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De la forma a la contra-forma

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De la forma a la contra-forma
Territorios 29 / Bogotá, 2013, pp. 39-56
ISSN: 0123-8418
ISSNe: 2215-7484
La vigencia de Henri Lefebvre en la investigación socio-territorial
De la forma a la contra-forma:
una contribución lefebvriana para
el entendimiento de morfologías urbanas
To Form to the Counter-Form: One Lefebvrian
Contribution to the Understanding of the Urban Morphologies
Da forma à contraforma: uma contribuição lefebvriana
para o entendimento de morfologias urbanas
Marcos Felipe Sudré Souza*
Traducción: Hernando Sáenz Acosta**
Recibido: agosto 2 de 2013
Aprobado: septiembre 16 de 2013
Para citar este artículo
* Licenciado en Comunicación, licenciado en Diseño,
magíster en Arquitectura
y Urbanismo, doctorando
en Arquitectura y Urbanismo, Universidade Federal
de Minas Garais (UFMG).
Correo electrónico: [email protected]
** Economista, magíster en
Planificación y Administración del Desarrollo Regional, doctorando en Planeación Urbana y Regional
(IPUR-UFRJ) (Brasil).
Del Instituto de Pesquisa
e Planejamento Urbano
(IPPUR), Universidade
Federal do Rio de Janeiro
(UFRS) (Brasil). Becario
programa PEC-PG Capes.
Correo electrónico: [email protected]
Sudré Souza, M. F. (2013). De la forma a la contra-forma: una contribución lefebvriana para el entendimiento
de morfologías urbanas. (H. Sáenz Acosta, trad.). Territorios, 29, pp. 39-56.
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Palabras clave
Henri Lefebvre, forma urbana, espacio diferencial,
espacio abstracto, espacio
absoluto.
Keywords
Henri Lefebvre, urban
form, differential space,
abstract space, absolute
space.
Palavras-chave
Henri Lefebvre, forma urbana, espaço diferencial,
espaço abstrato, espaço absoluto.
Resumen
Con el fin de discutir algunas de las aportaciones hechas por el filósofo y sociólogo francés Henri
Lefebvre al estudio de las formas urbanas, este ensayo teórico se vuelve hacia lo concreto del espacio
en su existencia mental y social y trata de extraer lo que se llama aquí de contra-forma, entendida
en este trabajo como el imposible-posible en Lefebvre, virtualidad aún no lograda, pero latente. En
el camino, dos grandes grupos de conceptos introducidos por el autor son adecuados para la
comprensión de la forma —la forma inmediata y la morfología de los modos de vida— como el
elemento que permite la reproducción de las relaciones sociales. La articulación entre las tríadas
forma-función-estructura y percibido-concebido-vivido, los dos conjuntos de conceptos trabajados
aquí desde el autor francés lleva a encontrar, en la ausencia urbana contemporánea, la presencia que
permite nuevas posibilidades.
Abstract
With the purpose to discuss some of the contributions brought by the French philosopher and
sociologist Henri Lefebvre to the study of urban forms, this theoretical essay turns towards the
concreteness of the space in their mental and social existence, and seeks to extract what is called
here counter form, understood in this work as the impossible-possible in Lefebvre, virtuality not yet
performed, but underlying at practical reality. Along the way, two major sets of concepts introduced
by the author are appropriate to understand the form —the immediately form and the morphology
of ways of life— as the element that allows the reproduction of social relations. The articulation
between the triads form-function-structure and perceived-conceived-lived, the two sets of concepts
worked here from the French author, is what leads to find, in the absence of contemporary urban,
the presence that allows the possibilities.
Resumo
Com o fim de discutir algumas das contribuições feitas pelo filósofo e sociólogo francês Henri
Lefebvre ao estudo das reformas urbanas, este ensaio teórico se enfoca no concreto do espaço em
sua existência mental e social, e tenta extrair o que aqui é chamado contraforma, entendida neste
trabalho como o impossível-possível em Lefebvre, virtualidade ainda não conseguida, mais latente. No caminho, dois grandes grupos de conceitos introduzidos pelo autor são adequados para a
compreensão da forma (a forma imediata e a morfologia dos modos de vida) como o elemento que
permite a reprodução das relações sociais. A articulação entre as triadas forma-fundação-estrutura e
percebido-concebido-vivido, os dois conjuntos de conceitos trabalhados aqui desde o autor francês
leva a encontrar, na ausência urbana contemporânea, a presencia que permite novas possibilidades.
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Marcos Felipe Sudré Souza, Traducción: Hernando Sáenz Acosta
Introducción
Este ensayo teórico tiene como objetivo
discutir algunas de las contribuciones de
los estudios del filósofo y sociólogo francés Henri Lefebvre para la comprensión
de la forma urbana. No de la forma urbana
visible —y aprehendida por los demás sentidos—, sino de la forma urbana imposibleposible, virtualidad aún inalcanzada, pero
latente en la realidad concreta. ¿Esfuerzo
utópico? Es posible que no, pues, como casi
todo trabajo de base lefebvriana, se trata
de una exploración de lo posible que no
abandona la crítica de lo real y se apoya en
las imágenes y en lo imaginario. En los términos del autor, se busca aquí “una utopía
experimental”, por lo tanto, “utopiana”,
aquella que va más allá de lo utópico (Lefebvre, 1976; 2008b).
Por eso, aunque no se pretenda alcanzar la forma que se observa en el horizonte,
será necesario regresar a ella, en su existencia mental y social e intentar extraerle
lo que aquí será llamada de contra-forma.
Término tomado de las representaciones
del espacio propias de las artes visuales, la
contra-forma es el negativo que resulta de
la silueta observable. Es en la propia forma
que ella encuentra las bases para su manifestación, pero de ella se desprende y se
eleva. Es, por lo tanto, más que una simple
oposición al presente, lo que resultaría en
utopía negativa, abundante e innecesaria.
Como en las ecuaciones matemáticas, donde las señales negativas generan lo positivo,
la contra-forma encuentra la presencia en la
ausencia y permite lo nuevo posible.
No se propone aquí una discusión sujeta al formalismo, reducido a la identificación de los elementos formales y que
ignore la complejidad. Emprender un estudio sobre la forma se hace necesario para
el reconocimiento de que “el poblamiento
y la embestida (u ocupación) de un espacio
siempre sucede según formas discernibles
y analizables” (Lefebvre, 1991b, p. 150).
