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La hierba de las noches

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La hierba de las noches
Patrick Modiano
La hierba
de las noches
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
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Título de la edición original:
L’herbe des nuits
© Éditions Gallimard
París, 2012
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A
Ilustración: foto © Paul Almary / akg-images / album
Primera edición: mayo 2014
© De la traducción, María Teresa Gallego Urrutia, 2014
© EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2014
Pedró de la Creu, 58
08034 Barcelona
ISBN: 978-84-339-7894-3
Depósito Legal: B. 6959-2014
Printed in Spain
Reinbook Imprès, sl, av. Barcelona, 260 - Polígon El Pla
08750 Molins de Rei
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Para Orson
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Pues no lo soñé. A veces me sorprendo diciendo esta frase por la calle, como si oyese la voz de
otro. Una voz sin matices. Nombres que me vuelven a la cabeza, algunos rostros, algunos detalles.
Y nadie ya con quien hablar de ellos. Sí que deben
de quedar dos o tres testigos que están todavía
vivos. Pero seguramente se les habrá olvidado todo.
Y, además, uno acaba por preguntarse si hubo de
verdad testigos.
No, no lo soñé. La prueba es que tengo una
libreta negra repleta de notas. En esta niebla, necesito palabras exactas y miro el diccionario. Nota:
escrito breve que se hace para recordar algo. Las
páginas de la libreta son una sucesión de nombres,
de números de teléfono, de fechas de citas y también de textos cortos que a lo mejor tienen algo
que ver con la literatura. Pero ¿en qué categoría
hay que clasificarlos? ¿Diario íntimo? ¿Fragmentos
de memoria? Y también cientos de anuncios por
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palabras copiados de los periódicos. Perros perdidos. Pisos amueblados. Demandas y ofertas de
empleo. Videntes.
De entre todas esas notas, algunas tienen un
eco mayor que otras. Sobre todo cuando nada altera el silencio. Hace mucho que no suena el teléfono. Ni nadie llamará a la puerta. Deben de creer
que me he muerto. Está uno solo, atento, como si
quisiera captar señales en morse que un interlocutor desconocido le envía desde muy lejos. Muchas
señales llegan con interferencias y por mucho que
afine uno el oído se pierden para siempre. Pero hay
nombres que destacan con nitidez en el silencio y
en la página blanca...
Dannie, Paul Chastagnier, Aghamouri, Duwelz,
Gérard Marciano, «Georges», el Unic Hôtel, calle
de Le Montparnasse... Si no recuerdo mal, en ese
barrio andaba yo siempre con la guardia alta. El
otro día, pasé por casualidad. Noté una sensación
muy rara. No la sensación de que hubiera pasado
el tiempo, sino de que otro yo, un gemelo, rondaba por las inmediaciones; que no había envejecido
y seguía viviendo en los mínimos detalles, y hasta
el final de los tiempos, lo que viví aquí durante
una temporada muy breve.
¿De qué dependía el malestar que notaba tiempo atrás? ¿Era por esas calles a la sombra de una
estación y de un cementerio? De repente, me parecían anodinas. Había cambiado el color de las
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fachadas. Mucho más claras. Nada de particular.
Una zona neutral. ¿Era realmente posible que un
doble que hubiera dejado yo aquí siguiera repitiendo todos y cada uno de mis antiguos gestos y recorriendo mis antiguos itinerarios por toda la
eternidad? No, aquí no quedaba ya nada de nosotros. El tiempo había arramblado con todo. El
barrio era nuevo y lo habían saneado, como si lo
hubieran vuelto a construir en el emplazamiento
de un islote insalubre. Y aunque la mayoría de los
edificios eran los mismos, le daban a uno la impresión de hallarse ante un perro disecado, un perro
que hubiera sido de uno y al que hubiera querido
cuando estaba vivo.
