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Memoria histórica: duelo, recuerdo y transmisión transgeneracional1

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Memoria histórica: duelo, recuerdo y transmisión transgeneracional1
Memoria histórica: duelo, recuerdo y transmisión
transgeneracional1
Regina Bayo-Borràs
Resumen
El trabajo por la recuperación de la memoria
histórica en nuestro país no es tarea fácil. ¿Quién
quiere saber de un pasado familiar y social en el
que predominaba el enfrentamiento, el miedo, el
hambre y la desesperanza? Las barreras para
conocerlo se instauraron de manera eficaz durante
el franquismo, porque nunca se pudo hablar con
libertad de lo sucedido; sin embargo, lo sucedido se
fue transmitiendo a las generaciones siguientes.
En el presente artículo se recoge el material de
testimonios de primera y segunda generación, en el
que manifiestan algo de lo vivido durante la guerra
y la posguerra en Catalunya. Es como una gota en
un océano, pero, como dice el refrán, «para
muestra, bien vale un botón».
Palabras clave: memoria histórica, transmisión
transgeneracional, trauma psíquico, trauma social,
duelo, memoria sensorial.
Los pueblos tienen una memoria que es necesario
rescatar. La supresión del recuerdo, la
desinformación, el olvido, son enemigos tanto de la
salud mental individual como de la colectiva.
Cecilia MOISE (1998)
[…] es va impedir viure el dol per tot allò que
s’havia perdut. Tot s’havia de negar: els morts, el
sofriment de les presons i de l’exili, tantes
possibilitats perdudes.
P. FOLCH MATEU (2006)
A través del análisis de más de 40 entrevistas,
realizadas por una cadena de televisión, a hombres y
mujeres que vivieron el inicio de la guerra en
Barcelona, hemos recogido los variados recuerdos y
experiencias que sufrieron aquellos años. Son
testimonios de primera generación, es decir, que en
1936 eran niños o jóvenes adolescentes. En sus
relatos queda siempre muy claro el sentimiento de
«desgavell»: desorden, confusión, inseguridad.
Ante los primeros bombardeos se dieron
reacciones muy dispares: algunos de los testimonios
los recibieron con sorpresa: «no ho entenc, el cel
està estrellat i està tronant». Era el sonido de las
bombas, pero su incredulidad les hizo creer, en el
momento inicial, que eran fenómenos de la
naturaleza. Una expresión muy frecuente era: «Va
ser una sotragada», porque hasta aquel instante no
se habían dado cuenta de que aquello era una guerra
de verdad. Hasta el mismo momento del bombardeo
de Barcelona, en algunas personas había una intensa
negación de la gravedad del acontecimiento.
Otros en cambio aceptaron la dura realidad «Ya
se veía venir, desde el asesinato de Calvo Sotelo.
Mucha gente estaba informada casi de la hora
precisa del golpe».
A partir de aquí es necesario hacer una clara
distinción entre las vivencias de quienes eran niños
en aquellos años, de quienes eran adultos.
1. Recuerdos infantiles
Los testimonios que eran hijos de familias
estructuradas, con un claro sentimiento identitario
de pertenecer a un barrio y a un estamento social
determinado, coinciden en afirmar que no sufrieron
lo mismo que sus padres, porque éstos les
permitieron, en la medida de lo posible, seguir con
su vida infantil; por ejemplo, comentaron que se
dedicaban a jugar mucho en la calle, y que no se
daban cuenta del peligro real. Aquí podemos pensar
que hubo una necesaria sobreadaptación al medio.
«Lo que me decía mi madre, me lo aguantaba y
basta. Te lo quedabas dentro». «Mi padre escribía
desde el frente que estaba bien para que no nos
preocupáramos». «Los niños, mientras comíamos y
jugábamos, no sufríamos». Pero ahora, décadas
después, se dan cuenta de lo mucho que sus padres
debieron sufrir. «A partir de los 10 años entiendes
mejor las cosas, y a partir de entonces dejé de
jugar». Con todo, el sentir general es que veían a sus
padres muy tristes.
Estos recuerdos infantiles, para casi todos, se
han convertido en «recuerdos que no se pueden
olvidar».
Los juegos eran diferentes en niños y niñas, pero
predominaban los que se referían a la guerra: hacían
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guerras en la calle, de bandas, eran escenas de
«ejército en miniatura». Estos juegos son un claro
ejemplo de que, a través de la actividad lúdica y de
la repetición de lo vivido, los niños realizaban un
intenso trabajo psíquico, intento de elaboración de
las ansiedades que suscitaba la situación bélica.
Pero también se entretenían jugando a fútbol, a
construcciones, etc. Un testimonio decía: «Recordo
que l’única diversió que tenia era jugar a pilota al
carrer, però la família no volia que jugués per
qüestions de precarietat, perquè trencava
espardenyes i s’embrutava la roba i el sabó anava
escàs. Però vaig aconseguir que em compressin
unes botes als Encants». También recuerda que
jugaban con pelotas hechas de papel, envueltas en
trapos. Esta vertiente creativa ante la precariedad es
una constante en los relatos de las entrevistas.
Las niñas, en general, pronto dejaron de ir a la
escuela para «ayudar en casa», pero otro tanto
sucedió con los varones, que a los diez años hacían
de aprendices o ayudantes en la familia o en el
barrio. Todo esto «se pasaba» porque, en su gran
mayoría, se sentían unos niños muy queridos, y «eso
siempre llena mucho». Destacan, también, la
diferencia entre ser el/la mayor de los hijos, porque
eso implicaba tener muchas preocupaciones, tanto
por tener que cuidar de los hermanos más pequeños,
como para ayudar a la madre; en cambio, los hijos
menores reconocían haber tenido una mayor
posibilidad de jugar y distraerse.
