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México en la primera mitad del siglo XIX no había logrado después

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México en la primera mitad del siglo XIX no había logrado después
La virgen de Ocotlán. Procesiones y fiestas marianas, años de 1820-1830
J. Angélica Rodríguez Maldonado
La virgen de Ocotlán. Procesiones y fiestas marianas, años de 1820-1830
J. Angélica Rodríguez Maldonado
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad Autónoma de Tlaxcala
México en la primera mitad del siglo XIX no había logrado después de una larga
lucha por alcanzar su independencia modificar sustancialmente sus estructuras
sociales. Más bien fue el período en que se empezaron a consolidar como
esperanzas las ideas expuestas por los ideólogos de la Independencia y que se
irían materializando lentamente aún en tiempos posteriores a la Reforma. Fue la
época en que se hicieron más evidentes los intereses de los que ejercían la
violencia y los que satisfacían las necesidades espirituales: los militares y el clero,
aunque poco a poco habían ido perdiendo su poderío pero aún mantenían una
fuerte presencia en la sociedad de la naciente nación, vio fortalecido su poder y
riquezas en tanto que el grueso de la población: los indígenas y mestizos vieron
perdido el paternalismo virreinal en el que habían vivido y se encontraron entonces
en condiciones muy precarias a causa de la guerra. Fue entonces que en México
se vivía en un ambiente de anarquía no solo militar, sino social, política y
económica; las costumbres del pueblo apenas cambiaron.
Los únicos centros de reunión de la gran mayoría de los habitantes de los
distintos pueblos lo fueron la iglesia, los días de misa o de fiesta y el mercado.
Como parte de la vida diaria de las comunidades y de la gente de Tlaxcala, los
momentos y los sitios referidos desempeñaron un papel muy importante, pues
fueron muy animados por cierto, donde los señores se enteraban de las últimas
noticias, las mujeres se encontraban con sus conocidas; además era un día en
donde todos los concurrentes gozaban viendo mercancías diferentes y de lugares
muy lejanos.
Para estos primeros años del siglo XIX, la fisonomía de la ciudad de Tlaxcala
no había sufrido cambios significativos en relación a la traza y construcciones
urbanas de la ciudad fundada en 1536.
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La ciudad contaba con una plaza, en el centro se localizaba una fuente de
piedra construida en 1548, alimentada con caudales del río Zahuapan; alrededor
de ella el mesón del gobierno indio. Fue una construcción grande, con agua
corriente, establos y habitaciones que sirvieron para hospedar a los viajeros. Junto
al mesón y en el centro de la misma cuadra se ubicaba la prisión; así como un
patio donde los prisioneros podían tomar el sol y el aire.
Cerca de la prisión estaba el edificio que sirvió como Casas de Cabildo; el
lado nordeste de la plaza fue ocupado por la alhóndiga y por casas que fueron
utilizadas como residencias de funcionarios, se sabe que fue suntuoso y único por
los vestigios de dos entradas de piedra labrada que aún existen. Cerca de la plaza
había tiendas, cuyos portales fueron construidos por 300 indígenas que el cabildo
contrató en 1549, además de los edificios del gobierno, la cárcel, los portales,
etcétera existía una picota o rollo.
Al sur de la plaza, sobre la pendiente del valle estaba el conjunto conventual
de los franciscanos y en el resto de la ciudad, las calles regulares formaban
manzanas cuadradas y anchas. Fue una costumbre de la ciudad colonial de
Tlaxcala que en ciertas calles de ella vivieran los practicantes de oficios
especiales, y así existieron las calles de los pintores y la de los carpinteros, que se
localizaban entre la plaza y el río hacia el noroeste.
Las casas fueron construidas casi siempre de adobe, aunque también las
había de ladrillo, de piedra, de madera de pino y cedro provenientes de los
bosques de la Malintzi. Había también casas que se habían construido alejadas de
la traza central sobre todo en las inclinadas colinas del sudeste y sudoeste de la
ciudad.
Era pues el retrato de una localidad rural, tranquila y sin mayores
sobresaltos. Se sabe que en esta época su territorio era de aproximadamente
3000 kilómetros cuadrados y “con una población de 60 000 habitantes; de la
población de Tlaxcala 70% era indígena, 20% pertenecía a las castas y sólo 10%
era española.”1
1
Buve Raymond, “Una historia particular: Tlaxcala en el proceso de establecimiento de la primera
República Federal en El establecimiento del federalismo en México, México, COLMEX, p. 534-535.