Es la forma que permite la reproducción
de las relaciones sociales, tanto la forma
inmediata como la propia morfología de
los modos de vida, ambas disponibles en la
práctica y aprehendidas mentalmente. En
ese trayecto, algunos conceptos y debates
merecerán atención: el espacio abstracto y
todo aquello que lo precede y de él resulta,
la dialéctica forma-contenido, las tríadas
lefebvrianas en constante diálogo.
Sobre formas y espacios
Para este desarrollo, sería apropiado iniciar
con uno de los temas que enmarca parte de
la obra de Henri Lefebvre: la “teoría de la
forma”, aquí recorrida a partir de algunos
de los textos más expresivos y leídos del
autor (1991a; 2008a; 2008c). El abordaje
lefebvriano va más allá de la forma aplicada al espacio urbano, aproximado desde la
filosofía del conocimiento. No obstante,
aunque esa amplitud teórica no sea el objetivo inicial de este estudio, es importante
aprehender, de ese cuadro general presentado por el autor, aquello que contribuye
al entendimiento de la forma aplicada al
espacio urbano, a su producción y repro-
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ducción. Es en la abstracción teórica que,
según Lefebvre “la forma se separa del
contenido, es decir, de los contenidos. Así
liberada, ella emerge pura y transparente:
inteligible” (2008c, p. 90).
Separada de los contenidos, la forma
se torna legible e interpretable, se transforma en medio de clasificación y acción.
Es la forma en su existencia mental, fruto
de la abstracción que únicamente el análisis puede proporcionar al segregar los dos
elementos.
Ahora bien, esa transparencia de la
forma, como bien advierte el autor francés, no es real. Al aislarse del contenido, la
forma pierde su carácter concreto e ignora
su existencia social. Si contenido y forma
son interdependientes, uno no existe sin la
otra o, mejor, uno remite a la otra y solo es
posible la unidad entre los dos elementos.
Se trata de un movimiento doble y una
doble existencia, en los cuales, “a través de
la razón dialéctica, los contenidos superan
la forma y la forma da acceso a los contenidos” (Lefebvre, 2008c, p. 91). La forma
social implica, pues, su relación con el contenido, mientras la forma mental sirve a la
lectura analítica, que, atenta y minuciosa,
no podría desconsiderar sus implicaciones
concretas.
No obstante, Lefebvre alerta que la
forma se esfuerza para existir en su estado
puro y, como no podría ser diferente, busca
llenar esa pureza con un contenido bastante
particular. “La forma, separada del contenido, separada de los referenciales, se impone
por el terror. Ella tiene como contenido el
terror” (Lefebvre, 1991a, p. 191). El espa-
cio puro define el terror: él es el espacio de
su poder. Al mismo tiempo, la proposición
inversa no deja de ser verdadera, puesto que
el terror demarca y demanda un espacio
puro para sí.
¿Esa orden hegemónica y totalizante
representa el fin? Ciertamente no. Lagunas
y fisuras existen y crean condiciones para el
sostenimiento de un pensamiento utópico
y posible a partir de Lefebvre, como hace
Cunha, Canuto, Linhares y Monte-Mór
(2003). Esas potencialidades están hoy en
la vida urbana anunciada por el autor francés, en la “porción viva y creativa de lo cotidiano, o sea, la cotidianidad [...]” (Cunha,
Canuto, Linhares y Monte-Mór, 2003,
p. 36), que dan forma a un contraterrorismo. En ese cuadro, las periferias contemporáneas del capitalismo tienen posición privilegiada, ya que, en ellas, el orden definidor
del capital no se establece por completo. Es
un hecho que, donde formas mercantiles
o precapitalistas persisten y conviven con
la imposición de un espacio abstracto, las
bases indispensables para la supremacía del
capital aún están por completarse, “desde
la producción del espacio requerido (necesariamente urbano-industrial) hasta la integración de toda la sociedad en el sistema,
en el consumo (dirigido) y en la ciudadanía
(formal)” (Cunha et al., 2003, p. 39).
En lo que se refiere al terror de la forma pura anunciado por Lefebvre, este puede ser visto, entre tantos otros momentos,
en la tentativa de dominación del espacio a
partir de la imposición de una forma específica, de un proyecto que se suelta del plano
—la hoja plana— y, en el sitio, se intenta
Marcos Felipe Sudré Souza, Traducción: Hernando Sáenz Acosta
realizar. Racionalizada, la ocupación del territorio y su reorganización en jerarquías y
funciones son responsables por la creación
de un producto (artificial), que se presta a
la función de servir de base a la producción.
Esa superestructura extranjera agrede al
espacio existente y permite la introducción de una estructura económica y social.
Así fue, por ejemplo, la ciudad colonial en
América, dirá Lefebvre (1991b). Así puede
ser un proyecto de ocupación cualquiera
del territorio, dirán los desdoblamientos
de tal práctica.
Frente a este panorama se puede establecer la diferenciación entre el espacio
dominado y el espacio apropiado. “[...]
Ideología encubierta por el mito de la tecnocracia” (Lefebvre, 1976, p. 208), el urbanismo domina el espacio a partir de la
introducción de una forma, que lacera el
paisaje y se opone a la apropiación, otro
tema estimado por el autor. Desarrollando
el concepto a partir de Marx, pero yendo
más allá de él, Lefebvre muestra cómo la
acumulación instala la ruptura entre lo dominado y lo apropiado, la opresión de aquel
sobre este a partir del poder del Estado y
de las fuerzas violentas. La dominación, en
ese sentido, se deriva y se vuelve para la posesión, la propiedad —condición distante
de la apropiación— se aproxima de la obra
de arte, donde el uso no supera el cambio
(Lefebvre, 1991b).
Pero ¿qué sería, entonces, el espacio
social? ¿Qué lo llevaría más allá del espacio
matemático o de las formulaciones concebidas por la filosofía? La respuesta comienza a ser esbozada, en Lefebvre, a partir
de la constatación de que el espacio es el
soporte de las relaciones sociales, de esas
“abstracciones concretas” que solo presentan existencia real en el espacio y por
medio de él. En las palabras del propio autor, él no es “una cosa entre otras cosas, ni
un producto entre otros productos: en vez
de eso, el espacio social engloba las cosas
producidas y alcanza sus inter-relaciones en
su coexistencia y su simultaneidad, a su orden (relativo) y/o su desorden (relativo)”
(Lefebvre, 1991b, p. 73).
