el otro en un encuentro homosexual.
Por todo ello, Felipe se preguntará de
qué vale vivir la vida si la vida es lo que
no es suyo, a la vez que su cabeza da
vueltas pensando por qué es tan difícil
aceptar que un muchacho se enamore
de otro muchacho: “Dios ¿en dónde tienen el veneno los muchachos?” (p.111)
se pregunta Felipe, retórico, intentando
entender dónde reside el odio/rechazo/
repulsión que sanciona que él y Leonardo estén enamorados.
Después de todo, ellos no escogieron,
el amor los escogió. Al respecto Felipe
dirá:
Yo nunca dije «Voy a enamorarme de
Leonardo». Yo sólo me enamoré de
él… Y es tan raro eso: cómo se le va
metiendo a uno el amor así: como a
escondidas, despacio: como si fuera
a doler. Debe ser porque la belleza
golpea muy duro, yo creo. De verdad:
uno está por ahí tranquilo, y de pronto
Leonardo se para enfrente con toda
esa hermosura; y uno se queda quieto, sin poder mirar a otro lado: como
muerto; y entonces con qué fuerzas
hubiera podido yo soportar toda esa
felicidad que se viene encima cuando
por fin Leonardo se ha echado sobre
mi para besarme, si no lo agarrara a
uno el amor así de fuerte. Pero así de
suave: como si nada. (Molano, 1992,
p 150).
Así de fuerte y así de suave son las cosas que el amor reserva para los que lo
viven. Sin embargo, lo descrito por Fernando Molano pareciera un bonito relato
de ficción, en tanto la vida real vivida
por los muchachos en las instituciones
educativas dista de ser represiva y, por
lo mismo, las instituciones no pretenden
regir las consciencias y los afectos de los
sujetos a quienes dicen formar, Héctor
Abad Faciolince referirá en el prólogo a
la tercera edición de Un beso de Dick,
de qué está compuesta la reputada sociedad colombiana:
Un beso de Dick circuló muy poco,
porque la Cámara de Comercio debía
enviar muchos ejemplares de cortesía
a muchos mercachifles (algunos se
escandalizaron con el premio, y hasta
enviaron rigurosas cartas de protesta
por las “vulgaridades” del libro) (2005,
p. 9).
Héctor Abad Faciolince fue uno de los
jurados que otorgó el premio a Fernando Molano, luego la sanción que
declaraba la novela como vulgar también recaía sobre su criterio a la hora
de acercarse y juzgar una obra. Abad
Faciolince, exdirector entonces de la
revista de la Universidad de Antioquia y
reputado literato, quedaba cuestionado
en su criterio ético, literario y estético
en torno a lo que se podría publicar y a
lo que merecería algún reconocimiento.
Pero ¿para qué llamar a engaños? No
era el lenguaje franco y cotidiano lo que
atormentaba los pulcros ojos de quienes
mejor creyeron evaluar/descalificar Un
beso de Dick, tampoco la preocupación
central era qué tanto el criterio de los
jurados comprometía el premio: simple
y llanamente lo que ofendía y lo que se
constituía en un gesto o ejemplo antiformativo para los jóvenes (y para el lector
en general) era que dos muchachos
que se aman aparecieran bellamente
representados en una obra, inyectando
su veneno a una sociedad que entroniza
la heterosexualidad como norma, pero
que se obsesiona hasta los límites de
la fascinación con la homosexualidad.
Entonces, no se trataba de los usos
del lenguaje, se trataba de conservar
el privilegio de la ignorancia, aquel que
no se quiere perder estando obligados
a aceptar la evidencia del amor de/en-
Pedagogía y Saberes N.º 30 2009
tre los muchachos. Así que el amor que
no osa decir su nombre, y que así se
prefiere para tranquilidad de las consciencias pacatas, renuncia al silencio y
se dice… se dice a través de Felipe y
Leonardo, héroes que por un momento
logran arrebatarle a la formación pedagógico-moral de Colombia el derecho a
decirse mediante sus propios términos
y a partir de sus propios gestos. Si desde Kant se aseguró que es a través de
la educación que el ser humano llega
a ser lo que es, entonces la educación
tendría que responder por la cadena de
exclusiones/marginaciones que produce
y perpetua. Dicha cadena establece, con
criterio pedagógico, los cuerpos que deben ser ocupados, las opciones vitales
disponibles y las vidas que no merecen
ser vividas, y que, por lo mismo, deben
ser desechadas.