2. Recuerdos según el impacto sensorial
La mayor parte de los testimonios reviven
durante la entrevista el impacto emocional del que
dicen que, en el momento del suceso, produjo una
huella «inolvidable»:
Podemos destacar algunos de los más
significativos:
Sensaciones auditivas: el sonido de sirenas,
explosiones, disparos, derrumbes; también
gritos, llantos, y algún himno o canto. Sobre
todo el ruido de los bombardeos: «Aquell soroll
no el podré oblidar mai, encara el sento ara».
Podemos comprobar cómo la memoria no tiene
un tiempo cronológico pasado, sino que siempre
puede estar presente. «Aquell soroll era una
barbaritat, pensaves que les bombes et queien al
cap». «L’espetec de la bomba feia por, però el
xiulet encara en feia més, quan senties el xiulet
t’entrava una angoixa tremenda [angustia, señal
del peligro que se avecina] fins sentir que la
bomba esclatava en algun altre lloc». «Senties
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una sirena i era un esglai».«Els animals, gossos
i galls, avisaven abans que les sirenes». Aún así,
estos avisos les desconcertaban, les hacían estar
en tensión todo el día, pues no sabían bien si
eran para entrar o para salir del refugio.
Cinestésicas: «Cuando caían las bombas, las
paredes se movían… mis hermanos y yo
aguantábamos las paredes para que no se
cayeran». La omnipotencia infantil ante el
temblor, y el miedo al derrumbe. «El aire de una
bomba me hizo volar, como si tuviera alas. Me
tiró escaleras abajo con el niño en brazos.
Todavía ahora, cuando oigo sirenas, me entra un
escalofrío y temblor en el cuerpo».
Olfativas: La vida en los refugios quedaba
impregnada de olores: olor a humedad, al sudor
humano de la angustia, y olor de la miseria
(muerte, podredumbre, suciedad, incendio,
humedad, humo, etc.). Fuera de los refugios,
continuaba la envoltura olorosa, porque
buscaban comida en los basureros.
Epidérmicas: Mencionan, por ejemplo, lo
relacionado con las heridas, contusiones,
impacto de objetos, la angustia del pelo frío,
ensangrentado, enganchado en la cara, la
aspereza de los tejidos, el frío en invierno, los
sabañones, piojos, sarna, y otras afecciones de la
piel.
Visuales: Aquí queda grabada la imagen de un
acontecimiento concreto, por ejemplo: toda la
ciudad a oscuras tras un bombardeo, el horror
del ver cuerpos despedazados, los impacto de
bala en la pared, la fatiga y desolación en los
rostros de los que emprendieron el exilio, etc.
Orgánicas: La principal y recurrente es la potente y
dolorosa sensación de hambre «que no se puede
explicar»; también, el dolor físico por padecer
heridas, amputaciones, enfermedades, etc.
Dolor psíquico: Suele expresarse en términos de
«desesperación», pero suele haber la
coincidencia de que «era tanto [el dolor y la
pena] que no se tenían palabras para explicarlo.»
3. Otras manifestaciones psíquicas
y psicosomáticas
Sobre el intenso impacto emocional, por
ejemplo, un testimonio comenta que le sangró la
nariz mientras esperaba noticias de su padre.
También sobre la angustia de la espera del
estallido de la bomba, de la ansiedad por la comida,
la incertidumbre angustiosa por no saber el paradero
del ser querido y, finalmente, la angustia aterrada
por la victoria del fascismo.
La sensación de impotencia: «Erem com mesells»,
«no nos dábamos cuenta de la gravedad». «Era
demasiado fuerte para llorar». «Nos poníamos
todos juntos en la cama, y si caía una bomba,
que nos matara a los cuatro».
El miedo: a los refugios, a quedar allí enterrados, a
que se tapara la boca de entrada y quedar
atrapados, «Aquello era como una tumba»,
miedo al derrumbe del refugio. Otros, en
cambio, dentro se sentían protegidos y
acompañados. Hacían allí su vida. Se da un
contraste entre angustia claustrofóbica o
agorafóbica. «Cuando salíamos, el mundo había
cambiado». «Eran como vivencias de fin del
mundo, de destrucción masiva».
El ataque de pánico: al quedar encerrados sin
poder salir del coche tras una explosión, o el
intenso miedo a las noches de luna llena, porque
bombardeaban más. En algunas ocasiones, el
pánico ha bloqueado la posibilidad de recordar:
«Hay cosas que no entiendo por qué no las
recuerdo». «No hablaban, y no sé por qué, no lo
recuerdo, ni dónde dormíamos». Muchos
testimonios creen, sin embargo, que su olvido es
debido a que no eran demasiado «conscientes»
de los peligros.
Además de los diferentes tipos de recuerdos y de
las reacciones psíquicas y somáticas, los testimonios
se refieren a determinadas enfermedades durante
aquellos años, relacionadas con el miedo, el hambre
y la precariedad general: en niños y adultos, la
sarna, piojos, chinches, tifus, tuberculosis,
sabañones, anemia, son las que mencionan con
mayor frecuencia.
No siempre el recuerdo puede precisarse. A
veces falla la memoria, o el recuerdo de entonces
apunta a la negación de los peligros reales, así como
de la angustia de sus familiares. Entonces suele
aparecer la expresión: «Yo entonces era muy
pequeño». Pensamos que, tal vez, sea una forma de
decirnos que su aparato psíquico no estaba
preparado para soportar la visión de tales
atrocidades.
