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una prisión de la que nadie quiere escapar

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una prisión de la que nadie quiere escapar
72_ BONUS TRACK
una
prisión
de la que
nadie
quiere
escapar
[o eso temen sus críticos]
En las afueras del pueblo de Leoben, en Austria, hay una cárcel donde muchas paredes son de vidrio
y las celdas parecen departamentos de soltero. Su arquitecto dice que su lujoso diseño sirve para
rehabilitar a los presos. Sus críticos dicen que, con semejantes comodidades, cualquiera se animará a
robar un banco. ¿Qué ocurre cuando un país intenta tratar mejor a sus criminales?
una visita de jim lewis
fotografías de paul ott
traducción de césar ballón
16_ INQUILINOS
amos, dilo;
todos los
etiqueta negra
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hacen. Ciertamente
yo lo hice. He aquí
este imponente edificio, elevándose sobre una pendiente en
las afueras del pequeño poblado austríaco de Leoben. Una esbelta estructura hecha de vidrio, madera y concreto,
majestuosa pero ágil, segura en sus
ritmos y proporciones; cada parte evidencia una obvia relación con el todo.
Durante el día, los corredores y habitaciones se inundan con luz solar. De
noche, la edificación entera brilla por
dentro. Un edificio en definitiva bien
hecho. Y… ¿qué resulta ser? Una prisión. Todo el mundo dice más o menos
lo siguiente, o algo muy similar: «Al
parecer el crimen sí paga, después de
todo». (Los neoyorquinos, en particular, suelen enfilar sus respuestas por ahí). O: «Quizá deba mudarme
a Austria y robar un par de bancos». Es un reflejo, y
muy comprensible, aunque resulta también tonto y
falso. Tan falto de sentido como mirar el ala nueva de
un hospital y decir: «Vaya, desearía tener cáncer». Para
ser más preciso, es la gente libre la que dice estas cosas.
Los prisioneros no. Ni, en su mayoría, los guardias, celadores o administradores. Tampoco los letrados o los
expertos en correccionales; mucho menos Josef Hohensinn, el hombre
que diseñó la prisión de Leoben. Todos ellos dicen algo distinto: nadie,
sin importar cuán desesperado o cínico, desea ir a prisión, por más cómoda que ésta sea.
Sin embargo, prosiguiendo con la apreciación más superficial, el lugar debe de ser un club de verano para criminales de cuello blanco. (No,
encierra a cualquiera: desde prisioneros en espera de su sentencia hasta
la población estándar de delincuentes). Entonces, debe de costar una fortuna. (Un poco más que otras prisiones, quizá, pero no mucho más —por
regla, a mayor saturación de la correccional con cámaras, escuadrones de
guardias, celdas de aislamiento, más cara se volverá—). ¿Y eso es vidrio?
(Sí, aunque blindado. Y sí, ésas son las celdas y ése es un pequeño balcón,
aunque bordeado por gruesos barrotes, y debajo hay un patio de juegos).
Todo el asunto suena a imposible, oximorónico, como un ministerio para
autos de lujo, y sin embargo aquí lo tenemos.
Un día gris de febrero, el arquitecto Josef Hohensinn me llevó en su
auto desde su oficina en Graz hasta Leoben, un viaje de una hora a través
de una región aislada por altas montañas y aún en transición desde una
economía industrial. Hohensinn es un tipo compacto, de unos cincuenta
años, con cejas pobladas, una sonrisa de dientes separados y un aire de
alegre confianza, mezclada con una especie de alpina emotividad. Antes
de que la prisión se inaugurase, a fines del 2004, tenía una sólida carrera construyendo edificios de departamentos. Hoy por hoy es «El hombre que construyó esa prisión», una distinción que lo aflige ligeramente,
como dice, porque «uno siempre tiene sentimientos encontrados al tener
uno solo de sus trabajos captando toda la atención».
Leoben ha recibido, de hecho, mucha atención. En los Estados Unidos, su perfil público está limitado a una serie de correos electrónicos
apabullantes y algunos posteos burlones en blogs (en los que la prisión
a menudo se confunde con un centro correccional en las afueras de Chicago), pero en Europa, el diseño de Hohensinn se ha convertido en una
especie de modelo, si bien no universalmente aceptado, tampoco fácilmente ignorado. Es algo así como el argumento inicial en el debate sobre
qué significa construir una mejor prisión. Ya existen planes para construir una cárcel similar en las afueras de Berlín.
