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COMO VIVE LA OTRA MITAD

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COMO VIVE LA OTRA MITAD
COMO VIVE LA OTRA MITAD:
Un Extracto
Por Jacob Riis
Introducción
Hace mucho tiempo se decía que «una mitad del mundo ignora cómo vive la otra mitad». Y
entonces era verdad. Lo ignoraba porque no le interesaba. A la mitad que se hallaba en la
cumbre le importaban poco las luchas y aún menos el destino de aquellos que estaban
abajo, siempre que pudiera dejarlos ahí y conservar su propia posición. Llegó luego un
momento en que el malestar y el hacinamiento de los de abajo se hicieron tan grandes, y la
consiguiente agitación tan violenta, que dejó de ser fácil mantener la situación, y la mitad
superior empezó a preguntarse qué estaba ocurriendo. Desde entonces se ha acumulado
rápidamente información, y el mundo entero se ha visto obligado a responder de su
ignorancia anterior.
En Nueva York, la más joven de las grandes ciudades del mundo, esa época llegó más tarde
que en ninguna otra parte, ya que en ella el hacinamiento no era tan desmedido. Algunos
pensaban que nunca se produciría; pero estas esperanzas fueron vanas. La avaricia y el
egoísmo insensato tuvieron consecuencias similares a los de las ciudades de tierras más
antiguas. «Cuando se produjeron los grandes disturbios de 1863 – dice el testimonio del
secretario de la Asociación Penitenciaria de Nueva York ante un comité legislativo
constituido para investigar las causas del incremento de la criminalidad en el Estado hace
veinticinco años–, todos los escondrijos y semilleros del delito se delataron porque
participaron inmediata y activamente en los tumultos. Esos lugares y domicilios, y todos los
que se les parecían, son hoy cunas de delincuencia y de los vicios y desórdenes que
conducen a la criminalidad. La mayor parte –por lo menos el ochenta por ciento– de los
delitos contra la propiedad y contra las personas son perpetrados por individuos que han
perdido sus lazos con la vida hogareña, o que nunca los han tenido, o cuyas casas han dejado
de ser lo suficientemente independientes, decentes y deseables para albergar en ellas lo que consideraríamos
saludables y ordinarias influencias del hogar y la familia. [...] Los delincuentes más jóvenes parecen
proceder casi exclusivamente de los peores distritos de casas colectivas, y esto se observa al
seguir la pista de los lugares donde tuvieron su hogar en la ciudad.» De una cosa sí se
cercioró Nueva York en esa temprana fase de la investigación: la línea divisoria que nos
separa de la Otra Mitad está trazada por las casas colectivas.
Ya hace más de diez años que esa línea dividió nítidamente a la población de Nueva York.
Hoy, tres cuartas partes de sus habitantes viven en casas colectivas, y en el siglo XIX el
movimiento de población hacia las ciudades sigue enviando multitudes cada vez mayores
para llenarlas. Las quince mil casas de inquilinos que eran la desesperación de las
autoridades sanitarias en la pasada generación han crecido hasta convertirse en treinta y
siete mil, y más de ciento veinte mil personas llaman a esas casas su hogar. La única salida
que este hombre preveía –un rápido tránsito a las afueras– no ha supuesto el menor alivio.
Ahora sabemos que no hay salida; que el maligno «sistema» creado por la negligencia
pública y la codicia privada será duradero, un ojo del huracán perenne de nuestra
civilización. No queda otro remedio que intentar sacar el mejor partido de ese mal
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comienzo.
Lo que son las casas colectivas y cómo han llegado a ser lo que son lo veremos en las
páginas que siguen. La historia extraída de los registros públicos es, sin ir más lejos, lo
suficientemente oscura para helarle la sangre a cualquiera. Si parece que los sufrimientos y
los pecados de la «otra mitad» y el mal que engendran no son sino un justo castigo a la
comunidad que no le dio otra opción, es porque ésa es la pura verdad. La línea divisoria
está ahí porque, si, en general, las fuerzas del bien superan con creces a las del mal –no
podría ser de otra manera–, en las casas colectivas todas las influencias contribuyen al mal;
porque constituyen el caldo de cultivo de las epidemias que acarrean la muerte de ricos y
pobres por igual; la cuna de la miseria y del delito que llena nuestras cárceles y comisarías;
porque arrojan año tras año una escoria de cuarenta mil desechos humanos a los
manicomios y centros de trabajo de la isla de Blackwell; porque en los últimos ocho años
llevaron a medio millón de mendigos a depender de nuestra beneficencia; porque
mantienen un ejército de diez mil vagabundos con todo lo que eso implica; porque, sobre
todo, contagian la vida familiar de una mortífera enfermedad moral. Ése es su peor crimen,
inseparable del sistema. El hecho de que debamos admitir que es hijo de nuestros propios
errores no nos excusa, aunque exija y merezca nuestra máxima paciencia y nuestra más
tierna caridad.
¿Qué vamos a hacer al respecto? Ésta es la pregunta que nos planteamos hoy. Una vez la
planteó a nuestra ciudad en un provocador desafío una banda de políticos asesinos, el
producto legítimo de la vida en el nivel de la casa colectiva.i La ley y el orden encontraron la
respuesta entonces y supieron prevalecer. Con una población en asombroso aumento
sometida a esa mortificante esclavitud, ¿podrá darse siempre esa respuesta? Todo
dependerá de cómo se comprenda la situación que provoque el desafío. El cuarenta por
ciento de las desgracias que aquejan a los pobres, decía un informe oficial reciente, se debe
al abuso del alcohol. Pero el primer comité legislativo que se constituyó para investigar esa
plaga ahondó en ella y descubrió sus raíces. «Se impuso la conclusión de que ciertas
condiciones y asociaciones de la vida humana con la vivienda son los padres prolíficos de
los correspondientes hábitos y morales», y se recomendó «la prevención de la embriaguez
ofreciendo a cada hombre un hogar limpio y cómodo». Años después, una investigación
sanitaria desveló que «más de la mitad de las casas colectivas, con dos terceras partes de su
población, eran regentadas por propietarios que hacían con ellas un buen negocio,
generalmente especulativo. El propietario buscaba cierto porcentaje en su inversión, un
porcentaje que muy raras veces bajaba del quince por ciento, y a menudo superaba el
treintaii[…]. Los inquilinos se quejaban de ser objeto de una total negligencia, y de que la
única respuesta a sus peticiones de que se efectuaran las reparaciones y mejoras necesarias
era que pagaran el alquiler o se largaran. Las instrucciones del agente eran simples pero
contundentes: “Cobrar el alquiler por adelantado, y, si eso no es posible, echar a los
ocupantes”». De tal cepa creció la cizaña. No es de extrañar que el fruto sea tan amargo. El
remedio que aporte una respuesta eficaz al clamor de justicia debe proceder de la
conciencia pública. Ni la legislación ni la caridad pueden abarcarlo todo. La propia codicia
de capital que engendró el mal debe deshacerlo, en la medida en que esto sea posible.
