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Puerta santa, puerta de la misericordia

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Puerta santa, puerta de la misericordia
Puerta santa, puerta
de la misericordia
Nº 134 - 24 de noviembre de 2015
Índice
Presentación 3
Retiro 5
Formación 13
Comunicación 22
Vida salesiana 25
Pastoral Juvenil 29
La Solana 32
El Anaquel 37
El Anaquel: Jubileo de la Misericordia 39
El Anaquel: Año de la Vida Consagrada 47
Revista fundada en 2000
Tercera época
Dirección: Mateo González
✔ [email protected]
Jefe de redacción: José Luis Guzón
Equipo asesor: Juan José Bartolomé, Segundo Cousido, Carlos Rey, Jesús Rojano,
Óscar Bartolomé, Samuel Segura y Xulio César Iglesias.
Depósito Legal: LE 1436-2002
ISSN: 1695-3681
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¤Presentación
Puerta santa, puerta de misericordia
Redacción
El próximo 8 de diciembre, dentro de las celebraciones de la Inmaculada
Concepción, el papa Francisco abrirá la puerta santa de la Basílica de
san Pedro del Vaticano. Este gesto será el comienzo del año santo de la
misericordia. Este símbolo, la puerta santa, en uno de los elementos
propios de los años jubilares, y, en este caso, la bula de convocatoria de
la este evento, Misericordiae Vultus, insiste particularmente en el
simbolismo de esta puerta que se convierte en auténtica “puerta de la
misericordia”, “a través de la cual cualquiera que entre podrá
experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece
esperanza”.
De hecho el papa establece, en la propia bula, que en cada iglesia
particular se abra durante todo el año santo una puerta de la
misericordia. Francisco, como obispo de Roma, dará ejemplo el domingo
siguiente, en el tercer domingo de adviento, con la apertura de la puerta
jubilar de la Basílica de san Juan de Letrán, la catedral de la diócesis
romana. En ese día es en el que se establece “que en cada Iglesia
particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o
en la Concatedral o en una iglesia de significado especial se abra por
todo el Año Santo una idéntica Puerta de la Misericordia”.
Este gesto, en las iglesias locales, tiene que expresar un compromiso
claro: “vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia
y de renovación espiritual”. De esta manera todas las iglesias se
mostrarán simbólicamente más unidas en la vivencia y en la propuesta
de la misericordia a nuestro mundo.
La puerta, enseña la bula, es entrada pero es también llegada. La
peregrinación hasta la puerta santa, que tan bien conocemos gracias a
los años santos jacobeos se proponen aquí como modelo de todos los
caminantes de la vida cristiana. Volvamos al textos: “También para
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llegar a la Puerta Santa en Roma y en cualquier otro lugar, cada uno
deberá realizar, de acuerdo con las propias fuerzas, una peregrinación.
Esto será un signo del hecho que también la misericordia es una meta
por alcanzar y que requiere compromiso y sacrificio. La peregrinación,
entonces, sea estímulo para la conversión: atravesando la Puerta Santa
nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos
comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo
es con nosotros”.
Dios camina a nuestro lado, como nos muestra la Palabra de Dios que
ofrecemos un mes más en nuestra publicación. Dios nos acompaña
incluso en momentos dramáticos, como reflexiona el jesuita Daniel
Izuzquiza a propósito de los atentados de París… Dios nos ofrece toda
su ternura alentando nuestras esperanzas más profundas, como
estamos a punto de celebrar en un nuevo adviento.
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¤Retiro
Signos de Dios en lo cotidiano
Volver al mundo desde el corazón1
Xavier Quinzá
Vivimos tiempos de incertidumbre
En esta situación de fragilidad cultural de la fe en la que vivimos, de lo que se trata
es de pasar de experimentar la fe como una fortaleza inexpugnable, a vivirla como el
éxodo de la palabra de Dios entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Esta es,
fundamentalmente la función de la contemplación: hacernos ver grietas en lo que
llamamos la realidad, ventanas para descubrir a Dios en medio de nuestra vida.
Lo más importante de esta nueva perspectiva que nos regala la mirada contemplativa
es que, respecto a la cultura de la que vivimos introduce una fragilidad, una
extrañeza, una duda. Sabemos que podemos manipular la experiencia de la escucha,
que podemos impostar una respuesta prestada, articulada desde moldes que no son
vividos por nosotros sino aprendidos.
Esta experiencia de la fragilidad, de la herida, es una constante en la oración y en la
vida cristiana. Es desde la conciencia herida de nuestras certezas, desde el saber
oscuro de la fe, como miramos el mundo, y por eso nuestra mirada discernidora es
especialmente inquieta para las aparentes certezas de esa misma cultura.
La verdad es que en todos los lugares humanos en donde se afirma la estabilidad y la
consistencia de la cultura ambiente, en donde se legitiman los modos adecuados de
pensar y de querer, es precisamente donde aquél que descubre una mirada de Dios,
presume una debilidad, una sospecha.
Quizá sea así, tal y como se nos dice, como se consigue la felicidad, como se
fundamenta el prestigio, como se logra la satisfacción, pero quizá no. Quizá la
realidad sea solamente una figura, una construcción social cuya consistencia se
percibe solamente desde el que se la presta y, en cambio, desde otro punto de vista,
se presente mucho más frágil, menos estable y fundada.
1
Los materiales completos en https://vidareligiosa.es/propuesta-de-retiro-15.
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Una visión de los signos de extrañeza
Vivir en el corazón de una cultura, pero con la conciencia del exilado es una
prerrogativa epistemológica, porque nos aporta una mirada diferente a la de los
integrados. Una visión de los signos de extrañeza que capacita para descubrir la
debilidad debajo de la solidez de lo cotidiano, en los mecanismos de arraigo que se
utilizan para vencer la angustia en esa cultura, como de cualquier otra.
Aquellos que, siendo de una patria, no tienen en realidad ninguna, están poniendo el
fundamento de la vida en el futuro más que en el presente, en lo que esperan y
sueñan más que en lo que la realidad les ofrece en esta figura del mundo, en esta
ficción de la que forman parte.
Y no se trata de vivir a medias, sin entregarse a lo incidental del instante, como
reservándose el compromiso con lo terreno y aplazándolo para un más allá ilusorio.
El cristiano hunde sus raíces en la realidad en la que vive, y la toma muy en serio
como el único lugar de fecundidad y de arraigo, pero de esa fidelidad a la tierra no
nace lo definitivo.
La realidad tiene una consistencia “que no se ve” y la fe es la prueba de ello, lo que
esperamos tiene una garantía en lo que sentimos y confesamos: que el único Señor
de los tiempos es Jesús y que abandonar la vida en su Palabra es experimentar una
pertenencia esencial que nunca defrauda.
Aprender las palabras vivas de la fe
Desde luego, si queremos proponer una calidad diferente a la vida en este tiempo de
incertidumbre y desolación cultural, tendremos que aprender un nuevo lenguaje
para hablar de Dios.
Las palabras envejecidas de nuestro hablar de Dios más que revelar, esconden el
misterio de fuego que nos habita. A base de repetirlas se han convertido en una
cáscara fría que nada encierra dentro. Nos siguen sirviendo para transmitir la
doctrina, pero nada revelan del arcano. Hemos hecho con ellas lo que hace con el
dinero una mala política económica: de tanto fabricar papel moneda para la
circulación y el consumo se ha perdido el valor real de los billetes. Lo mismo sucede
con nuestras palabras religiosas. También nosotros hemos vulgarizado las palabras
sobre Dios a base de manipularlas y de usarlas de forma vacía, sin que expresen
experiencias vividas, y ya no valen nada. Y como las menguadas reservas de oro
devalúan el papel moneda y lo convierten en un signo vacío de lo que fue, así nos ha
pasado en la Iglesia de Dios.
Las reservas de la fe son las experiencias de Dios actuales y vivificadoras. Y nos
debemos preocupar más por activar la fe creyente sobre la fe creída. Es menos
importante que aprendamos el catecismo que aprendamos a creer en el Dios activo y
vivo.
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Ello no implica ningún desprecio a la fe creída de la Iglesia que debemos conocer,
confesar y venerar como verdaderos hijos. Pero necesitamos aumentar el caudal de
reservas, el caudal de experiencias creyentes para que las palabras de la fe arraiguen
en un suelo firme de humanidad y adquieran la fijeza de lo que importa para lo
cotidiano del que las vive.
Sin actuar la capacidad humana de comunicar la experiencia interior, la cálida o desesperada vibración de Dios en nuestra carne no podemos pretender una circulación
adecuada de las cosas que creemos. Necesitamos volver con discernimiento creyente
a las experiencias espirituales, a los intentos que hacemos por escuchar la palabra
interior del Espíritu, incluso a los fracasos cuando nos descubrimos oyendo
solamente a nuestro propio eco.
Abrigar a Dios con nuestras pobres palabras
Necesitamos aumentar el caudal de los relatos de la fe, recuperar la tradición
cristiana de narrar historias. Los símbolos narrativos del amor de Dios se reciben en
un nivel muy hondo de la personalidad, que es el que cuenta para movilizar la vida.
Allí, en ese nivel profundo, en donde se arraigan las vivencias, es donde podemos
rehabilitar el deseo de Dios. Donde podemos gustar y sentir la fuerza de su Palabra
que nos está invitando sin cesar a restaurar nuestra humanidad y a plenificar nuestra
vida.
Si escuchamos e intercambiamos las palabras vivas de la fe nos podemos confiar a
ellas y abrirles el corazón a lo que prometen. Hablar un lenguaje es siempre rehacer
una forma de vida: por eso saber hablar de Dios es ya una forma de conocerlo.
Aprender a ser creyente es participar en un nuevo juego de lenguaje y entrenarse en
él participando en aquellas experiencias que en el intercambio de lo que escuchamos
y respondemos va fructificando con una forma aún inédita de vida.
De este modo nos vamos disponiendo para acceder a la experiencia espiritual y para
darle abrigo con nuestras pobres palabras en medio de este paisaje frío y desolado de
nuestra cultura.
Discernir hoy los signos de las oportunidades de Dios
¿Por qué es tan importante discernir los signos de las oportunidades de Dios? Porque
vivimos en una época de crisis, es decir, de cambio, de crecimiento, porque tenemos
la tentación de caminar buscando seguridades y no adentrarnos en la pasión y
radicalidad de nuestra vocación.
Volver a sentir su llamada, aquí y ahora, revitalizar su presencia constante, que es un
gran anhelo de la entrega incondicional que profesamos. Y el ahora es un tiempo de
oportunidad: es el gran reto, el desafío, la ocasión de nuestra vida. Llamada urgente
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y apremiante que exige un discernimiento verdadero, una actitud activa y
contemplativa, no meramente normativa y programadora.
Pero debemos aprender de nuestra historia pasada: cuántas veces hemos creído que
ya estaba claro, que ya lo conocíamos y hemos descubierto con dolor errores y
caminos torcidos en los que, más que escucharle a Él, nos hemos escuchado a nosotros: a nuestros temores, a nuestras ansiedades.
Buscar los signos de Dios es escrutar sus deseos en los acontecimientos que hemos
vivido y que han sido capaces de movilizar las energías dormidas, es hacer que nazca
en verdad lo nuevo de Dios para nosotros.
Jesús mismo denuncia el deseo idólatra y curioso de sus contemporáneos que
andaban buscando señales maravillosas y se cerraban a descubrir la verdadera señal
de Dios que era la irrupción de la fuerza del Reino de Dios. Por eso el signo de Jonás
que Jesús les anuncia es una llamada a la conversión y a cambiar el rumbo de sus
vidas escuchando su Buena Noticia.
¿Y quiénes son los que descubren esa nueva presencia de Dios en la tierra? Los
pequeños y los humildes a los que Dios tiene a bien revelar lo que oculta a los sabios
y poderosos. Aquellos que saben escuchar la voz del Profeta, Signo mayor del Reino y
son benditos del Padre, que los cuida y los protege. Este es el mensaje central de las
bienaventuranzas, verdaderas puertas de entrada al Futuro de Dios.
Indicaciones para discernir según el Evangelio
Podemos encontrar algunas sencillas indicaciones para discernir hoy las señales del
Reino en el discernimiento de la misión a la que nos envía. El tiempo es espacio y
lugar de salvación. Dios es su dueño que nos lo regala para que lo redimamos, para
que lo hagamos fecundo y humano. Jesús es el amor clarividente, el de la mirada
limpia, el de la lucidez fiel a los deseos del Abba. Por eso debemos recurrir a su
Evangelio para descubrir las indicaciones que nos lo hacen hoy también actual y
presente:
- Ver en qué nos despierta Dios la conciencia
Si estamos atentos a sus indicaciones podremos descubrir en qué orientaciones Dios
mismo está tirando de nosotros y nos está despertando la conciencia. Atentos a sus
deseos, comprometidos con sus intereses, nos aprestamos a hacer su voluntad, a
descubrirla en este presente de nuestra vida. Realizar aquello que sentimos, que
intuimos como llamadas suyas.
Es muy importante que nos dejemos disponer, que no queramos manipularle, que no
entremos en dinámicas de autogratificación o de autojustificación. Acoger con
libertad sus indicaciones y seguirlas con sencillez de corazón. Captar los efectos de
las decisiones, es decir, cómo repercute en nuestra vida, cómo nos implica, qué
renuncias nos pide. Si elegimos bien, según la sabiduría ignaciana, creceremos en
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confianza, en amor ardiente, en deseos de más… Una lectura más íntima y atenta del
Evangelio es necesaria para contrastar, para ponernos en sintonía, para bucear en las
actitudes de Jesús.
- Situar el discernimiento en claves eclesiales y comunitarias
Leemos los signos de Dios como lo que somos: su familia, los convocados a la alianza
con Él, los reunidos por la fuerza de su Espíritu. No podemos discernir en solitario, a
nadie se le concede la facultad de discernir los signos de Dios desde su único
albedrío, sino siempre en comunión con los otros, en vinculación eclesial y
comunitaria.
Somos una comunidad de y en discernimiento. Con gran atención a las voces de los
profetas y de los oprimidos de la historia, que son siempre las mediaciones reales del
querer de Dios. Y procurando ser buenos testigos de su Evangelio, en fidelidad no
manipulada a sus palabras y a sus acciones, aunque nos duelan. Sintiendo con la
entera Iglesia de Dios, que es la que nos asegura una orientación más segura y fiable
para hallar lo que Dios quiere.
- En el análisis lúcido y completo de la realidad que vivimos
Lo debemos hacer desde un serio análisis de lo que sucede, en sus tendencias y
realidades más sobresalientes. Debemos ayudarnos de los instrumentos del análisis
de la realidad para captar la densidad de lo que pasa, su autenticidad, lo que puede
encerrar de novedad y de reto urgente. La realidad discernida en lo que tiene de más
cercano al Evangelio: signos de ahora mismo que nos evocan los que Jesús anunció y
realizó.
