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¿Importa la poesía?

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¿Importa la poesía?
¿Importa la poesía?
Dana Gioia
Traducción de Zulai Marcela Fuentes
La poesía norteamericana pertenece hoy a una subcultura. Ha dejado de ser parte de la corriente principal de la
vida artística e intelectual para convertirse en la ocupación
especializada de un grupo relativamente pequeño y aislado.
Poca de la actividad que genera llega a salir de ese grupo
cerrado. Como categoría social los poetas no carecen de
prestigio cultural. Como sacerdotes en un pueblo de agnósticos poseen todavía un cierto residuo de prestigio. Pero
como artistas individuales son casi invisibles.
Lo que hace de la situación de la poesía contemporánea
algo sorprendente en particular es que llega en un momento
de expansión sin precedente para el arte. Nunca antes se
habían publicado tantos libros nuevos de poesía, tantas
antologías o revistas literarias. Nunca antes había sido
tan fácil ganarse la vida como poeta. Existen hoy varios
miles de trabajos de nivel universitario en la enseñanza de
creación literaria, y muchos más en los niveles de primaria
y secundaria. El Congreso [norteamericano] ha instituido
incluso la categoría de Poeta Laureado, así como lo han
hecho veinticinco estados. Es posible también encontrar
una compleja red de subsidios públicos para poetas, con
fondos de organismos federales, estatales y locales, a los
que se suman apoyos privados en forma de becas otorgadas
por fundaciones, así como premios y retiros financiados.
Tampoco nunca antes había surgido tanto trabajo crítico en
torno de la poesía contemporánea; éste abunda en docenas
de publicaciones y boletines académicos.
La proliferación de poesía y programas de poesía asombra como nunca en el pasado. Tan sólo de verso se publica
pocos menos de un millar de nuevas colecciones cada año,
además de una inmensidad de nuevos poemas que aparecen
tiempo
en revistas tanto breves como extensas. Nadie sabe cuántas
lecturas de poesía se realizan al año, pero con seguridad
deben andar por decenas de miles. Y existen hoy cerca de
doscientos programas de posgrado en creación literaria en
Estados Unidos y más de mil en nivel de licenciatura. Con
un promedio de diez estudiantes de poesía en la sección de
posgrado, tan sólo dichos programas producirán cerca de 20
mil poetas profesionales acreditados en los próximos diez
años. A partir de dichas estadísticas un observador puede
fácilmente llegar a la conclusión de que vivimos en la edad
de oro de la poesía norteamericana.
Pero el boom de la poesía constituye un fenómeno
penosamente aislado. Décadas de recursos públicos y privados han dado origen a una amplia categoría profesional
para la producción y recepción de nueva poesía que abarca
legiones de maestros, estudiantes graduados, editores,
libreros y administradores. Provenientes en su mayoría
de las universidades, estos grupos se han convertido de
manera gradual en el público principal del verso contemporáneo. Por consiguiente, la energía de la poesía norteamericana, que alguna vez se vertía hacia fuera, dirige su
rumbo hacia adentro cada vez más. Se edifican famas y se
distribuyen premios dentro de la subcultura de la poesía.
Para adaptar la definición de Russel Jacoby del renombre
académico contemporáneo en The Last Intellectuals, un
poeta “famoso” significa hoy alguien famoso sólo para
otros poetas. Pero hay suficientes de ellos como para
que esa fama local sea muy significativa. No hace mucho
“sólo los poetas leen poesía” era una aseveración crítica
perniciosa. En esta época resulta una probada estrategia
de mercadotecnia.
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dossier
La situación se ha convertido en una paradoja, un enigma
esotérico de la sociología cultural. En la última mitad del
siglo xx, al crecer el público en forma sistemática, los lectores
generales han disminuido. Más aún, la maquinaria que ha
dado impulso al éxito institucional –explosión de programas
académicos de creación literaria, proliferación de revistas
subsidiadas y editoriales, surgimiento de un cauce para el
desarrollo de la creación literaria y migración de la cultura
literaria norteamericana hacia la universidad– ha contribuido
inadvertidamente a su desaparición de la vista pública.
obtuvo el Premio Pulitzer. Transparent Gestures, de Rodney
Jones, se reseñó después de que recibió el National Book
Critics Circle Award. Thomas and Beulah, de Rita Dove,
nunca apareció en el Times.
El comentario periodístico de la poesía en otros medios tampoco abunda, y por lo general es más lamentable
aún. El New York Times sólo refleja la opinión de que no
obstante el enorme acervo de poesía por doquier, nada de
ésta le importa mucho a los lectores, editores o publicistas
–a nadie–, es decir, salvo a otros poetas. Para la mayoría de
los periódicos y revistas la poesía se ha convertido en una
mercancía destinada menos a leerse que a ser reconocida con
aprobación. La mayoría de los editores publican poemas y
reseñas de poesía del mismo modo en que un granjero de
Montana tendría unos cuantos bisontes no para comerse
a las criaturas en peligro sino para exhibirlas en favor de
la tradición.
Para el lector promedio la afirmación de que el público de
poesía ha disminuido puede resultar evidente. Resulta sintomático del aislamiento actual del arte que en la subcultura
dichas nociones a menudo se rechacen. Como representantes de una cámara-de-comercio del parnaso los impulsores
de la poesía dan cuenta del impresionante crecimiento
numérico de publicaciones, programas y profesorados.
Dadas las estadísticas al alza de la expansión material de
la poesía, ¿cómo puede uno demostrar que su influencia
material se ha erosionado? No es posible adelantar cifras,
pero para cualquier observador sincero la evidencia en todo
el mundo de las ideas y las letras parece ineludible.
Los diarios ya no reseñan poesía. Hay, sin duda, poca
cobertura de poesía en la prensa general. De 1984 a 1992
el National Book Award descartó la poesía como categoría.
Los principales críticos rara vez la reseñan. De hecho, casi
nadie la reseña salvo otros poetas. Casi no existen colecciones populares de poesía contemporánea de no ser aquellas
como la Norton Anthology, cuyo destinatario es el público
académico. Parece, en suma, como si el gran público que
aún existe para la narrativa de calidad apenas notara la poesía. Un lector familiarizado con las novelas de Joyce Carol
Oates, John Updike o John Barth podría incluso dejar de
reconocer los nombres de Gwendolyn Brooks, Gary Snyder
o W. D. Snodgrass.
Puede verse un microcosmos en la posición actual de
la poesía si se estudia su presencia en el New York Times.