La pedagogía envenenada es una
pedagogía transgresora
Las duchas escolares, ese lugar de
encuentro que tanto obsesionó a Wenceslao Montoya y sus propuestas de
higiene escolar, al punto de sugerir que
la construcción de instituciones educativas acordes a la higiene (¿y a la moral?)
debían tener cierto tipo de accesos privilegiados en las duchas, para que los
maestros/maestras pudieran irrumpir intempestivamente y observar qué hacen
los muchachos en ellas, son un punto
privilegiado para pensar la sexualidad
en la novela de Fernando Molano. En Un
beso de Dick se juega intensamente con
la imagen de las duchas para mostrar lo
que difícilmente la pedagogía de la normalización ha querido reconocer, o más
bien, sobre lo que la pedagogía no ha
querido posar sus reflexiones. Aspecto
que no es de extrañar, pues la pedagogía, al privilegiar la normalidad, asume
la ventaja que la ignorancia proporciona
para sancionar a priori lo que se constituye mediante la negación. Se hacen
jugar todas las técnicas de la vigilancia
y la amenaza de la exclusión contra los
que son señalados con la marca de la
anormalidad. Una vez más se reactiva
el dispositivo disciplinario para enfrentar
“la peste”. La normalidad se erige sobre
la base de un no querer saber cómo los
muchachos, si bien pueden resolver su
Pedagogía y Saberes N.º 30 2009
placer, sus pasiones y la posición de
sus cuerpos, probablemente contra sí
mismos, a medida que van creciendo y
adquiriendo madurez, también en ese
espacio impredecible de las identificaciones, ocupan una posición estético/
corporal y erótico/sexual que funge desde las prácticas cotidianas mismas y no
sólo desde la prescripción pedagógico
moral de la normalidad. Al respecto,
sígase a los personajes de Fernando
Molano, en las duchas:
Algunos comenzaron a desnudarse de
prisa para ganar los primeros turnos en
las duchas: sólo hay seis chorros en
la bañera abierta. Cuando empezaron
las disputas ya Leonardo estaba bajo
el agua, enjabonándose de espaldas.
Tato se le acercó, con la confianza que
uno sólo les tiene a los árboles, el muy
ladino, y se lo arrimó por detrás, como
de pasada:
-Ah, perdón: no me di cuenta –le dijo,
y se quedó bajo el chorro.
Leonardo se dio vuelta sin inmutarse,
le pasó los ojos de arriba abajo y se
quedó mirándosela a Tato (la tenía tan
pequeñita por el frío):
-Pobre tipo –dijo como si le diera mucha lástima, y Tato no supo qué responderle en medio de nuestras risas.
Coloso estaba en la ducha de al lado y
aprovechó la ocasión (Coloso siempre
aprovecha la ocasión):
-¿Será que esta le sirve, Leonardito?
(1992, p 17-18)
A lo mejor muchos estarán tentados a
suponer/negar que una escena de este
tipo realmente ocurra en una escuela;
muchos estarán tentados, con el privilegio de la ignorancia, a decir que dichas
cosas no pasan… o que pasan en la
mente de pervertidos e inmorales: díscolos muchachos que truncando su naturaleza se observan, se miran y se miden
recíprocamente. O tal vez, dirán, que
esas cosas no pasan ni en las mentes
de los muchachos, si acaso pasan en las
mentes depravadas de sujetos que, sin
juicio moral y sin temor de Dios, escriben
sobre esas cosas para confundir a los
más jóvenes o a las mentes más “dé-
biles” y sugestionables4. Sin embargo,
Monick (1994) sostiene que los hombres
y las mujeres experimentan fascinación
por el pene (o su figura simbólica el falo).
De hecho, es enfático sugiriendo que
los hombres, tal vez, estarían mucho
más hechizados por el pene (falo) que
las mujeres, porque sobre ese deseo
se acarrea mayor sanción social5. La
manera como ese hechizo se acentúa
dependerá entonces de la disposición
personal. O de modo similar, la manera
como se ocupa una posición corporal y
erótica dependerá de las cuestiones que
entren en juego dentro de una economía
de identificaciones. Si bien en ese juego (léase la escena de las duchas) los
4
Cosa que los discursos religiosos, moralistas, adoctrinantes y, para el caso, la
pedagogía con fines universalizantes,
jamás harían.