De acuerdo con el autor, el espacio
social resulta de un conjunto de operaciones, lo que impide que sea reducido a la
categoría de un objeto. Sin embargo, eso
no quiere decir que se trata de una ficción o
irrealidad. El espacio social es práctico. Tan
práctico que su referencia es una realidad
sensible: el espacio social deriva del cuerpo,
“aunque él lo metamorfosee hasta olvidarlo, aunque él se separe radicalmente del
cuerpo hasta matarlo” (Lefebvre, 1991b,
p. 405). El orden siguiente —del cuerpo—
es la base para el orden distante, incluso
cuando, en ciertas ocasiones de abstracción,
ignore las diferencias de los cuerpos y borre
sus historias.
Ante estas articulaciones, más importante que descifrar minuciosamente cada
uno de los términos que se reportan al espacio en la obra de Lefebvre (1991b), sería
oportuno intentar comprender las relaciones y los desdoblamientos de ese conjunto
de conceptos rumbo a la construcción de
una utopía necesaria: el espacio diferencial.
Si para el autor no existe un espacio vacío
—la tabla rasa sobre la cual es posible partir
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de un instante nulo—, son las precedencias
que permiten la edificación de un nuevo
momento y lo que permanece es el material
constituyente y base de la nueva realidad.
Así, el espacio diferencial no emerge de
otra realidad sino de las contradicciones
propias del espacio abstracto; este, a su vez,
como una negación de aquello que le sirve
de sedimento y soporte, o sea, los espacios
absoluto e histórico.
En una tentativa de sistematización,
el espacio abstracto lefebvriano emerge
como zona crítica, lugar de tensión entre
lo que podrá nacer y lo que ya está puesto y
definido. El espacio abstracto se define, de
este modo, como un estado de turbulencia
instaurado entre el espacio diferencial y los
espacios absoluto e histórico. Su marca es
la negatividad, la negación de aquello que
lo sucedería y de todo lo que lo precede.
¿Qué puede venir a partir de él? El retorno
a las diferencias aplastantes y purificadas.
¿Qué le sirve de base? La naturaleza y la historia, transformadas en nostalgias. A pesar
de todas sus contradicciones constitutivas,
el espacio abstracto se revela transparente
y homogéneo y esa es su principal trampa:
en la máscara que encubre sus dualidades
reside su fuerza.
Religioso y político, el espacio absoluto tiene su origen en el conjunto de lugares
nombrados y trabajados por el hombre. Es
el espacio del cual el hombre toma posesión, domina y se apropia en sus actividades cotidianas y, en cuanto a la forma, en
general es definido por un contorno que lo
distingue en el paisaje y permite articular
toda la vida y establecer relaciones. Como
define Lefebvre, el espacio absoluto es el
guardián de la unidad cívica, del vínculo
entre los miembros de un grupo. Así son
los templos, los monumentos, los palacios, pero también pueden ser los espacios
indicados o sugeridos o, aun, un espacio
que no se sitúa en lugar algún, mas reúne
a todos ellos.
Sin embargo, no es solo porque lo
mental se realiza por medio de esas actividades sociales —como lo imaginario que
se convierte en realidad en templos y palacios— que el espacio absoluto es, al mismo
tiempo, ficticio y real. Ese espacio es vivido,
es al cuerpo que él se dirige específicamente
al “intersticio irrenunciable entre el espacio
del cuerpo y los cuerpos en el espacio (lo
entredicho)” (Lefebvre, 1991b, p. 251).
De ese espacio absoluto procede el
espacio histórico, en el que la historicidad destruye la naturalidad e instaura la
acumulación de riquezas, recursos, conocimientos, técnicas, símbolos y objetos
diversos. Su centro es la ciudad-sujeto que
domina el territorio y retiene el poder de
concentrar y reunir en torno de sí y para sí
a todo y todos. “En ese proceso, el espacio
absoluto no desaparece, pero sobrevive
como fundamento del espacio histórico y
soporte de espacios de representación (religiosos, simbolismos mágicos y política)”
(Lefebvre, 1991b, p. 48). Esa organización
del espacio en la historia, que constituyen
redes y centros económicos y de información, servirá de apoyo a la abstracción del
espacio, a la distinción completa entre la
producción y la reproducción. La ciudad,
locus privilegiado de acumulación, reunirá
Marcos Felipe Sudré Souza, Traducción: Hernando Sáenz Acosta
las condiciones necesarias para el dominio
del espacio abstracto, hecho que resultará
en su propia explosión.
No obstante, la negatividad inherente
al espacio abstracto también hará posible la insurgencia del espacio diferencial
anunciado por el autor. Son las contradicciones propias del espacio y el nacimiento
de nuevas contradicciones que llevan a la
corrosión de la abstracción y cavan su fin.
Algunas de ellas son históricas, otras surgen
de la disolución de viejas relaciones, pero
el espacio abstracto intenta escamotear y
presentar a todas en homogeneidad. Por
el contrario, el espacio diferencial restaura
las diferencias otrora negadas por la abstracción, no solo las diferencias dadas por
la naturaleza y por la historia, sino también las diferencias entre cuerpos, sexos,
generaciones y etnias. “Él irá a reunir la
unidad destruida por el espacio abstracto:
las funciones, los elementos y momentos
de la práctica social. Él va a exterminar esas
localizaciones que destruyen la integridad
del cuerpo individual y social” (Lefebvre,
1991b, p. 52). Al final, su insurgencia solo
es posible cuando se evidencian las diferencias y, al ser el espacio diferencial desdoblamiento de otras realidades, contiene todas
las demás que los preceden y es construido
a partir de los sedimentos dejados por cada
una de ellas.
La génesis de lo abstracto
Delineadas las relaciones entre los diferentes estados del espacio en la obra de Henri
Lefebvre, es necesario dedicarse ahora a la
investigación un tanto más elaborada del
espacio abstracto. Para eso, el punto de partida será su génesis, el lugar de nacimiento
de la abstracción, según el autor francés, el
momento en el cual la paternidad se impone sobre el suelo, los bienes y la familia y
establece propiedades y leyes. En oposición
a la figura femenina —comandada por lo
inmediato y la reproducción de la vida—,
el poder paternal solo es posible a partir
de los signos, de las mediaciones abstractas. Ese poder resultará en la laicización y
racionalización de la vida, en la liberación
de las obligaciones político-religiosas, en
la decodificación del mundo y, por último,
en la constitución de los Estados-Nación.