Ese domingo por la tarde, durante el paseo,
intenté recordar qué ponía en la libreta negra, que
lamentaba no llevar en el bolsillo. Horas a las que
había quedado con Dannie. El número de teléfono
del Unic Hôtel. Los nombres de las personas con
quienes me encontraba allí. Chastagnier, Duwelz,
Gérard Marciano. El número de teléfono de Aghamouri en el pabellón de Marruecos de la Ciudad
Universitaria. Breves descripciones de diversas zonas
de ese barrio que tenía el proyecto de titular «Los
adentros de Montparnasse», pero, treinta años después, descubrí que ese título lo había usado ya un
tal Oser Warszawski.
Un domingo de octubre a media tarde me
llevaron, pues, mis pasos a esa zona por la que otro
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día de la semana habría evitado pasar. No, no se
trataba de una peregrinación de verdad. Pero los
domingos, sobre todo a media tarde y si uno está
solo, abren en el tiempo algo así como una brecha.
Basta con colarse por ella. Un perro disecado al
que uno quiso cuando estaba vivo. Cuando estaba
pasando delante del edificio grande, blanco y beige sucio, el número 11 de la calle de Odessa –iba
por la acera de enfrente, la de la derecha–, noté
algo así como si saltase un muelle, esa clase de
vértigo que le entra a uno precisamente cada vez
que se abre una brecha en el tiempo. Me quedé
quieto con la vista clavada en las paredes del edificio que rodeaban el patinillo. Allí era donde Paul
Chastagnier aparcaba siempre el coche cuando
vivía en una habitación del Unic Hôtel, en la calle
de Le Montparnasse. Una noche, le pregunté por
qué no dejaba el coche delante del hotel. Puso una
sonrisa apurada y me contestó, encogiéndose de
hombros: «Por precaución...»
Un Lancia rojo. Podía llamar la atención. Pero,
entonces, si quería resultar invisible, ¿a quién se le
ocurría escoger esa marca y ese color...? Luego me
explicó que un amigo suyo vivía en ese edificio de
la calle de Odessa y que le prestaba el coche a menudo. Sí, por eso lo dejaba aparcado allí.
«Por precaución...», decía. Yo no había tardado
en caer en la cuenta de que aquel hombre de alrededor de cuarenta años, moreno, siempre muy
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atildado, con trajes grises y abrigos azul marino,
no tenía ninguna profesión concreta. En el Unic
Hôtel lo oía hablar por teléfono, pero la pared era
demasiado gruesa para que fuera posible seguir la
conversación. Sólo me llegaba la voz, seria y a veces
cortante. Silencios prolongados. Al tal Chastagnier
lo había conocido en el Unic Hôtel al mismo
tiempo que a otras cuantas personas con quien
había coincidido en ese mismo establecimiento:
Gérard Marciano, Duwelz, de cuyo nombre no me
acuerdo... Con el tiempo, sus siluetas se han vuelto borrosas y sus voces inaudibles. Paul Chastagnier
destaca con mayor precisión por los colores: pelo
muy negro, abrigo azul marino, coche rojo. Supongo que pasó una temporada en la cárcel, como
Duwelz y como Marciano. Era el de más edad y
ya ha debido de morirse. Se levantaba tarde y quedaba con la gente a cierta distancia, hacia el sur,
en esas zonas interiores que están alrededor de la
antigua estación de mercancías cuyos nombres
tradicionales también a mí me resultaban familiares: Falguière, Alleray e, incluso, algo más allá, la
calle de Les Favorites... Cafés desiertos a los que
me llevó a veces y donde creía seguramente que
nadie podría localizarlo. Nunca me atreví a preguntarle si tenía una prohibición de residencia,
aunque fue una idea que se me pasó a menudo por
la cabeza. Pero, en tal caso, ¿por qué aparcaba el
coche rojo delante de esos cafés? ¿No habría sido
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más prudente para él ir a pie y discretamente? Yo
por entonces iba siempre andando por aquel barrio
que estaban empezando a derruir, siguiendo las
hileras de solares, de edificios pequeños de ventanas
tapiadas y tramos de calles entre montones de escombros, como después de un bombardeo. Y aquel
coche rojo allí aparcado, aquel olor a cuero, aquella mancha llamativa que resucita los recuerdos...