4. Sobre las formas elaborativas
del trauma social
Varios comentarios de los testimonios, sobre
todo de la segunda generación, apuntan a una toma
de conciencia posterior: «A medida que pasa el
tiempo, aquellos recuerdos se han ido haciendo más
vivos, porque en aquel entonces le daba una
importancia relativa a muchas de las cosas que
vivía.» «Entonces los niños teníamos la
inconsciencia del peligro, era una aventura
encontrarse todos juntos en el refugio».
Los procesos de elaboración psíquica de la
situación de catástrofe social tuvieron diferentes
manifestaciones en los niños: como hemos
mencionado, a través de la actividad lúdica, juegos
en la calle del barrio con los vecinos; también, los
que continuaron yendo a la escuela republicana,
escribiendo lo que recordaban o habían vivido en la
guerra, con lo que se favorecía un proceso de
significación y resignificación, de recuerdos más o
menos dispersos e inconexos, en un relato más
coherente e integrador.
Los niños que entonces ya habían sufrido alguna
pérdida familiar, huérfanos de padre o madre,
recuerdan el horror de «otra manera» quizá más
dramática. Al duelo personal se le sumó el drama de
la guerra. Vemos en sus relatos una fuerte intensidad
emocional, que apunta a dificultades en la
elaboración del dolor psíquico. También podemos
pensar que el entorno más cercano no parece
haberles protegido de la crudeza de las experiencias
vividas o contadas. En ellos, los recuerdos aparecen
menos encubiertos.
Otro elemento que se convirtió en una gran
carga emocional para los niños fue el «deber de
guardar secretos», de no hablar de lo que se
comentaba en el seno de la familia, de mantener en
silencio acontecimientos muy dolorosos para los
suyos (pérdida, muerte, encarcelamiento,
fusilamiento, persecución, desaparición,
ocultamiento de personas en su casa, etc.), que a la
vez eran extremadamente angustiantes y les hacían
correr un gran peligro. «Nos decían que no
dijéramos nada de lo que habíamos visto u oído en
casa». Esta situación de ocultamiento para proteger
a los mayores constituía una enorme sobreexigencia
para ellos, pues tenían que discriminar y enjuiciar
sus propias acciones, no fuera caso de provocar la
muerte de sus personas queridas. Estos niños habían
de asumir el compromiso y la responsabilidad de
que su comportamiento fuera de la familia era de
vital importancia para la seguridad de todos ellos. El
mandato recibido por sus padres era, sin embargo,
difícil de sostener: «Hay que guardar secretos, pero
decir siempre la verdad».
Junto a esta exigencia, se contemplaba también
una posición ética, que no pasaba desapercibida
para los niños: sus padres ayudaban a personas de
alineamientos políticos y religiosos muy diferentes a
los suyos. Incluso corrían grandes riesgos para
salvar a personas de un credo distinto, porque lo que
ellos valoraban y consideraban de mayor
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importancia era el «buen hacer» de esas personas,
tanto si eran de izquierdas como de derechas.
También se observan intensos sentimientos de
culpabilidad durante su infancia, a causa de las
penurias, la escasez de alimentos y los enormes
peligros que padecía la familia. Otros dicen que aún
lloran al recordar cuando veían la cara angustiada de
la madre, aunque ella negara su sufrimiento.
Los adolescentes
Los testimonios de la primera generación eran
adolescentes y jóvenes durante el inicio de la guerra.
Su implicación personal, como adolescentes, varía según
las modalidades defensivas empleadas. En algunos
casos reconocen un bloqueo emocional, que les hace
estar distantes y fríos ante escenas «esgarrifoses»;
en otros casos, reconocen una percepción infantil e
ingenua de la guerra, más próxima al juego que a la
realidad. Son importantes e intensos los
mecanismos defensivos como la negación de la
penuria, de la destrucción real a causa de la guerra,
del constante peligro. En todo caso, podemos pensar
que utilizaron los mecanismos imprescindibles para
sobrevivir física y psíquicamente.
En la revisión hecha a posteriori, aparecen
comentarios que revelan cómo el dolor de la pérdida
fue un boquete enorme en sus vidas: «Perdimos lo
mejor de la vida, la juventud. La pasamos sufriendo
hambre y miedo». Podemos destacar un intenso
sentimiento de pérdida, tanto de la juventud como
de la posibilidad de construir proyectos de futuro, de
los ideales, de la libertad conocida hasta entonces,
de la posibilidad de pensar, de opinar, y de
desarrollar sus capacidades más creativas.
Contrasta con estas vivencias el sentimiento
idealista, la ilusión que bordea la ingenuidad o la
negación: la gente aplaudía cuando alguien salía con
una metralleta, estaban entusiasmados, pensaban
incluso que habían ganado la guerra. Iban al frente
tal cual estaban, sin ropa ni equipamiento, por lo que
algunos murieron de frío. «Entonces teníamos cierta
inconsciencia de la verdadera realidad».
Finalmente, es importante destacar la gran
solidaridad que se dio entre los vecinos de los
barrios de Barcelona. La mayoría de los testimonios
lo mencionan con enorme gratitud, lo consideran un
valor muy apreciable de entonces, más que de
nuestro tiempo presente. Recuerdan cómo en las
situaciones críticas, de peligro o de hambre y
enfermedad, afloraron actitudes positivas y
solidarias inolvidables. Alguno lo considera como
reacción a lo negativo y terrible de la experiencia
vital que estaban viviendo.
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A modo de resumen, creemos que se pueden
establecer algunas diferencias respecto a las
características de los testimonios, y podemos
destacar algunas de ellas:
— Entre niños y adolescentes, brusca
interrupción de la infancia para asumir
responsabilidades (trabajo, tareas familiares).