Casi sin reseñarse en la edición diaria, la poesía se discute
en el suplemento dominical Book Review, pero en general en reseñas de conjunto donde tres obras se comentan
brevemente a la vez. En tanto que una nueva novela o
biografía se reseña en la fecha en que se publica, una nueva
colección de un poeta importante, como Donald Hall o
David Ignatow, puede esperar hasta un año para que se
dé a conocer. O bien podría nunca reseñarse. The Flying
Change, de Henry Taylor, se reseñó sólo después de que
tiempo
La discusión en torno de la decadencia de la importancia
cultural de la poesía no es nueva. En las letras norteamericanas data del siglo xix. Pero puede decirse que el debate
moderno inició en 1934 cuando Edmund Wilson publicó
la primera versión de su controvertido ensayo “Is Verse a
Dying Technique?” En su análisis de historia de la literatura
Wilson señaló que el papel del verso se había tornado cada
vez más insignificante a partir del siglo xviii. En particular, el énfasis del romanticismo en torno de la intensidad
hizo que la poesía se percibiera como algo “evanescente y
quintaesencial” que tarde o temprano se consumió hasta
convertirse en un recurso meramente lírico. Como el verso
–que antes había sido un recurso popular en narrativa,
sátira, teatro e incluso en la historia y la especulación científica– se retrajo hacia lo lírico, la prosa usurpó mucho de su
territorio cultural. A la postre los escritores verdaderamente
ambiciosos no tuvieron elección sino de escribir en prosa. El
futuro de la gran literatura, Wilson especulaba, pertenecía
casi por entero a la prosa.
Wilson era un hábil escrutador de las corrientes literarias. Su valoración escéptica del lugar de la poesía en las
letras modernas fue objeto de ataques y calificaciones a la
mitad del siglo pasado, pero nunca pudo descalificársele
de manera convincente. Sus argumentos han establecido
los criterios metodológicos para todos los defensores de la
poesía contemporánea. También han marcado el punto
de partida para iconoclastas posteriores como Delmore
Schwartz, Leslie Fiedler y Christopher Clausen. El más
reciente y célebre de estos revisionistas es Joseph Epstein,
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DOSSIER
cuya crítica mordaz de 1988, “¿Quién mató la poesía?”,
apareció primero en Commentary y se reimprimió en una
colección de artículos extravagantemente cáusticos en awp
Chronicle (el órgano informativo del Associated Writing
Program). No es coincidencia pero el título de Epstein
rinde un doble homenaje al ensayo de Wilson, primero, al
imitar la forma interrogativa del título original; segundo,
al emplear su metáfora de muerte.
Epstein actualizó de modo esencial el argumento de
Wilson, pero con importantes diferencias. Mientras Wilson
veía la decadencia de la posición cultural de la poesía como
un proceso gradual que abarca tres siglos, Epstein dirigió
su mirada a las últimas décadas. Contrastó los principales
logros de los modernistas –la generación de Eliot y Stevens,
que llevaron la poesía del agonizante romanticismo al siglo
xx– frente a lo que sentía que eran los aciertos menores
de los actuales profesionales. Los modernistas, sostenía
Epstein, eran artistas que trabajaban a partir de una amplia
visión cultural. Los escritores contemporáneos son “profesionales de la poesía”, que operan dentro del claustro de la
universidad. Wilson culpaba al compromiso de la poesía
con las fuerzas históricas; Epstein acusa a los poetas mismos
y a las instituciones que éstos ayudaron a crear, sobre todo
a los programas de creación literaria. Brillante polemista,
Epstein pretendía que su ensayo fuese incendiario, y sí
logró en efecto encender una conflagración de crítica.
Ningún ensayo reciente acerca de la poesía norteamericana
ha generado respuestas tan inmediatas en las publicaciones
literarias. Y con certeza nadie ha provocado crítica tan violentamente negativa de los poetas. A la fecha por lo menos
treinta escritores han respondido en medios impresos.
Henry Taylor publicó dos refutaciones.
Los poetas son justificadamente sensibles a las afirmaciones de que la poesía ha disminuido en importancia
cultural, porque los periodistas y reseñistas han utilizado
dichos argumentos en forma simplista para declarar que
todo el verso contemporáneo es de poca trascendencia. Por
lo general mientras menos sabe un crítico de verso más
presto está a hacerlo a un lado. No es coincidencia, en mi
opinión, que dos de los ensayos más convincentes acerca
de la supuesta desaparición de la poesía fuesen escritos por
destacados críticos de narrativa, ninguno de los cuales ha
escrito mucho acerca de la poesía norteamericana. Sería
prematuro juzgar la exactitud del ensayo de Epstein, pero
un historiador literario vería como paradójico el momento
del juicio de Wilson. Cuando Wilson terminaba su famoso
ensayo, Robert Frost, Wallace Stevens, T. S. Eliot, Ezra
Pound, Marianne Moore, e. e. cummings, Robinson Jeffers,
H. D. (Hilda Doolitle), Robert Graves, W. H. Auden,
Archibald MacLeish, Bunting y otros escribían algunos de
sus mejores poemas, que por el hecho de abarcar historia,
política, economía, religión y filosofía pueden contarse
entre los más incluyentes desde el punto de vista cultural
dentro de la historia del lenguaje. Al mismo tiempo, una
nueva generación con integrantes como Robert Lowell,
Elizabeth Bishop, Philip Larkin, Randall Jarrell, Dylan
Thomas, A. D. Hope y otros acababa de ver la luz. Wilson
admitió después que el advenimiento de un poeta versátil
y ambicioso como Auden contradecía varios aspectos de
su propuesta. Pero si las profecías de Wilson eran a veces
inexactas su sentido de la situación global de la poesía era
deprimentemente astuto. Aun si la gran poesía continuaba
escribiéndose ésta se había retirado del centro de la vida
literaria. Con todo y que recibe el apoyo de un círculo de
lealtad, la poesía perdió la confianza de que va destinada a
la cultura general y habla por ella.
Bela Gold
La evidencia de la estatura disminuida de la poesía puede
verse incluso en el seno de la floreciente subcultura. Los
tiempo
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dossier
rituales establecidos del mundo de la poesía –lecturas, pequeñas revistas, talleres y conferencias– exhiben un número
sorprendente de autolimitaciones. ¿Por qué, por ejemplo,
la poesía se mezcla tan poco con la música, la danza o el
teatro? En la mayoría de las lecturas el programa consiste
nada más de verso, y por lo general sólo verso del autor
de esa noche. Hace cuarenta años, cuando Dylan Thomas
leía, se pasaba leyendo obra de otros poetas. Lejos de ser
modesto era, no obstante, humilde frente a su propio arte.
Hoy, la mayoría de las lecturas no son celebraciones de la
poesía sino del ego de los autores. No en balde el público
de dichos eventos consiste por lo general casi sólo de poetas,
aspirantes a poetas y amigos del autor.
Hoy varias docenas de revistas publican sólo poesía. No
publican reseñas literarias, sino páginas y páginas de poemas
recientemente forjados. El corazón se nos quiebra cuando
vemos tantos poemas juntos amontonados como afligidos
inmigrantes de tercera. Un poema radiante puede pasar
inadvertido en medio de tantos otros que brillan por su
opacidad. Hay que realizar un esfuerzo tremendo para leer
dichas revistas de pequeño formato con holgura y atención.