La cercanía a los signos del Reino es siempre un criterio de análisis, más que lo
sociológico, lo ideológico o lo estratégico. Con el estilo del evangelio: es decir,
atendiendo a lo pequeño y fragmentario, a lo débil y amenazado de la sociedad. Hay
una marca evangélica en lo oculto pero fecundo, en aquello que aún no aparece pero
que tiene una fuerza enorme, aunque exige atención y paciencia. Como la semilla o
el grano de mostaza, o la levadura…
El tiempo presente es también tiempo de salvación. Por eso se hace necesaria una
interpretación correcta de lo que vivimos. A veces podemos dar la sensación de que
ya no confiamos en la capacidad del amor de Dios para evangelizar el tiempo que
estamos viviendo.
¿No será que estamos olvidando que Dios es el Señor de nuestro tiempo, de nuestra
cultura? ¿O nos cansamos de pensar nuestra fe en las circunstancias concretas de
nuestra historia, en el enclave de lo que vivimos en este nuevo milenio?
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- ¿Dónde buscar a Dios en el presente de nuestra historia?
En primer lugar le podemos buscar en la soberana libertad de su acción amorosa.
Dios no es el mago que nos mueve como marionetas tirando de los hilos. Dios no
interviene normalmente arreglando con apaños los males de la humanidad. Dios es
una libertad personal que se encarna porque nos ama.
Por eso a Dios se va por él mismo, desde su atracción, desde su gracia. El sentido de
Dios es, pues, una gracia y un aprendizaje que no debemos manipular. Accedemos a
Él por Él mismo y desde Él mismo. Lo hacemos desde una progresiva inteligencia
espiritual de su misterio de solidaridad y de perdón.
Ello implica que podemos movilizar nuestros deseos de rendirle a Él la entera
confianza de nuestro corazón. Solo desde la misma relación personal que el Señor
establece con nuestra historia por la encarnación de su Palabra podemos intentar
una interpretación correcta de nuestro presente y de nuestro futuro.
- Dios no es el Incógnito que se esconde en la historia
Dios no es el Incógnito que se esconde en la historia como si quisiera jugar al
escondite con la humanidad, al revés, Dios es el que se manifiesta en la persona y la
obra de Jesús, en el Rostro del amado de su corazón, entregado en nuestras manos
por amor. Por tanto también en fragilidad y en impotencia amorosa. Por eso donde
podemos encontrarlo con seguridad es en nuestro corazón y en el de cada hombre y
mujer que nos lo manifiesta.
Se trata, pues, de exhumarlo de su profundidad, de protegerlo en su intimidad, de
defenderlo del desconocimiento y la ignorancia más o menos egoísta. Ayudar a Dios
a que siga animando y preservando la libertad de cada persona, inspirando las obras
concretas del amor, profiriendo esas palabras más íntimas y auténticas que
constituyen su gratitud y su reconocimiento.
Cuando nos atrevemos a dejarle hablar al corazón, a escuchar sus inquietudes,
estamos percibiendo sus gemidos, estamos prestándole atención a su voz. ¡No se nos
anima precisamente a buscarlo en el vacío!
- Indicios de los signos de Dios en lo cotidiano
Los signos de Dios son los signos liberadores de su Reino. Y es nuestra
responsabilidad actualizarlos en el tiempo concreto que nos ha tocado vivir. En esta
historia nuestra dramática y desesperanzada. Por eso son signos que solicitan a
nuestra libertad, que buscan seducirla para preguntarnos qué actuaciones darán
forma y respuesta el amor que nos ha cambiado.
En qué decisiones se pone así en juego nuestra libertad desde el impacto que el
sufrimiento de nuestras hermanas y hermanos soportan y padecen. ¿Cómo podremos
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hacer real la preocupación paternal de Dios por sus vidas rotas, por su futuro
amenazado?
Los signos de Dios tienen un carácter de urgencia. Son, sobre todo, las
interpelaciones de la humanidad que nos ponen en crisis, que nos obligan a
reordenar la vida, a tomar opciones más radicales sobre su estilo y formas concretas
que vivir su realización más plena.
Signos para nuestra lucidez solidaria, para nuestro vivir más encarnado, para la
asunción más real de los retos que ésta o aquella dimensión o circunstancia de
nuestra historia nos ponen ante los ojos. Y el tiempo apremia. Se nos acaban las
oportunidades de actuar decididamente ante la vida amenazada de los más débiles.
Pero también son oportunidades de Dios para nosotros. Vivimos el tiempo de
nuestra vida como el conjunto de ocasiones para que el amor de Dios se nos haga
presente, para que su gracia nos plenifique. Son los “kairoi” de la salvación de Dios,
para nosotros, las oportunidades de saborear su ternura y de comprometer
gozosamente la vida.
Los dones de Dios son las ocasiones en donde su amor se hace transparente, en
donde su misericordia nos sana y nos rehabilita el deseo. Como forman parte de las
promesas del Reino, se nos mostrará en el despliegue mayor de fecundidad y de vida.
La decisiones que debamos tomar con audacia son la oportunidad de Dios para cada
uno de nosotros.
Por último, son también nuestro juicio a esta historia desigual e insolidaria. Al
actuar evangélicamente le estamos echando en cara a la historia sus mentiras. Le
estamos diciendo con Jesús que sus juicios no son los definitivos, que los que ahora
ríen, a lo mejor llorarán, y que los sufridos y pacientes van a heredar la tierra.
Para llevar la historia hacia el futuro de Dios es necesario desenmascarar sus
engaños y ponernos en guardia ante sus dinámicas de egoísmo o de violencia.
Nosotros podemos juzgar a la historia desde el compromiso, desde la seguridad
confiada en Jesús que nos dice: “¡Ánimo!, no temáis, yo he vencido al mundo” (Jn 16,
33).
Señor de la vida, Señor de la historia
Tantas veces, Vida de nuestra vida, nos sentimos tentados de normalidad, de
dejarnos mirar como seres cabales, recortados, a la manera de esta sociedad, que
nos quiere integrados, seguros, sin desentonar…
Pero tantas veces sentimos la extrañeza, nos parece no ser de este mundo, y nos
decimos los unos a los otros “Pero ¿en que mundo vives?”. Nosotros sabemos que
desentonar es un privilegio de ojos despiertos, de mirada en la atalaya, de vigía en
la frontera.
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¡Señor de la Luz que no decae!
Danos a sentir la herida que se nos quiere hurtar de la mirada, el desfase y la
fragilidad de quienes, al escuchar tu Palabra, nos quema como fuego en las
entrañas!
Queremos estar atentos a tus movidas, que nos despiertan el corazón y lo hacen
latir con los empobrecidos, los desposeídos, los violados en su mente y en su
corazón.
Que nos lamentemos de no hacer lo suficiente, de no compartir lo que somos, de
no compadecer con nuestra frágil promesa de hacernos y ser en verdad hermanas,
y hermanos, y madres…
Queremos ayudarte a que no te extingas del todo de nuestro corazón, de nuestros
desvalidos hermanos y hermanas.
Queremos exhumarte en la profundidad de nuestra herida historia, en sus
cicatrices que no dejamos de tocar para incendiarnos los dedos y saber curar la
miseria y la costra de indignidad que se nos queda pegada…
Queremos darles vida a los signos evangélicos de la alegría, de la mansedumbre,
de la aceptación serena, del llanto que consuela.
Tu Hijo, tu Palabra, nos hecho ver tu verdadero Rostro, el del Padre materno que
nos acoge, que nos busca dispersos, que nos abre el hogar de su corazón y nos
prepara un banquete de fraternidad y de vida…
¡Danos tu Espíritu de Energía y Viento!
Que nos ponga en pie como ese montón de huesos secos que Ezequiel contempla
en el valle de Akor, y que reviven y se organizan como una nueva humanidad.
Que nos refresque con el Agua viva, que brotará de nuestras entrañas muertas, al
contacto creyente y adherido a Jesús.
Sabemos, Señor, que Tú has vencido al mundo!
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¤Formación
Arte como belleza de la fe y la vida consagrada
como confesión gozosa de la misma2
P. Marko Ivan Rupnik, SJ
Después de no pocos años acompañando diferentes experiencias pastorales con
muchas congregaciones religiosas, tanto masculinas como femeninas, he elaborado
una reflexión que hoy quisiera compartir con vosotros, al menos algunos puntos.
Primer punto
La belleza atrae, envuelve y enamora. Podemos decir que la vida religiosa hoy
ciertamente no es bella, porque no atrae, sino que llora la falta de vocaciones. En
nuestras comunidades debe haber algo que no sólo no atrae sino que repele, que da
miedo. He conocido muchos jóvenes, chicos y chicas, a quienes horroriza pensar que
puedan ser llamados a la vida religiosa. Y aunque los consagrados, tanto mujeres
como hombres, estamos radicalmente empeñados por el hombre de hoy, trabajando
muchísimo, sirviéndonos de todos los medios modernos… en todo esto no emerge la
belleza. Somos estupendos, «buenas personas», pero no somos bellos, no
«fascinamos». A las buenas personas se les aplaude, pero no se va tras ellas.
Incluso sobre Dios ha caído un poco esta sombra de nuestra esterilidad. He
encontrado multitud de jóvenes y menos jóvenes que al unir «la vocación individual»
y «la voluntad de Dios», les da pánico existencial tener que cumplir la voluntad de
Dios. Un Dios que de este modo no se muestra como el Dios Padre, bueno, amigo de
los hombres, misericordioso, el donador. Es más, ha debido intervenir el
psicoanálisis para comenzar a sanar una imagen de Padre que de alguna forma
hemos diseminado a lo largo del tiempo.
Hoy, también nosotros los religiosos, nos percibimos como parte de una Iglesia que
ciertamente ya no es bella. Lo testimonian nuestras comunidades, llenas de
problemas, de amargura y sufrimiento no resuelto, no redimido. Y todo esto se
condensa en las iglesias y capillas que construimos en los últimos decenios, ya que
ellas son nuestra imagen.
2
Ponencia de la Jornada de clausura del año de la vida consagrada en España.
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Segundo punto
Alguna cosa hemos perdido en el camino. En algún momento se debía pasar por una
encrucijada y no se ha atinado en la dirección para continuar, sino que ha surgido
una interrupción y algo que nos era ajeno se ha convertido en propio. Ha habido
alguna cosa que no nos pertenecía y que hemos hecho nuestra. Porque para los
cristianos de los primeros siglos y durante todo el primer milenio la belleza fue algo
importante. Es más, los cristianos entraron en el mundo cultural teniendo una visión
nueva y original de la belleza. Y ¿cómo han entendido la belleza los cristianos de los
tiempos antiguos? Bello es lo que es «multi-estrato»; la belleza es la unidad orgánica
de los diferentes, más aún, la belleza es la unidad de los diferentes estratos de la
realidad. La base de la belleza es el mismo Cristo, es su exclamación que nos ha
trasmitido en el evangelio de Juan: «el que me ha visto a mí, ha visto al Padre… El
que me ve, ve al que me ha enviado». Esa unidad que une diversas realidades en un
organismo no es una idea, no es la fuerza de alguna energía, ni una ley, ni un
sistema. Esa unidad no es una idea sino que es una persona, una persona con su
amor. Y esta unidad llevada a cabo por el amor, se contempla en el rostro de esa
persona. Mirando ese Rostro somos atraídos, envueltos, unidos. La belleza nos hace
unirnos a aquel que dentro de una realidad se despliega como una realidad más
profunda, y es más profunda porque une diversas realidades. Se contempla el Rostro
de Cristo verdadero hombre, pero se es insertado en la unión con una Persona que es
divina, que es el Hijo de Dios. Los cristianos han acogido la belleza a través de una
contemplación, de una mirada purificada que hace ir más allá del primer estrato de
las cosas, los eventos y las personas. Una mirada que te sumerge en los abismos de
vida que se abren dentro y que, poco a poco, se delinean en el Rostro. Dentro de una
realidad, descubrir otra, y encontrarse en unión con aquella más profunda, en unión
con una Persona. He aquí la belleza. Dentro de una realidad, descubrir otra. Así es
también el sacramento, así el agua, así el aceite, así es el vino, así el pan. Así es el
bautizado, así es el marido, así la mujer, así es la Iglesia. Todo lo que es nuestra
Iglesia es multi-estrato.
Tercer punto
La otra palabra para la belleza, que los cristianos amaban, era la de símbolo. El
símbolo era la misma cosa, una unidad orgánica de mundos distintos, de tiempos
diferentes, del humano y del divino, del histórico y del escatológico. Una unidad
orgánica realizada en una persona, en Jesucristo. Y por ello, también el sentido
mismo de la Iglesia, de la vida de los cristianos, de su misión, es la belleza. Pavel
Florenskij, el gran genio y mártir ruso, decía que el sentido de la vida espiritual de
cada acto cristiano es llegar a ser bello, es decir, ser un símbolo que dentro de la
historia abre una ventana al èscaton, a la culminación de todo en Cristo. Para el
mismo Florenskij, el testimonio es una realidad de belleza, porque es simbólica. Así
es como lo describe el evangelio de san Juan. El testimonio consiste en que en los
gestos, en las obras, en las palabras, emerge el otro, el Señor. El testimonio, como
eje de la misión de la Iglesia, es vivir nuestra humanidad como teofanía, como
revelación de la vida de Cristo, de la vida del Hijo. Todo nuestro obrar cultural y
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social, cada uno de nuestros empeños, está llamado a convertirse en lugar de la
caridad, es decir, lugar en el que Dios ama a nuestros contemporáneos en nuestra
humanidad. Nuestra obra, de hecho, no es nuestra obra, sino que, como dice san
Pablo, nosotros somos obra suya. Y los otros encuentran en nuestra obra el rostro
del Salvador y Señor. Por eso la suprema belleza es el Cristo Pascual, porque es la
humanidad vivida como ofrenda de sí, como suprema teofanía. El Hijo que revela al
Padre, en la humanidad hecha filial. Para los cristianos, el martirio era el triunfo de
la teofanía, de la vida nueva que hace que nosotros mismos vivamos como don para
los otros. El mismo Pavel Florenskij sintetiza la experiencia cristiana de la belleza en
la siguiente conclusión: «La verdad revelada es el amor (Cristo, el Hijo), el amor
realizado es la belleza». Por eso se entiende que en la historia, la suprema belleza se
reserva a la Iglesia, a la comunión, a las personas que viven una vida que es el amor y
que se realiza al modo de Cristo, un modo pascual.
Es por ello que la comunidad cristiana se percibía a sí misma como un evento
eucarístico, como el pan de la Eucaristía: sobre cada etapa de la vida cristiana hay
una epíclesis de modo que continuamente el cristiano vive esta unidad con la vida de
Cristo y con su realización. Lo que sucede sobre el altar, en la Eucaristía, se
contempla de hecho en la comunidad que la celebra, porque lo que verdaderamente
somos, es sólo lo que somos en la Eucaristía. Y las paredes de la Iglesia recogen lo
que sucede sobre el altar en la comunidad, imprimen este evento, lo absorben. Por
eso la arquitectura y el arte en las paredes se convierten en un autorretrato. Las
paredes de la Iglesia son la tela sobre la cual la Iglesia pinta su autorretrato. Es más,
es Cristo que por medio del Espíritu Santo dibuja el retrato de su esposa, la Iglesia.