— Entre los que pueden jugar y los que no
(hermanos mayores con hermanos a su cargo)
— Entre las mujeres casadas y las solteras. Las
primeras habían interrumpido bruscamente un proyecto
de vida, y entraron en la espera interminable del ser
amado, mientras que las segundas se encontraron
con muchas más dificultades para proyectar una
vida familiar, pues los hombres estaban o en la
guerra, o desaparecidos, o exiliados, etc.
— Entre las que eran madres recientemente, y
las que tenían que ocuparse de sus hijos y los de las
demás.
— Entre quienes la guerra les arrebató a los
padres y seres queridos, o los que ya eran huérfanos
antes del inicio de la contienda.
— Entre los que tenían una familia amplia y
bien estructurada, adaptados al barrio, y aquellos
que se encontraron repentinamente solos y
desprotegidos, por muerte, exilio, represión de sus
familiares.
— Entre aquellos que contaban con unos ideales
y filiación política, y aquellos que se sentían
neutrales o sin compromiso político.
— Entre los que pudieron utilizar su experiencia
vivida para una obra de creación o de solidaridad, y
los que dispusieron de toda su energía para apenas
sobrevivir.
— Entre los que creyeron que habían tenido mucha
suerte a pesar de las desgracias, y los que consideraron
que les habían arrebatado lo mejor de la vida.
— Entre los que vivieron la guerra como una
sorpresa y los que ya lo veían venir.
— Entre los hombres que fueron a la guerra y se
confrontaron con los horrores, y los que vivieron
escondidos, llenos de miedo de ser encontrados.
— Entre los que mantuvieron una posición ética
con los demás, ayudando incluso a quienes no
compartían su misma posición política, y los que
transgredieron toda norma de convivencia, y
abusaron de su poder sobre los demás. Todos, sin
embargo, se quejan de las atrocidades cometidas.
— Entre los que enfermaron por privaciones y
carencias, y los que se enriquecieron a costa de los demás.
— Entre los que volvieron a recomponer sus
familias y los que no pudieron, por los profundos
cambios sufridos en las personas que dejaron en su
momento: hijos, esposa, padres.
— Entre los que pudieron seguir elaborando el
trauma a través de sueños de repetición,
angustiosos, y los que el dolor emocional se ha
convertido en dolencia física.
— Entre los que no han hablado en 40 años, y
quedan «aturdidos y mareados» por hacerlo, y los
que han podido explicar a sus hijos acontecimientos
de su vida durante la guerra.
Pero en todos predomina la idea de que es
importante no olvidar a pesar de que recordar sea
difícil, doloroso y angustiante.
Por tanto, si nuestro propósito es combatir la
desinformación, el olvido y la tergiversación que
durante varias décadas se han ido instalado en la
dinámica social de nuestro país, nos ha parecido
imprescindible rescatar el testimonio de quienes
entonces estuvieron allí.
Al leer o escuchar sus testimonios hemos puesto
el foco en lo que de subjetivo tiene el relato, para
acercarnos más a su realidad psíquica que a la
realidad de los acontecimientos históricos; para
entender mejor su historia personal que los
acontecimientos sociales. Queríamos recoger y
analizar su percepción de lo vivido, y los surcos que
ha dejado en su psiquismo; los efectos que se han
producido en la vida posterior, y cómo los afectos
engarzados en la memoria, a través de los recuerdos,
han dejado huellas, a veces nítidas, otras borrosas,
pero que, en definitiva, alumbran el pasado de cada
uno. Entre los fragmentos de lo vivido durante
aquellos años, los testimonios destacan
acontecimientos inolvidables por el impacto
emocional que produjeron.
En el presente estudio hemos podido destacar
diferentes aspectos de memoria. Hay quienes
expresan su relato dando cuenta de las imágenes que
les quedaron grabadas, imágenes en las que
predominan escenas de horror y crueldad. Otras
personas aluden, en cambio, más explícitamente a
las sensaciones corporales, como el hedor de los
refugios o el sonido de las sirenas, que han quedado
registradas en su memoria sensorial. Un buen
ejemplo es el comentario de una testimonio que,
después de una violenta explosión, había huido
corriendo por las calles sin rumbo fijo; el recuerdo
se refería a la sensación húmeda de un mechón de
cabello ensangrentado, que luego nunca más le
permitiría sentir el pelo mojado sin convocar aquella
angustiante escena.
Estos aspectos de la memoria sensorial o de
imágenes impactantes suelen haber quedado
intensamente fijados, y pueden hablar de ellos con
bastante claridad. En cambio, otros recuerdos
referidos a sentimientos de miedo, dolor o pena, se
reactivan —irremediablemente— en cuanto los
testimonios comienzan a hablar de sus experiencias.
Son recuerdos latentes, esperando alguna vía
asociativa para emerger con enorme virulencia: el
miedo a los refugios que luego ha sido miedo a los
espacios cerrados, el dolor del hambre «que no es
pot explicar, s’ha de viure», la rabia e impotencia
por la humillación o la injusticia, que remueve las
entrañas en situaciones parecidas.
Es memoria histórica en bruto, plagada de
afectos, muchos de los cuales quedaron
innombrados, no dichos, en un silencio mortífero
para el sujeto, por las repercusiones nocivas que
después tuvieron en su vida emocional. Y, sin
embargo, fueron transmitidos. Personas de la
siguiente generación sabemos que algunas actitudes
o algunas palabras duelen o afectan más que otras,
aunque no las reconozcamos como propiamente
nuestras. Descubrimos de dónde vienen cuando,
años más tarde, hablamos o leemos lo que ocurrió a
nuestros familiares, y aquello, en apariencia tan
ajeno, encuentra su raigambre histórica. Así van
quedando, también, en nuestra memoria no
consciente esas sirenas, esos olores, esas imágenes
angustiosas, o intensos sentimientos de
vulnerabilidad y desamparo, como los que surgen,
por ejemplo, en los sueños y en las pesadillas.
