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De “la escuela no importa” a la escuela como unidad base

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De “la escuela no importa” a la escuela como unidad base
De “la escuela
no importa”
a la escuela como
unidad base de mejora
Por Antonio Bolívar (Universidad de Granada, España)
¿Qué factores en la escuela afectan, de modo más importante, en los resultados
de los estudiantes?
Parece que los cambios en las facililidades y el currículum de las escuelas
importan relativamente poco en los resultados de los estudiantes. En su lugar,
los rendimientos de los estudiantes están fuertemente relacionados con sus
condicionamientos sociales y con las aspiraciones de los otros estudiantes en
la escuela.
En 2006 se cumplieron 40 años de la publicación
del famoso Informe Coleman (1966), titulado oficilamente “Equality of Educational Opportunity”
(EEO Study) que, además de su relevancia como
la primera gran investigación educativa, podemos
considerarlo punto de partida de lo que han sido
los sucesivos estudios y abordajes sobre cómo lograr la mejora de la escuela. En efecto, la cuestión
inicial que se planteó el estudio dirigido por Coleman fue explicar las desigualdades persistentes
en educación y, en función de lo anterior, sugerir
dónde situar los esfuerzos para mejorar la educación de las minorías étnicas para integrarlas en la
sociedad moderna. A partir de su diagnóstico y
conclusiones, va a cambiar nuestra mirada de lo
que la educación puede hacer en la mejora de la
educación. Por eso, este aniversario me va a servir de motivo para trazar un panorama de cómo
hemos pasado de que la escuela no importa, al
centro escolar como base del cambio educativo
y de la mejora.
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A mitad de los sesenta, uno de los supuestos
ilustrados (la escuela como instrumento de
igualdad para la mejora de la sociedad) es
cuestionado o, al menos, seriamente resituado
con la prueba de los hechos (Informe Coleman
en USA y sociología de la educación en Europa).
El sueño liberal en esos años de desarrollo del
capitalismo y del Welfare State, tras la Guerra
Mundial, con fuertes inversiones en educación
para integrar a grupos marginados sufre, pues, un
serio cuestionamiento.
1. LA ESCUELA NO IMPORTA
El estudio de Coleman fue solicitado por la estadounidense Ley de Derechos Civiles de 1964,
precisamente para ver en qué situación estaban
y qué se podía hacer para integrar las minorías.
Basado en una imponente recogida de datos
(639.650 sujetos de muestra), sus impactantes
conclusiones cambiaron nuestra forma de ver la
Educación. Frente al optimismo reinante en la
rior ha situado a la escuela, en las últimas déca-
Más que invertir en educación, se requieren
políticas públicas dirigidas a compensar las
condiciones sociales de vida.
década de los 60 por el que se creía que bastaba invertir en recursos (humanos y materiales)
para mejorar la educación y, con ello, cambiar la
sociedad, el Informe Coleman vino a demostrar,
como recoge el texto inicialmente citado, que el
currículo escolar y los recursos tienen un impacto
muy limitado en el rendimiento de los estudiantes; mucho más importante es la situación social,
económica y cultural de sus familias y la composición social de la escuela donde asiste el alumno.
Siendo simplista, una posible conclusión, como se
ha popularizado, es que “la escuela no importa”
(schools don’t matter).
Paralelamente, en el continente europeo y desde un abordaje neomarxista y estructuralista, la
sociología de la educación, a partir de los sesenta (Bourdieu, Passeron, Althusser; Establet, etc.),
pone de manifiesto que el propio sistema educativo reproduce las diferencias sociales, siendo
–además– un aparato ideológico al servicio de los
intereses de la clase dominante. Si la escuela es
un instrumento de reproducción social, mediante
una provisión y distribución desigual del conocimiento según las clases sociales, el cambio educativo, entonces, se subordina al cambio social; y
los profesores son recursos instrumentales de dicho sistema reproductor. Como afirmara Bernstein, la escuela no puede compensar las diferencias procedentes de familia y clase social, por lo
que sus efectos son mínimos, comparados con el
grupo social de origen. Más que invertir en educación, se requieren políticas públicas dirigidas
a compensar las condiciones sociales de vida.