Justo así nace el arte de los cristianos, en una unidad orgánica con la liturgia y con la
vida nueva, la vida divino-humana de la humanidad injertada en el cuerpo de Cristo.
Tanto es así, que en el Concilio Niceno segundo (en el siglo octavo), llegamos
incluso a encontrar cómo el edificio de la iglesia, con su arte, anuncia y celebra
continuamente, también cuando en la Iglesia no hay liturgia. Y esto es así porque la
Iglesia como edificio, con su arquitectura y su arte, es una identidad eucarística,
como lo es la Iglesia misma.
Cuarto punto
¿Cuál ha sido la encrucijada peligrosa? ¿Cuándo hemos perdido algo y nos hemos
engañado ilusamente con otro algo? La entrada en el imperio de Constantino, en el
siglo cuarto, al principio parecía un acontecimiento que daría la posibilidad real de
una integración universal en Cristo, tejiendo juntas todas las dimensiones de la vida
humana en un único organismo divino-humano, con el imperio que progresivamente
debía ingresar en el tejido de la Iglesia como un tejido pneumatológico, espiritual,
orientado a la definitiva consumación en el éscaton. Pero todo esto fue puesto en
compromiso, y lo que ha ido aconteciendo a lo largo de los siglos, ha incidido poco a
poco pero de modo radical en la identidad de la Iglesia como comunidad eucarística.
En el siglo cuarto encontramos todavía a los obispos padres de la Iglesia como
testigos que insisten en la iniciación cristiana, esto es que, si bien la gran masa de
gentes y poblaciones entraban fácilmente a formar parte de la Iglesia, debían de
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todos modos llegar a tener una experiencia base, de raíz. Y para los padres de la
Iglesia, la experiencia coincidía con la vida como comunión. La experiencia consistía
en despertar tras la muerte en las aguas bautismales, donde muere el individuo y
nace la persona, muere el hombre viejo y nace el hombre nuevo, muere una vida
unida a la sangre de los progenitores y es resucitada una vida nueva, unida a la
sangre de Cristo. En el bautismo, muere el «yo» con su ansia de autoafirmarse y
resucita el hermano de los hermanos, miembro del cuerpo de Cristo. Muere el «yo»
como mera expresión de la naturaleza humana herida, y resucita la persona que, con
el amor recibido de Dios, ama a través de su naturaleza humana, transfigurando así
la humanidad misma. Muere el individuo como el «yo», producto de la naturaleza
humana, y resucita la persona como racionalidad recibida en participación de Dios.
El individuo es un ser aislado, la persona es un «yo» constituido por las relaciones. La
persona está constituida por la vida recibida de Dios, que es la comunión, que es el
amor. La experiencia de los primeros cristianos era despertar encontrándose en una
vida nunca imaginada, jamás pensada, una vida como comunión, formando parte de
una existencia que no consiste en estar uno al lado del otro, sino en ser uno en el
otro. La experiencia es la Iglesia. La experiencia es «Tu es, ergo sum» (tú eres, luego
existo). La experiencia era descubrirse entretejidos en un organismo que es Cuerpo
de Cristo, un organismo de muchas moradas, donde por primera vez se descubre una
existencia en el otro: «Como yo estoy en el Padre y el Padre en mí, vosotros en mí y
yo en vosotros» (cf. Jn 14, 10).
Pero las muchedumbres eran demasiadas, y esta iniciación mistagógica era
prácticamente imposible. ¿Qué se hizo? Se quiso encontrar un pensamiento que
hubiese sido realizado ya en el mundo clásico, un pensamiento que ante todo fuera
conciso, preciso, claro, con el que se pudiera describir el ideal de la vida cristiana,
reduciéndola a una doctrina. Se buscó describir de un modo tal ideal, que fuera
universal. El pensamiento clásico era consciente de que el individuo no se
corresponde en su perfección con el ideal, ya que el ideal es universal. Pero el
individuo, de todas formas, se remite a este ideal, se rehace según ese ideal, busca
imitarlo y conformarse a él. Por eso, la explicación de la doctrina se convertía ipso
facto también en normativa, de modo que se hacía cada vez más hincapié en un
enfoque jurídico y ético-moral. Se pasó de la experiencia vital a la doctrina, y de la fe
a la religión.
Como testimonia la pintura al fresco en las estancias de Rafael en el Vaticano,
precisamente en la de Constantino titulada «el triunfo de la religión cristiana»
pintada por Laureti, a lo largo de los siglos se ha producido una verdadera y estricta
sustitución de una religión por otra. El cristianismo como fe, entra en el imperio, y
sustituye a una religión. Esta sustitución ha sido la más dolorosa y también la más
perjudicial para la Iglesia, la que más daño le ha hecho, porque se trataba de la
institucionalización religiosa del «evento Iglesia», y al mismo tiempo de una
institucionalización religiosa de la fe, como demuestra en sus escritos Yannaras.
¿Qué es nuestra fe y qué la religión? Nuestra fe es la inhabitación de Cristo en
nuestros corazones. Es la acogida de la vida filial en Cristo Jesús. La fe es la acogida
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de la vida que es comunión, por lo tanto, acogida de una existencia de uno en el otro.
La fe es una acogida de la vida que se realiza como don de sí, como pascua, como
muerte y resurrección. La religión, sin embargo, es una creencia según la cual, en
nombre de una doctrina religiosa, en nombre de una espiritualidad religiosa, el
individuo debe auto-perfeccionarse y así salvar la propia individualidad. Y con el
mejoramiento del individuo, mejorará la sociedad. Si el individuo lo consigue, es
premiado, y si no, es castigado. La religión en este sentido es una realidad innata a la
naturaleza humana, como lo son otras exigencias del individuo, cuyo objetivo es
salvarse a sí mismo.
Cuando el imperio asume el cristianismo, exige de él una institucionalización como
si fuese una religión, y de repente, en el corazón el cristianismo ya no está la vida
como comunión, sino como individuo que se corrige, que se perfecciona según el
ideal propuesto y enseñado. Esta es la trampa mediante la que ha comenzado la
descristianización y la secularización.
La historia del arte nos testimonia magistralmente estos pasos que han ido
sucediéndose. Porque en el renacimiento el individuo ha llegado ya a estar revestido
de perfección. Si una Afrodita de la época clásica era un ideal femenino, y por ello
universal, los rostros de mujeres en el arte renacentista son los de damas concretas,
rostros de individuos concretos, hechos perfectos correspondiendo al ideal. Y son
realizados perfectos en la forma de su naturaleza: lo que se perfecciona es la forma
de la naturaleza humana. También esto se corresponde cabalmente con el
pensamiento clásico: el individuo es la expresión de su naturaleza. En el caso del
individuo humano es la expresión de su naturaleza humana la que es llamado, es
más, forzado a corregir, a perfeccionar, a modelar según el ideal. Mientras que, desde
la fe, la persona se expresa y realiza su comunión en su naturaleza humana y a través
de ella, transfigurándola con amor, y todo ello haciéndose a la manera del triduo
pascual, por lo que, de ningún modo se trata de formas perfectas.
A esta dinámica hemos destinado los esfuerzos de nuestra historia. Si vamos a leer la
homilética de los últimos cuatro o cinco siglos, y los textos de la formación
sacerdotal y religiosa, todos están prácticamente amoldados según este modelo de
perfeccionarse a sí mismos. El individuo trabaja sobre sí mismo, tratando de
corresponder con el ideal que en cada ocasión se subraya poniéndoselo delante.
Quinto punto
¿Qué ha sucedido realmente cuando se ha puesto el individuo en el epicentro? Se ha
perdido una verdadera teología trinitaria. Porque se ha dado la precedencia a un
enfoque filosófico racional, y sobre todo, porque se ha perdido la vida espiritual, se
ha perdido la vida como camino de transfiguración. La transfiguración es el índice de
la verdad espiritual, porque es una realidad de sinergia. Cristo fue transfigurado por
el Padre, mientras que el individuo busca realizarse, trata de hacerse, de
demostrarse, y Dios debería ayudarle como un asistente. Se ha perdido la verdadera
visión de la sinergia y de la transfiguración. Tanto es así que desaparecen las iglesias
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dedicadas a este misterio y desaparece como tema de arte en las iglesias.
Consecuentemente, desaparece la verdadera escatología, que en primer lugar es
reemplazada por un idealismo filosófico y por un romanticismo devocionista, y
después prácticamente se esfuma. Pero sobre todo se mata al símbolo, se pasa al
tratado, y la belleza se convierte en un valor autónomo, no indispensable, más bien
decorativo. Se da toda la importancia al bien y a lo verdadero. Lo bello camina por su
cuenta. Mientras que, como nos advierte el gran Soloviev, la verdad que no se
comunica como belleza es una ideología que aplasta a las personas. Y el bien que no
se realiza como belleza, se convierte en una dictadura del bien, un fanatismo
moralista que es el mal. La belleza es la carne de la verdad y del bien. El individuo,
por lo tanto, nunca podrá ser un símbolo. Porque es mono-estrato. Sólo se revela a sí
mismo, o sea, al yo que se autoafirma con la perfección de su forma. No puede hacer
emerger al otro, porque le falta la vid como comunión. La relación no le es
constitutiva, sino un accidente. Por este motivo el individuo no puede ser bello en el
sentido eclesial, es decir, que dentro de sí, sus gestos, sus obras, no pueden hacer
emerger la comunión. Porque la comunión es una realidad que no se conquista, no se
alcanza, no está en posesión del hombre. La comunión, en sentido estricto teológico,
es la vida de Dios. Y esta nos es donada, viene acogida. El individuo por encima de
todo es, existe, se autoafirma, y después se empeña en vivir diversos valores
religiosos, e incluso busca empeñarse por la comunidad, pensando que la comunión
consiste en la vida comunitaria. El pecado reduce el hombre al individuo (Cristos
Yannaras). El individuo no está capacitado para la comunión, porque simplemente
no la tiene, no participa en la vida que es comunión, y por eso no puede vivir la
comunidad como realización del don, sino como realización de sí mismo. Por ello
para él esto es siempre un problema. Las obras llevadas a cabo por los individuos
(aunque vivan juntos y las realicen juntos) no pueden hacer emerger al Otro (con
mayúscula), sino sólo a los propios individuos, y al máximo hacer ver lo geniales y
estupendos que son. Van muy bien dentro de la institucionalización religiosa.
Tienen por lo tanto una función para-imperial, para-estatal, pero no teofánica, no
hacen emerger la comunión. Porque esta vida comunional, el individuo no la tiene.
Con el paso del tiempo esto también nos ha sucedido a nosotros, se ha perdido el
verdadero sentido de la Iglesia, que es la revelación de la vida nueva como
participación en la vida divina, que es comunión. En un tiempo en el que el mundo
se ha hundido en una crisis muy grave, nosotros no tenemos prácticamente una
propuesta convincente que pueda atraer la atención de nuestros contemporáneos,
porque la crisis que se extiende por el mundo, es también la que impregna la Iglesia,
esto es, el individualismo decaído en un subjetivismo exasperado. También nosotros
nos empeñamos en realizar santísimas metodologías de las ciencias modernas,
imitando así al mundo y perdiendo nuestra novedad, que no está en estas cosas sino
en la vida misma, en una nueva existencia de la humanidad. Nuestros reclamos a la
ética, a los valores, lo que hacen simplemente es constatar nuestra paupérrima
propuesta de la vida.
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Punto sexto
La revelación y la dogmática nos dicen que la comunión del Padre y del Hijo es la
Persona del Espíritu Santo. Sergej Bulgakov (quizá el teólogo más grande del siglo
pasado) sintetiza con claridad diciendo que el Espíritu Santo hipostatiza la vida
divina como comunión. En los pentecostés, esta vida hipostatizada por el Espíritu
Santo como comunión, se extiende sobre los hombres, y en el bautismo este mismo
Espíritu Santo nos hace participar en la vida divina, que es comunión,
constituyéndonos como Cuerpo de Cristo. Es necesario dejar de pensar
definitivamente que el individuo tenga acceso a la vida divina. Cuando al individuo
le es participada la vida divina, se produce su muerte. Él muere como individuo y
resucita como persona constituida de las relaciones, de la comunión. El paso del
individuo a la comunión, esto es el bautismo. Estos son los pentecostés personales
que constituyen al hombre, otorgándole la vida con la que viene injertado en un
organismo del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
Nikolaj Berdiaev (un pensador creativo) y Sergej Bulgakov, a menudo buscan hacer
ver cómo la Trinidad es una sinergia absoluta de las tres Personas. Cuando obra una,
siempre hay una co-presencia y una colaboración de las otras dos, y sin embargo se
puede ver que la redención subraya la acción del Hijo. El camino que va del pecado a
la vida nueva mete en el eje central la obra del Hijo, pero la extensión de esta nueva
existencia llevada por Cristo a la humanidad con su Pascua, subraya la acción del
Espíritu Santo. Con el bautismo nosotros somos incorporados en el Cuerpo espiritual
de Cristo, cuerpo pneumático del Resucitado. Y aquel que nos injerta en este cuerpo
espiritual es el Espíritu Santo, porque nos hace participar de lo que es del Hijo, su
vida, la comunión. Por ello, para la Iglesia, el eje principal de su obra no es la
redención, sino la creatividad de redimidos. Y la creatividad remite al Espíritu Santo,
porque la creatividad significa teológicamente realizar en la historia una cualidad
superior de la vida, de la vida nueva, la que no tiene fin.
Ahora quisiera tan solo mencionar cómo es curioso que nosotros, resbalando y
desviándonos de la fe a la religión, metiendo en el centro al individuo, nos hemos
encerrado en la dinámica pecado-redención, y hemos perdido totalmente la
distinción entre iniciación cristiana (camino de la redención) y el arte de la vida del
cristiano redimido, adulto, que es creatividad. Todavía existe la convicción de que la
ascesis es espiritualmente más importante que la creatividad. Todavía hay quien está
convencido de que con la ascesis y con la devoción se adquieren más gracias que con
un empeño creativo. Aún nos movemos más en el terreno del deber, de las leyes, que
en la libertad en Cristo. Todavía nuestra educación y formación no comienzan con la
vida nueva en Cristo, y por lo tanto, siendo criaturas nuevas. Con todo, hemos sido
liberados para que permaneciésemos libres. Igualmente es curioso ver cómo en los
últimos siglos hemos escrito santísimos tratados sobre la Iglesia. Algo ciertamente
extraño, pues justo estos siglos revelan el gran vacío de la teología del Espíritu
Santo, que es el artífice de la Iglesia y la clave de cualquier argumento teológico.