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El más importante de los siete partidos lo fue “la ciudad de Tlaxcala y sus
pueblos circunvecinos, una cabecera de primera categoría con más de 5 000
habitantes, de los cuales unos mil eran españoles y criollos y el resto entre
indígenas, mestizos y castas.”2
Fue entonces la ciudad de Tlaxcala y los pueblos cercanos donde sin lugar a
dudas la vida económica, política y religiosa de los tlaxcaltecas fue más activa a
diferencia del resto de las poblaciones, pero sin dejar de ser pueblerina, donde el
clero mantenía una influencia decisiva dentro de la sociedad, sobre todo en el
seno de las familias, pues la injerencia del padre era evidente en los momentos
más importantes: en la educación de los hijos, pedidas de novia, elección de
oficios, profesión, etc. Las familias se esforzaban por agasajarlos con limosnas y
regalos- (camisas, pañuelos, zapatos, caballos, alimentos, etc.) y con su activa
participación en las festividades religiosas. De allí la importancia que cobraron en
la vida cotidiana de la población, la celebración de las distintas festividades
religiosas; como en cualquier otro sitio de México, cada población por pequeña o
grande que fuera, celebraban una o varias fiestas religiosas; entre ellas se
encuentran las realizadas en honor del santo patrono y sobre todo las destinadas
al culto mariano en sus distintas advocaciones.
Fue en la segunda mitad del siglo XVI y en esta época que el arzobispo
Alonso de Montúfar, se dio a la tarea de arraigar el culto a la imagen de la virgen
María con el nombre de Guadalupe, que de un culto local reducido, pasó en los
siglos posteriores a uno generalizado, entre la población recién evangelizada.
Muchas otras imágenes como las vírgenes de San Juan de los Lagos, en
Jalisco y de la Soledad en Oaxaca tuvieron un desarrollo similar, en poco tiempo,
comenzaron a ganar devotos y su culto rebasó el nivel local, todas tuvieron un
origen milagroso, aparecieron muy relacionadas con lo sobrenatural, en varías los
relatos son similares a los sucesos guadalupanos como fue el caso de la Virgen
de Ocotlán, como nos lo refiere
el padre Francisco de Florencia en su obra
Zodiaco Mariano, su culto fue promovido desde 1541 por los frailes franciscanos
quienes hicieron uso de los medios que resultaron eficaces en mayor o menor
2
Ibidem, p.535.
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medida para la instrucción religiosa de la población; pero sobre todo deseaban
crear cultos populares con los cuales la gente se sintiese identificada y al que les
sirviesen de consuelo ante los infortunios en sus vidas, por lo que la invocaban
como su madre. Así fue como los religiosos fomentaron el fervor a las
advocaciones marianas y a los santos patronos, sobre todo a las más milagrosas,
como medio para atraer a los distintos estratos de la sociedad mexicana hacia la
iglesia y desarrollar el “ser cristiano”.
Hacía finales del siglo XVII, el clero secular acogió y magnificó la veneración
a la virgen de Ocotlán, ratificándola como patrona de toda la provincia de Tlaxcala;
al mismo tiempo se dio inicio a una fase constructiva de establecimientos
religiosos que fueron bellos recintos en los que se congregaban grandes
multitudes de peregrinos como lo fue el templo del santuario de Ocotlán, “ejemplar
prócer del arte churriguera” a juicio de Manuel Toussaint.
Fue en estos tiempos que en la provincia de Tlaxcala, cuando una vez que
fueron difundidos y conocidos los milagros realizados por voluntad de la virgen,
que se decidió asentar su domicilio sobre la cumbre del cerro con la edificación de
una primera y austera iglesia “con los ojos, y toda su protección inclinada a
nuestro favor; fueron corriendo por largos felices lustros en igual paralelo sus
milagros, y sus finezas. Desde que nos hizo Bienaventurados con su preferencia,
no faltan, ni en sus altares votos, ni para sus fiestas limosnas, y mucho menos en
nuestras almas los agradecimientos debidos a sus repetidas piedades: Siempre
como Madre, atendida; venerada siempre como Señora”.