2. PERO LA ESCUELA IMPORTA, SIENDO EL
LUGAR PRIVILEGIADO PARA LA MEJORA
En una cierta réplica a las conclusiones del Informe Coleman, como he dado cuenta en un libro
(Bolívar, 1999), la investigación educativa poste-
das, en la clave de la mejora de la enseñanza y
ha aportado diversas estrategias de cambio institucional. Los movimientos europeos de “Escuelas
eficaces” y “Mejora de la escuela”, con diferencias en sus objetivos y estrategias, coinciden en
que el ethos o cultura propia de los centros escolares es una de las claves de la mejora.
El movimiento de “escuelas eficaces” (Effective
School) quiso mostrar que, bajo ciertas condiciones, los centros escolares pueden marcar diferencias (schools make a difference) en la mejora de
los resultados de los alumnos, pudiendo determinar factores que condicionan la efectividad de
un establecimiento escolar, dado que aportan un
“valor añadido”(value added) al aprendizaje de
los alumnos, en comparación con otras escuelas
que tengan alumnos procedentes de medios similares. Por su parte, la tradición de “mejora de
la escuela” (School Improvement), en un enfoque
más amplio de la mejora educativa, pretende generar las condiciones internas de los centros que
promuevan el propio desarrollo de la organización. No obstante, a partir de la llamada “segunda generación” de las “escuelas eficaces” a fines
de los ochenta, ambos movimientos se han ido
integrando en la llamada “mejora de la eficacia
escolar”.
La interacción y conjunción de las líneas de
“escuelas eficaces” y “mejora de la escuela” dará
lugar a lo que se ha dado en llamar “mejora de
la eficacia escolar” o, sencillamente, “buenas
escuelas”, aunando una “sinergia” de perspectivas
para potenciar el cambio educativo. El movimiento
de “eficacia escolar” acentuaba los resultados de
los alumnos a nivel de escuela; por su parte, la
“mejora de la escuela” proporcionaba una teoría
del cambio a nivel de escuela. La unión de ambos
movimientos venía dada por enfocar la mejora
como incremento de resultados y –por otra–
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que la eficacia escolar se vea complementada
por el proceso de cambio para conseguir tales
resultados.
En tercer lugar, todo un amplio movimiento de
gestión basada en la escuela ha pensado que el
cambio en las prácticas docentes no se producirá
si no se rediseñan las estructuras organizativas heredadas. Las estructuras organizativas actuales –se
diagnostica– impiden los roles deseados, por lo
que cambiar las prácticas docentes para hacerlas
más efectivas (cambios de “primer orden”) debe
situarse al nivel más básico de modos y estructura
de la escuela (cambios de “segundo orden”), para
que tengan lugar las acciones deseadas en el “primer orden”. Se propone cambios estructurales
(roles, espacios, tiempos o relaciones) que posibiliten una mejora: reprofesionalizar (“empower”)
la enseñanza, colaboración y trabajo en equipo,
la participación y la autonomía, al tiempo que reconstruir el currículum desde abajo con nuevas
estructuras en la toma de decisiones. El centro
educativo se constituye, así, en el epicentro de
cualquier esfuerzo de mejoramiento, como contexto de formación e innovación.
Por tanto, desde diferentes frentes y movimientos
u “olas” (escuelas eficaces, gestión basada en la
escuela, reestructuración escolar, etc.) se ha llegado a considerar que el núcleo del cambio educativo se sitúa, no a nivel micro del aula ni en el
macro de las estructuras del sistema, sino en ese
nivel meso o intermedio que son las condiciones
organizativas del centro escolar. El centro escolar
se ha constituido, pues, como elemento clave en
las políticas curriculares de mejora de la enseñanza, dado que la unidad llamada “escuela” tiene
efectos específicos en el modo como se lleva a
cabo la educación y en la calidad del aprendizaje
ofrecido.
En unos tiempos en que, desengañados de que la
mejora pueda provenir por prescripciones externas ni tampoco por “buenas nuevas” curriculares,
parecería que sólo cuando la escuela se convierta en unidad básica del cambio y de la innovación ésta repercutirá, sin duda, en el aprendizaje y educación de los alumnos, misión última del
sistema educativo, pero también en los agentes
provocadores de dicho cambio: el desarrollo profesional del profesorado. A partir de los ochenta,
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cuando emerjan perspectivas que reivindican y
ponen de manifiesto que el centro escolar importa en la calidad de la educación ofrecida, se considerarán estrategias privilegiadas de mejora todo
aquello que contribuya a potenciar la escuela
como unidad básica: el trabajo en equipo en torno a un proyecto conjunto, desarrollo curricular
basado en la escuela, oportunidades de desarrollo profesional y formación basadas en la escuela,
asesoría a la escuela como unidad básica, etc.