De acuerdo con Lefebvre, ese proceso
de predominio de la abstracción comienza
a tomar aliento en la Europa Occidental del
siglo XII, cuando la sociedad pasa a intercambiar las costumbres por el contrato y,
entonces, ofrece luz a las sombras propias
de lo subterráneo. A pesar de definir un
punto de ruptura, ese espacio todavía no
es abstracto, asegura el autor. La condición destructora del dinero y de la mercancía no se manifiesta en ese momento.
Por el contrario, es la función liberadora y
de desacralización que prevalece en la plaza de
mercado. “Una gran parte —aunque en
declive— de la ‘cultura’, de las impresiones
y representaciones, permanece críptica, aún
vinculada a lugares sagrados, condenados o
asombrados —cavernas, grutas, valles sombríos, tumbas y santuarios subterráneos”
(Lefebvre, 1991b, p. 267).
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Solo en el siglo XV —cuando los pintores del Quattrocento italiano anunciaban
el pasaje de lo críptico a lo decodificado y
sus desdoblamientos en el siguiente siglo y
el campo se rendía a la ciudad en Europa
Occidental— será posible, según Lefebvre,
hablar de un código del espacio. Grosso modo, ese código —compuesto de un alfabeto
formal y prescripciones de ordenación estilística, entre otros elementos— tiene como
fundamento los trabajos de Vitruvio, tratadista romano de la Antigüedad Clásica que,
redescubierto en el Renacimiento, ofreció
las bases para la Arquitectura y la Ingeniería
modernas.
Sin embargo, ese lenguaje, compuesto
por planes y vistas que se multiplican, concibe y escribe la ciudad en un momento en
el que la propiedad mobiliaria y el comercio
prevalecen sobre la propiedad del suelo y
la producción agrícola. Ese tiempo, marcado por la ascensión de la ciudad de base
comercial y la institución de los sistemas
urbanos del siglo XVI —la red de ciudades
que se extiende por el territorio dominado—, permite que la ciudad se manifieste
como entidad unificada, o, en las palabras de Lefebvre, como “sujeto” (1991b,
p. 271). En ese hecho reside lo nuevo en
relación con la Roma de Vitruvio. Si en
los tratados clásicos la ciudad no pasa de
una reunión de monumentos y casas, en el
Renacimiento, lo que Lefebvre denomina
“efecto urbano”, hace que ella se constituya
como “un conjunto armonioso, un organismo mediador entre la tierra y el cielo”
(Lefebvre, 1991b, p. 271).
Tal poder de mediación de la ciudad
y del sistema urbano explica el porqué de
la abstracción, aun sin haber completado,
en ese momento, su proyecto de destrucción de la naturaleza y de la negación de la
historia, se afirmará más adelante, cuando
el poderío del Estado le dé un grado de
abstracción superior. Originado por las revoluciones y en medio de la acumulación
de riquezas garantizada, por la violencia de
las guerras, el Estado moderno se yergue
a partir del presupuesto de su soberanía y
solapa lo que encuentra por delante y todo
lo que lo antecede: el poder religioso, las
clases y los grupos diversos, cualquier contradicción que amenace su dominio sobre
el espacio. Lo homogéneo es su objetivo,
la búsqueda por una sociedad unificada y,
en apariencia, exenta de contradicciones se
transforma en una meta. Con su glorificación, por lo tanto, el espacio abstracto se
constituye de modo definitivo (Lefebvre,
1991b).
A pesar de esa tentativa de reconstitución de la génesis del espacio abstracto,
vale destacar que su surgimiento y formateo
no presentan una fecha específica y no se
deben a eventos o instituciones definidas, si
bien muchos de ellos han contribuido considerablemente para eso. Lo que merece
atención es que ese umbral ya fue cruzado,
que el espacio abstracto está ahí, a espera
de iniciativas que lo descifren o, mejor, que
revelen lo que hay por detrás de su falsa
transparencia, capa por capa. Lefebvre seguirá ese camino en su obra y desmenuzará
ese espacio, llamado por él “fálico-videogeométrico” (Lefebvre, 1991b, p. 289),
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organizado a partir de esos tres elementos
constituyentes.
En ese sentido, el espacio abstracto es
geométrico, o sea, euclidiano en busca de
la reducción de la naturaleza y de la historia
a la homogeneidad, de lo tridimensional al
plano bidimensional: “una hoja de papel en
blanco, un dibujo sobre esa hoja, un mapa
o cualquier otra representación gráfica o
proyección” (Lefebvre, 1991b, p. 285).
En cuanto a su elemento óptico o visual,
es el responsable por exiliar los objetos y
ponerlos a la distancia, para reducirlos a una
imagen pasiva. “Es, por lo tanto, un espacio
visual no simbólicamente, pero sí de hecho.
El predominio del reino visual implica una
serie de sustituciones y desplazamientos por
medio de los cuales lo visual da cuenta de
todo el cuerpo y usurpa su papel” (Lefebvre, 1991b, p. 286). Por último, elemento
fálico es lo que llena el espacio más allá de
las imágenes: es el símbolo de la violencia
y fuerza masculinas con todos sus medios
de represión.
Por una forma urbana
Pero la pregunta que se hace permanece
aún sin respuesta o, por lo menos, la elucidación parece inacabada: al final, ¿cuál
es la forma de lo urbano? ¿Los elementos
formantes presentados por Lefebvre son los
que le dan forma? Frente a la dominación
del espacio abstracto, sí, pero se sabe bien
que esa no es la única condición del espacio
y que la esencia de la forma no puede ser reducida. Si el punto de partida para una ten-
tativa de caracterización de la forma urbana
es el espacio que se tiene a disposición —en
este caso, fálico-video-geométrico—, la vista se confunde. Al final, orientará Lefeb­vre,
para alcanzar esa forma no se debe “partir
del espacio como tal (pues él es re-considerado, modificado), ni del tiempo como
tal (pues él es transformado). Es la propia
forma, en cuanto generadora de un objeto
virtual, lo urbano, encuentro y reunión de
todos los objetos y sujetos existentes y posibles, que es necesario explorar” (Lefebvre,
2008a, pp. 112-113).