Por lo general son pocos los que se toman la molestia de
saber algo de los colaboradores. La indiferencia hacia la
poesía en los medios masivos de comunicación ha creado
un monstruo de naturaleza contraria: revistas que aman la
poesía, no sabiamente pero sí demasiado.
No fue sino hasta hace treinta años que la mayor parte
de la poesía apareció en revistas dirigidas a un público no
especializado y que trataban una amplia gama de materias.
La poesía competía por el interés del lector junto con el periodismo político, el humor, la narrativa y las reseñas –una
competencia sana para todos los géneros–. Un poema que
no captaba el interés del lector no se consideraba bueno.
Los editores escogían el verso por pensar que resultaría
atractivo a su público específico, y la diversidad de revistas
garantizaban que apareciera una amplia variedad de trabajos
poéticos. El Kenyon Review en su primera época publicó
los poemas de Robert Lowell junto con ensayos críticos y
reseñas literarias. El viejo New Yorker sirvió de escaparate a
Ogden Nash entre caricaturas y cuentos breves.
Unas cuantas revistas de interés general como New
Republic y New Yorker aún publican poesía en cada número;
pero, lo más revelador, ninguna salvo Nation sigue reseñándola con regularidad. Algo de poesía aparece en algunas
revistas nuevas y publicaciones trimestrales que en forma
sistemática discuten una amplia agenda con lectores no
especializados. Éstas son Threepenny Review, New Criterion y
tiempo
Hudson Review. Pero la mayor parte de la poesía se publica
en diarios destinados a un público aislado de profesionales
literarios, sobre todo maestros de creación literaria y sus
estudiantes. Unos cuantos, como American Poetry Review y
awp Chronicle, tienen una circulación más o menos extensa.
Muchos más tienen un número insignificante de lectores.
Pero el tamaño no es aquí el problema. El problema es su
complacencia o resignación ante el hecho de existir sólo
dentro de y para una subcultura.
¿Cuáles son las características de una publicación de
poesía en la subcultura? Primero, se dirige al objeto de la
literatura actual norteamericana (complementada tal vez
por unas cuantas traducciones de poetas que ya han sido
traducidos antes). Segundo, si publica algo que no sea
poesía es por lo general cuento breve. Tercero, si publica
una entrevista el tono será descaradamente reverencial con
el autor. En estos diarios la prosa crítica existe no para brindar una perspectiva desinteresada de los nuevos libros sino
para promoverlos. A menudo hay conexiones personales
manifiestas entre los reseñistas y los autores aludidos. Si se
publica una reseña negativa ésta será abiertamente sectaria,
y rechazará una postura estética que la revista ya ha condenado antes. La regla editorial implícita parece ser: nunca se
sorprenda ni se incomode a los lectores; ellos son, después
y por encima de todo, nuestros amigos y colegas.
Al abandonar la ardua faena de la valoración, la subcultura de la poesía demerita su arte. Y puesto que hay
demasiadas colecciones de nueva poesía que ven la luz
cada año como para que puedan valorarse, el lector se ve
obligado a confiar en la franqueza y el discernimiento de
los reseñistas cuando recomiendan los mejores libros. Pero la prensa general abandonó en gran medida esta labor y
la especializada se volvió tan sobreprotectora de la poesía
que se niega a emitir juicios severos. En American Poetry:
Wilderness and Domesticity, Robert Bly ha descrito con
exactitud el efecto corrosivo de dicho auge crítico:
Tenemos una situación extraña: en la medida en que hay más
publicaciones que nunca en la historia norteamericana, la mayor
parte de las reseñas resultan positivas. Los críticos dicen: “Yo
nunca ataco lo malo, todo cae por su propio peso”[...] pero el país
está lleno de jóvenes poetas y lectores que se confunden al ver que
se ensalza la poesía mediocre o que nunca se le ataca, de modo
que terminan dudando de sus propias percepciones críticas.
Un sentimiento exclusivista también tipifica las antologías
más recientes de la poesía contemporánea. Aunque éstas
constituyen guías confiables de la mejor poesía nueva, no
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DOSSIER
se compilan para lectores al margen de la academia. Más
de un editor ha descubierto que el mejor modo de lograr
que se asigne una antología es incluir trabajo de los poetas que imparten los cursos. Compiladas con un ánimo
oportunista, muchas de estas antologías dan la impresión
de que la calidad literaria es un concepto que ni un editor
ni un lector debería tomarse muy en serio.
La Morrow Anthology of Younger American Poets de
1985, por ejemplo, no es tanto una colección literaria
selecta sino un directorio integral de maestros de creación
literaria (incluso ofrece una foto de cada autor). En casi
800 páginas el volumen presenta no menos de 104 poetas
jóvenes importantes de los cuales casi todos enseñan creación literaria. El principio editorial que rige el proceso de
selección parece haber sido el temor de dejar fuera a algún
colega importante. Sin embargo, el libro contiene unos
cuantos poemas logrados y originales pero a éstos los rodean
tantos ejercicios indiferenciados que cuesta trabajo adivinar
si el trabajo de calidad llegó allí por voluntad del destino
o por azar. En los fragmentos más monótonos se sospecha
que quizá nunca se concibió el libro para su lectura, sino
sólo por encargo de que fuese publicado.
Y ése es el problema real. La subcultura de la poesía ha
dejado de suponer que todos los poemas publicados serán
leídos. Como sus colegas de departamentos académicos
los profesionales de la poesía deben publicar, por razones
tanto de seguridad en el empleo como de superación
profesional. Mientras más publican avanzan más. Si no
publican, o esperan demasiado, su futuro económico está
en grave riesgo.
Por supuesto en el arte todos están de acuerdo en que
calidad y no-calidad es lo que cuenta. Algunos autores
subsisten en la premisa de un solo poema inolvidable –“Go,
lovely rose”, de Edmund Waller, por ejemplo, o “The Man
with the Hoe” de Edwin Markham, que se hizo famoso
al ser reeditado en cientos de periódicos–, algo que sería
impensable en el presente. Pero las burocracias, por su justa
naturaleza, tienen dificultad al medir algo tan intangible
como la calidad literaria. Cuando las instituciones evalúan
a los creadores con fines de empleo o promoción deben encontrar algún medio aparentemente objetivo para hacerlo.
Como el crítico Bruce Bawer ha señalado:
Los poetas que se toman en serio hacer carrera dentro de
las instituciones comprenden que los criterios para el éxito
son básicamente cuantitativos. Deben publicar tanto como
sea posible y tan pronto como puedan. La madurez lenta
de la auténtica creatividad les parece una forma de pereza
a los miembros de un comité. Wallace Stevens tenía cuarenta y tres años cuando apareció su primer libro. Robert
Frost tenía treinta y nueve. Hoy estos flojonazos estarían
desempleados.
La proliferación de los suplementos literarios y editoriales en los últimos treinta años lejos de propiciar un
apetito creciente por la poesía entre el público parece una
necesidad desesperada de los maestros de creación que
buscan validación profesional. Como la agricultura con
subsidios que cultiva alimentos que nadie consume, así
se ha generado una industria de la poesía para servir a los
intereses de los productores y no de los consumidores. Y
en este proceso se ha traicionado la integridad del arte.