Porque ya sabemos que soñar es otra manera de
recordar, de recuperar aquello que fue vivido pero
no fue olvidado, al ser percibido sin que llegara a
nuestra conciencia. Igual pasa con el dolor
psíquico.
Pero, ¿cómo se dio curso a los duelos? ¿Por qué
el dolor, en algunos casos, quedó encapsulado?
¿Cuántas pérdidas se acumularon?
Estas preguntas nos parecen imprescindibles
para no colaborar en el síndrome general del que
habla R. Jacoby (1977), cuando dice que «la
sociedad ha perdido la memoria, y con ella, el
pensamiento. La incapacidad para pensar en el
pasado, o la negativa a hacerlo, acarrea la
incapacidad para pensar».
5. Duelos no cerrados
Numerosos especialistas empiezan a trabajar los
efectos del duelo no cerrado en España, tanto a nivel
personal como colectivo.
M. ARMENGOU (2006).
¿Por qué hablamos de duelos no cerrados?
Segimon Obradors (2006) comenta: «Aquest
explicar-ho és l’únic consol que em queda a la meva
edat per intentar que els joves d’avui puguin estar
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ben informats i no siguin víctimes de la indiferència
i de la ignorància».
Efectivamente, a través de la inducción por parte
de todas las instituciones del Estado Franquista a
olvidar lo sufrido por cientos de miles de personas, a
silenciar su dolor y el sufrimiento padecido,
comprobamos que aquellos polvos trajeron estos
lodos: ignorancia e indiferencia.
Pocas cosas hay más nocivas para la salud
mental de una comunidad que el lodo pegajoso de la
ignorancia sobre su historia pasada, que a su vez
produce una fría indiferencia hacia sus antepasados,
incluso los más cercanos. En algunos países se sigue
trabajando contra la desmemoria para recobrar, no
lodos, sino frutos: derechos y libertades. Pero, sobre
todo, para restaurar las subjetividades heridas,
maltrechas, de los vivos a través del reconocimiento
de sus muertos y desaparecidos, para realizar, así, la
necesaria elaboración de los duelos.
Los duelos no cerrados son como hemorragias
abiertas. Los duelos no elaborados por una
generación tienen consecuencias en las siguientes.
Pensemos, sólo a modo de ejemplo, en la vida
emocional de un niño cuya madre se halla
embargada por una gran desesperación. (Las
mujeres que acababan de ser madres cuando estalló
la guerra, y se quedaron solas a cargo de las
criaturas, de los mayores y de los enfermos, sin
marido, sin trabajo, sin recursos, amenazadas y
perseguidas por sus ideas.) O imaginemos la vida de
una joven pareja, cuya vida en común se ha
quebrado nada más comenzar el proyecto de ilusión
compartida; sus hijos también quedarán
desprovistos de vitalidad e ilusión por el futuro.
Pero hay maneras de no quedar atrapados en el
lodo. Miguel Núñez (2006) lo dice así:
Una de las cosas que me correspondió hacer, una de
las más terribles, y yo no era psiquiatra, aunque
debería haberlo sido, era escuchar a los que llegaban
condenados, para saber por qué los habían detenido y
hablar con ellos sobre la odisea posterior hasta llegar
al penal de Burgos. Aquello era revivir las tragedias
que habían sufrido cada uno de ellos. Eran tan
terribles las cosas que contaban, que revivirlas era
una nueva tragedia para ellos y para los que
recibíamos sus confesiones.
Efectivamente, la escucha de M. Núñez ayudaba
a los penados (¡nunca mejor dicho!) a sacarlos de su
mortífero mutismo, ese silencio invasor que se
apodera del humillado, maltratado, derrotado. Es una
tarea ardua, terrible, poner palabras a la angustia
innombrable y repasar las brechas de las heridas.
Sin embargo, esa escucha, llena de interés y
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comprensión, podía darle al preso un puntal para
recuperar algo de la confianza perdida en el ser humano,
porque sin confianza tampoco hay esperanza, y sin
esperanza se hace muy difícil seguir viviendo.
Así que, cuando todo parece perdido, encontrar
a alguien dispuesto a escuchar es encontrar a alguien
en quien sostenerse, antes de entrar en el abismo del
silencio y la confusión. Por lo que otro de los
objetivos de este trabajo es escuchar a los
testimonios, a los supervivientes, para deshacer los
silencios, aunque sea enormemente doloroso y
parezca a veces del todo imposible; es la única
manera de no contribuir, en una dialéctica colusiva,
a aumentar la ignorancia y la indiferencia de la que
nos advierte Obradors.
6. Sobre las consecuencias psíquicas
de los duelos no resueltos
Durante la guerra y posguerra se produjeron
múltiples pérdidas. A las de los seres queridos se
sumaron las de las propias pertenencias —casa,
enseres, puestos de trabajo, propiedades—. Pero no
menos importante fue la pérdida de lo conquistado
durante la II República (derechos, educación,
cultura) que la dictadura franquista liquidó de cuajo.
También se fue perdiendo la confianza en el
presente, y las expectativas de que en un futuro no
demasiado lejano pudieran restaurarse las libertades
perdidas y reparar el enorme sufrimiento producido.
Fueron demasiados agujeros: a las heridas físicas y
las mutilaciones diversas se sumaron los daños
emocionales, que no suman sino multiplican. Al
dolor, hubo que añadir el terror de que lo peor no
había pasado, sino que estaba por venir. La II Guerra
Mundial confirmó esos temores. Miles de personas
fueron víctimas de la represión política, que sumió
los hogares en el dolor y la desesperación, el
hambre, acompañada de la ausencia de los que
huyeron para salvar la vida.