A partir de esta afirmación, se nota,
que Lefebvre ofrece dos consideraciones de
gran importancia: la primera de ellas es que
la existencia de lo urbano es conferida por
las formas; esta virtualidad y urgencia en
la obra del autor es lo que necesita nacer o
surgir ante un punto crítico. Lo que traerá
lo nuevo es el doble proceso de implosiónexplosión de las antiguas formas, fenómeno discutido por Lefebvre (2008a) y que
permite observar la ebullición de la ciudad
sobre sí misma, tanto como su extensión
más allá de los límites originales. Frente a
ese cuadro, no es solo la forma prácticosensible o material que experimenta implosiones y explosiones, sino también la forma
de vida urbana. Así, lo urbano lefebvriano
—realidad construida por las relaciones sociales— no puede prescindir de una morfología material-inmediato sensible, materia
modelada (Lefebvre, 2008c).
Un segundo punto expuesto por el
autor es el trazo generador de lo urbano,
su poder de reunión, dado que ofrece pistas
para un principio de caracterización de
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la forma aquí discutida. En Lefebvre, la
simultaneidad, el encuentro y la reunión
constituyen marcas específicas de la forma
urbana, que se define por un centro, una
centralidad. En torno a ese punto, están
dispuestos presente, pasado y lo que está
por venir; la naturaleza y los hombres, lo
que nace aquí y en otras partes. En esa
reunión de diferencias se crean relaciones
y lo “urbano, en cuanto forma, trans-forma
aquello que reúne (concentra). Él hace
diferir de una manera reflexionada lo que
difería sin saber: lo que solo era distinto,
lo que estaba ligado a las particularidades
en el terreno” (Lefebvre, 2008a, p. 156).
Lefebvre dirá, además, que lo urbano
es una forma pura, pero no en el sentido
de receptáculo vacío, porque la forma sin
contenido no puede existir de hecho, como
ya se discutió. La pureza está en el hecho de
que “esa forma no tiene ningún contenido
específico, pero todo a ella viene y en ella
vive. Se trata de una abstracción, pero, al
contrario de una entidad metafísica, se trata
de una abstracción concreta, vinculada a la
práctica” (Lefebvre, 2008a, p. 110), lo que
una vez más comprueba los lazos entre lo
mental y lo social y dilucida la forma urbana
como un fenómeno sociológico.
Mas, si la forma urbana es dada por
la yuxtaposición de todos esos elementos
distintos, ¿por qué el asalto de la homogeneidad? Una vez más, son particularidades
del espacio abstracto, que sustituye o, mejor, busca sustituir la heterogeneidad inicial
por lugares de lo mismo, las isotopías, que
según Lefebvre, conservan las diferencias
apenas como “accidentes, comodidades
confusas de un lenguaje folclórico” (2008a,
p. 115). Las líneas rectas que rasgan el espacio y los volúmenes blancos que posan
sobre el plano no definen la forma urbana
propuesta por el autor. Existen también
los lugares del otro, las heterotopías y el
lugar de lo posible: la utopía. Esa multiplicidad, ese encuentro de diferentes puede
dar forma a lo urbano, pues “la diferencia
es informante e informada. Ella da forma, la
mejor forma resultando de la información
óptima” (Lefebvre, 2008a, p. 121).
La forma urbana siempre está presta a
ir más allá de sus límites. El desplazamiento
de la centralidad en el tiempo es prueba de
eso y muestra cuán compleja es la relación
entre el espacio y los ritmos de vida de
aquellos que lo toman para sí. El centro que
todo reúne hoy se vacía mañana, aunque el
intervalo entre esos dos instantes pueda
ser medido en décadas, años u horas, de
acuerdo con la situación observada. Nunca fue posible imponer un orden estático,
pero lo que la sociedad contemporánea
trae de nuevo, según Lefebvre (1991b), es
que su centralidad se pretende total, o más
aún, ella se sustituye por la totalidad que
domina, racionaliza y expulsa lo que no le
conviene.
Frente a esta constatación, la teoría lefebvriana camina rumbo a la defensa de la
centralidad múltiple, a ejemplo de la ciudad
en la Grecia clásica, que organizaba tiempo
y espacio alrededor de varios centros como
el estadio, el templo, el ágora y el teatro.
Eso no significa que las ciudades de la historia, sea la acrópolis griega o cualquier otra,
puedan ofrecer modelos reproducibles en
Marcos Felipe Sudré Souza, Traducción: Hernando Sáenz Acosta
la actualidad, alertará el autor, pero sí que
indican sugerencias. ¿Por qué no pensar en
ciudades a partir de una estructura dinámi­ca
con sus elementos complementarios, donde
sea notable la diferencia e irreconocible la
segregación? ¿Por qué no la forma policéntrica, con cada uno de sus núcleos erigidos
a partir de un monumento particular y
distinto, no el monumento como edificio
aislado, sino centro suprafuncional y preñado de sentidos? Son cuestiones como
estas —en un tono propositivo— las que
Lefebvre (1976) presenta en su obra De lo
rural a lo urbano, compilación de artículos
que abarca las décadas del cincuenta y del
sesenta.
Oponerse a la homogeneidad que pretende imponerse, la policentralidad y la
inestabilidad de la forma urbana es, en la
teoría lefebvriana, lo que intimida y lo que
puede garantizar la nueva vida. En constante mutación —llenándose y vaciándose—,
las centralidades múltiples aparecen en un
punto o en otro y, de ese modo, “si el espacio urbano es fascinante por la disponibilidad, también lo es por la arbitrariedad de
las unidades prescritas” (Lefebvre, 2008a,
p. 119). La positividad de ese hecho ocurre, sobre todo, a partir de una proposición
traída por el autor: el dominio de lo efímero —lo efímero polivalente que permite el
juego entre las funciones—, que hace nacer
formas polivalentes y transfuncionales.
Por lo menos tres elementos que pueden ser destacados de la obra de Lefebvre
son capaces de contribuir para esa restauración de lo efímero. El primero —tal vez
el más incomprendido de ellos— es el ele-
mento lúdico. El goce, necesidad tan ignorada por aquellos que determinan formas
al espacio, es lo que garantiza la espontaneidad inherente al juego de los usos, a las
múltiples actividades. En general, lo lúdico
ha sido encuadrado en tiempos y espacios
propios, lo que le retira la posibilidad, por
lo menos en parte, de producir el cambio.
