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La-locura-en-Argentina - Revista Pensamiento Penal

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La-locura-en-Argentina - Revista Pensamiento Penal
Hugo Vezzetti
LA LOCURA
EN LA
ARGENTINA
7
Nota
La presente edición digitalizada de La Locura en la Argentina
corresponde a la 1ª. Edición de la Editorial Paidós de 1985. La obra había
sido publicada originalmente por la Editorial Folios en 1983. La
numeración de las páginas y de las notas al pie respetan exactamente la
edición impresa.
Índice
Introducción
11
1. Higiene social y medicina mental
La medicina pública
El personaje médico
El higienismo
La asistencia de los locos
23
23
29
36
43
2. El espacio manicomial
El alienismo
El hospicio
El tratamiento moral
Las causas de la locura
51
51
60
70
80
3. La locura y la sociedad argentina
De Sarmiento a Ramos Mejía
La locura y la historia
Locura y civilización
La locura y las masas
91
91
97
104
111
4. Locura y crimen
El alienista y la ley
Medicina legal
El parricida José Vivado
La degeneración
El delincuente
127
127
135
145
153
171
5. Locura e inmigración
El loco inmigrante
La Sodoma del Plata
Raza y nacionalidad
Locura y anarquismo
La profilaxis mental
185
185
196
204
214
221
Bibliografía
233
9
a Beatriz Perosio, por ciertos ideales perdurables
10
Introducción
La locura como objeto de discursos y de prácticas, sostenida en valores y
fantasmas, aparece dibujándose en un campo de intersecciones. Perseguir su
constitución y sus transformaciones exige una investigación que desborda ampliamente
los temas propiamente psiquiátricos, tal como han sido corrientemente abordados a
partir de los tratados médicos y las primeras nosografías relativas a la enfermedad
mental.
Un conjunto de factores heterogéneos entra en juego en esa constitución, y en
ella encuentran cabida tanto la organización de los hospitales y la atención de las
cuestiones de la higiene pública como las normas burguesas de moralidad, y, más
fundamentalmente, las transformaciones que acompañan el proyecto de conformación
de un sujeto sociomoral colectivo.
En la Argentina, la formación del Estado no puede separarse de este
movimiento, en el cual se integran distintos resortes en el proyecto utópico de una
reforma mental y moral de la población. Así es como, desde los primeros textos que
buscan situar ciertos parámetros de interpretación de la realidad nacional, tiende a
definirse una zona de fractura y de alienación colectivas, un extravío respecto de los
fines que el destino ofrece a la república. Y ese espacio de irracionalidad se ha
constituido en un punto de mira privilegiado para caracterizar la cultura y la sociedad,
desde un primer fantasma de locura colectiva, previo a los manicomios y las cátedras,
que es la barbarie.
Cabe preguntar, ¿con qué noción de locura opera este análisis? En lo que sigue
se ha preferido partir de una definición negativa: la locura no es un concepto. No existe
como entidad previamente definida, idéntica a sí misma y perdurable a través de los
tiempos. Y sin embargo, nuestra modernidad -que debe tanto a las utopías médicas y
pedagógicas- define diversa pero convergentemente las manifestaciones de un extravío
que encuentra en todas partes; con
11
lo que no hace sino señalar su propia criatura en el gesto mismo en que la hace extraña.
En la tarea de esta indagación se impuso la evidencia de una definida
transversalidad de la locura como objeto. No hay una entidad anómala que develar por
detrás de sus modos de manifestarse, y que persista, autónoma, respecto de las figuras y
las sanciones que sobre ella establecen los discursos y las prácticas. La locura misma
como objeto de conocimiento e intervención va produciéndose, y no es más que esa
misma diversidad de fenómenos y efectos en el interior de una historia múltiple.
De allí que no pueda haber un centro estable del análisis; no hay un núcleo
esencial desde el cual el dispositivo de la locura se haga transparente. Y sin embargo no
pueden dejar de señalarse algunas referencias que conectan esta investigación con la
obra mayor e irrealizada de una historia crítica de la sociedad y la cultura argentinas.
Hay una determinación económica que es insoslayable -aunque este trabajo no
se concentra sobre ella- y que, por otra parte, es bien explícita en los textos de la
medicina mental y el higienismo. En ellos se pone suficientemente de relieve que los
funcionarios de la medicina pública se integran a una función técnico-política y
conciben a la economía y al trabajo como criterios esenciales para la salud, colectiva o
individual.
En los años posteriores a Caseros, y particularmente hacia el 80, se va
constituyendo un aparato sanitario y de higiene pública, secular y modelado según los
cánones europeos, que retoma y profundiza disposiciones anteriores, que se remontan
sobre todo al fallido proyecto de Rivadavia. El mantenimiento y restablecimiento de la
salud, incluidos sus componentes "mentales", forman parte principal, entonces, de la
organización y control de la población laboral. Lo mismo puede decirse de las prácticas
de internación y externación -que son esenciales a la función del manicomio- y que han
sido bien caracterizadas como modo de regulación de una masa flotante de
marginalidad.
Un nivel de análisis del higienismo, de la reforma hospitalaria y las prácticas
alienistas puede afirmarse en este eje y explorar cómo, desde la higiene pública a la
medicina mental y la criminología, ciertos intentos de medicalización de la conducta
ciudadana -convergentes con disposiciones y prácticas jurídicas, penales, pedagógicasestán comprometidos en la exigencia de armonizar la modernización y expansión del
aparato productivo con el control de la masiva conmoción demográfica debida al caudal
inmigratorio. Los desajustes entre
12
esos dos movimientos crean la base de una vasta problemática de desorden,
básicamente urbano, en la cual la marginalidad, la locura y el delito llaman a la
intervención médica social.
Pero la disciplina y laboriosidad de los sectores populares intervienen a la vez
como un factor de la economía y como un eje central de los valores morales que la
política y la educación procuran instaurar. En ese sentido, para un país que es
visualizado por los fundadores como un desierto bárbaro, con algunas pocas ciudades
civilizadas, la incorporación de inmigrantes trabajadores combina los objetivos
económicos con la utopía de una gigantesca empresa de moralización.
El proyecto fantástico de esa regeneración civilizadora se acompaña de una
descalificación bien notoria de las condiciones morales y raciales de la población nativa,
que está en el origen del fantasma de alumbrar una nueva raza, propiamente de fabricar
un hombre argentino, a partir de la combinación de un cuerpo natural metaforizado por
la calidez y fecundidad de la pampa y un ego fecundante, propiamente europeo.
Cuando los resultados de la inmigración mostraron su producto, reputado como
extraño al linaje europeo del que debía hacerse cargo, una consideración parejamente
moral va a fundar una línea de interpretación psicopatológica social de los caracteres de
la masa extranjera. J. M. Ramos Mejía, -que se propone como heredero de Sarmiento y
es maestro de Ingenieros- y Lucio Meléndez van a expresar el viraje por el cual la
población urbana pasa a ser el objeto privilegiado sobre el cual se descargan los
desarrollos de la doctrina y la tecnología alienista. Reordenada la escisión inicial, para
algunos el campo y el mito gaucho enfrentarán la expresión del mal localizada en la
ciudad y la masa inmigrante.
Todo esto forma parte del despliegue discursivo e institucional de la locura. Se
ha insistido bastante acerca de la función que ese dispositivo pretende cumplir en el
ordenamiento social. En cambio, se ha tenido menos en cuenta cómo ese espacio
discursivo sirve a la constitución de ideales y valores morales. Por una parte, aparece
como un campo fundamental de la instauración de esos ideales capaces de fundar el ego
europeo -que de cualquier modo no es homogéneo y debe respetar la distancia entre la
masa y la elite- al mismo tiempo que busca reordenar el espacio del poder acentuando el
ejercicio de una intervención que no es meramente del orden del castigo y la exclusión,
sino que busca constituir propiamente un sujeto moral,
13
como eje básico del sujeto social. Si esta fundación forma parte de la historia de la
razón occidental, en la Argentina puede ser seguida como un proceso que hace
fácilmente visibles la convergencia de resortes propiamente políticos y jurídicos con la
función de los modelos de salud y cordura, y convierte al alienista a la vez en una
encamación moderna del moralista y en un paradigma del gobernante.
En ese sentido, los exponentes máximos del proyecto liberal nunca separaron la
cuestión de la nación de esa necesaria reforma del sujeto moral. Y en ella el
positivismo y el laicismo resultaron los componentes ideológicos centrales para la
acentuación de una ética del trabajo como resorte de un equilibrio ordenado de la
sociedad.
Más aun, ese énfasis en un papel básicamente formativo sobre la calidad de la
población, no solo funda las enormes expectativas depositadas en la herramienta de la
educación, sino que impone un recurso propiamente psicosociológico para la
interpretación de la historia nacional, del cual el Facundo es una matriz inaugural. La
imagen misma de la nación se personaliza, y se "psicopatologiza". Una equivalencia
implícita parece unir la imagen de una naturaleza bárbara dirigida por un estado europeo
a la de un sujeto natural transformado por el transplante de un ego importado.
En esa línea deben anotarse los ensayos de desentrañar o bien producir un
carácter nacional, que interrogan a la locura bajo sus rostros más globales recurriendo a
inciertas doctrinas raciales. Pero, si cierta locura argentina hacia 1880 tiende a ser
revelada y aun casi exhibida (La neurosis de los hombres célebres no solo es el primer
texto psicopatológico, sino que alcanza gran difusión) no es solamente para someterla al
control, la observación y la clasificación alienista, sino porque una cierta función
"publicista" se impone la tarea de producir una conciencia pública, una mentalidad
permeable a las solicitaciones de orden y mesura requeridas para la conformación del
ciudadano, capaz de ser reconocido como hijo de ese grandioso proyecto fundacional.
Un blanco de su acción, sancionado desde el mandato de enfrentar la barbarie
del hombre argentino, es el modelado de las pasiones populares, asimiladas a un estado
de pura naturaleza, que en el interior del sujeto sociomoral constituye la materia que
debe ser elaborada y guiada. Es visible la ambivalencia de esa figura que, si por una
parte en el imaginario romántico es la expresión misma del ímpetu y necesidad de
acción con que la burguesía autoproclamaba su papel en el proceso histórico, a la vez
con la formación de un aparato político autoritario, se convierte en la imagen misma de
un peligro
14
que debe ser neutralizado y preferiblemente orientado hacia el amor al Estado.
En ese sentido, la tecnología del alienismo que funda los manicomios junto con
la clínica psiquiátrica, se muestra como un paradigma de la razón positivista. La
conciencia positivista que convierte a la locura en objeto de conocimiento, en el marco
de las instituciones creadas para gobernarla, no solo es idéntica de la que en la
interpretación del hombre y la sociedad busca bases objetivas para el ejercicio de la
función política. Más aun, puede decirse que ciertas figuras de la locura y sus oscuros
peligros se constituirán en una referencia fundamental de las representaciones que
modelan la función de gobierno. Y por ese sesgo, el positivismo y la indagación
ejemplarizadora de la locura anudarán una ligazón persistente.
Paralelamente se construyen modelos relativamente perdurables para el abordaje
y el conocimiento sistemático del objeto humano. En ese sentido, puede decirse que la
desmesurada presencia de los médicos y las disciplinas biológicas no es simplemente la
respuesta a los requerimientos técnicos en el orden asistencial y sanitario. Hay algo que
supera esa función para postularse como un modelo de análisis y de intervención. Y no
se trata solo de la biología y el darwinismo, que constituyen formas más globales y
elaboradas de presentación
del discurso positivista. Cuando se atiende al
funcionamiento de ese dispositivo de la locura, a su inserción estratégica y sus
procesamientos, resalta más propiamente la vigencia del modelo médico. Etiología,
clínica y tratamiento, diagnóstico y pronóstico; los momentos del análisis médico
aparecen como los pasos necesarios en la intervención sobre la comunidad y sus
conflictos. Y ello por motivos propiamente metodológicos, que en cierto modo forman
parte del discurso de la medicina: la patología revela la normalidad. 1
Eso explica la capacidad del dispositivo de la locura y el delito para nuclear a un
conjunto de otras disciplinas que parecen no solo bien dispuestas para ocuparse de las
cuestiones de la perturbación y sus manifestaciones en la conducta, sino, más aun, para
asumir esa zona como privilegiada en un análisis de la sociedad y la cultura. Con todo,
la presencia multiforme de la locura no requiere de los instrumentos de la consideración
psiquiátrica para hacerse visible, y todo un área de la literatura argentina -sobre la gran
ciudad fundamentalmente- entre el 80 y el Centenario permanece capturada en
1
Canguilhem, Georges, Lo normal y lo patológico, México, Siglo XXI, 1978, primera parte.
15
esta óptica de lo patológico: el trabajo o la sexualidad, las funciones de gobierno o los
negocios, la armonía familiar o los valores más consagrados por la moralidad burguesa
son, paradójicamente, exaltados por la exhibición de las lacras de la ociosidad, el vicio y
el descontrol de las pasiones.
La cuestión de la separación de los locos en instituciones especiales se planteaba
ya desde los comienzos de la organización de la medicina, y particularmente fue
considerada en el periodo de las reformas rivadavianas. Pero los hospicios como espacio
propio de la locura, en el que se desplegará y se ofrecerá a la observación metódica del
médico alienista, se constituyen después de la caída de Rosas en un proceso en el que
pueden distinguirse etapas. Las disposiciones iniciales mantienen características
filantrópicas, fundadas en la iniciativa privada, pero que al mismo tiempo se enmarcan
en el complejo simbólico por el cual la medicina social y el saneamiento urbano se
levantan como banderas del progreso, como un frente de lucha contra los caracteres de
la barbarie.
Como se verá, la eficacia práctica de las nuevas disposiciones tardará más de dos
décadas en hacerse palpable y sin embargo no es por eso menos enfática la
proclamación de los ideales, que dominan y dirigen las propuestas abiertas al futuro.
Un ejemplo ilustra esta fuerza de los símbolos en la construcción de una nueva
hegemonía. Cuando Sarmiento proyectó el parque 3 de Febrero, en Palermo, Rawson se
opuso por razones de higiene. Por una parte, insistía en que se trataba de terrenos bajos
y por lo tanto palúdicos; por otra, denunciaba que serviría más a la ostentación y el lujo
de los círculos de la alta burguesía que a la masa de población desposeída que se
hacinaba en los conventillos y que no tendría posibilidades, por la distancia, de acceder
a ese paseo. Las razones de Sarmiento -triunfantes, como es sabido- no eran higiénicas
sino simbólicas y apuntaban a intervenir sobre la conciencia colectiva: allí donde Rosas
había tenido su reducto, construir un paseo francés. Esa transformación de la guarida
bárbara en jardín zoológico condensa en una extensa metáfora material lo esencial de la
acción que se proyecta. 2
2
Loudet, Osvaldo, Ensayos de crítica e historia, Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 1975, p.
119-120.
16
¿Por qué a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX este completo de
referencias y de rostros de la sinrazón aparece como una presencia tan notoria, no sólo
en el campo literario, historiográfico o jurídico sino en la búsqueda de ciertas claves de
interpretación y construcción de la realidad nacional y en la promoción de ideales y
valores? La constatación de esa presencia es lo que impuso a esta investigación la
necesidad de desbordar la historia de la psiquiatría, y perseguir la retícula que la
sostiene exigió una cierta heterogeneidad y polimorfismo en las referencias.
Pero en verdad, este "desborde" del espacio de la medicina mental forma parte
de las condiciones mismas de constitución del discurso y las instituciones del alienismo.
Si el mítico gesto de Pinel configura el punto de arranque de la "moderna"
consideración de la locura, y de la reforma de las instituciones y la asistencia, desde el
comienzo aparece como un exceso en el que la figura médica se proyecta a una
dimensión universal. Finalmente, esa función ideal del acto liberador superó en mucho a
sus consecuencias prácticas en la asistencia de los alienados. ¿Acaso en la densidad y la
pureza del gesto que rompe las cadenas no se condensa una figura cara al imaginario de
la burguesía en su momento revolucionario? Que los locos también sean ciudadanos es
importante mucho menos para su futura asistencia que para la legitimación de ese
movimiento de transformación de la sociedad, que encuentra en la figura del loco
encadenado una imagen dramática de la liberación que propone. De allí a la filantropía
y la exaltación del ejercicio médico como una representación del humanismo se va
construyendo, paralelamente al movimiento propiamente técnico del higienismo, una
fantasmática que liga la medicina social a las imágenes del alumbramiento de un nuevo
sujeto histórico.
El dispositivo psiquiátrico va afinando sus resortes y discriminando sus modelos
de normalidad, y si bien en un primer momento una imagen global de la locura aparece
como equivalente de un desorden moral genérico, progresivamente va dejando lugar al
recorte nosográfico y la expansión del tema de las neurosis. Si con ello, la noción de
locura se diversifica y se afina hay que poner esa evidencia en relación con el
movimiento histórico que lleva a la visualización de los aspectos conflictivos de la
"cuestión social", y con una política de población que apunta al material humano condición de la riqueza y de la fuerza militar- para instaurarle las necesarias condiciones
mentales y morales.
Una enorme transformación, prolongada en el tiempo y despare-
17
ja en su desarrollo, afecta a un conjunto de instituciones, discursos, prácticas y
tradiciones no solo en el plano político y jurídico, sino en el del cuerpo, la sexualidad o
la familia. Michel Foucault 3 ha definido bien la dirección general de ese proceso, pero
importa destacar los factores de diferenciación, que hacen que ese proyecto de
intervención normalizadora sobre la conducta ciudadana -cada vez más pública y
perseguida hasta sus rincones más secretos- no se reduzca a imponer modelos generales,
sino que afecte sistemas de ideales que son propiamente conformadores del yo.
La identidad, así resulta ser no tanto reconocimiento como imposición, que se
elabora en un movimiento complejo y heterogéneo de investimientos e identificaciones.
Un definido trastocamiento de la conciencia tiende a afirmarla como institución pública,
moral ciudadana, y en ese mismo movimiento el ámbito de la vida "privada" pasa a ser
un dominio abierto a los poderes "públicos". Un ideal de visibilidad de la conducta
orienta la diferenciación y expansión del dispositivo de la locura, desde el manicomio a
la marginalidad social y el delito, y de allí, a los temas del trabajo, la familia y la
infancia, extensión que es correlativa a una confianza ciega en las capacidades
formativas y preventivas de las disciplinas de la medicina mental.
De cualquier modo, no hay que exagerar la homogeneidad de ese proceso de
"normalización", ni negar que hay más de un modelo. Freud 4 aporta una pista -que solo
queda aquí consignada- para pensar la correlación entre esa variación en los sistemas de
ideales y las diferenciaciones que los cuadros psiquiátricos producen en el campo global
de la locura. Si la histeria es análoga a una obra de arte, como la neurosis obsesiva a una
religión y la filosofía a una paranoia, ¿no es porque esos rostros de la locura acompañan
como una caricatura los procesos por los cuales la razón occidental busca sus formas
"modernas"? En tal caso la nosología psiquiátrica condensa en un espejo deformado
aquello que el moralista, o el inductor de ideales e identidades promueve; o quizá debe
decirse que en esa caricatura se condensan a la vez el mandato y la resistencia. La
psiquiatría y la psicología acompañan ese programa de producción de un nuevo sujeto
histórico marcando a su vez los límites, las variantes toleradas, las fracturas y las luchas
en contrario, y en ese sentido, la paranoia, la histeria, la neurosis
3
4
Vigilar y Castigar, México, Siglo XXI, 1976.
Totem y Tabú, Madrid, Biblioteca Nueva, 1948, v.2, p. 459.
18
obsesiva se integran a las formas de la razón, el deseo o el trabajo que son parte
indisoluble del azaroso camino de la moderna "yoificación".
Es posible rastrear extensamente en las producciones científicas y literarias
argentinas, del 80 al Centenario, la marca de las tesis de un darwinismo vulgarizado:
enfoque genético, atención a la herencia, lucha por la vida y selección natural. Pero si el
progreso social aparece fundado en las leyes irreductibles de la biología, no deja de
pagar un precio: la figura siniestra de la degeneración condensa el negativo exacto de
los valores morales deseados. Un lazo sólidamente significativo liga esa noción,
asociada a la locura urbana, por una parte a una reedición de la barbarie en la gran
ciudad, y a la vez a una expresión agudizada de los conflictos de la inmigración.
De cualquier modo, el recurso a la biología no deja de generar contradicciones,
en las que se hace patente la superposición de dos modelos de aprehensión de los
fenómenos. Uno aparece fundado en el concepto de organización y concibe el
desarrollo evolutivo como dominado por una creciente armonía de funciones. El otro
parte de la lucha -condición que reaparece desde el espacio social entre los restos del
proyecto de armonía y progreso- y hace recaer el acento más bien en las líneas de
fractura y contradicción en el espacio vital y social.
Pero esa preeminencia del modelo médico -convocado por la patología- hace
que el biologicismo como modo de aprehensión de la realidad se combine con
propósitos definidos de intervención. Si la sociedad es un organismo afectado de alguna
patología, el gobernante y el político se conciben reiteradamente según la figura de un
médico que aspira a la omnipotencia de controlar todos los resortes, orgánicos y
psíquicos, individuales y colectivos. Por otra parte, hay una constitución propiamente
tecnológica de un dispositivo sobre la locura, que se desarrolla en los marcos del
higienismo, de la creación de los manicomios y el espacio de observación e intervención
que ellos construyen, en las cátedras y en las publicaciones, pero a la vez, en el choque
y la transformación de disposiciones jurídicas, estructuras penales, modos de
administración de la marginalidad y la desviación.
Más allá de una función ideológica -que ha sido ya suficientemente señaladainteresa destacar esa constitución renovada de una
19
tecnología sobre la conducta, de un dispositivo metódico organizado en instituciones y
discursos, en normas, ideales y técnicas.
En la constitución de este complejo tecnológico pueden verse, someramente,
varios procesos entrelazados. Por una parte, el surgimiento de instituciones especificas:
servicios hospitalarios, manicomiales, penitenciarios, publicaciones y asociaciones
profesionales. Este proceso propiamente institucional, que requiere ser delineado en su
dinámica propia, no puede separarse de una consideración correlativa de las
herramientas del Estado y de la convergencia con dispositivos jurídicos, educativos o
políticos. En ese movimiento, por ejemplo, se configura un complejo técnico en tomo de
la relación médico-paciente, que va a tener sus efectos más allá del espacio asilar y
hospitalario.
Por otra parte, se va construyendo cierto sistema teórico, un repertorio de
nociones que procura ensamblarse y armonizarse, con escasos resultados desde el punto
de vista de las convenciones científicas que vendrían a fundar la disciplina médica. Pero
su funcionalidad resulta palpable, y un conjunto de ideas acerca de la locura y el delito particularmente cuando encuentran en la teoría de la degeneración una máxima
coherencia- que adquieren relativa expansión y autonomía, no sólo influyen
notoriamente sobre otras disciplinas -la historia o la sociología- sino que impregnan la
cultura de la época.
Por último, simultáneamente se constituye una capa profesional, una burocracia
psiquiátrica y criminológica que crece y se especializa en las instituciones del Estado,
en los hospicios, las cátedras y las entidades profesionales, y en su servicio a los
requerimientos del poder encuentra una oportunidad privilegiada de ascenso social.
Todo ello se desarrolla en el marco general de una lucha en la que las tesis
científico-naturales, fuertemente organizadas en el dogma evolucionista, tienden a
prevalecer sobre las viejas concepciones.
El alienismo, que tiene su sede en los manicomios de Buenos Aires y domina las
primeras cátedras, da a luz correlativamente a las figuras del loco y el alienista, que se
constituyen recíprocamente y van sufriendo un cierto juego de transformaciones, que
mantiene, sin embargo, la solidez de esa pareja inicial. La relación del alienista y su
loco no es la misma que la del criminólogo y su criminal -o marginal, es decir,
delincuente potencial- ni tampoco que la del terapeuta de la "higiene mental" con su
paciente. En esas transformaciones
20
la locura misma va siendo redefinida. En el primer momento, en el interior del asilo, la
locura es perseguida a la vez con la grilla clasificatoria de la nosografía de los grandes
cuadros -manía, melancolía, demencia, imbecilidad- y con los resortes de la autoridad y
la dirección de las pasiones condensadas en el tratamiento moral. Allí nace la
instrumentación del "influjo personal" del médico como medio del tratamiento.
Con la criminología, hacia fin del siglo, la locura adquiere una nueva cualidad:
la peligrosidad, que ya no es algo descriptible como un cuadro psiquiátrico y, por otra
parte, apunta a una locura potencial, no explícita. Así se acentúa el registro de la
prevención y la previsión: la mirada del médico debe proyectarse al futuro y anticipar la
conducta probable, y la psicología experimental encuentra un sostén para su desarrollo.
Pero a la vez se transforman los personajes en juego, el criminólogo es un alienista que
desplaza su centro de estudio y de intervención desde el interior del asilo al espacio
social urbano, particularmente a la marginalidad: su dominio es el de la "mala vida".
Cuando prevalecen las concepciones de la higiene mental, la locura es ya un
desajuste mínimo en el campo de la conducta cotidiana. Nuevo desplazamiento
entonces, de la marginalidad a la familia, el trabajo, la escuela, la vida comunitaria.
Correlativamente comienza a hablarse de "salud mental", noción ambigua que parece
completar el círculo que busca encerrar las capacidades y virtudes en el marco de una
medicalización de la vida cotidiana.
Pero simultáneamente, ciertos núcleos referenciales de la locura van siendo
elaborados en otras áreas del discurso cultural y responden a otras tradiciones, desde la
interpretación de la historia de José M. Ramos Mejía hasta la obra sociológica de José
Ingenieros y los excesos de la novela naturalista. En ese sentido, La neurosis de los
hombres célebres inaugura la línea perdurable de una ensayística sociopsiquiátrica
predispuesta a establecer una fácil continuidad de la patología individual a los
desajustes de la sociedad. Y si todo síntoma es, antes que nada, social, durante décadas
el fenómeno social más relevante y destacado por esa mirada inspirada en el alienista,
fue el fenómeno inmigratorio.
Una afirmación reiterada en esos textos sanciona la afinidad de inmigración y
locura: los extranjeros enloquecen más fácilmente. A partir de ello, la figura del loco
inmigrante resultará exhibida, tematizada, interrogada en profusa sucesión de casos y en
producción de tipologías. No solo se propondrán controles y exámenes
21
sobre el estado mental de los inmigrantes, sino que cuestiones relativas al destino de la
"raza", y al futuro de las generaciones argentinas serán agitadas en un conjunto de
discursos en el que la higiene deriva en los postulados de la eugenesia, y la
preocupación por la conformación de un tipo argentino se enlaza a la xenofobia.
Y en esa exaltación "nacionalista" se refractan los viejos temas de la utopía
original. La cruzada de moralización que enfrenta los fantasmas de la locura produce
sus propios extravíos, que insisten y se imponen como representaciones de extraña
fijeza. Aunque sea tangencialmente puede ser importante esbozar ese espacio de
representaciones fantásticas de la nación, en la que la locura convocada parece
trasladarse a los discursos que la conjuran.
22
1.
Higiene social y medicina mental
La medicina pública
Guillermo Rawson se sitúa en el centro mismo de una proyección de la
conciencia médica que es a la vez directamente política. La "organización nacional" y la
conformación del gremio médico intersectan sus procesos y sus mitos. Y no se trata
tanto de insistir sobre la pluralidad de funciones que coexiste en Rawson: presidente de
la Asociación Médica Bonaerense, redactor de la Revista Médico Quirúrgica, primer
catedrático de la higiene pública, senador nacional y ministro del Interior. Lo más
destacable es que entre ese desarrollo de la medicina —que es a la vez tecnológico y
modelador de nuevos ideales—y la acción del hombre de estado hay una perfecta
continuidad.
En ese sentido, la metáfora mayor de la sociedad organismo parece preceder a la
instauración de los dogmas evoluciónistas y funda un conjunto de representaciones que
asocian la salud —física y moral— a los caracteres permanentes de la nación, en una
fantasmagoría biológica que es constitutiva de esa imagen burguesa de la república,
personalizada en una mujer joven y robusta, ligeramente erotizada en la exhibición más
o menos velada de sus pechos altivos.
Ante todo, la higiene pública es una condición de la riqueza, y para el caso, si de
economicismo se trata, hay que ponerlo en la cuenta de Rawson: "La higiene pública y
la economía política se dan la mano y se estrechan tan fuertemente, que con cuanto más
empeño se las mire, tanto más confundidas y aunadas se las ve. Con el dinero, o su
equivalente el trabajo, es preciso describir todo lo que entorpece las funciones normales
en la vida de los individuos; en otros términos: con el dinero se hace la higiene de los
pueblos. También con la higiene de los pueblos se consigue la economía y se labra la
riqueza". 1
1
Loudet, O., “Guillermo Rawson. El primer higientista argentino”, En: Ensayos de crítica e historia, Op.
cit. P.107.
23
Es claro que las epidemias y otras cuestiones de orden sanitario exigían la
organización de un dispositivo técnico y la conformación de una capa profesional, pero,
si a las lecciones de higiene pública de Rawson concurría un público que excedía
ampliamente a médicos y estudiantes 2 , es porque ciertos criterios metodológicos de la
medicina van alcanzando el lugar de un modelo para concebir las funciones de
gobierno.
No basta, entonces, con destacar en el dispositivo sanitario (que se organiza y
consolida entre la creación de la Facultad de Medicina en 1852 y la creación de asilos y
hospitales regionales hacia el Centenario) su lógica y su eficacia específicamente
médicas. Porque hay una dimensión ideal que, desde el abortado proyecto rivadaviano,
enlazó explícitamente la reforma de la medicina con las luces del progreso social y los
valores políticos del liberalismo. La efímera Academia de Medicina de Buenos Aires y
el primero —y único— número de sus Anales (1823) parecen responder ante todo a ese
imperativo europeo de la razón ilustrada, junto con la creación de la Universidad de
Buenos Aires y otras medidas de fomento de las disciplinas científiconaturales, como la
contratación de Bonpland.
Rivadavia profundiza la organización de la medicina pública iniciada por el
Virrey Vértiz, pero reduciendo drásticamente la intervención religiosa. Así, los
hospitales pasan a ser dependencias de una administración civil, dirigida por los
profesores de la Escuela de Medicina. 3 Por entonces, la presencia de locos crónicos en
los hospitales generales y en las cárceles se hace más visible, y se proyecta la creación
de un asilo de dementes, que no llega a hacerse realidad.
Como sea, las reformas de Vértiz anticipaban ya la lógica elemental de una
primera intervención del poder estatal sobre la marginalidad, en la que la locura y otras
formas de la ociosidad comienzan a ser definidas como un desorden público. La
represión de la mendicidad y la vagancia forman parte integral de una intervención
sobre el cuerpo como productor, en que se perfila con claridad la estrategia coactiva de
moralización: "Ningún pobre de ambos sexos mendicante por las calles podrá pedir
limosna sin el correspondiente pasaporte o licencia del comisionado de su distrito, so
pena de un año de barraca siendo hombre y si fuera mujer un año de cárcel... De toda la
gen
2
Id., p.116.
Penna, J. y Madero, H., La administración sanitaria y Asistencia Pública de la ciudad de Buenos Aires,
Buenos Aires, 1910, II, p.82.
3
24
te vaga y mal entretenida constando serlo por diligencias nombradas que se hagan y
noticias que se tomen se dará por el comisionado cuenta a este gobierno". 4
La lógica de la reclusión va a juntar progresivamente a locos, inválidos y
mendigos; si interesa destacarlo en sus orígenes coloniales, es porque desde el
nacimiento mismo de las instituciones públicas de asistencia, los proyectos
reformadores y las iniciativas filantrópicas aparecen invadidos por la inercia de la
segregación y el abandono de los asilados.
La beneficencia misma aparece atravesada por esa contradicción entre un
proyecto de asistencia y reforma del sujeto y la presión hacia la exclusión lisa y llana
del destinatario de la acción médico social, y con ello los grandes ideales humanistas se
cruzan permanentemente con las formas históricas de la segregación. En ese sentido,
más allá de las diferencias, particularmente en el pasaje de la caridad privada a la
constitución de un enorme aparato estatal de la salud, entre el proyecto de medicina
rivadaviano y el dispositivo que se conforma cincuenta años después, la filantropía
marca con fuerza las concepciones del higienismo.
M. Foucault 5 ha señalado la coincidencia estructural de la medicina y la
economía tal como se constituyen en el siglo XIX, a partir de una común referencia al
valor central del trabajo, como fundamento de riqueza y equivalente de salud. Si la
"medicina de las especies", dominada por una matriz clasificatoria, colocaba a la
enfermedad, primariamente, en una región de homologías —a la vez naturales e
ideales— en las que el individuo no podía recibir un estatuto positivo, la renovada
mirada clínica anuda una creciente proximidad entre médico y enfermo, que funda
propiamente la percepción de una dimensión individual. Pero, simultáneamente, la
clínica estratifica el abordaje de la enfermedad, y al lado del espacio de la clasificación
y de la intimidad del encuentro médico-paciente, propone una posición de la patología
en el espacio social. La experiencia médica amplía su jurisdicción y su punto de mira: la
medicina debe ligarse al Estado y asumirse como una tarea nacional;
4
Bando del 12/7/1775. Ingenieros, José, La locura en la Argentina, Buenos Aires, L. J. Rosso, 1937, p.
67. Se ha actualizado la grafía
5
El nacimiento de la clínica, México, Siglo XXI, 1966, cap. I.
25
y con ello se transforma radicalmente el estatuto institucional de la enfermedad.
Una consideración de la funciónalidad de los criterios médico-filantrópicos
revela que combinan la renovación doctrinaria y técnica de la medicina con un ajuste de
los modelos de autoridad, en el marco de esa célula contractual que compromete a un
paciente con su médico, y que en su mitología menor anuncia la sociedad misma que la
burguesía pretende instaurar en una dimensión universal.
Pero justamente, en la medida en que las disposiciones médico sociales se
dirigen mayormente a los que carecen de autonomía contractual, la figura social del
pobre -que encarna a la necesidad en su carácter más miserable- aparece a la vez como
la justificación del despliegue higienista y como una amenaza latente contra la
estabilidad del proyecto de "orden y progreso".
Es cierto, entonces, que la filantropía se constituyó en un banco de pruebas de
las técnicas de sujeción de las masas. Pero, al mismo tiempo, estableció una lógica
paradojal y perdurable de la asistencia pública: el necesitado tiene acceso a la asistencia
-siempre insuficiente, por otra parte- en la medida en que renuncie a considerarlo como
un derecho. En tanto el marginal no puede pagar con dinero o trabajo, al menos con su
agradecimiento ante la caridad de los que pueden dar, devuelve la imagen
tranquilizadora de una relación de tutela, en la que el asistido -enfermo, mendigo o locoes asimilado a un estatuto de minoridad jurídica. Junto a las relaciones económicas, por
esencia impersonales y reducidas al intercambio y al beneficio, la beneficencia, se
empeña en el objetivo imposible de una reconstrucción de las "relaciones encantadas del
mundo feudal". 6
Ciertamente, la constitución de un dispositivo público de salud, que llevará a la
creación de la Asistencia Pública, a los hospicios manicomiales, la ampliación de los
hospitales y asilos, introduce una modificación sustancial en los usos y las tradiciones
de esa dependencia personalizada, que, si se sostiene en la fascinación instituida por el
personaje médico, va a alcanzar su expresión más pura en el manicomio con la
institución del tratamiento moral.
De cualquier modo, la separación entre una faz técnica y una acción educativa y
moral de la actividad médica -en la que pervive la antigua asociación de la asistencia del
cuerpo con la función religiosa del pastor de almas- aparece cruzándose con la
diferencia que
6
Castel, Robert, L'ordre psychiatrique: l´âge d´or d'alienisme, París, Ed. de Minuit, Cap. III.
26
los sexos instituyen en los establecimientos de salud. Durante mucho tiempo, los
establecimientos de mujeres y de niños -entre ellos, el Hospicio de Alienadas- seguirán
dependiendo administrativamente de la Sociedad de Beneficencia y asistidos por
hermanas de caridad, aun cuando desde la creación de la Municipalidad de Buenos
Aires, en 1856, y de la Comisión de Higiene Pública, el Hospital de Hombres y el
Manicomio de Hombres -creado en 1863- dependen de ella. Como se verá, el criterio y
la organización de la asistencia de hombres, por un lado, y de mujeres y niños, por otro,
tienden a diferenciarse netamente, en un sentido que hace que la atmósfera de beatería
propia de la Sociedad de Beneficencia, choque a menudo con los valores del
positivismo médico que se imponen en el gobierno sanitario, particularmente cuando
José M. Ramos Mejía crea y dirige la Asistencia Pública, en 1883.
Paralelamente con las disposiciones de la filantropía, la reforma de la medicina,
ya desde Rivadavia, establece una colaboración específica con la autoridad policial, a
través de la creación de los médicos de policía, a quienes se debería confiar el examen
de las personas sometidas a la justicia, de acuerdo a los criterios de la naciente
tecnología médico legal. 7
Por otra parte, desde 1815, la Ley de vagos, en la campaña, busca moralizar las
costumbres laborales del gaucho. 8 Saltando por encima de la escisión ciudad/campo, y
aun anticipándose a las disposiciones urbanas que crecerán junto con la inmigración, ese
castigo a la ociosidad y la rebeldía muestra un núcleo estratégico esencial de la empresa
de asistencia y moralización de las masas.
El espacio doctrinario de la filantropía no deja de presentar contradicciones que
a veces llegan a la polémica abierta, en torno del papel que debe cumplir el Estado. Así,
el discurso más liberal advierte contra el peligro de que la beneficencia pública se
convierta en un premio a la ociosidad y la improductividad. ¿Cómo evitar el exceso en
la caridad del Estado? Un recurso no desdeñable es que los establecimientos
asistenciales permanezcan en un estado límite de miseria que no los haga atrayentes
sino a los muy necesitados; pero el
7
Ingenieros, J., Op. cit., p. 87. Loudet, O., "Bernardino Rivadavia y la Academia Nacional de Medicina".
En: Ensayos..., cit., p. 44.
8
Giberti, Horacio, Historia económica de la ganadería argentina, Buenos Aires, Solar/Hachette, 1961. p.
87.
27
umbral es variable y en parte depende de una regulación proveniente de las crisis
económicas. Muy a menudo, los responsables de las instituciones deberán imponer
criterios restrictivos para impedir el ingreso o la permanencia de aquellos que solo
padecen de una condición de extrema desposesión.
Entre el liberalismo a ultranza que sostiene que cada uno debe arreglárselas
como pueda, o a lo más recurrir a la caridad privada, y la doctrina médica higiénica que
va a afirmar cada vez más la responsabilidad del Estado en la materia, se establecen
variadas transacciones. Por ejemplo, en 1856 se crea el Asilo de Mendigos para
suprimir el escándalo de la mendicidad en la vía pública, pero, al poco tiempo queda sin
recursos y debe mantenerse apelando a las donaciones y la caridad privadas,
organizadas desde el gobierno 9 , en una mendicidad institucional y ordenada que es el
relleno obligado de las carencias crónicas de la asistencia pública. Tanto que la
Asistencia Pública, modelada según los cánones más avanzados de la asistencia
francesa, y que reforzaba sus presupuestos con sistemas de pensionistas pagos, termina
por reconocer que está en peores condiciones para cumplir su misión que la Sociedad de
Beneficencia. 10
Dos lógicas chocan en la conformación de la medicina pública: por un lado ese
proyecto de reforma del sujeto social y de alumbramiento de una población en la que la
condición "saludable" sea la prueba directa de la entrada en una nueva etapa histórica.
Pero, junto a ella, la lógica perdurable de la exclusión de la desviación, del encierro y la
segregación del diferente. Con cada nuevo hospital nacen a la vez las declaraciones de
grandes propósitos y el hacinamiento en un espacio que, de modelo de la organización
soñada, se contamina con la propia marginalidad que contiene. A la vez, la distinción de
los internados tranquilos y capaces de trabajar va a instaurar una categorización
valoratiuva del internado colaborador, que sirve a una jerarquización interna del espacio
del asilo. Antes que cualquier consideración terapéutica, el trabajo de los asilados es una
exigencia de sobrevivencia institucional; después, el tratamiento moral va a imponer a
ese loco colaborador como modelo de salud y a revestir al trabajo, más o menos
forzado, de un carácter decididamente ritual, según un paradigma dudoso que hace
equivaler la laboriosidad y la obediencia a las luces de la razón recobrada.
Si el ideal de esa exaltación de la función médica, asimilada a la
9
Penna y Madero, op. cit., II, p. 113.
Id., II, p. 224.
10
28
de un renovado clero laico, se proyecta en la grandiosa utopía de la muerte de la
enfermedad, una latencia la acecha, y la imagen de una sociedad sin enfermos ni
desviados fácilmente desliza el imaginario de la asistencia hacia el fantasma de la
aniquilación del invalidado.
El personaje médico
La naciente corporación médica se asume, más allá de su tarea específica, como
un factor esencial de la civilización y el progreso, y por ese sesgo propugna un
sobreinvestimiento político de su papel técnico. Puede seguirse en las páginas de la
Revista Médico Quirúrgica -creada en 1864- el crecimiento de una conciencia médica,
en la que las figuras de Guillermo Rawson y de Emilio Coni sostienen la empresa de
consolidar una corporación profesional identificada con los ideales sociohigiénicos.
La capa médica, cuando no ocupa directamente funciones de gobierno, se sitúa
en las proximidades de los resortes del Estado y, correlativamente a su constitución,
encuentra condiciones de jerarquización, prestigio y reconocimiento social. La
historiografía médica ha oficializado la imagen de un apostolado de los padres de la
medicina argentina, y situó uno de sus núcleos principales en el rechazo del dinero. El
anecdotario de la pobreza inicial de Diego Alcorta o Francisco Sicardi llega a la
exaltación con la tesis de Ingenieros dedicada al portero de la Facultad. Por otra parte, la
pobreza también puede ser exhibida como una prenda de orgullo en el final de la vida de
los dos grandes de la higiene pública: Rawson y Coni. 11
A la vez, la figura ética del médico resalta como un rayo de luz en las tinieblas
cuando enfrenta su estatura evangélica a los rostros de la barbarie. Es Diego Alcorta,
quien olvida odios y agravios para salvar al mazorquero Cuitiño de un calculo nefrítico
o el unitario Ventura Bosch, médico personal de Rosas, que rechaza indignado la
insinua
11
Osvaldo Loudet es el cronista mayor de los médicos argentinos y su obra resulta insustituible en la
revelación de la historia y de los mitos que alimentan la conciencia y las instituciones de la medicina.
29
ción de un correligionario que propone aprovechar sus funciones para atentar contra la
vida del dictador. 12
Las epidemias, por otra parte, contribuyen a consolidar esa proyección a la
dimensión universal del héroe, cuya estampa casi litúrgica produjo Juan Manuel Blanes
con su cuadro más celebrado, "La fiebre amarilla". Ese personaje médico, severo y
distinguido, que mira serenamente el espectáculo de la muerte, contrasta su firmeza con
la yacente figura femenina —como la imagen de la república— en medio del desorden
de las ropas y la habitación, y con ese niño ajeno a la muerte, que busca en el seno
materno el alimento y el goce que ya no existirán para él. Ninguna elegía podría superar
la fuerza de la escena para resaltar esa figura heroica, pura ética, enfrentando los dramas
de la existencia. Y la galera distinguida que conserva entre sus manos es no solo signo
de respeto, casi un saludo desafiante a esa presencia de la muerte, sino que a la vez
sobredetermina, por su lugar central en la composición, la jerarquía social del personaje.
Pero todavía es preciso humanizar esa estatua médica, acercarla a una dimensión
alegre y aun traviesa, que también es una muestra de energía y autonomía; allí está el
"Ignacio Pirovano" de Eduardo Wilde, que funda cierta picaresca del gremio médico,
luego parte de sus tradiciones.
El valor de la salud como categoría que organiza el nuevo discurso y la
experiencia médicas, hace estallar los límites corporales según un movimiento de la
higiene que extiende indefinidamente su mirada, que recorta y reconstruye cada síntoma
de acuerdo con una espacialización social de la enfermedad. De ese modo, la salud,
definible antes que nada como una virtualidad que huye hacia el futuro, tiende casi a
coincidir con un programa moral de existencia colectiva.
Una verdadera utopía médica se construye en torno de la expansión del
higienismo y su sólida apoyatura en el aparato del Estado: por una parte, la figura del
"sacerdocio" médico, por otra, la ilusión de una desaparición de la enfermedad, en una
sociedad armónica y equilibrada.
Para ello, ante todo es preciso jerarquizar a la propia capa médica para hacerla
capaz de cumplir su papel histórico. La milicia, el clero y la toga son clases dignas y
respetables tanto por su influencia como
12
Loudet, Osvaldo y Loudet, Osvaldo Elías, Historia de la psiquiatría argentina, Buenos Aires, Troquel,
1971, p. 21 y 30-31.
30
por la honra y bienestar que han conseguido para sus miembros, plantea la Revista
Médico Quirúrgica. "Al hacer a grandes rasgos un paralelo entre cada una de ellas y la
medicina no pretendemos rebajarlas en manera alguna, sino demostrar que los médicos
son acreedores a las mismas consideraciones". 13 La imagen del médico no valorizado
por la opinión pública aparece bastante reiteradamente, y sostiene cierta lucha de la
revista del gremio que, si por una parte se dirige a los propios facultativos exigiendo
"trabajo concienzudo y moralidad severa", concentra sus esfuerzos por el
reconocimiento público sobre las estructuras del Estado: "Existe en nuestro país,
creemos, una incalificable prevención general hacia la clase médica, que hace que los
puestos públicos que deben ocupar se hallen erizados de escollos y dificultades de todo
género". 14
En las páginas de la Revista Médico Quirúrgica, que desde 1875 se presenta
como el "órgano de los intereses médicos argentinos", puede leerse una crónica
quincenal de esa presencia médica que crece con el Estado. La formación de conciencia
médica colectiva, con sus tareas, ideales y mitos, se construye y se expande en ese
discurso, que si, por una parte, hace de la lucha contra el ejercicio ilegal de la medicina
una de sus banderas esenciales, no restringe su opinión y aun su crítica punzante sobre
una serie heterogénea de temas que revelan no solo la extensión de la noción de salud
pública que se maneja, sino la amplitud de esos "intereses" médicos, a los que sirve la
publicación.
La enseñanza de la medicina y la asistencia hospitalaria, tanto como el estado
sanitario de la población o iniciativas y críticas en torno de temas como epidemias,
vacunación, cementerios, limpieza de las calles, reglamentación de la prostitución, ética
médica, movimientos demográficos, meteorología, hallan cabida en la publicación,
junto a artículos extranjeros, a algunas colaboraciones clínicas e informaciones sobre
actividades profesionales y científicas. Todo ello revela hasta qué punto la preeminencia
de la higiene pública, a la que se asocian los nombres de Rawson, Wilde y Coni, no se
reduce a figuras aisladas, sino que forma parte de cierto ideario en el que, sirviendo al
Estado, la capa médica encuentra una dimensión fundamental de identidad, exaltación y
reconocimiento.
La definición que Wilde hace de la higiene pública como "la hi
13
14
Revista Médico Quirúrgica (RMQ), I, p. 206.
Id., I, p. 206 y 334.
31
giene de los pobres" 15 hace posible, por otra parte, que la naciente conciencia médica
se enfrente y critique sin reservas las medidas de gobierno que no están a la altura de su
ideario, a la vez que la repetida referencia a las instituciones y disposiciones francesas
opera como la encarnación visible de los objetivos propuestos. La falta de ejecutividad
del Consejo de Higiene Pública, que carece de miembros con dedicación exclusiva,
motiva las primeras críticas. Pero al mismo tiempo, puede seguirse en esas páginas el
contraste entre los ideales médicos y la realidad del hacinamiento en los hospitales
públicos, a los que no se vacila en calificar de "hospitales-sepulcros" por su escasa
eficacia asistencial. 16
Tampoco falta la afirmación combativa de los ideales positivistas frente a las
tradiciones religiosas que perviven en las instituciones de salud; por ejemplo: ante la
construcción de una capilla en el Hospital de Hombres un redactor se indigna
denunciando el hacinamiento y cuestionando que se empleen fondos de la
Municipalidad para esa obra muy costosa, mientras se posterga a los enfermos que son
"los verdaderos dueños de casa". 17 Los problemas de la limpieza de las calles dan
ocasión a otra denuncia: solo los más torpes e incapaces se emplean forzosamente en los
carros, a causa del sueldo mezquino, que además es abonado con atrasos de hasta siete u
ocho meses. 18
La Revista opera como un médico colectivo y no ceja en la firmeza y
perseverancia de sus consejos, que dirige muy particularmente a las autoridades y a los
sectores que ellas representan. Y lo hace a la vez garantizando su fidelidad de
funciónario público colectivo, y legitimado en la fuerza de esa estatua moral que
construye para sí, junto con las cátedras, los hospitales y las publicaciones. Así, la
propuesta de crear una oficina municipal de nodrizas es ocasión para denunciar la
costumbre de derivar el amamantamiento de los hijos, sanciónándola como un fruto del
lujo y el deseo de ostentación de la clase acomodada. 19
La medicina legal —que merece una cátedra en la Facultad desde 1875, ocupada
por Eduardo Wilde— es otro de los ámbitos en los que la voz médica busca prolongar y
afianzar su acción. Por una
15
Escardó, Florencio, Eduardo Wilde, Buenos Aires, Santiago Rueda, 1959, p.58.
RMQ,, XII, p. 215.
17
Id., I, p. 49. Las bastardillas son de la fuente citada.
18
Id., XII, p. 27.
19
Id., XII, p. 232.
16
32
parte se critica la escasa base práctica de la enseñanza de esa materia, pero al mismo
tiempo se cuestiona ante las autoridades que solo existan dos médicos de policía para
todas las cuestiones médicolegales que puedan presentarse en el municipio. 20 De
cualquier modo, la importancia -aunque sólo académica- adjudicada a los cruces de la
medicina con el derecho, particularmente con relación a la locura y el delito, se pone de
manifiesto en el hecho de que varias tesis médicas se ocupan del tema. Con ello, se
prepara el terreno para el extenso desarrollo de la criminología hacia el fin del siglo, en
torno de las figuras de Francisco de Veyga y José Ingenieros.
En esa pretensión, siempre excesiva y siempre fallida, de vigilar y perseguir
toda condición desfavorable para la salud, la moral, el orden y el acatamiento a la ley,
los valores de la familia y el progreso, el discurso médico va dibujando -a partir de sus
figuras negativas- un verdadero friso de la felicidad y el bienestar. Ese ideal de una
sociedad sin enfermedades coincide con la exaltación de una posibilidad de ilimitado
perfecciónamiento del ser humano. De allí que el humanismo asuma más o menos
explícitamente la matriz de esa figura del médico filántropo, que a su competencia sobre
el cuerpo aúna su vocación por una pedagogía social de las costumbres.
Pero, al mismo tiempo, el reducciónismo de todas las categorías del
desequilibrio o del conflicto humano al modelo de la patología médica, ese
desmesurado afán de totalización que hace homogéneos los órdenes de la biología, de la
economía, de la cultura, del poder político y la penalidad, genera -a la distancia- un
efecto casi grotesco. Si el médico como personaje social es una criatura del siglo XVIII
y el XIX, puede decirse que Moliére anticipó su psicología.
Ese nuevo personaje, desmesurado en sus atributos científicos y morales, que
condensa al sabio y al prudente, al juez y al gobernante, deviene un modelo, a la vez que
se construyen en su alrededor hospitales, dispensarios, reglamentos y una red de
prácticas anudadas alrededor de su presencia vigilante y normativa. Si destacamos ese
relieve del personaje médico, es porque es en él donde el alienista encuentra un punto de
apoyo esencial. Por un lado, parte del otro extremo, podría decirse, no expande la
mitología de la salud al espacio ilimitado de los valores y la conducta social, sino que la
restringe y modela en pequeño, en la célula que cons
20
Id., XII, P. 408.
33
truye con su loco. En la inmediatez del influjo personal que funda el tratamiento moral
se encuentran, como en una preciosa miniatura, implantadas las coordenadas sobre las
cuales busca ordenarse el campo social, básicamente la relación de autoridad.
La medicina moral (Luis Güemes titula así su tesis de 1879) preanuncia la
tecnificación del influjo de la persona del médico mediante una atención más cuidadosa
a sus efectos sugestivos. "La medicina moral no está en los tratados y es patrimonio de
muchos médicos. No se receta. Tiene como base el lazo íntimo que une estrechamente
este binomio intransferible: médico-enfermo, donde se establece una transfusión de
simpatía humana en que uno es receptor [el enfermo, se entiende] y el otro sujeto
irradiante". 21
Si el hábitat del alienista es el hospicio y el del higienista es el todo social, esa
inicial separación de espacios se sostiene en idéntica vocación, al menos en la
Argentina, donde no hay una tradición de desarrollo excesivamente diferenciado de las
especialidades médicas. Así, un texto inicial de la psiquiatría argentina, las
Consideraciones sobre la estadística de enajenación mental, de Lucio Meléndez y
Emilio Coni, aúna al primer alienista con una de las figuras mayores del higienismo. 22
Por esa inflexión normativa, la medicina busca fundar, en su atención expansiva
a las señales de la perturbación, la ficción del hombre modelo, no separable finalmente
de la sociedad modelo. El hombre saludable no es simplemente el soporte material que
sostiene los síntomas: es un nuevo sujeto social y moral el que se dibuja en el horizonte.
Y si el personaje médico es la encarnación de las virtudes de la conciencia burguesa, si
él mismo asiste al alumbramiento, que deja atrás las tinieblas de una práctica médica a
la que ataca por oscurantista, anticientífica (metafísica) e inhumana -mito insustituible
en toda historia de la medicina- la luz que construye a su alrededor se condensa en el
espejismo de esa criatura normal, que le es extrañamente semejante.
Que esta bizarra fantasía haya convivido hasta nuestros días con la realidad
institucional del hospicio; que el ejercicio totalitario de
21
Loudet, 0., "Luis Güemes: un médico cartesiano". En: Médicos argentinos, Buenos Aires, Huemul,
1966, p. 17.
22
Consideraciones sobre la estadística de la enajenación mental en la Provincia de Buenos Aires.
Buenos Aires, Impr. Pablo Coni, 1880. Memoria leída en la sexta sección (Psiquiatría) del Congreso
Internacional de Ciencias Médicas de Amsterdam.
34
una función custodial haya adquirido para sus portadores los atributos del progreso y la
luz: he aquí el efecto de una disociación cuya estructura subjetiva debería alguna vez ser
indagada. Porque en torno de la figura del médico, como paradigma de autoridad,
parecen superponerse los atributos del patriarca, sostenido por la herencia del pasado,
con la del reformador que elige el futuro como su patria.
Osvaldo Loudet, refiriéndose al Dr. Abel Ayerza transmite bien el clima de
veneración que los padres de la medicina supieron construir y transmitir. "Cuando
entraba en el Hospital de Clínicas, pasaba delante de la estatua de Pirovano, su padrino
de tesis, y eso constituía una reverencia previa a sus tareas. Cuando anunciando su
llegada, sonaban las cuatro campanadas rituales, que sumaban el número de su sala,
hasta los árboles que bordeaban su camino parecían inclinarse". 23
Pero si del maestro al discípulo se transmite ese señorío casi feudal, no es menos
cierto, a la vez, que la difusión de la buena nueva, respecto de la enfermedad y la
muerte, requiere otras referencias y tradiciones. "Chaves, Güemes, Ayerza y Sicardi
fueron los cuatro evangelistas de la clínica médica de aquella época". 24
Y no se trata de insistir sobre ese lugar, un poco arcaico ya, de amo que se
hereda junto con la cátedra o la jefatura de sala. En todo caso, interesa más situar el
relieve de ese personaje -que más bien preexiste a sus portadores- como una condición
insoslayable para explorar el campo de la locura, fundamentalmente atravesado por los
temas de la autoridad y la rebeldía.
Por ahora, no se proseguirá más lejos por esta galería, que sin embargo conserva
alguna actualidad. Pero un análisis que busque reconstruir una historia menos manifiesta
del poder, de sus matrices y espacios primarios de organización y ejercicio, no podrá
prescindir de esos reductos de sujeción en tomo de ciertas figuras sociales de autoridad;
la estatua del médico -al igual que la del sacerdote o el militar- forma parte de ellas por
pleno derecho.
Pedro Goyena testimonia la fascinación que ejerce la conjunción de la ideología
médica y la función de gobierno refiriéndose a la oratoria de Guillermo Rawson: "El
fisiólogo se revela bajo el orador: cada discurso del Dr. Rawson es un todo orgánico; su
inteligencia ha adquirido en el estudio de la constitución humana física y moral (porque
también es un profundo psicólogo) una tendencia poderosa
23
24
Loudet, 0., Médicos argentinos, cit., p. 34-35.
Id., p. 45.
35
que lo lleva siempre a establecer el orden, la armonía, la regularidad, encadenándolos
con esas nociones generales que se llaman leyes en la ciencia, sin dar jamás cabida en
sus discursos a lo vago, a lo oscuro y a lo arbitrario". 25
Pero el médico, que encarna a la vez la luz de la ciencia y la devoción del
apostolado, se opone a una naturaleza implacable en sus espectros de muerte y dolor; en
esa lucha, los límites son también una condición de su dimensión moral. En "Tini",
Eduardo Wilde, al corregir a la señora distinguida y algo beata -"no es lo que Dios
quiere sino lo que la naturaleza permite"- preanuncia esa amenaza del crup, signo del
mal multiplicado mil veces por abatirse sobre un niño (igual que en Sin rumbo, de
Cambaceres), y en el enfrentamiento mismo con la fatalidad, la hondura del drama
alimenta la estatura del personaje.
Así, si la ilusión de una ciencia que sirva al progreso forma parte sustancial del
ideario positivista, nadie como el médico, en la densidad de sus atributos y la
trascendencia de su misión sobre la vida y la muerte, la felicidad y el dolor, la
inmoralidad y la virtud, puede encarnar esos valores. Las esperanzas depositadas en las
luces de la razón experimental aparecen sostenidas por este personaje que es modelo, a
la vez, de conocimiento y autoridad. ¿Por qué no ver, entonces, que Eduardo Wilde
inició su carrera hacia el gobierno como médico interno del Lazareto de Coléricos y
control sanitario del puerto de Buenos Aires?
El higienismo
Rawson dictaba clases de Higiene pública paralelas a sus discursos de Higiene
Republicana. Bregaba por la salud física del pueblo, en su cátedra de la Facultad de
Medicina; por la moral republicana desde su banca del Senado. Es curiosa esta similitud
de ideales en campos que parecen distantes y que él sabía aproximarlos para la
salvación total del país. Como médico-físico luchaba por la salud de la colectividad;
como médico-político por la salud de la Constitución.” 26
25
26
Loudet, O., Ensayos…, cit., p. 115.
Id., p. 124-125.
36
Ese espacio de la higiene pública liga cierto destino médico imaginario al de los
proyectos de una reforma social radical, bajo la común ambición de reducir y controlar
la totalidad de los factores desfavorables al progreso humano. Desde la insalubridad
ambiental hasta la miseria, la inmoralidad y el vicio se traza una línea continua que
justifica la búsqueda de soluciones homogeneizadas por las referencias naturalizantes
del discurso médico. En ese sentido, con el higienismo la burguesía encuentra las
condiciones para erigir una nueva figura del reformador social, ungido por la ciencia y
los ideales filantrópicos. Ya no es el revolucionario sino el funciónario abnegado: Louis
Pasteur lo encarna y la medicina se proyecta a una dimensión universal. Loudet puede
decirlo de Emilio Coni: "no fue el médico de lo individual, sino de lo colectivo; no fue
el médico de lo particular sino de lo universal; no fue el médico de enfermos, fue el
médico de pueblos y ciudades". 27
Junto a la estatua del político médico —que Rawson o Wilde en su actuación
pública, encaman ejemplarmente— nace la figura del médico social. La metáfora del
cuerpo social y los mitos de la filantropía parecen sostener esa función que propone
buscar el bienestar general como el modo visible del bien común. En ese sentido, como
se verá, la "medicina del espíritu" es, desde un comienzo, plenamente social.
El lugar de modelo cumplido por la ciencia y la asistencia europeas es algo bien
destacado, pero no opera sobre un espacio vacío, sino sobre la base preformada de un
repertorio de cuestiones cuyas referencias más repetidas son la mala composición
psicomoral de la población argentina y la necesidad de armonizar y educar a la masa
inmigrante. Todo lo cual sitúa desde sus orígenes al movimiento médico social en el
marco de esa grandiosa lucha contra la barbarie, nativa o inmigrante.
Por otra parte, el funciónario higienista actúa en dos escenarios simultáneamente
si por un lado entreteje sus proyectos —y a menudo sus intereses— asociado a la elite
que controla los resortes de la economía y la política, por otro, busca erigirse en la voz
de la población más necesitada. Y no se salda esa ambigüedad recurriendo a la noción
moral de una hipocresía falaz, porque no puede desconocerse que algunas de las figuras
del higienismo sufrieron las consecuencias de su escasa docilidad a los dictados de los
gobernantes. Allí está el ejemplo de Emilio Coni quien rechaza por principios de los
27
Loudet, 0. , Más allá de la clínica, Buenos Aires, Losada, 1958, p. 69
37
que nunca abjuró, la cátedra de higiene, que merecía, porque no había sido designado
por concurso; sufre exilios y muere en la soledad y la pobreza. 28 Por otra parte, el
higienismo mismo parece estar atravesado por enfrentamientos políticos y seguramente,
más allá de las disputas de figuras o facciones, hay una correspondencia entre las
controversias públicas y los proyectos que se enfrentan en el marco de la lucha política
global.
De cualquier modo, esos conflictos no son tan relevantes para los objetivos aquí
propuestos, que buscan caracterizar las proyecciones más generales de ese campo de
representaciones que el higienismo produce sobre la sociedad y sus males. Baste
señalar, más allá del éxito que alcancen o la colocación que el poder gubernamental les
imponga, que la vocación higienista es por definición devota del Estado y eso
contamina cualquier propensión a interpretar los desórdenes colectivos desde algún otro
interés.
Así, atendiendo al discurso que caracteriza las publicaciones de la corporación
médica, puede advertirse que, si busca aunar la defensa de los intereses profesionales
con la difusión de los temas de la disciplina médica, el mirador desde el cual se sitúa
frente a la sociedad está en el centro mismo de los objetivos del Estado argentino, en su
momento de centralización y consolidación institucional.
Eso no obsta para que en su papel vigilante de la salud pública, como se vio, el
discurso médico enfrente medidas de gobierno, y aun se proponga activamente controlar
la política del sector a través de una "revista quincenal del estado sanitario civil y
hospitalario" que encabeza las páginas de la Revista Médico Quirúrgica.
Por otra parte, no puede negarse que en ese movimiento políticotécnico del
higienismo, hay un desarrollo propiamente tecnológico y aun científico que proporcióna
una base para encarar con relativa eficacia problemas sanitarios bastante complejos,
muy acentuados en una ciudad como Buenos Aires, que crece acelerada y
desorganizadamente. Pero esa conciencia médica, a la vez que afirma y legitima sus
posiciones, es no sólo acompañante sino propiamente configuradora de ciertas
estrategias de consolidación del aparato del Estado, en las que converge la política
argentina hacia 1880.
De las epidemias al saneamiento urbano, de la prostitución a la sanción de los
códigos, una gama muy variada de cuestiones alimenta con sus exigencias ese perfil del
funciónario médico, que somete sus poderes primarios a la empresa mayor de vigilar la
gran ciudad. Por
28
Sobre Emilio Coni puede verse Loudet, O., Más allá.... p.67.