¿Es posible ante tal desguace realizar el trabajo
psíquico que todo duelo requiere?
Es muy difícil. Además, la guerra colocó a los
individuos en los bordes, en la delicada frontera de
optar entre la opción personal y la de la comunidad a
la que pertenecían. La gran mayoría de los
republicanos tuvieron que escoger entre huir e
intentar salvar su propia vida, o quedarse y
acompañar a los vencidos que no podían marchar,
por ser demasiado mayores o por estar enfermos o
presos. Estas encrucijadas personales contribuyeron
a producir malos entendidos para unos y para otros.
Las decisiones de huir o quedarse podían
interpretarse como optar por una solución egoísta o
altruista; entre recibir el juicio de la historia o el
juicio de la familia, entre la supuesta salvación o el
remordimiento por no haber estado con los suyos.
El silencio, el enorme silencio de la posguerra,
no sólo ocultaba el sufrimiento evidente de la
desolación por la magnitud de la(s) pérdida(s);
también evidenciaba la dificultad para enfrentar esa
terrible sensación de que haber hecho otra cosa
hubiera resultado mejor para uno mismo o para los
más queridos. Y esto sólo conlleva culpa,
remordimiento y pesar.
Así, la guerra y la posguerra se llevaron por
delante parejas, hermanos, familias. Dividieron
alianzas, separaron matrimonios, alejaron a padres e
hijos. Muchos creyeron que sus decisiones eran
motivo de vergüenza, sin perdón posible. Entonces
era mejor callar, ocultar, no mostrar más
humillación que la que la derrota había infringido a
la colectividad.
Otros, sin embargo, pudieron sobreponerse sin
tanto remordimiento. Contaron con el apoyo de
familiares, amigos, vecinos. Encontraron
solidaridad y alianzas incluso donde no pensaron
nunca que la encontrarían. Y algunos pudieron
sobrepasar, sobrevivir a la larga noche de la
dictadura, para poder ser testimonio de su
sufrimiento a través de un proceso creativo: a través
del relato, del artículo, de la novela, del poema. A
través del cine, de la escultura, de la proyección
artística. Éstas serían, en definitiva, las diferencias
en la subjetividad de quienes no tuvieron la
posibilidad de elaborar los duelos, por la magnitud
de los mismos, y de los que sí pudieron hacerlo.
No es necesario decir, pero prefiero no obviarlo,
que los testimonios que contaron con mayor
fortaleza psíquica (entereza) no sucumbieron, como
sí lo hicieron quienes ya habían padecido
anteriormente otras tragedias personales: bien porque
en aquel entonces ya eran huérfanos de padre o
madre, o porque estaban sufriendo el desarraigo de
la emigración (interna), por ejemplo. Esa fortaleza
psíquica de algunos ayudó a muchos otros a realizar
la larga y penosa travesía de la dictadura, un enorme
cementerio lleno de cadáveres sin enterrar, de
mutilados, desaparecidos, exilados, fusilados y
prisioneros en campos de concentración. Un país
desierto, sin ilusiones, ni derechos, ni libertades ni
esperanzas de cambio, durante más de tres décadas.
Así hablaba un testimonio de su dolor sin
lágrimas: «És més fàcil plorar de felicitat que
plorar de pena. Plorar de pena costa molt, és una
cosa molt tancada».
Las mujeres con hijos, en muchos casos, a pesar
de encontrarse solas con las criaturas a su cargo, y
sin medios para alimentarlos, encontraron razones y
fuerza para continuar el día a día. Una mujer decía:
«Jo tenia tota la pena i tota l’angoixa, però tenia els
meus fills, i amb poc em divertia».
La mayoría de los testimonios, por lo general,
no han mostrado dificultades para hablar; aún así,
manifiestan que no quieren recordar algunas cosas,
y que no les gusta volver sobre ellas. Dicen: «No es
pot parlar del que vam passar», «no vull recordar
més la guerra», «ara, en parlar del patiment, els
records de la gana, fred i molta por, penso que no es
pot perdonar mai».
Otros no pueden evitar el llanto, y dicen que
precisamente es por ese llanto inevitable y
desesperadamente invasor por lo que prefieren no
adentrarse en los caminos del recuerdo. Algún
testimonio dice, durante la entrevista, que se siente
«atabalada», o mareada. Otra dice que los recuerdos
le hacen «esgarrifar», que le cogía un escalofrío por
todo el cuerpo. «Són moments molt tristos els que
queden; et fas gran i queden aquests records».
Vamos constatando, a través del análisis de las
entrevistas con los testimonios, que un intenso
impacto emocional resurge con enorme virulencia al
volver a recordar las experiencias dolorosas
pasadas. Y ninguno de ellos menciona haber
recibido ayuda psicológica, a pesar de que todos
dicen haber sufrido mucho.
El duelo es un trabajo psíquico complejo, largo
y lento. Este trabajo psíquico incluye una serie de
reacciones emocionales inevitables, pues quien lo
sufre ha de enfrentar lo inaceptable e intentar
aceptarlo: la pérdida del ser querido, la pérdida de
los ideales o de las expectativas ansiadas, a fin de
conseguir una readaptación del yo frente a esta
desagradable realidad.
Esta realidad de la ausencia del ser querido, o de
los ideales y expectativas defraudadas, va
triunfando ante la reiterada negación del que duela,
y se va convirtiendo en una resignación paulatina.