Quienes dan trabajo a las masas trabajadoras deben ofrecerles una vivienda; pero las casas
colectivas deben dejar de ser un «buen negocio inmobiliario» en el viejo sentido
despiadado. «Filantropía y el cinco por ciento» es la penitencia exigida.
Si todo esto es verdad desde un punto de vista puramente económico, ¿cuál va a ser la
verdad desde una perspectiva cristiana? No hace mucho se celebró una gran reunión en
esta ciudad, con todas las denominaciones de la fe religiosa, para discutir la forma de
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aproximarse a las hacinadas masas de las casas colectivas al efecto de ejercer sobre ellas una
influencia cristiana, a la cual ahora son demasiado a menudo ajenas. Por desgracia, la
conferencia descubrió que la advertencia de un constructor de Brooklyn, que ha invertido
su capital en este plan, dispuesto a buscar algo más que un mero interés pecuniario,
encerraba una idea digna de tener en cuenta: «¿Cómo van a entender el amor de Dios
quienes únicamente han conocido la codicia del hombre?».
II. El despertar
El miedo al avance del cólera, y la conciencia culpable del caldo de cultivo que supondrían
para la epidemia los barrios pobres de Nueva York, impulsó a la comunidad a actuar poco
después del fin de la guerra. Un movimiento ciudadano condujo en 1867 a la organización
de una Junta de Sanidad y al establecimiento de un decreto ley que regulaba los alquileres, el
primer paso hacia una legislación del saneamiento. El año anterior se había iniciado un
estudio exhaustivo de los edificios de alquileres; pero el cólera en primer lugar, y una
epidemia de viruela después, retrasaron el trabajo, al tiempo que plantearon su necesidad
con mayor urgencia. Así, hasta 1869 no se puso realmente en marcha y empezó a producir
efectos. Los dormitorios ciegos o cuartos redondos fueron lo primero en prohibirse. Aquel
año, la Junta ordenó que se abrieran más de cuarenta y seis mil ventanas en habitaciones
interiores, sobre todo a efectos de ventilación, pues poca o ninguna luz llegaba por los
oscuros vestíbulos. Los tiros de ventilación eran algo desconocido. El serrucho no paró de
trabajar aquel verano y, a principios del otoño, casi todas las órdenes se habían llevado a
cabo, aunque no sin oposición. Los funcionarios se encontraron, por una parte, con los
obstáculos que ponían en su camino los propietarios de las casas, que veían en cada orden
de reparar o limpiar sólo un gasto susceptible de reducir sus ingresos; y por otra parte,
tenían que vérselas con los propios inquilinos, que se habían hundido, tras una generación
de vanas protestas, al nivel del entorno en el que vivían y donde se habían resignado a
seguir. Las casas colectivas habían engendrado a su Némesis, un proletariado dispuesto y
capaz de vengar los errores de sus multitudes. Ya representaba una fuerte carga para la
ciudad el financiamiento de sus cárceles y sus centros de beneficencia. Curiosamente, la
base de la oposición era la misma para ambos extremos; propietario e inquilino
consideraban la intervención oficial una violación de sus derechos individuales y una
auténtica desgracia. Costó largos años de arduo esfuerzo llevar la luz del sol a los rincones
de aquellas madrigueras. Hasta cinco años más tarde no logró el Departamento echar a
aquellos «habitantes de las cavernas» y cerrar unos quinientos cincuenta sótanos del
extremo sur de Houston Street, muchos de ellos bajo el nivel del mar con marea alta , que
se habían utilizado como viviendas. En muchos casos, la policía tuvo que sacar a los
inquilinos a rastras de sus casas.
El trabajo siguió adelante, pero la necesidad de llevarlo a cabo aumentaba con el esfuerzo.
Las autoridades sanitarias se enfrentaban a un mal que las aventajaba en velocidad; como
un fuego, únicamente podían atajarlo, pero no acabar con él. Los informes oficiales que en
1879 se leían en las iglesias caracterizaban a los jóvenes delincuentes como víctimas de las
pésimas condiciones sociales de vida y de los alojamientos insalubres y atiborrados, en «una
atmósfera de auténtica oscuridad, moral y física». ¡Y eso después de que la sierra llevase
años trabajando infatigablemente en rincones sombríos! «Si pudiéramos examinar el aire
que respiran esas pobres criaturas», dijo un conocido médico, comprobaríamos que «es más
fétido que el lodo de las alcantarillas». Pese a todos los esfuerzos, apenas se advertía mejora
alguna. «En general, las nuevas casas colectivas que se han construido recientemente se han
planificado tan mal como las anteriores, con habitaciones oscuras e insalubres, a menudo
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sobre sótanos húmedos, donde se permite una extrema aglomeración»: éste era el veredicto
de una autoridad. Y ésas son las casas que aún hoy perpetúan las peores tradiciones del
pasado y se cuentan por miles. La zona de Five Points se había limpiado, por lo menos los
alrededores más inmediatos, pero a tan sólo un paso, la esquina de Mulberry Street Bend se
superaba rápidamente en suciedad, y surgían continuamente nuevos centros de corrupción,
que se aprovechaban de cualquier relajamiento de la vigilancia, aunque fuera por un
momento. Una de las calamidades del sistema de casas colectivas consiste en que las peores
casas ejercen una influencia niveladora sobre las demás, como un chico malo es capaz de
estropear a toda la clase. Es una de las formas que ese mal definido como «consecuencia
del olvido de los pobres», como suavemente lo califica el Consejo de Higiene, tiene de
vengarse.
