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Frontera, alteridad y memoria en la novela Maldita yo

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Frontera, alteridad y memoria en la novela Maldita yo
VIII Congreso Internacional de Teoría y Crítica Literaria Orbis Tertius
Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria - IdIHCS/CONICET
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Universidad Nacional de La Plata
Frontera, alteridad y memoria en la novela Maldita yo entre las mujeres (1991)
de Mercedes Valdivideso
Ana Inés Leunda
Universidad Nacional de Córdoba – CONICET
Resumen
Hacia 1992, en el contexto del cumplimiento del Quinto Centenario del llamado
“Descubrimiento de América”, múltiples textos debatieron sobre el sentido de tal
conmemoración. Así, por ejemplo, distintos ensayos de académicos y artistas
argumentaron sobre el modo cómo debían interpretarse los primeros encuentros entre
indígenas y españoles. La frontera semiótica (Lotman 1996) que implica pensar los
cruces de información entre las culturas hispanohablantes y las precolombinas
cobraron particular relevancia. Es decir, la doble frontera sincrónica (distintos textos
editados casi simultáneamente) y diacrónica (lecturas del arribo de Colón, conquista y
colonia en América Latina) pudieron verse en distintos textos editados a ambos lados
del Atlántico. Los textos ficcionales también modelizaron artísticamente aquellos
primeros cruces/choques, participando de una manera singular (a través del lenguaje
del arte y la ficción) en las discusiones del momento. En este trabajo buscamos
indagar de qué manera la novela Maldita yo entre las mujeres (1991) de la escritora
chilena Mercedes Valdivieso modeliza los primeros años de un Chile aún en
formación. Desde nuestra lectura, en este texto el mestizaje biológico de los primeros
vínculos interculturales se vuelve cruce tensivo que afecta la identidad/alteridad de los
sujetos y repercute en los paradigmas de memoria que, hacia 1992, se encontraban
en profunda tensión.
Palabras clave
novela – alteridad – memoria - cultura - frontera
I. La frontera, espacio de producción semiótica
En diálogo con Iuri Lotman (1996), entendemos que el texto y la cultura son
dispositivos que no sólo transmiten y conservan información sino que también pueden
crearla. Es decir, en interacción con otros textos y culturas se activan y son
susceptibles de innovar sentidos. Desde esta perspectiva, la frontera constituye un
mecanismo clave en el dinamismo semiótico de todo texto y cultura. En particular, la
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novela constituye un género que recupera múltiples voces-otras de distintas zonas del
contexto para reacentuarlas de manera valorada y proponer un singular modelo del
sujeto y el mundo (Bajtín 1999). En otras palabras, la novela puede ser pensada como
un género de frontera que permea, traduce y reestructura lenguajes disímiles que
circulan en la semiósfera (o ámbito de lo pensable, en términos de Lotman) y así
construir una posición del autor en el contexto en el que se inscribe.
Desde esta mirada nos proponemos indagar Maldita yo entre las mujeres,
novela que recupera los primeros encuentros entre indígenas y españoles durante el
inicio del período colonial en Sudamérica. Reconocemos en primer lugar dos niveles
fronterizos: entre culturas indígenas y europeas, por un lado, y entre cronotopos
ficticios (siglo XVI) y contextuales (en que se edita la obra, siglo XX), por otro. Ambos
niveles se encuentran conectados por una frontera permeable y suponen una visión
axiologizada de la autora con respecto al discurso historiográfico que modelizó las
vivencias de una de las primeras familias mestizas de un Chile, aún incipiente.
Decimos, entonces, que esta obra constituye una “gran palabra” (densa de sentidos,
en términos de Lotman 1996), que implica una innovación de información en tanto
supone una singular modelización axiológica de la autora con respecto a la
construcción de la memoria de la cultura latinoamericana, en la cual la alteridad
aborigen ocupa un relevante lugar.
II. La memoria como creación cultural
Desde la perspectiva adoptada, la memoria es un sistema de textos
complejamente estructurados que tienden a la coherencia y a la homogeneidad de la
cultura. Sin embargo, esto no implica quietud o estatismo sino una dinámica constante
de actualización de textos pretéritos en función del presente. Es decir, leer como
válidos ciertos textos pasados implica una selección y acentuación valorativa de
aquello que la cultura considera “digno de ser recordado”. Los monumentos o los
nombres de las calles, por ejemplo, señalan aquello que debe recordado por la
comunidad.