Lo lúdico, más que “estas formalizaciones,
posee una omnipresencia vital, vinculada a
manifestaciones originales de la espontaneidad y de la sociabilidad. Es nada más ni
nada menos que una dimensión de la vida:
la dimensión poética” (Lefebvre, 1976,
p. 182).
Articulada con el elemento lúdico —o
en búsqueda de él— está la calle, “teatro
espontáneo, terreno del juego sin reglas
precisas y, por eso, más interesantes, lugar
de encuentro y demandas múltiples —materiales, culturales, espirituales—” (Lefebvre, 1976, p. 181). Convertida en lugar de
tránsito, la calle, que pasa de la abstracción
del plano para lo concreto del lugar, limita
la acción y se restringe a la conexión entre
un punto y otro. En efecto, algunos gestos
escapan a esa determinación, pues sería del
todo apocalíptico considerar el aprisionamiento de la acción autónoma. Pero eso no
es suficiente para que Lefebvre abandone el
clamor por una reconstitución de la calle en
su integridad transfuncional, o sea, también
estética y simbólica, lugar de exposición de
la diversidad y no simple acomodación de
señales que condicionan comportamientos.
El tercer elemento aquí destacado y,
se entiende, también parte indispensable
de la restauración de lo efímero, está en el
De la forma a la contra-forma: una contribución lefebvriana
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habitar. La crítica lefebvriana ya demostró
cómo y cuándo (el acto de) habitar fue sustituido por el (objeto dominado) hábitat,
así como todos los prejuicios derivados de
ese intercambio (Lefebvre, 1976; 1991b).
Cuando a la actividad de apropiación de
un determinado espacio se sobrepone la
unidad formal —el mínimo habitable que
ofrece garantías a la reproducción—, se
pierde la posibilidad de moldear el propio
mundo. Así, si el hábitat se confina al volumen dado por la abstracción, el habitar
se mueve entre las más diversas escalas y
funciones. Si el uno es la forma muerta, el
otro es la posibilidad de vida a partir de la
forma, creada y recreada espontáneamente.
Triplicidades
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En dirección hacia una tentativa de comprender la forma en Lefebvre, el autor contribuye para esta discusión con su elaboración acerca de la necesidad de discernir,
sin disociar, tres conceptos fundamentales
para el entendimiento del espacio social:
la forma, la función y la estructura (Lefebvre, 1976; 1991b). Al mismo tiempo
autónomos e independientes, los tres elementos constituyen una unidad, según el
autor y eso implica reconocer que formas,
funciones y estructuras solo ocurren en la
materialidad. Es en lo tangible que ellas se
realizan y dejan la abstracción para unirse
y, simultáneamente, volverse términos distintos. Así, si es en la realidad concreta que
los conceptos pueden ser verificados, una
vez más, la distinción de los términos solo
es dada por el análisis, que contamina la
práctica de la producción de espacio.
Análisis y práctica privilegian uno de
los términos. Cuando se detiene en cuestiones plásticas, ahí está el formalismo, preso
de modelos generalmente vacíos de sentido. Ese análisis o práctica restringida a la
forma implica descripciones de contornos
y reconocimiento de volúmenes, delimitaciones de fronteras y áreas, dirá Lefebvre
(1991b). Él está preñado de ideologías,
es simplificador y reduce el espacio a sus
elementos formales. ¿Aun así, el análisis
formal proporciona un código para comprender el espacio? Sin duda. También el
análisis funcional y el estructural ofrecen
sus códigos. Son una especie de rejas, en
la denominación del autor, que permiten
aproximarse a lo real.
La limitación a un solo aspecto, sin
embargo, no considera la interacción entre
ellos; una interacción que no establece vínculos unívocos, sino que indica que “funciones y estructuras se revisten de formas
que las revelan y velan, que la triplicidad
de estos aspectos constituye el todo, que es
más que sus aspectos, elementos y partes...”
(Lefebvre, 1976, p. 150). ¿Eso significa
decir que el triple análisis —dado por las
articulaciones del conjunto forma-funciónestructura— es suficiente para alcanzar el
entendimiento del espacio social? No. Si
el privilegio de uno de los términos es reductor, el triple análisis también deber ser
considerado con ponderaciones, pues “lo
que es verdaderamente esencial atraviesa
esa reja” (Lefebvre, 1991b, p. 60) y desdibuja el entendimiento.
Marcos Felipe Sudré Souza, Traducción: Hernando Sáenz Acosta
¿Qué hacer entonces? ¿Cómo aprehender el espacio social en su realidad urbana,
el fenómeno urbano anunciado por Lefebvre? Una vez más, este estudio, que pretende descansar sobre la forma y extraer sus
potencialidades, entiende que es en los contenidos —o en la relación de los contenidos
con las formas que los abrigan— donde se
puede encontrar el entendimiento para el
espacio. Como alerta el autor, lo esencial
del fenómeno urbano está en la centralidad
(Lefebvre, 2008a), o sea, su contenido mayor, dado por la reunión de todo y todos.
La forma de la centralidad, vacía como toda forma clama por un contenido, atrae y
concentra objetos particulares. Al volverse
un lugar de acción, de una secuencia de
operaciones, esta forma adquiere una realidad funcional. En torno del centro, es organizada una estructura del espacio (mental
y/o social), una estructura que es siempre
momentánea, contribuyendo, juntamente
con la forma y función, para una práctica
(Lefebvre, 1991b, p. 399).
Tal triplicidad remite a otra tríada lefebvriana bastante explorada y una de sus
principales contribuciones para el estudio
del espacio. El conjunto forma-funciónestructura está directamente articulado
con la construcción sobre lo percibidovivido-concebido. En Lefebvre, la forma
está para lo percibido, así como la función
para lo vivido y la estructura para lo concebido. Al final, la forma surge en el momento comunicable de los intercambios y,
en consecuencia, es percibida. La función
se realiza o no en lo vivido. Y la estructura, que demanda una representación del
espacio, se concibe. Pero es necesario reflexionar acerca de que tal conjunto está
sólidamente imbricado en el uso del espacio, “el uso corresponde a una unidad y a
la colaboración entre estos factores que los
dogmatismos insisten en disociar” (Lefebvre, 1991b, p. 369).