El esfuerzo determinado a atajarlo parando los pies a los propietarios de las casas, que ha
constituido el principal cometido de la Junta de Sanidad en los últimos años, data de ese
período. La era del tiro de ventilación no ha resuelto el problema de la vivienda de los
pobres, pero ha aprovechado las limitadas oportunidades. La ley sanitaria ejerce un control
completo sobre los nuevos edificios. Pero los antiguos siguen ahí. No pueden demolerse
sistemáticamente, aunque, en ciertos casos extremos, las autoridades pueden ordenar su
evacuación. El escandaloso hacinamiento tampoco se ha acabado. Es una característica de
las casas colectivas. La pobreza, su distintivo y condición típica, lo crea, o lo impone.
Todos los esfuerzos para eliminarlo no consiguen más que alivios temporales. Mientras
existan las casas colectivas, existirá el hacinamiento. Y en Nueva York, esas casas existirán
siempre.
¿Qué es una casa colectiva hoy? La ley la define como una casa «ocupada por tres o más
familias, que viven independientemente y cocinan en ella; o por más de dos familias en una
planta, que viven y cocinan y comparten el derecho de uso de los vestíbulos, escaleras,
patios, etc.». Éste es el significado legal e incluye los pisos y edificios de apartamentos, que
no tienen nada que ver con las casas colectivas. En su sentido más estricto, la típica casa
colectiva se describió así cuando compareció por última vez ante el banquillo de la justicia
pública: «Generalmente es un edificio de ladrillo de cuatro a seis plantas de altura sobre el
nivel de la calle, a menudo con una tienda en la primera planta que, cuando se utiliza para
vender alcohol, tiene una entrada lateral en beneficio de sus ocupantes y para eludir la ley
del domingo; cuatro familias ocupan cada planta y las habitaciones consisten en una o dos
estancias ciegas, que se usan como dormitorios, y una sala de estar de tres metros y medio
por tres. La escalera suele ser con lamentable frecuencia un pozo negro en el centro del
edificio, y la ventilación directa es imposible, ya que cada vivienda familiar está separada de
las otras mediante tabiques. A menudo, la parte trasera del solar está ocupada por otro
edificio de tres alturas con dos familias por planta». La descripción es casi tan real hoy
como hace diez años y lo seguirá siendo durante mucho tiempo. La escasa luz que entra
por los tiros de ventilación brilla sobre multitudes más numerosas que nunca. Las casas
colectivas siguen siendo «un buen negocio» y la miseria del pobre es su destrucción. Un
barracón en el centro de la ciudad donde tiene que vivir porque es pobre proporciona un
tercio más de renta que una casa de pisos decente de Harlem. En otro tiempo causó
sensación la noticia de que en una de esas casas colectivas se habían encontrado entre
setenta y ochenta niños. Ahora el informe de las autoridades sanitarias apenas suscita una
atención pasajera cuando contabiliza 101 adultos y 91 niños en una de dos casas idénticas
contiguas de Crosby Street. En la casa de al lado, si no me equivoco, viven 89 niños, ¡un
total de 180 en dos edificios! O cuando una inspección nocturna en Mulberry Street
desentierra ciento cincuenta «inquilinos» que duermen en el suelo sucio de dos edificios. A
pesar de los adornos de piedra arenisca, las lunas de cristal y los suelos de mosaico de los
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vestíbulos, en verano el agua no llega a la segunda planta, mientras que la cerveza corre sin
medida en las fiestas que se celebran en la azotea y duran toda la noche. La taberna de
puertas batientes y el casero dividen los beneficios entre ellos, y el inquilino, con sombría
resignación, paga las facturas.
¿Dónde están las casas colectivas de hoy? O mejor dicho, ¿dónde no están? En cincuenta
años se han extendido desde los barrios pobres del distrito IV y Five Points, se han
apoderado de toda la isla y han contaminado el distrito anexo hasta Westchester Line.
Proliferan en todos los distritos bajos, allí donde las tiendas y locales de negocios dejan
unos metros de terreno sin reclamar; se extienden a lo largo de los dos ríos, como una bola
con cadena atada al pie de cada calle; llenan Harlem de sus multitudes nerviosas y
reprimidas, sostienen bajo sus garras la riqueza y la industria de Nueva York,
controlándolas a su antojo en estos años de violencia, en que imperan las bandas de
delincuentes. Los postigos a prueba de balas, las pilas de granadas de mano y las armas de
fuego Gatling de la subtesorería constituyen un tácito reconocimiento de este hecho, e
indican la calidad de la misericordia que puede esperarse. Nueva York está formada hoy
por casas colectivas y éstas albergan a tres cuartas partes de su población. Cuando otra
generación haya duplicado el censo de nuestra ciudad y, para ese inmenso ejército de
trabajadores, cautivos de la pobreza, el propio nombre de hogar se haya convertido en una
broma amarga, ¿cuál será la cosecha?