5
Esa sanción social se podría equiparar
a lo que Sedgwick (1998) ha nombrado
como “pánico homosexual”: pánico
exacerbado y saturado de vigilancia
por temor a la aparición del cuerpo
homosexual en la escena cotidiana. Lo
paradójico de ese pánico es que sólo
puede identificar la aparición de ese
cuerpo que repudia a partir de su inevitable relación/proximidad con ese cuerpo.
Dicho de otra manera, porque se conoce
ese deseo es que se rechaza. De cierto
modo, se trata de volver contra sí mismo
lo que conociéndose se ha fantaseado
como lo propio del otro.
105
muchachos se muestran/demuestran
virilidad, capacidad de penetrar y exhuberancia corporal con respecto al placer,
también se examina como posibilidad.
La posibilidad de jugar, con los roces y
las miradas, a experimentar/intensificar
un placer mal visto, sancionado y del
que se preferiría no saber. Schérer dirá
que “[…] la sexualidad implica siempre
una forma determinada de relaciones
sociales y de circunscripción del campo
social” (1984, p. 48). De este modo, si
los muchachos reproducen estructuras
de subordinación y machismo en las
duchas (y en otros juegos que requieren contacto físico), también se puede
determinar en esos juegos una posición
corporal y erótica no contemplada y
no nombrada por el plan natural de la
creación que Comenio, por ejemplo,
defendía.
Continúese en las duchas: Coloso
presumía del tamaño de su pene ofreciéndoselo a Leonardo. Coloso fija su
mirada en el trasero de Leonardo para
sostener que con un trasero así no tendría que trabajar. Toda la escena se da
entre muchachos que, al parecer, se
definirán como heterosexuales pero que
requieren de dichos juegos para probar/
probarse ensayando la sexualidad de
“los otros”. Por su parte, Leonardo busca
cómo resistir a Coloso, burlarlo y, probablemente, disminuir el aprieto en el que
Coloso lo desafía a dar una respuesta
ingeniosa. En ese juego, Leonardo alcanza a molestarse (olvidando el juego),
y manifiesta su molestia… pero el juego
sigue vigente: en un descuido, mientras
Leonardo busca su toalla, le son arrebatados sus pantaloncillos blancos (que
los muchachos relacionan con la virginidad). Juegan con los pantaloncillos
de Leonardo que circulan de un lado
a otro, Leonardo se rinde…; mientras
tanto, Felipe, que no ha participado y
que sólo ha estado observando cómo
transcurre ese juego en el que se escenifican posiciones erótico/sexuales y
lugares posibles para frecuentar el placer que no necesita identificarse como
heterosexual u homosexual, sale de la
ducha humedecido:
Cerré la llave y con las manos me
sacudía el agua del pelo. Leonardo se
había colocado su camisa y le hacía
106
un ademán a Carlos para que se los
entregara (los pantaloncillos).
-Y no se le olvide besarle las güevas…:
miren al maricón este!
-Tome –le dijo Carlos; pero él me los
lanzó a la cara.
-Dijo Coloso lanzándome un golpe bajo
con su toalla.
¡Y los pantaloncillos de Leonardo se
quedaron pegados sobre mi frente
húmeda.
A mi me dio sensación de risa y todos vinieron a darme una zurra de
toallazos
En ese instante me reproché, como si
fuese mi culpa, la maldita obligación
de asquearme con lo que yo más
quería: casi maldije mi suerte inútil.
Pero ahí mismo recordé, como una
revelación de Dios, las bromas de
hacía un momento, el juego inocente
con todo lo que está prohibido, y me
maravillé de las cosas que uno puede
esconder bajo las bromas. Entonces
tomé los pantaloncillos con mis manos
y comencé a secar con ellos mi rostro:
despacio, como si lo hiciera con mi
pañuelo, como si yo estuviera solo con
mi pañuelo. Sentí perfectamente cómo
todos se silenciaban mirándome; y
todavía me di tiempo para extenderlos
sobre mis palmas, llevarlos sobre mi
nariz, y aspirar profundo como si fuese
un perfume: simulando: como si no
fuera el placer que yo sentía.
-¡Téngamelo ahí, Coloso! –dijo Carlos,
y fue a recoger de nuevo los pantaloncillos.
-¡Chanel! –dije con un suspiro de lo
más payaso (Molano, 1992: p. 20).