Sobre la tríada percibido-vivido-concebido sería importante caracterizar sus
elementos constituyentes. ¿De qué se habla cuando se propone la discusión sobre
lo vivido, lo percibido y lo concebido? ¿En
qué momento se realiza esa construcción
teórica? Es en La producción del espacio,
publicado en 1974, donde Henri Lefebvre
ofrece el material necesario para la mejor
aproximación de los términos, que intervienen, cada cual a su modo, en la producción
del espacio. Como indica el autor, no son
apenas las propiedades inherentes a cada
uno lo que define esa influencia sobre la
producción del espacio, sino también el
momento histórico y el modo de producción de las sociedades donde ellas ocurren.
Es preciso poner de relieve que la triplicidad no es un modelo abstracto. Como
explicita el autor, su importancia no puede
ser reducida a la mediación ideológica, toda
vez que la tríada envuelve lo concreto y lo
aprehende. Eso hace que con la triplicidad
gane un carácter espacial, es decir, lo percibido-vivido-concebido corresponde, en
ese orden, a la práctica espacial, los espacios
de representación y las representaciones del
espacio en Lefebvre, una unidad global, en
la cual:
De la forma a la contra-forma: una contribución lefebvriana
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El objeto de conocimiento es, precisamente,
la conexión, fragmentada e incierta, entre
las representaciones elaboradas del espacio
y los espacios de representación (con sus
fundamentos); este “objeto” implica (y explica) un sujeto; el sujeto en quién lo vivido,
lo percibido y lo concebido (o conocido) se
reúnen en una práctica espacial (Lefebvre,
1991b, p. 230).
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Apenas un esfuerzo teórico y analítico
puede, por lo tanto, llevar a cabo una distinción —necesaria a la reflexión— entre los
términos. Dada por los sentidos, la práctica
espacial envuelve la producción y la reproducción; determina posiciones, atribuciones y prescribe modos de operar. Guiada
por la percepción (de las formas, inclusive),
ella no exige una intelectualidad elaborada;
casi todos los que toman conocimiento del
espacio pueden responder a sus estímulos,
sin tener que relacionarse con sus signos y
descifrar sus códigos. En la interpretación
que se hace aquí de las contribuciones lefebvrianas, la práctica espacial es, pues,
alienada por la conciencia, en la mayoría
de los casos.
Si lo percibido no presupone la elaboración intelectual, ella encuentra un lugar
privilegiado en las representaciones del
espacio. Concebidas a partir de un código,
implican un orden inmerso en cientificidad
e ideologías. Ancladas en leyes supuestamente universales, se presentan neutras y
encubren sus propósitos. Son abstracciones
alienadas de la realidad, se entiende aquí,
en la mayoría de los casos: el proyecto
del edificio, la planeación para la ciudad,
concepciones casi tan planificadas como
la plancha que les da soporte. Sin embargo, no se puede negar que ellas tengan un
alcance práctico: las representaciones del
espacio modifican lo que el autor llama de
“texturas espaciales” a partir de la inserción de un objeto —arquitectónico o de
cualquier otro ámbito— en un contexto
determinado (Lefebvre, 1991b).
Por último, en palabras de Lefebvre las
representaciones del espacio son “conceptos sin vida”, los espacios de representación
surgen como porciones de “vida sin concepto” (1991b, p. 372). Si la abstracción
dada por cada una de las ciencias particulares determina el espacio concebido, es el
usuario, por medio de símbolos e imágenes,
quien define lo vivido. Nacido de las actividades cotidianas realizadas por los usuarios,
el espacio vivido “es un espacio concreto,
lo que significa decir subjetivo. Espacio de
los ‘sujetos’, en vez de lugar de los cálculos” (Lefebvre, 1991b, p. 362). Aunque en
apariencia fugaces —si se comparan con las
representaciones del espacio—, los espacios
de representación tienen como origen la
historia y permanecen en el tiempo. Además, constituyen el interés de buena parte
de las ciencias sociales y forman “lo que
frecuentemente se denomina de ‘modelos
culturales’, aunque el término ‘cultura’ dé
origen a una buena dosis de confusiones”
(Lefebvre, 1991b, p. 230).
Lefebvre alerta que tal perspectiva empobrecedora reduce la experiencia vivida.
Como ya fue sugerido aquí, es nula la intención de alcanzar los espacios de represen­
tación al separarlos de las ­representaciones
Marcos Felipe Sudré Souza, Traducción: Hernando Sáenz Acosta
del espacio y ponerlos como ajenos a la
práctica espacial que les da forma. No existe una realidad desligada de la otra. Los
espacios son concebidos a partir de representaciones que, a su vez, surgen de una
percepción práctica. Todo indica que al
estudio del espacio le resta desnudar el paso
de un término a otro —fijándose en las rupturas que intentan bloquear este tránsito (y
su porqué)— y examinar con minucia las
posibilidades que faciliten la permeabilidad.
Por una contra-forma
Tal constatación no desconoce las diferencias internas a la tríada propuesta por
Lefeb­vre. Se sabe que, buena parte del
tiempo, las representaciones del espacio
concretadas en objetos práctico-sensibles
pasan de largo, de los espacios de representación elaborados por cada uno de sus usuarios. Ese distanciamiento, bien demuestra
el autor, parece haberse ampliado desde el
momento en el cual las representaciones
artísticas ensayaron una codificación del
espacio, definieron un lugar de divergenciaconvergencia e instauraron el ojo del observador-usuario. Bajo un determinado punto
de vista —la perspectiva renacentista—, el
observador-usuario puede imaginarse sujeto; falsa transparencia que permitió no
solo la organización geométrica y precisa
de las líneas en fuga, sino también el paso
de lo subterráneo hacia lo visible-legible
indicado por Lefebvre.
Engañosa, la legibilidad omite la homogeneidad de los espacios, su ideología
reductora y necesaria a la reproducción de
las relaciones sociales. “La forma se limita
al signo de la función y la relación entre
los dos es la más clara posible —esto es, la
más fácil de producir y reproducir— dando
lugar a la estructura” (Lefebvre, 1991b,
p. 148). Lo que es legible se supone transparente, en el más alto grado de limpidez.