Claro está que a ningún poeta se le permite admitirlo en
público. La credibilidad cultural del statu quo de la poesía
profesional depende de la capacidad de mantener una hipocresía cortés. Millones de dólares en fondos están en juego.
Por fortuna, a nadie fuera de la subcultura le importa lo
suficiente como para querer ir a fondo. Ningún Woodward
y Bernstein investigarán jamás una coartada por parte de
los Associated Writing Programs.
El nuevo poeta no se gana la vida al publicar obra literaria sino cuando presta servicios educativos especializados.
Lo más probable es que él o ella trabajen ya sea para una
gran institución o aspiren a hacerlo –por lo general una empresa dirigida por el Estado, como serían una escuela pública, una universidad (o en esta época incluso un hospital
y hasta un reclusorio)–, para enseñar a los demás cómo
escribir poesía o, en los niveles superiores, cómo enseñar a
otros a escribir poesía.
Al ver el problema en términos estrictamente económicos es necesario señalar que la mayoría de los poetas
contemporáneos han sido enajenados de su función cultural
original. Como Marx sostenía y algunos economistas han
alegado, los cambios en la función económica de una clase
tarde o temprano transforman sus valores y comportamiento. En el caso de la poesía los cambios socioeconómicos han
generado una cultura literaria dividida: la superabundancia
de la poesía dentro de una clase pequeña y el empobrecimiento fuera de ella. Uno podría incluso decir que fuera
del aula –donde la sociedad exige que dos grupos interactúen– los poetas y el lector común dejan de dialogar.
Un poema es, después de todo, una cosa frágil, y su valor
intrínseco, o la carencia del mismo, es una consideración aterradoramente subjetiva; pero becas, apoyos, grados académicos,
nombramientos y publicaciones son hechos objetivos. Son
cuantificables; pueden enumerarse en un currículo.
tiempo
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dossier
tiempo
light y la poesía para niños.) Por tanto, aunque la actual
poesía norteamericana casi nunca ha destacado en formas
públicas como el verso político o satírico, ha podido sin
embargo dar vida a poemas confesionales de insuperable
hermosura y fuerza. A pesar de su excelencia manifiesta estas
nuevas obras no han encontrado un público más allá de la
subcultura de la poesía porque la maquinaria tradicional
de transmisión –labor confiable de reseña, crítica honesta
y antologías selectivas– se ha desmoronado. El público que
alguna vez hizo parte de su visión cultural a Frost y Eliot,
cummings y Millay permanece fuera del alcance. Hoy el
desafío de Walt Whitman de “A grandes poetas, grandes públicos también”, puede leerse como una recriminación.
Bela Gold
El divorcio entre la poesía y el lector culto ha tenido
otro resultado pernicioso. Al ver tanto verso mediocre no
sólo publicado sino ensalzado, al recorrer penosamente las
páginas de tantas antologías y pequeñas revistas tediosas,
una gran parte de los lectores –incluso sofisticados como
Joseph Epstein– suponen que no se está escribiendo nueva
poesía importante. El escepticismo público representa el
aislamiento final del verso como forma artística en la sociedad contemporánea.
La paradoja es que este escepticismo viene en un periodo de legítimas realizaciones. La ley de Gresham, que
señala que la mala creación ahuyenta a la buena, sólo se
aplica a medias en el caso de la poesía actual. La masa
completa de la mediocridad pudo haber ahuyentado a casi
todos los poetas, pero no ha podido arrojar a los escritores
talentosos fuera de la cancha. Cualquiera con la suficiente
paciencia para escardar por entre la maraña de las obras
contemporáneas logra encontrar una gama impresionante
y diversa de nueva poesía. Adrienne Rich, por ejemplo,
no obstante su polémica muchas veces arrogante, es una
poeta mayor por donde quiera vérsele. El mejor trabajo
de Donald Justice, Anthony Hecht, Donald Hall, James
Merrill, Louis Simpson, William Stafford y Richard Wilbur
–sólo para mencionar a los escritores de la generación más
antigua– puede defenderse contra viento y marea en la
literatura nacional. Puede añadirse a Sylvia Plath y James
Wright, dos poetas vigorosos de la misma generación que
murieron pronto. Estados Unidos es también un país rico
en poesía de emigrados, como lo demuestran escritores
como Czeslaw Milosz, Nina Cassian, Derek Walcott, Joseph
Brodsky y Thom Gunn.
Empero, sin un papel en el contexto más amplio de la
cultura, poetas talentosos carecen de la confianza para crear
un discurso público. En ocasiones un escritor se vincula
provechosamente con un movimiento social o político.
Rich, por ejemplo, ha utilizado el feminismo para expandir
la visión de su obra. Robert Bly escribió su mejor poesía
para protestar contra la guerra de Vietnam. Su forma de
dirigirse a un público amplio y diverso añadía humor,
expansión y humanidad a su verso minimalista de otrora.
Pero es una tarea difícil la de emparentar felizmente a la
musa con la política. Por consiguiente, la mayoría de los
poetas contemporáneos, a sabiendas de que son casi invisibles en una cultura más amplia, tienden a las formas más
intimistas del verso lírico y contemplativo. (Súmense unos
cuantos solitarios que como X. J. Kennedy y John Updike
malgastaron su genio en el tan precario mundo del verso
Para mantener sus actividades, las subculturas requieren por
lo general de instituciones, ya que la sociedad general no
comparte sus intereses. Los nudistas vuelan a los “campos
de natura” para expresar su estilo desinhibido de vida. Los
monjes permanecen en los monasterios para proteger sus
ideales de austeridad. Cuando los poetas pertenecían a una
clase más extensa de artistas e intelectuales, ellos hacían que
sus vidas giraran alrededor de la bohemia urbana donde
mantenían una dudosa independencia de las instituciones.
Una vez que los poetas comenzaron a emigrar hacia las
universidades abandonaron la heterogeneidad de la clase
trabajadora de Greenwich Village y North Beach por la
homogeneidad de la academia.
78
DOSSIER
Al principio existían en las periferias de los departamentos de letras, lo cual tal vez resultaba sano. Sin los
grados académicos avanzados o las trayectorias formales
de carrera, los poetas eran reconocidos como criaturas
especiales. Les era permitido –como caciques aborígenes
de visita por el campamento de algún antropólogo– comportarse según sus leyes. Pero conforme creció la demanda
de la creación literaria, la labor del poeta se extendió de lo
puramente literario a las funciones administrativas. Bajo
las exigencias de la universidad estos jóvenes poetas autodidactas diseñaron el primer currículo institucional de la
historia para poetas noveles. La creación literaria pasó de
los cursos ocasionales dentro del departamento de letras a
convertirse en una licenciatura o programa de posgrado.