El juego no acaba allí, Felipe ha propuesto, sin decirlo, unas nuevas condiciones dentro de él, en las cuales todos
deben reordenar sus posiciones: él ha
intimidado a sus compañeros y ha decidido llevar el juego hasta los límites de
lo permitido con un placer difuso. Leonardo “con su cara triste” mira a Felipe
mientras ese juego persiste, agacha la
cabeza y Felipe parece sentir con ello un
desplante, se enoja y le lanza a los pies
los pantaloncillos que le eran tan gratos
hace un momento. Es como si toda la
escenificación/dramatización de Felipe
tuviera por objeto hacer que Leonardo lo
mire a los ojos y sostenga su mirada. Sin
embargo, el desdén de Leonardo (más
tarde se sabrá que es más bien una pequeña derrota), enfurece a Felipe tanto
como para olvidar que ante los ojos y la
mirada de Leonardo, Nastassja Kinski y
Bette Davis palidecen. Los muchachos
aceptan el nuevo reordenamiento del
juego y el juego sigue:
-¡Pero vaya póngaselos, papi! –Me dijo
Tato entre dientes.
Entre cuatro me sujetaban…
-A ver, a ver niño, cómaselos despacio
–me decía Carlos.
En ese instante sonó el timbre y yo
sentía a mi boca resecarse con los
pantaloncillos de Leonardo: casi lo
amo al Carlos. De nuevo, sonó el
timbre y todos salieron corriendo. Vi a
Coloso llevándose mi maletín y corrí
tras él, se había ocultado junto a la
puerta y me lo puso de un golpe contra
el vientre:
-¡Apúrense, o no los van a dejar entrar
a clase! –me gritó mientras corría-.
¡Y sáquese eso de la boca, cochino!
(Molano, 1992: p. 20).
Una vez termina el juego, y una vez
salen de las duchas, el placer abyecto
que logre salir de allí no podrá nombrarse de otra manera que como un placer
“cochino”. Si los muchachos escenifican
posiciones no contempladas, también
se retraen. En el juego jugado abandonan posibilidades para el placer que, tal
vez, otros muchachos retomarán como
su placer mirando a los ojos, de frente,
a una sociedad que los sancionará por
ello.
¿Qué más agregar al relato de Fernando Molano? ¿Qué más se puede decir,
cuando su relato ha hecho proliferar
consecuencias pedagógico-formativas
no mediadas por el maestro/maestra,
no contempladas y harto intensas como
para proponer que la escuela, si bien
dispositivo de normalización, también
es el lugar donde el poder de ese dispositivo puede ser resistido/subvertido?
Si Fernando Molano ha producido, sin
querer, una pedagogía transgresora,
pervertida o queer, no queda más camino que aceptar su incitación y ahondar
en su propuesta. Felipe, el personaje de
Pedagogía y Saberes N.º 30 2009
la novela sobre quien recae la reflexión
de las situaciones, bien ha expuesto
que el juego, inocente (con aquellos
tabúes que la pedagogía instituye), es
la oportunidad para que los muchachos
jueguen a la insubordinación, demostrando que la pedagogía, en tanto empresa de normalización, normaliza pero
con la condición de una empresa que
fracasa negando su precariedad y su
incapacidad de contener la emergencia de posiciones estético/corporales y
erótico/sexuales que, tal vez, negadas
y sancionas por la pedagogía, devienen
intensificadas en el espacio escolar. Es
decir, la escuela, enfrentando unos placeres descalificados, se constituye en
un espacio de “alta saturación sexual”
(Foucault, 2002b: p. 61). En una síntesis, si se prefiere fetichista, Dios, las
duchas, los pantaloncillos blancos (con
los que hasta Jesús es representado en
la cruz), un fuego que no da tregua, la
humedad y la cercanía de unos cuerpos
con otros, la desnudez, los tabúes, el
juego y todo lo que puede ser erotizado,
devuelven a los muchachos, como posibilidad no predicha, el placer negado/
repudiado6.
Britzman (2005), ha acuñado el término
“pedagogía queer”, para tratar la cuestión problemática y desafiante que surge
en la intersección de la pedagogía, el
psicoanálisis y la teoría queer7. Asume
6
7
Se podrá decir entonces que habría
que clausurar las duchas escolares o
reforzar su vigilancia para que éstas no
sirvan de intercambios no predestinados. Sin embargo, de nada serviría una
opción tan ingenua. El punto sobre el
que se viene trabajando expone que la
pedagogía, si se asume como proyecto
universalizante, sólo lo puede hacer bajo
el signo de una precariedad que no logra
destituir las formas que los muchachos
encuentran para desinstitucionalizarse
y refutar las ordenanzas de un ejercicio
brutal sobre el cuerpo. En tal caso, si
de cerrar espacios se trata, indáguese
también cómo hasta las mismas iglesias
y sus paredes sirven para la invención
de intercambios eróticos entre los muchachos.