Tiempo después y a iniciativa de su primer capellán D. Juan de Escobar, se
determinó la edificación de un nuevo recinto y para solventar los gastos de la
edificación, se sabe que los tlaxcaltecas participaron activamente ofreciendo su
mano de obra, colaborando en especie o en algunos casos a través de
aportaciones monetarias. “Ya los pueblos de mancomun se andaban preparando,
para entrar de albañiles, y peones por semanas. Ya muchos en la ciudad pedían
limosnas de puerta en puerta, para precisos gastos del Templo. Ya los hombres y
las mujeres con su familia se iban disponiendo, para llevar sobre sus hombros
piedras, y arena para la fábrica. Ya los arrieros aparejaban sus andantes, y mulas
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para conducir toda la cal, y cantería que fuese menester: pensión que se le
impuso a competencia, y llevo hasta el cabo la devoción”.
Se sabe por documentos de la época que fue tan entusiasta y copiosa la
respuesta de los tlaxcaltecas, ante tan significativo proyecto y tal la cantidad de
materiales de construcción recabados. “Y señalado el día, y destinada la hora para
poner la primera piedra, subió la Republica y Senadores con el numeroso resto de
los Caziques: siguiole la Nobleza Española, que suponía no poco, en aquellos
tiempos dorados: en fin de toda la Comarca, concurrió tanta Gente. Con todo este
lucido noble aparato, cerro la noche la alegre tarde de este felicísimo día, y en los
siguientes se fue prosiguiendo la obra, tan sin cerrar en ella, que aun en menos
años de los que se pronosticaba el deseo, se le pudo poner la ultima mano, y la
corona”.
El interior del camerín de la virgen, obra del escultor indígena Francisco
Miguel, es considerado una joya de las más grandes obras del barroco
mexicanizado; las pinturas que lo decoran (con pasajes de la vida de la virgen
María) fueron realizadas por el pintor Juan de Villalobos. Destaca también la plata
labrada del templo. El retablo central y el trono o nicho de plata. Y fue durante el
período episcopal de Palafox, que se le consagró un santuario y se le designó al
primer capellán, al venerable señor D. Juan de Escobar.
Una vez concluida, la fase constructiva de los distintos santuarios marianos
se buscó, consolidar el arraigo a la devoción y culto a la virgen María entre la
población, fue por ello que las autoridades eclesiásticas apoyaron y vieron con
buenos ojos la organización y celebración de las festividades religiosas marianas,
éstas en la época virreinal representaron una muy importante expresión de la
cultura popular con su particular mezcla de la devoción más solemne con lo festivo
y lo carnavalesco, Este tipo de expresiones abarcaban el espacio urbano y se
extendía al ámbito privado. En atrios, capillas abiertas, iglesias, colegios,
conventos, plazas y calles, casas reales o particulares, con la participación de
todos los estamentos de la sociedad, la fiesta popular constituía un evento en toda
la extensión de la palabra que iban desde la procesión hasta el tianguis y el
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establecimiento de los respectivos puestos en los que se expendían diversos
alimentos, fueron entonces verdaderas romerías populares.
Durante el período virreinal, estas manifestaciones resultaron sospechosas a
los ojos de las autoridades civiles, fueron vigiladas, reglamentadas y en algunos
casos prohibidas, pese a lo cual muchas de ellas fueron conservadas por el
pueblo y aún se mantienen hasta nuestros días.
La primera forma de censura y de control que se dio en la Nueva España fue
la ejercida en torno a las festividades religiosas, sobre todo las indígenas, en las
distintas comunidades del virreinato y fue a través de la normativa emanada de los
tres concilios provinciales mexicanos celebrados en 1555, 1565 y 1585, como en
las leyes promulgadas por la Corona. En 1555, su majestad Carlos V y Doña
Juana ordenaron que se conservaran “las leyes y buenas costumbres que
antiguamente tenían los indios para su buen gobierno y policía, y sus usos y
costumbres observados y guardados después que son christianos”, siempre y
cuando no se encontraran en contradicción con “nuestra sagrada religión”,
ordenando a sus funcionarios que no se perjudicara “a los que tienen hecho, ni a
las buenas y justas costumbres y Estatutos suyos”.
En la segunda mitad del siglo XVI, fue el período durante el cual proliferaron
leyendas de apariciones, principalmente marianas y en el que se fundaron
santuarios cristianos en algunos centros ceremoniales importantes en los tiempos
prehispánicos, fue por ello que los indígenas con cierta frecuencia invocaban esta
ley, al solicitar licencia para la realización de sus distintas celebraciones religiosas
en tiempos posteriores.