Los escritores confeccionaron su especialidad académica
a imagen y semejanza de otros estudios universitarios. Al
multiplicarse nuevos departamentos de escritura los nuevos
profesionales armaron su infraestructura –títulos de cargos,
revistas, convenciones anuales, organizaciones– ya no según
los criterios de la bohemia urbana sino de las instituciones
educativas. A partir de la creación de redes profesionales de
esta expansión educativa nació la subcultura de la poesía.
En un inicio la multiplicación de los programas de creación literaria debió haber sido un feliz suceso embriagador.
Los poetas que subsistían a duras penas en la bohemia o
que se habían pasado su temprana juventud peleando en la
segunda guerra mundial de repente se aseguraron un trabajo
estable y bien pagado. Los escritores que nunca habían
gozado de gran notoriedad se vieron rodeados de ávidos
estudiantes. Los poetas que habían sido demasiado pobres
para viajar volaban de campus en campus y de conferencia
en conferencia para hablar frente a públicos integrados por
coetáneos. Como describió alguna vez Wilfrid Sheed un
momento en la carrera de John Berryman: “La próspera
red universitaria de pronto permitió que uno se considerara como un poeta nacional, aun si la nación acabara por
convertirse por entero en un departamento de letras”. El
brillante mundo de la posguerra prometía un renacimiento
para la poesía norteamericana.
En términos materiales dicha promesa se ha cumplido
más allá de los sueños de cualquiera de los integrantes de la
generación lacerada por la depresión de la época de Berryman. Los poetas ahora ocupan nichos en todos los niveles
académicos, desde algunas cátedras suntuosamente privilegiadas con salarios de seis cifras a los puestos más numerosos
de medio tiempo con sueldos por el estilo de lo que paga
un Burger King. Pero aun con un salario mínimo enseñar
tiempo
poesía paga más ahora de lo que nunca antes se ganaba por
escribirla. Antes del boom de la creación literaria, ser poeta
significaba por lo general vivir en una modesta pobreza o
algo peor. En tanto que los sacrificios que exigía la poesía
provocaban mucho sufrimiento individual, los rigores de
servir a la “musa ingrata” de Milton también rindieron el
beneficio cultural colectivo de ahuyentar a todos los artistas
no comprometidos.
Hoy la poesía es una modesta profesión de movilidad
ascendente de clase media, no tan lucrativa como el manejo
de residuos o la dermatología, sino varios grandes escalones
por arriba de la frugalidad de la bohemia. Sólo un filisteo
fantasearía con la, por fortuna, desaparecida pobreza de los
artistas de antaño. Pero un observador de aguda visión debe
también reconocer que al abrir el oficio poético a todos los
aspirantes y al emplear a los escritores para que hicieran algo
más que escribir, las instituciones cambiaron la identidad
social y económica del poeta de artista a educador. En
términos sociales la identificación del poeta con el maestro
ya es plena. La primera pregunta que un poeta hace a otro
al ser presentado es “¿Dónde das clase?”
El problema no es que los poetas den clase. El campus
universitario no es un mal lugar de trabajo para los poetas.
Es, mejor dicho, un mal lugar para que todos los poetas
trabajen ahí. La sociedad sufre al perder la imaginación y
vitalidad que llevaban los poetas a la cultura pública. La
poesía sufre cuando los cánones literarios se ven forzados
a someterse a los criterios institucionales. Aun dentro de
la poesía universitaria contemporánea existe hoy una subcultura. El poeta que enseña descubre que él o ella tienen
poco en común con los colegas académicos. El estudio
académico de la literatura en los últimos veinticinco años
se ha desviado hacia un rumbo teórico con el cual la mayoría de los escritores imaginativos tienen poca afinidad y
familiaridad.
Hace treinta años los detractores de los programas de
creación literaria predijeron que los poetas en las universidades se verían atrapados en las redes de la crítica y el
academicismo literarios. Esta profecía ha resultado demoledoramente falsa. Los poetas han creado un enclave en la
academia casi diametralmente separado de sus colegas dedicados a la crítica. Escriben menos crítica que antes de ingresar a la academia. Al verse presionados a mantener el paso
de la plétora de publicaciones de poesía nueva –pequeñas
revistas, diarios especializados y antologías– terminan casi
siempre por estar poco informados de la literatura del pasado. Sus coetáneos del departamento de letras por lo general
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dossier
tuvieron menos lecturas de poesía contemporánea y en
cambio mucho más de teoría literaria. En muchas facultades
los escritores y los teóricos literarios están en guerra abierta.
Reunir a ambos grupos bajo un solo techo ha dado como resultado una paradoja que los vuelve más territoriales. Aislado
dentro de la universidad el poeta, cuya materia verdadera es
la totalidad de la existencia humana, se ha convertido muy
a su pesar en un especialista educativo.
Para entender lo radical del cambio en la situación del
poeta norteamericano uno debe tan sólo comparar el presente con cincuenta años atrás. En 1940, con la notable
excepción de Robert Frost, pocos poetas trabajaban en las
universidades, a menos que como Mark van Doren e Yvor
Winters impartieran materias tradicionalmente académicas.
El único programa de creación literaria era un experimento
que comenzó algunos años antes en la Universidad de Iowa.
Los modernistas ejemplificaron las opciones que los poetas
tenían para ganarse la vida. Éstos podían ingresar a profesiones de clase media como T. S. Eliot (banquero convertido en
editor), Wallace Stevens (abogado en una firma de seguros)
y William Carlos Williams (pediatra). O podían vivir en la
bohemia sosteniéndose como artistas, como lo hizo Ezra
Pound a su manera, e. e. cummings y Marianne Moore. Si
la ciudad les resultaba poco atractiva, ellos podían, como
Robinson Jeffers, írsela pasando en una comunidad rural
artística como Carmel en California. O podían convertirse
en granjeros, como el joven Robert Frost.
La mayoría de los poetas se ganaban la vida como editores o reseñistas y tomaban parte activa de la vida artística
e intelectual de su época. Archibald MacLeish era editor y
escribía en Fortune. James Agee reseñaba películas para Time
y Nation, y acabó escribiendo guiones para Hollywood.
Randall Jarrell reseñaba libros. Weldon Kees escribía de
jazz y arte moderno. Delmore Schwartz reseñaba lo que
fuera. Incluso los poetas que tarde o temprano optaron por
carreras académicas pasaron por periodos de aprendizaje intelectualmente ensanchadores en el periodismo literario. El
joven Robert Hayden cubría música y teatro para la prensa
negra de Michigan. R. P. Blackmur, que nunca terminó high
school, reseñaba libros para Hound & Horn antes de enseñar
en Princeton. En ocasiones un poeta podía complementar
sus ingresos ofreciendo lecturas o conferencias, pero estas
ocasiones eran raras. Robinson Jeffers, por ejemplo, tenía
54 años cuando dio su primera lectura pública. Para la
mayoría de los poetas el medio de sustento no era el aula
o el podio sino la palabra escrita.
tiempo
Si los poetas se ganaban el pan con la escritura, era sobre
todo con la prosa. El mercado remunerado para la poesía
era limitado. Más allá de unas cuantas revistas nacionales
que por lo general preferían el verso ligero o la sátira política, hubo alguna vez escasos diarios que publicaban una
cantidad importante de poesía. El surgimiento de una
publicación trimestral como Partisan Review o Furioso
resultó un acontecimiento de gran interés, y un público
pequeño pero dedicado esperaba ansioso la aparición de
cada número. Si la gente no podía comprar los ejemplares
los pedían prestados o los consultaban en bibliotecas públicas. En cuanto a libros de poesía, menos de cien nuevos
títulos se publicaban cada año. Pero los libros que lograban
publicarse se reseñaban en los diarios así como en las revistas
y las publicaciones trimestrales. Una revista mensual como
Poetry podía cubrir casi todo el campo.