XXI. La indigencia en las casas colectivas
Al lector que hasta ahora haya seguido conmigo el destino de la Otra Mitad probablemente
no le sorprenda mucho saber que en ocho años se registraron en Nueva York 135.595
familias que pedían o recibían algún tipo de caridad. Tal vez, sin embargo, sí le
impresionará la noticia de que, en los últimos cinco años, una persona de cada diez de las
que han muerto en esta ciudad ha sido enterrada en el cementerio de los pobres, Potter’s
Field. Esos hechos sirven para contar una terrible historia. El primero significa que, de una
población de millón y medio de habitantes, hubo casi medio millón (si no llega) de
personas que se vieron obligadas a pedir limosna para comer, o bien optaron por ello, o
aceptaron la caridad en algún período de los ocho años, si no en su totalidad. No hay
posible error en esas cifras. Están sacadas de los registros de la Sociedad de Organización
de la Caridad, y abarcan el período de existencia de la institución. Tampoco se pretende que
el registro sea completo. Para definir claramente los límites, los estadísticos de la Sociedad
sólo admiten tres miembros y medio por familia, en lugar de los cuatro y medio que se
aceptan como patrón de cálculo referido a la población de Nueva York en su conjunto.
Calculan a partir de su experiencia cotidiana que, considerando a los que han muerto, se
han ido o han llegado a ser capaces de mantenerse, el ochenta y cinco por ciento del
registro todavía está, o persiste, en condiciones de dependencia. El estado de cosas en esa
gran horda de indigentes se muestra con exactitud en una clasificación de 5.169 casos
investigados por la Sociedad en un año. Éstos fueron los resultados: 327 que necesitan
ayuda continua, o un 6,4 por ciento; 1.269 que necesitan ayuda temporal, o un 24,4 por
ciento; 2.698 que necesitan un puesto de trabajo más que ayuda, o un 52,2 por ciento; 875
que no necesitan ayuda, o un 17 por ciento.
Es decir, casi el seis y medio por ciento carecía absolutamente de recursos: huérfanos,
lisiados o muy ancianos; casi una cuarta parte necesitaba sólo un empujón para iniciar el
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camino a la independencia económica, o a la definitiva pobreza, según la inteligencia con
que se aplicara ese empujón. Más de la mitad eran indigentes porque no tenían trabajo ni
podían encontrarlo y una sexta parte eran impostores, mendigos profesionales, que
enseñaban a sus hijos a seguir sus pasos: una auténtica «tribu de Ismael», que estrecha su
cerco sobre la sociedad con el paso de los años, hasta que la sociedad reúna valor para
decir, como Pablo, «el que no quiere trabajar, no coma», y se mantenga firme. Vale la pena
notar que casi exactamente los mismos resultados se obtuvieron en una investigación
similar en Boston. Había unos cuantos casos más definitivamente sin recursos, del tipo que
la caridad considera un beneficio atender, pero la proporción de personas sin futuro por
falta de trabajo, o la de impostores, era exactamente la misma que en esta ciudad. La ruina
de esperanzas, de valor, de dinero y de objetivos no es exclusiva de Nueva York. Se
encuentra por todo el mundo, sólo que nosotros tenemos plena participación. Si hacen
falta más pruebas, pueden encontrarse en el alto número de entierros de gente pobre. El
cementerio de Potter’s Field es signo de una definitiva, irremisible rendición. Lo último que
abandonan los pobres, por muy miserable que sea su suerte en la vida, es la esperanza de
un entierro digno. Pero en los cinco años anteriores a 1888, la media de entierros en el
camposanto de Potter’s Field ha sido de un 10,03 por ciento del total. En 1889 fue de un
9,64. En ese año, la proporción de la mortalidad registrada en conjunto en hospitales,
instituciones y en la Casa de Beneficencia era de 1 por cada 5.
Las 135.595 familias habitaban no menos de 31.000 casas colectivas. Digo casas colectivas
con conocimiento de causa, aunque la sociedad diga simplemente edificios, porque al
menos el noventa y nueve por ciento se encontraron en esos grandes barracones, mientras
que el resto vivía en chabolas o ranchos diseminadas aquí y allá, y de vez en cuando
aparecía en las estadísticas un fraude o un caso excepcional de infortunio en una casa de
mejor clase. Aquí, indudablemente, hay que tener en cuenta el constante movimiento de
quienes viven de la caridad, el cual permite que un mendigo en activo ponga en la lista
negra una docena de casas al año. De todas formas, la gran mayoría de las casas colectivas
parecen albergar gente que pide limosna. Una práctica tan peligrosa como albergar la
viruela. Y es que esa dolencia no es más contagiosa que el mal de los mendigos. Hay casas
que se han corrompido completamente por esa plaga, hasta que la propia atmósfera respira
la mendicidad. Más de ciento veinte familias indigentes han vivido a temporadas, según el
registro, en una de esas casas colectivas.
La verdad es que la indigencia prolifera en las casas colectivas de un modo tan natural
como las malas hierbas en un huerto. Enfermedad moral, como la delincuencia, encuentra
ahí su suelo más fértil. Todo lo que rodea la vida en la casa colectiva favorece su desarrollo
y allí donde arraiga es más difícil de erradicar que la más virulenta de las afecciones físicas.
Es infinitamente más fácil tratar al ladrón que al mendigo, porque el solo hecho de ser un
ladrón presupone algún fondo humano. Aunque sea malo, es algo, un posible asidero con
el que atraparle. Con el mendigo no hay ninguno. Es tan irremediable como su propia
pobreza. Hablo del mendigo profesional, no del pobre honrado. Hay una línea muy clara que
los separa; pero a ambos lados está la casa colectiva, difuminándola y borrándola
constantemente. «Al final, todo es una cuestión de carácter», fue el veredicto de un
filántropo que se había pasado la vida luchando con este agotador problema. Y también es
cuestión de la casa colectiva, el factor destructor de la individualidad y el carácter en todas
partes. «En nueve años –me dijo un sensato y caritativo médico con tristeza– sólo he
conocido un caso de una familia pobre que haya mejorado en una casa colectiva.» He
sabido de algunos que han tenido una experiencia algo mejor, a lo largo de muchos más
años.