Los movimientos tensivos que ocurren en la organización de los textos que
componen la memoria de la cultura, tuvieron singular visibilidad a comienzos de la
década del ‘90 cuando se conmemoraron los 500 años del arribo de Colón al Caribe. A
diferencia de la cuarta centuria, que estuvo signada por los festejos, el Vº Centenario
estuvo marcado por el debate (Distéfano y Gorini 1992). Múltiples voces se
posicionaron de manera disímil a la hora de pensar el rol que indígenas y europeos
habían tenido durante los primeros contactos/choques en el proceso (nunca totalmente
cumplido) de conquista y colonización.
Así, por ejemplo, distintas compilaciones de ensayos se editaron con la
intención expresa de participar en las discusiones. Los vínculos intercontinentales
pasados se leyeron a la luz del presente. Desde nuestra perspectiva, puede
reconocerse el orden metafórico de la familia (Barei 2008) atravesando diferentes
compilaciones y modelizando de manera axiológica los vínculos entre España y
América, pues le otorgan un claro matiz jerárquico a las relaciones. En 500 años de
Hispanoamérica, el Dr. E. O. Acevedo (1992:21) señala que los indígenas eran como
“niños o adolescentes que necesitaban tutoría”, los errores de los españoles están
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compensados por el camino espiritual que construyeron: “para ellos [los españoles]
valía más un alma infinita que un manuscrito o escritura idolátrica” (Ibid). A diferencia
de esta posición, en El encubrimiento, O. Bayer señala:
Quinientos años. Una historia de codicia, oscurantismo y paternalismos
despóticos, con las singulares excepciones de los herederos genéticos de
la ética. Hoy la cruz y la espada se han convertido en la deuda externa y la
inversión. Y la madre patria que saca a puntapiés a los hijos putativos
que se le meten por la frontera, los sudacas, sobrantes en sus tierras por el
despotismo aggiornado y hasta plácido del sistema (1992:31, énfasis
nuestro).
El paradigma de la memoria está puesto en discusión. La naturalización del orden de
la familia que cristaliza vínculos jerárquicos es aceptada por unos y repudiada por
otros. Hay un tercer caso, claramente diferencial que se observa en aquellos que ven
un trauma cultural pasado, situaciones conflictivas, pero que ya habrían sido resueltas
a través de un mestizaje maduro, ya emancipado.
Para los pueblos que nacen en una situación colonial, que tienen una larga
situación de dependencia, que además conviven en una compleja relación
de amor-odio con sus metrópolis, que están habitados por quienes son al
mismo tiempo sus padres y sus hermanos, su pasado y su futuro; para
ellos la mirada de los países centrales es decisiva. Tiene la importancia que
para el individuo tiene la mirada del padre-madre (no en vano es tan fuerte
el tema de la Madre Patria); la mirada de ese otro que nos crea, nos
orienta y nos censura (Concatti 1993: 39 énfasis nuestro).
En la compilación A quinientos años América Latina se descubre a sí misma, Concatti
sostiene que la relación intercultural tiene una base traumática que supone el
otorgamiento de una identidad que puede ser falsa o errónea, pero que es aceptada
como válida por el mismo colonizado. Durante los cinco siglos que le siguieron a la
conquista, el autor señala múltiples influencias que nacen en 1492 y se continúan con
las distintas oleadas inmigratorias que han dado como resultado un mestizaje “de
verdad inédito en el mundo” (Ibid: 41). Es decir, el pasado ha sido superado y la
metáfora del mestizaje tantas veces discutida (recordemos a García Canclini 1990,
Cornejo Polar 1994 o Rama 2007) no es en absoluto cuestionada. En el presente del
texto de Concatti (Op. Cit.) está la homogeneidad que permitiría a América Latina
avanzar hacia una identidad singular independiente de roles paternos.
Como puede verse a partir de los ejemplos citados, es necesario argumentar
porqué el rol de indígenas o europeos debe ser modelizado de una u otra manera.