Los reseñistas de hace medio siglo eran, según criterios
actuales, muy rigurosos. Decían justo lo que pensaban, aun
de sus contemporáneos con mayor influencia. Hay que
escuchar, por ejemplo, la descripción de Randall Jarrell de
un libro del famoso antologador Oscar Williams: “[éste]
daba la impresión de haber sido escrito en una máquina de
escribir por una máquina de escribir”. Dicho comentario
le costó a Jarell su exclusión de las posteriores antologías
de Williams, pero nunca dudó en publicarlo. O bien,
considérese la valoración de Jarrell del poema público de
Archibald MacLeish “America Was Promises”: “pudo haber
sido pensado por una secretaria del ymca en un hogar para
retrasados mentales”. O léase la reseña de una sola frase de
Weldon Kees acerca de Wake Island de Muriel Rukeyser:
“Hay algo que puede decirse acerca de Muriel: no es floja”.
Pero estos mismos reseñistas podían escribir con generosidad acerca de los poetas que admiraban, como hizo Jarrell
con Elizabeth Bishop y Kees acerca de Wallace Stevens. Sus
juicios llenos de encomio importaban porque los lectores
sabían que no venían a la ligera.
Los reseñistas de hace medio siglo sabían que su deber
era prodigarles su principal lealtad no a sus amigos poetas
o editores sino a los lectores. Por consiguiente, expresaban
sus reacciones con escrupulosa honestidad, aunque sus
opiniones pudieran hacerlos perder aliados literarios y
encargos de trabajo. Cuando discutían la nueva poesía se
dirigían a una amplia comunidad de lectores cultos. Sin
menospreciar a su público cultivaban un dialecto público.
Se privilegiaba la claridad y la accesibilidad y evitaban utilizar jerga especializada y pedantes desplantes de erudición.
También intentaron, como hacen los intelectuales serios
80
DOSSIER
pero a menudo no los especialistas, relatar lo que acontecía
en la poesía en cuanto a corrientes sociales, políticas y artísticas. Cargaron la poesía moderna de importancia cultural
e hicieron de ella el centro de su discurso intelectual.
Mal pagados, agobiados de trabajo y subestimados, este
grupo de discusión integrado por críticos “prácticos”, todos
ellos poetas, tuvieron logros importantes. Definieron el
canon de la poesía modernista, establecieron métodos para
analizar versos de complejidad extraordinaria e identificaron a la nueva generación de mitad de siglo cuyos poetas
norteamericanos (Lowell, Roethke, Bishop, Berryman y
otros) aún dominan nuestra conciencia crítica. Lo que sea
que uno piense de su canon literario o principios críticos,
debemos admirar la energía intelectual y cabal determinación de estos críticos que se desenvolvieron como escritores
sin becas o cargos permanentes en las facultades, a menudo
mientras trabajaban de modo precario en proyectos a destajo. Ellos representan un pináculo en la vida intelectual de
Norteamérica. Incluso después de medio siglo sus nombres
aún poseen más autoridad que los de unos cuantos críticos
contemporáneos. Una breve nómina podría incluir a John
Berryman, R. P. Blackmur, Louise Bogan, John Ciardi,
Horace Gregory, Langston Hughes, Randall Jarrell, Weldon
Kees, Kenneth Rexroth, Delmore Schwartz, Karl Shapiro,
Allen Tate e Yvor Winters. Aunque la poesía contemporánea
tiene sus impulsores y prosélitos, no cuenta con un grupo
de dedicación y talento comparable capaz de dirigirse a la
comunidad literaria general.
Como todo intelectual genuino estos críticos eran visionarios. Pensaban que si los poetas modernos no tenían público ellos podrían creárselo. Y en forma gradual lo hicieron.
No era un público masivo; pocos poetas norteamericanos de
cualquier época han disfrutado una relación directa con el
público general. Era una muestra representativa de artistas
e intelectuales, junto con científicos, empleados de oficina,
educadores, abogados y, desde luego, escritores. Este grupo
constituía una intelligentsia literaria, hecha sobre todo de
no-especialistas que se tomaban la poesía tan en serio como
la narrativa y el teatro. Recientemente Donald Hall y otros
críticos han cuestionado la dimensión de dicho público
cuando citan el bajo promedio de ventas de un volumen
de verso nuevo escrito por un poeta consolidado en la época citada (por lo general menos de mil copias. Pero estos
escépticos no entienden cuál era el mecanismo de lectura
de poesía de entonces).
Norteamérica era un país más pequeño y menos opulento en 1940, con cerca de la mitad de su población actual
tiempo
y un sexto de su Producto Interno Bruto real. En aquellos
días previos a los libros de bolsillo de la postrimería de la
depresión ni lectores ni bibliotecarios podían darse el lujo
de comprar tantos libros como hoy. Ni existía tampoco
un público cautivo de estudiantes de creación literaria que
compraran libros de poesía contemporánea para uso en el
salón de clases. Los lectores por lo general compraban poesía
en dos formas: en un volumen de obras completas de algún
autor famoso o en antologías. Las obras completas de autores como Frost, Eliot, Auden, Jeffers, Wylie y Millay se
vendían bien, se reimprimían con frecuencia y permanecían
en prensa de modo permanente. (Hoy casi todas las obras
completas desaparecen después de una impresión.) En
ocasiones un libro de nuevos poemas complacería el gusto
del público. Tristram (1927) de Edwin Arlington Robinson
se convirtió en una selección del Literary Guild. A Further
Range, de Frost, vendió 50 000 ejemplares de una selección
de Book-of-the-Month en 1936. Pero la gente conocía
poesía sobre todo por las antologías que no sólo compraban
sino que leían con curiosidad y atención.