38
otra parte, esa función más bien móvil de control, que enfrenta constantemente nuevos
problemas, exige un estilo de formación técnica que rompe con los moldes académicos
tradiciónales. Esto se nota en el carácter de la revista médica, en la que domina la
actualización en la información y la transmisión de experiencias clínicas y nuevas
perspectivas de diagnóstico y tratamiento. "El incesante perfecciónamiento, los
progresos que la ciencia médica hace en los pueblos colocados a la vanguardia de la
civilización, requieren un órgano que imponga a nuestros aventajados practicantes de
los adelantos, investigaciones, ensayos y adquisiciones que hagan diversas ramas de la
ciencia médica". 29 El modelo de la enciclopedia queda trastocado ante esta exigencia de
información constante y siempre revisada que desprecia los sistemas de conocimiento
por las urgencias de la práctica.
La repercusión sobre la enseñanza universitaria de la medicina no se hace
esperar, y es precisamente el estudiante José M. Ramos Mejía, en 1871, quien encabeza
una campaña por la renovación científica de los claustros. La expresión de ese
movimiento –que abarcó toda la Universidad— en la Facultad de Medicina fue la
incorporación a la enseñanza de una nueva generación, "que empezó a lavarse las
manos, creyó en los microscopios e hizo cortes histológicos". 30
El mismo Ramos Mejía fue fundador y primer presidente del Círculo Médico
Argentino, en 1875, en el que actuaron, entre otros, Eduardo Holmberg y Luis Maglioni.
Esa entidad inició la publicación de los Anales del Círculo Médico y formó comisiones
de higiene, medicina nacional, ciencias naturales, patología y clínica, terapéutica y
farmacología, anatomía y fisiología, estadística. Tanto Ingenieros, en el texto citado,
como Aníbal Ponce (en La vejez de Sarmiento) insisten en que ese clima de renovación
científica, que creó centros de estudio y publicaciones y encaró sonadas polémicas en
nombre de los principios del positivismo, se produjo, en gran medida, bajo la tutela de
Sarmiento. Y no viene mal consignarlo, porque la estatua del sanjuanino se constituye,
más allá de su acción, en una enorme figura de identificación, que alimenta el complejo
autorreferencial que intelectuales y profesionales entretejen en una relativa soledad.
29
RMQ, I, p. 1.
Ingenieros, José, "La personalidad intelectual de José M. Ramos Mejía". En: Ramos Mejía, J.M., La
neurosis de los hombres célebres (1878), Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1915.
30
39
Si el higienismo es, por una parte, un resorte de tecnificación del Estado, impulsado
bajo la advocación de las consignas sarmientinas se integra a esa cruzada mítica por el
alumbramiento de una nación.
Muchos son los problemas que la higiene encara en ese vasto campo social
urbano del último cuarto del siglo XIX, aunque aquí solo se busca situar esa perspectiva
para introducir las cuestiones de la medicina mental. Ante todo, porque el marco de las
preocupaciones médico higiénicas es una de las raíces —la otra es el alienismo — no
solo de la construcción de los primeros manicomios en Buenos Aires, sino de una
percepción de los síntomas de la locura bajo el marco de ese ideario de la asistencia
pública, que ve al desviado recortado sobre el telón de fondo de los conflictos de la
ciudad.
De allí la importancia de un texto como el de Rawson sobre los inquilinatos de la
gran ciudad, 31 y no sólo porque contribuye decididamente a la consagración del
personaje, sino porque define e ilustra ese marco global que parece dirigir, por mucho
tiempo, el señalamiento de cualquier patología. Se trata de un médico que se desplaza
desde el hospital o el consultorio a investigar "ese recinto oscuro, estrecho, húmedo e
infecto", la morada del pobre.
La higiene, para Rawson, se opone ya a la concepción privada y limosnera de la
caridad; lo que la impulsa no es tanto el amor al prójimo como el ideal de salud de la
comunidad. "De aquellas fétidas pocilgas, cuyo aire jamás se renueva y en cuyo
ambiente se cultivan los gérmenes de las más terribles enfermedades, salen esas
emanaciones, se incorporan a la atmósfera circunvecina y son conducidos por ella tal
vez hasta los lujosos palacios de los ricos." 32 Es explícito el propósito de mover a que
sectores de la gran burguesía —y del Estado— contribuyan a la construcción de
viviendas económicas para alquiler, movidos por la amenaza de esos focos de
enfermedad.
La fatalidad de la naturaleza reajusta decididamente su significación con este
señalamiento que instala los agentes de la enfermedad en el hábitat del obrero. Y no
deja de ser significativo que José M. Ramos Mejía introduzca su investigación sobre las
masas argentinas con la misma metáfora: el virus.
Por otra parte, el inquilinato que Rawson viene a exhibir está del
31
Rawson, Guillermo, "Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires" (1884). En: Escritos
científicos, Buenos Aires, Jackson, 1945, p. 40.
32
Id., p. 41
40
lado de la oscuridad y el aire viciado; afuera está el sol y la pureza, el significante
mayor de los mitos morales anudados en torno de la salud. Las tinieblas del inquilinato
repiten la lobreguez y el encierro de los locos de Bicêtre y ubican el gesto —más bien
simbólico— de Rawson en las huellas de la leyenda fundacional construida en tomo de
Pinel. Una raíz moral común enlaza el enfrentamiento a la locura, que es también
oscuridad y vicio de la razón, con esa proyección del higienismo a la lucha universal
contra las tinieblas del atraso.
Rawson se esfuerza en una campaña destinada a construir casas de alquiler para
obreros, y para ello propone la organización de sociedades de inversión con apoyo de la
banca privada nacional y extranjera. Su ambición alcanza a la pretensión de resolver a la
vez la higiene de los pobres y asegurar una adecuada rentabilidad a los propietarios, en
este caso inspirado en la acción benéfica de Mr. Peabody en Londres.
El viejo proyecto de civilización parece resignar sus valores mayores para
concentrarlos en los efectos esperados de una vivienda ordenada, base de la
organización familiar y el amor al trabajo: "ochenta mil obreros bien alojados, con la
plenitud de su vigor fisiológico para el trabajo, moralizados al mismo tiempo por ese
aire puro que respiran, y rodeados en su mayor parte de sus familias a cuyo bienestar
consagran sus esfuerzos y sus economías, son otros tantos que se han salvado de las
garras de la miseria". 33
Esa moralización tiene un blanco principal, que parece condensar todas las
lacras: el alcohol. Así es como Rawson —inspirado siempre en ese gran filántropo que
fue Mr. Peabody— propone prohibir, bajo pena de expulsión inmediata, la embriaguez
en esas soñadas casas de trabajadores. Al que quiera emborracharse le basta con ser
propietario de su vivienda.
Si las nociones de la medicina alcanzan esa función modelo para indagar los
caracteres de la sociedad, no es solo por el prestigio del positivismo, en su versión más
biológica, sino por esa bipolaridad fundamental que establece entre lo normal y lo
patológico. De allí que las propuestas de la higiene pública puedan ser presentadas
como el signo manifiesto del avance de la civilización. "El pueblo ve amenazada su
tranquilidad y comprende que de la falta de higiene pueden dimanar multitud de males
que es imposible prever. La higiene
33
Id., p. 62-63.
41
es la primera necesidad en efecto de los pueblos—, su conservación y fomento el
principal deber de los gobiernos; el estado de ella en un país, es también la mejor prueba
del estado de adelanto e ilustración a que ese país ha llegado". 34
La presencia periódica de las epidemias contribuye indudablemente a imponer la
necesidad de medidas higiénicas de prevención. Inicialmente, lo hace a partir de una
concepción que todavía ponía el papel causal de las pestes en "las emanaciones,
miasmas, efluvios o exhalaciones" provenientes de sustancias orgánicas, animales o
vegetales, que los vientos arrastran sobre Buenos Aires, rodeada de lugares con gran
abundancia de materias orgánicas capaces de convertirse en múltiples focos
epidémicos. 35
Luego el foco se desplaza de la materia orgánica al recinto físico y moral de los
pobres. Como sea, la cruzada higienista requiere de algún fantasma de muerte para
alimentar su propia expansión. Y no se trata de desconocer que las epidemias producían
muertos por millares, sino que lo que se quiere destacar es que con ese espectro siempre
presente de la enfermedad se amasaban paralelamente las figuras del vicio o la
inmoralidad como una peste tanto o más peligrosa para el destino de la civilización.
Con ello, la función del médico social —como la del sacerdote— encuentra su
garantía en el futuro. La prevención no es solo la anticipación de las enfermedades que
deben evitarse; a la vez, en cuanto implica un sobrepasamiento de la mirada médica
hacia la previsión, es la condición misma de ese sueño de salvación que envuelve a la
higiene: un mundo del que hayan desaparecido todas las figuras del mal. Más aun, esa
exaltación del rol social del médico fantasea, paradójicamente, con la desaparición del
personaje clínico sustituido por esa función higienista, que asegurará la salubridad de la
nación.
Pero el destinatario central del dispositivo higiénico —en el cual hay una gran
distancia entre los ideales y la eficacia real— es la masa anónima desposeída, que no
tiene acceso ni por su situación económica ni por su posición social a los beneficios de
la medicina privada.
El pueblo, como sujeto social, esa representación gregaria de una mayoría sin
nombre ni propiedad, queda, en uno de sus anclajes, bocetado en esa zona de la
enfermedad y el vicio. Así, se
34
35
RMQ, 1, p. 297.
Id., 1, p. 298.
42
realimenta esa descalificación de las masas que es inaugural en la conformación liberal
de la nación; una zona definida de desvío racial o moral de la población parece
despertar, para los dueños de la república, desde siempre, una básica desconfianza, que
es un sentido menos visible de la prevención.
La asistencia de los locos
La intención de separar a los locos, respecto de la población de enfermos
internados en los hospitales generales, responde a objetivos que son a la vez de
ordenamiento administrativo y de intención ejemplarizadora. La figura del loco va
requiriendo una distancia que depende de los criterios de discriminación que aporta la
nosología francesa tanto como de un ajuste en la noción misma de locura, cada vez más
amasada con los temas morales de la improductividad y la rebeldía.
Por otra parte, en un comienzo no se trataba tanto de separar al loco para asistirlo
mejor sino de procurar un beneficio a los enfermos con los que se mezclaba, y que ya
eran categorizados de otro modo por la naciente conciencia médica. En los hospitales
generales, las dos terceras partes de los internados eran locos crónicos y su reubicación
era antes que nada una exigencia para la reforma de la asistencia de los enfermos
orgánicos.
Al mismo tiempo, si el desarrollo de la medicina, a partir de la creación de la
Facultad en 1852, venía a simbolizar muy especialmente el proyecto civilizador, en la
imagen de los locos hacinados o desprotegidos venía a localizarse el atraso y la barbarie
del régimen derrocado. Sin embargo, durante el primer período de la reforma médica,
los hospicios permanecieron en condiciones bastante semejantes a la de la situación
anterior, como espacios de reclusión. Del mismo modo, recién en 1886, a tres décadas
de la creación de la Facultad, existe una cátedra específica de enfermedades mentales, a
cargo de Lucio Meléndez.
La creación de los manicomios de la capital responden a iniciativas y
jurisdicciones distintas en hombres y mujeres, y ése será el comienzo de una separación
que se mantendrá por varias décadas. El Hospicio de Mujeres —al igual que otros
establecimientos desti
43
nados a mujeres y niños— depende de la Sociedad de Beneficencia, mientras que el
Hospital General de Hombres, el Hospicio y otros dependen de la Municipalidad.
La creación de los manicomios tiene sus leyendas y sus progenitores: Tomasa
Vélez Sarsfíeld y el Dr. Ventura Bosch, de la Sociedad de Beneficencia y Filantrópica,
respectivamente, conforman, a la caída de Rosas, una pareja mítica consagrada a la
empresa de librar al loco de dolores y desgracias. "Si Bosch pudiese representar la
Medicina y Tomasa Vélez Sarsfíeld la Caridad, habría que unirlos en el mismo
sentimiento que animó su obra: la simpatía por el enfermo mental, la imperiosa
necesidad de aminorar sus sufrimientos, el deber de caridad de salvarlo de la muerte del
espíritu." 36
El primero de los manicomios que se inaugura es el de mujeres, en 1854, y ya
nace en esa matriz ambigua que superpone libertad —para las que antes estaban
encerradas en la cárcel— y encierro, para las que deambulaban por los suburbios. Un
testimonio describe la situación de las locas antes de la intervención filantrópica:
"estaban amontonadas en la cárcel, en una verdadera cloaca, faltas de aire y luz, de
aseo", otras vagaban "a las orillas de la ciudad buscando un pobre abrigo contra los
rigores de las estaciones y de la intemperie en las cercas de las quintas." 37
¿Cómo era la vida en el manicomio de mujeres en esa etapa inicial? El artículo
citado insiste en las condiciones higiénicas y en el trabajo como medio moral de
tratamiento; en un taller cosen para el ejército. 38 Los hábitos morales de laboriosidad y
buena conducta se estimulan por un sistema de recompensas que usa como premios
salidas fuera de la casa, vestidos nuevos, mate o cigarros. Al mismo tiempo, las
prácticas religiosas ocupan un lugar tan destacado en la vida del asilo que más que un
hospital —dice Ingenieros— parece una casa de recogimiento.
En esa regulación moral de la conducta —que casi carece de presencia médica—
el trabajo es ya una condición de la cordura, pero en un marco, unido al papel de la
religión y la presen
36
Loudet y Loudet, Historia..., cit., p. 32.
El Orden, 4 de diciembre de 1855. En: Meléndez y Coni, Estadística..., cit., p. 19.
38
Sociedad de Beneficencia de la Capital. Su origen y desenvolvimiento, 1823—1923, Buenos Aires,
1924, II, p. 57.
37
44
cia protagónica de las monjas, que asimila muy directamente la locura femenina a una
posición infantil. Y ese modelo de "buena niña", que debe internalizar hábitos virtuosos,
domina ese espacio de educación mediante premios y recompensas.
En esa concepción se transparenta una raíz religiosa: la locura es asimilada a una
suerte de pecado y sería posible sustraerse de ella con la fuerza de la voluntad, el trabajo
y la oración. Durante años, queda eclipsada la función médica, reducida a una visita
breve; quince años después de su inauguración, el Hospicio de Mujeres aún carece de
un médico-director y de médicos auxiliares con las funciones que ya tenían en el
Hospicio de las Mercedes. 39
Si el primer manicomio establecido es el de mujeres, esto no autoriza a pensar en
una mayor preocupación por la locura femenina, porque para instalar a las mujeres
alienadas se utilizan edificaciones ya existentes, mientras que para el establecimiento de
hombres se decide la construcción de un edificio nuevo y especial.
El número de internadas crece aceleradamente y de las 60 iniciales (1854) trepa
hasta 451 en 1878. Entre 1854 y 1878 ingresan 2.310 mujeres, de ellas salen 1.519 vivas
y 446 muertas; la mortalidad es de alrededor del 20% y se incrementa en años de cólera,
como 1867 y 1874. 40
La creación y desenvolvimiento del Hospicio de Hombres sigue un trámite
distinto; en 1858 es votada por la legislatura de Buenos Aires la construcción de una
Casa de Dementes en las proximidades del Hospicio de Mujeres. Se inaugura en 1863,
con 123 internados, pese a que su capacidad era de 120; es decir que el exceso de
población comienza ya con el nacimiento del asilo.
Tanto Meléndez y Coni como Maglioni contribuyen a la historia negra de la
situación de los locos antes de la creación del hospicio, en el "cuadro de dementes" del
Hospital General de Hombres: en condiciones de "completa aglomeración", "en
calabozos húmedos, oscuros y pestíferos", "sin otra cama que el desnudo y frío suelo",
"aquello no era un asilo de caridad, era más bien un depósito de seres humanos, sumidos
en la más espantosa miseria". 41
Pero más allá de la simbología de la luz y las declaraciones filantrópicas, según
el testimonio de los citados Meléndez y Coni, esa condición de depósito para locos
abandonados no cambia con el
39
Maglioni, Norberto, Los manicomios, 1879. Tesis de doctorado.
Meléndez y Coni, op. cit., p. 22, 23 y 27.
41
Id., p. 7. Maglioni, op. cit., p. 27.
40
45
traslado al nuevo establecimiento. Cuando se retiraba el médico se iba el personal,
dejando a los alienados encerrados; por otra parte, no había forma de hacer cumplir las
prescripciones médicas. Ante esta situación, Uriarte —designado director en 1864—
apela al recurso heroico de pasar las noches en el hospicio para disciplinar al personal.
En 1876, a la muerte de Uriarte, Lucio Meléndez se hace cargo de la dirección
del establecimiento, y con él la doctrina y la tecnología del alienismo, inspirado en Pinel
y Esquirol, entran definidamente a organizar el espacio del Manicomio de Hombres. En
ese sentido, la diferencia con el Hospicio de Mujeres es bien notoria y se mantiene
durante bastante tiempo. El aumento de las internaciones obliga a realizar sucesivas
ampliaciones, en las que trabajan los propios internados; también realizan tareas
agrícolas en el propio establecimiento.
Sin embargo, tal como sucedió con los hábitos arraigados de los asistentes en
tiempos de Uriarte, muchas intenciones fracasan ante la realidad de una institución que
en gran medida sigue siendo heredera de viejas prácticas de segregación y abandono del
loco. Así es, como el hacinamiento nace junto con el hospicio: "¿Cómo esperar, pues,
que una casa en estas condiciones se convierta en un instrumento de curación, cuando la
falta de espacio nos obliga diariamente a alojar tres y cuatro personas en una habitación
de 30 metros cúbicos, a poner camas en la galería y a hacer comedores generales en las
mismas." 42 Según el testimonio de la tesis de Maglioni, en el Hospicio de las Mercedes
los 300 internados —en un espacio calculado para 120— estaban a cargo de un solo
médico, quien además debía asumir todas las responsabilidades administrativas del
cargo. En el Hospicio de Mujeres, como ya se dijo, la situación era peor.
El número de internaciones masculinas crece significativamente: en 1865 ya hay
364, y en 1878 llegan a 690. Entre 1864 y 1878 se produjeron 4.121 ingresos, de los
cuales salen vivos 3.210 y muertos 714; la mortalidad es algo inferior a la de las
mujeres: 17%.
La población de los hospicios crece explosivamente y en forma correlativa al
aumento de la curva demográfica por el ingreso inmi
42
Meléndez y Coni, op. cit., p. 11.
46
gratorio. 43 Los manicomios se llenan de inmigrantes: las dos terceras partes de los
varones internados son extranjeros, y de ellos la mitad son italianos; entre las mujeres,
más de la mitad son argentinas y de las extranjeras la mitad sigue correspondiendo a las
italianas. 44
El predominio de inmigrantes varones que viajaban solos parece reflejarse en ese
predominio de los extranjeros en el Hospicio de las Mercedes. Lo mismo puede decirse
de la diferente distribución del estado civil: son solteros el 70% de los hombres
internados y el 41 % de las mujeres; las viudas (17%) predominan netamente sobre los
viudos (4%).
En cuanto a las edades, el 70% de los hombres y el 62% de las mujeres tienen
entre 21 y 40 años. No hay datos sobre instrucción de los hombres, pero sí de las
mujeres internadas en 1879: más de la mitad carecen de instrucción.
Respecto de la ocupación los datos sobre hombres muestran un predominio muy
neto de oficios manuales sin mayor especialización, particularmente jornaleros, los que
junto con labradores, albañiles, zapateros, carpinteros, changadores, cocineros, etc.,
constituyen el 80% de la población internada; pero también es elevado el número de
comerciantes. Por otra parte ningún sector deja de tener algún representante en el
hospicio: hacendados, militares, sacerdotes, profesores y estudiantes, abogados, y aun
médicos.
De cualquier modo, las estadísticas de Meléndez y Coni muestran que en el
período abarcado (1864-1878) solo un porcentaje reducido (menor del 10% y algo
superior en las mujeres) sufre internaciones prolongadas. El manicomio parece ser más
bien un lugar de paso; y tampoco es grande el número de reinternaciones: de las más de
dos mil mujeres que pasan por el asilo solo un centenar se internan más de dos veces.
43
Entre 1864 y 1878 ingresan al Hospicio de las Mercedes 4.121 personas, es decir un promedio de 275
por año; entre 1892 y 1896 ingresan 2.350 y el promedio anual asciende a 506. En 1895, el total de
internados en asilos públicos es de 1.608; trece años más tarde, en 1908, es de 4.632. Fuentes: Meléndez y
Coni, Op. Cit.; Borda, José T., Consideraciones sobre el pronóstico de la alienación mental, 1898, tesis
de doctorado. Gaché, Samuel, El estado mental de la sociedad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1881.
Cabred, Domingo, Discursos de inauguración de asilos y hospitales regionales de la República
Argentina.
44
Fuente: Meléndez y Coni, op. cit.
47
Paralelamente nacen los primeros establecimientos privados: el Instituto
Frenopático es de 1880, y con la obra de José M. Ramos Mejía, los temas de la
psicopatología alcanzan una difusión que llega a un público no especializado. Hacia el
comienzo del siglo, el tema de la locura atrae a intelectuales y profesionales de otras
disciplinas. Asi es como los almuerzos que José M. Ramos Mejía ofrecía, como
Director del Frenopático, congregaban a lo más destacado de la intelectualidad porteña;
además de sus discípulos José Ingenieros y Francisco de Veyga, eran asiduos Lugones,
Payró, Florencio Sánchez, Juan A. García, Mariano y Joaquín de Vedia, Carlos O.
Bunge, Angel Estrada, Rodolfo Senet. 45
La noción de enfermedad mental y la intervención del médico transforman el
marco inicial de una filantropía, demasiado apegada a los rituales de la caridad cristiana,
si bien, como se vio, el proceso es desparejo en ambos manicomios. En ese movimiento,
en el que la figura y la actuación de Lucio Meléndez resultan fundamentales, la
filantropía asumirá un ordenamiento positivista y derivará en tecnología alienista.
El texto de Meléndez y Coni da cuenta de un momento inicial del aprendizaje
que el espacio manicomial hace posible. Ante todo, aparece como un relevamiento y un
primer intento de poner "orden" en esa población, reunida por razones de
administración de los establecimientos de internación, antes que por razones centradas
en las posibilidades del tratamiento. Pinel muestra el camino: un buen médico de locos
no se envanece de sus curas aisladas sino que es un juez severo para sí mismo; "si dirige
un gran establecimiento, hace relevamientos de los enfermos mes por mes, año tras
año, y busca después de un tiempo cuáles son los resultados de un método prudente, que
le inspira todavía dudas, es decir que examina qué relación hay entre la totalidad de los
enfermos y el número de curaciones obtenidas". 46
Antes que la imposición de una grilla de clasificación, el alienismo impone la
observación metódica y el seguimiento cuidadoso de la evolución: que la locura
despliegue sus formas en un espacio que va acondiciónándose para objetivarla.
Presionada por el incesante número de internaciones, esa primera estadística -que se
redacta en
45
Ingenieros, J., La personalidad intelectual..., cit., p. 52-53.
Pinel, Ph., Traité médico-philosophique sur 1'aliénation mentale, 2 ed., París, Lib. Brosson, 1809, p.
VI.
46
48
francés para ser presentada en el Congreso Internacional de Ciencias Médicas de
Amsterdam- sirve al propósito de colocar a los manicomios argentinos tras la senda de
Pinel.
Una analogía, por una parte, y rasgos diferenciales, por otra, caracterizan las
relaciones entre alienismo e higienismo. La analogía surge de la noción común de
epidemia; porque a partir de la focalización del interés en la correlación entre locura y
progreso social, el tema de los devaríos colectivos tiende a definirse según el molde de
una "epidemia psíquica". Pero al mismo tiempo, la medicina mental, como se verá,
delimita un espacio de acción privilegiado y restringido -el manicomio- y afina una
herramienta más directa y personal: la propia figura del alienista. Con todo, el
tratamiento moral, que es una tecnología de sujeción y educación que nace con los
manicomios, rescata muchos de los caracteres del personaje filantrópico: autoridad,
presencia ejemplarizadora, respeto a las jerarquías.
Es cierto que una exigencia científica, proveniente de la medicina experimental,
presiona sobre la empiria moralizante del alienismo para forzar un abandono de esa
percepción demasiado espontánea de la locura. Pero el paradigma de la enfermedad
orgánica nunca terminará de imponerse a la medicina mental, y las dos tramas -social y
propiamente médica- diferenciadas o entrelazadas, explícitas o veladas aparecerán
constantemente en los discursos de la locura sin confundirse ni resolver su propia
tensión.
El dispositivo psiquiátrico -y, al poco tiempo, criminológico- se constituye
propiamente en la Argentina a partir de 1880, después de la creación de los hospicios y
las cátedras y con los primeros textos, debidos fundamentalmente a José M. Ramos
Mejía y Lucio Meléndez. Desde ese momento constitutivo, la primera tesis alienista,
debida a Diego Alcorta (1827: Disertación sobre la manía aguda), e inspirada en Pinel,
y algunas otras posteriores quedan como incursiones más bien académicas que
introducen el tema sin mayores consecuencias, ni en la práctica institucional ni en la
producción de un cuerpo doctrinario e ideológico en tomo de la locura. En este sentido,
Meléndez y Ramos Mejía aparecen repartiéndose inicialmente un terreno casi virgen.
Uno lo procesará desde la óptica de la incorporación institucional de la tecnología
alienista y el otro, inspirado en Sarmiento y Vicente F. López, confrontará la locura con
la historia social reciente.
La medicina mental y sus derivaciones, tienden a organizarse con una relativa
autonomía respecto del campo global de la medicina. Ya
49
hacia fines del siglo va organizando sus propias publicaciones y asociaciones,
muy ligadas a los hospicios, las cátedras y la institución penal. Los mismos personajes
circulan ocupando los lugares claves y sosteniendo los discursos fundadores. Sin
embargo, cabe distinguir un primer período de "aprendizaje", básicamente concentrado
en el espacio manicomial y organizado en una tarea de observación y objetivación de la
locura, en una delimitación de funciones y atribuciones respecto de otras instituciones:
filantrópicas, policiales, judiciales, o de la medicina clínica. Este proceso de
acondiciónamiento del aparato alienista que puede seguirse en los textos de Meléndez,
parece replegarse sobre la interioridad y la regularidad de las relaciones que alienista y
loco anudan en el espacio asilar. En esta zona del dispositivo de la locura se construye
una experiencia clínica y moral que aporta decisivamente a una renovación tecnológica
del alienismo. Entonces, en el interior de un recurso de observación -cuyo eje es la
semiología, que preorienta la observación de los síntomas, su combinación y
correlación- va dibujándose y problematizándose la cuestión de la relación médicopaciente, en una dimensión que excede el campo de la medicina mental. Alrededor de
esa relación privilegiada, y del influjo que emana del médico como figura de autoridad,
se instaura un paradigma de dirección de la conducta y de rectificación moral de las
desviaciones.
Sin embargo, el corte respecto de la medicina social, extendida al espacio urbano
a través del higienismo es solo aparente y en verdad casi aparece, a la distancia, como
una astuta división de funciones. El manicomio es como un banco de prueba, un
laboratorio circunscripto en el que pueden elaborarse los recursos del control que la
ideología higienista permite difundir a través de su acción pedagógico-social. Meléndez,
primer alienista, puede entonces asociarse con Emilio Coni, higienista y "médico de
ciudades" en la presentación de la Estadística citada. Como se verá, en el capítulo sobre
las causas de la locura, acentuadamente ubicadas en los desórdenes del medio familiar y
social, alienismo e higienismo anudan una asociación que es más estratégica que
conceptual. En esa zona de convergencia, que prepara el advenimiento del discurso
criminológico -de máxima coherencia y funcionalidad- se delinea una medicina mental
política, que se hace cargo explícitamente de las cuestiones del "orden público"
necesarias para un armónico gobierno de las masas: el alcohol y la sífilis, los
matrimonios, la instrucción y el trabajo, los caracteres psíquicos y raciales de la
población, la condenación de todos los excesos y el control de las pasiones.
50
2. El espacio manicomial
El alienismo
Lo esencial de la nueva tecnología de la locura no radicó tanto en la definición
científico-médica de la enfermedad mental ni en la constitución de una particular relación
médico-paciente -algo que vendrá a prevalecer posteriormente, en los albores de la
psicoterapia- sino en la transformación de los procedimientos de la internación y el
desarrollo de una práctica asilar; el baluarte de esa renovación fue la institución del
manicomio.
En ese sentido, en la obra de Pinel debe distinguirse la contribución propiamente
nosológica de su acción de reforma de la institución del internamiento, de la que surge el
movimiento y la doctrina alienista, y que es, sin duda, no solo su obra más original, sino
aquella a la que su nombre ha quedado definitivamente asociado. El Traité médicophilosophique sur l'aliénation mentale, de 1801, que tiene varias reediciones, rinde
cuentas de la experiencia de Pinel en los asilos de Bicêtre primero, y la Salpêtrière
después. Más que un tratado sobre la locura, del tipo de las obras clasificatorias típicas del
siglo XVIII, consiste en un manual acerca de la dirección de la conducta y las pasiones en
el marco de una institución acondicionada para tal efecto. En ese sentido, mucho antes de
Wundt, la obra de Pinel da cuenta de una psicología instrumentada en un marco
institucional, como práctica de gobierno de las pasiones, que no es ajena ni a los ideales
de la Ilustración ni a los métodos del Terror.
En nuestro país, la influencia de Pinel aparece ya en la que será la primera tesis
psiquiátrica, la Disertación sobre la manía aguda, de Diego Alcorta, (1827). Pero en
este primer texto es la nosografía la que lleva la delantera, no porque D. Alcorta no
conociera
51
el traité, sino porque su ámbito de experiencia ⎯el "loquero" del viejo Hospital de
Hombres⎯ no hacía posible captar lo que el "tratamiento moral" inauguraba en el orden
de la institución asilar. De cualquier modo, la tesis de Alcorta permaneció inédita y
desconocida hasta que Groussac la publicó en los Anales de la Biblioteca 1 setenta años
después. En ese sentido, no tuvo influencia efectiva en la conformación del dispositivo de
la locura; ninguna de las tesis sobre el tema, en el período considerado, cita a Alcorta,
cuyo texto fue recuperado tardíamente y encontró retroactivamente un lugar en la historia
de la psiquiatría argentina.
Es decir que el influjo más tecnológico de Pinel, asentado sobre la reforma de las
instituciones asilares según el paradigma de un gobierno moral de la conducta, sólo llega
a afirmarse en la Argentina por la acción de Lucio Meléndez.
Ante todo, hay que advertir contra una falsificación que es un lugar común en la
historia de la medicina mental. Según una crónica lineal y acumulativa suele proponerse
que la locura pasó, de una consideración mágica y religiosa a ser objeto de los recursos y
los criterios de una medicina organicista, de acuerdo con los postulados de la ciencia
experimental. Siguiendo esa ficción se propone que con Freud y, más decididamente, en
el siglo XX, las cuestiones de la patología mental merecen una consideración psicológica
que pronto se amplía a la determinación social y la intervención comunitaria.
En realidad, si se toma a Pinel y la escuela alienista como el comienzo de una
moderna experiencia de la locura, lo que domina en el gesto inicial y en la reforma
propuesta no es un énfasis sobre el organismo sino una percepción y una sanción moral de
la locura. Dice Pinel: "uno de los preconceptos más funestos para la humanidad y que, tal
vez, constituye la causa del deplorable estado de abandono en el cual se deja a casi todos
los alienados, es el de focalizar su mal como incurable y atribuirle una lesión orgánica en
el cerebro o en cualquier otra parte de la cabeza. Puedo asegurar que, en la mayoría de los
casos que reuní sobre manía delirante, convertida en incurable o terminada con alguna
otra enfermedad funesta, todos los resultados de la autopsia de los cuerpos,
1
Tomo II, p.181.
52
comparados con los síntomas que se manifestaban, prueban que esa alienación posee, en
general, un carácter puramente nervioso y que no es producto de ningún vicio orgánico de
la sustancia del cerebro". 2
Las pasiones humanas vehementes están ordinariamente en el origen de la
alienación, 3 y justamente el discurso alienista encuentra un eje doctrinario de su
conformación en la oposición de la pasión y el entendimiento. Con lo cual su destino se
cruza con el del filósofo, a veces con una directa convergencia de funciones, como en el
caso de Diego Alcorta: "La inteligencia de que está dotado el hombre ha sido siempre un
punto del mayor interés para el filósofo: primer atributo de la especie humana, no ha
podido menos de atraerse la atención del hombre pensador, para rastrear su mecanismo y
darse cuenta de sus fenómenos variados".
Así comienza la tesis de Diego Alcorta, preanunciando su trayectoria filosófica
ulterior. El espectáculo de la razón extraviada, de la que fue testigo en su actividad
médica en el viejo Hospital General de Hombres, llama a la vez al filántropo que se
conmueve ante la desgracia y al filósofo que se interroga acerca de la condición humana.
Alcorta inaugura así una senda que otros también recorrerán: notoriamente Alejandro
Korn y José Ingenieros. Casi podría afirmarse que Alcorta recorre en sentido inverso el
camino conceptual de Pinel; después de su descripción de la manía aguda, es la
"ideología" de Cabanis y Destutt de Tracy la que dirige su docencia propiamente
filosófica.
Desde el comienzo, el punto de anclaje del discurso pineliano sobre la locura se
inscribe en el marco de una interrogación sobre la condición humana y sus áreas de
oscuridad o irracionalidad: "qué de contactos tiene, bajo ese aspecto, la medicina con la
historia de la especie humana". 4
Por otra parte, si el alienismo se constituye como una especialidad médica, al mismo
tiempo lo hace tomando distancia respecto del fundamento experimental y fisiológico
que organizaba el corpus teórico de la medicina general. Mientras que el método
anatomopatológico se orienta a la búsqueda a la búsqueda de la sede orgánica de la
enfermedad, la atención de la medicina mental se dirige a los síntomas, busca obser
2
Citado por Robert Castel, A ordem psiquiátrica, Rio de Janeiro, Graal, 1978, p.109.
Pinel, Op cit., p.II.
4
Id., pp. II-III.
3
53
var detenidamente las señales de la enfermedad, en el orden de su aparición, en su
desenvolvimiento espontáneo y en su término natural. El espacio de observación y
objetivación que inaugura abre el campo de la mirada clínica, que no solo busca más allá
de la superficie corporal, sino que, a través de ese espacio moral de las pasiones, extiende
su vigilancia indefinidamente. Entre el síntoma ⎯que se resuelve en la clasificación
nosográfica⎯ y el tratamiento, que el propio manicomio encarna con sus estructuras y sus
jerarquías, el campo de representaciones de la locura sufre una evidente transformación,
que equivale a un pasaje de la percepción singular a una función universal: la esperada
reintegración de la razón.
Los valores del alienismo son, explícitamente, el marco doctrinario de la empresa
de conformación del espacio manicomial encarada por Lucio Meléndez. Pero el primer
requisito para constituir el nuevo ámbito de objetivación y dominio de la locura es la
producción del propio alienista como figura de autoridad, y esta exigencia subyace a
diversas polémicas y enfrentamientos que el nuevo director sostiene con autoridades
policiales y judiciales o con los colegas apegados a tradiciones médicas que resultan
anacrónicas. Meléndez proclama que por su autoridad decide sobre las admisiones al
manicomio, y a pesar de que los certificados digan lo contrario, aunque se deban al
médico de la policía, si un paciente remitido no es alienado le da el alta inmediatamente. 5
Y esa celosa defensa de su jurisdicción y jerarquía en el plano interinstitucional no
puede separarse de la afirmación de su autoridad en el interior del hospicio, como un
atributo esencial de la figura alienista.
No se ha insistido suficientemente, quizá, sobre lo que las modernas técnicas de
gobierno de las instituciones deben a la obra pionera de Pinel; ante todo, una afirmación
instrumental de la función de gobierno, ya no como atributo de realeza o dominio
meramente despótico, sino como una práctica orientada a producir efectos positivos. "Uno
de los puntos capitales de todo hospicio bien ordenado es tener un centro general de
autoridad que decide sin apelación". 6
Ante todo ⎯es Pinel quien lo dice⎯ la dirección del hospicio no es sino una labor de
gobierno, o sea "el arte de dominar [maîtriser] a
5
6
RMQ, XVI, p. 432.
Pinel, Op.cit., p. 251.
54
los hombres" .Por esa vía que reconoce al loco en una masa humana que debe ser
sometida y dirigida, el mismo movimiento que le reconoce la común condición de los
explotados y los desposeídos le devuelve un rostro humano: el tratamiento moral no
considera a los locos como absolutamente privados de la razón, es decir, como
inaccesibles a los motivos del miedo, la esperanza, o el sentimiento del honor.
El chaleco de fuerza, que constituye una herramienta central en la reforma del
asilo, es consagrado por Pinel como el signo mayor de un cambio radical de las técnicas
de sujeción. Efectivamente, en su economía represiva, a la vez mínima y ampliamente
regulable, en su reversión de la dirección espacial de un sujetamiento que presiona hacia
dentro del cuerpo pero no impide el desplazamiento y aun la deambulación
ejemplarizadora del sujetado, es un símbolo principal de la lógica que el alienismo viene a
inaugurar. Una forma actual condensa la historia de la psiquiatría en una creciente
expansión de la lógica del chaleco: primero el chaleco de fuerza, después el chaleco
químico, ahora el chaleco psicológico.
Por otra parte, un loco enchalecado, a diferencia del que permanecía por años
atado a sus cadenas en una celda, puede ser llevado a la luz para ser estudiado. El símbolo
de la luz ha quedado definitivamente asociado al gesto mítico de Pinel, pero también es la
condición de esa observación que va a definir el lugar del psiquiatra como un gran ojo.
El empleo de las cadenas de hierro en el sujetamiento del loco ⎯con todo un
cortejo simbólico que las asocia a oscuridad, encierro, inmovilidad, y que sitúa el mítico
gesto de Pinel en la exacta medida de una repetición del asalto a la Bastilla⎯ supone una
represión persistente sin matices y sin fin. Y por el gesto mismo que lo ubica en ese
grandioso papel liberador, el alienista se identifica con la luz.
"Conservo todavía el recuerdo de uno de esos alienados que había permanecido
diez y ocho años encadenado en el fondo de un recinto oscuro, y que en el primer
momento en que pudo contemplar el sol en todo el esplendor de su luz radiante,
exclamaba en una suerte de arrebato extásico '¡Ah!, hace tanto tiempo que no veía una
cosa tan bella' ". 7
La dominación de los locos supone alternar la imposición y la persuasión: primero
subyugarlos, enseguida alentarlos y estimular-
7
Id., p. 201-202.
55
los. La modalidad de la represión cambia radicalmente. Un loco podía permanecer
encadenado más de cuarenta años (45 años, en un caso citado por Pinel); nadie aguanta un
chaleco de fuerza apretado por más de unas horas. En primer lugar, la renovación
tecnológica del alienismo ubica a ese instrumento en un lugar privilegiado para el
mantenimiento del orden. 8
Habitualmente basta la contención del chaleco ⎯que por otra parte es el primer
medio de prevención⎯ para evitar agresiones y tumultos; al mismo tiempo, la amenaza
de apretar las cinchas es un poderoso disuasivo contra la desobediencia y la resistencia al
trabajo. Pero, si hay que pasar a la represión directa, la acción debe ser enérgica y su
eficacia rápida. Una internada de Pinel se niega obstinadamente a trabajar: el vigilante
procura castigarla llevándola entre los idiotas, pero ella parece divertida con la
experiencia, salta, baila, y ridiculiza todo. Se le aplica un chaleco a cincha apretando
moderadamente sus espaldas hacia atrás; la joven intenta resistir y mantiene esa prueba
durante un día entero pero el dolor le hace pedir clemencia y ya no se rehúsa a su trabajo
de costura. Cuando insinuaba aflojar en su trabajo se le recordaba, riendo, el "chaleco de
terciopelo" y volvía inmediatamente a la docilidad. 9
Con ello, la palabra del alienista o el vigilante adquiere una particular
importancia. Finalmente, si la represión física debe ser enérgica pero pasajera, de menor
duración que en la época de las cadenas es porque su función prepara la eficacia de la
palabra de orden.
Si las duchas, por ejemplo, pueden ser un medio de represión, 10 antes de dirigir
el chorro de agua ⎯brusca e imprevistamente, aconse
8
"He examinado con un cuidado escrupuloso los efectos que produce sobre los alienados el uso de
cadenas de hierro, e inmediatamente el resultado comparativo de su abolición, y no tengo más dudas
respecto de las ventajas de una represión más sabia y más moderada. Los mismos alienados que,
reducidos a las cadenas durante una larga serie de años, habían permanecido en un estado constante de
furor, se paseaban enseguida tranquilamente con un simple chaleco de fuerza y se entretenían con todo el
mundo, mientras que antes uno no podía aproximárseles sin correr un gran peligro: no más crisis
tumultuosas, no más vociferaciones amenazantes; su estado de efervescencia cesa por grados; ellos
solicitan por sí mismos la aplicación del chaleco de fuerza, y todo vuelve a estar en orden". Ph. Pinel, op.
cit., p. I-II.
9
Id., p. 203.
10
Pinel distingue un uso "terapéutico" y un uso "represivo" de ciertos medios psiquiátricos. La psiquiatría
"moderna" -mucho menos explícita- ha borrado esa distinción.
56
ja Pinel⎯ sobre la cabeza del internado que merece ser castigado, es preciso recordarle la
falta y omisión cometida; debe evitarse un tono de excesiva dureza o términos muy
chocantes; por el contrario se trata de hacerle comprender que es por su propio bien y con
pesar que se recurre a medidas violentas.
Las reincidencias exigen medidas más severas, pero siempre con una aguda
instrumentación del poder sugestivo de la palabra. Ante una mujer que se descontrola y
rompe lo que tiene a su alcance, Pinel recurre a la ducha fría bien fuerte y la inmoviliza
con el chaleco: "para imprimirle un sentimiento de terror le habla con la más enérgica
firmeza, pero sin cólera, y le anuncia que será en adelante tratada con la mayor severidad.
Su arrepentimiento se anuncia por un torrente de lágrimas que derrama durante dos horas.
El día siguiente y los siguientes fueron calmos; los otros síntomas disminuyen
progresivamente y luego de una convalescencia de algunos meses, que no dejó más dudas
acerca de su estado, fue devuelta a su familia". 11
El espacio asilar tiende a asemejarse a una "gran casa de familia", según un
modelo patriarcal, pero a la vez el ideal de un orden jerárquico rige plenamente. 12 Un
orden en el que primen relaciones elementales y directas, influjos afectivos y morales,
pero también jerarquías bien establecidas, disciplina y rigor, bajo ese "centro único de
autoridad" que repite a la familia bíblica. 13 El loco es decididamente un niño y la
institución de tal estado de minoridad por
la acción del campo de relaciones que funda el manicomio es concomitante con la
constitución del lugar directriz del alienista y sus administradores.
Puede decirse que lo más importante que produce el alienismo no es la
incorporación de un abordaje científico de la locura sino esa producción del personaje
alienista, cuyo poder más que de la ciencia proviene de su posición social y moral: es a la
vez juez y policía, padre y director de conciencia.
El mismo estatuto de "objetividad" que opera como justificación médicopositiva del alienismo tiene su fundamento en una relación de sujeción más que en un
ideal científico. El orden y su preservación son cuestiones de gran importancia en la
dirección del asilo, y no solo porque opera como una cualidad institucional que tiende a
11
Pinel, op. cit., p. 206.
RMQ, I, p. 316.
13
M. Foucault, Historia de la locura en la época clásica, México, F.C.E., 1976, II, p. 206.
12
57
ser impuesta como virtud, vale decir "interiorizada", sino porque además es un recurso
técnico esencial: el orden es la condición para obtener observaciones exactas. Convivir
con los internados (algo que en la Argentina hacen Borda y A. Korn por ejemplo),
haciendo realidad esa presencia de una autoridad primaria y familiar, sirve tanto para
preservar el orden como para conocer y estudiar mejor los caracteres, inclinaciones,
peculiaridades de cada loco.
En la medida de lo posible, el loco debe ser dejado en una libertad suficiente como
para que pueda pasar a ser un "caso". Sus características personales, sus antecedentes e
historia reciente, sus capacidades laborales y las circunstancias desencadenantes del
cuadro psiquiátrico son referencias perseguidas por el alienista, que va construyendo una
verdadera "psicología" de la locura, centrada en el caso individual. Por esa vía, y pese a
que en la teoría médica la herencia fuese postulada como la causa principal de la locura,
las causas morales tienden a predominar en la comprensión.
El diagnóstico mismo, su función y contenido no se separan de este recurso
tecnológico que procura conocer no tanto para aplicar un esquema de clasificación sino
para dominar y dirigir: el diagnóstico mismo es un instrumento para el mejor gobierno del
loco.
Un caso de "manía aguda" sirve para mostrar este acento puesto en la
consideración de las causas "morales" de la locura. 14 Se trata de un español, de 33 años,
carpintero, llegado hacía poco al país con su esposa y una hijita. Se suceden diversas
desgracias: pierde varios empleos, enferma y muere su hija, y, finalmente, es abandonado
por la mujer, quien regresa a España. Meléndez describe el desencadenamiento de la
locura como la escena culminante de un drama: "Este día se ocupaba Carmelo en hacer un
pequeño trabajo cerca del puerto. Su mujer pasa próxima a él, le mira y sigue su camino
sin dirigirle la palabra. El no dejó de comprender lo que ocurría; pero con toda humildad
bajó la vista y continuó en sus fatigas". A partir de allí se instala la enfermedad: "la falta
de trabajo, la muerte de su hija menor y la separación de su esposa fueron las causas
ocasionales de su enfermedad".
En casos como éste -donde se va perfilando con nitidez la figura del loco inmigrante- se
conforma un ámbito de aprehensión de la locura como conducta reactiva, en un marco
decididamente narrativo; notorio, por ejemplo, en el siguiente diagnóstico: "Lipe
14
Anales del Círculo Médico, I, p. 343.
58
manía por espiritismo y libaciones alcohólicas a causa de un amor desgraciado". 15
Si la psicología clínica se funda en una método que supone "encarar la conducta
en su propia perspectiva, detectar tan fielmente como pueda las maneras de ser y de
reacciónar de un hombre concreto y completo frente a una situación; intentar establecer su
sentido, la estructura y la génesis, descubrir los conflictos que la motivan y los pasos que
tienden a resolver esos conflictos", 16 puede decirse que el alienismo proporciona el campo
de experiencias y de prácticas que hacen posible su constitución. Esa transformación que
dará origen a un nuevo modelo de relación entre médico y paciente ⎯determinante de una
transformación de la medicina que llega hasta nuestros días⎯ es hecha posible por una
reforma de gobierno y administración de los asilos, cuyo objetivo central es poner orden.
Ante todo, orden en la separación y aislamiento de los distintos cuadros que hasta
entonces se mezclaban y confundían sus caracteres; separar, por ejemplo, los agitados de
los tranquilos y prevenir sus contactos. La distribución metódica de los alienados facilita
las medidas de administración y disciplina, y se constituye en sí mismo en un régimen
físico y moral.
Pero el orden exige no solo el aislamiento recíproco de los internados según
criterios a la vez psiquiátricos (crónicos-agudos; tranquilos-agitados), económicos
(pudientes, o sea "pensionistas" y no pudientes) y morales (colaboradores-rebeldes).
También impone el aislamiento respecto del medio exterior, sobre todo la familia. La
secuestración es una condición del tratamiento moral, y el espacio manicomial no solo
reemplaza a su familia, más que eso se postula como el paradigma de la familia virtuosa y
verdadera.
Si la tentativa de constituir un espacio de internamiento y observación de la
locura viene en la Argentina impulsada por el modelo de Pinel y Esquirol, los resultados
siempre quedaron a mitad de camino. Al comienzo, como ya se dijo, la presencia
médica chocaba con los hábitos de abandono y segregación del loco, y el Dr. Uriarte
debió dar el ejemplo, quedándose a dormir en el hospicio, para impedir
15
16
RMQ. XVIII, p. 512.
Daniel Lagache, La unidad de la psicologia, Buenos Aires, Paidós. 1980, pp. 39-40.
59
que los asistentes se fueran durante la noche dejando encerrados a los internados.
Meléndez se queja en la Estadística ⎯testimonio ofrecido a la mirada europea⎯
porque aún espera la ampliación del manicomio que le permita separar a los agudos de los
crónicos, a los convalescientes de los agitados, a los dementes de los paralíticos. 17 El
hacinamiento parece ser una condición estructural del hospicio, atribuida siempre a la
precariedad de recursos. Sin embargo, más allá de las quejas de los sucesivos directores,
el hacinamiento cobra un valor "en acto" simbólico y transaccional. Porque en ese
estrechamiento del espacio reaparece la vieja imagen del encierro, como una dimensión
represiva permanente, que establece los límites precisos de la "liberación" de los locos.
El hospicio
Foucault trazó la distinción entre un análisis médico y una percepción asilar de la
locura, como dos fuentes de la experiencia psiquiátrica que nunca llegan a conciliarse. 18
Entre el modelo de las especies naturales y el esfuerzo de reconocer, en el silencio del
internamiento, las voces propias de la locura, entre el campo abstracto de una teoría
médica y el espacio concreto del asilo, la psiquiatría nace como una transacción, cuyos
compromisos y oscilaciones pueden seguirse en la relación entre sus promesas y sus
prácticas.
En los asilos de Buenos Aires, pasarán años hasta que el espacio de reclusión se
convierta en un espacio de despliegue de la locura; el alienista, que también es una
criatura del manicomio, nacerá y se desarrollará junto a las nuevas formas de la alienación
mental.
A partir de 1876 Lucio Meléndez se hace cargo de la dirección del Hospicio de
las Mercedes y comienza a publicar sus primeros "casos" en la Revista Médico
Quirúrgica. Con ello se inaugura una nueva experiencia de la locura, que resalta
particularmente si se la coteja con el texto de Diego Alcorta o con un discurso -más
17
18
Meléndez y Coni, Op. cit., p. 12.
M. Foucault, Op. cit., II, p. 85.
60
académico que hospitalario- representado por el joven Samuel Gache.
El caso de "manía aguda", presentado por Alcorta en su tesis, es abordado desde la
consideración abstracta que parte de hacer homogéneas y naturales todas las funciones y
los síntomas. Lo que lo lleva a afirmar que la manía hizo desaparecer en ese caso
afecciones reumáticas previas, y que una inflamación abdominal posterior, revulsiva
respecto de la manía, la hizo desaparecer. El campo propio de la locura se circunscribe a
ese espacio de órganos y sistemas corporales y a la secuencia de un curso evolutivo que
ya está establecido por la nosología.
Un caso con idéntico diagnóstico de "manía aguda" presentado por Meléndez en
1882 permite advertir cómo la abstracción nosológica queda relegada frente al esfuerzo de
un reconocimiento que persiguiendo el rostro propio de la locura extiende su mirada
mucho más allá del espacio corporal. 19 Luis B. es un actor italiano llevado al hospicio
por la Policía, enchalecado y en medio de un cuadro de excitación aguda. El
desencadenamiento del cuadro es descripto por Meléndez de un modo que acentúa el
papel de las conmociones "morales". Luis B. estaba contratado como cantante y actuaba
con mucho éxito en un café de Buenos Aires. Alguien, "un rival", busca su fracaso y
recurre a pagar a un grupo para que lo zahiera desde el público. "Es fácil prever desde ya
el efecto que debió causar en la mente de aquel orgulloso artista ovaciones tan
descomedidas como inusitadas; mas la cultura y exquisita educación de B. le hicieron
soportar con aparente serenidad una tormenta igual; la primera sufrida en los largos años
de su carrera artística. Terminada la función, B. encontró ajada su reputación y agredido
en lo más íntimo su amor propio. Pasó la noche en prolongado insomnio y oprimido por
una angustia tremenda, al extremo de perder la razón en las primeras horas de la mañana
del día siguiente al suceso." La relación del caso sigue narrando con todo detalle las
distintas circunstancias que desencadenaron la internación.
El marco clínico de aprehensión de la locura es esa imagen de excitación y
desborde de las pasiones. Un "prolongado baño de duchas frías" es indicado para "robar
un poco de calor a ese cerebro en completa ebullición nerviosa y sanguínea". Tratado
con baños y cloral ⎯inductor del sueño⎯ fue dado de alta a los catorce días, curado de
su episodio. Sin embargo, la prudencia y la observación del curso
19
RMQ, XIX, p. 8.
61
posterior van formando parte de los atributos necesarios del alienista: Meléndez aclara
que el alta ha sido "condicional".
Con ello se ve cómo la dimensión temporal juega un papel decisivo en la
tecnología alienista, que tiende a concebir los procesos como desarrollándose en un curso
que es preciso respetar y conocer. En ese sentido, si es cierto que el alienista tiende a
concebir su papel como expresión de un sujeto absoluto que es pura mirada, frente a la
locura como puro objeto, no es bajo la cualidad de una realidad inmutable ⎯concepción
ingenua que el alienista tiende a rechazar⎯ como la concibe.
Un texto contemporáneo, surgido de los claustros universitarios, debido a Samuel
Gache, define al loco, por el contrario, como una desviación esencial: es un alma
afectada. "Un loco, sí, ese ser desgraciado sobre quien recae la más grande de las
desgracias, el más terrible de los sufrimientos, el más cruel de los fenómenos patológicos,
porque sus resultados invaden hasta el alma". 20 Esta visión literaria y dramática del
"desgraciado" loco (que sin embargo "es feliz porque vive en un mundo que no es ni el
real ni el que crea el poeta") si por una parte queda adherida a la concepción espontánea
de la locura, no está menos imbuida de una posición religiosa. Es "la propia organización
que ha asignado la creación al hombre" el punto de partida para toda consideración de la
patología mental. Y si bien no es el alma sino el cerebro lo que enferma, al concebirlo
como "el instrumento por el cual ella obra" se le otorga un estatuto de estabilidad y
homogeneidad, en el que domina una concepción espacial y esencial de la locura.
Para la experiencia que se desarrolla en el hospicio, en cambio, la locura es más
bien crisis episódica y curso variable: dejar que el tiempo transcurra es un recurso básico
del alienismo. Algo que, por otra parte, cobra mayor sentido en el marco de esa
experiencia de aprendizaje, en el que la propia función psiquiátrica debe instituirse. No
hay antecedentes de alienistas ni de manicomios en la Argentina, consigna Meléndez, a la
vez que reclama los recursos para conformar la institución asilar según los cánones
europeos. 21 "En la Argentina no hay manicomios porque no hemos tenido alienistas y...
no hay alienistas porque no hemos tenido mani
20
Samuel Gache, La locura en Buenos Aires, Buenos Aires, M. Biedma, 1879, p. 86. Trabajo premiado
en el concurso científico del Círculo Médico Argentino.
21
RMQ, XVI, p. 321.
62
comios"..."los médicos salidos de nuestra escuela en épocas pasadas no tenían las más
mínimas nociones sobre las enfermedades mentales, verdad que nos indujo a trabajar y
obtener la dirección del Hospicio de las Mercedes después del fallecimiento del Dr.
Uriarte". Sigue más adelante: "a mi juicio no existe sino falta de estudio y de
conocimientos que no se tuvo la ocasión de aprender ni de encontrar maestros que
pudieran transmitírnoslos. Un testimonio de ello son los innumerables informes médicos
existentes en nuestros tribunales, y que todos o la mayor parte de ellos, puede decirse, son
deficientes, inclusive los del Consejo de Higiene". 22
"Soy el primero que ha procurado investigar en las causas de la locura" proclama
Meléndez 23 asumiendo su función como una misión histórica: "el rol que me está
demarcado en la vida social y científica". 24 Y efectivamente, el embrionario dispositivo
alienista se liga de cerca a su figura y su trayectoria durante casi dos décadas. Ante todo,
persigue establecer y defender celosamente la autonomía y la estricta jurisdicción médica
sobre la locura; secundariamente, enfrentar a la vieja generación de facultativos reacios a
renovar sus nociones y sus técnicas.
A lo largo de varios números de la Revista Médico Quirúrgica, en 1879, Lucio
Meléndez polemiza con Osvaldo Eguía, director del Hospicio de Mujeres, en torno de los
criterios de admisión, del diagnóstico, de la participación policial en las derivaciones y la
actitud a seguir frente a los alcoholistas. El objetivo que anuda todos los temas de la
polémica es la delimitación de lo que es un "verdadero manicomio". "No me refiero por
ahora a los manicomios de caridad, no; hablo de los asilos de locos construidos con
arreglo a los conocimientos clínicos y científicos que hoy se poseen en el estudio de la
psiquiatría moderna." 25
¿Cómo establecer criterios objetivos y científicamente válidos para el
diagnóstico de la locura? El caso del parricida José Vivado genera un conflicto que
enfrenta al médico de la Penitenciaría y al Consejo de Higiene Pública ⎯que lo
encuentran responsable de sus actos⎯ con Meléndez, Wilde y un médico de los
Tribunales que diagnostican una alienación mental. Como se verá, el problema
suscitado pone en cuestión cuál debe ser la formación y los criterios ne
22
Id., p. 388.
Id., p. 430.
24
Id., p. 349.
25
Id., p. 322.
23
63
cesarios para intervenir en el ámbito médico-legal; pero más allá de la cuestión de una
necesaria especialización en la función pública del médico, el tema deriva en una extensa
consideración de las condiciones fundamentales del espacio manicomial, sin el cual no
hay especialistas ni progreso científico.
En la polémica con Eguía, que aparece encarnando a las tradiciones médicas más
antiguas 26 coexisten varios frentes de lucha; ante todo, contra la preponderancia de
criterios propios de una casa de caridad impuestos por las señoras de la Sociedad de
Beneficencia en el manicomio de mujeres.
Una consecuencia del gesto benéfico es la consagración de una distancia
insalvable entre la superioridad del benefactor y la definida falencia en el asistido; eso
genera una relativa inmovilidad que es efecto directo de una concepción de la asistencia
como graciosa concesión. La cuarta parte del Hospicio de Mujeres ⎯denuncia la Revista
Médico Quirúrgica⎯ está ocupada por crónicas y hasta por indias viejas que no son
alienadas y fueron ubicadas allí por falta de capacidad en el Asilo de Mendigos. 27 Frente a
ello, Meléndez aparece asumiendo la defensa de una concepción de la asistencia más de
acuerdo con las orientaciones positivistas de la naciente psiquiatría.
Un tema clave en ese esfuerzo de delimitación de lo que debe incluirse en el
espacio del manicomio es el de las admisiones. Un anónimo colaborador de la Revista
⎯probablemente el propio Meléndez⎯ denuncia la ligereza con que se realizan las
internaciones cuando el individuo es "un pobre"; basta un certificado del médico de
policía sin ninguna especificación sobre antecedentes, diagnóstico o cuadro clínico. "Con
este documento y una orden del Comisario, basta para que un pobre quede horas, días,
meses y años en los claustros de un manicomio".
Meléndez insiste en la necesidad de poner fin al abuso en las admisiones, y para
ello procura que todo paciente enviado para su internación venga acompañado de una
información sumaria. Con ello trata de enfrentar hábitos arraigados de la Policía, los
jueces y aun los propios médicos que toman al hospicio como un lugar de reclusión,
donde enviar a todo sujeto más o menos marginal o abandonado.
Un caso más o menos típico es el de los ebrios y los alcoholistas. Si el alcohol es
presentado como la causa principal en las estadísti
26
27
"Profesor anciano, digno y honrado" es el dudoso elogio que le prodiga Meléndez. RMQ, XVI, p. 349.
RMQ, XVI, p. 246.
64
cas de los hospicios, sin embargo se trata de diferenciar ebriedad y locura, que tienden a
asimilarse conjuntamente para una consideración ingenuamente moralizante que ve locura
en cualquier clase de desviación de las normas corrientes de conducta.
Pero el imperativo moral del alienista aparece dominado por la función de
distinguir: no basta la segregación, es necesario crear un espacio de conocimiento y armar
una tecnología de intervención. Ante todo es la noción misma de enfermo mental la que
debe ser construida correlativamente a ese espacio; y la distinción tajante respecto del
ebrio sirve para fundarla en una afirmación de principios que no obsta para que el
hospicio se llene de alcoholistas. "Los hospicios de alienados ⎯afirma Meléndez⎯ no
han sido fundados para los que se degradan con el asqueroso vicio de la bebida sin estar
locos". 28
Hay un loco abstracto, una figura pura de la sinrazón que se trata de proteger de
esa contaminación conceptual con el vicioso, aunque desde siempre formen parte del
mismo espacio de segregación: "Que un individuo se embriague, grite, pelee, se desnude
y baile en las calles no es un motivo para que se le tome por loco, pues en realidad no está
sino borracho". 29
Y sin embargo, el alcohol es presentado como la causa principal en las estadísticas
del Hospicio de las Mercedes; pero sublimado a ese papel reiterado de causa de toda clase
de cuadros psiquiátricos, el dispositivo médico lo diferencia bien de la ebriedad, que solo
una mirada ingenua puede confundir con la densidad propia de la locura.
Pero el problema planteado por los alcoholistas adquiere una dimensión particular,
porque suelen buscar voluntariamente los beneficios de un refugio en el hospicio. Se trata
⎯según Meléndez⎯ de "débiles de espíritu", pero no locos, y el criterio que discrimina
en ese caso es la capacidad de trabajar del ebrio, una vez pasados los efectos transitorios
de la intoxicación: "Con gran asombro hemos visto presentarse en el Hospicio de las
Mercedes a jóvenes robustos y sanos; pero entregados a las libaciones' alcohólicas,
acercarse al Director pidiéndole posada so pretexto de corregirse. Si la degradación en que
caen estos seres débiles de espíritu los lleva a pedir la secuestración voluntaria, no es
extraño se cometan abusos en las remisiones policiales por no haber en este país otros
establecimientos a donde deban mandarse para su corrección." 30
28
Id., p, 302.
Id., p, 351.
30
Id., p. 303.
29
65
Meléndez insistirá sobre esta necesaria diferenciación y aun rechazará las
internaciones que no estén de acuerdo con los criterios que busca imponer: los
alcoholistas conocidos no son recibidos en el hospicio. Deben ocuparse de ese problema
la policía y los jueces: para esos basta la represión pura y simple.
También las familias son blanco de la crítica: "¿no vemos diariamente a padres o
hermanos que haciendo completa prescindencia del cariño paternal o filial secuestran
diariamente a sus deudos ciegos, idiotas o paralíticos, so pretexto de que son ofensivos o
alteran la tranquilidad de una familia?". 31 Por otra parte, no solo la policía sino las
autoridades de hospitales generales o del Asilo de Mendigos pretenden sacarse de encima
pacientes rebeldes o con crisis diversas remitiéndolos al hospicio. Una característica
iguala a esta desigual población de la que Meléndez procura ⎯sin éxito⎯ librar al
manicomio: la indigencia. Si la renovada tecnología del alienismo impulsa una nueva
distribución en el campo de la marginalidad y procura para el loco un estatuto médico
positivo, viejas prácticas de internamiento mantienen su eficacia, en cuanto responden a
una lógica de exclusiones determinada en otro lugar.
De cualquier modo, las ambiciones del alienismo enfrentan el límite real
infranqueable de la insuficiencia crónica de recursos. Desde el comienzo -y hasta el
presente- directores y administradores se quejan ante los distintos poderes de la falta de
espacio, de elementos, de personal. Desde entonces también perdura la costumbre de usar
la capacidad de trabajo de los internados para paliar esa pobreza de recursos. Si el
hospicio tiende a brindar una imagen de precariedad y marginalidad, es en una especie de
indigencia estructural en la que tiende a asimilarse a la imagen más común del locomendigo.