El día en que Hohensinn y yo visitamos la prisión, Leoben tenía un
aire melancólico, y se advertían rastros de una granizada en el ambiente;
mientras nos aproximábamos, la edificación se veía tanto inactiva como
acogedora, como una biblioteca universitaria durante las vacaciones de
invierno. O se habría visto como una, de no ser por el alambre de púas
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Leoben, tenía un aire melancólico,
como una biblioteca universitaria durante las vacaciones. O se
habría visto como una, de no ser por el alambre de púas sobre el
muro de concreto del patio y la frase grabada: «Todas las personas
privadas de su libertad deben ser tratadas con humanidad»
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cuando visitamos la prisión de
sobre el muro de concreto alrededor del patio y la frase
grabada a lo largo del mismo, un extracto de la Convención Internacional sobre Derechos Políticos que dice:
«Todas las personas privadas de su libertad deben ser
tratadas con humanidad y con respeto a la dignidad inherente a la persona humana».
Dentro de la prisión parecía una tarde de domingo, aunque en realidad era martes. Había un cierto
brillo cubriéndolo todo y, lo más sorprendente, un
inquebrantable silencio. Las prisiones son usualmente lugares clamorosos, llenos del sonido de puertas
metálicas abriéndose y cerrándose, y el estruendo general que proviene de confinar grandes cantidades de
personas en un espacio cerrado. El ruido es parte del
caos de la vida en prisión, pero Leoben estaba serena.
Se lo mencioné a Hohensinn, y él sonrió señalando los
falsos techos. Había tenido cuidado de instalar aislante de ruidos.
Un guardia asistente nos acompañó en nuestra
visita. Uno de los tres vigilantes de turno asignados a
la tarea de vigilar a más de doscientos internos. En un
lado de la prisión había un bloque de reclusos a la espera de sus sentencias; al otro lado estaban los convictos,
viviendo en unidades llamadas pods: grupos de quince
celdas unipersonales con ventanas de piso a techo, baños privados y un área común que incluye una pequeña
cocina. Pasamos cerca de un prisionero cocinando un
tardío almuerzo para algunos de sus compañeros de
pod; nos detuvimos allí por un instante, conversando.
Vestían sus propias ropas. Los utensilios sobre la mesa
eran de metal. «Son criminales –me dijo Hohensinn–,
pero son también seres humanos. A más normal resulte la vida que les des aquí, menor la necesidad de reinsertarlos socialmente cuando se vayan». Su fundamento era simple: «Máxima seguridad por fuera; máxima
libertad por dentro». Los barrotes sobre los balcones estaban allí para
garantizar la seguridad de los internos, comentó Hohensinn. El muro alrededor es más que suficiente para asegurarse de que nadie emprenda la
fuga.
Anduvimos por ahí un rato más. Había un gimnasio, una capilla,
una habitación para visitas conyugales. Le pregunté a Hohensinn qué
haría si, contrariamente a la realidad actual, se probase de manera concluyente que prisiones como ésta alentaban el crimen en lugar de disminuirlo. ¿Renunciaría entonces a su diseño? Sacudió la cabeza. «La
dignidad de los prisioneros es lo único que me preocupa», respondió.
Supongamos que no podemos permitirnos ser tan magnánimos.
Asumiendo que todo lo que nos interesa es reducir las tasas de criminalidad. Si proporcionas a un criminal un medio ambiente mejor, ¿hará esto
de él una persona confiable? Por lo que respecta a la prisión de Leoben,
es aún muy pronto para responder. El lugar ha estado en operación por
tan sólo cuatro años. Pero me di cuenta de algo mientras salíamos, y en
ausencia de otros datos me pareció significativo. En las tres o cuatro horas que pasamos andando por todo el lugar, no había visto un solo acto
de vandalismo.
Parece extraño decirlo, sin embargo es cierto: castigamos a la gente
con arquitectura. La construcción es el método. Ponemos a los criminales
en cuartos cerrados, dentro de una estructura cerrada, y los dejamos bajo
llave por un lapso determinado.
No siempre fue así. La prisión es un invento relativamente reciente:
no fue hasta el siglo XVIII que la encarcelación se convirtió en nuestra
forma de castigar más recurrente. Es verdad, han existido calabozos y
recintos similares por un buen tiempo, pero estaban generalmente destinados a los traidores y enemigos políticos y, más adelante, a los deudores. Los criminales más comunes podían esperar otro tipo de sanción: la
ejecución, por ejemplo, o varios tipos de castigo físico; trabajos forzados y
servicio militar; humillación pública; recaudación coactiva y multas; exilio; pérdida de privilegios y propiedades; y así por el estilo. Hemos llegado
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a considerar muchas de estas prácticas bárbaras, injustas o salvajemente imprácticas, pero su sola existencia
debería ir en contra de la idea de que hacerse cargo de
los criminales poniéndolos dentro de un ambiente cerrado es la manera natural de proceder.