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El mendigo sigue la regla de vida del «matón» de que el mundo tiene la obligación de
mantenerle, pero su plan de cobrar la deuda no implica violencia. No tiene valor para robar
ni a un borracho. Sus tentativas más audaces se dirigen a una cuerda de tender sin
vigilancia, o a un niñito al que mandan a comprar pan y que sujeta sus monedas con fuerza
mientras avanza a saltitos. Incluso en ese caso prefiere el mendigo alcanzar su objetivo
mediante una estratagema que por la fuerza, aunque ocasionalmente, cuando no hay peligro
a la vista, acepta el desafío. Las formas que encuentra de «cobrar» bajo una capa de
inmerecida pobreza son innumerables y a menudo reflejan cierta fe en el ingenio del
hombre, si no fe en el propio hombre. Recuerdo la impresión que me produjo mi primera
experiencia con esa especie, en este caso la femenina, pues el mendigo era una mujer.
Yendo y viniendo de la oficina yo le había dado limosna regularmente, o al menos eso
creía, a una anciana mujer que pedía en Chatham Square con un bebé envuelto en un fardo
de harapos, gimiendo lastimosamente bajo la lluvia o el sol: «Por favor, ayuden a los
pobres». Era el bebé el que me daba lástima y pensaba que estaba aportando mi granito de
arena, hasta que una noche llegué a tiempo de rescatarlo cuando se le caía del regazo, y
descubrí que el hatillo por el que había desperdiciado mis monedas era sólo un montón de
andrajos, y la vieja bruja yacía completamente borracha. Desde entonces he encontrado
falsos bebés, bebés prestados y bebés drogados en las calles, y ni me he acercado a ellos. La
mayoría, me alegra poderlo decir, han desaparecido hoy de las calles; pero todavía se ve
alguno ocasionalmente. El invierno pasado, sin ir más lejos, los empleados de la Sociedad
para la Prevención de la Crueldad contra los Niños detuvieron a una mujer italiana que
estaba pidiendo limosna en Madison Avenue con una pobre niña en estado lamentable,
vestida con harapos y con el rostro contraído, todo ello con el fin de vaciar el monedero de
un tacaño. En los bolsillos le encontraron cinco dólares en monedas de cinco y de un
centavo, y cuando investigaron su historia de pobreza y hambre en el hogar familiar de una
casa colectiva de Baxter Street, las cuentas bancarias revelaron que los Masoni eran
auténticos capitalistas, que podían firmar un cheque por tres mil dólares si les hacía falta. A
la mujer le pusieron una multa de 250 dólares, indudablemente un castigo peor que
mandarla a la cárcel por el resto de su vida natural. Por desgracia, hay representantes de su
género en Nueva York que aún no han recibido su merecido.
Convertir el acto de pedir limosna en un delito no ha servido para curar a la ciudad de esta
plaga en una medida considerable. Para hacerse una idea de los resultados de este esfuerzo
podría aducirse que sólo la Sociedad Coordinadora de la Caridad, ha logrado en cinco años
que localizaran a 2.594 mendigos callejeros y que arrestaran y condenaran a 1.474
infractores reincidentes. El año pasado trató con 612 mendigos ambulantes. El informe de
la policía sólo registra 19 arrestos por mendicidad durante el año 1889, pero la realidad del
problema se desvela bajo la clasificación de «vagancia». En total, 2.633 personas fueron
acusadas de ese delito, 947 de las cuales eran mujeres. Una proporción considerable de
estas últimas procedía de las peores tabernuchas del distrito X, que alberga una variedad
peculiar de mendigo femenino, la prostituta. Ésta está tal vez un escalón por encima del
mendigo medio pues al menos está dispuesta a trabajar un día a la semana, generalmente el
Sabbath judío. Los judíos ortodoxos no pueden trabajar en nada desde el viernes por la
tarde a la puesta de sol del sábado, y la prostituta llena ese paréntesis en Ludlow Street. La
miseria que cobra por ese indirecto sacrificio de sí misma sobre el altar de la antigua fe le
paga el alcohol de dos días laborables en uno de los venenosos tugurios del barrio. Durante
los otros cuatro, vive de la mendicidad. Hay destilerías en el barrio judío, o justo al cruzar
sus fronteras, que dependen casi por completo de esos clientes. Recientemente, tras una
redada en uno de esos locales, situado en Hester Street, a raíz de las protestas de los
vecinos por la ruidosa hilaridad cervecera de aquellas arpías, varias «fulanas» de treinta y
dos años acabaron en la comisaría.
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Es curioso ver cómo se desmontan los prejuicios en un repaso a las nacionalidades que
forman ese escuadrón de mendigos callejeros. Los irlandeses encabezan la lista con el
quince por ciento, y los americanos nativos sólo quedan un poco por detrás con un doce
por ciento, mientras que los italianos, que en su país convierten la mendicidad en un
auténtico arte, alcanzan menos del dos por ciento. El ocho por ciento son alemanes. El
porcentaje relativo de esas razas en nuestra población no se corresponde con estos datos.
Sin duda influyen distintas causas. La principal es, a mi juicio, la casa colectiva. No tiene
poder para corromper al italiano, que viene aquí casi siempre para trabajar; ningún mendigo
emigraría a ninguna parte, a menos que le forzaran a ello. Está claramente en el nivel más
bajo desde el principio. El caso del irlandés es distinto. La casa colectiva, especialmente el
nivel inferior, parece poseer una afinidad peculiar con la peor naturaleza del celta,
violentando sus mejores y más fuertes instintos, y pronto le corrompe por completo. El
doce por ciento «indígena» representa el resultado de ese proceso, el mendigo hereditario
de la segunda o tercera generación de los barrios pobres.
