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Esperando al guerrillero RAÚL SENDIC

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Esperando al guerrillero RAÚL SENDIC
Esperando al guerrillero
Raúl Sendic * Enero 1965
Ahora un fantasma recorre América: el fantasma de la guerrilla subversiva. ¿Alguien lo
duda? Ahí está como prueba lo que nos pasó cuando con Anacleto Silveira y Ramón
Pedroso, "invadimos" la República Argentina el fatídico 13 de diciembre de1964.
Habíamos caminado todo ese día en la costa oriental del río Uruguay por "nuestros"
campos de Silva y Rosas. Viendo estos montes y riberas, uno no encuentra tan
disparatado el argumento de las señoritas Silva y Rosas, cuando dicen que quieren
conservar este vasto territorio en su primitiva forma agreste e incultivada para que
pueda servir de parque o enorme museo de lo que fue la antigua estancia cimarrona.
Allí, en efecto, todavía subsisten los interminables pajonales donde la paja brava se
trenza con la "uña de gato" formando una barrera infranqueable; allí el monte inmenso;
allí el pantano de varios quilómetros, cubierto por arbustos que no permiten avanzar
un metro, paraíso de nutrias, garzas y carpinteros; allí el clarón inesperado de la
apacible laguna bordeada de sauces, donde descansan miles de patos, cigüeñas y
algún chajá. Y por todo el largo margen, el río Uruguay en su tramo más pintoresco,
sembrado de islotes y atravesado por cascadas cuyo estruendo se oye desde varios
quilómetros.
Un inmenso y fabuloso parque de 30.000 hectáreas, para el disfrute particular de tres
extravagantes señoritas. Sólo que tras sus alambrados, y aun cercada por ellos, está
la miseria del peón rural, tan antigua y tradicional como la estancia cimarrona, pero
menos dispuesta a perpetuarse. Y la lucha de UTAA por la expropiación de esas
30.000 hectáreas para roturar sus tierras, disputarlas a los pajonales, montes y
chircales, convertirla en riqueza para el país y bienestar para cientos de familias.
Al caer la tarde de aquel día 13 de diciembre, dejamos la costa uruguaya y
atravesamos el río Uruguay. Ya en tierra argentina, comenzamos a caminar por otra
zona de montes tupidos hasta que, al cabo de algunas horas de avanzar en la
oscuridad, nos internamos en un vasto pantano. Intentamos atravesarlo, pero
caminamos toda la noche sin conseguir el objetivo. Volvimos, y ya de día, al arribar a
la costa del río Uruguay, encontramos que nos faltaba la embarcación. Agotados, nos
echamos a dormir sobre la misma costa, pero cerca del mediodía, nos despertó la
clásica voz: "¡Manos arriba, nadie se mueva!" Estábamos rodeados por una patrulla de
la Marina argentina con máuseres y ametralladoras.
Antes de examinar nuestro equipaje, sus integrantes ya nos dijeron: "Ustedes son
guerrilleros". De ahí en adelante, y en todos lados, nos recibieron como a los
guerrilleros que estaban esperando y cuya llegada les pareció obvia, inminente,
normal. Creo que nunca han desembarcado guerrilleros en la Argentina, pero en
Argentina, están esperando a los guerrilleros.
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Fuimos llevados a un destacamento de la Marina que está a unos 200 metros de
donde nos habíamos acostado a dormir en mala hora. Era el único destacamento que
no estaba en nuestro mapa, según constatamos después. A los que se olvidan de
hacer un puntito en una carta geográfica, habría que mandarlos al par...; digo, habría
que sancionarlos severamente. Para peor, habíamos caído en una zona tan desolada,
que ni siquiera había locomoción para trasladarnos. Fue así que nos pusimos en
camino a pie, unidos los tres por crueles cadenas, como en la canción de Magaldi, sólo
que acá, había un sol que partía la tierra. Detrás nuestro caminaban los guardias
armados con ametralladoras. Uno de ellos iba a caballo con nuestro propio rifle 22.
Luego de caminar varios quilómetros, encontramos un jeep que nos levantó. Durante
el trayecto, iban avisando a otros destacamentos para que estuvieran alerta ante
nuevos "desembarcos". A medida que avanzábamos, íbamos adquiriendo importancia.