Una intención normativa, legitimadora de la nueva tecnología alienista, busca
recluir la locura en condiciones de más nítida separación respecto de otros desórdenes que
siempre convivieron con ella. Pero si esa renovada función médica viene así a sacralizar
una distancia imborrable respecto de la razón -que encarnan- es a partir de un espacio
creado, antes que nada, como resultado de necesidades de ordenamiento social y
administrativo. Y desde ese origen, ese espacio del internamiento aparece condenado a
reproducir las fracturas y las barreras del campo social. Si a la segregación lisa y llana que
ubicaba al loco en un espacio de confinamiento le sucede la presencia vigilante del
médico, prolongación de la razón so
31
Id.
66
ciomoral en el mundo de la sinrazón, el límite de los recursos y cierta violencia siempre
presente en los usos psiquiátricos empujan hacia la liquidación del loco, de modo que la
presencia médica siempre se configura como una suerte de transacción entre la vigilancia
y el abandono.
Por esa época comienza cierta tradición entre los directores: vivir en el
establecimiento; a la vez un celo excesivo y un ritual contra la huida. De cualquier modo,
esa permanencia encierra sus peligros y no pocos se han tornado prisioneros de su propia
vigilancia, asimilados a los itinerarios del loco.
A la vez, la presencia delegada de la razón en el interior de la institución
manicomial, asumida en forma a la vez creciente y fallida por los funcionarios médicos,
en desmedro del cuidado caritativo de la filantropía privada, tiende a reproducir también
el sistema social de jerarquías y distancias. La categoría de los "pensionistas" existió
desde el principio para las familias "que reclamaban para sus parientes mayores
comodidades de las que podía dárseles en esos locales, donde ya vivían hacinadas una
gran cantidad de enfermas de todas las condiciones sociales". 32
El asilado tiene un apellido y su condición se sobredetermina por el linaje familiar
que representa; si lo extraño de su locura recibe el tratamiento común a todos, lo familiar
exige la persistencia de una distancia social sostenida desde otro orden. El orden de la
razón psiquiátrica y el de los lugares sociales, finalmente, no son tan ajenos y armonizan
plenamente en el loco pobre. Por el contrario, por la vía del loco rico, del portador
familiar de la desgracia, se organizan las instituciones psiquiátricas privadas; el Instituto
Frenopático, privado, se crea en 1880 y ofrece salones suntuosos, ambientes distinguidos
y sombreadas arboledas.
Las jerarquías internas entre la población asilada reconoce dos ejes: económico y
moral: para los pensionistas ⎯que pagan⎯ el lugar de loco aparece atenuado por la razón
niveladora del dinero. El colaborador ⎯que trabaja⎯ está amasado por una categoría que
excede al hospicio para caracterizar una cualidad esencial del ego prefabricado para el
trabajador ideal. El "colaborador" es un loco modelo, o sea una perfecta antinomia, porque
en el mismo movimiento en que se sanciona su extravío se le exige obediencia y
sometimiento a nor
32
Se refiere al Hospicio de Mujeres. Sociedad de Beneficencia, Op. cit., p. 58. Sobre el de hombres, ver
Meléndez y Coni, Op. cit.., p. 10.
67
mas de conducta y trabajo, premiando la cordura como la devolución al alienista de una
criatura familiar.
El trabajo resulta una práctica sobredimensionada en el interior del espacio asilar.
Por una parte, el tratamiento moral sanciona al trabajo con los caracteres de una
prescripción terapéutica. Aunque resulte obvio remarcarlo, esta consagración médica de
los beneficios del trabajo debe ponerse en relación con el dato simple de que el 80% de
los internados del hospicio son trabajadores manuales. Meléndez lo establece claramente;
no es cuestión de mantenerlos ocupados en cualquier cosa, sino, en la medida de lo
posible, mantener o fomentar un oficio, sobre todo "el que cultivó el paciente en estado de
salud". 33
Pero las necesidades derivadas de la precariedad de recursos exigen una
organización del trabajo en el hospicio que toma menos en cuenta al paciente y más a los
requerimientos de la institución total. Más aun, no dejan de plantearse conflictos entre el
orden de la intervención médica y el del trabajo servil requerido por las necesidades de la
institución; por una parte, el propósito reiterado de limitar las internaciones y denunciar
los abusos en las derivaciones, sirve también al objetivo de reducir los costos de la
institución. Pero, al mismo tiempo, las mismas razones que limitaban los fondos
asignados a la asistencia de los pobres (desde el comienzo sólo los "pobres de oficio" eran
asistidos en establecimientos públicos gratuitamente) eran responsables de que cierto
número de indigentes y marginados buscara un refugio en el manicomio. Que el
alcoholismo crece con la desocupación es algo que aun el discurso alienista -poco
inclinado a denunciar injusticias sociales- tiene que consignar: "La crisis comercial que
comenzó en 1874, dejando sin trabajo a un gran número de obreros, ha contribuido a
hacer sentir más los terribles efectos de la embriaguez". 34
Maglioni, en su tesis propone un manicomio utópico que aúna las ventajas del
tratamiento moral con las de una empresa capitalista, a través de asilos mixtos:
"Los gastos de calzado se reducirían por lo menos en una mitad, pues comprado
por mayor el material los locos podrían trabajarlo para el objeto a que se destina. Los
trabajos de costura podrían encomendarse a las locas para su uso y para el de los locos.
Los trabajos de agricultura podrían encomendarse a estos últimas, economizando así las
sumas que se inviertan en el pago de los
33
34
RMQ, XVII, p, 102.
Meléndez y Coni, Op.cit, p, 24.
68
peones que es necesario ocupar en el servicio del establecimiento de las locas." 35
Si el alienismo y la naciente psiquiatría, con una lógica que deriva del nuevo
estatuto que pretende para la enfermedad mental, buscan un espacio neutro de
objetivación y seguimiento ⎯a la vez que un orden sostenido por los principios de la
autoridad, el cumplimiento de normas higiénicas y morales, el control y dirección de
todos los excesos⎯ la vieja práctica segregativa y el ejercicio directo de la violencia y la
exclusión contra el loco imponen en el manicomio su propia determinación. Entre la
"recuperación" ⎯que básicamente es social y laboral⎯ y el aniquilamiento del loco
segregado, transita la racionalidad de la práctica psiquiátrica.
Por un lado, los datos disponibles hacen pensar que el período de internación era
relativamente breve, circunstancia debida tanto a motivos de economía como al
imperativo de reintegrar lo más rápido posible al loco trabajador a su lugar social. Esto
último parece confirmado por el hecho de que las salidas son mucho menores entre las
locas.
Uno de los recursos de limitación de la población internada es la mortalidad, que
oscila entre el 18 y el 20% en el período 1864-1878. Para 1892-96, en el Hospicio de las
Mercedes, Borda consigna, en su tesis, cifras del orden del 20% al 30% y entre las causas
destacadas del aumento cita "los inviernos rigurosos". El mismo autor refiere que un 28%
de los internados corresponde a los incurables, "que vegetarán en el asilo durante el resto
de su vida o hasta que una enfermedad interrecurrente concluya con ellos".
Si el loco persevera en su locura no tiene otra salida que la muerte; entre esa
población crónica, irrecuperable para la sociedad, la vieja condición del marginado
perdura como un vestigio del pasado. Si antes, la condición común de marginación e
improductividad ponía en un mismo espacio a mendigos, inválidos, vagos, locos, la
intervención psiquiátrica, sin transformar del todo el recurso segregativo vendrá a
delimitar más estrictamente lo marginable necesario. Pero, como se vio, el puro criterio de
la recuperación se contamina con necesidades propias de la institución que requiere de
"crónicos" para suplir su falta de personal. Desde entonces y más allá de las intenciones y
las proclamas, la práctica de la internación entrará en complicidad con esa segregación
que denunciaba, ante todo en la cronificación de los locos trabajadores. Es claro que no
cualquier interna
35
Maglioni, Op. cit., p. 36.
69
do es apto para cumplir esa función; debe estar en condiciones de miseria y desamparo
social tales que sea para él preferible una internación sin límites en el hospicio; si los
alcoholistas suelen ser los que más comúnmente llenan ese perfil, no son, obviamente, los
únicos. De este modo, por una vía distinta a la del internamiento clásico, vuelven a
convivir y superponerse locos y mendigos.
El tratamiento moral
No es posible especificar muy precisamente la técnica del tratamiento moral,
porque no tiene reglas, aunque incluye compasión y rigor, comprensión y castigo,
persuasión y represión física. Es más bien una orientación general, una intención
modificadora de la conducta que pone un énfasis particular en el influjo personal que el
médico puede lograr sobre su loco. Fundamentalmente, es un modo de plantear la relación
de autoridad del alienista respecto del alienado, en el interior del manicomio. Antes de eso
puede decirse que esa relación no existe, aunque hubiera médicos en los viejos hospitales:
faltaba una tecnología definida de intervención directa, mediante el influjo personal, sobre
el paciente internado.
El relieve protagónico del alienista es no sólo el resultado sino la condición de
eficacia de ese dispositivo sugestivo. Encarna la ley y su autoridad es el resultado de una
sustitución: las cadenas dejan su lugar a un sujetamiento moral. Y en cuanto el orden se
propone abarcar todos los aspectos de la vida del asilo, el alienista se apodera y se sirve
del conjunto de relaciones institucionales. El propio espacio asilar es construido conforme
al paradigma de una comunidad armonizada en la virtud y el trabajo. Doble consecuencia.
Hacia el "interior" del asilo, la presión del tratamiento no es sino la interiorización de esa
armonía que expresa el contenido mismo de la razón que trata de restablecer. Lo raciónal
que se enfrenta a la locura coincide, más que con una categoría del entendimiento, con un
programa de educación y obediencia. Paradoja mayor del tratamiento que subyace, hasta
el presente, a toda psicoterapia directiva: que el camino planteado para recuperar la propia
razón y responsabilidad deba coincidir con una relación de máximo sojuzgamiento de la
vo
70
luntad. De ahí "el juego particularmente sutil entre ejercer la violencia y restituir el acceso
a la razón, sojuzgar y liberar, que irá a estructurar toda la historia de la relación
terapéutica." 36
Pero, también, consecuencia hacia el "afuera" del asilo. Toda sociedad no será sino
una muy imperfecta manifestación de ese orden que el asilo garantiza mucho más
sólidamente; autoridad, gobierno, control y dirección de la conducta, orden y equilibrio.
En el marco de ese desmesurado discurso médico que inunda todo el pensamiento político
del siglo XIX, el asilo y el alienista proveerán modelos e ideales para la constitución
⎯parcialmente fallida⎯ de una tecnología de la dominación de los hombres y las
sociedades. Y los antiguos rituales de la culpa y la obediencia sostenidos en la oscuridad
medieval de la institución religiosa, encontrarán en la reforma médica la ocasión de
restablecerse y perdurar.
El trabajo, la dirección de las pasiones, el control de la imaginación, son las
apelaciones que van afirmando la ley del alienista y correlativamente ajustando la
identidad del loco; cuanto más estudiado, más familiar, hasta llegar al inevitable
descubrimiento: ¿quién no está un poco loco?, y si la locura acecha en cada uno, la
función alienista se proyecta a una dimensión antropológica esencial.
Entonces, ni el médico ni el loco son sujetos ya constituidos, ni tampoco una
materia viva que evoluciona según estadios más o menos preestablecidos, como puede
pensarse a partir de la historiografía oficial de la disciplina psiquiátrica. El alienista
mismo es fabricado, constituido en ese proceso que transforma a los sujetos preexistentes;
igualmente, el loco va siendo elaborado correlativamente: la locura del siglo XIX no es la
de la Biblia.
Ciertos ideales y mitos acerca del saber y las prácticas de las disciplinas que toman
al hombre por objeto, se han configurado en los recintos médicos del siglo XIX, y entre
ellos el hospicio, en la versión normativa del Traité, ocupa un lugar paradigmático. Ese
alienista es algo más que un personaje, simboliza un ego gobernante en su máxima
puridad, y como institución está allí presionando en cualquier ejercicio de las prácticas
psicoterapeúticas.
Algunos de sus atributos definen por su sola presencia una suerte de espacio
judicial inmediato, en el cual es juez inapelable, pero a la vez encarna el núcleo del que
deriva todo castigo o recompensa; si su modelo de ejercicio de la autoridad es radial, un
principio esencial de la tecnología alienista es que el médico no debe moverse del cen
36
Castel, Op. cit., p. 89.
71
tro. El debe decidir qué es lo que corresponde y beneficia a su alienado, y qué es lo que
debe serle vedado; determina qué relaciones puede mantener con el afuera del hospicio y
cuándo restablecer los vínculos con sus familiares.
Uno de los criterios más arraigados del tratamiento moral es que el loco debe ser
separado de su familia; a partir de su ingreso al asilo el alienista va a ser toda su familia:
va a ser su padre y su madre. Y en esa relación primaria con su alienado va a utilizar todos
los recursos de un influjo directo, desde la reflexión y el convencimiento, al ejemplo, el
estímulo o el castigo físico. Más aun, el médico alienista se propone ordenar el conjunto
de las relaciones en el espacio manicomial haciéndolo jugar en un sentido corrector, con
lo que no limita su relación al vínculo personal con uno y otro internado.
En esa instrumentación del espacio institucional y grupal, usa técnicas teatrales
con notoria astucia y sutileza. Por ejemplo, cuando Pinel decide librar a un número
importante de locos ⎯no todos⎯ de sus cadenas, planea para cada uno una táctica
mínima de acuerdo con la situación en que se encontraban. Hay un caso de un eclesiástico
que decía ser Jesucristo, y que considerándose hijo de Dios era sumamente soberbio y
hostil; los otros asilados respondían a ello con agresiones de todo tipo, y realimentaban el
delirio, en la medida en que, creyéndose el Salvador se convencía de que esos
sufrimientos y vejaciones venían a cumplir su Pasión.
¿Qué hace Pinel? Lo libera y da orden de que nadie le dirija la palabra ni responda
de ningún modo a sus expresiones; a partir de ese momento este delirante que se cree Dios
deambula por el asilo sin que nadie lo reconozca ni de señales de advertir su existencia. El
recurso ⎯dice Pinel⎯ dio sus resultados en poco tiempo: "Finalmente, después de largas
dudas, se le ve mezclarse con los otros prisioneros por propia determinación; desde ese
día, sus ideas se hacen más sensatas y justas". 37
Es cierto que el tratamiento moral no es todavía una relación cerrada con el
paciente sino que se ejerce más bien como una acción genérica de la autoridad del
alienista que construye el orden a su alrededor y opera sobre el conjunto de la población
internada. A ese primer momento pineliano, caracterizado por la instrumentación de las
pasiones, en la que "con una pasión se busca anular los efectos de otra", sigue otro, a
medidados del siglo XIX, iniciado por Falret, en que se propugna más bien una "reflexión
conjunta con el paciente";
37
M. Foucault, Op. cit., II, p. 240-241.
72
con ello se atenúa la importancia concedida a las pasiones y el tratamiento moral se
vuelve pedagogía psíquica. 38 Mesmer, recuperado por Liebault y Charcot ⎯en una senda
que, de algún modo, llega hasta Freud⎯ profundizando en esa línea del influjo personal,
y aun revistiéndola de un relieve taumatúrgico, echan las bases de un tratamiento que
prescinde de la internación.
El alienismo, entonces, inicia ese camino hacia la singularización de la locura, en
la medida en que previamente ha definido el poder del alienista que lo objetiva a partir de
un puro lugar moral. Y en ese marco, ciertas innovaciones del tratamiento moral vienen a
fundar una relación perdurable: la pareja médico-paciente; ¿es posible rastrear allí un hito
de la constitución de las modernas técnicas psicoterapéuticas? Para que se forje un
concepto como el de transferencia, por ejemplo ⎯tomado en su acepción más extendida
y aun vulgarizada⎯ ¿no fue preciso que ese dispositivo se constituyera? No puede
desconocerse que Freud produce, desde el punto de vista teórico y metodológico, una
ruptura respecto del tratamiento moral; pero, si el dispositivo inaugurado por Pinel
implicaba colocar al alienista en un lugar de saber y poder supremos, donde se propone
explícitamente encarnar las figuras parentales del loco, ¿no puede decirse que Freud
descubrió lo que Pinel había fabricado?
El personaje del médico mental, desde Pinel, ya no actuará a partir de una
definición objetiva de la enfermedad, concentrada en el diagnóstico como criterio esencial
de delimitación y diferenciación, a partir del cual establecer las bases del tratamiento. Su
presencia y su palabra son inmensamente más importantes que su escasa ciencia, y el
recurso de su intervención debe menos a la medicina que a las viejas figuras del miedo, el
amor, la sumisión y la fe. Paradójica constitución de esa práctica en un terreno casi
mágico, donde la palabra alienista aparece revestida de viejos atributos de revelación de la
verdad y la purificación de toda falta, en un momento en que la medicina progresa por las
vías de un rígido positivismo.
La vida del asilo ha permitido el nacimiento de esa célula médico-paciente, "que
va a ser la célula esencial de la locura, una estructura que forma como un microcosmos
donde están simbolizadas las grandes estructuras de la sociedad burguesa y de sus valores:
relaciones
38
Sauri, Jorge, Historia de las ideas psiquiátricas, Buenos Aires, Carlos Lohlé, 1969, p.151-153.
73
Familia-Hijos, alrededor de la doctrina de la autoridad paternal; relaciones Falta-Castigo,
alrededor de la doctrina de la justicia inmediata; relaciones Locura-Desorden, alrededor
de la doctrina del orden social y moral". 39
Con ello, la psiquiatría será una medicina con un estilo muy particular y cuanto
más se impongan los criterios "científicos" del positivismo, tanto más crecerá la mala
conciencia del psiquiatra ⎯aun del más encarnizado organicista⎯ que sabe que su
práctica no coincide con sus principios.
Es cierto que el alienismo y su prolongación psiquiátrica otorga al loco un estatuto
de objetivación, que estudia sus caracteres, que insiste en innumerables clasificaciones.
Pero el poder del psiquiatra residirá para siempre más que nada en su oscura
identificación con el lugar del taumaturgo y sus poderes morales. Pero, mientras que Pinel
y Tuke subrayaban que su acción moral no estaba ligada necesariamente a un
conocimiento científico, el psiquiatra de nuestro siglo multiplica las referencias
racionalizadoras en que pretende fundar un saber que no tiene.
Después de una primera etapa de aprendizaje y constitución del espacio asilar,
encarnada en Meléndez, su sucesor en la cátedra y en el Hospicio, Domingo Cabred,
profundiza la conformación de la clínica psiquiátrica, en la que "lo fundamental es la
exploración psíquica y lo complementario lo somático". Cabred instala en la cátedra,
junto al laboratorio de Anatomía patológica, para el cual contrata a C. Jakob, un
laboratorio de Psicología experimental.
Esa exploración psíquica tendrá su piedra angular en el interrogatorio, en el
interior de ese binomio conformado por el psiquiatra y su loco. "Aprendimos en su clínica
psiquiátrica a ser buzos de almas", testimonia Loudet. Y en el desarrollo de ese
"encuentro", que el asilo hizo posible, el psiquiatra descubrirá que "no hay aparato que
pueda sustituir al propio espíritu para penetrar en otro espíritu oscurecido o atribulado". 40
Un recurso esencial de la empresa de moralización encarnada por el tratamiento
moral es el papel fundamental atribuido al trabajo; quizá esa firme decisión de instituir
en el asilo una disciplina labo
39
40
M. Foucault, Op. cit., II, p. 257.
O. Loudet, Médicos argentinos, cit., p. 148-150.
74
ral es la causa más fuerte de la crisis y la transformación de esa institución.
Por una parte, el siglo XVIII con su descubrimiento de la relación esencial entre
riqueza y trabajo contribuye a modificar el lugar social del desposeído y el improductivo,
a partir de un imperativo básico del orden burgués que converge sobre la moral de los
asilos.
Los locos cumplen un rol suplementario de trabajadores en la estructura misma del
manicomio, que es distinta de la espontánea actividad que pudieron desarrollar en los
"loqueros" desde la época de la colonia. Las nuevas secciones del Hospicio de las
Mercedes en gran parte fueron construidas con la fuerza de trabajo aportada por los
propios internados.
Pero, más allá de esa suplencia del déficit de personal, la ideología alienista
construye un mito perdurable: la virtud terapéutica del trabajo, del cual hace un valor
esencial de sus objetivos morales. "Péguese a un furioso, colóquese a ese hombre en una
celda; romperá todos los obstáculos y se entregará a la irritación y al más ciego furor.
Ahora, véaselo trasladando tierra; empuja el carro de mano con una actividad ardiente y
viene con la misma petulancia a buscar la nueva carga que debe igualmente transportar; es
cierto que a cada momento se detiene para expresar su furor en proposiciones
incoherentes; es cierto que grita, que blasfema contra todo conduciendo su carro de mano;
pero, en último análisis, es el más intrépido de los operarios. Su exaltación delirante no
hace sino activar su energía muscular que se vuelve para bien del trabajo." 41
Ya en el viejo Hospital General, los locos tranquilos se ocupaban de la limpieza;
más adelante ⎯consignan Meléndez y Coni⎯ se los mandaba con algunos guardianes a
la ribera del Río de la Plata para trabajar en la plantación de árboles. 42 Pero eso no era
todavía un tratamiento moral en la medida en que no ubicaba al trabajo como una regla
fundamental, particularmente para los convalescientes, del orden moral manicomial, como
una garantía de la recuperación de la salud, de la formación de buenas costumbres y de la
propia preservación del asilo como institución.
Si Meléndez impulsa una organización laboral del hospicio, que será profundizada
y completada por Domingo Cabred, su sucesor, es evidentemente a partir de la
experiencia pineliana. Pero a la vez, ese
41
Pinel, Scipion, citado por Joel Birman, A psiquiatria como discurso da moralidade, Río de Janeiro, Ed.
Graal, 1978, p. 417.
42
Meléndez y Coni, Op. cit., p. 7.
75
papel central del trabajo se asienta sobre los valores que para el discurso higienista forman
el núcleo esencial de la virtud ciudadana para los sectores desposeídos. De allí que
Meléndez, funcionario celoso de un orden social que encuentra en el hospicio condiciones
de realización mucho más puras que en el convulsionado espacio urbano de Buenos Aires,
se adelante a su tiempo. A partir de un pequeño taller de zapatería instalado por su
antecesor "multiplicó las aplicaciones del trabajo del loco, fundando los talleres de
carpintería, herrería, escobería, colchonería y otros" (...) "Distribuyó a los alienados en
grupos de jardineros y horticultores, transformando en poco tiempo los terrenos
adyacentes del asilo, incluso los que hoy pertenecen al Hospital Rawson, en quintas de
árboles frutales y hortalizas para el consumo de la población de insanos." 43
Si el trabajo, es el remedio más adecuado para la exaltación de las pasiones, es
porque las fija a una actividad socialmente valorada y en esa matriz tiende a vaciarse la
noción moderna de adaptación a la realidad.
Si junto a la función directamente productiva del trabajo, hay una dimensión
disciplinaria, 44 tampoco puede desconocerse su proyección propiamente simbólica. El
asilo proyectado como una ideal comunidad de trabajo ⎯de realización más bien
incierta⎯ concentra los valores más firmes de una utopía social.
Otro eje del tratamiento, íntimamente ligado a la función disciplinaria y
moralizadora del trabajo, es la permanente labor destinada a conjurar los peligros de una
imaginación exaltada. El trabajo es su valor opuesto y por sí mismo es concebido como
un medio de alejar a la razón de pensamientos y deseos extraviados. En esa dirección, el
discurso psiquiátrico se encuentra en un movimiento estratégico común con los temas de
la moralidad y formación de hábitos en el seno de la familia, así como con las ambiciones
siempre excesivas depositadas en la creación y desarrollo de las instituciones educativas.
En esa paciente y más bien fallida intención de transformación del loco, en esa conversión
que coincide con un resujetamiento en la sociabilidad y el orden, puede leerse la
condensación del propósito de constitución de un nuevo sujeto social y moral. Empresa
que, si bien
43
44
Solari, Benjamçin, La Semana Médica, VIII, p. 783 (12/12/1901).
Foucault, M., "El ojo del poder", en J. Bentham, El panóptico, Madrid, La piqueta, 1979.
76
llena el discurso político, filosófico y cultural de Occidente durante dos siglos, encuentra
en los marcos técnicos de la medicina una operatividad que no deja de retornar sobre sus
variaciones más doctrinarias y académicas. En la Argentina ese proceso cobra una
significación peculiar y particularmente concentrada, como se verá, en la medida en que
queda sobredeterminada por un discurso fundador ⎯en lo cultural como en lo político⎯
que hace de la regeneración de las masas un eje fundamental de su constitución.
Una serie significativa asocia los extravíos de la fantasía al juego, a la infancia y a
la locura: "Los alienados son niños grandes, y niños que ya recibieron falsas ideas y malas
direcciones; ofrecen tantos puntos de contacto con los niños y los jóvenes que no puede
sorprender que unos y otros deban ser conducidos según principios semejantes." 45
Por una parte, en esa dirección propiamente pedagógica, el asilo, quizá, revele las
latencias de la institución escolar; pero esa asimilación del extravío a la figura del niño es
la misma que José M. Ramos Mejía ⎯siguiendo a Le Bon⎯ va a hacer respecto de las
masas populares. Y esa empresa ⎯siempre fallida⎯ de reeducación subyace a las
iniciativas convergentes y homogéneas sobre el loco, el niño y la formación colectiva.
Cuando el orden global de la institución asilar no basta para producir los deseados
efectos correctivos, el alienista, en la plenitud de su poder, despliega su taumaturgia
operando por el recurso teatral sobre los desvíos de la fantasía. Amparado en su
impunidad, el alienista construye sus propias quimeras para enfrentar las del loco.
Meléndez ve atraído su interés por la asociación de la locura con la fe espiritista en
una decena de casos y dedica al tema varias notas; consigna que de diez, solo uno es
argentino y los nueve restantes españoles, y que la locura adopta en ellos más
frecuentemente una forma depresiva.
Un español, "de alguna edad y poseedor de regular fortuna" es internado y
cuidadosamente observado. En determinado momento el paciente hace movimientos con
las manos como pretendiendo magnetizar una mesa. El practicante mayor se ofrece a
hacerlo por él: "El enfermo consiente en ello; pero no se apercibe que el practicante hace
pisar uno de los pies de la mesa en la extremidad libre de un cabo de escoba, que se
encuentra debajo de una de las camas. Practicadas las manipulaciones farsaicas, le dice:
⎯Puede Ud. preguntar a la
45
Esquirol, J., citado por Birman, Op. cit., p. 378.
77
mesa. En efecto, la interroga y es contestado; los ojos del enfermo brillan de alegría; pero
el practicante, que mantenía un pie en la otra extremidad de la escoba, no pudo dominarse
y larga una estridente carcajada; al enfermo se le enciende instantáneamente el rostro y se
cubre su cara de vergüenza al ver que había sido víctima de una farsa del momento.
Desde este momento reacciona y puede darse cuenta de lo pasado antes y durante doce
días que duró su enfermedad". 46
Pero en el empleo del recurso teatral Pinel es insuperable, particularmente allí
donde lo pone al servicio de los ideales del terror "para conmover y sacudir fuertemente la
imaginación". Un hombre joven, en épocas de la revolución, sacudido por las medidas
contra el culto religioso desarrolla una manía (el diagnóstico es de Pinel) dominada por
sentimientos religiosos. Solo habla de los tormentos de la otra vida y decide que, para
sustraerse de ellos, debe imitar las abstinencias y flagelaciones de los anacoretas; se
prohibe todo alimento y después de 'varios días de mantenerse inquebrantable comienza a
temerse por su vida. En esas circunstancias el director decide intentar un ataque a sus
ideas mediante "la impresión de un temor vivo y profundo". Con este propósito se
presenta por la noche "con un aparato apropiado para aterrorizarlo, llameantes los ojos,
con un tono de voz imperativo, rodeado de un grupo de ayudantes que agitaban gruesas
cadenas con estruendo. Puso una sopa cerca del alienado y le intimó con energía la orden
de tomarla durante la noche, si no quería sufrir los tratamientos más crueles. Así se retira
y deja al alienado en un penoso estado de fluctuación entre la idea de la punición con que
es amenazado y la perspectiva aterrorizante de los tormentos de la otra vida. Después de
un combate interior de muchas horas, la primera idea lo impulsa y se determina a tomar su
alimento". 47
Domingo Cabred, que reemplaza a Meléndez ⎯al mismo tiempo que realiza una
obra de extensión del sistema hospitalario⎯, es el iniciador del Sistema psiquiátrico de
puertas abiertas, que alcanza su consagración con la inauguración de la Colonia Nacional
de Alienados Open Door en 1889.
Como Director del Hospicio de las Mercedes, Cabred establece el
46
47
RMQ, XVIII, p. 211.
Pinel, Ph., Op. cit., p. 207-208.
78
peculio para los que trabajan en los talleres del establecimiento, combinando el
tratamiento por el orden y la virtud con el estímulo más real del beneficio económico. De
cualquier modo, entre el peculio ⎯que puede ser retirado discrecionalmente e impide
cualquier reclamo por parte del internado en cuanto resulta una concesión⎯ y el salario
existe la misma distancia que entre un sujeto jurídico pleno, contractualmente hablando, y
un cuasi sujeto, afectado por una condición de minoridad que le rescinde todo derecho.
El sistema de puertas abiertas inspirado en experiencias inglesas se define como
"un conjunto de disposiciones de orden material y de régimen interno que tienden, todas,
a dar al establecimiento el aspecto de un pueblo, a proporcionar a sus moradores la mayor
suma de libertad, compatible con su estado de locura, ya hacer del trabajo uno de los
elementos más importantes del tratamiento moral". 48
Si el trabajo se propone como instrumento generalizado de la asistencia, sin
descuidar el trabajo de los talleres ⎯que ya existían en el asilo cerrado de Meléndez⎯
ahora se procurará dar la mayor amplitud posible a las faenas al aire libre, dotando a las
colonias y asilos de tierras cultivables. Esa insistencia en el papel terapéutico del campo y
la naturaleza coincide con un momento en que los desórdenes de la gran ciudad ⎯cuya
representación se focaliza en el inmigrante⎯ presionan para dar a la locura una
significación esencialmente urbana.
El valor de la amplitud y del espacio "abierto" se opone a esa figura urbana de la
oscuridad y el encierro corporizada en los conventillos del Dr. Rawson. "No habrá muros
de circunvalación que oculten el horizonte, ni nada que despierte la idea del encierro, y así
la ilusión de libertad será completa." 49 Y justamente en ese espacio de la ilusión de
libertad el Dr. Cabred se reúne con el Gral. Roca, que inauguró la Colonia de Luján; no
cuesta mucho imaginarse al Zorro allí, perdida la vista en la lejanía y soñando con una
sociedad fabricada según el orden y la disciplina del tratamiento alienista.
En ese sentido, el asilo-colonia revela mucho más de lo que sus creadores
imaginaron; en los lineamientos utópicos de esa comunidad libre de conflictos se dibuja la
contrafigura de un espacio social cada vez más convulsionado, en las vísperas de la
explosión del 90. Una versión propone que Cabred ⎯ministro sin cartera durante varias
presidencias, según Loudet⎯ rechazó un ministerio: "'prefería
48
Cabred, Domingo, Discursos sobre asilos y hospitales regionales en 1a República Argentina (Ley
4953), p. 26.
49
Id., p. 32.
79
seguir siendo presidente de los locos que ministro de los cuerdos". 50 Es comprensible: un
ministro, medido con los ideales puros de gobierno que encarna el alienismo, fracasa
siempre.
Las causas de la locura
El alienista es un ser que tiene dos caras y sostiene dos discursos. En el interior del
espacio de observación del asilo, persigue las causas en una secuencia y una gimnasia
dominadas por la figura de la mirada que penetra más allá de la superficie. Observar
cuidadosamente, detectar los signos de la locura, escudriñar y espiar sin ser visto, dejar
pasar el tiempo para cotejar y correlacionar los signos detectados; todo ello forma parte de
su técnica habitual. En último término es la vigencia total del modelo panóptico que
Foucault rescató para revelar ciertas claves subyacentes a la gigantesca tarea de
moralización y gobierno de los hombres en diversos dispositivos normalizadores. 51
Un argumento habitual destinado a fundamentar la necesidad de una formación
psiquiátrica específica, es justamente la insistencia en que un loco sólo es evidente para
un ojo entrenado. Pinel se divierte con la sorpresa de varios visitantes de la Salpêtrière
quienes viendo a sus moradores en calma preguntan: " ¿Dónde están los locos?".
Es que uno de los resultados de esa nueva consideración cognoscitiva e
institucional de la locura es romper con la concepción ingenua, con la imagen global de
insensatez y desvarío, que cualquiera podría designar. La "locura parcial" ⎯tema
fundamental para la medicina legal⎯ no afecta igualmente todas las facultades, se oculta
y se sustrae, salvo para la mirada entrenada del funcionario psiquiátrico, cuya dedicación
es sólo comparable a su astucia. Así es como uno de los blancos de la crítica alienista se
dirige contra los médicos que descuidan esa necesaria penetración en el diagnóstico de la
locura. Mucho más debe aguzarse esa mirada allí donde hay que vérselas con las neurosis.
"Desde la simple pobreza de espíritu o la extravagancia po
50
51
Loudet, Médicos argentinos, Op. cit., p.153-154.
Bentham, J., El panóptico, Op. cit.; Foucault, M.: "El ojo del poder", Op. cit.
80
co acentuada de un carácter, comúnmente inapreciable para un ojo profano, hasta las más
profundas y terribles perturbaciones de la inteligencia humana, todo entra fatalmente
incluido en este grupo sin término de las 'neurosis'". 52
A través de ellas, lo que se acentúa no es lo que confirma una nosología general,
sino lo que la desborda; el caso individual no se reduce a la especificación de una clase y
el diagnóstico va modificando su estructura y su función. Por otra parte, en el sistema de
causas propuesto domina la ausencia de especificidad, y se incluye un repertorio tan
heterogéneo que casi no es posible anticipar un efecto de locura a partir de una causa
dada.
Si en el campo de las neurosis y los "estados intermedios" no funciona un sistema
de consideración etiológica análogo al que tiende a prevalecer en la neurología, es
justamente porque aquello de lo que trata es la conducta social, y en ella se debe abordar
lo que viene mezclado, "una confusión de luz y sombras, una mezcla incomprensible de la
salud y la enfermedad, una combinación extraña de la razón y la locura." 53 En el mismo
movimiento que define la locura como objeto recortado, susceptible de ser reducido en
términos científico-naturales, se abre la indagación médica a la consideración del
desempeño personal en términos decididamente morales. Los valores burgueses se
convierten en patrones de la naciente psiquiatría, y si bien los neuróticos son "seres
híbridos", en la diversidad de sus conductas es posible orientar la mirada buscando toda
oposición a las costumbres establecidas: "en sus vestidos, en sus muebles, en la educación
de sus hijos, en sus lecturas y en los incidentes más insignificantes de la vida, muestran
algo de extraordinario y anormal." 54
La moderación y el equilibrio van perfilándose como criterios básicos de salud y
normalidad; la "sobreexcitación" es la raíz común de todos los excesos en los que la
locura encuentra su expresión más genuina. Y los "intermedios" importan ante todo
porque pueden pasar desapercibidos "cuando sus perturbaciones embrionarias
permanecen estacionadas o cuando no hay un ojo de cierta exquisita agudeza visual que
observe y escudriñe, apreciando el medio sombrío en que se agitan". 55
52
Ramos Mejía, José M., La neurosis de los hombres célebres, Op. .cit., p. 102-103.
Id., p. 104.
54
Id., p. 105.
55
Id., p. 110.
53
81
Así comienza a definirse una dirección metódica del alienista que si tiene en
común con el clínico una intencionalidad de la mirada que busca más allá de la superficie,
se caracteriza porque de la vida de su paciente quiere mirarlo e investigarlo todo. El límite
del cuerpo estalla y ese ejercicio inquisitorial metódico podrá abrirse a la vida familiar y
social, al medio histórico y al campo de los valores; la filantropía encuentra allí su sentido
y su función y no debe extrañar que tantos "médicos del espíritu" se hayan extendido
hacia la filosofía y la literatura.
En el marco de la institución manicomial, ese ejercicio renovado de la función
diagnóstica pone una atención particular en el seguimiento de la evolución, con lo que
establece una relación especial con el tiempo. En ella convergen la dimensión propia de
una etapa de aprendizaje con la investigación de la sintomatología y su correlación con las
causas y, finalmente, la superposición de una vigilancia sobre la locura simulada, que
sobredetermina el rol psiquiátrico por el lado de la exigencia médicolegal. Así, por
ejemplo, Meléndez exhibe el caso de un "cuchillero" que intentó hacerse pasar por loco
para escapar a la justicia y terminó derrotado por la combinación de esa vigilancia secreta
y la paciencia que supone saber esperar y buscar en el transcurrir el sentido y la
coherencia de los síntomas. 56
La otra cara del alienista mira a la locura fundamentalmente como desorden de la
sociedad, y especialmente como un desorden propio de la civilización. Con ello, una
versión del discurso alienista se iguala a la vocación higienista para señalar, en los propios
riesgos de la acción civilizadora, aquellos efectos que se vuelven obstáculos a las
consignas del equilibrio y el orden.
La ciudad produce más locos, consigna Meléndez, justamente porque allí "los
medios de existencia y de satisfacción se han ido haciendo cada vez más difíciles
de.adquirir". 57 Por contraste, hay pocos locos en el campo. Pero, si la "resignación" propia
de la población del campo la hace más insensible a los pesares y conflictos que provocan
la locura, también constituye una característica desfavorable para el movimiento del
progreso.
El discurso alienista queda atrapado en esa paradoja: proclama la necesidad de la
estabilidad a la vez que toma partido por la necesidad
56
57
RMQ, XVIII, p. 379 y XIX, p. 80.
Meléndez y Coni, Op.cit.. p. 29.
82
de un cambio radical en los caracteres de la población argentina, y desde esa bipartición
del enfoque, aparecerán en su discurso proposiciones contradictorias.
Cuando se aborda la cuestión de las causas de la locura, en un nivel genérico, que
ya no es la indagación de un caso sino de una población, la consideración etiológica se
degrada notoriamente en la explicitación de una apelación moral que es la expresión de la
sociedad deseada. En esa referencia genérica, la locura resulta una figura suficientemente
difusa como para admitir cualquier rasgo de los denunciados por el discurso social liberal,
y aun un texto que procura recurrir a las estadísticas, como el de Meléndez y Coni,
obtiene resultados tan obvios que puede decirse que no hace sino descubrir lo que estaba
destinado a encontrar. Un ejemplo es la correlación que tienden a establecer entre
inmigración, alcohol y locura, a través de un empleo erróneo de las propias estadísticas
que se presentan como garantía de la objetividad del análisis. Después de afirmar la
incidencia preponderante del alcohol en los cuadros de locura, interpretan los datos sobre
entradas policiales por ebriedad del siguiente modo: las dos terceras partes de los
detenidos son extranjeros; en Buenos Aires los inmigrantes son aproximadamente la
mitad de la población; por lo tanto el alcoholismo es más común entre los extranjeros.
Pero con tomar la proporción correspondiente en las edades adultas ⎯que son las que
suelen tener problemas con la policía⎯ esa incidencia mayor deja de ser significativa.
La inmigración ⎯después del desengaño sufrido por las ilusiones civilizadoras⎯
es el blanco de calificaciones que la hacen equivaler a una inferioridad sociomoral; y el
alcohol se le asocia como un componente natural, en esa zona de degradación y desorden
urbano en la que se superponen el desarraigo y la marginación. Y no es casi el
alcoholismo delimitado de ciertos cuadros psiquiátricos el que es objeto del discurso
alienista en su orientación social, sino ese signo inmediato del desorden que condensa el
vicio y la vagancia. No se desconocen las circunstancias sociales del alcoholismo, 58 pero
en la interpretación va a predominar una consideración que lo asimila al vicio y que solo
ve el recurso de la represión policial. "Aparte de que quienes se entregan a la bebida son
generalmente (casi siempre), las gentes sin educación, o que si la tienen es muy reducida,
obra un conjunto de circunstancias muy singulares que no se debe perder de vis
58
Id.. p. 29. También Gache, Samuel, "El estado mental de la sociedad de Buenos Aires", Anales del
Círculo Médico, IV , p. 635.
83
ta, por lo que hace a los hombres. Queremos referirnos a la poca vigilancia que existe
para los individuos que sin tener ocupación conocida (vagos) pasan sus días en los
almacenes o casas de juego. ¿Qué resulta de esto? Que todos ellos paulatinamente van
acariciando el detestable vicio, y concluyen por aceptarlo como una necesidad impuesta a
su existencia." 59
En la misma dirección se orienta una pedagogía sociomoral de las costumbres, que
se hace transparente en la exhibición de las "causas morales" de la locura, tales como "los
pesares domésticos, el amor y los celos, los reveses de fortuna, el miedo, la pérdida de
personas queridas, etc". 60 La condición miserable del inmigrante internado en el hospicio
no podía desconocerse; ¿cómo pensar, entonces, la relación entre miseria y locura? Hay
un perfil nítido de la patología inmigrante que pone un acento esencial en el papel del
dinero; el "culto inmoderado del dinero" como condición del extranjero alcanzará
difusión y persistencia, desde las ficciones sociológicas de José M. Ramos Mejía, a los
estereotipos de la novela naturalista y de esa psicología elemental se derivará un lugar
común para retratar la crisis de la sociedad argentina alrededor del 90.
Pero, si el afán de dinero es causa de locura, sin que nada se aporte para explicar la
relación, la falla moral está a la vez en la causa y en el efecto, y la locura, igualada a esa
brecha introducida en la virtud ciudadana, se explica a sí misma; es a la vez el móvil y el
castigo, está en el origen y en el resultado. Por querer más dinero del que corresponde a su
condición ⎯la pobreza⎯ el inmigrante encuentra en la alienación su justa sanción y
pierde la razón, o sea, todo.
Así surgen algunos clisés perdurables: para la masa nativa, la mala disposición
para el trabajo; para los inmigrantes, el excesivo afán de lucro. Finalmente, miseria y
locura se superponen y se explican recíproca y directamente, por el recurso a una
psicología o a una etnología ⎯igualmente "salvajes"⎯ que reducen la fenomenología
social conflictiva a los componentes mentales de las masas.
Pero, ¿cuáles son esas causas morales que resultan las predominantes en la
descripción genérica de la locura? El repertorio es de tal amplitud que prácticamente
cualquier circunstancia acusada en la existencia puede ser considerada como tal. En el
límite, todo lo que
59
60
Gache, S., Id., p. 635; lo que va en bastardillas es del autor citado.
Meléndez y Coni, Op. cit., p. 26.
84
trastorna un equilibrio absoluto -que hace pensar en un ideal religioso: la suma de
virtudes- puede ser causa de la locura. Eso surge de la siguiente enumeración exhaustiva:
"una imaginación desordenada, un estudio muy pertinaz, en general el exceso de trabajo
del espíritu o el entorpecimiento del pensamiento solitario; la absorción en las
meditaciones religiosas, la melancolía, el espíritu caballeresco o rústico de un siglo; las
conmociones políticas y religiosas; la exaltación poética, oratoria, artística; la lectura de
novelas, de ciertos libros ascéticos, de libros de brujería, de magia, de adivinación, etc.;
una mala educación; la cultura exclusiva de ciertas facultades, particularmente de la
memoria o de la imaginación; la atención concentrada sobre un solo objeto; las largas y
frecuentes prácticas religiosas plagadas de superstición o fanatismo; el remordimiento; la
alegría excesiva, la tristeza profunda, concentrada y prolongada; todas las pasiones vivas
no contenidas; los reveses de la fortuna; la ambición alucinada; el amor propio herido; el
amor excesivo; los celos; la riqueza; el temor; el terror, el orgullo exaltado, etc.".
Finalmente, "los tiempos de guerra, las civilizaciones superiores, el lujo, las profesiones,
las riquezas, las especulaciones, el celibato, el casamiento, el concubinato y el
libertinaje". 61
Las causas físicas no son mucho más precisas e incluyen: "enfermedades
particulares de la mujer", "la desnutrición y la miseria", "los golpes, las caídas, las
heridas, etc." 62
Frente a esta masiva amenaza de una locura polimorfa que reaparece por todos
lados, el discurso psiquiátrico y la intervención pedagógico-social del alienista empiezan
por condenar todos los excesos, en una prédica moral que en nada cede a la del púlpito:
"las afecciones mentales consecutivas a abusos del coito y la masturbación, a un trabajo
intelectual excesivo, son casi siempre graves." 63
Trabajo, educación, matrimonio y vida familiar; el perfil de la "salud mental" va
dibujando el sujeto social fantaseado y el discurso alienista se toca con el imaginario
burgués. En el Hospicio de las Mercedes predominan los solteros ⎯inmigrantes en su
mayor parte⎯ y de ello se concluye que "los célibes enloquecen más entre nosotros,
como por otra parte en todos los países de la tierra, porque están más expuestos a
entregarse a excesos y disipaciones". 64
61
Gache, S., La locura en Buenos Aires, cit., p. 117-118.
Id., p. 119.
63
Borda, Tesis de doctorado, Op. cit., p. 36.
64
Meléndez y Coni, Op. cit., p. 28-29.
62
85
De acuerdo con el marco teórico evolucionista, la herencia era postulada
doctrinariamente como causa principal de la patología mental; y sin embargo, en los
textos psiquiátricos clínicos o en las estadísticas, aparece bien relegada respecto de las
causas morales. Es que para una concepción de la locura que debe cargar con los valores
de un proyecto de nación, hay significaciones sociales que dividen más tajantemente; de
allí que no haya nada más obvio para el andamiaje psiquiátrico que la locura de un
inmigrante que no armoniza con el debido lugar social y laboral.
Por otra parte, en el discurso de las causas morales aparecen también dibujándose
los respectivos papeles del hombre y la mujer; si en los hombres los pesares morales
tienen que ver con el dinero y los negocios, en las mujeres dominan los disgustos
domésticos y las penas de amor.
Finalmente, la locura dibuja el revés de los objetivos reservados a la educación en
el moldeamiento de las costumbres y la moderación de los excesos. "Los sentimientos
inmorales debilitan insensiblemente merced a su influencia, y el hombre con la educación
se domina a sí mismo, y apaga la chispa que podría producir un incendio cuando sus
pasiones están mal encaminadas." "El pueblo educado es trabajador", continúa Samuel
Gache 65 y agrega su voz a las consignas de la regeneración popular: "...la instrucción, la
familia y la propiedad constituyen la trinidad social que está llamada a regenerar a las
masas." 66
La educación fue concebida como una herramienta fundamental en la construcción
de la sociedad argentina, y no sólo como opuesta al atraso y la ignorancia, sino como
condición y garantía de buenos hábitos, equivalentes directos de la cordura. "La locura es
menos frecuente allí donde la instrucción está más esparcida. La ignorancia arrastra
consigo la miseria, la inmoralidad y el libertinaje. El espíritu que no ha recibido la acción
benéfica de la instrucción está expuesto a entregarse con desenfreno a los excesos ya ser
agitado por
65
Gache, S., La locura en Buenos Aires, cit., p. 120 y 123.
Meléndez y Coni, p. 35. De cualquier modo, entre el discurso de José M. Ramos Mejía acerca de las
masas y esta propuesta de Meléndez y Coni de favorecer la propiedad rural a gauchos e inmigrantes hay
una distancia ideológica bien acusada, aunque este análisis del campo de representaciones sobre locura y
sociedad no se propone ahondar en esa dirección.
66
86
ideas supersticiosas, casas todas que conducen fácilmente al delirio." 67
El matrimonio y la vida de familia condensan esa imagen del equilibrio que
contrasta con la evidencia de una sociedad convulsionada. ¿Por qué en la "clase baja"
predominan uniones pasajeras con su secuela de hijos ilegítimos? La cuestión interesa no
solo al alienista, también al "filósofo" y al "estadista". La causa principal, alegan
Meléndez y Coni, radica en las guerras civiles y la lucha en las fronteras contra el indio.
"Ese pobre gaucho, cuyas amargas aventuras y cuya vida de paria se halla tan bien
descrita en el Martín Fierro de O. José Hernández, siendo el instrumento servil de
ambiciones personales, sin hogar ni seguridad, no puede en las inquietudes y zozobras de
su espíritu pensar en el matrimonio." 68
También la mujer argentina debe ser reeducada para el cumplimiento de este
ambicioso programa sociomoral: "La educación de la mujer argentina, salvo raras
excepciones, es sumamente defectuosa; infúndasele el amor al trabajo, combátase ese
desenfreno de que hace gala para el lujo, los bailes, los paseos, 1os teatros, las lecturas
novelescas, etc. y se verá entonces aumentar en las épocas de tranquilidad el número de
matrimonios entre argentinos." 69
La vida matrimonial es exaltada en páginas plenas de una visión paradisíaca: "... el
casado, que pasa su existencia en medio de las satisfacciones de un hogar por él formado,
en medio de las dulzuras de la familia y del amor, tiene menos predisposición que el otro
para la misma enfermedad". En cambio, "¿quién ignora que el soltero pasa sus días
muchas veces en excesos que favorecen la producción de la enajenación mental?" 70 No
importa que pocas páginas antes se haya afirmado que la locura es "una enfermedad
orgánica" y recalcado la importancia de la anatomía patológica en la determinación
diagnóstica; la cara sociomoral domina ampliamente en el discurso genérico. Algo que se
acentúa en el texto de Meléndez y Coni, escrito en francés y destinado al Congreso
Internacional de Ciencias Médicas de Amsterdam: ante ese público que presentifica los
ideales del progreso, la memoria leída es una carta de presentación, a la vez de la realidad
argentina y de la capacidad y dedicación con que un alienista y un higienista se alían en la
empre
67
Meléndez y Coni, Op. cit., p. 36.
Id., p. 28-29.
69
Id., p. 29.
70
Gache, S., El estado mental de la sociedad de Buenos Aires, cit., p. 644.
68
87
sa común de reproducir un país europeo. Así, es con un pie en Europa que la conciencia
médica afirma y extiende su mirada a todos los rincones de la vida social. En último
término, las causas de la locura coinciden con fallas en la educación y los hábitos morales
de grandes sectores de la población -nativa e inmigrante- y el discurso psiquiátrico se
esfuerza en exhortarlos a integrarse armónicamente a un medio social, que al mismo
tiempo, está dominado por el desorden y la inestabilidad. Podría haberse limitado a
describir, en el plano de la conducta y los síntomas, lo que en gran medida era efecto de
una crisis profunda de transformación de la sociedad argentina. Pero cuando a esa tarea de
indagación y observación -a la que debemos testimonios valiosos para reconstruir una
etapa fundacional del país- se superpone una función moralizante, que pone en las
virtudes "internas" del ciudadano la clave para la resolución de ese desorden social, la
función psiquiátrica se degrada.
La religión, si no está apoyada en una adecuada instrucción, coincide en los
sectores populares, con el fanatismo, la superstición y la ociosidad. "Existe... un buen
número de supersticiosas, y fanáticas que sin recurso alguno de subsistencia están
protegidas por familias caritativas que con sus dádivas no hacen otra cosa que favorecer la
holgazanería de esas mujeres que pasan todas las horas del día en los templos, para más
tarde ir a engrosar la población del asilo". 71
Pero, al mismo tiempo, la instrucción debe ser proporcionada al lugar social que se
debe ocupar. Hay un importante sector que pugna por ascender socialmente y busca la
universidad y las carreras liberales como medio para ello. "La instrucción muy elevada
puede contribuir igualmente a aumentar el número de locos". Las riquezas del país
requieren "millares de brazos" mientras se incrementa la matrícula en las carreras
liberales.
"Con justa razón el Gobernador de la Provincia en su último mensaje dirigido a las
cámaras, aconsejaba la adopción de medidas prontas para restringir la adquisición de las
carreras liberales, so pena de convertir al país en una falange de médicos sin clientela y
abogados sin pleitos. 72
71
72
Meléndez y Coni, Op. cit., p. 31.
Id., p. 36.
88
En el interior del hospicio se afina una tecnología de observación y diagnóstico; en
la salida hacia la interpretación médicosocial se suman argumentos para la expansión de
esa utopía original acerca de la creación de un pueblo virtuoso y trabajador. El
desenvolvimiento posterior de esa función psiquiátrica llevará siempre algo de esos dos
orígenes.
Del lado de la vigilancia, que encierra al psiquiatra con su loco, se hace patente
una brecha con la doctrina de la herencia como causa, que asimilaría al psiquiatra a un rol
contemplativo y sólo clasificatorio, mezcla de pesimismo y observación naturalista. La
relación moral del tratamiento alienista impone otras referencias y actualiza una
sistemática coerción: serás obediente y equilibrado aunque seas loco. Y si cada paciente
"recuperado" equivale al triunfo de la razón, a la vez, aun en la relación con el locobueno, subyace una desconfianza irreductible: la locura parece acechar desde el fondo de
una irracionalidad que en definitiva es ingobernable.
Difícil es la posición de esta mirada ⎯y de este precario poder⎯ tanto más
desorientada cuanto más triunfante en apariencia; en rigor, siempre dispuesta a confesar
⎯fuera de los textos y las cátedras⎯ que no sabe nada ni de la locura, ni, mucho menos,
de la recuperación. Posición entrenada, finalmente, para la vigilancia, la defensa refleja, la
falsa seguridad construida a partir de la distancia insalvable y la diferencia esencial
respecto de lo que no puede mezclarse; de allí que en el loco integrado armónicamente a
la institución manicomial, lo más sospechoso sea la cordura. Esa dimensión de la función
psiquiátrica culmina coagulada en una técnica de control que del saber no requiere más
que reglamentos; ahí nace la paradoja de un saber que se requiere ciego para sí mismo, y
de una práctica tan capturada por su objeto que, más allá de sus jactancias, establece a la
locura en un lugar de privilegio. Más aun, se configura sobre la base de una mirada que
reproduce las formas y los extravíos que cree combatir; porque cierta posición psiquiátrica
en el incesante y atemorizado conjuro de la locura se asimila a una paranoia casi exitosa.
Como tal, se trata de una mirada que no puede volverse sobre su origen y su fuente,
porque hacerlo equivale a enfrentar su propia aniquilación.
Por último, como psiquiatría social, el discurso sobre la locura y sus causas
coincide con ese mandato propiamente político de una indagación sobre la irracionalidad
ciudadana; y la locura, sea de los "hombres célebres" o de las multitudes, se configura
como una óptica prevalente para interrogar el destino nacional.
89
90
3. La locura y la sociedad argentina
De Sarmiento a Ramos Mejía
La figura de la barbarie condensa una imagen del medio natural, un modo de
concebir la organización del poder y un discurso "psicológico" acerca de las pasiones. En
ese sentido, abordar la mixtura sociológica, histórica y psicopatológica debida a la pluma de
J.M. Ramos Mejía impone prestar alguna atención al Facundo en el que explícitamente se
inspira.
Facundo es el personaje que encarna a un pueblo, en él lo individual es
inmediatamente colectivo. Si la nación, como sujeto histórico, aparece desgarrada por un
conflicto profundo, no es al modo de una lucha de ideas, no es la oposición universal que
podía caracterizar a una historia iluminista. El romanticismo aporta a Sarmiento los
instrumentos para perseguir a la nacionalidad en el medio, el carácter, las costumbres y las
pasiones. Y en ella destaca la presencia de fuerzas impulsivas, irracionales, que sostienen la
conformación de los hábitos y la mentalidad de los grupos sociales que chocan en la
sociedad argentina. El conflicto no es concebido como la fractura de una unidad ideal,
armónica, un alma nacional constituida ya como esencia antes de sus vicisitudes históricas.
El conflicto es una condición y el elemento mismo de la nacionalidad: la integración de los
opuestos, en todo caso, se dibuja en el horizonte como el fruto de la tarea de ese presente.
Por otra parte, si en el texto de Sarmiento la biografía es a la vez directamente
historia social, esa personalización de los conflictos (por ejemplo, Rosas-Rivadavia,
Quiroga-Paz) anticipa un "estudio de caso" en el que cierta psicología busca revelar los
enigmas de la nación. En esa dirección inscribirá J.M. Ramos Mejía su peculiar abordaje de
la locura y la historia.
De allí, el énfasis en desentrañar y aguzar la mirada, que preanuncia las
condiciones del examen y la descripción psicopatológica que organiza La neurosis de los
hombres célebres. De cualquier modo, es
91
preciso reconocer que de Sarmiento a Ramos Mejía el recurso interpretativo y narrativo
sufre un evidente empobrecimiento.
En el mismo movimiento en que el personaje histórico adviene a la función de
arquetipo, indagarlo aportará cierta clave del destino nacional y por lo mismo ese Facundo
fabuloso constituye recíprocamente a Sarmiento como un héroe: es Edipo que vuelve a
derrotar a la Esfinge. En esa autorrepresentación, en el ego inmenso que Sarmiento fabrica
para sí y que pervive como modelo, hay una raíz ideal ⎯en sentido psicoanalítico⎯ que,
hasta nosotros, presiona la reiterada configuración del personaje salvador: médicos,
alienistas, gobernantes o educadores han sufrido la captura por parte de esa imagen heroica
que hace coincidir su destino con el de la nación misma.
Más aun, si la civilización es obra de la difusión de las ideas europeas y la
Revolución de Mayo es la expresión de ese ideario, bregar por el triunfo de la civilización
es realizar los objetivos de 1810. De donde ese proyecto utópico de producir un nuevo
sujeto histórico -el hombre americano civilizado- alcanza la dimensión de una gesta
patriótica. En ese molde vendrán a vaciarse discursos y ciertos personajes médicos, y la
función médico moral quedará en parte sancionada como la continuación de la política por
otros medios.
La oposición entre lo salvaje-rural-americano y lo civilizado-urbano-europeo ordena
en una oposición mayor el juego de los conflictos diversos constitutivos del drama
argentino; en último término condensa la oposición entre naturaleza y cultura, entre materia
y razón. La mención de los "desvaríos", y "convulsiones" inaugura en la consideración de la
vida nacional el señalamiento de una zona de perturbación y de fractura; su correlato
psíquico-moral son las pasiones, fuerzas oscuras y peligrosas, si escapan al control de la
voluntad consciente.
Con todo, no hay un enfoque 'unilateral y tenebroso de las pasiones, en la misma
medida en que -para esa concepción romántica de la historia- no hay una visión puramente
negativa del conflicto: "Las convulsiones políticas traen también la experiencia y la luz". 1
Afirmación que se integra coherentemente con la idea de que el cambio, el progreso y el
triunfo de lo nuevo sobre lo viejo son leyes fundamentales del devenir de la humanidad.
De cualquier modo, en esa representación -que no es la única- del conflicto como
desborde pasional respecto del freno y el orden
1
Facundo, Buenos Aires, CEAL., 1979, p. 13.
92
de la razón, el marco de referencias es homólogo al que funda, en una teoría de las pasiones
-con anclajes tanto en el empirismo inglés como en Descartes y Kant-, una cierta
concepción de los mecanismos de la locura: "Las pasiones deben ser consideradas, desde el
punto de vista médico como parte de nuestra constitución... producen efectos constantes en
nuestro marco corporal y cambian el estado de la salud." 2
Pero si la pasión es un desborde respecto del ideal moral racional propio del final de
la Ilustración, en el marco de los contenidos del romanticismo y de los valores del
liberalismo cobrará simultáneamente el carácter de símbolo del empuje y la energía que
motoriza la lucha por transformar la realidad.
El imperativo de un retorno a la naturaleza ya sus fuerzas oscuras coincide con la
asimilación de la existencia humana a una empresa de lucha, de impulso y expresión, de
movimiento y cambio, opuestos a la inmovilidad y la identidad estática propia de los ideales
clásicos. Por esa vía, la exaltación de la existencia apasionada coincide con un giro por el
cual, ciertos rostros de la locura, en los impulsos, los ensueños, los deseos, se recuperan
como componentes de una identidad que desde entonces acompaña la conciencia moderna.
Hay un saber y una verdad en la existencia natural de la pasión y por ese sesgo, el bárbaro
Facundo puede compararse al sabio Salomón.
En un momento del análisis, el caudillo como personificación de la barbarie
adquiere un carácter arquetípico y en él se pierde lo singular del personaje. El desorden
natural y su correlato en el desborde pasional, esa formulación. primigenia de la locura
argentina, aparecen bocetados en un plano de abstracción, casi una pura condición genérica.
Pero el esfuerzo descriptivo y la aproximación a una encarnadura narrativa conducen a
producir el tipo de la locura rural: el gaucho malo. Ochenta años después Güiraldes produce
su contrafigura virtuosa y ⎯sobre todo⎯ respetuosa de la autoridad y la propiedad. El
gaucho malo es una criatura del desierto, pura naturaleza, solo "los vicios" lo ligan a la
sociedad humana: es cuasi animal, instinto ciego, tigre. Es la figura rural de la locura y el
crimen y anuncia al personaje del delincuente, que la criminología aún no ha tenido ocasión
de fabricar.
En la figuración de la sociedad argentina, Sarmiento pone en juego un doble
registro de metáforas. Por una parte, términos mé
2
Crichton; citado por Sauri, J., Op. cit., p. 127.
93
dicos y biológicos: convulsión, desgarramiento de las entrañas, cáncer, desvarío. Por otra, la
imagen de la nación como un sujeto escindido y conflictuado da lugar a una caracterización
de personajes y costumbres, de hábitos y tradiciones; hasta, si se quiere, a una
psicosociología esbozada.
Con todo, el segundo orden de figuras es el que netamente predomina; y lo mismo
puede decirse de los elementos que sirven a la ubicación y presentación del personaje
central. Si bien no desprecia una vaga referencia a la frenología toda la fuerza del texto está
puesta en la vertiente de su carácter, sus actitudes y pasiones.
En Sarmiento hay entonces ⎯para el tema que aquí interesa⎯ un cruce de
referencias que importa discriminar para perseguir sus efectos y prolongaciones en los
discursos de la locura. Así, inaugura una consideración "psicopatológica" embrionaria de la
sociedad argentina, asentada en tipologías y en fuerzas genéricas. Ante todo, el medio físico
y geográfico y su expresión en el plano del carácter: la resignación, el despotismo, la
ociosidad; en esa descripción, las referencias a caracteres raciales ceden rápidamente su
importancia a la preponderancia del medio físico y moral; algo que resalta más aun en el
capítulo de las propuestas y soluciones: el orden y la moralización correlativos a la
inmigración, el trabajo y la educación podrán cambiar esa sociedad en diez años.
Ningún acento especial, como determinación, final está puesto en aspectos raciales o
de la constitución psicofísica de la población nativa: los pueblos "no son, en el fondo,
malvados... el hombre que hoy se ceba en sangre, por fanatismo, era ayer un devoto
inocente, y será mañana un buen ciudadano, desde que desaparezca la excitación que lo
indujo al crimen." 3
Cuatro décadas después, en Conflicto y armonías ⎯ante el evidente fracaso de esa
utopía de moralización nacional⎯ apelará al dogma de la determinación racial; quizá
recibió entonces, en devolución, algo de J. M. Ramos Mejía.
En ese sentido, del Facundo a los "hombres célebres" y a Las multitudes argentinas,
esa embrionaria detección histórica de una zona perturbada de la nacionalidad se degrada en
una versión que únicamente verá el componente biológico y psicopatológico, sostenido por
la teoría de la degeneración.