Sólo el mendigo ciego es tolerado en las calles de Nueva York, porque las autoridades no
saben qué otra cosa hacer con él. No hay fondos para mantenerle y ya es bastante viejo
para luchar por sí mismo. La miseria anual de treinta o cuarenta dólares que recibe del
ayuntamiento sirve para conservar el buen humor de su casero; por lo demás, su desgracia y
su obvia coartada de vender lápices en las esquinas son su única vía de subsistencia. Hasta
que la ciudad le ofrezca una forma sistemática de ganarse la vida trabajando (como han
hecho en Filadelfia, por ejemplo) sacarle de la calle equivaldría a condenarle a morir de
hambre. De manera que puede mendigar en paz, es decir, si es ciego de verdad y pide sin
estorbar. La mendicidad profesional no duda en servirse de las mayores aflicciones
humanas como pretexto para concitar la compasión que la hace prosperar. Muchos
neoyorquinos recordarán al maestro de escuela francés que «se quedó ciego por la metralla
en el asedio de París», pero que recobró milagrosamente la vista cuando le arrestaron y le
separaron de sus hijos los empleados de la sociedad del señor Gerry . Esto ocurrió cuando
este último se enteró de que el ciego regentaba un «museo» en Hartford donde actuaba
como supervisor con éxito financiero. El cartel con su lastimosa historia, durante años una
visión familiar en nuestras calles que le reportó el capital para iniciar su negocio, podría
incluirse entre las curiosidades que allí se exhibían, si no le hubieran recluido en una clase
distinta de museo como recordatorio de su condición de granuja. Hubo otro miembro de
su tribu, una mujer, que pidió limosna durante años con un niño deforme en brazos, el
cual, según se descubrió, había alquilado en una casa de beneficencia de Genoa. Era una
buena inversión, ya que según se demostró, la mujer había amasado una holgada fortuna.
Poco antes, la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Niños, que la
encontró, había desmontado el terrible sistema del padrone, un auténtico tráfico de esclavos
con niños italianos –comprados a padres pobres en ultramar–, a los que hacían mendigar a
pie por toda Francia hasta llegar al puerto desde donde les embarcaban rumbo a esta
ciudad. Una vez aquí sus crueles amos les golpeaban y mataban de hambre, y les mandaban
a la calle a mendigar, a menudo tras despiadadas mutilaciones para que impresionaran más
a un público compasivo.
Pero, después de todo, la casa colectiva ofrece una mejor oportunidad de fraude a costa de
una impulsiva pero irreflexiva caridad, que todas las desgracias de la calle, y con menores
riesgos. Para los incautos de corazón tierno, es la más poderosa apelación. Cuando se
escucha ese clamor –como ocurrió hace poco en una guarida de Mott Street, donde una
familia con el marido «enfermo», una madre desesperada y media docena de niños
harapientos y sucios vivían desposeídos de las «necesidades básicas de la vida»–, no es de
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extrañar que fluya el oro en su auxilio. Ocurre demasiadas veces, como en este caso, que
una pequeña indagación crítica o el recurso a la «lista negra» de la Sociedad Coordinadora
de la Caridad, a la que sólo temen los estafadores, descubre que la supuesta enfermedad es
sinónimo de pereza, y que la pobreza es únicamente la actividad que enriquece a la familia;
y entonces la comunidad recibe una conmoción que por una vez resulta saludable, si
impone ciertos límites a una caridad tan indiscriminada que resulta peor que ninguna.
El caso relatado sirve de ilustración del grado en que en ese entorno corrompe la pobreza.
La casa colectiva intuyó muy pronto la mina de oro que se explotaba bajo su techo y, en un
abrir y cerrar de ojos, la avalancha de visitantes sensibilizados por lo que leían en los
periódicos se encontró el callejón bloqueado por un par de «matones» que exigían un peaje
de un cuarto de dólar de plata a cada persona que, con lágrimas en los ojos, se apiadaba de
la miseria de las buhardillas.
Podría escribirse un libro sobre los trucos del mendigo profesional, y sus usos de la casa
colectiva para el oficio. La «viuda» de Boston cuyo marido resultó estar vivo, sano y salvo,
después de que ella le hubiera enterrado diecisiete veces con lágrimas y lamentos, y hubiera
cobrado la pensión para pagar los funerales, ha tenido sus émulas en Nueva York. El
«vagabundo caballero» es un tipo familiar en nuestras calles, y el «antaño respetable
metodista» que frecuentaba todas las reuniones de evangelistas de la ciudad con su
provechosa historia de arrepentimiento, sólo para perder la gracia en la taberna más cercana
a la iglesia en cuanto acababa el servicio, se limitó a trasladar el escenario de sus
operaciones de la iglesia a la casa colectiva.
Hay tanto sufrimiento real en los hogares de los pobres que uno desearía encontrar una
forma eficaz de cumplir el plan de san Pablo de que los zánganos pasen hambre hasta que
decidan trabajar: el que no trabaja, que no coma.
En julio pasado uno de los médicos de verano del Ministerio de Sanidad notificó al comité
de casas colectivas de la organización benéfica de las Hijas del Rey que una familia con un
niño enfermo se estaba muriendo literalmente de hambre en una casa colectiva de la parte
alta de la ciudad. No dio la dirección. Al médico se le había olvidado apuntarla y, antes de
que nadie llegara a la casa, el bebé había muerto y la madre había enloquecido. La
enfermera encontró al padre, un honrado peón que llevaba mucho tiempo sin trabajo,
metiendo el cuerpecito en una caja de naranjas parcialmente llena de paja para llevarla al
depósito donde le darían la sepultura de los pobres. No había ni una migaja que comer en
toda la casa, y los demás niños aullaban de hambre. La necesidad inmediata en esta ocasión,
como en la mitad de estos casos, según el registro, era trabajo y salarios. La limosna no
soluciona estas emergencias en absoluto. Muchas veces agrava incluso el problema,
aumentando la pobreza y la degradación cuando la verdadera ayuda debería encaminarse a
elevar el amor propio y la independencia de quienes lo padecen. La experiencia de la
Sociedad Coordinadora de la Caridad, que, en ocho años, ha sacado a 4.500 familias de la
rutina de la pobreza y les ha devuelto una orgullosa aunque modesta independencia, sin
limosnas, sino gracias a un sistema de «visitas amistosas», así como el trabajo de la Sociedad
para la Mejora de las Condiciones de los Pobres y otras organizaciones afines, demuestran
lo que puede lograrse con un esfuerzo bien dirigido. Se estima que Nueva York gasta en
caridad pública y privada cada año la suma de 8.000.000 de dólares. Una pequeña parte de
esa cantidad, inteligentemente invertida en una gran oficina de trabajo, que reuniera bajo su
protección al que busca trabajo con el que lo ofrece, ofreciéndoles cierto grado de
seguridad mutua, ciertamente compensaría la inversión ahorrando mucho capital que ahora
se malgasta terriblemente, y produciría más y mejores resultados. Sin embargo, la necesidad
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fundamental, el auténtico remedio, es eliminar la causa, la casa colectiva que se construyó
para «una clase de la que no se esperaba nada» y que ha cumplido perfectamente dichas
expectativas. La reforma de la casa colectiva es la clave para resolver el problema de la
indigencia en la ciudad. Nunca nos podremos liberar ni de la casa colectiva ni del indigente.