Para redondear la idea, hay algo acerca de las prisiones que despierta la imaginación de la gente. Alberti
discutía sobre ellas, el artista italiano Giovanni Piranesi las dibujaba, el pensador inglés Jeremy Bentham se
animó a proponer alguna. Pero el hecho de imaginar
las condiciones del encarcelamiento rara vez se traslada directamente al diseño. El Panóptico de Bentham,
una estructura circular con un puesto de vigilancia enclavado en el medio, estaba diseñado para demostrar
que la vigilancia era un método de control tan poderoso
como las trancas y pestillos. Una idea que ha entusiasmado a más de un estudioso del tema, aunque nunca se
haya llegado a construir.
En realidad, durante mucho tiempo las prisiones,
incluyendo algunas de las más conocidas –la Torre de
Londres, por ejemplo–, eran castillos, fortalezas o torreones reacondicionados; y aun en los Estados Unidos,
donde no existían edificios de ese tipo, la construcción
de prisiones era un asunto ad hoc. Entre los primeros
que intentaron mezclar la propia ideología, moralidad
y principios de diseño en una construcción planificada
al detalle, estuvieron los cuáqueros de Pennsylvania,
cuyo modelo del siglo XVIII era de una frugalidad típica: consistía en celdas donde los convictos debían ser
mantenidos en perfecto aislamiento, para que pudieran
explorar sus propias almas y encontrar el camino hacia
Dios. Un sistema alternativo, conocido como el modelo
Auburn, surgió pocos años después. Se enfocaba más
en el potencial de rehabilitación del trabajo, de manera que incluía mayores espacios donde los prisioneros
pudieran trabajar juntos; pero al igual que el anterior,
proponía que pasaran el resto del tiempo aislados.
Y allí, en buena cuenta, es donde se acaban las
ideas. Las técnicas de vigilancia se renuevan y refinan,
los materiales cambian, los niveles de seguridad se introducen y perfeccionan. Los términos varían, de «penitencia» a «encarcelamiento» a «corrección», pero en
esencia es casi lo mismo. Las tienes en rectángulos o
círculos; en abanico o en hileras; de ladrillo o concreto
o contenedores marítimos; puedes tener puestos de vigilancia desde los que se hace la supervisión vía circuito
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en la prisión de leoben parecía una tarde de domingo, aunque en
Había un cierto brillo cubriéndolo todo y,
lo más sorprendente, un inquebrantable silencio. Las prisiones
son usualmente lugares clamorosos. El ruido es parte del caos
de la vida en prisión, pero Leoben estaba serena
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realidad era martes.
cerrado de televisión, puertas electrónicas, una celda
de aislamiento… Pero es básicamente el mismo edificio: una gran institución que alberga a muchos convictos en pequeñas celdas por años y años.
¿Funciona el encarcelamiento? Parece una pregunta definitiva, pero la respuesta depende de lo que
esperes que realice la prisión, y esto no es algo tan fácil
de decidir. Aún si asumimos que existen razones buenas y sensatas para encerrar a la gente, persiste el debate sobre a qué propósito sirve. Desalentar el crimen
se asume como un objetivo, pero nadie sabe en realidad
si la cárcel impone una pausa efectiva a los criminales
en potencia. «Es absurdo pensar que mientras peores
hagas estos sitios, será menor la reincidencia», apunta
Michael Jacobson, quien fuera comisionado del Departamento de Correccionales de New York bajo la administración del alcalde Rudy Giuliani y es ahora director
del Instituto de Justicia Vera, un grupo de investigación
que trabaja en el campo de la justicia criminal. «En primer lugar, es difícil empeorar a muchos de estos lugares. Además, la gente sigue cometiendo crímenes aun
después de cumplir sentencias en el tercer círculo del
Infierno. No vas a disuadirlos con la amenaza del cuarto
círculo». Más aún, muchos crímenes son cometidos en
circunstancias fortuitas o por criminales avezados que
se asumen invencibles. Pocas personas en cualquiera
de las dos circunstancias se detienen a pensar en dónde
podrían acabar. Cuando le pregunté a uno de los reos
de Leoben si le sorprendía lo agradable que podía ser
el lugar, replicó que no; lo que lo sorprendía era que lo
hubieran atrapado.