Igualmente, ciertos apuntes más propiamente sociológicos de Sarmiento han
tenido cabida en el discurso moral del alienismo,
3
Facundo, Op. cit. p. 252.
94
con el mismo efecto de empobrecimiento y pérdida de su historicidad. La extensión del
desierto socava la posibilidad misma de una vida comunitaria, cuyo núcleo central es la
ciudad. De modo que, si la familia rural es bárbara lo es porque le falta integrarse a la vida
de la comunidad. Para Sarmiento no es la familia misma el factor esencial de la civilización
y, librada a sí misma, deviene familia feudal. La versión alienista ⎯como se vio⎯
esquematiza así el problema: como en los manicomios hay más solteros que casados debe
concluirse que el matrimonio es un preservativo de la locura.
En la imagen idealizada de la ciudad se condensan los caracteres de esa "vida
civilizada" que es una denominación genérica de la cordura, el orden y el bienestar. Si se
insiste sobre ello es porque en esa utopía originaria de interpretación de la realidad nacional,
se instaura una figura de ciudadano modelo, que el discurso médico-moral va a tomar bien
en serio, para fijarlo y esquematizarlo de un modo perdurable.
De cualquier modo, vale la insistencia, esa "vida civilizada" en Sarmiento no es
propuesta como una cualidad estática sino que se asocia al proceso histórico, a la vigencia
de las leyes, la instrucción y el trabajo, todo lo cual se proyecta en el futuro como
consecuencia inevitable del devenir.
Es cierto que ese fantástico enfrentamiento global que titula al texto de Sarmiento
conlleva también sus dosis de fijeza: la civilización "vaciará" la forma europea en América.
En ese sentido, la utopía civilizadora no deja de tener su sostén metafísico en la oposición
moral de espíritu y materia, y sirve para fundar un dualismo que llegará a exasperarse en
ciertas zonas del discurso sociomoral, por ejemplo acerca del carácter demoníaco del dinero
y el lucro, asociados a la "locura" del inmigrante.
En un plano paralelo a esa consideración más genérica, a esa propuesta de una
síntesis que pretende iluminar el presente y el futuro de la nación, se sitúa la atención al
personaje representativo. Su grandeza es la intensidad de sus pasiones, pintadas con
intensos claroscuros de luces y sombras. Si Facundo es un hombre que es casi pura
naturaleza; en la fuerza de sus impulsos reside a la vez su genialidad y su locura. Los
"arrebatos" de Rosas también son los de Napoleón o Lord Byron.
Esa fuerza de naturaleza irracional, entonces, está lejos de asemejarse a un
salvajismo compacto y sin matices, a un puro primitivis
95
mo que debe ser borrado y sustituido. Si lo bárbaro coincide con el orden de la pasión, con
la falta de control e instrucción, es a la vez materia dinámica, fuerza que sólo espera que el
orden y la norma civilizadora vengan a establecer una ley.
Por eso es que las perspectivas son -para el Sarmiento de Facundo- de marcado
optimismo: en pocos años la civilización hará su tarea. Esto mismo sostiene la egolatría del
proyecto: todo está en manos de los "civilizadores", y a partir de la valorización privilegiada
de la función intelectual y política y de la responsabilidad mesiánica -que recayó en gran
medida sobre las utopías médicas y pedagógicas- se constituye un gigantesco mandato que
construye recíprocamente la grandeza del ego y de la nación.
En ese sentido, Sarmiento no solo plasmó ciertos ejes perdurables en la cultura
nacional, sino que su propia autoconfiguración intelectual y política, troqueló junto con un
país fantástico, un personaje que lo sostiene y cuya existencia es más que nada moral. Si es
cierto que todo es autobiográfico en Sarmiento, lo más notorio es que la biografía de la
nación coincide con la crónica de una gestación fantaseada. Sobre la vida y muerte del
Facundo se superpone ese proyectado alumbramiento en el que el país deseado se
personifica, ante todo y primeramente en la propia estatua que Sarmiento construye para sí
y luego en esa figura entrañable del "argentino civilizado". "Te diré que si me dejan le haré
a la historia un hijo." 4
Y si Sarmiento ha devenido, en cierto sentido, efectivamente nuestro "protopadre",
no es menos cierto que ese mandato salvador y generador ha prendido de modos diversos en
su descendencia.
Un imperativo a la vez político y moral exige elaborar las pasiones bárbaras para dar
a luz la inteligencia civilizada; pero no puede dejar de verse que en el tratamiento
recomendado subsisten ciertas ambigüedades.
Por un lado, parecería que lo contrario del reino de la pasión es la vigencia de una
autoridad fuerte y central: la geografía impone el centralismo del poder y Rivadavia no
habría hecho sino seguir esa natural determinación. Más aun, Sarmiento no oculta su
admiración por el modo en que Rosas disciplinaba a sus gauchos y perseguía los desórdenes
contra la propiedad rural. La figura de una "paternidad" autoritaria inspira, en esa zona del
discurso, el programa de producción del nuevo sujeto sociomoral. Con ello funda una
metáfora des
4
Carta a su amigo Posse. Zanetti, Susana y Pontieri, Margarita. Capítulo.Historia de la literatura
argentina, Buenos Aires, CEAL., 1980, I, p. 381.
96
graciada, destinada a prosperar: "Los pueblos, en su infancia, son unos niños que nada
preven, que nada conocen, y es preciso que los hombres de alta previsión y de alta
comprensión les sirvan de padre." 5 Es cierto que en su versión posterior ⎯por ejemplo en
Ramos Mejía bajo el influjo de Le Bon⎯ esa salvedad planteada en función de un estadio
evolutivo transitorio de los pueblos va a desaparecer para dejar lugar a una determinación
inmutable: el pueblo es un niño.
Pero en este punto también resalta la movilidad dialéctica de un discurso que define
y sitúa los problemas en un campo de oposiciones. Porque en otra zona del texto, en el
enfrentamiento con esa modalidad dictatorial de ejercicio del poder, que sólo sabe imponer
la sujeción y la obediencia ⎯personificada en la figura de Rosas y el rol de patrón de
estancia⎯ las consignas civilizadoras pasan más bien a coincidir con una propuesta de
liberalización de la vida social: respeto de los derechos individuales, libertad de opinión,
etc. (p.250-251).
No se trata aquí de usar una historia de la locura en la Argentina como excusa para
un balance de ese proyecto fundador; tampoco se desconoce la distancia que medió entre el
pensamiento y la acción.
De cualquier modo, el mandato civilizador, con su grandilocuente sustrato
proyectivo está explícitamente en los considerandos de la empresa técnica de moralización
del higienismo social y el alienismo. Pero con una consecuente dogmatización en las
referencias teóricas y una inflexible afirmación, casi como único mecanismo de
civilización, de la necesidad de constituir y preservar esa sujeción a una autoridad fuerte y
centralizada, cuyo paradigma es el superpsiquiatra que fabricó Pinel. Que esa autoridad, en
nuestro país, haya concebido su lugar y su función de acuerdo con los valores propios del
absolutismo es algo que no constituyó un tema del discurso de la medicina mental.
La locura y la historia
La neurosis de los hombres célebres de José María Ramos Mejía es el primer texto
psiquiátrico argentino. La primera parte fue publicada
5
Facundo, Op. cit., p. 130.
97
en 1878, con prólogo de Vicente F. López y favorable acogida de Sarmiento. 6 "Ningún
argentino fue llevado por manos más ilustres a la pila bautismal de la gloria", dice
Ingenieros. 7
En el objetivo de explicar ciertos caracteres históricos ⎯particularmente Rosas⎯ a
partir de los recursos de la psicopatología hay algo más que una puesta al día "científica" de
la disciplina histórica. En más de un sentido algunos de sus postulados, reafirmados y a la
vez ajustados en su obra posterior, quedan inscriptos como modelo y referencia obligada de
los estudios posteriores sobre la sociedad argentina.
Puede decirse, ante todo, que el biologicismo y el evolucionismo encuentran aquí
una primera afirmación dogmática. Si la historia social y política está sujeta a las mismas
leyes naturales de evolución que los organismos biológicos, en ese mito unitario ⎯o sea de
la unidad de la vida extendida hasta sus manifestaciones sociales⎯ se fundan a la vez las
ilusiones depositadas en la capacidad de las ciencias naturales para dirigir la acción
política. 8
En ese sentido, la constancia de Ramos Mejía, en su proyecto de indagar las masas
argentinas ⎯hasta su obra más lograda, Rosas y su tiempo, en la que trabajó casi treinta
años⎯ es ilustrativa de las preocupaciones y las ilusiones de esa mítica "generación del 80",
que lo tuvo como una de sus figuras descollantes. Ante todo, su problema es el de la
gobernabilidad de las masas, y las disciplinas médicas son concebidas como una garantía de
la hegemonía y la continuidad del poder oligárquico. Los simuladores de talento, en un
momento en que domina una actitud más defensiva y pesimista frente al aluvión
inmigratorio, viene a fijar la fábula "nacionalista" de la elite del "talento" opuesta al
materialismo y al afán de lucro de los extranjeros.
Ese fantasma del alumbramiento de una nueva sociedad, que fue
6
Quien, sin embargo, desliza una crítica que desnuda una debilidad de la obra: "No seguiremos al autor ni
en la exposición de las doctrinas que tantas autoridades apoyan, ni en la aplicación que a todas las cosas y
aspectos de nuestras pasiones políticas impone. Es de espíritus jóvenes esta aptitud para conformar los
hechos a un sistema". En Ponce, Aníbal, La vejez de Sarmiento, Buenos Aires, El Ateneo, 1939, p. 28.
7
"La personalidad intelectual...", Op. cit., p. 19.
8
J.M. Ramos Mejía fue Diputado nacional (1888-1892), director de la Asistencia Pública en 1883,
Presidente del Departamento Nacional de Higiene en 1893 y Presidente del Consejo Nacional de
Educación en 1908.
98
señalado en Sarmiento, aparece ahora bajo la luz de la ciencia positiva. Vicente F. López en
el prólogo, defiende enfáticamente las posiciones ideológicas del materialismo recurriendo
a la etimología: materia viene de mater y las doctrinas materialistas son entonces,
maternales". Algo ha de nacer de ellas, fecundadas por la acción de esa elite que se
autoproclama como ejecutora de una función "paterna" desviada: instaurar su ley. No es
casual, entonces, que el mismo López equipare la aplicación de la medicina a la historia, a
la disciplina médico-legal; allí se intersectan esa primera y global consideración de la
sociedad argentina como un cuerpo enfermo, con la preocupación por el tema jurídico del
sujeto ⎯colectivo⎯ por su responsabilidad y la capacidad de gobernar sus actos conforme
a esa ley.
¿Por qué este primer texto psicopatológico liga tan estrechamente su verdad al
estudio de los "hombres célebres"?
Por una parte, domina una idea de la historia como determinada principalmente por
la acción de los personajes excepciónales, una reformulación del mito del héroe aunada al
reconocimiento ⎯por su faz negativa⎯ de la preeminencia del papel de las elites: "La
explicación de ciertos acontecimientos históricos debe buscarse, en muchas ocasiones,
dentro del cráneo de algún rey hipocondríaco, o de algún mandatario enardecido por las
vibraciones enfermizas de su encéfalo." 9
Pero a la vez, cierta corriente propiamente psiquiátrica tiende a emparentar la locura
y el genio. En una primera versión, más romántica, el sustrato común residía en los
impulsos y la fuerza inconsciente de las pasiones, que si bien eran condición para el hombre
capaz de grandes empresas, también podían, cuando fallaba el freno reflexivo y la dirección
volitiva, conducir al extravío mental y al desorden de la imaginación.
El positivismo tiende a anudar ese parentesco en una consideración "económica"
acerca de la sobreexcitación cerebral. Si la locura corresponde a un estado de irritación y
excitación del encéfalo, el hombre de genio, en la empresa de exigir a fondo sus funciones
nerviosas se ve siempre amenazado por el derrumbe y la exaltación delirante. En esa misma
asimilación de locura y sobreexcitación se funda la reiterada afirmación de que la
civilización y el progreso, a causa de la mayor complejidad y aceleración de la vida social,
producen un aumento de la patología mental.
9
Ramos Mejía, J.M., La neurosis.., cit. p. 125.
99
Pero al mismo tiempo esa atención brindada al "hombre superior" converge con una
zona de la utopía médica: la del "tratamiento" asociado a los resortes del poder. Los
superiores ("hombres colmados de dones" 10 ), bien estudiados, investigados en sus "manías",
sus extravagancias, desbordes y zonas oscuras, deben revelar los secretos de un ejercicio del
poder eficaz y científicamente fundado. La galería, más o menos tenebrosa, de las neurosis
"célebres" con su cortejo de chifladuras y extravíos dibuja, por contraste, la figura plena del
gobernante ideal.
Y allí adquiere relevancia la reiterada confianza depositada en el ojo del alienista
que debe saber hurgar en los claroscuros de esos "estados intermedios" que son propiamente
las neurosis. Anatomista de la vida íntima, define su labor como una "histología de la
historia", 11 un método agresivo que no retrocede ni vacila en su tarea de hacer visible y
cognoscible el "hombre privado".
Es, entonces, significativa esa superposición de la mirada escrutadora del alienista y
ese ojo del poder dominado por un ideal de visibilidad de la conducta. Más aun, esa
incursión fundadora que liga sólidamente la psicopatología con los "hombres superiores",
recibe una decidida sacralización de su mirada, tajantemente diferenciada de la del profano.
El "ojo", que funda cierto mito menor de la experiencia clínica, coincide aquí con
ese ideal de una mirada sobre el pasado que desentrañe las causas de esa "locura",
personificada en Rosas; y en esa dirección el análisis político y el diagnóstico alienista se
compenetran en una estrategia común.
Cumplida esta iniciación, casi ritual, del discurso público de la psicopatología por
los "hombres superiores", esa personalización de la locura podrá ceder paso a una
consideración de las masas, del delincuente o el inmigrante. Si lo "superior" se pierde en el
tránsito, permanece esa imagen del estado intermedio entre la cordura y la locura, esa
amenaza potencial del desborde y la rebeldía que para el imaginario oligárquico preanuncia
la ruptura del orden social y político, y la irrupción de ese fantasma del pasado: la barbarie.
El "hombre superior" es el eslabón intermedio, también, entre la elite y la masa,
entre la cordura de la condición de clase acomodada y la locura oscura y amenazadora del
gregarismo popular. Rosas lo encarna mucho más que Facundo: ese bárbaro rubio y de ojos
cla
10
11
Id., p. 128.
Id., p. 131.
100
ros provoca una perplejidad que es un modo de la fascinación.
De cualquier modo, lo que se perfila es la constitución de la personalidad como
objeto de indagación y de intervención, una consideración de la conducta personal que
abandona viejas categorías genéricas de la virtud y el bien para afincar su imperativo moral
en un ideal de transparencia del sujeto; no otra cosa revela esa insistencia en el ojo mítico
del alienista. Su videncia no solo debe atravesar los velos del cuerpo y la ambigüedad de la
conducta observada; también debe vencer la temporalidad y fabricar una "verdad" para el
sujeto que anticipe el futuro: eso es el diagnóstico y el pronóstico enfocados sobre lo
recóndito del "caso".
El caso, anónimo en cuanto a su portador social, es sin embargo heredero del
"hombre superior" en cuanto recibe una idéntica voluntad de hacer "pública" su faz
"privada". La figura constituida de la personalidad del loco y del delincuente vendrá a
rellenar ese lugar virtual de interminable transparencia, y pronto ya no se hablará más del
parentesco de la locura y el genio.
De cualquier modo, la atención a la personalidad individual no se separa, en J. M.
Ramos Mejía, de una consideración de las formaciones colectivas en la historia argentina.
En Las multitudes argentinas, ante todo, señala el contraste entre la salud física y moral de
la generación de la revolución y la independencia y el deterioro sufrido por las que le
siguieron. La matriz del análisis combina las ideas darwinistas de la lucha por la vida y la
selección natural con la instauración de un mito de los orígenes. Ese origen se ubica en la
conquista de América concebida como una lucha de razas, no solo entre indígenas y
españoles, sino entre los propios conquistadores y con la naturaleza. De ese enfrentamiento,
resultan vencedores los "superiores", los más fuertes y mejor adaptados. En La locura en la
historia, de 1895, va a cambiar su visión de la "raza española" y por sobre la fuerza expresión tautológica de su condición guerrera y conquistadora- hará predominar la
degeneración moral concomitante a la acción del Santo Oficio: la opresión del pensamiento
por la emoción del terror y el fanatismo religioso habrían aniquilado la inteligencia española
y confundido su pensamiento, resultando de ello una inferioridad propiamente degenerativa.
"La 'selección natural' habría venido a formar, después, esa raza física y moralmente
privilegiada, con una preparación maravillosa para acometer la empresa de nuestra
independencia." 12
12
Id., p. 136.
101
A ese grupo excepcional por sus supuestas cualidades psicofísicas Ramos Mejía
opone el deterioro del presente, en el que Buenos Aires lucha por mejorar sus condiciones
sociales, higiénicas y morales.
Pero más que nada, interesa destacar un recurso genérico a las "causas" de la locura
que va a ligar estrechamente la "cordura" al orden público y la estabilidad social, por un
lado, y a la moderación de las excitaciones que acompañan la vida urbana civilizada. Es
cierto que con eso repite a los alienistas franceses, pero en todo caso inaugura un viraje
radical de las esperanzas de progreso que habían sido depositadas en las consecuencias de la
civilización y la participación ciudadana.
Una consideración biológica sostiene la idea que hace de la herencia un mecanismo
de los organismos colectivos: caracteres físicos y psicológicos que se fijan no sólo en la
familia sino en el pueblo, "puesto que es un organismo análogo al organismo humano". 13
La acentuación del papel de la herencia: o de las conmociones sociales y políticas que se corresponde con el modelo positivista de la relación complementaria herenciamedio-, es también inaugural de un doble sistema de referencias para explicar los
desarreglos de la sociedad argentina. El pesimismo -por ejemplo en el Sarmiento de
Conflicto y armonías, en Carlos O. Bunge- siempre recurre a la acción dominante de la raza
como condición biológica insuperable de la inferioridad nacional.
Por ello es destacable el acento puesto por Ramos Mejía en un modo que busca
fundar el "carácter nacional" en los resultados futuros de la herencia.
Si hay una primera idea romántica de lo nacional, en Echeverría y Sarmiento, que
acentúa el paisaje, las fuerzas naturales y las costumbres con su energía hecha de pasión y
tradiciones; si habrá, bastante después, una raíz económica y política del nacionalismo,
cuyo eje será la lucha antimperialista, puede decirse que en Ramos Mejía se plasma una
vertiente "biológica": los rasgos étnicos definen el perfil de la Nación. Es cierto, como se
verá, que la noción de raza a la que se alude es lo suficientemente sui generis como para ser
extraña a cualquier definición antropológica. Pero en todo caso, opera como un ideal, y en
él cierta tradición descriptiva y analítica de las costumbres y del carácter colectivo -que
sobrevive, pese al planteo general, en páginas de Los simuladores de talento y Rosas y su
tiempo-
13
Id., p. 140.
102
tiende a reducirse drásticamente según el esquema fantástico de una "paleontología
social". 14
La figura de la unidad domina esa imagen de la nacionalidad, y es concebida según
el modo de la organización y la coordinación propias de los fenómenos vitales.
"La personalidad nacional está en vías de formación cuando, como en el individuo, todo ese
conjunto de sensaciones orgánicas, que parten de todos los puntos del cuerpo, han ido
adquiriendo suficiente fuerza para llegar al sensorium y dar, por el sentimiento del conjunto,
una noción de la unidad que se viene dibujando, o sea el sentimiento de una nación como en
el individuo el de un cuerpo, el de una persona." 15
No son contenidos culturales ⎯costumbres, valores⎯ los determinantes de una
posición nacional, sino un proceso asimilable a pura fisiología. Mucho menos puede haber
referencias a ese estereotipo de la identidad que va a reemplazar la reducción biologicista
por otra arrancada de la psicología de la conciencia y la moral.
En todo caso, si algo la anticipa es la idea de que "los pueblos, como los individuos,
deben experimentar esa sensación que les da la noción más o menos clara de su ser
biológico". Así es como, en esa enorme fábula transformista que es Las multitudes
argentinas, el proceso político de la independencia es, ante todo, "una exaltación de la
acción vital fisiológica." 16
Las multitudes argentinas, cuando aún no habían sido invadidas por el fenómeno
inmigratorio, son para ese autor el resultado de la evolución y transformación de las masas
de la colonia, de la emancipación y de la etapa federal. De la "rusticidad" de Facundo, a la
"delincuencia" de Artigas, pasando por un "primer grado de urbanización" en Ramírez, se
llega a Rosas que encarna una cierta perfección del transformismo mental y condensa la
multitud de la ciudad y la barbarie rural. He aquí una vuelta de tuerca sobre esa condición
mixturada de la locura, el "intermedio", es aquí "sirena simbólica: mitad gente, mitad
animal." 17
Un rasgo de la raza que los argentinos han recibido es la exaltación de la
imaginación, uno de los rostros acechantes de la locura, que proviene tanto de las creencias
y leyendas sobrenaturales de la
14
Las multitudes argentinas (1899), Buenos Aires, Tor, 1956, p. 196.
Id., p. 43. Las bastardillas son de Ramos Mejía.
16
Id., p.42.
17
Id., p. 182.
15
103
conquista de América, como de ese impacto cautivante de la inmensidad inaprehensible de
la pampa, a la que ya Sarmiento había hecho referencia. Lo fantástico y lo quimérico
constituyen componentes negativos de ese "carácter nacional", que, como la neurosis, como
Rosas, como las multitudes autóctonas, está aquejado de una decidida condición de hibridez
entre la unidad y organización vitales, que son atributos de la salud de la raza, y la
exaltación extraviada que corresponde a la locura.
Por otro lado, combinada a esa imagen incoercible de la herencia racial se señala la
acción de los traumas políticos y los efectos negativos de los refinamientos de la
civilización. Ante todo, las conmociones políticas son agentes de la locura 18 y obligan a
plantear un alerta respecto de los efectos de una excesiva movilización y participación
popular en los acontecimientos políticos: Morbus democraticus. 19
La democracia puede ser una enfermedad si escapa al control de una autoridad
central y, sobre todo, unificada, cuya representación geográfica es la ciudad de Buenos
Aires.
La imagen de una sociedad enferma bajo la "tiranía" de Rosas y otros caudillos se
desplaza y se continúa en enfermedades corporales cuya causa es el terror: el histerismo, las
infecciones cardíacas o la enteritis. ¿La etiología? Quiroga, Artigas, Manuel Oribe y
Aldao. 20 "El terror es la palanca más poderosa para despertar todos estos trastornos, que
pueden ser no sólo dinámicos, sino también orgánicos, nutritivos del cerebro y de los demás
órganos del cuerpo humano".
Entre el cuerpo colectivo y el organismo individual no hay separación sino plena
continuidad; en ese organicismo extremado se fundará una óptica médico-política que
focaliza la conducta como directa expresión de la salud o enfermedad de la Nación.
Locura y civilización
Los tiempos modernos habrían traído un aumento de las enfermedades mentales: el
incremento de la actividad de las facultades intelec-
18
Ramos Mejía, J.M., La neurosis... cit., p. 143.
Id., p. 151.
20
Id., p. 152-154.
19
104
tuales y de los goces físicos y morales, las nuevas inclinaciones y pasiones que confunden la
razón, la educación liberal que desarrolla ambiciones que solo un pequeño número puede
satisfacer, y, finalmente, la agitación industrial y política que provoca "crueles
decepciones"; todo en la "modernidad" empuja hacia la locura.
Si bien el interés de José M. Ramos Mejía está en la indagación del pasado argentino
y, por lo tanto, sus referencias centralmente se orientan a una suerte de historia natural de la
sociedad anterior, no deja de alertar, a partir de sus maestros europeos, contra los riesgos
de la civilización. Con ello preanuncia el viraje que, hacia fines del siglo, descubrirá que la
gran ciudad es el espacio propio de nuevas formas de la locura.
Los alienistas franceses, desde Pinel, atribuyeron a las revoluciones y guerras la
capacidad de incrementar el número de locos. Las conmociones de la Revolución francesa,
las luchas civiles del 48, la Comuna y la guerra franco-prusiana, suministraron abundante
material para fundar esa creencia.
Por un lado, la noción de "epidemia psíquica", 21 definida como "artificial" en
comparación con las verdaderas epidemias, hace posible una consideración conjunta con las
cuestiones de la higiene y la medicina social.
Por otra parte, desde el nacimiento mismo de los manicomios y de la disciplina
alienista se plantea la cuestión del aumento del número global de insanos: la locura es el
precio de la civilización. Ciertos efectos de desorden moral y social que la revolución
industrial produce en el ámbito urbano de las naciones avanzadas, generan la reacción de
una nostalgia por la naturaleza y las relaciones humanas propias de la sociedad
preindustrial. Todo ello opera como un marco de discursos que se plantean indagar las
condiciones propias de la moderna vida occidental, y que no solo involucran a la psiquiatría.
Ciertos textos sociológicos, como por ejemplo el que Le Bon dedica a las multitudes,
revelan una idéntica preocupación, en su caso más directamente política.
Por otra parte, la influencia de Le Bon en Las multitudes argentinas es notoria y
explícita. Este texto marca un decidido desplazamiento de la atención del alienista
sociólogo hacia la conducta de las organizaciones colectivas y muestra su preocupación por
el pano
21
Rosen, George: Locura y sociedad, Madrid, Alianza, 1974, p. 211.
105
rama contemporáneo, en el que la presencia del fenómeno inmigratorio impone diversos
efectos en el espacio social.
Buenos Aires, es ya señalado como el "futuro crisol donde se funde el bronce, tal
vez con demasiada precipitación, de la gran estatua del porvenir: la raza nueva". 22 Pero es a
la vez la capital "fenicia" y "heterogénea", cerebro, por su posición central pero aquejada de
una falta de unidad con el resto del cuerpo de la Nación. ¿Cómo concebir la conformación
de esa nueva raza? La oposición del Facundo entre una Argentina que es casi pura
naturaleza y una Europa, personificada en el inmigrante, que iba a ser vehículo inmediato de
cultura, cede su lugar a una fantasmagoría evolucionista en la que la propia empresa
inmigratoria se naturaliza y el "crisol futuro" proyecta hacia la posteridad esa figura
idealizada de armonización racial y moral. Finalmente, -el transformismo aporta el modelotal proceso histórico será definido como homogéneo con el "admirable procedimiento
adoptado por la naturaleza para ir lentamente desenvolviendo los tipos orgánicos". 23
El inmigrante ya no es el portador de la civilización, sino el "pez primitivo", el
"embrión" en esta proyección de una filogenia de la sociedad argentina. "Cualquier
craneota inmediato es más inteligente que el inmigrante recién desembarcado en nuestra
playa. Es algo amorfo, yo diría celular, en el sentido de su completo alejamiento de todo lo
que es mediano progreso en la organización mental." 24
A la vez, a esa imagen del inmigrante "larval" se superpone una visión que reconoce
en esa naturaleza una suerte de moralidad inmediata, valores que lo oponen simétricamente
al bárbaro bestial y lo asemejan al arquetipo del "buen salvaje". Manso, alegre, discreto
y tolerante, es la materia en su radical plasticidad, como una representación extrema de esas
virtudes que la conciencia burguesa ha sancionado y perseguido en los sectores populares:
"Me asombra la dócil plasticidad de ese italiano inmigrante. Llega amorfo y
protoplasmático a estas playas y acepta con profética mansedumbre todas las formas que le
imprime la necesidad y la legítima ambición". 25
Más aun, puesto en evidencia el origen rural que predomina entre los inmigrantes,
Ramos Mejía elige verlos como el buen bárbaro que debimos tener en nuestras pampas;
algo así como la contrafigura be-
22
Ramos Mejía, J.M., Las multitudes... Op. cit., p. 186.
Id., p. 187.
24
Id., p. 188. Las bastardillas son del autor citado.
25
Id., p. 190.
23
106
néfica del "gaucho malo": "... de ciertos trabajos hasta al gaucho han desalojado. Cuando
salís un poco afuera, un tipo extraño de burlesco centauro os hiere la vista: sobre un peludo
y mal atusado corcel, mosqueador y de trabado golpe, se zarandea una figura nerviosa que
agita sus piernas al compás desarticulante de la jaca maltrecha por el cansancio. Al pasar
por la pulpería le silban y vilipendian; su figura antiestética despierta la hilaridad, pero él
sigue su destino... manso siempre, alegre, pero discreto, tolerante y docilísimo a las
circunstancias ambientes va conquistando el suelo y asimilando, sin repugnancia, lo que le
brinda la tierra y las razas que lo circundan". 26
El inmigrante es... un niño, "su espíritu solo ha comenzado a vivir", como la masa
política, como la mujer, como el obrero, en la representación mítica que realimenta el
imaginario oligárquico. y su hijo, "el inmigrante transformado", que recibe las influencias
del medio, la forja del trabajo duro y la educación, es la imagen misma del niño fabuloso
que preanuncia al argentino del futuro. De cualquier modo, mientras ese niño que anuncia el
futuro adquiere tales caracteres morales, sobre el inmigrante adulto, bien presente, recae la
más sonora descalificación; y la relación con el dinero funda a la vez un estereotipo de la
locura del inmigrante y el rechazo que en el imaginario de la elite es condición de su
"aristocratismo".
Pero un peligro acecha y empaña esa ensoñación: la ambición desmedida, la
simulación y la rebeldía a ocupar ese lugar prefijado. En otras palabras, la presión social de
los descendientes de esa corriente inmigratoria por ocupar un lugar menos "larval" y
“protoplasmático".
No seguiremos más allá en las descripciones de los tipos indeseables que esa
transformación producía, desde el "guarango" al "burgués aureus", pero, en todo caso, lo
citado es bien elocuente del entrelazamiento de nociones y perspectivas que sostienen cierta
visualización de una zona de “locura”, germinal y mal definida, que acompaña no sólo la
reconstrucción del pasado sino cierta representación dominante acerca del fenómeno
inmigratorio y su impacto civilizador.
Frente a la imagen de la locura como pasión, impulso primario que confunde la
razón, agravada por la condición de sobreexcitación
26
Id., p. 191.
107
colectiva que es propia de la civilización se erige el recurso de la educación, de cuya acción
se esperan resultados tan totales que sirve a un ocultamiento del repertorio de causas que
son responsables de los trastornos colectivos. "Instruir al pueblo es un deber ineludible de
los guardianes de la cosa pública. Instruirse es el deber más imperioso del pueblo para
impedir que se elabore su desgracia. Es de este modo como se prospera, como se guarda la
moral, evitando al mismo tiempo todo aquello que puede ser motivo de enfermedad,
engendrada, ora por la ociosidad, ora por las malas costumbres." 27
La educación, para el alienista, es antes que nada dirección de la conducta y
apaciguamiento de todo exceso. Su eje es la disciplina antes que la transmisión de
conocimiento; o en todo caso, la faz cognoscitiva y formativa se pone al servicio de un ideal
de domesticación. "El hombre por la educación morigera sus costumbres, las suaviza y hace
que se amolden, por así decir, a la sociedad en que vive". Es la "educación del deber", y la
omisión de toda referencia a los derechos es bien significativa.
En ese sentido, un texto de Samuel Gache revela como ninguno los valores
dominantes, casi espontáneamente y sin mayor elaboración, aun amasados con nociones
más propias de una concepción religiosa: la educación consiste, en última instancia, en
conducir por "la senda de la virtud". A ella se oponen "instintos y deseos", que son
presentados bajo la calificación de lo "inmoral". 28
Ese recurso un tanto envejecido a la espiritualidad y la virtud cristiana, que es
explícito en Gache, fundamenta el anatema lanzado sobre el dinero y las ambiciones
materiales, que son la representación misma que condensa, para el ego oligárquico la
mentalidad del inmigrante. "El temor de perder los bienes adquiridos, -de que desaparezca
ese oropel que cubre vanidosamente las acciones determinadas por una voluntad movida a
la avaricia-, ha vuelto locos a más de cuatro, que olvidaron ciertos preceptos para poner
toda su existencia al servicio de negocios usureros." 29
La familia debería constituirse en la reserva moral de una educación que preserve las
tradiciones frente a los nuevos hábitos: "En nuestro país, están muy arraigados los hábitos
europeos, y sobre todo los franceses. y sin hacer un reproche a los caballerescos hijos de
la nación francesa, es necesario confesar que con el lujo y las manu-
27
Gache, S., La locura en Buenos Aires, cit., p. 7.
Id., p. 120-121.
29
Id., p. 121.
28
108
facturas de sus grandes industrias nos llega algo que, impulsado por el viento del océano,
penetra en casas donde ese lujo y esas manufacturas se convierten en instrumentos de males
que carcomen la base sobre la que reposa el edificio social." 30
Es cierto que Ramos Mejía enuncia un discurso que se presenta como más
"científico", y aparece como más coherente a partir de su fundamento positivista y
biologista. Por otra parte, en él, sujeto a las influencias sumadas de Le Bon y Vicente F.
López, la intención política es mucho más manifiesta. Gache, en cambio, mezcla nociones
espiritualistas y enunciados deterministas en un eclecticismo sin relieves; y sin embargo,
más- allá de esas diferencias, la acentuación del papel re generador del trabajo no solo
enlaza ese discurso al del autor de Las multitudes argentinas a Meléndez, a los higienistas, a
pedagogos y políticos, sino que revela su parentesco con esa matriz del "tratamiento moral"
pineliano que es la expresión misma del ideal burgués. "El pueblo educado es trabajador, y
por consiguiente le está reservada la victoria que Víctor Duruy presentía para aquél 'cuyas
clases obreras sean más arregladas, más inteligentes y educadas' de las que concurren a la
lucha en que viven las naciones industriales." 31
El trabajo asalariado, la sujeción y la rutina que lo sostiene cuando es solo deber y
similación -en sentido biológico- a una institución más o menos totalitaria, condensa ese
objetivo que reaparece bajo mil caras y otras tantas formulaciones, como el estado en que la
fuerza de la pasión se disciplina y se uniforma en la producción material. Su modelo es la
máquina: el médico-filósofo La Mettrie ha soñado para la burguesía la expresión universal
de su ideal humanista.
Una verdadera mitología del trabajo asalariado se funda en esta proyección de su
acción a una dimensión moral universal, que lo enlaza a la vez a los registros de la pasión y
del orden, de la energía y la obediencia, de la creación y la virtud ciudadana. En el trabajo
todas las contradicciones se resuelven y la fórmula misma del "amor al trabajo" promete
una felicidad estable, perenne, disciplinada, sin desbordes eróticos ni tempestades
afectivas. Por una parte, esto opera mediante una "naturalización" del trabajo, función vital,
signo de salud biológica, y atributo que caracteriza una buena evolución de la sociedad.
30
31
Id., p. 122.
Id., p. 123.
109
Pero ese desborde naturalista, supone cortar y, más aun, denunciar como inmoral, a
la relación trabajo-dinero. Frente a la pureza natural del manso trabajador se erige ese
"instinto de lucro" que es, para Ramos Mejía, la esencia misma de la simulación y no está
del todo desencaminado cuando insiste en esa potencialidad del dinero de aniquilar todo
valor particular, solo que por una grandiosa inversión, va a atribuir a una supuesta
psicología del inmigrante esa condición de "falseamiento" y alienación que es en realidad
un atributo del dinero. La presencia del dinero, por otra parte, inunda el paisaje urbano,
particularmente en esa zona de la "mala vida" y la delincuencia que motiva una significativa
atención y reocupación hacia fines de siglo. Por el momento cabe destacar que la ambición
y el lucro, el protagonismo del dinero, es uno de los componentes más reiterados de esa
amenaza de artificialidad y desorden que se asocia a la acción de la civilización, y que está
señalado a la vez como causa y como consecuencia de las modernas formas de la locura. En
contraste, ciertas esencias, a la vez naturales y espirituales, serán redescubiertas en las
tradiciones del campo.
Pero ese fantasma del alumbramiento de una "nueva raza" como proyección
imaginaria de la Nación, tiene también sus sueños de angustia: Cambaceres parece
sintetizar, con un final de pesadilla, la denuncia de los malos hábitos urbanos y la esperanza,
brutalmente frustrada, de un engendramiento que recupere los valores del campo. Sin rumbo
es, entonces, una vía regia para el acceso a los fantasmas deformados de una generación,
contrastados con el resto diurno del fracaso de su política social.
Por una parte, el "hastío" del protagonista es la modalidad de la locura urbana propia
de una identidad burguesa, que encuentra en ello un modo de reconocimiento; sin embargo
la reproducción de ese desorden tan europeo, puede desplazarse hacia formas de ociosidad
que deben ser ejemplarmente denunciadas.
Andrés-Andrea personifican a la vez la inicial perturbación, el fantasma de
nacimiento partogenético, atendiendo a la ausencia de presencia femenina; más aun,
prácticamente renacimiento expresado en la identidad del nombre, con la "sola" variante del
sexo y la brusca caída aterrorizante en lo real de la muerte. La inferioridad insanable de su
sexo (mujer = fatalidad) predestinaba a Andrea a ese final y prevalece sobre ese sueño
mesiánico tan endeble. Todavía más: los temores premonitorios del protagonista denuncian
su oscuro deseo de muerte por ese híbrido que no es ni criollo ni europeo y combina lo peor
de esa doble determinación, que es más de lugares
110
sociales que de progenitores, porque el híbrido es Andrés mismo que deambula entre el
campo y la ciudad sin encontrar su lugar.
Esa bastarda agonizante es la imagen que concentra la pura angustia, la vivencia
misma de lo siniestro de esa "nueva raza postulada como un alumbramiento que reniega de
la diferencia sexual: ese proyectado engendramiento esconde, distorsionado y recóndito, un
fantasma perverso.
La locura y las masas
¿De dónde salió el pueblo de la República? Talla cuestión que recorre Las
multitudes argentinas. La figura suprema de la evolución aporta un marco en el que
distintos momentos de la sociedad argentina pueden encadenarse, de modo homólogo al de
la filogenia. Contemporáneo de Florentino Ameghino no puede dejar de advertirse la
analogía del proyecto: "una historia de los encadenamientos políticos y sociales, como
existe ya de los encadenamientos animales". 32 Es decir, una historia natural, de la sociedad
colonial a la moderna, que restablezca la continuidad de esa fractura en la historia pasada,
en la que las masas, sobre todo rurales, se levantaron contra los dirigentes porteños. Allí
asoma una manifestación de locura colectiva ya con- jurarla destina Ramos Mejía el arsenal
de las doctrinas biológicas y psicopatológicas positivistas.
Una fantasmagoría se impone en la visión del país como un cuerpo cuya cabeza está
en Buenos Aires. "La conocida comparación de la capital con el cerebro es vulgar por lo
mismo que es tan exacta." 33 De cualquier modo, a la representación biológica evolutiva, que
piensa la historia popular como equivalente a la secuencia transformista que va del reptil al
pájaro, se superpone un diagnóstico médico que ausculta a "esas fuerzas ciegas que
discurren en las entrañas de la sociedad" como "agentes tóxicos", que sin embargo a veces
pueden ser beneficiosos: "El virus que destruye y mata es susceptible de cu
32
33
Las multitudes... cit., p. 17.
Id., p.187.
111
rar". 34 Tal es el carácter de las multitudes argentinas para esta mirada médico-política que
comienza por situarlas en la zona de la enfermedad.
El texto citado está construido sobre el sostén de un juego oscilante de analogías; la
metáfora biológica del cuerpo de la República reenvía a esa imagen del virus o,
indistintamente, a la del protozoario elemental ya la noble animalidad mansa de ese
inmigrante fantaseado; no hay valores ni componentes propiamente culturales en juego.
¿Cómo comprender entonces la afinidad y el vínculo que se establece entre los integrantes
de una masa? La analogía es ahora química: los integrantes de una masa son moléculas que
se combinan para formar la multitud.
La asimilación de la formación colectiva a una degradación del pensamiento y la
conducta, debe atribuirse a Le Bon. 35 Para él, multitud e individuo se oponen como la
acción inconsciente y la consciente. El "alma colectiva" que se constituye cuando existe una
masa psicológica, implica un descenso en el nivel de civilización y racionalidad y la
asemeja a "formas inferiores de evolución, tales como la mujer, el salvaje y el niño". 36 La
médula espinal domina a la multitud mientras que el cerebro domina al individuo y así, la
obra de Le Bon juega permanentemente con esa oposición irreductible entre el individuo y
la masa, cuya función ideológica es explícita. Queda claro, por otra parte, que la
muchedumbre de la que habla es la masa política, la de 1848 y la Comuna: "Hoy las
reivindicaciones de las multitudes se presentan cada vez con mayor franqueza, pretendiendo
destruir por completo la sociedad actual para llevarla al comunismo primitivo". 37 Por esa
vía, la oposición individuo-muchedumbre se desplaza fácilmente al conflicto entre
democracia popular u oligocracia; al "poder de las muchedumbres" se trata de oponer la
"aristocracia intelectual", verdadera sede de la civilización, destinada para siempre ala
función de gobierno.
En ese sentido, las ideas de Le Bon, con sus efectos sobre Ramos Mejía, configuran
una visión cristalizada del papel de las elites polí-
34
Id., p. 56.
Psicoanálisis de las masas y análisis del yo es la más completa refutación de la tesis psicológica de Le
Bon. Freud, S.: Obras Completas. Madrid, Biblioteca Nueva, 1948, t. I.
36
Le Bon, Gustavo: Psicología de las multitudes. Buenos Aires, Albatros, 1958, p. 40.
37
Id., p. 18.
35
112
ticas concomitante con ese torrente de descalificaciones arrojadas sobre las clases
populares, y pasan a formar parte de los valores oligárquicos, destinados a una larguísima
vida.
Más aun, puede decirse que Ramos Mejía extrema el aristocratismo implícito en su
maestro: para aquél, no cualquiera puede formar parte de una multitud, se necesita una
estructura mental específica. "El verdadero hombre de la multitud ha sido, entre nosotros, el
individuo humilde, de conciencia equívoca, de inteligencia vaga y poco aguda, de sistema
nervioso relativamente rudimentario e ineducado". 38 Por ese sesgo que acentúa la distancia
entre la masa y la elite, el recurso doctrinario a la evolución se resiente, porque si el
miembro de la elite no salió de esa multitud a la que se define a la vez como la materia del
cuerpo social, y como la zona colectiva de la locura, ¿de qué filogenia proviene?
A esa imagen omnicomprensiva de un transformismo incesante de la multitud
"celular" y "larval", que asimila la formación del pueblo y de la nacionalidad a una
gestación, se superpone otra que lisa y llanamente opone la masa a la elite como la locura y
la razón. "Constituyen los principales núcleos de la multitud: los sensitivos, los neuróticos,
los individuos cuyos nervios sólo necesitan que la sensación les roce apenas la superficie,
para vibrar en un prolongado gemido de dolor o en la vigorosa impulsividad, que es la
característica de todas las muchedumbres." 39 Esa constitución psíquica es la condición
previa del integrante de una masa, y con ello José M. Ramos Mejía se separa de Le Bon,
para quien la regresión mental a la barbarie era un efecto propio de cualquier multitud, dada
la conformación de un "alma colectiva". De cualquier modo, en esa caracterización de la
"locura" de las masas se ponen en juego las mismas nociones que en el discurso alienista:
sobreexcitación, pasión desbordada, alucinación e ilusión, rebeldía y rechazo de la
autoridad.
Las multitudes "son impresionables y veleidosas como las mujeres apasionadas,
puro inconsciente; ...sensual, arrebatada y llena de lujuria para el placer de los sentidos. No
raciocina, siente". 40 La condición femenina, y por tanto inferior, de la masa tiene su
antecedente en Le Bon.
38
Las multitudes... cit., p. 13.
Id., p. 12. Bastardillas del autor citado.
40
Id.
39
113
Pero el autor argentino va más allá en su fantasía: la masa no es sólo mujer sino
prostituta que se entrega ciegamente a su señor, en este caso Rosas. "Aquella prostituta
había encontrado por fin el bello souteneur que iba a robarle el fruto de su trabajo, sangrar
sus carnes entre las protestas de extraño amor y las exigencias de sus adhesiones
incondicionales... Cuando algún piadoso vecino corra a librarla de su hermoso victimario,
ella; soberbiamente airada y en los impulsos de una violenta irritación, se levantará
brutalmente activa, y por qué no decirlo, tal vez heroica, reclamando el derecho y el placer
de dejarse azotar el rostro por la mano pesada de su dueño implacable" Como para
confirmar la vigencia de la fantasía cristalizada, la misma imagen de entrega sexual servirá
para el análisis de Aristóbulo del Valle y su relación con las multitudes de Buenos Aires. 41
Si puede hablarse de un fantasma oligárquico -en el sentido psicoanalítico-,
escenificación de deseo que insiste y reaparece más o menos deformada en el discurso y en
la acción política autoritarios, Ramos Mejía lo expresa en esa representación de la masa que
se posterna y se humilla ante un amo fabuloso. En ese fantasma originario la representación
del poder encuentra la oportunidad de un sobreinvestimiento sádico de su real condición
dominante.
Por otra parte, algo llama la atención en el repetido discurso sobre Rosas, que lo
hace encamar la personalización acusada de un poder despótico, que no se sujeta a ley
alguna. Más allá de su intención conscientemente denigratoria, el efecto es más bien de una
desmesurada exaltación; en una proyección que hace del otro un espejo en el que se anticipa
la conformación de un ideal de poder que fascinó tempranamente al ego oligárquico.
Volvamos a la referencia que nos guía en ese viaje que no quiere evitar desvíos ni
baches. Porque puede pensarse que esta exploración de cierto espacio de representaciones
políticas que no se limitan a su aspecto manifiesto y declarado ni a la formación
circunstancial de la convicción y el consenso sino que fundan ciertos mitos referenciales
que gobiernan la conformación de la Nación- corre por otros carriles que la exploración de
los discursos e instituciones de la locura.
Y sin embargo, como en parte se vio, el impacto de ese haz de fantasmas que son a
la vez ideales y mandatos, ejerce notoria influen-
41
Id., p. 176 y 211.
114
cia en higienistas y alienistas, y no sólo porque J.M. Ramos Mejía fue psiquiatra y escribió
el primer texto psicopatológico.
Por una parte, puede destacarse en alguna zona del naciente discurso alienista -que
no es homogéneo- una ambición de rescate de esas masas, predominantemente rurales, en
las que su pertenencia a "la clase baja de la sociedad" se hace corresponder a una cierta
condición perturbada. Allí –como se vio- el orden y el equilibrio aparecen asociados
fundamentalmente al matrimonio y la vida familiar, que trata de fomentarse en el marco de
las consignas civilizadoras.
De cualquier modo, el texto citado de Meléndez y Coni corresponde a un momento
de transición entre la localización predominantemente rural de la patología mental a nivel
colectivo y una nueva estructuración del discurso y las fantasías que hacen de la locura una
figura definitivamente urbana. En todo caso, en ese pasaje hay una transformación -que no
es un corte- que preanuncia un acotamiento más específico; coincide, finalmente, con el
comienzo de una especialización alienista que va a hacer de la locura un tema y un objeto
de intervención, que ya no está arrojado sin mayor discriminación, entre las cuestiones de la
higiene y la civilización, entre la interpretación de la sociedad y el gobierno de las masas.
En Meléndez puede ubicarse la figura clave de esa transformación, ya que al mismo
tiempo que se hace cargo de la utopía pedagógica y social, inicia una tarea de acotamiento
de una locura objetivada en los marcos de las prácticas médicas. El caso de José Vivado y la
polémica que suscita aparece, como se verá, como una circunstancia privilegiada para
ingresar en el análisis de ese momento de viraje.
"La densidad de la población ejerce una acción importante sobre la producción de la
locura. La gran mayoría de la población de nuestros dos asilos proviene de la ciudad, donde
los medios de existencia y de satisfacción se han ido haciendo cada vez más difíciles de
adquirir. Nuestra campaña produce pocos locos; allí las gentes llevan esa vida primitiva,
tranquila, teniendo exigencias muy modestas." 42
La extensión, de la campaña y la ausencia de vida comunitaria eran para Sarmiento
un fundamento de la barbarie. Ahora es la aglomeración y la agitación urbana -nítidamente
asociada al caudal inmigratorio- la causa más destacada de la locura en el nivel de una
consideración colectiva.
Más aun, ciertos rasgos del "carácter argentino" que se asociaban a esa inferioridad
denunciada como atributo de la raza, ahora resul-
42
Meléndez y Coni, Op. cit., p, 29.
115
tan favorables frente a la amenaza de esa locura urbana. La resignación y la indiferencia son
atributos destacados del argentino "de clase social inferior", particularmente proveniente del
medio rural. "Sufrido para la desgracia y los pesares, se le ve casi impasible soportar la
pérdida de seres queridos, la falta de trabajo, la pérdida de su escaso caudal y en una
palabra, todas estas causas que en él producen poco o ningún efecto, son suficientes para
perturbar la razón del extranjero cuyo carácter y educación la hacen más sensible y más
impresionable a los contratiempos de la vida." 43
Se inicia así una separación de la locura urbana y la rural que sin embargo no es
nítida ni tajante.
Es posible distinguir un discurso estratificado que matiza y ajusta diversas
significaciones de la locura, que a menudo se anuncian superpuestas. Por una parte esa
apelación global a la moderación y el orden identifica a la locura con cierta condición
desequilibrada de las "clases inferiores" sin mayores distinciones de origen racial ni de
cuadros psiquiátricos. En ese nivel, la función moral del alienista y el médico social no se
distingue de la del político, el ideólogo o el educador: esa consigna ya citada que hace de la
instrucción, la familia y la propiedad las herramientas sociales capaces de regenerar a las
masas y prevenir los casos de locura, puede tener cabida en un discurso político, en un texto
higienista o en una interpretación "sociológica" de la realidad argentina.
La caracterización que engloba en una sola amenaza a nacionales y extranjeros,
hermanados en la común condición de desposeídos, va a quedar más firmemente anudada
cuando predomine la consideración policial y criminológica. "Dos elementos distintos
etnológicamente componen entre nosotros la población criminal; los indígenas y los
extranjeros. Predomina entre los primeros el habitante de nuestra campaña, el gaucho con
sus inclinaciones a la vagancia, acostumbrado a trazar su camino apunta de cuchillo.
Ignorante, no conoce la ley sino por la opresión de que es objeto y la religión por el
escapulario sujeto al cuello. ¿Qué sentimiento superior puede ser guía de sus acciones? ... El
extranjero desde luego viene impregnado con los vicios de la civilización europea, alentado
por el afán de lucro, que llevado al exceso produce la exaltación de las pasiones egoístas y
el crimen." 44
43
44
Id.
Korn, Alejandro: Locura y crimen, Tesis de doctorado, 1883; p. 28.
116
Esa escisión social primaria del mundo de la locura que acentúa una descripción
cargada de peligros en la zona de la miseria y la población de baja condición social,
encuentra su expresión en la definición de las causas. Si la civilización trae aparejado un
incremento de la patología mental, se destaca que ese efecto no es homogéneo, ya que en
los pueblos civilizados el aumento se debe sobre todo a la mayor acción de las causas
"morales" (reveses de fortuna, disgustos familiares, excesos sexuales, desbordes
intelectuales, religiosos, laborales). Los pueblos más primitivos, en cambio, aun cuando
producirían menor número de locos, tendrían un predominio de causas físicas
(traumatismos, déficits alimentarios, accidentes del parto y el nacimiento). Una distinción
semejante puede establecerse a partir de que el discurso sobre la locura empieza a realizar
sus primeras delimitaciones. Por ejemplo, los autores europeos 45 afirman que mientras las
causas morales afectan en especial a "las clases instruidas", las "clases ignorantes" sufren
más frecuentemente los factores físicos. Algo que, más allá de cierta evidencia empírica,
liga esa "locura" de las clases poseedoras a un movimiento de formación y reconocimiento
de cierta "conciencia burguesa" que también encuentra en el terreno de las pasiones un
resorte de su identidad.
En otro nivel, la imagen global de perturbación asociada desde el comienzo a esa
amenaza delictiva y rebelde de las masas empieza a insertarse en un juego de oposiciones
tejidas alrededor de las figuras contrapuestas del campo y la gran ciudad. Esa primera
representación de la barbarie como desborde pasional y resistencia a la ley y la autoridad
dibujaba una zona de irracionalidad que llamaba a la locura y el crimen. Es cierto que la
civilización, del lado de las ciudades que representaban a Europa y la inmigración como
instrumento al servicio de ella, no se oponía simplemente como la quietud al ímpetu, sino
que suponía también la acción de una fuerza incontenible, representada por esa idea del
progreso, movimiento de los tiempos que se presentaba con las características irreductibles
de una segunda naturaleza.
Pero en el seno mismo de las representaciones que pugnan por imponer su sello a
esa empresa coexisten diferentes versiones, en gran medida fantásticas e implícitas, que
recogen sus materiales de los restos de las tradiciones morales de Occidente.
45
Gache, S., La locura en Buenos Aires, cit., p. 129.
117
Por otra parte, un texto como el de Ramos Mejía muestra bien cómo son los
obstáculos históricos, las rebeldías y las luchas, mucho más que la directa aplicación de un
modelo moral, los que impulsan el discurso y las instituciones de esa cruzada del orden y la
razón burguesa.
Más todavía, una consideración móvil de distintas nociones y valores que entran
variablemente en los discursos, permite ver que a los distintos rostros de la locura
corresponden diversos prototipos del hombre normal, en los que antiguas nociones
religiosas, ideales de la ilustración, imágenes del romanticismo y nociones del positivismo
biologicista se entremezclan y si bien el movimiento impulsa una purificación de las
referencias en el sentido del predominio de la concepción positivista, no puede decirse que
la significación de la locura pierda cierta acentuada polivocidad que depende de esa relación
con una función estratégica bien definida: bajo su sombra se procesan las transformaciones
de la razón occidental desde hace ya tres siglos.
El ideal del Iluminismo es el hombre ilustrado, libre, igual a los otros y
autosuficiente, que se rige por la Razón y regula a través de ella sus relaciones con el
mundo y los demás. Es el hombre emancipado, en el que convergen un conjunto de ideales
y normas que dan por resultado una moral de convivencia, dictado por y para un
determinado grupo social, que se proyecta lo universal como tipo humano. 46 De cualquier
forma, distingue de él a la mayoría ineducada para quien son inevitables los recursos de las
creencias irreflexivas cuyo prototipo es la religión. Posteriormente el naturalismo
positivista, por ejemplo el citado Le Bon, aporta su visión del individuo y la masa sobre un
terreno en que, cierto resabio de las concepciones aristocráticas del absolutismo va a
encontrar una cabida –modificada- en la versión que reemplaza las prerrogativas de la
sangre por las de la razón.
Pero al mismo tiempo, no puede dejar de reconocerse el papel de cierto ideal
romántico, al que ya se hizo referencia, y para el cual el mito del "buen salvaje" -ideal de
salud para las masas- se acompaña de un proyecto de reforma de las costumbres que
acentuará como origen de los males humanos al alejamiento de las leyes de la naturaleza.
En esa primera utopía de transformación de la barbarie, ésta es fundamentalmente una
pasión que debe ser encauzada, y el ideal es el de un equilibrio entre pasión y razón; si bien
no deja de marcarse la distancia insalvable entre el tipo moral que corresponde al tra
46
Sauri, J., Op.cit., p. 36-41.
118
bajador, en el que la razón es ante todo preparación técnica en su oficio y hábitos
moderados de participación social, y la del hombre superior, cuyo "talento" sintetiza su
derecho a dirigir, como clase, la sociedad.
Podría decirse que desde el comienzo de la caracterización moral de la población se
establece un doble movimiento de oposiciones que ponen en juego modelos y valores
diferentes: frente al sujeto caracterizado por su desborde y exaltación -cuyo prototipo es el
"gaucho malo"-, los ideales clásicos de la razón como control e interdicción moral. Pero, a
la vez, frente a esa imagen de ociosidad, indiferencia y resignación que son atributos de la
población rural, las consignas del progreso apelan más bien al modelo romántico del
hombre emprendedor que lucha y transforma la naturaleza.
El predominio de la cosmovisión positivista, vía Spencer sobre todo, va a coincidir
con el tipo ideal que se ha caracterizado como el ciudadano respetable, 47 que aspira sobre
todo a la estabilidad, el bienestar, la seguridad. El orden y el progreso se ligan
indisolublemente a las ilusiones depositadas en la actividad de la ciencia y la tecnología.
Con ello ese ideal del individuo arrojado y emprendedor -que no desaparece y tiene sus
zonas de influencia- tiende a reemplazarse más bien por el del ciudadano "adaptado", que
subordina crecientemente sus iniciativas a los requerimientos del orden público. En ese
proceso, se da el crecimiento real y la desmesura imaginaria del Estado, en su papel
ordenador, represivo y vigilante y, a la vez, garante de la existencia social y de requisitos
mínimos de subsistencia.
De cualquier modo, ese ideal de conducta ciudadana diversamente sostenido en
discursos e instituciones políticos, científicos, universitarios, profesionales, parece haber
tenido en este período una bien escasa influencia en los sectores populares.
En ese sentido, los encendidos reproches de José M. Ramos Mejía a "guarangos" y
"burgueses aureus" hace pensar en una filípica descargada sobre la criatura demasiado
parecida a sus progenitores. Porque si esa descarnada caracterización de sectores sociales en
ascenso, hacia el Centenario -a la que casi nadie parece haber tomado en serio- encierra un
fondo de verdad, junto al tono de escepticismo desesperanzado de un conspicuo integrante
de la "generación del 80", lo menos que puede decirse es que el "alma bella" denuncia el
desorden del mundo sin ver en él la contribución decisiva de esa minoría que,
47
Id., p.42.
119
identificada con la nación y exaltando una fantasía de autoengendramiento, instauró un
perdurable déficit de simbolización pluralista.
En la visión de esa fantástica multitud que se transforma y pasa de ser "protozoario"
a una "faz fetal", 48 la imagen que domina es la del alumbramiento. En todo caso un
alumbramiento que no debe nada a tradiciones, valores culturales o ideales sino que es un
mero resultado de encadenamientos mecánicos, la ciega determinación de los factores
biológicos. En esa dimensión que reúne la dogmática evolucionista con la visión
inferiorizante del ego oligárquico, la multitud es del orden de la naturaleza: "practica sus
obras casi como las fuerzas de la naturaleza". 49
"La multitud realiza hoy la independencia de América y mañana creará la tiranía de
Rosas o la anarquía de 1820, como el torrente de agua mueve aquí metódicamente la rueda
muda del molino, para amasar el pan de cada día, y más allá para devastar la comarca
llevándose por delante los hogares y ahogando a cuantos carecen de fuerza para luchar
contra él." 50
Esa fuerza bruta pierde todo su encanto romántico en cuanto una exigencia de orden
se antepone a la valoración del empuje, cualidad que persiste, no obstante, en un estatuto
moral ambivalente. Frente a esa consigna del orden a ultranza lo que domina en la imagen
de la multitud es su rebeldía, su rechazo de la autoridad y su potencialidad insurreccional.
Es cierto que en páginas anteriores se había enfatizado la condición de sometimiento de esa
prostituta que encontraba su gozo en la humillación ante ese amo que es el paradigma del
poder deseado por la oligarquía: Rosas. En todo caso, la lógica de esas afirmaciones, que no
encajan muy bien, es la misma que domina en la historia del caldero que Freud hizo célebre.
Hasta aquí, puede señalarse que mientras la imagen de la multitud está focalizada
según el modelo del ideal evolucionista, lo que domina es el fantasma del nacimiento de un
nuevo sujeto colectivo, definido por una fácil asimilación a ese organismo mayor que es la
imagen determinante de la nación.
Pero confrontada inevitablemente con la realidad de la lucha y los conflictos, se
superpone la figura más bien zoológica de la animalidad salvaje, la multitud es entonces
"fiera" 51 y el fantasma de
48
Ramos Mejía, J.M., Las multitudes..., p. 30.
Id., p. 46.
50
Id., p. 79.
51
Id., p. 68.
49
120
un alumbramiento garantizado por las leyes de la biología se modifica en la proclamación
de una empresa de domesticación.
La homología con el discurso de la locura es completa; las masas y los locos
merecen una común consideración y un paradigma de tratamiento, oscilante entre ese ideal
organicista de la asimilación en condición subalterna (el "buen loco", colaborador y
obediente equivale ala masa mansa y laboriosa) y la paranoia psiquiátrica vigilante y
predispuesta al pasaje al acto represivo. Si la masa es fuerza, lo principal es saberla -y
poderla- encarrilar y dirigir, impedir que escape al "control de los centros superiores". 52
Recapitulando, ese proyecto de transformación de la multitud natural en una masa
política gobernable -tal acepción de pueblo en Ramos Mejía- es tematizado en una serie de
figuras del pasaje que corresponden indistintamente a una maduración, una evolución
biológica, una educación reflexiva o un sometimiento inapelable a la autoridad. Es el
protozoario o el hombre-carbono que se desarrolla o se integra en unidades mayores por un
determinismo ciego; es la fiera que se vuelve doméstica; es el niño que se hace adulto; es la
pasión ciega que dirigida, deviene acción moralmente encauzada. Pero una metáfora mayor
domina todo ese juego de transformaciones: la muchedumbre que se convierte en ejército. 53
Frente a la “democracia turbulenta", 54 el orden y la disciplina del ejército deviene el
paradigma de la autoridad y el gobierno de la sociedad. La condición misma de esa deseada
transformación es que los actos de obediencia se vuelvan automáticos.
Es cierto que un recorrido superficial permite visualizar cierta convergencia en la
promoción de la obediencia en discursos y dispositivos médicos, pedagógicos o laborales,
pero en todo caso lo que resalta en este texto fundador del análisis de la sociedad argentina,
es la extrema lógica con que una concepción autoritaria del poder desemboca en la
exaltación de la institución militar como modelo de orden y jerarquización de las funciones
de gobierno, frente al desorden inherente a la participación popular.
Hablando de los ejércitos poco disciplinados de la Independencia, Ramos Mejía se
indigna: “¡En plena multitud! ‘Los extraviados jefes
52
Id., p. 92.
En 1901, casi contemporáneamente al texto de Ramos Mejía, se estableció el servicio militar
obligatorio.
54
Las multitudes..., p. 111.
53
121
y oficiales pretendían no dejarse dominar por ningún tirano'; las ideas de libertad habían
cundido en los ejércitos y se aplicaban al régimen militar!" 55
El ejército se degrada en multitud cuando los "actos de obediencia, que son
sistemáticos e inconscientes casi, se hacen conscientes, y para mejor expresar mi
pensamiento, diré que se hacen cerebrales ... Pasa con los actos de obediencia, según colijo,
lo que con la marcha y otras manifestaciones reflejas, que son inconscientes y puramente
medulares al estado de salud, pero cuando empieza a intervenir el cerebro, cuando para
verificarlos hay que pedir el auxilio de arriba, es porque la enfermedad ya ha comenzado su
obra de alteración". 56
Si el tratamiento moral pineliano podía apelar indistintamente a la persuasión
sugestiva o la represión violenta, con la condición de mantener inalterada la preeminencia
del centro de autoridad, este discurso sobre las masas, que se autodefine como "biología
política" definirá con análogos caracteres cierto modelo de gobierno. Y en él, la dominación
totalitaria está presente como alternativa que lejos de ser contraria al liberalismo económico
es el reaseguro de su plena expansión.