En este proceso se va sustrayendo el recuerdo de lo
perdido, a través de un incesante trabajo de la
memoria y de la vida onírica. Poco a poco, y de
manera gradual, se vuelve a obtener confianza en
los demás, y en valores e ideales que habían
defraudado. Es, en definitiva, un sufrimiento que,
sin embargo, puede hacerse productivo. Es decir,
que en algunas ocasiones ha podido incluso
estimular las sublimaciones. Es el caso, como ya he
mencionado, de quienes su trabajo de elaboración
de los duelos les llevó a pintar, a escribir, o a realizar
experiencias creadoras.
Pero en muchas otras ocasiones es tarea difícil
realizar el trabajo de duelo, sobre todo cuando la
R. BAYO-BORRÀS
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magnitud de lo perdido implica prácticamente la
totalidad de la existencia; y, además, porque lo
perdido (sea persona o ideal) ha sido, en el pasado,
fuente de placer y de gratificaciones personales y
emocionales para el sujeto. Eso implica que sea muy
doloroso —o se evite a toda costa—, el proceso de ir
retirando los múltiples enlaces libidinales con lo
perdido. Es lo que sucede cuando algunos
testimonios nos han explicado que todavía sueñan
con sus muertos como si todavía estuvieran vivos, o
que mantienen vivo el recuerdo a través de sus
objetos personales, de la lectura de sus cartas, etc.
En realidad no es de extrañar el estado de
abatimiento general y apatía emocional de la población
durante los primeros años de posguerra. Otra
manifestación psicológica hubiera sido imposible.
7. Sobre los efectos en la estructuración
del psiquismo de los descendientes
En la actualidad hay interesantes
investigaciones acerca de los efectos que los duelos
no elaborados por las generaciones anteriores
producen en las siguientes. Se puede observar, a
través de los relatos de los pacientes, que lo que no
pudo tramitarse, disolverse, en la generación
afectada, aparece, de una u otra manera, en el
psiquismo de sus hijos (S. Tisseron, 1995) y que se
manifiesta a través de síntomas psíquicos,
perturbaciones del carácter (H. Faimberg, 2006), o a
través de enfermedades somáticas.
Para el psicoanálisis, psiquismo y memoria van
de la mano. Cada persona es susceptible de ser
modificada en lo más íntimo, en su subjetividad, a
partir de las experiencias vividas, porque la
experiencia nos modifica cada vez de alguna
manera, y deja una huella mnémica.
Un testimonio comenta: «Aquesta és l’ocasió
que més he parlat de la guerra en 40 anys». Una
persona de la tercera generación dice: «Ara
m’adono que els nostres pares han parlat molt poc
de què va passar, i quan n’han parlat, el poc cas que
els hem fet».
La cuestión que se nos plantea es: cuánto de lo
experimentado, vivido y sufrido por la primera
generación ha quedado no sólo sin elaborar, sino
incluso enquistado, produciendo malestar psíquico, e
incluso psicosomático, en ellos mismos y en sus
descendientes. Si, como hemos planteado más arriba,
la elaboración es necesaria para que un duelo pueda
cerrarse, y para que la generación siguiente no reciba
sus efectos, poder pensar en lo ocurrido sigue siendo
imprescindible. Excepto cuando se da «el terror de
pensar» (Suzanne Ginestet-Delbreil, 1997).
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INTERCANVIS 245 · NOVEMBRE 2010
Los comentarios de muchos testimonios de
primera generación van en esta línea. Refiriéndose a
los bombardeos, al éxodo y al hambre: «No es pot
parlar d’aquestes coses, són massa records dolents;
és millor no oblidar que recordar, perquè és massa
dolorós».
El campo de la transmisión ya lo trabajó Freud,
en Tótem y Tabú (1912): «Ninguna generación es
capaz de disimular a las que le siguen los
acontecimientos psíquicos significativos». En estos
acontecimientos psíquicos significativos debemos
tener en cuenta tanto los positivos, que conforman
los ideales, valores, identificaciones, modos de
defensa, mitos, como los negativos, que vienen
marcados por el sufrimiento psíquico, lo que no ha
podido ser contenido emocionalmente o elaborado.
A este respecto podemos incluir algunas de las
situaciones que explican los testimonios como
especialmente dolorosas para ellos durante la guerra
o la posguerra: situaciones de crueldad extrema
padecida, la humillación, el sometimiento, la
vergüenza de quienes no pudieron enfrentarse al
pánico insuperable o a la angustia masiva, que les
hicieron huir o esconderse. La propia conciencia
moral les acompaña a través del tiempo, con
remordimientos y autoacusaciones que, aunque
puedan considerar incluso absurdas, no dejan de
pulsar día y noche, a través de sueños angustiosos y
de repetición.
«És millor no pensar, perquè si no se’t posa la
sang negra». «Vam perdre el millor de la vida, la
joventut i les il·lusions, la vam passar patint.» «Vaig
plorar molt perquè vaig perdre molt, encara avui em
fa mal».
Estas situaciones vividas, que alguno califica de
«martiri psicològic», por su naturaleza indecible,
pueden escapar a todo trabajo de duelo, de
elaboración y tramitación del pesar y la vergüenza
sufridas. Estas emociones, sentimientos,
pensamientos e imágenes pueden, entonces, quedar
incrustadas en el yo, a la manera de una inclusión,
llamada por algunos autores represión
conservadora, o como imágenes y fantasmas, en lo
que Abraham y Torok, en su obra La corteza y el
núcleo (1987) denominan una «cripta».
También puede suceder que haya una fractura de
los procesos simbólicos en la transmisión entre
generaciones, como cuando la comunicación se
caracteriza por una disociación entre los diversos
canales; por ejemplo, si no hay congruencia entre el
gesto y la palabra, entre el comentario y la actitud
afectiva. Un testimonio de segunda generación
decía: «La meva mare mai no tenia gana, i només al
cap de molts anys vaig entendre per què». O «veia
la cara angoixada de la meva mare que deia, no
passa res, surt a jugar!»