3. LA GESTIÓN DE LA MEJORA POR EL
DESARROLLO DE LA ESCUELA
Convencidos actualmente de que la mejora no
puede provenir por prescripción externa, es preciso promover la capacidad interna de las escuelas. Es el momento en que comienza a adquirir
fuerza las “organizaciones que aprenden”, donde
se recurre a transformar las organizaciones por un
proceso de autodesarrollo. En la literatura organizativo–escolar se habla indistintamente de desarrollo institucional, desarrollo del personal, Desarrollo Organizativo, o desarrollo de la escuela.
Particularmente, el movimiento “mejora de la escuela” entendió el desarrollo de la organización
como la adquisición, con los apoyos oportunos,
de la “metacapacidad” (competencia de segundo orden) de resolver por sí misma los problemas
organizativos o didácticos, conocida como capacidad interna de cambio. Los cambios deben, así,
iniciarse internamente desde dentro, mejor de
modo colectivo, induciendo a los propios implicados a la búsqueda de sus propios objetivos de
desarrollo y mejora. Si una escuela no construye
la capacidad interna de desarrollo (aun cuando
tenga los oportunos apoyos externos), el trabajo
innovador siempre será algo marginal, no sostenible en el tiempo. De ahí que se demanda un
liderazgo distribuido a través y entre todos los participantes de una organización, junto con la creación de lo que se denomina comunidades profesionales de aprendizaje.
Convencidos de que los numerosos esfuerzos de
Reforma en los últimos años en los países occidentales no han tenido el impacto esperado en
los niveles de consecución de los alumnos, se estima que los cambios educativos han de tener
como foco la mejora del aprendizaje de los estudiantes y los procesos de enseñanza de los profe-
sores, posibilitar la construcción de la capacidad
de cambio de los centros y contar con un contexto de apoyo externo, al tiempo que presión para
cambiar. Entre otras líneas directrices en esta última fase estarían las siguientes dimensiones:
Poner el foco de mejora en proporcionar buenas experiencias de aprendizaje. En lugar de enfatizar, como al principio, los cambios en los procesos de trabajo de la escuela, ahora se juzgan en
función de su impacto en la mejora de los resultados de los alumnos. Si es preciso trabajar en equipo a nivel de escuela, ello se tiene que hacer para
mejorar las estrategias didácticas del profesorado
y las buenas experiencias de aprendizaje que proporcionen a sus alumnos.
Desarrollar la capacidad interna de cambio. No
bastan buenos diseños, tampoco favorecer su implementación; más radicalmente consiste en promover la capacidad de aprendizaje de los propios
agentes y, especialmente, de las escuelas como
organizaciones. En efecto, cuando la planificación moderna del cambio y su posterior gestión
han perdido credibilidad, se confía en movilizar
la capacidad interna de cambio para regenerar internamente la mejora de la educación. Dado que
los programas de cambio no lo han producido, se
argumenta que la transformación de las organizaciones tiene que producirse por un proceso de
autodesarrollo.
Desarrollar un contexto específico para la mejora escolar. “Construir capacidades” supone, además de apoyar el desarrollo profesional, crear una
infraestructura que incremente el conocimiento
base, de acuerdo con las mejores prácticas y los
hallazgos de la investigación. Por eso se requieren
generar internamente formas colaborativas de trabajo que puedan inducir al profesorado a investigar sobre su práctica, a partir de procesos de autoevaluación, que puedan dar lugar a hacer una
buena escuela.
Conceptualizar, operativizar y desarrollar lo
que significa “la capacidad para mejorar”. Uno
de los retos actuales es posibilitar las condiciones
y crear los compromisos para la mejora. Esto se
logra: haciendo foco en las estrategias de enseñanza; estableciendo comunidades profesionales
de aprendizaje; tendiendo redes y federaciones
de centros innovadores; apoyando el desafío de
la innovación.