Frente a ese ideal aristocrático del progreso en el que el alumbramiento mismo de la
nación condena a la masa a un gregarismo sin representación ni participación, como la
figura misma de un desorden y una patología que debe ser reencauzada; frente a esa imagen
megalómana de una elite gobernante que se legitima y se garantiza a la vez en los
postulados de la ciencia positivista y en las leyes de la historia, ¿qué importan las
operaciones -en sentido quirúrgico- que tal parto exija, cuando ese ilusorio objetivo final
justifica cualquier violencia?
No casualmente, ese texto sobre las multitudes culmina confrontando a dos líderes
políticos. Del Valle, “que amaba a las multitudes y creía en su eficiencia" 57 , es un Rosas
crédulo y civilizado, que confiaba en las masas como instrumento de gobierno. ..Demasiado
sincero para ser precavido, ignoraba que al día siguiente de su caída, el fanatismo pueril y
antojadizo de su devota acalorada, se trocaría en silencio y tal vez en indiferencia; y que...
comenzaría pronto
55
Id.; la cita incluida por Ramos Mejía -a quien pertenecen las bastardillas- es de Bartolomé Mitre.
Id., 156. Bastardillas del autor citado.
57
Id., p. 214.
56
122
a borrarse de la memoria amorfa de esa beata veleidosa, que besa con mordiscones y adora
con las impuras efervescencias del celo. " 58
Frente a él, Pellegrini, "incrédulo de los prodigios de las turbas como elemento de
gobierno", las excluye y les deja su papel en la vida política. ¿Cuál es? Sufrir la “lenta
evolución" que, entre otras cosas, ha "transformado al mono en hombre". 59 Si el universo
entero se ha transformado por la ley inexorable de la evolución física y biológica, ¿cómo no
ser optimistas, frente a la evidencia de que las leyes supremas de la naturaleza sostienen esa
buscada regeneración de las masas?
Biología fantástica, tecnología alienista, objetivos políticos y, sustancialmente la
utopía fabulosa de engendrar un nuevo sujeto colectivo. Todo ello, matizado con la imagen
vulgarizada del gobernante, que como el médico actúa en la dirección de la salud y
equilibrio del organismo social, y que en la acción sobre las masas, enfrenta cierta locura
difusa y de difícil control.
¿Cuál fue el resultado de esa empresa? Aun a riesgo de apresurar un momento de
concluir que podría dilatarse y matizarse con una consideración más cuidadosa de
expresiones análogas, pero a la vez diversas, en el terreno de la educación y el trabajo,
puede decirse que los efectos re alimentaron y consolidaron al ego oligárquico mucho más
que al precario nivel de autorrepresentación de una masa heterogénea, que distaba mucho de
encontrar a mano imágenes e ideales susceptibles de devolverle un rostro unificado y
familiar.
Algo persiste, sin embargo, de esa imagen en que la locura como pasión puede ser
atributo del hombre superior, y el "loco" Sarmiento recibe ese apelativo como un
reconocimiento de su genio, algo que para nada lo emparienta con el pobre loco miserable
del hospicio.
Pero, cada vez más por el influjo conjunto de las tesis de la degeneración, del
desmesurado avance de la preocupación médico-legal y criminológica y de los desórdenes
de la conducta que caracterizan la marginalidad en Buenos Aires, el rostro amenazante de la
locura coincidirá, sobre todo, con la zona del déficit intelectual, el primitivismo, la agresión
y el descontrol, en suma la criminalidad. Esa figura
58
59
Id., p. 211. Bastardillas de Ramos Mejía.
Id., p. 211 y 215.
123
de la locura como exaltación, impulso, incluso desvarío excitado de la razón, cederá frente a
la del primitivismo, que repite la amenaza del campo sobre la ciudad.
Porque si bien el inmigrante es un habitante de la gran ciudad, se acentúa su origen
campesino y allí se hace radicar, precisamente, su esencial monstruosidad. Es la zona
bárbara e ineducada de la campaña europea la que viene a repetir esa otra invasión del
campo sobre la ciudad que es el tema principal de una paranoia que funda una visión de la
República. "Durante el 'año veinte', López y Ramírez entran a Buenos Aires con sus
escoltas de salvajes cuyo aspecto agreste imponía a las poblaciones, y atan sus caballos en
las rejas de la pirámide de Mayo. Ese 'año veinte' puede considerarse, en nuestra historia,
como un verdadero acceso de exaltación maníaca general, rabiosa y desordenada,- como el
momento supremo en que una crisis agudísima y brutal rompe en todos los cerebros ese
equilibrio benéfico que constituye la razón." 60
El mito de la pirámide atada, de esa Plaza de Mayo, que es el espacio mismo de los
ideales liberales e ilustrados, convertida en potrero de campaña, condensa la terrible
amenaza y muestra hasta qué punto la amenaza de la barbarie es parte constitutiva de una
afirmación defensiva y fuertemente persecutoria de cierto rostro de la nacionalidad. En ese
sentido, el desplazamiento que se opera del gaucho al inmigrante, solo traslada el espacio en
que se despliega esa locura pero no su significación esencial, que liga ciertas condiciones
mentales colectivas, más o menos fantásticas, al destino de la Nación y el Estado.
De cualquier modo, la escisión ciudad/campo cala hondo en la propia organización
de la mirada y la intervención del psiquiatra. Del campo se espera idiotismo, deterioros e
insuficiencias, cuadros traumáticos, demencias alcohólicas, locuras simples. Del ciudadano
urbano, en cambio, delirios exuberantes, neurosis con altos contenidos simbólicos. Pero
cuando el campo, y su secuela mental de deterioro y primitivismo, se aloja como un cuerpo
extraño en el seno de la ciudad fabulosa, muchas categorías médicas y morales tienden a
trastocarse y confundirse. La teoría de la degeneración, a través de su inclusión de una
patología "adquirida" servirá para reordenar el espacio teórico, y fundará la asociación de la
locura y el crimen.
Varias décadas después, Roberto Arlt produce un homenaje
60
Ramos Mejía, J.M., La neurosis…, cit., p. 151.
124
-quizá postrero- a esa imagen urbana de la locura en la que, invirtiendo el signo, reencuentra
las figuras de la transformación moral de la sociedad. De La neurosis de los hombres
célebres a Los siete locos no sólo se dibuja la parábola del apogeo y la caída de esa
exaltación oligárquica que se enseñorea con la historia. Más aun, la unidad compacta de la
percepción de la locura en ese marco naturalista y moralizante va a quebrarse y nunca
volverá a recomponer su armonía.
125
126
4. Locura y crimen
El alienista y la ley
En la progresiva correlación conceptual entre locura y delito, la incidencia de la
cuestión jurídica -que viene a plantearse al alienista "por fuera" de su relación inmediata
con el loco- se superpone a ciertas transformaciones en la propia "experiencia" de la
locura.
El dispositivo institucional del alienismo implantó sobre la radical desviación de
la alineación -cuya forma mayor es el delirio- la brusca coerción de un sistema de
sujeciones y deberes. Pero su signo distintivo era la desconfianza: la locura encierra una
productividad y un movimiento "internos", que persisten como una condición esencial y
hacen que toda modificación por vía de la obediencia moral deba ser vigilada.
Mas aun, la progresiva acentuación de una percepción sociomoral por sobre la
delimitación nosográfica -a la que no es ajena en Francia la atención que los personajes
del alienismo prestaron a desórdenes y luchas sociales, caracterizándolas como formas
colectivas de locura- conducirá a ciertas formas diagnosticas en las que la alienación
coincidirá plenamente con una desviación de la conducta respecto del registro de la ley
y las normas.
Pinel consignaba que en la Salpêtrière existían internados que "no ofrecían en
ninguna época ninguna lesión del entendimiento y que estaban dominados por una
especie de instinto de furor, como si sólo lo hubiesen estado menoscabadas las
facultades afectivas". 1
Alrededor de la idea novedosa de una "locura sin delirio", se construyen las
formas clínicas de "locura parcial". Una forma de locura se oculta tras una apariencia de
normalidad y es, por eso mismo, mucho más peligrosa. Es la locura en acción, sin
requisito de mayor
1
Foucault, M., Historia de la locura..., cit., II, p. 282.
127
precisión acerca de su etiología y desencadenamiento, casi una versión esencial del
desorden moral. Tal era la patología mental de Rosas para Ramos Mejía.
Esa concepción naciente que percibe explícitamente a la locura como un pecado
contra el orden social, no sólo en su sostén jurídico y político, sino en su existencia
cotidiana, tiene un nombre científico: "locura moral". "El hombre que experimenta
deseos inmorales, y que se deja llevar de sus malas inclinaciones sin que su espíritu le
presente un medio para discernir sobre la naturaleza perversa de esos deseos, y
rechazarlos oportunamente, se encuentra en un estado de locura moral. Esta locura, que
es la de los criminales, no viene de la perversidad; esta presenta solamente el objeto de
la locura, los deseos inmorales; lo que la constituye es la ausencia de sentido moral,
única facultad que ilumina el espíritu sobre el bien y el mal." 2
Ya no se trata principalmente, como en la empresa de Pinel, de estudiar las
condiciones y las formas de la alienación en una cercanía observadora, que era a la vez
un precepto de la investigación nosológica y del tratamiento moral. Los tiempos
postpinelianos son los de la industrialización expansiva y sus conflictos; en ese sentido,
el discurso psiquiátrico se hace explícitamente más "sociológico", para acentuar las
consecuencias desfavorables de la agitación política y social.
Al mismo tiempo, se fundan ciertas referencias, que perduraran por mucho
tiempo, para pensar la relación entre locura y condición social. La burguesía, por
ejemplo, enloquece por causas que pueden considerarse inherentes a su propia
condición. "Los comerciantes se vuelven locos por sus especulaciones y sus proyectos
exagerados; los funcionarios por su dependencia profesional; poetas y actores por una
formación unilateral de la imaginación; militares por su esclavitud al placer; palaciegos
y hombres adinerados en general, por la ociosidad". En cuanto a las clases populares, se
caracterizan por una ausencia de educación que se hace equivalente a una corrupción
generalizada: inmoralidad, crímenes, pobreza y locura se aúnan y confunden según el
molde clásico de la irracionalidad. 3
Esquirol, más que Pinel, condensa en un diagnóstico el rostro de la locura de su
tiempo recortada sobre el telón de fondo de la recta conducta ciudadana: la monomanía,
que en parte repite la moral insanity de Arnold y Prichard y la manie sans délire de
Pinel. Sea bajo
2
3
Gache, S., El estado mental..., cit., p. 614-615.
Dörner, Klaus, Ciudadanos y locos. Madrid, Taurus, 1974, p. 211.
128
una forma intelectual, afectiva o instintiva, indica una perturbación parcial, que deja
intactas las demás facultades. "Para Esquirol la monomanía es la enfermedad de su
tiempo, la enfermedad del extremismo, de la simplificación y unilateralización del
hombre, la enfermedad del progreso, de la orientación excesiva hacia fuera, de la
expansión, del vaciamiento de la naturaleza humana, es ‘la enfermedad mental de la
civilización’." 4
Ese instrumento diagnóstico que asimila cierto tipo de conductas sociales,
contrarias a las normas, a una enfermedad no podía dejar de plantear polémicas y
transformaciones en el espacio judicial alrededor de un problema que durante todo el
siglo XIX va a dominar la relación entre medicina y derecho penal: cómo vincular y a la
vez diferenciar al loco del criminal.
La noción de monomanía proporciona las formulas por las que en adelante
quedaran fijados los transgresores de las normas; la monomanía es el ámbito de “lo
demasiado grande”, y por lo tanto escandaloso, "en autoconciencia y autoexaltación
(megalomanía), en necesidad de amor (erotomanía), en exigencia de derechos
(querulancia), inclinación a la bebida (dipsomanía), al robo (cleptomanía), al incendio
(piromanía). También vale para las obsesiones de cualquier tipo, perversiones sexuales,
criminales, es decir, para la amplia masa de los anómalos. 5
La "locura moral" alude, entonces, a una caracterización global de una zona
general de la locura que es ante todo una desviación del obrar. Es "un cierto desorden
del espíritu sin delirio, sin alucinaciones, en el que los síntomas consisten sobre todo en
la perversión de las facultades mentales llamadas comúnmente facultades activas y
morales: los sentimientos, las afecciones, los pensamientos, el carácter, las costumbres y
la conducta. La vida afectiva del individuo está profundamente perturbada y esta
perturbación o desarreglo se muestra en su manera de sentir de querer y de obrar. Es
incapaz de sentido moral verdadero: todos los pensamientos, todos los deseos a que
cede sin resistencia son egoístas, su conducta parece gobernada por motivos inmorales
en los cuales se complace y cede sin el menor deseo aparente de resistir". Pero, al
mismo tiempo, "no hay probablemente ser razonado más sutil, puesto que todas las
facultades intelec-
4
5
Id., p. 215.
Id., p. 217-218.
129
tuales son aplicadas a la justificación y a la satisfacción de sus deseos egoístas". 6
Esa asociación de la locura a un estado de inmoralidad sin declinación de las
facultades intelectuales incorpora decididamente el discurso y la indicación alienista al
registro de la culpabilidad y la penalización. Pero lo hace de un modo que no deja de
plantear sus conflictos y paradojas.
El problema central que domina las primeras relaciones de la medicina mental
con el dispositivo jurídico es el de la responsabilidad. Pero justamente en ese terreno, la
condición de "locura moral" -como más adelante la degeneración- no define todavía la
ausencia de responsabilidad. En todo caso, se trata alternativamente de un loco o de un
delincuente según desde donde se defina su perfil.
Por un lado, una creciente patologización del campo de los impulsos y las
pasiones tiende a definirlo como esencialmente loco: "...la razón ha perdido su imperio
sobre las pasiones y sobre las acciones, el hombre no puede ni dominar éstas, ni
abstnerse de aquéllas; por contrarias que sean las unas y las otras a sus obligaciones y
deberes sociales".
Por otra parte, confrontado con el mundo moral, definido por las normas
establecidas, el perfil que muestra acusadamente está dominado por la figura de la falta,
de la ausencia de arrepentimiento y la obligatoriedad social del castigo: "Imposible
hacerle reconocer sus faltas, que niega con persistencia, que excusa o justifica; no tiene
el menor deseo sincero de portarse bien; su naturaleza afectiva está profundamente
desarreglada y todo lo lleva a sus satisfacciones funestas, que deben conducirlo a una
degeneración más completa y concluirán por hacer de él un elemento mórbido que el
cuerpo social deberá eliminar, o que será necesario secuestrar y poner fuera de estado
de dañar". 7
Las polémicas, de cualquier modo, serán crecientemente internas al propio
ámbito que el alienismo construye en el campo jurídico. Siempre habrá psiquiatras de
un bando y de otro en el momento de dictaminar sobre la imputabilidad de un acusado.
Lo importante no es la certeza -siempre problemática- que el perito pueda aportar sino
la expansión misma del dispositivo psiquiátrico que viene a hacerse cargo de las
incertidumbres de los funcionarios judiciales. Al-
6
Acevedo, Wenceslao, La medicina y el derecho penal. Imputabilidad de los alienados. Tesis,1886, p.
52.
7
Id.
130
gunos casos célebres de crímenes, que sacuden por su desmesura o su caracter absurdo,
exceden la capacidad analítica de un dispositivo judicial que mantiene intactas las
tradiciones de la Ilustración: lo "inmotivado" -desde esa racionalidad- quedará
expulsado hacia los márgenes en los que los alienistas acumulan méritos y poder .
Por otra parte, un movimiento que integra el espacio jurídico y penal a los
modernos desarrollos de las disciplinas "clínicas" impone una atención creciente al
criminal, más que al delito. La concepción clásica del delito hacía homogéneos el
registro de la ley y el del sujeto delictivo ya que sobre ambos dominaba la figura mayor
de la Razón. La doctrina correspondiente en el espacio de la locura ponía el acento en la
alienación como la forma misma de un extrañamiento y un alejamiento de los cauces del
entendimiento; la locura es, para una extensa gama de discursos y consideraciones en
los que pervive una visión clásica, ante todo sinrazón.
La monomanía en cambio, viene a fijar mucho más sólidamente la locura al
registro de la transgresión actuada, y con ella se instituirá en la teoría algo que estaba ya
anticipado en la práctica del espacio manicomial: que el psiquiatra debe atender más al
buen comportamiento y a la interiorización normativa que a las luces de la razón.
Ya se vio en los textos de Ramos Mejía esa acentuada asimilación de la locura,
particularmente bajo sus manifestaciones colectivas, a una transgresión de normas que
respondían a la cosmovisión ideológica de los sectores dominantes.
Es cierto que en el espacio manicomial el dispositivo "terapéutico" estaba
también decididamente fundado en una tecnología de penalización de la conducta
desviada respecto de una rígida normatividad cuyo eje era el trabajo. Más aun, se vio
hasta qué punto el alienista exhibía orgulloso su comunidad -más fantaseada que realcomo la realización de la utopía del buen gobierno. Pero, con todo, había conciencia de
la artificialidad del recurso alienista en esa neta separación respecto del campo social de
la familia y la institución laboral. La comunidad manicomial mantenía una existencia
"como si", notable en el permanente juego del simulacro y la representación que
dominaba la intervención del psiquiatra. El alienista asume que su espacio es el de la
ilusión y la quimera; puede, a lo más, procurar una “ilusión de libertad”, un remedo
cuidadosamente sostenido de una comunidad familiar difusa, con sus funciones de
autoridad y su juego de castigos y recompensas. Aun cuando se procuraba una
instrumentación de las pasiones del miedo o la sumisión como sostén del “tratamiento”,
de cualquier modo, en sus postulados y su con-
131
cepción general, el modelo propuesto era la restauración del entendimiento, como
medida esencial de la cordura.
Esa separación del espacio manicomial respecto de la sociedad tiene una
expresión bastante clara en la polémica por las internaciones yen la delimitación de
locura y vicio a propósito de los alcoholistas. Es cierto que los desórdenes morales son
causa de locura, y un texto como la Estadística de Meléndez y Coni tiende a ponerlo de
relieve con decidida voluntad preventiva, pero justamente en esa distancia abierta entre
la "causa" y el cuadro clínico, aparece sostenida la heterogeneidad de la alienación
mental respecto de la simple transgresión de las normas. El alienismo afirma una densa
positividad de la patología, cuya figura principal es el delirio, que más allá del registro
de la falta moral, y aun incluyéndolo, debe ser perseguida, diagnosticada, observada en
su evolución y rectificada. Un vicioso, en cambio, todavía pertenece al espacio de la
razón y son otras las leyes que deben aplicarse.
No es simplemente que el alienismo haya efectuado una extensión y una
ampliación de su ámbito, desde el manicomio al espacio de la sociedad y la historia.
Quizá un movimiento global de ese tipo pueda tener validez para pensar la historia de la
locura en Francia, sobre todo entre los sucesores de Pinel. Pero en la Argentina (donde,
dicho sea de paso, Pinel y Esquirol se leyeron al mismo tiempo que otros autores
posteriores) ese doble anclaje de los discursos de la locura se desarrolla
simultáneamente y hasta puede, aproximadamente, repartirse entre los dos primeros
alienistas: Ramos Mejía en el espacio social y Meléndez en el asilo.
De cualquier modo, y más allá de los personajes que puedan encarnarlo -ya que
el Meléndez clínico de la locura no es idéntico al que se asoma a las causas urbanas de
la patología junto con el higienista E. Coni, un doble movimiento delimita los espacios
del dispositivo psiquiátrico. Por una parte, se insiste en su carácter específico que
impone la secuestración y la separación preventiva respecto del medio familiar para
operar con un cortejo de recursos médicos y morales; a la vez lo ubica en el centro de un
aparato de observación y seguimiento que hace posible la constitución de una disciplina
semiológico y nosográfica.
El otro movimiento opera con una lógica más directamente social y política: la
locura es visualizada en marcos colectivos e igualada a cualquier subversión del orden.
Su problema no es el estudio de las formas clínicas ni el desarrollo de hipótesis
etiológicas y terapéuticas, sino más bien el de aplicar nociones renovadas al viejo
proble-
132
ma del control y la gobernabilidad de las masas. Y en él, no sólo se hacen intervenir los
recursos directamente represivos de examen y diagnóstico, de tratamiento o internación,
sino que se alumbra el comienzo de una operación discursiva de psiquiatrización de la
vida cotidiana que procura impactar en la opinión publica persiguiendo, por su faz
negativa, el perfil del buen ciudadano.
De cualquier modo, la conformación de discursos y de prácticas provenientes del
campo medico legal viene a recolocar la genérica referencia a las cualidades morales
que caracterizan la normalidad en el marco de una reformulación del sujeto jurídico. Y
esto no sólo en el terreno de debates académicos acerca de los fundamentos del derecho
penal, en los que la concepción clásica resulta jaqueada por la moderna versión de la
escuela positivista. Interesa más la conformación propiamente técnica de un espacio de
intervención medico, y más propiamente psiquiátrico, que da lugar al nacimiento del
perito. No faltan conflictos con quienes ven en esa intervención del alienista el peligro
de una paulatina extinción de la noción misma de criminalidad. Pero en realidad, el
perito que separa al loco del criminal no lo hace tanto para salvar a algunos de la cárcel
(en realidad lo que propone es que sean recluidos en pabellones especiales) sino que
persigue a los falsos locos, a los delincuentes que buscan en la simulación un medio de
escapar a las consecuencias de su delito. En ese sentido, el tema de la simulación de la
locura constituye un núcleo inaugural de la psiquiatría legal y juega un papel muy
importante en el nacimiento de la criminología.
La noción de monomanía y de locura moral interesan, entonces, no tanto por su
persistencia nosográfica, ya que pronto serán reemplazadas por la doctrina de la
degeneración, sino porque anuncian un movimiento de reorganización del espacio de
significaciones de la locura y el delito. A la primera diferenciación que separa al loco
del fondo común de una marginación en la que se confundía con mendigos, inválidos y
delincuentes, sigue esta nueva e inédita relación, que parece mas bien ajena al desarrollo
teórico y clínico de la disciplina psiquiátrica. Podría decirse que resulta de la
convergencia de cierta modernización del dispositivo jurídico -cada vez mas interesado
en el sujeto criminal- con el empuje de un sector médico que persigue la locura más allá
del asilo y encuentra en su proyección expansiva una zona de intervención, que lo lleva
del ejercicio pericial a la indagación de la marginalidad.
En ese movimiento, la inicial preocupación jurídica parece ceder decididamente
ante requerimientos más imperiosos de control de los
133
desbordes, y la criminología termina por anudar sólidamente sus referencias y sus
prácticas con la institución policial.
En tal sentido, los conflictos y polémicas que acompañaron la institución del
papel psiquiátrico en el campo delictivo en Francia, en nuestro país se redujeron
considerablemente, y en poco más de veinte años se pasó de los planteos iniciales a un
desarrollo de la criminología que alcanza relieve internacional con José Ingenieros. 8
Si la intervención psiquiátrica comienza sosteniéndose en una lógica disyuntiva,
o loco o delincuente, las nuevas doctrinas positivistas debidas a Lombroso y el
surgimiento del criminal como personaje y objeto de estudio operarán en el sentido de
una mayor exigencia de precisión en los caracteres, tipologías y criterios de
clasificación.
La doctrina de la degeneración de Morel y las teorías lombrosianas acerca del
criminal nato, vienen entonces a sintetizar un cúmulo de referencias, tanto nocionales
como prácticas, de esa extensiva patologización de la conducta social, que estaban ya
implícitas en la primaria configuración de la locura moral.
El movimiento criminológico, en cuanto se proyecta fuera del asilo socava y
transforma algunos principios del alienismo. Ante todo, porque el criminólogo sitúa su
espacio de observación en pleno escenario urbano. Ya no es el manicomio construido
como un símil ilusorio de una comunidad ideal, es la sociedad, y particularmente las
zonas marginales, la que se configura como un manicomio fallido: es la locura
desplegándose sin la presencia ordenadora y configurante del alienista.
Más aun, el psiquiatra pierde ese relieve de puro personaje moral, esa aureola
taumatúrgica y ese lugar de vértice en el que todo un espacio de observación y gobierno
vendrían a alinearse. El dispositivo penal y policial achata ese relieve en la función de
colaboración dentro de un edificio ya constituido en el que el alienista pierde su señorío,
o en todo caso, sólo conserva su vieja potestad en el espacio de sanción inmediata que
de él emana en el encuentro del examen y la entrevista.
8
Antes de él, José M. Ramos Mejía había merecido elogios del propio Lombroso, en 1890: “Ramos
Mejía, che è uno dei più potenti pensatori e dei pùu grandi alienisti del mondo, nell’opera La neurosi
degli homini illustri della Republica Argentina, aveva non solo sostenuto, ma completate la dimostrazioni
della relazioni tra il genio ei grande rivoluzionari della Republica Argentina, che erano stati o pazzi, o
acoolisti, o neuropatici”: En: Soler, Ricaurte: El posit vismo argentino. Buenos Aires, Paidós, 1968, p.
154.
134
Mientras los desarrollos de la psiquiatría, ya en el siglo XX, se orientan
decididamente por los cauces que habían fundado la medicina, es decir la anatomía
patológica, la investigación de laboratorio y la neurobiología 9 , la criminología
mantendrá un discurso cercano a una sociología naturalista, poco proclive a buscar sus
bases en la investigación empírica y siempre presta a juzgar al "caso" a partir del
preconcepto de una sociedad en orden.
Medicina legal
En términos generales, las cuestiones relativas a la intersección de la locura con el
campo jurídico muestran dos ejes de desarrollo. El primero se sitúa en tomo de las
cuestiones de la responsabilidad; el discurso médico aparece convocado por la instancia
jurídica y promovido a diagnosticar sobre el estado mental de las personas, de un modo
tal que su intervención tiene decisiva incidencia en el plano de los derechos y
obligaciones de los ciudadanos.
Pero progresivamente, y sin abandonar esa función pericial que hace participar
definitivamente al psiquiatra de las funciones del juez, el acento recaerá, y aquí se sitúa
el segundo eje, menos en ese papel subordinado a la lógica y las estructuras
institucionales jurídicas, para atender directamente al fenómeno del delito y la
personalidad del criminal. El criminólogo ya no es un perito que espera ser convocado
sino que se sostiene en una disciplina que tiene su propia lógica y sus instrumentos
operacionales. Ante todo, el delito para él
9
En 1899, Domingo Cabred concreta la incorporación a su cátedra de Christofredo Jakob, quien desde el
laboratorio del Hospicio de las Mercedes primero, y del de Alienadas después, durante más de cincuenta
años realizó una obra muy extensa en la investigación de la anatomía y fisiología del sistema nervioso,
Sus trabajos, que le valieron reconocimiento internacional, se extendieron a la anatomía comparada, la
embriología animal y humana, ya muchos otros temas de las ciencias naturales. Borda, que sucede a
Cabred y es discípulo de Jakob, acentúa la dirección neurobiológica de la enseñanza de la psiquiatría.
Loudet y Loudet, Op. cit., p. 93. Acto de homenaje al Doctor Christofredo Jakob, Psiquiatría, I, No 1.
abril-junio de 1958.
135
es un hecho natural y una combinación, no demasiado delimitada, de medicina,
sociología y psicología procurará explicarlo.
La cátedra de Medicina Legal y Toxicología existía desde 1875 y estaba a cargo
de Eduardo Wilde; antes, la materia se enseñaba conjuntamente con la anatomía
patológica. 10 Un discurso universitario académico, detectable en algunas tesis médicas,
procura encontrar el punto de enganche con "la ciencia del derecho" en el surco de las
tradiciones de la filosofía moral. La cuestión de la responsabilidad, -"uno de los
atributos más preciosos y trascendentales que distinguen al hombre en sus relaciones
sociales"- entronca con el tema del libre albedrío, o sea, dice Despine citado por
Figueroa: "el poder en virtud del cual el hombre elige entre el bien y el mal, decide y
quiere lo que ha elegido, después de una deliberación iluminada por el sentimiento del
deber moral". 11
En ese plano, la condición moral del hombre va paulatinamente variando su
significación, desde una posición que acentúa la condición religiosa y trascendente
("Desde que el hombre existe, su naturaleza tiende a hacerle llenar los fines para que ha
sido creada") 12 a una concepción -que tiende a predominar- más atenta a los deberes que
la sociedad impone; "los poderes de la sociedad sobre los enajenados tienen el mismo
origen que el derecho de castigar, el cual es un resultado del de la defensa, lo mismo
que los deberes que tiene el hombre para con sus semejantes son una consecuencia
legítima de sus propios derechos". 13
Como sea, la suposición del libre albedrío como facultad humana esencial presupuesto que la criminología positivista vendrá a derrumbar- hace aparecer a la
locura en su intersección con la ley, más que nada como enceguecimiento de la razón. Y
el problema legal no se planteaba tanto cuando se trataba de una perturbación global y
generalizada de las facultades intelectuales, tal como sucede -siguiendo la nosografía de
Esquirol- en la manía y la demencia. Más bien se requiere del ojo alienista allí donde
locura y cordura parecen confundirse, lo que tiende a traducir básicamente la
preeminencia de la pasión. Si la locura es, en esta perspectiva, ante todo estado
apasionado, su modelo principal es la cólera y su sanción diagnóstica, la
10
Escardó, F., Op. cit., p. 37.
Figueroa, Gregorio, Consideraciones médico-legales sobre la locura. Tesis, 1879, p.18.
12
Gache, S., La locura en Buenos Aires, cit.., p. 23.
13
Figueroa, G., Op. cit., p. 10.
11
136
monomanía, la locura moral, la manía parcial. Son los "estados intermedios" en los
cuales las facultades intelectuales no sufren alteraciones y que dependen más que nada
de "la ausencia de toda oposición moral a las inspiraciones de la pasión" 14 y no sólo de
las pasiones vivas e instantáneas sino también de las serenas y permanentes, en la
medida en que "absorben enteramente el espíritu desde su aparición, ahogando los
sentimientos morales que podrían combatirla". Finalmente, lo que sostiene esta
concepción es la preeminencia de la conciencia moral como instancia superior y
autónoma; la locura traduce no tanto la violencia de la pasión como el déficit de esa
facultad superior rectora.
No se trata de discusiones bizantinas ni de la mera reiteración de los viejos
temas religiosos; es cierto que aparecen nociones que perduran desde antiguas
tradiciones, pero importa ver que el sentido y la orientación de estos discursos se
inscriben en un movimiento profundo de reconstitución material de un orden moral. En
ese sentido ciertos términos de la polémica que enfrenta a espiritualistas y materialistas
cede su importancia frente a la convergencia estratégica de una problemática que, desde
las discusiones sobre la pasión y el libre albedrío hasta las formulaciones crudamente
deterministas de la criminología biologicista, mantiene una notable coherencia.
Y no deja de ser una novedad la irrupción de la psicología, en el marco de estas
cuestiones. Si la psicología aparece aquí afirmada como ciencia distinta, con objeto y
método propios es justamente porque la locura como déficit moral es fundamentalmente
"fenómeno psíquico". "La Psicología de un lado y la Medicina de otro, se disputan el
estudio de esta afección, no sin provocar disensiones, que tienden a asignar a cada una
su verdadero mérito en el resultado que se obtiene." 15 La "psicología médica" nace
trastocando las categorías de la tradición filosófica, justamente para examinar aun sujeto
"en ese estado en que se dice que no es moralmente libre", 16 y ya no es tanto una teoría
racional sobre las facultades del alma como una técnica de indagación y un modo de
interrogar que persigue activamente la detección de todo desorden en la retaguardia de
la conciencia.
Como se verá con el caso de José Vivado, aun en la versión más tradicional,
apegada aun a un discurso sobre la virtud y el bien, se nota
14
Gache, S., La locura en Buenos Aires, cit.., p. 53.
Id., p. 115-116.
16
Id., p. 13.
15
137
ya la presión hacia una redefinición de los valores morales que residen más en normas
sociales que en atributos de conciencia.
La definición de las diferencias individuales y de las condiciones de ejercicio del
libre albedrío, frente a la irrupción perturbadora de las pasiones, son, entonces, temas
centrales de la medicina legal, "fruto obligado de una necesidad que el progreso vino a
imponer en el siglo". 17 Disciplina que no se detiene ante los espectros de la muerte y de
la locura para indagar lo oculto. La justicia y la verdad son sus emblemas y en ellos se
conjuga con el derecho en "la noble tarea de mantener en pie los principios de moral y
justicia que rigen a los pueblos civilizados". 18
Su tarea se orienta en dos direcciones: desconocer el derecho de manejar sus
intereses al que carece de las facultades intelectuales para ello y evaluar la existencia de
responsabilidad jurídica como principio de toda penalidad. El derecho encuentra así, en
el saber positivo de la medicina, un fundamento y una garantía de sus intervenciones, y
sobre todo en la consideración de esos "estados intermedios" de la locura. No se trata
solo de salvar al loco de la cárcel o el patíbulo, sino también de evitar que el criminal
eluda a la justicia. En ese sentido -insiste el alienista- declarar a alguien loco no basta
para considerarlo irresponsable, pues justamente el mayor servicio de la psicología a la
medicina legal es la demostración de que las distintas facultades anímicas pueden
funciónar con autonomía relativa, lo que las hace susceptibles de pervertirse o alterarse
aisladamente.
En este momento de constitución de una doctrina médicolegal, es por el lado de
la locura parcial, de la monomanía, que el brazo justiciero del derecho requiere de la
vigilancia de la medicina psicológica como de una prótesis que multiplica su eficacia.
Ante todo, la figura del loco debe ser discriminada de la del criminal en el mismo
movimiento en que se prepara su ulterior maridaje. En las "locuras parciales': "la
medicina legal arranca a muchos supuestos criminales del rigor de la ley para aconsejar
su encierro en asilos de observación, porque para ella no son sino enfermos
desgraciados" aunque "dañosos a la sociedad en que viven". 19
17
Figueroa, cit., p. 7-8.
Id., p. 8-9.
19
Fernández, Julián, "Medicina legal. Delirio de las persecuciones y tentativa de asesinato", en Anales del
Círculo Médico, I, p. 273-274.
18
138
Puede pensarse que no hay gran diferencia entre la peligrosidad del delincuente
y la del loco, si a ambas les espera el destino común de la reclusión. y sin embargo la
insistencia en el contexto de observación marca una diferencia. El loco será observado,
investigado, a la vez como un triunfo de la ciencia positiva que encuentra una
explicación a la irracionalidad del crimen y como una recuperación del insensato al
servicio de una voluntad de saber sobre la locura.
El alienista, médico y psicólogo, en esta misión legal que es más: que nada una
responsabilidad con la sociedad, es por definición el que no se engaña ni puede ser
engañado, Aúna la ciencia y la astucia. Porque si el cuerdo culpable puede engañar
haciéndose el loco, también, y esto es más grave, el loco puede esconder su locura
detrás de una fachada de cordura. No solo el tema de la simulación encuentra aquí su
punto de inserción; más aun, por cuanto la locura puede permanecer escondida sin que
el loco se lo proponga, lo que resalta es que la patología acentúa una disociación de esa
unidad psíquica, organizada por la psicología en torno de la conciencia.
La noción de locura parcial insistirá, como ya se vio, en algo muy distinto a esa
imagen vulgar de la explosión de insensatez (manía) o de la degradación y la absurdidad
intelectual (demencia). Lo que constituye un desafío, a la vez que justifica la
constitución de un a cuerpo de conocimientos y de prácticas especializadas, es ese
desequilibrio sutil, evanescente, esa mínima propensión al exceso que se sitúa en los
límites mismos de lo perceptible. Todos estos textos rebosan de metáforas que remiten a
la mirada, al ojo penetrante, a la luz incisiva, relativas al oficio del alienista legal. La
locura deja el espacio de los desbordes y del estruendo para pasar a ser una cualidad
más bien silenciosa y reticente que debe ser perseguida, evaluada y obligada a hablar.
Pronto llegará el momento de anticiparla, de prevenirla y con ello la psicoterapia médica
encontrará una dimensión fundamental de su constitución.
La atención que reciben los aspectos médico-legales de la alienación mental (que
queda demostrada porque la mayoría de las tesis médicas que conciernen a la locura
entre 1879 y 1900 abordan la cuestión) tiene orígenes diversos. Por un lado, una serie de
nociones y disposiciones que tienen que ver con las consecuencias legales de la
internación manicomial forzada, allí donde era normal la intervención de la policía y los
jueces. Por otra parte, la conformación de esa función pericial del alienista requerida por
la expansión y modernización del dispositivo jurídico.
139
Las pericias encaminadas a establecer el estado mental de un individuo existen
desde bastante antes que la cátedra de Medicina Legal. En 1871 Eduardo Wilde y Pedro
Mallo firman un informe médico-legal por solicitud de un juez civil, en el que
reconocen a un vasco francés, carpintero, soltero, que antes fue trabajador hábil en su
oficio y en ese momento vive encerrado en un cuarto sucio y semidestruido, molestando
a los vecinos por la noche con ruidos y gritos. 20
Ya entonces aparece como una cuestión central para la función del perito
psiquiátrico, la distinción entre un loco real y un loco simulado. "Un loco real guarda
cierta lógica en sus actos, aunque ella no sea sostenida. Un falso loco cree que los locos
deben decirlo todo y hacerlo todo sin ilación y de' un modo contrario siempre a lo que
ejecutan los cuerdos y, procediendo así, descubre con esa misma lógica especial, la
lógica que quiere ocultar." 21
El primer proyecto de ley sobre alienados es de Emilio Coni en 1879 22 , contiene
una serie de disposiciones sobre establecimientos de alienados públicos y privados y
sobre la asistencia en domicilio, y propone normas de control y vigilancia. Es
contemporáneo a la publicación, por el mismo autor, de un Código de ética médica, que
re- copila legislación y jurisprudencia sobre la profesión, los deberes y los derechos de
los facultativos. Los aspectos que aquí interesan destacar se refieren a las disposiciones
para el ingreso en los establecimientos, al que se considera una decisión a la vez
administrativa y médica que debe estar sujeta a normas, ya que es casi equivalente a una
detención. En líneas generales las disposiciones apuntan a prevenir internaciones
injustificadas ya garantizar que un internado cese de estarlo cuando ha curado.
En 1891, Ramón Tejerina incluye otro proyecto en su tesis La locura y la ley,
que adapta de la ley francesa de 1838 y su reforma de 1887. 23 También en este proyecto
hay un acento puesto en el control sobre la actividad médica. Por ejemplo: "la
correspondencia de las personas colocadas en los asilos de alienados, dirigidas al
Inspec-
20
Wilde, Eduardo, "Informe médicolegal sobre el estado mental de un individuo", en Tiempo perdido,
Buenos Aires, Librería del Colegio, 1967, p. 259.
21
Id., p. 263-264. La ironía de Wilde da al informe un estilo más bien insólito para el estilo forense: "...
oye y ve bien lo que existe y además lo que no existe y sus oídos y sus ojos funcionarían perfectamente, si
no condujeran a N.N. a oír sonidos que no hay y ver cuerpos que no están". Id., p. 265.
22
Loudet y Loudet, Op. cit., p. 178.
23
Id., p. 181.
140
tor General, al Defensor o al Juez si se trata de un interdicto, no será interceptada ni
fiscalizada por el Director ni por los empleados del establecimiento. ...Toda persona
debidamente autorizada por el Inspector de Alienados, tiene facultad para hacer
examinar por dos médicos, una o más personas colocadas de oficio en un asilo de
aliena- dos. ...Es absolutamente prohibido usar en la persona de los alienados, como
castigo o medio de sujeción, cualquier aparato mecánico contrario a los principios
humanitarios proclamados por esta ley, excepción hecha del camisolín de fuerza y la
reclusión en la celda en casos excepciónales". Consecuentemente establece una
minuciosa referencia a las penas que corresponderán a quienes contraviniesen las
disposiciones de la ley propuesta.
Es decir que en este primer encuentro del dispositivo alienista con la legislación
-que de cualquier forma no pasa del nivel de proyecto- la preocupación no es tanto el
loco, como la precisa delimitación de las condiciones bajo las cuales alguien puede ser
declarado tal.
¿Cuándo se justifica el secuestro y la internación de un presunto alienado? Tal
cuestión, desde la práctica organizada alrededor del manicomio -pero que escapa en
parte al control del alienista- plantea un conflicto siempre latente con ciertos derechos
individuales reconocidos expresamente, ante todo, el derecho ano ser privado de la
libertad sin orden de autoridad competente.
La Revista Médico Quirúrgica refleja bien la preocupación de los especialistas
por ciertos abusos, que en ocasiones son francamente delictivos. Así, Susini informa del
caso de un hombre que quiere deshacerse de su mujer y la hace internar como loca con
la partici- pación de un médico que se deja influir y cede a las apariencias sin verdadero
reconocimiento de la paciente. 24 Meléndez va más lejos y denuncia un caso criminal en
el que con la complicidad de un agente de policía se había secuestrado a alguien en el
Hospicio, trayéndolo de un pueblo de la campaña, con el propósito de 4espojarlo de una
herencia. La Jefatura de Policía lo había remitido al manicomio sin realizar ningún
reconocimiento médico. 25
Con ello no se hace sino defender la autoridad del incipiente dis- positivo
alienista sobre antiguos resortes del poder policial y de los jueces de paz. Pero no es
menos cierto que con la exigencia de una legislación que incluya normas sobre
permanencia y salida de los ma-
24
25
RMQ, XVIII, p. 32.
Id., p. 100.
141
nicomios el psiquiatra resulta más bien fortalecido en sus funciones y expresamente
reconocido por la ley.
De cualquier modo, si se comparan los proyectos mencionados con otros
posteriores, por ejemplo el de Juan Manuel Obarrio de 1924, puede advertirse que el
objetivo de la legislación deja de ser centralmente normatizar el dispositivo psiquiátrico
para centrarse en la interdicción civil y el control represivo sobre el loco. 26
Al mismo tiempo, tanto Coni como Tejerina y todas las regulaciones posteriores
toman en cuenta al personaje del loco criminal, aunque más no sea para determinar que
debe ser internado en un establecimiento o pabellón especial -como una extensión del
manicomio- separado a la vez de los locos y de los criminales. Meléndez supera la
simple lógica de la discriminación y señala también un criterio terapéutico: es más fácil
que se curen en un hospicio que en la cárcel. 27
Con ello las complicaciones legales del loco y su psiquiatra, inician el proceso
que va a aproximar definidamente la criminalidad y la locura, y antes que por una
creación de la teoría, es el ámbito mismo de las instituciones de la locura y del delito el
que se imbrica en ese espacio inédito del hospicio-cárcel. Las primeras tesis que versan
directamente sobre la cuestión de la locura y el crimen se deben a dos médicos que han
hecho su actividad de practicantes en la Penitenciaría Nacional. En ellas la cuestión
central ya no es la responsabilidad y la imputabilidad de los alienados sino la conforma-
26
Por empezar, Obarrio iguala en su proyecto a alienados, toxicómanos y pródigos; hace obligatoria la
denuncia de alienados y toxicómanos y propone crear el Registro nacional de alienados, incapaces y
toxicómanos, "el que funcionará en forma semejante al Registro de la propiedad" [sic] Ningún alienado ni
persona denunciada como tal podrá contraer matrimonio; para ello el Registro Civil deberá requerir
previamente información al Registro nacional de alienados, incapaces y toxicómanos. "Los toxicómanos
no podrán contraer enlace hasta tres años después de haberse establecido que han dejado de sello y
siempre que un peritaje psiquiátrico previo certifique que no hay en ellos degeneración mental". Solo
podrán contraer matrimonio las personas que han presentado un cuadro mental breve y que hayan curado
definitivamente del mismo. Se establece la internación obligatoria de los toxicómanos, como si fueran
alienados; se define a los pródigos como "deficientes congénitos", etc. Frente a este fruto de la psiquiatría
de nuestro siglo, capturada por el delirio eugenésico, es fácil mirar con benevolencia a los viejos
alienistas. Loudet y Loudet, Op. cit.. p. 190-191.
27
RMQ, XIX, p. 177.
142
ción biopsíquica del delincuente y las condiciones socio y psicopatológicas
desencadenantes del delito.
"La locura moral admitida hoy por la mayoría de los alienistas, proyecta cierta
luz sobre el problema psicológico de la criminalidad... Es la prueba evidente de la
existencia de perversiones morales, sujetas a una degeneración psíquica, sin
modificaciones intelectuales intensas, y solo un paso, breve por cierto, nos basta para
eslabonar el crimen propiamente dicho con las vesanías, considerándolo como forma
poco acentuada de la locura moral". 28 La tesis de Alejandro Korn 29 anuncia las
nociones y enfoques fundamentales de la criminología positivista, tal como quedará
férreamente constituida con la obra de José Ingenieros y Francisco de Veyga, y
concluye así: "Desde un punto de vista filosófico convendremos, pues, en que entre el
crimen y la locura no existe sino una diferencia de grado". 30
La consideración de la locura correlativa al delito, en el marco de las nociones
del positivismo pondrá el acento en las condiciones de la herencia, en los signos de la
degeneración, y en la búsqueda de una raíz orgánica y fisiológica de la patología mental.
Es cierto que en el ejercicio concreto del diagnóstico y el pronóstico muchos de los
postulados doctrinarios parecen ceder ante exigencias de otro orden, que impulsan la
reaparición de esa imagen más reactiva de la locura, ligada en su desencadenamiento a
las causas "morales". Pero de cualquier modo, el criterio que va imponiéndose adjudica
la causa esencial de los actos transgresivos a cierta fatalidad fisiológica, aun en los
casos en que habla de una patología "adquirida". "Una ligera indisposición
hipocondríaca en un individuo sano puede carecer de toda importancia, pero la tendrá
gravísima si este individuo desciende de padres neuropáticos, si presenta alteraciones
somáticas en el cráneo, si ofrece signos de degeneración y si se entrega al onanismo
28
Korn, A., Op. cit., p. 85.
La posterior obre filosófica de Korn –que durante años fue director del Hospicio Melchor Romero,
donde vivía, mientras dictaba Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos
Aires- lo llevó a encabezar la reacción filosófica contra ese mismo positivismo que en su juventud
afirmaba sin reservas. Loudet. O., "Mis recuerdos de la Facultad de Filosofía y Letras", Ensayos de
Critica e Historia, cit.. p. 229. Korn, Inés: "Alejandro Korn, mi padre", en Cuadernos de la Revista de
Humanidades,. Univ. Nac. de Córdoba, 1960.
30
Korn, A., Op. cit., p. 85.
29
143
o a las bebidas alcohólicas". De allí la importancia de los antecedentes hereditarios, pero
sin desconocer que la patología en los descendientes es diferente que en los antecesores:
"un gotoso engendra hijos asmáticos, un epiléptico hijos imbéciles". 31
De ello deduce: 1º) las vesanías son enfermedades generales del organismo y por
lo tanto debe negarse la existencia de alteraciones aisladas como las monomanías: "éstas
nunca constituyen una enfermedad por sí solas, sino exclusivamente la expresión
sintomática, a veces muy secundaria, de una perversión mental"; 2º) debe rechazarse la
noción de "libre albedrío" como fundante de la responsabilidad jurídica. Una acción
criminal está determinada por una alteración somatopsíquica tanto como una acción
honesta lo está por una actividad fisiológica normal. Si el crimen es siempre resultado
de determinaciones preexistentes, "el problema sometido al médico legista redúcese a
declarar si esas condiciones dependen de causas fisiológicas [es decir si responden a
funciones normales, H.V.] o son el producto de alteraciones patológicas. 32
El cortejo de nociones darwinistas de evolución, transmisión hereditaria y lucha
por la vida forma un núcleo central de la argumentación. Los sentimientos morales,
"cuya naturaleza es de importancia decisiva en la apreciación de los criminales", como
toda manifestación psíquica es producto del desarrollo individual, a partir de
componentes transmitidos por herencia que se procesan en un medio dado. La
sensibilidad moral depende de la integridad del sistema nervioso, 33 pero también de las
impresiones recogidas, tanto internas como externas.
"Dada, pues, la evolución de los sentimientos morales, fácilmente nos
explicamos cómo es que en todos los países los criminales forman un elemento especial
de la población, reclutado en los bajos fondos sociales, donde de padres a hijos se
transmiten los gérmenes de la depravación física y moral". 34 Seguidamente, el joven
Korn se refiere a la composición de nuestra población criminal: gauchos e inmigrantes.
El texto de Korn aporta varias claves para perseguir la transformación de un
conjunto de nociones en torno de la locura, pero a la vez ilumina la transición entre el
alienismo manicomial y una función
31
Id, p. 14-15.
Id., p. 18 y 25.
33
Id., p. 26-27.
34
Id., p. 28.
32
144
psiquiátrica que se siente llamada a ocuparse de "los bajos fondos sociales" y que
prepara su mentalidad y sus instrumentos para convertir al delincuente en objeto de su
disciplina. De cualquier modo, la referencia etiológica simultánea a la herencia
biológica y al medio social, generan una contradicción interna del recurso teórico que se
inscribe en la paradoja de la noción de "degeneración adquirida".
Consiguientemente, aparece la idea de que la ley no tiene otro sustento que la
defensa, como función del organismo social, ya que es "dictada para salvaguardia de los
intereses sociales". 35 Con ello, la cuestión de la responsabilidad se separa de la potestad
de castigar al infractor, y esa separación es un núcleo fundamental de la criminología y
sus propuestas prácticas, nunca cumplidas por otra parte. El que el criminal sea un loco
no lo salva de la reclusión, que ya no depende para nada de su capacidad de discernir el
bien, sino del reflejo defensivo de la sociedad que debe excluir y sancionar a los que se
desvían. Ningún humanitarismo, ni mucho menos liberalización de la estructura penal
pueden derivarse de las propuestas de la nueva escuela positiva, porque su propia
concepción de la patología que subyace al crimen está sostenida en un pronóstico
desfavorable acerca de su posible curación, y con ello el cambio de la categoría de
criminal por la de loco no variará mayormente el recurso del encierro como solución.
Que cierta zona del discurso socialista y aun anarquista esté en los orígenes de la utopía
criminológica no deja de plantear una cierta perplejidad, sobre la que ya habrá
oportunidad de volver.
El parricida José Vivado
La función pericial del psiquiatra impone ajustes en la estrategia y la tecnología, que
podrían sintetizarse globalmente como un pasaje de la observación al interrogatorio,
algo que, por otra parte, coincide con el despliegue de una lógica semiológica que va
dando a la psiquiatría su forma moderna. La dimensión temporal, en primer lugar, sufre
una transformación notoria. Si el alienista tenía todo el tiempo a su disposición, más
aun, si hacía de la evolución atentamente observada una dimensión fundamental del
diagnóstico, las exigencias
35
Id, p. 37.
145
del procedimiento judicial, junto con el abandono del manicomio como reducto de su
mirada, imponen al médico legista una exigencia de apresuramiento y anticipación.
Ante todo, el reconocimiento del estado mental, en los casos penales, requiere un
diagnóstico circunscripto al momento del acto delictivo, de tal modo que se impone la
urgencia en el examen.
Por otra parte, la indagación debe perseguir no ya una locura que trata de ser
encubierta sino, más frecuentemente, la simulación de la patología mental con el
propósito de eludir la responsabilidad penal. Si el temor mayor del alienista residía en la
posibilidad de que un loco escapara prematuramente a su internación, con el engaño de
una falsa curación, el perito recién llegado ve amenazado su prestigio con la
eventualidad de que un criminal eluda la cárcel haciéndose el loco.
Al mismo tiempo, como se verá, su nueva función exige penetración
semiológica, meticulosidad en el examen y capacidad de reconstruir el estado mental
del inculpado a partir de indicios dispersos. Con ello el papel del diagnóstico y su
importancia cambian radicalmente y ponen a prueba la formación y la pericia del
especialista.
El caso de José Vivado, va a dar ocasión a Lucio Meléndez de lucir sus dotes
señalando los errores y la impericia del médico de la Penitenciaría y del mismo Consejo
de Higiene Pública, integrado por conocidos catedráticos de la Facultad. Y en la misma
circunstancia en que reafirma su liderazgo institucional en lo relativo a las cuestiones de
locos, se permite una indicación que suena como un consejo para quienes toman la
cuestión a la ligera. "Cada día que pasa me convenzo que a la suspicacia en el examen
de un loco tiene que agregarse la luz de la ciencia que de una manera maravillosa
adelanta día a día estableciendo estados intermedios inaccesibles para el que no se
preocupa de su estudio, razón por la cual pasan por supercherías vulgares verdaderas
formas de enajenación mental". 36
José Vivado, 37 inmigrante italiano de aproximadamente 27 años, fue
encarcelado en 1877 por el asesinato de su padre. Había llegado
36
Meléndez, Lucio, Refutación clínico-psicológica del informe legal expedido por el Consejo de Higiene
Pública sobre el estado mental del parricida José Vivado, folleto, 1879, p. 3.
37
Además del citado texto de Meléndez, la polémica incluye: Santillán, Pablo, "Informe médico legal en
la causa seguida al parricida José Vivado", en Anales del Círculo Médico, II, p. 163; Consejo de Higiene
Pública, "lnforme Médico Legal", A.C.M., II, p. 409.
146
al país unos años antes, dejando a su madre ya varios hermanos en su pueblo natal, para
reunirse con su padre y un hermano que atendían en Buenos Aires un almacén. Trabaja
con ellos un tiempo, durante el cual al parecer se suceden conflictos con el padre, quien
le recrimina constantemente su desidia y haraganería. 38 José decide abandonar a su
padre y probar suerte como vendedor ambulante, ofreciendo gallinas y naranjas, hasta
que se arruina porque vende los artículos a menor precio del que le costaban. Vuelve
entonces a la casa paterna, donde se re inician los incidentes con el padre;
imprevistamente, sin previa discusión y sin decir palabra lo mata.
El caso desata una polémica prolongada a propósito de su estado mental. Por un
lado, lo declaran loco Lucio Meléndez, director del Hospicio de las Mercedes; Eduardo
Wilde, catedrático de Medicina Legal y Julián Fernández, médico de Tribunales. El
médico de la Penitenciaría, en cambio, dictamina que es responsable de sus actos;
.finalmente el Consejo de Higiene Pública 39 a requerimiento del juez ratifica en su
informe el parecer que lo declara imputable. Meléndez se reserva la última palabra y
conocido el informe del Consejo edita un folleto refutándolo y dejando bastante mal
parados a sus colegas.
Esos diversos materiales tienen un significativo valor para analizar el choque de
concepciones y de criterios médicos en torno de la locura ya la vez ilustran acerca de la
dirección que toma la transformación de ese campo científico e institucional,
representada por la posición más actualizada que encarna Lucio Meléndez.
El médico de la Penitenciaría encuadra su informe en un discurso moral
genérico, a tal punto que no hay indicios de un reconocimiento médico ni indagación
acerca de los antecedentes del acusado. Su punto de partida es que existe una "categoría
de individuos", en la que incluye a Vivado, que corresponde a los seres de "vida
sencilla", "cuya vida se cumple en la más rigurosa monotonía". Hasta su llegada a la
Argentina lleva una vida que no exige sus facultades intelectuales, pero las nuevas
circunstancias, junto a su padre, o chocan con sus hábitos de vida vegetativa.
Consecuencias naturales de todo ello son sus características morales: desidioso,
haragán, si-
38
Consigna Meléndez que a causa de sus trastornos infantiles el padre lo llamaba "el loco" y lo reprendía
constantemente, Refutación..., cit., p. 5-6.
39
Integraban el Consejo: Ricardo Gutiérrez, médico del Hospital de Niños y redactor de Patria
Argentina; Tomás Perón, catedrático de Medicina legal y de Química; Juan A. Kelly, secretario del
Consejo de Higiene Pública; y Manuel Porcel de Peralta, catedrático de Clínica Médica. RMQ, XVI, p.
219.
147
lencioso; solo se ocupa de sus recuerdos "y se dedica a la consecución de sus deseos" 40
Pero el contraste entre esos recuerdos y los accidentes en la casa del padre provoca un
"incremento de sus facultades afectivas" que empujan al delito. "En la conciencia de
todo hombre existe el principio del bien y el principio del mal; Vivado sigue las
inspiraciones del mal, comete el parricidio que se le incrimina y huye".
La cuestión central para Santillán son "los instintos morales" del parricida y de
ellos deriva su capacidad de discernimiento. Por ejemplo, consigna un error de Vivado
al que atribuye la mayor significación para fundar su tesis de que no está loco: el
Capellán le dice que "ya conversarían" y el inculpado entiende "confesarían", a lo que
contesta inmediatamente que él no se confesaría. 41
Una oposición tajante entre laboriosidad y ociosidad domina el enfoque de
Santillán y funda su persistente permanencia en el plano del juicio de valores morales
más que de un diagnóstico psiquiátrico. No puede desconocerse la lógica que domina
allí: un inmigrante de baja condición que se niega a trabajar ni siquiera es un loco; antes
que nada es un engendro para la razón burguesa.
Meléndez había diagnosticado una melancolía y el médico de la Penitenciaría
exhibe su erudición citando a Aristóteles y asociando esa afección a los nombres de
Rousseau, Lutero, Swift: "La melancolía de este género no se desarrolla en los espíritus
vulgares cuya vida con tanta precisión uno de nuestros compatriotas encierra en los
estrechos límites de estas palabras: comer, vivir y gozar". 42 El inmigrante es visualizado
de acuerdo a parámetros que lo escinden nítida- mente de esa dimensión de los hombres
célebres, en los que la locura misma es un rasgo de superioridad. Para este informe, que
no deja de proponerse como ejemplar, para esa imagen de mala inclinación hacia el
trabajo de sectores de la población popular, José Vivado no es un loco, sino un
inmigrante sin recursos que protege hasta límites increíbles -el parricidio- su perversa
resistencia a trabajar.
El informe del Consejo de Higiene destaca la intención de una investigación que
más que nada se concibe como una técnica de interrogatorio, y que sobre todo se orienta
a descubrir una posibilidad de simulación. Los miembros del organismo máximo de la
medicina estatal juegan a una investigación policial y descuidan -tal como lo
40
Santillán, Op. cit., p.165-167.
Id., p.169-170.
42
Id., p. 173.
41
148
consignará Meléndez en su refutación- el abordaje médico del caso. Parten de suponer
que Vivado oculta algo y se sitúan frente a él dispuestos a ejercitar su tarea con
"sagacidad" buscando los indicios que desenmascaren la superchería. Algunos
elementos, a juicio de los facultativos, avalan su presunción de que se trata de un
simula- dor: muestra tranquilidad y sangre fría cuando relata el hecho criminal,
manifiesta deseos vehementes de lograr la libertad (por entonces llevaba más de un año
y medio preso ), confiesa haber premeditado el hecho y estar arrepentido.
Para dilucidar la cuestión adoptan un recurso heroico y le prometen ayudarlo a
conseguir su libertad; ello "dio por resultado la confesión de Vivado de que se le había
aconsejado se hiciera el loco, rol que él no podía desempeñar pues estaba más allá de su
capacidad". 43 Entonces, para juzgar su capacidad de razonamiento un miembro de la
honorable comisión le propone "un plan de evasión", ante lo cual el procesado
manifiesta alegría y aceptación. Interrogado sobre diversas dificultades que la fuga
exigía resolver, Vivado responde, según el dudoso juicio de los facultativos, con
sensatez. Por ejemplo, al señalársele que puede ser reconocido por la barba se propone
pedir prestada una navaja para afeitarse, y luego acepta la necesidad de cambiarse el
nombre y, después de pensarlo un tiempo, decide que se llamará Antonio Ramañino.
Todo ello indica al Consejo que el inculpado no es un loco y que el hecho
cometido tiene su explicación en sus "condiciones de ánimo", a saber, "deseos de
adquirir", "obstáculos que atribuye a su padre", "tristeza de carácter, celos por la
predilección que por su hermano tenía el padre; negocios, desgracias anteriores", "genio
irascible", que ya había dado lugar a una pena de prisión, y "reflexión mediocre" que lo
llevaron a realizar su crimen como una "venganza premeditada".
La premeditación y la confesión de que se le había sugerido hacerse el loco son
las piezas claves de la conclusión: "La sensibilidad, la razón y el libre albedrío no
faltaron al individuo ni antes, ni en el momento, ni después del suceso ocurrido". 44
Si el informe de Santillán perdía de vista el caso para encuadrarlo de entrada en
el tipo del trabajador simple, y poco disciplinado, el Consejo, en cambio, tiene otro
modelo a la vista: actos como los de
43
44
Consejo..., Op. cit., p. 413-414.
Id., p. 417 -418.
149
Vivado figuran comúnmente en los anales criminales y no responden sino a perversas
inclinaciones ya fallas de educación, son individuos "arrebatados", que llegan al crimen
con la mayor facilidad, "obedeciendo a inclinaciones vengativas que les impulsan sin
eclipsar la razón ni la libertad moral". 45
Los médicos del organismo municipal parecen haber abordado el caso no solo
con la marcada prevención de que un criminal pudiera burlarlos -y fueron ellos los que
defensivamente jugaron con las ilusiones del detenido- sino pensando con la lógica de
los tribunales del crimen, y es en esa tradición y en esas referencias que se sitúan para
buscar el tipo correspondiente.
La Refutación de Lucio Meléndez constituye una pieza que mues- tra bien la
nueva función técnica del psiquiatra que pugna por ser re- conocido e integrado con su
perfil propio en el dispositivo jurídico. La suspicacia en el examen, iluminada por la luz
de la ciencia positiva moderna son las claves de su promesa de eficacia, y ante ellas no
hay confusión posible entre la verdadera locura y la superchería.
Ante todo, persigue los antecedentes hereditarios: el padre de Vivado es
alcoholista y de ello deriva una predisposición a la locura. Igualmente, el antecedente
infantil -mencionado al pasar en el informe del Consejo- de episodios en los que "se
ponía negro", sirve a Meléndez para arriesgar un diagnóstico de epilepsia o, al menos,
enfermedad nerviosa. Por otra parte, toma en cuenta causas más inmediatas al hecho en
cuestión, y consigna que antes de volver con su padre Vivado padeció de fiebre tifoidea
y delirio durante más de dos meses, durante los que estuvo internado.
Llega así a una conclusión inicial: "el mal sufrido en su infancia es la causa de
su pereza intelectual y... por el mero hecho de descender de un padre alcoholista está
más predispuesto que otros... para que la enfermedad nerviosa que padeció cuando niño
trajera trastornos serios en el desarrollo cerebral o procesos congestivos en las
meninges, dejando rastros materiales para toda la vida y elementos que más tarde son el
núcleo de nuevos procesos congestivos, cuyo resultado final es la enajenación mental de
alguna de sus formas". 46
A ello agrega la acción de causas "morales" específicas: a partir de sus accesos
infantiles Vivado se torna reconcentrado e irascible y algunos lo llaman el loco. A la
"depresión moral" resultante atribuye que viviera con fastidio las indicaciones de su
padre, que se aver-
45
46
Id., p. 419.
Meléndez, Refutación, cit., p.4.
150
gonzaba de ver sucio a su hijo, al pensar que podía atribuirse a miseria familiar .
Para contrastar su pericia con las chambonadas de sus colegas, consigna una
semiparálisis facial que ninguno de ellos había advertido, a la vez que muestra que su
interrogatorio ya había descubierto alucinaciones auditivas, que tampoco fueron
descubiertas ni por Santillán ni por el Consejo de Higiene.
Después del episodio de fibre tifoidea, Vivado se arruina vendiendo sus
mercancías a un precio menor que el que le costaban y eso, consigna Meléndez, prueba
que ya estaba loco entonces. "Si reflexionamos ahora que estos inmigrantes vienen a
hacer fortuna en Buenos Aires, pasando una vida llena de economías ya veces
miserable, se comprenderá que Vivado no podía hacer excepción a esta regla sin estar
loco, como en verdad lo está". 47 Significativo razonamiento que liga la racionalidad
económica a los criterios de la cordura e insiste en ver al inmigrante como un efecto
secundario de las vicisitudes del dinero.