Hemos escrito tantos textos para demostrar la existencia de Dios, olvidando que para
los cristianos la existencia de Dios viene evidenciada por la nueva existencia que
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viven las mujeres y los hombres de la Iglesia. La Iglesia como vida de uno en el otro,
como humanidad vivida como comunión: este es el argumento contra el que no hay
objeciones, ya sea respecto a la Iglesia, ya sea respecto a la existencia de Dios, visto
que la Iglesia es justamente la participación con el modo de existir y con la vida de
Dios. Preguntémonos honestamente, ¿cómo es posible que después de siglos en los
que han florecido tantas obras nuestras, estemos dejando a nuestras espaldas una
secularización tan violenta y un rechazo tan rabioso a todo lo que es de la Iglesia?
Punto séptimo
Ha terminado una época en la que la Iglesia era para-imperial, para-estatal, una
iglesia de la utilidad para el estado o el imperio. A través de la historia Dios nos está
liberando de una Iglesia funcional, reconocida por la sociedad en la medida en que le
es útil. Nos está liberando de un cristianismo como religión. Este es un dato que
Guardini, Berdiaev, Florenskij, De Lubac, consideraban ya al inicio del siglo veinte.
Surge una época nueva que sucede a los siglos de la modernidad, para la que lo
importante era la idea, y el primado pertenecía a la doctrina, al sistema, a la
elaboración ideal, al método científico. El modo de proceder de aquella época era el
de confeccionar primero la idea y luego aplicarla a la vida. Primero se ideaba y
después se llevaba a la práctica. Para la modernidad lo importante no era la vida sino
la elaboración sobre la vida y respecto a ella. Ya hace tiempo que terminó esa época
en la que se iba de la idea a la realización de ésta. Según el ritmo con el que se siguen
las épocas en la historia, la época nueva es una época orgánica (Cf. Guardini,
Florenskij, Berdiaev, De Lubac).
La época nueva es la época en la que lo importante será la vida, y por desgracia
parece que por nuestro retraso, por nuestra distracción, será una vida pagana,
salvaje, envenenada con la muerte. Nosotros, todavía a estas alturas, discutimos con
las leyes que se elaboran cada día, con las ideas que se encuentran tras ellas, no
entendiendo que estas ideas, estas leyes, no preceden a la vida, como en la época
anterior, sino que son expresión de una vida precisa, esa del sujeto que se rebela
contra la normativa de la sociedad. Pero se impone él con su vida y quiere amoldar la
sociedad a sí mismo y a sus gustos, con sus ideas y sus leyes. A este estado de las
cosas, no se contraponen las ideas y las leyes, sino la vida nueva. Nunca como hoy en
los últimos siglos es nuestra hora, la hora de la vida, de una humanidad teofánica de
la vida nueva, de la vida pneumática. Es la hora de las mujeres y los hombres que
viven una vida recibida como don, porque es la vida de Dios, es la comunión, es una
vida multi-estrato, una vida bella, porque siempre en cada cosa hay todavía el
espacio para hacer emergen al Otro. La vida es la luz de los hombres. Hoy es una
especie de kairós para la fe, fe que es en primer lugar la vida nueva, la acogida que
nos da el poder de llegar a ser hijos de Dios. Una fe que no es una doctrina para
meter en práctica, sino la manifestación de una vida que se expresa con una nueva
inteligencia y una nueva cultura. Es hora de despertarnos y, como dice Berdiaev, de
tener la valentía necesaria para ser creativos, para pasar la página a una vida
religiosa funcional, construida sobre la base del individuo y ligada a las obras del
individuo. Se trata de responder al Espíritu Santo que habla a la Iglesia y salir de
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nuestro caparazón individual, de acoger la vida nueva, una existencia nueva, se trata
de salir de nuestras instituciones, olvidarnos de la para-estatalidad, y entrar como
levadura y sal en medio a las mujeres y los hombres, nuestros queridos
contemporáneos.
La primera evangelización de Europa fue realizada en el trabajo cotidiano, y también
la nueva no tendrá lugar sino a través del trabajo. Si la vida consagrada tiene
verdaderamente alguna vida que hacer ver, entonces tendrá que hacerla ver allí
donde sufren, gozan y trabajan nuestros contemporáneos. Nosotros no pedimos un
espacio para nosotros. El Hijo de Dios, al encarnarse, no quitó el espacio al hombre.
El fuego no ha consumido la zarza y el verbo no ha disminuido la feminidad de la
virgen. Así nosotros entramos a través de los lugares comunes, como el trabajo, en la
comunión con las mujeres y los hombres, y buscamos fermentar la humanidad con la
divino-humanidad.
Nuestra vocación no es la de construir instituciones alternativas, agravando así un
falso contraste entre sagrado y profano, entre religioso y no religioso, entre
espiritual y no espiritual, entre más y menos perfecto. Nuestra vocación es la de
explicitar aquella vida que hemos acogido en los pentecostés personales, en el
bautismo. Vida que es la vida del Cuerpo que es la Iglesia, en medio del mundo. Vida
que se convierte en luz para todos los hombres. Vida que por su creatividad se realiza
como belleza porque es multi-estrato, y hace emerger las realidades todavía siempre
más profundas. Hace emerger el conocimiento del Padre.
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¤Comunicación
El papel de los comunicadores en un contexto
trascendente [tercera parte]3
Luis Núñez Ladevéze (Universidad CEU San Pablo)
La novedad en la tecnología
La cuestión sobre si la apelación neoevangelizadora compromete o no la objetividad
informativa por implicar un marco dogmático tiene respuesta. Pues si el enfoque
para el periodista abarca todo cuanto puede ser razonado sin necesidad de recurrir a
argumentos doctrinales asumidos por decisión de una autoridad, lo relevante es que
no se necesite apelar a ese magisterio para llegar a las mismas conclusiones, en
especial en asuntos sobre los que, por hondos que sean los motivos de discrepancia,
solo pueden dirimirse desde un trasfondo participativo que asegure la racionalidad
de la discusión sobre los valores comunes o universales de la condición humana.
Volviendo a una observación precedente, si postulamos la posición del “velo de la
ignorancia” de Rawls, tal vez no cabría invocar una pareja homosexual como génesis
natural de una sociedad humana. El informador no necesita apelar al magisterio más
que como cautela o guía para adoptar una perspectiva o actitud que puede ser
concordante por quien no comparte su creencia.
Para satisfacer un último aspecto de la tarea de analizar las implicaciones que
supone a un periodista presto a servir a la advocación de la “nueva evangelización’’,
cabría enfocar la lente del comentario en el vocablo “nueva’’ del sintagma
enunciado. Entre los distintos aspectos que pueden quedar comprendidos en la
expresión “nueva’’, hay uno explícito en el que nos detendremos sucintamente para
dar punto final a esta exégesis.
Hay varias sugerencias contenidas en la reflexión sobre la “novedad’’ de la noticia
evangelizadora. La primera es que se trata de algo permanente. En este sentido, hay
un motivo pesimista en el hecho de que haya que promover una “nueva
evangelización’’: que actualmente sea más necesario esforzarse en comunicarla, que
sea preciso “renovarla’’, porque esa “buena nueva’’ haya perdido el brío, la fuerza de
su origen, a causa del proceso de “secularización’’ del mundo occidental y de la
convivencia de tradiciones culturales no siempre equiparables. Este entendimiento
Revista Doxa (2012), núm. 18, pp. 29-53. Última parte.
22 forum.com
3
de la “nueva evangelización’’ está expresamente asumido en los documentos y ya
tramitado en lo expuesto antes sobre el sentido del proceso de secularización de la
sociedad cristiana. Ya hemos advertido como aspecto singularmente novedoso, que
actualmente no se discute el texto, sino también el contexto, que ya no hay un lugar
de encuentro, por muy controvertido que sea, como pudo haber durante la
Ilustración una convergencia, aunque se divergiera en las interpretaciones, sobre el
significado y los fines de procurar la libertad e igualdad humanas que impulsaron su
proceso. En este ambiente de abandono o de claudicación de la modernidad de su
seña originaria, puede ser paradójico que sea la “nueva evangelización” donde se ice
la bandera para acometer esa función integradora.
Hay otro aspecto de la “novedad” contenido en el uso de la expresión “nueva” en el
llamamiento a una “nueva evangelización” que está relacionado con la asunción de
esa tarea de fijar un lugar de encuentro en la multiplicidad de las culturas y la
aleatoriedad de las perspectivas. Se trata de la expresa acogida de los nuevos medios
de comunicación como instrumentos adecuados para contribuir a esa labor
evangelizadora. Este es el último aspecto por queda por atender, el que mejor
corresponde a la condición de un estudioso de los medios de comunicación social.
Repararemos solo en la ambivalencia de los efectos de la “democratización de la
comunicación”. Los lamentos por la trivialidad de los contenidos especialmente del
entretenimiento no son ocasionales. Aunque ahora no es momento de detenerse en
este particular, no es dudoso que el transcurso de la “secularización” está ligado al
cambio de los hábitos sociales condicionado por la renovación de los medios de
comunicación. La posibilidad de difundir cualquier información, el acceso
indiscriminado a todas las bases de conocimiento o de desconocimiento, promueve
la equiparación en la apreciación social de los rangos del saber, igualando los
criterios de credibilidad, desdibujando la diferencia entre las fuentes de autoridad.
Que las nuevas tecnologías sirvan de instrumento de equiparación o de propagación
de cualquier punto de vista, que acoja en igualdad de condiciones cualquier criterio
de moralidad, forma parte del ambiente de labilidad, propio del conformismo
nihilista y característico del relativismo moral que desde la perspectiva de la nueva
evangelización “ha verificado una pérdida preocupante del sentido de lo sagrado,
que incluso ha llegado a poner en tela de juicio los fundamentos que parecían
indiscutibles”4.
Ya que los medios comunicativos pueden multiplicar los estragos del proceso
secularizador cabría razonablemente esperar una actitud de reserva hacia su uso. Si
fuera así, la actitud no sería aislada. Son muchos los intelectuales prestigiosos que
reprueban las nuevas tecnologías5. Las advertencias de los riesgos derivados del
acceso indiscriminado a internet son constantes. Por poner un ejemplo de la
equivocidad, esta sociedad nuestra, occidental, es la que más se preocupa por
asegurar un marco de protección del menor para defenderlo de los excesos de la
transmisión de contenidos en los medios de comunicación e instrumentos similares,
4
5
Benedicto XVI, Carta Apostólica Ubicumque et Semper.
Tentación abierta al intelectual. Como muestra puede acudirse al Homo videns de Giovanni Sartori.
forum.com 23
como videojuegos, móviles, consolas, etc. Y es también la que más se queja por los
resultados de sus propias medidas. El asunto es simple: las propuestas enfocadas a
enderezar la situación alimentan los estudios que describen un panorama
preocupante. Esa paradójica combinación invita a reflexionar sobre si no habrá algún
aspecto que escape a las previsiones y a los reglamentos. ¿No cabe pensar que la
estabilidad de la infancia, por fijar la atención en un tema sensible objeto expreso de
la atención institucional de la agenda europea, no depende solo de las políticas
desiderativas derivadas de preconcepciones ideológicas, que nadie discute y que
todos aceptan? El problema, entonces, puede que esté en otro lugar: ¿por qué los
niños necesitan ser especialmente protegidos si hay un consenso institucional y
social sobre la necesidad de protegerlos? ¿Qué pasa para que, estando de acuerdo en
aceptar iniciativas protectoras, sea constantemente necesario insistir sobre la
insuficiencia de los métodos destinados a la protección? ¿Hace falta acaso una
encuesta diaria para cercioramos de que los niños necesitan más medidas
protectoras de las acordadas tras la encuesta anterior?
Al final del trayecto habría que admitir que nos hallamos ante una desviación moral
que ha desbordado el proceso secularizador, un riesgo cuya cura no está,
obviamente, al alcance de los remedios que se invocan. Sin embargo, lo que
expresamente se advierte, exhortando al uso de los medios en la apelación a una
nueva evangelización, es que el problema no procede del instrumento, aunque no
sean pocos quienes, apelando a estas razones, los rechacen. Desligar la información
de un periodista que se proponga ser consecuente con la propuesta de nueva
evangelización de cualquier directriz del magisterio sobre cómo ha de elaborar,
abordar o presentar una noticia, es una derivación inherente a la confianza de que el
contexto de la trascendencia no entra en conflicto con la razón moral. Pero las
virtudes públicas son como los deseos, tienen validez desiderativa y, parodiando a
Hume, ya debería saberse que de un deseo, aunque se haya elevado a precepto
público, no se puede deducir una conducta responsable. Lo paradójico es que,
habiendo unanimidad práctica y coincidiendo en la necesidad de prevenir los riesgos
y patologías inherentes a los usos de la nueva tecnología, la enfermedad prospere
cuantas más medidas terapéuticas se administran. Pero el quid radica en que, en el
diagnóstico de que la causa no está en el medio, coinciden tanto quienes
administran la inútil terapia como los promotores de una “nueva evangelización”.
24 forum.com
¤Vida salesiana
Hablando de terrorismo… y de cruz
Carlos Rey Estremera6
En tiempos pasados
Estamos en clima de atentados y casi es obligado hablar de ellos. Recogemos el
guante y lo hacemos, pero desde una perspectiva propia.
En el sueño de los 9 años de Don Bosco hay un detalle del que no explica el por qué ni
el cómo: después del fracaso de Juanito en hacer callar a los “chiquillos que
blasfeman”, aparece un “hombre venerando que le llama y habla con él. En ese
momento, cesando sus riñas, alborotos y blasfemias, los muchachos se reunieron en
torno al que hablaba” (MO 10). Es como si una fuerza, semejante a la que salió de
Jesús y curó a la hemorroísa (Mt 5, 25-34), emanara de él y les atrajera. En ambos
casos el fruto es la sanación y la vida.
Al introducir el Reglamento del Oratorio (1854) Don Bosco se sirve de un texto bíblico
(Jn 11,52) para afirmar que Jesús hace hoy lo mismo que hizo en su tiempo: “Las
palabras del Evangelio que nos dicen que el Señor vino a la tierra para reunir a los
hijos de Dios dispersos, me parece que se pueden aplicar hoy a la juventud de
nuestros días”. Es así, explica, porque la salvación de Dios, “eterna e inmutable, sabe
adaptarse a los tiempos y a la índole de los hombres”.
Cuando Mamá Margarita (1851), incapaz de soportar las barrabasadas de los chicos,
piensa en volverse a su casa, “Don Bosco le mira y, conmovido, le señala el crucifijo.
Margarita mira la cruz, se le llenan los ojos de lágrimas y exclama: ¡Tienes razón,
hijo! ¡Tienes razón!” (MBe IV, 184).
Puede que esto nos resulte bonito, piadoso y hasta conmovedor, pero..., ¿y qué?... A
Don Bosco, dirán algunos, le queremos mucho pero es antiguo, porque hoy en día...
Otros, sin embargo, conectarán con lo que, antiguo o no, expresa algo que ellos
mismos han vivido y que es de siempre. Y NO DUDAN, no pueden dudar de ello,
porque se les ha hecho EXPERIENCIA.
6
Texto inédito para Forum.com.