Estas situaciones de disociación en la
comunicación, que generan sentimientos de
extrañeza e incongruencia, suelen afectar al niño y
llevarlo a producir por cuenta propia grandes errores
de interpretación, que atacan sus posibilidades de
pensar, aprender y comunicar.
En otras ocasiones puede haber una permanente
e intensa culpabilización: «Va ser per culpa meva
que van passar gana, que ella no va menjar, o que
els meus pares es van posar malalts; només vaig
ser una càrrega per a ells». Otros se siguen
preguntando lo que sentirían sus madres en aquellas
circunstancias.
Las personas de la segunda generación, aunque
pudieron disfrutar de algunos juegos y diversiones
durante la infancia de la guerra y posguerra, se
preguntaron, en la precoz adolescencia, por el
sufrimiento no detectado en sus padres, y por cuánto
no dicho, no transmitido, no revelado de las
atrocidades pasadas por ellos. En realidad no les
atormentaban tanto los difuntos o desaparecidos,
sino las lagunas dejadas en ellos por los secretos de
los otros. Estas lagunas, o fantasmas para el
psicoanálisis, no permanecen inactivos, como bien
plantean Abraham y Torok (1987):
sino que obligan a un permanente trabajo psíquico
para permanecer encriptados, actuando a veces por lo
negativo, sustrayendo energía al sujeto, que aparece
«desvitalizado», y otras veces, cuando las paredes de
la cripta se resquebrajan, pueden manifestarse como
obsesiones, fobias, afecciones psicosomáticas. Y
cuando se apoderan de la mayor parte del yo del
sujeto, aparecerán los delirios.
Pensemos en todo lo que callaron los que
vivieron las atrocidades de la guerra, y las
angustiosas penurias de la posguerra. Sus hijos
ignoraban de viva voz aquellos pesares, sin
embargo sus padres transmitían su pesar de alguna
otra manera.
Todo lo que promueva el desarrollo de la cultura
trabaja también contra la guerra.
S. FREUD (1932)
El desarrollo de la cultura es siempre luchar
contra la guerra, y promover la cultura implica
recuperar la historia y la memoria. Por eso nos
interesa tanto seguir investigando la subjetividad de
los protagonistas de aquellos terribles
acontecimientos, los relatos rescatados de su
memoria, pues significa construir algo de lo
destruido y reconstruir algo de lo olvidado. Los que
podemos hablar y pensar sobre todo ello
evidentemente tenemos una deuda, que llamamos
«deuda histórica».
Estamos recordando, recuperando nuestra
historia vivida y percibida desde la subjetividad de
cada uno, para entender mejor la realidad de lo que
fue, y para seguir restaurando algo de lo dañado.
También, para evitar repetir.
Seguramente, más que olvido hay todavía una
fuerte inhibición, a veces paralizante. Mucho de lo
ocurrido, incluso los acontecimientos más atroces,
los hemos sabido siempre, pero hasta hace poco no
se le ha dado el cauce de la difusión social y de la
transmisión transgeneracional. Una transmisión
absolutamente imprescindible para no quedar en
otro desierto simbólico. Por todo ello, nos sentimos
comprometidos para evitar que las palabras de
Jacoby (1977) se hagan realidad.
8. Algunas conclusiones
Lo que en este trabajo queremos resaltar es que
los miembros de cada generación deben realizar los
duelos correspondientes, pues en caso contrario lo
que en la primera generación no se habla —
indecible—, cuando se transmite a la siguiente se
convierte en innombrable, lo que implica que no
tiene representación simbólica; es puro afecto en
bruto, diríamos. Por último, en la tercera generación
pasa a ser impensable. Estas contribuciones de
S. Tisseron en su obra El psiquismo ante la prueba
de las generaciones. Clínica del fantasma (1995)
nos han ayudado mucho a entender algunos
síntomas y patologías de pacientes que son
portadores de duelos y traumas no elaborados de sus
padres o abuelos.
La sociedad recuerda cada vez menos cosas y olvida
cada vez más deprisa. Los problemas, una vez
examinados, desaparecen de la vista y de la mente
para volver a salir más tarde a la superficie como si
fueran novedades.
RUSSELL JACOBY, 1977
Barcelona, julio 2010.
Regina Bayo-Borràs
Avda. Diagonal, 538, 6º 1ª
08006 Barcelona
Tel. 934146518
[email protected]
R. BAYO-BORRÀS
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Bibliografía
Nota
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Aires: Amorrortu.
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generaciones. Clínica del fantasma. Buenos Aires:
Amorrortu, 1997.
1. Este artículo está basado en la exposición realizada en la
Mesa Redonda de la Jornada «Trauma i Transmissió: efectes en
la subjectivitat dels ciutadans de Catalunya de la guerra del 36»,
organizada por la Fundació Congrés Català de Salut Mental, en
noviembre de 2007, en el Museu d’Història de Catalunya,
Barcelona. También se recoge en el texto el análisis de
entrevistas escritas a testimonios de la Guerra Civil, trabajo de
investigación enmarcado en el Grupo de Trabajo «Trauma
psíquic i transmissió», coordinado por T. Morandi y A. Miñarro.
Ha sido parcialmente publicado en Quaderns de Salut Mental,
núm. 5, de la Fundació Congrés Català de Salut Mental,
Barcelona 2009. En la recopilación y análisis de los datos
participaron Paloma Azpilicueta, Regina Bayo-Borràs, Blanca
Feldman, Dolors Galbany, Joana Hernández, Marta Pérez
Borràs y Margarita Sentís.
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