Modern American Poetry, de Louis Untermeyer, se publicó por primera vez en 1919. Se revisaba con frecuencia
para mantenerla al día y fue un bestseller sistemático. Mi
edición de 1942, por ejemplo, se había reimpreso cinco
veces hacia 1945. Mi edición de A Pocket Book of Modern
Poetry, de Oscar Williams, iba en la decimonovena reimpresión en catorce años. Untermeyer y Williams se preciaban
de mantener sus antologías al día y a tiempo. Intentaron
representar lo mejor de lo que se había publicado. Cada
edición añadía nuevos poemas y autores y descartaba los
más antiguos. El público apreciaba sus esfuerzos. Las antologías de poesía eran parte indispensable de cualquier
biblioteca de un auténtico lector. La serie popular de Random House llamada Modern Library, por ejemplo, incluía
no una sino dos antologías: A New Anthology of Modern
Poetry, de Selden Rodean, y Twentieth Century American
Poetry, de Conrad Aiken. Todas estas colecciones se leían y se
volvían a leer por un público diverso. Los poemas favoritos
se memorizaban. Autores difíciles como Eliot y Thomas se
discutían y debatían activamente. La poesía importaba
fuera del salón de clases.
Hoy estos lectores generales constituyen el público
que la poesía ha perdido. Unidos por la inteligencia y la
curiosidad, este grupo heterogéneo cruza fronteras de raza,
clase, edad y ocupación. Representan nuestra intelligentsia
cultural; son quienes mantienen al arte, quienes compran
discos de música clásica y jazz; quienes ven películas extran81
dossier
jeras, teatro serio, ópera, sinfónica y danza; quienes leen
narrativa de calidad y biografías, oyen estaciones públicas
de radio y se suscriben a los mejores diarios. (A menudo
son también los padres de familia que leen poesía a sus
hijos y recuerdan que alguna vez en la universidad o en
la preparatoria o el jardín de niños les gustaba la poesía.)
Nadie conoce las dimensiones de esta comunidad, pero aun
si se reconoce una cifra aproximada de tan sólo 2% de la
población norteamericana sigue representando un público
potencial de casi cinco millones de lectores. Por más sana
que pueda parecer la poesía dentro de la subcultura, ha
perdido su público mayor que representa el puente entre
la poesía y la cultura general.
Mi corazón despierta
pensando en traerte noticias
de algo
que te concierne
y les concierne a tantos. Mira lo
que pasa de nuevo.
No lo encontrarás ahí sino en
los poemas despreciados.
Es difícil
recibir noticias cuando vienen de poemas
pero los hombres mueren miserablemente cada día
por falta
de lo que hay en ellos.
tiempo
Bela Gold
Pero ¿por qué habrían de preocuparle a cualquiera, salvo
a un poeta, los problemas de la poesía norteamericana?,
¿qué posible trascendencia tiene esta forma arcaica de arte
en la sociedad contemporánea­­? En un mundo mejor la
poesía no necesitaría justificación alguna más allá del cabal
esplendor de su existencia. Como señaló Wallace alguna
vez: “El propósito de la poesía es contribuir a la felicidad del
hombre”. Los niños saben de esta verdad esencial cuando
piden oír sus rimas favoritas de infancia una y otra vez. El
placer estético no necesita justificación porque una vida sin
un placer semejante no vale la pena.
Pero el resto de la sociedad ha olvidado en su mayoría
el valor de la poesía. Para el lector general las discusiones
acerca del estado actual de la poesía suenan como a debate
de política exterior por parte de emigrantes en un cafetucho.
O, como lo describiera más acremente Cyril Connolly:
“Poetas discutiendo de poesía moderna: chacales gruñendo
sobre un pozo vacío”. Cualquiera que aspire a ampliar el
público de la poesía –crítico, maestro, bibliotecario, poeta o
aficionado solitario– se enfrenta a un desafío estremecedor.
¿Cómo se persuade a lectores justificadamente escépticos
de que la poesía aún importa en términos que puedan
comprender y apreciar?
Un pasaje de “Asphodel, that Greeny Flower” de
William Carlos Williams marca un posible punto de partida. Escrito en el final de su vida, después de quedar parcialmente paralítico por una embolia, las líneas citadas a
continuación resumen las duras lecciones de la poesía y el
público que Williams había aprendido con años de dedicación tanto a lo poético como a la medicina:
82
DOSSIER
Williams comprendió el valor humano de la poesía pero no
era un iluso en cuanto a las dificultades que sus contemporáneos enfrentaban al tratar de comprometer al público que
necesitaba el arte con más desesperación. Para recuperar a
los lectores de poesía uno debe comenzar por cumplir con el
reto de Williams de encontrar lo que “concierne a muchos
hombres”, no simplemente lo que concierne a los poetas.
Hay por lo menos dos razones de por qué la situación
de la poesía debe importar a la comunidad intelectual en su
totalidad. La primera se refiere al papel del lenguaje en una
sociedad libre. La poesía es el arte de utilizar las palabras
con una carga de significado a ultranza. Los miembros de
una sociedad cuyos líderes intelectuales pierden la capacidad
para forjar, apreciar y comprender el poder del lenguaje se
convertirán en esclavos de aquellos que se apropian de él,
trátese de políticos, predicadores, redactores o cronistas de
noticias. La responsabilidad pública de la poesía ha sido
señalada en repetidas ocasiones por los escritores modernos. Aun el archisimbolista Stéphane Mallarmé destacó la
misión central del poeta como la de “purificar las palabras
de la tribu”. Y Ezra Pound nos previno:
do en un dominio semiprivado de aficionados y músicos
(hoy aun los innovadores destacados del jazz no pueden
encontrar lugares para ejecutar en muchos centros metropolitanos), y para un arte de improvisación la incapacidad
de ejecutar es un impedimento mutilador. Mucha de la
dramaturgia formal se ve confinada en el presente a la periferia del teatro norteamericano donde sólo la disfrutan
los actores, los aspirantes a actores, los dramaturgos y unos
cuantos admiradores obcecados. Sólo las artes visuales, tal
vez por su glamur financiero y el apoyo de las clases pudientes, se han escapado en gran medida del deterioro de
la atención del público.
El asunto más serio para el futuro de la cultura norteamericana es si las artes continuarán existiendo en aislamiento
y deterioro frente a las especialidades académicas subsidiadas o si queda alguna posibilidad de reconciliación con el
público culto. Cada una de las artes debe enfrentar el reto
por su lado, y ningún arte enfrenta obstáculos tan grandes
como la poesía. Dado el creciente analfabetismo funcional,
la proliferación de otros medios, la crisis en la educación
humanista, el deterioro de los criterios de la crítica y el
contundente peso de los fracasos del pasado, ¿cómo pueden
los poetas hacerse escuchar?, ¿acaso no sería un milagro?
Hacia el final de su vida Marianne Moore escribió un
poema breve llamado “O to Be a Dragon”. Este texto recuerda el pasaje bíblico en el cual Dios se aparece en sueños
a Salomón y le dice: “Pídeme lo que quieras, que yo te lo
daré”. Salomón pidió un corazón sabio y comprensivo. El
deseo de Moore es más difícil de resumir. Su poema dice:
Los buenos escritores son aquellos que mantienen la eficacia del
lenguaje. Es decir, que lo hacen preciso, claro. No importa si
un buen escritor quiere ser útil o si el mal escritor quiere hacer
daño [...] Si se deteriora la literatura de una nación, la nación
se atrofia y se deteriora.