Después de cuatro décadas dedicadas a promover innovaciones en los establecimientos escolares hemos aprendido cómo es una tarea compleja
y conflictiva, más fácil de decir que de hacer. Por
una parte, requiere que un conjunto de condiciones (estructuras, funciones, recursos, procesos
de trabajo, cultura profesional de metas compartidas, liderazgo, oportunidades de desarrollo profesional, etc.) estén presentes al mismo tiempo y
a lo largo del tiempo, como contexto “ecológico” para generar y favorecer la mejora. Por otra,
las propuestas de cambio, al incidir en intereses
creados o poner en juego factores ideológicos y
sociopolíticos, generan inevitablemente resistencias; por lo que necesitan ser justificadas en función de unos valores para un momento histórico
y contexto particular, e incluso llegar a ser “vendidas” bien. Cambiar la “estructura superficial” del
sistema es fácil, penetrar en las creencias, modos
de hacer y trabajar es un proceso más lento. Las
nuevas propuestas están siempre amenazadas de
ser acomodadas o absorbidas a los modos habituales de hacer, a la cultura tradicional de la escuela y del aula. Por eso, los mejores intentos de
cambio parecen estar destinados al fracaso, en la
medida en que, tras su puesta en práctica, no llegan a satisfacer las expectativas creadas. La imagen del mito de Sísifo, siempre dispuesto a volver
a intentar un empeño, que de antemano juzga
vano, la han aplicado algunos estudiosos al cambio educativo.
4. LÍNEAS DE ACCIÓN FUTURAS
Desengañados, pues, de que la mejora de la
enseñanza provenga de cambios diseñados externamente, hemos vuelto a los aspectos de
compromiso, vocación y profesionalidad del
profesorado. La mejora no puede hacerse por encima de lo que sienten y piensan los agentes concernidos. Querer introducir cambios, al margen
de lo que los profesores y profesoras sienten, es
introducirlos por la puerta falsa, y –en cuanto tales– condenados al fracaso. Cambios impositivos,
que no sitúan las vidas profesionales en escenarios más atractivos, generan emociones negativas.
Las lecciones aprendidas nos llevan a reimaginar
nuevos caminos que conecten más decididamen-
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te las políticas educativas de descentralización del
currículum con la mejora de los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Si es preciso rediseñar el trabajo y organización
de roles en las escuelas para que tengan lugar
las mejoras educativas demandadas, éstos deben afectar al “núcleo duro” de la enseñanza, entendido como los modos en que los profesores
comprenden la naturaleza del conocimiento y se
intercambian dichos conocimientos con los colegas, el papel que tienen los alumnos en los procesos de enseñanza, así como estas ideas sobre
conocimiento y enseñanza se manifiestan en el
aprendizaje en el aula. Para afectar (y alterar) ese
“núcleo”, sin duda debe incluir cambios organizativos, es decir una estructura favorable para la
mejora escolar, tales como reordenación de los
centros, distribución de las clases, agrupamientos
de alumnos, responsabilidades de los profesores,
relaciones entre los profesores en su trabajo cotidiano, así como el proceso de evaluar el aprendizaje. En caso contrario, serán asimilados/acomodados a los modos anteriores de hacer (cultura o
“gramática básica” de la escuela).
Vamos a establecer, según la sugerencia de Hopkins, cuatro líneas complementarias de acción
para la mejora:
1.- El núcleo de la mejora: asegurar las competencias básicas a todos los alumnos.
Un imperativo, en una sociedad crecientemente
dualizada (integrados y excluidos), es garantizar
a todos el “derecho de aprender”, dado que,
como ciudadanos, todos los alumnos deben
recibir y alcanzar unos niveles educativos formalmente equitativos. En paralelo a lo anterior,
el sistema educativo no puede garantizar dicho
derecho o, lo que es lo mismo, una “educación
democrática”, si no se fijan unas metas o niveles
a alcanzar (“currículum común” o competencias
básicas) y se evalúa su grado de consecución por
las escuelas. Una vez alcanzada la escolarización
de toda la población escolar, nuestro reto actual
es que los centros escolares aseguren a todos los
alumnos, equitativamente, la adquisición de las
competencias básicas que le permitan integrarse
como ciudadano en la esfera pública.
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2.- Profesionalización de la enseñanza
Todas las reformas educativas de las últimas décadas han incluido en sus propuestas prioritarias
que el ejercicio de la enseñanza pueda llegar a estar más “profesionalizado”, como un prerrequisito para incrementar la mejora educativa deseada.
Situando al profesorado como la clave del éxito
de los cambios educativos, se propone transformar los roles y condiciones del ejercicio profesional docente. Por un lado, la retórica política
ensalza la misión clave de los docentes, por otra,
los controles de las nuevas políticas educativas y
las prescripciones de los expertos contribuyen a
desprofesionalizarlos.