¿Los recuerdos? No. Aquel domingo a última hora
de la tarde ya me estaba convenciendo de que el
tiempo no se mueve y de que si de verdad me colase por la brecha me lo volvería a encontrar todo
intacto. Y, más que cualquier otra cosa, ese coche
rojo. Decidí ir andando hasta la calle de Vandamme.
Había allí un café al que me había llevado Paul
Chastagnier y donde la conversación se fue por
derroteros más personales. Noté incluso que estaba a punto de hacerme confidencias. Me propuso,
con medias palabras, que «trabajase» para él. Le di
largas. No insistió. Yo era muy joven, pero muy
desconfiado. Más adelante, volví a aquel café con
Dannie.
Ese domingo era casi de noche cuando llegué
a la avenida de Le Maine y fui siguiendo los edificios grandes y nuevos, por la acera de los pares.
Formaban una fachada rectilínea. Ni una luz en
las ventanas. No, no lo había soñado. La calle de
Vandamme desembocaba en la avenida más o
menos a esa altura, pero aquella tarde las fachadas
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eran lisas y compactas, sin el mínimo paso. No me
quedaba más remedio que rendirme a la evidencia:
la calle de Vandamme ya no existía.
Me metí por la puerta acristalada de uno de
esos edificios, más o menos en el sitio en que entrábamos en la calle de Vandamme. Luz de tubos
de neón. Un corredor largo y ancho que flanqueaban tabiques acristalados, tras los que había una
sucesión de oficinas. A lo mejor quedaba un tramo
de la calle de Vandamme, encerrado en esa mole
de edificios nuevos. Al pensarlo, me entró una risa
nerviosa. Seguía por el corredor de las puertas
acristaladas. No veía el final y la luz de neón me
hacía guiñar los ojos. Pensé que aquel corredor
transcurría, sencillamente, por el antiguo trazado
de la calle de Vandamme. Cerré los ojos. El café
estaba al final de la calle, que prolongaba un callejón sin salida que se topaba con la pared de los
talleres del ferrocarril. Paul Chastagnier aparcaba
el coche rojo en el callejón sin salida, delante de la
pared negra. Encima del café había un hotel, el
hotel Perceval, porque así se llamaba una calle que
también habían borrado del mapa los edificios
nuevos. Lo tenía todo anotado en la libreta negra.
En los últimos tiempos, Dannie no se sentía
ya muy a gusto que digamos en el Unic –como
decía Chastagnier– y había tomado una habitación
en el hotel Perceval. En adelante quería evitar a los
demás, sin que yo supiera a quién en concreto:
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¿Chastagnier? ¿Duwelz? ¿Gérard Marciano? Cuanto más lo pienso ahora más me parece que empecé
a notarla preocupada a partir del día en que me
llamó la atención la presencia de un hombre en el
vestíbulo y detrás del mostrador de recepción, un
hombre de quien me había dicho Chastagnier que
era el gerente del Unic Hôtel y cuyo apellido consta en mi libreta: Lakhdar, y tras el que viene otro
apellido: Davin, éste entre paréntesis.
La conocí en la cafetería de la Ciudad Universitaria, donde iba yo a menudo a buscar refugio.
Vivía en una habitación del pabellón de los Estados
Unidos y me preguntaba por qué, porque no era
ni estudiante ni norteamericana. Después de conocernos no se quedó ya en ese pabellón por mucho tiempo. Alrededor de diez días apenas. No me
decido a poner entero el apellido que anoté en la
libreta negra después de nuestro primer encuentro:
Dannie R., pabellón de los Estados Unidos, bulevar de Jourdan, 15. A lo mejor vuelve a ser el suyo
ahora –después de tantos otros apellidos– y no
quiero llamar la atención por si todavía está viva
en algún sitio. Y, sin embargo, si leyera ese apellido
en letras de molde, a lo mejor se acordaba de que
lo había llevado en determinada época y me daba
señales de vida. Pero no, no me hago demasiadas
ilusiones al respecto.
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