En realidad, aunque a la mayoría de nosotros
nos cueste admitirlo, usamos las prisiones como centros de almacenamiento, poniendo a la gente dentro
con la esperanza de que, al menos, cinco años tras las rejas signifiquen
cinco años en los que no puedan cometer más crímenes. Esto se llama
simplemente «almacenaje», y lo hacemos con abrumadora frecuencia.
Los Estados Unidos tienen la tasa más alta de encarcelamiento en el
mundo, de lejos. Es nueve veces más alta que la de Gran Bretaña. Uno de
cada cien estadounidenses adultos está en prisiones federales o estatales,
o en carceletas locales; uno de cada treinta varones de entre veinte y treinta y cuatro años, uno de cada nueve adultos si hablamos de la población
de raza negra, en el mismo rango de edad. En resumen, los estadounidenses mantienen a cerca de 2,3 millones de adultos tras las rejas. Si la población penal total fuera tratada como una ciudad, sería la cuarta mayor
ciudad en el país, justo detrás de Chicago y por encima de Houston. Más
aún, las tasas de encarcelamiento se han elevado, disparado en realidad,
en los últimos treinta años: ajustando las cifras al crecimiento de la población penal en los Estados Unidos, en el 2009 hay cerca de cuatro veces
más personas en prisión que en 1980. En respuesta, hemos construido
a toda prisa cientos de prisiones. Pero ni por asomo son suficientes: las
instalaciones están al límite, las unidades están sobrepobladas a un nivel
grotesco y el espacio para los servicios médicos y psicológicos se ha hecho
muy inadecuado. Discutimos mucho la idea de la rehabilitación, pero hacemos muy poco para hacer que se concrete. Cerca del setenta por ciento
de los prisioneros que son liberados son arrestados nuevamente en un
lapso menor a tres años. El resultado, parafraseando a un conservador
ministro del Interior británico, ha sido «una manera cara de empeorar a
la gente mala».
Para ser justos, los arquitectos prominentes no están haciendo fila
para asumir la tarea de mejorar las cárceles. Muchos de los colegas de
Hohensinn estarían felices de diseñar un juzgado, pero pocos están tan
ansiosos de construir una penitenciaría, aunque ambos sean los extremos
opuestos de un mismo sistema. La construcción de una nueva prisión por
lo general queda a cargo de un puñado de firmas más o menos anónimas,
un proceso que desalienta la innovación. Quien obtenga el encargo será
informado de cuántas camas se necesitan, qué tipo de medidas de seguridad, cuánto espacio se necesita en la clínica, el área de recreación, los
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En la prisión había reos a la espera de sus sentencias; al otro lado
estaban los convictos celdas unipersonales con ventanas de piso
a techo, baños privados y un área común que incluye una pequeña
cocina.
Un prisionero cocinaba. Los utensilios eran de metal. Son
criminales, pero son también seres humanos, me dijo mi guía
puestos de vigilancia. Las prisiones son como grandes
cajas, tan anónimas y anodinas como un supermercado
Wal-Mart.
Jeff Goodale, director de diseño de correccionales en HDR, una gran firma de arquitectos con base en
Omaha, fue demoledoramente franco acerca de lo que
debía enfrentar. «Cuando empecé en el negocio, en los
años setenta –me dijo–, había un enfoque muy progresista hacia el diseño de prisiones. Existía un énfasis en
la creación de ambientes que se prestasen para la rehabilitación: edificios bajos, más a escala humana. En
los años ochenta y noventa, la tendencia fue orientada
a amontonar gente en las prisiones, encerrarlas, despojarlas de la mínima consideración. Gastamos fortunas
en seguridad, y ello hizo muy poco por la reinserción».
Goodale siguió describiendo lo que le gustaría ver que
suceda, un ideal que se aproximaba a lo visto en Leoben.
«Eso funciona, y bien –dijo–. No implica aumentos significativos en el costo de construcción, y genera ahorros
en mantenimiento, vandalismo, demandas, agresiones,
cuidado médico». Pero luego añadió un toque de realismo: «Al final del día, mis clientes son mis clientes. Se nos
ha dicho que no podemos hacer que las prisiones se vean
demasiado bien, porque el público no lo aceptaría».
Quizá esto se deba a que la mayoría de la gente jamás ha visto una prisión. Las instalaciones en Leoben
son parte de un complejo diseñado por el mismo arquitecto, que alberga dos juzgados y unas oficinas más
mundanas como los registros públicos locales. Cometes
un crimen, vas a la carceleta, luego a la corte y, si eres
condenado, vas a prisión, y el hecho de que las tres instalaciones sean contiguas está pensado para recordarte,
y a todos los que te rodean, que el proceso se apoya en
una serie de instituciones, fluyendo de una a otra.