Queer significa “raro”, “extraño”, pero
también se ha utilizado como designación que devalúa a los homosexuales.
Pedagogía y Saberes N.º 30 2009
a Freud para señalar el vacío en el que
se cifra la pedagogía en tanto defiende
su compromiso con la normalidad, lo que
hace que en muchas de sus versiones
las reflexiones pedagógicas no sean
capaces de elaborar tentativas para teorizar, analizar e incorporar el conflicto.
No se trata meramente de interpretar
“el conflicto social”, sino de movilizar
recursos que desajusten la lógica binaria
de lo público/privado, lo normal/anormal,
lo masculino/femenino y lo heterosexual/
homosexual. En este sentido, el conflicto está ligado a las distintas posiciones
estético/corporales y erótico/sexuales
que la pedagogía se niega a reconocer,
pero que no por ello dejan de acontecer
en los espacios educativos. La misma
Britzman dirá que la pedagogía tiende
a ignorar el carácter cotidiano de los
placeres, las identificaciones y las posiciones corporales, mientras se ocupa
de entronizar universales en nombre de
su compromiso con la normalidad. De
este modo, una pedagogía transgresora,
pervertida o queer, intentaría movilizar
otros recursos para desestabilizar las
prácticas opresivas. Por ejemplo, darle
cabida a los objetos denostados por la
pedagogía como “lo extraño”, haciendo
de ellos su causa a defender; producir
relaciones y vínculos problemáticos y
no canónicos; construir interpretaciones
que muestren la tiranía del sentido y
su ruptura; preguntar y decir lo que no
se quiere responder o escuchar; hacer
proliferar ambigüedad en las certezas y
ocuparse de señalar que las posiciones
del sujeto, siendo temporales, se forjan
más allá de los arreglos a universales,
y en estos últimos sólo encuentran
posibilidad de oponerse y/o ajustarse
a ellos (cargando como vergüenza la
incapacidad de ocupar completamente
los lugares que los universales asignan
para el sujeto).
Lo que la teoría queer (queer theory) ha
hecho se corresponde con el esfuerzo
de retomar esas palabras que infringen
la injuria, apropiarlas y retornarlas al
campo social debilitadas en su poder
para ofender a los homosexuales. Se
trata, de algún modo, de hacer un ejercicio paródico desmultiplicando los usos
y contradiciendo las prácticas interpretativas que regulan las designaciones utilizadas contra los sujetos inferiorizados
socialmente. La teoría queer ha luchado
contra “la camisa de fuerza” que supone
la “institucionalizacion”, intentando radicalizar un “ambiguous (un)becomig”
como esfuerzo teórico-formativo. Esto
ha supuesto la formación como proceso
ambiguo: devenir sería desdevenir. Lo
que para la pedagogía significa formación es forzosamente deformación.
Fernando Molano muestra a Felipe y
Leonardo enamorados el uno del otro,
ambos, en un principio, con la reserva
de aún no saberse correspondidos. Muchas horas se la pasa Felipe pensando
qué pasaría si Leonardo supiera que él
lo ama. A lo mejor lo golpearía (piensa),
pero de seguro no lo avergonzaría porque Leonardo no es así (se dice). Felipe,
el personaje sobre el que se ha dicho
recae la reflexión, se ha preguntado
¿cómo se enamora uno de otro muchacho?, para responderse retórico: ¿cómo
es posible aguantarse la belleza tanta de
Leonardo? Fernando Molano dibuja, con
su insistencia, unos personajes movidos
hacia la escuela y hacia el saber gracias
al amor que sienten el uno por el otro
(de hecho, Leonardo dirá que el equipo
Britzman (2005) va a sugerir que el amor
es la primera condición para el saber.
De hecho, propondrá preguntarse por la
verdadera diferencia entre enamorarse
de alguien y enamorarse de sus ideas.