En Tlaxcala y sus pueblos como en todas las comunidades del mundo
católico las fiestas y celebraciones religiosas cobraron una gran importancia, se
celebraban públicamente y su organización y control meticulosamente planeadas,
sobre todo aquellas fiestas anuales dedicadas a los santos patronos de
comunidades, barrios, gremios, etcétera; las hubo también ocasionales con
motivos especiales como lo fueron la dedicación de un templo recién edificado, las
rogativas contra epidemias, sequias y catástrofes sólo por mencionar algunas;
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todas ellas revestidas de un complejo ritual, marcado por la costumbre y por la
activa cooperación de los feligreses.
Con respecto a las fiestas religiosas marianas celebradas en la ciudad de
Tlaxcala, todas ellas se llevaban a cabo bajo el patrocinio del Cabildo o
Ayuntamiento de la ciudad y los frailes franciscanos; contando además con la
participación de los diferentes gremios de artesanos y las cofradías quienes se
encargaban de los adornos, representaciones y danzas que acompañaban a la
Virgen de Ocotlán en la procesión. Iniciando las festividades en la víspera, ya sea
desde la noche anterior o en la madrugada, con el repique de campanas, cohetes,
con la colocación de la iluminación y de los pendones y gallardetes.
“No hay memoria (y es mucho según la constitución, en que nos tiene nuestra
olvidadiza frágil naturaleza) de que jamás haya aflojado el amor de los tlaxcaltecos
con su amabilísima Protectora: Nunca las velaciones, o romerías, aunque las
lluvias, y soles del verano lo imposibiliten; o lo dificulten las nieves del invierno.
Más y como pudiera la devoción entibiarle, si continuamente la esta avivando con
nuevas maravillas nuestra gran Reyna”.
Se tiene noticias que al menos una vez al año se traía en procesión a la
venerable imagen de la virgen a la ciudad de Tlaxcala o en circunstancias
especiales, cuando sus moradores, vivían momentos difíciles a causa de
catástrofes naturales, sequias y epidemias, entre otros sucesos. “Por que como es
el paño de nuestras lagrimas, es el único recurso en nuestras desdichas, y el todo
de nuestros consuelos: si se retiran las aguas, si las enfermedades se acercan, si
las avenidas asustan, no hay otra apelación, que su sombra, de que se pudiera
tener un ramillete de maravillas, por los palpables, milagrosos efectos, que
experimentamos: pues lo mismo es acudir a tu patrocinio, o hacer el amago de
sacarla, que ponerse a llorar las nubes de puro enternecidas, se repara nuestra
salud: contiene sus violencias el rio y nuestros corazones rebozan hasta por los
ojos felicidades”.
El capellán entonces se encargaba y se daba a la tarea subiendo y bajando
en repetidas ocasiones de disponer lo necesario para la realización de la
procesión, él mismo se encargaba de avisar de puerta en puerta a todos los
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vecinos de la comunidad a que subiesen a la iglesia, para acompañar a la Virgen
de Ocotlán y para que ésta bajase a la ciudad, “acción propisima de una Madre
amorosa: bajar a trueque de que los hijos suban”. Para ello los vecinos se
prevenían adornando sus casas con flores; las calles con arcos y juncia, con
gallardetes y adornaban los balcones; por el recorrido que habría de llevar la
Virgen, el que transcurría por varias horas ya que en muchas ocasiones, a la
procesión les alcanzaba la noche y las primeras luces del nuevo día, por lo que se
sabe que fue tal la cantidad de luces con la que acompañaban a la Virgen, en
especial los indios, “que aunque entrase la noche, no se echase menos el día”.
Algunos de los fieles entonces iban ataviados en traje de penitencia con
túnicas moradas, otros vestidos de rojo, algunos cargando cruces sobre los
hombros y otros en tanto con coronas de espinas en las cabezas. Fue así como
Tlaxcala, se volcaba en acompañar a su Santa Patrona; sin excepción de persona,
ni de sexos, edades, ni condición social. Rezando con gran devoción, mientras
que los cantores entonaban las letanías. “Así suben, y bajan a la Señora siempre,
sin que en toda la Procesión, se oiga voz, que disuene a la piedad Cristiana; ni
ojos, que se aparten un punto de la amabilísima Reyna”.
Las narraciones de la época nos describen estas celebraciones a detalle,
unas alegres y suntuosas; otras en tanto austeras y tristes.
Según la naturaleza y circunstancias en las que las celebraciones religiosas
se llevaban a cabo, además de las procesiones y cortejos, se incluían algunos
espectáculos que tenían como escenario la calle: danzas indígenas e hispanas,
teatro cantos, música, fuegos artificiales, etc.