La fisonomía inmutable del examinado, lejos de probar la ausencia de patología
mental se transforma en índice de lo contrario, porque la sangre fría es más propia del
loco que del criminal, lo mismo que la premeditación. Para probarlo Meléndez hace
desfilar una verdadera galería de locos criminales que pueblan su hospicio y en los que
existió premeditación. El estado de locura explica la circunstancia de que no se inmutara
al narrar su acción, "porque en el caso contrario no podría ocultar la emoción de todo
criminal que tiene la conciencia de haber cometido un homicidio premeditado, cuyo
castigo sabe que es la pena de muerte o la inmediatamente menor". 48
En cuanto al "plan de evasión" que se le propuso y se discutió con él, para
probar su capacidad de razonamiento, el solo hecho de haberlo creído, razona
Meléndez, prueba que no estaba en sus cabales. " ¿Cómo cree el Consejo por un
momento que Vivado en su sana razón aceptara un plan semejante de personas a
quienes no conocía I ni tenía título alguno para merecer una propuesta semejante?
¿Cómo no pensar el Consejo de Higiene que esta persuasión y condescendencia por
parte de Vivado es un argumento poderoso para demostrar el estado de vesanía?" 49
La argumentación de Meléndez insiste en que locura no significa
47
Id., p. 6.
Id., p. 9.
49
Id., p. 15.
48
151
abolición completa de todas las facultades intelectuales, y por ello, ciertas conductas
razonables de Vivado no significan que no esté loco. Por otra parte, afirma, la forma
más común de la simulación es la manía y no la melancolía, porque es aquélla la que
coincide con la imagen vulgar de la locura. Además, si se le sugirió que se hiciese pasar
por loco -y la confesión que no condice con las habilidades que el Consejo le atribuye- ¿
también se le indicó qué forma de locura debía imitar? Lo que Meléndez refuta sin
muchos miramientos es la persistencia, en un informe de máximas autoridades médicas,
de esa concepción ingenua y vulgar de la locura que no es capaz de asu. mir un examen
más delimitado y cuidadoso, que no puede advertir los matices y las transiciones. Y allí
radica la fuerza de su postura más actualizada, que desde ese rol técnico renovado, que
en parte está construyendo, le permite decir a los médicos, de otra generación, que
integran el Consejo que "no tienen la preparación conveniente" para entender esos
casos.
Finalmente, se trata de un perfil de la locura que, preparado en el manicomio,
ofrece un ajuste que perfecciona su ideal objetivador. El modo de acceso depende del
reconocimiento de que la insanía es huidiza y su diagnóstico exige la atención a
diversos niveles de su configuración ya detalles que pueden parecer nimios
aisladamente, pero que cobran sentido al integrarse en un conjunto.
Que un loco haya confesado haber simulado su locura no supone ninguna
contradicción para este enfoque, porque en cuanto el loco no asume su alteración como
una nueva identidad ni coinciden su locura y su conciencia, puede creerse cuerdo y
como tal creerse simulador. Pero todo ello es una apariencia engañosa, más allá de la
cual los signos de la locura -que no son globales ni afectan por igual a todas las
facultades- dominan con su peculiar densidad, activos y desplegándose en mil efectos.
Para esta figura del médico-psicólogo, sancionar la locura exige una labor de
desocultamiento y reconstrucción; solo una diferencia que puede ser imperceptible al
ojo no entrenado la separa de una conducta simplemente delictiva. Y si una parte de la
tarea consiste en desenmascarar al delincuente simulador, preocupación que comparte el
funcionario penal, por otra parte, lo más específico de la renovación tecnológica que
funda una disciplina psiquiátria es el perseguir a la locura más allá de las apariencias. Y
en esta tarea de desciframiento, los signos pueden adquirir, para el observador
preparado, una significación que es la contraria de la que sanciona el sentido común.
Así es como los rasgos mismos que fundaban la presunción
152
de responsabilidad para el Consejo de Higiene, en el nuevo examen no son sino la
confirmación de la locura.
Para esta renovada "medicina del espíritu" esa unidad del psiquismo alrededor
de una conciencia central y transparente constituye una noción que se resquebraja. De
allí que elaborar un diagnóstico, si se hace cuidadosamente, requiere una verdadera
tarea de descomposición de las nociones vulgares y de detección de los signos menos
manifiestos. Pero todo ello, además, es sostenido por un saber semiológico y
nosográfico que si garantiza para el alienista un lugar de incontrovertible sabiduría, a la
vez parece ir encontrando su función mayor fuera del manicomio. 50
La degeneración
El caso de José Vivado ilustra la conmoción que trastoca el dispositivo alienista
cuando sale de su reducto manicomial pata vérselas con los requerimientos del orden
penal, al mismo tiempo que muestra hasta dónde ese impacto presiona la
"modernización" y tecnificación del rol psiquiátrico. Pero, al mismo tiempo, desde
dentro del discurso y las instituciones de la locura hay un proceso de organización y
sistematización de nociones y modelos que va a alcanzar un sustento doctrinario en la
teoría de la degeneración.
De tal modo, no basta destacar la manifiesta vinculación de la preocupación
médica por la cuestión criminal, con el crecimiento de una problemática delictiva y' de
rebeldía social, que caracteriza los últimos años del siglo en Argentina. Es preciso
señalar, aunque sea someramente, que hay un sostén que es propio de un desarrollo
"teórico" de la disciplina psiquiátrica que, más allá de su función
50
José Vivado se salvó de la pena capital pero fue condenado a reclusión por tiempo indeterminado. A.
Korn. y P. Alcácer, en sus respectivas tesis dan cuenta, varios años después, de la presencia del parricida
en la Penitenciaría. Alcácer, que repite los argumentos de Meléndez, se indigna con el Consejo ante la
posibilidad cierta de que pudo haber sido ajusticiado. Korn, por su parte, después de haberlo observado
durante dos años, no tiene dudas acerca de que es un alienado. Alcácer, Pedro, Locura y Crimen, Tesis,
1883; p. 134 y 142. Korn, A, Op. cit., p. 48-49.
153
ideológica, la integra a ciertas ideas provenientes de las ciencias naturales que aglutinan
y modelan un conjunto de conocimientos s el hombre y la sociedad.
Y al mismo tiempo, no es cuestión de endilgar todo a la acción un "positivismo"
que suele ser ubicado -a partir de la reacción filosófica iniciada hacia la segunda década
de nuestro siglo- en posición de causa final, como si el mismo no debiera ser explicado.
Es cierto que el internamiento, antes de la organización de los manicomios,
había ya reunido en un mismo espacio a locos y criminales, pero no desconocía el
abismo que los separaba; esa coincidencia en una común reclusión era más bien un
efecto secundario del ejercicio policial del poder.
La correlación de locura y crimen, anudada en un vínculo primario, en un nexo
causal común, que tiene su ámbito institucional propio en los pabellones para locos
delincuentes, alcanza un nivel conceptual a través de los temas de la degeneración. El
manicomio de ser el modelo institucional para el tratamiento de los problemas de la
locura, a partir de esa alarmada constatación que inunda los textos de la medicina
mental: hay "anormales" que padecen de una locura que escapa al dispositivo alienista.
Esa transición entre la plena ocupación del espacio asilar por el personaje alienista y la
reformulación que extiende la significación de la locura para perseguirla
privilegiadamente en el ámbito de la vida social, socava definitivamente esa utópica
comunidad moral autosuficiente, esa burbuja institucional: el manicomio.
No es que las figuras del alienismo europeo no hayan alzado voz más allá de los
límites del hospicio para denunciar esa locura de las masas en las revueltas que sacuden
la sociedad. Las nociones de monomanía o moral insanity tuvieron indudablemente ese
telón de fondo. Pero no alcanzan aun para impulsar una reestructuración tecnológica
capaz de hacerse cargo del problema en un modo de intervención que vaya más allá de
dar la voz de alarma. En cambio, mismo movimiento en que el alienista es convocado
por la senda médicolegal a intervenir en las cuestiones de responsabilidad jurídica, va
anudando su integración al dispositivo policial que reprime las formas menores de la
delincuencia.
Ese proceso que en Francia lleva décadas, en la Argentina se consuma en pocos
años y, a la vez, puede advertirse la coexistencia de las nuevas nociones no solo con la
versión alienista, sino incluso con nociones sobre la locura anteriores a ella.
¿Cómo se conforma la doctrina de la degeneración? Por una par-
154
te, si bien los intentos de buscar un fundamento somático de la patología mental, a
través de la anatomía patológica del cerebro, lograron algunos resultados en el caso de
la parálisis general, no rindieron los frutos esperados. En ese sentido, la teoría de la
degeneración parecía ofrecer inicialmente la posibilidad de establecer signos físicos de
la locura; con ello la psiquiatría buscaba un camino para reintegrarse a los métodos y
criterios de la medicina científica, básicamente fundar una clasificación etiológica.
Pero, al mismo tiempo, la coincidencia con el pensamiento de Darwin fortalece
la aceptación casi generalizada de la nueva doctrina psiquiátrica, que pasa a gozar de
una popularidad que excede el ámbito de la medicina y se convierte en una referencia
central del naturalismo sociológico y literario.
Benedict Augustin Morel, hijo de franceses nacido en Viena -como Mesmer y
Freud-, propone su hipótesis basado en una fundamentación que es a la vez psiquiátrica
y sociológica; en ella se conjugan -según Ackerknecht- su radicalismo político y su
profunda fe católica. 51
"Las degeneraciones son desviaciones morbosas del tipo humano normal,
hereditariamente transmisibles y sujetas a evolución progresiva hacia la decadencia." 52
El repertorio de causas abarca desde la herencia y las lesiones congénitas o adquiridas,
hasta intoxicaciones, temperamento morboso, o factores del medio social.
Al mismo tiempo, Morel modifica el punto de vista que dominaba la noción de
herencia. Hasta entonces la herencia había sido encarada como la transmisión más o
menos directa de formas mentales determinadas y semejantes. La doctrina de la
degeneración, en cambio, se liga ala idea de la herencia como mecanismo de
transformación, tanto de las especies como de los individuos, en sentido patológico:
"Los descendientes no presentan más, al cabo de un cierto número de generaciones, los
mismos atributos que los ascendientes, sino nuevos atributos físicos e intelectuales,
fijos, inmutables, que los diferencian del tipo común de la especie y que hacen de ellos
nuevos seres, que él califica de degenerados". 53
51
Ackerknecht, Erwin, Breve historia de la psiquiatría. Buenos Aires, Eudeba, 1962, p. 37-39. Morel
trabajaba en el tema desde 1839. En 1857 publica su Traité des dégénérescenses physiques, intellectuelles
et morales de I’espèce humaine.
52
Id., p. 38-39.
53
Magnam et Legrain, Les Dégénérés. París, Rueff et Cie, 1895, p.12.
155
Esa desviación patológica suponía, para Morel, la existencia de un tipo normal
originario, es decir, el mito religioso de una pareja humana original, perfecta desde el
punto de vista psicofísico, que vendría luego a sufrir los efectos acumulativos de una
declinación enfermiza. Toda una fantasmagoría de pecado, castigo y fin catastrófico de
la especie subyace a esa visión. Magnam la critica sosteniendo que no puede concebirse
científicamente un tipo perfecto en el origen y que la perfectibilidad es una cualidad que
actúa en el transcurso de la evolución. "Es, pues, en lo opuesto al origen de la especie
donde es preciso buscar el tipo ideal, en su fin, suponiendo que ningún obstáculo se
oponga a su marcha hacia adelante, es decir al cumplimiento regular de actos que tienen
por fin asegurar su conservación presente y futura: nutrición y reproducción." 54 Con
ello, los temas de la evolución, bajo su faz degenerativa o regenerativa, se engloban en
la mitología del progreso y expresan en un ámbito menor, las ilusiones y los temores
que acompañan esa dimensión escatológica que está tan presente en el pensamiento
social y político del siglo XIX. Las mixturas del darwinismo con los proyectos de
reforma social parecen indicar un suelo imaginario común, cuyo núcleo central es la
idea de un progreso indefinido, y que atraviesa discursos y propuestas de diverso
contenido ideológico.
De cualquier modo, justamente esa omnipresencia de las tesis positivistas en el
campo de las disciplinas humanas, exige una penetración indagativa que no se contente
con las analogías. Si el ideal de progreso es común, no por eso deja de haber una
diferencia notable, por ejemplo, entre la propuesta de esterilizar a los degenerados para
mejorar la especie, y la que contiene un discurso socialista que insistirá en el papel que
cabe al capitalismo "parasitario" en la producción de marginalidad, miseria y patología.
La teoría de la degeneración cumple una función explicativa que es capaz de dar
coherencia aun conjunto variado y heterogéneo de síntomas y conductas: "todos esos
tipos, no lo olvidemos, idiotas, imbéciles, degenerados inteligentes, excéntricos,
originales, emotivos, hipocondríacos, locos morales, obsesivos, impulsivos, etc., todos
son lo mismo en cuanto al fondo; solo difiere la forma exterior. Todos esos aspectos,
por variados que sean son reductibles a una sola modalidad psicopática, el desequilibrio,
son otras tantas apariencias bajo las cuales se esconde una única individualidad, el
degenerado". 55
54
55
Id., p. 74- 75.
Id., p. 115.
156
En ese sentido, la concepción que subyace a la doctrina degenerativa es
subsidiaria de la noción de un movimiento evolutivo perpetuo que puede orientarse en
sentido progresivo o regresivo, y con ello resalta el ideal moral de perfección, entendido
en términos de armonía, integración y equilibrio. Finalmente, todo agente -físico o
moral, individual o colectivo, agudo o crónico, originado en la herencia o en el mediocapaz de detener o retardar el movimiento evolutivo de la especie, es considerado causa
degenerativa. Es notorio el abuso que se genera a partir de esa figura de la locura, tan
abarcativa que permite atribuirla a las condiciones y fenómenos más variados y sin
embargo, cierta lógica -no fácil de desentrañar- guía el uso de este artefacto teórico.
Por una parte, está la idea de la degeneración como decadencia histórica, lo que
ubica a esa zona extendida del discurso psiquiátrico en una dirección emparentada con
cierta filosofía pesimista del devenir "La civilización, la educación intelectual de los
pueblos, las preocupaciones sociales que absorben a los individuos lanzándolos en los
torbellinos de una vida agitada y sin descanso, las fatigas intelectuales y luego el vicio,
las enfermedades, etc., todo ha contribuido a producir un estado de decadencia física,
como resultado del exceso de funcionamiento nervioso." 56
Esa figura oscura y multiforme, bajo la forma de una amenaza genérica al futuro
de la especie, a la estabilidad de los valores del progreso, al equilibrio del sistema de
poder, fácilmente excede los límites de la disciplina biológica -por ejemplo la
concepción estrictamente darwinista de la evolución y la herencia- para desembocar en
una filosofía dogmática y escasamente fundada en los métodos de la ciencia.
En ese sentido el fantasma de la degeneración es la contrafigura simétrica de la
utopía del desarrollo económicosocial y el progreso cultural indefinidos: la acumulación
de riquezas materiales y espirituales se equilibra en esa simétrica producción de la
degradación y la decadencia. Por una parte, si la sociedad es un organismo, la
degeneración indica precisamente una función fisiológica de evacuación: son los
"detritus" de que habla Osvaldo Loudet. 57 Si bien la proyección de la degeneración
sobre la sociedad merece distintas consi-
56
Solari, Benjamín, Degeneración y crimen, Tesis, 1891, p. 26.
"Era necesario buscar un laboratorio vivo, el antro sombrío donde caían los detritus sociales". Se refería
a la creación del Servicio de Observación de Alienados, por Francisco de Veyga. Loudet y Loudet, Op.
cit., p.129.
57
157
deraciones -incluso algunas que descartan directamente la teoría 58 - en general hay
coincidencia en señalar que la descendencia de un degenerado se extingue en unas
pocas generaciones por la aparición de la esterilidad como estigma específico. Hasta
allí, el equilibrio del sistema no se vería afectado porque la degeneración que tiende a
eliminarse como un desecho social viene a ser compensada por la regeneración que es
propia de las leyes de la herencia normal.
¿De dónde surge esa visión de la degeneración como un espectro que amenaza a
las sociedades civilizadas? "Esta fatalidad que se atribuye a la herencia mórbida, y esta
malignidad creciente y grave que se ha asignado a los accidentes degenerativos, han
llegado a constituir un principio cuyo fondo es éste: que la degeneración es un mal
transmisible en grado extremo, que se acentúa cada vez más a medida que se hereda, sin
que tenga otra terminación que el completo aniquilamiento de la estirpe." 59
La coherencia estratégica del discurso psiquiátrico y criminológico, predomina
sobre la consistencia de la doctrina, cuyo núcleo estaba basado en las teorías de la
herencia. Así es como terminará afirmándose no solo que "se puede ser degenerado sin
necesidad de ser hereditario", sino que la degeneración "adquirida" es la más frecuente.
Lo que hace ala degeneración transmisible "no es su propia esencia, sino la clase de
factores que obran sobre la descendencia en las diferentes fases del desarrollo". 60 Con
ello, el discurso sobre la degeneración, que Morel y Magnam habían intentado situar en
los parámetros de una investigación de la etiología y de los estigmas, acotada según las
leyes de la herencia, deriva en una consideración genérica acerca de la miseria y el
vicio: alcohol, desnutrición, "miseria fisiológica", fallas de educación, traumas morales.
Las cuestiones de la profilaxis son inmediatamente planteadas y derivan
directamente en proyectos que, en sus formulaciones más extremas, oscilan entre la
paranoia y el fantasma de salvación.
Así es como José Hualde en su tesis de 1899 61 abunda en una serie cre
consideraciones alarmadas ante la extensión de la
58
Por ejemplo, Groussac, P., "La degeneración hereditaria". Introducción a Ramos Mejía, I.M., La locura
en la historia (1895), Buenos Aires, L. J. Rosso, 1933.
59
de Veyga, Francisco, "De la regeneración como ley opuesta a la degeneración mórbida. Archivos de
psiquiatría..., IV, p. 36.
60
Id., p.37.
61
Profilaxis de la locura.
158
familia neuropática, o sea "el transformismo hereditario de las degeneraciones taradas".
Después de establecer el parentesco que une al vicio con el crimen y la locura, sostiene
que así como la familia neuropática necesita varias generaciones para constituirse, la
predisposición hereditaria resultante no se extingue fácilmente. Por otra parte, "Ios
candidatos a la locura tienden a buscarse y a unirse, precisamente por esas rarezas y
extravagancias inherentes a ellos mismos". 62
¿Qué prevención puede encararse frente al peligro de esa infección social y
moral que se irradia interminablemente? Hualde representa bien ese papel preformado
del psiquiatra que levanta la cabeza por encima de su paciente para escudriñar la locura,
ante todo, como un atentado a la integridad del género humano. " ¿Debemos cruzarnos
de brazos y mirar impasibles el crecimiento de locos? Si queremos evitarlo solo
poseemos un medio, a mi entender lícito y aun humanitario: impedir que nazcan
quitando el poder fecundante a los progenitores". 63 La propuesta profiláctica,
básicamente, es proceder a la esterilización quirúrgica de los alienados susceptibles de
engendrar hijos locos, haciéndolo de modo que desconozcan la operación sufrida.
La tesis, de cualquier modo es polémica, a tal punto que Benjamín Solari profesor sustituto de "enfermedades mentales"- se inclina por rechazarla; sin embargo
es aprobada por el titular, que es entonces D. Cabred. Pero en todo caso, no responde a
una ocurrencia aislada de un alumno. Hualde se cuida muy bien de informar que su
propuesta sigue la enseñanza del Dr. José Estévez, que era director del Hospicio de
Alienadas.
En el marco de esa percepción que subordina la degeneración a una fatalidad
hereditaria, también B. Solari en su tesis parte de la misma afinidad entre locura y
delito, y sostiene también el papel decisivo de la transmisión degenerativa en el
aumento de la criminalidad. Pero, en cuanto a la profilaxia, ve las dificultades para
imponer restricciones al matrimonio entre degenerados, y prefiere postular una acción
sobre el medio. Frente a esa imagen tenebrosa de la familia degenerativa, crece la
responsabilidad que cabe al Estado, ya no solo en materia de represión y educación, sino
en el directo reemplazo de la función familiar: el Estado debe tomar a su cargo los hijos
de padres criminales, separarlos para siempre de sus
62
63
Id., p.42 y 61.
Id., p. 63.
159
progenitores y responsabilizarse de su educación. 64 Su cruzada -más bien imaginariacontra la degeneración y el crimen apunta sobre todo a una población que despierta su
interés compasivo, a la vez que preanuncia la regeneración del porvenir: la niñez. A la
niñez abandonada y los menores delincuentes -que son el negativo de ese hijo fabuloso
de la inmigración fantaseado por Ramos Mejía como el paradigma de la nueva razadebe dirigirse toda la acción de los poderes públicos, para lo cual propone la creación de
institutos de protección de la infancia. En cuanto a los adultos, siguiendo las tesis de
Lombroso, propone sacar al fenómeno de la delincuencia del registro de la culpa y el
castigo, para hacerlo depender de los derechos de la sociedad a defenderse de quien la
ataca. La pena, entonces, ante todo debe entenderse como un "medio de reforma"
aplicado al que no ha podido obrar de otra manera. Junto al bello sueño de esos
establecimientos para niños forjadores de la futura regeneración argentina, construye la
imagen de un espacio complementario, que no será ya cárcel sino criminocomio, lugar
de enseñanza y formación moral.
Las propuestas de Hualde y Solari parecen surgidas de un fondo común, y al
lado de esa fantaseada mutilación que reencuentra, al modo delirante, un trozo del más
arcaico pasado e identifica al psiquiatra con un protopadre todopoderoso, se ubica ese
fantasma de la caridad obsesiva, que cuida y protege justamente aquello que más teme
dañar. En ese sentido, en la misma polarización, Hualde y Solari se reenvían uno al otro,
casi como en una interpretación recíproca. Por una parte, Solari dice mucho más que lo
que cree cuando acusa al otro de proponer una "castración" de alienados. 65 Por otra parte, la enérgica y repetida reacción de Solari (además de proponer un "bochazo" para la
tesis de Hualde, algo insólito en los usos académicos, y de la respuesta en los Anales del
Círculo Médico, se ocupa nuevamente del tema en los Archivos de Psiquiatría y
Criminología) 66 habla a las claras de que se siente involucrado: finalmente y más allá
del barniz humanitario de esa defensa de los pobres locos
64
Solari, B., Op. cit., p. 116.
Solari, B., "La pretendida castración de los alienados como medio de profilaxis de la locura. A.C.M.,
XXII, p. 585. En realidad Hualde no hablaba de castración, operación solo posible respecto del sexo
masculino, sino de esterilización en alienados de ambos sexos. El lapsus tiene valor de interpretación.
66
"La defensa de la raza por la castración de los degenerados", Archivos... I, p. 385.
65
160
frente a la amenaza de castración, la propuesta de quitar los hijos a sus padres no es
tampoco precisamente una muestra de bondad.
Justamente en esa tensión entre la liquidación y la educación se mueven las
ilusiones de salvación que son el acompañante obligado de esa amenaza globalmente
localizada en la zona de la degeneración.
Al mismo tiempo, las tesis de la degeneración enmarcan una cierta concepción
filosófica y política sobre las leyes del devenir y sus consecuencias sobre la
composición de las sociedades y sobre la estabilidad de los gobiernos. Lo menos que
puede decirse es que en ella la disciplina histórica queda aniquilada en su atención a lo
particular , para quedar sumergida en las fórmulas grises y repetidas de la evolución
natural. No es sorprendente, entonces, que C.O. Bunge en sus Estudios filosóficos
vincule los temas de la degeneración con los de la democracia.
La degeneración proyecta una sombra funesta sobre el destino de la especie
humana. "En sus ramas más bajas fructifica el crimen, en las medias florece la locura y
en su cabeza resplandece el genio." 67 Entre el degenerado inferior, el "infrahombre",
que condensa las formas de la locura y el crimen -una de sus denominaciones es la de
"criminal nato"- y el "degenerado superior", el hombre de genio, se establece un
equilibrio simétrico. "Si sociológicamente, o sea considerándosele como creador y
propulsor de ideas y sentimientos sociales, el hombre de genio debe reputarse un
elemento evolutivo, en cambio, antropológicamente, es decir, como miembro o
expresión de una raza, es más bien degenerativo o regresivo." 68
Algo iguala los extremos superior e inferior de la degeneración: son escasamente
educables. Los degenerados medios, en cambio, que son mucho más numerosos,
padecen ante todo de serias fallas del sentido moral y exigen una elevación general del
nivel ético mediante la educación. Todo confluye y se iguala respecto de este objetivo
de defensa de la colectividad: "la legislación y la política, las letras y las artes, la
filosofía y la religión, constituyen, en realidad, distintas formas de la educación
social". 69 Precisamente, esa zona intermedia de la locura que crece y se difunde
constituye la gran amenaza de los
67
Bunge, Carlos O., Estudios Filosóficos, Buenos Aires, La Cultura AIgentina, 1919, p. 225.
Id., p. 235. Las bastardillas son de Bunge.
69
Id., p. 240.
68
161
tiempos modernos. " ¿Hacia dónde marcha la anémica humanidad contemporánea, ya
vagamente degenerada y acaso decadente?" Todo hace temer "una era de egoísmo y de
disolución de la familia y de la sociedad" . 70
No es extraño, pues, que ante esta amenaza de muchedumbres degradadas, este discurso
positivista termine haciendo una defensa del cristianismo como núcleo de la moral
práctica capaz de poner un freno a la agitación social contemporánea. Nietzsche, "el
vidente que murió loco en un manicomio", con su ataque a los valores del cristianismo
representa, para Bunge, “la religión de los degenerados". 71
Un ideal aristocratizante de la virtud y la armonía domina en esa visión
pesimista de la sociedad que invierte exactamente la valoración del progreso y la
civilización, usando las mismas nociones del naturalismo médico. Porque ya Lombroso
-y de Veyga e Ingenieros entre nosotros- había señalado esa difusa amenaza
degenerativa ligada a las conmociones de la civilización, pero al mismo tiempo ubicaba,
justamente, a la acción médico-política como la más favorable para corregirla, a través
de la higiene, la asistencia preventiva, la tecnología remozada de la psiquiatría y la
criminología. Bunge, que no es médico, da vuelta el argumento: "los actuales progresos
de las ciencias médicas constituyen uno de los más rápidos vehículos y poderosos
coadyuvantes de la degeneración contemporánea". Al disminuir la mortalidad general y
mantenerse vivos y con capacidad de reproducción a muchos individuos que antes
estaban condenados a sucumbir, al reducirse drásticamente las muertes debidas a
epidemias, hambrunas y guerras; al desaparecer la acción selectiva implicada en el
exterminio de los vencidos "por los vencedores; la cultura ataca a la naturaleza y
favorece la perpetuación y la extensión de la degeneración, realizando una selección al
revés. 72
Pero esa imagen terrorífica de la degeneración ya no tiene ningún fundamento en
las leyes de la herencia y por lo tanto ha cambiado el registro en el cual Morella había
propuesto, buscando precisamente un fundamento "científico" de la locura, que superara
las vagueda- des del alienismo acerca de las causas morales y el acento puesto en una
consideración reactiva y descriptiva. En ese sentido, tanto Groussac en el texto citado
como el mismo de Veyga en el artículo sobre la regeneración, señalaban esa
incongruencia. Bunge no desconoce la
70
Id.. p. 242.
Id., p. 242-243.
72
Id., p. 247-249. Las bastardillas pertenecen al autor citado.
71
162
objeción y, en todo caso, el modo como la resuelve es bien significativo, porque
muestra la fuerza de un cuerpo de representaciones de lo social que orientan y
determinan a cierto discurso de las disciplinas humanistas. Porque lo que es verdad "en
cuanto a la degeneración absoluta, médica, somática", no vale para la otra: "una
degeneración relativa, más psíquica que física". 73
No vale la pena insistir sobre la coincidencia de ese pensamiento, que denuncia a
la degeneración como la figura misma del descontrol colectivo, con los textos ya citados
de Ramos Mejía. En todo caso constituye un decisivo eslabón de ese discurso con el
campo del derecho y la sociología. La noción de degeneración, en las manos de Bunge,
se expande sin límites y se constituye como una categoría central del análisis
sociológico. Nuestra América, obra que alcanza un importante éxito de público, sigue
en esa línea y desenvuelve una interpretación parejamente sombría sobre la colectividad
nacional a partir de consideraciones más bien fantásticas acerca de la cuestión racial.
Francisco de Veyga y José Ingenieros -menos pesimistas-, hermanados en la
enseñanza recibida de Ramos Mejía y en la común empresa criminológica, hacen de la
teoría de la degeneración un instrumento de un dispositivo bien acotado, dirigido a esa
zona de la marginalidad social y la delincuencia, que coincidiría con los "inferiores" de
Bunge. Del discurso genérico a la intervención institucional y el despliegue técnico hay
una distancia que no puede desconocerse. Y sin embargo, también hay hilos que
mantienen alguna continuidad en las concepciones, principalmente en esa insistencia en
una degeneración psíquica, imprecisa y desprovista de los estigmas en que Lombroso
había fundado su doctrina; en esa tesitura se inscribe la obra criminológica de J.
Ingenieros.
Es realmente difícil dar cuenta de las complejidades del discurso y la acción de
Ingenieros, sin destinarle un espacio que sería desproporcionado a los propósitos de este
libro. Pero en todo caso, ante la imagen oficializada de un discurso cristalizado en las
zonas más dogmáticas de una mixtura de Darwin, Spencer y Lombroso con las nociones
del "economismo histórico" de Aquiles Loria, conviene, ante todo, suspender el lugar
común para admitir que hay más de un Inge-
73
Id., p. 250.
163
nieros. En ese sentido, Oscar Terán 74 ha producido un texto indispensable para un
análisis de los virajes, las rupturas y las continuidades del pensamiento de Ingenieros.
De cualquier modo, es claro que el autor de Criminología no puede compartir el
juicio de Bunge acerca del papel de la medicina en la extensión de la degeneración. Más
aun, algo del núcleo "socialanarquizante" que domina sus primeros textos persiste más
allá de ellos, y sirve para señalar que esa "selección al revés" es debida a condiciones
propias del sistema social y político.
Y sin embargo, el Ingenieros criminólogo, ocupado en la descripción y la
clasificación del delincuente, cuando se abandona a un discurso genérico sobre la
degeneración se instala en la misma vaguedad prejuiciosa. Si bien admite una gama de
fluctuaciones entre la locura y la normalidad, de modo tal que no es posible trazar una
neta separación entre ambas, carga bien las tintas al referirse a los degenerados: "En ese
vasto cuadro, la locura y la criminalidad son como notas agudas en la gama de la
degeneración, extremos de una serie donde se escalona una muchedumbre que sin ser
honesta no es criminal y sin ser cuerda no merece el manicomio". 75 De modo que la
primacía que Ingenieros adjudica a los caracteres psíquicos del delincuente -en lo cual
hace radicar su discrepancia con Lombroso- a la vez que impulsa su pasaje a la
psicología, abre las puertas para una tipologización de la personalidad delictiva.
Finalmente, no hay más sustento que una serie de reducciones. i; Primero, la
locura es una anormalidad psíquica que hace al individuo, inadaptado para vivir en su
medio social; tal es el "concepto social de la locura", que absolutiza el orden establecido
y desprecia el fundamento orgánico de la patología. Segundo, la sociedad está regida
por las leyes propias de los organismos biológicos: evolución, adaptación, lucha por la
vida; el delito es siempre un acto que directa o indirectamente atenta contra el derecho a
la vida. Con ello, la degeneración y la delincuencia son el principal obstáculo para el
progreso natural de la sociedad. Tercero, sin embargo, en las sociedades humanas no se
cumple el proceso natural de selección por el predominio del más apto: además de la
delincuencia, la simulación (a la que Ingenieros dedica dos volúmenes) se constituye en
un medio no
74
75
Introducción de Ingenieros, J.: Antimperialismo y nación, México, Siglo XXI,1979.
Ingenieros, J., Simulación de la locura (1900), Buenos Aires, L. J. Rosso, 1918, p. 136.
164
delictivo pero espúreo y fraudulento que tuerce las providencias de la evolución. ¿Cómo
distinguir esa inmensa masa de los que no son propiamente ni locos ni delincuentes pero
sin embargo son igualmente nocivos? La primera operación es ampliar el concepto de
degeneración: "Si la degeneración no muestra en todos ellos caracteres igual- mente
señalados, esto no autoriza a restringir a pocos la calificación de degenerados, en lugar
de extenderla a cuantos poseen caracteres que impiden adaptarse a las condiciones de
lucha por la vida" . 76
La ampliación de la noción produce sus efectos en el terreno jurídico,
correlativos a la paradoja que supone afinl1ar a la degeneración a la vez como
enfenl1edad -y por lo tanto atenuante de la responsabilidad de su portador- y como
disposición dañina contra la comunidad, lo que la convierte en un agravante. Ya que es
notorio que la delincuencia no tiende naturalmente a disminuir, sino lo contrario, debe
revisarse la cuestión de la responsabilidad: "El degenerado se encuentra siendo
simultáneamente irresponsable y responsable: irresponsable en principio porque es
degenerado y responsable desde el punto de vista social, porque es nocivo". 77 Pero
tampoco es posible afirmar la inferioridad genérica del degenerado para sobrevivir y
triunfar en la lucha por la existencia, porque de ser así la "selección natural" no
requeriría del auxilio policial, penal, educativo y criminológico, y la criminalidad
tendería espontáneamente a desaparecer. Siguiendo a Tonnini y discrepando con Sergi,
Ingenieros concluye afirmando que hay degenerados vencedores en la lucha por la vida,
y en ello coincide con esa figura de la selección "al revés", es decir degenerativa, de la
que habla también Carlos O. Bunge.
Entonces, ¿qué queda de específico para caracterizar aun degenerado? Solo una
atribución sociomoral: "El degenerado, en general, es un individuo, vencido o vencedor
en la lucha por la existencia, que por las imperfecciones innatas o por la desintegración
adquirida del carácter resulta improductivo o nocivo a la sociedad". 78 En esta petición
de principio desembocan miles de páginas -comenzando por las de los maestros
italianos- investigaciones antropométricas, complejas descripciones de casos y sesudas
clasificaciones.
Ese fantasma de la degeneración proyectado al plano colectivo, aparece
sostenido simultáneamente por dos órdenes de representaciones más bien excluyentes.
Por una parte, en la medida en que se
76
Id., p. 244.
Magnam et Legrain, Op. cit., p.210.
78
Ingenieros, J., Simulación de la locura, Op. cit., p. 243.
77
165
hace predominar la metáfora de la sociedad como un organismo que evoluciona, esa
zona de la degeneración queda equilibrada por la recíproca regeneración, y ambas
coincidirían con las funciones biológicas de asimilación y expulsión. En esa figuración
que acentúa el finalismo de las leyes evolutivas, el optimismo coincide con la débil
atención a las manifestaciones presentes del desorden, que quedan mitigadas por la
promesa futura de armonía.
Pero la noción de lucha por la vida, cuando es contrastada con los conflictos
reales que atravesaban la sociedad argentina, está lejos de esa imagen de un proceso
natural equilibrado que domina la construcción darwiniana sobre las especies. De ello
deriva una atención a los "medios fraudulentos" en la lucha por la vida, que si son
típica- mente humanos y responden ala acción de la cultura sobre la naturaleza,
justamente por ello pueden representar la mayor amenaza a esa figura providencial del
desarrollo evolutivo. Desde tal presupuesto organicista -que ama mucho más los
procesos armónicos que las conmociones y brusquedades-, esa zona extendida de la
marginalidad delictiva aparece rápidamente como el principal enemigo, aun para un
pensamiento con incrustaciones socialistas, como el de Ingenieros. Sobre la fonna ideal
de la organización se superpone la figura contraria de la guerra social, pero no como
lucha de clases sino como la acción corrosiva de la degeneración sobre la estabilidad del
proceso evolutivo. "La sociedad, en todos los tiempos, ha temido a estos violadores de
su moral; no les perdona el impudor de su infamia y organiza contra ellos un complejo
armazón defensivo de códigos, jueces y presidios... constituyen una horda extranjera y
hostil dentro de su propio terruño, audaz en la acechanza, embozada en el
procedimiento, infatigable en la tramitación aleve de sus programas trágicos." 79 De ser
uno de los modos del cumplimiento de las leyes del desarrollo, la degeneración pasa a
ser la fuerza opuesta e irreconciliable a la causa de la evolución. Armados, con esta
lógica de la historia, aun algunos anarquistas y socialistas pueden considerar a la guerra
contra el delito como una acción decisiva para el avance hacia sus ideales.
La literatura naturalista asume la forma de una crónica colectiva y profusa acerca
de la degeneración que irrumpe en todos los ámbitos y socava todas las instituciones.
Desde la Bolsa al matrimonio cris-
79
Ingenieros, J., Criminología (1907). Madrid, Daniel Jorro, 1913, p. 32.
166
tiano, en la universidad, la estancia y el comité político, la degeneración acecha a la
sociedad argentina y solo el Club del Progreso (En la sangre) mantiene sólidamente los
ideales de pureza con que el ego oligárquico construye una amenazada y precaria
identidad. Cambaceres, Sicardi, Martel, Podestá, son la voz de ese discurso paranoico
que parece constituirse en una raíz fundadora de la literatura argentina. En todo caso
una paranoia casi abortada, porque carece del despliegue de esa dimensión restitutiva
que eleva a la genialidad, en cambio, los delirios del Presidente Schreber.
Esa difusión ejemplarizadora de los peligros que se esconden en lo más
profundo de la estructura psíquica sirve finalmente a la formación del Estado, que pasa
por ser la expresión de toda la sociedad, fantasmatizada como un cuerpo místico que
integra a los organismos individuales. De allí que cierta exploración de la "intimidad" sexualidad, relaciones familiares, negocios- no se separa de esa mirada
pedagógicamente orientada que simultáneamente atiende a los grandes fines de la
Nación. Y si bien es cierto, como se verá, que esa imagen de la degeneración fácilmente
se identifica con la de la inmigración, no es menos cierto que se presta a un empleo más
amplio; justamente eso ha hecho posible que con ligeros cambios de nombre esa figura
de la horda corrosiva haya pervivido hasta el presente.
Irresponsable es un texto paradigmático de ese pedagogismo ubicable entre las
más sólidas tradiciones de la novela naturalista. Pero más que la contaminación del
sistema literario por esa presencia de los médicos que conciben a la escritura como una
prolongación de su misión, interesa destacar el efecto inverso: el discurso médico sobre
la degeneración responde a una retórica más propia de la ficción que de la metodología
de las ciencias experimentales. Si, por una parte, un texto como el de Podestá es un
manual de divulgación acerca de la locura y la degeneración, no es ajeno al efecto
buscado de educar con el ejemplo, el que sitúe inicialmente -igual que Cambaceres en
En la sangre- al desequilibrado como sapo de otro pozo en los severos claustros de la
universidad. Porque la fuerza de esa fábula moral estriba, por una parte, en señalar a la
degeneración como un enemigo cercano y promiscuo, pero a la vez en asegurar un mal
final a través de esa carrera de degradación que, curiosamente, hace una escala
intermedia en la política antes de llegar a su destino final: el manicomio.
Pero lo notorio es que los textos médicos no ofrecen un modelo de escritura
disímil, y aun allí donde hacen referencia a factores más circunscriptos de la
degeneración, como el alcohol o la sífilis, el mo-
167
do de encararlos no difiere del que aparece en la narrativa: ante todo como expresión de
una dimensión genérica del vicio y la degradación.
Es notorio, por ejemplo, que las referencias a la sífilis y el alcohol, como los
espectros más temidos, sirven para fundar un discurso sobre la sexualidad y la familia y
no sólo porque el fantasma sifilítico acompaña, para la visión médica, cualquier
ejercicio de la sexualidad, sino porque la familia misma puede ser tematizada antes que
nada bajo la forma siniestra de esa familia neuropática que amenaza con la degradación
simultánea de la especie humana y de la moralidad colectiva.
En ese sentido, por debajo de esa imagen de lo inasimilable y lo rechazado, que
solo puede encararse virando hacia una verdadera teratología social, aparece una
latencia que liga los temas de la locura a los mitos de la pureza. La idea de raza
encuentra aquí no una más precisa definición en términos científicos, sino la fuerza
dramática que deriva de localizar en ella el futuro de la especie. Así, en esa proyección a
lo universal del linaje humano, el discurso médicosocial, desde ese lugar del perseguido,
reencuentra los viejos temas de la virtud y la salvación.
Familia y sexualidad, rebajados sobre el parámetro dominante de la
reproducción y la regeneración (superpuestos paradójicamente con la institución del
prostíbulo, que despliega sus propias fantasías y consolida su difundida acción
pedagógica) se conforman como objetos subordinados y secundarios frente al
protagonismo de la degeneración.
En ese sentido, alrededor del tema de la herencia se anuda un complejo de
significaciones míticas que son simultáneamente científicas, políticas y sociales. La
cuestión del linaje, que pone en juego la problemática de la conservación y el cambio
respecto del pasado, introduce la función del tiempo en el destino de la vida humana,
bajo la forma de la acumulación o de la ruptura, bajo el énfasis puesto en la valoración
del pasado o en la expectativa esperanzada del futuro. Todo ello se sitúa diversamente
alrededor del papel atribuido a la raza, y aun del modo de concebirla, lo cual está
íntimamente ligado a las representaciones dominantes hacia el fin del siglo respecto de
la inmigración; reencontraremos la cuestión más adelante. De cualquier modo, no es
insignificante que una profusión de referencias a la cuestión de la raza, ligada al destino
y la identidad nacionales aparezca casi como una derivación reactiva respecto de esta
presencia primaria y activa del peligro degenerativo.
168
El tema de la degeneración aparece proyectado a la filosofía en la obra de Carlos
O. Bunge, y funda una teoría de la historia -implícita en J .M. Ramos Mejía- anclada en
una consideración evolutiva del derecho y la política. Para este autor, el derecho es el
producto resultante de dos principios en lucha: el conservador y el progresista, también
denominados el elemento hembra y el elemento macho, respectivamente. Que una tal
concepción de la historia se exprese en términos de una simbología tan arcaica muestra
bien cómo las banderas del cientificismo enarboladas por el pensamiento positivo -que
son bien distintas de los instrumentos fundamentales de las ciencias- pueden derivar, en
sus formulaciones más dogmáticas en una mitología animista, en la cual la
naturalización está consiguientemente sexualizada.
Y esto, que se hace explícito en cierto fantasma perverso ya señalado respecto de
las masas, está también presente en los temas más constantes de la evolución, de la
dupla armonía-lucha, de la búsqueda de un sentido final a la historia. Una analítica que
persiguiera el imaginario multiforme de los discursos positivistas en sus figuras más
caras, en ese sentido, haría posible escribir uno de los capítulos que faltan en la historia
de las ideas y de las ciencias, en sus crisis y sus continuidades desde el siglo XIX hasta
el presente.
Partiendo, entonces, de esa mítica oposición entre el progreso y la conservación,
plantea Bunge que el derecho tiende a imponer valores cada vez más igualitarios en la
medida en que se pierden los derechos de privilegio. Para explicar esta evolución
recurre a una teoría biológica de la historia, que parte de la noción de raza, determinada
por la geografía, como lo más específico de la condición humana. De ella nacen, por los
principios biológicos de la lucha y la selección, la guerra y la conquista, que hacen
nacer las clases sociales y el Estado. 80
"Las leyes de la vida engendran, a través del proceso étnico, el principio político
del Estado" La forma jurídico-política propia de esta superrevolución es el principio
aristocrático, que crea, entonces, al Estado como forma evolutiva y civilizada del
derecho. Pero, sin embargo, ¿por qué las razas dominantes no mantienen su
superioridad por tiempo indeterminado? Aquí aparece la degeneración como motor de
la historia, porque todos los organismos, incluso los más complicados como las razas,
son susceptibles de degenerar. Más aun, las razas "superiores" a menudo organizan su
dominación de un modo que resiente su salud física y psíquica por causa de un
80
Bunge, C. O., Estudios filosóficos, cit., p. 154-157.
169
trabajo mental excesivo, de insuficiente actividad física, alimentación excesiva o
matrimonios de conveniencia. El parasitismo -figura biológica- sería la forma
degenerada de esa dominación aristocrática.
Por el contrario, suele suceder que las razas dominadas, "especialmente los
agricultores... se fortalecen y se regeneran en la rusticidad y el trabajo". 81 Por la vía de
la degeneración de los amos y la regeneración de los esclavos, Bunge pone a Nietzsche
cabeza abajo y reencuentra -paradojas de un positivista- los mitos evangélicos, como
una promesa de felicidad que la biología asegura en este mundo.
La teoría de la degeneración diferencial de las razas explica la lucha de clases,
concebida, finalmente, como la perpetua sustitución, y en todo caso ampliación, de las
elites. En ese sentido, ciertas críticas de Bunge a las tesis de Marx, se homologan a las
salvedades que J .M. Ramos Mejía dejaba planteadas respecto de las ideas de Le Bon.
Así como para Ramos Mejía, solo el individuo de mentalidad inferior podía participar
del estado psicológico de masa, Bunge reprocha a Marx el igualitarismo de su teoría del
valor: "Un año de trabajo de un Kant, de un Beethoven, de un Edison, de un Sarmiento
o de un Benavente, vale miles y millones de años del trabajo de un obrero cualquiera". 82
Por un lado puede verse la matriz de un cierto pensamiento Social en el que la
anunciada adhesión a principios de igualitarismo social aparece extrañamente asociada a
la manifestación de un elitismo bien acentuado. La ciencia y el arte, a través de la
función soñada de la educación, serían los medios para lograr una extensión de las elites
que, en el límite, realizaría la utopía de una sociedad homogéneamente valiosa y
virtuosa.
A la vez, la invocación de Sarmiento ubica esa empresa en una tradición que la
legitima. Finalmente la estatua que estos intelectuales políticos le construyen, completa
en ellos una suma de virtudes intelectuales y morales. No solo se constituyen en la
encarnación misma de esa fantástica regeneración deseada, sino que por el mismo
movimiento se colocan en un puesto de comando de esa empresa civilizadora que
cumple el mandato recibido del padre Sarmiento.
81
82
Id., p. 159.
Id., p. 177.
170
El delincuente
Entre las primeras prácticas médicolegales y la producción del personaje
delincuente, se sitúa una metamorfosis que afecta, ante todo, al propio alienista. Junto
con la producción de ese nuevo objeto teórico -el crimen- en el que se integran
discursos de la biología, la sociología, la psicopatología y el derecho, se construye
correlativamente el funcionario correspondiente: el criminólogo. Nace con un carácter
híbrido -cruza de psiquiatra penalista y policía- que se traslada a su acción, desplegada
entre el examen que apunta a objetivar y tipificar al delincuente y la intervención
protagónica en el proyecto de una nueva administración del castigo.
El concepto de peligrosidad, condición virtual que proyecta el diagnóstico hacia
la previsión del riesgo futuro, a la vez que constituye un núcleo fundamental de la nueva
disciplina, promueve un reajuste del sistema de nociones y criterios que fundan la
doctrina jurídica. La noción de delito, la cuestión de la responsabilidad y los
fundamentos de la penalidad, aparecen transformados a partir de que la antropología
criminal da vida a ese nuevo sujeto histórico: el delincuente, que ya no se define
solamente por haber cometido un delito sino que está caracterizado por cierta tipología
morfológica y psíquica.
Como se vio, esas formas parciales de la locura, bajo la denominación de
"monomanía" y "locura moral" -construidas sobre el telón de fondo de los desórdenes
urbanos, como la contraposición del "ciudadano respetable"- habían preparado una
lógica alienista predispuesta a intervenir en la zona del delito.
Al mismo tiempo, en el mismo proceso por el cual se "subjetiviza" la
delincuencia y se busca ajustar la penalidad al criminal más que al delito, análogamente
se acentúa la importancia del componente biopsíquico y moral de los ciudadanos como
parte esencial de la fuerza y la riqueza de la nación. De allí ese dispositivo de
observación y clasificación, por el cual un retoño del alienismo cambia el manicomio
por el espacio urbano, y extiende su interés por la conducta y las costumbres, en una
función vigilante que impacta notablemente en el nacimiento de la psicología como
disciplina autónoma.
El darwinismo contribuye decisivamente a la instauración de una concepción
biologicista de la sociedad y las regulaciones jurídicas. De ello deriva que el delito no
sea considerado sólo en relación con el orden de los códigos, sino con las condiciones
que lo producen,
171
despejadas mediante una investigación del delincuente. El carácter del acto y su
tipificación dependerá de factores biológicos, psíquicos y del medio natural y social.
La biosociología, por una parte, impone una plena continuidad evolutiva entre
los diversos factores en juego, de modo que una estricta filogenia establece la línea de
desarrollo desde los fenómenos biológicos a los económicos y sociales. La sociología y
el derecho penal son, entonces, el fruto desarrollado de las ciencias naturales, y en las
leyes de la naturaleza encuentran el fundamento para afirmar una compacta unidad de
esos diversos factores intervinientes en la génesis del delito.
Las sociedades, y sus instituciones, evolucionan igual que las especies vivientes
y desarrollan funciones colectivas adaptadas a las condiciones de vida propias del
ambiente. La función de defensa, entonces, tiende a socializarse ya organizarse en
instituciones colectivas destinadas a la conservación del grupo. Tal es el fundamento de
la penalidad, que no reside en "intangibles principios éticos o jurídicos", sino en
"instituciones destinadas a sistematizar la defensa colectiva contra los individuos in
adaptados a la vida en sociedad". 83
La vida se convierte en mucho más que un objeto de conocimiento y deviene el
supremo valor que da forma a ese mito unitario en el que se disuelven todas las
diferencias. No solo la ley deriva del desarrollo de la vida, sino que no tiene otra
función que defender su soberanía: todo delito, sea contra las personas o contra la
propiedad, es un atentado contra esa figura máxima, esa verdadera divinidad pagana de
cuyo despliegue debe esperarse todo. "La 'lucha económica' de la vida social solo es una
forma evolucionada de la 'lucha por la vida', entendida como simple disputa biológica
de los medios de existencia; los hombres disputan el derecho de vivir y reproducirse,
por grande que sean las oscilaciones en la interpretación de ese derecho. El delito es la
obstaculización de ese derecho; delinque todo el que en la lucha por la vida excede los
límites determinados por el criterio medio de los hombres en un ambiente dado." 84
Ingenieros puede decir entonces que "el Contrato social está amortajado", y así
es, efectivamente, para esta exaltación de la Vida y sus incoercibles regulaciones, en la
medida en que precisamente el fundamento clásico del contractualismo postulaba, por el
contrario, la soberanía de la ley sobre la naturaleza.
83
84
Ingenieros, J., Criminología, cit., p. 19 y 17.
Ingenieros, J., Simulación de la locura, cit., p. 86.
172
La sociología y la filosofía del derecho, a la par que la psiquiatría y la medicina
legal, reciben el influjo de las nuevas concepciones sobre el criminal y el delito que han
quedado definitivamente asociadas a la obra de Cesare Lombroso. Más allá de las
variaciones en sus ideas y las divergencias entre algunos de sus discípulos, el núcleo de
la doctrina lombrosiana radica en la postulación de que los criminales habituales
constituyen un tipo humano separado. Sea por atavismo, degeneración o epilepsia -que
son las variantes alternativas de la etiología criminal- la población criminal está
caracterizada por signos particulares, somáticos y psíquicos.
Como sea, la hipótesis del atavismo pone suficientemente en evidencia la radical
escisión que expulsa al acto delictivo ya su portador del espacio de una significación
humana. No solo los delincuentes presentan las características del "hombre salvaje" y
del "piel roja", sino que, "aun los crímenes más horrendos e inhumanos tienen un punto
de partida fisiológico, atávico, en esos instintos animales que, embotados por un cierto
tiempo en el hombre por la educación, por el ambiente, por el miedo al castigo, vuelven
a pulular de golpe por el influjo de ciertas circunstancias." 85 Si el animal acecha en el
interior del hombre -en la práctica es casi siempre del que pertenece a una condición
social desposeída y marginal- la oposición mayor de la civilización y la barbarie
aparece, no solo naturalizada y ajena a toda circunstancia histórica, sino jugándose
fundamentalmente en el interior de la organización psicofísica individual.
José Ingenieros sintetiza las premisas de las nuevas concepciones: "1º) Los delincuentes
suelen presentar anomalías biológicas que influyen en la determinación del delito. 2º)
Algunos delincuentes presentan ausencia congénita de sentido moral, constituyendo el
tipo del 'delincuente nato'. 3º) El determinismo excluye toda idea de libre albedrío en los
delincuentes. 4º) El criterio de la 'responsabilidad', en cualquier forma, es falso y
artificial. 5º) El objetivo de la lucha contra el delito no debe castigar al delincuente sino
ponerle en la imposibilidad de perjudicar a la sociedad. 6º) La represión debe hacerse
según el criterio del peligro o temibilidad de cada delincuente, " asegurando la defensa
social". 86
Si el delito es aprehendido nocionalmente en el marco de una concepción cuyo
núcleo es biológico, de acuerdo a la definición del
85
86
Lombroso, Cesare; L 'Uomo delincuente, Milán, Ulrico Hoepli, 1876, p.199 y 201.
Archivo de Psiquiatría..., I. p. 337.
173
medio como espacio de la "lucha por la vida", al mismo tiempo es la alteración de las
leyes naturales de la evolución -que son también las de la historia- lo que ubica su
espacio propio cerca de la degeneración y la locura: "la locura y la criminalidad son
como notas agudas en la gama de la degeneración". 87
Más aun, Ingenieros marca su discrepancia con la noción de un "tipo
delincuente" y sostiene que las anomalías que le son adjudicadas son comunes a todos
los degenerados, sean hereditarios o adquiridos. 88 La psicopatología criminal pasa a ser
un eje fundamental de la nueva disciplina, con sus precisiones nosográficas y clínicas, y
el estudio del "funcionamiento psíquico" de los delincuentes más que el de la
morfología somática, será el eje dominante en la criminología argentina, a partir de la
obra de Francisco de Veyga y José Ingenieros. Así es como ambos son, a la vez que
funcionarios del naciente dispositivo criminológico, profesores en las primeras cátedras
de psicología, en la Facultad de Filosofía y Letras. 89
Y al igual que en la "locura parcial" y en los caracteres imprecisos de la
degeneración, ese recurso a la psicología viene a coincidir con la definición de una zona
de transición en la que el diagnóstico persigue una patología huidiza. Se trata de la
distinción y las gradaciones entre delito natural y delito legal, que es correlativa, para el
positivismo jurídico, al desequilibrio entre la evolución de la ética y la del derecho, ya
que una depende de la opinión moral y el otro de la estructura jurídica de la sociedad.
De allí que el estudio de "los modos antisociales de lucha por la vida que escapan a la
sanción de la ley" 90 , enteramente equiparables a una locura mínima, comprometa la
intervención del médico criminalista en una extensión de la acción represiva y
preventiva contra esa zona tenebrosa de la sociedad que se empieza a conocer como la
mala vida.
Las fronteras del delito oscilan como las de la locura, y el "delincuente natural" igual que el "loco larvado"- es tanto más peligroso cuanto que su desviación puede
resultar imperceptible para el orden jurídico penal. "Este tipo de delincuente natural
escapa a la represión de la ley, sin ser por ello menos antisocial y peligroso que muchos
ladrones y homicidas, a quienes aventaja en la práctica de la
87
Ingenieros. J.. Simulación de la locura, cit., p. 136.
Id., p. 147-148.
89
Gottheld, René, "Historia de la psicología en la Argentina", Revista Latinoamericana de Psicología, I,
p. 187 y 189.
90
Ingenieros. J.. Criminología, Op. cit., p. 26-27.
88
174
infamia, como esas fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen los metales más
nobles." 91
Para algunos, todavía aferrados a las viejas tradiciones médicolegales, que
temían que esta transformación del criterio de la responsabilidad y de la lógica del
castigo vaciara las cárceles, los textos criminológicos son bien tranquilizadores. No se
trata de 'humanización" principalmente, sino de hacer más eficaz y moderno un
dispositivo que enfrenta el desafío de un creciente desajuste del espacio urbano,
focalizado en las secuelas de la inmigración masiva.
En la convergencia de esa preocupación "sociológica" propia del higienismo con
las interpretaciones sobre la locura de las masas y su papel en la formación de la
nacionalidad, confrontada con las imágenes de desorden social que parecían
comprometer el futuro de la Nación, el proyecto mismo de una intervención sobre la
marginalidad y el delito fundado en premisas científicas, se sitúa desde el principio en el
surco del viejo sueño de regeneración moral. Casi puede decirse que se consolida una
higiene de las costumbres por el sesgo de la denuncia de las transgresiones: el dinero y
la propiedad, la sexualidad y los valores tradicionales, la familia y la instrucción,
conforman los temas -y las faltas- repetidamente desplegados en una empresa de
pedagogización que impregna los discursos y guía a las instituciones.
Pero todo ello no obsta para que el dispositivo en torno del crimen impulse una acción
propiamente tecnológica y busque sistematizar un conjunto de conocimientos y
procedimientos prácticos de intervención. Ante todo, con Francisco de Veyga, la cátedra
de Medicina Legal -fue designado titular en 1900- busca en el espacio urbano las
condiciones para una enseñanza práctica, y así se va constituyendo una clínica del
delito, que se diferencia de la práctica desarrollada en la penitenciaría porque, a la vez
que se proyecta sobre la ciudad, encuentra su material de investigación en sus márgenes
y en los delitos menores.
Así es como surge una nueva institución, el Servicio de Observación de
Alienados, por iniciativa de de Veyga, autorizado por el Jefe de la Policía Federal para
dictar su materia en el Depósito de Contraventores "24 de noviembre". Allí caían las
víctimas habituales de la acción policial: borrachos, atorrantes, desocupados, prostitutas,
mendigos, o bien los sospechosos de acciones delictivas menores. Y allí, en esa
dependencia compartida entre la policía y la universidad, parece simbolizarse un
anudamiento del saber y el poder que pocas
91
Id., p. 29.
175
veces resalta tan nítidamente. Porque en la "observación" se conjugan la vigilancia y la
investigación, y con la transformación del depósito en laboratorio social, una función
policial de control y represión de la marginalidad funda un espacio de producción de
conocimientos; allí nace la clínica criminológica. 92
Al mismo tiempo, queda impuesta establemente la doctrina de la antropología
criminal: "La inauguración de la clínica ‘24 de noviembre’ presenta, pues, no solo la
consagración definitiva de la Escuela Positiva en nuestra Facultad, sino su aceptación
por la autoridad policial". 93 Pero hay algo más que una colaboración "técnica" respecto
de la institución policial, en la medida en que el reajuste tecnológico alcanza a la propia
lógica punitiva. Porque la sustitución de la simple reclusión por el sometimiento del
infractor a los procedimientos del examen, y, más aun, la catalogación como presunto
alienado de cualquiera que fuera derivado a la sala, revelan la instauración -en proyectode un nuevo criterio de penalidad, que ya no se limita a castigar las faltas sino que las
previene, presionando por medios morales hacia la normalización de la conducta.
Esa renovación doctrinaria y administrativa del dispositivo de la criminalidad
oscila entre los polos del criminal excepcional y del conglomerado nutrido de la
marginalidad y los delitos menores. El gran personaje delincuente, de resonancia
pública, llena los tratados y los textos de divulgación y algo de esa notoriedad parece
empujarlo al espacio literario, en el que el naturalismo le fabrica un lugar entre los tipos
humanos de todos los tiempos. Podría decirse, en ese sentido, que las obras
criminológicas cultivan y exaltan ese personaje siniestro y genial -en el sentido
propiamente lombrosiano- con una dedicación que es proporcional al énfasis con que
exhiben al psiquiatra criminalista como fiel defensor de la sociedad contra sus peores
enemigos.
A través del "estudio del caso" los textos se pueblan de personajes a los que sus
crímenes han hecho famosos y que -a diferencia de los casos de cualquier obra clínica
del campo de la medicina- figuran con nombre y apellido, precisamente porque esa
denominación personalizada los inscribe con pleno derecho en la historia de la
disciplina criminológica. A la luz de esa notoriedad pública del criminal famoso, el
médico especialista aparece puesto de relieve y enaltecido
92
Desde 1902 y hasta 1911 la dirección del Servicio va a estar a cargo de Ingenieros. La locura en la
Argentina, cit., p. 179.
93
Barbieri, Pedro, "La clínica crirninológica". Archivos..., V, p. 296.
176
en su labor, como una versión moderna del mito heroico, que no se detiene ante la
exigencia de descender a los infiernos de la moderna vida urbana. Legitimado por esa
magna empresa, puede planear y desarrollar una acción más continuada y discreta sobre
la marginalidad cotidiana.
Paralelamente, frente a la imagen global de una locura delictiva, como un
atributo difuso y extendido, que funda la noción misma de masa popular en José M.
Ramos Mejía, el desarrollo de la psicopatología criminal exige una precisión que va a
ser un eje del progreso de las modernas disciplinas clínicas: el diagnóstico debe alcanzar
a lo más individual. No basta enunciar la filiación común de la locura y el crimen, esa
afirmación de principio debe ser continuada con la producción de una psicopatología
criminal capaz de diferenciar los diversos tipos de delincuentes -natos, locos, habituales,
pasionales, ocasionales- y valorar la incidencia del medio y las circunstancias.
Pero lo que interesa resa1tar en esa avanzada de la "observación" sobre el
paisaje urbano, es la conformación de nuevos modelos y criterios en la intervención
sobre la locura y el delito. No es ya el discurso alienista que desde su exilio manicomial
juzga las lacras de la civilización, sino la puesta en juego de una nueva práctica
compleja (que incluye la producción de textos y la ampliación del público, en torno de
la correlación locura-delito-degeneración) dispuesta a intervenir enfrentando de cerca la
patología social, acechándola aun en sus manifestaciones mínimas y persiguiéndola allí
donde aun no está sino en gestación.
Esto solo puede hacerse en alianza con la institución policial, y allí reside la
razón de una alteración de fondo en las cualidades de esa célula fecundada a la sombra
del hospicio: la relación alienista- loco. y no solo porque el "presunto alienado" no suele
requerir ni recibir de buena gana los servicios del psiquiatra criminólogo, ya que
también era lo más común en el hospicio que el loco fuera traído por la autoridad
policial. Pero aun cuando fuera internado contra su voluntad, el terror y la persuasión de
esa figura única del alienista alcanzaba a fundar el encuentro, cuidadosamente
cultivado, que procuraba reemplazar cualquier otro vínculo y cualquier otra autoridad.
Lo que separa al psiquiatra criminólogo de esa primera clínica, es la presencia
constante de la autoridad policial, que en el nuevo dispositivo no se limita a derivar al
que va a ser asistido sino que con sus fines institucionales impone su lógica a esa
experiencia. y en tal ménage à trois, en el que no todas las alianzas son posibles -casi
podría afirmarse que el matrimonio del médico con el policía está muy
177
cerca del ideal de indisolubilidad- está mucho más vedado cualquier acercamiento
identificatorio. Si es cierto que aquella inédita relación psiquiátrica abría la vía de ese
"influjo personal", que es una condición histórica de la constitución del método
psicoanalítico, la estricta disciplina del sistema criminológico parece poner una roca
pesada en ese camino de desarrollo.