Las dos cosas seguirán existiendo siempre unidas en Nueva York. Pero, si reformamos una
de ellas, avanzaremos más en la eliminación de la otra de lo que avanzaríamos aplicando
todos los métodos ideados hasta hoy, o los que puedan idearse en el futuro.
XXIII. El hombre del cuchillo
El otro día había un hombre en la esquina de la Quinta Avenida y la Calle Catorce: miraba
tristemente los carruajes que pasaban, llevando y trayendo la riqueza y la sofisticación de las
avenidas a las grandes tiendas del centro de la ciudad. Era pobre y andrajoso y estaba
hambriento. Tenía esta idea en la cabeza: «Ellos, con sus caballos bien alimentados, no
tienen que preocuparse del mañana; sólo conocen el hambre de oídas, salen a pasear y
compran en una hora lo que a mí y a mis pequeños nos dejaría saciados todo un año». Y
ante sus ojos se irguió la imagen de aquellos pequeños llorando y pidiendo pan en torno al
frío y triste hogar sin lumbre, y de un salto se precipitó sobre la multitud y blandió su
cuchillo, cegado por el deseo de matar, de vengarse.
Aquel hombre fue arrestado, naturalmente, y encarcelado. Hoy probablemente esté en un
manicomio, olvidado, y los carruajes siguen yendo y viniendo de los almacenes repletos de
alegres compradores. El mundo olvida fácilmente, demasiado fácilmente, lo que no quiere
recordar.
Sin embargo, el hombre y su cuchillo tenían una misión. Expresaban a su modo ignorante,
impaciente, la amenaza que una de las más conservadoras y desapasionadas instituciones
públicas había anunciado un poco antes: «Nuestro único miedo es que la reforma se
manifieste en un arrebato de indignación pública que destruya la propiedad y las buenas
costumbres»iii. Representaban una solución al conflicto de la pobreza ignorante versus
riqueza ignorante que se nos ha legado sin resolver, la voz de alarma que últimamente
hemos oído en un grito que nunca habría debido alzarse en suelo americano: el grito de «las
masas contra las clases dominantes», el recurso a la violencia.
Hay otra solución, la de la justicia. La opción está entre las dos. ¿Cuál de ellas habrá de ser?
–Bueno –dice alguna gente bien intencionada–, tampoco hay necesidad de plantearlo así.
Hemos ido a ver las casas colectivas, las hemos observado. Allí hay mucha gente; tal vez no
tengan muchas comodidades. ¿Qué le vamos a hacer? Son pobres. Y sus casas tampoco
son como los tugurios sobre los que hemos leído de los barrios pobres del Viejo Mundo.
En comparación, son bastante decentes. Algunas hasta tienen fachada de piedra arenisca.
Al menos reconocerá usted que tienen un aspecto bastante presentable.
¡Sí! Es verdad. Las peores casas colectivas de Nueva York no tienen, por regla general, mal
aspecto. Ni Hell’s Kitchen, ni Murderers’ Row llevan su verdadera impronta estampada en la
frente. Tal vez porque no son lo suficientemente antiguos. Lo mismo puede aplicarse a sus
inquilinos. El matón de Nueva York puede estar dispuesto a matar cuando su hermano
londinense se limitaría a torcer el gesto; sin embargo, en general, tiene una pinta menos
repulsivamente brutal. La razón puede ser la misma: no es una estirpe tan antigua. Unas
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pocas generaciones más en los barrios pobres y todo eso habrá cambiado. Para captar los
hechos significativos de la vida en las casas colectivas, hay que mirar más allá de la
superficie. Muchas manzanas tienen la piel perfecta y el corazón podrido. Hay un
argumento mucho más convincente en favor de las casas colectivas en la certeza
consignada en el Registro de Estadísticas Vitales de que el índice de mortalidad ha
descendido en ellas en los últimos tiempos por debajo del índice general de la ciudad, y de
que es menor en las casas más grandes. Esto significa dos cosas: una, que la atención
prácticamente exclusiva que han dedicado a las casas colectivas las autoridades sanitarias a
lo largo de veinte años ha dado algunos frutos, y que las casas colectivas nuevas son
mejores que las viejas y esto genera cierta esperanza; la otra, que la casta entera que habita
en las casas colectivas se ha alimentado de las condiciones en las que éstas existen, que la
lucha contra la corrupción ha engendrado el poder para combatirlas. Ésta es una ley común
en la naturaleza, necesaria para su primer y más fuerte impulso de conservación. Hasta
cierto punto, todos somos hijos de las condiciones que nos rodean, física y moralmente.
Pero ¿acaso esa idea es tranquilizadora? A la luz de lo que hemos visto, se plantea esta
cuestión: ¿qué clase de criatura es, entonces, la de la casa colectiva? Yo he intentado
describirla contando la historia del «matón». ¿No puede sugerir algo al respecto la historia
del hombre del cuchillo?
Me gustaría ir aún más lejos. No voy a decir que la buena apariencia de nuestras casas
colectivas de Nueva York, que no tienen el aspecto miserable de ciudades más antiguas, sea
una gran ventaja. De hecho, su buen aspecto exterior contribuye a demorar el
reconocimiento de su verdadera naturaleza por parte de los bien intencionados pero
desinformados, que son siempre mayoría.