En el pueblo sencillota religiosidad se manifestaba con la asistencia a las iglesias,
a los oficios, a las peregrinaciones, en el culto a las imágenes marianas, en
procesiones solemnes acompañando a la Santísima Virgen María de Ocotlán en
su visita a la iglesia parroquial de la ciudad como era costumbre el “lunes
inmediato 21 del que vige”3, con limosnas para el pago de los oficios y
celebraciones religiosas; en otros casos con donativos para el mantenimiento de
la edificación y en otros más con apoyos en especie para todos aquellos
3
AHET, Fondo Archivo Municipal, Serie Ayuntamiento, año 1832, caja 50, exp. 3, fs. 60.
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menesteres que les eran necesarios para la celebración de los diferentes actos
litúrgicos, como lo demuestra la relación de cuentas y gastos que se hicieron para
el novenario de la Santísima Virgen de Ocotlán el 11 de mayo de 1826:
“Por 45. 00 Pagados al Señor Cura consta de su recibo
“
045..00
9. 00 a Don Pedro Carrera para sus compañeros
009..00
Como consta de su recibo
“
12 libras pagados a los acolitos como consta de la
Orden del Señor Alcalde
001..4
“
11.5 libras de sera que mismo en todo el novenario 015..66
“
Una cuarta para los candiles
001..40
9 libras pague a los que repicaron en la capilla real 001..40
11 libras que pague al campanero de la parroquia
000..60
3 pesos que se le pagaron al sacristán por el altar
003..00
__________
077..56
“4
Se sabe por testimonios de la época que los distintos sectores de la sociedad
tlaxcalteca participaron activamente con sus aportaciones, según su condición
social para solventar los gastos generados para el desenvolvimientos de las
distintas actividades religiosas, los ricos participaban en obras pías que satisfacían
algunas de las carencias que se tenían al momento de las celebraciones, como lo
refiere la siguiente petición” aproximándose la bajada de mi Ama Santísima de
Ocotlán a la ciudad como se ha tenido de costumbre. Para este fin me encuentro
con las andas inutilizadas; y siendo de necesidad hacer unas nuevas, no hay otro
advitrio para hacerlo efectivo que las limosnas que franqueen los bienhechores:
circunstancia que me ha obligado a premeditar medios de corregirlo y conseguirlo;
en cuya virtud estando bien penetrado de la decida devoción que V. S. profesa a
esta Divina Señora, no puedo menos que implorar a su generosidad haciendo lo
como lo hago, rendidamente se digne cooperar con aquello que su corazón le
dicte; que la Santísima Señora le dispensará la retribución con que se premia a
4
AHET, Fondo Archivo Municipal, Sección Ayuntamiento, año 1826, caja 22, exp.1.
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sus devotos.”5 O también en el patronazgo para el cuidado, edificación y ornato de
capillas e iglesias para los santos de su devoción como lo expresa el siguiente
testimonio: “Antonio Baldes, vecino de esta ciudad, a cuyo cargo esta la capilla de
el Agua Santa que con el título de la Virgen de Ocotlán beneramos ante la
justificación y piedad de Usted comparesco y digo: que siendo mi dever procurar
que dicha capilla se adorne, tanto cuanto meresca la adoración de la Santa Virgen
no le perdonado medio alguno en tenerla del modo mas respetable.
Blanqueada y enladrillada del modo mas desente solo resta cubrir los
costados que se hallan vacios, cuyo disfiguro se evitara si usted tiene a bien
acceder a mi pedido.
En la capilla real se encuentran tirados no se, si dos o tres cuadros que estos
o mas de carecer del culto y adoración que merecen sus sagradas efigies, los
marcos y lienzos se estan deteriorando y acaso para la estación de las aseras con
la humedad quedaran inutilizadas para siempre.