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25
En nuestros días
¿Tiene Jesús tal fuerza de unir? ¿La tiene la cruz para cambiar la mirada? Traigo,
para unos y otros, un hecho real y reciente sobre terrorismo, narrado por quienes
mediaron para que se diera y fueron testigos del mismo.
Se trata de un impresionante testimonio de una víctima de ETA que se dirige por
carta a su victimario como "a un hermano en Cristo”, le recuerda el luto de tantas
familias, le expresa su más sincero perdón y le envía una pequeña cruz de madera. El
ex-etarra le responde desde la cárcel con otra carta en la que le pide perdón de
todo corazón, le habla de su vida después de su conversión y le envía, también él,
la pequeña cruz que le acompaña desde hace mucho tiempo. Este es el relato7:
Por distintas razones, el encuentro entre el hermano de la víctima y el victimario no
pudo ser presencial y fue el hermano de la persona asesinada quien propuso la
alternativa. La característica principal es que se hizo desde algo que ambos tenían
en común: la religión.
Se trataba de una persona muy mayor y enferma, pero con un profundo trabajo
personal de muchos años. En su entorno era conocido que, por sus hondas
convicciones cristianas, había perdonado a los asesinos y pedía a Dios que les diese
luz para darse cuenta de su error. No dudó en aceptar la posibilidad de encontrarse
con el victimario, sin manifestar interés en preguntarle nada. Su intención era
acoger su petición de perdón y expresarle el enorme dolor que le había supuesto la
muerte de su familiar.
Nuestras previsiones eran de un encuentro muy breve, sencillo, sin grandes
preguntas y cargado de simbolismo. La angustia de la espera hizo mella en su
esposa que fue mostrándose contraria al encuentro, por lo que se canceló. Sin
embargo, él mismo sugirió una opción alternativa.
Emocionado al tener noticia del proceso de cambio profundo de quien asesinó, le
envió una carta manuscrita en la que le recordaba cómo los miembros de ETA
habían puesto de luto a muchísimas familias y se habían manchado de sangre las
manos. Sin embargo, lo más llamativo era el sobre, el encabezamiento, el final y
otro pequeño-sobrecito con un regalo que remitía al ex etarra. El sobre y el
encabezamiento de la carta, escritos con letra temblorosa decían: “A un hermano
en Cristo”. Pocas veces palabras tan retóricamente utilizadas en ámbitos religiosos
tomaban un espesor de sentido tan profundo. Al final del texto le expresaba “Mi
más sincero perdón” y le anticipaba su oración por él y le pedía lo mismo para sí. El
sobre contenía una pequeña cruz de madera con el deseo de que no hubiese más
crucificados, que acabase el sufrimiento y la violencia y le ayudase a caminar por el
sendero de la paz.
7
Del libro: Los ojos del otro: Encuentros restaurativos entre víctimas y ex miembros de ETA, Sal Terrae
Santander 2013.
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La extensa carta de contestación señalaba expresamente: “Yo le pido a usted y a su
familia perdón de todo corazón y con total humildad. Estoy profundamente
arrepentido de haber contribuido con mi militancia en ETA a la violencia asesina
y al dolor inconmensurable e irreparable que ha provocado durante décadas.
Desde mi conversión, en julio de 1992, no ha habido día en que no haya sido
consciente – y con una consciencia siempre creciente- de las tragedias provocadas por
la violencia. Desde entonces trato de vivir conforme al Evangelio de Jesús y de transmitir
la experiencia de mi conversión, intentando en la medida de mis posibilidades
contribuir a que cese de una vez para siempre la violencia. Gracias de todo corazón
por su perdón. Tendré siempre conmigo la cruz que me ha regalado. A mi vez,
permíteme enviarle una pequeña cruz que me ha acompañado en los últimos
tiempos. La suya y la mía son signos de reconciliación en Cristo Jesús, por la
voluntad del Padre. Que el Espíritu de Dios nos mantenga unidos en la oración y en
la memoria de su familiar, víctima mortal de ETA”.
El mismo día de recibir la carta, los facilitadores se dirigieron al domicilio de la
víctima. Llegados a su casa, dijo que le leyesen la carta. La acogió en silencio y con
un profundo recogimiento interior (es un hombre que impresiona por su profunda
espiritualidad, en un cuerpo machacado por múltiples enfermedades y dolores
crónicos diversos). Simplemente añadió: “Muchas gracias. Es muy bonita. La
guardaré dentro de la Biblia. Dios hace milagros”. Seguidamente, con una
imponente y sobria dignidad, sin palabras, abrió el sobre con la crucecita que le
enviaba quien perteneció a ETA, la miró pausadamente, la besó con unción y se la,
puso en el cuello mientras musitaba: “Me acompañará siempre”.
“Jesús, afirma Don Bosco, vino a unir a sus hijos dispersos y lo sigue haciendo”.
Dicho de otro modo: Jesús une siempre.
En el caso que nos ocupa esta unión se da, ¡oh luminosa paradoja!, en la CRUZ DE
CRISTO. En ella se insertan las cruces de víctima y victimario y de ella brota una
NUEVA VIDA: “A un hermano en Cristo, mi más sincero perdón”, escribe la víctima; “Le
pido perdón de todo corazón y con total humildad. Desde mi conversión, trato de vivir y
transmitir el Evangelio. Gracias de todo corazón por su perdón”, responde el homicida.
Al final del intercambio de cartas la cruz de uno es la cruz del otro, y ambas son una
con la de Cristo. ¿Sublimación o fruto de un proceso, sin duda doloroso, en el que
Dios ha estado y ha actuado?
Las palabras y gestos de ambos revelan vidas reconciliadas y pacificadas: “Tendré
siempre conmigo la cruz que me ha regalado”, promete el ex-etarra; “Miró la cruz
pausadamente, la besó con unción y se la puso en el cuello musitando: «Me acompañará
siempre», la víctima. Su cruz y la mía son signos de reconciliación en Cristo Jesús, por la
voluntad del Padre”, sentencia el convertido. “La víctima guarda la carta en su Biblia y
dice: Dios hace milagros”. Uno más, de tantos, a lo largo de la historia.
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¡Qué nuevas resuenan, desde aquí, las palabras de Jesús!: “Del mismo modo que Moisés
elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que
todo el que crea tenga en él vida eterna” (Jn 3,14-15). “Cuando yo sea elevado de la
tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).
¡Y cómo nos descansan!, “como a un niño en el regazo materno” (Sl 131).
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¤Pastoral juvenil
¡No podemos “engañar” a los jóvenes!
Pep Alamán, SDB
O quizá sería mejor decir que no podemos "despistarlos", es decir, alejarlos
demasiado de la pista central. Me explico con dos ejemplos.
Primer ejemplo. En la dinámica de un taller de oración paso a un grupo de
animadores unos textos tomados de páginas de internet. Son páginas, todas ellas, de
recursos pastorales, y los textos, copiados tal cual de la pestaña que dice "oraciones".
Deben ir leyendo y expresar cuáles de esas "oraciones" les gustan más, o con las que
se identifican más y porqué. Van repasando la foto, comentando. De las veces que lo
he hecho, en muy pocas alguien se ha dado cuenta de que hay trampa, porque
efectivamente, entre aquellos textos no hay ninguna oración propiamente dicha.
Son reflexiones, textos muy bonitos -algunos muy conocidos-, pero ninguno de ellos
contiene referencias a un TÚ al que nos dirigimos. ¡Y están clasificados en un
apartado de "oraciones"! ¿Cuántos adultos y jóvenes habrán utilizado textos de
aquellos para hacer un rato de oración con niños, adolescentes y jóvenes?
Segundo ejemplo. Encuentro de jóvenes cristianos. Por la mañana, oración inicial.
Bailes, coreografías, gestos, canciones de actualidad con letras sugerentes... Todo
realmente muy bonito, con una estética bastante trabajada y cuidada. ¿Pero qué ha
pasado? Que en ningún momento se ha orado. Al igual que en el ejemplo anterior,
no ha habido ninguna referencia al OTRO al que nos dirigimos, ni siquiera un texto
de la Palabra, que podría haber sido una forma de "cumplir con el expediente".
¿No son estas posibles formas de "despistar"? Y no estoy diciendo -¡Dios me libre! que lo que he explicado sea general. Simplemente quiero decir que fácilmente
podemos caer en algunas trampas, sobre todo dejar de lado lo que en la oración
debería ser fundamental y poner más énfasis en la estética formal, con la legítima
buena intención de hacer una oración "atractiva".
¿Creatividad? Sí, aunque…
En nuestro contexto salesiano se habla mucho de la creatividad -una oración "juvenil
y creativa", decimos-. Adelante con la creatividad, siempre y cuando no nos aparte
de lo que es esencial. Y no lo digo por si pasa, sino porque ello, a veces ocurre. A mí
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personalmente, no me importa una oración que mantenga siempre un esquema
similar, que no tenga excesivas variaciones, de modo que ayude a los jóvenes a crear
un hábito de oración, a entender y a experimentar lo que es fundamental.
Pensemos, por ejemplo, en la oración de Taizé. ¿Hay algún problema que tenga
siempre el mismo esquema? Ninguno. ¿Es creativa? Podríamos decir que no, si
entendemos la creatividad como un conjunto de recursos para hacer una oración
cada vez diferente, variada y dinámica. Pero podemos decir que sí es creativa, porque
consigue transmitir ciertos elementos esenciales de la oración, de algunos de los
cuales haré mención a continuación.
Quede claro que me estoy refiriendo a aquellos momentos habituales de oración que
se realizan con grupos de jóvenes de forma periódica y sistemática. En los momentos
"extraordinarios" (una festividad, una celebración especial) sí que habrá que utilizar
elementos nuevos y diferentes, sin que se abuse, y procurando que faciliten el clima
de oración, que es lo que interesa. Recordemos que no por hacer más "cosas" es
más oración. En todo caso, creo que hay creatividad para trabajar el mundo de la
interioridad y para ayudar a alcanzar el silencio interior. Jóvenes y adolescentes
conectan con ello. Y aquí sí hay que ser creativos. No porque esté de moda, que lo
está, sino porque es clave fundamental para propiciar la experiencia de lo que en
teoría sabemos: que somos templo del Espíritu, que estamos habitados por Él, que
nuestro cuerpo, nuestra persona, es presencia de la Presencia. Es necesario que se lo
digamos bien claro a nuestros jóvenes.
Por tanto, no hay que tener miedo a los momentos de silencio en las oraciones de
grupo, un silencio adecuadamente motivado, si es necesario. Y no sólo para
reflexionar sobre una lectura, que también, sino para "disfrutar" de la Presencia
que nos habita, que nos habla y que nos transforma, si nos dejamos. Si una persona
llega a comprender esto, y hacer experiencia, es más fácil que encuentre motivos
para hacer oración (¡y que tenga necesidad!).
Por tanto, hay también creatividad para motivar la necesidad de la oración
personal. ¿Por qué razones? Pues porque quizás la oración en grupo no es suficiente
para "mantener la llama de la fe", o porque hay que escuchar con más frecuencia la
VOZ que nos habla personalmente, o porque hay que ir tomando conciencia del
propio proceso interior. Despertar esta necesidad también pide dosis de creatividad.
Y hay creatividad para ofrecer espacios de oración, en dos sentidos. En un sentido
literal: facilitar espacios accesibles y abiertos para poder entrar a orar (una
capilla, una iglesia), con elementos que puedan ayudar (una música de fondo,
alguna pauta escrita). Y, obviamente, en el sentido "escuelas de oración", pero no
para hacer discursos de cómo orar y de cómo es de bonita y de importante la oración,
sino para ayudar a hacer experiencia. Estos deben ser momentos y espacios que
motiven a aventurarse en procesos de oración personal, que ayuden a cada uno a
encontrar su método para ir haciendo proceso.
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Y aquí vuelvo a repetir la idea del inicio: no engañemos a los jóvenes. Porque les
tenemos que dejar bien claro que los momentos de oración no siempre son bonitos,
gratificantes y relajantes. También hay momentos de "desierto", de "no sentir nada",
de lucha interior, de descubrir y de afrontar las sombras personales. Y porque, en el
fondo, lo esencial de la oración es -lo sabemos y nos encanta como lo dice Santa
Teresa- "estar a solas con QUIÉN sabemos que nos ama". Claro que, esto, de
entrada, no parece que sea atractivo. Por eso son bienvenidos todos los esfuerzos
creativos que hacemos para ayudar a los jóvenes a ir acercándose a esta experiencia
central. Sin que los despistemos con formas y elementos no esenciales.
No sólo creatividad...
Sobre todo se necesitan acompañantes. Es necesario que las personas adultas que
estamos con jóvenes seamos para ellos referentes de oración, que hablemos desde
nuestra experiencia personal y que la sepamos transmitir. No se trata sólo de
preparar y animar oraciones, se trata de ser personas de oración. Si lo somos de
verdad, podremos ir un poco por delante de los jóvenes en cuanto a experiencia
personal; sin embargo, desde la sencillez y la humildad, nos pondremos a su lado,
como compañeros de camino, iluminando (¡no deslumbrando!). Y seguro que con la
suficiente sensibilidad para ayudarles a adentrarse en el Misterio de la unión con
Dios y de dejarse llevar por el Espíritu. Y juntos disfrutaremos de la paz, la alegría y
el amor que se deriva.
Es, sin duda, un camino apasionante, que no sabes dónde te puede llevar, que
transforma y que da sentido a la vida. Si nosotros lo recorremos con constancia y
coherencia haremos que muchos jóvenes también entren. Sin engañarlos...
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¤La solana
Hacia una espiritualidad para los mayores
consagrados [tercera parte]
José Carlos Bermejo8
III. Del empobrecimiento a la madurez espiritual
La creciente conciencia de que la verdadera salud es un experiencia biográfica más
que una simple disfunción en algún órgano o la ausencia de traumatismos, está
contribuyendo a pensar que es posible hacer experiencia de salud también en medio
a las dificultades y el envejecimiento.
En medio del inmediato empobrecimiento del que se hace experiencia en el
envejecimiento, es posible vivir una madurez espiritual. Es necesario subrayar que la
dimensión espiritual y la dimensión religiosa, íntimamente relacionadas e
incluyentes, no son necesariamente coincidentes entre sí. Mientras que la dimensión
religiosa comprende la disposición y vivencia de la persona de sus relaciones con
Dios dentro del grupo al que pertenece como creyente y en sintonía con modos
concretos de expresar la fe y las relaciones, la dimensión espiritual es más vasta,
abarcando además el mundo de los valores y de la pregunta por el sentido último de
las cosas, de las experiencias.
Pues bien, ser mayor es, indudablemente, un momento privilegiado para cultivar
especialmente la dimensión espiritual.
Crecimiento humano y espiritual en el envejecimiento
La dimensión espiritual, pues, abarca la dimensión religiosa, la incluye en parte. En
ella podemos considerar como elementos fundamentales todo el complejo mundo de
los valores, la pregunta por el sentido último de las cosas, las opciones
fundamentales de la vida (la visión global de la vida).