Qué recordar ya ha sido puesto en la agenda de la historia monumental: la figura de
Colón sigue emplazada físicamente en múltiples ciudades. Sin embargo, en los textos
participantes del debate se opera un corrimiento temático desde la persona del
Almirante y su viaje en 1492 hacia la empresa “descubridora” y colonizadora que
habría iniciado. El Atlántico, como frontera física y también semiótica, comienza a
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producir gran cantidad de nueva e inesperada información. ¿Cómo entender quién es
este sujeto-otro extraño al extremo de ser impensable antes de los primeros
encuentros y choques? Para nosotros, el inicio (a menudo trágico) de las conexiones
interculturales produjo una explosión semiótica (Lotman Op.Cit.) de tal magnitud que
abrió en cada una de las culturas participantes las fronteras de aquello susceptible de
ser pensado hasta el momento. Y, medio milenio después, las culturas continuaban
respondiendo a esa explosión, esta vez discutiendo cómo incorporar aquel evento en
la memoria cultural.
Como hemos visto, los ensayos proponen una tesis a defender, sin embargo, el
texto artístico en general y la novela en el caso que nos atañe participa de un modo
diferente en las discusiones del momento. El pacto de verosimilitud es distinto en
ensayos y novelas. Las convenciones genéricas habilitan modelos de mundo
diferenciales. En el caso de los ensayos, si bien se modeliza el mundo de manera
diversa y singular, todos pretenden decir “la verdad”, todos afirman explicar y describir
“la realidad”. En cambio, la novela se abre como un espacio problemático. Se ubica en
un ámbito fronterizo que le da la espalda tanto a la verdad como a la mentira (Saer
2010), hunde sus manos en el fango de ambas para construir una vasija cuya
concavidad es llenada y vaciada una y otra vez por el lector.
Lotman (Op.Cit. 78) sostiene que los textos artísticos son singularmente
densos con respecto a la calidad de información, pues reúnen un sinnúmero de voces
del poliglotismo cultural. Cada mensaje artístico posee una multiestructuralidad y “Esto
es particularmente visible en la especificidad genérica de la novela, cuya envoltura –un
mensaje en una lengua natural- oculta una controversia extraordinariamente compleja
y contradictoria de distintos mundos semióticos”. Un solo texto posibilita trazar lazos
con distintas zonas de la semiósfera cultural. Nos permitimos ahora, asomarnos a la
concavidad hueca y vacía de Maldita yo entre las mujeres novela editada en 1991 en
la cual se modelizan las experiencias vividas entre mapuches y europeos en un Chile
colonial aún incipiente.
III. Mestizajes en tensión
Catalina de Los Ríos o Quintrala (1604 – 1665) es la protagonista de la novela,
ha sido modelizada una y otra vez en textos tanto orales como escritos. Vicuña
Mackena en el siglo XIX realizó un trabajo historiográfico en el cual la retrató
destacando sus pecados, es decir, la diseñó como un anti-ejemplo a seguir. Sobre
este modelo negativo del personaje se construyeron otras modelizaciones posteriores
tales como la novela La Quintrala de Magdalena Petit (1932) y de nombre homónimo
la película de Hugo del Carril (1955) y la serie televisiva dirigida por Vicente Sabatini
(1986). El personaje es parte de la memoria de la cultura chilena que evoca una serie
de textos que han mostrado de manera disímil los aspectos negativos del personaje.
En 1991, en el contexto de los debates por el sentido del Vº Centenario,
Valdivieso propone una figura de Catalina como la maldita entre las mujeres. A
diferencia de la plegaria cristiana esta no es ni virgen ni impoluta, se involucra a través
de su cuerpo sexuado consigo misma y con los otros. Pero también es la mal-dita, es
decir, sobre la cual “se ha dicho mal” durante siglos y por lo tanto se justifica la
necesidad de volver a visitar esta zona de la historia colonial.
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Desde nuestra lectura, la singularidad de Catalina radica en que es parte de
una familia mestiza económicamente poderosa. La protagonista tiene en sus ancestros
vínculos indígenas y europeos que se articulan de manera tensiva en las vivencias del
personaje. Por ello, partimos de afirmar que Catalina es un personaje de frontera, no
sólo porque transita desde la ciudad de Santiago hasta las comunidades mapuches,
sino también porque sus vivencias íntimas se construyen entretejiendo estos ámbitos
intersticiales.
Por momentos, la cualidad de mestizo aparece como un valor negativo a priori
para algunos personajes y, por ello, para insultarla, su abuelo le dice “India como tu
abuela que de blanca miente tu cara” (Valdivieso 1991:36). Su bisabuela, una cacica
de Talagante, vivió amancebada con un alemán con quien no quiso casarse para
mantener las tierras en su poder. “Bastardaje y mestizaje nos hicieron y de ahí para
adelante seguimos” (Ibid: 37), explica Catalina. Por lo tanto, las mujeres de la familia
son sujetos díscolos en la comunidad que habitan, reniegan de la institución eclesial,
del otorgamiento de dotes a las parejas, pero no del vínculo sexual.