Cuando por fin a la noche llegamos a Monte Caseros, lo hicimos escoltados por otro
vehículo, también cargado de guardias armados con ametralladoras. Al llegar al
cuartel de Caseros la recepción no fue promisoria. Un señor, que parecía ser el jefe,
salió de su escritorio vociferando: "A éstos hay que darles un tiro en la cabeza, sin
asco." Luego nos dijo que le daba máxima importancia a nuestra detención, y que no
se responsabilizaba de nuestra integridad física si no decíamos la verdad. Siempre
dando por supuesto que constituíamos un grupo guerrillero, sin parar mientes en lo
ridículo de la suposición ya que éramos tres, y con un rifle 22 por toda arma larga.
Teníamos que ser el grupo guerrillero que Argentina y toda América aguardan con
aprensión y no iban a fijarse en detalles. A pesar de sus palabras iniciales, este jerarca
no hizo efectivas sus amenazas, y si bien nos interrogaron toda la noche sin dejarmos
descansar, en ningún momento, tuvieron siquiera un término ofensivo frente a las
evasivas de que debí valerme para ocultar mi identidad en defensa de mi libertad.
Al otro día, enviaron un oficial a Bella Unión que me reconoció en los retratos con el
correspondiente Wanted que, desde hace un año, exhibe el sheriff en aquella
comisaría. Así que, al poco rato, me llevaron a un escritorio, donde ya estaba el juvenil
comisario Da Rosa, de Bella Unión, que había ido a Caseros con una premura digna
de mejor causa, acompañado por los dos inseparables ayudantes que, con sus bigotes
recortados, parecen sendos villanos de película, sólo que uno es gordo y el otro es flaco.
El diálogo no fue cordial, ya que continué negando mi identidad, y el enojo del
comisario culminó cuando me preguntó por unos fusiles del Tiro Suizo y le dije que
"eso se lo preguntará a Sendic". Entonces me extendió una recomendación con el
santo propósito de fundirme: "¿No ve?, a este lo matan y no lo sacan de ahí. A estos
les manda plata Fidel, desde Montevideo, para que hagan guerrillas". No por lo
irresponsable, absurdo y pueril de la acusación, dejó de lograr el efecto buscado. En lo
sucesivo, ya que dinero teníamos poco, tuve que contestar preguntas hasta sobre el
origen de la camisa de nylon que tenía puesta. Frente a los otros compañeros, el
comisario no dejó de prestarles una "ayudita": "Ustedes no saben con quién están
tratando. Estos fueron a Montevideo y ni el ejército pudo con ellos. Y eso que no eran
más que ciento y pico de inmundicias; y las mujeres son peores todavía".
Estas son las "utoridades" del norte del civilizado Uruguay, Suiza de América. Esa
tarde ya había más autoridades uruguayas que argentinas al llegar además, el jefe de
policía de Artigas y otros jerarcas de la Jefatura. Por ello, manifesté que me negaba a
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declarar frente a las autoridades uruguayas y que, cuando fuera a ase país, no
declararía frente a la policía, porque no es imparcial. "Eso lo vamos a ver", amenazó el
jefe de Artigas, seguro de los métodos de la policía uruguaya, una de las más sádicas e
inescrupulosas del continente.
Como una exposición internacional de esos métodos, el jerarca de la Jefatura de
Artigas ofreció frente al jefe de Caseros dinero y un puesto a Silveira, si le decía dónde
estaban escondidas "las armas". Anacleto, desde sus alpargatas bigotudas y sus ropas
rotosas, contestó que no necesitaba nada de eso.
Así es la policía uruguaya, para vergüenza de algunos honestos funcionarios que nada
pueden hacer para prestigiar al instituto, porque la tónica general la dan los otros.
Cuenta con comisarios castigadores y prevalecidos de la campaña, que reparten las
"listas negras" de trabajadores entre las patronales, que han hecho de la picana
eléctrica un utensilio común en casi todas las seccionales de Montevideo. Así es la
policía de los baños, chalecos y picana de San José y Yí, la de calabozos preparados
para mortificar al detenido, de los que mandan cientos de "tiras" a las manifestaciones
para que se sumen a los manifestantes y los conduzcan a excesos, para luego caer
sobre ellos amparados en el anonimato y la sorpresa en la más cobarde de las
agresiones, junto a los "valientes" que castigan desde arriba de un caballo. La policía
de los partes amañados para desprestigiar a una persona o a un movimiento, de las
arbitrarias y frecuentes "detenciones por averiguaciones" que luego se publican como
"antecedentes penales" (como se hizo recientemente con los ocupantes de la
Universidad), la que revela datos privados (que se sacan al amparo del uniforme
policial) a pasquines irresponsables como Mondel; la misma policía irresponsable del
encubrimiento de delitos como el asesinato de Arbelio Ramírez o el asalto a la
Universidad, de la intervención de teléfonos, las persecuciones gremiales y políticas, la
detención de dirigentes gremiales y políticos en campaña, la protección incondicional
de las patronales violadoras de la Ley. La policía de los "revólveres de reglamento" que
se disparan "accidentalmente al tropezar" hiriendo o matando a personas de "frondoso
prontuario", sobre las que, tras el crimen policial, cae la calumnia.