La Organización Mundial de la Salud dice que lo “espiritual se refiere a aquellos
aspectos de la vida humana que tienen que ver con experiencias que trascienden los
fenómenos sensoriales. No es lo mismo que “religioso”, aunque para muchas personas
Publicamos la última parte del capítulo tercero de su libro Envejecimiento en la vida religiosa,
Editorial Desclée de Brouwer, Bilbao 2013.
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8
la dimensión espiritual de sus vidas incluye un componente religioso. El aspecto
espiritual de la vida humana puede ser visto como un componente integrado junto
con los componentes físicos, psicológicos y sociales. A menudo se percibe como
vinculado con el significado y el propósito.
Cuando la dimensión espiritual llega a cristalizar en la profesión de un credo
religioso; cuando el mundo de los valores, de las opciones fundamentales, la
pregunta por el sentido, cristalizan en una relación con Dios, entonces, hablamos de
dimensión religiosa. Muchos elementos pertenecen, pues, a la dimensión espiritual,
irrenunciable para toda persona, pero no todos los individuos dan el paso de la fe: la
relación con Dios, la profesión de un credo, la adhesión a un grupo que comparte y
concelebra el misterio de lo que cree.
Refiriéndose al final de la vida, De Hennezel y Leloup afirman que pertenezcamos o
no a una religión, la preparación para acompañar a las personas que finalizan su vida
debiera tomar en consideración la dimensión espiritual del ser humano. No solo no
debiéramos avergonzarnos, sino que deberíamos saber que hay ahí una eficacia de
otro orden, la eficacia del corazón.
Cecily Saunders se refiere a lo espiritual como el campo del pensamiento que
concierne a los valores morales a lo largo de toda la vida, donde se dan cita recuerdos
de defecciones y cargas de culpabilidad, apetencia de poner en primer lugar lo
prioritario, de alcanzar lo que se considera como verdadero y valioso, rencor por lo
injusto, sentimiento de vacío... etc.
Cultivar la dimensión espiritual, pues, en medio de la vida consagrad envejecida,
pasa por mucho más que las prácticas religiosas.
Caminos de acceso a la experiencia espiritual
El sociólogo Durkheim habla de cuatro lugares privilegiados de apertura a lo
trascendente, y constituyen caminos privilegiados para el crecimiento y la madurez
de los seres humanos, pero de un modo especial de las personas mayores:
•
la naturaleza
•
el arte
•
el encuentro
•
el culto (religión).
En efecto, la contemplación de la naturaleza es un camino que nos invita a
trascender lo más próximo. La belleza de una flor, de un paisaje, de una cascada...
incluso la potencia de la naturaleza cuando se producen catástrofes, nos reclaman
un poder que nos supera, un origen que nos provoca la apertura a la trascendencia.
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Así también el arte. Tiene el poder de evocar algo más que lo tangible. Una estatua es
más que una estatua, un cuadro es más que un conjunto de colores mezclados
formando una imagen, una pieza musical es mucho más que una suma de notas... La
armonía y belleza que impregnan las obras de arte evocan algo que nos trasciende,
nos preparan el camino para abrirnos.
También el culto nos da acceso a la trascendencia y a la experiencia espiritual. Los
ritos sagrados nos remiten con símbolos a algunas realidades que nos trascienden,
particularmente en momentos importantes y cruciales de la vida: inicio, transición,
final, vínculos especiales... En él expresamos nuestra relación con el Ser
trascendente en que los creyentes fundamentamos la fuente de nuestra vida
espiritual.
Y el encuentro interpersonal es también una vía de acceso a la experiencia espiritual.
En efecto, mediante la comunicación, mediante el diálogo, una persona hace
experiencia de trascendencia, de salida de sí, de éxtasis. Se descubre así la hondura y
densidad del significado de la escucha, del silencio, de la palabra y del lenguaje no
verbal, se hace que la experiencia vivida en la relación interpersonal.
Contemplar la naturaleza y el arte, participar en el culto y cultivar las relaciones, son
posibilidades para las que hay especialmente tiempo en la vejez.
IV. Del “morirse” a la adjetivación del morir
Con el envejecimiento, inevitablemente, se aproxima la muerte que no ha
sobrevenido en edad joven. Y ésta, se hace más familiar de lo que cuando uno es
joven pueda imaginar. Más que nunca, se desea morir dignamente y no expropiado
por la sobre- dosis de tecnología u otros dinamismos de marginación. Si una
característica puede tener el morir para que este merezca el calificativo de digno es
un morir apropiado.
La vida prologada conlleva la posibilidad de vivir más tiempo conviviendo con
patologías largas, así como con otras degenerativas.
En todo caso, el ser humano, a diferencia de los animales, tiene la posibilidad de
vivir el morir si no se es expropiado de esta posibilidad. Esta es la primera
característica, pues, que debería tener una muerte digna: una muerte apropiada, no
expropiada como nos lo hace ver de manera tan clara Tolstoi en La muerte de Ivan
Illich.
Morir dignamente consiste en hacer el esfuerzo por adjetivar el proceso personal y
acompañar desde el entorno a adjetivar con semejantes palabras el final. Cada
persona, así, podría imaginar su propio proceso describiéndolo con calificativos
personales, propios, que hicieran de este momento de su existencia un momento tan
importante como es, definitivamente, el último.
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Morir puede ser triste, pero que la persona mayor “muera” para los otros antes de
morir es mucho más triste. Y esto es lo que sucede cuando tanto las palabras como el
silencio imponen su lado trágico, cuando no se habla abiertamente, cuando se
produce aislamiento relacional en torno al final de la vida.
Una muerte sería tanto más digna cuanto más fuera dicha por el sujeto y las personas
a las que más le afecta. Una muerte “dicha” es aquella en la que hay espacio para la
voz, para las palabras en torno al morir, donde se consiga escuchar lo que se dice y lo
que no se dice, así como lo que hace decir aquello que se dice y lo que hace no decir
aquello que no se dice.
Una muerte digna sería aquella que mereciera el adjetivo de bella, pero no en un
sentido idealizado, sino una muerte en la que la persona viva hasta el último
instante, que no muera antes, que no le vivan los demás o le mueran los demás.
Una muerte adjetivada sería aquella en la que los sujetos se sintieran contentos, es
decir, salvados por la muerte, porque la muerte de la muerte sería la muerte del amor
y de la solidaridad. Es la muerte la que da sentido último a nuestra vida, y lo es si
somos capaces de llenar de contenidos y de comunión nuestras relaciones.
Promover una muerte adjetivada significa hacer lo posible porque la muerte lo sea de
artesanos del morir, que el morir sea una dimensión de la vida a la que ya nos
hayamos ido entrenando a lo largo de la misma, aprendiendo a perder y a integrar
progresivamente nuestra condición de finitud.
Hablar de muerte digna significa trabajar porque la persona se gobierne a sí mismo en
el máximo de sus posibilidades, gobernando así el espacio (físico, personal, afectivo,
etc.) que le rodea en los últimos meses o días, hasta donde la naturaleza y la
limitación personal lo permita.
Una muerte humanizada es aquella donde se pueda desarrollar la legítima rareza de
cada uno, donde puedan ser expresados de manera adecuada los sentimientos, los
deseos, las compañías deseadas o no, las expectativas...
Una muerte digna sería aquella que se convierta en verdadera experiencia de amor
porque experiencia de muerte la hace solo el que ama. De la muerte deberíamos
hablar como hablan los enamorados, que aman la vida porque es limitada, porque
desean sacarle el máximo jugo y gozo a cada instante.
La muerte debería ser un ejercicio de aprendizaje, de arte, porque una sola cosa es el
“ars vivendi” y el “ars moriendi” cuando se supera la idea de que el morir sea un
instante y se concibe como un proceso en el caminar humano hacia la realización de
lo que somos y lo que estamos llamados a ser.
Sería más humana aquella muerte que pudiera ser narrada. Porque, en el fondo, de
aquello que no podemos hablar, lo mejor que se puede hacer es... narrarlo. Una
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muerte narrada permite ser adjetivada por uno mismo, por los seres queridos. No
encuentra explicación a los porqués, pero se llena de palabras al hablar de los cómo.
En el fondo, una muerte adjetivada sanamente recibiría el nombre de muerte
elegante, porque sería a la medida de la capacidad responsable del propio elegir
(=elegante) personal. Considerar la vida como un don, para quien así la interpreta, o
un don de Dios, no debería llevarnos a pensar que su fin tenga que ser dejado
exclusivamente a los juegos de azar de la caprichosa naturaleza no racional.
Una muerte adjetivada podría ser vivida así como la vida de un archipiélago, que se
caracteriza justamente por estar unido por aquello que separa.
La muerte adjetivada se convertiría así en experiencia de misterio en lugar de simple
problema que gestionar. El misterio no es algo que esté fuera de nosotros y tenga
solución. Eso es el problema. El misterio está dentro de nosotros, nos envuelve y no
tenemos más posibilidad que vivirlo. Vivirlo humanamente comportará la máxima
expresión de salud de una persona, que se traduce en la meditatio mortis, que no será
la desagradable obsesión por la misma, sino la humana comprensión del valor último
de la vida a la vista de su fin.
Aprender a despedirse significa ser capaces de verbalizar con quien se va, el
significado de la relación (a veces con la necesaria solicitud de perdón por las
ofensas), y asegurar a quien se va que seguirá vivo en el corazón del que queda.
Expresar los sentimientos, aprender a nombrarlos abiertamente constituye no solo
una posibilidad de drenar emocionalmente y liberarse de buena parte del
sufrimiento producido por la separación, sino también dar densidad y significado a la
separación, escribir el último capítulo del libro de la vida de una persona y levantar
acta de la propia muerte.
Esta ética del morir y de la relación al final de la vida contribuirá a humanizar la
última etapa de la vida de las personas mayores que han consagrado su vida.
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¤El anaquel
El terror y el error
A propósito de los atentados de París
Daniel Izuzquiza, SJ (EntreParéntesis)
Los atentados terroristas del pasado viernes 13 de noviembre fueron cometidos por
tres comandos yihadistas, que actuaron de manera coordinada. Su objetivo era,
directamente, sembrar el caos y la muerte en las calles de París. E, indirectamente,
impulsar el horror que desde hace tiempo muestra el grupo terrorista Daesh.
Es claro que se hace necesaria una respuesta, pero conviene advertir que dejarnos
dominar por el terror nos puede conducir al error. Concretamente, quiero señalar
tres posibles errores concatenados, como los tres comandos del terror, en este caso
referidos a cómo abordamos la cuestión de los refugiados.
Error número 1: en origen
Cuando hemos sido golpeados tan brutal y directamente, los europeos podemos
pensar que esto solo nos pasa a nosotros, o que se trata de un acto muy excepcional.
Pero, desgraciadamente, no es así. Según datos del Global Terrorism Index 2015,
publicado hace apenas unos días, el año pasado hubo más 32.000 muertes por
terrorismo en todo el mundo, el 78% de las cuales se concentraron en cinco países:
Iraq, Afganistán, Nigeria, Pakistán y Siria. Sólo en este país hubo 232 ataques
terroristas que causaron unos 1.700 muertos.
Pues bien: no podemos olvidar que los refugiados sirios huyen de la misma barbarie
que estos días estamos sintiendo tan cerca. Si nuestra rutina nos hace olvidar la
brutalidad de Boko Haram secuestrando niñas en Nigeria o de Al Shabab matando
universitarios en Kenia, que al menos los atentados de París nos hagan un poco más
cercanos a quienes sufren las bombas de Daesh en Siria, Líbano o Egipto. Sería un
error olvidar el horror que empuja a las personas a huir de un país en guerra.
Error número 2: en tránsito
Durante las horas y los días que siguieron a los ataques terroristas del viernes hubo
muchas informaciones inexactas, bastantes desmentidos, varios datos no
contrastados e incluso algunos bulos.
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Una de las historias, aún no esclarecidas pero que ha recibido gran atención (quizá
interesada), se refiere a la aparición en las inmediaciones del campo de fútbol de
Saint Denis de un pasaporte sirio, supuestamente perteneciente a un refugiado que
entró por Grecia.
Ha bastado este dato, aún confuso, para que algunas voces hayan levantado alarmas,
señalando que los yihadistas supuestamente entran en Europa camuflados de
refugiados y reclamando un cierre de fronteras que bloquee la acogida a las personas
que, huyendo de la guerra, solicitan protección internacional. Parece que el
pasaporte en cuestión es falso, pero en todo caso bastaría uno entre 700.000 para
poner en cuestión todo un sistema de asilo y refugio. Craso error, de nuevo motivado
por el terror.
Error número 3: en destino
Si algo muestran los atentados de esta semana es que vivimos una confrontación
entre civilización y barbarie. La civilización es, o quiere ser, un espacio de acogida e
integración, de convivencia y de respeto, de pluralidad y de igualdad, de justicia y de
paz.
La barbarie pretende construir una sociedad totalitaria, homogénea, oprimida. Pues
bien, en la medida en que nos dejamos llevar por el prejuicio y la discriminación,
caemos del lado de la barbarie. Y ese es otro error, explícitamente buscado por el
terror.
Por ello, como ha declarado la portavoz de ACNUR, Melissa Fleming, "los refugiados
no deben ser convertidos en chivos expiatorios ni en víctimas secundarias de esos
trágicos eventos". Una sociedad civilizada, por el contrario, debe apostar por la
acogida y la integración plena de las personas refugiadas en su seno.
He aquí tres errores entrelazados que, sin darnos cuenta, acaban haciendo el juego a
los terroristas. Y es que, si el horror nubla nuestros ojos, podemos errar en la mirada
y en la acción.
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¤El anaquel
Libres, porque elegidos
Dios se revela cuando salva (Ex 3,14)9
Juan José Bartolomé
“Dios ha descendido a la tierra movido por piedad para con el género humano…
Si no hubiese padecido, no se habría manifestado en nuestra condición de seres
humanos.
Primero ha padecido, luego ha descendido y se ha manifestado.
¿Cuál es la pasión que por nosotros ha sufrido? La pasión del amor”.10
El libro del Éxodo, cuyo proceso de gestación no se ha logrado aún aclarar del todo,
es la crónica épica del nacimiento de un pueblo, Israel, elegido por Dios para ser
liberado de la esclavitud de Egipto y que, jurada alianza con su Libertador, va a
poseer la Tierra que Dios le ha había prometido. Un hecho básico -haber dejado de
servir a Egipto– , que alimenta una fe nueva –gracias a la intervención inesperada de
un nuevo Dios– , están a la base de una obra que tardó siglos en alcanzar su edición
definitiva. Por más veces que se le fuera infiel, nunca se dejó de admirar a ese Dios,
que «sacó a Israel de aquel país.., con mano poderosa, con brazo extendido, porque
es eterna su misericordia» (Sal 136,11-12).
Dos son los relatos básicos que presenta: Ex 1,1-18,27, la crónica de la salida de
Egipto; Ex 19,1-40,38: la narración de la constitución de la Alianza y de la
promulgación de la ley que la sellaba. Ex 3,14 pertenece al episodio central de la
primera parte: el encuentro de Moisés, pastor en el desierto de ganados que no son
suyos, con un Dios nuevo y con una nueva misión en un monte santo. De la
inesperada manifestación de un Dios compasivo nacerá un libertador.., y un pueblo
libre y aliado con ese Dios.