En tal supuesto he pedido en suplicar a Usted tenga la bondad de mandar
donalos para la misma capilla en calidad de prestados.”6
Desde los tiempos coloniales los tlaxcaltecas sentían un contacto real y
vívido con el mundo de lo milagroso, fenómeno que aún persistía en la primera
mitad del siglo XIX y que se hizo presente en distintos momentos de su vida
cotidiana y a través de su participación en diversas ceremonias religiosas, como lo
fueron los novenarios de los que sabemos fue una práctica frecuente en las que
participaban no sólo los feligreses sino que también se contaba con la presencia
de las autoridades de la ciudad. “El Ylustre Ayuntamiento de esta capital que
considera como uno de los primeros deberes tributar omenajes de reconocimiento
a la Santisima Virgen Maria de Ocotlán, Patrona General del territorio por el
singular veneficio que nos ha dispensado librandonos de la epidemia asoladora
del colera, acordo en cavildo ordinario de hoy con toda la conformidad del
gobierno que se digno proceder con la asistencia de las autoridades.”7
5
AHET, Fondo Archivo Municipal, Serie Ayuntamiento, año 1835, caja 60, exp. 3, fs. 33.
AHET, Fondo Siglo XIX, Sección Justicia, Serie Negocios Eclesiásticos, año 1840, exp. 24, f. 1.
7
AHET, Fondo Siglo XIX, Sección Justicia, Serie Negocios Eclesiásticos, año 1850, exp. 26, f. 1.
6
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O en su caso con peticiones muy concretas de parte de las autoridades de la
ciudad dirigidas al obispo; como lo demuestran los siguientes testimonios: “tiene
vuestro padre licencia de su Serenísima Ilustrísima para que la intendencia de su
convento de Tlaxcala pueda hacerme otro novenario de la Señora Virgen de
Ocotlán, dándose principios el dia de mañana o pasado“8 y la solicitud del
Ayuntamiento al prelado Don Juan Martínez para que la Virgen visitase la ciudad
“Ilustrísimo señor. El Ayuntamiento de Tlaxcala para llevar su deber y satisfacer la
piedad, fervor y devoción de su venida aca la Santísima Virgen María de Ocotlán,
suplica respetuosamente a Vuestra Señoría se sirva conceder la licencia
necesaria y de estilo para que traslade a esta ciudad dicha sagrada imagen y se
celebren en la iglesia parroquial una o dos novenas acostumbradas: por cuya
concesion recibe merced.”9 O también la visita de las imágenes milagrosas a las
ciudades cuando en la comunidad se vivían algunas contingencias como en este
caso lo fue la epidemia de 1823 “Señor gobernador de la Mitra: El Ayuntamiento
de Tlaxcala para llevar su deber y satisfacer la piedad, fervor y devoción de su
vecindario acia la Santísima Virgen María de Ocotlán especialmente en la
presente epidemia, suplica respetuosamente a vuestra señoría se sirva conceder
la licencia necesaria y de estilo para que se traslade a esta ciudad dicha sagrada
Ymagen y se le celebre en la Iglesia parroquial uno o mas novenarios de misas y
en el conbento de N. P. S. Francisco el triduo acostumbrado por cuya concesion
recivira merced. Sala Capitular de Tlaxcala.”10
Fue entonces que la presencia de la Virgen se hizo sentir una vez más en la
vida cotidiana de la Tlaxcala del siglo XIX, en las de sus habitantes, en la
tranquilidad o en el desasosiego, en la pobreza o en la riqueza, en las
enfermedades, en las catástrofes, etcétera a las que pudieron sobreponerse por el
sentimiento religioso que los embargaba, por el orgullo de que su tierra, hubiese
sido elegida con el portentoso milagro de su aparición, confirmándose entonces su
fidelidad a la Virgen María de Ocotlán, como patrona de la provincia;
8
AHET, Fondo Archivo Municipal, Serie Ayuntamiento, año 1822, caja 8, exp. 27.
AHET, Fondo Archivo Municipal, Serie Ayuntamiento, año 1822, caja 9, exp. 44.
10
AHET, Fondo Archivo Municipal, Serie Ayuntamiento, año 1823, caja 11, exp. 8, fs. 2.
9
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extendiéndose también su culto por todo el valle de Puebla, donde las multitudes
con apremio la invocaban.
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Archivos Consultados:
Archivo Histórico del Estado de Tlaxcala (AHET), Sección Ayuntamiento, Años de
1822- 1850
No.de Cajas
Año
7
1822
8
1822
9
1822
11
1823
22
1826
28
1827
87
1850
Archivo Histórico del Estado de Tlaxcala (AHET), Fondo Archivo Municipal, Años
de 1822-1850
No.de Cajas
Año
8
1822
9
1822
10
1823
27
1826
28
1827
30
1831
50
1832
53
1833
56
1834
87
1850
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Tlaxcala textos de su historia, Gobierno del Estado de Tlaxcala-Consejo Nacional
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ISBN: 978-607-7698-79-1
169
Fly UP