Sobre esa pregunta intentará forzar a
la pedagogía y a las prácticas educativas para que reformulen la posición
que quieren ocupar con respecto a la
sexualidad. Si amar y enamorarse es la
condición para el saber, entonces, ¿qué
respuesta puede agenciar la pedagogía
para un amor/enamorarse que se da de
un estudiante por su maestro/maestra?
¿Qué suscita como reflexión pedagógica, además de la descalificación, el hecho de que un maestro/maestra ame/se
enamore de su estudiante? ¿No serían
esos amores y esos enamoramientos
una posibilidad para que el saber se
constituya como saber de algo? Y, ¿qué
decir, pedagógicamente e incorporando
gestos formativos, frente a los muchachos que se enamoran unos de otros…
y que al enamorarse cobra significado
para ellos la escuela?
107
de futbol de su escuela no tiene sentido
para él si allí no está Felipe). Felipe que
no sabía de literatura, ahora disfruta la
poesía por su cercanía con Leonardo,
Leonardo que no sabía de pintura, ahora
amplifica su lectura de la poesía a través del mundo que Felipe le muestra en
los libros de pintura. ¿Podría entonces
decirse que amar/enamorarse no puede
ser el empuje hacia el saber? ¿Puede la
pedagogía soportar que el amor por el
saber también es un amor erótico/sexual
y no por ello denostable?
A modo de conclusión: los
inquisidores contra Felipe
En Un beso de Dick circulan distintos
lugares de enunciación que se corresponden en la escuela: esos lugares se
denominarán inquisidores. En determinado momento Felipe y Leonardo que ya
se han declarado mutuamente su amor,
son amigos, no son novios (porque según Felipe eso suena “chistoso”). Sin
embargo, amigos son de la cama, de
los besos furtivos en los parques, en los
baños de la escuela y en los andenes de
las casas cuando nadie les ve. Amigos
son de un sexo que continuamente está
renegociando las posiciones de cada
uno en la relación y que les plantea los
compromisos del amor. Si algo queda
claro de todo ello es que Felipe y Leonardo están aprendiendo: ¿no se ha dicho
en distintos discursos educativos que lo
suyo es la preocupación por el aprendizaje? ¿Cómo se podrían bloquear los
prejuicios que descalifican los distintos
modos que tienen los muchachos para
aprender unos de otros?
Balderston (2006) ha referido sobre Un
beso de Dick que los personajes apuestan por una lucha en la que intentan
resolver su condición más esencial con
respecto al deseo y la defensa de su
amor; señalando, probablemente, las
fuerzas que los muchachos tienen que
enfrentar interiormente cuando se descubren amando a otro muchacho. Más
allá de eso, lo que en este trabajo se ha
buscado no es exacerbar una búsqueda subjetiva de lo más propio e íntimo,
acaso no atravesado por la educación
o la cultura: antes bien, se ha tratado de
plantear, a partir del cuerpo y el placer,
108
el papel inquisidor que la pedagogía
con arreglo a universales y la práctica
educativa ejerce sobre los muchachos.
El celador, el maestro de álgebra, el
maestro de historia, la psicóloga y el
sacerdote, son los personajes que Fernando Molano usa/denuncia como los
inquisidores que, una vez descubierto
Felipe como partícipe de un deseo homoerótico gracias al descuido de sus
cuadernos, asientan su marca con una
fuerza que vuelve a insistir sobre la necesidad de pedagogizar al muchacho
y arrancarlo de las garras del cuerpo
homosexual.
Felipe y Leonardo, en una de las tardes
en que se besaban en las gradas de la
escuela, entre juegos y recuerdos de
días en los que soñaban con el amor del
otro, se van diciendo cómo se quieren y
van poniendo a prueba el significado de
los recuerdos que la memoria les da; entre tanto, el celador que los ha visto, va
tras ellos mientras les grita: “maricones”
(Molano, 1992, p. 95). Los ha visto pero
no los conoce; en un descuido, Felipe
deja sus cuadernos y huye mientras
detrás la voz grita “maricones”. Decirle
maricón a alguien es injuriarlo, pero
mucho más hondo que la misma injuria
es el poder que se adjudica quien grita
maricones para activar un orden social
que sanciona los besos entre dos muchachos, y para establecer que quien
hace cumplir ese orden está en una
posición privilegiada desde donde puede
marginar, excluir o censurar. El celador,
que representa la voz de la muchedumbre, no puede decir nada más, no
sabe nada más, pero tampoco necesita
saber o decir algo más, basta con que
desde su lugar pueda hacer persistir la
descalificación que se nombra cuando
son los otros a quienes se puede tratar
como “maricones”. El término degradante (marica, raro, volteado, entre otros)
actúa como instrumento de cohesión
entre los miembros del cuerpo social que
lo pronuncian o pueden pronunciarlo.