No es necesario cualquier esfuerzo. De antemano, se sabe por cuál calle doblar, qué
puerta abrir, todo sentido del espacio: así
son los espacios que tienen como criterio de
producción la legibilidad, espacios producidos para ser leídos antes de ser vividos. En
ese aspecto residen las trampas dejadas por
lo legible: ella “nunca acompaña la riqueza del texto y del espacio. Ninguna poesía,
ningún arte obedece a ese simple criterio.
En el límite, lo legible es lo blanco, ¡el más
pobre de los textos!” (Lefebvre, 2008b,
pp. 28-29).
Lo que se atiene a lo visible se limita
a la imagen, a un fragmento del espacio
que, en la concepción del autor, sirve de
instrumento de camuflaje, a pesar de que
promete revelaciones. Tan transparente
cuanto represivo, el espacio visual se impone. El encuadramiento, el foco, el ángulo:
todo sirve a ese poder, es un hecho. Sin
embargo, eso no significa que el esfuerzo
de Lefebvre sea desvelar la dominación del
ojo y reclamar una posición de destaque
para cualquier otra modalidad sensorial.
Por el contrario, el autor anticipa el reconocimiento de la ineficacia de cualquier teoría
soportada por dicotomías, que segmenta el
sujeto en partes o lo deja preso en un lugar
De la forma a la contra-forma: una contribución lefebvriana
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de inercia, lo cual le permite apenas contemplar el mundo como un espectáculo.
Si ese fuera el caso, la perspectiva lefeb­
vriana en nada contribuiría para el entendimiento del sujeto en el espacio, usuario y
productor del mundo que lo rodea. No faltarán estudiosos que promuevan el discurso
contra la tiranía de la visión, especie de caza
de brujas que no pone fin a la jerarquía de
los sentidos, sino que apenas invierte las
posiciones. Tal cual en el abordaje clásico
de Marshall McLuhan (1977; 1974), la
objetivación del mundo fue atribuida a
lo visible, fenómeno determinado por la
invención y difusión de la palabra escrita.
En dos de sus publicaciones más conocidas —La galaxia de Gutenberg (1962) y
Los medios de comunicación como extensiones de los hombres (1964)—, la tesis del ojo
que todo lo aniquila se desarrolla delante
de la sociedad que asiste a la invención de
la prensa y la anulación de la cultura oral.
Ahora bien, el abordaje de Lefebvre
parece aproximarse más a la antropología
contemporánea de Ingold (2000), a pesar
de toda la inversión del autor francés en
exponer las fragilidades de lo visible. Eso
porque, para el antropólogo británico, los
sentidos no son como portales entre el
mundo físico externo y el mundo interno
de la mente. Esa relación no existe, pues el
flujo entre sujeto y espacio es interminable,
“lejos de comenzar como radiación incidente y terminar con una imagen mental”
(Ingold, 2000, p. 257). Del mismo modo,
el autor denuncia que no basta sumar, al
mundo de las imágenes visuales, las demás
modalidades sensoriales y crear una maraña
de paisajes sonoros, táctiles u olfativos. El
mundo no está dividido y disponible a sus
habitantes en caminos sensoriales distintos.
Según el autor, hay un único mundo, independiente del recorrido que se haga para
alcanzarlo (Ingold, 2008).
En ese momento, es al cuerpo —en su
totalidad— y al uso que se hace de él que
la teoría lefebvriana conduce la reflexión.
Como afirma el autor, “es por medio del
cuerpo que el espacio es percibido, vivido
y producido” (Lefebvre, 1991b, p. 162).
Se entiende así que, si es el uso, la acción,
el que articula los elementos de la tríada
espacial, al cuerpo se le otorga la posición
de vehícu­lo por medio del cual se realiza la
acción. La constatación puede parecer simple, pero revela la necesidad de destacar el
uso de los espacios por los cuerpos, el modo recíproco como uno prescribe el otro y
regula la vida por medio de los gestos.
Lo gestual es, por lo tanto, el lugar de
llegada de esta primera aproximación de
la forma en Lefebvre. Cargado de ideologías, el gesto no se limita al desplazamiento
en el espacio, sino que se desdobla en la
producción del espacio. En general, son
gestos repetitivos que engendran espacios
también repetitivos. La homogeneidad de
esos espacios, según Lefebvre, ocurre en
función de la primacía del intercambio y
en detrimento del uso. La similitud facilita
esa relación y permite la cuantificación sin
cualquier constreñimiento. Es, en cierto
modo, lo que lleva al gesto a la muerte en
el espacio, lo que intenta también borrar los
rastros dejados por su acción. No es poco
común esa tentativa de desprenderse del
Marcos Felipe Sudré Souza, Traducción: Hernando Sáenz Acosta
trabajo productivo, dirá el autor (Lefebvre,
1991b), lo que conduce a la incomprensión
completa de la naturaleza de lo que fue producido (o creado) o de su génesis y relación
con la naturaleza.
Así como en gran parte del discurso lefebvriano lo que engendra lo mismo
también guarda el germen del cambio. Lo
gestual es lugar de penuria y potencialidades. Él “vuelve a ligar las representaciones
del espacio y los espacios de representación
o, por lo menos, lo hace bajo condiciones
privilegiadas” (Lefebvre, 1991b, p. 215).
De lo repetitivo surge lo nuevo: un nuevo gesto que bordea la espontaneidad, la
nueva forma surgida de la multiplicidad de
funciones. Esa capacidad no es exclusiva
de los grandes gestos ni de la producción
del espacio, determinada verticalmente por
un saber codificado. En lo cotidiano, lo
microgestual también produce la contraforma, por medio de la diferencia.
Como ya fue indicado, la contra-forma
—forma más que contraria, pero virtualidad posible— surge aquí tomada de las
representaciones del espacio. No podría
ser diferente, pues lo que trae el cambio
está en el seno de aquello que se impone.
Para ir más allá de la “pretendida ‘síntesis
gráfica’ del cuerpo y del gesto, del espacio
de actividades” (Lefebvre, 2008b, p. 127),
que se reduce a las formas sobre el plano, es
necesario retomar la positividad de la forma
inscrita en lo negativo que la circunscribe.
Inspirada por los contraproyectos lefebvrianos (Lefebvre, 1991b), la contra-forma es
lo que se pretende alcanzar: el cuerpo libre
de sujeciones, el gesto que transforma.
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