3.- Redes y colaboración: comunidades profesionales de aprendizaje
Desde estos factores confluyentes, la mejora de
los aprendizajes de los alumnos y alumnas, misión
última que justifica la experiencia escolar, se hace
depender de la labor conjunta de todo el centro
escolar. Por ello, constituir las escuelas como comunidades, transformando la cultura escolar individualista en una cultura de colaboración se ve
como un dispositivo para aprender y resolver problemas, construir una cooperación en la escuela
o una vía de desarrollo profesional de sus miembros.
Hoy las escuelas no pueden cargar solas con los
crecientes problemas para educar a la ciudadanía. Entre las nuevas fórmulas para generar y apoyar la innovación y la mejora en la educación, en
congruencia con algunas de las líneas más prometedoras para el cambio educativo, se apuesta por establecer redes (networks) entre centros
educativos, con las familias y con los municipios.
Establecer redes interescuelas, con las familias y
otros actores de la comunidad fortalece el tejido
social y facilita que la escuela pueda mejorar la
educación de los alumnos, al tiempo que todos se
hacen cargo conjuntamente de la responsabilidad
de educar a la ciudadanía.
4.- Rendimiento de cuentas auténtico: equilibrio entre evaluación externa e interna
Actualmente estamos en un momento en que,
al menos para la política educativa, las presiones para incrementar los resultados en el ren-
Si los profesores no aprenden a trabajar de modo
diferente y los centros continúan con la actual
organización, no se podrá responder, como se pide,
a las presiones de rendimiento de cuentas.
dimiento de los alumnos (o “de cuentas” de las
escuelas) parecen obsesionar a las administraciones educativas como la principal avenida para la
mejora de las escuelas. Las políticas neoliberales
y socialdemócratas confluyen en esta estrategia,
como muestra bien el caso inglés. De ahí su vinculación a una estrategia mercantil de dar criterios a los clientes para elegir escuelas, mediante
la publicación de clasificación de los centros en
“ranking”. Es el nuevo modo (re)centralizador de
presionar políticamente, determinando los que
los estudiantes deben aprender y dominar, sujeto
a evaluación externa. Nosotros defendemos que
no cabe aceptar evaluaciones externas si, paralelamente, no se hacen responsables de aportar los medios y capacidades para afrontar los
resultados.
Si el actual movimiento de rendimiento de cuentas por competencias o niveles de rendimiento
quiere cumplir lo que promete (mejorar la calidad de las experiencias educativas de todos los
estudiantes e incrementar el rendimiento de los
centros) requiere una adecuada estrategia de mejora, de la que hasta ahora carece: invertir en el
conocimiento y habilidades de los profesores y rediseñar las condiciones de trabajo. Si los profesores no aprenden a trabajar de modo diferente y
los centros continúan con la actual organización,
no se podrá responder, como se pide, a las presiones de rendimiento de cuentas. Este es el quid
pro quo, que exige –por tanto– plantear el rendimiento de cuentas de otro modo, como una “responsabilidad compartida” .
Si bien la práctica de mejora es un largo proceso,
no siempre seguro, un asidero permanece: “si la
enseñanza es buena y potente, y si las condiciones
de trabajo posibilitan y apoyan dicha práctica, entonces se podría tener evidencia inmediata de lo
que los estudiantes aprenden [...] Una parte central de la práctica de la mejora será hacer más directa y clara la conexión entre la práctica de la enseñanza y el aprendizaje de los alumnos” El foco
del cambio ha de dirigirse a cómo incrementar la
calidad de la enseñanza y de la práctica docente.
Por eso, sin que sirvan de excusas los necesarios
cambios estructurales, en lugar de esperar a que
éstos sucedan es mejor concentrarse en mejorar
las habilidades y conocimientos del profesorado
de modo que puedan tener incidencia directa en
cómo enseñan y los alumnos aprenden. El camino
de la posibilidad siempre está abierto: pensar que
la mejora es posible si queremos.
Dr. Antonio Bolivar
([email protected])
Es Catedrático de
Didáctica y Organización en la Facultad de Educación
de la Universidad de Granada, España.
Director de la revista “Profesorado”, publicación de formación docente. Autor
de Los centros educativos como organizaciones que aprenden. Madrid: La Muralla (2000).
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