Cohesión que parece gravitar alrededor
de un tabú que se quiere evitar/rechazar. Pronunciar el término degradante
funciona, en apariencia, como la estrategia con la que se evita el contenido
“contagioso” que el término invoca. De
alguna manera, el tabú no hace más que
recordar la necesidad de rechazar una
posibilidad maldita… siempre próxima y
que amenaza con “desbaratar” la cohesión del cuerpo social por otra cohesión
no heterocentrada.
Ahora bien, si el celador ocupa el lugar
de la enunciación que le corresponde a
la muchedumbre, qué decir de los maestros de historia y algebra, del sacerdote
y de la psicóloga que bien han hecho
circular sus sanciones contra todo lo no
heterocentrado. El maestro de historia
cargará contra el rock, la moda y el pelo
largo, de lo que él concluye hay que sospechar posibles tendencias extrañas.
El maestro de historia, furioso porque
Leonardo no se sabe los nombres de todos los presidentes del Frente Nacional,
invita a sospechar, no de una historia
política que ha mantenido la desigualdad y la injusticia como una condición
universal de Colombia. No. De eso no
se trata. Se trata de avergonzar a los
muchachos que no saben los nombres
de los presidentes del Frente Nacional
y se trata de censurar, descalificar y
perseguir a esos “raritos”, “extraños”,
que en últimas, son los maricones que
la muchedumbre persigue ahora con el
beneplácito de las “figuras formativas”.
La psicóloga, por su parte, en posición
de un saber de manual, le dice a Felipe
que él está confundido (no podría ser
de otra forma). Felipe cuenta cómo la
psicóloga niega el cuerpo homosexual
decretando que se trata de una situación
temporal, en todo caso, una confusión
que el tiempo puede sanar. Felipe descalifica a la calificada en psicología a
partir de sus palabras, ella le ha dicho
que con el tiempo él va a entender su
verdadero papel. Él piensa: “¡Tan boba!:
como si yo estuviera en una película” (p.
110). Si la psicóloga, con el privilegio
epistemológico que algunas (y algunos)
se pueden adjudicar como expertos de
la vida ajena, emite su juicio negando a
Felipe y Leonardo el derecho a que lo
suyo sea real, Felipe (para sí mismo)
invierte y resiste esa tentativa apuntando
que el papel que ella supone debe ocupar no tiene relevancia para él… porque
él no va a participar de esa película que
ella reproduce en el ridículo papel del
experto y que no es más que una reformulación, en términos cientificistas, de
viejos prejuicios morales.
Pedagogía y Saberes N.º 30 2009
Pero no es suficiente que la historia y
la muchedumbre se unan en un pliegue
que puede reírse y calificar la vida de un
muchacho no heterocentrado. Tampoco
es suficiente con que la psicóloga juegue
a exponer su saber de experta negando
el cuerpo homosexual; no es suficiente
porque toda la institución educativa tiene
que participar del espectáculo bochornoso que se forma alrededor y contra ese
cuerpo. Léase al respecto:
El prefecto me dijo: “¿Por qué anda
haciendo esas porquerías, Valencia?
¿Quién es el otro?”; casi lo mato…Y
el profe de álgebra: “Pero Valencia,
¿por qué?; si usted es un buen estudiante. Yo no sabía que tuviera ese
tipo de problemas“: me da risa: los
matemáticos andan viendo problemas
en todas partes. Son como güevones
los matemáticos. Y yo que creía que el
de algebra era una lumbrera… ¡Maldición!: se lo contaron a todos los profes:
qué plaga más chismosa… Pero la
psicóloga si me mató: ”Cuéntame
Felipe, ¿por qué lo estabas haciendo? Tranquilízate y dime. Yo soy tu
amiga” (Molano, 1992, p. 111).
El sacerdote (prefecto) invocando las
porquerías, el de las matemáticas
buscando el problema, y la psicóloga
que busca saberlo todo con actitud
insidiosa (en tanto con la simpatía
busca acorralar de manera más eficiente al otro), junto con el celador
(la muchedumbre), son para Felipe la
representación del espectáculo propio
de una plaga chismosa (como él dirá).