En contraste, las nuevas prisiones norteamericanas están en el campo, donde la tierra y la mano de obra son más baratas, y las medidas de
seguridad son más fáciles de establecer. Y dado que la elección del terreno
es el primer paso en el diseño, todo se deriva de ello. Una cárcel rural no
requiere una fachada pública. No necesita articular ningún sentido de orgullo cívico o justicia comunitaria, porque no hay nadie en las inmediaciones para verla, fuera de los propios prisioneros, los guardias y el visitante
ocasional. Y existen otros costos sociales. Como señala Jonathan Simon,
un profesor de leyes en Berkeley, los convictos tienden a provenir de las
ciudades, los guardias no. Los conflictos culturales surgen de manera inevitable. El trabajo especializado –doctores, psicólogos y afines– es más
difícil de encontrar en las zonas rurales, al igual que los voluntarios que
trabajan en muchos de los programas de rehabilitación. Las familias de
los convictos de clase obrera o de familias pobres a menudo no pueden
costear viajar unos cuantos cientos de millas para visitar a sus parientes.
Como resultado, los prisioneros tienen aún más dificultad para mantener
los lazos con las vidas que dejaron detrás.
Y no son sólo los reos y sus seres queridos los que sufren. Casi toda
persona consultada me respondió al instante que tanto los guardias como
los internos están encerrados juntos. «Los oficiales purgan cadenas perpetuas, en turnos de ocho horas», me dijo Michael Jacobson, el encargado del Instituto Vera. A un nivel sorprendente, entonces, ambas partes
desean lo mismo: que las prisiones sean más seguras y más humanas. Y
creen que la mejor manera de lograrlo es con más interacción entre los
convictos y sus celadores. Quieren unidades más pequeñas, menos anónimas. Anhelan más luz natural. El debate sobre el diseño de las prisiones
no debe empezar y terminar con la interrogante de cómo es vivir dentro
de una, sino también considerar cómo es trabajar dentro de ella.
Admitamos que la cárcel de Leoben no es la prisión milagrosa:
No va a sanar nuestros males y llevarnos al Paraíso por sí sola. Aun si
suscribes sus objetivos, quizá no sea la mejor forma de implementar-
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los. Sus ventanas pueden crear una incómoda falta de
privacidad en una ciudad densa. Tendrían que hacerse
consideraciones entre la amplitud de nuestros paisajes y
la naturaleza de nuestros crímenes. Una prisión en California, con la creciente presencia de pandillas existente
en el estado, con seguridad sería construida de manera muy diferente a una prisión en Vermont. Es más, no
podemos esperar que ninguna arquitectura institucional
de esta clase presente la claridad y elegancia del diseño
de Hohensinn.
Para ser más precisos, es muy improbable que cualquier cosa siquiera remotamente parecida sea construida
en Estados Unidos en un futuro cercano. John Baldwin,
director del Departamento de Correccionales de Iowa, vio
las imágenes de Leoben y, como mucha gente, las encontró intrigantes y un tanto excesivas. «Estamos enfocados
en poner nuestro dinero en unidades de salud mental y
tratamiento de reinserción», señaló. «No vi mucho espacio para tratamiento, o el tipo de aula donde puedan
enseñarse habilidades laborales. Bonita vista, gran cancha de básquetbol, pero no creo que la población de Iowa quiera invertir en
algo así». Y sin embargo, admitió, con un entusiasmo atípico, que
la arquitectura penitenciaria estadounidense está en alza. Iowa,
por ejemplo, está en proceso de construir nuevas instalaciones
para hombres y para mujeres. Con ese fin, el estado convocó a una
competencia de diseño y recibió diecisiete postulantes. Aunque las
propuestas ganadoras no son tan lujosas como la cárcel de Leoben,
sí mantienen ciertos principios comunes: un menor número de celdas en cada unidad, más luz solar, sistemas de seguridad menos
intrusivos. Otros estados podrían unirse pronto a Iowa, si no porque quieren, porque están obligados a hacerlo. A inicios del 2009,
las cortes federales en California decidieron que el estado libere a
casi un tercio de sus prisioneros porque las condiciones en las que
vivían significaban un castigo cruel e inusual. Si estos dictámenes
superan las apelaciones, otros estados probablemente enfrentarían
situaciones similares. ¿Y entonces qué?
De The New York Times Magazine
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