Vi cómo le tomó [a uno de sus amantes] unos momentos acostumbrarse a
los juegos de engaño que provocaba la vela y pareció dudar al principio de
la realidad de mi cuerpo. Yo me mantenía tranquila de pie hacia donde la
luz alcanzaba apenas, estaba tranquila, regocijada diría, desafiando a sus
ganas mi cuerpo desnudo, más apetecible entre sombras. (Ibid: 24).
La sensualidad del cuerpo lleva a Catalina a vivir múltiples experiencias con distintos
hombres entre quienes se tejen conflictos por celos de esta mujer, que una y otra vez
escapa de lo moralmente correcto. Cabe aclarar que la protagonista no es un sujeto
con valores netamente positivos en el horizonte valorativo de la novela. No es una
transgresora que enarbola las banderas de la denuncia a favor de la libertad de la
mujer, no es una justiciera nata que reestructura el desorden de la colonia. Por el
contrario, es un personaje complejo que no encarna ningún deber ser y que, en todo
caso, nos permite ver concentrados en su cuerpo algunos de los múltiples conflictos
ocurridos en el proceso de instauración de una ciudad de Santiago atravesada por la
violencia y el choque entre contrarios. Estas rupturas de lo establecido incluyen la
decisión de matar a uno de sus amantes que ha jurado batirse a duelo con Juan
Pacheco, pariente con quien la protagonista mantiene una relación incestuosa:
Enríquez [el amante y futura víctima] siguió con atención el camino que mi
cuchillo hacía en la penumbra para aguardarlo, y después me pasó la
lengua de su mirada por toda mi piel desnuda. Separó los brazos y en la
cara le brotó el sudor, apresuró el espacio que nos separaba y me abrazó
pegándose entero.
Lo acogí aspirando el olor que quemaba el brasero y me apuraba las
entrañas, quieta me estuve un suspiro largo y después mi mano levantó al
aire el cuchillo y lo bajó de golpe contra la espalda de Enríquez (Ibid: 25)
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La sensualidad irresistible de la desnudez y los olores que desprenden las hierbas del
brasero desbordan el límite de la castidad cristiana fuera del matrimonio. La
aromatización del ambiente tiene efectos de hechizo y ha sido provocada por la
Tatamai, una mapuche que ha cuidado a todas las mujeres de la casta, un sujeto sin
tiempo que, dicen los rumores, “el diablo […] mandó a nosotras para que nos
aumentara a mapuche, sobre lo alemán y español que revolvemos” (Ibid: 38).
Hay una mezcla, una revuelta, una condensación de elementos contrarios que
sin embargo no se disuelven en armónica convivencia. Una heterogeneidad vivida en
los encuentros y distancias entre la comunidad indígena y la española que se
condensa en las experiencias de la protagonista. Catalina encarna una alteridad que
pone en evidencia el desorden social, acentúa la fragilidad de los límites de una ciudad
sólo precariamente instaurada.
Durante el período colonial arribó el concepto de “hombre” acuñada por el
humanismo y el renacimiento europeos. En este modelo de hombre el espíritu es
superior al cuerpo, lo racional es valorado por sobre lo sensorial o sensual y la
masculinidad es considerada un valor natural (biológico) superior a lo femenino. El
cogito cartesiano editado en 1637 cristalizó estos valores dando muestras de este
orden de la cultura que viene a instaurarse como modélico, pero que era extraño al
extremo para comunidades indígenas tales como la mapuche.
Como señala Gutiérrez Estévez (2010), si bien el cuerpo estaba relegado a un lugar
marginal en el ideario cristiano de los conquistadores, lo cierto es que fue uno de los
primeros en recibir el impacto del choque intercultural. Cambios en la dieta, en las
actividades laborales y también en el sistema inmunológico de quienes sobrevivieron a
enfermedades desconocidas hasta el momento, son sólo algunos ejemplos. Otras
fuertes modificaciones de la experiencia corporal se ven modelizados claramente en la
novela y se vinculan por un lado con la actividad sexual entre ambos bandos y, por
otro, con la práctica de la guerra que provoca de manera clara y extrema, la muerte del
contrario.