La escuela, entonces, deviene para un
muchacho al que se ha querido formar,
la institución que, por excelencia, hace
proliferar por doquier como una plaga,
todas las marginaciones, exclusiones,
descalificaciones, injurias y censuras
que un joven no heterosexual debe
soportar sobre su cuerpo. Con este
paisaje por horizonte, ése es el cuerpo
que la pedagogía se toma y hace suyo
para ajustarlo a cánones universales y
naturales. Fernando Molano tal vez lo
ha mostrado mejor sin proponérselo:
la escuela como guardiana de valores
universales y naturales no podría ser
esa guardiana si no ejerce sobre los
cuerpos la violencia más insidiosa y
deformante que un muchacho pueda
experimentar.
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Zuluaga, O. (1997). Otra vez Comenio,
en Revista Educación y pedagogía. 47,
pp. 99 -118.
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María del Pilar Unda Bernal*
Aroldo Guardiola Ibarra**
Soraya Constán Medero***
Ofelia Berrío Morelo****
Margarita Martínez Camacho*****
PEDAGOGÍA, INTERCULTURALIDAD Y FORMACIÓN
DE MAESTROS:ESCUELA NORMAL SUPERIOR
INDÍGENA DE URIBIA (LA GUAJIRA)******
Resumen
Este artículo resume la investigación realizada sobre un conjunto de prácticas pedagógicas que se realizan actualmente en la Escuela Normal Superior Indígena de Uribia, reconocidas y nombradas como pedagogía de la afirmación
cultural por la Expedición Pedagógica. El estudio identifica momentos, características, factores y acontecimientos
sociales y políticos relacionados con una forma de hacer escuela que rompe con los propósitos de invisibilización y
homogeneización de las culturas, se orienta a la valoración y fortalecimiento de la etnia wayúu y evidencia trazos de
un trabajo en perspectiva de interculturalidad.
Palabras clave: Prácticas pedagógicas, diversidad cultural, multiculturalidad, interculturalidad.
*
Candidata a Doctora en el Programa de Cultura y Educación en América Latina, de la Escuela Latinoamericana de Postgrados y Políticas
Públicas, Elap, de la Universidad de Artes y Ciencias Sociales, Santiago de Chile. Profesora de la Universidad Pedagógica Nacional e
integrante del equipo de trabajo coordinador del Movimiento Expedición Pedagógica.Correo electrónico: [email protected]
**
Magíster en Estudios Político–económicos, Especialista en Planeación Territorial, Licenciado en Lenguas Modernas, Coordinador de la
Ruta Afrocaribe de la Expedición Pedagógica, integrante del equipo de coordinación del Movimiento Expedición Pedagógica del Caribe.
Correo electrónico: [email protected]
*** Licenciada en Etnoeducación y Proyectos Sociales, Especialista en Pedagogía de la Lengua y la Literatura, Maestra de Cultura y Lengua
en el Ciclo Complementario, Maestra anfitriona de la Ruta Escuelas Normales Región Caribe Expedición Pedagógica.Correo electrónico:
[email protected]
**** Licenciada en Ciencias Naturales, Especialista en Evaluación Escolar, Profesora de Investigación y Coordinadora del Ciclo Complementario de la Ensui, maestra, viajera y anfitriona de la Ruta Escuelas Normales Expedición Pedagógica.Correo electrónico: ofebemo@
gmail.com
***** Licenciada en Lenguas Modernas, Especialización en Metodología de la enseñanza de la lengua y literatura, Especialización en Orientación
Educativa y Desarrollo Humano. Maestra de Teoría Lingüística y de Didáctica de la Lengua en el Ciclo Complementario de la Escuela
Normal Superior Indígena de Uribia, expedicionaria anfitriona.Correo electrónico: [email protected]
******Este artículo es una síntesis de la investigación financiada por el Fondo Concursable para el Desarrollo de Proyectos de Innovación
e Investigación en Educación Inclusiva y Convivencia Democrática, organizado por la Red Innovemos de Unesco, Chile. Una versión
ampliada fue publicada en Orealc–Unesco (2008). Educación y diversidad cultural. Lecciones desde la práctica innovadora en América
Latina. Santiago de Chile. http://www.redinnovemos.org
Articulo recibido el 16 de abril de 2009 y aprobado el 24 de junio de 2009
Pedagogía y Saberes N.º 28. Universidad Pedagógica Nacional. Facultad de Educación, 2008, pp. 113-120
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