O, como George Orwell escribió después de la segunda
guerra mundial: “Uno debe reconocer que el actual caos
político se asocia con el deterioro del lenguaje”. La poesía
no constituye en sí toda la solución para mantener honesto
y claro el lenguaje de una nación, pero nos veríamos en
aprietos si imagináramos que los ciudadanos de un país van
a mejorar la salud de su lenguaje al abandonar la poesía.
La segunda razón de por qué la situación de la poesía
importa a todos los intelectuales es que la poesía no está
sola entre las artes en su estado marginal. Si el público de
poesía ha caído en una subcultura de especialistas, también
ha sucedido lo mismo con los públicos de la mayoría de las
formas artísticas contemporáneas, de la dramaturgia formal
al jazz. La fragmentación sin precedentes de la alta cultura
norteamericana de la última mitad del siglo xx ha dejado
a casi todas las artes aisladas una de la otra, así como del
público general. La música clásica contemporánea apenas
existe como un arte vivo fuera de los departamentos de las
universidades y los conservatorios. El jazz, que alguna vez
fue dueño de un amplio público popular, se ha convertitiempo
Si yo, como Salomón...
cumpliera mi deseo,
mi deseo. Ah, de ser dragón,
símbolo del poder del cielo, del tamaño de la oruga
o inmenso; a veces invisible.
¡Fenómeno bendito!
Moore cumplió su deseo. Se convirtió, como todos los
poetas genuinos, en “símbolo del poder del cielo”. Tuvo
éxito en lo que Robert Frost llamaba “lo más alto de la
ambición”, a saber, “alojar unos cuantos poemas donde
difícilmente se puede uno deshacer de ellos”. Ella es parte
en forma perenne del “fenómeno feliz” de la literatura
norteamericana.
Así que los deseos pueden hacerse realidad, aun los más
extravagantes. Si como Marianne Moore pidiera un deseo,
83
dossier
y como Salomón pudiera tener la entereza de no desear
nada para mí, pediría que la poesía volviera a participar de
la cultura pública norteamericana. No pienso que eso sea
imposible. Todo lo que haría falta es que poetas y maestros
de poesía asumieran una mayor responsabilidad para llevar
su arte al público. Terminaré con seis humildes propuestas
de cómo podría volverse realidad este sueño.
en el análisis y más en la recreación. La poesía necesita
liberarse de la crítica literaria. Los poemas deben memorizarse, recitarse y recrearse. Debe ponerse énfasis en el
gozo cabal del arte. El placer de recrear es lo que atrae
primero a los niños hacia la poesía, la excitación sensual
de decir y oír las palabras del poema. La ejecución fue
también la técnica de enseñanza que mantuvo a la poesía
como algo vital durante siglos. Tal vez también guarda
el secreto de su porvenir.
6.Finalmente, los poetas y los administradores de las artes
deben emplear el medio radiofónico para ampliar el público
del arte. La poesía es un medio auditivo, y por ende ideal
para la radio. Una programación sutilmente imaginativa
en los cientos de estaciones públicas o universitarias
podrían llevar la poesía a millones de escuchas. Existen
algunos programas pero se limitan en su mayoría al
formato convencional de la subcultura de poetas que
leen sólo su propio trabajo. Mezclar poesía con música
en estaciones de música clásica o jazz o crear formatos
radiofónicos comentados en vivo restablecería una relación directa entre la poesía y el público general.
1.Cuando los poetas ofrezcan lecturas públicas, que dediquen
una parte de cada sesión a recitar la obra de otros poetas,
de preferencia poemas que admiran de escritores que
no conozcan personalmente. Las lecturas deben ser
celebraciones de poesía en general, no sólo de la obra
presentada del autor.
2.Cuando los administradores artísticos programen lecturas
públicas, harían bien en evitar el formato convencional
exclusivo de la subcultura poética. Hay que mezclar poesía con otras artes, en particular la música. Programar
noches que honren a escritores muertos o extranjeros.
Combinar lecturas críticas breves con recreación de
poesía. Dichas combinaciones atraerían un público que
estuviera más allá del mundo de la poesía sin menoscabo
de la calidad.
3.Los poetas necesitan escribir prosa acerca de la poesía con
mayor frecuencia y de modo más honesto y más eficaz. Los
poetas deben recuperar la atención de una comunidad
y escribir para publicaciones no especializadas. Deben
también evitar la jerga de la crítica académica contemporánea y escribir en un dialecto público. Los poetas
deben recuperar la confianza del lector al admitir con
sinceridad lo que no les gusta así como promover lo que
sí les gusta. La cortesía profesional no tiene lugar en el
periodismo literario.
4.Los poetas que antologan –o formulan listas de lectura– deben ser escrupulosamente honestos al incluir sólo poemas que
admiran de modo genuino. Las antologías son la puerta
de entrada de la poesía a la cultura general. No deben
usarse como carne de cañón para el comercio de la creación literaria. Un arte expande su público al presentarle
obras de arte, no mediocridad. Las antologías deben
compilarse para mover, deleitar e instruir a los lectores,
no para agradar a los maestros de creación encargados de
las ediciones. Los antologadores que sean poetas nunca
deber comerciar con el dominio de la musa a cambio de
favores profesionales.
5.Los maestros de poesía, sobre todo de educación media
básica, superior y licenciatura, deben poner menor énfasis
tiempo
La historia del arte cuenta lo mismo una y otra vez.
Cuando se desarrollan formas artísticas éstas establecen
convenciones que orientan la creación, la interpretación, la
enseñanza, incluso el análisis. Pero tarde o temprano estas
convenciones se tornan rancias. Comienzan a interferir
entre el arte y su público. Aunque se escriba mucha poesía
bella el statu quo de la poesía norteamericana se encuentra
cautivo en una serie de convenciones caducas –caminos
obsoletos de presentar, discutir, editar y enseñar poesía–.
Las instituciones educativas las han codificado en una serie
de fórmulas burocráticas sofocantes que enervan el arte. Estas convenciones pudieron tener sentido alguna vez pero
hoy confinan a la poesía dentro un gueto intelectual.
Ya es tiempo de experimentar, de abandonar el salón de
clases pulcro pero presuntuoso, tiempo de restaurarle una
vitalidad de vulgo a la poesía y liberar la energía atrapada
hoy en la subcultura. No hay nada que perder. La sociedad
ya nos ha dicho que la poesía está muerta. Construyamos
una pira funeraria con las convenciones marchitas que se
amontonan a nuestro alrededor y miremos al fénix inmortal
de plumaje rutilante resurgir de las cenizas.•
Dana Gioia es presidente del Fondo Nacional para las Artes de Estados Unidos. Ha publicado ¿Importa la poesía? (1992), Interrogaciones
al mediodía (2001) y Tinta que desaparece. Poesía en el extremo de la
cultura de la impresión (2004).
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DOSSIER
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