1. El texto
Moisés ha tenido que abandonar Egipto y su corte (2, 15) por no haber podido
soportar ver la servidumbre y el maltrato a los que estaban sometidos sus hermanos
hebreos (2,11). Huye para sobrevivir, emprende una nueva vida en Madián (2,16-21).
9
Texto inédito para Forum.com.
ORÍGENES, “Hom. Ez 6,6”, en N. ANTONIONO (a cura di), Omelie zu Ezechiele, Roma, 1987,119.
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10
39
Allí, “emigrante en tierra extraña” como su recién nacido hijo (2,22) irá a
encontrarlo un nuevo Dios con una inesperada misión.
«Los hijos de Israel se quejaban de la esclavitud y clamaron. Sus gritos, desde la
esclavitud, subieron a Dios; 24 y Dios escuchó sus quejas y se acordó de su alianza con
Abrahán, Isaac y Jacob. 25 Dios se fijó en los hijos de Israel y se les apareció. »
2,23
Antes de contarnos el encuentro de Dios con Moisés en la zarza «que ardía sin
consumirse» (3,2), el narrador vuelve a recordar la desesperada situación en que vivía
Israel (2,23; cfr. 1,11-14.22). Había pasado mucho tiempo, había otro faraón en
Egipto, pero la opresión de Israel no había disminuido, ni sus lamentos. La reacción
de Dios, clave para comprender lo que va a provocar, queda anotada con precisión
notarial: escucha las quejas, se acuerda de la alianza que mantuvo los padres, se fija
en los hijos, se les aparece mostrándose a uno sólo (¡!) de ellos (2,24; 3,4).
Cuanto va a ocurrir es prueba y consecuencia de la implicación de este Dios, que aún
no se ha dado a conocer, pero que no aguanta ya ver sufrir a un pueblo que todavía
no es suyo. El proyecto de salvarlo y, como consecuencia, la decisión de enviar a
Moisés, son consecuencias de la com-pasión que siente al ver la opresión.
Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el
rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios.
2
El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la
zarza ardía sin consumirse. 3 Moisés se dijo:
«Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se
quema la zarza».
4
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
«Moisés, Moisés».
Respondió él:
«Aquí estoy».
5
Dijo Dios:
«No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es
terreno sagrado».
6
Y añadió:
«Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de
Jacob».
Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios.
7
El Señor le dijo:
«He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los
opresores; conozco sus sufrimientos. 8 He bajado a librarlo de los egipcios, a
sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que
mana leche y miel, la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, perizitas,
heveos y jebuseos. 9 El clamor de los hijos de Israel ha llegado a mí y he visto
cómo los tiranizan los egipcios. 10 Y ahora marcha, te envío al faraón para que
saques a mi pueblo, a los hijos de Israel».
11
Moisés replicó a Dios:
«¿Quién soy yo para acudir al faraón o para sacar a los hijos de Israel de
Egipto?».
3,1
40 forum.com
Respondió Dios:
«Yo estoy contigo; y esta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de
Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña».
13
Moisés replicó a Dios:
«Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha
enviado a vosotros”. Si ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les
respondo?».
14
Dios dijo a Moisés: «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo
soy” me envía a vosotros».
15
Dios añadió:
«Esto dirás a los hijos de Israel: “El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de
Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre
para siempre: así me llamaréis de generación en generación”».
12
En lugar de aparecerse a todo el pueblo perseguido, Dios se presenta a uno,
precisamente al que había abandonado a los suyos. Elige como libertador al único
que, por salvarse él, había desertado. Más decisivo aún, vocación de Moisés y
revelación de Dios coinciden: Moisés se sentirá llamado a liderar un intento de
emancipación en el momento en que conoce – mejor, se le da a conocer – la
identidad de quien lo envía (3,6.13-14). Cuando se recibe una misión, el enviado
tiene que saber quién lo manda; sin conocimiento previo del mandante, no gozaría
de legitimidad su enviado. Dios, en persona, se debe dar a conocer para poder
mandar.
El relato de la vocación de Moisés es, pues, la crónica de la [primera] revelación de
Dios a un pueblo. Dios va a buscar a su elegido no en Egipto, sino en Madián, no
entre los esclavos que sufrían, sino entre pastores que vivían de sus rebaños (3,1). No
eligió al que se quejaba, sino al que había escapado. Curioso proceder el de Dios.
El proceso de elección no es menos sorprendente. Moisés topó con Dios, cuando se
había acercado a un lugar santo, «la montaña de Dios» (3,1). Allí le llamó la atención
un «espectáculo admirable» (3,2), que no le pasó desapercibido. Moisés «se fijó» y
quiso acercarse para contemplarlo y comprender lo que ocurría (3,2.3). Si su
curiosidad lo había hecho tan audaz como para aproximarse a lo maravilloso, será la
escucha lo que lo hará confidente de Dios (Ex 3,3: «viendo el Señor que Moisés se
acercaba.., lo llamó desde la zarza»). El ángel del Señor, sin palabras en la zarza, se le
convierte en Dios, que le llama por su nombre. Un encuentro personal, no la visión
de lo maravilloso, es lo que está al centro de la experiencia. Quien aparece es el Dios
de los antepasados, conocido de oídas, no por experiencia personal. Ha sido ese Dios
quien tomó la iniciativa de mostrársele, pero Moisés hizo también su parte: fue a un
lugar santo, se fijó en que algo inusual ocurría y se topó con un Dios al que no podía
acceder pero sí escuchar (3,5).
Antes de presentar su plan, Dios se presenta a sí mismo. No es todavía el Dios de
Israel, porque aún no le pertenece ese pueblo; no es suyo porque no lo ha salvado. Y
como no lo ha salvado, no se ha dado aún a conocer. Pero no es totalmente un
extraño: es «el Dios de los padres, Abrahán, Isaac, Jacob» (3,6). Y quien quiso ver de
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cerca la zarza ardiente, tuvo que renunciar a verlo, pues temía morir (3,6): Moisés se
dio perfectamente cuenta de ante Quién estaba. Aún no conocía, en realidad, Quién
era el que hablaba. Era un Dios con un pasado glorioso, hecho de convivencia y
atenciones con los grandes patriarcas. Era un Dios del pasado…, con un nuevo
programa.
Dios no se contentó con presentarse a Moisés como el Dios de los padres. Le
presentó un maravilloso proyecto de salvación para los hijos (3,7-10): Su exposición
es, incluso narrativamente, el centro del relato. Inicia – y de nuevo esa es la razón de
la intervención divina en la vida de Moisés y en la vida de su pueblo, cfr. 2,23-25 –
mencionando el sufrimiento de «su pueblo en Egipto». Es la primera vez que Israel es
llamado pueblo suyo y está en boca de Dios. Es su pueblo, no porque ya lo sea, sino
porque está decidido a liberarlo. Ha visto la opresión, ha escuchado las quejas, conoce,
pues, bien sus sufrimientos (3,7.9).
Un conocimiento tan exhaustivo le lleva a implicarse personalmente: ha bajado a
librarlo, sacarlo de esa tierra y llevarlo a otra «feliz y espaciosa» (3,8). Es revelador
que Dios se demore en describir con detalle la tierra que promete. Y más
significativo aún, y aunque no lo haya realizado todavía, que se lo esté revelándolo
solo a su elegido y – más sorprendente aún – que lo dé por hecho y pasado: ¡tan
decidido está a liberar a su pueblo! Y como prueba de su decisión, envía a Moisés
para que «ahora… saques a mi pueblo, a los hijos de Israel». (3,10). Moisés sabe que es
enviado por Dios cuando conoce la salvación que proyecta para su pueblo. Va a
representar ante el Faraón a Quien va a liberar a Israel del Faraón. Su conciencia de
ser enviado coincide con su experiencia de un Dios salvador.
Ante tamaña empresa – revelación de Dios y misión de Moisés – el enviado,
lógicamente, se siente incapaz e intenta rehusar. Lo hace no objetando el plan de
Dios, sino manifestando dudas sobre sí mismo: «¿quién soy yo para…?». (3,11). Dios –
lo que no es menos iluminador – no toma en cuenta la incompetencia declarada o la
indisponibilidad aludida por Moisés. Más bien, parece conocerla y no pierde tiempo
en rebatirla.
Asegura al elegido, eso sí, su permanente compañía: «Yo estoy contigo». (3,12) y le da
dos garantías de que va en serio con el envío y su programa. La primera, el pueblo un
día celebrará la liberación en la misma montaña en la que está Moisés recibiendo la
tarea de liberarlo (3,12): ¡bonita forma de asegurar al enviado, prometiéndole algo
que para cumplirse ha de haberse realizado lo prometido! La segunda garantía es
más personal: Dios se da un nuevo nombre: «es el que es» (3,14) y «‘El que es’ es quien
envía» (3,15). «Ese es mi nombre para siempre, así me llamaréis de generación en
generación» (3,16). El nombre que Dios se da, una forma verbal y no un sustantivo,11
El verbo hyh, en su origen, irrumpir, respirar, ser activo, añade a su sentido básico de ser el matiz de
actuar: es un existir que se manifiesta en la acción. De las 43 veces que sale en la Biblia hebrea, 31
está en boca de Dios y en la mayoría, excepto 9 casos, va acompañado de una preposición (24x: por;
10x, con; 2x, como). No suele llevar predicado: no es algo, es para alguien, una presencia que es
actuación: quien es actúa a favor.
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no es, propiamente una definición: vela al tiempo que desvela su naturaleza; insinúa
para qué/quiénes existe.
Moisés le ha pedido conocer su nombre para saber responder a los que le pregunten
sobre sus intenciones. Con la revelación de su nombre/identidad Dios legitima a
Moisés para que se presente, no ya al Faraón, el que ha de liberar, sino a los
israelitas, los que han de ser liberados. Ellos deben saber que hay un Dios ‘nuevo’, no
porque no sea el de siempre, el de sus padres (3,15), sino porque tiene un nuevo plan
para ellos: los quiere ahora libres. Es un Dios que se manifestará en lo que programa.
Se hace conocer mandando un mediador de salvación. Dios se da un nombre
salvando a su pueblo. Y ese será, para siempre, la auténtica identidad de Dios.
No habría que pasar por alto el que Dios se hay identificado cuando estaba
identificando la tarea que había concebido, salvar a su pueblo, y comunicando, tarea
y nombre, a su elegido. Dios se define a sí mismo por lo que hace por su pueblo. De
hecho, el nombre que se da a sí mismo permanece siendo un enigma, por más
esfuerzos que haya hechos los estudiosos. No se ha encontrado aún una explicación
que satisfaga a la mayoría. Dos datos son evidentes. Partiendo de que el nombre en
la cultura bíblica, define a la persona, la identifica describiendo rasgos de su
personalidad, de la palabra Yhwh sólo puede decirse con seguridad que significa un
ser que es, que consiste en existir, o mejor quizá que causa el ser, que puede hacer
ser a los demás. Por el contexto en el que Dios se define como «quien es», dentro de
la manifestación de su programa de liberación/adopción de Israel, es indudable que
Yhwh es un «ser para» la salvación de su pueblo. Seguro que existía antes, siendo
como era «el Dios de los padres» (3,6.13.15), pero de ahora en adelante, y «de
generación en generación» (3,15) querrá ser recordado con el Dios que es para la
liberación de los oprimidos, el Dios que lo es de aquellos a los que libera. El Dios de
Moisés se ha dado un hombre, salvando, pero el nombre que Dios ha elegido para sí
queda, por no ser del todo aferrable, libre de manipulación o malentendido. No se ha
revelado Dios sino en lo que promete y realiza a nuestro favor.
2. La vida
El Dios de Moisés salió del anonimato, dándose un nombre, cuando quiso liberar
unos esclavos. Hasta entonces se había ligado a un hombre y a su clan (Noé,
Abrahán, Esaú, Jacob), nunca a un pueblo. Y lo más sorprendente de semejante
decisión es que el pueblo no se lo había pedido expresamente. No dejaban de
quejarse, lo que llamó la atención de Dios, quien vio el sufrimiento, se recordó de las
promesas que había hecho a los antepasados y se decidió a intervenir. Fue por pura
compasión que Dios se resolvió Había sido El, quien ‘viendo’ la aflicción, recordó las
promesas hechas a los antepasados y decidió implicarse. No lo movieron las súplicas,
le conmovió el sufrimiento. Por pura compasión se puso a salvar y para ello se dio un
nombre.
Para que Dios nos salve de nuestras esclavitudes no le hacen falta nuestros ruegos,
sólo nuestro sufrimiento, inhumano, forzado. Dios no salva de servidumbres bien
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llevadas, de dependencias elegidas, sino de cuanta desgracia nos haga clamar al
cielo, de toda injusticia de la que no nos podamos librarnos, de sumisiones
impuestas que no nos permiten crecer como hombres ni como creyentes. ¿No será
que seguimos alimentando esclavitudes sin queja porque nos vienen bien? ¡!Razón
de más para que Dios no se fije en nosotros! ¿Cómo nos va a prestar atención si no le
damos a entender que lo necesitamos? Cuando una servidumbre impuesta se nos
haga insoportable, nuestros gritos llegarán al cielo y Dios contemplándonos sufrir se
conmoverá e intervendrá a nuestro favor.
No le hizo falta a Dios otra razón para implicarse que su compasión. Israel aún no
era pueblo de su propiedad. Pero recordó la palabra dada en el pasado.
Comprometido con los padres, no podía dejar sin asistir a los hijos. Y para cumplir su
promesa fue a elegir al menos ‘recomendable’. Moisés no había sufrido nunca la
esclavitud en Egipto. Y si se escapó fue porque temía perder la vida. Cuando ya la
había rehecho, es cuando Dios le fue a encontrar: solo una persona libre puede
liderar una liberación. Su experiencia personal, de fugitivo, primero, de pastor,
después, le ayudaría a promover huidas y a guiar en el desierto. Dios tiene extrañas
maneras de preparar a sus lugartenientes: había matado a un egipcio por compasión;
y representará a un Dios que matará los primogénitos de Egipto para misericordia
con Israel; tuvo que crear una familia y vivir en el desierto quien iba a liderar un
pueblo durante cuarenta años por ese desierto. Cierto, Moisés no podía sospechar,
antes de encontrarse con Dios, que su vida anterior había tenido un objetivo. No
lograr entender lo que nos pasa, rechazarlo incluso, puede impedir o dificultar el
proyecto que Dios tiene sobre nosotros. No es que hay un por qué a cuanto nos
sucede, es que hay un Alguien que nos está educando para que mejor realicemos la
salvación de los nuestros. Quien se sabe llamado por el Dios de Moisés no pone
reparos a su pedagogía; puede que no vea más que dolor y sinrazón; si Dios lo piensa
hacer su representante tiene que haber pasado, personalmente, por lo que ha de
pasar su pueblo.