De cualquier manera, José Ingenieros es un modelo también en su ubicuidad,
repartido -en este período de su obra- entre la política, la psiquiatría, la psicología y el
estudio de la sociedad argentina. Subyace a todo ello una estricta coherencia, más aun,
casi aparecen esas disciplinas teóricas como diferentes puestas a foco de un aparato de
indagación que obedece a idénticos mecanismos. Así es, por ejemplo, como la
psicología experimental -que se enseñaba en Filosofía y Letras desde los últimos años
del siglo XIX- nace y crece paralelamente en el espacio del Servicio de Observación,
donde se crea uno de los primeros laboratorios del país. 94 La trayectoria ulterior de
Ingenieros hacia la psicología (sus Principios de Psicología son de 1911) no es solo la
consecuencia de esa continuidad lineal postulada entre bio, psico, y sociología, sino que
mantiene la consistencia lógica de un proyecto que define la normalidad desde la
patología.
Precisamente, el propio Ingenieros interpreta que su contribución distintiva en el
terreno de las teorías criminológicas fue destacar la mayor importancia de los "estigmas
psíquicos" en la personalidad delincuente; eso es correlativo, por otra parte, con afirmar
que no existe un tipo delincuente y que las anomalías morfológicas no le son propias
sino comunes al cuadro de la degeneración. 95 Este énfasis en la psicología, entonces,
que marca su trayectoria inmediatamente ulterior, mantiene su deuda con el proyecto
globalmente reo generador de la sociedad que, con la salida del hospicio hacia la
marginalidad, extiende progresivamente su acción preventiva.
En cuanto a la trayectoria de Francisco de Veyga, que también dictó cursos y
produjo textos de psicología, ilumina otra correlación del dispositivo psiquiátrico y
criminológico: la medicina militar. Fiel discípulo de José M. Ramos Mejía, puede
decirse que continúa su obra a la vera de ese modelo de multitud en orden que es el
ejército, y no lo hace mal, a juzgar por los resultados de una carrera médico militar en la
que alcanza la jefatura de la Dirección General del Ser-
94
95
Id., p. 297
Simulación de la Locura, cit., p. 136 y 147.
178
vicio de Sanidad del Ejército y el grado de General de la Nación. 96 Que ello lo haya
llevado a dejar la cátedra de medicina legal, 97 no constituye un cambio de rumbo, si se
considera hasta qué punto la creación del servicio militar obligatorio reunía una masa
heterogénea de población a la que se trataba no solo de atender sanitariamente sino de
organizar y unificar también en el orden moral subjetivo. En ese dispositivo de
socialización y producción de un sujeto nacional colectivo -tan poco investigado, por
otra parte- los recursos de la psiquiatría y la naciente psicología clínica y experimental
se proponían cumplir un papel esencial.
Cuando esa consideración genérica que concibe al delito como una falta a las
leyes de la Vida, baja al plano concreto del desorden cotidiano -que es el objetivo más
ambicioso y de largo alcance- la caracterización del delito está bastante lejos de los
presupuestos de objetividad científica para recaer en las viejas figuras del vicio y la
degradación. Más que en la precariedad teórica de la doctrina de la degeneración, es en
esas imágenes de la corrosión y de la nocividad que atacan al orden -como la figura
compacta de un amo fabuloso, de un supraorganismo virtual que domina la escena de la
inadaptación- donde locura y delito, rebeldía, fracaso y miseria se igualan en una
equivalencia casi sin matices.
Ahora bien, ¿cuál fue la eficacia de ese despliegue avanzado de la razón médico
criminalista sobre esa zona de la irracionalidad urbana? En 1902 ingresaron al Servicio
de Observación 218 personas, de las cuales 188 son hombres y 30 mujeres. 98 Para esa
época, según una fuente policial, había en Buenos Aires 15.000 delincuentes
profesionales, uno por cada quince varones adultos. 99 De cualquier modo, pese a ese
resultado, fallido en cuanto a una efectiva función de control social, no deja de ser
resaltable la firmeza con que impone ciertos modelos de intervención y legitimación que
reajustan la vieja lógica de la marginalidad.
96
Revista Argentina de Higiene Mental, VIII, Nº 6, p. 7.
A raíz de ello, en 1911, Ingenieros preparaba ya la materia, seguro de ser el próximo titular, cuando fue
vetado por la terna elevada a las autoridades por el presidente Saenz Peña. En respuesta, renunció a todos
sus cargos y abandonó el país anunciando que no regresaría mientras continuara esa gestión presidencial;
El hombre mediocre, fue su réplica moral.
98
"Estadística de la Sala de Observación de alienados". Archivos..., 11, p. 42.
99
Rossi, José, “La criminalidad profesional en Buenos Aires”, Archivos..., II, p. 169.
97
179
Por otra parte, el Servicio se proponía racionalizar los recursos puestos en juego
en la lucha estatal contra la locura y el vicio; como se vio, desde mucho antes se
planteaban polémicas en tomo de los criterios de las admisiones en los hospicios, por
ejemplo, respecto de los alcoholistas y los mendigos. Para esa franja fronteriza de los
que no son ni claramente locos ni típicamente "cuerdos", que tampoco pueden ser
procesados por algún delito definido, la institución clínica criminológica viene a
proponer un esquema de clasificación y derivación que apunta a realizar el ideal de una
sociedad estrictamente ordenada, donde las tipologías económicas de clase encuentren
una correspondiente ubicación en ciertos parámetros médico morales.
El relativo fracaso de ese proyecto, tanto en la faz de su expresión jurídica -las
iniciativas del positivismo penal nunca alcanzaron a modificar los códigos- como en el
control efectivo de los síntomas del conflicto social, no debe ocultar la fuerza y la
persistencia de ese modelo de racionalidad y administración de la conducta ciudadana.
Particularmente atendiendo a los desarrollos y transformaciones del dispositivo de la
locura y la "herencia" de esos primeros modelos en el movimiento de la higiene mental.
Al mismo tiempo, resalta cierta función "metodológica" de la psicopatología y la
criminología como una referencia aglutinante del conjunto de las ciencias del hombre y
la sociedad. En 1902 comienza la publicación de los Archivos de Psiquiatría y
Criminología, dirigida por Ingenieros, y desde el año siguiente lleva este subtítulo:
"Aplicados a las ciencias afines. Medicina Legal. Sociología. Derecho. Psicología.
Pedagogía". En el Comité de Redacción figuran, además de José M. Ramos Mejía y
Francisco de Veyga, Manuel Podestá (el autor de Irresponsable, que es médico del
Hospicio de Alienadas) y Pietro Gori, abogado penalista italiano que residió en la
Argentina de 1898 a 1902 y cumplió un papel importante en la difusión y la
organización del anarquismo). 100 En los Archivos colaboran junto con voceros de esas
diversas disciplinas, escritores, filósofos, políticos y funcionarios judiciales. A tal punto
se destaca su capacidad de convocatoria al campo intelectual que es un antecedente
directo de la Revista de Filosofía, Cultura, Ciencia y Educación, fundada por el mismo
Ingenieros al regreso de su autoexilio, en 1915, y que mostró idéntica ambición
integradora.
100
Sobre Pietro Gori, ver, Oved, Iaacov: El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina. México,
Siglo XXI, 1978, p. 88.
180
Los Archivos muestran bien cómo el pensamiento convocado alrededor de los
temas de la locura y el crimen encuentran en ese campo cultural, un espacio favorable
para la producción de conocimientos, y cómo en la fenomenología de la desviación
mental busca indagar las claves de una interpretación de la sociedad y la historia. En ese
marco, una obra sociológica e historiográfica como la de José M. Ramos Mejía cobra un
relieve especial en la conformación de ciertos "modelos" perdurables.
Más aun, la conjunción de ideales políticos y científicos parece anudarse más
sólidamente en esa acción sobre la criminalidad; así se advierte la coherencia de un
personaje como el citado Gori, en el que la militancia política anarquista -en la línea
pro-organización de Enrico Malatesta- coexistía con la difusión de la doctrina
criminológica italiana. En 1898 fundó Criminología Moderna, que se editaba
mensualmente y en cuyo cuerpo de redacción figuraban profesores de la Facultad de
Derecho y Filosofía y Letras (Luis María Drago, Antonio Dellepiane, Enrique Navarro
Viola, Osvaldo Piñero, Rodolfo Rivarola y otros), diputados nacionales (Manuel Carlés,
Emilio Gouchon), junto con médicos alienistas (Manuel Podestá) y funcionarios
policiales (Juan Vucetich). Los corresponsales -casi todos italianos- incluían a las
figuras más caracterizadas del positivismo filosófico y criminológico: Lombroso,
Labriola, Ferri, Ferrero, Ardigó, entre otros. En esa publicación colaboró Ingenieros y
en ella se inspiró para su proyecto de los Archivos, que empieza justamente cuando Gori
abandona la Argentina y su revista deja de editarse.
¡Guerra al delito! propone el primer editorial de Criminología Moderna y con
ello condensa un programa que fue capaz de nuclear aun grupo de figuras intelectuales y
políticas cuyas posiciones ideológicas eran diferentes. 101 Algo que se pone también en
evidencia en el hecho de que Gori, prófugo del gobierno italiano y condenado en
ausencia a veintiún años de prisión fuera al mismo tiempo por sus antecedentes
académicos, profesor-huésped en la Facultad de Derecho, pese a las presiones de la
embajada de Italia. El título del siguiente editorial de la revista -El ideal de la cienciaindica cuál era la esperanza que sostenía ese proyecto de "transformación de las cosas y
los seres", y el papel protagónico de los intelectuales en la empresa correlativa de
educar a las masas y modernizar el aparato jurídico.
101
Criminología Moderna, I, Nº 1.
181
Este análisis que reconstruye el campo de la locura en la Argentina no elude
recorrer la red heterogénea que lo constituye ni señalar desvíos e intersecciones que
conducirían en otras direcciones, algunas francamente inciertas. Aun a riesgo de abusar
de las digresiones se ha preferido avanzar algún trecho por sendas que necesariamente
quedan sin recorrer de un modo suficiente. Una de ellas, que resalta frente a los textos
considerados, es la relación que se establece entre los temas de la degeneración y la
criminalidad y los ideales de cierto pensamiento socialista y socioanarquista. Ante todo,
dicha relación, no es ni directa ni unívoca. En el caso de Lombroso, su afiliación al P. S.
italiano se produce en 1898, a los 63 años, como un gesto ético, de apoyo en momentos
en que esa agrupación era reprimida y sus dirigentes encarcelados; pocos años después
renuncia a la actividad política y al partido. Su hija define así la relación que mantenía
con los socialistas: "Lombroso, aun no aceptando el programa máximo socialista, la
lucha de clases y tampoco muchas partes del programa mínimo, fue favorable, sin
embargo, a ese movimiento que, en medio del cinismo universal, parecía atraer a los
jóvenes en su órbita y purificarlos de todo egoísmo mezquino y pequeño que los
dominaba". 102
El caso del primer Ingenieros, por su parte, muestra un vínculo más bien frágil
con la actividad política socialista, que desarrolló entre la fundación del partido, en
1895 y 1899, mientras era estudiante universitario. En 1902, recibido ya de médico e
iniciada su carrera psiquiátrica y criminalista, cancela su afiliación. Entonces, si bien no
puede desconocerse alguna afinidad entre la versión socialista internacionalmente
dominante, fuertemente influenciada por el darwinismo, y las doctrinas positivistas que
fundan la criminología, tampoco es posible unificarlas directamente como si fueran
enteramente homogéneas.
Dar cuenta del movimiento que instala un modelo médico evolucionista en el
pensamiento y la acción socialistas y el modo como coexiste, se mixtura o choca con
otras formas y tradiciones, es algo que excede en mucho las posibilidades de este
trabajo. De cualquier forma, tal como se dijo respecto del positivismo, ante todo
conviene cuidarse de unificar excesivamente esa corriente ideológica y política, máxime
si se considera hasta qué punto se ha descuidado un estudio de su génesis histórica y de
sus relaciones con los discur-
102
Lombroso Ferrero, Gina: Vida de Lombroso. Buenos Aires, Ed. Aquiles Gatti, 1940, p. 207.
182
sos que desde comienzos del siglo XIX se plantean el papel de la clase obrera en la
transformación de la sociedad.
Entonces, es preferible dejar de lado el recurso, siempre disponible, de sancionar
algunas "traiciones" para recoger, en una tentativa no exenta de riesgos, en el propio
Engels los efectos de cierta tradición de denuncia de las condiciones de vida de las
clases populares y que llama casi espontáneamente al planteamiento de reformas en
cuanto a vivienda, alimentación, salubridad. En ese sentido, entre La situación de la
clase obrera en Inglaterra y los informes de los higienistas -entre nosotros Rawson y S.
Gache- haya la vez un abismo ideológico y cierta afinidad en el abordaje de la "cuestión
obrera." 103
Cierto núcleo del discurso socialista y anarquista aparece captura- do por una
representación ideal de la clase obrera, en la que su papel histórico parece contaminarse
con una fantasía de predestinación, y quedaría asegurado por sus virtudes morales.
Frente al "buen obrero" se alza la figura del lumpen como su contrafigura delictiva y
degradada.
No es ilógico que una prolongación de este enfoque de la cuestión social se
apropie de los temas de la degeneración invirtiendo los términos, para sostener que es la
clase obrera la que está destinada a regenerar al conjunto de la sociedad. "¡Dickens en
Londres y Zola en París! Ellos han levantado al pueblo en sus manos, goteando aun el
fango de su vida, y sin raspar la costra nauseabunda, han exclamado: ¡Mirad, es el oro
en la ganga!". 104
El modelo circular de la degeneración y la regeneración puede servir tanto para
sostener la inferioridad atávica del inmigrante como para entretejer la fantasía de una
decadencia fisiológica de las clases dominantes. Así resulta, paradójicamente, que cierto
pensamiento anarquista responde a esa imagen del parasitismo vicioso de la alta
burguesía con un ideal de vida espartano, que es una versión extrema de las consignas
higiénicas en materia de alcohol y sexualidad. De cualquier modo, el anarquismo
individualista tiende a rechazar
103
Engels, de cualquier modo, tenía suficientemente claro el papel de la filantropía burguesa: "¡Sí,
institutos de beneficencia! jComo si al proletariado le fuese de utilidad que vosotros le chupéis la sangre
hasta la última gota, para poder ejercitar vuestros pruritos de vanidad y farisaica beneficencia, y mostraros
ante el mundo cual potentes benefactores de la humanidad, cuando restituís al desangrado la centésima
parte de lo que le pertenece!". La situación de la clase obrera en lnglaterra. Buenos Aires, Futuro, 1965,
p. 264.
104
Tamini, Luis B., “El naturalismo", en Cambaceres, Eugenio, En la sangre, Buenos Aires, Plus Ultra,
1968, p. 203.
183
el aparato del higienismo ya denunciarlo como un instrumento de la dominación del
Estado, aunque parece reemplazarlo por la construcción internalizada de un ideal
ascético.
El socialismo, en cambio, converge con el pensamiento médico y, más aun,
colabora activamente en la conformación del dispositivo higienista y criminológico. Y
no solamente porque encuentra coincidencias con su programa de reformas, sino porque
se afirma en esa utopía positivista que hace de la ciencia y el progreso de las
instituciones el motor principal del cambio social. Solo es posible señalar estas grandes
líneas del pensamiento, aun a riesgo de descuidar las divergencias. Pero lo que interesa
señalar, es que la superposición de esa virtualidad de pureza de las clases populares con
las consignas civilizadoras que acentuaban el papel ético de las minorías intelectuales,
condenaban a un máximo rechazo y extrañamiento a esa zona -mal delimitada- de la
marginalidad social, en la que se situaba esa figura de la degeneración y finalmente,
desde su óptica reformista y sus esperanzas en el papel de la ciencia, llegaban a una
posición de principio, según la cual la elevación social y moral de las masas populares
exigía la lucha declarada contra la desviación y el delito.
184
1.
Locura e inmigración
El loco inmigrante
El inmigrante fantaseado por los fundadores del pensamiento social y político
liberal tenía un cierto carácter angélico, congruente con el mesianismo que sostenía el
proyecto. Más aun, frente a la imagen de una naturaleza salvaje y sin frenos, cuya
desgracia mayor es la extensión y la ausencia de formaciones sociales, la figura pura del
inmigrante es concebida casi como la encarnación del orden. El desemboque de esa
unión fecunda de la naturaleza y la ley, que anuncia en el horizonte el advenimiento de
una estirpe moderna y estable, ubica a esa utopía fundadora en la línea de los mitos de la
creación.
Las formas mismas de la Nación tienen allí un origen fantástico; la proyección
de un país fabuloso por un grupo de intelectuales soñadores. Se ha buscado interpretar
la realización fallida de ese proyecto apelando a señalar de diversos modos que también
inauguró una dislocación esencial. Quizás, entre las categorías propuestas, de i la
Argentina verdadera y la posible, la visible y la profunda, falte investigar, desde ese
comienzo, la vigencia de la Argentina onírica.
En José M. Ramos Mejía, junto a la imaginería biológica del inmigrante celular
y el transformismo de la población, subsiste un núcleo de caracterización propiamente
evangélico, en ese obrero ideal, ligado al trabajo constante, y santificado en la
mansedumbre y la fidelidad a los patrones. La disciplina laboral y las cualidades
morales que lo aseguran definen un modelo de inmigrante del que ya no se esperan las
luces de su cultura europea; más aun, resalta la paradoja de esperar que esa mansa
animalidad traiga un resultado de moralización -y no de embrutecimiento- corporizada
en ese niño idealizado: el hijo del inmigrante.
De cualquier modo, José M. Ramos Mejía se ubica ya en un lugar
185
de transición, que anuncia la inmigración degenerativa, en sus retratos del "guarango",
sin abandonar del todo esos viejos sueños de producir una fabulosa población del
desierto.
A lo largo de muchos textos -literarios o científicos, ensayísticos o clínicos- se
van dibujando diversas contracaras de aquel inmigrante bíblico, de acuerdo con el revés
de la calidad social y moral anticipada: el ocioso (José Vivado), el advenedizo (Genaro
Piazza), el anarquista (Salvador Planas Virella), ubicables en los parámetros del trabajo,
del linaje y la sexualidad, del orden político.
La referencia degenerativa para explicar la patogenia de ciertos aspectos de la
inmigración, indeseables para la conciencia oligárquica, no es un punto de partida sino
más bien un resultado y una consecuencia. Por otra parte, esa coartada cientificista,
antes que en los textos de los especialistas se anuncia en la literatura de los naturalistas
porteños. Es cierto que sin la masa polimorfa de los extranjeros, que aparecían
invadiendo todo y trastocando leyes y tradiciones, no sería posible la serie de las tesis
psiquiátricas sobre la simulación; pero resulta igualmente evidente que antes que en la
experiencia clínica, esa figura del advenedizo se construye en la novela. En En la
sangre, Genaro, resulta una forma pura, y decididamente arquetípica, incomparable
respecto de la pobreza de cualquier historia clínica, y más que ser el resultado de una
aplicación de las doctrinas psiquiátricas es la condición misma de su constitución y
desarrollo.
No es tanto lo que la ficción naturalista debe a los resultados efectivos de la
medicina mental, como lo que le aporta con la fuerza y la consistencia de sus personajes
prototípicos. Algo que ya había sucedido con el primer texto psicopatológico de J.M.
Ramos Mejía, a través de la presencia compacta de una locura cuya evidencia misma
dependía de la fuerza de esos modelos: Juan M. de Rosas, el fraile Aldao, el Dr.
Francia, el Almirante Brown. En ese sentido, los personajes parecen preceder y guiar ala
nosografía, y toda una zona de la producción clínica psiquiátrica, considerada bajo los
cánones del naturalismo, no solo merece ocupar un lugar en el espacio de la literatura,
sino que es propiamente un resultado elaborado sobre la materialidad de ciertas zonas
de la novela del siglo XIX.
La asociación de la condición inmigratoria con una predisposición mental
patológica comienza apelando al registro de la pasión y las “causas morales”. Meléndez
y sus "casos" brindan el testimonio de una presencia expansiva e inquietante de
extranjeros -sobre todo, italianos- en el recinto del manicomio. "Las. estadísticas del
asilo de alienados nos demuestran también que los italianos, españoles y
186
franceses, que forman la mayor parte de la población extranjera, están más
frecuentemente atacados de locura que nuestros compatriotas". A la vez se consigna el
predominio de inmigrantes en las entradas policiales por ebriedad: sobre 18.223 ebrios
detenidos entre 1872 y 1877, son extranjeros 12.028, es decir los dos tercios. 1
La imagen soñada del inmigrante, manso y trabajador, estalla frente a esta forma
compacta del vicio y el desequilibrio que, si inunda el espacio urbano,- a la vez
construye una figura bien definida en la que la acción policial y la intervención alienista
confluyen con la ficción literaria. Y el alcohol es resaltado reiteradamente como un
vicio que no merece la atención del psiquiatra sino solo la intervención policial,
justamente porque en ese sistema de representaciones acerca del obrero viene a ser la
cualidad opuesta a la exaltación de la laboriosidad y el orden, características del modelo
de trabajador espera- do. De lo que resulta que el gesto -fallido- de Meléndez que
pretendía romper ciertos usos institucionales negando a los borrachos -mayormente
inmigrantes- la entrada al manicomio, es como una pequeña acción simbólica y
sintomática que se ubica en las antípodas de la liberalidad alberdiana respecto de la
admisión de la masa inmigrante. Meléndez defiende su manicomio como la
representación misma de un país ordenado, y con ello anticipa los diversos proyectos que nunca fueron efectivos- de selección y control de los desembarcados. Del rechazo a
la expulsión hay un corto trayecto y Miguel Cané, con sus fundamentos de la Ley de
Residencia proyecta reordenar la circulación y entrada de extranjeros, con un recurso,
atemorizado y defensivo, que nuevamente es apelación de un mito bíblico.
A la vez, el dinero es condición de la locura, y la ambición, cuando degenera en
pasión sin freno, contamina la virtud del amor al trabajo con los espejismos de un ansia
desmedida por cambiar de condición. Así, alcohol y dinero, en el marco de una empresa
de psicologización de la miseria, componen los signos -no muy congruentes entre síresaltados de esa locura que desde el inmigrante se proyecta hasta cubrir por completo
el escenario de la vida ciudadana. “Gentes que trabajan continuamente, teniendo por
único objetivo el lucro, al que todo lo subordinan, viviendo en una pobre habitación, sin
luz ni aire, en un hacinamiento completo, sin experimentar jamás uno siquiera de esos
goces inefables que levantan el
1
Meléndez y Coni, Op. cit., p. 26 y 24.
187
espíritu sobre los dominios de lo material, constituyen la mitad de los desgraciados que
pasan sus días en un manicomio. ¿Qué horizonte tiene el jornalero? Cualquiera sea su
estado, es su constante y única preocupación la ganancia, sin la cual nada existe para él.
Si se observa que en Buenos Aires casi todos los jornaleros son italianos, se explicará la
causa del gran número de ellos que pierde la razón." 2
El énfasis en las "causas morales" de la locura, como se vio ya, aporta al discurso
alienista un tono admonitorio que condena ala masa desposeída desde las inefables
posiciones del espíritu. Consiguientemente, la correlación que establece entre ambición
y locura da por supuesto que en la afinidad pobreza-trabajo radica un ideal de virtud
para las masas. No enloquecen, en cambio, los que por posición social y apellido poseen
riqueza como un atributo natural, y así es como Cambaceres nos ilustra acerca de la
moral inquebrantable del suegro de Genaro -un viejo criollo que había sido oficial de
Lavalle- que no sabía del lucro ni conocía el Banco, ese invento inmigrante.
En cambio, para un extranjero desposeído que sueña con que el dinero va a cambiar
fácilmente su vida, la locura no solo puede ser la consecuencia de cualquier frustración,
sino que está ya encerrada en esa vana pretensión. Diez años antes de la crisis del 90 y
de la novela de Martel, Meléndez denuncia ya los signos de esa contaminación de las
costumbres: "Entre los extranjeros que residen en la Provincia de Buenos Aires, existe
un gran número que ha abandonado su patria en busca de la América, tan mentada por
la facilidad con que el hombre puede hacer fortuna. La ambición desmedida de estos
individuos los hace sensibles al exceso a los menores reveses de la fortuna. Así, he- mos
observado en extranjeros, especialmente italianos, sobrevenir la enajenación mental por
causa de la pérdida de una suma insignificante de dinero". 3
Finalmente, el alienista se empeña en poner en orden las relaciones conflictivas entre
trabajo y dinero, ante todo instalando un corte: en el manicomio -como en la cárcel y la
milicia- no se trabaja por dinero sino, fundamentalmente, por una pura retribución
moral. , Sin embargo, anticipando una salida hacia la comunidad que es posterior, en un
caso de inmigrante loco por dinero Meléndez exhibe orgu-
2
3
Gache, S., "El estado mental...", cit., ACM, IV .p. 635.
Meléndez y Coni, Op. cit., p. 26.
188
llosamente los resultados de un "tratamiento moral" realizado en el límite del hospicio y
la ciudad.
Se trata de un francés soltero, de 24 años, zapatero, que había sufrido ya varias
internaciones antes de que Meléndez se hiciese cargo del manicomio. Durante dos años
había atendido una zapatería ala vez que cumplía su oficio de cortador, pero finalmente
sobreviene el quebranto económico. Lo que ganaba no le alcanzaba para pagar los
intereses usurarios de los préstamos a que había debido recurrir para instalarse. Pese a
"sus desvelos y asiduo trabajo" debía cada vez más a la casa que lo había habilitado.
"Esta circunstancia obró desfavorablemente sobre la moral de J. que desde esos
momentos comenzó a sentirse mal, hasta que estallaron las primeras manifestaciones y
ac- tos de sinrazón, que dieron por resultado su secuestración en el asi- lo en que hoy se
encuentra, habiendo transcurrido ya diez años des- de su primera entrada, con algunas
variantes de altas".
El quebranto de la razón ("fue conducido... enchalecado... Daba gritos, golpeaba
las puertas, silbaba, cantaba, caminaba con agitación de un lado a otro, destrozaba las
ropas, escupía e insultaba a las personas que venían a verle ya los guardianes
encargados de cuidarle") metaforiza la quiebra económica. No hay locura sino en el
síntoma social de un trabajador alienado de su oficio, particularmente si es cuidadoso,
bien educado, y además, francés ("fue muy fino y atento conmigo, circunstancias que
influyeron quizá en mi ánimo para compadecerme de su estado").
Meléndez -que hace la reseña del caso en 1880, diez años después de la primera
internación- consigna que cada vez que parecía estar curado se le asignaron diversas
tareas dentro y fuera del establecimiento, pero siempre volvía a sobrevenir la manía y
"al parecer sin causa ocasional se excitaba, volviéndose locuaz y desatento". El Dr.
Uriarte -antecesor de Meléndez en el Hospicio de las Mercedes- en un intervalo bastante
prolongado de lucidez lo ayudó a colocarse como profesor en una escuela de varones,
donde solo duró pocos días.
Meléndez interviene cuando el curso de la enfermedad ya lleva seis años; su
opinión terminante es que no le conviene ni la docencia ni un empleo en el hospicio.
Con una lógica de inflexible coherencia afirma su estrategia terapéutica sobre el
principio de que la cordura de un zapatero consiste en su capacidad de hacer zapatos.
("Creo oportuno decir que desde mucho tiempo ha me asiste la creencia de que el
alienado, cualquiera sea la forma de vesanía, siendo el sujeto capaz de entretenerse en
algo, debe siempre por regla general ocupár-
189
sele en el arte, oficio o profesión que cultivó el paciente en el estado de salud"). y el
director del Hospicio le proporciona un pequeño capital para que instale en el
manicomio un taller de zapatería. Nada más exaltante para el funcionario psiquiátrico
que esa figura entrañable del loco inmigrante regenerado, a la vez de buen corazón y
produciendo materialmente: dobló su capital en pocos meses.
Pero la historia continúa, porque una nueva cara de la locura se asocia a la
actividad económica: el excesivo afán de lucro, sancionado como falla propia de los
extranjeros. Cuando el laborioso zapatero quiso ampliar su negocio "trabajó demasiado
su imaginación y no tardó en congestionar su cerebro, [lo] que dio por resultado final la
producción de otros ataques tan fuertes como los primeros". No basta la reintegración
de la cordura esencial del trabajo, también es requisito de la recuperación saber
conformarse con lo que se tiene, en una versión modernizada de la humildad evangélica.
Final- mente, tras nuevo tratamiento la regeneración está cumplida, "obediente y
deferente a mis consejos... lleva ya nueve meses sin sufrir los ataques y tiene bajo sus
órdenes tres o cuatro oficiales que hacen toda clase de calzados, ya sea de hombres,
niños o señoras".
Meléndez consigna al pasar como "una circunstancia que puede tener alguna
influencia en la producción de los ataques", que el padre del zapatero está en el Asilo de
Mendigos, y que los ataques coinciden con las visitas que le hace; siempre le lleva al
padre pequeñas su- mas de dinero e hizo para él calzado adecuado para las distintas
estaciones del año. Seguramente en esa relación estaba la clave de sus accesos, pero la
lógica de hierro de una medicina mental para la que la locura es antes que nada una
perturbación del orden social impedía verla. Meléndez extrae las correspondientes
conclusiones: "todo lo que no se consiga con el tratamiento moral y el trabajo material
no se consigue de otro cualquiera [tratamiento] por mejor dirigido que sea". 4
La irrupción en la conciencia y el discurso público del fenómeno inmigratorio
coincide con el período de aprendizaje y consolidación del dispositivo psiquiátrico, y
esta coincidencia, que no es solo temporal, marca a fuego la construcción de un nuevo
prototipo del loco: después del "hombre célebre" el inmigrante miserable.
A Meléndez se debe esa inicial galería de locos extranjeros que van esbozando el
nuevo personaje -de la cual forma parte José Vivado como una de las primeras
formulaciones- cuando aún no se
4
RMQ. XVII, p. 100-103.
190
había alcanzado la construcción del paradigma clínico que enlazó definidamente la
condición inmigrante al fantasma de la degeneración. Lo que interesa destacar, en todo
caso, es que en la Argentina el personaje precede a la teoría, ya la vez, el carácter
mismo de la degeneración aparece muy estrechamente ligado a un discurso moral sobre
el dinero. En Samuel Gache aparece una primera teorización, en la que se cruzan la
noción de la locura como pasión ("deseo irrefrenable") con la ubicación del dinero en un
lugar de privilegio como objeto capaz de suscitarla 5 y si bien la oposición entre el apego
a los bienes materiales y la "salud del alma" arrastra todo el peso de la sanción
evangélica acerca de la pobreza como virtud, no es menos cierto que inaugura otras
oposiciones. Por ejemplo, a partir del poseedor de riqueza -el sujeto de condición
económica "acomodada"- se abren en serie las polarizaciones degradadas del gringo
pobre y amarrete, por un lado, o del usurero y el burgués aureus, por otro.
Pero todas esas figuras ilustrativas del poder corruptor del dinero -para quien no
está destinado a poseerlo- van delineando la silueta opuesta de cierto ideal virtuoso,
proceso que se superpone con el de la reestructuración de las significaciones de la vida
de la ciudad y del campo. A la "ciudad fenicia" se oponen los valores de la estirpe
criolla, como su reverso especular: linaje familiar, amor a las tradiciones, desapego por
el dinero, van construyendo el sistema de virtudes del hombre de campo, que primero
son propias del hacendado y luego, alimentarán el mito gaucho.
Meléndez consigna como con orgullo la constatación de que los inmigrantes enloquecen
más y establece las primeras oposiciones entre esas representaciones de la locura de la
ciudad agitada y pasional, y la cordura del campo tranquilo y resignado.
En 1879, el director del Hospicio reacciona así: en Buenos Aires, los extranjeros suman
aproximadamente la mitad de la población; en el Hospicio, en cambio, superan bastante
en número a los argentinos; por lo tanto, los inmigrantes enloquecen con más facilidad,
sobre to- do los italianos, españoles y franceses. 6 Aunque esa conclusión es dudosa a la
luz de las estadísticas -como se vio- sienta una tesis destinada a perdurar, a la vez que
aporta un componente importante para la construcción del perfil del inmigrante.
Al mismo tiempo, hacia comienzos de nuestro siglo la explosión demográfica y el
incremento de cierta fenomenología de la miseria
5
6
Gache, S., La locura en Buenos Aires, cit., p. 121.
Meléndez y Coni, Op. cit., p. 26.
191
-alcoholismo, tuberculosis, infancia abandonada- exigen una extensión y modernización
del sistema sanitario. y es significativo que sea Domingo Cabred, -que había
reemplazado a Meléndez en el Hospicio en 1892 y en la cátedra de Clínica Psiquiátrica
un año después- la figura protagónica de esa empresa, como creador y gestor de la
Comisión de Hospitales y Asilos Regionales. "Honor al hombre que ha combatido la
alienación mental, la lepra, el alcoholismo, la tuberculosis.” 7 En ese homenaje de
George Dumas resalta que la unificación de esa diversidad de patologías reside
centralmente en el celo y la estatura del personaje médico social. Si Cabred representa
el esfuerzo de adecuación de las" viejas estructuras asistenciales a las condiciones de un
país transformado por la inmigración, en él ya no queda casi nada del ideólogo -del tipo
de José M. Ramos Mejía y es, más que nada, un "hombre de acción". El General Roca
lo entroniza como un igual, ala par que insinúa un cruce del dispositivo sanitario y el
militar pleno de sugerencias. "Hay dos hombres a los cuales no puedo negarles nunca lo
que me piden: el Gral. Richieri y el Dr. Cabred".8 ¿Acaso no hay un hilo estratégico que
une la creación del servicio militar obligatorio como herramienta de la unidad nacional
con la cadena hospitalaria y asilar que Cabred construye a lo largo del país? En todo
caso, inmigrantes e hijos de inmigrantes son los destinatarios de ambas empresas.
En la exacta continuidad de esa primera sanción alienista de la locura inmigrante y de la
acción política sanitaria de Cabred, con las preocupaciones de Arturo Ameghino en
tomo de la profilaxis mental, la superposición del fenómeno inmigratorio con una
condición de perturbación que se convierte en un peligro para la comunidad, va a
adquirir una consistencia doctrinaria e institucional.
De cualquier modo, si la figura del inmigrante impone desconfianza y recelo, no es
menos cierto que no es homogénea en todas sus apariciones. No es lo mismo la locura
desgraciada y casi noble de ese zapatero educado y trabajador, en el que Meléndez se
complace, que el gringo brutal que lleva en la sangre su patología como una condición
criminal. A esa imagen del loco-víctima, a la vez de su fragilidad -es la reedición de la
vieja analogía con el niño- y de los sinsabores del medio, se opone el tipo del loco
violento, moralmente pervertido y fuertemente asimilado a la degradación por el vicio,
el alcohol y el afán por el dinero.
7
8
Loudet, O., Médicos argentinos, cit., p. 146.
Id., p. 151 y 155.
192
Con las tesis de la degeneración, la diversidad de las manifestaciones de
conducta pasa a un segundo plano frente a la unificación del recurso explicativo, aunque
en el sesgo propiamente literario de las historias clínicas publicadas, siempre queda algo
de esa primera escisión moral de la locura cuyo eje es su condición violenta o tranquila.
Pero las diversas caras del inmigrante desviado exigen recomponer esa primera
distinción, casi espontánea, según el molde de una bifurcación que se corresponde con
los modos inferiores o superiores de la degeneración. Por un lado, cercano a la
criminalidad nata está esa reedición urbana del "gaucho malo", que es puro instinto y
animali- dad. Por otra parte, la perfidia más o menos astuta del guarango y sus
derivaciones. y por esta línea resaltan las formas más sutiles de una cuasi-patología,
bien distinta de la locura furiosa y la criminalidad franca, cuya nocividad es
proporcional a su capacidad mi- m ética de simular las formas de la cordura.
Con José Ingenieros el tema de la simulación adquiere la dimensión de un
mecanismo universal, un medio fraudulento en la lucha por la existencia, que excede en
mucho el campo de las cuestiones médicolegales. En todo caso, antes que en los textos
científicos, esa figura moral se recorta en el personaje literario del advenedizo. En ese
sentido, si Ingenieros lo teoriza a través de la simulación, no puede desconocerse que
Genaro Piazza fue su perfecta prefiguración. ¿Y por qué no decir que el propio
Ingenieros sentía en carne propia la fuerza del personaje, atendiendo a que modificó su
apellido para disimular su origen inmigratorio?.
En todo caso, si el tema de la simulación -retornado luego por José M. Ramos
Mejía para explicar la psicología de los caudillos- alcanza tal resonancia, no es ajeno al
marco de cuestiones que la inmigración plantea en torno de la identidad, del origen y el
desenlace futuro de un transplante problemático. Sobre ello se juega ese proyecto
fantástico de una nación que se crea así misma partiendo de una masa extranjera, y en
ese movimiento imaginado entre el ser de una pura identidad puramente virtual y la
apariencia que la distorsiona se fundan una pluralidad de discursos y valores acerca de
la raza y la nacionalidad.
Ingenieros ha aportado un pequeño mito sobre el origen de sus ideas acerca de la
simulación, que eran originales con relación a los autores europeos que habían tratado el
tema, cuyo interés no reside tanto en lo que muestra acerca de la psicología del autor,
sino en su cualidad reveladora de un conjunto de significaciones alrededor de la
condición extranjera, y que por las vías de la fantasía del éxito,
193
del prestigio y el ascenso remiten más o menos directamente a la cuestión del cambio de
identidad.
Una noche, ya tarde, cuenta Ingenieros, se desveló leyendo el Malade
Imaginaire, que encontraba preferible, en ese momento, a la lectura del British Medical
Journal. Nos dice que en sus oídos sonaba una máxima de Cicerón y con ello ya
estamos advertidos -son las primeras páginas de su primer libro, tiene veinte años y
todavía se llama Ingegnieros- que domina el latín además del francés y el inglés. Su
atención se ve atraída por un extraño fenómeno: un pequeño copo de pelusa se
desplazaba por la pared en dirección ascendente. Sin dudarlo, guiado por los postulados
de la ciencia experimental, se apresura a desprenderlo de la pared, para someterlo a la
más rigurosa observación; de la cual, nos dice, como siempre, pudo extraer provechosas
enseñanzas. En efecto, dentro del copo, un conducto espeso y resistente alojaba a un
gusano, que así disfrazado podía protegerse mejor de sus enemigos: la simulación
resultaba para él un medio simple y excelente de lucha por la vida. 9 La noción del
"transformismo biológico y social" aporta la clave para establecer la continuidad entre
el gusano disfrazado, el delincuente simulador de la locura y las diversas formas de
hipocresía y mentira en la conducta. Pero más que la desmedida capacidad explicativa
de esa extensa filogenia, interesa destacar ese protagonismo del gusano en la
introducción de la tesis médica de Ingenieros, -dedicada "al modesto y laborioso
Maximino García, portero de la Facultad"- que no pudo publicar íntegra por falta de
recursos. Porque en esa imagen, el sueño del éxito y el prestigio -que Ingenieros realizó
como ninguna otra figura intelectual de su tiempo- parece la revelación de una
dimensión imaginaria colectiva.
De cualquier modo, en el mismo discurso que parece indicar que para un
extranjero no hay otra defensa básica que ocultarse detrás de alguna máscara, en el
análisis del mecanismo de la simulación el registro biológico del mimetismo se ve
inundado por una directa apelación moral disfrazada de sociología. Es la propia
condición extranjera lo que resulta abruptamente rechazada y sometida a los caracteres
de un cuasi delito, frente al ideal ético intelectual de una verdad y una autenticidad de la
conducta, naturalmente fundadas y con ello, el discurso sobre la situación dibuja el
revés de un programa de vida sostenido en ideales de unidad y transparencia social.
9
La simulación en la lucha por la vida, Buenos Aires, Meridion, 1955, p 10-12.
194
A la denigración -defensiva de ese tipo inmigrante que representa, en diversos
registros, la corporización misma de lo extraño y lo inasimilable para los valores que
conforman la conciencia moral burguesa se sobreimprime la antigua aspiración, casi
mandato, que desde los albores del proyecto de nación insiste en la empresa de producir
una esencia argentina. Porque si, por un lado, la noción de simulación remite a lo
verdadero que se oculta, también pone en evidencia una radical indefinición, la
condición amorfa de una identidad incumplida. y por esa vía, esa utopía originaria se
encuentra con los mitos de la pureza: raza, idioma, tradiciones, literatura, historia, deben
ordenarse de acuerdo con un sistema de escisiones que busca definir y preservar algunos
valores originarios e incontaminados.
Así, sobre el telón de fondo de una transformación inmigratoria que opera como
un agente traumático sobre la fuerza y unidad de esos valores, puede entenderse que los
temas de la locura como degeneración colectiva asumen la dimensión de un problema
estratégico central. El Dr .Cabred y el Gral. Richieri se reúnen en la común condición de
insustituibles hombres de Estado; más aun, la instrucción militar obligatoria y la
empresa de la profilaxis social y mental convergen y buscan complementarse en esa
empresa de construir una Nación.
Buenos Aires es no solo la cabeza indudable de ese proyecto, sino, a la vez, el
escenario privilegiado de su construcción, y en ella el futuro aparece representado, de
modo tal que la gran ciudad es directa- mente la imagen del porvenir -hecho presentedel cuerpo de la nación. Si es una ciudad casi extranjera, lo extraño amenaza el corazón
mismo de ese porvenir, bajo las figuras de lo falso, lo desviado, lo agitado y
desequilibrado. La simulación, en ese sentido, puede reenviar fácilmente aun discurso
nostálgico mediante el cual la conciencia oligárquica viene a descubrir que en el campo
reside la verdad, representada en la figura de una naturaleza que se muestra sin disfraces
y ~ entrega sin rebeldías.
Lo artificial de la urbe cosmopolita se metaforiza en un símbolo inequívoco y
compacto: el dinero como la forma misma de la anti-naturaleza. Buenos Aires está muy
lejos de los valores de .la polis griega, no es la soñada Atenas del Plata, sino la ciudad
fenicia.
195
La Sodoma del Plata
Si la locura es uno de los resultados de la agitación y la intranquilidad propias de
la civilización en el espacio urbano, esa valoración retroactiva de la vida equilibrada del
campo no deja de tener su influencia sobre la concepción del tratamiento. Es cierto que
esa idea de la naturaleza como terapeuta esencial viene directamente de los maestros
franceses, particulam1ente de Esquirol, pero justamente, el hecho de que sea Domingo
Cabred, hacia fines de siglo, quien crea las primeras colonias, muestra que la imitación
de los modelos europeos coincide con esa percepción de una patología mental que se
hace inmediatamente metáfora de los conflictos de la ciudad.
"Los asilos deben edificarse en la campaña", sostiene una tesis médica de 1885, 10 y esto
por razones que responden a exigencias higiénicas que son a la vez físicas y morales. El
campo ofrece "el espacio, la pureza del aire, el agua, la luz, la salubridad de las
habitaciones y vastos horizontes, que engendran la tranquilidad y la calma
consiguiente". Al mismo tiempo, está la posibilidad del trabajo agrícola, la facilidad
para los paseos y las condiciones favorables para la creación de una comunidad, cuyo
modelo es la gran familia patriarcal. "De un lado, los elementos necesarios al desarrollo
y conservación de la salud orgánica, de otro lado, los agentes morales capaces de
distraer al enfem1o de sus concepciones delirantes, de disipar su agitación y despertar
en él sentimientos afectivos."
Si el aislamiento es un recurso fundamental del tratamiento moral, no lo es solo
respecto de la familia sino del propio ámbito de la ciudad, continente inmediato de la
locura. "Las ciudades son el teatro de las pasiones políticas y sociales, de
acontecimientos trágicos de todo género y por consecuencia [son] medios
completamente incompatibles con el estado de estos enfermos". La extrema organicidad
de una tal continuidad entre el loco y el espacio urbano que lo produce como efecto,
funda ese énfasis en la separación. Su modelo es la infección epidémica y la cuarentena
y así resulta congruente con el discurso higienista; de un Rawson, que en la
promiscuidad, el hacinamiento, la oscuridad y el aire viciado de los conventillos
encuentra una imagen expresiva de las enfermedades de la ciudad.
Con esos argumentos, Levantini, cuestiona la propuesta de crear asilos en la
ciudad para el tratamiento de formas agudas. Finalmente
10
Levantini, Albino, Consideraciones sobre la higiene de los locos, Tesis, 1885, p. 25.
196
a través tanto de los hospicios de la capital como del Servicio de observación, el
dispositivo psiquiátrico funcionó de un modo bien distinto de esta propuesta de
separación tajante. Entre los hospicios urbanos y las colonias de la campaña se buscó
establecer un verdadero sistema de repartición de la locura y las derivaciones
consiguientes: los agitados en la ciudad, los crónicos a la campaña.
De cualquier modo, y más allá de la dimensión utópica de esa oposición
esencial, que colocaba en el campo la posibilidad de un acceso directo a la razón
extraviada, el propio dispositivo de la locura aparece afectado por esa distinción que
tiende a superponer las categorías clínicas de lo agudo y lo crónico a las propuestas
terapéuticas urbanas o rurales y siempre persistirá con mucha mayor fuerza esa
asimilación de la curación a una suerte de reencuentro con la naturaleza, de la cual
forman parte, como condición, el trabajo y el reconocimiento de la autoridad. Por esa
vía, esa figuración naturalista de la cordura reencuentra en la idealización de la campaña
la misma y antigua idea de la continuidad entre naturaleza y cultura, pero ahora
afirmando la nocividad de la civilización.
La inmigración ha enfermado a Buenos Aires, alterando a la vez las tradiciones y
el linaje de las viejas familias porteñas, y viciando con gérmenes patógenos el aire del
conglomerado urbano: La gran aldea y el Estudio sobre las casas de inquilinato de
Buenos Aires se editan en el mismo año, 1884. La escisión visible de la ciudad entre la
casa acomodada y el conventillo queda bien resaltada en Rawson por la asociación de la
morada del pobre con el virus que enferma a todos. En la obra de López, por su parte, la
secuencia que va del cadáver infantil carbonizado a la locura de ese viejo, que ya desvariaba cuando se creía padre, exalta una representación trágica de Buenos Aires,
atravesada por una profunda división moral. Que sea a través de la muerte de un niño,
en Cambaceres, en Lucio López, o en ese Tini de Wilde "que hizo llorar a medio
Buenos Aires" 11 -en la exacta oposición de ese hijo de inmigrantes con el que 'Ramos
Mejía simbolizaba la futura raza de gigantes, muestra la profunda herida traumática de
esa "novela familiar" que se va armando en tomo de los fantasmas y de la
transformación de la ciudad.
Esa imagen ideal de sociedad, homogénea y orgánica, cuyo paradigma es la
colonia-asilo, se ve confrontada con la percepción de un escenario urbano escindido,
inmediatamente recubierto con racionalizaciones en serie que, si por una parte remiten a
esa dualidad espa-
11
Escardó, F., Op. cit., p. 83.
197
cial ciudad-campo, finalmente se condensan en la oposición mayor de la virtud y el
vicio: lucro/trabajo, promiscuidad/orden, aglomeración/aislamiento, prostituta/madre,
sexo/sangre (linaje). La serie podría continuarse interminablemente, precisamente
porque más que la oposición de significaciones lo que la funda es el propio esquema
casi vacío de una repartición binaria, en la que la interpretación coincide con un gesto
de rechazo.
Y aquí es preciso volver sobre los mitos del dinero, porque resulta ser el único
objeto capaz de condensar las significaciones diversas de la locura-pasión y de la locura
como artificialidad y alejamiento de la naturaleza: es a la vez natural y convencional. El
dinero es el gran corruptor, aunque sus efectos pueden ser variables, desde la violenta
avaricia primaria, casi animal del gringo, hasta la falsedad del burgués aureus que con
sus guaranguerías revela las fallas de cuna y apellido. En el proclamado rechazo del
lucro y la ambición desmedida, el ego oligárquico denuncia defensivamente esa
invasión extranjera que parece querer apoderarse de todo: riquezas, mujeres, prestigio,
poder.
Pero simultáneamente, el dinero mismo aparece como un agente demoníaco: "las
grandes fortunas (por lo menos en nuestro país) no conocen la longevidad de la mente.
La lucha por el dinero es una causa de la disgregación de la personalidad, lejos de servir
para forjarla, en la forma sólida y definitiva que otros instrumentos de trabajo. La
misión de cuidar la plata y de reproducirla, sin más fin que las especiales sensaciones
que produce el verla acumulada, debe tener, y sin duda alguna la tiene, oculta letalidad
para el cerebro." 12 La avaricia, que fácilmente se confunde con esa condición
degenerativa -respecto de los valores del espíritu- del inmigrante, parece ser ya
directamente extravío de la razón. Y sin embargo, la afirmación de ese protagonismo
del dinero que invade todos los ámbitos de la vida ciudadana requiere ser afincada en
una estructura mucho más arraigada de la conducta. Para un usurero, "el espíritu de
lucro es un instinto", y tan poderoso que sobrevive a la pérdida de la razón: "He
conocido a un judío llamado Moisés T., cuya historia se conserva en el antiguo Hospicio
y que afectado de una manía, incoherente y aun perdido en su delirio polimorfo,
conservaba, sin embargo, ese claro sentimiento de la usura, sus aptitudes rapaces
siempre vigilantes aplicadas al menudo comercio que practicaba". Lo dominaba un
delirio místico y no comía por orar. "Pero cuando yo entraba en su celda
12
Ramos Mejía, J.M., Los simuladores de talento (1904), Buenos Aires, Tor, 1955, p. 44. Las bastardillas
son del autor citado.
198
[sic] con una alhaja de valor en la mano, simulando una imperiosa situación que me
obligaba a venderla, el rapaz instinto se sobreponía, la figura de Moisés se iluminaba
con extraños destellos de salud, y en la misma entonación del salmo que acababa de
interrumpir, casi mecánicamente, fijaba con exactitud el valor de la prenda, clasificaba
los kilates o las aguas y luego tomaba de nuevo el hilo del extravagante delirio". 13 ¿No
hay algo de homenaje al dinero en este reconocimiento de su poder, que domina como
un amo magnífico más a11á de las vicisitudes del estado mental?
Un cruce explícito y casi freudiano acentúa las significaciones propiamente
eróticas del dinero y alcanza en Ramos Mejía una interpretación pintoresca de la
personalidad del usurero. Si es a menudo un perseguidor amoroso furtivo, otras veces ~
caracteriza "por una aversión sensible a la mujer". "El hábito de cuidar al acreedor, de
rondar el inmueble empeñado, de ir cautelosamente detrás de los hombres necesitados,
inquiriendo su estado de alma, les da ciertos aspectos de amantes misteriosos". Por
último, "sus procedimientos de seducción acaban de caracterizar su verdadera índole
moral enro1ándolos en la larga protervia de los invertidos." 14
El dinero aparece en esa representación como un equivalente de la mujer -no
solo como objeto de propiedad sino como el valor escaso que se teme perder- y pocos
han expresado esa fantasía de un modo más vívido que Martel en el final de La Bolsa.
Como una Cleopatra que esconde su vocación traicionera tras los disfraces de la
seducción amorosa, el dinero y la mujer se fusionan en esa horrible figura monstruosa y
devorante, verdadera cabeza de Medusa, que acecha en el corazón último de los temores
de una generación. Finalmente, la mujer no aparece más que como pasión, como
estampa del pasado o bien como la activa representación de la traición y la infidelidad,
casi siempre por dinero, y en sus rostros cambiantes condensa a la vez las virtudes
buscadas y las cualidades rechazadas de esa problemática identidad colectiva.
Pero el dinero no solo equivale a ese espacio extranjero de corrupción; por esa
femenina cualidad de seducción, puede extender su dominio aun a aquellos que por su
linaje nacieron de otros valores y tradiciones. Si En la Sangre se estructura a partir de
una oposición esencial, entre dos mundos que solo la corrupción del dinero y la
sexualidad puede dañinamente poner en contacto, La Bolsa muestra
13
14
Id., p. 164.
Id., p. 166-167.
199
que la escisión amenaza disolverse, y de allí el reforzamiento paranoico focalizado en el
antisemitismo.
En el gesto aristocrático del horror al dinero -ya la mujer- una elite se atrinchera
en el olimpo político o intelectual para enfrentar esa locura expansiva y niveladora
proyectada justamente en el signo que borra todas las diferencias. No es el caso insistir
en lo que ese aristocratismo debe a un reflejo defensivo frente a lo que tiende a
significarse como una reedición de la barbarie. En ese sentido, más allá 'del radical
cambio en la valoración del fenómeno inmigratorio, subsiste esa escisión fundadora
como una matriz permanente para interpretar las condiciones de la nacionalidad. y no es
tan relevante que el acento de la identidad buscada se desplace de la ciudad europea a la
campaña gaucha, sino que en esa mitologización del destino argentino siempre haya un
lugar central para una zona de irracionalidad colectiva. En el rechazo indignado de esa
locura de las masas que fatalmente insiste en reaparecer en el escenario social, el gesto
elitista reproduce la posición precaria del alienista: cuanto más se descalifica esa figura
de extravío, más queda reafirmada en un lugar privilegiado e imborrable.
Ahora será en la gran ciudad, en sus zonas oscuras y marginales -indagadas y
vigiladas desde ese Servicio de Observación que es como la representación misma de la
racionalidad que intenta imponerse- donde acecha la sombría amenaza. Pero si algo ha
variado, es que al rechazo se añade el desengaño de las viejas ilusiones civilizadoras
depositadas en la inmigración; bajo distintas expresiones una figura concentra ese nuevo
desvío: la traición.
El tema de la noche condensa una serie de representaciones anudadas en torno
de la locura y el delito. "He visitado muchas veces, de noche, las cárceles de la ciudad...
Los himnos del cinismo suenan y retumban a lo lejos en las largas casamatas. Narran los
poemas del vicio. Describen los descensos de las juveniles energías y en vez de las
frescas maravillas del alma sana, cuentan fascinerosas historias de noches lóbregas, de
brillos de .puñales entre la luz sucia de los faroles, de angustias y estertores de caídos y
de gritos de misericordia, historias de corazones en podredumbre, lamentos
interminables de la moral muerta". 15
"Es la hora peligrosa", la hora del sexo y del crimen; y la ciudad se
15
Sicardi, Francisco, "La vida del delito y la prostitución", Archivos..., II, p.11.
200
puebla de "rameras, ladrones, rufianes, falsarios, adúlteros, arteros y asesinos". Cuando
la corrupción moral se confunde con la degeneración biopsíquica, la ciudad queda
marcada como el espacio de la "mala vida" y Buenos Aires es, definitivamente, la
Sodoma del Plata. La noche la representa tanto como el burdel, inaugurando otra serie
opositiva en la que las tinieblas del vicio y el instinto se oponen a la luz del día, del
trabajo y la razón.
En todo caso, esas "impresiones médico-literarias" de Francisco Sicardi resultan
paradigmáticas de una diversidad de discursos sobre la población y las costumbres
porteñas que, a caballo entre la creación y el análisis, hacen resaltar una especie de falla
moral colectiva. Sodoma es también la ciudad maldita, su aureola es la del pecado, y en
el microcosmos del prostíbulo se reúnen las series superpuestas del dinero, la noche y el
sexo.
Si Buenos Aires es la urbe del vicio y el delito, su fama, aun internacional, no es
menor a la de sus criminólogos. Ante todo el Ingenieros de los Archivos, que resulta ser
también, como tantos personajes lunfardos, cafiolos, escruchantes, una criatura nacida y
crecida en el medio de la locura y la marginalidad ciudadanas. Si, por una parte, puede
ser situado en la herencia del higienismo y la medicina política de un Rawson o un
Wilde, la cárcel o el Servicio de Observación también lo aprisionan y le otorgan una
aureola de excéntrico que el propio Ingenieros, por otra parte, cultiva cuidadosamente.
Con ello, el médico psiquiatra puede ligar su espacio intelectual al de la bohemia
porteña -que también es esencialmente nocturna y armoniza con la noche del prostíbulo
como su directa sublimación- y construir un perfil que transforma la prosopografía
severa del funcionario higienista.
Más aun, Ingenieros se presenta, como criatura de la noche y como la
encarnación de una agitación neurótica e intelectual que es la inmediata personalización
del ritmo porteño. "Soy impulsivo, quizá con un tanto de saludable histerismo y cuando
se apodera de mí una idea me siento cual un verdadero poseído, como si hirviera a
borbollones, ...no vivo, no. duermo, sino pensando en lo que llena mi espíritu ...Paso las
noches en vela, leo casi calenturiento, tomo rapidísimo mis apuntes, abuso quizá del
café para excitar la atención, y al clarear el día, como si hubiera descargado la
conciencia me recojo satisfecho de la labor realizada," 16 Coexisten, entonces, una
considera-
16
Quesada, Ernesto, "La vocación de Ingenieros", Nosotros, XIX, Nº 199, diciembre 1925, p. 440.
201
ción global de la locura como agitación y apasionamiento propio de la civilización, en la
cual se combina con la exaltación intelectual y aun con el genio, con ese otro argumento
de una irracionalidad invasora, delictiva y viciosa, cuya imagen prevalente es la del
virus migratorio que enferma a un cuerpo social íntegro. Al mismo tiempo, lo extranjero
puede ser nocivo por su artificialidad y frivolidad -como esa casquivana cantante
italiana de Sin Rumbo- o bien por el primitivismo de la ralea inmigrante, que por su
origen campesino repite aquella primera invasión bárbara, la de los caballos de López y
Ramírez ensuciando la Pirámide de Mayo.
La ciudad, definidamente ligada a esa equivalencia de la mujer -que es a su vez
una de las formas imaginarizadas de la Nación- variará en sus representaciones entre el
polo del pecado y la traición y el de la reina progenitora, garantía de la pureza de la
raza y la perennidad de las tradiciones argentinas. Miguel Cané resulta el portavoz de
esta fantasía que ve en la expulsión del extranjero una condición para la propiedad y
preservación de las mujeres: "nuestro deber sagrado, primero, arriba de todo, es
defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo heterogéneo, cosmopolita,
híbrido, cómodo y peligroso." ..."Salvemos nuestro predominio legítimo, no solo
desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuando es posible, sino colocando a
nuestras mujeres a una altura a que no llegan las bajas aspiraciones de la turba". 17
Entre la prostituta -que Ramos Mejía identificaba con la masa popular- y la
reina, un argumento fantasmático cargado de sentido, impone su lógica a
representaciones que se duplican, de la mujer, la familia, la ciudad, la raza, la nación.
Gálvez recibe en herencia una misión redentora, condensada en Monsalvat, mixtura de
Edipo y Jesucristo, capturado por esa fantasía de salvación que es como la deformación
obsesiva de aquella primitiva de violación.
Algún día se hará una historia de la sexualidad, y del prostíbulo en Buenos
Aires, no solo como un capítulo imprescindible de una historia popular, sino para sacar
a luz la serie de representaciones imaginarias anudadas alrededor de la mujer y la
familia, el goce y el vicio, el amor y la soledad, la fidelidad, la humillación y la traición.
Si es cierto que el dispositivo psiquiátrico busca en la institución familiar la
continuidad de su función de vigilancia y control, algo falla en la vida comunitaria de
Buenos Aires. El modelo europeo busca
17
Cita de Onega, Gladys: La inmigración en la literatura Argentina, Buenos Aires, Galerna, I969, p. 83.
202
limitar todo lo posible la intervención directa de la autoridad pública y solo lo hace allí
donde no existe o es insuficiente el control fa- millar de la conducta desviada. Más aun,
toda una categoría de pacientes, niños, ancianos, oligofrénicos y dementes, y en general
los que no presentan síntomas de agresión y excitación, tienden a ser derivados a cargo
de sus familias. Por otra parte, allí donde la autoridad debe tomar a su cargo a un
internado, la figura jurídica de la curatela o el tutelaje, ubicando al loco en una
condición de minoridad perpetua, reproduce las relaciones de una organización familiar
modelo.
Pero en Buenos Aires desde los comienzos de la organización alienista se
denuncian las fallas en esa función familiar respecto del loco, y, por ejemplo, Meléndez
insiste en que muchos internados ingresan indebidamente por negligencia de las
respectivas familias y más allá de esta queja permanente, va estableciéndose un discurso
médico moral que asocia el equilibrio psíquico colectivo al destino de la familia
argentina. Ante todo, la institución familiar, presentada como la matriz y la miniatura de
la comunidad deseada, se señala como débil o inexistente, tanto entre los nativos como
entre los extranjeros. En la población criolla, por inestabilidad y el bajo número de
matrimonios legales; entre los inmigrantes, porque predominan los hombres que viajan
solos. Y esa ausencia familiar en el panorama urbano, se extiende a la mujer: Buenos
Aires es una ciudad de hombres. .
Como sea, ese déficit de un ámbito familiar, privado y doméstico, hace que el escenario
del conflicto, y aun de la locura, sea inmediatamente social, como formando parte
inmediata de los desórdenes de la ciudad. El Hospicio y el Servicio de Observación, o la
propia institución policial, parecen querer operar -más allá de los alcances efectivos de
su intervención- por una especie de presencia constante, vigilante e incorporada a los
límites del hábitat ciudadano.
En ese vacío de familia va a ser afirmada, entonces, una causa principal del
desequilibrio moral colectivo; pero no es menos cierto que otras instituciones tienden a
ser situadas en una posición que es a la vez de relleno y de oposición respecto de ese
orden familiar precario. Si el Servicio de Observación viene a condensar los ideales de
ese orden, en su equilibrada economía represiva, en el mismo espacio urbano y en las
antípodas de esos valores, el prostíbulo circunscribe, con su cargada iconografía de
pecado, una contra-familia en la que el instinto, el dinero y el delito entran en una
peculiar combinación.
Entre la familia idealizada y las imágenes del quilombo, que a la
203
vez que la contraría la suple en lo real, las representaciones de la ciudad y su destino
parecen jugarse en un terreno en el que la sexualidad y la procreación son cuestiones
públicas. El cúmulo de reglamentaciones y disposiciones sanitarias que intentan
imponerse al funcionamiento de los prostíbulos -con escaso éxito, por otra partemuestra bien que en la prolongación moral del higienismo el ejercicio de la sexualidad
es idealmente concebido como sujeto a la administración del Estado. Hasta puede
decirse que las fantasías de la medicina social están a punto de reclamar que los
burdeles se organicen como dependencias de la organización sanitaria y de la vigilancia
de las costumbres, en la medida en que el ordenamiento de ese goce casi público de la
sexualidad compromete no solo la paz y la tranquilidad del presente sino el futuro de las
generaciones.
El tema del niño muerto condensa los temores correlativos a esa falla del grupo
familiar y se cruza con las fantasías de rescate. En ese marco, las cuestiones de la
moralización de la ciudad, la profilaxis de la locura y la higiene sexual pavimentan el
camino hacia el discurso y las instituciones de la higiene mental, como propuesta
estratégica. Un hilo sólido une las obsesiones salvacionistas de Gálvez con las
preocupaciones de Arturo Ameghino sobre la degradación mental de la raza. A esas
imágenes de la ciudad-organismo y de la ciudad moralmente escindida, hay que
agregar, entonces, la de una ciudad-familia, en la que los ideales de moralidad y
regeneración se enfrentan míticamente a la caída en un grupo primario promiscuo y
prostituido.