Las mujeres de este extremo saben de soldados. Yo los veía pasar
levantado polvo con el sable que arrastraban. La guerra contra los
mapuches nunca daba treguas y las venganzas por lado y lado se afilaban
con el tormento. Los toquis [caciques o mapuches de alto rango] se
faenaban en lugares públicos y quedaba para el final, su cabeza alto en
una pica. Es la manera, dicen de enderezar al reino (Ibid: 38)
La idealización implícita en el modelo de hombre renacentista se hace trizas en las
diversas experiencias que vivencian los personajes de la novela. El cuerpo, lejos de
ser relegado a un ámbito poco relevante, es el cronotopo donde el tiempo y el espacio
se entrelazan para que cada singular vivencia tenga lugar. Los sucesos se entrelazan
de manera profunda con las sensaciones, los deseos y los sufrimientos de los
personajes.
Si, como afirma Lotman (1996), el Renacimiento dio un modelo de hombre que
perdura hasta nuestros días, entonces en 1991 el autor-creador de la novela se
permite desandar los caminos que las culturas han recorrido y diseñar un mundo
donde lo otro (para el modelo eurocentrado) tiene una relevancia vital. Lo impoluto es
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un concepto que desarma una y otra vez a partir de las variadas contaminaciones que
se evidencian en el plano del cuerpo individual y colectivo, ambos constituidos por
fragmentos en franca confrontación.
Un pájaro chilló afuera y se escuchó después, más fuerte el silencio. El
adelantado [Enríquez] dio un paso y se detuvo. La vela hizo como apagarse
y volvió a alumbrar más intenso. Me sacudí suave para que notara mejor mi
cuerpo y en la penumbra se recortara el cuchillo que sostenía mi mano
(Ibid: 25)
El oxímoron que habilita la co-existencia de la paradoja tiene lugar en la descripción
del ambiente y se torna casi juego irónico cuando se observa el accionar de un
adelantado a quien esta mujer ha sobrepasado. Ante la sensualidad de las hierbas y el
cuerpo femenino, Enríquez sólo adelantará su propia muerte. Placer sensorial y
muerte, sonido y silencio, luz y sombras constituyen en el cronotopo de la habitación
una metáfora de las tensiones y violentos conflictos que vive la comunidad toda. En tal
sentido, la obra de arte, la novela, admite un sinfín de recorridos. La identidad como
sustancia explota para dar lugar a múltiples alteridades que tornan líquidos los límites
inter-subjetivos e interculturales. El cronotopo de lo indefinido, de los contrastes es
también una constante que resignifica la valencia acentrada del personaje. Lejos de la
castidad como valor positivo a priori, el deber ser se desdibuja en las experiencias de
un cuerpo que se abre a las posibilidades de los sentidos para expandirse hacia “lo
indebido” o “incorrecto”.
A diferencia de los ensayos participantes de los debates, Maldita yo entre las
mujeres no propone una tesis que busca defender a través de distintas
argumentaciones. No hay ni siquiera un cosmos centrado, un orden prolijo que el
lector simplemente desvelará. Aunque, claro está, el desorden, la sugerencia y el
desandar recorridos para enfatizar los fragmentos tensivos de la cultura constituyen ya
una posición.
IV. A modo de conclusión
La frontera semiótica que articula elementos-otros recorre la intimidad de la
protagonista y de las comunidades indígenas y mapuches que aparecen modelizadas
en la novela. La liquidez de los límites interculturales conecta contrastes y opuestos
que coexisten en la incipiente América del 1600. De cara al siglo XXI, el orden
religioso occidental del pecado y el deber ser ya no cuentan como valores en sí
mismos válidos, ya no constituyen un patrón ejemplar a sostener. La conciencia
creadora vuelve su mirada sobre un personaje harto conocido, pero esta vez para
construir identidades dislocadas en las que el devenir conflictivo tiene lugar.
A comienzos de la década del ‘90, la memoria de la cultura debate su propia
organización. Si los ensayos buscaron defender el rol de los españoles durante el
período colonial, reconocer el valor de los indígenas en el presente de nuestra cultura
o señalar la necesidad de dejar el pasado traumático atrás para celebrar el mestizaje;
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la novela se permite un modo-otro de sentar una posición. A través de una palabra
densa de sentidos, Maldita yo entre las mujeres nos interpela y nos incomoda
relatándonos una historia en la que experiencias subjetivas y colectivas anudan sus
lazos instándonos a proponer lecturas que dejan preguntas identitarias abiertas como
caminos aún por transitar.
Bibliografía
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