Al elegir Dios a Moisés, le revela no solo su plan sino sobre todo su nombre. Le ha
identificado su tarea y se identifica a si mismo. El elegido de Dios conoce al Dios
salvador en el mismo momento de reconocerse por Él llamado. No se puede quejar
un llamado de no conocer a Dios por su propio nombre…, a no ser que no haya sido,
en realidad, llamado. Para intimar con Dios basta saberse elegido. No se entiende
bien que haya tantos que presumen de vocación y no logren esconder su ignorancia
de Dios. ¿En dónde apoyan su pretendida vocación? ¿En lo que hacen o en por Quién
lo deben hacer? ¿Y cómo ponerse al servicio de un Desconocido? Sin trato continuo
con Quien nos envió no hay servicio posible.
Dios se dio un nombre para que fuera con él reconocido «de generación en
generación” (3,15). Lo reveló cuando Moisés buscaba zafarse de la imposible tarea de
liberar a Israel. Y a su pregunta, supuestamente humilde, «¿quién soy yo para…?».
(3,11), Dios respondió manifestando quién era Él. Para salvar a otros hay que
identificarse: Dios, con lo que es, Uno que existe para que los demás sean libres; el
elegido, con la misión que se le encomienda. No le faltaban razones a Moisés para
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sentirse el menos adecuado para liberar esclavos. Pero Dios no quería de él que se
identificase con lo que le había pasado, sino con lo que tenía que realizar y le había
presentado. A quienes llama Dios no los quiere por lo que han logrado, sino para que
logren ser lo que El desea. Ni la indignidad, ni la indisponibilidad son buenas excusas
para un Dios que llama. Pero - ¡atención! – no llama más que a quien no se siente a
la altura de la misión…
Moisés, primero, e Israel, después, supieron que contaban con un Dios a su favor,
que tenían un Dios que ‘recordaba’ sus promesas y, conmovido, ‘se fijaba’ en sus
desgracias, cuando Dios dijo quién era. El nombre que reveló es, sigue siendo y lo
será hasta que lo veamos a Él cara a cara, un enigma. Así no nos deja tomarlo en
vano, manipularlo a nuestro antojo. Pero si no nos dijo netamente Quién es, nos
dejó claro que es para salvar a quien sufre y clama. No nos permitió conocerlo
totalmente, pero nos confirmó que para liberarnos salió del anonimato, que vive
para desvivirse por nosotros, que es «El-que-es-para-nosotros». Saber de Dios es,
pues, saberse salvados. ¿Por qué será que saber de Dios no nos hace más alegres,
mejor agradecidos?
3. Mi Dios
¿Qué tendrás, Señor, en tu mirar que, cuando descubres la desgracia ajena, te dejas
conmover por lo que ves? Moisés también la vio y reaccionó matando al agresor de
su hermano. Tu la ves e intervienes a favor del desvalido. ¡Qué diversa forma de
emancipar a esclavos! A tu mirar lo dirige la compasión, no la sed de justicia. ¡Cómo
quisiera tener tu mirada y conmoverse ante la aflicción de la gente! ¡Cómo me
gustaría saber escuchar en sus gritos de dolor una invitación a implicarme en sus
infortunios! Dame tu mirar y cambia mi corazón. Que no asista indiferente ante el
malestar de mi gente, ni me revele con violencia frente a la injusticia reinante.
Enséñame a conmoverse ante la desgracia ajena para que, como Tu, me sienta
llamado a hacerme presente entre quien la sufra. Dame, Señor, tus entrañas de
misericordia y hazme digno re-presentante tuyo.
No logro entenderte, Señor. Al que había reaccionado ante el infortunio de los suyos,
y con violencia, a ése lo escogiste para liderar tu salvación. Enviaste a Egipto a quien
había visto lo que Tu, unos esclavos tiranizados, y oído lo que Tu, su clamor y
desesperanza. ¿Será que, porque evito ver, y me niego a escuchar, el sufrimiento de
quien vive a mi alrededor que no te conozco, misericordioso Señor, ni me reconozco
como tu enviado, signo y portavoz de tu compasión? ¿No me estarán faltando ojos y
oídos en el corazón, para dejarme herir por las desgracias de los míos? Desinteresado
como vivo de los demás, no logro saber que te interesas por mi y me quieres en tu
proyecto de salvación.
Me parece estupendo que vernos sufrir te haga recordar tus promesas; que te
devuelva a previos compromisos con nosotros. Que más, y mejor, que una plegaria a
ti dirigida sea tu vernos afligidos lo que te hace acordarte de tu empeño en estar ahí,
siempre, a nuestro favor y disposición. Tendría que aprender a hablarte más que con
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mis palabras con mi vida, más que con mis deseos con mis penas. Quien sufre, ante
Ti, reza; quien vive esclavizado en tu presencia está por ser liberado. No porque me
lo merezca, sino porque tu no soportas verme sufrir.
Conocerte a Ti es conocer la miseria de tu pueblo, puesto que Tu te has dado a
conocer cuando te has fijado en ella. Que cuanta esclavitud vea, cuanta injusticia
constate se me convierta en un modo de encontrarte de nuevo y conocerte mejor.
Muchos esclavos había en Egipto, Señor, cuando tu elegiste a los que no dejaban de
lamentar su postración. Te recordaron quién eres y a qué te habías comprometido
con sus padres. No eres insensible con la opresión injustificada, ni neutral con quien
la promueve. Dame, Señor, saber de Ti, conocerte íntimamente en el sufrimiento de
mis hermanos. Que no siga el ejemplo de Moisés que quiso liberar a uno dando
muerte a otro. Que aprenda, como Tu, a acercarme al que está mal y vivir junto a él
compadecido, mejor, padeciendo con él.
Me conforta, Señor, saber que te has dado a conocer un día liberando a esclavos que
sufrían sin esperanza. Porque donde sufra yo y donde está sufriendo mi pueblo allí
estarás Tu dispuesto a manifestar tu oposición a nuestro dolor y tu rostro. No es que
te hayas identificado con nuestra desventura, es que has proclamado estar en contra
de todas ellas. Eres un Dios que todo lo puedes, menos ver sufrir a los tuyos. Te doy
gracias, Señor. Quizá hayamos merecido padecer cuanto nos aflige, pero no a Ti no
te merecemos. Vives para que vivamos felices y te desvives para que no muramos a
manos de nuestros enemigos. Bendito seas, mi Señor.
Por más que lo intento, no logro entender la razón última de tu revelación personal.
Te diste un nombre nuevo liberando esclavos que gritaban su malestar. No me
parece una hazaña digna de un Dios que se precie. ¿Por qué te cautivaron unos
cautivos? ¿Por qué ligaste tu nombre con el de unos siervos? Te bastó conocer su
desdicha, para darte a conocer… Ven, Señor, a verme, conoce mi desgracia y dame a
conocer tu rostro. Quiero conocerte y ser libre, compadécete de mi.
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¤El anaquel
“¡Continúen abriendo!”
Luis Alberto Gonzalo Díez
(Director Vida Religiosa)
En el mes de junio de 2015, el Papa Francisco recibió al director de nuestra revista.
En ella nos deja dos expresiones directas y claras que tienen que ver con la salida a la
frontera, el cambio de paradigma y el despertar al mundo: «oren por mí y continúen
abriendo».
Orar y abrir son pues los verbos de la novedad de este Pontificado y de la vida
religiosa en él. Presencias claras que reivindiquen la antropología y en ella siembren
la encarnación que salva, redime y hace justicia.
Signos claros
«Acumula y redime millas, viviendo grandes experiencias» reza un slogan de una
conocida línea aérea de nuestro globo. Se trata de un reclamo y una invitación al
consumo y a esa libertad, entre comillas, que conmueve el sentir de los
contemporáneos.
Un mensaje comercial y también confuso que integra valores de Reino al servicio del
mercado. Se trata de la ambigüedad de los signos que amenaza esta era de logros. La
clave de esta época es que todo sirva conforme a las necesidades que tienes o decidas
tener. Es la ley del mercado o del supermercado en la que lo bueno es que cubras tu
necesidad y que incluso preveas qué necesidades puedes tener porque te lo han
contado, o porque hay quien disfruta de soluciones a problemas, aunque, de
momento no los tengas. La cuestión es protegerse y estar preparado.
El signo de la vida religiosa ha caído en un cierto bien de consumo. No ofende, pero
tampoco está cerca de los momentos vitales y urgentes. Con lo cual va perdiendo
incidencia, oportunidad y novedad. Está ahí y forma parte del paisaje, más bien
urbano, de sociedades que fueron muy uniformes y cristianas y que, hoy, han dejado
de serlo.
Nuestro Papa acuñó aquella expresión clara de los «hospitales de campaña». La
agilidad y frugalidad, junto con la cercanía al dolor, son los contenidos del signo
claro, necesario y pertinente para una vida que solo pretende comunicar la alegría
del Reino. Especialmente entre quienes la han perdido, o se la hemos quitado.
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La búsqueda de la claridad, ­–valga la redundancia–, es poco clara. La necesidad de
que la alternativa tenga fuerza lleva, en no pocas ocasiones, a ciertas medidas de
excentricidad o cambios radicales para los que un cuerpo con tanta historia como la
vida religiosa, no está «programada» ni puede asimilar. El signo claro en la
disyuntiva actual –estimamos– viene por una paulatina y decidida separación de
presencias y estilos actuales que pueda ser digerida por un cuerpo envejecido como
es el de los religiosos.
Recuperar las presencias «inútiles» que muestren en los contextos que hay quien
está dispuesto a escuchar, a perder el tiempo y a ofrecer gratuitamente los valores
que no se acaban, constituye, en verdad, el gran signo de la vida religiosa del siglo
XXI.
Es evidente que han perdido fuerza para nosotros aquellas decisiones que se
sostienen en la ambigüedad. No sirven, ni comunican vida el mantener presencias
porque tuvieron historia o porque tuvieron prestigio o porque fueron reconocidas, en
su momento, como una muestra de excelencia. Es más, la claridad del momento
impone que justamente aquello por lo que más hemos luchado como logro de
nuestra empresa articulada, desaparezca, para presentarnos como algo ligero, débil y
alternativo que signifique Reino.
Creemos que el signo más claro es la fraternidad religiosa. Aquella que es
integradora y no uniforme. Con capacidad de acogida y renovación. Aquella que se
regenera y cambia ofreciendo solo y claramente la «comensalidad» del Reino en la
que todos y todas caben. Creemos además que ha de ser una comunidad que
renuncie a la historia, en lo que ésta tiene de logro o seguridad, que ame el presente
y se integre en los procesos de la humanidad apoyando todo lo que sirve a la persona
para ser, encontrarse y soñar.
Palabras decididas
Debe estar impulsada por palabras decididas. Aquellas que tienen fuerza y no dejan
indiferente a quien las escucha o presencia. Se trata de volver a pronunciar la
castidad, pobreza y obediencia con significado. No salva a los consejos evangélicos la
tradición de lo que fueron. Necesitan estos principios evangélicos personas que los
encarnen desde la búsqueda. Necesitan palabras de verdad que muevan los
corazones en el anhelo de lo importante, sin que ello suponga, ramplonamente,
seguir un dictado.
La personalización de los carismas permite aprender el idioma en el que el Espíritu
se expresa en este contexto. Facilita un lenguaje pronunciado y comprendido que se
hace vida en quienes están, siendo, a su vez, posibilidad para quienes vengan. No es
un idioma de iniciados, ni mistérico que pocos controlan, es el idioma de la
fraternidad que lima las fronteras y las rompe de manera que cada comunidad
religiosa es un auténtico laboratorio de fraternidad. Es la palabra de esperanza que la
sociedad puede ofrecer ante todo drama humano porque constantemente recuerda,
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en los procesos más duros de soledad, que Dios se cuida de la persona, de toda
persona y en todas las situaciones donde se encuentra.
No es una palabra pronunciada al aire, ni para ganar la aceptación del medio. Es una
palabra llena de vida porque nace del compromiso.
Cuando la vida religiosa dice «todos», está expresando con su vivir que nadie está
excluido. Cuando dice «gratuitamente», está mostrando que su presencia y amor no
tiene, ni tasa, ni medida ni precio. Cuando dice «virginalmente», está afirmando que
en el corazón de los religiosos caben todas las personas con sus situaciones,
haciendo de cada una el predilecto de Dios. Es un amor verdadero que sufre, llora y
sueña con las esperanzas y los gozos de cada persona con su historia, trayecto, edad
y cultura: con su nombre y apellido.
Dice la vida religiosa en la pronunciación de su palabra verdadera que es
«obediente», porque está abierta al discernimiento. Porque renuncia al «a mi me
parece, yo necesito», porque ha encontrado su gusto y sentido en preguntar con
otros «qué nos está pidiendo el Espíritu».
Es además una palabra verdadera, porque significa vitalmente que las «cosas»
importantes de la vida no son cosas, ni se les puede poner precio y experimenta una
libertad, casi indescriptible, con la felicidad de poder dedicar el tiempo, todo el
tiempo y la vida, toda la vida, al querer de Dios.
Es una palabra innecesaria, es cierto. La subida o caída de la bolsa no depende de que
se pronuncie o no. Éste es también un aspecto de su libertad total, de su minoridad y
pequeñez. Es, bien mirado, una constatación que nos conforta y sitúa. El valor de la
palabra de la vida religiosa no está en el reconocimiento o la fuerza que tiene en las
decisiones de nuestro mundo, sino en la presencia sugerente y nueva que en medio
de una vida comercial, pueden pronunciar algunos y algunas que, sencillamente,
rompen todo cálculo y desconciertan.
Abrir al servicio de la vida
No se trata tanto de lugares geográficos como de apertura de comprensión. Cada
vez, de manera más decidida el lugar de los consagrados no es otro que la vida. Allí
donde se genera y juega; allí donde se cuestiona y condiciona. Allí donde se
posibilita y recrea son los itinerarios de esa apertura que debe sostenerse y guiarse.
Nos decía el Papa Francisco: «continúen abriendo». Hay que entender en la
expresión ese sostener la reflexión y ofrecer guía; ese alimentar itinerarios con
sentido y bien evangélicos, sin renunciar a la iluminación que el Espíritu está
ofreciendo en esta era en la que cree. «Continúen abriendo» o continúen buscando.
Se trata de no cansarse o caer en la satisfacción o la resignación. Abrir es vivir y
comprometerse con la vida. Cerrar es el lenguaje de muerte que aparentando
seguridad o protección, en realidad, va situando a quien lo practica en los márgenes.
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No los evangélicos, sino en los prescindibles o superfluos que no evocan vida, solo
recuerdan un ayer que satisface culturalmente a quien en su tiempo de ocio gusta
saber cómo fue el pasado, cómo se vivía en esa época o qué se escribía. El lugar de la
apertura es la vida y la calidad que en ella se conjugue. El lugar donde no hay vida es
el museo en el que, vayas en el momento que vayas, te encontrarás lo mismo.
Ordenado, seguro y protegido. Pero sin vida.
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