Raza y nacionalidad
Si el tema de la raza convoca a Sarmiento en su vejez es porque resulta una
especie de síntesis corporalizada de las visicitudes del proyecto civilizador. En su valor
ideal, 'es un modelo atravesado a la vez por los temas de la historia, la política y la
psicología médica. Con la continuación del Facundo, el sanjuanino vuelve sobre su
criatura y al contemplarla no se siente complacido. ¿Somos europeos o indígenas? ,
¿somos una nación? El nosce te ipsum que lo guía busca recorrer el destino nacional
partiendo de la etnología americana y queda inconcluso -nunca publicó la anunciada
segunda
204
parte- casi como un síntoma de la incumplida regeneración de la sangre hispanoindígena. Solo quedó la expresión de deseos: "seamos Estados Unidos". 18
En todo caso, la noción misma de raza aparece transformándose en su relación
con una realización de valores que alternativamente se sitúan en el porvenir o en el
pasado. El mito de la raza imita e invierte los temas de la locura, conservando la misma
raíz moral, y sobrevive durante décadas atravesado por una temporalización bifurcada,
en la que la historia imaginaria se coagula en un origen o un fin. O ser gauchos y exaltar
el pasado -España, la religión católica, las tradiciones de la tierra- o ser cosmopolitas y
anunciar proféticamente la futura ciudad civilizada y europea.
La profilaxis de la locura, entonces, que enfrenta el fantasma pavoroso de una
degradación mental generalizada, sostiene la fuerza de su empresa en el sustento mítico
de esa sustancia racial que debe ser preservada o producida. De allí la pertinencia de
esbozar los distintos momento de las formulaciones que alimentan esa noción, y definir
los límites de su ubicuidad.
Una cierta tradición que persiste desde el romanticismo social al positivismo, y
que Sarmiento entroniza con su Conflicto y armonías, ve en el pasado hispánico e
indígena una inferioridad racial que debe ser alejada por la propia fuerza del progreso.
Con mayor o menor optimismo, el peso mayor de esa utopía histórica está situado en el
futuro, y la virtualidad de una raza privilegiada impone su mandato a las diversas
empresas, pedagógicas, económicas, médicas o jurídicas.
En todo caso, una concepción biologicista de la nacionalidad, en José M. Ramos
Mejía, favorece no solo la intervención del discurso médico, sino la importación de la
noción de degeneración para echar luz sobre los caracteres opuestos a esa raza soñada.
Carlos O. Bunge, que no es médico, lleva ese recurso explicativo hasta el paroxismo. 19
De cualquier modo, entre ese primer momento fundador del papel y la significación
virtual de la raza y el momento del apogeo del dispositivo higienista y psiquiátrico, hay
una transformación, que no solo depende de la conformación propiamente tecnológica
de una política de salud física y mental para las masas, sino de la diferente
18
Sarmiento, D., Conflicto y armonías de las razas en América (1883), Buenos Aires, La Cultura
Argentina, 1915, p. 456.
19
Bunge, Carlos 0., Nuestra América (1903), Buenos Aires, Moen y hno. Ed., 1911.
205
relación con el tiempo que pone en juego. Hacia el fin del siglo, el presente urge la
realización de los ideales psicomorales y en esa dirección convergen las disposiciones
higiénicas con la proyección social del alienismo y la divulgación ejemplarizadora de
los temas criminalistas.
Es en ese marco que la doctrina de la degeneración se convierte en la figura
obligada de los efectos indeseados de la inmigración. Y no se trata tanto de una
aplicación de la teoría sino de que el perfil de la locura queda situado como una
perspectiva metodológicamente privilegiada de acceso a las condiciones de la vida
colectiva; ya partir de la afirmación de ese punto de partida, la noción de degeneración
se expande y captura casi todos los análisis. Esa imagen viene a situarse en el polo
temporal opuesto al ideal racial, y así es como esa degeneración hispano-indígena que
debe ser redimida se trastoca en la degeneración cosmopolita que impone un retorno a
los valores del terruño y la tradición.
El dispositivo de la salud pública, en cuanto toma extensión y se afirma como
resorte fundamental del Estado, viene a prolongar estas formulaciones globales con el
señalamiento de los agentes presentes de la declinación biopsíquica. Ante todo el
alcohol que se sitúa en la intersección de dos series interconectadas. Por una parte, la
que remite a la ociosidad y el vicio enfrentados a las virtudes laborales; la rebeldía y la
agresión son sus consecuencias más directas y se proponen casi como una significación
inmediata del desorden urbano. Por otra, asociado al fantasma de la transmisibilidad de
la degradación, el alcohol, junto a la patología venérea, forma parte esencial de un
discurso sobre la sexualidad cargado de representaciones amenazantes para el futuro de
las generaciones. Esa condición a la vez inmediatamente reactiva y degenerativamente
acumulada -que es, por otra parte, una ambivalencia global de las formas de la locuraen que el alcohol, como vicio por excelencia, y la reproducción sexual se enlazan
íntimamente, aproxima ciertas descripciones médicosociales y psiquiátricas a las
páginas más cargadas del naturalismo.
Cuando el sexo, subordinado a la sangre 20 ya las fantasías del linaje, y la
preservación-cambio del pasado, entra a ser un tema del discurso médicosocial, el punto
de mira ya no es el individuo y su entorno inmediato; ya no se trata de esa acentuación
de las "causas morales" para comprender el sentido reactivo de la patología, sino
20
Foucault, M., Historia de la Sexualidad: la vo1untad de saber, México, Siglo XXI, 1977. p. 178.
206
de los agentes permanentes que lesionan la integridad de la raza. Tal es el campo de
significaciones en que se acota la cuestión de la familia argentina, como espacio
privilegiado de esa dinámica esencialmente acumulativa, entre las propiedades de la
regeneración y los estigmas contrarios de la degeneración. .
La sexualidad, entonces, ya no es ese campo de la pasión instantánea, de la
violencia del instinto sobre la razón, sino la fuerza motriz y la materia prima de una
empresa utópica de fabricación de hombres. Como producción racial, el sexo aparece
proyectado a una dimensión mítica eminente en la que se intersectan el material
genésico del pasado y las esperanzas de la estirpe futura. y más allá de los acentos
manifiestos, la diferencia no resulta tan nítida en el nivel del mito, que organiza los
sentidos del porvenir como el reencuentro de un pasado perdido.
Como resultado de este movimiento de representaciones en torno de la familia, y
la producción-reproducción de la raza, las significaciones de la mujer viran hacia un eje
predominantemente centrado en la herencia y la preservación. Esto supone un cambio
acusa- do respecto de los primeros modos de dibujar la forma de la mujer en el orden de
racionalidad que el alienismo venía a imponer. Si la condición femenina equivalía a una
inferioridad estable de la razón, dominada por las quimeras de la imaginación,
justamente en esa locura casi novelesca, en la que la histérica es como una criatura del
amor, cierta figura de la mujer encontraba a la vez su secreto atractivo. En ese sentido,
condensaba esa forma de la locura como pasión, que forma parte de las representaciones
románticas y excede en mucho los límites del discurso alienista.
Pero justamente el reconocimiento de un papel principal de la mujer en la
generación y la crianza, la afirmación de su importancia estratégica vital y moral para el
destino de la especie, coincide con el reemplazo del encanto romántico por la utilidad
positivista. La mujer entra en las equivalencias de las relaciones de utilidad: tierra,
posesión, medio de producción, reservorio de los valores y las tradiciones morales.
José M. Ramos Mejía es la voz misma de lo escindido del discurso oligárquico
cuando formula esa fantasía de la mujer -equivalente de las masas federales- como una
prostituta paradojal que se entrega solo a quien le agrada, y que viene a subyacer a una
empresa de organización política y cultural, considerablemente sexualizada, cuyas
referencias primarias oscilan, como se vio, entre la violación y la salvación de la
pecadora.
207
Por el contrario, adosada a la familia, la mujer viene a incluirse en la serie que
opone el dinero sin pasado, que encandila al inmigrante, a la riqueza de familia cuya
materialidad pecuniaria se sublima al integrarse a los valores de la tierra. Así, queda
escindida entre esa equivalencia instantánea que solo el prostíbulo revela en puridad, y
la función acumulativa y depositaria de los bienes del linaje. Una línea demarcatoria
bien nítida permite separar el rebaño: de un lado la infidelidad y la traición; del otro, las
señoras de buena cuna.
Cuando el cosmopolitismo y la artificialidad importados amenazan el futuro de
la raza, cuya representación es el niño, la mujer, preferentemente de apellido, viene a
concebirse como una reserva de la naturaleza, en la que los componentes biológicos de
una vida sin excitaciones son inmediatamente la expresión de la virtud más femenina: la
pureza. Si el niño idealizado simboliza el porvenir de la raza, la mujer preserva su
pasado, anudados en la común barrera contra esos diversos rostros de la contaminación
y la infección. En esta trama fantástica, bastante reiterada en las ficciones psiquiátricas
tanto como en las de la novela naturalista, se afirma la vigencia de las cuestiones de la
degeneración.
En la sangre, de Cambaceres, puede ser leída como una historia de la
disociación moral de la familia argentina. Por una parte, la serie del linaje simbólico,
emblematizada en la propiedad rural, el apellido, el Club del Progreso y el desapego por
el dinero; por otra, la serie de la herencia biológica, brutal e incoercible, en la que el
afán por el dinero es ya un estigma degenerativo y la violencia sexual repite el gesto
traicionero del despojo de un patrimonio económico, que no se conservaba como medio
de pago sino como atributo de la calidad del origen y el prestigio familiar.
Entre el descontrol (J.M. Ramos Mejía), la preservación de1a raza (M. Cané) y
la salvación (M. Gálvez), el tema de la mujer insiste en estos textos; en esas diversas
imágenes parece corporizarse el objeto imposible de una pasión por la pureza que pone
en línea los ideales de la futura sociedad con los mitos del pasado. Y en ello, lo más
defendido, el reducto de lo que debe permanecer inviolable, es el poder como propiedad
de una elite. En ese sentido, los rituales de exclusión que preservan al Club del Progreso
como un recinto a prueba de guarangos y advenedizos, anticipan la lógica de la
profilaxis mental del inmigrante.
Es cierto que la obra de A. Ameghino se sitúa en una etapa posterior, en un
momento de viraje del dispositivo psiquiátrico, que va a extenderse hacia la comunidad
con el movimiento de la higiene men-
208
tal, sin abandonar los reductos ya consolidados en el hospicio y en el espacio
criminalista. Pero la insistencia propiamente obsesiva con que ese autor -que va a
suceder a José Borda en la cátedra de psiquiatría en 1931- vuelve sobre el tema de la
profilaxis mental y su relación con la inmigración popular, lo presenta como el que
realiza el balance de un extendido discurso sobre locura e inmigración -que comienza
con L. Meléndez- y extrae todas las consecuencias. Junto con la precaria asistencia
social del alienado, la falta de vigilancia de los extranjeros que llegan al país, serían para A. Ameghino- los factores determinantes del incremento de la locura. "La calidad
mental de nuestra futura raza pinta ya, a su costa, con colores muy pálidos. La banda de
energúmenos y forajidos -para nosotros degenerados psíquicos- que tiene en estos
momentos desolada con sus fechorías a la población de Buenos Aires, adquiere así el
significado de un fenómeno indicador del estado de cierto medio de nuestra sociedad". 21
La medicina social durante décadas se orientó a proteger a la sociedad existente,
y con ello se propuso ayudar a los enfermos y los disminuidos físicos y psíquicos. Pero
cuando prevalece la consigna de la protección de la raza, con miras a la sociedad futura,
los temas de la eugenesia, de un modo u otro proclaman que los débiles deben ser
sacrificados. A. Ameghino recoge así esa tradición que José Hualde y el profesor
Estévez habían expresado con sus ideas de la esterilización de los alienados, y que
Carlos o. Bunge teorizó con implacable rigor a partir de sus tesis filosóficas sobre el
papel de la degeneración en la historia.
El espectro de una nación sin pasado ni tradiciones se conjuga con esta profecía
médica que anuncia el alumbramiento de una raza degenerada; y la figura de un
monstruo lo sintetiza, como si el mito de Frankestein persiguiera los afanes por producir
el hombre argentino. Pero junto a la reiteración de ese destino trágico, florecen los
emblemas elitistas de la separación tajante respecto de la degradación cosmopolita y la
insistencia en forjar un espacio intelectual o político exclusivo y reservado retoma la
fantasía platónica de una ciudad de los mejores. En ese sentido, con esa galería repetida
de criminales y degenerados, cierta conciencia de casta escinde de sí algo de su propia
historia y funda una empresa de autorreconocimiento que tendrá su núcleo sustitutivo y
compensatorio en esa crónica ritual con
21
Ameghino, Arturo: E1 incremento de la locura en la República Argentina después de la guerra, folleto;
1923, p. 6.
209
que los "gentlemen escritores" fabrican una biografía colectiva. Con todo el monstruo
permanece allí al acecho y vuelve con la fuerza de una alucinación que una zona de la
literatura y el discurso médico social revelan. Finalmente, una investigación de las
latencias, en la sexualidad y los negocios, la moralidad y los valores familiares de esa
aristocracia autoengendrada, podría restablecer las conexiones asociativas de esos
contenidos expulsados; y quizá sea así posible sacar a la luz la filiación de los Genaro
Piazza en las tradiciones de la oligarquía argentina.
Nuestra América, de Carlos O. Bunge, (1903) lleva hasta su límite máximo la
responsabilidad de la raza, como referente absoluto, en la conformación de la sociedad y
la nación. Este "ensayo de psicología social", que fue saludado con entusiasmo por la
crítica (por ejemplo, el comentario de Ingenieros en la Revista de Derecho, Historia y
Letras, reproducido en su Sociología argentina) y mereció varias ediciones, se alineaba
detrás de la obra citada de Sarmiento, con el objeto de estudiar la organización política
de los pueblos hispanoamericanos a la luz de una etnopsicología arbitraria.
El análisis de las razas que alimentan la psicología criolla va ensamblando los
componentes de la degeneración nacional. Los españoles aportaron la arrogancia y la
indolencia; los indígenas americanos, la resignación, la pasividad y la venganza; los
mulatos -descendientes de africanos- contribuyeron con el servilismo y la infatuación.
Difícil imaginar un cuadro peor de esta fantástica lucha de razas; sus resultados -previa
hibridación, que es un factor de inferioridad racial- son los rasgos dominante del
carácter hispanoamericano: la pereza, la tristeza y la arrogancia.
El texto de Bunge interesa no solo porque demuestra la persistencia del fantasma
racial veinte años después de Conflicto y armonías, sino porque pone en evidencia hasta
qué punto la exploración de ese sustrato psico-orgánico indefinible marca a fuego la
dirección y el futuro de un intento de interpretación sociológica de la realidad nacional.
Basta leer al Ingenieros de la Sociología argentina, para advertir que la diferencia de
enfoque que pretende establecer con su "economismo histórico" -inspirado en Aquiles
Loria- no impide que siga atribuyendo un papel decisivo a la lucha de razas en la
historia.
Y sin embargo, es preciso evitar el recurso fácil de unificar todo el pensamiento
social de ese momento en una idéntica jerarquiza
210
ción de la noción de raza. Si bien ciertos temas básicos, positivistas y darwinistas son
moneda común en los textos sobre la sociedad o la historia, eso no significa que todos
digan lo mismo ni impide enfrentamientos bien notorios.
Casi como una réplica a Bunge, la entonces profesora de enseñanza media Alicia
Moreau dicta una conferencia en la Universidad de La Plata sobre "La pretendida
degeneración de las razas". 22 En ella propone abandonar la noción de raza para la
interpretación del pro- ceso histórico.
Comienza por un recorrido de la historia humana en la que el eje fundamental es
el valor del progreso social; así retorna ciertos hitos de la evolución cultural: la postura
erecta, el fuego, la piedra tallada y las primeras industrias. Con la organización en
sociedades, la ayuda mutua y el lenguaje, las leyes de la naturaleza son superadas, se
incrementa el alcance de las energías y nace, propiamente, la historia humana. Las
civilizaciones nacen y mueren, como los organismos, y la lucha de clases funda una
radical inestabilidad en el equilibrio de las sociedades.
Esa senda del pasado recorrido, entonces, deja ver un horizonte que se amplía.
La separación entre la masa humana y la luz de la ciencia va a ir estrechándose: las
conciencias ya se sacuden y despiertan las potencias dormidas. En ese cuadro grandioso
los conflictos de la civilización y la mezcla de los pueblos no son un factor de
degradación, sino que anuncian un porvenir abierto a los sueños de la solidaridad y la
felicidad de los hombres.
Y, sin embargo, algunos agoreros anuncian un futuro negro. El conde de
Gobineau, con su tesis de la degeneración de los pueblos y su dogmática racista,
anuncia que los inferiores ahogarán la superioridad de la raza aria en la marea de la
mediocridad. En consecuencia insiste en la defensa de la pureza racial (y encuentra,
como se vio, sus seguidores en la Argentina) con la consigna de que los superiores
deben prevalecer a cualquier costo.
Alicia Moreau aguza su prédica: reducir la historia ala crónica de una raza es el
resultado de una teoría grotesca. La propia noción de raza es ambigua e imprecisa;
concita la mayor diversidad de opi-
22
"La pretendida degeneración de las razas", Conferencias, 1907 y 1908, Universidad Nacional de La
Plata, 1909, p. 207. Por otra parte, en un texto fundamental de Juan B. Justo puede leerse idéntico rechazo
a 1a teoría de 1a degeneración como resultante de 1a mezcla racial. Teoría y práctica de la historia
(1909), Buenos Aires, Líbera, 1969, p. 24.
211
niones respecto de sus límites y, más aun, de su número y caracteres. No existen razas
puras y es insostenible establecer la superioridad orgánica de ciertos hombres sobre
otros. Si hay individuos y pueblos que acusan un grado mayor de desenvolvimiento
cultural, las causas hay que buscarlas en factores diversos, pero principalmente sociales
y económicos.
Abandonemos el prejuicio de la raza -propone la conferencista- que es solo una
sobrevivencia de las nociones de una infranqueable desigualdad y de la superioridad de
castas; todos los pueblos han contribuido a la obra común de la civilización y concluye:
"destruyamos estos falsos conceptos, escudo tras el cual se ocultan o disimulan las
abominaciones de las guerras coloniales, y que sobre sus ruinas los pueblos estrechen
sus manos, los más avanzados ayudando a los más retardatarios, en vez de aniquilarlos
con desprecio feroz y que continuando la obra del tiempo y del saber se forme la familia
única de la humanidad del porvenir".
El tema de la pureza funda mitos e instituciones que van mucho más allá de la
pedagogía y la higiene sexual. Ante todo porque se sitúa como el núcleo que subtiende
no solo las representaciones de la salud física, psíquica y moral, sino a ciertos ideales de
población y gobierno, a partir del supuesto de reductos "naturales" que deben ser
protegidos de la contaminación. En ese sentido, la pureza de un sexo y un
funcionamiento mental no afectados por las enfermedades del progreso son los
objetivos renovados de la utopía médico- social. Si en esta versión "naturalista", la
psiquiatría ya no espera casi nada de la civilización y apela más bien a las buenas
cualidades de la vida, la escisión se desplaza sobre la propia naturaleza, entre esa
condición tranquila y libre de conflictos que se asienta en la representación del pasado,
X la sangre agitada e infectada de esa masa urbana presente, que el inmigrante
corporiza.
Es notorio, por ejemplo, que el tema de la sífilis, cuando aparece en el discurso
higienista, más que en su especificidad etiológica o clínica propiamente médicas, está
dominado por la función visualizadora de los factores de la degradación biológica y
moral en el doble registro de la especie y de la sociedad.
La propuesta de control del inmigrante se orienta centralmente hacia la locura y
la sífilis y con ello define dos espacios de impureza, en la mente y en el sexo, que deben
ser preservados como los medios de producción de la nueva raza. Trabajar y procrear, el
amor a la au-
212
toridad ya la familia: la racionalidad del capitalismo hace converger los modelos de la
cordura con los de la salud del sexo.
La degeneración tendría sus atributos más estables e "internos" en el polo de la
sífilis y la locura, mientras que el alcohol y el dinero caracterizan su polo exterior y
objetivado; entre ellos se establece una dialéctica que hace jugar de modo variable la
combinación de lo hereditario y lo adquirido. La tuberculosis, la infancia abandonada, la
salud materno-infantil, son temas anexos que en todo caso reafirman y alimentan el
papel esencial de la contribución higienista en esa empresa mayor de socialización y
regeneración.
A los ideales de la cordura como una virtud autoconstruida, que era propia de
cierta tradición romántica presente en el alienismo, sé sustituye la propuesta de la salud
como atributo de la raza, concebida como región localizada de la especie. Con ello los
excesos de la utopía regenerativa corren parejos con la imagen inflacionada del Estado,
capturado en la fantasmagoría de una directa expresión acumulada del vigor de la raza.
"Un país vale lo que valen sus instituciones, nos decían los sociólogos y juristas hasta
hace poco; un país vale por lo que produce y construye, dicen otros más recientes.
Nosotros; médicos, decimos, por encima de jóvenes y viejos: un pueblo vale lo que
valen sus hombres, lo que vale su raza, lo que hay en ella de fuerza, de salud y virtud". 23
Los temas de la eugenesia, si bien nunca alcanzaron una implementación
sistemática, son bien reveladores de la lógica que domina esa visión organicista de la
Nación. La eugenesia busca "la aplicación de las leyes que rigen el desarrollo de la vida,
el perfeccionamiento de los organismos en general y particularmente el de la especie
humana". 24 Su hermana mayor es la zootecnia -nos ilustra A. Ameghino- la que opera,
indudablemente con grandes ventajas, con muchas más posibilidades prácticas de
modificación del ambiente y la población. De cualquier modo el paralelo, aunque sea
"de intención" ; es bien significativo, y no solo por la directa asociación de la masa
sobre la que habría que operar -que para el autor citado es, explícitamente, la
inmigración- con una condición zoológica, sino por-
23
de Veyga, Francisco, ."Degeneración y degenerados", cita de Loudet y Loudet, Op. cit., p. 131.
Ameghino, A., “Reseña y crítica de las instituciones actuales de la profilaxis mental". Revista de
Psiquiatría, Criminología y Medicina Legal, XI, p.417.
24
213
que frente a una propuesta de ese tipo siempre cabe la pregunta: ¿quién elige y
programa a los programadores?
Si el profilacta debe guiar su acción por los ideales eugenésicos, más que por
indicaciones técnicas precisas, no por eso dejan de señalarse algunas tareas. Por
ejemplo: "buscará el cruzamiento que más convenga a tal o cual tipo de degenerado,
propenderá a que haya leyes que le permitan evitar la procreación de los peores,
instituirá, de su punto de vista, la prevención prenatal, instruirá al público sobre las
cuestiones de su incumbencia, hará propaganda adecuada a sus fines". 25
Es cierto que desde el conde de Gobineau a Francis Galton, toda una línea de
pensamiento socio y psicológico proyectó sobre esa imaginaria sustancia racial los
ensueños de una administración de la herencia como resorte esencial del poder. Pero, en
la Argentina, el Club del Progreso, sin ninguna racionalización teórica, trazó un camino
de exclusiones en el que ese ideal de pureza se combina con un modelo de ejercicio de
poder. En ese sentido, no es exagerado proponer una línea de coherencia, a la vez
estratégica y doctrinaria, entre los usos socialmente restrictivos de la elite, la Ley de
Residencia y las propuestas de preservación mental debidas a Arturo Ameghino.
Locura y anarquismo
En 1899, Miguel Cané publica Expulsión de extranjeros como fundamentación
de un proyecto de ley que posibilita al poder ejecutivo, por decreto y sin intervención
judicial, expulsar a cualquier extranjero “que haya sido condenado o sea perseguido por
tribunales nacionales o extranjeros”, y “cuya conducta pueda comprometer la seguridad
nacional, turbar el orden público o la tranquilidad social”. Del mismo modo se lo faculta
para impedir la entrada al país “de todo extranjero cuyos antecedentes autoricen a
incluirlo entre aquellos a que se refieren los dos artículos precedentes”. Finalmente, en
1902, la primera huelga general dará lugar a la rápida sanción de esa ley.
25
Id., p. 437.
214
El texto de Cané no solo recoloca el tema de la inmigración con respecto a las
garantías jurídicas que Alberdi quizo asegurar a los extranjeros, sino que insiste
particularmente en el problema que crea el ingreso de las ideas y las actividades
anarquistas. Cuando se inició el proceso inmigratorio -consigna Cané- las ideas más
avanzadas de las clases proletarias se acercaban mucho a las de los propios legisladores
argentinos, y no existía el peligro de que su ingreso "perturbara la quietud de los
moradores de estas comarcas". Pero esa situación ha cambiado radicalmente con el
nuevo espíritu de las masas europeas, entre otras causas, debido a que la difusión de la
instrucción popular ha sido "llevada más allá de los límites tras de los cuales el pobre
pierde su quietud de espíritu". 26 Perseguidos en Europa, los anarquistas buscan nuevos
horizontes; frente a ello resalta el peligro que acecha a "los países cuyas puertas les
quedan abiertas" La Argentina, entonces, resulta ser "la tierra de promisión para todo
vagabundo o delincuente que no encuentra ya cabida en Europa. Y así, se van
formando, principalmente en los bajos fondos sociales de nuestros primeros centros de
población, verdaderas asociaciones de criminales". 27
Las ideas y la acción directa quedan igualadas, en cuanto a su nocividad, en los
fundamentos de la propuesta selectiva. Y en ella la presencia del modelo médico es
notoria no solo en la tesis de la defensa del cuerpo social, sino en el recurso a ciertas
formulaciones de Lombroso acerca de la relación entre anarquismo y criminalidad. De
cualquier modo, el psiquiatra italiano mantenía una distinción entre la doctrina, en la
que reconocía ideales altruistas -aunque fundados sobre una base que rechazaba: la
violencia- y los anarquistas, cuya personalidad consideraba afin a los alienados
delincuentes, 28 Esa diferenciación es acentuada por Ingenieros, cuando escinde tajantemente el campo anarquista entre "los intelectuales Malatesta y Gori" y "cierta escoria
carcelaria que se titula de igual modo". 29
Aunque no es posible recorrer las diversas representaciones que el tema del
anarquismo -y la lucha sindical- van adquiriendo en el interior de los discursos de la
psicopatología, la sociología y el dere-
26
Cané, M., Expulsión de extranjeros, Buenos Aires, Imp. I. Sarrailh, 1899, p. 7-9.
Id., p.10 y 11.
28
Lombroso Ferrero, Gina, Op. cit., p. 205.
29
Ingenieros, I., "Hacia la justicia", en: La psicopatología en el arte, Buenos Aires, Losada, 1961, p. 65.
27
215
cho, cabe preguntarse, a partir del texto de Cané, hasta qué punto la psiquiatría había
conformado un cuadro más o menos definido como una locura anarquista. Lombroso
había distinguido tres clases de anarquistas: los anarquistas delincuentes, para los cuales
el crimen político es simplemente una vía de escape a sus inclinaciones; los anarquistas
alienados (neurópatas y psicópatas}, que actúan movidos por un delirio; y los
anarquistas pasionales, que obran en virtud de la exaltación propia o sugerida, y que
constituirían la categoría más numerosa. 30
Sin embargo, un caso de delito político estudiado por Francisco de Veyga31 y
presentado como una excepción, hace posible advertir que la modernización del enfoque
criminalista corre pareja con una diversificación de las referencias, en especial en
dirección de cierto análisis psicológico de la conducta delictiva.
En 1905 el anarquista español Salvador Planas Virella quiso atentar contra el
Presidente Quintana y fue inmediatamente detenido. En su primer informe los médicos
de Tribunales declaran que no es un alienado; pero vuelto a examinar, a pedido de la
defensa, la cuestión se circunscribe a determinar si era responsable en el momento del
he- cho, para lo cual no basta determinar que no está loco sino que debe indagarse cuál
era su estado mental y cuáles las causas que lo condujeron a cometer el atentado.
El profesor de Veyga realiza un prolijo y extenso informe médico-legal, que vale
la pena recorrer. Planas es oriundo de la campaña de Cataluña y ha aprendido la
profesión de tipógrafo en Barcelona, antes de emigrar. Deja a sus padres y hermanos en
situación económica- mente difícil, porque el padre está inválido. En su país natal ha
sido regionalista, primero carlista y después republicano, pero sin una militancia activa;
a lo más que llegó -se consigna- es a arrojar piedras a los gendarmes.
Decide ir al extranjero para rehuir el servicio militar y se propone llegar a los Estados
Unidos o México, pero como el dinero no le alcanza termina en Buenos Aires, en 1902,
en plena crisis económica y persecusión de sindicalistas, después de la Ley de
Residencia. Sin un centavo, trabaja en una fonda por la comida y duerme en los bancos
de las plazas, cuando la policía lo deja.
A poco de llegar a la Argentina conoce a otros españoles anarquis-
30
de Veyga, F., Archivos..., V, p. 540.
31 de Veyga, F., "Delito político. El anarquista Planas Virella", en Archivos..., V, p. 513.
216
tas y se interesa por leer libros y periódicos del movimiento, aunque nunca asume una
militancia activa; pasa el tiempo leyendo e instruyéndose. Finalmente consigue trabajo y
mejora su situación, aunque no cambia su género de vida más bien tranquilo y poco
dado a sa1idas y diversiones; solo va a reuniones gremiales, y visita a algunos amigos,
que son compañeros de trabajo. Un año antes del atentado había conocido a una familia
de compatriotas, a la que frecuentaba, interesado en la hija de la casa, Josefa, que tendrá
una participación involuntaria en el drama que va a desencadenarse.
Francisco de Veyga no oculta su simpatía por ciertos rasgos de carácter de
Planas, especialmente la generosidad con que ayudaba a compañeros necesitados y la
fidelidad con que cumplía sus obligaciones filiales y enviaba a su familia en España casi
todo lo que ganaba.
Planteado este marco, el informe médicolegal pasa a destacar las "contrariedades
de orden afectivo" que operan como factores desencadenantes de su intento homicida.
Los padres de Josefa no ven con buenos ojos la pretensión de unirse a ella por los lazos
del "amor libre". Junto con la oposición crece la pasión contrariada del anarquista, que
además se conjuga con una empresa redentora: el padre, alcoholista pretendía hacer
trabajar a la muchacha en su provecho. Salvador recibe una carta de ella declarando que
no quiere verlo más, pero permanece firme en él la convicción de que no traduce los
Sentimientos de su amada, sino la determinación de los padres; durante varias noches
ronda ansiosa e inútilmente la casa esperando verla.
En medio de esta crisis, le llega una carta de sus padres llena de reproches, en la
que después de pintarle un cuadro agudo de miseria le reclaman el dinero que no
recibían desde hacía meses. Lo acusan de faltar a sus deberes y no aceptan la
explicación recibida de que el atraso se debía a que el patrón moroso no le pagaba su
jornal desde hacía mucho; ponen como prueba de su falta de consideración hacia ellos
un retrato de Salvador, que habían recibido, en el que se lo veía "contento y lujosamente
ataviado".
Sigue de Veyga, haciendo intervenir un recurso interpretativo psicológico que no
deja de mostrar su deuda con los de cierta novela realista: "Sobre el rechazo de que
había sido objeto por parte de su pretendida, sobre la tristeza que le infundía la situación
de su familia, no vio según él, otra cosa que la figura del Jefe del Estado, resumiendo en
su autoridad toda la injusticia social reinante y apareciendo responsable, por acto
consecuente, de la intolerable situación de que él era víctima. Vio al Doctor Quintana
defendiendo con tesón,
217
hasta llegar a la violencia, los fueros de la burguesía en abierta colisión con el
proletariado. Recordó las huelgas pasadas. Vio atravesar por las calles de la ciudad, a
paso de carga, soldados de línea y gendarmes imponiendo a golpes de sable, por orden
de aquél, ese arbitraje ominoso de la fuerza contra el cual él estaba en abierta rebelión.
Y sobre el Doctor Quintana concentró todo el despecho que experimentaba en aquel
momento". Así, concluye el psicólogo criminalista, concibió el plan de matar al
presidente y suicidarse inmediatamente.
Si bien de Veyga simpatiza con las cualidades morales de Planas no es menos
cierto que su examen psíquico parte de una distinción: no es lo mismo un intelectual
anarquista que un obrero; y en ella no debe estar ausente la transferencia del pasado
filoanarquista de su amigo Ingenieros. Planas es, para él, una personalidad rudimentaria,
con un campo mental "estrecho y monótono" y que solo puede recibir el "dogma
anarquista" bajo la forma del catecismo destinado a la masa vulgar. El autor del informe
repasa las lecturas anarquistas del español y las considera pobres, de "poco alcance
filosófico"; parece compararlas con sus propias lecturas cuando argumenta que el reo
"no alcanza a saborear la lectura, ni menos a comprender la especiosa argumentación de
Proudhon, la poética y vivaz imaginación de Eliseo Reclus, las brillantes utopías de
Kropotkine". 32
Su argumentación ataca a la vez la doctrina del anarquismo y la constitución
psicofísica de sus militantes. Y en esa dirección, si algo queda de la asociación a la
locura, es al modo de la ilusión religiosa. "Al través de un prisma tan pobremente
iluminado, el mundo se le representa bajo el aspecto de un horrible desorden, cuyo
arreglo, sin embargo, merced a las panaceas prescritas en las elucubraciones aforísticas
que ha leído, es cuestión de poco trabajo, y de no mayor tiempo. Es de los convencidos
que esperan ver de un momento a otro producirse el cataclismo fatal por el cual todo ha
de transformarse en la beata y sencilla comunidad soñada por sus apóstoles." 33
Sin embargo, el exceso de cuidados físicos hace sospechoso a Salvador de cierto
trasfondo de extravío por un exceso de puritanismo y moderación. La exageración en
los preceptos higiénicos es también un signo de fanatismo e intransigencia y revelan consigna de Veyga con notable agudeza- un trasfondo hipocondríaco. "El cui-
32
33
Id., p. 524-525.
Id., p. 531.
218
dado de la salud y la observancia de esos principios, hay que decir- lo, constituyen para
él motivos igualmente graves de preocupación. Se examina continuamente el estado de
los órganos accesibles a su inspección. Es vegetariano, como ya dijimos, no por razones
de economía o de credo sino de higiene alimenticia; hace ejercicio metódi- co buscando
evitar la acción nociva del reposo prolongado; busca el buen aire, la buena luz, la buena
agua, los buenos alimentos; el amor, como el vino, le hacen la impresión de agentes
desgastadores, y las doctrinas de la degeneración han penetrado hasta él haciéndole ver
con el consiguiente vidrio de aumento de su imaginación exaltada la locura, la neuroSis,
el vicio y la perversión moral. 34
Una reflexión inmediata surge de este cuadro: este anarquista no asusta a nadie.
y la propia realización del atentado, corriendo a pie junto al coche del presidente con un
revólver del que no salían las balas, otorga al episodio el relieve de una farsa. Aliado del
criminal conspirador de Cané y del sectario condenado por las leyes degenerativas que
pintó Sicardi, de Veyga, en páginas perdidas de los Achivos de psiquiatría y
criminología, da a luz este otro personaje: un monje obrero que confunde la realidad
social con sus ilusiones, que no mata a nadie y en su ridiculez mueve a una risueña
conmiseración. ¿Cómo no proponer, entonces, que no es responsable y debe ser puesto
en libertad?
Planas, entonces, no es un loco y, sobre todo, no es un criminal; su acto debe ser
perdonado. A lo más es un "protestatario" y un "intransigente", que se exaspera cuando
lo contradicen, y por esa vía puede llegar a una reacción violenta. No es un delirante
sino un fanático, en el que la convicción anarquista cede en importancia al sufrimiento
personal como motivación de su acto. Sin las crisis vividas y las circunstancias adversas
nunca hubiera dejado de ser "catalanista" y carlista.
De paso, de Veyga expone su teoría acerca del proceso mental vivido por miles
de obreros que abrazan los ideales libertarios: "El dolor, bajo su forma más ‘biológica’
cual es el ansia contrariada del vivir, inicia este proceso: el dolor, persistiendo, se
transforma en despecho, y con el despecho viene el encono, al cual sigue en la hora
suprema de la crisis, la reacción armada que lleva al delito, o al suicidio, que es un
sustitutivo de aquél". 35
Todo muestra la excepcionalidad de este anarquista español con
34
35
Id., p. 535.
Id., p. 533.
219
relación a una larga lista de "regicidas" desplegada en el informe con intención
ilustrativa. No solo es un alienado, ni siquiera es un fronterizo o un pasional, en el que
el acto hubiera surgido directamente del fanatismo. Por ello, a partir de la depresión en
que se hallaba por los dos conflictos, sucesivos y sumados, que sufrió, dictamina la
existencia de un choque emotivo perturbador de la integridad mental, en el momento de
cometer el acto imputado, lo que lo hace no responsable.
El profesor de Veyga representa un enfoque que actualiza la doctrina y la
tecnología criminalista a partir de una atención, en este caso, al funcionamiento
psíquico. Más aun, en comparación con el informe de Meléndez sobre José Vivado,
puede decirse que interroga menos y escucha más, aunque no pierda nada en cuanto al
protagonismo de su función, transparente en el papel que sus propias convicciones
juegan en el ensayo interpretativo. Si el discurso global, psiquiátrico o político, tendía ~
hacer equivaler la violencia anarquista a la degeneración y la criminalidad asociada a las
formas colectivas de locura, el director del Servicio de Observación, -que al igual que
Ingenieros es a la vez profesor de psicología- en su enfoque del caso demuestra que un
criminalista actualizado no renuncia, cuando las circunstancias lo requieren, a
privilegiar los mecanismos psíquicos.
De cualquier modo, el anarquismo es fanatismo y dogma, y si resulta tolerable
en su versión teórica e idealista no deja de señalarse que es muy dañino, especialmente
en mentes obreras. Pietro Gori, en cambio, es un intelectual y un universitario y con él
la propia significación de la doctrina anarquista parece capturada por la grandiosidad de
una teoría imaginativa y bien intencionada. Es un utopista pero su propia función tiñe su
prédica de un carácter de serie- dad que no tiene, para de Veyga, este español que en su
medianía ni siquiera arremete contra molinos de viento impulsado por un delirio
exaltado. Todo queda en el plano de las contrariedades domésticas y no pasa de ser una
historia menor dentro de la gran ciudad. Quintana no simboliza nada, no es el poder,
solo un alcoholista miserable o un viejo inválido que se interponen en la simple pasión
de un pobre muchacho enamorado.
Cuando la opinión pública tomaba el acto de Salvador Planas y lo hacía
trascendente respecto de su ejecutor, cuando las organizaciones sindicales y políticas lo
reivindicaban o lo cuestionaban como herramientas de lucha, de Veyga enuncia un
discurso a varias vías. Por una parte, separa la doctrina de su portador y sanciona en las
ideas anarquistas la rémora de una concepción religiosa del mundo.
220
Por otra, la psicología sirve, a la vez, para modernizar las referencias y aun para dar un
toque humanitario a la función policial, y para una radical despolitización del suceso, al
reducirlo esencialmente a un plano de fantasías. El drama anunciado termina en
comedia, y el dictamen del profesor de Medicina Legal procura darle un final feliz.
La profilaxis mental
En la continuidad de la propuesta "expulsiva" de Cané hay que situar la campaña
profiláctica que lleva a cabo Arturo Ameghino dos décadas después. Considerando su
insistencia en el peligro de una declinación mental de la población, ¿no hay que leer
entre líneas la sobre determinación ideológica de una mirada psiquiátrica sobre el ascenso del radicalismo? En todo caso, la medicina mental mantiene una zona bien
articulada a una función política, y es precisamente después del golpe del general
Uriburu que este amigo de Leopoldo Lugones 36 accede a la titularidad de la cátedra de
psiquiatría.
De Meléndez a Arturo Ameghino el dispositivo de la locura ala vez que
mantiene ciertos ejes fundamentales de su constitución, se transforma en el sentido de
una complejización de sus espacios de intervención, de sus técnicas y sus nociones
centrales. Hacia 1880 y por espacio de casi dos décadas, Meléndez y José M. Ramos
Mejía sostenían lo principal del campo, pero perseguir de cerca el proceso de desarrollo
y transformación hacia el Centenario plantea exigencias bastante mayores a la
investigación. De cualquier modo, es posible indicar las direcciones principales de esa
transformación y marcar sus líneas más relevantes desde el punto de vista de su
proyección histórica.
En la medida en que cierto discurso sobre la locura, asociada al vicio y el delito,
abarcaba directa y conjuntamente el espacio de la ciudad, en el dispositivo propiamente
psiquiátrico tiende a diferenciarse un desarrollo que en los hospicios y la cátedra se
repliega sobre la investigación neuropsiquiátrica de la patología mental. Domingo
Cabred aparece promoviendo esa diferenciación, porque a la vez que desarrolla su
acción sanitarista y despliega hospitales y asilos, im-
36
Loudet y Loudet, Op. Cit., p. 84.
221
porta a Christofredo Jakob en 1899 y lo coloca al frente del Laboratorio del Hospicio de
las Mercedes. A partir de la inmensa tarea que realizó durante décadas, Jakob fundó y
trazó las líneas de los estudios neurológicos en la Argentina.
Con esta orientación, que se afirma cuando José T. Borda asume la cátedra, uno
de los caminos dentro del dispositivo psiquiátrico reencuentra los criterios de la
medicina científica experimental, y al lado de esos discursos en los que la locura
resaltaba sobre el fondo de los conflictos de la civilización, nace un complejo de
conocimientos y técnicas de investigación e intervención -que también fundarán sus
propios mitos- en tomo de ese órgano sagrado: el cerebro. Osvaldo Loudet aporta la
metáfora que enlaza esa obra a la indagación del espacio social, e imaginariza al cerebro
como un país interior: "Fue [Jakob] el historiador y el geógrafo del cerebro humano.
Fue el historiador, porque estudió su filogenia y su ontogenia; y fue el geógrafo, porque
trazó la evolución de sus circunvoluciones, como quien dice sus 'ríos y colinas'." 37
Al mismo tiempo, esa especialización que establece una suerte de bifurcación
entre una psiquiatría social -desde la red hospitalaria a la criminología y la profilaxis- y
una neurobiología que se repliega en el laboratorio, reeencuentra su integración
armónica a través de la participación común en instituciones académicas y científicas,
en las publicaciones compartidas y aun, en cierta ideología de sector que a la vez que
sirve al reconocimiento recíproco sitúa cualquier investigación particular en el marco de
valores y proyectos básicamente comunes. Es decir que esa inicial separación, que tiene
que ver con una complejización técnica del dispositivo de la locura, opera como un
reparto de funciones dentro de un grupo más bien reducido y homogéneo.
Para hacer referencia solo a la psicología, los profesores de fisiología médica se
reúnen con los criminólogos para fundar las primeras cátedras de psicología
experimental, del mismo modo que figuras diversas como Florentino Ameghino, José
M. Ramos Mejía, Luis Agote, Horacio Piñero y Víctor Mercante, entre otros, coexisten
en la Sociedad Argentina de Psicología, creada en 1908 ) 38
37
Id., p. 99.
Papini, Mauricio, "Datos para una historia de la psicología experimental argentina", en Revista.
Latinoamericana de Psicología, VIII, p. 329.
38
222
Como se vio, una publicación como los Archivos de Ingenieros los reúne a
todos, a partir de una adhesión común a los postulados positivos y experimentales. Pero,
más aun, por la recíproca legitimación en que se instalan, a partir de la identificación
con esos ideales moralizadores que hasta allí, casi sin excepciones, forman parte de la
conformación de la minoría intelectual y política. Todo ello importa, no solo para
señalar que las diferenciaciones dentro del dispositivo de la locura (por lo menos hasta
la aparición del psicoanálisis) se mantienen dentro de un marco de armonía, sino para
constatar que los orígenes de la psicología en la Argentina llevan la marca de un
eclecticismo que es casi hibridez. Y esto más que a razones teóricas, obedece a que el
surgimiento de los primeros laboratorios de psicología experimental se da
simultáneamente en instituciones diversas que no dejan de aportar su propia lógica y sus
objetivos: Víctor Mercante en el campo del normalismo, Cabred en la cátedra de clínica
psiquiátríca, Ingenieros en el Servicio de Observación y Piñero en la Facultad de
Filosofía y Letras, hasta llegar a las iniciativas de Alfredo Palacios en la Facultad de
Derecho de La Plata, en tomo de las investigaciones psicoflsiológicas del trabajo.
Es necesario volver sobre A. Ameghino que representa, en cierto sentido, la
culminación de algunas líneas tendidas a lo largo de la conformación estratégica del
dispositivo psiquiátrico; después de él, la renovación de las referencias va a ir
desplazando el acento de la degeneración a la salud mental y de la eugenesia a la
psicoterapia.
Ante todo, la correlación locura-inmigración -presente como constatación
empírica desde mucho antes- le aporta un eje sólido con el cual reconstruir una
significación central que ordena la historia psiquiátrica anterior. "En nuestro país son
tan estrechas las relaciones entre inmigración y degeneración, que cuando la curva
inmigratoria cayó bruscamente de 1914 a 1918, las correspondientes al delito y a la
contravención cayeron también en perfecto paralelismo con aquélla. Este fenómeno
reviste para el asunto discurrido singular valor, porque la delincuencia, la contravención
y la locura pertenecen a la misma familia y en la mayor parte de sus casos todas son
hijas de la degeneración. 39
Desde los comienzos de la psiquiatría en la Argentina se afirmaba que los
inmigrantes enloquecen con más facilidad; sobre ello Ameghino arriesga una hipótesis
etiológica: el abandono del medio habi
39
Ameghino, A., "Higiene mental. La acción del Estado en el mejoramiento de la raza", en Rev.
Criminología, XXII, p. 131.
223
tual opera como predisposición y las influencias del nuevo medio, extrañas al sujeto,
como causas provocadoras de la locura. El razonamiento es una perfecta petición de
principio: el inmigrante enloquece más porque es extranjero. 40
Pero lo más destacado de la obra de Ameghino son las prolijas investigaciones
estadísticas sobre incidencia de cuadros psiquiátricos y tasa de inmigración,
discriminadas por nacionalidad y por establecimiento de internación, desde 1902 a
1928. 41 A partir de estos datos, ya no se trata de señalar esa correlación más bien
reactiva de la locura con los reveses y frustraciones propios de la situación del
trabajador inmigrante; mucho menos de una intervención terapéutica moral que apunte a
estudiar la individualidad del loco y apoyar su reintegro a la sociedad. A Ameghino no
lo conmueve ningún zapatero francés, porque su objetivo es la raza y los métodos que
propone no buscan reintegrar sino segregar la degeneración. De allí su insistencia en "la
conveniencia de que el estado redoble su acción de pro- videncia o vigilancia
disminuyendo alienados libres y peligros a ellos inherentes: peligros inmediatos
vinculados a la tranquilidad ambiente, o biológicos definidos en la degeneración
psíquica general y en el descenso del vigor mental". 42
Por lo tanto, frente a los que consideran que el Estado se recarga de
responsabilidades económicas y administrativas por el aumento del número de alienados
a su cargo, la propuesta apunta justamente en la dirección opuesta, esto es, a propender
que se aumente sustancialmente la cantidad de internados. Todo esto es planteado por
Ameghino en el folleto de 1923, El incremento de la locura en la República Argentina
después de la guerra, destinado a interesar a autoridades e instituciones en su campaña
por establecer una vigilancia especializada de la inmigración. y no para prohibir el
ingreso de alie- nados extranjeros porque eso ya estaba establecido por la ley de inmigración -No 817- de 1876. 43 El proyecto, en el que insistió
40
Ameghino, A., E1 incremento..., Op. cit., p. 1.
Ameghino, A., "Datos para la profilaxis mental en la República Argentina", en Rev. Criminología..., X,
p. 170. "Locura e Inmigración", Id., XVIII, p.154.
42
El incremento..., p. 6.
43
Artículo 32: "Los capitanes de buques conductores de inmigrantes no podrán transportar a la República
Argentina en calidad de tales, enfermos de mal contagioso o de cualquier vicio orgánico que los haga
inútiles para el trabajo; ni dementes, mendigos, presidiarios o Criminales..., ni mayores de sesenta años a
no ser jefes de familia". Ameghino, A., "Datos para la profilaxis"..., Op. cit., p. 186-187.
41
224
durante muchos anos, no apuntaba a los locos sino a restringir el ingreso de "elementos
mentalmente malos aunque no sean alienados". De lo contrario -profetiza Ameghinosolo queda "comprobar resignados algunas inequívocas consecuencias de la
protodegeneración de nuestro pueblo". 44
Es cierto que esta versión psiquiátrica del racismo retorna la vieja cuestión de la
relación de la locura con la civilización, pero la acomoda a un enfoque que ya no se
interesa por la agitación o el incremento de las pasiones, sino por una fantaseada
ingeniería humana capaz de operar sobre la herencia. No es la relación de causalidad
entre progreso cultural e incidencia de patología mental lo que preocupa a ese discurso,
sino solamente la comprobación estadística que demuestra una correlación entre
desarrollo social y pacientes internados, aun cuando se deba simplemente a que las
sociedades modernas envían al asilo a personas que antes no pasaban por locas:
"Cuando más civilizado sea un país, menor cantidad de alienados dejará en libertad". 45
Siguiendo ese razonamiento afirma que el avance de la civilización de la Argentina
exige aumentar el número relativamente bajo -en comparación con países occidentalesde las internaciones psiquiátricas. Para probarlo, compara las tasas de Suiza -3,04%- y
de Estados Unidos -2 ,24% con la exigua proporción de alienados sobre el total de
población argentina: 1,21 %. 46
Los locos internados son un emblema de los avances de la civilización
occidental, y el precio obligado de la construcción de una nación moderna y una raza
vigorosa. La propuesta profiláctica se preocupa menos por la restitución de la razón paradigma del alienismo- que por el control de la sexualidad y la reproducción. En ese
sentido, no es la locura el objeto propio de la cruzada preventiva, si- no el riesgo de un
descenso general del nivel mental de la población a consecuencia de la descendencia
degenerativa.
La locura franca es como la ola agitada en el mar extendido de la degeneración,
de lo que se deduce que una atención excesiva y exclusiva a la patología manifiesta
puede ser un obstáculo para enfrentar
44
E1 incremento..., Op. cit., p. 6.
"Datos para la profilaxis"..., Op. cit., p. 177.
46
Id., p. 182.
45
225
ese peligro más amplio y solapado, el de "los desequilibrados e inferiores que no han
perdido la razón". Pero esa distinción entre higiene de la locura y profilaxis mental
reviste particular importancia en la Argentina, donde "al daño resultante de la libertad
de alienados no reconocidos como tales, o tranquilos, adaptables o sociables, se suma el
producido por ese contingente de población mentalmente inferior que, incluido en el
aluvión inmigratorio, ingresa sin trabas al país año tras año". 47
Con esto, la relación entre locura y degeneración sufre una modificación
importante, que rompe la identidad de fondo que anudaba esas dos nociones, para
oponerlas en orden al resguardo de los valores de la raza. En ese sentido, mientras que
el alienado, aun cuando pase por sano, en algún momento se pone de manifiesto, "el
incompleto, el degenerado, el inferior, el que no está alienado, se difunde silencioso, sin
que nadie lo advierta, produciendo en la sociedad el mismo efecto que el agua al
difundirse en el alcohol, es decir , disminuyendo la virtud de arder sin trastornar su
aspecto". 48
El peligro mayor de la degeneración, entonces, ya no reside en que predispone a
la locura, sino en que "puede determinar silenciosamente la degradación, la inferioridad,
la debilidad y aun la invalidez de la raza". 49 El registro de la visibilidad y la percepción
de la locura fundado por el alienismo, había comenzado ya a transformarse cuando el
tema de la "locura moral" y los estados intermedios impuso ese mito perdurable del ojo
psiquiátrico, que escruta más allá de la superficie. Pero, de cualquier modo lo que allí se
perseguía era anticipar la locura, perseguirla y batirla antes de su eclosión. El discurso
de la profilaxis completa el trastocamiento de la visibilidad invirtiendo la magnitud de
la amenaza: el problema mayor no es la detección precoz de la locura, sino "la libertad
que se acuerda a los llamados psicópatas, es decir a los degenerados débilmente
potenciales". "Los inofensivos y los no protestadores... son precisamente los que
ofrecen mayores peligros a la sociedad en cuyo seno viven silenciosamente". 50
Si la locura, clásicamente, ha unido sólidamente su imagen al ruido y el
escándalo de la razón, en el delirio y la alucinación, este nuevo paradigma hace del
silencio y la continuidad subterránea de la de-
47
Id., p. 171-172.
Id., p. 172.
49
Ameghino, A., “Higiene mental…”, cit., p.135.
50
“Reseña y crítica”…, cit., p.434.
48
226
generación los caracteres mayores de esa conjura global contra el estado mental de la
Nación: "la calidad mental de los pueblos guarda siempre relación con el número de sus
degenerados que no han caído en la enajenación". 51
Con ello, por otra parte, aparece un argumento de fondo para la incorporación de
los tests psicológicos (A. Ameghino fue jefe de la Sección de psicología experimental
de la Cátedra de psiquiatría) que incrementan la eficacia y el alcance de esta detección
vigilante de los trastornos psicopáticos, 52 De paso, nace esa noción, moderna y tan
ubicua, del psicópata, que se sitúa en el surco preparado por viejos personajes, desde el
loco moral al degenerado hereditario.
Como base de toda acción profiláctica, Ameghino propone, "una vigilancia
estricta y apropiada de la inmigración". 53 Pero si lo hace es porque ya hace responsable
a los extranjeros de los males de la Nación, Si el Estado debe intervenir con todos sus
recursos es porque la capacidad mental es concebida como una cosa pública, integrante
del patrimonio nacional. La calidad de población como riqueza material es algo que el
siglo XIX descubrió junto con la valorización del trabajo humano, pero este proyecto de
vigilancia parece exceder esa consideración económica para embarcarse en la ilusión de
una intervención capaz de producir una fantástica genealogía en la que el mito de la
pureza racial se combina con un ideal de uniformidad. No es el caso abundar en las
propuestas del profesor Ameghino, a lo largo de una obra docente e intelectual de
máxima coherencia con sus primeros planteos; tanto que llega en 1934 a proponer que
deben construirse asilos públicos y recluir a los 45.000 oligofrénicos que hay en el país
para evitar su potencial transmisión degenerativa. 54 (Hay que tener en cuenta que el
total de internados en instituciones psiquiátricas públicas por entonces no pasaba de
15.000).
Pero es importante consignar que el pensamiento de Arturo Ameghino estaba
lejos de ser una expresión aislada y que su trayectoria está en el origen del importante
movimiento institucional de la higiene mental. Después de realizar su formación
neuropsiquiátrica en Francia, es, sucesivamente, Jefe de Clínica Neurológica (19151916), Jefe de la Sección de psicología experimental del Laboratorio de la Cátedra de
psiquiatría (1917-1931) y al mismo tiempo mé-
51
Id., p. 431.
Id., p. 424.
53
"Datos para la profilaxis"…, cit., p. 173.
54
“Higiene mental”…, cit., p.146.
52
227
dico interno del Hospicio de las Mercedes, adscripto a la Cátedra de psiquiatría en 1920,
y profesor titular en 1931 y hasta 1943. Fundó la Sociedad Argentina de Neurología y
Psiquiatría (1923) y la Revista Argentina de Neurología, Psiquiatría y Medicina Legal
(1927). 55
En todo caso, explorar el discurso de la profilaxis mental en las formulaciones
de A. Ameghino permite rastrear cierto origen de la noción moderna y familiar de salud
mental, y advertir lo que debe a ese paradigma racial de un tipo humano normalizado.
En la desmesura de los proyectos profilácticos del Dr. Ameghino se revela, con mucho
más nitidez que en algunas versiones contemporáneas acerca de la prevención
psiquiátrica, la presión de ese fantasma de unidad e identidad superpuesto sobre las
variadas condiciones y conflictos de la conducta. La renegación de la diferencia a través
de esa intervención disciplinaria sobre la herencia biológica sostiene, entonces, esa
antigua noción de raza, en la que se depositan a la vez caracteres de laboriosidad,
equilibrio emocional y subordinación a la autoridad, y la capacidad genésica de
transmitirlos a la descendencia.
Para asegurar así la posteridad de la Nación, el profilacta acaricia la ilusión de
echar al mundo una criatura que sea su réplica; después de ello podrá descansar en un
mundo sin conflictos que escapen al control del Estado. El ideal unitario es a la vez una
propuesta totalitaria, en la medida en que centraliza un monopolio de las normas que
pretende -utópicamente- reasegurarse en el nivel de la propia constitución genética.
En ese sentido, llevado al límite, la propuesta profiláctica y eugenésica marca un
viraje importante respecto del higienismo médico tradicional, el cual, aun encubriendo
las verdaderas causas no dejaba de señalar el peso de los factores económicos y sociales
-miseria, desocupación, déficit habitacional y nutricional- en los problemas sanitarios de
la población. El desplazamiento que acentúa la profilaxis en desmedro de la higiene y la
terapia coincide con un énfasis en el sustrato biológico concentrado en esa noción de
raza. Si la teoría de la degeneración llevaba en su interior una contradicción irresoluble
entre la postulación del mecanismo de la herencia y la noción de la "degeneración
adquirida", que procuraba zanjar precariamente con la idea -científicamente falsa- de
que los caracteres adquiridos se transmiten a la descendencia, el recurso eugenésico la
resuelve con la afirmación de principio de la preeminencia del factor orgánico.
55
Loudet y Loudet, cit., p. 80.
228
Algo que, por otra parte, coincide con el vuelco de la enseñanza hacia la
neuropsiquiatría.
La medicina social, tal como la concibe A. Ameghino, se enfrenta, entonces, a
una disyuntiva fundamental: "O bien predomina ...como objeto la protección directa a la
sociedad actual y en ese caso se dedica principalmente a fortalecer débiles, revalidar
inválidos, prolongar vidas, rehabilitar valores demedrados por la enfermedad, aumentar
el rendimiento de los rezagados; o bien prevalece ...la protección de la raza y entonces
propende sobre todo a evitar la reproducción de seres débiles o perniciosos". 56 El papel
de la medicina social ya no se concibe como una acción sobre el presente de la sociedad
sino que se privilegia la empresa de construir una sociedad futura mediante el recurso
del mejoramiento de la raza. Con ello, el discurso eugenésico se sitúa en una línea de
continuidad con ese molde transformista inaugurado por José M. Ramos Mejía, al cual,
en todo caso, fortalece con una base doctrinaria y una más decidida acción institucional.
Mientras que la pretensión higienista, orientada a actuar sobre diversas
condiciones del medio mantiene una dispersión que hace de la "salud" un resultado de
múltiples factores, el núcleo más consistente de esa doctrina profiláctica unifica al
máximo los criterios de lo normal, haciéndolo recaer principalmente sobre el sustrato
gen ético transmisible. Al mismo tiempo, esa unidad del objetivo alimenta la del gran
sujeto en el que se fantasmagoriza el fin mismo de la programación racial: el Estado.
Frente a la omnipotencia de su figura, el relieve del personaje médico pierde mucho de
su estatura tradicional para reducirse a los más modestos caracteres del funcionario. Y
no se trata de que el Estado garantice un acceso del conjunto de la Población a una
adecuada atención sanitaria, sino de que sea proyectado como un amo fabuloso al que
corresponde por derecho propio la imposición de un modelo uniformado de la conducta.
No entra dentro de los límites de esta obra un análisis del movimiento de la
higiene mental en la Argentina, que requeriría una atención cuidadosa de sus
componentes y derivaciones, particularmente en lo concerniente a la constitución de
cierto dispositivo psicoterapéutico, en el que viene a impactar el psicoanálisis, en un
proceso que instaura a la vez continuidades y rupturas.
Por otra parte, no puede desconocerse que el discurso mismo de
56
“Higiene Mental”…cit., p. 133.
229
la profilaxis mental en el país produce algunas variaciones respecto del pensamiento del
Profesor Ameghino, particularmente con la conformación de la Liga Argentina de
Higiene Mental. En realidad, en el movimiento internacional de la higiene mental no
existía esa atención concentrada en la degeneración y la defensa de la raza. Justamente
eso hace que Ameghino, si bien comparte y difunde los objetivos de ese movimiento, no
disimule sus objeciones a lo que califica como un descuido de la profilaxis biológica de
la degeneración. 57
En todo caso, las ideas de Arturo Ameghino parecen ocupar un lugar de bisagra
entre cierta culminación de la correlación, que va estableciéndose entre locura e
inmigración, a lo largo de la conformación del dispositivo psiquiátrico y criminológico,
y esa incorporación del discurso de la higiene mental, que pronto va a dejar de ocuparse
de la figura denigrada del inmigrante para desplazar su atención a las áreas del trabajo,
la escuela, la familia y la sexualidad.
El movimiento de la higiene mental nace en Estados Unidos en la primera
década de este siglo y es debido a la iniciativa de Clifford Beers, que en 1907 escribió
Un alma que se encontró a sí misma, narrando sus experiencias de ex-internado en
diversos establecimientos psiquiátricos. A partir de ese libro inició una campaña -que
mantiene muy claras conexiones con el delirio que motivó la internación- para mejorar
la asistencia y prevenir la enfermedad mental.
El texto de Beers merece, sin duda, una consideración más exclusiva, pero lo
menos que puede decirse es que, escrito desde la razón recobrada, es un testimonio de
sensatez -no casualmente se trata de un egresado de Yale- que se ubica en las antípodas
de esa otra obra de los hospicios debida a la pluma del Presidente Schreber. Es cierto
que Beers hace denuncias sobre las brutalidades de los alienistas y sus asistentes, pero
ofrendada su obra, la tarea de modernizar y "humanizar" la psiquiatría, fue recibida con
general beneplácito por médicos y autoridades. En síntesis, el movimiento de la higiene
mental, mediante donaciones y fundaciones, con apoyo en general de los respectivos
gobiernos, se extiende por el mundo y hacia 1930 realiza su primer congreso
internacional.
Por otra parte, a caballo sobre la figura legendaria de este "Pinel americano", 58 la
medicina mental norteamericana, incluyendo alguna versión del psicoanálisis, se lanzó a
la conquista del planeta. En ese sentido, las nuevas corrientes psiquiátricas, que llegan a
la Argen-
57
58
“Reseña y crítica”…, cit., p. 429.
Ameghino, A., "Reseña y crítica"..., cit., p. 417.
230
tina hacia la década del veinte, vienen a operar un desplazamiento de la hegemonía,
hasta entonces indiscutida, de las escuelas europeas, especialmente la francesa.
La Liga Argentina de Higiene Mental se crea en 1929 por determinación de la
Sociedad de Neurología y Psiquiatría, que presidía el Dr. Obarrio. Entre las secciones
permanentes que se propone crear están las siguientes: asistencia de psicópatas;
inmigración; higiene industrial y profesional; sífilis, alcoholismo y toxicomanías;
psiquiatría infantil; sociología; antisociales: vagabundaje y delincuencia; higiene naval;
higiene militar; higiene sexual; higiene social e individual de la infancia; propaganda.59
La importancia de esta institución no reside solo en la acción que desarrolla a
través de consultorios, servicio social, instituto neuropsiquiátrico infantil y escuela de
visitadoras, sino en que nuclea a un conjunto de personajes representativos. Y no solo
médicos, como de Veyga, E. Mouchet -que va a ser director del Instituto de Psicología
en Filosofía y Letras- o Nerio Rojas, sino socios no médicos que apoyan el movimiento,
como Alfredo Palacios, Juan A. García y Enrique Navarro Viola.
De cualquier modo, se acentúa una diversificación de discursos y prácticas que
va a transformar de un modo irreversible ese dispositivo monolítico, que ya no volverá a
recobrar la solidez, la armonía y la homogeneidad que lo caracterizaron hacia los
comienzos del siglo.
59
Estatutos de la Liga Arg. de Higiene Mental, 1933. Si bien es una institución privada, la Liga recibe
subsidios oficiales. Su primer presidente fue Gonzalo Bosch, que sucedió a A. Ameghino en la Cátedra de
psiquiatría y fue, durante muchos años, director del Hospicio de las Mercedes.
231
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