Las «clases peligrosas» de Nueva York nos obligaron hace tiempo a tomar conciencia de
ellas. No son tan peligrosas por sus propios delitos como por la ignorancia general del
público respecto a la criminalidad y la delincuencia. El peligro para la sociedad no procede
de la pobreza de las casas colectivas, sino de la riqueza mal invertida que las levantó, para
obtener un interés usurero de un sector social del que «nada se podía esperar». Ésos fueron
los cimientos, y el edificio construido sobre ellos es su natural consecuencia. El hecho de
que esto se entienda mejor en el lado más inseguro de la línea que separa a los ricos de los
pobres, que lo entiendan mejor los desposeídos que quienes gozan de las ventajas de una
buena educación, es motivo de inquietud. Una aguda visión de futuro podría depararnos
nuevamente la sombra del hombre del cuchillo.
Hace dos años se celebró una amplia reunión en Chickening Hall –que ya he citado antes–,
una reunión en la que se discutió durante días y noches cómo eliminar ese espectro; cómo
contener con buenas influencias a esa ingente masa de más de un millón de personas, que
sueltan cada vez más deprisa las seguras amarras de la fe tradicional. Sacerdotes y seglares
de todas las ramas del protestantismo participaron en el debate. No se olvidaron las buenas
palabras para los hermanos del otro gran grupo de cristianos que trabaja con los pobres.
Muchas cosas se dijeron que eran buenas y acertadas, y se encontraron vías de
aproximación a las necesidades espirituales de la población de las casas colectivas, que
auguran sin duda ciertos frutos. Pero en ningún momento de la conferencia se tocó la
auténtica nota clave de la situación de un modo tan certero como lo han hecho unos pocos
hombres de negocios con visión de futuro tras escuchar el grito de un constructor
cristiano: «¿Cómo van a entender el amor de Dios quienes sólo se han alimentado de la
codicia del hombre?». El programa práctico de «Filantropía al cinco por ciento» de estos
hombres de negocios ha sentado precedentes en los edificios de casas colectivas, que
muestran, si bien son todavía pocos y dispersos, lo que con el tiempo puede lograrse
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incluso con las escasas oportunidades que Nueva York ofrece hoy de corregir los antiguos
errores. Éste es el evangelio de la justicia, la solución que debe buscarse como única
alternativa al hombre del cuchillo.
–Pero ¿no se centra usted demasiado en las condiciones materiales de esa gente? –me
preguntó un buen sacerdote tras una conferencia en la iglesia de Harlem el invierno
pasado–. ¿No estará usted olvidando el espíritu interior que habita en el hombre?
Yo le respondí: «¡No! Porque no se puede encontrar ni apelar a un espíritu interior en el
entorno de las peores casas colectivas. Primero hay que poner al hombre en un lugar donde
pueda respetarse a sí mismo. Invirtiendo el argumento de la manzana: no podemos aspirar
a encontrar un corazón sano en una fruta podrida».
Se
refiere
a
los
Draft
Riots,
disturbios
contra
el
sistema
de
exenciones
que
permitía
a
los
hombres
ricos
evitar
la
movilización
militar
durante
la
guerra
civil
pagando
una
suma
de
300
dólares.
En
los
disturbios
fueron
asesinados
muchos
negros,
también
exentos,
y
se
incendiaron
orfanatos,
comisarías
y
otros
edificios.
[Esta
nota,
como
todas
las
marcadas
con
asterisco,
es
de
la
traductora.]
i
La
banda
de
Tweed
de
estafadores
municipales.
[Esta
nota,
como
todas
las
que
van
numeradas,
es
del
autor.][N.
de
la
T.:
William
Marcy
Tweed
(1823-1878)
fue
dirigente
municipal,
convirtió
la
ciudad
en
un
feudo
propio
y
llevó
la
corrupción
a
extremos
desconocidos
hasta
entonces.
Procesado
y
condenado
en
1873,
escapó,
fue
finalmente
apresado
en
España
y
acabó
sus
días
en
la
cárcel.
Tweed
nació
y
se
crió
en
una
casa
colectiva
del
distrito
IV.]
ii
Varios
testigos
declararon
ante
un
Comité
del
Senado
que
el
cuarenta
por
ciento
era
el
interés
medio
y
justo
en
la
propiedad
de
casas
colectivas,
y
se
citaron
ejemplos
de
intereses
del
cien
por
cien
y
superiores.
Hay
que
recordar
que
la
parte
baja
de
Manhattan
se
construyó
sobre
marismas.
Probablemente
cavaron
esos
sótanos
en
el
fango
y
con
las
mareas
altas
se
inundaban.
Five
Points
es
el
cruce
de
las
calles
Baxter
(antes
Orange),
Park
(antes
Cross)
y
Worth
(antes
Anthony),
y
una
parte
de
Mulberry
(antes
Ryndert)
y
Little
Water.
Era
el
principal
barrio
pobre
de
la
ciudad
en
el
siglo
XVIII,
situado
en
la
antigua
zona
del
estanque
Collect
y
rodeado
por
el
antiguo
distrito
de
curtidos,
hasta
que
entre
las
décadas
de
1850
y
1860,
las
protestas
de
la
prensa
y
la
iglesia
forzaron
su
división
en
distintos
sectores;
los
vestigios,
sin
embargo,
subsistieron
hasta
la
década
de
1950.
Los
barrios
del
Bronx
de
Kingsbridge,
Morrisania
y
West
Farms
se
habían
unido
a
la
ciudad
de
Nueva
York
en
1874.
San
Pablo,
Tesalonicenses
II,
3,
10.
Se
refiere
a
Elbridge
T.
Gerry,
a
quien
ya
aludía
en
el
capítulo
XVI.
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XLIV
Informe
anual
de
la
Asociación
para
la
Mejora
de
las
Condiciones
de
los
Pobres.
1887.
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