Eso es la policía uruguaya. La alternativa para los activistas gremiales es, en pocas
palabras, estar dispuestos a ser arrojados en un calabozo mugriento toda vez que a un
tiranuelo de seccional o de ministerio se le ocurra, o defenderse con los recursos que
hay; mirar indiferente cómo después de la libertad, el trabajo y el pan a los
compañeros por el delito de reclamar lo que es suyo, o defenderlos en la forma y
terreno que sea.
Volviendo a nuestro asunto: las autoridades argentinas tuvieron plena conciencia de
que el problema no era con ellos. Y nos dieron alimentación abundante y buen trato,
aunque, justo es reconocer que, anteriormente, ningún jerarca o subalterno había
tenido uno de esos desplantes habituales en los que detentan la fuerza pública.
Un jerarca nos reconfortó, diciendo que nos iba a dar un trato "de acuerdo a los
principios humanitarios que son tradición de la Marina argentina, pero no por lástima,
porque veo que ustedes tienen una entereza que no necesita de compasión". Una
particularidad de los jefes argentinos: lo primero que le preguntan a uno es la
ideología. Y lo segundo que expresan, es la ideología política o religiosa de ellos. Con
todo, eso es preferible a la actitud de las autoridades de nuestro país que fingen no
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interesarse por la ideología, cuando todos sus procedimientos no tienen otra pauta.
Nuestros guardias correntinos en los calabozos eran casi todos de campaña Tenían
esa entonación típica, que creo proviene del guaraní; idioma que aún se habla en las
zonas rurales.
La primera que pedí para ir al baño, el guardia dijo: "¿p'ande?. Y luego, deduciendo el
único lugar "p'ande" yo podía aspirar a ir, dijo: "¡Ah!, usted quiere ir a mear". El
correntino de campaña es muy parecido al habitante de la zona céntrica de nuestro
país. Aunque en la Argentina los tipos europeos de ascendencia italiana y aun los de
ascendencia indígena se ven en forma más pura.
Una vez que se vieron defraudados al comprobar que no éramos los esperados
guerrilleros, nos pusieron a disposición de un juez, que nos mantuvo diez días
incomunicados, estudiando qué delito podía imputarnos. Al final, nos procesó por
"tenencia de armas", delito excarcelable, pero nos retuvo detenidos porque el
Ministerio de Relaciones Exteriores del Uruguay había cursado un telegrama, pidiendo
plazo hasta el 29 de diciembre para tramitar mi extradición. Tengo una confianza
ciega en el retraso de los trámites en el Uruguay. Y no fui defraudado. Pasó el 29 y el
pedido de extradición no había llegado, y así dejé, el 30 de diciembre, la prisión
correntina, al menos provisionalmente, porque tengo que entregar la astronómica e
inusitada suma de 50.000 nacionales que el juez fijó para mi fianza, lo mismo que
para los otros dos compañeros.
Y el gobierno argentino tendrá que seguir esperando nervioso y preocupado a sus
guerrilleros, que faltan porfiadamente a la cita.
Y volvemos a nuestra lucha en el Uruguay: por la Ley de 8 horas para el trabajador
rural, por el cumplimiento de la Ley laboral en las plantaciones, por la expropiación de
30.000 hectáreas inexplotadas de Silva y Rosas, que constituyen el "frondoso
prontuario" que justifica la represión contra UTAA, nuestro castigado sindicato cañero.
* Clandestino desde julio de 1963, Sendic publicó esta su primera nota periodística en el
diario época, el 14 de enero de 1965, luego de ser dejado en libertad el 30 de diciembre
de 1964 por el gobierno argentino.
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Información disponible en el sitio ARCHIVO CHILE, Web del Centro Estudios “Miguel Enríquez”, CEME:
http://www.archivo-chile.com
Si tienes documentación o información relacionada con este tema u otros del sitio, agradecemos la envíes
para publicarla. (Documentos, testimonios, discursos, declaraciones, tésis, relatos caídos, información
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